zUmO dE pOeSíA

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martes, 28 de abril de 2015

Desgracia (por Aléxandros Kalfoglu)


¡Qué curiosa desgracia!
¡Me ahogo en tierra firme!
¡Como el mar, se hincha
la tierra y cae sobre mí!

En el puerto naufrago
y estoy a punto de ahogarme.
En una inmensa calma
me absorbe la tierra.

El sol, que sopla fuego,
se vuelve frío para mí
y, en vez de abrasarme,
siento que me hiela.

Busco agua en el río
pero, al instante, lo encuentro seco.
En vez de agua obtengo arena.
¡Decid, ¿qué he de hacer?!

En el mar piso tierra firme,
montañas y temibles bosques.
¿En dónde navegará el barco?
¿En dónde trabajará la vela?

¡Todo se ha trastocado!
¡Todo está del revés!
Apostasía parece
la situación de los elementos.

Todo viene sobre mí
y lo inanimado pelea conmigo.
Entonces, del Azar depende
que mi juicio se dé la vuelta...

lunes, 27 de abril de 2015

Una noche como ésta (por Pere Gimferrer)

Oscar Wilde llevaba
una gardenia en el pico.
Color gris, color malva en las piedras y el rostro,
más azul pedernal en los ojos, más hiedra
en las uñas patricias, ebonita en las ingles de los faunos.
No salgáis al jardín: llueve, y las patas
de los leones arañan la tela metálica del zoo.
Isabel murió, y estaba pálida,
una noche como ésta.
Hay orden de llorar sobre el bramido estéril de los acantilados.
Un violín dormirá? Unas camelias?
Y aquel pijama rosa en pie bajo la lluvia.


domingo, 26 de abril de 2015

Rotación (por Jorge Luis Borges)


Lo supieron los arduos alumnos de Pitágoras:
los astros y los hombres vuelven cíclicamente;
los átomos fatales repetirán la urgente
Afrodita de oro, los tebanos, las ágoras.

En edades futuras oprimirá el centauro
con el casco solípedo el pecho del lapita;
cuando Roma sea polvo, gemirá en la infinita
noche de su palacio fétido el minotauro.

Volverá toda noche de insomnio: minuciosa.
La mano que esto escribe renacerá del mismo
vientre. Férreos ejércitos construirán el abismo.
(David Hume de Edimburgo dijo la misma cosa.)

No sé si volveremos en un ciclo segundo
como vuelven las cifras de una fracción periódica;
pero sé que una oscura rotación pitagórica
noche a noche me deja en un lugar del mundo

que es de los arrabales. Una esquina remota
que puede ser del Norte, del Sur o del Oeste,
pero que tiene siempre una tapia celeste,
una higuera sombría y una vereda rota.

Ahí está Buenos Aires. El tiempo que a los hombres
trae el amor o el oro, a mí apenas me deja
esta rosa apagada, esta vana madeja
de calles que repiten los pretéritos nombres

de mi sangre: Laprida, Cabrera, Soler, Suárez . . .
Nombres en que retumban (ya secretas) las dianas,
las repúblicas, los caballos y las mañanas,
las felices victorias, las muertes militares.

Las plazas agravadas por la noche sin dueño
son los patios profundos de un árido palacio
y las calles unánimes que engendran el espacio
son corredores de vago miedo y de sueño.

Vuelve la noche cóncava que descifró Anaxágoras;
vuelve a mi carne humana la eternidad constante
y el recuerdo ¿el proyecto? de un poema incesante:
“Lo supieron los arduos alumnos de Pitágoras . . . ” .

sábado, 25 de abril de 2015

La niña de tu vida (por Saiz de Marco)


la niña de la que te enamoraste en el parque contiguo al instituto

la que torpemente estrenó tus labios

y durante un año anduvo contigo

y luego os alejasteis por un tiempo

(es que somos tan distintos

dijo ella)

y no hubo vuelta atrás

no hubo reestreno

y tuvo hijos que no fueron tus hijos

(tú un hijo también pero no con ella)

y dos ríos ya

dos ladera abajo


aquella de la que te enamoraste y sigue siendo niña todavía

(no es verdad que le salieran canas

no es verdad que arrugas en la frente)

y la quieres

aún sigues queriéndola


la niña de tu vida

ella

la única

de modo “no es posible”

vaciante

se ha apagado hoy

y tú también (lo sabes)

habéis muerto hoy a los 63 años

viernes, 24 de abril de 2015

Más que suficiente (por Wislawa Szymborska)


Veintisiete huesos,
treinta y cinco músculos,
unas dos mil células nerviosas
en cada yema de cada uno de los cinco dedos.
Más que suficiente
para escribir Mein Kampf
o Winnie the Pooh.


jueves, 23 de abril de 2015

Me largaría (por Philip Larkin)


A veces oyes, de quinta mano,
como epitafio:
Lo mandó todo a la porra
y se largó,
y siempre la voz está segura
de que darás tu aprobación
a ese gesto audaz,
purificador, elemental.

Y tienen razón, creo.
Todos odiamos nuestro hogar
y tener que estar en él:
yo detesto mi habitación,
su basura tan bien escogida,
buenos libros, una buena cama,
y mi vida, en perfecto orden:
así que cuando oigo decir

Los dejó a todos plantados
me entra un cosquilleo, un entusiasmo,
igual que con Entonces ella se desabrochó el vestido,
o Chúpate esa, cabrón;
si él lo hizo, seguro que yo también puedo.
Y eso me ayuda a estar
sereno y laborioso.
Pero hoy mismo me largaría,

sí, me pavonearía por caminos llenos de nueces,
me inclinaría en el castillo de proa
con una incipiente barba de bondad,
si eso no fuera tan artificial,
un paso tan deliberado hacia atrás
para crear un objetivo:
libros; porcelana; una vida
reprensiblemente perfecta.

miércoles, 22 de abril de 2015

Largo septiembre (por Saúl Ibargoyen)

Ahora es septiembre padre
como hace mil años.
Las cosas han cambiado
han cambiado tanto.
Muchas lluvias se extinguieron
en el aire
mucho polvo ha sido
desde entonces barro.
Y tú regresas nuevamente
hacia mi sangre.
Es éste un viaje
de momentos y sombras
de recuerdos y dolor
cayendo entre nosotros.
Tu silencio y mi voz
se reconocen
deciden golpear cerradas puertas
y pueden olvidar
lo tuyo que nos falta
las destrucciones que sirven
en favor de tu ausencia.
Fuiste despojado
perdiste lo accesorio
y tu sistema de callar
de hacer sonrisas y miradas sencillas
es lo que ahora en septiembre
te regresa
como de un nacimiento o una leyenda.
Recién comprendo
cuál fue tu trabajo:
silencio me diste
para que yo al nombrarte
también las palabras calladas
y el tiempo vencido nombrara:
vida me diste
para que otra vida
más fuerte y más pura
mis manos crearan.
Es pesada tu herencia
pues no tenías nada.
Vienes conmigo
y conmigo regresas
a traerme noticias de tu esperanza:
aquí está el camino
en este largo septiembre
que para mí dejaste:
del agua al vino
del vino a la sangre.

martes, 21 de abril de 2015

Un mapa (por Adrienne Rich)


He aquí un mapa de nuestro país:
aquí está el Mar de la Indiferencia, barnizado de sal
Este es el río maléfico que fluye de la frente a la ingle
agua que no nos atrevemos a probar
Este es el desierto en el que se han plantado misiles como bulbos
Este es el granero de las granjas hipotecadas
Este es el lugar donde nació el chico rockero
Este es el cementerio de los pobres
que murieron por la democracia Este es el campo de batalla
de una guerra del siglo diecinueve el sepulcro es famoso:
Esta es la ciudad marina de mito e historia cuando las flotas pesqueras se arruinaron
aquí es donde había trabajo en el muelle
congelando pescado en trozos paga por horas sin dividendos
Estos son otros campos de batalla Centralia Detroit
aquí están los bosques primitivos los filones de cobre de plata
Estos son los suburbios del consentimiento el silencio se eleva como el humo de las calles
Esta es la capital del dinero y del dolor; sus pináculos
estallan en el aire caliente, sus puentes se desmoronan
sus hijos van a la deriva por ciegos callejones confinados
entre alambres de espinas enrollados
Prometí mostrarte un mapa y dices pero esto es un mural
entonces bien, déjalo estar son pequeñas diferencias
la cuestión es desde dónde lo miramos

lunes, 20 de abril de 2015

Radiografía (por Javier Lostalé)


En la radiografía del paciente
se observan pliegues de soledad
formados por las pinzas de unas manos
que sin duda algún día fueron al encuentro de las suyas.

Por la parte del cuello,
laberinto de brillante maleza,
se percibe una mancha rosa
producida por el falaz incendio de una boca
que sin duda algún día fue al encuentro de la suya.

Cerca del pecho,
hontanar de horas estelares,
se transparenta el esqueleto doblado de una estrella fugaz
fósil respiración de otro pecho
que sin duda algún día descansó en el suyo.

Más abajo, en el vientre,
media luna de yerba, ladera de alta tensión,
hay un desprendimiento de sombras
reinos que nunca pudo amanecer
ese cuerpo que sin duda algún día fue en busca del suyo.

Y si llegamos al pie,
arco voltaico en el que salta la chispa de todo el ser,
éste presenta una difusa veladura blanca:
el alba de frío solo que, sin duda algún día,
tras la engañosa entrega, en su corazón rieló.

Saben lo que les digo:
Esta radiografía nunca debió hacerse.
El paciente está muerto.

domingo, 19 de abril de 2015

Y fue verano (por Antonio Gala)


Era invierno; llegaste y fue verano.
Cuando llegue el verano verdadero,
¿qué será de nosotros?
¿Quién calentará el aire
más que agosto y que julio?
Tengo miedo
de este error de los meses que has traído.
¿Quién es nuestro aliado: tú o yo?
Cuando llegue el verano
quizá el aire esté frío...
Era invierno y llegaste.


sábado, 18 de abril de 2015

Piensa en la ternura de las máquinas (por Ismael Belda)


El autómata toma habitación
en un hotel de California. Pregunta en recepción
por Rosamunda. No se aloja aquí, le dicen
dos muchachas gordas y felices; una de ellas
enormemente inteligente, piensa él. Se fue hace varios días, lamentan.
Ojalá que tengas suerte, le dice la otra.
En los pasillos, sus pasos no se escuchan. Sólo un rumor
de máquinas al fondo de la mente hace
temblar un poco las paredes en la yema de los dedos.


En la piscina, parejas de ancianos perfectos sonríen
a las pequeñas sombrillas de sus daiquiris. Nadie
habla en voz muy alta. El cielo de Los Ángeles,
a la tarde, tiene la suave precisión que uno espera siempre de los cielos.
(Uno siempre queda defraudado. Pero no aquí, no aquí, aquí no, Rosamunda).

Es de noche. Las reverberaciones de la piscina
se entrecruzan en los rostros, en los muros,
danzan una danza que el autómata conoce, e interpreta.
Hablan de los caminos del país del tiempo, hablan
de los vientos que eternamente soplan y soplan, cantan y cantan,
empujan figuras minúsculas a las landas del otro lado.
Las ondas de luz de la piscina saben estas cosas,
y algunos ancianos, que beben mai tais y piñas coladas,
lo saben también. Buena gente, piensa el pobre autómata adolescente.
Su habitación es roja y tiene una pintura enmarcada
de una gigantesca ola en el mar. En la cresta de la ola,
un hombre diminuto en una tabla de surf. El autómata se acerca.
La cabeza del hombre está al revés, o eso parece. Tan sólo hay pelo
donde debería estar su rostro. En la televisión
el autómata ve varias obras maestras del cine.

Nuestro amigo espera días, semanas, bebiendo él también
vesper martinis, mojitos, manhattans, mai tais, margaritas.
Conversa con ancianos de infinita sabiduría.
El alcohol, tristemente, no le vuela su pobre cabeza de plástico.
Si acaso le pone más sobrio, le hace ver la realidad:
un humo estroboscópico que asciende de todas las cosas.
Cuando se acuesta, sueña con el hombre cuyo rostro es una nuca.

Pasea por Sunset en crepúsculos interminables. En el cielo, a veces,
se libran batallas carmesíes entre ejércitos secretos. Todo el mundo
lo ve. Todos hablan de ello.
De lo más alto de una palmera muy delgada
un pájaro mecánico alza un vuelo rutilante y se funde
con la estela de un avión. Todo hace señales.
Las delicadas hierbas que rompen el asfalto al pie de las verjas dobladas
son de una inexpresable belleza, y el autómata
piensa que querría hacer música con ellas, para ellas, si pudiera.
Una niña, en Pico con La Brea, le dice tú no eres de verdad.
El autómata no sabe qué decir. Para disimular
le saca medio dólar del oído a la niña.
Ella lo coge y se lo guarda de nuevo en la oreja.
Es rubia. Se llama Venetia. Lleva puesta una camiseta
con el rostro de Captain Beefheart en magenta y amarillo. Le pregunta
¿vivirás eternamente, autómata? ¿O te apagarás un día
y estarás solo? ¿Estarás solo, pobre autómata
solitario? ¿Estarás solo si vives para siempre?

A la mañana siguiente,
el autómata alquila un hermoso Chevrolet Impala azul, y piensa
en su otro coche, su maniático y eufórico coche blanco europeo,
piensa en la ternura de las máquinas, en el amor lancinante, descuartizador, de las máquinas.

Salen de Los Ángeles, él y su coche, y cruzan el valle de San Joaquín.
Hay ríos perezosos, vestidos de barro, que se demoran en curvas a cuyas orillas
crecen inmensos árboles y carretas abandonadas. Hay campos de trigo
de donde vuelan pájaros negros con las alas rojas.
En el aire fresco hay humedad que alegra el rostro
y una música de Rosamunda, una música desnuda y delicada
que el autómata no entiende
pero que con delicia y desgarro ama,
ama con vergüenza y odio de sí mismo y con grandeza,
y con felicidad tranquila y éxtasis. Amor humano casi.
En el Norte empiezan las secuoyas y la bruma, y el olor a mar. Amar, amar,
piensa el demencial autómata.
El coche, poco a poco, se hace invisible.
Desaparece en mitad de una larga recta junto a las olas.

viernes, 17 de abril de 2015

En brazos (por Juan Manuel Romero)

Igual que quien injerta
sobre la rama abierta el brote nuevo,
así te llevo en brazos al dormirte.
Me ha pesado entender que dando vida
estás atándote a la vida,
y creces cuando ayudas a crecer.
Cada día me ato más a ti
para que corra el tiempo por nosotros.
Te llevo en brazos
pero eres tú quien me sostiene.


jueves, 16 de abril de 2015

Por un breve instante (por Wislawa Szymborska)


Se cruzaron como dos desconocidos,
sin gestos ni palabras,
ella de camino a la tienda,
él de camino al coche.

Quizá entre la consternación
o el desconcierto
o la inadvertencia
de que por un breve instante
se amaron para siempre.

No hay sin embargo garantía
de que fueran ellos.
Quizá de lejos sí,
pero de cerca en absoluto.

Los vi desde la ventana,
y quien mira desde arriba
se equivoca con mayor facilidad.

Ella desapareció tras una puerta de cristal,
él subió al coche
y arrancó rápidamente.
Así que no pasó nada
ni siquiera si pasó.

Y yo sólo por un momento
segura de lo que vi,
intento ahora en un poema casual
convenceros a Vosotros Lectores
de que aquello fue triste.

miércoles, 15 de abril de 2015

Mientras cruzo (por Gonzalo Millán)


Vuelo por una línea aérea peregrina,
mirando el ala de mi mano siniestra
y el reflejo de mi rostro apresado
en el cubo de hielo de la ventanilla.

¿Quién soy? Para la belleza fría
como un maniquí de la aeromoza,
componiendo la lista de bebidas,
el hombre de bigotes que ordenó
un vaso de leche, sillón 17-F window.

Para ti, aunque digas que es
más difícil quedarse atrás que irse,
ya comienzo a ser un mal recuerdo.

Para mí mismo, Le Mat de tarot,
los bártulos liados en un pañuelo
y el bordón al hombro.
El frío asciende hasta aquí
y sus caninos me muerden una pierna.

Abajo los nevados bosques perennes,
grises, verdinegros como el pelaje
de un gran danés con arestín,
saltan para morderme los talones,
mientras cruzo, funámbulo por el aire.

martes, 14 de abril de 2015

No se quiebra esa rama (por José Luis García Martín)


Cómo se cuentan su secreto,
cuando nadie las mira,
las palabras.

No manzanas de oro,
no pomas mitológicas,
todo el sol del verano
feliz de aquella infancia
que no he vivido nunca
de nuevo aquí conmigo
en forma de naranja.

No se quiebra esa rama,
tan leve
como hilo de araña
y que sostiene el mundo.

La hora de la siesta
y ese rayo de sol
en el que danzan
su inquietante ballet
las musarañas.

Míralos. En el charco
del río chapotean
felices y desnudos
mi reflejo y el tuyo.

Tu nombre es un insulto,
babosa, y sin embargo
con envidia te miro,
indiferente a todo,
deshaciéndote en gozo.

Cuánta palabrería
para no decir nada.
A la noche le basta
un poco de silencio
para decirlo todo.

lunes, 13 de abril de 2015

Hasta que se entrecrucen (por Anna Piwkowska)

Marcas de patines, un guante, el río fluye bajo el hielo.
El aeropuerto anoche, nieve en las luces azules,
la silueta de las alas del boeing como formas imprecisas
del fin del mundo. Alguien reía, alguien imprecaba a la nieve
pegajosa. Los viajeros parecían fortuitos y también la ominosa
obstinación, la melancolía del hombre a mi izquierda,
la voz pura, el escote de la chica a mi derecha abierto
hasta la mitad, de repente tan cercanos, afines, familiares
casi cuando al dar vueltas sobre el aeropuerto,
ya estábamos con los pensamientos en otro lugar.

Los conocidos, apuntados en una hoja, permanecerán con nosotros.
Intento interpretar sus vidas con apenas cuatro detalles:
ella, quizá una modelo, de una delgadez infantil,
apenas una adolescente si no fuera por los labios carnosos
demasiado sensuales y por las arrugas. Dos. Pero visibles
incluso con esta luz. Las piernas atravesadas
en medio de un pasillo demasiado estrecho. Muy estilizadas,
aunque las rodillas son de nuevo infantilmente picudas.
¿Qué hace esta ciudad con ella, ella con esta ciudad
hostil, demasiado ruidosa, con un ovillo helado en la laringe,
con una carta fallida, no enviada, directamente no escrita
a casa? Seguro que no volverá.

Él, con un portátil y pidiendo sin parar zumo de tomate.
Es lo único que toma. La mira de vez en cuando por encima
de los extraños jeroglíficos de la pantalla de su mundo,
sin presentir que el mismísimo fin del mundo está sentado
a su lado. Que acaba no solo de girar la cabeza
sino de darle la vuelta a todo el orden del mundo.


¿Dónde se encontrarán? No lo sé. Quizá en una pista
de patinaje. Quizá bajando por el Moscova se seguirán
hasta que se entrecrucen las marcas de sus patines, líneas del destino,
caminos y constelaciones, cualquier cosa menos
la soledad, la muerte prematura o el tedio del alma.


El hielo cruje bajo el patín, salpica, se desdibuja.

domingo, 12 de abril de 2015

Tampoco yo sé qué es la hierba (por Walt Whitman)


¿Qué es esto?, me dijo un niño mostrándome un puñado de hierba.
¿Qué podía yo responderle?
Tampoco yo sé qué es la hierba.
Tal vez es la bandera de mi amor, tejida con la sustancia verde de la esperanza.
Tal vez es el pañuelo de Dios,
un regalo perfumado que alguien dejó caer con cierta intención amorosa.
Acaso en alguno de sus picos -¡mirad bien!- hay un nombre,
una inicial
por la que podamos averiguar su dueño.
Creo también que la hierba es un niño,
el recién nacido del mundo vegetal.
¿O es un jeroglífico uniforme cuyo significado es nacer en todas partes:
en las zonas pequeñas
y en las grandes,
entre los negros
y los blancos,
para darse a todos
y para recibir a todos?
¡Oh, hierba rizada,
te trataré con cariño!
Ahora me pareces la hermosa cabellera sin cortar del cementerio.
Tal vez eres el vello que nace en el pecho de los adolescentes muertos, a quienes yo hubiera amado,
las barbas de los ancianos,
la pelusilla de los niños arrebatados prematuramente del regazo de las madres…
¡Me pareces el regazo de todas las madres del mundo!
Sin embargo, esta hierba es demasiado oscura para ser la cabellera blanca de las madres cansadas,
es más oscura que la barba incolora de los viejos,
demasiado oscura para surgir de la roja y tierna bóveda de los paladares.
Pero oigo tantas lenguas que gritan,
tantas lenguas que en la boca no se articulan,
tantas voces que no salen de los labios…
¿Qué son estas voces?,
¿cuál es su designio?
Quisiera poder traducir lo que dicen de los jóvenes que se fueron para siempre de mañana,
de los viejos y de las madres que partieron por la tarde,
y de los niños a quienes la muerte arrebató en la aurora. Dime:
¿Qué piensas tú que ha sido de los viejos y de los jóvenes,
de las madres y de los niños que se fueron?
En alguna parte están vivos esperándonos.
La brizna más pequeña de hierba nos enseña que la muerte no existe;
que si alguna vez existió, fue sólo para producir la vida;
que no está esperando ahora, al final del camino, para detener nuestra marcha;
que cesó en el instante de aparecer la vida.
Todo va hacia delante
y hacia arriba.
Nada perece.
Y morir es otra cosa distinta de lo que algunos suponen,
¡y mucho más agradable!

sábado, 11 de abril de 2015

Retorna de otro mundo (por Víctor Sandoval)


El hombre que despierta y ve su imagen
reflejada en el fondo del espejo,
retorna de otro mundo;
es un resucitado entre los muertos.

Resurge de la cama
destruyendo los montes de las sábanas;
el sueño se desploma de un último aletazo,
los elásticos muslos
generan nuevamente
antiguos ademanes.

Los párpados hinchados,
oceánicos, dolidos
por monzones de pájaros sin rumbo.

Oye voces domésticas,
ruidos difusos,
andamiajes de música y palabras.

Afuera el día,
semejante a una araña
de luz y de sonido,
recomienza a trepar entre las casas.


viernes, 10 de abril de 2015

El laberinto (por Jorge Luis Borges)

Zeus no podría desatar las redes
de piedra que me cercan. He olvidado
los hombres que antes fui; sigo el odiado
camino de monótonas paredes
que es mi destino. Rectas galerías
que se curvan en círculos secretos
al cabo de los años. Parapetos
que ha agrietado la usura de los días.
En el pálido polvo he descifrado
rastros que temo. El aire me ha traído
en las cóncavas tardes un bramido
o el eco de un bramido desolado.
Sé que en la sombra hay Otro, cuya suerte
es fatigar las largas soledades
que tejen y destejen este Hades
y ansiar mi sangre y devorar mi muerte.
Nos buscamos los dos. Ojalá fuera
éste el último día de la espera.


jueves, 9 de abril de 2015

Caminábamos juntos (por Gabriel Celaya)


Amigo Blas de Otero: Porque sé que tú existes,
y porque el mundo existe, y yo también existo,
porque tú y yo y el mundo nos estamos muriendo,
gastando nuestras vueltas como quien no hace nada,
quiero hablarte y hablarme, dejar hablar al mundo
de este dolor que insiste en todo lo que existe.

Vamos a ver, amigo, si esto puede aguantarse:
El semillero hirviente de un corazón podrido,
los mordiscos chiquitos de las larvas hambrientas,
los días cualesquiera que nos comen por dentro,
la carga de miseria, la experiencia —un residuo—,
las penas amasadas con lento polvo y llanto.

Nos estamos muriendo por los cuatro costados,
y también por el quinto de un Dios que no entendemos.
Los metales furiosos, los mohos del cansancio,
los ácidos borrachos de amarguras antiguas,
las corrupciones vivas, las penas materiales...
todo esto —tú sabes—, todo esto y lo otro.

Tú sabes. No perdonas. Estás ardiendo vivo.
La llama que nos duele quería ser un ala.
Tú sabes y tu verso pone el grito en el cielo.
Tú, tan serio, tan hombre, tan de Dios aun si pecas,
sabes también por dentro de una angustia rampante,
de poemas prosaicos, de un amor sublevado.

Nuestra pena es tan vieja que quizá no sea humana:
ese mugido triste del mar abandonado,
ese temblor insomne de un follaje indistinto,
las montañas convulsas, el éter luminoso,
un ave que se ha vuelto invisible en el viento,
viven, dicen y sufren en nuestra propia carne.

Con los cuatro elementos de la sangre, los huesos,
el alma transparente y el yo opaco en su centro,
soy el agua sin forma que cambiando se irisa,
la inercia de la tierra sin memoria que pesa,
el aire estupefacto que en sí mismo se pierde,
el corazón que insiste tartamudo afirmando.

Soy creciente. Me muero. Soy materia. Palpito.
Soy un dolor antiguo como el mundo que aún dura.
He asumido en mi cuerpo la pasión, el misterio,
la esperanza, el pecado, el recuerdo, el cansancio,
Soy la instancia que elevan hacia un Dios excelente
la materia y el fuego, los latidos arcaicos.

Debo salvarlo todo si he de salvarme entero.
Soy coral, soy muchacha, soy sombra y aire nuevo,
soy el tordo en la zarza, soy la luz en el trino,
soy fuego sin sustancia, soy espacio en el canto,
soy estrella, soy tigre, soy niño y soy diamante
que proclaman y exigen que me haga Dios con ellos.

¡Si fuera yo quien sufre! ¡Si fuera Blas de Otero!
¡Si sólo fuera un hombre pequeñito que muere
sabiendo lo que sabe, pesando lo que pesa!
Mas es el mundo entero quien se exalta en nosotros
y es una vieja historia lo que aquí desemboca.
Ser hombre no es ser hombre. Ser hombre es otra cosa.

Invoco a los amantes, los mártires, los locos
que salen de sí mismos buscándose más altos.
Invoco a los valientes, los héroes, los obreros,
los hombres trabajados que duramente aguantan
y día a día ganan su pan, mas piden vino.
Invoco a los dolidos. Invoco a los ardientes.

Invoco a los que asaltan, hiriéndose, gloriosos,
la justicia exclusiva y el orden calculado,
las rutinas mortales, el bienestar virtuoso,
la condición finita del hombre que en sí acaba,
la consecuencia estricta, los daños absolutos.
Invoco a los que sufren rompiéndose y amando.

Tú también, Blas de Otero, chocas con las fronteras,
con la crueldad del tiempo, con límites absurdos,
con tu ciudad, tus días y un caer gota a gota,
con ese mal tremendo que no te explica nadie.
Irónicos zumbidos de aviones que pasan
y muertos boca arriba que no, no perdonamos.

A veces me parece que no comprendo nada,
ni este asfalto que piso, ni ese anuncio que miro.
Lo real me resulta increíble y remoto.
Hablo aquí y estoy lejos. Soy yo, pero soy otro.
Sonámbulo transcurro sin memoria ni afecto,
desprendido y sin peso, por lúcido ya loco.

Detrás de cada cosa hay otra cosa que es la misma,
idéntica y distinta, real y a un tiempo extraña.
Detrás de cada hombre un espejo repite
los gestos consabidos, mas lejos ya, muy lejos.
Detrás de Blas de Otero, Blas de Otero me mira,
quizá me da la vuelta y viene por mi espalda.

Hace aún pocos días caminábamos juntos
en el frío, en el miedo, en la noche de enero
rasa con sus estrellas declaradas lucientes,
y era raro sentirnos diferentes, andando.
Si tu codo rozaba por azar mi costado,
un temblor me decía: «Ese es otro, un misterio.»

Hablábamos distantes, inútiles, correctos,
distantes y vacíos porque Dios se ocultaba,
distintos en un tiempo y un lugar personales,
en las pisadas huecas, en un mirar furtivo,
en esto con que afirmo: «Yo, tú, él, hoy, mañana»,
en esto que separa y es dolor sin remedio.

Tuvimos aún que andar, cruzar calles vacías,
desfilar ante casas quizá nunca habitadas,
saber que una escalera por sí misma no acaba,
traspasar una puerta -lo que es siempre asombroso-,
saludar a otro amigo también raro y humano,
esperar que dijeras -era un milagro-: Dios al fin escuchaba.

Todo el dolor del mundo le atraía a nosotros.
Las iras eran santas; el amor, atrevido;
los árboles, los rayos, la materia, las olas,
salían en el hombre de un penar sin conciencia,
de un seguir por milenios, sin historia, perdidos.
Como quien dice «sí», dije Dios sin pensarlo.

Y vi que era posible vivir, seguir cantando.
Y vi que el mismo abismo de miseria medía,
como una boca hambrienta, qué grande es la esperanza.
Con los cuatro elementos, más y menos que hombre,
sentí que era posible salvar el mundo entero,
salvarme en él, salvarlo, ser divino hasta en cuerpo.

Por eso, amigo mío, te recuerdo, llorando;
te recuerdo, riendo; te recuerdo, borracho;
pensando que soy bueno mordiéndome las uñas,
con este yo enconado que no quiero que exista,
con eso que en ti canta, con eso en que me extingo
y digo derramado: amigo Blas de Otero.

miércoles, 8 de abril de 2015

Rescoldos (por Ruth Patricia Diago)


Sólo resta el desencanto
irrefrenable de tantos años.

Una casa, una habitación y una cama
que se comparten irremediablemente
con la furia agazapada.

Algunos sueños adobados por décadas.

Esos granizos que sueltas a menudo,
pese a que ya no me intimidan.

El permanente reclamo
por la falta de fósforos
y las bolsas para la basura.

El silencio circundante,
las ideas que me reprochan
en el pesado quehacer de las mañanas.

Y alguna que otra vez
nuestras prendas interiores
que coinciden en la cuerda para colgar la ropa.


martes, 7 de abril de 2015

Pero el sol ya declina (por Eugenio Montale)


Desciendes del gran camino
y te domina un cielo
azul de verano. Una nube
blanca de linos refresca
a tu llegada la canícula.
Nos sentamos en el banco habitual.
Después de un rato un soplo de viento
y tu sombrero de paja empieza a remolinear.
Lo sostienes, vuelves a sentarte.
El ala del gran pino marino
como vela desplegada nos arrastra.
Quisiéramos bordear
de este litoral toda la costa,
llegar en un dueto de nombres, de recuerdos,
hasta Nervi.
Pero el sol ya declina,
difunde su esplendor en rayos oblicuos,
dispar, regresa, y la memoria de tardes
iguales duplica los horizontes,
traduce en otros días
aquel momento fugaz que desaparece.
Ahora también el viento calla.


lunes, 6 de abril de 2015

Todo el mundo lo sabe (por Ángel González)


De tarde en tarde el cielo está que arde.
En el jardín la luz declina “rosa
rosae”, y la fuente rumorosa
conjuga en el silencio de la tarde
el presente de un verbo evanescente
que articula el mañana y el ayer.
"Todo lo que ya fue volverá a ser",
murmura el cuento claro de la fuente.
El cuento de la fuente es eso: un cuento.
Quemó el cielo la luz en la que ardía,
y el día se deshizo en un “memento
homo”, humo, ceniza, lejanía.
Eso es lo que nos queda de aquel día.
Quien quiera saber de él, pregunte al viento.


domingo, 5 de abril de 2015

Todo lo que es tu ayer secretamente (por Miguel D´ Ors)


Para tu sola vida cuántas vidas
hicieron falta... Piensa las alcobas, las fiestas,
las guerras, las ciudades,
todo lo que es tu ayer secretamente,
la confabulación milenaria que hizo
que tú fueras.
Tu padre —Teruel, Brunete, el Ebro...—
leyendo en la trinchera
hexámetros desbaratados por el fuego
de mortero, tu abuelo por las arduas
alturas de Cerdedo o Pedamúa
con un morral convulso de perdices,
tu bisabuelo en una atardecida
melodiosa de Cuba, mirando el mar Caribe
pero viendo la dolça Catalunya,
«Ferro Velho» posando para un daguerrotipo
con leontina y sombrero y paraguas y puro,
y los Peix, los Vidal, los Estévez, los Orge,
los Pérez, los Rovira..., todos, con sus oficios,
sus barbas, sus mujeres
y sus males, desvaneciéndose en el tiempo,
en la fosa común del olvido... Y avanza,
adéntrate en la niebla de los siglos,
suponte un peregrino
adivinando Astorga allá en la madrugada,
imagínate un moro que, herido, ve alejarse
la fiera polvareda de su hueste,
mira un hombre que extiende en una roca
la fétida pelleja de una loba,
mira los centuriones rutilantes
en torno a la fogata, y Aníbal y Cartago,
y la mujer sangrienta que jadea
pariendo en un brazado de helechos, y el hirsuto
pintor de renos y uros que cambia por seis hachas
medianas una hembra... y todo lo que tuvo
que suceder para que tú nacieras
desde que aquellas Manos amasaron
el limo primigenio. Modelado
también para que de él esta mañana
brotara este poema.

sábado, 4 de abril de 2015

Para que arda (por Aureliano Cañadas)


Jamás me entregues
a la voracidad de la tierra, a su desgana.

Cuando llegue el momento, sea tu hijo, no tú,
como a orillas del Ganges, el que prenda la pira

para que arda mi boca por todas las mentiras
que dije;

mis manos,
por todo aquello que nunca supieron dar;

mi pecho,
por tantas veces como fui cobarde;

mi vientre,
por todo cuanto
comí sin acordarme del hambre de los otros;

mis pies,
por todas las semillas que pisaron;

para que arda mi sexo
por el amor que no hice.

viernes, 3 de abril de 2015

Suavemente las llamas (por Juan Manuel Romero)


Estás tirando al fuego tus antiguos diarios
con la impresión de quien se desengancha.
¿Dan alivio las páginas que arden?
A veces la memoria, igual que un dique,
te protege,
pero también te impide ver.
Suavemente las llamas
abrazan el pasado,
su voz roja.
El tiempo se ilumina y te deshace.

jueves, 2 de abril de 2015

Lo que su corazón guarda (por Germain Nouveau)


La iglesia donde duerme el órgano. La nave silenciosa.
Cerrado, mudo el coro. Todos los cirios apagados.
Ni siquiera un débil eco moribundo de cánticos latinos.
Tan sólo, en un rincón y sobre un banco, un alma piadosa.

Una pequeña anciana, absorta y desdeñosa
de la tierra, entusiasmada en vértigos lejanos
y ridícula (lo acepto) a ojos de libertinos,
pero a los de Jesús humilde y deliciosa.

Está rezando. Y rezará por vosotros, por mí, mañana,
si muero. Su mano en paz desgrana
las cuentas del rosario. Toda su vida adora.

Lo que su corazón guarda, ¿lo sabe acaso el vuestro?
Y cuando se aleja, bajo su toca negra,
lento el paso, ella sabe lo que Voltaire ignora.


miércoles, 1 de abril de 2015

HU-4091-L (por Manuel Vilas)


Adiós, hermano mío, la grúa fúnebre te conduce
al infierno del desguace.
Majestuoso, vas hacia la destrucción subido
en una grúa roja,
como si fueses Luis XVI camino de la guillotina,
y yo detrás.
Pareces un rey.
Soy el único que ha venido a tu entierro.

Te he querido.
Rezo por ti un padrenuestro y un avemaría.
Rezo por ti y me conmuevo.
Eras el mejor.
Y lo que vivimos juntos, y las ciudades que pisamos,
y las carreteras secundarias y los pueblos
y los mares que vimos,
y los párquings subterráneos y los túneles helados
de las carreteras de montaña, con afiladas
estalactitas a la entrada,
amenazando nuestra milagrosa inocencia,
y los mendigos en las avenidas,
pidiendo en los semáforos en rojo,
y lo que nos amamos en la oscuridad de las autopistas,
fundidos en un solo ser: confundida tu carne con mi chapa.
Me salvaste de la lluvia ácida y de la nieve sin ángeles.
Con tu aire acondicionado, que está intacto
después de doce años, impediste
que me quemara vivo en los veranos españoles.
Ese aire frío que me subía por la pierna, ay.
Y eras blanco,
porque la santidad y el amor industrial y la velocidad son blancos.
Y cómo me gustaba tocarte las marchas,
y cómo te ponía la quinta, eh, y qué caña te metías,
narciso, que eras un narciso.

Y ahora todo ha acabado.

Doscientos sesenta y ocho mil kilómetros hemos estado juntos.
Fuimos felices.
Fuimos grandes y definitivos.
Te doy un beso delante del chatarrero
y de un negro
que lleva un chorreante radiador en una mano.
Te he amado más que a mis amantes,
más que a mi perro;
casi tanto, pero no tanto, eh, como al dinero.

Bueno, no te enfades,
tú también fuiste dinero,
y aún lo eres,
y yo también soy dinero.

Perdona que te humille haciendo recaer
sobre tu hermosa tapicería,
sobre tus ruedas, manguitos
y válvulas que han gloriosamente ardido,
la miseria de España:
el plan Prever, 400 euros sociales
(¿os molesta que hable de dinero o de tan poco dinero?),
para la clase media,
que ama la limosna.

Tú, que fuiste mi libertad, que me llevaste cerca del paraíso;
tú, que me hablabas por las noches y me decías
“hermano, qué bien conduces; hermano,
eres el mejor de los hombres”.

martes, 31 de marzo de 2015

Como si nunca lo hubieran dividido (por Wislawa Szymborska)


¡Qué permeables son las fronteras de los estados humanos!

¡Cuántas nubes las sobrevuelan impunes,

cuánta arena del desierto trasiega de un país a otro,

cuánta piedra montañosa rueda hacia dominios ajenos

con brincos desafiantes!

¿Es necesario enumerar aquí cada pájaro que vuela

o se posa sobre una barrera

abandonada?

Aun siendo un gorrión, ya tiene cola

forastera,

pero el pico sí es de aquí. Y ¡cómo se mueve, no para!

De los innumerables insectos sólo mencionaré a la hormiga

que, entre el zapato izquierdo y el derecho del aduanero,

a la pregunta ¿de dónde y a dónde? no se molesta en dar

respuesta

¡Oh, ver con una sola mirada y con detalle ese desbarajuste

en todos los continentes!

Pues ¿acaso el ligustro de la otra orilla

no matutea por el río su cienmilésima hoja?

¿Quién sino la jibia, la de los brazos audazmente largos,

viola las sacrosantas aguas terrritoriales?

¿Se puede hablar de un orden tolerable

si ni siquiera las estrellas se dejan desacoplar

para que quede claro cuál brilla para quién?

¡Y para colmo, el punible derrame de nieblas!

¡Y el polen que se esparce a lo largo de la estepa,

como si nunca lo hubieran dividido en dos!

¡Y el retumbar de voces en las serviciales ondas del aire:

chillonas llamadas y borboteos llenos de significado!

Sólo lo humano sabe cómo ser de verdad ajeno.

Lo demás son bosques mixtos, obra de los topos y del viento.


lunes, 30 de marzo de 2015

Todas las calles son visitadas (por Philip Larkin)


Cerrados como confesionarios, se abren paso

a través del ruidoso mediodía de las ciudades

y no responden a las miradas absortas en ellos.

Gris lustroso, con su escudo en la placa,

llegan para estacionarse en cualquier vereda:

todas las calles, a su debido tiempo, son visitadas.


Y entonces niños apostados en aceras

y mujeres que llegan de las tiendas

luego de esquivar los olores de comidas diversas,

miran ese rostro pálido y agreste que rebasa

fugazmente la manta roja de la camilla

al ser puesto y acomodado en ella.


Y reciben por entero, en un segundo,

el resuelto vacío

que yace bajo todo lo que hacemos,

permanente, desnudo, conclusivo.

Luego el vehículo

se pierde a la distancia. Pobre diablo,

susurran perturbados.


Pues aun amortiguado

puede ir allí el inesperado golpe de la pérdida

merodeando algo que toca fin,

y todo cuanto era congruente a través de los años,

las irrepetibles y fortuitas mezclas

de familias y costumbres, ahora, en ese vehículo,

de una vez por todas,


comienzan a aflojar. Ajeno

a todo intercambio amoroso, ese rostro yace

inalcanzable en una cabina

que el tráfico despide al dejarla avanzar

aproximándolo al desenlace que está por venir

y amortiguando en la lejanía todo lo que somos.

domingo, 29 de marzo de 2015

Por miedo (por Antón Arrufat)

Por miedo
el hombre construyó una casa
se echó al mar
derrotó al tirano
que se paseaba insolente
por miedo
a ser envenenado en su alcoba
Por miedo
nos vestimos de un modo
heredamos los gestos
la voz de los muertos
frecuentamos el dogma
de rodillas
decimos "hasta pronto"
"hasta luego"
para enredar la muerte
en la palabra
inventamos la eternidad
para encontrarnos
después de tantas despedidas
Por miedo
no aceptamos el cuerpo
los sentidos
el amor de la hermana
la libertad
los trenes que parten
Por miedo
alguien sale en busca
del delator
y lo ultima en la sombra
Por miedo
hacemos de los otros
nuestra imagen
héroes o traidores
Por miedo
alguien busca
su muerte
la propicia
la halaga
quiere una paz medrosa
Por miedo
nos amamos con furia
provocamos la ira
del enemigo
fuimos airados
arbitrarios y tristes
Por miedo
levantamos una ciudad
matamos al tigre
en la selva profunda
al tigre del sueño
al de la pesadilla
al hombre vestido
de fiera
a las viejas fieras
del circo
Por miedo
aprendimos
a vivir
en la cuerda floja
el miedo
luego
lo convirtió en arte
Por miedo

sábado, 28 de marzo de 2015

Y aquí tienes tu cordón (por Billy Collins)


El otro día mientras me dedicaba a rebotar lentamente
por las paredes azules de esta habitación,
yendo de la máquina de escribir al piano,
de la estantería a un sobre que estaba en el suelo,
di a parar a la sección C del diccionario
donde mis ojos fueron a caer en la palabra cordón.

Ninguna galleta mordisqueada por un novelista francés
podría retrotraerte al pasado tan de repente
-un pasado donde me sentaba en un banco de trabajo en un campamento
junto al profundo lago Adirondack
aprendiendo a trenzar tiras finas de plástico
para hacer un cordón, un regalo para mi madre.

Nunca había visto a nadie usar un cordón
o llevar uno puesto, si eso es lo que se hacía con ellos,
pero eso no evitó que yo entrecruzara
hebra sobre hebra una y otra vez
hasta que hice un compacto
cordón rojo y blanco para mi madre.

Ella me dio la vida y leche de sus pechos,
y yo le regalé un cordón.
Ella me dio el pecho en más de una sala de espera,
me dio cucharadas de medicina,
colocó paños fríos en mi frente,
y luego me mostró el camino hacia la luz etérea

y me enseñó a caminar y a nadar,
y yo, a cambio, la obsequié con un cordón.
Aquí tienes miles de comidas, dijo,
y aquí tienes ropa y una buena formación.
Y aquí tienes tu cordón, contesté,
que hice con un poco de ayuda del monitor.

Aquí tienes un cuerpo que respira y un corazón que late,
fuertes piernas, huesos y dientes,
y dos ojos limpios para leer el mundo, susurró ella,
y aquí, dije yo, está el cordón que hice en el campamento.
Y aquí, deseo decirle ahora
tienes un regalo más pequeño -no la ancestral verdad
de que nunca puedes corresponderle a tu madre,
sino el compungido reconocimiento de que cuando
cogió de mis manos el cordón a dos colores,
estaba tan seguro como pueda estarlo un chaval
de que esta cosa sin valor e inservible que trencé
de puro aburrimiento sería suficiente para quedar en paz con ella.

viernes, 27 de marzo de 2015

Hasta siempre, Tomas


Amigos: Recibimos entristecidos la noticia de la muerte, hoy, de Tomas Tranströmer. Como homenaje a él, publicamos este poema suyo.

Hasta siempre, amigo.



Madrigal (por Tomas Tranströmer)

Heredé un bosque sombrío donde raramente voy. Pero el día llegará en que los muertos y los vivos cambien de lugar. Entonces el bosque se pondrá en marcha. No carecemos de esperanza. Los crímenes más graves quedan sin resolverse pese a los esfuerzos de todas las policías. En el mismo sentido existe también en algún sitio de nuestras vidas un gran amor sin resolverse. Heredé un bosque sombrío, pero ahora camino por otro bosque, luminoso. ¡Todo lo que vive, canta, se mueve, trepa y se agita! Es primavera y el aire es embriagador. Me gradué en la universidad del olvido y tengo las manos tan vacías como la camisa en el tendedero.


Pero no dije nada (por Julio Rodríguez)

Me miraba en silencio, recostado
en la cama extraña donde yacía,
sin moverse apenas,
sobre el duro colchón de aquella vida
que le había tocado en suerte.
Me miraba sin rabia ni ternura,
con lentitud (¿qué prisa
ha de tener quien sabe que la muerte
le ha echado el guante y no se piensa ir sola?).
Su cuerpo era un saco de cemento
que los años habían dejado caer
sobre aquella cama de hospital.
Tendría unos ochenta años,
con cierto parecido a Anthony Quinn
en sus últimas películas,
un campesino rudo de los Abruzos,
tal vez un albañil, un hombre de esos
capaces de construir
su casa con sus propias manos.
Me miraba esperando que le dijera algo,
cualquier cosa; no en vano
ningún extraño se acerca
a un moribundo sin una buena razón.
Pero no dije nada: no sabía su idioma
ni sabía entonces que el dolor
habla la misma lengua en todas partes.
Sólo supe quedarme allí plantado,
aguantándole la mirada, mientras
en la cama de al lado la enfermera
extendía una sábana
sobre el cuerpo muerto de mi padre.

jueves, 26 de marzo de 2015

Y con tus ojos verme (por Ana Rossetti)

Qué será ser tú.
Éste es el enigma, la atracción sobrecogedora
de conocer, el irresistible afán de echar el ancla
en ti, de poseerte.
Qué será la perplejidad de ser tú.
Qué, el misterio, la dolencia de ser tú y saber.
Qué, el estupor de ser tú, verdaderamente tú y,
con tus ojos, verme.
Qué será percibir que yo te ame.
Qué será, siendo tú, oírmelo decir.
Qué, entonces, sentir lo que sentirías tú.

miércoles, 25 de marzo de 2015

Hay un desconocido (por Gabriel Celaya)

¡Qué extraño es verme aquí sentado,
y cerrar los ojos, y abrirlos, y mirar,
y oír como una lejana catarata que la vida se derrumba,
y cerrar los ojos, y abrirlos, y mirar!

¡Qué extraño es verme aquí sentado!
¡Qué extraño verme como una planta que respira,
y sentir en el pecho un pájaro encerrado,
y un denso empuje que se abre paso difícilmente por mis venas!

¡Qué extraño es verme aquí sentado,
y agarrarme una mano con la otra,
y tocarme, y sonreír, y decir en voz alta
mi propio nombre tan falto de sentido!

¡Oh, qué extraño, qué horriblemente extraño!
La sorpresa hace mudo mi espanto.
Hay un desconocido que me habita
y habla como si no fuera yo mismo.

martes, 24 de marzo de 2015

Y la subo de nuevo (por Joan Margarit)


Como lo fuera para Sísifo

la vida para mí es esta roca.

La cargo y la subo a lo más alto.

Cuando cae, regreso a buscarla,

la tomo entre mis brazos

y la subo de nuevo.

Es una forma de esperanza.

Pienso cuánto más triste habría sido

si no hubiera podido subir nunca una roca

sin más motivo que el amor.

Llevarla por amor a lo más alto.

lunes, 23 de marzo de 2015

Sin cesar (por Denise Levertov)


Como si se tratara

de moverse continuamente, de

mantenerse en movimiento sin cesar.

Bajo un pálido cielo donde,

como la luz encendida de una estrella,

vamos atravesando la neblina, e incesantemente

perseguimos fijamente una constante

más allá de nuestros seis carriles

en un ensueño permanente…

Y la gente –nosotros mismos-

los seres humanos dentro de

los vehículos haciéndose visibles

solamente al parar en las gasolineras,

inseguros,

mirándose los unos a los otros,

bebiendo precipitadamente el café

de la máquina automática y, deprisa,

regresar a los coches

y desaparecer

en ellos para siempre

siguiendo el movimiento.

Casas y más casas más allá de

la pista asfaltada, árboles, árboles, arbustos

que pasan y pasan.

Los coches que

siguen avanzando, delante de

nosotros, junto a nosotros,

presionando detrás de nosotros

y

en el lado izquierdo los que vienen

hacia nosotros con sus brillos deslumbrantes

moviéndose sin descanso,

por seis carriles, deslizándose

al norte y al sur, sumamente veloces,

con un rumor sordo.

domingo, 22 de marzo de 2015

Tan de súbito (por Saúl Ibargoyen)

Aquello sucedió rápidamente.
Tan de pronto ocurrió
que no hubo tiempo
de cerrar los ojos
de mirar
de tener miedo.
Quedaron manos detenidas
en actos de amor
de piedad de furia
los gritos fueron
rígidas flechas absorbidas
por el viento
el sol un diente helado
comiéndonos los nervios
la noche una distancia
claramente presentida
los amantes estatuas
abrazadas a lo eterno.
Tan de súbito ocurrió
fue aquello tan perfecto
que el árbol
no fue árbol
ni la rosa
fue rosa
ni el niño
fue niño
ni la piedra
fue piedra
ni el agua
fue agua
ni el silencio
silencio.
Un nuevo sistema
castigó la hierba
penetró las escamas y los pétalos.
Ya nadie pudo
refugiarse en el sueño
ya nadie tuvo luz
ya nadie tuvo sombra
ni se miró al espejo
ni copió más pecados
ni adquirió más defectos
ni exaltó pasiones
para después negarlas
ni murió por verdades
o por alma
ni se mezcló entre el futuro
y el recuerdo
ni se agarró
al desgaste del deseo
ni a la fiebre
ni a la fe
ni a una planta
de sencillas hojas verdes
ni a un perro esperando
con la cola levantada
ni a un perfume
de cabellos en la noche
ni a un fantasma
disfrazado de esperanza.
Aquello fue tan rápido
tan técnicamente exacto
y de pureza concebido
que los ojos abiertos
quedaron abiertos
y los ojos cerrados
quedaron cerrados
y los informes fueron
por siempre
secretos.
Fue tan rápido
que ocurrió
en menos del tiempo
necesario a la boca
para ser un beso.
Porque aquello vino de una boca
fríamente diciendo:
Tres
Dos
Uno
Cero.

sábado, 21 de marzo de 2015

¿Es ella? (por Antonio Machado)

La calle en sombra. Ocultan los altos caserones
el sol que muere; hay ecos de luz en los balcones.
¿No ves, en el encanto del mirador florido,
el óvalo rosado de un rostro conocido?
La imagen, tras el vidrio de equívoco reflejo,
surge o se apaga como daguerrotipo viejo.
Suena en la calle solo el ruido de tu paso;
se extinguen lentamente los ecos del ocaso.
¡Oh, angustia! Pesa y duele el corazón... ¿Es ella?
No puede ser... Camina... En el azul, la estrella.


viernes, 20 de marzo de 2015

De quién es la firma (por Adrienne Rich)


Las nubes y las estrellas no libraron esta guerra
los arroyos no informaron a nadie
si las montañas arrojaron piedras de fuego en el río
fue sin tomar partido
la gota de agua que se balanceaba ligeramente bajo la hoja
no tenía opiniones políticas

y si aquí o allí una casa
se inundó de aguas residuales
o envenenó a los que allí vivían
con humos lentos, durante años
las casas no estuvieron en guerra

ni los edificios tapiados
quisieron negar su cobijo
a las ancianas sin hogar o a los niños vagabundos
no siguieron una política para dejarlos errar
o morir, no, las ciudades no fueron el problema
los puentes no eran partidistas
las autopistas ardieron, pero sin odio

Incluso los kilómetros de alambrada
que rodearon los estrechos y temporales barracones
concebidos para mantener a los indeseables
a distancia segura, fuera de la vista
incluso los tablones que tuvieron que absorber
año tras año, tantos sonidos humanos
tantas intensidades de vómito, lágrimas
sangre lenta y calada
no se brindaron a esto

Los árboles no se ofrecieron para que los cortaran en tablones
ni las espinas para desgarrar carne

Mira a tu alrededor
y pregunta de quién es la firma
impresa en las órdenes, trazada
en la esquina de los planes preparatorios
Pregunta dónde estaban los analfabetos, las mujeres
panzudas, los borrachos y los locos,
aquéllos a los que temes más que a nada: 

pregunta dónde estabas tú.

jueves, 19 de marzo de 2015

Y las manos aún torpes (por Juan Bello)


El andén por el que corría

-siglo pasado, pelo casi rubio,
manos torpes, claridad de cielo azafrán-,
el andén por el que corría
se diría que sigue siendo el mismo,
la memoria no ha trabajado demasiado.

Un tren huye despavorido, hacia el norte
o hacia el sur, da lo mismo,
me hace pensar en el verano interminable,
aunque sé que nada es interminable,
un puente sobre un río, poco más que eso.

Anuncian por megafonía algún destino,
el mar, una tarde antigua,
nostalgia alfombrada al volver a casa,
tu cuerpo se desnuda, la ropa a un lado,
desocupada, luz de una lámpara,
y las manos aún torpes,
las manos siempre torpes.

miércoles, 18 de marzo de 2015

Niebla (por Javier Lostalé)


Todos somos niebla. Nos deshabitamos cada vez que otro ser
tiembla su voz inaugural en nuestra sangre,
y ponemos luego la memoria al nivel de la bruma del mar
para abrazar el transparente cuerpo de lo perdido.
Todos somos niebla. Buscamos una mano
y por un precipicio de silencio resbala
la inocencia muerta de su tacto.
Sobre su cadáver crecen las yemas de nuestro sueño.
Todos somos niebla. Pronunciamos una palabra
y el eco nos devuelve olvido.
Pero el corazón, al no tener cura,
navega tan alto como una estrella.
Todos somos niebla. En un rostro besamos nuestra propia herida
para envejecer después sostenidos por aquella llama de sombras.
Todos somos niebla. Miran siempre los ojos lo que nunca ven
y así se torna la vida anunciación de un tapiado jardín.
Todos somos niebla. El pensamiento carboniza lo que desvela
hasta alcanzar la grávida invisibilidad del abandono
y despertar todavía imágenes con nuestro ojo de vuelo desierto.
El mundo es niebla. Confusos pasos por dentro.
Deslumbrante ceguera de lo que se abre mientras se cierra.

martes, 17 de marzo de 2015

Valle prohibido (por Saiz de Marco)


Al bosque de la pasión y del éxtasis,

al valle del desgarro y del temblor

mi alma fría tiene vedado el acceso.


Sólo puede mirarlos de lejos


(¡verdinegros prados del Siente y Siéntenos!),

contemplarlos detrás del alambre;


y quejarse porque no los vive,

conformarse porque no los sufre.


Pero si un día esa valla cediera,

si su candado o cerrojo abdicase,

si de pronto le fuera permitida la entrada


-aun sabiendo que allí hay

zarzas llenas de espinas,

brozas,

ortigas,

cardos…-,


mi fría alma empujaría el portón,

cruzaría aquella verja


y pasaría.


lunes, 16 de marzo de 2015

Éramos Dios (por Antonio Gala)


Aún eres mío, porque no te tuve.
Cuánto tardan, sin ti,
las olas en pasar...

Cuando el amor comienza, hay un momento
en que Dios se sorprende
de haber urdido algo tan hermoso.
Entonces, se inaugura
-entre el fulgor y el júbilo-
el mundo nuevamente,
y pedir lo imposible
no es pedir demasiado.

Fue a la vera del mar, a medianoche.
Supe que estaba Dios,
y que la arena y tú
y el mar y yo y la luna
éramos Dios. Y lo adoré.


sábado, 14 de marzo de 2015

Limpia y tranquila (por Wislawa Szymborska)


El águila ratonera no suele reprocharse nada.
La pantera negra carece de escrúpulos.
Las pirañas no dudan de la honradez de sus actos.
Y el crótalo se entrega a la autoaprobación constante.
El chacal autocrítico está aún por nacer.
La langosta, el caimán, la triquina y el tábano
viven satisfechos de ser como son.
El corazón de la orca pesa cien kilos,
pero es, en lo esencial,
liviano como una pluma.
En el tercer planeta del sol
la conciencia limpia y tranquila
es síntoma primordial de animalidad.


viernes, 13 de marzo de 2015

Alambradas (por Philip Larkin)


Las praderas más amplias tienen cercas eléctricas,
pues aunque las reses viejas saben que no han de descarriarse
los novillos jóvenes husmean siempre agua más pura
no aquí, sino en cualquier parte. Más allá de las alambradas
les lleva a chocar contra las alambradas
cuya violencia los desgarra sin mesura.
Ese día el novillo joven en res vieja ha de transformarse,
límites eléctricos a sus más amplias miras. 


jueves, 12 de marzo de 2015

Carnicería (por Charles Simic)


A veces caminando en la noche, tarde
me detengo ante la carnicería cerrada.
Hay una sola luz en el negocio
como la que usa el preso para cavar su túnel.

Un delantal cuelga de un gancho:
la sangre le untó un mapa
de los grandes continentes de la sangre;
los grandes ríos y océanos de la sangre.

Ahí están los cuchillos que brillan como altares
en una iglesia oscura donde traen al lisiado y al imbécil
para sanarlos.

Ahí está la tabla de madera donde se rompen los huesos,
y se pelan a fondo —el río seco hasta su cauce
donde soy alimentado,
donde en lo profundo de la noche oigo una voz.


miércoles, 11 de marzo de 2015

Sombras (por Antón Arrufat)


Mi familia muerta está sentada en la sala
y conversa de las cosas del día.

Por esta calle arrastran muertos
—dice mi madre donde está ahora—
viendo pasar los muertos y las coronas.

Mi familia muerta está sentada en la sala.

Mi tía con sus largos brazos
y el pelo teñido, recordando.
Juan dijo que vendría a buscarla
y nunca volvió. Ella lo vio
con otra mujer y con el niño.
Juan dijo que vendría a buscarla
—repitió la familia.

La mesa con el búcaro y las flores
de papel, el radio viejo y el bastón.

Dios de la vida, exclama mi padre,
Y recoge los restos del día.
Quisimos hacer nuestra vida
a golpes, mientras sonaba
el reloj del comedor.

Mi familia muerta está sentada en la sala.

¿No irás al cine esta tarde
antes de la comida?
Al cine, mirando sus vidas,
sin que puedan cambiarlas,
con los ojos vacíos,
en la vigilia, cuando
crecen las uñas y el pelo de mi madre
es una cabellera sobre los huesos apagados.

Yo pienso en ella y no sé si llorar.
Si las imágenes alcanzaran la resurrección.

Sombras mías, ruinas que no podré rescatar,
manos sin huesos, pies que no caminan
y dejan olvidados los zapatos.

Sombras que no necesitan la oscuridad.
Aparecen bajo el sol, en las tardes,
sin que las invoque, cuando me levanto
despierto en medio de las luces.

Escucha, mi familia:
estoy aquí donde no hay nadie, viviendo
por ustedes, arrastrando los muertos,
y los miro entrar con las puertas cerradas.

Escuchen, sombras mías: en los sillones
que no encuentro, la noche viene
para apagar los trajes y las begonias.


martes, 10 de marzo de 2015

Tempestad (por Adam Mickiewicz)


Las velas desgarradas, el timón arrancado,
bramidos de las aguas, rugidos de los vientos,
resuenan los aterrados gritos de la gente,
los amenazadores aullidos de las bombas,
las últimas amarras se arrancan
de las manos de la tripulación,
el sol desaparece ensangrentado
y se lleva con él toda esperanza.

Sobre húmedas montañas,
que surgen desde el fondo del mar
como edificios, brama triunfal el viento.
Es la muerte que emerge
y avanza hacia la nave
como soldado al asalto de murallas caídas.

Aquí yacen algunos moribundos,
allí otros anuncian que se rinden,
hay quien, con un abrazo, despide a los amigos,
y quien reza pensando
que así espanta a la muerte.

Uno de los viajeros,
sentado en un extremo y silencioso,
pensaba mientras tanto: ¡Qué dichoso
el que ya perdió sus fuerzas, y el que sabe rezar,
y el que tiene con quien decirse adiós!

  

lunes, 9 de marzo de 2015

Mentiras que desgarran (por Emilio Mendoza de la Fuente)


Homicidio en silencio, mentiras que desgarran,
sinceridad perdida que se quiebra y fallece,
sepultada en un mundo bajo lápidas que hieren
y queda ahí, dormida, mentiras son mortaja.


Las rotas esperanzas de mi vuelo sin suerte,
abatido por frases de palabras torcidas
caen inexorables en la tierra maldita;
ahí se abre el infierno, mentiras en mi mente.

Los demonios dibujan -es viento, frío, dudas-
las líneas oscuras de un amanecer roto,
locuras que se pierden, hipocresía en trozos,
las escucho, me arrullan, mentiras en mi tumba.

domingo, 8 de marzo de 2015

Alegrémonos (por Guillaume Apollinaire)

Al ver banderas no me dije esta mañana
he aquí los ricos ropajes de los pobres
ni el pudor democrático quiere velarme su dolor
ni la libertad venerada hace que se imiten ahora
las hojas oh libertad vegetal oh única libertad terrestre
ni las casas flamean porque se partirá para no volver
ni esas manos agitadas trabajarán mañana para nosotros todos
ni siquiera han ahorcado a quienes no sabían aprovechar la vida
ni siquiera se renovará el mundo volviendo a tomar la Bastilla
yo sé que sólo lo renuevan quienes están fundados en poesía

Se ha empavesado a París porque mi amigo André Salmón aquí se casa

Nos conocimos en una bodega maldita
en el tiempo de nuestra juventud
fumando los dos y mal vestidos aguardando el alba
enamorados enamorados de las mismas palabras que habrán de cambiar de sentido
engañados engañados pobres muchachos y no sabiendo aún reír


La mesa y los dos vasos se transformaron en el moribundo que nos echó la última mirada de Orfeo
los vasos cayeron y se rompieron
y nosotros aprendimos a reír

Partimos entonces peregrinos de la perdición
por calles y comarcas y a través de la razón
lo vi de nuevo junto al río donde flotaba Ofelia
qué blanca boya aún entre los nenúfares
iba él en medio de los Hamlets demacrados
tocando en una flauta los aires de la demencia

Lo vi de nuevo junto a un mujik moribundo cantando las beatitudes
admirando la nieve semejante a las mujeres desnudas

Lo vi de nuevo haciendo esto o aquello en honor de las mismas palabras
que cambian el rostro de los niños y digo estas cosas
Recuerdo y Porvenir porque mi amigo André Salmón se casa

Alegrémonos no porque nuestra amistad haya sido el río que nos fertilizó
terrenos ribereños cuya abundancia es el alimento que todos esperan
ni porque nuestros vasos nos echan una vez más la mirada de Orfeo moribundo
ni porque hemos crecido tanto que muchos podrían confundir nuestros ojos con estrellas
ni porque las banderas golpean en las ventanas de los ciudadanos que están contentos desde hace
cien años de tener la vida y pequeñas cosas que defender
ni porque fundados en poesía tenemos derechos sobre las palabras que hacen y deshacen el Universo
ni porque podemos llorar sin ridiculez y porque sabemos reír
ni porque fumamos y bebemos como antaño

Alegrémonos porque director del fuego y de los poetas
el amor que llena así como la luz
todo el sólido espacio entre las estrellas y los planetas
el amor quiere que hoy mi amigo André Salmón se case

sábado, 7 de marzo de 2015

Estoy triste por todo el mundo (por Charles Bukowski)

veo el campeonato de boxeo mejicano
por la tele sentado en la cama
una fresca noche de noviembre.
he tenido un día estupendo en las carreras, he acertado 7
de 9, dos con poquísimas posibilidades.
da igual, ahora veo a los púgiles
emplearse a fondo, demostrando más valentía que
estilo
mientras en la primera fila dos tipos gordos hablan
entre sí,
sin prestar la más mínima atención a los
boxeadores
que pelean por su propia existencia
como seres humanos.
aquí sentado en la cama, estoy triste por
todo el mundo, por la gente que se deja el pellejo
en todas partes, tratando de pagar el alquiler a tiempo,
tratando de conseguir comida suficiente, tratando de dormir
de un tirón.
todo resulta agotador y no cesa hasta que te
mueres.
¡vaya circo, vaya espectáculo, vaya
farsa
desde el Imperio romano hasta la guerra franco-
india, y de allá hasta aquí!

ahora, uno de los chicos mejicanos ha
tumbado al otro.
el gentío grita.
el chaval se levanta a la cuenta de 9.
asiente al árbitro para decirle que está
listo otra vez.
los púgiles se lanzan uno contra otro.
hasta los gordos de la primera fila
muestran interés.
los guantes rojos golpean ferozmente el aire, las
caras y los fibrosos cuerpos
morenos.

entonces
el chico vuelve a caer.
queda boca arriba.
todo ha terminado.

el maldito combate ha terminado.

ahora no se sabe qué será de
ese chico.
por lo que respecta al otro, las cosas le irán bien
una temporadita.
sonríe en sintonía con el
mundo.

apago la tele.

poco después oigo disparos a lo
lejos.
la contienda de la vida continúa.
me levanto, voy a la ventana.
estoy preocupado, me refiero
a la gente y las cosas, a cómo van
las cosas.

luego me encuentro otra vez sentado en la cama, con infinidad
de sentimientos en mi interior que no alcanzo a
entender del todo.

entonces me obligo a dejar de pensar.
hay preguntas que no tienen respuesta.

qué coño, hoy he acertado 7 de 9 en las carreras, eso ya es algo
incluso en medio de un montón de
nada.

lo que hay que hacer es aprovechar la suerte que te venga de cara y fingir
que sabes más de lo que nunca
sabrás.

¿verdad?

viernes, 6 de marzo de 2015

Está empleado en el servicio de Limpiezas (por Wislawa Szymborska).

No llega en tropel.
No se reúne multitudinariamente.
No participa en masa.
No celebra a lo grande.

No saca de sí mismo
una voz coral.
No declara ante todos y cada uno.
No afirma en nombre de.
No en su presencia
este interrogatorio:
quién a favor, quién en contra,
gracias, nadie.

Falta su cabeza
donde cabezas y más cabezas,
donde paso a paso, hombro con hombro
y adelante hasta alcanzar el objetivo
con propaganda en los bolsillos
y el producto del lúpulo.

Donde sólo al principio
todo idílico y angélico,
porque pronto un tumulto
con otro se mezcla
y nunca se sabrá
de quién, ay, de quién
son estas piedras y flores,
estos vivas y palos.

Ni mencionado.
Ni espectacular.
Está empleado en el servicio de Limpiezas.
Al despuntar el alba,
en el sitio donde tuvo lugar todo,
recoge, lleva, arroja al contenedor
lo clavado en árboles medio muertos,
lo aplastado en la cansada hierba.

Pancartas rasgadas,
botellas rotas,
peleles quemados,
huesos mordisqueados,
rosarios, silbatos y preservativos.

Una vez encontró en los arbustos una jaula de palomas.
Se la llevó
y para eso la tiene,
para que siga vacía.


jueves, 5 de marzo de 2015

Surco a surco (por Begoña Abad)

La mano hábil desbroza,
sabia con los años
se mueve con destreza.
Arranca sin remisión
las peores hierbas.
Vuelve a repasar
surco a surco
titubea, se detiene, duda,
pero vuelve a desbrozar.

Teme haber arrancado
en alguna ocasión
un brote delicado que no vio,
que no reconoció,
porque el cansancio ciega.

Regresa, cada día más sabia,
al surco que conoce,
camina por él,
observa más despacio,
y a la destreza
y a la sabiduría
añade ahora la piedad.

miércoles, 4 de marzo de 2015

Cada grano de arroz (por Nguyen Phan Que Mai)


Mis manos elevan a lo alto un tazón de arroz, granos cosechados
en el campo donde enterraron a mi abuela.
Cada grano de arroz sabe dulce como la canción de cuna
de la abuela que nunca conocí.
Imagino su rostro suave mientras la extendían bajo tierra,
sus ropas raídas, su piel pegada a los huesos;
en la gran hambruna de 1945, mi pueblo
tenía hambre de tumbas para enterrar a todos sus muertos.
Nadie podía encontrar la tumba de mi abuela,
a mi padre entonces el arroz le supo amargo durante sesenta y cinco años.

Después de sesenta y cinco años, nos paramos mi padre y yo
frente a la tumba de mi abuela.
Escuché a mi padre decir "Mamá" por primera vez;
temblaba el arrozal a sus espaldas.

A veces te veo por primera vez (por Antjie Krog)


ni la húmeda intimidad de tus párpados aromáticos como el hinojo

ni la violencia de tu cuerpo resistiéndose entre las sábanas

ni lo que viene hacia mí como tu vida


tendrá tanta menuda piedad de mí

como verte durmiendo

tal vez a veces te veo

por primera vez

tú con tu pecho de guayaba y uva

con tus manos frías como cucharas

tus grandes penas altivas manchan de azul cada parte

nos soportaremos uno a otro

incluso si el sol abraza los techos

incluso si el estado cocina lugares comunes

llenaremos nuestros corazones de color

y nuestras trifulcas de pinzones

incluso si mis ojos ascienden hasta el horizonte

incluso si la luna viene con la espalda desnuda

incluso si las montañas forman una conspiración contra la noche

persistiremos cada cual

a veces te veo por primera vez


martes, 3 de marzo de 2015

Por las quimeras ávidas (por Rafael Escobar)


Llevamos plantadas
como una niñez interminable a voz en grito
las raíces del cielo,
como una simiente del dolor de lo imposible,
un delirio tenaz de altura
que consume la primavera del tiempo en un combate
por las quimeras ávidas del corazón.
El deseo ambiciona alzarse a su cima
y así niega con desprecio cuanto somos,
la mentira, el peso turbio de nuestros cuerpos
como una carcasa de muros con rejas
que empaña con rastros de ceniza
la inocencia del empeño en ascender.
No existe apelación firme a la cordura,
palabra ni conjuro para acallar
esta fiebre de ser el otro que nos puja dentro,
esta perpetua maldición que nos susurra
que la vida no es cuanto se ofrece limpio a nuestros ojos.


lunes, 2 de marzo de 2015

Cenizas del olvido (por Muahmmud ibn Al-Mahadee)

Dentro del mundo perceptible
hay otro cosmos que se mueve
como la garra del tigre
entre las hojas que agonizan.

Dentro de un simple grano de arena
muchos desiertos nacen de continuo
y de cada grano que así se produzca
otros desiertos habrán de nacer:
pero toda eternidad desprecia
aquello que pretende limitarla.

Un hueso de rojo dátil
se quema
en las arenas del mediodía.
Recuerdo así a este corazón
entre las cenizas del olvido.

Debajo de la primera piel de la amada
puedes lamer con tus menguados ojos
algo apenas de la hermosura de sus huesos:
pétalos transparentes
que una suavísima sangre sostiene.
Por qué esos pétalos ahí
te preguntas.
Por qué envueltos en tan cálidas sustancias
que al igual que tu muriente cuerpo
fueron forjadas con agua y con tierra.
Te preguntas quién se abrazará
a esos pétalos blancos
quién entre su aroma quemante
habrá de nacer respirar y morir.
Al-Mahad, escucha las voces:
Para qué te exiges ahora una respuesta
si jamás pudiste contestar una sola pregunta.

La amada se aleja a través
de las grandes dimensiones del mundo:
sus sandalias surcan el desierto negro
su cuerpo atraviesa las aguas salobres
sus cabellos mueven finísimas plumas
en las alturas del aire.
¿Qué permanece en el sitio de la amada:
Un fuego gris unos papeles muertos
un polvoriento pedazo de sombra?
¿Qué queda de la amada
en tus manos y en tu boca?
Ni una brizna de su piel
ni una gota de su saliva terrenal.
Ni siquiera su ausencia ni su nombre:
Te has engañado, Al-Mahad:
Ella nunca estuvo aquí.

domingo, 1 de marzo de 2015

Haremos otro (por Saiz de Marco)

Con los restos del naufragio haremos otro barco.

Tomaremos las cuerdas,
las maderas mojadas,
la brújula caída,
el timón arrancado…:

los trozos,

los destrozos,
lo que no se haya hundido,
lo que el mar nos devuelva.

Curaremos la herida profunda de su casco,
coseremos las velas,
secaremos las tablas
-las iremos juntando,
las enderezaremos-,
reajustaremos luego el timón y la brújula.

¿Quién diría que está hecho con ruinas ensambladas:
con lo que a la tempestad sobrevivió?

De la costa Desguace zarparemos de nuevo
y el naufragio
ya no será un naufragio:

será una playa,
un amarre de paso,
una escala en el viaje,

un puerto más de nuestro navegar.


sábado, 28 de febrero de 2015

Su viva imagen (por Benjamín Prado)


–Eres su viva imagen, Me decían
sin sospechar entonces que esas cuatro palabras
iban a ser ahora mi condena.

No tengo dónde huir, dónde esconderme:
sus ojos están dentro de mis ojos;
su apellido en el mío
como el nombre de un barco en el fondo del mar.
Lo que ayer fue mi casa,
es la guarida de los tiburones.

Tú estabas a mi lado
y me has visto nadar en ríos de veneno;
has visto lágrimas
que eran cristales rotos, una lluvia de espinas,
cicatrices de agua que cruzaba la piel.

Miro su alianza de oro en mi dedo
y su rostro tallado sobre el mío,
mientas la vida sigue,
el aire mueve
los árboles o el sol ilumina su casa
lo mismo que si no estuviera vacía.

El tiempo sólo cura aquello que se puede
sustituir y yo no siento nada
que no sintiese antes
cualquiera en cuyas venas ha bebido la muerte:
la grieta de la angustia,
la plaga de los verbos en pasado;
los recuerdos que buscan su lugar en la vida.

Es tan raro saber que no volveré a verla
y los demás
seguiremos entrando en restaurantes,
cines,
supermercados,
estaciones de tren...
Que no volveré a oír su voz pero a las nueve
será otra vez la hora de la cena,
los fines de semana iré al estadio,
mi coche rodará por la autopista
que ella escuchaba desde su jardín...

Pienso en su dios cruel, el dueño del dolor
y la mentira,
el cínico dice:
–Yo te destruyo para que descanses en paz.
Y ojalá fuese cierto lo que nunca he creído
y ella viera la soledad que deja,
cómo la echo de menos; cuánto me va a faltar;
lo que daría
por volverla a tener una vez más aquí,
un día más, tan sólo.

La mía es la tristeza del cobarde
que reúne para seguir en pie
el valor que no tuvo para ver la caída
de aquello que más quiso.

No tengo que explicártelo. Tú estabas con nosotros
y conoces
el dolor sin refugios,
las sábanas que acechan el cuerpo del herido;
conoces el enjambre feroz de las agujas,
las noches que no acaban cuando sale el sol.

Quien lo sabía todo de mí se ha llevado
el secreto a la tumba,
me he convertido en un desconocido:
el hombre que perdió el rastro de su sangre;
que se ha vuelto una sombra;
que no tiene a quién preguntar por él.

Ahora que mi madre ya no está –si eso es cierto,
si hoy no va a resolver un crucigrama,
ni a mirar los concursos de la televisión
como todas las tardes;
si ha caído en un sueño eterno del que nunca
vamos a despertar–,
guardaré sus palabras, custodiaré sus huellas;
y jamás voy a darla por perdida:
la memoria es el margen de error del olvido.

Le gustaban la nieve, los gatos, la familia;
el fuego,
cocinar,
los cumpleaños,
llorar con las películas románticas;
encender velas en las catedrales.
Le asustaban los médicos,
las llamadas nocturnas,
las tormentas,
el frío,
los reptiles...

Antes de las sirenas y las radiografías,
el miedo blanco de las ambulancias,
sus labios devorados
lentamente
por la carcoma de las oraciones.

Antes de los engaños piadosos,
el fuego amigo de las medicinas,
el esqueleto abriéndose paso hacia la luz.

Cómo puedo escribir lo inexplicable,
lo que no tiene nombre,
lo que todos callamos porque la vida sigue
y junto al cementerio hay tiendas y mercados,
jóvenes que adelantan con sus motocicletas
a los furgones fúnebres,
y avanzamos de espaldas a lo que nos espera
y llamamos silencio
a todo lo que nadie quiere oír.

Le gustaban las fiestas,
los océanos
y creer que su dios no le daba los golpes
sino la fuerza para soportarlos.
Temía la vejez y al abandono:
pensaba que la forma más triste de marcharse
es no tener a alguien que te diga adiós.

La imagino en la época en que yo no existía,
haciendo cosas
que nunca le vi hacer: enamorarse,
bailar, romper las reglas, ser feliz;
y a veces me pregunto
si fue siempre la misma mujer que conocíamos,
tuvo tan claras sus obligaciones,
dónde estaba su sitio,
de qué infiernos no era decente escapar.

Le gustaba que habláramos
de su salud,
del clima,
de su infancia en los años de la Guerra Civil.
Le asustaban los cambios y las banderas rojas,
la libertad y el paso de los días.

Antes de la morfina y el delirio,
de que fuera quedándose sin caminos de vuelta,
sin puentes que cruzar,
sin esperanza.
No sé cómo explicarlo:
los recuerdos te siguen; pero cuando te vuelves,
nunca están ahí.

Ahora que ya se ha ido,
sólo será posible querernos a escondidas,
fingir ante los otros que no me habla por dentro,
que todo ha terminado entre los dos.
Las cosas no se pierden cuando desaparecen,
sino cuando las dejas de buscar.

Miro su anillo;
miro sus fotos
y soy yo:
puedo ver nuestra cara, nuestras manos...
Y eso que era mi orgullo, ahora es mi condena:
ser hoy que ya no está su viva imagen,
ser su eco,
su huella
el fantasma
de María Ángeles Prado, la mujer de mi vida.

viernes, 27 de febrero de 2015

Mezclados la sonrisa y el llorar (por Juan Ramón Jiménez)


Después de la alegría

que tú, dulce sol de oro,

derramaste en la fronda misteriosa

de mi doliente corazón -¡tan solo!-,

arrullado de un pájaro ilusorio,

te ibas, en una gloria

de ocasos alegóricos,

volviendo la cabeza pensativa

que daba a lo imposible su trastorno,

mezclados la sonrisa, tristemente,

y el llorar, en tus labios y en tus ojos.

Se quedó el corazón sombrío y frío,

morado y húmedo en el fondo,

dorado rosamente en su alto éxtasis

de la ilusión de ti, divina como

una ilusión de sol en la hoja última

de un árbol de otoño.

jueves, 26 de febrero de 2015

Algo que ningún otro te deseará (por Philip Larkin)


Brote aún sin abrir,
te he deseado algo
que ningún otro te deseará:
no lo de siempre:
que seas hermosa,
o que seas un manantial
de inocencia y amor.
Eso te lo desearán todos,
y debería ser posible,
bueno, eres una chica con suerte.

Pero si no lo fueras, entonces
que seas del montón;
que tengas, como otras mujeres,
los talentos habituales:
que no seas fea, ni guapa,
nada fuera de lo corriente
que rompa el equilibrio,
nada que, inoperante en sí mismo,
impida que todo lo demás funcione.
De hecho, que seas sosa,
si así se llama a una manera hábil,
atenta, flexible,
discreta, fascinada
de alcanzar la felicidad.

miércoles, 25 de febrero de 2015

No hace falta decirlo (por Vicente Gallego)


La flor que sin un nombre

estalla en la cuneta

y nos pone perdidos de luz rara;

el sueño laborioso de la hormiga

que nos encuentra niños, boquiabiertos.

Todo este desafuero en el que bullen

como carbón los ojos,

no hace falta decirlo, aunque nos haga

tanta falta que suene.


martes, 24 de febrero de 2015

Balada del ausente (por Juan Carlos Onetti)


Entonces no me des un motivo por favor.
No le des conciencia a la nostalgia,
la desesperación y el juego.
Pensarte y no verte,
sufrir en ti y no alzar mi grito,
rumiar a solas, gracias a ti, por mi culpa,
en lo único que puede ser
enteramente pensado,
llamar sin voz porque Dios dispuso
que si Él tiene compromisos,
si Dios mismo le impide contestar
con dos dedos el saludo
cotidiano, nocturno, inevitable,
es necesario aceptar la soledad,
confortarse hermanado
con el olor a perro, en esos días húmedos del sur
en cualquier regreso,
en cualquier hora cambiable del crepúsculo,
tu silencio
y el paso indiferente de Dios que no ve ni saluda,
que no responde al sombrero enlutado,
golpeando las rodillas,
que teme a Dios y se preocupa
por lo que opine, condene, rezongue, imponga.
No me des conciencia, grito, necesidad ni orden.
Estoy desnudo y lejos, lo que me dejaron.
Giro hacia el mundo y su secreto de musgo,
hacia la claridad dolorosa del mundo
desnudo, solo, desarmado,
bamboleo mi cuerpo enmagrecido,
tropiezo y avanzo,
me acerco tal vez a una frontera,
a un odio inútil, a su creciente miseria,
y tampoco es consuelo
esa dulce ilusión de paz y de combate
porque la lejanía
no es ya, se disuelve en la espera
graciosa, incomprensible, de ayudarme
a vivir y esperar.
Ningún otro país y para siempre.
Mi pie izquierdo en la barra de bronce
fundido con ella.
El mozo que comprende, ayuda a esperar, cree lo que ignora.
Se aceptan todas las apuestas:
Eternidad, infierno, aventura, estupidez
Pero soy mayor,
ya ni siquiera creo
en romper espejos
en la noche
y lamerme la sangre de los dedos
como si la hubiera traído desde allí,
como si la salobre mentira se espesara,
como si la sangre, pequeño dolor filoso
me aproximara a lo que resta vivo, blando y ágil.
Muerto por la distancia y el tiempo
y yo la, lo pierdo, doy mi vida,
a cambio de vejeces y ambiciones ajenas
cada día más antiguas, suciamente deseosas y extrañas.
Volver y no lo haré, dejar y no puedo.
Apoyar el zapato en el barrote de bronce
y esperar sin prisa su vejez, su ajenidad, su diminuto no ser.
La paz y después, dichosamente, en seguida, nada.
Ahí estaré. El tiempo no tocará mi pelo, no inventará arrugas, no me inflará las mejillas.
Ahí estaré esperando una cita imposible, un encuentro que no se cumplirá.

lunes, 23 de febrero de 2015

De mi vino bebéis (por Dylan Thomas)

Este pan que parto ayer fue avena,
este vino en un árbol extranjero
se sumergió en su fruto;
de día el hombre o por la noche el viento
abatieron la mies, rompieron la dicha de la uva.

Ayer en este vino de hoy, la sangre del verano
pujó en la carne que adornó la vid,
ayer en este pan
la avena estaba alegre bajo el viento;
el hombre rompió el sol, tiró el viento por tierra.

La carne que partís, la sangre que dejáis
ser desolación en las venas
fue la avena y la uva, nacidas
de la raíz sensual y de la savia.
De mi vino bebéis, partís mi pan.


domingo, 22 de febrero de 2015

Algo sobre el alma (por Wislawa Szymborska)


Alma se tiene a veces.


Nadie la posee sin pausa


y para siempre.

Día tras día,


años tras año


pueden transcurrir sin ella.

A veces sólo en el arrobo


y los miedos de la infancia


anida por más tiempo.


A veces nada más en el asombro


de haber envejecido.

Rara vez nos asiste


en las tareas pesadas,


como mover los muebles,


o recorrer caminos con zapatos apretados.

Cuando hay que cortar carne


o llenar solicitudes,


generalmente está de asueto.

De mil conversaciones


toma parte sólo en una


y no necesariamente,


pues prefiere el silencio.

Cuando el cuerpo nos empieza a doler y doler,


escapa sigilosamente de su hora de consulta.

Es algo quisquillosa:

con disgusto nos ve en la muchedumbre,


le repugna nuestra lucha por supuestas ventajas


y el rumor de los negocios.

La alegría y la tristeza


no son para ella sentimientos distintos.


Sólo cuando se unen


está presente en nosotros.

Podemos contar con ella


cuando no estamos seguros de nada


y tenemos curiosidad por todo.

De los objetos materiales


le gustan los relojes con péndulo


y los espejos que trabajan afanosos

aunque no mire nadie.

No dice de dónde viene


ni cuándo se irá de nuevo,


pero evidentemente espera esa pregunta.

Según parece,


así como ella a nosotros,


nosotros a ella


también le servimos de algo.

sábado, 21 de febrero de 2015

La cuarta puerta (por Eduardo García)


Al fondo de mí mismo hay cuatro puertas.
Desciendo por el pozo hacia los hondos
canales que me surcan. Pecho adentro
cruzo la oscuridad a ciegas. Voy
palpando las paredes. Ahora el aire
es más puro. Vislumbro el resplandor:

la puerta del jardín de los deseos,
la puerta del instante prodigioso,
la puerta de la infancia recobrada.

Huele a ausencia de pronto un viento frío.
Siento a mi espalda un hueco impenetrable:
por las hondas rendijas de tinieblas
mana un silencio atroz. Detengo el paso.

Mientras florezcan firmes mis deseos
y me aguarde el instante y el prodigio
y la luz en los patios de la infancia,
no cruzaré el umbral, la cuarta puerta,
no pisaré esa nada imponderable.


viernes, 20 de febrero de 2015

Iván y Arancha en Praga (por José Luis Piquero)


Si en la cena se hablaba de la noche
me apuntaba a los planes en que estuvieran ellos:
saberlos entre el grupo
era la vida en orden de una forma inconsciente.
Sus besos adornaban el verano.

Juro que los amé sin yo quererlo,
que no escogí el dolor ni la codicia
ni preguntarme cómo se querrían a solas
o qué significaba yo en sus vidas.

Hay una habitación en un lugar de Praga,
allí se oye un tranvía
y música que llega de los albergues próximos.
Yo pasé tantas horas fumando en ese cuarto,
luego, ¿a quién le interesan las vidas de los otros?

Pero a veces,
cuando el grupo importaba y el alcohol era bueno,
se podía querer sin ser culpables
pues tras cada cerveza sonreía
un confidente.
¡Inmensas,
fugaces amistades en los viajes de jóvenes!:
el amor es la copa que va de mano en mano.

Y ella, te acariciaban
sus ojos indefensos; junto al lago
tuve la quemadura de su brazo en los hombros
y un susurro de arbustos. En él todo
era la adolescencia, y esa voz
salvaje como un fruto o sudar o una isla.

¿Me entendéis? Los amaba
en el deseo inútil
de haber querido ser cualquiera de los dos
en vez de ser yo mismo: ese que mira
como un tonto los rostros, las ventanas,
ese extraño en el reino de su secreto mundo.

Vivir es cruzar ciegos ante puertas cerradas:
cansados de nosotros, muy cansados,
nos describe mejor todo lo que no somos,
y amar es rebelarse, ¡qué intento más idiota!

Adiós, adiós, Praga y los autopullmans,
adiós, besos, adiós, Puente de Carlos,
adiós, islas y ríos y cervezas de Pilsen,
adiós a cualquier brindis
y a todos los amantes del mundo, adiós, adiós.

Que yo me voy al sueño
de los libros que no conoceréis.

A la vuelta, dormidos con las cabezas juntas,
parecían las víctimas de un sangriento holocausto
de risas y jadeos.
Si algún día
me olvidase de todo, de eso no.

jueves, 19 de febrero de 2015

No tan lejos que no pueda escucharte (por José Luis García Martín)


Las noches más felices de mi vida

no fueron del amor ni tampoco del sueño,

sino de amable charla con los amigos,

siempre que fueras tú uno de ellos:


ninguno como tú

era capaz de detener el tiempo.


¿Recuerdas las veladas del verano,

el jardín de tu casa, las estrellas que abrían

más que nunca los ojos,

como todos nosotros por mejor escucharte?


Para no despertar a los que duermen

bajábamos la voz, y se calmaba el viento

y susurraba el mar, y a tu voz le ponía

callada música la exacta

mecánica celeste de las constelaciones.


Las noches más felices de mi vida

sólo con mi vida tendrán fin.


Los amigos se fueron, cada uno a su sueño,

y tú te fuiste más lejos que ninguno.

Pero no tan lejos que no pueda escucharte

repetir incansable historias siempre nuevas,

discurrir sobre Dios o el olvido o la nada

y reír como entonces espantando

las turbias aves que anidan en mi frente.


La Muerte que todo lo puede,

mientras yo tenga vida, contra tu voz no puede.

miércoles, 18 de febrero de 2015

Las velas parpadeaban (por Charles Simic)


¿Te acuerdas de aquel loco
que ponía velas en su sombrero
para poder pintar el mar de noche?
Solo, en esa playa vacía de Jersey,
forzaba la vista para mirar en la oscuridad
y blandía su pincel salvajemente.

Teresa dijo que había sacado esa estúpida idea
de una película que ella había visto.
Sin embargo, ahí estaba con barba y melena
como el mismísimo demonio
atiborrando oscuros colores uno sobre otro
mientras nosotros, a su alrededor, mirábamos.

Las velas parpadeaban en su cabeza
y luego iban, una a una, apagándose.