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miércoles, 23 de enero de 2019

Pero ahora sé resucitar (por Elvira Sastre)


He redondeado esquinas
para no encontrar monstruos a la vuelta
y me han atacado por la espalda.
He lamido mi cara cuando lloraba
para recordar el sabor del mar
y solo he sentido escozor en los ojos.
He esperado de brazos cruzados
para abrazarme
y me he dado de bruces contra mi propio cuerpo.
He mentido tanto
que cuando he dicho la verdad
no
me
he
creído.

He huido
con los ojos abiertos
y el pasado me ha alcanzado.
He aceptado
con los ojos cerrados
cofres vacíos
y se me han ensuciado las manos.
He escrito mi vida
y no me he reconocido.

He querido tanto
que me he olvidado.
He olvidado tanto
que me he dejado de querer.

Pero
he muerto tantas veces
que ahora sé resucitar
—la vida es
quien tiene la última palabra—.
He llorado tanto
que se me han hecho los ojos agua
cuando he reído,
y me he besado.
He fallado tantas veces
que ahora sé cómo discernir los aciertos de lo inevitable.
He sido derrotada por mí misma
con dolor y consciencia,
pero la vuelta a casa ha sido tan dulce
que me he dejado ganar
—prefiero mi consuelo
que el aplauso—.

He perdido el rumbo
pero he conocido la vida en el camino.
He caído
pero he visto estrellas en mi descenso
y el desplome ha sido un sueño.

He sangrado,
pero
todas mis espinas
han evolucionado a rosa.

Y ahora
mi vida
huele a flor.



4 comentarios:

TóTUM REVOLùTUM dijo...

He muerto y he resucitado
Con mis cenizas un árbol he plantado
Su fruto ha dado y desde hoy algo ha empezado
He roto todos mis poemas
Los de tristezas y de penas
y lo he pensado y hoy sin dudarlo vuelvo a tu lado
Ayúdame y te habré ayudado
Que hoy he soñado en otra vida
En otro mundo, pero a tu lado.

Anónimo dijo...

Jodeleñe, pero si eso lo cantaba Enrique Urquijo con los Secretos!

Pentapolín del Arremangado Brazo dijo...

Como esas aves tan bellas
que saltan de rama en rama,
yo hago en el trébol mi cama
y me cubren las estrellas.

Lloviendo amares dijo...


El momento en que, después de tantos años
de trabajo duro y de largo viaje,
te encuentras en el centro de tu cuarto,
casa, medio acre, milla cuadrada, isla, país,
y sabes, por fin, cómo llegaste allí,
y te dices: soy el dueño de esto,

es el mismo momento en que los árboles separan
sus suaves brazos de ti,
los pájaros recobran su lenguaje,
los acantilados se quiebran y colapsan,
el aire se retira de ti como una ola
y no puedes respirar.

No, murmuran. No eres dueño de nada.
Eres un visitante que sube la colina,
una y otra vez,
plantando bandera, proclamando.
Jamás te pertenecimos.
Nunca nos encontraste.
Siempre fue al revés.

(MARGARET ATWOOD)