jueves, 14 de junio de 2012

Mecedor de abedules (por Robert Frost)




Cuando veo abedules con el tronco doblado


entre una fila de árboles más oscuros y rectos,


me gusta creer que un niño los ha estado meciendo.


Pero no quedan doblados por el solo mecerlos.


Los doblan las heladas. Deberíais haberlos visto


con su carga de hielo en mañanas de invierno,


tras la lluvia. Truenan entrechocando entre ellos


al alzarse la brisa; se hacen multicolores


cuando el movimiento destroza y rompe su esmalte.


Pronto al calor del sol derraman sus cristales


desparramando su avalancha sobre la nieve.


Tanto montón de vidrios rotos hay que barrer


que es como si cayera la cúpula del cielo;


el peso los doblega hasta el piso de helechos


y no se quiebran; aunque una vez doblados tanto,


por tanto tiempo, después ya nunca se enderezan.


Podréis mirar sus troncos arqueados en el bosque,


años más tarde, arrastrando en el suelo sus hojas


como niñas a gatas que esparcen sus cabellos


delante de ellas para secarlos al sol.


Yo iba a decir, cuando la Verdad me interrumpió


con todo su realismo acerca de la helada,


que prefería que algún muchacho los doblara


cuando saliera al campo para traer las vacas.


Muchacho tan de campo que no sepa de béisbol,


y cuyos juegos fueran lo que él mismo encontrara,


y en invierno y verano pudiera jugar solo.


Venció a los abedules de su padre uno a uno,


montándose sobre ellos una vez y otra vez,


hasta no haber quitado a todos la tiesura,


y ni uno solo quedara erecto, ni uno solo


quedara sin domar. Y aprendió cuanto tenía


que aprender para no dejarse ir tan de pronto


que se llevara el árbol arrancado hasta el suelo.


Siempre supo tenerse en perfecto equilibrio


hasta en las ramas cumbres, subiendo cuidadoso,


con el mismo cuidado con que llenáis la copa


hasta el borde y a veces más arriba del borde.


Entonces se lanzaba, de pie, con un empujón,


pataleando en los aires hasta llegar al suelo.


Eso fui yo también, mecedor de abedules;


y así otra vez sueño en volver a serlo.


Esto, cuando me aburro de consideraciones


y la vida parece como un bosque sin paso,


donde en la cara os arden y pican telarañas


que vais rompiendo y os llora un ojo lastimado


porque se le ha metido la punta de una rama.


Quisiera yo escaparme un rato de la tierra


y después regresar para empezar de nuevo.


No se les ocurra a los hados entender mal mi dicho


Y, concediendo a medias lo que pido, llevarme


a no volver. La tierra es el lugar del amor:


yo no conozco ningún lugar mejor al que ir.


Yo me quisiera ir trepando a un abedul


y trepar ramas negras sobre tronco nevado


hasta el cielo, hasta que el árbol no aguantara más,


y doblando su copa me devolviera al suelo.


Buena cosa sería tanto ir como volver.


Hay cosas peores que mecer abedules.

12 comentarios:

  1. A propósito de árboles:


    Los árboles
    ¿serán acaso solidarios?
    ¿digamos el castaño de los campos elíseos
    con el quebrancho de entre ríos
    o los olivos de jaén
    con los sauces de tacuarembó?

    ¿le avisará la encina de westfalia
    al flaco alerce de tirol
    que administre mejor su trementina?

    y el caucho de pará
    o el baobab en las márgenes del cuanza
    ¿provocarán al fin la verde angustia
    de aquel ciprés de la mission dolores
    que cabeceaba en frisco
    california?

    ¿se sentirá el ombú en su pampa de rocío
    casi un hermano de la ceiba antillana?

    los de este parque o aquella floresta
    ¿se dirán de copa a copa que el muérdago
    otrora tan sagrado entre los galos
    ahora es apenas un parásito
    con chupadores corticales?

    ¿sabrán los cedros del líbano
    y los caobos de corinto
    que sus voraces enemigos
    no son la palma de camagüey
    ni el eucalipto de tasmania
    sino el hacha tenaz del leñador
    la sierra de las grandes madereras
    el rayo como látigo en la noche?


    MARIO BENEDETTI

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  2. El olivo

    (poema de Vicente Gallego)

    En su hábito oscuro, con los brazos abiertos, como un monje que al cielo le dirige su plegaria obstinada por la vida del alma, el olivo difunto permanece de pie mientras la tarde dobla sus rodillas.

    Enhebrado en la luz que se adelgaza, su severo perfil cose el cielo a la tierra, vertebra el espinazo de la tarde.

    Y un saber de lo nuestro en su reserva humilde sospechamos.

    Encallecida mano codiciosa cuyos dedos se tuercen arrancándole al aire un pellizco de vuelo, algo extraño nos hurta el viejo olivo:

    un secreto inminente, temperatura extrema de un decirse que clama en su lenguaje mudo.

    Y el hombre le dirige su pregunta.

    Con su carga de hormigas y de soles, con el misterio a cuestas que buscamos cifrar en su oficio sencillo, este tronco orgulloso es sólo eso:

    sugestión arraigada de las cosas que quedarán aquí cuando partamos, contundente respuesta que a la luz de la luna nos aturde el oído con su seco zarpazo de silencio.

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  3. Y voy yo y lo pongo en columnas
    para que parezca que escribo un poema,
    y no me ocupo de los puntos y seguido, de aparte menos, pero uso
    coma,
    y ya es mucho, que algunos ni a eso
    condescienden,
    que escribirlo todo de seguido
    es cosa fisna, a tanto no llego,
    os lo prometo, tíos, por favor,
    que se vea que me esfuerzo pero
    tasco el freno, que no se diga
    que me afecta el mal de las alturas
    si me acerco a la excelencia, si rozo el culo de las musas,
    si toco pelo
    de vate cibernético.
    Puse punto y casi me arrepiento
    y fuerzo un pareado con harto sentimiento,
    que se vea que vengo de la gleba, ahí va otro, y el canon me subleva,
    y a lo mío, que quería cantar mis alabanzas,
    porque fui sensible un día al sangrar
    de un mísero salguero,
    que así se llamaba el arboluco
    que quise talar por feo
    y de frutos cicatero,
    y dándole un golpe de hacha cerca del pie,
    vide que la herida íbase enrojeciendo,
    tal que si la entraña de madera
    se fuera
    de férrea hemoglobina tiñendo,
    lo que causome mortal desasosiego,
    y bastó el detalle para que cesara
    la tala
    del feo, estéril, cicatero
    pero entrañable salguero,
    contado está,
    hala.

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  4. Pues como veo que os va el rollo de las frases (o phrases) lapidarias, ahí va esta de Tagore:

    El sándalo perfuma al hacha que lo corta.

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  5. Otia, Nere: ¿eso iba por este wate?

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  6. Lo decía porque el sándalo también es un árbol. (SÁNDALO: Árbol de la familia de las Santaláceas, muy semejante en su aspecto al nogal, con hojas elípticas, opuestas, enteras, gruesas, lisas y muy verdes, flores pequeñas en ramos axilares, fruto parecido a la cereza, y madera amarillenta de excelente olor. Vive en las costas de la India y de varias islas de Oceanía. ) Por cierto, yo nunca he visto un sándalo.

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  7. Yo sí: crece uno de mediano porte en un huerto que tengo, junto al cobertizo en donde guardo los alambiques del orujo. Al lado malvive desmedrado un alphabeta caducifolia y resta el tocón de un naranjo de Abisinia, que es lo que queda del estropicio que me hicieron los tapires del vecino (siempre le conmino a que los ate por la pata, pero el guaraní los ama tiernamente y no está por la labor).
    Con las ramitas puestas a secar un par de años, alimento un pebetero que aroma la cripta abovedada en que sacrifico los cerdos cada noviembre. Las chacinas y los embutidos se impregnan con un aroma que los hace inconfundibles en la comarca.
    También quemo unas briznas de sándalo en el tabuco de mis expansiones amatorias...
    Plantad un sándalo en vuestra huerta, cristianos. O si no en un macetón de bugambilla.

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  8. Quien crece en saber, crece en dolor.

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  9. El que muere sin probar
    el querer de una mocita
    se va de este mundo al otro
    sin saber lo que es la vida.

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  10. El que muere sin probar
    el querer de una mocita
    se va de este mundo al otro
    sin saber lo que es la vida.

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  11. Las palabras hermosas esconden a veces un corazón infame.

    (TOLKIEN)

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  12. Sólo intentando lo imposible se consigue lo posible.

    (BARBUSSE)

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