viernes, 28 de octubre de 2016
Vino el amor entonces (por Andrés Trapiello)
Y me senté por descansar del día
junto al gran ventanal
y estuve allí no sé qué largo rato.
Cansado estaba y triste y sin propósito
viendo correr el agua de la fuente.
Los del jardín eran colores foscos,
verdes que se enlutaban y unas rosas
al pie de una escalera por la lluvia
gastados. Y allí mismo, en un rincón,
bajo el naranjo agrio,
las viejas herramientas
que dejó el jardinero,
la esterilla de esparto y el hocino
de primitivo aspecto, curvo y negro.
Se deshacía el día en fino polvo
de oro, el agua por el canalillo
de barro apenas se atrevía al ruido
y a su torre volvían las palomas.
No era de noche aún, sino de azul,
de un azul muy intenso.
Vino el amor entonces
a mi lado a quedarse,
el amor de las cosas del huerto,
parte del cual estaba ya sembrado
y esperaba su fruto.
Pero de pronto una blanca lechuza
se desplomó del cielo
y me asustó su majestad al verla
detrás de unos laureles remontando;
hasta escuché sus fantasmales alas.
no era de noche aún,
el aire de azucenas perfumado,
y cerré la ventana
y ya no pude recorrer
mi corazón del todo.
jueves, 27 de octubre de 2016
La caja de zapatos (por Xavier Farré)
En el fondo de la maleta, la caja de zapatos.
Llena de papeles, recuerdos formando una pátina
de realidad que dejó de existir, arrinconada.
Como los objetos que recoges en viajes
para conservar una imagen borrosa, fotografías
que no encajan en ninguna pantalla, ningún programa
sabe leerlas, descifrar, despixelar. Se despliegan
después del mensaje de decodificación.
Solo colores, como el agua vertida de un jarrón
que ya no puede alimentar ninguna flor.
Las cajas de zapatos son nuestro refugio
al volver de un viaje. Abiertas a intervalos
cada vez más amplios, en fronteras
que ya no sé distinguir en ningún mapa.
Meto en cajas los países, las ciudades, un paseo
a la vera de un río cualquiera, en el lugar Nada.
Me encajono a mí mismo, en mis objetos.
Cuando alguien abra la caja, pasados muchos años,
encontrará las suelas tronzadas, comidas,
liados los cordones, la lengüeta partida.
miércoles, 26 de octubre de 2016
Y se mira su cuerpo (por Rafael Guillén)
Un hombre está tumbado bajo el cielo.
Se le ha apagado el tacto. Las hormigas
pueden subir el trigo por su cuello.
Esto es lo más terrible de los muertos:
que la vida los cubre y los absorbe.
Porque un hombre está muerto, y en la plaza
siguen jugando al tute los de siempre,
y se espera que grane la cosecha,
y hay barcos en los puertos, preparados
para zarpar al despuntar el alba.
Un muerto es la esperanza boca abajo.
Porque un hombre está muerto y todavía
es posible que tiene en los bolsillos
un paquete empezado de tabaco.
Y esto es lo más terrible de los muertos:
que se paran de pronto entre las cosas.
Ha muerto un hombre cuando se desdobla
y se mira su cuerpo, desde enfrente,
y se tiende la mano, y se despide.
Ha muerto un hombre, irremisiblemente,
cuando mueren los que lo recordaban.
Los muertos se resisten a estar muertos
y se defienden con su peso inerte,
y es terrible su grito cuando luchan
porque sólo se oye con los ojos.
Hay que amar a los muertos, comprenderlos.
Son como niños buenos enfadados.
Les han robado el aro y la cometa
y se han quedado tristes para siempre.
martes, 25 de octubre de 2016
Como ella (por Juan Ramón Jiménez)
¡Que goce triste este de hacer todas las cosas como ella las hacía!
Se me torna celeste la mano, me contagio de otra poesía
y las rosas de olor, que pongo como ella las ponía, exaltan su color;
y los bellos cojines, que pongo como ella los ponía, florecen sus jardines;
y si pongo mi mano -como ella la ponía- en el negro piano,
surge como en un piano muy lejano, más honda la diaria melodía.
¡Que goce triste este de hacer todas las cosas como ella las hacía!
Me inclino a los cristales del balcón, con un gesto de ella,
y parece que el pobre corazón no está solo.
Miro al jardín de la tarde, como ella,
y el suspiro y la estrella se funden en romántica armonía.
¡Que goce triste este de hacer todas las cosas como ella las hacía!
Dolorido y con flores, voy, como un héroe de poesía mía.
Por los desiertos corredores que despertaba ella con su blanco paso,
y mis pies son de raso -¡oh Ausencia hueca y fría!-
y mis pisadas dejan resplandores.
lunes, 24 de octubre de 2016
Esa mirada incompleta (por Claudia Prado)
El muñeco preferido, de trapo
o de peluche, envejece. Los colores
más lavados, las costuras flojas,
se lo nota desganado en el abrazo.
Un día pierde un ojo. Es difícil
sostener esa mirada
incompleta. Si le faltase
una cosa singular como la boca
lo hubiesen aceptado diferente.
Pero todavía
conserva el brillo de una cuenta
de plástico, ahora sola,
y el otro lado de la cara liso.
El ojo que falta no aparece, no rodó
a ningún rincón, no está
debajo de la cama
donde comprueban,
de paso y con alivio, que no vive
ese espanto de mujer,
la del rostro oculto bajo el pelo.
No, no hay nada brillante
en los rincones, nada oscuro,
solo un poco de pelusa.
domingo, 23 de octubre de 2016
Llevarse de la vida (por Fernando Pessoa)
La persistencia instintiva de la vida a través de la apariencia de la inteligencia es para mí una de las contemplaciones más íntimas y más constantes. El disfraz irreal de la conciencia sirve tan sólo para ponerme de relieve a la inconsciencia que no disfraza.
Desde el nacimiento hasta la muerte, el hombre vive como siervo de la propia exterioridad de sí mismo que tienen los animales. No vive toda la vida, sino que vegeta en mayor grado y de manera más compleja. Se guía por normas que no sabe que existen, ni que por ellas se guía, y sus ideas, sus sentimientos, sus actos, son todos inconscientes —no porque en ellos falte la conciencia, sino porque no hay en ellos dos conciencias-.
Vislumbres de tener la ilusión —tanto, y no más, tiene el más grande de los hombres-.
Sigo, en un pensamiento divagatorio, la historia vulgar de las vidas vulgares. Veo cómo en todo son siervos del temperamento subconsciente, de circunstancias externas ajenas, de los impulsos de familiaridad y falta de ella que en él, por él y con él, se incuban como cosa de poco.
Cuántas veces les he oído decir la misma frase que simboliza todo lo absurdo, toda la nada, toda la ignorancia hablada de sus vidas. Es esa frase que dicen a propósito de cualquier placer material: «es lo que uno se lleva de esta vida»… ¿A dónde se lo lleva? ¿Para dónde se lo lleva? ¿Para qué se lo lleva? Sería triste despertarlos de la sombra con una pregunta como éstas… Habla así un materialista, porque todo hombre que habla así es, aunque subconscientemente, materialista. ¿Qué es lo que piensa llevarse de la vida, y de qué manera? ¿A dónde se lleva las chuletas de cerdo y el vino tinto y la chica casual? ¿A qué cielo en el que no cree? ¿A qué tierra a la que no se lleva sino la podredumbre que toda su vida ha sido a escondidas? No conozco frase más trágica ni más plenamente reveladora de la humanidad humana. Así dirían de sus placeres sonámbulos los animales inferiores al hombre en la expresión de sí mismos. Y quién sabe si, yo que hablo, al escribir estas palabras con una vaga impresión de que podrán durar, no creo también que la memoria de haberlas escrito es lo que «me llevo de esta vida».
Y, como el inútil cadáver del vulgar a la tierra común, baja al olvido común el cadáver igualmente inútil de mi prosa hecha atendiendo. ¿Las chuletas de cerdo, el vino, la chica del otro? ¿Por qué me burlo yo de ellos? Hermanos en la común ignorancia, maneras diferentes de la misma sangre, formas diferentes de la misma herencia —¿quién de nosotros podrá renegar del otro?-.
sábado, 22 de octubre de 2016
Y tú aquí (por José Luis Parra)
Cómo se arrugan, sigilosas,
imperceptiblemente,
las peras, las manzanas,
en el cristal imperturbable; cómo
se mancha y ennegrece el amarillo
de los plátanos
y se ablanda
la pulpa, el fulgor de las cerezas…
Si fueran más agudos tus sentidos
sin duda escucharías,
en esta quieta noche de verano,
el incesante juego de la muerte
incluso en la aparente consistencia
del frutero.
Y tú aquí, sudoroso,
medio desnudo,
fumando sin sosiego en la cocina;
tú aquí, presa rendida, ya atrapado
por los feroces lebreles del tiempo;
tú aquí,
coronando sin gloria esta sombría
naturaleza muerta.
viernes, 21 de octubre de 2016
Todo nos sobrevivirá (por Massimo Gezzi)
Esta tierra está cargada de memoria:
desde los edificios de la costa se cuentan
los claros perfiles de las colinas, hacia el oeste,
y los años que fluyen no cambian
el paisaje, la retina permanece fatigada
por la luz o por el medio cono de sombra
observados desde siempre —cambian por estación
las voces de los pájaros; por años las luces
que esclarecen la concha semioscura
entre la casa y el paseo marítimo, corredor
de nieves balcánicas y de albas.
Hay sabiduría en esta
duración de la tierra, en la muda decisión
de las cosas que quedan. Hasta en el peso
que envejece las facciones, hay sabiduría:
pasan los hombres, se rinden ante el espacio,
en el hacerlo se convencen
de que pasar es su único motivo
para estar en el mundo. Es increíble que todo
nos sobrevivirá: la tierra trabajada
perderá cualquier apariencia y será
otra vez maleza, como el automóvil del abuelo,
que se quedó a la intemperie, en los faros escondía
dos nidos de avispas, y las orugas
llegadas desde el huerto le entrelazaban
las ruedas en el claro,
la reclamaban para ellos.
jueves, 20 de octubre de 2016
Pero no ignores que se irá (por Darío Jaramillo)
Posees el gozo de su risa
pero debes saber que partirá.
Te inunda su alegría
te ilumina su rotunda carcajada
con una luz muy dulce,
pero no ignores que se irá.
Ella fluye,
ella es un líquido que detesta estancarse
ella es un pájaro que anida y emigra,
ella se irá.
Ella se irá y te dejará una marca de amor
que solamente curarás con su regreso efímero.
Entonces la verás de paso
y será como tropezar con el sol de la mañana
descubrir de nuevo su alegría,
nadar en ella
plácido
hasta un próximo encuentro inesperado.
miércoles, 19 de octubre de 2016
Igual que nosotros (por Yves Bonnefoy)
mejor que nosotros. Que no habrá amado
como puede hacerlo un niño. Que era torpe,
que fue violento, falto de las palabras que clarifican.
Y que murió sin haber hecho uso
de sus poderes, igual que nosotros en esto.
Uno que no dejó de asombrarse de ser
como lo hacemos nosotros, en nuestros últimos días.
¿Fue un hijo? Sí, pero rebelde,
un hijo que insultó a su padre y decidió
morir, por desorden de su orgullo.
Pero que habría querido, al menos una hora, vivir,
tomando de la mano al niño que él no pudo
ser, aunque tantas veces con las mismas lágrimas.
martes, 18 de octubre de 2016
Todo lo que quedó (por Bronislaw Maj)
En un bosque de noche un fuego: un ondeante círculo
de luz, más allá de él no hay nada
porque estamos aquí, en el medio:
emocionados gritos, cantos, risas...
Ahora la leña se ha terminado, las llamas
expiran. Y nosotros también decimos: el hombre
expira. Y todavía hay algo de fuego
ahí. Después nada: la oscuridad y vemos claramente todo
lo que quedó: nuestros rostros de pronto todos tan
diferentes, curvados sobre este lugar, negros
contornos de árboles, un cielo de algún modo más brillante,
frías estrellas. Y nadie sabe por qué
permanecemos tanto tiempo en silencio
y luego hablamos
en susurros.
lunes, 17 de octubre de 2016
Busca (por Adam Zagajewski)
Volví a la ciudad
donde fui niño
y adolescente y un viejo de treinta años.
La ciudad me recibió con indiferencia,
los megáfonos de sus calles murmuraban:
¿no ves que el fuego todavía arde?,
¿no oyes el estrépito de las llamas?
Vete.
Busca en otro lugar.
Busca.
Busca la verdadera patria.
domingo, 16 de octubre de 2016
El niño toma al hombre de la mano (por Joan Margarit)
Le gusta caminar a solas por las calles,
sin prisas, con las manos a la espalda,
contemplando el bullicio matinal.
Responsable, aquel niño
debió de obedecer toda su vida.
Hoy sale de detrás de lo que, tantos años,
era su disfraz de hombre.
Algunas cosas no han cambiado: cosas
breves y suaves, como las ausencias
que las primeras luces encienden al crepúsculo.
Recuerda cuando al niño que ha vuelto le decían
que los muertos estaban en el cielo
un cielo que es a veces tan azul,
tan frío al alejarse de la tierra,
tan negro al encenderse las estrellas.
El niño toma al hombre de la mano.
Los dos van alejándose hasta ser
una mota en el cielo. Aves de paso.
sábado, 15 de octubre de 2016
Me pruebo su traje (por Charles Bukowski)
le decía a él que escuchara a Brahms, y yo le decía a él que
aprendiera a pintar y beber y a no ser dominado por las mujeres
y los dólares pero él me gritaba, por el amor de Dios recuerda a
tu madre, recuerda a tu patria,
nos vas a matar a todos…!
me desplazo por la casa de mi padre (de la cual aún debe 8000 dólares
después de 20 años en el mismo empleo) y miro sus zapatos muertos,
la forma en que sus pies combaron el cuero, como si estuviera
furioso plantando rosas, y lo estaba, y miro su cigarrillo muerto, su
último cigarrillo y la última cama en la que durmió esa noche, y siento que
debería rehacerla pero no puedo, pues un padre es siempre tu amo aún
cuando se ha ido; supongo que estas cosas han sucedido una y otra vez
pero no puedo dejar
de pensar:
morir sobre el suelo de la cocina a las 7 de la mañana
mientras otra gente está friendo huevos
no es tan duro
a menos que te suceda a ti.
salgo y cojo una naranja y le quito la piel luminosa;
las cosas están todavía vivas: el césped crece bastante bien,
el sol envía sus rayos circundados por un satélite ruso, un perro
ladra sin sentido en algún lugar, los vecinos espían desde detrás
de las persianas.
soy un extranjero aquí, y he sido (supongo) en cierto modo el granuja,
no dudo de que él me pintara bastante bien (el viejo
y yo peleábamos como leones de montaña) y dicen que dejó
todo a alguna mujer en Duarte pero me importa un bledo —puede quedárselo:
era mi viejo
y ha muerto.
dentro, me pruebo su traje azul claro
mucho mejor que cualquier cosa que haya llevado nunca
y agito los brazos como un espantapájaros al viento
pero de nada sirve:
no puedo mantenerlo vivo
no importa lo mucho que nos odiamos el uno al otro.
parecíamos exactamente iguales, pudimos haber sido gemelos
el viejo y yo: eso es lo que decían.
él tenía los bulbos sobre la rejilla
listos para ser plantados
mientras yo estaba acostado con una puta de la calle
tercera.
muy bien. concedámonos este momento: de pie delante del
espejo con el traje de mi padre muerto
esperando también
a morir.
viernes, 14 de octubre de 2016
Partes blandas (por Agustín Fernández Mallo)
Esta noche he estado trabajado en la siguiente idea, que extraje de un libro del paleontólogo Stephen Jay Gould: su profesión se enfrenta a una frustración irremediable, los registros fósiles siempre son sólidos, principalmente huesos y dientes que nada informan de las partes blandas de los cuerpos, sujetas a descomposición. Así, los paleontólogos deben inferir esas otras partes, o fiarse de relatos orales o dibujos en caso de existir. Creí entender entonces que no sólo la paleontología sino todas las reconstrucciones del pasado, ya sea remoto o reciente, se hacen a través de esquemas ciertos (residuos sólidos) y material inventado (partes blandas). Así la historiografía, así las religiones, así las ideologías, así los noticiarios. Hallamos hechos como se hallan dientes y huesos, estructuras sólidas a las que cada generación añade órganos de innumerables formas hasta conformar su propia idea de cuerpo vivo y muerto al mismo tiempo.
jueves, 13 de octubre de 2016
Mi madre (por Roberto Juarroz)
Ahora tan sólo,
en este pobre rostro en que te caes,
he visto el rostro de la niña que fuiste
y te he sentido varias veces mi madre.
Me he sentido el hijo de tus juegos,
del mundo que creabas y esperabas
como un tibio regalo de cumpleaños.
Y también de los sueños que nunca confesaste
para que nadie más sufriera por ellos.
Me he sentido el hijo de tus primeros gestos de mujer,
esos que también hubieras querido ocultar y hasta ocultarte,
para abreviar en el mundo la irrealidad del asombro.
Me he sentido el hijo
de los movimientos que me preparaban
como a un antepasado de la muerte,
dibujo obsesionado
por la inserción de sus escamas.
Y te he sentido luego
la circunferencia de mi trébol pasmado,
el ángulo del compás que se abría,
el mapa de mis fiebres confundidas con viajes,
la caracola de mis ecos de hombre.
Y te he sentido aún más,
te he sentido llegar a ser dos veces mi madre
para que yo pudiera dejar de sentirte
y saltar hacia tu dios o hacia mis manos,
que tal vez no sean mías ni de nadie.
Y ahora, al remontar mi salto,
para saltar de nuevo
o quizá para aprender a andarlo paso a paso,
te reencuentro o te encuentro mi madre,
aunque ya lo seas sólo tuya.
He demorado mucho,
he demorado todas las mujeres
y también todos los hombres,
he demorado el tiempo interminablemente largo
de la vida interminablemente breve,
para llegar a ser varias veces tu hijo.
miércoles, 12 de octubre de 2016
Soy como una historia que alguien hubiera contado (por Fernando Pessoa)
En las vagas sombras de luz por terminar antes que la tarde sea pronto noche, disfruto de errar sin pensar entre lo que la ciudad se vuelve, y ando como si nada tuviese remedio. Me agrada, más a la imaginación que a los sentidos, la tristeza dispersa que está conmigo. Vago, y hojeo en mí, sin leerlo, un libro intersperso de
imágenes rápidas, del que voy formándome indolentemente una idea que nunca se completa.
Hay quien lee con la misma rapidez con que mira, y concluye sin haberlo visto todo. Así saco del libro que se me hojea en el alma una historia vaga por contar, memorias de otro yo vagabundo, con avenidas de parques en medio, y figuras de seda varias, pasando, pasando.
Indiscrimino con tedio y otro. Sigo, simultáneamente, por la calle, por la tarde y por la lectura soñada, y los caminos son verdaderamente recorridos. Emigro y descanso, como si estuviese a bordo con el navío ya en altamar.
Súbitamente, los faroles muertos coinciden luces en las prolongaciones dobles de una calle larga y curva. Como un batacazo, mi tristeza aumenta. Es que se ha terminado el libro. Hay tan sólo, en la viscosidad aérea de la calle abstracta, un hilo exterior de sentimiento, como la baba del Destino idiota, goteando en la conciencia del alma.
Otra vida de la ciudad que anochece. Otra alma la de quien mira a la noche.
Sigo inseguro y alegórico, irrealmente sintiente. Soy como una historia que alguien hubiera contado y, de tan bien contada, anduviese carnal, pero no mucho, en este mundo novela, en el principio de un capítulo: «En este momento, se podía ver a un hombre avanzar lentamente por la calle de…»
¿Qué tengo yo que ver con la vida?
martes, 11 de octubre de 2016
Como si no me perteneciera (por Joan Payeras)
Nada añoro
andamos todo el día entre el silencio
porque el sonido del viento
o de las botas hundiéndose en el barro
son nuestro silencio
los gritos de los oficiales
los gemidos y las canciones
son nuestro silencio
y no hay ruido
que estorbe lo que pensamos
y yo recuerdo las horas de colegio
cómo lo hacíamos en el coche de mi padre
o el color exacto del mar
de Es Trenc cuando tú lo miras
puedo recordarlo todo
pero como si no me perteneciera
como si no me quedase deseo
ni añoranza.
lunes, 10 de octubre de 2016
Fruto arruinado (por James Yates)
Las manos españolas son jóvenes, dolientes.
Capturadas por hombres conspicuos y seguros,
en sus propias granjas
abatidas se mantienen firmes. La hombría
no se ha hecho aún dueña de su joven materia,
y en sus formas
se muestra la dificultad de la tierra duramente abierta.
Serán fusilados. Los fusiles apuntan a los ojos sin blanco
que oscurecen recuerdos. Cada estación terrena
que tenía su signo en las manos
y los frutos terrenos convertidos en fútiles.
Aquellos grupos cándidos sin trueques, los muros y los árboles de su paisaje habitual
no habrán de dar testimonio de su muerte.
La pala arrojada al suelo, herramientas del campo
a diario colegas de sus manos, apartadas;
y cogiendo instrumentos
de otras especies y con otro empleo,
se alzaron contra el ansia sin nombre de la muerte,
moviéndose como los inviernos que cruzarán su tierra,
para volverse ellos mismos devastada cosecha
y fruto arruinado:
sabiendo que en el curso de los años
para ellos no vendrán otros momentos,
la armonía de su vida y su verano, ponderada entre ramas fusiles.
domingo, 9 de octubre de 2016
Milagros (por Walt Whitman)
¿Por qué tanto alboroto por un milagro?
Sólo conozco milagros, da igual que ande por las calles de Manhattan,
o mire hacia el cielo por encima de los tejados,
o camine por la playa al borde del mar,
o permanezca de pie bajo los árboles del bosque…
U observe a las abejas volando en torno a la colmena en verano,
o a los animales que pastan en las praderas,
o a las aves,
o a los fascinantes insectos que vuelan por el aire,
o la maravilla del atardecer
o de las estrellas que brillan en la noche, mudas y resplandecientes,
o la exquisita curva delgada de la luna nueva en primavera.
Estos y los demás, todos, son milagros para mí.
Todo está vinculado y, sin embargo, cada cosa es diferente y ocupa su propio lugar.
Para mí, cada hora de luz y oscuridad es un milagro,
cada centímetro cúbico de espacio es un milagro,
cada metro cuadrado de superficie de la tierra contiene lo mismo;
cada fragmento de su interior bulle con lo mismo.
Para mí el mar es un continuo milagro, los peces que nadan,
las rocas, el movimiento de las olas, los barcos y sus navegantes.
¿Hay acaso milagros más raros?
sábado, 8 de octubre de 2016
Remedio contra el insomnio (por Vera Pavlova)
No cuentes ovejas bajando la colina
ni las grietas del techo:
cuenta a los que amaste,
a los antiguos inquilinos
de los sueños que te mantenían despierta,
a los que una vez fueron tu mundo,
a los que te acunaban en sus brazos,
a los que te amaron...
Caerás, entonces, dormida al amanecer... Llorando.
viernes, 7 de octubre de 2016
Gruta tierna (por Tomás Segovia)
Quisiera haber nacido de tu vientre,
haber vivido alguna vez dentro de ti,
desde que te conozco soy más huérfano.
¡Oh gruta tierna,
rojo edén caluroso.
Qué alegría haber sido esa ceguera!
Quisiera que tu carne se acordara
de haberme aprisionado,
que cuando me miraras
algo se te encogiese en las entrañas,
que sintieras orgullo al recordar
la generosidad sin par con que tu carne
desanudaste para hacerme libre.
Por ti he empezado a descifrar
los signos de la vida,
de ti quisiera haberla recibido.
jueves, 6 de octubre de 2016
La puerta (por Robert Graves)
Cuando ella entró de improviso,
pareció que la puerta no volvería a cerrarse,
ni siquiera ella la cerró –ella, ella-:
la habitación quedó abierta a un mar visitante
al que no podía detener puerta alguna.
Pero, cuando al fin sonrió, ladeando la cara
para despedirse de mí,
donde había sonreído, en su lugar,
había una puerta oscura que sin cesar se cerraba
y se retiraron las olas.
miércoles, 5 de octubre de 2016
A mi modo (por Manuel Mejía Vallejo)
Todos me dicen que viva
de esta o de otra manera,
todos me dicen que muera
hacia abajo o hacia arriba,
todos dicen en qué estriba
la brega que yo asumí
desde el día en que nací,
para jugarme del todo,
dejen que viva a mi modo,
nadie morirá por mí.
martes, 4 de octubre de 2016
Tanta ceniza (por Joan Payeras)
¿Y qué haremos con tanta ceniza? Como si un sol negro se fundiese sobre nuestras cabezas, como una lluvia negra y caliente en nuestros labios, una lluvia pesada que nunca termina, una agua negra y caliente que no moja, mientras nuestra lengua seca parece una piedra de sal, y nos miramos las manos llenas de sol negro, de lluvia caliente, de mundo que se va, que se ahoga.
¿Y qué haremos con tanta ceniza?
lunes, 3 de octubre de 2016
Cayendo nota a nota (por Angelina Gatell)
Qué inaudita tu voz, qué misteriosa
la reverberación de sus metales,
el rastro que dejaba en la arboleda
apócrifa del aire.
Era como
un suavísimo adorno
de la tarde inclinada sobre el río,
cayendo nota a nota en el acero
intranquilo del agua.
Y yo como naciendo en una
dimensión ignorada de mí misma,
todo lo más augurio, nebulosa,
girando en el espacio, extraviada
en el dulce dominio del asombro,
respirando palabras como flores
confusamente abiertas
y en los parterres de la tarde.
(Amor, no entiendo lo que dices.
Sólo sé que me duele…)
domingo, 2 de octubre de 2016
Y el efecto, al irse, nos descubre las causas (por Alfred de Musset)
Muchas cosas nos deben gustar en este mundo
si queremos saber cuál de ellas preferimos:
los dulces, el Océano, el juego, el cielo azul,
las mujeres, los potros, los laureles, las rosas.
Debemos pisar flores que están recién abiertas,
debemos llorar mucho, decir muchos adioses.
Y cae el corazón en la cuenta de que es viejo,
y el efecto, al irse, nos descubre las causas.
De esos bienes fugaces que se prueban a medias,
el mejor que nos queda es algún viejo amigo.
Reñimos, nos rehuimos. Con que un azar nos junte,
nos reunimos, reímos, nuestras manos se tocan,
y entonces recordamos que juntos caminábamos,
que el alma es inmortal y que ayer es mañana.
sábado, 1 de octubre de 2016
Al puente de Brooklyn (por Hart Crane)
Cuántos amaneceres el agitado río que en ondas descansa,
las alas de las gaviotas se hundirán atravesándolo,
esparciendo blancos círculos de rumor, erigiendo
sobre la encadenada bahía las aguas de la libertad.
Después su inclinación invisible olvida nuestros ojos,
como una visión de veleros que caminan sobre
alguna página del cuaderno de bitácora,
hasta que los ascensores nos depositen en nuestro día...
Pienso en las salas de cine, artificios panorámicos,
gente embelesada ante una escena que seduce
ocultando el sentido, a la que regresas siempre
intuida por otros ojos en la misma pantalla.
Y atraviesas el puerto a paso de plata,
como si el sol caminara sobre ti, y aun así dejara
algo de movimiento sin prodigarse en el tránsito:
implícita vive en ti tu libertad.
Desde alguna escotilla subterránea, buhardilla o celda,
un demente se apresura hacia tus parapetos
aturdido por momentos, el aire infla su camisa,
la burla se percibe en la enmudecida caravana.
Wall Street abajo desde las vigas a la calle gotea el mediodía,
un diente arrancado del cielo de acetileno.
Por la tarde las grúas arrastran las nubes...
Tus cables respiran la quietud del Atlántico norte.
Oscuro como aquel cielo de los judíos
tu galardón. Se te rinden honores
de anonimato, que el tiempo no puede enmendar:
vibrante indulgencia y perdón muestras.
Oh arpa y altar fundidos en furia.
Cómo pudo el esfuerzo alinear el canto de tu cordaje,
terrorífico umbral de la visión del profeta,
de la oración del paria y del gemido del amante.
De nuevo las luces del tráfico rozan tu ágil,
indestructible idioma, inmaculado suspiro de estrellas
bordando tu destino, condensada eternidad:
vemos a la noche arrullarse en tus brazos.
Bajo tu sombra esperé en los muelles,
sólo en la oscuridad se aclara tu sombra.
Las ardientes parcelas de la ciudad tiemblan
cuando la nieve sumerge un año metálico...
Oh, insomne como el río a tus pies
hinchando el mar, el sueño de las llanuras
hacia nosotros mísero fluye, desciende,
y desde las ondas ofrece un mito a Dios.
viernes, 30 de septiembre de 2016
Furia (por Beatriz Hierro Lopes)
Tengo por regla esta apocalíptica forma de ser piedra en suelo mojado; y no me molestan en nada los pies de los otros, las rodillas las manos los rostros de los otros cuando casualmente resbalan en mí. Tengo una ciudad en cada pierna y en cada muslo el tráfico, la espera, la ira del taxista y una mano zurcida abusando la parada violenta que increpa desprecio a máxima velocidad. Tengo por pecho la plaza donde hombres y mujeres circulan y sé de memoria cada gesto sólo por la vanidad de decir: yo soy todo.
El todo tomando café, saliendo y entrando, indiferente a la calle que desemboca en mi lengua, ignorante de este registro diario que me ordena el ademán al negarle fuego a un desconocido. Niego, lo niego todo; y hay campanadas que suenan a mi espalda, santos de mirar opaco a los que sólo mi mirada les da brillo, hombres cotidianos que olvidan besos en cada ventana, sin saber que son mías la persianas que les devuelven esta impalpable forma de ser torrente de piedra: tempestad de granito. Golpeando furias contra abrigos negros, manos quietas y ese cabello oscuro buscando protegerse del frío.
No poseo sismo alguno, contingencia esporádica de la tierra en cuanto gime desamores al rocío de un cielo suspendido. Y, si me preguntaras quién soy, hacia dónde voy, te diría: soy Otoño, Invierno camuflado de vana promesa, de vana incertidumbre, voy hacia el tiempo que es la contabilidad de la caída de las hojas. Soy como el tiempo de las tormentas, y si tengo como lengua un rayo despedazando las nubes, no esperes otra cosa que la certeza de que haré un día en plena noche, la forma más perfecta de romper el silencio.
jueves, 29 de septiembre de 2016
Tendido con su nombre (por Juan Gelman)
Esa mujer se parecía a la palabra nunca,
desde la nuca le subía un encanto particular,
una especia de olvido donde guardar los ojos,
esa mujer se me instalaba en el costado izquierdo.
Atención atención yo gritaba atención
pero ella invadía como el amor, como la noche,
las últimas señales que hice para el otoño
se acostaron tranquilas bajo el oleaje de sus manos.
Dentro de mí estallaron ruidos secos,
caían a pedazos la furia, la tristeza,
la señora llovía dulcemente
sobre mis huesos parados en la soledad.
Cuando se fue yo tiritaba como un condenado,
con un cuchillo brusco me maté,
voy a pasar toda la muerte tendido con su nombre,
él moverá mi boca por la última vez.
miércoles, 28 de septiembre de 2016
Lluvia tardía (por Marisa Peral)
Nos abordan las pretéritas caravanas de la memoria
con su aroma de aguacero.
Renuncian a su bagaje de nostalgia
en los andenes de una estación inexplorada.
Llega la lluvia tardía con el sabor inocente de la infancia,
fragancia de lavanda y pulgaradas de gardenias
y un visillo lánguido cubre la cerrazón del cielo.
Las brozas de los bosques escinden la acuarela
con la anchura de un adiós o un para siempre
que busca sus raíces en la luz en el horizonte.
Llega de lejos el olor de la tierra mojada,
nos arropa en la crujía de la ensoñación,
en la antesala oculta para becarios de náufragos,
condenados a ser perpetuos títeres de agua.
Pesan las lágrimas como miríadas de asteroides
en estas horas suscritas con extracto de hierbas
como las joyas sin brillo de la desolación,
usurpadas del cofre íntimo del alma estéril.
Propaga el aire las trovas de la huida
bajo los cobertizos de los suburbios anegados de lluvia
y una difusa voz ciega de alcohol y de abandono,
estampa el silencio en el vapor de los espejos.
martes, 27 de septiembre de 2016
Hemos querido vivir (por Michel Houellebecq)
En la contradicción que inunda nuestras mañanas
respiramos, es cierto, y el cielo está apacible;
pero ya no creemos que la vida sea posible,
ya no tenemos la impresión de ser humanos.
La infancia se ha acabado, se han repartido las cartas;
a fuerza de costumbre y de renuncia,
hemos ahogado los gritos de la pasión;
nos encaminamos hacia el fin de la partida.
El polvo se arremolina sobre el suelo gris, moviente;
un golpe de viento surge y purifica el espacio.
Hemos querido vivir, quedan trazas de ello;
nuestros cuerpos aletargados se suspenden a la espera.
lunes, 26 de septiembre de 2016
Más que su lucidez (por Joan Margarit)
Lectura.
Penetro en otras vidas.
Llevo días leyendo, pero ahora
alzo los ojos porque me doy cuenta
de que apenas sé nada de quien escribió el libro.
Me avergüenza no conocer
más que su lucidez. Toda supervivencia
es esta especie de conversación
silenciosa y sin tiempo. Es algo aterrador
y ocurre en el abismo de la mente,
un frío cielo azul en el que el amor es
la única forma de posteridad.
domingo, 25 de septiembre de 2016
La eterna concordancia de la vida consigo misma (por Fernando Pessoa)
La idea de viajar me provoca náuseas. Ya he visto todo lo que nunca había visto. Ya he visto todo lo que todavía no he visto.
El tedio de lo constantemente nuevo, el tedio de descubrir, bajo la falsa diferencia de las cosas y de las ideas, la perenne identidad de todo, la semejanza absoluta entre la mezquita, el templo y la iglesia, la igualdad de la cabaña y del castillo, el mismo cuerpo que es rey vestido y salvaje desnudo, la eterna concordancia de la vida consigo misma, el estancamiento de todo lo que, vivo sólo por moverse, está pasando.
Los paisajes son repeticiones. En un simple viaje en tren inútil y angustiadamente entre la distracción ante el paisaje y la distracción ante el libro que me entretendría si yo fuera otro.
Tengo de la vida una náusea vaga, y el movimiento me la acentúa. Únicamente no hay tedio en los paisajes que no existen, en los libros que nunca he de leer. La vida, para mí, es una somnolencia que no llega al cerebro. A ése lo conservo yo libre para poder estar triste en él.
¡Ah, que viajen los que no existen!
Para quien no es nada, como un río, el correr debe ser vida. Pero a los que piensan y sienten, a los que están despiertos, la horrorosa histeria de los trenes, de los automóviles, de los navíos, no les deja dormir ni despertar. De cualquier viaje, aunque pequeño, regreso como de un sueño lleno de sueños —una confusión tórpida, con las sensaciones pegadas las unas a las otras, borracho de lo que he visto-. Para el reposo, me falta la salud del alma. Para el movimiento, me falta algo que hay entre el alma y el cuerpo; se me niegan, no los movimientos, sino el deseo de tenerlos.
Muchas veces me ha sucedido querer atravesar el río, estos diez minutos del Terreiro do Paço a Caçilhas. Y casi siempre he tenido como timidez de tanta gente, de mí mismo y de mi propósito. Una u otra vez he ido, siempre oprimido, siempre poniendo solamente el pie en tierra cuando estoy de vuelta. Cuando se siente de más, el Tajo es el Atlántico sin número, y Caçilhas, otro continente, o hasta otro universo.
sábado, 24 de septiembre de 2016
Pero qué falta (por Julio Cortázar)
Por veredas de sueño y habitaciones sordas
tus rendidos veranos me aceleran con sus cantos
Una cifra vigilante y sigilosa
va por los arrabales llamándome y llamándome
pero qué falta, dime, en la tarjeta diminuta
donde están tu nombre, tu calle y tu desvelo
si la cifra se mezcla con las letras del sueño,
si solamente estás donde ya no te busco.
viernes, 23 de septiembre de 2016
Ayah (por Saiz de Marco)
profundas y cubiertas de barro
las ramas retorcidas de donde brotan hojas
las subterráneas flores
con pétalos abiertos en hondas galerías
irguiéndose en el suelo
naciendo de las ramas
el tronco de madera rugosa
que se extiende
y arriba
en lo más alto
relucientes al sol
pobladas por los pájaros
frondosas
cenitales
cimeras
las raíces
jueves, 22 de septiembre de 2016
Añádete (por Rainer María Rilke)
Adelántate a toda despedida, como si la hubieras dejado
atrás, como el invierno que se está marchando.
Pues bajo los inviernos hay uno tan infinitamente invierno
que, si lo pasas, tu corazón resistirá.
Sé siempre muerto en Eurídice, sube cantando,
regresa ensalzando a la pura relación.
Aquí, entre los que se desvanecen, en el reino de lo que declina,
sé una copa sonora que con sólo sonar se rompió.
Sé, y conoce al mismo tiempo la condición del no-ser,
el infinito fondo de tu íntima vibración
para que la lleves al cabo del todo, esta única vez.
A las reservas de la Naturaleza en plenitud, tanto a las usadas
como a las sordas y mudas, a las indecibles sumas,
añádete, jubiloso, y aniquila el número.
miércoles, 21 de septiembre de 2016
No cuajamos (por César Simón)
Más noche que en las calles cabe en uno
cuando pasa. ¿A qué andamos?
Allá creo que existe una muralla.
Cae la desolación a tierra. Es suelo.
Qué charco. Qué silencio.
El límite, qué claro. Noche cruda,
haznos como tu hielo.
El diamante es duro. Está al final.
El azufre es ardiente. Se rebasa,
se vuelca, llega al más allá. Su triunfo
es un delirio. Oh muerte.
Pero nosotros somos turbios.
No cuajamos.
No vemos bien la sombra.
Y, sin embargo, qué ágiles,
qué fugitivos tras la esquina
subimos por la noche,
huimos, nos perdemos
en los años.
martes, 20 de septiembre de 2016
Yin y yang (por Kenneth Rexroth)
Es primavera otra vez en la Cadena Costera
cálida y perfumada bajo la luna de Pascua.
Las flores están de nuevo en su lugar.
Los pájaros, de nuevo en sus árboles.
Las estrellas de invierno se ponen en el océano.
Las estrellas de verano salen de las montañas.
El aire está lleno de átomos de mercurio.
La resurrección envuelve la tierra.
Geométricos, ardientes, inmortales,
animales y hombres marchan por el cielo
al ritmo de su ceremonia secreta.
El León entrega la luna a la Virgen.
Ella se para en el cruce del cielo
con la luna llena en la mano derecha
y una espiga de trigo que destella en la izquierda.
El clímax del ritual del renacimiento
ascendió del inframundo
y es proclamado en la luz del cénit.
En el inframundo el sol nada
entre dos peces llamados Sí y No.
lunes, 19 de septiembre de 2016
Pero yo todavía la oigo (por Yi Lu)
algo debe andar mal con el teléfono
Madre de pronto no puede oírme
pero yo todavía la oigo
oyendo su pánico y gritándole mi nombre al teléfono
como gritando por mí en lo silvestre cuando yo era pequeña
pensando que me había perdido
y que nunca respondería
mis tímpanos sienten el impacto de un viento norte de muchas colinas
por fin un click
silencio del lado de Madre... ni un sonido
ahora es mi turno para gritar
Madre... Oh Madre...
domingo, 18 de septiembre de 2016
Pisa la ciudad (por Juan Gelman)
Está quieta la tarde en el café. Pasa
la niña que pide y
se llama Mari. Su tristeza
pisa la ciudad y rostros
que dieron su vida por la vida y
la niña repite. El sueño
es un libro enrollado, echa humo
como si fuera un horno grande. Su mano dice
que el mundo es cóncavo.
sábado, 17 de septiembre de 2016
¿Puede haber mejor pareja? (por Li Po)
Se ha ido a comprar vino
con la jarra de jade,
ligada con seda negra.
¿Qué pasa? ¿Por qué se demora tanto?
Las flores de la montaña,
sonriendo, coquetean conmigo.
Sería el mejor momento
para llevarse la copa a los labios.
Cuando cae la tarde,
beberé junto a la ventana al este,
con los vagabundos pájaros cantores
que estarán regresando.
En un día tan hermoso,
¿puede haber mejor pareja
que este viejo borracho
y la brisa de primavera?
viernes, 16 de septiembre de 2016
Con la memoria (por Julia Uceda)
Cuando anochezca
¿qué puedo hacer con la memoria,
dónde guardo la barca de esos años,
dónde los imperdibles del soneto,
el llanto del cristal en las ventanas,
la amarga margarita,
el tiempo fraternal y fracturado?
Se habrá roto el zafiro
y por el suelo correrá, ya libre,
lo prisionero.
(El perro ladra y su ladrido
me arranca de la sombra en que caía).
Pero, de todos modos,
los helechos aquellos se quemaron,
la rosa -¿de quién era?- continúa
en algún libro, no sé cuál. A estas alturas
¿verdad que todo da lo mismo?
jueves, 15 de septiembre de 2016
O piérdeme (por Antonio Colinas)
Perdámonos más allá, más allá todavía,
en las lomas de las piedras de bronce,
en las montañas negras de septiembre,
en cuyas hondonadas
pronto alzarán los chopos sus hogueras.
Perdámonos o deja que me pierda
en ti, o acaso tras las tapias,
también de bronce,
de este mínimo huerto.
Detrás veo un nogal
y a su sombra hallaríamos
tu paz y la mía.
Llévame, o tráeme, o piérdeme
por esta amarga y dulce tierra nuestra,
pero este anochecer del verano moribundo
no me saques del laberinto sin salida
de tus ojos.
miércoles, 14 de septiembre de 2016
A veces (por Ana Cecilia Blum)
Esa mañana, cuando la luz se metía
entre las bancas, a través de los álamos
en el parquecito de Santa Fe
frente a la Basílica de San Francisco,
el jubilado me dijo
que a veces uno no desea morir
-sólo a veces-.
Cuando el esqueleto se despierta sin quejas
y en la terraza el sol entiende la piel de la vejez.
Cuando el menú del día está sabroso,
la pensión llega a tiempo, completa,
y la casa no insiste en caerse a pedazos.
Cuando la memoria recuerda solamente lo bueno, lo bueno;
los hijos vienen de visita,
los nietos cuelgan de la alegría, abren la nevera
y se comen hasta la soledad.
Cuando uno reposa contento, encantado
en las tintas de un buen libro,
o en los andamios de una gran película,
y entonces no hay apuro para encontrarse con Dios.
Cuando el día está bonito, sí, bonito
y no importa si el gobierno entero se va al carajo.
Eso, me dijo el jubilado,
en el parquecito de Santa Fe
frente a la Basílica de San Francisco,
que a veces uno no desea morir
-sólo a veces-.
martes, 13 de septiembre de 2016
Estación (por Francisco Ruiz Udiel)
Esta estación no será más una estación,
quedará únicamente mi gesto desvanecido
en el polvo de alguna ventana,
si acaso hay ventanas,
si acaso decido en las estaciones
desamparar algún gesto.
Esperaré junto a las cabinas telefónicas
a que las horas se desvanezcan azules
en mi cigarrillo encendido
de mirada triste e inclinada,
me verán apretar la mandíbula
para masticar, como las aves
que emigran de una tierra a otra,
cualquier bocado de aire
sin saber qué les espera.
El aire se ha vuelto amargo
y aún no sé en qué otras estaciones
abordará mi soledad otro cuerpo.
lunes, 12 de septiembre de 2016
El telón de este mundo se abre en dos (por Octavio Paz)
o al volver una esquina en la hora indecisa y blasfema,
o una mañana parecida a un navío atado al horizonte,
o en Morelia, bajo los arcos rosados del antiguo acueducto,
ni desdeñosa ni entregada, centelleas.
El telón de este mundo se abre en dos.
Cesa la vieja oposición entre verdad y fábula,
apariencia y realidad celebran al fin sus bodas,
sobre las cenizas de las mentirosas evidencias
se levanta una columna de seda y electricidad,
un pausado chorro de belleza.
Tú sonríes, arma blanca a medias desenvainada.
Niegas al sueño en pleno sueño,
desmientes al tacto y a los ojos en pleno día.
Tú existes de otro modo que nosotros,
no eres la vida pero tampoco la muerte.
Tú nada más estás,
nada más fulges, engastada en la noche.
domingo, 11 de septiembre de 2016
Sin terminar (por Lilliana Ramos Collado)
olvidados en cajas de zapatos yacen
bocabajo
poemas que dejé sin terminar
borradores meticulosos
con rima interna medio cursi
donde se hunde una que otra
verdad coyuntural sobre algo
cuya pertinencia
se ha ido borrando por la falta
de costumbre
me tropiezo
con estos bocetos descuidados
trato de recuperar su tiempo y su lugar
algún pezón tierno entre mis dientes
el ángulo de la luz en la ventana
el tiesto roto cuya muerte lamenté
o la olla que rescaté de la avaricia
maldigo mi memoria por no haber
clasificado en sus sinapsis estas
estampas polvorientas
maldigo el papel donde cuajaron
estos fracasos roídos de erratas
mendigos en busca de sentido
que estiran su mano mustia
para agarrar un je ne sais quoi
no los publico porque los encontré
ni porque merecen que otros lean
este hoyo negro de tinta derrochada
en cuya miseria se ahogan
las palabras
estos que lees hoy aquí no son
esos poemas encajonados que
decidí olvidar
éstos son peores
éstos sí que son
hijos de mi intención
sábado, 10 de septiembre de 2016
Y le susurré (por Legna Rodríguez Iglesias)
A papá me lo encontré
sentado solo en un banco,
con la cara entre las manos,
con la camisa sudada,
y le susurré despacio:
No te preocupes muchacho,
hay peores temporadas.
viernes, 9 de septiembre de 2016
Lo salvaje no tiene palabras (por Tomas Tranströmer)
Cansado de todos los que llegan con palabras, palabras, pero no lenguaje,
parto hacia la isla cubierta de nieve.
Lo salvaje no tiene palabras.
¡Las páginas no escritas se ensanchan en todas direcciones!
Me encuentro con huellas de pezuñas de corzo en la nieve.
Lenguaje, pero no palabras.
jueves, 8 de septiembre de 2016
Ternera acosada por tábanos (por Blanca Varela)
podría describirla
¿tenía nariz ojos boca oídos?
¿tenía pies cabeza?
¿tenía extremidades?
sólo recuerdo al animal más tierno
llevando a cuestas
como otra piel
aquel halo de sucia luz
voraces aladas
sedientas bestezuelas
infamantes ángeles zumbadores
la perseguían
era la tierra ajena y la carne de nadie
tras la legaña
me deslumbró el milagro mortecino
la víspera el instinto la mirada
el sol nonato
¿era una niña un animal una idea?
ah señor,
qué horrible dolor en los ojos
qué agua amarga en la boca
de aquel intolerable mediodía
en que más rápida más lenta
más antigua y oscura que la muerte
a mi lado
coronada de moscas
pasó la vida
miércoles, 7 de septiembre de 2016
Tan sólo el unicornio (por Julio Cortázar)
Quisiera ser Tiresias esta noche
y en una lenta espera boca abajo
recibirte y gemir bajo tus látigos
y tus tibias medusas.
Sabiendo que es la hora
de la metamorfosis recurrente,
y que al bajar al vórtice de espumas
te abrirías llorando,
dulcemente empalada.
Para volver después
a tu imperioso reino de falanges,
al cerco de tu piel, tus pulpos húmedos,
hasta arrastrarnos juntos y alcanzar abrazados
las arenas del sueño.
Pero no soy Tiresias,
tan sólo el unicornio
que busca el agua de tus manos
y encuentra entre los belfos
un puñado de sal.
martes, 6 de septiembre de 2016
Desandando (por Alfonso Brezmes)
Deshacer la noche con pasos sigilosos
como un flash-back imposible,
desandando el camino recorrido :
devolviendo lunas, labios, ganas,
hasta hacerlos retornar intactos
al instante en que todo era posible.
Y regresar de nuevo a aquella estancia
y al olor de un cuerpo en la penumbra,
que poco a poco te abandona
-como un fantasma tras la puerta-
dejando atrás una pregunta
que ya ha sido contestada.
lunes, 5 de septiembre de 2016
Ardo ahora en ti (por Rainer Maria Rilke)
Ven, tú, el último, a quien reconozco,
dolor incurable que se adentra en la carne:
igual que yo ardía en el espíritu, mira:
ardo ahora en ti; la leña ha resistido
largamente la llama que encendías,
pero ahora te alimento, y en ti ardo.
Mi calma se hace furia en tu furia, se hace infierno,
subo a la confusa cima del dolor,
sabiendo que nada del futuro valdrá
para mi corazón. Que guardaré en silencio
todo lo que ha atesorado. ¿Soy yo aún
quien arde, ya irreconocible?
No puedo adentrarme en los recuerdos.
Oh vida, vida: tendría que estar fuera.
Pero estoy dentro, en llamas. Ya nadie me conoce.
domingo, 4 de septiembre de 2016
Bendito miedo (por José Agustín Goytisolo)
vivir el uno sin el otro:
miedo a estar alejados
en el viento de la niebla,
en los pasos del día,
en la luz del relámpago,
en cualquier parte. Miedo
que les hace abrazarse,
unirse en este aire
que ahora juntos respiran.
Y se buscan y se buscan
esa flor instantánea
que cuando se consigue
se deshace en un soplo
y hay que ir a encontrar otras
en el jardín umbrío.
Miedo; bendito miedo
que propicia el deseo
la agonía y el rapto,
de los que mueren juntos
y resucitan luego.
sábado, 3 de septiembre de 2016
Dos gorriones (por C.K. Stead)
Bajo el alero de mi tejado, incansablemente,
todo el día primaveral, dos gorriones han recolectado
los tallos de las hojas caídas,
mientras yo he estado sentado lamentando tu ausencia.
Todo el día, los gorriones han urdido con trocitos
de paja y palitos finos un nido para protegerse
de las inclemencias del viento,
y tal vez han introducido en su diseño
un hilito de la ropa que usaste, y una hebra de tu pelo,
ya que en todo lo que hacen se muestran apasionados
por la línea, la medida, la resistencia, y toman
lo que está cerca, y les es útil.
Todo el día he estado sentado recordando tu rostro,
y mirando cómo los pálidos tallos, entrelazados
por un misterioso proceso, han adquirido
de pronto un don natural.
viernes, 2 de septiembre de 2016
Soy todo eso (por Allen Curnow)
Yo soy el aire del noroeste rugiendo entre los árboles
Soy la avanzada de las aguas y el óxido de los rieles del ferrocarril
Soy el millaje grabado en los letreros amarillos de las carreteras
Yo soy el polvo, la distancia, las algas a la orilla de la playa
Soy la suma de las cantidades que los maestros enseñan
Soy las vacas llamadas a la ordeña y la algarabía de las urracas
Yo soy las nueve de la mañana en el reloj de la limpia oficina
Soy el golpe del rodillo y el olor de la máquina que escribe
Soy el banco del jardín donde los enamorados se encuentran
Yo soy la persistente canción que los niños escuchan
Soy un sonido llano en el recuerdo del oído
Soy el aserradero y sus demoledores engranajes
Yo, el tiempo, soy todo eso que todavía existe
entre mis tejidos inmensos como nieblas
que logran resistir la finitud del mundo
Yo, el tiempo que amonesta, desgasta, y que confiere
al deseo de la memoria la imagen de lo que fue
Yo, mas que su prudente portador,
soy una isla, un océano, un padre, un agricultor, un amigo:
porque estoy aquí todas las cosas me asisten
Yo soy, tú lo has escuchado, el Principio y el Fin
jueves, 1 de septiembre de 2016
Cuántos otros senderos (por Sara Mesa)
de un sumidero sucio.
Una raíz perdida
que busca apurar todos los jugos,
que quiere aprovechar la savia de los días,
el venenoso y dulce licor de los presentes.
Vive el momento.
Como si acaso hubiera
un solo momento.
Como si fuese sólo
cuestión de desearlo.
Como si no existieran jaulas,
zapatos embarrados que pisotean el suelo.
Si me concentro, sí,
siento que se pasean por mi cuerpo
cientos, miles,
cientos de miles de insectos diminutos
y cada uno me narra una promesa.
Soy una única flor
pero qué multiplicidad del cáliz,
qué variedad de estambres.
Me multiplico para estrujar el tiempo
-carpe diem- y cuántos otros senderos desperdicio,
qué dulzuras malogro,
qué imprevisibles destinos pierdo para siempre.
miércoles, 31 de agosto de 2016
Completar una muerte (por Roberto Juarroz)
Hay pocas muertes enteras.
Los cementerios están llenos de fraudes.
Las calles están llenas de fantasmas.
Hay pocas muertes enteras.
Pero el pájaro sabe en qué rama última se posa
y el árbol sabe dónde termina el pájaro.
Hay pocas muertes enteras.
La muerte cada vez es más insegura.
La muerte es una experiencia de vida.
Y a veces se necesitan dos vidas
para poder completar una muerte.
Hay pocas muertes enteras.
Las campanas doblan siempre lo mismo.
Pero la realidad ya no ofrece garantías
y no basta vivir para morir.
martes, 30 de agosto de 2016
Un rango de fósforo mojado (por Agustín Fernández Mallo)
Las imágenes no vienen de afuera sino del fondo
de los ojos, arca donde metimos todas las especies.
Las olas baten contra el acantilado del rostro,
nada importan petroleros, cargueros, barcos de recreo,
el mar carece de memoria, cómo si no la arena
de edificios y de tantas cosas que sin agua serán.
La llama de la chimenea tiene un aire a cartílago pintado,
y el olor a miseria y frío que recrea.
Cuántas motas de polvo hacen falta
para dar marcha atrás y componer un hueso.
Llevo dentro de mí un secreto al cual
no tengo acceso. En el cielo hay resplandores
que no pertenecen al cielo, sino al aro
de la circuncisión. Mi pene es un lugar prestado.
Una cigüeña aguarda quieta,
como tomada por la alucinación de ser árbol o piedra
—el brillo en sus ojos la delata—,
alza el vuelo cuando me acerco, un batir torpe, ávido
de ternura, batir de souvenir traído
de pronto a la vida. Tu presencia adquiere entonces
un rango de fósforo mojado.
La cresta de los montes una cremallera que podría
reventar en cualquier momento.
lunes, 29 de agosto de 2016
Qué viento (por Laura Giordani)
A dónde van a morir
los pájaros, sus pulmones
calcinados de vuelo por qué
sumidero celeste o anti-nido
se fugan, desde dónde
esa caída de estrella
discreta como la muerte.
Cielo y tierra se tocan
porque existen ellos
trazando esas líneas
invisibles que unen la sangre
al relámpago, la garganta
a la lluvia, las plegarias
de la madre al desastre
inminente.
Qué ciudad de hormigas
reclama su sombra, qué
viento se lleva sus huesitos
blancos, naufragados en la altura
hasta hacerlos transparentes.
En qué momento de nuestra ceguera
se desploman.
domingo, 28 de agosto de 2016
Precisamente (por Miguel D' Ors)
Raro asunto la vida: yo que pude
nacer en 1529,
o en Pittsburg o archiduque, yo que pude
ser Chesterton o un bonzo, haber nacido
gallego y d’Ors y todas estas cosas.
Raro asunto
que entre la muchedumbre de los siglos,
que existiendo la China innumerable,
y Bosnia, y las cruzadas, y los incas,
fuese a tocarme a mí precisamente
este trabajo amargo de ser yo.
sábado, 27 de agosto de 2016
Mi cara en el espejo (por Robert Lowell)
Al afeitarme veo, en su toda su extensión,
sólo por esta vez, mi cara en el espejo.
La miro de reojo como si se tratase
de un problema de carpintería...
Aunque la encuentro un poco más delgada,
es la cara de siempre,
con ojos acechantes al ritmo de mi mano..
Nunca tienen los días las suficientes horas...
Según estoy tumbado, confinado, anhelante,
monomaniaco,
celoso incluso de la intrusión más mínima
(me resulta imposible rechazar
la diminuta espina de algún cardo).
Incapaz de imitar la manera espontánea
con que exigen los niños sus respuestas.
Tan inflamable es para mí una piedra
como una cerilla de cartón.
La marea doméstica ha cesado;
y, tú también, inclinas la cabeza
sobre lo que has escrito
y corriges, a veces disgustado,
con cara inexpresiva, como los girasoles.
Tenemos suerte
de haber podido juntos realizar tantas cosas.
viernes, 26 de agosto de 2016
Vengan a mí tus espumas rompientes (por Vicente Aleixandre)
¡Ah! eres tú, eres tú, eterno nombre sin fecha,
bravía lucha del mar con la sed,
cantil todo de agua que amenazas hundirte
sobre mi forma lisa, lámina sin recuerdo.
Eres tú, sombra del mar poderoso,
genial rencor verde donde todos los peces son como piedras por el aire,
abatimiento o pesadumbre que amenazas mi vida
como un amor que con la muerte acaba.
Mátame si tú quieres, mar de plomo impiadoso,
gota inmensa que contiene la tierra,
fuego destructor de mi vida sin numen
aquí en la playa donde la luz se arrastra.
Mátame como si un puñal, un sol dorado o lúcido,
una mirada buida de un inviolable ojo,
un brazo prepotente en que la desnudez fuese el frío,
un relámpago que buscase mi pecho o su destino…
¡Ah, pronto, pronto; quiero morir frente a ti, mar,
frente a ti, mar vertical cuyas espumas tocan los cielos,
a ti cuyos celestes peces entre nubes
son como pájaros olvidados del hondo!
Vengan a mí tus espumas rompientes, cristalinas,
vengan los brazos verdes desplomándose,
venga la asfixia cuando el cuerpo se crispa
sumido bajo los labios negros que se derrumban.
Luzca el morado sol sobre la muerte uniforme.
Venga la muerte total en la playa que sostengo,
en esta terrena playa que en mi pecho gravita,
por la que unos pies ligeros parece que se escapan.
Quiero el color rosa o la vida,
quiero el rojo o su amarillo frenético,
quiero ese túnel donde el color se disuelve
en el negro falaz con que la muerte ríe en la boca.
Quiero besar el marfil de la mudez penúltima,
cuando el mar se retira apresurándose,
cuando sobre la arena quedan sólo unas conchas,
unas frías escamas de unos peces amándose.
Muerte como el puñado de arena,
como el agua que en el hoyo queda solitaria,
como la gaviota que en medio de la noche
tiene un color de sangre sobre el mar que no existe.
jueves, 25 de agosto de 2016
Cada silencio (por Roberto Juarroz)
El silencio que queda entre dos palabras
no es el mismo silencio que envuelve una cabeza cuando cae,
ni tampoco el que estampa la presencia del árbol
cuando se apaga el incendio vespertino del viento.
Así como cada voz tiene un timbre y una altura,
cada silencio tiene un registro y una profundidad.
El silencio de un hombre es distinto del silencio de otro
y no es lo mismo callar un nombre que callar otro nombre.
Existe un alfabeto del silencio,
pero no nos han enseñado a deletrearlo.
Sin embargo, la lectura del silencio es la única durable,
tal vez más que el lector.
miércoles, 24 de agosto de 2016
Un pobre instante (por Joan Margarit)
La muerte no es más que esto: el dormitorio,
la luminosa tarde en la ventana,
y este radiocasete en la mesita
-tan apagado como tu corazón-
con todas tus canciones cantadas para siempre.
Tu último suspiro sigue dentro de mí
todavía en suspenso: no dejo que termine.
¿Sabes cuál es, Joana, el próximo concierto?
¿Oyes cómo en el patio de la escuela
están jugando los niños?
¿Sabes, al acabar la tarde,
cómo será esta noche,
noche de primavera? Vendrá gente.
La casa encenderá todas sus luces.
martes, 23 de agosto de 2016
Jugamos al escondite con nadie (por Fernando Pessoa)
Toda la vida del alma humana es un movimiento en la penumbra. Vivimos, en un anochecer de la conciencia, nunca seguros de lo que somos y de lo que nos suponemos ser. En los mejores de nosotros vive la vanidad de algo, y hay un error cuyo ángulo no conocemos. Somos algo que sucede en el descanso de un espectáculo; a veces, por determinadas puertas, entrevemos lo que tal vez no sea más que escenario. Todo el mundo es confuso, como unas voces en la noche.
Estas páginas en las que anoto con una claridad que dura para ellas, ahora mismo las he releído y me interrogo: ¿Qué es esto, y para qué es esto? ¿Quién soy cuando siento? ¿Qué cosa muero cuando soy?
Como alguien que, desde muy alto, intentase distinguir las vidas del valle, yo asimismo me contemplo desde una cima, y soy, a pesar de todo, un paisaje vago y confuso.
Es en estas horas de un abismo en el alma cuando el más pequeño pormenor me oprime como una carta de adiós.
Me siento constantemente en una víspera de despertar, me sufro la envoltura de mí mismo, en una sofocación de conclusiones. De buen grado gritaría si mi voz llegara a algún sitio. Pero hay un gran sueño en mí, y se desplaza de unas sensaciones a otras como una sucesión de nubes, de las que dejan de distintos colores de sol y verde la hierba menos ensombrecida de los campos prolongados.
Soy como alguien que busca al acaso, no sabiendo dónde fue escondido el objeto que no le han dicho lo que es. Jugamos al escondite con nadie. Hay, en algún sitio, un subterfugio trascendente, una divinidad fluida y sólo oída.
Releo, sí, estas páginas que representan horas pobres, pequeños sosiegos o ilusiones, grandes esperanzas desviadas hacia el paisaje, penas como cuartos en los que no se entra, ciertas voces, un gran cansancio, el evangelio por escribir.
Cada uno tiene su vanidad, y la vanidad de cada uno es su olvido de que hay otros con un alma igual. Mi vanidad son algunas páginas, unos fragmentos, ciertas dudas…
¿Releo? ¡He mentido! No oso releer. No puedo releer. ¿De qué me sirve releer?
El que está ahí es otro. Ya no comprendo nada…
lunes, 22 de agosto de 2016
Quién supiera componer una rosa deshojada (por Juan Ramón Jiménez)
Como el cansancio se abandona al sueño
así mi vida a ti se confiaba...
Cuando estaba en tus brazos, dulce sueño,
te quería dejar... y no acababa.
Y no acababa... ¡Y tú te desasiste,
sorda y ciega a mi llanto y a mi anhelo,
y me dejaste desolado y triste,
cual un campo sin flores y sin cielo!
¿Por qué huiste de mi? ¡Ay, quién supiera
componer una rosa deshojada;
ver de nuevo, en la aurora verdadera,
la realidad de la ilusión soñada!
¿Adónde te llevaste, negro viento,
entre las hojas secas de la vida,
aquel nido de paz y sentimiento
que gorjeaba al alba estremecida?
¿En qué jardín, de qué rincón, de dónde
rosalearán aquellas manos bellas?
¿Cuál es la mano pérfida que esconde
los senos de celindas y de estrellas?
¡Ay quién pudiera hacer que el sueño fuese
la vida!, ¡que esta vida fría y vana
que me anega de sombra, fuera ese
sueño que desbarata mi mañana!
domingo, 21 de agosto de 2016
Te voy a matar derrota (por Juan Gelman)
Te nombraré veces y veces.
me acostaré con vos noche y día.
Noches y días con vos.
Me ensuciaré cogiendo con tu sombra.
Te mostraré mi rabioso corazón.
Te pisaré loco de furia.
Te mataré los pedacitos.
Te mataré una con Paco.
Otro lo mato con Rodolfo.
Con Haroldo te mato un pedacito más.
Te mataré con mi hijo en la mano.
Y con el hijo de mi hijo muertito.
Voy a venir con Diana y te mataré.
Voy a venir con José y te mataré.
Te voy a matar derrota.
Nunca me faltará un rostro amado
para matarte otra vez.
Vivo o muerto un rostro amado
hasta que mueras
dolida como estás ya lo sé.
Te voy a matar yo
te voy a matar.
sábado, 20 de agosto de 2016
El nombre del pasado (por Tomás Segovia)
No volverá
como el calor que el pan exhala,
esta mitad ya de tu vida,
no volverá a entibiarte aquella sangre
que ya corrió.
Inhábil como un niño,
tu jaula mal cerrada sus pájaros dispersa;
al viento van tus días,
despedazados aleteos.
Lo que ha sido tu vida,
sobre la tierra ahora tiene menos peso
que la huella de un beso
posada en una frente.
O como una palabra
(menos aún que un beso);
¿y a quién se la dirás?
¿a quién le confiarás que amaste, odiaste,
tuviste un día el tiempo entre tus brazos?
El nombre del pasado no quiere decir nada
si no es para los labios que lo dicen.
Buscarás en el peso del silencio
lo que el presente duramente trenza,
y para tener algo entre las manos,
no dirás «he vivido»,
no hablarás esas sílabas
que conmueven tan fugitivamente al aire...
viernes, 19 de agosto de 2016
Vi dos palomas (por Federico García Lorca)
Por las ramas del laurel
vi dos palomas oscuras.
La una era el sol,
la otra la luna.
«Vecinita», les dije,
«¿dónde está mi sepultura?»
«En mi cola», dijo el sol.
«En mi garganta», dijo la luna.
Y yo que estaba caminando
con la tierra por la cintura
vi dos águilas de nieve
y una muchacha desnuda.
La una era la otra
y la muchacha era ninguna.
«Aguilitas», les dije,
«¿dónde está mi sepultura?»
«En mi cola», dijo el sol.
«En mi garganta», dijo la luna.
Por las ramas del laurel
vi dos palomas desnudas.
La una era la otra
y las dos eran ninguna.
jueves, 18 de agosto de 2016
Déjala que hable (por Elkin Restrepo)
Hazte cargo de esa voz que en ti,
como la sombra de un ausente que acompaña,
reclama ya lo suyo.
Súmala a la deshecha costumbre de tus vacíos y esperanzas,
concédele al menos un instante de reposo y memoria,
acógela.
Es tu voz más antigua,
el golpe del viento sobre las claridades de un primer día,
la palabra olvidada a causa de toda desdicha.
Que ella, como un mal amor, gobierne tu vida.
Déjala que hable y calla.
Su hora pide ya una forma a la luna y sus fantasmas.
miércoles, 17 de agosto de 2016
Caía hacia arriba (por Sharon Olds)
Cuando me acosté, para pasar la noche, en el desierto,
boca arriba, y dormité, y mis ojos se abrieron,
mi mirada voló hacia arriba, como si cayera en el cielo,
y vi el ojo abierto de la noche, completamente
cándido, todo iris de un gris estrella,
salpicado por racimos de pupilas brillantes.
Miré, y dormité, y cuando mis párpados se abrían
me desplomaba en lo alto fuera de la atmósfera,
en picada y jadeando como si hubiera dado un paso en falso
en una escalera. Me dormía y volvía en mí, y me dormía,
y cada vez que abría los ojos
caía hacia arriba en la profundidad del universo.
Se veía atestado, hueco, intrincado, elástico,
no sentí que realmente podía verlo
porque no sabía qué era
lo que estaba viendo. Cuando mis párpados se alzaban,
allí estaba lo real… absoluto,
fresco, impersonal, íntimo,
benigno sin dulzura, yo planeaba en lo alto, mi
velocidad súbitamente aumentada para igualar la suya, estaba
entrando en otra dimensión, y sin embargo
una a la que pertenezco, como si
no sólo la tierra mientras estoy aquí, sino el espacio,
y la muerte, y la existencia sin mí, fueran mi casa.
martes, 16 de agosto de 2016
Qué hemos hecho (por Oliverio Girondo)
Todo,
todo,
en el aire,
en el agua,
en la tierra
desarraigado y ácido,
descompuesto,
perdido.
El agua hecha caballo antes que nube y lluvia.
Los toros transformados en sumisas poleas.
El engaño sin malla,
sin “tutu”,
sin pezones.
La impúdica mentira exhibiendo el trasero
en todas las posturas,
en todas las esquinas.
Las polillas voraces de expediente cocido,
disfrazadas de hiena,
de tapir con mochila.
Las techumbres que emigran en oscuras bandadas.
Las ventanas que escupen dentaduras de piano,
cacerolas,
espejos,
piernas carbonizadas.
Porque mirad
sin musgo,
mi corazón de yesca,
qué hicimos,
qué hemos hecho
con nuestras pobres manos,
con nuestros esqueletos de invierno y de verano.
Desatar el incendio.
Aplaudir el desastre.
Trasladar,
sobre caucho,
apetitos de pústula.
Prostituir los crepúsculos.
Adorar los bulones
y los secos cerebros de nuez reblandecida…
Como si no existiera más que el sudor y el asco;
como si sólo ansiáramos nutrir con nuestra sangre
las raíces del odio;
como si ya no fuese bastante deprimente
saber que sólo somos un pálido excremento
del amor,
de la muerte.
lunes, 15 de agosto de 2016
Y estar aquí contigo (por Miguel D' Ors)
Qué dicha no ser Basho, en cuya voz
florecían tan leves los ciruelos,
ni ser Beethoven con su borrasca en la frente
ni Tomás Moro en el taller de Holbein.
Qué dicha no tener
un bungalow en Denver (Colorado)
ni estar mirando desde el Fitz Roy el silencio
mineral de la tarde patagónica
ni oler la bajamar de Saint-Malo
y estar aquí contigo, respirándote, viendo
la lámpara del techo reflejada en tus ojos.
domingo, 14 de agosto de 2016
La lluvia sonaba (por Fernando Pessoa)
Toda la noche, y durante horas, el chirriar de la lluvia ha bajado. Toda la noche, conmigo entredespierto, la monotonía fría me ha insistido en los cristales.
Ora un jirón de viento, en un aire más alto, azotaba, y el agua ondeaba en sonido y pasaba unas manos rápidas por la ventana; ora con un sonido sordo sólo hacía sueño en el exterior muerto. Mi alma era la misma de siempre, entre sábanas como entre gentes, dolorosamente consciente del mundo. Tardaba el día como la felicidad: a aquella hora parecía que también indefinidamente.
¡Si el día y la felicidad no llegasen nunca! Si esperar, cuando menos, pudiese ni siquiera tener la desilusión de conseguir.
El ruido casual de un carro tardío, saltando áspero sobre las piedras, crecía desde el fondo de la calle, hacia el fondo del vago sueño que yo no conseguía del todo.
Batía, de cuando en cuando, una puerta de la escalera. A veces había un chapotear líquido de pasos, un rozar por sí mismas de ropas mojadas. Una u otra vez, cuando los pasos eran más, sonaba alto y atacaban. Después, el silencio volvía, con los pasos que se apagaban, y la lluvia continuaba innumerablemente.
En las paredes oscuramente visibles de mi cuarto, si abría yo los ojos del sueño falso, flotaban fragmentos de sueños por hacerse, vagas luces, trazos oscuros, cosas de nada que trepaban y bajaban. Los muebles, mayores que de día, manchaban vagamente el absurdo de la tiniebla. La puerta era indicada por algo ni más blanco ni más negro que la noche, pero diferente. En cuanto a la ventana, yo sólo la oía.
Nueva, fluida, variable, la lluvia sonaba. Los momentos se retrasaban ante su sonido. La soledad de mi alma se ensanchaba, se arrastraba, invadía lo que yo sentía, lo que yo quería, lo que yo no iba a soñar. Los objetos vagos, participantes, en la sombra, de mi insomnio, pasaban a tener lugar y dolor en mi desolación.
sábado, 13 de agosto de 2016
Un amor no sometido (por Roberto Juarroz)
por encima del rito del vínculo,
más allá del juego siniestro
de la soledad y de la compañía.
Un amor que no necesite regreso,
pero tampoco partida.
Un amor no sometido
a los fogonazos de ir y de volver,
de estar despiertos o dormidos,
de llamar o callar.
Un amor para estar juntos
o para no estarlo
pero también para todas las posiciones
intermedias.
Un amor como abrir los ojos.
Y quizá también como cerrarlos.
viernes, 12 de agosto de 2016
Conquistando un secreto (por José Manuel Díez)
Crece inerme la dicha para aquel que se ignora:
quien no se reconoce no se juzga.
Sin embargo, algo dentro de nosotros asciende
contra su propio impulso sosegado,
sobre su propia inercia, hacia su centro.
Sin embargo, algo dentro de nosotros progresa
conquistando un secreto que, al cifrarnos, protege
cuanto habremos de ser,
desconocidos.
Y quién se hace preguntas sin desvelo.
Y quién duda su nombre sin tristeza.
Somos la voz de un eco irresoluto:
una voz que, al pensarse, manifiesta su nada,
su elipsis ulterior,
su mudo origen.
jueves, 11 de agosto de 2016
Autorretrato con mar (por Joan Margarit)
Aquel niño callado. Juega solo.
Permanece detrás de estos ojos de viejo,
resiste la embestida brutal del mediodía
oyendo los confusos versículos del mar
y el grito de los cuerpos desnudos y oxidados
al entrar en las aguas transparentes y frías
de la playa de piedras. Avergonzado, corre
de un escondite a otro de los cuentos.
Duerme dentro de mí, desvalida criatura:
duerme dentro de mí, una noche de reyes,
donde en silencio vuelan las escobas
y los lobos dejaron sus huellas en la nieve.
Afuera brilla un cielo lleno de albaricoques,
y el mar azul oscuro de ciruelas
se deshace en los negros cuchillos de las rocas.
El verano de alcohol frío en los ojos
me hace sentir mi vida como la pulpa oscura
y dorada de un fruto que se pudre
alrededor del hueso del recuerdo.
Dentro de mí ocúltate, desvalida criatura.
Dentro de mí protégete de la cruel claridad.
Recita la leyenda que habla del niño gris
y de la miserable bicicleta
montada por el triste ciclista del suburbio.
Te busca y está cerca. Pedalea hacia aquí.
miércoles, 10 de agosto de 2016
Gloria (por José Julio Cabanillas)
Gloria por la palabra que mi boca
no acierta a decir nunca, mientras mi mano tiembla
o deja garabatos rotos como la nieve
que a copos viste de niñez los montes.
Por el lucero rojo que acompaña a la luna.
Por el olivo cano, desde chico tan serio,
que luego da el aceite con su risa de oro.
Por el lomo estrellado de la trucha
que se parece al manto de Merlín.
Gloria por el rocío y el diminuto cielo
que deja en cada brizna.
Por la caja de música que suena en el verano
-con el lucero, el grillo; con el sol, la chicharra-,
porque saben sus notas el más secreto anhelo.
Gloria también por todas las cosas que no sé.
martes, 9 de agosto de 2016
Duele la tierra (por Vicente Aleixandre)
Duele la cicatriz de la luz,
duele en el suelo la misma sombra de los dientes,
duele todo,
hasta el zapato triste que se lo llevó el río.
Duelen las plumas del gallo,
de tantos colores
que la frente no sabe qué postura tomar
ante el rojo cruel del poniente.
Duele el alma amarilla o una avellana lenta,
la que rodó mejilla abajo cuando estábamos dentro del
agua
y las lágrimas no se sentían más que al tacto.
Duele la avispa fraudulenta
que a veces bajo la tetilla izquierda
imita un corazón o un latido,
amarilla como el azufre no tocado
o las manos del muerto a quien queríamos.
Duele la habitación como la caja del pecho,
donde palomas blancas como sangre
pasan bajo la piel sin pararse en los labios
a hundirse en las entrañas con sus alas cerradas.
Duele el día, la noche,
duele el viento gemido,
duele la ira o espada seca,
aquello que se besa cuando es de noche.
Tristeza. Duele el candor, la ciencia,
el hierro, la cintura,
los límites y esos brazos abiertos, horizonte
como corona contra las sienes.
Duele el dolor. Te amo.
Duele, duele. Te amo.
Duele la tierra o uña,
espejo en que estas letras se reflejan.
lunes, 8 de agosto de 2016
Una ventana (por Jorge Guillén)
El cielo sueña nubes para el mundo real
con elemento amante de la luz y el espacio.
Se desparraman hoy dunas de un arrecife,
arenales con ondas marinas que son nieves.
Tantos cruces de azar, por ornato caprichos,
están ahí de bulto con una irresistible
realidad sonriente. Yo resido en las márgenes
de una profundidad de transparencia en bloque.
El aire está ciñendo, mostrando, realzando
las hojas en la rama, las ramas en el tronco,
los muros, los aleros, las esquinas, los postes:
serenidad en evidencia de la tarde,
que exige una visión tranquila de ventana.
Se acoge el pormenor a todo su contorno:
guijarros, esa valla, más lejos un alambre.
Cada minuto acierta con su propia aureola,
¿o es la figuración que sueña este cristal?
Soy como mi ventana. Me maravilla el aire,
¡hermosura tan límpida ya de tan entendida,
entre el sol y la mente! Hay palabras muy tersas,
y yo quiero saber como el aire de junio.
La inquietud de algún álamo forma brisa visible,
en círculo de paz se me cierra la tarde,
y un cielo bien alzado se ajusta a mi horizonte.
con elemento amante de la luz y el espacio.
Se desparraman hoy dunas de un arrecife,
arenales con ondas marinas que son nieves.
Tantos cruces de azar, por ornato caprichos,
están ahí de bulto con una irresistible
realidad sonriente. Yo resido en las márgenes
de una profundidad de transparencia en bloque.
El aire está ciñendo, mostrando, realzando
las hojas en la rama, las ramas en el tronco,
los muros, los aleros, las esquinas, los postes:
serenidad en evidencia de la tarde,
que exige una visión tranquila de ventana.
Se acoge el pormenor a todo su contorno:
guijarros, esa valla, más lejos un alambre.
Cada minuto acierta con su propia aureola,
¿o es la figuración que sueña este cristal?
Soy como mi ventana. Me maravilla el aire,
¡hermosura tan límpida ya de tan entendida,
entre el sol y la mente! Hay palabras muy tersas,
y yo quiero saber como el aire de junio.
La inquietud de algún álamo forma brisa visible,
en círculo de paz se me cierra la tarde,
y un cielo bien alzado se ajusta a mi horizonte.
domingo, 7 de agosto de 2016
Aguas benditas (por Elder Silva)
Los dos bajo la ducha:
tu mano moviendo los grifos amarillos
(equivocados),
el tránsito del agua por los lugares recién amados
de tu cuerpo,
senos altos bajo la cascada,
la lluvia del pelo en el entorno de los hombros,
las manos comerciando con tu vientre,
con los movimientos pretorianos de tu boca desnuda.
El niágara habitual en casa del poeta solo,
a donde llegabas, te mojabas,
ibas y venías
siempre intacta.
(Olímpica en el corredor de los departamentos.)
El niágara habitual bajo el cual el mundo desaparecía.
Al menos, el de las malas ideas,
el de borrascosas tardes.
sábado, 6 de agosto de 2016
La mujer de Noé habla consigo misma (por Bárbara Korun)
Hace días, años estoy acurrucada acá, en el entrepuente.
Descendí por compasión hacia los animales que gemían.
Aquí está oscuro, húmedo, con olor a encierro.
Hay un hedor insoportable.
Los cocodrilos abren sus dentadas fauces,
las serpientes sisean, los leones rugen hambrientos,
y todo lo sobrevuela el inquieto pataleo
del poder de los elefantes.
Al principio tenía miedo a la oscuridad y a los sonidos,
al hormigueo incomprensible de seres que no veía,
que apenas sospechaba -arañas, ratones,
ciempiés, escorpiones-.
Sea grande o pequeño, todo se mueve a un compás
monstruosamente armonioso,
como en un agua invisible,
oscura e irracional.
Me convertí en uno de ellos,
percibí nuestro latido común,
cálido, húmedo, con olor a encierro.
40 días, 40 años.
Hemos envejecido, nos hemos tranquilizado
en nuestra tristeza, en nuestra hambre.
Aquí abajo no hay dios.
Al abrigo de los vapores esperamos el rostro barbado
de alguien que cumple mandatos divinos.
Oigo un ruido:
Noé está soltando a los animales a tierra firme.
Apoyo mi rostro contra la hendidura de la puerta
y la luz, que ya había olvidado, me empapa.
Cuando mi marido, que ya se olvidó de mí, abra la puerta,
se abalanzará contra su pecho lleno de viento y sol
una manada de animales,
un cuerpo de múltiples colas y miles de ojos brillantes
que se mueve a la menor sospecha. Yo la primera.
viernes, 5 de agosto de 2016
¿Quién puede saber? (por Seunghyu Yi)
La nube blanca sale del templo de la colina al amanecer.
La nube blanca vuelve al templo de la colina al atardecer.
El pino verde envejece, la luna clara se mira en el río.
¿Quién puede saber de iluminación y no iluminación?
jueves, 4 de agosto de 2016
Mar ideal (por Juan Ramón Jiménez)
Los dos vamos nadando
-agua de flores o de hierro-
por nuestras dobles vidas.
-Yo, por la mía y por la tuya;
tú, por la tuya y por la mía-.
De pronto, tú te ahogas en tu ola,
yo en la mía; y, sumisas,
tu ola, sensitiva, me levanta,
te levanta la mía, pensativa.
miércoles, 3 de agosto de 2016
Bájate entonces (por Juan Gelman)
Padre,
desde los cielos bájate, he olvidado
las oraciones que me enseñó la abuela,
pobrecita, ella reposa ahora,
no tiene que lavar, limpiar, no tiene
que preocuparse andando el día por la ropa,
no tiene que velar la noche, pena y pena,
rezar, pedirte cosas, rezongarte dulcemente.
Desde los cielos bájate, si estás, bájate entonces,
que me muero de hambre en esta esquina,
que no sé de qué sirve haber nacido,
que me miro las manos rechazadas,
que no hay trabajo, no hay,
bájate un poco, contempla
esto que soy, este zapato roto,
esta angustia, este estómago vacío,
esta ciudad sin pan para mis dientes, la fiebre
cavándome la carne,
este dormir así,
bajo la lluvia, castigado por el frío, perseguido
te digo que no entiendo, Padre, bájate,
tócame el alma, mírame
el corazón!,
yo no robé, no asesiné, fui niño
y en cambio me golpean y golpean,
te digo que no entiendo, Padre, bájate,
si estás, que busco
resignación en mí y no tengo y voy
a agarrarme la rabia y a afilarla
para pegar y voy
a gritar a sangre en cuello
martes, 2 de agosto de 2016
Geografía fuera de su sitio (por Jorge Spíndola)
ahora manejo un peugeot 404 modelo 79
voy evadiendo el precipicio
ese pozo profundo donde algún día caeremos
cae la helada del invierno
y la noche se ha puesto blanca
unos carteles oxidados
señalan lugares inexactos
geografía fuera de su sitio
aquí no hay indicios de tu nombre
/parada kunzel 2 km./
unos surtidores de nafta abandonados
parecen cristianos a la izquierda del camino
línea sur donde todo se evapora
aquí voy una vez más con el viejo peugeot
alumbrando un pedazo de la ruta
todo ha sido tan fugaz
como esa liebre
encandilada por los focos
la luz abre dos túneles helados
en la espalda del camino
ahí va ese que soy
y todos los que fui
va rodando sobre el mundo
silencioso
a 80 km. por hora
y no hay indicios de tu nombre
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