lunes, 3 de mayo de 2010
¿Dónde está lo que me falta? (por Sebastiana*)
Me ha gustado soñar mucho, de día, despierta y sin cerrar los ojos...
y es que no sueño de noche.
No pasa nada ahí cuando cierro los ojos.
Sueño tantas cosas sobre las cosas
que hago mal dicen
(así me dicen los desalmados)
cuando me pongo a llorar, apoyada en las rodillas
ya lejos de mis sueños,
ya lejos,
con la carita contra la realidad
(que siempre es contraria).
Las palabras no son cosas,
los sueños
¿qué son?
¿o no son acaso?
Y ¿qué es lo que es?
¿Qué es lo que asiste?
¿Sólo la mano que dice adiós?
¿Sólo la palabra Alma, ese nombre que le pongo a esa parte que me duele y no está en ninguna parte?
Y luego digo Vacío como dijiste Amor
y a ninguna de las dos las encuentro en esta colección de balazos...
¿Dónde está lo que me falta?
¿Y lo que tengo está?
Están estas dos piernas, esta espalda de tormentas, estos ojos que caen agudos sobre sus cuencas, dos brazos delgados, débiles sin duda.
Una cadera con fuerza,
unas manitas de niño... y mi pelo largo y enredado que no cambia con el tiempo.
Y si eso se va, se va conmigo.
Y lo que se fue, ¿estuvo acaso?
Si usted sabe debe decirlo,
no se haga el loco ni tenga piedad.
Si usted vive de decir cosas, habla tanto de tanto vacío, y vacío habla, vacías cosas.
Eso que calla no explica, nada explica...,
ni esta rabia que tiene forma,
forma de pez espada, dispuesto a atravesar trenes que descansan en sus rieles,
dispuesto a romper soles inflados y lunas de colores,
rabia que embiste toda su dulzura,
y retira el pez su espada, sin sangre en el cuchillo.
Mi pez de palabras miente
y no mata pues no existe.
A mí me mata soñarlo
porque sueño siempre de día.
(*) De tiempodelefantes.blogspot.com
y es que no sueño de noche.
No pasa nada ahí cuando cierro los ojos.
Sueño tantas cosas sobre las cosas
que hago mal dicen
(así me dicen los desalmados)
cuando me pongo a llorar, apoyada en las rodillas
ya lejos de mis sueños,
ya lejos,
con la carita contra la realidad
(que siempre es contraria).
Las palabras no son cosas,
los sueños
¿qué son?
¿o no son acaso?
Y ¿qué es lo que es?
¿Qué es lo que asiste?
¿Sólo la mano que dice adiós?
¿Sólo la palabra Alma, ese nombre que le pongo a esa parte que me duele y no está en ninguna parte?
Y luego digo Vacío como dijiste Amor
y a ninguna de las dos las encuentro en esta colección de balazos...
¿Dónde está lo que me falta?
¿Y lo que tengo está?
Están estas dos piernas, esta espalda de tormentas, estos ojos que caen agudos sobre sus cuencas, dos brazos delgados, débiles sin duda.
Una cadera con fuerza,
unas manitas de niño... y mi pelo largo y enredado que no cambia con el tiempo.
Y si eso se va, se va conmigo.
Y lo que se fue, ¿estuvo acaso?
Si usted sabe debe decirlo,
no se haga el loco ni tenga piedad.
Si usted vive de decir cosas, habla tanto de tanto vacío, y vacío habla, vacías cosas.
Eso que calla no explica, nada explica...,
ni esta rabia que tiene forma,
forma de pez espada, dispuesto a atravesar trenes que descansan en sus rieles,
dispuesto a romper soles inflados y lunas de colores,
rabia que embiste toda su dulzura,
y retira el pez su espada, sin sangre en el cuchillo.
Mi pez de palabras miente
y no mata pues no existe.
A mí me mata soñarlo
porque sueño siempre de día.
(*) De tiempodelefantes.blogspot.com
domingo, 2 de mayo de 2010
Invictus (por W. E. Henley)
Desde la noche que sobre mí se cierne,
negra como su abismo insondable,
doy gracias a los dioses, sean quienes sean,
por mi alma inconquistable.
Caído en las garras de las circunstancias
nadie me ha visto llorar ni pestañear.
Bajo los golpes del destino
mi cabeza ensangrentada sigue erguida.
Más allá de este lugar de ira y lágrimas
yacen los horrores de la sombra,
pero la amenaza de los años
me halla, y me hallará, sin miedo.
No importa lo estrecho que sea el camino,
lo severa que sea la sentencia.
Soy el dueño de mi destino;
soy el capitán de mi alma.
negra como su abismo insondable,
doy gracias a los dioses, sean quienes sean,
por mi alma inconquistable.
Caído en las garras de las circunstancias
nadie me ha visto llorar ni pestañear.
Bajo los golpes del destino
mi cabeza ensangrentada sigue erguida.
Más allá de este lugar de ira y lágrimas
yacen los horrores de la sombra,
pero la amenaza de los años
me halla, y me hallará, sin miedo.
No importa lo estrecho que sea el camino,
lo severa que sea la sentencia.
Soy el dueño de mi destino;
soy el capitán de mi alma.
sábado, 1 de mayo de 2010
Un duro paisaje de hueso (por García Lorca)
Me he perdido muchas veces por el mar
con el oído lleno de flores recién cortadas,
con la lengua llena de amor y de agonía.
Muchas veces me he perdido por el mar
como me pierdo en el corazón de algunos niños.
No hay noche que, al dar un beso,
no sienta la sonrisa de las gentes sin rostro
ni hay nadie que, al tocar un recién nacido,
olvide las inmóviles calaveras de caballo.
Porque las rosas buscan en la frente
un duro paisaje de hueso
y las manos del hombre no tienen más sentido
que imitar a las raíces bajo tierra.
Como me pierdo en el corazón de algunos niños
me he perdido muchas veces por el mar.
Ignorante del agua voy buscando
una muerte de luz que me consuma.
con el oído lleno de flores recién cortadas,
con la lengua llena de amor y de agonía.
Muchas veces me he perdido por el mar
como me pierdo en el corazón de algunos niños.
No hay noche que, al dar un beso,
no sienta la sonrisa de las gentes sin rostro
ni hay nadie que, al tocar un recién nacido,
olvide las inmóviles calaveras de caballo.
Porque las rosas buscan en la frente
un duro paisaje de hueso
y las manos del hombre no tienen más sentido
que imitar a las raíces bajo tierra.
Como me pierdo en el corazón de algunos niños
me he perdido muchas veces por el mar.
Ignorante del agua voy buscando
una muerte de luz que me consuma.
viernes, 30 de abril de 2010
Si nuestro amor resiste (por Saiz de Marco)
Si nuestro amor resiste
el asedio del cazo,
la agresión de la mopa,
el roce de eso ya lo habías dicho,
la erosión de me duele la espalda,
el acoso del tubo de dentífrico,
el envite de la tapa del váter,
el asalto de la factura del gas,
el desafío de la ropa tendida…,
si nuestro amor resiste todo eso,
si nuestro amor aguanta y sobrevive y
-aunque maltrecho- aún puede respirar,
entonces lo miraremos
sorprendidos,
extrañados,
y le diremos
“explícanos:
¿cómo has logrado tú solo
-con tus pequeños músculos desprovistos de acero-
imponerte a esa banda de
salteadores de caminos?”.
el asedio del cazo,
la agresión de la mopa,
el roce de eso ya lo habías dicho,
la erosión de me duele la espalda,
el acoso del tubo de dentífrico,
el envite de la tapa del váter,
el asalto de la factura del gas,
el desafío de la ropa tendida…,
si nuestro amor resiste todo eso,
si nuestro amor aguanta y sobrevive y
-aunque maltrecho- aún puede respirar,
entonces lo miraremos
sorprendidos,
extrañados,
y le diremos
“explícanos:
¿cómo has logrado tú solo
-con tus pequeños músculos desprovistos de acero-
imponerte a esa banda de
salteadores de caminos?”.
jueves, 29 de abril de 2010
Voy a soltarla (por Jacques Prévert)
Dónde vas carcelero
con esa llave manchada de sangre
Voy a liberar a la que amo
si aún queda tiempo
y a la que encerré
tiernamente cruelmente
en lo más secreto de mi deseo
en lo más hondo de mi tormento
en las mentiras del porvenir
en las necedades de los juramentos
Voy a soltarla
quiero que sea libre
incluso para olvidarme
incluso para irse
incluso para volver
y aun para amarme
o amar a otro
si le gusta otro
Y si me quedo solo
y ella se ha ido
guardaré solamente
guardaré siempre
en mis dos manos cruzadas
hasta el fin de mis días
la dulzura de sus senos modelados por el amor.
con esa llave manchada de sangre
Voy a liberar a la que amo
si aún queda tiempo
y a la que encerré
tiernamente cruelmente
en lo más secreto de mi deseo
en lo más hondo de mi tormento
en las mentiras del porvenir
en las necedades de los juramentos
Voy a soltarla
quiero que sea libre
incluso para olvidarme
incluso para irse
incluso para volver
y aun para amarme
o amar a otro
si le gusta otro
Y si me quedo solo
y ella se ha ido
guardaré solamente
guardaré siempre
en mis dos manos cruzadas
hasta el fin de mis días
la dulzura de sus senos modelados por el amor.
miércoles, 28 de abril de 2010
Reniega de la luz que nos falsea (por Juan Ramón Mansilla)
Deja en paz el día, no, no lo cojas.
Reniega de la luz que nos falsea,
del tiempo que se desprende la piel
reptando como sierpe contra el tiempo.
Sea la claridad de esta mañana
la irradiación oscura de la noche,
que descienda con la llovizna el recuerdo
como el polvo dorado de una sombra.
Si todo ha de cumplirse, si fugaz
el soplo de la brisa en el instante,
que el instante nos brinde permanencia.
Acaso un dios distinto se conduela
y en el dulce fulgor de la penumbra
otra noche nos dé de contrabando.
Reniega de la luz que nos falsea,
del tiempo que se desprende la piel
reptando como sierpe contra el tiempo.
Sea la claridad de esta mañana
la irradiación oscura de la noche,
que descienda con la llovizna el recuerdo
como el polvo dorado de una sombra.
Si todo ha de cumplirse, si fugaz
el soplo de la brisa en el instante,
que el instante nos brinde permanencia.
Acaso un dios distinto se conduela
y en el dulce fulgor de la penumbra
otra noche nos dé de contrabando.
martes, 27 de abril de 2010
Cuando el que amo camina conmigo (por Walt Whitman)
Pienso en la duda terrible de las apariencias,
En la incertidumbre en que nos hallamos, pienso que quizá
somos juguetes de una ilusión.
Que acaso la esperanza y la fe no son más que especulaciones,
que acaso la identidad de ultratumba sólo es una bella
fábula;
quizá las cosas que percibo, los animales, las plantas, los
hombres, las colinas, las aguas brillantes y corrientes,
los cielos del día y de la noche, los colores, las densidades, las formas,
quizá todas esas cosas no son (lo son seguramente) sino
apariciones, y nos falta por conocer aún lo verdaderamente real
(¡Cuántas veces estas cosas se desprenden de ellas mismas
como para confundirme y burlarme!
¡Cuántas veces pienso que yo ni hombre alguno sabemos
la menor palabra de ello!).
Pudiera ser que las cosas me parecieran lo que son (seguramente no son sino aparentes)
según mi criterio presente,
y que ellas no serían (seguramente resultaría así) tales como me
parecen ahora, quizá no serían nada consideradas con criterios enteramente distintos.
Sin embargo, para mí estas cuestiones y otras del mismo orden son curiosamente resueltas por los que me aman, mis amigos queridos.
Cuando el que amo camina conmigo o está sentado junto
a mí, oprimiendo largo rato mi mano con la suya,
cuando el aire sutil, lo impalpable, el sentido que las palabras y la razón no expresan, nos rodean y nos invaden,
entonces me siento poseído de una sabiduría inaudita e
indecible, permanezco silencioso, no pregunto nada.
No puedo resolver el problema de las apariencias ni el de
la identidad de ultratumba,
pero camino o me paro indiferente, me siento contento.
El que oprime mi mano me ha traído la paz y me ha llenado.
En la incertidumbre en que nos hallamos, pienso que quizá
somos juguetes de una ilusión.
Que acaso la esperanza y la fe no son más que especulaciones,
que acaso la identidad de ultratumba sólo es una bella
fábula;
quizá las cosas que percibo, los animales, las plantas, los
hombres, las colinas, las aguas brillantes y corrientes,
los cielos del día y de la noche, los colores, las densidades, las formas,
quizá todas esas cosas no son (lo son seguramente) sino
apariciones, y nos falta por conocer aún lo verdaderamente real
(¡Cuántas veces estas cosas se desprenden de ellas mismas
como para confundirme y burlarme!
¡Cuántas veces pienso que yo ni hombre alguno sabemos
la menor palabra de ello!).
Pudiera ser que las cosas me parecieran lo que son (seguramente no son sino aparentes)
según mi criterio presente,
y que ellas no serían (seguramente resultaría así) tales como me
parecen ahora, quizá no serían nada consideradas con criterios enteramente distintos.
Sin embargo, para mí estas cuestiones y otras del mismo orden son curiosamente resueltas por los que me aman, mis amigos queridos.
Cuando el que amo camina conmigo o está sentado junto
a mí, oprimiendo largo rato mi mano con la suya,
cuando el aire sutil, lo impalpable, el sentido que las palabras y la razón no expresan, nos rodean y nos invaden,
entonces me siento poseído de una sabiduría inaudita e
indecible, permanezco silencioso, no pregunto nada.
No puedo resolver el problema de las apariencias ni el de
la identidad de ultratumba,
pero camino o me paro indiferente, me siento contento.
El que oprime mi mano me ha traído la paz y me ha llenado.
lunes, 26 de abril de 2010
Y el mirlo canta (por Juan Ramón Jiménez)
Cuando el mirlo, en lo verde nuevo, un día
vuelve, y silba su amor, embriagado,
meciendo su inquietud en fresco de oro,
nos abre, negro, con su rojo pico,
carbón vivificado por su ascua,
un alma de valores armoniosos
mayor que todo nuestro ser.
No cabemos, por él, redondos, plenos,
en nuestra fantasía despertada.
(El sol, mayor que el sol,
inflama el mar real o imaginario,
que resplandece entre el azul frondor,
mayor que el mar, que el mar.)
Las alturas nos vuelcan sus últimos tesoros,
preferimos la tierra donde estamos,
un momento llegamos
en viento, en ola, en roca, en llama,
al imposible eterno de la vida.
La arquitectura etérea, delante,
con los cuatro elementos sorprendidos,
nos abre total, una,
a perspectivas inmanentes,
realidad solitaria de los sueños,
sus embelesadoras galerías.
La flor mejor se eleva a nuestra boca,
la nube es de mujer,
la fruta seno nos responde sensual.
Y el mirlo canta, huye por lo verde,
y sube, sale por lo verde, y silba,
recanta por lo verde venteante,
libre en la luz y la tersura,
torneado alegremente por el aire,
dueño completo de su placer doble;
entra, vibra silbando, ríe, habla,
canta... Y ensancha con su canto
la hora parada de la estación viva.
y nos hace la vida suficiente.
¡Eternidad, hora ensanchada,
paraíso de lustror único, abierto
a nosotros mayores, pensativos,
por un ser diminuto que se ensancha!
¡Primavera, absoluta primavera,
cuando el mirlo ejemplar, una mañana,
enloquece de amor entre lo verde!
vuelve, y silba su amor, embriagado,
meciendo su inquietud en fresco de oro,
nos abre, negro, con su rojo pico,
carbón vivificado por su ascua,
un alma de valores armoniosos
mayor que todo nuestro ser.
No cabemos, por él, redondos, plenos,
en nuestra fantasía despertada.
(El sol, mayor que el sol,
inflama el mar real o imaginario,
que resplandece entre el azul frondor,
mayor que el mar, que el mar.)
Las alturas nos vuelcan sus últimos tesoros,
preferimos la tierra donde estamos,
un momento llegamos
en viento, en ola, en roca, en llama,
al imposible eterno de la vida.
La arquitectura etérea, delante,
con los cuatro elementos sorprendidos,
nos abre total, una,
a perspectivas inmanentes,
realidad solitaria de los sueños,
sus embelesadoras galerías.
La flor mejor se eleva a nuestra boca,
la nube es de mujer,
la fruta seno nos responde sensual.
Y el mirlo canta, huye por lo verde,
y sube, sale por lo verde, y silba,
recanta por lo verde venteante,
libre en la luz y la tersura,
torneado alegremente por el aire,
dueño completo de su placer doble;
entra, vibra silbando, ríe, habla,
canta... Y ensancha con su canto
la hora parada de la estación viva.
y nos hace la vida suficiente.
¡Eternidad, hora ensanchada,
paraíso de lustror único, abierto
a nosotros mayores, pensativos,
por un ser diminuto que se ensancha!
¡Primavera, absoluta primavera,
cuando el mirlo ejemplar, una mañana,
enloquece de amor entre lo verde!
domingo, 25 de abril de 2010
Llévame en tu espiral (por Lorenzo Oliván)
Quisiera perseguir lo que persigues,
ver las curvas del aire desde dentro
-el alma de qué piel-,
tocarlas como a un cuerpo que se forma
delante de mis propias manos ávidas
y dar salida al insistente ritmo
de la vida que brota
en sucesión
sin fin.
¿Persiste en este mundo
el aliento primero, el de su origen?
¿La inicial ebriedad de las esferas
se mira ahora en ebriedad de alcohol,
y de música humana
y de tabaco?
Sensual constelación
del humo acariciándose,
abstraído de sí,
fundido en son de jazz,
sé tú mi órbita.
Llévame en tu espiral, envuélveme
en tu armonioso anillo, álzame al ala
intacta, en que adivine
una nueva versión del paraíso,
abierto a un acuciante desear,
donde el soplo de dios vibra en un saxo
y alguien busca
y encuentra
tu amor
serpiente.
ver las curvas del aire desde dentro
-el alma de qué piel-,
tocarlas como a un cuerpo que se forma
delante de mis propias manos ávidas
y dar salida al insistente ritmo
de la vida que brota
en sucesión
sin fin.
¿Persiste en este mundo
el aliento primero, el de su origen?
¿La inicial ebriedad de las esferas
se mira ahora en ebriedad de alcohol,
y de música humana
y de tabaco?
Sensual constelación
del humo acariciándose,
abstraído de sí,
fundido en son de jazz,
sé tú mi órbita.
Llévame en tu espiral, envuélveme
en tu armonioso anillo, álzame al ala
intacta, en que adivine
una nueva versión del paraíso,
abierto a un acuciante desear,
donde el soplo de dios vibra en un saxo
y alguien busca
y encuentra
tu amor
serpiente.
sábado, 24 de abril de 2010
Soy vertical (por Sylvia Plath)
Soy vertical.
Pero preferiría ser horizontal.
No soy un árbol con las raíces en la tierra
absorbiendo minerales y amor materno
para que cada marzo florezcan las hojas,
ni soy la belleza del jardín
de llamativos colores que atrae exclamaciones de admiración
ignorando que pronto perderá sus pétalos.
Comparado conmigo, un árbol es inmortal
y una flor, aunque no tan alta, es más llamativa,
y quiero la longevidad de uno y la valentía de la otra.
Esta noche, bajo la luz infinitesimal de las estrellas,
los árboles y las flores han derramado sus olores frescos.
Camino entre ellos, pero no se dan cuenta.
A veces pienso que cuando estoy durmiendo
me debo parecer a ellos a la perfección,
oscurecidos ya los pensamientos.
Para mí es más natural estar tendida.
Es entonces cuando el cielo y yo conversamos con libertad,
y así seré útil cuando al fin me tienda:
entonces los árboles podrán tocarme por una vez,
y las flores tendrán tiempo para mí.
Pero preferiría ser horizontal.
No soy un árbol con las raíces en la tierra
absorbiendo minerales y amor materno
para que cada marzo florezcan las hojas,
ni soy la belleza del jardín
de llamativos colores que atrae exclamaciones de admiración
ignorando que pronto perderá sus pétalos.
Comparado conmigo, un árbol es inmortal
y una flor, aunque no tan alta, es más llamativa,
y quiero la longevidad de uno y la valentía de la otra.
Esta noche, bajo la luz infinitesimal de las estrellas,
los árboles y las flores han derramado sus olores frescos.
Camino entre ellos, pero no se dan cuenta.
A veces pienso que cuando estoy durmiendo
me debo parecer a ellos a la perfección,
oscurecidos ya los pensamientos.
Para mí es más natural estar tendida.
Es entonces cuando el cielo y yo conversamos con libertad,
y así seré útil cuando al fin me tienda:
entonces los árboles podrán tocarme por una vez,
y las flores tendrán tiempo para mí.
viernes, 23 de abril de 2010
Campo de batalla (por Ángel González)
Hoy voy a describir el campo
de batalla
tal como yo lo vi, una vez decidida
la suerte de los hombres que lucharon
muchos hasta morir,
otros
hasta seguir viviendo todavía.
No hubo elección:
murió quien pudo,
quien no pudo morir continuó andando,
los árboles nevaban lentos frutos;
era verano, invierno, todo un año
o más quizá, era la vida
entera
aquel enorme día de combate.
Por el Oeste el viento traía sangre,
por el Este la tierra era ceniza,
el Norte entero estaba
bloqueado
por alambradas secas y por gritos,
y únicamente el Sur,
tan sólo
el Sur,
se ofrecía ancho y libre a nuestros ojos.
Pero el Sur no existía:
ni agua, ni luz, ni sombra, ni ceniza
llenaban su oquedad, su hondo vacío:
el Sur era un inmenso precipicio,
un abismo sin fin de donde,
lentos,
los poderosos buitres ascendían.
Nadie escuchó la voz del capitán
porque tampoco el capitán hablaba.
Nadie enterró a los muertos.
Nadie dijo:
"dale a mi novia esto si la encuentras
un día"
Tan sólo alguien remató a un caballo
que, con el vientre abierto,
agonizante,
llenaba con su espanto el aire en sombra:
el aire que la noche amenazaba.
Quietos, pegados a la dura
tierra,
cogidos entre el pánico y la nada,
los hombres esperaban el momento
último,
sin oponerse ya,
sin rebeldía.
Algunos se murieron,
como dije,
y los demás, tendidos, derribados,
pegados a la tierra en paz al fin,
esperan
ya no sé qué
-quizá que alguien les diga:
"amigos, podéis iros, el combate..."
Entre tanto,
es verano otra vez,
y crece el trigo
en el que fue ancho campo de batalla.
de batalla
tal como yo lo vi, una vez decidida
la suerte de los hombres que lucharon
muchos hasta morir,
otros
hasta seguir viviendo todavía.
No hubo elección:
murió quien pudo,
quien no pudo morir continuó andando,
los árboles nevaban lentos frutos;
era verano, invierno, todo un año
o más quizá, era la vida
entera
aquel enorme día de combate.
Por el Oeste el viento traía sangre,
por el Este la tierra era ceniza,
el Norte entero estaba
bloqueado
por alambradas secas y por gritos,
y únicamente el Sur,
tan sólo
el Sur,
se ofrecía ancho y libre a nuestros ojos.
Pero el Sur no existía:
ni agua, ni luz, ni sombra, ni ceniza
llenaban su oquedad, su hondo vacío:
el Sur era un inmenso precipicio,
un abismo sin fin de donde,
lentos,
los poderosos buitres ascendían.
Nadie escuchó la voz del capitán
porque tampoco el capitán hablaba.
Nadie enterró a los muertos.
Nadie dijo:
"dale a mi novia esto si la encuentras
un día"
Tan sólo alguien remató a un caballo
que, con el vientre abierto,
agonizante,
llenaba con su espanto el aire en sombra:
el aire que la noche amenazaba.
Quietos, pegados a la dura
tierra,
cogidos entre el pánico y la nada,
los hombres esperaban el momento
último,
sin oponerse ya,
sin rebeldía.
Algunos se murieron,
como dije,
y los demás, tendidos, derribados,
pegados a la tierra en paz al fin,
esperan
ya no sé qué
-quizá que alguien les diga:
"amigos, podéis iros, el combate..."
Entre tanto,
es verano otra vez,
y crece el trigo
en el que fue ancho campo de batalla.
jueves, 22 de abril de 2010
A las cosas del olvido (por Jorge Luis Borges)
Hay que arrimar una escalera para subir. Un tramo le falta.
¿Qué podemos buscar en el altillo
sino lo que amontona el desorden?
Hay olor a humedad.
El atardecer entra por la pieza de plancha.
Las vigas del cielo raso están cerca y el piso está vencido.
Nadie se atreve a poner el pie.
Hay un catre de tijera desvencijado.
Hay unas herramientas inútiles.
Está el sillón de ruedas del muerto.
Hay un pie de lámpara.
Hay una hamaca paraguaya con borlas, deshilachada.
Hay aparejos y papeles.
Hay una lámina del estado mayor de Aparicio Saravia.
Hay una vieja plancha a carbón.
Hay un reloj de tiempo detenido, con el péndulo roto.
Hay un marco desdorado, sin tela.
Hay un tablero de cartón y unas piezas descabaladas.
Hay un brasero de dos patas.
Hay una petaca de cuero.
Hay un ejemplar enmohecido del Libro de los Mártires de Foxe, en intrincada letra gótica.
Hay una fotografía que ya puede ser de cualquiera.
Hay una piel gastada que fue de tigre.
Hay una llave que ha perdido su puerta.
¿Qué podemos buscar en el altillo
sino lo que amontona el desorden?
Al olvido, a las cosas del olvido, acabo de erigir este monumento,
sin duda menos perdurable que el bronce y que se confunde con ellas.
miércoles, 21 de abril de 2010
Este domingo (por Tania Alegría)
Este domingo sabe a muerte antigua.
La tarde se extravió en el cementerio.
Desde un sepulcro una memoria artera
me hace señas con brazos de espantajo.
Este domingo huele a brujería.
En mi desván mental mora un diabillo
con síndrome servil de penitencia
que se alimenta de oración y amonio.
Este domingo suena a perro herido.
Lleva un puñal clavado en las costillas,
una guitarra afónica en el pecho,
un retazo de tango y un rencor.
Este domingo suda pesadumbre.
Voy de puntillas sorteando azares
por no borrar del patio de la infancia
una rayuela enferma de tristeza.
La tarde se extravió en el cementerio.
Desde un sepulcro una memoria artera
me hace señas con brazos de espantajo.
Este domingo huele a brujería.
En mi desván mental mora un diabillo
con síndrome servil de penitencia
que se alimenta de oración y amonio.
Este domingo suena a perro herido.
Lleva un puñal clavado en las costillas,
una guitarra afónica en el pecho,
un retazo de tango y un rencor.
Este domingo suda pesadumbre.
Voy de puntillas sorteando azares
por no borrar del patio de la infancia
una rayuela enferma de tristeza.
martes, 20 de abril de 2010
¿Valió la pena? (por Adam Zagajewski)
¿Valió la pena?
¿Valió la pena esperar en los consulados
un momento de buen humor de la funcionaria,
y en la estación esperar el tren retrasado,
ver el Etna con su capucha japonesa,
y París al alba, cuando de la oscuridad emergían
las convencionales cariátides de Hausmann,
entrar en restaurantes baratos,
donde el ajo olía triunfal?
¿Valió la pena ir en metro
bajo tierra de no sé ya qué ciudad
y observar las sombras de mis antepasados,
volar con un pequeño avión sobre un incendio,
o apenas respirar durante tres meses,
casi no existir, haciendo trémulas preguntas
olvidando la incomprensible acción de la clemencia,
leer en los periódicos sobre la traición, el asesinado?
¿Valió la pena pensar y recordar, sumirse
en el sueño más profundo, donde se prolongaban
grises pasillos, comprar negros libros,
anotar tan sólo imágenes sueltas
de un caleidoscopio más rico que la catedral
de Sevilla, que no he visto?
¿Valió la pena partir y volver, valió la pena?
Sí no sí no
No tachar nada.
¿Valió la pena esperar en los consulados
un momento de buen humor de la funcionaria,
y en la estación esperar el tren retrasado,
ver el Etna con su capucha japonesa,
y París al alba, cuando de la oscuridad emergían
las convencionales cariátides de Hausmann,
entrar en restaurantes baratos,
donde el ajo olía triunfal?
¿Valió la pena ir en metro
bajo tierra de no sé ya qué ciudad
y observar las sombras de mis antepasados,
volar con un pequeño avión sobre un incendio,
o apenas respirar durante tres meses,
casi no existir, haciendo trémulas preguntas
olvidando la incomprensible acción de la clemencia,
leer en los periódicos sobre la traición, el asesinado?
¿Valió la pena pensar y recordar, sumirse
en el sueño más profundo, donde se prolongaban
grises pasillos, comprar negros libros,
anotar tan sólo imágenes sueltas
de un caleidoscopio más rico que la catedral
de Sevilla, que no he visto?
¿Valió la pena partir y volver, valió la pena?
Sí no sí no
No tachar nada.
lunes, 19 de abril de 2010
La mirada del otro (por José Emilio Pacheco)
El pez en el acuario
mudo observa
el espacio que mide con su vuelo.
Del agua sólo sabe:
“esto es el mundo”.
De nosotros lo azoran los enigmas.
“¿Quiénes serán? Extraños prisioneros
de la Tierra y el aire.
Si vinieran aquí se asfixiarían.
“Los compadezco. Pobres animales
que dan vueltas eternas al vacío.
“Viven para ser vistos.
Son carnada
de un poderoso anzuelo inexplicable.
“Algún día
he de verlos inertes, boca arriba,
flotantes en la cima de su Nada”.
mudo observa
el espacio que mide con su vuelo.
Del agua sólo sabe:
“esto es el mundo”.
De nosotros lo azoran los enigmas.
“¿Quiénes serán? Extraños prisioneros
de la Tierra y el aire.
Si vinieran aquí se asfixiarían.
“Los compadezco. Pobres animales
que dan vueltas eternas al vacío.
“Viven para ser vistos.
Son carnada
de un poderoso anzuelo inexplicable.
“Algún día
he de verlos inertes, boca arriba,
flotantes en la cima de su Nada”.
domingo, 18 de abril de 2010
Adiós (por Luis Cernuda)
Muchachos
que nunca fuisteis compañeros de mi vida,
adiós.
Que no seréis nunca compañeros de mi vida,
adiós. Mano de viejo mancha
el cuerpo juvenil si intenta acariciarlo.
Con solitaria dignidad el viejo debe
pasar de largo junto a la tentación tardía.
Qué dulce hubiera sido
en vuestra compañía vivir un tiempo:
Bañarse juntos en aguas de una playa caliente,
compartir bebida y alimento en una mesa,
sonreír, conversar, pasearse
mirando cerca, en vuestros ojos, esa luz y esa música.
Adiós, adiós, compañeros imposibles.
que nunca fuisteis compañeros de mi vida,
adiós.
Que no seréis nunca compañeros de mi vida,
adiós. Mano de viejo mancha
el cuerpo juvenil si intenta acariciarlo.
Con solitaria dignidad el viejo debe
pasar de largo junto a la tentación tardía.
Qué dulce hubiera sido
en vuestra compañía vivir un tiempo:
Bañarse juntos en aguas de una playa caliente,
compartir bebida y alimento en una mesa,
sonreír, conversar, pasearse
mirando cerca, en vuestros ojos, esa luz y esa música.
Adiós, adiós, compañeros imposibles.
viernes, 16 de abril de 2010
Después de cada guerra (por Wislawa Szymborska)
Después de cada guerra
alguien tiene que limpiar.
No se van a ordenar solas las cosas,
digo yo.
Alguien debe echar los escombros
a la cuneta
para que puedan pasar
los carros llenos de cadáveres.
Alguien debe meterse
entre el barro, las cenizas,
los muelles de los sofás,
las astillas de cristal
y los trapos sangrientos.
Alguien tiene que arrastrar una viga
para apuntalar un muro,
alguien ha de poner un vidrio en la ventana
y la puerta en sus goznes.
Eso tiene poco de fotogénico
y requiere años.
Todas las cámaras se han ido ya
a otra guerra.
A reconstruir puentes
y estaciones de nuevo.
Las mangas quedarán hechas jirones
de tanto arremangarse.
Alguien con la escoba en las manos
recordará todavía cómo fue.
Alguien escuchará
asintiendo con la cabeza en su sitio.
Pero a su alrededor
empezará a haber algunos
a quienes les aburra.
Todavía habrá quien a veces
encuentre entre hierbajos
argumentos mordidos por la herrumbre,
y los lleve al montón de la basura.
Aquellos que sabían
de qué iba aquí la cosa
tendrán que dejar su lugar
a los que saben poco.
Y menos que poco.
E incluso prácticamente nada.
En la hierba que cubra
causas y consecuencias
seguro que habrá alguien tumbado,
con una espiga entre los dientes,
mirando las nubes.
alguien tiene que limpiar.
No se van a ordenar solas las cosas,
digo yo.
Alguien debe echar los escombros
a la cuneta
para que puedan pasar
los carros llenos de cadáveres.
Alguien debe meterse
entre el barro, las cenizas,
los muelles de los sofás,
las astillas de cristal
y los trapos sangrientos.
Alguien tiene que arrastrar una viga
para apuntalar un muro,
alguien ha de poner un vidrio en la ventana
y la puerta en sus goznes.
Eso tiene poco de fotogénico
y requiere años.
Todas las cámaras se han ido ya
a otra guerra.
A reconstruir puentes
y estaciones de nuevo.
Las mangas quedarán hechas jirones
de tanto arremangarse.
Alguien con la escoba en las manos
recordará todavía cómo fue.
Alguien escuchará
asintiendo con la cabeza en su sitio.
Pero a su alrededor
empezará a haber algunos
a quienes les aburra.
Todavía habrá quien a veces
encuentre entre hierbajos
argumentos mordidos por la herrumbre,
y los lleve al montón de la basura.
Aquellos que sabían
de qué iba aquí la cosa
tendrán que dejar su lugar
a los que saben poco.
Y menos que poco.
E incluso prácticamente nada.
En la hierba que cubra
causas y consecuencias
seguro que habrá alguien tumbado,
con una espiga entre los dientes,
mirando las nubes.
jueves, 15 de abril de 2010
Cuento cuentos (por Déborah Vukusic)
cuento cuentos
me cuento cuentos a mí misma
cada noche
para recordarme la ilusión que perdí
los niños quieren que les lean el mismo cuento
una y otra vez
se lo apreden de memoria
y cuando los padres se equivocan
o se saltan algún párrafo
para conducirles más deprisa al sueño
protestan y piden que vuelvan atrás
así se cambian los papeles
y son los niños
quienes dicen a los padres
lo que deben hacer o decir
cuento cuentos
me cuento el mismo cuento cada noche
para decirle al futuro
cómo tiene que ser
me cuento cuentos a mí misma
cada noche
para recordarme la ilusión que perdí
los niños quieren que les lean el mismo cuento
una y otra vez
se lo apreden de memoria
y cuando los padres se equivocan
o se saltan algún párrafo
para conducirles más deprisa al sueño
protestan y piden que vuelvan atrás
así se cambian los papeles
y son los niños
quienes dicen a los padres
lo que deben hacer o decir
cuento cuentos
me cuento el mismo cuento cada noche
para decirle al futuro
cómo tiene que ser
miércoles, 14 de abril de 2010
Como un armario viejo (por Anise Koltz)
De cara a la muerte
mi padre evoca su pasado
Su corazón se abre
como un armario viejo
que cruje
Repentinamente
nos ahogamos
bajo una capa
de polvo espeso
mi padre evoca su pasado
Su corazón se abre
como un armario viejo
que cruje
Repentinamente
nos ahogamos
bajo una capa
de polvo espeso
martes, 13 de abril de 2010
El hombre de los globos (por Saiz de Marco)
Por la Calle Tristeza y aledaños cruza a veces
el hombre de los globos.
Y basta ver su manojo de globos para que
las calles muden de nombre:
a Calle del Sosiego
o de la Risa.
De vez en cuando el hombre de los globos
regala a quienes pasan
globos verdes
o naranjas
o rojos
o violetas...
Y de pronto sus caras se encienden
como la de un niño cuando va a la feria:
como ese niño grandullón que somos.
Con un nudo se los atan al brazo
y olvidan,
mientras tienen gas los globos,
el primitivo nombre de la calle.
(Oiga, señor, déme ese globo azul.
Sí, por favor: ¡ lo necesito tanto !)
Ojalá que al doblar aquella esquina
veamos venir al
hombre de los globos.
el hombre de los globos.
Y basta ver su manojo de globos para que
las calles muden de nombre:
a Calle del Sosiego
o de la Risa.
De vez en cuando el hombre de los globos
regala a quienes pasan
globos verdes
o naranjas
o rojos
o violetas...
Y de pronto sus caras se encienden
como la de un niño cuando va a la feria:
como ese niño grandullón que somos.
Con un nudo se los atan al brazo
y olvidan,
mientras tienen gas los globos,
el primitivo nombre de la calle.
(Oiga, señor, déme ese globo azul.
Sí, por favor: ¡ lo necesito tanto !)
Ojalá que al doblar aquella esquina
veamos venir al
hombre de los globos.
lunes, 12 de abril de 2010
Los clavos (por Jean Portante)
No hace mucho que saco las viejas fotos
de sus cajas Gracias a ellas
he llegado hasta aquí pero ellas también
me deben alguna cosa Nada
falta en los rostros que clavo
en las paredes de mi habitación Tu sonrisa
no sufre cuando con el martillo en una
mano en la otra se alarga el
episodio siguiente Esto sucede
cerca de un pozo en el centro del patio de un
castillo medieval Hace tiempo que
nadie ha venido a beber Los visitantes
de hoy tienen todo lo necesario en
sus botellas de plástico También se dice
que desde la última sequía los habitantes
de los alrededores han tirado allí a sus muertos
Pero no es de eso de lo que te
quería hablar Ese clavo sobre
tu cabeza no es ni una aureola ni un
castigo Es apenas el camino
que he recorrido antes de colgar mi vida
a un muro lejano y blanco y desde él
te espío y me espías y no tenemos
los dos acaso un martillo en la
mano y en la otra los clavos comunes
de nuestra historia
de sus cajas Gracias a ellas
he llegado hasta aquí pero ellas también
me deben alguna cosa Nada
falta en los rostros que clavo
en las paredes de mi habitación Tu sonrisa
no sufre cuando con el martillo en una
mano en la otra se alarga el
episodio siguiente Esto sucede
cerca de un pozo en el centro del patio de un
castillo medieval Hace tiempo que
nadie ha venido a beber Los visitantes
de hoy tienen todo lo necesario en
sus botellas de plástico También se dice
que desde la última sequía los habitantes
de los alrededores han tirado allí a sus muertos
Pero no es de eso de lo que te
quería hablar Ese clavo sobre
tu cabeza no es ni una aureola ni un
castigo Es apenas el camino
que he recorrido antes de colgar mi vida
a un muro lejano y blanco y desde él
te espío y me espías y no tenemos
los dos acaso un martillo en la
mano y en la otra los clavos comunes
de nuestra historia
domingo, 11 de abril de 2010
Si le hubiera cortado las alas (por Mikel Laboa)
Si le hubiera cortado las alas
habría sido mío,
no se habría escapado.
Pero así
ya no sería más un pájaro
y lo que yo amaba era
un pájaro.
habría sido mío,
no se habría escapado.
Pero así
ya no sería más un pájaro
y lo que yo amaba era
un pájaro.
sábado, 10 de abril de 2010
Los sobrios (por Aldo Luis Novelli)
bebía mi tercera cerveza en un bar de malamuerte
cuando se acercó arrastrando los pies
-¿me daría unas monedas señor?
-¿y para qué son amigo?
-bueno, le aseguro que no son para comprar un litro de leche
-bien, y dígame ¿que hace usted con su vida?
-beber ¿y usted señor?
-yo... soy poeta... creo
-ah, no está muy seguro, yo estoy seguro de ser borracho
-de acuerdo y ¿qué hace un borracho cuando está sobrio para hacer de este mundo perverso y absurdo un lugar mejor?
-mire señor, yo no sé muy bien la diferencia entre estar sobrio o borracho, pero de algo estoy seguro, los sobrios destruyeron el mundo
-tiene razón amigo, el poeta es usted, tome este billete, pero con una condición, no lo vaya a gastar en leche.
cuando se acercó arrastrando los pies
-¿me daría unas monedas señor?
-¿y para qué son amigo?
-bueno, le aseguro que no son para comprar un litro de leche
-bien, y dígame ¿que hace usted con su vida?
-beber ¿y usted señor?
-yo... soy poeta... creo
-ah, no está muy seguro, yo estoy seguro de ser borracho
-de acuerdo y ¿qué hace un borracho cuando está sobrio para hacer de este mundo perverso y absurdo un lugar mejor?
-mire señor, yo no sé muy bien la diferencia entre estar sobrio o borracho, pero de algo estoy seguro, los sobrios destruyeron el mundo
-tiene razón amigo, el poeta es usted, tome este billete, pero con una condición, no lo vaya a gastar en leche.
viernes, 9 de abril de 2010
Ya viví (por Charles Chaplin)
Ya perdoné errores casi imperdonables.
Traté de sustituir personas insustituibles,
de olvidar personas inolvidables.
Ya hice cosas por impulso.
Ya me decepcioné con algunas personas,
pero también yo decepcioné a alguien.
Ya abracé para proteger.
Ya me reí cuando no podía.
Ya hice amigos eternos.
Ya amé y fui amado pero también fui rechazado.
Ya fui amado y no supe amar.
Ya grité y salté de felicidad.
Ya viví de amor e hice juramentos eternos,
pero también los he roto y muchos.
Ya lloré escuchando música y viendo fotos.
Ya llamé sólo para escuchar una voz.
Ya me enamoré de una sonrisa.
Ya pensé que iba a morir de tanta nostalgia y...
Tuve miedo de perder a alguien especial
y termine perdiéndolo
pero sobreviví
y todavía vivo,
no paso por la vida.
Y tú tampoco deberías sólo pasar...
Vive.
Es bueno ir con determinación a la lucha,
abrazar la vida y vivir con pasión,
perder con clase y ganar con osadía,
porque el mundo pertenece a quien se atreve
y la vida es muy valiosa como para hacerla insignificante.
Traté de sustituir personas insustituibles,
de olvidar personas inolvidables.
Ya hice cosas por impulso.
Ya me decepcioné con algunas personas,
pero también yo decepcioné a alguien.
Ya abracé para proteger.
Ya me reí cuando no podía.
Ya hice amigos eternos.
Ya amé y fui amado pero también fui rechazado.
Ya fui amado y no supe amar.
Ya grité y salté de felicidad.
Ya viví de amor e hice juramentos eternos,
pero también los he roto y muchos.
Ya lloré escuchando música y viendo fotos.
Ya llamé sólo para escuchar una voz.
Ya me enamoré de una sonrisa.
Ya pensé que iba a morir de tanta nostalgia y...
Tuve miedo de perder a alguien especial
y termine perdiéndolo
pero sobreviví
y todavía vivo,
no paso por la vida.
Y tú tampoco deberías sólo pasar...
Vive.
Es bueno ir con determinación a la lucha,
abrazar la vida y vivir con pasión,
perder con clase y ganar con osadía,
porque el mundo pertenece a quien se atreve
y la vida es muy valiosa como para hacerla insignificante.
jueves, 8 de abril de 2010
A orillas de tu vientre (por Miguel Hernández)
¿Qué exaltaré en la tierra que no sea algo tuyo?
A mi lecho de ausente me echo como a una cruz
de solitarias lunas del deseo, y exalto
la orilla de tu vientre.
Clavellina del valle que provocan tus piernas.
Granada que ha rasgado de plenitud su boca.
Trémula zarzamora suavemente dentada
donde vivo arrojado.
Arrojado y fugaz como el pez generoso,
ansioso de que el agua, la lenta acción del agua
lo devaste: sepulte su decisión eléctrica
de fértiles relámpagos.
Aún me estremece el choque primero de los dos;
cuando hicimos pedazos la luna a dentelladas,
impulsamos las sábanas a un abril de amapolas,
nos inspiraba el mar.
Soto que atrae, umbría de vello casi en llamas,
dentellada tenaz que siento en lo más hondo,
vertiginoso abismo que me recoge, loco
de la lúcida muerte.
Túnel por el que a ciegas me aferro a tus entrañas.
Recóndito lucero tras una madreselva
hacia donde la espuma se agolpa, arrebatada
del íntimo destino.
En ti tiene el oasis su más ansiado huerto:
el clavel y el jazmín se entrelazan, se ahogan.
De ti son tantos siglos de muerte, de locura,
como te han sucedido.
Corazón de la tierra, centro del universo,
todo se atorbellina, con afán de satélite
en torno a ti, pupila del sol que te entreabres
en la flor del manzano.
Ventana que da al mar, a una diáfana muerte
cada vez más profunda, más azul y anchurosa.
Su hálito de infinito propaga los espacios
entre tú y yo y el fuego.
Trágame, leve hoyo donde avanzo y me entierro.
La losa que me cubra sea tu vientre leve,
la madera tu carne, la bóveda tu ombligo,
la eternidad la orilla.
En ti me precipito como en la inmensidad
de un mediodía claro de sangre submarina,
mientras el delirante hoyo se hunde en el mar,
y el clamor se hace hombre.
Por ti logro en tu centro la libertad del astro.
En ti nos acoplamos como dos eslabones,
tú poseedora y yo. Y así somos cadena:
mortalmente abrazados.
A mi lecho de ausente me echo como a una cruz
de solitarias lunas del deseo, y exalto
la orilla de tu vientre.
Clavellina del valle que provocan tus piernas.
Granada que ha rasgado de plenitud su boca.
Trémula zarzamora suavemente dentada
donde vivo arrojado.
Arrojado y fugaz como el pez generoso,
ansioso de que el agua, la lenta acción del agua
lo devaste: sepulte su decisión eléctrica
de fértiles relámpagos.
Aún me estremece el choque primero de los dos;
cuando hicimos pedazos la luna a dentelladas,
impulsamos las sábanas a un abril de amapolas,
nos inspiraba el mar.
Soto que atrae, umbría de vello casi en llamas,
dentellada tenaz que siento en lo más hondo,
vertiginoso abismo que me recoge, loco
de la lúcida muerte.
Túnel por el que a ciegas me aferro a tus entrañas.
Recóndito lucero tras una madreselva
hacia donde la espuma se agolpa, arrebatada
del íntimo destino.
En ti tiene el oasis su más ansiado huerto:
el clavel y el jazmín se entrelazan, se ahogan.
De ti son tantos siglos de muerte, de locura,
como te han sucedido.
Corazón de la tierra, centro del universo,
todo se atorbellina, con afán de satélite
en torno a ti, pupila del sol que te entreabres
en la flor del manzano.
Ventana que da al mar, a una diáfana muerte
cada vez más profunda, más azul y anchurosa.
Su hálito de infinito propaga los espacios
entre tú y yo y el fuego.
Trágame, leve hoyo donde avanzo y me entierro.
La losa que me cubra sea tu vientre leve,
la madera tu carne, la bóveda tu ombligo,
la eternidad la orilla.
En ti me precipito como en la inmensidad
de un mediodía claro de sangre submarina,
mientras el delirante hoyo se hunde en el mar,
y el clamor se hace hombre.
Por ti logro en tu centro la libertad del astro.
En ti nos acoplamos como dos eslabones,
tú poseedora y yo. Y así somos cadena:
mortalmente abrazados.
miércoles, 7 de abril de 2010
La que ha estado esperando (por Raymond Carver)
Deja la autopista y baja la colina.
Una vez abajo, gira a la izquierda.
Sigue orientado a la izquierda.
La carretera hará una Y.
De nuevo a la izquierda.
Deja una cala a la izquierda.
Sigue en la misma dirección.
Justo antes de que se acabe la carretera, verás otra carretera.
Coge ésa y no otra…
Hay una casa de madera con un tejado frágil a la izquierda.
No es ésa la casa. Es la siguiente, justo sobre una elevación…
Ésa es la casa en la que una mujer permanece a la puerta con el sol en su pelo.
La que ha estado esperando todo este tiempo.
La mujer que te quiere.
La que puede que te diga “¿dónde te has metido?”.
Una vez abajo, gira a la izquierda.
Sigue orientado a la izquierda.
La carretera hará una Y.
De nuevo a la izquierda.
Deja una cala a la izquierda.
Sigue en la misma dirección.
Justo antes de que se acabe la carretera, verás otra carretera.
Coge ésa y no otra…
Hay una casa de madera con un tejado frágil a la izquierda.
No es ésa la casa. Es la siguiente, justo sobre una elevación…
Ésa es la casa en la que una mujer permanece a la puerta con el sol en su pelo.
La que ha estado esperando todo este tiempo.
La mujer que te quiere.
La que puede que te diga “¿dónde te has metido?”.
martes, 6 de abril de 2010
En el umbral de mi casa (por Rabindranath Tagore)
Durante muchos años
con enorme dispendio
viajando por lugares innúmeros
fui a ver elevadas cumbres,
fui a ver océanos.
Sólo que nunca me detuve a mirar
ante el umbral mismo de mi casa
la gota de rocío que tiembla
sobre la espiga del maíz.
con enorme dispendio
viajando por lugares innúmeros
fui a ver elevadas cumbres,
fui a ver océanos.
Sólo que nunca me detuve a mirar
ante el umbral mismo de mi casa
la gota de rocío que tiembla
sobre la espiga del maíz.
lunes, 5 de abril de 2010
En el buzón del tiempo (por Mario Benedetti)
Llega un milenio y se va otro…
por el camino como yo te consumes
y como todos te desapareces,
pero tu vuelo siempre da en el blanco…
Por esta calle ya pasó mi entierro…
Lo voy siguiendo ahora desde lejos,
al paso de los años…
En el buzón de tiempo las palabras
se fraccionan en sílabas y llantos
otras se juntan como peces
que huyeron de su orilla
y algunas más se reconocen
en las navajas del silencio…
Cada siglo es un mito o un escándalo
pero sólo al final nos deja atónitos
sin saber qué ocurrió
qué está ocurriendo
qué dejamos atrás en los jamases
cuál es el mundo real
el que se apaga
o el que nos deja el corazón sin dioses…
en qué muelle en qué azar en qué crepúsculo
destaparán su siglo los venales
para brindar por íntegros y libres…
tengo los pies desnudos para entrar en el siglo
y el corazón desnudo y la suerte sin alas
vamos a no estrenarlo con quimeras exangües
sino con el dolor de la alegría.
por el camino como yo te consumes
y como todos te desapareces,
pero tu vuelo siempre da en el blanco…
Por esta calle ya pasó mi entierro…
Lo voy siguiendo ahora desde lejos,
al paso de los años…
En el buzón de tiempo las palabras
se fraccionan en sílabas y llantos
otras se juntan como peces
que huyeron de su orilla
y algunas más se reconocen
en las navajas del silencio…
Cada siglo es un mito o un escándalo
pero sólo al final nos deja atónitos
sin saber qué ocurrió
qué está ocurriendo
qué dejamos atrás en los jamases
cuál es el mundo real
el que se apaga
o el que nos deja el corazón sin dioses…
en qué muelle en qué azar en qué crepúsculo
destaparán su siglo los venales
para brindar por íntegros y libres…
tengo los pies desnudos para entrar en el siglo
y el corazón desnudo y la suerte sin alas
vamos a no estrenarlo con quimeras exangües
sino con el dolor de la alegría.
miércoles, 31 de marzo de 2010
Ya sólo van quedando (por J. M. Caballero Bonald)
De todo lo que amé en días inconstantes
ya sólo van quedando
rastros,
marañas,
conjeturas,
pistas dudosas, vagas informaciones:
por ejemplo, la lluvia en la lucerna
de un cuarto triste de París,
la sombra rosa de los flamboyanes
engalanando a franjas la casa familiar de Camagüey,
aquellos taciturnos rastros de Babilonia
junto a los barrizales suntuosos del Éufrates,
un arcaico crepúsculo en las Islas Galápagos,
los prolijos fantasmas
de un memorable lupanar de Cádiz,
una mañana sin errores
ante la tumba de Ibn`Arabi en un suburbio de Damasco,
el cuerpo de Manuela tendido entre los juncos de Doñana,
aquel café de Bogotá
donde iba a menudo con amigos que han muerto,
la gimiente tirantez del velamen
en la bordada previa a aquel primer naufragio…
Cosas así de simples y soberbias.
Pero de todo eso
¿qué me importa
evocar, preservar después de tan volubles
comparecencias del olvido?
Nada sino una sombra
cruzándose en la noche con mi sombra.
ya sólo van quedando
rastros,
marañas,
conjeturas,
pistas dudosas, vagas informaciones:
por ejemplo, la lluvia en la lucerna
de un cuarto triste de París,
la sombra rosa de los flamboyanes
engalanando a franjas la casa familiar de Camagüey,
aquellos taciturnos rastros de Babilonia
junto a los barrizales suntuosos del Éufrates,
un arcaico crepúsculo en las Islas Galápagos,
los prolijos fantasmas
de un memorable lupanar de Cádiz,
una mañana sin errores
ante la tumba de Ibn`Arabi en un suburbio de Damasco,
el cuerpo de Manuela tendido entre los juncos de Doñana,
aquel café de Bogotá
donde iba a menudo con amigos que han muerto,
la gimiente tirantez del velamen
en la bordada previa a aquel primer naufragio…
Cosas así de simples y soberbias.
Pero de todo eso
¿qué me importa
evocar, preservar después de tan volubles
comparecencias del olvido?
Nada sino una sombra
cruzándose en la noche con mi sombra.
martes, 30 de marzo de 2010
Se sienta a la mesa y escribe (por Juan Gelman)
se sienta a la mesa y escribe
«con este poema no tomarás el poder» dice
«con estos versos no harás la Revolución» dice
«ni con miles de versos harás la Revolución» dice
y más: esos versos no han de servirle
para que peones maestros hacheros vivan mejor coman mejor
o él mismo coma viva mejor
ni para enamorar a una le servirán
no ganará plata con ellos
no entrará al cine gratis con ellos
no le darán ropa por ellos
no conseguirá tabaco o vino por ellos
ni papagayos ni bufandas ni barcos
ni toros ni paraguas conseguirá por ellos
si por ellos fuera la lluvia lo mojará
no alcanzará perdón o gracia por ellos
«con este poema no tomarás el poder» dice
«con estos versos no harás la Revolución» dice
«ni con miles de versos harás la Revolución» dice
se sienta a la mesa y escribe
«con este poema no tomarás el poder» dice
«con estos versos no harás la Revolución» dice
«ni con miles de versos harás la Revolución» dice
y más: esos versos no han de servirle
para que peones maestros hacheros vivan mejor coman mejor
o él mismo coma viva mejor
ni para enamorar a una le servirán
no ganará plata con ellos
no entrará al cine gratis con ellos
no le darán ropa por ellos
no conseguirá tabaco o vino por ellos
ni papagayos ni bufandas ni barcos
ni toros ni paraguas conseguirá por ellos
si por ellos fuera la lluvia lo mojará
no alcanzará perdón o gracia por ellos
«con este poema no tomarás el poder» dice
«con estos versos no harás la Revolución» dice
«ni con miles de versos harás la Revolución» dice
se sienta a la mesa y escribe
lunes, 29 de marzo de 2010
Están los sueños (por Jorge Luis Borges)
En el fondo del sueño están los sueños. Cada
noche quiero perderme en las aguas oscuras
que me lavan del día, pero bajo esas puras
aguas que nos conceden la penúltima Nada
late en la hora gris la obscena maravilla.
Puede ser un espejo con mi rostro distinto,
puede ser la creciente cárcel de un laberinto,
puede ser un jardín. Siempre es la pesadilla.
Su horror no es de este mundo.
Algo que no se nombra me alcanza
desde ayeres de mito y de neblina;
la imagen detestada perdura en la retina
e infama la vigilia como infamó la sombra.
¿Por qué brota de mí cuando el cuerpo reposa
y el alma queda sola, esta insensata rosa?
noche quiero perderme en las aguas oscuras
que me lavan del día, pero bajo esas puras
aguas que nos conceden la penúltima Nada
late en la hora gris la obscena maravilla.
Puede ser un espejo con mi rostro distinto,
puede ser la creciente cárcel de un laberinto,
puede ser un jardín. Siempre es la pesadilla.
Su horror no es de este mundo.
Algo que no se nombra me alcanza
desde ayeres de mito y de neblina;
la imagen detestada perdura en la retina
e infama la vigilia como infamó la sombra.
¿Por qué brota de mí cuando el cuerpo reposa
y el alma queda sola, esta insensata rosa?
sábado, 27 de marzo de 2010
Se cruzaron (por Wislawa Szymborska)
Se cruzaron como dos desconocidos,
sin gestos ni palabras,
ella de camino a la tienda,
él de camino hacia el coche.
Quizá entre la consternación,
o el desconcierto,
o la inadvertencia,
de que por un breve instante
se amaron para siempre.
No hay sin embargo garantía
de que fueran ellos.
Quizá de lejos sí,
pero de cerca en absoluto.
Los vi desde la ventana,
y quien mira desde arriba
se equivoca con mayor facilidad.
Ella desapareció tras una puerta de cristal,
él subió al coche
y arrancó rápidamente.
Así que no pasó nada
ni siquiera si pasó.
Y yo sólo por un momento
segura de lo que vi,
intento ahora en un poema casual
convenceros a vosotros, lectores,
de que aquello fue triste.
sin gestos ni palabras,
ella de camino a la tienda,
él de camino hacia el coche.
Quizá entre la consternación,
o el desconcierto,
o la inadvertencia,
de que por un breve instante
se amaron para siempre.
No hay sin embargo garantía
de que fueran ellos.
Quizá de lejos sí,
pero de cerca en absoluto.
Los vi desde la ventana,
y quien mira desde arriba
se equivoca con mayor facilidad.
Ella desapareció tras una puerta de cristal,
él subió al coche
y arrancó rápidamente.
Así que no pasó nada
ni siquiera si pasó.
Y yo sólo por un momento
segura de lo que vi,
intento ahora en un poema casual
convenceros a vosotros, lectores,
de que aquello fue triste.
viernes, 26 de marzo de 2010
Lo (por Saiz de Marco)
Si lo que rige el Todo
y tolera matanzas
y permite hecatombes
no es Alguien sino
Algo,
no es Ése o Ésa sino
Eso,
no es un Quién sino un
Qué…,
entonces debemos perdonarle.
Sí, perdonémosle
(perdonémos-lo)
porque no sabe lo que hace.
y tolera matanzas
y permite hecatombes
no es Alguien sino
Algo,
no es Ése o Ésa sino
Eso,
no es un Quién sino un
Qué…,
entonces debemos perdonarle.
Sí, perdonémosle
(perdonémos-lo)
porque no sabe lo que hace.
jueves, 25 de marzo de 2010
No es mi muerte lo que me preocupa (por Charles Bukowski)
Esperando la muerte
como un gato
que va a saltar sobre
la cama
me da tanta pena
mi mujer
Ella verá este
cuerpo
blanco
rígido
Lo zarandeará una vez y luego
tal vez
otra:
!Hank!
Hank no
responderá.
No es mi muerte lo que
me preocupa, es mi mujer
que se quedará con este
montón de
nada.
Quiero que
sepa
sin embargo
que todas las noches
que he dormido a su lado
incluso las discusiones
más inútiles
siempre fueron
algo espléndido
Y esas difíciles
palabras
que siempre temí
decir
pueden decirse
ahora:
Te amo.
como un gato
que va a saltar sobre
la cama
me da tanta pena
mi mujer
Ella verá este
cuerpo
blanco
rígido
Lo zarandeará una vez y luego
tal vez
otra:
!Hank!
Hank no
responderá.
No es mi muerte lo que
me preocupa, es mi mujer
que se quedará con este
montón de
nada.
Quiero que
sepa
sin embargo
que todas las noches
que he dormido a su lado
incluso las discusiones
más inútiles
siempre fueron
algo espléndido
Y esas difíciles
palabras
que siempre temí
decir
pueden decirse
ahora:
Te amo.
miércoles, 24 de marzo de 2010
Dije adiós al compañero de viaje (por Fernando Pessoa)
Salí del tren, dije adiós al compañero de viaje.
Habíamos estado dieciocho horas juntos...
La agradable conversación. La fraternidad del viaje.
Me apenó salir del tren, dejarlo. Amigo casual cuyo nombre nunca supe.
Mis ojos, los sentí, se colmaron de lágrimas...
Toda despedida es una muerte... Sí, toda despedida es una muerte.
Nosotros, en el tren al que llamamos vida
somos todos casuales los unos para los otros,
y tenemos todos tristeza cuando por fin desembarcamos.
Todo hombre que es humano me conmueve porque soy hombre.
Todo me conmueve porque tengo, no una semejanza con ideas o doctrinas,
sino una vasta fraternidad con la humanidad verdadera.
La criada que salió entristecida a llorar por nostalgia
de la casa donde no la trataban muy bien...
Todo eso es en mi corazón la muerte y la tristeza del mundo.
Todo eso vive, porque muere, dentro de mi corazón.
Y mi corazón es un poco mayor que el universo entero.
Habíamos estado dieciocho horas juntos...
La agradable conversación. La fraternidad del viaje.
Me apenó salir del tren, dejarlo. Amigo casual cuyo nombre nunca supe.
Mis ojos, los sentí, se colmaron de lágrimas...
Toda despedida es una muerte... Sí, toda despedida es una muerte.
Nosotros, en el tren al que llamamos vida
somos todos casuales los unos para los otros,
y tenemos todos tristeza cuando por fin desembarcamos.
Todo hombre que es humano me conmueve porque soy hombre.
Todo me conmueve porque tengo, no una semejanza con ideas o doctrinas,
sino una vasta fraternidad con la humanidad verdadera.
La criada que salió entristecida a llorar por nostalgia
de la casa donde no la trataban muy bien...
Todo eso es en mi corazón la muerte y la tristeza del mundo.
Todo eso vive, porque muere, dentro de mi corazón.
Y mi corazón es un poco mayor que el universo entero.
martes, 23 de marzo de 2010
Las penas del mundo no te alcanzarán (por Luis Rogelio Nogueras)
Éramos tan pobres, oh hijo mío,
tan pobres
que hasta las ratas nos tenían compasión.
Cada mañana tu padre iba a la ciudad
para ver si algún poderoso lo empleaba
-aunque tan sólo fuera para limpiar los establos
a cambio de un poco de arroz-.
Pero los poderosos
pasaban de largo sin oír quejas
ni ruegos.
Y tu padre volvía en la noche,
pálido, y tan delgado bajo sus ropas raídas
que yo me ponía a llorar
y le pedía a Jizo,
dios de las mujeres encintas
y de la fecundidad,
que no te trajera al mundo, hijo mío,
que te librara del hambre
y la humillación.
Y el buen dios me complació.
Así fueron pasando años sin alma.
Mis pechos se secaron,
y al cabo
tu padre murió
y yo envejecí.
Ahora sólo espero el fin,
como espera el ocaso a la noche
que habrá de echarle en los ojos
su negro manto.
Pero al menos
gracias al buen Jizo
tú escapaste del látigo de los señores
y de esta cruel existencia de perros.
Nada ni nadie te hará sufrir.
Las penas del mundo no te alcanzarán
jamás,
como no alcanza la artera flecha
al lejano halcón.
tan pobres
que hasta las ratas nos tenían compasión.
Cada mañana tu padre iba a la ciudad
para ver si algún poderoso lo empleaba
-aunque tan sólo fuera para limpiar los establos
a cambio de un poco de arroz-.
Pero los poderosos
pasaban de largo sin oír quejas
ni ruegos.
Y tu padre volvía en la noche,
pálido, y tan delgado bajo sus ropas raídas
que yo me ponía a llorar
y le pedía a Jizo,
dios de las mujeres encintas
y de la fecundidad,
que no te trajera al mundo, hijo mío,
que te librara del hambre
y la humillación.
Y el buen dios me complació.
Así fueron pasando años sin alma.
Mis pechos se secaron,
y al cabo
tu padre murió
y yo envejecí.
Ahora sólo espero el fin,
como espera el ocaso a la noche
que habrá de echarle en los ojos
su negro manto.
Pero al menos
gracias al buen Jizo
tú escapaste del látigo de los señores
y de esta cruel existencia de perros.
Nada ni nadie te hará sufrir.
Las penas del mundo no te alcanzarán
jamás,
como no alcanza la artera flecha
al lejano halcón.
lunes, 22 de marzo de 2010
Enterrados (por Jaime Labastida)
Sobre la Tierra, estamos enterrados.
Todo su peso cárdeno
se vuelca sobre mis pies antiguos.
Toda la tierra me avienta sobre el cielo,
me sujeta en mi raíz
y me hunde entre sus manos.
Despedazado estoy.
Mis ojos van allá por el impulso,
mas presos en órbitas se quedan,
asidos a su fin y a su condena.
Toda la Tierra es una losa terrible
sobre cuerpos caducos y marchitos.
Los cielos rosáceos se coloran aún más de sangre violenta
que se arroja por los ojos.
Bajo la pesada losa de la Tumba Terrestre,
se mueven vidas sepultadas,
muertos que se engañan.
Pero las tumbas se violan,
para encontrar los huesos,
deshechos en pedazos, débiles al tacto.
El dolor nace y se queda, callado,
en las voces de los muertos que palpitan.
El dolor es propio: nace del corazón
y se renueva con la sangre, en su latente
perfección de círculo, de cansada finitud.
Un día amaneceré resucitado.
Todo su peso cárdeno
se vuelca sobre mis pies antiguos.
Toda la tierra me avienta sobre el cielo,
me sujeta en mi raíz
y me hunde entre sus manos.
Despedazado estoy.
Mis ojos van allá por el impulso,
mas presos en órbitas se quedan,
asidos a su fin y a su condena.
Toda la Tierra es una losa terrible
sobre cuerpos caducos y marchitos.
Los cielos rosáceos se coloran aún más de sangre violenta
que se arroja por los ojos.
Bajo la pesada losa de la Tumba Terrestre,
se mueven vidas sepultadas,
muertos que se engañan.
Pero las tumbas se violan,
para encontrar los huesos,
deshechos en pedazos, débiles al tacto.
El dolor nace y se queda, callado,
en las voces de los muertos que palpitan.
El dolor es propio: nace del corazón
y se renueva con la sangre, en su latente
perfección de círculo, de cansada finitud.
Un día amaneceré resucitado.
domingo, 21 de marzo de 2010
Oh capitán, mi capitán (por Walt Whitman)
¡Oh, capitán!, ¡mi capitán!, nuestro espantoso viaje ha terminado.
La nave ha salvado todos los escollos.
Hemos ganado el premio que anhelábamos.
El puerto está cerca. Oigo las campanas, el pueblo entero regocijado
mientras sus ojos siguen firme la quilla, la audaz y soberbia nave.
Mas, ¡oh corazón!, ¡corazón!, ¡corazón!
Oh rojas gotas que caen
allí donde mi capitán yace, frío y muerto.
¡Oh, capitán!, ¡mi capitán!, levántate y escucha las campanas.
Levántate. Por ti se ha izado la bandera, por ti vibra el clarín.
Para ti ramilletes y guirnaldas con cintas.
Para ti multitudes en las playas.
Por ti clama la muchedumbre, a ti se vuelven los rostros ansiosos:
¡Ven, capitán! ¡Querido padre!
¡Que mi brazo pase por debajo de tu cabeza!
Debe ser un sueño que yazcas sobre el puente,
derribado, frío y muerto.
Mi capitán no contesta, sus labios están pálidos y no se mueven.
Mi padre no siente mi brazo, no tiene pulso ni voluntad.
La nave, sana y salva, ha anclado. Su viaje ha concluido.
De vuelta de su espantoso viaje, la victoriosa nave entra en el puerto.
¡Oh playas, alegraos! ¡Sonad, campanas!
Pero yo, con pasos tristes,
recorro el puente donde mi capitán yace,
frío y muerto.
La nave ha salvado todos los escollos.
Hemos ganado el premio que anhelábamos.
El puerto está cerca. Oigo las campanas, el pueblo entero regocijado
mientras sus ojos siguen firme la quilla, la audaz y soberbia nave.
Mas, ¡oh corazón!, ¡corazón!, ¡corazón!
Oh rojas gotas que caen
allí donde mi capitán yace, frío y muerto.
¡Oh, capitán!, ¡mi capitán!, levántate y escucha las campanas.
Levántate. Por ti se ha izado la bandera, por ti vibra el clarín.
Para ti ramilletes y guirnaldas con cintas.
Para ti multitudes en las playas.
Por ti clama la muchedumbre, a ti se vuelven los rostros ansiosos:
¡Ven, capitán! ¡Querido padre!
¡Que mi brazo pase por debajo de tu cabeza!
Debe ser un sueño que yazcas sobre el puente,
derribado, frío y muerto.
Mi capitán no contesta, sus labios están pálidos y no se mueven.
Mi padre no siente mi brazo, no tiene pulso ni voluntad.
La nave, sana y salva, ha anclado. Su viaje ha concluido.
De vuelta de su espantoso viaje, la victoriosa nave entra en el puerto.
¡Oh playas, alegraos! ¡Sonad, campanas!
Pero yo, con pasos tristes,
recorro el puente donde mi capitán yace,
frío y muerto.
sábado, 20 de marzo de 2010
El olvido te ocupa todo el tiempo (por Darío Jaramillo)
El olvido no es que algo se borre en la memoria,
el olvido te ocupa todo el tiempo, a la hora del trabajo o del aseo, cuando comes o rezas no te olvidas de olvidar.
nadie repite, no hay regresos, lo sabemos, pero no descanso de olvidarte,
me gasto cada noche entera contigo, olvidándote. Tú bien lejos y yo aquí contigo.
Te expulso de mí, te exorcizo, te llamo a cada segundo para que salgas de mi alma, para que tu fantasma no me anule.
Ah, nuestros momentos de dicha quedan demasiado lejos y ya no me justifican los insomnios de este olvido minucioso.
Se me va un día entero olvidando cada minuto de nosotros.
el olvido te ocupa todo el tiempo, a la hora del trabajo o del aseo, cuando comes o rezas no te olvidas de olvidar.
nadie repite, no hay regresos, lo sabemos, pero no descanso de olvidarte,
me gasto cada noche entera contigo, olvidándote. Tú bien lejos y yo aquí contigo.
Te expulso de mí, te exorcizo, te llamo a cada segundo para que salgas de mi alma, para que tu fantasma no me anule.
Ah, nuestros momentos de dicha quedan demasiado lejos y ya no me justifican los insomnios de este olvido minucioso.
Se me va un día entero olvidando cada minuto de nosotros.
jueves, 18 de marzo de 2010
Los justos (por Jorge Luis Borges)
Un hombre que cultiva su jardín, como quería Voltaire.
El que agradece que en la tierra haya música.
El que descubre con placer una etimología.
Dos empleados que en un café del sur juegan un silencioso ajedrez.
El ceramista que premedita un color y una forma.
El tipógrafo que compone bien esta página, que tal vez no le agrada.
Una mujer y un hombre que leen los tercetos finales de cierto canto.
El que acaricia a un animal dormido.
El que justifica o quiere justificar un mal que le han hecho.
El que agradece que en la tierra haya Stevenson.
El que prefiere que los otros tengan razón.
Esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo.
El que agradece que en la tierra haya música.
El que descubre con placer una etimología.
Dos empleados que en un café del sur juegan un silencioso ajedrez.
El ceramista que premedita un color y una forma.
El tipógrafo que compone bien esta página, que tal vez no le agrada.
Una mujer y un hombre que leen los tercetos finales de cierto canto.
El que acaricia a un animal dormido.
El que justifica o quiere justificar un mal que le han hecho.
El que agradece que en la tierra haya Stevenson.
El que prefiere que los otros tengan razón.
Esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo.
miércoles, 17 de marzo de 2010
Cada vez que te pienso (por Ana Pérez Cañamares)
Lo primero que pensé fue:
se ha muerto solo
(acompañar en la muerte
es el mejor bálsamo
para la culpa)
Lo segundo que pensé:
no me ha devuelto
mi última llamada
(nunca nos planteamos
que el deseo de independencia
también puede ser hereditario)
Lo tercero: ya no tengo padres
(y al mirar atrás descubrí
que hace ya mucho tiempo
que ninguna mano
sujeta la bici que monto)
Ahora no puedo dejar de pensar:
padre, yo no estoy muerta
pero también me pierdo muchas cosas.
Ya no estoy enfadada contigo.
Cada vez que te pienso
es domingo por la mañana.
Me llevas sobre los hombros
y yo sé que vas a invitarme
a un batido de chocolate
en el bar de la barra de zinc.
Después tu mano grande se abrirá
frente a mis ojos, y me mostrará el tesoro:
una chapa de mirinda y otra de pepsi.
Cuarenta años para descubrir
que allí estaba todo ya dicho.
se ha muerto solo
(acompañar en la muerte
es el mejor bálsamo
para la culpa)
Lo segundo que pensé:
no me ha devuelto
mi última llamada
(nunca nos planteamos
que el deseo de independencia
también puede ser hereditario)
Lo tercero: ya no tengo padres
(y al mirar atrás descubrí
que hace ya mucho tiempo
que ninguna mano
sujeta la bici que monto)
Ahora no puedo dejar de pensar:
padre, yo no estoy muerta
pero también me pierdo muchas cosas.
Ya no estoy enfadada contigo.
Cada vez que te pienso
es domingo por la mañana.
Me llevas sobre los hombros
y yo sé que vas a invitarme
a un batido de chocolate
en el bar de la barra de zinc.
Después tu mano grande se abrirá
frente a mis ojos, y me mostrará el tesoro:
una chapa de mirinda y otra de pepsi.
Cuarenta años para descubrir
que allí estaba todo ya dicho.
martes, 16 de marzo de 2010
Somos los hombres huecos (por T. S. Eliot)
somos los hombres huecos
los hombres rellenos de serrín
que se apoyan unos contra otros
con cabezas embutidas de paja. ¡Sea!
ásperas nuestras voces, cuando
susurramos juntos
quedas, sin sentido
como viento sobre hierba seca
o el trotar de ratas sobre vidrios rotos
en los sótanos secos
contornos sin forma, sombras sin color,
paralizada fuerza, ademán inmóvil;
aquellos que han cruzado
con los ojos fijos, al otro Reino de la muerte
nos recuerdan -si acaso-
no como almas perdidas y violentas
sino, tan sólo, como hombres huecos,
hombres rellenos de serrín.
los hombres rellenos de serrín
que se apoyan unos contra otros
con cabezas embutidas de paja. ¡Sea!
ásperas nuestras voces, cuando
susurramos juntos
quedas, sin sentido
como viento sobre hierba seca
o el trotar de ratas sobre vidrios rotos
en los sótanos secos
contornos sin forma, sombras sin color,
paralizada fuerza, ademán inmóvil;
aquellos que han cruzado
con los ojos fijos, al otro Reino de la muerte
nos recuerdan -si acaso-
no como almas perdidas y violentas
sino, tan sólo, como hombres huecos,
hombres rellenos de serrín.
lunes, 15 de marzo de 2010
Qué va a pasar ahora (por Saiz de Marco)
como a los 4 años, cuando empecé a ir al colegio
¿qué va a pasar ahora?
como cuando en camilla me llevaban al quirófano
¿qué va a pasar ahora?
como al cruzar la puerta el primer día de trabajo
¿qué va a pasar ahora?
veré escaparse mi vida y yo nervioso, inseguro
(con hormigas trepando por mi abdomen)
¿dónde seré llevado?, ¿voy a algo o voy a nada?
y como tantas veces
¿qué va a pasar ahora?
¿qué va a pasar ahora?
como cuando en camilla me llevaban al quirófano
¿qué va a pasar ahora?
como al cruzar la puerta el primer día de trabajo
¿qué va a pasar ahora?
veré escaparse mi vida y yo nervioso, inseguro
(con hormigas trepando por mi abdomen)
¿dónde seré llevado?, ¿voy a algo o voy a nada?
y como tantas veces
¿qué va a pasar ahora?
domingo, 14 de marzo de 2010
La injusticia (por Dámaso Alonso)
¿De qué sima te yergues, sombra negra? ¿Qué buscas?
Los oteros,
como lagartos verdes, se asoman a los valles
que se hunden entre nieblas en la infancia del mundo.
Y sestean, abiertos, los rebaños,
mientras la luz palpita, siempre recién creada,
mientras se comba el tiempo, rubio mastín que duerme
a las puertas de Dios.
Pero tú vienes, mancha lóbrega,
reina de las cavernas, galopante en el cierzo, tras tus corvas
pupilas, proyectadas
como dos meteoros crecientes de lo oscuro,
cabalgando en las rojas melenas del ocaso,
flagelando las cumbres
con cabellos de sierpes, látigos de granizo.
Llegas,
oquedad devorante de siglos y de mundos,
como una inmensa tumba,
empujada por furias que ahíncan sus testuces,
duros chivos erectos, sin oídos, sin ojos,
que la terneza ignoran.
Sí, del abismo llegas,
hosco sol de negruras, llegas siempre,
onda turbia, sin fin, sin fin manante,
contraria del amor, cuando él nacida
en el día primero.
Tú empañas con tu mano
de húmeda noche los cristales tibios
donde al azul se asoma la niñez transparente, cuando apenas
era tierna la dicha, se estrenaba la luz,
y pones en la nítida mirada
la primera llama verde
de los turbios pantanos.
Tú amontonas el odio en la charca inverniza
del corazón del vejo,
y azuzas el espanto
de su triste jauría abandonada
que ladra furibunda en el hondón del bosque.
Y van los hombres, desgajados pinos,
del oquedal en llamas, por la barranca abajo,
rebotando en las quiebras,
como teas de sombra, ya lívidas, ya ocres,
como blasfemias que al infierno caen.
...Hoy llegas hasta mí.
He sentido la espina de tus podridos cardos,
el vaho de ponzoña de tu lengua
y el girón de tus alas que arremolina el aire.
El alma era un aullido
y mi carne mortal se helaba hasta los tuétanos.
Hiere, hiere, sembradora del odio:
no ha de saltar el odio, como llama de azufre,
de mi herida.
Heme aquí:
soy hombre, como un dios,
soy hombre, dulce niebla, centro cálido,
pasajero bullir de un metal misterioso que irradia
la ternura.
Podrás herir la carne
y aun retorcer el alma como un lienzo:
no apagarás la brasa del gran amor que fulge
dentro del corazón, bestia maldita.
Podrás herir la carne.
No morderás mi corazón,
madre del odio.
Nunca en mi corazón,
reina del mundo.
Los oteros,
como lagartos verdes, se asoman a los valles
que se hunden entre nieblas en la infancia del mundo.
Y sestean, abiertos, los rebaños,
mientras la luz palpita, siempre recién creada,
mientras se comba el tiempo, rubio mastín que duerme
a las puertas de Dios.
Pero tú vienes, mancha lóbrega,
reina de las cavernas, galopante en el cierzo, tras tus corvas
pupilas, proyectadas
como dos meteoros crecientes de lo oscuro,
cabalgando en las rojas melenas del ocaso,
flagelando las cumbres
con cabellos de sierpes, látigos de granizo.
Llegas,
oquedad devorante de siglos y de mundos,
como una inmensa tumba,
empujada por furias que ahíncan sus testuces,
duros chivos erectos, sin oídos, sin ojos,
que la terneza ignoran.
Sí, del abismo llegas,
hosco sol de negruras, llegas siempre,
onda turbia, sin fin, sin fin manante,
contraria del amor, cuando él nacida
en el día primero.
Tú empañas con tu mano
de húmeda noche los cristales tibios
donde al azul se asoma la niñez transparente, cuando apenas
era tierna la dicha, se estrenaba la luz,
y pones en la nítida mirada
la primera llama verde
de los turbios pantanos.
Tú amontonas el odio en la charca inverniza
del corazón del vejo,
y azuzas el espanto
de su triste jauría abandonada
que ladra furibunda en el hondón del bosque.
Y van los hombres, desgajados pinos,
del oquedal en llamas, por la barranca abajo,
rebotando en las quiebras,
como teas de sombra, ya lívidas, ya ocres,
como blasfemias que al infierno caen.
...Hoy llegas hasta mí.
He sentido la espina de tus podridos cardos,
el vaho de ponzoña de tu lengua
y el girón de tus alas que arremolina el aire.
El alma era un aullido
y mi carne mortal se helaba hasta los tuétanos.
Hiere, hiere, sembradora del odio:
no ha de saltar el odio, como llama de azufre,
de mi herida.
Heme aquí:
soy hombre, como un dios,
soy hombre, dulce niebla, centro cálido,
pasajero bullir de un metal misterioso que irradia
la ternura.
Podrás herir la carne
y aun retorcer el alma como un lienzo:
no apagarás la brasa del gran amor que fulge
dentro del corazón, bestia maldita.
Podrás herir la carne.
No morderás mi corazón,
madre del odio.
Nunca en mi corazón,
reina del mundo.
sábado, 13 de marzo de 2010
De la muerte de ese perro (por Raymond Carver)
lo atropella una furgoneta.
lo encuentras a la orilla de la carretera y lo entierras.
te sientes mal.
te sientes mal por ti mismo, pero te sientes peor por tu hija porque era su mascota y lo quería mucho.
solía canturrearle y lo dejaba dormir en su cama.
escribes un poema sobre ello.
lo titulas un poema para tu hija y trata del perro al que atropella una furgoneta, de cómo te ocupaste de él, lo llevaste al bosque y lo enterraste hondo, muy hondo.
y el poema sale tan bien que casi te alegras de que hayan atropellado al pobre perro.
si no, no habrías escrito nunca ese poema.
entonces te sientas a escribir un poema sobre la escritura de un poema que trata de la muerte de ese perro.
pero mientras escribes oyes a una mujer gritar tu nombre, tu nombre de pila, ambas sílabas, y tu corazón se para.
dejas pasar un rato y vuelves a escribir.
ella grita de nuevo.
te preguntas cómo va a acabar esto.
lo encuentras a la orilla de la carretera y lo entierras.
te sientes mal.
te sientes mal por ti mismo, pero te sientes peor por tu hija porque era su mascota y lo quería mucho.
solía canturrearle y lo dejaba dormir en su cama.
escribes un poema sobre ello.
lo titulas un poema para tu hija y trata del perro al que atropella una furgoneta, de cómo te ocupaste de él, lo llevaste al bosque y lo enterraste hondo, muy hondo.
y el poema sale tan bien que casi te alegras de que hayan atropellado al pobre perro.
si no, no habrías escrito nunca ese poema.
entonces te sientas a escribir un poema sobre la escritura de un poema que trata de la muerte de ese perro.
pero mientras escribes oyes a una mujer gritar tu nombre, tu nombre de pila, ambas sílabas, y tu corazón se para.
dejas pasar un rato y vuelves a escribir.
ella grita de nuevo.
te preguntas cómo va a acabar esto.
viernes, 12 de marzo de 2010
Felices los normales (por André Cruchaga)
Felices los normales
porque jamás han atravesado la nada
como pájaros en el olvido
Los que nacieron con la luz
de madre y padre
Los que no han comido migajas
y se esconden en la noche
Los que jamás han sentido la vida desgajada
ni han sido perseguidos como torcazas
Felices los normales
que tiran su cuerpo en buen lecho
y no en el frío lunar de las piedras
Los que no escriben ni una tarjeta postal
Los que no escriben sobre muros
aunque después los derriben
Los que no escriben sobre el caballo de sus emociones
Felices los normales que ignoran el exilio
y la lluvia que cae sobre el lomo de los perros
Los que nunca han sido asediados por el silencio
Los que no han bebido pinos de luz
en pezones de trementina transparente
Felices los normales que no saben las palabras
que se pierden en las alcantarillas
y en las tumbas de los muertos
Los que navegan y navegan sin fatiga
hasta desembarcar en ese viejo muelle de la muerte.
porque jamás han atravesado la nada
como pájaros en el olvido
Los que nacieron con la luz
de madre y padre
Los que no han comido migajas
y se esconden en la noche
Los que jamás han sentido la vida desgajada
ni han sido perseguidos como torcazas
Felices los normales
que tiran su cuerpo en buen lecho
y no en el frío lunar de las piedras
Los que no escriben ni una tarjeta postal
Los que no escriben sobre muros
aunque después los derriben
Los que no escriben sobre el caballo de sus emociones
Felices los normales que ignoran el exilio
y la lluvia que cae sobre el lomo de los perros
Los que nunca han sido asediados por el silencio
Los que no han bebido pinos de luz
en pezones de trementina transparente
Felices los normales que no saben las palabras
que se pierden en las alcantarillas
y en las tumbas de los muertos
Los que navegan y navegan sin fatiga
hasta desembarcar en ese viejo muelle de la muerte.
jueves, 11 de marzo de 2010
No pido mucho (por Julio Cortázar)
Mira, no pido mucho,
solamente tu mano, tenerla
como un sapito que duerme así contento.
Necesito esa puerta que me dabas
para entrar en tu mundo, ese trocito
de azúcar verde, de redondo alegre.
¿No me prestas tu mano en esta noche
de fin de año de lechuzas roncas?
No puedes, por razones técnicas. Entonces
la tramo en aire, urdiendo cada dedo,
el durazno sedoso de la palma
y el dorso, ese país de azules árboles.
Así la tomo y la sostengo, como
si de ello dependiera muchísimo el mundo,
la sucesión de las cuatro estaciones,
el canto de los gallos, el amor de los hombres.
solamente tu mano, tenerla
como un sapito que duerme así contento.
Necesito esa puerta que me dabas
para entrar en tu mundo, ese trocito
de azúcar verde, de redondo alegre.
¿No me prestas tu mano en esta noche
de fin de año de lechuzas roncas?
No puedes, por razones técnicas. Entonces
la tramo en aire, urdiendo cada dedo,
el durazno sedoso de la palma
y el dorso, ese país de azules árboles.
Así la tomo y la sostengo, como
si de ello dependiera muchísimo el mundo,
la sucesión de las cuatro estaciones,
el canto de los gallos, el amor de los hombres.
miércoles, 10 de marzo de 2010
Te llaman porvenir porque no vienes nunca (por Ángel González)
Te llaman porvenir
porque no vienes nunca.
Te llaman: porvenir,
y esperan que tú llegues
como un animal manso
a comer en su mano.
Pero tú permaneces
más allá de las horas,
agazapado no se sabe dónde.…
¡Mañana!
Y mañana será otro día tranquilo
un día como hoy, jueves o martes,
cualquier cosa y no eso
que esperamos aún, todavía, siempre.
porque no vienes nunca.
Te llaman: porvenir,
y esperan que tú llegues
como un animal manso
a comer en su mano.
Pero tú permaneces
más allá de las horas,
agazapado no se sabe dónde.…
¡Mañana!
Y mañana será otro día tranquilo
un día como hoy, jueves o martes,
cualquier cosa y no eso
que esperamos aún, todavía, siempre.
martes, 9 de marzo de 2010
Entre dos furias fui feliz (por J. M. Caballero Bonald)
Fui feliz fugazmente algunas veces,
entre dos furias fui feliz,
lo fui de vez en cuando sin saberlo.
Por ejemplo en la ciudad solar que se veía
desde aquella azotea de la infancia,
tentadora ciudad flameando
en los celestes mástiles del tiempo,
mientras iniciaba la vida la aventura
de descubrir el mundo a escondidas del mundo.
Allí subsisto aunque no esté, allí
perduro en medio
de la devastación de esa azotea
que reconstruyo cada día para no claudicar.
entre dos furias fui feliz,
lo fui de vez en cuando sin saberlo.
Por ejemplo en la ciudad solar que se veía
desde aquella azotea de la infancia,
tentadora ciudad flameando
en los celestes mástiles del tiempo,
mientras iniciaba la vida la aventura
de descubrir el mundo a escondidas del mundo.
Allí subsisto aunque no esté, allí
perduro en medio
de la devastación de esa azotea
que reconstruyo cada día para no claudicar.
lunes, 8 de marzo de 2010
No te rompas (por Pérez Morte)
Hoy que por fin conoces el peso de las sombras,
cuatro cosas bastan en tu macuto de sueños.
El camino abierto está adelante.
Adelante los inmensos prados
de la esperanza que has buscado sin sosiego.
Los absortos ojos de tus hijos, adelante.
Adelante la verdadera luz
que nunca te ha cegado,
porque jamás la descubriste, aunque la ansiaras.
Detrás, no mires, una senda cortada por nostalgias
y escombros derribados de la ruina que fuiste.
No mires. Edifícate a ti mismo lejos de las sombras.
No te rompas de nuevo. No te rompas,
que el cierzo salvaje de tu amor no te destruya.
Planta fuerte y estructura tu vida desde abajo
porque aún puedes.
Afronta cada día como un reto que puedes superar.
Quiere…
Quiérete a ti mismo como si fueras otro,
porque quizá no te conoces.
Acumula, para ti, un poco de la energía que derrochas;
echa a andar y arroja esos fármacos.
Al final del camino encontrarás
a los seres perdidos durante el trayecto,
no pienses tanto en ellos:
Van contigo siempre, pero no les descubras.
Descúbrete tú y ámate entero.
cuatro cosas bastan en tu macuto de sueños.
El camino abierto está adelante.
Adelante los inmensos prados
de la esperanza que has buscado sin sosiego.
Los absortos ojos de tus hijos, adelante.
Adelante la verdadera luz
que nunca te ha cegado,
porque jamás la descubriste, aunque la ansiaras.
Detrás, no mires, una senda cortada por nostalgias
y escombros derribados de la ruina que fuiste.
No mires. Edifícate a ti mismo lejos de las sombras.
No te rompas de nuevo. No te rompas,
que el cierzo salvaje de tu amor no te destruya.
Planta fuerte y estructura tu vida desde abajo
porque aún puedes.
Afronta cada día como un reto que puedes superar.
Quiere…
Quiérete a ti mismo como si fueras otro,
porque quizá no te conoces.
Acumula, para ti, un poco de la energía que derrochas;
echa a andar y arroja esos fármacos.
Al final del camino encontrarás
a los seres perdidos durante el trayecto,
no pienses tanto en ellos:
Van contigo siempre, pero no les descubras.
Descúbrete tú y ámate entero.
domingo, 7 de marzo de 2010
Di el porqué del porqué, Dios de silencio (por Miguel de Unamuno)
¿Por qué, Señor, no te nos muestras
sin velos, sin engaños?
¿Por qué, Señor, nos dejas en la duda,
duda de muerte?
¿Por qué te escondes?
¿Por qué encendiste en nuestro pecho el ansia
de conocerte,
el ansia de que existas,
para velarte así a nuestras miradas?
¿Dónde estás, mi Señor?, ¿acaso existes?
¿Eres tú creación de mi congoja,
o lo soy tuya?
¿Por qué, Señor, nos dejas
vagar sin rumbo
buscando nuestro objeto?
¿Por qué hiciste la vida?
¿Qué significa todo, qué sentido
tienen los seres?
¿Cómo del poso eterno de las lágrimas,
del mar de las angustias,
de la herencia de penas y tormentos
no has despertado?
Señor, ¿por qué no existes?
¿Dónde te escondes?
Te buscamos y te hurtas,
te llamamos y callas,
te queremos y tú, Señor, no quieres
decir: ¡vedme, mis hijos!
Una señal, Señor, una tan sólo,
una que acabe
con todos los ateos de la tierra;
una que dé sentido a esta sombría vida que arrastramos.
¿Qué hay más allá, Señor, de nuestra vida?
Si tú, Señor, existes,
di por qué y para qué, di tu sentido.
Di por qué todo.
¿No pudo bien no haber habido nada,
ni tú, ni mundo?
Di el porqué del porqué, Dios de silencio.
Dinos “yo soy”, Señor, que te lo oigamos,
sin velo de misterio,
sin enigma ninguno.
Razón del universo, ¿dónde habitas?
¿Por qué sufrimos?
¿Por qué nacemos?
Erramos sin ventura,
sin sosiego y sin norte,
perdidos en un nudo de tinieblas,
con los pies destrozados,
manando sangre,
desfallecido el pecho,
y en él el corazón pidiendo muerte.
Ve, ya no puedo más, Señor,
de aquí no sigo,
aquí me quedo,
yo ya no puedo más, ¡oh Dios sin nombre!
Ya no te busco,
ya no puedo moverme, estoy rendido;
aquí, Señor, te espero,
aquí te aguardo,
en el umbral, tendido, de la puerta
cerrada con tu llave.
Yo te llamé, grité, lloré afligido,
te di mil voces;
llamé y no abriste,
no abriste a mi agonía;
aquí, Señor, me quedo, sentado en el umbral como un mendigo
que aguarda una limosna;
aquí te aguardo.
Tú me abrirás la puerta cuando muera,
la puerta de la muerte,
y entonces la verdad veré de lleno,
sabré si tú eres
o dormiré en la tumba.
sin velos, sin engaños?
¿Por qué, Señor, nos dejas en la duda,
duda de muerte?
¿Por qué te escondes?
¿Por qué encendiste en nuestro pecho el ansia
de conocerte,
el ansia de que existas,
para velarte así a nuestras miradas?
¿Dónde estás, mi Señor?, ¿acaso existes?
¿Eres tú creación de mi congoja,
o lo soy tuya?
¿Por qué, Señor, nos dejas
vagar sin rumbo
buscando nuestro objeto?
¿Por qué hiciste la vida?
¿Qué significa todo, qué sentido
tienen los seres?
¿Cómo del poso eterno de las lágrimas,
del mar de las angustias,
de la herencia de penas y tormentos
no has despertado?
Señor, ¿por qué no existes?
¿Dónde te escondes?
Te buscamos y te hurtas,
te llamamos y callas,
te queremos y tú, Señor, no quieres
decir: ¡vedme, mis hijos!
Una señal, Señor, una tan sólo,
una que acabe
con todos los ateos de la tierra;
una que dé sentido a esta sombría vida que arrastramos.
¿Qué hay más allá, Señor, de nuestra vida?
Si tú, Señor, existes,
di por qué y para qué, di tu sentido.
Di por qué todo.
¿No pudo bien no haber habido nada,
ni tú, ni mundo?
Di el porqué del porqué, Dios de silencio.
Dinos “yo soy”, Señor, que te lo oigamos,
sin velo de misterio,
sin enigma ninguno.
Razón del universo, ¿dónde habitas?
¿Por qué sufrimos?
¿Por qué nacemos?
Erramos sin ventura,
sin sosiego y sin norte,
perdidos en un nudo de tinieblas,
con los pies destrozados,
manando sangre,
desfallecido el pecho,
y en él el corazón pidiendo muerte.
Ve, ya no puedo más, Señor,
de aquí no sigo,
aquí me quedo,
yo ya no puedo más, ¡oh Dios sin nombre!
Ya no te busco,
ya no puedo moverme, estoy rendido;
aquí, Señor, te espero,
aquí te aguardo,
en el umbral, tendido, de la puerta
cerrada con tu llave.
Yo te llamé, grité, lloré afligido,
te di mil voces;
llamé y no abriste,
no abriste a mi agonía;
aquí, Señor, me quedo, sentado en el umbral como un mendigo
que aguarda una limosna;
aquí te aguardo.
Tú me abrirás la puerta cuando muera,
la puerta de la muerte,
y entonces la verdad veré de lleno,
sabré si tú eres
o dormiré en la tumba.
sábado, 6 de marzo de 2010
Que vengan (por Karmelo Iribarren)
Las tres
de la madrugada.
Que vengan
esas grandes preguntas,
que ya tengo mis respuestas:
El viento
y la lluvia
ahí fuera,
y aquí
al lado
tu respiración.
de la madrugada.
Que vengan
esas grandes preguntas,
que ya tengo mis respuestas:
El viento
y la lluvia
ahí fuera,
y aquí
al lado
tu respiración.
viernes, 5 de marzo de 2010
Hay golpes en la vida (por César Vallejo)
Hay golpes en la vida, tan fuertes... ¡Yo no sé!
Golpes como del odio de Dios;
como si, ante ellos, la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma...
¡Yo no sé! Son pocos; pero son...
Abren zanjas oscuras en el rostro más fiero
y en el lomo más fuerte.
Serán tal vez los potros de bárbaros Atilas;
o los heraldos negros que nos manda la muerte.
Son las caídas hondas de los Cristos del alma
de alguna fe adorable que el destino blasfema.
Esos golpes sangrientos son las crepitaciones
de algún pan que en la puerta del horno se nos quema.
Y el hombre... Pobre... ¡Pobre! Vuelve los ojos,
como cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;
vuelve los ojos locos, y todo lo vivido se empoza,
como charco de culpa, en la mirada.
Golpes como del odio de Dios;
como si, ante ellos, la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma...
¡Yo no sé! Son pocos; pero son...
Abren zanjas oscuras en el rostro más fiero
y en el lomo más fuerte.
Serán tal vez los potros de bárbaros Atilas;
o los heraldos negros que nos manda la muerte.
Son las caídas hondas de los Cristos del alma
de alguna fe adorable que el destino blasfema.
Esos golpes sangrientos son las crepitaciones
de algún pan que en la puerta del horno se nos quema.
Y el hombre... Pobre... ¡Pobre! Vuelve los ojos,
como cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;
vuelve los ojos locos, y todo lo vivido se empoza,
como charco de culpa, en la mirada.
jueves, 4 de marzo de 2010
Un obstáculo se alzaba y me acallaba (por Konstantinos Kavafis)
Que por cuanto hice y cuanto dije
no traten de encontrar quién era yo.
Un obstáculo se alzaba y cambiaba
mis acciones y mi forma de vivir.
Un obstáculo se alzaba y me acallaba
muchas veces cuando iba a hablar.
Sólo por mis acciones más inobservadas
y mis escritos más ocultos,
sólo por ahí me entenderán.
Pero quizá no valga la pena emplear
tanta atención y tanto esfuerzo para conocerme.
Más adelante, en un mundo perfecto,
algún otro, hecho como yo,
sin duda surgirá y actuará libremente.
no traten de encontrar quién era yo.
Un obstáculo se alzaba y cambiaba
mis acciones y mi forma de vivir.
Un obstáculo se alzaba y me acallaba
muchas veces cuando iba a hablar.
Sólo por mis acciones más inobservadas
y mis escritos más ocultos,
sólo por ahí me entenderán.
Pero quizá no valga la pena emplear
tanta atención y tanto esfuerzo para conocerme.
Más adelante, en un mundo perfecto,
algún otro, hecho como yo,
sin duda surgirá y actuará libremente.
miércoles, 3 de marzo de 2010
7765 (por Gabriel Ferrater)
Amor, llevabas en el mundo
siete mil setecientos sesenta y cinco
días, al cerrarse la noche
en que me llamaste desde tu rincón,
voz que se había compadecido
y me recibías, cuerpo bondadoso.
Qué juego perdido, qué rodar
hasta romper un oscuro ramaje,
siete mil setecientos sesenta y cinco
días antes de que encontrara
¿dónde te me habías acurrucado,
amor,
para crecer lejos de mí?
siete mil setecientos sesenta y cinco
días, al cerrarse la noche
en que me llamaste desde tu rincón,
voz que se había compadecido
y me recibías, cuerpo bondadoso.
Qué juego perdido, qué rodar
hasta romper un oscuro ramaje,
siete mil setecientos sesenta y cinco
días antes de que encontrara
¿dónde te me habías acurrucado,
amor,
para crecer lejos de mí?
martes, 2 de marzo de 2010
Treinta y seis años después (por Sáez de Ibarra)
Aquel hombre vio cómo su hijo
cogía una piedra, tomaba impulso, la lanzaba contra un cristal
-que saltó en pedazos- y salía corriendo.
Recordó que, treinta y seis años antes, él había hecho exactamente lo mismo.
Ahora miró al dueño de la tienda
salir a toda prisa, quedarse mirando la calle sin gente,
y cómo lo invadía la desesperación por aquella pérdida.
Veía, por fin, el dolor del hombre al que había humillado
treinta y seis años antes.
Lo vio lamentarse en la misma calle burlona y sucia.
Pensó
¿cuántas veces tiene que repetirse esto?,
¿por qué cada uno de nosotros ha de aprenderlo
todo
de nuevo?
cogía una piedra, tomaba impulso, la lanzaba contra un cristal
-que saltó en pedazos- y salía corriendo.
Recordó que, treinta y seis años antes, él había hecho exactamente lo mismo.
Ahora miró al dueño de la tienda
salir a toda prisa, quedarse mirando la calle sin gente,
y cómo lo invadía la desesperación por aquella pérdida.
Veía, por fin, el dolor del hombre al que había humillado
treinta y seis años antes.
Lo vio lamentarse en la misma calle burlona y sucia.
Pensó
¿cuántas veces tiene que repetirse esto?,
¿por qué cada uno de nosotros ha de aprenderlo
todo
de nuevo?
lunes, 1 de marzo de 2010
Tigre (por William Blake)
Tigre, tigre, que te enciendes en luz por los bosques de la noche,
¿qué mano inmortal, qué ojo pudo idear tu terrible simetría?
¿En qué profundidades distantes, en qué cielos ardió el fuego de tus ojos?
¿Con qué alas osó elevarse?
¿Qué mano osó tomar ese fuego?
¿Y qué hombro, y qué arte pudo tejer la nervadura de tu corazón?
Y al comenzar los latidos de tu corazón, ¿qué mano terrible?
¿qué terribles pies? ¿qué martillo? ¿qué cadena?
¿en qué horno se templó tu cerebro? ¿en qué yunque?
¿Qué tremendas garras osaron sus mortales terrores dominar?
Cuando las estrellas arrojaron sus lanzas y bañaron los cielos con sus lágrimas,
¿sonrió al ver su obra?
¿El mismo que hizo al cordero fue quien te hizo a ti?
Tigre, tigre, que te enciendes en luz por los bosques de la noche,
¿qué mano inmortal, qué ojo osó idear tu terrible simetría?
¿qué mano inmortal, qué ojo pudo idear tu terrible simetría?
¿En qué profundidades distantes, en qué cielos ardió el fuego de tus ojos?
¿Con qué alas osó elevarse?
¿Qué mano osó tomar ese fuego?
¿Y qué hombro, y qué arte pudo tejer la nervadura de tu corazón?
Y al comenzar los latidos de tu corazón, ¿qué mano terrible?
¿qué terribles pies? ¿qué martillo? ¿qué cadena?
¿en qué horno se templó tu cerebro? ¿en qué yunque?
¿Qué tremendas garras osaron sus mortales terrores dominar?
Cuando las estrellas arrojaron sus lanzas y bañaron los cielos con sus lágrimas,
¿sonrió al ver su obra?
¿El mismo que hizo al cordero fue quien te hizo a ti?
Tigre, tigre, que te enciendes en luz por los bosques de la noche,
¿qué mano inmortal, qué ojo osó idear tu terrible simetría?
sábado, 27 de febrero de 2010
Impuro (por Nicolás Guillén)
Yo no voy a decirte que soy un hombre puro,
entre otras cosas
falta saber si lo puro existe
o si es, pongamos, necesario
o posible
o si sabe bien.
¿Acaso tú has probado el agua químicamente pura,
el agua de laboratorio,
sin un grano de tierra o de estiércol,
sin el pequeño excremento de un pájaro,
el agua hecha no más de oxígeno e hidrógeno?
Puaj, qué porquería.
Yo no te digo, pues, que soy un hombre puro.
Soy impuro, ¿qué quieres que te diga?
Completamente impuro.
Sin embargo
creo que hay muchas cosas puras en el mundo
que no son más que pura mierda.
entre otras cosas
falta saber si lo puro existe
o si es, pongamos, necesario
o posible
o si sabe bien.
¿Acaso tú has probado el agua químicamente pura,
el agua de laboratorio,
sin un grano de tierra o de estiércol,
sin el pequeño excremento de un pájaro,
el agua hecha no más de oxígeno e hidrógeno?
Puaj, qué porquería.
Yo no te digo, pues, que soy un hombre puro.
Soy impuro, ¿qué quieres que te diga?
Completamente impuro.
Sin embargo
creo que hay muchas cosas puras en el mundo
que no son más que pura mierda.
viernes, 26 de febrero de 2010
Antes de la amargura (por Elvio Romero)
Usted sabe, señor,
qué alegría colgaba en la floresta;
qué alegría severa
como raigambre sudorosa;
cómo el alegre polvo veraniego
fulguraba en su lámina esplendente,
cómo, ¡qué alegremente andábamos!
¡Qué alegremente andábamos!
Usted sabe, señor,
usted ha visto cómo
la lluvia torrencial sempiterna caía
sobre un textil aroma de bejucos salvajes
y cómo iba dejando con sus pétalos húmedos
su flora resbalosa,
su acuosa florería.
Usted sabe, señor,
cómo los sementales retozaban
hartos de florecer, jubilosos de hartazgo,
con qué poder la noche deponía
su amargura en la altura del rocío
tal como deponía la desdicha
su arma en las arboledas.
Usted sabe qué alegre
aflicción de racimos por las ramas
en frutal arco iris vespertino;
cómo alegres luciérnagas subían
a encender las estrellas,
a conducir azahares que estallaban
como emoción nupcial o lumbraradas.
Usted sabe, señor,
que antes de que aquí se enseñoreara
la pobreza, frunciendo hasta las hojas,
desesperando el aire,
bien sabe, bien conoce
que cualquier miserable aquí podía
fortificar un canto en su garganta,
en su pecho opulento.
(¡Cómo podías reír, muchacha mía!
Juvenil, ¡cómo izabas
una sonrisa fértil como un grano,
cómo te coronaban los jazmines
y cómo yo apuraba
mi vaso de fervor! ¡Qué alegres éramos!)
Antes, antes de la amargura,
antes de que sorbiéramos
un caudaloso cáliz de indigencias boreales,
antes de que amarraran los perfumes,
que en su reverso el sol guardase el hambre,
¡qué alegres caminábamos!
Antes,
antes de que el aura ofendieran,
de arrancar la raíz sangrándole los bulbos,
antes del mayoral, del tiro, antes del látigo,
qué alegría, señor,¡qué alegremente andábamos!
qué alegría colgaba en la floresta;
qué alegría severa
como raigambre sudorosa;
cómo el alegre polvo veraniego
fulguraba en su lámina esplendente,
cómo, ¡qué alegremente andábamos!
¡Qué alegremente andábamos!
Usted sabe, señor,
usted ha visto cómo
la lluvia torrencial sempiterna caía
sobre un textil aroma de bejucos salvajes
y cómo iba dejando con sus pétalos húmedos
su flora resbalosa,
su acuosa florería.
Usted sabe, señor,
cómo los sementales retozaban
hartos de florecer, jubilosos de hartazgo,
con qué poder la noche deponía
su amargura en la altura del rocío
tal como deponía la desdicha
su arma en las arboledas.
Usted sabe qué alegre
aflicción de racimos por las ramas
en frutal arco iris vespertino;
cómo alegres luciérnagas subían
a encender las estrellas,
a conducir azahares que estallaban
como emoción nupcial o lumbraradas.
Usted sabe, señor,
que antes de que aquí se enseñoreara
la pobreza, frunciendo hasta las hojas,
desesperando el aire,
bien sabe, bien conoce
que cualquier miserable aquí podía
fortificar un canto en su garganta,
en su pecho opulento.
(¡Cómo podías reír, muchacha mía!
Juvenil, ¡cómo izabas
una sonrisa fértil como un grano,
cómo te coronaban los jazmines
y cómo yo apuraba
mi vaso de fervor! ¡Qué alegres éramos!)
Antes, antes de la amargura,
antes de que sorbiéramos
un caudaloso cáliz de indigencias boreales,
antes de que amarraran los perfumes,
que en su reverso el sol guardase el hambre,
¡qué alegres caminábamos!
Antes,
antes de que el aura ofendieran,
de arrancar la raíz sangrándole los bulbos,
antes del mayoral, del tiro, antes del látigo,
qué alegría, señor,¡qué alegremente andábamos!
jueves, 25 de febrero de 2010
¿De quién me he despedido? (por Jorge Luis Borges)
De estas calles que ahondan el poniente,
una habrá (no sé cuál) que he recorrido
ya por última vez, indiferente
y sin adivinarlo, sometido
a quien prefija omnipotentes normas
y una secreta y rígida medida
a las sombras, los sueños y las formas
que destejen y tejen esta vida.
Si para todo hay término y hay tasa
y última vez y nunca más y olvido,
¿quién nos dirá de quién, en esta casa,
sin saberlo, nos hemos despedido?
Tras el cristal ya gris la noche cesa
y del alto de libros que una trunca
sombra dilata por la vaga mesa,
alguno habrá que no leeremos nunca.
Hay en el Sur más de un portón gastado
con sus jarrones de mampostería
y tunas, que a mi paso está vedado
como si fuera una litografía.
Para siempre cerraste alguna puerta
y hay un espejo que te aguarda en vano;
la encrucijada te parece abierta
y la vigila, cuadrifronte, Jano.
Hay, entre todas tus memorias,
una perdida irreparablemente;
no te verán bajar a aquella fuente
ni el blanco sol ni la amarilla luna.
No volverá tu voz a lo que el persa
dijo en su lengua de aves y de rosas,
cuando al ocaso, ante la luz dispersa,
quieras decir inolvidables cosas.
¿Y el incesante Ródano y el lago,
todo ese ayer sobre el cual hoy me inclino?
Tan perdido estará como Cartago
que con fuego y con sal borró el latino.
Creo en el alba oír un atareado
rumor de multitudes que se alejan;
son los que me han querido y olvidado.
Espacio, tiempo y Borges ya me dejan.
una habrá (no sé cuál) que he recorrido
ya por última vez, indiferente
y sin adivinarlo, sometido
a quien prefija omnipotentes normas
y una secreta y rígida medida
a las sombras, los sueños y las formas
que destejen y tejen esta vida.
Si para todo hay término y hay tasa
y última vez y nunca más y olvido,
¿quién nos dirá de quién, en esta casa,
sin saberlo, nos hemos despedido?
Tras el cristal ya gris la noche cesa
y del alto de libros que una trunca
sombra dilata por la vaga mesa,
alguno habrá que no leeremos nunca.
Hay en el Sur más de un portón gastado
con sus jarrones de mampostería
y tunas, que a mi paso está vedado
como si fuera una litografía.
Para siempre cerraste alguna puerta
y hay un espejo que te aguarda en vano;
la encrucijada te parece abierta
y la vigila, cuadrifronte, Jano.
Hay, entre todas tus memorias,
una perdida irreparablemente;
no te verán bajar a aquella fuente
ni el blanco sol ni la amarilla luna.
No volverá tu voz a lo que el persa
dijo en su lengua de aves y de rosas,
cuando al ocaso, ante la luz dispersa,
quieras decir inolvidables cosas.
¿Y el incesante Ródano y el lago,
todo ese ayer sobre el cual hoy me inclino?
Tan perdido estará como Cartago
que con fuego y con sal borró el latino.
Creo en el alba oír un atareado
rumor de multitudes que se alejan;
son los que me han querido y olvidado.
Espacio, tiempo y Borges ya me dejan.
miércoles, 24 de febrero de 2010
El guardián del hielo (por José Watanabe)
Y coincidimos en el terral
el heladero con su carretilla averiada
y yo
que corría tras los pájaros huidos del fuego de la zafra.
También coincidió el sol.
En esa situación cómo negarse a un favor llano:
el heladero me pidió cuidar su efímero hielo.
Oh cuidar lo fugaz bajo el sol...
El hielo empezó a derretirse
bajo mi sombra, tan desesperada
como inútil
Diluyéndose
dibujaba seres esbeltos y primordiales
que sólo un instante tenían firmeza
de cristal de cuarzo
y enseguida eran formas puras
como de montaña o planeta
que se devasta.
No se puede amar lo que tan rápido fuga.
Ama rápido, me dijo el sol.
Y así aprendí, en su ardiente y perverso reino,
a cumplir con la vida:
Yo soy el guardián del hielo.
el heladero con su carretilla averiada
y yo
que corría tras los pájaros huidos del fuego de la zafra.
También coincidió el sol.
En esa situación cómo negarse a un favor llano:
el heladero me pidió cuidar su efímero hielo.
Oh cuidar lo fugaz bajo el sol...
El hielo empezó a derretirse
bajo mi sombra, tan desesperada
como inútil
Diluyéndose
dibujaba seres esbeltos y primordiales
que sólo un instante tenían firmeza
de cristal de cuarzo
y enseguida eran formas puras
como de montaña o planeta
que se devasta.
No se puede amar lo que tan rápido fuga.
Ama rápido, me dijo el sol.
Y así aprendí, en su ardiente y perverso reino,
a cumplir con la vida:
Yo soy el guardián del hielo.
martes, 23 de febrero de 2010
Crédulo (por Saiz de Marco)
Ha creído en Baco
dios del vino
en Ra
dios del sol
en Ceres
diosa del campo
Ha sacralizado
emperadores en Roma
vacas en la India
gatos en Egipto
Ha adorado tótems
becerros de oro
ídolos de piedra
o de madera
Se ha postrado ante ellos
Lo que ha creado
luego lo ha creído
Y en suma helo ahí
menesteroso de fe
fantasioso
más iluso que un niño
inocente de su inocencia
que cree lo increíble
lo que le echan o se echa
y necesita creerlo
crédulo compulsivo
de una simpleza
como su orfandad
de una candidez
como su impotencia
de una ingenuidad grande
como su desamparo
dios del vino
en Ra
dios del sol
en Ceres
diosa del campo
Ha sacralizado
emperadores en Roma
vacas en la India
gatos en Egipto
Ha adorado tótems
becerros de oro
ídolos de piedra
o de madera
Se ha postrado ante ellos
Lo que ha creado
luego lo ha creído
Y en suma helo ahí
menesteroso de fe
fantasioso
más iluso que un niño
inocente de su inocencia
que cree lo increíble
lo que le echan o se echa
y necesita creerlo
crédulo compulsivo
de una simpleza
como su orfandad
de una candidez
como su impotencia
de una ingenuidad grande
como su desamparo
lunes, 22 de febrero de 2010
Reminiscencia (por Meira Delmar)
Un breve instante se cruzaron
tu mirada y la mía.
Y supe de repente
-no sé si tú también-
que en un tiempo
sin años ni relojes,
otro tiempo,
tus ojos y mis ojos
se habían encontrado,
y esto de ahora
no era más que un eco,
la ola que regresa,
atravesando mares,
hasta la antigua orilla.
tu mirada y la mía.
Y supe de repente
-no sé si tú también-
que en un tiempo
sin años ni relojes,
otro tiempo,
tus ojos y mis ojos
se habían encontrado,
y esto de ahora
no era más que un eco,
la ola que regresa,
atravesando mares,
hasta la antigua orilla.
domingo, 21 de febrero de 2010
Miles (por Leonard Cohen)
Entre los miles
que son conocidos,
o que quieren ser conocidos
como poetas,
quizá uno o dos
sean auténticos
y el resto son impostores,
rondando por los recintos sagrados
tratando de parecer genuinos.
No hace falta decir
que yo soy uno de los impostores.
que son conocidos,
o que quieren ser conocidos
como poetas,
quizá uno o dos
sean auténticos
y el resto son impostores,
rondando por los recintos sagrados
tratando de parecer genuinos.
No hace falta decir
que yo soy uno de los impostores.
sábado, 20 de febrero de 2010
En el lugar donde creciste (por Ramón Cote)
¿Cómo pasar un domingo de julio
frente al antiguo colegio
sin dejar de timbrar varias veces
con la insistencia del castigado,
y quedarse quieto escuchando
el amargo sonido que mide
la profundidad abandonada
de los patios, la desolación
que nace en las cosas que se descuidan,
la venganza que inunda con su agua espesa
una porción de los años allí dedicados?
Y sólo se oyen los ladridos
de un perro que viene corriendo desde el fondo.
Parece imposible admitir
que en el sitio del dolor pudieras algún día
observar toda su hermosura.
Allí donde te convenciste
de que la inutilidad era tu único don
reconocible, allí donde localizaste
para siempre tu fracaso.
En el lugar donde creciste estás ahora
y contemplas la disminuida
extensión de tu infancia,
tu cumplida maravilla.
Piensas
que tanta convicción en el dolor
—que habías entendido
como el más certero resumen de esos días—
no era tan necesaria ni tan verdadera
y que el colegio, puesto a la venta
y acosado por una desfigurada periferia,
empieza a padecer lo que tú ya padeciste.
Pero a pesar de todo
no te atreves a traicionar de golpe
tu más querida y prolongada orfandad.
Es extraño que la acacia del patio muera
y que una buganvilla en flor la esté velando.
frente al antiguo colegio
sin dejar de timbrar varias veces
con la insistencia del castigado,
y quedarse quieto escuchando
el amargo sonido que mide
la profundidad abandonada
de los patios, la desolación
que nace en las cosas que se descuidan,
la venganza que inunda con su agua espesa
una porción de los años allí dedicados?
Y sólo se oyen los ladridos
de un perro que viene corriendo desde el fondo.
Parece imposible admitir
que en el sitio del dolor pudieras algún día
observar toda su hermosura.
Allí donde te convenciste
de que la inutilidad era tu único don
reconocible, allí donde localizaste
para siempre tu fracaso.
En el lugar donde creciste estás ahora
y contemplas la disminuida
extensión de tu infancia,
tu cumplida maravilla.
Piensas
que tanta convicción en el dolor
—que habías entendido
como el más certero resumen de esos días—
no era tan necesaria ni tan verdadera
y que el colegio, puesto a la venta
y acosado por una desfigurada periferia,
empieza a padecer lo que tú ya padeciste.
Pero a pesar de todo
no te atreves a traicionar de golpe
tu más querida y prolongada orfandad.
Es extraño que la acacia del patio muera
y que una buganvilla en flor la esté velando.
viernes, 19 de febrero de 2010
Lo que podría haber sido (por Fernando Pessoa)
La muchacha inglesa, una rubia tan joven, tan buena
que quería casarse conmigo...
Qué pena no haberme casado con ella... Habría sido feliz.
¿Pero cómo sé que habría sido feliz?
¿Cómo puedo saber algo sobre lo que habría sido de lo que habría sido,
que es lo que nunca fui?
Hoy me arrepiento de no haberme casado con ella,
sobre todo por la hipótesis de poder arrepentirme de haberme casado con ella.
Y así es todo arrepentimiento, y el arrepentimiento es abstracción pura.
Causa una cierta disconformidad pero también trae consigo un cierto sueño...
Sí, aquella muchacha fue una oportunidad de mi alma.
Hoy es el arrepentimiento el que se aparta de mi alma.
¡Santo Dios!, ¡cuántas complicaciones por no haberme casado con una inglesa que ya debe haberme olvidado...!
¿Pero si no lo ha hecho? Si (porque es posible) me recuerda aún y es constante
(me disculpo por ser feo, porque los feos también son amados ¡y a veces por mujeres!),
si no me olvidó y aún me recuerda…
Esto, realmente, es ya otra especie de arrepentimiento. Y hacer sufrir a alguien no puede olvidarse.
Pero, al final, esto son simples conjeturas de la vanidad.
Bien habrá ella de recordarme, con su cuarto hijo en brazos,
recostada sobre el “Daily Mirror” viendo a “Pussy Maria”.
Mejor, al menos, pensar que es así.
Es un cuadro de casa inglesa suburbana, es un buen paisaje íntimo de cabellos rubios,
y los remordimientos son sombras...
En todo caso, si es así, queda un regusto de celos.
El cuarto hijo de otro, el “Daily Mirror” en la otra casa. Lo que podría haber sido...
Sí, siempre lo abstracto, lo imposible, lo irreal y perverso:
lo que podría haber sido.
Comen mermelada a las once en Inglaterra...
Tomo venganza en toda la lengua inglesa de ser un pequeño portugués.
¡Ah, pero aún veo tu mirar realmente tan sincero como azul
mirándome como a otro niño...!
Y no es con la canción de la sal del verso como te borro de la imagen
que tienes en mi corazón;
no te disfrazo, mi único amor, y nada quiero de la vida.
que quería casarse conmigo...
Qué pena no haberme casado con ella... Habría sido feliz.
¿Pero cómo sé que habría sido feliz?
¿Cómo puedo saber algo sobre lo que habría sido de lo que habría sido,
que es lo que nunca fui?
Hoy me arrepiento de no haberme casado con ella,
sobre todo por la hipótesis de poder arrepentirme de haberme casado con ella.
Y así es todo arrepentimiento, y el arrepentimiento es abstracción pura.
Causa una cierta disconformidad pero también trae consigo un cierto sueño...
Sí, aquella muchacha fue una oportunidad de mi alma.
Hoy es el arrepentimiento el que se aparta de mi alma.
¡Santo Dios!, ¡cuántas complicaciones por no haberme casado con una inglesa que ya debe haberme olvidado...!
¿Pero si no lo ha hecho? Si (porque es posible) me recuerda aún y es constante
(me disculpo por ser feo, porque los feos también son amados ¡y a veces por mujeres!),
si no me olvidó y aún me recuerda…
Esto, realmente, es ya otra especie de arrepentimiento. Y hacer sufrir a alguien no puede olvidarse.
Pero, al final, esto son simples conjeturas de la vanidad.
Bien habrá ella de recordarme, con su cuarto hijo en brazos,
recostada sobre el “Daily Mirror” viendo a “Pussy Maria”.
Mejor, al menos, pensar que es así.
Es un cuadro de casa inglesa suburbana, es un buen paisaje íntimo de cabellos rubios,
y los remordimientos son sombras...
En todo caso, si es así, queda un regusto de celos.
El cuarto hijo de otro, el “Daily Mirror” en la otra casa. Lo que podría haber sido...
Sí, siempre lo abstracto, lo imposible, lo irreal y perverso:
lo que podría haber sido.
Comen mermelada a las once en Inglaterra...
Tomo venganza en toda la lengua inglesa de ser un pequeño portugués.
¡Ah, pero aún veo tu mirar realmente tan sincero como azul
mirándome como a otro niño...!
Y no es con la canción de la sal del verso como te borro de la imagen
que tienes en mi corazón;
no te disfrazo, mi único amor, y nada quiero de la vida.
jueves, 18 de febrero de 2010
Voces (por Konstantinos Kavafis)
Amadas, idealizadas voces
de aquellos que murieron, o de aquellos
perdidos para nosotros como los muertos.
A veces hablan en nuestros sueños;
a veces las oye nuestro espíritu en el pensamiento.
Y con su rumor por un instante regresan
ecos de la primera poesía de nuestra vida
como una música lejana que se apaga en la noche.
de aquellos que murieron, o de aquellos
perdidos para nosotros como los muertos.
A veces hablan en nuestros sueños;
a veces las oye nuestro espíritu en el pensamiento.
Y con su rumor por un instante regresan
ecos de la primera poesía de nuestra vida
como una música lejana que se apaga en la noche.
miércoles, 17 de febrero de 2010
En lo pequeño (por Rainer M. Rilke)
En lo pequeño hallarás un maestro
para el que nunca, en el fondo,
harás lo suficiente.
para el que nunca, en el fondo,
harás lo suficiente.
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