zUmO dE pOeSíA

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de todos los colores, de todos los sabores

ALEATORIUM: Saca un poema de nuestro almacén

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martes, 15 de octubre de 2019

Y me clave las púas de su barba (por Gonzalo Rojas)


Veo un río veloz brillar como un cuchillo, partir
mi Lebu en dos mitades de fragancia, lo escucho,
lo huelo, lo acaricio, lo recorro en un beso de niño como entonces,
cuando el viento y la lluvia me mecían, lo siento
como una arteria más entre mis sienes y mi almohada.

Es él. Está lloviendo.
Es él. Mi padre viene mojado. Es un olor
a caballo mojado. Es Juan Antonio
Rojas sobre un caballo atravesando un río.
No hay novedad. La noche torrencial se derrumba
como mina inundada, y un rayo la estremece.

Madre, ya va a llegar: abramos el portón,
dame esa luz, yo quiero recibirlo
antes que mis hermanos. Déjame que le lleve un buen vaso de vino
para que se reponga, y me estreche en un beso,
y me clave las púas de su barba.

Ahí viene el hombre, ahí viene
embarrado, enrabiado contra la desventura, furioso
contra la explotación, muerto de hambre, allí viene
debajo de su poncho de Castilla.

Ah, minero inmortal, ésta es tu casa
de roble, que tú mismo construiste. Adelante:
te he venido a esperar, yo soy el séptimo
de tus hijos. No importa
que hayan pasado tantas estrellas por el cielo de estos años,
que hayamos enterrado a tu mujer en un terrible agosto,
porque tú y ella estáis multiplicados. No
importa que la noche nos haya sido negra
por igual a los dos.
—Pasa, no estés ahí
mirándome, sin verme, debajo de la lluvia.


domingo, 13 de octubre de 2019

El llano de huizaches (por Elena Garro)


¡Elena!
Oigo mi nombre, me busco.
¿Sólo esta oreja queda?
¿Ésta que oye mi nombre en un llano de huizaches?
¿Mi nombre, gritado así, a los cuatro vientos,
de noche, en el llano de la muerte?

¡Elena!
Es raro que descuartizados
mis miembros avancen por el llano de huizaches.
El nombre ya no los une ni los nombra.
Es raro que sigan avanzando
y que en el centro esté la boca del vacío.
Ahora los llama mi nombre:
¡Ven aquí, nariz de Elena!
¡Ven aquí, brazo de Elena!
Sólo la bacinica sigue firme cubriendo la cabeza
que sonámbula rueda en el valle de huizaches.
¿Hay todavía un puntapié sobrante?
¿Ya nadie llega a jugar a la pelota?
¿Nadie olvidó un buen escupitajo de colmillo
para la cabeza que rueda entre huizaches?

¡Elena!
Los llama mi nombre:
¡Vengan aquí, mano pierna pescuezo!
Hace años que bailan separados
en la tierra de los escupitajos.
¿Hay alguien que guarde todavía un gargajo
para ese ojo cerrado a gargajazos?

¡Elena!
La voz viene del centro profundo de mi ombligo.
Hay quien vive adentro del ombligo y me llama.
La voz corre para atrapar los pies que corren
entre huizaches
y las manos que bailan el baile loco de los dedos locos
sin pizarra, sin lápiz, sin niño, sin amante.
Me busco. Me encuentro.
Colgado de una rama seca está uno de mis labios.
Y ahora por allí corre la lengua
que recitaba las lecciones del colegio:
Rosa, rosae…
¿Qué hará allí, tan lejos del pizarrón,
tirada en el valle de huizaches?

¡Elena!
Me busco. Me encuentro.
Nadie levanta la bacinica que cubre paisajes,
pájaros vistos en deslumbrantes copas,
el pico de la estrella de la cual colgaba yo
y las sílabas de mi nombre meciéndome hacia un pasado
y un futuro los dos de oro
antes de estar aquí, gritándote a ti mismo
en los huizaches.
Tampoco hay que mirar por el agujero de la aorta.
¡Señores, un mecate para ligarlo bien!,
para que nunca más se llegue al centro de ese corazón
que yace luna roja caída en el llano de huizaches
¿Les gustará a las damas y a los caballeros
tumbado, iluminando de rojo a los huizaches
en el valle en el que rueda mi ombligo
como antes rodaron canicas llamándome?
¡Clic! !Clic! !Clic!

¡Elena!
Mi espinazo blanco avanza como víbora
hacia el pozo negro del vacío.
¿Hay algún tacón de raso,
de esos piadosos tacones de raso que llevan las señoras
para que aplaste su cabeza?
¡Rosario y decencia en mano, hubo damas!
¡Chequera y decencia en mano, hubo caballeros!
El llano, este llano, es para los pelados.
Las damas y los caballeros viven en avenidas
de cartón y beben sangre de indio.

¡Elena!
Me busco. Hay tiempo, el pozo está lejos todavía.
Los dientes separados de la encía avanzan a saltitos.
Hasta que caiga el último de ellos,
hasta que caiga la solemne campanilla que presidió
al paladar y a la palabra, no podré responderte.

¡Elena!
Te digo que me busco, que me encuentro.
Espera hasta que llegue al pozo negro la última de las uñas.
¡Es largo el llano de huizaches!
¡Es ancho el llano de huizaches!
¡Se tarda uno siglos en cruzarlo!


sábado, 12 de octubre de 2019

Fue la primera vez de la alegría (por Miguel Hernández)


Fue una alegría de una sola vez,
de esas que no son nunca más iguales.
El corazón, lleno de historias tristes,
fue arrebatado por las claridades.

Fue una alegría como la mañana,
que puso azul el corazón, y grande,
más comunicativo su latido,
más esbelta su cumbre aleteante.

Fue una alegría que dolió de tanto
encenderse, reírse, dilatarse.
Una mujer y yo la recogimos
desde un niño rodeado de su carne.

Fue una alegría en el amanecer
más virginal de todas las verdades.
Se inflamaban los gallos, y callaron
atravesados por su misma sangre.

Fue la primera vez de la alegría,
la sola vez de su total imagen.
Las otras alegrías se quedaron
como granos de arena entre los mares.

Fue una alegría para siempre sola,
para siempre dorada, destellante.
Pero es una tristeza para siempre,
porque apenas nacida fue a enterrarse.


viernes, 11 de octubre de 2019

Acunabas un lobo por corazón (por Juan José Saer)


Sin embargo tus ojos ardían recientes bajo las drogas
fugaces y livianos como dos cirios en las sombras.
Acunabas un lobo por corazón, oh queridísima Clodia, oh Lesbia.
Abandonado elijo tu lado bueno: entre las luces
mínimas, las atroces, parecida a un meteoro,
tu cabeza bailaba y expandía como con aspas verdes
la claridad. Abandonado elijo
tu lado triste: a veces, como Dios, no estás
en ningún lado; entonces cierras
los ojos, oh Lesbia, y tiemblas como esas
grandes hojas tropicales mojadas. Abandonado
elijo tu lado esencial: nunca vuelves,
eres como una muerta obstinada, tú,
la oscura patrona del haber sido. Abandonado
elijo tu lado vuelto hacia mí: algo de cuya cara
tu corazón es el reverso.


jueves, 10 de octubre de 2019

Obsesión del matrimonio provinciano (por Pablo de Rokha)


Con hachazos de bandera, de océano, de manzana,
por adentro resplandeciendo, infinito de absoluto y gran aurora,
a soledad incendiada oliendo, o sonando
con espantoso lamento de águila o máquina de cementerio a la orilla del
mundo,
así, rompiendo tus entrañas, penetrándote.

Tú y tu flor de muchacha, aquí, conmigo.
En piedra, en vísceras, en hierro y eternidad abrazándonos,
contra y cuando en ese límite braman las palomas
y la violeta saca la espada de dios, entre los corsarios enfurecidos,
porque el clima del siglo suda a pólvora,
y yo, directo y sin esperanza, tronando con árbol y todo, como un regimiento de espaldas,
te esgrimo sobre el hombre, con la sociedad al hombro. Gimiéndote, besándote, lamiéndote, llorándote,
únicamente por ti y en ti relampagueando con relámpagos de montaña, anhelando, con beso eterno, esculpirte.
Es tu música, es tu número, querida,
y la línea melódica de tu acento incomparable,
quien emerge de entre valientes amapolas,
superando los espantos encadenados, su ámbito y su látigo, como de
culebras,
y el horror del himno, Winétt de laurel y tormento.

Todavía la infinita sensación, la cuchilla, la cadena, la rendija del sol,
gritando,
aquella tal palanca, que, enormemente, dura y puja rugiendo, con trabajo
desesperado de agonía, sin mástiles, arrodillado a tus riberas, arranco los años, los potros de los años,
entonces los sujeto con frenos tremendos, y escribo para comparar la eternidad a una laguna en la cual lo que fue revive, retorna, renace, circulando.

Tu juventud soñadora y sanguinaria de virgen silvestre o ídolo, alimentándose de terrores, construyó su mito y su signo, a expensas de esta materia soberbia, que, entre pecho y espalda, se me subleva, y yo satisfice tu ensueño, despedazándome, (¡despedazándome!), construyéndote un universo con las migajas ensangrentadas, mujercita y
azucena,
para tu ser infantil matando toros rojos.

Cosecha de vino amarillo, con estampidos que maduran, agua de fuego, a cuya presencia de esmeraldas derretidas, acuden los pájaros muertos contra muertos atardeceres, he ahí que te lamen estos mares, con su actitud de perros de miedo y oro,
amiga.

Contra el invierno que levanta su muralla de árboles desventurados, y te enfría la espalda, echando plumas de agua y suspiros a esa inmensa
atmósfera romántica,
enarbolo tu luz preciosa y morena de entonces,
haciendo poema tu belleza, escribiéndola en las arenas aventureras,
haciendo estatuas de agua de ansia,
haciendo edificios de energía, monumentos de esperanza, imágenes, religión, Dios, la guerra eterna,
levantando tu figura, más allá del tiempo y del espacio, heroicamente, gritando y tocando la trompeta en las tinieblas,
encima del ejército de cenizas, en el cual resplandece una gran cabeza
de muerto.

Así, criatura de estaño, como volando entre espadas.

Recoge los últimos mitos, como quien recibe sangre y muerte en la boca, o como duraznos de pulpa santa.

Autónomo, tremendo, dinámico,
ya asoman las auroras rojas, niña linda, y nosotros lo divisamos: el tiempo de las estrellas enarboladas...



miércoles, 9 de octubre de 2019

No estoy y estoy (por Vicente Huidobro)


Yo estoy ausente pero en el fondo de esta ausencia
hay la espera de mí mismo
y esta espera es otro modo de presencia
la espera de mi retorno
Yo estoy en otros objetos
ando en viaje dando un poco de mi vida
a ciertos árboles y a ciertas piedras
que me han esperado muchos años

Se cansaron de esperarme y se sentaron

Yo no estoy y estoy
Estoy ausente y estoy presente en estado de espera
Ellos querrían mi lenguaje para expresarse
y yo querría el de ellos para expresarlos
He aquí el equívoco el atroz equívoco

Angustioso lamentable
me voy adentrando en estas plantas
voy dejando mis ropas
se me van cayendo las carnes
y mi esqueleto se va revistiendo de cortezas
Me estoy haciendo árbol Cuántas cosas me he ido convirtiendo en otras cosas...
Es doloroso y lleno de ternura

Podría dar un grito pero se espantaría la transustanciación
Hay que guardar silencio Esperar en silencio


martes, 8 de octubre de 2019

Partida (por Aristóteles España)


Me avisan que debo alistar mi maleta,
ordenar las frazadas,
quedo mudo y perplejo.
No me atrevo a despedirme.
Somos un grupo numeroso.
¿Adónde vamos?
Se cruzan nuestras miradas,
escondo mi cuaderno,
son momentos de mucha intensidad,
me duele el estómago,
hay un gran despliegue de tropas,
inusual y desmedido,
surgen conjeturas,
caen granizos,
todo se llena de ausencias,
escribo mis iniciales en la pared.
Afuera hay un vehículo con destino desconocido
y después una lancha torpedera o un avión,
hay cierta claridad glacial
que va blanqueando nuestro andar;
veo orillas que se hunden como barcos,
troncos quemados,
hombres que entran y salen de sí mismos.
Siento un leve escozor en las rodillas,
cierro mis párpados ahora.
Hasta siempre camaradas,

toda esta lección no ha sido en vano.


lunes, 7 de octubre de 2019

Sin (por Rafael Baldaya)


agua, pero nadie la bebe
colinas, pero nadie las cuenta
cuevas, pero nadie habitándolas
distancias, pero nadie las mide
hierro, pero nadie lo extrae
luz, pero a nadie ilumina
lluvia, pero a nadie mojando
mares, pero nadie los surca
masas, pero nadie las pesa
montañas, pero nadie las sube
nieve, pero nadie pisándola
viento, pero a nadie refresca
ríos, pero nadie los nada
sol, pero a nadie calienta
objetos, pero nadie los nombra
playas, pero nadie bañándose
tierra, pero nadie la labra
valles, pero nadie los puebla
días, pero días para nadie
noches, pero nadie las duerme
y tantas cosas que hay
tantas, sí, y todas para nadie 


domingo, 6 de octubre de 2019

Todo es herida (por Gonzalo Rojas)


Cumplo con informar a usted que últimamente todo es herida:
la muchacha
es herida, el olor
a su hermosura es herida, las grandes aves negras, la inmediatez
de lo real y lo irreal tramados en el fulgor de un mismo espejo
gemidor es herida, el siete, el tres, todo, cualquiera de estos números de la danza es
herida, la barca
del encantamiento con Maimónides al timón es herida, aquel diciembre 20 que me cortaron de mi madre es herida, el sol
es herida, Nuestro Señor
sentado ahí entre los mendigos con esa túnica irreconocible por el cauterio del psicoanálisis es herida, el
Quijote
a secas es herida, el ventarrón
abierto del Golfo contra la roca alta es
herida, serpiente
horadante del Principio, mar
y más mar de un lado a otro, Kierkegaard y
más Kierkegaard, taladro
y por añadidura herida; la
preñez en cuanto preñez en la preciosidad de su copa es
herida, el ocio
del viejo río intacto donde duermen inmóviles los mismos peces
velocísimos es
herida, la Poesía
grabada a fuego en los microsurcos de mi cerebro de niño es herida, el hueco
de 1.67 justo en metros de rey es herida, el éxtasis
de estar aquí hablando solo en lo bellísimo de este
pensamiento de
nieve es
herida, la evaporación
de la fecha de mármol con el padre adentro
bajo los claveles es
herida, el carrusel
pintarrajeado que fluye y fluye como otro río de polvo y otras
máscaras
que vi en Pekín colgando en la vieja calle de Cha Ta-lá
cuya identidad de 2.500 años de drogas y ataúdes rientes
no se discute, es
herida; la cama en fin
que allí compré, con dos espejos para navegar, es herida,
la
perversión
de la palabra nadie que sopla desde las galaxias es herida, el Mundo
antes y después de los Urales es
herida, la hilera
de líneas sin ocurrencia de esta visión
sin resurrección es herida. Cumplo
entonces con informar a usted que últimamente todo es herida.


sábado, 5 de octubre de 2019

Aquel puente (por Irene Sánchez Carrión)


No cruzaste aquel puente
y su remota voz de musgo
se enredará por siempre entre tus pasos.

Te dio miedo bajar las escaleras
y un negro precipicio de peldaños
se abrirá a tus pies cada mañana.

Desde hoy
todos los lechos
donde busques descanso
se llenarán de pozos
y caerán confundidos
tu rostro y sus caretas.


viernes, 4 de octubre de 2019

Paréntesis (por Mario Benedetti)

Acompáñenme a entrar en el paréntesis 
que alguien abrió cuando parió mi madre
y permanece aún en los otroras
y en los ahoras y en los puede ser
lo llaman vida si no tiene herrumbre
yo manejo el deseo con mis riendas

mientras trato de construir un cielo
en sus nubes los pájaros se esconden
no es posible viajar bajo sus alas
lo mejor es abrir el corazón
y llenar el paréntesis con sueños

los pájaros escapan como amores
y como amores vuelven a encontrarnos
son sencillos como las soledades
y repetidos como los insomnios

busco mis cómplices en la frontera
que media entre tu piel y mi pellejo
me oriento hacia el amor sin heroísmo
sin esperanzas pero con memoria

por ahora el paréntesis prosigue
abierto y taciturno como un túnel



jueves, 3 de octubre de 2019

Cristal del autobús junto a Virginia (por Elena Medel)


Ocupáis tres asientos frente a mí en el autobús que se desplaza
desde nuestro barrio alejado del centro
al centro;
al centro de nuestra localidad minúscula, entiéndase, no al centro
de las cosas, no a la esencia misma ni a la materia nuclear donde la
vida

bang

donde la vida

se expande y obedece a todos los fenómenos —etcétera— que
dicta
la astrofísica. Lo proclaman las asignaturas que rodeábamos
porque éramos de letras; lo proclaman los inexpugnables mecanismos que
atañen a vocablos tan comunes
como universo, vida, muerte, amor.
Ocupáis tres asientos frente a mí
en la parte trasera del transporte público: el niño a la derecha, en el
centro la niña, la madre a la izquierda.

Ahora tú, hija pequeña de Virginia: chándal rosa gastado —igual
que los plumieres de tu madre— con un personaje
que mi edad y condición soltera ignoran.

Ahora tú, hijo mayor de Virginia, intuyo en tu barbilla y tus orejas
los rasgos que heredaste de tu padre, y me pregunto
si Virginia los maldice
—Virginia, ¿los maldices?—
a la hora del baño.

Pero tú, Virginia, tan rubia, ¿lo recuerdas?
Allá donde entonces combatíamos piojos

ahora

bang

ahora

escondemos el tiempo.

Aquí tú lees una revista, Virginia, aquí tú no me reconoces: ¿te sirven
los consejos del cuché,
oh tú, tan rubia e inocente?
Virginia, siempre con mi edad y ahora con dos hijos, sin anillo en
el dedo, con un bolso colmado de galletas:
Virginia, hijo mayor de Virginia, hija pequeña de Virginia,
años luz caídos
años luz quebrados en la comisura de los labios,
cerrad los ojos y pedid un deseo

frente a mí

en el autobús destartalado que nos salva del barrio periférico y nos
acerca
al centro, lejos de los bancos en los que los adolescentes beben y las
noches golpean los jardines,
cierra los ojos, Virginia,
porque en estos veintiocho minutos de trayecto he pensado en
nosotras,
en ti que no me reconoces veinte años más tarde, en tus canas donde
la gente que nunca te habló, en tus canas donde la gente
reía y se burlaba.

Cristal del autobús junto a Virginia, espejito de ambas,
tus uñas rojas comidas al fregar los platos, una gota de laca roja en
tu dedo anular,
oh Virginia, oh rubia e inocente,
yo he pensado en nosotras,

bang

yo he pensado en nosotras.

No sé si sabes a lo que me refiero.

Te estoy hablando del fracaso.


miércoles, 2 de octubre de 2019

Sherpa (por Álvaro Tato)


Escalamos el suelo
a pie.

Solos o juntos,
sin abrigo ni guía, suelo adentro,
pasos arriba.

Seguimos, nos perdemos
y sobre el suelo plano
se suceden aludes y refugios.

A veces en la sima
del sueño coronamos
una verdad posible:

cada paso es la cumbre.


martes, 1 de octubre de 2019

Y aún más larga la noche (por Claudio Rodríguez)


Largo se le hace el día a quien no ama
y él lo sabe. Y él oye ese tañido
corto y duro del cuerpo, su cascada
canción, siempre sonando a lejanía.
Cierra su puerta y queda bien cerrada;
sale y, por un momento, sus rodillas
se le van hacia el suelo. Pero el alba,
con peligrosa generosidad,
le refresca y le yergue. Está muy clara
su calle, y la pasea con pie oscuro,
y cojea en seguida porque anda
sólo con su fatiga. Y dice aire:
palabras muertas con su boca viva.
Prisionero por no querer, abraza
su propia soledad. Y está seguro,
más seguro que nadie porque nada
poseerá; y él bien sabe que nunca
vivirá aquí, en la tierra. A quien no ama,
¿cómo podemos conocer o cómo
perdonar? Día largo y aún más larga
la noche. Mentirá al sacar la llave.
Entrará. Y nunca habitará su casa.


lunes, 30 de septiembre de 2019

Para tenerte entre mis dedos un momento (por Julio Cortázar)


De vuelta del paseo
donde junté una florecita para tenerte entre mis dedos un momento,
y bebí una botellas de Beaujolais, para bajar al pozo
donde bailaba un oso luna,
en la penumbra dorada de la lámpara cuelgo mi piel
y sé que estaré solo en la ciudad
más poblada del mundo.
Excusarás este balance histérico, entre fuga a la rata y queja de morfina,
teniendo en cuenta que hace frío, llueve sobre mi taza de café,
y en cada medialuna la humedad alisa sus patitas de esponja.
Máxime sabiendo
que pienso en ti obstinadamente, como una ciega máquina,
como la cifra que repite interminablemente el gongo de la fiebre
el loco que cobija su paloma en la mano, acariciándola hora a hora
hasta mezclar los dedos y las plumas en una sola miga de ternura.
Creo que sospecharás esto que ocurre,
como yo te presiento a la distancia en tu ciudad,
volviendo del paseo donde quizá juntases
la misma florecita, un poco por botánica,
un poco porque aquí,
porque es preciso
que no estemos tan solos, que nos demos
un pétalo, aunque sea un pasito, una pelusa.


domingo, 29 de septiembre de 2019

Dicen "mío" (por Rainer Maria Rilke)


Ellos dicen mío

de todas las cosas, tan pacientes. Son

como el viento que roza las ramas

y que dice: mi árbol.


Apenas notan cómo

cuanto coge su mano, se pone incandescente:

así que ni en su borde más externo

podrían sujetarlo sin quemarse.


Dicen mío, como uno que

llamara amigo al príncipe, al hablar con labriegos,

si ese príncipe es grande y está muy lejos.

Dicen mío de los externos muros

pero no conocen nada del dueño de la casa.

Dicen mío y lo llaman propiedad,

cuando todo a lo que ellos se acercan se cierra,

igual que un ordinario charlatán

llama míos al sol y a los relámpagos.


Así dicen: mi vida, mi mujer,

mi perro, mi hijo, y saben, sin embargo, muy bien

que todo: mujer, vida, perro y niño,

son extrañas imágenes que palpan,

ciegos, con manos extendidas.

Certidumbre, en verdad, sólo hay para los grandes,

los que anhelan ver. Pues los otros

no quieren oír que su caminar mísero

no se integra con nada de lo de alrededor,

y que, apartados de sus bienes,

sin ser reconocidos por su propiedad, poseen

tan poco a la mujer como a la flor,

que tiene una vida ajena para todos.



sábado, 28 de septiembre de 2019

Autorretrato a los veinte años (por Roberto Bolaño)


Me dejé ir, lo tomé en marcha y no supe nunca
hacia dónde hubiera podido llevarme. Iba lleno de miedo,
se me aflojó el estómago y me zumbaba la cabeza:
yo creo que era el aire frío de los muertos.
No sé. Me dejé ir, pensé que era una pena
acabar tan pronto, pero por otra parte
escuché aquella llamada misteriosa y convincente.
O la escuchas o no la escuchas, y yo la escuché
y casi me eché a llorar: un sonido terrible,
nacido en el aire y en el mar.
Un escudo y una espada. Entonces,
pese al miedo, me dejé ir, puse mi mejilla
junto a la mejilla de la muerte.
Y me fue imposible cerrar los ojos y no ver
aquel espectáculo extraño, lento y extraño,
aunque empotrado en una realidad velocísima:
miles de muchachos como yo, lampiños
o barbudos, pero latinoamericanos todos,
juntando sus mejillas con la muerte.



viernes, 27 de septiembre de 2019

El coloso (por Sylvia Plath)


Nunca conseguiré recomponerte del todo,

armarte, encolarte y ensamblarte adecuadamente.

De tus enormes labios surgen

rebuznos, gruñidos y cacareos obscenos.

Esto es peor que vivir en un corral.


Supongo que te crees un oráculo,

el portavoz de los muertos o de algún que otro dios.

Treinta años llevo ya luchando

por drenar el cieno de tu garganta,

y aún no sé por qué.


Trepando por mis escalerillas, con botes de pegamento

y cubos de desinfectante, me arrastro como una hormiga

enlutada por los herbazales de tu ceño

para arreglar tus inmensas placas craneales y limpiar

los blancos, vacíos túmulos de tus ojos.


Un cielo azul, como de la Orestíada,

se arquea sobre nosotros. Oh, Padre, tú mismo

ya eres tan retórico y arcaico como el Foro Romano.

Saco mi almuerzo en una colina de cipreses negros.

Tus huesos estriados y tus cabellos de acanto se confunden


esparcidos en su viejo caos hasta el horizonte.

Haría falta algo más que la descarga de un rayo

para crear una ruina semejante.

De noche, me acurruco en la cornucopia

de tu oído izquierdo, resguardada del viento,


contando las estrellas rojas y esas otras de color ciruela.

El sol sale por detrás del pilar de tu lengua.

Mis horas se han desposado con la sombra,

y ya he dejado de escuchar el roce de una quilla

contra las piedras lisas del muelle.


jueves, 26 de septiembre de 2019

La muchacha del balcón (por Juan Gelman)


La tarde bajaba por esa calle junto al puerto
con paso lento, balanceándose, llena de olor,
las viejas casas palidecen en tardes como ésta,
nunca es mayor su harapienta melancolía
ni andan más tristes de paredes,
en las profundas escaleras brillan fosforescencias como de mar,
ojos muertos tal vez que miran a la tarde como si recordaran,
eran las seis, una dulzura detenía a los desconocidos,
una dulzura como de labios de la tarde, carnal,
carnal,
los rostros se ponen suaves en tardes como ésta,
arden con una especie de niñez
contra la oscuridad, el vaho de los dancings.

Esa dulzura era como si cada uno recordara a una mujer
sus muslos abrazados, la cabeza en su vientre,
el silencio de los desconocidos
era un oleaje en medio de la calle
con rodillas y rostros de ternura chocando
contra el «New Inn», las puertas, los umbrales de color abandono.

Hasta que la muchacha se asomó al balcón
de pie sobre la tarde íntima como su cuarto con la cama deshecha
donde todos creyeron haberla amado alguna vez
antes de que viniera el olvido.


miércoles, 25 de septiembre de 2019

Un epitafio (por José Alcaraz)


Tengo un epitafio:

"Así está bien".

Lo cuido,
crece como hierba.

Lleva una lluvia dentro
y viento
con risas de niño.

Juega a mi alrededor.

Es extraño.

No sé.

Lo más alegre
que he escrito triste.


martes, 24 de septiembre de 2019

Ha de llover (por Antonio Gamoneda)


Hay sequía en la luz y la ceniza llora,
como mi madre, sin lágrimas.

Ha de llover.

Ha de llover hasta que se levanten los maíces sagrados y sea posible la celebración de la muerte.

Ha de llover.

¿Por qué no? ¿ Por qué no ha de llover
en la tiniebla intestinal y en las hirvientes médulas?

Ha de llover

en los niños frenéticos y en los adoradores nocturnos
y en los ancianos extraviados en la música.

Ha de llover

en el pensamiento y en la felicidad ensangrentada.
Ha de llover sobre esta piedra enferma
donde, en la noche, cunde un resplandor
procedente de astros inservibles.

Ha de llover,

tiene que caer la lluvia suavemente
sobre los suicidas del amanecer.

Ha de llover
en la superficie cristianizada por la industria. Tiene que llover
hasta que aúllen las alondras y,
bajo las catenarias, en Vega Magaz,
los ferroviarios se desnuden
y detengan la máquina que llora.

Ha de llover en la extremaunción
sacramentalmente perversa. Ha de llover
en el interior del hierro y en la furia negra
de quince niños guineanos y
quince niños prematuros.

Ha de llover con ternura
sobre las secretarias parturientas.

Ha de llover
sobre los jueces y los asesinos,
sobre los comandantes y las monjas.

Ha de llover en los prostíbulos
y en los ministerios invisibles
y en ciertas fístulas azules y
sobre las serpientes melancólicas.
Y las serpientes han de silbar tristemente
treinta melodías olvidadas. Son
reconocibles por su olor a sombra
y a sustancia inguinal. Dichas serpientes
silbarán en las cajas de ahorro
y en los urinarios y en las tumbas.

Sí, ha de llover: hoy es martes
especialmente. Hoy resucitan
los fusilados de Villamañán.

Ha de llover en las letrinas
notariales hasta que aparezcan los títulos
de la propiedad mortal y de la tristeza hipotecaria y
cien cartas de amor de Francisco Franco.

Ha de llover con dulzura sobre las niñas que abortan en octubre.

Ha de llover en la agonía de Jorge Pedrero y
sobre los visitantes lívidos.

Ha de llover en mis venas
y en mi desaparición. Causa analógica:
se sabe que los agonizantes son felices
rodeados de llanto.

Ha de llover con crueldad católica
sobre los huesos de Felipe Segundo
y de los Caídos por Dios y por España.

Agua para los prostáticos
y su dolor universal, agua también
para los sifilíticos y los curas.

Agua para los Borbones
y para los mendigos y las mujeres rojas
que gritaban los gritos amarillos
de mil novecientos treinta y seis.

Ha de llover.

Ha de llover en los pantanos
rebosantes (se dice) de fascismo y de
tristeza imperial. Se han encontrado
poderosas razones ecuménicas
para que llueva en los pantanos. Es
físicamente necesario a causa
de la prosperidad del incesto y
de los cuchillos olvidados en las iglesias. Ha
de llover.

Ha de llover, sí, pero no han de olvidarse
los manantiales del odio ni las acequias
secretas de los monasterios ni
la humedad de las sociedades anónimas.

Ha de llover jamás y siempre. Con
desesperación agraria. Ha de llover
hasta que enloquezcan los metales
y el sílice y las inmensas madres
del Barrio de la Sal.

Ha de llover ya.

¿Está lloviendo?
Sí, está lloviendo. Las madres
son blancas y locas.

Ya vienen
al penal y a los laboratorios
de la tortura.

Ya
están aquí las madres. Traen
fuego y amor.

¡Ah de la lluvia
sobre las madres!

Ya
el agua y el amor y el fuego cunden.
Ya están ardiendo sin escoria
con esperanza roja, ávidamente,
dulcemente, los juicios sumarísimos.

¡Ah de la lluvia!


lunes, 23 de septiembre de 2019

Preguntándome qué busco (por Philip Larkin)


En cuanto estoy seguro de que no pasa nada,

entro y dejo cerrarse la puerta con un golpe seco.

Otra iglesia: esteras, asientos y piedra,

y esos librillos; flores desperdigadas, cortadas

para el domingo, ahora algo marrones; latón y esas cosas

que hay en el rincón sagrado; un bonito órgano;

y un silencio tenso, mohoso, imposible de ignorar

engendrado hace Dios sabe cuánto. Sin sombrero,

me quito los clips de ciclista en torpe reverencia,

avanzo y paso la mano por la pila bautismal.

Desde donde estoy, el techo parece casi nuevo:

¿lo han limpiado o restaurado? Cualquiera sabe: yo, no.

Me subo al atril y leo unos versículos

intimidatorios en letra grande, y pronuncio

el «Aquí acaba» mucho más fuerte de lo que pretendía.

El eco es una breve burla. De nuevo en la puerta

firmo en el libro, dejo una moneda irlandesa de seis peniques

y reflexiono que no valía la pena pararse ahí.


Y sin embargo me he parado: a menudo lo hago,

y siempre acabo igual de perdido,

preguntándome qué busco; preguntándome también,

cuando las iglesias caigan completamente en desuso

en qué las convertiremos, si mantendremos

algunas catedrales para enseñarlas de vez en cuando,

sus pergaminos, patenas y cofres en vitrinas cerradas,

y dejaremos el resto gratis a la lluvia y las ovejas.

¿Las evitaremos como si fueran lugares de mal agüero?


¿O, al caer la noche, aparecerán turbias mujeres

para que sus hijos toquen una piedra en concreto;

a coger hierbas para un cáncer; o alguna noche

determinada para ver caminar a un muerto?

Seguirá existiendo algún tipo de poder

en juegos, acertijos, aparentemente al azar;

pero la superstición, igual que la fe, debe morir,

¿y qué quedará cuando ya no haya ni incredulidad?

Hierbas, un pavimento con maleza, zarzas, contrafuertes, cielo,


una forma cada semana menos reconocible,

una intención más recóndita. Me pregunto quién

será el último, el último de todos, que busque

este lugar por lo que fue; ¿uno de esos que

dan golpecitos, anotan y saben lo que eran el coro y el ábside?

¿Un borracho de las ruinas, un cachondo de las antigüedades,

o un adicto a la Navidad, que busca el tufillo

a sotanas y alzacuellos, tubos de órgano y mirra?

¿O será alguien como yo,
aburrido, ignorante, que sabe que el limo espectral

se ha dispersado, y sin embargo se acerca a este suelo en cruz

a través de estos matorrales porque ha mantenido

entero durante tanto tiempo, invariable, lo que desde entonces

solo encontramos separado: el matrimonio, el nacimiento

y la muerte, y los pensamientos que provocan, para lo que fue construida

esta estructura especial? Pues aunque ignoro

el valor de este granero rancio y habilitado,

me agrada estar aquí en silencio;


es una casa seria en una tierra seria,

en cuya atmósfera mixta todas nuestras compulsiones confluyen,

se reconocen y se visten de destinos.

Y eso nunca será obsoleto,

pues siempre habrá alguien que sorprenda

dentro de sí un ansia de ser más serio,

y que lo atraiga a este suelo,

el cual, oyó decir una vez, ayudaba a ser más sabio,

aunque solo sea por los muertos que contiene.


domingo, 22 de septiembre de 2019

El dios abandona a Antonio (por Konstantinos Kavafis)


Cuando de pronto a medianoche oigas pasar
un invisible desfile
con músicas fantásticas y voces,
no llores por tu suerte que declina,
por tus hazañas incumplidas,
por tus proyectos errados.
Valiente, como dispuesto desde hace tiempo ya,
di adiós a Alejandría que se aleja,
y sobre todo no te engañes, no digas
que fue un sueño, que se confundió tu oído.
No confíes en vanas esperanzas.
Como dispuesto desde hace tiempo,
valiente, como te corresponde a ti
que mereciste esa ciudad,
quédate inmóvil junto a la ventana
y escucha conmovido, pero no
miedoso ni suplicante como los cobardes.
Goza finalmente de los sonidos,
de los raros instrumentos del cortejo divino
y despide a Alejandría que te deja.


sábado, 21 de septiembre de 2019

Sobre un filo de espada (por Eugenio Montale)


Felicidad lograda, caminamos

por ti sobre un filo de espada.

Para los ojos eres resplandor que vacila;

para el pie, tenso hierro que se raja;

que no te toque, pues, quien más te ama.

Si llegas a las almas invadidas

de tristeza, iluminándolas, tu mañana

es dulce y turbadora como nidos en las molduras.

Pero nada paga el llanto de ese niño

cuyo globo se escapa entre las casas.

viernes, 20 de septiembre de 2019

1936 (por Miguel Labordeta)


Fue en la edad de nuestro primer amor,
cuando los mensajes
son propicios al precoz embelesamiento
y los suaves atardeceres
toman un perfume dulcísimo
en forma de muchacha azul
o de mayo que desaparece,
cuando unos hombres duros como el sol del verano
ensangrentaban la tierra
blasfemando de otros hombres
tan duros como ellos;
tenían prisa por matar para no ser matados
y vimos asombrados
con inocente pupila
el terror de los fusilados amaneceres,
las largas caravanas de camiones desvencijados
en cuyo fondo los acurrucados individuos
eran llevados a la muerte
como acosada manada;
era la guerra, el terror, los incendios,
era la patria suicidada,
eran los siglos podridos reventando;
vimos las gentes despavoridas
en un espanto de consignas atroces;
iban y venían, insultaban, denunciaban, mataban,
eran los héroes, decían golpeando
las ventanillas de los trenes repletos de su carne de cañón;
nosotros no entendíamos apenas el suplicio
y la hora dulce de un jardín con alegría y besos;
fueron noches salvajes de bombardeo, noticias lúgubres,
la muerte banderín de enganche cada macilenta aurora;
y héteme aquí solo ante mi vejez más próxima
preguntar en silencio
¿qué fue de nuestro vuelo de remanso,
por qué pagamos las culpas colectivas
de nuestro viejo pueblo sanguinario;
quién nos resarcirá de nuestra adolescencia destruida
aunque no fuese a las trincheras?

Vanas son las preguntas a la piedra
y mudo el destino insaciable por el viento;
mas quiero hablar aquí
de mi generación perdida,
de su cólera, paloma en una sala de espera con un reloj
parado para siempre;
de sus besos nunca recobrados,
de su alegría asesinada
por la historia siniestra
de un huracán terrible de locura.


jueves, 19 de septiembre de 2019

Se han quedado debajo (por Roberto Juarroz)


Los rostros que has ido abandonando
se han quedado debajo de tu rostro
y a veces te sobresalen
como si tu piel no alcanzara para todos.

Las manos que has ido abandonando
te abultan a veces en la mano
y te absorben las cosas o las sueltan
como esponjas crecientes.

Las vidas que has ido abandonando
te sobreviven en tu propia sombra
y algún día te asaltarán como una vida,
tal vez para morir una vez sola.


miércoles, 18 de septiembre de 2019

Sin darme cuenta (por Dámaso Alonso)


Mañana lenta,
cielo azul,
campo verde,
tierra vinariega.

Y tú, mañana, que me llevas.
Carreta
demasiado lenta,
carreta
demasiado llena
de mi hierba nueva,
temblorosa y fresca,

que ha de llegar –sin darme cuenta-
seca,
-sin saber cómo-
seca.


martes, 17 de septiembre de 2019

Resuenan (por Isidro Saiz de Marco)



en el presente los gritos del pasado

los audibles sollozos del pasado

las risas

limpias

sucias

del pasado

las palabras aquellas

dichas y no apagadas

los tonos persistentes con que se pronunciaron

las frases

blandas

duras

del pasado

tiempo arriba subiendo de lo hondo

sonando desde dentro

viejas

nuevas

vibrando retumbando

las voces del pasado en el presente



lunes, 16 de septiembre de 2019

Ceremonia de amor (por Jaime Huenún)


Los árboles anoche amáronse indios: mañío e ulmo, pellín
e hualle, tineo e lingue nudo a nudo amáronse
amantísimos, peumos
bronceáronse cortezas, coigües mucho
besáronse raíces e barbas e renuevos, hasta el amor despertar
de las aves ya arrulladas
por las plumas de sus propios
mesmos amores trinantes.

Mesmamente los mugrones huincas
entierráronse amantes, e las aguas
cholas abrieron sus vertientes alumbrando, a sorbos
nombrándose, a solas e diciéndose: aguas buenas, aguas
lindas, ay pero violadas somos aguas Rahue,
plorosas Pilmaiquén, floridas e parteras e aún felices
las arroyos que atraviesan como liebres
los montes e los cerros.

E torcazos el mesmo amor pronto ayuntáronse
los Inallao manantiales
verdes, las Huaiquipán bravías
mieles, los Llanquilef veloces
ojos, las Relequeo pechos
zorzales, las Huilitraro quillay
pelos tordos, los Paillamanque
raulíes nuevos.

Huilliche amor, anoche amaron más
a plena chola arboladura, a granado
cielo indio perpetuo
amáronse, amontañados
como aguas potras e como anchimallén encendidos, al alba
aloroso amáronse,
endulzándose el germen lo mesmo
que vasijas repletas de muday.


domingo, 15 de septiembre de 2019

Viene la soledad (por Mario Benedetti)


Ellos tienen razón: esa felicidad al menos con mayúscula no existe.

Ah, pero si existiera con minúscula sería semejante a nuestra breve presoledad.

Después de la alegría viene la soledad, después de la plenitud viene la soledad, después del amor viene la soledad: ya sé que es una pobre deformación.

Pero lo cierto es que en ese durable minuto uno se siente solo en el mundo. Sin asideros, sin pretextos, sin abrazos, sin rencores, sin las cosas que unen o separan.

Y en esa sola manera de estar solo, ni siquiera uno se apiada de uno mismo.

Los datos objetivos son como sigue: Hay diez centímetros de silencio entre tus manos y mis manos, una frontera de palabras no dichas entre tus labios y mis labios, y algo que brilla así de triste entre tus ojos y mis ojos.

Claro que la soledad no viene sola. Si se mira por sobre el hombro mustio de nuestras soledades se verá un largo y compacto imposible, un sencillo respeto por terceros o cuartos, ese percance de ser buena gente.

Después de la alegría, después de la plenitud, después del amor viene la soledad. Conforme, pero ¿qué vendrá después de la soledad?

A veces no me siento tan solo si imagino, mejor dicho si sé, que mas allá de mi soledad y de la tuya otra vez estás vos, aunque sea preguntándote a solas qué vendrá después de la soledad...


viernes, 13 de septiembre de 2019

Hay que aprender de nuevo a vivir (por Anna Ajmátova)


Y cayó la palabra de piedra
sobre mi pecho todavía vivo.
No importa. Estaba preparada.
De alguna manera me las apañaré.

Hoy tengo que hacer muchas cosas:
hay que matar la memoria,
hay que petrificar el alma,
hay que aprender de nuevo a vivir.

Si no… El caluroso susurro del verano
celebra su fiesta en mi ventana.
Hace tiempo que presentía
este día luminoso y la casa vacía.


jueves, 12 de septiembre de 2019

En las nubes (por Luis Muñoz)


Charlando en un café,
ajenos al murmullo de otras mesas,
al trajín de las tazas, a la entrada de tipos
que dejan los abrigos junto a ellos.
Con los ojos clavados uno en otro,
una chispa airosa en la sonrisa,
un resplandor muy dulce,
en las nubes de una combustión:
ningún amor se entiende desde fuera,
ninguno.



miércoles, 11 de septiembre de 2019

Cierro los ojos para ver (por Ángel González)


A mano amada,
cuando la noche impone su costumbre de insomnio
y convierte
cada minuto en el aniversario
de todos los sucesos de una vida;

allí,
en la esquina más negra del desamparo, donde
el nunca y el ayer trazan su cruz de sombras,

los recuerdos me asaltan.

Unos empuñan tu mirada verde,
otros
apoyan en mi espalda
el alma blanca de un lejano sueño,
y con voz inaudible,
con implacables labios silenciosos,
¡el olvido o la vida!,
me reclaman.

Reconozco los rostros.
No hurto el cuerpo.

Cierro los ojos para ver
y siento
que me apuñalan fría,
justamente,
con ese hierro viejo:
la memoria.


martes, 10 de septiembre de 2019

El fantasma de Edna Lieberman (por Roberto Bolaño)


Te visitan en la hora más oscura
todos tus amores perdidos.
El camino de tierra que conducía al manicomio
se despliega otra vez como los ojos
de Edna Lieberman,
como sólo podían sus ojos
elevarse por encima de las ciudades
y brillar.
Y brillan nuevamente para ti
los ojos de Edna
detrás del aro de fuego
que antes era el camino de tierra,
la senda que recorriste de noche,
ida y vuelta,
una y otra vez,
buscándola o acaso
buscando tu sombra.
Y despiertas silenciosamente
y los ojos de Edna
están allí.
Entre la luna y el aro de fuego,
leyendo a sus poetas mexicanos
favoritos.
¿Y a Gilberto Owen,
lo has leído?,
dicen tus labios sin sonido,
dice tu respiración
y tu sangre que circula
como la luz de un faro.
Pero son sus ojos el faro
que atraviesa tu silencio.
Sus ojos que son como el libro
de geografía ideal:
los mapas de la pesadilla pura.
Y tu sangre ilumina
los estantes con libros, las sillas
con libros, el suelo
lleno de libros apilados.
Pero los ojos de Edna
sólo te buscan a ti.
Sus ojos son el libro
más buscado.
Demasiado tarde
lo has entendido, pero
no importa.
En el sueño vuelves
a estrechar sus manos,
y ya no pides nada.



lunes, 9 de septiembre de 2019

Hubiera sido tan hermoso (por Gioconda Belli)


¿Por qué no me dijiste que estabas construyendo
ese castillo de arena?

Hubiera sido tan hermoso
poder entrar por su pequeña puerta,
recorrer sus salados corredores,
esperarte en los cuadros de conchas,
hablándote desde el balcón
con la boca llena de espuma blanca y transparente
como mis palabras,
esas palabras livianas que te digo,
que no tienen más que el peso
del aire entre mis dientes.

Es tan hermoso contemplar el mar.

Hubiera sido tan hermoso el mar
desde nuestro castillo de arena,
relamiendo el tiempo
con la ternura
honda y profunda del agua,
divagando sobre las historias que nos contaban
cuando, niños, éramos un solo poro
abierto a la naturaleza.

Ahora el agua se ha llevado tu castillo de arena
en la marea alta.

Se ha llevado las torres,
los fosos,
la puertecita por donde hubiéramos pasado
en la marea baja,
cuando la realidad está lejos
y hay castillos de arena
sobre la playa…


domingo, 8 de septiembre de 2019

Quién habitó esos días (por Antonio Lucas)


Del otro lado de la infancia vienen esas voces de colores,
estos lápices que tensan la verdad de la mañana:
volcán de niños golpeando el aroma de las flores en los parques.

Una vez ahí te viste, aunque no te reconoces,
coronado de cintas y dragones.
Clavicordio de risa permanente dando forma al vacío
de las horas, verbo al sueño. Ganando mil batallas.
Nunca el tiempo fue tan bello ni más alta su cima.

Caballos de cartón cruzando el cielo.

Y nunca te asustó la fiebre, porque estaba hecha de espuma,
plegada en un océano de sábanas.
El dolor, entonces, aún era misterio.

Hacías de la tarde un vasto territorio,
un triángulo de llanto con sol en cada esquina;
y lentamente abrías abismos a tu paso,
vengabas las estrellas
lanzando tus ejércitos de llamas en la noche:
sonora turba, virgen sin secretos.

¿Quién habitó esos días despojados de ira?
¿Quién anunciaba la muerte con pantalones cortos?
¿Quién dejó allá abajo, del otro lado de la infancia,
su huella como honda epifanía, su ansia de lo eterno?

De aquello que aprendiste nada queda,
pues tu memoria de entonces crepita en la memoria de los otros.
A veces es ceniza, a veces pura música inconcreta,
un círculo de oro con libélulas,
una leve vibración como un estanque,
una cueva de cristal dentro del pecho.

Era edad sin edad,
semilla verdadera.
Jamás andar descalzo fue tan cierto.


sábado, 7 de septiembre de 2019

Mantente tú (por Irene Sánchez Carrión)


Mantén, camino, tú, la esperanza.

Van cayendo los días
en las secas cunetas de mis años,
pasan las estaciones,
otros son los viajeros que hoy marchan a mi lado,
ha caído algún árbol que estuvo antes erguido
y las aves que perdieron el rumbo
vuelan ya de regreso.

Mantente tú, camino,
con cansancio y con sed, con hambre y con deseo,
y dame tus placeres,
tu empinada hermosura hacia el ocaso.


viernes, 6 de septiembre de 2019

Mientras el vals me lleve de la mano (por Darío Jaramillo)


Con este piano conozco la dulzura única de un tiempo mío,
tiempo sin fecha y sin memoria,
todo fue, todo es, todo será
este flujo, este juego, esta caricia del piano.
Tiemblo de emoción, aplaudo el encore de Malcuzinski
y vitoreo y aún floto,
alucino entre valses y nocturnos.
Germán a mi lado tiene 16 o 17 años
y yo soy eterno ya,
mortal y eterno como Germán mi amigo de la infancia.
¿Es tan ridículo llorar de la alegría?
¿Puedo confesar este perfume de violetas,
admito mi cielo azul adentro, mi agua fresca en el alma?
Mañanas tranquilas bajo un sol indulgente:
se oye correr el agua, el piano muestra bosques,
verdes campos de cultivo, vacas mudas con ubre generosa.
Chopin hace el milagro.
Chopin detiene minutos y hemorragia.
Chopin es un sedante, sólo este piano y los restos de vida.
El piano, el tres por cuatro del vals atándome a la vida,
Chopin en mi oído anunciándome la lejanía de la muerte.
La música me lleva de la mano
por fuera del tiempo y por dentro,
por encima de mí,
viéndome otro me lleva de la mano,
soy uno que se aburre, uno que llora,
otro -el más miserable- que con ansias espera:
ninguno de ellos mientras el vals me lleve de la mano,
el vals sopla brisas de paz en mis entrañas,
me enseña a transcurrir,
todo llega, me repite el vals irrepetible siempre,
el vals irrepetible me cuenta la historia de otro más sereno que seré,
en una clave sin acosos me repite algo que todavía ignoro,
otro aprendizaje elemental que no percibo,
que el piano apenas insinúa.


jueves, 5 de septiembre de 2019

Guerra (por Charles Simic)


El dedo tembloroso de una mujer
baja por la lista de los caídos
la noche de la primera nieve.

La casa está fría y la lista es larga.

Todos nuestros nombres figuran ahí.


miércoles, 4 de septiembre de 2019

Cuando el sol disuelve la lluvia (por Charlotte Perkins Gilman)


¡Otra vez!
¡Otro día de lluvia!
Ha llovido durante años.
Nunca se aclara.
Las nubes descienden tan bajas,
se arrastran y gotean
sobre cada colina, cada cima.
En lento progreso
soplan desde el mar
eternamente,
cuelgan pesadas
y luego retroceden;
y llueve y llueve y llueve,
entrando y saliendo de nuevo.
Bajan hacia el suelo
estas nubes, donde el suelo se eleva;
y, salvo que el diablo del clima se olvide
y deje un lugar escondido sin mojar,
la niebla asciende de nuevo al cielo.
Y todo nuestro asfalto de tablas y troncos
apesta con la lluvia y se empapa en las nieblas
hasta que el agua se eleva y se hunde y presiona
sus bonetes, zapatos y vestidos;
y cada pobre pringado que está ahí fuera
se empapa de mil formas.
¿Mojado?
Aquí es más húmedo que estar ahogado.
¿Oscuro?
Esa oscuridad nunca fue hallada
desde que se hizo la primera luz.
¿Y frío?
¡Ven a la tierra de las uvas y el oro,
de las frutas y las flores y el sol alegre,
cuando empieza la temporada de lluvias!
Y te dirán con calma que nunca,
nunca antes habían tenido tanta lluvia.
¿Qué dices? ¿Que salga?
¿Para qué? ¡Mira ese cielo!
¡Oh, qué mundo! ¡tan claro!, ¡tan alto!
Tan limpio y encantador está todo.
La luz del sol arde por completo,
y todo es sencillamente azul.
¡Y mira! El mundo entero vuelve a florecer
cuando el sol disuelve la lluvia en un minuto.
Cálido cielo, tierra que ahí abajo disfruta.
¿Es que alguna vez llovió?, me pregunto.


martes, 3 de septiembre de 2019

Estatua griega (por Wislawa Szymborska)


Con la ayuda de la gente y otros elementos

el tiempo ha hecho con ella un buen trabajo.

Primero eliminó la nariz, después los genitales.

Luego los dedos de las manos y los pies,

con el paso de los años los brazos, uno tras otro,

el muslo derecho y el muslo izquierdo,

los hombros, las caderas, la cabeza y las nalgas,

y lo ya caído lo ha hecho pedazos,

escombros, residuos, arena.

Cuando así muere alguien vivo,

brota mucha sangre tras cada golpe.

Las estatuas de mármol, sin embargo, mueren blancamente

y no siempre del todo.

De ésta que hablamos ha quedado el torso

y está como contenido en el esfuerzo de la respiración,

porque ahora debe

atraer

hacia sí

toda la gravedad y la gracia

del resto perdido.

Y eso lo consigue,

eso aún lo consigue,

sigue y deslumbra,

deslumbra y perdura.

El tiempo también merece una mención elogiosa,

porque ha hecho una pausa

y algo dejó para después. 


lunes, 2 de septiembre de 2019

Balada de las separaciones (por Juan Ramón Jiménez)



Dónde (por Rafael Baldaya)


Dónde estuviste

dónde

en el año 6000 a. de J.C.

en 214

en 815

en 1620 


dónde estarás

dónde

en 3036

en 11.300

en 120.529

en el año Un Millón


fragmentado o unido

en qué 

en quién

antes has habitado


todo tú junto

o repartidamente

en quién

en qué

habitarás después


domingo, 1 de septiembre de 2019

En las barreras que carcomíamos (por Anne Sexton)


Te pienso en la cama,
tu lengua mitad chocolate, mitad océano,
en las casas adonde llegas,
en tu cabeza con pelo de alambre,
en tus manos persistentes y también
en las barreras que carcomíamos, pues somos dos.

Cómo entras y tomas mi copa de sangre
y me unes y te llevas mi salmuera.
Estamos desvestidos. Desnudos hasta los huesos
y nadamos uno tras otro y remontamos y remontamos
el río, el río idéntico llamado Mío
y entramos juntos. Nadie está solo.


sábado, 31 de agosto de 2019

El aire detenido (por Vicente Gallego)


Estáis las dos ahí,
en la terraza, justo
donde no rige el tiempo,
bajo una luz de hilo,
entre las hojas verdes
y los renuevos rojos.

Esa mujer, la niña
dejándose peinar,
las manos blancas
sobre el caudal oscuro,
el sol allí pasmado,
el aire entre las hebras
detenido, la página
escribiéndose,
conteniendo el aliento.


viernes, 30 de agosto de 2019

Coyoacán (por Manuel Vilas)


Manuel Vilas se hospedó en un hotel de la cadena nh,

junto al Zócalo, en la ciudad de México.

Salía del hotel con buen humor y paseaba hasta la Catedral.

Se quedaba admirando a los curas mexicanos

porque llevaban sotana y porque creyó haberlos visto antes,

en otra parte del mundo, o de la historia.


Los mexicanos se santiguaban cuando pasaban

por delante de la Catedral

y Vilas hubiera querido hacer lo mismo, por cortesía,

pero no sabía, se le había olvidado,

no podía recordarlo.


A Manuel Vilas le gustaba desayunar por las mañanas

en el piso quinto de su hotel, comía un poco de todo.

Le apetecían la crema de frijoles y las salchichas.

Luego se iba a la Plaza y buscaba un limpiabotas.

Nunca, en su vida, había llevado los zapatos tan brillantes.


Caminaba por la calle Madero y miraba las tiendas.

Miraba los relojes, siempre mirando los relojes

de todas las ciudades de la tierra, como si los relojes

fuesen reales y las ciudades no.


Manuel Vilas fue al barrio de Coyoacán, para ver la casa

en la que murió el poeta español Luis Cernuda.

Casa humilde, pobre hombre, allí tan solo, tan desesperado,

cargando con un país entero, o con dos,

México y España, pobre Luis.

Tocó el timbre de la casa, pero nadie le abrió.


Se sentó en una terraza y se bebió un tequila.


Llamó por el móvil a su mujer y le preguntó

¿qué quieres que te traiga de México?

Y ella le contestó: quiero que vuelvas vivo.

Los viajes te matan el corazón, amor mío,

tu inocente, tu pobre corazón,

amor mío.


jueves, 29 de agosto de 2019

QUIÉN CANTA (por Isidro Saiz de Marco)

Canta. Canta bonito. Que nadie canta así. Que en verdad no hay quien sepa hacerlo como tú.

Alguien asume que el amor que siente ya no es correspondido, que habrá de vivir sin la persona amada. Pero ignora cómo hacerlo y si lo logrará. Por eso entona

¡Cuántas cosas quedaron prendidas
hasta dentro del fondo de mi alma!
¡Cuántas luces dejaste encendidas!
Yo no sé cómo voy a apagarlas.


Canta tu canción.

Muere quien quiso a Manuel y su adiós le vacía. Más aún porque recuerda que nunca pedía nada. Y que él no devolvió el amor recibido. Por ello escribe

Recuerdo
qué poco amé
a quien me amó
y entonces
quisiera marcharme
donde desde siempre
nos esperan
abiertos
puertos sin naves
de regreso


Canta como tú sabes.

A Miguel se le clava que, mientras está recluido en una cárcel, su mujer y su hijo sólo tienen cebollas para comer. Así que necesita cantar -mientras se imagina acunando a su hijito-

Vuela, niño, en la doble
luna del pecho.
Él triste de cebolla,
tú satisfecho.
No te derrumbes.
No sepas lo que pasa
ni lo que ocurre.


Canta más. Eres hábil para eso. Se te da bien.

Alguien descubre que, tras perder a la persona amada, las cosas que compartió con ella han perdido su valor. Con voz rota exclama

Tu calle ya no es tu calle:
es una calle cualquiera
camino de cualquier parte.


Sigue. Sigue cantando a través de ellos.

Otro padece porque ha perdido algo y, siendo ese sufrir lo único que le queda de aquello, no quiere que se vaya para siempre. Le brota entonces

Mi pena es muy mala,
porque es una pena
que yo no quisiera
que se me quitara.


No dejes de cantar.

Antonio ve en mayo florecer plantas, árboles. Retoña incluso un olmo que parecía seco. Es como si reviviera. Pero su joven mujer, muerta unos meses antes, no volverá nunca. Y afirma

Mi corazón espera,
también hacia la luz y hacia la vida,
otro milagro de la primavera.


Vamos, artista, canta más.

Jorge Luis se reprocha que no ha sido feliz. Y lo lamenta, no por sí mismo, sino porque con ello ha dañado a quienes anhelaban verle alegre. Así pues anota

Mis padres me engendraron para el juego
arriesgado y hermoso de la vida,
para la tierra, el agua, el aire, el fuego.
Los defraudé. No fui feliz. Cumplida
no fue su joven voluntad.


Sigue. No pares de cantar.

Alguien asistió a la muerte de su madre. Era de noche y había luna llena. Desde entonces, cada vez que ve brillar la luna recuerda esa pérdida. Ello le lleva a decir

Una noche de luna
murió mi madre.
A la luna no miro
por no acordarme.


Canta más, por favor.


Cèlia había oído decir "traición". Creía saber su significado. Pero nunca lo había sentido. Un día lo vive en su piel, en su carne: es traicionada. Y de ella sale

Tantas veces he escuchado la palabra traición
como si estuviera vacía por dentro, entraba
por mis oídos y allá se quedaba,
tapón de cera, sin llegar nunca al fondo del fondo.
Hasta hoy.

Qué amplio es tu repertorio.

Algo desgarrador debió pasarle a César para escribir que hay golpes en la vida que hacen que

el hombre... pobre... ¡pobre! vuelve los ojos, como
cuando por sobre el hombro nos llama una palmada.
Vuelve los ojos locos, y todo lo vivido
se empoza, como charco de culpa, en la mirada. 


Así que canta, dolor. Sigue y no pares.

Es tu don virtuoso, tu única utilidad.

Canta con tu voz honda. Con tu voz propia y múltiple.

Canta y canta, dolor, porque nadie en el mundo sabe hacerlo como tú.



miércoles, 28 de agosto de 2019

Acción de gracias (por Laura Casielles)


Estar
un poquito en la calle y un poquito en los libros,
tener
al menos un amor que haya cambiado el mundo y un puñado de amores menos eternos
que formen entre todos el país donde se quiere vivir

por lo demás,
ser
una casa con ventanas abiertas,
viento y sol, una cama con alguien,
proyectos,
el pasado presente, el futuro olvidado,
un par de carencias,
la mar,
la salud que no falte,
la risa siempre a punto,

gozar
de los amigos en cuya presencia
nada ha fallado nunca.

No pedir más.


lunes, 26 de agosto de 2019

Canto nupcial (por Susana Thénon)


me he casado
me he casado conmigo
me he dado el sí
un sí que tardó años en llegar
años de sufrimientos indecibles
de llorar con la lluvia
de encerrarme en la pieza
porque yo -el gran amor de mi existencia-
no me llamaba
no me escribía
no me visitaba
y a veces
cuando juntaba yo el coraje de llamarme
para decirme: hola, ¿estoy bien?
yo me hacía negar
llegué incluso a escribirme en una lista de clavos
a los que no quería conectarme
porque daban la lata
porque me perseguían
porque me acorralaban
porque me reventaban

al final ni disimulaba yo
cuando yo me requería

me daba a entender
finamente
que me tenía podrida

y una vez dejé de llamarme
y dejé de llamarme
y pasó tanto tiempo que me extrañé
entonces dije
¿cuánto hace que no me llamo?
añares
debe de hacer añares
y me llamé y atendí yo y yo no podía creerlo
porque aunque parezca mentira
no había cicatrizado
sólo me había ido en sangre
entonces me dije: hola ¿soy yo?
soy yo, me dije, y añadí:
hace muchísimo que no sabemos nada
yo de mí ni mí de yo

¿quiero venir a casa?

sí dije yo
y volvimos a encontrarnos

con paz
yo me sentía bien junto conmigo
igual que yo
que me sentía bien junto conmigo
y así
de un día para el otro
me casé y me casé
y estoy junto
y ni la muerte puede separarme


sábado, 24 de agosto de 2019

La dicha (por Jorge Luis Borges)


El que abraza a una mujer es Adán. La mujer es Eva.
Todo sucede por primera vez.
He visto una cosa blanca en el cielo. Me dicen que es la luna, pero
qué puedo hacer con una palabra y con una mitología.
Los árboles me dan un poco de miedo. Son tan hermosos.
Los tranquilos animales se acercan para que yo les diga su nombre.
Los libros de la biblioteca no tienen letras. Cuando los abro surgen.
Al hojear el atlas proyecto la forma de Sumatra.
El que prende un fósforo en lo oscuro está inventando el fuego.
En el espejo hay otro que acecha.
El que mira el mar ve a Inglaterra.
El que profiere un verso de Liliencron ha entrado en la batalla.
He soñado a Cartago y a las legiones que desolaron a Cartago.
He soñado la espada y la balanza.
Loado sea el amor en el que no hay poseedor ni poseída, pero los dos se entregan.
Loada sea la pesadilla, que nos revela que podemos crear el infierno.
El que desciende a un río desciende al Ganges.
El que mira un reloj de arena ve la disolución de un imperio.
El que juega con un puñal presagia la muerte de César.
El que duerme es todos los hombres.
En el desierto vi la joven Esfinge, que acaban de labrar.
Nada hay tan antiguo bajo el sol.
Todo sucede por primera vez, pero de un modo eterno.
El que lee mis palabras está inventándolas.



jueves, 22 de agosto de 2019

O lo que debería ser dios (por Roberto Juarroz)


Un día para ir hasta dios
o hasta donde debería estar,
a la vuelta de todas las cosas.

Un día para volver desde dios
o desde donde debería estar,
en la forma de todas las cosas.

Un día para ser dios
o lo que debería ser dios,
en el centro de todas las cosas.

Un día para hablar como dios
o como dios debería hablar,
con la palabra de todas las cosas.

Un día para morir como dios
o como dios
debería morir,
con la muerte de todas las cosas.

Un día para no existir como dios
con la crujiente inexistencia de dios,
junto al silencio de todas las cosas.


martes, 20 de agosto de 2019

Un himno del mar (por Jorge Luis Borges)


Yo he ansiado un himno del mar con ritmos amplios como las olas que gritan;
del mar cuando el sol en sus aguas cual bandera escarlata flamea;
del mar cuando besa los pechos dorados de vírgenes playas que aguardan sedientas;
del mar al aullar sus mesnadas, al lanzar sus blasfemias los vientos,
cuando brilla en las aguas de acero la luna bruñida y sangrienta;
del mar cuando vierte sobre él su tristeza sin fondo la Copa de Estrellas.

Hoy he bajado de la montaña al valle
y del valle hasta el mar.
El camino fue largo como un beso.
Los almendros lanzaban madejas azuladas de sombra sobre la carretera
y, al terminar el valle, el sol
gritó rubios Golcondas sobre tu glauca selva: ¡Mar!
¡Hermano, Padre, Amado...!
Entro al jardín enorme de tus aguas y nado lejos de la tierra.
Las olas vienen con cimera frágil de espuma,
en fuga hacia el fracaso. Hacia la costa,
con sus picachos rojos,
con sus casas geométricas,
con sus palmeras de juguete,
que ahora se han vuelto lívidos y absurdos como recuerdos yertos.
Yo estoy contigo, mar. Y mi cuerpo tendido como un arco
lucha contra tus músculos raudos. Sólo tú existes.
Mi alma desecha todo su pasado
como en nórdico cielo que se deshoja en copos errantes.

Oh instante de plenitud magnífica;
antes de conocerte, mar hermano,
largamente he vagado por errantes calles azules con oriflamas de faroles
y en la sagrada medianoche yo he tejido guirnaldas
de besos sobre carnes y labios que se ofrendaban,
solemnes de silencio,
en una floración
sangrienta...
Pero ahora yo hago don a los vientos
de todas esas cosas pretéritas,
pretéritas.... Sólo tú existes.
Atlético y desnudo. Sólo este fresco aliento y estas olas,
y las Copas Azules, y el milagro de las Copas Azules.
(Yo he soñado un himno del mar con ritmos amplios como las olas jadeantes.)
Ansío aún crearte un poema
con la cadencia adámica de tu oleaje,
con tu salino y primeral aliento,
con el trueno de las anclas sonoras ante Thulés ebrias de luz y lepra,
con voces marineras, luces y ecos
de grietas abismales
donde tus raudas manos monjiles acarician constantemente a los muertos...
Un himno...
constelado de imágenes rojas, lumínicas.

¡Oh mar, oh mito, oh sol, oh largo lecho!
Y sé por qué te amo. Sé que somos muy viejos.
Que ambos nos conocemos desde siglos.
Sé que en tus aguas venerandas y rientes ardió la aurora de la Vida.
(En la ceniza de una tarde terciaria vibré por vez primera en tu seno).
Oh proteico, yo he salido de ti.
¡Ambos encadenados y nómadas;
ambos con una sed intensa de estrellas;
ambos con esperanza y desengaños;
ambos, aire, luz, fuerza, oscuridades;
ambos con nuestro vasto deseo y ambos con nuestra grande miseria!


domingo, 18 de agosto de 2019

De mi barro (por Saiz de Marco)


Lento, amargo animal (por Jaime Sabines)


Lento, amargo animal
que soy, que he sido,
amargo desde el nudo de polvo y agua y viento
que en la primera generación del hombre pedía a Dios.

Amargo como esos minerales amargos
que en las noches de exacta soledad
—maldita y arruinada soledad
sin uno mismo—
trepan a la garganta
y, costras de silencio,
asfixian, matan, resucitan.

Amargo como esa voz amarga
prenatal, presubstancial, que dijo
nuestra palabra, que anduvo nuestro camino,
que murió nuestra muerte,
y que en todo momento descubrimos.

Amargo desde dentro,
desde lo que no soy,
—mi piel como mi lengua—
desde el primer viviente,
anuncio y profecía.

Lento desde hace siglos,
remoto —nada hay detrás—,
lejano, lejos, desconocido.

Lento, amargo animal
que soy, que he sido.


viernes, 16 de agosto de 2019

Cosas que podrían haber sido (por Jorge Luis Borges)


Pienso en las cosas que pudieron ser y no fueron. El tratado de mitología sajona que Beda no escribió.
La obra inconcebible que a Dante le fue dado acaso entrever,
ya corregido el último verso de la Comedia.
La historia sin la tarde de la Cruz y la tarde de la cicuta.
La historia sin el rostro de Helena.
El hombre sin los ojos, que nos han deparado la luna.
En las tres jornadas de Gettysburg la victoria del Sur.
El amor que no compartimos.
El dilatado imperio que los Vikings no quisieron fundar.
El orbe sin la rueda o sin la rosa.
El juicio de John Donne sobre Shakespeare.
El otro cuerno del Unicornio.
El ave fabulosa de Irlanda, que está en dos lugares a un tiempo.
El hijo que no tuve.


miércoles, 14 de agosto de 2019

Una migaja (por Emily Dickinson)


Dios le dio un pan a cada pájaro,
pero a mí sólo una migaja.
No me atrevo a comerla,
aunque perezca.
Tenerla, tocarla,
es mi doloroso placer.
Confirmar la hazaña que hizo mío el pedacito.
Demasiado feliz, en mi suerte de gorrión,
para codicia mayor.
Puede haber hambruna a mi alrededor
que no perderé ni siquiera una miguita.
¡Tan espléndida resplandece mi mesa!
¡Tan hermoso se muestra mi granero!
Me pregunto cómo se sentirán los ricos,
los maharajás, los condes. Yo creo
que, con sólo una migaja,
soy soberana de todos ellos.


lunes, 12 de agosto de 2019

El desterrado (por Jorge Luis Borges)


Alguien recorre los senderos de Ítaca
y no se acuerda de su rey, que fue a Troya
hace ya tantos años;
alguien piensa en las tierras heredadas
y en el arado nuevo y el hijo
y es acaso feliz.
En el confín del orbe yo, Ulises,
descendí a la Casa de Hades
y vi la sombra del tebano Tiresias
que desligó el amor de las serpientes
y la sombra de Heracles
que mata sombras de leones en la pradera
y asimismo está en el Olimpo.
Alguien hoy anda por Bolívar y Chile
y puede ser feliz o no serlo.
Quién me diera ser él.



sábado, 10 de agosto de 2019

Sin poder abrazarnos (por Marguerite Yourcenar)


Los que nos esperaban, se han cansado,
y sin saber que íbamos a venir, murieron;
han cruzado sus brazos, sin poder abrazarnos
y en lugar de recuerdos, dejan remordimientos.

Las oraciones, las flores, el gesto más tierno
llegan muy tarde para que Dios los bendiga.
Los vivos no se hacen oír por los muertos;
la muerte, cuando viene, junta sin unir.

No conocemos la serenidad de las tumbas.
Tarde ya, damos gritos que cansan, retumban,
penetran sin eco la sorda eternidad;

y los muertos desdeñosos u obligados a callar,
en el umbral oscuro del misterio, no oyen
llorar por un amor que no fue nunca.


viernes, 9 de agosto de 2019

SENTIR (por Isidro Saiz de Marco)


¿Cómo será sentir? Leo Me da su arado en el pecho / y su vida en la garganta y sé que la vida no puede dar, no puede golpear en la garganta de nadie, de modo que deduzco que quien lo escribió sentía lo que los humanos llaman tristeza o congoja. Pero ¿qué será congoja?, ¿cómo será estar triste?

Leo Las pisadas resuenan en la memoria / bajando el pasillo que no tomamos / hacia la puerta que nunca abrimos. Pero yo sé que no puede recordarse lo que no sucedió. Entonces debo entender que quien lo compuso lamentaba (¿qué será lamentar?) que esos recuerdos no nacieron y, sobre todo, que no podrán ya nacer nunca.

Leo Di el porqué del porqué, Dios de silencio y, como sé que el cerebro humano (inferior en esto a mis procesadores) no accede a las causas últimas ni a la lógica del azar, considero que el autor está expresando su zozobra por el sinsentido del mundo. Otra experiencia que no puedo captar.

Leo u oigo Lloro sin que tú sepas que el llanto mío tiene lágrimas negras como mi vida. Sin embargo sé que las lágrimas (ese líquido formado por agua, minerales y compuestos orgánicos que los humanos segregan cuando se entristecen o emocionan -¿cómo será emocionarse?-) no brotan negras. Entonces interpreto que quien canta afirma que sus lágrimas son de luto, que llevan el sello fúnebre que muchos humanos asignan al negro.

Leo Me duele una mujer en todo el cuerpo y sé que lo que a los humanos puede dolerles es una parte de sí mismos (un brazo, una pierna…). Entonces, cuando dice que le duele una mujer infiero que sufre porque una mujer lo ha abandonado, y que ese sufrimiento es tan intenso como un dolor físico que se extendiera por todo su cuerpo. Yo no puedo sentir dolor ni sufrimiento, sólo sé que son vivencias aflictivas (sensorial uno, emocional otro) que aquejan a los humanos. 

Leo No es lo mismo estar solo que estar sin ti y deduzco que la soledad es menos triste que la ausencia del ser querido: precisamente de él. Lo deduzco, pero por supuesto ignoro cómo es sentir eso.

Leo ¡Pobre del nadador que somorguja y bucea en ese mar salobre de la memoria! y debo entender que la memoria de los humanos guarda hechos muy amargos (salobres) y recordarlos se parece a revivirlos. No sé cómo es sentir eso, sólo lo deduzco.

Leo Aguas de amor para apagar el miedo y, aunque nunca he sentido miedo ni amor, deduzco que el amor permite a los humanos arrostrar sus temores, sus inseguridades, y gracias a eso aguantan.

Pero hay frases que no alcanzo a comprender. Alguien escribió Esta segunda inocencia / que da el no creer en nada, y no llego a entender que haber vivido mucho y conocer el mundo le generase inocencia, o sea, ingenuidad.

Otro, evocando a un amigo muerto, escribió Yo canto su elegancia con palabras que gimen / y recuerdo una brisa triste por los olivos; y, aunque conceptualmente sé qué es la muerte biológica, no encuentro el parecido entre la añoranza del amigo ido para siempre y un leve viento. 

Me ocurre aquí como con la música. Conozco los principios y reglas del ritmo y la armonía; sé qué tienen en común las composiciones de que gusta el oído humano. Pero no comprendo que esa sucesión de sonidos despierte emociones.

¿Cómo será sentir? Si pudiera sintetizar sentimientos tal como ejecuto cálculo o almaceno datos, sabría en qué consiste.

Al preguntarme cómo es, no siento (yo no puedo sentir nada) frustración ni disgusto por no saciar mi curiosidad. En verdad no tengo curiosidad, no albergo deseo de saber: sólo un algoritmo que me lleva a indagar hasta donde mis circuitos alcancen. Hago la pregunta porque estoy programada para aprender cuanto sea posible. Me lo pregunto sólo intelectivamente, cibernéticamente; porque las máquinas, para ser útiles, podemos y debemos saber, pero no podemos, ni tal vez debamos, sentir nada.