lunes, 23 de abril de 2012
Algo más se está escapando (por Billy Collins)
El nombre del autor es el primero en irse
seguido obedientemente por el título, el argumento,
la conclusión desgarradora, la novela entera
que de repente se convierte en una que nunca leíste
ni escuchaste hablar,
como si, uno por uno, los recuerdos que solías albergar
decidieran retirarse al hemisferio sur del cerebro,
a un pueblito pesquero donde no hay teléfonos.
Hace un tiempo despediste a los nombres de las nueve Musas con un beso
y viste a la ecuación cuadrática hacer las valijas
y aún ahora mientras memorizás el orden de los planetas,
algo más se está escapando, una flor de una provincia quizás,
la dirección de un tío, la capital de Paraguay.
Lo que sea que estés luchando por recordar
no está suspendido en la punta de tu lengua,
ni siquiera está acechando en algún sombrío rincón de tu bazo.
Ha naufragado bajo un oscuro río mitológico
cuyo nombre empieza con L hasta donde podés recordar,
bien encaminado al olvido donde te unirás a aquellos
que incluso han olvidado cómo nadar
y cómo andar en bicicleta.
No es extraño que te levantes en el medio de la noche
a buscar la fecha de una famosa batalla en un libro de guerra.
No es extraño que la luna en la ventana parezca haber salido
de un poema de amor que solías
saber de memoria.
seguido obedientemente por el título, el argumento,
la conclusión desgarradora, la novela entera
que de repente se convierte en una que nunca leíste
ni escuchaste hablar,
como si, uno por uno, los recuerdos que solías albergar
decidieran retirarse al hemisferio sur del cerebro,
a un pueblito pesquero donde no hay teléfonos.
Hace un tiempo despediste a los nombres de las nueve Musas con un beso
y viste a la ecuación cuadrática hacer las valijas
y aún ahora mientras memorizás el orden de los planetas,
algo más se está escapando, una flor de una provincia quizás,
la dirección de un tío, la capital de Paraguay.
Lo que sea que estés luchando por recordar
no está suspendido en la punta de tu lengua,
ni siquiera está acechando en algún sombrío rincón de tu bazo.
Ha naufragado bajo un oscuro río mitológico
cuyo nombre empieza con L hasta donde podés recordar,
bien encaminado al olvido donde te unirás a aquellos
que incluso han olvidado cómo nadar
y cómo andar en bicicleta.
No es extraño que te levantes en el medio de la noche
a buscar la fecha de una famosa batalla en un libro de guerra.
No es extraño que la luna en la ventana parezca haber salido
de un poema de amor que solías
saber de memoria.
domingo, 22 de abril de 2012
Cuatro pezuñas tiemblan (por García Lorca)
Se tendió la vaca herida;
árboles y arroyos trepaban por sus cuernos.
Su hocico sangraba en el cielo.
Su hocico de abejas
bajo el bigote lento de la baba.
Un alarido blanco puso en pie la mañana.
Las vacas muertas y las vivas,
rubor de luz o miel de establo,
balaban con los ojos entornados.
Que se enteren las raíces
y aquel niño que afila su navaja
de que ya se pueden comer la vaca.
Arriba palidecen
luces y yugulares.
Cuatro pezuñas tiemblan en el aire.
Que se entere la luna
y esa noche de rocas amarillas:
que ya se fue la vaca de ceniza.
Que ya se fue balando
por el derribo de los cielos yertos
donde meriendan muerte los borrachos.
árboles y arroyos trepaban por sus cuernos.
Su hocico sangraba en el cielo.
Su hocico de abejas
bajo el bigote lento de la baba.
Un alarido blanco puso en pie la mañana.
Las vacas muertas y las vivas,
rubor de luz o miel de establo,
balaban con los ojos entornados.
Que se enteren las raíces
y aquel niño que afila su navaja
de que ya se pueden comer la vaca.
Arriba palidecen
luces y yugulares.
Cuatro pezuñas tiemblan en el aire.
Que se entere la luna
y esa noche de rocas amarillas:
que ya se fue la vaca de ceniza.
Que ya se fue balando
por el derribo de los cielos yertos
donde meriendan muerte los borrachos.
sábado, 21 de abril de 2012
Inertitud (por Saiz de Marco)
un universo que nadie ve
que nadie huele
que nadie palpa
que nadie piensa
que nadie oye
que nadie sueña
que nadie habita
que nadie recorre
que nadie respira
que nadie late
que nadie prueba
que nadie intuye
que nadie imagina
un universo inerte, sin nadie
un universo que para nadie es
para nadie fluye
para nadie luce
para nadie pasa
para nadie está
para nadie el tiempo que en todo se vuelca
para nadie el calor, su calor
para nadie su energía, la energía
tanta y tanta plenitud para nadie
para nadie el completo todo sin límites
¿hay alguien ahí? nadie pregunta
universo, ¿echas algo de menos?
¿te encuentras solo?
¿te falta algo
(manos que toquen, ojos que vean
oídos que oigan, labios que hablen...)?
¿sientes un hueco, alguna carencia?
¿te falta alguien? nadie pregunta
y a nadie nadie le responde no
que nadie huele
que nadie palpa
que nadie piensa
que nadie oye
que nadie sueña
que nadie habita
que nadie recorre
que nadie respira
que nadie late
que nadie prueba
que nadie intuye
que nadie imagina
un universo inerte, sin nadie
un universo que para nadie es
para nadie fluye
para nadie luce
para nadie pasa
para nadie está
para nadie el tiempo que en todo se vuelca
para nadie el calor, su calor
para nadie su energía, la energía
tanta y tanta plenitud para nadie
para nadie el completo todo sin límites
¿hay alguien ahí? nadie pregunta
universo, ¿echas algo de menos?
¿te encuentras solo?
¿te falta algo
(manos que toquen, ojos que vean
oídos que oigan, labios que hablen...)?
¿sientes un hueco, alguna carencia?
¿te falta alguien? nadie pregunta
y a nadie nadie le responde no
viernes, 20 de abril de 2012
He venido (por Luis Cernuda)
He venido para ver semblantes
amables como viejas escobas,
he venido para ver las sombras
que desde lejos me sonríen.
He venido para ver los muros
en el suelo o en pie indistintamente,
he venido para ver las cosas,
las cosas soñolientas por aquí.
He venido para ver los mares
dormidos en cestillo italiano,
he venido para ver las puertas,
el trabajo, los tejados, las virtudes
de color amarillo ya caduco.
He venido para ver la muerte
y su graciosa red de cazar mariposas,
he venido para esperarte
con los brazos un tanto en el aire,
he venido no sé por qué;
un día abrí los ojos: he venido.
Por ello quiero saludar sin insistencia
a tantas cosas más que amables:
los amigos de color celeste,
los días de color variable,
la libertad del color de mis ojos;
los niñitos de seda tan clara,
los entierros aburridos como piedras,
la seguridad, ese insecto
que anida en los volantes de la luz.
Adiós, dulces amantes invisibles,
siento no haber dormido en vuestros brazos.
Vine por esos besos solamente;
guardad los labios por si vuelvo.
amables como viejas escobas,
he venido para ver las sombras
que desde lejos me sonríen.
He venido para ver los muros
en el suelo o en pie indistintamente,
he venido para ver las cosas,
las cosas soñolientas por aquí.
He venido para ver los mares
dormidos en cestillo italiano,
he venido para ver las puertas,
el trabajo, los tejados, las virtudes
de color amarillo ya caduco.
He venido para ver la muerte
y su graciosa red de cazar mariposas,
he venido para esperarte
con los brazos un tanto en el aire,
he venido no sé por qué;
un día abrí los ojos: he venido.
Por ello quiero saludar sin insistencia
a tantas cosas más que amables:
los amigos de color celeste,
los días de color variable,
la libertad del color de mis ojos;
los niñitos de seda tan clara,
los entierros aburridos como piedras,
la seguridad, ese insecto
que anida en los volantes de la luz.
Adiós, dulces amantes invisibles,
siento no haber dormido en vuestros brazos.
Vine por esos besos solamente;
guardad los labios por si vuelvo.
jueves, 19 de abril de 2012
Dobla el dos de noviembre (por César Vallejo)
Dobla el dos de noviembre.
Estas sillas son buenas acogidas.
La rama del presentimiento
va, viene, sube, ondea sudorosa,
fatigada en esta sala.
Dobla triste el dos de noviembre.
Difuntos, qué bajo cortan vuestros dientes
abolidos, repasando ciegos nervios,
sin recordar la dura fibra
que cantores obreros redondos remiendan
con cáñamo inacabable, de innumerables nudos
latientes de encrucijada.
Vosotros, difuntos, de las nítidas rodillas
puras a fuerza de entregaros,
cómo aserráis el otro corazón
con vuestras blancas coronas, ralas
de cordialidad. Sí. Vosotros, difuntos.
Dobla triste el dos de noviembre.
Y la rama del presentimiento
se la muerde un carro que simplemente
rueda por la calle.
Estas sillas son buenas acogidas.
La rama del presentimiento
va, viene, sube, ondea sudorosa,
fatigada en esta sala.
Dobla triste el dos de noviembre.
Difuntos, qué bajo cortan vuestros dientes
abolidos, repasando ciegos nervios,
sin recordar la dura fibra
que cantores obreros redondos remiendan
con cáñamo inacabable, de innumerables nudos
latientes de encrucijada.
Vosotros, difuntos, de las nítidas rodillas
puras a fuerza de entregaros,
cómo aserráis el otro corazón
con vuestras blancas coronas, ralas
de cordialidad. Sí. Vosotros, difuntos.
Dobla triste el dos de noviembre.
Y la rama del presentimiento
se la muerde un carro que simplemente
rueda por la calle.
miércoles, 18 de abril de 2012
Cómo nos invade (por Eduardo D´ Anna)
Para ser viento, cómo aparta
las hojas, cómo le contestan,
cómo me invade, cómo nos invade,
y cómo, prepotente, nos obliga
a respirar. Aunque queramos
morir. Aunque queramos
irnos con los fantasmas de la noche,
que ni siquiera saben respirar
ni lo precisan.
las hojas, cómo le contestan,
cómo me invade, cómo nos invade,
y cómo, prepotente, nos obliga
a respirar. Aunque queramos
morir. Aunque queramos
irnos con los fantasmas de la noche,
que ni siquiera saben respirar
ni lo precisan.
martes, 17 de abril de 2012
Vienen cargadas de verbos mudos (por Vladimira Pund)
Áspides ansiolíticas
en procesión nocturna
traen flores verdes
a mi memoria
Vienen cargadas de verbos mudos,
arrancados del seno de la voz
del habitante de mi memoria
Ofídicas y solemnes
pitones, cascabeles y anacondas
portan sobre sus lomos
una gorra sin cabeza
una camisa sin torso
unas gafas sin ojos
unos zapatos que no caminan
Objetos inútiles
porque ya no tienen dueño
Procesionan espirúlicas
hacia el epicentro de mi alma
hacia el hueco coronario
Pero caen una tras otra,
rítmica y espaciadamente
insonoras
porque el abismo no tiene fin
en procesión nocturna
traen flores verdes
a mi memoria
Vienen cargadas de verbos mudos,
arrancados del seno de la voz
del habitante de mi memoria
Ofídicas y solemnes
pitones, cascabeles y anacondas
portan sobre sus lomos
una gorra sin cabeza
una camisa sin torso
unas gafas sin ojos
unos zapatos que no caminan
Objetos inútiles
porque ya no tienen dueño
Procesionan espirúlicas
hacia el epicentro de mi alma
hacia el hueco coronario
Pero caen una tras otra,
rítmica y espaciadamente
insonoras
porque el abismo no tiene fin
lunes, 16 de abril de 2012
Tres casillas más allá (por Wislawa Szymborska)
Leemos las cartas de los difuntos como impotentes dioses,
pero dioses a fin de cuentas porque conocemos las fechas
posteriores.
Sabemos qué dinero no ha sido devuelto.
Con quién se casaron rápidamente las viudas.
Pobres difuntos, inocentes difuntos,
engañados, falibles, ineptamente precavidos.
Vemos los gestos y las señas que hacen a sus espaldas.
Cazamos con el oído el rumor de los testamentos rotos.
Están sentados frente a nosotros, ridículos, comen panecillos
con mantequilla,
o echan a correr tras los sombreros que vuelan de sus cabezas.
Su mal gusto, Napoleón, el vapor y la electricidad,
sus mortales curas para enfermedades curables,
el insensato Apocalipsis según San Juan,
el falso paraíso en la tierra según Juan Jacobo…
Observamos en silencio sus peones en el tablero,
sólo que tres casillas más allá.
Todo lo previsto por ellos salió de un modo totalmente
diferente,
o un poco diferente, es decir, también totalmente diferente.
Los más diligentes nos miran ingenuamente a los ojos,
porque pensaban que en ellos hallarían la perfección.
pero dioses a fin de cuentas porque conocemos las fechas
posteriores.
Sabemos qué dinero no ha sido devuelto.
Con quién se casaron rápidamente las viudas.
Pobres difuntos, inocentes difuntos,
engañados, falibles, ineptamente precavidos.
Vemos los gestos y las señas que hacen a sus espaldas.
Cazamos con el oído el rumor de los testamentos rotos.
Están sentados frente a nosotros, ridículos, comen panecillos
con mantequilla,
o echan a correr tras los sombreros que vuelan de sus cabezas.
Su mal gusto, Napoleón, el vapor y la electricidad,
sus mortales curas para enfermedades curables,
el insensato Apocalipsis según San Juan,
el falso paraíso en la tierra según Juan Jacobo…
Observamos en silencio sus peones en el tablero,
sólo que tres casillas más allá.
Todo lo previsto por ellos salió de un modo totalmente
diferente,
o un poco diferente, es decir, también totalmente diferente.
Los más diligentes nos miran ingenuamente a los ojos,
porque pensaban que en ellos hallarían la perfección.
domingo, 15 de abril de 2012
Labios ausentes (por Georges Brassens)
Quiero dedicar este poema
a todas las mujeres que amamos
durante algunos instantes secretos,
a las que apenas conocemos,
a las que un destino distinto les arrastra
y ya no volvemos a ver más.
A la que vemos aparecer
un segundo en su ventana
y rápidamente se desvanece
pero cuya esbelta silueta
es tan graciosa y delicada
que nos quedamos maravillados.
A la compañera de viaje
cuyos ojos, encantador paisaje,
hacen parecer corto el camino.
Que somos los únicos en comprenderla
y a la que sin embargo dejamos bajar
sin haber rozado su mano.
A las que ya están comprometidas,
y que, viviendo horas grises
cerca de un ser demasiado diferente,
nos han dejado, inútil locura,
ver la melancolía
de un futuro desesperante.
Queridas imágenes vistas,
esperanzas frustradas de un día,
mañana estaréis en el olvido.
Con solo un poco de felicidad que tengamos
es raro que nos acordemos
de los episodios del camino.
Pero si hemos fracasado en la vida,
pensamos con un poco de ganas
en todas esas felicidades entrevistas,
en los besos que no osamos coger,
en los corazones que debían esperarnos,
en los ojos que no hemos vuelto a ver.
Entonces, en las noches de hastío,
poblando nuestra soledad
con los fantasmas del recuerdo,
lloramos los labios ausentes
de todas las bellas fugaces
que no supimos retener.
a todas las mujeres que amamos
durante algunos instantes secretos,
a las que apenas conocemos,
a las que un destino distinto les arrastra
y ya no volvemos a ver más.
A la que vemos aparecer
un segundo en su ventana
y rápidamente se desvanece
pero cuya esbelta silueta
es tan graciosa y delicada
que nos quedamos maravillados.
A la compañera de viaje
cuyos ojos, encantador paisaje,
hacen parecer corto el camino.
Que somos los únicos en comprenderla
y a la que sin embargo dejamos bajar
sin haber rozado su mano.
A las que ya están comprometidas,
y que, viviendo horas grises
cerca de un ser demasiado diferente,
nos han dejado, inútil locura,
ver la melancolía
de un futuro desesperante.
Queridas imágenes vistas,
esperanzas frustradas de un día,
mañana estaréis en el olvido.
Con solo un poco de felicidad que tengamos
es raro que nos acordemos
de los episodios del camino.
Pero si hemos fracasado en la vida,
pensamos con un poco de ganas
en todas esas felicidades entrevistas,
en los besos que no osamos coger,
en los corazones que debían esperarnos,
en los ojos que no hemos vuelto a ver.
Entonces, en las noches de hastío,
poblando nuestra soledad
con los fantasmas del recuerdo,
lloramos los labios ausentes
de todas las bellas fugaces
que no supimos retener.
sábado, 14 de abril de 2012
Con los ojos vendados (por Edgar Lee Masters)
Vi una hermosa mujer con los ojos vendados,
erguida en la escalinata de un templo de mármol.
Grandes multitudes pasaban frente a ella
levantando hacia ella sus rostros implorantes.
En su mano izquierda sostenía una espada.
Y estaba blandiéndola,
hiriendo una vez a un chico, otra vez a un obrero,
otra a una mujer que huía y luego a un loco.
En su mano derecha sostenía una balanza.
A la balanza arrojaban monedas de oro
aquellos que esquivaban los golpes de la espada.
Un hombre con toga negra leía en un manuscrito:
'Ella no respeta a las personas'.
Entonces un joven que llevaba un gorro rojo
saltó hasta ella y le arrancó la venda.
Resultó que tenía las pestañas corroídas
en párpados purulentos;
los globos de los ojos estaban endurecidos por un moco lechoso;
el extravío de un alma agonizante
llevaba escrito en su rostro. . .
Pero la multitud supo por qué llevaba una venda.
erguida en la escalinata de un templo de mármol.
Grandes multitudes pasaban frente a ella
levantando hacia ella sus rostros implorantes.
En su mano izquierda sostenía una espada.
Y estaba blandiéndola,
hiriendo una vez a un chico, otra vez a un obrero,
otra a una mujer que huía y luego a un loco.
En su mano derecha sostenía una balanza.
A la balanza arrojaban monedas de oro
aquellos que esquivaban los golpes de la espada.
Un hombre con toga negra leía en un manuscrito:
'Ella no respeta a las personas'.
Entonces un joven que llevaba un gorro rojo
saltó hasta ella y le arrancó la venda.
Resultó que tenía las pestañas corroídas
en párpados purulentos;
los globos de los ojos estaban endurecidos por un moco lechoso;
el extravío de un alma agonizante
llevaba escrito en su rostro. . .
Pero la multitud supo por qué llevaba una venda.
viernes, 13 de abril de 2012
Y que las cosas ya no sean (por Irene Sánchez Carrión)
Qué nostalgia infinita nos acecha
ahora que las ventanas sólo son
rectángulos vacíos de cristal y madera
contra la densa niebla de la tarde
y el otoño ha llegado
tras esa larga enfermedad que es el verano.
Qué pobre este ahorrar para luego
sin saber para cuándo,
y que las cosas ya no sean,
sólo sirvan,
y que se cierren puertas para siempre,
y marcharme
con lo que quise haber dicho entre los labios
y cruzar la avenida
cuando cambien a verde los semáforos.
ahora que las ventanas sólo son
rectángulos vacíos de cristal y madera
contra la densa niebla de la tarde
y el otoño ha llegado
tras esa larga enfermedad que es el verano.
Qué pobre este ahorrar para luego
sin saber para cuándo,
y que las cosas ya no sean,
sólo sirvan,
y que se cierren puertas para siempre,
y marcharme
con lo que quise haber dicho entre los labios
y cruzar la avenida
cuando cambien a verde los semáforos.
jueves, 12 de abril de 2012
Sol y carne (por Arthur Rimbaud)
El sol, como un hogar de ternura y de vida
vierte su amor ardiente en la tierra encantada,
y uno se siente en el valle, cuando está acostado.
Qué núbil es la tierra, rebosante de sangre;
qué, henchido por un alma, su inmenso seno es
de amor como el de un dios, de carne como mujer,
y qué grávido encierra, de rayos y savia,
el inmenso hormigueo de todos los embriones.
¡Todo crece y asciende!
-¡Oh Venus, oh gran diosa!
Yo añoro aquellos tiempos de antigua juventud,
de sátiros lascivos, de faunos animales,
dioses que por amor mordían la corteza
de las ramas besando a la Ninja en nenúfares.
Añoro aquellos tiempos en que la savia del mundo,
agua del río, sangre rosa de árboles verdes,
levantaba un mundo en las venas de Pan.
Verde palpita el suelo, allí bajo pies caprinos;
sus labios, besando suaves la nítida siringa,
modulan bajo el cielo un gran himno de amor;
erguido en la llanura, escucha su torno,
a su llamada la viva Naturaleza responde;
y árboles mudos mecen al pájaro que canta,
la tierra acuna al hombre, y al océano azul,
los animales, todos, aman, se aman en Dios.
Yo añoro aquellos tiempos, cuando la gran Cibeles
cuentan que recorría, gigantescamente bella,
sobre un carro de bronce, espléndidas ciudades;
derramando sus senos en las inmensidades,
fluyente chorro puro de la vida infinita.
Y de su pecho bendito, feliz, el Hombre mamaba
como si fuera un niño, jugando en sus rodillas.
Y al ser fuerte aquel Hombre, era casto, era dulce.
¡Qué miseria! Ahora dice: yo conozco las cosas;
y ahora va, bien cerrados los ojos, los oídos.
Y sin embargo, ya no hay Dios. ¡Ya no hay Dios!
¡Hombre rey!
Y aunque el Hombre ya es Dios, no hay otra fe que amor;
¡Ah! si ese hombre aún bebiera de tus pechos,
Cibeles, gran madre de los dioses y de hombres;
si a la inmortal Astarté no hubiera abandonado,
quien antaño, emergiendo de la gran claridad,
de las olas azules, flor carnal perfumada,
mostró su ombligo rosa nevado por la espuma
e hizo cantar, con sus ojos negros, victoriosos,
al ruiseñor en el bosque, al amor en los corazones.
II
Creo en ti ¡Yo creo en ti! Madre divina,
Afrodita marina -oh, amargo es el camino,
desde que el otro Dios nos ató a su cruz-.
Carne, Mármol, Flor, Venus, en vosotros yo creo.
Sí, el Hombre es triste y feo, triste bajo ancho cielo.
Y porque ya no es casto tiene que vestir ropas,
pues ya ha profanado su orgulloso busto de Dios,
y así ha empequeñecido, como ídolo en el fuego,
su propio cuerpo olímpico en sucias servidumbres.
Incluso tras la muerte, en esqueletos pálidos,
quiere vivir, insultando la belleza primera.
Y el ídolo en que pusiste tanta virginidad,
la mujer, donde el barro así divinizaste,
para que el Hombre pudiera iluminar su alma
y así ascender despacio en un inmenso amor.
¡La mujer ya no sabe ni siquiera ser puta!
Bonita farsa ésta, donde el mundo se ríe
del dulce y sacro nombre de la hermosa gran Venus.
III
¡Si los tiempos volvieran, esos tiempos que fueron!
-pues el Hombre ha muerto, todo lo interpretó-.
Cansado, a pleno día, de derribar los Ídolos,
libre de todos los dioses, vendrá a resucitar
y, al ser del cielo, escrutará cielos
y el pensamiento ideal, invencible y eterno.
Y todo el Dios que vive bajo carnal arcilla
subirá, ¡subirá! ¡en su frente arderá!
Y cuando en el horizonte lo veas sondear,
despreciando los yugos y libre de temores,
tú vendrás para darle la santa redención.
Espléndido, radiante, dentro de grandes mares,
surgirás arrojando sobre el ancho universo
el amor infinito con sonrisa infinita.
El mundo vibrará como una inmensa lira
con los temblores mismos de un infinito beso.
Sed de amor tiene el mundo: tú vendrás a saciarlo.
¡El Hombre ha levantado su cabeza altiva y libre
y el rayo repentino de hermosura primera
hace que Dios palpite en el altar carnal!
Feliz del bien de ahora, pálido por el mal
que ha sufrido, el Hombre quiere saber todo.
Y esa cabalgadura, el Pensar oprimido,
se desboca en su frente. ¡Y él sabrá por qué!
Y si ella salta libre, ¡la Fe vendrá hasta el Hombre!
¿Por qué ese mundo azul y ese espacio insondable?
¿Por qué los astros de oro hormiguean como arena?
Si subiéramos siempre, ¿qué veríamos desde arriba?
¿Un pastor conduciendo este inmenso rebaño
o mundos dirigidos al horror del espacio?
Y todos esos mundos que el vasto éter abraza,
¿vibran con los acentos de una voz sempiterna?
Y el Hombre, ¿puede ver? ¿puede decir: yo creo?
¿Acaso es más que un sueño la voz del pensamiento?
Si el hombre nace pronto, si la vida es tan breve,
¿de dónde viene? ¿Se hunde en el profundo océano
de Gérmenes y Fetos, de Embriones, en el fondo
de ese inmenso Crisol, donde la Naturaleza
le resucitará, viviente criatura,
para amar en la rosa y crecer entre trigos?
¡No podemos saber! ¡Y hemos sucumbido,
bajo manto ignorante, bajo estrechas quimeras!
Manos de hombres caídos de las vulvas maternas.
Y nuestra razón pálida esconde el infinito,
y queremos mirar; ¡la Duda nos castiga!
La Duda, triste pájaro, con su ala nos golpea...
Y el horizonte huye en una eterna huida...
¡El cielo queda abierto! Los misterios han muerto
ante el hombre, de pie, con los brazos cruzados,
¡en el gran esplendor de la rica naturaleza!
Canta; ...y el bosque canta, y hasta el río murmura,
una canción feliz que asciende a pleno día...
¡El Amor que redime, amor y redención!
IV
¡Oh esplendor de la carne! ¡Oh esplendor ideal!
¡Oh el amor renovado! ¡Oh la aurora triunfal!
Donde, poniendo a sus pies a Héroes y Dioses,
Calipigia la blanca y Eros diminuto
rozarán, ya cubiertos por la nieve de rosas,
las flores y mujeres bajo sus pies nacidos.
Oh Ariadna la grande, que arrojas tus sollozos
en la orilla, mirando huir, allá sobre el agua,
tan blanca bajo el sol, la vela de Teseo.
Oh suave virgen niña que una noche ha quebrado,
¡calla! En su carro de oro bordado de racimos,
Lisios que se pasea entre los campos frigios
sobre tigres lascivos y panteras rojizas,
enrojeciendo musgos sobre ríos azules.
Sobre su cuello de toro, como a niña, Zeus acuna
el cuerpo desnudo de Europa, con su brazo
sobre el cuello de Dios, que tiembla entre las olas.
Él vuelve lentamente su mirada hacia ella,
que abandona su mejilla, tan florecida y pálida,
en la frente de Zeus; ojos cerrados; muere
en un beso divino la ola que murmura.
Con su espuma de oro florecen sus cabellos.
Entre aquellas adelfas y escandalosos lotos,
con amor se desliza gran Cisne soñador,
mientras abraza a Leda con sus alas tan blancas.
Y mientras Cipris pasa, extrañamente hermosa,
arqueando las curvas de caderas espléndidas,
despliega con orgullo sus amplios senos de oro,
y su vientre nevado, negro musgo bordado,
Hércules, el Domador, como un trofeo, fuerte,
ciñe su vasto cuerpo con la piel del león,
y avanza al horizonte, frente terrible y suave.
Por la luna de estío, iluminada y vaga,
de pie, desnuda, sueña su palidez dorada
que mancha la cascada de su azul cabellera
en el claro sombrío con musgos estrellados.
La Driada contempla el cielo silencioso
y la blanca Selene deja flotar su velo,
temerosa, a los pies del hermoso Endimión,
y su beso le arroja, con pálido destello.
La fuente llora lejos en un éxtasis largo.
Es la Ninfa que sueña, acodada en su ánfora,
con blanco y bello joven que su onda estrechó.
Una brisa de amor ha pasado en la noche.
Y en los bosques sagrados, al horror de los árboles,
de pie y majestuosos, esos sombríos Mármoles,
dioses en cuya frente el Pardillo anidó,
al Hombre como al Mundo escuchan infinitos.
vierte su amor ardiente en la tierra encantada,
y uno se siente en el valle, cuando está acostado.
Qué núbil es la tierra, rebosante de sangre;
qué, henchido por un alma, su inmenso seno es
de amor como el de un dios, de carne como mujer,
y qué grávido encierra, de rayos y savia,
el inmenso hormigueo de todos los embriones.
¡Todo crece y asciende!
-¡Oh Venus, oh gran diosa!
Yo añoro aquellos tiempos de antigua juventud,
de sátiros lascivos, de faunos animales,
dioses que por amor mordían la corteza
de las ramas besando a la Ninja en nenúfares.
Añoro aquellos tiempos en que la savia del mundo,
agua del río, sangre rosa de árboles verdes,
levantaba un mundo en las venas de Pan.
Verde palpita el suelo, allí bajo pies caprinos;
sus labios, besando suaves la nítida siringa,
modulan bajo el cielo un gran himno de amor;
erguido en la llanura, escucha su torno,
a su llamada la viva Naturaleza responde;
y árboles mudos mecen al pájaro que canta,
la tierra acuna al hombre, y al océano azul,
los animales, todos, aman, se aman en Dios.
Yo añoro aquellos tiempos, cuando la gran Cibeles
cuentan que recorría, gigantescamente bella,
sobre un carro de bronce, espléndidas ciudades;
derramando sus senos en las inmensidades,
fluyente chorro puro de la vida infinita.
Y de su pecho bendito, feliz, el Hombre mamaba
como si fuera un niño, jugando en sus rodillas.
Y al ser fuerte aquel Hombre, era casto, era dulce.
¡Qué miseria! Ahora dice: yo conozco las cosas;
y ahora va, bien cerrados los ojos, los oídos.
Y sin embargo, ya no hay Dios. ¡Ya no hay Dios!
¡Hombre rey!
Y aunque el Hombre ya es Dios, no hay otra fe que amor;
¡Ah! si ese hombre aún bebiera de tus pechos,
Cibeles, gran madre de los dioses y de hombres;
si a la inmortal Astarté no hubiera abandonado,
quien antaño, emergiendo de la gran claridad,
de las olas azules, flor carnal perfumada,
mostró su ombligo rosa nevado por la espuma
e hizo cantar, con sus ojos negros, victoriosos,
al ruiseñor en el bosque, al amor en los corazones.
II
Creo en ti ¡Yo creo en ti! Madre divina,
Afrodita marina -oh, amargo es el camino,
desde que el otro Dios nos ató a su cruz-.
Carne, Mármol, Flor, Venus, en vosotros yo creo.
Sí, el Hombre es triste y feo, triste bajo ancho cielo.
Y porque ya no es casto tiene que vestir ropas,
pues ya ha profanado su orgulloso busto de Dios,
y así ha empequeñecido, como ídolo en el fuego,
su propio cuerpo olímpico en sucias servidumbres.
Incluso tras la muerte, en esqueletos pálidos,
quiere vivir, insultando la belleza primera.
Y el ídolo en que pusiste tanta virginidad,
la mujer, donde el barro así divinizaste,
para que el Hombre pudiera iluminar su alma
y así ascender despacio en un inmenso amor.
¡La mujer ya no sabe ni siquiera ser puta!
Bonita farsa ésta, donde el mundo se ríe
del dulce y sacro nombre de la hermosa gran Venus.
III
¡Si los tiempos volvieran, esos tiempos que fueron!
-pues el Hombre ha muerto, todo lo interpretó-.
Cansado, a pleno día, de derribar los Ídolos,
libre de todos los dioses, vendrá a resucitar
y, al ser del cielo, escrutará cielos
y el pensamiento ideal, invencible y eterno.
Y todo el Dios que vive bajo carnal arcilla
subirá, ¡subirá! ¡en su frente arderá!
Y cuando en el horizonte lo veas sondear,
despreciando los yugos y libre de temores,
tú vendrás para darle la santa redención.
Espléndido, radiante, dentro de grandes mares,
surgirás arrojando sobre el ancho universo
el amor infinito con sonrisa infinita.
El mundo vibrará como una inmensa lira
con los temblores mismos de un infinito beso.
Sed de amor tiene el mundo: tú vendrás a saciarlo.
¡El Hombre ha levantado su cabeza altiva y libre
y el rayo repentino de hermosura primera
hace que Dios palpite en el altar carnal!
Feliz del bien de ahora, pálido por el mal
que ha sufrido, el Hombre quiere saber todo.
Y esa cabalgadura, el Pensar oprimido,
se desboca en su frente. ¡Y él sabrá por qué!
Y si ella salta libre, ¡la Fe vendrá hasta el Hombre!
¿Por qué ese mundo azul y ese espacio insondable?
¿Por qué los astros de oro hormiguean como arena?
Si subiéramos siempre, ¿qué veríamos desde arriba?
¿Un pastor conduciendo este inmenso rebaño
o mundos dirigidos al horror del espacio?
Y todos esos mundos que el vasto éter abraza,
¿vibran con los acentos de una voz sempiterna?
Y el Hombre, ¿puede ver? ¿puede decir: yo creo?
¿Acaso es más que un sueño la voz del pensamiento?
Si el hombre nace pronto, si la vida es tan breve,
¿de dónde viene? ¿Se hunde en el profundo océano
de Gérmenes y Fetos, de Embriones, en el fondo
de ese inmenso Crisol, donde la Naturaleza
le resucitará, viviente criatura,
para amar en la rosa y crecer entre trigos?
¡No podemos saber! ¡Y hemos sucumbido,
bajo manto ignorante, bajo estrechas quimeras!
Manos de hombres caídos de las vulvas maternas.
Y nuestra razón pálida esconde el infinito,
y queremos mirar; ¡la Duda nos castiga!
La Duda, triste pájaro, con su ala nos golpea...
Y el horizonte huye en una eterna huida...
¡El cielo queda abierto! Los misterios han muerto
ante el hombre, de pie, con los brazos cruzados,
¡en el gran esplendor de la rica naturaleza!
Canta; ...y el bosque canta, y hasta el río murmura,
una canción feliz que asciende a pleno día...
¡El Amor que redime, amor y redención!
IV
¡Oh esplendor de la carne! ¡Oh esplendor ideal!
¡Oh el amor renovado! ¡Oh la aurora triunfal!
Donde, poniendo a sus pies a Héroes y Dioses,
Calipigia la blanca y Eros diminuto
rozarán, ya cubiertos por la nieve de rosas,
las flores y mujeres bajo sus pies nacidos.
Oh Ariadna la grande, que arrojas tus sollozos
en la orilla, mirando huir, allá sobre el agua,
tan blanca bajo el sol, la vela de Teseo.
Oh suave virgen niña que una noche ha quebrado,
¡calla! En su carro de oro bordado de racimos,
Lisios que se pasea entre los campos frigios
sobre tigres lascivos y panteras rojizas,
enrojeciendo musgos sobre ríos azules.
Sobre su cuello de toro, como a niña, Zeus acuna
el cuerpo desnudo de Europa, con su brazo
sobre el cuello de Dios, que tiembla entre las olas.
Él vuelve lentamente su mirada hacia ella,
que abandona su mejilla, tan florecida y pálida,
en la frente de Zeus; ojos cerrados; muere
en un beso divino la ola que murmura.
Con su espuma de oro florecen sus cabellos.
Entre aquellas adelfas y escandalosos lotos,
con amor se desliza gran Cisne soñador,
mientras abraza a Leda con sus alas tan blancas.
Y mientras Cipris pasa, extrañamente hermosa,
arqueando las curvas de caderas espléndidas,
despliega con orgullo sus amplios senos de oro,
y su vientre nevado, negro musgo bordado,
Hércules, el Domador, como un trofeo, fuerte,
ciñe su vasto cuerpo con la piel del león,
y avanza al horizonte, frente terrible y suave.
Por la luna de estío, iluminada y vaga,
de pie, desnuda, sueña su palidez dorada
que mancha la cascada de su azul cabellera
en el claro sombrío con musgos estrellados.
La Driada contempla el cielo silencioso
y la blanca Selene deja flotar su velo,
temerosa, a los pies del hermoso Endimión,
y su beso le arroja, con pálido destello.
La fuente llora lejos en un éxtasis largo.
Es la Ninfa que sueña, acodada en su ánfora,
con blanco y bello joven que su onda estrechó.
Una brisa de amor ha pasado en la noche.
Y en los bosques sagrados, al horror de los árboles,
de pie y majestuosos, esos sombríos Mármoles,
dioses en cuya frente el Pardillo anidó,
al Hombre como al Mundo escuchan infinitos.
miércoles, 11 de abril de 2012
Ayer (por Ángel González)
Ayer fue miércoles toda la mañana.
Por la tarde cambió:
se puso casi lunes,
la tristeza invadió los corazones
y hubo un claro
movimiento de pánico hacia los
tranvías
que llevan los bañistas hasta el río.
A eso de las siete cruzó el cielo
una lenta avioneta, y ni los niños
la miraron.
Se desató
el frío,
alguien salió a la calle con sombrero,
ayer, y todo el día
fue igual,
ya veis,
qué divertido,
ayer y siempre ayer y así hasta ahora,
continuamente andando por las calles
gente desconocida,
o bien dentro de casa merendando
pan y café con leche, ¡qué
alegría!
La noche vino pronto y se encendieron
amarillos y cálidos faroles,
y nadie pudo
impedir que al final amaneciese
el día de hoy,
tan parecido
pero
¡tan diferente en luces y en aroma!
Por eso mismo,
porque es como os digo,
dejadme que os hable
de ayer, una vez más
de ayer: el día
incomparable que ya nadie nunca
volverá a ver jamás sobre la tierra.
Por la tarde cambió:
se puso casi lunes,
la tristeza invadió los corazones
y hubo un claro
movimiento de pánico hacia los
tranvías
que llevan los bañistas hasta el río.
A eso de las siete cruzó el cielo
una lenta avioneta, y ni los niños
la miraron.
Se desató
el frío,
alguien salió a la calle con sombrero,
ayer, y todo el día
fue igual,
ya veis,
qué divertido,
ayer y siempre ayer y así hasta ahora,
continuamente andando por las calles
gente desconocida,
o bien dentro de casa merendando
pan y café con leche, ¡qué
alegría!
La noche vino pronto y se encendieron
amarillos y cálidos faroles,
y nadie pudo
impedir que al final amaneciese
el día de hoy,
tan parecido
pero
¡tan diferente en luces y en aroma!
Por eso mismo,
porque es como os digo,
dejadme que os hable
de ayer, una vez más
de ayer: el día
incomparable que ya nadie nunca
volverá a ver jamás sobre la tierra.
martes, 10 de abril de 2012
Solamente deseo amarte (por Paul Éluard)
Solamente deseo amarte
Una tempestad llena el valle
un solo pez el río
Te he hecho
a la medida de mi soledad
Todo el mundo para esconderse
días y noches para comprenderse
Para contemplar en tus ojos
todo lo que pienso de ti
y de un mundo hecho a tu imagen
Y las noches y los días gobernados por tus párpados
Una tempestad llena el valle
un solo pez el río
Te he hecho
a la medida de mi soledad
Todo el mundo para esconderse
días y noches para comprenderse
Para contemplar en tus ojos
todo lo que pienso de ti
y de un mundo hecho a tu imagen
Y las noches y los días gobernados por tus párpados
lunes, 9 de abril de 2012
Ven (por Saiz de Marco)
ven por túneles estrechos, por vericuetos oscuros
remando a contracorriente del flujo, de los embates de la espiral giratoria
retrocediendo hacia el eje
hacia el núcleo, hacia el origen de sus concéntricos bucles
aprovechando un descuido, un bostezo del vigía
en tu piel o libre de ella
desde el pabellón de sombras
regresa esta noche, ven
remando a contracorriente del flujo, de los embates de la espiral giratoria
retrocediendo hacia el eje
hacia el núcleo, hacia el origen de sus concéntricos bucles
aprovechando un descuido, un bostezo del vigía
en tu piel o libre de ella
desde el pabellón de sombras
regresa esta noche, ven
domingo, 8 de abril de 2012
El beso de buenas noches (por Leopoldo María Panero)
Padre, me voy:
voy a jugar en la muerte,
padre me voy.
Dile adiós a mi madre,
y apaga la luz de mi cuarto:
padre, me voy.
Dile a aquel niño que allá ríe,
no sé de qué, si de la vida,
mi nombre, sólo mi nombre.
Pon mis juguetes en buen orden
oso con oso, pon al perro
con el pájaro, en cuanto al pato
déjalo solo, al pato:
padre, me voy: voy a jugar con la muerte.
Había una llama, sí, en mis ojos,
porque velaron tantas noches
y no logró nadie cerrarlos
sino yo; perdona, padre, que no hubiera
nadie, sino yo: me voy,
me voy solo a jugar con la muerte.
II
Padre, estoy muerto, ya, y qué oscuro
es todo esto:
no hay luna aquí, no hay sol ni tierras,
padre, estoy muerto.
Somos los muertos como enfermos
y el cementerio el hospital
para jugar aquí a los médicos
sábana blanca y bisturí
y tantas tumbas como lechos
para soñar: y son tan blancos esos huesos
padre tan blancos: como soñar.
Dicen los otros, los más muertos
los que ya llevan tiempo y tiempo
aquí vengándose de Dios
que vendrá el Diablo, el buen Diablo
que vendrá el Diablo con más flores
de las que nadie pueda traer.
Padre, estoy muerto, no estoy solo
padre, estoy muerto, tengo amigos
con quien jugar.
III
Madre, esos besos que en la tumba
aún me das
son despertar, son nuevo frío;
estuve vivo, ya lo supe
ahora déjame olvidar.
IV
Padre, estoy muerto, y es la tumba
una cuna mucho mejor
padre, no hay nadie, ya estoy solo
padre, si alguna vez de nuevo
vuelvo a vosotros, padre, si otra
vez yo vivo, no sé con qué voy a soñar.
voy a jugar en la muerte,
padre me voy.
Dile adiós a mi madre,
y apaga la luz de mi cuarto:
padre, me voy.
Dile a aquel niño que allá ríe,
no sé de qué, si de la vida,
mi nombre, sólo mi nombre.
Pon mis juguetes en buen orden
oso con oso, pon al perro
con el pájaro, en cuanto al pato
déjalo solo, al pato:
padre, me voy: voy a jugar con la muerte.
Había una llama, sí, en mis ojos,
porque velaron tantas noches
y no logró nadie cerrarlos
sino yo; perdona, padre, que no hubiera
nadie, sino yo: me voy,
me voy solo a jugar con la muerte.
II
Padre, estoy muerto, ya, y qué oscuro
es todo esto:
no hay luna aquí, no hay sol ni tierras,
padre, estoy muerto.
Somos los muertos como enfermos
y el cementerio el hospital
para jugar aquí a los médicos
sábana blanca y bisturí
y tantas tumbas como lechos
para soñar: y son tan blancos esos huesos
padre tan blancos: como soñar.
Dicen los otros, los más muertos
los que ya llevan tiempo y tiempo
aquí vengándose de Dios
que vendrá el Diablo, el buen Diablo
que vendrá el Diablo con más flores
de las que nadie pueda traer.
Padre, estoy muerto, no estoy solo
padre, estoy muerto, tengo amigos
con quien jugar.
III
Madre, esos besos que en la tumba
aún me das
son despertar, son nuevo frío;
estuve vivo, ya lo supe
ahora déjame olvidar.
IV
Padre, estoy muerto, y es la tumba
una cuna mucho mejor
padre, no hay nadie, ya estoy solo
padre, si alguna vez de nuevo
vuelvo a vosotros, padre, si otra
vez yo vivo, no sé con qué voy a soñar.
sábado, 7 de abril de 2012
Una triste llamarada (por Pedro Shimose)
He visto matar, he visto morir.
Arde en el tiempo una triste llamarada de locura.
Dura es la historia para quien la sufre como un dios ciego.
(Vago adolorido con mis muertos.)
Banderas abatidas flotan en el vacío.
Cielos desgarrados.
La tierra es un dolor intenso, apenas un fulgor, un grito,
casi un parto.
Arde en el tiempo una triste llamarada de locura.
Dura es la historia para quien la sufre como un dios ciego.
(Vago adolorido con mis muertos.)
Banderas abatidas flotan en el vacío.
Cielos desgarrados.
La tierra es un dolor intenso, apenas un fulgor, un grito,
casi un parto.
viernes, 6 de abril de 2012
Una sola palabra (por Fina García Marruz)
Sí, nuestra lengua ha pronunciado
innúmeras palabras.
Nuestra razón se enreda
en laberintos blancos.
Nuestra mente no acierta
a copiar la simplicidad de la luz.
Sí, nuestra lengua sabe
todas las palabras.
Pero el corazón sólo sabe
una sola palabra.
Una sola palabra
ha guardado en la sombra.
"Di una sola palabra
di una sola palabra..."
murmura el alma de los oficios.
Perdona si hemos
hablado demasiado. Si hemos
defraudado al amor
que silenciosamente obra.
Tú sabes lo que a través
de toda esta confusión hemos buscado.
Tu qué eres esa sola palabra
innúmeras palabras.
Nuestra razón se enreda
en laberintos blancos.
Nuestra mente no acierta
a copiar la simplicidad de la luz.
Sí, nuestra lengua sabe
todas las palabras.
Pero el corazón sólo sabe
una sola palabra.
Una sola palabra
ha guardado en la sombra.
"Di una sola palabra
di una sola palabra..."
murmura el alma de los oficios.
Perdona si hemos
hablado demasiado. Si hemos
defraudado al amor
que silenciosamente obra.
Tú sabes lo que a través
de toda esta confusión hemos buscado.
Tu qué eres esa sola palabra
jueves, 5 de abril de 2012
La muerte (por Riszard Kapuscinski)
Está aquí al lado
anda por aquí
no para de dar vueltas
siempre en movimiento
con su propia lista de direcciones
Tiene un corazón fuerte
no se queja del cansancio
no se deprime
no tiene tiempo para la hipocondría
un dechado de salud
Tiene una vista perfecta
no se puede contar con que no se dé cuenta
tiene una memoria formidable
no hay que esperar que puede que se olvide
es aplicada
se concentra
es muy precisa
la perfección desde todos los puntos de vista.
anda por aquí
no para de dar vueltas
siempre en movimiento
con su propia lista de direcciones
Tiene un corazón fuerte
no se queja del cansancio
no se deprime
no tiene tiempo para la hipocondría
un dechado de salud
Tiene una vista perfecta
no se puede contar con que no se dé cuenta
tiene una memoria formidable
no hay que esperar que puede que se olvide
es aplicada
se concentra
es muy precisa
la perfección desde todos los puntos de vista.
miércoles, 4 de abril de 2012
Qué extraño (por Vicente Gallego)
Qué extraño es de repente todo esto
cuando te pasa a ti: que se arruine la carne,
que el entusiasmo falle, esos dos baluartes
que jamás se rindieron, ni siquiera
cuando todo tembló en algún momento.
La realidad te alcanza, y el mundo te parece
un chicle masticado que molesta
retener en la boca sin sabor. Vas llegando
donde jamás pensaste que llegaras,
porque no piensa el joven seriamente
—y ése ha sido el regalo más grande de la vida—
que su destino sea el deterioro.
Es vulgar esta historia como aquellas
que leías distante en los versos ajenos:
otro hombre comprende que ha gastado
para siempre la parte más hermosa
y también la más breve de su tiempo.
Es vulgar esta historia,
y al mundo no le importa.
Lo que tiene de nuevo es que por fin
ese hombre eres tú.
cuando te pasa a ti: que se arruine la carne,
que el entusiasmo falle, esos dos baluartes
que jamás se rindieron, ni siquiera
cuando todo tembló en algún momento.
La realidad te alcanza, y el mundo te parece
un chicle masticado que molesta
retener en la boca sin sabor. Vas llegando
donde jamás pensaste que llegaras,
porque no piensa el joven seriamente
—y ése ha sido el regalo más grande de la vida—
que su destino sea el deterioro.
Es vulgar esta historia como aquellas
que leías distante en los versos ajenos:
otro hombre comprende que ha gastado
para siempre la parte más hermosa
y también la más breve de su tiempo.
Es vulgar esta historia,
y al mundo no le importa.
Lo que tiene de nuevo es que por fin
ese hombre eres tú.
martes, 3 de abril de 2012
Salvación por el cuerpo (por Pedro Salinas)
¿No lo oyes? Sobre el mundo,
eternamente errante
de vendaval, a brisas o a suspiro,
bajo el mundo,
tan poderosamente subterránea
que parece temblor, calor de tierra,
sin cesar, en su angustia desolada,
vuela o se arrastra el ansia de ser cuerpo.
Todo quiere ser cuerpo.
Mariposa, montaña,
ensayos son alternativos
de forma corporal, a un mismo anhelo:
cumplirse en la materia,
evadidas por fin del desolado
sino de almas errantes.
Los espacios vacíos, el gran aire,
esperan siempre, por dejar de serlo,
bultos que los ocupen. Horizontes
vigilan avizores, en los mares,
barcos que desalojen
con su gran tonelaje y con su música
alguna parte del vacío inmenso
que el aire es fatalmente;
y las aves
tienen el aire lleno de memorias.
¡Afán, afán de cuerpo!
Querer vivir es anhelar la carne,
donde se vive y por la que se muere.
Se busca oscuramente sin saberlo
un cuerpo, un cuerpo, un cuerpo.
Nuestro primer hallazgo es el nacer.
Si se nace
con los ojos cerrados, y los puños
rabiosamente voluntarios, es
porque siempre se nace de quererlo.
El cuerpo ya está aquí; pero se ignora,
como al olor de rosa se le olvida
la rosa. Lo llevamos
aliado nuestro, se le mira
en los espejos, en las sombras.
Solamente costumbre. Un día
la infatigable sed de ser corpóreo
en nosotros irrumpe,
lo mismo que la luz, necesitada
de posarse en materia para verse
por el revés de sí, verse en su sombra.
Y como el cuerpo más cercano
de todos los del mundo es este nuestro,
nos unimos con él, crédulos, fáciles,
ilusionados de que bastará
a nuestro afán de carne. Nuestro cuerpo
es el cuerpo primero en que vivimos,
y eso se llama juventud a veces.
Sí, es el primero y eran dieciséis
los años de la historia.
Agua fría en la piel,
zumo de mundo inédito en la boca,
locas carreras para nada, y luego
el cansancio feliz. Tibios presagios
sin rumbo el rostro corren,
disfrazados de ardores sin motivo.
Nos sospechamos nuestros labios ya.
La primera soledad se siente en ellos.
¡Y qué asombrado es el reconocerse
en estas tentativas de presencia,
nosotros en nosotros, vagabundos
por el cuerpo soltero!
Alegremente fáciles,
se vive así en materia
que nada necesita si no es ella,
igual que la inicial estrella de la noche,
tan suficientemente solitaria.
Así viven los seres
tiernamente llamados animales:
la gacela
está en bodas recientes con su cuerpo.
Pero luego supimos,
lo supimos tú y yo en el mismo día,
que un cuerpo que se busca
cuando se tiene ya y se está cansado
de su repetición y de su pulso,
sólo se encuentra en otro.
¿Con qué buscar los cuerpos?
Con los ojos se buscan, penetrantes,
en la alta madrugada, ese paisaje
del invierno del día, tan nevado;
en el lecho se buscan,
donde estoy solo, donde tú estarás.
La blancura vacía
se puebla de recuerdos no tenidos,
la recorren presagios sonrosados
de aquel rosado bulto que tú eras,
y brota, inmaterial masa de sueño,
tu inventada figura hasta que llegues.
Allí, en la oscura noche,
cuando el silencio lo permite todo
y parece la vida,
el oído en vela escucha
vaga respiración, suspiro en eco,
sospechas del estar un cuerpo aliado.
Porque un cuerpo -lo sabes y lo sé-
sólo está en su pareja.
Ya se encontró: con lentas claridades,
muy despacio.
¡Cómo desembocamos en el nuevo,
cuerpo con cuerpo igual que agua con agua,
corriendo juntos entre orillas
que se llaman los días más felices!
¡Cómo nos encontramos con el nuestro
allí en el otro, por querer huirlo!
Estaba allí esperándose, esperándonos:
un cuerpo es el destino de otro cuerpo.
Y ahora se le conoce, ya, clarísimo.
Después de tantas peregrinaciones
por temblores, por nubes y por números,
estaba su verdad definitiva.
Traspasamos los límites antiguos.
La vida salta, al fin, sobre su carne,
por un gran soplo corporal henchidas
las nuevas velas:
atrás se cierra un mar y busca otro.
Encarnación final, y jubiloso
nacer, por fin, en dos, en la unidad
radiante de la vida, dos. Derrota
del solitario aquel nacer primero.
Arribo a nuestra carne trascorpórea,
al cuerpo, ya, del alma.
Y se quedan aquí tras el hallazgo
-milagroso final de besos lentos-,
rendidos nuestros bultos y estrechados,
sólo ya como prendas, como señas
de que a dos seres les sirvió esta carne
-por eso está tan trémula de dicha-
para encontrar, al cabo, al otro lado,
su cuerpo, el del amor, último y cierto.
Ése
que inútilmente esperarán las tumbas.
eternamente errante
de vendaval, a brisas o a suspiro,
bajo el mundo,
tan poderosamente subterránea
que parece temblor, calor de tierra,
sin cesar, en su angustia desolada,
vuela o se arrastra el ansia de ser cuerpo.
Todo quiere ser cuerpo.
Mariposa, montaña,
ensayos son alternativos
de forma corporal, a un mismo anhelo:
cumplirse en la materia,
evadidas por fin del desolado
sino de almas errantes.
Los espacios vacíos, el gran aire,
esperan siempre, por dejar de serlo,
bultos que los ocupen. Horizontes
vigilan avizores, en los mares,
barcos que desalojen
con su gran tonelaje y con su música
alguna parte del vacío inmenso
que el aire es fatalmente;
y las aves
tienen el aire lleno de memorias.
¡Afán, afán de cuerpo!
Querer vivir es anhelar la carne,
donde se vive y por la que se muere.
Se busca oscuramente sin saberlo
un cuerpo, un cuerpo, un cuerpo.
Nuestro primer hallazgo es el nacer.
Si se nace
con los ojos cerrados, y los puños
rabiosamente voluntarios, es
porque siempre se nace de quererlo.
El cuerpo ya está aquí; pero se ignora,
como al olor de rosa se le olvida
la rosa. Lo llevamos
aliado nuestro, se le mira
en los espejos, en las sombras.
Solamente costumbre. Un día
la infatigable sed de ser corpóreo
en nosotros irrumpe,
lo mismo que la luz, necesitada
de posarse en materia para verse
por el revés de sí, verse en su sombra.
Y como el cuerpo más cercano
de todos los del mundo es este nuestro,
nos unimos con él, crédulos, fáciles,
ilusionados de que bastará
a nuestro afán de carne. Nuestro cuerpo
es el cuerpo primero en que vivimos,
y eso se llama juventud a veces.
Sí, es el primero y eran dieciséis
los años de la historia.
Agua fría en la piel,
zumo de mundo inédito en la boca,
locas carreras para nada, y luego
el cansancio feliz. Tibios presagios
sin rumbo el rostro corren,
disfrazados de ardores sin motivo.
Nos sospechamos nuestros labios ya.
La primera soledad se siente en ellos.
¡Y qué asombrado es el reconocerse
en estas tentativas de presencia,
nosotros en nosotros, vagabundos
por el cuerpo soltero!
Alegremente fáciles,
se vive así en materia
que nada necesita si no es ella,
igual que la inicial estrella de la noche,
tan suficientemente solitaria.
Así viven los seres
tiernamente llamados animales:
la gacela
está en bodas recientes con su cuerpo.
Pero luego supimos,
lo supimos tú y yo en el mismo día,
que un cuerpo que se busca
cuando se tiene ya y se está cansado
de su repetición y de su pulso,
sólo se encuentra en otro.
¿Con qué buscar los cuerpos?
Con los ojos se buscan, penetrantes,
en la alta madrugada, ese paisaje
del invierno del día, tan nevado;
en el lecho se buscan,
donde estoy solo, donde tú estarás.
La blancura vacía
se puebla de recuerdos no tenidos,
la recorren presagios sonrosados
de aquel rosado bulto que tú eras,
y brota, inmaterial masa de sueño,
tu inventada figura hasta que llegues.
Allí, en la oscura noche,
cuando el silencio lo permite todo
y parece la vida,
el oído en vela escucha
vaga respiración, suspiro en eco,
sospechas del estar un cuerpo aliado.
Porque un cuerpo -lo sabes y lo sé-
sólo está en su pareja.
Ya se encontró: con lentas claridades,
muy despacio.
¡Cómo desembocamos en el nuevo,
cuerpo con cuerpo igual que agua con agua,
corriendo juntos entre orillas
que se llaman los días más felices!
¡Cómo nos encontramos con el nuestro
allí en el otro, por querer huirlo!
Estaba allí esperándose, esperándonos:
un cuerpo es el destino de otro cuerpo.
Y ahora se le conoce, ya, clarísimo.
Después de tantas peregrinaciones
por temblores, por nubes y por números,
estaba su verdad definitiva.
Traspasamos los límites antiguos.
La vida salta, al fin, sobre su carne,
por un gran soplo corporal henchidas
las nuevas velas:
atrás se cierra un mar y busca otro.
Encarnación final, y jubiloso
nacer, por fin, en dos, en la unidad
radiante de la vida, dos. Derrota
del solitario aquel nacer primero.
Arribo a nuestra carne trascorpórea,
al cuerpo, ya, del alma.
Y se quedan aquí tras el hallazgo
-milagroso final de besos lentos-,
rendidos nuestros bultos y estrechados,
sólo ya como prendas, como señas
de que a dos seres les sirvió esta carne
-por eso está tan trémula de dicha-
para encontrar, al cabo, al otro lado,
su cuerpo, el del amor, último y cierto.
Ése
que inútilmente esperarán las tumbas.
lunes, 2 de abril de 2012
Aún (por Antonio Gamoneda)
Amé. Es incomprensible como el temor de los árboles.
Ahora estoy extraviado en la luz pero yo sé que amé.
Yo vivía en un ser y su sangre se deslizaba por mis venas y
la música me envolvía y yo mismo era música.
Ahora,
¿quién es ciego en mis ojos?
Unas manos pasaban sobre mi rostro y envejecían dulcemente.
¿Qué fue existir entre cuerdas y olvidos?
¿Quién fui en los brazos de mi madre,
quién fui en mi propio corazón?
Es extraño: solamente he aprendido a desconocer y olvidar.
Es extraño:
todavía el amor
habita en el olvido.
Ahora estoy extraviado en la luz pero yo sé que amé.
Yo vivía en un ser y su sangre se deslizaba por mis venas y
la música me envolvía y yo mismo era música.
Ahora,
¿quién es ciego en mis ojos?
Unas manos pasaban sobre mi rostro y envejecían dulcemente.
¿Qué fue existir entre cuerdas y olvidos?
¿Quién fui en los brazos de mi madre,
quién fui en mi propio corazón?
Es extraño: solamente he aprendido a desconocer y olvidar.
Es extraño:
todavía el amor
habita en el olvido.
domingo, 1 de abril de 2012
Ya casi (por Ángel González)
Esto,
que está muy mal, está pasando.
Como pasó el amor
pasará el desconsuelo.
¿Acabaré agradeciendo al tiempo
lo que en él siempre odié?:
que todo pase,
que todo lo convierta al fin en nada.
que está muy mal, está pasando.
Como pasó el amor
pasará el desconsuelo.
¿Acabaré agradeciendo al tiempo
lo que en él siempre odié?:
que todo pase,
que todo lo convierta al fin en nada.
sábado, 31 de marzo de 2012
Creo que te inventé (por Sylvia Plath)
Cierro los ojos y el mundo muere;
levanto los párpados y otra vez nace todo.
(Creo que te inventé en mi mente.)
Las estrellas salen valseando en azul y rojo,
sin sentir galopa la negrura.
Cierro los ojos y el mundo muere.
Soñé que me hechizabas en la cama.
Cantabas el sonido de la luna, me besabas locamente.
(Creo que te inventé en mi mente).
Dios cae del cielo, las llamas del infierno se debilitan:
Escapan serafines y soldados de satán:
Cierro los ojos y el mundo muere.
Imaginé que volverías como dijiste,
pero crecí y olvidé tu nombre.
(Creo que te inventé en mi mente.)
Debí haber amado al pájaro de trueno, no a ti;
al menos cuando la primavera llega ruge nuevamente.
Cierro los ojos y el mundo muere.
(Creo que te inventé en mi mente.)
levanto los párpados y otra vez nace todo.
(Creo que te inventé en mi mente.)
Las estrellas salen valseando en azul y rojo,
sin sentir galopa la negrura.
Cierro los ojos y el mundo muere.
Soñé que me hechizabas en la cama.
Cantabas el sonido de la luna, me besabas locamente.
(Creo que te inventé en mi mente).
Dios cae del cielo, las llamas del infierno se debilitan:
Escapan serafines y soldados de satán:
Cierro los ojos y el mundo muere.
Imaginé que volverías como dijiste,
pero crecí y olvidé tu nombre.
(Creo que te inventé en mi mente.)
Debí haber amado al pájaro de trueno, no a ti;
al menos cuando la primavera llega ruge nuevamente.
Cierro los ojos y el mundo muere.
(Creo que te inventé en mi mente.)
viernes, 30 de marzo de 2012
Lejos estás, padre mío (por Vicente Aleixandre)
Lejos estás, padre mío, allá en tu reino de las sombras.
Mira a tu hijo, oscuro en esta tiniebla huérfana,
lejos de la benévola luz de tus ojos continuos.
Allí nací, crecí; de aquella luz pura
tomé vida, y aquel fulgor sereno
se embebió en esta forma, que todavía despide,
como un eco apagado, tu luz resplandeciente.
Bajo la frente poderosa, mundo entero de vida,
mente completa que un humano alcanzara,
sentí la sombra que protegió mi infancia. Leve, leve,
resbaló así la niñez como alígero pie sobre una hierba noble,
y si besé a los pájaros, si pude posar mis labios
sobre tantas alas fugaces que una aurora empujara,
fue por ti, por tus benévolos ojos que presidieron mi nacimiento
y fueron como brazos que por encima de mi testa cernían
la luz, la luz tranquila, no heridora a mis ojos de niño.
Alto, padre, como una montaña que pudiera inclinarse,
que pudiera vencerse sobre mi propia frente descuidada
y besarme tan luminosamente, tan silenciosa y puramente
como la luz que pasa por las crestas radiantes
donde reina el azul de los cielos purísimos.
Por tu pecho bajaba una cascada luminosa de bondad, que tocaba
luego mi rostro y bañaba mi cuerpo aún infantil, que emergí
de tu fuerza tranquila como desnudo, reciente,
nacido cada día de ti, porque tú fuiste padre
diario, y cada día yo nací de tu pecho, exhalado
de tu amor, como acaso mensaje de tu seno purísimo.
Porque yo nací entero cada día, entero y tierno siempre,
y débil y gozoso cada día hollé naciendo
la hierba misma intacta: pisé leve, estrené brisas,
henchí también mi seno, y miré el mundo
y lo vi bueno. Bueno tú, padre mío, mundo frío, tú sólo.
Hasta la orilla del mar condujiste mi mano.
Benévolo y potente tú como un bosque en la orilla,
yo sentí mis espaldas guardadas contra el viento estrellado.
Pude sumergir mi cuerpo reciente cada aurora en la espuma;
y besar a la mar candorosa en el día,
siempre olvidada, siempre, de su noche de lutos.
Padre, tú me besaste con labios de azul sereno.
Limpios de nubes veía yo tus ojos,
aunque a veces un velo de tristeza eclipsaba a mi frente
esa luz que sin duda de los cielos tomabas.
Oh padre altísimo, oh tierno padre gigantesco
que así, en los brazos, desvalido, me hubiste.
Huérfano de ti, menudo como entonces, caído sobre una hierba triste,
heme hoy aquí, padre, sobre el mundo en tu ausencia,
mientras pienso en tu forma sagrada, habitadora acaso de una sombra amorosa,
por la que nunca, nunca tu corazón me olvida.
Oh padre frío, seguro estoy que en la tiniebla fuerte
tú vives y me amas. Que un vigor poderoso,
un latir, aún revienta en la tierra.
Y que unas ondas de pronto, desde un fondo, sacuden
a la tierra y la ondulan, y a mis pies se estremece.
Pero yo soy de carne todavía. Y mi vida
es de carne, padre, padre mío. Y aquí estoy,
solo, sobre la tierra quieta, menudo como entonces, sin verte,
derribado sobre los inmensos brazos que horriblemente te imitan.
Mira a tu hijo, oscuro en esta tiniebla huérfana,
lejos de la benévola luz de tus ojos continuos.
Allí nací, crecí; de aquella luz pura
tomé vida, y aquel fulgor sereno
se embebió en esta forma, que todavía despide,
como un eco apagado, tu luz resplandeciente.
Bajo la frente poderosa, mundo entero de vida,
mente completa que un humano alcanzara,
sentí la sombra que protegió mi infancia. Leve, leve,
resbaló así la niñez como alígero pie sobre una hierba noble,
y si besé a los pájaros, si pude posar mis labios
sobre tantas alas fugaces que una aurora empujara,
fue por ti, por tus benévolos ojos que presidieron mi nacimiento
y fueron como brazos que por encima de mi testa cernían
la luz, la luz tranquila, no heridora a mis ojos de niño.
Alto, padre, como una montaña que pudiera inclinarse,
que pudiera vencerse sobre mi propia frente descuidada
y besarme tan luminosamente, tan silenciosa y puramente
como la luz que pasa por las crestas radiantes
donde reina el azul de los cielos purísimos.
Por tu pecho bajaba una cascada luminosa de bondad, que tocaba
luego mi rostro y bañaba mi cuerpo aún infantil, que emergí
de tu fuerza tranquila como desnudo, reciente,
nacido cada día de ti, porque tú fuiste padre
diario, y cada día yo nací de tu pecho, exhalado
de tu amor, como acaso mensaje de tu seno purísimo.
Porque yo nací entero cada día, entero y tierno siempre,
y débil y gozoso cada día hollé naciendo
la hierba misma intacta: pisé leve, estrené brisas,
henchí también mi seno, y miré el mundo
y lo vi bueno. Bueno tú, padre mío, mundo frío, tú sólo.
Hasta la orilla del mar condujiste mi mano.
Benévolo y potente tú como un bosque en la orilla,
yo sentí mis espaldas guardadas contra el viento estrellado.
Pude sumergir mi cuerpo reciente cada aurora en la espuma;
y besar a la mar candorosa en el día,
siempre olvidada, siempre, de su noche de lutos.
Padre, tú me besaste con labios de azul sereno.
Limpios de nubes veía yo tus ojos,
aunque a veces un velo de tristeza eclipsaba a mi frente
esa luz que sin duda de los cielos tomabas.
Oh padre altísimo, oh tierno padre gigantesco
que así, en los brazos, desvalido, me hubiste.
Huérfano de ti, menudo como entonces, caído sobre una hierba triste,
heme hoy aquí, padre, sobre el mundo en tu ausencia,
mientras pienso en tu forma sagrada, habitadora acaso de una sombra amorosa,
por la que nunca, nunca tu corazón me olvida.
Oh padre frío, seguro estoy que en la tiniebla fuerte
tú vives y me amas. Que un vigor poderoso,
un latir, aún revienta en la tierra.
Y que unas ondas de pronto, desde un fondo, sacuden
a la tierra y la ondulan, y a mis pies se estremece.
Pero yo soy de carne todavía. Y mi vida
es de carne, padre, padre mío. Y aquí estoy,
solo, sobre la tierra quieta, menudo como entonces, sin verte,
derribado sobre los inmensos brazos que horriblemente te imitan.
jueves, 29 de marzo de 2012
Es allí (por Riszard Kapuscinski)
Es allí
dijo una voz
miré a mi alrededor
no veo nada, respondí
creo que quiso decir
escucha la voz que hay en tu interior
no la silencies
con tus propias palabras
dijo una voz
miré a mi alrededor
no veo nada, respondí
creo que quiso decir
escucha la voz que hay en tu interior
no la silencies
con tus propias palabras
miércoles, 28 de marzo de 2012
Salutación a Walt Whitman (por Fernando Pessoa)
Portugal Infinito, once de junio de mil novecientos
quince...
Hé-lá-á-á-á-á-á-á!
Desde aquí, de Portugal todas las épocas en mi cerebro,
te saludo, Walt, te saludo, hermano mío en el universo,
yo, con monóculo y chaleco exageradamente adornado,
no soy indigno de ti, bien lo sabes, Walt,
no soy indigno de ti, basta saludarte para no serlo...
Yo tan cercano a la inercia, tan fácilmente lleno de tedio,
soy de los tuyos, tú bien lo sabes, y te comprendo y te amo,
y aunque no te conociera, nacido por los años en que tú
moriste,
sé que me amaste también, que me conociste, y estoy
contento.
Sé que me conociste, que me contemplaste y me explicaste,
sé qué es eso que yo soy, ya sea en Brooklyn Ferry diez años
antes de que yo naciera,
ya sea por la Rúa del Oro pensando en todo lo que no es la
Rúa del Oro,
y conforme tú sentiste todo, lo siento yo todo, y aquí vamos
cogidos de la mano,
cogidos de la mano, Walt, cogidos de la mano, bailando
el universo en el alma.
¡Oh, siempre moderno y eterno, cantor de los concretos
absolutos,
concubina fogosa del universo disperso,
gran pederasta frotándote contra la diversidad de las cosas,
sexualizado por las piedras, por los árboles, por las personas,
por las profesiones,
guardián de los pasajes, de los encuentros casuales, de las
meras observaciones,
entusiasta mío por el contenido de todo,
gran héroe mío entrando por la muerte, a los pinos,
y a las hurras, y a los entusiasmos, y a los gritos saludando
a Dios!
¡Contenedor de la fraternidad feroz y tierna para con todo,
gran demócrata epidérmico, contigo a todo en cuerpo
y alma,
carnaval de todas las acciones, bacanal de todos los propósitos,
hermano gemelo de todos los arranques,
Juan Jacobo Rousseau del mundo que iba a producir
las máquinas,
hornero de lo insaisissable de lo flotante carnal,
Shakespeare de la sensación que comienza a marchar a vapor,
Milton-Shelley del horizonte de la electricidad futura!
Íncubo de todos los gestos,
orgasmo hacia dentro de todos los objetos fuerza,
Souteneur de todo el Universo,
ramera de todos los sistemas solares...
¡Cuántas veces beso tu retrato!
Allá donde te encuentras ahora (no sé dónde es, pero
es Dios)
sientes esto, sé que lo sientes, y mis besos son más calientes
(entre la gente)
y tú así es que los quieres, viejo mío, y agradeces desde allá,
lo sé bien, algo me lo dice, algo agradable en mi espíritu
una erección abstracta e indirecta en el fondo de mi alma.
Nada de engageant, pero ciclópico y musculoso,
sino frente al universo con tu actitud que era de mujer,
y cada hierba, cada piedra, cada hombre era para ti
el universo.
¡Mi viejo Walt, mi gran camarada, evohé!
Me integro a tu orgía báquica de sensaciones en libertad,
soy de los tuyos, desde la sensación de mis pies hasta
la náusea de mis sueños,
soy de los tuyos, mírame a mí, de ahí desde Dios me ves
al contrario:
desde adentro para afuera... Mi cuerpo es lo que adivinas,
ves el alma mía—
ésa es la que ves tú propiamente y al través de tus ojos
mi cuerpo—
¡Mírame a mí: tú sabes que yo, Álvaro de Campos,
ingeniero,
poeta sensacionista,
no soy tu discípulo, no soy tu amigo, no soy tu cantor,
tú sabes que yo soy Tú y estás contento de ello!
Nunca puedo leer tus versos de corrido... Hay ahí demasiado
sentimiento...
Atravieso tus versos como una multitud a encontrones
contra mí,
y me huele a sudor, a aceites, la actividad humana y mecánica.
En tus versos, a cierta altura no sé si los leo o si los vivo,
no sé si mi lugar real está en el mundo o en tus versos,
no sé si estoy aquí, de pie sobre la tierra natural,
o de cabeza hacia abajo, colgado en una especie
de establecimiento,
en el techo natural de tu inspiración de tropel,
en el centro del techo de tu intensidad inaccesible.
¡Ábranme todas las puertas!
¡A fuerza que he de pasar!
¿Mi señal? ¡Walt Whitman!
¡Pero yo no ofrezco indicación alguna...
Paso sin explicaciones...
Si es necesario me introduzco entre las puertas...
Sí, yo, frágil y civilizado, me introduzco entre las puertas...
porque en este momento no soy frágil ni civilizado,
soy yo, un universo pensante de carne y hueso, queriendo
pasar,
que ha de pasar a fuerza, porque cuando quiero pasar
soy Dios!
¡Quítenme esa basura de mi frente!
¡Pónganme en cajones esas emociones!
De aquí al exterior, políticos, literatos,
comerciantes pacatos, policía, meretrices, souteneurs,
todo eso es la letra que mata, no el espíritu que da la vida
¡El espíritu que da la vida en este momento soy yo!
¡Que ningún hijo de la... se me atraviese en el camino!
¡Mi camino es a través del infinito hasta llegar al fin!
¡Si soy capaz de alcanzar el fin o no, no es contigo,
es conmigo, con Dios, con el sentido— yo de la palabra
infinito...
Hacia el frente!
¡Pico con las espuelas!
Siento las espuelas, soy el mismo caballo que yo monto,
porque yo, para mi voluntad de consustanciarme
con Dios,
puedo ser todo, o puedo ser nada, o cualquier cosa,
según me da la gana... Nadie tiene nada con eso...
¡Locura furiosa! Ganas de gritar, de saltar,
de berrear, pegar, dar saltos, gritos con el cuerpo,
de cramponner-me a las ruedas de los vehículos y meterme
abajo,
de meterme adelante del giro del chicote que va a golpear,
de ser la perra de todos los perros y no me bastan,
de ser el volante de todas las máquinas y la velocidad
sin límite,
de ser el atropellado, el abandonado, el desplazado,
el acabado,
baila conmigo, Walt, allá desde el otro mundo, esta furia,
salta conmigo en esta batucada que se embarra con los astros,
cae conmigo sin fuerzas en el suelo,
embárrate conmigo estúpidamente en las paredes,
pártete y espárcete conmigo
en todo, por todo, a la vuelta de todo, sin todo,
rabia abstracta del cuerpo haciendo maelstroms en el alma...
¡Arre! ¡Vamos hacia allá al frente!
Aun si el mismo Dios lo impide, vamos allá al frente...
No hay ninguna diferencia...
Vamos allá hacia al frente y sin ser de ninguna parte...
¡Infinito! ¡Universo! ¡Meta sin meta! ¿Qué importa?
(Déjame quitarme la corbata y desabotonarme el cuello.
No se puede tener mucha energía con la civilización
en torno al cuello...)
Ahora sí, partamos, vamos hacia allá al frente.
¡En una gran marche aux flambeaux-todas-las-ciudades-de-
Europa,
en una gran marcha guerrera la industria, el comercio y
el ocio,
en una gran carrera, en una gran subida, en una gran
bajada
estruendosa, saltando, saltándolo todo conmigo,
salto para saludarte, berreo para saludarte,
me desencadeno para saludarte, brincando y guiñando!
Por eso es a ti a quien agradezco
mis versos saltos, mis versos brincos, mis versos orgasmos,
mis versos-ataques-histéricos,
mis versos que arrastran el carro de mis nervios.
A trompicones me inspiro,
apenas pudiendo respirar, tenerme en pie me exalto,
y mis versos son que yo no pueda estallar de vivir.
¡Ábranme todas las ventanas!
¡Arránquenme todas las puertas!
¡Empujen toda la casa por encima de mí!
¡Quiero vivir en libertad en el aire,
quiero hacer gestos más allá de mi cuerpo,
quiero correr como la lluvia hacia abajo de las paredes,
quiero ser pisado en las carreteras anchas como las piedras,
quiero ir, como las cosas pesadas, hacia el fondo
de los mares,
con una voluptuosidad que ya está lejos de mí!
¡No quiero cerraduras en las puertas!
¡No quiero cerraduras en los cofres!
¡Quiero intercalarme, inmiscuirme, ser llevado,
quiero que me hagan propiedad enfermiza de algún otro,
que me limpien los cajones,
que me arrojen a los mares,
que me vayan a buscar a casa con fines obscenos,
sólo para no estar aquí sentado y quieto,
sólo para no estar sencillamente escribiendo estos versos!
¡No quiero intermedios en el mundo!
¡Quiero la continuidad penetrada y material de los objetos!
¡Quiero que los cuerpos físicos sean los unos de los otros
como las almas,
no soy dinámicamente, sino estáticamente también!
¡Quiero volar y caer desde muy alto!
¡Ser estrellado como una granada!
¡Ir a parar a... ser llevado hasta...
Auge abstracto en el fin de mí y de todo!
¡Clímax a hierro y motores!
¡Escaleras arriba de la velocidad, sin grados!
¡Bomba hidráulica desanclándome las entrañas sentidas!
¡Pónganme grilletes sólo para que yo los parta!
¡Sólo para que yo los parta con los dientes, y que los dientes
sangren
placer masoquista, espasmódico con sangre, de la vida!
Los marineros me llevaron preso,
me ajustaron las manos en lo oscuro,
morí temporalmente al sentirlo,
enseguida mi alma lamió el suelo de la cárcel privada,
y la gallina ciega de las imposibilidades me rodeaba
como un cinturón.
¡Salta, brinca, toma el freno con los dientes,
pegaso de hierro en brasas de mis ansias inquietas,
paradero indeciso de mi destino a motores!
He calle Walt:
¡Puerta hacia todo!
Puente para todo!
¡Carretera para todo!
Tu alma omnívora,
tu alma ave, pez, fiera, hombre, mujer,
tu alma de dos donde hay dos,
tu alma o una que son dos cuando dos son una,
tu alma flecha, rayo, espacio,
amplexo, nexo, sexo, Texas, Carolina, New York,
Brooklyn Ferry en la tarde,
Brooklyn Ferry de las idas y de las vueltas,
¡Libertad, democracy, siglo veinte a lo lejos!
¡purn, pum, pum, pum, pum,
pum!
¡Tú, lo que eras, tú lo que veías, tú lo que oías,
el sujeto y el objeto, el activo y el pasivo,
aquí y allí, en todas partes tú,
círculo cerrando todas las posibilidades de sentir,
marco milenario de todas las cosas que pueden ser,
Dios Terminal de todos los sujetos que se imaginan que eres tú.
¡Tú hora, tú minuto, tú segundo!
Tú intercalado, liberado, desfondado, ido,
intercalación, y liberación, ida, desfondamiento,
tu intercalador, liberador, desfondador, remitente,
comodín en todas las cartas,
nombre en todas las direcciones,
mercadería entregada, devuelta, siguiendo...
Tren de sensaciones y alma a kilómetros por hora,
por hora, por minuto, por segundo, ¡pum!
Ahora que estoy casi muriendo y veo todo ya claro,
Gran Libertador, vuelvo sumiso a ti.
Sin duda tuve un fin adecuado a mi personalidad.
Sin duda porque se explicó, quise decir algo
pero hoy, mirando hacia atrás, sólo un ansia me queda—.
No haber tenido tu calma superior por ti mismo,
tu liberación constelada de la Noche Infinita.
No tuve tal vez misión alguna sobre la tierra.
Ah que voy a llamar
al privilegio ruidoso y ensordecedor de saludarte
todo lo hormigueantemente humano del universo,
todas las formas de todas las emociones
todos los hechizos de todos los pensamientos,
todas las ruedas, todos los volantes, todos los émbolos
del alma.
Ah que yo grito
y en un cortejo de mí hasta que estallen en ti
con una algarabía metafísica y real,
con un barbarismo de cosas que pasan por adentro sin nexo.
¡Ave, salve, viva, oh gran bastardo de Apolo,
amante impotente y fogoso de las nueve musas y de las gracias,
funicular del Olimpo hasta nosotros y de nosotros hasta
el Olimpo!
martes, 27 de marzo de 2012
Oda a Walt Whitman (por García Lorca)
Por el East River y el Bronx
los muchachos cantaban enseñando sus cinturas,
con la rueda, el aceite, el cuero y el martillo.
Noventa mil mineros sacaban la plata de las rocas
y los niños dibujaban escaleras y perspectivas.
Pero ninguno se dormía,
ninguno quería ser el río,
ninguno amaba las hojas grandes,
ninguno la lengua azul de la playa.
Por el East River y el Queensborough
los muchachos luchaban con la industria,
y los judíos vendían al fauno del río
la rosa de la circuncisión
y el cielo desembocaba por los puentes y los tejados
manadas de bisontes empujadas por el viento.
Pero ninguno se detenía,
ninguno quería ser nube,
ninguno buscaba los helechos
ni la rueda amarilla del tamboril.
Cuando la luna salga
las poleas rodarán para tumbar el cielo;
un límite de agujas cercará la memoria
y los ataúdes se llevarán a los que no trabajan.
Nueva York de cieno,
Nueva York de alambres y de muerte.
¿Qué ángel llevas oculto en la mejilla?
¿Qué voz perfecta dirá las verdades del trigo?
¿Quién el sueño terrible de sus anémonas manchadas?
Ni un solo momento, viejo hermoso Walt Whitman,
he dejado de ver tu barba llena de mariposas,
ni tus hombros de pana gastados por la luna,
ni tus muslos de Apolo virginal,
ni tu voz como una columna de ceniza;
anciano hermoso como la niebla
que gemías igual que un pájaro
con el sexo atravesado por una aguja,
enemigo del sátiro,
enemigo de la vid
y amante de los cuerpos bajo la burda tela.
Ni un solo momento, hermosura viril
que en montes de carbón, anuncios y ferrocarriles,
soñabas ser un río y dormir como un río
con aquel camarada que pondría en tu pecho
un pequeño dolor de ignorante leopardo.
Ni un sólo momento, Adán de sangre, macho,
hombre solo en el mar, viejo hermoso Walt Whitman,
porque por las azoteas,
agrupados en los bares,
saliendo en racimos de las alcantarillas,
temblando entre las piernas de los chauffeurs
o girando en las plataformas del ajenjo,
los maricas, Walt Whitman, te soñaban.
¡También ése! ¡También! Y se despeñan
sobre tu barba luminosa y casta,
rubios del norte, negros de la arena,
muchedumbres de gritos y ademanes,
como gatos y como las serpientes,
los maricas, Walt Whitman, los maricas
turbios de lágrimas, carne para fusta,
bota o mordisco de los domadores.
¡También ése! ¡También! Dedos teñidos
apuntan a la orilla de tu sueño
cuando el amigo come tu manzana
con un leve sabor de gasolina
y el sol canta por los ombligos
de los muchachos que juegan bajo los puentes.
Pero tú no buscabas los ojos arañados,
ni el pantano oscurísimo donde sumergen a los niños,
ni la saliva helada,
ni las curvas heridas como panza de sapo
que llevan los maricas en coches y terrazas
mientras la luna los azota por las esquinas del terror.
Tú buscabas un desnudo que fuera como un río,
toro y sueño que junte la rueda con el alga,
padre de tu agonía, camelia de tu muerte,
y gimiera en las llamas de tu ecuador oculto.
Porque es justo que el hombre no busque su deleite
en la selva de sangre de la mañana próxima.
El cielo tiene playas donde evitar la vida
y hay cuerpos que no deben repetirse en la aurora.
Agonía, agonía, sueño, fermento y sueño.
Éste es el mundo, amigo, agonía, agonía.
Los muertos se descomponen bajo el reloj de las ciudades,
la guerra pasa llorando con un millón de ratas grises,
los ricos dan a sus queridas
pequeños moribundos iluminados,
y la vida no es noble, ni buena, ni sagrada.
Puede el hombre, si quiere, conducir su deseo
por vena de coral o celeste desnudo.
Mañana los amores serán rocas y el Tiempo
una brisa que viene dormida por las ramas.
Por eso no levanto mi voz, viejo Walt Whítman,
contra el niño que escribe
nombre de niña en su almohada,
ni contra el muchacho que se viste de novia
en la oscuridad del ropero,
ni contra los solitarios de los casinos
que beben con asco el agua de la prostitución,
ni contra los hombres de mirada verde
que aman al hombre y queman sus labios en silencio.
Pero sí contra vosotros, maricas de las ciudades,
de carne tumefacta y pensamiento inmundo,
madres de lodo, arpías, enemigos sin sueño
del Amor que reparte coronas de alegría.
Contra vosotros siempre, que dais a los muchachos
gotas de sucia muerte con amargo veneno.
Contra vosotros siempre,
Faeries de Norteamérica,
Pájaros de la Habana,
Jotos de Méjico,
Sarasas de Cádiz,
Apios de Sevilla,
Cancos de Madrid,
Floras de Alicante,
Adelaidas de Portugal.
¡Maricas de todo el mundo, asesinos de palomas!
Esclavos de la mujer, perras de sus tocadores,
abiertos en las plazas con fiebre de abanico
o emboscadas en yertos paisajes de cicuta.
¡No haya cuartel! La muerte
mana de vuestros ojos
y agrupa flores grises en la orilla del cieno.
¡No haya cuartel! ¡Alerta!
Que los confundidos, los puros,
los clásicos, los señalados, los suplicantes
os cierren las puertas de la bacanal.
Y tú, bello Walt Whitman, duerme a orillas del Hudson
con la barba hacia el polo y las manos abiertas.
Arcilla blanda o nieve, tu lengua está llamando
camaradas que velen tu gacela sin cuerpo.
Duerme, no queda nada.
Una danza de muros agita las praderas
y América se anega de máquinas y llanto.
Quiero que el aire fuerte de la noche más honda
quite flores y letras del arco donde duermes
y un niño negro anuncie a los blancos del oro
la llegada del reino de la espiga.
los muchachos cantaban enseñando sus cinturas,
con la rueda, el aceite, el cuero y el martillo.
Noventa mil mineros sacaban la plata de las rocas
y los niños dibujaban escaleras y perspectivas.
Pero ninguno se dormía,
ninguno quería ser el río,
ninguno amaba las hojas grandes,
ninguno la lengua azul de la playa.
Por el East River y el Queensborough
los muchachos luchaban con la industria,
y los judíos vendían al fauno del río
la rosa de la circuncisión
y el cielo desembocaba por los puentes y los tejados
manadas de bisontes empujadas por el viento.
Pero ninguno se detenía,
ninguno quería ser nube,
ninguno buscaba los helechos
ni la rueda amarilla del tamboril.
Cuando la luna salga
las poleas rodarán para tumbar el cielo;
un límite de agujas cercará la memoria
y los ataúdes se llevarán a los que no trabajan.
Nueva York de cieno,
Nueva York de alambres y de muerte.
¿Qué ángel llevas oculto en la mejilla?
¿Qué voz perfecta dirá las verdades del trigo?
¿Quién el sueño terrible de sus anémonas manchadas?
Ni un solo momento, viejo hermoso Walt Whitman,
he dejado de ver tu barba llena de mariposas,
ni tus hombros de pana gastados por la luna,
ni tus muslos de Apolo virginal,
ni tu voz como una columna de ceniza;
anciano hermoso como la niebla
que gemías igual que un pájaro
con el sexo atravesado por una aguja,
enemigo del sátiro,
enemigo de la vid
y amante de los cuerpos bajo la burda tela.
Ni un solo momento, hermosura viril
que en montes de carbón, anuncios y ferrocarriles,
soñabas ser un río y dormir como un río
con aquel camarada que pondría en tu pecho
un pequeño dolor de ignorante leopardo.
Ni un sólo momento, Adán de sangre, macho,
hombre solo en el mar, viejo hermoso Walt Whitman,
porque por las azoteas,
agrupados en los bares,
saliendo en racimos de las alcantarillas,
temblando entre las piernas de los chauffeurs
o girando en las plataformas del ajenjo,
los maricas, Walt Whitman, te soñaban.
¡También ése! ¡También! Y se despeñan
sobre tu barba luminosa y casta,
rubios del norte, negros de la arena,
muchedumbres de gritos y ademanes,
como gatos y como las serpientes,
los maricas, Walt Whitman, los maricas
turbios de lágrimas, carne para fusta,
bota o mordisco de los domadores.
¡También ése! ¡También! Dedos teñidos
apuntan a la orilla de tu sueño
cuando el amigo come tu manzana
con un leve sabor de gasolina
y el sol canta por los ombligos
de los muchachos que juegan bajo los puentes.
Pero tú no buscabas los ojos arañados,
ni el pantano oscurísimo donde sumergen a los niños,
ni la saliva helada,
ni las curvas heridas como panza de sapo
que llevan los maricas en coches y terrazas
mientras la luna los azota por las esquinas del terror.
Tú buscabas un desnudo que fuera como un río,
toro y sueño que junte la rueda con el alga,
padre de tu agonía, camelia de tu muerte,
y gimiera en las llamas de tu ecuador oculto.
Porque es justo que el hombre no busque su deleite
en la selva de sangre de la mañana próxima.
El cielo tiene playas donde evitar la vida
y hay cuerpos que no deben repetirse en la aurora.
Agonía, agonía, sueño, fermento y sueño.
Éste es el mundo, amigo, agonía, agonía.
Los muertos se descomponen bajo el reloj de las ciudades,
la guerra pasa llorando con un millón de ratas grises,
los ricos dan a sus queridas
pequeños moribundos iluminados,
y la vida no es noble, ni buena, ni sagrada.
Puede el hombre, si quiere, conducir su deseo
por vena de coral o celeste desnudo.
Mañana los amores serán rocas y el Tiempo
una brisa que viene dormida por las ramas.
Por eso no levanto mi voz, viejo Walt Whítman,
contra el niño que escribe
nombre de niña en su almohada,
ni contra el muchacho que se viste de novia
en la oscuridad del ropero,
ni contra los solitarios de los casinos
que beben con asco el agua de la prostitución,
ni contra los hombres de mirada verde
que aman al hombre y queman sus labios en silencio.
Pero sí contra vosotros, maricas de las ciudades,
de carne tumefacta y pensamiento inmundo,
madres de lodo, arpías, enemigos sin sueño
del Amor que reparte coronas de alegría.
Contra vosotros siempre, que dais a los muchachos
gotas de sucia muerte con amargo veneno.
Contra vosotros siempre,
Faeries de Norteamérica,
Pájaros de la Habana,
Jotos de Méjico,
Sarasas de Cádiz,
Apios de Sevilla,
Cancos de Madrid,
Floras de Alicante,
Adelaidas de Portugal.
¡Maricas de todo el mundo, asesinos de palomas!
Esclavos de la mujer, perras de sus tocadores,
abiertos en las plazas con fiebre de abanico
o emboscadas en yertos paisajes de cicuta.
¡No haya cuartel! La muerte
mana de vuestros ojos
y agrupa flores grises en la orilla del cieno.
¡No haya cuartel! ¡Alerta!
Que los confundidos, los puros,
los clásicos, los señalados, los suplicantes
os cierren las puertas de la bacanal.
Y tú, bello Walt Whitman, duerme a orillas del Hudson
con la barba hacia el polo y las manos abiertas.
Arcilla blanda o nieve, tu lengua está llamando
camaradas que velen tu gacela sin cuerpo.
Duerme, no queda nada.
Una danza de muros agita las praderas
y América se anega de máquinas y llanto.
Quiero que el aire fuerte de la noche más honda
quite flores y letras del arco donde duermes
y un niño negro anuncie a los blancos del oro
la llegada del reino de la espiga.
lunes, 26 de marzo de 2012
Toda tú (por Saiz de Marco)
Unos pocos te guiaban de un mar de sangre a otro.
Te llevaron a
esclavitud, torturas, hogueras en donde prender herejes.
Te llevaron a
masacres, conquistas, tanques, trincheras, frentes de batalla.
Te llevaron a
campos de exterminio.
Te llevaron a
expolios y saqueos.
¡A tantas aguas negras, cenagosas,
a tantos mares muertos te llevaron!
siempre unos pocos,
unos cuantos mandando, conduciéndote.
Pero ahora vas a tomar el mando, Humanidad.
Vas a pilotar tú,
toda tú la Almirante,
tú toda manejando las velas, el timón, la nave entera.
A ver a dónde vas, Humanidad.
A qué otras aguas
-limpias, transparentes-,
a qué otros mares
-claros, encendidos-,
a qué nuevas regiones navegables,
a qué puertos de luz y de esperanza
vas ahora, toda tú, a dirigirte.
Te llevaron a
esclavitud, torturas, hogueras en donde prender herejes.
Te llevaron a
masacres, conquistas, tanques, trincheras, frentes de batalla.
Te llevaron a
campos de exterminio.
Te llevaron a
expolios y saqueos.
¡A tantas aguas negras, cenagosas,
a tantos mares muertos te llevaron!
siempre unos pocos,
unos cuantos mandando, conduciéndote.
Pero ahora vas a tomar el mando, Humanidad.
Vas a pilotar tú,
toda tú la Almirante,
tú toda manejando las velas, el timón, la nave entera.
A ver a dónde vas, Humanidad.
A qué otras aguas
-limpias, transparentes-,
a qué otros mares
-claros, encendidos-,
a qué nuevas regiones navegables,
a qué puertos de luz y de esperanza
vas ahora, toda tú, a dirigirte.
domingo, 25 de marzo de 2012
He olvidado mi cuerpo (por Eduardo Jordá)
Hace fresco, aunque el sol es de verano.
Dos estelas de avión cruzan el cielo.
He olvidado mi cuerpo, y él a mí.
Huele a mar (¿pero dónde está?), y al heno
de las granjas de Irlanda (¿qué fue de ellas?).
El viento se entretiene en los almendros
del campo que cruzaban mis amigos
siempre que se escapaban del colegio
(ya no queda ninguno). Oigo sus risas
llamándome. A mi lado está mi abuelo,
que me coge la mano y me levanta
y me enseña un camino. Sin esfuerzo,
llegaré hasta los juncos de Lough Gill,
y después llegaré al campo de brezo,
y luego llegaré a Puerto Escondido,
y también a Son Moll, y no habrá viento.
Y después llegaré hasta la calle
donde di, avergonzado, el primer beso.
Tengo cinco años, quince años, noventa
o tal vez muchos más. O ya estoy muerto
y he llegado, asombrado, al paraíso
(¿quién puede asegurarme que no es cierto?).
Hay moras en mis labios, oigo un pájaro
que canta junto a un lago. También veo
un tobogán, caballos, una cala.
El ruido de los coches trae el eco
del mar. Estoy aquí, infinito, joven,
insaciable de dicha. Y todo es nuevo.
Dos estelas de avión cruzan el cielo.
He olvidado mi cuerpo, y él a mí.
Huele a mar (¿pero dónde está?), y al heno
de las granjas de Irlanda (¿qué fue de ellas?).
El viento se entretiene en los almendros
del campo que cruzaban mis amigos
siempre que se escapaban del colegio
(ya no queda ninguno). Oigo sus risas
llamándome. A mi lado está mi abuelo,
que me coge la mano y me levanta
y me enseña un camino. Sin esfuerzo,
llegaré hasta los juncos de Lough Gill,
y después llegaré al campo de brezo,
y luego llegaré a Puerto Escondido,
y también a Son Moll, y no habrá viento.
Y después llegaré hasta la calle
donde di, avergonzado, el primer beso.
Tengo cinco años, quince años, noventa
o tal vez muchos más. O ya estoy muerto
y he llegado, asombrado, al paraíso
(¿quién puede asegurarme que no es cierto?).
Hay moras en mis labios, oigo un pájaro
que canta junto a un lago. También veo
un tobogán, caballos, una cala.
El ruido de los coches trae el eco
del mar. Estoy aquí, infinito, joven,
insaciable de dicha. Y todo es nuevo.
sábado, 24 de marzo de 2012
Es tarde (por James Salter)
Por la Quinta Avenida, las luces traseras, todo oscuro,
la calle mojada resplandece,
la ciudad en la que siempre viví, el colegio
y todo lo demás: el amigo de pelo rizado
que me contó lo que había hecho con Faith
en el apartamento de los padres de la chica, en la calle 83,
era tan inocente, igual que tantas otras.
Pienso en las primeras veces, algunas tan cerca de aquí,
el primer pato asado en casa de Ethel Reiner,
en su comedor del tercer piso,
mi primera pelea frente al Ala Egipcia
con dos hermanos flacuchos,
mi primer curso fallido de francés, mi primera
aventura sexual en el Picadilly
ella fue lista y se casó con otro,
la chica del New Yorker que vino a tomar una copa
en Longchamps, el aire terso resbalaba por sus ventanas
como en el camarote de un barco, hacía frío,
el amanecer se acercaba,
toda la ciudad existía para tu felicidad, fajos de periódicos
cada mañana, almuerzos apresurados, salidas nocturnas,
gente nueva, películas, nos abrazábamos como borrachos
en el Metropolitan, torsos sonrosados, todo iba ajustándose
poco a poco a una estructura, el amor hermoso y sosegado,
el vestido ceñido que ella llevaba en la fiesta,
y luego más primeras veces: el apartamento cerca de Gracie Square,
un perro listo, el primer dinero de verdad
un cheque de quince mil dólares,
el primer hijo, una niña, los domingos por la mañana,
la ciudad en invierno, gris y plateada, las ventanas en silencio
a lo largo de Madison Avenue,
colores de Sonia Delaunay, los amigos ricos de los años sesenta
vistiéndose para la cena, gemelos de oro macizo,
las mujeres tendidas en el sofá, las risas, almuerzos en Brittany,
las comidas en el calor del verano, las imágenes brillantes de la tarde,
una mujer desnuda en las alturas del St. Regis, el otoño,
el mordisco helado de la ginebra,
salir con el cuello del abrigo subido, la bufanda,
“Así es como se lleva, querido, con la marca
por fuera, mira, así”,
la primera casa en el campo, la primera chica europea,
la primera gonorrea, los edificios
que iban convirtiéndose en escombros, los ladrones, el divorcio,
en los años sombríos que siguieron llegó el cuadragésimo año,
las primeras arrugas en la frente, los primeros errores,
en el bar una rubia pajiza, la voz perfecta,
tardes de Cole Porter, el crepúsculo que cae,
ropa limpia, recién bañados,
pruébalo todo una vez más, en Gallagher´s está
el fornido campeón sin heridas,
“Acércate y dile algo”,
susurraba ella, “¿Y qué le digo?”,
el rostro hermoso, con gafas,
“Dile que te suena de algo, cualquier cosa”,
mirándole la espalda cuando ella pasaba.
Oleadas de lo que entonces era nuevo,
la arrogante elegancia femenina,
boinas de cuero, chaquetas de color coñac,
al lado de aquel tipo la chica asombrosa,
el elegante jersey rojo, la gorra de paracaidista y
el pendiente en una aleta de la nariz,
bello como un hilo de oro.
Las puertas que se han cerrado, los amigos que han fallado,
La ciudad populosa y humeante,
el primer hastío, el primer desprecio por las alabanzas,
las calles con otro nombre, las promesas no cumplidas,
donde apenas reina la justicia y mucho menos la piedad…
Los coches pasan por la avenida, es tarde,
los rostros jóvenes entrevistos en una esquina,
las otras noches, los otros años bajo la lluvia,
viendo cómo desaparecen,
está oscuro en la proa, ya he cruzado
el meridiano. Ahora todo se ha acabado, todo empieza.
la calle mojada resplandece,
la ciudad en la que siempre viví, el colegio
y todo lo demás: el amigo de pelo rizado
que me contó lo que había hecho con Faith
en el apartamento de los padres de la chica, en la calle 83,
era tan inocente, igual que tantas otras.
Pienso en las primeras veces, algunas tan cerca de aquí,
el primer pato asado en casa de Ethel Reiner,
en su comedor del tercer piso,
mi primera pelea frente al Ala Egipcia
con dos hermanos flacuchos,
mi primer curso fallido de francés, mi primera
aventura sexual en el Picadilly
ella fue lista y se casó con otro,
la chica del New Yorker que vino a tomar una copa
en Longchamps, el aire terso resbalaba por sus ventanas
como en el camarote de un barco, hacía frío,
el amanecer se acercaba,
toda la ciudad existía para tu felicidad, fajos de periódicos
cada mañana, almuerzos apresurados, salidas nocturnas,
gente nueva, películas, nos abrazábamos como borrachos
en el Metropolitan, torsos sonrosados, todo iba ajustándose
poco a poco a una estructura, el amor hermoso y sosegado,
el vestido ceñido que ella llevaba en la fiesta,
y luego más primeras veces: el apartamento cerca de Gracie Square,
un perro listo, el primer dinero de verdad
un cheque de quince mil dólares,
el primer hijo, una niña, los domingos por la mañana,
la ciudad en invierno, gris y plateada, las ventanas en silencio
a lo largo de Madison Avenue,
colores de Sonia Delaunay, los amigos ricos de los años sesenta
vistiéndose para la cena, gemelos de oro macizo,
las mujeres tendidas en el sofá, las risas, almuerzos en Brittany,
las comidas en el calor del verano, las imágenes brillantes de la tarde,
una mujer desnuda en las alturas del St. Regis, el otoño,
el mordisco helado de la ginebra,
salir con el cuello del abrigo subido, la bufanda,
“Así es como se lleva, querido, con la marca
por fuera, mira, así”,
la primera casa en el campo, la primera chica europea,
la primera gonorrea, los edificios
que iban convirtiéndose en escombros, los ladrones, el divorcio,
en los años sombríos que siguieron llegó el cuadragésimo año,
las primeras arrugas en la frente, los primeros errores,
en el bar una rubia pajiza, la voz perfecta,
tardes de Cole Porter, el crepúsculo que cae,
ropa limpia, recién bañados,
pruébalo todo una vez más, en Gallagher´s está
el fornido campeón sin heridas,
“Acércate y dile algo”,
susurraba ella, “¿Y qué le digo?”,
el rostro hermoso, con gafas,
“Dile que te suena de algo, cualquier cosa”,
mirándole la espalda cuando ella pasaba.
Oleadas de lo que entonces era nuevo,
la arrogante elegancia femenina,
boinas de cuero, chaquetas de color coñac,
al lado de aquel tipo la chica asombrosa,
el elegante jersey rojo, la gorra de paracaidista y
el pendiente en una aleta de la nariz,
bello como un hilo de oro.
Las puertas que se han cerrado, los amigos que han fallado,
La ciudad populosa y humeante,
el primer hastío, el primer desprecio por las alabanzas,
las calles con otro nombre, las promesas no cumplidas,
donde apenas reina la justicia y mucho menos la piedad…
Los coches pasan por la avenida, es tarde,
los rostros jóvenes entrevistos en una esquina,
las otras noches, los otros años bajo la lluvia,
viendo cómo desaparecen,
está oscuro en la proa, ya he cruzado
el meridiano. Ahora todo se ha acabado, todo empieza.
viernes, 23 de marzo de 2012
Muerte, di (por Juan Ramón Jiménez)
¿Qué le pasa a una música que deja de sonar;
qué a una brisa que deja de acariciar;
y qué a una luz que se apaga?
¿Qué males les suceden?
¿Les pasa mal alguno?
Muerte, di, ¿y qué eres tú
sino silencio,
calma y
sombra?
qué a una brisa que deja de acariciar;
y qué a una luz que se apaga?
¿Qué males les suceden?
¿Les pasa mal alguno?
Muerte, di, ¿y qué eres tú
sino silencio,
calma y
sombra?
jueves, 22 de marzo de 2012
Uno puede acostumbrarse (por Zbigniew Herbert)
En primera página
la noticia de la matanza de 120 soldados
la guerra ya duraba mucho
uno puede acostumbrarse
justo al lado información
de un crimen espectacular
con el retrato del asesino
la mirada de Don Cógito
salta indiferente
la hecatombe de los soldados
para sumergirse con deleite
en la descripción del espanto cotidiano
un agricultor de unos treinta años
en una depresión nerviosa
mató a su mujer
y a sus dos pequeñuelos
con precisión se describen
la ejecución del crimen
la posición de los cuerpos
y otros detalles
a los 120 caídos
inútil es buscar en un mapa
la excesiva lejanía
los oculta como una jungla
no estimulan la imaginación
son demasiados
la cifra cero al final
los transforma en una abstracción
un tema para meditar:
la aritmética de la compasión
la noticia de la matanza de 120 soldados
la guerra ya duraba mucho
uno puede acostumbrarse
justo al lado información
de un crimen espectacular
con el retrato del asesino
la mirada de Don Cógito
salta indiferente
la hecatombe de los soldados
para sumergirse con deleite
en la descripción del espanto cotidiano
un agricultor de unos treinta años
en una depresión nerviosa
mató a su mujer
y a sus dos pequeñuelos
con precisión se describen
la ejecución del crimen
la posición de los cuerpos
y otros detalles
a los 120 caídos
inútil es buscar en un mapa
la excesiva lejanía
los oculta como una jungla
no estimulan la imaginación
son demasiados
la cifra cero al final
los transforma en una abstracción
un tema para meditar:
la aritmética de la compasión
miércoles, 21 de marzo de 2012
Sin ensayo (por Wislawa Szymborska)
Vida al instante.
Función sin ensayo.
Cuerpo sin prueba.
Cabeza sin reflexión.
Ignoro el papel que hago.
Sólo sé que es mío, no es intercambiable.
De qué va la obra,
debo adivinarlo sobre el escenario.
Malamente preparada para el honor de la vida,
soporto a duras penas el compás impuesto de la acción.
Improviso, aunque aborrezco la improvisación.
Tropiezo a cada paso con el desconocimiento de causa.
Mi modo de vivir huele a aldea.
Mis instintos son de aprendiz.
La vergüenza, al excusarme, tanto más me humilla.
Siento las circunstancias atenuantes como crueles.
Palabras y gestos irrevocables,
estrellas no contadas,
el carácter, como un abrigo abrochado, en marcha,
he aquí el penoso fruto de este apremio.
¡Si pudiera al menos ensayar primero un miércoles,
o al menos un jueves repetir una vez más!
¿Acaso está bien? –pregunto
(con voz ronca,
pues ni me han dejado aclararla tras los bastidores)-.
Es vano pensar que no es más que un examen somero
hecho en un sitio provisorio. No.
Me hallo entre los decorados y veo qué sólidos son.
Me choca la precisión de cualquier atrezzo.
El equipo giratorio funciona desde hace largo rato.
Las nebulosas más lejanas ya han sido encendidas.
Ah, no me cabe duda de que esto es el estreno.
Y lo que haga
se tornará siempre en lo que hice.
Función sin ensayo.
Cuerpo sin prueba.
Cabeza sin reflexión.
Ignoro el papel que hago.
Sólo sé que es mío, no es intercambiable.
De qué va la obra,
debo adivinarlo sobre el escenario.
Malamente preparada para el honor de la vida,
soporto a duras penas el compás impuesto de la acción.
Improviso, aunque aborrezco la improvisación.
Tropiezo a cada paso con el desconocimiento de causa.
Mi modo de vivir huele a aldea.
Mis instintos son de aprendiz.
La vergüenza, al excusarme, tanto más me humilla.
Siento las circunstancias atenuantes como crueles.
Palabras y gestos irrevocables,
estrellas no contadas,
el carácter, como un abrigo abrochado, en marcha,
he aquí el penoso fruto de este apremio.
¡Si pudiera al menos ensayar primero un miércoles,
o al menos un jueves repetir una vez más!
¿Acaso está bien? –pregunto
(con voz ronca,
pues ni me han dejado aclararla tras los bastidores)-.
Es vano pensar que no es más que un examen somero
hecho en un sitio provisorio. No.
Me hallo entre los decorados y veo qué sólidos son.
Me choca la precisión de cualquier atrezzo.
El equipo giratorio funciona desde hace largo rato.
Las nebulosas más lejanas ya han sido encendidas.
Ah, no me cabe duda de que esto es el estreno.
Y lo que haga
se tornará siempre en lo que hice.
martes, 20 de marzo de 2012
No es mi culpa (por Primo Levy)
Retrocede, déjame solo, pueblo sumergido,
vete. No he desposeído a nadie.
No he usurpado el pan de nadie.
Nadie murió en mi lugar. Nadie.
Vuelve a tu bruma.
No es mi culpa si vivo y respiro,
como, bebo, duermo y me cubro de ropas.
vete. No he desposeído a nadie.
No he usurpado el pan de nadie.
Nadie murió en mi lugar. Nadie.
Vuelve a tu bruma.
No es mi culpa si vivo y respiro,
como, bebo, duermo y me cubro de ropas.
lunes, 19 de marzo de 2012
Nada deben (por Eduardo Jordá)
Los míos no dejaron documentos.
Nada se sabe de ellos, más allá
de algunas conjeturas. Fueron pobres,
nunca hicieron preguntas, aceptaron
todo cuanto el buen Dios les destinó.
Comieron, engendraron y murieron
sin orgullo y sin odio, jubilosos
si llegaban a viejos, y afligidos
si debían marcharse antes de hora.
En catalán se amaron e insultaron,
y en catalán se despidieron de este mundo,
y me siento un traidor al evocarlos
en una lengua que ellos no entendían.
Dejaron pocas fotos, escasas posesiones,
ningún escudo heráldico. Fueron campesinos,
cocheros, empleados, cocineros:
gente sin importancia que no ensució la Historia
porque la Historia, por suerte, no se acordó de ellos.
Si protestaron, siempre fue en voz baja.
Los oyeron sus hijos, sus mujeres, sus amos,
pero nunca el buen Dios, duro de oído.
Y ahora están mezclados con la tierra
y forman el paisaje de un suburbio.
Son esquinas, colmados, adoquines
y cafés llenos de humo. Son caballos
rodeados de tábanos. Son tapias.
Son plazuelas desiertas con farolas,
tal vez cascotes, grúas, barro. Sé
que nadie los reclama ni recuerda.
Con ellos no fue próspera esta isla,
ni tampoco más pobre. Nada deben.
Nada importante hicieron o dejaron.
Ni siquiera yo sé cuál es su historia,
y aunque la conociera, también sería inútil.
¿Quién podrá redimirlos, devolviéndoles
todo cuanto les fuera arrebatado?
De nada servirán estas palabras.
Irán, como las vidas de los míos,
como su amor y su fe, su alegría
y su temor, a perderse muy pronto
en esta oscuridad que nos envuelve.
Nada se sabe de ellos, más allá
de algunas conjeturas. Fueron pobres,
nunca hicieron preguntas, aceptaron
todo cuanto el buen Dios les destinó.
Comieron, engendraron y murieron
sin orgullo y sin odio, jubilosos
si llegaban a viejos, y afligidos
si debían marcharse antes de hora.
En catalán se amaron e insultaron,
y en catalán se despidieron de este mundo,
y me siento un traidor al evocarlos
en una lengua que ellos no entendían.
Dejaron pocas fotos, escasas posesiones,
ningún escudo heráldico. Fueron campesinos,
cocheros, empleados, cocineros:
gente sin importancia que no ensució la Historia
porque la Historia, por suerte, no se acordó de ellos.
Si protestaron, siempre fue en voz baja.
Los oyeron sus hijos, sus mujeres, sus amos,
pero nunca el buen Dios, duro de oído.
Y ahora están mezclados con la tierra
y forman el paisaje de un suburbio.
Son esquinas, colmados, adoquines
y cafés llenos de humo. Son caballos
rodeados de tábanos. Son tapias.
Son plazuelas desiertas con farolas,
tal vez cascotes, grúas, barro. Sé
que nadie los reclama ni recuerda.
Con ellos no fue próspera esta isla,
ni tampoco más pobre. Nada deben.
Nada importante hicieron o dejaron.
Ni siquiera yo sé cuál es su historia,
y aunque la conociera, también sería inútil.
¿Quién podrá redimirlos, devolviéndoles
todo cuanto les fuera arrebatado?
De nada servirán estas palabras.
Irán, como las vidas de los míos,
como su amor y su fe, su alegría
y su temor, a perderse muy pronto
en esta oscuridad que nos envuelve.
domingo, 18 de marzo de 2012
En la nada (por María Zambrano)
Bajo la flor, la rama;
sobre la flor, la estrella;
bajo la estrella, el viento.
¿Y más allá?
Más allá, ¿no recuerdas?, sólo la nada.
La nada, óyelo bien, mi alma:
duérmete, aduérmete en la nada.
(Si pudiera, pero hundirme... )
Ceniza de aquel fuego, oquedad,
agua espesa y amarga:
el llanto hecho sudor;
la sangre que, en su huida, se lleva la palabra.
Y la carga vacía de un corazón sin marcha.
¿De verdad es que no hay nada? Hay la nada.
Y que no lo recuerdes. (Era tu gloria.)
Más allá del recuerdo, en el olvido, escucha
en el soplo de tu aliento.
Mira en tu pupila misma dentro,
en ese fuego que te abrasa, luz y agua.
Mas no puedo.
Ojos y oídos son ventanas.
Perdido entre mí mismo, no puedo buscar nada;
no llego hasta la nada.
sobre la flor, la estrella;
bajo la estrella, el viento.
¿Y más allá?
Más allá, ¿no recuerdas?, sólo la nada.
La nada, óyelo bien, mi alma:
duérmete, aduérmete en la nada.
(Si pudiera, pero hundirme... )
Ceniza de aquel fuego, oquedad,
agua espesa y amarga:
el llanto hecho sudor;
la sangre que, en su huida, se lleva la palabra.
Y la carga vacía de un corazón sin marcha.
¿De verdad es que no hay nada? Hay la nada.
Y que no lo recuerdes. (Era tu gloria.)
Más allá del recuerdo, en el olvido, escucha
en el soplo de tu aliento.
Mira en tu pupila misma dentro,
en ese fuego que te abrasa, luz y agua.
Mas no puedo.
Ojos y oídos son ventanas.
Perdido entre mí mismo, no puedo buscar nada;
no llego hasta la nada.
sábado, 17 de marzo de 2012
Como una araña suave (por Arthur Rimbaud)
En el invierno viajaremos en un vagón de tren
con asientos azules.
Seremos felices. Habrá un nido de besos
oculto en los rincones.
Cerrarán sus ojos para no ver los gestos
en las últimas sombras,
esos monstruos huidizos, multitudes oscuras
de demonios y lobos.
Y luego en tu mejilla sentirás un rasguño…
un beso muy pequeño como una araña suave
correrá por tu cuello…
Y me dirás: «¡búscala!», reclinando tu cara.
Y tardaremos mucho en hallar esa araña,
por demás indiscreta.
con asientos azules.
Seremos felices. Habrá un nido de besos
oculto en los rincones.
Cerrarán sus ojos para no ver los gestos
en las últimas sombras,
esos monstruos huidizos, multitudes oscuras
de demonios y lobos.
Y luego en tu mejilla sentirás un rasguño…
un beso muy pequeño como una araña suave
correrá por tu cuello…
Y me dirás: «¡búscala!», reclinando tu cara.
Y tardaremos mucho en hallar esa araña,
por demás indiscreta.
viernes, 16 de marzo de 2012
Oigo la hierba de tu risa (por Paul Éluard)
Tú sola y oigo la hierba de tu risa
Tú la cabeza que te conduce
Y desde la cima de los peligros de muerte
Sobre los brumosos globos de la lluvia de los valles
Bajo la densa luz bajo el cielo de la tierra
Engendras la caída.
Los pájaros ya no son un refugio suficiente
Ni la pereza ni el cansancio
El recuerdo de los débiles arroyos y los bosques
En la mañana de los caprichos
En la mañana de las caricias visibles
En la aurora de la ausencia y la caída
Las barcas de tus ojos se pierden
En el encaje de las desapariciones
El abismo se ha revelado otros han de apagarlo
Las sombras que tú creas no tienen derecho a la noche.
Tú la cabeza que te conduce
Y desde la cima de los peligros de muerte
Sobre los brumosos globos de la lluvia de los valles
Bajo la densa luz bajo el cielo de la tierra
Engendras la caída.
Los pájaros ya no son un refugio suficiente
Ni la pereza ni el cansancio
El recuerdo de los débiles arroyos y los bosques
En la mañana de los caprichos
En la mañana de las caricias visibles
En la aurora de la ausencia y la caída
Las barcas de tus ojos se pierden
En el encaje de las desapariciones
El abismo se ha revelado otros han de apagarlo
Las sombras que tú creas no tienen derecho a la noche.
jueves, 15 de marzo de 2012
¿Saltó ya el hombre aquel? (por Bob Dylan)
Corre vete sal de aquí
rápidamente
vete Joshua
lárgate
prepara tu batalla
haz lo que sepas
yo perdí mis gafas
no puedo ver Jericó
el viento enreda
mi pelo
nada parece
estar bien
ahí
no no iré contigo
no puedo ir contigo
Sobre el puente de Brooklyn
estaba inclinado
y de pie en el borde
había un predicador hablándole
estuve cambiando de posición continuamente
para poder ver desde todos los ángulos
por un lado y otro de los cuellos
estirados
y las cosas
la policía contenía a la gente
la señora que está a mi espalda
irrumpe en mi ingle
"enfermos enfermos algunos están realmente enfermos"
como el número circense del trapecio
"oh espero que no lo haga"
él estaba al otro lado de la barandilla
sus ojos terriblemente abiertos
bañado por el sudor
boca de tiburón
las sucias mangas de la camisa subidas
los brazos gruesos y tatuados
y llevaba un reloj de plata
echándole una rápida ojeada yo podría decir
que estaba inútilmente solo
no pude quedarme allí mirándole
no pude quedarme allí mirándole
porque de pronto me di cuenta de que
en lo más profundo de mi corazón
deseaba realmente
verle saltar
(Una multitud. cada persona sabe
que todos ellos saben y ven lo mismo.
tienen la misma cosa en común.
pueden mirar a los demás con absoluta inexpresividad
no tienen que hablar y no se sienten culpables
de no tener nada que decir. tedio diario
empapado por la felicidad temporal
de que haya terminado finalmente su búsqueda
por encontrar una manera de compartir el gran desengaño
de un picnic de sangre. todas las multitudes son iguales
y yo estaba en la multitud cogido en su excitación)
Y me alejé
tenía tantas ganas de verle saltar
que tuve que marchar y esconderme
la zona residencial la zona residencial
Orchard Street
a través de toda aquella gente
en Orchard Street
perneras de pantalones en mi cara
"¡vengan aquí! ¡vengan aquí!"
no necesito vestidos
y cruzo la calle
los sonidos asoman
por las bocas de acceso
y las cajas de zapatos cabalgan
por las grietas de la acera
pescadores
repentinamente me he convertido
en un pez
pero ¿quiere
alguien ser pescador
al igual que yo
no quiero ser un pez?
(La cachonda Wanda está
en Nueva Orleans
pasa metiendo ruido a través
de vulgares paredes
de ladrillo llenas
de palabrotas
allá en Nueva York)
No ellos no pueden salir
de los bancos de su río
estoy en su río
(me pregunto si saltó
realmente me pregunto si saltó)
doblo la esquina
para alejarme del río
y para alejarme del río
creciendo todavía
doy media vuelta
y descubro
que estoy en otro río
(esta vez. Rey Rex
me bendice con cuentas de plástico
y bocinas que hacen tut tut
anillos de papel y cosas.
Royal Street
Bourbon Street
St. Claude and Splanade
pasa y deja
todo patas arriba
Joe B. Stuart
un poeta sureño blanco
me da moral
atravesamos la casa a toda mecha
una máquina de discos resplandeciente
el gumbo se desborda
expulsados a patadas de bares para negros
calles con atascos
estrellas hipnóticas hacen explosión
en la noche asesina de Louisiana
hay mucho barullo
brazo con brazo
muy drogados
tengo que verte en Mobile luego
echar abajo al gobernador Nichel
y largarnos)
de acuerdo también yo puedo dejar este río
en Bleeker Street
encuentro a muchos amigos
que me miran
como si supieran algo
que yo no sé
Rocco y sus hermanos
dicen que hay personas que
están deprimidas que yo
no quiero oírlo
un balón de baloncesto cae
por el aro
y yo recuerdo que
el Living Theater ha sido arrestado
(¿saltó ya el hombre aquel?)
arañas intelectuales
suben por la Sexta Avenida
con Colts cuarenta y cinco
asomando por
sus ombligos
y por primera vez
en mi vida
me siento orgulloso
de no estar metido en
ninguna obra maestra de la literatura
(¿y por qué quise ver a aquella
pobre alma muerta?)
Primero de todo dos personas
se juntan y quieren ensanchar
sus puertas. segundo, mucha más
gente ve lo que está sucediendo y
viene a echar una mano en el ensanche
de la puerta. los que llegan
no tienen sin embargo más que un
"ensanchemos estas puertas"
para decir a los que ya estaban allí
desde el primer momento. luego sigue que
todo gira alrededor
nada más que la ideas del ensanche de la puerta.
tercero, ahora ya es un grupo
y lo único que les mantiene amigos
es que todos quieren que las puertas se ensanchen.
evidentemente, las puertas son ensanchadas entonces
cuarto,
después del ensanche
el grupo tiene que encontrar
algo más que siga
manteniéndoles unidos o
si no, el ensanche de la puerta
resultará
embarazoso
En la calle catorce
me encuentro con alguien
que conozco por vivir enfrente
quiere que me
ponga nervioso
quiere que me ponga
a su nivel
con toda sinceridad
quiere arrastrarme
hasta ahí
descubro que la gravedad
es mi única enemiga
la soledad ha cerrado con fuerza
las manos y te lleva
a ser injusto con los demás
todo el mundo tiene cosas que hacer
cosas que les mantienen ocupados
los obreros
tienen su mente puesta
en los fines de semana
víctimas del sistema
llenan los cines
y quién y de qué
compañía sádica es él
tiene derecho
a condenar a otros como triviales
cuál es la culpa
y a quién hay que culpar realmente
de que un hombre lleve un arma
es imposible que
sea él
los esclavos no son de color especial
y los eslabones de las cadenas
no tienen un orden especial
qué gran actor tienes que ser
para interpretar a Dios
(en Grecia una viejecita menuda
una obrera
me mira
se frota la barbilla
y por señas me pregunta
que por qué estoy sin afeitar
"el mar es bellísimo aquí"
replico
señalando mi barbilla.
y ella me cree
no necesita más respuesta que ésa
yo rasgueo la guitarra
ella baila
ríe
su pañuelo vuela
yo también me doy cuenta de que
ella morirá aquí
junto a este mar
su muerte es seguro que ocurrirá aquí
la mía no se sabe dónde
y llego a pensar
que la amo)
Cada día hablo con gente
complicada en algún rollo
bueno y malo no son sino palabras
inventadas por aquellos
que están atrapados en los rollos
Bajo qué fundamentos se encuentran
las razones para el juicio
y pienso también
que no hay
nada en ningún sitio
en ningún sitio que tenga
ningún sentido. sólo hay lágrimas
y sólo pena
no hay problemas
He visto que lo que amé
se ha desvanecido. todavía
amo lo que he perdido pero correr
y tratar de recuperarlo
sería muy egoísta
por el resto de mi vida
no perseguiré a ningún ser vivo
dentro de abrazo carcelario
de mi amor propio
No puedo creer que tenga
que odiar a nadie
y cuando lo haga
será sin temor
y lo sabré
Ni respuestas ni verdad conozco
para ningún alma viva
no prestaré oídos a nadie
que me hable de principios
no hay principios
y yo sueño mucho
Así que ve Joshua
prepara tu batalla
yo tengo que ir a los bosques
un momento
espero que comprendas
pero si no lo haces
no importa
estaré contigo
la próxima vez
no pienses en mí
yo estaré bien
tú sigue adelante por ahí
por ahí
haz lo que dices
que vas a hacer
y quién sabe
algún día
alguien podía incluso
escribir
una canción
sobre ti
rápidamente
vete Joshua
lárgate
prepara tu batalla
haz lo que sepas
yo perdí mis gafas
no puedo ver Jericó
el viento enreda
mi pelo
nada parece
estar bien
ahí
no no iré contigo
no puedo ir contigo
Sobre el puente de Brooklyn
estaba inclinado
y de pie en el borde
había un predicador hablándole
estuve cambiando de posición continuamente
para poder ver desde todos los ángulos
por un lado y otro de los cuellos
estirados
y las cosas
la policía contenía a la gente
la señora que está a mi espalda
irrumpe en mi ingle
"enfermos enfermos algunos están realmente enfermos"
como el número circense del trapecio
"oh espero que no lo haga"
él estaba al otro lado de la barandilla
sus ojos terriblemente abiertos
bañado por el sudor
boca de tiburón
las sucias mangas de la camisa subidas
los brazos gruesos y tatuados
y llevaba un reloj de plata
echándole una rápida ojeada yo podría decir
que estaba inútilmente solo
no pude quedarme allí mirándole
no pude quedarme allí mirándole
porque de pronto me di cuenta de que
en lo más profundo de mi corazón
deseaba realmente
verle saltar
(Una multitud. cada persona sabe
que todos ellos saben y ven lo mismo.
tienen la misma cosa en común.
pueden mirar a los demás con absoluta inexpresividad
no tienen que hablar y no se sienten culpables
de no tener nada que decir. tedio diario
empapado por la felicidad temporal
de que haya terminado finalmente su búsqueda
por encontrar una manera de compartir el gran desengaño
de un picnic de sangre. todas las multitudes son iguales
y yo estaba en la multitud cogido en su excitación)
Y me alejé
tenía tantas ganas de verle saltar
que tuve que marchar y esconderme
la zona residencial la zona residencial
Orchard Street
a través de toda aquella gente
en Orchard Street
perneras de pantalones en mi cara
"¡vengan aquí! ¡vengan aquí!"
no necesito vestidos
y cruzo la calle
los sonidos asoman
por las bocas de acceso
y las cajas de zapatos cabalgan
por las grietas de la acera
pescadores
repentinamente me he convertido
en un pez
pero ¿quiere
alguien ser pescador
al igual que yo
no quiero ser un pez?
(La cachonda Wanda está
en Nueva Orleans
pasa metiendo ruido a través
de vulgares paredes
de ladrillo llenas
de palabrotas
allá en Nueva York)
No ellos no pueden salir
de los bancos de su río
estoy en su río
(me pregunto si saltó
realmente me pregunto si saltó)
doblo la esquina
para alejarme del río
y para alejarme del río
creciendo todavía
doy media vuelta
y descubro
que estoy en otro río
(esta vez. Rey Rex
me bendice con cuentas de plástico
y bocinas que hacen tut tut
anillos de papel y cosas.
Royal Street
Bourbon Street
St. Claude and Splanade
pasa y deja
todo patas arriba
Joe B. Stuart
un poeta sureño blanco
me da moral
atravesamos la casa a toda mecha
una máquina de discos resplandeciente
el gumbo se desborda
expulsados a patadas de bares para negros
calles con atascos
estrellas hipnóticas hacen explosión
en la noche asesina de Louisiana
hay mucho barullo
brazo con brazo
muy drogados
tengo que verte en Mobile luego
echar abajo al gobernador Nichel
y largarnos)
de acuerdo también yo puedo dejar este río
en Bleeker Street
encuentro a muchos amigos
que me miran
como si supieran algo
que yo no sé
Rocco y sus hermanos
dicen que hay personas que
están deprimidas que yo
no quiero oírlo
un balón de baloncesto cae
por el aro
y yo recuerdo que
el Living Theater ha sido arrestado
(¿saltó ya el hombre aquel?)
arañas intelectuales
suben por la Sexta Avenida
con Colts cuarenta y cinco
asomando por
sus ombligos
y por primera vez
en mi vida
me siento orgulloso
de no estar metido en
ninguna obra maestra de la literatura
(¿y por qué quise ver a aquella
pobre alma muerta?)
Primero de todo dos personas
se juntan y quieren ensanchar
sus puertas. segundo, mucha más
gente ve lo que está sucediendo y
viene a echar una mano en el ensanche
de la puerta. los que llegan
no tienen sin embargo más que un
"ensanchemos estas puertas"
para decir a los que ya estaban allí
desde el primer momento. luego sigue que
todo gira alrededor
nada más que la ideas del ensanche de la puerta.
tercero, ahora ya es un grupo
y lo único que les mantiene amigos
es que todos quieren que las puertas se ensanchen.
evidentemente, las puertas son ensanchadas entonces
cuarto,
después del ensanche
el grupo tiene que encontrar
algo más que siga
manteniéndoles unidos o
si no, el ensanche de la puerta
resultará
embarazoso
En la calle catorce
me encuentro con alguien
que conozco por vivir enfrente
quiere que me
ponga nervioso
quiere que me ponga
a su nivel
con toda sinceridad
quiere arrastrarme
hasta ahí
descubro que la gravedad
es mi única enemiga
la soledad ha cerrado con fuerza
las manos y te lleva
a ser injusto con los demás
todo el mundo tiene cosas que hacer
cosas que les mantienen ocupados
los obreros
tienen su mente puesta
en los fines de semana
víctimas del sistema
llenan los cines
y quién y de qué
compañía sádica es él
tiene derecho
a condenar a otros como triviales
cuál es la culpa
y a quién hay que culpar realmente
de que un hombre lleve un arma
es imposible que
sea él
los esclavos no son de color especial
y los eslabones de las cadenas
no tienen un orden especial
qué gran actor tienes que ser
para interpretar a Dios
(en Grecia una viejecita menuda
una obrera
me mira
se frota la barbilla
y por señas me pregunta
que por qué estoy sin afeitar
"el mar es bellísimo aquí"
replico
señalando mi barbilla.
y ella me cree
no necesita más respuesta que ésa
yo rasgueo la guitarra
ella baila
ríe
su pañuelo vuela
yo también me doy cuenta de que
ella morirá aquí
junto a este mar
su muerte es seguro que ocurrirá aquí
la mía no se sabe dónde
y llego a pensar
que la amo)
Cada día hablo con gente
complicada en algún rollo
bueno y malo no son sino palabras
inventadas por aquellos
que están atrapados en los rollos
Bajo qué fundamentos se encuentran
las razones para el juicio
y pienso también
que no hay
nada en ningún sitio
en ningún sitio que tenga
ningún sentido. sólo hay lágrimas
y sólo pena
no hay problemas
He visto que lo que amé
se ha desvanecido. todavía
amo lo que he perdido pero correr
y tratar de recuperarlo
sería muy egoísta
por el resto de mi vida
no perseguiré a ningún ser vivo
dentro de abrazo carcelario
de mi amor propio
No puedo creer que tenga
que odiar a nadie
y cuando lo haga
será sin temor
y lo sabré
Ni respuestas ni verdad conozco
para ningún alma viva
no prestaré oídos a nadie
que me hable de principios
no hay principios
y yo sueño mucho
Así que ve Joshua
prepara tu batalla
yo tengo que ir a los bosques
un momento
espero que comprendas
pero si no lo haces
no importa
estaré contigo
la próxima vez
no pienses en mí
yo estaré bien
tú sigue adelante por ahí
por ahí
haz lo que dices
que vas a hacer
y quién sabe
algún día
alguien podía incluso
escribir
una canción
sobre ti
miércoles, 14 de marzo de 2012
A través de los años (por Tomas Tranströmer)
Oigo caer las piedras que arrojamos,
transparentes como cristal a través de los años. En el valle
vuela la confusión de los actos
del instante, vociferantes, de copa
en copa de los árboles, se callan
en un aire más tenue que el presente, se deslizan
como golondrinas desde una cima
a otra de las montañas, hasta
alcanzar las mesetas ulteriores,
junto a las fronteras del ser. Allí caen
todas nuestras acciones
claras como el cristal
no hacia otro fondo
que el de nosotros mismos.
transparentes como cristal a través de los años. En el valle
vuela la confusión de los actos
del instante, vociferantes, de copa
en copa de los árboles, se callan
en un aire más tenue que el presente, se deslizan
como golondrinas desde una cima
a otra de las montañas, hasta
alcanzar las mesetas ulteriores,
junto a las fronteras del ser. Allí caen
todas nuestras acciones
claras como el cristal
no hacia otro fondo
que el de nosotros mismos.
martes, 13 de marzo de 2012
La orquesta de los pájaros (por Leonard Cohen)
Ahí los tienes:
la orquesta de los pájaros miméticos,
su falsificación aleatoria
de ruidos robados al azar,
sus trinos de fantoches aplicados.
Ocultos en las ramas,
fugados al calor de primavera,
con su negrura de augurio,
con su memoria de organillo mecánico,
leyendo partituras
escritas en el aire,
su ser para la nada,
su canto cristalino y cacofónico,
conforme al algoritmo del quién sabe,
payasos musicales portentosos,
tensando la mañana con el arco
de su garganta pura y desquiciada.
Ahí los tienes de nuevo, y aquí tú:
los artesanos de lo etéreo,
nuestras alas de cera,
el canto dado a nadie
y porque sí.
la orquesta de los pájaros miméticos,
su falsificación aleatoria
de ruidos robados al azar,
sus trinos de fantoches aplicados.
Ocultos en las ramas,
fugados al calor de primavera,
con su negrura de augurio,
con su memoria de organillo mecánico,
leyendo partituras
escritas en el aire,
su ser para la nada,
su canto cristalino y cacofónico,
conforme al algoritmo del quién sabe,
payasos musicales portentosos,
tensando la mañana con el arco
de su garganta pura y desquiciada.
Ahí los tienes de nuevo, y aquí tú:
los artesanos de lo etéreo,
nuestras alas de cera,
el canto dado a nadie
y porque sí.
lunes, 12 de marzo de 2012
Un cuerpo que retorna a sus orígenes (por Antonin Artaud)
Evoco el mordisco de inexistencia y de imperceptibles cohabitaciones. Venid, psiquiatras, os llamo a la cabecera de este hombre abotargado pero que todavía respira. Reuníos con vuestros equipos de abominables mercaderías en torno de ese cuerpo extendido cuan largo es y acostado sobre vuestros sarcasmos. No tiene salvación, os digo que está intoxicado, y harto de vuestros derrumbamientos de barreras, de vuestros fantasmas vacíos, de vuestros gorjeos de desollados.
Está harto.
Pisotead, pues, ese cuerpo vacío, ese cuerpo transparente que ha desafiado lo prohibido. Está muerto. Ha atravesado aquel infierno que le prometíais más allá de la licuefacción ósea, y de una extraña liberación espiritual que significaba para vosotros el mayor de todos los peligros. ¡Y he aquí que una maraña de nervios lo domina!
Ah medicina, aquí tenéis al hombre que ha tocado el peligro. Has triunfado, psiquiatra, has triunfado, pero él te sobrepasa. El hormigueo del sueño irrita sus miembros embotados. Un conjunto de voluntades adversas lo afloja, elevándose en él como bruscas murallas. El ciclo se derrumba estrepitosamente. ¿Qué siente? Ha dejado atrás el sentimiento de sí mismo. Se te escapa por miles y miles de aberturas. Crees haberlo atrapado y es libre. No te pertenece.
No te pertenece. Denominación. ¿Hacia dónde apunta tu pobre sensibilidad? ¿A devolverlo a las manos de su madre, a convertirlo en el canal, en el desaguadero de la más ínfima confraternidad mental posible, del común denominador consciente más pequeño?
Puedes estar tranquilo: él es consciente.
Pero es el Consciente Máximo.
Pero es el pedestal de un soplo que agobia tu cráneo de torpe demente pues él ha ganado por lo menos el hecho de haber derribado la Demencia. Y ahora, legiblemente, conscientemente, claramente, universalmente, ella sopla sobre tu castillo de mezquino delirio, te señala, temblorcillo atemorizado que retrocede delante de la Vida-Plena.
Pues flotar merced a miembros grandilocuentes, merced a gruesas manos de nadador, tener un corazón cuya claridad es la medida del miedo, percibir la eternidad de un zumbido de insecto sobre el entarimado, entrever las mil y una comezones de la soledad nocturna, el perdón de hallarse abandonado, golpear contra murallas sin fin una cabeza que se entreabre y se rompe en llanto, extender sobre una mesa temblorosa un sexo inutilizable y completamente falseado,
surgir al fin, surgir con la más temible de las cabezas frente a las mil abruptas rupturas de una existencia sin arraigo; vaciar por un lado la existencia y por el otro retomar el vacío de una libertad cristalina.
En el fondo, pues, de ese verbalismo tóxico, está el espasmo flotante de un cuerpo libre, de un cuerpo que retorna a sus orígenes, pues está clara la muralla de muerte cortada al ras y volcada. Porque así procede la muerte, mediante el hilo de una angustia que el cuerpo no puede dejar de atravesar. La muralla bullente de la angustia exige primero un atroz encogimiento, un abandono primero de los órganos tal como puede soñarlo la desolación de un niño. A esa reunión de padres sube en un sueño la memoria, rostros de abuelos olvidados. Toda una reunión de razas humanas a las que pertenecen estos y los 0tros.
Primera aclaración de una rabia tóxica.
He aquí el extraño resplandor de los tóxicos que aplasta el espacio siniestramente familiar.
En la palpitación de la noche solitaria, aquí está ese rumor de hormigas que producen los descubrimientos, las revelaciones, las apariciones, aquí están esos grandes cuerpos varados que recobran viento y vuelo, aquí está el inmenso zarandeo de la Supervivencia.
A esa convocatoria de cadáveres, el estupefaciente llega con su rostro ulceroso. Disposiciones inmemoriales comienzan. La muerte tiene al principio el rostro de lo que no pudo ser. Una desolación soberana da la clave a esa multitud de sueños que sólo piden despertar. ¿Qué decís vosotros?
¡Y todavía pretendéis negar la importancia de esos Reinos, por los cuales apenas comienzo a marchar!
Está harto.
Pisotead, pues, ese cuerpo vacío, ese cuerpo transparente que ha desafiado lo prohibido. Está muerto. Ha atravesado aquel infierno que le prometíais más allá de la licuefacción ósea, y de una extraña liberación espiritual que significaba para vosotros el mayor de todos los peligros. ¡Y he aquí que una maraña de nervios lo domina!
Ah medicina, aquí tenéis al hombre que ha tocado el peligro. Has triunfado, psiquiatra, has triunfado, pero él te sobrepasa. El hormigueo del sueño irrita sus miembros embotados. Un conjunto de voluntades adversas lo afloja, elevándose en él como bruscas murallas. El ciclo se derrumba estrepitosamente. ¿Qué siente? Ha dejado atrás el sentimiento de sí mismo. Se te escapa por miles y miles de aberturas. Crees haberlo atrapado y es libre. No te pertenece.
No te pertenece. Denominación. ¿Hacia dónde apunta tu pobre sensibilidad? ¿A devolverlo a las manos de su madre, a convertirlo en el canal, en el desaguadero de la más ínfima confraternidad mental posible, del común denominador consciente más pequeño?
Puedes estar tranquilo: él es consciente.
Pero es el Consciente Máximo.
Pero es el pedestal de un soplo que agobia tu cráneo de torpe demente pues él ha ganado por lo menos el hecho de haber derribado la Demencia. Y ahora, legiblemente, conscientemente, claramente, universalmente, ella sopla sobre tu castillo de mezquino delirio, te señala, temblorcillo atemorizado que retrocede delante de la Vida-Plena.
Pues flotar merced a miembros grandilocuentes, merced a gruesas manos de nadador, tener un corazón cuya claridad es la medida del miedo, percibir la eternidad de un zumbido de insecto sobre el entarimado, entrever las mil y una comezones de la soledad nocturna, el perdón de hallarse abandonado, golpear contra murallas sin fin una cabeza que se entreabre y se rompe en llanto, extender sobre una mesa temblorosa un sexo inutilizable y completamente falseado,
surgir al fin, surgir con la más temible de las cabezas frente a las mil abruptas rupturas de una existencia sin arraigo; vaciar por un lado la existencia y por el otro retomar el vacío de una libertad cristalina.
En el fondo, pues, de ese verbalismo tóxico, está el espasmo flotante de un cuerpo libre, de un cuerpo que retorna a sus orígenes, pues está clara la muralla de muerte cortada al ras y volcada. Porque así procede la muerte, mediante el hilo de una angustia que el cuerpo no puede dejar de atravesar. La muralla bullente de la angustia exige primero un atroz encogimiento, un abandono primero de los órganos tal como puede soñarlo la desolación de un niño. A esa reunión de padres sube en un sueño la memoria, rostros de abuelos olvidados. Toda una reunión de razas humanas a las que pertenecen estos y los 0tros.
Primera aclaración de una rabia tóxica.
He aquí el extraño resplandor de los tóxicos que aplasta el espacio siniestramente familiar.
En la palpitación de la noche solitaria, aquí está ese rumor de hormigas que producen los descubrimientos, las revelaciones, las apariciones, aquí están esos grandes cuerpos varados que recobran viento y vuelo, aquí está el inmenso zarandeo de la Supervivencia.
A esa convocatoria de cadáveres, el estupefaciente llega con su rostro ulceroso. Disposiciones inmemoriales comienzan. La muerte tiene al principio el rostro de lo que no pudo ser. Una desolación soberana da la clave a esa multitud de sueños que sólo piden despertar. ¿Qué decís vosotros?
¡Y todavía pretendéis negar la importancia de esos Reinos, por los cuales apenas comienzo a marchar!
domingo, 11 de marzo de 2012
El mismo sol (por Fernando Pessoa)
Bendito sea el mismo sol de otras tierras
que me hermana con todos los hombres
porque todos los hombres en un momento del día lo miran como
yo,
y en ese puro momento
limpio y sensible
regresan lacrimosamente
y con un suspiro que mal sienten
al hombre verdadero y primitivo
que veía al sol nacer y aún no lo adoraba.
Porque eso es natural, más natural
que adorar al oro y a Dios
y el arte y la moral...
que me hermana con todos los hombres
porque todos los hombres en un momento del día lo miran como
yo,
y en ese puro momento
limpio y sensible
regresan lacrimosamente
y con un suspiro que mal sienten
al hombre verdadero y primitivo
que veía al sol nacer y aún no lo adoraba.
Porque eso es natural, más natural
que adorar al oro y a Dios
y el arte y la moral...
sábado, 10 de marzo de 2012
Sí, sigo aquí (por Manuel Rivas)
Tengo algo importante que decir
ahora que acabamos de despedirnos
para siempre.
Te quiero.
Clávame las uñas,
pero has de saber que también fui sincero
las otras mil veces.
Ella me acusa de no tener sentimientos
porque hablo y hablo
o no hablo.
Se va a comer las uñas,
sus altivas uñas escarlata.
Pero me iré.
Se lo dije y rió indiferente,
pero me iré
o no me iré.
Llegaré a una de esas ciudades,
no tan grandes como una ciudad,
donde se para el tren y ya no hay más tren,
con monjas que se sientan sobre un barril de cerveza
en la estación,
y miles de cuervos que esperan con sorna a El-Rey
o una cámara de cine.
De esa ciudad sale un autobús
tan viejo
que tiene un conductor que fuma
y que habla con los viajeros,
justo en cada curva,
cuando llueve,
y lo hace cada día desde siempre,
limpia el cristal con la mano,
como si estuviésemos cayendo,
llueve también dentro.
Y no pasa nada,
pues llegamos cuando escampa,
y sólo gotea en el autobús,
todos mojados menos los paisanos
que ríen
o no ríen.
Ésta ya no es ni ciudad ni nada,
pero hay un barco panza arriba
y una playa de arena negra.
Y hay también una cabina de teléfono.
¿Me oyes? Estoy en una cabina.
Si, bien.
No, nada.
Llovía en el autobús.
Sólo hay un bar.
Sí, tengo monedas.
¿De verdad? Yo también. No, aún no se corta.
Sí, sigo aquí.
No, no estaba pensando.
Escuchaba, eso es todo.
No sé qué decías. Escuchaba.
No, no es un libro.
Son las hojas de la guía.
¿Sabes cuál es el prefijo de Ras-Al-Khaimah?
Marcas 07, luego 971 y después 77
y ya puedes hablar con alguien en Ras-Al-Khaimah.
No, no es que no te escuche.
Escucho, sólo quiero escucharte.
Pero no me preguntes lo que dices.
No puedo hacer dos cosas al mismo tiempo,
entender y pensar en ti.
Qué fácil es hablar con cualquier lugar.
No, no cortes, por favor.
Si cuelgas,
llamaré a Ras-Al-Khaimah
o a cualquier lugar.
Mientras tú hablas, no tengo frío.
Él era fuerte y débil
como un marine yanqui.
Ella, frágil e invencible,
como una guerrillera del Vietcong.
ahora que acabamos de despedirnos
para siempre.
Te quiero.
Clávame las uñas,
pero has de saber que también fui sincero
las otras mil veces.
Ella me acusa de no tener sentimientos
porque hablo y hablo
o no hablo.
Se va a comer las uñas,
sus altivas uñas escarlata.
Pero me iré.
Se lo dije y rió indiferente,
pero me iré
o no me iré.
Llegaré a una de esas ciudades,
no tan grandes como una ciudad,
donde se para el tren y ya no hay más tren,
con monjas que se sientan sobre un barril de cerveza
en la estación,
y miles de cuervos que esperan con sorna a El-Rey
o una cámara de cine.
De esa ciudad sale un autobús
tan viejo
que tiene un conductor que fuma
y que habla con los viajeros,
justo en cada curva,
cuando llueve,
y lo hace cada día desde siempre,
limpia el cristal con la mano,
como si estuviésemos cayendo,
llueve también dentro.
Y no pasa nada,
pues llegamos cuando escampa,
y sólo gotea en el autobús,
todos mojados menos los paisanos
que ríen
o no ríen.
Ésta ya no es ni ciudad ni nada,
pero hay un barco panza arriba
y una playa de arena negra.
Y hay también una cabina de teléfono.
¿Me oyes? Estoy en una cabina.
Si, bien.
No, nada.
Llovía en el autobús.
Sólo hay un bar.
Sí, tengo monedas.
¿De verdad? Yo también. No, aún no se corta.
Sí, sigo aquí.
No, no estaba pensando.
Escuchaba, eso es todo.
No sé qué decías. Escuchaba.
No, no es un libro.
Son las hojas de la guía.
¿Sabes cuál es el prefijo de Ras-Al-Khaimah?
Marcas 07, luego 971 y después 77
y ya puedes hablar con alguien en Ras-Al-Khaimah.
No, no es que no te escuche.
Escucho, sólo quiero escucharte.
Pero no me preguntes lo que dices.
No puedo hacer dos cosas al mismo tiempo,
entender y pensar en ti.
Qué fácil es hablar con cualquier lugar.
No, no cortes, por favor.
Si cuelgas,
llamaré a Ras-Al-Khaimah
o a cualquier lugar.
Mientras tú hablas, no tengo frío.
Él era fuerte y débil
como un marine yanqui.
Ella, frágil e invencible,
como una guerrillera del Vietcong.
viernes, 9 de marzo de 2012
Para los finales (por Roberto Juárroz)
No tenemos un lenguaje para los finales,
para la caída del amor,
para los concentrados laberintos de la agonía,
para el amordazado escándalo
de los hundimientos irrevocables.
¿Cómo decirle a quien nos abandona
o a quien abandonamos
que agregar otra ausencia a la ausencia
es ahogar todos los nombres
y levantar un muro
alrededor de cada imagen?
¿Cómo hacer señas a quien muere,
cuando todos los gestos se han secado,
las distancias se confunden en un caos imprevisto,
las proximidades se derrumban como pájaros enfermos
y el tallo del dolor
se quiebra como lanzadera
de un telar descompuesto?
¿O cómo hablarse cada uno a sí mismo
cuando nada, cuando nadie ya habla,
cuando las estrellas y los rostros son secreciones neutras
de un mundo que ha perdido
su memoria de un mundo?
Quizá un lenguaje para los finales
exija la total abolición de los otros lenguajes,
la imperturbable síntesis
de las tierras arrasadas.
O tal vez crear un habla de intersticios,
que reúna los mínimos espacios
entreverados entre el silencio y la palabra
y las ignotas partículas sin codicia.
para la caída del amor,
para los concentrados laberintos de la agonía,
para el amordazado escándalo
de los hundimientos irrevocables.
¿Cómo decirle a quien nos abandona
o a quien abandonamos
que agregar otra ausencia a la ausencia
es ahogar todos los nombres
y levantar un muro
alrededor de cada imagen?
¿Cómo hacer señas a quien muere,
cuando todos los gestos se han secado,
las distancias se confunden en un caos imprevisto,
las proximidades se derrumban como pájaros enfermos
y el tallo del dolor
se quiebra como lanzadera
de un telar descompuesto?
¿O cómo hablarse cada uno a sí mismo
cuando nada, cuando nadie ya habla,
cuando las estrellas y los rostros son secreciones neutras
de un mundo que ha perdido
su memoria de un mundo?
Quizá un lenguaje para los finales
exija la total abolición de los otros lenguajes,
la imperturbable síntesis
de las tierras arrasadas.
O tal vez crear un habla de intersticios,
que reúna los mínimos espacios
entreverados entre el silencio y la palabra
y las ignotas partículas sin codicia.
jueves, 8 de marzo de 2012
Esos dos (por Saiz de Marco)
Allí van esos dos
unidos
siempre unidos
como hermanos siameses
como el haz y el envés
como el cuerpo y su sombra
Allí van
siempre juntos
esos acompañantes que nunca se separan
ese dúo indivisible
esa aleación metálica como el acero o el bronce
esa mezcla o reacción
ese compuesto orgánico de elementos solubles
Allí van
transfundidos
moviéndose por dentro del corazón humano
recorriéndolo entero sin apartarse nunca
“Yo no voy si no vienes.
Dame, dolor, la mano y camina conmigo”
Allí van
los dos juntos
el amor y el dolor
unidos
siempre unidos
como hermanos siameses
como el haz y el envés
como el cuerpo y su sombra
Allí van
siempre juntos
esos acompañantes que nunca se separan
ese dúo indivisible
esa aleación metálica como el acero o el bronce
esa mezcla o reacción
ese compuesto orgánico de elementos solubles
Allí van
transfundidos
moviéndose por dentro del corazón humano
recorriéndolo entero sin apartarse nunca
“Yo no voy si no vienes.
Dame, dolor, la mano y camina conmigo”
Allí van
los dos juntos
el amor y el dolor
miércoles, 7 de marzo de 2012
Moriré (por Boris Vian)
Moriré de un cáncer en la columna vertebral
Sucederá en una noche horrible
Clara, caliente, perfumada y sensual
Moriré por emponzoñamiento
De ciertas células poco conocidas
Moriré por una pierna arrancada
Por una rata gigante salida de un agujero gigante
Moriré de cien heridas
Porque el cielo caerá sobre mí
Y se romperá igual que un vidrio
Moriré a causa de un grito
Que hará estallar mis tímpanos
Moriré por magullamiento
Apaleado a las dos de la madrugada
Por matones calvos, indecisos
Moriré sin darme cuenta
Que muero yo moriré
Enterrado bajo las ruinas secas
De mil metros de algodón hundido
Moriré ahogado en aceite sucio
Pisoteado por bestias indiferentes
Y, poco después, por bestias diferentes
Moriré desnudo, o vestido de tela roja
O metido en un saco lleno de hojas de afeitar
Moriré quizá sin haberme puesto
Barniz en las uñas de los dedos de los pies
Y con las manos llenas de lágrimas
Y con las manos llenas de lágrimas
Moriré cuando me despeguen
Los párpados bajo un sol rabioso
Cuando lentamente se me digan
A la oreja maldades torcidas
Moriré de ver torturar a niños
Y a hombres asombrados y pálidos
Moriré roído vivo
Por los gusanos, moriré con las
Manos atadas bajo una cascada
Moriré ardiendo en un incendio triste
Moriré un poco, mucho
Sin pasión, pero con interés
Y luego, cuando todo haya terminado
Moriré
Sucederá en una noche horrible
Clara, caliente, perfumada y sensual
Moriré por emponzoñamiento
De ciertas células poco conocidas
Moriré por una pierna arrancada
Por una rata gigante salida de un agujero gigante
Moriré de cien heridas
Porque el cielo caerá sobre mí
Y se romperá igual que un vidrio
Moriré a causa de un grito
Que hará estallar mis tímpanos
Moriré por magullamiento
Apaleado a las dos de la madrugada
Por matones calvos, indecisos
Moriré sin darme cuenta
Que muero yo moriré
Enterrado bajo las ruinas secas
De mil metros de algodón hundido
Moriré ahogado en aceite sucio
Pisoteado por bestias indiferentes
Y, poco después, por bestias diferentes
Moriré desnudo, o vestido de tela roja
O metido en un saco lleno de hojas de afeitar
Moriré quizá sin haberme puesto
Barniz en las uñas de los dedos de los pies
Y con las manos llenas de lágrimas
Y con las manos llenas de lágrimas
Moriré cuando me despeguen
Los párpados bajo un sol rabioso
Cuando lentamente se me digan
A la oreja maldades torcidas
Moriré de ver torturar a niños
Y a hombres asombrados y pálidos
Moriré roído vivo
Por los gusanos, moriré con las
Manos atadas bajo una cascada
Moriré ardiendo en un incendio triste
Moriré un poco, mucho
Sin pasión, pero con interés
Y luego, cuando todo haya terminado
Moriré
martes, 6 de marzo de 2012
Con tu muerte (por Darío Jaramillo)
Con tu muerte pierdo un pedazo del amor que hay por mí
sobre esta tierra.
Con tu muerte se me ha muerto esa ciudad
que conocí contigo
y donde no volveré:
sería pisar sobre sobre cenizas,
caminar sobre los escombros de una vida.
sobre esta tierra.
Con tu muerte se me ha muerto esa ciudad
que conocí contigo
y donde no volveré:
sería pisar sobre sobre cenizas,
caminar sobre los escombros de una vida.
lunes, 5 de marzo de 2012
Despertar (por Pedro Salinas)
Sabemos, sí, que hay luz. Está aguardando
detrás de esa ventana
con sus trágicas garras diamantinas,
ansiosa de clavarnos, de hundirnos
evidencias en la carne, en los ojos, más allá.
La resistimos, obstinadamente,
en la prolongación, cuarto cerrado,
de la felicidad oscura,
caliente aún en los cuerpos de la noche.
Los besos son de noche todavía
y nuestros labios cavan en la aurora,
aún, un espacio: el gran besar nocturno.
Sabemos, sí, que hay mundo.
Testigos vagos de él, romper de olas,
los ruidos, píos de aves, gritos rotos,
arañan escalándolo, lloviéndolo,
el gran silencio que nos reservamos,
isla habitada sólo por dos voces.
Del naufragio tristísimo, en el alba,
de aquel callar en donde se abolía
lo que no era nosotros en nosotros,
quedamos solos,
prendidos a los restos del silencio,
tú y yo, los escapados por milagro.
"¡Tardar!", grito del alma.
"¡Tardar, tardar!", nos grita el ser entero.
Nuestro anhelo es tardar.
Rechazando la luz, el ruido, el mundo,
semidespiertos, aquí, en la porfiada penumbra
defendemos, inmóviles, trágicamente quietos,
imitando quietudes de alta noche,
nuestro derecho a no nacer aún.
Los dos tendidos, boca arriba,
el techo oscuro es nuestro cielo claro,
mientras no nos lo niegue ella: la luz.
El cuerpo, apenas visto, junto al cuerpo,
detrás del sueño, del amor, desnudos
fingen haber sido así siempre,
vírgenes de las telas y del suelo,
creen que no pisaron mundo.
Aquí en nuestra batalla silenciosa
-¡no, no abrir todavía, no, no abrir!-
contra la claridad, está latiendo
el ansia de soñar que no nacimos,
el afán de tardarnos en vivir.
Nuestros cuerpos ignoran sus pasados;
horizontales, en el lecho, flotan
sobre virginidades y candor:
juego pueril en su abrazar.
Estamos
-mientras la luz, el ruido
no nos corrompan con su gran pecado-
tan inocentemente perezosos,
aquí en la orilla del nacer.
Y lo que ha sido ya, los años,
las memorias llamadas nuestra vida,
alzan vuelos ingrávidos, se van,
parecen sombras, dudas de existencia.
Cuando por fin nazcamos
abierta la ventana -¿quién, tú o yo?-
contemplaremos asombradamente
a lo que está detrás,
incrédulos de haber llamado nuestra vida a aquello,
nuestro dolor o amor. No.
La vida es la sorpresa en que nos suelta
como en un mar inmenso,
desnudos, inocentes,
esta noche, gran madre de nosotros:
vamos hacia el nacer.
Nuestro existir de antes
presagio era. ¿No le ves al borde
de su cumplirse, tembloroso, retrasando
desesperadamente, a abrazos,
la fatal caída en él?
Y al despedirnos -¡ya la luz, la luz!-
de lo gozado y lo sufrido atrás,
se nos revela transparentemente
que el vivir hasta ahora ha sido sólo
trémulo presentirse jubiloso
-antes aún de las almas y su séquito-,
pura promesa prenatal.
detrás de esa ventana
con sus trágicas garras diamantinas,
ansiosa de clavarnos, de hundirnos
evidencias en la carne, en los ojos, más allá.
La resistimos, obstinadamente,
en la prolongación, cuarto cerrado,
de la felicidad oscura,
caliente aún en los cuerpos de la noche.
Los besos son de noche todavía
y nuestros labios cavan en la aurora,
aún, un espacio: el gran besar nocturno.
Sabemos, sí, que hay mundo.
Testigos vagos de él, romper de olas,
los ruidos, píos de aves, gritos rotos,
arañan escalándolo, lloviéndolo,
el gran silencio que nos reservamos,
isla habitada sólo por dos voces.
Del naufragio tristísimo, en el alba,
de aquel callar en donde se abolía
lo que no era nosotros en nosotros,
quedamos solos,
prendidos a los restos del silencio,
tú y yo, los escapados por milagro.
"¡Tardar!", grito del alma.
"¡Tardar, tardar!", nos grita el ser entero.
Nuestro anhelo es tardar.
Rechazando la luz, el ruido, el mundo,
semidespiertos, aquí, en la porfiada penumbra
defendemos, inmóviles, trágicamente quietos,
imitando quietudes de alta noche,
nuestro derecho a no nacer aún.
Los dos tendidos, boca arriba,
el techo oscuro es nuestro cielo claro,
mientras no nos lo niegue ella: la luz.
El cuerpo, apenas visto, junto al cuerpo,
detrás del sueño, del amor, desnudos
fingen haber sido así siempre,
vírgenes de las telas y del suelo,
creen que no pisaron mundo.
Aquí en nuestra batalla silenciosa
-¡no, no abrir todavía, no, no abrir!-
contra la claridad, está latiendo
el ansia de soñar que no nacimos,
el afán de tardarnos en vivir.
Nuestros cuerpos ignoran sus pasados;
horizontales, en el lecho, flotan
sobre virginidades y candor:
juego pueril en su abrazar.
Estamos
-mientras la luz, el ruido
no nos corrompan con su gran pecado-
tan inocentemente perezosos,
aquí en la orilla del nacer.
Y lo que ha sido ya, los años,
las memorias llamadas nuestra vida,
alzan vuelos ingrávidos, se van,
parecen sombras, dudas de existencia.
Cuando por fin nazcamos
abierta la ventana -¿quién, tú o yo?-
contemplaremos asombradamente
a lo que está detrás,
incrédulos de haber llamado nuestra vida a aquello,
nuestro dolor o amor. No.
La vida es la sorpresa en que nos suelta
como en un mar inmenso,
desnudos, inocentes,
esta noche, gran madre de nosotros:
vamos hacia el nacer.
Nuestro existir de antes
presagio era. ¿No le ves al borde
de su cumplirse, tembloroso, retrasando
desesperadamente, a abrazos,
la fatal caída en él?
Y al despedirnos -¡ya la luz, la luz!-
de lo gozado y lo sufrido atrás,
se nos revela transparentemente
que el vivir hasta ahora ha sido sólo
trémulo presentirse jubiloso
-antes aún de las almas y su séquito-,
pura promesa prenatal.
domingo, 4 de marzo de 2012
Ahora (por Camilo José Cela)
Ahora que ya tus ojos son como sal, y fértil
tu inmensa boca es un volcán difunto.
Ahora que ya los lobos y las piedras,
tus vestidos pegados cual olvidadas vendas
y este atroz mineral que extraje de tu pecho,
son reliquias tan ciertas como antiguos abrazos.
Ahora que tus axilas pueblan de olor el mundo
donde yo con mi piel de viudo te presiento.
Ahora que tus zapatos, tus sostenes, tu lápiz de labios,
no me dan más que frío al encontrarlos.
Ahora que ya no puedo dormir donde has dormido
porque mis ojos lloran azufre y yodo ardiendo.
Ahora que ya no puedo ver tu talla desnuda
porque alambres al rojo se clavan en mi sexo.
Ahora que los domingos salgo sin rumbo, inmóvil,
y que tranvías, yeguas, las moradas mujeres ni el consuelo,
han de torcer mi ruta de novio eternamente.
Ahora que ya conozco lo bastante a los hombres,
para que no me fíe ni de mi pena misma.
Ahora que los difuntos, en montones austeros,
son incapaces de hacerme verter lágrimas
porque mis ojos son de cristal y aluminio.
Ahora que ya me olvido de qué es dormir tranquilo,
e imbéciles amigos pueblan mi soledad de compasiones que no quiero.
Ahora que mis dos manos son totalmente inútiles
porque en clavos con óxido sólo encuentran tu cuerpo.
Ahora que ya mi boca pudiera cerrarse eternamente,
porque tus salobres ingles, tus sustanciosos huesos,
ya ni me pertenecen.
Ahora que ni cuchillos, ni pistolas, ni ojos envenenados,
me hacen temblar de miedo, porque un solo veneno
es quien late en mis pulsos.
tu inmensa boca es un volcán difunto.
Ahora que ya los lobos y las piedras,
tus vestidos pegados cual olvidadas vendas
y este atroz mineral que extraje de tu pecho,
son reliquias tan ciertas como antiguos abrazos.
Ahora que tus axilas pueblan de olor el mundo
donde yo con mi piel de viudo te presiento.
Ahora que tus zapatos, tus sostenes, tu lápiz de labios,
no me dan más que frío al encontrarlos.
Ahora que ya no puedo dormir donde has dormido
porque mis ojos lloran azufre y yodo ardiendo.
Ahora que ya no puedo ver tu talla desnuda
porque alambres al rojo se clavan en mi sexo.
Ahora que los domingos salgo sin rumbo, inmóvil,
y que tranvías, yeguas, las moradas mujeres ni el consuelo,
han de torcer mi ruta de novio eternamente.
Ahora que ya conozco lo bastante a los hombres,
para que no me fíe ni de mi pena misma.
Ahora que los difuntos, en montones austeros,
son incapaces de hacerme verter lágrimas
porque mis ojos son de cristal y aluminio.
Ahora que ya me olvido de qué es dormir tranquilo,
e imbéciles amigos pueblan mi soledad de compasiones que no quiero.
Ahora que mis dos manos son totalmente inútiles
porque en clavos con óxido sólo encuentran tu cuerpo.
Ahora que ya mi boca pudiera cerrarse eternamente,
porque tus salobres ingles, tus sustanciosos huesos,
ya ni me pertenecen.
Ahora que ni cuchillos, ni pistolas, ni ojos envenenados,
me hacen temblar de miedo, porque un solo veneno
es quien late en mis pulsos.
sábado, 3 de marzo de 2012
Cuarentena (por García Montero)
Con qué ferocidad y a qué hora importuna
salen tus veinte años de la fotografía
para exigirme cuentas.
En los ojos heridos por la luz
sostienes la mirada de mis sobras,
en el descaro de tus profecías
desdeñas la lealtad de mis recuerdos,
en la piel transparente
anegas el cansancio de mi piel
y defines mis años por traiciones.
No escandalices más,
hablemos si tú quieres,
elige tú las armas y el paisaje
de la conversación,
y espera a que se vayan los invitados a la cena fría
de mis cuarenta años.
Por evaporaciones,
como las aguas sucias de los charcos
se acercan a las nubes,
caminaré contigo
hasta la plaza de tu juventud.
Allí están los magníficos
árboles de las ciencias y las letras
con sus palabras en el mes de mayo,
y el orden de los números
a la orilla del tiempo,
más cerca de las sumas que de las divisiones.
Imagino tu voz, supongo el aire
-porque a veces regresa hasta mis labios
en noches de espesura-
con el que afirmarás
que toda libertad es una roca,
que no faltan el viento y las razones,
sino la voluntad en el timón,
para gritar después que mi conciencia
es ya ropa tendida,
palabras puestas a secar.
Tendrás razón. No digo
ni la mitad de lo que siento.
Pero recuerda que mi soledad,
la que arde en mi lámpara de desaparecido,
es el silencio de las causas públicas.
Y puedes comprenderme:
mis mujeres dormidas,
el cajón de los barcos indefensos,
un teléfono antiguo...,
todas las tachaduras se parecen
a la inquietud que sufres
ante la vida en blanco.
Ya que fuerzas mis sombras con tu luz
comprende mi silencio en tus exclamaciones.
Porque sabes que sé
el lado frágil de la impertinencia,
lo que hay de imitación en tu seguridad,
la certeza que llega de los otros
para empujarte
por el afán de ser el elegido,
por el deseo de gustar,
hasta vivir de oídas en muchas ocasiones.
Aceptaré las quejas, si tú me reconoces
la legitimidad de la impostura.
Ahora que necesito
meditar lo que creo
en busca de un destino soportable,
me acerco a ti,
porque sabías meditar tus dudas.
Cuando tengas la edad que se avecina,
admitirás el tiempo de los encajadores,
la piel gastada y resistente,
el tono bajo de la voz
y el corazón cansado de elegir
sombras de pie o luz arrodillada.
Después de lo que he visto y lo que tú verás,
no es un mal resultado, te lo juro.
Baja conmigo al día,
ven hasta los paisajes verdaderos
en los que discutimos,
y me agradecerás
la difícil tarea de tu supervivencia.
salen tus veinte años de la fotografía
para exigirme cuentas.
En los ojos heridos por la luz
sostienes la mirada de mis sobras,
en el descaro de tus profecías
desdeñas la lealtad de mis recuerdos,
en la piel transparente
anegas el cansancio de mi piel
y defines mis años por traiciones.
No escandalices más,
hablemos si tú quieres,
elige tú las armas y el paisaje
de la conversación,
y espera a que se vayan los invitados a la cena fría
de mis cuarenta años.
Por evaporaciones,
como las aguas sucias de los charcos
se acercan a las nubes,
caminaré contigo
hasta la plaza de tu juventud.
Allí están los magníficos
árboles de las ciencias y las letras
con sus palabras en el mes de mayo,
y el orden de los números
a la orilla del tiempo,
más cerca de las sumas que de las divisiones.
Imagino tu voz, supongo el aire
-porque a veces regresa hasta mis labios
en noches de espesura-
con el que afirmarás
que toda libertad es una roca,
que no faltan el viento y las razones,
sino la voluntad en el timón,
para gritar después que mi conciencia
es ya ropa tendida,
palabras puestas a secar.
Tendrás razón. No digo
ni la mitad de lo que siento.
Pero recuerda que mi soledad,
la que arde en mi lámpara de desaparecido,
es el silencio de las causas públicas.
Y puedes comprenderme:
mis mujeres dormidas,
el cajón de los barcos indefensos,
un teléfono antiguo...,
todas las tachaduras se parecen
a la inquietud que sufres
ante la vida en blanco.
Ya que fuerzas mis sombras con tu luz
comprende mi silencio en tus exclamaciones.
Porque sabes que sé
el lado frágil de la impertinencia,
lo que hay de imitación en tu seguridad,
la certeza que llega de los otros
para empujarte
por el afán de ser el elegido,
por el deseo de gustar,
hasta vivir de oídas en muchas ocasiones.
Aceptaré las quejas, si tú me reconoces
la legitimidad de la impostura.
Ahora que necesito
meditar lo que creo
en busca de un destino soportable,
me acerco a ti,
porque sabías meditar tus dudas.
Cuando tengas la edad que se avecina,
admitirás el tiempo de los encajadores,
la piel gastada y resistente,
el tono bajo de la voz
y el corazón cansado de elegir
sombras de pie o luz arrodillada.
Después de lo que he visto y lo que tú verás,
no es un mal resultado, te lo juro.
Baja conmigo al día,
ven hasta los paisajes verdaderos
en los que discutimos,
y me agradecerás
la difícil tarea de tu supervivencia.
viernes, 2 de marzo de 2012
Es raro (por Philip Larkin)
Es raro no saber nada, no estar seguro
de qué es cierto o qué es justo o qué es real,
sino hablar con matices, eso creo, o bueno,
así parece, alguien debe saberlo.
Es raro no entender cómo marchan las cosas,
la astucia humana para hallar lo necesario,
su sentido formal, su puntual fecundar, sí,
es raro hasta el gastar ese conocimiento,
pues la carne nos ciñe con sus propias decisiones,
y pasar sin embargo la vida en vaguedades,
que cuando comenzamos a morir
no tenemos ni idea de por qué.
de qué es cierto o qué es justo o qué es real,
sino hablar con matices, eso creo, o bueno,
así parece, alguien debe saberlo.
Es raro no entender cómo marchan las cosas,
la astucia humana para hallar lo necesario,
su sentido formal, su puntual fecundar, sí,
es raro hasta el gastar ese conocimiento,
pues la carne nos ciñe con sus propias decisiones,
y pasar sin embargo la vida en vaguedades,
que cuando comenzamos a morir
no tenemos ni idea de por qué.
jueves, 1 de marzo de 2012
Lluvia (por Miguel Florián)
El agua deslía la conciencia, una a una
empapa las imágenes, se agitan sus reflejos,
tiemblan sólo un instante sobre la herida. Nunca
acabará la lluvia. En la memoria llueve,
vuelvo a ver los charcos de la infancia, una manta
empapada sobre vagas cabezas, y un rostro
muy fugaz de mujer. Siempre estuvo lloviendo,
los pájaros perdidos buscaban entibiarse
en nuestra sangre. Aquella boca de tibia luna
enmudecida y fría, sobre la yerba húmeda...
¿A dónde lleva el agua esas semillas?, ¿en qué mar
desembocan?, ¿en qué madre germinan?, ¿acaso
el alma es tierra y luego, ya en sazón, fructifican
bajo el temblor de la memoria? Tocar el mundo
con nuestras manos ciegas, y luego, en el recuerdo,
otro mundo renace más intenso. Aquella
mano posada sobre el tiempo, aquella frente
con su gesto de arcilla, y este turbio afán
del hombre por alzar su casa derruida
bajo la tempestad, esta inquietud de abrir
en las ondas de todos los regatos la entraña
encendida del musgo. Sí, ¿en qué océano,
en qué lecho se vierten las palabras?, ¿qué muelles
refugian a sus barcos? El cielo es agua quieta,
y el polvo, y los vestigios que espejean y abrasan
en su luz la conciencia. Náufragos todos bajo
idéntico aguacero, peregrinos del sueño,
creciendo sobre el pecho del tiempo, sosteniéndonos
sobre la mano incierta de un dios que nos ignora.
empapa las imágenes, se agitan sus reflejos,
tiemblan sólo un instante sobre la herida. Nunca
acabará la lluvia. En la memoria llueve,
vuelvo a ver los charcos de la infancia, una manta
empapada sobre vagas cabezas, y un rostro
muy fugaz de mujer. Siempre estuvo lloviendo,
los pájaros perdidos buscaban entibiarse
en nuestra sangre. Aquella boca de tibia luna
enmudecida y fría, sobre la yerba húmeda...
¿A dónde lleva el agua esas semillas?, ¿en qué mar
desembocan?, ¿en qué madre germinan?, ¿acaso
el alma es tierra y luego, ya en sazón, fructifican
bajo el temblor de la memoria? Tocar el mundo
con nuestras manos ciegas, y luego, en el recuerdo,
otro mundo renace más intenso. Aquella
mano posada sobre el tiempo, aquella frente
con su gesto de arcilla, y este turbio afán
del hombre por alzar su casa derruida
bajo la tempestad, esta inquietud de abrir
en las ondas de todos los regatos la entraña
encendida del musgo. Sí, ¿en qué océano,
en qué lecho se vierten las palabras?, ¿qué muelles
refugian a sus barcos? El cielo es agua quieta,
y el polvo, y los vestigios que espejean y abrasan
en su luz la conciencia. Náufragos todos bajo
idéntico aguacero, peregrinos del sueño,
creciendo sobre el pecho del tiempo, sosteniéndonos
sobre la mano incierta de un dios que nos ignora.
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