zUmO dE pOeSíA

zUmO dE pOeSíA
de todos los colores, de todos los sabores

ALEATORIUM: Saca un poema de nuestro almacén

Ver una entrada al azar

viernes, 23 de junio de 2017

Amor sin esperanza (por Robert Graves)


Amor sin esperanza, como cuando el joven cazador de pájaros
se quitó el sombrero ante la hija del escudero,
de modo que las alondras encarceladas dentro pudieron emprender el vuelo,
cantando sobre la cabeza de ella, que pasaba a su lado.



jueves, 22 de junio de 2017

Plátanos al sol (por Fernando Pessoa)



He salido de casa con un gran objetivo, que era, al final, llegar a tiempo a la oficina. Pero, este día, la propia compulsión de la vida participaba de aquella otra buena compulsión que hace que el sol venga a las horas del almanaque, conforme a la latitud y a la longitud de los lugares de la tierra. Me he sentido feliz porque no podía sentirme desgraciado. He bajado la calle reposadamente, lleno de seguridad, porque, en fin, la oficina conocida, la gente conocida que hay en ella, eran seguridades. No es de admirar que me sintiera libre, sin saber de qué. En los cestos puestos en los bordes de las aceras de la Calle de la Plata los plátanos en venta, bajo el sol, eran de un amarillo grande. Me contento, después de todo, con muy poco: el que haya cesado la lluvia, el que haya un sol bueno en este Sur feliz, plátanos más amarillos porque tienen manchas negras, la gente que los vende porque habla, las aceras de la Calle de la Plata, el Tajo al fondo, azul verdoso tirando a oro, todo este rincón doméstico del sistema del Universo. Llegará el día en que ya no vea esto, en que sobrevivirán los plátanos del borde de la acera, y las voces de las vendedoras sagaces, y los periódicos del día que el pequeño ha desplegado de un lado a otro de la esquina en la otra acera de la calle. Bien sé que los plátanos serán otros y que las vendedoras serán otras, y que los periódicos tendrán, para quien se incline a verlos, una fecha que no es la de hoy. Pero ellos, porque no viven, duran aunque sean otros; yo, porque vivo, paso aunque sea el mismo. Este momento, podría solemnizarlo comprando plátanos, pues me parece que en éstos se ha proyectado todo el sol del día como una linterna sin máquina. Pero me da vergüenza de los rituales, de los símbolos, de comprar cosas en la calle. Podrían no envolver bien los plátanos, no vendérmelos como deben ser vendidos por no saber yo comprarlos como deben ser comprados. Podrían extrañar mi voz al preguntar el precio. Más vale escribir que atreverse a vivir, aunque vivir no fuera más que comprar plátanos al sol, mientras hay sol y hay plátanos en venta. Más tarde, quizás... Sí, más tarde... Otro, quizás... No sé...




miércoles, 21 de junio de 2017

Siempre (por Vicente Aleixandre)



Estoy solo Las ondas playa escúchame

De frente los delfines o la espada

La certeza de siempre los no-límites

Esta tierna cabeza no amarilla

esta piedra de carne que solloza

Arena arena tu clamor es mío

Por mi sombra no existes como seno

no finjas que las velas que la brisa

que un aquilón un viento furibundo

va a empujar tu sonrisa hasta la espuma

robándole a la sangre sus navíos

Amor amor detén tu planta impura


martes, 20 de junio de 2017

Cementerio en la ciudad (por Luis Cernuda)


Tras de la reja abierta entre los muros,
la tierra negra sin árboles ni hierba,
con bancos de madera donde allá en la tarde
se sientan silenciosos unos viejos.
En torno están las casas, cerca hay tiendas,
calles por las que juegan niños, y los trenes
pasan al lado de las tumbas. Es un barrio pobre.

Como remiendos de las fachadas grises,
cuelgan en las ventanas trapos húmedos de lluvia.
Borradas están ya las inscripciones
de las losas con muertos de dos siglos,
sin amigos que les olviden, muertos
clandestinos. Mas cuando el sol despierta,
porque el sol brilla algunos días de junio,
en lo hondo algo deben sentir los huesos viejos.

Ni una hoja ni un pájaro. La piedra nada más. La tierra.
¿Es el infierno así? Hay dolor sin olvido,
con ruido y miseria, frío largo y sin esperanza.
Aquí no existe el sueño silencioso
de la muerte, que todavía la vida
se agita entre estas tumbas, como una prostituta
prosigue su negocio bajo la noche inmóvil.

Cuando la sombra cae desde el cielo nublado
y el humo de las fábricas se aquieta
en polvo gris, vienen de la taberna voces,
y luego un tren que pasa
agita largos ecos como bronce iracundo.

No es el juicio aún, muertos anónimos.
Sosegaos, dormid; dormid, si es que podéis.
Acaso Dios también se olvida de vosotros.



lunes, 19 de junio de 2017

¿Te acuerdas de Resortes? (por Roberto Bolaño)


Rostro doloroso, escéptico, apaleado, trasnochado, rostro
sumergido en el bote de orines de las pesadillas, amargo e
imbécil,
duro como el pellejo de las ratas de Chapultepec, vanidoso
y triste, rostro en las lindes del cero, metálico por dentro,
lleno de ecos propicios a la risa, a su risa, a sus muecas
gratuitas y secretas, rostro de los barrios aéreos de México,
el rostro de Resortes

¿Te acuerdas de Resortes?
El perfecto ciudadano
del Distrito Federal
sus muecas atroces
su risa atroz
iluminan el camino de mis sueños
cuando regreso a México
paso a paso
siguiendo las huellas torcidas
de las estrellas



domingo, 18 de junio de 2017

Gambito de rey (por Rodolfo Hinostroza)


Y continué P4 AR
"Jugada peligrosa", dijo el Maestro, "de la escuela
romántica. Andersen
sale así en la Inmortal. Cuide Ud. 4T y tal vez haga tablas"
Y salieron mis escuadras imprecisas
transparente mediosueño bajo el canto del pájaro
campana
y el árbol que todo lo sabe desplegando sentencias en
románicas. PxP
aceptó el Negro. Y yo C3AR.
Y por entonces la Realidad era
una impetuosa fantasmagoría/ cierto impulso
en la materia del ánima humana la conduce a negar el
pasado.
"¡Eh!", insistí otra vez "¿Cómo voy a seguir?
Qué decir de la Historia si es licencia poética
decir que se repite, que el incesante error
de los vencidos se repite, que el Poder del Imperio se
repite".
Algo hay, yo te diré
que te conduce a afirmar el pasado y a repetir un acto
equivocado
para sentir que existes/ porque eres desdichado por
ejemplo/
y es inútil el acto, pero no obstante obligado
de repetir, pudiera ser que en el siguiente ciclo
se abran las puertas de la justicia
o de la paz.
Ah ¡Esa repetición spengleriana! / Espanto lúdico
perdido en sus orígenes.
Gigantesca esfera de leyes implacables.
Nunca nadie jugó dos partidas iguales: así creer
en la repetición histórica es pura necedad. Mira bien:
ahora el Negro
llevará el Alfil a 2D, y ésa es
Defensa Cunningham
de largas consecuencias.
Supuse que volviendo
agradaría a todos si es que hablaba de amor y alegría,
aunque malditas las ganas que me quedaban, pero aquí
huyen
del melancólico como del apestado en el s. XIV
y todo se ha perdido, aunque haya bautizado este regreso
con un sonoro nombre griego: NOSTOS.
Extraño
en
Ecbatana, como dice
Mc Leish. Adiós, culeados sueños, adiós tu pulso, tallador
de brillantes
el regreso no significa nada, la miserable comunión de
los cielos
con cualquier otra cosa jamás se ha producido, y hay algo
que acelera la fuerza de las cosas: una quieta barbarie de
los tuyos
oculta entre palabras y unos gestos ambiguos. Nostos:
destierro del amor. Adiós gran árbol que ibas a florecer
y te quemaste;
adiós frutas enanas, parábola de Anteo, etc. que las
gentes
echan tierra a tus ojos, y esa es toda la tierra que te han
dado.
Cuídate del ridículo
Cuídate del epíteto
Cuídate de la verdad en boca de los niños.
"Audacia, más audacia, siempre audacia", recordé
haciendo A4AD. El Maestro insistió: "4T está
desamparada".
Y se siguieron una serie de golpes:
su A5T jaque(+) mi CxA y el suyo DxC y nuevamente
jaque.
Así llegó la hora de velar al gran amor. Los manjares
del banquete nupcial sirvieron para el banquete
de difuntos.
Hamlet, act I, viceversa,
y grité: "¿Eh? ¿Quién ha muerto? ¡En esta casa no se
muere nadie! ¡Es la casa del amor, del olvido, de la
reconciliación!"
Eso dije y los pájaros picotearon mis riñones
y creo que el pórtico de una casa en mi espíritu se
derrumbó
crujiendo como el hueso de un ave.
El Maestro
salmodiaba en un tablero lejano: "Hablemos de dialéctica
viviente, o alquimia del espíritu, como se llamaba
hace 8 siglos: una fuerza que se opone a otra fuerza
actúa sobre la contradicción del enemigo. Enroque Ud.
consolídese/ conózcase a sí mismo/ no juegue ningún rol
sea Ud. todas las piezas del tablero/ sienta la amputación
de un miembro
cuando cae un peón. Un Yo compacto, un Yo
visible, si no revierte sobre la propia Historia
es un poder desperdiciado, una pura metáfora hedonista.
Observe Ud. la armonía
de la Defensa India del Rey".
Pero quieren decirme ¿de qué juego me hablan?
Los últimos cisnes cantaron con horribles aullidos de
castrati.
Una mano indecisa sacrificó el P en 3C, y PxP, la
rápida respuesta D2R, y el Negro
siguió P7C. Jaque descubierto.
Y todo fue arriesgado

y todo fue perdido.
Así ellos los audaces sobre un punto de una esfera bruñida
quisieron encender lo que se dice el fuego incorruptible.
Pero no hubo movimientos alados, ni ayuda, ni piedad.
¡Oh
descomedidos campesinos! ¡Ah, las brutales manadas de
los satisfechos
que imaginan tomar parte en el banquete! Mala peste al
país
que abandona a sus héroes, que caen como una estampa
bíblica
con la sal en el rostro.
Y un hombre
se apoya contra un árbol, disponiéndose a acabar su vida
con dignidad:
escucha: K.550 entre el murmullo de las ametralladoras
el minuet se enfrenta al infinito
sabiendo de antemano que será derrotado
y así fue el canto
de la revolución, amor, amor.
Así pues
devoraron bellotas
haciendo lo que se llama el recuento de muertos.
Y siguió mi fatal R1D y el PxT coronando
abrió la persecución implacable
crucé
mi D en 1A.
"¿Sabes lo que jugamos?" preguntó el Negro.
"¿Qué?" dije estúpidamente. "Tu fe. Y tu futuro."
Utopía se cae, se cae.
Los sueños ruedan a las alcantarillas
ángeles incoloros vagan
sin ruta y sin objeto entre las agujas de los templos
ruedas ardientes giran con los descabezados
¡Mi escuadra!
¡Mi orgullosa escuadra!
¡Mi querido Yo Mismo!
Entre la música de los escupitajos y los murmullos de
los paterfamiliae.
D5C (+). Una fangosa eternidad de espera; luego
el lento movimiento al A2R. Y DTxD
"¡Mate!" aulló el Negro
derribando las sillas escarlata. / Act. V. Telón/
La implacable esfera
las leyes implacables. 64 escaques
y el universo se comba sobre sí mismo. No hay afuera,
no hay
escape hacia otra dimensión donde todo esto sea
la historia del reptil, la historia del anfibio, la pura
prehistoria.
"Pero vuelva a jugar" dijo el Maestro "una partida
es sólo una partida. La especie humana
persiste en el error, hasta que sale
una incesante aurora
fuera del círculo mágico".
Entonces
a la partida siguiente
jugué en 3) A5C.
"¿Ruy López?" observó el Maestro
"Usted aprende".




sábado, 17 de junio de 2017

Esposa (por Miguel D' Ors)


Con tu mirada tibia
alguien que no eres tú me está mirando: siento
confundido en el tuyo otro amor indecible.
Alguien me quiere en tus te quiero, alguien
acaricia mi vida con tus manos y pone
en cada beso tuyo su latido.
Alguien que está fuera del tiempo, siempre
detrás del invisible umbral del aire.


viernes, 16 de junio de 2017

Un segundo antes (por Jordi Virallonga)


Recuerdo que decías: 
a veces la vida se encuentra 
un segundo antes de su celebración; 
antes de que empiece la película 
o te rocen la pierna, la mano, 
antes de coger el teléfono, de abrir el buzón, 
en la última carta del mazo, 
en la risa anterior a la sonrisa, 
en los frascos abiertos del baño 
o al estar en un tris de entender qué sé yo: 
el misterio de las brújulas, 
el embrujo de las brujas, 
por qué flota un petrolero 
si se ahoga una persona, 
o levita un avión. 

Y tú tanto ordenar esas cosas, 
disponer cada una en su sitio preciso 
sin saber que de nada sirve la vida 
si tan sólo hay películas, teléfonos, 
manos y piernas, cartas, buzones, 
sonrisas, camas y frascos 
y yo y los niños y amigos y hostias benditas, 
pero no celebración.


jueves, 15 de junio de 2017

Su Beckett (por Anne Carson)



Visitar a mi madre es como actuar en una obra de Beckett.
Tienes la sensación de atravesar la corteza,
la densa oscuridad oh no del pequeño cuarto
con paredes tan estrechas y predecibles.
Un tintineo y el súbito esfumarse de juguetes que pertenecen a la memoria
y sin querer reaparecen perdidos y asfixiados
en la página del dolor.
Muy mal
responde cuando pregunto,
a pesar del (¿era abril?) brillo alegre que roza sus ojos,
«salimos a remar por el lago Como»
se escurre apenas de sus labios.
Nuestro amor, esa chispa de fuego en la locura,
envuelve el cuarto
azotándolo todo
y se esconde otra vez.



miércoles, 14 de junio de 2017

Este mar (por Fabio Morábito)


Por el perdón del mar
nacen todas las playas
sin razón y sin orden,
una cada mil años,
una cada cien mares.

Yo nací en una playa
de África, mis padres
me llevaron al norte,
a una ciudad febril,
hoy vivo en las montañas,

me acostumbré a la altura
y no escribo en mi lengua,
en ciertos días del año
me dan mareos y vértigos,
me vuelve la llanura,

parto hacia el mar que puedo,
llevo libros que no
leo, que nunca abrí,
los pájaros escriben
historias más sutiles.

Mi mar es este mar,
inerme, muy temprano,
cede a la tierra armas,
juguetes, sus manojos
de algas, sus veleidades,

emigra como un circo,
deja todo en barbecho:
la basura marina
que las mujeres aman
como una antigua hermana.

Por él que da la espalda
a todo, estoy de frente
a todo con mis ojos,
por él que pierde filo,
gano origen, terreno,

jadeo mi abecedario
variado y solitario
y encuentro al fin mi lengua
desértica de nómada,
mi suelo verdadero.



martes, 13 de junio de 2017

Los grandes mástiles (por Francis Ponge)



El placer de los pinares:

Se deambula por ellos a gusto (entre los grandes fustes

cuya apariencia va del bronce al caucho). Están muy despejados

de todas las ramas bajas. No hay en absoluto anarquía,

ni maraña de bejucos, ni obstáculos. Uno se sienta allí,

se tiende a gusto. Hay una alfombra por todas partes. Raras

rocas los amueblan, algunas flores muy bajas. Su atmósfera

tiene fama de sana, hay un aroma discreto y delicado, una

musicalidad vibrante pero suave y agradable.

Los grandes mástiles violetas, aún con su ganga de líquenes

y sus cortezas rugosas, hojaldradas.

Sus ramas se pelan y sus troncos se descortezan.

Los grandes fustes, todos de una especie perfectamente definida.

Los grandes mástiles negros o por lo menos mestizos.



lunes, 12 de junio de 2017

Del lado de allá (por Fernando Pessoa)


Siempre me ha preocupado, en esas horas ocasionales de desprendimiento en que tomamos conciencia de nosotros mismos como individuos de que somos otros para los demás, la imaginación de la figura que haré físicamente, y hasta moralmente, para aquéllos que me contemplan y me hablan, o todos los días o por casualidad.

Estamos todos acostumbrados a considerarnos como primordialmente realidades mentales, y a los demás como directamente realidades físicas; vagamente nos consideramos como gente física, para efectos en los ojos de los demás; vagamente consideramos a los demás como realidades mentales, pero sólo en el amor o en el conflicto adquirimos verdadera conciencia de que los demás tienen sobre todo alma, como nosotros para nosotros.

Me pierdo, por eso, a veces en un imaginar fútil de qué especie de gente seré para quienes me ven, cómo es mi voz, qué tipo de figura dejo escrita en la memoria involuntaria de los demás, de qué manera mis gestos, mis palabras, mi vida aparente, se graban en las retinas de la interpretación ajena.

No he conseguido nunca verme desde fuera.

No hay espejo que nos dé a nosotros mismos como fueras, porque no hay espejo que nos saque de nosotros mismos.

Sería precisa otra alma, otra colocación de la mirada y del pensamiento.

Si yo fuese actor prolongado de cine o grabase en discos audibles mi voz alta, estoy seguro de que del mismo modo quedaría lejos de saber lo que soy del lado de allá, pues, quiera lo que quiera, grábese lo que de mí se grabe, estoy siempre aquí dentro, en la casa de muros altos de mi conciencia de mí.

No sé si los otros serán así, si la ciencia de la vida no consistirá esencialmente en ser tan ajeno a sí mismo que instintivamente se consiga un alejamiento y se pueda participar de la vida como extraño a la conciencia; o si los demás, más ensimismados que yo, no serán del todo la brutalidad de no ser más que ellos, viviendo exteriormente merced a ese milagro por el que las abejas forman sociedades más organizadas que cualquier nación, y las hormigas se comunican entre sí con un habla de antenas mínimas que excede en los resultados a nuestra compleja ausencia de entendernos.

La geografía de la conciencia de la realidad es de una gran complejidad de costas, accidentadísima de montañas y de lagos.

Y todo me parece, si medito de más, una especie de mapa como el del «Pays du Tendré» o de los «Viajes de Gulliver», broma de exactitud inscrita en un libro irónico o fantasioso para gozo de entes superiores, que saben dónde es donde las tierras son tierras.

Todo es complejo para quien piensa, y sin duda el pensamiento lo torna más complejo por voluptuosidad propia.

Pero quien piensa tiene la necesidad de justificar su abdicación con un vasto programa de comprender, expuesto, como las razones de los que mienten, con todos los pormenores excesivos que descubren, con el esparcir de la tierra, la raíz de la mentira.

Todo es complejo o soy yo quien lo soy. Pero, de cualquier modo, no importa porque, de cualquier modo, nada importa.

Todo esto, todas estas consideraciones extraviadas de la calle ancha, vegetan en los huertos de los dioses exclusos como trepadoras lejos de las paredes.

Y me sonrío, en la noche en que concluyo sin fin estas consideraciones sin engranaje, de la ironía vital que las hace surgir de un alma humana, huérfana, desde antes de los astros, de las grandes razones del Destino.


domingo, 11 de junio de 2017

Final (por Circe Maia)



¿Cómo aprende la luz a oscurecerse?

¿Debe hacer ejercicios de opacamiento?

No quiere.

Hasta el último momento la brasa late:

Una chispa, un crujido.


El punzón del fuego no quiere

no ser más taladro, hacerse romo.

No quiere.


Muy a contracorriente, contra la pegajosa

espuma de la nada

bracea, tercamente.



sábado, 10 de junio de 2017

En esta costa (por Blanca Varela)


Está mi infancia en esta costa,
bajo el cielo tan alto,
cielo como ninguno, cielo,
sombra veloz, nubes de espanto,
oscuro torbellino de alas,
azules casas en el horizonte.

Junto a la gran morada sin ventanas,
junto a las vacas ciegas,
junto al turbio licor y al pájaro carnívoro.

¡Oh, mar de todos los días,
mar montaña,
boca lluviosa de la costa fría!

Allí destruyo con brillantes piedras la casa de mis padres,
allí destruyo la jaula de las aves pequeñas,
destapo las botellas y un humo negro
escapa y tiñe tiernamente el aire y sus jardines.

Están mis horas junto al río seco,
entre el polvo y sus hojas palpitantes,
en los ojos ardientes de esta tierra
adonde lanza el mar su blanco dardo.
Una sola estación,
un mismo tiempo de chorreantes dedos
y aliento de pescado.
Toda una larga noche entre la arena.

Amo la costa,
ese espejo muerto en donde el aire gira como loco,
esa ola de fuego que arrasa corredores,
círculos de sombra y cristales perfectos.

Aquí en la costa escalo un negro pozo,
voy de la noche hacia la noche honda,
voy hacia el viento que recorre
ciego pupilas luminosas y vacías,
o habito el interior de un fruto muerto,
esa asfixiante seda, ese pesado espacio
poblado de agua y pálidas corolas. En esta costa soy el que despierta entre el follaje de alas pardas,
el que ocupa esa rama vacía, el que no quiere ver la noche.

Aquí en la costa tengo raíces,
manos imperfectas,
un lecho ardiente
en donde lloro a solas.



viernes, 9 de junio de 2017

Lo peor de la tristeza (por Camilo José Cela)



aquella tarde que te lo encontraste paseando por el muelle san jerónimo te dijo no hay cosa que embriague tanto como la tristeza esa perturbación del alma que arrastra al hombre hasta la muerte misma aquella tarde que te lo encontraste paseando por el muelle no diste crédito a sus palabras pero después pensaste que sí que san jerónimo tenía razón y te pusiste triste poco a poco tus hermanos creyeron que sin motivo lo peor de la tristeza es que mata el deseo de ahuyentarla como a un ave agorera te sientes triste y la tristeza te va invadiendo lentamente igual que un sueño contra el que no quieres luchar aquella mañana que te lo encontraste paseando por el mercado cervantes te dijo las tristezas no se hicieron para las bestias sino para los hombres pero si los hombres las sienten demasiado se vuelven bestias aquella mañana que te lo encontraste paseando por el mercado no diste pábulo a su pensamiento pero después viste que sí que cervantes tenía razón y te pusiste triste de repente tus hermanos creyeron que sin motivo lo peor de la tristeza es que convierte el corazón del triste en un manso infierno anegador aquella noche que le lo encontraste a la salida del teatro shakespeare te recitó dos versos hermosos you may my glories and my state depose but not my griefs still am i king of those aquella noche que te encontraste a shakespeare a la salida del teatro te llevó mucha paz al espíritu el saber que pese a todo aún eras el rey de tu melancolía


jueves, 8 de junio de 2017

Alalá (por Miguel D' Ors)



Verás de nuevo el valle melodioso

rezumando verdores,

y el antiguo espesor de los carballos;

verás las humaredas familiares

subiendo como un rezo hacia la cúpula

azul del mediodía,

y de nuevo las tardes de campanadas líquidas

y dóciles mugidos, y el perfume

universal del heno ocupando las noches...

Verás de nuevo aquel

paisaje cristalino que es tu infancia.


Pero sólo si vuelves –piedras ruinosas, negra

ceniza despoblada–, pero sólo si vuelves

con los ojos cerrados.



miércoles, 7 de junio de 2017

Y no tener patria en el tiempo (por Rainer Maria Rilke)


Ésta es la nostalgia: habitar en la onda
y no tener patria en el tiempo.
Y éstos son los deseos: suaves diálogos
de las horas diarias con la eternidad.

Y eso es la vida. Hasta que un ayer
haga aflorar la hora más solitaria,
la que sonriendo, distinta a sus hermanas,
guarde silencio delante de lo eterno.



martes, 6 de junio de 2017

Un préstamo (por Roberto Juarroz)


Nos quedamos a veces detenidos
en medio de una calle,
de una palabra
o de un beso,
con los ojos inmóviles
como dos largos vasos de agua solitaria,
con la vida inmóvil
y las manos quietas entre un gesto y el que hubiera seguido,
como si no estuvieran ya en ninguna parte.
Nuestros recuerdos son entonces de otro,
a quien apenas recordamos.

Es como si prestásemos la vida por un rato,
sin la seguridad de que nos va a ser devuelta
y sin que nadie nos la haya pedido,
pero sabiendo que es usada
para algo que nos concierne más que todo.

¿No será también la muerte un préstamo,
en medio de una calle,
de una palabra
o de un beso?



lunes, 5 de junio de 2017

Y contesté (por Umberto Saba)


He hablado a una cabra.
Estaba sola en el prado, estaba atada.
Harta de hierba, bañada
por la lluvia, balaba.

Aquel balido igual era fraterno
a mi dolor. Y contesté, primero
por broma, después porque el dolor es eterno,
tiene una sola voz y no varía.
Y yo oía esta voz
gemir en una cabra solitaria.

En una cabra de rostro semita
oía lamentarse cualquier otro dolor,
cualquier otra vida.



domingo, 4 de junio de 2017

El circo (por Leopoldo María Panero)


Dos atletas saltan de un lado a otro de mi alma
lanzando gritos y bromeando acerca de la vida:
y no sé sus nombres. Y en mi alma vacía escucho siempre
cómo se balancean los trapecios. Dos
atletas saltan de un lado a otro de mi alma
contentos de que esté tan vacía.
Y oigo
oigo en el espacio sonidos
una y otra vez el chirriar de los trapecios
una y otra vez.
Una mujer sin rostro canta de pie sobre mi alma,
una mujer sin rostro sobre mi alma en el suelo,
mi alma, mi alma: y repito esa palabra
no sé si como un niño llamando a su madre a la luz,
en confusos sonidos y con llantos, o bien simplemente
para hacer ver que no tiene sentido.
Mi alma. Mi alma
es como tierra dura que pisotean sin verla
caballos y carrozas y pies, y seres
que no existen y de cuyos ojos
mana mi sangre hoy, ayer, mañana. Seres
sin cabeza cantarán sobre mi tumba
una canción incomprensible.
Y se repartirán los huesos de mi alma.
Mi alma. Mi
hermano muerto fuma un cigarrillo junto a mí.




sábado, 3 de junio de 2017

Acueducto (por Saiz de Marco)


Bajo los arcos del acueducto
cruzan gente que sufre
siglos hambrientos
epidemias de peste, de cólera, de tifus
culpables de herejía
esclavos, siervos
reos, verdugos, lisiados, mendicantes
saetas, arcabuces, bayonetas, fusiles
soldados, himnos, bandos
unos a otros dañándose
tantas mujeres y hombres arrastrando los pies
marchando cabizbajos
víctimas de sí mismos
la muchedumbre
el tronco genealógico
sus heridas, sus lágrimas por entre las columnas
sillares desgastados que todo lo resisten
2000 años de roca erigidos en fila

Cuándo ha de ser el tiempo en que por allí pasen
los neo-ántropos felices
los cuerpos semimáquinas
la nueva raza o estirpe
aleación de metal, de silicio, de cuarzo
la segunda oleada de percepción consciente
el venidero ciclo
la nueva humanidad inmune al sufrimiento
puede que descarnal
quizá inorgánica
así, como graníticas piedras del acueducto



viernes, 2 de junio de 2017

Sé que tengo una deuda (por Vicente Gallego)


Esta tarde he escuchado
otra vez sus pisadas a mi espalda,
he notado su aliento al abrir una puerta,
y sus huellas están en mis viejos papeles.
Aunque no puedo verlo,
hace tiempo que siento su presencia inquietante
cuando me quedo solo, cuando paso las horas
encerrado entre libros y palabras.
Sus lamentos me llegan confundidos
con el viento que gira en la terraza,
y oscurece su sombra en los espejos.
Sé que tengo una deuda.
Mientras sigo escribiendo escucho un llanto.
Y no puedo pagarla.
Mientras sigo escribiendo va muriéndose el día
como una advertencia.
Sé que el plazo ha vencido.
Su tristeza es un ruido que perturba mi vida,
sus reproches se adaptan al sonido
de este vaso con hielo, y a la tarde de otoño,
y al rasgar de esta pluma en el papel
donde ensayo lamentos y disculpas.
Sé que tengo una deuda.
Sé que el alma de un muerto penará por mi culpa.
Ha llegado la noche, y a través del espejo
en que se ha convertido la ventana,
unos ojos sin vida me contemplan.
¡Si yo hubiera podido -les explico-, si yo hubiera sabido!
Y no supe pagarla.
A través del cristal unos ojos me acusan:
son los ojos de un niño que jamás me perdona
el haber confundido su futuro y sus sueños
con la vida sin sueños, con el triste futuro,
de ese hombre que ahora
teme al vidrio y esquiva su mirada.



jueves, 1 de junio de 2017

Edad (por Isabel Bono)


Ha bajado a la calle con el pelo húmedo y un destornillador en el bolsillo.

En una mano la basura y el reciclaje, en la otra dos libros. Al llegar a los contenedores siempre piensa que de detrás de un seto va a salir un inspector para multarla.

Ha pensado en muchas excusas, incluso en algún gesto seductor. A su edad.

Pero el temor sigue ahí, el mismo temor que le hace apretar los libros para que, por un descuido,

no vaya a echarlos también al contenedor.

No sabe qué hora es ni a qué hora cierran la biblioteca.

Siempre igual, siempre todo para el último momento, como cuando tenía doce años.

El corazón en vilo por devolver dos libros que bien podía haber comprado.

No somos pobres, le dice él cuando la ve leyendo con prisa. Podías comprar esos libros y leerlos tranquilamente, le dice. Pero ella prefiere mostrar su carné al chico del mostrador. Siempre siente la misma excitación al meter los libros en el bolso, casi como si los robara.

Cuando el chico del mostrador la oye respirar, le dice que todavía faltaban dos días.

Ella sale satisfecha con las manos en los bolsillos. Junto a la biblioteca hay un parque, junto al parque, un zoológico. Algunas mañanas parece que los monos anden sueltos entre las palomas.

No hay nada mejor que cruzar un parque con las manos en los bolsillos. Una pareja se besa en el césped, otra discute en un banco. El equilibrio de las masas continentales. Detrás del parque hay calles por las que nadie pasa.

Calles perfectas para correr sin que nadie piense que estás loca. No hay nada mejor que correr sin tener prisa. Y corre.

Cuando llega al portal desea encontrarse con algún vecino, desea que alguien la vea sofocada para poder decir Es que he venido corriendo.

En cuclillas, frente al buzón, se da cuenta de que no necesitaba destornillador. Desencaja desde dentro dos pivotes de plástico, saca la tarjeta con sus nombres, coloca la nueva y presiona. Así de fácil. Nota que le cuesta levantarse, que la carrera le ha aflojado los muslos. Y se deja caer. Desea que ningún vecino aparezca de repente. Oye a sus espaldas cómo alguien abre el portal.

¿Mamá? Menos mal que eres tú, ayúdame a levantarme, anda. ¿Estás bien?, ¿te has caído? Estoy bien, estaba descansando.

¿Descansando?, ¿sentada en mitad del portal? Su hija viene de mirar pisos de alquiler. Todos horribles, ha dicho.

Mientras suben en el ascensor piensa que su hija no ha reparado en que acaba de añadir su nombre a la tarjeta del buzón,

que cualquier mañana lo verá y eso le dará un poco de tranquilidad.

¿Y ahora, de qué te ríes?, ay, mamá, de verdad, a veces parece que tengas doce años.