zUmO dE pOeSíA

zUmO dE pOeSíA
de todos los colores, de todos los sabores

ALEATORIUM: Saca un poema de nuestro almacén

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sábado, 27 de febrero de 2010

Impuro (por Nicolás Guillén)

Yo no voy a decirte que soy un hombre puro,
entre otras cosas
falta saber si lo puro existe
o si es, pongamos, necesario
o posible
o si sabe bien.
¿Acaso tú has probado el agua químicamente pura,
el agua de laboratorio,
sin un grano de tierra o de estiércol,
sin el pequeño excremento de un pájaro,
el agua hecha no más de oxígeno e hidrógeno?
Puaj, qué porquería.
Yo no te digo, pues, que soy un hombre puro.
Soy impuro, ¿qué quieres que te diga?
Completamente impuro.
Sin embargo
creo que hay muchas cosas puras en el mundo
que no son más que pura mierda.

viernes, 26 de febrero de 2010

Antes de la amargura (por Elvio Romero)

Usted sabe, señor,
qué alegría colgaba en la floresta;
qué alegría severa
como raigambre sudorosa;
cómo el alegre polvo veraniego
fulguraba en su lámina esplendente,
cómo, ¡qué alegremente andábamos!
¡Qué alegremente andábamos!
Usted sabe, señor,
usted ha visto cómo
la lluvia torrencial sempiterna caía
sobre un textil aroma de bejucos salvajes
y cómo iba dejando con sus pétalos húmedos
su flora resbalosa,
su acuosa florería.
Usted sabe, señor,
cómo los sementales retozaban
hartos de florecer, jubilosos de hartazgo,
con qué poder la noche deponía
su amargura en la altura del rocío
tal como deponía la desdicha
su arma en las arboledas.
Usted sabe qué alegre
aflicción de racimos por las ramas
en frutal arco iris vespertino;
cómo alegres luciérnagas subían
a encender las estrellas,
a conducir azahares que estallaban
como emoción nupcial o lumbraradas.
Usted sabe, señor,
que antes de que aquí se enseñoreara
la pobreza, frunciendo hasta las hojas,
desesperando el aire,
bien sabe, bien conoce
que cualquier miserable aquí podía
fortificar un canto en su garganta,
en su pecho opulento.
(¡Cómo podías reír, muchacha mía!
Juvenil, ¡cómo izabas
una sonrisa fértil como un grano,
cómo te coronaban los jazmines
y cómo yo apuraba
mi vaso de fervor! ¡Qué alegres éramos!)
Antes, antes de la amargura,
antes de que sorbiéramos
un caudaloso cáliz de indigencias boreales,
antes de que amarraran los perfumes,
que en su reverso el sol guardase el hambre,
¡qué alegres caminábamos!
Antes,
antes de que el aura ofendieran,
de arrancar la raíz sangrándole los bulbos,
antes del mayoral, del tiro, antes del látigo,
qué alegría, señor,¡qué alegremente andábamos!



jueves, 25 de febrero de 2010

¿De quién me he despedido? (por Jorge Luis Borges)

De estas calles que ahondan el poniente,
una habrá (no sé cuál) que he recorrido
ya por última vez, indiferente
y sin adivinarlo, sometido
a quien prefija omnipotentes normas
y una secreta y rígida medida
a las sombras, los sueños y las formas
que destejen y tejen esta vida.
Si para todo hay término y hay tasa
y última vez y nunca más y olvido,
¿quién nos dirá de quién, en esta casa,
sin saberlo, nos hemos despedido?
Tras el cristal ya gris la noche cesa
y del alto de libros que una trunca
sombra dilata por la vaga mesa,
alguno habrá que no leeremos nunca.
Hay en el Sur más de un portón gastado
con sus jarrones de mampostería
y tunas, que a mi paso está vedado
como si fuera una litografía.
Para siempre cerraste alguna puerta
y hay un espejo que te aguarda en vano;
la encrucijada te parece abierta
y la vigila, cuadrifronte, Jano.
Hay, entre todas tus memorias,
una perdida irreparablemente;
no te verán bajar a aquella fuente
ni el blanco sol ni la amarilla luna.
No volverá tu voz a lo que el persa
dijo en su lengua de aves y de rosas,
cuando al ocaso, ante la luz dispersa,
quieras decir inolvidables cosas.
¿Y el incesante Ródano y el lago,
todo ese ayer sobre el cual hoy me inclino?
Tan perdido estará como Cartago
que con fuego y con sal borró el latino.
Creo en el alba oír un atareado
rumor de multitudes que se alejan;
son los que me han querido y olvidado.
Espacio, tiempo y Borges ya me dejan.

miércoles, 24 de febrero de 2010

El guardián del hielo (por José Watanabe)

Y coincidimos en el terral
el heladero con su carretilla averiada
y yo
que corría tras los pájaros huidos del fuego de la zafra.
También coincidió el sol.
En esa situación cómo negarse a un favor llano:
el heladero me pidió cuidar su efímero hielo.
Oh cuidar lo fugaz bajo el sol...
El hielo empezó a derretirse
bajo mi sombra, tan desesperada
como inútil
Diluyéndose
dibujaba seres esbeltos y primordiales
que sólo un instante tenían firmeza
de cristal de cuarzo
y enseguida eran formas puras
como de montaña o planeta
que se devasta.
No se puede amar lo que tan rápido fuga.
Ama rápido, me dijo el sol.
Y así aprendí, en su ardiente y perverso reino,
a cumplir con la vida:
Yo soy el guardián del hielo.

martes, 23 de febrero de 2010

Crédulo (por Saiz de Marco)

Ha creído en Baco
dios del vino
en Ra
dios del sol
en Ceres
diosa del campo
Ha sacralizado
emperadores en Roma
vacas en la India
gatos en Egipto
Ha adorado tótems
becerros de oro
ídolos de piedra
o de madera
Se ha postrado ante ellos
Lo que ha creado
luego lo ha creído
Y en suma helo ahí
menesteroso de fe
fantasioso
más iluso que un niño
inocente de su inocencia
que cree lo increíble
lo que le echan o se echa
y necesita creerlo
crédulo compulsivo

de una simpleza
como su orfandad
de una candidez
como su impotencia
de una ingenuidad grande
como su desamparo

lunes, 22 de febrero de 2010

Reminiscencia (por Meira Delmar)

Un breve instante se cruzaron
tu mirada y la mía.
Y supe de repente
-no sé si tú también-
que en un tiempo
sin años ni relojes,
otro tiempo,
tus ojos y mis ojos
se habían encontrado,
y esto de ahora
no era más que un eco,
la ola que regresa,
atravesando mares,
hasta la antigua orilla.

domingo, 21 de febrero de 2010

Miles (por Leonard Cohen)

Entre los miles
que son conocidos,
o que quieren ser conocidos
como poetas,
quizá uno o dos
sean auténticos
y el resto son impostores,
rondando por los recintos sagrados
tratando de parecer genuinos.
No hace falta decir
que yo soy uno de los impostores.

sábado, 20 de febrero de 2010

En el lugar donde creciste (por Ramón Cote)

¿Cómo pasar un domingo de julio
frente al antiguo colegio
sin dejar de timbrar varias veces
con la insistencia del castigado,
y quedarse quieto escuchando
el amargo sonido que mide
la profundidad abandonada
de los patios, la desolación
que nace en las cosas que se descuidan,
la venganza que inunda con su agua espesa
una porción de los años allí dedicados?
Y sólo se oyen los ladridos
de un perro que viene corriendo desde el fondo.
Parece imposible admitir
que en el sitio del dolor pudieras algún día
observar toda su hermosura.
Allí donde te convenciste
de que la inutilidad era tu único don
reconocible, allí donde localizaste
para siempre tu fracaso.
En el lugar donde creciste estás ahora
y contemplas la disminuida
extensión de tu infancia,
tu cumplida maravilla.
Piensas
que tanta convicción en el dolor
—que habías entendido
como el más certero resumen de esos días—
no era tan necesaria ni tan verdadera
y que el colegio, puesto a la venta
y acosado por una desfigurada periferia,
empieza a padecer lo que tú ya padeciste.
Pero a pesar de todo
no te atreves a traicionar de golpe
tu más querida y prolongada orfandad.
Es extraño que la acacia del patio muera
y que una buganvilla en flor la esté velando.


viernes, 19 de febrero de 2010

Lo que podría haber sido (por Fernando Pessoa)

La muchacha inglesa, una rubia tan joven, tan buena
que quería casarse conmigo...
Qué pena no haberme casado con ella... Habría sido feliz.
¿Pero cómo sé que habría sido feliz?
¿Cómo puedo saber algo sobre lo que habría sido de lo que habría sido,
que es lo que nunca fui?
Hoy me arrepiento de no haberme casado con ella,

sobre todo por la hipótesis de poder arrepentirme de haberme casado con ella.
Y así es todo arrepentimiento, y el arrepentimiento es abstracción pura.
Causa una cierta disconformidad pero también trae consigo un cierto sueño...
Sí, aquella muchacha fue una oportunidad de mi alma.

Hoy es el arrepentimiento el que se aparta de mi alma.
¡Santo Dios!, ¡cuántas complicaciones por no haberme casado con una inglesa que ya debe haberme olvidado...!
¿Pero si no lo ha hecho? Si (porque es posible) me recuerda aún y es constante
(me disculpo por ser feo, porque los feos también son amados ¡y a veces por mujeres!),
si no me olvidó y aún me recuerda…
Esto, realmente, es ya otra especie de arrepentimiento. Y hacer sufrir a alguien no puede olvidarse.
Pero, al final, esto son simples conjeturas de la vanidad.

Bien habrá ella de recordarme, con su cuarto hijo en brazos,
recostada sobre el “Daily Mirror” viendo a “Pussy Maria”.
Mejor, al menos, pensar que es así.

Es un cuadro de casa inglesa suburbana, es un buen paisaje íntimo de cabellos rubios,
y los remordimientos son sombras...
En todo caso, si es así, queda un regusto de celos.
El cuarto hijo de otro, el “Daily Mirror” en la otra casa. Lo que podría haber sido...
Sí, siempre lo abstracto, lo imposible, lo irreal y perverso:
lo que podría haber sido.
Comen mermelada a las once en Inglaterra...
Tomo venganza en toda la lengua inglesa de ser un pequeño portugués.
¡Ah, pero aún veo tu mirar realmente tan sincero como azul

mirándome como a otro niño...!
Y no es con la canción de la sal del verso como te borro de la imagen
que tienes en mi corazón;
no te disfrazo, mi único amor, y nada quiero de la vida.

jueves, 18 de febrero de 2010

Voces (por Konstantinos Kavafis)

Amadas, idealizadas voces
de aquellos que murieron, o de aquellos
perdidos para nosotros como los muertos.
A veces hablan en nuestros sueños;
a veces las oye nuestro espíritu en el pensamiento.
Y con su rumor por un instante regresan
ecos de la primera poesía de nuestra vida
como una música lejana que se apaga en la noche.

martes, 16 de febrero de 2010

Lo que dijo el médico (por Raymond Carver)

Dijo que la cosa no tenía buen aspecto
dijo que lo tenía malo malo de verdad
dijo que había contado treinta y dos en un pulmón
y que dejó de contar
le dije me alegro porque no querría saber si hay más
dijo si usted es un hombre religioso arrodíllese en el bosque y pida ayuda
cuando llegue a la cascada la neblina le rodeará los brazos y la cara
deténgase y trate de comprender esos momentos
yo le dije no lo soy pero trataré de empezar hoy
dijo lo siento mucho
dijo me hubiera gustado tener otras noticias que darle
dije Amén y él añadió algo que no entendí
y no sabiendo qué más hacer y para no hacerle repetirlo y a mí digerirlo
me quedé mirándole sin más durante un rato
y él me miraba a mí
me levanté y di la mano a quien solo me daba
algo que nadie en la tierra me había dado
puede que a fuerza de costumbre hasta le diera las gracias.

lunes, 15 de febrero de 2010

Una franja (por Eduardo Mazo)

Entre la muerte y los que vamos a morir
cruza una franja misteriosa y oscura,
aún más desconocida que la propia muerte.
¿Será ése el abrigado territorio del miedo
y la conciencia?

domingo, 14 de febrero de 2010

Calculadora electrónica (por Julio Cortázar)

Pusieron las tarjetas perforadas
para que dedujera coeficientes
Apretaron botones y bajaron palancas,
ella hizo pfum y enseguida pss pss,
ronroneó murmuró xeroxeó tres minutos
veinticinco segundos
y después
fue sacando una cosa muy pequeña un bracito
con una mano pendulante y rosa
en la que dulcemente se hamacaba y rodaba
una gota salada

sábado, 13 de febrero de 2010

¿Es que a nadie le extraña? (por Vicente Gallego)

¿Es que a nadie le extraña
lo que sucede aquí?
Llegamos sin quererlo;
partimos sin querer; sin consultar catálogo
cargamos con un cuerpo.
Ni la madre se elige, ni lugar, ni ocasión; y va de suyo
lo que llamamos alma,
cortada por qué mano a su capricho.
Curioso
de verdad que el que así parte
compuesto y calibrado y en vereda
pretenda terminar por ser el dueño
de sí y de su camino.
Qué extraño ser un alguien
que afirma decidir pero no puede
sostener su fortuna
ni ahorrarse, entre las suyas,
una lágrima al menos.
Donde dije jamás
hoy digo mío;
tomadme la palabra
y he de daros disgusto;
cuando escuchéis mi siempre
sabed que nunca ha sido.
Nos vamos acusando de traición,
los traicioneros.
Mostradme la sustancia,
la voluntad del títere: ¿puede un hombre decir
quién será si mañana
lo prueban la codicia o los amores
como sólo ellos saben
probar lo que es un hombre?

viernes, 12 de febrero de 2010

Sé que a veces mentimos (por Gloria Fuertes)

Hemos de procurar no mentir mucho.
Sé que a veces mentimos para no hacer un muerto,
para no hacer un hijo o evitar una guerra.
De pequeña mentía con mentiras de azúcar,

decía a las amigas: “Tengo cuarto de baño”
—mi casa era pobre, con el retrete fuera—.
“Mi padre es ingeniero” y era sólo fumista,
¡pero yo lo veía ingeniero ingenioso!
Me costó la costumbre de arrancar la mentira,

me tejí un vestido de verdad que me cubre,
a veces voy desnuda.
Desde entonces me quedo sin hablar muchos días.

jueves, 11 de febrero de 2010

Faltó poco (por Wislawa Szymborska)

Faltó poco y mi madre podría haberse casado con el señor Zbigniew Wola.
Y si hubieran tenido una hija, no habría sido yo.
Quizá habría tenido mejor memoria para los nombres
y las caras,
y para las melodías oídas una sola vez.
Habría reconocido sin problemas qué pájaro era cuál.
Habría tenido excelentes notas en física
y química,
peores en lengua,
pero habría escrito a escondidas poemas
claramente más interesantes que los míos.

Faltó poco y mi padre podría haberse casado en ese mismo momento
con la señorita Jadwiga R.
Y si hubieran tenido una hija, no habría sido yo.
Quizá habría sido más terca en lo de salirse con la suya.
Y se habría lanzado sin temor a aguas profundas,
capaz de abandonarse a emociones gregarias.
Vista continuamente en varios lugares al mismo tiempo,
pero rara vez entre libros, más a menudo en la calle
jugando a la pelota con los chicos.

Quizá incluso se habrían encontrado ambas
en la misma escuela, en la misma clase.
Pero no habrían sido amigas,
no habrían tenido ningún parentesco,
y en las fotos de grupo estarían lejos una de otra.

Niñas, poneos ahí
-habría dicho el fotógrafo-.
Las más bajas delante, las más altas detrás.
Y sonreíd cuando os dé la señal.
Pero contad antes
si estáis todas.
-Sí señor, estamos todas.

martes, 9 de febrero de 2010

Dónde iréis (por Saiz de Marco)

¿dónde iréis a alojaros después
átomos míos?
átomos de estos ojos
de estos pies
de estas manos
de esta lengua
de este corazón
de este cerebro
(disculpad lo de míos es tan sólo un decir
ninguna posesión tengo sobre vosotros
más bien es al contrario
soy yo el que os pertenezco
de vosotros el cuerpo su materia de ahora)
átomos diminutos
átomos migratorios
cuando ya no seáis la arcilla
de este edificio
cuando no seáis ya el cemento
de esta estructura
¿dónde vais a dormir en las noches siguientes?
¿dónde os despertaréis cada nueva mañana?
¿dónde y en qué os instalaréis
átomos míos?

lunes, 8 de febrero de 2010

Cuando los niños juegan (por Fernando Pessoa)

Cuando los niños juegan
y les oigo jugar,
un no sé qué en mi alma
empieza a alegrarse.
Siento toda la niñez

que no pude tener
en una onda de alegría
que no fue de nadie.
Si quien fui es un enigma

y quien seré una imagen,
quien soy sienta, al menos,
esto en el corazón.

domingo, 7 de febrero de 2010

Nada que temer (por Ángel González)

Todo lo consumado en el amor
no será nunca gesta de gusanos.
Los despojos del mar roen apenas
los ojos que jamás -porque te vieron-,
jamás se comerá la tierra al fin del todo.
Yo he devorado, tú me has devorado
en un único incendio.
Abandona cuidados: lo que ha ardido
ya nada tiene que temer del tiempo.

viernes, 5 de febrero de 2010

Esperándote (por Luis Gª Montero)

Yo te estaba esperando.
Más allá del invierno, en el cincuenta y ocho,
de la letra sin pulso y el verano
de mi primera carta,
por los pasillos lentos y el examen,
a través de los libros, de las tardes de fútbol,
de la flor que no quiso convertirse en almohada,
más allá del muchacho obligado a la luna,
por debajo de todo lo que amé,
yo te estaba esperando.

Yo te estoy esperando.
Por detrás de las noches y las calles,
de las hojas pisadas
y de las obras públicas
y de los comentarios de la gente,
por encima de todo lo que soy,
de algunos restaurantes a los que ya no vamos,
con más prisa que el tiempo que me huye,
más cerca de la luz y de la tierra,
yo te estoy esperando.

Y seguiré esperando.
Como los amarillos del otoño,
todavía palabra de amor ante el silencio,
cuando la piel se apague,
cuando el amor se abrace con la muerte
y se pongan mas serias nuestras fotografías,
sobre el acantilado del recuerdo,
después que mi memoria se convierta en arena,
por detrás de la última mentira,
yo seguiré esperando.

jueves, 4 de febrero de 2010

Eres un buen momento para morirme (por Félix Casanova)

Amaneciendo y anocheciendo
a un mismo tiempo,
cariño, ¿no es ésta la forma
en que te gustaría vivir?
En mi cabeza hay un álbum

de fotos amarillentas
y lo voy completando con mis ojos,
con los más leves ruidos,
atrapando olores en el aire
y en cada sueño que sueño.
¿Sabes una cosa, pequeña?

La última página de mi álbum
tiene tu boca lluviosa mordiéndome un labio,
un disco de rock’n’roll
y calcetines de colores.
Mis ojos han sido rápidos,

te he hecho el amor con la ropa puesta
a través de una
larga pajita dorada
mientras cruzabas la calle
con el cabello ardiendo.
Pero ahora son tus pies

quienes dan mis pasos,
¡así que no te equivoques
pues me caería!
Te bebo en cada vaso de agua

que sacia mi sed,
mis palabras son claras como niños pequeños
o espesas como semen empapando cortinas,
pero hoy tengo que inventar
un nuevo idioma
para conversar con tus tiernos maullidos eléctricos
y los gritos de euforia
de la gente que vive en tu cabeza.
Debes saber que a veces

soy como un entierro interminable,
siempre triste y azul
subiendo y bajando
por la misma calle.
Pero otras veces soy un río de risa

corriéndome por toda la ribera,
haciendo el amor a la mar,
una felicidad contagiosa,
un revólver de amor, nena,
y voy a disparar justo a tu corazón
¡bang, bang!
¿te di?
Quiero arrollarte, enrollarte y arrullarte,

montaña de agua ardiente
y tarde rojiza.
Eres un buen momento para morirme.

miércoles, 3 de febrero de 2010

Irá donde tú vayas (por Konstantinos Kavafis)

Dices: «Iré a otra tierra, a otro mar.
Buscaré una ciudad mejor que ésta
en la que mis afanes no se cumplieron nunca,
frío sepulcro de mis sentimientos.
¿Hasta cuándo errará mi alma en este laberinto?
Mire hacia donde mire, sólo veo
la negra ruina de mi vida,
tiempo ya consumido que aquí desperdicié.»
No existe para ti otra tierra, otro mar.
Esta ciudad irá donde tú vayas.
Recorrerás las mismas calles siempre.
En el mismo arrabal te harás viejo.
Irás encaneciendo en idéntica casa.

Nunca abandonarás esta ciudad.
Ya para ti no hay otra,
ni barcos ni caminos que te libren de ella.
Porque así como aquí has arruinado tu vida,
en todo el mundo la desbarataste.

martes, 2 de febrero de 2010

En las horas oscuras (por Vicente Gallego)

En las horas oscuras
que van creciendo en nuestras vidas
al igual que la noche se alarga en el invierno,
en esas horas, a menudo,
una imagen tenaz y hermosa me consuela.
Regreso hasta una playa de otro tiempo,
todavía cercano. Es un día precioso
de final de septiembre, brilla el mar
con su estructura lenta, sugestivo y exacto
como un cuchillo. Quedan
unos cuantos bañistas a esa hora
dudosa de la tarde, y no estoy solo,
un grupo de muchachas me acompaña,
el sol dora sus cuerpos de diecisiete años,
y es ya fresca la brisa, y en sus nucas
la humedad reaviva el aroma a colonia.
Y la tarde transcurre dulcemente,
mas sin gloria especial, y las muchachas ríen,
y me dan su alegría, aunque no amo a ninguna,
y hay un aire de adiós en cada cosa:
en el mes avanzado, en los bañistas,
en el estío lento, en aquellas muchachas
que desconozco hoy, y en la luz de la playa.
Apuré aquel momento agradecido,
al igual que se goza un hermoso regalo,
en su dicha sereno, destinado a perderse
tras la felicidad frecuente de esos años.
Y ahora comprendo que en aquella tarde
algo más que belleza se ocultaba,
porque su luz me salva, muchas veces,
en las horas oscuras, y se empeña,
con una obstinación absurda que me asombra,
en volver a mis ojos y a mis días.
En las horas oscuras
una imagen tenaz y hermosa me consuela,
y me lleva al verano ya una tarde.
Y yo aún me pregunto por qué vuelve,
y qué es lo que perdí en aquella playa.

lunes, 1 de febrero de 2010

Detroit 1926 (por Elkin Restrepo)

En su lecho de muerte
Houdini promete a su mujer volver un día
y dar pruebas de la existencia en el más allá.
Si en el pasado, gracias a sus artes de ilusionista,
ha logrado lo que ningún ser humano
–escapar de una caja fuerte sellada y amarrada con cadenas
en el fondo del mar, por ejemplo–,
¿por qué no atreverse a lo supremo,
ahora que llega la hora definitiva,
y resolver así el misterio de los misterios?
Ofrecer una evidencia, al menos,
de lo que en la otra vida nos espera,
es lo único que resta a su gloria
de personaje casi sobrenatural.
Confía entonces a su mujer
unas palabras en malayo
(que son también una declaración de amor)
como clave y señal de su invisible presencia.
Poco después Henry Houdini muere.
En adelante Beatrice vive atenta
al menor indicio o manifestación suya,
sin faltarle jamás la fe.
Ése era el pacto.
Sin embargo,
pese a las promesas, al tiempo que pasa,
ella no recibirá señal o revelación alguna.
Atrapado por las cadenas de la muerte
–mucho menos ilusorias que las de la vida–,
él, Houdini, no regresará.
Dedicada al culto de su leyenda,
Beatrice lo sobrevivirá unos pocos años más.
Y al morir –cabe pensarlo–
se perdió también la mayor oportunidad
que se ha tenido
de que el misterio de los misterios
fuera resuelto por aquél
que en verdad podía hacerlo.