zUmO dE pOeSíA

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de todos los colores, de todos los sabores

ALEATORIUM: Saca un poema de nuestro almacén

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sábado, 19 de agosto de 2017

Y en él duermen reptiles (por Carlos Marzal)



Por más que aburras esa melodía
monótona y brumosa de la vida diaria,
y que te amansa;
por más lobo sin dientes que te creas;
por más sabiduría y experiencia y paz de espíritu;
por más orden con que hayas decorado las paredes,
por más edad que la edad te haya dado,
por muchas otras vidas que los libros te alcancen,
y añade lo que quieras a esta lista,
hay un pozo salvaje al fondo de ti mismo,
un lugar que es tan tuyo como tu propia muerte.
Es de piedra y de noche, y de fuego y de lágrimas.
En sus aguas dudosas
reposa desde siempre lo que no está dormido,
un remoto lugar donde se fraguan
las abominaciones y los sueños,
la traición y los crímenes.
Es el pozo de lo que eres capaz
y en él duermen reptiles, y un fulgor
y una profunda espera.
En tu rostro también, y tú eres ese pozo.

Ya sé que lo sabías. Por lo tanto,
acepta, brinda y bebe.


viernes, 18 de agosto de 2017

Yo que tan sólo he nacido (por César Vallejo)



¿Quién no tiene su vestido azul?
¿Quién no almuerza y no toma el tranvía,
con su cigarrillo contratado y su dolor de bolsillo?
¡Yo que tan sólo he nacido!
¡Yo que tan sólo he nacido!

¿Quién no escribe una carta?
¿Quién no habla de un asunto muy importante,
muriendo de costumbre y llorando de oído?
¡Yo que solamente he nacido!
¡Yo que solamente he nacido!

¿Quién no se llama Carlos o cualquier otra cosa?
¿Quién al gato no dice gato gato?
¡Ay, yo que sólo he nacido solamente!
¡Ay! ¡yo que sólo he nacido solamente!



jueves, 17 de agosto de 2017

Fotografía (por Fernando Pessoa)



El socio capitalista de esta firma, siempre enfermo en un sitio indeterminado, ha querido, no sé por qué capricho de qué intermitencia de la enfermedad, tener un retrato de grupo del personal de la oficina. Y así, anteayer, nos alineamos todos, por indicación del fotógrafo alegre, contra el tabique blanco sucio que divide, con madera frágil, la oficina general del despacho del patrón Vasques. En el centro, el mismo Vasques; a los dos lados, en una distribución primero definida, después indefinida, de categorías, las otras almas humanas que aquí se reúnen en cuerpo todos los días para pequeños fines cuyo último objeto sólo el secreto de los dioses conoce. Hoy, cuando he llegado a la oficina un poco tarde y, en verdad, olvidado ya del acontecimiento estático de la fotografía dos veces tirada, he encontrado a Moreira, inesperadamente matutino, y a uno de los dependientes inclinados disimuladamente sobre unas cosas ennegrecidas, que he reconocido en seguida, con un sobresalto, como las primeras pruebas de las fotografías. Eran, al final, sólo dos de una, de la que había quedado mejor. He sufrido la verdad al verme allí, porque, como es de suponer, fue a mí mismo al que primero busqué. Nunca he tenido una idea noble de mi presencia física, pero nunca la he sentido tan nula como al compararla con otras caras, tan conocidas mías, en aquel alineamiento de diarios. Parezco un vulgar jesuita. Mi cara delgada e inexpresiva no tiene inteligencia, ni intensidad, ni nada, sea lo que sea, que la eleve sobre la marea muerta de las otras caras. De la marea muerta, no. Hay allí rostros verdaderamente expresivos. El patrón Vasques está tal cual es —el ancho rostro apacible y duro, la mirada firme, completado por el bigote rígido. La energía, la sagacidad, del hombre —a fin de cuentas triviales, y tantas veces repetidas por tantos millares de hombres en todo el mundo— están escritas en aquella fotografía como un pasaporte psicológico. Los dos viajantes están admirables; el dependiente está bien, pero ha quedado casi por detrás del hombro de Moreira. ¡Y Moreira! ¡Mi jefe Moreira, esencia de la monotonía de la continuidad, aparece mucho más importante que yo! Hasta el mozo —me doy cuenta sin poder reprimir un sentimiento que procuro suponer que no es envidia— tiene una seguridad de cara, una expresión directa que dista sonrisas de mi apagamiento nulo de esfinge de papelería. ¿Qué quiere decir esto? ¿Qué verdad es ésta que no engaña a una película? ¿Qué certidumbre es ésta que una lente fría documenta? ¿Quién soy, para que sea así? Sin embargo... ¿Y el insulto del grupo? —«Tú has quedado muy bien», dice de repente Moreira. Y después, volviéndose hacia el dependiente, «Es su mismita cara, ¿eh?». Y el dependiente ha asentido con una alegría amiga que arrojó a la basura.



miércoles, 16 de agosto de 2017

Y amo además (por Salvador Espriu)



¡Oh!, Qué cansado estoy de mi cobarde,
vieja, tan salvaje tierra,
y cómo me gustaría alejarme,
norte allá, donde dicen que la gente es limpia,
y noble, culta, rica, libre,
despierta y feliz.

Entonces en la congregación,
los hermanos dirían desaprobando:
"Como el pájaro que deja el nido,
así el hombre que abandona su lugar",
mientras yo ya muy lejos, me reiría,
de la ley de la antigua sabiduría
de este mi árido pueblo.

Pero no seguiré nunca mi sueño,
y me quedaré aquí hasta la muerte,
porque soy también muy cobarde y salvaje,
y amo además con un desesperado dolor
esta mi pobre,
sucia, triste, desdichada patria.



martes, 15 de agosto de 2017

En un puño (por Carlos Iglesias Díez)




Retuve tus cenizas en un puño
como un niño que quisiera,

por un instante,

aferrar la mano

de su padre.



LO QUE NO OLVIDARÉ


Quienes hacemos zUmO De PoEsÍa nos proponemos recopilar las vivencias más intensas, o emotivas, o fascinantes de la vida de muchas personas, para editarlas en formato de libro (físico o digital) con fines solidarios.

Por ello te pedimos y agradecemos que nos relates, mediante un comentario en nuestro blog (ya sea con tu nombre, con tu nick, o como anónimo), tu experiencia real más impactante o marcadora: aquello que personalmente más te ha impresionado, conmovido o hecho sentir en tu vida.

No tiene por qué ser un suceso insólito ni extraordinario: sólo aquello que, aunque pueda parecer trivial o anecdótico, a ti (por la razón que sea) te impactó o sobrecogió.

Cuando dispongamos de un número suficiente de historias vividas, editaremos esos relatos (por supuesto, sin propósito lucrativo).

Anímate y envía a ZuMo De PoEsÍa tu experiencia vivida más sorprendente o emocionante.

(Esta solicitud aparecerá periódicamente en el blog.)


lunes, 14 de agosto de 2017

Y niño me dejaste (por Juan Ramón Jiménez)



Este encuentro del dios que yo decía,
estaba, como en una primavera
primera, de menuda floración,
en este niñodiós que me esperaba:
el mismo niñodiós que yo fui un día,
que dios fue un día en mi Moguer de España;
mi dios y yo que ya soñábamos con este hoy.

Al fin lo tuve.
El sueño no fue sueño, era distancia,
y de ella venía la fragancia,
la fragancia que yo, que dios en niñodiós, los dos
le dimos en botón de primavera.
Ella se dilató y hoy llena un mundo
que yo ensanché para este niñodiós.

¡Qué infancia universal, qué yo de dios
de todo el mundo en este niño!

Tú, mi dios deseado, me guiaste
porque tú lo soñaste también; tú, niñodiós,
eterno niñodiós;
soñaste que por ti yo fuera dios del niño
y niño me dejaste
para que siempre el niño fuera mío.

¿Qué alegría mayor
pudo pensar mi sentimiento?
Que no bastaba el puro pensamiento
para pensar al niño; necesario era
crearlo en un florecimiento
de primavera,
en la menuda flor de la ladera,
la flor en luz del puro sentimiento.

Por eso vive en flor menuda,
en flor del niñodiós, florecilla desnuda,
y en flor del niñodiós desnudo yo lo siento.


domingo, 13 de agosto de 2017

Eso que solamente ven los muertos (por Óscar Hahn)




Los muertos están mudos

No quieren revelarnos lo que saben


Los muertos están sordos

No quieren escuchar nuestros clamores


Los muertos están ciegos

No tienen ojos pero pueden ver

eso que solamente ven los muertos


No tienen oídos pero atentos oyen

la música sin fin del universo


No tienen boca pero entre ellos hablan

del gran secreto que no pueden contarnos



sábado, 12 de agosto de 2017

Todos los argumentos (por Roberto Juarroz)



Todas las historias me parecen conocidas,

todas las intrigas, todos los argumentos.

No lo he vivido todo,

ni siquiera lo he visto.

No guardo en mis alforjas

el resumen en píldoras

de todo cuanto existe.


Pero todos los rostros me resultan conocidos,

todas las voces, todos los paisajes.

No me he cruzado con todos los hombres,

ni siquiera los he oído o leído.

No conservo en mis ojos

el arduo laberinto

de todos los reflejos.


Sin embargo, en el fondo

hay algo que alguna vez he pensado

o vivido o amado alguna vez,

casi un relámpago de nada,

que sin yo darme cuenta

enhebró un filamento

de todo cuanto existe

y me ha dejado adentro

la sensación extraña

de haber pensado todo,

de haber amado todo,

de haber tocado todo,

hasta lo que no existe.


Y también en el fondo

o más allá del fondo

no dejo de escuchar una música

a la que se parecen

todas las otras músicas,

no dejo de escuchar un silencio

que pasa como un duende

por todos los silencios.

Y desde allí se oyen claramente

las ondas detenidas,

las fósiles mareas

del silencio futuro,

del silencio final.

viernes, 11 de agosto de 2017

Traición (por Circe Maia)




El último sol no le dijo: soy el último sol.

Nada le previnieron.

El agua resbaló sobre su cuerpo y él no supo

que era el modo en que el agua

decía: adiós. No supo.

Nadie le dijo nada.


Cuando llegó la noche, llegó para quedarse.

Y él no lo supo nunca.



jueves, 10 de agosto de 2017

En la carretera de Sintra (por Fernando Pessoa)



Al volante del Chevrolet por la carretera de Sintra

a la luz de la luna y al sueño, en la carretera desierta,

solitario conduzco, conduzco casi despacio, y un poco

me parece, o me esfuerzo un poco para que me parezca,

que sigo por otra carretera, por otro sueño, por otro mundo,

que sigo sin que haya Lisboa detrás o Sintra por ver

que sigo, ¿y qué más hay en seguir sino no parar, sino seguir?

voy a pasar la noche a Sintra por no poder pasarla en Lisboa,

pero cuando llegue a Sintra tendré pena

de no haberme quedado en Lisboa.

Siempre esta inquietud sin propósito, sin nexo, sin consecuencia,

siempre, siempre, siempre,

esta angustia excesiva del espíritu por cosa alguna,

en la carretera de Sintra, o en la carretera del sueño,

o en la carretera de la vida…

Maleable a mis movimientos subconscientes del volante,

galopa debajo de mí, conmigo, el automóvil que me prestaron.

Sonrío por el símbolo, al pensar en él, al girar a la derecha.

¡Cuántas cosas que me prestaron conduzco como mías!

¡Cuánto me han prestado, ay de mí!, ¡yo mismo lo soy!

A la izquierda la casucha –sí, la casucha- a la vera del camino.

A la derecha el campo abierto, con la luna a lo lejos.

El automóvil, que parecía hace poco darme libertad,

es ahora una cosa donde estoy encerrado,

que solo puedo manejar si estoy encerrado en él,

que solo domino si me incluyo en él, si él me incluye a mí.

A la izquierda, allá atrás, la casucha modesta, más que modesta.

La vida ahí debe ser feliz, solo porque no es la mía.

Si alguien me vio desde la ventana de la casucha, soñará:

aquél es el que es feliz.

Tal vez para el niño que espía por los vidrios de la ventana

del piso de arriba

quedé (con el automóvil prestado) como un sueño, un hada real.

Tal vez para la muchachita que miró, oyendo el motor,

por la ventana de la cocina

de abajo,

soy algo parecido al príncipe de todo corazón de muchacha,

y ella me mirará de reojo, a través de los vidrios,

hasta la curva en que me perdí.

Dejaré sueños detrás de mí, ¿o es el automóvil que los deja?

¿Yo, el conductor de un automóvil prestado,

o el automóvil prestado que yo conduzco?

En la carretera de Sintra a la luz de la luna, en la tristeza,

ante los campos y la noche,

conduciendo el Chevrolet prestado desconsoladamente,

me pierdo en la carretera futura, desaparezco en la distancia que alcanzo,

y, en un deseo terrible, súbito, violento, inconcebible,

acelero…

Pero mi corazón se quedó en el montón de piedras,

del que me desvié al verlo sin verlo,

a la puerta de la casucha,

mi corazón vacío,

mi corazón insatisfecho,

mi corazón más humano que yo, más exacto que la vida.

En la carretera de Sintra, cerca de la medianoche,

a la luz de la luna, al volante,

en la carretera de Sintra, qué cansancio de la propia imaginación,

en la carretera de Sintra, cada vez más cerca de Sintra,

en la carretera de Sintra, cada vez menos cerca de mí…


miércoles, 9 de agosto de 2017

Igual que acercamos el relámpago (por Emily Dickinson)




Di toda la verdad, pero entre líneas

la clave está en el circunloquio

pues no soportaría nuestro débil deleite

su brillante y soberbia aparición

igual que acercamos el relámpago

a los niños, con amables respuestas,

la verdad debe deslumbrar pausadamente

o no habrá hombre que no quede ciego


martes, 8 de agosto de 2017

Basura (por Kim Addonizio)



No sueles pensar a dónde va
después de que amarras la bolsa blanca y la lanzas
al contenedor que se encuentra en la calle. No piensas
en la pestilencia del camión al retroceder,
o en los hombres con sus asquerosos guantes
colgándose de los lados, maldiciendo desde la cercana
oscuridad de un nuevo día
en el cual, de alguna forma, alguien será lanzado
dentro de una celda
del mismo modo en que la basura es lanzada
dentro de un agujero profundo para quemarse,
del mismo modo en que los cuerpos son lanzados
para que los sepulten.
No piensas en los basureros, en las ratas que la hurgan,
en las malolientes pilas dentro de los túneles
-los zapatos gastados,
las muñecas con los ojos salidos, los centavos,
el anillo de bodas
que se perdió, cualquier cosa que haya encontrado
su lugar hasta ahí y que no va a regresar
más que como una mancha, un mal olor en el aire, veneno
sembrado en las nubes hasta que llueva de nuevo-. Pero hoy
el clima es precioso; mira al cielo, su pureza,
su nulidad, sólo hay gaviotas cruzándolo en su transcurso
hacia las playas. No dejes que las gaviotas te recuerden
cómo se zambullen por peces con el pico,
cómo los peces flotan en las aguas residuales.
Especialmente no pienses en cosas muertas,
o en buitres, en cómo esperan de un modo tan paciente
mientras algo sangra en la tierra, y después
se empujan unos a otros
mientras se encorvan, vestidos de negro,
alrededor del cuerpo, alimentándose de la manera
en que todos se alimentan;
oh, no pienses ahora en toda la comida
que has desperdiciado,
en los platos que desechaste o se pudrieron
en la alacena, en el refrigerador,
no pudiste evitarlo, tu intención era salvarlos a todos,
a los niños especialmente,
pero la basura sigue llenando la casa; la impresión negra
de los periódicos,
las peticiones de dinero con listas de nombres, sus caras actuales,
ellos siguen vivos, están allá afuera con los guardias
y los soldados y las moscas, así que no te preguntes si tu casa
está limpia, no pienses ni por un minuto que lo tienes todo,
mira tus manos, están cubiertas de ella, puedes intentar
lavarlas o sumergirlas en cualquier otra cosa;
incluso un solo dedo, tómalo y raspa
un poco de la mugre, del estiércol y el hedor de los humanos,
siente cómo la más mínima esperanza se aferra ahí.


lunes, 7 de agosto de 2017

La tentación de Spinoza (por Zbigniew Herbert)



Baruch Spinoza de Amsterdam
anhelaba alcanzar a Dios

mientras pulía lentes
en su desván
atravesó una cortina y de pronto
se lo encontró cara a cara

estuvo hablando largo tiempo
(y mientras hablaba
su mente y su alma
iban dilatándose)
formulaba preguntas
respecto a la naturaleza humana

–Dios se acariciaba la barba distraído

preguntaba por la causa primera

–Dios se quedaba mirando al infinito

preguntaba por la causa última

–Dios hacía chasquear los nudillos
o carraspeaba

cuando Spinoza dejó de hablar
le dijo Dios

–hablas de manera hermosa Baruch
me gustan tus geométricos latines
y también tu clara sintaxis
la simetría de tus argumentaciones
hablemos sin embargo
de Cosas Verdaderamente
Grandes

–mira tus manos
estropeadas y temblorosas

–te estás haciendo polvo la vista
en esta oscuridad

–comes mal
vistes como un pordiosero

–cómprate una casa nueva
perdona a esos espejos venecianos
por reproducir lo superficial

–sé indulgente con las flores en el pelo
con los cantares del borracho

–preocúpate por los ingresos
como tu colega Descartes

–sé astuto
como Erasmo

–dedícale un tratado
a Luis XIV
de todas formas no lo leerá

–aplaca
la furia de tu racionalismo
que por ella han de caer tronos
y ponerse negras las estrellas

–piensa
en una mujer
que pueda darte un hijo

–ya ves Baruch
estamos hablando de Cosas Grandes

–deseo ser amado
por incultos y violentos
pues son los únicos
que en verdad tienen ansias de mí

ahora la cortina cae
y Spinoza se queda solo

no ve ninguna nube de oro
o luz alguna en las alturas

lo que ve es la oscuridad

y oye el crujir por la escalera
de unos pasos que bajando se alejan

domingo, 6 de agosto de 2017

Un jarrón a contraluz (por António Lobo Antunes)



Crujen las tablas en las casas viejas y todo en ellas chirría, las puertas, los grifos, las ventanas. Hasta las manchas de luz en las paredes lucen distintas a las de las paredes nuevas. Y los espectros que se esconden en antiguas fotografías de parientes, de una familia que me cree parte de ella y me pregunta: "Nunca estás aquí, ¿no?". Mi cuerpo anda entre ellos, finge oírlos, mientras yo los observo de lejos, libre. Hasta la hora de volver.


Estas casas viejas donde crujen las tablas de la tarima, los grifos no cierran del todo, un airecito frío (incluso en verano) por las rendijas de las ventanas, manchas de sol, diferentes de las manchas de sol de las casas nuevas, en las paredes, en el techo, la sensación de voces, muy antiguas, que nos llaman, un jarrón, a contraluz, con una ramita de acacia dentro, un perfil de muchacha en la cortina del balcón, vestida como mi abuela en las fotos de cuando era joven, yo mirando todo esto desde la entrada, rodeado de espectros. Espectros no de personas que conocía, de parientes del álbum de fotos, viejos con patillas, militares uniformados, mi bisabuela y sus hermanas, en Belém do Pará, con un pecho enorme, miriñaque, la cintura increíblemente estrecha, muy morenas, muy oscuras, no por eso guapas, mi bisabuela a la que tanto se parecía mi abuelo, a la que no me parezco nada, a decir verdad me parezco, yo qué sé, tal vez al abuelo de mi padre, nací así, casual combinación de moléculas a las que llaman António, nací así, medio sorprendido, en una familia que me cree parte de ella y se equivoca, cuántas veces pienso que no soy de aquí, oigo cosas que no existen, vivo en otro sitio entre apariciones, donde las voces de este lado me llegan confusas, remotas, en una lengua que no es exactamente la mía, y acompañadas de sonrisas, palmaditas, miradas curiosas de soslayo


Tengo un libro dentro de mí y conversamos los dos. Una vez que acabo el libro, aterrizo


-Nunca estás aquí, ¿no?


yo


-¿Qué querrá decir nunca estás aquí?


entendiendo, respondiendo a la pregunta con un gesto que, a fuerza de no significar nada, sirve para todo, me defiendo como puedo


-A veces me distraigo


y no es verdad, no me distraigo, dejo el cuerpo con ustedes y ando por ahí, mi cuerpo finge que oye, que se preocupa, que conversa, y yo libre, mirando a las personas, paseando, me echo a correr a fin de regresar al cuerpo en el momento de las despedidas, llego a decir


-Ha sido un placer


y de placer nada, ni placer ni displacer, no me di cuenta de nada, anduve por ahí al azar, es la manera de mirar de ciertas mujeres lo que aún me retiene aquí, ciertas carcajadas cortas, la textura de ciertas pieles, el deseo que ciertas expresiones (no sé explicar bien cuáles) me provocan. La palabra genio, tan pomposa ahora, la usaba Stendhal para describir el modo en que ciertas señoras subían a los carruajes. Me habría gustado vivir en esa época de cocheros y farolas de gas, cuando la noche era noche en lugar de este remolino de ansiosos en los bares, se jugaba al bingo, se cantaba junto al piano, y el sexo no pasaba de ser una especie de baile inocentemente perverso, un poco idiota y cursilón. Sigue siendo todo eso, tal vez lo que me hace falta es sólo el bingo y el aria junto al piano, un tercer piso, sin ascensor, en Anjos, canónigos, poetas fatales, duelos, yemitas, el universo en el que, creo yo, vivían las tías de Brasil: ¿deseando qué, señores, imaginando qué, soñando qué? No debían desear ni imaginar ni soñar gran cosa, pobres. No eran especialmente sensibles ni inteligentes, pertenecían a una burguesía más o menos adinerada, iban perdiendo el pecho y el miriñaque, les engordaba la cintura, les crecía bigote, y creo que volvía a encontrarme con una o dos, muy ancianas, ofreciéndome bizcochos en salitas sombrías. Me acuerdo de los pianos, pero cerrados, sin arias. De cocineras tan decrépitas como sus amas. De viejos con patillas, de militares uniformados. Y después no me acuerdo de nada más porque nunca estoy aquí


(-Nunca estás aquí, ¿no?)


paseo por China, por Alemania, por el Río de la Plata, ando por ahí volando o tropezando con las cosas, divago. Tengo un libro dentro de mí y conversamos los dos. Una vez que acabo el libro, aterrizo. No tengo ninguna gana de aterrizar. Estos grifos que no cierran bien, este airecito frío por las rendijas de las ventanas. En agosto anduve por Nelas, buscando vagamente una casa antigua que quisieran vender. No la encontré. Un chalé junto a la casa que fue nuestra, pero tan feo, tan caro: siempre me causaron pavor las cosas feas y caras, mientras que las cosas feas y baratas me enternecen. Con las personas lo que se me ocurre es que a Dios deben de gustarle un montón los imbéciles porque no se cansa de hacerlos. Bien que los oigo, cuando salgo, en los restaurantes, en las tiendas, y allí vienen las sonrisas, las palmaditas, las miradas curiosas de soslayo


-Nunca estás aquí, ¿no?


y yo, enseguida


-Sí que estoy, claro que estoy


mientras una señora de Stendhal sube con genio al carruaje, mientras se sienta allí arriba, con sombrero, sin mirarme, y yo me quedo aquí abajo, adorándola. ¿Mi bisabuela andaría en carruaje? Venía todos los años con su marido, de Belém do Pará a Vichy, por las aguas. Sublime vida. De modo que si se me acercan con la pregunta


-Nunca estás aquí, ¿no?


y sonrisas, y palmaditas, y miradas de soslayo, creo que no voy a responder. ¿Para qué? ¿Responder qué a quién? Si


-Nunca está aquí, ¿no?


me callo. Finjo que no oigo y me callo. Por otra parte no les va a extrañar: hablo poco. Entro en una de esas casas viejas donde crujen las tablas de la tarima y me acurruco en un rincón a observar las manchas de sol en las paredes, en el techo. El jarrón, a contraluz, con su ramita de acacia. El perfil de la muchacha en la cortina del balcón. Tal vez ella se me acerque (tiene que acercárseme)


me llame


-António


(tiene que llamarme


-António)


y los dos bajemos desde la terraza hasta el jardín de la casa


(una terraza con azulejos y unos tiestos de piedra)


y corramos juntos por el jardín, traspasando setos, arriates, un laguito, el invernadero, una estatuilla cualquiera, traspasemos el portón, otros portones, otros muros, otras terrazas más, los dos, cogidos de la mano, en busca del mar.




sábado, 5 de agosto de 2017

Si hubiéramos querido (por Jeff Buckley)



No hay respuestas fáciles.
Nadie a quien culpar ni nadie a quien perdonar.
Dos inválidos bailando.
Vivimos hasta el final.
No estoy contigo ni soy tuyo.
Eres tan joven y dulce para mí...
Soy el fantasma aquel que va y viene, el que al mirarte espera llevarte hacia otro lado.
Te amo, oh Dios, te amo tanto.
Amo todo el pasado que conocimos y compartimos.
Algún otro amor será tuyo, o mío, o de ninguno,
o lo que sea que nos espere.
Teníamos en común el nacimiento; camas y vidas separadas.
Sé que pudimos ser tan felices si hubiéramos querido...
Me sentaré donde sea y te olvidaré.
Romperé las fotos más viejas y pondré tus cartas a la intemperie hasta que se borren las palabras.
Porque sé que pudimos ser tan felices...



viernes, 4 de agosto de 2017

Y ellos regresan profundamente (por Herberto Helder)



Amo lento a los amigos que están tristes con cinco dedos en cada mano.
Los amigos que enloquecen y están sentados, cerrando los ojos,
los libros tras de sí, ardiendo por toda la eternidad.
No los llamo, y ellos regresan profundamente al interior del fuego.
Tenemos un talento doloroso y oscuro.
Construimos un lugar de silencio.
De pasión.



jueves, 3 de agosto de 2017

Ignoro qué pasó (por Fabio Morábito)



Mi madre, escuchen bien,

condujo nuestro Fiat

por un camino vecinal

un día de primavera del ’68.

Lo vieron estos ojos desde el auto de mi tío,

que iba detrás del Fiat como escolta.

Fue su debut y despedida del volante.

Mi padre no volvió a cederle el asiento del piloto.

Ignoro qué pasó.

En ese aprendizaje trunco

tal vez estuvo la semilla del divorcio.

Si pudo conducir esos kilómetros

-en una carretera intrascendente,

es cierto, no en el tráfico-,

¿por qué cedió al impulso

de ser como una madre más

y regresó al asiento del que sueña?

Hablo de un Fiat 600 de dos puertas

y de un camino de subida

un día de primavera

antes del mayo revoltoso.

Las condiciones, ma, eran idóneas

-tú hermosa y con mi padre

enamorado locamente aún-

para acabar de resolver

el acertijo del embrague,

la metafísica del cambio de velocidad,

y conducirnos suavemente,

curva a curva, hacia la cumbre,

mientras mi hermano y yo en el auto de mi tío

contábamos las vueltas de tu ascenso,

que se deshizo como el mayo aquel

de la revuelta en humo,

un puro gesto que absorbió el paisaje.

Quizá dos décadas después

al irte de la casa completaste

ese camino de subida.

Quizá quedaste herida y no te diste cuenta.

Fue, como sea, el cambio de velocidad más arduo,

el acertijo más difícil de zanjar

en esa nueva primavera de tu vida.

Tienes aún el pie pisando el acelerador

y un mirador te espera en lo más alto.




miércoles, 2 de agosto de 2017

Era (por Miguel D' Ors)



era el abuelo y sus inmensas expediciones mirar

qué oruga viva y la caja con sus agujeritos los zapatos

lustrosos

para los Reyes Magos el séptimo no hurtar las canicas

el trompo el adelante mis valientes Supermán

con su vista de rayos X pero la kryptonita

era estar de vigía en la rama más alta

de un manzano musgoso doscientas veces


No debo hablar en clase

No debo hablar en clase

No debo hablar en clase

No debo hablar en clase


a la capilla filas silenciosas 4 a 1 y el córner

a los tres penalty Extremadura dos

Cáceres y Badajoz en busca del tesoro enterrado y los

laboratorios

era el “Celtas” fumando entre los cuatro tras un montón

de leña el rosa-rosae y la calcopirita no es pecado

era Susana con sus trenzas

era


martes, 1 de agosto de 2017

Cada cara (por Adam Zagajewski)



Al atardecer se iluminaron en la plaza las caras de la gente

que no conocía. Miraba con avidez

las caras humanas: cada cara era diferente,

cada una decía algo, quería convencer, se reía, sufría.

Pensé que las ciudades no las construyen las casas,

ni las plazas o las avenidas, los parques, las anchas calles,

sólo las caras que se iluminan como lámparas,

igual que los sopletes de los soldadores que por la noche

reparan el hierro entre nubes de chispas.