zUmO dE pOeSíA

zUmO dE pOeSíA
de todos los colores, de todos los sabores

ALEATORIUM: Saca un poema de nuestro almacén

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lunes, 26 de junio de 2017

Me siento un dios menor (por José Luis Morante)


No sé nada de ti, pero me absorbe
ese juego inocente de modelar tu ser.
Transmigro cualidades y actitudes,
deposito palabras
que te definen cuando las pronuncias,
condesciendo con algunas manías;
respeto los precintos
que deciden el paso a tus zonas ocultas;
te dejo los sentidos en alerta.
hago y deshago en ti.
Me siento un dios menor
que en esta creación cobra sentido.
Es urgente que tú pongas el soplo.



domingo, 25 de junio de 2017

Y perdiste (por Camilo José Cela)


jugaste siempre con las cartas boca arriba y perdiste luchaste siempre a pecho descubierto y perdiste no dudaste jamás de la palabra escuchada y perdiste ahora ya es tarde para volverse atrás e incluso para hacer examen de conciencia no pactaste con los ángeles ni con los demonios y perdiste no te rías de ti deja que sean los demás quienes se rían de ti con justa razón ahora te toca pagar la penitencia que corresponde a quienes se obstinan en levantar mundos cimentados en el aire de niño soñabas con telarañas y redes que te atrapaban después te dedicaste a tejer telarañas y redes y ahora te sientes agonizar porque has caído en tu propia trampa has tenido ya todo y puedes por tanto plantar fuego a todo esto se lo regalo a fulano esto otro a mengano aquello de más allá a zutano dirás yo nada quiero porque tampoco nada necesito dirás para morir basta un metro cuadrado de tierra ajena y un corazón que quiera detenerse a tiempo también se puede caminar vivo y desnudo ya te ladrarán los perros ya te apedrearán los vecinos no será necesario que te esfuerces en provocar sus iras que la iracundia contra el derrotado está siempre a flor de piel, no, no quieres morir pero te vas a morir tú notas que te vas a morir elige un escenario neutro un decorado confuso nada debe quedar nunca demasiado diáfano ahora son las seis menos veinte de la mañana sobre el horizonte amanece un día que se promete hermoso estás triste muy triste pero siente que te invade una infinita paz haz esfuerzos para no disponer de tu vida deja que sea la muerte quien organice su propia representación a los amigos les sorprenderá la noticia de que la sangre de tus venas no se derramó sobre las baldosas de tu estudio murió de muerte natural se dirán los unos a los otros pero ni los unos ni los otros creerán lo que escuchan es más gracioso que acontezca el suceso de esta sencilla manera en el estómago no tenía veneno en los pulmones no tenía agua en el cuerpo no tenía un solo balazo ni un solo golpe ni una sola cortadura se conoce que se murió de hastío es lástima que las ventanas del otro mundo estén cerradas a cal y canto en todo caso sería preferible imaginárselas abiertas y pobladas de ángeles curiosos de demonios curiosos de fantasmas desorientados y curiosos también es lástima que no hayas tenido más fe es subterfugio consolador pero en tu derrota no te queda ni eso amas a todos cuantos te rodean y no sientes desprecio más que por ti mismo también envidias a cuantos te rodean y sientes una infinita conmiseración por ti mismo, no, debes huir de esa actitud nadie debe despreciar a nadie ni ser conmiserativo con nadie el que pierde paga y tú has perdido y pagas la cosa no tiene mayor misterio ni debes darle más vueltas en la cabeza es probable que todos los finales sean así tú careces de experiencia en finales propios te sientas en una butaca y miras el ir y venir del péndulo de tus dos relojes en la esfera de uno dice bover st ioan las abss en la esfera del otro dice lombardero para dn anto ivañez 1779 no niegues que te entristece decir adiós a tus dos relojes la baldosa que vio morir a la princesa de éboli sonríe con una extraña sonrisa de complicidad de recién casado tuviste un reloj de arena que se te rompió enseguida tampoco lo lamentaste es ya de día cuando la gente se levante convendrá cursar algunos telegramas deshaciendo otros tantos compromisos su redacción debe ser muy neutra e impersonal los usos admiten que los compromisos se deshagan a última hora antes eran más rígidas las normas desde tu butaca se ve la mar no niegues que te entristece decir adiós a la mar el precio de la derrota es el tener que ir diciendo adiós a las cosas a los rincones y a los paisajes las viejas fotos de tus bisabuelos el retrato al pastel que le hicieron a tu mujer de soltera la copa de plata que ganaste en una regata de balandros cuando eras joven, sí, procuraste jugar deportivamente pero no te dejaron acercarte a la red a saludar al vencedor ahora ya es tarde para volver sobre los pasos perdidos sobre las singladuras cuyo último y único puerto es la muerte no debe causarte el menor enojo el que los demás se rían de tu muerte tú cumples no siendo cruel ni contigo mismo quede la crueldad esa máscara de la impotencia para los demás tú muérete escuchando la voz de tertuliano crudelitas vostra gloria est nostra déjalos que se rían mientras tú renuncias calladamente a todo ahí están mis títulos académicos no los queméis dádselos al pescadero para que envuelva huérfanos pececillos baratos ahí están mis medallas mis condecoraciones no las destrocéis dádselas a una máscara pobre el martes de carnaval ahí están los cien libros que escribí disolvedlos con ácido y haced lo mismo con los originales lujosamente encuadernados dejad paso a quienes vienen detrás con menos dolor y menos derrota a cuestas yo elegí la libertad y el olvido no es cierto tú has optado por la muerte porque tienes lo que es peor que la muerte no sabes bien lo que es pero intuyes que hay algo todavía peor que la muerte ¿por qué no te enfrentas contigo mismo? porque no sabes sufrir y vencer al mismo tiempo no finjas ignorarlo



sábado, 24 de junio de 2017

Ayer vendrá (por Luis Rosales)


La tarde va a morir. En el camino
la flor de las acacias se deshace
al impulso del viento. Entre las ramas,
mortal, casi vibrante,
queda el último sol. La tierra huele,
comienza a oler, no cabe
ya dentro de sí misma y se levanta:
ahora hay tierra en la tierra y en el aire.
Y hay un bardal con sol; hasta él llegamos;
la sombra es el resumen de la tarde.
Te he sentido llorar. No sé a quién lloras.
Hay un humo distante
-un tren que acaso vuelve- mientras dices:
Soy tu propio dolor, déjame amarte.



viernes, 23 de junio de 2017

Amor sin esperanza (por Robert Graves)


Amor sin esperanza, como cuando el joven cazador de pájaros
se quitó el sombrero ante la hija del escudero,
de modo que las alondras encarceladas dentro pudieron emprender el vuelo,
cantando sobre la cabeza de ella, que pasaba a su lado.



jueves, 22 de junio de 2017

Plátanos al sol (por Fernando Pessoa)



He salido de casa con un gran objetivo, que era, al final, llegar a tiempo a la oficina. Pero, este día, la propia compulsión de la vida participaba de aquella otra buena compulsión que hace que el sol venga a las horas del almanaque, conforme a la latitud y a la longitud de los lugares de la tierra. Me he sentido feliz porque no podía sentirme desgraciado. He bajado la calle reposadamente, lleno de seguridad, porque, en fin, la oficina conocida, la gente conocida que hay en ella, eran seguridades. No es de admirar que me sintiera libre, sin saber de qué. En los cestos puestos en los bordes de las aceras de la Calle de la Plata los plátanos en venta, bajo el sol, eran de un amarillo grande. Me contento, después de todo, con muy poco: el que haya cesado la lluvia, el que haya un sol bueno en este Sur feliz, plátanos más amarillos porque tienen manchas negras, la gente que los vende porque habla, las aceras de la Calle de la Plata, el Tajo al fondo, azul verdoso tirando a oro, todo este rincón doméstico del sistema del Universo. Llegará el día en que ya no vea esto, en que sobrevivirán los plátanos del borde de la acera, y las voces de las vendedoras sagaces, y los periódicos del día que el pequeño ha desplegado de un lado a otro de la esquina en la otra acera de la calle. Bien sé que los plátanos serán otros y que las vendedoras serán otras, y que los periódicos tendrán, para quien se incline a verlos, una fecha que no es la de hoy. Pero ellos, porque no viven, duran aunque sean otros; yo, porque vivo, paso aunque sea el mismo. Este momento, podría solemnizarlo comprando plátanos, pues me parece que en éstos se ha proyectado todo el sol del día como una linterna sin máquina. Pero me da vergüenza de los rituales, de los símbolos, de comprar cosas en la calle. Podrían no envolver bien los plátanos, no vendérmelos como deben ser vendidos por no saber yo comprarlos como deben ser comprados. Podrían extrañar mi voz al preguntar el precio. Más vale escribir que atreverse a vivir, aunque vivir no fuera más que comprar plátanos al sol, mientras hay sol y hay plátanos en venta. Más tarde, quizás... Sí, más tarde... Otro, quizás... No sé...




miércoles, 21 de junio de 2017

Siempre (por Vicente Aleixandre)



Estoy solo Las ondas playa escúchame

De frente los delfines o la espada

La certeza de siempre los no-límites

Esta tierna cabeza no amarilla

esta piedra de carne que solloza

Arena arena tu clamor es mío

Por mi sombra no existes como seno

no finjas que las velas que la brisa

que un aquilón un viento furibundo

va a empujar tu sonrisa hasta la espuma

robándole a la sangre sus navíos

Amor amor detén tu planta impura


martes, 20 de junio de 2017

Cementerio en la ciudad (por Luis Cernuda)


Tras de la reja abierta entre los muros,
la tierra negra sin árboles ni hierba,
con bancos de madera donde allá en la tarde
se sientan silenciosos unos viejos.
En torno están las casas, cerca hay tiendas,
calles por las que juegan niños, y los trenes
pasan al lado de las tumbas. Es un barrio pobre.

Como remiendos de las fachadas grises,
cuelgan en las ventanas trapos húmedos de lluvia.
Borradas están ya las inscripciones
de las losas con muertos de dos siglos,
sin amigos que les olviden, muertos
clandestinos. Mas cuando el sol despierta,
porque el sol brilla algunos días de junio,
en lo hondo algo deben sentir los huesos viejos.

Ni una hoja ni un pájaro. La piedra nada más. La tierra.
¿Es el infierno así? Hay dolor sin olvido,
con ruido y miseria, frío largo y sin esperanza.
Aquí no existe el sueño silencioso
de la muerte, que todavía la vida
se agita entre estas tumbas, como una prostituta
prosigue su negocio bajo la noche inmóvil.

Cuando la sombra cae desde el cielo nublado
y el humo de las fábricas se aquieta
en polvo gris, vienen de la taberna voces,
y luego un tren que pasa
agita largos ecos como bronce iracundo.

No es el juicio aún, muertos anónimos.
Sosegaos, dormid; dormid, si es que podéis.
Acaso Dios también se olvida de vosotros.



lunes, 19 de junio de 2017

¿Te acuerdas de Resortes? (por Roberto Bolaño)


Rostro doloroso, escéptico, apaleado, trasnochado, rostro
sumergido en el bote de orines de las pesadillas, amargo e
imbécil,
duro como el pellejo de las ratas de Chapultepec, vanidoso
y triste, rostro en las lindes del cero, metálico por dentro,
lleno de ecos propicios a la risa, a su risa, a sus muecas
gratuitas y secretas, rostro de los barrios aéreos de México,
el rostro de Resortes

¿Te acuerdas de Resortes?
El perfecto ciudadano
del Distrito Federal
sus muecas atroces
su risa atroz
iluminan el camino de mis sueños
cuando regreso a México
paso a paso
siguiendo las huellas torcidas
de las estrellas



domingo, 18 de junio de 2017

Gambito de rey (por Rodolfo Hinostroza)


Y continué P4 AR
"Jugada peligrosa", dijo el Maestro, "de la escuela
romántica. Andersen
sale así en la Inmortal. Cuide Ud. 4T y tal vez haga tablas"
Y salieron mis escuadras imprecisas
transparente mediosueño bajo el canto del pájaro
campana
y el árbol que todo lo sabe desplegando sentencias en
románicas. PxP
aceptó el Negro. Y yo C3AR.
Y por entonces la Realidad era
una impetuosa fantasmagoría/ cierto impulso
en la materia del ánima humana la conduce a negar el
pasado.
"¡Eh!", insistí otra vez "¿Cómo voy a seguir?
Qué decir de la Historia si es licencia poética
decir que se repite, que el incesante error
de los vencidos se repite, que el Poder del Imperio se
repite".
Algo hay, yo te diré
que te conduce a afirmar el pasado y a repetir un acto
equivocado
para sentir que existes/ porque eres desdichado por
ejemplo/
y es inútil el acto, pero no obstante obligado
de repetir, pudiera ser que en el siguiente ciclo
se abran las puertas de la justicia
o de la paz.
Ah ¡Esa repetición spengleriana! / Espanto lúdico
perdido en sus orígenes.
Gigantesca esfera de leyes implacables.
Nunca nadie jugó dos partidas iguales: así creer
en la repetición histórica es pura necedad. Mira bien:
ahora el Negro
llevará el Alfil a 2D, y ésa es
Defensa Cunningham
de largas consecuencias.
Supuse que volviendo
agradaría a todos si es que hablaba de amor y alegría,
aunque malditas las ganas que me quedaban, pero aquí
huyen
del melancólico como del apestado en el s. XIV
y todo se ha perdido, aunque haya bautizado este regreso
con un sonoro nombre griego: NOSTOS.
Extraño
en
Ecbatana, como dice
Mc Leish. Adiós, culeados sueños, adiós tu pulso, tallador
de brillantes
el regreso no significa nada, la miserable comunión de
los cielos
con cualquier otra cosa jamás se ha producido, y hay algo
que acelera la fuerza de las cosas: una quieta barbarie de
los tuyos
oculta entre palabras y unos gestos ambiguos. Nostos:
destierro del amor. Adiós gran árbol que ibas a florecer
y te quemaste;
adiós frutas enanas, parábola de Anteo, etc. que las
gentes
echan tierra a tus ojos, y esa es toda la tierra que te han
dado.
Cuídate del ridículo
Cuídate del epíteto
Cuídate de la verdad en boca de los niños.
"Audacia, más audacia, siempre audacia", recordé
haciendo A4AD. El Maestro insistió: "4T está
desamparada".
Y se siguieron una serie de golpes:
su A5T jaque(+) mi CxA y el suyo DxC y nuevamente
jaque.
Así llegó la hora de velar al gran amor. Los manjares
del banquete nupcial sirvieron para el banquete
de difuntos.
Hamlet, act I, viceversa,
y grité: "¿Eh? ¿Quién ha muerto? ¡En esta casa no se
muere nadie! ¡Es la casa del amor, del olvido, de la
reconciliación!"
Eso dije y los pájaros picotearon mis riñones
y creo que el pórtico de una casa en mi espíritu se
derrumbó
crujiendo como el hueso de un ave.
El Maestro
salmodiaba en un tablero lejano: "Hablemos de dialéctica
viviente, o alquimia del espíritu, como se llamaba
hace 8 siglos: una fuerza que se opone a otra fuerza
actúa sobre la contradicción del enemigo. Enroque Ud.
consolídese/ conózcase a sí mismo/ no juegue ningún rol
sea Ud. todas las piezas del tablero/ sienta la amputación
de un miembro
cuando cae un peón. Un Yo compacto, un Yo
visible, si no revierte sobre la propia Historia
es un poder desperdiciado, una pura metáfora hedonista.
Observe Ud. la armonía
de la Defensa India del Rey".
Pero quieren decirme ¿de qué juego me hablan?
Los últimos cisnes cantaron con horribles aullidos de
castrati.
Una mano indecisa sacrificó el P en 3C, y PxP, la
rápida respuesta D2R, y el Negro
siguió P7C. Jaque descubierto.
Y todo fue arriesgado

y todo fue perdido.
Así ellos los audaces sobre un punto de una esfera bruñida
quisieron encender lo que se dice el fuego incorruptible.
Pero no hubo movimientos alados, ni ayuda, ni piedad.
¡Oh
descomedidos campesinos! ¡Ah, las brutales manadas de
los satisfechos
que imaginan tomar parte en el banquete! Mala peste al
país
que abandona a sus héroes, que caen como una estampa
bíblica
con la sal en el rostro.
Y un hombre
se apoya contra un árbol, disponiéndose a acabar su vida
con dignidad:
escucha: K.550 entre el murmullo de las ametralladoras
el minuet se enfrenta al infinito
sabiendo de antemano que será derrotado
y así fue el canto
de la revolución, amor, amor.
Así pues
devoraron bellotas
haciendo lo que se llama el recuento de muertos.
Y siguió mi fatal R1D y el PxT coronando
abrió la persecución implacable
crucé
mi D en 1A.
"¿Sabes lo que jugamos?" preguntó el Negro.
"¿Qué?" dije estúpidamente. "Tu fe. Y tu futuro."
Utopía se cae, se cae.
Los sueños ruedan a las alcantarillas
ángeles incoloros vagan
sin ruta y sin objeto entre las agujas de los templos
ruedas ardientes giran con los descabezados
¡Mi escuadra!
¡Mi orgullosa escuadra!
¡Mi querido Yo Mismo!
Entre la música de los escupitajos y los murmullos de
los paterfamiliae.
D5C (+). Una fangosa eternidad de espera; luego
el lento movimiento al A2R. Y DTxD
"¡Mate!" aulló el Negro
derribando las sillas escarlata. / Act. V. Telón/
La implacable esfera
las leyes implacables. 64 escaques
y el universo se comba sobre sí mismo. No hay afuera,
no hay
escape hacia otra dimensión donde todo esto sea
la historia del reptil, la historia del anfibio, la pura
prehistoria.
"Pero vuelva a jugar" dijo el Maestro "una partida
es sólo una partida. La especie humana
persiste en el error, hasta que sale
una incesante aurora
fuera del círculo mágico".
Entonces
a la partida siguiente
jugué en 3) A5C.
"¿Ruy López?" observó el Maestro
"Usted aprende".




sábado, 17 de junio de 2017

Esposa (por Miguel D' Ors)


Con tu mirada tibia
alguien que no eres tú me está mirando: siento
confundido en el tuyo otro amor indecible.
Alguien me quiere en tus te quiero, alguien
acaricia mi vida con tus manos y pone
en cada beso tuyo su latido.
Alguien que está fuera del tiempo, siempre
detrás del invisible umbral del aire.


viernes, 16 de junio de 2017

Un segundo antes (por Jordi Virallonga)


Recuerdo que decías: 
a veces la vida se encuentra 
un segundo antes de su celebración; 
antes de que empiece la película 
o te rocen la pierna, la mano, 
antes de coger el teléfono, de abrir el buzón, 
en la última carta del mazo, 
en la risa anterior a la sonrisa, 
en los frascos abiertos del baño 
o al estar en un tris de entender qué sé yo: 
el misterio de las brújulas, 
el embrujo de las brujas, 
por qué flota un petrolero 
si se ahoga una persona, 
o levita un avión. 

Y tú tanto ordenar esas cosas, 
disponer cada una en su sitio preciso 
sin saber que de nada sirve la vida 
si tan sólo hay películas, teléfonos, 
manos y piernas, cartas, buzones, 
sonrisas, camas y frascos 
y yo y los niños y amigos y hostias benditas, 
pero no celebración.


jueves, 15 de junio de 2017

Su Beckett (por Anne Carson)



Visitar a mi madre es como actuar en una obra de Beckett.
Tienes la sensación de atravesar la corteza,
la densa oscuridad oh no del pequeño cuarto
con paredes tan estrechas y predecibles.
Un tintineo y el súbito esfumarse de juguetes que pertenecen a la memoria
y sin querer reaparecen perdidos y asfixiados
en la página del dolor.
Muy mal
responde cuando pregunto,
a pesar del (¿era abril?) brillo alegre que roza sus ojos,
«salimos a remar por el lago Como»
se escurre apenas de sus labios.
Nuestro amor, esa chispa de fuego en la locura,
envuelve el cuarto
azotándolo todo
y se esconde otra vez.



miércoles, 14 de junio de 2017

Este mar (por Fabio Morábito)


Por el perdón del mar
nacen todas las playas
sin razón y sin orden,
una cada mil años,
una cada cien mares.

Yo nací en una playa
de África, mis padres
me llevaron al norte,
a una ciudad febril,
hoy vivo en las montañas,

me acostumbré a la altura
y no escribo en mi lengua,
en ciertos días del año
me dan mareos y vértigos,
me vuelve la llanura,

parto hacia el mar que puedo,
llevo libros que no
leo, que nunca abrí,
los pájaros escriben
historias más sutiles.

Mi mar es este mar,
inerme, muy temprano,
cede a la tierra armas,
juguetes, sus manojos
de algas, sus veleidades,

emigra como un circo,
deja todo en barbecho:
la basura marina
que las mujeres aman
como una antigua hermana.

Por él que da la espalda
a todo, estoy de frente
a todo con mis ojos,
por él que pierde filo,
gano origen, terreno,

jadeo mi abecedario
variado y solitario
y encuentro al fin mi lengua
desértica de nómada,
mi suelo verdadero.



martes, 13 de junio de 2017

Los grandes mástiles (por Francis Ponge)



El placer de los pinares:

Se deambula por ellos a gusto (entre los grandes fustes

cuya apariencia va del bronce al caucho). Están muy despejados

de todas las ramas bajas. No hay en absoluto anarquía,

ni maraña de bejucos, ni obstáculos. Uno se sienta allí,

se tiende a gusto. Hay una alfombra por todas partes. Raras

rocas los amueblan, algunas flores muy bajas. Su atmósfera

tiene fama de sana, hay un aroma discreto y delicado, una

musicalidad vibrante pero suave y agradable.

Los grandes mástiles violetas, aún con su ganga de líquenes

y sus cortezas rugosas, hojaldradas.

Sus ramas se pelan y sus troncos se descortezan.

Los grandes fustes, todos de una especie perfectamente definida.

Los grandes mástiles negros o por lo menos mestizos.



lunes, 12 de junio de 2017

Del lado de allá (por Fernando Pessoa)


Siempre me ha preocupado, en esas horas ocasionales de desprendimiento en que tomamos conciencia de nosotros mismos como individuos de que somos otros para los demás, la imaginación de la figura que haré físicamente, y hasta moralmente, para aquéllos que me contemplan y me hablan, o todos los días o por casualidad.

Estamos todos acostumbrados a considerarnos como primordialmente realidades mentales, y a los demás como directamente realidades físicas; vagamente nos consideramos como gente física, para efectos en los ojos de los demás; vagamente consideramos a los demás como realidades mentales, pero sólo en el amor o en el conflicto adquirimos verdadera conciencia de que los demás tienen sobre todo alma, como nosotros para nosotros.

Me pierdo, por eso, a veces en un imaginar fútil de qué especie de gente seré para quienes me ven, cómo es mi voz, qué tipo de figura dejo escrita en la memoria involuntaria de los demás, de qué manera mis gestos, mis palabras, mi vida aparente, se graban en las retinas de la interpretación ajena.

No he conseguido nunca verme desde fuera.

No hay espejo que nos dé a nosotros mismos como fueras, porque no hay espejo que nos saque de nosotros mismos.

Sería precisa otra alma, otra colocación de la mirada y del pensamiento.

Si yo fuese actor prolongado de cine o grabase en discos audibles mi voz alta, estoy seguro de que del mismo modo quedaría lejos de saber lo que soy del lado de allá, pues, quiera lo que quiera, grábese lo que de mí se grabe, estoy siempre aquí dentro, en la casa de muros altos de mi conciencia de mí.

No sé si los otros serán así, si la ciencia de la vida no consistirá esencialmente en ser tan ajeno a sí mismo que instintivamente se consiga un alejamiento y se pueda participar de la vida como extraño a la conciencia; o si los demás, más ensimismados que yo, no serán del todo la brutalidad de no ser más que ellos, viviendo exteriormente merced a ese milagro por el que las abejas forman sociedades más organizadas que cualquier nación, y las hormigas se comunican entre sí con un habla de antenas mínimas que excede en los resultados a nuestra compleja ausencia de entendernos.

La geografía de la conciencia de la realidad es de una gran complejidad de costas, accidentadísima de montañas y de lagos.

Y todo me parece, si medito de más, una especie de mapa como el del «Pays du Tendré» o de los «Viajes de Gulliver», broma de exactitud inscrita en un libro irónico o fantasioso para gozo de entes superiores, que saben dónde es donde las tierras son tierras.

Todo es complejo para quien piensa, y sin duda el pensamiento lo torna más complejo por voluptuosidad propia.

Pero quien piensa tiene la necesidad de justificar su abdicación con un vasto programa de comprender, expuesto, como las razones de los que mienten, con todos los pormenores excesivos que descubren, con el esparcir de la tierra, la raíz de la mentira.

Todo es complejo o soy yo quien lo soy. Pero, de cualquier modo, no importa porque, de cualquier modo, nada importa.

Todo esto, todas estas consideraciones extraviadas de la calle ancha, vegetan en los huertos de los dioses exclusos como trepadoras lejos de las paredes.

Y me sonrío, en la noche en que concluyo sin fin estas consideraciones sin engranaje, de la ironía vital que las hace surgir de un alma humana, huérfana, desde antes de los astros, de las grandes razones del Destino.


domingo, 11 de junio de 2017

Final (por Circe Maia)



¿Cómo aprende la luz a oscurecerse?

¿Debe hacer ejercicios de opacamiento?

No quiere.

Hasta el último momento la brasa late:

Una chispa, un crujido.


El punzón del fuego no quiere

no ser más taladro, hacerse romo.

No quiere.


Muy a contracorriente, contra la pegajosa

espuma de la nada

bracea, tercamente.



sábado, 10 de junio de 2017

En esta costa (por Blanca Varela)


Está mi infancia en esta costa,
bajo el cielo tan alto,
cielo como ninguno, cielo,
sombra veloz, nubes de espanto,
oscuro torbellino de alas,
azules casas en el horizonte.

Junto a la gran morada sin ventanas,
junto a las vacas ciegas,
junto al turbio licor y al pájaro carnívoro.

¡Oh, mar de todos los días,
mar montaña,
boca lluviosa de la costa fría!

Allí destruyo con brillantes piedras la casa de mis padres,
allí destruyo la jaula de las aves pequeñas,
destapo las botellas y un humo negro
escapa y tiñe tiernamente el aire y sus jardines.

Están mis horas junto al río seco,
entre el polvo y sus hojas palpitantes,
en los ojos ardientes de esta tierra
adonde lanza el mar su blanco dardo.
Una sola estación,
un mismo tiempo de chorreantes dedos
y aliento de pescado.
Toda una larga noche entre la arena.

Amo la costa,
ese espejo muerto en donde el aire gira como loco,
esa ola de fuego que arrasa corredores,
círculos de sombra y cristales perfectos.

Aquí en la costa escalo un negro pozo,
voy de la noche hacia la noche honda,
voy hacia el viento que recorre
ciego pupilas luminosas y vacías,
o habito el interior de un fruto muerto,
esa asfixiante seda, ese pesado espacio
poblado de agua y pálidas corolas. En esta costa soy el que despierta entre el follaje de alas pardas,
el que ocupa esa rama vacía, el que no quiere ver la noche.

Aquí en la costa tengo raíces,
manos imperfectas,
un lecho ardiente
en donde lloro a solas.



viernes, 9 de junio de 2017

Lo peor de la tristeza (por Camilo José Cela)



aquella tarde que te lo encontraste paseando por el muelle san jerónimo te dijo no hay cosa que embriague tanto como la tristeza esa perturbación del alma que arrastra al hombre hasta la muerte misma aquella tarde que te lo encontraste paseando por el muelle no diste crédito a sus palabras pero después pensaste que sí que san jerónimo tenía razón y te pusiste triste poco a poco tus hermanos creyeron que sin motivo lo peor de la tristeza es que mata el deseo de ahuyentarla como a un ave agorera te sientes triste y la tristeza te va invadiendo lentamente igual que un sueño contra el que no quieres luchar aquella mañana que te lo encontraste paseando por el mercado cervantes te dijo las tristezas no se hicieron para las bestias sino para los hombres pero si los hombres las sienten demasiado se vuelven bestias aquella mañana que te lo encontraste paseando por el mercado no diste pábulo a su pensamiento pero después viste que sí que cervantes tenía razón y te pusiste triste de repente tus hermanos creyeron que sin motivo lo peor de la tristeza es que convierte el corazón del triste en un manso infierno anegador aquella noche que le lo encontraste a la salida del teatro shakespeare te recitó dos versos hermosos you may my glories and my state depose but not my griefs still am i king of those aquella noche que te encontraste a shakespeare a la salida del teatro te llevó mucha paz al espíritu el saber que pese a todo aún eras el rey de tu melancolía


jueves, 8 de junio de 2017

Alalá (por Miguel D' Ors)



Verás de nuevo el valle melodioso

rezumando verdores,

y el antiguo espesor de los carballos;

verás las humaredas familiares

subiendo como un rezo hacia la cúpula

azul del mediodía,

y de nuevo las tardes de campanadas líquidas

y dóciles mugidos, y el perfume

universal del heno ocupando las noches...

Verás de nuevo aquel

paisaje cristalino que es tu infancia.


Pero sólo si vuelves –piedras ruinosas, negra

ceniza despoblada–, pero sólo si vuelves

con los ojos cerrados.



miércoles, 7 de junio de 2017

Y no tener patria en el tiempo (por Rainer Maria Rilke)


Ésta es la nostalgia: habitar en la onda
y no tener patria en el tiempo.
Y éstos son los deseos: suaves diálogos
de las horas diarias con la eternidad.

Y eso es la vida. Hasta que un ayer
haga aflorar la hora más solitaria,
la que sonriendo, distinta a sus hermanas,
guarde silencio delante de lo eterno.



martes, 6 de junio de 2017

Un préstamo (por Roberto Juarroz)


Nos quedamos a veces detenidos
en medio de una calle,
de una palabra
o de un beso,
con los ojos inmóviles
como dos largos vasos de agua solitaria,
con la vida inmóvil
y las manos quietas entre un gesto y el que hubiera seguido,
como si no estuvieran ya en ninguna parte.
Nuestros recuerdos son entonces de otro,
a quien apenas recordamos.

Es como si prestásemos la vida por un rato,
sin la seguridad de que nos va a ser devuelta
y sin que nadie nos la haya pedido,
pero sabiendo que es usada
para algo que nos concierne más que todo.

¿No será también la muerte un préstamo,
en medio de una calle,
de una palabra
o de un beso?



lunes, 5 de junio de 2017

Y contesté (por Umberto Saba)


He hablado a una cabra.
Estaba sola en el prado, estaba atada.
Harta de hierba, bañada
por la lluvia, balaba.

Aquel balido igual era fraterno
a mi dolor. Y contesté, primero
por broma, después porque el dolor es eterno,
tiene una sola voz y no varía.
Y yo oía esta voz
gemir en una cabra solitaria.

En una cabra de rostro semita
oía lamentarse cualquier otro dolor,
cualquier otra vida.



domingo, 4 de junio de 2017

El circo (por Leopoldo María Panero)


Dos atletas saltan de un lado a otro de mi alma
lanzando gritos y bromeando acerca de la vida:
y no sé sus nombres. Y en mi alma vacía escucho siempre
cómo se balancean los trapecios. Dos
atletas saltan de un lado a otro de mi alma
contentos de que esté tan vacía.
Y oigo
oigo en el espacio sonidos
una y otra vez el chirriar de los trapecios
una y otra vez.
Una mujer sin rostro canta de pie sobre mi alma,
una mujer sin rostro sobre mi alma en el suelo,
mi alma, mi alma: y repito esa palabra
no sé si como un niño llamando a su madre a la luz,
en confusos sonidos y con llantos, o bien simplemente
para hacer ver que no tiene sentido.
Mi alma. Mi alma
es como tierra dura que pisotean sin verla
caballos y carrozas y pies, y seres
que no existen y de cuyos ojos
mana mi sangre hoy, ayer, mañana. Seres
sin cabeza cantarán sobre mi tumba
una canción incomprensible.
Y se repartirán los huesos de mi alma.
Mi alma. Mi
hermano muerto fuma un cigarrillo junto a mí.




sábado, 3 de junio de 2017

Acueducto (por Saiz de Marco)


Bajo los arcos del acueducto
cruzan gente que sufre
siglos hambrientos
epidemias de peste, de cólera, de tifus
culpables de herejía
esclavos, siervos
reos, verdugos, lisiados, mendicantes
saetas, arcabuces, bayonetas, fusiles
soldados, himnos, bandos
unos a otros dañándose
tantas mujeres y hombres arrastrando los pies
marchando cabizbajos
víctimas de sí mismos
la muchedumbre
el tronco genealógico
sus heridas, sus lágrimas por entre las columnas
sillares desgastados que todo lo resisten
2000 años de roca erigidos en fila

Cuándo ha de ser el tiempo en que por allí pasen
los neo-ántropos felices
los cuerpos semimáquinas
la nueva raza o estirpe
aleación de metal, de silicio, de cuarzo
la segunda oleada de percepción consciente
el venidero ciclo
la nueva humanidad inmune al sufrimiento
puede que descarnal
quizá inorgánica
así, como graníticas piedras del acueducto



viernes, 2 de junio de 2017

Sé que tengo una deuda (por Vicente Gallego)


Esta tarde he escuchado
otra vez sus pisadas a mi espalda,
he notado su aliento al abrir una puerta,
y sus huellas están en mis viejos papeles.
Aunque no puedo verlo,
hace tiempo que siento su presencia inquietante
cuando me quedo solo, cuando paso las horas
encerrado entre libros y palabras.
Sus lamentos me llegan confundidos
con el viento que gira en la terraza,
y oscurece su sombra en los espejos.
Sé que tengo una deuda.
Mientras sigo escribiendo escucho un llanto.
Y no puedo pagarla.
Mientras sigo escribiendo va muriéndose el día
como una advertencia.
Sé que el plazo ha vencido.
Su tristeza es un ruido que perturba mi vida,
sus reproches se adaptan al sonido
de este vaso con hielo, y a la tarde de otoño,
y al rasgar de esta pluma en el papel
donde ensayo lamentos y disculpas.
Sé que tengo una deuda.
Sé que el alma de un muerto penará por mi culpa.
Ha llegado la noche, y a través del espejo
en que se ha convertido la ventana,
unos ojos sin vida me contemplan.
¡Si yo hubiera podido -les explico-, si yo hubiera sabido!
Y no supe pagarla.
A través del cristal unos ojos me acusan:
son los ojos de un niño que jamás me perdona
el haber confundido su futuro y sus sueños
con la vida sin sueños, con el triste futuro,
de ese hombre que ahora
teme al vidrio y esquiva su mirada.



jueves, 1 de junio de 2017

Edad (por Isabel Bono)


Ha bajado a la calle con el pelo húmedo y un destornillador en el bolsillo.

En una mano la basura y el reciclaje, en la otra dos libros. Al llegar a los contenedores siempre piensa que de detrás de un seto va a salir un inspector para multarla.

Ha pensado en muchas excusas, incluso en algún gesto seductor. A su edad.

Pero el temor sigue ahí, el mismo temor que le hace apretar los libros para que, por un descuido,

no vaya a echarlos también al contenedor.

No sabe qué hora es ni a qué hora cierran la biblioteca.

Siempre igual, siempre todo para el último momento, como cuando tenía doce años.

El corazón en vilo por devolver dos libros que bien podía haber comprado.

No somos pobres, le dice él cuando la ve leyendo con prisa. Podías comprar esos libros y leerlos tranquilamente, le dice. Pero ella prefiere mostrar su carné al chico del mostrador. Siempre siente la misma excitación al meter los libros en el bolso, casi como si los robara.

Cuando el chico del mostrador la oye respirar, le dice que todavía faltaban dos días.

Ella sale satisfecha con las manos en los bolsillos. Junto a la biblioteca hay un parque, junto al parque, un zoológico. Algunas mañanas parece que los monos anden sueltos entre las palomas.

No hay nada mejor que cruzar un parque con las manos en los bolsillos. Una pareja se besa en el césped, otra discute en un banco. El equilibrio de las masas continentales. Detrás del parque hay calles por las que nadie pasa.

Calles perfectas para correr sin que nadie piense que estás loca. No hay nada mejor que correr sin tener prisa. Y corre.

Cuando llega al portal desea encontrarse con algún vecino, desea que alguien la vea sofocada para poder decir Es que he venido corriendo.

En cuclillas, frente al buzón, se da cuenta de que no necesitaba destornillador. Desencaja desde dentro dos pivotes de plástico, saca la tarjeta con sus nombres, coloca la nueva y presiona. Así de fácil. Nota que le cuesta levantarse, que la carrera le ha aflojado los muslos. Y se deja caer. Desea que ningún vecino aparezca de repente. Oye a sus espaldas cómo alguien abre el portal.

¿Mamá? Menos mal que eres tú, ayúdame a levantarme, anda. ¿Estás bien?, ¿te has caído? Estoy bien, estaba descansando.

¿Descansando?, ¿sentada en mitad del portal? Su hija viene de mirar pisos de alquiler. Todos horribles, ha dicho.

Mientras suben en el ascensor piensa que su hija no ha reparado en que acaba de añadir su nombre a la tarjeta del buzón,

que cualquier mañana lo verá y eso le dará un poco de tranquilidad.

¿Y ahora, de qué te ríes?, ay, mamá, de verdad, a veces parece que tengas doce años.


miércoles, 31 de mayo de 2017

Y eres alguien por fin (por Leopoldo María Panero)



Se diría que está aún en la balaustra del balcón

mirando a nadie, llorando,

Se diría que eres aún visto como siempre

que eres aún en la tierra un niño difunto.

Se diría, se arriesga

el poema por alguien

como un disparo de pistola,

en la noche, en la noche sembrada

de ojos desiertos, los ojos solos

de monstruos. Todos nosotros somos

niños muertos, clavados en la balaustra como por encanto,

como sólo saben esperar los muertos.

Se diría que has muerto y eres alguien por fin,

un retrato en la pared de los muertos,

un retrato de cumpleaños con velas para los muertos.

Pero a nadie le importan los niños, los muertos,

a nadie los niños que viajan solos por el país de los muertos,

y para qué, te dices, abrir los ojos al país de los ciegos,

abrir los ojos hoy,

mañana, para siempre. Era mejor Oeste, tierras vírgenes,

héroes en los ojos

de un cine desesperado, y los dioses que matan a los

hombres feroces,

los dioses más feroces que los hombres

los dioses crueles de la infancia, los dioses

de la inocente crueldad, pensabas que se alimentan de ciegos

y de quienes mendigan su ser en una picaresca sórdida,

si hombres hay, homicida. Pero aventura no hay, lo sabes,

más que por alguien, para alguien, como un poema,

como el riesgo de un vuelo en el aire sin tránsito. Y es por ello

por lo que no hay infancia en el país desierto. Por ello también

por lo que nadie podría jamás sospechar que conservas esa

belleza demente de la infancia, ese furor contra lo útil de tu cuerpo,

y esa mudez en los ojos, esa belleza

sólo vendible al cielo del suicidio, sólo a esos ojos: esa existencia.

Pero la vida sigue como el puente de Eliot,

como un puente de muertos o un flujo

de sombras que se cogen

de la mano ciega en el lodo para saber que están muertos y viven.

Esa vida de la que hablan

en el infierno, entre sí los muertos, los alucinados, los absurdos,

los orgullosos sonámbulos disputando con sangre

una certeza alucinante; es un fuerte dios pardo.

Una basta tragedia que hacen

por navidades, los viejecitos, los difuntos,

con personas de olvido, con máscaras y ritos de otros tiempos,

rótulos de neón y fuegos fatuos: así obra desde entonces,

desde entonces, esa raza

misteriosa que pasa a tu lado sin mirarte o mirarse,

desde entonces, desde el día primero

en que te asomaste con pánico a su delirio. Desde que viven, quizá,

desde que no hay tiempo sino destino y trazo

de vida invulnerable a la decisión de una mirada fuerte.

Quien es visto o quien cae en ese río sordo

es lo mismo, es un muerto

que se levanta día tras día para

mendigar la mirada.

Porque todos llevamos dentro un niño muerto, llorando,

que espera también esta mañana, esta tarde como siempre

festejar con los Otros, los invisibles, los lejanos

algún día por fin su cumpleaños.



martes, 30 de mayo de 2017

Su propia voz de cosa (por Roberto Juarroz)



Los nombres no designan las cosas:

las envuelven, las sofocan.


Pero las cosas rompen

sus envolturas de palabras

y vuelven a estar ahí, desnudas,

esperando algo más que los nombres.


Sólo puede decirlas

su propia voz de cosa,

la voz que ni ellas ni nosotros sabemos,

en esta neutralidad que apenas habla,

este mutismo enorme donde rompen las olas.



lunes, 29 de mayo de 2017

Por ellos mira el mar (por José Emilio Pacheco)



A la orilla del mar la curva arena

y una hilera de peces muertos.

Como escudos después de la batalla.

Sin vestigio de asfixia ni aparente

putrefacción.


Joyas pulidas por el mar, sarcófagos,

encerraban su propia muerte.


Había un rasgo

fantasmal en aquellos peces:

ninguno tenía ojos.

Doble oquedad en sus cabezas.

Como si algo dijera sus cuerpos

pueden ser de la tierra,

pero los ojos son del mar.

Por ellos mira el mar.

Y cuando muere el pez en la arena

los ojos se evaporan, y al reflujo

recobra el mar lo que le pertenece.



domingo, 28 de mayo de 2017

Continuidad (por Julieta Valero)


Minúsculos corazones van y toman
estratégicos páramos en mi cuerpo
para latir y latiendo dejar que me marche.
Pero siempre vuelvo, siempre siempre he de volver.
Y es la costumbre del retorno lo más parecido a una firma.

Por tanto:

¡Hambre sin tregua y sin fuente, curiosidad!
¡Un siendo que hermane mis soldados!
¡Un párpado sin noche en la casa del maestro!

¡Un sinsentido que mate de veras,
pero en lentas jornadas de esclavo!
¡Un bate implacable que señale: esto no soy,
esto tampoco, aquello sí he sido!
¡Un amor renegando de sí a cada curva!

Para ser, para amar, para morir, muy de veras;
para ser sin futuro, para amar sin texto,
para morir cuenta atrás.
Y todo y siempre muy de veras.



sábado, 27 de mayo de 2017

Amadas sean las orejas sánchez (por César Vallejo)


Traspié entre dos estrellas
¡Hay gentes tan desgraciadas, que ni siquiera
tienen cuerpo; cuantitativo el pelo,
baja, en pulgadas, la genial pesadumbre;
el modo, arriba;
no me busques, la muela del olvido,
parecen salir del aire, sumar suspiros mentalmente, oír
claros azotes en sus paladares!

Vanse de su piel, rascándose el sarcófago en que nacen
y suben por su muerte de hora en hora
y caen, a lo largo de su alfabeto gélido, hasta el suelo.

¡Ay de tanto! ¡ay de tan poco! ¡ay de ellas!
¡Ay en mi cuarto, oyéndolas con lentes!
¡Ay en mi tórax, cuando compran trajes!
¡Ay de mi mugre blanca, en su hez mancomunada!

¡Amadas sean las orejas sánchez,
amadas las personas que se sientan,
amado el desconocido y su señora,
el prójimo con mangas, cuello y ojos!

¡Amado sea aquel que tiene chinches,
el que lleva zapato roto bajo la lluvia,
el que vela el cadáver de un pan con dos cerillas,
el que se coge un dedo en una puerta,
el que no tiene cumpleaños,
el que perdió su sombra en un incendio,
el animal, el que parece un loro,
el que parece un hombre, el pobre rico,
el puro miserable, el pobre pobre!

¡Amado sea
el que tiene hambre o sed, pero no tiene
hambre con qué saciar toda su sed,
ni sed con qué saciar todas sus hambres!

¡Amado sea el que trabaja al día, al mes, a la hora,
el que suda de pena o de vergüenza,
aquel que va, por orden de sus manos, al cinema,
el que paga con lo que le falta,
el que duerme de espaldas,
el que ya no recuerda su niñez; amado sea
el calvo sin sombrero,
el justo sin espinas,
el ladrón sin rosas,
el que lleva reloj y ha visto a Dios,
el que tiene un honor y no fallece!

¡Amado sea el niño, que cae y aún llora
y el hombre que ha caído y ya no llora!

¡Ay de tanto! ¡Ay de tan poco! ¡Ay de ellos!



viernes, 26 de mayo de 2017

Quién sois (por E. E. Cummings)


quién sois, pequeño yo

de cinco años o seis
mirando desde una alta

ventana: el oro de

la tarde de noviembre

pensando: que si el día
tiene que hacerse noche

ésta es una hermosa manera


jueves, 25 de mayo de 2017

O limpiar los cristales (por Concha García)



La cosa más profunda que he vivido

ya la he olvidado. Ahora sólo me importa

arreglar la ventana si se rompiera, o

limpiar los cristales. Todas las verdades

han sido un largo pronunciamiento sin fecha,

de pronto no recuerdo ninguna. Se confunden

encaramadas bajo los auspicios de mi necedad

que tampoco se precia. A mí me gusta

el encantamiento de ciertas tardes, cuando

lo evidente no es real.




miércoles, 24 de mayo de 2017

Mañana de verano, Barcelona (por Edgardo Dobry)


Mediados de julio: el sol se levanta con resaca
y desayuna en los tarros de mermelada
del Colmado Quílez. Los aromos, en hilera
se pasarán el día soñando el chaparrón
que apenas llegará en octubre.

El cuerpo se sacude las arrugas de las bermudas
y caen a las baldosas trescientos pasos no dados.

Podés leer en el diario que hay muertos
por golpe de calor y solamente
cuando mencionan los nombres y el barrio
se te ocurre pensar, sin gran alivio,
"no es de mí de quien hablan".

A la hora de la siesta una voz
salida de ninguna parte te pregunta:
"Del pasado, ¿te acordás?". "Me acuerdo de la pileta,
de los abrojos en las rodillas, de la pulpa venosa del melón".
"¿Y la muerte?". "La muerte - digo sin pensar -
deber ser como cuando se corta la luz de golpe
pero esta vez ni siquiera a tientas
vas a encontrar las sillas".

Cuando al fin podés dormir la manzana
que enrojecía tu frutero cuelga ahora
del limonero de la vecina y además
los números del teléfono del pasado y del presente
se funden alcanzando cifras astronómicas.
El dedo marca en los poros de la luna
y se escucha la señal de "ocupado":
uh, uh, un silbido intermitente,
inexorable como la avispa del ventilador.



martes, 23 de mayo de 2017

Para no mirarme las manos de cera (por Vicente Aleixandre)



Las agujas del aire estaban sobre las frentes: qué oscura misión la mía de amarte.

Las paredes de níquel no consentían el crepúsculo, lo devolvían herido.

Los amantes volaban masticando la luz.

Permíteme que te diga. Las viejas contaban muertes, muertes y respiraban por sus encajes.

Las barbas de los demás crecían hacia el espanto: la hora final las segará sin dolor.

Abanicos de presentirse horizontal. Fronteras.


La puerta, presta a abrirse, se teñía de amarillo lóbrego lamentándose de su torpeza.

Dónde encontrarte, oh sentido de la vida, si ya no hay tiempo.

Todos los seres esperaban la voz de Jehová refulgente de metal blanco. Los amantes se besaban sobre los nombres.

Los pañuelos eran narcóticos y restañaban la carne exangüe.

Las siete y diez.

La puerta volaba sin plumas y el ángel del Señor anunció a María.

Puede pasar el primero.


Esta misma canción que vuela, esta que estás tú cantando, hermosísimo as de oros, es el romance antiguo

de la legión de condenados que aspiraban el perfume de las espinas dolorosas entre los dedos.

Cuando tú eras magnífico, cuando tú tenías los ojos brillantes, dando la luz sin cambio, del todo, albergando

bajo los párpados el secreto de todos los triunfos más mezquinos, no era difícil encontrarte en la mano, saludando,

besando los dedos con reverencia de paje del quinientos.


Así el camino es breve, así pronto el Occidente será una riqueza de oros que podrá batirse con las manos,

que podrá multiplicarse en mil espumas sin labios.

Así la preciada amarillez no será la tragedia de perder toda la sangre, sino la riqueza brava, despertada, de sentir

en la piel los mil besos de todas las campanas.

Moriremos si es preciso. Pero moriremos sabiendo que el latido repercute en la inquietud de las venas

como vaticinio indescifrable, como una promesa que no se nombra.


La primavera insiste en despedidas, arrastrando sus cadenas de cuerdas, su lino sordo, su desnudez de ocaso,

el lienzo flameado como una sábana de lluvia.

Alentar sobre un seno, alargar la mano a tres mil kilómetros de distancia, hasta tocar la frente de cristal

en que están impresos los azules marinos, los peces sorprendidos.


Si yo quiero la vida no es para repartirla. Ni para malgastarla. Es solo para tener en orden los labios.

Para no mirarme las manos de cera, aunque irrumpa su caudal descifrable. Para dormirme a mi hora sobre

una conciencia sin funda.

Por eso estoy aquí ya formándome. Cuento uno a uno los centímetros de mi lucha.

Por eso me nace una risa del talón que no es humo.


Por ti, que no explicas la geografía más profunda.

Dejadme que nazca a la pura insumisa creación de mi nombre.

Lo ignoro todo. No quiero saber si el color rojo es antes o es después, si Dios lo sacó de su frente o si nació

del pecho del primer hombre herido. No quiero saber si los labios son una larga línea blanca.


Oh amor, ¿por qué no existes más que en forma de trapecio? ¿Por qué toda la vacilación se convierte en

dos rodillas columpiadas (de carne, voy a besarlas), mondas, desguarnecidas de calor, calvas para

mis dientes que rechinan?


Ni un grito. Ni una lluvia de ceniza. Ni tan solo un dedo de Dios para saber que está frío. La nada es un

cuento de infancia que se pone blanco cuando le falta el respiro. Cuando ha llegado el instante de comprender

que la sangre no existe. Que si me abro una vena puedo escribir con su tiza parada:

“En los bolsillos vacíos no pretendáis encontrar un silencio”.


Por eso, no quiero vestirme.

He comprendido que no se desea mi muerte, que un proyectil disparado acaba siempre tomando la forma de un niño,

de un infante que aterriza y que acaricia el verde soñoliento, con la misma inocencia con que el puñal

pregunta el nombre de las vísceras que besa.


Los ojos de los peces son sordos y golpean opacamente sobre tu corazón.


Cuatro reyes, cuatro ases, cuatro sotas hacen la felicidad de una mano, arquean los lomos de las montañas,

mientras el sol de papel de plata amenaza con rasgarse sin ruido.

Los reyes son esta bondad nativa, conservada en alcohol, que hace que la corona recaiga sobre la oreja,

mientras el hombro protesta del abrigo de todo, del falso armiño que hace cuadrada la figura.

La mejilla vista al microscopio no invita más que a la meditación de los accidentes y al pensamiento de

cómo lo esencial está cubierto de púas para los labios de los hijos; de cómo la aspereza de los párpados

irrita la esclerótica hasta deformar el mundo, incendiado de rojo, quemándose sin que nadie lo perciba.


Siento el silencio como esa piedra blanca que resbala sobre el corazón de las madres,

y no tengo fuerzas más que para perdonaros a todos el mal que me habéis hecho, sin ignorarlo,

con la forma de vuestra sombra cuando pasabais.


¡Flor, flor, flor, aparenta una sequedad que no posees!

Cúbrete de hojas duras, que se vuelven mintiendo un desdén por la forma, mientras el aire cae comprendiendo

la inutilidad de su insistencia,

abandonando sus alturas.


Yo comprendo que el destino pasajero es echar pronto las yemas al aire, impacientar el titilar de las luces

ante la esperanza del fruto redondo que ha de albergarse en el aire, para que este le acaricie sus fronteras,

solamente sus límites, sin que su hueso dulce entreabra su propia capacidad de amor, blanco, lechoso, ignorante,

y nos muestre sus suspicacias como una interrogación que creciese de alambre hasta rematar su elástica curva.


Y un hombre que persigue perderá siempre sus bastones, su lento apoyo, enhebrado en la hermosura de su ceguera.

En lugar de lágrima lloro la cabeza entera.

Me rueda por el pecho y río con las uñas, con los dos pies que me abanican, mientras una muchacha, una seca

badana estremecida, quiere saber si aún queda la piel por los dos brazos.


Corramos, antes de que los telones se desplieguen. Antes de que los pelos del lobo, que el hocico de la madriguera,

que los arbustos de la catarata se ericen y se detengan en su caída.

Antes de que los ojos de este subsuelo se abran de repente y te pregunten.

Corramos hacia el espanto.


Si Dios no me acusa, ¿por qué el alma me punza como una espina cuyo cabo está al aire, flameando como un

gallardete insatisfecho?

¿Por qué me saco del pecho este redondo pájaro de ocasión, que abre sus luces en abanico duende y espía

los rincones para desde allí encantarme con su pausado jeroglífico?

¿Por qué esta habitación, como una caja de música, se mueve, ondula sobre las aguas temerosas e insiste

plenamente en su bella desorientación frente al crepúsculo?


Pero el oro en la palma de la mano fulgura una seguridad tan grata, que yo comprendo que el sueño lo han

inventado los cansados, los escépticos de su corazón mercenario, que golpeaba como una moneda en una jaula,

en un –delirante ayer- agrisado hoy volumen de gorjeo.

Perdóname que cuando se detiene la tristeza a la entrada de la esperanza adolescente, no asomen

todas las palomas, las más blancas, con sus voces humanas,

preguntando sobre la ruta apasionada.




lunes, 22 de mayo de 2017

La esponja (por Fabio Morábito)



Si en un plano colocamos un cierto número de pasillos y galerías que se cruzan y se comunican, obtenemos un laberinto. Si a este laberinto le conectamos por todas partes, arriba, abajo y a los lados, otros laberintos, es decir otros planos de pasillos y galerías, obtenemos una esponja. La esponja es la apoteosis del laberinto; lo que en el laberinto es todavía lineal y estilizado en la esponja se ha vuelto irrefrenable y caótico. En la esponja la materia galopa hacia afuera, repelente a cualquier centro. Es dispersión pura. Imaginemos una manada de animales que huyen del ataque de un felino y, dentro de esa manada, a un grupo de individuos situados bastante lejos de la fiera pero no por ellos menos aterrorizados. Ese trozo de manada marginal pero no periférico, cargado de terror pero relativamente a salvo, es una esponja, mezcla de delirio e invulnerabilidad.

Es esa mezcla lo que nos hace sentir que la esponja es la herramienta menos dueña de sí misma, la más exterior, la que no guarda nada y la más nirvánica. Sus miles de cavidades y galerías son como la disgregación que en cualquier estallido precede a la pulverización final; su asombrosa falta de peso es ya un principio de caída y ausencia. Frente a eso, la ligereza de una pluma de ave tiene escaso mérito; está demasiado conectada con su pequeñez; es una ligereza que se constata pero que no sorprende. La de la esponja, en cambio, es una ligereza heroica.

Esa ligereza es prueba de su total disponibilidad y entrega. Incluso, de tan extrema, esa entrega parece tomar la forma de una rapacidad insaciable. La esponja chupa y absorbe, pero no tiene ningún receptáculo fuera de ella misma en donde guardar lo absorbido. No tiene aparato digestivo. No procesa nada, no retiene nada, no se adueña de nada. Tan sólo es capaz de prestarse hasta el último retículo. ¿Para qué? Ni ella lo sabe. Por eso no habla, confabula. El agua la invade como una consigna que nadie entiende pero que todas sus galerías repiten con apuro propagándola como un incendio. Ninguna boca queda muda. La esponja es acrítica. De ahí lo fácil que es penetrarla por arriba y por abajo, hurgar hasta en sus últimos escondrijos y aligerarla de todos sus secretos. Basta volverse agua. ¿Y quién no se vuelve agua frente a una esponja? Miremos al hombre que tiene una esponja en la mano, cómo la manosea y la observa; está mimando, sin quererlo, los movimientos del agua. Y el agua no se halla nunca tan dueña de su expresión, de su voz, como dentro de una esponja. Su principal ocupación, que es caer, encuentra en la esponja, en ese escenario concentrado y tangible, una experiencia cabal de todos sus quehaceres y aptitudes, como en un laboratorio. Lo que hace la esponja con sus mil ramificaciones es frenar la caída del agua para que el agua se nombre a sí misma sin dificultad, limpia y humanamente. En la esponja el agua recobra fugazmente manos y pies, tronco, dedos y cartílagos, o sea un germen de autoconciencia, y vuelve a sí misma después de cumplir con una tarea concreta: escudriñar a fondo, sin errores ni olvidos, un cuerpo que permanecía seco. Plenitud no sólo del agua sino del amor.

Pocas cosas, pues, tan de cabo a rabo como la esponja. Es el anonimato en su forma más pura. No tiene carácter, es decir hábitos, manías, reincidencias, callosidades, endurecimientos. Su dibujo capilar es ecuánime, no hay ahí obstrucciones como tampoco vías rápidas, atajos o brechas; cada membrana y cartílago participan con la misma intensidad en la actividad en común. Es como si la materia, por una vez, hubiera renunciado a cualquier acumulación de fuerza en algún punto, a la menor superposición de residuos; como si se hubiera empeñado en fraccionar el menor asomo de ganglio, de veta o de nervio; como si a través de tortuosos cálculos, rodeos, idas, vueltas y repasos incesantes hubiera acabado con toda adiposidad e inercia y terquedad; con toda estupidez. Resultado: una materia ágil y despierta, recorrible y pronunciable. Y algo más: una materia sin poder, ignorante en el sentido más puro, no ajena a la emoción.

La mitad de la mitad de la mitad; he aquí la pequeña ley que rige a la esponja. Una ley que la esponja lleva a cabo con una obstinación y un rigor admirables, y que quiere decir, sin más, la partición al centésimo, al milésimo o a lo que haga falta para neutralizar cualquier intento de sedimentación, de tribalización, de patriarcado. Siendo que su pasión es la confabulación y el jolgorio, la lubricación y el bombeo, lo que necesita son bifurcaciones y desvíos, y desvíos de desvíos, y ramales de ramales de ramales; todo fraccionado, todo a la mitad de la mitad, todo en giro, todo femenino, todo ya.

De ahí su vocación de filtro, de destilante. El filtro, es bien sabido, es una caída frenada al milésimo, una herramienta de disuasión; disuade frenando y mareando. Es un interrogatorio. La culpa, que es siempre un botín, un fardo ilícito, queda al fin en evidencia y neutralizada en forma de grumo. Lo que permanece es la esencia, la pobreza inicial, pues un filtro no es otra cosa que un viaje a contrapelo en busca del comienzo perdido. Es pues un recordatorio, quizá una confesión. Y, paradójicamente, la esponja es la expresión de la desmemoria: no admite sumas ni acumulaciones. Es franciscana. Y otra cosa: tiene temperamento atlético; no puede permitir que nada se enfríe, que envejezca. Así, aunque no lo queramos, cada vez que exprimimos una esponja, en los cartílagos y tendones de nuestra mano se insinúa el secreto deseo, que nunca nos abandona, de rehabilitarnos a fondo, de ser otros, disponibles y ligeros como el primer día. Pues no cabe duda de que el primer día era sencillamente eso, una esponja.





domingo, 21 de mayo de 2017

Algo que sobrepase la vida (por Michel Houellebecq)


Es cierto que este mundo en que nos falta el aire
sólo inspira en nosotros un asco manifiesto,
un deseo de huir sin esperar ya nada,
y no leemos más los títulos del periódico.

Queremos regresar a la antigua morada
donde el ala de un ángel recubría a nuestros padres,
queremos recobrar esa moral extraña
que hasta el último instante santifica la vida.

Queremos algo como una fidelidad,
como una imbricación de dulces dependencias,
algo que sobrepase la vida y la contenga;
no podemos vivir ya sin la eternidad.



sábado, 20 de mayo de 2017

Cuando te quedas solo (por Ángel Crespo)



Cuando te quedas solo, eres espejo
de lo que fuiste:
una mañana
contemplada desde el balcón
entornado; unos pasos
armoniosos que no has seguido
para no derramar tu gozo;
unas cuantas palabras
que te cambiaron más que el tiempo;
una mirada que se ahogó
como luz en tus venas;
un viaje que nunca querías
terminar; tu alma ausente
de lo que te esperaba
al quedarte tan solo.



viernes, 19 de mayo de 2017

Una visita que no estuvo (por Idea Vilariño)



Soy mi padre y mi madre

soy mis hijos

y soy el mundo

soy la vida

y no soy nada

nadie

un pedazo animado

una visita

que no estuvo

que no estará después.


Estoy estando ahora

casi no sé más nada

como una vez estaban

otras cosas que fueron

como un cielo lejano

un mes

una semana

un día de verano

que otros días del mundo

disiparon.



jueves, 18 de mayo de 2017

Qué mares suenan en nosotros (por Fernando Pessoa)


He vivido, durante unas horas incógnitas, momentos sucesivos sin relación, en el paseo en que he ido, de noche, a la orilla solitaria del mar. Todos los pensamientos que han hecho vivir a hombres, todas las emociones que los hombres han dejado de vivir, han pasado por mi mente, como un resumen de la historia, en esta meditación mía andada a la orilla del mar.

He sufrido en mí, conmigo, las aspiraciones de todas las eras, y conmigo se han paseado, a la orilla oída del mar, los desasosiegos de todos los tiempos. Lo que los hombres quisieron y no hicieron, lo que mataron al hacerlo, lo que las almas fueron y nadie dijo: de todo esto se ha formado el alma sensible con que he paseado de noche a la orilla del mar.

Y lo que los amantes extrañaron en el otro amante, lo que la mujer ocultó siempre al marido de quien es, lo que la madre piensa del hijo que no ha tenido, lo que tuvo forma solamente en una sonrisa o en una oportunidad, en un tiempo que no fue éste o en una emoción que falta —todo esto, en mi paseo a la orilla del mar, ha ido conmigo y ha vuelto conmigo, y las olas retorcían magnamente el acompañamiento que me hacía dormirlo. Somos quien no somos, y la vida es veloz y triste.

El ruido de las olas por la noche es un ruido de la noche; ¡y cuántos lo han oído en su propia alma, como la esperanza constante que se deshace en la oscuridad como un ruido sordo de espuma profunda! ¡Qué lágrimas lloraron los que obtuvieron, qué lágrimas perdieron los que consiguieron! Y todo esto, durante el paseo a la orilla del
mar, se me tornó el secreto de la noche y la confidencia del abismo. ¡Cuántos somos! ¡Cuántos nos engañamos! ¡Qué mares suenan en nosotros, en la noche de ser nosotros, por las playas que nos sentimos en los encharcamientos de la emoción! Lo que se ha perdido, lo que debería haberse perdido, lo que se ha conseguido y se ha satisfecho por error, lo que amamos y perdimos y, después de perderlo, vimos, amándolo por haberlo tenido, que no lo habíamos amado; lo que creíamos que pensábamos cuando sentíamos; lo que era un recuerdo y creíamos que era una emoción; y el mar en todo, llegando allá, rumoroso y fresco, del gran fondo de toda la noche, a agitarse fino en la playa, en el decurso nocturno de mi paseo a la orilla del mar…

¿Quién sabe siquiera lo que piensa, o lo que desea? ¿Quién sabe lo que es para sí mismo? ¡Cuántas cosas sugiere la música y nos sabe bien que no puedan ser! ¡Cuántas recuerda la noche y lloramos, y no han sido nunca!

Como una voz suelta de la paz tumbada a lo largo, el enrollamiento de la ola estalla y se enfría y hay un salivar audible por la playa invisible. ¡Cuánto me muero si siento por todo! ¡Cuánto siento si así vagabundeo, incorpóreo y humano, con el corazón parado como una playa, y todo el mar de todo, en la noche que vivimos, bate alto, zumbón, y se enfría, en mi eterno paseo a la orilla del mar!




miércoles, 17 de mayo de 2017

Voz secreta (por Miguel D' Ors)

 
La misma voz secreta que anuncia al arrendajo
que han brotado de nuevo las bellotas
es la que hace subir desde la tierra
la fuerza que corona de frutos cada otoño
las ramas de los robles, y es la que lleva y trae
las escuadrillas de aves a lo largo del año
y gobierna las lunas, las mareas,
los vientos y las lluvias;
la que sostiene la unidad del mundo
desde el ardiente reino del Misterio.

Que pueda yo también oírla; que no sea
otra la voz que en mí despierte el canto.



martes, 16 de mayo de 2017

Pero no es feliz (por Gonzalo Rojas)


El señor que aparece de espaldas no es feliz, ha ido
varias veces a Roma pero no es feliz, ha
meado en Roma y no tiene por qué ocultarlo pero no es
feliz,
ha desaguado
a lo largo de Asia desde los Urales a Vladivostock pero no es
feliz, en
excusados de lujo en África pero no es feliz, encima de los
aviones
vía Atenas pero no es feliz, en espacios
más bien reducidos lluviosamente en Londres al lado
de su mujer hermosa pero no es feliz, en las grandes playas de
América precolombina pero no es feliz, con un diccionario
etrusco
y otro en alemán desde las tumbas Ming a las pirámides
de Egipto pero no es feliz, pensando en
cómo lo hubiera hecho Cristo pero no es feliz, mirando
arder una casa en Valparaíso pero no es feliz, riendo en
New York de
un rascacielo a otro pero no es feliz, girando a
todo lo espléndido y lo mísero del planeta oyendo música
en barcos
de Buenos Aires a Veracruz pero no es feliz, discutiendo
por dentro de su costado el origen pero no es feliz,
acomodándose
no importa el frío contra la
pared aguantando todas las miradas
de las estrellas pero no es feliz
el señor que aparece de espaldas.




lunes, 15 de mayo de 2017

Sólo el paisaje ha cambiado (por Lawrence Ferlinghetti)



En las grandes escenas de Goya nos parece que vemos
los pueblos del mundo
exactamente en el momento en que
por primera vez alcanzaron el título de “humanidad sufriente”
Se retuercen en la página
con una verdadera furia de adversidad
amontonados
gimiendo con bebés y bayonetas
bajo cielos de cemento
en un paisaje abstracto de palos secos
estatuas dobladas alas de murciélagos y picos
horcas resbalosas
cadáveres y gallos carnívoros
y todos los rugientes monstruos finales de la
“imaginación del desastre”
son tan sangrientamente reales
es como si todavía existieran realmente
y existen
sólo el paisaje ha cambiado
todavía están alineados en las carreteras
plagadas de legionarios
falsos molinos de viento y gallos dementes
son la misma gente
solo que más lejos del hogar
en autopistas de cincuenta carriles
en un continente concreto
intercalado de blandos anuncios
representando imbéciles ilusiones de felicidad

la escena tiene menos cureñas
pero más ciudadanos inválidos
en automóviles pintados
y llevan placas extrañas
y motores
que devoran Norteamérica


domingo, 14 de mayo de 2017

Olores (por Enrique González Tuñón)


Ese olor de las tiendas de ultramarinos. ¿Recuerda usted? En pleno centro, a veces. O mejor, en la calle Pedro Mendoza, o en Junín y Corrientes. Olor de vodka y salmón en lata; de arreos de pesca y arenque ahumado. Ese olor.

Ese olor a color de mapa.

Ese olor a ruido de motor de remolcador.

Ese olor a Hotel de Inmigrantes.

Ese olor a colonia extranjera. Ese olor.

Ese olor fresco del alambre y la cuerda; ese olor húmedo, espeso, de mostrador y trastienda; de comida dulce; de dulce agrio; de ropa comprada en puertos; ese olor ultramarino. Ese olor.

Ese olor a comida en las calles Veinticinco de Mayo. Reconquista o Leandro Alem. Olor a agencia de colocaciones, también. Y a calentador de kerosene. A tufo de calentador. A violín sacado del baúl lleno de polvo. A armónica. A afiches de la guerra ítalo-turca, o anglo-boers. Ese olor.

Ese olor a tricomía de Trípoli. De familia real española. Ese olor.

Ese olor ultramarino.

Ese olor azul de mapa y ojo de buey.

El personaje de Proust por el aroma de una taza de té, reconstruye todo un tiempo perdido, pasado. Huela, huela usted cuando pase por una tienda de ultramarinos: Huele a Centenario, ¿verdad? a 1910. La Infanta Isabel. El Presidente Montt. Roque Sáenz Peña. Las primeras huelgas y manifestaciones. El abigarramiento en el Hotel de Inmigrantes, las terceras, la carta de España, la Exposición, las tiendas de ultramarinos.

Huela, huela usted cuando pase por una tienda de ultramarinos. ¿Huele a retrato antiguo, verdad? A postal de colores. La Plaza del Congreso. El monumento de los españoles. Un niño con sombrerito de paja que cruza la calle. Un fiacre. Un tranvía a caballos. El mayoral.

Huela, huela usted cuando pase por una tienda de ultramarinos. Huele a heliotropo, brocamelia y alelí. Huele a Parece que Fue Ayer. A trencito del Parque Japonés. A cuello Mey. A bigotera y cosmético. A 1914. Huele a progroms. A guerra europea.

Los diarios nos recuerdan cada día ese olor, esos olores.

Lituania, Letonia, Estonia, Finlandia, Polonia… Kovno, Vilma, Helsingfors, Riga…

Inmediatamente se desparrama un olor a arenque ahumado, a pepinos en vinagre, a salmón en lata, a pescado en barrica, a esturión, a bacalao, a arreos de pesca, a… un olor ultramarino. (Todo esto puede ser un poco literario, pero ustedes comprenderán.)

En seguida, el paisaje. Ahora hay sobresalto en el mar, en las rías y en los ríos; en los prados y en las colinas.

¿Qué será de esos paisajes reproducidos en los atriles de algunos pianos automáticos?

¿Qué será de la rueda del molino mal pintado?

Vemos a una mujer gorda cortando pescado sobre una tabla. (La gorda de la pescadería.)

A un grupo de hombres del norte cuchicheando a la puerta del café maloliente. A un vendedor de diarios cuyos títulos no podremos deletrear nunca. A un sacerdote de una religión extranjera –y extraña—. A un retrato de novios, en el fondo de la sala, sobre unos tarros de compota de penetrante olor (ultramarino). A alguien que cruza la calzada llevando a un niño de la mano. A un niño agitando desde la borda de un barco de carga su gorra de pana (ultramarina). Y, finalmente, a una pandilla de chiquillos rubios, rotosos, sucios, que hablan ya el lenguaje de la calle, el lenguaje argentino, mientras la más vieja de las mujeres, la más vieja, mueve melancólicamente la cabeza y habla todavía del barco como el gringuito cautivo de “Martín Fierro”.

Y, sobre la mesa, el diario, y en el diario los telegramas fechados en esos lugares (ultramarinos) que, sin duda, no conoceremos nunca. Y entonces, al puchero cotidiano se mezcla un súbito y profundo olor (ultramarino) de arenque ahumado, de salmón en lata, de pepino en vinagre, de pescado en barrica.

Es curioso.

Y triste, bien triste, muy triste. (Ultramarino)



sábado, 13 de mayo de 2017

Mediterráneo (por Eugenio Montale)


Antiguo, estoy embriagado por la voz
que brota de tus bocas cuando se abren
como verdes campanas y se repelen
hacia atrás, disolviéndose.
La casa de mis veranos juveniles
-lo sabes- estaba a tu lado
allá en la tierra donde el sol calcina
y oscurecen el aire los mosquitos.
Hoy como entonces ante ti permanezco
inmóvil, mar, pero no me creo
digno ya de la solemne admonición
de tu aliento. Me dijiste primero
que el pequeño fermento
de mi corazón no era sino un instante
del tuyo, que en el fondo de mí
estaba tu arriesgada ley: ser enorme y diverso
y fijo al mismo tiempo,
para librarme así de toda suciedad,
como tú cuando arrojas a tus playas
entre estrellas de mar, corchos y algas,
las inútiles sobras de tu abismo.


viernes, 12 de mayo de 2017

Navegando en el polvo (por Jorge Boccanera)


Un Santiago de Chuco de labios apretados lo ve
pasar y dice: como si la victoria y la derrota
comieran de su plato y dice: como un hueso
escarbando en el habla de nadie, ¿y tanto así?

Pasa un zumbido un triste alguna capa un capellán
un globo sin su niño un ala que saluda las tardes
son iguales aquí pasa Vallejo navegando en el polvo
de las demoliciones.

Como si la victoria (se lo dije) como si la
derrota (¿no le digo?) comieran de su plato y
él escupiera el plato porque un dedo de sangre
va abriéndole los ojos porque hay un aguacero
que se lo lleva todo.

Pasa el maestro de escuela por las calles vacías.
Una mano cortada lo lleva de la mano.



jueves, 11 de mayo de 2017

Sólo este día (por Rosario Castellanos)


Para el amor no hay cielo, amor, sólo este día;

este cabello triste que se cae cuando

te estás peinando ante el espejo.

Esos túneles largos que se atraviesan

con jadeo y asfixia,

las paredes sin ojos,

el hueco que resuena de alguna voz oculta

y sin sentido.

Para el amor no hay tregua, amor.

La noche no se vuelve, de pronto, respirable.

Y cuando un astro rompe sus cadenas

y lo ves zigzaguear, loco, y perderse,

no por ello la ley suelta sus garfios.

El encuentro es a oscuras.

En el beso se mezcla el sabor de las lágrimas.

Y en el abrazo ciñes el recuerdo de aquella

orfandad, de aquella muerte.



miércoles, 10 de mayo de 2017

Tú dormías (por José Hierro)


Me tendí sobre la hierba entre los troncos

que hoja a hoja desnudaban su belleza.


Dejé el alma que soñase:

volvería a despertar en primavera.


Nuevamente nace el mundo, nuevamente

naces, alma (estabas muerta).

Yo no sé lo que ha pasado en este tiempo:

tú dormías, esperando ser eterna.


Y por mucho que te cante la alta música

de las nubes, y por mucho que te quieran

explicar las criaturas por qué evocan

aquel tiempo negro y frío, aunque pretendas

hacer tuya tanta vida derramada

(era vida, y tú dormías), ya no llegas

a alcanzar la plenitud de su alegría:

tú dormías cuando todo estaba en vela.


Tierra nuestra, vida nuestra, tiempo nuestro...

(Alma mía, ¡quién te dijo que durmieras!)

martes, 9 de mayo de 2017

Adónde hemos llegado (por Sebastián Olaso)


Adónde, entonces, adónde hemos llegado,
si aquí no hay ni puente, ni puerta, ni puerto,
ni andén, ni abrazo, ni lápida.
Qué hacemos en este círculo
de viajes estancados,
en estos zapatos sin ninguna vocación.
Hacia dónde querrá empujarnos el deseo,
cuándo, por qué, para qué.
Dónde están los mapas del sí, del también,
del todavía.
Hacia dónde partiremos
cuando el viento desordene la quietud,
hacia dónde cuando la noche desdibuje
las sombras que nos matan.
Dónde, dónde está la guarida de Dios,
dónde está su palacio
construido con esclavos del infierno.
Nuestros ojos ya no son
los traductores del silencio.
Nuestras lágrimas ya no tienen
más espejo que el pasado.
Una jauría de soledades nos hostiga.
No sabemos por qué, no sabemos cómo,
no sabemos para qué,
pero hasta aquí hemos llegado.
No hay nada más cierto.
No hay nada más.
No hay nada.
No.



lunes, 8 de mayo de 2017

Buscando cierta oscuridad (por Isabel Bono)



desde dentro de un armario

cerrados los ojos

escuchaba la risa de mi madre

el viento en la chimenea

el eco de un martillo

un dedal rodando bajo la cama

el crujir de la madera bajo mis muslos


palabras que se perdían

y me buscaban


los sonidos, cualquiera

siempre encontraron un lugar donde vivir

a mi lado


ahora no sé qué fue del silencio,

si alguna vez lo hubo





domingo, 7 de mayo de 2017

La chica del cartel (por Philip Larkin)


Ven al sol de Prestatyn
decía riendo la chica del cartel,
arrodillada en la arena
y de ajustado y blanco satén.
Tras ella un pedazo de costa
y un hotel con palmeras parecían
brotarle de los muslos y los brazos
extendidos para alzarle los pechos.

La pegaron un día de marzo.
Un par de semanas después era bizca
y le habían pintado unos colmillos;
le marcaron con saña enormes tetas
y una raja en la entrepierna, y entre los muslos
le habían hecho unos garabatos
que la dejaban bien abierta de piernas
sobre una verga tuberosa y las pelotas

con la firma de El Enano Thomas,
mientras que alguien había utilizado un cuchillo
o lo que fuera para apuñalarle
los labios con bigote de su sonrisa.
Era demasiado exquisita para esta vida.
Muy pronto, un gran desgarrón transversal
dejó solo una mano y un poco de azul.
Ahora hay un cartel de Lucha contra el cáncer.



sábado, 6 de mayo de 2017

Vivos (por Maybell Lebron)


Mira estamos vivos.
Siento la savia oscura galopar en mis cauces.
La luz borra quimeras
-huéspedes de párpado ceñido-
y dibuja sin prisa tu contorno olvidado.
El nácar de la arena tramonta el aire y se deshace.
En la playa las huellas son testigo.
Mi aliento y tu cuerpo palpitante repican:
Ya ves
estamos vivos. 


viernes, 5 de mayo de 2017

El silencio (por Julia Uceda)



Hay un vacío en el que no se oyen las zapatillas.
Y otro más profundo: el que disuelve nuestras manos.
Y nuestro cuerpo. Y sólo flotan unos ojos
que no lo parecen. Aunque daría lo mismo
porque ya no pensamos con palabras
que todo lo confunden.
Además
¿para qué edificar un templo de un grito?
Un grito que no suena en la expansión de las constelaciones.
Un grito que no oye el pastor de planetas.
Un grito que se llena, como un cubo, de huecos.
Un templo que visitan arenas y huracanes.
La boca ha gritado,
¿de qué huerto ha venido? ¿En qué lejana flor
se hará otra vez silencio,
historia no aprendida
y vida sin pregunta?
¿En qué agua de otro tiempo
se pulió la mandíbula y su origen?
¿En qué apagado sol
se removió su cero antes del cero?
Gritar: tan sólo un accidente, una arruga en el aire.
Y un destrozo,
un harapo de algo; un desgarrón superfluo
desde el violento, desde el distraído
que empuja, pisa y habla alto. No grita.
Alto, sólo, habla.
Se oye su voz pavorreal.
Y el grito se desenrosca desde su sima profunda:
un poquito de aire que, primero,
tropieza con la esquina del pulmón,
garganta arriba. Luego ulula, asalta
la pared que contiene su infinitud,
su triste desmesura,
arañando su cárcel, resuelto en templo,
ecos en frío crisopacio que se aleja,
en el tiempo, de la boca: su nido.
Y nada alrededor. La boca mueve
sus alas sin sonido, sin sentido,
entre el agua y el huerto,
entre hueso temprano y légamo futuro,
entre el cero y el cero.
Entre el cero y su carga.



jueves, 4 de mayo de 2017

Es un viejo magnífico que no se toma en serio (por Jaime Sabines)


Me encanta Dios. Es un viejo magnífico que no se toma en serio. A él le gusta jugar y juega, y a veces se le pasa la mano y nos rompe una pierna o nos aplasta definitivamente. Pero esto sucede porque es un poco cegatón y bastante torpe con las manos.

Nos ha enviado a algunos tipos excepcionales como Buda, o Cristo, o Mahoma, o mi tía Chofi, para que nos digan que nos portemos bien. Pero esto a él no le preocupa mucho: nos conoce. Sabe que el pez grande se traga al chico, que la lagartija grande se traga a la pequeña, que el hombre se traga al hombre. Y por eso inventó la muerte: para que la vida -no tú ni yo- la vida, sea para siempre.

Ahora los científicos salen con su teoría del Big Bang... Pero ¿qué importa si el universo se expande interminablemente o se contrae? Esto es asunto sólo para agencias de viajes.

A mí me encanta Dios. Ha puesto orden en las galaxias y distribuye bien el tránsito en el camino de las hormigas. Y es tan juguetón y travieso que el otro día descubrí que ha hecho -frente al ataque de los antibióticos- ¡bacterias mutantes!

Viejo sabio o niño explorador, cuando deja de jugar con sus soldaditos de plomo y de carne y hueso, hace campos de flores o pinta el cielo de manera increíble.

Mueve una mano y hace el mar, y mueve la otra y hace el bosque. Y cuando pasa por encima de nosotros, quedan las nubes, pedazos de su aliento.

Dicen que a veces se enfurece y hace terremotos, y manda tormentas, caudales de fuego, vientos desatados, aguas alevosas, castigos y desastres. Pero esto es mentira. Es la tierra que cambia -y se agita y crece- cuando Dios se aleja.

Dios siempre está de buen humor. Por eso es el preferido de mis padres, el escogido de mis hijos, el más cercano de mis hermanos, la mujer más amada, el perrito y la pulga, la piedra más antigua, el pétalo más tierno, el aroma más dulce, la noche insondable, el borboteo de luz, el manantial que soy.

A mí me gusta, a mí me encanta Dios. Que Dios bendiga a Dios.



miércoles, 3 de mayo de 2017

Un viento suave perturbando una fogata (por Paul Auster)


Siempre el más pequeño de los actos

posible
en este tiempo de actos

más grandes que la vida, un gesto
hacia la cosa que pasa

apenas entrevista. Un viento suave

perturbando una fogata, por ejemplo,
que accidentalmente
hallé el otro día

en la pared de un museo. Allí
no hay casi nada: algunos vestigios
de blanco

arrojados con desgana sobre
el negro puro del fondo, nada más
que un pequeño gesto
intentando ser nada

más que él mismo. Y sin embargo
no está allí
y a mis ojos nunca se transformará
en la cuestión
de tratar de simplificar

el mundo, pero sí un modo de buscar un lugar
para entrar en él, una manera de estar
presente
entre las cosas
que no nos desean –pero que necesitamos
en la misma medida que necesitamos
de nosotros mismos. Sólo un momento antes de que
la hermosa

mujer
que estaba parada delante de mí
había estado diciendo cuánto deseaba
procrear y cómo el paso del tiempo
le estaba jugando en contra. Dijimos:
cada uno de nosotros debe
escribir un poema utilizando
las palabras ‘Un viento
suave

perturbando una fogata’. Desde entonces
nada

ha significado tanto como el pequeño
acto
presente en estas palabras, el acto
de intentar hablar

palabras

que significan casi nada. Hasta el mismísimo final
quiero ser igual
a lo que fuera que mi ojo me traiga, como si
yo pudiera finalmente verme
abandonarme
en las cosas casi
invisibles

que nos llevan con nosotros mismos y todos
los niños por nacer

al mundo.



martes, 2 de mayo de 2017

El mal que no firmamos (por Saiz de Marco)


el mal hecho al descuido
el mal silente
el mal pasivo
el mal difuso
el mal oblicuo
el mal que "me dejé llevar por"
el mal gregario
el mal anónimo
el mal cooperativo
el mal a la ligera
el mal "pues no se nota"
y "esto no va conmigo"
el mal con autoexcusa
y con pseudocoartada blanqueado
el mal de la trastienda
el mal de la barrera
el mal "bah si no siente"
el mal "estilo Poncio" (traigan la palangana)
el mal autorizado contra el débil
el mal risueño

el mal tan cortésmente ejecutado
el mal legal
el mal tribal
el mal acostumbrado
"así fue siempre"
el mal que no firmamos pero hacemos