jueves, 28 de noviembre de 2013
Era un hombre desconocido (por Margaret Atwood)
Has oído al hombre al que amas
hablando consigo mismo en el cuarto de al lado.
No sabía que le escuchabas.
Pegaste el oído al muro
pero no conseguías captar las palabras,
sólo una especie de ruido sordo.
¿Estaba enfadado? ¿Estaba maldiciendo?
¿O era una especie de comentario
como una larga y críptica nota al pie en una página de versos?
¿O buscaba algo que había extraviado,
como las llaves del coche?
Entonces, de repente, se puso a cantar.
Te asustaste
porque era algo nuevo,
pero no abriste la puerta, no entraste,
y siguió cantando con su voz grave, desafinada,
densa y dura como el brezo.
La canción no era para ti, no te mencionaba.
Tenía otra fuente de contento,
nada que ver contigo en absoluto,
era un hombre desconocido, que canta en su cuarto, solo.
¿Por qué te sentiste tan dolida, y tan curiosa,
y al mismo tiempo tan feliz,
y también tan libre?
miércoles, 27 de noviembre de 2013
Y tú vienes a herirnos (por Jaime Gil de Biedma)
¿A qué vienes ahora,
juventud,
encanto descarado de la vida?
¿Qué te trae a la playa?
Estábamos tranquilos los mayores
y tú vienes a herirnos, reviviendo
los más temibles sueños imposibles,
tú vienes para hurgarnos las imaginaciones.
De las ondas surgida,
toda brillos, fulgor, sensación pura
y ondulaciones de animal latente,
hacia la orilla avanzas
con sonrosados pechos diminutos,
con nalgas maliciosas lo mismo que sonrisas,
oh diosa esbelta de tobillos gruesos,
y con la insinuación
(tan propiamente tuya)
del vientre dando paso al nacimiento
de los muslos: belleza delicada,
precisa e indecisa,
donde posar la frente derramando lágrimas.
Y te vemos llegar: figuración
de un fabuloso espacio ribereño
con toros, caracolas y delfines,
sobre la arena blanda, entre la mar y el cielo,
aún trémula de gotas,
deslumbrada de sol y sonriendo.
Nos anuncias el reino de la vida,
el sueño de otra vida, más intensa y más libre,
sin deseo enconado como un remordimiento
-sin deseo de ti, sofisticada
bestezuela infantil, en quien coinciden
la directa belleza de la starlet
y la graciosa timidez del príncipe.
Aunque de pronto frunzas
la frente que atormenta un pensamiento
conmovedor y obtuso,
y volviendo hacia el mar tu rostro donde brilla
entre mojadas mechas rubias
la expresión melancólica de Antínoos,
oh bella indiferente,
por la playa caminas como si no supieses
que te siguen los hombres y los perros,
los dioses y los ángeles
y los arcángeles,
los tronos, las abominaciones...
martes, 26 de noviembre de 2013
Regreso al protonúcleo (por Pilar Iglesias de la Torre)
Rasgar las entretelas como se rasga,
piel de arpegio mudo....Romper el folio
segundos antes de morir....Después, la desnudez
y el calcio solitario de los árboles
cuando dibujan
el intrínseco ingrediente del silencio,
ese punto equidistante de la desolación del ámbar
o del cenit axial de la fractura. También la desmemoria
en el olvido sinfónico que significa el invierno
al agostar las venas, su hemorragia.
Ya no espero el desbordarse la conciencia
ni el testimonio del crepúsculo
como premonición de ese después en los gradientes.
Tampoco, el ánfora fenicia
en su travesía lunar de rompeolas.
Es el final del diccionario aquél de Ítacas,
hilado poco a poco, en la meiosis. Alguna vez la ruina,
habría de deshabitar el universo
desencriptando jeroglíficos, para encefalograma plano.
Confieso, sin embargo, el dolor de los epígrafes
en su descenso abisal hacia la umbría,
y la resistencia extrasistólica, a la negación del yo.
Me parece regresar, al protonúcleo de esa estrella
que un día, en alquiler, fijó mi residencia,
y desandar los pasos, dejando el labio impreso
en el hueso innominado de los troncos
como aroma a evaporarse,
en su ardiente explicación, de la energía oscura.
Acaso, el último diseño, de una mueca extinta
abriendo nuevos horizontes, para otra radiofrecuencia.
Por nuestros no paseos (por Marina Tsvietáieva)
Me gusta que Usted no esté enfermo por mí
y que yo tampoco me enferme por Usted,
que nunca el pesado globo de la tierra
se escurra bajo nuestros pies.
Me gusta que pueda ser ridícula, perversa
y buscar palabras adecuadas
y no ponerme roja con ola sofocante
si apenas nuestras mangas se rozaran.
Me gusta que delante de mí Usted pueda abrazar
tranquilamente a otra mujer,
no me condeno a arder en el infierno
por no besarle a Usted.
Y que mi cariñoso nombre, mi Cariño
no recuerde ni en la noche ni en el día…
que nunca sobre nosotros, en el silencio de la catedral,
cantarán el Aleluya.
Gracias a Usted -con mi mano sobre el corazón-
que no sabe lo mucho que me ama:
por mis noches tranquilas,
por los encuentros de las crepusculares horas,
por nuestros no paseos bajo la luna,
por el sol que no existe encima de nosotros,
por el dolor que no siente, lamentablemente, Usted por mí,
por el dolor que yo no siento, lamentablemente, por Usted.
lunes, 25 de noviembre de 2013
La ventana de Keats (por Andrés Trapiello)
Apartado de todo, vuelto a mí
en silencio egoísta, en soledad
de campos y de encinas y callejas
que el otoño volvió más taciturnas;
asilado a esta sombra y sin más patria
que una vieja edición de tus poemas;
sentado en berroqueña piedra gris
y leyendo tus versos, oigo cómo
de pronto un ruiseñor se eleva y canta.
Todo lo dejo entonces, mi lectura,
mis leves pensamientos, mi silencio.
Todo por escucharle. Es él, él mismo.
El dulce ruiseñor que tú supiste
distinguir entre todas las demás
criaturas, por ser no melodioso,
que lo era, sino por ser el tuyo,
el a ti destinado desde siempre,
desde el día en que Dios de mansas fieras
ocupó el Paraíso y dijo: «hágase
también el ruiseñor, para que Keats,
en la umbría Inglaterra, al escucharlo
embelesado, alcance esta verdad:
que el canto es sólo uno, siempre el mismo,
y que la rama cambia y cambia el pájaro,
mas no la melodía. Esta será
de país a país siempre la misma,
de un continente a otro y desde un siglo
a otro siglo, la misma melodía,
igual que en el estanque van las ondas
cuando alguien en él escribió un nombre».
Pues bien. Conmigo está, frente a este Gredos,
el ruiseñor menudo de tus versos,
frente a ese abstracto Gredos, calmo y duro
y hecho de pura abstracta lejanía.
y están también los prados y colinas
por los que tú anduviste. Están conmigo
ahora, aquí. Y las viejas mansiones
que el campo inglés conoce, venerables,
cubiertas por la yedra, iluminadas
con quinqués y bujías cuya luz
llenaba las ventanas de dorada
quietud e invitación al sueño,
de modo que de lejos, si pasaba
un viajero, se decía: «¡Quién
pudiera estar allí, junto a esa lámpara,
dentro de aquella casa, allí sentado
en cómodo sillón leyendo un libro
o bebiendo los vinos de Madeira
y escuchando un piano, o ni siquiera,
sólo como esa sombra que es el tiempo!
¡Sólo como la sombra de aquel hombre
que se asoma al balcón para mirarme!
¡Quién pudiera quedarse en esa casa
y no tener, cerrada ya la noche,
que andar por estos fúnebres caminos
y exponerse a morir en soledades
que harían de la muerte algo aún más triste»...
Eso diría el viajero errante,
eso mismo diría al contemplar
la vieja casa solitaria y grande.
Y luego seguiría su camino
sin dejar de mirar de vez en cuando
atrás, hasta perder aquella luz,
aquel temblor de oro entre las ramas
oscuras de los tejos, sin haber
siquiera sospechado que eras tú,
John Keats, la sombra.
Y que le viste
llegar por el camino, y que dijiste:
«Al Sur marcha ese hombre.
¡Quién pudiera con él perderse lejos!
Ahora mismo. Sin equipaje alguno.
¡Cómo envidio su suerte y qué tristeza
languidecer aquí llevando una
vida que ni siquiera de infeliz
puedo calificarla! Mira, parte
de nuevo, se va. Empieza ya la luna
a vadear el río. ¡Cuánto debe
compadecer mis años!»...
Y que luego,
para apagar la sed de tu acedía,
tomaste una vez más un papel nuevo
sin dejar de pensar en aquel hombre
que viste peregrino. Quizás ese
fue el día en que escribiste aquel poema
que empieza así: «Feliz es Inglaterra..."
¿Quién podría saberlo? Ahora otra vez
lo leo en este viejo libro tuyo,
y al leer me parece que tu otoño
es este otoño mío y que también
es mío el ruiseñor que ya ha callado,
y me confundo y creo
que aquellos claros ríos entre hayales
son nuestro pedregal, cuna de víboras.
Y así, miro estos bíblicos olivos
y alcornoques ascéticos, la tierra
de la que brotan zarzas sólo, ortigas,
pestilente cenizo o amargas hierbas,
y ebrio de gratitud, no siento ya
ni abrasador el sol ni amargo el aire
ni severos los pardos y los negros,
que son colores nuestros metafísicos,
sino que cierro el libro y miro lejos,
porque tus versos hacen que yo vea
este lugar como lugar del alma,
y vuelto a mí, comienzo a recorrer
de nuevo este paisaje silencioso
y a verlo de otro modo y a sentirlo
y a desear también la dulce muerte,
hermana zarza, hermanos alcornoques,
ortigas, alimañas, sequedades.
domingo, 24 de noviembre de 2013
Una mujer sentada (por Alan Brownjohn)
En esta ciudad, quizá una calle.
En esta calle, quizá una casa.
En esta casa, quizá un cuarto,
y en este cuarto, una mujer sentada.
Sentada en la oscuridad, sentada y llorando
por alguien que acaba de salir por esa puerta
y acaba de apagar la luz
olvidándose que estaba allí sentada.
sábado, 23 de noviembre de 2013
Cuando el amor tan sólo (por May Swenson)
Cuando no sea el dolor
sino la dicha
de mirarse dos rostros
dulcemente
y no haya cordilleras de cemento
sino la paz menuda de la higuera,
cuando no tengamos que inventar esquinas
donde los besos crezcan,
cuando no pague impuestos ningún sueño
ni haya séptimos pisos para amarse...
entonces,
cuando el amor tan sólo,
será todo más fácil.
viernes, 22 de noviembre de 2013
Pensando en ti (por Idea Vilariño)
Estás lejos y al sur
allí no son las cuatro.
Recostado en tu silla
apoyado en la mesa del café
de tu cuarto
tirado en una cama
la tuya o la de alguien
que quisiera borrar
-estoy pensando en ti no en quienes buscan
a tu lado lo mismo que yo quiero-.
Estoy pensando en ti ya hace una hora
tal vez media
no sé.
Cuando la luz se acabe
sabré que son las nueve
estiraré la colcha
me pondré el traje negro
y me pasaré el peine.
Iré a cenar
es claro.
Pero en algún momento
me volveré a este cuarto
me tiraré en la cama
y entonces tu recuerdo
qué digo
mi deseo de verte
que me mires
tu presencia de hombre que me falta en la vida
se pondrán
como ahora te pones en la tarde
que ya es la noche
a ser
la sola única cosa
jueves, 21 de noviembre de 2013
Sé que tengo una deuda (por Vicente Gallego)
Esta tarde he escuchado
otra vez sus pisadas a mi espalda,
he notado su aliento al abrir una puerta,
y sus huellas están en mis viejos papeles.
Aunque no puedo verlo,
hace tiempo que siento su presencia inquietante
cuando me quedo solo, cuando paso las horas
encerrado entre libros y palabras.
Sus lamentos me llegan confundidos
con el viento que gira en la terraza,
y oscurece su sombra en los espejos.
Sé que tengo una deuda.
Mientras sigo escribiendo escucho un llanto.
Y no puedo pagarla.
Mientras sigo escribiendo va muriéndose el día
como una advertencia.
Sé que el plazo ha vencido.
Su tristeza es un ruido que perturba mi vida,
sus reproches se adaptan al sonido
de este vaso con hielo, y a la tarde de otoño,
y al rasgar de esta pluma en el papel
donde ensayo lamentos y disculpas.
Sé que tengo una deuda.
Sé que el alma de un muerto penará por mi culpa.
Ha llegado la noche, y a través del espejo
en que se ha convertido la ventana,
unos ojos sin vida me contemplan.
¡Si yo hubiera podido -les explico-, si yo hubiera sabido!
Y no supe pagarla.
A través del cristal unos ojos me acusan:
son los ojos de un niño que jamás me perdona
el haber confundido su futuro y sus sueños
con la vida sin sueños, con el triste futuro,
de ese hombre que ahora
teme al vidrio y esquiva su mirada.
otra vez sus pisadas a mi espalda,
he notado su aliento al abrir una puerta,
y sus huellas están en mis viejos papeles.
Aunque no puedo verlo,
hace tiempo que siento su presencia inquietante
cuando me quedo solo, cuando paso las horas
encerrado entre libros y palabras.
Sus lamentos me llegan confundidos
con el viento que gira en la terraza,
y oscurece su sombra en los espejos.
Sé que tengo una deuda.
Mientras sigo escribiendo escucho un llanto.
Y no puedo pagarla.
Mientras sigo escribiendo va muriéndose el día
como una advertencia.
Sé que el plazo ha vencido.
Su tristeza es un ruido que perturba mi vida,
sus reproches se adaptan al sonido
de este vaso con hielo, y a la tarde de otoño,
y al rasgar de esta pluma en el papel
donde ensayo lamentos y disculpas.
Sé que tengo una deuda.
Sé que el alma de un muerto penará por mi culpa.
Ha llegado la noche, y a través del espejo
en que se ha convertido la ventana,
unos ojos sin vida me contemplan.
¡Si yo hubiera podido -les explico-, si yo hubiera sabido!
Y no supe pagarla.
A través del cristal unos ojos me acusan:
son los ojos de un niño que jamás me perdona
el haber confundido su futuro y sus sueños
con la vida sin sueños, con el triste futuro,
de ese hombre que ahora
teme al vidrio y esquiva su mirada.
miércoles, 20 de noviembre de 2013
Mi insospechado rostro (por Jorge Luis Borges)
Zumban las balas en la tarde última.
Hay viento y hay cenizas en el viento,
se dispersan el día y la batalla
deforme, y la victoria es de los otros.
Vencen los bárbaros, los gauchos vencen.
Yo, que estudié las leyes y los cánones,
yo, Francisco Narciso de Laprida,
cuya voz declaró la independencia
de estas crueles provincias, derrotado,
de sangre y de sudor manchado el rostro,
sin esperanza ni temor, perdido,
huyo hacia el Sur por arrabales últimos.
Como aquel capitán del Purgatorio
que, huyendo a pie y ensangrentando el llano,
fue cegado y tumbado por la muerte
donde un oscuro río pierde el nombre,
así habré de caer. Hoy es el término.
La noche lateral de los pantanos
me acecha y me demora. Oigo los cascos
de mi caliente muerte que me busca
con jinetes, con belfos y con lanzas.
Yo que anhelé ser otro, ser un hombre
de sentencias, de libros, de dictámenes,
a cielo abierto yaceré entre ciénagas;
pero me endiosa el pecho inexplicable
un júbilo secreto. Al fin me encuentro
con mi destino sudamericano.
A esta ruinosa tarde me llevaba
el laberinto múltiple de pasos
que mis días tejieron desde un día
de la niñez. Al fin he descubierto
la recóndita clave de mis años,
la suerte de Francisco de Laprida,
la letra que faltaba, la perfecta
forma que supo Dios desde el principio.
En el espejo de esta noche alcanzo
mi insospechado rostro eterno. El círculo
se va a cerrar. Yo aguardo que así sea.
Pisan mis pies la sombra de las lanzas
que me buscan. Las befas de mi muerte,
los jinetes, las crines, los caballos,
se ciernen sobre mí... Ya el primer golpe,
ya el duro hierro que me raja el pecho,
el íntimo cuchillo en la garganta.
martes, 19 de noviembre de 2013
Si pierdo la memoria, qué pureza (por Pere Gimferrer)
Si pierdo la memoria, qué pureza.
En la azul crestería la tarde se demora,
retiene su oro en mallas lejanísimas,
cuela la luz por un resquicio último, se extiende y me delata
como un arco que tiembla sobre el aire encendido.
¿Qué esperaba el silencio? Príncipes de la tarde, ¿qué palacios
holló mi pie, qué nubes o arrecifes, qué estrellado país?
Duró más que nosotros aquella rosa muerta.
Qué dulce es al oído el rumor con que giran los planetas del agua.
lunes, 18 de noviembre de 2013
Por fin he llegado (por Yehuda Amijai)
Recuerdo un problema en un libro de matemáticas
sobre un tren que sale de un lugar A y otro tren
que sale de un lugar B. ¿Dónde se encontrarán?
Nadie preguntaba nunca qué ocurriría entonces:
¿se detendrían, se cruzarían, chocarían?
Ningún problema hablaba de un hombre que sale de A
y una mujer que sale de B. ¿Dónde se encontrarán,
se encontrarán realmente, y durante cuánto tiempo?
Como en aquel libro de matemáticas: por fin he llegado
a las páginas finales que incluyen las respuestas.
Ahí donde estaba prohibido mirar.
Ahora por fin puedo hacerlo. Ahora compruebo
en qué acerté y en qué estaba equivocado,
y sé lo que hice bien, lo que hice mal,
cuanto ya no podré arreglar.
domingo, 17 de noviembre de 2013
Mi corazón es un planeta exhausto (por Martín López-Vega)
El mundo, lo sabes, es cada vez más una procesión
de híbridos de muertos y sus fantasmas.
Esta mañana al ver esa pequeña escultura
de la mujer que mira la puesta de sol
(en realidad, un pedazo de madera
mal pintado de amarillo) eras tú de nuevo
quien estaba allí, aquí. Si no le das a tu vida
la pendiente adecuada, decías,
no hay agua que no se estanque.
Sístole y diástole, rotación y traslación:
mi corazón es un planeta exhausto.
No viajo ya por huir de nada ni de mí,
tan sólo para poder así verme desde lejos.
Esta mañana, al mirarme en el espejo
del baño, no me reconocí:
no era un rostro lo que había al otro lado,
sino un paisaje equivocado, como si al salir
de un largo túnel me asomase por fin a la luz
y el lugar no fuese el esperado
e ignorase si tengo tiempo aún para volver
sobre mis pasos y reemprender el camino que buscaba.
En los restos de vaho intento dibujarme.
Un monigote, un pelele sin gesto,
otra cosa no consigo de mí si soy yo quien me dibujo.
Al fin y al cabo, lo trágico sigue siendo lo trágico,
por muy rotos que estén tu Yo y mi Tú.
Tú tienes tu carga y yo tengo mi carga.
¿Por qué nos encontramos hoy en medio
del mercado? ¿Si llevamos tanto tiempo juntos,
por qué ahora? ¿Qué has venido a decirme
o a que te diga? ¿Eres tú la sombra que carga
con mi cadáver o la sombra soy yo?
Cuando era niño, en las manchas de las paredes
veía mapas de islas a las que alguna vez iría:
ahora en cambio reconozco cicatrices
de heridas que ya tuve. Deberíamos
vivir como árboles y, al final,
lo que hacemos con nuestra existencia es
construir una estatua: llegado un momento
nos congelamos en un gesto, y en él nos quedamos
ya de por vida. Nunca como niños
corriendo cuesta abajo.
Hay por todas partes luces de colores y la cerveza es mala,
pero no hay una mujer que no sea hermosa.
Querrías acercarte a una, a cualquiera, pero pesa demasiado
el cadáver que arrastras. Le darías la mano, pero ninguna
de las dos tienes libre; hablarías con ella, pero tú
ya sólo hablas con los muertos. La besarías, pero tus besos
quién te asegura que no sepan a cadáver.
¿Qué hacer cuando alrededor la belleza
abunda de esta manera, y uno no encuentra
lugar en que enterrar a sus muertos en paz
y empezar de una vez la vida nueva?
Ya es de noche, Antígona, desde la ventana
puedo ver los raíles del tranvía y a los jóvenes
que siguen bebiendo en los bares cercanos.
No importa quién seas tú ni quién yo sea.
Salgamos juntos a enterrar a nuestros muertos.
Mañana será domingo, el reloj dará horas que no importen
y el sol de mediodía querrá penetrar
en nosotros a la fuerza, ojos adentro.
sábado, 16 de noviembre de 2013
Mi mundo privado (por Claudia Masin)
Yo ansié tener un cuerpo que practicara,
como un arte, la ignorancia de sí.
Que cayera rendido con la levedad con que caen
las hojas de los árboles. Cuando fuera inevitable,
nunca antes. Pero de tu cuerpo no deseaba
sino lo que había en él de frágil, de imperfecto:
la cicatriz que te cruzaba el pómulo, las pequeñas
arrugas en la frente. La herida
que te asemejaba a mí. Dos ramitas secas
ante la embestida de la menor brisa,
se quiebran. El camino es interminable, te decía,
da vueltas y vueltas alrededor del mundo
y en alguna de esas vueltas los que estaban
destinados a perderse, se encuentran.
Se dice que a la vera
de cierta ruta que atraviesa el desierto,
es posible hundir una vara en la hierba reseca
y en algún momento brotará el petróleo como un géiser.
Anoche tuve un sueño en el que viajábamos por días
y días para encontrar el yacimiento, a la manera
de los scouts o los cazadores de fortuna
del oeste. Al llegar era de noche,
no había una sola estrella, el pozo
estaba seco. Yo me dormía y te quedabas
al lado mío, cuidando mi sueño. No estabas allí
a la mañana siguiente.
En el sueño, alguien decía:
donde tengas tu tesoro tendrás
tu corazón. Y yo me preguntaba qué pasaría
si tu tesoro se perdiera,
qué pasaría en un juego de cajas chinas
si al llegar a la última,
la que debería contener el objeto precioso,
esa, como todas las otras,
estuviera vacía.
viernes, 15 de noviembre de 2013
Y la muerte no tendrá dominio (por Dylan Thomas)
Y la muerte no tendrá dominio.
Los hombres desnudos han de ser uno solo
con el hombre en el viento y la luna poniente;
cuando sus huesos queden limpios y los limpios huesos se dispersen,
ellos tendrán estrellas en el codo y en el pie;
aunque se vuelvan locos serán cuerdos,
aunque se hundan en el mar de nuevo surgirán,
aunque se pierdan los amantes, no se perderá el amor;
y la muerte no tendrá dominio.
Y la muerte no tendrá dominio.
Los que hace tiempo yacen
bajo los dédalos del mar no han de morir entre los vientos,
retorcidos de angustia cuando los nervios cedan,
atados a una rueda no serán destrozados;
la fe, en sus manos, ha de partirse en dos,
y habrán de traspasarles los males unicornes;
rotos todos los cabos, ellos no estallarán.
Y la muerte no tendrá dominio.
Y la muerte no tendrá dominio.
Y las gaviotas no gritarán en los oídos
ni romperán las olas sonoras en las playas;
donde alentó una flor, otra flor tal vez nunca
levante su cabeza a los embates de la lluvia;
y aunque ellos estén locos y totalmente muertos
sus cabezas martillearán en las margaritas;
irrumpirán al sol hasta que el sol sucumba,
y la muerte no tendrá dominio.
Los hombres desnudos han de ser uno solo
con el hombre en el viento y la luna poniente;
cuando sus huesos queden limpios y los limpios huesos se dispersen,
ellos tendrán estrellas en el codo y en el pie;
aunque se vuelvan locos serán cuerdos,
aunque se hundan en el mar de nuevo surgirán,
aunque se pierdan los amantes, no se perderá el amor;
y la muerte no tendrá dominio.
Y la muerte no tendrá dominio.
Los que hace tiempo yacen
bajo los dédalos del mar no han de morir entre los vientos,
retorcidos de angustia cuando los nervios cedan,
atados a una rueda no serán destrozados;
la fe, en sus manos, ha de partirse en dos,
y habrán de traspasarles los males unicornes;
rotos todos los cabos, ellos no estallarán.
Y la muerte no tendrá dominio.
Y la muerte no tendrá dominio.
Y las gaviotas no gritarán en los oídos
ni romperán las olas sonoras en las playas;
donde alentó una flor, otra flor tal vez nunca
levante su cabeza a los embates de la lluvia;
y aunque ellos estén locos y totalmente muertos
sus cabezas martillearán en las margaritas;
irrumpirán al sol hasta que el sol sucumba,
y la muerte no tendrá dominio.
Este personaje (por Ryszard Kapuściński)
Me he alejado tanto de mí mismo
que ya no sé decir nada
sobre mí
ni lo que siento
cuando me mojo bajo la lluvia
ni cuando me convierto
en una brizna de hierba seca
quemada por el sol
no sé encontrarme
a mí mismo
describir a este personaje
nombrarlo
asegurar
que existe
que ya no sé decir nada
sobre mí
ni lo que siento
cuando me mojo bajo la lluvia
ni cuando me convierto
en una brizna de hierba seca
quemada por el sol
no sé encontrarme
a mí mismo
describir a este personaje
nombrarlo
asegurar
que existe
jueves, 14 de noviembre de 2013
Materia arremolinada (por Stathis Intzes)
a
En el principio fue materia arremolinada
como ella manó del nicho
del primer ojo
Después, el alejamiento del alquitrán por un sol
b
En el principio, la mezcla hervida de las venas
como ella maduró en el corazón de las estrellas
haciéndose estrella de nuevo
Luego, las circunstancias favorecieron el nacimiento del destello
En el principio fue materia arremolinada
como ella manó del nicho
del primer ojo
Después, el alejamiento del alquitrán por un sol
b
En el principio, la mezcla hervida de las venas
como ella maduró en el corazón de las estrellas
haciéndose estrella de nuevo
Luego, las circunstancias favorecieron el nacimiento del destello
miércoles, 13 de noviembre de 2013
Has venido a salvarme (por Fernando Valverde)
¿Recuerdas cómo mueren los pelícanos?
Bajo el sol de la tarde
que golpea la costa del Pacífico
el agua los engulle como al plomo.
Nada puede salvarlos.
Hay tanta dignidad en el vacío,
tanto amor en sus vuelos,
que en el último instante escogen el silencio.
Sólo queda
el golpe de sus cuerpos contra el agua
como un rumor de viento imperceptible.
Desde esta habitación no puede verse el mar,
no existen altas rocas y no queda horizonte
que no hayan destruido.
No importa,
intuyes un rumor en esta noche negra,
puedes tocar su brazo.
Recordarás entonces, al percibir el frío,
que en otoño ese mar que tanto amas
se vuelve gris y deja
los nombres del pasado escritos en la arena.
Te has sentado a mirarlos.
Frente a ti,
torciendo el horizonte,
un niño se sumerge entre las olas.
El levante, tan cálido y perfecto,
lo traiciona y lo empuja.
Has venido a salvarme.
Tus brazos,
tan frágiles ahora,
cubren el cuerpo de mis nueve años
hasta tocar la orilla.
Es cierto,
desde esta habitación no puede verse el mar
pero tiemblan mis manos igual que aquella tarde.
Ahora cojo las tuyas,
siente cómo te amo,
cómo salvas mi miedo con tus gestos,
cómo tienes la vida sujeta entre los dedos.
Deja a un lado la carne,
has golpeado tanto tu rostro contra el agua
que la luz se ha quebrado.
No hay estrellas debajo del océano.
Abre los ojos,
es tan ciega la muerte que el temor te confunde.
Abre los ojos,
búscame ahora en medio de este océano,
voy a agarrarte fuerte con mis brazos,
siente cómo te aprieto,
busquemos nuestra orilla,
el mar no ha dibujado nuestros nombres,
es hoy, no somos el pasado,
es salado el sudor,
es la espuma del mar contra las rocas
este miedo en tus labios.
Nos espera la vida.
martes, 12 de noviembre de 2013
Más tarde (por Saiz de Marco)
Y más tarde la muerte legendaria
la conocida
la desconocida
la transparente muerte impenetrable vendrá
Siempre encuentra un modo
una ruta
un destino que termina en nosotros
¿Y cuando venga qué?
¿qué seré luego?
¿seré lo mismo que antes de nacer?
La nada
sí
la nada
la conozco
mi vieja amiga
mi leal compañera
mi casa germinal
mi patria última
pero no
en verdad no sé cómo es
Menos que oscuridad
menos que sueño
menos que silencio
pura inconsciencia
Así de simple y me cuesta entenderlo
Yo ya estuve en la nada
Aquí pasaban cosas
había gente real pero yo no entre ellos
Ni siquiera fui un hueco
ni siquiera una ausencia
Nadie
Nadie
¿Se estaba bien allí?
No sé decirlo
Creo que no me iba mal
No se sufría
allí no se sentía
no se era
Creo que inexistir no era un mal estado
¿Por qué no va a ser fácil volver a lo inerte
ir atrás
hasta el pre-origen?
(una des-reacción
un retro-fenómeno
como el incendio abdica de sus llamas
como los huracanes se disuelven
como el agua del mar vuelve a las nubes
un bucle químico que ahora se cierra)
Y entre tanto en la Tierra
este paraje
este conjunto de seres conscientes del que no seré trozo
ni cuota
permanecerá
¿Qué harán sin mí?
Bah no importa
ya vivieron sin mí muchos milenios sin jamás echarme en falta
Millones de conciencias y ninguna
ninguna de ellas será mi conciencia
¿Des-seré para siempre
un siempre nunca
un nunca eterno
un nunca
nunca
nunca
o me iré para regresar quién sabe cuándo
en qué lugar
dentro de quién
(tal vez una conciencia que me acoja
otra materia viva que me yoe
en otro sitio
en algún universo)
pero sin recordar que antes fui éste?
Y después la no-vida legendaria
la conocida
la desconocida
la familiar
la misteriosa muerte
lunes, 11 de noviembre de 2013
Como este olor (por Juan Ramón Jiménez)
Tiene este libro un olor que me recuerda
el olor que tenía mi madre. Un sosegado
aroma de recato, sin explosión, esencia
íntima de un placer vivo y velado…
el olor que tenía mi madre. Un sosegado
aroma de recato, sin explosión, esencia
íntima de un placer vivo y velado…
Cuando pasaba ella, lo dejaba tras sí
como una vaga estela de dolor resignado…
¡Domingos de mi vida! ¡Cielo azul de aquel pueblo
que pudo ser la dicha y sólo fue el cansancio!
como una vaga estela de dolor resignado…
¡Domingos de mi vida! ¡Cielo azul de aquel pueblo
que pudo ser la dicha y sólo fue el cansancio!
¡por mi nostalgia yerma, olor, como mi olor
de lágrima secreta y contenida…!, bálsamo
que al tiempo mismo es recuerdo y pesadumbre;
yo pude haberlo hecho y no lo hice…
de lágrima secreta y contenida…!, bálsamo
que al tiempo mismo es recuerdo y pesadumbre;
yo pude haberlo hecho y no lo hice…
¡El llanto no sirve para nada, cuando el remordimiento
no tiene cura, cuando
hay una cosa negra, que pudo ser de oro,
que no se borra, que es, como este olor, amargo!
no tiene cura, cuando
hay una cosa negra, que pudo ser de oro,
que no se borra, que es, como este olor, amargo!
domingo, 10 de noviembre de 2013
Venga con nosotros, Torre (por Vladimir Mayakovsky)
París,
caminada por millones de pies,
gastada por miles de llantas.
Ando errante por tus calles,
solo, hasta el horror,
ni un rostro amigo,
hasta el horror,
ni un alma.
A mi alrededor
los autos fantasean una danza.
A mi alrededor,
desde sus fauces de dragones-pescados y luises,
silba y cae el agua de las fuentes.
Llego a la plaza de la Concordia
y espero a que venga a la cita,
cruzando la niebla,
surgiendo tras las casas apiladas,
la torre Eiffel.
¡Chist...!
Torre,
más despacio,
que la pueden ver.
La luna, tema de guillotina,
asiste a nuestra cita.
Me acerqué a ella,
susurrándole en la radio-oreja.
He aquí lo que le digo:
-He hecho propaganda a los edificios y a las cosas.
Nosotros
sólo esperamos su aprobación.
Torre,
¿quiere encabezar la insurrección?
Torre,
nosotros la elegimos jefe.
Usted,
modelo de genio y técnica,
no debe quedarse aquí,
ocultando sus contornos apollinarios.
No es para usted
este lugar de podredumbre,
París de prostitutas,
la Bolsa,
y los "poetas".
Los Metró están de acuerdo.
Los Metró están conmigo.
Ellos
arrojarán al público
de sus embaldosados vientres.
Y la sangre nueva
lavará las paredes
de los afiches de polvo y perfume.
Ellas
-las paredes-
están convencidas.
Ellas no quieren ser esclavas de los avisos lujosos,
ellas saben que les sientan mejor a su cara
nuestros agudos carteles de lucha.
¡Torre!
¡No tenga miedo a las calles!
Si el Metró no suelta la gente,
la calle lo castigará con los rieles.
Yo levantaré el motín de los rieles.
¿Tiene miedo?
Los tractores vendrán en columnas,
nos defenderán.
Vendrá Rive-gauche en nuestra ayuda.
¡No tema!
Ya me puse de acuerdo con los puentes.
Vadear los ríos
no es fácil.
Los puentes
se levantarán de golpe,
movidos por el encono,
cerrando las entradas a la ciudad,
por todos los costados de París.
Al primer llamamiento
se amotinarán los puentes
arrojando a los peatones
con sus toros de piedra.
Se rebelarán todas las cosas,
las cosas
ya no pueden soportar más
este orden de cosas.
Pasarán quince o veinte años,
se ablandará el acero,
y las mismas cosas,
se lo aseguro,
irán solas
a venderse por las ferias de Montmartre.
¡Torre, vamos!
Venga con nosotros.
Usted,
allá, en casa,
nos hace más falta.
¡Venga con nosotros!
La recibiremos
con el brillo de nuestros aceros.
La recibiremos
con más ternura que al primer amante amado.
¡Vamos a Moscú!
Torre,
allá tenemos más lugar.
Usted
tendrá todas las calles que quiera.
Nosotros
la cuidaremos
cien veces al día,
lustraremos su acero y su cobre
y quedará como el sol.
Deje
que su ciudad
-París de tontas pitucas,
París de bulevares abribocas-
acabe sola,
enterrada en el cementerio del Louvre,
con el vejestorio de su museo en los bosques de Boulogne.
¡Adelante!
¡Marche!
¡Marche con sus cuatro patas poderosas,
remachadas según los planos de Eiffel,
para que en nuestro cielo
asome su frente de radio,
para que nuestras estrellas
ante usted se avergüencen!
¡Decídase, torre!
Hoy se levantan todos
removiendo París
desde la cabeza hasta los pies.
¡Vamos,
venga con nosotros a la URSS!
¡Venga, con nosotros!
Yo
le conseguiré el pasaporte.
caminada por millones de pies,
gastada por miles de llantas.
Ando errante por tus calles,
solo, hasta el horror,
ni un rostro amigo,
hasta el horror,
ni un alma.
A mi alrededor
los autos fantasean una danza.
A mi alrededor,
desde sus fauces de dragones-pescados y luises,
silba y cae el agua de las fuentes.
Llego a la plaza de la Concordia
y espero a que venga a la cita,
cruzando la niebla,
surgiendo tras las casas apiladas,
la torre Eiffel.
¡Chist...!
Torre,
más despacio,
que la pueden ver.
La luna, tema de guillotina,
asiste a nuestra cita.
Me acerqué a ella,
susurrándole en la radio-oreja.
He aquí lo que le digo:
-He hecho propaganda a los edificios y a las cosas.
Nosotros
sólo esperamos su aprobación.
Torre,
¿quiere encabezar la insurrección?
Torre,
nosotros la elegimos jefe.
Usted,
modelo de genio y técnica,
no debe quedarse aquí,
ocultando sus contornos apollinarios.
No es para usted
este lugar de podredumbre,
París de prostitutas,
la Bolsa,
y los "poetas".
Los Metró están de acuerdo.
Los Metró están conmigo.
Ellos
arrojarán al público
de sus embaldosados vientres.
Y la sangre nueva
lavará las paredes
de los afiches de polvo y perfume.
Ellas
-las paredes-
están convencidas.
Ellas no quieren ser esclavas de los avisos lujosos,
ellas saben que les sientan mejor a su cara
nuestros agudos carteles de lucha.
¡Torre!
¡No tenga miedo a las calles!
Si el Metró no suelta la gente,
la calle lo castigará con los rieles.
Yo levantaré el motín de los rieles.
¿Tiene miedo?
Los tractores vendrán en columnas,
nos defenderán.
Vendrá Rive-gauche en nuestra ayuda.
¡No tema!
Ya me puse de acuerdo con los puentes.
Vadear los ríos
no es fácil.
Los puentes
se levantarán de golpe,
movidos por el encono,
cerrando las entradas a la ciudad,
por todos los costados de París.
Al primer llamamiento
se amotinarán los puentes
arrojando a los peatones
con sus toros de piedra.
Se rebelarán todas las cosas,
las cosas
ya no pueden soportar más
este orden de cosas.
Pasarán quince o veinte años,
se ablandará el acero,
y las mismas cosas,
se lo aseguro,
irán solas
a venderse por las ferias de Montmartre.
¡Torre, vamos!
Venga con nosotros.
Usted,
allá, en casa,
nos hace más falta.
¡Venga con nosotros!
La recibiremos
con el brillo de nuestros aceros.
La recibiremos
con más ternura que al primer amante amado.
¡Vamos a Moscú!
Torre,
allá tenemos más lugar.
Usted
tendrá todas las calles que quiera.
Nosotros
la cuidaremos
cien veces al día,
lustraremos su acero y su cobre
y quedará como el sol.
Deje
que su ciudad
-París de tontas pitucas,
París de bulevares abribocas-
acabe sola,
enterrada en el cementerio del Louvre,
con el vejestorio de su museo en los bosques de Boulogne.
¡Adelante!
¡Marche!
¡Marche con sus cuatro patas poderosas,
remachadas según los planos de Eiffel,
para que en nuestro cielo
asome su frente de radio,
para que nuestras estrellas
ante usted se avergüencen!
¡Decídase, torre!
Hoy se levantan todos
removiendo París
desde la cabeza hasta los pies.
¡Vamos,
venga con nosotros a la URSS!
¡Venga, con nosotros!
Yo
le conseguiré el pasaporte.
sábado, 9 de noviembre de 2013
Nunca se cansa (por José Mateos)
Nunca estás solo. La muerte te acompaña.
Va contigo a los cines y a los bares
y cuando duermes ella está a tu lado.
Nunca se cansa, como tú te cansas
de amarte, esta leal, esta sumisa
y dura compañera que te dice
en voz baja: "eso es mío". Y tú obedeces,
y le das un amigo o esa tarde
irrepetible de colegio y lluvia,
le das aquéllo que quisiste tanto.
Ella es tu luz y el aire que respiras.
Ella te dicta lo que ahora escribes
Y cuando eres feliz, cuando la olvidas,
cuando dentro de ti ya no la sientes,
sufres. Te costó tanto acostumbrarte
a mirar con sus ojos lo que tiembla
un momento y se apaga, lo que tarde
o temprano será sólo derrota,
sueño y nostalgia suya.
No razones
su último rostro ni le tengas miedo.
Y agradécele ahora esta mañana,
este momento en un hotel vacío
cerca del mar, y el tiempo que te queda.
viernes, 8 de noviembre de 2013
Como eras antes (por Serguéi Gandlevski)
Aquí viviste en otros tiempos, eras alumna de últimos cursos,
y no hace mucho que voluntariamente has muerto.
Como, probablemente, de mala manera debe hacer tic-tac el silencio,
si a una bella mujer la vida deja de serle grata.
Originario de aquí, de mediana edad, así, tal cual,
en busca del frío que me recorre la espalda visito tu portal.
Y si me lo gasto todo en rosas, las llevo al cementerio,
dejo caer, como es costumbre, una lágrima ebria...
¿No era yo quien trepaba hasta tu ventana por celos, por rencor
por el estruendoso desagüe que se alzaba hacia el cielo?
Qué bueno es ser joven, joven y completamente ebrio entre el humo.
¡Un cuarto de siglo, un cuarto de siglo desde mis estériles hazañas!
Por la voz, por la forma de los ojos más de una vez he creído verte entre la multitud,
siempre me equivocaba, no me equivoco únicamente ahora,
no he oído mal - "muerta". La cabeza me da vueltas.
Jamás me quisiste, pero estabas viva.
¡Quién se pondría en pie, apoyando su cabeza contra el fondo,
haciendo fuerza, para que de golpe la muerte acontezca, sí que salga toda!
¡Hay que resucitar, pues resucitemos! Se yerguen mi padre y mi madre.
El amigo Soprovsky vuelve a la vida, incita a empinar el codo.
Tomamos "andropovka", el primer trago es como una estaca como
un nudo en la garganta, como el estilo de Slutski y como el verso de una chastushka.
Así, borrachos de felicidad, por la muerte curtidos,
en el noticiario en blanco y negro vuelven de la guerra.
Se acrecienta el traqueteo de ruedas y el alma se lanza a la calle sin mirar atrás.
En la estación tocan una marcha — la música cegada por las lágrimas.
Y aquí estás tú - una de ellos. Por un instante nos ves a los dos,
envías a freír espárragos a quienes te idolatramos.
Te veo a través del tumulto como eras antes, la de nadie,
en silencio, marchando directamente hacia tu juventud.
Pues bien, vete, vete. Todo lo malo queda atrás.
Y a partir de ahora, cabe pensar que todo lo bueno está por venir.
Como en otros tiempos ponte al lado de la ventana de la escuela.
Tu nombre y apellido de soltera los pronunciará el silencio.
y no hace mucho que voluntariamente has muerto.
Como, probablemente, de mala manera debe hacer tic-tac el silencio,
si a una bella mujer la vida deja de serle grata.
Originario de aquí, de mediana edad, así, tal cual,
en busca del frío que me recorre la espalda visito tu portal.
Y si me lo gasto todo en rosas, las llevo al cementerio,
dejo caer, como es costumbre, una lágrima ebria...
¿No era yo quien trepaba hasta tu ventana por celos, por rencor
por el estruendoso desagüe que se alzaba hacia el cielo?
Qué bueno es ser joven, joven y completamente ebrio entre el humo.
¡Un cuarto de siglo, un cuarto de siglo desde mis estériles hazañas!
Por la voz, por la forma de los ojos más de una vez he creído verte entre la multitud,
siempre me equivocaba, no me equivoco únicamente ahora,
no he oído mal - "muerta". La cabeza me da vueltas.
Jamás me quisiste, pero estabas viva.
¡Quién se pondría en pie, apoyando su cabeza contra el fondo,
haciendo fuerza, para que de golpe la muerte acontezca, sí que salga toda!
¡Hay que resucitar, pues resucitemos! Se yerguen mi padre y mi madre.
El amigo Soprovsky vuelve a la vida, incita a empinar el codo.
Tomamos "andropovka", el primer trago es como una estaca como
un nudo en la garganta, como el estilo de Slutski y como el verso de una chastushka.
Así, borrachos de felicidad, por la muerte curtidos,
en el noticiario en blanco y negro vuelven de la guerra.
Se acrecienta el traqueteo de ruedas y el alma se lanza a la calle sin mirar atrás.
En la estación tocan una marcha — la música cegada por las lágrimas.
Y aquí estás tú - una de ellos. Por un instante nos ves a los dos,
envías a freír espárragos a quienes te idolatramos.
Te veo a través del tumulto como eras antes, la de nadie,
en silencio, marchando directamente hacia tu juventud.
Pues bien, vete, vete. Todo lo malo queda atrás.
Y a partir de ahora, cabe pensar que todo lo bueno está por venir.
Como en otros tiempos ponte al lado de la ventana de la escuela.
Tu nombre y apellido de soltera los pronunciará el silencio.
jueves, 7 de noviembre de 2013
¿Acaso te soñé? (por Sergei Yesenin)
No me arrepiento, no llamo, no lloro,
todo pasará como del manzano blanco el humo.
Envuelto en el oro del otoño
ya no volveré a ser joven.
Ya no palpitarás tan fuerte,
corazón helado por el frío,
y el país de tela de abedul
no me tentará caminar descalzo.
Espíritu errante: cada vez menos
enciendes la llama de mi boca.
¡Ay de mi frescor perdido,
ímpetu de los ojos y raudal de pasiones!
Ahora soy más parco en deseos.
Vida mía, ¿acaso te soñé?
Que una sonora mañana de primavera
pasé al trote en un caballo rosado.
En el mundo todos somos mortales,
los arces derraman callados el bronce de las hojas...
Sea eternamente bendito
lo que viene a florecer y a caducar.
miércoles, 6 de noviembre de 2013
Un cuerpo errante (por Clara Janés)
transparente
a espacio y tiempo
entran en mí
las constelaciones todas
el itinerario de los astros
los movimientos de la luna
y su mirada me conforma más allá
y soy también
un cuerpo errante
perdido
en la oscuridad
martes, 5 de noviembre de 2013
Con saliva amarga (por David Ledesma)
Hablo de la nostalgia que camina
como perro callado, en derredor,
con su pelambre espesa de recuerdos.
Y el rabo entre las patas. Desolado.
Lily era una niña mitad ángel;
la otra mitad, caricia.
Pegada de su nombre con resina
de viajes. De olvidos charcos de agua.
Detrás de su mirada chapoteaban
pececillos inquietos. Y garuaba
sobre su corazón una ternura
siempre a punto de brisa. De esfumarse.
Ella me amaba. Pude amarla.
Hablo de los antiguos barrios. De las casas
donde viví hace tiempo. De las tablas
del piso que crujían con un dolor de viejas solitarias.
Hablo de los hoteles. De las calles
donde gastamos suelas y semanas.
Hablo de Lily con saliva amarga
y mi lengua la toca al pronunciarla.
Son las 4 a.m. de un día largo y plomo.
Y llueve en la ventana. Y en los ojos.
lunes, 4 de noviembre de 2013
Sin ti no puedo (por Rodrigo Manzuco)
Quizá lo sabes pero no lo entiendes,
ni puedes entenderlo,
porque en el fondo no me quieres tanto
como yo, pero tú...
quiero decir que yo
a ti, tú te...
Me estoy
perdón
haciendo un lío...
Lo que quiero
decir
es que yo
ya
te
necesito;
sin ti no puedo
ser
ya
yo. Tú
no puedes entenderlo.
domingo, 3 de noviembre de 2013
En las hondas barrancas (por Halina Poswiatowska)
Hay tierra entera de la soledad
y sólo un surco
el de tu sonrisa
Hay mar entero de la soledad
el ave perdida de tu ternura
vuela sobre él
Hay cielo entero de la soledad
y sólo un ángel cuyas alas
pesan tan poco como tus palabras
Nosotros parimos a los machos con manos de hierro
sin sonrisa pero con dolor
y con su tierra - oliendo
a hierba cortada bajo el sol de julio
En las hondas barrancas de nuestras entrañas
hay nidos de musgo y picos hambrientos
allí se hace cuerpo el misterio de la vida
se sobreponen las capas de la prehistoria
sin que las mencionen las memorias del mundo
Por encima de nuestras frentes vuelan
los renacimientos en nuestros ojos
se arrodillan los pensamientos medievos
nosotras - Marías sumisas aceptamos humildemente
la sed de nuestras entrañas, el destino de nuestros brazos
sábado, 2 de noviembre de 2013
Vigías del mundo (por Czeslaw Milosz)
Nubes, terribles nubes mías,
cómo palpita el corazón, qué tristeza y pena de la
tierra,
cúmulos blancos y callados
que miro al amanecer con ojos llenos de lágrimas,
sé que en mí el deseo y la soberbia
y la crueldad, y un grano de desdén,
preparan el lecho para un sueño muerto
y los más bellos tintes de mis mentiras
ocultan la verdad. Bajo entonces la vista
y siento traspasarme un vendaval
árido, ardiente. ¡Oh, qué terribles sois,
vigías del mundo, nubes! Quiero
dormir, que la piadosa noche me cubra.
viernes, 1 de noviembre de 2013
Como una helada (por Claudia Masín)
Quien fue dañado lleva consigo ese daño,
como si su tarea fuera propagarlo, hacerlo impactar
sobre aquel que se acerque demasiado. Somos
inocentes ante esto, como es inocente una helada
cuando devasta la cosecha: estaba en ella su frío,
su necesidad de caer, había esperado
-formándose lentamente en el cielo,
en el centro de un silencio que no podemos concebir-
su tiempo de brillar, de desplegarse. ¿Cómo soportarías
vivir con semejante peso sin ansiar la descarga,
aunque en ese rapto destroces la tierra,
las casas, las vidas que se sostienen, apacibles,
en el trabajo de mantener el mundo a salvo,
durante largas estaciones en las que el tiempo se divide
entre los meses de siembra y los de zafra? Pido por esa fuerza
que resiste la catástrofe y rehace lo que fue lastimado todas las veces
que sea necesario, y también por el daño que no puede evitarse,
porque lo que nos damos los unos a los otros,
aun el terror o la tristeza,
viene del mismo deseo: curar y ser curados.
jueves, 31 de octubre de 2013
Mar todavía (por Vicente Aleixandre)
Heme aquí frente a ti, mar, todavía...
Con el polvo de la tierra en mis hombros,
impregnado todavía del efímero deseo apagado del hombre,
heme aquí, luz eterna,
vasto mar sin cansancio,
última expresión de un amor que no acaba,
rosa del mundo ardiente.
Eras tú, cuando niño,
la sandalia fresquísima para mi pie desnudo.
Un albo crecimiento de espumas por mi pierna
me engañara en aquella remota infancia de delicias.
Un sol, una promesa
de dicha, una felicidad humana, una cándida correlación de luz
con mis ojos nativos, de ti, mar, de ti, cielo,
imperaba generosa sobre mi frente deslumbrada
y extendía sobre mis ojos su inmaterial palma alcanzable,
abanico de amor o resplandor continuo
que imitaba unos labios para mi piel sin nubes.
Lejos el rumor pedregoso de los caminos oscuros
donde hombres ignoraban tu fulgor aún virgíneo.
Niño grácil, para mí la sombra de la nube en la playa
no era el torvo presentimiento de mi vida en su polvo,
no era el contorno bien preciso donde la sangre un día
acabaría coagulada, sin destello y sin numen.
Más bien, con mi dedo pequeño, mientras la nube detenía su paso,
yo tracé sobre la fina arena dorada su perfil estremecido,
y apliqué mi mejilla sobre su tierna luz transitoria,
mientras mis labios decían los primeros nombres amorosos:
cielo, arena, mar...
El lejano crujir de los aceros, el eco al fondo de los bosques partidos por los hombres,
era allí para mí un monte oscuro, pero también hermoso.
Y mis oídos confundían el contacto heridor del labio crudo
del hacha en las encinas
con un beso implacable, cierto de amor, en ramas.
La presencia de peces por las orillas, su plata núbil,
el oro no manchado por los dedos de nadie,
la resbalosa escama de la luz, era un brillo en los míos.
No apresé nunca esa forma huidiza de un pez en su hermosura,
la esplendente libertad de los seres,
ni amenacé una vida, porque amé mucho: amaba
sin conocer el amor; sólo vivía...
Las barcas que a lo lejos
confundían sus velas con las crujientes alas
de las gaviotas o dejaban espuma como suspiros leves,
hallaban en mi pecho confiado un envío,
un grito, un nombre de amor, un deseo para mis labios húmedos,
y si las vi pasar, mis manos menudas se alzaron
y gimieron de dicha a su secreta presencia,
ante el azul telón que mis ojos adivinaron,
viaje hacia un mundo prometido, entrevisto,
al que mi destino me convocaba con muy dulce certeza.
Por mis labios de niño cantó la tierra; el mar
cantaba dulcemente azotado por mis manos inocentes.
La luz, tenuemente mordida por mis dientes blanquísimos,
cantó; cantó la sangre de la aurora en mi lengua.
Tiernamente en mi boca, la luz del mundo me iluminaba por dentro.
Toda la asunción de la vida embriagó mis sentidos.
Y los rumorosos bosques me desearon entre sus verdes frondas,
porque la luz rosada era en mi cuerpo dicha.
Por eso hoy, mar,
con el polvo de la tierra en mis hombros,
impregnado todavía del efímero deseo apagado del hombre,
heme aquí, luz eterna,
vasto mar sin cansancio,
rosa del mundo ardiente.
Heme aquí frente a ti, mar, todavía...
miércoles, 30 de octubre de 2013
TOC (por Neil Hilborn)
La primera vez que la vi…
Todo en mi cabeza se silenció
Todos los ticks, las imágenes constantes desaparecieron.
Cuando tienes trastorno obsesivo compulsivo en realidad no tienes momentos callados.
Incluso en la cama estoy pensando:
¿Cerré las puertas? Sí
¿Me lavé las manos? Sí
¿Cerré las puertas? Sí
¿Me lavé las manos? Sí
Pero cuando la vi, la única cosa en la que pude pensar fue en la curva de la horquilla de sus labios.
O la pestaña en su mejilla–
La pestaña en su mejilla–
La pestaña en su mejilla.
Sabía que debía hablar con ella
La invité a salir seis veces en treinta segundos.
Ella dijo que sí después de la tercera,
pero ninguna de las veces que pregunté se sintió bien así que tenía que seguir haciéndolo.
En nuestra primera cita,
pasé más tiempo organizando mi comida por colores de lo que pasé comiéndola o hablando con ella.
Pero le encantó.
Le encantaba que tuviera que besarla para despedirme 16 veces, o 24 si era miércoles.
Le encantaba que me tomaba todo el tiempo caminar hacia casa porque había muchas grietas en la banqueta.
Cuando nos mudamos juntos ella dijo que se sentía segura,
como si nadie nos fuera a robar porque definitivamente había cerrado la puerta 18 veces.
Yo siempre veía su boca cuando hablaba–
Cuando hablaba–
Cuando hablaba–
Cuando hablaba–
Cuando hablaba;
Cuando me dijo que me amaba, su boca se curvaba hacia arriba en los bordes.
En la noche ella se acostaba en la cama y me veía apagar todas las luces, y encenderlas, y apagarlas, y encenderlas, y apagarlas, y encenderlas, y apagarlas, y encenderlas, y apagarlas, y encenderlas, y apagarlas, y prenderlas, y apagarlas, y encenderlas, y apagarlas, y encenderlas, y apagarlas, y encenderlas, y apagarlas, y encenderlas, y apagarlas.
Ella cerraba los ojos y se imaginaba que los días y las noches pasaban frente a ella.
Algunas mañanas empezaba a besarla para despedirme y ella sólo se iba porque estaba haciéndola llegar tarde al trabajo.
Cuando me detenía en las grietas de la banqueta ella seguía caminando.
Cuando me decía que me amaba su boca era una línea recta.
Me dijo que estaba tomando mucho de su tiempo.
La semana pasada empezó a dormir en casa de su madre.
Me dijo que nunca debió dejarme apegarme tanto a ella; que todo esto fue un error,
pero… ¡¿Cómo podría ser un error que no tenga que lavarme las manos después de tocarla?!
El amor no es un error y me está matando que ella pueda salirse de esto y yo no.
No puedo–
No puedo salir y encontrar a alguien nuevo porque siempre pienso en ella.
Usualmente, cuando me obsesiono con algo, veo gérmenes escabulléndose en mi piel.
Me veo a mí mismo siendo atropellado por una infinita línea de coches.
Y ella fue la primera cosa hermosa en la que alguna vez me he estancado.
Quiero despertar todas las mañanas pensando en la manera como agarra el volante.
Cómo mueve las manijas de la regadera como si estuviera abriendo una caja fuerte.
En cómo sopla las velas–
cómo sopla las velas–
cómo sopla las velas–
cómo sopla las velas–
cómo sopla…
Ahora sólo pienso en quién más está besándola.
No puedo respirar porque él sólo la besa una vez– ¡No le importa si es perfecto!
La quiero de regreso tanto que…
Dejo la puerta sin cerrar.
Dejo las luces encendidas.
Pero tomó la izquierda (por Renée Acosta)
pudo haber sido, pero no fue
las cosas son lo que son
pudiera haber tomado la izquierda
en lugar de la derecha
pero tomó la izquierda donde
la virgen negra le dio dos palomas
un águila y un niño muerto
pudo haber sido lo mejor
viajar a la India o viajar
a las playas de México
o no ir a ninguna parte
pero estar tiene también su propia
reverberación en la telaraña de las cosas
habría sido mejor no comprar esa motocicleta
pudiera entre los altos techos celestes, darse
una mejor combinación de los acontecimientos
la exactitud del mundo y la lectura de sus mutaciones
indescifradas
pudieran… pero no
martes, 29 de octubre de 2013
Si este canto saliera (por Giovanni Papini)
Hay un canto en mí que mi boca jamás pronunciará; que no escribirá mi mano en ningún trozo de papel.
Hay un canto en mí que debo escuchar yo solo, que debo padecer y soportar solamente yo.
Hay un canto preso en mis venas como los celestiales adagios del argentado órgano. Hay un canto que como la raíz del gladiolo no florecerá bajo el alud.
Hay un canto en mí que estará siempre en mí.
Si este canto saliera de mi corazón, quebraría mi corazón.
Si este canto escribiera mi mano, ninguna otra palabra escribiría mi mano.
Este canto no se dirá sino en la última hora de mi vida; este canto será el inicio de una feliz agonía.
Hay un canto en mí que no puede salir de mí porque no se han creado aún las palabras necesarias.
Un canto sin medida y sin tiempo; sin ritmo y sin leyes.
Un canto sin ningún sosiego y que astillaría cualquier lenguaje.
Un canto inatendible sin que el alma se intimide por la sorpresa y se coloree de otro sol.
Un canto más respirado que dicho, más presentido que expresado: son de luces, rayo de acordes.
Un canto sin ansias de música porque sería más melodioso que cualquier otro instrumento conocido.
En mi corazón inmenso, que por días abarca el universo, a este canto le cuesta quedarse adentro. En los minutos más angustiantes de la vida, este canto querría derramarse de mi corazón demasiado estrecho como el llanto de los ojos de quien se llora a sí mismo. Pero lo rechazo y lo engullo, pues junto a él también la sangre de mi corazón se derramaría con la misma furia voluptuosa. Lo encierro en mí mismo porque no quiero morir aún.
Soy una víctima dulce de este canto divino y homicida. Debo cerrar el corazón como la puerta de una cárcel y sofocar sus latidos sobrehumanos como si fueran remordimientos. Y ser, con toda mi ternura, el hombre feroz al que no se acercan los débiles.
Porque mi canto sería un aterrador canto de amor, y ese amor abrasaría todo lo que toca.
El amor que sólo cobija es apenas tibio, pero el verdadero amor en el mismo soplo besa y destruye.
Este amor resplandecería tanto de candente avidez que ese día la tierra iluminaría al sol y la medianoche sería más ardiente que el mediodía más ardiente.
Pero yo no cantaré jamás este canto terrible que me consume sin que nadie tenga compasión de mi tormento.
Yo no cantaré jamás este canto maravilloso del que mi temor reniega y que espanta mi debilidad.
No cantaré este canto porque nadie podría sustentar la infinita, la desgarrante, la dolorosa dulzura.
lunes, 28 de octubre de 2013
Cuando me recordéis (por Saiz de Marco)
Pesadme injustamente
Poned plomo en lo limpio
para que pese mucho la pequeña pureza que hubo en mí
Y alterad la balanza
haced que sea liviano el otro lado
el de mi mezquindad
Sobrecargad un plato, aligerad el otro
Adulterad la báscula
Inclinad la balanza
como si pretendierais amañar la memoria
trucarla a mi favor
Haced trampa en el peso cuando me recordéis
Cuando ya me haya ido
juzgadme injustamente
para que pese mucho la pequeña pureza que hubo en mí
Y alterad la balanza
haced que sea liviano el otro lado
el de mi mezquindad
Sobrecargad un plato, aligerad el otro
Adulterad la báscula
Inclinad la balanza
como si pretendierais amañar la memoria
trucarla a mi favor
Haced trampa en el peso cuando me recordéis
Cuando ya me haya ido
juzgadme injustamente
domingo, 27 de octubre de 2013
Última carta (por Vladimir Mayakovsky)
¡A todos!
No se culpe a nadie de mi muerte y, por favor,
nada de chismes.
Al difunto le molestaban enormemente.
Mamá, hermanas, camaradas,
perdonadme -no es un método y no se lo aconsejo a nadie,
pero no tengo otra salida.
perdonadme -no es un método y no se lo aconsejo a nadie,
pero no tengo otra salida.
Lili, ámame.
Camarada gobierno, mi familia es:
Lili Brik, mi madre, mis hermanas y Verónica Vitaldovna Polonskaya.
Si se ocupan de asegurarles una existencia decente, gracias.
Lili Brik, mi madre, mis hermanas y Verónica Vitaldovna Polonskaya.
Si se ocupan de asegurarles una existencia decente, gracias.
Por favor, den los poemas inconclusos a los Brik,
ellos sabrán descifrarlos.
ellos sabrán descifrarlos.
Como quien dice,
"el incidente" ha terminado.
La barca del amor
se ha estrellado
contra la vida cotidiana
"el incidente" ha terminado.
La barca del amor
se ha estrellado
contra la vida cotidiana
Estoy mano a mano con la vida,
así que ¿para qué
reprocharnos mutuamente
dolores,
daños
y ofensas recíprocas?
Sigan felices.
así que ¿para qué
reprocharnos mutuamente
dolores,
daños
y ofensas recíprocas?
Sigan felices.
sábado, 26 de octubre de 2013
Pero ven (por Juan Eduardo Cirlot)
Las huellas de tus dedos
no se ven en las torres.
Pero yo leo sin descanso, en la soledad de la ermita junto
al mar
los antiguos signos en donde tú estuviste hacia el año mil,
por los bosques, los pantanos, las ramas y las hojas, la arcilla
pisada.
Dentro del corazón está la muerte
como una runa blanca de ceniza.
Acércate por el campo blanco o por el verde campo o por el
campo negro, pero ven.
Detente ante la tumba
donde los dos estamos.
viernes, 25 de octubre de 2013
Del revés (por Juan Ramón Jiménez)
¡Quién sabe del revés de cada hora!
¡Cuántas veces la aurora
estaba tras un monte!
¡Cuántas el regio hervor de un horizonte
tenía en sus entrañas de oro el trueno!
Aquella espada dio la vida.
Aquella rosa era veneno.
Yo pensé una florida
pradera en el remate de un camino,
y me encontré un pantano.
Yo soñaba en la gloria de lo humano,
y me hallé en lo divino.
jueves, 24 de octubre de 2013
Ya no sé entonces (por Sigfrido Radaelli)
Ya sé, los dos sabemos
que si te alejás hoy es para volver mañana.
O sea que mañana te veré nuevamente.
Está bien.
Pero si hoy te alejás para volver sin plazo,
si es eso lo que ocurre,
o sea que ya no sé si te veré mañana
o en un mes
o en un año,
ya no sé entonces si nunca volveré a verte.
¿Y entonces, Dios mío, hoy es la última vez que
te veo
y esta tarde la última,
son estos minutos los últimos?
Ahora sé qué es no saber nada de nada.
Todo ha cambiado de golpe. Enfrente de mí
un agujero inmenso y negro, y en mis oídos
resonando
un eco lastimero y largo.
Hablo y me detengo,
vuelvo a hablar solitario, escucho asombrado
mi voz
y vuelvo al silencio.
¿Qué sentido tienen ya las palabras
o los murmullos o el recuerdo o las pruebas
del amor?
que si te alejás hoy es para volver mañana.
O sea que mañana te veré nuevamente.
Está bien.
Pero si hoy te alejás para volver sin plazo,
si es eso lo que ocurre,
o sea que ya no sé si te veré mañana
o en un mes
o en un año,
ya no sé entonces si nunca volveré a verte.
¿Y entonces, Dios mío, hoy es la última vez que
te veo
y esta tarde la última,
son estos minutos los últimos?
Ahora sé qué es no saber nada de nada.
Todo ha cambiado de golpe. Enfrente de mí
un agujero inmenso y negro, y en mis oídos
resonando
un eco lastimero y largo.
Hablo y me detengo,
vuelvo a hablar solitario, escucho asombrado
mi voz
y vuelvo al silencio.
¿Qué sentido tienen ya las palabras
o los murmullos o el recuerdo o las pruebas
del amor?
miércoles, 23 de octubre de 2013
La gran ola te trajo (por Jorge Luis Borges)
El alba inútil me sorprende en una esquina desierta; sobreviví a la noche.
Las noches son como olas orgullosas; olas azul oscuro, de pesadas crestas, cargadas con los tonos de profundos despojos, cargadas de improbables y deseables cosas.
Las noches acostumbran misteriosos dones y rechazos, de cosas que se dan por la mitad y a medias se retienen, de delicias que albergan un hemisferio oscuro. Así obra la noche, yo te digo.
La marea, esa noche, me dejó los jirones y retazos disjuntos de costumbre: algunas amistades que odio, para charlar; música para sueños; la humareda de cenizas amargas. Las cosas a las que mi corazón hambriento no puede hallarles uso. La gran ola te trajo.
Palabras y palabras, cualesquiera, tu risa; y vos tan perezosa e incesantemente bella. Hablamos, y olvidaste las palabras.
El alba destructora me encuentra en una calle desierta, en mi ciudad.
Tu perfil que se aleja, los sonidos que conforman tu nombre, la cadencia de tu risa: esos son los ilustres juguetes que dejaste para mí.
Los revuelvo en el alba, los pierdo, los encuentro; se los cuento a los escasos perros vagabundos y a las pocas estrellas vagabundas del alba.
Tu rica vida oscura…
Debo alcanzarte, de algún modo; aparto estos ilustres juguetes que dejaste para mí, quisiera tu mirada subrepticia, tu sonrisa real; esa sonrisa solitaria y mordaz que la frialdad de tu espejo conoce.
martes, 22 de octubre de 2013
Media vida (por Miguel d´ Ors)
En la cena
me sobra media pizza.
Qué sensación extraña.
Tras el cristal, la noche, el mar, agosto.
Qué tristeza:
me sobra media noche,
me sobra media luna
y medio mar: la parte
que te tocaba a ti de aquel nosotros.
Y me sobro y me falto medio yo
porque me faltas tú, mi media vida.
lunes, 21 de octubre de 2013
No comprenderás demasiado (por Hjalmar Söderberg)
Vida, no te comprendo. A veces siento un mareo en el alma, cuchicheos y avisos y murmullos de que me he extraviado. Lo he sentido hace un rato. Entonces he examinado el expediente de mi proceso: las hojas de diario mediante las cuales interrogo mis dos voces interiores, la que quería y la que no quería. Las he leído y releído, y no puedo menos de creer que la voz a la que finalmente obedecí era la que tenía razón, y la otra la que sonaba a hueco. La otra voz era tal vez la más prudente, pero de escucharla habría perdido todo respeto por mí mismo. Y sin embargo..., sin embargo... He empezado a soñar en el pastor. Era de prever, claro, pero justamente por esto me sorprende. Creí que podría librarme de esa prueba, precisamente porque la tenía prevista.
Comprendo que al rey Herodes le disgustaran esos profetas que andan por ahí resucitando los muertos. Los tenía en gran estima por lo demás, pero reprobaba esa rama de sus actividades...
Vida, no te comprendo. Pero no digo que sea culpa tuya. El que yo sea un hijo desnaturalizado me parece más verosímil que el que tú seas una madre indigna. Y al fin empieza a despuntar en mí cierto presentimiento: que lo planeado no era que el hombre comprenda la vida. Todo ese frenesí de explicar y comprender, toda esa persecución de la verdad, es tal vez un extravío. Bendecimos el sol porque nos separa de él la distancia precisa que nos lo hace útil. Unos pocos millones de millas más cerca o más lejos, y nos asaríamos o helaríamos. ¿Y si con la verdad pasara como con el sol?
El viejo mito finlandés dice: el que ve la cara del dios tiene que morir. Y Edipo. Resolvió el enigma de la esfinge y fue el más desgraciado de los hombres. ¡No resuelvas enigmas! ¡No preguntes! ¡No pienses! El pensamiento es un ácido que corroe. Al principio crees que sólo va a corroer lo que está podrido y enfermo y que es mejor amputar. Pero el pensamiento piensa de otro modo: corroe ciegamente. Empieza por la presa que le arrojas de mejor grado, pero no creas que con ella se sacia. No para hasta devorar tu última y más querida reserva.
Tal vez yo no hubiera debido pensar tanto; tal vez hubiera hecho mejor prosiguiendo mis estudios. «Las ciencias son útiles porque impiden que los hombres piensen». Un hombre de ciencia lo dijo. Más me hubiera valido tal vez vivir la vida, como dicen, o dar gusto al gusano, como dicen también. Mejor ir a esquiar y jugar al fútbol, hacer una vida sana y alegre, con mujeres y niños. Mejor casarme y echar niños al mundo, mejor hacer lo debido. Cosas así son agarres y soportes. Tal vez ha sido también una tontería el no haberme arrojado a la política y presentado a elecciones. También la patria nos necesita. Bueno, para eso tal vez quede tiempo todavía ...
Primer mandamiento: no comprenderás demasiado. Pero el que comprende este mandamiento, ése ya ha comprendido demasiado. Me mareo, todo da vueltas a mi alrededor. De tiniebla en tiniebla.
domingo, 20 de octubre de 2013
Al mismo tiempo (por Titus Lucretius Carus -“Lucrecio”-)
Al mismo tiempo, en un lugar o en otro,
triunfa y muere la vida en este mundo.
El llanto fúnebre se mezcla
con el llanto del recién nacido.
Nunca la noche oscura sucede al día
ni la luz de la aurora a la noche
sin que el primer dolor de los que nacen
se funda con el lamento último de los que mueren.
sábado, 19 de octubre de 2013
A punto, contenidas (por Joan Vinyoli)
Es bueno tener lágrimas a punto, contenidas
por si de pronto muere
alguien que amas, o lees
un verso, o piensas en el juego
perdido
o bien, de noche, antes
que nazca el alba, algún ladrido
rasga el duro silencio.
Y vienen los recuerdos
de tantas culpas que nunca
has expiado
y ves el derrotado
ejército de los hombres
arrastrando los pies pesadamente
por las llanuras enfangadas,
bajo la lluvia, mientras silban
los trenes.
Que todo es duro, cruel y sin piedad,
y siempre el mal y la vergüenza duran.
por si de pronto muere
alguien que amas, o lees
un verso, o piensas en el juego
perdido
o bien, de noche, antes
que nazca el alba, algún ladrido
rasga el duro silencio.
Y vienen los recuerdos
de tantas culpas que nunca
has expiado
y ves el derrotado
ejército de los hombres
arrastrando los pies pesadamente
por las llanuras enfangadas,
bajo la lluvia, mientras silban
los trenes.
Que todo es duro, cruel y sin piedad,
y siempre el mal y la vergüenza duran.
viernes, 18 de octubre de 2013
Desconocidos (por Vasko Popa)
Alguien me abraza
Alguien me mira con los ojos de un lobo
Alguien se quita el sombrero
para que pueda reconocer mejor su aspecto
Cada uno me pregunta
sabes cómo estoy unido a ti
Desconocidos ancianos y mujeres
se apropian los nombres
de muchachos y muchachas de mi memoria
Le pregunto a uno de ellos
dime por amor de Dios
si George el Lobo todavía vive
Ése soy yo, responde desde un
mundo casi venidero
Yo toco sus mejillas con mi mano
y le imploro con mis ojos
que me diga también si todavía
yo vivo.
jueves, 17 de octubre de 2013
Me vacío de mi vida (por Mark Strand)
Me vacío del nombre de los otros. Vacío mis bolsillos.
Vacío mis zapatos y los dejo al borde de la ruta.
En la noche retraso los relojes;
abro el álbum familiar y observo al muchacho que fuí.
Digo mi propio nombre. Digo adiós.
Las palabras se siguen viento abajo.
Amo a mi mujer pero la aparto de mí.
Mis padres se levantan de sus tronos
hacia el lechoso cuarto de nubes. ¿Cómo puedo cantar?
El tiempo me dice lo que soy. He cambiado y soy el mismo.
Yo me vacío de mi vida y mi vida permanece.
miércoles, 16 de octubre de 2013
Desnudo en la ribera (por Roque Dalton)
Y, sin embargo, amor, a través de las lágrimas
yo sabía que al fin iba a quedarme
desnudo en la ribera de la risa.
Aquí,
hoy,
digo:
siempre recordaré tu desnudez entre mis manos,
tu olor a disfrutada madera de sándalo
clavada junto al sol de la mañana;
tu risa de muchacha,
o de arroyo,
o de pájaro;
tus manos largas y amantes
como un lirio traidor a tus antiguos colores;
tu voz,
tus ojos,
lo de abarcable en ti que entre mis pasos
pensaba sostener con las palabras.
Pero ya no habrá tiempo de llorar.
Ha terminado
la hora de la ceniza para mi corazón:
Hace frío sin ti,
pero se vive.
martes, 15 de octubre de 2013
Y mientras, una rosa (por Enrique Baltanás)
Una rosa se abre sin testigos en el silencio de la noche.
En la cama de un hospital alguien ensaya trabajosamente
un gesto parecido al de morirse
o tal vez muere y nadie se da cuenta.
Unos brazos y un pecho tibio acogen
a la vida que nace de la sangre, entre sangre, llorando.
Alguien palpa la niebla, como buscando, fuera, el sol
que él cree que brilla.
Las estrellas contemplan
el baile de dos cuerpos enlazados que se abrazan
en la música. Y caen. Y se alejan
uno del otro
por una calle entre veloces autos.
Y mientras una rosa, en el silencio
de la noche, se abre para nadie.
Haikus de Aitor Suárez
Nuestro colega Aitor Suárez, cofundador de zUmO dE pOeSíA,
ha escrito algunos haikus. Aunque querríamos publicar algunos, él considera que
no reúnen calidad. Respetamos su opinión. No obstante, y por si alguien
quisiera echar un vistazo, nos ha autorizado a insertar este enlace:
Un límite sagrado (por Ana Ajmatova)
Hay en la intimidad un límite sagrado
que ni la pasión más loca puede trasponer,
ni siquiera si el amor desgarra el corazón
y en medio del silencio se funden nuestras bocas.
La amistad nada puede, nada pueden los años
de vuelos elevados, de dicha llameante,
allí donde el alma es libre y no la vence
la dulce languidez del goce y el deseo.
Pretenden alcanzarlo mentes enajenadas
y a quienes lo trasponen les llena la tristeza.
¿Comprendes ahora por qué mi corazón
bajo tu mano derecha no late acompasado?
lunes, 14 de octubre de 2013
Dos caminos (por Marin Sorescu)
Iba tranquilamente
cuando de pronto, frente a mí
surgieron dos caminos:
uno a la derecha,
y el otro a la izquierda,
según todas las reglas de la simetría.
Me quedé inmóvil,
cerré los ojos,
estiré los labios,
tosí,
y tomé por el de la derecha
(exactamente el que no debía,
como se comprobó más adelante).
Caminé por él como pude,
está de más abundar en detalles.
Luego frente a mí se abrieron dos precipicios:
uno a la derecha,
otro a la izquierda.
Me lancé por el de la izquierda,
sin pestañear, sin siquiera precipitarme,
me lancé con todo por el de la izquierda,
el cual, ay, no era el sembrado con plumas.
A rastras seguí avanzando.
Me arrastré cuanto pude, y de pronto, frente a mí
se abrieron amplios dos caminos.
«¡Yo les enseñaré!» -me dije-
y me empeñé otra vez por el de la izquierda,
con hostilidad.
Equivocado, muy equivocado, el de la derecha era
el verdadero, el verdadero, como se dice, gran camino.
Y en la primera encrucijada
me consagré con todo mi ser
al de la derecha.
Y nuevamente
el otro fue el que debí tomar, el otro...
Ahora están por terminarse mis provisiones,
el bastón de mis manos envejeció,
ya no echa brotes
para estar a su sombra
cuando me embarga la desesperación.
Las piedras desgarraron mis tobillos,
crujen y gruñen en mi contra,
dado que me he mantenido en una permanente
equivocación.
Y he aquí que otra vez ante mí se abren
dos cielos: Uno a la derecha,
el otro a la izquierda.
domingo, 13 de octubre de 2013
Subiendo por mis días (por Vicente Sabido)
Andabas por las calles del otoño
calladas de humedad y el amarillo
concierto de los árboles te amaba.
Te amaba el cielo gris y los tejados
umbrosos y los pájaros humildes
y el viento oscuro y fresco de los bosques.
Te amaban las vaguadas, las colinas
sangrientas de amapolas.
Y en Mérida te amaban
los blancos capiteles, la sonrisa
marmórea de los dioses mutilados.
Te amaban las cigüeñas vergonzosas
y hasta los lapiceros que mordías.
(Lento espigaba el trigo.
Lenta el agua buscaba las raíces.
Lenta la yerba crece. Lento el hombre
echa la hoz. Y trilla. Y lento amasa
su pan con llanto y fuego.)
(El tiempo no perdona
ni a la roca más firme ni a la rosa
más tierna.
El tiempo quiebra
los cielos más azules y las aguas
más tersas.
Como un cáncer
agrieta dulces sueños, da al olvido
palabras de pasión, gestos heroicos.)
Perdida en el invierno.
Perdida entre la lluvia
fresquísima de enero.
Subiendo por el frío.
Subiendo por la pena.
Subiendo por el llanto y por el gozo
con tanta certidumbre.
Andabas por las calles entornadas
donde la madreselva trepa
las altas tapias blancas.
Andabas los pasillos soñolientos
del instituto viejo, con tu risa
cristal, entre los muros
cargados de expedientes y pintadas
ingenuas sobre el sexo y el gobierno.
(Andabas por los ojos de tu madre
marcándole el camino, como un faro
en medio de la niebla.)
(La tarde es de tormenta.
Las nubes montañosas
descargan su coraje por los campos.
Agreste sinfonía
detrás de los vitrales.
Yo recuerdo
los góticos pináculos de Burgos,
en tanto la gramola toca graves
cantigas alfonsinas.)
Andabas por las playas de septiembre:
almendros, sal y conchas. Conocías
el vuelo de los pájaros marinos,
las caras de la arena, los dibujos
efímeros del agua entre las peñas.
Aprendiste los himnos de las olas
cantando jubilosas a la muerte.
Gaviotas, arrendotes. Conocías
la bóveda nocturna estrella a estrella
y les dabas mil nombres misteriosos,
helados, cristalinos,
ya polvo en la memoria.
(Inventa nuevos cielos.
Inventa nuevos mares. No te canses,
amada, de enseñarme como a un niño
las voces del silencio en un jardín desierto, la caricia
profunda del crepúsculo,
la música pequeña de las lilas.)
Ni siquiera sabemos qué es la vida,
para qué preocuparnos del detalle:
las curvas de la rosa, el vuelo tibio
de una paloma blanca, y el azar
que trajo hasta mis ojos tu mirada.
Y yo con mis costumbres,
al margen de tus cosas,
al margen de tu cine y tus zapatos,
al margen de tu blusa y tu sonrisa,
tu tos y tus muñecas,
tu pena, tus blue-jeans y tus amigas.
Y yo perdiendo el tiempo
entre los polinomios y los Beatles,
entre la bicicleta y los Urales,
las Tablas de la Ley y las estampas.
Pensar que en dos minutos
hubiera compartido tus paisajes,
tus sueños, tu rutina.
Que estabas a un suspiro de mis ojos,
a un paso de mi aliento.
Y que quedaba
aún tanto hasta el encuentro.
Tú, lejana, subiendo por el pozo
de los años, oscuro y resbaloso.
Subiendo por mis días sin saberlo.
Pasando de la rosa hasta la página
más gris de la gramática.
Pasando del latín al tocadiscos,
al chicle y Julio Verne.
Subiendo por los siglos y las simas
hasta tocar mis labios.
Pensar que por tus huellas
andaba sin saberlo.
Pensar que respiraba donde el aire
guardaba tu latido.
Pensar que tantas veces he tocado
el hueco de tu cuerpo.
Pensar que he compartido tanto abril
a un paso de tus ojos.
Pensar que te soñaba desde niño
y estábamos despiertos y tan cerca.
He dado tantas vueltas
para llegar a ti. Me he desviado
por tanto falso atajo que es milagro
tenerte entre mis brazos.
Cuántos días
brillantes como espejos. Cuántas noches
de asfixia y alquitrán. Mi corazón
lento sangraba. Y bajo el cielo
helado, solitario, yo buscándote.
Buscándote en los chopos
de plata y en los charcos del invierno.
Buscando entre las hojas
tu dulce piel sedeña.
Buscándote, perdido, como un loco
persigue la razón en su delirio.
Perdido en el neón y las películas.
Perdido en los caminos cotidianos.
Perdido entre los libros,
y las conversaciones y las copas.
Inútil entre inútiles sin ti.
Cadáver entre muertos sin tu vida.
Amor, dime el secreto
designio de las cosas.
Por qué el tiempo
nos ciega, tiende trampas,
nos pierde en laberintos.
Amor, por qué la vida
no es buena con nosotros, nos aprieta
el alma hasta el gemido
y se alimenta
con lágrimas de sangre.
Viniste como un sol amigo y tibio,
como un caudal de rosas, como un viento
de Sandro Botticelli,
como una sinfonía
de flautas de madera y mandolinas.
Te adoro en tus pupilas, en tus cejas
arqueadas y sumisas. Cómo fulge
la frente blanca y dulce en la cascada
castaña de tu pelo. Cómo vuela
tu risa por mi pecho. Cómo tiembla
mi voz enamorada
cuando chocan mis ojos con los tuyos.
Déjame, amor mío, en este instante,
en este instante azul agazaparme
pequeño entre tus brazos,
pequeño entre tus labios y decirte:
escucha mi silencio.
Escucha mi silencio y mi alegría.
(El mundo es nuestro lecho y nuestra casa.
Despierta, amor. Despunta una mañana
de campos de algodón tímido y albo.
Da cuerda a la ilusión.
Volvamos al principio a cada instante.
No es tarde para nada. Nunca es tarde.
No tengas miedo nunca.
Ven.
Escucha.)
sábado, 12 de octubre de 2013
Echar a andar (por Saiz de Marco)
nacer como un niño
tal como ahora pero
igual que llega un niño
a cero el contador
con la página en blanco
el cuaderno a estrenar
sin hojas mal escritas
sin tinta
sin erratas
ahora empezar de nuevo como un
niño que viene
sin huellas de otros pasos
de esos zapatos sucios de arena del camino
sin pisadas de barro grabadas en la nieve
sin memoria
sin lastre
como un recién nacido
echar a andar
ahora
igual que llega un niño
a cero el contador
con la página en blanco
el cuaderno a estrenar
sin hojas mal escritas
sin tinta
sin erratas
ahora empezar de nuevo como un
niño que viene
sin huellas de otros pasos
de esos zapatos sucios de arena del camino
sin pisadas de barro grabadas en la nieve
sin memoria
sin lastre
como un recién nacido
echar a andar
ahora
viernes, 11 de octubre de 2013
Nunca -y es tan sencillo-... (por Ángel González)
Atrás quedaron los escombros:
humeantes pedazos de tu casa,
veranos incendiados, sangre seca
sobre la que se ceba -último buitre-
el viento.
Tú emprendes viaje hacia adelante, hacia
el tiempo bien llamado porvenir.
Porque ninguna tierra
posees,
porque ninguna patria
es ni será jamás la tuya,
porque en ningún país
puede arraigar tu corazón deshabitado.
Nunca -y es tan sencillo-
podrás abrir una cancela
y decir, nada más: «buen día,
madre».
Aunque efectivamente el día sea bueno,
haya trigo en las eras
y los árboles
extiendan hacia ti sus fatigadas
ramas, ofreciéndote
frutos o sombra para que descanses.
jueves, 10 de octubre de 2013
Mano entregada (por Vicente Aleixandre)
Pero otro día toco tu mano. Mano tibia.
Tu delicada mano silente. A veces cierro
mis ojos y toco leve tu mano, leve toque
que comprueba su forma, que tienta
su estructura, sintiendo bajo la piel alada el duro hueso
insobornable, el triste hueso adonde no llega nunca
el amor. Oh carne dulce, que sí se empapa del amor hermoso.
Es por la piel secreta, secretamente abierta, invisiblemente entreabierta,
por donde el calor tibio propaga su voz, su afán dulce;
por donde mi voz penetra hasta tus venas tibias,
para rodar por ellas en tu escondida sangre,
como otra sangre que sonara oscura, que dulcemente oscura te besara
por dentro, recorriendo despacio como sonido puro
ese cuerpo, que ahora resuena mío, mío poblado de mis voces profundas,
oh resonado cuerpo de mi amor, oh poseído cuerpo, oh cuerpo sólo sonido de mi voz poseyéndolo.
Por eso, cuando acaricio tu mano, sé que sólo el hueso rehúsa
mi amor —el nunca incandescente hueso del hombre—.
Y que una zona triste de tu ser se rehúsa,
mientras tu carne entera llega a un instante lúcido
en que total flamea, por virtud de ese lento contacto de tu mano,
de tu porosa mano suavísima que gime,
tu delicada mano silente, por donde entro
despacio, despacísimo, secretamente en tu vida,
hasta tus venas hondas totales donde bogo,
donde te pueblo y canto completo entre tu carne.
Tu delicada mano silente. A veces cierro
mis ojos y toco leve tu mano, leve toque
que comprueba su forma, que tienta
su estructura, sintiendo bajo la piel alada el duro hueso
insobornable, el triste hueso adonde no llega nunca
el amor. Oh carne dulce, que sí se empapa del amor hermoso.
Es por la piel secreta, secretamente abierta, invisiblemente entreabierta,
por donde el calor tibio propaga su voz, su afán dulce;
por donde mi voz penetra hasta tus venas tibias,
para rodar por ellas en tu escondida sangre,
como otra sangre que sonara oscura, que dulcemente oscura te besara
por dentro, recorriendo despacio como sonido puro
ese cuerpo, que ahora resuena mío, mío poblado de mis voces profundas,
oh resonado cuerpo de mi amor, oh poseído cuerpo, oh cuerpo sólo sonido de mi voz poseyéndolo.
Por eso, cuando acaricio tu mano, sé que sólo el hueso rehúsa
mi amor —el nunca incandescente hueso del hombre—.
Y que una zona triste de tu ser se rehúsa,
mientras tu carne entera llega a un instante lúcido
en que total flamea, por virtud de ese lento contacto de tu mano,
de tu porosa mano suavísima que gime,
tu delicada mano silente, por donde entro
despacio, despacísimo, secretamente en tu vida,
hasta tus venas hondas totales donde bogo,
donde te pueblo y canto completo entre tu carne.
miércoles, 9 de octubre de 2013
Intentan decirnos algo (por John Agard)
Date un paseo por los espléndidos campos matinales del verano
fíjate en las vacas en el pleno esplendor
de su cuero blanco y negro
y recuerda que hubo un hombre que dijo una vez yo tengo un sueño
pero un día le dieron un balazo a sangre fría
porque tenía un sueño elevado
de blanco y negro tomados de la mano
Camina hacia los espléndidos campos matinales del verano
mira a las vacas en el verdor de la meditación
una horda de armonía blanca y negra
tal vez las vacas intentan decirnos algo
pero nosotros carniceros humanos no podemos comprender
el lenguaje vacuno
mucho menos su vacuno silencio
para interpretar el vacuno silencio hay que recurrir a un poeta
no a carniceros ni a políticos
las vacas en la gloria entretejida
de su cuero blanco y negro
tienen su propia historia misteriosa
las vacas en la gloria entretejida de su cuero blanco y negro
nunca supieron del apartheid
nunca practicaron el genocidio
nunca parece preocuparles
que la hierba sea más verde del otro lado
las vacas calmadamente se casan entre ellas
las vacas en la gloria entretejida
de su cuero blanco y negro
las vacas en la gloria entretejida
de la integración de blanco y negro
no pueden deletrear integración
las vacas nunca fueron a la escuela
por eso es que las vacas son tan relajadas tan súper relajadas
y sobre todo las vacas nunca le imponen
su lengua
a otras naciones
¿Muges mi mensaje, lo muges?
martes, 8 de octubre de 2013
Octava elegía (por Rainer María Rilke)
Con todos los ojos ve la criatura
lo abierto. Pero nuestros ojos están
como al revés, y completamente en torno suyo,
la cercan como trampas, alrededor de su libre salida.
Sólo sabemos lo que hay afuera por la cara del animal,
pues ya desde el principio damos la vuelta al niño
y lo forzamos a que vea de espaldas la creación,
no lo abierto, que en la mirada animal es tan profundo.
Libre de la muerte (sólo nosotros la vemos),
el libre animal tiene su final siempre detrás
y delante de sí a Dios, y cuando anda, anda
en la eternidad, como andan las fuentes.
Nunca tenemos, ni siquiera un solo día, el espacio puro
delante de nosotros, donde las flores se abren
interminablemente. Siempre está el mundo,
y nunca ninguna parte sin no: la pura, la no vigilada,
la que uno respira e interminablemente conoce y no
anhela. De niño se pierde uno tranquilamente en ella
y nos despiertan a sacudidas. O alguien muere y ya.
Porque cerca de la muerte uno ya no ve a la muerte,
y mira fijamente hacia fuera, quizás con gran mirada
animal. Los amantes -si no estuviera el otro,
que obstruye la vista- se acercan y se asombran...
Como por equivocación, está abierto para ellos detrás
del otro... Pero ninguno avanza y el mundo se queda
de nuevo para él. Siempre vueltos hacia la creación,
vemos solamente sobre ella el reflejo de lo libre,
oscurecido por nosotros. O que un animal, mudo, alza
los ojos tranquilamente y ve a través y a través de nosotros.
Esto se llama destino. Estar enfrente y nada más que eso,
y siempre enfrente.
Si existiera una conciencia como la nuestra en el seguro
animal que viene hacia nosotros en otra dirección,
nos volcaría con su paso. Pero su ser es para él
infinito, inasible, no tiene vista hacia su condición; es
puro, tal como su mirada abierta hacia delante. Y donde
nosotros vemos el futuro, ahí él ve el todo, y a sí mismo
en el todo, y salvado para siempre.
Y sin embargo hay en el vigilante, cálido animal
el peso y la inquietud de una gran melancolía.
Pues él también siempre lleva consigo lo que a nosotros
con frecuencia nos abruma, el recuerdo,
como si el sitio hacia donde corremos como impelidos
alguna vez hubiera estado más cerca, hubiese sido más
leal, su contacto infinitamente tierno. Aquí todo
es distancia, allá todo era aliento. Después
de su primer hogar el segundo es para él híbrido
y mudable. Oh, santidad de la criatura pequeña,
que permanece siempre en el vientre que la parió.
Oh, suerte del mosquito, que aun adentro retoza,
incluso en sus bodas: pues el vientre es todo.
Y mira, la media seguridad del pájaro que, desde
su origen, casi conoce ambas cosas, como si fuera un alma
de los etruscos (salida de un muerto, a quien
un espacio acogió, pero con la figura yacente como tapa).
Y qué perplejo está quien debe volar, y proviene
de un vientre. Como espantado de sí mismo, zigzaguea
en el aire, como cuando una grieta se abre en una taza.
Así cruza el rastro del murciélago la porcelana del anochecer.
Y nosotros: siempre espectadores, en todas partes,
¡vueltos hacia el todo, nunca hacia afuera! El todo
nos colma. Lo ordenamos. Se desintegra. Lo volvemos
a ordenar y nos desintegramos nosotros mismos.
¿Quién nos ha dado así la vuelta, que hagamos lo que hagamos,
mantenemos la actitud de alguien que se va? Como quien,
desde la última colina, que le muestra una vez más todo
su valle, se gira, se detiene, permanece un momento,
así vivimos nosotros, y siempre nos estamos despidiendo.
lo abierto. Pero nuestros ojos están
como al revés, y completamente en torno suyo,
la cercan como trampas, alrededor de su libre salida.
Sólo sabemos lo que hay afuera por la cara del animal,
pues ya desde el principio damos la vuelta al niño
y lo forzamos a que vea de espaldas la creación,
no lo abierto, que en la mirada animal es tan profundo.
Libre de la muerte (sólo nosotros la vemos),
el libre animal tiene su final siempre detrás
y delante de sí a Dios, y cuando anda, anda
en la eternidad, como andan las fuentes.
Nunca tenemos, ni siquiera un solo día, el espacio puro
delante de nosotros, donde las flores se abren
interminablemente. Siempre está el mundo,
y nunca ninguna parte sin no: la pura, la no vigilada,
la que uno respira e interminablemente conoce y no
anhela. De niño se pierde uno tranquilamente en ella
y nos despiertan a sacudidas. O alguien muere y ya.
Porque cerca de la muerte uno ya no ve a la muerte,
y mira fijamente hacia fuera, quizás con gran mirada
animal. Los amantes -si no estuviera el otro,
que obstruye la vista- se acercan y se asombran...
Como por equivocación, está abierto para ellos detrás
del otro... Pero ninguno avanza y el mundo se queda
de nuevo para él. Siempre vueltos hacia la creación,
vemos solamente sobre ella el reflejo de lo libre,
oscurecido por nosotros. O que un animal, mudo, alza
los ojos tranquilamente y ve a través y a través de nosotros.
Esto se llama destino. Estar enfrente y nada más que eso,
y siempre enfrente.
Si existiera una conciencia como la nuestra en el seguro
animal que viene hacia nosotros en otra dirección,
nos volcaría con su paso. Pero su ser es para él
infinito, inasible, no tiene vista hacia su condición; es
puro, tal como su mirada abierta hacia delante. Y donde
nosotros vemos el futuro, ahí él ve el todo, y a sí mismo
en el todo, y salvado para siempre.
Y sin embargo hay en el vigilante, cálido animal
el peso y la inquietud de una gran melancolía.
Pues él también siempre lleva consigo lo que a nosotros
con frecuencia nos abruma, el recuerdo,
como si el sitio hacia donde corremos como impelidos
alguna vez hubiera estado más cerca, hubiese sido más
leal, su contacto infinitamente tierno. Aquí todo
es distancia, allá todo era aliento. Después
de su primer hogar el segundo es para él híbrido
y mudable. Oh, santidad de la criatura pequeña,
que permanece siempre en el vientre que la parió.
Oh, suerte del mosquito, que aun adentro retoza,
incluso en sus bodas: pues el vientre es todo.
Y mira, la media seguridad del pájaro que, desde
su origen, casi conoce ambas cosas, como si fuera un alma
de los etruscos (salida de un muerto, a quien
un espacio acogió, pero con la figura yacente como tapa).
Y qué perplejo está quien debe volar, y proviene
de un vientre. Como espantado de sí mismo, zigzaguea
en el aire, como cuando una grieta se abre en una taza.
Así cruza el rastro del murciélago la porcelana del anochecer.
Y nosotros: siempre espectadores, en todas partes,
¡vueltos hacia el todo, nunca hacia afuera! El todo
nos colma. Lo ordenamos. Se desintegra. Lo volvemos
a ordenar y nos desintegramos nosotros mismos.
¿Quién nos ha dado así la vuelta, que hagamos lo que hagamos,
mantenemos la actitud de alguien que se va? Como quien,
desde la última colina, que le muestra una vez más todo
su valle, se gira, se detiene, permanece un momento,
así vivimos nosotros, y siempre nos estamos despidiendo.
lunes, 7 de octubre de 2013
Otros tiempos (por Gsús Bonilla)
hubo gentes que adoraron al centeno
y al trigo
y al dios Pan
que acababa de ser madre
hubo hijos
aferrados a las rueda de un molino
donde hubo gentes
que soñaban mondas de patatas noches de mucho frío
y soñaban carbón
y saliva
y llagas
llagas también
hubo hambres
que soñaron gentes
y misericordias soñando gentes
y hubo horrores
soñando hombres y mujeres tatuados con un número
hubo mujeres
que rezaron cruces
y hubo señales que soñaron lutos
y lutos soñando brevedad
y sueños de tiempo
y gentes que soñaron otros tiempos
y al trigo
y al dios Pan
que acababa de ser madre
hubo hijos
aferrados a las rueda de un molino
donde hubo gentes
que soñaban mondas de patatas noches de mucho frío
y soñaban carbón
y saliva
y llagas
llagas también
hubo hambres
que soñaron gentes
y misericordias soñando gentes
y hubo horrores
soñando hombres y mujeres tatuados con un número
hubo mujeres
que rezaron cruces
y hubo señales que soñaron lutos
y lutos soñando brevedad
y sueños de tiempo
y gentes que soñaron otros tiempos
domingo, 6 de octubre de 2013
Preguntándome qué se busca (por Philip Larkin)
Seguro ya de que no pasa nada,
pongo un pie adentro, y dejo que la puerta
se cierre de golpe. Otra iglesia: esteras, asientos, piedra
y folletos; rastros de flores cortadas
para el domingo, algo marchitas; un poco de bronce y otras cosas
del lado de lo santo; el órgano, pulcro, pequeño;
Y un tenso, rancio, insoslayable silencio
que sabe Dios cuánto tiempo
demoró en decantarse. A falta de sombrero,
mi torpe homenaje consiste
en soltar mis pinzas de ciclista.
Avanzar, recorrer con la mano el borde circular
de la pila. Desde aquí, el techo parece casi nuevo –
¿limpiaron, repararon? Alguien sabrá; no tengo idea.
Subiendo al púlpito, repaso
unos pocos versos grandilocuentes, pronuncio
sin querer, a toda boca, “Aquí concluye…”
Los ecos, burlones, se ríen un poquito. Ya en la puerta,
firmo el libro, hago una pequeña donación, una moneda,
pienso: no valía la pena detenerse en el lugar.
Pero sí me detuve: de hecho, suelo hacerlo,
y siempre termino así como en suspenso,
preguntándome qué se busca; preguntándome, también,
por las iglesias cuando ya no se usen para nada:
en qué se transformarán; si algunas catedrales
serán crónicamente un espectáculo,
con pergaminos, platería, copones en vitrinas bajo llave,
mientras las otras se arriendan, sin costo, a la lluvia o las ovejas.
¿Serán de mal agüero? ¿Las evitará la gente?
¿O acaso, de noche, se irán a acercar
equívocas mujeres, trayendo sus hijos a tocar cierta piedra;
a cortar hierbas para un cáncer, o en una fecha especial
a ver a algún muerto caminando?
De una u otra manera, persistirá cierto poder,
en juegos, adivinanzas, como azarosamente;
la superstición, como la creencia, tendrá que morir,
y ¿qué quedará, sin siquiera descreimiento?
Pasto, piedras con maleza, zarzas, contrafuerte, firmamento.
Formas más difíciles de reconocer cada semana,
un propósito cada vez más recóndito. Me pregunto
quién será el último, realmente el último
en buscar este recinto por lo que fue: ¿tal vez uno de aquellos
que golpean suavemente la pared, anotan, y saben lo que fueron
los coros con celosías? ¿Algún adicto a las ruinas, codiciando
alguna antigüedad, o un fanático de las navidades, en procura
de un olorcillo a paramentos, a tubos de órgano, a mirra?
O será acaso mi representante.
Aburrido, desinformado, sabiendo que el légamo fantasmal
se ha dispersado, pero atraído a este cruce de terrenos
pasando por las zarzas suburbanas, pues aquí se contuvo
por tanto tiempo, y de modo tan ecuánime, lo que ahora
se encuentra sólo en la separación —matrimonio, nacimiento,
y muerte, y cuanto se piense de ellos– ¿Para eso habrán construido
esta especial caparazón? Aunque no tengo idea
de cuánto vale este añejo galpón ornamentado
me complace quedarme aquí en silencio.
Pues es seria esta casa, y se encuentra en tierra seria,
y en su aire mixturado nuestras tantas compulsiones
confluyen, se reconocen, se atavían de destino.
Y eso nunca podrá caducar,
pues siempre alguien estará sorprendiéndose
de encontrar en sí mismo una avidez por lo serio,
y gravitará con ella hacia esta tierra,
propicia –oyó una vez– para volverse sabio,
aunque no sea más que por los muchos muertos
que yacen aquí, a su alrededor.
sábado, 5 de octubre de 2013
El portugués tenía cuatro poetas (por Juan Gelman)
Había una vez un poeta portugués
tenía cuatro poetas adentro y vivía muy preocupado
trabajaba en la administración pública y dónde se vio que un empleado público de portugal
gane para alimentar cuatro bocas
Cada noche pasaba lista a sus poetas incluyéndose a sí mismo
uno estiraba la mano por la ventana y le caían astros allí
otro escribía cartas al sur qué están haciendo del sur
decía
De mi uruguay
decía
el otro se convirtió en un barco que amó a los marineros
esto es bello porque no todos los barcos hacen así
hay barcos que prefieren mirar por el ojo de buey
Hay barcos que se hunden
Dios camina afligido por el fenómeno ese
es que no todos los barcos se parecen a los poetas del portugués
salían del mar y se secaban los huesitos al sol
Cantando la canción de tus pechos
amada
cantaban que tus pechos llegaron una tarde con
una escolta de horizontes
eso cantaban los poetas del portugués para decir que te amo
antes de separarse
tender la mano al cielo
escribir cartas al uruguay
Que mañana van a llegar
mañana van a llegar las cartas del portugués y barrerán la tristeza
mañana va a llegar el barco del portugués al puerto de montevideo
siempre supo que entraba en ese puerto y se volvía más hermoso
Como los cuatro poetas del portugués cuando se preocupaban
todos juntos por el hombre de la tabaquería de enfrente
el animal de sueños del hombre de la tabaquería de enfrente
galopando con como josé gervasio de artigas por el hambre mundial
El portugués tenía cuatro poetas mirando al sur
al norte
al muro
al cielo les daba a todos de comer con el sueldo del alma
él se ganaba el sueldo en la administración del país público
y también mirando el mar que va de lisboa al uruguay
Yo siempre estoy olvidando cosas
una vez me olvidé un ojo en la mitad de una mujer
otra vez me olvidé una mujer en la mitad de portugués
me olvidé el nombre del poeta portugués
De lo que no me olvido es de su barco navegando hacia el sur
de su manita llena de astros
golpeando contra la furia del mundo
con el hombre de enfrente en la mano.
viernes, 4 de octubre de 2013
Por lo menos dos sentidos (por Roberto Juarroz)
Debemos conseguir que el texto que leemos
nos lea.
Debemos conseguir que la música que escuchamos
nos oiga.
Debemos conseguir que aquello que amamos
parezca por lo menos amarnos.
Es preciso demoler la ilusión
de una realidad con un solo sentido.
Es necesario por ahora
que cada cosa tenga por lo menos dos,
aunque en el fondo sepamos
que si algo no tiene todos los sentidos
no tiene ninguno.
Debemos conseguir que la rosa
que acabamos de crear al mirarla
nos cree a su vez.
Y lograr que luego
engendre de nuevo al infinito.
jueves, 3 de octubre de 2013
Su cabeza en mis manos (por Paul Éluard)
Se inclina sobre mí
Corazón ignorante
Para ver si la amo
Confía olvida
Bajo las nubes de sus párpados
Su cabeza se duerme en mis manos
Donde estamos
Juntos inseparables
Vivientes vivos
Vivientes viviendo
Y mi cabeza rueda en sus sueños
miércoles, 2 de octubre de 2013
Muere la casa (por Andrés Cursaro)
la casa se muere dice la casa tiembla cierra las ventanas pierde el sentido de las horas esa casa ya no es mi casa grita condenada está la casa que se muere a destiempo entre las horas de la noche que pueden ser día y abre la puerta cuando nadie entra se ilumina en plena tarde y se arranca el pasto raíz a raíz se muere la casa se muere dice ahora deja que el agua se le filtre por el techo se empañe el espejo frente al sol no se cuida hasta las cortinas dejó caer no le importan las piedras perforando vidrios mi casa muere se muere está mal no reconoce mis perfumes se quita los clavos y caen cuadros las fotos que la muestran recién pintada y descascara colores que bien le hacen se deja golpear por el viento y la tierra que pasa por los huecos se muere la casa se muere nomás y el hombre de esa casa muere también amurado a las paredes las sombras que allí están lo miran caer frotar las manos en el revoque quitar uno a uno los adornos del dormitorio levantar la alfombra orinada por los gatos lo miran caer al hombre de esa casa que muere en cada ladrillo ve los días que ahora lo llevan a esa misma casa plena de sol de pasos apurados a los aromas del laurel el hombre es una hoja de laurel ahora arrojado al medio del salón donde levanta el piso desde abajo y lo ven caer también como a esa casa que se muere cerrar la puerta lo ven escuchar decir se muere la casa se muere no baila el hombre están ausentes la música las manos que lo llevan el vestido que lo guía no baila y grita dice que la casa se le muere que ya no soporta su peso que anoche dejó caer silencio en el patio y que la lluvia lo ahoga en ese silencio el hombre de esa casa también escucha a las paredes abrirse dicen que el hombre de esa casa que muere con él en él recién habitada persigue sombras en paredes que no están en el pasto seco del jardín pero está muerta la casa en la imagen que encuentra está sin pintura sin ladrillos cortinas está muerta la casa dice el hombre que se mira desde la ventana.
martes, 1 de octubre de 2013
Esa lágrima (por Miguel d´ Ors)
Lágrima que yo he visto brotar de tu silencio
y de tus quince años
y cayó en una tarde con un algo de hoja
desprendida de un mayo...
Yo no sé de qué pena, de qué esperanza rota,
de qué nombre venía,
ni si era tu primera lágrima de mujer
o la última de niña.
Yo pasé junto a ti como pasaba el viento
y el rumor de las olas.
Nunca sabré tu nombre. Nunca sabré el pasado
de esa lágrima sola.
Ni tú sabrás tampoco que una tristeza tuya
cruzó una vez mi vida.
La noche será corta. Mañana volverás
a ser una sonrisa.
Pero quiero decir que esa lágrima tuya,
cayendo inconsolable
de tus años -tan dulces, tan amargos, tan quince-,
desbarató la tarde;
que la playa y el verde de las enredaderas
y julio y sus gaviotas
se ensombrecieron cuando, a solas con el mar,
lloraste porque todo, porque nada, por cosas.
y de tus quince años
y cayó en una tarde con un algo de hoja
desprendida de un mayo...
Yo no sé de qué pena, de qué esperanza rota,
de qué nombre venía,
ni si era tu primera lágrima de mujer
o la última de niña.
Yo pasé junto a ti como pasaba el viento
y el rumor de las olas.
Nunca sabré tu nombre. Nunca sabré el pasado
de esa lágrima sola.
Ni tú sabrás tampoco que una tristeza tuya
cruzó una vez mi vida.
La noche será corta. Mañana volverás
a ser una sonrisa.
Pero quiero decir que esa lágrima tuya,
cayendo inconsolable
de tus años -tan dulces, tan amargos, tan quince-,
desbarató la tarde;
que la playa y el verde de las enredaderas
y julio y sus gaviotas
se ensombrecieron cuando, a solas con el mar,
lloraste porque todo, porque nada, por cosas.
lunes, 30 de septiembre de 2013
Ser como él (por Bob Dylan)
Odiaba a Enzo
le odiaba
tanto que pude haberle matado
él era vil y abominable
y después de lo que pudo conseguir
yo estaba seguro de ello
mi amada se encontró con él
en un país lejano
y se quedó allí mucho tiempo
por él
he gruñido hasta quedar exhausto
que la estaba haciendo feliz
nunca le conocí
algunas veces le vería
en mi techo
pude haberle disparado
vagabundo farsante
idiota romántico
conozco a los hombres porque
yo también lo soy
el veneno balancea sus péndulos
con sensación de mareo
y yo quería pisotearle
quería masacrarle
quería matarle
yo quise con tanta fuerza ser como él
que eso me hizo daño
yo odiaba a Enzo
domingo, 29 de septiembre de 2013
Un salto (por Tomas Tranströmer)
Libre del agobiante torbellino, se hunde
el viajero hacia la zona verde de la mañana.
Las cosas se encienden. Él percibe —en la vibrante
postura de la alondra— las oscilantes lámparas subterráneas
del poderoso sistema de las raíces de los árboles.
Pero a flor
de tierra
—en abundancia tropical— está el verdor
con los brazos al aire, en escucha
del ritmo de una bomba invisible. Y él
se hunde hacia el verano, se descuelga por
el cráter cegador, hacia abajo
a través de grietas de edades verdehúmedas
palpitantes bajo la turbina del sol. Así es detenido
este viaje vertical por el instante y las alas se ensanchan
hasta ser la quietud del gavilán sobre aguas torrenciales.
Tonos desamparados
de las trompetas de la Edad de Bronce
cuelgan sobre el abismo.
En las primeras horas del día, la conciencia puede abarcar
el mundo
como la mano oprime una piedra entibiada por el sol.
El viajero está bajo el árbol. ¿Se extenderá,
después de la caída por el torbellino de la muerte,
una gran luz sobre su cabeza?
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