viernes, 30 de noviembre de 2012
Mañana ¿qué se hicieron? (por Piedad Bonnett)
Los saludables, los briosos estudiantes de espléndidas sonrisas
y mejillas felposas, los que encienden un sueño en otro sueño
y respiran su aire como recién nacidos,
los que buscan rincones para mejor amarse
y dulcemente eternos juegan ruleta rusa,
los estudiantes ávidos y locos y fervientes,
los de los tiernos cuellos listos frente a la espada,
las muchachas que exhiben sus muslos soleados
sus pechos, sus ombligos
perfectos e inocentes como oscuras corolas,
qué se hacen
mañana qué se hicieron
qué agujero
ayer se los tragó
bajo qué piel
callosa, triste, mustia
sobreviven.
y mejillas felposas, los que encienden un sueño en otro sueño
y respiran su aire como recién nacidos,
los que buscan rincones para mejor amarse
y dulcemente eternos juegan ruleta rusa,
los estudiantes ávidos y locos y fervientes,
los de los tiernos cuellos listos frente a la espada,
las muchachas que exhiben sus muslos soleados
sus pechos, sus ombligos
perfectos e inocentes como oscuras corolas,
qué se hacen
mañana qué se hicieron
qué agujero
ayer se los tragó
bajo qué piel
callosa, triste, mustia
sobreviven.
jueves, 29 de noviembre de 2012
Media hora (por Konstantinos Kavafis)
Ni te he poseído ni te poseeré
nunca, creo. Unas pocas palabras, un acercamiento
como en el bar anteayer, y nada más.
Es triste, no lo niego. Pero nosotros los artistas,
a veces, con el poder de la mente, y, claro está, sólo
por pocos minutos, creamos un placer
que casi parece real.
Así, en el bar anteayer –ayudado, además,
tan misericordiosamente por el alcohol-
pasé media hora totalmente erótica.
Y me parece que lo comprendiste
y te quedaste un rato más a propósito.
Y eso era muy necesario. Porque,
a pesar de toda mi imaginación y de la magia del vino,
me era preciso ver tus labios,
me era preciso tener tu cuerpo junto a mí.
miércoles, 28 de noviembre de 2012
El mundo que yo no viva (por Agustín García Calvo)
El mundo que yo no viva
lo pensé como cosa extraña,
como arca de maravilla.
Ay de mi vida.
Allí ¿sonará la lluvia
junto al fuego las noches frías?
¿Tendrá agosto en el río barcas?
Y tú ¿la gentil sonrisa?
¿Brillará en el papel que siembro
la negra flor de la tinta?
Ay de mi vida.
¿Será posible que vengan
los amigos y que "Era" digan
"un hombre, y te quiso mucho"
y "Mucho" llorando digas?
Es el mundo que no conozco,
Atlántida sumergida.
Ay de mi vida.
Allí las palmeras echan
esmeraldas. Allí las crías
del delfín esmeraldas pacen.
Allí no hay noche ni día:
cuando ordeñan a los rebaños,
de púrpura el mar se agría.
Ay de mi vida.
Más limpio que agua de oro
es el mundo que yo no viva:
no hay naves de arar espumas
ni arado para las viñas;
el gran árbol le da su fruto
al que el nombre del fruto diga.
Ay de mi vida.
Ese mundo no es el mío:
es el tuyo: el que en tus pupilas
hundido está desde siempre
y no lo alcanza mi vista.
A ese mundo quisiera entrar,
antes que suene la hora
-ay- de mi vida.
lo pensé como cosa extraña,
como arca de maravilla.
Ay de mi vida.
Allí ¿sonará la lluvia
junto al fuego las noches frías?
¿Tendrá agosto en el río barcas?
Y tú ¿la gentil sonrisa?
¿Brillará en el papel que siembro
la negra flor de la tinta?
Ay de mi vida.
¿Será posible que vengan
los amigos y que "Era" digan
"un hombre, y te quiso mucho"
y "Mucho" llorando digas?
Es el mundo que no conozco,
Atlántida sumergida.
Ay de mi vida.
Allí las palmeras echan
esmeraldas. Allí las crías
del delfín esmeraldas pacen.
Allí no hay noche ni día:
cuando ordeñan a los rebaños,
de púrpura el mar se agría.
Ay de mi vida.
Más limpio que agua de oro
es el mundo que yo no viva:
no hay naves de arar espumas
ni arado para las viñas;
el gran árbol le da su fruto
al que el nombre del fruto diga.
Ay de mi vida.
Ese mundo no es el mío:
es el tuyo: el que en tus pupilas
hundido está desde siempre
y no lo alcanza mi vista.
A ese mundo quisiera entrar,
antes que suene la hora
-ay- de mi vida.
martes, 27 de noviembre de 2012
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Cuadrados, cuadrados, cuadrados (por Alfonsina Storni)
Casas
enfiladas, casas enfiladas,
casas
enfiladas.
Cuadrados,
cuadrados, cuadrados.
Casas
enfiladas.
Las
gentes ya tienen el alma cuadrada,
ideas
en fila
y
ángulo en la espalda.
Yo
misma he vertido ayer una lágrima,
Dios
mío, cuadrada.
lunes, 26 de noviembre de 2012
Allego (por Tomas Tranströmer)
Pasado el día negro, interpreto a Haydn
y siento una leve tibieza en mis manos.
Las teclas están prestas. Amables martillos caen.
El sonido es alegre, verde, cargado de silencio.
El sonido dice que la libertad existe
y que alguien no paga impuestos al César.
Meto mis manos en mis bolsillos-Haydn
y actúo como un hombre calmo ante todo.
Izo mi bandera-Haydn. Su estandarte es:
"No nos rendimos. Pero queremos paz".
La música es una casa de cristal erigida en una pendiente;
hay rocas volando, hay rocas rodando.
Las rocas ruedan directamente a través de la casa
pero cada panel de vidrio permanece intacto.
y siento una leve tibieza en mis manos.
Las teclas están prestas. Amables martillos caen.
El sonido es alegre, verde, cargado de silencio.
El sonido dice que la libertad existe
y que alguien no paga impuestos al César.
Meto mis manos en mis bolsillos-Haydn
y actúo como un hombre calmo ante todo.
Izo mi bandera-Haydn. Su estandarte es:
"No nos rendimos. Pero queremos paz".
La música es una casa de cristal erigida en una pendiente;
hay rocas volando, hay rocas rodando.
Las rocas ruedan directamente a través de la casa
pero cada panel de vidrio permanece intacto.
domingo, 25 de noviembre de 2012
No dejes que la canción muera (por Henry Van Dyke)
Hace mucho, mucho tiempo, escuché una canción
(¿fue hace mucho o sólo ayer?).
Suaves heridas se abrieron ante su melodía
que descendía profunda hacia mi corazón.
Una canción de entrañable consuelo
que desde entonces me acompaña
en las horas más calmas y silenciosas
como un agudo, dulce sonido que nunca morirá.
Hace mucho, mucho tiempo, vi una pequeña flor
(¿fue hace mucho o sólo ayer?).
Tan hermosa en su fragancia de largas horas
que parecía querer revelarme sus secretos:
un pensamiento de alegría brotó en su ser
sin nunca pronunciar palabra; Y ahora, a menudo veo
que esa amigable, tierna flor ya nunca se marchitará.
Hace mucho, mucho tiempo, tuvimos un niño pequeño
(¿sucedió hace mucho o sólo ayer?).
Hacia los ojos de su madre y los míos, él sonrió
toda su corriente de inconsciente amor,
y cobijado en nuestros brazos durmió así.
¡Un ángel convocado! No pudimos retenerlo;
sin embargo, nuestros brazos en secreto
siguieron acunándolo.
Nuestro niño pequeño ya nunca desaparecerá.
¿Hace mucho, mucho tiempo? ¡Ah, memoria, aclárate!
(no fue hace mucho, sino ayer).
Tan pequeña, indefensa y amada,
no dejes que la canción muera, que la flor se marchite.
Su voz, sus ojos al despertar, su gentil reposar:
las pequeñas cosas están a salvo en tu memoria.
Permite que nuestro ángel habite allí, para siempre.
sábado, 24 de noviembre de 2012
Caminos del espejo (por Alejandra Pizarnik)
Y sobre todo mirar con inocencia. Como si no pasara nada, lo cual es cierto.
Pero a ti quiero mirarte hasta que tu rostro se aleje de mi miedo como un pájaro del borde filoso de la noche.
Como una niña de tiza rosada en un muro muy viejo súbitamente borrada por la lluvia.
Como cuando se abre una flor y revela el corazón que no tiene.
Todos los gestos de mi cuerpo y de mi voz para hacer de mí la ofrenda, el ramo que abandona el viento en el umbral.
Cubre la memoria de tu cara con la máscara de la que serás y asusta a la niña que fuiste.
La noche de los dos se dispersó con la niebla. Es la estación de los alimentos fríos.
Y la sed, mi memoria es de la sed, yo abajo, en el fondo, en el pozo, yo bebía, recuerdo.
Caer como un animal herido en el lugar que iba a ser de revelaciones.
Como quien no quiere la cosa. Ninguna cosa. Boca cosida. Párpados cosidos. Me olvidé. Adentro el viento. Todo cerrado y el viento adentro.
Al negro sol del silencio las palabras se doraban.
Pero el silencio es cierto. Por eso escribo. Estoy sola y escribo. No, no estoy sola. Hay alguien aquí que tiembla.
Aun si digo sol y luna y estrella me refiero a cosas que me suceden. ¿Y qué deseaba yo? Deseaba un silencio perfecto. Por eso hablo.
La noche tiene la forma de un grito de lobo.
Delicia de perderse en la imagen presentida. Yo me levanté de mi cadáver, yo fui en busca de quien soy. Peregrina de mí, he ido hacia la que duerme en un país al viento.
Mi caída sin fin a mi caída sin fin en donde nadie me aguardó pues al mirar quién me aguardaba no vi otra cosa que a mí misma.
Algo caía en el silencio. Mi ultima palabra fue yo pero me refería al alba luminosa.
Flores amarillas constelan un círculo de tierra azul. El agua tiembla llena de viento.
Deslumbramiento del día, pájaros amarillos en la mañana. Una mano desata tinieblas, una mano arrastra la cabellera de una ahogada que no cesa de pasar por el espejo. Volver a la memoria del cuerpo, he de volver a mis huesos en duelo, he de comprender lo que dice mi voz.
Pero a ti quiero mirarte hasta que tu rostro se aleje de mi miedo como un pájaro del borde filoso de la noche.
Como una niña de tiza rosada en un muro muy viejo súbitamente borrada por la lluvia.
Como cuando se abre una flor y revela el corazón que no tiene.
Todos los gestos de mi cuerpo y de mi voz para hacer de mí la ofrenda, el ramo que abandona el viento en el umbral.
Cubre la memoria de tu cara con la máscara de la que serás y asusta a la niña que fuiste.
La noche de los dos se dispersó con la niebla. Es la estación de los alimentos fríos.
Y la sed, mi memoria es de la sed, yo abajo, en el fondo, en el pozo, yo bebía, recuerdo.
Caer como un animal herido en el lugar que iba a ser de revelaciones.
Como quien no quiere la cosa. Ninguna cosa. Boca cosida. Párpados cosidos. Me olvidé. Adentro el viento. Todo cerrado y el viento adentro.
Al negro sol del silencio las palabras se doraban.
Pero el silencio es cierto. Por eso escribo. Estoy sola y escribo. No, no estoy sola. Hay alguien aquí que tiembla.
Aun si digo sol y luna y estrella me refiero a cosas que me suceden. ¿Y qué deseaba yo? Deseaba un silencio perfecto. Por eso hablo.
La noche tiene la forma de un grito de lobo.
Delicia de perderse en la imagen presentida. Yo me levanté de mi cadáver, yo fui en busca de quien soy. Peregrina de mí, he ido hacia la que duerme en un país al viento.
Mi caída sin fin a mi caída sin fin en donde nadie me aguardó pues al mirar quién me aguardaba no vi otra cosa que a mí misma.
Algo caía en el silencio. Mi ultima palabra fue yo pero me refería al alba luminosa.
Flores amarillas constelan un círculo de tierra azul. El agua tiembla llena de viento.
Deslumbramiento del día, pájaros amarillos en la mañana. Una mano desata tinieblas, una mano arrastra la cabellera de una ahogada que no cesa de pasar por el espejo. Volver a la memoria del cuerpo, he de volver a mis huesos en duelo, he de comprender lo que dice mi voz.
viernes, 23 de noviembre de 2012
Para Annie (por Edgar Allan Poe)
¡A Dios gracias! La crisis, el peligro ha pasado, y la pena interminable al fin concluyó, y esa fiebre llamada vivir fue vencida al final.
Tristemente, sé que fui despojado de mi fuerza, y sin mover un músculo permanezco tendido. Mas nada importa, yo siento que al fin me encuentro mejor.
Y tan quieto yazgo en mi lecho que cualquiera que me viese podría imaginar que estoy muerto, podría estremecerse al mirarme creyéndome muerto.
El lamentarse y gemir, los llantos y los suspiros, fueron aplacados; y con ellos el horrible palpitar del corazón. ¡Ah, ese horrible, horrible palpitar!
Los mareos, las náuseas, el dolor implacable, cesaron con la fiebre que laceraba mi cerebro, con la fiebre llamada vivir que quemaba mi cerebro.
Se calmó también la tortura, de todas la peor: esa horrible tortura de la sed por las aguas mortales del río maldito de la Pasión; pues para ello he bebido de un agua que apaga toda sed.
De un agua que fluye con un murmullo de canción de cuna; una fuente que yace pocos metros bajo la tierra; de una cueva que se halla muy cerca del suelo.
Que no se diga neciamente que mi morada es oscura y angosto mi lecho; pues jamás hombre alguno durmió en lecho distinto, y todos ustedes, para dormir, dormirán en un lecho idéntico.
Mi espíritu atormentado descansa blandamente, olvidando, jamás añorando sus rosas; sus viejos anhelos de mirtos y rosas.
Pues ahora, mientras yace apaciblemente, se imagina alrededor un aroma más sagrado; un aroma de pensamientos, un aroma de romero mezclado con pensamientos, con las hojas de ruda y los hermosos y humildes pensamientos.
Y así yace en paz, sumido en el sueño sin fin de la verdad y la belleza de Annie, anegado entre las trenzas de Annie.
Ella me besó delicadamente, ella me acarició con ternura, y yo me dormí suavemente sobre su seno, profundamente dormido en el cielo de su seno.
Cuando la luz se extinguió, ella me tapó cuidadosamente, y rogó a los ángeles que me protegieran de todo mal: a la reina de los ángeles que me guardara de todo mal.
Y tan quieto permanezco tendido en mi lecho (sabiendo el amor de ella), que ustedes imaginan que estoy muerto; y tan apaciblemente reposo en mi lecho (con el amor de ella en mi seno), que imaginan que estoy muerto, se estremecen al mirarme creyéndome muerto.
¡Pero mi corazón es más brillante que las estrellas que salpican en miríadas el cielo, pues brilla con Annie, resplandece con el amor de mi Annie, con el pensamiento de la luz de los ojos de mi Annie!
Tristemente, sé que fui despojado de mi fuerza, y sin mover un músculo permanezco tendido. Mas nada importa, yo siento que al fin me encuentro mejor.
Y tan quieto yazgo en mi lecho que cualquiera que me viese podría imaginar que estoy muerto, podría estremecerse al mirarme creyéndome muerto.
El lamentarse y gemir, los llantos y los suspiros, fueron aplacados; y con ellos el horrible palpitar del corazón. ¡Ah, ese horrible, horrible palpitar!
Los mareos, las náuseas, el dolor implacable, cesaron con la fiebre que laceraba mi cerebro, con la fiebre llamada vivir que quemaba mi cerebro.
Se calmó también la tortura, de todas la peor: esa horrible tortura de la sed por las aguas mortales del río maldito de la Pasión; pues para ello he bebido de un agua que apaga toda sed.
De un agua que fluye con un murmullo de canción de cuna; una fuente que yace pocos metros bajo la tierra; de una cueva que se halla muy cerca del suelo.
Que no se diga neciamente que mi morada es oscura y angosto mi lecho; pues jamás hombre alguno durmió en lecho distinto, y todos ustedes, para dormir, dormirán en un lecho idéntico.
Mi espíritu atormentado descansa blandamente, olvidando, jamás añorando sus rosas; sus viejos anhelos de mirtos y rosas.
Pues ahora, mientras yace apaciblemente, se imagina alrededor un aroma más sagrado; un aroma de pensamientos, un aroma de romero mezclado con pensamientos, con las hojas de ruda y los hermosos y humildes pensamientos.
Y así yace en paz, sumido en el sueño sin fin de la verdad y la belleza de Annie, anegado entre las trenzas de Annie.
Ella me besó delicadamente, ella me acarició con ternura, y yo me dormí suavemente sobre su seno, profundamente dormido en el cielo de su seno.
Cuando la luz se extinguió, ella me tapó cuidadosamente, y rogó a los ángeles que me protegieran de todo mal: a la reina de los ángeles que me guardara de todo mal.
Y tan quieto permanezco tendido en mi lecho (sabiendo el amor de ella), que ustedes imaginan que estoy muerto; y tan apaciblemente reposo en mi lecho (con el amor de ella en mi seno), que imaginan que estoy muerto, se estremecen al mirarme creyéndome muerto.
¡Pero mi corazón es más brillante que las estrellas que salpican en miríadas el cielo, pues brilla con Annie, resplandece con el amor de mi Annie, con el pensamiento de la luz de los ojos de mi Annie!
jueves, 22 de noviembre de 2012
Uno de vosotros (por Norma Jean Baker [Marilyn Monroe])
Tristes y dulces árboles
que veo desde mi ventana,
cuánto daría yo por ser
uno de vosotros,
siempre en un lugar hermoso
rodeados de niños y de rosas,
acariciados por el viento,
ajenos,
al amor y al dolor,
al dolor y al amor.
miércoles, 21 de noviembre de 2012
Y al fondo el gran silencio (por Adolfo Cueto)
Íbamos tan deprisa, íbamos tan sin peso
como en los días mejores. No nos dio tiempo a ver
las luces, la mediana. Un fuerte olor
a neumático ahí, el reventón que deja la humedad
del llanto. Pasaron aún más rápido
la infancia, gestos, rostros: esa película
muda, una tragicomedia
sordamente escuchada, con pequeños subtítulos.
Y piensas que,
si morir fuera esta como improvisación
cualquiera, quizá valiera la pena tanta
velocidad. Dábamos vueltas y vueltas
de campana, todo girando. ¡Estábamos tan,
tan solos,
tan hondamente hundidos en nosotros mismos! Solamente
tú y yo, y al fondo el gran silencio
del mar. Y en las refinerías
sin pausa, el fuego que arde a solas
también. El humo, el viento. ¿Es que no hay nadie ahí
fuera? –gritaste–. Y tú y yo aquí, lejanos
y aislados, y con este hematoma
de la muerte en los brazos, qué solos ya: más
solos, en fin, que aquellas
alejadas plataformas petroleras, buscando a toda costa
salvarnos,
sobrevivir.
como en los días mejores. No nos dio tiempo a ver
las luces, la mediana. Un fuerte olor
a neumático ahí, el reventón que deja la humedad
del llanto. Pasaron aún más rápido
la infancia, gestos, rostros: esa película
muda, una tragicomedia
sordamente escuchada, con pequeños subtítulos.
Y piensas que,
si morir fuera esta como improvisación
cualquiera, quizá valiera la pena tanta
velocidad. Dábamos vueltas y vueltas
de campana, todo girando. ¡Estábamos tan,
tan solos,
tan hondamente hundidos en nosotros mismos! Solamente
tú y yo, y al fondo el gran silencio
del mar. Y en las refinerías
sin pausa, el fuego que arde a solas
también. El humo, el viento. ¿Es que no hay nadie ahí
fuera? –gritaste–. Y tú y yo aquí, lejanos
y aislados, y con este hematoma
de la muerte en los brazos, qué solos ya: más
solos, en fin, que aquellas
alejadas plataformas petroleras, buscando a toda costa
salvarnos,
sobrevivir.
martes, 20 de noviembre de 2012
Como dos barcos llevados por el viento (por Philip Larkin)
Amor, debemos separarnos: que no sea
terrible ni amargo. En el pasado
hubo demasiada luna y autocompasión:
dejemos que esto termine así: nunca antes el sol
atravesó el cielo de manera más intrépida,
nunca antes los corazones tuvieron más ganas
de ser libres, de acabar con mundos y devastar bosques;
tú y yo ya no los llevamos; somos cáscaras que miran
cómo el grano se emplea para un uso diferente.
Hay arrepentimiento, siempre hay arrepentimiento.
Pero es mejor que nuestras vidas se desaten,
como dos barcos llevados por el viento, húmedos de luz,
partiendo del estuario con sus cursos ya fijados,
y que saludándose se distancian, y se pierden de vista a lo lejos.
terrible ni amargo. En el pasado
hubo demasiada luna y autocompasión:
dejemos que esto termine así: nunca antes el sol
atravesó el cielo de manera más intrépida,
nunca antes los corazones tuvieron más ganas
de ser libres, de acabar con mundos y devastar bosques;
tú y yo ya no los llevamos; somos cáscaras que miran
cómo el grano se emplea para un uso diferente.
Hay arrepentimiento, siempre hay arrepentimiento.
Pero es mejor que nuestras vidas se desaten,
como dos barcos llevados por el viento, húmedos de luz,
partiendo del estuario con sus cursos ya fijados,
y que saludándose se distancian, y se pierden de vista a lo lejos.
lunes, 19 de noviembre de 2012
Mi mano toca sueño (por Jorge Guillén)
Duermes. Mi mano toca sueño. Duermes.
Gozo de tu inocencia confiada,
de tu implícita forma en esa noche
que hace tan suya con amor la mano.
Te siento dormir sin verte,
serenísima, sagrada,
nunca imagen de la muerte,
y oponiéndote a la nada
triunfar como piedra inerte.
La delicada masa de tu sueño
se espesa junto a mí, sin paz nocturna,
que así convive con la invulnerable,
cuyo retorno al despertar es siempre
la súbita inmersión en nuestra dicha.
Sumido en un calor de dos, el sueño
relaja su clausura, casi abierta
dulcemente hacia el día aún isleño.
Calor, amor.
La historia tras la puerta.
domingo, 18 de noviembre de 2012
El olvido (por Alejandra Pizarnik)
En la otra orilla de la noche
el amor es posible
llévame
llévame entre las dulces sustancias
que mueren cada día en tu memoria
sábado, 17 de noviembre de 2012
Para la fiesta de ser dos (por José Luis Parra)
Ámame ahora, en este mismo instante
de secreta aflicción; abate mi orgullosa
virilidad erguida y borra
con la salud de la pasión la anticipada
melancolía de ese otoño que abomino.
Ámame ahora, abrasa mis temores
alternando delicadeza y furia, y vayamos
luego al bar, al supermercado, maravilla del ojo,
deleite de elegir para la fiesta
de ser dos en la noche despoblada.
Ámame ahora y pídele a la vida,
mientras te quede fe suficiente para ello,
que cuando llegue el día de difuntos,
cuando la convivencia nos diseque
como el más refinado de los taxidermistas,
puedas poner tus pies sobre los míos
no como los clavos helados de una interminable,
atroz crucifixión,
sino como las rosas ofrendadas
en memoria de la pasión ya muerta
y pueda redimirnos la ternura.
viernes, 16 de noviembre de 2012
Soñadores (por Saiz de Marco)
Creían en los hombres, soñaban la utopía.
No sabían de ruindad,
de abyección,
de pequeñez.
No: ellos creían en los hombres, soñaban la utopía.
Decían camaradas,
solidario,
humanidad...
Gritaban pueblo,
paz,
revolución,
mañana...
Apenas tenían ojos para lo pequeño,
para lo mezquino,
para lo abyecto,
para lo egoísta,
para lo ruin.
Creían que la hermandad de los seres humanos
disiparía la vileza del mundo.
Creían que la unidad excluiría la abyección.
Creían que la grandeza borraría la ruindad.
Y no.
No es así. No ocurre así.
Pero ellos lo pensaban.
Confiaban en nuestra altura,
en nuestro valor.
Por eso soñaban con construir la utopía
(ladrillo a ladrillo pensaban levantarla).
Por eso creían en nosotros
los hombres.
Sí:
confiaban en nosotros mucho más que nosotros.
Nos pensaban más grandes,
más íntegros,
más puros.
Nos suponían más limpios de lo que en verdad somos.
Creían en nosotros más que nosotros mismos.
Tal vez siguen soñando, creyendo aún en nosotros.
Si es así,
por favor, no habléis alto.
No hagáis ruido.
Avanzad en silencio,
No sabían de ruindad,
de abyección,
de pequeñez.
No: ellos creían en los hombres, soñaban la utopía.
Decían camaradas,
solidario,
humanidad...
Gritaban pueblo,
paz,
revolución,
mañana...
Apenas tenían ojos para lo pequeño,
para lo mezquino,
para lo abyecto,
para lo egoísta,
para lo ruin.
Creían que la hermandad de los seres humanos
disiparía la vileza del mundo.
Creían que la unidad excluiría la abyección.
Creían que la grandeza borraría la ruindad.
Y no.
No es así. No ocurre así.
Pero ellos lo pensaban.
Confiaban en nuestra altura,
en nuestro valor.
Por eso soñaban con construir la utopía
(ladrillo a ladrillo pensaban levantarla).
Por eso creían en nosotros
los hombres.
Sí:
confiaban en nosotros mucho más que nosotros.
Nos pensaban más grandes,
más íntegros,
más puros.
Nos suponían más limpios de lo que en verdad somos.
Creían en nosotros más que nosotros mismos.
Tal vez siguen soñando, creyendo aún en nosotros.
Si es así,
por favor, no habléis alto.
No hagáis ruido.
Avanzad en silencio,
caminad de puntillas para no despertarlos.
Si es así
(si aún creen,
si aún sueñan,
si aún confían en nosotros),
entonces protejamos su sublime creencia.
Defendamos, entonces, ese sagrado sueño.
Si es así
(si aún creen,
si aún sueñan,
si aún confían en nosotros),
entonces protejamos su sublime creencia.
Defendamos, entonces, ese sagrado sueño.
jueves, 15 de noviembre de 2012
Utiliza mi corazón (por Antonio Gamoneda)
Un desconocido habita en mí. Agoniza y, para agonizar, utiliza mi corazón.
Pienso en mi padre enloquecido por la visión de frutos muy frescos, pienso en el amor y en la morfina. No. No es mi padre. Pero, entonces, ¿quién
agoniza en mi?
Cabe que yo mismo sea el desconocido y que mi corazón no sea mío aunque yo ponga en él sus latidos. Cabe.
En realidad no hay problema. En cualquier caso, yo voy a ser, ya estoy siendo,
huérfano de mí mismo.
Hermanos (por Vicente Huidobro)
Hombre de mi lengua y de todas las lenguas
El hombre siempre desgraciado
El que honra al cielo y trabaja la tierra
Se acuesta y se levanta
y habla y ríe y llora
Domestica caballos y diversos metales
Se cubre el cuerpo con ropajes
Construye casas y caminos
Estudia las estrellas
Funda naciones y especula ideas
Va y viene, viene y va
y no sabe nada. Todo lo ignora
Hombre de corazón siempre angustiado
El hombre de estas comarcas y de todas
El que lanza semillas
El que cría animales para la venta
El que toca instrumentos musicales
El que ambiciona popularidades
El guerrero que cuenta sus heridas
y narra cosas de sangre
El que bebe vinos de fuerza y sueña bocas tibias
El que busca mujeres
y escucha sus palabras sensibles
El que se sienta a mirar los árboles
O a oir los grandes ríos
El que gusta salpicarse en la lluvia
El que quiere conocer secretos y razones
El que quiere tener muchos hijos.
El que bautiza las regiones
y las cosas que se emplean
El que dirige las yuntas talladas en barro espeso
El que abraza a su novia debajo de un eucaliptus
El que galopa en su caballo de vivas crines
El que lanza profecías sobre una roca
El que guía rebaños
El que devora libros
El que se baja de un coche lustroso y golpea a la puerta del palacio
El que se aleja cantando
Va y viene. Se calma y se emociona
Se levanta, se acuesta
Habla, llora, ríe, ríe, llora, habla
y no sabe nada
No sabe nada
Si se detiene un instante y se contempla el alma
Se ahoga de soledad, solloza de pobreza
Se siente cosa de desierto
miércoles, 14 de noviembre de 2012
martes, 13 de noviembre de 2012
Pero déjame intuirlo (por Enriqueta Arvelo)
Señor, no me des ya la dicha.
No sabría manejarla
y con ella iría cohibida
como una nueva rica.
Déjame ir tranquila,
sin las cosas, fútiles para otros,
que fueran tempestades en mi vida.
No me des nada...
Pero déjame intuirlo todo.
Deja sin aherrojar mi sentir,
deja que lo glose mi voz.
No me hagas nueva rica de la ventura.
Sería la advenediza sin elegancia.
Ya no sé aprender nada
y no quiero perder
mi gracia y mi aplomo de desheredada.
No sabría manejarla
y con ella iría cohibida
como una nueva rica.
Déjame ir tranquila,
sin las cosas, fútiles para otros,
que fueran tempestades en mi vida.
No me des nada...
Pero déjame intuirlo todo.
Deja sin aherrojar mi sentir,
deja que lo glose mi voz.
No me hagas nueva rica de la ventura.
Sería la advenediza sin elegancia.
Ya no sé aprender nada
y no quiero perder
mi gracia y mi aplomo de desheredada.
lunes, 12 de noviembre de 2012
Un amor (por Roberto Juarroz)
Un amor más allá del amor
por encima del rito del vínculo,
más allá del juego siniestro
de la soledad y la compañía.
Un amor que no necesite regreso,
pero tampoco partida.
Un amor no sometido
a los fogonazos de ir y de volver,
de estar despiertos o dormidos,
de llamar o callar.
Un amor para estar juntos
o para no estarlo,
pero también para todas las posiciones intermedias.
Un amor como abrir los ojos.
Y quizás también como cerrarlos.
domingo, 11 de noviembre de 2012
Frío (por Carol Ann Duffy)
Estaba tan fría la bola de nieve que chorreaba en mis manos,
y cuando la hice rodar por el suelo, creció
hasta que pude sentarme en ella, mirando atrás, a la casa
donde hacía frío al despertar en mi cuarto con las ventanas
tapiadas por el hielo y mi aliento desnudándose en el aire.
Frío, también, en mis brazos al levantar el torso para hacer
una muñeca de nieve, con los dedos de los pies ardiendo, fríos
en mis botas de invierno; la voz de mi madre llamándome para
que entrara del frío. Y sus manos, frías, de pelar y
sumergir las papas en un bol, parando para tomar
la cara de su hija, un beso en cada mejilla fría y en mi nariz fría.
Pero nada tan frío como la noche de febrero que abrí la puerta
de la capilla ardiente donde estaba mi madre, ni joven ni vieja,
donde mis labios, al devolverle el beso en la frente, supieron lo que significa frío.
sábado, 10 de noviembre de 2012
Y vive y no lo sabe (por Luigi Pirandello)
Vivo del sueño de una sombra en el agua:
sombra de ramas verdes, de casas
ya dadas vuelta, y de nuevo nubes... y se mece
todo: el borde blanco de un muro
en el cielo azul que te deslumbra, una cuerda
que lo atraviesa, un farol y el tronco
negro de un árbol, cortada a la mitad
una hoja amarilla
de papel que flota...
Sombra en el agua -líquida ciudad...
luminoso temblor, inmensidad
el cielo claro, verde verde verde
de hojas- todo parece que se fuera y está
y vive y no lo sabe:
no lo sabe el agua, no lo saben los árboles,
no lo sabe el cielo ni las casas... Solo
un hombre lo sabe, que camina
por el borde triste
del canal.
sombra de ramas verdes, de casas
ya dadas vuelta, y de nuevo nubes... y se mece
todo: el borde blanco de un muro
en el cielo azul que te deslumbra, una cuerda
que lo atraviesa, un farol y el tronco
negro de un árbol, cortada a la mitad
una hoja amarilla
de papel que flota...
Sombra en el agua -líquida ciudad...
luminoso temblor, inmensidad
el cielo claro, verde verde verde
de hojas- todo parece que se fuera y está
y vive y no lo sabe:
no lo sabe el agua, no lo saben los árboles,
no lo sabe el cielo ni las casas... Solo
un hombre lo sabe, que camina
por el borde triste
del canal.
viernes, 9 de noviembre de 2012
Bajo el cemento y las vigas (por Miguel Gila)
¿Qué pasó con mi solar?
El solar donde los chicos
jugábamos a bandidos.
El solar donde a escondidas
fumábamos y tosíamos.
El solar de las lagartijas,
el solar de las pedreas,
el solar donde sin muertos
jugábamos a las guerras,
El solar de las fogatas,
de los gritos y las risas.
Un día nos enteramos
de que estaba en venta el solar.
Aquel solar era nuestro
y lo quisimos comprar,
pero no nos dieron tiempo.
El montón de calderilla
que juntamos entre todos
no cabía en un pañuelo.
Y vinieron unos hombres
que cavaron nuestro suelo,
y edificaron la casa
y la farmacia y el Banco
y la casa de comidas,
sepultando nuestros juegos
bajo el cemento y las vigas.
Si alguna vez tengo suerte
voy a comprar mi solar
y haré derribar la casa
con la farmacia y el Banco
y la casa de comidas.
Lo dejaré como estaba,
con sus piedras, con sus latas,
con todas sus lagartijas
en completa libertad.
Y lo llenaré de chicos
y pondré un letrero grande:
Se prohíbe edificar.
jueves, 8 de noviembre de 2012
Sólo tú eres (por Jorge Luis Borges)
Lunas, marfiles, instrumentos, rosas,
lámparas y la línea de Durero,
las nueve cifras y el cambiante cero,
debo fingir que existen esas cosas.
Debo fingir que en el pasado fueron
Persépolis y Roma y que una arena
sutil midió la suerte de la almena
que los siglos de hierro deshicieron.
Debo fingir las armas y la pira
de la epopeya y los pesados mares
que roen de la tierra los pilares.
Debo fingir que hay otros. Es mentira.
Sólo tú eres. Tú, mi desventura
y mi ventura, inagotable y pura.
miércoles, 7 de noviembre de 2012
Tendría casa propia y moral (por Fernando Pessoa)
He escrito más versos que verdad.
He escrito, principalmente,
porque otros han escrito.
¿Si nunca hubiera habido poetas en el mundo,
sería yo capaz de ser el primero?
¡Nunca!
Sería un individuo perfectamente consentible,
tendría casa propia y moral.
¡Señora Gertrudis!
Limpió mal este cuarto:
¡sáqueme esas ideas de aquí!
martes, 6 de noviembre de 2012
Con tus ojos de fuego (por Charles Baudelaire)
Eres un bello cielo de otoño claro y rosa
pero en mí la tristeza sube como la marea
y deja en el reflujo de mi boca morosa
un limo amargo y un negro sabor de brea.
Tu mano se desliza vanamente en mi pecho.
Lo que ella encuentra, amiga, es un lugar vacío.
Con la garra y el diente la mujer lo ha deshecho.
Las bestias devoraron este corazón mío.
Es igual que un palacio por la turba asaltado
donde beben, se matan, se arrancan el cabello.
¡Flota un perfume en torno de tu desnudo cuello!
¡Belleza, duro azote del alma, lo que quieras!
Con tus ojos de fuego que para mí han brillado
calcina estos despojos que han dejado las fieras.
lunes, 5 de noviembre de 2012
Y la brisa (por José Luis Parra)
Salí del cuarto encerrado
del sopor
y la vergüenza
Y la brisa
que atravesaba el pasillo
de levante a poniente
y hacía de la casa una invitación al vuelo
una playa estimulante
me traspasó
como una gracia indecible
como el aire de una almena
Podía vivir de nuevo
domingo, 4 de noviembre de 2012
Por culpa de un traicionero (por Violeta Parra)
Maldigo del alto cielo
la estrella con su reflejo,
maldigo los azulejos
destellos del arroyuelo,
maldigo del bajo suelo
la piedra con su contorno,
maldigo el fuego del horno
porque mi alma está de luto,
maldigo los estatutos del tiempo
con sus bochornos,
cuánto será mi dolor.
Maldigo la cordillera
de los Andes y La Costa,
maldigo, señor, la angosta
y larga faja de tierra,
también la paz y la guerra,
lo franco y lo veleidoso,
maldigo lo perfumoso
porque mi anhelo está muerto,
maldigo todo lo cierto,
lo falso con lo dudoso,
cuánto será mi dolor.
Maldigo la primavera
con sus jardines en flor
y del otoño el color
yo lo maldigo de veras;
a la nube pasajera
la maldigo tanto y tanto
porque me asiste un quebranto.
Maldigo el invierno entero
con el verano embustero,
maldigo profano y santo,
cuánto será mi dolor.
Maldigo a la solitaria
figura de la bandera,
maldigo cualquier emblema,
la Venus y la Araucaria,
el trino de la canaria,
el cosmos y sus planetas,
la tierra y todas sus grietas
porque me aqueja un pesar,
maldigo del ancho mar
sus puertos y sus caletas,
cuánto será mi dolor.
Maldigo luna y paisaje,
los valles y los desiertos,
maldigo muerto por muerto
y el vivo del rey al paje,
al ave con su plumaje
yo la maldigo a porfía,
las aulas, las sacristías
porque me aflige un dolor,
maldigo el vocablo amor
con toda su porquería,
cuánto será mi dolor.
Maldigo por fin lo blanco,
lo negro con lo amarillo,
a obispos y monaguillos,
ministros y predicandos
yo los maldigo llorando;
lo libre y lo prisionero,
lo dulce y lo pendenciero
les pongo mi maldición
en griego y en español
por culpa de un traicionero,
cuánto será mi dolor.
la estrella con su reflejo,
maldigo los azulejos
destellos del arroyuelo,
maldigo del bajo suelo
la piedra con su contorno,
maldigo el fuego del horno
porque mi alma está de luto,
maldigo los estatutos del tiempo
con sus bochornos,
cuánto será mi dolor.
Maldigo la cordillera
de los Andes y La Costa,
maldigo, señor, la angosta
y larga faja de tierra,
también la paz y la guerra,
lo franco y lo veleidoso,
maldigo lo perfumoso
porque mi anhelo está muerto,
maldigo todo lo cierto,
lo falso con lo dudoso,
cuánto será mi dolor.
Maldigo la primavera
con sus jardines en flor
y del otoño el color
yo lo maldigo de veras;
a la nube pasajera
la maldigo tanto y tanto
porque me asiste un quebranto.
Maldigo el invierno entero
con el verano embustero,
maldigo profano y santo,
cuánto será mi dolor.
Maldigo a la solitaria
figura de la bandera,
maldigo cualquier emblema,
la Venus y la Araucaria,
el trino de la canaria,
el cosmos y sus planetas,
la tierra y todas sus grietas
porque me aqueja un pesar,
maldigo del ancho mar
sus puertos y sus caletas,
cuánto será mi dolor.
Maldigo luna y paisaje,
los valles y los desiertos,
maldigo muerto por muerto
y el vivo del rey al paje,
al ave con su plumaje
yo la maldigo a porfía,
las aulas, las sacristías
porque me aflige un dolor,
maldigo el vocablo amor
con toda su porquería,
cuánto será mi dolor.
Maldigo por fin lo blanco,
lo negro con lo amarillo,
a obispos y monaguillos,
ministros y predicandos
yo los maldigo llorando;
lo libre y lo prisionero,
lo dulce y lo pendenciero
les pongo mi maldición
en griego y en español
por culpa de un traicionero,
cuánto será mi dolor.
sábado, 3 de noviembre de 2012
El mundo que no era viene para irse (por James Joyce)
Del oscuro pasado
nace un niño;
de gozo y de pesar
mi corazón se desgarra.
Tranquila en su cuna
yace la vida.
¡Que el amor y la piedad
abran sus ojos!
La joven vida respira
sobre el cristal.
El mundo que no era
viene para irse.
Un niño duerme:
un viejo se marcha.
Oh, padre renegado,
perdona a tu hijo.
viernes, 2 de noviembre de 2012
Una vez en la tierra (por Agustín García Calvo)
Otro que se nos va: Agustín García Calvo. Con gratitud y emoción, aquí va nuestro pequeño homenaje con uno de sus poemas. Gracias, Agustín: tú también eras un mago. Tú también lograbas, con palabras, expresar lo inescribible y decir lo impalabrable.
Juraría que he sido feliz
una vez en la tierra.
Pero tú no lo sepas, mi alma,
pero tú no lo sepas.
No sé el día, el año tampoco,
ni el siglo siquiera,
ni si fue de mañana o de tarde
o noche serena.
Pero yo juraría que un día
fue la paz de la guerra.
No sé quién estaba conmigo,
si era blanca o era morena,
ni si era de amor o del solo
temblor de la yerba.
Pero yo juraría que fue
verdad verdadera.
Yo de cierto no sé si fui yo
o fue otro cualquiera:
sólo que era feliz y que toda
la vida lo era.
Pero tú no lo sepas, mi alma,
pero tú no lo sepas.
Como la memoria de la blancura (por William Carlos Williams)
El descenso nos llama
como la ascensión nos llamaba.
La memoria es una suerte de cumplimiento,
una renovación
y más: una iniciación:
los espacios
que abre son lugares nuevos,
poblados por hordas
hasta entonces inexistentes,
nuevas especies
en movimiento hacia nuevos objetivos
(los mismos
que antes habían abandonado).
Ninguna derrota
es enteramente derrota:
el mundo que abre es siempre
un lugar antes insospechado.
Un mundo perdido es un mundo
que nos llama a lugares inéditos:
ninguna blancura
(perdida) es tan blanca
como la memoria de la blancura.
Al anochecer, el amor despierta
aunque sus sombras,
vivas por la ley del sol,
ahora se aletargan
y se desprenden del deseo.
El amor sin sombras ahora
se anima y
conforme avanza la noche
despierta.
El descenso
hecho de desesperaciones
por incumplido
nos cumple: es un nuevo despertar,
reverso
de la desesperación.
Aquello que no pudimos cumplir,
aquello negado al amor,
perdido en la anticipación,
se cumple en un descenso
sin fin, indestructible.
hecho de desesperaciones
por incumplido
nos cumple: es un nuevo despertar,
reverso
de la desesperación.
Aquello que no pudimos cumplir,
aquello negado al amor,
perdido en la anticipación,
se cumple en un descenso
sin fin, indestructible.
jueves, 1 de noviembre de 2012
Magia de estar siendo (por Carlos Marzal)
De tanto ver la luz hemos perdido
la recta proporción de ese milagro,
que otorga a la materia su volumen,
contorno fiel al mundo que queremos
y límite a los puntos cardinales.
A fuerza de costumbre, hemos dado en creer
que es un merecimiento, cada día,
que el día se levante en claridad
y que se ofrezca límpido a los ojos,
para que la mirada le entregue un orden propio,
distinto a los demás, y lo convierta
en nuestra inadvertida obra de arte.
Hay una ingratitud consustancial
al hecho de estar vivos, un intrínseco
poder de desmemoria, y nos impiden
brindar a cada instante el homenaje
que cada instante de verdad merece,
por su absoluta magia de estar siendo,
en vez de no haber sido en absoluto.
Con cada amanecer dubitativo,
con cada tumultuoso amanecer,
la luz arrasa el reino de la noche
y emprende su combate. En el confuso
magma de oscuridad, con cada aurora
triunfa la exactitud de cuanto existe
sobre la vocación de incertidumbre
que tienta con su nada a lo real.
En toda madrugada se renueva
un conjuro de origen, esa fórmula
que impuso el movimiento al primer día.
Somos testigos, en el alba pura,
del trono en que la luz alza su reino
y lo concede intacto a cualquier súbdito.
Conviene contemplar la luz con más paciencia,
brindarle una atención encandilada,
el sumiso homenaje con que un bárbaro
descubre reverente en su aventura
la tierra que jamás ha visto nadie.
la recta proporción de ese milagro,
que otorga a la materia su volumen,
contorno fiel al mundo que queremos
y límite a los puntos cardinales.
A fuerza de costumbre, hemos dado en creer
que es un merecimiento, cada día,
que el día se levante en claridad
y que se ofrezca límpido a los ojos,
para que la mirada le entregue un orden propio,
distinto a los demás, y lo convierta
en nuestra inadvertida obra de arte.
Hay una ingratitud consustancial
al hecho de estar vivos, un intrínseco
poder de desmemoria, y nos impiden
brindar a cada instante el homenaje
que cada instante de verdad merece,
por su absoluta magia de estar siendo,
en vez de no haber sido en absoluto.
Con cada amanecer dubitativo,
con cada tumultuoso amanecer,
la luz arrasa el reino de la noche
y emprende su combate. En el confuso
magma de oscuridad, con cada aurora
triunfa la exactitud de cuanto existe
sobre la vocación de incertidumbre
que tienta con su nada a lo real.
En toda madrugada se renueva
un conjuro de origen, esa fórmula
que impuso el movimiento al primer día.
Somos testigos, en el alba pura,
del trono en que la luz alza su reino
y lo concede intacto a cualquier súbdito.
Conviene contemplar la luz con más paciencia,
brindarle una atención encandilada,
el sumiso homenaje con que un bárbaro
descubre reverente en su aventura
la tierra que jamás ha visto nadie.
miércoles, 31 de octubre de 2012
Quisiera hablar de la vida (por Alejandra Pizarnik)
¿Y qué si nos vamos anticipando
de sonrisa en sonrisa
hasta la última esperanza?
¿Y qué?
¿Y qué me da a mí,
a mí que he perdido mi nombre,
el nombre que me era dulce sustancia
en épocas remotas, cuando yo no era yo
sino una niña engañada por su sangre?
¿A qué, a qué
este deshacerme, este desangrarme,
este desplumarme, este desequilibrarme
si mi realidad retrocede
como empujada por una ametralladora
y de pronto se lanza a correr,
aunque igual la alcanzan,
hasta que cae a mis pies como un ave muerta?
Quisiera hablar de la vida.
Pues esto es la vida,
este aullido, este clavarse las uñas
en el pecho, este arrancarse
la cabellera a puñados, este escupirse
a los propios ojos, sólo por decir,
sólo por ver si se puede decir:
"¿es que yo soy? ¿verdad que sí?
¿no es verdad que yo existo
y no soy la pesadilla de una bestia?".
Y con las manos embarradas
golpeamos a las puertas del amor.
Y con la conciencia cubierta
de sucios y hermosos velos,
pedimos por Dios.
Y con las sienes restallantes
de imbécil soberbia
tomamos de la cintura a la vida
y pateamos de soslayo a la muerte.
Pues eso es lo que hacemos.
Nos anticipamos de sonrisa en sonrisa
hasta la última esperanza.
de sonrisa en sonrisa
hasta la última esperanza?
¿Y qué?
¿Y qué me da a mí,
a mí que he perdido mi nombre,
el nombre que me era dulce sustancia
en épocas remotas, cuando yo no era yo
sino una niña engañada por su sangre?
¿A qué, a qué
este deshacerme, este desangrarme,
este desplumarme, este desequilibrarme
si mi realidad retrocede
como empujada por una ametralladora
y de pronto se lanza a correr,
aunque igual la alcanzan,
hasta que cae a mis pies como un ave muerta?
Quisiera hablar de la vida.
Pues esto es la vida,
este aullido, este clavarse las uñas
en el pecho, este arrancarse
la cabellera a puñados, este escupirse
a los propios ojos, sólo por decir,
sólo por ver si se puede decir:
"¿es que yo soy? ¿verdad que sí?
¿no es verdad que yo existo
y no soy la pesadilla de una bestia?".
Y con las manos embarradas
golpeamos a las puertas del amor.
Y con la conciencia cubierta
de sucios y hermosos velos,
pedimos por Dios.
Y con las sienes restallantes
de imbécil soberbia
tomamos de la cintura a la vida
y pateamos de soslayo a la muerte.
Pues eso es lo que hacemos.
Nos anticipamos de sonrisa en sonrisa
hasta la última esperanza.
martes, 30 de octubre de 2012
Así ha sido mi vida (por Antonio Gamoneda)
Recuerdo el frío del amanecer, los círculos de los insectos sobre las
tazas inmóviles, la posibilidad de un abismo lleno de luz bajo las
ventanas abiertas para la ventilación de la enfermedad, el olor triste
de la sosa cáustica.
Pájaros. Atraviesan lluvias y países en el error de los imanes y los
vientos, pájaros que volaban entre la ira y la luz.
Vuelven incomprensibles bajo leyes de vértigo y olvido.
No tengo miedo ni esperanza. Desde un hotel exterior al destino, veo
una playa negra y, lejanos, los grandes párpados de una ciudad cuyo
dolor no me concierne.
Vengo del metileno y el amor; tuve frío bajo los tubos de la muerte.
Ahora contemplo el mar. No tengo miedo ni esperanza.
Eres sabio y cobarde, estás herido en las mujeres húmedas, tu
pensamiento es sólo recuerdo de la ira.
Ves la rosas temibles.
Ah caminante, ah confusión de párpados.
Hay una hierba cuyo nombre no se sabe; así ha sido mi vida.
Vuelvo a casa atravesando el invierno: olvido y luz sobre las ropas
húmedas. Los espejos están vacíos y en los platos ciega la soledad.
Ah la pureza de los cuchillos abandonados.
Amé todas las pérdidas.
Aún retumba el ruiseñor en el jardín invisible.
lunes, 29 de octubre de 2012
Cuántas veces pienso que no soy de aquí (por Antonio Lobo Antunes)
Estas casas viejas donde crujen las tablas de la tarima, los grifos no cierran del todo, un airecito frío (incluso en verano) por las rendijas de las ventanas, manchas de sol, diferentes de las manchas de sol de las casas nuevas, en las paredes, en el techo, la sensación de voces, muy antiguas, que nos llaman, un jarrón, a contraluz, con una ramita de acacia dentro, un perfil de muchacha en la cortina del balcón, vestida como mi abuela en las fotos de cuando era joven, yo mirando todo esto desde la entrada, rodeado de espectros. Espectros no de personas que conocía, de parientes del álbum de fotos, viejos con patillas, militares uniformados, mi bisabuela y sus hermanas, en Belém do Pará, con un pecho enorme, miriñaque, la cintura increíblemente estrecha, muy morenas, muy oscuras, no por eso guapas, mi bisabuela a la que tanto se parecía mi abuelo, a la que no me parezco nada, a decir verdad me parezco, yo qué sé, tal vez al abuelo de mi padre, nací así, casual combinación de moléculas a las que llaman António, nací así, medio sorprendido, en una familia que me cree parte de ella y se equivoca, cuántas veces pienso que no soy de aquí, oigo cosas que no existen, vivo en otro sitio entre apariciones, donde las voces de este lado me llegan confusas, remotas, en una lengua que no es exactamente la mía, y acompañadas de sonrisas, palmaditas, miradas curiosas de soslayo
-Nunca estás aquí, ¿no?
yo
-¿Qué querrá decir nunca estás aquí?
entendiendo, respondiendo a la pregunta con un gesto que, a fuerza de no significar nada, sirve para todo, me defiendo como puedo
-A veces me distraigo
y no es verdad, no me distraigo, dejo el cuerpo con ustedes y ando por ahí, mi cuerpo finge que oye, que se preocupa, que conversa, y yo libre, mirando a las personas, paseando, me echo a correr a fin de regresar al cuerpo en el momento de las despedidas, llego a decir
-Ha sido un placer
y de placer nada, ni placer ni displacer, no me di cuenta de nada, anduve por ahí al azar, es la manera de mirar de ciertas mujeres lo que aún me retiene aquí, ciertas carcajadas cortas, la textura de ciertas pieles, el deseo que ciertas expresiones (no sé explicar bien cuáles) me provocan. La palabra genio, tan pomposa ahora, la usaba Stendhal para describir el modo en que ciertas señoras subían a los carruajes. Me habría gustado vivir en esa época de cocheros y farolas de gas, cuando la noche era noche en lugar de este remolino de ansiosos en los bares, se jugaba al bingo, se cantaba junto al piano, y el sexo no pasaba de ser una especie de baile inocentemente perverso, un poco idiota y cursilón. Sigue siendo todo eso, tal vez lo que me hace falta es sólo el bingo y el aria junto al piano, un tercer piso, sin ascensor, en Anjos, canónigos, poetas fatales, duelos, yemitas, el universo en el que, creo yo, vivían las tías de Brasil: ¿deseando qué, señores, imaginando qué, soñando qué? No debían desear ni imaginar ni soñar gran cosa, pobres. No eran especialmente sensibles ni inteligentes, pertenecían a una burguesía más o menos adinerada, iban perdiendo el pecho y el miriñaque, les engordaba la cintura, les crecía bigote, y creo que volvía a encontrarme con una o dos, muy ancianas, ofreciéndome bizcochos en salitas sombrías. Me acuerdo de los pianos, pero cerrados, sin arias. De cocineras tan decrépitas como sus amas. De viejos con patillas, de militares uniformados. Y después no me acuerdo de nada más porque nunca estoy aquí
(-Nunca estás aquí, ¿no?)
paseo por China, por Alemania, por el Río de la Plata, ando por ahí volando o tropezando con las cosas, divago. Tengo un libro dentro de mí y conversamos los dos. Una vez que acabo el libro, aterrizo. No tengo ningunas ganas de aterrizar. Estos grifos que no cierran bien, este airecito frío por las rendijas de las ventanas. En agosto anduve por Nelas, buscando vagamente una casa antigua que quisieran vender. No la encontré. Un chalé junto a la casa que fue nuestra, pero tan feo, tan caro: siempre me causaron pavor las cosas feas y caras, mientras que las cosas feas y baratas me enternecen. Con las personas lo que se me ocurre es que a Dios deben de gustarle un montón los imbéciles porque no se cansa de hacerlos. Bien que los oigo, cuando salgo, en los restaurantes, en las tiendas, y allí vienen las sonrisas, las palmaditas, las miradas curiosas de soslayo
-Nunca estás aquí, ¿no?
y yo, enseguida
-Sí que estoy, claro que estoy
mientras una señora de Stendhal sube con genio al carruaje, mientras se sienta allí arriba, con sombrero, sin mirarme, y yo me quedo aquí abajo, adorándola. ¿Mi bisabuela andaría en carruaje? Venía todos los años con su marido, de Belém do Pará a Vichy, por las aguas. Sublime vida. De modo que si se me acercan con la pregunta
-Nunca estás aquí, ¿no?
y sonrisas, y palmaditas, y miradas de soslayo, creo que no voy a responder. ¿Para qué? ¿Responder qué a quién? Si
-Nunca está aquí, ¿no?
me callo. Finjo que no oigo y me callo. Por otra parte no les va a extrañar: hablo poco. Entro en una de esas casas viejas donde crujen las tablas de la tarima y me acurruco en un rincón a observar las manchas de sol en las paredes, en el techo. El jarrón, a contraluz, con su ramita de acacia. El perfil de la muchacha en la cortina del balcón. Tal vez ella se me acerque (tiene que acercárseme)
me llame
-António
(tiene que llamarme
-António)
y los dos bajemos desde la terraza hasta el jardín de la casa
(una terraza con azulejos y unos tiestos de piedra)
y corramos juntos por el jardín, traspasando setos, arriates, un laguito, el invernadero, una estatuilla cualquiera, traspasemos el portón, otros portones, otros muros, otras terrazas más, los dos, cogidos de la mano, en busca del mar.
domingo, 28 de octubre de 2012
Hazte el favor (por Saiz de Marco)
Todo lo que no quise, siendo querible…
Todo lo que no disfruté, siendo disfrutable…
Todo lo que, siendo entrañable, no sentí entraña adentro…
Todo lo que, siendo sonreíble, no me hizo sonreír…
…vino a pedirme cuentas esta noche.
Y yo:
-Perdonad, no me fijaba. Anduve despistado.
Ya me veis
volcado en el agobio de los días,
perdido en mis tristezas. Disculpadme.
Y ellos:
-Vale, está bien, te perdonamos.
Pero a partir de ahora hazte el favor,
cada vez que te cruces con nosotros,
de prestar atención y no olvidarte
de querer,
de sonreír,
de disfrutar.
Todo lo que no disfruté, siendo disfrutable…
Todo lo que, siendo entrañable, no sentí entraña adentro…
Todo lo que, siendo sonreíble, no me hizo sonreír…
…vino a pedirme cuentas esta noche.
Y yo:
-Perdonad, no me fijaba. Anduve despistado.
Ya me veis
volcado en el agobio de los días,
perdido en mis tristezas. Disculpadme.
Y ellos:
-Vale, está bien, te perdonamos.
Pero a partir de ahora hazte el favor,
cada vez que te cruces con nosotros,
de prestar atención y no olvidarte
de querer,
de sonreír,
de disfrutar.
sábado, 27 de octubre de 2012
Pero dentro (por Juan Ramón Jiménez)
Creíamos que todo estaba
roto, perdido, manchado...
-pero, dentro, sonreía
lo verdadero, esperando-.
¡Lágrimas rojas, calientes,
en los cristales helados!...
-pero, dentro, sonreía
lo verdadero, esperando-.
Se acabó el día negro,
revuelto en frío mojado...
-pero, dentro, sonreía
lo verdadero, esperando-.
roto, perdido, manchado...
-pero, dentro, sonreía
lo verdadero, esperando-.
¡Lágrimas rojas, calientes,
en los cristales helados!...
-pero, dentro, sonreía
lo verdadero, esperando-.
Se acabó el día negro,
revuelto en frío mojado...
-pero, dentro, sonreía
lo verdadero, esperando-.
viernes, 26 de octubre de 2012
Y aún no puedo abarcarte (por Juan Gelman)
Yo te entregué mi sangre, mis sonidos,
mis manos, mi cabeza,
y lo que es más, mi soledad, la gran señora,
como un día de mayo dulcísimo de otoño,
y lo que es más aún, todo mi olvido
para que lo deshagas y dures en la noche, en la
tormenta, en la desgracia,
y más aún, te di mi muerte,
veré subir tu rostro entre el oleaje de las
sombras,
y aún no puedo abarcarte, sigues creciendo como
un fuego, y me destruyes, me construyes, eres oscura como
la luz.
jueves, 25 de octubre de 2012
Mi ayuda (por Norma Jean Baker [Marilyn Monroe])
Me hace falta mi ayuda
para salir del pozo,
mi ayuda y la de nadie más.
Me hace falta mi ayuda
y siempre me la niego.
miércoles, 24 de octubre de 2012
Regar las plantas (por José Luis Parra)
Amigos, otra noticia triste: Ha muerto José Luis Parra. En homenaje a él, publicamos hoy este poema, extraído de su último y reciente libro ("Inclinándome"). Gracias, José Luis, por tu magia hecha palabras.
REGAR LAS PLANTAS
Primeros trinos,
tenues, en el alba estival.
Salgo al balcón y riego las macetas.
Al inclinarme noto que envejezco.
Pero cómo consuela, con los años,
esta alegría, este ritual, el chorro
de agua sobre las hojas.
Qué verde y fresco,
como recién creado,
gotea el mundo.
Se desvía, se aleja (por Adolfo Cueto)
Esos otros caminos
por los que nunca pasamos, los que dejamos
a un lado, hechos de miedo
y valor, como un destello en la noche, un
fogonazo en la niebla, ¿adónde
irían a dar? ¿Por quién
preguntan ahora?,
ahora que es tarde y, de pronto,
todo este viento del Sur
acariciando tu frente...
La añoranza abre huecos
por carreteras cortadas, en autopistas
vacías, que nos reclaman al cabo. ¿Oyes al niño que corre
por las habitaciones? ¿Cómo crece y se afeita, y
sale luego a la calle? Hoy se cruza
contigo. Y, aunque tenga tu rostro,
es ya ese otro que avanza
–se desvía, se aleja–,
tan distinto a ti mismo: el que no
serás ya, el que nunca
habrás sido.
martes, 23 de octubre de 2012
¡A los caballitos! (por Jesús Lizano)
Que instalen caballitos
en todas las calles,
que llenen de caballitos las ciudades.
Siglos
llevamos con el invento de feria en feria
sin descubrir su humanísima aventura.
Que celebren los novios
su viaje en los caballitos,
de caballito en caballito.
Que cada familia tenga sus caballitos,
¡todos en los caballitos!
Que los amigos
hablen y sueñen y discutan
dando vueltas en los caballitos.
En ellos celebren sus consejos los ministros,
mientras queden ministros,
y en ellos se reúnan los señores obispos,
naturalmente, revestidos
de señores obispos,
mientras queden obispos.
Los pobres subirán para reírse del mundo
y los ricos
¡que suban los ricos a los caballitos
mientras todos los aplaudimos!
¡Y los señoritos!
¡Que suban los señoritos!
Y que acudan todos los solitarios, todos los vagabundos.
Y el congreso de los diputados
será el congreso de los caballitos.
Y los empresarios ¡qué risa, los empresarios!
Que suban los empresarios con los asalariados,
mientras existan salarios.
¡Los salarios del miedo!
Y, venga: comités centrales,
mafias, sectas, castas, clanes, etnias:
¡a los caballitos!
Y los músicos con los guardabosques
y el alcalde y los concejales
con las verduleras y los panaderos.
¡Viva! ¡Viva!,
gritarán los niños cuando vean
que suben los Honorables.
¡Venga, Honorables!:
¡A los caballitos!
Vamos a la ciudad a subir a los caballitos,
dirán los monjes a sus abades.
Y los académicos:
que se reúnan los académicos en los caballitos
y que se cierren todas las academias.
¡Ah, si todos los filósofos hubieran subido a los caballitos!
Que instalen caballitos en las cárceles,
en los cuarteles,
en los hospitales,
en los frenopáticos
y que se fuguen todos
montados en los caballitos.
Y todos los jueces a los caballitos,
¡venga! ¡venga!: ¡A los caballitos!
¿Y nada de procesos y de sentencias!
¡Ya vale de juzgar los efectos y no las causas!
¡A los caballitos!
Y que todos los funerales
se celebren montados en los caballitos
al paso silencioso y tranquilo de los caballitos.
Es la nueva ordenanza,
es el nuevo precepto:
¡todos a los caballitos!
¡La cabalgata de los caballitos!
¡Hacia la confederación de todos los caballitos!
Hasta que todos fuéramos niños…
en todas las calles,
que llenen de caballitos las ciudades.
Siglos
llevamos con el invento de feria en feria
sin descubrir su humanísima aventura.
Que celebren los novios
su viaje en los caballitos,
de caballito en caballito.
Que cada familia tenga sus caballitos,
¡todos en los caballitos!
Que los amigos
hablen y sueñen y discutan
dando vueltas en los caballitos.
En ellos celebren sus consejos los ministros,
mientras queden ministros,
y en ellos se reúnan los señores obispos,
naturalmente, revestidos
de señores obispos,
mientras queden obispos.
Los pobres subirán para reírse del mundo
y los ricos
¡que suban los ricos a los caballitos
mientras todos los aplaudimos!
¡Y los señoritos!
¡Que suban los señoritos!
Y que acudan todos los solitarios, todos los vagabundos.
Y el congreso de los diputados
será el congreso de los caballitos.
Y los empresarios ¡qué risa, los empresarios!
Que suban los empresarios con los asalariados,
mientras existan salarios.
¡Los salarios del miedo!
Y, venga: comités centrales,
mafias, sectas, castas, clanes, etnias:
¡a los caballitos!
Y los músicos con los guardabosques
y el alcalde y los concejales
con las verduleras y los panaderos.
¡Viva! ¡Viva!,
gritarán los niños cuando vean
que suben los Honorables.
¡Venga, Honorables!:
¡A los caballitos!
Vamos a la ciudad a subir a los caballitos,
dirán los monjes a sus abades.
Y los académicos:
que se reúnan los académicos en los caballitos
y que se cierren todas las academias.
¡Ah, si todos los filósofos hubieran subido a los caballitos!
Que instalen caballitos en las cárceles,
en los cuarteles,
en los hospitales,
en los frenopáticos
y que se fuguen todos
montados en los caballitos.
Y todos los jueces a los caballitos,
¡venga! ¡venga!: ¡A los caballitos!
¿Y nada de procesos y de sentencias!
¡Ya vale de juzgar los efectos y no las causas!
¡A los caballitos!
Y que todos los funerales
se celebren montados en los caballitos
al paso silencioso y tranquilo de los caballitos.
Es la nueva ordenanza,
es el nuevo precepto:
¡todos a los caballitos!
¡La cabalgata de los caballitos!
¡Hacia la confederación de todos los caballitos!
Hasta que todos fuéramos niños…
lunes, 22 de octubre de 2012
Oh, lobos del recuerdo (por Philip Larkin)
Tras orinar, vuelvo a la cama a tientas,
abro espesas cortinas, y me asustan
la limpidez lunar, las nubes rápidas.
Las cuatro: yacen prados de sombras acuñadas
bajo un cielo profundo, cavado por el viento.
En todo esto hay algo muy risible:
la forma en que la luna cruza nubes que flotan
vagamente, como humo de cañón, apartándose
(abajo, una luz pétrea afila los tejados)
elevada y absurda y separada.
¡Pastilla del amor! ¡Medalla de arte!
¡Oh, lobos del recuerdo! ¡Inmensidades! No,
uno tiembla ligero al levantar los ojos.
La dureza, el fulgor y la sencilla
unidad trascendente de esa vasta mirada
son un recordatorio del dolor y la fuerza
de ser joven; que no pueden volver,
pero en algún lugar están en otros, íntegros
de ser joven; que no pueden volver,
pero en algún lugar están en otros, íntegros
domingo, 21 de octubre de 2012
No quise molestarte (por Allen Ginsberg)
Perdona, amigo, no quise molestarte
pero volví de Vietnam
donde maté a un montón de caballeros vietnamitas
algunas damas también
y no pude soportar el dolor
y de miedo cogí un hábito
y pasé por la rehabilitación y estoy limpio
Pero no tengo lugar donde dormir
Y no sé qué hacer
conmigo ahora mismo
Lo siento, amigo, no quise molestarte
pero hace frío en la calle
y mi corazón está enfermo solo
y estoy limpio, pero mi vida es un desastre
Tercera Avenida
y calle E. Houston
en el paso peatonal bajo el semáforo en rojo
limpio tu parabrisas con un trapo sucio
pero volví de Vietnam
donde maté a un montón de caballeros vietnamitas
algunas damas también
y no pude soportar el dolor
y de miedo cogí un hábito
y pasé por la rehabilitación y estoy limpio
Pero no tengo lugar donde dormir
Y no sé qué hacer
conmigo ahora mismo
Lo siento, amigo, no quise molestarte
pero hace frío en la calle
y mi corazón está enfermo solo
y estoy limpio, pero mi vida es un desastre
Tercera Avenida
y calle E. Houston
en el paso peatonal bajo el semáforo en rojo
limpio tu parabrisas con un trapo sucio
sábado, 20 de octubre de 2012
La dicha (por Jorge Luis Borges)
El que abraza a su mujer es Adán. La mujer es
Eva.
Todo sucede por primera vez.
He visto una cosa blanca en el cielo. Me dicen que es la luna, pero
qué puedo hacer con una palabra y con una mitología.
Los árboles me dan un poco de miedo. Son tan hermosos.
Los tranquilos animales se acercan para que yo les diga su nombre.
Los libros de la biblioteca no tienen letras. Cuando los abro surgen.
Al hojear el atlas proyecto la forma de Sumatra.
El que prende un fósforo en el oscuro está inventando el fuego.
En el espejo hay otro que acecha.
El que mira el mar ve a Inglaterra.
El que profiere un verso de Liliencron ha entrado en la batalla.
He soñado a Cartago y a las legiones que desolaron a Cartago.
He soñado la espada y la balanza.
Loado sea el amor en el que no hay poseedor ni poseída, pero los dos se entregan.
Loada sea la pesadilla, que nos revela que podemos crear el infierno.
El que desciende a un río desciende al Ganges.
El que mira un reloj de arena ve la disolución de un imperio.
El que juega con un puñal presagia la muerte de César.
El que duerme es todos los hombres.
En el desierto vi la joven Esfinge, que acaban de labrar.
Nada hay antiguo bajo el sol.
Todo sucede por primera vez, pero de un modo eterno.
El que lee mis palabras está inventándolas.
Todo sucede por primera vez.
He visto una cosa blanca en el cielo. Me dicen que es la luna, pero
qué puedo hacer con una palabra y con una mitología.
Los árboles me dan un poco de miedo. Son tan hermosos.
Los tranquilos animales se acercan para que yo les diga su nombre.
Los libros de la biblioteca no tienen letras. Cuando los abro surgen.
Al hojear el atlas proyecto la forma de Sumatra.
El que prende un fósforo en el oscuro está inventando el fuego.
En el espejo hay otro que acecha.
El que mira el mar ve a Inglaterra.
El que profiere un verso de Liliencron ha entrado en la batalla.
He soñado a Cartago y a las legiones que desolaron a Cartago.
He soñado la espada y la balanza.
Loado sea el amor en el que no hay poseedor ni poseída, pero los dos se entregan.
Loada sea la pesadilla, que nos revela que podemos crear el infierno.
El que desciende a un río desciende al Ganges.
El que mira un reloj de arena ve la disolución de un imperio.
El que juega con un puñal presagia la muerte de César.
El que duerme es todos los hombres.
En el desierto vi la joven Esfinge, que acaban de labrar.
Nada hay antiguo bajo el sol.
Todo sucede por primera vez, pero de un modo eterno.
El que lee mis palabras está inventándolas.
viernes, 19 de octubre de 2012
Céline se había ido (por Charles Bukowski)
fue
como no haber estado allí.
Céline se había ido.
no había nadie allí.
París fue un bocado de aire azulado.
las mujeres pasaban como una inhalación como si tú nunca
fueras a atreverte a irte a la cama con
ellas.
no había ningún ejército por ahí.
todos eran ricos.
no había pobres a la vista.
no había viejos a la vista.
cuando te sentabas en una mesa en un café
te caían celosas miradas
de los demás
asiduos
quienes estaban seguros de ser
más importantes que
tú.
la comida era demasiado cara para comerla.
una botella de vino te costaba
tu mano derecha.
Céline se había ido.
hombres gordos fumaban cigarros convirtiéndose en
gloriosas bocanadas de humo.
hombres delgados permanecían sentados muy estirados y charlaban
únicamente entre sí.
los camareros tenían los pies grandes y estaban seguros
de ser más importantes que
nada y
que nadie.
Céline se había ido.
y Picasso se estaba muriendo.
París fue absolutamente nada.
vi a un perro que parecía un
lobo blanco.
no recuerdo haber abandonado
París.
pero debo de haber estado
allí.
fue de alguna manera como dejarse
una revista de moda en una
estación de tren.
Céline se había ido.
no había nadie allí.
París fue un bocado de aire azulado.
las mujeres pasaban como una inhalación como si tú nunca
fueras a atreverte a irte a la cama con
ellas.
no había ningún ejército por ahí.
todos eran ricos.
no había pobres a la vista.
no había viejos a la vista.
cuando te sentabas en una mesa en un café
te caían celosas miradas
de los demás
asiduos
quienes estaban seguros de ser
más importantes que
tú.
la comida era demasiado cara para comerla.
una botella de vino te costaba
tu mano derecha.
Céline se había ido.
hombres gordos fumaban cigarros convirtiéndose en
gloriosas bocanadas de humo.
hombres delgados permanecían sentados muy estirados y charlaban
únicamente entre sí.
los camareros tenían los pies grandes y estaban seguros
de ser más importantes que
nada y
que nadie.
Céline se había ido.
y Picasso se estaba muriendo.
París fue absolutamente nada.
vi a un perro que parecía un
lobo blanco.
no recuerdo haber abandonado
París.
pero debo de haber estado
allí.
fue de alguna manera como dejarse
una revista de moda en una
estación de tren.
jueves, 18 de octubre de 2012
Queremos regresar (por Michel Houellebecq)
Es cierto que este mundo en que nos falta el aire
sólo inspira en nosotros un asco manifiesto,
un deseo de huir sin esperar ya nada,
y no leemos más los títulos del diario.
Queremos regresar a la antigua morada
donde el ala de un ángel cubría a nuestros padres,
queremos recobrar esa moral extraña
que hasta el postrer instante santifica la vida.
Queremos algo como una fidelidad,
como una imbricación de dulces dependencias,
algo que sobrepase la vida y la contenga;
no podemos vivir ya sin la eternidad.
miércoles, 17 de octubre de 2012
Nuestros llantos confundidos (por Juan Ramón Jiménez)
Bebimos, en la sombra,
nuestro llantos
confundidos...
Yo no supe cuál era
el tuyo.
¿Supiste tú cuál era el mío?
martes, 16 de octubre de 2012
De espaldas a sí misma (por Alejandra Morales)
Es tan nada,
ésa
que nunca estuvo
en vos.
Es tan pequeña
llorando
arrodillada
de espaldas a sí misma.
Una foto,
un dibujo,
un espejo
implacable
que le recuerda
que aún se puede morir más.
lunes, 15 de octubre de 2012
Tu voz y tu mano en sueños (por Antonio Machado)
Soñé que tú me llevabas
por una blanca vereda,
en medio del campo verde,
hacia el azul de las sierras,
hacia los montes azules
una mañana serena.
Sentí tu mano en la mía,
tu mano de compañera,
tu voz de niña en mi oído
como una campana nueva,
como una campana virgen
de un alba de primavera.
Eran tu voz y tu mano
en sueños, ¡tan verdaderas!
Vive, esperanza, ¿quién sabe
lo que se traga la tierra?
domingo, 14 de octubre de 2012
Amo su agua oscura y dulce (por Norma Jean Baker [Marilyn Monroe])
Amo
el río,
ese
río silencioso
que
cruzan gaviotas y navíos,
amo
su agua oscura y dulce,
sucia
por fuera,
tierna
por dentro.
Me
gusta pasear por sus orillas,
escuchar
las cosas que me dice.
Me
gusta
mirarlo
desde el puente,
cerrar
los ojos,
soñar
con que me tiene
entre
sus brazos,
me
tiene para siempre.
sábado, 13 de octubre de 2012
Sólo ahora (por Friedrich Nietzsche)
No podía alcanzarte:
corrías demasiado rápido.
Sólo ahora, ya viejo,
se acomoda a tu paso
la felicidad.
viernes, 12 de octubre de 2012
Solo en su mundo (por William Bronk)
La mayoría de los hombres son demasiado yo mismo,
mis rasgos externos perecederos, como las heces, el cabello, la piel,
la ropa desechada, inútiles para mí y muertos.
Desde la unidad, ¿qué deberíamos decir que no hayamos dicho
antes juntos? Nada que decirles,
nada que decir. Lo que ellos a mí, así debo
parecerles yo a ellos. La soledad humana
es la infinita unidad del hombre. El hombre es uno;
está solo en su mundo. Somos ese uno,
incluso nosotros, que ahora susurramos juntos,
íntimamente, como si fuéramos dos, como hacen los niños,
sabiendo tanto como nosotros y haciéndonos creer,
igual que creemos nosotros, que hay otro allí.
mis rasgos externos perecederos, como las heces, el cabello, la piel,
la ropa desechada, inútiles para mí y muertos.
Desde la unidad, ¿qué deberíamos decir que no hayamos dicho
antes juntos? Nada que decirles,
nada que decir. Lo que ellos a mí, así debo
parecerles yo a ellos. La soledad humana
es la infinita unidad del hombre. El hombre es uno;
está solo en su mundo. Somos ese uno,
incluso nosotros, que ahora susurramos juntos,
íntimamente, como si fuéramos dos, como hacen los niños,
sabiendo tanto como nosotros y haciéndonos creer,
igual que creemos nosotros, que hay otro allí.
jueves, 11 de octubre de 2012
Por vosotros (por Saiz de Marco)
Esto va por vosotros los que
ablandáis el mundo en vez de endurecerlo
los que lo suavizáis en vez de hacerlo áspero
los que, en lugar de agriarlo, lo tornáis más amable
los que, en vez de ensuciarlo, limpiáis por los rincones y pasáis la bayeta por vuestro recoveco
los que lo hacéis más cálido en vez de más hostil
Agradecidamente
emocionadamente
celebrando que estáis -sí, celebrándoos-
esto va por vosotros, porque yo me pregunto
¿qué sería de nosotros
sin vosotros?
Esto va por vosotros, que ya sé que sois pocos
claramente sois pocos
pero, aunque fuerais muchos, no seríais nunca muchos
siempre seríais demasiado pocos
miércoles, 10 de octubre de 2012
Como si recordaran (por Juan Gelman)
La tarde bajaba por esa calle junto al puerto
con paso lento, balanceándose, llena de olor.
Las viejas casas palidecen en tardes como ésta.
Nunca es mayor su harapienta melancolía
ni andan más tristes de paredes.
En las profundas escaleras brillan fosforescencias como de mar,
ojos muertos tal vez que miran a la tarde como si recordaran.
Eran las seis, una dulzura detenía a los desconocidos,
una dulzura como de labios de la tarde, carnal,
carnal.
Los rostros se ponen suaves en tardes como ésta,
arden con una especie de niñez
contra la oscuridad, el vaho de los dancings.
Esa dulzura era como si cada uno recordara a una mujer,
sus muslos abrazados, la cabeza en su vientre.
El silencio de los desconocidos
era un oleaje en medio de la calle
con rodillas y rostros de ternura chocando
contra el "New Inn", las puertas, los umbrales de color abandono.
Hasta que la muchacha se asomó al balcón
de pie sobre la tarde íntima como su cuarto con la cama deshecha,
donde todos creyeron haberla amado alguna vez
antes de que viniera el olvido.
con paso lento, balanceándose, llena de olor.
Las viejas casas palidecen en tardes como ésta.
Nunca es mayor su harapienta melancolía
ni andan más tristes de paredes.
En las profundas escaleras brillan fosforescencias como de mar,
ojos muertos tal vez que miran a la tarde como si recordaran.
Eran las seis, una dulzura detenía a los desconocidos,
una dulzura como de labios de la tarde, carnal,
carnal.
Los rostros se ponen suaves en tardes como ésta,
arden con una especie de niñez
contra la oscuridad, el vaho de los dancings.
Esa dulzura era como si cada uno recordara a una mujer,
sus muslos abrazados, la cabeza en su vientre.
El silencio de los desconocidos
era un oleaje en medio de la calle
con rodillas y rostros de ternura chocando
contra el "New Inn", las puertas, los umbrales de color abandono.
Hasta que la muchacha se asomó al balcón
de pie sobre la tarde íntima como su cuarto con la cama deshecha,
donde todos creyeron haberla amado alguna vez
antes de que viniera el olvido.
martes, 9 de octubre de 2012
Levántate (por Luis Alberto de Cuenca)
Álzate, corazón, consumido de penas,
levántate, que sopla un viento de esperanza
por el mundo, llevándose con él tus inquietudes
y la costra de angustia que apaga tus latidos.
Álzate, viejo amigo, que el dios de los humildes
ha vuelto de su viaje al país de las sombras
y alumbra con su ojo la prisión en que yaces,
limando los barrotes de tu melancolía.
lunes, 8 de octubre de 2012
Dígito a dígito (por Cristian Andrés Briones)
Es inhóspito, este electrónico panorama intuitivo.
Esta vista maquinaria se describe por sí misma.
Cada llanto técnico que conforma sus pliegues angulares.
Cada olvido derramado en el fondo de sus hondos precipicios.
Cada simetría autómata,
elevando mi desgracia
desde los cimientos tristes de mi monumental angustia
hasta la tecnológica techumbre del rezongue y la rabieta,
son como un extenso juego de instrucciones
carentes de todo tacto,
todo juicio y toda ánima;
y desechando todo anteojo, pluma tinta y pipa,
vuélvome máquina a la utilidad de mi tormento,
dígito a dígito,
agotando las apelaciones afectuosas
que conmemoran cada instrucción ejecutada,
eliminándolas luego,
disponiendo de la periferia
que es tremendamente tremebunda o,
lo que es lo mismo,
avanzando como imbécil engranaje
alimentado de esta histriónica congoja,
que me abraza de silicio, desde adentro:
ramificándose,
ramificándose,
ramificándose,
ramificándose,
ramificándose,
escurriendo,
propagándose por toda la extensión de mi habitáculo
dejándome trunco, solamente solo y desolado
desde el primo oprimo hasta el último cómputo y, no obstante,
al llevar los tristes plectros al tablero me soporto,
y me soporto
con esta voz, que es mi voz ensangrentada en tinta muerta,
verborreando hercios de amargura por mis labios,
echando jeta afuera un canto desgarrado por repudio a la musa,
cuyo eco, tras retumbar en cada muro de esta tumba,
sale a luz para echar la gran orinada al cosmos,
en donde toda esta patética habladuría
es tragada por el enorme hocico cultural de este milenio.
Y tu imagen de chípica Julieta,
de sílice Venus,
de bítica María extraviada en el agravio de redes,
se me agranda en los conos, en los conos y los bastones
donde todas estas visiones van muriendo.
La pasión de tu tensión mecánica es adicción de multitudes,
tu energía impecable,
tu trabajo alucinante,
la cantidad inmensurable de calor que repartes
por todos mis infortunados poros,
son como un paupérrimo estandarte impreso
en el binario abismo de mi signo.
Yo quemaba el seductivo diagrama de tu boca,
amaba la oratoria interfaz de tu mirada,
admiraba el léxico diseño de tus manos,
te halagaba en lo grave
en lo esdrújulo y lo agudo,
y hubiera dado todos, todos mis voltios desgarrados
por saber qué había dentro de la gran arquitectura de tu olvido.
Pero, ya resignado y, jodidamente jodido hasta el nombre,
desde aqueste traje humano
hasta la supuesta infinitud del universo,
me desangro en símbolos,
he aquí en cadenas necésitas de pulso,
por cuyos muertos caracteres,
tristes signos alzados a los ojos del poeta,
cáiganseme vatios mohínos por toda la amplitud de la lengua,
enunciando: se ha roto el enlace.
Y voy quedando aislado, kilobyte a kilobyte,
ya no hay más ese amperaje que ilumíname,
amperio por amperio voy tumbando los recuerdos
volviéndome tiniebla,
a imagen y semejanza de los apagones,
despojándome de toda corriente.
Suspiros entrañables, oníricas caricias,
circunstancias paridas en lo incierto,
y todas estas cosas,
despachadas a la usanza de la chatarra,
vanse, vanse, vanse una a una,
o lo que es lo mismo, al carajo.
Llanto a llanto, he quedado introvertido en los nodos prepotentes del destino,
mecanizado hasta el ánima, automatizado hasta la médula;
ajados procedimientos me salen al paso
y solamente solo avanzo haciendo del recuerdo un recuerdo,
a la manera que el reloj,
pretendiendo que el tiempo me pudra hasta el péndulo.
Yo hubiera dado todas, todas, todas mis unidades fisiológicas
por saber qué había dentro del circuito de tu psique,
pero,
el olvido,
el olvido,
el olvido,
el olvido,
el olvido,
el olvido ya mueve sus válvulas devorando tu imagen,
a la usanza de los cortocircuitos,
a la usanza de los discos diezmados por un Intro,
a la usanza del formato, que terminará
por convertirte
en una lamentable cadena de ceros.
domingo, 7 de octubre de 2012
Es el dolor dos veces (por César Vallejo)
Sí, desgraciadamente,
el dolor crece en el mundo a cada rato,
crece a treinta minutos por segundo, paso a paso,
y la naturaleza del dolor, es el dolor dos veces
y la condición del martirio, carnívora voraz,
es el dolor dos veces
y la función de la yerba purísima, el dolor
dos veces
y el bien de ser, dolernos doblemente.
Jamás, hombres humanos,
hubo tanto dolor en el pecho, en la solapa, en la cartera,
en el vaso, en la carnicería, en la aritmética!
Jamás tanto cariño doloroso,
jamás tan cerca arremetió lo lejos,
jamás el fuego nunca
jugó mejor su rol de frío muerto!
Jamás, señor ministro de salud, fue la salud
más mortal
y la migraña extrajo tanta frente de la frente!
Y el mueble tuvo en su cajón, dolor,
el corazón, en su cajón, dolor,
la lagartija, en su cajón, dolor.
Crece la desdicha, hermanos hombres,
más pronto que la máquina, a diez máquinas, y crece
con la res de Rousseau, con nuestras barbas;
crece el mal por razones que ignoramos
y es una inundación con propios líquidos,
con propio barro y propia nube sólida!
Invierte el sufrimiento posiciones, da función
en que el humor acuoso es vertical
al pavimento,
el ojo es visto y esta oreja oída,
y esta oreja da nueve campanadas a la hora
del rayo, y nueve carcajadas
a la hora del trigo, y nueve sones hembras
a la hora del llanto, y nueve cánticos
a la hora del hambre y nueve truenos
y nueve látigos, menos un grito.
El dolor nos agarra, hermanos hombres,
por detrás de perfil,
y nos aloca en los cinemas,
nos clava en los gramófonos,
nos desclava en los lechos, cae perpendicularmente
a nuestros boletos, a nuestras cartas;
y es muy grave sufrir, puede uno orar…
Pues de resultas
del dolor, hay algunos
que nacen, otros crecen, otros mueren,
y otros que nacen y no mueren, otros
que sin haber nacido, mueren, y otros
que no nacen ni mueren (son los más)
más pronto que la máquina, a diez máquinas, y crece
con la res de Rousseau, con nuestras barbas;
crece el mal por razones que ignoramos
y es una inundación con propios líquidos,
con propio barro y propia nube sólida!
Invierte el sufrimiento posiciones, da función
en que el humor acuoso es vertical
al pavimento,
el ojo es visto y esta oreja oída,
y esta oreja da nueve campanadas a la hora
del rayo, y nueve carcajadas
a la hora del trigo, y nueve sones hembras
a la hora del llanto, y nueve cánticos
a la hora del hambre y nueve truenos
y nueve látigos, menos un grito.
El dolor nos agarra, hermanos hombres,
por detrás de perfil,
y nos aloca en los cinemas,
nos clava en los gramófonos,
nos desclava en los lechos, cae perpendicularmente
a nuestros boletos, a nuestras cartas;
y es muy grave sufrir, puede uno orar…
Pues de resultas
del dolor, hay algunos
que nacen, otros crecen, otros mueren,
y otros que nacen y no mueren, otros
que sin haber nacido, mueren, y otros
que no nacen ni mueren (son los más)
Y también de resultas
del sufrimiento, estoy triste
hasta la cabeza, y más triste hasta el tobillo,
de ver al pan, crucificado, al nabo,
ensangrentado,
llorando, a la cebolla,
al cereal, en general, harina,
a la sal, hecha polvo, al agua, huyendo,
al vino, un ecce-homo,
tan pálida a la nieve, al sol tan ardio!
del sufrimiento, estoy triste
hasta la cabeza, y más triste hasta el tobillo,
de ver al pan, crucificado, al nabo,
ensangrentado,
llorando, a la cebolla,
al cereal, en general, harina,
a la sal, hecha polvo, al agua, huyendo,
al vino, un ecce-homo,
tan pálida a la nieve, al sol tan ardio!
¡Cómo, hermanos humanos,
no deciros que ya no puedo y
ya no puedo con tanto cajón,
tanto minuto, tanta
lagartija y tanta
inversión, tanto lejos y tanta sed de sed!
Señor Ministro de Salud; ¿qué hacer?
¡Ah! desgraciadamente, hombres humanos,
hay, hermanos, muchísimo que hacer.
no deciros que ya no puedo y
ya no puedo con tanto cajón,
tanto minuto, tanta
lagartija y tanta
inversión, tanto lejos y tanta sed de sed!
Señor Ministro de Salud; ¿qué hacer?
¡Ah! desgraciadamente, hombres humanos,
hay, hermanos, muchísimo que hacer.
sábado, 6 de octubre de 2012
Sólo la tierra (por Gottfried Benn)
La solitaria muela de una puta
una muerta sin nombre
llevaba una corona de oro.
Las demás se habían desprendido
como por un secreto acuerdo.
Ésta la extrajo el sepulturero para sí.
Porque, decía,
sólo la tierra debe volver a la tierra.
viernes, 5 de octubre de 2012
Aquel año te amé como nunca (por Pere Gimferrer)
Me dio un beso y era suave como la bruma
dulce como una descarga eléctrica
como un beso en los ojos cerrados
como los veleros al atardecer
pálida señorita del paraguas
por dos veces he creído verla su vestido
(estampado el bolso el pelo corto y
aquella forma de andar muy en el
borde de la acera).
En los crepúsculos exangües la ciudad es un torneo
de paladines en cámara lenta
sobre una pantalla plateada
como una pantalla de televisión son las imágenes
de mi vida los anuncios
y dan el mismo miedo que los objetos volantes
venidos de no se sabe
dónde fúlgidos en el espacio.
Como las banderolas caídas en los yates de lujo
las ampollas de morfina en los cuartos cerrados de los hoteles
estar enamorado es una música una droga es como
escribir un poema
por ti los dulces dogos del amor y su herida carmesí.
Los uniformes grises de los policías los cascos
las cargas los camiones los jeeps
los gases lacrimógenos
aquel año te amé como nunca llevabas un
vestido verde y por las mañanas sonreías
Violines oscuros violines de agua
todo el mundo que cabe en el zumbido de una línea telefónica
los silfos en el aire la seda y sus relámpagos
las alucinaciones en pleno día como viendo fantasma luminosos
como palpando un cuerpo astral
desde las ventanas de mi cuarto de estudiante
y muy despacio los visillos
con antifaz un rostro me miraba
el jardín un rubí bajo la lluvia
jueves, 4 de octubre de 2012
Hambruna y pubertad (por Sharon Olds)
La niña está sentada en la tierra dura,
áspero molde de Rusia, en la sequía
de 1921, aturdida,
los ojos cerrados, la boca abierta,
un crudo viento abrasador le sopla
arena en la cara. Hambruna y pubertad
se apoderan de ella. Echada sobre un saco,
el calor descoloca todo lo que lleva puesto,
curvado el tierno radio de su brazo.
No puede no ser bella, pero
se muere de hambre. Adelgaza cada día, y sus huesos
se hacen largos, porosos. El pie de foto dice
que va a morir de hambre ese invierno
con miles de otros seres. En la sima de su cuerpo
los ovarios liberan sus primeros óvulos,
dorados como el grano.
miércoles, 3 de octubre de 2012
Junto al propio equipaje en un escalón frío (por Derek Walkott)
Recuerdo las ciudades que nunca he visto
exactamente. Venecia con sus venas de plata, Leningrado
con sus minaretes de toffee retorcido. París. Pronto
los impresionistas obtendrán sol de las sombras.
¡Oh! y las callejas de Hyderabad como una cobra desenroscándose.
Haber amado un horizonte es insularidad;
ciega la visión, limita la experiencia.
El espíritu es voluntarioso, pero la mente es sucia.
La carne se consume a sí misma bajo sábanas espolvoreadas
de migas, ampliando el Weltanschauung con revistas.
Hay un mundo al otro lado de la puerta, pero qué inquietante resulta
encontrarse junto al propio equipaje en un escalón frío cuando el alba
tiñe de rosa los ladrillos, y antes de tener ocasión de lamentarlo,
llega el taxi haciendo sonar una vez la bocina,
deslizándose hasta la acera como un coche fúnebre y subimos.
martes, 2 de octubre de 2012
No estar en ninguna parte (por Philip Larkin)
Trabajo todo el día, y medio me emborracho por la noche.
A las cuatro me despierto en medio de una oscuridad insondable.
Fijo la vista. A su tiempo, al filo de la cortina acrecerá la luz.
Hasta entonces veo lo que realmente estuvo siempre ahí:
la muerte sin tregua, ahora un día más cercana,
impidiendo cualquier otro pensamiento, salvo cómo,
y dónde, y cuándo moriré.
Estéril interrogante, más el espanto
de morir y estar muerto,
relampaguea de nuevo para horrorizar, para poseer.
La mente desconcertada por el resplandor. No por remordimiento
- el bien no hecho, el amor no dado, el tiempo que se fue,
desgarrado y sin usar – ni porque, desdichadamente,
se precise mucho tiempo para remontar y liberar
una vida de sus errados comienzos, y puede que nunca se logre;
pero sí por el vacío total y eterno,
la extinción cierta hacia la que viajamos,
y en la que estaremos perdidos para siempre. No estar aquí,
no estar en ninguna parte,
y muy pronto; nada más terrible, nada más verdad.
Es una manera especial de sentir miedo,
que no se esfuma con ningún truco. La religión lo intenta,
ese vasto y apolillado brocado musical
creado para fingir que nunca morimos,
ese rollo engañoso que dice que ningún ser racional
puede temer a una cosa que no sentirá, apartando la mirada
de lo que tememos: no tener ojos, ni oído,
ni tacto, sabor u olor; nada en lo que pensar,
nada que amar o a lo que poder unirnos;
el anestésico del que nadie recobra el sentido.
Quedarse así solamente al borde de la visión,
pequeño borrón desenfocado, con un escalofrío continuo
que debilita y conduce hacia la indecisión cada impulso.
La mayoría de las cosas puede que nunca sucedan: ésta ocurrirá,
y lo certero de su cumplimiento nos hace enfurecer
cuando estamos atrapados en el horno del miedo,
sin compañía, o una copa en la mano. El valor es inútil:
dicho sea, no para que otros se asusten. Ser valiente
no permite a nadie librarse de la tumba.
Lamentada o combatida, la muerte es la misma.
Lentamente la luz se afirma, y la habitación toma forma.
Como un armario, resulta evidente lo que sabemos,
lo que hemos sabido siempre, el saber que no podemos escapar;
y aun así no podemos aceptarlo. Habrá que decidirse.
Entretanto, en oficinas cerradas, los teléfonos agazapados
se preparan para sonar; y todo el impasible,
intrincado y agrietado mundo comienza a despertar.
El cielo es blanco como arcilla, sin sol.
El trabajo nos reclama.
De casa en casa, como médicos, van los carteros.
lunes, 1 de octubre de 2012
Una ajenidad vítrea (por Antonio Lobo Antunes)
El dedo inmenso y estúpido del maestro de primaria buscándome entre los pupitres con el pretexto de los afluentes de la margen izquierda del Tajo; la paciencia de mi madre intentando enseñarles piano Schmoll a mis manos sin gracia; el jardinero que mataba gorriones estrangulándolos con las manos en su espalda y me miraba riendo; la niña de la que me enamoré a los diez años, que iba a ser dentista y murió antes de serlo, en las sábanas de hierro de un coche atrozmente arrugadas sobre una cama de asientos, ruedas, chasis: ¿cuál de estas cosas me habrá lastimado primero? ¿Sufrir será difícil o sólo será una trivialidad desagradable para los otros como la vejez o la enfermedad? Sacaron a la niña, entonces con veinte años, de su colchón arrimado a un plátano y juraría que su boca
-António
cuando su boca nada, esa indiferencia de los difuntos a la que llamamos sonrisa y no es sonrisa, es una ajenidad vítrea, una quietud exasperante. No pretendo sino lo imposible: un niño que me saluda, un barco que llega, martillar con la mano izquierda, saber bailar el tango, distinguirte a lo lejos, en el aeropuerto, a mi espera. Mi tía me enseñaba solfeo, regulaba el metrónomo y aquel dedo, inmenso y estúpido también, hacia la derecha y hacia la izquierda con una obstinación cardíaca. En el restaurante los amigos de costumbre hablan, hablan. ¿De qué? Dejé de oírlos cuando entró una pareja de jubilados: les llevó un buen rato sentarse, con las rodillas como muelles de navaja cuyas pobres hojas se doblan a duras penas. Cuando uno de ellos hablaba a gritos el otro ahuecaba la mano detrás de la oreja. Su mujer pidió que le guardasen el resto de la cena en una bolsa de plástico, para el perrito que se quedó en casa rascando la puerta con las uñas, desesperado, goteando pises afligidos en la alfombra. Seguro que en su apartamento hay trastos, sombras, revistas muy antiguas. Tal vez no les haga falta ahuecar la mano detrás de la oreja sólo para oír el metrónomo. ¿Cómo se planchan sábanas de hierro arrugadas? Revistas muy antiguas leídas los domingos lluviosos: A Illustração Portugueza, Très Sport, y en el Très Sport el campeón del mundo Georges Carpentier en actitud de ataque, con raya al medio y bermudas muy largas. El adversario usaba un bigote de puntas retorcidas, como los alféreces de principios de siglo que cortejaban a señoras en balcones con colchas colgadas en las tardes de procesión. Las revistas antiguas huelen a templete y zaragatona, al pájaro disecado del farmacéutico republicano que preparaba recetas insultando a Dios. Mi abuela me explicó en voz baja que el farmacéutico, de joven
(y yo seguro de que el farmacéutico nunca había sido joven, mentira de la abuela)
había sido un as en el juego del palo, que a juzgar por las instrucciones que me dio acerca de este deporte me hizo pensar en una especie de danza a golpes de garrote. Si el farmacéutico pillase a Dios a pelo le daría una zurra que no veas. El día de Navidad entraría en la iglesia con las manos en la cintura y sombrero en la cabeza, desafiando al Creador
-Muestra lo que vales, anda.
Dios, lleno de paciencia, lo soportó varios años, muy callado, hasta decidirse
(Dios tarda mucho en decidirse)
a hacerlo resbalar por las escaleras. A mi modo de ver fue una muerte a traición. La tarde del entierro mi tía detuvo el metrónomo: debía de haber amado al farmacéutico de joven. La prueba es que si le compraba un jarabe su boca temblaba, y los brazos del farmacéutico dibujaban gestos sin sentido. La trataba de
-Señora
y hasta que salíamos dejaba a Dios en paz. En una ocasión en la que mi tía se olvidó del paraguas y volví a la tienda a buscarlo me encontré con el farmacéutico aseándose. Metió la manga en el frasco de los caramelos pectorales y, sin quitarse el pañuelo de la nariz, me extendió un montón de cubitos que olían a eucalipto y azúcar, con un señor de barba
el profesor Malinovski
impreso en el papel, dentro de un medallón rodeado de florecillas. Mi tía enrojeció cuando se los di y los guardó con precauciones de cristal en el cofre de las joyas, es decir, un camafeo sin orla y la alianza de sus padres. Después me preguntó
-¿Qué estaba haciendo?
Respondí
-Sonándose
y se quedó siglos en la sala mirando el piano. Leí hace mucho tiempo en un libro que la patria de una mujer es aquella donde se ha enamorado. Esa noche, durante la cena, reparé en que mi tía se había puesto perfume. Y la glicina golpeaba contra los cristales diciéndonos adiós. Me pareció que la glicina entre gestos sin sentido, me pareció que un racimo
-Señora
me pareció que mi tía la escuchaba pero debo de haberme equivocado. Me equivoqué sin lugar a dudas: ¿desde cuándo las glicinas se suenan?
-António
cuando su boca nada, esa indiferencia de los difuntos a la que llamamos sonrisa y no es sonrisa, es una ajenidad vítrea, una quietud exasperante. No pretendo sino lo imposible: un niño que me saluda, un barco que llega, martillar con la mano izquierda, saber bailar el tango, distinguirte a lo lejos, en el aeropuerto, a mi espera. Mi tía me enseñaba solfeo, regulaba el metrónomo y aquel dedo, inmenso y estúpido también, hacia la derecha y hacia la izquierda con una obstinación cardíaca. En el restaurante los amigos de costumbre hablan, hablan. ¿De qué? Dejé de oírlos cuando entró una pareja de jubilados: les llevó un buen rato sentarse, con las rodillas como muelles de navaja cuyas pobres hojas se doblan a duras penas. Cuando uno de ellos hablaba a gritos el otro ahuecaba la mano detrás de la oreja. Su mujer pidió que le guardasen el resto de la cena en una bolsa de plástico, para el perrito que se quedó en casa rascando la puerta con las uñas, desesperado, goteando pises afligidos en la alfombra. Seguro que en su apartamento hay trastos, sombras, revistas muy antiguas. Tal vez no les haga falta ahuecar la mano detrás de la oreja sólo para oír el metrónomo. ¿Cómo se planchan sábanas de hierro arrugadas? Revistas muy antiguas leídas los domingos lluviosos: A Illustração Portugueza, Très Sport, y en el Très Sport el campeón del mundo Georges Carpentier en actitud de ataque, con raya al medio y bermudas muy largas. El adversario usaba un bigote de puntas retorcidas, como los alféreces de principios de siglo que cortejaban a señoras en balcones con colchas colgadas en las tardes de procesión. Las revistas antiguas huelen a templete y zaragatona, al pájaro disecado del farmacéutico republicano que preparaba recetas insultando a Dios. Mi abuela me explicó en voz baja que el farmacéutico, de joven
(y yo seguro de que el farmacéutico nunca había sido joven, mentira de la abuela)
había sido un as en el juego del palo, que a juzgar por las instrucciones que me dio acerca de este deporte me hizo pensar en una especie de danza a golpes de garrote. Si el farmacéutico pillase a Dios a pelo le daría una zurra que no veas. El día de Navidad entraría en la iglesia con las manos en la cintura y sombrero en la cabeza, desafiando al Creador
-Muestra lo que vales, anda.
Dios, lleno de paciencia, lo soportó varios años, muy callado, hasta decidirse
(Dios tarda mucho en decidirse)
a hacerlo resbalar por las escaleras. A mi modo de ver fue una muerte a traición. La tarde del entierro mi tía detuvo el metrónomo: debía de haber amado al farmacéutico de joven. La prueba es que si le compraba un jarabe su boca temblaba, y los brazos del farmacéutico dibujaban gestos sin sentido. La trataba de
-Señora
y hasta que salíamos dejaba a Dios en paz. En una ocasión en la que mi tía se olvidó del paraguas y volví a la tienda a buscarlo me encontré con el farmacéutico aseándose. Metió la manga en el frasco de los caramelos pectorales y, sin quitarse el pañuelo de la nariz, me extendió un montón de cubitos que olían a eucalipto y azúcar, con un señor de barba
el profesor Malinovski
impreso en el papel, dentro de un medallón rodeado de florecillas. Mi tía enrojeció cuando se los di y los guardó con precauciones de cristal en el cofre de las joyas, es decir, un camafeo sin orla y la alianza de sus padres. Después me preguntó
-¿Qué estaba haciendo?
Respondí
-Sonándose
y se quedó siglos en la sala mirando el piano. Leí hace mucho tiempo en un libro que la patria de una mujer es aquella donde se ha enamorado. Esa noche, durante la cena, reparé en que mi tía se había puesto perfume. Y la glicina golpeaba contra los cristales diciéndonos adiós. Me pareció que la glicina entre gestos sin sentido, me pareció que un racimo
-Señora
me pareció que mi tía la escuchaba pero debo de haberme equivocado. Me equivoqué sin lugar a dudas: ¿desde cuándo las glicinas se suenan?
domingo, 30 de septiembre de 2012
Más que decir palabras (por Leopoldo Panero)
Más que decir palabras, quisiera dar la mano
a un niño, hundir el pecho contra la espuma viva
y estar callado, llena la frente de océano,
bajo un pino silente, palpitando hacia arriba.
Más que decir palabras, navegar en un llano
de espigas empujadas, ondeadas, donde liba
la inmensidad su jugo de noche de verano;
y en vez de soñar nombres, que el viento los escriba.
Más que juntar canciones cogidas en la infancia,
quisiera mis mejillas como un nido robado
y el sabor de mis labios húmedos de ignorancia
y la primera delicia del que nunca ha besado.
Más que decir palabras, ser su propia fragancia
y estar callado: dentro del verso, estar callado...
sábado, 29 de septiembre de 2012
Casas vacías (por Alejandra Morales)
A veces me entristecen las casas vacías
Me recuerdan a mí
y a esa desolada y amarga certeza
con que convivo
Alguien me hizo para no habitarme
viernes, 28 de septiembre de 2012
Aldea del Presente (por Saiz de Marco)
Defiéndete
aldea del Presente
Resiste
pueblecito del Ahora
Defiéndete del Antes
que se niega a detenerse detrás de tus lindes
Defiéndete del Luego
que te acecha con su hostil embestida de gris miedo
No les dejes pasar
plántales cara
Vamos
lucha con lo único que tienes
Haz que acudan deprisa tus latidos
tus afanes
tus impulsos del Ahora
los pálpitos que habitan este instante
Que vayan y que corten los caminos y los puentes que llevan hacia ti
Entre todos quizá puedan frenar el avance de esos dos invasores
Defiéndete
Ahora
No consientas
que ese par de vulgares saqueadores
se adueñe de tus calles y tus casas
Defiéndete
Presente
No permitas que esos dos enemigos declarados
esa alianza del Antes con el Luego
asalte tu pequeño territorio
aldea del Presente
Resiste
pueblecito del Ahora
Defiéndete del Antes
que se niega a detenerse detrás de tus lindes
Defiéndete del Luego
que te acecha con su hostil embestida de gris miedo
No les dejes pasar
plántales cara
Vamos
lucha con lo único que tienes
Haz que acudan deprisa tus latidos
tus afanes
tus impulsos del Ahora
los pálpitos que habitan este instante
Que vayan y que corten los caminos y los puentes que llevan hacia ti
Entre todos quizá puedan frenar el avance de esos dos invasores
Defiéndete
Ahora
No consientas
que ese par de vulgares saqueadores
se adueñe de tus calles y tus casas
Defiéndete
Presente
No permitas que esos dos enemigos declarados
esa alianza del Antes con el Luego
asalte tu pequeño territorio
jueves, 27 de septiembre de 2012
Me gustan los puentes (por Norma Jean Baker [Marilyn Monroe])
Me gustaría estar muerta.
Me gustaría no haber existido.
Me gustan los puentes,
especialmente el de Brooklyn,
tan tranquilo a pesar
del rugido de los automóviles
debajo de los pies de los transeúntes.
Pero no hay ningún puente feo.
Quizá alguno no demasiado alto.
miércoles, 26 de septiembre de 2012
Mi patria (por José Hierro)
Si me dijeran, puedes escoger tu patria,
un lugar en el que vivir,
un lugar por el que morir,
una gran historia llena de patrañas
que has de creer a pie juntillas,
un trapo tremolante
que ha de llenarte de emoción
cuando lo divises de lejos,
¿qué patria escogería?
El mundo es demasiado grande,
mi pueblo demasiado pequeño.
¿No habrá un errante asteroide
todavía sin nombre,
sin historia, sin bandera,
sin sangre en las manos,
sin victimas a las que vengar?
Un pedrusco ignorado de todos,
al que no salpique la estupidez de los hombres,
esa quisiera que fuera mi patria.
martes, 25 de septiembre de 2012
Tan livianas, tan hondas, tan certeras (por Gonzalo Rojas)
Eléctricas, desnudas en el mármol ardiente que pasa de la
piel a los vestidos
turgentes, desafiantes, rápida la marea,
pisan el mundo, pisan la estrella de la suerte con sus finos
tacones
y germinan, germinan como plantas silvestres en la calle,
y echan su aroma duro verdemente.
Cálidas impalpables del verano que zumba carnicero. Ni
rosas
ni arcángeles: muchachas del país, adivinas
del hombre, y algo más que el calor centelleante,
algo más, algo más que estas ramas flexibles
que saben lo que saben como sabe la tierra.
Tan livianas, tan hondas, tan certeras las suaves. Cacería
de ojos azules y otras llamaradas urgentes en el baile
de las calles veloces. Hembras, hembras
en el oleaje ronco donde echamos las redes de los cinco
sentidos
para sacar apenas el beso de la espuma.
lunes, 24 de septiembre de 2012
Estos pobres pronombres que se alternan (por Eugenio Montejo)
en un hotel de los suburbios.
Verde era el arco de la luz que el día
iba filtrando en la ventana. Y verde el viento
con filo de cuchillo sobre las leves sábanas.
Ese jadeo ajeno ante lo íngrimo
de no saber por qué se nace
ni por qué se desea,
brotaba allí de un fuelle unánime
entre ambos cuerpos... Ella era joven,
más que su tenue sombra.
Y yo a su lado, atónito,
en el tiempo sin tiempo de mi carne,
mucho más amoroso que la lumbre
de este incierto recuerdo.
Éramos jóvenes
como cuando uno mismo no lo sabe.
De allí y de todo ambos partimos,
partimos y partieron
ellos, nosotros, cerca, es decir, lejos...
¿Cuál era la canción de moda entonces?
Ya no sé si la oímos, si la oyeron.
El tiempo va añadiendo tanto olvido
que deja en anacrónico tumulto
el mismo fuelle con ansia y menos cuerpo,
el mismo cuerpo con noche y menos sangre,
la misma sangre dando vueltas a la tierra
y estos pobres pronombres que se alternan
entre restos de voces no apagadas
y hasta un golpe de mar donde no hay agua.
domingo, 23 de septiembre de 2012
Brillan, me llaman (por Amalia Bautista)
Hay unas flores de un color naranja
solar y líquido. Brillan, me llaman,
con qué mudo lenguaje o en qué idioma.
Pequeñas, satinadas, me parecen de rafia.
Caigo en la tentación de tocar esos pétalos
y mis dedos descubren el tacto de la seda
y el tacto de tus labios cuando besan mis hombros.
sábado, 22 de septiembre de 2012
El Paraíso está aquí (por Eduardo Mitre)
Abre los ojos. Despierta.
El Paraíso está aquí,
de vuelta.
Con todos y todo
en la luz pasajera.
Es (no hay otro) esta tierra:
mesa de encuentros,
cuna de ausencias.
El Paraíso está aquí,
a la espera. Abre tus ojos
que abren sus puertas.
Despierta. Está aquí.
No es la dicha.
Es la presencia.
El Paraíso está aquí,
de vuelta.
Con todos y todo
en la luz pasajera.
Es (no hay otro) esta tierra:
mesa de encuentros,
cuna de ausencias.
El Paraíso está aquí,
a la espera. Abre tus ojos
que abren sus puertas.
Despierta. Está aquí.
No es la dicha.
Es la presencia.
viernes, 21 de septiembre de 2012
Reír juntos, reír siempre (por Friedrich Nietzsche)
Bajo un cielo muy azul,
tumbados en la hierba,
hermoso es callar juntos;
reír, aún más hermoso.
Reír juntos, reír siempre
en la salud y la enfermedad.
Cuanto peor vaya el mundo
más nos reiremos
y sin decirnos nada
nos lo diremos todo.
jueves, 20 de septiembre de 2012
Monsieur Marcel [Proust] no se da cuenta de nada (por Álvaro Mutis)
¿En qué rincón de tu alcoba, ante qué espejo,
tras qué olvidado frasco de jarabe,
hiciste tu pacto?
Cumplida la tregua de años, de meses,
de semanas de asfixia,
de interminables días del verano
vividos entre gruesos edredones,
buscando, llamando, rescatando,
la semilla intacta del tiempo,
construyendo un laberinto perdurable
donde el hábito pierde su especial energía,
su voraz exterminio;
la muerte acecha a los pies de tu cama,
labrando en tu rostro milenario
la máscara letal de tu agonía.
Se pega a tu oscuro pelo de rabino,
cava el pozo febril de tus ojeras
y algo de seca flor, de tenue ceniza volcánica,
de lavado vendaje de mendigo,
extiende por tu cuerpo
como un leve sudario de otro mundo
o un borroso sello que perdura.
Ahora la ves erguirse, venir hacia ti,
herirte en pleno pecho malamente
y pides a Celeste que abra las ventanas
donde el otoño golpea como una bestia herida.
Pero ella no te oye ya, no te comprende,
e inútilmente acude con presurosos dedos de hilandera
para abrir aún más las llaves del oxígeno
y pasarte un poco del aire que te esquiva
y aliviar tu estertor de supliciado.
Monsieur Marcel ne se rend compte de rien,
explica a tus amigos
que escépticos preguntan por tus males
y la llamas con el ronco ahogo del que inhala
el último aliento de su vida.
Tiendes tus manos al seco vacío del mundo,
rasgas la piel de tu garganta,
saltan tus dulces ojos de otros días
y por última vez tu pecho se alza
en un violento esfuerzo por librarse
del peso de la losa que te espera.
El silencio se hace en tus dominios,
mientras te precipitas vertiginosamente
hacia el nostálgico limbo donde habitan,
a la orilla del tiempo, tus criaturas.
Vagas sombras cruzan por tu rostro
a medida que ganas a la muerte
una nueva porción de tus asuntos
y, borrando el desorden de una larga agonía,
surgen tus facciones de astuto cazador babilónico,
emergen del fondo de las aguas funerales
para mostrar al mundo
la fértil permanencia de tu sueño,
la ruina del tiempo y las costumbres
en la frágil materia de los años.
miércoles, 19 de septiembre de 2012
La casa de nuestro padre estaba llena de murciélagos (por Ledo Ivo)
Los murciélagos se esconden tras las cornisas
del almacén. ¿Pero dónde se esconden los
hombres,
que vuelan la vida entera en la oscuridad,
chocando contra las paredes blancas del amor?
La casa de nuestro padre estaba llena de
murciélagos
colgados, como luminarias, de las viejas vigas
que apuntalaban el tejado amenazado por las
lluvias.
"Estos hijos nos chupan la sangre", suspiraba
mi padre.
¿Qué hombre tirará la primera piedra a ese
mamífero
que, como él, se nutre de la sangre de los
otros animales
(¡hermano mío!, ¡hermano mío!) y,
comunitario, exige
el sudor de su semejante aun en la oscuridad?
En el halo de un seno joven como la noche
se esconde el hombre; en el algodón de su
almohada, en la luz del farol
el hombre guarda las doradas monedas de su
amor.
Pero el murciélago, durmiendo como un
péndulo, sólo guarda el día ofendido.
Al morir, nuestro padre nos dejó (a mis
ocho hermanos y a mí)
su casa donde de noche llovía por las tejas
rotas.
Pagamos la hipoteca y conservamos los
murciélagos.
Y entre nuestras paredes se debaten: ciegos
como nosotros.
martes, 18 de septiembre de 2012
La sonrisa en el rostro de la estatua (por William Bronk)
Este chico, por supuesto, estaba muerto, con lo que eso
signifique. Y noblemente muerto. Deberíamos creer
que murió noblemente. Tal vez cayó en batalla,
y esta piedra tallada lo recuerda
no como fue, quizás, sino delineando acaso
la virtud desnuda de que la piedra lo inviste.
Un pie adelantado, los ojos atentos, los brazos
a los costados, las manos por debajo de la delgada cintura
colgando a los lados, con serena plenitud, junto a los flancos macizos.
El chico estaba muerto, y en su muerte la piedra sonríe
iluminando los labios satisfechos con el placer de algo logrado:
un fin. Llegar a un fin. Llegar a la muerte
como un fin. Y al llegar, llevar allí intacto, todo el peso
de su fuerza y su virtud, la recompensa con que se
llenan sus manos vacías. Nada de eso perdido,
a salvo en casa, y la sonrisa alcanzada al final.
Ahora la muerte, de la que aún—o jamás — se sabe nada,
nos deja a solas para que pensemos de ella lo que queramos,
y acepta nuestra elección, que moldea la vida hasta la muerte.
¿Deseamos un final? Eso nos da; y toma lo que damos
y lo guarda; y el fin, de esta manera, tiene en la vida misma,
una especie de casa del tesoro bellamente
alcanzada y abandonada con la muerte,
donde permanecer, eternamente hermoso e intacto, como si
desear demasiado la forma perfecta, indemne,
fuera lo mismo que desear la muerte, como elegir la otra opción
para la muerte. Hay otras maneras; nosotros sabemos elegir
otra opción para la muerte: informes o rotos, no del todo plenos, perplejos,
vivimos en un mundo sin forma. Eternos, no esperamos ningún fin.
Te digo muerte, no esperes una sonrisa de orgullo
de mi parte. No traigo nada para ti en mis manos vacías.
signifique. Y noblemente muerto. Deberíamos creer
que murió noblemente. Tal vez cayó en batalla,
y esta piedra tallada lo recuerda
no como fue, quizás, sino delineando acaso
la virtud desnuda de que la piedra lo inviste.
Un pie adelantado, los ojos atentos, los brazos
a los costados, las manos por debajo de la delgada cintura
colgando a los lados, con serena plenitud, junto a los flancos macizos.
El chico estaba muerto, y en su muerte la piedra sonríe
iluminando los labios satisfechos con el placer de algo logrado:
un fin. Llegar a un fin. Llegar a la muerte
como un fin. Y al llegar, llevar allí intacto, todo el peso
de su fuerza y su virtud, la recompensa con que se
llenan sus manos vacías. Nada de eso perdido,
a salvo en casa, y la sonrisa alcanzada al final.
Ahora la muerte, de la que aún—o jamás — se sabe nada,
nos deja a solas para que pensemos de ella lo que queramos,
y acepta nuestra elección, que moldea la vida hasta la muerte.
¿Deseamos un final? Eso nos da; y toma lo que damos
y lo guarda; y el fin, de esta manera, tiene en la vida misma,
una especie de casa del tesoro bellamente
alcanzada y abandonada con la muerte,
donde permanecer, eternamente hermoso e intacto, como si
desear demasiado la forma perfecta, indemne,
fuera lo mismo que desear la muerte, como elegir la otra opción
para la muerte. Hay otras maneras; nosotros sabemos elegir
otra opción para la muerte: informes o rotos, no del todo plenos, perplejos,
vivimos en un mundo sin forma. Eternos, no esperamos ningún fin.
Te digo muerte, no esperes una sonrisa de orgullo
de mi parte. No traigo nada para ti en mis manos vacías.
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