viernes, 31 de enero de 2014
No basta un solo cuerpo (por Eugenio Montejo)
Ningún amor cabe en un cuerpo solamente,
aunque abarquen sus venas el tamaño del mundo;
siempre un deseo se queda fuera,
otro solloza pero falta.
Lo sabe el mar en su lamento solitario
y la tierra que busca los restos de su estatua;
no basta un solo cuerpo para albergar sus noches,
quedan estrellas fuera de la sangre.
Ningún amor cabe en un cuerpo solamente,
aunque el alma se aparte y ceda espacio
y el tiempo nos entregue la hora que retiene.
Dos manos no nos bastan para alcanzar la sombra;
dos ojos ven apenas pocas nubes
pero no saben dónde van, de dónde vienen,
qué país musical las une y las dispersa.
Ningún amor, ni el más huidizo, el más fugaz,
nace en un cuerpo que está solo;
ninguno cabe en el tamaño de su muerte.
jueves, 30 de enero de 2014
Qué grande por siempre, Félix Grande
Amigos: ¿Qué clase de racha macabra es ésta? En un par de semanas se nos han ido Juan Gelman, José Emilio Pacheco… y ahora Félix Grande. ¿Qué especie de conjura se ha desatado contra nuestra gente? No hay que darle muchas vueltas: “A menudo los dioses se llevan para sí, antes de tiempo, a aquéllos a quienes más aman”.
Pero Félix Grande es más félix y, sobre todo, más grande que la muerte. Así que al menos su poesía se queda con nosotros. En su recuerdo, este poema suyo:
Pero te tengo (por Félix Grande)
Palabra, dulce y triste persona pequeñita,
dulce y triste querida vieja, yo te acaricio,
anciano como tú, con la lengua marchita,
y con vejez y amor aclamo nuestro vicio.
Palabra, me acompañas, me das la mano, eres
maroma en la cintura cada vez que me hundo;
cuando te llamo veo que vienes, que me quieres,
que intentas construirme un mundo en este mundo.
Hormiguita, me sirvo de ti para vivir;
sin ti, mi vida yo no sé lo que sería,
algo como un sonido que no se puede oír
o una caja de fósforos requemada y vacía.
Eres una cerilla para mí, como ésa
que enciendo por la noche y con la luz que vierte
alcanzo a ir a la cama viendo un poco, como ésa;
sin ti, sería tan duro llegar hasta la muerte.
Pero te tengo, y cruzo contigo el dormitorio
desde la puerta niña hasta la cama anciana;
y, así, tiene algo de pálpito mi puro velatorio
y mi noche algo tiene de tarde y de mañana.
Gracias sean para ti, gracias sean, mi hormiga,
ahora que a la mitad de la alcoba va el río.
Después, el mar; tú y yo ahogando la fatiga,
alcanzando abrazados la fama del vacío.
Un salto como un incendio (por Roberto Juarroz)
Todo salto vuelve a apoyarse.
pero en algún lugar es posible
un salto como un incendio,
un salto que consuma el espacio
donde debería terminar.
He llegado a mis inseguridades definitivas.
Aquí comienza el territorio
donde es posible quemar todos los finales
y crear el propio abismo,
para desaparecer hacia adentro.
miércoles, 29 de enero de 2014
La habéis abandonado (por Ada Salas)
La casa que abrigó tu corazón
será una ruina. Furtivos
en la noche
la habéis abandonado.
Oscura en el jardín la tierra removida.
Quise
decir traición
y dije llanto.
martes, 28 de enero de 2014
Hasta siempre, José Emilio
Amigos: No paramos de sufrir mellas y amputaciones. Hace unos
días se nos fue Juan Gelman y hoy sabemos que acaba de dejarnos José Emilio
Pacheco. Pero, como ya hemos escrito, los poetas no mueren del todo. Nos queda
su obra, siempre más grande que ellos mismos (porque si no, no serían poetas;
porque si no, no sería poesía). La
casualidad quiso que ayer, sin saber aún la noticia de su muerte, publicáramos
un poema suyo. Hoy, conocedores ya de su adiós carnal, le decimos “hasta
siempre” a José Emilio y en su homenaje nos quedamos con otro de sus poemas:
Brizna de luz (por José Emilio Pacheco)
La gota es un modelo de concisión:
todo el universo
encerrado en un punto de agua.
La gota representa el diluvio y la sed.
Es el vasto Amazonas y el gran Océano.
La gota estuvo allí en el principio del mundo.
Es el espejo, el abismo,
la casa de la vida y la fluidez de la muerte.
Para abreviar, la gota está poblada de seres
que se combaten, se exterminan, se acoplan.
No pueden salir de ella,
gritan en vano.
Preguntan como todos:
¿de qué se trata,
hasta cuándo,
qué mal hicimos
para estar prisioneros de nuestra gota?
Y nadie escucha.
Sombra y silencio en torno de la gota,
brizna de luz entre la noche cósmica
en donde no hay respuesta.
Nada y luz (por Antonio Gamoneda)
Retrocede, combate
hacia atrás, corazón mío.
Cíñete al amor, queda
activo en cuerpos, en
materiales amantes.
Olvida la nieve, vive
con los tuyos, desciende
a la ternura. Este
es tu país.
¡Oh la sed, oh la sed!
¿Por qué este mismo fuego
me empuja hacia la nieve?
Subir, subir al agua
eterna donde viven
la claridad y el frío.
Un sueño: cumbre inmóvil.
Nada y luz. Nadie, nadie.
Oh Dios, si sólo un pájaro
me visitase en esta
región de libertad.
Atrás, puros espacios,
belleza inhabitable.
vuelva la sed a su
origen en el fuego.
lunes, 27 de enero de 2014
Este variar (por José Emilio Pacheco)
Mi único tema es lo que ya no está
y mi obsesión se llama lo perdido
Mi punzante estribillo es nunca más
Y sin embargo amo este cambio perpetuo
este variar segundo tras segundo
porque sin él lo que llamamos vida
sería de piedra.
domingo, 26 de enero de 2014
Ya no hay más jugadas (por Rafael Cadenas)
Es recio haber sido
sin saberlo, un jugador
y encontrarse
tocando
como una carta
el destino.
Ya no hay más jugadas sino un ponerse
en manos desconocidas.
sábado, 25 de enero de 2014
Para nunca pisarla (por José Ángel Valente)
Hay una leve luz caída
entre las hojas de la tarde.
Dame
tu mano y cruza
de puntillas conmigo
para nunca pisarla,
para no arder tan tenue
en sus dormidas brasas
y consumirte lenta
en el perfil del aire.
viernes, 24 de enero de 2014
Hasta que sólo queda abierta una (por Josefina Plá)
Un cerrarse de puertas,
a derecha e izquierda;
un cerrarse de puertas silenciosas,
siempre a destiempo,
siempre un poco antes
o un momento demasiado tarde;
hasta que sólo queda abierta una,
la única puntual,
la única oscura,
la única sin paisaje y sin mirada.
a derecha e izquierda;
un cerrarse de puertas silenciosas,
siempre a destiempo,
siempre un poco antes
o un momento demasiado tarde;
hasta que sólo queda abierta una,
la única puntual,
la única oscura,
la única sin paisaje y sin mirada.
jueves, 23 de enero de 2014
Descargándose contra la roca (por Gioconda Belli)
Lento,
violento,
rumoroso
temblor
de hojas
en la intrincada selva de mis espinas.
Invasión de ternura en los huesos.
Ola dulce de agua
reventándome en el fondo del pecho,
encrespándose
y volviendo a extenderse
espuma
sobre mi corazón.
Es el amor con su viento cálido,
lamiendo insistente la playa sola de mi noche.
Es el amor con su largo ropaje de algas,
enredándome el nombre, el juicio, los imposibles.
Es el amor salitre, húmedo,
descargándose contra la roca de mi ayer impávida dureza.
Es la marea subiendo lentamente
las esquinas de piedra de mis manos.
Es el espacio con su frío
y el vientre de mi madre palpitando su vida en el silencio.
Es el grupo de árboles en el atardecer,
el ocaso rojo de azul,
la luna colgada como fruta en el cielo.
Es el miedo terrible,
el pavor de abrir la puerta
y unirse a la caravana
de estrellas persiguiendo la luz
como nocturnas, erráticas mariposas.
Es la tiniebla absoluta
o la más terrible y blanca nova del Universo.
Es tu voz como soplo
o el ruido de días ignorando los rumbos de tu existencia.
Es esa palabra conjuro de todas las magias,
látigo sobre mi espalda tendida al filo del sol,
desencajando el tiempo con sus letras recónditas,
desprendida del azar y de la lógica,
loca palabra, espada,
torbellino revolviéndome tibias memorias
apaciblemente guardadas en el desván de los sueños,
estatuas que de pronto se levantan y hablan,
duendes morados saliendo de todas las flores,
silbando música de tambor de guerra,
terribles con sus largos zapatos puntudos,
burlándose de mí
que, inútilmente,
cavo tenaz, enfurecida, incapaz,
llorando en mi espanto,
esta última trinchera.
miércoles, 22 de enero de 2014
Para que no te cierres (por Saiz de Marco)
Herida
cada día
arrancaré tu costra
metódica, disciplinadamente
para que no te cierres
para que nunca acabes
para sentir en mí
tu escozor, tu dulzor
cada día de mi vida
arrancaré tu costra
para que aflores siempre
para que no te borres
y sigas así, abierta
herida ácida y cálida
conmigo
cada día
y no me cicatrices
ni restañes
martes, 21 de enero de 2014
Cuando la oscuridad (por Joan Margarit)
La abadía de piedra se levanta
bajo el sol de un mediodía de verano.
Visitantes en grupos respetuosos
exploran los espacios enormes y perdidos,
reconstruidos y bien iluminados.
Pero es un cadáver. Aquí sólo hubo vida
cuando la oscuridad, desde las bóvedas,
se iba deslizando hacia los muros.
Monjes encapuchados convertidos
en tierra roja bajo algún viñedo,
alzaban otras estructuras
en su mente, lo hacían con el lujo
de una idea de Dios ya desaparecida.
Restaurar significa embalsamar
un cadáver de piedra con las noches de agosto,
veraneantes, pantalones blancos,
focos iluminando muros con luz rasante.
Soy viejo y no deseo que se me reconstruya.
Conozco bien mi oscuridad,
las brasas, las antorchas:
no hay otra claridad que la del propio fuego.
Monjes encapuchados lo sabían.
lunes, 20 de enero de 2014
La berlina detenida en la noche (por Czesław Miłosz)
A la espera de las llaves
-él las busca sin duda
entre las ropas
de Tecla, muerta hace treinta años-
escuchad, señora, escuchad el viejo, el sordo rumor
nocturno de la alameda...
Tan pequeñuela y débil, envuelta dos veces en mi capa,
yo te llevaré a través de las zarzas y de la ortiga de las ruinas
hasta la alta y negra puerta
del castillo.
Así el abuelo, antaño, regresó
de Vercelli con la muerta.
¡Qué recelosa y muda, y negra mansión
para mi criatura!
Ya lo sabéis, señora, es una triste historia.
Ellos duermen dispersos en países lejanos.
Desde hace cien años
un lugar señalado los aguarda
en el corazón de la colina.
Conmigo su raza se extingue.
¡Oh Dama de estas ruinas!
Visitemos el bello aposento de la infancia: allí
la hondura sobrenatural del silencio
es la voz de los retratos oscuros.
Arrebujado en mi lecho
como en el hueco de una armadura,
yo escuchaba por la noche latir sus corazones
en el ruido del deshielo, detrás de los muros.
¡Para mi criatura temerosa, qué patria salvaje!
La linterna se apaga, la luna se ha velado;
llama el alucón a su cría en el boscaje.
A la espera de las llaves
dormid un poco, señora. duérmete, mi pobre criatura, duérmete,
paliducha, apoyando sobre mi hombro tu cabeza.
Verás qué bello es el bosque ansioso
en sus insomnios de junio, ataviado
de flores -¡Oh criatura mía!-, como la hija predilecta
de la reina loca.
Envolveos en mi capa de viaje:
la espesa nieve de otoño se funde sobre vuestro rostro
y tenéis sueño.
(En el haz de luz de la linterna ella gira, gira con el viento,
como giraba en mis sueños de niño
la vieja -¿recordáis
la vieja hechicera?-.)
No, señora, nada escucho.
Él es muy anciano,
su cabeza está trastornada;
apostaría a que ha ido a beber.
¡Para mi criatura temerosa, una mansión tan negra,
en lo hondo, en lo hondo del país lituano!
No, señora, nada escucho.
Mansión negra, negra.
Cerraduras mohosas,
enredadera muerta,
puertas aherrojadas,
postigos clausurados,
hojas sobre hojas desde hace cien años en las alamedas.
Todos los servidores han muerto.
Yo he perdido la memoria.
Para mi criatura confiada, ¡qué mansión más negra!
Ya no recuerdo sino el naranjal
del tatarabuelo y el teatro:
los pichones del búho comían allí en mi mano.
La luna miraba a través del jazminero.
Eso era antaño.
Oigo un paso en el fondo de la alameda.
Sombra. Aquí llega Witold con las llaves.
domingo, 19 de enero de 2014
Para guarecerme del frío (por Alejandra Pizarnik)
Entonces llegas tú, con ojos, con miradas, contemplándome hasta quemar mi edad y mi historia. Me regresas, me trasladas al tiempo sin números, me zambulles en el mar de sangre y cielo. Yo duermo y oficio de contemplada. Mis ojos arrojan fuego verde por los párpados cerrados. Sonrío como un pájaro que muere en medio de su canto. Me deshago en tu mirada: en tus ojos hay la seguridad y el orden, hay la creación, hay la poesía seria como una invocación a la lluvia. Habito tus ojos para guarecerme del frío y del peligro conocido. En tus ojos hay aventuras que siempre finalizan con manos entrelazadas. Llega a mí.
Entonces la Gran Sombra encarnó y me abrazó.
-Mi niña –dijo-, ¿hace cuánto que me esperas?
Yo lloré y me dejé abrazar.
-¿No sabes hablar? –dijo.
Yo la miré confundida. ¿Cómo se habla a una sombra?
-Tengo miedo –dije-. Tengo tanto miedo.
La Sombra me abrazó más fuerte como si yo fuese una viajera asfixiada. Yo lloré más: sentía piedad por mí, como si yo no fuera yo.
sábado, 18 de enero de 2014
Hay una grieta (por Tomas Tranströmer)
Mi ropa irradia
un resplandor azul.
Solsticio de invierno.
Tintineantes panderetas de hielo.
Cierro los ojos.
Hay un mundo sordo,
hay una grieta
por la que los muertos
traspasan la frontera.
viernes, 17 de enero de 2014
Verte desnuda (por Federico García Lorca)
Verte desnuda es recordar la Tierra,
la Tierra lisa, limpia de caballos,
la Tierra sin un junco, forma pura,
cerrada al porvenir; confín de plata.
Verte desnuda es comprender el ansia
de la lluvia que busca débil talle,
o la fiebre del mar de inmenso rostro
sin encontrar la luz de su mejilla.
La sangre sonará por las alcobas
y vendrá con espadas fulgurantes,
pero tú no sabrás dónde se ocultan
el corazón de sapo o la violeta.
Tu vientre es una lucha de raíces.
Tus labios son un alba sin contorno.
Bajo las rosas tibias de la cama
los muertos gimen esperando turno.
jueves, 16 de enero de 2014
Pero esta noche (por Agustín Guambo)
el cielo se inundó de venas digitales no éramos felices no éramos felices corríamos esperando ancianas estrellas –corríamos- eso era la hermosura ver tu cabello perderse esconderse de mis manos no éramos felices pero nos queríamos Bajo del cielo de Lima un perro nos indicaba el fin de la noche y aun mirábamos nuestras pieles como queriendo mutar el abandono mirábamos nuestras pieles de tierra que poco a poco se erosionaban era el olvido [Comenzamos a caminar] Lima refulgía descuartizada y hermosa seguíamos buscándonos nadie nos dijo cómo olvidarnos nadie nos dijo cómo amarnos nunca más estaremos solos La noche es un bisturí para nuestros cuerpos Qué triste es Lima después de amar Qué triste es Lima después de Lima algún día seremos eternos pero esta noche nos es permitido ser mortales Fuimos parte el uno del otro si alguien me preguntara dónde está ella donde habitan sus heridas diré huele mi aliento Un día volverás absoluta, entrarás por esa puerta que tantas veces te despidió y un ruido blanco te dirá ha muerto es ahora -por fin- su propia identidad Si te preguntaran por mí muéstrales las uñas quemadas Leo que moriré en octubre y eso me llena de satisfacción La otra noche conocí a una chica eras tú o quizás solo un ave con una revelación en el plumaje Moriré en octubre como un perro asmático leo Una oración palpita en el centro de las estrellas ayer conocí a una chica que me dijo no me conoces y ya me has matado, una oración palpita en el centro del viento, aún no me conoces y no quieres olvidarme Largas horas [veo moscas en una fruta que se aman] bajo la luna acariciando la piel de las rocas porque nos dijeron que eso -también- era la felicidad Gaviotas quemadas eran los cromosomas de un árbol que usamos para impregnar nuestra derrota éramos pequeños éramos tristes éramos nada así conocí la locura de las hormigas la necesidad de las babosas una hoguera incendiaba mi infancia mientras Lima refulgía descuartizada y hermosa eso fue nuestro cariño…
Hijo, vos que tanto nacés (por Juan Gelman)
Amigos: Se nos fue Juan Gelman. Pero se queda. (Los verdaderos poetas, como los viejos rockeros, nunca mueren.) Siempre anduvo en busca de la Señora (como él llamaba a la poesía): persiguiéndola. Creemos que muchas veces la alcanzó.
En su homenaje, este poema suyo:
un niño hunde la mano en su fiebre y saca astros que tira al aire / y ninguno ve /
yo tampoco los veo /
yo sólo veo un niño con fiebre que tiene los ojos cerrados y ve
animalitos que pasan por el cielo / pacen en su temblor /
yo no veo esos animalitos /
yo veo al niño que ve animalitos /
y me pregunto por qué esto pasa hoy /
¿pasaría otra cosa ayer? / ¿se sacaría el niño mucha pena
del alma ayer? / yo sólo sé que el niño tiene fiebre /
tiene el alma cerrada y la hunde
en las cenizas que dejará porque ardió /
pero ¿es así? / ¿hunde su alma en las cenizas de sí? / un árbol
mira detrás de la ventana al sol /
hay sol /
detrás de la ventana hay un árbol en la calle /
ahora por la calle pasa un niño con una mano en el bolsillo del pantalón /
está contento y saca la mano del bolsillo /
abre la mano y suelta fiebres que ninguno ve /
yo tampoco las veo /
yo sólo veo su palma abierta a la luz /
y él / ¿qué ve? /
¿ve bueyes que tiran del sol? /
yo no sé nada /
no sé qué ve el niño de la mano en el pantalón /
ni el niño que tiene fiebre y ve los huesos del atlántico
y los huesos de todos los mares revueltos en su corazón /
yo no veo nada / no sé nada /
ni sé en qué día nací /
conozco la fecha pero no el día en que nací /
¿o ese día es este día en que muero por enésima vez? /
¿es este día en que todos los que han muerto
se vuelven a morir conmigo? / ¿o yo con ellos? /
¿en esta luz dulcísima y abierta? /
¿y qué hace el niño con esta luz en su palma? /
¿mientras todos trabajan para hacer dinero fuera de esta luz? /
¿encerrados afuera de esta luz que es imposible mirar sin una luz adentro? /
¿sin un amor con pena adentro? /
ahora pasan las cartas que nunca me escribiste /
hijo / vos /que tanto nacés de esta luz /
tus cartas tienen fiebres de las que no sé nada /
y nunca sabré nada /
parecen pajaritos que vuelan con tu serenidad /
astros que tiraste al aire y ninguno ve /
yo no los veo ni los ve mi dolor inseguro /
pensabas en una vida más limpia que ésta /
una vida que se podía lavar /
tender al sol de tu bondad /
una vida llena de rostros como viajes /
¿dónde están esos rostros / esos viajes? /
la vida está desnuda como un mar sin orillas /
y no puedo volver la vida atrás /
llevarla hasta tu cuna /
ni llevarla adelante /
yo soy menos real que la mesa donde como /
yo como para ser real como el árbol detrás de la ventana /
ahora un niño se le paró al lado /
saca la mano del bolsillo del pantalón /
abre su palma a la luz
y piensa que la muerte es la muerte
y no más que eso /
miércoles, 15 de enero de 2014
Hablamos el silencio (por Andrés Trapiello)
Se podría argüir otros mil años
en contra o a favor sobre si el mundo
está bien hecho o no, pero yo quiero
decir aquí otra cosa: por lo mismo
que en las grandes ciudades es difícil
hallar un solo justo, aquí, a unos metros,
en el viejo laurel, un ruiseñor,
poco más que una nuez,
lanzó su canto melodioso al aire
sin el menor esfuerzo y sin temor
a que caudal tan alto le rompiera
su pequeño pulmón.
Todo quedó encantado.
Que los golpes funéreos de la azada
no le asustaran, tuvo un no sé qué
de santo y prodigioso y de candor.
Después de unos minutos, y aunque no lo veía,
tan escondido estaba, pregunté
sin levantar la voz
qué quería decirme.
Dejó por un momento su canción
y pudimos oír los pensamientos
como el huso sutil del tejedor.
Hablamos el silencio, nuestra lengua,
pues él no sabe azada y yo no ruiseñor,
y nos contamos cosas
que han de quedar entre él y yo.
Y si ahora me dijeran, en la cena,
que han pasado diez siglos
desde que esta mañana salió el sol,
lo daría por bueno, sin importarme mucho
si el mundo está bien hecho o no.
martes, 14 de enero de 2014
Habrá poesía (por Blas de Otero)
Mientras la Argentinita canta con voz de calandria acompañada
al piano por Federico,
y caminan poco a poco las estrellas llevándose la mano al pelo al pasar por sobre el pozo.
Mientras Elisa tome un helado y yo sienta frío en la espalda
y continúe trayendo y llevando maletas, jabas, cestos, escapularios
y demás chirimías.
Mientras escribo a mi madre una de mis últimas cartas, ignoro si
por la proximidad de mi muerte o el tiempo que le reste de vida.
Mientras Fernanda no se serene y vista de hermosura y luz del Caribe
y tú me esperes vestida de blanco con una cinta me atrevo a decir que malva,
mientras haya en el mundo primavera,
habrá caminos, y barricadas, y grandes nubes luminosas, y aquí termino.
al piano por Federico,
y caminan poco a poco las estrellas llevándose la mano al pelo al pasar por sobre el pozo.
Mientras Elisa tome un helado y yo sienta frío en la espalda
y continúe trayendo y llevando maletas, jabas, cestos, escapularios
y demás chirimías.
Mientras escribo a mi madre una de mis últimas cartas, ignoro si
por la proximidad de mi muerte o el tiempo que le reste de vida.
Mientras Fernanda no se serene y vista de hermosura y luz del Caribe
y tú me esperes vestida de blanco con una cinta me atrevo a decir que malva,
mientras haya en el mundo primavera,
habrá caminos, y barricadas, y grandes nubes luminosas, y aquí termino.
lunes, 13 de enero de 2014
Y el pasado se aproxima (por Joan Margarit)
Intento seducirte en el pasado.
Las manos al volante y esta luz
de club nocturno del tablier me dejan
-fantasía invernal- bailar contigo.
Detrás de mí, igual que un gran camión,
el mañana hace ráfagas de luces.
No lo conduce nadie y me adelanta,
pero ahora tú y yo viajamos juntos
y el coche puede ser el dos caballos
de los años sesenta hacia París.
"Je ne regrette rien" canta Edith Piaf.
Bajo la ventanilla, entra la noche
fría de la autopista, y el pasado
se aproxima de cara, velozmente:
cruza y me ciega sin bajar las luces.
domingo, 12 de enero de 2014
Costas ficticias (por Emily Dickinson)
Muchas veces pensé que la paz había llegado
cuando la paz estaba muy lejos
como los náufragos creen que ven la tierra
en el centro del mar
y débiles luchan más sólo para probar
tan desahuciadamente como yo
cuántas costas ficticias hay
antes de llegar al puerto
sábado, 11 de enero de 2014
Sobrevivientes (por Cristina Peri Rossi)
Salimos del amor
como de una catástrofe aérea
Habíamos perdido la ropa
los papeles
a mí me faltaba un diente
y a ti la noción del tiempo
¿Era un año largo como un siglo
o un siglo corto como un día?
Por los muebles
por la casa
despojos rotos:
vasos fotos libros deshojados
Éramos los sobrevivientes
de un derrumbe
de un volcán
de las aguas arrebatadas
y nos despedimos con la vaga sensación
de haber sobrevivido
aunque no sabíamos para qué.
viernes, 10 de enero de 2014
En medio de las cosas irracionales (por Walt Whitman)
Yo, tranquilo, serenamente plantado ante la naturaleza,
amo de todo o señor de todo, sereno en medio de las cosas irracionales.
Imbuido como ellas, pasivo, receptivo, y silencioso, también como ellas,
conocedor de que mi ocupación, mi pobreza, mi notoriedad
y mis debilidades son menos importantes de lo que creía,
hacia el mar mexicano, en el Manhattan o en el Tennessee, o lejos en el norte o tierra adentro,
hombre de río u hombre de montes o de granjas de estos estados, ribereño del mar o de los lagos de Canadá.
Yo, dondequiera que viva mi vida, quiero hacer frente a las contingencias
y encarar la noche, las tormentas, el hambre, el ridículo, los accidentes
y los rechazos como lo hace el animal.
jueves, 9 de enero de 2014
Despierto en la oscuridad (por Tomas Tranströmer)
De pronto, el caminante encuentra aquí el viejo,
enorme roble, como un alce petrificado con su interminable
cornamenta, frente a la fortaleza verdinegra del mar de
septiembre.
Tormenta nórdica. Es el tiempo en que
los racimos de serbas maduran. Despierto en la oscuridad,
oigo a las constelaciones piafar en sus establos, en las alturas,
sobre los árboles.
miércoles, 8 de enero de 2014
Déjame naufragar (por Josefina Plá)
Deja llevarme mi última aventura.
Déjame ser mi propio testimonio,
y dar fe de mi propia
desmemoria.
Déjame diseñar mi último rostro,
apretar en mi oído los pasos de la lluvia
borrándome el adiós definitivo.
Déjame naufragar asida
a un paisaje, una nube,
al vuelo humilde de un gorrión,
a un brote renaciente,
o siquiera al relámpago
que abra en dos mi último cielo.
Sujétame los brazos.
engrilla mis tobillos,
empareda mis párpados.
Pero tatuada una flor en la pupila,
crucificada un alba debajo de la frente,
acurrucado un beso en la raíz de la lengua,
déjame ser mi propio testimonio.
martes, 7 de enero de 2014
Una lluvia que no puede mojarnos (por Fina García Marruz)
Uno vuelve a subir las escaleras
de su casa perdida (ya no llevan
a ningún sitio), alguien nos llama
con una voz querida, familiar.
Pero ya no hace falta contestarle.
La voz sola nos llama, suficiente,
cual si nada pudiera hacerle daño,
en el pasillo inmenso. Una lluvia
que no puede mojarnos, no se cansa
de rodear un día preferido.
Uno toca la puerta de la casa
que le fue deparada a nuestras manos
mortales, como un tímido consuelo.
lunes, 6 de enero de 2014
Rendijas (por Susana Benet)
Después de un largo sueño
puedo ver, a través de la persiana,
esa ropa tendida en los balcones,
bajo el radiante sol del mediodía.
No se distingue un alma
ni se oyen voces,
sólo el canto de un pájaro enjaulado
que me anuncia con ímpetu la vida
en esta extraña calma solitaria.
La gente debe andar
en sus quehaceres,
mientras yo me demoro unos instantes
más en el tedio de otro día idéntico,
sin deseos de unirme
al absurdo trajín del mundo,
incapaz de volar, muda en la sombra,
contemplando, a través de las rendijas,
la luz del cielo.
domingo, 5 de enero de 2014
Chillan las tablas (por Zvonimir Balog)
Pongo orden a mi cabeza,
limpio el polvo, quito las telarañas,
ubico cada cosa en su lugar,
hay tantas y todas las habitaciones están llenas,
chillan las tablas bajo el peso de los objetos,
rechinan los peces misteriosos en pesados armarios
escondidos de la luz y las miradas,
pongo cada cosa en su lugar,
de vez en cuando encuentro
difícilmente
un sitio para cualquier cosa,
encuentro difícil cualquier cosa para un sitio,
pongo orden en mi cabeza llevando las gavetas
hasta una repisa que no se desajuste y los cajones vuelen
y todo se venga abajo y se confunda febrilmente
se entrelace y rompa.
Entonces, por un momento, espero hasta que se calme el polvo
para ver dónde está. ¿Qué?
limpio el polvo, quito las telarañas,
ubico cada cosa en su lugar,
hay tantas y todas las habitaciones están llenas,
chillan las tablas bajo el peso de los objetos,
rechinan los peces misteriosos en pesados armarios
escondidos de la luz y las miradas,
pongo cada cosa en su lugar,
de vez en cuando encuentro
difícilmente
un sitio para cualquier cosa,
encuentro difícil cualquier cosa para un sitio,
pongo orden en mi cabeza llevando las gavetas
hasta una repisa que no se desajuste y los cajones vuelen
y todo se venga abajo y se confunda febrilmente
se entrelace y rompa.
Entonces, por un momento, espero hasta que se calme el polvo
para ver dónde está. ¿Qué?
sábado, 4 de enero de 2014
Y fui capaz (por Erika Martínez)
Aterricé en Etiopía y fui a hacerme la pedicura. Me lo ofrecieron y acepté. Para que nadie se ofendiera. Permitiría cosas atroces con tal de que nadie se ofendiera.
Permití que Betty se arrodillara, ese era su nombre, me dijo. Quién se llama así en Etiopía. Permití que Betty se arrodillara y me limpiara el talón y el tobillo y la planta del pie y los dedos y también las uñas, permití que limase todo lo feo que había en mí, que se arrodillara.
Detesto pintarme las uñas. Pero no le pedí que lo dejara: le pedí que escogiera un color. Ponme tu favorito. Como si ceder la iniciativa rompiera algo, la relación de Betty conmigo. Eligió el rosa chicle de mi camisa.
Acepto que me sirvan cerveza, que cultiven lo que como y cosan lo que visto: acepté que me hicieran la pedicura. Tan solo hay una diferencia simbólica. Eso pensé, simbólica. Y fui capaz. Dejé a Betty que siguiera.
viernes, 3 de enero de 2014
Nada de cuanto vengas a llevarte (por Andrés Trapiello)
Hubo primero extremos movimientos
de tropas en el cielo.
Legiones apretadas de vencejos
y ansiosas golondrinas parecían,
entre gritos de júbilo, estar
preparando su anábasis.
De ayer a hoy el aire
se vació de vuelos. Qué extraña
su partida. El silencio que han dejado
cubre los negros árboles y montes
como cubren de sábanas los muebles,
fantasmales y blancas, de un palacio.
Incluso se diría que los últimos
en partir se olvidaron de cerrar
la puerta de los campos,
y ruedan por el suelo, como papeles rotos
en un final de fiesta, desoladas
hojas secas y abrojos.
Siguen sin cosechar algunas uvas
maduras en la parra y el perfume
opulento del nardo
se pierde entre las zarzas. Lo llamamos
otoño. Alguien aquí
tenía que quedarse y rendir cuentas
de momentos tan frágiles,
alquien también que cuando llegue el día
de salir al encuentro del invierno
y rendirle la plaza de la vida,
le diga con voz firme:
“Nada de cuanto vengas a llevarte
es en verdad valioso;
la alegría la dimos a los pájaros,
y está a salvo”.
jueves, 2 de enero de 2014
Yo lo vi (por Edith Södergran)
Una vez creció un árbol en el bosque, era bellísimo y fuerte:
yo lo vi ...
Se levantaba sobre las nieblas más profundas hasta las cimas de la tierra en solitario relucir.
Y ahora me dicen que el rayo lo taló ...
¿Qué hacer
contra el trueno devastador y el rayo mortal?
Pero yo había visto ese árbol en el bosque,
y lo recordaré
mientras tengan raíz las canciones.
miércoles, 1 de enero de 2014
Continuarán los gestos (por Cintio Vitier)
Pienso en la santidad de los lugares
que nos han recibido y que dejamos
quién sabe a qué parejas o a cuáles solitarios
tan distantes de nosotros como astros
y que sin saberlo continuarán los gestos
que entre las cosas quedaron inconclusos,
y pienso en las costumbres de las cosas, criaturas
de este mundo pequeño, interminable,
que no acabamos nunca de palpar, a tientas
bajo el sol deslumbrante o la callada luna,
desconocidas lámparas de lo desconocido
con nuestras huellas dactilares: jarras,
libros, esquinas, nubarrones, árboles,
el mar, el sillón, el espejo, la noche,
todo lo que llamamos la vida sin saber
qué significa siquiera la palabra
que no es una palabra sino música
oída sólo en sueños, o un instante
de ese llamado amor que nos sorprende y cae,
roto en risa entre las piedras.
de este mundo pequeño, interminable,
que no acabamos nunca de palpar, a tientas
bajo el sol deslumbrante o la callada luna,
desconocidas lámparas de lo desconocido
con nuestras huellas dactilares: jarras,
libros, esquinas, nubarrones, árboles,
el mar, el sillón, el espejo, la noche,
todo lo que llamamos la vida sin saber
qué significa siquiera la palabra
que no es una palabra sino música
oída sólo en sueños, o un instante
de ese llamado amor que nos sorprende y cae,
roto en risa entre las piedras.
martes, 31 de diciembre de 2013
De otra forma (por Saiz de Marco)
Escarba en la memoria
pone por escrito todos sus recuerdos
los nítidos
los borrosos
cronológicamente
detalladamente
sin omitir nada
sin dejar que huya ninguno
Ocupan muchas hojas
“He aquí el libro de todos mis pasos”
Y al terminar
rompe las hojas
rompe los pasos
rompe sus huellas
las echa al fuego
“Escribir todo es una forma”
piensa
“Permitir que las huellas se disipen
dejar que el viento haga su trabajo es
tal vez
otra forma mejor”
pone por escrito todos sus recuerdos
los nítidos
los borrosos
cronológicamente
detalladamente
sin omitir nada
sin dejar que huya ninguno
Ocupan muchas hojas
“He aquí el libro de todos mis pasos”
Y al terminar
rompe las hojas
rompe los pasos
rompe sus huellas
las echa al fuego
“Escribir todo es una forma”
piensa
“Permitir que las huellas se disipen
dejar que el viento haga su trabajo es
tal vez
otra forma mejor”
lunes, 30 de diciembre de 2013
Con qué amor podrá impedirse (por Ko Un)
Qué fuerza podrá impedir
que este legendario mundo de oriente caiga,
poco a poco o de repente.
Con qué amor
podrá impedirse
que la humanidad se hunda.
Sólo el torbellino perdura.
¡Ah, el último hechizo!
domingo, 29 de diciembre de 2013
Tu mano de luz (por Miguel Ángel Velasco)
Miro tu mano quieta
sobre mi pecho,
tan tímida que apenas se diría
que ha crepitado al roce
de una espuma nocturna, que muy dócil
se somete a esa música
precisa de la sangre, y que un arder
aún más de álgida fiebre ya le pulsa
su racha de coral en otra atmósfera.
Quién lo diría de este manso lirio,
que tu mano de luz se sueña estrella
abriéndose de noche, una bengala
en fuga del arrullo y la caricia.
sábado, 28 de diciembre de 2013
Aquel otro (por José Emilio Pacheco)
Hoy vino a verme el que no fui:
aquel otro
ya para siempre inexistencia pura.
Ardid verbal para el que “hubiera sido”,
forma atenuada de decir “no fue”.
Ahora lo entiendo:
quien no fui ha triunfado,
la realidad no lo manchó, no tuvo
que adaptarse a la eterna sordidez.
Jamás capituló ni vendió su alma
por una onza de supervivencia.
El que no fui se fue como si nada.
Ya nunca volverá, ya es imposible.
El que se va no vuelve aunque regrese.
viernes, 27 de diciembre de 2013
Cuántas sub-máscaras (por Fernando Pessoa)
¿Cuántas máscaras portamos, cuántas sub-máscaras
sobre nuestro rostro del alma, y cuando,
jugando consigo misma el alma se desenmascara,
conoce ella su propio rostro tras la última máscara?
La verdadera máscara no siente dentro de la máscara
pero ve más allá de la máscara a través de los ojos enmascarados.
Cualquier tarea que la conciencia empieza
con su aceptado uso enlaza al ensueño.
Como un niño asustado por sus rostros espejados,
nuestras almas que son niñas, siendo distraídas,
imponen otredad a sus muecas vistas
y obtienen un mundo entero causando su olvido;
y, cuando un pensamiento pudiera desenmascarar nuestra enmascarada alma,
no irá desenmascarado al desenmascaramiento.
jueves, 26 de diciembre de 2013
Fuertes, cínicos (por Malgorzatta Hillar)
Nosotros los de la segunda mitad del siglo XX
que rompemos los átomos
que conquistamos la luna
nos avergonzamos
de los gestos delicados
de las miradas tiernas
de las sonrisas cálidas
Cuando sufrimos
fruncimos desdeñosamente los labios
Cuando llega el amor
displicentemente
nos encogemos de hombros
Fuertes cínicos
con los ojos irónicamente entrecerrados
Sólo a altas horas de la noche
junto a las ventanas
herméticamente cerradas
nos mordemos las manos
morimos de amor.
miércoles, 25 de diciembre de 2013
No volveré (por Ray Bradbury)
No me atrevo a ir. En la isla hay fantasmas
y en las costas, tormentas espectrales,
aguaceros que lloran su pérdida con lágrimas
hasta que al fin me ahogo en el pasado.
La última vez que anduve por las calles dublinesas
mi mirada era clara, el pulso fuerte.
Pero ahora que se me ha ido media vida o más,
no puedo enfrentarme a la triste aurora de Dublín.
Los libreros que entonces me atendieron
están grises y demacrados, ¿cómo es posible?
El personal del hotel ha desaparecido,
algunos sobreviven como espectros, los demás ya ni existen.
¿Los vendedores ambulantes, mendigos, camareras,
duermen bajo las sombras de Maynooth
como artistas de O’ Connell? Se fueron para permanecer
diseminados dentro de las colinas de Bray.
Sus felices rostros emergen y se propulsan
a través de mi vida para materializar cada sueño.
Por tanto, ¿a Irlanda? No, no volveré
a donde los fantasmas arden en tormentas de humo.
No volveré a pasear por Dublín,
no soporto esa lluvia angustiosa
que derrite a la juventud, la disuelve en el mar
y acaba con mi alma, con mi corazón, conmigo.
martes, 24 de diciembre de 2013
Como el vuelo (por Susana Benet)
¿Por qué tira de mí
como el vuelo de un ala la palabra?
¿Adónde me conduce si no sé
siquiera la intención,
ni presiento el destino que persigue?
Sólo sé que en la leve
presencia de este instante
tiembla bajo la piel, revolotea,
como un soplo apresado,
un impulso que pugna por brotar
y transformarse en canto.
lunes, 23 de diciembre de 2013
Te resistes (por Saiz de Marco)
Ellos creen que aún tú crees
en los reyes de enero
(compran furtivamente, escribís una carta,
el día antes, por la tarde, vais a verlos pasar)
y tú con tus seis años
no quieres, te resistes
a arrancar su ilusión.
en los reyes de enero
(compran furtivamente, escribís una carta,
el día antes, por la tarde, vais a verlos pasar)
y tú con tus seis años
no quieres, te resistes
a arrancar su ilusión.
FELIZ NAVIDAD A TODO/AS
(Durante la próxima semana dejamos entradas programadas.)
Acá está mi hijo (por Sylvia Plath)
¿Qué, quién nos arroja estas almas inocentes?
Miren, están exhaustas, consumidas
en sus cunas de lona, con sus nombres atados en las muñecas,
pequeños trofeos de plata por los que vinieron desde tan lejos.
Hay algunos con el pelo negro y duro, otros son pelados.
El color de su piel es rosado o amarillento, marrón o rojo;
están empezando a recordar sus diferencias.
Creo que están hechos de agua; no tienen expresión.
Sus rasgos duermen como la luz en el agua quieta.
Son los verdaderos monjes y monjas en sus atuendos idénticos.
Veo caer, derramados como estrellas en el mundo
-en India, África, América-, a estos milagros,
a estas puras, pequeñas imágenes. Huelen a leche.
Las plantas de sus pies están intactas. Han caminado por el aire.
¿Puede ser tan abundante la nada?
Acá está mi hijo.
Tiene los ojos de ese azul general, plano.
Se gira y me mira como una pequeña, ciega, radiante planta.
Un llanto. Es el gancho. Resisto.
Soy una colina cálida.
domingo, 22 de diciembre de 2013
Un puente sobre el río del olvido (por Antonio Rivero Taravillo)
Que no caigan en manos enemigas.
Desmontando la casa de tus padres,
expurgas las carpetas, los papeles,
en un lento escrutinio de sus años
ya detenidos:
facturas y recibos, y también
las cartas, los carnets,
las esquelas que escuecen.
Ojalá hubieras sido analfabeto.
Triturada lo mismo que una fruta,
toda su vida, que se fue en un zumo
nunca más ácido, y que hoy apuráis
tú y la papelera.
Pedacitos pequeños como lágrimas,
cajones que desfondan los sollozos,
gomillas, fundas, clips, sobres, ficheros:
ojos, pilares que componen
un puente sobre el río del olvido,
un puente recorrido por vez última
que no caerá en manos enemigas.
sábado, 21 de diciembre de 2013
El sabor de tu boca (por Malgorzata Hillar)
En medio del día
que se dobla
por el perfume del heno
busco el sabor
de tu boca
Toco con los labios
las hojas de los árboles
el girasol
y la pared fría
Cuando llega la noche
la bebo en soledad
con los labios pesados de sed
como fresas maduras
viernes, 20 de diciembre de 2013
El prodigio era tuyo (por José Hierro)
La estrella aún flotaba en las aguas.
Río abajo, a la noche del mar, la llevó la corriente.
Y de pronto la mágica música errante en la sombra
se apagó, sin dolor, en el fresco silencio silvestre.
Imagínate tú, piensa sólo un instante,
piensa sólo un instante que el alma comienza a caerse.
(Las hojas, el canto del agua que sólo tú escuchas:
maravilloso silencio que pone en las tuyas su mano evidente.)
Piensa sólo un instante que has roto los diques y flotas sin tiempo en la noche,
que eres carne de sombra, recuerdo de sombra; que sombra tan sólo te envuelve.
Piensa conmigo «¡tan bello era todo, tan nuestro era todo, tan vivo era todo,
antes que todo se desvaneciese!»
Imagínate tú que hace siglos que has muerto.
No te preguntan las cosas, si pasas, quién eres.
Procura un instante pensar que tus brazos no pesan.
Son nada más que dos cañas, dos gotas de lluvia, dos humos calientes.
(¡Tan bello era todo, tan nuestro era todo, tan vivo era todo!)
Y cuando creas que todo ante ti perfecciona su muerte,
abre los ojos:
El trágico hachero saltaba los montes,
llevaba una antorcha en la mano, incendiaba los bosques nacientes.
El río volvía a mojar las orillas que dan a tu vida.
El prodigio era tuyo y te hacías así vencedor de la muerte.
jueves, 19 de diciembre de 2013
De barro y de maderas (por Isaac Felipe Azofeifa)
La casa de mi infancia es de barro del suelo a la teja,
y de maderas apenas descuajadas,
que en otro tiempo obedecieron
hachas y azuelas en los cercanos bosques.
El gran filtro de piedra vierte en ella, tan grande,
su agua de fresca sombra.
Yo amo su silencio, que el fiel reloj del comedor vigila.
Me escondo en los muebles inmensos.
Abro la despensa para asustarme un poco
del tragaluz, que hace oscuros los rincones.
Corro aventuras inauditas cuando entro
en el huerto cerrado que me está prohibido.
En la penumbra de la tarde, que va cayendo lenta
sobre el mundo, el grillo del hogar canta de pronto,
y su estribillo triste riega en el aire quieto,
paz y sueño sabrosos.
Cuando venían las lluvias miraba los largos aguaceros
desde el ancho cajón de las ventanas.
Nunca huele a tierra tanto como esa tarde.
Se oye la lluvia primero en el aire venir como un gigante
que se demora, lento, se detiene y no llega,
y luego están ahí sus pies sobre las hojas, tamborileando,
rápidos, mojando,
y lavando sus manos de prisa, tan de prisa, los árboles,
el césped, los arroyos,
los alambres, los techos, las canoas.
Pero también su llanto desolado,
su sinrazón de ser triste, su acabarse de pronto,
sin objeto ni adiós,
para siempre en mi infancia, para siempre.
Llueve en mi alma ahora, como entonces.
miércoles, 18 de diciembre de 2013
El olvido es un gran simulacro (por Mario Benedetti)
Cada vez que nos dan clases de
amnesia
como si nunca hubieran existido
los combustibles ojos del alma
o los labios de la pena huérfana
cada vez que nos dan clases de
amnesia
y nos conminan a borrar
la ebriedad del sufrimiento
me convenzo de que mi región
no es la farándula de otros
en mi región hay calvarios de
ausencia
muñones de porvenir / arrabales
de duelo
pero también candores de
mosqueta
pianos que arrancan lágrimas
cadáveres que miran aún desde
sus huertos
nostalgias inmóviles en un pozo
de otoño
sentimientos insoportablemente
actuales
que se niegan a morir allá en lo
oscuro
el olvido está tan lleno de memoria
que a veces no caben las
remembranzas
y hay que tirar rencores por la
borda
en el fondo el olvido es un gran
simulacro
nadie sabe ni puede / aunque
quiera / olvidar
un gran simulacro repleto de
fantasmas
esos romeros que peregrinan por
el olvido
como si fuese el camino de
santiago
el día o la noche en que el olvido
estalle
salte en pedazos o crepite
los recuerdos atroces y de
maravilla
quebrarán los barrotes de fuego
arrastrarán por fin la verdad por
el mundo
y esa verdad será que no hay
olvido.
martes, 17 de diciembre de 2013
Me sorprendió tu voz (por Jana Putrle Srdić)
A los seis meses de tu muerte
llamé a tu casa,
nadie atendió el teléfono y
de repente en el contestador
me sorprendió tu voz.
Como si los cactus de la repisa
rodearan mi cama por la mañana.
Como si contestaras desde un cubo
rosado de gelatina.
Tu voz
es para mí conocida y extraña a la vez,
inusualmente resuelta como la voz
de un hombre de treinta años que nunca
está en casa y necesita un contestador,
porque acaba de volver de balonmano
y tiene prisa para llegar a las prácticas de tiro.
Como todos los tiradores, sabe que en el camino
hacia el campo de tiro debe fijar la mirada
a través de la ventana del autobús, siempre en el mismo punto,
en la luna del cielo del atardecer,
para que después, ante el blanco,
el corazón le empiece a latir en círculos blancos
hasta unirlos con su pulso en un punto,
y apretar entonces el gatillo.
Una voz
conocida de un hombre de treinta años en luna
de miel rumbo a Venecia con una cinta de Glenn Miller
en el coche. Un sombrero femenino con alas grandes.
Unos pantalones livianos de verano – al estilo de Gatsby –
que se deslizan por las rodillas al saltar
dos escalones a la vez en los puentes.
Canales que apestan, paredes húmedas,
palomas, le dice a ella, palomas por todas partes,
y ligeramente prende a la vez con su encendedor
sonrisas en los negativos.
Paso al lado de este alto hombre delgado
con una camisa clara de verano que no me reconoce
porque aún no existo.
Pienso: cuando grabemos encima de la cinta
del contestador y tu voz en mi cabeza
se haga borrosa, también yo voy a volverme
un poco más transparente.
llamé a tu casa,
nadie atendió el teléfono y
de repente en el contestador
me sorprendió tu voz.
Como si los cactus de la repisa
rodearan mi cama por la mañana.
Como si contestaras desde un cubo
rosado de gelatina.
Tu voz
es para mí conocida y extraña a la vez,
inusualmente resuelta como la voz
de un hombre de treinta años que nunca
está en casa y necesita un contestador,
porque acaba de volver de balonmano
y tiene prisa para llegar a las prácticas de tiro.
Como todos los tiradores, sabe que en el camino
hacia el campo de tiro debe fijar la mirada
a través de la ventana del autobús, siempre en el mismo punto,
en la luna del cielo del atardecer,
para que después, ante el blanco,
el corazón le empiece a latir en círculos blancos
hasta unirlos con su pulso en un punto,
y apretar entonces el gatillo.
Una voz
conocida de un hombre de treinta años en luna
de miel rumbo a Venecia con una cinta de Glenn Miller
en el coche. Un sombrero femenino con alas grandes.
Unos pantalones livianos de verano – al estilo de Gatsby –
que se deslizan por las rodillas al saltar
dos escalones a la vez en los puentes.
Canales que apestan, paredes húmedas,
palomas, le dice a ella, palomas por todas partes,
y ligeramente prende a la vez con su encendedor
sonrisas en los negativos.
Paso al lado de este alto hombre delgado
con una camisa clara de verano que no me reconoce
porque aún no existo.
Pienso: cuando grabemos encima de la cinta
del contestador y tu voz en mi cabeza
se haga borrosa, también yo voy a volverme
un poco más transparente.
lunes, 16 de diciembre de 2013
Mi padre anuda mi corbata (por Ray Bradbury)
Mi padre, no yo, anuda mi corbata.
Una noche hace tiempo, en junio,
yo hacía un intento:
Mi primera corbata revuelta sobre el chaleco,
las manos torpes,
cuando de pronto, entró en escena lo inesperado:
algo terrible está por suceder.
Mi padre se acercó en silencio
y me observó y se puso detrás de mí.
No mires, dijo.
Mantente alejado de los espejos.
Que tus dedos aprendan
cómo se hace.
Su enseñanza perdura. Lo que dijo era cierto.
Con los ojos cerrados,
gracias a su ayuda (arriba, vuelta y abajo)
no sé cómo surgió un nudo milagroso.
No tiene nada, dijo mi padre.
Ahora tú, hijo. No, con los ojos cerrados.
Y con una última, cariñosa y ciega observación
enseñó a mis dedos inútiles
el arte de tejer. Entonces, se marchó.
Bueno, hasta hoy, ¿como podría presumir de nudos?
Imposible.
Invoco a ese fantasma de dulce aroma a tabaco, que se marchó hace tiempo,
para que me ayude.
Y lo hace:
En mi cuello su aliento, la fragancia de su último cigarrillo.
La muerte no existe, pues ayer por la tarde
sus dedos fantasmales vinieron y me ayudaron a anudar y enlazar.
Si esto es verdad (¡lo es!), no morirá nunca.
Mi padre, no yo, anuda mi corbata.
domingo, 15 de diciembre de 2013
En paz (por Vicente Gallego)
Esta tarde soy rico porque tengo
todo un cielo de plata para mí,
soy el dueño también de esta emoción
que es nostalgia a la vez de los días pasados
y una dulce alegría por haberlos vivido.
Cuanto ya me dejó me pertenece
transformado en tristeza, y lo que al fin intuyo
que no habré de alcanzar se ha convertido
en un grato caudal de conformismo.
Mi patrimonio aumenta a cada instante
con lo que voy perdiendo, porque el que vive pierde,
y perder significa haber tenido.
Ya no tengo ambiciones, pero tengo
un proyecto ambicioso como nunca lo tuve:
aprender a vivir sin ambición,
en paz al fin conmigo y con el mundo.
sábado, 14 de diciembre de 2013
Como una puerta (por Miguel Ángel Bernat)
Me acuerdo que
mientras me moría
vi moverse muy lentamente
las ramas desnudas de los árboles
y el cielo encima,
como una puerta abierta
que me recibía feliz
y yo también estaba feliz.
viernes, 13 de diciembre de 2013
Un genio (por Charles Bukowski)
Hoy
conocí a un genio en el tren
como de seis años de edad;
...se sentó a mi lado y,
mientras el tren
corría por la costa,
llegamos al océano.
el niño me miró y me dijo:
el mar no es nada bonito.
fue la primera vez
que me di cuenta
de ello.
jueves, 12 de diciembre de 2013
El revés del mundo (por Czeslaw Milosz)
–Cuando muera, voy a ver el revés del mundo.
El otro lado, más allá de pájaro, montaña, puesta de sol.
El significado verdadero, listo para ser descifrado.
Lo que nunca sumó va a sumar,
lo que fue incomprensible será comprendido.
–¿Y si no hay revés del mundo?
¿Si un zorzal en la rama no es un signo,
sino sólo un zorzal en la rama? ¿Si noche y día
no tienen sentido persiguiéndose
y no hay nada en esta tierra excepto esta tierra?
–Aunque así sea, permanecerá
una palabra despertada por labios que perecen,
un mensajero incansable que corre y corre
a través de campos interestelares, de galaxias vertiginosas.
Y llama, protesta, grita.
miércoles, 11 de diciembre de 2013
El optimista (por Fayad Jamís)
El optimista se sentó a la mesa, miró a su alrededor
y se sirvió un poco de lo poco que halló. Le dijeron
que había demasiado nada (en realidad había pocomucho)
pero él devoró su ración sin hacer comentarios,
abrió el periódico, se fumó su café y acabó
de cenar en paz. Pensó: tengo derecho a comer con alegría
lo pocomucho que me gano mientras llega la abundancia.
Sin embargo seguían hablando de todo lo que no hay
no hay no hay no hay. No hay esto ni lo otro.
Pero el optimista se levantó en silencio
y otra vez recordó aquellos años en que sólo comió
lágrimas. No había nadie para decirle no hay sopa o bistec
o tome un pedazo de pan duro para el perro de su hambre,
pero jamás de sus dientes salieron discursos.
Y ahora estaba satisfecho de la cena frugal. El hombre
salió a la calle y echó a andar mientras silbaba.
Las luces eléctricas le recordaron el porvenir.
martes, 10 de diciembre de 2013
La inquieta sensación de trotamundos (por Carmen Cruz)
A golpe de corazón desorbitado
sin otra razón que la querencia
elijo mi camino en cada encrucijada
y ya no me pregunto si habré elegido bien,
cerebro y corazón no siempre están de acuerdo
y levantado el pie desestimo la duda del error.
He conocido pueblos distintos a los míos
y así me he conocido desde la piel adentro.
Con la prisa del aire volando la aventura, algunas veces
paso a paso,
con la calma del que sabe que no sólo a sí se pertenece,
otras
si no dejando huella,
sí arraigándome toda largas vidas
y siempre la inquieta sensación de trotamundos
que anhela recorrer los vericuetos de la tierra
y algunos entresijos de la propia mente.
Viajar… Con cuerpo y esencia de domingo,
atenta a los sentidos para henchirme absoluta,
emprender nuevo camino cada vez que presienta
que ya no aprendo nada,
aprehender la vida que nace entre sus piedras
y esculpirla, esculpirlas:
A cada paso y en cada pausa
hasta el fin del viaje
hasta el último hogar.
lunes, 9 de diciembre de 2013
Queda tu nombre (por José Cereijo)
No todo lo he perdido. Queda tu nombre. Queda
la hondura del silencio después de pronunciarlo.
Queda lo que no pasa, ni puede pasar nunca:
lo que nunca ha pasado.
domingo, 8 de diciembre de 2013
Poema al padre (por Sharon Olds)
De pronto te imaginé
de niño en aquella casa, habitaciones oscuras
y cálida chimenea con el hombre enfrente
callado. Te movías a través del grávido aire
con tu corpórea belleza, un chico de siete años,
indefenso, avispado, hubo cosas que el hombre
hizo cerca de ti, era tu padre,
el molde con el que fuiste creado. Abajo en el
sótano, los barriles de dulces manzanas,
cogidas del árbol en su momento álgido, se pudrieron
y descompusieron y por delante de la puerta del
sótano el arroyo corría y corría, y algo
no te fue dado, o algo te fue
robado, algo con lo que naciste, y hoy
incluso a tus 30 y 40 años te llevas
la oleosa medicina a tus labios
cada noche, ponzoña para ayudarte
a caer inconsciente. Siempre pensé que
la clave fue lo que nos hiciste
de adulto pero luego recordé a aquel niño
siendo moldeado frente al fuego, los
diminutos huesos de su alma
retorcidos y fracturados, los pequeños
tendones sujetando el corazón
partidos en dos. Y lo que ellos te hicieron
tú no me lo hiciste. Cuando ahora te amo,
me gusta pensar que estoy dando mi amor
directamente a ese chico de la habitación tórrida
como si ese amor pudiera alcanzarlo a tiempo.
sábado, 7 de diciembre de 2013
Cnoso (por Luis Alberto de Cuenca)
Y, de pronto, mi madre, abanicándose,
se me aparece en Cnoso, y yo le sirvo
el enésimo vaso de agua, y se me muere
otra vez, y otra vez me entregan sus cenizas.
Y el capricho de Evans se transforma
en un improvisado sanatorio
donde sólo se escuchan los lamentos
de quienes no verán el nuevo día,
en una especie de necrópolis cercada
por guerreros micénicos que ignoran la piedad.
Y, de pronto, me veo con mi madre
-o lo que fue mi madre- entre los brazos,
tratando de burlar el estricto bloqueo
para llegar al puerto. Y lo consigo.
Y vierto el contenido de la urna
en el azul de los frescos minoicos,
que es el inagotable azul del mar.
se me aparece en Cnoso, y yo le sirvo
el enésimo vaso de agua, y se me muere
otra vez, y otra vez me entregan sus cenizas.
Y el capricho de Evans se transforma
en un improvisado sanatorio
donde sólo se escuchan los lamentos
de quienes no verán el nuevo día,
en una especie de necrópolis cercada
por guerreros micénicos que ignoran la piedad.
Y, de pronto, me veo con mi madre
-o lo que fue mi madre- entre los brazos,
tratando de burlar el estricto bloqueo
para llegar al puerto. Y lo consigo.
Y vierto el contenido de la urna
en el azul de los frescos minoicos,
que es el inagotable azul del mar.
viernes, 6 de diciembre de 2013
Florecer y morir (por Antonio Carvajal)
Bocas de vidrio, esbozos de penumbras.
Adelantados o doblados
o pertinaces en su insomne palidez
de vientos como llamas, los narcisos
entregan su aroma, luna de invierno.
Florecer y morir, qué triste júbilo.
Su dispersa agrupación conmueve
el corazón del hombre, pues conoce
que la armonía existe, mas tenerla
sometida no puede a su dominio.
Todo es renuncia: de tanto aroma
nada se percibe, como en la muchedumbre
de los besos tantos pierden relieve,
sólo el beso inicial y el postrero
perduran.
Se han abierto en los días
cálidos de febrero, largamente esperados,
interludio suavísimo
entre la agria orquestación del otoño
y el ascenso difuso y orgiástico del polen.
Y se propagan y se ofrecen y su obsequio
es casi monacal, como si una vidriera
de ponientes áureos derramara
no sé qué olvido glorioso en el tocado
de la novicia, ella, tan nueva, entrada
en la sabiduría de la entrega.
En las columnas del incienso,
en el cavado resonar del órgano
suspenso, en el ilustre bisbiseo
latino de letanías, hay la misma floración
angustiosa de los narcisos,
algo intacto que pasa, y no relámpago;
algo que es luz y, al tiempo, materia deleznable;
algo que llena el pecho de veneno y promesas.
Algo como una nube que transita en silencio.
Adelantados o doblados
o pertinaces en su insomne palidez
de vientos como llamas, los narcisos
entregan su aroma, luna de invierno.
Florecer y morir, qué triste júbilo.
Su dispersa agrupación conmueve
el corazón del hombre, pues conoce
que la armonía existe, mas tenerla
sometida no puede a su dominio.
Todo es renuncia: de tanto aroma
nada se percibe, como en la muchedumbre
de los besos tantos pierden relieve,
sólo el beso inicial y el postrero
perduran.
Se han abierto en los días
cálidos de febrero, largamente esperados,
interludio suavísimo
entre la agria orquestación del otoño
y el ascenso difuso y orgiástico del polen.
Y se propagan y se ofrecen y su obsequio
es casi monacal, como si una vidriera
de ponientes áureos derramara
no sé qué olvido glorioso en el tocado
de la novicia, ella, tan nueva, entrada
en la sabiduría de la entrega.
En las columnas del incienso,
en el cavado resonar del órgano
suspenso, en el ilustre bisbiseo
latino de letanías, hay la misma floración
angustiosa de los narcisos,
algo intacto que pasa, y no relámpago;
algo que es luz y, al tiempo, materia deleznable;
algo que llena el pecho de veneno y promesas.
Algo como una nube que transita en silencio.
jueves, 5 de diciembre de 2013
La mirada final (por Hilario Barrero)
De todas las últimas miradas que hemos ido dejando por la vida
sin saber que lo eran
¿cómo será la última, la mirada final?
¿Se quedará pegada a la piel de los ojos?
¿Cuando se seque será raíz del llanto?
¿En que región oscura volverá a ser primera?
¿Tendrá fuego en su voz si la reconocemos
o será como agua si nos llega a traición?
¿Se hundirá el peso de su polvo en el aire
de la nueva mañana que nosotros, ya ciegos, no veremos?
Mirar es responder a preguntas vacías
en la primera noche sin respuestas.
miércoles, 4 de diciembre de 2013
Entrénate en perder (por Elizabeth Bishop)
El arte de perder se domina fácilmente;
tantas cosas parecen decididas a extraviarse
que su pérdida no es ningún desastre.
Pierde algo cada día. Acepta la angustia
de las llaves perdidas, de las horas derrochadas en vano.
El arte de perder se domina fácilmente.
Después entrénate en perder más lejos, en perder más rápido:
lugares y nombres, los sitios a los que pensabas viajar.
Ninguna de esas pérdidas ocasionará el desastre.
Perdí el reloj de mi madre. Y mira, se me fue
la última o la penúltima de mis tres casas amadas.
El arte de perder se domina fácilmente.
Perdí dos ciudades, dos hermosas ciudades. Y aun más:
algunos reinos que tenía, dos ríos, un continente.
Los extraño, pero no fue un desastre.
Incluso al perderte (la voz bromista, el gesto
que amo) no habré mentido. Es indudable
que el arte de perder se domina fácilmente,
así parezca (¡escríbelo!) un desastre.
martes, 3 de diciembre de 2013
Partículas de albúmina y fibrina (por Joaquín Mª Bartrina)
¡Todo lo sé! Del mundo los arcanos
ya no son para mí
lo que llama misterios sobrehumanos
el vulgo baladí.
Sólo la ciencia a mi ansiedad responde
y por la ciencia sé
que no existe ese Dios que siempre esconde
el último porqué.
Sé que soy un mamífero bimano
(que no es poco saber)
y sé lo que es el átomo, ese arcano
del ser y del no ser.
Sé que el rubor que enciende las facciones
es sangre arterial;
que las lágrimas son las secreciones
del saco lacrimal;
que la virtud que al bien al hombre inclina
y el vicio, sólo son
partículas de albúmina y fibrina
en corta proporción.
Que el genio no es de Dios sagrado emblema,
no señores, no tal:
el genio es un producto del sistema
nervioso cerebral.
Y sus creaciones de sin par belleza
sólo están en razón
del fósforo que encierra la cabeza,
¡no de la inspiración!
Amor, misterio, bien indefinido,
sentimiento, placer…:
¡palabrotas vacías de sentido
y sin razón de ser!
Gozar es tener siempre electrizada
la médula espinal,
y en sí el placer es nada o casi nada:
un óxido, una sal.
¡Y aun dirán de la ciencia que es prosaica!
¿Hay nada, vive Dios,
bello como la fórmula algebraica
C = π r²?
¡Todo lo sé! Del mundo los arcanos
ya no son para mí
lo que llama misterios sobrehumanos
el vulgo baladí.
Mas, ¡ay!, que cuando exclamo satisfecho
“¡Todo, todo lo sé!”
siento aquí en mi interior, dentro del pecho
un algo…, ¡un no sé qué!…
lunes, 2 de diciembre de 2013
Y ellos y el tiempo juntos (por Wallace Stevens)
Adiós a una idea... El rostro de la madre,
el objetivo del poema, llenan el cuarto.
Están juntos aquí, y hace calor.
Sin la presciencia de los sueños incipientes
es al atardecer. La casa es atardecer, medio disuelta.
Sólo la mitad de lo que nunca poseerá permanece,
sigue estrellado. Es la madre que poseen,
quien otorga transparencia a su presente paz.
Ella hace todo más gentil de lo que pueda ser.
Y sin embargo, ella también se disuelve, es destruida.
Ella da transparencia. Pero ha envejecido.
Su collar es una talla, no un beso.
Las manos suaves son un movimiento, no un roce.
La casa se derrumbará, y los libros arderán,
ellos permanecen dichosos en un refugio de la mente.
Y la casa es de la mente y ellos y el tiempo
juntos, todos juntos. La noche boreal
parecerá una escarcha cuando se les acerque
a ellos y a la madre mientras se adormece.
y ellos digan, buenas noches, buenas noches. Arriba
las ventanas estarán iluminadas, no los cuartos.
Un viento diseminará su grandeza ventolera alrededor,
y golpeará la puerta como la culata de un rifle.
El viento les gobernará con sonido invencible.
el objetivo del poema, llenan el cuarto.
Están juntos aquí, y hace calor.
Sin la presciencia de los sueños incipientes
es al atardecer. La casa es atardecer, medio disuelta.
Sólo la mitad de lo que nunca poseerá permanece,
sigue estrellado. Es la madre que poseen,
quien otorga transparencia a su presente paz.
Ella hace todo más gentil de lo que pueda ser.
Y sin embargo, ella también se disuelve, es destruida.
Ella da transparencia. Pero ha envejecido.
Su collar es una talla, no un beso.
Las manos suaves son un movimiento, no un roce.
La casa se derrumbará, y los libros arderán,
ellos permanecen dichosos en un refugio de la mente.
Y la casa es de la mente y ellos y el tiempo
juntos, todos juntos. La noche boreal
parecerá una escarcha cuando se les acerque
a ellos y a la madre mientras se adormece.
y ellos digan, buenas noches, buenas noches. Arriba
las ventanas estarán iluminadas, no los cuartos.
Un viento diseminará su grandeza ventolera alrededor,
y golpeará la puerta como la culata de un rifle.
El viento les gobernará con sonido invencible.
domingo, 1 de diciembre de 2013
Trotamundos (por Giuseppe Ungaretti)
En ninguna
parte
de la tierra
puedo
asentarme
En cada
nuevo
clima
que encuentro
descubro
con pena
que
alguna vez
me fue
conocido
Y me separo de él siempre
extranjero
Naciendo
de vuelta de épocas
demasiado vividas
Gozar un solo
minuto de vida
inicial
Busco un país
inocente
parte
de la tierra
puedo
asentarme
En cada
nuevo
clima
que encuentro
descubro
con pena
que
alguna vez
me fue
conocido
Y me separo de él siempre
extranjero
Naciendo
de vuelta de épocas
demasiado vividas
Gozar un solo
minuto de vida
inicial
Busco un país
inocente
sábado, 30 de noviembre de 2013
Ciclo y surco (por Antonio Rivero Taravillo)
Lluvia:
árbol genealógico de la vida,
empapadas dinastías
del recuerdo que vuelve;
ciclo y surco, perímetro mojado
del horizonte curvo de una gota,
atmósfera atravesada
de un rocío que regresa
jornada tras jornada
siguiendo ese rotar
como una noria.
Cangilones, paraguas
hoy vueltos del revés,
arrojando disparos
a cubos llenos
en el revólver o tiovivo
de cachas grises y caballos
de crines húmedas
y relinchos de truenos,
detonaciones:
un ajuste de cuentas entre nubes
que se desangran grises.
viernes, 29 de noviembre de 2013
De aquel hombre fugaz (por Kevork Topalian)
Acaecido, justo después del sacro aguacero
–helada lluvia de todo aquello que no pudo ser–,
veo pasar la silueta de un hombre por mi lado,
doblar la siguiente esquina y perderse calle abajo.
Y de golpe me doy cuenta de mi propia nada.
La misma de aquel hombre fugaz, que pasaba
como el recuerdo de cierto actor, a quien de joven
hace demasiado tiempo en un cine demolido vi;
disperso negativo, secuencia, aleatorio segmento
cinematográfico a contraluz, celuloide
en su infinito rotar y proyectar la imagen.
jueves, 28 de noviembre de 2013
Era un hombre desconocido (por Margaret Atwood)
Has oído al hombre al que amas
hablando consigo mismo en el cuarto de al lado.
No sabía que le escuchabas.
Pegaste el oído al muro
pero no conseguías captar las palabras,
sólo una especie de ruido sordo.
¿Estaba enfadado? ¿Estaba maldiciendo?
¿O era una especie de comentario
como una larga y críptica nota al pie en una página de versos?
¿O buscaba algo que había extraviado,
como las llaves del coche?
Entonces, de repente, se puso a cantar.
Te asustaste
porque era algo nuevo,
pero no abriste la puerta, no entraste,
y siguió cantando con su voz grave, desafinada,
densa y dura como el brezo.
La canción no era para ti, no te mencionaba.
Tenía otra fuente de contento,
nada que ver contigo en absoluto,
era un hombre desconocido, que canta en su cuarto, solo.
¿Por qué te sentiste tan dolida, y tan curiosa,
y al mismo tiempo tan feliz,
y también tan libre?
miércoles, 27 de noviembre de 2013
Y tú vienes a herirnos (por Jaime Gil de Biedma)
¿A qué vienes ahora,
juventud,
encanto descarado de la vida?
¿Qué te trae a la playa?
Estábamos tranquilos los mayores
y tú vienes a herirnos, reviviendo
los más temibles sueños imposibles,
tú vienes para hurgarnos las imaginaciones.
De las ondas surgida,
toda brillos, fulgor, sensación pura
y ondulaciones de animal latente,
hacia la orilla avanzas
con sonrosados pechos diminutos,
con nalgas maliciosas lo mismo que sonrisas,
oh diosa esbelta de tobillos gruesos,
y con la insinuación
(tan propiamente tuya)
del vientre dando paso al nacimiento
de los muslos: belleza delicada,
precisa e indecisa,
donde posar la frente derramando lágrimas.
Y te vemos llegar: figuración
de un fabuloso espacio ribereño
con toros, caracolas y delfines,
sobre la arena blanda, entre la mar y el cielo,
aún trémula de gotas,
deslumbrada de sol y sonriendo.
Nos anuncias el reino de la vida,
el sueño de otra vida, más intensa y más libre,
sin deseo enconado como un remordimiento
-sin deseo de ti, sofisticada
bestezuela infantil, en quien coinciden
la directa belleza de la starlet
y la graciosa timidez del príncipe.
Aunque de pronto frunzas
la frente que atormenta un pensamiento
conmovedor y obtuso,
y volviendo hacia el mar tu rostro donde brilla
entre mojadas mechas rubias
la expresión melancólica de Antínoos,
oh bella indiferente,
por la playa caminas como si no supieses
que te siguen los hombres y los perros,
los dioses y los ángeles
y los arcángeles,
los tronos, las abominaciones...
martes, 26 de noviembre de 2013
Regreso al protonúcleo (por Pilar Iglesias de la Torre)
Rasgar las entretelas como se rasga,
piel de arpegio mudo....Romper el folio
segundos antes de morir....Después, la desnudez
y el calcio solitario de los árboles
cuando dibujan
el intrínseco ingrediente del silencio,
ese punto equidistante de la desolación del ámbar
o del cenit axial de la fractura. También la desmemoria
en el olvido sinfónico que significa el invierno
al agostar las venas, su hemorragia.
Ya no espero el desbordarse la conciencia
ni el testimonio del crepúsculo
como premonición de ese después en los gradientes.
Tampoco, el ánfora fenicia
en su travesía lunar de rompeolas.
Es el final del diccionario aquél de Ítacas,
hilado poco a poco, en la meiosis. Alguna vez la ruina,
habría de deshabitar el universo
desencriptando jeroglíficos, para encefalograma plano.
Confieso, sin embargo, el dolor de los epígrafes
en su descenso abisal hacia la umbría,
y la resistencia extrasistólica, a la negación del yo.
Me parece regresar, al protonúcleo de esa estrella
que un día, en alquiler, fijó mi residencia,
y desandar los pasos, dejando el labio impreso
en el hueso innominado de los troncos
como aroma a evaporarse,
en su ardiente explicación, de la energía oscura.
Acaso, el último diseño, de una mueca extinta
abriendo nuevos horizontes, para otra radiofrecuencia.
Por nuestros no paseos (por Marina Tsvietáieva)
Me gusta que Usted no esté enfermo por mí
y que yo tampoco me enferme por Usted,
que nunca el pesado globo de la tierra
se escurra bajo nuestros pies.
Me gusta que pueda ser ridícula, perversa
y buscar palabras adecuadas
y no ponerme roja con ola sofocante
si apenas nuestras mangas se rozaran.
Me gusta que delante de mí Usted pueda abrazar
tranquilamente a otra mujer,
no me condeno a arder en el infierno
por no besarle a Usted.
Y que mi cariñoso nombre, mi Cariño
no recuerde ni en la noche ni en el día…
que nunca sobre nosotros, en el silencio de la catedral,
cantarán el Aleluya.
Gracias a Usted -con mi mano sobre el corazón-
que no sabe lo mucho que me ama:
por mis noches tranquilas,
por los encuentros de las crepusculares horas,
por nuestros no paseos bajo la luna,
por el sol que no existe encima de nosotros,
por el dolor que no siente, lamentablemente, Usted por mí,
por el dolor que yo no siento, lamentablemente, por Usted.
lunes, 25 de noviembre de 2013
La ventana de Keats (por Andrés Trapiello)
Apartado de todo, vuelto a mí
en silencio egoísta, en soledad
de campos y de encinas y callejas
que el otoño volvió más taciturnas;
asilado a esta sombra y sin más patria
que una vieja edición de tus poemas;
sentado en berroqueña piedra gris
y leyendo tus versos, oigo cómo
de pronto un ruiseñor se eleva y canta.
Todo lo dejo entonces, mi lectura,
mis leves pensamientos, mi silencio.
Todo por escucharle. Es él, él mismo.
El dulce ruiseñor que tú supiste
distinguir entre todas las demás
criaturas, por ser no melodioso,
que lo era, sino por ser el tuyo,
el a ti destinado desde siempre,
desde el día en que Dios de mansas fieras
ocupó el Paraíso y dijo: «hágase
también el ruiseñor, para que Keats,
en la umbría Inglaterra, al escucharlo
embelesado, alcance esta verdad:
que el canto es sólo uno, siempre el mismo,
y que la rama cambia y cambia el pájaro,
mas no la melodía. Esta será
de país a país siempre la misma,
de un continente a otro y desde un siglo
a otro siglo, la misma melodía,
igual que en el estanque van las ondas
cuando alguien en él escribió un nombre».
Pues bien. Conmigo está, frente a este Gredos,
el ruiseñor menudo de tus versos,
frente a ese abstracto Gredos, calmo y duro
y hecho de pura abstracta lejanía.
y están también los prados y colinas
por los que tú anduviste. Están conmigo
ahora, aquí. Y las viejas mansiones
que el campo inglés conoce, venerables,
cubiertas por la yedra, iluminadas
con quinqués y bujías cuya luz
llenaba las ventanas de dorada
quietud e invitación al sueño,
de modo que de lejos, si pasaba
un viajero, se decía: «¡Quién
pudiera estar allí, junto a esa lámpara,
dentro de aquella casa, allí sentado
en cómodo sillón leyendo un libro
o bebiendo los vinos de Madeira
y escuchando un piano, o ni siquiera,
sólo como esa sombra que es el tiempo!
¡Sólo como la sombra de aquel hombre
que se asoma al balcón para mirarme!
¡Quién pudiera quedarse en esa casa
y no tener, cerrada ya la noche,
que andar por estos fúnebres caminos
y exponerse a morir en soledades
que harían de la muerte algo aún más triste»...
Eso diría el viajero errante,
eso mismo diría al contemplar
la vieja casa solitaria y grande.
Y luego seguiría su camino
sin dejar de mirar de vez en cuando
atrás, hasta perder aquella luz,
aquel temblor de oro entre las ramas
oscuras de los tejos, sin haber
siquiera sospechado que eras tú,
John Keats, la sombra.
Y que le viste
llegar por el camino, y que dijiste:
«Al Sur marcha ese hombre.
¡Quién pudiera con él perderse lejos!
Ahora mismo. Sin equipaje alguno.
¡Cómo envidio su suerte y qué tristeza
languidecer aquí llevando una
vida que ni siquiera de infeliz
puedo calificarla! Mira, parte
de nuevo, se va. Empieza ya la luna
a vadear el río. ¡Cuánto debe
compadecer mis años!»...
Y que luego,
para apagar la sed de tu acedía,
tomaste una vez más un papel nuevo
sin dejar de pensar en aquel hombre
que viste peregrino. Quizás ese
fue el día en que escribiste aquel poema
que empieza así: «Feliz es Inglaterra..."
¿Quién podría saberlo? Ahora otra vez
lo leo en este viejo libro tuyo,
y al leer me parece que tu otoño
es este otoño mío y que también
es mío el ruiseñor que ya ha callado,
y me confundo y creo
que aquellos claros ríos entre hayales
son nuestro pedregal, cuna de víboras.
Y así, miro estos bíblicos olivos
y alcornoques ascéticos, la tierra
de la que brotan zarzas sólo, ortigas,
pestilente cenizo o amargas hierbas,
y ebrio de gratitud, no siento ya
ni abrasador el sol ni amargo el aire
ni severos los pardos y los negros,
que son colores nuestros metafísicos,
sino que cierro el libro y miro lejos,
porque tus versos hacen que yo vea
este lugar como lugar del alma,
y vuelto a mí, comienzo a recorrer
de nuevo este paisaje silencioso
y a verlo de otro modo y a sentirlo
y a desear también la dulce muerte,
hermana zarza, hermanos alcornoques,
ortigas, alimañas, sequedades.
domingo, 24 de noviembre de 2013
Una mujer sentada (por Alan Brownjohn)
En esta ciudad, quizá una calle.
En esta calle, quizá una casa.
En esta casa, quizá un cuarto,
y en este cuarto, una mujer sentada.
Sentada en la oscuridad, sentada y llorando
por alguien que acaba de salir por esa puerta
y acaba de apagar la luz
olvidándose que estaba allí sentada.
sábado, 23 de noviembre de 2013
Cuando el amor tan sólo (por May Swenson)
Cuando no sea el dolor
sino la dicha
de mirarse dos rostros
dulcemente
y no haya cordilleras de cemento
sino la paz menuda de la higuera,
cuando no tengamos que inventar esquinas
donde los besos crezcan,
cuando no pague impuestos ningún sueño
ni haya séptimos pisos para amarse...
entonces,
cuando el amor tan sólo,
será todo más fácil.
viernes, 22 de noviembre de 2013
Pensando en ti (por Idea Vilariño)
Estás lejos y al sur
allí no son las cuatro.
Recostado en tu silla
apoyado en la mesa del café
de tu cuarto
tirado en una cama
la tuya o la de alguien
que quisiera borrar
-estoy pensando en ti no en quienes buscan
a tu lado lo mismo que yo quiero-.
Estoy pensando en ti ya hace una hora
tal vez media
no sé.
Cuando la luz se acabe
sabré que son las nueve
estiraré la colcha
me pondré el traje negro
y me pasaré el peine.
Iré a cenar
es claro.
Pero en algún momento
me volveré a este cuarto
me tiraré en la cama
y entonces tu recuerdo
qué digo
mi deseo de verte
que me mires
tu presencia de hombre que me falta en la vida
se pondrán
como ahora te pones en la tarde
que ya es la noche
a ser
la sola única cosa
jueves, 21 de noviembre de 2013
Sé que tengo una deuda (por Vicente Gallego)
Esta tarde he escuchado
otra vez sus pisadas a mi espalda,
he notado su aliento al abrir una puerta,
y sus huellas están en mis viejos papeles.
Aunque no puedo verlo,
hace tiempo que siento su presencia inquietante
cuando me quedo solo, cuando paso las horas
encerrado entre libros y palabras.
Sus lamentos me llegan confundidos
con el viento que gira en la terraza,
y oscurece su sombra en los espejos.
Sé que tengo una deuda.
Mientras sigo escribiendo escucho un llanto.
Y no puedo pagarla.
Mientras sigo escribiendo va muriéndose el día
como una advertencia.
Sé que el plazo ha vencido.
Su tristeza es un ruido que perturba mi vida,
sus reproches se adaptan al sonido
de este vaso con hielo, y a la tarde de otoño,
y al rasgar de esta pluma en el papel
donde ensayo lamentos y disculpas.
Sé que tengo una deuda.
Sé que el alma de un muerto penará por mi culpa.
Ha llegado la noche, y a través del espejo
en que se ha convertido la ventana,
unos ojos sin vida me contemplan.
¡Si yo hubiera podido -les explico-, si yo hubiera sabido!
Y no supe pagarla.
A través del cristal unos ojos me acusan:
son los ojos de un niño que jamás me perdona
el haber confundido su futuro y sus sueños
con la vida sin sueños, con el triste futuro,
de ese hombre que ahora
teme al vidrio y esquiva su mirada.
otra vez sus pisadas a mi espalda,
he notado su aliento al abrir una puerta,
y sus huellas están en mis viejos papeles.
Aunque no puedo verlo,
hace tiempo que siento su presencia inquietante
cuando me quedo solo, cuando paso las horas
encerrado entre libros y palabras.
Sus lamentos me llegan confundidos
con el viento que gira en la terraza,
y oscurece su sombra en los espejos.
Sé que tengo una deuda.
Mientras sigo escribiendo escucho un llanto.
Y no puedo pagarla.
Mientras sigo escribiendo va muriéndose el día
como una advertencia.
Sé que el plazo ha vencido.
Su tristeza es un ruido que perturba mi vida,
sus reproches se adaptan al sonido
de este vaso con hielo, y a la tarde de otoño,
y al rasgar de esta pluma en el papel
donde ensayo lamentos y disculpas.
Sé que tengo una deuda.
Sé que el alma de un muerto penará por mi culpa.
Ha llegado la noche, y a través del espejo
en que se ha convertido la ventana,
unos ojos sin vida me contemplan.
¡Si yo hubiera podido -les explico-, si yo hubiera sabido!
Y no supe pagarla.
A través del cristal unos ojos me acusan:
son los ojos de un niño que jamás me perdona
el haber confundido su futuro y sus sueños
con la vida sin sueños, con el triste futuro,
de ese hombre que ahora
teme al vidrio y esquiva su mirada.
miércoles, 20 de noviembre de 2013
Mi insospechado rostro (por Jorge Luis Borges)
Zumban las balas en la tarde última.
Hay viento y hay cenizas en el viento,
se dispersan el día y la batalla
deforme, y la victoria es de los otros.
Vencen los bárbaros, los gauchos vencen.
Yo, que estudié las leyes y los cánones,
yo, Francisco Narciso de Laprida,
cuya voz declaró la independencia
de estas crueles provincias, derrotado,
de sangre y de sudor manchado el rostro,
sin esperanza ni temor, perdido,
huyo hacia el Sur por arrabales últimos.
Como aquel capitán del Purgatorio
que, huyendo a pie y ensangrentando el llano,
fue cegado y tumbado por la muerte
donde un oscuro río pierde el nombre,
así habré de caer. Hoy es el término.
La noche lateral de los pantanos
me acecha y me demora. Oigo los cascos
de mi caliente muerte que me busca
con jinetes, con belfos y con lanzas.
Yo que anhelé ser otro, ser un hombre
de sentencias, de libros, de dictámenes,
a cielo abierto yaceré entre ciénagas;
pero me endiosa el pecho inexplicable
un júbilo secreto. Al fin me encuentro
con mi destino sudamericano.
A esta ruinosa tarde me llevaba
el laberinto múltiple de pasos
que mis días tejieron desde un día
de la niñez. Al fin he descubierto
la recóndita clave de mis años,
la suerte de Francisco de Laprida,
la letra que faltaba, la perfecta
forma que supo Dios desde el principio.
En el espejo de esta noche alcanzo
mi insospechado rostro eterno. El círculo
se va a cerrar. Yo aguardo que así sea.
Pisan mis pies la sombra de las lanzas
que me buscan. Las befas de mi muerte,
los jinetes, las crines, los caballos,
se ciernen sobre mí... Ya el primer golpe,
ya el duro hierro que me raja el pecho,
el íntimo cuchillo en la garganta.
martes, 19 de noviembre de 2013
Si pierdo la memoria, qué pureza (por Pere Gimferrer)
Si pierdo la memoria, qué pureza.
En la azul crestería la tarde se demora,
retiene su oro en mallas lejanísimas,
cuela la luz por un resquicio último, se extiende y me delata
como un arco que tiembla sobre el aire encendido.
¿Qué esperaba el silencio? Príncipes de la tarde, ¿qué palacios
holló mi pie, qué nubes o arrecifes, qué estrellado país?
Duró más que nosotros aquella rosa muerta.
Qué dulce es al oído el rumor con que giran los planetas del agua.
lunes, 18 de noviembre de 2013
Por fin he llegado (por Yehuda Amijai)
Recuerdo un problema en un libro de matemáticas
sobre un tren que sale de un lugar A y otro tren
que sale de un lugar B. ¿Dónde se encontrarán?
Nadie preguntaba nunca qué ocurriría entonces:
¿se detendrían, se cruzarían, chocarían?
Ningún problema hablaba de un hombre que sale de A
y una mujer que sale de B. ¿Dónde se encontrarán,
se encontrarán realmente, y durante cuánto tiempo?
Como en aquel libro de matemáticas: por fin he llegado
a las páginas finales que incluyen las respuestas.
Ahí donde estaba prohibido mirar.
Ahora por fin puedo hacerlo. Ahora compruebo
en qué acerté y en qué estaba equivocado,
y sé lo que hice bien, lo que hice mal,
cuanto ya no podré arreglar.
domingo, 17 de noviembre de 2013
Mi corazón es un planeta exhausto (por Martín López-Vega)
El mundo, lo sabes, es cada vez más una procesión
de híbridos de muertos y sus fantasmas.
Esta mañana al ver esa pequeña escultura
de la mujer que mira la puesta de sol
(en realidad, un pedazo de madera
mal pintado de amarillo) eras tú de nuevo
quien estaba allí, aquí. Si no le das a tu vida
la pendiente adecuada, decías,
no hay agua que no se estanque.
Sístole y diástole, rotación y traslación:
mi corazón es un planeta exhausto.
No viajo ya por huir de nada ni de mí,
tan sólo para poder así verme desde lejos.
Esta mañana, al mirarme en el espejo
del baño, no me reconocí:
no era un rostro lo que había al otro lado,
sino un paisaje equivocado, como si al salir
de un largo túnel me asomase por fin a la luz
y el lugar no fuese el esperado
e ignorase si tengo tiempo aún para volver
sobre mis pasos y reemprender el camino que buscaba.
En los restos de vaho intento dibujarme.
Un monigote, un pelele sin gesto,
otra cosa no consigo de mí si soy yo quien me dibujo.
Al fin y al cabo, lo trágico sigue siendo lo trágico,
por muy rotos que estén tu Yo y mi Tú.
Tú tienes tu carga y yo tengo mi carga.
¿Por qué nos encontramos hoy en medio
del mercado? ¿Si llevamos tanto tiempo juntos,
por qué ahora? ¿Qué has venido a decirme
o a que te diga? ¿Eres tú la sombra que carga
con mi cadáver o la sombra soy yo?
Cuando era niño, en las manchas de las paredes
veía mapas de islas a las que alguna vez iría:
ahora en cambio reconozco cicatrices
de heridas que ya tuve. Deberíamos
vivir como árboles y, al final,
lo que hacemos con nuestra existencia es
construir una estatua: llegado un momento
nos congelamos en un gesto, y en él nos quedamos
ya de por vida. Nunca como niños
corriendo cuesta abajo.
Hay por todas partes luces de colores y la cerveza es mala,
pero no hay una mujer que no sea hermosa.
Querrías acercarte a una, a cualquiera, pero pesa demasiado
el cadáver que arrastras. Le darías la mano, pero ninguna
de las dos tienes libre; hablarías con ella, pero tú
ya sólo hablas con los muertos. La besarías, pero tus besos
quién te asegura que no sepan a cadáver.
¿Qué hacer cuando alrededor la belleza
abunda de esta manera, y uno no encuentra
lugar en que enterrar a sus muertos en paz
y empezar de una vez la vida nueva?
Ya es de noche, Antígona, desde la ventana
puedo ver los raíles del tranvía y a los jóvenes
que siguen bebiendo en los bares cercanos.
No importa quién seas tú ni quién yo sea.
Salgamos juntos a enterrar a nuestros muertos.
Mañana será domingo, el reloj dará horas que no importen
y el sol de mediodía querrá penetrar
en nosotros a la fuerza, ojos adentro.
sábado, 16 de noviembre de 2013
Mi mundo privado (por Claudia Masin)
Yo ansié tener un cuerpo que practicara,
como un arte, la ignorancia de sí.
Que cayera rendido con la levedad con que caen
las hojas de los árboles. Cuando fuera inevitable,
nunca antes. Pero de tu cuerpo no deseaba
sino lo que había en él de frágil, de imperfecto:
la cicatriz que te cruzaba el pómulo, las pequeñas
arrugas en la frente. La herida
que te asemejaba a mí. Dos ramitas secas
ante la embestida de la menor brisa,
se quiebran. El camino es interminable, te decía,
da vueltas y vueltas alrededor del mundo
y en alguna de esas vueltas los que estaban
destinados a perderse, se encuentran.
Se dice que a la vera
de cierta ruta que atraviesa el desierto,
es posible hundir una vara en la hierba reseca
y en algún momento brotará el petróleo como un géiser.
Anoche tuve un sueño en el que viajábamos por días
y días para encontrar el yacimiento, a la manera
de los scouts o los cazadores de fortuna
del oeste. Al llegar era de noche,
no había una sola estrella, el pozo
estaba seco. Yo me dormía y te quedabas
al lado mío, cuidando mi sueño. No estabas allí
a la mañana siguiente.
En el sueño, alguien decía:
donde tengas tu tesoro tendrás
tu corazón. Y yo me preguntaba qué pasaría
si tu tesoro se perdiera,
qué pasaría en un juego de cajas chinas
si al llegar a la última,
la que debería contener el objeto precioso,
esa, como todas las otras,
estuviera vacía.
viernes, 15 de noviembre de 2013
Y la muerte no tendrá dominio (por Dylan Thomas)
Y la muerte no tendrá dominio.
Los hombres desnudos han de ser uno solo
con el hombre en el viento y la luna poniente;
cuando sus huesos queden limpios y los limpios huesos se dispersen,
ellos tendrán estrellas en el codo y en el pie;
aunque se vuelvan locos serán cuerdos,
aunque se hundan en el mar de nuevo surgirán,
aunque se pierdan los amantes, no se perderá el amor;
y la muerte no tendrá dominio.
Y la muerte no tendrá dominio.
Los que hace tiempo yacen
bajo los dédalos del mar no han de morir entre los vientos,
retorcidos de angustia cuando los nervios cedan,
atados a una rueda no serán destrozados;
la fe, en sus manos, ha de partirse en dos,
y habrán de traspasarles los males unicornes;
rotos todos los cabos, ellos no estallarán.
Y la muerte no tendrá dominio.
Y la muerte no tendrá dominio.
Y las gaviotas no gritarán en los oídos
ni romperán las olas sonoras en las playas;
donde alentó una flor, otra flor tal vez nunca
levante su cabeza a los embates de la lluvia;
y aunque ellos estén locos y totalmente muertos
sus cabezas martillearán en las margaritas;
irrumpirán al sol hasta que el sol sucumba,
y la muerte no tendrá dominio.
Los hombres desnudos han de ser uno solo
con el hombre en el viento y la luna poniente;
cuando sus huesos queden limpios y los limpios huesos se dispersen,
ellos tendrán estrellas en el codo y en el pie;
aunque se vuelvan locos serán cuerdos,
aunque se hundan en el mar de nuevo surgirán,
aunque se pierdan los amantes, no se perderá el amor;
y la muerte no tendrá dominio.
Y la muerte no tendrá dominio.
Los que hace tiempo yacen
bajo los dédalos del mar no han de morir entre los vientos,
retorcidos de angustia cuando los nervios cedan,
atados a una rueda no serán destrozados;
la fe, en sus manos, ha de partirse en dos,
y habrán de traspasarles los males unicornes;
rotos todos los cabos, ellos no estallarán.
Y la muerte no tendrá dominio.
Y la muerte no tendrá dominio.
Y las gaviotas no gritarán en los oídos
ni romperán las olas sonoras en las playas;
donde alentó una flor, otra flor tal vez nunca
levante su cabeza a los embates de la lluvia;
y aunque ellos estén locos y totalmente muertos
sus cabezas martillearán en las margaritas;
irrumpirán al sol hasta que el sol sucumba,
y la muerte no tendrá dominio.
Este personaje (por Ryszard Kapuściński)
Me he alejado tanto de mí mismo
que ya no sé decir nada
sobre mí
ni lo que siento
cuando me mojo bajo la lluvia
ni cuando me convierto
en una brizna de hierba seca
quemada por el sol
no sé encontrarme
a mí mismo
describir a este personaje
nombrarlo
asegurar
que existe
que ya no sé decir nada
sobre mí
ni lo que siento
cuando me mojo bajo la lluvia
ni cuando me convierto
en una brizna de hierba seca
quemada por el sol
no sé encontrarme
a mí mismo
describir a este personaje
nombrarlo
asegurar
que existe
jueves, 14 de noviembre de 2013
Materia arremolinada (por Stathis Intzes)
a
En el principio fue materia arremolinada
como ella manó del nicho
del primer ojo
Después, el alejamiento del alquitrán por un sol
b
En el principio, la mezcla hervida de las venas
como ella maduró en el corazón de las estrellas
haciéndose estrella de nuevo
Luego, las circunstancias favorecieron el nacimiento del destello
En el principio fue materia arremolinada
como ella manó del nicho
del primer ojo
Después, el alejamiento del alquitrán por un sol
b
En el principio, la mezcla hervida de las venas
como ella maduró en el corazón de las estrellas
haciéndose estrella de nuevo
Luego, las circunstancias favorecieron el nacimiento del destello
miércoles, 13 de noviembre de 2013
Has venido a salvarme (por Fernando Valverde)
¿Recuerdas cómo mueren los pelícanos?
Bajo el sol de la tarde
que golpea la costa del Pacífico
el agua los engulle como al plomo.
Nada puede salvarlos.
Hay tanta dignidad en el vacío,
tanto amor en sus vuelos,
que en el último instante escogen el silencio.
Sólo queda
el golpe de sus cuerpos contra el agua
como un rumor de viento imperceptible.
Desde esta habitación no puede verse el mar,
no existen altas rocas y no queda horizonte
que no hayan destruido.
No importa,
intuyes un rumor en esta noche negra,
puedes tocar su brazo.
Recordarás entonces, al percibir el frío,
que en otoño ese mar que tanto amas
se vuelve gris y deja
los nombres del pasado escritos en la arena.
Te has sentado a mirarlos.
Frente a ti,
torciendo el horizonte,
un niño se sumerge entre las olas.
El levante, tan cálido y perfecto,
lo traiciona y lo empuja.
Has venido a salvarme.
Tus brazos,
tan frágiles ahora,
cubren el cuerpo de mis nueve años
hasta tocar la orilla.
Es cierto,
desde esta habitación no puede verse el mar
pero tiemblan mis manos igual que aquella tarde.
Ahora cojo las tuyas,
siente cómo te amo,
cómo salvas mi miedo con tus gestos,
cómo tienes la vida sujeta entre los dedos.
Deja a un lado la carne,
has golpeado tanto tu rostro contra el agua
que la luz se ha quebrado.
No hay estrellas debajo del océano.
Abre los ojos,
es tan ciega la muerte que el temor te confunde.
Abre los ojos,
búscame ahora en medio de este océano,
voy a agarrarte fuerte con mis brazos,
siente cómo te aprieto,
busquemos nuestra orilla,
el mar no ha dibujado nuestros nombres,
es hoy, no somos el pasado,
es salado el sudor,
es la espuma del mar contra las rocas
este miedo en tus labios.
Nos espera la vida.
martes, 12 de noviembre de 2013
Más tarde (por Saiz de Marco)
Y más tarde la muerte legendaria
la conocida
la desconocida
la transparente muerte impenetrable vendrá
Siempre encuentra un modo
una ruta
un destino que termina en nosotros
¿Y cuando venga qué?
¿qué seré luego?
¿seré lo mismo que antes de nacer?
La nada
sí
la nada
la conozco
mi vieja amiga
mi leal compañera
mi casa germinal
mi patria última
pero no
en verdad no sé cómo es
Menos que oscuridad
menos que sueño
menos que silencio
pura inconsciencia
Así de simple y me cuesta entenderlo
Yo ya estuve en la nada
Aquí pasaban cosas
había gente real pero yo no entre ellos
Ni siquiera fui un hueco
ni siquiera una ausencia
Nadie
Nadie
¿Se estaba bien allí?
No sé decirlo
Creo que no me iba mal
No se sufría
allí no se sentía
no se era
Creo que inexistir no era un mal estado
¿Por qué no va a ser fácil volver a lo inerte
ir atrás
hasta el pre-origen?
(una des-reacción
un retro-fenómeno
como el incendio abdica de sus llamas
como los huracanes se disuelven
como el agua del mar vuelve a las nubes
un bucle químico que ahora se cierra)
Y entre tanto en la Tierra
este paraje
este conjunto de seres conscientes del que no seré trozo
ni cuota
permanecerá
¿Qué harán sin mí?
Bah no importa
ya vivieron sin mí muchos milenios sin jamás echarme en falta
Millones de conciencias y ninguna
ninguna de ellas será mi conciencia
¿Des-seré para siempre
un siempre nunca
un nunca eterno
un nunca
nunca
nunca
o me iré para regresar quién sabe cuándo
en qué lugar
dentro de quién
(tal vez una conciencia que me acoja
otra materia viva que me yoe
en otro sitio
en algún universo)
pero sin recordar que antes fui éste?
Y después la no-vida legendaria
la conocida
la desconocida
la familiar
la misteriosa muerte
lunes, 11 de noviembre de 2013
Como este olor (por Juan Ramón Jiménez)
Tiene este libro un olor que me recuerda
el olor que tenía mi madre. Un sosegado
aroma de recato, sin explosión, esencia
íntima de un placer vivo y velado…
el olor que tenía mi madre. Un sosegado
aroma de recato, sin explosión, esencia
íntima de un placer vivo y velado…
Cuando pasaba ella, lo dejaba tras sí
como una vaga estela de dolor resignado…
¡Domingos de mi vida! ¡Cielo azul de aquel pueblo
que pudo ser la dicha y sólo fue el cansancio!
como una vaga estela de dolor resignado…
¡Domingos de mi vida! ¡Cielo azul de aquel pueblo
que pudo ser la dicha y sólo fue el cansancio!
¡por mi nostalgia yerma, olor, como mi olor
de lágrima secreta y contenida…!, bálsamo
que al tiempo mismo es recuerdo y pesadumbre;
yo pude haberlo hecho y no lo hice…
de lágrima secreta y contenida…!, bálsamo
que al tiempo mismo es recuerdo y pesadumbre;
yo pude haberlo hecho y no lo hice…
¡El llanto no sirve para nada, cuando el remordimiento
no tiene cura, cuando
hay una cosa negra, que pudo ser de oro,
que no se borra, que es, como este olor, amargo!
no tiene cura, cuando
hay una cosa negra, que pudo ser de oro,
que no se borra, que es, como este olor, amargo!
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