zUmO dE pOeSíA

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de todos los colores, de todos los sabores

ALEATORIUM: Saca un poema de nuestro almacén

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martes, 18 de diciembre de 2018

A la vuelta de la memoria (por Enrique Lihn)


Cientos, cientos de veces te encontraré a la vuelta
de la memoria abundante en esquinas
en la enrarecida atmósfera del país de los sueños
en que no hay cosa que no esté hecha de nada.
Me harás, sin verme, un saludo con la mano, pues de
los dos yo seré el único
en vernos y no tú la buena amiga de los años reales.
Además allí, en la nada, encuentros y desencuentros
¿en qué se diferencian? El diálogo es su simulacro
hecho de las palabras recordadas. La que esté allí
es sólo una visión a la espera de un taxi de hace diez o
quince años
Sin haber envejecido porque en ese país
no se vive ni se muere, con tu vestido pasado de moda
remedo de algunas escenas que habríamos podido
vivir juntos si todavía fuéramos reales.
Y sentiré lástima de mí y me invadirá como si fuera
el amor
el recuerdo vacío de estas lágrimas.


lunes, 17 de diciembre de 2018

El mozo de la oficina se ha ido (por Fernando Pessoa)


Se ha ido hoy, dicen que definitivamente, a su tierra natal el llamado mozo de la oficina, ese mismo hombre que he estado acostumbrado a considerar como parte de esta casa humana y, por lo tanto, como parte de mí y del mundo que es mío. Se ha ido. En el pasillo, al encontrarnos casualmente para la sorpresa esperada de la despedida, le di un abrazo tímidamente devuelto, y tuve suficiente fuerza de ánimo como para no llorar, como, en mi corazón, deseaban sin mí mis ojos ardientes.

Cada cosa que ha sido nuestra, aunque sólo por los accidentes de la convivencia o de la visión, porque fue cosa nuestra se vuelve nosotros. El que se ha ido hoy, pues, a una tierra gallega que ignoro, no ha sido, para mí, el mozo de la oficina: ha sido una parte vital, por visual y humana, de la sustancia de mi vida.

Hoy he sido disminuido. Ya no soy el mismo del todo. El mozo de la oficina se ha ido. Todo lo que sucede donde vivimos es en nosotros donde sucede. Todo lo que cesa en lo que vemos es en nosotros donde cesa. Todo lo que ha sido, si lo vivimos cuando era, es de nosotros de donde ha sido quitado al partir. El mozo de la oficina se ha ido.

Es más pesado, más viejo, menos voluntario como me siento al pupitre alto y empiezo la continuación de la escritura de ayer. Pero la vaga tragedia de hoy interrumpe con meditaciones, que tengo que dominar a la fuerza, el proceso automático de la escritura como es debido. No tengo ánimo para trabajar sino porque puedo, con una inercia activa, ser esclavo de mí mismo. El mozo de la oficina se ha ido.

Sí: mañana, u otro día, o cuando quiera que suene para mí la campana sin sonido de la muerte o de la vida, yo seré también quien ya no está aquí, libro copiador antiguo que va a ser almacenado en el armario de debajo de la escalera.

Sí: mañana o cuando lo diga el Destino, tendrá fin todo lo que fingió en mí que he sido yo. ¿Me iré a mi tierra natal? No sé a dónde me iré. Hoy, la tragedia es visible debido a la falta, sensible por no merecer que se sienta. 


Dios mío, Dios mío, el mozo de la oficina se ha ido.


domingo, 16 de diciembre de 2018

No quiero que lo sepan (por Emily Dickinson)


Aún no se lo he dicho a mi jardín,

no vaya a ser que pueda convencerme.

Tampoco tengo fuerzas suficientes

para comunicárselo a la abeja.

No lo diré en la calle, pues las tiendas

me mirarían fijamente.

Que alguien - tan poca cosa e ignorante

tenga la valentía de morir.

No quiero que lo sepan las laderas


por las que tanto he paseado

ni decirles a los amados bosques

el día en que me iré.

No lo susurraré en la mesa

ni se me escapará por un descuido

que hoy dentro del Enigma

alguien caminará.



sábado, 15 de diciembre de 2018

Asia (por Raymond Carver)


Qué bueno es vivir cerca del agua.
Los barcos pasan tan próximos a la tierra firme
que un hombre puede tender la mano
y quebrar una rama de uno de los sauces
que crecen aquí. Los caballos corren salvajes
junto al agua, a lo largo de la playa.
Si los hombres de a bordo quisieran, podrían
hacer un lazo, arrojarlo
y traer a cubierta a uno de los caballos.
Algo que les sirva de compañía
en el largo viaje al Este.

Desde mi balcón puedo leer los rostros
de los hombres mientras miran fijamente a los caballos,
a los árboles y a las casas de dos pisos.
Yo sé en qué están pensando
cuando ven a un hombre saludándolos con la mano desde el balcón,
su coche rojo abajo en la calle.
Lo miran y se consideran
afortunados. Qué misterioso golpe
de suerte, piensan, los ha traído
por todo este camino hasta la cubierta de un barco
con destino a Asia. Esos años de empleos temporales
o de trabajo en los depósitos o como estibadores
o simplemente vagando por los muelles,
han sido olvidados. Cosas así les han sucedido
a otros más jóvenes,
si realmente sucedieron.

Los hombres de a bordo
agitan las manos, devolviendo el saludo.
Están inmóviles, agarrados a la borda,
mientras que el barco pasa deslizándose. Los caballos
salen de entre los árboles hacia el sol.
Se paran como estatuas de caballos.
Observando el barco mientras pasa.
Las olas se rompen contra el barco.
Contra la costa. Y en la mente
de los caballos, donde
siempre es Asia.


viernes, 14 de diciembre de 2018

Retrato (por Joaquín Pérez Azaústre)


Esto es un hombre.
Lo tienes aquí, delante, frente a ti, sentado,
con los ojos heridos por las briznas de luz.
Pero no: ya estoy escribiendo luz, cuando no hay brillo,
sino una oscuridad
torácica en el fondo de los acantilados
de esta habitación, con techo bajo,
para ahogar el pulmón condensado en las ascuas.
Acepta su volumen de musgo mercurial
reptando por el tronco seco de la maleza.
Aprende a manejarlo,
a dejarlo anegar la estatura del cuello.
Haz astillas con él.
Aquí hay un hombre sólo porque parece que lo es.
Asómate a su cara. Distingue sus aristas,
recorre con los dedos sus grietas transparentes,
el último destello ahogado en la retina,
cubierto de hojarasca el grito mudo.
No te está invitando a ningún laberinto.
Aquí no habrá fulgor, ni viaje, ni un deslumbramiento.
No habrá revelación: aquí hubo un hombre.
Esto que estás mirando, alguna vez fue un hombre.



jueves, 13 de diciembre de 2018

El don de la travesía (por Lêdo Ivo)


Un camino que no me lleve a ninguna parte
y sea sólo camino, sin comienzo ni fin,
es lo que pido al día, y el día me concede
el don de la travesía, para que yo avance
bajo las estrellas y soles, rodeado de mí,
sin jamás alcanzar la puerta buscada
o la llave perdida en una duna pálida.
Y avanzo como el día, como el día suspendido
entre la nube caída y la lluvia de verano,
sin dejar ningún rastro o sombra en el suelo.


miércoles, 12 de diciembre de 2018

Insomnios (por Alfredo Buxán)


1

Lo grave no es quemarse las manos en tu cuerpo,
morir de tristeza en una esquina de tu cama.
Lo que duele es no llegar al corazón del fuego.

2

No sirve para nada la belleza del día
si el corazón, enfermo, no sabe aprovecharla.

3

Buscaba el mar como un ciego el tacto de las cosas.

4

Una sonrisa como un faro entre la niebla.
Una luz intermitente en la temible noche
de la vida. Una cascada de agua en el desierto.
Una luciérnaga en el corazón del insomnio.

5

El tigre del tiempo nos acecha silencioso.
He visto hace un instante sus garras en la alfombra.


martes, 11 de diciembre de 2018

Antepasados (por Vicente Sabido)


Llegaron de muy lejos.
Hartazgo de camino
sembrado de esperanza.

Hicieron sus cabañas,
sepulcros y alcazabas
con cánones exóticos.

Dejaban tras de sí
paisajes más bravios,
recuerdo sin raigambre.

Eran escoria, ripio,
sin tiempo ni ventura.

Vinieron. Se quedaron.
Están. Somos nosotros.



lunes, 10 de diciembre de 2018

Poema de la cantidad (por Jorge Luis Borges)


Pienso en el parco cielo puritano
de solitarias y perdidas luces
que Emerson miraría tantas noches
desde la nieve y el rigor de Concord.
Aquí son demasiadas las estrellas.
El hombre es demasiado. Las innúmeras
generaciones de aves y de insectos,
del jaguar constelado y de la sierpe,
de ramas que se tejen y entretejen,
del café, de la arena y de las hojas
oprimen las mañanas y prodigan
su minucioso laberinto inútil.
Acaso cada hormiga que pisamos
es única ante Dios, que la precisa
para la ejecución de las puntuales
leyes que rigen Su curioso mundo.
Si así no fuera, el universo entero
sería un error y un oneroso caos.
Los espejos del ébano y del agua,
el espejo inventivo de los sueños,
los líquenes, los peces, las madréporas,
las filas de tortugas en el tiempo,
las luciérnagas de una sola tarde,
las dinastías de las araucarias,
las perfiladas letras de un volumen
que la noche no borra, son sin duda
no menos personales y enigmáticas
que yo, que las confundo. No me atrevo
a juzgar a la lepra o a Calígula.


domingo, 9 de diciembre de 2018

Pero no puede ser (por Juan Gelman)


Me he acostumbrado a beber la noche lentamente,
porque sé que la habitas, no importa dónde,
poblándola de sueños.
El viento de la noche abate estrellas temblorosas en
mis manos, que aún no se conforman, viudas inconsolables
de tu pelo.

En mi corazón se agitan los pájaros que en él sembraste
y a veces les daría la libertad que exigen
para volver a ti, con el helado filo del cuchillo.
Pero no puede ser. Porque estás tan en mí, tan viva
en mí, que si me muero a ti te moriría.


sábado, 8 de diciembre de 2018

De qué trata (por Paal Brekke)



Como en un cine, pero sin
que yo mismo sepa cómo he llegado
aquí, y en mitad de la proyección
¿De qué trata? chist
¿Pero cómo se titula la película? chist
Y el acomodador enciende la linterna,
la dirige hacia mí, me escudriña
¿Por qué no se sienta? ¿Qué pasa
con estas maletas?
Son mías. Chist, me empuja
¿Está borracho? Estese
quieto, si no tendrá que marcharse

Y lejano está el recuerdo de que una vez
¿protesté? ¿no grité? pataleé
No recuerdo, sólo que tropiezo subiendo
la escalera con números que lucen
verdes hacia la Salida (roja)
y miedo. Desde la pantalla que está detrás de mí
voces metálicas gritan como a través de una trompetilla
susurran como si fueran cabrestantes chirriantes
y rodeado de unas tinieblas sepulcrales
sólo las cabezas, tan blancas
que apenas sobresalen sobre el respaldo de las butacas
y cuando les hablo
¡Chist! Échenle

Salgo de cabeza por la puerta
pero sólo para entrar en otro cine, idéntico
y la misma película
La están proyectando hacia delante o hacia atrás
Chist. Y el acomodador y todo se repite
otra vez, subir las escaleras
salir otra vez, pero siempre sólo para volver a entrar



viernes, 7 de diciembre de 2018

Oh recuerdo, sé yo (por Juan Ramón Jiménez)



I


¡No te vayas, recuerdo, no te vayas!

¡Rostro, no te deshagas, así

como en la muerte!

¡Seguid mirándome, ojos grandes, fijos,

como un momento me mirasteis!

¡Labios, sonreídme,

como me sonreísteis un momento!



II


¡Ay, frente mía, apriétate;

no dejes que se esparza

su forma fuera de su continente!

¡Oprime su sonrisa y su mirar,

hasta dejarlas hechas vida mía interna!


III


¡Aunque me olvide de mí mismo;

aunque tome mi rostro, de sentirlo tanto,

la forma de su rostro;

aunque yo sea ella,

aunque se pierda en ella mi estructura!


IV


¡Oh recuerdo, sé yo!

¡Tú -ella- sé recuerdo todo y solo, para siempre;

recuerdo que me mire y me sonría

en la nada;

recuerdo, vida con mi vida,

hecho eterno borrándome, borrándome!


jueves, 6 de diciembre de 2018

¿Aceptarás? (por Heather Buck)


Esta tarde, mientras la luz recorre
con imposible lentitud el huerto
y yo me giro, inquisitiva,
mi mano entre tu mano,
mis ojos buscando un sentido
a las nubes que oprimen
el vasto escenario del cielo,

¿aceptarás conmigo ese sendero
que existe solo cuando lo pisamos,
esa casa que respira a la vida
solo cuando se la comparte,
esa jarra de vino
que se llena cuando bebemos?



miércoles, 5 de diciembre de 2018

Donde el aliento (por Adam Zagajewski)


Está solo en el escenario

sin ningún instrumento.

Se pone la mano en el pecho

allí donde nace el aliento

y donde se apaga.

No son las manos que cantan,

ni tampoco el pecho.

Canta lo que está callado.


martes, 4 de diciembre de 2018

Con ese gotear (por Saiz de Marco)


esa calle empedrada en que jugué de niño que
cubierta de asfalto
es ya otra calle

quizá el mismo local pero no el mismo sitio
donde estuvo la imprenta
luego una mercería
después un videoclub
y hoy se alquila o se vende

la cuna que llevé más tarde a la parroquia
porque donde estaba hubo que poner
una cama

en nochebuena
desocupadas sillas
u otros en el lugar donde ellos se sentaban

la gata envejecida que dejó de saltar por los tejados

caras en blanco y negro
fotos de gente extraña pegadas en el álbum

y tú obstinadamente
mojándonos
cubriéndonos
cada átomo empapando con ese
gotear

tú impregnando impregnándonos

tú cayendo en silencio
desde dentro de todo



lunes, 3 de diciembre de 2018

Me llevaban con ellos (por Carlos Barral)


Porque conocía el nombre de los peces,
aun de los más raros,
y el de los caladeros, y las señas
de las lejanas rocas submarinas,
me dejaban revolver en las cestas,
tocarlos uno a uno, sopesarlos,
y comentaban conmigo abiertamente
las sutiles cuestiones del oficio.
Porque entendía de nudos y de velas
y del modo de armar los aparejos,
me llevaban con ellos muchas veces;
me regalaban el quehacer de un hombre.
Sentía con orgullo
enrojecérseme las manos al contacto del cáñamo,
impregnarme
un fuerte hedor a brea y a pescado.
Sabía casi todo de aquella vida simple,
de aquel azar diario y primitivo.

Sólo que aquella ciencia era lujosa.
No supieron contarme
o no pude entender cómo era aquello
en los días peores, las amargas
semanas de paciencia,
cuando el viento del norte
roe las entrañas y se harta la pupila
de escudriñar los cielos,
en los días confusos,
cuando el mar de borrosos contornos
es sólo como un cascote de vidrio
semienterrado en el fango,
un desagradable incidente o una trampa
para los que pasan corriendo
ciegos bajo la lluvia.



Mírame (por Isidoro Capdepón)


No soy bonita, ¿verdad?
Soy la raíz del rosal.
Nadie me ve. Siempre estoy oculta bajo la tierra. Y sucia. 
Convivo con el barro y las lombrices.

Pero sin mí no habría "No la toques ya más, que así es la rosa".
Sin mí no habría "Mortal y rosa".
Sin mí no "Te llegará una rosa cada día".
Sin mí no "rosa mística".
Sin mí no "rosa de Alejandría".
Sin mí no "agua de rosas", ni "tiempo de rosas", ni "perfume de rosas".
Sin mí no rosas blancas ni rojas ni amarillas.
Sin mí no rosas rosas...


Sin mí, una rosa no es una rosa no es una rosa.

Y ahora mírame bien. 

No soy bonita, ¿verdad? No, más bien soy fea; y además huelo a estiércol. (Es lo que estás pensando.)

Pero soy quien alimenta,
quien mantiene a la rosa.
Soy la
raíz.



domingo, 2 de diciembre de 2018

Ni a quién preguntar (por Vicente Luis Mora)


Somos niños
con un juguete
enorme,
recién desenvuelto
pero desmontado,
sin manual
de instrucciones.

Sostenemos
las piezas
en la mano,
con la sonrisa
helada,
sin saber
qué hacer
ni a quién
preguntar,
porque no hay padre.



sábado, 1 de diciembre de 2018

He dorado al gato y al pimiento (por Vicente Sabido)


Yo tornasoleo los jarales, asusto a la trucha amante de la piedra, renuevo corazones desprendidos de su savia. Yo relumbro en vuestros ojos despiertos y salvajes, mozas y verracos forjados en granito. Yo azuzo las bestias de la casinoche, zureo a las palomas que posan en las vaguadas, desgrano el trigo como con maldades. Yo desnudo campas y casares, acaricio el basalto curvado en arquetas, me asiento en los pobres relojes del puebluco, alimento el polvo ilusionado en la escalera.

Yo me hundo entre surcos y tejados, en las almenas picadas de tu barrio, en los tiestos de lata que la yerbaluisa cimera. Por mí florecen el enebro y el canto de la calle. Yo me estanco en los ojos de los puentes, yo deshago amoríos de nubes, trepo sin malicia por los aguaduchos, beso chorros de yedra en donde nace el mundo.

Encontradme en las lanas de los perros, allá donde terminan las encinas, resbalando cariñoso los oteros, encauzado en callejas angustiosas, enjoyando las albas que me permita la niebla.

Sé cómo el calor se apaga en la flor algodonosa. Sé cernirme sobre alcores de sandías. Sé escurrirme por las rendijas del orbe y encontrar mi reposo entre unas manos albas.

He apagado la mirada frutal de las muchachas. He dorado al gato y al pimiento. He surcado las calles silenciosas. He jugado al escondite con las crestas frugales del arroyo.

Saben de mí la oreja y la sombrilla, la miel que se aburre en orzas. Saben de mí el niño mediañero en su cunaza y el estudiante empanado en la buharda.

Yo, el Sol.


viernes, 30 de noviembre de 2018

Sentarme encima de las viejas horas (por Tomás Segovia)


Lo que quisiera yo no es acordarme
es colgarme apoyarme aferrarme abrazarme
sentarme encima de las viejas horas
casi aplastarlas
es cabalgarlas yo y que me lleven ellas
volver a viajar en su viaje
sacarlas ya de ese bolsillo
donde las guardo a oscuras viviendo de migajas
y que me digan siempre interminablemente
que no se van a ir
que estamos juntos para siempre
que no me van a dejar solo
y sobre todo por piedad que digan
que nunca me engañaron
ni me engañarán nunca
que vivir era eso.



jueves, 29 de noviembre de 2018

Yo le enseño mis dedos (por Carlos Edmundo de Ory)



Cuando estos labios míos pegados a la luna
dejen ya de ser poma voz de arena y misterio
bailaré como un ángel sabe solo bailar
¿Qué hago aquí tanto tiempo? Gran deshollinador
sobre esta luz dorada del día que lamento
¿A quién debo ofrecer el manto de mis llantos?
¿A quién la lamedura que me lacra la voz?
Dolor cuando tú pisas los párpados del hombre
extraño corazón con una espada en medio
nadie sabe decir por qué vuelan los pájaros
muy por encima de nuestra frente mortal
Alguien puede mirarme Yo le enseño mis dedos
Diez dedos ¿por qué diez? Manos son dos
Una escribe una carta a un niño triste
La otra mano espera siempre espera
El pecho que respira y sangra es
el futuro tambor del topo abajo
¿Qué hago yo aquí más tiempo me pregunto
borracho de salud y borracho de muerte?



miércoles, 28 de noviembre de 2018

De ellos dependía (por Cintio Vitier)


Esto hicieron otros
mejores que tú
durante siglos.
De ellos dependía
tu sensación de libertad
tu camisa limpia
y el ocio de tus lecturas y escrituras.
De ellos depende
todo
lo que te parecía natural
como ir al cine
o estar triste, levemente.
Lo natural, sin embargo, es el fango,
el sudor, el excremento.
A partir de ahí, comienza
la epopeya, que no es sólo
un asunto de héroes deslumbrantes,
sino también
de oscuros héroes, suelo de tus pisadas,
página donde se escriben las palabras.
Deja las palabras, prueba
un poco
lo que ellos hicieron, hacen,
seguirán haciendo
para que seas:
ellos,
los sumidos en la necesidad
y la gravitación,
los molidos por los soles implacables
para que tu pan siempre esté fresco,
los atados
al poste férreo de la monotonía
para que puedas barajar todos los temas,
los mutilados
por un mecánico gesto infinitamente repetido
para que puedas hacer
lo que te plazca con tu alma y con tu cuerpo.
Redúcete como ellos.
Paladea el horno,
come fatiga.
Entra un poco, siquiera sea clandestinamente,
en el terrible reino de los sustentadores
de la vida. 


martes, 27 de noviembre de 2018

Allí nos refugiamos (por Mar Benegas)


¿Qué flor era tu carne?

me abriste al milagro

fortuito rumor
de lo incontenible

placenta viva traías
que nos alimentó
y fue nuestro nido

allí nos refugiamos:

los dos éramos
recién nacidos



lunes, 26 de noviembre de 2018

Si al cabo la verdad siempre nos busca (por María Alcantarilla)


Pero, en el fondo, qué importa ser mayor o ser un niño
si el miedo es casi igual y la alegría
a pesar de la estatura.
Tenemos la verdad frente a los ojos
y solo existe el mapa que sentimos dolernos entre líneas,
olvidado el conjunto y su débil rumor tan parecido.
Qué importa si hoy no sabes el sentido,
la razón de estar yendo hacia algún lado
en el que nadie te espera y, sin embargo, acudes.
Qué importa lo que llega de ti y te recuerda que eres débil
mientras miras a un perro paseando solo entre los coches.
Qué importa el dolor en el que vives
si no sabes el nombre de esa triste mujer
que se emborracha cada día
en el único banco de la plaza
y orina la tristeza —como tú—
de no poder hablarle a quien la mira.
Qué importa si te escuecen la voz y los recuerdos,
si oyes por oír y te parece que nadie escucha ya tu retahíla
de sueños incumplidos
y amigos que se van a otros países
y padres que jamás dirán te quiero.
Porque, en el fondo, qué importa estar de más
si ni siquiera conoces lo que amas,
ni sabes si lo amas,
ni intuyes halagüeño aquel futuro
que pensaste habitar mientras huías.
Qué importa ser mayor o ser un niño
si al cabo la verdad siempre nos busca,
nos anda persiguiendo hecha una sombra,
una voz,
un día de lluvia;
qué importa la tristeza de ser tú
si esa verdad te grita la alegría
y a cambio no te pide nada más,
solo que existas.



domingo, 25 de noviembre de 2018

Preguntarán qué fuimos (por Roque Dalton)


Uno hace versos y ama
la extraña risa de los niños,
el subsuelo del hombre
que en las ciudades ácidas disfraza su leyenda,
la instauración de la alegría
que profetiza el humo de las fábricas.

Uno tiene en las manos un pequeño país,
horribles fechas,
muertos como cuchillos exigentes,
obispos venenosos,
inmensos jóvenes de pie
sin más edad que la esperanza,
rebeldes panaderas con más poder que un lirio,
sastres como la vida,
páginas, novias,
esporádico pan, hijos enfermos,
abogados traidores
nietos de la sentencia y lo que fueron,
bodas desperdiciadas de impotente varón,
madre, pupilas, puentes,
rotas fotografías y programas.

Uno se va a morir,
mañana,
un año,
un mes sin pétalos dormidos;
disperso va a quedar bajo la tierra
y vendrán nuevos hombres
pidiendo panoramas.

Preguntarán qué fuimos,
quiénes con llamas puras les antecedieron,
a quiénes maldecir con el recuerdo.

Bien.
Eso hacemos:
custodiamos para ellos el tiempo que nos toca.


sábado, 24 de noviembre de 2018

Casida de la mano imposible (por Federico García Lorca)


Yo no quiero más que una mano;
una mano herida, si es posible.
Yo no quiero más que una mano
aunque pase mil noches sin lecho.

Sería un pálido lirio de cal.
Sería una paloma amarrada a mi corazón.
Sería el guardián que en la noche de mi tránsito
prohibiera en absoluto la entrada a la luna.

Yo no quiero más que esa mano
para los diarios aceites y la sábana blanca de mi agonía.
Yo no quiero más que esa mano
para tener un ala de mi muerte.

Lo demás todo pasa.
Rubor sin nombre ya. Astro perpetuo.
Lo demás es lo otro; viento triste,
mientras las hojas huyen en bandadas.


viernes, 23 de noviembre de 2018

El espejo (por Sylvia Plath)


Soy plateado y exacto. No tengo prejuicios.
Todo lo que que veo lo trago de inmediato
tal como es, sin que me empañen ni el amor ni el disgusto.
No soy cruel, soy sincero,
el ojo de un pequeño dios de cuatro ángulos.
La mayor parte del tiempo la paso meditando sobre la pared de enfrente.
Es rosada, con manchas. Tanto la miré que
me parece que ya forma parte de mi corazón. Aunque con intermitencias.
Las caras y la oscuridad nos separan una y otra vez.

Ahora soy un lago. Una mujer se inclina sobre mí,
buscando en mi extensión su verdadero ser.
Después se vuelve hacia esas mentirosas, las velas o la luna.
Veo su espalda y la reflejo fielmente.
Ella me recompensa con lágrimas y agitando las manos.
Soy importante para ella. Ella viene y va.
Es su cara, cada mañana, la que reemplaza la oscuridad.
En mí, ella ahogó a una muchacha, y en mí, una vieja
se alza hacia ella día tras día, como un pez terrible.


jueves, 22 de noviembre de 2018

Todas las cosas que merecen lágrimas (por Jorge Luis Borges)


Sin que nadie lo sepa, ni el espejo,
ha llorado unas lágrimas humanas.
No puede sospechar que conmemoran
todas las cosas que merecen lágrimas:
la hermosura de Helena, que no ha visto,
el río irreparable de los años,
la mano de Jesús en el madero
de Roma, la ceniza de Cartago,
el ruiseñor del húngaro y
del persa,
la breve dicha y la ansiedad que aguarda,
de marfil y de música Virgilio,
que cantó los trabajos de la espada,
las configuraciones de las nubes
de cada nuevo y singular ocaso
y la mañana que será la tarde.
Del otro lado de la puerta un hombre
hecho de soledad, de amor, de tiempo,
acaba de llorar en Buenos Aires
todas las cosas.


miércoles, 21 de noviembre de 2018

Qué anhelo compartir (por Vicente Sabido)


Porque mi corazón late al unísono
de tantos corazones que a lo largo
del año y los lugares se me cruzan,
qué anhelo compartir con cada uno
su pena, su esperanza, su cansancio.

Está el temor contado. Están contados
los pelos y señales. Pena y gozo
contados a medida de los cuerpos.
Contada hasta la angustia, la alegría,
los golpes de la aguja en las esferas.
Contados el latido y la sonrisa,
la lágrima, el calor, la amanecida.

Un solo desamor mora en el mundo.
Una sola caricia. Un beso solo.
Un llanto a flor de piel. Una ternura.
Un solo caminar por muchas sendas.
Qué queda por decir si todo es uno.



martes, 20 de noviembre de 2018

Porque han peleado contra las sombras (por Egar Bayley)


No hay una naranja perfectamente redonda
No hay un día perfecto
Hay un sol para los que han peleado
contra las sombras
sin rendirse jamás
de noche
de día
a orillas del lago
bajo el sicomoro y el sauce
entre las rocas y las anémonas
Para ellos hay -habrá- un sol
porque han peleado contra las sombras
contra su propia oscuridad
su turbia lámpara
su ignorante desgano
Para ellos

habrá un sol
pero no hay
no habrá nunca un día perfecto
una naranja perfectamente redonda



lunes, 19 de noviembre de 2018

Si (por Juan Gelman)


si me ocurriese, si
una noche viniera con saquitos
de justicia y absurda fuera
la ensoñación del mal, si acaso
el lento amor de la tiniebla no
tendiera sábanas de muerte
en mi lecho y el desposorio
con la vida de afuera se
entrara a paz y salvación,
si no hubiera pobrezas que
callan en la alameda larga
y gritan como un hueso roto
de mí en mí, si la caballa
del reloj cesara y los caminos
se abrieran para la barca que todos
navegamos en aguas heridas
y el tiempo se acostara sin doler,
si


domingo, 18 de noviembre de 2018

Pesan tanto (por Saiz de Marco)



es tan difícil 

abrir las páginas, pasar las páginas, ponerles fin, de la vida arrancarlas


pues 

se resisten, se adhieren, se encadenan a otras, se agarran entre sí con garfios y cordajes, se aferran, se hacen como de plomo, pesan

 tanto


que es siempre extenuante abrir, cerrar, concluir, decir adiós, salir de ellas, de la vida arrancar, pasar


las páginas


sábado, 17 de noviembre de 2018

La nostalgia de otra cosa que no se ha conocido (por Fernando Pessoa)


Sí, es el poniente. Llego a la desembocadura de la Calle de la Alfândega, vagaroso y disperso, y, al clarearme el Terreiro do Paço, veo, claro, lo sin sol del cielo occidental. Ese cielo es de un azul verdoso que tira a ceniciento blanco, donde, por el lado izquierdo, sobre los montes de la otra margen, se agacha, amontonada, una niebla acastañada de color rosa muerto. Hay una gran paz que no tengo dispersa fríamente en el aire otoñal abstracto. Sufro, por no tenerla, el placer vago de suponer que existe. Pero, en realidad, no hay paz ni falta de paz: cielo tan sólo, cielo de todos los colores que desmayan: azul blanco, verde todavía azulado, ceniciento pálido entre verde y azul, vagos tonos remotos de colores de nubes que no lo son, amarinadamente oscurecidas de encarnado acabado.

Y todo esto es una visión que se extingue en el mismo momento en que se la tiene, un intervalo entre nada y nada, alado, puesto en lo alto, en tonalidades de cielo y angustia, prolijo e indefinido.

Siento y olvido. Una nostalgia, que es la de todo el mundo por todo, me invade como un opio desde el aire frío. Hay en mí un éxtasis de ver, íntimo y postizo.


Hacia los lados, donde el haber cesado el sol se acaba cada vez más, la luz se extingue en un blanco lívido que se azula de verdoso frío. Hay en el aire un torpor de lo que no se consigue nunca. Calla alto el paisaje del cielo. A esta hora, en que hasta me siento transbordar, quisiera tener la malicia entera de decir, el capricho libre de un estilo por destino. Pero no, sólo el cielo alto lo es todo, remoto, aboliéndose; y la emoción que siento, y que es tantas, juntas y confusas, no es más que el reflejo de ese cielo nulo en un lago mío: lago recluso entre acantilados hirsutos, callado, mirada de muerto, en que la altura se contempla olvidada.

Tantas veces, tantas, como ahora, me ha pesado sentir que siento -sentir como angustia, sólo por ser sentir, la inquietud de estar aquí, la nostalgia de otra cosa que no se ha conocido, el poniente de todas las emociones, amarillecerme esfumado en tristeza cenicienta en mi conciencia exterior de mí-.

Ah, ¿quién me salvará de existir? No es la muerte lo que quiero, ni la vida: es aquella otra cosa que brilla en el fondo del ansia como un diamante posible en una caverna a la que no se puede descender. Es todo el peso y toda la angustia de este universo real e imposible, de este cielo estandarte de un ejército desconocido, de estos tonos que van empalideciendo por el aire ficticio, de donde el creciente imaginario de la luna emerge en una blancura eléctrica quieta, recortado en lejano e insensible.

Es toda la falta de un Dios verdadero que es el cadáver vacuo del cielo alto y del alma encerrada.

Cárcel infinita: ¡porque eres infinita no se puede huir de ti!


viernes, 16 de noviembre de 2018

La llegada de la bruja (por Jairo Rojas)


los que quedan en la casa deberían saberlo


en ese final de noche, donde cuelga a la vista de algunos

marginados, el terreno ese, tan cálido


deberían, insistimos


y además perdonar de antemano

la cara sonriente,

con mirada fija

por la llegada de la bruja que una vez adentro

crece mucho y lo cubre todo


los que enjuician saberlo deberían, aquellas máquinas que despiden,

los que aún no han llegado a esta habitación

porque aquí (adentro) fuera (de todos)

se enamoran los que deberían conocer la vida, los que estudian sin comer

los que quedan

y sólo pueden mirar por la ventana, sólo eso,

porque la situación ignoran

de la bruja, pelo largo

que le cubre la cara


sus poderes de paciente

cortan cualquier atadura

y no permiten concentrarse dentro

de las cinco paredes

de siempre en la historia de aquellos que vivir

querían, pero juegan apenas


que cierren las cortinas deberían decirles

para disimular el juego amoroso y la risa y el despiste que ha durado un año

improductivo para cualquier jefe recio,

jefe que cuenta concentrado


deberían gritarles eso:

que las brujas que suenan más que la lluvia en el cielo verde

traen momentos R, color presencia

y los arrincona y los enamora y los vuelve delirio sonoro


y que a ellos les importa, sí, y mucho



jueves, 15 de noviembre de 2018

Mi mano hundida en tu mano gigante (por Graciela Batticuore)


Hoy me han dicho que se muere
mi padre.

Hay ruidos, rumores alrededor.
Yo le tomo una mano,
la beso, la acaricio,
le hablo con la niña que hay en mí.

Es un coloso en esa foto
donde yo tengo siete
en una terraza de Mar del Plata.

Comíamos tostadas
él y yo,
mientras veíamos pasar la gente, las olas,
poblarse la playa.

Teníamos un Fiat rojo.
Yo estoy sentada sobre el capot
con mi flequillo y mi cola de caballo.
Remerita blanca, short, ojotas, piernas desnudas.

El verano envolvía el aire.

Para mirarte
yo tenía que elevar
los ojos,
para tomarte
la mano enorme
tenía que subir
mi brazo.

Y así andábamos por la calle o la arena,
mi mano hundida en
tu mano
gigante,
de pliegues
mullidos y ásperos,
consistentes,
tu mano
firme

mi sostén.



miércoles, 14 de noviembre de 2018

En el otro lado de tu cama (por Fabián Casas)


Despertarte a mitad de la noche
y ver en el otro lado de tu cama
a tu mujer llorando
es una experiencia importante.
Quiere decir, entre otras cosas,
que mientras paseabas por los cuartos
iluminados de tu cerebro
algo se estaba gestando cerca tuyo.
Un error con el cual mantenés
una particular relación de intimidad.
Porque aunque no firmemos nada
ni corramos apurados bajo la lluvia de arroz,
pensamos que es para toda la vida
y así seguimos.
Botes, que durante la noche,
quedan amarrados al muelle,
golpeándose entre sí,
según el viento.


martes, 13 de noviembre de 2018

Una despedida (por Jorge Luis Borges)


Tarde que socavó nuestro adiós.
Tarde acerada y deleitosa y monstruosa como un ángel oscuro.
Tarde cuando vivieron nuestros labios en la desnuda intimidad de los besos.
El tiempo inevitable se desbordaba
sobre el abrazo inútil.
Prodigábamos pasión juntamente, no para nosotros sino para la soledad ya inmediata.
Nos rechazó la luz; la noche había llegado con urgencia.
Fuimos hasta la verja en esa gravedad de la sombra que ya el lucero alivia.
Como quien vuelve de un perdido prado yo volví de tu abrazo.
Como quien vuelve de un país de espadas yo volví de tus lágrimas.
Tarde que dura vívida como un sueño
entre las otras tardes.
Después yo fui alcanzando y rebasando
noches y singladuras.



lunes, 12 de noviembre de 2018

El petirrojo (por Antonio Rivero Taravillo)


Me estaba esperando.
Después de tantos siglos,
hoy ha cantado el petirrojo
cuando pasaba por su rama.

Viento de otoño,
dispersa la bandada
de otros carmesíes silenciosos
en que tú solo cantas,

mas deja la avecilla
junto a mi vida.

No será mucho tiempo.



domingo, 11 de noviembre de 2018

Dónde desagua el tiempo (por Vicente Sabido)


Aquellas noches tibias
los grillos de cristal,
las temblorosas
esquilas, el aroma pequeño del jazmín,
ahogaban con su música

el rumoroso vals de las constelaciones.
Y las abuelas negras
en sus sillitas viejas
hablando de los muertos, las cosechas...

Los niños en la plaza
juegan al escondite.
Verano lentamente
inunda, lame, aquieta...

Bajo la enredadera
hay un clamor de risas.
Mis padres. Tía Maruja.
Limón. Agosto. Cal. Somos dichosos.

Dónde desagua el tiempo. Di. Decidme.


sábado, 10 de noviembre de 2018

Otro (por Aitor Suárez)


los gatos del tejado

los gusanos de seda
el sabor de la tierra cuando te la has tragado
la calle aún no asfaltada
el Rey Mago de pueblo al que un niño le cuenta sus cinco años de vida
la casa de Pedrito
la lechera y su cántaro
Tallada el practicante que hierve la jeringa y la aguja en alcohol
el Exin Castillos
el Quimicefa
el juego de la oca, del laberinto al treinta
la tele en blanco y negro
Armstrong, Collins y Aldrin, aunque don José dice que no están en la Luna, que es todo una engañifa
el libro de Sociales
ave María purísima
dos rombos, a la cama
ya me sé el catecismo
el capitán Trueno
Asterix y Obelix y el druida Panoramix
con la abuela a la brisca
la pantera rosa
el sir Tim O' Theo
los polos de a peseta
los dos reales, su agujero en el centro para atar el cordel de la peonza
la familia Ulises
Josechu el vasco
no chupes del botijo
Paquita la modista
el hoyico de aceite
¿el pan con chocolate o con quesito?
la bicicleta roja
el camino a la Yedra lleno de moras negras
creo que tienes piojos
los primos de Sevilla
las Montalbas y luego la casa de Tadeo
los Hollister
los Cinco
las niñas que de pronto, Rosi, Mabel en sexto
las aburridas siestas
Bécquer, el libro verde, los suspiros son aire y van al aire
¿de verdad que todo eso?, ¿estuve allí y entonces?
aquel tiempo
aquel mundo
seguro que fue otro, yo desde luego no


viernes, 9 de noviembre de 2018

Esta tela (por Jorge Fernández)


No puedo saber
cuánto hilo les faltará a mis manos
para terminar esta tela.
Creo que ha sido la blancura
su tenue vocación y su misterio.
La trama profunda
que el inocente azar de su dibujo
y la solitaria fe que cifra el ritmo
de mis manos a la urdimbre.
Quizá esta tela es toda para el viento,
vela para un largo viaje en la incensura
de un lento mar que llama, lejos.


jueves, 8 de noviembre de 2018

Sus sombras Grandes (por Jairo Rojas)


Donde hay rincones vacíos

acá entran todos y sus sombras Grandes

el hombre donde yacen todos los soles


entra


donde nada es explícito, los lenguajes del silencio caben

nos construyen

acá


entra tu palabra plena, aunque afuera renieguen

y no seamos dignos


llega la pobreza con todos sus paraísos

y éstos pasan

deliran en comunión con nosotros

pero también heridos por palabras inventadas,

repetidas desde

lo oscuro


sólo una puerta única

sin afuera, no hay otra orilla en la casa que suena

con una ventana que da directo al mundo

que no esconde su intimidad

y hace lo posible por ser visto


acá hay mucha gente por quien puede llorarse

y todos los consejos que me diste mientras dormía en mi silla,

la casa,

ésta,

donde mis padres cantar sólo saben

y nos protegen del sol con sus cuerpos cansados

llenos de toda una historia del silencio

su idioma otro


mis amigos

de la casa número dos, tan sonora,

que nada tiene y me llama por mi nombre


todo es visible en esta habitación, se escuchan los colores

(vivos)

y enseñan a ser “violentos” con el mundo

afuera

lejos

(raro)

miércoles, 7 de noviembre de 2018

Y la música lanza pelotas a mi infancia (por Fernando Pessoa)


El maestro sacude la batuta,
lánguida y triste irrumpe la música...

Me recuerda a mi infancia, aquel día
en que jugaba al pie del muro de un patio
lanzándole una pelota que tenía de un lado
el deslizar de un perro verde, y del otro lado
un caballo azul que corría con jinete amarillo...
Prosigue la música, y he aquí en mi infancia
de repente entre mí y el maestro, muro blanco,
va y viene la pelota, ora un perro verde,
ora un caballo azul con un jinete amarillo...

Todo el teatro es mi patio, mi infancia
está en todos los lugares, y la pelota viene a tocar música,
una música triste y vaga que pasea en mi patio
vestida de perro verde tornándose jinete amarillo...

(Tan rápida gira la pelota entre yo y los músicos...)

La lanzo contra mi infancia y ella
atraviesa todo el teatro que está a mis pies,
juega con un jinete amarillo y con un perro verde
y un caballo azul que asoma por encima del muro
de mi patio... Y la música lanza pelotas
a mi infancia... Y el muro del patio está hecho de gestos
de batuta y de rotaciones confusas de unos perros verdes
y caballos azules y jinetes amarillos...

Todo el teatro es un muro blanco de música
por donde un perro verde corre tras de mi añoranza
de mi infancia, caballo azul con un jinete amarillo...

Y de un lado a otro, de derecha a izquierda,
donde hay árboles y entre las ramas al pie de la copa
con orquestas para tocar música,
para donde hay filas de pelotas en la tienda donde la compré
y el hombre de la tienda sonríe entre las memorias de mi infancia..

Y la música cesa como un muro que se derrumba.
La pelota rueda por el despeñadero de mis sueños interrumpidos,
y desde lo alto de un caballo azul, el maestro, jinete amarillo, se
vuelve negro,
agradece, colocando la batuta encima de la fuga de un muro,
y se inclina, sonriendo, con una pelota blanca sobre la cabeza.
Pelota blanca que le desaparece por las cuestas...



martes, 6 de noviembre de 2018

Esa mano (por José Antonio Fernández)


¿Qué mano que en su forma más secreta

aquí se ofrece, cierta, constatada?


Qué divina labor la de esa mano

que con firmeza me ata a este paisaje.


¿Qué sagrada ventura, qué designio,

le hace velar por quien se ampara en ella?


¿De quién será esa mano tan recóndita

que no quiere dotarse de lo físico?


Qué sensación más placentera siento.


Mirando más allá del horizonte

la mano la percibo. Se presenta.

Me agarra firmemente protegiéndome.


En la distancia asiste silenciosa

y complace mi mudo llamamiento.



lunes, 5 de noviembre de 2018

Se sostiene sobre sí (por Emily Dickinson)


La verdad no es cambiante.
Otras fuerzas podrán presumir de dinámicas.
Ésta, en cambio, resulta más fiable
cuando el cedro más viejo ya se encorva,
sus puños entreabre el propio roble,
y las montañas, débiles, se inclinan.


Qué excelente es un cuerpo
que sin huesos se yergue.

Qué vigor en la fuerza
que sin puntal se erige.
La verdad se sostiene sobre sí; y las personas
que a ella se confían, valientemente se alzan.



domingo, 4 de noviembre de 2018

Casa del fuego (por Robert Rivas)


Casa del fuego
infancia mil veces recorrida-
desconocida infancia
perdida
en la cara oscura de la memoria-
sin ser olvido
ni nada

Una calle por la cual entraba
fulgurante
la mañana

Un fuego oscuro quema recuerdos
y confesiones
y cartas
en una pequeña iglesia
del cuerpo

Se escuchan voces y sus murmullos
ecos
y gritos
y suspiros
Se las siente sajar el silencio
como pájaros
recorriendo
los cauces del viento

Hay senderos nuevos
como arroyos
y árboles bebiendo de la tierra y del cielo
y gruñen los jabalíes
en lo espeso

Es imposible recorrer realmente
una vida
o conformarse sin hacerlo

Entretanto-siempre
sólo me reconozco en ése
que no me reconoce
en el espejo


sábado, 3 de noviembre de 2018

La flaca (por Uriel Martínez)


La flaca de enfrente llega
temprano, de lunes a sábado
pasa la escoba por el porche,
el patio y después recoge las hojas
que el viento desprende de árboles.

La flaca deja temprano a sus chicos
en la escuela, les prepara el lonche
a primera hora de la mañana.
Como es su costumbre los bendice
y besa a cada uno en la mejilla.

Los hijos de la flaca saben
que cada mediodía regresarán
solos a casa, que mamá trabaja
para todos.

Cada mañana la flaca de enfrente
me saluda y me desea un día de ventas
buenas, de relaciones públicas
de primera. Ella no lo sabe
pero llevo una medallita de cobre
en el pecho con su nombre.

Que el Señor la guarde por muchos años,
dice mi amuleto.


viernes, 2 de noviembre de 2018

Aquella nube (por Bertolt Brecht)


1

En aquel día de luna azul de septiembre
en silencio bajo un joven ciruelo
estreché a mi pálido amor callado
entre mis brazos como un sueño bendito.
Y por encima de nosotros en el hermoso cielo estival
había una nube, que contemplé mucho tiempo;
era muy blanca y tremendamente alta
y cuando volví a mirar hacia arriba, ya no estaba.

2

Desde aquel día muchas, muchas lunas
se han zambullido en silencio y han pasado.
Los ciruelos habrán sido arrancados
y si me preguntas ¿qué fue de aquel amor?
entonces te contesto: no consigo acordarme,
pero aun así, es cierto, sé a qué te refieres.
Aunque su rostro, de verdad, no lo recuerdo,
ahora sé tan sólo que entonces la besé.

3

Y también el beso lo habría olvidado hace tiempo
de no haber estado allí aquella nube;
a ella sí la recuerdo y siempre la recordaré,
era muy blanca y venía de arriba.
Puede que los ciruelos todavía florezcan
y que aquella mujer tenga ya siete hijos,
pero aquella nube floreció sólo algunos minutos
y cuando miré a lo alto se estaba desvaneciendo en el viento.


jueves, 1 de noviembre de 2018

Enero (por Graciela Batticuore)


El agua golpea sobre el cuerpo
de mi hijo.
Tiene doce años y ríe
sin parar, semidesnudo en la mitad del patio.
Nos rodea el verde,
la hiedra en los muros,
la tierra en los canteros de cada esquina.
De pronto el agua es una bendición,
y en este cuadrante del mundo
que nos contiene a los dos,
todo lo demás se escurre.
Sólo su risa
irrefrenable
sacude mi corazón como campanas
en lo alto de una iglesia.
Su risa es sagrada,
el agua brillante sobre la piel morena.
Yo me quedo sorda y ciega hasta saciarme
nada más contemplándolo.

Ahora mi hijo baila de felicidad
y me pide que le arroje otro balde,
y después otro más y otro que lleno hasta el tope.
Estamos solos
él y yo, bajo el fulgor
de este día de verano.
Ya descendieron los dioses
para saludarme, lo sé.
Es el año nuevo.


miércoles, 31 de octubre de 2018

Historia (por Esteban Moore)



Qué decir de los repetidos monumentos ecuestres 

Qué
de esos hombres siempre bien montados

que con arrogancia ocupan parques y paseos de la ciudad


Ambicionando qué

desde su afectada postura en trabajado metal

Qué decir de esas inalterables figuras de bronce

triunfo de aquellos que con ardiente empeño anhelan evocar jornadas de incierta gloria

Qué decir de esos jinetes envarados

cabalgando siempre corceles de brío

-congelado metal en el tiempo- que en vana pretensión levantan una de sus patas

o ensayan un suave corcovo o se aferran con todas sus extremidades a ilusorios campos de batalla

Qué decir

de ese general uniformado a la europea

comandante de gauchos desarrapados

quien con altiva insolencia levanta su brazo derecho

la mano abierta

los dedos extendidos en señal de qué

-carga o retirada-

sujetando decidido las riendas de una bestia majestuosa

– fabuloso semental

de parada indómita

allí en las alturas de un imponente pedestal

recubierto en granito rosado

erigido sobre un basamento escalonado -de proporciones descomunales

delante del cual los jóvenes que pasan

rinden su mirada ante los pechos conmovedores de esa muchacha que sentada allí con la blusa desabrochada

se aprovecha de la tibieza de este sol de septiembre que precoz anuncia el verano


martes, 30 de octubre de 2018

Tú, mar, y tú, amor (por Juan Ramón Jiménez)


Verdad, sí, sí; ya habéis los dos sanado
mi locura.

El mundo me ha mostrado, abierta
y blanca, con vosotros,
la palma de su mano, que escondiera
tanto, antes, a mis ojos
abiertos, ¡tan abiertos
que estaban ciegos!

¡Tú, mar, y tú, amor, míos,
cual la tierra y el cielo fueron antes!
¡Todo es ya mío, todo, digo, nada
es ya mío, nada!



lunes, 29 de octubre de 2018

Qué mundo de mentiras construimos (por Claudio Portiglia)


Leo
"Las redes sociales son virtuales pero el daño es real"
leo
acoso grooming hostigamiento amenazas persecución ensañamiento suicidio
leo
"¿Qué es la realidad?"
leo
"Los chicos recurren a estas redes cuando no encuentran referentes de carne y hueso"
me pregunto
qué son la carne y los huesos
qué son los referentes
qué sin la conciencia y sin los límites
leo
"Lo ideal sería que no hubiese consumidores de espacios"
me pregunto
se puede distinguir entre consumos
qué difiere entre consumir espacios consumir sustancias consumir materia consumir recetas consumir ideas
qué sería por lo tanto "lo ideal"
leo
"Lo que pasa en Internet es tan real como lo que ocurre en el espacio físico"
leo
"Las consecuencias pueden ser muy graves"
me pregunto
qué son las consecuencias
ideas o efectos materiales
"¿Qué es la realidad?" esta vez se preguntaban Oliveira y los miembros de "el club" mientras Rocamadour yacía muerto en la cama desde hacía varias horas
ficción realidad rayuela
qué mundo de mentiras construimos con el único propósito de llegar al cielo



domingo, 28 de octubre de 2018

Aquí no tengo primos ni fantasmas (por Álvaro Pombo)


Yo no soy de esta ciudad ni de ninguna
he venido por casualidad y me iré por la noche
aquí no tengo primos ni fantasmas.

Ahora veré los árboles despacio
la calle entre dos casas neutras
que conduce a un parque vacío.

He visto ya en otros sitios cómo el viento
hace huir un papel de periódico
y sé que la lluvia será hermosa desde esta taberna
de provincia desierta.

Cenaré temprano y antes de que salgan del cine las parejas de novios
habré dejado de ser en la mirada enumerativa
de la estanquera.

Y habrán fregado ya mi taza de café
y mi tenedor y mi cuchillo y mi plato
en la Fonda sustituible.


sábado, 27 de octubre de 2018

El lago de la pesadilla (por H.P. Lovecraft)


Hay un lago en la distante Zan,
más allá de las regiones visitadas por el hombre,
donde se consume, solitario, en un espantoso estado,
un espíritu inerte y desolado;
un espíritu viejo y atroz,
atormentado por una terrible melancolía,
que respira los vapores saturados de pestilencia
emanados por las aguas espesas y estancadas.
Sobre los bajíos, de cieno arcilloso,
retozan criaturas que repugnan por su degeneración,
y los extraños pájaros que merodean por sus orillas
nunca han sido vistos por ojos mortales.
Durante el día luce un sol crepuscular
sobre áreas cristalinas que nadie ha contemplado,
y por la noche los pálidos rayos de la luna penetran
hasta los abismos que se abren en su sima.
Sólo las pesadillas han podido revelar
qué escenas tienen lugar bajo estos rayos,
qué visiones, demasiado ancestrales para la mirada humana,
yacen sumergidas en su noche sin fin;
pues en aquellas profundidades sólo deambulan
las sombras de una raza silenciosa.
Una noche, saturada de olores malsanos,
llegué a ver, dormido e inerte, aquel lago,
mientras en el rojo firmamento flotaba
una luna creciente que brillaba y brillaba.
Pude contemplar la extensión pantanosa de las márgenes
y las criaturas ponzoñosas deslizándose en las ciénagas;
lagartos y serpientes convulsos y agonizantes;
cuervos y vampiros descomponiéndose;
y también, volando sobre los cadáveres,
necrófagos que se alimentaban de sus restos.
Y mientras la terrible luna se elevaba en lo alto,
ahuyentando a las estrellas de los confines del cielo,
vi que las oscuras aguas del lago se iluminaban
hasta que aparecieron en el fondo las criaturas del abismo.
Más abajo, a una profundidad inconcebible,
brillaron las torres de una ciudad olvidada;
vi domos opacos y paredes musgosas;
agujas cubiertas de algas y salones desiertos;
vi templos desolados, bóvedas de espanto,
y calles que habían perdido su esplendor.
Y en medio de aquel escenario vi aparecer
una horda ambulante de sombras informes;
una horda maligna que se agitaba
ejecutando lo que parecía ser una danza siniestra
en torno a unos sepulcros viscosos
cerca de un sendero jamás hollado.
Un remolino surgió de aquellas tumbas
quebrando el reposo de las aguas dormidas
mientras las sombras letales de la superficie
aullaban al rostro sardónico de la luna.
Entonces el lago se hundió en su propio lecho,
tragado por los abismos cavernosos de la muerte,
y de la nueva y humeante tierra desnuda
se elevó una espiral de fétidos vapores, malsanos.
Sobre la ciudad, casi al descubierto,
revoloteaban las monstruosas sombras danzantes,
cuando, de pronto, abrieron con repentino estruendo
las lápidas de los sepulcros.
Ningún oído ha escuchado, ninguna lengua ha contado,
el horror innombrable que a continuación sobrevino.
Vi ese lago, esa luna retorcida,
esa ciudad y las criaturas que moraban en ella.
Y, al despertarme, rogué que en aquella orilla
nunca más volviera a hundirse el lago de la pesadilla.



viernes, 26 de octubre de 2018

Saltas entre tus muertes (por Ocean Vuong)


Estás en el campo minado otra vez.

Alguien que ahora está muerto


te dijo que es aquí donde aprenderás

a bailar. Nieve sobre los labios como una herida


con sal, saltas entre tus muertes, negro como la menstruación

de un dios. Tus brazos abren pequeñas heridas


en el viento. Eres algo hecho. Y luego

te hicieron sobrevivir, lo cual quiere decir que eres


hijo de alguien. Lo cual quiere decir que si abres los ojos habrás vuelto

a esa casa, estarás bajo una cobija estampada con veleros amarillos.


El novio de tu madre, su calva anillada de pelo rojo

como un planeta incendiado, se hinca


de nuevo junto a tu cama. Olor de whisky y Oreo

molido. La nieve entra por la ventana: cenizas que retornan


de una fábula fallida. Su mano con tinta derramada

sobre tu pecho. Y sigues bailando dentro del campo minado


sin moverte. Las cortinas aletean. La luz ambarina

bajo la puerta. Su respiración. Su cara azul y húmeda: la tierra


girando en la órbita de nadie. Y tú quieres que alguien diga Oye… Oye…

creo que bailas muy bien. Me muero por un poco de vals,


querido. Quieres que alguien diga que todo esto

sucedió hace mucho. Que una noche, muy pronto, empacarás


tu libro de bolsillo favorito y la .45 de tu madre,

que el refugio más seguro siempre fue el pensamiento


sobre tu cabeza. Que es justo (tiene que serlo)

cómo nuestras manos nos lastiman y luego nos dan


el mundo. Cómo puedes amar el mundo

hasta que no quede nada por amar


más que uno mismo. Y luego puedes detenerte.

Luego puedes alejarte de nuevo, de vuelta a la niebla


que empareda el campo minado, donde la arteria en tu cuello

te adora hasta cero. Puedes alejarte. Puedes ser nada


y seguir respirando. Créeme.



jueves, 25 de octubre de 2018

El éxtasis (por Paul Eluard)


Estoy ante este paisaje femenino
como un niño ante el fuego
sonriendo vagamente con lágrimas en los ojos
ante este paisaje en que todo me emociona
donde espejos se empañan donde espejos se limpian
reflejando dos cuerpos desnudos estación a estación

Tengo tantas razones para perderme
en esta tierra sin caminos bajo este cielo sin horizonte
hermosas razones que ayer ignoraba
y que ya nunca olvidaré
hermosas llaves de miradas claves hijas de sí mismas
ante este paisaje donde la naturaleza es mía

Ante el fuego el primer fuego
buena razón maestra

Estrella identificada
y en la tierra y bajo el cielo fuera de mi corazón y en él
segundo brote primera hoja verde
que el mar cubre con sus alas
y el sol al fondo de todo que viene de nosotros

Estoy ante este paisaje femenino
como rama en el fuego.



miércoles, 24 de octubre de 2018

Las pequeñas eternidades (por Roberto Juarroz)


Desperté demasiado temprano
y comencé a pensar en lo eterno,
pero no en la gran eternidad de los rezos
sino en las pequeñas eternidades olvidadas.


La parte que no fluye del río,
aquello de la ciudad que siempre calla,
el lugar que no duerme en tu cuerpo dormido,
aquello que no despierta en mi cuerpo despierto.

Sentí entonces que las pequeñas eternidades
son preferibles a la gran eternidad.

Y no pude volver a dormirme.


martes, 23 de octubre de 2018

Qué te hace sufrir (por René Char)


¿Qué te hace sufrir

como si se despertara en la casa sin ruido el ascendiente de un rostro al que parecía haber fijado un agrio espejo

como si, bajadas la alta lámpara y su resplandor encima de un plato ciego, levantaras hacia tu garganta oprimida la mesa antigua con sus frutos

como si revivieras tus fugas entre la bruma matinal al encuentro de la rebelión tan querida, que supo socorrerte y alzarte mejor que cualquier ternura

como si condenases, mientras tu amor está dormido, el pórtico soberano y el camino que lleva a él?

¿Qué te hace sufrir?


Lo irreal intacto en lo real devastado.

Sus rodeos aventurados cercados de llamadas y de sangre.

Lo que fue elegido y no fue tocado, 
la orilla del salto hasta la ribera alcanzada, 
el presente irreflexivo que desaparece.

Una estrella que se ha acercado, la muy loca, y va a morir antes que yo.


lunes, 22 de octubre de 2018

Con trocitos (por C. K. Stead)


Bajo el alero de mi tejado, incansablemente,
todo el día primaveral, dos gorriones han recolectado
los tallos de las hojas caídas,
mientras yo he estado sentado lamentando tu ausencia.
Todo el día, los gorriones han urdido con trocitos
de paja y palitos finos un nido para protegerse
de las acometidas del viento,
y tal vez han introducido en su diseño
un hilito de la ropa que usaste, y una hebra de tu pelo,
ya que en todo lo que hacen se muestran apasionados
por la línea, la medida, la resistencia, y toman
lo que está cerca, y les es útil.
Todo el día he estado sentado recordando tu rostro,
y mirando cómo los pálidos tallos, entrelazados
por un misterioso proceso, han adquirido
de pronto un don natural.


domingo, 21 de octubre de 2018

Entre nubes se despiden (por Mario Campaña)


esos trotes que resuenan en el cielo
esos nuevos compañeros que entre nubes se despiden
continuando sin fin el viaje

adiós muchachos

sin respuesta aquí en los límites
entre riberas desaparecidas
entre pueblos extintos
esta herencia
tiernos osarios de pájaro y serpientes

ardan ya casa y ciudad
cielo
corazón y memoria
todo puede cambiar



sábado, 20 de octubre de 2018

Cómo (por Saiz de Marco)


Sin cuerpo funcionante en este sitio,

¿cómo voy a ocuparme de todos mis deberes,
responsabilidades,
tareas aún pendientes, a medias, inconclusas?;

¿cómo voy a atender
los hechos que me afectan,
cuanto de mí depende,

a quienes aún querrían que conteste al teléfono,
a los que quizá puedan necesitarme?

Sin cuerpo activo,

¿con qué ojos leeré los libros nuevos?,
¿en qué cine veré lo que se estrene?,
¿cómo podré escribir mis ocurrencias?

Sin un cuerpo de carne,

¿cómo voy a saber
de la vida de aquellos
que de algún modo traen causa de mí?;

si algo urgente me llama;

los cabos que tendí ¿cómo se anudan?;
los nudos que enlacé ¿cómo se sueltan?

Sin cuerpo residente,

¿cómo estaré con quien pudiera desear
mi compañía?

Sin cuerpo presencial,

¿cómo conoceré
lo que aquí ocurre,
las nuevas invenciones, las propuestas futuras,
los pasos y los saltos en el humano andar?

¿Cómo intervendré,
¡cómo!,
con mi pequeña fuerza
para defender aquello en que creo,
para aportar siquiera mi palabra o mis manos...

cuando no tenga ya un soporte vivo,
un cuerpo en que habitar
sobre la tierra?


viernes, 19 de octubre de 2018

Si falláis a la fe (por John McCrae)


En los campos de Flandes
crecen las amapolas.
Fila tras fila
entre las cruces que señalan nuestras tumbas.
Y en el cielo aún vuela y canta la valiente alondra,
apenas audible por el ruido de los cañones.


Somos los muertos.
Hace pocos días vivíamos,
cantábamos, amábamos y éramos amados.
Ahora yacemos en los campos de Flandes.

Retomad la disputa que fue nuestra,
tomad la antorcha que os arrojan nuestras manos agotadas.
Mantenerla en alto.
Si falláis a la fe de nosotros los muertos,
jamás descansaremos,
aunque florezcan las amapolas
en los campos de Flandes.


jueves, 18 de octubre de 2018

Y también nosotros (por Tristan Tzara)


las campanas doblan sin motivo y también nosotros
los ojos de las frutas nos miran atentamente
y todos nuestros actos se controlan no hay nada escondido
el agua del arroyo tanto lavó su lecho
se lleva los hilillos de las miradas que arrastraron
al pie de las paredes en los bares lamieron vidas
incitaron a los tibios abrieron tentaciones avalaron éxtasis
cavaron a fondo antiguas variantes
y soltaron las fuentes de las lágrimas prisioneras
las fuentes sujetas a los diarios sofocos
las miradas que cogen con secas manos
la claridad que trajo el día o la recelosa aparición
que dan la cuidadosa riqueza de la sonrisa
atornillada como una flor al ojal de la mañana

las campanas doblan sin motivo y también nosotros
nos vamos para huir del hormigueo de las carreteras
con un frasco de paisaje una enfermedad una sola
una sola enfermedad que cultivamos la muerte
sé que llevo conmigo la melodía en mí y eso no me da miedo



miércoles, 17 de octubre de 2018

Pureza negra (por Juan Ramón Jiménez)


Me puso sus dos ojos sobre
mis dos ojos. Y todo
lo vi ya negro… Las estrellas
enlutaron, con el jazmín de agosto,
en un fondo infinito de Sevilla,
Giraldas, con crespones alegóricos.
¡Sombra que encandilaste
mi corazón! ¡Serenos, negros ojos
que, en un tranquilo juego de osadías
y dulzuras, trocasteis el tesoro
mejor del mundo!
¡Ojos, lo puro
es ahora negro, por vosotros!



martes, 16 de octubre de 2018

Acuérdate (por Álvaro Pombo)


Nos enredó la opacidad de tu corazón las montañas disimuladas tras lirios
y las letras implícitas iluminando ilícitas melancolías absurdos documentados
copiosísimamente

Nos enredó la dulce mortandad de los infieles rostros que son ahora y no son
lo mismo que eran entonces y no eran y las selvas pensadas
por donde como gríseos ratoncitos de campo iba la suerte abriéndose camino

Ten piedad de mí porque en la muerte hay salvas que a victorias parecen
referirse a la vez que a derrotas ten piedad de mí porque los niños tienen miedo
y frágiles azules de la ternura quiebran en sus ojos

Acuérdate por mí de la sencillez lluviosa de un otoño cualquiera
Acuérdate de la sencillez del invierno sin pájaros y los árboles labios
que pronuncian a secas la primavera próxima

Acuérdate de los hilos de la luz y los postes de la luz que unen pueblo con pueblo
en las comarcas secas de tu tierra y la mía acuérdate de la grandeza inerme
de los sembrados que dependen del cielo y de los dioses

Acuérdate del tren que silba silbos y cuya lejanía imita la lejanía del mundo
Acuérdate de mí como recuerdas barcas fondeadas tamarindos ligeras sobre el agua
dársena de lo implícito



lunes, 15 de octubre de 2018

Por fin caminan juntos (por José Luis Parra)


Con qué dulzura expira este verano
de corteses tormentas y turbias claridades,
y qué melancolía
no haber sabido aprovechar su regalada plenitud,
aunque el otoño, con pausada cadencia,
no menos pleno y sosegado se presiente.


En el confín de la orfandad,
cimas y abismos, que tanto me elevaron
y me hundieron,
por fin caminan juntos
en una extraña e inquietante calma.

Ah concordia tardía,
la alegría y la desesperación
son ya casi lo mismo.



domingo, 14 de octubre de 2018

Y los trescientos escalones (por Francisca Aguirre)


Papá, perdimos tantas cosas
además de la infancia y los trescientos escalones que tú pintaste
nunca he sabido si para decirnos que había que subirlos o bajarlos.
Y ahora pienso, desde tu mano que me ayudaba a recorrerlos,

que tal vez me dijiste entonces
que había que subirlos y bajarlos
y para eso los pintaste
y para eso pasaste días enteros
pintando una escalera interminable,
una hermosa escalera rodeada de árboles y árboles,
llena de luz y amor,
una escalera para mí,
una escalera para que pudiera subir,
vivir,
y una escalera para descender,
callar,
y sentarme a tu lado como entonces.



sábado, 13 de octubre de 2018

A través de los ojos de mi enemigo (por Maurizio Medo)


No puedo ver a través de los ojos de mi enemigo
y examinar la naturaleza real de ciertos eventos
considerados virtuosos por su desenlace. Quisiera,
aunque es mejor cuanto menos se diga, situarme
en el ángulo preciso y hurgar bajo el aura
paranormal del mito, adonde hay demasiado frío
como para argüir algo contraproducente, detenerme
y revelar su calaña: sus buenas acciones
obedecen a la suerte.
Su único mérito fue detectarla cerca.
Resistir su soporífero hedor de flor de ruda
de acuerdo a la estrategia establecida
para convertirse en cliente después
de persuadirla con sentidas confesiones
sobre su mala fortuna. Justo cuando la suerte
estaba por aquí, con el espacio suficiente para
ofrecer un beneficio, me distraje observando
la desmedida ambición de mi enemigo. No discuto
la repercusión de un ideal estético, para nada.
Pero supeditar nuestras acciones a la conquista
de alguno no me basta para hacer frente a ciertas
exigencias implícitas en la vida doméstica.
El pago de las cuentas no cede al armisticio.
Y, sin embargo, él solo suspira como un lagarto
después de haber mordido el ábaco, orondo.

Pero la suerte no merece todo el crédito.

Hay otros factores —fuera de la singular alineación
de los astros en su día natal.

Pensaba en el espacio donde las semillas parecen
alinearse por el cauce del surco sin calcular
los probables efectos de una ola de calor o la sequía.

En los amigos, si consiguen saltar diversos significados
después de considerar que todos representan solo un límite.
O en su mujer, quien no merece perderse en medio de
tantas confusiones cuando él la observa inquisitivo.
No por un error. Sino a través del miedo
de no encontrarla más allí.

En ocasiones convengo que la muerte debiera arrastrarlo
aun cuando no sea el momento. Y me afiebra la ansiedad
por patear su cráneo.
Partirle en dos el plexo y después
colocar una vela detrás de cada ojo.
Luego embozarlo con tal de ver cómo
se tuerce mientras asfixia lentamente.

En otras diseño diversas estrategias
y así perpetrar el crimen perfecto.
Pero cuando encuentro su rostro sobre
la superficie del espejo descubro que
tal asesinato es imposible. No por piedad.
O cierto grado de compasión.
Me resulta imprescindible mantenerlo vivo.

Son las 7 y 35.
Brinca velocísima la liebre por el monte.
Los árboles adivinaron el eco
de una música decepcionante
si es que la traducimos al violín. Ahora él tendrá
que injertarse en el paisaje productivo
cargando al hombro su propia cárcel sin
abandonar la sonrisa negligente, tan necesaria
para volver al punto que le vise la mazmorra
después de recorrer un campo minado
por las dudas con el propósito
de rehacer todo lo que hicimos mal.

No es la historia.
Mañana le ocurrirá otra vez.
Me culpará.

Yo soy el enemigo.



viernes, 12 de octubre de 2018

A los que amamos como eran (por Derek Walcott)


La mitad de mis amigos están muertos.
Te daré otros nuevos, dijo la tierra.
No, en vez de eso, devuélvemelos como eran,
con defectos y todo, grité.

Puedo robar esta noche sus palabras
al confuso rumor del oleaje
entre los juncos, pero no andar a solas

sobre las hojas del océano que la luna baña
por aquel blanco camino,
ni mantenerme en el vuelo, propio de un sueño,

de los búhos ya libres del peso de la tierra.
Los amigos que guardas, oh tierra,
son más que aquellos que dejaste para amar.

Al pie del acantilado brillan los juncos, verdes, plateados;
fueron lanzas seráficas de mi fe,
pero de eso que está perdido crece algo más fuerte

que irradia el resplandor racional de la piedra,
tenaz claro de luna, más allá de la desesperación,
resuelto como el viento, que entre divisores juncos

trae delante de nosotros a los que amamos, como eran,
con defectos y todo, no más nobles, pero aquí.



jueves, 11 de octubre de 2018

La senda antigua (por H.P. Lovecraft)


No hubo una mano amiga que me sostuviera
la noche que encontré la senda antigua
sobre la colina, cuando creí vislumbrar
los campos que acechaban mis recuerdos.
Ese árbol, aquel muro: los recordaba bien,
y todos los tejados y bosques
eran familiares en mi mente,
como si poco antes los hubiera visto.
Supe aquello que las sombras moldearían
cuando la perezosa luna ascendiera
detrás de la colina de Zaman, y supe
cómo se iluminaría el valle unas horas después.
Y cuando la senda subió, alta y agreste,
y parecía perderse entre los cielos,
no temí lo que pudiera ocultarse
tras aquellas laderas informes.
Caminaba decidido mientras la noche
se tornaba pálida en su brillo fluorescente;
los muros y tejados de la granja lucían
espectrales cerca del escarpado camino.
Allí estaba el conocido letrero:
«Dos millas a Dunwich»,
y ahora la visión de los techos y campanarios
se asomó delante de mí unos pasos más arriba...

No hubo una mano amiga que me sostuviera
la noche que encontré la senda antigua,
cuando alcancé la cima y descubrí
aquel valle de muerte y desolación:
sobre la colina de Zaman emergió
la mole enorme de una maligna luna,
alumbrando malezas y enredaderas que crecían
sobre ruinosos muros nunca antes vistos por mí.
Los fuegos fatuos resplandecieron sobre ciénagas y campos
y aguas desconocidas arrojaron vapores,
cuyas ondulaciones se burlaban de la idea
de que alguna vez hubiera conocido aquel lugar.
Y bien supe, desde aquella horrible región,
que mi pasado cariño nunca había sido,
que me había alejado del camino
que desciende hacia el valle de la muerte.
A mi alrededor la niebla se escurría,
arriba, luminosa, brillaba la Vía Láctea.
No hubo mano amiga que me sostuviera
la noche que encontré la senda antigua.



miércoles, 10 de octubre de 2018

Quémalas (por Mary Oliver)


Cuando me mudaba de una casa a otra
había muchas cosas para las que no tenía espacio.
¿Qué podía hacer? Alquilé un trastero.
Y lo llené. Los años pasaron.
De vez en cuando iba allí y miraba,
sin que nada ocurriera, ni una sola
punzada en el corazón.
Cuantos más años cumplía, las cosas que me importaban
eran cada vez menos, pero más
importantes. Así que un día rompí el candado
y llamé al basurero. Se lo llevó
todo.
Me sentí como el burrito al que
finalmente le quitan la carga de encima. ¡Cosas!
¡Quémalas, quémalas! ¡Haz un hermoso
fuego! ¡Habrá un espacio en tu corazón para el amor,
para los árboles! Para los pájaros
que nada poseen – la razón por la que pueden volar.