zUmO dE pOeSíA

zUmO dE pOeSíA
de todos los colores, de todos los sabores

ALEATORIUM: Saca un poema de nuestro almacén

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jueves, 31 de marzo de 2016

Y estar aquí contigo (por Miguel D' Ors)


Qué dicha no ser Basho, en cuya voz
florecían tan leves los ciruelos,
ni ser Beethoven con su borrasca en la frente
ni Tomás Moro en el taller de Holbein.
Qué dicha no tener
un bungalow en Denver (Colorado)
ni estar mirando desde el Fitz Roy el silencio
mineral de la tarde patagónica
ni oler la bajamar de Saint-Malo

y estar aquí contigo, respirándote, viendo
la lámpara del techo reflejada en tus ojos.


miércoles, 30 de marzo de 2016

Miles de hombres (por Kelver Ax)


en mi cama hay más que un hombre dormido

son miles de hombres dormidos

en la extensa noche que es el tiempo

(qué hace tan alto el cielo)

(por qué la tierra gira como un niño hiperactivo)


estoy en la mitad del tiempo

tiran de mis brazos pasado y pasado

de romperse

se derramarán mis ancestros

martes, 29 de marzo de 2016

Todo era blanco (por Juan Carlos Moisés)


Entre Comodoro Rivadavia y Trelew,
en algún lugar de la Ruta Nacional 3.
No era lo que se dice una "Commedia",
tampoco era simulacro, ni era representación.
Estaba con mis hijos en "mitad del camino",
fuera del auto estacionado en la banquina,
de pie en la nieve y de espaldas al aire frío.
Nos habíamos abrigado hasta los ojos antes
de bajar, y no hablábamos porque era posible
que se nos congelara el aliento, las palabras.
A falta de sol, una especie de luz se suspendía
sobre los campos congelados de la tarde.
El chorro tibio, a temperatura corporal,
fue haciendo un hueco en la nieve.
La aureola amarilla avanzaba, concéntrica,
fuera del círculo polar y gradualmente
lo derretía sin que hubiera oposición.
Le devolvíamos a la tierra, paciente bajo
la masa compacta, una pertenencia en común.
Cuando, cada uno en lo suyo, terminamos
de arroparnos y caminábamos hacia el auto
con el motor en marcha y la calefacción
encendida donde esperaba la madre,
coincidimos en mirar trescientos sesenta
grados alrededor. Todo era blanco, y esa
luz precaria se desparramaba envolviéndonos
como el aliento de la respiración. Había algo,
además de la nieve, en ese lugar apartado, sin
puntos de referencia, que nos hacía mover lentos,
callados, como si aún nada tuviera nombre.

lunes, 28 de marzo de 2016

La protección inútil (por Julio Cortázar)


Lo sé muy bien, soy de una timidez enfermiza,

estar en el mundo me es hierro, me es guijarro.

Hasta el agua, casi siempre mi aliada,

resbala seca y hostil contra estos labios

que la quisieran almendra y encaje;

al atardecer, bajo la luz

ambigua que todavía me permite

errar por la ciudad, el perfil de las nubes,

ese perfil suavísimo,

lacera brutalmente mi piel y me obliga

a huir gritando, a refugiarme bajo los portales.

Me aconsejan que viaje en subterráneo

para mayor seguridad,

o que me compre un sombrero de alas flotantes.

De nada vale que me hablen

con el tono que suscitan los niños,

yo miro hacia lo lejos donde sin embargo hay

una golondrina esperando para afilar sus tijeras en mi cuello.

Los consejeros municipales

han llegado a votar créditos para mi protección,

la gente se preocupa por mí.

Gracias, señoras y señores, me gustaría retribuir tanta gentileza

con ternura y civilidad; desgraciadamente ustedes

estarán siempre allí y eso es acantilado a pique, máquina para moler la sombra,

insoportable exageración de una bondad armada a garras de coral.

Cada vez me parece más penoso complicar la existencia ajena, pero

no queda ninguna isla desierta, ninguna arboleda de mala fama,

ni quisiera un corralito para encerrarme en él, y, desde allí, mirar

a los demás bajo la luz de la alianza.

¿Tengo la culpa yo, oh tierra poblada de espinas, de ser un unicornio?

domingo, 27 de marzo de 2016

De refilón (por Pere Gimferrer)


Si por tanto dolor y tantas gemas
hemos sabido solo vivir de refilón,
siempre encendiendo fuegos aproximativos,
la sibila del agua de la cueva,
minerales y húmedas palabras en la luz sorda,
si por tantas azadas afiladas
hemos sabido solo decir palabras lóbregas,
arando el campo ojoso de las sombras,
el oro con gafas negras de la noche,
solo hemos sabido decir la nieve ausente,
si por tantos glaciares desecados
nos hemos abstenido de la nieve
como el grajo se abstiene de la palabra,
si no somos más que el pulgar de la nieve,
marcado en la roca de luz reseca,
resecos de luz y nieve, y en la palabra
sabemos enunciar el esplendor en jaulas,
como dice el ruiseñor que morirá
cuando lleguen las yeguas de la noche.
Si por tantas condenas y conquistas
no puede el territorio romper el yermo,
en la viñeta del país del aire,
como en el abrojo del agua estremecida
el catafalco de la luz que quema,
la iglesia sumergida en ‘Nostalghia’,
la bufonada de la claridad,
si no sabemos qué dicen los responsos
del aire muerto, el aire henchido del cierzo,
la burbuja plutónica del aire,
pero sabemos que vivir es el latín
dicho por el aire que canta en "Perceval",
es el latín melódico en la fronda,
es el gorjeo de la luz
(amor: gorjeo de la luz),
lo sabemos todo, como en Chrétien de Troyes
o en Carles Riba, lo sabemos todo, tomamos
el aire calcinado de la obstinación,
el filamento de la bombilla encendida
que nos quemará la mano, la cloratita
de las Brigadas Rojas en la noche de Siena: luz etrusca
de máscaras etruscas que buscan el absoluto,
la luz intransigente de la aurora,
alba y noche de nuestro amor, la vida:
manchas de sangre en un pañuelo rojo.


sábado, 26 de marzo de 2016

Como anguilas en un barreño (por Fernando Pessoa)


Cada vez que mi propósito se ha elevado, por influencia de mis sueños, por encima del nivel cotidiano de mi vida, y durante un momento me he sentido alto, como el niño en un columpio, cada vez de éstas he tenido que bajar como él al jardín municipal, y conocer mi derrota sin banderas desplegadas para la guerra ni espada que tuviese la fuerza de desenvainar.

Supongo que la mayoría de aquellos con quienes me cruzo en el acaso de las calles lleva consigo —lo noto en el movimiento silencioso de los labios y en la indecisión confusa de los ojos o en la elevación de la voz con que rezan juntos— una igual proyección para la guerra inútil del ejército sin pendones.

Y todos —me vuelvo para atrás y contemplo sus dorsos de vencidos pobres— tendrán, como yo, la gran derrota vil, entre los limos y los juncos, sin claro de luna en las márgenes ni poesía en los pantanos, miserable y hortera.

Todos tienen, como yo, un corazón exaltado y triste, los conozco bien: unos son dependientes de tiendas, otros son empleados de oficina, otros son comerciantes de pequeños comercios; otros son los vencedores de los cafés y de las tascas, gloriosos sin saberlo en el éxtasis de la palabra egotista. Pero todos, pobrecillos, son poetas, y arrastran, a mis ojos, como yo a sus ojos, la igual miseria de nuestra común incongruencia. Tienen todos, como yo, el futuro en el pasado.

Ahora mismo, que me hallo inerte en la oficina, y todos salvo yo se han ido a almorzar, miro, a través de la ventana empañada, al viejo oscilante que recorre lentamente la acera del otro lado de la calle. No va borracho; va soñador. Está atento a lo inexistente; quizás espere todavía. Los dioses, si son justos en su injusticia, nos conserven todavía los sueños cuando sean imposibles, y nos concedan buenos sueños, aunque sean bajos. Hoy, que no soy todavía viejo, puedo soñar en las islas del Sur y con Indias imposibles; mañana quizá me sea concedido por los mismos dioses el sueño de ser dueño de una tabaquería pequeña, o jubilado en una casa de los alrededores.

Cualquiera de los sueños es el mismo sueño, porque todos son sueños. Cámbienme los dioses los sueños, pero no el don de soñar. En el intervalo de pensar esto, el viejo se ha salido de mi atención. Ya no lo veo. Abro la ventana para verlo.

Todavía no lo veo. Se ha salido. Ha tenido, para conmigo, el valor visual del símbolo; ha terminado y ha doblado la esquina.

Si me dijeran que ha doblado la esquina absoluta, y nunca ha estado aquí, lo admitiré con el mismo gesto con que cierro ahora la ventana.

¿Conseguir?…

¡Pobres semidioses horteras que conquistan imperios con la palabra y la intención noble y tienen necesidad de dinero con el cuarto y la comida! Parecen las tropas de un ejército desertado cuyos jefes tuviesen un sueño de gloria del que a éstos, perdidos entre los limos de los pantanos, queda tan sólo la noción de grandeza, la conciencia de haber sido del ejército, y el vacío de no haber sabido lo que hacía el jefe que nunca han tenido.

Así, cada uno se sueña, un momento, el jefe del ejército de cuya retaguardia ha huido. Así, cada uno, entre el barro de los riachos, saluda a la victoria que nadie pudo lograr, y de la que ha quedado una especie de migas entre manchas en el mantel que se han olvidado de sacudir.

Llenan los intersticios de la acción cotidiana como el polvo los intersticios de los muebles cuando no se los limpia con cuidado. En la luz vulgar del día común se les ve luciendo como gusanos cenicientos contra la caoba rojiza. Pueden sacarse con un clavo viejo. Pero nadie tiene prisa por sacarlos.

¡Pobres compañeros míos que sueñan en voz alta, cómo los envidio con vergüenza! Conmigo están los otros —los más pobres, los que no tienen más que a sí mismos a quien contar los sueños y hacer lo que serían versos, si los escribiesen—, los pobres diablos sin más literatura que la propia alma, que mueren asfixiados por el hecho de existir.

Unos son héroes y derriban cinco hombres en una esquina de ayer. Otros son seductores y hasta las mujeres inexistentes no osan resistírseles. Se lo creen cuando lo dicen y todos lo dicen porque se lo creen. Para todos ellos, vencidos del mundo, porque quienes quiera que sean son gente.

Y todos, como anguilas en un barreño, se enroscan entre sí y se cruzan unos por encima de los otros y no salen de los barreños.


viernes, 25 de marzo de 2016

Tornillo (por Raúl Campoy)


Voy dibujando la rosca de un tornillo con cada gesto y el tornillo gira, y yo vivo en su hipnótico metal y como una tuerca me paseo por la rosca y el tornillo gira, y perdido en su cilindro a veces hay holguras de pared por donde visito lo que amo y el tornillo gira, y vuelvo enroscado, punzante en este sonido inacabado y el tornillo gira, y giro forzado entre paredes y giro loco y el tornillo gira, y me oprimo entre hélices con ojos nauseabundos y el tornillo gira y el tornillo avanza, y todo me sabe a caracoles, a ovillos enloquecidos como un Michael Jackson intratable y el tornillo gira, y entre esta revolución de alcoholes sin remedio, entre este apretarme y soltarme sin remedio, mientras el tornillo gira, me asusto de mí mismo: de ser yo mismo el destornillador.


jueves, 24 de marzo de 2016

Fraternidad (por Manuel Vilas)


Me gustan las calles iluminadas de la ciudad el sábado por la noche, cuando llega el invierno y la gente decide vivir.
Me seduce el olor a mozzarella y a orégano de las pizzerías.
Me enloquecen los billetes de 500 euros. Todas las formas de la vida son buenas.
Me encantan los nadadores que nadan desnudos, en mitad del Pacífico, bajo un sol compasivo, esperando la caída del cielo sobre sus hombros ateridos.
Me encantan las ganas de nadar.
Adoraba a los comunistas, sus rojos atuendos, su estrella roja en la frente de mármol, su espíritu fortificado. Soy un buitre enamorado. Ningún problema conmigo, sólo soy encantamiento, oyes, ningún problema con un tipo como yo.
Soy el mejor de los hombres.
Si te deja tu mujer, beberé contigo toda la noche y te devolveré la serenidad, porque soy un buen tipo y te quiero. Porque os quiero a todos y a todas. Me encanta estar aquí, como un árbol duro.
Me encantan los coches oficiales que salen en la televisión. Me enloquecen los zapatos siempre nuevos del Presidente. Amo los peinados y las colonias y los collares y los bolsos babilónicos de las ministras. Eh, adoro Babilonia.
Me enamoro de los ascensores de los hoteles de lujo, de una limpieza insuperable, oliendo a abundante y sereno perfume industrial categoría A a las ocho y media de la mañana y pienso en las manos torturadas de las chicas de la limpieza, cobrando miseria, en sus alianzas, en sus pulseras.
Me enamoro de las camareras, torturadas, ofendidas.
Me encanta el sol, las calles con sol.
Qué bien que exista el sol, yo te concibo.
Qué bien que existan las estrellas, yo las concibo, yo perdono su lejanía, yo las perdono, yo perdono su incomparecencia en esta mano, en esta carne.
Adoro a las camareras y su protagonismo en la historia universal. Me encantan las escaleras mecánicas: estar en ellas, subido allí, meditando, como un sultán tetrapléjico.
Adoro a los tetrapléjicos. Adoro a los paralíticos cerebrales. Adoro a los ciegos. Amo a los inválidos, a los deficientes. Me encantan las nuevas terminales de los cajeros automáticos, esos números verdes, grandiosos, emitiendo luz, sacando dinero, mucho dinero, todo el dinero.
No tengo paz, no la conozco.
Adoro a Frankenstein —ese superdotado—, mi hermano, mi semejante. Me encantan los ancianos. Me encantan las Residencias de la Tercera Edad construidas en las circunvalaciones que cercan Madrid, Sevilla, Barcelona, Bilbao, Málaga, Valencia y Zaragoza.
Amo las ciudades porque amo cualquier cosa que sea más grande que mi cuerpo.
De haber nacido en Estambul, también hubiera sido pobre, hubiera tenido que arrastrarme detrás de los turistas, vendiendo cucharas de madera y colonias falsas, vendiendo pulseras y relojes y camisetas y cinturones y ropa interior falsificada. Adoro las falsificaciones. El mundo es una falsificación permanente.
Sólo la pobreza es grande como el sol, la nieve y la sangre.
Y amé Sevilla, y me bañé en el Guadalquivir, nadando a la vera del aceite industrial, de residuos hipertóxicos. Amo la basura, porque la poesía vive ya con la basura.
Amé el aire de Chernobyl como amaré las vísceras blancas de la última ballena en Canadá.
Adoro la carne que tiran a la basura en los restaurantes de lujo: voluminosos cubos negros de basura con gigantescas bolsas azules, donde se amontonan los solomillos y las langostas, que la gente rica abandona en sus platos grandes y brillantes. Me conmueve la comida que sobra en París todos los días: diez mil kilos de inocente vacuno importado de Argentina, muerto en vano.
Deja que bese tu frente de acero.
Me encantan las Ray Ban doradas y verdes con que protejo mis ojos de la radiación de la vida. Me encanta mirar el flujo venenoso de las cosas y el beso raro de la luna.
Tenéis suerte de tenerme como hermano porque soy el mejor. Hermano de los pueblos oprimidos y con ganas de oprimirlos aún más, hasta convertir esos pueblos en huracanes y tempestades y tifones y catástrofes.
Mi corazón es un escaparate lleno de baratijas de Oriente y de Occidente.
Mi corazón es una estepa rusa con armas automáticas.
Mi corazón es una revolución llena de ahorcamientos, fusilamientos, millones de golpes contra los inocentes.
Beso a los inocentes.
Amo a los inocentes.
Moriría por ellos sin pensarlo una milésima de segundo.
No juzgaré la vida.
Amaré y no seré responsable.
Beso a quienes no tienen nada.
Beso a quienes han perdido.
Beso a quienes nadie besará.
Beso la luz.
Deja que bese tus labios de mármol.
Beso a los inocentes.

miércoles, 23 de marzo de 2016

De una expedición no efectuada al Himalaya (por Wislawa Szymborska)


Ajá, así que esto es el Himalaya.

Montañas corriendo hacia la Luna.

El momento del despegue eternizado

en un cielo de pronto descosido.

Un desierto de nubes perforado.

Golpe en la nada.

Eco: blanca mudez.

Silencio.


Yeti, abajo es miércoles:

hay pan, abecedario,

dos y dos son cuatro

y la nieve se derrite.

Hay una manzana roja

partida en cruz.


Yeti, no sólo el crimen

es posible.

Yeti, no todas las palabras

condenan a muerte.


Heredamos la esperanza,

don del olvido.

Verás cómo parimos

en las ruinas.

Yeti, tenemos a Shakespeare.

Yeti, tocamos el violín.

Yeti, en la penumbra

encendemos la luz.


Aquí, ni Luna ni Tierra,

y se congelan las lágrimas.

¡Yeti, cuasiconejo lunar,

piénsalo bien y vuelve!


Así, entre cuatro paredes de avalanchas,

llamaba al Yeti y pataleaba,

para entrar en calor,

sobre las nieves

perpetuas.


martes, 22 de marzo de 2016

Si alguna vez las lleno (por Philip Larkin)

Interrumpir el diario

fue un golpe a la memoria,

fue partir de cero,

privado del alivio

de esas palabras, de esos hechos

como un despertar sombrío.


Quería terminarlas,

precipité el entierro

y me volví a mirar

como quien mira inviernos y guerras

perdidos tras los ventanales

de una infancia opaca.


¿Y las páginas vacías?

Si alguna vez las lleno

que sea registrando

celestes recurrencias:

qué día llega la flor

y cuándo emigra el pájaro.


lunes, 21 de marzo de 2016

En aquella perdida parte mía (por Roberto Juarroz)


En una noche que debió ser lluvia

o en el muelle de un puerto tal vez inexistente

o en una tarde clara, sentado a una mesa sin nadie,

se me cayó una parte mía.


No ha dejado ningún hueco.

Es más: pareciera algo que ha llegado

y no algo que se ha ido.


Pero ahora,

en las noches sin lluvia,

en las ciudades sin muelles,

en las mesas sin tardes,

me siento de repente mucho más solo

y no me animo a palparme,

aunque todo parezca estar en su sitio,

quizá todavía un poco más que antes.


Y sospecho que hubiera sido preferible

quedarme en aquella perdida parte mía

y no en este casi todo

que aún sigue sin caer.


domingo, 20 de marzo de 2016

Diecinueve años (por Antonio Gamoneda)

Va a hacer diecinueve años

que trabajo para un amo.

Hace diecinueve años que me da la comida

y todavía no he visto su rostro.


No he visto al amo en diecinueve años

pero todos los días yo me miro a mí mismo

y voy sabiendo poco a poco

cómo es el rostro de mi amo.


Va a hacer diecinueve años

que salgo de mi casa y hace frío

y luego entro en la suya y me pone una luz

amarilla encima de la cabeza…


Y todo el día escribo dieciséis

y mil y dos y ya no puedo más.

Y luego salgo al aire y es de noche

y vuelvo a casa y no puedo vivir.


Cuando vea a mi amo le preguntaré

lo que son mil y dieciséis

y por qué me pone una luz encima de la cabeza.


Cuando esté un día delante de mi amo,

veré su rostro, miraré en su rostro

hasta borrarlo de él y de mí mismo.

sábado, 19 de marzo de 2016

La magra mano ancestral (por John Brinnin)

Tú eres, en 1925, mi padre;
con sombrero de paja, recatado, soy tu único hijo.
A través de la luz de cebra en abanico del lago
nuestro bote alquilado se desliza sobre la luminosa calma.

Y estamos ansiosos, llegados a este
primer cuadro vivo de nosotros mismos; y tus ojos que miran
atónitos mis nueve años osados,
mi consciente corazón que oye el clic de los toletes
y se llena de datos privativos de ti...
Cómo Francia es rosa, cómo el mediodía no tiene sombras,
cómo los malos ángeles rebeldes cayeron
de esa altura de marfil, y cómo ardieron.

Y tú estás vagamente debilitado y proyectas
una sorpresa de peniques, algún gesto directo,
por ser orgulloso e inarticulado, tu mente
dramática y agitada, sorprendida por el amor;

en silencios herméticos como este
retorna la magra mano ancestral, la voz
de lo no cumplido con su toque de navaja
exhortando nuestro disperso aliento a decidirse.

Y padres e hijos en sus mutuos ojos,
intercambian (un momento vasto y volátil)
la mirada de los paralíticos, o las noticias
de los constructores sobre la invadida tierra.

Ahora tengo veintidós años y tú estás muerto,
Y tarde en Lincoln Park los remeros pasan
contrariados en sus odiseas, el lago
no es deslumbrante ni ancho, sino oscuro y trivial.


viernes, 18 de marzo de 2016

Otro nombre daremos (por Gastão Cruz)


Otro nombre canción daremos hoy
al luminoso día que nos cubre
con piedra y con ceniza endurecida
desiertos días muerte
y otro nombre
a la ciudad cansada que cubrimos
como el seco rumor de la vida al abrigo
de este fuego rasgado que veloz
trae y lleva consigo la desnuda luz
del aire el movimiento vano del día
y los consume

Otro nombre canción otra morada
daremos hoy al día luminoso
que nos cubre de la ceniza
de la claridad rápida de las calles
y del nombre nos cubre vano de la vida

Otro nombre al pasado playa monte
luz de arenas cubierta
que
cubrimos

Otro consumo vivo de palabras
otro fuego de luz sobre la herida
constante noche ardiente del invierno
otra canción canción y en el desierto
y en la honda espesura de otro río
en otra agua veloz otro rumor
el fuego de este día en que cubriendo
la luz la piedra
el viento esparce la ceniza
en el río en la piedra abierto endurecida
y del día de
la muerte el puro nombre
rumoroso y veloz
otro
desvía

jueves, 17 de marzo de 2016

Si me pareciera a ellas (por Muhammad ibn Abbad al-Mutamid )

Lloré al paso de las perdices en bandada,
libres, sin cárcel, no lastradas por grilletes,
y no fue, Dios me libre, de pura envidia,
que fue melancolía, ¡si me pareciera a ellas!
y volase suelto, sin la familia dispersa
y las entrañas en carne viva, ni hijos muertos
haciendo manar el llanto de mis ojos.
¡Tengan buena suerte! que no se rompió su grupo
ni saboreó ninguna la separación de los suyos,
que no han pasado —como yo— la noche,
el corazón en un puño, a cada estremecerse
de la puerta de la cárcel, o gemir de los cerrojos.
Y no es esto algo que haya discurrido.
Sólo describo lo que desde siempre alberga
el corazón del hombre. Mi alma anhela
el encontronazo con la muerte;
otro quizás amaría la vida cargado de grilletes.
Que Dios preserve a las perdices en sus crías,
que a las mías las traicionaron el agua y la sombra.


miércoles, 16 de marzo de 2016

O (por Saiz de Marco)


¿Lo ensucio y mancho

o dejo este lugar algo más limpio?


¿Suavizo el mundo

o aumento su aspereza y su abruptez?


¿Agrio el vivir

o lo vuelvo más dulce y más querible?


¿Hago más blando

o a mi paso endurezco este camino?


¿Doy comprensión

o vuelvo este paraje aún más hostil?


…Y la gran duda:

¿habré vivido en vano?,

que sobrevuela.



martes, 15 de marzo de 2016

No saben cómo (por Laura García del Castaño)


Nadie te conoce,
no saben cómo
dispones la risa, moderas el hambre,
controlas el celo,
la voracidad de la carne,
desconocen con exactitud cuándo
clavarías la lanza,
si serías el primero o el último en beber del vaso
enemigo,
lo inesperado es un mundo de ciegos mirando el mar,
esta habitación, la ropa sucia, tu dolor de espalda,
que rujas como un niño maldito
no sugieren nada,
sobre el corazón más tierno,
sobre el bonsái más soleado
se esparce el musgo,
florece la catástrofe.


lunes, 14 de marzo de 2016

Un descuido de la inacción (por Fernando Pessoa)

Hay momentos en que todo cansa, hasta lo que nos descansaría. Lo que nos cansa porque nos cansa; lo que nos descansaría porque la idea de obtenerlo nos cansa. Hay abatimientos del alma por debajo de toda la angustia y de todo el dolor; creo que no los conocen sino los que se hurtan a las angustias y a los dolores humanos, y tienen diplomacia consigo mismos para esquivarse al tedio propio.

Reduciéndose, así, a seres acorazados contra el mundo, no es de admirar que, en determinado momento de su conciencia de sí mismos, les pese de repente la coraza, y la vida sea para ellos una angustia al revés, un dolor perdido.


Me hallo en uno de esos momentos, y escribo estas líneas como quien quiere al menos saber que vive. Todo el día, hasta ahora, he trabajado como un adormilado, haciendo cuentas con los procedimientos del sueño, escribiendo a lo largo de mi torpor. Todo el día me he sentido pesar sobre los ojos y contra las sienes —sueño en los ojos, presión hacia fuera de las sienes, conciencia de todo
esto en el estómago, náusea y desaliento-.

Vivir me parece un error metafísico de la materia, un descuido de la inacción. No miro al día, para ver lo que tiene que me distraiga de mí, y, escribiéndolo yo aquí en descripción, tape con palabras la jícara vacía de mi no quererme. No miro al día, e ignoro con la espalda inclinada si es sol o falta de sol lo que hay ahí fuera, en la calle subjetivamente triste, en la calle desierta por la que pasa el ruido de la gente. Lo ignoro todo y me duele el pecho. He dejado de trabajar y no quiero moverme de aquí. Estoy mirando al secante blanco sucio, que se extiende, pegado a los lados sobre la gran edad del pupitre inclinado. Miro atentamente los rasgos de absorción y distracción que están borrados en él. Varias veces mi asignatura al
revés y al envés. Algunos números acá y allá, asimismo. Unos dibujos de nada, hechos por mi distracción. Miro a todo esto como un aldeano de secantes, con la atención de quien mira novedades, con todo el cerebro inerte por detrás de los centros cerebrales que producen la visión.

Tengo más sueño íntimo del que cabe en mí. Y no quiero nada, no prefiero nada, no hay nada a donde huir.

domingo, 13 de marzo de 2016

Y el vino era bueno (por Charles Bukowski)


inexplicablemente estamos solos
siempre solos
y tenía que ser de esa manera,
nunca tuvo que ser
de ninguna otra manera-
y cuando empiece la lucha
con la muerte
lo último que quiero ver
es
un anillo de rostros humanos
encima de mí;
mejor sólo mis viejos amigos,
las paredes de mí mismo,
que sólo ellos estén ahí.
he estado solo pero raramente me he
sentido solo.

he saciado mi sed
en el pozo
de mí mismo
y el vino era bueno,
el mejor que he bebido,
y esta noche
sentado
mirando dentro de la oscuridad
y ahora entiendo
la oscuridad y la
luz y todo lo que hay
entre ellas.

la paz de la mente y del corazón
llega
cuando aceptamos lo que
es:
habiendo
nacido en esta
extraña vida
debemos aceptar
la desperdiciada apuesta de nuestros
días
y encontrar alguna satisfacción
en el placer de
dejarlo todo
atrás.
no lloréis por mí.
no os apenéis por mí.

leed
lo que he escrito
y después
olvidadlo
todo.

bebed del pozo
de vosotros mismos
y empezad
de nuevo

sábado, 12 de marzo de 2016

Vuestros dientes abolidos (por César Vallejo)


Dobla el dos de Noviembre.


Estas sillas son buenas acogidas.

La rama del presentimiento

va, viene, sube, ondea sudorosa,

fatigada en esta sala.

Dobla triste el dos de Noviembre.


Difuntos, qué bajo cortan vuestros dientes

abolidos, repasando ciegos nervios,

sin recordar la dura fibra

que cantores obreros redondos remiendan

con cáñamo inacabable, de innumerables nudos

latientes de encrucijada.


Vosotros, difuntos, de las nítidas rodillas

puras a fuerza de entregaros,

cómo aserráis el otro corazón

con vuestras blancas coronas, ralas

de cordialidad. Sí. Vosotros, difuntos.


Dobla triste el dos de Noviembre.

y la rama del presentimiento

se la muerde un carro que simplemente

rueda por la calle.


viernes, 11 de marzo de 2016

Una puerta (por Francis Ponge)


Los reyes no tocan las puertas.

Ellos no conocen esta dicha: empujar ante sí con suavidad o rudeza uno de esos grandes paneles familiares, volverse hacia él para colocarlo de nuevo en su lugar, 


tener entre sus brazos una puerta.

La dicha de empuñar por el vientre, por su nudo de porcelana, uno de esos altos obstáculos de una pieza; 

ese cuerpo a cuerpo rápido mediante el cual, detenido el paso un instante, los ojos se abren y el cuerpo todo se acomoda a su nuevo apartamento.

Con una mano amistosa, él la retiene todavía, antes de empujarla decididamente y encerrarse, 

de lo cual el ruido del resorte poderoso pero bien aceitado agradablemente lo asegura.

jueves, 10 de marzo de 2016

Luna llena (por Eloy Sánchez Rosillo)

Como cuando era niño y te miraba
lleno de dicha y lleno al mismo tiempo
de sagrado temor, miro esta noche
tu misteriosa plenitud. Mis ojos
van siguiendo tu curso, el arco mágico
que trazas en el cielo, y te agradece
el corazón rendido la belleza
que al mundo le regalas.
Sé que riges,
junto a otros astros, mi destino y nunca
me he negado a ser tuyo: ¿quién podría
desoír tu fulgor sin saber luego
siglos de oscuridad? He pretendido
siempre que mis poemas, en el fondo
–aunque los versos de otra cosa hablasen–,
te celebraran y que fueran dignos
de elevarse hacia ti, porque no ignoro
todo lo que te debo.
Pongo, madre,
bajo tu dulce protección los cantos
que este libro reúne, y te suplico
que los acojas y que no les niegues
el don supremo de tu luz divina.


miércoles, 9 de marzo de 2016

Los relojes fuertes (por Paul Celan)


Ilegibilidad del
mundo, de éste. Todo doble.

Afónicos,
los relojes fuertes
dan la hora hendida.

Atascado en tus tuétanos,
te remontas de ti
para siempre.


martes, 8 de marzo de 2016

Yo tropezaba en la huella de sus botas (por Seamus Heaney)


Mi padre araba con un caballo de tiro,

su espalda se curvaba como una vela inflada

extendida entre la esteva y el surco.

El caballo tiraba a un chasquido de su lengua.


Todo un experto. Colocaba el yugo

y ensartaba la reja de acero reluciente.

Y la tierra se volteaba sin romperse.

Al final del campo, con un solo tirón


de riendas, el grupo sudoroso daba la vuelta

y volvía a la tierra. El ojo entrecerrado

de mi padre, fijo en el suelo,

al trazar cada surco con exactitud.


Yo tropezaba en la huella de sus botas,

a veces me caía en la tierra lustrosa,

otras veces él me llevaba en andas

subiendo y bajando mientras caminaba.


Yo quería crecer y arar,

cerrar un ojo, tensar el brazo.

Lo único que hacía era seguir

su sombra ancha alrededor de la granja.


Era un fastidio, tropezando, cayéndome,

siempre parloteando. Pero ahora

es mi padre el que tropieza

detrás de mí, y no se va.


lunes, 7 de marzo de 2016

Mil géneros de contracciones (por Marcelo Díaz)


Las aves perciben las cosas a una velocidad diferente
porque se mueven cinco o diez veces
más rápido que nosotros. Desde su punto de vista
somos estatuas. ¿En qué momento
como en una especie de alucinación
los ingenieros desarrollaron mil géneros
de contracciones para imitar
el vuelo de los pájaros? La fuerza
de gravedad me devuelve a la tierra
a no ser que tuviese un globo lleno de helio
flotando en las alturas sostenido con cuerdas precarias.
La biografía es una suma de nudos donde
las cuerdas amarradas nunca se pierden
con el tiempo se vuelven intrincadas
algunos queremos perderlas pero tratar de imponer
orden en este universo es como impedir
que el aire entre a nuestra casa. No sé cómo hacer.
En el sentido de que no soy autor de estudios detallados
ni he estudiado nada en particular
menos los animales y su comportamiento.
Un graffiti: “Que el reino de las aves
viva hasta el fin de los tiempos.”
En el cielo hay un concierto semejante a un cardumen de peces
que se mueven como si una música los controlara
en los límites de un cuadrante imaginario.
Los movimientos ordenados son duros
en comparación con su vuelo grácil
no sé qué decir: parafraseando a Dickinson
yo soy el pájaro que se queda.


domingo, 6 de marzo de 2016

Entonces vamos bien (por Eduardo Chirinos)


1

Anoche tuve un sueño. Acompañaba a mi padre

por un camino de tierra. Los dos íbamos a caballo

y apenas cruzábamos palabras. A lo lejos se veía

la sombra de unos sauces, las luces de un pueblo

desconocido y remoto. De pronto, mi padre detuvo

su caballo y preguntó si yo sabía a dónde íbamos.

Le contesté que no. Entonces vamos bien, me dijo.



2

Los caballos del sueño sabían de memoria

el recorrido. Era cuestión de abandonar las

riendas, de dejarse llevar. Eso me causaba un

poco de aprensión, incluso un poco de miedo.

Mi padre, en cambio, parecía muy tranquilo.

Pensé, parece tranquilo porque está muerto.



3

Aquí es donde vivo, dijo como si me quitara

una venda. Fue muy poco lo que vi. Sólo un

páramo de piedras, remolinos de arenisca,

huesos de caballos amarillos. ¿Qué te parece?

No supe qué decir. Tenía sed y me dolía un

poco la garganta. Es un lugar hermoso, dijo,

pero a veces me gustaría regresar. ¿Por qué

no regresas, entonces?, pregunté. Porque es

más fácil que tú vengas me dijo. Y desapareció.



sábado, 5 de marzo de 2016

Las otras (por Roxana Méndez)

La niña que fui besa mis labios.
Me muestra un muelle,
un mar, un puerto, un faro.

Me enseña a deslizarme por la arena.
Y me cierra los ojos,
y veo su presente, mi pasado.

Lo que mira esta niña
es lo que yo he olvidado.

La calle que camina
bajo mis pies existe como un rastro.

Si la veo alejarse
veo mi nacimiento, mi legado.

La anciana que seré me da la mano.
Una mano de fuego.
Una piedra de fuego con forma de una mano.

Atrás la brisa inmensa es una voz,
y el invierno en los árboles
suena como un susurro
que imitara un aplauso.

Y le muestro una casa, un muelle,
un puerto, un mar, un faro.

Lo que ha dejado atrás es lo que espero.
Mi casa llena,
su mundo desolado.


viernes, 4 de marzo de 2016

Luego el grito al nacer (por Matilda Södergran)

Preferiría parirle con la boca,
dejar que sea un exhaustivo examen de conciencia.
Elegiría expulsarlo con la boca.

Y nada más.

Luego el grito al nacer,
el largo cordón umbilical.

Preferiría parirlo con la boca un largo rato, despacio
a través de las comisuras quebradas. Porque mi boca no basta
con sus piernas entre los dientes.

Después, él en el suelo, la placenta pesada bajo el paladar, la sangre del nacimiento que dispersa mi sentido del gusto.

Desnuda con aliento a alcohol
y paredes rojas descoloridas.

Su madre que ya no está aquí.


jueves, 3 de marzo de 2016

Paisaje (por José Cereijo)


La imagen de las casas lavadas por la lluvia.
Las nubes poderosas a las que barre el viento.
Esta luna inicial, y frágil, y amarilla.
Las primeras estrellas, los espejos del agua, el olor de la tierra.
Para ti voy diciendo estas pequeñas cosas
que ha perdido tu muerte.


miércoles, 2 de marzo de 2016

Uno de otro (por Juan Ramón Jiménez)


No sé si el mar es, hoy
–adornado su azul de innumerables
espumas–,
mi corazón; si mi corazón, hoy
–adornada su grana de incontables
espumas–,
es el mar.
Entran, salen
uno de otro, plenos e infinitos,
como dos todos únicos.
A veces, me ahoga el mar el corazón,
hasta los cielos mismos.
Mi corazón ahoga el mar, a veces,
hasta los mismos cielos.


martes, 1 de marzo de 2016

Ruiseñor (por Carlos Sahagún)


Ven otra vez a consolarme,
ruiseñor que sabes medir
la angustia del tiempo, su mínima
luz dorada, su inconsistencia.
Aunque tengas delante el límite
de la noche, aunque surjan sombras
alrededor de tu garganta,
devuélveme el espacio invicto
lanzando al cielo del ocaso
tu trino cálido, lo inerme
de la memoria, el fulgor último
con que prolongas el milagro.
Ruiseñor que al cantar propagas
la eternidad del goce efímero,
dime el secreto de los vientos
que vienen de la infancia, acerca
tu insistencia en la luz velada
a este horizonte desvalido,
pon entre tanta pesadumbre
la obstinación de tus violines
y, cruzando bosques y muros,
ven otra vez desde el olvido
a consolarme, a lastimarme.


lunes, 29 de febrero de 2016

Aunque tarde (por Luz Olier)


Con esa ingratitud de los párvulos años
les gritaba:
“¡Yo a nadie le pedí venir al mundo!
Y ellos, maniatados por pactos de secretos ajenos,
destilaban silencios y miradas furtivas.

Fueron los suyos días de las mil prohibiciones,
días de cantilenas de misas y beatas.
Amar era pecado,
y el odio hacia el hermano era virtud bizarra
en el nombre de Dios y de la Patria.
Con el yugo y las flechas,
asfixia y amenaza de la idea,
se marcaban los nombres de los pueblos
y el luto de las muertes silenciadas
velaba las pupilas.

Pero ella era muy joven y a salvo de la muerte,
sus únicas batallas eran contra las normas
que aprisionan pasiones, que encierran los deseos
y que impiden rasgar el fin del horizonte.

Era tanto su peso de amargura que tenía que huir
para salvarse,
volar hacia las nubes sin descanso
hasta quemar sus alas.
¿Me habéis dado la vida? ¡Vaya cosa!
¡No es regalo, es veneno!
Así gritaba quien era la invención
de la noche de un dios enamorado.

Los años han cubierto con silencios de nieve
quejas y rebeldía.
Ya sabe que vivir es la mayor ofrenda
y, aunque tarde,
quiere escribir su gratitud ardiente
encima de las olas que les sirven de lápida.


domingo, 28 de febrero de 2016

Escucho sus pasos (por Wislawa Szymborska)


Aprovecho el más antiguo derecho de la imaginación

y por primera vez en la vida convoco a los muertos,

observo sus rostros, escucho sus pasos,

aunque sé que el que ha muerto ha muerto de verdad.


Ya es hora de tomar nuestra propia cabeza entre las manos

y decirle: pobre Yorick, ¿dónde está tu ignorancia,

dónde tu confianza ciega, dónde tu ingenuidad,

tu ya-saldrá-de-alguna-forma, el equilibrio de tu alma

entre la verdad comprobada y la no comprobada?


Creí en su traición, creí en que no merecen nombre

ya que la mala hierba se burla de sus desconocidas tumbas

y los imitan los cuervos y las nevascas se mofan de ellos

—pero éstos fueron, Yorick, sólo falsos testigos.


La eternidad de los muertos dura

mientras se les paga con memoria,

moneda inestable. Y no hay día

en que alguien no pierda su eternidad.


Hoy de la eternidad sé aún más:

se puede dar y quitar.

Al que se ha llamado traidor

tiene que morir junto con su nombre.

Pero nuestro poder sobre los muertos

exige una balanza imperturbable:

para que el juicio no se haga de noche

y para que el juez no esté desnudo.


La tierra hierve y ellos, que ya son tierra,

se levantan, terrón tras terrón, puñado a puñado,

salen del silencio, vuelven a sus nombres,

a la memoria del pueblo, a los laureles y aplausos.


¿Dónde está mi poder sobre las palabras?

Las palabras cayeron al fondo de las lágrimas,

palabras, palabras incapaces de resucitar a la gente,

descripción muerta como una fotografía junto al resplandor

del magnesio.

Y ni siquiera a un mínimo aliento los puedo despertar

yo, Sísifo asignado al infierno de la poesía.



Vienen hacia nosotros. Y filosos como diamantes

—en las vitrinas brillosas por enfrente,

en las ventanas de acogedores departamentos,

en los lentes rosados, en los vasos,

cerebros, corazones—  calladamente van cortando.

sábado, 27 de febrero de 2016

No sabe que allí estaba (por Miguel D´ Ors)


Ese niño que llega, cartera remolona,
botines desatados, al colegio de Sánchez
no sabe que sus pasos felices por Sevilla
-luz, patios, calles, cales- le acercan a Collioure.

París, rue Vaugirard. Ese muchacho
gris y desmadejado que avanza hacia el otoño
verleniano del hondo Jardín de Luxemburgo
no sabe que camina hacia Collioure.

Por la alameda de oro -Soria pura-,
lentos enamorados demorándose,
mirándose en el Duero -Soria pura-. La novia,
con manos inocentes,
sacude la ceniza -tiza acaso-
del hombro del poeta, que no sabe
que tan dulces senderos le llevan a Collioure.

El señor que, enlutado como un cirio,
con su bastón y pasos soñolientos
-domingo provincial- sube a los olivares
de Baeza no sabe que sube hacia Collioure.

El viejo arrebujado en sus recuerdos
que mira cómo pasan,
vertiginosos, los naranjos por la ventana
del coche, y los aspira -Levante azul-, no sabe
que por aquella ruta de flores y palomas
y muchachas se está acercando a Collioure.

Un súbito frenazo, la puerta abierta, el frío
látigo de la lluvia. Sale a la noche y anda
entre voces anónimas, oscuras,
y olor a bajamar. La lluvia. Unas preguntas
francesas, tan extrañas como un sueño, la lluvia,
los papeles, la lluvia, los gendarmes mojados
alzando la cadena fronteriza.
Igual que un sueño todo.
Francia, ya clareando, y aquel cartel: «COLLIOURE»,
nombre jamás oído. No sabe que allí estaba,
desde siempre, esperándole su muerte.

viernes, 26 de febrero de 2016

Cautivos que se ignoran (por Joaquín Giannuzzi)

Quinientas habitaciones tiene este edificio.

No sé quién vive del otro lado de la pared.

Aplico a veces el oído, como un médico

en el pecho del enfermo.

Hay un rumor de océano remoto,

extraños y oscuros mensajes viscerales,

que no alcanzo a descifrar. En alguna parte

del bloque de cemento gorgotea el agua

como en un intestino activo. Discontinua

confusión de voces que se apagan, se alejan y regresan

en un grito cortado. Cautivos que se ignoran,

atados a una vida que fermenta en terribles

emociones aisladas. Alguien golpea

una pared infinita, pero su código es privado.

No hay señales entre nosotros.


jueves, 25 de febrero de 2016

No cierro (por Joan Margarit)

Han llamado a la puerta pero al abrir no hay nadie.
Pienso en los que amo y no vendrán. No cierro.
No es posible ninguna bienvenida.
Espero con la mano sobre el marco.
La vida se ha afianzado en el dolor
como una casa sobre los cimientos.
Sé por quién me demoro
dejando el haz de luz hospitalario
en la desierta calle.


miércoles, 24 de febrero de 2016

Capullos de mi sangre (por Walt Whitman)


Perfumados herbajes de mi pecho,

hojas tuyas recojo, escribo, a fin de investigarlas mejor luego,

hojas del cementerio, hojas del cuerpo que crecen sobre mí, sobre la muerte,

vivas raíces, altas hojas, el invierno no habrá de helaros, hojas delicadas,

año tras año floreceréis de nuevo, saldréis de donde estabais retiradas.

No sé si serán muchos los que al pasar observen que estáis ahí presentes o aspiren vuestros suaves aromas, pero algunos lo harán.

¡Esbeltas hojas! ¡Capullos de mi sangre!, os permito que habléis a vuestro modo de ese gran corazón que tenéis ahí debajo,

no comprendo vuestro significado oculto, no dais felicidad,

sois con frecuencia tan amargas que no puedo aguantaros, me pincháis, me quemáis.

Y sin embargo me parecéis hermosas, raíces de tan suaves colores, me recordáis la muerte,

la muerte, por vosotras, se me antoja muy hermosa (¿qué es de verdad hermoso, a excepción del amor y la muerte?).

Estoy pensando que no entono aquí mi canto a los amantes por honrar a la vida sino por honrar a la muerte,

que crece tan solemne y serena para subir al cielo de aquellos que se aman.

Vida o muerte es lo mismo; mi alma renuncia a tener que elegir

(tal vez la muerte sea la mejor bienvenida para el alma sublime de aquellos que se aman),

Oh muerte, pienso ahora que estas horas significan realmente lo mismo que tú dices,

¡creced más alto, dulces hojas, para que pueda veros! ¡arraigad en mi pecho!

¡Dejad el corazón que se encuentra allí oculto!

¡No os repleguéis así en vuestras raíces, tímidas hojas, esmaltadas de rosa!,

no os demoréis allí avergonzados, herbajes de mi pecho,

venid, estoy resuelto a desnudar el ancho pecho mío que tanto tiempo reprimí.

Caprichosas y emblemáticas hojas, os dejo, de nada me servís,

diré sin más lo que debo decir,

proclamaré tan sólo mi ser y el de mis camaradas, no volveré a hacer oír otra voz más que la de ellos,

encenderé reflejos inmortales en todos los estados,

me ofreceré en ejemplo a los amantes para que cobren voluntades y formas en todos los estados,

pronunciaré palabras que exalten a la muerte.

Dame tu acento, muerte, para que pueda armonizar contigo,

dame tu ser, porque percibo ahora que tú me perteneces por encima de todo y que tú y el amor estáis estrechamente unidos,

no dejaré que te burles de mí con lo que yo llamaba vida,

porque ahora he comprendido que tú eres el ser más esencial,

que te escondes, por alguna razón, en esas formas cambiantes de la vida, que existen sobre todo para ti,

que tú, la realidad real, surges tras ella si permaneces,

que, tras la máscara de lo material, aguardas muy paciente, sin importarte el tiempo,

que tal vez algún día acabarás dominándolo todo,

y que quizá disipes este mundo de sombras y apariencias,

que tal vez eres eso a lo que todo tiende mas no perdura,

pero tú perdurarás.

martes, 23 de febrero de 2016

Me habría gustado quedarme a su lado (por Sharon Olds)

Cuando el médico residente auscultó el corazon detenido
yo lo miré, como si él o yo
fuéramos salvajes, fuéramos de otro mundo:
yo había perdido el lenguaje de los gestos,
no sabía qué significaba para un extraño
levantar la bata y ver el cuerpo desnudo de mi padre.
Mi rostro estaba mojado, el de mi padre
apenas húmedo con el sudor de su vida,
estos últimos minutos de trabajo duro.
Yo estaba recostada en la pared, en un rincón,
y él estaba echado en la cama, los dos hacíamos algo,
y todos los demás creían en el Dios Cristiano,
llamaban a mi padre la cáscara sobre la cama,
sólo yo sabía que se había ido del todo,
sólo yo le dije adiós a su cuerpo
que era todo cuanto él era. Sujeté con fuerza
su pie, pensé en ese anciano esquimal
que sostiene la popa de la canoa mortuoria,
y lo abandoné suavemente al mundo de las cosas.
Sentí la sequedad de sus labios
en los míos, sentí la levedad de mi beso
mover su cabeza sobre la almohada
así como se mueven las cosas
como por su propia cuenta en el agua mansa,
sentí sus cabellos de lobo en mis dedos,
se tambaleaban las paredes, el suelo,
el techo giraba como si no estuviera yo
saliendo del cuarto sino el cuarto
alejándose de mí. Me habría gustado
quedarme a su lado, cabalgar junto a él
mientras lo llevaban al lugar donde lo cremarían,
verlo entrar a salvo en el fuego,
tocar sus cenizas tibias, y después llevar
mi dedo hasta mi lengua. A la mañana siguiente,
sentí el cuerpo de mi esposo
aplastándome dulcemente como una pesa
sobre algo blando, una fruta, su cuerpo asiéndome
a este mundo con firmeza. Sí, las lágrimas brotaron,
como el zumo o el azúcar de la fruta.
Se adelgaza la piel, se rompe, se rasga: hay
leyes en este mundo y según ellas vivimos.

lunes, 22 de febrero de 2016

Donde te invento (por Julio Cortázar)

Te amo por ceja, por cabello, te debato en corredores
blanquísimos donde se juegan las fuentes de la luz,
te discuto a cada nombre, te arranco con delicadeza de cicatriz,
voy poniéndote en el pelo cenizas de relámpago y
cintas que dormían en la lluvia.
No quiero que tengas una forma, que seas
precisamente lo que viene detrás de tu mano,
porque el agua, considera el agua, y los leones
cuando se disuelven en el azúcar de la fábula,
y los gestos, esa arquitectura de la nada,
encendiendo sus lámparas a mitad del encuentro.
Todo mañana es la pizarra donde te invento y te dibujo,
pronto a borrarte, así no eres, ni tampoco con ese
pelo lacio, esa sonrisa.
Busco tu suma, el borde de la copa donde el vino
es también la luna y el espejo,
busco esa línea que hace temblar a un hombre en
una galería de museo.
Además te quiero, y hace tiempo y frío.


domingo, 21 de febrero de 2016

Lo buscamos (por Enrique Solinas)

Con el padre íbamos a pescar al río,
eran tiempos lejanos y violentos,
como ya sabrás.
Los peces desaparecían y nadie
era capaz de preguntar por ellos.
Yo prefería bañarme en el río,
que el río me abrace, me atraviese,
entrar en su cuerpo, con la certeza
de que nadie se baña dos veces
en las mismas aguas.
El padre pescaba y luego,
devolvía al río sus peces.
“Cada cosa en su lugar”,
decía el padre,
“lo que viene del agua,
al agua debe ir”.

Con el padre íbamos a pescar al río,
había peces de colores diversos,
como ya sabrás.
Yo tenía siete años y me creía pez,
compartía con ellos
un ritual incomprensible.
Había uno que siempre aparecía
y tenía el color de la esperanza.
Había uno que siempre se mostraba
y de repente desapareció.

Lo buscamos por toda la eternidad,
lo buscamos, lo buscamos
a lo largo y a lo ancho del río.
Nadie quiso decir en dónde estaba.
Nadie pudo explicar
adónde van
los peces cuando mueren.

Y todavía hoy,
que ha pasado el tiempo,
cierro los ojos y recuerdo,
y me sumerjo en las aguas,
otra vez.

Viene hacia mí de nuevo
el pez de la esperanza.

Voy de nuevo hacia él,
como la única verdad posible.


sábado, 20 de febrero de 2016

Madera de balsa (por Raymond Carver)

Mi viejo parado frente a la cocina sostiene
sobre la hornalla encendida una sartén
en la que prepara un revuelto de huevos y sesos.
Yo me pregunto: ¿Quién tiene hambre esta mañana ?
En un día como el de hoy siento en mi cuerpo
la porosa fragilidad de la madera de balsa.
Las palabras flotan en el aire. Algo ha sido dicho.
Mami lo dijo. ¿Qué es lo que dijo?
Algo, estoy seguro, relacionado con el dinero.
Quiero ayudarlos. Lo haré si no desayuno.
Mi viejo le da la espalda a la cocina oxidada.
Grita: “Estoy en un pozo”,
Vuelve a gritar: “No me hundas más”.
La luz se filtra a través de la ventana.
Alguien llora.
Lo único que puedo recordar es el olor intenso
del seso y los huevos quemados en la sartén.
La mañana entera mezclada con otros deshechos
es arrojada al cubo de la basura.
Minutos más tarde salimos en el auto hacia la quema,
un viaje de unos 15 Km., no nos hablamos en el trayecto.
En los montículos, oscuros, malolientes,
tiramos nuestras cajas y bolsas de basura.
Las ratas chillan, emiten cortos silbidos,
se mueven arrastrando el vientre hinchado
entre los restos de los desperdicios putrefactos.
Volvemos al auto y observamos el fuego, las llamas,
el humo espeso que se adhiere a los charcos negros.
El motor del auto sigue en marcha.
Huelo el aroma del cemento para pegar avioncitos
que ha quedado adherido a la punta de mis dedos.
Él me observa cuando acerco los dedos a mi nariz.
Después mira hacia otro lado, mira hacia el pueblo.
Quiere decir algo pero no puede.
Está a un millón de kilómetros. De distancia.
Los dos estamos muy lejos, y alguien sigue llorando.
En ese momento yo empecé a comprender
cómo es posible estar en un sitio y en otro lugar también.

viernes, 19 de febrero de 2016

Y con tu salvación repruébame (por Herman Melville)

Niño de mi feliz amanecer
cuando aún vivías conmigo, y enviabas
tu arco iris por sobre la vida y el tiempo,
¡incluso sobre la Esperanza, mi esposa, y madre para ti!,
oh, nutrido en el dulce aire pastoral
alimentado de flores, luz y rocío de los prados matinales,
sálvame, y con tu salvación repruébame;
pero no, no reproches mi escaso temple fértil y mi inestable humor
aunque celoso de tu amplio futuro te haya sellado en un dócil destino.
¿Acaso hubiera podido salvarte del temeroso ladrón
incluso ignorando el triunfo de la más insincera y unánime mediocridad?
Descansa, pues, libre, completamente libre
mecido en los brazos de la serena noche.


jueves, 18 de febrero de 2016

De pie (por Fabio Morábito)

En la naturaleza
todo está de pie:
los árboles,
los pájaros que están
sobre los árboles,
las hojas que se estiran
para limpiarse de las ramas.
Y cada uno piensa que los otros
son el suelo.
Las hojas creen
que toda rama está acostada
y ciega,
los pájaros
que el árbol ya no crece,
que es una especie de ruina,
y el árbol cree
que no hay más árboles,
no cree más que en sí mismo.
Nadie soporta que el sustrato
en que se apoya
tenga una vida propia,
que no esté muerto,
extinto,
que sea ligero.
Para sentirse vivo
hay que pisar una desolación,
algo que ya no tiene nada
que decir.

miércoles, 17 de febrero de 2016

Poema para gritar entre las ruinas (por Louis Aragon)


Escupamos los dos escupamos
Sobre lo que hemos amado
Sobre lo que hemos amado juntos
Si tú quieres pues esto es bien un aire de vals y yo imagino
Lo que pasa entre nosotros de sombrío e inigualable
Como un diálogo de espejos abandonados
Con la consigna en alguna parte Foligno quizás
O la Auvernia o la Bourboule
Algunos nombres están cargados de un trueno lejano
Quieres escupamos los dos sobre esos países inmensos
Donde se pasean pequeños automóviles de alquiler
Quieres pues es necesario que algo aún
Que algo
Nos reúna quieres escupamos
Los dos es un vals
Una especie de llanto cómodo
Escupamos escupamos pequeños automóviles
Escupamos es la consigna
Un vals de espejos
Un diálogo en ninguna parte
Escucha esos países inmensos donde el viento
llora sobre lo que hemos amado
Uno de ellos es un caballo que se acoda en la tierra
El otro un muerto agitando una enagua el otro
La huella de tus pasos Recuerdo un pueblo desierto
A espaldas de una montaña encendida
Recuerdo tu espalda
Recuerdo tu codo
Recuerdo tu enagua
Recuerdo tus pasos
Recuerdo una ciudad donde no hay caballos
Recuerdo tu mirada que ha quemado
Mi corazón desierto un muerto Mazeppa que un caballo
Lleve ante mí como ese día en la montaña
La ebriedad precipitaba mi carrera a través de los robles mártires
Que sangraban proféticamente mientras
el día se debilitaba sobre camiones azules
Recuerdo tantas cosas
Tantas noches
Tantas habitaciones
Tantas caminatas
Tanta cólera
Tantos altos en lugares inexistentes
Donde se despertaba no obstante el espíritu de misterio igual
Al grito de un niño ciego en una estación de frontera
Recuerdo
Hablo entonces en pasado Que alguien ría
Si el corazón os habla del sonido de mis palabras
Amó Fue Vino Acarició
esperó Espió las escaleras que crujieron
Oh violencias violencias soy un hombre obsesionado
Esperó Esperó pozos profundos
He creído morir de espera
El silencio afilaba lápices en la calle
Ese taxi que tosía va a reventar a otra parte
Esperó Esperó las voces sofocadas
Ante la puerta el lenguaje de las puertas
Hipo de las casas esperó
Los objetos familiares tomaban por turno
Esperó el aspecto fantasmal Esperó
Los condenados evadidos Esperó Santo Cielo
Una cárcel de destellos y de pronto
No Estúpido No
Idiota
El calzado ha aplastado la lana de la alfombra
Retorno apenas
Amó Amó Amó
Pero tú no puedes saber cuánto
Amó es en pasado
Amó Amó Amó Amó Amó
Oh violencias

Tienen buenas violencias aquellos
Que hablan del amor como de una historia de cocina
Ah mierda por todo ese falso semblante
Sabes cuando aquello deviene verdaderamente una historia
El amor
Sabes
Cuando toda respiración se torna trágica
Cuando los colores del día son los que los convierte en risa
Un aire una sombra de sombra un nombre arrojado
Que todo arda y que se sepa en el fondo
Que todo arde
Y que se diga Que todo arda
Y el cielo tiene el gusto de la arena dispersa
El amor hijos de puta el amor para ustedes
es llegar a acostarse juntos
Llegar
Y luego Ja Ja todo el amor es eso
Y luego
Llegamos a hablar de lo que significa
Acostarse juntos durante años
Escucháis
Durante años
Semejantes a velas marinas que caen
Sobre el puente de un navío cargado de apestados
En una película que he visto recientemente
Una a una
La rosa blanca muere como la rosa roja
Qué es lo que entonces me conmueve a tal punto
En estas últimas palabras
La palabra última quizá palabra en que
Todo es atroz atrozmente irreparable
Y desgarrante Palabra pantera Palabra eléctrica
Silla
La ultima palabra de amor Imagináis eso
Y el último beso
Y la última
Displicencia
Y el último sueño Qué divertido
Ah todo toma este sentido abominable
Yo quería decir los últimos instantes
Los últimos adioses el último suspiro
La última mirada
El horror el horror el horror
Durante años el horror
Escupamos quieres
Sobre lo que hemos amado juntos
Escupamos sobre el amor
Sobre nuestras camas desechas
Sobre nuestro silencio y sobre las palabras balbuceadas
Sobre las estrellas fueron ellas
Tus ojos
Sobre el sol fuese él
Tus dientes
Sobre la eternidad fuera ella
Tu boca
Y sobre nuestro amor
Fuera él
TU amor
Escupamos quieres

martes, 16 de febrero de 2016

En mi corazón (por Li-Young Lee)

Enterré a mi padre
en el cielo.
Desde entonces, los pájaros
lo limpian y peinan cada mañana
y lo tapan con las sábanas hasta arriba
cada noche.

Enterré a mi padre bajo tierra.
Desde entonces, mis escaleras
sólo van hacia abajo
y toda la tierra se convirtió en una casa
cuyos cuartos son las horas, cuyas puertas
permanecen abiertas a la tarde, recibiendo
a un invitado tras otro.
A veces veo detrás de ellos
las mesas dispuestas para un casamiento.

Enterré a mi padre en mi corazón.
Ahora crece dentro de mí mi extraño hijo,
mi pequeña raíz que no bebe leche,
pequeño y pálido pie hundido en la noche,
pequeño reloj que sale recién mojado
del fuego, pequeña uva, padre del futuro
vino, un hijo fruto de su propio hijo,
pequeño padre que rescato con mi vida.


lunes, 15 de febrero de 2016

Eso es lo que lloro (por Rose McLarney)


Una vez Jerónimo Matute montó su caballo

hasta el bar, pidió una bebida y se la tragó

sin apearse. Muchas tardes


su caballo entraba en casa mientras mi madre

servía la cena y él gritaba: ¡Mejor a tiempo que invitado!

Casi cada mañana, al amanecer


galopaba hacia el mar, enlucía con arena

el vello gris de su pecho, se arrancaba el parche de su ojo

blanco y ciego y gritaba con todas sus fuerzas. Hoy


ha muerto. Pero ¿no es cierto que en el continente

donde una vez le conocí tal color se oscurece

bajo una colocasia, sorbe caña de azúcar, golpea


fichas de dominó sobre un barril de aceite resonante?

El juego sigue, el ron en la habitación trasera,

esa vida,


la de los hurras de Matute o los monos aulladores

que me despertaban de mi sueño infantil. Es su

pérdida, su simpatía por el otro. Eso es lo que lloro,


al despertarme con sólo café negro, toda esta mañana silenciosa.

domingo, 14 de febrero de 2016

Hay una esquina (por Aníbal Núñez)


Aquí, al volver el sol, han confluido
mi sangre con tu sangre de noviembre:
verde seco es vasija de otro verde
seco que abarca toda la costumbre
de renacer -cenizas son
los días diecinueve y cada noche
en que Saturno manda en las estrellas-

No hay lugar para ti y para mí juntos
en esta ciudad rota en la que somos
tú y yo, no lo mejor de cada uno
sino tú y yo. No hay sitio.
Hay una esquina
que, aunque lugar de citas imposibles,
es el único punto que nos queda
para que la belleza del encuentro
y el dolor consecuente a la belleza
dignifiquen al menos nuestra ausencia.


sábado, 13 de febrero de 2016

O esto es un juego (por Juan Gelman)


Sucio fue el día de la mariposa muerta.
Acerquémonos
a besar la hermosura reventada y sagrada de sus pétalos
que iban volando libres, y esto es decirlo todo, cuando
sopló la Arruga, y nada
sino ese precipicio que de golpe,
y únicamente nada.

Guárdela el pavimento salobre si la puede
guardar, entre el aceite y el aullido
de la rueda mortal.
O esto es un juego
que se parece a otro cuando nos echan tierra.
Porque también la Arruga…

O no la guarde nadie. O no nos guarde
larva, y salgamos dónde por último del miedo:
a ver qué pasa, hermosa.
Tú que aún duermes ahí
en el lujo de tanta belleza, dinos cómo
o, por lo menos, cuándo.

viernes, 12 de febrero de 2016

Nunca estoy despierto (por Fernando Pessoa)


Estoy casi convencido de que nunca estoy despierto. No sé si no sueño cuando vivo, si no vivo cuando sueño, o si el sueño y la vida son en mí cosas mixtas, entrecruzadas, de las que mi ser consciente se forme por interpenetración.

A veces, en plena vida activa, en que, evidentemente, me siento tan claramente como todos los demás, viene a mi suposición una sensación extraña de duda; no sé si existo, siento como posible ser un sueño ajeno, se me figura, casi carnalmente, que podré ser personaje de una novela, moviéndome, en las ondas largas de un estilo, en la verdad hecha de una gran narración.

He reparado, muchas veces, en que ciertos personajes de novela adquieren para nosotros un relieve que nunca podrían conseguir quienes son nuestros conocidos y amigos, quienes hablan con
nosotros y nos oyen, en la vida visible y real. Y esto me hace soñar la pregunta de si no será todo, en esta totalidad del mundo, una serie entreinsertada de sueños y novelas, como cajitas dentro de cajitas mayores —unas dentro de otras y éstas en más—, siendo todo una historia con historias, como las Mil y Una Noches, sucediendo falsa en la noche eterna.

Si pienso, todo me parece absurdo; si siento, todo me parece extraño; si quiero, el que quiere es algo que hay en mí. Siempre que en mí hay acción, reconozco que no he sido yo. Si sueño, parece que me escriben. Si siento, parece que me pintan. Si quiero, parece que me ponen en un vehículo, como a la mercancía que se envía, y que avanzo con un movimiento que me parece propio hacia donde no quise que fuese sino después de estar allí.

¡Qué confusión es todo! ¡Cuánto mejor es ver que pensar, y leer que escribir! Lo que veo, puede ser que me engañe, pero no lo creo mío. Lo que leo, puede ser que me pese, pero no me perturba haberlo escrito. ¡Cómo duele todo si lo pensamos como conscientes de pensar, como seres espirituales en quienes se ha dado ese segundo desdoblamiento de la conciencia mediante el cual sabemos que sabemos! Aunque el día esté lindísimo, no puedo dejar de pensar así… Pensar o sentir, ¿o qué tercera cosa entre los escenarios puestos aparte? Tedios del crepúsculo y del desaliño, abanicos cerrados, cansancio de haber tenido que vivir…


jueves, 11 de febrero de 2016

Pasión de noche (por Vicente Aleixandre)


Venías cerrada, hermética,

a ramalazos de viento

crudo, por calles tajadas

a golpe de rachas, seco.

Planos simultáneos  —sombras:

abierta, cerrada—. Suelos.

De bocas de frío, el frío.

Se arremolinaba el viento

en torno tuyo, ya a pique

de cercenarte fiel. Cuerpo

diestro. De negro. Ceñida

de cuchillas. Solo, escueto,

el perfil se defendía

rasado por los aceros.


Tubo. Calle cuesta arriba.

Gris de plomo. La hora, el tiempo.

Ojos metidos, profundos,

bajo el arco firme, negro.

Veladores del camino

—ángulos, sombras— siniestros.

Te pasan ángulos —calle,

calle, calle, calle—. Tiemblos.

Asechanzas rasan filos

por ti. Dibujan tu cuerpo

sobre el fondo azul profundo

de ti misma, ya postrero.

Meteoro de negrura.

Tu bulto. Cometa. Lienzos

de pared limitan cauces

hacia noche solo abiertos.


Cortas luces, cortas agrios

paredones de misterio,

haces camino escapada

de la tarde, frío el gesto,

contra cruces, contra luces,

amenazada de aceros

de viento. Pasión de noche

enciende, farol del pecho,

el corazón, y derribas

sed de negror y silencios.

miércoles, 10 de febrero de 2016

No me ha sido posible (por Luis García Montero)


Da vergüenza decirlo

Con los ojos vendados,
para que no pudieses recordar el camino,
intenté conducirte
al refugio sereno donde guardé mi vida.
Da vergüenza decirlo,
pero a veces los años construyen una casa
de medios sentimientos,
de verdades medianas,
de pasiones dormidas como animales viejos,
de cenizas y sueños humillados.
Y el cuerpo se acostumbra,
y las sombras apoyan su cabeza
en un pecho de sombra,
y el corazón se siente en paz o se doblega
a una derrota cómoda sin heridas mortales.

Da vergüenza decirlo.

Con los ojos vendados
para que no pudieses recordar el camino,
intenté conducirte
a mi mundo sereno de verdades a medias.
No me ha sido posible.

Esta noche insegura,
que mueve los relojes con la prisa
de tu pulso más vivo,
me envuelve y me repite:
no te ha sido posible.

Esta noche de viento,
que fue soltando amarras hasta quedarse tuya
como un delirio de melena negra,
me llama y me confirma:
no te ha sido posible.

Esta noche de gente
que pasa por las calles con tus ojos,
con la forma que tienes de vestirte,
con tu sonrisa de país lejano,
esta noche me empuja y me convence:
no te ha sido posible.

Y aquí estoy yo,
que voy soltando amarras hasta quedarme tuyo
y camino hacia el mar
con los ojos cerrados,
como una barca deja su refugio,
una barca feliz que se repite:
no me ha sido posible,
porque nada me importa,
sólo tu piel,
la piel de una tormenta.

Da vergüenza decirlo.

martes, 9 de febrero de 2016

Menos aquella hora (por Miguel d´ Ors)


Amando, Amandiño, que eras de Corredoira,
cómo vuelve esta noche, con qué mágica luz,
aquel baño silvestre, y nuestras cabriolas
desnudas por el prado salpicado de bostas,
y aquella canción tuya, amigo agreste, bucanero de siete años
-«Ay, ay, ay, bendito es el borracho»-,
bajando por las hondas carballeiras
desmedida, insistente y en pelotas.
De aquel verano todo se ha perdido
menos aquella hora
maravillosamente sediciosa.

Después
tú te quedaste por tu mundo, libre de calendarios;
yo me adentré en el olor intacto de los nuevos libros.
De ellos salía el camino que -cursos, gentes ciudades-
me ha traído hasta esto.

Y ahora que contemplo mi vida
y me vienen ganas de darle una limosna,
les pregunto a los años
qué habrá sido de ti, Amandiño, amigo de un verano;
qué habrá sido de mí.

lunes, 8 de febrero de 2016

Como un pronunciamiento (por José Ángel Valente)

Estaba la mujer con sus dos senos,

su única cabeza giratoria,

la longitud de su sonrisa, el aire

de estar y de alejarse sabiamente fingido.


Estaba rodeada de sí misma,

de admiración opaca y compartida,

bajo la oscura luz de las miradas.


La complacencia del estar henchía

de estólida ternura los objetos cercanos.


Estaba en pie sumándose a su cuerpo.

Las palabras sonaban conllevando sentidos

superfluos y crasos.


Giraba la mujer.

Rebasaba su órbita

como un pronunciamiento

de todo lo que es bello,

vacío, ritual, sonoro, triste.


domingo, 7 de febrero de 2016

Cosas que puedes hacer cuando estés muerto (por Michael McNeilley)


pon monedas fantasmas

en los parquímetros

pasados de hora



métete dentro de Al Gore

y enséñale a

bailar



visita a tus ex

y juega a ser poltergeist

a la hora de la cama



siéntate en las simas de las montañas

y en el fondo

de los océanos



conviértete en genio

y concede deseos

a los buenos



persigue a los políticos

y escupe en

sus martinis



salva a los pequeños

de los pervertidos sexuales

y de los taxis con prisa



susurra en los oídos

de los evangelizadores de tv

acerca de la maldad del dinero



bebe jugo de ciruelas fantasma

y ciérnete

sobre la casa blanca



siéntate con los viejos

y escucha

sus historias



vive con los gorilas

los gorriones

los elefantes



muéstrale a sadam hussein

el verdadero significado

de la locura



sé el fantasma de la

navidad pasada

presente y futura



ahuyenta a los monstruos

que están debajo de las camas

de los niños



despierta a todos los dictadores

muy temprano

todas las mañanas



cubre a los amantes

con aquel pequeño y privado

silencio



si la muerte fuera

así tan divertida quién

querría seguir viviendo


sábado, 6 de febrero de 2016

Quién no interpreta -haikus- (por Aitor Suárez)


¿Qué o quién escribe
el entero Argumento,
el total Guion?

.....

Ese libreto
del que supuestamente
no es autor nadie.

.….

La veraz trama.
El relato real:
el que va en serio.

…..

Lo no ficticio.
Lo que no pide ser
imaginado.

…..

El anticuento:
el “érase una vez…
lo que sí pasa”.

.....


Una subtrama
de la global Novela,
en cada vida.

…..

Un figurante
del supremo Teatro,
en cada ser.

.....

¿Quién no simula?
¿Quién no es actor o actriz?
¿Quién no interpreta?


.....

¿Y quién no finge
hasta el punto de no
saber que finge?

.....

Hoy como ayer:
maquíllate, disfrázate
y sal a escena.

.....

¿Y ahora qué debe
decir, qué debe hacer
mi personaje?

.....

¿Quién te ha asignado
este rol en la trama,
este papel?

.....

Si te quitases
la máscara… Si te
des-disfrazases…

.....

De ti, ¿qué parte
es postiza?; y ¿cuál
es tuya propia?

.....

Ni sé qué trozo
es máscara, ni sé
qué trozo es piel.

.....

La trama sigue,
la narración avanza
pero ¿hacia dónde?

.....

Realidad:
el único relato
que no es un cuento.

viernes, 5 de febrero de 2016

Materia de testamento (por Gonzalo Rojas)


A mi padre, como corresponde, de Coquimbo a Lebu, todo el mar,
a mi madre la rotación de la Tierra,
al asma de Abraham Pizarro aunque no se me entienda un tren de humo,
a don Héctor el apellido May que le robaron,
a Débora su mujer el tercero día de las rosas,
a mis 5 hermanas la resurrección de las estrellas,
a Vallejo que no llega, la mesa puesta con un solo servicio,
a mi hermano Jacinto, el mejor de los conciertos,
al Torreón del Renegado donde no estoy nunca, Dios,
a mi infancia, ese potro colorado,
a la adolescencia, el abismo,
a Juan Rojas, un pez pescado en el remolino con su paciencia de santo,
a las mariposas los alerzales del sur,
a Hilda, l' amour fou, y ella está ahí durmiendo,
a Rodrigo Tomás mi primogénito el número áureo del coraje y el alumbramiento,
a Concepción un espejo roto,
a Gonzalo hijo el salto alto de la Poesía por encima de mi cabeza,
a Catalina y Valentina las bodas con hermosura y espero que me inviten,
a Valparaíso esa lágrima,
a mi Alonso de 12 años el nuevo automóvil siglo XXI listo para el vuelo,
a Santiago de Chile con sus 5 millones la mitología que le falta,
al año 73 la mierda,
al que calla y por lo visto otorga el Premio Nacional,
al exilio un par de zapatos sucios y un traje baleado,
a la nieve manchada con nuestra sangre otro Nüremberg,
a los desaparecidos la grandeza de haber sido hombres en el suplicio y haber muerto cantando,
al Lago Choshuenco la copa púrpura de sus aguas,
a las 300 a la vez, el riesgo,
a las adivinas, su esbeltez,
a la calle 42 de New York City el paraíso,
a Wall Street un dólar cincuenta,
a la torrencialidad de estos días, nada,
a los vecinos con ese perro que no me deja dormir, ninguna cosa,
a los 200 mineros de El Orito a quienes enseñé a leer en el silabario de Heráclito, el encantamiento,
a Apollinaire la llave del infinito que le dejó Huidobro,
al surrealismo, él mismo,
a Buñuel el papel de rey que se sabía de memoria,
a la enumeración caótica el hastío,
a la Muerte un crucifijo grande de latón.

jueves, 4 de febrero de 2016

A partir de la mezcla (por Joaquín O. Giannuzzi)


Bajo la lluvia nocturna, una tumba caótica

de cosas abandonadas a sí mismas

que demora en cerrarse. Pero todavía el conjunto

puede volverse creador sobre su propio sueño.

En esta decantación del desorden

una fría suciedad pegajosa, un estado de frontera

de objetos a punto de perder su identidad.

En la inmóvil confusión gotea el agua

silenciosa. Envuelve llantas reventadas,

botellas astilladas, ruinas de plástico, recipientes chupados,

cajones despanzurrados, metales llevados

a un límite de torsión, quebraduras,

andrajos no identificados, asimetrías tornasoladas

por la grasa negra. He aquí una crisis de negación

en esta abandonada degradación intelectual

de criaturas seriadas, nacidas a partir

de la materia martirizada, la idea y el deleite

y que fueron manipuladas, raspadas, roídas, girando

sobre chapas rígidas y correas de transmisión

y en definitiva condenadas por lo monótono.

Pero en aquella derrota humana de las cosas,

en los desperdicios mojados podían descubrirse

figuras creadas a partir de la mezcla,

diseños irreales arrebatados a lo fortuito:

y entre gotas de lluvia y aceite quemado

una intención de belleza y de formas cumplidas

bajo la maloliente oscuridad.

miércoles, 3 de febrero de 2016

Sólo en los extremos (por Roberto Juarroz)


Voy perdiendo las zonas intermedias.

Percibo sólo lo muy cercano

o lo muy lejano.


Este cambio radical de los sentidos

o quizá este surgimiento de un sentido distinto

confirma mi sospecha

de que sólo en los extremos

habita lo real.


El infinito no es igualmente infinito en todas partes.


En sus puntos más intensos

las mayores distancias se reabsorben.

La lección mayor del infinito

es dejar de ser a veces infinito.


martes, 2 de febrero de 2016

Las alucionaciones (por Antonio Rivero Taravillo)


Las alucinaciones

no son menos reales que los hechos,

y más cercanas.

Estos suceden fuera;

aquellas, dentro.


Por las venas de la carne

la sangre corre.

Por las venas de las alucinaciones

vamos nosotros prisioneros.


Vuelta del revés nos acaricia

la consistente piel de los fantasmas. 


lunes, 1 de febrero de 2016

Demasiado cerca (por Wislawa Szymborska)


Estoy demasiado cerca para que él sueñe conmigo.
No vuelo sobre él, de él no huyo
entre raíces de árboles. Estoy demasiado cerca.
No es mi voz el canto del pez en la red.
Ni de mi dedo rueda el anillo.
Estoy demasiado cerca. La gran casa arde
sin mí gritando socorro. Demasiado cerca
para que taña la campana en mi cabello.
Estoy demasiado cerca para que pueda entrar como un huésped
que abriera las paredes a su paso.
Ya jamás volveré a morir tan levemente,
tan fuera del cuerpo, tan inconsciente,
como antes en su sueño. Estoy demasiado cerca,
demasiado cerca. Oigo el silbido
y veo la escama reluciente de esta palabra,
petrificada en abrazo. Él duerme,
en este momento, más al alcance de la cajera de un circo
ambulante con un solo león, vista una vez en la vida,
que de mí que estoy a su lado.
Ahora, para ella crece en él el valle
de hojas rojas cerrado por una montaña nevada
en el aire azul. Estoy demasiado cerca
para caer del cielo. Mi grito
sólo podría despertarle. Pobre,
limitada a mi propia figura,
pero he sido abedul, he sido lagarto,
y salía de tiempos y damascos
mudando los colores de mi piel. Y tenía
el don de desaparecer de sus ojos asombrados,
lo cual es la riqueza de las riquezas. Estoy demasiado cerca,
demasiado cerca para que él sueñe conmigo.
Saco mi brazo que está debajo de su cabeza dormida.
Mi brazo dormido, lleno de agujas imaginarias.
En la punta de cada una de ellas, para su recuento,
se han sentado ángeles caídos.

domingo, 31 de enero de 2016

Debo de ser alguien (por Fernando Pessoa)


La vida perjudica a la expresión de la vida.

Si yo viviera un gran amor, nunca lo podría contar.

Yo mismo no sé si este yo, que os expongo, en estas sinuosas páginas, realmente existe o tan solo es un concepto estético y falso que he formado de mí mismo.

Me vivo estéticamente en otro. He esculpido mi vida como una estatua de materia ajena a mi ser. A veces no me reconozco, tan exterior a mí mismo me he puesto, y tan de un modo puramente artístico he empleado mi conciencia de mí mismo.

¿Quién soy por detrás de esta irrealidad? No lo sé. Debo de ser alguien.

Y si no trato de vivir, de actuar, de sentir, es —creedme bien— para no perturbar las líneas artificiales de mi personalidad supuesta.

Quiero ser tal cual he querido ser y no soy. Si cediera, me destruiría. Quiero ser una obra del arte, del alma por lo menos, ya que del cuerpo no puedo serlo.

Por eso me he esculpido con tranquilidad y enajenación, me he colocado en una estufa, lejos de los aires frescos y de las luces francas —donde mi artificialidad, flor absurda, florezca en retirada belleza-.

Pienso a veces en lo bello que sería poder crearme una vida continua, que se suceda, dentro del transcurrir de días enteros, con invitados imaginarios, con gente creada, e ir viviendo, sufriendo, gozando esa vida falsa. Allí me sucederían desgracias; grandes alegrías caerían sobre mí. Y nada mío sería real.

sábado, 30 de enero de 2016

Las gafas de no ver (por Saiz de Marco)


Las gafas sombrías,

las gafas turbias,

los vidrios que no dejan pasar la alegría,




la alegría está ahí enfrente,

exhibiéndose y tú sin poder verla,




los prismas de nublar y de ofuscar

(tú no pediste que te los pusieran),

las gafas que filtran lo más importante,

lo único que nunca debiera ser filtrado,

ese ruin artilugio,

ese cristal tintado,

ese instrumento antióptico,



la alegría está ahí delante y tú sin poder verla

(no lo elegiste, no lo decidiste),



las lentes deformantes,

las obturadas lupas,


las gafas de no ver,


¿cuántos días las has llevado puestas,

incrustadas en medio de los ojos,

inconsciente,

sin reparar en ellas,

sin ni siquiera intuir cómo quitártelas?

viernes, 29 de enero de 2016

Tan penosamente frágiles (por Reina María Rodríguez)


un polvo oscuro me ensombrece la mejilla
la boca el asco ¿cómo cubrir el asco
la fragilidad de sus espías?
un polvo oscuro para cubrirlo todo
y pasar discreta sin que sepan que soy yo misma
con polvo oscuro cubriendo otro fracaso.
porque mis amigos mis buenos amigos también
habían calculado:
estamos hechos de límites no de barcos
y mis buenos y bellos amigos se embellecen
para poner alambres de púas.
pero yo sólo tengo polvo oscuro y va a llover
y se caerá ese embadurnamiento y se pondrán
opacos ellos también.
no soy divina ellos tampoco son divinos
pero los demás esperan encontrar todavía
dentro de nosotros.
¿de qué te puedo salvar sin un trasplante
de cosas esenciales? ¿cómo relacionar
tu búsqueda conmigo y no ser vendible?
demasiada subasta.
me rompe el asco la boca cuando despierto
y pongo serio polvo oscuro sobre la mejilla
aún inofensiva
polvo oscuro para resbalar gelatinoso
y ellos caen en la trampa mis buenos y fieles
amigos que me hicieron soñar y descubrir sus trucos
frente a este espejo donde me veo y también estoy
mirándoles tan frágiles tan penosamente frágiles.
me lastima la manera de cometer sus crímenes
¡eran tan inteligentes al principio!

jueves, 28 de enero de 2016

Audaz y sedienta (por E. E. Cummings)


que mi corazón siempre esté abierto a los pequeños

pájaros que son los secretos del vivir

lo que sea que canten es mejor que saber

y si los hombres no escuchan los hombres están viejos


que mi mente se pierda por ahí hambrienta

y audaz y sedienta y flexible

y hasta si es domingo que yo me equivoque

porque siempre que los hombres tienen razón no son jóvenes


y que no pueda hacer nada útil

y te ames mucho más que de verdad

nunca hubo idiota tan grande que fracasara

tirándose todo el cielo encima con una sonrisa

miércoles, 27 de enero de 2016

Tenía los ojos ciegos (por Natalia Litvinova)


recuerdo el día que nací.

llovía y los árboles soltaban todos sus frutos, la fertilidad
de los ríos era capaz de matarnos.

recuerdo el día que nací.

tenía los ojos ciegos, la boca muda y el alma intocable.

mi padre me prestó su mano para que yo no supiera
qué hacer con ella.

amo las manos de mi padre, origen de toda creación
y de la fe.

recuerdo los abismos del vacío, los límites, el calor
del alba sobre mi nuevo rostro.

mis manos extendidas al no saber.


martes, 26 de enero de 2016

Oía rodar los trenes (por Maurice Riordan)


Así que por un rato vivió a tiro de piedra
del ferrocarril; en un cuarto amueblado
con un sofacama, una lámpara, una mesa,
un refri callado, un teléfono.
Oía rodar de noche los trenes de carga
que sin tregua cruzaban el interior del país.
Lo mantenían en vela hasta el amanecer,
junto a una radio verde y un mapa,
con los que seguía los mismos resultados
del béisbol, violaciones, incendios, asesinatos,
y casi siempre la misma humedad y calor
desde los Grandes Lagos hasta el Golfo.
Una vez marcó un número de larga distancia.
Sonó seis, siete, ocho veces.
No contestan. Se puso el auricular
sobre el pecho, y lo dejó sonar y sonar.


lunes, 25 de enero de 2016

Y nos erguimos (por Anne Sexton)


Oh entonces

me puse de pie en mi piel dorada

y me deshice de los Salmos

y me deshice de la ropa

y tú desataste la brida

y tú desataste las riendas

y yo desabroché los botones,

y deshice los huesos, los equívocos,

las postales de Nueva Inglaterra,

las noches de enero pasadas las diez

y nos erguimos como trigo,

hectárea tras hectárea de oro,

y cosechamos,

cosechamos.

domingo, 24 de enero de 2016

De un lugar (por Wallace Stevens)


El alma, dijo, está compuesta

del mundo exterior.


Hay hombres del Este, dijo,

que son el Este.

Hay hombres de una provincia

que son esa provincia.

Hay hombres de un valle

que son ese valle.


Hay hombres cuyas palabras

son como los sonidos naturales

de sus lugares,

como la cháchara de los tucanes

en el lugar de los tucanes.

La mandolina es el instrumento

de un lugar.


¿Hay mandolinas en las montañas occidentales?

¿Hay mandolinas en el claro de luna septentrional?


El vestido de una mujer de Lhassa,

en su lugar,

es un invisible elemento de ese lugar

hecho visible.

sábado, 23 de enero de 2016

Del tamaño de lo que veo (por Fernando Pessoa)

Releo pasivamente, recibiendo lo que siento como una inspiración y una liberación, esas frases sencillas de Caeiro, en la referencia natural de lo que es consecuencia del pequeño tamaño de su aldea.

Desde allí, dice él, porque es pequeña, puede verse más del mundo que desde la ciudad; y por eso la aldea es mayor que la ciudad…

«Porque yo soy del tamaño de lo que veo, y no del tamaño de mi estatura.»

Frases como éstas me parecen crecer sin voluntad que las hubiera dicho, me limpian de toda la metafísica que espontáneamente añado a la vida.

Después de leerlas, me acerco a mi ventana que da a la calle estrecha, miro al cielo grande y a los muchos astros, y soy libre como un esplendor alado cuya vibración me estremece todo el cuerpo.

«¡Soy del tamaño de lo que veo!»

Cada vez que pienso esta frase con toda la atención de mis nervios, me parece más destinada a reconstruir consteladamente el universo.

«¡Soy del tamaño de lo que veo!»

Qué gran posesión mental va desde el pozo de las emociones profundas a las altas estrellas que se reflejan en él y, así, de cierta manera, están allí.

Y ahora ya, consciente de saber ver, miro la vasta metafísica objetiva de todos los cielos con una seguridad que me da ganas de morir cantando.

«¡Soy del tamaño de lo que veo!»

Y el vago claro de luna, enteramente mío, empieza a viciar de vaguedad el azul medio negro del horizonte.

Tengo ganas de levantar los brazos y gritar cosas de un salvajismo ignorado, de decir palabras a los misterios altos, de afirmar una nueva personalidad vasta a los grandes espacios de la materia vacía.

Pero me reprimo y sereno.

«¡Soy del tamaño de lo que veo!»

Y la frase sigue siendo para mí el alma entera, apoyo en ella todas las emociones que siento, y sobre mí, por dentro, como sobre la ciudad, por fuera, cae la paz indescifrable del duro claro de luna que empieza ancho con el anochecer.


viernes, 22 de enero de 2016

La novia (por Rafael Alberti)


Toca la campana

de la catedral.

!Y yo sin zapatos,

yéndome a casar!


¿Donde está mi velo,

mi vestido blanco,

mi flor de azahar?


¿Donde mi sortija,

mi alfiler dorado,

mi lindo collar?


¡Date prisa, madre!

Toca la campana

de la catedral.


¿Donde está mi amante?

Mi amante querido,

¿en dónde estará?


Toca la campana

de la catedral.


¡Y yo sin mi amante

yéndome a casar!