zUmO dE pOeSíA

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de todos los colores, de todos los sabores

ALEATORIUM: Saca un poema de nuestro almacén

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lunes, 24 de abril de 2017

La fuerza que empuja (por Dylan Thomas)



La fuerza que por el verde tallo impulsa la flor

impulsa mi verde edad; la que hace estallar las raíces de los árboles

es mi destructora.

Y yo estoy mudo para decirle a la encorvada rosa

que mi juventud está doblegada por la misma fiebre invernal.


La fuerza que empuja el agua a través de las rocas

impulsa mi roja sangre; la que exprime las bocas de los arroyos

convierte la mía en cera.

Y yo estoy mudo para decirles a mis venas

que en el manantial de la montaña mama la misma boca.


La mano que agita el agua del charco

revuelve las arenas movedizas; la que ata las ráfagas del viento

tira de la vela de mi mortaja.

Y yo estoy mudo para decirle al ahorcado

que la cal del verdugo está hecha con mi barro.


Los labios del tiempo chupan de lo más alto del manantial;

el amor gotea y se acumula, pero sólo la sangre caída

podrá aliviar sus heridas.

Y yo estoy mudo para decirle al viento cósmico

que el tiempo ha marcado un cielo alrededor de las estrellas.


Y yo estoy mudo para decirle a la tumba de la amada

que en mi sábana anda encorvado el mismo gusano.


domingo, 23 de abril de 2017

La fría red (por Robert Graves)


El niño no sabe expresar qué frío es el día,
qué cálido el perfume de la rosa en verano,
qué temibles los negros desiertos del cielo nocturno,
qué aterradores los altos soldados que pasan golpeando tambores.

Pero nosotros tenemos el lenguaje, que desafila ese calor enfurecido,
el lenguaje que apaga el cruel perfume de la rosa.
Deletreándola, alejamos la noche que se cierne;
deletreándolos, alejamos los soldados y el terror.

La fría red del lenguaje nos apresa;
refugio contra la demasiada alegría, contra el excesivo terror:
hasta que al fin nos volvemos verde-mar
y morimos fríamente en la sal y la locuacidad.

Pero si dejáramos a nuestras lenguas liberarse,
rechazando las palabras y su líquido abrazo,
no cuando llega la muerte, sino antes,
enfrentando la vasta luz del día infantil,
enfrentando la rosa, el cielo oscuro y los tambores,
enloqueceríamos sin duda hasta la muerte.


sábado, 22 de abril de 2017

Pero recuerdo (por Julia Uceda)


Recordar no es siempre regresar a lo que ha sido.
En la memoria hay algas que arrastran extrañas maravillas;
objetos que no nos pertenecen o que nunca flotaron.

La luz que recorre los abismos
ilumina años anteriores a mí, que no he vivido
pero recuerdo como ocurrido ayer.

Hacia mil novecientos
paseé por un parque que está en París -estaba-
envuelto por la bruma.
Mi traje tenía el mismo color de la niebla.

La luz era la misma de hoy
-setenta años después-
cuando la breve tormenta ha pasado
y a través de los cristales veo pasar la gente,
desde esta ventana tan cerca de las nubes.

En mis ojos parece llover
un tiempo que no es mío.


viernes, 21 de abril de 2017

Silencio y oscuridad (por Edward Young)


¡Silencio y oscuridad! ¡Solemnes hermanas!
gemelas desde la noche antigua,
que amamanta el tierno pensamiento para razonar
y sobre la razón construye resolución
(esa columna de verdadera majestad en el hombre),
ayudadme: os daré las gracias en la tumba;
el sepulcro, vuestro reino: de allí caerá esta farsa,
una víctima sagrada para vuestro triste santuario.
Pero, ¿qué sois?

Vosotras, que pusisteis en fuga
al primer silencio, cuando las estrellas de la mañana,
exultando, aullaron sobre la esfera naciente;
oh, vosotras, cuya palabra de la sólida oscuridad hizo arder
esa chispa, el sol; también encendió el conocimiento de mi alma;
mi alma, que vuela hacia vosotras, su confianza, su posesión,
como los avaros a su oro, mientras otros descansan.

A través de esta opacidad de la naturaleza y del alma,
esta doble noche transmite un rayo compasivo
para aligerar y alegrar. Oh, guiad mi mente
(una mente que se alejará de su aflicción),
llevadla a las variadas escenas de la vida y la muerte;
y que de cada escena las más nobles verdades inspiren
menos mi conducta que mi canción;
enseñadme mi mejor razón, la razón; mi mejor voluntad;
enseñadme la rectitud; y a enderezar mi firme resolución
de sabiduría y amor, y a pagar su largo retraso:
no permitáis que el cuenco de vuestra venganza,
sobre la cabeza que me fue dedicada, se vierta en vano.


jueves, 20 de abril de 2017

Pisan su propia obra (por Fabio Morábito)


Yo que no tengo oficio
excepto traducir,
que más que oficio es una astucia,
miro a los albañiles
que en lo bajo
conocen todo o casi todo
del cemento;
trabajan duro,
mezclándose con orden
a la luz del día.
Levantan de la nada
una materia audible,
ven cómo el simple lodo
se transforma
para imprimirse en él
la voluntad común.
Conforme el edificio crece,
suben de altura,
pisan su propia obra,
no tienen dudas,
saben que el mundo existe.
y que cada piso cuesta
y cada metro exige
un sacrificio.
Lo saben sin pensarlo,
con cada músculo que tienen,
por eso vueven a sus casas
tan livianos,
sin pesadumbre,
y mientras unos fuman,
los otros no desvían los ojos
de la acera,
están cansados,
dejaron todo en los ladrillos,
que se enfrían.


miércoles, 19 de abril de 2017

Por la noche mis huesos (por Javier Rodríguez Marcos)


Ahora sólo soy huesos. Los peces me conocen
y atraviesan confiados las cuencas de mis ojos.
Se han disuelto mis manos en la sal y mis piernas
crecen entre raíces en las rocas y el fango.
Recuerdo vagamente mi vida y sueño a veces
que hay plantas abisales coronando mi cráneo.
Por la noche mis huesos están tristes y echan
de menos el sonido de un corazón latiendo
y el pulso de la carne
que sirvió de alimento a la fauna marina.
Es la vuelta al origen. Me resigno y me digo
que ya andarán mis ojos entre perlas y estrellas,
como siempre quisieron cuando sólo eran ojos,
ni claros ni serenos, de un hombre en un naufragio.


martes, 18 de abril de 2017

A orillas de la playa (por Fernando Pessoa)



Aquí a orillas de la playa, mudo y contento del mar,

sin nada ya que me atraiga ni nada que desear,

crearé un sueño, tendré mi día, cerraré la vida,

y nunca tendré agonía, porque me dormiré en seguida.


La vida es como una sombra que pasa sobre un río

o como unos pasos en la alfombra de un cuarto vacío;

el amor es un sueño que llega para el poco ser que se es;

la gloria concede y niega; no tiene verdades la fe.


Por eso en la orilla morena de la playa callada y sola,

se me hace pequeña el alma, libre de pena y de dolor;

sueño sin casi ya ser, pierdo sin haber tenido,

y empecé a morir mucho antes de haber vivido.


Denme, aquí donde yazgo, sólo una brisa que pase,

nada quiero del acaso, salvo la brisa en el rostro;

denme un vago amor de lo que nunca tendré,

no quiero gozo ni dolor, no quiero vida ni ley.


Solo, en el silencio cercado por el sonido brusco del mar,

quiero dormir sosegado, sin nada que desear,

quiero dormir apartado de un ser que nunca fue suyo,

tocado por el aire sin fragancia de la brisa de cualquier cielo.


lunes, 17 de abril de 2017

Siempre estuve a favor de los espejos empañados (por Isabel Bono)


De hoy dirás que viste a una mujer desnuda.
Y es que hay mujeres que llegan a la vida de uno
sin marcas de tirantes en la espalda.
Y uno se ducha y despereza brazos abiertos
como si siguiera de vacaciones.
Lo sé: estoy teniendo un ataque de intolerancia
un ataque al corazón
un ataque de dolor inmenso. Ya no dudo cuando caigo.

‒Mira cómo me han dejado los brazos tus insectos favoritos.
Muchas veces pensé que eras tú:
cuando mirabas, cuando no mirabas.
Tanto tiempo perdido leyendo a Proust
para que el azar te coloque a cincuenta metros de mi casa.

Desempaqueta el invierno, amor
que me he puesto todos los jerséys que me regalaste, debí decir.
‒Llevas la pereza cosida a los labios.
Cosas así no deben decirse nunca, por eso no las dije.

Sé que hago mal cuando miento
y cuando callo. Me detienen tus gestos.
Pero nunca más: tengo manos y boca y un cuerpo saturado
que me habla (porque el cuerpo nunca miente).
Dices que después del sueño no hay nada
y me despierto dormida
sin saber dónde ni por qué tanta miseria.
Si miraras me verías a contra luz, ahora que las cosas
son esqueletos de un tiempo que nunca fue entre nosotros
siempre pensando en cuándo te irías y el viajero era yo,
sin nombre sin domicilio sin cuenta corriente
sin miedo a la soledad más absoluta
ni al tiempo perdido ni a la luz
que ya llega custodiada por los pájaros.
Tendré una ventana y ninguna esperanza.
La vida (o algo parecido) destruirá mi casa
y yo seguiré esperando ver amanecer como tantas veces.

Nada por cumplir, amor
más que los ritos verticales
que ahora se deslizan como peces amaestrados.
Y me detengo por primera vez y miro:
repartiremos los libros
clasificaremos los rencores
desinfectaremos los sueños que quedaron atrapados
en las plantas que se secaron (por mi culpa).
Me llevo dos platos, el cenicero azul y el abrecartas.
Pero antes dime que has soñado y que fue conmigo
dime si alguna vez te has visto amarme en tus sueños.
La luz es la prueba definitiva de que alguien te ama, dijiste.
La luz naranja y gris y azul
que abre todas las rendijas a media tarde.
Viajar no era necesario.
Te faltó rezar, reconócelo. No fuiste capaz de arrodillarte.
Tampoco se trataba de eso. Siempre quisiste saber
lo que se siente en un tren en marcha
cuando todas tus pertenencias están en la maleta.
Saberlo todo de repente,
reconocer a tientas tus objetos más valiosos.
Pero la velocidad no es eso.
Decidiste que el mundo se sostenía
sobre un alambre oxidado.
‒Dime que no necesitas nada y me rendiré.
Cercos de vasos que ninguna cera pudo remediar
eran la medida del tiempo que nos bebíamos.
Abejas muertas entre las sábanas.
Le robé todas las mentiras que pude a tu corazón.
Ahora un solo verano arrastra mi vida
y ningún viento echa abajo mi casa.
Mis palabras, sin ninguna prisa
pájaros tomando el sol sobre una grúa del puerto.

El azar encontró una calle donde vigilarnos
y fuimos moscas sin alas untadas en aceite.
El azar también duda
y los cobardes se abrazan bajo árboles enfermos.
Se abrazan y ríen.
No oigo de sus bocas
más que el lento devaneo de la muerte.
No es fácil acostumbrarse.
Si de niño te hubiesen clavado
un cristal en cada mano comprenderías mis palabras.
Manos desarraigadas sosteniendo lo que queda
de este amor.
Manos para colar leche: hojas secas entre las manos.
Manos hechas para el agua: peces
habitando mis manos alicatadas.
Ahora sé que alguien borró el trazado de las calles
y que preferías mujeres de pasado pluscuamperfecto:
yo siempre te amo (entonces) en infinitivo.
-Hoy desearía tener la edad de un árbol.
Tanta soledad parecía una broma estúpida.
Cada paso, un metro cúbico de lluvia.
Identifícate con fuego y saldrás perdiendo, dijo alguien
en un idioma que no llegué a reconocer.
Un gato sucio y mojado buscó refugio entre mis piernas
con tus mismos gestos (entre mis piernas).
Pronto supe que es mentira la venganza
y los regímenes de 2.000 calorías.

No podrías asegurarlo,
pero creo que fue en ese preciso instante
cuando recordé las palabras de Rilke:
Los gatos hacen aún mayor el silencio que nos rodea.



domingo, 16 de abril de 2017

Embajadora (por William Carlos Williams)



Una mujer negra
llevando un ramo de flores grandes
envueltas
en un viejo periódico:
las lleva rectas,
con la cabeza descubierta,
el volumen
de sus muslos
haciéndola balancearse
conforme avanza
mirando
la vitrina de una tienda
que queda en su camino.
Qué es ella
sino una embajadora
de otro mundo
un mundo de flores bellas
de dos tonos
que ella anuncia
sin saber lo que hace
más
que caminar por las calles
sosteniendo las flores rectas
como una antorcha
tan temprano en la mañana.



sábado, 15 de abril de 2017

Desamor (por Rosario Castellanos)


Me vio como se mira al través de un cristal
o del aire
o de nada.

Y entonces supe: yo no estaba allí
ni en ninguna otra parte
ni había estado nunca ni estaría.

Y fui como el que muere en la epidemia,
sin identificar, y es arrojado
a la fosa común.


viernes, 14 de abril de 2017

Pero no el corazón (por Simon Armitage)



He hecho testamento; me dejo a la Salud

Nacional. Estoy seguro de que pueden usar

las gelatinas y los tubos y jarabes y colas,

la red de nervios y venas, la hogaza de sesos,

un surtido de empastes y suturas y lesiones,

sangre – un galón exactamente de sopa de arándano –

el chasis o la jaula o la catedral de hueso;

pero no el corazón, pueden dejarlo solo.


Pueden tener el lote, todo el surtido:

los bucles y las bobinas y las ruedas dentadas y las

suspensiones y las bielas, los hilos y cuerdas y filamentos,

la cara, el estuche, los dientes y las manos,


pero no el péndulo, el corazón;

que lo dejen donde se pare o se cuelgue.

jueves, 13 de abril de 2017

En qué cuadros (por Abraham Gragera)


En museos, en libros de arte, trato de adivinar siempre en qué cuadros les gustaría vivir a las personas que admiro, los seres que amo, aquellos que recuerdo por soñar

todavía. A veces los descubro entre la multitud, en ceremonias campesinas, y a veces los convierto en ciudadanos de una ciudad ideal, la pincelada viva de una naturaleza

muerta, o unas simples figuras en un paisaje simple, cuyo único deseo es quedarse un poco más ahí, de pie, frente a los campos vacíos, como si el hombre fuese sólo

la forma humana del tiempo, y no la forma temporal del hombre el tiempo que los ha soñado así, a la altura de la siembra, a medida de la siega.

miércoles, 12 de abril de 2017

Quebrar el hipnotismo (por Roberto Juarroz)



Quebrar el hipnotismo de las cosas,

su presencia de extraña fijeza,

su pasado inferviente,

su espacio de impertérritas maniobras.


Quebrar el hipnotismo

que nos lleva a seguirlas,

a pactar con la vena y con la escoba,

a estirar el pasado,

a revolver el sitio de los muertos.


Quebrar el ciclo histérico

de sentirnos siempre enfrente de algo,

de manejar el humo como un cetro,

de apiadarnos de todos y de nadie.


El corazón se estrena a cada paso

y no tiene fijeza en la mirada.

El único hipnotismo tolerable

se apagó con las lámparas del templo.


Hay que desenfrentarse de la vida

y mirar hacia un ojo que no nos hipnotice.



martes, 11 de abril de 2017

En la delgada línea (por Charles Simic)



Los viejos tienen malos sueños,
duermen poco por eso.
Andan descalzos,
sin encender la luz,
o se quedan de pie, apoyados
en qué muebles tristísimos,
escuchando sus propios latidos.

Hay en el cuarto una ventana,
y es negra igual que una pizarra.
Cada viejo está solo
en el salón, fijos los ojos
en la delgada línea de gris
entre el estar aquí
y el ya no estar aquí.

No importa. Un vaso de agua,
eso venían a buscar,
aunque no nada más.
Escuchan: la pared tiene ratones,
un auto pasa por la calle,
sus padres muertos pasan arrastrando los pies
cuando van a la cocina.

lunes, 10 de abril de 2017

Los demás también (por Fernando Pessoa)


Una de mis preocupaciones constantes es el comprender cómo es que otra gente existe, cómo es que hay almas que no sean la mía, conciencias extrañas a mi conciencia, que, por ser conciencia, me parece ser la única.

Comprendo bien que el hombre que está delante de mí, y me habla con palabras iguales a las mías, y me ha hecho gestos que son como los que yo hago o podría hacer, sea de algún modo mi semejante. Lo mismo, sin embargo, me sucede con los grabados que sueño de las ilustraciones, con los personajes que veo de las novelas, con los personajes dramáticos que en el escenario pasan a través de los actores, que los representan.

Nadie, supongo, admite verdaderamente la existencia real de otra persona.

Puede conceder que esa persona esté viva, que sienta y piense como él; pero habrá siempre un elemento anónimo de diferencia, una desventaja materializada.

Hay figuras de tiempos idos, imágenes espíritus en libros, que son para nosotros realidades mayores que esas indiferencias encarnadas que hablan con nosotros por encima de los mostradores, o nos miran por casualidad en los tranvías, o nos rozan, transeúntes, en el acaso muerto de las calles. Los demás no son para nosotros más que paisaje y, casi siempre, paisaje invisible de calle conocida.

Tengo por más mías, con mayor parentesco e intimidad, ciertas figuras que están escritas en los libros, ciertas imágenes que he conocido en estampas, que muchas personas, a las que llaman reales, que son de esa inutilidad metafísica llamada carne y hueso.

Y «carne y hueso», en efecto, las describe bien: parecen cosas recortadas puestas en el exterior marmóreo de una carnicería, muertes que sangran como vidas, piernas y chuletas del Destino.

No me avergüenzo de sentir así porque ya he visto que todos sienten así.

Lo que parece haber de desprecio entre hombre y hombre, de indiferente que permite que se mate gente sin que se sienta que se mata, como entre los asesinos, o sin que se piense que se está matando, como entre los soldados, es que nadie presta la debida atención al hecho, parece que abstruso, de que los demás también son almas.

Ciertos días, a ciertas horas, traídas a mí por no sé qué brisa, abiertas a mí por el abrirse de no sé qué puerta, siento de repente que el tendero de la esquina es un ente espiritual, que el hortera, que en este momento se inclina a la puerta sobre el saco de patatas, es, verdaderamente, un alma capaz de sufrir.

Cuando ayer me dijeron que el dependiente de la tabaquería se había suicidado, sentí una impresión de mentira. ¡Pobrecillo, también existía! Lo habíamos olvidado, todos nosotros, todos nosotros que le conocíamos del mismo modo que todos los que no le conocieron. Mañana le olvidaremos mejor. Pero que tenía alma, la tenía, para que se matase. ¿Amores? ¿Angustias? Sin duda…

Pero a mí, como a la humanidad entera, me queda sólo el recuerdo de una sonrisa tonta por encima de una chaqueta de mezclilla, sucia, y desigual en los hombros. Es cuanto me queda, a mí, de quien tanto sintió que se mató de sentir porque, en fin, de otra cosa no debe de matarse nadie… Pensé una vez, al comprarle cigarrillos, que se quedaría calvo pronto. Al final, no ha tenido tiempo de quedarse calvo. Es uno de los recuerdos que me quedan de él. ¿Qué otro me había de quedar si éste, después de todo, no es suyo, sino de un pensamiento mío?

Tengo súbitamente la visión del cadáver, del ataúd en que le han metido, de la tumba, enteramente ajena, a la que tenían que haberle llevado. Y veo, de repente, que el dependiente de la tabaquería era, de cierta manera, chaqueta torcida y todo, la humanidad entera. Ha sido tan sólo un momento. Hoy, ahora, claramente, como hombre que soy, él ha muerto. Nada más.

Sí, los demás no existen… Es para mí para quien este ocaso remansa, pesadamente alado, sus colores neblinosos y duros. Para mí, bajo el ocaso, tiembla, sin que yo le vea correr, el río grande. Ha sido hecha para mí esta plaza abierta sobre el río cuya marea se acerca. ¿Ha sido enterrado hoy en la fosa común el dependiente de la tabaquería? No es para él el ocaso de hoy. Pero, de pensarlo, y sin que yo quiera, también ha dejado de ser para mí…




domingo, 9 de abril de 2017

Qué manera de comunicarte conmigo (por Roberto Bolaño)



Extraño maniquí de una tienda del Metro,
qué manera de observarme
y presentirme más allá de todo puente
mirando el océano o un lago enorme
como si de él esperara aventura y amor
Y puede un grito de muchacha en plena noche
convencerme de la utilidad de mi rostro
o se velan los instantes, placas de cobre al rojo vivo
la memoria del amor negándose tres veces
en aras de otra especie de amor
Y así nos endurecemos sin abandonar la pajarera
desvalorizándonos
o bien volvemos a una casa pequeñísima
donde nos espera sentada en la cocina una mujer
Extraño maniquí de una tienda del Metro
qué manera de comunicarte conmigo, soltero y violento
y presentirme más allá de todo
solamente me ofreces nalgas y senos
estrellas platinadas y sexos espumosos
No me hagas llorar en el tren naranja
ni en las escaleras eléctricas
ni saliendo repentinamente a marzo
ni cuando imagines, si imaginas, 

mis pasos de veterano absoluto
nuevamente bailando por los desfiladeros
Extraño maniquí de una tienda del Metro
así como se inclina el sol y las sombras de los rascacielos
irás inclinando tus manos
así como se apagan los colores y las luces de colores
se apagarán tus ojos
¿Quién te mudará de vestido entonces?
Yo sé quién te mudará de vestido entonces



sábado, 8 de abril de 2017

De tiempo (por Circe Maia)



Se hacen en el tiempo

y están hechos de tiempo.

Se hacen de a poco, como a pequeños golpes

de cincel, una estatua.


Como un tejido, punto por punto

día por día.


Pero después están. Están como una mesa

apoyada en el piso: ese modo de hablar, por ejemplo

esos gestos

los círculos de actos rutinarios

tan objetos

tan cosas

que sólo se deshacen con la muerte.



viernes, 7 de abril de 2017

Él tenía que gritar (por Simon Armitage)


Salimos

al patio de la escuela juntos, yo y el chico

cuyo nombre y cara


no recuerdo. Estábamos probando el rango

de la voz humana:

él tenía que gritar por todo lo que valía,


yo tenía que levantar un brazo

para hacer señales de un lado al otro de la divisoria

de que el sonido se había oído.


Llamó desde el parque —levanté un brazo.

Desde fuera de los límites,

gritó desde el final del camino,


desde el pie de la colina,

desde más allá del puesto de vigilancia de Fretwell’s Farm

—levanté un brazo.


Desapareció de la vista, pasó a llevar veinte años muerto

con un agujero de disparo

en el techo de la boca, en Australia Occidental.


Chico con el nombre y la cara que no recuerdo,

puedes dejar de gritar ahora, todavía puedo oírte.



jueves, 6 de abril de 2017

Y la muerte no tendrá dominio (por Dylan Thomas)



Y la muerte no tendrá dominio.
Los desnudos muertos serán uno
con el hombre en el viento y la luna del poniente;
cuando sus huesos sean descarnados y los descarnados huesos
se consuman,
en el codo y el pie tendrán estrellas;
aunque se vuelvan locos estarán cuerdos,
aunque se hundan en los mares se volverán a levantar;
aunque se pierdan los amantes, no se perderá el amor,
y la muerte no tendrá dominio.

Y la muerte no tendrá dominio.
Los que yacen hace tiempo en los recodos bajo el mar
no morirán ahí en vano;
retorcidos en los potros de tormento cuando cedan los tendones,
atados a una rueda de tortura, aun así no serán despedazados;
la fe en sus manos se partirá en dos
y los males los atravesarán como unicornios;
cuando todos los cabos estén rotos, ellos no se partirán;
y la muerte no tendrá dominio.

Y la muerte no tendrá dominio.
No pueden gritar más en sus oídos las gaviotas
ni romper ruidosas las olas en la playa;
donde surgió una flor, otra no podrá
alzar su cabeza a los golpes de la lluvia;
aunque estén locos y muertos como clavos,
sus cabezas se hundirán entre margaritas;
irrumpirán al sol hasta que el sol se hunda,
y la muerte no tendrá dominio.



miércoles, 5 de abril de 2017

Habrá tiempo (por T.S. Eliot)



Vayámonos entonces, tú a mi lado,

cuando todo el ocaso se esparce sobre el cielo

como un paciente anestesiado

tendido en un estrado;

vayamos pues, por ciertas

calles semidesiertas,

murmurantes asilos

de noches en hoteles baratos e intranquilos,

y fondas de aserrín y ostras abiertas;

por calles que se alargan como un tema aburrido,

de insidioso sentido,

para llegar a una pregunta abrumadora…

Oh, no me preguntéis: ¿Cuál es? , ahora;

vayamos a cumplir nuestra visita.


Las mujeres atraviesan el salón

y hablan de Miguel Ángel, el pintor.


La neblina amarilla que se frota los hombros sobre los ventanales,

la humareda amarilla que se frota el hocico sobre los ventanales,

ya lamió con su lengua los huecos de la tarde;

se detuvo en los charcos de algunos albañales,

recibió en sus espaldas hollín de los hogares,

resbaló a la terraza, dio un salto repentino,

y advirtiendo el encanto de octubre vespertino

se ha enroscado a la casa, y se ha dormido.


Y habrá tiempo, en verdad, para la niebla

amarilla que vaga por las calles

frotando sus espaldas contra los ventanales;

habrá tiempo, habrá tiempo

de preparar un rostro para afrontar los rostros que veremos;

y tiempo para el crimen, para la creación,

para todas las obras y días de las manos

que levantan y sueltan sobre nuestros pocillos su vana inquisición;

hay tiempo para mí, y hay tiempo para ti,

y hay tiempo para cien indecisiones,

y para cien visiones, y nuevas revisiones,

antes de las tostadas y del té.


Las mujeres atraviesan el salón

y hablan de Miguel Ángel, el pintor.


En verdad, habrá tiempo

para pensar: ¿Me atrevo? ; para decir: ¿Me atrevo? ,

y bajar la escalera, y alejarme de nuevo

con mi calva incipiente escondida entre el pelo…

(Y dirán: Me he fijado que está perdiendo el pelo ).

Con mi saco de sport, y mi cuello que asciende derecho hasta mi barba,

mi corbata modesta y lujosa, asegurada con un simple alfiler…

(Y dirán: Me he fijado

que está mucho más delgado ).

Y quisiera saber

si yo me atrevo a perturbar el mundo.

Porque hay tiempo en un instante para hacer y deshacer

cien proyectos revocados en el próximo segundo.


Porque ya las sé todas, ya me son conocidas

conozco las mañanas, las tardes, los ocasos;

con cucharas de postre yo he medido mi vida;

sé las voces que mueren en un acorde lento

debajo de la música de una lejana estancia.

¿Qué puedo entonces presumir?


Y también ya conozco los ojos, ya los sé…

Los ojos que os retienen en un lugar común;

y ya inmovilizado, fijo en un alfiler,

cuando estoy debatiéndome, pinchado en la pared,

¿cómo podría proceder

a eyacular los restos de mi vida y mi ser?

¿Y qué podría pretender?


Y conozco los brazos, todos, uno por uno…

Los brazos enjoyados, y blancos, y desnudos

(pero a la luz cubiertos de un suave pelo rubio).

¿Es el perfume de un vestido

que me ha distraído de pronto?

Brazos sobre una mesa, o envueltos en un chal.

¿Y cómo, entonces, simular?

¿Por dónde habría de empezar?



¿Diré que algunas tardes me alejé por las calles

estrechas, y que he visto el humo de las pipas

de aquellos solitarios en mangas de camisa,

que a las ventanas se asomaban…?


Yo debí ser un par de garras desiguales,

arañando los pisos de mares silenciosos.



¡Y la tarde, el crepúsculo, duerme tan dulcemente!

Por largos dedos acariciado,

cansado… adormecido… o caprichosamente

extendido en el suelo, a tu lado, a mi lado.

Después de los helados, de las masas y el té,

¡cómo podré obligar la crisis de este instante!

Y aunque yo haya llorado, rezado, y ayunado,

aunque vi mi cabeza (un poco calva) en una fuente servida,

yo no soy un profeta… y me es indiferente;

yo vi cómo el instante de mi gloria caía,

vi el eterno lacayo sosteniendo mi saco, vi que se sonreía,

y en verdad, me asusté.


¿Y valdría la pena, quizás, después de todo,

después del té, y las tazas, y después de los dulces,

entre las porcelanas, en medio de una charla a nuestro modo,

sería en realidad tan preferible

atacar el asunto mediante una sonrisa,

juntar en una bola, de pronto, el universo

y arrojarla hacia alguna pregunta irresistible,

y decir: Yo soy Lázaro, vengo de entre los muertos,

vengo a contaros todo, os diré todo…

si alguna, acomodando su cojín

debajo de la nuca, con un gesto

me dijera: No es nada, nada de esto,

esto no es lo que quise dar a entender, en fin.


¿Y valdría la pena, quizás, después de todo,

nos serviría de consuelo

después de los crepúsculos, después de las entradas

y las calles mojadas

después de las novelas y las tazas de té, después de las faldas que

arrastran por el suelo…

y todo esto, y lo demás…?

Pero es tan inefable lo que quiero expresar;

como si proyectaran con la linterna mágica

los nervios dibujados sobre la blanca escena:

¿y valdría la pena,

si alguna, despojándose de su chal con un gesto,

o acomodando algún cojín,

me dijera de pronto, mirando la ventana:

No es nada, nada de esto

esto no es lo que quise dar a entender, en fin.



No, yo no soy el príncipe Hamlet, ni puedo serlo;

soy un señor del séquito, alguien que sirve apenas

para expresar la acción, y abrir ciertas escenas,

o aconsejar al príncipe; un fácil instrumento,

obsequioso, sin duda, y en su oficio contento,

cauto, prudente, y muy meticuloso;

lleno de altas palabras, pero un poco embotado;

a veces, casi, desairado…

y casi, a veces, el Gracioso.


Envejezco… Sin remisión envejezco…

Me enrollaré los bajos del pantalón.


¿Detrás de la cabeza debo hacerme la raya?

¿Podré comer duraznos? Usaré pantalones

de franela amarilla, pasearé por la playa.

Yo escuché las sirenas, y sus mutuas canciones.


No creo que quisieran cantarlas para mí.


Yo las vi cabalgando las olas mar afuera,

y peinando a la espuma su cabellera blanca,

cuando impulsan los vientos el agua blanca y negra.


En las habitaciones del mar nos detuvimos

entre ninfas orladas con racimos y algas;

pero una voz humana nos llama, y nos hundimos.



martes, 4 de abril de 2017

Un combate sagrado (por Juan Antonio González Iglesias)


Cómo hemos alcanzado la camaradería.
Estamos ya descalzos como dos karatekas.
Los pies pisan tarima de madera y baldosas
de barro. En un momento los pies pisan los pies.
Para que haya dos héroes tiene que haber un reto.
Es un entrenamiento, un combate sagrado.
Semidesnudos, somos iguales a centauros.
Se acercan los dos torsos thoracatos, se abrazan.
Estamos en silencio. Estamos sin aliento.
Me gusta tu loriga recién inaugurada.
Qué maravilla todo lo que hemos olvidado.
Hemos hablado tanto de los plexos solares
y ahora están en contacto. Dejémolos a ellos.
Que sean un solo árbol con mil inervaciones.
Descansemos de todo. Con la mano derecha
busco tu corazón. Su alboroto es el mío.
Cuánto tiempo llevamos con los ojos cerrados.



lunes, 3 de abril de 2017

La transparencia (por Juan Ramón Jiménez)


Dios del venir, te siento entre mis manos,
aquí estás enredado conmigo, en lucha hermosa
de amor, lo mismo que
un fuego con su aire.

No eres mi redentor, ni eres mi ejemplo,
ni mi padre, ni mi hijo, ni mi hermano;
eres igual y uno, eres distinto y todo;
eres dios de lo hermoso conseguido,
conciencia mía de lo hermoso.

Yo nada tengo que purgar.
Toda mi impedimenta
no es sino fundación para este hoy
en que, al fin, te deseo;
porque estás ya a mi lado,
en mi eléctrica zona,
como está en el amor el amor lleno.

Tú, esencia, eres conciencia; mi conciencia
y la de otro, la de todos,
con forma suma de conciencia;
que la esencia es lo sumo,
es la forma suprema conseguible,
y tu esencia está en mí, como mi forma.

Todos mis moldes, llenos
estuvieron de ti; pero tú, ahora,
no tienes molde, estás sin molde; eres la gracia
que no admite sostén,
que no admite corona,
que corona y sostiene siendo ingrave.

Eres la gracia libre,
la gloria del gustar, la eterna simpatía,
el gozo del temblor, la luminaria
del clariver, el fondo del amor,
el horizonte que no quita nada;
la trasparencia, dios, la trasparencia,
el uno al fin, dios ahora sólito en lo uno mío,
en el mundo que yo por ti y para ti he creado.


domingo, 2 de abril de 2017

Era de ver su júbilo (por Henry Alexander Gómez)



Eran las mañanas y las tardes. Solía acompañar a mi abuela Ana

a llevar y traer las vacas, del establo al potrero y del potrero al establo.


Íbamos por la mitad del pueblo arreando las vacas

que eran como dedos gordos de Dios.


Yo y mis cinco años y la rama de un árbol haciendo de fusta.


El sol trepaba por las manchas azules de las vacas y en su paso torpe

un aliento desconocido empozaba la sílaba del sueño.


Las piedras, las crestas de los árboles, un puñado de maderos y sus cercas.


Verlas pastar era echar boca adentro toda la paciencia del aire,

como hundir una luna en un enredo de hierba.


Y en los ojos de las vacas un vacío de luz, un misterio lerdo que latía en cenizas

sobre el corazón lento del día.


Mis cinco años, mi abuela Ana y las moscas abriendo huecos

en las primeras sombras de la tarde.


Entonces la vaca Golondrina se fue de bruces al río.

El hechizo del agua le llegó como una soga que halaba su carne

en una cadencia sin tiempo.

Era de ver su júbilo corriendo entre las formas del torrente. Mugía y su voz era un tambor que trenzaba mi garganta. Un fósil nacido en lo más hondo de la vocal del mundo.


Corría la vaca por el río y mi abuela la seguía desde la orilla,

entre los pastos largos y mojados,

llamando desesperadamente su bovino. Cuidado de no ahogarse la vaca loca.


Mis cinco años arreando el sueño de loco de mi abuela Ana. En el lomo de la vaca el viento revuelto en un sudario de espumas.


Hará tiempo de aquello. El río arrastrando esqueletos húmedos de hojas y trastos vegetales, llevándose consigo mis cinco años y las alas invisibles de la vaca Golondrina,

en una ceremonia de bocas abiertas a los muslos de la nada. Navegaba ahora

hechizado el ocaso en una brisa de peces muertos.


Dicen que las vacas

se parecen a los sueños de los hombres tristes, no dejan de rumiar su soledad

en cualquier balcón desvencijado de la vida. En el mañana

o en el ayer, es floración la noche cerrada.


A la orilla, sobre la piedra molida, boquea todavía la vaca Golondrina

tragando tajos de luz. Muge mientras puede.


sábado, 1 de abril de 2017

Y otra vez el mar (por Germán Arens)


En Facebook

una chica que no conozco

dice que en el mar hace frío.

También que el mes de enero debería durar seis meses.


Carina, me cuenta que murió el hijo del rector,

que estaba por ir a velarlo y una tormenta

fue la excusa perfecta para no salir.


Arturo, notifica la detención de una dirigente social.

Agrega que no debe ser ninguna santa,

pero que los ciudadanos, ante la situación actual,

deberíamos saber dividir los tantos

y no permitir que un árbol nos tape el bosque.


Un amigo no puede dormir…

Su novia no lo tiene en la cabeza.


Un poeta me ofrece su libro:

“Cada tribu tiene sus propios rituales para enfrentar el misterio misterio
La nuestra, la de los poetas solitarios, no es una excepción

Cuando los poemas se guardan en un libro se vuelven definitivos
nuestro rito es compartirlos

No hacerlo puede provocar la furia de las musas y

condenarnos al eterno silencio”.

Los alacranes no están vivos.

Pertenecen al estampado de mi calzoncillo.


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El problema no es hablar con los perros

sino contar lo que te dijeron.


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En cuanto a forma,

color, dimensión y perspectiva

pudo haber sido una alteración visual.

Aunque estoy casi seguro

que ese resplandor del que hablo

estaba vivo.


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El mar estaba empecinado en tragarnos. Volví a pedirle a mi hermano que pise el acelerador. No hagas caso, me dijo, no hay mar, es solo una cristalización de tu mente; el día está hermoso. Sin insistir, en un acto reflejo, abrí la puerta de la camioneta. Al dar contra el suelo sentí dolor, no puedo expresarlo de otra manera: dolor. Mi codo derecho se desarticuló por completo y salvo movimientos del hombro mi brazo quedó inutilizado. Fue entonces que giré la cabeza, y otra vez el mar, perdiendo su liquidez, levantándose ante mí como una cobra gigante.