Los niños que recogen nuestros huesos
nunca sabrán que éstos fueron una vez
tan rápidos como los zorros en el monte;
hacen al aire agrio más agrio con su olor,
ellos tenían un ser, un aliento congelado;
y nunca han de adivinar que con nuestros huesos
dejamos mucho más, dejamos la todavía
apariencia de las cosas y dejamos los sentimientos
hacia lo que vimos. Las nubes de la primavera vuelan
sobre la mansión cerrada,
más allá de nuestra cerca y del cielo airoso
plañe una docta desesperanza.
Conocimos por mucho tiempo la apariencia de la mansión
y lo que dijimos sobre ella se ha convertido
en parte de lo que ahora es… Niños,
que todavía tejen guirnaldas como aureolas
hablarán nuestro lenguaje sin saberlo,
como si el que vivió ahí hubiera dejado
un espíritu atormentado en las paredes vacías,
una casa sucia en un mundo sin entrañas,
un jirón de sombras que despunta en blanco,
manchado con el oro del opulento sol.
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