zUmO dE pOeSíA

zUmO dE pOeSíA
de todos los colores, de todos los sabores

ALEATORIUM: Saca un poema de nuestro almacén

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martes, 16 de febrero de 2010

Lo que dijo el médico (por Raymond Carver)

Dijo que la cosa no tenía buen aspecto
dijo que lo tenía malo malo de verdad
dijo que había contado treinta y dos en un pulmón
y que dejó de contar
le dije me alegro porque no querría saber si hay más
dijo si usted es un hombre religioso arrodíllese en el bosque y pida ayuda
cuando llegue a la cascada la neblina le rodeará los brazos y la cara
deténgase y trate de comprender esos momentos
yo le dije no lo soy pero trataré de empezar hoy
dijo lo siento mucho
dijo me hubiera gustado tener otras noticias que darle
dije Amén y él añadió algo que no entendí
y no sabiendo qué más hacer y para no hacerle repetirlo y a mí digerirlo
me quedé mirándole sin más durante un rato
y él me miraba a mí
me levanté y di la mano a quien solo me daba
algo que nadie en la tierra me había dado
puede que a fuerza de costumbre hasta le diera las gracias.

lunes, 15 de febrero de 2010

Una franja (por Eduardo Mazo)

Entre la muerte y los que vamos a morir
cruza una franja misteriosa y oscura,
aún más desconocida que la propia muerte.
¿Será ése el abrigado territorio del miedo
y la conciencia?

domingo, 14 de febrero de 2010

Calculadora electrónica (por Julio Cortázar)

Pusieron las tarjetas perforadas
para que dedujera coeficientes
Apretaron botones y bajaron palancas,
ella hizo pfum y enseguida pss pss,
ronroneó murmuró xeroxeó tres minutos
veinticinco segundos
y después
fue sacando una cosa muy pequeña un bracito
con una mano pendulante y rosa
en la que dulcemente se hamacaba y rodaba
una gota salada

sábado, 13 de febrero de 2010

¿Es que a nadie le extraña? (por Vicente Gallego)

¿Es que a nadie le extraña
lo que sucede aquí?
Llegamos sin quererlo;
partimos sin querer; sin consultar catálogo
cargamos con un cuerpo.
Ni la madre se elige, ni lugar, ni ocasión; y va de suyo
lo que llamamos alma,
cortada por qué mano a su capricho.
Curioso
de verdad que el que así parte
compuesto y calibrado y en vereda
pretenda terminar por ser el dueño
de sí y de su camino.
Qué extraño ser un alguien
que afirma decidir pero no puede
sostener su fortuna
ni ahorrarse, entre las suyas,
una lágrima al menos.
Donde dije jamás
hoy digo mío;
tomadme la palabra
y he de daros disgusto;
cuando escuchéis mi siempre
sabed que nunca ha sido.
Nos vamos acusando de traición,
los traicioneros.
Mostradme la sustancia,
la voluntad del títere: ¿puede un hombre decir
quién será si mañana
lo prueban la codicia o los amores
como sólo ellos saben
probar lo que es un hombre?

viernes, 12 de febrero de 2010

Sé que a veces mentimos (por Gloria Fuertes)

Hemos de procurar no mentir mucho.
Sé que a veces mentimos para no hacer un muerto,
para no hacer un hijo o evitar una guerra.
De pequeña mentía con mentiras de azúcar,

decía a las amigas: “Tengo cuarto de baño”
—mi casa era pobre, con el retrete fuera—.
“Mi padre es ingeniero” y era sólo fumista,
¡pero yo lo veía ingeniero ingenioso!
Me costó la costumbre de arrancar la mentira,

me tejí un vestido de verdad que me cubre,
a veces voy desnuda.
Desde entonces me quedo sin hablar muchos días.

jueves, 11 de febrero de 2010

Faltó poco (por Wislawa Szymborska)

Faltó poco y mi madre podría haberse casado con el señor Zbigniew Wola.
Y si hubieran tenido una hija, no habría sido yo.
Quizá habría tenido mejor memoria para los nombres
y las caras,
y para las melodías oídas una sola vez.
Habría reconocido sin problemas qué pájaro era cuál.
Habría tenido excelentes notas en física
y química,
peores en lengua,
pero habría escrito a escondidas poemas
claramente más interesantes que los míos.

Faltó poco y mi padre podría haberse casado en ese mismo momento
con la señorita Jadwiga R.
Y si hubieran tenido una hija, no habría sido yo.
Quizá habría sido más terca en lo de salirse con la suya.
Y se habría lanzado sin temor a aguas profundas,
capaz de abandonarse a emociones gregarias.
Vista continuamente en varios lugares al mismo tiempo,
pero rara vez entre libros, más a menudo en la calle
jugando a la pelota con los chicos.

Quizá incluso se habrían encontrado ambas
en la misma escuela, en la misma clase.
Pero no habrían sido amigas,
no habrían tenido ningún parentesco,
y en las fotos de grupo estarían lejos una de otra.

Niñas, poneos ahí
-habría dicho el fotógrafo-.
Las más bajas delante, las más altas detrás.
Y sonreíd cuando os dé la señal.
Pero contad antes
si estáis todas.
-Sí señor, estamos todas.

martes, 9 de febrero de 2010

Dónde iréis (por Saiz de Marco)

¿dónde iréis a alojaros después
átomos míos?
átomos de estos ojos
de estos pies
de estas manos
de esta lengua
de este corazón
de este cerebro
(disculpad lo de míos es tan sólo un decir
ninguna posesión tengo sobre vosotros
más bien es al contrario
soy yo el que os pertenezco
de vosotros el cuerpo su materia de ahora)
átomos diminutos
átomos migratorios
cuando ya no seáis la arcilla
de este edificio
cuando no seáis ya el cemento
de esta estructura
¿dónde vais a dormir en las noches siguientes?
¿dónde os despertaréis cada nueva mañana?
¿dónde y en qué os instalaréis
átomos míos?

lunes, 8 de febrero de 2010

Cuando los niños juegan (por Fernando Pessoa)

Cuando los niños juegan
y les oigo jugar,
un no sé qué en mi alma
empieza a alegrarse.
Siento toda la niñez

que no pude tener
en una onda de alegría
que no fue de nadie.
Si quien fui es un enigma

y quien seré una imagen,
quien soy sienta, al menos,
esto en el corazón.

domingo, 7 de febrero de 2010

Nada que temer (por Ángel González)

Todo lo consumado en el amor
no será nunca gesta de gusanos.
Los despojos del mar roen apenas
los ojos que jamás -porque te vieron-,
jamás se comerá la tierra al fin del todo.
Yo he devorado, tú me has devorado
en un único incendio.
Abandona cuidados: lo que ha ardido
ya nada tiene que temer del tiempo.

viernes, 5 de febrero de 2010

Esperándote (por Luis Gª Montero)

Yo te estaba esperando.
Más allá del invierno, en el cincuenta y ocho,
de la letra sin pulso y el verano
de mi primera carta,
por los pasillos lentos y el examen,
a través de los libros, de las tardes de fútbol,
de la flor que no quiso convertirse en almohada,
más allá del muchacho obligado a la luna,
por debajo de todo lo que amé,
yo te estaba esperando.

Yo te estoy esperando.
Por detrás de las noches y las calles,
de las hojas pisadas
y de las obras públicas
y de los comentarios de la gente,
por encima de todo lo que soy,
de algunos restaurantes a los que ya no vamos,
con más prisa que el tiempo que me huye,
más cerca de la luz y de la tierra,
yo te estoy esperando.

Y seguiré esperando.
Como los amarillos del otoño,
todavía palabra de amor ante el silencio,
cuando la piel se apague,
cuando el amor se abrace con la muerte
y se pongan mas serias nuestras fotografías,
sobre el acantilado del recuerdo,
después que mi memoria se convierta en arena,
por detrás de la última mentira,
yo seguiré esperando.

jueves, 4 de febrero de 2010

Eres un buen momento para morirme (por Félix Casanova)

Amaneciendo y anocheciendo
a un mismo tiempo,
cariño, ¿no es ésta la forma
en que te gustaría vivir?
En mi cabeza hay un álbum

de fotos amarillentas
y lo voy completando con mis ojos,
con los más leves ruidos,
atrapando olores en el aire
y en cada sueño que sueño.
¿Sabes una cosa, pequeña?

La última página de mi álbum
tiene tu boca lluviosa mordiéndome un labio,
un disco de rock’n’roll
y calcetines de colores.
Mis ojos han sido rápidos,

te he hecho el amor con la ropa puesta
a través de una
larga pajita dorada
mientras cruzabas la calle
con el cabello ardiendo.
Pero ahora son tus pies

quienes dan mis pasos,
¡así que no te equivoques
pues me caería!
Te bebo en cada vaso de agua

que sacia mi sed,
mis palabras son claras como niños pequeños
o espesas como semen empapando cortinas,
pero hoy tengo que inventar
un nuevo idioma
para conversar con tus tiernos maullidos eléctricos
y los gritos de euforia
de la gente que vive en tu cabeza.
Debes saber que a veces

soy como un entierro interminable,
siempre triste y azul
subiendo y bajando
por la misma calle.
Pero otras veces soy un río de risa

corriéndome por toda la ribera,
haciendo el amor a la mar,
una felicidad contagiosa,
un revólver de amor, nena,
y voy a disparar justo a tu corazón
¡bang, bang!
¿te di?
Quiero arrollarte, enrollarte y arrullarte,

montaña de agua ardiente
y tarde rojiza.
Eres un buen momento para morirme.

miércoles, 3 de febrero de 2010

Irá donde tú vayas (por Konstantinos Kavafis)

Dices: «Iré a otra tierra, a otro mar.
Buscaré una ciudad mejor que ésta
en la que mis afanes no se cumplieron nunca,
frío sepulcro de mis sentimientos.
¿Hasta cuándo errará mi alma en este laberinto?
Mire hacia donde mire, sólo veo
la negra ruina de mi vida,
tiempo ya consumido que aquí desperdicié.»
No existe para ti otra tierra, otro mar.
Esta ciudad irá donde tú vayas.
Recorrerás las mismas calles siempre.
En el mismo arrabal te harás viejo.
Irás encaneciendo en idéntica casa.

Nunca abandonarás esta ciudad.
Ya para ti no hay otra,
ni barcos ni caminos que te libren de ella.
Porque así como aquí has arruinado tu vida,
en todo el mundo la desbarataste.

martes, 2 de febrero de 2010

En las horas oscuras (por Vicente Gallego)

En las horas oscuras
que van creciendo en nuestras vidas
al igual que la noche se alarga en el invierno,
en esas horas, a menudo,
una imagen tenaz y hermosa me consuela.
Regreso hasta una playa de otro tiempo,
todavía cercano. Es un día precioso
de final de septiembre, brilla el mar
con su estructura lenta, sugestivo y exacto
como un cuchillo. Quedan
unos cuantos bañistas a esa hora
dudosa de la tarde, y no estoy solo,
un grupo de muchachas me acompaña,
el sol dora sus cuerpos de diecisiete años,
y es ya fresca la brisa, y en sus nucas
la humedad reaviva el aroma a colonia.
Y la tarde transcurre dulcemente,
mas sin gloria especial, y las muchachas ríen,
y me dan su alegría, aunque no amo a ninguna,
y hay un aire de adiós en cada cosa:
en el mes avanzado, en los bañistas,
en el estío lento, en aquellas muchachas
que desconozco hoy, y en la luz de la playa.
Apuré aquel momento agradecido,
al igual que se goza un hermoso regalo,
en su dicha sereno, destinado a perderse
tras la felicidad frecuente de esos años.
Y ahora comprendo que en aquella tarde
algo más que belleza se ocultaba,
porque su luz me salva, muchas veces,
en las horas oscuras, y se empeña,
con una obstinación absurda que me asombra,
en volver a mis ojos y a mis días.
En las horas oscuras
una imagen tenaz y hermosa me consuela,
y me lleva al verano ya una tarde.
Y yo aún me pregunto por qué vuelve,
y qué es lo que perdí en aquella playa.

lunes, 1 de febrero de 2010

Detroit 1926 (por Elkin Restrepo)

En su lecho de muerte
Houdini promete a su mujer volver un día
y dar pruebas de la existencia en el más allá.
Si en el pasado, gracias a sus artes de ilusionista,
ha logrado lo que ningún ser humano
–escapar de una caja fuerte sellada y amarrada con cadenas
en el fondo del mar, por ejemplo–,
¿por qué no atreverse a lo supremo,
ahora que llega la hora definitiva,
y resolver así el misterio de los misterios?
Ofrecer una evidencia, al menos,
de lo que en la otra vida nos espera,
es lo único que resta a su gloria
de personaje casi sobrenatural.
Confía entonces a su mujer
unas palabras en malayo
(que son también una declaración de amor)
como clave y señal de su invisible presencia.
Poco después Henry Houdini muere.
En adelante Beatrice vive atenta
al menor indicio o manifestación suya,
sin faltarle jamás la fe.
Ése era el pacto.
Sin embargo,
pese a las promesas, al tiempo que pasa,
ella no recibirá señal o revelación alguna.
Atrapado por las cadenas de la muerte
–mucho menos ilusorias que las de la vida–,
él, Houdini, no regresará.
Dedicada al culto de su leyenda,
Beatrice lo sobrevivirá unos pocos años más.
Y al morir –cabe pensarlo–
se perdió también la mayor oportunidad
que se ha tenido
de que el misterio de los misterios
fuera resuelto por aquél
que en verdad podía hacerlo.

domingo, 31 de enero de 2010

Es imposible callarla (por Federico G. Lorca)

Empieza el llanto de la guitarra.
Se rompen las copas de la madrugada.
Es inútil callarla,
es imposible callarla.
Llora por cosas lejanas.
Llora monótona
como llora el agua,
como llora el viento sobre la nevada.
Llora flecha sin blanco,
tarde sin mañana
y el primer pájaro muerto sobre la rama.
Oh guitarra,
corazón malherido
por cinco espadas.

viernes, 29 de enero de 2010

Hasta el fondo (por Ricardo Fernández)

Un dorado sonido lejano de trompetas
se confunde con las agitadas olas
del pensamiento en una galerna
continua, catarata de recuerdos.
Sabe que un día el sol no surgirá
majestuoso por el horizonte
y la tierra quedará perdida en el olvido
pero en el infinito los besos serán perdurables.
El dolor de la certeza de la muerte
se mezcla con el acre sabor de la existencia
y de esa unión renace, entre lóbrego y febril,
el deseo de apurar hasta el fondo la ceniza.

jueves, 28 de enero de 2010

Para que yo me llame (por Ángel González)

Para que yo me llame Ángel González,
para que mi ser pese sobre el suelo,
fue necesario un ancho espacio y un largo tiempo:
hombres de todo mar y toda tierra,
fértiles vientres de mujer,
y cuerpos y más cuerpos fundiéndose incesantes
en otro cuerpo nuevo.
Solsticios y equinoccios alumbraron
con su cambiante luz, su vario cielo,
el viaje milenario de mi carne
trepando por los siglos y los huesos.
De su pasaje lento y doloroso
de su huida hasta el fin,
sobreviviendo naufragios,
aferrándose al último suspiro de los muertos,
yo no soy más que el resultado, el fruto,
lo que queda, podrido, entre los restos;
esto que veis aquí, tan sólo esto:
un escombro tenaz, que se resiste a su ruina,
que lucha contra el viento,
que avanza por caminos que no llevan a ningún sitio.
El éxito de todos los fracasos.
La enloquecida fuerza del desaliento...

miércoles, 27 de enero de 2010

A veces (por Félix Casanova)

A veces, cuando la noche me aprisiona,
suelo sentarme frente a una cabina telefónica
y contemplo las bocas que hablan
para lejanos oídos.
Y cuando el hielo de la soledad
me ha desvenado, los barrenderos moros
canturrean tristemente
y las estrellas ocupan su lugar,
yo acaricio el teléfono
y le susurro sin usar monedas.

martes, 26 de enero de 2010

Lo que esa música me entrega (por Fernando Pessoa)

El velo de lágrimas no ciega. Veo, llorando, lo que esa música me entrega
-la madre que tuve, el antiguo hogar, el niño que fui,
el horror del tiempo, porque fluye, el horror de la vida, ¡porque sólo es matar!-.
Veo y me adormezco en un torpor en que me olvido que existo aún en este mundo que existe...
Estoy viendo a mi madre tocar. Y esas manos blancas y pequeñas, cuya caricia nunca más me arrullará,
tocan al piano, cuidadosas y serenas, (¡Dios mío)

Un soir à Lima.
¡Ah, veo todo claro! Estoy otra vez allí.

Aparto de la luz de luna exterior y extraña los ojos con que la vi.
¿Pero qué? Divago y la música terminó...

Divago como siempre divagué sin tener en el alma la certeza de quien soy,
ni verdadera fe o una ley firme.
Divago, creo eternidades mías en un opio de memoria y de abandono.

Entronizo fantásticas reinas sin tener para ellas un trono.
Sueño porque me baño en el río irreal de la música evocada.

Mi alma es un niño harapiento que duerme en una oscura esquina.
Sólo tengo de mí, en la realidad cierta y despierta, los harapos de mi alma abandonada y la cabeza que sueña contra el muro.
Pero, madre, ¿no habrá un Dios que no me tome totalmente en vano,

u otro mundo en el que ahora esté esto?
Divago aún: todo es ilusión.
Un soir à Lima.
Quiébrate, corazón...

lunes, 25 de enero de 2010

Creían en los hombres (por Saiz de Marco)

Creían en los hombres,
soñaban la utopía.
No sabían de ruindad,
de abyección,
de pequeñez.
No:
ellos creían en los hombres,
soñaban la utopía.
Decían camarada,
compañero,
paz,
humanidad,
mañana…
Apenas tenían ojos para
lo pequeño,
lo abyecto,
lo mezquino.
Creían que el coraje extirparía la ruindad.
Creían que la entrega derribaría la abyección.
Creían que la grandeza aboliría la pequeñez.
Y no. No siempre.
Pero ellos lo pensaban.
Por eso creían en los hombres,
soñaban la utopía.
Creían en nosotros: en nuestra altura, en nuestro valor.
Tal vez aún creen.
Tal vez aún sueñan.
Si es así
por favor no habléis,
no tosáis,
no respiréis.
No hagáis ruido. Andad de puntillas.
(No sea que los despertemos.)
Si es así
-si aún creen, si aún sueñan-,
entonces velemos, protejamos su idealismo.
Si es así,
preservemos su
sagrado
sueño.

viernes, 22 de enero de 2010

Mis cimientos (por Alfonso Alcalde)

No es que me dé vergüenza recordarlo.
Ahí viene mi padre poniendo en orden
las herramientas antes de fabricarme.
Siempre tan exagerado para sus cosas:
asegurando a sus amigos que mascaría
el mar o desclavaría las estrellas
para hacer mellizos
en menos que canta un gallo.
El día que llegó dispuesto
a emprender la hazaña
le trajo un regalo a mi mamá.
Eran flores de papel y ella movía
sus grandes ojos donde nadaba libremente
el resto del mundo.
Entonces mi papá la tomó de la mano
y yo escuchando
tiritando a la intemperie
con mi cargamento alerta
de huesos y ojos alrededor.
Todo es posible. Escoger a ciegas
el destino de 100 años, pedir un capricho mientras
se derrumban las galaxias,
borrar siempre un nombre en la arena,
sentir como el rocío
la primera tibieza de la vida
y golpear una puerta y ser recibido
como después de un largo viaje.
Luego escuché el disparo inicial.
Se pusieron a levantar mis cimientos.
Mi padre moviendo el barro como si fuera
el sencillo pan del Universo
y mi madre llorando y sufriendo
sabiendo de antemano todos los dolores
de cabeza que le iba a ocasionar
tan pronto como naciera.
Y tal como lo predijo, así no más fue.

jueves, 21 de enero de 2010

La silla (por Federico Hernández)

Le pedí a esta silla que te esperara.
Disculpa si permanece fiel a mi desgracia,
si la encuentras firme como un soldado.
Ella no quiso dejarme solo.
Le hablé de ti con más pasión que la polilla.
Tuvo a bien agradecer con calma,
con resignada paciencia y con fricciones
-la casi inaudible voz de su madera-.
No se quejó como el casero,
no puso en duda mi avaricia,
no tuvo roces con mis llagas.
Por eso te espera, obediente;
por eso dice que estuve solo
y que mis abrigos ya no abrigan;
por eso nos ves aquí,
más honestos y amparados que una rabia.
Siéntate.
Ahora dinos que llegaste.

miércoles, 20 de enero de 2010

Pasa tiempo (por Mario Benedetti)

Cuando éramos niños los viejos tenían como treinta
un charco era un océano
la muerte lisa y llana
no existía
cuando muchachos
los viejos eran gente de cuarenta
un estanque era océano
la muerte solamente
una palabra
ya cuando nos casamos
los ancianos estaban en cincuenta
un lago era un océano
la muerte era la muerte
de los otros
ahora veterano
ya le dimos alcance a la verdad
el océano es por fin el océano
pero la muerte empieza a ser la nuestra.

martes, 19 de enero de 2010

Ese otro perro (por Saúl Ibargoyen)

¿Quién es ese otro perro
que ladra
en un dialecto que nadie conoce?
¿Por qué debe echar
en los aires chirriantes
de cualquier ciudad
grito a grito los coágulos
de la última voz
de la última tribu?
¿Para qué están de pronto
detenidos los que escuchan?
¿Hacia dónde viajan o huyen
los que dicen que pueden comprender?
¿Para qué hay hombres
que levantan látigos y cuchillos
y abren oscuras campanas?
¿Para qué quiere este animal
vaciarse así
de su canción desperrada?
¿Cuál es la fuerza
que alienta en sus babas sonoras
en sus tripas besadas por la sed?
¿Qué otros perros perdidos
se extinguen
en el silencio que gime
debajo de su piel?

lunes, 18 de enero de 2010

Te invito a un largo viaje (por Paz Díez)

Acompáñame, ven. Por el camino
encontraremos perros y cristales,
semáforos en rojo y cerradas las verjas
de los jardines secos donde la arena ahoga
los linderos bordados de flores humilladas.
Pero no importa. Ven. Encontraremos
rostros adustos, dientes como garras,
violentos gestos y feroces gritos...
Con manotazos bruscos tratarán de alcanzarnos.
Pero, juntos, tú y yo seguiremos la ruta,
sonrosada y alegre, que no marcan los mapas
sobre el gris del asfalto. A cada instante
nos propondrá el deseo un alto vuelo.
Acompáñame, ven. Te invito a un largo viaje
contra el viento, sin coche ni maletas.
Dejaremos atrás placeres preceptivos
y a tanto triunfador con las cartas marcadas.
Buscaremos el norte. Buscaremos un alto
bosque frondoso y el rumor marino.
Y, cercana la hora del silencio,
cuando el sol se derrama como un ámbar
y encierra en su cristal rocas y espumas,
brindaremos, alegres, con la mirada absorta
ante la inmensidad del mar y del olvido.

domingo, 17 de enero de 2010

Qué sin ti estás, qué solo (por Juan Ramón Jiménez)

En ti estás todo, mar, y sin embargo,
¡qué sin ti estás, qué solo,
qué lejos, siempre, de ti mismo!
Abierto en mil heridas, cada instante, cual mi frente,
tus olas van, como mis pensamientos,
y vienen,
van y vienen,
besándose, apartándose,
en un eterno conocerse, mar,
y desconocerse.
Eres tú, y no lo sabes,
tu corazón te late y no lo siente...
Qué plenitud de soledad, mar sólo.

viernes, 15 de enero de 2010

Nuestra felicidad (por Alfonso Alcalde)

En realidad habíamos nacido
el uno para el otro.
Jamás tuvimos un “sí” o un “no”.
Comíamos los dos de un mismo plato.
Ella leía, yo dormía.
La transfusión de ideas era magnífica.
La parentela se daba la mano los domingos.
Hacíamos intercambio de empanadas y pequeños
planes sumamente económicos; comprar maní; leer
una revista, hacer un viaje en ferrocarril.
No hay que complicarse la existencia.
Ése era el slogan favorito.
Y ya ven ustedes el resultado.
Para ponerle el broche de oro a nuestra
felicidad salíamos a dar una vuelta por el barrio.
Mostrábamos nuestros querubines.
Ella de taco bajo y yo sin corbata,
tal como si nos hubieran sacado de un cuadro.
Sólo nos faltaba hablar.
El sol nos revestía de gloria y no era para menos.
La radio invadía nuestro espíritu
con esos gloriosos avisos de Juicio Final, cantados.
Siempre estábamos en comunicación:

Buenos días, ¿como está usted?
Buenas noches. Bien gracias. ¿Y su familia?
Bien. ¿Y la suya?
Pero envejecemos juntos. De eso
no hay duda. Otros tienen su propio infierno.
Acércate porque tengo frío. Estas son
las tentaciones que matan. Te conozco de memoria.
Me conoces de memoria. El tiempo cambia, antes
llovía más seguido. Nos gustaba mojarnos. Éramos
jóvenes. Léeme, por favor el pronóstico
del tiempo: el norte claro…
Buenas noches, querida. Dale cuerda
al despertador. ¿Cerraste todas las puertas
menos una? Mañana será otro día.
Mañana será otro día.
Mañana…

jueves, 14 de enero de 2010

Yo era un niño (por Eduardo Langagne)

Yo era un niño
En el tren a Chihuahua
el paisaje era un frágil futuro
arenoso y sin gente
La paciencia rodaba en el alma con ruido de hierro
Un túnel oscuro veía mis temores marcaba las líneas ocultas del agrio destino
En una estación de madera una niña desértica puso sus ojos brillantes en mí
Yo supe al momento que nunca podría encontrarlos de nuevo
Yo era un niño
Miraba las vías
corriendo ligeras
hasta un sitio llamado horizonte
donde interrumpían su destino
Cuando niño la tierra era plana había trenes y sueños y yo nunca había perdido un amor por no descender en aquella estación oportuno y puntual

miércoles, 13 de enero de 2010

Álguienes (por Saiz de Marco)

Alegría de no estar compactado,
de no ser una mole de cemento,
de no ser sólo alguien
sino álguienes,
de verme después como a otro distinto
(¿cómo pude ser ése que era entonces?).
Alegría de cambiar y
ser ya otro,
de no estar encallado ni varado,
de zarpar,
trasbordar,
desembarcar…
Alegría de no ser siempre el mismo,
de no ser un estanque,
un mineral,
de no ser aún
un fósil ni
una momia,
del ahora y del
por el momento.
Alegría de estar siendo y
ser estando,
del vete tú a saber qué seré luego.
Alegría de fluir.
Alegría.

martes, 12 de enero de 2010

Danza de noche (por Sylvia Plath)

Una sonrisa tuya cae en la hierba
y se pierde para siempre.
¿Y dónde se extraviarán
tus danzas nocturnas? ¿En las matemáticas?
Saltos y espirales tan puros
sin duda recorren
eternamente el mundo, y no me quedaré
despojada de belleza: el don
de tu pequeña vida, tu olor
a pasto mojado cuando duermes, azucenas, azucenas
que no pueden compararse con tu carne.
La cala, los fríos pliegues de su ego,
y el lirio, embelleciéndose a sí mismo
-manchas, y un despliegue de pétalos ardientes-.
Los cometas
tienen que atravesar tanto espacio,
tanta frialdad, tanto olvido.
Así se desvanecen sus gestos
cálidos y humanos, y luego su luz rosada
sangrando y desollándose
a través de las amnesias negras del cielo.
Por qué me son otorgadas
estas lámparas, estos planetas
que caen como bendiciones, como copos de nieve
hexagonales, blancos
sobre mis ojos, mis labios, mis cabellos
rozándome y fundiéndose
en ninguna parte.

lunes, 11 de enero de 2010

El olvido te ocupa todo el tiempo (por Darío Jaramillo)

El olvido no es que algo se borre en la memoria,
el olvido te ocupa todo el tiempo,
a la hora del trabajo o del aseo,
cuando comes o rezas no te olvidas de olvidar.
Nadie repite, no hay regresos, lo sabemos,
pero no descanso de olvidarte,
me gasto cada noche entera contigo, olvidándote.
Tú bien lejos y yo aquí contigo.
Te expulso de mí, te exorcizo,
te llamo a cada segundo para que salgas de mi alma,
para que tu fantasma no me anule.
Ah, nuestros momentos de dicha quedan demasiado lejos
y ya no me justifican los insomnios de este olvido minucioso.
Se me va un día entero olvidando
cada minuto de nosotros.

viernes, 8 de enero de 2010

Casida del llanto (por García Lorca)

He cerrado mi balcón
porque no quiero oír el llanto
pero por detrás de los grises muros
no se oye otra cosa que el llanto.
Hay muy pocos ángeles que canten,
hay muy pocos perros que ladren,
mil violines caben en la palma de mi mano.
Pero el llanto es un perro inmenso,
el llanto es un ángel inmenso,
el llanto es un violín inmenso.
Las lágrimas amordazan al viento
y no se oye otra cosa que el llanto.

jueves, 7 de enero de 2010

Oficio de cobardes (por Juan V. Piqueras)

Nadie es perfecto, claro, y nadie sabe
que por eso está vivo, que le debe
la vida a sus defectos, que vivir
es tarea de astutos, de cobardes.
Si hemos sobrevivido a aquel dolor
que amenazaba con aniquilarnos
es porque no supimos sufrir como queríamos
y fuimos incapaces de fallecer en él.
O fue la vida, que se ama a sí misma
más que nosotros, la que lo impidió.
El miedo es, a menudo, un buen refugio.
La pereza protege. La cobardía salva.
Quizá exagero para que me entiendas:
si seguimos viviendo lo debemos
a no saber sentir, al deterioro
de nuestro asombro, al miedo
y a la astucia de los supervivientes.
Yo sé bien que la muerte se enamora
de los mejores, se los lleva pronto.
Los demás olvidamos si podemos
que no somos lo que desearíamos,
que la memoria inventa lo vivido
para ayudarnos a seguir viviendo.
Todo nuestro saber es nuestra astucia
en adaptarse al medio, en ir tirando,
en adaptarse al miedo, en no morir.
Y así nos va, nos vamos
perdiendo el tiempo, devorando días
y llevando la vida que podemos
por no saber llevar la que soñamos.

lunes, 4 de enero de 2010

Como a un solo ser (por Antonio Gamoneda)

A las cinco del día, en el invierno,
mi madre iba hasta el borde de mi cama
y me llamaba por mi nombre
y acariciaba mi rostro hasta despertarme.
Yo salía a la calle y aún no amanecía
y mis ojos parecían endurecerse de frío.
No era justo, aunque era hermoso
ir por las calles y escuchar mis pasos
y sentir la noche de los que dormían
y comprenderlos como a un solo ser,
como si descansaran de la misma existencia,
todos en el mismo sueño.

sábado, 2 de enero de 2010

Última forma de amar (por Pedro Salinas)

No quiero que te vayas
dolor, última forma
de amar.
En esa realidad
hundida que se niega
a sí misma y se empeña
en que nunca ha existido,
que sólo fue un pretexto
mío para vivir.
Si tú no me quedaras,
dolor, irrefutable,
yo me lo creería.
Tu verdad me asegura
que nada fue mentira.
Y mientras yo te sienta,
tú me serás, dolor,
la prueba de otra vida
en que no me dolías.

viernes, 1 de enero de 2010

A veces (por Nicolás Guillén)

A veces tengo ganas de ser cursi
para decir: La amo a usted con locura.
A veces tengo ganas de ser tonto
para gritar: ¡La quiero tanto!
A veces tengo ganas de ser un niño
para llorar acurrucado en su seno.
A veces tengo ganas de estar muerto
para sentir, bajo la tierra húmeda de mis jugos,
que me crece una flor, rompiéndome el pecho
una flor, y decir: Esta flor,
para usted.

jueves, 31 de diciembre de 2009

Usurpando (por Saiz de Marco)

De no estar yo
(eso tan común, eso que estuvo a punto de pasar:
innacer, invivir, inexistir, inser)
¿quién habría llenado
mi cuna,
mi almohada,
mi pupitre en la escuela,
mi mesa en la oficina,
mi puesto en otro corazón?
¿De quién serían todos los sitios que ocupé?
¿De quién sería ahora este yo que acaparo?
¿A quién le he arrebatado
esta plaza en el mundo?

miércoles, 30 de diciembre de 2009

Cuando el hombre se extinga (por Ángel González)

Cuando el hombre se extinga,
cuando la estirpe humana al fin se acabe,
todo lo que ha creado comenzará a agitarse,
a ser de nuevo,
a comportarse libremente
—como los niños que se quedan solos en casa cuando sus padres salen por la noche-.
Héctor conseguirá humillar a Aquiles,
Luzbel volverá a ser lo que era antes,
fornicará Susana con los viejos,
avanzará un gran monte hacia Mahoma.
Cuando el hombre se acabe —cualquier día—,
un crepitar de polvo y de papeles proclamará al silencio
la frágil realidad de sus mentiras.

martes, 29 de diciembre de 2009

Desayuno (por Jacques Prévert)

Ha puesto café
en la taza
Ha puesto leche
en la taza de café
Ha puesto azúcar
en el café con leche
Con la cucharilla
lo ha removido
Ha bebido el café con leche
Ha dejado la taza
sin hablarme
Ha encendido
un cigarro
Ha hecho círculos
con el humo
Ha dejado la ceniza
en el cenicero
Sin hablarme
sin mirarme
se ha levantado
Se ha puesto
el sombrero en la cabeza
Se ha puesto
su gabardina
porque llovía
Y se ha marchado
bajo la lluvia
sin una palabra
Y yo, yo he puesto
mi cabeza en mi mano y
he llorado

lunes, 28 de diciembre de 2009

En la plaza (por Vicente Aleixandre)

Hermoso es, hermosamente humilde y confiante, vivificador y profundo,
sentirse bajo el sol, entre los demás,
impelido, llevado, conducido, mezclado, rumorosamente arrastrado.
No es bueno quedarse en la orilla como el malecón
o como el molusco que quiere calcáreamente imitar a la roca,
sino que es puro y sereno arrasarse en la dicha de fluir y perderse,
encontrándose en el movimiento con que
el gran corazón de los hombres palpita extendido.
Como ése que vive ahí, ignoro en qué piso, y le he visto bajar por las escaleras
y adentrarse valientemente entre la multitud y perderse.
La gran masa pasaba, pero era reconocible el diminuto corazón afluido.
Allí, ¿quién lo reconocería? Allí con esperanza, con resolución o con fe,
con temeroso denuedo, con silenciosa humildad,
allí él también transcurría.
Era una gran plaza abierta, y había olor de existencia.
Un olor a gran sol descubierto, a viento rizándolo,
un gran viento que sobre las cabezas pasaba su mano,
su gran mano que rozaba las frentes unidas y las reconfortaba.
Y era el serpear que se movía como un único ser, no sé si desvalido, no sé si poderoso,
pero existente y perceptible, pero cubridor de la tierra.
Allí cada uno puede mirarse y puede alegrarse y puede reconocerse.
Cuando, en la tarde caldeada, solo en tu gabinete,
con los ojos extraños y la interrogación en la boca, quisieras algo preguntar a tu imagen,
no te busques en el espejo, en un extinto diálogo en que no te oyes.
Baja, baja despacio y búscate entre los otros.
Allí están todos, y tú entre ellos.
Oh, desnúdate y fúndete, y reconócete.
Entra despacio, como el bañista que, temeroso, con mucho amor y recelo al agua,
introduce primero sus pies en la espuma,
y siente el agua subirle, y ya se atreve, y casi ya se decide.
Y ahora con el agua en la cintura todavía no se confía.
Pero él extiende sus brazos,
are al fin sus dos brazos y se entrega completo.
Y allí fuerte se reconoce, y se crece y se lanza, y avanza y levanta espumas,
y salta y confía, y hiende y late en las aguas vivas,
y canta, y es joven.
Así, entra con pies desnudos. Entra en el hervor, en la plaza.
Entra en el torrente que te reclama y allí sé tú mismo.
¡Oh pequeño corazón diminuto, corazón que quiere latir para ser
él también
el unánime corazón que le alcanza!

domingo, 27 de diciembre de 2009

Un hombre pasa (por César Vallejo)

Un hombre pasa con un pan al hombro.
¿Voy a escribir, después, sobre mi doble?
Otro se sienta, ráscase, extrae un piojo de su axila, mátalo.
¿Con qué valor hablar del psicoanálisis?
Otro ha entrado a mi pecho con un palo en la mano.
¿Hablar luego de Sócrates al médico?
Un cojo pasa dando el brazo a un niño.
¿Voy, después, a leer a André Breton?
Otro tiembla de frío, tose, escupe sangre.
¿Cabrá aludir jamás al yo profundo?
Otro busca en el fango huesos, cáscaras.
¿Cómo escribir, después, del infinito?
Un albañil cae de un techo, muere y ya no almuerza.
¿Innovar, luego, el tropo, la metáfora?
Un comerciante roba un gramo en el peso a un cliente.
¿Hablar, después, de cuarta dimensión?
Un banquero falsea su balance.
¿Con qué cara llorar en el teatro?
Un paria duerme con el pie a la espalda.
¿Hablar, después, a nadie de Picasso?
Alguien va en un entierro sollozando.
¿Cómo luego ingresar a la Academia?
Alguien limpia un fusil en su cocina.
¿Con qué valor hablar del más allá?
Alguien pasa contando con los dedos.
¿Cómo hablar del no-yo sin dar un grito?

sábado, 26 de diciembre de 2009

Adiós (por Luis Cernuda)

Muchachos
que nunca fuisteis compañeros de mi vida,
adiós.
Que no seréis nunca compañeros de mi vida,
adiós.
Mano de viejo mancha
el cuerpo juvenil si intenta acariciarlo.
Con solitaria dignidad el viejo debe
pasar de largo junto a la tentación tardía.
Qué dulce hubiera sido
en vuestra compañía vivir un tiempo:
Bañarse juntos en aguas de una playa caliente,
compartir bebida y alimento en una mesa,
sonreír, conversar, pasearse
mirando cerca, en vuestros ojos, esa luz y esa música.
Adiós, adiós, compañeros imposibles.

miércoles, 23 de diciembre de 2009

Mera atracción de cuerpos (por Michel Houllebecq)

En una sala porno, jubilados jadeantes
contemplaban, escépticos,
los brincos mal filmados de parejas lascivas;
sin ningún argumento.
He aquí, yo me decía, el rostro del amor,
el auténtico rostro.
Seductores, algunos; esos siempre seducen,
los otros sobrenadan.
El destino no existe ni la fidelidad,
mera atracción de cuerpos.
Sin apego ninguno, sin ninguna piedad,
juegan y se desgarran.
Seductores algunos, por ende, codiciados,
llegarán al orgasmo.
Hartos ya, tantos otros, no tienen ni siquiera
deseos que ocultar;
sólo una soledad que acentúa el impúdico
goce de las mujeres;
tan sólo una certeza: "Eso no es para mí",
pequeño drama obscuro.
Morirán, es seguro, algo desencantados,
sin ilusiones líricas;
practicarán a fondo el arte de despreciarse,
de modo bien mecánico.
A quienes nunca fueron amados me dirijo,
a quienes no gustaron;
a los ausentes todos del sexo liberado,
del placer ordinario;
no temáis nada, amigos, mínima es vuestra pérdida:
No existe, no, el amor.
Es sólo un juego cruel cuyas víctimas sois;
juego de especialistas.

martes, 22 de diciembre de 2009

La vieja foto (por Eduardo Langagne)

El que fui hace veinte años me mira en el reposo
de su fotografía barbada y expectante.
Va subiendo en el bonde del noble corcovado,
habrá de retratarse otra vez junto al Cristo
que observa a Guanabara con los brazos abiertos
y señala los límites del mundo que protege.
El que fui hace veinte años me pide que no olvide.
Pero yo nunca olvido.
Sí perdono, disculpo, dispenso, me relevo de mis crasos errores,
me eximo de tener para siempre una espina
clavada entre mis dedos, como el león de la fábula,
o en el pecho una angustia que no deja respirar.
Porque, al final, me absuelvo de todo cuanto hice
innecesariamente.
En fin,
éste que fui,
que subiendo en el bonde trae la mirada fija,
esperaba llegar y sentarse en el borde
del escalón vehemente que soñó desde niño,
cuando en aquel jardín de niebla y de temblores
planeó con los muchachos alguna vez hacerlo.
Pero todos olvidan ciertos planes,
deseos
que se obstinan ilusos bajo el sol del invierno
mientras reunimos años en el cabello.
Apenas
unos cuantos recuerdan.
Y el que yo era me pide
cantar en la memoria melodías fascinantes
que musitamos juntos después de aquella foto
subiendo al Corcovado,
cuando sabíamos ambos
lo que había sucedido.
En esta desventaja que actualmente vivimos,
él sabe que no sabe
lo que pasó después (yo no se lo he contado).
Esta tarde de vino y de memorias dulces
he de contarle todo, pues quiero que mantenga
desde su foto antigua la misma expectativa
y la mirada alerta a lo que va a venir
y que me reconozca como parte de él mismo
aunque mi rostro sea diferente al de entonces.

lunes, 21 de diciembre de 2009

Escribiendo el currículum (por Wislawa Szymborska)

¿Qué hay que hacer? Escribir la solicitud y adjuntar el currículum.

Sin importar lo largo de la vida, el currículum ha de ser breve. Rigen la consistencia y elegir bien los hechos. Cambiar paisajes por direcciones y recuerdos borrosos por fechas fijas. De todos los amores sólo el del matrimonio, y de los hijos nada más que los nacidos. Importa más quién te conoce y no a quién conociste.

De tantos viajes, sólo los internacionales. Pertenecer a algo y no por qué. Menciones honoríficas sin su razón. Escribe como si nunca hubieras hablado contigo. Y pasarás de largo. No hables de perros, gatos, pájaros. Arrumba los recuerdos, los amigos, los sueños. Más sobre el precio, menos sobre el valor. Mejor el título que el contenido. Mejor la talla de tus zapatos que a dónde llevan.

A quien se supone que eres, adjuntar una foto. La oreja descubierta: lo que importa es su forma, no lo que oye.

¿Y qué es lo que se oye? El estruendo de la trituradora que destruye expedientes.

domingo, 20 de diciembre de 2009

Gotas (por Terencio Formenti)

cae
la primera gota
en el parabrisas

atentas...
las otras
se abren camino

ahora
como locas...
corren
se rozan
se acarician
se aman

pequeñas gotas
en el parabrisas

sábado, 19 de diciembre de 2009

No habré vivido en vano (por Emily Dickinson)

Si consigo impedir que un corazón se rompa,
no habré vivido en vano.
Si consigo aliviar el sufrimiento de una vida
o calmar un dolor
o ayudar a un petirrojo exánime
a volver a su nido,
no habré vivido en vano.

viernes, 18 de diciembre de 2009

Ya se va la ilusión (por Saiz de Marco)

Ya se va la ilusión,
ya se evapora.
Se va y nos deja aquí,
tan faltos de ella.
No nos deja como antes de venir.
No nos devuelve al punto de partida.
No nos quedamos ahora igual que estábamos.
¿Veis que se aleja sola y sin embargo también se lleva un trozo de nosotros?
¿Acaso no sentís la mella,
el cráter,
la hendidura que queda tras su marcha?
Se retira la ilusión y nos deja más solos que cuando estábamos solos,
más pequeños que antes de que viniera.
Antes de ella nos creíamos enteros pero al irse nos deja mutilados.
Ya se va la ilusión,
ya se evapora.

jueves, 17 de diciembre de 2009

Hermanas estrellas (por Miguel Labordeta)

Hermanas Estrellas:
¿Me escucháis?
¿Oís el palpitar de mi ardiente manantial tronchado
indagando su fervor de precipicio
en este planetario estío
de hermosura sin faz?
Vosotras, mis hermanas mayores:
¿qué sabéis?¡Decidme! ¡Habladme del sentido del abismo
todo futuro sido en el espacio curvo...
!Contadme, mis hermanas gigantes,
contadme que fueron las borrascas nebulosas
preñadas de gérmenes dulcísimos
y de terribles olvidos sepultados
hacia una furiosa potencia en carne viva
devorándose a sí misma
en silencio y hormiga
labio y galaxia o brisa
siempre muerte resucitada...
¿Lo sabéis? ¿Sabéis a dónde iré yo?
¿Sabéis a dónde iréis vosotras,
mis lejanas hermanas?
¿Sabéis a dónde irá todo
cuando el Ojo Secreto
se aniquile en burbujas de luz?
¿O no tendremos fin...?
¿Será todo como este ensueño
en que os sueño,
mis hermanas estrellas,
mis lejanas, mis gigantes hermanas?
¡Decidme! ¡Habladme!
¿Sabéis el destino de nuestros muertos
implacables de enigmas?
¿Qué sois,
anhelo puro,
vientres de luz?
¿Acaso pensamiento
de una serena grandeza fugacísima?
¿O frías criaturas de fuego
que esperáis algo inauditamente,
una mañana de primavera perenne quizá?
¿Lo sabéis? ¿O no conocéis nada?
¿O no existís ya
y sólo contemplo el último parpadeo
que lanzasteis sobre la Vía Láctea
cuando las cunas eran tan sólo
pleamares de lodo y semilla de engaño?
¿Me escucháis?
¿O no tienen respuesta mis palabras
de suicida recién nacido?
¿Nos encontraremos al final?
¿O el punto y el anciano,
la senda y el minuto,
el signo y la bondad
son tan sólo perdidos amuletos de la mente,
cenizas de fotones
callando nuestras fuentes milagrosas,
polvo de melodías eternas,
certero enigma sin pupila
derramándose sobre quietos lagos desconocidos?
¿Y yo? ¿Sabéis quién soy?
¿Os sonreís? ¿O sois ciegas?
Sí.
¿O sois ciegas como yo?
Hermanas Estrellas,
mis lejanas, mis gigantes hermanas
moribundas sin acto,
frágil nota acurrucada
como polen de otoño
o labio encendido de muchacha
que ha de morir.
¿Qué matriz cercenada
se abre en vuestro misterioso nido?
¿Qué pecado pavoroso columbra
vuestra incógnita?
¿Hacia qué Totalidad embriagada
os dirigís sedientas de promesa y descanso?
Contadme,
contadme vuestros mitos maravillosos
de amor hacia los soles inacabables.
¿O no sabéis nada? ¿O sois ciegas como yo?
Mis hermanas, mis lejanas y gigantes hermanas Estrellas.

miércoles, 16 de diciembre de 2009

Faisán (por Sylvia Plath)

“Lo mataría” dijiste esta mañana.
No lo mates. Sigo sobresaltada todavía,
esa protuberancia en la cabeza extravagante, oscura,
mientras andaba por el pasto sin cortar,
en lo alto del olmo.
Ya es algo que tengamos
un faisán, que nos visite alguien.
No, no soy mística, no es que
haya creído que tenía algo así como un alma.
Simplemente es que está donde tiene que estar.
Y eso le da un aire de realeza, eso le da un derecho.
Sus grandes huellas en el invierno pasado,
su rastro de pisadas en la nieve del jardín,
su increíble presencia entre lo blanco,
entre gorriones y estorninos.
¿Es porque es raro, es eso? Es raro.
Sería bonito tener una docena
o cien, todos en el ramaje rojo y verde
yendo y viniendo: ¡eso sería hermoso!
Está tan bien diseñado, es tan vívido.
Es una cornucopia.
Aletea, marrón como una hoja, ruidoso,
y se posa en el olmo, y es tan fácil…
Amanecía en los narcisos.
Fui yo la que se entrometió. Deja, déjalo.

martes, 15 de diciembre de 2009

Mecanografía (por Fernando Pessoa)

Trazo, solo, en mi cubículo de ingeniero, el plano,
firmo el proyecto, aislado aquí,
remoto hasta de quien yo soy.
Al lado, acompañamiento banalmente siniestro,
el tic-tac que estalla de las máquinas de escribir.
¡Qué náusea de vida!
¡Qué abyección esta regularidad!
¡Qué sueño este ser así!
Hace tiempo, cuando fui otro, eran castillos y caballeros
(ilustraciones, tal vez, de cualquier libro de la infancia).
Hace tiempo, cuando fui fiel a mi sueño,
eran grandes paisajes del Norte, explícitos de nieve,
eran grandes palmares del Sur, opulentos de verdes.
Hace tiempo.
Al lado, acompañamiento banalmente siniestro,
el tic-tac que estalla de las máquinas de escribir.
Todos tenemos dos vidas:
la verdadera, que es la que soñamos en la infancia,
y que continuamos soñando, adultos, en un substrato de niebla;
la falsa, que es la que vivimos en convivencia con otros,
que es la práctica, la útil,
aquélla en la que acaban por meternos en un cajón.
En la otra no hay cajones ni muertes,
sólo hay ilustraciones de la infancia:
grandes libros coloreados, para ver y no leer;
grandes páginas de colores para recordar más tarde.
En la otra somos nosotros,
en la otra vivimos;
en ésta morimos, que es lo que vivir significa;
en este momento, por la náusea, vivo en la otra…
Pero al lado, acompañamiento banalmente siniestro,
alza la voz el tic-tac que estalla de las máquinas de escribir.

lunes, 14 de diciembre de 2009

Vuelvo a Junín, donde no estuve nunca (por J. L. Borges)

Soy, pero soy también el otro, el muerto,
el otro de mi sangre y de mi nombre.
Soy un vago señor y soy el hombre
que detuvo las lanzas del desierto.
Vuelvo a Junín, donde no estuve nunca,
a tu Junín, abuelo Borges. ¿Me oyes,
sombra o ceniza última, o desoyes
en tu sueño de bronce esta voz trunca?
Acaso estés buscando por mis ojos
el épico Junín de tus soldados,
el árbol que plantaste, los cercados
y en el confín la tribu y los despojos.
Te imagino severo, un poco triste.
Quién me dirá cómo eras y quién fuiste.

domingo, 13 de diciembre de 2009

Lo conseguí (por Raymond Carver)

¿Y conseguiste lo que
querías en esta vida?
Lo conseguí.
¿Y qué querías?
Considerarme amado, sentirme
amado sobre la tierra.

viernes, 11 de diciembre de 2009

Se emprende la huida (por Ana Mª Navales)

Y ahora, abundante de ensueños y de grises,
con esa eterna impotencia que no limpia el lenguaje,
el miedo que se hace palabra para no ser miedo,
todo lo que enciende luces y no se nombra por si muere,
el resquicio de libertad que terco asoma;
brazo roto, abril marchito, luna falsa,
también falso el dolor que se vuelve costumbre;
los labios en dudosas fuentes,
los ojos todavía sedientos de estrellas, calandrias, mitos
y otras delgadas inutilidades que los dioses derraman,
la sonrisa en ayuno para que no traicione
y una mentirosa amnesia de rechazos y deseos;
con ruiseñores y congojas,
o sea con nada, sólo con uno mismo dentro y fuera,
dispuesto a que cada cosa recupere su alcurnia,
su medida y su precio,
se emprende la huida adonde aún no ha llegado el futuro.

jueves, 10 de diciembre de 2009

Vivir, ¿y eso qué es? (por Miguel Labordeta)

sonámbulo siniestro y solitario
a través de una larga noche sin consuelo
van y vienen y van
los sucesos las olas los peces de tu alma
quién te dará su alivio
atormentada senectud en vilo?
quién
adónde
eres tú mismo?
llorabas al nacer
sentiste el frío del espacio
invisible el tiempo de los lémures
los terrestres soportes
imaginarios dones de tristeza
de combate de ardor
de muerte en suma
pero te irás un día
en un momento y qué?
qué has hecho?
vivir y eso qué es?
qué pretendes ser
en el universo y pico
del instante profundo
y sin memoria?
todo pasa y esto calma
volveremos quizá
quién sabe si hasta luego
quién sabe si hasta dónde
son las cenizas horas de tu llanto al nacer
pero al partir sonríe quedamente
en la penumbra querida criatura
despreciable y pequeña
podía haber sido
tenías que haber sido quizá
abrazo para siempre
jamás
en el olvido
hasta otra aurora

miércoles, 9 de diciembre de 2009

Todos con miedo (por Saiz de Marco)

Todo el tiempo asustados

Unos a otros temiéndose

Todos con miedo

El insecto
de la araña

La araña
del pájaro

El pájaro
del gato

El gato
de enfermar o envejecer
y volverse más lento que un pájaro o un ratón
y entonces ser devorado por el hambre

Todo el tiempo asustados

Unos a otros temiéndose

Todos con miedo porque
la realidad entera milita
en el ejército enemigo

lunes, 7 de diciembre de 2009

DÍa 16 de mayo de 1973 (por Wislawa Szymborska)

Una de esas muchas fechas
que ya no me dicen nada.

A dónde fui ese día,
qué hice, no lo sé.
Si en los alrededores se hubiera cometido un crimen,
no tendría coartada.

El sol brilló y se apagó
sin que yo me diera cuenta.
La tierra giró
y no lo mencioné en mi diario.

Preferiría pensar
que morí brevemente,
y no que nada recuerdo,
aunque viví sin pausa.

Pues no fui ningún fantasma:
respiré y comí,
di pasos
que se oían
y las huellas de mis dedos
tuvieron que haber quedado en las puertas.

Me reflejé en el espejo.
Llevaba puesto algo de algún color.
Y seguro que hubo gente que me vio.

Quizá ese día
encontré algo que había perdido antes.
Quizá perdí algo que encontré después.

Me embargaron sensaciones, sentimientos.
Ahora todo eso es
como puntos entre paréntesis.

En dónde me metí,
en dónde me enterré,
en verdad no es un mal truco
perderse a una misma de vista.

Agito mi memoria,
tal vez algo en sus ramas,
adormecido por años,
salga de pronto volando.
No.
Evidentemente exijo demasiado:
tanto como un segundo.

domingo, 6 de diciembre de 2009

Hueso (por Oscar Hahn)

Curiosa es la persistencia del hueso
su obstinación en luchar contra el polvo
su resistencia a convertirse en ceniza
La carne es pusilánime
Recurre al bisturí a ungüentos y a otras máscaras
que tan sólo maquillan el rostro de la muerte
Tarde o temprano será polvo la carne
castillo de cenizas barridas por el viento
Un día la picota que excava la tierra
choca con algo duro: no es roca ni diamante
es una tibia un fémur unas cuantas costillas
una mandíbula que alguna vez habló
y ahora vuelve a hablar
Todos los huesos hablan penan acusan
alzan torres contra el olvido
trincheras de blancura que brilla en la noche
El hueso es un héroe de la resistencia

sábado, 5 de diciembre de 2009

Después de cada guerra (por Wislawa Szymborska)

Después de cada guerra
alguien tiene que limpiar.
No se van a ordenar solas las cosas,
digo yo.
Alguien debe echar los escombros
a la cuneta
para que puedan pasar
los carros llenos de cadáveres.
Alguien debe meterse
entre el barro, las cenizas,
los muelles de los sofás,
las astillas de cristal
y los trapos sangrientos.
Alguien tiene que arrastrar una viga
para apuntalar un muro,
alguien poner un vidrio en la ventana
y la puerta en sus goznes.
Eso de fotogénico tiene poco
y requiere años.
Todas las cámaras se han ido ya
a otra guerra.
A reconstruir puentes
y estaciones de nuevo.
Las mangas quedarán hechas jirones
de tanto arremangarse.
Alguien con la escoba en las manos
recordará todavía cómo fue.
Alguien escuchará
asintiendo con la cabeza en su sitio.
Pero a su alrededor
empezará a haber algunos
a quienes les aburra.
Todavía habrá quien a veces
encuentre entre hierbajos
argumentos mordidos por la herrumbre,
y los lleve al montón de la basura.
Aquellos que sabían
de qué iba aquí la cosa
tendrán que dejar su lugar
a los que saben poco.
Y menos que poco.
E incluso casi nada.
En la hierba que cubra
causas y consecuencias
seguro que habrá alguien tumbado,
con una espiga entre los dientes,
mirando las nubes.

viernes, 4 de diciembre de 2009

Descubrimiento (por Ryszard Kapuscinski)

Tu corazón es destrozado por el dolor:
empiezas a sentir el corazón.

Tus ojos de repente dejan de ver:
empiezas a sentir los ojos.

Tu memoria se hunde en la oscuridad:
empiezas a sentir la memoria.

Te descubres a ti mismo
negándote a ti mismo.

Existes
negando el existir.

jueves, 3 de diciembre de 2009

Con qué derecho (por Saiz de Marco)

Con qué derecho traemos hijos
a un mundo triste
a un mundo injusto
a un mundo bélico
a un mundo agónico
Con qué derecho traemos hijos al mundo
a este mundo
sin haberlo previamente adecentado
sin haberlo hecho habitable
acogedor
Cón qué derecho somos
así de irresponsables
Con qué derecho

miércoles, 2 de diciembre de 2009

La realidad es psicópata (por José Emilio Pacheco)

El tremendismo de la realidad,
su incurable tendencia
al melodrama y a lo absurdo.
La realidad es psicópata:
jamás se compadece de sus víctimas.
Hace trampa al jugar con la esperanza.
Todo lo escribe mal con letras chuecas,
llenas de errores de sintaxis.
Ignora el ritmo, el tono, la armonía.
Confunde los papeles asignados.
Olvida lo que dijo en la otra página.
Debería entrar en un taller literario,
aprender cuando menos rudimentos
de verosimilitud, coherencia y orden.
Sin embargo posee en alto grado
una virtud artística suprema:
no se repite nunca,
siempre es nueva,
siempre nos deja con la boca abierta.

martes, 1 de diciembre de 2009

Causas y azares (por Silvio Rodríguez)

Cuando Pedro salió a su ventana no sabía, mi amor, no sabía que la luz de esa clara mañana era luz de su último día.
Y las causas lo fueron cercando cotidianas, invisibles.
Y el azar se le iba enredando poderoso, invencible.

Cuando Juan regresaba a su lecho no sabía, oh alma querida, que en la noche lluviosa y sin techo lo esperaba el amor de su vida.
Y las causas lo fueron cercando cotidianas, invisibles.
Y el azar se le iba enredando poderoso, invencible.

Cuando acabe este verso que canto yo no sé, yo no sé, madre mía, si me espera
la paz o el espanto;
si el ahora o si el todavía.
Pues las causas me andan cercando cotidianas, invisibles.
Y el azar se me viene enredando poderoso, invencible.