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miércoles, 22 de abril de 2015

Largo septiembre (por Saúl Ibargoyen)

Ahora es septiembre padre
como hace mil años.
Las cosas han cambiado
han cambiado tanto.
Muchas lluvias se extinguieron
en el aire
mucho polvo ha sido
desde entonces barro.
Y tú regresas nuevamente
hacia mi sangre.
Es éste un viaje
de momentos y sombras
de recuerdos y dolor
cayendo entre nosotros.
Tu silencio y mi voz
se reconocen
deciden golpear cerradas puertas
y pueden olvidar
lo tuyo que nos falta
las destrucciones que sirven
en favor de tu ausencia.
Fuiste despojado
perdiste lo accesorio
y tu sistema de callar
de hacer sonrisas y miradas sencillas
es lo que ahora en septiembre
te regresa
como de un nacimiento o una leyenda.
Recién comprendo
cuál fue tu trabajo:
silencio me diste
para que yo al nombrarte
también las palabras calladas
y el tiempo vencido nombrara:
vida me diste
para que otra vida
más fuerte y más pura
mis manos crearan.
Es pesada tu herencia
pues no tenías nada.
Vienes conmigo
y conmigo regresas
a traerme noticias de tu esperanza:
aquí está el camino
en este largo septiembre
que para mí dejaste:
del agua al vino
del vino a la sangre.

4 comentarios:

Carlos Cay dijo...

Hablando del padre, de todos los padres..., copiopego esta joyita que saca en la contraportada de "El País" de hoy Laila Gerreiro:

Mírese al espejo del baño. Repase el delineador, el rímel. Piense: “Debo ponerme los aros que me regaló”. Vaya hasta su cuarto, búsquelos, póngaselos. Tome su bolso, salga de la casa, suba a un taxi, dígale al taxista el nombre del hospital. En el hospital, haga el camino que conoce de memoria. Golpee la puerta suavemente, abra. Respire la atmósfera de la habitación, cargada de olor a sábanas limpias. Piense, como piensa siempre: “Qué linda luz”. Salude a su madre, sentada junto a la cama. Vea cómo le indica que no haga ruido porque su padre, después de una noche de dolores sangrientos, duerme. Pregunte, como siempre pregunta, cómo está. Escuche, como siempre escucha, la misma respuesta. Siéntese. Mire a su padre en esa cama en la que lleva ya dos meses. Siéntase irritada. Pregúntese: “Para qué vengo, si no puede verme”. Piense: “Si yo estuviera en su lugar, él elegiría morir por mí”. Piense: “Me aburro”. Converse con su madre de cosas que no le interesan. Al cabo de dos horas, mientras su padre aún duerme, salga de la habitación. En el pasillo, encuéntrese con el médico que lo atiende. Pregúntele cuánto tiempo le queda. Escuche cómo el médico le dice: “Poco”. Sienta alivio y sienta pánico y sea descortés: márchese sin saludarlo. Tome el ascensor, salga a la calle, suba a un taxi, regrese a su casa. Después de cenar, al acostarse, apague el teléfono móvil. Piense: “Así evitaré que suceda esta noche”. Piense: “Soy una idiota”. No pueda dormir y, en algún momento, duérmase. Tenga sueños fangosos. Despiértese a las tres de la madrugada con el sonido del teléfono fijo. Deje que suene dos, tres, cinco veces. Salga de la cama. Camine hasta la sala. Levante el tubo. Diga, horrorizada: “Hola”. Piense: “De modo que así es como me empiezo a quedar huérfana”.

Carlos Cay dijo...

Perdón, la autora no es Laila sino LEILA GUERRIERO.

tERESA pANZA dijo...

Entre dos muelas cordales nunca metas tus pulgares.

Cide Hamete Benengeli dijo...

Esto me decía mi novia
cuando la tenía debajo:
-No me lamas el ombligo,
que el bizcocho es más abajo.