zUmO dE pOeSíA

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de todos los colores, de todos los sabores

ALEATORIUM: Saca un poema de nuestro almacén

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miércoles, 12 de agosto de 2020

Mi cabeza estadística (por Wislawa Szymborska)


En la fotografía de la muchedumbre
mi cabeza es la séptima desde el margen,
o tal vez la cuarta a la izquierda,
o la veinte desde abajo;

no sé cuál es mi cabeza,
ya no una, no única,
ya parecida a las parecidas,
ni femenina, ni masculina,

las señales que me hace
no son ningún rasgo personal;

tal vez la ve el Espíritu del Tiempo,
pero no la mira;

mi cabeza estadística
que consume acero y cables
tranquilísima, globalísimamente;

sin la vergüenza de ser una cualquiera,
sin la desesperación de ser cambiable;

como si no la tuviera en absoluto
a mi modo y por separado;
como si se hubiera desenterrado un cementerio
lleno de cráneos anónimos
en aceptable estado de conservación
a pesar de su mortalidad;

como si ya hubiera estado allí
-mi cabeza, una cualquiera, ajena-

donde, si recuerda algo,
es quizá el profundo futuro.



domingo, 9 de agosto de 2020

Espera (por Silvina Ocampo)


Cruel es la noche y dura cuando aguardo tu vuelta
al acecho de un paso, del ruido de la puerta
que se abre, de la llave que agitas en la mano
cuando espero que llegues y que tardas tanto.
Crueles son en las calles los rumores de coches
que me dan sueño cuando estoy junto a tus ojos.
Cruel es la lluvia suave, furiosa que fascina,
las enormes tormentas, las nubes con sus islas
cuando espero que llegues y que el reloj enclava
sus manecillas de oro en el corazón ávido.
Cruel es que todo sea precioso hasta el retorno
de la espera, y el lento padecer del amor.
Cruel es rezar sin tregua la promesa olvidada
de volver a ser buena, de sentir que redime
estar bien preparada sólo para la dicha.
Cruel es la luz, perfecta, de la luna y del alba,
el alma de las horas sobre el campo y el mar,
y crueles son los libros, la voluptuosa música,
hasta la anomalía de las caras etruscas.
Y es cruel aún después tener que ser humana,
no convertirme, al verte, en perro, de alegría.


jueves, 6 de agosto de 2020

Intercambiamos un saludo (por Hagar Peeters)


Anoche me crucé con mis padres,
dos pálidas figuras inclinadas
una hacia otra bajo la blanca luz de un farol.
A juzgar por su alegría yo no había nacido
aún. Ambos eran jóvenes y muy enamorados.
A mí me dio mucha tristeza
porque yo sabía el curso que iban a tomar las cosas.
Ella se moría de risa por algo que él le susurró.
Él se reía a carcajadas como suele hacerlo todavía.
Intercambiamos un saludo cortés
y después nos fuimos cada uno por su lado.
“Un momento -les dije a distancia-,
seguramente nos vamos a reencontrar dentro de un tiempo”.
Ellos, tomados del brazo, doblaron en silencio la esquina.



lunes, 3 de agosto de 2020

Insomnio (por Jorge Luis Borges)


De fierro,
de encorvados tirantes de enorme fierro tiene que ser la noche,
para que no la revienten y la desfonden
las muchas cosas que mis abarrotados ojos han visto,
las duras cosas que insoportablemente la pueblan.

Mi cuerpo ha fatigado los niveles, las temperaturas, las luces:
en vagones de largo ferrocarril,
en un banquete de hombres que se aborrecen,
en el filo mellado de los suburbios,
en una quinta calurosa de estatuas húmedas,
en la noche repleta donde abundan el caballo y el hombre.

El universo de esta noche tiene la vastedad
del olvido y la precisión de la fiebre.

En vano quiero distraerme del cuerpo
y del desvelo de un espejo incesante
que lo prodiga y que lo acecha
y de la casa que repite sus patios
y del mundo que sigue hasta un despedazado arrabal
de callejones donde el viento se cansa y de barro torpe.

En vano espero
las desintegraciones y los símbolos que preceden al sueño.

Sigue la historia universal:
los rumbos minuciosos de la muerte en las caries dentales,
la circulación de mi sangre y de los planetas.

(He odiado el agua crapulosa de un charco,
he aborrecido en el atardecer el canto del pájaro.)

Las fatigadas leguas incesantes del suburbio del Sur,
leguas de pampa basurera y obscena, leguas de execración,
no se quieren ir del recuerdo.
Lotes anegadizos, ranchos en montón como perros,
charcos de plata fétida:
soy el aborrecible centinela de esas colocaciones inmóviles.
Alambre, terraplenes, papeles muertos, sobras de Buenos Aires.

Creo esta noche en la terrible inmortalidad:
ningún hombre ha muerto en el tiempo, ninguna mujer,
ningún muerto,
—aunque se oculten en la corrupción y en los siglos—,
y condenarlos a vigilia espantosa.

Toscas nubes color borra de vino inflamarán el cielo;
amanecerá en mis párpados apretados.



viernes, 31 de julio de 2020

El problema está en lo que construimos (por Lew Welch)


Viví aquí casi cinco años antes de poder enfrentarme al día del Medio Oeste con algo parecido a la dignidad. Es un lugar que te deja saber por qué la Biblia es como es: la gente orgullosa no puede vivir aquí.

Es un terreno demasiado plano. Feo, hosco y grande, machaca a los hombres más allá de la humildad. Se doblegan a los 35, probablemente encogidos por el cielo pesado y terrible. En un territorio como éste no puede haber otro Dios que Yahvéh.

En las fábricas y refinerías del sur, Chicago lanza un gas natural en llamas que oscilan como mecheros en chimeneas de cien pies de altura. El hedor te acuchilla los ojos. Todo el cielo es un fondo verde y amarillo para el esqueleto, acero de una ciudad bombardeada.

¿Te acuerdas de las películas en la escuela? ¿Los hombres con máscaras haciendo cosas pesadas tras una cortina de chispas de acero? ¿La pantalla oscura relampagueando luz y la puerta del horno que se abre con una explosión naranja como de atardecer? ¿O una naranja?

Fotografiado por un hada, entusiasmada como una niña, o un nazi al que le encantaría que hubiese gente detrás de esa puerta (de ahí su remota belleza), pero Sievers, cuyo padre se pasó la mayor
parte de su vida allí, recuerda a un "negro con camiseta roja meando en la arena oscura".

Pasaron cinco años hasta que pude permitirme reconocer su ferocidad. Los amigos me ayudaron. Entonces le puse cariño a mi casa. Por fin descubrí algunos lagos tranquilos y una granja en la que me dejaban cazar faisanes.

De pie sobre la barca una noche vi el lago aplanarse por completo. Menores que gotas de lluvia, y sólo aquí y allá, podían verse anillos de peces comiendo a cientos de yardas — ¡y la Perca que cogí
esa tarde izada de su lago del norte como si fuera tropical! Una joya en su oreja, un vientre dorado tan brillante que jurarías que lleva dentro una luz. Su color se desvaneció con su vida. Un pequeño pez
verde...

Bien mirado, es un planeta amable y generoso, incluso aquí. Mucho más amable aquí que en otra docena de lugares. El problema está siempre y sólo en lo que construimos sobre él.

Nadie más a quien culpar. Ni puedes arreglarlo ni hacer que desaparezca. No ayuda apelar a algún Tonante mal pergeñado que amenaza sobre un peñasco inimaginable...

Es nuestro. Hasta en el más pequeño de los detalles, la existencia de todo depende sola y finalmente de nuestra tolerancia.

Conduciendo de vuelta, vi Chicago erguido sobre sus gases y comprendí de nuevo que no se hizo al hombre para enfrentarse a esta despiadada monstruociudad, sin parecido a nada.

Resuella en la orilla de su Gran Lago como un rinoceronte, rojo, ciego. Ya ha comenzado a destruirnos.

No puedes arreglarlo. No puedes hacer que desaparezca. No sé qué vas a hacer tú, pero sí sé lo que voy a hacer yo. Voy a alejarme de ella. Tal vez una pequeña parte morirá si no estoy aquí alimentándola.


jueves, 30 de julio de 2020

Siento que no estoy preparado (por Alastair Reid)


Al final del suculento verano
la casa está manchada de verde.
Me estiro en busca de la mano

de mi padre, la antigüedad de sus uñas.
A intervalos, aunque endeble,
aparece y prevalece una dulzura.

La tan aromática noche
parece llegarle a la garganta.
Es como si la noche tosiera.

En los demás cuartos de la casa
los muebles han enmudecido.
La edad se le ha encajado en la cara.

Voy acunándole el tembloroso mentón
y lo afeito, sintiendo que el hueso
va estirándole la piel de cera.

Nos hemos vuelto manos más que nada
y voces que entiendas.
Está la casa toda en pendiente.

Siento que no estoy preparado
para estar sin tu frágil y desperdiciado cuerpo,
los diversos caminos de tu pensamiento,

tu vida, sus venas trastabillantes.
Tarde a tarde, me resisto
a dejarte a solas con tu muerte.

Tampoco me habré de demorar
en la interminable, acumulativa pregunta
que, siendo tu hijo, habré de formular.

Pero una noche cualquiera,
pronto, para ti la oscuridad
no será día que amanezca,

y entonces empezaré contigo
la vacilante conversación
que sigue y sigue y sigue.


miércoles, 29 de julio de 2020

Estatuas (por Sergio Ballouk)


¿Cuántas estatuas de bandidos

comandantes de exterminios

capitanes de monte? ¿Cuántas?


¿Cuántos nombres de ricos en calles

plazas y viaductos, de gente

a la que no le gustaba la gente? ¿Cuántos?


¿Cuántos podridos por dentro

podridos en pie, como si en pie

resbalaran las tropas y el veneno? ¿Cuántos?


¿Cuántos todavía nos están viendo

aguardando el mejor momento

de entrar en una estatua de bronce? ¿Cuántos?


martes, 28 de julio de 2020

Persecución (por Sylvia Plath)


Una pantera macho me ronda, me persigue:

un día de estos al fin me matará.

Su avidez ha encendido los bosques,

su incesante merodeo es más altivo que el sol.

Más suave, más delicado se desliza su paso,

avanzando, avanzando siempre a mis espaldas.

Desde la esquelética cicuta, los grajos graznan estrago:

la caza ha comenzado; la trampa, funcionado.

Arañada por las espinas, ojerosa y exhausta,

atravieso penosamente las rocas, el blanco y ardiente

mediodía. En la roja red de sus venas,

¿qué clase de fuego fluye, qué clase de sed despierta?

La pantera, insaciable, escudriña la tierra

condenada por nuestro ancestral delito,

gimiendo: sangre, dejad que corra la sangre.

La carne ha de saciar la herida abierta de su boca.

Afilados, los desgarradores dientes; suave

la quemante furia de su pelaje; sus besos agostan,

dan sed; cada una de sus zarpas es una zarza;

El hado funesto consuma ese apetito.

en la estela de este felino feroz,

ardiendo como antorchas para su dicha,

carbonizadas y destrozadas, yacen las mujeres,

convertidas en la carnaza de su cuerpo voraz.

Ahora las colinas incuban, engendran una sombra

de amenaza. La medianoche ensombrece el tórrido soto;

el negro depredador, impulsado por el amor

a las gráciles piernas, prosigue a mi ritmo.

Tras los enmarañados matorrales de mis ojos

acecha el ágil; en la emboscada de los sueños,

brillan esas garras que rasgan la carne,

y, hambrientos, hambrientos, esos muslos recios.

Su ardor me engatusa, prende los árboles,

y yo huyo corriendo con la piel en llamas.

¿Qué bonanza, qué frescor puede envolverme

cuando el hierro candente de su mirada me marca?

Yo le arrojo mi corazón para detener su avance,

para apagar su sed malgasto mi sangre, porque

él lo devora todo y, en su ansia, continúa buscando comida,

exigiendo un sacrificio absoluto. Su voz

me acecha, me embruja, me induce al trance,

el bosque destripado se derrumba hecho cenizas;

aterrada por un anhelo secreto, esquivo

corriendo el asalto de su radiación.

Tras entrar en la torre de mis temores,

cierro las puertas a esa oscura culpa,

las atranco, una tras otra las atranco.

Mi pulso se acelera, la sangre retumba en mis oídos:

las pisadas de la pantera lamen los peldaños,

subiendo, subiendo las escaleras.


lunes, 27 de julio de 2020

Y me abrazo a los olmos (por Juan Ramón Jiménez)


Los brazos de los doce olmos desnudos,
mis olmos, mis amigos naturales,
me abrazan negros, blancos. Nieva.
¡Y qué abrazo
de bosque el de estos doce olmos,
en este olmo primero, junto a mí!

¡La melodía, blanca, negra, en negro blanco abrazo;
frío y cálido abrazo,
como el del perro, el animal que viene vaheando;
el blanco y negro estar a gusto aquí
desnudo, aunque vestido;
la unidad de lo blanco con lo negro solos,
dos negros con dos blancos;
la eternidad desnuda blanca, negra;
bosque mío de olmos con la nieve!

Y al fin, levanto más mis brazos y los abro
y me abrazo a los olmos en el olmo,
en su total de ramas desnudas blancas negras;
esta vibrante y armoniosa sinfonía
de ramas en enlace sucesivo;
bosque hecho abrazo con la nieve;
y me cierro con él, en un abrazo inmenso,
desnudo de blancura y de negrura,
un bosque natural de ser y ser
en un abrazo natural de amor,
con mi ser natural desnudo de árbol hombre.


domingo, 26 de julio de 2020

Antes de separarse (por Abraham Gragera)


Somos como los siglos

antes de separarse.

Espera un poco más, amor,

que el mar está lloviéndose aún,

que no llegamos tarde.


Que ya no teme la semilla

caer sobre la roca,

y el silencio y la oscuridad se besan,

y mi mano te busca,

y hay otros en nosotros que se tocan


sus pieles encendidas.

Estar desnudos es venir de lejos

y siempre estar llegando.

Espera un poco más, amor,

que nada es poco para los que esperan tanto.


Que el aire se hará llama,

como la voz aliento,

como ahora es de noche

y el ojo mira las estrellas,

y las estrellas miran hacia dentro.


sábado, 25 de julio de 2020

Cada ojo un tubo de ensayo (por Marcos Herrera)


La verdad
no existe.

Son los vidrios de la mitología que abandonaste
cuando decidiste operarte los ojos.

Cada ojo, un tubo de ensayo
en donde un dios
enclenque y mal pagado
mezcla líquidos,

colores fantásticos
que atacan sin que los veas,

como lobos a ovejas,

para que al amanecer
me abraces antes de que me despierte

y me digas que nunca más
vas a viajar a las profundidades.


viernes, 24 de julio de 2020

Pero el otro (por José Emilio Pacheco)


Alguien te sigue a veces en silencio.
Las cosas nunca dichas
se transforman en actos.
Atraviesas la noche en las manos del sueño,
pero el otro, implacable,
no te abandona: lucha
contra la irrealidad, la falsa vida
donde todo es ocaso.
Frágil perseguidor que eres tú mismo,
lo has obligado a ser, en guardia siempre,
el minucioso espejo que no olvida.



jueves, 23 de julio de 2020

Hoy lo volví a ver (por Roberto Bolaño)


La historia comienza con la llegada del sexto enfermo,

un tipo de más de sesenta, solo, de enormes patillas,

con una radio portátil y una o dos novelas de aquellas

que escribía Lafuente Estefanía.

Los cinco que ya estábamos en la habitación éramos amigos,

es decir, nos hacíamos bromas y conocíamos

los síntomas verdaderos de la muerte,

aunque ahora ya no estoy tan seguro.

El sexto, mi padre, llegó silenciosamente

y durante todo el tiempo que estuvo en nuestra habitación

casi no habló con nadie.

Sin embargo, una noche, cuando uno de los enfermos se moría

(Rafael, el de la cama nº 4)

fue él quien se levantó y llamó a las enfermeras.

Nosotros estábamos paralizados de miedo.

Y mi padre obligó a las enfermeras a venir

y salvó al enfermo de la cama nº 4

y luego volvió a quedarse dormido

sin darle ninguna importancia.

Después, no sé por qué, lo cambiaron de habitación.

A Rafael lo mandaron a morir a su casa y a otros dos

los dieron de alta.

Y a mi padre hoy lo volví a ver.

Como yo, sigue en el hospital.

Lee su novela de vaqueros y cojea de la pierna izquierda.

Su rostro está terriblemente arrugado.

Aún lo acompaña la radio portátil de color rojo.

Tose un poco más que antes y no da mucha importancia

a las cosas.

Hoy hemos estado juntos en la salita, él con su novela

y yo con un libro de William Blake.

Afuera atardecía lentamente y los coches fluían como

pesadillas.

Yo pensaba y pensaba en mi padre, una y otra vez,

hasta que éste se levantó, dijo algo

con su voz aguardentosa

que no entendí

y encendió la luz.

Eso fue todo. Él encendió la luz y volvió a la lectura.

Praderas interminables y vaqueros de corazones fieles.

Afuera, sobre el Monte Carmelo, pendía la luna llena.



miércoles, 22 de julio de 2020

Una nueva estrella (por Wislawa Szymborska)


Se ha descubierto una nueva estrella,
lo cual no quiere decir que se vea más claro
en el cielo, ni que ella nos faltase.

La estrella es grande y lejana,
tan lejana que es muy pequeña,
más pequeña que otras,
incluso más pequeña que ella misma.
El asombro no tendría nada de
sorprendente
si es que tuviéramos tiempo para
sorprendernos.

La edad de la estrella, su masa, su lugar en el universo,
bastan tal vez
para una tesis doctoral
y para un brindis.
En los medios cercanos al cielo: el astrónomo, su mujer, los padres, los colegas,
el ambiente es desenvuelto,
no se exige ninguna formalidad,
la conversación gira sobre las novedades del barrio
y se picotean cacahuetes.

La estrella es magnífica,
pero eso no es razón
para no beber a la salud de nuestras
damas,
incomparablemente más cercanas.
La estrella es intrascendente.
No tiene ningún efecto sobre el clima, la moda, los goles del partido,
los reajustes del gabinete, los presupuestos y la pérdida de valores.
No tiene ninguna influencia sobre la
propaganda
ni sobre la industria pesada.
No se refleja sobre el barniz de la mesa de debates.
Es irrelevante para los días contados de la vida.

Para qué preguntar
bajo cuántas estrellas nace el hombre
y bajo cuántas estrellas muere
un instante después.



martes, 21 de julio de 2020

Aquel niño (por Joan Margarit)


Aquel niño callado. Juega solo.
Permanece detrás de estos ojos de viejo,
resiste la embestida brutal del mediodía
oyendo los confusos versículos del mar
y el grito de los cuerpos desnudos y oxidados
al entrar en las aguas transparentes y frías
de la playa de piedras. Avergonzado, corre
de un escondite a otro de los cuentos.
Duerme dentro de mí, desvalida criatura:
duerme dentro de mí, una noche de reyes,
donde en silencio vuelan las escobas
y los lobos dejaron sus huellas en la nieve.
Afuera brilla un cielo lleno de albaricoques,
y el mar azul oscuro de ciruelas
se deshace en los negros cuchillos de las rocas.
El verano de alcohol frío en los ojos
me hace sentir mi vida como la pulpa oscura
y dorada de un fruto que se pudre
alrededor del hueso del recuerdo.
Dentro de mí ocúltate, desvalida criatura.
Dentro de mí protégete de la cruel claridad.
Recita la leyenda que habla del niño gris
y de la miserable bicicleta
montada por el triste ciclista del suburbio.
Te busca y está cerca. Pedalea hacia aquí.


lunes, 20 de julio de 2020

Tía Rose (por Allen Ginsberg)


Ahora -Tía Rose- podría verte
con tu cara delgada y tus dientes de conejo y el dolor
del reúma -y un largo, negro, pesado zapato
en tu huesuda pierna izquierda,

renqueando por el largo pasillo alfombrado, en Newark,

pasando el gran piano negro
en esa misma habitación,
donde se hacían las fiestas
y en la que yo cantaba himnos republicanos de la Guerra Civil
Española, con voz chillona y muy aguda
(histérico), mientras el comité
me escuchaba cantar,
y tú renqueabas por la habitación
recogiendo el dinero-

la tía Honey, el Tío Sam, alguien desconocido que tenía una insignia

de tela en el bolsillo
de la Brigada Lincoln
y una cabeza calva enorme y joven

tu triste cara larga,

tus lágrimas de frustración sexual
(qué llantos sofocados y caderas huesudas
debajo de la almohada de Osborne Terrace)

aquella vez que me senté en el inodoro, totalmente desnudo,

mientras tú me rociabas loción de camomila en la entrepierna
contra la hiedra venenosa -mis tiernos
vergonzosos vellos primerizos, morenos y rizados,
qué estarías pensando, secretamente en tu alma,

ahora que ya me conocías como hombre-

y yo era una ignorante muchachita de silencio familiar en el delgado
pedestal de mis piernas en el baño -el Museo de Newark.

Tía Rose–

Hitler murió, Hitler está en la Eternidad; Hitler está con
Tamerlán y Emily Brontë

Aunque te veo todavía, caminando espectral por Osborne Terrace,
atravesando el largo y oscuro corredor hacia la puerta de la calle,
renqueando un poco, una sonrisa dolorida dibujada en la cara,
enfundada en lo que debe haber sido un vestido de seda

estampado con flores

recibiendo al Poeta, mi papá, en su visita a Newark

te veo llegar al living
y bailotear sobre tu pierna mala
y festejar con un aplauso
que le hubiera aceptado publicar su libro
el editor de Liveright.

Hitler murió, y Liveright fue a la quiebra
El desván del pasado y El minuto infinito se agotaron

El tío Harry vendió ya su último par de medias de seda
Claire dejó de asistir a la escuela de danza interpretativa


Buba se pasa el día sentada en un asilo para ancianas,

como si fuera un monumento todo lleno de arrugas,
parpadeando a los recién nacidos

te vi en el hospital, la última vez,

el cráneo blanquecino sobresalía de la piel color ceniza
muchachita de venas azules inconsciente en una carpa
de oxígeno la guerra
en España acabó hace mucho

Tía Rose.


domingo, 19 de julio de 2020

Yo dejo hacer, dejo pasar (por Nicanor Parra)


Mil novecientos treinta. Aquí empieza una época

con el incendio del dirigible R 101 que se precipita a tierra

envuelto en negras ráfagas de humo

y en llamas que se ven desde el otro lado del Canal

Yo no ofrezco nada especial, yo no formulo hipótesis

yo sólo soy una cámara fotográfica que se pasea por el desierto

soy una alfombra que vuela

un registro de fechas y de hechos dispersos

una máquina que produce tantos o cuantos botones por minuto


Primero indico los cadáveres de Andrée y de sus infortunados compañeros

que permanecieron ocultos en la nieve septentrional durante medio siglo

para ser descubiertos un día del año mil novecientos treinta

año en que yo me sitúo y soy en cierto modo situado

Señalo el lugar preciso en que fueron dominados por la tormenta

he ahí el trineo que los condujo a los brazos de la muerte

y el bote lleno de documentos científicos

de instrumentos de observación

lleno de comestibles y de un sinnúmero de placas fotográficas


En seguida me remonto a uno de los picos más altos del Himalaya

al Kanchetunga, y miro con escepticismo la brigada internacional

que intenta escalarlo y descifrar sus misterios

veo como el viento los rechaza varias veces al punto de partida

hasta sembrar en ellos la desesperación y la locura

veo a algunos de ellos resbalar y caer al abismo

y a otros veo luchar entre sí por unas latas de conserva


Pero no todo lo que veo se reduce a fuerzas expedicionarias:

yo soy un museo rodante

una enciclopedia que se abre paso a través de las olas

registro todos y cada uno de los actos humanos

basta que algo suceda en algún punto del globo

para que una parte de mí mismo se ponga en marcha

En eso consiste mi oficio

Concedo la misma atención a un crimen que a un acto de piedad

vibro de la misma manera frente a un paisaje idílico

que ante los rayos espasmódicos de una tempestad eléctrica

Yo no disminuyo ni exalto nada

me limito a narrar lo que veo


Veo a Mahatma Gandhi dirigir personalmente

las demostraciones públicas en contra de la Ley de la Sal

veo al Papa y a sus Cardenales congestionados por la ira

fuera de sí, como poseídos por un espíritu diabólico

condenar las persecuciones religiosas de la Rusia soviética

y veo al príncipe Carol volver en aeroplano a Bucarest

miles de terroristas croatas y eslovenos son ejecutados en masa a mis espaldas

Yo dejo hacer, dejo pasar

dejo que se les asesine tranquilamente

y dejo que el general Carmona se pegue como lapa al trono de Portugal


Esto fue y esto es lo que fue el año mil novecientos treinta

así fueron exterminados los kulaks de la Siberia

de este modo el general Chang cruzó el río Amarillo y se apoderó de Pekín

de ésta y no de otra manera se cumplen las predicciones de los astrólogos

al ritmo de la máquina de coser de mi pobre madre viuda

al ritmo de la lluvia, al ritmo de mis propios pies descalzos

y de mis hermanos que se rascan y hablan en sueños


sábado, 18 de julio de 2020

Parra camina (por Roberto Bolaño)


Ahora Parra camina
ahora Parra camina por Las Cruces
Marcial y yo estamos quietos
y oímos sus pisadas
Chile es un pasillo largo y estrecho
sin salida aparente
El Flandes indiano que se quema allá a lo lejos
un incendio rodeado de huellas
o los restos de un incendio
y los restos de unas huellas
que el viento va borrando
o diluyendo
nadie te da la bienvenida a Dinamarca
todos estamos haciendo
lo indecible
nadie te da la bienvenida a Dinamarca
aquí está lloviendo
y las cruces exhiben huellas
de hormigas y de incendios
oh el Flandes indiano
el interminable pasillo de nuestro descontento
en donde todo lo hecho parece deshecho
el país de Zurita y de las cordilleras fritas
el país de la eterna juventud
sin embargo llueve y nadie se moja
excepto Parra
o sus pisadas que recorren
estos tierrales en llamas
petrificadas
estos camposantos arados por bueyes
inmóviles
Oh el Flandes indiano de nuestra lengua esquizofrénica
toda pisada deja huella
pero toda huella es inmóvil
nada que ver con el hombre o la sombra
que una vez pasó
o que en el último suspiro intentó
materializar la cobra
del sueño inmóvil
o de lo que en el sueño sobra
representaciones representaciones
carentes de sustancia
En el Flandes indiano de la fractura
infinita
pero nosotros sabemos que todos
nuestros asuntos
son finitos (alegres, sí, feroces,
pero finitos)
la revolución se llama Atlántida
y es feroz e infinita
mas no sirve para nada
a caminar, entonces, latinoamericanos
a caminar a caminar
a buscar las pisadas extraviadas
de los poetas perdidos
en el fango inmóvil
a perdernos en la nada
o en la rosa de la nada
allí donde sólo se oyen las pisadas
de Parra
y los sueños de generaciones
sacrificadas bajo la rueda
y no historiadas


viernes, 17 de julio de 2020

Decir no (por Idea Vilariño)


Decir no
decir no
atarme al mástil
pero
deseando que el viento lo voltee
que la sirena suba y con los dientes
corte las cuerdas y me arrastre al fondo
diciendo no no no
pero siguiéndola


jueves, 16 de julio de 2020

Cuestión de hechicería (por José Luis García Martín)


Si todo fue cuestión de hechicería,

si nunca fue verdad aquella historia,

si el jardín era polvo y sombra y nada,

aire en el aire, música y danzantes,

¿de dónde viene este dolor de ahora,

este hoyo que no se llena nunca,

esta falta de suelo en la mañana,

este dar tumbos a ninguna parte?

Qué poderosa se elevó tu mano

inmensa sobre el mundo y yo con ella,

súbito rey del universo todo.

Abrí los ojos. Vi que era mi vida

trampantojo y cartón y poco más.

Tan solo esa mentira fue verdad.


miércoles, 15 de julio de 2020

Apiádate (por Isidro Saiz de Marco)


Apiádate, Universo, de tus trozos sensibles:
de los que no son solo roca,
de los que no son solo agua,
de los que no son solo hierro,
de los que no son solo gas,
de los que no son solo luz,
de los que no son solo una tormenta eléctrica
o una erupción volcánica.

De tus trozos que sienten,
de tus trozos que sufren,
de tus trozos que saben -poco, sí, pero saben
y se saben-,
de tus trozos capaces de dolor y desgarro,
de tus pobres minucias cerebradas
por un tiempo conscientes como ésas de la Tierra
surgidas de tu hacer o de tu azar,
de esos fragmentos mínimos
en que prendió la vida,
de esos pequeños nódulos de materia blanduzca
que a fin de cuentas son pedazos tuyos:

-si es que Todo Tú piensas, sientes, sabes-
de tus trozos sensibles apiádate, Universo.


martes, 14 de julio de 2020

Sosiégate, corazón (por Fernando Pessoa)


¡Sosiégate, corazón! ¡No desesperes!
Tal vez un día más allá de los días
encuentres lo que quieres porque no lo quieres.
Entonces, libre de falsas nostalgias,
alcanzarás la perfección de ser.

¡Pero pobre sueño el que solo quiere no tenerlo!
¡Pobre esperanza la de existir tan solo!
Como quien se pasa la mano por el cabello
y en sí mismo se siente diferente,
¡ah, cuánto mal hace al sueño el concebirlo!

¡Sosiégate, sin embargo, corazón! ¡Duerme!
El sosiego no quiere razón ni causa.
Sólo quiere la noche plácida y enorme,
la grande, universal, solemne pausa
antes de que todo se transforme en todo. 


lunes, 13 de julio de 2020

Puerto Supe (por Blanca Varela)


Está mi infancia en esta costa, bajo el cielo tan alto,

cielo como ninguno, cielo, sombra veloz, nubes de espanto,

oscuro

torbellino de alas, azules casas en el horizonte.


Junto a la gran morada sin ventanas, junto a las vacas ciegas,

junto al turbio licor y al pájaro carnívoro.


¡Oh, mar de todos los días,

mar montaña,

boca lluviosa de la costa fría!


Allí destruyo con brillantes piedras la casa de mis padres,

allí destruyo la jaula de las aves pequeñas,

destapo las botellas y un humo

negro escapa y tiñe tiernamente el aire y sus jardines.


Están mis horas junto al río seco, entre el polvo

y sus hojas palpitantes,

en los ojos ardientes de esta tierra

adonde lanza el mar su blanco dardo.


Una sola estación, un mismo tiempo de chorreantes dedos

y aliento de pescado.

Toda una larga noche entre la arena.


Amo la costa, ese espejo muerto en donde el aire

gira como loco,

esa ola de fuego que arrasa corredores,

círculos de sombra y cristales perfectos.


Aquí en la costa escalo un negro pozo,

voy de la noche hacia la noche honda,

voy hacia el viento que recorre ciego pupilas luminosas

y vacías,

o habito el interior de un fruto muerto, esa asfixiante seda,

ese pesado espacio poblado de agua y pálidas corolas.

En esta costa soy el que despierta entre el follaje de alas pardas,

el que ocupa esa rama vacía,

el que no quiere ver la noche.


Aquí en la costa tengo raíces, manos imperfectas,

un lecho ardiente en donde lloro a solas.



domingo, 12 de julio de 2020

Gong (por Efraín Barquero)


El tiempo ardía apagando los rostros
se inmovilizaban los años para escuchar el grave sonido
se ordenaban en círculo los animales de piedra
las puertas se abrían con lentitud crepuscular
yo avanzaba guiado por el centro de mí mismo
por el extraño peso de mi alma
se apagaban mis pasos como tragados por las aguas
mi aliento se disolvía velozmente
mis ojos palpaban como manos
mis oídos rechazaban lo exterior
nada me era más ajeno que mis pies
nada me era más distante que mis brazos
resonaban solos los espacios comprendidos
a sí mismos se escuchaban los largos aposentos
los dispuestos utensilios ocupaban otro orden
las aves emblemáticas habían adquirido otro poder
vivían las cosas un interior de frutas solas


sábado, 11 de julio de 2020

Tan grande, tan pequeño (por Wislawa Szymborska)


Hubo un tiempo en que conocíamos el mundo al dedillo:

era tan pequeño que cabía en el cuenco de unas manos,

tan simple que era posible describirlo con una sonrisa,

tan corriente como el eco de viejas verdades en una oración.

La historia llegó sin trompetas victoriosas:

nos arrojó tierra sucia a los ojos.

Nos esperaban lejanos caminos sin salida,

pozos envenenados, pan amargo.

Nuestro botín de guerra es el conocimiento del mundo:

es tan grande que cabe en el cuenco de unas manos,

tan complejo que es posible describirlo con una sonrisa,

tan extraño como el eco de viejas verdades en una oración.



viernes, 10 de julio de 2020

Por desbordarse (por Joseph Brodsky)


En medio de la cena se levantó y, tras abandonar
la mesa, salió fuera. La luna brillaba
como en invierno; las negras sombras del zarzal
volcadas sobre el perfil de la empalizada
se dibujaban en la nieve con tanta claridad
que parecía que allí hundieran sus raíces.
Alrededor, ni un alma. Latir del corazón.

Tal es el ansia de todo ser
viviente por superar cualquier frontera,
por desbordarse a lo alto y ancho, que
basta sólo con que asome una estrella,
sea cual sea, para que en ese mismo instante
el entorno se vuelva presa,
no de nosotros, sino de nuestros sueños.


jueves, 9 de julio de 2020

Blandula tenula vagula (por Ezra Pound)


¿Qué tienes tú que ver, alma mía, con el Cielo?
¿Acaso no querrías, cuando ya estemos libres,
buscar un lugar claro, donde el sol
suelte sobre nosotros, a través de las hojas
su gloria líquida? Y si en Sirmio
te encontrase, alma mía,
cuando esta vida esté ya terminada,
¿no hallaremos quizá una colina,
un lugar consagrado
por aéreos apóstoles de terrena delicia?
¿No estará nuestro culto dedicado a las olas,
zafiros claros, cobaltos o cianóticos
en trinidad de azules, impalpables,
los espejos inquietos del cambio permanente?
Alma mía, si Ella llega, ¿qué rumores traería
de refugios más altos, de laderas más deseables
que pudiera atraernos
más allá de la cima, entre nubes, de Riva?


miércoles, 8 de julio de 2020

Una canción en la tormenta (por Rudyard Kipling)


Asegúrate bien de que a tu lado peleen
los océanos eternos, aunque esta noche
el viento en contra y las mareas
nos hagan su juguete.
A fuerza de tiempo, no de guerra,
nos guiamos en medio del peligro:
sea bienvenida entonces la descortesía del Destino
dondequiera que aparezca
en todo tiempo de angustia y también
en el de nuestra salvación.
El juego siempre vence al jugador
y el barco a su tripulación.

De la bruma salen rumbo a la tiniebla
las olas que brillan y se encrespan.
Estas aguas sin conciencia se comportan
casi como si tuvieran alma,
casi como si hubieran pactado sumergir
nuestra bandera debajo de sus aguas verdes:
sea bienvenida entonces la descortesía del Destino
dondequiera que sea vista.

Asegúrate bien, a pesar de que las olas y el viento
que soplará guardan ráfagas aún más poderosas,
de que los que cumplimos las guardias asignadas
no descuidemos ni por un instante la vigilancia.
Y mientras nuestra proa rechaza flotando
cada carrera frustrada de las olas,
canta “Sea bienvenida la descortesía del Destino
dondequiera que se revele”.

No importa que la cubierta sea barrida
y se rompan la arboladura, el maderamen.
Podremos sacar provecho de cualquier pérdida
salvo de la pérdida del regreso.
Por eso, entre estos diablos y nuestra astucia
deja que la cortesía de las trompetas suene,
y sea bienvenida la descortesía del Destino
dondequiera que se halle.

Asegúrate bien, aunque en nuestro poder
no quede nada para dar
salvo lugar y fecha para encontrar el fin,
y deja de esforzarte por vivir,
que hasta que éstos se disuelvan, nuestra Orden se mantiene,
nuestro Servicio nos ata a esto.
Sea bienvenida entonces la descortesía del Destino
dondequiera que aparezca,
en todo tiempo de angustia y también
en el de nuestro triunfo.
El juego siempre vence al jugador
y el barco a su tripulación.



martes, 7 de julio de 2020

Como por una escalera (por Marina Tsvietáieva)






Pero a las teclas

las amaba: por su negrura y su blancura (¡casi amarillenta!),

por su negrura, tan evidente,

por su blancura (¡casi amarillenta!), tan secretamente triste,

porque unas eran anchas

y otras estrechas (¡ofendidas!),

porque era posible, sin moverse de lugar,

ir por ellas como por una escalera,

porque esta escalera ¡estaba debajo de mis manos!

y de esta escalera surgían de inmediato arroyos helados,

heladas escaleras de arroyos a lo largo de la espalda,

y calor en los ojos.



lunes, 6 de julio de 2020

Antes que la palabra (por Moya Cannon)


Hay sonidos
en los que podemos confiar
y en los que confiamos:

el viento en los árboles,
el suave chasquido de piedras, donde retrocede la marea,
un bebé que llora de noche.

Nadie se burló jamás de esos sonidos
ni trató de comprenderlos.
Son demasiado comunes para ser comprados o vendidos,
estaban aquí antes que la palabra,
y legalmente carecen de importancia.

Interminablemente repetidos,
inmutables,
son sonidos sin una historia.
Consuelan y perturban
la parte de arcilla del corazón.


domingo, 5 de julio de 2020

Espejo (por Sylvia Plath)


Soy plateado y exacto. No tengo prejuicios.
Todo lo que que veo lo trago de inmediato
tal como es, sin que me empañen ni el amor ni el disgusto.
No soy cruel, soy sincero,
el ojo de un pequeño dios de cuatro ángulos.
La mayor parte del tiempo la paso meditando sobre la pared de enfrente.
Es rosada, con manchas. Tanto la miré que
me parece que ya forma parte de mi corazón. Aunque con intermitencias.
Las caras y la oscuridad nos separan una y otra vez.

Ahora soy un lago. Una mujer se inclina sobre mí,
buscando en mi extensión su verdadero ser.
Después se vuelve hacia esas mentirosas, las velas o la luna.
Veo su espalda y la reflejo fielmente.
Ella me recompensa con lágrimas y agitando las manos.
Soy importante para ella. Ella viene y va.
Es su cara, cada mañana, la que reemplaza la oscuridad.
En mí, ella ahogó a una muchacha, y en mí, una vieja
se alza hacia ella día tras día, como un pez terrible.


sábado, 4 de julio de 2020

Lo haré (por Fernando Pessoa)


Sí, lo haré...; y hora a hora pasa el día...
Lo haré, y día a día pasa el mes...
Y yo, lleno siempre apenas con cuanto haría,
veo que cuanto haría no fue hecho,
en la inútil nostalgia de mí mismo.

Lo haré, lo haré... Los meses son años
cuando son muchos – Años, toda la vida,
todo... Y siempre la misma sensación
de que cualquier cosa ha de alcanzarse,
y siempre está inerte el pie, quieta la mano...

Lo haré, lo haré, lo haré.... Sí, una hora cualquiera
tal vez me traiga el esfuerzo y la victoria,
pero será sólo si me los trae desde fuera.
Lo quise todo: la paz, la sensación, la gloria...
¿Qué oscuro absurdo llora en mi alma?


viernes, 3 de julio de 2020

¿Quién lo diría? (por Manuel Alejandro)


Se muere por mí la niña,
¿quién lo diría?


Tan feo yo, y ella tan bonita
como una espiga.

Su voz murmullo de hojas,
mi voz tan ronca.

Su cuerpo como las olas,
mi cuerpo roca.

Y dice morir sin verme,
¿qué te parece?

Más joven que yo mil veces,
mira qué suerte.

Su pelo color de vida,
el mío ceniza.

Que no viva por quererme,
nadie lo entiende.

Que sea su sueño verme,
no lo comprenden.

Y que diga morir sin verme,
¿qué te parece?

Se muere por mí la niña.
¡Ay, qué alegría!



jueves, 2 de julio de 2020

Casi feliz (por Carolina Escobar)


Entonces
con vos he sido casi feliz

Casi nos hallamos
casi nos asombramos
casi nacimos un sol sobre nuestra mañana
casi vaciamos y vimos crecer los mares
casi tallamos el umbral de nuestra puerta
casi tuvimos el sabor del aire tierno en la boca

La felicidad dura casi un segundo
casi nada
casi una eternidad
Némesis

Casi descubrimos todas las incertidumbres
casi parimos una criatura nueva
casi contradecimos a la madre
casi supimos que la dicha era nuestra

Casi



miércoles, 1 de julio de 2020

Tener un nombre (por Raúl Ruiz)


El paraíso de los nombres propios
no tiene lugar ni flanco
no da la cara ni muere
sabemos que su ser es
y que yace en el no ser apátrida
de un jardín de damasco
cada fruta guarda avara
un nombre propio y un recuerdo
el recuerdo es el no ser
desconcertado con su canto
el nombre propio es
apropiadamente
la carne mal llamada y ya dispersa
en el polvo del desierto
lavado por el viento
de su azúcar y su sal
es el mal habido verbo de los orígenes
con su genio a cuestas
y su costosa estirpe de personas
irresponsables
su capital y su comercio de sal
es el fondo de comercio de esos seres
desheredados por la existencia
sin casa ni familia
en que es lo que les es propio fue
tener un día un nombre
nombre sin día
nocturno
y, sin más, olvidado.


martes, 30 de junio de 2020

Donde se levantó moho (por Carlos Martín Eguía)


La humedad traspasó primero la pared
después los caños
tomando los cables y comiéndole la luz
a ese sector de la casa
un espacio a oscuras en el nirvana del mineral
donde se levantó moho.
La causa está a la vista y no hay nada que suponer
me dice ella que siempre supo que vivir es actuar
y que está de nuevo
en lo que una vez pensamos como hogar.
Con cara de desconcertado inquilino que vuelve
de trasnochar a la deriva
me pregunto qué rincón de mi cerebro
se arruinará primero
a imagen y semejanza. 


lunes, 29 de junio de 2020

Advertencia al lector (por Nicanor Parra)


El autor no responde de las molestias que puedan ocasionar sus escritos:

aunque le pese.

El lector tendrá que darse siempre por satisfecho.

Sabelius, que además de teólogo fue un humorista consumado,

después de haber reducido a polvo el dogma de la Santísima Trinidad

¿respondió acaso de su herejía?

Y si llegó a responder, ¡cómo lo hizo!

¡En qué forma descabellada!

¡Basándose en qué cúmulo de contradicciones!


Según los doctores de la ley este libro no debiera publicarse:

la palabra arco iris no aparece en él en ninguna parte,

menos aún la palabra dolor,

la palabra torcuato.

Sillas y mesas sí que figuran a granel,

¡ataúdes!, ¡útiles de escritorio!

Lo que me llena de orgullo

porque, a mi modo de ver, el cielo se está cayendo a pedazos.


Los mortales que hayan leído el Tractatus de Wittgenstein

pueden darse con una piedra en el pecho

porque es una obra difícil de conseguir:

pero el Círculo de Viena se disolvió hace años,

sus miembros se dispersaron sin dejar huella

y yo he decidido declarar la guerra a los cavalieri della luna.


Mi poesía puede perfectamente no conducir a ninguna parte:

«¡Las risas de este libro son falsas!», argumentarán mis detractores.

«Sus lágrimas, ¡artificiales!».

«En vez de suspirar, en estas páginas se bosteza».

«Se patalea como un niño de pecho».

«El autor se da a entender a estornudos».

Conforme: os invito a quemar vuestras naves,

como los fenicios pretendo formarme mi propio alfabeto.


«¿A qué molestar al público entonces?», se preguntarán los amigos lectores:

«Si el propio autor empieza por desprestigiar sus escritos,

¡qué podrá esperarse de ellos!».

Cuidado, yo no desprestigio nada

o, mejor dicho, yo exalto mi punto de vista,

me vanaglorio de mis limitaciones,

pongo por las nubes mis creaciones.


Los pájaros de Aristófanes

enterraban en sus propias cabezas

los cadáveres de sus padres

(cada pájaro era un verdadero cementerio volante).

A mi modo de ver

ha llegado la hora de modernizar esta ceremonia,

¡y yo entierro mis plumas en la cabeza de los señores lectores!


domingo, 28 de junio de 2020

Un huerto y una casa (por Andrés Trapiello)


Pienso a menudo: un huerto y una casa,
algunos pocos surcos, los frutales,
el pasillo hasta el pozo,
el laurel, los naranjos y el viejo caserón
al fondo... Éste es mi sueño, elemental y grávido.
Ya lo tuvieron tantos, que no puede
casi llamarse sueño. A donde quiera
que voy pienso en mi huerto y en mi casa,
arcaica como un cántaro,
e incluso cuando, pobre, no tengo pensamientos,
me saben esperar con su pobreza
y hacerme compañía. Ni siquiera la muerte
que me da tanto miedo, me acobarda.
Al contrario. Donde se encuentre un mínimo
huerto y la casa en medio de los campos,
quedará algo de mí que no habrá muerto,
y esto elemental, a mí,
todo menos elemental, me ayuda
y me hace col y cántaro, el simple de los simples,
y pozo y agua y tierra de esta tierra
en que pondrá los pies mi sueño,
con su carne y sus huesos arraigados
abonando la tierra y saludando al aire.


sábado, 27 de junio de 2020

Lo imperfecto (por Trinidad Gan)


Espero lo imperfecto

al acercar mis manos hacia el mundo,

cuando toco los bordes del alféizar

que se abre agrietado a otra mañana

y se cuela en el cuarto el disonante

voltear de campanas y sus ecos

de metal y de viento fundidos en la altura.


Espero lo imperfecto

si giro la cabeza para mirar tu rostro,

surco limpio en las sábanas, amor aún dormido,

y siento ese tumulto de palabras escritas

que nos dejó la noche en los estantes.

También en esos gajos de naranja

que dispongo a la mesa de nuestro desayuno,

y en la ropa arrugada, de verano,

que viste ahora mi prisa

al bajar la escalera que me aleja de ti.



Mientras buscan mis ojos

en los árboles quietos algún brillo de aurora

o cuando trato en vano de distinguir las voces

que aceleran mis pasos por la calle,

y sobre todo al verme ya vuelta multitud

entre los que caminan,

tan manchada como ellos de miedo y de esperanza,

espero simplemente lo imperfecto:

que una vez más me roce su trazo de belleza,

irremediablemente humano.



viernes, 26 de junio de 2020

Así tomo mi lugar (por Emily Dickinson)



De algún modo sobreviví a la noche
y entré en el día.
Al salvado le basta su salvación
aunque no sepa el cómo.

Así tomo mi lugar entre los vivos,
como si alguien me escoltase,
candidata al azar de la mañana
pero citada con los muertos.


jueves, 25 de junio de 2020

¿Quién es quien es? (por Fernando Pessoa)


Un día escribiré tal vez un poema mío,
no una cosa cualquiera que, si la analizo,
sea solo la tela que en mí se tejió
con tanto ajeno e improvisación anónima
que a mí o a ellos olvidó...

Un poema propio, en el que vaya mi ser,
en el que diga lo que siento y lo que soy,
sin pensar, sin fingir y sin querer,
como un lugar exacto, éste donde estoy,
en el que me puedan ver tal como soy.

Ah, ¿pero podré yo ser quien soy? ¿Quién sabe
tener el alma que tiene? ¿Quién es quien es?
Sombras de nosotros, sólo nos cabe reflejar.
Pero, irreales ramajes, ¿reflejar qué?
Tal vez sólo el viento que nos cierra y nos abre.


miércoles, 24 de junio de 2020

Crepúsculo con Nellie (por Charles Simic)


Monk en el Five Spot
una noche, tarde.
"Ruby My Dear", "Epistrophy".
El lugar casi desierto
debido a la ola de frío.
Un hermoso travesti negro
solo en la primera fila
bebiendo su copa con disimulada coquetería.
La música pitagórica
una nota por vez
conectando las esferas celestes
mientras me apoyaba contra la barra
estudiando el local
a través del humo del cigarrillo.
De pronto, la clara sensación
de un acontecimiento memorable...
El placer que produce, la deliciosa melancolía...
Este hombre tan extraño inclinado sobre el piano
sacudiendo la cabeza, canturreando...
"Misterioso."
Después, todo terminó, ¡gracias!
Las sillas apiladas en las mesas,
las patas hacia arriba.
Fuera, la posibilidad de congelarse,
el largo camino a casa,
el deseo de retrasarlo.
¿Quién dijo que los americanos no tienen historia,
sólo una nostalgia infinita?
Y ¿dónde diablos estaba Nellie?



martes, 23 de junio de 2020

Para encontrar consuelo (por Paulina Vinderman)


Quise dormir en la vieja cama del arte
para encontrar consuelo.
Es un viejo sueño, me dice el arqueólogo.
Un sueño desde las cuevas del paleolítico,
sólo se necesita coraje al despertar.
La realidad semeja un eco de migraciones,
una llanura seca donde buscamos un árbol de mango
para hundirnos en su sombra.

Lo real siempre está diciéndonos adiós.


lunes, 22 de junio de 2020

Ella (por Wislawa Szymborska)


Que ella esté a lo que él elija.
Que ella cambie para que nada cambie.
Es fácil, imposible, difícil, vale la pena.
Ella tiene los ojos azules o grises,
si hace falta los tiene negros, felices,
llenos de lágrimas sin motivo.
Ella hace el amor con él como si fuera la primera vez,
como si fuera la única.
Ella le dará cuatro hijos,
o no le dará hijos, tal vez uno.
Siendo ingenua, es su mejor consejero.
Siendo débil, es quien lo aguanta todo.
Aunque ella no tenga la cabeza sobre los hombros, ella la tendrá.
Ella lee a Jaspers y revistas
femeninas.
Ella no sabe para qué sirve un tornillo
pero puede construir un puente.
Ella es joven, siempre joven,
siempre joven todavía.
Ella acoge en sus manos un gorrión con el ala rota,
guarda sus ahorros para un viaje largo y lejano,
guarda una cuchilla, una venda y un
vaso de vodka.
¿A dónde vas tan corriendo?
¿No estás cansada?
No, un poquito, quizá mucho, no es nada.
O bien ella lo ama o bien
se empecina en amarlo.
Por lo mejor y por lo peor
y por el amor que vino del cielo.


domingo, 21 de junio de 2020

Far West (por Maribel Andrés Llamero)


Esta planicie sigue siendo el oeste
y en mí siempre cupo el espanto
de los grandes desiertos,
de la soledad de la encina de Castilla.
Jamás laberinto más terrible
que aquel que no conoce muros.

La noche se cierne aquí sobre nosotros
de una sola vez y por entero
y cuando el sol te inunda
—qué hacer si te calcina—
nadie se puede guardar.

Abandonados somos a la llanura.


sábado, 20 de junio de 2020

Mientras me lavaba las manos (por Isidro Saiz de Marco)


Claro está que no soy el primero ni el último
que se aquieta,
se abstiene,
deja hacer.
Pero antes de mí nadie lo exhibió de este modo,
y creo que después nadie lo hará.

Mucha gente quería ejecutar a un hombre.
Me lo llevaron preso para que lo juzgase.
Yo no encontré motivos para crucificarlo.
Pero insistieron tanto que tuve miedo
de un tumulto o revuelta,
algo que provocara que me destituyesen.
No iba a arriesgar el cargo
sólo para evitar una injusticia.

Así que a fin de cuentas dejé que lo mataran.

Pero antes hice traer un barreño con agua
y en él
públicamente,
casi ostentosamente,
lavé mis manos.

"Yo no mando matarlo, tan solo lo consiento"
-quise mostrar a todos.

"Mis manos están limpias"
(pero no, no lo estaban)
-es lo que proclamé.

Mientras me lavaba las manos,
aquel hombre inocente miraba lo que hacía.
A veces me pregunto
qué pensó.


viernes, 19 de junio de 2020

Salvo a mí mismo (por François Villon)


Distingo a las moscas en la leche,

conozco al hombre por su indumentaria,

distingo el buen tiempo del malo,

conozco al manzano por la manzana,

conozco el árbol por la resina,

conozco cuando todo es lo mismo,

distingo al que trabaja o descansa,

conozco todo, salvo a mí mismo.


Conozco al jubón por el cuello,

conozco al monje por el hábito,

conozco al amo por su criado,

distingo cuándo el truhán habla en jerga,

conozco a la monja por el velo,

conozco a los botarates nutridos de crema,

conozco al vino por el tonel,

conozco todo, salvo a mí mismo.


Distingo caballo y mula,

distingo su carga y su peso,

conozco a Beatriz y a Isabel,

conozco la ficha con que se cuenta y suma,

distingo lo que veo de lo que sueño,

conozco la herejía de los husitas,

conozco el poder de Roma,

conozco todo, salvo a mí mismo.


Príncipe: conozco, en suma, todo.

Conozco arrebolados y pálidos,

conozco la muerte que todo lo consume,

conozco todo, salvo a mí mismo.


jueves, 18 de junio de 2020

En el instante en que se alza (por Delia Quiñónez)





No en la cresta de la ola.
No en la extinción
de su espumoso vientre.


en el instante
en que se alza y desciende
hurtando eternidad
entre olvido de sábanas
y el leve,
lento
rompimiento de túneles y voces.

Ascenso a contraluz.
Fuga
hasta el abismo insondable
que mece su agonía
en un recodo
de minutos tirados al vacío.

Ser y dejar de ser
en la cresta y en la espuma.
Ritmo agónico
urdido
en antiguos manantiales.

Ademán
en donde transita la sal
que asciende
y desciende
en vuelo eternizado.



miércoles, 17 de junio de 2020

Por rabioso fuego (por Clara Janés)


Y no por el hielo negro

y no por hielo

que sea muerte

por rabioso fuego

que prende ya en las raíces

del árbol

que desde el hondo desgarro

de la raíz de la tierra

me sostiene

eco que me vivifica

mientras entrego el aliento

voces en llamas

te llaman

desde mi fondo

de fuego lenguas

que no por hielo

que no por el hielo negro

tu acristalada blancura

cisne de amor

incandescente en mi canto

se aposenta

centellas voy hacia el aire

voy hacia ti llameando

que no por el hielo negro

cisne de aire

cisne de aire

y silencio.


martes, 16 de junio de 2020

Habitaciones vacías (por Alejandro Salse)


El polvo compone las dunas

de la misma manera

que los segundos el tiempo:

sabiendo que

acabarán

con todo.

Ésa es la traición

de lo insignificante;

la misma que practican

las ausencias

diminutas

capaces de llenar

habitaciones vacías.


lunes, 15 de junio de 2020

Sus ojos miran de otra forma (por Anna Ajmátova)


Cuando una persona muere
cambian también sus retratos.
Sus ojos miran de otra forma, y sus labios
sonríen con otra sonrisa.
Me di cuenta de esto al regresar
del entierro de un poeta.
Desde entonces, a menudo, he comprobado
que mi conjetura era verdad.


domingo, 14 de junio de 2020

Aunque no conozca tus palabras (por Anne Sexton)


Oh María, madre frágil,
escúchame, escúchame ahora,
aunque no conozca tus palabras.
El rosario negro con su cristo de plata
descansa, sin bendecir, en mi mano,
porque yo soy la incrédula.
Cada cuenta, redonda y dura, entre mis dedos,
es un pequeño ángel.
Oh María, permíteme esta gracia,
este paso,
aunque yo sea tan desagradable,
hundida en mi pasado
y en mi locura.
Aunque hay sillas aquí,
me arrojo al suelo.
Solo mis manos están vivas,
al tocar las cuentas.
Tartamudeo palabra a palabra.
Una principiante; siento tu boca que toca la mía.

Cuento las cuentas como olas
que me martillean.
Me lastima su cantidad;
enferma, enferma en el calor del verano,
la ventana sobre mí
es la única oyente de mi ser incómodo.
Ella es la gran garantía, la aliviadora.
La dadora de aire,
al murmurar,
exhala desde sus amplios pulmones como un pez enorme.

Cerca, más cerca,
llega la hora de mi muerte
mientras me arreglo la cara, retrocedo,
me vuelvo inmadura y mi pelo se alisa.
Todo esto es la muerte.
En la mente hay un pasaje angosto que se llama muerte,
me muevo por allí
como a través del agua.
Mi cuerpo es inútil,
yace enroscado como un perro en la alfombra.
Ya se rindió.
Aquí no hay palabras, salvo esas que se entienden a medias:
"Ave María" y "Llena eres de gracia".
Ahora penetro en el año sin palabras.
Noto la entrada rara y el exacto voltaje.
Existen sin palabras.
Sin palabras toco el pan,
y reparto el pan
sin hacer ruido.

Oh María, tierna doctora,
ven con polvos y hierbas
porque estoy en el centro.
Es exiguo y el aire es gris,
como en un baño de vapor.
Recibo el vino, como un niño recibiría leche.
Presentado en una copa fina,
redondeada y de borde delicado.
El vino es de tonos vivos, rancio y secreto.
La copa se alza por sí misma hasta mi boca,
y me entero de eso y lo comprendo,
solo porque ocurre.

Tengo miedo de toser,
pero no hablo,
miedo a la lluvia, miedo del jinete
que empieza a cabalgar dentro de mi boca.
La copa se inclina por sí misma
y me enciendo.
Veo dos lineas finas que bajan ardiendo por mi mentón,
me veo a mí misma como si estuviera viendo a otra.
Estoy partida en dos.

Oh María, levanta los párpados.
Estoy en el dominio del silencio,
en el reino del loco y del durmiente.
Hay sangre aquí
y yo estoy sin comer.
Oh madre del útero,
¿vine solamente por la sangre?
Oh pequeña madre,
estoy en mi propia mente,
estoy encerrada en la casa errónea.



sábado, 13 de junio de 2020

Cada tanto grita ruta desconocida (por Melisa Papillo)


Tengo treinta y tres años
y estoy tratando de dominar el volante.
Constantemente. Dejo y retomo.
Cuando tenía nueve, once, quince
soñaba que conducía un Falcon gris
y nunca frenaba.
Tomaba Maestra Baldini derecho y no frenaba.
Pasaba mi casa materna y no frenaba.
Durante las clases mi instructora repite
“no pensés, esto es automático”.
¿Por qué sueño que manejo?
Me despierto y busco en yahoo respuestas:
que estoy intentanto dominar mi destino,
que necesito tomar el control de mi vida,
imprudencia, falta de consciencia.
Cuando me levanté esta mañana
sólo quería manejar con la ventanilla baja.
Casi me anoto en un taller para descifrar sueños.
La ruta onírica. Eso que soñás te está diciendo algo.
Eso que soñás, sos.
Dicen que podés cambiarte el nombre:
si alguna vez soñaste que eras, por ejemplo, pantera,
te llamás Pantera
porque sos pantera.
Debe ser más complejo que como lo explico.
Debe ser más perturbador que como lo entiendo.
Hay otra forma de resolver los sueños recurrentes:
apostando. Una sola vez lo hice y gané setenta pesos.
Ahora no sé si debo cambiarme el nombre o hacer plata.
Últimamente salgo con GPS activado.
No es tan sencillo
cada tanto grita ruta desconocida.
A veces no entiendo muy bien los cruces, las líneas
y hago todo mal. Confundo caminos.
Mientras busco excusas para frenar
y poner balizas.
Me encantaría ser de esas personas
que siguen orientadas cuando giran el mapa.
Voy a dejarme el pelo largo
así el viento que entra por la ventanilla
lo tire todo
para atrás.
Quizá use un pañuelo como vincha
y ponga la radio con el volumen bajo.
Si algún día logro agarrar el volante
con una sola mano, con la otra
voy a saludar con ese gesto de “chau”:
no ondeando el brazo de un lado a otro
sino levantando y bajando la mano rápido
como quien dice presente desde un banco de escuela
y sigue en lo suyo.


viernes, 12 de junio de 2020

Los Langali (por Robert Rivas)


Todos los días, desde que el mundo fue puesto en marcha (existía desde hacía un tiempo infinito, pero por razones que estamos en camino de desvelar se demoró su arranque), tomamos la cantidad estrictamente necesaria de sol para la vida. Alimentamos los ríos. Obligamos a la tierra a responder a nuestras minúsculas semillas con copiosos frutos. Reimantamos las mareas, logrando que los mares no se queden nunca quietos del todo, y así alejamos la parálisis de la tierra. Disponemos también de las fases de la luna, para mover aquello que pesa mucho. Podríamos hacerlo nosotros, pero escogimos guardar nuestras fuerzas para nuestros placeres. Hacemos al mundo tan bello y útil como se puede. Animales de todas clases, bestias incomprensibles, y también pequeños seres con alas de cristal, sin sentido alguno. El material no es el mejor, hay que decirlo una vez más para que se nos entienda. Nos gusta hacer rotar los vientos, y que los objetos caigan hacia la tierra, en lugar de volar hacia los cielos creándonos innumerables dificultades. Hay que decirlo una vez más: hemos pensado en todo. Dividimos a los Langali, que al principio eran de un solo sexo, en al menos dos bien distinguibles, porque antes de eso nos aburríamos. También inventamos algunas supuestas calamidades, para no tenerlo tan fácil que nos terminasen dominando la Desidia y su hermano, el Tedio. Hicimos aparecer los sentimientos, tanto el karuna, como el prema, el pyara y el priya y la rudra, para darle intensidad a las cosas, ya que por sí mismas vimos que tienden a la Repetición y a la Inercia. Podríamos haber hecho que los nuevos Langali naciesen ya adultos, ahorrándonos toda clase de dificultades, pero en lugar de eso, una vez más, y usando nuestro inimitable ingenio, los hicimos nacer desde muy pequeñitos, dentro del cuerpo de las Langali, distrayéndolos de su natural tendencia a la sensación de vacío y su queja. Nos llevó cierto tiempo dividir el bien y el mal, hay que admitirlo. Estamos muy lejos de ser perfectos. Todavía aparecen de cuando en cuando Langalis jóvenes que ponen en duda nuestras certezas, y nos vemos obligados a pensar el mundo exterior y el mundo Langali de nuevo. Pero tratamos de tomarlo con cierto humor. Después de haber puesto cierto orden en el universo, todas esas estrellas y galaxias y planetas y sistemas de fuerzas pavorosas, hemos dejado lugar tanto a la estupidez como a la ignorancia, a la violencia y a la maldad para que este asunto que podría habernos embalsamado en Tedio, funcionase. ¿Y por qué no referirnos a una de nuestras mayores creaciones: la muerte? Un toque más de genio de los Langali. De pronto todo cobró movimiento: la vida, que no significaba nada diferente de la materia inerte, cobró vuelo. Con la muerte creamos una variedad casi infinita de aflicciones, que llenan nuestras vidas de preguntas y deseos. Sí, hay que señalarlo una vez más, hacemos muy bien las cosas. Pero para ser justos, debemos admitir nuestra terrible falencia y es el Dios que nos ha tocado en suerte: un perfecto Inútil, pero por encima de todo ¡un Engreído completo!


jueves, 11 de junio de 2020

Abre todas las puertas (por Luis Alberto de Cuenca)


Abre todas las puertas: la que conduce al oro,
la que lleva al poder, la que esconde el misterio
del amor, la que oculta el secreto insondable
de la felicidad, la que te da la vida
para siempre en el gozo de una visión sublime.
Abre todas las puertas sin mostrarte curioso
ni prestar importancia a las manchas de sangre
que salpican los muros de las habitaciones
prohibidas, ni a las joyas que revisten los techos,
ni a los labios que buscan los tuyos en la sombra,
ni a la palabra santa que acecha en los umbrales.
Desesperadamente, civilizadamente,
conteniendo la risa, secándote las lágrimas,
en el borde del mundo, al final del camino,
oyendo cómo silban las balas enemigas
alrededor y cómo cantan los ruiseñores,
no lo dudes, hermano: abre todas las puertas.
Aunque nada haya dentro.


miércoles, 10 de junio de 2020

En qué te vas a convertir (por Marcelo Díaz)


No sé por qué pienso en la trayectoria de un cometa
la misma representación;
hace unas horas mi mente se detuvo: sería su trayectoria
a punto de completar su recorrido.
¿Te preguntaste qué te dirías
a vos misma si pudieras observarte a miles de kilómetros
de distancia? O mejor: miles de años luz
a la velocidad de las estrellas -qué te dirías-.
¿Te reconciliaste con el mundo?
¿Cómo se te ocurrió vaciarte así
de todo cuidado? ¿De toda formación sensible?
¿Te reconciliaste al final
con la experiencia sentimental?
¿De quién era la voz que decía:
vamos a permanecer lejos
para encontrarnos en el futuro?
¿Por más que en el porvenir
nuestra esperanza sea del tamaño del corazón
de una manzana
el núcleo invisible de un agujero negro?
¿En qué te vas a convertir?
Yo haré de mi propio invierno
un fuego demorado
para que más adelante la llama
te toque en otra vida con la precisión de la luz
cuando en su alumbramiento
atraviesa el espacio y enciende algo parecido a tu voz
pero que no es tu voz sino el eco relegado
en la sombra del universo
lo más parecido a la música de mis sueños
donde lo único que se ilumina es el silencio
¿Lo escuchaste? Vos te vas y regresa
yo parto y vuelve. ¿Se escucha?
Acá voy, acá vas, el efecto de un boomerang
justo en el momento en que la mente se apaga
el pensamiento regresaría
después de varios movimientos concéntricos
la misma idea, la trayectoria del cometa,
una manera de decir, seré como vos
serás como yo, y el día
en que la circunferencia del astro
nos queme ni siquiera lo ardido
nos sobrevivirá


martes, 9 de junio de 2020

Ya no eres el rey de los parques (por Roberto Bolaño)


¿Qué hace un tipo como tú en este lugar?

¿Planeas un crimen?

¿Pasó por tu cabeza la idea de entrar en aquella casa

silenciosamente, forzando una ventana

o por la puerta de la cocina?

Ya no eres el rey de los parques y jardines,

tu rostro está en los archivos de la policía

y con sólo apretar un botón la computadora escupe

una fotografía tuya de frente

y de perfil.

Ya no eres el rey de los parques, escúchame, un botón

y caes entre los dientes de la máquina, tu jeta

en la retina de todos, sargentos de la brigada criminal

y forenses, enfermeros y fotógrafos, peritos de la

policía científica y espaldas cuadradas que vigilan

las puertas del paraíso:

sombras crepusculares

que intentarán evitar una nueva caída. Sombras que dicen:

no te metas en líos, sonofabich, sigue recto bajo los reflectores

y no mires atrás.


lunes, 8 de junio de 2020

Y amor en los océanos de acero (por Jaime Siles)


Amor bajo las jarcias de un velero,
amor en los jardines luminosos,
amor en los andenes peligrosos
y amor en los crepúsculos de enero.

Amor a treinta grados bajo cero,
amor en terciopelos procelosos,
amor en los expresos presurosos
y amor en los océanos de acero.

Amor en las cenizas de la noche,
amor en un combate de carmines,
amor en los asientos de algún coche,

amor en las butacas de los cines.
Amor, en las hebillas de tu broche,
gimen gemas de jades y jazmines.


domingo, 7 de junio de 2020

La condena (por Felipe Benítez Reyes)


El que posee el oro añora el barro.
El dueño de la luz forja tinieblas.
El que adora a su dios teme a su dios.
El que no tiene dios tiembla en la noche.

Quien encontró el amor no lo buscaba.
Quien lo busca se encuentra con su sombra.
Quien trazó laberintos pide una rosa blanca.
El dueño de la rosa sueña con laberintos.

Aquel que halló el lugar piensa en marcharse.
El que no lo halló nunca
es un desdichado.
Aquel que cifró el mundo con palabras
desprecia las palabras.
Quien busca las palabras que lo cifren
halla sólo palabras.

Nunca la posesión está cumplida.
Errático el deseo, el pensamiento.
Todo lo que se tiene es una niebla
y las vidas ajenas son la vida.

Nuestros tesoros son tesoros falsos.
Y somos los ladrones de tesoros.


sábado, 6 de junio de 2020

Basta con que me lleves (por Olga Orozco)


Me reconoces, noche,
me palpas, me recuentas,
no como avara sino como una falsa ciega,
o como alguien que no sabe jamás quién es la náufraga y quién la endechadora.
Me has escogido a tientas para estatua de tus alegorías,
sólo por la costumbre de sumergirme hasta donde se acaba el mundo
y perder la cabeza en cada nube y a cada paso el suelo debajo de los pies.
¿Y acaso no fui siempre tu hijastra preferida,
esa que se adelanta sin vacilaciones hacia la trampa urdida por tu mano,
la que muerde el veneno en la manzana o copia tu belleza del espejo traidor?
Olvidaron atarme al mástil de la casa cuando tú pasabas
para que no me fuera cada vez tras tu flauta encantada de ladrona de niños,
y fue a expensas del día que confundí en tu bolsa la blancura y la nieve,
los lobos y las sombras.
Ahora es tarde para volver atrás y corregir las horas de acuerdo con el sol.
Ahora me has marcado con tu alfabeto negro.
Pertenezco a la tribu de los que se hospedan en radiantes tinieblas,
de los que ven mejor con los ojos cerrados y se acuestan del lado del abismo
y alzan vuelo y no vuelven
cuando Tomás abre de par en par las puertas del evidente mediodía.
Tú fundas tu Tebaida en lo invisible. Tú no concedes pruebas.
Tú aconteces, secreta, innumerable, sin formular,
como una contemplación vuelta hacia adentro,
donde cada señal es el temblor de un pájaro perdido en un recinto inmenso
y cada subida un salto en el vacío contra gradas y ausencias.
Tú me vigilas desde todas partes,
descorriendo telones, horadando los muros, atisbando entre fardos de penumbra;
me encuentras y me miras con la mirada del cazador y del testigo,
mientras descubro en medio de tus altas malezas el esplendor de una ciudad perdida,
o busco en vano el rastro del porvenir en tus encrucijadas.
Tú vas quién sabe adónde siguiendo las variaciones de la tentación inalcanzable,
probándote los rostros extremos del horror, de la extrema belleza,
la imposible distancia de los otros, el tacto del infierno,
visiones que se agolpan hasta donde te alcanza la oscuridad que tengo,
hasta donde comienzas a rodar muerte abajo con carruajes, con piedras y con perros.
Pero yo no te pido lámparas exhumadas ni velos entreabiertos.
No te reclamo una lección de luz,
como no le reclamo al agua por la llama ni a la vigilia por el sueño.
¿O habría de confiar menos en ti que en las duras, recelosas estrellas?
¡Hemos visto tantos misterios insolubles con sus blancos reflejos, aún a pleno sol!
Basta con que me lleves de la mano como a través de un bosque,
noche alfombrada, noche sigilosa, que aprenda yo lo que quieres decir,
lo que susurra el viento,
y pueda al fin leer hasta el fondo de mi pequeña noche en tu pupila inmensa.


viernes, 5 de junio de 2020

Qué barniz en mis ojos (por Isidro Saiz de Marco)


lo que brillaba

lo que encendía la vida

lo que emitía destellos de ardor y claridad

lo que irradiaba e iluminaba instantes en medio de lo lúgubre

lo que hacía incandescentes, a veces, los minutos

aquello que fulgía


a todo eso 


qué pátina

qué neblina por dentro


qué barniz en mis ojos

qué incrustada humareda, ¡ladrona de la luz!

lo volvió gris



jueves, 4 de junio de 2020

Y ve con ellos (por María Victoria Atencia)


Cuando alcen los vencejos, cenital, su desorden

y la tarde se ponga, de tan insoportable-

mente bella, del color de la lluvia,

dale a la desmemoria su espacio suficiente, y olvida

el descanso de ti, y olvídate de ti, y olvídame,

y ve con ellos, vete con la tarde.


miércoles, 3 de junio de 2020

Pero ya otra (por Jorge Nájar)


Más allá del plumaje, en los temblores.
los de adentro, y también en los pavoneos,
uno que tanto sangró, uno que tanto
vio arena del desierto royéndola,
el tren del verano dislocando la soledad,
esta infancia, en fin, lavándole las manos.
Uno que tanto, en suma, la amó
ahora ya no es más o tal vez ya nunca
en ese pavoneado plumaje y andares
de ave augusta, complacida
en finos y honorables gestos.
Así yo ya no. Así yo ya no más.
Habrá que esperar, sin embargo, Señora
-trate de no olvidarlo-
encontrada más tarde desnuda y pelada
amando a sudores, temblando en las entrañas
y ya otra o quien sabe la misma,
pero ya otra, en la privacía total,
sin plumas ni pavoneos
y ya sólo entonces volver a sangrar
esta vez sí para siempre.


martes, 2 de junio de 2020

Qué tal se lleva (por E.E. Cummings)


El difunto Buffalo Bill,
montado en plateado corcel
y fluido como el agua,
disparaba a los palomos:
¡bang, bang, bang y bang!
y atinaba todos los balazos.
¡Oh, qué galanura!
Y yo quisiera saber
qué tal se lleva usted
con ese apuesto joven
de ojos azules,

Señora Muerte


lunes, 1 de junio de 2020

Viendo a la gente andar (por Juan Gelman)


Viendo a la gente andar, ponerse el traje,

el sombrero, la piel y la sonrisa,

comer sobre los platos dulcemente,

afanarse, correr, sufrir, dolerse,

todo por un poquito de paz y de alegría,

viendo a la gente, digo, no hay derecho

a castigarle el hueso y la esperanza,

a ensuciarle los cantos, a oscurecerle el día,

viendo, sí,

cómo la gente llora en los rincones

más oscuros del alma y sin embargo

sabe reír y sabe andar derecho,

viendo a la gente, bueno, viéndola

tener hijos y esperar y siempre

creer que van a mejorar las cosas

y viéndola pelear por sus riñones,

digo gente,


qué hermoso andar contigo

a descubrir la fuente de lo nuevo,

a arrancar la felicidad,

a traer el futuro sobre el lomo, hablar

familiarmente con el tiempo y saber

que acabaremos y de una buena vez por ser dichosos,

qué hermoso, digo, gente, qué misterio

vivir tan castigado

y cantar y reír,

¡qué asunto raro!


Porque existen las plazas. Y los pájaros.

Y las muchachas y los perros y

los árboles, la gente, los zaguanes.


Porque existen los Juanes, preocupados

porque la nena tiene fiebre o

le salen los dientitos. La mujer

suele decir: "Cuando te aumenten

el sueldo..." y suele estar en el mercado

contando las monedas y contándose

la vida a tropezones.

¡Qué cuestión!


Si estas cosas existen, si es que están

golpeándote y pegando a tu sordera,

¿quizás te calles o te vayas o

te dediques al sueño, a la morfina,

quizás te vayas, sí, o tomes vino

sobre el estaño, cálido de codos,

posiblemente existas de ese modo,

pálido, flaco, tropezándote

a cada rato con tu pantalón

y tu camisa, rota de ilusiones,

y tu ilusión, tan rota de camisas?


¿Quizás te escapes con la madrugada

tibia aún en tus ojos, para ir

a la muerte, a la muerte y a la muerte

bajo otros cielos, sobre ajenos patios,

entre otras voces, caras, infelices,

para que digan se murió, eso es todo,

siempre eso es todo, se murió, que encuentren

un peine roto en tu bolsillo, cartas,

y eso es todo, eso es todo?

¡Qué cuestión!


domingo, 31 de mayo de 2020

Vacío mis zapatos (por Mark Strand)


Me vacío de los nombres de los otros. Vacío mis bolsillos.
Vacío mis zapatos y los dejo al lado de la ruta.
Cuando se hace de noche arraso los relojes.
Abro el álbum de fotos familiares y me miro de pequeño.

¿De qué sirve? Las horas hicieron su trabajo.
Digo mi propio nombre. Me despido.
A las palabras se las lleva el viento, volando una tras otra.
Amo a mi esposa pero la envío lejos.

Mis padres se levantan de sus tronos, y suben
a las lácteas estancias de las nubes. ¿Cómo voy a cantar?
El tiempo me revela lo que soy, y cambio y soy el mismo.
Me vacío de mi vida y aún me queda mi vida.


sábado, 30 de mayo de 2020

Lo no hecho (por Robert Rivas)


no, ese festival a orillas del río sagrado
la lectura en griego de Safo, no
pasé por New Hampshire tampoco
no exploré el cante jondo
conozco a medias la historia de Ofelia
la foto que Nadar hizo de Sarah Bernhardt- no la vi
cristales de roca en las cuevas de Psicia
las calles de Jerusalén para otra vida
en trineo por los hielos de Labrador
las palabras justas para describir el peso de sus manos
no he probado el tautófono
los pisos de vidrio negro en el lupanar chino
no he visto al atún arremolinándose al final de mi línea
jugo de palma entre las moscas de Colombe-Bechar
no he sido enano, ni albino, ni obeso
no estuve en la masacre de Retif
ni me asfixié en el naufragio del RMS Lancastria
no era yo quien jugaba en las calles de Belfast
ni pasé mis mejores años en la fábrica de hojalata de Chenstochowa
no era yo ése que bailaba con los árboles
el que marchaba con Malcolm X y Stokely Carmichael
el chico descalzo de la estación Lao Cai
el que pintaba con rayos de sol distraídos
el que saltaba de la escollera al mar de noche
el que contrapuso a Terencio con Propercio y a Tácito con Ovidio
el que era amigo de Yü mei jen
o discípulo del profesor jubilado Stefan Szuman
el que aprendió a dominar el didgeridú
el que comió Lüfer azul con las manos en las calles de Antioquía
no
el que se aprendió de memoria los poemas de Kazimiera Illakowiczowna
no
el que tuvo ocho hijos
el que partió de las tinieblas del 'tiempo-de-ahora' (honyn kairós)
no
el que vivió en la Fondamenta delle Zattere con una santa
el que recorrió los anales judiciales de Viena y escarbó en los casos Riehl y Hervay
el que esbozó no una sino varias cosmovisiones
el que murió por otro
el que se emborrachó con raki en una taberna de Cluj
no era yo
el que aprendió a tejer con las lanzaderas
el que se inició en la ardua lengua finesa
el que recorrió la estepa desde Pedynivka
el que nadó entre el apareamiento de las ballenas frente a la costa de Manabí
el que pasó por conventos dominicos y basilianos
el que cambió de sexo
el que escribió "¿Qué importa quién habla?"
no estuve
no volé los planeadores Waco ni los Hadrian
ni desentrañé la espiritualidad de toda materia
ni estuve en la gran migración de la partición de la India
ni aprendí a leer la columna de Trajano
ni compuse mi sinfonía en el cuerpo de la mujer de la media luna
no fui selknam, ni cayuga, ni onondaga
no estudié los cielos
ni escalé el Fitz Roy
ni amé a una gitana albanesa en las orillas del río Shkumbin
ni vi pasar la Marcia su Roma de Mussolini
ni soñé con Pound en su cárcel de hierros en Pisa
ni trabajé en la Puszta
ni sembré cebada lino centeno
ni alcé las velas de un dhow o de una falúa
ni navegué el mar de Célebes o el golfo de Siam
nada de eso

Y a veces me pregunto qué es lo que he hecho
y cómo es que no hice lo no hecho,
y me digo,
así como una broma o un secreto:
¿Será tan sólo que no habré tenido tiempo?