zUmO dE pOeSíA

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de todos los colores, de todos los sabores

ALEATORIUM: Saca un poema de nuestro almacén

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viernes, 19 de octubre de 2012

Céline se había ido (por Charles Bukowski)


fue como no haber estado allí. 
Céline se había ido. 
no había nadie allí. 
París fue un bocado de aire azulado. 
las mujeres pasaban como una inhalación como si tú nunca 
fueras a atreverte a irte a la cama con 
ellas. 
no había ningún ejército por ahí. 
todos eran ricos. 
no había pobres a la vista. 
no había viejos a la vista. 
cuando te sentabas en una mesa en un café 
te caían celosas miradas 
de los demás 
asiduos 
quienes estaban seguros de ser 
más importantes que 
tú. 
la comida era demasiado cara para comerla. 
una botella de vino te costaba 
tu mano derecha. 
Céline se había ido. 
hombres gordos fumaban cigarros convirtiéndose en 
gloriosas bocanadas de humo. 
hombres delgados permanecían sentados muy estirados y charlaban 
únicamente entre sí. 
los camareros tenían los pies grandes y estaban seguros 
de ser más importantes que 
nada y 
que nadie. 
Céline se había ido. 
y Picasso se estaba muriendo. 
París fue absolutamente nada. 
vi a un perro que parecía un 
lobo blanco. 
no recuerdo haber abandonado 
París. 
pero debo de haber estado 
allí. 
fue de alguna manera como dejarse 
una revista de moda en una 
estación de tren. 

jueves, 18 de octubre de 2012

Queremos regresar (por Michel Houellebecq)


Es cierto que este mundo en que nos falta el aire
sólo inspira en nosotros un asco manifiesto,
un deseo de huir sin esperar ya nada,
y no leemos más los títulos del diario.

Queremos regresar a la antigua morada
donde el ala de un ángel cubría a nuestros padres,
queremos recobrar esa moral extraña
que hasta el postrer instante santifica la vida.

Queremos algo como una fidelidad,
como una imbricación de dulces dependencias,
algo que sobrepase la vida y la contenga;
no podemos vivir ya sin la eternidad.

miércoles, 17 de octubre de 2012

martes, 16 de octubre de 2012

De espaldas a sí misma (por Alejandra Morales)


Es tan nada,
ésa
que nunca estuvo
en vos.

Es tan pequeña
llorando
arrodillada
de espaldas a sí misma.

Una foto,
un dibujo,
un espejo
implacable
que le recuerda
que aún se puede morir más.

lunes, 15 de octubre de 2012

Tu voz y tu mano en sueños (por Antonio Machado)


Soñé que tú me llevabas
por una blanca vereda,
en medio del campo verde,
hacia el azul de las sierras,
hacia los montes azules
una mañana serena.

Sentí tu mano en la mía,
tu mano de compañera,
tu voz de niña en mi oído
como una campana nueva,
como una campana virgen
de un alba de primavera.
Eran tu voz y tu mano
en sueños, ¡tan verdaderas!

Vive, esperanza, ¿quién sabe
lo que se traga la tierra?

domingo, 14 de octubre de 2012

Amo su agua oscura y dulce (por Norma Jean Baker [Marilyn Monroe])


Amo el río,
ese río silencioso
que cruzan gaviotas y navíos,
amo su agua oscura y dulce,
sucia por fuera,
tierna por dentro.
Me gusta pasear por sus orillas,
escuchar las cosas que me dice.
Me gusta
mirarlo desde el puente,
cerrar los ojos,
soñar con que me tiene
entre sus brazos,
me tiene para siempre.



sábado, 13 de octubre de 2012

viernes, 12 de octubre de 2012

Solo en su mundo (por William Bronk)


La mayoría de los hombres son demasiado yo mismo,
mis rasgos externos perecederos, como las heces, el cabello, la piel,
la ropa desechada, inútiles para mí y muertos.
Desde la unidad, ¿qué deberíamos decir que no hayamos dicho
antes juntos? Nada que decirles,
nada que decir. Lo que ellos a mí, así debo
parecerles yo a ellos. La soledad humana
es la infinita unidad del hombre. El hombre es uno;
está solo en su mundo. Somos ese uno,
incluso nosotros, que ahora susurramos juntos,
íntimamente, como si fuéramos dos, como hacen los niños,
sabiendo tanto como nosotros y haciéndonos creer,
igual que creemos nosotros, que hay otro allí.

jueves, 11 de octubre de 2012

Por vosotros (por Saiz de Marco)


Esto va por vosotros los que


ablandáis el mundo en vez de endurecerlo


los que lo suavizáis en vez de hacerlo áspero


los que, en lugar de agriarlo, lo tornáis más amable


los que, en vez de ensuciarlo, limpiáis por los rincones y pasáis la bayeta por vuestro recoveco


los que lo hacéis más cálido en vez de más hostil



Agradecidamente

emocionadamente

celebrando que estáis -sí, celebrándoos-

esto va por vosotros, porque yo me pregunto

¿qué sería de nosotros

sin vosotros?



Esto va por vosotros, que ya sé que sois pocos

claramente sois pocos

pero, aunque fuerais muchos, no seríais nunca muchos

siempre seríais demasiado pocos

miércoles, 10 de octubre de 2012

Como si recordaran (por Juan Gelman)

La tarde bajaba por esa calle junto al puerto
con paso lento, balanceándose, llena de olor.
Las viejas casas palidecen en tardes como ésta.
Nunca es mayor su harapienta melancolía
ni andan más tristes de paredes.
En las profundas escaleras brillan fosforescencias como de mar,
ojos muertos tal vez que miran a la tarde como si recordaran.
Eran las seis, una dulzura detenía a los desconocidos,
una dulzura como de labios de la tarde, carnal,
carnal.
Los rostros se ponen suaves en tardes como ésta,
arden con una especie de niñez
contra la oscuridad, el vaho de los dancings.

Esa dulzura era como si cada uno recordara a una mujer,
sus muslos abrazados, la cabeza en su vientre.
El silencio de los desconocidos
era un oleaje en medio de la calle
con rodillas y rostros de ternura chocando
contra el "New Inn", las puertas, los umbrales de color abandono.

Hasta que la muchacha se asomó al balcón
de pie sobre la tarde íntima como su cuarto con la cama deshecha,
donde todos creyeron haberla amado alguna vez
antes de que viniera el olvido.

martes, 9 de octubre de 2012

Levántate (por Luis Alberto de Cuenca)


Álzate, corazón, consumido de penas,

levántate, que sopla un viento de esperanza

por el mundo, llevándose con él tus inquietudes

y la costra de angustia que apaga tus latidos.

Álzate, viejo amigo, que el dios de los humildes

ha vuelto de su viaje al país de las sombras

y alumbra con su ojo la prisión en que yaces,

limando los barrotes de tu melancolía.

lunes, 8 de octubre de 2012

Dígito a dígito (por Cristian Andrés Briones)


Es inhóspito, este electrónico panorama intuitivo.

Esta vista maquinaria se describe por sí misma.

Cada llanto técnico que conforma sus pliegues angulares.

Cada olvido derramado en el fondo de sus hondos precipicios.

Cada simetría autómata,

elevando mi desgracia

desde los cimientos tristes de mi monumental angustia

hasta la tecnológica techumbre del rezongue y la rabieta,

son como un extenso juego de instrucciones

carentes de todo tacto,

todo juicio y toda ánima;

y desechando todo anteojo, pluma tinta y pipa,

vuélvome máquina a la utilidad de mi tormento,

dígito a dígito,

agotando las apelaciones afectuosas

que conmemoran cada instrucción ejecutada,

eliminándolas luego,

disponiendo de la periferia

que es tremendamente tremebunda o,

lo que es lo mismo,

avanzando como imbécil engranaje

alimentado de esta histriónica congoja,

que me abraza de silicio, desde adentro:

ramificándose,

ramificándose,

ramificándose,

ramificándose,

ramificándose,

escurriendo,

propagándose por toda la extensión de mi habitáculo

dejándome trunco, solamente solo y desolado

desde el primo oprimo hasta el último cómputo y, no obstante,

al llevar los tristes plectros al tablero me soporto,

y me soporto

con esta voz, que es mi voz ensangrentada en tinta muerta,

verborreando hercios de amargura por mis labios,

echando jeta afuera un canto desgarrado por repudio a la musa,

cuyo eco, tras retumbar en cada muro de esta tumba,

sale a luz para echar la gran orinada al cosmos,

en donde toda esta patética habladuría

es tragada por el enorme hocico cultural de este milenio.



Y tu imagen de chípica Julieta,

de sílice Venus,

de bítica María extraviada en el agravio de redes,

se me agranda en los conos, en los conos y los bastones

donde todas estas visiones van muriendo.



La pasión de tu tensión mecánica es adicción de multitudes,

tu energía impecable,

tu trabajo alucinante,

la cantidad inmensurable de calor que repartes

por todos mis infortunados poros,

son como un paupérrimo estandarte impreso

en el binario abismo de mi signo.



Yo quemaba el seductivo diagrama de tu boca,

amaba la oratoria interfaz de tu mirada,

admiraba el léxico diseño de tus manos,

te halagaba en lo grave

en lo esdrújulo y lo agudo,

y hubiera dado todos, todos mis voltios desgarrados

por saber qué había dentro de la gran arquitectura de tu olvido.



Pero, ya resignado y, jodidamente jodido hasta el nombre,

desde aqueste traje humano

hasta la supuesta infinitud del universo,

me desangro en símbolos,

he aquí en cadenas necésitas de pulso,

por cuyos muertos caracteres,

tristes signos alzados a los ojos del poeta,

cáiganseme vatios mohínos por toda la amplitud de la lengua,

enunciando: se ha roto el enlace.



Y voy quedando aislado, kilobyte a kilobyte,

ya no hay más ese amperaje que ilumíname,

amperio por amperio voy tumbando los recuerdos

volviéndome tiniebla,

a imagen y semejanza de los apagones,

despojándome de toda corriente.

Suspiros entrañables, oníricas caricias,

circunstancias paridas en lo incierto,

y todas estas cosas,

despachadas a la usanza de la chatarra,

vanse, vanse, vanse una a una,

o lo que es lo mismo, al carajo.



Llanto a llanto, he quedado introvertido en los nodos prepotentes del destino,

mecanizado hasta el ánima, automatizado hasta la médula;

ajados procedimientos me salen al paso

y solamente solo avanzo haciendo del recuerdo un recuerdo,

a la manera que el reloj,

pretendiendo que el tiempo me pudra hasta el péndulo.



Yo hubiera dado todas, todas, todas mis unidades fisiológicas

por saber qué había dentro del circuito de tu psique,

pero,

el olvido,

el olvido,

el olvido,

el olvido,

el olvido,

el olvido ya mueve sus válvulas devorando tu imagen,

a la usanza de los cortocircuitos,

a la usanza de los discos diezmados por un Intro,

a la usanza del formato, que terminará

por convertirte

en una lamentable cadena de ceros.

domingo, 7 de octubre de 2012

Es el dolor dos veces (por César Vallejo)


Sí, desgraciadamente,

el dolor crece en el mundo a cada rato,

crece a treinta minutos por segundo, paso a paso,

y la naturaleza del dolor, es el dolor dos veces

y la condición del martirio, carnívora voraz,

es el dolor dos veces

y la función de la yerba purísima, el dolor

dos veces

y el bien de ser, dolernos doblemente.



Jamás, hombres humanos,

hubo tanto dolor en el pecho, en la solapa, en la cartera,

en el vaso, en la carnicería, en la aritmética!

Jamás tanto cariño doloroso,

jamás tan cerca arremetió lo lejos,

jamás el fuego nunca

jugó mejor su rol de frío muerto!

Jamás, señor ministro de salud, fue la salud

más mortal

y la migraña extrajo tanta frente de la frente!

Y el mueble tuvo en su cajón, dolor,

el corazón, en su cajón, dolor,

la lagartija, en su cajón, dolor.


Crece la desdicha, hermanos hombres,

más pronto que la máquina, a diez máquinas, y crece

con la res de Rousseau, con nuestras barbas;

crece el mal por razones que ignoramos

y es una inundación con propios líquidos,

con propio barro y propia nube sólida!

Invierte el sufrimiento posiciones, da función

en que el humor acuoso es vertical

al pavimento,

el ojo es visto y esta oreja oída,

y esta oreja da nueve campanadas a la hora

del rayo, y nueve carcajadas

a la hora del trigo, y nueve sones hembras

a la hora del llanto, y nueve cánticos

a la hora del hambre y nueve truenos

y nueve látigos, menos un grito.



El dolor nos agarra, hermanos hombres,

por detrás de perfil,

y nos aloca en los cinemas,

nos clava en los gramófonos,

nos desclava en los lechos, cae perpendicularmente

a nuestros boletos, a nuestras cartas;

y es muy grave sufrir, puede uno orar…

Pues de resultas

del dolor, hay algunos

que nacen, otros crecen, otros mueren,

y otros que nacen y no mueren, otros

que sin haber nacido, mueren, y otros

que no nacen ni mueren (son los más)

Y también de resultas

del sufrimiento, estoy triste

hasta la cabeza, y más triste hasta el tobillo,

de ver al pan, crucificado, al nabo,

ensangrentado,

llorando, a la cebolla,

al cereal, en general, harina,

a la sal, hecha polvo, al agua, huyendo,

al vino, un ecce-homo,

tan pálida a la nieve, al sol tan ardio!

¡Cómo, hermanos humanos,

no deciros que ya no puedo y

ya no puedo con tanto cajón,

tanto minuto, tanta

lagartija y tanta

inversión, tanto lejos y tanta sed de sed!

Señor Ministro de Salud; ¿qué hacer?

¡Ah! desgraciadamente, hombres humanos,

hay, hermanos, muchísimo que hacer.

sábado, 6 de octubre de 2012

Sólo la tierra (por Gottfried Benn)



La solitaria muela de una puta

una muerta sin nombre

llevaba una corona de oro.

Las demás se habían desprendido

como por un secreto acuerdo.

Ésta la extrajo el sepulturero para sí.

Porque, decía,

sólo la tierra debe volver a la tierra.

viernes, 5 de octubre de 2012

Aquel año te amé como nunca (por Pere Gimferrer)


Me dio un beso y era suave como la bruma

dulce como una descarga eléctrica

como un beso en los ojos cerrados

como los veleros al atardecer

pálida señorita del paraguas

por dos veces he creído verla su vestido

(estampado el bolso el pelo corto y

aquella forma de andar muy en el

borde de la acera).

En los crepúsculos exangües la ciudad es un torneo

de paladines en cámara lenta

sobre una pantalla plateada

como una pantalla de televisión son las imágenes

de mi vida los anuncios

y dan el mismo miedo que los objetos volantes

venidos de no se sabe

dónde fúlgidos en el espacio.

Como las banderolas caídas en los yates de lujo

las ampollas de morfina en los cuartos cerrados de los hoteles

estar enamorado es una música una droga es como

escribir un poema

por ti los dulces dogos del amor y su herida carmesí.

Los uniformes grises de los policías los cascos

las cargas los camiones los jeeps

los gases lacrimógenos

aquel año te amé como nunca llevabas un

vestido verde y por las mañanas sonreías

Violines oscuros violines de agua

todo el mundo que cabe en el zumbido de una línea telefónica

los silfos en el aire la seda y sus relámpagos

las alucinaciones en pleno día como viendo fantasma luminosos

como palpando un cuerpo astral

desde las ventanas de mi cuarto de estudiante

y muy despacio los visillos

con antifaz un rostro me miraba

el jardín un rubí bajo la lluvia

jueves, 4 de octubre de 2012

Hambruna y pubertad (por Sharon Olds)


La niña está sentada en la tierra dura,

áspero molde de Rusia, en la sequía

de 1921, aturdida,

los ojos cerrados, la boca abierta,

un crudo viento abrasador le sopla

arena en la cara. Hambruna y pubertad

se apoderan de ella. Echada sobre un saco,

el calor descoloca todo lo que lleva puesto,

curvado el tierno radio de su brazo.

No puede no ser bella, pero

se muere de hambre. Adelgaza cada día, y sus huesos

se hacen largos, porosos. El pie de foto dice

que va a morir de hambre ese invierno

con miles de otros seres. En la sima de su cuerpo

los ovarios liberan sus primeros óvulos,

dorados como el grano.

miércoles, 3 de octubre de 2012

Junto al propio equipaje en un escalón frío (por Derek Walkott)


Recuerdo las ciudades que nunca he visto

exactamente. Venecia con sus venas de plata, Leningrado

con sus minaretes de toffee retorcido. París. Pronto

los impresionistas obtendrán sol de las sombras.

¡Oh! y las callejas de Hyderabad como una cobra desenroscándose.



Haber amado un horizonte es insularidad;

ciega la visión, limita la experiencia.

El espíritu es voluntarioso, pero la mente es sucia.

La carne se consume a sí misma bajo sábanas espolvoreadas

de migas, ampliando el Weltanschauung con revistas.



Hay un mundo al otro lado de la puerta, pero qué inquietante resulta

encontrarse junto al propio equipaje en un escalón frío cuando el alba

tiñe de rosa los ladrillos, y antes de tener ocasión de lamentarlo,

llega el taxi haciendo sonar una vez la bocina,

deslizándose hasta la acera como un coche fúnebre y subimos.

martes, 2 de octubre de 2012

No estar en ninguna parte (por Philip Larkin)


Trabajo todo el día, y medio me emborracho por la noche.

A las cuatro me despierto en medio de una oscuridad insondable.

Fijo la vista. A su tiempo, al filo de la cortina acrecerá la luz.

Hasta entonces veo lo que realmente estuvo siempre ahí:

la muerte sin tregua, ahora un día más cercana,

impidiendo cualquier otro pensamiento, salvo cómo,

y dónde, y cuándo moriré.

Estéril interrogante, más el espanto

de morir y estar muerto,

relampaguea de nuevo para horrorizar, para poseer.

La mente desconcertada por el resplandor. No por remordimiento

- el bien no hecho, el amor no dado, el tiempo que se fue,

desgarrado y sin usar – ni porque, desdichadamente,

se precise mucho tiempo para remontar y liberar

una vida de sus errados comienzos, y puede que nunca se logre;

pero sí por el vacío total y eterno,

la extinción cierta hacia la que viajamos,

y en la que estaremos perdidos para siempre. No estar aquí,

no estar en ninguna parte,

y muy pronto; nada más terrible, nada más verdad.

Es una manera especial de sentir miedo,

que no se esfuma con ningún truco. La religión lo intenta,

ese vasto y apolillado brocado musical

creado para fingir que nunca morimos,

ese rollo engañoso que dice que ningún ser racional

puede temer a una cosa que no sentirá, apartando la mirada

de lo que tememos: no tener ojos, ni oído,

ni tacto, sabor u olor; nada en lo que pensar,

nada que amar o a lo que poder unirnos;

el anestésico del que nadie recobra el sentido.

Quedarse así solamente al borde de la visión,

pequeño borrón desenfocado, con un escalofrío continuo

que debilita y conduce hacia la indecisión cada impulso.

La mayoría de las cosas puede que nunca sucedan: ésta ocurrirá,

y lo certero de su cumplimiento nos hace enfurecer

cuando estamos atrapados en el horno del miedo,

sin compañía, o una copa en la mano. El valor es inútil:

dicho sea, no para que otros se asusten. Ser valiente

no permite a nadie librarse de la tumba.

Lamentada o combatida, la muerte es la misma.

Lentamente la luz se afirma, y la habitación toma forma.

Como un armario, resulta evidente lo que sabemos,

lo que hemos sabido siempre, el saber que no podemos escapar;

y aun así no podemos aceptarlo. Habrá que decidirse.

Entretanto, en oficinas cerradas, los teléfonos agazapados

se preparan para sonar; y todo el impasible,

intrincado y agrietado mundo comienza a despertar.

El cielo es blanco como arcilla, sin sol.

El trabajo nos reclama.

De casa en casa, como médicos, van los carteros.

lunes, 1 de octubre de 2012

Una ajenidad vítrea (por Antonio Lobo Antunes)

El dedo inmenso y estúpido del maestro de primaria buscándome entre los pupitres con el pretexto de los afluentes de la margen izquierda del Tajo; la paciencia de mi madre intentando enseñarles piano Schmoll a mis manos sin gracia; el jardinero que mataba gorriones estrangulándolos con las manos en su espalda y me miraba riendo; la niña de la que me enamoré a los diez años, que iba a ser dentista y murió antes de serlo, en las sábanas de hierro de un coche atrozmente arrugadas sobre una cama de asientos, ruedas, chasis: ¿cuál de estas cosas me habrá lastimado primero? ¿Sufrir será difícil o sólo será una trivialidad desagradable para los otros como la vejez o la enfermedad? Sacaron a la niña, entonces con veinte años, de su colchón arrimado a un plátano y juraría que su boca

-António

cuando su boca nada, esa indiferencia de los difuntos a la que llamamos sonrisa y no es sonrisa, es una ajenidad vítrea, una quietud exasperante. No pretendo sino lo imposible: un niño que me saluda, un barco que llega, martillar con la mano izquierda, saber bailar el tango, distinguirte a lo lejos, en el aeropuerto, a mi espera. Mi tía me enseñaba solfeo, regulaba el metrónomo y aquel dedo, inmenso y estúpido también, hacia la derecha y hacia la izquierda con una obstinación cardíaca. En el restaurante los amigos de costumbre hablan, hablan. ¿De qué? Dejé de oírlos cuando entró una pareja de jubilados: les llevó un buen rato sentarse, con las rodillas como muelles de navaja cuyas pobres hojas se doblan a duras penas. Cuando uno de ellos hablaba a gritos el otro ahuecaba la mano detrás de la oreja. Su mujer pidió que le guardasen el resto de la cena en una bolsa de plástico, para el perrito que se quedó en casa rascando la puerta con las uñas, desesperado, goteando pises afligidos en la alfombra. Seguro que en su apartamento hay trastos, sombras, revistas muy antiguas. Tal vez no les haga falta ahuecar la mano detrás de la oreja sólo para oír el metrónomo. ¿Cómo se planchan sábanas de hierro arrugadas? Revistas muy antiguas leídas los domingos lluviosos: A Illustração Portugueza, Très Sport, y en el Très Sport el campeón del mundo Georges Carpentier en actitud de ataque, con raya al medio y bermudas muy largas. El adversario usaba un bigote de puntas retorcidas, como los alféreces de principios de siglo que cortejaban a señoras en balcones con colchas colgadas en las tardes de procesión. Las revistas antiguas huelen a templete y zaragatona, al pájaro disecado del farmacéutico republicano que preparaba recetas insultando a Dios. Mi abuela me explicó en voz baja que el farmacéutico, de joven

(y yo seguro de que el farmacéutico nunca había sido joven, mentira de la abuela)

había sido un as en el juego del palo, que a juzgar por las instrucciones que me dio acerca de este deporte me hizo pensar en una especie de danza a golpes de garrote. Si el farmacéutico pillase a Dios a pelo le daría una zurra que no veas. El día de Navidad entraría en la iglesia con las manos en la cintura y sombrero en la cabeza, desafiando al Creador

-Muestra lo que vales, anda.

Dios, lleno de paciencia, lo soportó varios años, muy callado, hasta decidirse

(Dios tarda mucho en decidirse)

a hacerlo resbalar por las escaleras. A mi modo de ver fue una muerte a traición. La tarde del entierro mi tía detuvo el metrónomo: debía de haber amado al farmacéutico de joven. La prueba es que si le compraba un jarabe su boca temblaba, y los brazos del farmacéutico dibujaban gestos sin sentido. La trataba de

-Señora

y hasta que salíamos dejaba a Dios en paz. En una ocasión en la que mi tía se olvidó del paraguas y volví a la tienda a buscarlo me encontré con el farmacéutico aseándose. Metió la manga en el frasco de los caramelos pectorales y, sin quitarse el pañuelo de la nariz, me extendió un montón de cubitos que olían a eucalipto y azúcar, con un señor de barba

el profesor Malinovski

impreso en el papel, dentro de un medallón rodeado de florecillas. Mi tía enrojeció cuando se los di y los guardó con precauciones de cristal en el cofre de las joyas, es decir, un camafeo sin orla y la alianza de sus padres. Después me preguntó

-¿Qué estaba haciendo?

Respondí

-Sonándose

y se quedó siglos en la sala mirando el piano. Leí hace mucho tiempo en un libro que la patria de una mujer es aquella donde se ha enamorado. Esa noche, durante la cena, reparé en que mi tía se había puesto perfume. Y la glicina golpeaba contra los cristales diciéndonos adiós. Me pareció que la glicina entre gestos sin sentido, me pareció que un racimo

-Señora

me pareció que mi tía la escuchaba pero debo de haberme equivocado. Me equivoqué sin lugar a dudas: ¿desde cuándo las glicinas se suenan?

domingo, 30 de septiembre de 2012

Más que decir palabras (por Leopoldo Panero)



Más que decir palabras, quisiera dar la mano

a un niño, hundir el pecho contra la espuma viva

y estar callado, llena la frente de océano,

bajo un pino silente, palpitando hacia arriba.

Más que decir palabras, navegar en un llano

de espigas empujadas, ondeadas, donde liba

la inmensidad su jugo de noche de verano;

y en vez de soñar nombres, que el viento los escriba.

Más que juntar canciones cogidas en la infancia,

quisiera mis mejillas como un nido robado

y el sabor de mis labios húmedos de ignorancia

y la primera delicia del que nunca ha besado.

Más que decir palabras, ser su propia fragancia

y estar callado: dentro del verso, estar callado...

sábado, 29 de septiembre de 2012

Casas vacías (por Alejandra Morales)



A veces me entristecen las casas vacías



Me recuerdan a mí



y a esa desolada y amarga certeza



con que convivo



Alguien me hizo para no habitarme

viernes, 28 de septiembre de 2012

Aldea del Presente (por Saiz de Marco)

Defiéndete
aldea del Presente


Resiste
pueblecito del Ahora


Defiéndete del Antes
que se niega a detenerse detrás de tus lindes


Defiéndete del Luego
que te acecha con su hostil embestida de gris miedo


No les dejes pasar
plántales cara
Vamos
lucha con lo único que tienes


Haz que acudan deprisa tus latidos
tus afanes
tus impulsos del Ahora
los pálpitos que habitan este instante


Que vayan y que corten los caminos y los puentes que llevan hacia ti


Entre todos quizá puedan frenar el avance de esos dos invasores


Defiéndete
Ahora


No consientas
que ese par de vulgares saqueadores
se adueñe de tus calles y tus casas


Defiéndete
Presente


No permitas que esos dos enemigos declarados
esa alianza del Antes con el Luego
asalte tu pequeño territorio

jueves, 27 de septiembre de 2012

Me gustan los puentes (por Norma Jean Baker [Marilyn Monroe])


Me gustaría estar muerta.

Me gustaría no haber existido.

Me gustan los puentes,

especialmente el de Brooklyn,

tan tranquilo a pesar

del rugido de los automóviles

debajo de los pies de los transeúntes.

Pero no hay ningún puente feo.

Quizá alguno no demasiado alto.

miércoles, 26 de septiembre de 2012

Mi patria (por José Hierro)





Si me dijeran, puedes escoger tu patria,

un lugar en el que vivir,

un lugar por el que morir,

una gran historia llena de patrañas

que has de creer a pie juntillas,

un trapo tremolante

que ha de llenarte de emoción

cuando lo divises de lejos,

¿qué patria escogería?

El mundo es demasiado grande,

mi pueblo demasiado pequeño.

¿No habrá un errante asteroide

todavía sin nombre,

sin historia, sin bandera,

sin sangre en las manos,

sin victimas a las que vengar?

Un pedrusco ignorado de todos,

al que no salpique la estupidez de los hombres,

esa quisiera que fuera mi patria.

martes, 25 de septiembre de 2012

Tan livianas, tan hondas, tan certeras (por Gonzalo Rojas)


Eléctricas, desnudas en el mármol ardiente que pasa de la
piel a los vestidos
turgentes, desafiantes, rápida la marea,
pisan el mundo, pisan la estrella de la suerte con sus finos
tacones
y germinan, germinan como plantas silvestres en la calle,
y echan su aroma duro verdemente.

Cálidas impalpables del verano que zumba carnicero. Ni
rosas
ni arcángeles: muchachas del país, adivinas
del hombre, y algo más que el calor centelleante,
algo más, algo más que estas ramas flexibles
que saben lo que saben como sabe la tierra.

Tan livianas, tan hondas, tan certeras las suaves. Cacería
de ojos azules y otras llamaradas urgentes en el baile
de las calles veloces. Hembras, hembras
en el oleaje ronco donde echamos las redes de los cinco
sentidos
para sacar apenas el beso de la espuma.

lunes, 24 de septiembre de 2012

Estos pobres pronombres que se alternan (por Eugenio Montejo)



Se tendieron desnudos, semiabsortos,
en un hotel de los suburbios.
Verde era el arco de la luz que el día
iba filtrando en la ventana. Y verde el viento
con filo de cuchillo sobre las leves sábanas.
Ese jadeo ajeno ante lo íngrimo
de no saber por qué se nace
ni por qué se desea,
brotaba allí de un fuelle unánime
entre ambos cuerpos... Ella era joven,
más que su tenue sombra.
Y yo a su lado, atónito,
en el tiempo sin tiempo de mi carne,
mucho más amoroso que la lumbre
de este incierto recuerdo.
Éramos jóvenes
como cuando uno mismo no lo sabe.
De allí y de todo ambos partimos,
partimos y partieron
ellos, nosotros, cerca, es decir, lejos...
¿Cuál era la canción de moda entonces?
Ya no sé si la oímos, si la oyeron.
El tiempo va añadiendo tanto olvido
que deja en anacrónico tumulto
el mismo fuelle con ansia y menos cuerpo,
el mismo cuerpo con noche y menos sangre,
la misma sangre dando vueltas a la tierra
y estos pobres pronombres que se alternan
entre restos de voces no apagadas
y hasta un golpe de mar donde no hay agua.

domingo, 23 de septiembre de 2012

Brillan, me llaman (por Amalia Bautista)


Hay unas flores de un color naranja
solar y líquido. Brillan, me llaman,
con qué mudo lenguaje o en qué idioma.
Pequeñas, satinadas, me parecen de rafia.
Caigo en la tentación de tocar esos pétalos
y mis dedos descubren el tacto de la seda
y el tacto de tus labios cuando besan mis hombros.

sábado, 22 de septiembre de 2012

El Paraíso está aquí (por Eduardo Mitre)

Abre los ojos. Despierta.
El Paraíso está aquí,
de vuelta.
Con todos y todo
en la luz pasajera.

Es (no hay otro) esta tierra:
mesa de encuentros,
cuna de ausencias.

El Paraíso está aquí,
a la espera. Abre tus ojos
que abren sus puertas.

Despierta. Está aquí.
No es la dicha.
Es la presencia.

viernes, 21 de septiembre de 2012

Reír juntos, reír siempre (por Friedrich Nietzsche)



Bajo un cielo muy azul,

tumbados en la hierba,

hermoso es callar juntos;

reír, aún más hermoso.

Reír juntos, reír siempre

en la salud y la enfermedad.

Cuanto peor vaya el mundo

más nos reiremos

y sin decirnos nada

nos lo diremos todo.

jueves, 20 de septiembre de 2012

Monsieur Marcel [Proust] no se da cuenta de nada (por Álvaro Mutis)


¿En qué rincón de tu alcoba, ante qué espejo,
tras qué olvidado frasco de jarabe,
hiciste tu pacto?
Cumplida la tregua de años, de meses,
de semanas de asfixia,
de interminables días del verano
vividos entre gruesos edredones,
buscando, llamando, rescatando,
la semilla intacta del tiempo,
construyendo un laberinto perdurable
donde el hábito pierde su especial energía,
su voraz exterminio;
la muerte acecha a los pies de tu cama,
labrando en tu rostro milenario
la máscara letal de tu agonía.
Se pega a tu oscuro pelo de rabino,
cava el pozo febril de tus ojeras
y algo de seca flor, de tenue ceniza volcánica,
de lavado vendaje de mendigo,
extiende por tu cuerpo
como un leve sudario de otro mundo
o un borroso sello que perdura.
Ahora la ves erguirse, venir hacia ti,
herirte en pleno pecho malamente
y pides a Celeste que abra las ventanas
donde el otoño golpea como una bestia herida.
Pero ella no te oye ya, no te comprende,
e inútilmente acude con presurosos dedos de hilandera
para abrir aún más las llaves del oxígeno
y pasarte un poco del aire que te esquiva
y aliviar tu estertor de supliciado.
Monsieur Marcel ne se rend compte de rien,
explica a tus amigos
que escépticos preguntan por tus males
y la llamas con el ronco ahogo del que inhala
el último aliento de su vida.
Tiendes tus manos al seco vacío del mundo,
rasgas la piel de tu garganta,
saltan tus dulces ojos de otros días
y por última vez tu pecho se alza
en un violento esfuerzo por librarse
del peso de la losa que te espera.
El silencio se hace en tus dominios,
mientras te precipitas vertiginosamente
hacia el nostálgico limbo donde habitan,
a la orilla del tiempo, tus criaturas.
Vagas sombras cruzan por tu rostro
a medida que ganas a la muerte
una nueva porción de tus asuntos
y, borrando el desorden de una larga agonía,
surgen tus facciones de astuto cazador babilónico,
emergen del fondo de las aguas funerales
para mostrar al mundo
la fértil permanencia de tu sueño,
la ruina del tiempo y las costumbres
en la frágil materia de los años.

miércoles, 19 de septiembre de 2012

La casa de nuestro padre estaba llena de murciélagos (por Ledo Ivo)


Los murciélagos se esconden tras las cornisas
del almacén. ¿Pero dónde se esconden los
hombres,
que vuelan la vida entera en la oscuridad,
chocando contra las paredes blancas del amor?

La casa de nuestro padre estaba llena de
murciélagos
colgados, como luminarias, de las viejas vigas
que apuntalaban el tejado amenazado por las
lluvias.

"Estos hijos nos chupan la sangre", suspiraba
mi padre.

¿Qué hombre tirará la primera piedra a ese
mamífero
que, como él, se nutre de la sangre de los
otros animales
(¡hermano mío!, ¡hermano mío!) y,
comunitario, exige
el sudor de su semejante aun en la oscuridad?

En el halo de un seno joven como la noche
se esconde el hombre; en el algodón de su
almohada, en la luz del farol
el hombre guarda las doradas monedas de su
amor.
Pero el murciélago, durmiendo como un
péndulo, sólo guarda el día ofendido.
Al morir, nuestro padre nos dejó (a mis
ocho hermanos y a mí)
su casa donde de noche llovía por las tejas
rotas.
Pagamos la hipoteca y conservamos los
murciélagos.
Y entre nuestras paredes se debaten: ciegos
como nosotros.

martes, 18 de septiembre de 2012

La sonrisa en el rostro de la estatua (por William Bronk)

Este chico, por supuesto, estaba muerto, con lo que eso
signifique. Y noblemente muerto. Deberíamos creer
que murió noblemente. Tal vez cayó en batalla,
y esta piedra tallada lo recuerda
no como fue, quizás, sino delineando acaso
la virtud desnuda de que la piedra lo inviste.
Un pie adelantado, los ojos atentos, los brazos
a los costados, las manos por debajo de la delgada cintura
colgando a los lados, con serena plenitud, junto a los flancos macizos.
El chico estaba muerto, y en su muerte la piedra sonríe
iluminando los labios satisfechos con el placer de algo logrado:
un fin. Llegar a un fin. Llegar a la muerte
como un fin. Y al llegar, llevar allí intacto, todo el peso
de su fuerza y su virtud, la recompensa con que se
llenan sus manos vacías. Nada de eso perdido,
a salvo en casa, y la sonrisa alcanzada al final.
Ahora la muerte, de la que aún—o jamás — se sabe nada,
nos deja a solas para que pensemos de ella lo que queramos,
y acepta nuestra elección, que moldea la vida hasta la muerte.
¿Deseamos un final? Eso nos da; y toma lo que damos
y lo guarda; y el fin, de esta manera, tiene en la vida misma,
una especie de casa del tesoro bellamente
alcanzada y abandonada con la muerte,
donde permanecer, eternamente hermoso e intacto, como si
desear demasiado la forma perfecta, indemne,
fuera lo mismo que desear la muerte, como elegir la otra opción
para la muerte. Hay otras maneras; nosotros sabemos elegir
otra opción para la muerte: informes o rotos, no del todo plenos, perplejos,
vivimos en un mundo sin forma. Eternos, no esperamos ningún fin.
Te digo muerte, no esperes una sonrisa de orgullo
de mi parte. No traigo nada para ti en mis manos vacías.

lunes, 17 de septiembre de 2012

Nuestros llantos confundidos (por Juan Ramón Jiménez)



Bebimos, en la sombra,
nuestro llantos
confundidos...

Yo no supe cuál era
el tuyo.

¿Supiste tú cuál era el mío?

Los árboles verdes son azules (por Ümit Yaşar Oğuzcan)

Ahora oscurece en un azul profundo
El cielo es azul el mar es azul
Las montañas moradas los árboles verdes son azules
Sistema corrupto te llamo desde las noches azules
Ni arias de ópera
Ni la quinta sinfonía de Beethoven
Están tocando una marcha de soledad a lo lejos
La luz del día se quedó atrás mira
Hemos olvidado nuestros ojos en la puesta del sol
Ven ya
Empecemos la vida de nuevo
Ven ya
En estos azules nadie puede vernos.

domingo, 16 de septiembre de 2012

De espaldas a sí misma (por Alejandra Morales)


Es tan nada,
ésa
que nunca estuvo
en vos.

Es tan pequeña
llorando
arrodillada
de espaldas a sí misma.

Una foto,
un dibujo,
un espejo
implacable
que le recuerda
que aún se puede morir más.

Un hombre verde (por Anna Crowe)


Estaba de pie al final del vagón.
Un gigante espantoso vestido de cuero negro,
con franjas y clavos y el pelo rojo cortado a lo mohicano.
Ha venido a sentarse en el asiento de al lado.


Y de pronto: Las plantas son extraordinarias, ¿no es verdad?
La voz, con un fuerte acento del Ulster. Y levanta la mirada del libro,
los ojos brillantes bajo la cresta leonada.
—Si no fuera por las plantas,
si no fuera por los haces vasculares,
nosotros no podríamos mantenernos en pie.
Habla con un crujir de cuero,
con un sonido como el de las ramas de un pinar
al rozarse entre sí. Y una multitud de clavos,
desde las orejas hasta los desnudos brazos con pulseras,
y sus elocuentes mitones con puños de hierro,
relucen y destellan como la lluvia sobre los cardos.

Es un hombre verde que habla hojas.
El frondoso follaje llena el vagón
de rumores susurrados: de palabras que componen
una música linneana, dejando espacio
para que el colobo, la catleya, y la manorina campanera
se asomen a hurtadillas desde las periferias del habla.


Durante una hora dominó la conversación con un lenguaje
tan por encima de mí como una secuoya.
Esquivo como el jaguar, y con todo perdido.
Todo menos aquellos hogareños y resonantes
haces vasculares. Ah, y el salterio.
Tocaba el salterio en un conjunto de folk-rock,
e iba tocar a Newcastle, donde bajó del tren.


Pienso en cómo le había temido,
en cómo tememos lo que no conocemos.
Y cuando escucho por la radio los silbidos
y los tambores de los orangistas que marchan,
intento imaginar la melodía adaptada para salterio,
oyendo las cuerdas mansamente pulsadas,
viendo una figura vestida de negro,
alto como un cedro del Líbano y bailando,
como David con su salterio
ante el Señor.

sábado, 15 de septiembre de 2012

Dentro debe ser fresca y silenciosa (por Charles Simic)



Meterme en una piedra

aquél sería mi camino.

Deja que otro se convierta en una paloma

o que rechine con el diente de un tigre.

Soy feliz de ser una piedra.



Por fuera la piedra es una adivinanza:

nadie sabe cómo resolverla.

Sin embargo dentro, debe ser fresca y silenciosa

aunque una vaca la pise con toda su fuerza,

aunque un niño la arroje a un río;

la piedra se hunde, lenta, imperturbablemente

hacia el fondo del río

donde los peces vienen a llamar en ella

y escuchan.



He visto salir chispas

cuando dos piedras se frotan,

así, quizás, dentro no esté oscuro después de todo;

quizás haya una luna que brilla

desde alguna parte, como detrás de una colina,

suficiente luz para descifrar

los extraños escritos, el mapa de estrellas

en las paredes interiores.

viernes, 14 de septiembre de 2012

Me doy vueltas y vueltas en mi viejo individuo (por Gonzalo Rojas)



Que por qué, que hasta cuándo, que si voy a dormir noventa meses,

que moriré sin obra, que el mar se habrá perdido.

Pero yo soy el mar, y no me llamo arruga

ni volumen de nada.

Crezco y crezco en el árbol que va a volar. No hay libro

para escribir el sol. ¿Y la sangre? Trabajo

será que me encuadernen el animal. Poeta

de un tiro: guerrillero.

Me acuerdo, tú te acuerdas, todos nos acordamos

de la galaxia ciega desde donde vinimos

con esta luz tan pobre a ver el mundo.

Vinimos, y eso es todo.

Tanto para eso, madre, pero entramos llorando,

pero entramos llorando al laberinto

como si nos cortaran el origen. Después

el carácter, la guerra.

El ojo no podría ver el sol

si él mismo no lo fuera. Cosmonautas, avisen

si es verdad esa estrella, o es también escritura

de la farsa.

Uno escribe en el viento: ¿para qué las palabras?

Árbol, árbol oscuro. El mar arroja lejos

a los pescados muertos. Que lean a los otros.

A mí con mis raíces.

Con mi pueblo de pobres. Me imagino a mi padre

colgado de mis pies y a mi abuelo colgado

de los pies de mi padre. Porque el minero es uno,

y además venceremos.

Venceremos. El mundo se hace con sangre. Iremos

con las tablas al hombro. Y el fusil. una casa

para América hermosa. Una casa, una casa.

Todos somos obreros.

América es la casa: ¿dónde la nebulosa?

Me doy vueltas y vueltas en mi viejo individuo

para nacer. Ni estrella ni madre que me alumbre

lúgubremente solo.

Mortal, mortuorio río. Pasa y pasa el color,

sangra y sangra mi pueblo, corre y corre el sentido.

Pero el dinero pudre con su peste las aguas.

Cambiar, cambiar el mundo.

O dormir en el átomo que hará saltar el aire en cien mil víboras

cráter de las ciudades bellamente viciosas.

Cementerio volante: ¿dónde la realidad?

Hubo una vez un niño.

jueves, 13 de septiembre de 2012

Creo en la carne (por Walt Whitman)


Walt Whitman, un cosmos, el hijo de
Manhattan,
turbulento, carnal, sensual, comiendo,
bebiendo y procreando,
no es un sentimental, no mira desde
arriba a los hombres y mujeres ni se
aparta de ellos,
no es más púdico que impúdico
¡Quitad los cerrojos de las puertas!
¡Quitad las puertas mismas de sus quicios!
Quien degrada a otro me degrada a mí,
y todo lo que hace o dice vuelve a la postre a mí.
La inspiración mana y mana de mí,
me recorren la corriente y el índice.
Pronuncio la contraseña primordial,
doy la señal de la democracia,
nada aceptaré, ¡lo juro!, si los demás
no pueden tener su equivalente
en iguales condiciones.
Voces desde hace largo tiempo
enmudecidas me recorren,
voces de interminables generaciones
de cautivos y de esclavos,
voces de enfermos y desahuciados,
de ladrones y de enanos,
voces de ciclos de gestación
y de crecimiento,
y de los hilos que conectan las estrellas,
y de los úteros y de la savia paterna,
y de los derechos de los pisoteados,
de los deformes, vulgares, simples,
tontos, desdeñados,
niebla en el aire, escarabajos que
empujan bolitas de estiércol.
Voces prohibidas me recorren,
voces de sexo y lujuria,
veladas voces cuyo velo aparto,
voces indecentes por mí purificadas
y transfiguradas.
No me tapo la boca con la mano,
trato con igual delicadeza
a los intestinos que a la cabeza
y el corazón,
la cópula no es para mí más grosera
que la muerte.
Creo en la carne y en los apetitos,
y cada parte, cada pizca de mí
es un milagro.
Divino soy por dentro y por fuera, y
santifico todo lo que toco o me toca,
el aroma de estas axilas es más
hermoso que una plegaria,
esta cabeza más que los templos,
las biblias y todos los credos.


miércoles, 12 de septiembre de 2012

Municipal y obvio (por Joaquín Giannuzzi)



No arriesgó nada

no practicó la irreverencia

no mordió el sexo del paraíso

no padeció la pesadilla del vivir

no aulló por falta de demonios en el vientre

no enturbió el agua de ninguna academia

no gozó la locura de la realidad

no destruyó su propia fisiología

no reveló lo insensato de la sensatez

no orinó ni escupió ni eyaculó fuera de foco

no hizo de la palabra la enemiga total

no metió ningún dedo en la llaga

de ninguna cosa hizo destino

no tuvo miedo de sí mismo

no metió mundo ni absoluto en sus venas

no arrulló entre sus brazos una bomba ni siquiera pacífica

no tuvo pensamiento ni ademanes ni colores militantes

no se encamó con el monstruo de sí mismo

no hizo del vacío una utopía

no amó ni para nacer ni para morir

no telefoneó al otro mundo, no arrojó

bocanadas de sangre sobre el orden y el lenguaje.

Fue correcto adecuado municipal y obvio

o sea una buena persona en el peor sentido de la palabra.

martes, 11 de septiembre de 2012

Supongo que ya están asesinados (por Charles Bukowski)


Las camareras de pelo gris
en los cafés de noche
se rindieron
y mientras camino por las veredas de luz
y miro las ventanas
de las casas de las enfermeras
puedo ver que ya no más
con ellas.
Veo gente sentada en los bancos de la plaza
y puedo ver por el modo
como se sientan y miran
que se acabó.
Veo gente conduciendo coches
y veo por la manera como conducen sus coches
que ni aman ni son amados
ni aprecian el sexo
está todo olvidado
como una vieja película.
Veo gente en las tiendas y supermercados
caminando por los pasillos
comprando cosas
Puedo ver por la manera como
les queda la ropa y por la manera como
caminan y por sus caras y sus ojos
que no les importa nada
y nada se preocupa
por ellos.
Puedo ver cien personas al día
que se rindieron
del todo.
Si voy al hipódromo
o a algún espectáculo deportivo
puedo ver miles
que no sienten nada por nada o
por nadie y no reciben
ningún sentimiento.
Por todas partes veo a aquellos que
no mendigan nada sino
comida, refugio y
ropa, se concentran
en eso,
sin sueños.
No entiendo por qué esa gente no
desaparece,
no entiendo por qué esa gente no
expira,
por qué las nubes
no los asesinan
o por qué los perros
no los asesinan
o por qué las flores y los niños
no los asesinan,
no entiendo.
Supongo que ya están asesinados
sin embargo, no puedo acomodarme al
hecho de que existan
porque son
demasiados.
Cada día
cada noche
hay más de ellos
en el metro
en los edificios
en los parques.
No sienten terror
por amar
o por no
ser amados.
Tantas, tantas, tantas
de mis criaturas
compañeras.

lunes, 10 de septiembre de 2012

La puerta (por Margaret Atwood)



La puerta se abre,

miras lo que hay dentro.

Está oscuro en el interior,

probablemente hay arañas,

no hay nada ahí que tú desees.

Tienes miedo.

La puerta se cierra



La luna llena brilla,

repleta de delicioso zumo,

compras un bolso,

el baile es agradable.

La puerta se abre

y se cierra, tan rápido,

que no te das cuenta.



El sol sale,

tomas un desayuno frugal

con tu marido, aún delgado,

lavas los platos,

quieres a tus hijos,

lees un libro,

vas al a cine.

Llueve de forma moderada.



La puerta se abre,

miras dentro:

¿por qué sigue pasando esto ahora?

¿Es que hay un secreto?

La puerta se cierra.



Cae la nieve,

barres el sendero, resollando,

ya no es tan fácil como antes.

Tus hijos llaman por teléfono, a veces.

Hay que arreglar el tejado.

Te mantienes ocupada.

Llega la primavera.



La puerta se abre:

está oscuro ahí dentro,

hay muchos peldaños hasta abajo.

Pero ¿qué es lo que brilla?

¿Es agua?

La puerta se cierra.



El perro ha muerto.

Ya sucedió antes,

y compraste otro,

pero esta vez, no.

¿Dónde está tu esposo?

Has abandonado el jardín.

El trabajo era demasiado duro.

Por la noche te tapas con mantas;

sin embargo, padeces insomnio.



La puerta se abre:

Oh, dios de los goznes,

dios de los largos viajes,

has cumplido tu palabra.

Ahí dentro está oscuro.

Te confías a las tinieblas.

Entras dentro.

La puerta se cierra.

domingo, 9 de septiembre de 2012

Apenas si dos pies (por Olga Orozco)



Estos son mis dos pies, mi error de nacimiento,

mi condena visible a volver a caer una vez más bajo las implacables ruedas del zodíaco,

si no logran volar.

No son bases del templo ni piedras del hogar.

Apenas si dos pies, anfibios, enigmáticos,

remotos como dos serafines mutilados por la desgarradura del camino.

Son mis pies para el paso,

paso a paso sobre todos los muertos,

remontando la muerte con punta y con talón,

cautivos en la jaula de esta noche que debo atravesar y corre junto a mí.

Pies sobre brasas, pies sobre cuchillos,

marcados por el hierro de los diez mandamientos:

dos mártires anónimos tenaces en partir,

dispuestos a golpear en las cerradas puertas del planeta

y a dejar su señal de polvo y obediencia como una huella más,

apenas descifrable entre los remolinos que barren el umbral.

Pies dueños de la tierra,

pies de horizonte que huye,

pulidos como joyas al aliento del sol y al roce del guijarro:

dos pródigos radiantes royendo mi porvenir en los huesos del presente,

dispersando al pasar los rastros de ese reino prometido

que cambia de lugar y se escurre debajo de la hierba a medida que avanzo.

¡Qué instrumentos inaptos para salir y para entrar!

Y ninguna evidencia, ningún sello de predestinación bajo mis pies,

después de tantos viajes a la misma frontera.

Nada más que este abismo entre los dos,

esta ausencia inminente que me arrebata siempre hacia delante,

y este soplo de encuentro y desencuentro sobre cada pisada.

¡Condición prodigiosa y miserable!

He caído en la trampa de estos pies

como un rehén del cielo o del infierno que se interroga en vano por su especie,

que no entiende ni sus huesos ni su piel,

ni esta perseverancia de coleóptero solo,

ni este tam-tam con que se le convoca a un eterno retorno.

¿Y adónde va este ser inmenso, legendario, increíble,

que despliega su vivo laberinto como una pesadilla,

aquí, todavía de pie,

sobre dos fugitivos delirios de la espuma, debajo del diluvio?

sábado, 8 de septiembre de 2012

Oficio del azar (por Saiz de Marco)



nubes

con forma de pájaro

con forma de cocodrilo

de rata

de pez

de abeja

grises

blancas

que recuerdan la silueta de un humano

vagamente la semejan

nubes

que emergen y cambian y después se disipan

blando jirón de materia

liviano cuerpo de gas

amasijo de moléculas

vapor suspenso en el aire

estructuras caprichosas decididas por el viento

delicuescentes

sin plan

sin meta a la que llegar

sin designio

sin diseño

piezas de un ciclo que ignoran

inestables y fugaces

parecidas a lo vivo pero sin nervios ahí dentro

(menos mal: de otro modo ¡cambiar les dolería tanto!)

nubes

que nacen y mueren

que se forman y transforman

que se hacen y se rehacen

como ranas

como abejas

como peces

como pájaros

como figuras humanas

oficio del azar

nubes

viernes, 7 de septiembre de 2012

Me suele suceder (por William Bronk)


Disculpe. Pensé por un momento que usted era alguien que conozco.
Me suele suceder. Una vez en el teatro de la plaza
cuando aún se encontraba allí, volví la cabeza
mientas las luces se encendían y me vi allí con una joven
y otra pareja. Fuera en el vestíbulo miré al hombre
y él miró hacia otra parte. No le resultaba conocido.
Bueno, como dicen, es cosa de dos, y de todas formas no sé qué
caso hubiera tenido. ¿Sabemos quiénes somos,
piensa usted? Los niños parecen saberlo. Una vez pregunté
a una niña pequeña. Dijo que había estado enferma. Dijo
que se veía diferente y se sentía diferente. Yo dije,
“Tal vez no eras tú”. ¿Cómo lo sabes?”
“Sí, yo era yo”, dijo ella, “sé que lo era.”
En parte ya no me preocupa
o no como antes. No soy nadie más
y nadie al fin y al cabo. Todo el resto
lo ignoro. No sé nada.
Me golpeó. Pensé que era Harry cuando lo vi
y pensé: “le preguntaré a Harry”. Sin embargo
no creo que él sepa. No es que me confunda.
No quiero decir eso. Si alguien apareciera y dijese,
“Pregúnteme”, no sabría ni por donde empezar.
Ni siquiera tengo preguntas. Es la forma en que me desvanezco
como si yo fuera la persona de una foto instantánea puesta a la luz.
Y el entorno se borra como si despertáramos
en el crepúsculo equivocado y las cosas se volvieran oscuras y grises
cuando las esperábamos más nítidas. De lo real
cada vez menos. No hay punto fijo. Las preguntas fijan
un punto, como las respuestas. Las cosas se mueven otra vez
y sólo queda apartarse. Estaba equivocado:
deberíamos prescindir de preguntas y respuestas
y todo lo que aprendemos es qué sonora resulta nuestra ignorancia.
Eso es lo que quería decirle a Harry.
Usted se le parece. Gracias de todas formas.


jueves, 6 de septiembre de 2012

Con el recuerdo de mi olvido dentro (por Manuel Altolaguirre)

Se agrandaban las puertas. Yo gigante,

con el recuerdo de mi olvido dentro,

atravesaba las estancias,

golpeando las paredes sordas.

¡Qué collar interior en mi garganta

de palabras en germen, de lamentos

que no podían salir, que se estorbaban

en su gran muchedumbre!

¡Cuánto tiempo de olvido incomprensible!

Siempre ella en su ventana.

Su ventana entre dos nubes

-una y ella- siempre.

Y yo distante, agigantado, loco,

con el recuerdo de mi olvido dentro,

pesándome en el alma su naufragio,

agarrándose, hundiéndome,

en un espeso mar de cielos grises.

.

miércoles, 5 de septiembre de 2012

A veces viene a tocarte un olor (por Tonino Guerra)



Cuatro hermanos de mi padre

y una hermana de noventa años, la Nazarena,

vivían en América y a veces mandaban postales

como si fueran marineros que metían

mensajes en las botellas y las tiraban al mar.

He encontrado unas palabras de la Nazarena

dirigidas a mi padre: “Eduardo,

hemos tocado fondo y ahora nos toca

hacer cuentas con la vida. Aquí en Brasil

me acuerdo a menudo de aquella vez

que fuimos a vender pescado

a la feria de Verucchio un viernes de 1913

y la riada se llevó el puente delante

de nuestros ojos y nos quedamos un día

entero sentados en la hierba,

mirando el agua, sin poder cruzar.

En las cajas se echó todo a perder

y todavía siento aquella peste de pescado que

ahora me parece que es el olor de mi vida.”



“La Tartamuda” era una muchacha

que caminaba en chanclas

y se vestía con cuatro trapos

que se le pegaban a las tetas

duras como piedras. Su tartamudez

era tan grande que te venían ganas

de ayudarla y ponías palabras

en medio de las suyas

hasta que quedaba claro lo que quería decir

y entonces de la alegría

se echaba a reír, temblaba con un gozo

que parecía nacerle de dentro de la carne.



De los montes un polvo de agua fina

como la seda

apaga las últimas brasas del verano

y yo me pongo mi chaqueta de pana.



A pesar de que llovían

en la ventana rayas de agua larga

y espesa, se veía en los montes

la luna clara.



Fueron aquellos días

en que nos dábamos la mano

y las promesas quedaban escritas en las piedras.

Hoy ya todo da igual:

te abraza alguien

y es sólo un montón de trapos.



A veces viene a tocarte un olor

que no entendías desde hace años

y ves cruzar el cuarto

a la niña con su cubo de agua.



El mar tiene los peces en sus manos.



martes, 4 de septiembre de 2012

Ninguna lengua es la patria (por Lêdo Ivo)



Mi patria no es la lengua portuguesa.
Ninguna lengua es la patria.
Mi patria es la tierra blanda y pegajosa donde nací
y el viento que sopla en Maceió.
Son los cangrejos que corren por el lodo de los manglares
y el océano cuyas aguas siguen mojando mis pies cuando sueño.
Mi patria son los murciélagos colgados del techo de madera de las iglesias carcomidas,
los locos que bailan al atardecer en los hospicios junto al mar,
y el cielo curvado por las constelaciones.
Mi patria son las sirenas de los barcos
y el faro en lo alto de la colina.
Mi patria es la mano del mendigo en la mañana radiante.
Son los astilleros podridos
y los cementerios marinos donde mis antepasados tuberculosos y palúdicos no
paran de toser y de temblar en las noches frías
y el olor del azúcar en los almacenes portuarios
y las tainhas que se debaten en las redes de los pescadores
y las ristras de cebolla enrolladas en la tiniebla
y la lluvia que cae sobre los corrales de pesca.
La lengua que utilizo no es ni nunca fue mi patria.
Ninguna lengua engañosa en la patria.
Ella sólo sirve para que yo celebre mi grande y pobre patria muda,
mi patria disentérica y desdentada, sin gramática y sin diccionario,
mi patria sin lengua y sin palabras.

lunes, 3 de septiembre de 2012

Pasé por su camino hace ya tiempo (por Walt Whitman)



Creo que podría volverme a vivir con los animales.
¡Son tan plácidos y tan sufridos!
Me quedo mirándolos días y días sin cansarme.
No preguntan
ni se quejan de su condición;
no andan despiertos por la noche
ni lloran por sus pecados.
Y no me molestan discutiendo sus deberes para con Dios...
No hay ninguno descontento,
ni ganado por la locura de poseer las cosas.
Ninguno se arrodilla ante los otros,
ni ante los muertos de su clase que vivieron miles de siglos
antes que él.
En toda la tierra no hay uno solo que sea desdichado o venerable.

Me muestran el parentesco que tienen conmigo,
parentesco que acepto.
Me traen pruebas de mí mismo,
pruebas que poseen y me revelan.
¿En dónde las hallaron?
¿Pasé por su camino hace ya tiempo y las dejé caer sin darme cuenta?

Camino hacia delante, hoy como ayer y siempre,
siempre más rico y más veloz,
infinito, lleno de todos y lo mismo que todos,
sin preocuparme demasiado por los portadores de mis recuerdos,
eligiendo aquí solo a aquél que más amo y marchando con él en un abrazo
fraterno.

Éste es un caballo ¡Miradlo!
Soberbio,
tierno,
sensible a mis caricias,
de frente altiva y abierta,
de ancas satinadas,
de cola prolija que flagela el polvo,
de ojos vivaces y brillantes,
de orejas finas,
de movimientos flexibles...
Cuando lo aprisionan mis talones, su nariz se dilata,
y sus músculos perfectos tiemblan alegres cuando corremos en la pista...
pero yo solo puedo estar contigo un instante.
Te abandono, maravilloso corcel.
¿Para qué quiero tu paso ligero si yo galopo más deprisa?
De pie o sentado, corro más que tú.

domingo, 2 de septiembre de 2012

Porque yo soy así (por Bernardo Atxaga)


Hay días malos en la vida.
Son verdaderamente malos, efectivamente.
¿Y qué pasa entonces?
Pues pasa que me meto debajo de la cama.
Eso pasa, efectivamente.
Va Grogó y me dice: ¿Salimos de paseo?
Yo le digo: ¡No! ¡Déjame en paz!
¿No ves que es un día malo, efectivamente?
Luego viene Mary Brau Brau
y me invita a jugar a los ratones.
Yo le digo: ¡No! ¡Déjame en paz!
¿No ves que es un día malo, efectivamente?
Más tarde vienen los dos juntos,
me ruegan, me imploran, me lloran etcétera.
¿No quieres leer un cuento muy divertido?, dicen.
Yo no digo nada, guardo silencio, efectivamente,
porque yo soy así, tengo mucha personalidad.
Viene por fin una señora, y me razona así:
¿No quieres salir de debajo de la cama?
Ya sé que es un día malo efectivamente,
pero es que pasa una cosa…
¿Qué cosa?, pregunto yo toda intrigada.
Ella responde: Pues pasa que te he preparado
un plato de carne con arroz. ¿Qué hago? ¿Lo tiro?
¿Tirar?, grito yo, ¿Estás loca o qué?
Salgo de mi escondite
y voy a la cocina disparada;
toda regla tiene sus escorpiones.

sábado, 1 de septiembre de 2012

Flecha (por Roberto Juarroz)


Una flecha atraviesa el universo.
No importa quién la haya lanzado.
Traspasa igualmente lo fluido y lo sólido
lo visible y lo invisible.
Tratar de calcular adónde va
sería como imaginar que hay un muro en la nada.

Flecha desde lo anónimo a lo anónimo,
desde un abismo que no es un origen
hacia otro abismo que no es un destino,
movimiento que no parece un movimiento
sino un éxtasis que se renueva a cada instante.

Yo la encuentro en tu mano
o tú en mi pensamiento.
Puedo verla entrando en una nube,
cortando en dos un pájaro,
saliendo de las flores y las lluvias,
hendiendo una ceguera,
traspasando a los muertos.

Tal vez su ejemplar anonimato
nos convoca a nuestro propio anonimato,
para poder también librarnos
de nuestro comienzo y nuestro fin.


viernes, 31 de agosto de 2012

Todo ha quedado allá (por Julio Cortázar)


Tengo esta noche las manos negras, el corazón sudado
como después de luchar hasta el olvido con los ciempiés del humo.
Todo ha quedado allá, las botellas, el barco,
no sé si me querían, y si esperaban verme.
En el diario tirado sobre la cama dice encuentros diplomáticos,
una sangría exploratoria lo batió alegremente en cuatro sets.
Un bosque altísimo rodea esta casa en el centro de la ciudad,
yo sé, siento que un ciego está muriéndose en las cercanías.
Mi mujer sube y baja una pequeña escalera
como un capitán de navío que desconfía de las estrellas.
Hay una taza de leche, papeles, las once de la noche.
Afuera parece como si multitudes de caballos se acercaran
a la ventana que tengo a mi espalda.




jueves, 30 de agosto de 2012

Señales de lo inmenso (por Miguel Gaya)


Lo que trae el mar
parece estar
todo acabado,
todo roto,
irreconocible
o que da cuentas
de un mundo a pedazos,
molido por una fuerza
insensata.
Si acaso hay suerte
vendrá entre despojos
un caracol
o alguna otra cosa de inexplicable belleza
abandonados por capricho
entre algas oscuras
y mejillones.
Puede estar a la vuelta de la esquina
o habitar nuestros sueños.
Pero sus señales de lo inmenso llegan a nosotros
en un lenguaje
sin traducción.