zUmO dE pOeSíA

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de todos los colores, de todos los sabores

ALEATORIUM: Saca un poema de nuestro almacén

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viernes, 31 de agosto de 2018

Si alguien pudiera parar la cámara (por Linda Pastan)


Eran los primeros días de Mayo, creo.
Un momento de la lila o cereza silvestre
cuando tantas promesas se hacen
y es difícil preocuparse si algunas no se cumplen.
Mi madre y mi padre todavía suspendidos
en la experiencia, parte del paisaje
como las casas en donde había crecido.
Y si habrían de ser derribadas después
era algo que sabía
pero no creía. Nuestros chicos estaban dormidos
o jugando, el más pequeño tan nuevo
como el nuevo aroma de la lila,
y cómo pude haber adivinado
que sus raíces eran superficiales
y serían fácilmente trasplantadas.
No supe ni siquiera que era feliz.
Los pequeños enojos que eran como sal
sobre el melón fue en lo que me obstiné,
aunque en verdad sólo hacían
el sabor de la fruta más dulce.
Entonces nos sentamos en el porche
en la mañana fría, sorbiendo
café caliente. Después de las noticias del día
-huelgas y pequeñas guerras, un incendio en algún lugar-
pude ver lo alto de tu cabeza negra
y pensé no en conflagraciones públicas
sino en cómo se sentirían en mi hombro desnudo.
Si alguien pudiera parar la cámara entonces...
Si alguien pudiera no sólo parar la cámara
sino preguntarme: ¿Eres feliz?
Quizá me habría dado cuenta
de cómo la mañana brilló en el color
reflejado de la lila. Sí -podría haberle dicho-,
ofreciéndole una humeante taza de café.



jueves, 30 de agosto de 2018

Por esta hora (por Fernando Pessoa)



¡Ah el crepúsculo, la noche que cae, las luces en las grandes

ciudades que se encienden,

y la mano de misterio que ahoga el bullicio,

y el cansancio de todo en nosotros que nos corrompe

con una sensación exacta y precisa y activa de la Vida!

¡Cada calle es un canal de una Venecia de tedios

y qué misteriosa la intimidad unánime de las calles,

de las calles al caer de la noche, oh Cesário Verde, oh Maestro,

oh, del «Sentimiento de un Occidental»!

¡Qué inquietud profunda, qué deseo de otras cosas,

que ni son países, ni momentos, ni vidas,

qué deseo tal vez de otros modos de estados del alma

humedece interiormente el lento y lejano instante!

Un horror sonámbulo entre luces que se encienden,

un pavor tierno y líquido, apoyado en las esquinas

como un mendigo de sensaciones imposibles

que no sabe quién las pueda dar...

Cuando muera,

cuando me vaya, vilmente, como toda la gente,

por aquel camino cuya idea no se puede encarar de frente,

por aquella puerta a la que, si pudiésemos asomar, no

asomaríamos,

hacia aquel puerto que el capitán del Barco no conoce,

sea por esta hora digna de los tedios que tuve,

por esta hora mística y espiritual y antiquísima,

por esta hora en que tal vez, hace mucho más tiempo del que

parece,

Platón soñando vio la idea de Dios

esculpir cuerpo y existencia nítidamente plausibles

dentro de su pensamiento exteriorizado como un campo.

Sea por esta hora en que me lleváis a enterrar,

por esta hora que no sé como vivir,

en que no sé que sensaciones tener o fingir que tengo,

por esta hora cuya misericordia es torturada y excesiva,

cuyas sombras vienen de cualquier otra cosa distinta de las cosas,

cuyo pasaje no roza vestidos en el suelo de la Vida Sensible

ni deja perfume en los caminos de la Mirada.



miércoles, 29 de agosto de 2018

En vuestra, en nuestra lengua (por Berta Piñán)


¿Cómo se dice en uolof la palabra frontera, la palabra
patria? ¿Y en sonike? ¿Cómo llamáis al desamparo?
Si queréis decir en bereber, por ejemplo, “yo tuve una casa
en un arrabal de Rabat” ¿ponéis en este orden la frase? ¿Cómo
se conjugan en bambara los verbos que llevan al norte,
qué adjetivos cuadran a la palabra mar, a la palabra muerte?
Si tenéis que iros, ¿es la palabra adiós un sustantivo?
¿Cómo se pronuncia en diakhanké la palabra exilio? ¿Hay que
juntar los labios? ¿Duelen? ¿Qué pronombres usáis para quien espera
en la playa, para quien regresa sin nada? Cuando señaláis hacia allá, hacia
casa, ¿qué adverbio escogéis? ¿Cómo se dice en vuestra, en nuestra lengua
la palabra futuro?


martes, 28 de agosto de 2018

Dónde estabais (por Adam Zagajewski)


En mayo, atravesando el bosque al alba
me preguntaba dónde estabais, almas
de los muertos. Dónde estabais, jóvenes
desaparecidos, dónde estabais, del todo
transfigurados.
En el bosque reinaba el gran silencio
y oía soñar las hojas verdes,
oía soñar a las cortezas, hechas para construir
barquitas, naves, velas.
Luego, arrancó lentamente el gorjeo de los
pájaros, jilgueros, tordos y mirlos ocultos
en los balcones del ramaje; cada uno hablaba distinto,
con otra voz, sin pedir nada, sin
amargura ni pena.
Y comprendí que en el canto estabais
inalcanzables como la música, indiferentes como
notas, lejos de nosotros como nosotros
de nosotros mismos.

lunes, 27 de agosto de 2018

No sabe a lo que vino (por Jaime Gil de Biedma)


Ha venido a esa hora.

No vive en este barrio.

No conoce las tiendas.

No conoce a las gentes

que se afanan en ellas.

No sabe a lo que vino.

No compra aquí la prensa.

Recuerda las esquinas

que los perros recuerdan.


Ventanas encendidas

le agrandan la tristeza.

Corazón traseúnte,

junto a las casas nuevas

camina vacilando,

como un hombre a quien llevan.

El viento del suburbio

se le enreda en las piernas.


La calle como entonces.

Como entonces ajena.

Y el aire oscurecido,

la noche que se acerca.

Cuando dobla la esquina

y aprieta el paso, sueña

que el tiempo no ha cambiado,

jugando a que regresa.


Luego pasa de largo,

y piensa: fue una época.


domingo, 26 de agosto de 2018

Sin piano propio (por Luis Ignacio Helguera)


Como el albañil que nunca tiene la casa que edifica
como el jardinero que vive en un cuartucho sin macetas
como la costurera que nunca tiene el vestido que cose
llegaba el afinador de pianos sin piano propio
llegaba con su hija y su maletín de médico
su oído absoluto atento al corazón del viejo Steinway
sus manos maestras entregadas a las cuerdas cardíacas
a su dentadura de marfil cariado
a sus pedales reumáticos
dejaba cada sonido en su sitio
cada acorde perfecto
y luego, para comprobarlo
medio interpretaba de memoria un nocturno de Chopin
hasta que, afinador de pianos,
daba notas falsas, un pasaje se le olvidaba
y sonreía y cerraba el piano
le pagaba el dueño
y se iba con su maletín de médico y su hija
que le tomaba la mano en la calle y lo miraba en lo alto
con una sonrisa.

sábado, 25 de agosto de 2018

Yo estaba en otro sitio (por Carmen Martín Gaite)


En la tarde de otoño,
cuando he abierto los ojos,
la voz dulce y sensata de mi madre
viene de otro hemisferio
que ya no sé alcanzar.
Habla de la merienda,
de sábanas planchadas
de poner el termómetro.
Y un bullicio de niños
que salen de la escuela
brinda desde la calle
un contrapunto lánguido,
entreverando pausas que se estiran.
Yo estaba en otro sitio
–¿dónde estaba?–.
De todo lo que veo y lo que oigo
me separa el sabor del paladar,
una sed agridulce.

Pues parece que tienes menos fiebre.
Ahora te traigo el agua de limón.

No es eso, no era eso.
Yo estaba en otro sitio.
Al raso. Corría el aire.
Nadie me conocía.
Había ruido. Había riesgo.
Va a repetirse todo, me aburre esta función.
No cierres el balcón,
espera, te lo pido, un momentito más,
que no entra frío,
no corras todavía la cortina.
Deja abierta, mi dulce carcelera,
la ranura del sueño.
Ella me mira y dice:
Tienes los ojos tristes, ¿en qué piensas?
En nada, digo yo. Y sus pasos se alejan.

Podría huir ahora.
En los cuentos de niños
resultaba tan fácil la transfiguración,
el brinco audaz y súbito.

No quiero más paredes,
más mantas ni jarabes,
yo sé lo que me cura y lo que no,
respirar de otro modo necesito.
Ahora mismo podría,
si tú me dieras fuerzas,
oh hermano Peter Pan,
saltar desde la cama hasta el balcón,
del balcón a la torre de la iglesia,
donde los monaguillos ya se aprestan
a iniciar un tañido
que nunca es aventura.
¡Oh, el riesgo de salir,
arrebujada en camisón liviano
a conjurar la fiebre,
desafiando el frío de la tarde,
sobrevolando plazas y callejas,
ventanas que se encienden
y bultos de mujeres que acuden al rosario,
esquivar en zigzag el campaneo
de toda la ciudad,
abrirse al campo ignoto, sin paredes!



viernes, 24 de agosto de 2018

Fue un milagro (por Miguel Ángel Zapata)


Mi loro ha muerto en una clínica de Huntington. Su vida fue un milagro. Era la envidia de todos los pájaros del vecindario. Cantó durante cinco años una pieza de Boccherini y un par de rancheras mexicanas que se sabía de memoria. En sus días agitados silbaba a las muchachas que pasaban por la acera de mi casa.

Cuando estaba alegre, la casa era un jolgorio. Sus silbidos armoniosos contagiaban de alegría a los pericos envidiosos de la otra jaula. Yo mejor hubiese sido canario, me decía: la muerte es una canción de cuna bajo un tremendo álamo que nos protege. Al álamo le gusta su familia, y deja caer sus hojas como moneda ensangrentada. Es un cielo enorme desde donde se ven las cascadas, las alas de las aves que retornan a ver el agua del principio.

Hoy estoy triste. Mi loro era un pedazo de cielo en este mundo de miedo.


jueves, 23 de agosto de 2018

El embargo (por José Mª Gabriel y Galán)


Señol jues, pasi usté más alanti
y que entrin tos esos,
no le dé a usté ansia
no le dé a usté mieo...

Si venís antiayel a afligila
sos tumbo a la puerta. ¡Pero ya s'ha muerto!

¡Embargal, embargal los avíos,
que aquí no hay dinero:
lo he gastao en comías pa ella
y en boticas que no le sirvieron;
y eso que me quea,
porque no me dio tiempo a vendello,
ya me está sobrando,
ya me está gediendo!

Embargal esi sacho de pico,
y esas jocis clavás en el techo,
y esa segureja
y ese cacho e liendro...

¡Jerramientas, que no quedi una!
¿Ya pa qué las quiero?
Si tuviá que ganalo pa ella,
¡cualisquiá me quitaba a mí eso!
Pero ya no quio vel esi sacho,
ni esas jocis clavás en el techo,
ni esa segureja
ni ese cacho e liendro...

¡Pero a vel, señol jues: cuidaíto
si alguno de ésos
es osao de tocali a esa cama
ondi ella s'ha muerto:
la camita ondi yo la he querío
cuando dambos estábamos güenos;
la camita ondi yo la he cuidiau,
la camita ondi estuvo su cuerpo
cuatro mesis vivo
y una nochi muerto!

¡Señol jues: que nenguno sea osao
de tocali a esa cama ni un pelo,
porque aquí lo jinco
delanti usté mesmo!
Lleváisoslo todu,
todu, menus eso,
que esas mantas tienin
suol de su cuerpo...
¡y me güelin, me güelin a ella
ca ves que las güelo!...


miércoles, 22 de agosto de 2018

La noche que morí (por Randall Jarrell)


No fue el morir: todos mueren.
No fue el morir: ya habíamos muerto antes
en los accidentes rutinarios—y nuestros comandantes
llamaron a la prensa, escribieron a nuestras casas,
y aumentó la estadística, todo por causa de nosotros.
Morimos en una página de almanaque que no era la nuestra.
Desparramados sobre montañas a cincuenta millas de distancia.
Cayendo de cabeza en un pajar, peleando con un amigo,
nos encendimos en las líneas que nunca vimos.
Morimos como hormigas o perritos extranjeros.
(Cuando salimos de la escuela nada había muerto que nos hiciera comprender que podíamos morir así.)
En nuestros aviones, con nuevas tripulaciones, bombardeamos
los blancos del desierto o de la costa,
disparamos sobre los objetivos remolcados, esperamos a ver qué tantos
nos apuntamos, y pasamos a ser relevos y despertamos
una mañana, sobre Inglaterra, en operaciones.
No fue diferente: pero si morimos
no fue por accidente sino por error
(por un error muy fácil de cometer).
Leíamos nuestras cartas y contábamos nuestros vuelos—
En bombarderos con nombres de muchachas, incendiábamos
las ciudades que aprendimos en la escuela—
Hasta que se nos acabó la vida. Nuestros cuerpos quedaron
con los de la gente que matamos sin conocerla.
Cuando durábamos lo suficiente, nos daban medallas;
cuando moríamos decían “Nuestras bajas fueron pocas”.
Dijeron “Aquí están los mapas”; quemamos las ciudades.
No fue el morir, no, no el tener que morir;
pero la noche que morí, soñé que estaba muerto,
y las ciudades me dijeron “¿Por qué estás muriendo?
Estamos conformes, si tú lo estás”. Pero ¿por qué morí yo?

martes, 21 de agosto de 2018

Pasar lista a las cosas (por Roberto Juarroz)


Periódicamente
es necesario pasar lista a las cosas,
comprobar otra vez su presencia.

Hay que saber si todavía están allí los árboles,
si los pájaros y las flores continúan su torneo inverosímil,
si las claridades escondidas siguen suministrando la raíz de la luz,
si los vecinos del hombre se acuerdan aún del hombre,
si dios ha cedido su espacio a un reemplazante,
si tu nombre es tu nombre o es ya el mío,
si el hombre completó su aprendizaje de verse desde afuera.

Y al pasar lista es preciso evitar un engaño:
ninguna cosa puede nombrar a otra.

Nada debe reemplazar a lo ausente.


lunes, 20 de agosto de 2018

Quizá ni ella misma lo sabe (por Sujata Bhatt)


Esta es una historia
que he oído
infinidad de veces, siempre contada
por mi padre durante la cena
siempre contada a manera de prefacio
de una nueva cuestión filosófica
que quiere plantear.

Quizás debido a que
he escuchado esta historia
tantas veces, ahora
ya no oigo las palabras
que mi padre repite.
En cambio, la escena se despliega
en mi mente, muy adentro del ojo de mi alma
parpadea, da brincos como esas viejas películas
mudas, en blanco y negro.

Ya pasa de la medianoche
casi la una y mi abuelo
está a punto de entrar a la casa.
Ha estado todo el día trabajando como siempre
con los pobres, tratando de ayudar
a los rechazados hariyanes.

Al abrir la puerta
de su propia casa ha encontrado a mi abuela
cerrándole el paso.
La brahmina ortodoxa Ajwali Ba
le pide que primero se bañe
afuera con un balde de agua fría
por allá, cerca del huerto
antes de entrar.
Está muy cansado, le ruega.
Pero ella insiste, de pie, guardando su distancia
para que no la manche con el más mínimo roce.
Con apenas su larga camisa blanca
llena de polvo del camino
pero para ella mucho más sucia por haber sido tocada
por otras castas; impura
para ella particularmente debido
a esos marginados…
Con que su camisa rozara
su sari, lo mandaría furiosa
a darse otro baño
y a ponerse ropa limpia.
Sabiendo todo esto él permanece
en la entrada.

Ella no cambiará
las reglas.
“Si es así, dormiré en el jardín”
decide él y se va.

Entonces hay una pausa
durante la cual Nanabhai
se interna en la oscuridad
del jardín,
y Ajwali Ba se queda adentro
escuchando la oscuridad de la casa
en la que sus hijos duermen
ignorantes de todo.

Unos minutos después,
digamos unos diez minutos después,
sale apresurada de la casa,
cruza corriendo el patio,
baja a saltos las escaleras
que llevan a la huerta de mangos
y se reúne con él.

Esta es la parte que a mí más me gusta.
Me gusta pensar en ella, todavía
una mujer joven, corriendo
escaleras abajo con el mismo apremio
que yo sentía al bajar por ellas a los ocho años, a los diecisiete,
a los veintiséis…

Nunca sabremos qué
le hizo cambiar de opinión.
Quizá ni ella misma lo sabe.
Pero puedo sentir su audaz desplante
sus enérgicos y fuertes brazos
arremetiendo contra el aire
—y las cejas de media luna que yo heredé
y su impaciencia por entenderlo a él…

La narración de mi padre termina aquí
en el lugar donde ellos descansan
uno junto al otro.
Pero la película continúa
en mi mente:
Ahora ya están juntos,
Nanabhai y Ajwali Ba.
Él seguramente dormido, exhausto
sin soñar.
¿Y ella?

Yo la veo alerta, pensativa.
Como sabe que no puede dormir
ni siquiera se preocupa
por cerrar los ojos.
La veo mirando al cielo
disfrutando un juego íntimo
en el que desenreda las estrellas
y las reacomoda
en sus constelaciones correctas.


domingo, 19 de agosto de 2018

Y ya no encontrarás en mi alma a nadie (por César Vallejo)


Verano, ya me voy. Y me dan pena
las manitas sumisas de tus tardes.
Llegas devotamente; llegas viejo;
y ya no encontrarás en mi alma a nadie.

Verano! Y pasarás por mis balcones
con gran rosario de amatistas y oros,
como un obispo triste que llegara
de lejos a buscar y bendecir
los rotos aros de unos muertos vivos.

Verano, ya me voy. Allá, en septiembre
tengo una rosa que te encargo mucho;
la regarás de agua bendita todos
los días de pecado y de sepulcro.

Si a fuerza de llorar el mausoleo,
con luz de fe su mármol aletea,
levanta en alto tu responso, y pide
a Dios que siga para siempre muerta.
Todo ha de ser ya tarde;
y tú no encontrarás en mi alma a nadie.

Ya no llores, Verano! En aquel surco
muere una rosa que renace mucho.


sábado, 18 de agosto de 2018

¿Volvería a caer? (por Juan Gil Albert)


Si volviera a vivir por estos valles
¿volvería a caer? Me extrañaría
que no lo hiciera.
Veo en esos ojos
el mismo fuego aquel, la dulce llama
que me perdió en su día.
Veo el paso
de quien deja flotar tras de sus hombros
las alas del deseo.
Veo en blancos
muros que trepan frente al mar las rosas
latiendo ensimismadas.
Veo viñas
que las abejas pican rescatando
su miel de oro.
Veo en la azotea
las ropas como velas de un navío
que nos arrastraran lejos.
Veo el monte
crepitando de sol y siento dentro
recorrerme sutil como un fluido
algo que necesita mi concurso
para integrarse entero en la armonía
que me circunda.
Nada ha cambiado.
Tierra, divinidad, delicia, tierra.
Todo está en pie, incitante, extraño, hermoso.
Volvería a caer.


viernes, 17 de agosto de 2018

Acreciento el misterio (por Lucian Blaga)


Yo no aplasto la corola de milagros del mundo
y no destruyo con mi pensamiento
los misterios que en mi camino encuentro
en flores, en ojos, sobre labios o tumbas.
Otros con su inteligencia
ahogan el encanto de lo impenetrable, de lo escondido
en los abismos oscuros,
pero yo con mi luz acreciento el misterio del mundo;
y así como la luna con sus rayos brillantes
no disminuye, sino temblorosa
extiende aún más el secreto de la noche,
así yo enriquezco el sombrío horizonte
con amplios estremecimientos de sagrado misterio;
y todo lo que es incomprensible
se torna aún más incomprensible
bajo mis ojos
pues así yo amo
flores y ojos y labios y tumbas.


jueves, 16 de agosto de 2018

Y antes de arrojarlo (por Dalí Corona)


Lo levanté mucho más temprano que otros días

porque ahora la entrada es a las ocho.

Desayunamos fuerte;

le puse en la mochila varios lápices y gomas

y dos paquetes de colores, por si acaso.

Lo abrigué completamente

y le prohibí quitarse la chamarra

a pesar de que el sol ya comenzaba a calentarnos.


Con un cordón até a su cuello

un letrero que indicaba que ese niño

era el mío.


Lo acerqué a la puerta

y antes de arrojarlo a la soledad de la primaria

le dije que mi amor por él es infinito.

Se dirigió a la fila,

que es el patíbulo primero que recuerdo,

y vi cómo valientemente

caminó, sin voltear, hacia el salón.


miércoles, 15 de agosto de 2018

Un río (por Javier Heraud)


1

Yo soy un río,
voy bajando por
las piedras anchas,
voy bajando por
las rocas duras,
por el sendero
dibujado por el
viento.
Hay árboles a mi
alrededor sombreados
por la lluvia.
Yo soy un río,
bajo cada vez más
furiosamente,
más violentamente
bajo
cada vez que un
puente me refleja
en sus arcos.

2

Yo soy un río

un río
un río
cristalino en la
mañana.
A veces soy
tierno y
bondadoso. Me
deslizo suavemente
por los valles fértiles,
doy de beber miles de veces
al ganado, a la gente dócil.
Los niños se me acercan de
día,
y
de noche trémulos amantes
apoyan sus ojos en los míos,
y hunden sus brazos
en la oscura claridad
de mis aguas fantasmales.

3

Yo soy el río.
Pero a veces soy
bravo
y
fuerte
pero a veces
no respeto ni a
la vida ni a la
muerte.
Bajo por las
atropelladas cascadas,
bajo con furia y con
rencor,
golpeo contra las
piedras más y más,
las hago una
a una pedazos
interminables.
Los animales
huyen,
huyen huyendo
cuando me desbordo
por los campos,
cuando siembro de
piedras pequeñas las
laderas,
cuando
inundo
las casas y los pastos,
cuando
inundo
las puertas y sus
corazones,
los cuerpos y
sus
corazones.

4

Y es aquí cuando
más me precipito
Cuando puedo llegar
a
los corazones,
cuando puedo
cogerlos por la
sangre,
cuando puedo
mirarlos desde
adentro.
Y mi furia se
torna apacible,
y me vuelvo
árbol,
y me estanco
como un árbol,
y me silencio
como una piedra,
y callo como una
rosa sin espinas.

5

Yo soy un río.
Yo soy el río
eterno de la
dicha. Ya siento
las brisas cercanas,
ya siento el viento
en mis mejillas,
y mi viaje a través
de montes, ríos,
lagos y praderas
se torna inacabable.

6

Yo soy el río que viaja en las riberas,
árbol o piedra seca
Yo soy el río que viaja en las orillas,
puerta o corazón abierto
Yo soy el río que viaja por los pastos,
flor o rosa cortada
Yo soy el río que viaja por las calles,
tierra o cielo mojado
Yo soy el río que viaja por los montes,
roca o sal quemada
Yo soy el río que viaja por las casas,
mesa o silla colgada
Yo soy el río que viaja dentro de los hombres,
árbol fruta
rosa piedra
mesa corazón
corazón y puerta
retornados.

7

Yo soy el río que canta
al mediodía y a los
hombres,
que canta ante sus
tumbas,
el que vuelve su rostro
ante los cauces sagrados.

8

Yo soy el río anochecido.
Ya bajo por las hondas
quebradas,
por los ignotos pueblos
olvidados,
por las ciudades
atestadas de público
en las vitrinas.
Yo soy el río
ya voy por las praderas,
hay árboles a mi alrededor
cubiertos de palomas,
los árboles cantan con
el río,
los árboles cantan
con mi corazón de pájaro,
los ríos cantan con mis
brazos.

9

Llegará la hora
en que tendré que
desembocar en los
océanos,
que mezclar mis
aguas limpias con sus
aguas turbias,
que tendré que
silenciar mi canto
luminoso,
que tendré que acallar
mis gritos furiosos al
alba de todos los días,
que clarear mis ojos
con el mar.
El día llegará,
y en los mares inmensos
no veré más mis campos
fértiles,
no veré mis árboles
verdes,
mi viento cercano,
mi cielo claro,
mi lago oscuro,
mi sol,
mis nubes,
ni veré nada,
nada,
únicamente el
cielo azul,
inmenso,
y
todo se disolverá en
una llanura de agua,
en donde un canto o un poema más
sólo serán ríos pequeños que bajan,
ríos caudalosos que bajan a juntarse
en mis nuevas aguas luminosas,
en mis nuevas
aguas
apagadas.

martes, 14 de agosto de 2018

Con su pequeñez (por Fernando Pessoa)


Despierto de noche repentinamente,

y mi reloj ocupa la noche entera.

No siento la naturaleza ahí afuera.

Mi cuarto es una cosa oscura con paredes vagamente blancas.

Ahí afuera hay un sosiego como si nada existiera.

Sólo el reloj prosigue su ruido.

Y esta pequeña cosa de engranajes que está encima de mi mesa

ahoga toda la existencia de la tierra y del cielo...

Casi me pierdo, pensando en lo que esto significa,

pero me vuelvo, y me siento sonreír en la noche con las comisuras de la boca,

porque la única cosa que mi reloj simboliza o significa

al llenar con su pequeñez la noche enorme

es la curiosa sensación de llenar la noche enorme

con su pequeñez...



lunes, 13 de agosto de 2018

Una carroña (por Charles Baudelaire)


Recuerda lo que vimos, alma mía,
esa mañana de verano tan dulce:
a la vuelta de un sendero una carroña infame
en un lecho sembrado de guijarros,

con las piernas al aire, como una mujer lúbrica,
ardiente y sudando los venenos
abría de un modo negligente y cínico
su vientre lleno de exhalaciones.

El sol brillaba sobre esta podredumbre,
como para cocerla en su punto,
y devolver ciento por uno a la gran Naturaleza
todo lo que en su momento había unido;

y el cielo miraba el espléndido esqueleto
como flor que se abre.
Tan fuerte era el hedor que tú, en la hierba
creíste desmayarte.

Zumbaban las moscas sobre este vientre pútrido
del cual salían negros batallones
de larvas que manaban como un líquido espeso
por aquellos andrajos vivientes.

Todo aquello descendía y subía como una ola,
o se lanzaba chispeante.
Se habría dicho que el cuerpo, hinchado por un aliento vago,
vivía y se multiplicaba.

Y este mundo producía una música extraña
como el agua que corre y el viento
o el grano que un cribador con movimiento rítmico
agita y voltea con su instrumento.

Las formas se borraban y no eran más que un sueño,
un esbozo tardío en aparecer
en la tela olvidada, y que el artista acaba
sólo de memoria.

Detrás de las rocas una perra inquieta
nos miraba con ojos enfadados,
espiando el momento de recuperar en el esqueleto
el trozo que había soltado.

Y, sin embargo, tú serás igual que esta basura,
que esta horrible infección,
¡estrella de mis ojos, sol de mi naturaleza,
tú, mi ángel y mi pasión!

¡Sí! así serás tú, oh reina de las gracias,
después de la extrema unción,
cuando vayas, bajo la hierba y las fértiles florescencias,
a enmohecer entre las osamentas.

Entonces, oh belleza mía, di a los gusanos
que te comerán a besos
¡que he guardado la forma y la esencia divina
de mis amores corrompidos!


domingo, 12 de agosto de 2018

Pero los gallos cantaron tres veces (por Lucian Blaga)


No te escribiría ni siquiera este renglón,
pero los gallos cantaron tres veces en la noche
y tuve que gritar
Dios mío, Dios mío, ¿de quién renegué?

Soy más viejo que tú, madre,
pero así como tú me conoces:
algo cargado de espaldas,
inclinado sobre las preguntas del mundo.

Hasta hoy no entiendo aún por qué me enviaste a la luz.
¿Solamente para andar entre las cosas
y hacerles justicia, diciéndoles
cuál es más verdadera, cuál es más hermosa?
La mano se me detiene: es muy poco.
La voz se me apaga: es muy poco.
¿Por qué me enviaste a la luz, madre,
por qué me enviaste?

Mi cuerpo cae a tus pies,
pesado como un pájaro muerto.


sábado, 11 de agosto de 2018

Eran todavía los mismos (por Sara Teasdale)


Después de un año he vuelto de nuevo al lugar;
las luces incansables y el eco,
el irritado trueno de trenes que horadan la tierra,
la gente atormentada y apresurada, eran todavía los mismos,
¿pero, oh, otro hombre junto a mí, no tú!
¡otra voz y otros ojos en los míos!
Y de pronto me volví y vi de nuevo
las brillantes curvas en las vías, el puente en lo alto,
habían sido marcados profundamente en mi corazón,
la noche que los miré para evitar tus ojos,
cuando decías: «¡Oh, mírame!»
cuando decías: «¿No me amarás nunca?»
y cuando respondí con una mentira. Oh entonces
bajaste la vista. Sentí tu dolor absoluto.
Hubiera dado la vida por decirte la verdad.

Después de un año he vuelto de nuevo al lugar –
la gente atormentada y apresurada era todavía la misma.


viernes, 10 de agosto de 2018

Su sencillo coraje de quererme (por Mario Benedetti)


Usted martín santomé no sabe
cómo querría tener yo ahora
todo el tiempo del mundo para quererlo
pero no voy a convocarlo junto a mí
ya que aun en el caso de que no estuviera
todavía muriéndome
entonces moriría
sólo de aproximarme a su tristeza.

usted martín santomé no sabe
cuánto he luchado por seguir viviendo
cómo he querido vivir para vivirlo
porque me estoy muriendo santomé

usted claro no sabe
ya que nunca lo he dicho
ni siquiera
en esas noches en que usted me descubre
con sus manos incrédulas y libres
usted no sabe cómo yo valoro
su sencillo coraje de quererme

usted martín santomé no sabe
y sé que no lo sabe
porque he visto sus ojos
despejando
la incógnita del miedo

no sabe que no es viejo
que no podría serlo
en todo caso allá usted con sus años
yo estoy segura de quererlo así.

usted martín santomé no sabe
qué bien, qué lindo dice
avellaneda
de algún modo ha inventado
mi nombre con su amor

usted es la respuesta que yo esperaba
a una pregunta que nunca he formulado
usted es mi hombre
y yo la que abandono
usted es mi hombre
y yo la que flaqueo

usted martín santomé no sabe
al menos no lo sabe en esta espera
qué triste es ver cerrarse la alegría
sin previo aviso
de un brutal portazo

es raro
pero siento
que me voy alejando
de usted y de mí
que estábamos tan cerca
de mí y de usted

quizá porque vivir es eso
es estar cerca
y yo me estoy muriendo
santomé
no sabe usted
qué oscura
qué lejos
qué callada
usted
martín
martín cómo era
los nombres se me caen
yo misma me estoy cayendo

usted de todos modos
no sabe ni imagina
qué sola va a quedar
mi muerte
sin
su
vi
da.



jueves, 9 de agosto de 2018

Ella me daba ruibarbo (por John Jairo Junieles)


Mi madre aseguraba que una taza de ruibarbo
podía curarlo todo, hasta los males del amor.

Mi padre pensaba que un poco de dinero
era mejor que el ruibarbo y el amor
(además, podía comprar mucho más que eso).

Cuando yo tenía fiebre o estaba triste
ella me daba ruibarbo.
Mi padre me dejaba algunas monedas.

Cuando ella murió él se metió en su cuarto,
apagó la luz y sentí que lloraba bajito.
Jamás lo había visto hacer esas cosas
y el aire empezó a faltarme.

Toqué la puerta y cuando me abrió
dejé en su mano una moneda.


miércoles, 8 de agosto de 2018

En memoria (por Giuseppe Ungaretti)


Se llamaba
Mohamed Sceab

Descendiente
de emires de nómadas
suicida
porque no tenía ya
Patria

Amó a Francia
y cambió de nombre

Fue Marcel
pero no era francés
y no sabía ya
vivir
en la tienda de los suyos
donde se escuchaba la cantilena
del Corán
saboreando un café

Y no sabía
entonar
el canto
de su abandono

Le he acompañado
junto a la patrona del hotel
donde vivíamos
en París
en el número 5 de la rue des Carmes
marchito callejón en bajada

Reposa
en el camposanto de Ivry
suburbio donde parece
ser siempre el día
de una
destartalada feria

Y quizá sólo yo
sé aún
que vivió



martes, 7 de agosto de 2018

¿Por qué me despertaste? (por Fernando Pessoa)



¡Maestro, mi querido maestro!

¡Corazón de mi cuerpo intelectual y entero!

¡Vida del origen de mi inspiración!

Maestro, ¿qué se hizo de ti en esta forma de vida?

No te importó si morías, si vivirías, ni tú ni nada,

alma abstracta y visual hasta los huesos,

atención maravillosa al mundo exterior siempre múltiple,

refugio de nostalgias de todos los dioses antiguos,

espíritu humano de la tierra materna,

flor encima del diluvio de la inteligencia subjetiva...

¡Maestro, mi maestro!

En la angustia sensacionista de todos los días sentidos,

en la amargura cotidiana de las matemáticas del ser,

yo, esclavo de todo como un polvo de todos los vientos,

¡alzo las manos hacia ti, que estás lejos, tan lejos de mí!

¡Mi maestro y mi guía!

A quien ninguna cosa hirió, ni dolió, ni perturbó,

seguro como un sol haciendo su día involuntariamente,

natural como un día mostrándolo todo,

Maestro mío, mi corazón no aprendió tu serenidad.

Mi corazón no aprendió nada.

Mi corazón no es nada,

mi corazón está perdido.

Maestro, sólo sería como tú si yo hubiera sido tú.

¡Qué triste la gran hora alegre en que primero te oí!

Después todo es cansancio en este mundo subjetivado,

todo es esfuerzo en este mundo donde se quieren cosas,

todo es mentira en este mundo donde se piensan cosas,

todo es otra cosa en este mundo donde todo se siente.

Después, he sido como un mendigo dejado a la intemperie

por la indiferencia de toda la aldea;

después, he sido como las hierbas arrancadas,

dejadas en manojos en alineamientos sin sentido;

después, he sido yo; sí, yo, para mi desgracia,

y yo, por mi desgracia, no soy yo ni otro ni nadie;

después, ¿por qué enseñaste la nitidez de la vista,

si no me pudiste enseñar a tener el alma con que verla clara?,

¿por qué me llamaste hacia lo alto de los montes

si yo, criatura de las ciudades del valle, no sabía respirar?,

¿por qué me diste tu alma si yo no sabía qué hacer con ella

como quien está cargado de oro en un desierto,

o canta con voz divina entre las ruinas?,

¿por qué me despertaste para la sensación y el alma nueva,

si yo no sabré sentir, si mi alma es siempre mía?

Pluguiera al Dios ignoto que siempre fuera yo aquel

poeta decadente, estúpidamente pretencioso,

que podría al menos venir a agradar,

y no surgiera en mí la pavorosa ciencia de ver.

¿Para qué me hiciste yo? ¡Me hubieras dejado ser humano!

Feliz el hombre ordinario,

que tiene su tarea cotidiana normal, tan leve aunque pesada,

que tiene su vida común,

para quien el placer es placer y el recreo es recreo,

que duerme el dormir,

que come comida,

que bebe bebida, y por eso tiene alegría.

La calma que tenías, me la diste, y me fue inquietud.

Me liberaste, pero el destino humano es ser esclavo.

Me despertaste, pero el sentido del ser humano es dormir.


lunes, 6 de agosto de 2018

Mantente tú (por Irene Sánchez Carrión)


Mantén, camino, tú, la esperanza.

Van cayendo los días
en las secas cunetas de mis años,
pasan las estaciones,
otros son los viajeros que hoy marchan a mi lado,
ha caído algún árbol que estuvo antes erguido
y las aves que perdieron el rumbo
vuelan ya de regreso.

Mantente tú, camino,
con cansancio y con sed, con hambre y con deseo,
y dame tus placeres,
tu empinada hermosura hacia el ocaso.


domingo, 5 de agosto de 2018

Cómo estás en mí (por Pedro Humire Loredo)


Me partes a mí
y al tiempo,
Parinacota de los pedregales,
lugar primero, madrugada del universo,
iniciación de los sentimientos,
donde piensa el viento grande
y se encuentran las edades.

Cuando nos conocimos
me envolviste con tu grito
y tuve la sensación de hundirme

en tu perennidad,
Parinacota, residencia de mi espíritu.

Dejé marcada en tus adobes
mi locura,
y se partió la blanca pared de las casas
cuando te conté aquello,
Parinacota de mi recuerdo.

Los dos llorábamos,
el ave bajó al arbusto
a sepultar su plumaje;
mas hará navegar su canto
hoy y siempre
en mi profundidad
y en los reflejos de tu laguna.

Tristemente vimos a las vicuñas
doblegar su salvaje trote frente a la muerte,
pero desde aquel tiempo
siento correr la dulce sensibilidad de ellos
entre mi sangre,
Parinacota, mi necesario hallazgo.

¡Cómo estás en mi!
que cuando te sueño
me responde tu ventarrón,
ese de tus tardes,
de tu lluvia,
de tus confidencias en esa blancura
del tiempo de invierno,
de esos días en que buscas
y corres riendo sobre tus penas
o llorando frente a tu encuentro.

Nuestra dulce desgracia, Parinacota,
los dos la guardaremos,
no habrá más quien la sepa.
Yo te entregué mi locura
y tú me confiaste el frío de tu tristeza
en el lenguaje perenne de América…
Todo multiplicará entre tú y yo solamente.
Parinacota, maternal huella encontrada.


sábado, 4 de agosto de 2018

¿Qué os parece mi cara abofeteada? (por Nicanor Parra)


Considerad, muchachos,
esta lengua roída por el cáncer:
soy profesor en un liceo oscuro
he perdido la voz haciendo clases.
(Después de todo o nada
hago cuarenta horas semanales).
¿Qué os parece mi cara abofeteada?
¡Verdad que inspira lástima mirarme!
Y qué decís de esta nariz podrida
por la cal de la tiza degradante.

En materia de ojos, a tres metros
no reconozco ni a mi propia madre.
¿Qué me sucede? — Nada.
Me los he arruinado haciendo clases:
la mala luz, el sol,
la venenosa luna miserable.
Y todo para qué:
para ganar un pan imperdonable
duro como la cara del burgués
y con sabor y con olor a sangre.
¡Para qué hemos nacido como hombres
si nos dan una muerte de animales!

Por el exceso de trabajo, a veces
veo formas extrañas en el aire,
oigo carreras locas,
risas, conversaciones criminales.
Observad estas manos
y estas mejillas blancas de cadáver,
estos escasos pelos que me quedan,
¡estas negras arrugas infernales!
Sin embargo yo fui tal como ustedes,
joven, lleno de bellos ideales,
soñé fundiendo el cobre
y limando las caras del diamante:
aquí me tienen hoy
detrás de este mesón inconfortable
embrutecido por el sonsonete
de las quinientas horas semanales.


viernes, 3 de agosto de 2018

Mientras tanto (por José Emilio Pacheco)


En un prendedor de plata
la antigüedad de la herrumbre
que han dejado la sal y el mar del tiempo.

Este recubrimiento vela el día
en que salió a la luz de la novedad
un objeto
destinado a la oscura pátina.

Debe de haber
deidades o demonios que manipulen el tiempo
y digan: “Todo
nace para ofrendarse a la erosión.
Sólo nosotros
perseveramos en seguir aquí,
inmutables y crueles
como espuma que a cada instante
impone su levedad a la pesadumbre
de la roca marina,
bajo la evanescencia corrosiva
que muerde todo y demuele todo”.

Hay sustancias
para quitarle a la humilde joya
la cadena que la aprisiona
en un ayer inasible.

Ahora está “como nueva”
pero no es nueva.
En su vistosidad reluciente
se dibuja más bien un simulacro
de antigua juventud.

Por un instante se borra
la noche inmensa en donde estuvo guardado
—¿por qué incógnita historia?—
este objeto.

Al tocarlo siento la piel
de la muchacha que por primera vez se lo puso.
¿Cuándo?
Digamos por decir algo
mil novecientos treinta y nueve.

El tacto me permite verla hermosísima
en un baile del Ciro´s o el Country Club
o en el Hotel Montejo que se llevó el terremoto.

Ya no está aquí la muchacha.
Los lugares también se fueron.
Todo ese mundo
ya se ha desvanecido como hoy se disipa este otro
que mientras tanto se va cubriendo de pátina.


jueves, 2 de agosto de 2018

Cuánto me queda aún (por Rabindranath Tagore)


No se ha puesto el sol todavía
y aún no ha empezado la feria
que han montado en la ribera.
Pensé que había perdido
todo mi tiempo y mis monedas;
pero no, hermano mío, algo me queda aún.
La suerte no me lo ha quitado todo.

He acabado mi negocio.
Están hechas las cuentas
y regreso a mi hogar.
¿Qué he de pagarte, guardián?
Tranquilízate, algo me queda aún.
La suerte no me lo ha quitado todo.

Se ha detenido el viento
y las nubes oscuras y bajas del crepúsculo
no anuncian nada bueno.
El agua espera callada el vendaval.
Voy a pasar al otro lado del río
pues tengo miedo de que caiga la noche.
¿Me pides el dinero del viaje, barquero?
Sí, hermano mío, algo me queda aún.
La suerte no me lo ha quitado todo.

Un mendigo se ha sentado
a la vera del camino debajo de un árbol.
Me mira esperando con timidez.
Es muy posible que crea que llevo mucho dinero.
Sí, hermano mío, algo me queda aún.
La suerte no me lo ha quitado todo.

Ya ha caído la noche
y se ha desvanecido el camino desierto.
Brillan las luciérnagas en medio de las frondas.
¿Quién me andará siguiendo en silencio,
ocultándose si me vuelvo a mirar?
¿Quieres robarme, verdad?
Pues no te marcharás con las manos vacías,
porque algo me queda aún.
La suerte no me lo ha quitado todo.

Luego, cuando a medianoche llego a mi casa
con la bolsa sin nada,
tú me estas aguardando en la puerta,
con un mirar ansioso,
insomne y silenciosa; y te echas en mi regazo
como un tímido pájaro, llena de amor.
Sí, sí, ¡Dios mío! ¡Cuánto me queda aún!
¡La suerte no me lo ha quitado todo!


miércoles, 1 de agosto de 2018

Como sólo podían sus ojos (por Roberto Bolaño)


Te visitan en la hora más oscura
todos tus amores perdidos.
El camino de tierra que conducía al manicomio
se despliega otra vez como los ojos
de Edna Lieberman,
como sólo podían sus ojos
elevarse por encima de las ciudades
y brillar.
Y brillan nuevamente para ti
los ojos de Edna
detrás del aro de fuego
que antes era el camino de tierra,
la senda que recorriste de noche,
ida y vuelta,
una y otra vez,
buscándola o acaso
buscando tu sombra.
Y despiertas silenciosamente
y los ojos de Edna
están allí.
Entre la luna y el aro de fuego,
leyendo a sus poetas mexicanos
favoritos.
¿Y a Gilberto Owen,
lo has leído?,
dicen tus labios sin sonido,
dice tu respiración
y tu sangre que circula
como la luz de un faro.
Pero son sus ojos el faro
que atraviesa tu silencio.
Sus ojos que son como el libro
de geografía ideal:
los mapas de la pesadilla pura.
Y tu sangre ilumina
los estantes con libros, las sillas
con libros, el suelo
lleno de libros apilados.
Pero los ojos de Edna
sólo te buscan a ti.
Sus ojos son el libro
más buscado.
Demasiado tarde
lo has entendido, pero
no importa.
En el sueño vuelves
a estrechar sus manos,
y ya no pides nada.


martes, 31 de julio de 2018

Nacimos en esto (por Charles Bukowski)


Nacimos así
en medio de esto
mientras rostros de tiza sonríen
mientras doña muerte ríe
mientras los ascensores se rompen
mientras panoramas políticos se disuelven
mientras el chico del supermercado
termina la Universidad
mientras peces envueltos en petróleo
escupen su aceitosa plegaria
mientras el sol está enmascarado.
Nacimos así
en medio de esto
en medio de guerras prudentemente enloquecidas
en medio del paisaje de fábricas con ventanas
rotas y vacías
en medio de bares en donde la gente ya no habla
en medio de peleas que pasan de los puños a
las armas y a las navajas.
Nacimos en esto
entre hospitales tan caros que es más barato morirse
entre abogados que te cobran tanto, que es más
barato declararse culpable.
En un país donde las cárceles están llenas
y los manicomios cerrados.
En un lugar donde las masas elevan a los ineptos
a la categoría de héroes.
Nacimos en esto
caminamos y vivimos
a través de esto
muriendo por esto
mutando por esto
silenciados a causa de esto
castrados,
abusados,
desheredados
por esto,
engañados por esto,
usados por esto,
jodidos por esto,
enloquecidos y enfermos por esto,
convertidos en seres violentos
convertidos en seres inhumanos
por esto.
Los corazones están ennegrecidos
los dedos buscan las gargantas
el revólver
la navaja
la bomba
los dedos se dirigen hacia un Dios insensible
que no responde.
Los dedos van a la botella
a las pastillas
a la pólvora.
Hemos nacido en medio de esta lastimosa devastación
hemos nacido en medio de un gobierno endeudado
hace 60 años
que pronto no podrá pagar ni siquiera los intereses
y los bancos arderán
y el dinero no servirá para nada.
Habrá asesinos libres e impunes por las calles
habrá pistolas y mafias oficiales.
La tierra se volverá inútil
los alimentos serán una recompensa que se esfuma.
El poder nuclear estará en manos de la mayoría
explosiones sacudirán la tierra.
Hombres robot afectados por radiaciones
acecharán a otros hombres.
Los ricos y los elegidos observarán
desde plataformas espaciales.
El infierno de Dante parecerá
un juego de niños.
El sol ya no se verá y será siempre de noche
los árboles morirán
toda la vegetación morirá
hombres afectados por radiaciones comerán
la carne de otros hombres afectados por radiaciones.
El mar estará contaminado
los lagos y los ríos desaparecerán
la lluvia será el nuevo oro.
Un viento oscuro esparcirá el hedor de
cuerpos putrefactos de hombres y animales
los escasos sobrevivientes serán, asediados
por nuevas y horribles enfermedades.
Y las plataformas espaciales se irán
destruyendo por el desgaste y la
escasez de provisiones
y el simple efecto de la decadencia general.
Y entonces surgirá de eso
el silencio más hermoso
jamás oído
y el sol todavía ahí, oculto
estará esperando el próximo capítulo.


lunes, 30 de julio de 2018

Ama al cisne salvaje (por Luis Rogelio Nogueras)


No intentes posar tus manos sobre su inocente
cuello (hasta la más suave caricia le parecería el
brutal manejo del verdugo).
No intentes susurrarle tu amor o tus penas
(tu voz lo asustaría como un trueno en mitad de la noche).
No remuevas el agua de la laguna no respires.
Para ser tuyo tendría que morir.

Confórmate con su salvaje lejanía

con su ajena belleza
(si vuelve la cabeza escóndete en la hierba).
No rompas el hechizo de esta tarde de verano.
Trágate tu amor imposible.
Ámalo libre.
Ama el modo en que ignora que tú existes.
Ama al cisne salvaje.



domingo, 29 de julio de 2018

Oración de un desocupado (por Juan Gelman)


Padre,
desde los cielos bájate, he olvidado
las oraciones que me enseñó la abuela,
pobrecita, ella reposa ahora,
no tiene que lavar, limpiar, no tiene
que preocuparse andando el día por la ropa,
no tiene que velar la noche, pena y pena,
rezar, pedirte cosas, rezongarte dulcemente.

Desde los cielos bájate, si estás, bájate entonces,
que me muero de hambre en esta esquina,
que no sé de qué sirve haber nacido,
que me miro las manos rechazadas,
que no hay trabajo, no hay,
bájate un poco, contempla
esto que soy, este zapato roto,
esta angustia, este estómago vacío,
esta ciudad sin pan para mis dientes, la fiebre
cavándome la carne,
este dormir así,
bajo la lluvia, castigado por el frío, perseguido
te digo que no entiendo, Padre, bájate,
tócame el alma, mírame
el corazón!
yo no robé, no asesiné, fui niño
y en cambio me golpean y golpean,
te digo que no entiendo, Padre, bájate,
si estás, que busco
resignación en mí y no tengo y voy
a agarrarme la rabia y a afilarla
para pegar y voy
a gritar a sangre en cuello

porque no puedo más, tengo riñones
y soy un hombre, bájate,
qué han hecho
de tu criatura, Padre?
un animal furioso
que mastica la piedra de la calle?


sábado, 28 de julio de 2018

Y me completes (por Juan Ramón Jiménez)


Yo no seré yo, muerte,
hasta que tú te unas con mi vida
y me completes así todo;
hasta que mi mitad de luz se cierre
con mi mitad de sombra
y sea yo equilibrio eterno
en la mente del mundo:
unas veces, mi medio yo, radiante;
otras, mi otro medio yo, en olvido.

Yo no seré yo, muerte,
hasta que tú, en tu turno, vistas
de huesos pálidos mi alma.


viernes, 27 de julio de 2018

¿Vicente Gaos? (por Vicente Gaos)


Yo, Vicente Gaos, natural de la nada, de mil siglos de edad, de estado civil solitario, inestable,
domiciliado, refugiado en un rincón del cosmos, de profesión náufrago en la sombra,
sin documento nacional de identidad, sin títulos, condecoraciones ni diplomas de clase alguna,
sin señal particular visible en el pecho ni en ninguna otra parte del cuerpo,
sin más cicatriz que una necrosis de miocardio,
una vieja herida que me produje yo mismo,
quiero decir, que me causaron siglos de sufrimiento,
de amor oculto, de ternura encubierta por un falso orgullo,
el de no sentir envidia de nada y de nadie,
el de haber creído que siempre había tiempo de sobra,
el de alegrarme seriamente del bien ajeno,
el de no autocompadecerme jamás,
el de llorar hacia dentro por el daño hecho al prójimo,
el orgullo o la confusión de haberme figurado que era yo la víctima, siendo el verdugo,
ya que todos los hombres somos simultáneamente lo uno y lo otro,
y no es fácil en este punto el discernimiento...

Yo, Vicente Gaos (¿Vicente Gaos?), ahora,
cuando empiezo a sentir ya en la boca el amargo gusto de la ceniza
postrera, cuando recuerdo en medio de la tormenta final las postrimerías,
porque he pecado, he pecado,
y a pesar de ello ninguna de las cuatro me devuelve a la inocencia pueril, al amparo filial, a la remota fe cándida de no sé qué antaño,
de no sé qué antesiglo...

Yo, natural de la nada,
habitante de la nada,
destinado a la nada, anónimo,
me acerco ya al encuentro del supremo Notario,
del Decano universal -nihil prius fide-,
y le hago entrega de este testamento ológrafo
donde dispongo
-si acaso no es cierto que quien dispone es Él y el hombre sólo propone.-
dispongo, suplico,
que cuando mi añoso corazón, mi lastimado corazón haya dado ya su último latido,
incineren piadosamente esta carne que gozó y sufrió,
estos huesos que se estremecieron ya de júbilo, ya de horror,
que me despojen de todo, de nada, pues siempre fui un despojado
(es la verdad, no me autocompadezco),
y que arrojen mis cenizas al viento, al agua, al espacio estelar, al vacío cósmico de donde vine, al cósmico vacío al que he de volver, espero volver
sin retorno,
pues nadie regresa de la última orilla.

Y cerca ya del máximo consuelo, de la extrema esperanza,
confío en que Nadie me amenace más con otra existencia.

Y este es el testamento ilusorio que otorgo en plena posesión de mis facultades mentales,
posesión de quien sólo posee dolor, ignorancia, muerte,
y un corazón cuyo único deseo es el de cesar ya en su trémulo pálpito, en su amoroso latido,
aunque (porque) la vida sea al fin y al cabo, y al principio, hermosa, lo es,
y prosiga renovada, siempre igual, afortunadamente monótona,
como en el paraíso primero,
como en el edén funeral que nunca termina, que jamás terminará,
jamás.


jueves, 26 de julio de 2018

Hay una pausa en la obra de la nada (por Julio Cortázar)


¿Quién los ve andar por la ciudad
si todos están ciegos?
Ellos se toman de la mano: algo habla
entre sus dedos, lenguas dulces
lamen la húmeda palma, corren por las falanges,
y arriba está la noche llena de ojos.

Son los amantes, su isla flota a la deriva
hacia muertes de césped, hacia puertos
que se abren entre sábanas.
Todo se desordena a través de ellos,
todo encuentra su cifra escamoteada;
pero ellos ni siquiera saben
que mientras ruedan en su amarga arena
hay una pausa en la obra de la nada,
el tigre es un jardín que juega.

Amanece en los carros de basura,
empiezan a salir los ciegos,
el ministerio abre sus puertas.
Los amantes rendidos se miran y se tocan
una vez más antes de oler el día.

Ya están vestidos, ya se van por la calle.
Y es sólo entonces
cuando están muertos, cuando están vestidos,
que la ciudad los recupera hipócrita
y les impone los deberes cotidianos.


miércoles, 25 de julio de 2018

Es difícil amarlas separados (por Roberto Juarroz)


Hemos amado juntos tantas cosas
que es difícil amarlas separados.
Parece que se hubieran alejado de pronto
o que el amor fuera una hormiga
escalando los declives del cielo.

Hemos vivido juntos tanto abismo
que sin ti todo parece superficie,
órbita de simulacros que resbalan,
tensión sin extensiones,
vigilancia de cuerpos sin presencia.

Hemos perdido juntos tanta nada
que el hábito persiste y se da vuelta
y ahora todo es ganancia de la nada.
El tiempo se convierte en antitiempo
porque ya no lo piensas.

Hemos callado y hablado tanto juntos
que hasta callar y hablar son dos traiciones,
dos sustancias sin justificación,
dos sustitutos.

Lo hemos buscado todo,
lo hemos hallado todo,
lo hemos dejado todo.

Únicamente no nos dieron tiempo
para encontrar el ojo de tu muerte,
aunque fuera también para dejarlo.



martes, 24 de julio de 2018

Ven, Noche (por Fernando Pessoa)


Ven, Noche antiquísima e idéntica,
Noche Reina destronada al nacer,
Noche igual por dentro al silencio, Noche
con las estrellas, lentejuelas fugaces
en tu vestido bordado de Infinito.

Ven vagamente,
ven levemente,
ven sola, solemne, con las manos menguadas
de lado, ven
y trae los montes distantes al pie de los árboles cercanos,
funde en un campo tuyo todos los campos que veo,
haz de la montaña un bloque sólo de tu cuerpo,
atenúale todas las diferencias que veo de lejos,
todos los caminos que la suben,
todos los distintos árboles que la hacen verde-oscura a lo lejos,
todas las casas blancas y con humo entre los árboles,
y deja sólo una luz y otra y otra más,
en la distancia imprecisa y vagamente perturbadora
en la distancia súbitamente imposible de recorrer.
Señora nuestra
de las cosas imposibles que buscamos en vano,
de los sueños que vienen a nosotros
con el crepúsculo a la ventana,
de los propósitos que nos acarician
en las grandes terrazas de los hoteles cosmopolitas
al son europeo de la música y de las voces cercanas y lejanas
y que duelen por saber que nunca los realizaremos.
Ven y envuélvenos.
Ven y acarícianos.
Bésanos silenciosamente en la frente.
Tan levemente en la frente que no sepamos que nos besan
sino por una diferencia en el alma
y un vago sollozo saliendo melodiosamente
de lo antiquísimo de nosotros
donde tienen raíz esos árboles maravillosos
cuyos frutos son los sueños que acariciamos y amamos
por saberlos fuera de lugar en relación con la vida.

Ven solemnísima,
solemnísima y llena
de un oculto deseo de llorar
tal vez porque el alma es grande y la vida pequeña
y todos los gestos no salen de nuestro cuerpo
y sólo alcanzamos hasta donde nos llega el brazo
y sólo vemos hasta donde llega la mirada.
Ven, dolorosa,
Madre Dolorosa de las Angustias de los Tímidos,
Turris-Ebúrnea de las Tristezas de los Despreciados.
Mano fresca sobre la cabeza de los Humildes con fiebre,
sabor a agua sobre los labios secos de los Cansados.
Ven de lo más profundo
del horizonte lívido.
Ven y arráncame
del suelo de la angustia y de la inutilidad
donde presumo.
Arráncame del suelo, margarita olvidada.
Hoja a hoja lee en mí no se qué señal
y deshójame a tu gusto,
a tu agrado silencioso y fresco.
Una hoja de mí manda hacia el Norte,
donde están las ciudades de hoy que tanto amé;
otra hoja de mí lanza hacia el Sur,
donde están los mares que los navegantes abrieron;
otra hoja de mí tira al Occidente,
donde arde apasionado todo lo que tal vez sea futuro
que yo sin conocer adoro;
y la otra, las otras, el resto de mí
lánzalo a Oriente,
al Oriente de donde viene todo, el día y la fe,
al Oriente pomposo y fanático y caliente,
al Oriente excesivo que yo nunca veré,
al Oriente budista, brahmánico, sintoísta,
al Oriente de todo lo que no tenemos
y todo lo que no somos,
al Oriente donde, quién sabe, Cristo tal vez
aún viva hoy,
donde Dios tal vez exista realmente decidiéndolo todo…

Ven sobre los mares,
sobre los mares mayores,
sobre los mares sin horizontes precisos,
ven y pásale la mano por el costado a la fiera
y cálmala misteriosamente,
oh domadora hipnótica de las cosas que se agitan mucho.
Ven, cuidadosa,
ven, maternal,
paso a paso enfermera antiquísima, que te sentaste
a la cabecera de los dioses de fes ya perdidas,
y que viste nacer a Jehová y a Júpiter,
y sonreíste porque todo es falso y es inútil.

Ven, Noche silenciosa y estática,
ven a envolver en la noche con tu manto blanco
mi corazón
serenamente como una brisa en la tarde leve,
tranquilamente como un gesto materno acariciando.
Con las estrellas reluciendo en tus manos
y la luna máscara misteriosa sobre tu rostro.
Todos los sueños suenan de otra manera
cuando tú vienes,
cuando tú entras bajan todas las voces.
Nadie te ve entrar.
Nadie sabe cuándo entraste,
sino de repente, viendo que todo se recoge,
que todo pierde las aristas y los colores.
Y que en el alto cielo aún claramente azul,
ya creciente nítido, o círculo blanco,
o mera luz nueva que viene,
la luna comienza a ser real.

lunes, 23 de julio de 2018

Con ahínco (por Rafael Baldaya)


te olvidaré por la avenida en medio del atasco
en la caja del súper
subiendo la escalera
te olvidaré cada minuto 
cada segundo de manera incesante
te olvidaré sin tregua ni paréntesis 
durante el desayuno
mientras voy al trabajo
a la hora de cenar
te olvidaré con tesón 
con ahínco
sin parar un momento
a todas horas y en todos los lugares
contumazmente disciplinadamente
con mi mente sumisa y mi corazón dócil que van a obedecerme
que sin ningún reparo ni queja ni fisura harán lo que les mande
cuando me esté duchando
de vuelta a casa en taxi
al ponerme el pijama 
te borraré y echaré del recuerdo
te olvidaré


domingo, 22 de julio de 2018

Confusión (por Magaly Sánchez)


No fueron de los que más se amaron.

Se compadecieron simplemente uno de otro

porque sabían que la vida resplandecía a veces

pero también que daba duros golpes

hasta en las espaldas más inocentes.

Planearon el porvenir como un pacto,

un apasionante episodio

en el que si uno caía el otro le tendería las manos.

Eran cobardes, sí, pero bondadosos,

y creyeron firmamente que aquello era el amor.


sábado, 21 de julio de 2018

Pura dicha (por Pedro Salinas)


¿Cómo me vas a explicar,
di, la dicha de esta tarde,
si no sabemos por qué
fue, ni cómo, ni de qué
ha sido,
si es pura dicha de nada?
En nuestros ojos visiones,
visiones y no miradas,
no percibían tamaños,
datos, colores, distancias.

De tan desprendidamente
como estaba yo y me estabas
mirando, más que mirando,
mis miradas te soñaban,
y me soñaban las tuyas.
Palabras sueltas, palabras,
deleite en incoherencias,
no eran ya signo de cosas,
eran voces puras, voces
de su servir olvidadas.
¡Cómo vagaron sin rumbo,
y sin torpeza las caricias!
Largos goces iniciados,
caricias no terminadas,
como si aún no se supiera
en qué lugar de los cuerpos
el acariciar se acaba,
y anduviéramos buscándolo,
en lento encanto, sin ansia.
Las manos, no era tocar
lo que hacían en nosotros,
era descubrir; los tactos
nuestros cuerpos inventaban,
allí en plena luz, tan claros
como en la plena tiniebla,
en donde sólo ellos pueden
ver los cuerpos,
con las ardorosas palmas.
Y de estas nadas se ha ido
fabricando, indestructible,
nuestra dicha, nuestro amor,
nuestra tarde.
Por eso no fue nada,
sé que esta noche reclinas
lo mismo que una mejilla
sobre este blancor de plumas
-almohada que ha sido alas-
tu ser, tu memoria, todo,
y que todo te descansa
sobre una tarde de dos,
que no es nada, nada, nada.



viernes, 20 de julio de 2018

Por debajo de la tierra (por Lucian Blaga)


Nos tendimos de espaldas en la hierba: tú y yo.
El aire derretido como cera bajo el ardor del sol
corría como un río sobre los rastrojos.
Un silencio abrumador imperaba en la tierra
y una pregunta cayó en mi alma
hasta el fondo.

¿Nada tenía que decirme
la tierra? Toda esta tierra,
de anchura despiadada y cruelmente muda,
¿nada?

Para escuchar mejor pegué
mi oído a los campos, vacilante y sumiso,
y por debajo de la tierra escuché
el latir bullicioso de tu corazón.

La tierra respondía.



jueves, 19 de julio de 2018

Dos espectros (por Paul Verlaine)


Por el viejo parque solitario y helado,
hace un rato pasaron dos formas.

Están sus ojos vacíos, desvaídos sus labios,
y sus palabras ni siquiera se escuchan.
En el viejo parque solitario y helado
dos espectros evocaron el pasado.

-¿Recuerdas nuestro antiguo arrebato?

-¿Por qué tendría que recordarlo?

-¿Aún tiembla tu corazón al sonido de mi nombre?
¿Cuando sueñas, ves mi alma todavía?

-No.

-¡Ah, los días pasados de dicha innombrable
en que nuestras bocas se unían! 

-Es posible.

-¡Qué azul era el cielo, la esperanza qué inmensa!

-Huyó la esperanza, vencida, hacia los cielos sombríos.

Así caminaban entre las hierbas silvestres
y sólo la noche escuchó sus palabras.



miércoles, 18 de julio de 2018

De dónde has salido (por Paul Éluard)


Y me senté sin pudor sobre la ola
de ese río lejano resaltado en sol verde
Los árboles honraban la noche y las estrellas

Vi claro en la noche desnuda del todo
en la noche desnuda qué mujer
me mostró su rostro
se mostró desnuda del todo
Su belleza adulta era más seria
que las leyes impías de la necesidad

Contra ella los adornos de la naturaleza
pueriles ejercían sus armas eternas
de hierro y de mármol y de sal
Contra ella el diamante del cielo
se ablandaba se deslucía

Sin embargo era una belleza
de arena y de espuma y de crepúsculo
pero era una belleza
de carne de lengua y de pupilas
una belleza brote y merma de las estaciones

Belleza que se apagaba bajo indecisos encuentros
Yo he separado amantes que eran más feos juntos
que separados
Para salvarlos hice cantar la soledad
quebré sus labios al cuadrado

Hice secar pude hacer secar
las flores sin pudor de una mentira
el estiércol fresco que lloraba
y las auroras mal despertadas

Pero hice reír a los comediantes más amargos
locos de desnudez demasiado vestidos
los que hablan al lado sin calor en los ojos
los que hablan sabiamente para envejecer cómodos
los constructores de su prisión aceitada bien trazada
encadenados esposados tocados con cofias
los glóbulos azules de un mundo desteñido
Sobre el techo sus sueños estaban en el sótano
no cultivaban más que la eternidad
mi corazón y mi ojo
Bajo el espacio intacto todo estaba helado

De dónde has salido tú imagen sin azul
espectadora en vista
sino de mí que apenas duermo sobre un camastro
De dónde has tú salido
tocando la tierra de tan cerca
que yo sigo tu paso sobre las calles

Donde tan a menudo me aburro
donde me perderé
a pesar de las marcas que lúcido dejaba
cuando era joven y previsor
cuando la sombra me habitaba
cuando no bebía más que vino transparente

Tú regida del todo por esta carne
que es la mía al flanco del vacío
Trémula solamente
ante la idea de evitar el mundo
Tú precaria a pesar de mi esperanza

No hay burla
no hay nada que esté falseado
sino lo que no es la imagen sin mediodía
que se impone la noche sobre la médula
de este río donde me he sentado

Vivo todavía y comparto
el trigo el pan de la belleza
sin otra luz que nacer y existir
Muy baja tú muy alta en la desnudez
del norte y del sur en un solo instante

La viña humana está entre nosotros
Es evidente que nacemos de la mujer
y aquí está la hierba que creció en nuestra infancia

Estás enfermo o cansado
estás loco o simplemente
más triste que de costumbre
No tengo ganas de contestar

Si respondo temo demasiado
tener la suerte de esos jugadores
que juegan por nada sobre el terciopelo
de sus deseos de sus dolores

En un nido encontré los huevos
para mi hambre para no morir
pero más allá olvido mis sueños
más allá me odio a muerte.



martes, 17 de julio de 2018

La que pasa (por André Schmitz)


Nunca logro verla sino de espaldas,
cuando va de compras al pueblo
o se dirige a los oficios nocturnos.
La sigo de lejos como un fisgón
y, a veces, sobre su hombro
mi mano se posa como un viejo pájaro.
Yo le pido perdón
por no saber comportarme con ella.
En ocasiones, torpemente le propongo
llevar sus cestas y libros de magia.

La poesía, la inaudita que pasa,
a quien pido en silencio reanimar mi vida.


lunes, 16 de julio de 2018

Capítulo (por Ida Vitale)


DONDE POR FIN SE REVELA
QUIÉN FUI, QUIÉN SOY,
MI FINAL PARADERO,
QUIÉN ERES TÚ, QUIÉN FUISTE,
TU PARADERO PRÓXIMO,
EL RUMBO QUE LLEVAMOS,
EL VIENTO QUE SUFRIMOS,
Y DONDE SE DECLARA
EL LUGAR DEL TESORO,
LA FÓRMULA IRISADA
QUE CLARAMENTE
NOS EXPLICA EL MUNDO.


Pero luego el capítulo
no llegó a ser escrito.



domingo, 15 de julio de 2018

Qué cosa más rara (por Edna St. Vincent Millay)


Cielo gris que te extiendes por encima de los abetos
que inclina el peso de la nieve,
¿al caer la tarde no viste al astado gamo con su hembra
en el manzanar? Yo los vi. Los vi súbitamente
huir, levantadas las colas y, en sus saltos -lentos,
elegantes y largos- atravesar la cerca
de los bosques de abetos inclinados por el peso de la nieve.

Ahora el gamo yace aquí, y su sangre mancha la nieve.

Qué cosa más rara es la muerte:
ha puesto las rodillas y las astas del ciervo
en la nieve.

Qué cosa más extraña (a una milla de aquí,
bajo los nevados abetos que, llegado el momento
se descargan un poco, sueltan una pluma de nieve)
es la vida, mirando, atenta,
desde las pupilas de la hembra.


sábado, 14 de julio de 2018

No permitir que desborde (por Roberto Juarroz)


No permitir que desborde el sueño
para evitar que su sustancia en bruto
rompa todos los cristales del mundo.

No permitir que desborde el silencio
para evitar que lo que está detrás
se vuelque con él y lo cubra todo.

No permitir que desborde el vacío
para evitar que las huellas sin nadie
enloquezcan a todos los caminos.

No permitir que desborde el amor
para evitar que su cuerpo inhallable
desmorone todos los otros cuerpos.

No permitir que desborde la vida
para evitar que su infiel laberinto
interrumpa la llanura impasible.

No permitir que desborde la muerte,
aunque se pierda la palabra escondida
y aunque nosotros también nos perdamos.


viernes, 13 de julio de 2018

De no sé qué año (por Luis Cardoza)


Es domingo acabó la semana
estamos en enero del siglo XXI
si posible será lunes mañana
y arribarán agosto y el viernes
de no sé qué año acaso de ninguno
así como abril martes y noviembre
Sagitario no alcanzará a Cáncer
con su dardo ni Tauro a los Gemelos
y en jueves junio o miércoles diciembre
seguiré tejiendo mis pañuelos
con vuelos de palomas
en tanto que en Adán desahuciado y occiduo
yo de pie me ponía comiendo calendarios
y en un sábado ubicuo
repetía a Marta y a María
qué será de los tres
en un 3 de abril del siglo XXIII


jueves, 12 de julio de 2018

Una reliquia (por Ruth Fainlight)


Mi barra de crema de cacao se ha gastado
hasta formar la misma medialuna
que fue lo primero que advertí
sobre el lápiz labial de mi madre.
Marcaba la presión de su existencia
sobre el mundo de la materia.

Imaginen la severa fijeza
de mi mirada, observándola untar
la brillante grasa sobre sus labios
desde un tubo lustroso como una bala.
La forma en que ella la alisaba
con la punta del meñique
(la traza que dejaba, aun después
de lavarse las manos, explicaba
lo de “dedito rosado”) y su lengua puntiaguda
lamiendo como la de un gatito,
fascinaba, irritaba.

Era parte del misterio de
los sostenes, las faldas y las carteras
cuyo significado era ser adulto. Yo pensaba
que a mis propios talones les tendría que salir
una suerte de espolón que se insertara
en el agujero interior de los tacos altos.

Ahora estoy más tranquila y ya no
me pinto los labios salvo con esto,
pálido como un cadáver kosher
o una vela votiva,
la cera cuajada por un costado,
como si enfrentara al viento
que sopla desde el pasado, llama
reflejada como una luna creciente
contra una nube
en el estanque de luz derretida.

Llevo el signo de la luna
y mi madre, un talismán
en un pequeño tubo de plástico
dentro de mi cartera, una reliquia santa
fundida por los besos
de los creyentes, y cada vez
que me suavizo los labios con el ungüento
los siento fruncirse y estirarse
en la eterna sonrisa
de su sobrevivencia a través de mí,
siento su boca sobre la mía.



miércoles, 11 de julio de 2018

Sálvalo (por Julio Cortázar)


Sálvalo, mamita,
sálvame tantas noches de naufragio,
salva tu blusa azul (era en enero en Roma)
sálvalo todo, o salva lo que puedas.

Esto se viene abajo, pretty mama,
sálvalo del olvido, no permitas
que se llueva la casa, que se borre
la trattoria de Giovanni,
corre por mí por ti, sálvalo ahora,
te estás yendo y los pájaros se mueren,
me voy de ti te vas de mí, no hay tiempo,
sálvalo, pretty mama,
la voz de Satchmo y ese grito
que te sumía en lo más hondo del amor,
save it all for me,
save it all for you,
save it all for us.

Aunque no salves nada, sálvalo mamita.



martes, 10 de julio de 2018

El sueño (por Philip Larkin)


Niño en el vientre
o santo en la tumba,
¿a cuál imitar
para dormir?
La luna penetrante observa
desde la espalda del cielo,
las nubes vuelven a casa
como una grey obediente.

Gotas luminosas de tiempo,
una y dos resuenan,
me doy la vuelta y yazgo quieto,
con las manos enlazadas;
niño de convento, Papa,
ellas eligen tal estado,
y sus mentes lucen la inmensa paz
de las arenas niveladas por el mar.

He aquí mis pensamientos.
pero el sueño permanece lejos
hasta que me encorvo de lado
como un feto nuevamente,
pues el sueño, como la muerte,
hay que ganárselo sin orgullo,
con un asentimiento natural,
con una falta total de esfuerzo
y una pérdida de estatura.


lunes, 9 de julio de 2018

Y me salvo contigo (por Vicente Aleixandre)


Oh, sí, lo sé, buen “Sirio”, cuando me miras con tus grandes ojos profundos.
Yo bajo a donde tú estás, o asciendo a donde tú estás
y en tu reino me mezclo contigo, buen “Sirio”, buen perro mío, y me salvo contigo.
Aquí en tu reino de serenidad y silencio, donde la voz humana nunca se oye,
converso en el oscurecer y entro profundamente en tu mediodía.
Tú me has conducido a tu habitación, donde existe el tiempo que nunca se pone.
Un presente continuo preside nuestro diálogo, en el que el hablar es el tuyo tan sólo.
Yo callo y mudo te contemplo, y me yergo y te miro. Oh, cuán profundos ojos conocedores.
Pero no puedo decirte nada, aunque tú me comprendes… Oh, yo te escucho.
Allí oigo tu ronco decir y saber desde el mismo centro infinito de tu presente.
Tus largas orejas suavísimas, tu cuerpo de soberanía y de fuerza,
tu ruda pezuña peluda que toca la materia del mundo,
el arco de tu aparición y esos hondos ojos apaciguados
donde la Creación jamás irrumpió como una sorpresa.
Allí, en tu cueva, en tu averno donde todo es cenit, te entendí, aunque no pude hablarte.
Todo era fiesta en mi corazón, que saltaba en tu derredor, mientras tú eras tu mirar entendiéndome.
Desde mi sucederse y mi consumirse te veo, un instante parado a tu vera,
Pretendiendo quedarme y reconocerme.
Pero yo pasé, transcurrí y tú, oh gran perro mío, persistes.
Residido en tu luz, inmóvil en tu seguridad, no pudiste más que entenderme.
Y yo salí de la cueva y descendí a mi alvéolo viajador, y, al volver la cabeza, en la linde
vi, no sé, algo como unos ojos misericordes.



domingo, 8 de julio de 2018

Como si fuese (por Chico Buarque)


Amó aquella vez como si fuese última,
besó a su mujer como si fuese última,
y a cada hijo suyo cual si fuese el único,
y atravesó la calle con su paso tímido.
Subió a la construcción como si fuese máquina,
alzó en el balcón cuatro paredes sólidas,
ladrillo con ladrillo en un diseño mágico,
sus ojos embotados de cemento y lágrimas.
Sentóse a descansar como si fuese sábado,
comió su pobre arroz como si fuese un príncipe,
bebió y sollozó como si fuese un náufrago,
bailó y se rió como si oyese música,
y tropezó en el cielo con su paso alcohólico.
Y flotó por el aire cual si fuese un pájaro,
y terminó en el suelo como un bulto flácido,
y agonizó en medio del paseo público.
Murió a contramano entorpeciendo el tránsito.

Amó aquella vez como si fuese el último,
besó a su mujer como si fuese única,
y a cada hijo suyo cual si fuese el pródigo,
y atravesó la calle con su paso alcohólico.
Subió a la construcción como si fuese sólido,
alzó en el balcón cuatro paredes mágicas,
ladrillo con ladrillo en un diseño lógico,
sus ojos embotados de cemento y tránsito.
Sentóse a descansar como si fuese un príncipe,
comió su pobre arroz como si fuese el máximo,
bebió y sollozó como si fuese máquina,
danzó y se rió como si fuese el próximo,
y tropezó en el cielo cual si oyese música.
Y flotó por el aire cual si fuese sábado,
y terminó en el suelo como un bulto tímido,
agonizó en medio del paseo náufrago.
Murió a contramano entorpeciendo el público.

Amó aquella vez como si fuese máquina,
besó a su mujer como si fuese lógico,
alzó en el balcón cuatro paredes flácidas,
sentóse a descansar como si fuese un pájaro,
y flotó por el aire cual si fuese un príncipe,
y terminó en el suelo como un bulto alcohólico.
Murió a contramano entorpeciendo el sábado.



sábado, 7 de julio de 2018

Y también ese (por Neftalí Beltrán)


Ese niño soy yo.
Ese niño con un gato en las manos
soy yo.
Ese niño en un grupo de familia
soy yo.
Y soy también el adolescente
que mira al jardín desde una reja
y soy el retrato de un poeta
que figura en antologías,
y ese señor que contempla el mundo
desde el Pan de Azúcar
y ese hombre en el balcón
que tiene atrás la ciudad de Varsovia
y también ese viejo
sentado en una roca
frente al mar de Trieste.
Todo eso soy yo
y sólo de pensarlo
no sé ni qué pensar.


viernes, 6 de julio de 2018

Me adoptarán (por Jules Renard)


Los encuentro después de atravesar una llanura caldeada por el sol.

A causa del ruido no habitan a orillas del camino. Viven en los campos sin cultivar, junto a una fuente que sólo conocen los pájaros.

Parecen impenetrables, desde lejos. Apenas me acerco, sus troncos se desenlazan. Me reciben prudentemente. Puedo descansar ahí, refrescarme; pero compruebo que me observan con desconfianza.

Viven en familia, los más viejos en medio, y los pequeños, aquellos cuyas primeras hojas acaban de nacer, un poco diseminados, pero sin apartarse nunca.

Su muerte es prolongada y conservan a sus muertos en pie, hasta que caen hechos polvo.

Se acarician con sus largas ramas, para asegurarse de que todos están allí, como los ciegos. Gesticulan coléricos si el viento empuja para arrancarlos. Pero entre ellos no hay ninguna disputa. Si murmuran, lo hacen de acuerdo.

Los tengo por mi verdadera familia. Pronto olvidaré a la otra.

Me adoptarán poco a poco estos árboles y, para merecerlo, aprendo lo que es necesario saber:

-Ya sé mirar las nubes que pasan.
-Sé quedarme en mi lugar.
-Y casi sé ya callarme.


jueves, 5 de julio de 2018

Sin luces ni colores (por Wislawa Szymborska)


Un poeta lee poemas a unos ciegos.
No se imaginaba que fuera tan difícil.
Le tiembla la voz.
Le tiemblan las manos.

Siente que cada frase
debe superar la prueba de la oscuridad.
Tendrá que arreglárselas solo,
sin luces ni colores.

Peligrosa aventura
para las estrellas de sus poemas,
para la aurora, el arco iris, las nubes, las bombillas de neón, la luna,
para los peces hasta ahora tan plateados bajo el agua
y el halcón tan silenciosamente alto en el cielo.

Lee -porque ya es demasiado tarde para no hacerlo-
sobre el niño de la cazadora amarilla en el verde prado,
sobre los rojos tejados visibles en el valle,
sobre los vivaces números en las camisetas de los jugadores
y sobre una mujer desnuda tras una puerta entreabierta.

Quisiera omitir -aunque eso no es posible-
todas esas imágenes en la bóveda de la catedral,
aquel gesto de despedida desde la ventana del vagón,
la lente del microscopio y el destello en el anillo,
y las pantallas y los espejos y el álbum con caras.

Pero es grande la cortesía de los ciegos,
grandes su comprensión y su generosidad.
Escuchan, sonríen, aplauden.

Alguno de ellos incluso se acerca,
llevando un libro abierto al revés,
para pedir un autógrafo invisible.



miércoles, 4 de julio de 2018

Arcas (por Saiz de Marco)


qué bueno que haya la palabra alegría,
la palabra emoción,
la palabra ilusión,
la palabra entusiasmo

qué estupendo que sean voces con un sentido, formas de nombrar algo

qué suerte disponer de esas arcas sonoras,
posibles,
pronunciables

para encontrar motivos,
para tener con qué, de qué llenarlas



martes, 3 de julio de 2018

Como círculos en el agua (por Zbigniew Herbert)


Torres góticas de agujas en un valle cortado por el torrente
cerca de Mount Tamalpais en niebla densa como la furia
y el éxtasis del océano

en esta reserva de gigantes exhiben el corte de un árbol
un tocón color de cobre de occidente
con anillos regulares como círculos en el agua
algún perverso garabateó aquí las fechas de la historia humana
a una pulgada del centro arde Roma en el reinado de Nerón
en la mitad la batalla de Hastings la expedición nocturna de los drakkars
anglosajones con pánico la muerte del desafortunado Harold
trazada con un compás
finalmente cerca de la orilla de la corteza el desembarco en Normandía

el Tácito de este árbol era un geómetra que no sabía de adjetivos
no sabía la sintaxis del terror no sabía palabra alguna
así que contó añadió años y siglos como para decir
no hay nada
excepto nacimiento y muerte sólo nacimiento y muerte
y adentro la médula ensangrentada de la secuoya


lunes, 2 de julio de 2018

Por la Ciudad del Pasado (por Estela Figueroa)


Durante muchas noches de insomnio
he vagado
aterida
por la Ciudad del Pasado.

No llevaba planos
no llevaba guía
no llevaba lámpara.

Como sonámbula
esquivaba los peligros.
Como a forastera
ellos me asaltaban.

Bellos rostros que se abrían como flores
cuerpos del amor…
No pude encontrar mi casa.

Esa Ciudad por la que vagué
fue moldeada
con grandes emociones
con grandes deseos.

Así también
de grande
es su cementerio.


domingo, 1 de julio de 2018

No pensamos en esto (por Jorge Aulicino)


Nadie mejor que el fresno imita al fresno. Repite
los dibujos su corteza. Un programa binario
los maneja. Este fresno no es idéntico al otro,
pero seguramente iguales variaciones del
dibujo podrán ser encontradas en distintos
fresnos. No pensamos en esto al mirar los fresnos.
Una hoja nada más caída al barro es un mundo
indescriptible, sobre todo en el instante en que
diversas tormentas moleculares comienzan
en la superficie al entrar en contacto con el
barro. Nadie cree que todo lo que sucede
en ese único segundo puede ser narrado.
Nada de un mísero instante puede ser narrado.
Nada, pintado. Sombras doradas las palabras
se tienden sobre el río y le dibujan cortezas
de aquel fresno, que no le rozan la superficie.
Colecciones de poemas entran y salen por
sus bocas, y por las bocas de sus poros y de
sus células. El río da que hablar, pero en la
realidad profunda donde hubo una explosión gris
que le dio nacimiento nadie entra, el río sólo
permite que hagamos las sinuosas realidades,
poemas que no nacen de él y que nos llevan a
remar en cierto cielo de pintura oriental,
como entre camalotes no sostenidos por el
agua sino por la tela blanda de la página,
con microscópicas briznas de corteza que la
amarronan en conjunto, pero son de cerca
puntos oscuros, canoas entre poros, breves
embudos del agua blanca, neutra, resultado
del litigio que hace años mantenemos con el
río pacífico pero inabordable, como
si de materia no fuera.


sábado, 30 de junio de 2018

Del agua (por Francis Ponge)


Más abajo que yo, siempre más abajo que yo está el agua. Siempre la miro con los ojos bajos. Como el suelo, como una parte del suelo, como una modificación del suelo.


Es blanca y brillante, informe y fresca, pasiva y obstinada en su único vicio: el peso; y dispone de medios excepcionales para satisfacer ese vicio: contornea, atraviesa, corroe, se infiltra.

En su propio interior funciona también el vicio: se desfonda sin cesar, renuncia a cada instante a toda forma, sólo tiende a humillarse, se acuesta boca abajo en el suelo, casi cadáver, como los monjes de ciertas órdenes. Cada vez más abajo: tal parece su divisa: lo contrario de excelsior.

Casi se podría decir que el agua está loca, por esa histérica necesidad de no obedecer más que a su peso, que la posee como una idea fija.

Es verdad que todas las cosas del mundo conocen esa necesidad, que siempre y en todas partes debe satisfacerse. Este armario, por ejemplo, se muestra muy testarudo en su deseo de adherirse al suelo, y si algún día llega a encontrarse en equilibrio inestable preferirá deshacerse antes que oponérsele. Pero, en fin, hasta cierto punto juega con el peso, lo desafía: no se está desfondando en todas sus partes; la cornisa, las molduras no se prestan a eso. Hay en el armario una resistencia en beneficio de su personalidad y de su forma.

Líquido es, por definición, lo que prefiere obedecer al peso para mantener su forma, lo que rechaza toda forma para obedecer a su peso. Y lo que pierde todo su aplomo por obra de esa idea fija, de ese escrúpulo enfermizo. De ese vicio, que lo convierte en una cosa rápida, precipitada o estancada, amorfa o feroz, amorfa y feroz, feroz taladro, por ejemplo, astuto, filtrador, contorneador, a tal punto que se puede hacer de él lo que se quiera, y llevar el agua en caños para después hacerla brotar verticalmente y gozar por último de su modo de deshacerse en lluvia: una verdadera esclava.

Sin embargo el sol y la luna le envidian esta influencia exclusiva, y tratan de mortificarla cuando, por ocupar grandes extensiones, les presenta un fácil blanco, o cuando se encuentra en estado de menor resistencia, dispersa en delgados aguazales. El sol le arranca entonces mayor tributo. La obliga a un perpetuo ciclismo, la trata como a una ardilla en su rueda.

El agua se me escapa, se me escurre entre los dedos. Y no sólo eso. Ni siquiera resulta tan limpia (como un lagarto o una rana): me deja huellas en las manos, manchas que tardan relativamente mucho en desaparecer o que tengo que secar. Se me escapa, y sin embargo me marca; y poca cosa puedo hacer en contra.

Ideológicamente es lo mismo: se me escapa, escapa de toda definición, pero deja en mi espíritu, y en este papel, huellas, huellas informes.

Inquietud del agua: sensible al menor cambio de declive. Que salta las escaleras con los dos pies al mismo tiempo. Que, pueril de obediencia, abandona en seguida sus juegos cuando la llaman cambiándole la dirección de la pendiente.