zUmO dE pOeSíA

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de todos los colores, de todos los sabores

ALEATORIUM: Saca un poema de nuestro almacén

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sábado, 18 de mayo de 2019

Cierta clase de pérdida (por Ingeborg Bachmann)


De uso compartido: las épocas del año, los libros y algo de música.
Las llaves, las tazas de té, la cesta del pan, sábanas y una cama.
Un ajuar de palabras, de gestos, traídos, usados, gastados.
Unas normas de casa respetadas. Dichas. Hechas. Y siempre tendida la mano.

Me enamoré del invierno, de un septeto vienés y del verano.
De mapas, de una cabaña en la montaña, de una playa y una cama.
Un culto hecho de fechas, de irrevocables promesas,
de adorar un poco y ser devoto ante nada,

(…los periódicos doblados, las cenizas frías, el trozo de papel con una nota a mano)
de religión intrépida, puesto que la iglesia era esta cama.

De la vista del lago surgió mi inagotable pintura.
Desde el balcón había que saludar a la gente, mis vecinos.
A salvo junto a la chimenea cobraba su color más intenso mi pelo.
Era el timbre de la puerta al sonar la alarma de mi alegría.

No es a ti a quien perdí,
sino al mundo.



viernes, 17 de mayo de 2019

Dame, noche (por Ida Vitale)


Dame, noche

las convenidas esperanzas,

dame no ya tu paz,

dame milagro,

dame al fin tu parcela,

porción del paraíso,

tu azul jardín cerrado,

tus pájaros sin canto.

Dame, en cuanto cierre

los ojos de la cara,

tus dos manos de sueño

que encaminan y hielan,

dame con qué encontrarme

dame, como una espada,

el camino que pasa

por el filo del miedo,

una luna sin sombra,

una música apenas oída

y ya aprendida,

dame, noche, verdad

para mí sola

tiempo para mí sola,

sobrevida.



jueves, 16 de mayo de 2019

Lo que no (por Rafael Baldaya)


Todo
lo que no aflora
lo que no ocurre
lo que no emerge
lo que no es
lo que no está
lo que no es hecho
lo que no irrumpe
lo que no llega
lo que no nace
lo que no brota
lo que no viene
lo que no existe

Todo
lo que nada
lo que nadie
lo que ninguno

Todo lo que nunca


Todo lo infactual
lo insucedido

Todo lo de fuera
¡tanto!
que jamás ingresó en la realidad

Todo lo que no


Todo eso que es
casi todo


miércoles, 15 de mayo de 2019

Las cosas (por Santiago Kovadloff)


Entro a casa a las tres de la tarde.
Yo no debía volver hasta la noche
pero un olvido me impuso el regreso.

No hay nadie aquí.
Camino a mi cuarto me golpea
la inmóvil contundencia de las cosas
y me siento un intruso en la casa vacía.

Las cosas son los habitantes de la casa.
Las cosas que salen a vivir
cuando no estamos
y un silencio quieto oprime todo
como un dios insidioso a su universo.

La extraña relevancia de un zapato,
la ropa inerte en la cama deshecha,
vasos a medio beber en la cocina,
prueban que a esta hora
la casa nos excluye,
que aquí, a esta hora, solo viven las cosas,
las cosas desprendidas de nosotros
que se extienden por la casa con un aliento ajeno,
con una fuerza que me empuja hacia la puerta,
que exige que me vaya, que olvide lo que busco,
que vuelva por la noche a una casa que no es ésta.



martes, 14 de mayo de 2019

Merece ser domingo (por Eloy Tizón)


En el silencio de la casa, en el silencio del mundo.

Me han dejado a propósito aquí solo, se han ido

todos. De excursión, creo. A la montaña, tal vez. O

no, a la playa. Es domingo o merece ser domingo.

La luz es de domingo y el azul del cielo es de

domingo y el periódico está abierto en la página

dominical, así que tanta insistencia empieza a

ser sospechosa. Hasta donde alcanza la vista es

domingo. Más tarde resolveré el jeroglífico. El

fulgor de la nieve percute con fuerza en la terraza,

sobre la mano verde de la enredadera, y arranca

remolinos de los sillones de mimbre. El picoteo

casi mudo de mi teclado, una música leve e inconstante,

signos que aparecen y desaparecen, un muro

de blancura en el horizonte que huye.

Domingo, nieve, domingo. De repente, de la

nada, cae volando un jersey. Las mangas revolotean

hasta posarse, supongo, en la acera. Ropa que cae

del cielo. Una lluvia de calcetines pantalones camisas

bufandas chaquetas bikinis pijamas. ¿A qué me

recuerda esto? A ropa muerta. Desaparecida.

A fantasmas textiles colgados de las perchas

con sonrisa de poliéster. A aquel jersey de lana

que tuve a los quince años, antes de alistarme en

el ejército. Jersey azul, de cuello alto, fragante. Era

el Jersey Perfecto. En el primer lavado encogió

tanto que ya no hubo forma de volver a ponérselo.

Se redujo a una cosa ridícula, un jersey para caniches.

Al verlo entraban ganas de ladrar. Hubo que

tirarlo. También –no sé por qué– pienso en Brni,

en Renata, en el viejo tendedero que sonaba, en los

días de mucho viento, como una gigantesca arpa

eólica, pienso en…

(sigue cayendo ropa; el tambor de la lavadora da

vueltas, gira y gira en la conciencia hasta completar

el ciclo, con su habitual y espesante chapoteo de

trapos enmarañados) …

en el disgusto que me llevé a los quince años

aquel viernes en que mi madre me planchó los

pantalones vaqueros. Con raya. Los pantalones

vaqueros no se planchan, mamá, voy a hacer

el ridículo, mira qué rayas, todo el mundo va a

reírse de mí, pareceré un payaso, el más tonto del

grupo. El temor a hacer el ridículo me maniató

durante toda la noche, me tuvo secuestrado sin

hablar ni participar en las conversaciones, mudo,

qué pensarían de mí aquellas cuatro chicas que

acabábamos de conocer, que era un zoquete, un

inútil, un impresentable, con razón, y yo ya no

puedo retroceder en el tiempo para defenderme y

decirles que no, que yo no era tan impresentable,

os lo juro, lo que pasa es que ese día mi madre me

había planchado los pantalones vaqueros con

raya.

Busco una cabina de teléfono con línea directa

al pasado. Si levanto el auricular, escucharé hablar

en latín. Durante un tiempo pensé que yo tenía

superpoderes. Que podía, si así lo deseaba, volar

sobre los edificios, resucitar a los muertos o detener

con el pecho una bala de cañón. Estaba tan

convencido de ello que solo esperaba la ocasión

para demostrarlo. La ocasión nunca se presentó o,

si se presentó, no estuve allí para aprovecharla.

Me pregunto si todo el mundo será así, igual

que yo.

No puedo cambiarme de ropa, no puedo volver

atrás en el tiempo. No tengo superpoderes, sino

solo una tendencia a enamorarme siempre de

chicas de aire solitario y sol en el pelo; y también

un poco vertiginosas. Las veo pasar, melenas al

viento, con sus carpetas y bolsos, camino de clase,

flotando en esa luz insurgente de los viernes a las

cuatro de la tarde. Visto vaqueros con rayas y esto

es un hecho objetivo, inapelable, mientras llueve

ropa del cielo y huele a domingo o lo merece. No

hay vestidores que permitan salirse del presente

y corregir los errores del pasado, ay. Lo verdaderamente

ridículo era temer al ridículo, pero yo eso

no lo sabía. Así que no bailé, ni intercambié una

sola palabra con ellas, con esas chicas del viernes.

Me acodé en la barra, soltero para siempre, con las

piernas embutidas en aquel par de rígidos tubos

azules que mi madre había planchado, sorprendido

en una pose estudiadamente famélica, infeliz

pero sin pasarse (como si alguien o yo mismo me

observase desde el futuro: hola, impostor), trasegando

un botellín de cerveza mientras oigo sus

risas alejándose, llevándose el sol con ellas, cada

vez más remotas, más rubias, más cervezas, me

bebí la soledad de un trago. La soledad me sorbió.

Y hasta ahora. No duele. Solo queda el espectro

de un pequeño arco ojival de espuma en el mostrador.

Se limpia sin esfuerzo con un paño, así. Ya está.

No deja huella. Y tiempo después me enteré

de que una de ellas se mató en un accidente de

tráfico. Y a las demás no volví a verlas nunca. Y eso

fue todo.



lunes, 13 de mayo de 2019

Cierta clase de pérdida (por Ingeborg Bachmann)


De uso compartido: las épocas del año, los libros y algo de música.
Las llaves, las tazas de té, la cesta del pan, sábanas y una cama.
Un ajuar de palabras, de gestos, traídos, usados, gastados.
Unas normas de casa respetadas. Dichas. Hechas. Y siempre tendida la mano.

Me enamoré del invierno, de un septeto vienés y del verano.
De mapas, de una cabaña en la montaña, de una playa y una cama.
Un culto hecho de fechas, de irrevocables promesas,
de adorar un poco y ser devoto ante nada,

(…los periódicos doblados, las cenizas frías, el trozo de papel con una nota a mano)
de religión intrépida, puesto que la iglesia era esta cama.

De la vista del lago surgió mi inagotable pintura.
Desde el balcón había que saludar a la gente, mis vecinos.
A salvo junto a la chimenea cobraba su color más intenso mi pelo.
Era el timbre de la puerta al sonar la alarma de mi alegría.

No es a ti a quien perdí,
sino al mundo.


Carne viva (por Liliana Lukin)


Estaban aquí.
Reían hacían sombra
eran reconocidos
por sus pisadas
su voz despertaba
ecos
más o menos profundos
ahora
sus pasos
nunca más
desde el fondo
la incertidumbre
devora
lo que nos queda
de ellos
nombres ahora
sonoros
como una música
impensable
como una sal
lo que nos queda
de ellos
penetra en heridas
que no sangran ni cierran
ni hacen dolor
están ahí
donde ellos
sin sospechar
hacían sombra
reían
eran
reconocidos
encontrados
puestos a
desaparecer.



domingo, 12 de mayo de 2019

Ha llorado unas lágrimas humanas (por Jorge Luis Borges)


Sin que nadie lo sepa, ni el espejo,
ha llorado unas lágrimas humanas.
No puede sospechar que conmemoran
todas las cosas que merecen lágrimas:
la hermosura de Helena, que no ha visto,
el río irreparable de los años,
la mano de Jesús en el madero
de Roma, la ceniza de Cartago,
el ruiseñor del húngaro y
del persa,
la breve dicha y la ansiedad que aguarda,
de marfil y de música Virgilio,
que cantó los trabajos de la espada,
las configuraciones de las nubes
de cada nuevo y singular ocaso
y la mañana que será la tarde.
Del otro lado de la puerta un hombre
hecho de soledad, de amor, de tiempo,
acaba de llorar en Buenos Aires
todas las cosas.



sábado, 11 de mayo de 2019

Miss X (por Jaime Sabines)


Miss X, sí, la menuda Miss Equis,

llegó, por fin, a mi esperanza:

alrededor de sus ojos,

breve, infinita, sin saber nada.

Es ágil y limpia como el viento

tierno de la madrugada,

alegre y suave y honda

como la yerba bajo el agua.

Se pone triste a veces

con esa tristeza mural que en su cara

hace ídolos rápidos

y dibuja preocupados fantasmas.

Yo creo que es como una niña

preguntándole cosas a una anciana,

como un burrito atolondrado

entrando a una ciudad, lleno de paja.

Tiene también una mujer madura

que le asusta de pronto la mirada

y se le mueve dentro y le deshace

a mordidas de llanto las entrañas.

Miss X, sí, la que me ríe

y no quiere decir cómo se llama,

me ha dicho ahora, de pie sobre su sombra,

que me ama pero que no me ama.

Yo la dejo que mueva la cabeza

diciendo no y no, que así se cansa,

y mi beso en su mano le germina

bajo la piel en paz semilla de alas.

Ayer la luz estuvo

todo el día mojada,

y Miss X salió con una capa

sobre sus hombros, leve, enamorada.

Nunca ha sido tan niña, nunca

amante en el tiempo tan amada.

El pelo le cayó sobre la frente,

sobre sus ojos, mi alma.


La tomé de la mano, y anduvimos

toda la tarde de agua.


¡Ah, Miss X, Miss X, escondida

flor del alba!


Usted no la amará, señor, no sabe.

Yo la veré mañana.



viernes, 10 de mayo de 2019

Y el color de mis ojos que la miran (por Paul Éluard)


Ella vive de pie sobre mis párpados

Sus cabellos están entre los míos

Tiene la forma exacta de mis manos

y el color de mis ojos que la miran

Ella se hunde entre mi propia sombra

como una piedra en el azul del cielo

Ella tiene los ojos siempre abiertos

y me impide dormir con su mirada

A plena luz sus sueños luminosos

hacen evaporar todos los soles

Sus sueños me hacen sollozar reír

y hablar sin tener que decir nada...




jueves, 9 de mayo de 2019

La eléctrica alpargata de la catástrofe (por Emily Dickinson)


Súbito vino un viento como un clarín;
un estremecimiento corrió sobre la hierba,
y un verde escalofrío sobre el calor
pasó tan impetuoso
que atrancamos las ventanas y las puertas
como ante un fantasma esmeralda;
la eléctrica alpargata de la catástrofe
en aquel instante pasaba.


Extraño tumulto de convulsos árboles
y de vallas volando
y ríos con casas corriendo
vieron los vivos aquel día.

En la torre la campana, enloquecida,
con todo cuanto de pronto volaba
hacía remolinos.


¡Cuánto puede venir,
cuánto puede pasar,
pero seguir el mundo!


miércoles, 8 de mayo de 2019

Ni decir 4 kilos (por Saiz de Marco)


No te puedo contar como a las frutas,
las monedas,
los barcos…,
ni decir "cuatro kilos",
"dos botellas de ti me llevo a casa".
Nadie logra medirte como el largo de un puente
o lo ancho de esa calle
o la altura del techo
o los metros cuadrados de una pista de tenis.
No alcanzo a numerarte:
"siete con treinta y seis",
"quinientos dieciocho",
"veinticuatro millones de unidades de ti".
Ninguna cinta métrica,
ningún tacógrafo,
ningún guarismo,
ninguna báscula,
ningún reloj de cuerda
ni de cuarzo
ni atómico
de ti computan nada.
No dejas que te pesen ni te midan
(vete a saber por qué;
puede que porque todo cuanto se cifra es frío,
lo contable es pequeño,
lo medible es banal).
No dejas que te tallen ni te tasen.
El metálico dato no te interesó nunca.
Solamente permites ser sentida;
que se te sienta así, como hoy
te siento.


martes, 7 de mayo de 2019

Yo atravieso las calles desalmado (por Jorge Luis Borges)


Anuncios luminosos tironeando el cansancio.
Charras algarabías
entran a saco en la quietud del alma.
Colores impetuosos
escalan las atónitas fachadas.
De las plazas hendidas
rebosan ampliamente las distancias.
El ocaso arrasado
que se acurruca tras los arrabales
es escarnio de sombras despeñadas.
Yo atravieso las calles desalmado
por la insolencia de las luces falsas
y es tu recuerdo como un ascua viva
que nunca suelto
aunque me quema las manos.



lunes, 6 de mayo de 2019

Dirige tu camino (por Leonard Cohen)


Dirige tu camino a través de las ruinas del altar y el centro comercial

Dirige tu camino a través de las fábulas de la Creación y de la Caída

Dirige tu camino más allá de los palacios que se alzan por encima de la podredumbre

Año tras año

Mes a mes

Día a día

Pensamiento tras pensamiento

Dirige tu corazón más allá de la verdad en la que ayer creías

como la bondad fundamental y la sabiduría del camino

Dirige tu corazón, precioso corazón, más allá de las mujeres que compraste

Año tras año

Mes a mes

Día a día

Pensamiento tras pensamiento


Dirige tu camino a través del dolor que es mucho más real que tú

que aplastó el Modelo Cósmico, que cegó toda mirada

y, por favor, no me hagas ir allí, haya un Dios o no lo haya

Año tras año

Mes a mes

Día a día

Pensamiento tras pensamiento


Todavía susurran las antiguas piedras, las despuntadas montañas lloran

Como él murió para hacer santos a los hombres, muramos para hacer las cosas más baratas

y reza el Mea Culpa que probablemente olvidaste

Año tras año

Mes a mes

Día a día

Pensamiento tras pensamiento


Sigue tu camino, oh corazón mío, aunque no tengo derecho a preguntar

al único que estuvo a la altura de la tarea

que sabe que ha sido condenado, que sabe que será ejecutado

Año tras año

Mes a mes

Día a día

Pensamiento tras pensamiento


Todavía susurran las piedras heridas, las despuntadas montañas lloran

Como él murió para hacer santos a los hombres, muramos para hacer las cosas más baratas

Y reza el Mea Culpa que poco a poco olvidaste

Año tras año

Mes a mes

Día a día

Pensamiento tras pensamiento


domingo, 5 de mayo de 2019

Donde nuestras cabezas (por E. E. Cummings)


A pesar de todo
lo que respira y se mueve, pues el Destino
(con blancas y larguísimas manos
lavando cada pliegue)
ha de borrar del todo nuestra memoria


-antes de abandonar mi cuarto
me vuelvo y (parado
en mitad de la mañana) beso
esa almohada, amor mío,
donde nuestras cabezas vivieron y fueron.


sábado, 4 de mayo de 2019

El museo de la muerte (por Robert Rivas)


Una guerra que con la misma facilidad con que se me
había vuelto material y natural, ahora se me olvidaba a
grandes saltos

Ese lugar en el que habían acumulado
los muertos
Algunos cajones colgaban todavía de los garfios
con los que o bien los iban metiendo
o los habían estado arrancando de la tierra gris
que era imposible pensar que albergase algo

Con sogas gruesas y peludas, las maderas hinchadas
y curvadas por la humedad
como si todos los muertos hubiesen engordado
en sus cajones

Era una escena de perpetuidad
porque allí nadie trabajaba ni había
personal alguno en las garitas u oficinas
sin puertas ni ventanas
abandonadas

Pero al acercarnos pudimos apreciar que eran muy pocos
los 'afortunados' que todavía ocupaban un cajón
o lo que quedaba de él -como si éstos tuviesen al menos algo-
mientras que todo el terreno de por sí completamente
desparejo
estaba sembrado de cuerpos cuya rigidez, cuya
variedad de posiciones de la muerte
convertía este museo en una obra
de arte involuntaria, la mayor que hayamos
visto y, salvo por algún prodigio de la naturaleza,
la mayor que veríamos en el resto de nuestras vidas

Todos esos cadáveres parecían formar parte
de un conjunto -como si se dijera:
"el real museo de la muerte y de sus alrededores"

porque muchos de ellos se notaba, a pesar
de que casi todos estaban desnudos parcial o totalmente,
que no eran soldados ni ninguna clase de combatientes,
tampoco estaban en filas o apilados en cualquier orden

Era un enjambre de cuerpos en algunos lugares
y, en otros, cuerpos sueltos, como si se hubiesen
caído al ser transportados en alguna clase de vehículo
para transportar cadáveres,
cuerpos más largos, cuerpos de niños

no hablamos aquí de los sonidos
-que merecerían un interminable relato, porque
había diversas maneras del ulular, de sordísimas sirenas,
el sonido de la niebla y del humo mojado,
de los vacíos de los sonidos-
ni mucho menos de los olores
o del resto de las sensaciones
que se entremezclan a la vez que se desgarran
y cuya parálisis
parecía afectarlo todo excepto la facultad
de pispear apenas
que adquiere el ojo humano
cuando lo mirado supera
-amplia, muy ampliamente-
la capacidad de absorción
del material visual

Y por cierto cundían los desniveles del terreno,
los fosos amplios
se alternaban con los frustros
sin terminar
como si en determinado momento
se hubiese interrumpido toda la compleja operación
de traer y enterrar
y como si hubiese dejado
de importar no sólo
cómo se llevaba a cabo esa operación
sino que también su propósito general
se hubiese extraviado
en medio de tanto extravío

Y la gran quietud que se había instalado
antes de que llegásemos nosotros
-no había pájaros, ni gatos, ni perros,
ninguna traza de humanidad-
logró permanecer
y los únicos movimientos correspondían
a las ratas
y al invisible pero cierto
trabajo de moscas, polillas, escarabajos,
avispas, hormigas y gusanos

que mucho después supe que un científico
había bautizado como "las escuadrillas de la muerte"

(no había por dónde entrar a ese espacio,
no había tampoco por dónde salir,
se podía acercarse o alejarse
cuando se podía
porque este museo también convoca
a ciertos estados de la mente
destinados
por cierto
justamente
a aislarnos del exceso de realidad)

Ahora pienso:
¿qué clase de luz ilumina un lugar como ése?,
¿qué clase particular de pasos se dan en un territorio
tomado por cadáveres?

Promesas, anhelos, rencores, aflicciones,
placeres, ideas, deberes...

Ninguna vana reflexión abría sus alas

Tal vez hubiese resultado siniestro su aleteo-

Yacen sobre ciudades hundidas
y son los cimientos de ciudades por venir
El porvenir, en efecto, ¿con qué hilos no deja de tejerse?
¿Con qué otros hilos podría contar
que con los hilos de la muerte prometida,
que son los hilos de la vida misma?

Allí era muy difícil conservar
la idea por tanto tiempo acariciada
de la muerte como alivio, por ejemplo

como fin de las penas y del amplio abanico
de los sufrimientos humanos

No, el museo de la muerte semejaba la refutación
definitiva de esa idea
así como de muchas muchas otras
que habíamos tenido
o que nos habían enseñado a tener

Hay, probablemente, que atesorar
los sueños mientras se puede tenerlos
(se susurra sin darse cuenta)

Lo que resultaba monstruoso
en ese ámbito
era precisamente lo que nos sostenía
en el otro (tentación de decir,
absurdamente, 'el nuestro'):
las caricias
en todas sus formas,
su señal

el lenguaje cargado al máximo
de inanidad
y de sentido
de las caricias

y solamente
eso



viernes, 3 de mayo de 2019

La vida de un hombre (por Walt Whitman)


Tras leer el libro, la biografía famosa:
“¿Eso es lo que el autor llama la vida de un hombre?”, dije yo,
“¿Y así, cuando yo esté muerto, habrá quien escriba acerca de mi vida?”
(Como si hubiera alguien que de verdad supiera algo sobre mi vida,
cuando yo mismo muchas veces sé poco y nada de mi propia vida real.
Sólo algunos indicios, un puñado de pistas difusas e indirectas
que intento, para mi propia información, trazar aquí).



jueves, 2 de mayo de 2019

Gracias por la compañía (por Emilio Coco)



Gracias, Señor,

por la criatura

que, sacudiéndose la lluvia de las alas,

se aproxima a saltitos circunspectos

a picotear del pan una migaja,

casi bajo mi pie,

mientras espero sentado en una banca

el autobús que me devuelva a casa,

luego de una noche insomne en hospital.

Gracias desde el alma por la compañía.

Gracias por no asustarla.



miércoles, 1 de mayo de 2019

En el largo viaje de salida del yo (por Theodore Roethke)


En el largo viaje de salida del yo

hay muchos rodeos, tramos interrumpidos sin asfaltar

donde la roca resbala peligrosamente

y las ruedas traseras casi cuelgan sobre el abismo

al virar de pronto, el momento de dar la curva.

Mejor mantenerse pegado, cauteloso con los cascotes y las piedras

que caen.

El arroyo que agrieta la carretera, las colinas mordidas por el viento,

los cañones,

los torrentes crecidos en pleno verano por las repentinas inundaciones

que rugen dentro del estrecho valle.

Las cañas completamente abatidas por el viento y la lluvia

grises del largo invierno, quemadas hasta la raíz al final del verano.

—O el sendero que se estrecha

y sube serpenteando hacia la corriente de afiladas piedras,

las tierras altas de alisos y abedules,

a través de la ciénaga viva de arenas movedizas,

el camino finalmente bloqueado por un abeto caído,

los matorrales que se oscurecen,

los inquietantes barrancos.



martes, 30 de abril de 2019

Patrias (por Jorge Luis Borges)


Quiero la casa baja;
la casa que enseguida llega al cielo,
la casa que no aguante otros altos que el aire.
Quiero la casa grande,
la orillada de un patio
con sus leguas de cielo y su jeme de pampa.
Quiero el tiempo allanado:
el tiempo con baldíos de ansiar y no hacer nada.
Quiero el tiempo hecho plaza,
no el día picaneado por los relojes yanquis
sino el día que miden despacito los mates.
Quiero la novia clara:
firmeza de la dicha, corazón de la gracia,
quiero su carne nueva que la sombra no apaga.
Quiero la novia que sea luego la esposa,
que sienta que las cosas están por el amor,
no el amor en las cosas.
Quiero casi la gloria:
quiero ver en los otros alargarse mi gesto
como la luna sola que está en muchos espejos.
Quiero tener aljibe donde acudan los otros
y que mi agua de cielo les alegre los cántaros
y que alguna muchacha venga a verse en el pozo.
Quiero la calle mansa
con las balaustraditas repartiéndose el cielo
y los buenos zaguanes rogados de esperanza.
Quiero la calle huraña
que desgarren la puesta del sol y la salida.
Quiero esa calle Plaza que me llevó a la dicha.
(Mientras, ...sigan viviéndome
la dicha que la Quica tiene en sus ojos grandes
y la guitarra austera de Ricardo Güiraldes).



lunes, 29 de abril de 2019

Alejandra, acurrúcate aquí (por Julio Cortázar)


Bicho aquí,
aquí contra esto,
pegada a las palabras
te reclamo.
Ya es la noche, vení,
no hay nadie en casa
Salvo que ya están todas
como vos, como ves,
intercesoras,
llueve en la rue de l' Eperon
y Janis Joplin.
Alejandra, mi bicho,
vení a estas líneas, a este papel de arroz
dale abad a la zorra,
a este fieltro que juega con tu pelo

(Amabas, esas cosas nimias
aboli bibelot d' inanité sonore
las gomas y los sobres
una papelería de juguete
el estuche de lápices
los cuadernos rayados)

Vení, quedate.
tomá este trago, llueve,
te mojarás en la rue Dauphine,
no hay nadie en los cafés repletos,
no te miento, no hay nadie.
Ya sé, es difícil,
es tan difícil encontrarse
este vaso es difícil,
este fósforo.
y no te gusta verme en lo que es mío,
en mi ropa en mis libros
y no te gusta esta predilección
por Gerry Mulligan,
quisieras insultarme sin que duela
decir cómo estás vivo, cómo
se puede estar cuando no hay nada
más que la niebla de los cigarrillos,
como vivís, de qué manera
abrís los ojos cada día
No puede ser, decís, no puede ser.

Bicho, de acuerdo,
vaya si sé pero es así, Alejandra,
acurrúcate aquí, bebé conmigo,
mirá, las he llamado,
vendrán seguro las intercesoras,
el party para vos, la fiesta entera,
Erszebet,
Karen Blixen
ya van cayendo, saben
que es nuestra noche, con el pelo mojado
suben los cuatro pisos, y las viejas
de los departamentos las espían Leonora Carrington, mirala,
Unica Zorn con un murciélago
Clarice Lispector, agua viva,
burbujas deslizándose desnudas
frotándose a la luz, Remedios Varo
con un reloj de arena donde se agita un láser
y la chica uruguaya que fue buena con vos
sin que jamás supieras
su verdadero nombre,
qué rejunta, qué húmedo ajedrez,
qué maison close de telarañas, de Thelonious,
que larga hermosa puede ser la noche
con vos y Joni Mitchell
con vos y Hélène Martin
con las intercesoras
animula el tabaco
vagula Anaïs Nin
blandula vodka tónic

No te vayas, ausente, no te vayas,
jugaremos, verás, ya verás, ya están llegando
con Ezra Pound y marihuana
con los sobres de sopa y un pescado
que sobrenadará olvidado, eso es seguro,
en una palangana con esponjas
entre supositorios y jamás contestados telegramas.
Olga es un árbol de humo, cómo fuma
esa morocha herida de petreles,
y Natalía Ginzburg, que desteje
el ramo de gladiolos que no trajo.
¿Ves bicho? Así. Tan bien y ya. El scotch,
Max Roach, Silvina Ocampo,
alguien en la cocina hace café
su culebra contando
dos terrones un beso
Léo Ferré
No pienses más en las ventanas
el detrás el afuera
Llueve en Rangoon
Y qué.
Aquí los juegos. El murmullo
(Consonantes de pájaro
vocales de heliotropo)
Aquí, bichito. Quieta. No hay ventanas ni afuera
y no llueve en Rangoon. Aquí los juegos.



domingo, 28 de abril de 2019

A la oscuridad (por Clark Ashton Smith)


Has arrebatado la luz de muchos soles,
sellados ahora en la prisión de la oscuridad.
Como la llama de una vela que se apaga,
has tomado las almas de los hombres
con vientos que soplan desde un lugar vacío;
en el abismo están escondidos,
y los abismos están sobre ellos,
como el peso de muchas montañas,
como la profundidad de muchos mares;
tus escudos están entre ellos y la luz;
han pasado su carga y su amargura;
las lanzas del día no las tocarán,
las cadenas del sol no las allanarán.

Hubo muchos hombres allí,
en los días que ahora son de tu reino,
hombres que has marcado con el sello de muchas profundidades;
sus pies eran como alas de águila en búsqueda de la Verdad.
Sí, poderosamente deseaban su rostro,
cazándolo a través de las tierras de la vida
como hombres en la nada del páramo
que buscan un tesoro real enterrado.
Pero contra ellos estaban los velos
que las manos no podían rasgar ni los sables perforar;
y se les ocultó la Verdad
como el agua que, distante, se ve al amanecer
y al mediodía se pierde en la arena
ante los pies del viajero.
El mundo era un yermo estéril,
y los jardines eran como el desierto.
Y ellos se volvieron a la aventura de la oscuridad,
al viaje por tierras sin caminos,
a la navegación del mar que no tiene faros.
¿Por qué no han regresado?
Su búsqueda encontró un final en ti,
o seguramente habrían regresado
al lugar desde el cual partieron,
como hombres que han viajado a una tierra infructuosa.
Han visto tu rostro,
y para ellos es el rostro de la Verdad.
Tu silencio es más dulce para ellos que la voz del amor,
tu abrazo más querido que el beso de la amada.
Se alimentan con el vacío más allá del velo,
y su hambre se sacia;
han encontrado las aguas de la paz,
y ya no tienen más sed.
Ellos conocen un descanso más profundo que los abismos,
cuyo sello es irrompible como el sello del vacío;
duermen el sueño de los soles,
y lo inmenso es un ropaje para ellos.


sábado, 27 de abril de 2019

Lo de siempre se puso a ser distinto (por Manuel Alcántara)


Yo tuve el corazón capaz de lluvia.
Ocurría febrero con sus alas
y el tiempo digital nos puso juntas
las manos y los ojos y los cuerpos:
toda la tierra que el amor excusa.

Igual que el viento en las banderas altas
se comportó en nosotros esta música.

Me fui quedando acompañado y cierto,
entendido en los bosques de mi jungla,
leñador orgulloso de raíces
que no debieron nunca estar ocultas.
Lo de siempre se puso a ser distinto:
el mar entero cupo en una urna,
el hielo de los vasos provenía
de una lejana nieve, nuestra y única,
mis manos migratorias se quedaron
a vivir en tu tierra más profunda
y en mi boca, de siempre descontenta,
dimitían de pronto las preguntas.

Presenciadas por dos cambian las torres,
la muerte aplaza sus gestiones últimas
y estar vivo se agita y condecora.
La muerte debe ser como un espejo
donde uno mira y mira sin ver nunca.
Ven cerca. Más. Que entre los dos no quepa
ninguna muerte ni ninguna duda.
Te hablo desde febrero y desde siempre:
sabemos del amor por lo que alumbra,
por lo que tuerce y acrecienta y rige,
por su forma de andar en la penumbra...
Y así, sobre semanas perseguidas
izamos con esfuerzo nuestra alma.



viernes, 26 de abril de 2019

Salida de la maleza (por Margaret Atwood)


Yo que había sido borrada por el fuego me fui cubriendo de verde (qué estación más luminosa)

Con el tiempo los animales vinieron a habitarme,

primero uno a uno, furtivos (sus conocidas huellas quemaban); y después al haber ya trazado nuevos límites volviendo, más seguros, año tras año, de dos en dos

pero inquietos: no estaba preparada del todo para que me habitaran

Les pudo parecer que pesaba demasiado: pude haberme volcado; me daba miedo cómo el brillo de sus ojos (verdes o ámbar) llegaba al exterior desde dentro de mí

No estaba terminada; de noche no veía sin candiles.

Él escribió, Nos vamos. Contesté No me queda ya ropa que ponerme

Llegó la nieve. Fue de gran ayuda el trineo; quedaba atrás su rastro como si me empujara a la ciudad

y una vez rodeada la primera colina, me encontré de repente deshabitada: ya se habían ido. Hubo algo que casi me enseñaron y que al irme no había aún aprendido.



jueves, 25 de abril de 2019

Campanas (por Howard Phillips Lovecraft)


Escucho las campanas de aquella torre majestuosa;

las campanas del esplendor de Yule en una noche turbulenta;

repicando con sorna en una hora lúgubre

sobre un mundo sacudido por la codicia y el espanto.


Sus melodiosos tonos resuenan en miríadas de tejados;

un millón de almas insomnes asiste al juego de los carillones;

sin embargo su mensaje cae sobre un suelo pedregoso...

Su espíritu es cercenado por la espada del Tiempo.


¿Por qué suenan, remedando los años felices

cuando la paz y el sosiego reinaban en la plácida llanura?

¿Por qué sus acordes familiares provocan las lágrimas

de aquellos que quizá no vuelvan a conocer la dicha?



Hace años os conocía bien..., hace muchos años...,

cuando el antiguo pueblo dormía en la ladera;

entonces vuestras notas resonaban sobre la nieve iluminada por las estrellas

en medio de la alegría, la paz y la eterna esperanza.


Mi imaginación evoca el modesto chapitel;

el tejado puntiagudo, negra sombra contra la luna;

los góticos ventanales, ardiendo con un fuego

que presta la magia a los cínicos tonos.


Venerable cada seto cubierto de nieve bajo los rayos

que añadían plata a la plata del valle;

encantadora cada choza, cada vereda, cada arroyo,

y alegre el espíritu del aire perfumado por los pinos.


Los pastores profesaban un simple credo;

vivían en inocente beatitud entre las montañas;

sus corazones joviales, sus almas honestas en paz,

animados por las sencillas alegrías de los mortales.


Pero una horrible plaga aparece en escena;

un fantástico nimbo se cierne sobre la tierra;

formas demoníacas flotan por encima de los bosques,

y ante cada puerta se alzan malignas sombras.


El Tiempo, siniestro bufón, avanza por la pradera;

a su paso la alegría se extingue.

Corazones joviales se desangran con angustia inexplicable

y almas atormentadas proclaman su influencia funesta.


Conflicto y cambio acosan al mundo vacilante;

pensamientos salvajes y quimeras ciegan la razón;

la confusión se apodera de una raza senil

y el crimen y la locura merodean impunemente.


Escucho las campanas..., las campanas burlonas y malditas

que despiertan recuerdos que obsesionan y paralizan;

suenan y resuenan sobre un millar de infiernos...

Demonios de la noche... ¿por qué no permanecéis tranquilos?



miércoles, 24 de abril de 2019

El nadador (por Héctor Viel Temperley)


Soy el nadador, Señor, soy el hombre que nada.
Soy el hombre que quiere ser aguada
para beber tus lluvias
con la piel de su pecho.
Soy el nadador, Señor, bota sin pierna bajo el cielo
para tus lluvias mansas,
para tus fuertes lluvias,
para todas tus aguas.
Las aguas como lonjas de una piel infinita,
las aguas libres y las de los lagos,
que no son más que cielos arrastrados
por tus caídos ángeles.

Soy el nadador, Señor, soy el hombre que nada.
Tuyo es mi cuerpo, que hasta en las más bajas
aguas de los arroyos
se sostiene vibrante,
como en medio del aire.
Mi cuerpo que se hunde
en transparentes ríos
y va soltando en ellos
su aliento, lentamente,
dándoselo a aspirar
a la corriente.
Soy el nadador, Señor, soy el hombre que nada
hasta las lluvias
de su infancia
que a las tardes crecían
entre sus piernas salpicadas
como alto y limpio pajonal que aislaba
las casonas
y desde sus paredes
celestes se ensanchaba.

Soy el nadador, Señor, soy el hombre que nada
por la memoria de las aguas
hasta donde su pecho
recuerda las pisadas,
como marcas de luz, de tus sandalias.

Y recuerda los días cuando el cielo
rodaba hasta los ríos como un viento
y hacía al agua tan azul que el hombre
entraba en ella y respiraba.
Soy el hombre que nada hasta los cielos
con sus largas miradas.

Soy el nadador, Señor, sólo el hombre que nada.
Gracias doy a tus aguas porque en ellas
mis brazos todavía
hacen ruido de alas.


martes, 23 de abril de 2019

Balance de la sombra (por Olga Orozco)


Muchas veces, en los desvanes de la noche,
cuando la soledad se llena de ratones que vuelan o escarban bajo el piso
para roer, tal vez, los pocos nudos que me atan a este asilo,
busco a tientas la tabla donde asirme o el lazo que todavía me retenga.
Entonces te adelantas, aunque no sé quién eres,
sombra fugaz y sombra de mí misma, mi sombra ensimismada,
sí, tú, la más cercana pero la más extraña,
y siento que aun con tu inasible custodia me confirmas un lugar en el mundo.
Pero ¿quién eres tú?, ¿quién eres?
Quizás seas apenas como un jirón de niebla
que copia dócilmente cada pacto de mi sustancia con el tiempo,
como cree la luz;
o acaso estés aquí sólo para testimoniar con tu insistente opacidad la culpa y la caída.
Compañía fatal o delatora,
yo sé que agazapada en un rincón cualquiera de los sueños
permites que la muerte se pruebe mi propio cuerpo cuando duermo.
Y no ignoro tampoco que llegas desde el fondo de un abismo con alas de ladrona
y escondes en tu vuelo soles negros,
humaredas de infiernos nunca vistos y recuerdos que zumban como enjambres.
Tu cosecha de ayer; tu amenaza y promesa para hoy y mañana.
Sospecho que también me has contagiado paredones roídos,
templos rotos, fisuras dolorosas y escondrijos que dan al otro lado.
Pero también multiplicaste a ciegas las visiones del amor que no muere,
nos vestiste con noche encandilada, con fugitivos resplandores,
y hasta te vi saliendo de ti misma
y te vi propagarnos como a un eco, como a un temblor de luces hacia la eternidad,
al paso de las aguas.
Sombra perversa y sombra protectora,
mi doble de dos caras.
Nunca tuve otra hija más que tú,
y has hecho lo imposible por parecerte a mí, en mi versión confusa,
aunque siempre aparezcas embozada en anónima y ajena, peregrina envoltura.
Yo te confieso ahora, mientras estoy aquí,
mientras aún me anuncias o me sigues, no sé si como emisaria o como espía,
que quienquiera que seas no querría perderte entre otras sombras.
No me dejes entonces nunca a solas con mi desconocida:
no me dejes conmigo.



lunes, 22 de abril de 2019

Apocalipsis (por Ernesto Cardenal)


Y he aquí
que vi un ángel
(todas sus células eran ojos electrónicos)
y oí una voz supersónica
que me dijo: Abre tu máquina de escribir y escribe
y vi como un proyectil plateado que volaba
y de Europa a América llegó en 20 minutos
y el nombre del proyectil era Bomba H
(y el infierno lo acompañaba)
y vi como un platillo volador que caía del cielo
y los sismógrafos registraron como un gran terremoto
y cayeron sobre la tierra todos los planetas artificiales
y el Presidente del Consejo Nacional de Radiación
el Director de la Comisión de Energía Atómica
el Secretario de Defensa
todos estaban metidos en sus cuevas
y el primer ángel tocó la sirena de alarma
y llovió del cielo Estronsium 90
Cesium 137
Carbón 14
y el segundo ángel tocó la sirena
y se rompieron todos los tímpanos de los oídos en un área de 300 millas
por el ruido de la explosión
y se quemaron todas las retinas que vieron la luz de la explosión
en un área de 300 millas
y el calor del centro era semejante al del sol
y el acero el hierro el vidrio el concreto se evaporaron
y cayeron convertidos en lluvia radioactiva
y se desató un viento huracanado con la fuerza del Huracán Flora
y 3 millones de automóviles y camiones volaron por los aires
y se estrellaron contra los edificios explotando
como cócteles Molotov
y el tercer ángel tocó la sirena de alarma
y vi sobre Nueva York un hongo
y sobre Moscú un hongo
y sobre Londres un hongo
y sobre Pekín un hongo
y la suerte de Hiroshima fue envidiada
Y todas las tiendas y todos los museos y las bibliotecas
y todas las bellezas de la tierra
se evaporaron
y pasaron a tomar parte de la nube de partículas radioactivas
que flotaba sobre el planeta envenenándolo
y la lluvia radioactiva a unos daba leucemia
y a otros cáncer en el pulmón
y cáncer en los huesos
y cáncer en los ovarios
y los niños nacían con cataratas en los ojos
y quedaron dañados los genes por 22 generaciones
-Y esa fue llamada la Guerra de 45 Minutos-
7 ángeles
llevaban unas copas de humo en las manos
(y era un humo como en forma de hongo)
y vi primero levantada sobre Hiroshima y la gran copa
(como una copa de crema o ice-cream envenenado)
y sobrevino una úlcera maligna
y el segundo derramó su copa sobre el mar
y todo el mar quedó radioactivo
y todos los peces murieron
y el tercero derramó una copa de neutrones
y fuele dado abrasar a los hombres con un fuego como el del sol
y el cuarto derramó su copa que era de Cobalto
y fuele dado a Babilonia beber el cáliz del vino de la cólera
y gritó la voz: Dadle el doble de megatones que ella dio!
Y el ángel que tenía el botón de esa bomba
apretó el botón
Y me dijeron: Eso que aún no has visto la Bomba de Tifu
y la Fiebre Q
Seguía yo mirando en la visión nocturna
y vi en mi visión como en una televisión
que salía de las masas
una Máquina
terrible y espantable sobremanera
y era semejante a un oso o a un águila o a un león con alas de avión y
muchas hélices y estaba toda llena de antenas y sus ojos eran radares
y su cerebro era un computador que calculaba el número de la Bestia
y rugía por medio de muchos micrófonos
y daba órdenes a los hombres
y todos los hombres temían a la Máquina
Así mismo vi en la visión los aviones
eran aviones más veloces que el sonido con bombas de 50 megatones
y ningún piloto los dirigía y sólo la Máquina los controlaba
y volaron en dirección a todas las ciudades de la tierra
y todos ellos hicieron blanco
y dijo el ángel: ¿Reconoces dónde estuvo Columbus Circle?
¿Y dónde estuvo el edificio de las Naciones Unidas?
Y donde estuvo Columbus Circle
yo sólo vi un hoyo en que cabía un edificio de 50 pisos
y donde estuvo el edificio de las Naciones Unidas
yo sólo vi un acantilado gris cubierto de musgo y cagadas de patos
y más allá las rocas rodeadas de espuma y las gaviotas gritando
Y en el cielo vi una gran luz
como la explosión de un millón de megatones
y oí una voz que me dijo: Prende ese radio
y prendí el radio y oí: CAYÓ BABILONIA
CAYÓ LA GRAN BABILONIA
y todos los radios del mundo daban la misma noticia
Y el ángel me dio un cheque del National City Bank
y me dijo: Cambia este cheque
y en ningún banco lo pude cambiar porque todos los bancos habían quebrado
Los rascacielos eran como si nunca hubieran existido
Se iniciaron a la vez un millón de incendios y no había un bombero
y no había un teléfono para llamar una ambulancia y no había ambulancias
y para los heridos de una sola ciudad no había en todo el mundo suficiente plasma
Y oí otra voz del cielo que decía:
Sal de ella pueblo mío
para que no te contamine la Radioactividad
y para que no te alcancen los Microbios
la Bomba de Ántrax
la Bomba de Cólera
la Bomba de Difteria
la Bomba de Tularemia
Mirarán en la televisión el gran desastre
porque a Babilonia ya le cayó la Bomba
y dirán: Ay Ay Ay Ay la Ciudad Amada
los pilotos desde sus aviones la mirarán y temerán acercarse
los trasatlánticos quedarán anclados a distancia
temerosos de que caiga sobre ellos la lepra atómica
Y en todas las ondas sonoras se oía una voz que decía:
ALELUYA
Y el ángel me llevó al desierto
y el desierto estaba florecido de laboratorios
y allí el Demonio hacía sus pruebas atómicas
y vi a la Gran Prostituta sentada sobre la Bestia
(la Bestia era una Bestia tecnológica toda cubierta de Slogans)
y la Prostituta empuñaba toda clase de cheques y de bonos y de acciones
y de documentos comerciales
y estaba borracha y cantaba con su voz de puta como en un night-club
y en la mano izquierda tenía una copa de sangre
y se emborrachaba con la sangre de todos los que ella había purgado
y de todos los torturados y los condenados en Consejos de Guerra
y todos los enviados al paredón
y todos los opositores de la tierra
y todos los mártires de Jesús
y reía con sus dientes de oro
y el lipstick de sus labios era sangre
y el ángel me dijo: esas cabezas que le ves a la Bestia son dictadores
y sus cuernos son líderes revolucionarios que aún no son dictadores
pero lo serán después
y lucharán contra el Cordero
y el Cordero los vencerá
Me dijo: Las naciones del mundo están divididas en 2 bloques
-Gog y Magog-
pero los 2 bloques son en realidad un solo bloque
(que está contra el Cordero)
y caerá fuego del cielo y los devorará
Y vi en la biología de la Tierra una nueva Evolución
Era como si hubiera surgido en el espacio un Planeta Nuevo
La muerte y el infierno fueron arrojados en el mar del fuego nuclear
las masas ya no existían más
y vi una especie nueva que había producido la Evolución
la especie no estaba compuesta de individuos
sino que era un solo organismo
compuesto de hombres en vez de células
y todos los biólogos estaban asombrados
Pero los hombres eran libres y esa unión de hombres era una Persona
-y no una Máquina-
y los sociólogos estaban pasmados
y los hombres que no formaron parte de esta especie
quedaron hechos fósiles
y el Organismo recubría toda la redondez del planeta
y era redondo como una célula (pero sus dimensiones eran planetarias)
y la Célula estaba engalanada como una Esposa esperando al Esposo
y la Tierra estaba de fiesta
(como cuando celebró la primera célula su Fiesta de Bodas)
y había un Cántico Nuevo
y todos los demás planetas habitados oyeron cantar a la Tierra
y era un canto de amor



domingo, 21 de abril de 2019

Tragedia de los caballos locos (por Jaime Siles)


Dentro de los oídos,

ametralladamente,

escucho los tendidos galopes de caballos,

de almifores perdidos

en la noche.

Levantan polvo y viento,

al galopear el suelo

sus patas encendidas,

al herir el aire

sus crines despeinadas,

al tender como sábanas

sus alientos de fuego.

Lejanos, muy lejanos,

ni la muerte los cubre,

desesperan de furia

hundiéndose en el mar

y atravesándolo como delfines vulnerados de tristeza.

Van manchados de espuma

con sudores de sal enamorada,

ganando las distancias

y llegan a otra playa

y al punto ya la dejan,

luego de revolcarse, gimientes,

después de desnudarse las espumas

y vestirse con arena.

De pronto se detienen. Otra pasión los cerca.

el paso es sosegado

y no obstante inquieto,

los ojos coruscantes, previniendo emboscadas.

El líquido sudor que los cubría

se ha vuelto de repente escarcha gélida.

Arpegian sus cascos al frenar

el suelo que a su pie se desintegra.

Ahora han encontrado de siempre, sí, esperándoles

las yeguas que los miran.

Ya no existe más furia, ni llama que el amor, la dicha de la

sangre,

las burbujas amorosas que resoplan

al tiempo que montan a las hembras.

Y es entonces el trepidar de pífanos, el ruido de cornamusas,

el musical estrépito

que anuncia de la muerte la llegada.

Todos callan. Los dientes se golpean quedándose

soldados.

Oscurece. La muerte los empaña, ellos se entregan

y súbito, como en una caracola fenecida, en los oídos escucho

un desplomarse patas rabiosas, una nube de polvo levantado

por crines,

un cataclismo de huesos que la noche se encarga

de enviar hacia el olvido.


sábado, 20 de abril de 2019

¿O fuimos todos? (por Saiz de Marco)


Pero después de la funesta Historia
falta el reparto,
el papel de cada uno,
los títulos de crédito:
guionistas,
productores,
directores de escena,
actores secundarios,

tramoyistas también;
¿quiénes hicieron eso y aquello?,
¿quiénes lo dispusieron?


¿No podemos saber
quiénes tomaron las decisiones?,
¿quiénes causaron?,
¿quiénes hicieron que así pasara?,


¿quiénes con rostro,
con brazos y con piernas,
con pecho y con espalda,
con nombre y apellidos,
con su yo, con su ser
lo organizaron?

De cada horror,
de cada imagen lúgubre,

de cada fotograma compuesto de cadáveres,
de cada espanto ocurrido en la Tierra
¿qué humano tuvo
la iniciativa?,

¿quiénes pusieron
la aceptación?,
¿quiénes la gran quietud?

¿A quiénes corresponde
(¿o fuimos todos, tú y yo incluidos?,
¿nos corresponde a todos?)
la complicidad ciega,
la callada 
y extensa y repartida 

culpa?


viernes, 19 de abril de 2019

De mi cuerpo o el tuyo (por Walt Whitman)


¡Oh, cuerpo mío!, no me atrevo a abandonar a tus semejantes en otros hombres y otras mujeres, ni a los semejantes de las partes que te componen;
creo que tus semejantes perdurarán o morirán con los semejantes del alma (y que son el alma),
creo que tus semejantes perdurarán o morirán con mis poemas, y que son mis poemas,
poemas del hombre, de la mujer, del niño, del muchacho, de la esposa, del esposo, de la madre, del padre, del joven y de la joven,
cabeza, cuello, pelo, orejas, lóbulo y tímpano de la oreja,
ojos, pestañas, iris del ojo, cejas y la vigilia o sueño de los párpados,
boca, lengua, labios, dientes, paladar, mandíbulas y articulaciones de las mandíbulas,
nariz, aletas de la nariz y tabique,

mejillas, sienes, frente, mentón, garganta, nuca, forma del cuello,
fuertes hombros, barba viril, omóplatos, espalda, y el ámbito del pecho,
brazo, axila, junta del codo, antebrazo, músculos del brazo, huesos del brazo,
muñeca y coyunturas de la muñeca, mano, palma, nudillos, pulgar, índice, articulaciones de los dedos, uñas,
amplio pecho, rizado vello del pecho, esternón, costados,
costillas, vientre, espinazo, vértebras,
caderas, articulaciones de las caderas, fuerzas de las caderas, redondez cóncava y convexa, testículos, raíz del hombre,
muslos, que son la firme base del tronco, músculos de la pierna, rodilla, rótula, piernas,
tobillos, empeine, planta del pie, dedos del pie, talón,
todas las actitudes, todas las bellezas, todos los bienes de mi cuerpo o el tuyo, o del cuerpo de cualquier otro, varón o mujer,
las celdillas de los pulmones, el estómago, las entrañas dulces y limpias,
el cerebro y sus pliegues dentro del cráneo,
simpatías, válvulas del corazón, válvulas del paladar, sexo, maternidad,
lo femenino y todo lo que pertenece a la mujer, y al hombre que nace de la mujer,
el seno, los pechos, los pezones, la leche del pezón, las lágrimas, la risa, el llanto, las miradas de amor, la amorosa inquietud, las erecciones,
la voz, la articulación, el lenguaje, el susurro, el grito,
el alimento, la bebida, el pulso, la digestión, el sudor, el sueño, caminar, nadar,
porte de las caderas, saltar, recostarse, abrazarse, brazos que se curvan y aprietan,
el continuo movimiento de las comisuras de los labios y de los ojos,
la piel, la mejilla tostada, las pecas, el pelo,
la sensación curiosa de la mano al rozar la desnuda carne del cuerpo,
los ríos incesantes del aliento, de la inspiración y la exhalación,
la belleza del talle y de las caderas, y más abajo, hasta las rodillas,

las mínimas partículas rojas que llevo y que tú llevas, los huesos y la médula de los huesos,
la sensación deliciosa de la salud;
afirmo que estas cosas no sólo son los poemas del cuerpo, sino también del alma,
afirmo que son el alma.


jueves, 18 de abril de 2019

"Felix culpa" (por Wystan Hugh Auden)


El tiempo te ha enseñado
cuánta inspiración
te aportaron tus vicios,
la deuda de la imaginación
con la tentación
a la que cediste,
que más de un hermoso
verso expresivo
no habría existido
si hubieras ofrecido resistencia:
como poeta, tú
sabes que es cierto,
y aunque en la iglesia
a veces rezas
para sentirte contrito,
no funciona.
"Felix culpa", dices:
e igual tienes razón.

Esperas, sí,
que tus libros te justifiquen,
te salven del infierno:
aun así,
sin parecer triste,
sin que en modo alguno
dé la impresión de que te culpa
(no le hace falta,
bien sabe
a qué hace caso
un enamorado del arte como tú),
Dios puede hacer
el Día del Juicio
que te deshagas en lágrimas de vergüenza
recitando de memoria
los poemas que
habrías escrito si
hubiera sido digna tu vida.


miércoles, 17 de abril de 2019

Conocía el gran secreto de la vida (por Ed Ochester)


"¿Sabes escribir a máquina?" me dijo Jake.
"Tal vez diez palabras por minuto".
"Está bien", dijo Jake, "sólo recibimos
dos, tres cartas de vez en cuando,
lo que necesitamos es un chico inteligente
que sea amable con los clientes,
no necesitas saber nada de cortinas,
sólo sé amable cuando la gente cruce la puerta,
conversa con los compradores,
no necesitas saber nada de cortinas,
sólo llévalos a las muestras,
tenemos todo, los estilos, los precios
puestos en las etiquetas.
Lo que necesitamos es un chico amable
y educado, como tú. Lo harás bien".

Y lo hice, y esto es un elogio a Jake,
que puede que prosperase, quien me pagó por nada,
quien conocía el gran secreto de la vida:
"sé amable", y quien me mandó una vez con rosas
al apartamento de una clienta
con una advertencia: "ella es una dama,
dale un vistazo a la casa y cuéntame,
puedes saber mucho de la gente
por cómo es su casa", y volví
y le dije "su casa es linda, y ella es muy bonita,
y tiene un montón de libros de Shakespeare
en su salón", y Jake dijo "mierda,
no llegaré a ninguna parte con ella
si es una intelectual".



martes, 16 de abril de 2019

Soy los que ya no son (por Jorge Luis Borges)


Quiero saber de quién es mi pasado.
¿De cuál de los que fui? ¿Del ginebrino
que trazó algún hexámetro latino
que los lustrales años han borrado?

¿Es de aquel niño que buscó en la entera
biblioteca del padre las puntuales
curvaturas del mapa y las ferales
formas que son el tigre y la pantera?

¿O de aquel otro que empujó una puerta
detrás de la que un hombre se moría
para siempre, y besó en el blanco día

la cara que se va y la cara muerta?
Soy los que ya no son. Inútilmente
soy en la tarde esa perdida gente.



lunes, 15 de abril de 2019

Preguntándose qué le pasó (por Lawrence Ferlinghetti)


Gente que se divorcia

dando vueltas por ahí con la ropa en el coche

preguntándose qué le pasó

a todos y a todo

inclusive a su otro

par de zapatos


Y si espiaras a uno

quién sabe qué le pasaría

al otro

ay con la lengua

y años después sin saber todavía

si el otro volvió

a encontrar pareja

sin reventar las costuras

o sigue intacto

desatado


y la suela

ah el alma

un curioso concepto

que de algún modo aguanta

para volver a caminar

al aire libre

una vez se le haya

cambiado el taco



domingo, 14 de abril de 2019

Tus ojos y mis ojos queden juntos (por Carlos Germán Belli)


Nuestro amor no está en nuestros respectivos
y castos genitales, nuestro amor
tampoco en nuestra boca, ni en las manos:
todo nuestro amor guárdase con pálpito
bajo la sangre pura de los ojos.
Mi amor, tu amor esperan que la muerte
se robe los huesos, el diente y la uña,
esperan que en el valle solamente
tus ojos y mis ojos queden juntos,
mirándose ya fuera de sus órbitas,
más bien como dos astros, como uno.



sábado, 13 de abril de 2019

Como una burbuja de esperanzas (por Pedro Serrano)


Ya no estamos esos cuatro que viajamos

en busca de la claridad y la salvación.

La vida apegándose a sus muros de cal, a su paso.

Mi padre no tenía aún mi edad, mi madre era muy joven.

Como una burbuja de esperanzas íbamos

en peregrinaciones hacia el norte.

Houston, Nueva York, Montreal, trenes, aviones,

hoteles metafísicos con vacas alzadas a la entrada,

albercas en los pies de la cama,

cuerpos negros brillantes y sedosos,

y todo novedad.

Ana Luisa en su jirafa con ruedas, pequeñita,

persiguiendo un mundo que ya no alcanzaría

y en el que nos conduce.

Íbamos cruzando el cañón hacia el Empire,

arreando un sol por los desfiladeros de Nueva York,

hasta caer dormidos entre cabezales oscuros.

Y en el envés mis padres

relucientes en vida adulta

hacia el amanecer juntos de nuevo.

Agua de infancia.

Todo el itinerario en mi regazo.

Como el tren a Montreal,

en un último vagón por bosques aprehendidos,

abrazados,

viendo cómo se iba el paisaje

desde la barandilla

y venía siempre.



viernes, 12 de abril de 2019

Obliga a ampliar el concepto de pérdida (por Eduardo Milán)


se perdió siguiendo ahí
no circula, no se escucha
guardado donde no sé, debajo de qué
no hay garantía en Archivos
guardado en un grano de mostaza —menos—
le dio vueltas la llave que no se ve, ¿cuántas?
el círculo de completud sigue incompleto
una inquietud que no se dice de fachada impávida
ahí vive —¿ahí dónde?—
fue incompleto sin temor, permitía estrellas
la Osa, Orión, la Túpac que venció Cangrejo
sin falta de completud sino búsqueda de pleno

el poema prisionero de versura
-podría serlo de hermosura-
la versura, la vuelta
con surco, sin surco
con buey, sin buey
ver el sur sin dar vuelta la cabeza
obliga a ampliar el concepto de pérdida
pasa la desaparición fronteras -muchos El Paso-
presentes perdidos en presente
chocan de noche sus cuerpos, sus copas



jueves, 11 de abril de 2019

Retrato de una princesa desconocida (por Sophia de Mello Breyner)


Para que ella tuviera un cuello tan fino
para que sus muñecas tuvieran un curvar de tallo
para que sus ojos fueran tan frontales y limpios
para que su columna fuera tan recta
y ella llevara su cabeza tan erguida
con un brillo tan natural sobre la frente
fueron necesarias sucesivas generaciones de esclavos
de cuerpo doblado y rudas manos pacientes
sirviendo a sucesivas generaciones de príncipes
aún un poco toscos y groseros
ávidos crueles y fraudulentos

Fue un desperdicio inmenso de gente
para que ella fuera aquella perfección
solitaria exiliada sin destino



miércoles, 10 de abril de 2019

Al éter (por Fiedrich Hölderlin)


¡Oh, Éter, padre! Nunca hombre o dios alguno
fue conmigo tan amoroso y fiel como tú.
Aun antes de que mi madre me tomara en sus brazos
y yo bebiera de sus senos, me abrazabas tiernamente
y vertiste en mi naciente pecho,
con el soplo sagrado, tu celestial elixir.
A los seres no les basta para crecer el alimento
terreno. Pero tú los nutres a todos con tu néctar, oh Padre.
Y el aire vivificante que surge de tu eterna plenitud
corre a raudales por todos los vasos de la vida.
Y así todos los seres te quieren, te buscan,
y, durante su feliz crecimiento,
se esfuerzan sin pausa por llegar hasta ti.
¡Divino! ¿No te busca la planta con sus ojos?
¿No te tiende la maleza sus tímidos brazos?
Para unírsete, la semilla cautiva rompe su vaina.
Para bañarse en tus vivificantes ondas
el bosque sacude su manto de nieve
como si fuera un ropaje inoportuno.
Hasta los peces saltan a la superficie del agua
y brincan, ávidos, fuera del centelleante espejo
del río, como si también ellos quisieran
dejar su cuna para ascender hasta ti.
Y los nobles animales terrestres cobran alas
cuando el potente impulso de su secreto amor por ti
los domina y solivianta.
El soberbio caballo desdeña el suelo y tiende,
como un arco de acero, su cuello en el aire
mientras sus cascos apenas van tocando el suelo.
La pezuña del ciervo sólo roza como jugando
la brizna de hierba, y leve como céfiro
atraviesa de un salto el espumoso arroyo
que se despeña, y mientras salta de una orilla a otra
apenas se le ve entre los matorrales.
En cambio, los pájaros, favoritos del Éter,
habitan y juegan alegres en el eterno palacio
de su Padre. Hay allí lugar para todos,
la senda de ninguno está trazada. Y libres,
grandes y pequeños revolotean en la morada.
Oigo sobre mi cabeza su gozoso clamoreo
y mi corazón, presa de un extraño anhelo,
se siente atraído por ellos. Pareciera
que un dulce país me llamase desde lo alto.
Querría trepar a las cumbres de los Alpes
y suplicar allí al águila veloz, que antaño
puso en brazos de Zeus al niño bienamado,
que me arranque de mi cautiverio
y me transporte al palacio del Éter.
Nosotros, insensatos, damos vueltas en vano
por la tierra. Y como la vid, cuando se ha roto
la estaca que guiaba al cielo sus sarmientos,
también nosotros vagamos por los caminos
con el deseo incesante de entrar en tus jardines.
Nos arrojamos sobre las olas de los mares
tratando de saciarnos en espacios más abiertos,
y el oleaje infinito juguetea con nuestra nave,
y el corazón se regocija ante las fuerzas
del dios del mar. Sin embargo, nada nos sacia.
Un mar más hondo nos llama con ondas
más sutiles. ¡Oh, quién pudiera llevar nuestro barco errante
a esas riberas de oro, allá en lo alto!
Pero mientras yo sueño con vagas lejanías
donde con tu onda azulada enlazas ignoradas orillas,
tú mismo, ¡Éter!, desciendes susurrante
de las cimas florecidas del huerto. Y así revivo,
feliz como antes, con las flores de la tierra.



martes, 9 de abril de 2019

No parece pasarle nada importante (por Wislawa Szymborska)


Sobre un sendero yace un escarabajo muerto.
Ha doblado con cuidado sus tres pares de patitas sobre el vientre.
En lugar del caos de la muerte –orden y esmero.
El horror de esta imagen es leve,
su alcance estrictamente local, entre la grama y la hierbabuena.
La tristeza no contamina.
El cielo es azul.

Para tranquilidad nuestra su muerte es más superficial,
los animales no fallecen, simplemente se mueren
perdiendo -queremos creerlo- menos sentimiento y menos mundo,
al abandonar -pensamos- un escenario menos trágico.
Sus almas sumisas no dan miedo de noche,
guardan la distancia, conocen bien las reglas.

Y aquí está sobre el sendero el escarabajo muerto,
sin transmitir tristeza brilla el sol.
Da lo mismo pensar en él o mirarle:
no parece pasarle nada importante.
Lo importante, dicen, sólo está ligado a nosotros.
Sólo a nuestra vida, sólo a nuestra muerte,
la muerte que se jacta de su forzada primacía.


lunes, 8 de abril de 2019

Lo que nos arrebataron en verano (por Warsan Shire)



I

El verano que mis primas regresan de Nairobi
nos sentamos en círculo bajo el robledal del jardín de mi tía,
y se han hecho mayores. Los pezones endurecidos de Amel
atraviesan el estampado cachemir de su blusa,
alminares que convocan a los hombres al culto.

Cuando se fueron, tenía doce años y los pies
hinchados por el calor de la espera. Nos abrazamos en la puerta de salida,
niñas de la calle con pecho de pájaro tintineando como figuras de madera,
masculinas, con largas faldas a la espera de crecer

hambrientas. La voz suave de mi madre
por teléfono:
¿Están bien? ¿Se están curando?
No quiere que mi padre la escuche de fondo.

II


Juwariyah, de mi edad, se inclina y susurra
Me ha venido la regla. Su pelo ya en mi boca cuando
intento acercarme más: ¿cómo es?
Se gira hacia sus hermanas y una risa que no es suya
se le extiende desde el cuerpo como un gemido.
Es más guapa de lo que recuerdo.

Una de ellas me cierra las piernas.
Siéntate como una mujer. Me toco con el dedo el agujero de los pantalones,
la vergüenza me irradia la piel.

En el coche, mi madre me observa por el
retrovisor, el cuero se me pega bajo los
muslos. Abro las piernas como una puerta bien engrasada

y la reto a que me mire y me dé
lo que no había perdido: un nombre.


domingo, 7 de abril de 2019

Y se sentó a su lado (por Karmelo C. Iribarren)


¿Qué haces?
Nada. Solo
miro llover
sobre la plaza.
Y se sentó a su lado.
Y se sumó,
en silencio,
a aquella celebración
de la nostalgia,
a aquella exuberencia
de la melancolía.


sábado, 6 de abril de 2019

Y señalas el dintel (por Horacio Castillo)


Hasta aquí llegó la vida, dices, y tu dedo toca el muro.
Hasta aquí llegó la muerte, dices, y señalas el dintel.
Pero si pones el pie donde estaba el umbral,
si te acercas con la rama de albahaca y un gallo en los brazos,
las sombras vendrán rápidamente a tu encuentro.
Pero si te sientas donde estuvo el umbral,
si cantas con el gallo -con el gallo de la memoria-
todavía puedes recordar, privilegio de los vivos,
todavía puedes olvidar, privilegio de los muertos.
Hasta aquí llegó la vida, dices, y señalas el dintel.
Y ya no sabes si estás del lado de la sombra o del lado de la luz.
Alguien viene a beber sol: extiendes la mano.
Alguien viene a beber sombra: extiendes la mano.
Y cuando el desconocido te pregunta quién eres, no sabes contestar,
cuando le preguntas quién es, no puede contestar.
Canta -pides- pero él no cantará.
Sueña -responde- y tú no entenderás.
Hasta aquí llegó la vida, dices, y tu dedo toca el muro.
Hasta aquí llegó la muerte, dices, y señalas el dintel.
Y cercas la zona con una cuerda de sol, la cercas con fuego.
¿Qué buscas en la zona de sombra? El perro se ahogó,
las gallinas se ahogaron, se ahogaron los gatos y los dioses.
¿Quién te busca en la zona de sombra? El pasto creció,
creció el viento que viene del olvido.
El aire tragó las tímidas palomas.
Y aquellos esbeltos caballos lustrosos.
Recuerda: lo que ahora no recuerdes nunca volverá.
Olvida: lo que ahora no olvides nunca lo olvidarás.
Y pasas de la zona de sombra a la zona de sol.
¿Qué buscas en la zona de sol? No sabes qué buscas,
mirando las ropas tendidas detrás del tiempo,
subiendo escalinatas que sólo llevan al vacío,
abriendo y cerrando puertas que no existen.
Hasta aquí llegó la vida, dices, y tu dedo toca el muro.
Hasta aquí llegó la muerte, dices, y señalas el dintel.
Y sentándote nuevamente donde estuvo el umbral
cierras los brazos, encoges las piernas, te duermes
en la gran matriz del llanto, si todo no fue un sueño.


viernes, 5 de abril de 2019

Última Thule (por Henry Wadsworth Longfellow)


Con los vientos a favor, sobre los mares del sol
navegamos por las Hespérides,
la tierra donde crecen las manzanas doradas;
pero eso, ¡ah!, eso fue hace mucho tiempo.

Hasta dónde, desde entonces, las corrientes oceánicas
nos han barrido, de esa tierra de sueños,
la tierra de la ficción y de la verdad,
¡la Atlantis perdida de nuestra juventud!

¿Adónde, eh, adónde? ¿No son estas
las Orcadas del embrujo de las tempestades,
donde las gaviotas gritan
y naufragios y algas marinas se alinean en la orilla?

¡Última Thule! ¡La isla más lejana!
Aquí en sus bahías por un rato
arriamos nuestras velas; mientras descansamos
de la interminable búsqueda sin fin.


jueves, 4 de abril de 2019

Cuarto poema secreto a Madelaine (por Guillaume Apollinaire)



Mi boca tendrá ardores de averno,
mi boca será para ti un infierno de dulzura,
los ángeles de mi boca reinarán en tu corazón,
mi boca será crucificada
y tu boca será el madero horizontal de la cruz,
pero qué boca será el madero vertical de esta cruz.
Oh boca vertical de mi amor,
los soldados de mi boca tomarán al asalto tus entrañas,
los sacerdotes de mi boca incensarán tu belleza en su templo,
tu cuerpo se agitará como una región durante un terremoto,
tus ojos entonces se cargarán
de todo el amor que se ha reunido
en las miradas de toda la humanidad desde que existe.

Amor mío
mi boca será un ejército contra ti,
un ejército lleno de desatinos,
que cambia lo mismo que un mago
sabe cambiar sus metamorfosis,
pues mi boca se dirige también a tu oído
y ante todo mi boca te dirá amor,
desde lejos te lo murmura
y mil jerarquías angélicas
que te preparan una paradisíaca dulzura en él se agitan,
y mi boca es también la Orden que te convierte en mi esclava,
y me da tu boca Madeleine,
tu boca que beso Madeleine.



miércoles, 3 de abril de 2019

He extendido mis sueños bajo tus pies (por W.B. Yeats)


Si fuera yo el dueño de las telas del cielo,
bordadas con luz dorada y plateada,
los azules y los tenues y los oscuros mantos
de la noche y la luz y la penumbra,
extendería esas ropas bajo tus pies:
Pero, siendo pobre, solo soy dueño de mis sueños;
he extendido mis sueños bajo tus pies;
pisa suavemente, porque pisas mis sueños.


martes, 2 de abril de 2019

Cómo disolver una casa (por Noni Benegas)


Cómo disolver una casa, la estructura
de canela simple, sólida en la memoria
los travesaños de letras de molde
y las ventanas que enmarcan un único paisaje
lívido, de la infancia
Cómo estallar la ceniza y absorberla
por un agujero negro, o mejor luminoso, clarísimo
que brille hasta el fin y se apague
cómo no entrar ni salir, que no haya un porche
ni una escalera, ni una sala, ni una madre
al fondo de un sillón y un hermano por siempre en el baño
descubriendo su adolescencia
Cómo, una vez la casa quieta, borrar
la ausencia del padre
instalada con rabia de polvo en el vacío



lunes, 1 de abril de 2019

Nadie la hizo (por Ella Misma)


Crea la Obra,
artista, y luego
sin decir nada a nadie
vete sin más,
desaparece,

que nadie sepa quién hizo la Obra,

tú tan pequeño, 

tan insignificante,
tú tan defectuoso al lado de ella,
tú indigno de la Obra que has creado,
ser hija tuya la disminuye,

si al fin y al cabo has sido un medio,
una herramienta puesta en sus manos,
y una vez acabada
ninguna falta le haces,
ya no te necesita,

tú no la hiciste,
nadie la hizo,

que la Obra sea su propia autora,
la Obra es su artífice,
que todos sientan:

“Esta creación se hizo a sí misma,
se hizo ella sola,
tan grande es porque
se autocreó.”

Engendra, artista,
crea la Obra y
disuélvete.



domingo, 31 de marzo de 2019

Si hubo alguna vez una raíz (por Julieta Marchant)


quise construir una casa encima de tu casa
quisimos ciudades a destajo libros quizá destronando realidades o al revés
quise una isla encima de una hamaca
que meciera mi cuerpo hasta dejarme botada junto al resto en las veredas
tus cimientos son puro barro no hay manos suficientes
para crear siquiera la ficción de una patria

mi raíz se cierra a la tierra se enrosca no alcanza
todo lo que somos estrechándose y al otro lado
nadie o vestigios de los que estuvieron aguardando palabras

esperaste que esta casa a techo abierto fuera un hogar
pero quién dime quién podrá alguna vez soportar el viento
rasgando el cuerpo quién dime recordará
lo que se hizo en una pequeña esquina mientras allá afuera
escribían una historia o construían otras casas quién aguanta
su propio reflejo devolviéndose y diciendo no quién

si hubo alguna vez una raíz que saliera de mi cuerpo
agua siquiera o humedad si hubo hogar
es esto que destruyo al nombrarlo
los jardines tienen términos salidas túneles
entro acá y rehúyo dime quién se quedará
en la mitad de este jardín simulando que es más que un patio trasero
quién aguanta lo propio o soporta el silencio habitando
la memoria lo blanco haciendo sombras
la historia en el centro y palabras dispersas en lo que nadie ve


sábado, 30 de marzo de 2019

Debo fingir que hay otros (por Jorge Luis Borges)


Lunas, marfiles, instrumentos, rosas,
lámparas y la línea de Durero,
las nueve cifras y el cambiante cero,
debo fingir que existen esas cosas.

Debo fingir que en el pasado fueron
Persépolis y Roma y que una arena
sutil midió la suerte de la almena
que los siglos de hierro deshicieron.

Debo fingir las armas y la pira
de la epopeya y los pesados mares
que roen de la tierra los pilares.

Debo fingir que hay otros. Es mentira.
Sólo tú eres. Tú, mi desventura
y mi ventura, inagotable y pura.



viernes, 29 de marzo de 2019

La Cruz del Sur (por Julio Cortázar)


Extraño la Cruz del Sur
cuando la sed me hace alzar la cabeza
para beber tu vino negro medianoche.
Y extraño las esquinas con almacenes dormilones
donde el perfume de la yerba tiembla en la piel del aire.
Comprender que eso está siempre allá
como un bolsillo donde a cada rato
la mano busca una moneda el cortapluma el peine
la mano infatigable de una oscura memoria
que recuenta sus muertos.
La Cruz del Sur el mate amargo.
Y las voces de amigos
usándose con otros.



.....

(POST SCRIPTUM: Cuando escribí este poema todavía me quedaban amigos en mi tierra; después los mataron o se perdieron en un silencio burocrático o jubilatorio, se fueron silenciosos a vivir al Canadá o a Suecia o están desaparecidos y sus nombres son apenas nombres en la interminable lista. Los dos últimos versos del poema están limados por el presente: ya ni siquiera puedo imaginar las voces de esos amigos hablando con otras gentes. Ojalá fuera así. Pero ¿de qué estarán hablando, si hablan?) 


jueves, 28 de marzo de 2019

Reyes de bronce (por Carl Sandburg)


Caminé por las calles de una vieja ciudad, y eran flacas las calles como gargantas de pescados duros del mar, salados y guardados en barriles por muchos años.

¡Qué viejas, qué viejas, qué viejas somos!—seguían diciendo las paredes, arrimadas unas a otras como mujeres viejas del pueblo, como viejas comadres que están cansadas y que hacen lo indispensable.

Lo más grande que la ciudad podía ofrecerme a mí, un forastero, eran las estatuas de los reyes, en cada esquina bronces de reyes, viejos reyes barbudos que escribían libros y hablaban del amor de Dios para todos los pueblos, y reyes jóvenes que atravesaron con ejércitos las fronteras, rompiendo la cabeza de los contrarios y agrandando sus reinos.

Lo más extraño de todo para mí, un extraño en esta vieja ciudad, era el ruido del viento que serpeaba en las axilas y en los dedos de los reyes de bronce: ¿No hay evasión? ¿Esto durará para siempre?

Temprano, en una racha de nieve, uno de los reyes gritó: “Échenme abajo, donde no me puedan mirar las comadres cansadas; tiren el bronce mío a un fuego feroz, y fúndanme en collares para niños que bailan”.



miércoles, 27 de marzo de 2019

Tú no tienes derecho (por Miguel d' Ors)


Centinela del bosque, el arrendajo
advierte a toda la Naturaleza
tu llegada.

Ese grito,
que desgarra como una cuchillada
herrumbrosa el silencio, significa
que un intruso está entrando en este espacio puro.

Tú que no eres
puro, tú que no eres hermano de los robles,
de las piedras musgosas,
de las aves que pían en ramas ignoradas,
del agua que, secreta, halaga las raíces,
no mereces vivir en este mundo;
tú no tienes derecho a entrar a la armonía
mientras no haya armonía dentro de ti. Detente;
vuelve a tu vida; deja en ella todo
lo que crees saber; busca de nuevo
la infancia, aquella luz
del corazón.

Con ella, acaso un día
puedas volver al bosque
sin que se sobresalte el arrendajo.


martes, 26 de marzo de 2019

Utopía (por Wislawa Szymborska)


Una isla donde todo se aclara.
Allí se pisa la tierra firme
de las pruebas.

Hay un solo camino, el de la llegada.
Los encorvados arbustos se inclinan bajo el peso
de las respuestas.

Allí crece el árbol de la Hipótesis Adecuada
con las ramas desenredadas desde siempre.
El árbol de la Comprensión, deslumbrante, recto,
junto al manantial que susurra: “Es así.”
Cuanto más se interna uno en el bosque, más se abre
el Valle de la Obviedad.

Si una duda surge, la disipa el viento.
El eco, sin nadie pedírselo, toma la palabra
con decisión, y aclara los misterios del mundo.

A la derecha, una cueva donde hay sentido.
A la izquierda, el Lago de la Profunda Convicción.
La verdad se desprende del fondo y ya flota en la
superficie.

La Seguridad Intocable domina el Valle.
Desde su cumbre se contempla la esencia de las cosas.


A pesar de tantos atractivos, la isla está despoblada;
y las pequeñas huellas de los pies, reconocibles
en la orilla, se dirigen todas, sin excepción, al mar.

Como si se hubieran ido de allí
sólo para zambullirse de nuevo, sin remedio,
en un vivir inentendible.




lunes, 25 de marzo de 2019

Yo nunca tú (por Saiz de Marco)


no estaré en los alvéolos de tus pulmones
no estaré en tu misterio ni en tus sueños
no estaré en las retinas de tus ojos
no estaré en tu entresijo
no estaré en tus arterias ni en tus venas
no estaré en tu temblor
no estaré en tus heridas
no estaré en todo aquello que perdiste
no estaré en tu columna vertebral
no estaré en tus anhelos
no estaré en tu equilibrio ni en tu vértigo
no estaré en tu dolor ni en tu opresión
no estaré en tu creer ni en tu pensar
no estaré en tus aurículas ni en tus ventrículos
no estaré en tu extrañeza
no estaré en tus dos manos ni en tus dos pies
no estaré en qué recuerdas ni en qué imaginas
no estaré en tus declives
no estaré en tus tejidos ni en tus pliegues
nunca estaré en tus vísceras tus glándulas tus fibras interiores
nunca voy a ser tú nunca del todo

por mucho que lo busque
por mucho que yo quiera no se puede
nunca voy a saber
nunca voy a sentir cómo es ser tú