domingo, 13 de enero de 2013
Ese hombre (por Stephen Derwent Partington)
Ensalzamos al hombre que,
aunque tenía el fósforo en sus manos,
vislumbró el horror en la pequeña gota,
vio en el marrón y su globosa suavidad
un pequeño cráneo hecho carbón
y de nuevo lo guardó en su caja.
Celebramos también al joven que,
aunque alzó su machete con el puño apretado,
lo sintió de pronto ajeno entre sus manos
al no tener ni matorral ni leña que ser talados,
y lo soltó al suelo.
Una ovación para el hombre que
al ver corriendo a una mujer,
con su vestido desgarrado,
deseándola también,
vio a su madre en juventud,
contuvo a sus colegas y se alejó.
Rendimos homenaje al hombre que,
pese a tener de piedra el corazón
y al tomar una piedra que aventar,
sintió sobre su palma la dureza,
intuyó lo frágil de los cuerpos,
y la dejó caer.
Encomiamos al hombre que,
aunque revisó
la credencial de un pasajero,
no atendió al nombre sino al rostro
y la extendió de nuevo
como se tiende la mano a un amigo.
Y para el resto de nosotros,
una bendición:
porque nunca tengamos que ser ese hombre,
pero si tenemos que ser, ¡hay que
SER!
sábado, 12 de enero de 2013
Tocan el acordeón (por John Berger)
Las montañas son despiadadas
la lluvia funde la nieve
volverá a helar.
En el café dos extranjeros
tocan el acordeón
y canta la habitación abarrotada de hombres.
Las melodías llenan
los sacos del corazón
los pesebres de los ojos.
Las letras llenan
los establos
que rugen entre los oídos.
La música suprime las papadas
relaja las articulaciones,
la única cura para el reumatismo.
La música limpia las uñas
suaviza las manos
restriega las callosidades.
Una habitación abarrotada de hombres,
venidos del ganado empapado,
del gasoil, de la pala eterna,
acaricia
el aire de una canción de amor
con manos dulces.
Las mías han abandonado los brazos
y están cruzando las montañas
en busca de tus pechos.
En el café dos extranjeros
tocan el acordeón
la lluvia funde la nieve.
viernes, 11 de enero de 2013
Para una mujer (por Susan Griffin)
1
Este es un poema para una mujer que lava platos.
Este es un poema para una mujer que lava platos.
Debe ser repetido.
Debe ser repetido
una y otra vez,
una y otra vez,
porque la mujer que lava platos
porque la mujer que lava platos
no puede oír bien
no puede oír bien.
2
Este es otro poema para una mujer
limpiando el piso
que no oye del todo.
Un minuto de silencio
por la mujer que limpia el piso.
3
Y otro poema más
para la mujer que está en casa
con los niños.
Nunca la ves por las noches.
Quédate mirando a un espacio vacío
e imagínala allí,
a esa mujer con los niños
porque no puede estar aquí para hablar
por sí misma,
y escucha
lo que piensas
que ella puede decir.
Respuesta a la pregunta de un hombre:
"¿Qué puedo hacer por la liberación de la mujer?"
Lleva un vestido.
Lleva un vestido que tú misma has hecho, o has comprado en una tienda.
Lleva un vestido y bajo el vestido lleva elástico, alrededor
de tus caderas y bajo tus pezones.
Lleva un vestido y bajo el vestido lleva una compresa.
Lleva un vestido y lleva zapatos con tacones altos.
Lleva un vestido con elástico y una compresa debajo
y zapatos de tacones altos en tus pies
y camina cuesta abajo por Telegraph Avenue.
Lleva un vestido con elástico y una compresa
y zapatos de tacones altos por Telegraph Avenue
e intenta correr.
Encuentra un hombre.
Encuentra un hombre bueno que te gustaría que te pidiera una cita.
Encuentra un hombre bueno que te pedirá una cita.
Mantén tu vestido puesto.
Pídele al hombre bueno que te cita, que venga a cenar contigo.
Prepárale al hombre bueno una cena exquisita
que la cena esté pronta antes de que llegue
y tu vestido sea bonito y limpio y lleva una sonrisa.
Dile al hombre bueno que eres virgen
o que no tienes nada para evitar embarazarte,
o que te gustaría conocerlo mejor.
Mantén el vestido puesto.
Ve sola al cine.
Encuentra un trabajo.
Plancha tu vestido.
Lleva tu vestido planchado y prométele al jefe
que no quedarás encinta (en tu caso es predecible) y que te gusta
escribir a máquina
y sé sincera y lleva tu sonrisa.
Encuentra un trabajo o acógete al seguro social.
Pide prestado un niño y acógete al seguro social.
Pide prestado un niño y quédate en casa todo el día con el niño,
o anda a un parque público con el niño y lleva al niño
a la oficina del seguro social
y llora y di que tu hombre te dejó
y sé humilde y lleva tu vestido, tu sonrisa, y no repliques,
mantén el vestido puesto,
prepara cenas exquisitas,
aléjate de Telegraph Avenue,
y aún así, nunca sabrás
ni la mitad, ni siquiera en un millón de años.
Y otro poema más
para la mujer que está en casa
con los niños.
Nunca la ves por las noches.
Quédate mirando a un espacio vacío
e imagínala allí,
a esa mujer con los niños
porque no puede estar aquí para hablar
por sí misma,
y escucha
lo que piensas
que ella puede decir.
Respuesta a la pregunta de un hombre:
"¿Qué puedo hacer por la liberación de la mujer?"
Lleva un vestido.
Lleva un vestido que tú misma has hecho, o has comprado en una tienda.
Lleva un vestido y bajo el vestido lleva elástico, alrededor
de tus caderas y bajo tus pezones.
Lleva un vestido y bajo el vestido lleva una compresa.
Lleva un vestido y lleva zapatos con tacones altos.
Lleva un vestido con elástico y una compresa debajo
y zapatos de tacones altos en tus pies
y camina cuesta abajo por Telegraph Avenue.
Lleva un vestido con elástico y una compresa
y zapatos de tacones altos por Telegraph Avenue
e intenta correr.
Encuentra un hombre.
Encuentra un hombre bueno que te gustaría que te pidiera una cita.
Encuentra un hombre bueno que te pedirá una cita.
Mantén tu vestido puesto.
Pídele al hombre bueno que te cita, que venga a cenar contigo.
Prepárale al hombre bueno una cena exquisita
que la cena esté pronta antes de que llegue
y tu vestido sea bonito y limpio y lleva una sonrisa.
Dile al hombre bueno que eres virgen
o que no tienes nada para evitar embarazarte,
o que te gustaría conocerlo mejor.
Mantén el vestido puesto.
Ve sola al cine.
Encuentra un trabajo.
Plancha tu vestido.
Lleva tu vestido planchado y prométele al jefe
que no quedarás encinta (en tu caso es predecible) y que te gusta
escribir a máquina
y sé sincera y lleva tu sonrisa.
Encuentra un trabajo o acógete al seguro social.
Pide prestado un niño y acógete al seguro social.
Pide prestado un niño y quédate en casa todo el día con el niño,
o anda a un parque público con el niño y lleva al niño
a la oficina del seguro social
y llora y di que tu hombre te dejó
y sé humilde y lleva tu vestido, tu sonrisa, y no repliques,
mantén el vestido puesto,
prepara cenas exquisitas,
aléjate de Telegraph Avenue,
y aún así, nunca sabrás
ni la mitad, ni siquiera en un millón de años.
jueves, 10 de enero de 2013
En la mano (por Viola Fischerová)
Todavía te siento en la mano
los hombros flacos con los huesos marcados
y la cabeza en el regazo
todavía te siento en la mano
en aquella penúltima hora
Buscabas esa noche a la mujer
a la que amaste
De ti se escondía
la niña que creaste
Llamé en la oscuridad
al hombre que fuiste
Encontré asesino al niño
que no engendraste
Todavía te siento en la mano
peso creciente
que se acurruca
y no sabe dónde está
Todavía tengo las manos llenas
de una ternura que te sobrevive
miércoles, 9 de enero de 2013
En las antípodas del paraíso (por José María Merino)
Yo soy Simbad Merino, aquel que un día,
dilapidada infancia y pubertad perdida,
inició los cortísimos viajes.
Yo soy Simbad Merino, vivo ahora,
tras el final naufragio, otra aventura
en las antípodas del paraíso.
Habito allí donde la Gran Esfinge
preside toda hora, donde nadie
descifra los enigmas.
Y cada amanecer la Gran Esfinge
desparrama su cavernosa voz, pregunta
Qué es el hombre, y algunos balbuceos
contestan. Pero todos
encogemos los hombros. Y retumba
otra vez la sentencia que nos condena a muerte.
Aquí habito rodeado de las joyas
que conseguí en mis viajes.
Afilaesperas. Cachos
de incandescente sombra.
Piedras maravillosas que nacieron
en la vesícula de Alá.
Aquí habito temiendo cada día
la solución final de la Resolvedora.
Y cada noche, cuando el festín ha concluido,
evoco mis viajes.
Atravieso de nuevo los océanos
a la pálida luz de mi añoranza.
Yo soy Simbad Merino, vivo ahora,
tras el final naufragio, otra aventura
en las antípodas del paraíso.
Habito allí donde la Gran Esfinge
preside toda hora, donde nadie
descifra los enigmas.
Y cada amanecer la Gran Esfinge
desparrama su cavernosa voz, pregunta
Qué es el hombre, y algunos balbuceos
contestan. Pero todos
encogemos los hombros. Y retumba
otra vez la sentencia que nos condena a muerte.
Aquí habito rodeado de las joyas
que conseguí en mis viajes.
Afilaesperas. Cachos
de incandescente sombra.
Piedras maravillosas que nacieron
en la vesícula de Alá.
Aquí habito temiendo cada día
la solución final de la Resolvedora.
Y cada noche, cuando el festín ha concluido,
evoco mis viajes.
Atravieso de nuevo los océanos
a la pálida luz de mi añoranza.
martes, 8 de enero de 2013
Volviendo a buscarlas, volviendo a buscarme (por José Hierro)
Me da pena pensar que algún día querré ver de nuevo este espacio,
tornar a este instante.
Me da pena soñarme rompiendo mis alas
contra muros que se alzan e impiden que pueda volver a encontrarme.
Estas ramas en flor que palpitan y rompen alegres
la apariencia tranquila del aire,
esas olas que mojan mis pies de crujiente hermosura,
el muchacho que guarda en su frente la luz de la tarde,
ese blanco pañuelo caído tal vez de unas manos,
cuando ya no esperaban que un beso de amor las rozase...
Me da pena mirar estas cosas, querer estas cosas, guardar estas cosas.
Me da pena soñarme volviendo a buscarlas, volviendo a buscarme,
poblando otra tarde como ésta de ramas que guarde en mi alma,
aprendiendo en mí mismo que un sueño no puede volver otra vez a soñarse.
lunes, 7 de enero de 2013
Seguirte (por Manuel Altolaguirre)
Al ver por donde huyes
dichoso cambiaría
las sendas interiores de tu alma
por la de alegres campos.
Que si tu fuga fuera
sobre verdes caminos
o sobre las espumas
y te vieran mis ojos,
seguirte yo sabría.
No hacia dentro de ti,
donde te internas,
que al querer perseguirte
me doy contra los muros de tu cuerpo.
No hacia dentro de ti,
porque no estemos:
tú, pálida, escondida;
yo, como ante una puerta
ante tu pecho frío.
dichoso cambiaría
las sendas interiores de tu alma
por la de alegres campos.
Que si tu fuga fuera
sobre verdes caminos
o sobre las espumas
y te vieran mis ojos,
seguirte yo sabría.
No hacia dentro de ti,
donde te internas,
que al querer perseguirte
me doy contra los muros de tu cuerpo.
No hacia dentro de ti,
porque no estemos:
tú, pálida, escondida;
yo, como ante una puerta
ante tu pecho frío.
domingo, 6 de enero de 2013
Y nada más (por Federico García Lorca)
Sólo tu corazón
caliente,
y nada más.
Mi paraíso un campo
sin ruiseñor
ni liras,
con un río discreto
y una fuentecilla.
Sin la espuela del viento
sobre la fronda,
ni la estrella que quiere
ser hoja.
Una enorme luz
que fuera
luciérnaga
de otra,
en un campo
de miradas rotas.
Un reposo claro
y allí nuestros besos,
lunares sonoros
del eco,
se abrirían muy lejos.
Y tu corazón caliente,
nada más.
y nada más.
Mi paraíso un campo
sin ruiseñor
ni liras,
con un río discreto
y una fuentecilla.
Sin la espuela del viento
sobre la fronda,
ni la estrella que quiere
ser hoja.
Una enorme luz
que fuera
luciérnaga
de otra,
en un campo
de miradas rotas.
Un reposo claro
y allí nuestros besos,
lunares sonoros
del eco,
se abrirían muy lejos.
Y tu corazón caliente,
nada más.
sábado, 5 de enero de 2013
Teorema (por Agustín Fernández Mallo)
Teorema de descomposición temporal
en factores idempotentes:
la vida de cada persona podrá trocearse
en los siguientes pares temporales:
un momento
[infinitesimal aunque infinito]
en el que no se quiere seguir viviendo,
y al instante otro
[de idénticas dimensiones]
en el que se desea más que nunca
continuar.
Así, la suma da cero.
demostración: no importa
la cantidad de tiempo que inviertas
en crear un poema,
importa que parezca
haberse creado en un instante y solo,
que solo te atraviese,
que solo desaparezca.
viernes, 4 de enero de 2013
Les convoca la música (por Walter de la Mare)
Barre las delicadas cuerdas, Músico,
con tu mano larga y hábil en llagas.
Abajo arden las velas estrelladas,
se hunden suavemente en la arena.
El viejo sabueso se queja en sueños.
Las brasas apenas arden.
A través de las paredes llegan sombras,
pasan y se quedan.
Barre tiernamente las cuerdas, Músico.
Los minutos se vuelven horas.
La helada sobre el marco sin viento
teje un laberinto de flores.
En el aire que oscurece se demoran los fantasmas
oyendo por la puerta abierta.
Les convoca la música y les invita a soñar
con regresar a casa.
jueves, 3 de enero de 2013
Pero un tablón de andamio (por Aldo Oliva)
Lo que está debajo de la línea
urdida en la invención geológica,
violentamente quebrada en
inmensas aguas y dislocadas masas
de tierra es una magnitud
que se eleva como un cielo
de terrorífico misterio:
real como un sueño,
futura como la infinitud,
como la generación del
más remoto, insondable principio.
Pero un tablón de andamio
cayendo con su obrero
o, tal vez, una azalea
pisoteada por la torpeza (o la furia)
de un buen hombre,
abre la sospecha de que la
conjetura de un límite se ha derrumbado,
de que la línea se ha borrado,
de que son sólo espanto y exaltación,
de que la muerte y el saber son,
apenas, un ensayo de vida.
urdida en la invención geológica,
violentamente quebrada en
inmensas aguas y dislocadas masas
de tierra es una magnitud
que se eleva como un cielo
de terrorífico misterio:
real como un sueño,
futura como la infinitud,
como la generación del
más remoto, insondable principio.
Pero un tablón de andamio
cayendo con su obrero
o, tal vez, una azalea
pisoteada por la torpeza (o la furia)
de un buen hombre,
abre la sospecha de que la
conjetura de un límite se ha derrumbado,
de que la línea se ha borrado,
de que son sólo espanto y exaltación,
de que la muerte y el saber son,
apenas, un ensayo de vida.
miércoles, 2 de enero de 2013
Este vaivén (por Rabindranath Tagore)
El incienso desea desaparecer en aroma,
el aroma quiere aferrarse al incienso.
La melodía trata de encadenarse al ritmo,
mientras el ritmo retrocede a la melodía.
La idea busca su cuerpo en la forma,
la forma busca su libertad en la idea.
Lo infinito busca el contacto de lo finito,
lo finito busca su libertad en lo infinito.
¿Qué drama es el que se da entre la creación y la destrucción...,
este vaivén incesante entre la forma y la idea?
La esclavitud corre en pos de la libertad,
y la libertad busca reposo en la esclavitud.
el aroma quiere aferrarse al incienso.
La melodía trata de encadenarse al ritmo,
mientras el ritmo retrocede a la melodía.
La idea busca su cuerpo en la forma,
la forma busca su libertad en la idea.
Lo infinito busca el contacto de lo finito,
lo finito busca su libertad en lo infinito.
¿Qué drama es el que se da entre la creación y la destrucción...,
este vaivén incesante entre la forma y la idea?
La esclavitud corre en pos de la libertad,
y la libertad busca reposo en la esclavitud.
martes, 1 de enero de 2013
En ese caso sí (por Saiz de Marco)
Vida en otros mundos,
vida extraterrestre
pero distinta:
sin predación sin garras sin dolor
En ese caso sí
Vida de otros sistemas,
otra clase de vida
Séame dado
conocerla
lunes, 31 de diciembre de 2012
Se apagan dulcemente (por Ángel González)
en los atardeceres de verano,
el viento
traía desde el campo hasta mi calle
un inestable olor a establo
y a hierba susurrante como un río
que entraba con su canto y con su aroma
en las riberas pálidas del sueño.
Ecos remotos,
sones desprendidos
de aquel rumor,
hilos de una esperanza
poco a poco deshecha,
se apagan dulcemente en la distancia:
ya ayer va susurrante como un río
llevando lo soñado aguas abajo,
hacia la blanca orilla del olvido...
domingo, 30 de diciembre de 2012
Tener que elegir (por Philip Larkin)
No, nunca he encontrado un lugar
del que pudiera decir
Esta tierra es mía,
Aquí debería quedarme;
Tampoco he conocido a ese alguien especial
que de inmediato me exigiera
todo lo que es mío
hasta mi nombre.
Encontrar algo así parece probar
que no quieres tener que elegir dónde
echar raíces, o a quién amar;
Les pides que te echen fuera
irrevocablemente,
de modo que no sea tu culpa
si la ciudad se vuelve monótona
y la muchacha una estúpida.
Con todo, incluso perdiéndolas
quedas obligado a actuar
como si lo que te tranquilizara
de hecho, te destrozara.
Así que será más sabio que dejes
de pensar que aún podrías hallar
lo que hasta ahora no has llamado
tu mujer, tu lugar.
del que pudiera decir
Esta tierra es mía,
Aquí debería quedarme;
Tampoco he conocido a ese alguien especial
que de inmediato me exigiera
todo lo que es mío
hasta mi nombre.
Encontrar algo así parece probar
que no quieres tener que elegir dónde
echar raíces, o a quién amar;
Les pides que te echen fuera
irrevocablemente,
de modo que no sea tu culpa
si la ciudad se vuelve monótona
y la muchacha una estúpida.
Con todo, incluso perdiéndolas
quedas obligado a actuar
como si lo que te tranquilizara
de hecho, te destrozara.
Así que será más sabio que dejes
de pensar que aún podrías hallar
lo que hasta ahora no has llamado
tu mujer, tu lugar.
sábado, 29 de diciembre de 2012
Insomnio (por Fernando Pessoa)
No duermo, ni espero dormir.
Ni en la muerte espero dormir.
Me espera un insomnio de la largura de los astros,
y un bostezo inútil de la extensión del mundo.
No duermo; no puedo leer cuando despierto de noche,
no puedo escribir cuando despierto de noche,
no puedo pensar cuando despierto de noche
–¡Dios mío, ni soñar puedo cuando despierto de noche!–.
¡Ah, el opio de ser otra persona cualquiera!
No duermo, yazco, cadáver despierto, sintiendo,
Y mi sentimiento es un pensamiento vacío.
Pasan por mí, trastornadas, cosas que me sucedieron
–todas aquellas de las que me arrepiento y culpo–;
pasan por mí, trastornadas, cosas que no me sucedieron
–todas aquellas de las que me arrepiento y culpo–;
pasan por mí, trastornadas, cosas que no son nada,
e incluso por ésas me arrepiento, me culpo y no duermo.
No tengo fuerzas para tener la energía para encender un cigarro.
Observo la pared frontera de mi cuarto como si fuese el universo.
Allá fuera está el silencio de esa cosa toda.
Un gran silencio atemorizante en otra ocasión cualquiera,
en otra ocasión cualquiera en que yo pudiera sentir.
Estoy escribiendo versos realmente simpáticos
–versos diciendo que no tengo nada que decir,
versos que insisten en decir eso,
versos, versos, versos, versos, versos–...
Tantos versos...
¡Y la verdad toda, y la vida toda fuera de ellos y de mí!
Tengo sueño, no duermo, siento y no sé en qué sentir.
Soy una sensación sin persona correspondiente,
una abstracción de autoconsciencia sin de qué,
salvo lo necesario para sentir consciencia,
salvo –vaya a saber salvo qué...
No duermo. No duermo. No duermo.
¡Qué gran sueño en toda la cabeza y encima de los ojos y en el alma!
¡Qué gran sueño en todo salvo en el poder dormir!
¡Oh madrugada, tardas tanto... Ven...
Ven, inútilmente,
a traerme otro día igual a éste, que será seguido por una noche igual a ésta...
Ven a traerme la alegría de esta esperanza triste,
porque siempre eres alegre, y siempre traes esperanzas,
según la vieja literatura de las sensaciones.
Ven, trae la esperanza, ven, trae la esperanza.
Mi cansancio entra dentro del colchón.
Me duele la espalda por no estar acostado de lado.
Si estuviera acostado de lado me dolería la espalda por estar acostado de lado.
¡Ven, madrugada, llega!
¿Qué hora es? No lo sé.
No tengo energía para extender una mano hasta el reloj,
no tengo energía para nada, para nada más...
Solo para estos versos, escritos al día siguiente.
Sí, escritos al día siguiente.
Todos los versos son siempre escritos al día siguiente.
Noche absoluta, sosiego absoluto, allá fuera.
Paz en toda la Naturaleza.
La Humanidad reposa y olvida sus amarguras.
Exactamente.
La Humanidad olvida sus alegrías y amarguras,
se acostumbra decir esto.
La Humanidad olvida, sí, la Humanidad olvida,
pero incluso despierta la Humanidad olvida.
Exactamente, pero no duermo.
Ni en la muerte espero dormir.
Me espera un insomnio de la largura de los astros,
y un bostezo inútil de la extensión del mundo.
No duermo; no puedo leer cuando despierto de noche,
no puedo escribir cuando despierto de noche,
no puedo pensar cuando despierto de noche
–¡Dios mío, ni soñar puedo cuando despierto de noche!–.
¡Ah, el opio de ser otra persona cualquiera!
No duermo, yazco, cadáver despierto, sintiendo,
Y mi sentimiento es un pensamiento vacío.
Pasan por mí, trastornadas, cosas que me sucedieron
–todas aquellas de las que me arrepiento y culpo–;
pasan por mí, trastornadas, cosas que no me sucedieron
–todas aquellas de las que me arrepiento y culpo–;
pasan por mí, trastornadas, cosas que no son nada,
e incluso por ésas me arrepiento, me culpo y no duermo.
No tengo fuerzas para tener la energía para encender un cigarro.
Observo la pared frontera de mi cuarto como si fuese el universo.
Allá fuera está el silencio de esa cosa toda.
Un gran silencio atemorizante en otra ocasión cualquiera,
en otra ocasión cualquiera en que yo pudiera sentir.
Estoy escribiendo versos realmente simpáticos
–versos diciendo que no tengo nada que decir,
versos que insisten en decir eso,
versos, versos, versos, versos, versos–...
Tantos versos...
¡Y la verdad toda, y la vida toda fuera de ellos y de mí!
Tengo sueño, no duermo, siento y no sé en qué sentir.
Soy una sensación sin persona correspondiente,
una abstracción de autoconsciencia sin de qué,
salvo lo necesario para sentir consciencia,
salvo –vaya a saber salvo qué...
No duermo. No duermo. No duermo.
¡Qué gran sueño en toda la cabeza y encima de los ojos y en el alma!
¡Qué gran sueño en todo salvo en el poder dormir!
¡Oh madrugada, tardas tanto... Ven...
Ven, inútilmente,
a traerme otro día igual a éste, que será seguido por una noche igual a ésta...
Ven a traerme la alegría de esta esperanza triste,
porque siempre eres alegre, y siempre traes esperanzas,
según la vieja literatura de las sensaciones.
Ven, trae la esperanza, ven, trae la esperanza.
Mi cansancio entra dentro del colchón.
Me duele la espalda por no estar acostado de lado.
Si estuviera acostado de lado me dolería la espalda por estar acostado de lado.
¡Ven, madrugada, llega!
¿Qué hora es? No lo sé.
No tengo energía para extender una mano hasta el reloj,
no tengo energía para nada, para nada más...
Solo para estos versos, escritos al día siguiente.
Sí, escritos al día siguiente.
Todos los versos son siempre escritos al día siguiente.
Noche absoluta, sosiego absoluto, allá fuera.
Paz en toda la Naturaleza.
La Humanidad reposa y olvida sus amarguras.
Exactamente.
La Humanidad olvida sus alegrías y amarguras,
se acostumbra decir esto.
La Humanidad olvida, sí, la Humanidad olvida,
pero incluso despierta la Humanidad olvida.
Exactamente, pero no duermo.
viernes, 28 de diciembre de 2012
Suma de la voz aislada (por Enriqueta Arvelo)
moliendo las hojas tostadas.
A los que me dijeron: espéranos bajo ese árbol.
Gracias a los que se fueron a buscar fuego para sus cigarrillos
y me dejaron sola,
enredada en los soles pequeños de una sombra olorosa.
Gracias a los que se fueron a buscar agua para mi sed
y me dejaron ahí
bebiéndome el agua esencial de un mundo estremecido.
Gracias a los que me dejaron oyendo un canto enselvado
y viendo soñolienta los troncos bordados de lianas marchitas.
Ahora voy indemne entre las gentes.
Toda la mañana ha hablado el viento
Toda la mañana ha hablado el viento
una lengua extraordinaria.
He ido hoy en el viento.
Estremecí los árboles.
Hice pliegues en el río.
Alboroté la arena.
Entré por las más finas rendijas.
Y soné largamente en los alambres.
Antes -¿recuerdas?-
pasaba pálida por la orilla del viento. Y aplaudías.
Suma de la voz aislada
En el aire ancho y aromado ha ido sola mi voz.
En vano busqué ansiosa.
Todas las voces se habían ido.
Ahuecaba mis manos y lanzaba mi voz.
Y salía a recogerla. Yo misma.
Qué dolor desolado, agrupadas voces,
el de no tener la voz compañera.
En el ámbito soleado y ciego,
en la zona sin voces,
sobre la grama desmandada,
he ido presente por caminos que no me oían.
jueves, 27 de diciembre de 2012
Mozart (por Marius Torres)
Llevados de un ritmo fácil y profundo,
también nuestros compases querrían, uno a uno,
volar y sonreír.
También nuestra ley es una gracia ardiente,
ala de un orden en movimiento,
rápida, libre...
Puede que nuestra vida sea un instrumento inútil,
pero vivir es música.
miércoles, 26 de diciembre de 2012
Oídas desde lejos (por Gabriel Celaya)
Melancolía. Infancia
perpetua. Las campanas
oídas desde lejos
ya entonces, aunque estaban
sonando en el momento
de una tarde dorada.
Momentos en suspenso.
Vibrantes distancias.
Parece que no pasa
nada. Pero yo observo
en esta tarde en pausa,
que no soy el que mira,
que soy el que miraba.
martes, 25 de diciembre de 2012
Hacia la orilla del Reverso (por Czeslaw Milosz)
Me preguntas, cómo rezar a alguien que no existe.
Sólo sé que la plegaria levanta un puente de seda
por el que avanzamos como en un trampolín
hasta alzar el vuelo por encima de los paisajes de oro profundo
cambiados por el mágico síncope del sol.
Este puente va hacia la orilla del Reverso
donde el otro lado de las cosas revela un sentido
apenas sospechado de las palabras “Esto es”.
Mira, estoy diciendo: Nosotros. Y cada uno en su singularidad
siente allí la compasión por los que siguen presos en el cuerpo,
y sabe que, incluso si no existiera la otra orilla,
igual tendrían que entrar en el puente tendido sobre la tierra.
lunes, 24 de diciembre de 2012
Y tú puedes hacerme (por Juan A. González Iglesias)
Déjame que te abrace, ahora que todavía
tu piel no lleva escritas las mentiras del mundo
y tus labios son sede sólo de la hermosura.
Porque sólo he querido ser bueno y verdadero,
y tú puedes hacerme,
déjame que te abrace.
domingo, 23 de diciembre de 2012
Ella era agua (por Marco Antonio Campos)
Como rama al romperse en el invierno blanco,
corazón lloró a la estrella; triste era el olmo,
y hace muchos años; cuánta fuerza y fiereza
en la adolescencia sin dirección, quién se atrevería
a decir: "Por aquí pasó el vendaval"; Dios creció
las ramas y cortó las hojas para que supiéramos
de la felicidad, si la luz pasa. ¡Ah, el Danubio!
Estrella lloraba el corazón, ella era agua
que sabía a vino; donde llegaba se oía
la luz. Era la estrella en el invierno blanco.
Era blanca y hermosa como el pueblo donde nació.
Ella me queda, me vive en mí, me llama
como un remordimiento.
sábado, 22 de diciembre de 2012
Y cuidad de mi hijo (por Roberto Bolaño)
Libros que compro
entre las extrañas lluvias
y el calor
de 1992
y que ya he leído
o que nunca leeré
libros para que lea mi hijo
la biblioteca de Lautaro
que deberá resistir
otras lluvias
y otros calores infernales
-Así pues, la consigna es ésta:
resistid queridos libritos
atravesad los días como caballeros medievales
y cuidad de mi hijo
en los años venideros
entre las extrañas lluvias
y el calor
de 1992
y que ya he leído
o que nunca leeré
libros para que lea mi hijo
la biblioteca de Lautaro
que deberá resistir
otras lluvias
y otros calores infernales
-Así pues, la consigna es ésta:
resistid queridos libritos
atravesad los días como caballeros medievales
y cuidad de mi hijo
en los años venideros
viernes, 21 de diciembre de 2012
Me sirve no me sirve (por Mario Benedetti)
La esperanza tan dulce
tan pulida tan triste
la promesa tan leve
no me sirve
no me sirve tan mansa
la esperanza
la rabia tan sumisa
tan débil tan humilde
el furor tan prudente
no me sirve
no me sirve tan sabia
tanta rabia
el grito tan exacto
si el tiempo lo permite
alarido tan pulcro
no me sirve
no me sirve tan bueno
tanto trueno
el coraje tan dócil
la bravura tan chirle
la intrepidez tan lenta
no me sirve
no me sirve tan fría
la osadía
sí me sirve la vida
que es vida hasta morirse
el corazón alerta
sí me sirve
me sirve cuando avanza
la confianza
me sirve tu mirada
que es generosa y firme
y tu silencio franco
sí me sirve
me sirve la medida
de tu vida
me sirve tu futuro
que es un presente libre
y tu lucha de siempre
sí me sirve
me sirve tu batalla
sin medalla
me sirve la modestia
de tu orgullo posible
y tu mano segura
sí me sirve
me sirve tu sendero
compañero.
tan pulida tan triste
la promesa tan leve
no me sirve
no me sirve tan mansa
la esperanza
la rabia tan sumisa
tan débil tan humilde
el furor tan prudente
no me sirve
no me sirve tan sabia
tanta rabia
el grito tan exacto
si el tiempo lo permite
alarido tan pulcro
no me sirve
no me sirve tan bueno
tanto trueno
el coraje tan dócil
la bravura tan chirle
la intrepidez tan lenta
no me sirve
no me sirve tan fría
la osadía
sí me sirve la vida
que es vida hasta morirse
el corazón alerta
sí me sirve
me sirve cuando avanza
la confianza
me sirve tu mirada
que es generosa y firme
y tu silencio franco
sí me sirve
me sirve la medida
de tu vida
me sirve tu futuro
que es un presente libre
y tu lucha de siempre
sí me sirve
me sirve tu batalla
sin medalla
me sirve la modestia
de tu orgullo posible
y tu mano segura
sí me sirve
me sirve tu sendero
compañero.
jueves, 20 de diciembre de 2012
Sucesión y engaño (por Jorge Luis Borges)
¿Dónde estarán los siglos?, ¿dónde el sueño
de espadas que los tártaros soñaron?,
¿dónde los fuertes muros que allanaron?,
¿dónde el árbol de Adán y el otro leño?
El presente está solo. La memoria
erige el tiempo. Sucesión y engaño
es la rutina del reloj. El año
no es menos vano que la vana historia.
Entre el alba y la noche hay un abismo
de agonías, de luces, de cuidados;
el rostro que se mira en los gastados
espejos de la noche no es el mismo.
El hoy fugaz es tenue y es eterno;
otro cielo no esperes, ni otro infierno.
miércoles, 19 de diciembre de 2012
Una ensordecedora ausencia (por Derek Walcott)
Algo remoto brama en los oídos de esta casa;
cuelga apacible en las cortinas, paraliza los espejos
hasta que los reflejos pierden su sustancia.
Algo como el rechino de un molino de viento suena
hasta parar en seco;
una ensordecedora ausencia, un vendaval.
Algo cerca este valle, agobia esta montaña,
aparta el signo, empuja este lápiz
por una espesa nada, ahora,
fleta las alacenas de silencio, dobla la ropa avinagrada
como los trajes del muerto, dejados exactamente
tal como procedió el difunto al lado de la amada,
incrédulos, esperando que alguien los lleve puestos.
martes, 18 de diciembre de 2012
Me curó una carcajada (por Bertolt Brecht)
Durante siete años no pude dar un paso.
Cuando fui al médico me preguntó:
¿Por qué llevas muletas?
Porque estoy tullido, respondí.
No es extraño, me dijo.
Prueba a caminar. Son esos trastos
los que te impiden andar.
¡Anda, atrévete, arrástrate a cuatro patas!
Riendo como un monstruo,
me quitó mis hermosas muletas,
las rompió sobre mi espalda sin dejar de reir
y las arrojó al fuego.
Ahora estoy curado. Ando.
Me curó una carcajada.
Tan sólo a veces, cuando veo palos,
camino algo peor por unas horas.
lunes, 17 de diciembre de 2012
Allí están ellos (por Roberto Bolaño)
Lee a los viejos poetas, hijo mío
y no te arrepentirás
Entre las telarañas y las maderas podridas
de barcos varados en el purgatorio
allí están ellos
¡cantando!
¡ridículos y heroicos!
Los viejos poetas
Palpitantes en sus ofrendas
Nómades abiertos en canal y ofrecidos
a la nada
(pero ellos no viven en la nada
sino en los sueños)
Lee a los viejos poetas
y cuida sus libros
Es uno de los pocos consejos
que te puede dar tu padre
y no te arrepentirás
Entre las telarañas y las maderas podridas
de barcos varados en el purgatorio
allí están ellos
¡cantando!
¡ridículos y heroicos!
Los viejos poetas
Palpitantes en sus ofrendas
Nómades abiertos en canal y ofrecidos
a la nada
(pero ellos no viven en la nada
sino en los sueños)
Lee a los viejos poetas
y cuida sus libros
Es uno de los pocos consejos
que te puede dar tu padre
domingo, 16 de diciembre de 2012
Poética (por Aurora Luque)
Un equipaje sobrio
–una escueta sintaxis despojada
y dos pronombres falsos–
para un fin de milenio. Inservible el amor:
ése es el tema. –¿Acaso no me oyes?
¿No basta imaginar que oyes cómo escribo
para que me parezcan
rentables el hastío y la escritura?
–Desherédame, lengua. No te sirvo.
No acudo a las palabras limpiamente.
Sólo acaricio aquéllas que me queman
y que saben a labios o a odisea.
Sólo quiero adular a la familia
de las palabras muertas del amor.
Será inútil seguir. Queda sólo un pronombre.
sábado, 15 de diciembre de 2012
Corro por sus pasillos (por Yaoska Tijerino)
I
La niña que fui
corro por sus pasillos.
Avanzo sobre la madera
tanteando con los ojos
el rojo quemado de las barandas.
El sol se cuela en el jardín
y las plantas lo saludan
con un rumor verde.
Casi nada ha cambiado.
Avanzo más rápido.
El corazón me recuerda
la naturaleza de mi propia fuerza.
Estoy nerviosa
aunque todo me complace en esta casa.
Las puertas son piezas
de un rompecabezas
que reconstruyo en la memoria.
Todo es tan similar y tan distinto:
Soy yo
la que todavía pepena la imagen
al pie de estas paredes.
Ya no somos los mismos
que acomodamos recuerdos
entre retrateras.
Estoy por llegar al área de mi Tío.
¿Cómo estará?
¿Por dónde deambulará
su apetitoso intelecto?
¿Y la boina?
¿Cuántas ideas que ni sospecho
se debaten bajo esa boina?
II
Sé que detrás de esta puerta
me espera con su oficio de alfarero,
rodeado de afiches,
en la misma mesita roja.
“¡Tío Flavio!” le digo
a través de la rendija y el cedazo.
Se acerca con dificultad
aunque me saluda con voz ágil.
Entro, me siento y platicamos.
Como siempre la conversación fluye.
Parece que fue apenas ayer
que escribimos la línea anterior
y hoy sólo recobramos el vuelo.
“Carísimo Tío”
como el de antes
conserva la sorpresa del niño.
Sin embargo,
lo noto arañado por el tiempo
con los huesos resentidos tras cada invierno.
Me duele el dolor de sus articulaciones,
me duele en las articulaciones de cada verso
que para mí
es como que me doliera
en el cuerpo entero.
Y vuelvo a pensar en la casa
con sus pasillos, balcones, y corredores.
En la niña que fui corriendo sobre mi infancia,
machacando el tiempo a gusto
ante la realidad de un espejo sin horas.
Y en todo lo que representa este espacio
que a pesar del trajín de los años
sigue dando textura a mi tiempo.
viernes, 14 de diciembre de 2012
Me abrazo a tus ausencias (por Mario Benedetti)
Tengo una soledad
tan concurrida
tan llena de nostalgias
y de rostros de vos
de adioses hace tiempo
y besos bienvenidos
de primeras de cambio
y de último vagón.
Tengo una soledad
tan concurrida
que puedo organizarla
como una procesión
por colores
tamaños
y promesas
por época
por tacto
y por sabor.
Sin temblor de más
me abrazo a tus ausencias
que asisten y me asisten
con mi rostro de vos.
Estoy lleno de sombras
de noches y deseos
de risas y de alguna
maldición.
Mis huéspedes concurren
concurren como sueños
con sus rencores nuevos
su falta de candor
yo les pongo una escoba
tras la puerta
porque quiero estar solo
con mi rostro de vos.
Pero el rostro de vos
mira a otra parte
con sus ojos de amor
que ya no aman
como víveres
que buscan su hambre
miran y miran
y apagan mi jornada.
Las paredes se van
queda la noche
las nostalgias se van
no queda nada.
Ya mi rostro de vos
cierra los ojos
y es una soledad
tan desolada.
tan concurrida
tan llena de nostalgias
y de rostros de vos
de adioses hace tiempo
y besos bienvenidos
de primeras de cambio
y de último vagón.
Tengo una soledad
tan concurrida
que puedo organizarla
como una procesión
por colores
tamaños
y promesas
por época
por tacto
y por sabor.
Sin temblor de más
me abrazo a tus ausencias
que asisten y me asisten
con mi rostro de vos.
Estoy lleno de sombras
de noches y deseos
de risas y de alguna
maldición.
Mis huéspedes concurren
concurren como sueños
con sus rencores nuevos
su falta de candor
yo les pongo una escoba
tras la puerta
porque quiero estar solo
con mi rostro de vos.
Pero el rostro de vos
mira a otra parte
con sus ojos de amor
que ya no aman
como víveres
que buscan su hambre
miran y miran
y apagan mi jornada.
Las paredes se van
queda la noche
las nostalgias se van
no queda nada.
Ya mi rostro de vos
cierra los ojos
y es una soledad
tan desolada.
jueves, 13 de diciembre de 2012
Tendió su mano hacia mí (por Ivan Turgueniev)
Iba desde Hamburgo a Londres en un pequeño vapor. Éramos dos
pasajeros: yo y una hembra de mono, como ésas que un comerciante de Hamburgo
suele regalar a su pareja inglesa.
Ella estaba atada con una cadena a uno de los asientos en la cubierta, se movía con inquietud,
y gemía quejumbrosa como un pájaro.
Cada vez que pasaba a su lado alargaba su pequeña, fría mano negra,
mirando hacia mí con sus tristes, casi humanos ojos. Tomé
su mano, ella dejó de gimotear, y siguió moviéndose nerviosamente alrededor de mí.
Había una calma chicha. La mar se extendía por todas partes como una inmóvil
hoja de color plomizo. Una niebla radial se apoderó de la cubierta, parecía ligera y frágil,
aunque ocultaba la misma punta del mástil; aturdía y cansaba los ojos
con su oscuridad suave. El sol colgaba de un rojo opaco falto de definición en esta oscuridad;
pero en el preludio de la noche brillaba con extraña, espeluznante luz misteriosa.
De manera intermitente un delfín saltaba junto al barco; al final desapareció
por debajo de la superficie de olas apenas rizadas.
Y el capitán, un hombre silencioso con una sombría cara quemada por el sol, que fumaba un puro
corto junto a la borda, con furioso gesto escupía sobre la estancada mar opaca.
A todas mis preguntas respondía con gruñidos inconexos. Así que me vi obligado
a volver hacia mi única compañera: la mona.
Cuando me senté a su lado, ella volvió a dejar de quejarse, y otra vez tendió su mano hacia mí.
La niebla se aferraba oprimiéndonos en aquella somnolienta humedad, enterrándonos
en la misma ensoñación inconsciente, y seguimos sentados uno al lado del otro como hermano y hermana.
Sonrío ahora,... pero entonces tuve otra sensación.
Todos somos hijos de una madre, y me alegré de que la pobre
bestia se calmara, y se situara tan confiadamente junto a mí,
pasajeros: yo y una hembra de mono, como ésas que un comerciante de Hamburgo
suele regalar a su pareja inglesa.
Ella estaba atada con una cadena a uno de los asientos en la cubierta, se movía con inquietud,
y gemía quejumbrosa como un pájaro.
Cada vez que pasaba a su lado alargaba su pequeña, fría mano negra,
mirando hacia mí con sus tristes, casi humanos ojos. Tomé
su mano, ella dejó de gimotear, y siguió moviéndose nerviosamente alrededor de mí.
Había una calma chicha. La mar se extendía por todas partes como una inmóvil
hoja de color plomizo. Una niebla radial se apoderó de la cubierta, parecía ligera y frágil,
aunque ocultaba la misma punta del mástil; aturdía y cansaba los ojos
con su oscuridad suave. El sol colgaba de un rojo opaco falto de definición en esta oscuridad;
pero en el preludio de la noche brillaba con extraña, espeluznante luz misteriosa.
De manera intermitente un delfín saltaba junto al barco; al final desapareció
por debajo de la superficie de olas apenas rizadas.
Y el capitán, un hombre silencioso con una sombría cara quemada por el sol, que fumaba un puro
corto junto a la borda, con furioso gesto escupía sobre la estancada mar opaca.
A todas mis preguntas respondía con gruñidos inconexos. Así que me vi obligado
a volver hacia mi única compañera: la mona.
Cuando me senté a su lado, ella volvió a dejar de quejarse, y otra vez tendió su mano hacia mí.
La niebla se aferraba oprimiéndonos en aquella somnolienta humedad, enterrándonos
en la misma ensoñación inconsciente, y seguimos sentados uno al lado del otro como hermano y hermana.
Sonrío ahora,... pero entonces tuve otra sensación.
Todos somos hijos de una madre, y me alegré de que la pobre
bestia se calmara, y se situara tan confiadamente junto a mí,
como un hermano.
miércoles, 12 de diciembre de 2012
Tu nombre (por Gloria Fuertes)
Ya ves qué tontería,
me gusta escribir tu nombre.
Llenar papeles con tu nombre,
llenar el aire con tu nombre;
decir a los niños tu nombre,
escribir a mi padre muerto,
y contarle que te llamas así.
Me creo, que siempre que lo digo me oyes.
Me creo, que da buena suerte.
Voy por las calles tan contenta,
y no llevo encima nada más que tu nombre.
me gusta escribir tu nombre.
Llenar papeles con tu nombre,
llenar el aire con tu nombre;
decir a los niños tu nombre,
escribir a mi padre muerto,
y contarle que te llamas así.
Me creo, que siempre que lo digo me oyes.
Me creo, que da buena suerte.
Voy por las calles tan contenta,
y no llevo encima nada más que tu nombre.
martes, 11 de diciembre de 2012
Sujeta su albedrío (por Jorge Luis Borges)
Tenue rey, sesgo alfil, encarnizada
reina, torre directa y peón ladino
sobre lo negro y blanco del camino
buscan y libran su batalla armada.
No saben que la mano señalada
del jugador gobierna su destino.
No saben que un rigor adamantino
sujeta su albedrío y su jornada.
También el jugador es prisionero
(la sentencia es de Omar) de otro tablero
de negras noches y de blancos días.
Dios mueve al jugador, y éste, la pieza.
¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza
de polvo y tiempo y sueño y agonía?
lunes, 10 de diciembre de 2012
El muelle (por Gabriel Celaya)
Me sentaba a pensar. O a no pensar, a ver.
Los barcos parecían juguetes de colores.
No podía creerlos. No eran verdad del todo.
Recurría a algo arcaico. Me negaba a mis ojos.
Y entonces sí, vivía verdad en los olores.
Yo podía tocar los atunes. Mentira.
Eran como unas momias de princesas marinas.
Yo podía beber lo mismo que bebían
aquellos pescadores en Alcalde o Shabino.
Mas sólo cuando olía comprendía su fiesta:
lo real sin razones de una vida secreta.
Los barcos parecían juguetes de colores.
No podía creerlos. No eran verdad del todo.
Recurría a algo arcaico. Me negaba a mis ojos.
Y entonces sí, vivía verdad en los olores.
Yo podía tocar los atunes. Mentira.
Eran como unas momias de princesas marinas.
Yo podía beber lo mismo que bebían
aquellos pescadores en Alcalde o Shabino.
Mas sólo cuando olía comprendía su fiesta:
lo real sin razones de una vida secreta.
En un mínimo cuerpo (por Enriqueta Arvelo)
Pájaro pequeñísimo que recién nacido me dieron,
cómo me causó asombro
ver en tu implume y breve cuerpo
la vida, tan perfecta,
que ya alzaba tus alas
en ensayo del ensayo del vuelo.
Mas fue mayor mi asombro
cuando estuviste plenamente quieto.
Confunde ver la inmensa muerte
entrar toda en un mínimo cuerpo.
Y aún me diste otro asombro:
tú, el minúsculo en la vida,
crecías hasta parecerme un gran muerto.
Caído en mi mano,
con sudario de luz de tarde,
crecías ante mis ojos abiertos y mudos.
Crecías en la nada
como si fueses por lo eterno.
cómo me causó asombro
ver en tu implume y breve cuerpo
la vida, tan perfecta,
que ya alzaba tus alas
en ensayo del ensayo del vuelo.
Mas fue mayor mi asombro
cuando estuviste plenamente quieto.
Confunde ver la inmensa muerte
entrar toda en un mínimo cuerpo.
Y aún me diste otro asombro:
tú, el minúsculo en la vida,
crecías hasta parecerme un gran muerto.
Caído en mi mano,
con sudario de luz de tarde,
crecías ante mis ojos abiertos y mudos.
Crecías en la nada
como si fueses por lo eterno.
domingo, 9 de diciembre de 2012
Por él avanzo (por Tomás Segovia)
De tan poco que pesas mi suelo se construye
Aun estando tú lejos el amor me rodea
Aunque duerma sin ti duermo en tu lecho
No tengo yo tu amor por él avanzo
En él se pone triste esta tristeza
De tan poco que pesas es tuyo todo el suelo
Tu amor tan fácil de llevar me empuja
Tus delicados labios gobiernan hondas zonas
De quién somos si tú te llamas mía
Fue hecho para ti este ser que tus manos
tan seguras de qué tocaban han tocado
sábado, 8 de diciembre de 2012
Hoy por hoy (por Javier Krahe)
La suave luz que anima mi ventana
temprano me avisó que ya era el día:
nuevo plazo de vida que venía.
Mañana ha sido hoy por la mañana.
Al filo del reposo, por lo sano
se ha cortado la línea divisoria
que separa mi propia trayectoria
de mi vida común de ciudadano.
El porvenir posible e indeciso
al ayer tan seguro le consulta.
El hoy por hoy me entrega y me resulta
un hoy por hoy de límite impreciso.
Mañana ha sido hoy tan de repente
y tengo que volver a hacerme cargo
de cuanto es dulce, de cuanto es amargo,
de cuanto casi me es indiferente.
Como el tiempo ni siente ni padece
lo mismo si hace alegre o si hace triste,
hoy estoy para todo lo que existe:
lo que ya va morir y lo que crece.
En este instante me siento quien soy.
Adelante y atrás todo es mi vida:
mi vida a la redonda y esparcida,
mezclada con el mundo, ayer y hoy.
Porque ayer me ha pasado su recibo:
otro día al alcance de la mano,
otro día de asombro cotidiano.
Porque, en fin, me parece que estoy vivo.
temprano me avisó que ya era el día:
nuevo plazo de vida que venía.
Mañana ha sido hoy por la mañana.
Al filo del reposo, por lo sano
se ha cortado la línea divisoria
que separa mi propia trayectoria
de mi vida común de ciudadano.
El porvenir posible e indeciso
al ayer tan seguro le consulta.
El hoy por hoy me entrega y me resulta
un hoy por hoy de límite impreciso.
Mañana ha sido hoy tan de repente
y tengo que volver a hacerme cargo
de cuanto es dulce, de cuanto es amargo,
de cuanto casi me es indiferente.
Como el tiempo ni siente ni padece
lo mismo si hace alegre o si hace triste,
hoy estoy para todo lo que existe:
lo que ya va morir y lo que crece.
En este instante me siento quien soy.
Adelante y atrás todo es mi vida:
mi vida a la redonda y esparcida,
mezclada con el mundo, ayer y hoy.
Porque ayer me ha pasado su recibo:
otro día al alcance de la mano,
otro día de asombro cotidiano.
Porque, en fin, me parece que estoy vivo.
viernes, 7 de diciembre de 2012
Donde menos lo esperes (por Mario Benedetti)
Te dejo con tu vida
tu trabajo
tu gente
con tus puestas de sol
y tus amaneceres
sembrando tu confianza
te dejo junto al mundo
derrotando imposibles
seguro sin seguro
te dejo frente al mar
descifrándote a solas
sin mi pregunta a ciegas
sin mi respuesta rota
te dejo sin mis dudas
pobres y malheridas
sin mis inmadureces
sin mi veteranía
pero tampoco creas
a pie juntillas todo
no creas nunca creas
este falso abandono
estaré donde menos
lo esperes
por ejemplo
en ún arbol añoso
de oscuros cabeceos
estaré en un lejano
horizonte sin horas
en la huella del tacto
en tu sombra y mi sombra
estaré repartido
en cuatro o cinco pibes
de esos que vos mirás
y enseguida te siguen
y ojalá pueda estar
de tu sueño en la red
esperando tus ojos
y mirándote.
jueves, 6 de diciembre de 2012
Dictados (por Saiz de Marco)
No es un dictado,
señora maestra,
ni es éste mi cuaderno de escritura
ni estamos ya en su clase de primaria.
Es mi diario,
el libro de mi vida.
Y si ahora usted corrigiera y tachara en rojo
los errores,
los equívocos
(como subrayaba en esos dictados, con rotulador rojo, las faltas de ortografía
–lo que, siendo con be, escribí yo con uve,
o las haches que omití o indebidamente puse…-),
si ahora usted corrigiera y subrayara
las equivocaciones de mi vida,
¡qué cúmulo de rayas y de enmiendas,
de subrayados rojos en mi libro!
Cuántos errores, señora maestra.
Y qué puedo decir
más que llegué al mundo sin saber ortografía;
que vine sin saber,
vine ignorante;
que nací inadvertido e iletrado.
Y que luego, cuando viví
e incurrí en todos los errores que siguieron,
tampoco nadie me había explicado
las bes, uves y haches del camino.
Tampoco entonces nadie me enseñó
a escribir los dictados de la vida.
señora maestra,
ni es éste mi cuaderno de escritura
ni estamos ya en su clase de primaria.
Es mi diario,
el libro de mi vida.
Y si ahora usted corrigiera y tachara en rojo
los errores,
los equívocos
(como subrayaba en esos dictados, con rotulador rojo, las faltas de ortografía
–lo que, siendo con be, escribí yo con uve,
o las haches que omití o indebidamente puse…-),
si ahora usted corrigiera y subrayara
las equivocaciones de mi vida,
¡qué cúmulo de rayas y de enmiendas,
de subrayados rojos en mi libro!
Cuántos errores, señora maestra.
Y qué puedo decir
más que llegué al mundo sin saber ortografía;
que vine sin saber,
vine ignorante;
que nací inadvertido e iletrado.
Y que luego, cuando viví
e incurrí en todos los errores que siguieron,
tampoco nadie me había explicado
las bes, uves y haches del camino.
Tampoco entonces nadie me enseñó
a escribir los dictados de la vida.
miércoles, 5 de diciembre de 2012
Sin acacia ni perro (por Juan Antonio Massone)
Yo fui un niño que tuvo patio
con un perro que se perdió una vez
y hasta el día de esta tarde no regresa.
Yo era un niño que olía tierra húmeda
y fue mío despedirme de momentos
como si el día acostumbrara a morir.
Yo fui un niño en un patio y ventolera
con más ladridos debajo de la tierra.
La nieve parece ahora menos blanca.
Yo era un niño que pactó con lagartijas
y queltehues invocando nuevas lluvias
en espera de pan con mantequilla.
Yo fui un niño y, de en medio del patio,
una acacia con nidos fue arrancada
los años aún no dicen para qué.
Yo era un niño con un perro
al que asustó la muerte muy temprano
y el pálpito quedó mío sin deseos.
Yo quedé niño de patio sin acacia
ni perro, ni estar seguro de nada más.
En los otros se quedaba la alegría.
con un perro que se perdió una vez
y hasta el día de esta tarde no regresa.
Yo era un niño que olía tierra húmeda
y fue mío despedirme de momentos
como si el día acostumbrara a morir.
Yo fui un niño en un patio y ventolera
con más ladridos debajo de la tierra.
La nieve parece ahora menos blanca.
Yo era un niño que pactó con lagartijas
y queltehues invocando nuevas lluvias
en espera de pan con mantequilla.
Yo fui un niño y, de en medio del patio,
una acacia con nidos fue arrancada
los años aún no dicen para qué.
Yo era un niño con un perro
al que asustó la muerte muy temprano
y el pálpito quedó mío sin deseos.
Yo quedé niño de patio sin acacia
ni perro, ni estar seguro de nada más.
En los otros se quedaba la alegría.
martes, 4 de diciembre de 2012
Terrible, juvenil, me sentaba (por Gabriel Celaya)
Pavos reales, corzos, estanques de agua muerta.
Todo municipal, mas casi con princesas.
Inmensas avenidas de invierno y de pureza,
y un temblor invisible donde el árbol se acaba,
y un secreto buscando por ese laberinto
de senderos la forma posible de un oído,
que haga ser al sonido y al leve escalofrío
de unos visillos blancos en una casa antigua,
o quizás a mí mismo cuando iba adolescente
por esas soledades, respirando amarillos
cansancios y delicias, y empapado en nostalgias.
Mas de pronto terrible, juvenil, me sentaba
en un banco, ponía mi máquina portátil
de escribir en mis muslos, rimaba, tecleaba,
tocaba en el piano de mis adoraciones,
sin pensar que mis letras eran como metralla
contra el mágico parque.
Yo era tan joven, tan joven.
Todo municipal, mas casi con princesas.
Inmensas avenidas de invierno y de pureza,
y un temblor invisible donde el árbol se acaba,
y un secreto buscando por ese laberinto
de senderos la forma posible de un oído,
que haga ser al sonido y al leve escalofrío
de unos visillos blancos en una casa antigua,
o quizás a mí mismo cuando iba adolescente
por esas soledades, respirando amarillos
cansancios y delicias, y empapado en nostalgias.
Mas de pronto terrible, juvenil, me sentaba
en un banco, ponía mi máquina portátil
de escribir en mis muslos, rimaba, tecleaba,
tocaba en el piano de mis adoraciones,
sin pensar que mis letras eran como metralla
contra el mágico parque.
Yo era tan joven, tan joven.
lunes, 3 de diciembre de 2012
Adiós las mutuas manos (por Jorge Luis Borges)
Ya no es mágico el mundo. Te han dejado.
Ya no compartirás la clara luna,
ni los lentos jardines. Ya no hay una
luna que no sea espejo del pasado,
cristal de soledad, sol de agonías.
Adiós las mutuas manos y las sienes
que acercaba el amor. Hoy sólo tienes
la fiel memoria y los desiertos días.
Nadie pierde -repites vanamente-,
sino lo que no tiene y no ha tenido
nunca, pero no basta ser valiente
para aprender el arte del olvido.
Un símbolo, una rosa, te desgarra;
y te puede matar una guitarra.
domingo, 2 de diciembre de 2012
¿Cómo va a haber muerte? (por William Faulkner)
Si hay dolor, que sea sólo lluvia,
y ésta sólo dolor de plata por el dolor en sí,
si estos verdes bosques sueñan aquí para despertar
en mi corazón, si yo amaneciera otra vez…
Pero dormiré, pues ¿cómo va a haber muerte
mientras en estas azules y soñolientas colinas de lo alto
tenga yo, como el árbol, mi raíz? Aunque esté muerto,
esta tierra que se agarra a mí encontrará mi aliento.
y ésta sólo dolor de plata por el dolor en sí,
si estos verdes bosques sueñan aquí para despertar
en mi corazón, si yo amaneciera otra vez…
Pero dormiré, pues ¿cómo va a haber muerte
mientras en estas azules y soñolientas colinas de lo alto
tenga yo, como el árbol, mi raíz? Aunque esté muerto,
esta tierra que se agarra a mí encontrará mi aliento.
sábado, 1 de diciembre de 2012
Mapas negros (por Mark Strand)
Ni la presencia de las piedras,
ni el viento que aplaude,
te dejarán saber
si has llegado,
ni el mar que únicamente
celebra adioses,
ni las montañas,
ni las ciudades en su agonía.
Nada te dirá
dónde estás.
Cada momento
es un lugar
en el que nunca has estado.
Puedes caminar
creyendo que irradias
luz a tu alrededor.
¿Y cómo podrías saberlo?
El presente siempre es oscuro.
Sus mapas negros
salidos de la nada
son sólo descripción
en su lento ascenso
hacia sí mismos,
su propio viaje,
su vacío,
la desolada, atemperada
necesidad de plenitud
mientras se alzan al ser,
son como aliento.
Y si acaso se les estudia,
sólo se descubre
demasiado tarde, que aquello
que interesaba
ya no existe.
En ninguno de ellos
aparece tu casa,
ni tus amigos
esperando tu aparición,
ni están tus enemigos
enumerando tus faltas.
Sólo estás tú allí,
diciendo hola
a aquello que serás,
y una hierba negra
sostiene la oscuridad estelar.
viernes, 30 de noviembre de 2012
Mañana ¿qué se hicieron? (por Piedad Bonnett)
Los saludables, los briosos estudiantes de espléndidas sonrisas
y mejillas felposas, los que encienden un sueño en otro sueño
y respiran su aire como recién nacidos,
los que buscan rincones para mejor amarse
y dulcemente eternos juegan ruleta rusa,
los estudiantes ávidos y locos y fervientes,
los de los tiernos cuellos listos frente a la espada,
las muchachas que exhiben sus muslos soleados
sus pechos, sus ombligos
perfectos e inocentes como oscuras corolas,
qué se hacen
mañana qué se hicieron
qué agujero
ayer se los tragó
bajo qué piel
callosa, triste, mustia
sobreviven.
y mejillas felposas, los que encienden un sueño en otro sueño
y respiran su aire como recién nacidos,
los que buscan rincones para mejor amarse
y dulcemente eternos juegan ruleta rusa,
los estudiantes ávidos y locos y fervientes,
los de los tiernos cuellos listos frente a la espada,
las muchachas que exhiben sus muslos soleados
sus pechos, sus ombligos
perfectos e inocentes como oscuras corolas,
qué se hacen
mañana qué se hicieron
qué agujero
ayer se los tragó
bajo qué piel
callosa, triste, mustia
sobreviven.
jueves, 29 de noviembre de 2012
Media hora (por Konstantinos Kavafis)
Ni te he poseído ni te poseeré
nunca, creo. Unas pocas palabras, un acercamiento
como en el bar anteayer, y nada más.
Es triste, no lo niego. Pero nosotros los artistas,
a veces, con el poder de la mente, y, claro está, sólo
por pocos minutos, creamos un placer
que casi parece real.
Así, en el bar anteayer –ayudado, además,
tan misericordiosamente por el alcohol-
pasé media hora totalmente erótica.
Y me parece que lo comprendiste
y te quedaste un rato más a propósito.
Y eso era muy necesario. Porque,
a pesar de toda mi imaginación y de la magia del vino,
me era preciso ver tus labios,
me era preciso tener tu cuerpo junto a mí.
miércoles, 28 de noviembre de 2012
El mundo que yo no viva (por Agustín García Calvo)
El mundo que yo no viva
lo pensé como cosa extraña,
como arca de maravilla.
Ay de mi vida.
Allí ¿sonará la lluvia
junto al fuego las noches frías?
¿Tendrá agosto en el río barcas?
Y tú ¿la gentil sonrisa?
¿Brillará en el papel que siembro
la negra flor de la tinta?
Ay de mi vida.
¿Será posible que vengan
los amigos y que "Era" digan
"un hombre, y te quiso mucho"
y "Mucho" llorando digas?
Es el mundo que no conozco,
Atlántida sumergida.
Ay de mi vida.
Allí las palmeras echan
esmeraldas. Allí las crías
del delfín esmeraldas pacen.
Allí no hay noche ni día:
cuando ordeñan a los rebaños,
de púrpura el mar se agría.
Ay de mi vida.
Más limpio que agua de oro
es el mundo que yo no viva:
no hay naves de arar espumas
ni arado para las viñas;
el gran árbol le da su fruto
al que el nombre del fruto diga.
Ay de mi vida.
Ese mundo no es el mío:
es el tuyo: el que en tus pupilas
hundido está desde siempre
y no lo alcanza mi vista.
A ese mundo quisiera entrar,
antes que suene la hora
-ay- de mi vida.
lo pensé como cosa extraña,
como arca de maravilla.
Ay de mi vida.
Allí ¿sonará la lluvia
junto al fuego las noches frías?
¿Tendrá agosto en el río barcas?
Y tú ¿la gentil sonrisa?
¿Brillará en el papel que siembro
la negra flor de la tinta?
Ay de mi vida.
¿Será posible que vengan
los amigos y que "Era" digan
"un hombre, y te quiso mucho"
y "Mucho" llorando digas?
Es el mundo que no conozco,
Atlántida sumergida.
Ay de mi vida.
Allí las palmeras echan
esmeraldas. Allí las crías
del delfín esmeraldas pacen.
Allí no hay noche ni día:
cuando ordeñan a los rebaños,
de púrpura el mar se agría.
Ay de mi vida.
Más limpio que agua de oro
es el mundo que yo no viva:
no hay naves de arar espumas
ni arado para las viñas;
el gran árbol le da su fruto
al que el nombre del fruto diga.
Ay de mi vida.
Ese mundo no es el mío:
es el tuyo: el que en tus pupilas
hundido está desde siempre
y no lo alcanza mi vista.
A ese mundo quisiera entrar,
antes que suene la hora
-ay- de mi vida.
martes, 27 de noviembre de 2012
NOTA DE SERVICIO.- La utilidad o "gadget" ÚLTIMOS COMENTARIOS, que hasta ahora aparecía a la derecha de la pantalla y recogía los últimos comentarios dejados por los lectores, no está operativa debido, al parecer, a disfunción o avería del proveedor. Confiamos en recuperar próximamente esta utilidad, al tiempo que agradecemos a la tecnología de Blogger el soporte necesario para el funcionamiento de este blog.
Cuadrados, cuadrados, cuadrados (por Alfonsina Storni)
Casas
enfiladas, casas enfiladas,
casas
enfiladas.
Cuadrados,
cuadrados, cuadrados.
Casas
enfiladas.
Las
gentes ya tienen el alma cuadrada,
ideas
en fila
y
ángulo en la espalda.
Yo
misma he vertido ayer una lágrima,
Dios
mío, cuadrada.
lunes, 26 de noviembre de 2012
Allego (por Tomas Tranströmer)
Pasado el día negro, interpreto a Haydn
y siento una leve tibieza en mis manos.
Las teclas están prestas. Amables martillos caen.
El sonido es alegre, verde, cargado de silencio.
El sonido dice que la libertad existe
y que alguien no paga impuestos al César.
Meto mis manos en mis bolsillos-Haydn
y actúo como un hombre calmo ante todo.
Izo mi bandera-Haydn. Su estandarte es:
"No nos rendimos. Pero queremos paz".
La música es una casa de cristal erigida en una pendiente;
hay rocas volando, hay rocas rodando.
Las rocas ruedan directamente a través de la casa
pero cada panel de vidrio permanece intacto.
y siento una leve tibieza en mis manos.
Las teclas están prestas. Amables martillos caen.
El sonido es alegre, verde, cargado de silencio.
El sonido dice que la libertad existe
y que alguien no paga impuestos al César.
Meto mis manos en mis bolsillos-Haydn
y actúo como un hombre calmo ante todo.
Izo mi bandera-Haydn. Su estandarte es:
"No nos rendimos. Pero queremos paz".
La música es una casa de cristal erigida en una pendiente;
hay rocas volando, hay rocas rodando.
Las rocas ruedan directamente a través de la casa
pero cada panel de vidrio permanece intacto.
domingo, 25 de noviembre de 2012
No dejes que la canción muera (por Henry Van Dyke)
Hace mucho, mucho tiempo, escuché una canción
(¿fue hace mucho o sólo ayer?).
Suaves heridas se abrieron ante su melodía
que descendía profunda hacia mi corazón.
Una canción de entrañable consuelo
que desde entonces me acompaña
en las horas más calmas y silenciosas
como un agudo, dulce sonido que nunca morirá.
Hace mucho, mucho tiempo, vi una pequeña flor
(¿fue hace mucho o sólo ayer?).
Tan hermosa en su fragancia de largas horas
que parecía querer revelarme sus secretos:
un pensamiento de alegría brotó en su ser
sin nunca pronunciar palabra; Y ahora, a menudo veo
que esa amigable, tierna flor ya nunca se marchitará.
Hace mucho, mucho tiempo, tuvimos un niño pequeño
(¿sucedió hace mucho o sólo ayer?).
Hacia los ojos de su madre y los míos, él sonrió
toda su corriente de inconsciente amor,
y cobijado en nuestros brazos durmió así.
¡Un ángel convocado! No pudimos retenerlo;
sin embargo, nuestros brazos en secreto
siguieron acunándolo.
Nuestro niño pequeño ya nunca desaparecerá.
¿Hace mucho, mucho tiempo? ¡Ah, memoria, aclárate!
(no fue hace mucho, sino ayer).
Tan pequeña, indefensa y amada,
no dejes que la canción muera, que la flor se marchite.
Su voz, sus ojos al despertar, su gentil reposar:
las pequeñas cosas están a salvo en tu memoria.
Permite que nuestro ángel habite allí, para siempre.
sábado, 24 de noviembre de 2012
Caminos del espejo (por Alejandra Pizarnik)
Y sobre todo mirar con inocencia. Como si no pasara nada, lo cual es cierto.
Pero a ti quiero mirarte hasta que tu rostro se aleje de mi miedo como un pájaro del borde filoso de la noche.
Como una niña de tiza rosada en un muro muy viejo súbitamente borrada por la lluvia.
Como cuando se abre una flor y revela el corazón que no tiene.
Todos los gestos de mi cuerpo y de mi voz para hacer de mí la ofrenda, el ramo que abandona el viento en el umbral.
Cubre la memoria de tu cara con la máscara de la que serás y asusta a la niña que fuiste.
La noche de los dos se dispersó con la niebla. Es la estación de los alimentos fríos.
Y la sed, mi memoria es de la sed, yo abajo, en el fondo, en el pozo, yo bebía, recuerdo.
Caer como un animal herido en el lugar que iba a ser de revelaciones.
Como quien no quiere la cosa. Ninguna cosa. Boca cosida. Párpados cosidos. Me olvidé. Adentro el viento. Todo cerrado y el viento adentro.
Al negro sol del silencio las palabras se doraban.
Pero el silencio es cierto. Por eso escribo. Estoy sola y escribo. No, no estoy sola. Hay alguien aquí que tiembla.
Aun si digo sol y luna y estrella me refiero a cosas que me suceden. ¿Y qué deseaba yo? Deseaba un silencio perfecto. Por eso hablo.
La noche tiene la forma de un grito de lobo.
Delicia de perderse en la imagen presentida. Yo me levanté de mi cadáver, yo fui en busca de quien soy. Peregrina de mí, he ido hacia la que duerme en un país al viento.
Mi caída sin fin a mi caída sin fin en donde nadie me aguardó pues al mirar quién me aguardaba no vi otra cosa que a mí misma.
Algo caía en el silencio. Mi ultima palabra fue yo pero me refería al alba luminosa.
Flores amarillas constelan un círculo de tierra azul. El agua tiembla llena de viento.
Deslumbramiento del día, pájaros amarillos en la mañana. Una mano desata tinieblas, una mano arrastra la cabellera de una ahogada que no cesa de pasar por el espejo. Volver a la memoria del cuerpo, he de volver a mis huesos en duelo, he de comprender lo que dice mi voz.
Pero a ti quiero mirarte hasta que tu rostro se aleje de mi miedo como un pájaro del borde filoso de la noche.
Como una niña de tiza rosada en un muro muy viejo súbitamente borrada por la lluvia.
Como cuando se abre una flor y revela el corazón que no tiene.
Todos los gestos de mi cuerpo y de mi voz para hacer de mí la ofrenda, el ramo que abandona el viento en el umbral.
Cubre la memoria de tu cara con la máscara de la que serás y asusta a la niña que fuiste.
La noche de los dos se dispersó con la niebla. Es la estación de los alimentos fríos.
Y la sed, mi memoria es de la sed, yo abajo, en el fondo, en el pozo, yo bebía, recuerdo.
Caer como un animal herido en el lugar que iba a ser de revelaciones.
Como quien no quiere la cosa. Ninguna cosa. Boca cosida. Párpados cosidos. Me olvidé. Adentro el viento. Todo cerrado y el viento adentro.
Al negro sol del silencio las palabras se doraban.
Pero el silencio es cierto. Por eso escribo. Estoy sola y escribo. No, no estoy sola. Hay alguien aquí que tiembla.
Aun si digo sol y luna y estrella me refiero a cosas que me suceden. ¿Y qué deseaba yo? Deseaba un silencio perfecto. Por eso hablo.
La noche tiene la forma de un grito de lobo.
Delicia de perderse en la imagen presentida. Yo me levanté de mi cadáver, yo fui en busca de quien soy. Peregrina de mí, he ido hacia la que duerme en un país al viento.
Mi caída sin fin a mi caída sin fin en donde nadie me aguardó pues al mirar quién me aguardaba no vi otra cosa que a mí misma.
Algo caía en el silencio. Mi ultima palabra fue yo pero me refería al alba luminosa.
Flores amarillas constelan un círculo de tierra azul. El agua tiembla llena de viento.
Deslumbramiento del día, pájaros amarillos en la mañana. Una mano desata tinieblas, una mano arrastra la cabellera de una ahogada que no cesa de pasar por el espejo. Volver a la memoria del cuerpo, he de volver a mis huesos en duelo, he de comprender lo que dice mi voz.
viernes, 23 de noviembre de 2012
Para Annie (por Edgar Allan Poe)
¡A Dios gracias! La crisis, el peligro ha pasado, y la pena interminable al fin concluyó, y esa fiebre llamada vivir fue vencida al final.
Tristemente, sé que fui despojado de mi fuerza, y sin mover un músculo permanezco tendido. Mas nada importa, yo siento que al fin me encuentro mejor.
Y tan quieto yazgo en mi lecho que cualquiera que me viese podría imaginar que estoy muerto, podría estremecerse al mirarme creyéndome muerto.
El lamentarse y gemir, los llantos y los suspiros, fueron aplacados; y con ellos el horrible palpitar del corazón. ¡Ah, ese horrible, horrible palpitar!
Los mareos, las náuseas, el dolor implacable, cesaron con la fiebre que laceraba mi cerebro, con la fiebre llamada vivir que quemaba mi cerebro.
Se calmó también la tortura, de todas la peor: esa horrible tortura de la sed por las aguas mortales del río maldito de la Pasión; pues para ello he bebido de un agua que apaga toda sed.
De un agua que fluye con un murmullo de canción de cuna; una fuente que yace pocos metros bajo la tierra; de una cueva que se halla muy cerca del suelo.
Que no se diga neciamente que mi morada es oscura y angosto mi lecho; pues jamás hombre alguno durmió en lecho distinto, y todos ustedes, para dormir, dormirán en un lecho idéntico.
Mi espíritu atormentado descansa blandamente, olvidando, jamás añorando sus rosas; sus viejos anhelos de mirtos y rosas.
Pues ahora, mientras yace apaciblemente, se imagina alrededor un aroma más sagrado; un aroma de pensamientos, un aroma de romero mezclado con pensamientos, con las hojas de ruda y los hermosos y humildes pensamientos.
Y así yace en paz, sumido en el sueño sin fin de la verdad y la belleza de Annie, anegado entre las trenzas de Annie.
Ella me besó delicadamente, ella me acarició con ternura, y yo me dormí suavemente sobre su seno, profundamente dormido en el cielo de su seno.
Cuando la luz se extinguió, ella me tapó cuidadosamente, y rogó a los ángeles que me protegieran de todo mal: a la reina de los ángeles que me guardara de todo mal.
Y tan quieto permanezco tendido en mi lecho (sabiendo el amor de ella), que ustedes imaginan que estoy muerto; y tan apaciblemente reposo en mi lecho (con el amor de ella en mi seno), que imaginan que estoy muerto, se estremecen al mirarme creyéndome muerto.
¡Pero mi corazón es más brillante que las estrellas que salpican en miríadas el cielo, pues brilla con Annie, resplandece con el amor de mi Annie, con el pensamiento de la luz de los ojos de mi Annie!
Tristemente, sé que fui despojado de mi fuerza, y sin mover un músculo permanezco tendido. Mas nada importa, yo siento que al fin me encuentro mejor.
Y tan quieto yazgo en mi lecho que cualquiera que me viese podría imaginar que estoy muerto, podría estremecerse al mirarme creyéndome muerto.
El lamentarse y gemir, los llantos y los suspiros, fueron aplacados; y con ellos el horrible palpitar del corazón. ¡Ah, ese horrible, horrible palpitar!
Los mareos, las náuseas, el dolor implacable, cesaron con la fiebre que laceraba mi cerebro, con la fiebre llamada vivir que quemaba mi cerebro.
Se calmó también la tortura, de todas la peor: esa horrible tortura de la sed por las aguas mortales del río maldito de la Pasión; pues para ello he bebido de un agua que apaga toda sed.
De un agua que fluye con un murmullo de canción de cuna; una fuente que yace pocos metros bajo la tierra; de una cueva que se halla muy cerca del suelo.
Que no se diga neciamente que mi morada es oscura y angosto mi lecho; pues jamás hombre alguno durmió en lecho distinto, y todos ustedes, para dormir, dormirán en un lecho idéntico.
Mi espíritu atormentado descansa blandamente, olvidando, jamás añorando sus rosas; sus viejos anhelos de mirtos y rosas.
Pues ahora, mientras yace apaciblemente, se imagina alrededor un aroma más sagrado; un aroma de pensamientos, un aroma de romero mezclado con pensamientos, con las hojas de ruda y los hermosos y humildes pensamientos.
Y así yace en paz, sumido en el sueño sin fin de la verdad y la belleza de Annie, anegado entre las trenzas de Annie.
Ella me besó delicadamente, ella me acarició con ternura, y yo me dormí suavemente sobre su seno, profundamente dormido en el cielo de su seno.
Cuando la luz se extinguió, ella me tapó cuidadosamente, y rogó a los ángeles que me protegieran de todo mal: a la reina de los ángeles que me guardara de todo mal.
Y tan quieto permanezco tendido en mi lecho (sabiendo el amor de ella), que ustedes imaginan que estoy muerto; y tan apaciblemente reposo en mi lecho (con el amor de ella en mi seno), que imaginan que estoy muerto, se estremecen al mirarme creyéndome muerto.
¡Pero mi corazón es más brillante que las estrellas que salpican en miríadas el cielo, pues brilla con Annie, resplandece con el amor de mi Annie, con el pensamiento de la luz de los ojos de mi Annie!
jueves, 22 de noviembre de 2012
Uno de vosotros (por Norma Jean Baker [Marilyn Monroe])
Tristes y dulces árboles
que veo desde mi ventana,
cuánto daría yo por ser
uno de vosotros,
siempre en un lugar hermoso
rodeados de niños y de rosas,
acariciados por el viento,
ajenos,
al amor y al dolor,
al dolor y al amor.
miércoles, 21 de noviembre de 2012
Y al fondo el gran silencio (por Adolfo Cueto)
Íbamos tan deprisa, íbamos tan sin peso
como en los días mejores. No nos dio tiempo a ver
las luces, la mediana. Un fuerte olor
a neumático ahí, el reventón que deja la humedad
del llanto. Pasaron aún más rápido
la infancia, gestos, rostros: esa película
muda, una tragicomedia
sordamente escuchada, con pequeños subtítulos.
Y piensas que,
si morir fuera esta como improvisación
cualquiera, quizá valiera la pena tanta
velocidad. Dábamos vueltas y vueltas
de campana, todo girando. ¡Estábamos tan,
tan solos,
tan hondamente hundidos en nosotros mismos! Solamente
tú y yo, y al fondo el gran silencio
del mar. Y en las refinerías
sin pausa, el fuego que arde a solas
también. El humo, el viento. ¿Es que no hay nadie ahí
fuera? –gritaste–. Y tú y yo aquí, lejanos
y aislados, y con este hematoma
de la muerte en los brazos, qué solos ya: más
solos, en fin, que aquellas
alejadas plataformas petroleras, buscando a toda costa
salvarnos,
sobrevivir.
como en los días mejores. No nos dio tiempo a ver
las luces, la mediana. Un fuerte olor
a neumático ahí, el reventón que deja la humedad
del llanto. Pasaron aún más rápido
la infancia, gestos, rostros: esa película
muda, una tragicomedia
sordamente escuchada, con pequeños subtítulos.
Y piensas que,
si morir fuera esta como improvisación
cualquiera, quizá valiera la pena tanta
velocidad. Dábamos vueltas y vueltas
de campana, todo girando. ¡Estábamos tan,
tan solos,
tan hondamente hundidos en nosotros mismos! Solamente
tú y yo, y al fondo el gran silencio
del mar. Y en las refinerías
sin pausa, el fuego que arde a solas
también. El humo, el viento. ¿Es que no hay nadie ahí
fuera? –gritaste–. Y tú y yo aquí, lejanos
y aislados, y con este hematoma
de la muerte en los brazos, qué solos ya: más
solos, en fin, que aquellas
alejadas plataformas petroleras, buscando a toda costa
salvarnos,
sobrevivir.
martes, 20 de noviembre de 2012
Como dos barcos llevados por el viento (por Philip Larkin)
Amor, debemos separarnos: que no sea
terrible ni amargo. En el pasado
hubo demasiada luna y autocompasión:
dejemos que esto termine así: nunca antes el sol
atravesó el cielo de manera más intrépida,
nunca antes los corazones tuvieron más ganas
de ser libres, de acabar con mundos y devastar bosques;
tú y yo ya no los llevamos; somos cáscaras que miran
cómo el grano se emplea para un uso diferente.
Hay arrepentimiento, siempre hay arrepentimiento.
Pero es mejor que nuestras vidas se desaten,
como dos barcos llevados por el viento, húmedos de luz,
partiendo del estuario con sus cursos ya fijados,
y que saludándose se distancian, y se pierden de vista a lo lejos.
terrible ni amargo. En el pasado
hubo demasiada luna y autocompasión:
dejemos que esto termine así: nunca antes el sol
atravesó el cielo de manera más intrépida,
nunca antes los corazones tuvieron más ganas
de ser libres, de acabar con mundos y devastar bosques;
tú y yo ya no los llevamos; somos cáscaras que miran
cómo el grano se emplea para un uso diferente.
Hay arrepentimiento, siempre hay arrepentimiento.
Pero es mejor que nuestras vidas se desaten,
como dos barcos llevados por el viento, húmedos de luz,
partiendo del estuario con sus cursos ya fijados,
y que saludándose se distancian, y se pierden de vista a lo lejos.
lunes, 19 de noviembre de 2012
Mi mano toca sueño (por Jorge Guillén)
Duermes. Mi mano toca sueño. Duermes.
Gozo de tu inocencia confiada,
de tu implícita forma en esa noche
que hace tan suya con amor la mano.
Te siento dormir sin verte,
serenísima, sagrada,
nunca imagen de la muerte,
y oponiéndote a la nada
triunfar como piedra inerte.
La delicada masa de tu sueño
se espesa junto a mí, sin paz nocturna,
que así convive con la invulnerable,
cuyo retorno al despertar es siempre
la súbita inmersión en nuestra dicha.
Sumido en un calor de dos, el sueño
relaja su clausura, casi abierta
dulcemente hacia el día aún isleño.
Calor, amor.
La historia tras la puerta.
domingo, 18 de noviembre de 2012
El olvido (por Alejandra Pizarnik)
En la otra orilla de la noche
el amor es posible
llévame
llévame entre las dulces sustancias
que mueren cada día en tu memoria
sábado, 17 de noviembre de 2012
Para la fiesta de ser dos (por José Luis Parra)
Ámame ahora, en este mismo instante
de secreta aflicción; abate mi orgullosa
virilidad erguida y borra
con la salud de la pasión la anticipada
melancolía de ese otoño que abomino.
Ámame ahora, abrasa mis temores
alternando delicadeza y furia, y vayamos
luego al bar, al supermercado, maravilla del ojo,
deleite de elegir para la fiesta
de ser dos en la noche despoblada.
Ámame ahora y pídele a la vida,
mientras te quede fe suficiente para ello,
que cuando llegue el día de difuntos,
cuando la convivencia nos diseque
como el más refinado de los taxidermistas,
puedas poner tus pies sobre los míos
no como los clavos helados de una interminable,
atroz crucifixión,
sino como las rosas ofrendadas
en memoria de la pasión ya muerta
y pueda redimirnos la ternura.
viernes, 16 de noviembre de 2012
Soñadores (por Saiz de Marco)
Creían en los hombres, soñaban la utopía.
No sabían de ruindad,
de abyección,
de pequeñez.
No: ellos creían en los hombres, soñaban la utopía.
Decían camaradas,
solidario,
humanidad...
Gritaban pueblo,
paz,
revolución,
mañana...
Apenas tenían ojos para lo pequeño,
para lo mezquino,
para lo abyecto,
para lo egoísta,
para lo ruin.
Creían que la hermandad de los seres humanos
disiparía la vileza del mundo.
Creían que la unidad excluiría la abyección.
Creían que la grandeza borraría la ruindad.
Y no.
No es así. No ocurre así.
Pero ellos lo pensaban.
Confiaban en nuestra altura,
en nuestro valor.
Por eso soñaban con construir la utopía
(ladrillo a ladrillo pensaban levantarla).
Por eso creían en nosotros
los hombres.
Sí:
confiaban en nosotros mucho más que nosotros.
Nos pensaban más grandes,
más íntegros,
más puros.
Nos suponían más limpios de lo que en verdad somos.
Creían en nosotros más que nosotros mismos.
Tal vez siguen soñando, creyendo aún en nosotros.
Si es así,
por favor, no habléis alto.
No hagáis ruido.
Avanzad en silencio,
No sabían de ruindad,
de abyección,
de pequeñez.
No: ellos creían en los hombres, soñaban la utopía.
Decían camaradas,
solidario,
humanidad...
Gritaban pueblo,
paz,
revolución,
mañana...
Apenas tenían ojos para lo pequeño,
para lo mezquino,
para lo abyecto,
para lo egoísta,
para lo ruin.
Creían que la hermandad de los seres humanos
disiparía la vileza del mundo.
Creían que la unidad excluiría la abyección.
Creían que la grandeza borraría la ruindad.
Y no.
No es así. No ocurre así.
Pero ellos lo pensaban.
Confiaban en nuestra altura,
en nuestro valor.
Por eso soñaban con construir la utopía
(ladrillo a ladrillo pensaban levantarla).
Por eso creían en nosotros
los hombres.
Sí:
confiaban en nosotros mucho más que nosotros.
Nos pensaban más grandes,
más íntegros,
más puros.
Nos suponían más limpios de lo que en verdad somos.
Creían en nosotros más que nosotros mismos.
Tal vez siguen soñando, creyendo aún en nosotros.
Si es así,
por favor, no habléis alto.
No hagáis ruido.
Avanzad en silencio,
caminad de puntillas para no despertarlos.
Si es así
(si aún creen,
si aún sueñan,
si aún confían en nosotros),
entonces protejamos su sublime creencia.
Defendamos, entonces, ese sagrado sueño.
Si es así
(si aún creen,
si aún sueñan,
si aún confían en nosotros),
entonces protejamos su sublime creencia.
Defendamos, entonces, ese sagrado sueño.
jueves, 15 de noviembre de 2012
Utiliza mi corazón (por Antonio Gamoneda)
Un desconocido habita en mí. Agoniza y, para agonizar, utiliza mi corazón.
Pienso en mi padre enloquecido por la visión de frutos muy frescos, pienso en el amor y en la morfina. No. No es mi padre. Pero, entonces, ¿quién
agoniza en mi?
Cabe que yo mismo sea el desconocido y que mi corazón no sea mío aunque yo ponga en él sus latidos. Cabe.
En realidad no hay problema. En cualquier caso, yo voy a ser, ya estoy siendo,
huérfano de mí mismo.
Hermanos (por Vicente Huidobro)
Hombre de mi lengua y de todas las lenguas
El hombre siempre desgraciado
El que honra al cielo y trabaja la tierra
Se acuesta y se levanta
y habla y ríe y llora
Domestica caballos y diversos metales
Se cubre el cuerpo con ropajes
Construye casas y caminos
Estudia las estrellas
Funda naciones y especula ideas
Va y viene, viene y va
y no sabe nada. Todo lo ignora
Hombre de corazón siempre angustiado
El hombre de estas comarcas y de todas
El que lanza semillas
El que cría animales para la venta
El que toca instrumentos musicales
El que ambiciona popularidades
El guerrero que cuenta sus heridas
y narra cosas de sangre
El que bebe vinos de fuerza y sueña bocas tibias
El que busca mujeres
y escucha sus palabras sensibles
El que se sienta a mirar los árboles
O a oir los grandes ríos
El que gusta salpicarse en la lluvia
El que quiere conocer secretos y razones
El que quiere tener muchos hijos.
El que bautiza las regiones
y las cosas que se emplean
El que dirige las yuntas talladas en barro espeso
El que abraza a su novia debajo de un eucaliptus
El que galopa en su caballo de vivas crines
El que lanza profecías sobre una roca
El que guía rebaños
El que devora libros
El que se baja de un coche lustroso y golpea a la puerta del palacio
El que se aleja cantando
Va y viene. Se calma y se emociona
Se levanta, se acuesta
Habla, llora, ríe, ríe, llora, habla
y no sabe nada
No sabe nada
Si se detiene un instante y se contempla el alma
Se ahoga de soledad, solloza de pobreza
Se siente cosa de desierto
miércoles, 14 de noviembre de 2012
martes, 13 de noviembre de 2012
Pero déjame intuirlo (por Enriqueta Arvelo)
Señor, no me des ya la dicha.
No sabría manejarla
y con ella iría cohibida
como una nueva rica.
Déjame ir tranquila,
sin las cosas, fútiles para otros,
que fueran tempestades en mi vida.
No me des nada...
Pero déjame intuirlo todo.
Deja sin aherrojar mi sentir,
deja que lo glose mi voz.
No me hagas nueva rica de la ventura.
Sería la advenediza sin elegancia.
Ya no sé aprender nada
y no quiero perder
mi gracia y mi aplomo de desheredada.
No sabría manejarla
y con ella iría cohibida
como una nueva rica.
Déjame ir tranquila,
sin las cosas, fútiles para otros,
que fueran tempestades en mi vida.
No me des nada...
Pero déjame intuirlo todo.
Deja sin aherrojar mi sentir,
deja que lo glose mi voz.
No me hagas nueva rica de la ventura.
Sería la advenediza sin elegancia.
Ya no sé aprender nada
y no quiero perder
mi gracia y mi aplomo de desheredada.
lunes, 12 de noviembre de 2012
Un amor (por Roberto Juarroz)
Un amor más allá del amor
por encima del rito del vínculo,
más allá del juego siniestro
de la soledad y la compañía.
Un amor que no necesite regreso,
pero tampoco partida.
Un amor no sometido
a los fogonazos de ir y de volver,
de estar despiertos o dormidos,
de llamar o callar.
Un amor para estar juntos
o para no estarlo,
pero también para todas las posiciones intermedias.
Un amor como abrir los ojos.
Y quizás también como cerrarlos.
domingo, 11 de noviembre de 2012
Frío (por Carol Ann Duffy)
Estaba tan fría la bola de nieve que chorreaba en mis manos,
y cuando la hice rodar por el suelo, creció
hasta que pude sentarme en ella, mirando atrás, a la casa
donde hacía frío al despertar en mi cuarto con las ventanas
tapiadas por el hielo y mi aliento desnudándose en el aire.
Frío, también, en mis brazos al levantar el torso para hacer
una muñeca de nieve, con los dedos de los pies ardiendo, fríos
en mis botas de invierno; la voz de mi madre llamándome para
que entrara del frío. Y sus manos, frías, de pelar y
sumergir las papas en un bol, parando para tomar
la cara de su hija, un beso en cada mejilla fría y en mi nariz fría.
Pero nada tan frío como la noche de febrero que abrí la puerta
de la capilla ardiente donde estaba mi madre, ni joven ni vieja,
donde mis labios, al devolverle el beso en la frente, supieron lo que significa frío.
sábado, 10 de noviembre de 2012
Y vive y no lo sabe (por Luigi Pirandello)
Vivo del sueño de una sombra en el agua:
sombra de ramas verdes, de casas
ya dadas vuelta, y de nuevo nubes... y se mece
todo: el borde blanco de un muro
en el cielo azul que te deslumbra, una cuerda
que lo atraviesa, un farol y el tronco
negro de un árbol, cortada a la mitad
una hoja amarilla
de papel que flota...
Sombra en el agua -líquida ciudad...
luminoso temblor, inmensidad
el cielo claro, verde verde verde
de hojas- todo parece que se fuera y está
y vive y no lo sabe:
no lo sabe el agua, no lo saben los árboles,
no lo sabe el cielo ni las casas... Solo
un hombre lo sabe, que camina
por el borde triste
del canal.
sombra de ramas verdes, de casas
ya dadas vuelta, y de nuevo nubes... y se mece
todo: el borde blanco de un muro
en el cielo azul que te deslumbra, una cuerda
que lo atraviesa, un farol y el tronco
negro de un árbol, cortada a la mitad
una hoja amarilla
de papel que flota...
Sombra en el agua -líquida ciudad...
luminoso temblor, inmensidad
el cielo claro, verde verde verde
de hojas- todo parece que se fuera y está
y vive y no lo sabe:
no lo sabe el agua, no lo saben los árboles,
no lo sabe el cielo ni las casas... Solo
un hombre lo sabe, que camina
por el borde triste
del canal.
viernes, 9 de noviembre de 2012
Bajo el cemento y las vigas (por Miguel Gila)
¿Qué pasó con mi solar?
El solar donde los chicos
jugábamos a bandidos.
El solar donde a escondidas
fumábamos y tosíamos.
El solar de las lagartijas,
el solar de las pedreas,
el solar donde sin muertos
jugábamos a las guerras,
El solar de las fogatas,
de los gritos y las risas.
Un día nos enteramos
de que estaba en venta el solar.
Aquel solar era nuestro
y lo quisimos comprar,
pero no nos dieron tiempo.
El montón de calderilla
que juntamos entre todos
no cabía en un pañuelo.
Y vinieron unos hombres
que cavaron nuestro suelo,
y edificaron la casa
y la farmacia y el Banco
y la casa de comidas,
sepultando nuestros juegos
bajo el cemento y las vigas.
Si alguna vez tengo suerte
voy a comprar mi solar
y haré derribar la casa
con la farmacia y el Banco
y la casa de comidas.
Lo dejaré como estaba,
con sus piedras, con sus latas,
con todas sus lagartijas
en completa libertad.
Y lo llenaré de chicos
y pondré un letrero grande:
Se prohíbe edificar.
jueves, 8 de noviembre de 2012
Sólo tú eres (por Jorge Luis Borges)
Lunas, marfiles, instrumentos, rosas,
lámparas y la línea de Durero,
las nueve cifras y el cambiante cero,
debo fingir que existen esas cosas.
Debo fingir que en el pasado fueron
Persépolis y Roma y que una arena
sutil midió la suerte de la almena
que los siglos de hierro deshicieron.
Debo fingir las armas y la pira
de la epopeya y los pesados mares
que roen de la tierra los pilares.
Debo fingir que hay otros. Es mentira.
Sólo tú eres. Tú, mi desventura
y mi ventura, inagotable y pura.
miércoles, 7 de noviembre de 2012
Tendría casa propia y moral (por Fernando Pessoa)
He escrito más versos que verdad.
He escrito, principalmente,
porque otros han escrito.
¿Si nunca hubiera habido poetas en el mundo,
sería yo capaz de ser el primero?
¡Nunca!
Sería un individuo perfectamente consentible,
tendría casa propia y moral.
¡Señora Gertrudis!
Limpió mal este cuarto:
¡sáqueme esas ideas de aquí!
martes, 6 de noviembre de 2012
Con tus ojos de fuego (por Charles Baudelaire)
Eres un bello cielo de otoño claro y rosa
pero en mí la tristeza sube como la marea
y deja en el reflujo de mi boca morosa
un limo amargo y un negro sabor de brea.
Tu mano se desliza vanamente en mi pecho.
Lo que ella encuentra, amiga, es un lugar vacío.
Con la garra y el diente la mujer lo ha deshecho.
Las bestias devoraron este corazón mío.
Es igual que un palacio por la turba asaltado
donde beben, se matan, se arrancan el cabello.
¡Flota un perfume en torno de tu desnudo cuello!
¡Belleza, duro azote del alma, lo que quieras!
Con tus ojos de fuego que para mí han brillado
calcina estos despojos que han dejado las fieras.
lunes, 5 de noviembre de 2012
Y la brisa (por José Luis Parra)
Salí del cuarto encerrado
del sopor
y la vergüenza
Y la brisa
que atravesaba el pasillo
de levante a poniente
y hacía de la casa una invitación al vuelo
una playa estimulante
me traspasó
como una gracia indecible
como el aire de una almena
Podía vivir de nuevo
domingo, 4 de noviembre de 2012
Por culpa de un traicionero (por Violeta Parra)
Maldigo del alto cielo
la estrella con su reflejo,
maldigo los azulejos
destellos del arroyuelo,
maldigo del bajo suelo
la piedra con su contorno,
maldigo el fuego del horno
porque mi alma está de luto,
maldigo los estatutos del tiempo
con sus bochornos,
cuánto será mi dolor.
Maldigo la cordillera
de los Andes y La Costa,
maldigo, señor, la angosta
y larga faja de tierra,
también la paz y la guerra,
lo franco y lo veleidoso,
maldigo lo perfumoso
porque mi anhelo está muerto,
maldigo todo lo cierto,
lo falso con lo dudoso,
cuánto será mi dolor.
Maldigo la primavera
con sus jardines en flor
y del otoño el color
yo lo maldigo de veras;
a la nube pasajera
la maldigo tanto y tanto
porque me asiste un quebranto.
Maldigo el invierno entero
con el verano embustero,
maldigo profano y santo,
cuánto será mi dolor.
Maldigo a la solitaria
figura de la bandera,
maldigo cualquier emblema,
la Venus y la Araucaria,
el trino de la canaria,
el cosmos y sus planetas,
la tierra y todas sus grietas
porque me aqueja un pesar,
maldigo del ancho mar
sus puertos y sus caletas,
cuánto será mi dolor.
Maldigo luna y paisaje,
los valles y los desiertos,
maldigo muerto por muerto
y el vivo del rey al paje,
al ave con su plumaje
yo la maldigo a porfía,
las aulas, las sacristías
porque me aflige un dolor,
maldigo el vocablo amor
con toda su porquería,
cuánto será mi dolor.
Maldigo por fin lo blanco,
lo negro con lo amarillo,
a obispos y monaguillos,
ministros y predicandos
yo los maldigo llorando;
lo libre y lo prisionero,
lo dulce y lo pendenciero
les pongo mi maldición
en griego y en español
por culpa de un traicionero,
cuánto será mi dolor.
la estrella con su reflejo,
maldigo los azulejos
destellos del arroyuelo,
maldigo del bajo suelo
la piedra con su contorno,
maldigo el fuego del horno
porque mi alma está de luto,
maldigo los estatutos del tiempo
con sus bochornos,
cuánto será mi dolor.
Maldigo la cordillera
de los Andes y La Costa,
maldigo, señor, la angosta
y larga faja de tierra,
también la paz y la guerra,
lo franco y lo veleidoso,
maldigo lo perfumoso
porque mi anhelo está muerto,
maldigo todo lo cierto,
lo falso con lo dudoso,
cuánto será mi dolor.
Maldigo la primavera
con sus jardines en flor
y del otoño el color
yo lo maldigo de veras;
a la nube pasajera
la maldigo tanto y tanto
porque me asiste un quebranto.
Maldigo el invierno entero
con el verano embustero,
maldigo profano y santo,
cuánto será mi dolor.
Maldigo a la solitaria
figura de la bandera,
maldigo cualquier emblema,
la Venus y la Araucaria,
el trino de la canaria,
el cosmos y sus planetas,
la tierra y todas sus grietas
porque me aqueja un pesar,
maldigo del ancho mar
sus puertos y sus caletas,
cuánto será mi dolor.
Maldigo luna y paisaje,
los valles y los desiertos,
maldigo muerto por muerto
y el vivo del rey al paje,
al ave con su plumaje
yo la maldigo a porfía,
las aulas, las sacristías
porque me aflige un dolor,
maldigo el vocablo amor
con toda su porquería,
cuánto será mi dolor.
Maldigo por fin lo blanco,
lo negro con lo amarillo,
a obispos y monaguillos,
ministros y predicandos
yo los maldigo llorando;
lo libre y lo prisionero,
lo dulce y lo pendenciero
les pongo mi maldición
en griego y en español
por culpa de un traicionero,
cuánto será mi dolor.
sábado, 3 de noviembre de 2012
El mundo que no era viene para irse (por James Joyce)
Del oscuro pasado
nace un niño;
de gozo y de pesar
mi corazón se desgarra.
Tranquila en su cuna
yace la vida.
¡Que el amor y la piedad
abran sus ojos!
La joven vida respira
sobre el cristal.
El mundo que no era
viene para irse.
Un niño duerme:
un viejo se marcha.
Oh, padre renegado,
perdona a tu hijo.
viernes, 2 de noviembre de 2012
Una vez en la tierra (por Agustín García Calvo)
Otro que se nos va: Agustín García Calvo. Con gratitud y emoción, aquí va nuestro pequeño homenaje con uno de sus poemas. Gracias, Agustín: tú también eras un mago. Tú también lograbas, con palabras, expresar lo inescribible y decir lo impalabrable.
Juraría que he sido feliz
una vez en la tierra.
Pero tú no lo sepas, mi alma,
pero tú no lo sepas.
No sé el día, el año tampoco,
ni el siglo siquiera,
ni si fue de mañana o de tarde
o noche serena.
Pero yo juraría que un día
fue la paz de la guerra.
No sé quién estaba conmigo,
si era blanca o era morena,
ni si era de amor o del solo
temblor de la yerba.
Pero yo juraría que fue
verdad verdadera.
Yo de cierto no sé si fui yo
o fue otro cualquiera:
sólo que era feliz y que toda
la vida lo era.
Pero tú no lo sepas, mi alma,
pero tú no lo sepas.
Como la memoria de la blancura (por William Carlos Williams)
El descenso nos llama
como la ascensión nos llamaba.
La memoria es una suerte de cumplimiento,
una renovación
y más: una iniciación:
los espacios
que abre son lugares nuevos,
poblados por hordas
hasta entonces inexistentes,
nuevas especies
en movimiento hacia nuevos objetivos
(los mismos
que antes habían abandonado).
Ninguna derrota
es enteramente derrota:
el mundo que abre es siempre
un lugar antes insospechado.
Un mundo perdido es un mundo
que nos llama a lugares inéditos:
ninguna blancura
(perdida) es tan blanca
como la memoria de la blancura.
Al anochecer, el amor despierta
aunque sus sombras,
vivas por la ley del sol,
ahora se aletargan
y se desprenden del deseo.
El amor sin sombras ahora
se anima y
conforme avanza la noche
despierta.
El descenso
hecho de desesperaciones
por incumplido
nos cumple: es un nuevo despertar,
reverso
de la desesperación.
Aquello que no pudimos cumplir,
aquello negado al amor,
perdido en la anticipación,
se cumple en un descenso
sin fin, indestructible.
hecho de desesperaciones
por incumplido
nos cumple: es un nuevo despertar,
reverso
de la desesperación.
Aquello que no pudimos cumplir,
aquello negado al amor,
perdido en la anticipación,
se cumple en un descenso
sin fin, indestructible.
jueves, 1 de noviembre de 2012
Magia de estar siendo (por Carlos Marzal)
De tanto ver la luz hemos perdido
la recta proporción de ese milagro,
que otorga a la materia su volumen,
contorno fiel al mundo que queremos
y límite a los puntos cardinales.
A fuerza de costumbre, hemos dado en creer
que es un merecimiento, cada día,
que el día se levante en claridad
y que se ofrezca límpido a los ojos,
para que la mirada le entregue un orden propio,
distinto a los demás, y lo convierta
en nuestra inadvertida obra de arte.
Hay una ingratitud consustancial
al hecho de estar vivos, un intrínseco
poder de desmemoria, y nos impiden
brindar a cada instante el homenaje
que cada instante de verdad merece,
por su absoluta magia de estar siendo,
en vez de no haber sido en absoluto.
Con cada amanecer dubitativo,
con cada tumultuoso amanecer,
la luz arrasa el reino de la noche
y emprende su combate. En el confuso
magma de oscuridad, con cada aurora
triunfa la exactitud de cuanto existe
sobre la vocación de incertidumbre
que tienta con su nada a lo real.
En toda madrugada se renueva
un conjuro de origen, esa fórmula
que impuso el movimiento al primer día.
Somos testigos, en el alba pura,
del trono en que la luz alza su reino
y lo concede intacto a cualquier súbdito.
Conviene contemplar la luz con más paciencia,
brindarle una atención encandilada,
el sumiso homenaje con que un bárbaro
descubre reverente en su aventura
la tierra que jamás ha visto nadie.
la recta proporción de ese milagro,
que otorga a la materia su volumen,
contorno fiel al mundo que queremos
y límite a los puntos cardinales.
A fuerza de costumbre, hemos dado en creer
que es un merecimiento, cada día,
que el día se levante en claridad
y que se ofrezca límpido a los ojos,
para que la mirada le entregue un orden propio,
distinto a los demás, y lo convierta
en nuestra inadvertida obra de arte.
Hay una ingratitud consustancial
al hecho de estar vivos, un intrínseco
poder de desmemoria, y nos impiden
brindar a cada instante el homenaje
que cada instante de verdad merece,
por su absoluta magia de estar siendo,
en vez de no haber sido en absoluto.
Con cada amanecer dubitativo,
con cada tumultuoso amanecer,
la luz arrasa el reino de la noche
y emprende su combate. En el confuso
magma de oscuridad, con cada aurora
triunfa la exactitud de cuanto existe
sobre la vocación de incertidumbre
que tienta con su nada a lo real.
En toda madrugada se renueva
un conjuro de origen, esa fórmula
que impuso el movimiento al primer día.
Somos testigos, en el alba pura,
del trono en que la luz alza su reino
y lo concede intacto a cualquier súbdito.
Conviene contemplar la luz con más paciencia,
brindarle una atención encandilada,
el sumiso homenaje con que un bárbaro
descubre reverente en su aventura
la tierra que jamás ha visto nadie.
miércoles, 31 de octubre de 2012
Quisiera hablar de la vida (por Alejandra Pizarnik)
¿Y qué si nos vamos anticipando
de sonrisa en sonrisa
hasta la última esperanza?
¿Y qué?
¿Y qué me da a mí,
a mí que he perdido mi nombre,
el nombre que me era dulce sustancia
en épocas remotas, cuando yo no era yo
sino una niña engañada por su sangre?
¿A qué, a qué
este deshacerme, este desangrarme,
este desplumarme, este desequilibrarme
si mi realidad retrocede
como empujada por una ametralladora
y de pronto se lanza a correr,
aunque igual la alcanzan,
hasta que cae a mis pies como un ave muerta?
Quisiera hablar de la vida.
Pues esto es la vida,
este aullido, este clavarse las uñas
en el pecho, este arrancarse
la cabellera a puñados, este escupirse
a los propios ojos, sólo por decir,
sólo por ver si se puede decir:
"¿es que yo soy? ¿verdad que sí?
¿no es verdad que yo existo
y no soy la pesadilla de una bestia?".
Y con las manos embarradas
golpeamos a las puertas del amor.
Y con la conciencia cubierta
de sucios y hermosos velos,
pedimos por Dios.
Y con las sienes restallantes
de imbécil soberbia
tomamos de la cintura a la vida
y pateamos de soslayo a la muerte.
Pues eso es lo que hacemos.
Nos anticipamos de sonrisa en sonrisa
hasta la última esperanza.
de sonrisa en sonrisa
hasta la última esperanza?
¿Y qué?
¿Y qué me da a mí,
a mí que he perdido mi nombre,
el nombre que me era dulce sustancia
en épocas remotas, cuando yo no era yo
sino una niña engañada por su sangre?
¿A qué, a qué
este deshacerme, este desangrarme,
este desplumarme, este desequilibrarme
si mi realidad retrocede
como empujada por una ametralladora
y de pronto se lanza a correr,
aunque igual la alcanzan,
hasta que cae a mis pies como un ave muerta?
Quisiera hablar de la vida.
Pues esto es la vida,
este aullido, este clavarse las uñas
en el pecho, este arrancarse
la cabellera a puñados, este escupirse
a los propios ojos, sólo por decir,
sólo por ver si se puede decir:
"¿es que yo soy? ¿verdad que sí?
¿no es verdad que yo existo
y no soy la pesadilla de una bestia?".
Y con las manos embarradas
golpeamos a las puertas del amor.
Y con la conciencia cubierta
de sucios y hermosos velos,
pedimos por Dios.
Y con las sienes restallantes
de imbécil soberbia
tomamos de la cintura a la vida
y pateamos de soslayo a la muerte.
Pues eso es lo que hacemos.
Nos anticipamos de sonrisa en sonrisa
hasta la última esperanza.
martes, 30 de octubre de 2012
Así ha sido mi vida (por Antonio Gamoneda)
Recuerdo el frío del amanecer, los círculos de los insectos sobre las
tazas inmóviles, la posibilidad de un abismo lleno de luz bajo las
ventanas abiertas para la ventilación de la enfermedad, el olor triste
de la sosa cáustica.
Pájaros. Atraviesan lluvias y países en el error de los imanes y los
vientos, pájaros que volaban entre la ira y la luz.
Vuelven incomprensibles bajo leyes de vértigo y olvido.
No tengo miedo ni esperanza. Desde un hotel exterior al destino, veo
una playa negra y, lejanos, los grandes párpados de una ciudad cuyo
dolor no me concierne.
Vengo del metileno y el amor; tuve frío bajo los tubos de la muerte.
Ahora contemplo el mar. No tengo miedo ni esperanza.
Eres sabio y cobarde, estás herido en las mujeres húmedas, tu
pensamiento es sólo recuerdo de la ira.
Ves la rosas temibles.
Ah caminante, ah confusión de párpados.
Hay una hierba cuyo nombre no se sabe; así ha sido mi vida.
Vuelvo a casa atravesando el invierno: olvido y luz sobre las ropas
húmedas. Los espejos están vacíos y en los platos ciega la soledad.
Ah la pureza de los cuchillos abandonados.
Amé todas las pérdidas.
Aún retumba el ruiseñor en el jardín invisible.
lunes, 29 de octubre de 2012
Cuántas veces pienso que no soy de aquí (por Antonio Lobo Antunes)
Estas casas viejas donde crujen las tablas de la tarima, los grifos no cierran del todo, un airecito frío (incluso en verano) por las rendijas de las ventanas, manchas de sol, diferentes de las manchas de sol de las casas nuevas, en las paredes, en el techo, la sensación de voces, muy antiguas, que nos llaman, un jarrón, a contraluz, con una ramita de acacia dentro, un perfil de muchacha en la cortina del balcón, vestida como mi abuela en las fotos de cuando era joven, yo mirando todo esto desde la entrada, rodeado de espectros. Espectros no de personas que conocía, de parientes del álbum de fotos, viejos con patillas, militares uniformados, mi bisabuela y sus hermanas, en Belém do Pará, con un pecho enorme, miriñaque, la cintura increíblemente estrecha, muy morenas, muy oscuras, no por eso guapas, mi bisabuela a la que tanto se parecía mi abuelo, a la que no me parezco nada, a decir verdad me parezco, yo qué sé, tal vez al abuelo de mi padre, nací así, casual combinación de moléculas a las que llaman António, nací así, medio sorprendido, en una familia que me cree parte de ella y se equivoca, cuántas veces pienso que no soy de aquí, oigo cosas que no existen, vivo en otro sitio entre apariciones, donde las voces de este lado me llegan confusas, remotas, en una lengua que no es exactamente la mía, y acompañadas de sonrisas, palmaditas, miradas curiosas de soslayo
-Nunca estás aquí, ¿no?
yo
-¿Qué querrá decir nunca estás aquí?
entendiendo, respondiendo a la pregunta con un gesto que, a fuerza de no significar nada, sirve para todo, me defiendo como puedo
-A veces me distraigo
y no es verdad, no me distraigo, dejo el cuerpo con ustedes y ando por ahí, mi cuerpo finge que oye, que se preocupa, que conversa, y yo libre, mirando a las personas, paseando, me echo a correr a fin de regresar al cuerpo en el momento de las despedidas, llego a decir
-Ha sido un placer
y de placer nada, ni placer ni displacer, no me di cuenta de nada, anduve por ahí al azar, es la manera de mirar de ciertas mujeres lo que aún me retiene aquí, ciertas carcajadas cortas, la textura de ciertas pieles, el deseo que ciertas expresiones (no sé explicar bien cuáles) me provocan. La palabra genio, tan pomposa ahora, la usaba Stendhal para describir el modo en que ciertas señoras subían a los carruajes. Me habría gustado vivir en esa época de cocheros y farolas de gas, cuando la noche era noche en lugar de este remolino de ansiosos en los bares, se jugaba al bingo, se cantaba junto al piano, y el sexo no pasaba de ser una especie de baile inocentemente perverso, un poco idiota y cursilón. Sigue siendo todo eso, tal vez lo que me hace falta es sólo el bingo y el aria junto al piano, un tercer piso, sin ascensor, en Anjos, canónigos, poetas fatales, duelos, yemitas, el universo en el que, creo yo, vivían las tías de Brasil: ¿deseando qué, señores, imaginando qué, soñando qué? No debían desear ni imaginar ni soñar gran cosa, pobres. No eran especialmente sensibles ni inteligentes, pertenecían a una burguesía más o menos adinerada, iban perdiendo el pecho y el miriñaque, les engordaba la cintura, les crecía bigote, y creo que volvía a encontrarme con una o dos, muy ancianas, ofreciéndome bizcochos en salitas sombrías. Me acuerdo de los pianos, pero cerrados, sin arias. De cocineras tan decrépitas como sus amas. De viejos con patillas, de militares uniformados. Y después no me acuerdo de nada más porque nunca estoy aquí
(-Nunca estás aquí, ¿no?)
paseo por China, por Alemania, por el Río de la Plata, ando por ahí volando o tropezando con las cosas, divago. Tengo un libro dentro de mí y conversamos los dos. Una vez que acabo el libro, aterrizo. No tengo ningunas ganas de aterrizar. Estos grifos que no cierran bien, este airecito frío por las rendijas de las ventanas. En agosto anduve por Nelas, buscando vagamente una casa antigua que quisieran vender. No la encontré. Un chalé junto a la casa que fue nuestra, pero tan feo, tan caro: siempre me causaron pavor las cosas feas y caras, mientras que las cosas feas y baratas me enternecen. Con las personas lo que se me ocurre es que a Dios deben de gustarle un montón los imbéciles porque no se cansa de hacerlos. Bien que los oigo, cuando salgo, en los restaurantes, en las tiendas, y allí vienen las sonrisas, las palmaditas, las miradas curiosas de soslayo
-Nunca estás aquí, ¿no?
y yo, enseguida
-Sí que estoy, claro que estoy
mientras una señora de Stendhal sube con genio al carruaje, mientras se sienta allí arriba, con sombrero, sin mirarme, y yo me quedo aquí abajo, adorándola. ¿Mi bisabuela andaría en carruaje? Venía todos los años con su marido, de Belém do Pará a Vichy, por las aguas. Sublime vida. De modo que si se me acercan con la pregunta
-Nunca estás aquí, ¿no?
y sonrisas, y palmaditas, y miradas de soslayo, creo que no voy a responder. ¿Para qué? ¿Responder qué a quién? Si
-Nunca está aquí, ¿no?
me callo. Finjo que no oigo y me callo. Por otra parte no les va a extrañar: hablo poco. Entro en una de esas casas viejas donde crujen las tablas de la tarima y me acurruco en un rincón a observar las manchas de sol en las paredes, en el techo. El jarrón, a contraluz, con su ramita de acacia. El perfil de la muchacha en la cortina del balcón. Tal vez ella se me acerque (tiene que acercárseme)
me llame
-António
(tiene que llamarme
-António)
y los dos bajemos desde la terraza hasta el jardín de la casa
(una terraza con azulejos y unos tiestos de piedra)
y corramos juntos por el jardín, traspasando setos, arriates, un laguito, el invernadero, una estatuilla cualquiera, traspasemos el portón, otros portones, otros muros, otras terrazas más, los dos, cogidos de la mano, en busca del mar.
domingo, 28 de octubre de 2012
Hazte el favor (por Saiz de Marco)
Todo lo que no quise, siendo querible…
Todo lo que no disfruté, siendo disfrutable…
Todo lo que, siendo entrañable, no sentí entraña adentro…
Todo lo que, siendo sonreíble, no me hizo sonreír…
…vino a pedirme cuentas esta noche.
Y yo:
-Perdonad, no me fijaba. Anduve despistado.
Ya me veis
volcado en el agobio de los días,
perdido en mis tristezas. Disculpadme.
Y ellos:
-Vale, está bien, te perdonamos.
Pero a partir de ahora hazte el favor,
cada vez que te cruces con nosotros,
de prestar atención y no olvidarte
de querer,
de sonreír,
de disfrutar.
Todo lo que no disfruté, siendo disfrutable…
Todo lo que, siendo entrañable, no sentí entraña adentro…
Todo lo que, siendo sonreíble, no me hizo sonreír…
…vino a pedirme cuentas esta noche.
Y yo:
-Perdonad, no me fijaba. Anduve despistado.
Ya me veis
volcado en el agobio de los días,
perdido en mis tristezas. Disculpadme.
Y ellos:
-Vale, está bien, te perdonamos.
Pero a partir de ahora hazte el favor,
cada vez que te cruces con nosotros,
de prestar atención y no olvidarte
de querer,
de sonreír,
de disfrutar.
sábado, 27 de octubre de 2012
Pero dentro (por Juan Ramón Jiménez)
Creíamos que todo estaba
roto, perdido, manchado...
-pero, dentro, sonreía
lo verdadero, esperando-.
¡Lágrimas rojas, calientes,
en los cristales helados!...
-pero, dentro, sonreía
lo verdadero, esperando-.
Se acabó el día negro,
revuelto en frío mojado...
-pero, dentro, sonreía
lo verdadero, esperando-.
roto, perdido, manchado...
-pero, dentro, sonreía
lo verdadero, esperando-.
¡Lágrimas rojas, calientes,
en los cristales helados!...
-pero, dentro, sonreía
lo verdadero, esperando-.
Se acabó el día negro,
revuelto en frío mojado...
-pero, dentro, sonreía
lo verdadero, esperando-.
viernes, 26 de octubre de 2012
Y aún no puedo abarcarte (por Juan Gelman)
Yo te entregué mi sangre, mis sonidos,
mis manos, mi cabeza,
y lo que es más, mi soledad, la gran señora,
como un día de mayo dulcísimo de otoño,
y lo que es más aún, todo mi olvido
para que lo deshagas y dures en la noche, en la
tormenta, en la desgracia,
y más aún, te di mi muerte,
veré subir tu rostro entre el oleaje de las
sombras,
y aún no puedo abarcarte, sigues creciendo como
un fuego, y me destruyes, me construyes, eres oscura como
la luz.
jueves, 25 de octubre de 2012
Mi ayuda (por Norma Jean Baker [Marilyn Monroe])
Me hace falta mi ayuda
para salir del pozo,
mi ayuda y la de nadie más.
Me hace falta mi ayuda
y siempre me la niego.
miércoles, 24 de octubre de 2012
Regar las plantas (por José Luis Parra)
Amigos, otra noticia triste: Ha muerto José Luis Parra. En homenaje a él, publicamos hoy este poema, extraído de su último y reciente libro ("Inclinándome"). Gracias, José Luis, por tu magia hecha palabras.
REGAR LAS PLANTAS
Primeros trinos,
tenues, en el alba estival.
Salgo al balcón y riego las macetas.
Al inclinarme noto que envejezco.
Pero cómo consuela, con los años,
esta alegría, este ritual, el chorro
de agua sobre las hojas.
Qué verde y fresco,
como recién creado,
gotea el mundo.
Se desvía, se aleja (por Adolfo Cueto)
Esos otros caminos
por los que nunca pasamos, los que dejamos
a un lado, hechos de miedo
y valor, como un destello en la noche, un
fogonazo en la niebla, ¿adónde
irían a dar? ¿Por quién
preguntan ahora?,
ahora que es tarde y, de pronto,
todo este viento del Sur
acariciando tu frente...
La añoranza abre huecos
por carreteras cortadas, en autopistas
vacías, que nos reclaman al cabo. ¿Oyes al niño que corre
por las habitaciones? ¿Cómo crece y se afeita, y
sale luego a la calle? Hoy se cruza
contigo. Y, aunque tenga tu rostro,
es ya ese otro que avanza
–se desvía, se aleja–,
tan distinto a ti mismo: el que no
serás ya, el que nunca
habrás sido.
martes, 23 de octubre de 2012
¡A los caballitos! (por Jesús Lizano)
Que instalen caballitos
en todas las calles,
que llenen de caballitos las ciudades.
Siglos
llevamos con el invento de feria en feria
sin descubrir su humanísima aventura.
Que celebren los novios
su viaje en los caballitos,
de caballito en caballito.
Que cada familia tenga sus caballitos,
¡todos en los caballitos!
Que los amigos
hablen y sueñen y discutan
dando vueltas en los caballitos.
En ellos celebren sus consejos los ministros,
mientras queden ministros,
y en ellos se reúnan los señores obispos,
naturalmente, revestidos
de señores obispos,
mientras queden obispos.
Los pobres subirán para reírse del mundo
y los ricos
¡que suban los ricos a los caballitos
mientras todos los aplaudimos!
¡Y los señoritos!
¡Que suban los señoritos!
Y que acudan todos los solitarios, todos los vagabundos.
Y el congreso de los diputados
será el congreso de los caballitos.
Y los empresarios ¡qué risa, los empresarios!
Que suban los empresarios con los asalariados,
mientras existan salarios.
¡Los salarios del miedo!
Y, venga: comités centrales,
mafias, sectas, castas, clanes, etnias:
¡a los caballitos!
Y los músicos con los guardabosques
y el alcalde y los concejales
con las verduleras y los panaderos.
¡Viva! ¡Viva!,
gritarán los niños cuando vean
que suben los Honorables.
¡Venga, Honorables!:
¡A los caballitos!
Vamos a la ciudad a subir a los caballitos,
dirán los monjes a sus abades.
Y los académicos:
que se reúnan los académicos en los caballitos
y que se cierren todas las academias.
¡Ah, si todos los filósofos hubieran subido a los caballitos!
Que instalen caballitos en las cárceles,
en los cuarteles,
en los hospitales,
en los frenopáticos
y que se fuguen todos
montados en los caballitos.
Y todos los jueces a los caballitos,
¡venga! ¡venga!: ¡A los caballitos!
¿Y nada de procesos y de sentencias!
¡Ya vale de juzgar los efectos y no las causas!
¡A los caballitos!
Y que todos los funerales
se celebren montados en los caballitos
al paso silencioso y tranquilo de los caballitos.
Es la nueva ordenanza,
es el nuevo precepto:
¡todos a los caballitos!
¡La cabalgata de los caballitos!
¡Hacia la confederación de todos los caballitos!
Hasta que todos fuéramos niños…
en todas las calles,
que llenen de caballitos las ciudades.
Siglos
llevamos con el invento de feria en feria
sin descubrir su humanísima aventura.
Que celebren los novios
su viaje en los caballitos,
de caballito en caballito.
Que cada familia tenga sus caballitos,
¡todos en los caballitos!
Que los amigos
hablen y sueñen y discutan
dando vueltas en los caballitos.
En ellos celebren sus consejos los ministros,
mientras queden ministros,
y en ellos se reúnan los señores obispos,
naturalmente, revestidos
de señores obispos,
mientras queden obispos.
Los pobres subirán para reírse del mundo
y los ricos
¡que suban los ricos a los caballitos
mientras todos los aplaudimos!
¡Y los señoritos!
¡Que suban los señoritos!
Y que acudan todos los solitarios, todos los vagabundos.
Y el congreso de los diputados
será el congreso de los caballitos.
Y los empresarios ¡qué risa, los empresarios!
Que suban los empresarios con los asalariados,
mientras existan salarios.
¡Los salarios del miedo!
Y, venga: comités centrales,
mafias, sectas, castas, clanes, etnias:
¡a los caballitos!
Y los músicos con los guardabosques
y el alcalde y los concejales
con las verduleras y los panaderos.
¡Viva! ¡Viva!,
gritarán los niños cuando vean
que suben los Honorables.
¡Venga, Honorables!:
¡A los caballitos!
Vamos a la ciudad a subir a los caballitos,
dirán los monjes a sus abades.
Y los académicos:
que se reúnan los académicos en los caballitos
y que se cierren todas las academias.
¡Ah, si todos los filósofos hubieran subido a los caballitos!
Que instalen caballitos en las cárceles,
en los cuarteles,
en los hospitales,
en los frenopáticos
y que se fuguen todos
montados en los caballitos.
Y todos los jueces a los caballitos,
¡venga! ¡venga!: ¡A los caballitos!
¿Y nada de procesos y de sentencias!
¡Ya vale de juzgar los efectos y no las causas!
¡A los caballitos!
Y que todos los funerales
se celebren montados en los caballitos
al paso silencioso y tranquilo de los caballitos.
Es la nueva ordenanza,
es el nuevo precepto:
¡todos a los caballitos!
¡La cabalgata de los caballitos!
¡Hacia la confederación de todos los caballitos!
Hasta que todos fuéramos niños…
lunes, 22 de octubre de 2012
Oh, lobos del recuerdo (por Philip Larkin)
Tras orinar, vuelvo a la cama a tientas,
abro espesas cortinas, y me asustan
la limpidez lunar, las nubes rápidas.
Las cuatro: yacen prados de sombras acuñadas
bajo un cielo profundo, cavado por el viento.
En todo esto hay algo muy risible:
la forma en que la luna cruza nubes que flotan
vagamente, como humo de cañón, apartándose
(abajo, una luz pétrea afila los tejados)
elevada y absurda y separada.
¡Pastilla del amor! ¡Medalla de arte!
¡Oh, lobos del recuerdo! ¡Inmensidades! No,
uno tiembla ligero al levantar los ojos.
La dureza, el fulgor y la sencilla
unidad trascendente de esa vasta mirada
son un recordatorio del dolor y la fuerza
de ser joven; que no pueden volver,
pero en algún lugar están en otros, íntegros
de ser joven; que no pueden volver,
pero en algún lugar están en otros, íntegros
domingo, 21 de octubre de 2012
No quise molestarte (por Allen Ginsberg)
Perdona, amigo, no quise molestarte
pero volví de Vietnam
donde maté a un montón de caballeros vietnamitas
algunas damas también
y no pude soportar el dolor
y de miedo cogí un hábito
y pasé por la rehabilitación y estoy limpio
Pero no tengo lugar donde dormir
Y no sé qué hacer
conmigo ahora mismo
Lo siento, amigo, no quise molestarte
pero hace frío en la calle
y mi corazón está enfermo solo
y estoy limpio, pero mi vida es un desastre
Tercera Avenida
y calle E. Houston
en el paso peatonal bajo el semáforo en rojo
limpio tu parabrisas con un trapo sucio
pero volví de Vietnam
donde maté a un montón de caballeros vietnamitas
algunas damas también
y no pude soportar el dolor
y de miedo cogí un hábito
y pasé por la rehabilitación y estoy limpio
Pero no tengo lugar donde dormir
Y no sé qué hacer
conmigo ahora mismo
Lo siento, amigo, no quise molestarte
pero hace frío en la calle
y mi corazón está enfermo solo
y estoy limpio, pero mi vida es un desastre
Tercera Avenida
y calle E. Houston
en el paso peatonal bajo el semáforo en rojo
limpio tu parabrisas con un trapo sucio
sábado, 20 de octubre de 2012
La dicha (por Jorge Luis Borges)
El que abraza a su mujer es Adán. La mujer es
Eva.
Todo sucede por primera vez.
He visto una cosa blanca en el cielo. Me dicen que es la luna, pero
qué puedo hacer con una palabra y con una mitología.
Los árboles me dan un poco de miedo. Son tan hermosos.
Los tranquilos animales se acercan para que yo les diga su nombre.
Los libros de la biblioteca no tienen letras. Cuando los abro surgen.
Al hojear el atlas proyecto la forma de Sumatra.
El que prende un fósforo en el oscuro está inventando el fuego.
En el espejo hay otro que acecha.
El que mira el mar ve a Inglaterra.
El que profiere un verso de Liliencron ha entrado en la batalla.
He soñado a Cartago y a las legiones que desolaron a Cartago.
He soñado la espada y la balanza.
Loado sea el amor en el que no hay poseedor ni poseída, pero los dos se entregan.
Loada sea la pesadilla, que nos revela que podemos crear el infierno.
El que desciende a un río desciende al Ganges.
El que mira un reloj de arena ve la disolución de un imperio.
El que juega con un puñal presagia la muerte de César.
El que duerme es todos los hombres.
En el desierto vi la joven Esfinge, que acaban de labrar.
Nada hay antiguo bajo el sol.
Todo sucede por primera vez, pero de un modo eterno.
El que lee mis palabras está inventándolas.
Todo sucede por primera vez.
He visto una cosa blanca en el cielo. Me dicen que es la luna, pero
qué puedo hacer con una palabra y con una mitología.
Los árboles me dan un poco de miedo. Son tan hermosos.
Los tranquilos animales se acercan para que yo les diga su nombre.
Los libros de la biblioteca no tienen letras. Cuando los abro surgen.
Al hojear el atlas proyecto la forma de Sumatra.
El que prende un fósforo en el oscuro está inventando el fuego.
En el espejo hay otro que acecha.
El que mira el mar ve a Inglaterra.
El que profiere un verso de Liliencron ha entrado en la batalla.
He soñado a Cartago y a las legiones que desolaron a Cartago.
He soñado la espada y la balanza.
Loado sea el amor en el que no hay poseedor ni poseída, pero los dos se entregan.
Loada sea la pesadilla, que nos revela que podemos crear el infierno.
El que desciende a un río desciende al Ganges.
El que mira un reloj de arena ve la disolución de un imperio.
El que juega con un puñal presagia la muerte de César.
El que duerme es todos los hombres.
En el desierto vi la joven Esfinge, que acaban de labrar.
Nada hay antiguo bajo el sol.
Todo sucede por primera vez, pero de un modo eterno.
El que lee mis palabras está inventándolas.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
Ver una entrada al azar