zUmO dE pOeSíA

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de todos los colores, de todos los sabores

ALEATORIUM: Saca un poema de nuestro almacén

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jueves, 2 de octubre de 2014

Nos abrazamos (por Glauce Baldovin)


Aún no sé cómo llegó a pesar de todos los años transcurridos.

La sentí frente a mí.

Yo tejía una bufanda con agujas de metal blanco

o de un gris casi blanco

y me pidió que siguiera tejiendo.

Quería ver cómo movía las manos.

Nunca le pregunté

por temor quizá a la respuesta

o porque estando con ella era tanto lo que teníamos que hablar,

tan sugestivo el silencio,

que ese detalle,

el por qué, el cómo,

perdía toda importancia.

Lo único que recuerdo

y que se repite a diario entre esfumado,

entre nebuloso,

es que las anémonas violetas que llenaban la jarra de plata

se marchitaron

de pronto

y los pétalos blanquecinos lilas de ceniza

cayeron a la mesa,

al suelo.

Se levantó el velo que le cubría el rostro

y sus ojos azules, negros de tan azules,

se clavaron en mis ojos.

Nunca más hablamos de ello

pero cuando me dijo

después de haber recorrido toda la casa,

de haberse detenido en los rincones en las colchas en los espejos,

“yo soy tu soledad”,

nos abrazamos entre llorando y riendo,

nos acariciamos la cabeza

y fue el momento mas tierno del que tengo memoria.

miércoles, 1 de octubre de 2014

Bajo mis costillas (por Wislawa Szymborska)


Gracias te doy, corazón mío,
por no quejarte, por ir y venir
sin premios, sin halagos,
por diligencia innata.

Tienes setenta merecimientos por minuto.
Cada una de tus sístoles
es como empujar una barca
hacia alta mar
para viajar alrededor del mundo.

Gracias te doy, corazón mío,
porque una y otra vez
me extraes del todo,
y sigo separada hasta en el sueño.

Cuidas de que no me sueñe al vuelo,
y hasta el extremo de un vuelo
para el que no se necesitan alas.

Gracias te doy, corazón mío,
por haberme despertado de nuevo,
y aunque es domingo,
día de descanso,
bajo mis costillas
continúa el movimiento de un día laboral.


martes, 30 de septiembre de 2014

Es vuestro turno (por Louise Glück)


Somos todos soñadores; no sabemos quiénes somos.

Alguna máquina nos hizo, máquina del mundo, la familia constrictora.

Luego de nuevo al mundo, lustrados por suaves látigos.

Soñamos; no recordamos.

Máquina de la familia: pelaje oscuro, bosques del cuerpo de la madre.

Máquina de la madre: ciudad blanca dentro de ella.

Y antes de eso: tierra y agua.

Musgo entre las rocas, trozos de hojas y pasto.

Y antes, células en una gran oscuridad.

Y antes de eso, el mundo velado.

Es por eso que naciste: para silenciarme.

Células de mi madre y padre, es vuestro turno

de ser fundamental, ser la obra maestra.


Improvisé, nunca recordé.

Ahora es tu turno de ser conducida,

eres la que demanda saber:


¿Por qué sufro? ¿Por qué soy ignorante?

Células en una gran oscuridad. Alguna máquina nos hizo.


Es vuestro turno de abordarlo, volver a preguntar

¿para qué soy?, ¿para qué soy?


lunes, 29 de septiembre de 2014

Todo se fue alejando (por Philip Larkin)

La mirada apenas los distingue
de la fresca sombra que los cobija,
hasta que el viento alborota la cola y la melena;
entonces uno pasta, da unos pasos
–el otro parece observarlo–
y se detiene de nuevo en su anonimato.

Sin embargo, hace quince años
quizá dos docenas de carreras bastaron
para que entraran en la leyenda: lentas tardes
de copas, apuestas y hándicaps,
en las que sus nombres quedaron grabados
en desvaídos junios clásicos.

Colores en la salida: recortados contra el cielo
números y parasoles: fuera
escuadrones de coches vacíos y el calor,
y desperdicios en la hierba: el grito prolongado
que queda flotando hasta que remite y se imprime
en las columnas de última hora de los periódicos.

¿Quizá los recuerdos rondan sus oídos como moscas?
Sacuden la cabeza. El crepúsculo llena las sombras.
Verano tras verano todo se fue alejando,
los cajones de salida, el gentío y los gritos:
todo menos esos apacibles prados.
Sus nombres sobreviven en los almanaques; pero ellos

han olvidado sus nombres, y descansan,
o emprenden un galope que debe ser de alegría,
y ya no los siguen los prismáticos
ni los vaticinios de un cronómetro impertinente:
solo el mozo, y el hijo del mozo,
con las bridas cuando llega la noche.

domingo, 28 de septiembre de 2014

Junté una florecita (por Julio Cortázar)


Hablen, tiene tres minutos
De vuelta del paseo
donde junté una florecita para tenerte entre mis dedos un momento,
y bebí una botellas de Beaujolais, para bajar al pozo
donde bailaba un oso luna,
en la penumbra dorada de la lámpara cuelgo mi piel
y sé que estaré solo en la ciudad
más poblada del mundo.
Excusarás este balance histérico, entre fuga a la rata y queja de morfina,
teniendo en cuenta que hace frío, llueve sobre mi taza de café,
y en cada medialuna la humedad alisa sus patitas de esponja.
Máxime sabiendo
que pienso en ti obstinadamente, como una ciega máquina,
como la cifra que repite interminablemente el gongo de la fiebre
el loco que cobija su paloma en la mano, acariciándola hora a hora
hasta mezclar los dedos y las plumas en una sola miga de ternura.
Creo que sospecharás esto que ocurre,
como yo te presiento a la distancia en tu ciudad,
volviendo del paseo donde quizá juntases
la misma florecita, un poco por botánica,
un poco porque aquí,
porque es preciso
que no estemos tan solos, que nos demos
un pétalo, aunque sea un pasito, una pelusa.


sábado, 27 de septiembre de 2014

Lo inacabado (por Irene Gruss)


El tiempo que demoras en terminar cada cosa
igual al de las cosas a medio hacer.
Nada perturba:
ni la conciencia ni la ensoñación de ver algo
hecho y cerrado.
A modo de hilván y a medias todo.
Que un límite no cierre lo que no quieres cerrar: parece más vivo
lo inacabado. Allí el vestido sin doblar,
allí los hijos, idos; así un final, como un principio, entremezclado y sucio
de arena del reloj.
Así irresuelta, desparramado un eco,
la brasa sin atizar. 


viernes, 26 de septiembre de 2014

Sobre una hoja (por Luo Ying)


Una araña roja arrastrándose sobre una hoja, atraviesa su pequeño mundo propio
Atrapando la luz solar, destello de rojo sangre que hace retraer a la mente
Mandíbulas minúsculas lo agarran todo como un capturador del cosmos
Hilo lentamente escupido arma su trampa de siglos
El viento hila redes a través del cielo, tiempo para que todos miren hacia arriba
Todas las criaturas son presas de Dios algunas veces como enemigos
A veces la araña roja se columpia, a veces se lanza, a veces vacila
A veces parece hermosa, a veces siniestra, a veces afligida
Los campos a veces son áridas colinas y las corrientes oscuros ríos secos
Una araña roja arrastrándose sobre la hoja, no hay pensamientos del tiempo pasado o giros equivocados
Rayos a través de la seda iluminan escenas distantes, brillan dentro de un bosque...
Miles de formas corpóreas revolotean dentro y fuera de visión entre las ramas
En lugares humildes se dirigen a elevar lo bajo hasta lo noble
Una araña roja se arrastra sobre una hoja como un maestro que no hace ostentación
Una vez que se arrastra tras una hoja, nuestro mundo se amarillea
Avenidas de lluvia enturbian el cielo y la tierra y el bosque

jueves, 25 de septiembre de 2014

Pensó tanto en la rosa (por Ángel González)


Pétalo a pétalo, memorizó la rosa.


Pensó tanto en la rosa,

la aspiró tantas veces en su ensueño,

que cuando vio una rosa verdadera

le dijo,

desdeñoso,

volviéndole la espalda:


-Mentirosa.

miércoles, 24 de septiembre de 2014

A qué distancia (por Mª Jesús Mingot)

Te levantas,
bostezas,
por la calle caminas,
aligeras el paso,
te detienes
a cuatrocientos metros de tu casa.

Guardas cola, bostezas,
con torpe disimulo te secundan
macilentos suspiros a tu espalda,
delante de tus ojos
que alguien mira
-milagro-.
Espejismo fugaz: no era a ti sino a ella
a quien miraba,
veinte años más joven,
resplandeciente, intacta, victoriosa,
partidaria sin lucha de sí misma,
a un palmo de distancia de tu cuerpo
mas tan lejos no obstante
de todos esos rostros
que tanto te recuerdan lo que eres.

Te agolpas a la puerta,
subes los dos peldaños,
al conductor le tiendes
el bonotransporte con tu foto
cuando te llega el turno,
de vuelta a la oficina o a tu casa,
o a este mismo autobús
que enlaza
tus días con tus noches
seis veces por semana,
once meses al año, durante cuatro décadas.

La joven,
cuya presencia ofende a estas alturas
-no seamos hipócritas: tanta belleza hiere-,
traquetea a tu lado al compás de los frenos,
rumorosa, dispersa,
los oscilantes senos a la vista.

Sólo entonces te asalta,
la velada certeza toma cuerpo:
"cada día es el último" -te dices-;
"no desdeñes
estos veinte minutos de trayecto":
la antesala de las cuarenta teclas,
las luces fluorescentes,
los reparos,
el menú de las dos, pespunteado
de palabras triviales
en primera persona rubricadas
cada cuatro segundos,
el pertinaz letargo,
la modorra
que hace bailar las cifras
del impávido extracto
con el que caminas al filo de las siete.

Vuelves sobre tus pasos,
el recorrido inverso emprendes
cuajando rebeldías
-mariposas urbanas-;
ralentizas la marcha a tiempo de perderlo:
podrías ir andando,
detenerte en el parque,
atreverte a sentir
a qué distancia de los besos
te hallas
un martes por la noche,
a qué distancia de los sueños te hallas.

martes, 23 de septiembre de 2014

El nombre de "amigo" (por Gaius Iulius Phaedrus -Fedro-)


Muy corriente es el nombre de "amigo", pero escasa la fidelidad.
Estando construyéndose una casita Sócrates
(cuya muerte yo no desdeñaría con tal de alcanzar su fama
y aceptaría la envidia, si quedaran libres de ella mis cenizas),
uno cualquiera del pueblo, como suele ocurrir, le preguntó:
«¿Cómo? ¿Tan pequeña casa te levantas tú, tan importante?»
«¡Ojalá», respondió, «pueda llenarla de amigos verdaderos!»

lunes, 22 de septiembre de 2014

Pero el ciervo (por Eugenio Montejo)

No sé qué extraña lengua están hablando
en esta taberna.
Siento que las palabras me rodean
con sus rápidos saltos de peces
delante de mis ojos forasteros.
Puedo mirarlas en sus lentas burbujas
hasta que estallan en el aire.

Los periódicos parecen escritos
con huellas de pájaros
Los saludos dibujan otros gestos;
en los percheros hay largos esqueletos
de dinosaurios.

Entre los hombres que juegan al billar
o charlan o dormitan,
tal vez alguno salió de los espejos
y en un instante volverá a disolverse.
Por estas tierras abundan los fantasmas.

Me he corrido de casa tantas leguas,
estoy a tantos meridianos,
que no comprendo ni el coro de las sombras
con que la noche baja a oscurecerme,
pero el ciervo de rostro disecado,
fijo en un muro con ojos de botella,
me grita que el mal es uno solo en todas partes,
usa el mismo cuchillo
y amenaza
por todos los caminos de la tierra.

domingo, 21 de septiembre de 2014

Y no nos ve aquí juntos (por Eloy Sánchez Rosillo)


Entra la luz hoy en el cuarto como
entraba la otra tarde. Y no nos ve
aquí juntos de nuevo: no has venido.
Yo puedo recordarte.
Y te recuerdo, a solas, en esta habitación
–llena de nada ahora– que entonces compartimos.
Las palabras que hablamos, la música, tu risa,
y lo que entre nosotros sucedió en esas horas,
siguen viviendo en mí.

Pero la luz no te recuerda, porque
la luz ama el presente. Regresa sin memoria
a la estancia vacía. Y ya no sabe
que se enredó en tu pelo y que brilló en tus ojos,
que, a la vez que mis manos minuciosas, anduvo
despacio por tu cuerpo.

No, la luz no recuerda
haber estado aquí, contigo, con nosotros.
Llega, alegre y dorada,
al lugar en que ardiera la otra tarde la vida.
Y únicamente encuentra en su silencio
a un hombre recordando, recordándote:
un hombre triste, y derrotado, y solo.


sábado, 20 de septiembre de 2014

Entre ambos errores (por Roberto Juarroz)


No hay victorias ni derrotas.
Hay un error en el fondo
y otro error en la superficie.
Entre ambos errores
una ambigua tristeza
raspa la corteza de un árbol imposible.

No hay quién pueda triunfar
ni sobre qué triunfar.

Sólo hay círculos concéntricos
alrededor de unas ausencias.

viernes, 19 de septiembre de 2014

Lo hemos gastado todo (por Eugénio de Andrade)


Ya hemos gastado las palabras en la calle, amor mío,
y lo que nos ha quedado no basta
para alejar el frío de cuatro paredes.
Lo hemos gastado todo salvo el silencio.
Hemos gastado los ojos con la sal de las lágrimas,
hemos gastado las manos a fuerza de apretárnoslas,
hemos gastado el reloj y las piedras de las esquinas
en esperas inútiles.

Meto las manos en los bolsillos y no me encuentro nada.
Antes teníamos tanto que darnos;
era como si todo fuera mío:
cuanto más te daba más tenía que darte.

A veces decías: tus ojos son unos peces verdes
y yo me lo creía.
Me lo creía
porque a tu lado
todas las cosas eran posibles.

Pero eso era en el tiempo de los secretos,
era en el tiempo en que tu cuerpo era un acuario,
era en el tiempo en que mis ojos
eran realmente peces verdes.
Hoy son sólo mis ojos.
Es poco, pero es la verdad,
unos ojos como los demás.

Ya hemos gastado las palabras.
Cuando ahora te digo amor mío,
ya no pasa absolutamente nada.
Y sin embargo, antes de gastarse las palabras,
estoy seguro de que todo se estremecía
sólo con murmurar tu nombre
en el silencio de mi corazón.

No tenemos ya nada para darnos.
Dentro de ti
no hay nada que me pida agua.
El pasado es inútil como un trapo.
Ya te lo he dicho: las palabras están gastadas.

Adiós. 

jueves, 18 de septiembre de 2014

Sin forma de esperanza (por Saiz de Marco)


debe andar escondida una esperanza rara

una esperanza incógnita

difusa

desvaída

impropia de tal nombre

sin forma de esperanza

con apariencia endeble

no altiva

no engreída

secretamente firme

musculosa por dentro


entrenada ella sola en gimnasios nocturnos

haciendo abdominales

levantando pesas

con su viejo chándal gris raído de tanto usarlo

sudando

ejercitándose con la luz apagada


corriendo en soledad por las calles dormidas



generalmente oculta

aunque a veces se asoma y se deja entrever

una tenue esperanza

desgarbada de aspecto

blanda pero fibrosa


y más fuerte que todas las desesperaciones


miércoles, 17 de septiembre de 2014

Y te dejo colgada allá en lo alto (por Ángel González)


Noche estrellada en aceptable uso,
con pálidos reflejos y opacidad lustrosa,
vieja chistera inútil en los tiempos que corren
como escuálidos galgos sobre el mundo,
definitivamente eres un lujo
que ha pasado de moda.

Tras la fría superficie de las calles de luna,
el alcanfor del sueño conserva en el armario
de la ciudad oscura a los que duermen
y no te verán nunca.

Yo, sin embargo, te llevo en la cabeza,
vieja noche de copa,
y cuando vuelvo a casa sorteando
imprevisibles gatos y farolas,
te levanto en un gesto final ceremonioso
dedicado a tus brillos y a mi sombra,
y te dejo colgada allá en lo alto
-¡hasta mañana, noche!-,
negra, deshabitada, misteriosa.


martes, 16 de septiembre de 2014

Visita al museo (por Jesús Montiel)



Niños terrícolas del siglo treinta:



mirad lo que llamaban los antiguos un bosque.

Entonces las especies vegetales

brotaban a su antojo de la tierra,

se hermanaban formando laberintos

rebosantes de vida.

Los árboles crecían, se estiraban

como sueños borrachos de tormenta

y en sus copas el viento cantaba con el pájaro.


—la extrañeza les abre la boca y la mirada—


mirad lo azul que entonces era el cielo

—se escuchan expresiones de sorpresa—

la belleza del campo amanecido.

Observad las estrellas coronando la noche,

flotando como adornos navideños

de un altísimo abeto.


Mirad un hombre de hace nueve siglos

absorto en la visión de unas montañas.

—¿Qué fulge en su mirada? ¿Qué luz hay en sus ojos?-


Es lo que los antiguos llamaban el Asombro…

lunes, 15 de septiembre de 2014

Sobre mi mano (por Jesús H. Tundidor)


Mirad,

ahora lo pongo

sobre mi mano: oídlo,

justifica

una vida. Dentro

de su volumen cabe

la desesperación y la esperanza,

los ríos en tinieblas y la clara

posesión de la luz.

Si lo tuviera

unos instantes más me quemaría

su peso, su ternura, su profundo

misterio. Jamás frente a mis ojos

a tal extensión tuve:

aquí el presentimiento, allá las sombras,

en largo cauce el júbilo, la dicha

mortal y repasada, y ocupando

su contorno o distancia el agua siempre

ávida de entregarse,

el buen amor que nunca

termina concedido.

Honda fue su verdad y es su ceniza.

Bajo

su sencillez de forma,

en el ámbito

luminoso de su noche sonora

reposa,

da principio y concluye

el triste sueño humano.

domingo, 14 de septiembre de 2014

Si las palabras bastan (por Charles Simic)

¿Estás autorizado a hablar
en nombre de los árboles desnudos?
¿Eres capaz de explicar
lo que pretende el viento
con la camisa y el camisón
abandonados en la lavandería?
¿Qué sabes tú de las nubes negras?
¿Y de los estanques repletos de hojas muertas?
¿De coches antiguos oxidándose en la entrada?
¿Quién te ha dado permiso
para mirar la lata de cerveza en la cuneta?
¿Y la cruz blanca junto a la carretera?
¿El columpio en el jardín de las viudas?
Pregúntate a ti mismo si las palabras bastan
o si sería mejor agitar tus alas
de árbol en árbol
y seguir haciendo el cuervo.

sábado, 13 de septiembre de 2014

Esperando el despegue (por Santiago Venturini)


en fila ascendemos

a la cápsula de un colectivo.

la nave espacial

de una película vieja:

tableros de plástico botones

que no sirven para nada,

pantallas de un futuro

que ya pasó.

los torsos se acomodan

en asientos numerados.

somos todos lo mismo:

cuerpos en reposo

esperando el despegue

después de la comida el sexo

o la televisión.

y cuando nos impulsan las turbinas

ya no importan las luces de esas casas

que esconden familias anestesiadas,

ni esa iglesia improvisada en un galpón

lleno de fieles levantando los brazos

bajo unos fluorescentes implacables.

a toda velocidad

cruzamos la galaxia de los campos

en la que las estrellas frías se mezclan

con los asteroides de los autos

y supermercados cerrados.

hasta que en el espacio negro

aparece

la superficie decepcionante de un planeta:

una masa eléctrica de postes

carteles y basura.

el piloto grita nombres de calles

y en ese momento

dejamos de ser astronautas

para volvernos los terrícolas comunes

que ven de vez en cuando la luna

desde una ventana.

viernes, 12 de septiembre de 2014

O se me sube Rosi a las rodillas (por Jorge Boccanera)


Siempre estoy comenzando este poema,

pero claro,

llaman a las puertas las voces cotidianas

o se cae a pedazos el día diecinueve

o se me sube rosi a las rodillas

o caigo en la guitarra buscando no sé qué.

Siempre estoy comenzando este poema,

pero llegan recuerdos de una ternura un día,

o me sirven café

o voy a ver al boby que está ladrando mucho.

Siempre estoy comenzando este poema,

y escribo una palabra y ya viene la tarde

con su naufragio, entonces

pongo la ternura en una botella

para que alguien recoja pedazos de mis ojos.

Siempre estoy comenzando este poema,

pero llega la noche,

quiero decir tu pelo mojado

quiero decir que crezco

y que salgo a caminar tu nombre.

jueves, 11 de septiembre de 2014

¿Quién ha abierto el balcón? (por Eloy Sánchez Rosillo)


Despertarse un buen día y descubrir
que la turbia amenaza que tanta muerte puso
durante tanto tiempo en nuestra vida
ya no nos mira con sus ojos fijos,
con sus ojos terribles.
¿Qué sucede?
¿Cómo se hizo en mi casa este silencio puro,
este sosiego que tenía olvidado?
¿Quién ha abierto el balcón y allí ha dispuesto
esa maceta con geranios rojos?
¿Es cierto que se adentra por la estancia,
despacio, un sol muy dulce y acaricia
el suelo, este sillón, mis manos, mi cabeza,
mi pecho que agradece, mi corazón que canta?


miércoles, 10 de septiembre de 2014

Perfección (por Jorge Guillén)


Queda curvo el firmamento,

compacto azul, sobre el día.

Es el redondeamiento

del esplendor: mediodía.

Todo es cúpula. Reposa,

central sin querer, la rosa,

a un sol en cénit sujeta.

Y tanto se da el presente

que el pie caminante siente

la integridad del planeta.

martes, 9 de septiembre de 2014

Tendí las sábanas y las vi agitarse (por Anne Sexton)


Hoy estoy feliz con las sábanas de la vida.

Lavé las sábanas.

Tendí las sábanas y las vi

agitarse y elevarse como gaviotas.

Cuando estuvieron secas las destendí

y hundí mi cabeza en ellas.

Todo el oxígeno de la tierra en ellas.

Todos los pies de todos los bebés del mundo en ellas.

Todos los calzones de todos los ángeles del mundo en ellas.

Todos los besos mañaneros de Filadelfia en ellas.

Todos los juegos de saltar pintados sobre todas las aceras en

ellas.

Todos los caballitos hechos de tela en ellas.


Así que esto es la felicidad,

ese obrero.

lunes, 8 de septiembre de 2014

Dos líneas de arena (por Osvaldo Costiglia)


Viaje hacia atrás del cráneo,
donde las manos entrelazadas,
reponen la respiración del domingo
a esta cabeza en acecho,
moviéndose hacia la calma
de su final.
Así, de tanto en tanto
miro lo que el tiempo abandona
y no digo nada
que pueda apartarme
del roce lento y pausado de la vida.
Si tengo miedo, es que hay
paisajes donde ni siquiera puedo sentir
el paso de las sombras.
Tiento así, con los dedos, dos líneas de arena
y trazo la transversal.
No es cierto que la geometría tranquilice.
El viento en los labios tiembla
y desocupa el día.

domingo, 7 de septiembre de 2014

Mas la piedra se acuerda (por William Ospina)


Aquí hubo un mar hace un millón de años.
El hombre no lo sabe, mas la piedra se acuerda.
Pártela: hay un cangrejo en sus entrañas,
todo de piedra ya, forma magnífica
que se negó a ser polvo.
Ante el peñasco y el guijarro, piensa
que acaso fueron seres dolorosos,
sangre y pulmones palpitantes.
Entre la ciega roca
y el trémolo extasiado de la salamandra
tan sólo hay tiempo.





sábado, 6 de septiembre de 2014

100 años de Nicanor Parra

En ZuMo De PoEsÍa hemos publicado a veces poemas, a modo de homenaje, con motivo del fallecimiento de sus creadores. Hoy la razón de recuerdo no es la muerte de nadie, sino el siglo de vida de Nicanor Parra, nacido el 5 de septiembre de 1914 y que, por tanto, ayer cumplió 100 años. Como conmemoración de esos 100 años (y un día) -¡y los muchos más que deseamos le queden por vivir!-, este poema en su homenaje:



Entre el río de entonces y el de ahora (por Nicanor Parra)



A recorrer me dediqué esta tarde
las solitarias calles de mi aldea
acompañado por el buen crepúsculo
que es el único amigo que me queda.
Todo está como entonces, el otoño
y su difusa lámpara de niebla,
sólo que el tiempo lo ha invadido todo
con su pálido manto de tristeza.
Nunca pensé, creédmelo, un instante
volver a ver esta querida tierra,
pero ahora que he vuelto no comprendo
cómo pude alejarme de su puerta.
Nada ha cambiado, ni sus casas blancas
ni sus viejos portones de madera.
Todo está en su lugar; las golondrinas
en la torre más alta de la iglesia;
el caracol en el jardín; y el musgo
en las húmedas manos de las piedras.
No se puede dudar, este es el reino
del cielo azul y de las hojas secas
en donde todo y cada cosa tiene
su singular y plácida leyenda:
hasta en la propia sombra reconozco
la mirada celeste de mi abuela.
Estos fueron los hechos memorables
que presenció mi juventud primera,
el correo en la esquina de la plaza
y la humedad en las murallas viejas.
¡Buena cosa, Dios mío!, nunca sabe
uno apreciar la dicha verdadera,
cuando la imaginamos más lejana
es justamente cuando está más cerca.
Ay de mí, ¡ay de mí!, algo me dice
que la vida no es más que una quimera;
una ilusión, un sueño sin orillas,
una pequeña nube pasajera.
Vamos por partes, no sé bien qué digo,
la emoción se me sube a la cabeza.
Como ya era la hora del silencio
cuando emprendí mi singular empresa
una tras otra, en oleaje mudo,
al establo volvían las ovejas.
Las saludé personalmente a todas
y cuando estuve frente a la arboleda
que alimenta el oído del viajero
con su inefable música secreta
recordé el mar y enumeré las hojas
en homenaje a mis hermanas muertas.
Perfectamente bien. Seguí mi viaje
como quien de la vida nada espera.
Pasé frente a la rueda del molino,
me detuve delante de una tienda:
el olor del café siempre es el mismo,
siempre la misma luna en mi cabeza;
entre el río de entonces y el de ahora
no distingo ninguna diferencia.
Lo reconozco bien, éste es el árbol
que mi padre plantó frente a la puerta
(ilustre padre que en sus buenos tiempos
fuera mejor que una ventana abierta).
Yo me atrevo a afirmar que su conducta
era un trasunto fiel de la Edad Media
cuando el perro dormía dulcemente
bajo el ángulo recto de una estrella.
A estas alturas siento que me envuelve
el delicado olor de las violetas
que mi amorosa madre cultivaba
para curar la tos y la tristeza.
Cuánto tiempo ha pasado desde entonces
no podría decirlo con certeza;
todo está igual, seguramente,
el vino y el ruiseñor encima de la mesa,
mis hermanos menores a esta hora
deben venir de vuelta de la escuela:
¡sólo que el tiempo lo ha borrado todo
como una blanca tempestad de arena!

Jardinera (por Diana Bellessi)


He construido un jardín como quien hace
los gestos correctos en el lugar errado.
Errado, no de error, sino de lugar otro,
como hablar con el reflejo del espejo
y no con quien se mira en él.
He construido un jardín para dialogar
allí, codo a codo en la belleza, con la siempre
muda pero activa muerte trabajando el corazón.
Deja el equipaje, repetía, ahora que tu cuerpo
atisba las dos orillas, no hay nada, más
que los gestos precisos,
dejarse ir para cuidarlo
y ser el jardín.
Atesora lo que pierdes, decía esta muerte
hablando en perfecto y distanciado castellano.
Lo que pierdes, mientras tienes, es la sola compañía
que te allega a la orilla lejana de la muerte.

Ahora la lengua puede desatarse para hablar.
Ella que nunca pudo el escalpelo del horror
provista de herramientas para hacer maravilloso
de ominoso. Sólo digerible al ojo el terror
si la belleza lo sostiene. Mira el agujero
ciego: los gestos precisos y amorosos sin reflejo
en el espejo frente al cual la operatoria carece
de sentido.

Tener un jardín es dejarse tener por él y su
eterno movimiento de partida. Flores, semillas y
plantas mueren para siempre o se renuevan. Hay
poda y hay momentos, en el ocaso dulce de una
tarde de verano, para verlo excediéndose de sí,
mientras la sombra de su caída anuncia
en el macizo fulgor de marzo, o en el dormir
sin sueño del sujeto cuando muere, mientras
la especie que lo contiene no cesa de forjarse.
El jardín exige a su jardinera verlo morir.
Demanda su mano que recorte y modifique
la tierra desnuda, dada vuelta en los canteros
bajo la noche helada. El jardín mata
y pide ser muerto para ser jardín. Pero hacer
gestos correctos en el lugar errado
disuelve la ecuación, descubre páramo.
Amor reclamado en diferencia como
cielo azul oscuro contra la pena. Gota
regia de la tormenta en cuyo abrazo llegas
a la orilla más lejana. I wish you
were here amor, pero sos jardinera y no
jardín. Desenterraste mi corazón de tu cantero.

viernes, 5 de septiembre de 2014

Por debajo de todo (por Philip Larkin)


Aparte de todo esto, el deseo de estar solo:
por mucho que el cielo se oscurezca con invitaciones
por mucho que sigamos las instrucciones impresas del sexo
por mucho que la familia se fotografíe bajo el asta de la bandera:
aparte de todo esto, el deseo de estar solo.

Por debajo de todo, un anhelo de olvido:
a pesar de las astutas tensiones del calendario,
el seguro de vida, los programados ritos de fertilidad,
la costosa aversion de los ojos a la muerte:
por debajo de todo, un anhelo de olvido.

jueves, 4 de septiembre de 2014

Eso eres (por Blanca Varela)


El deseo es un lugar que se abandona

la verdad desaparece con la luz

corre-ve-y-dile

es tan aguda la voz del deseo

que es imposible oírla

es tan callada la voz de la verdad

que es imposible oírla


calor de fuego ido

seno de estuco

vientre de piedra

ojos de agua estancada

eso eres


me arrodillo y en tu nombre

cuento los dedos de mi mano derecha

que te escribe


me aferro a ti

me desgarra tu garfio carnicero

de arriba abajo me abre como a una res

y estos dedos recién contados

te atraviesan en el aire y te tocan


y suenas, suenas, suenas

gran badajo

en el sagrado vacío de mi cráneo.

miércoles, 3 de septiembre de 2014

Cuando viene (por Vladimir Amaya)


Viene como canción

de agosto en martes sin voces,


como viaje intermitente

de sobresaltos y llagas abiertas,


como aroma

que arde hasta el tuétano,

bajo los ojos.


Es una avalancha

de acusaciones sin motivo,

como viene.


Viene y fantasea triturarme,

al acercarme a ella lo consigue.


Escudriña los costados del vencido,

desvalija algunos mentones.

Pinta misterios y calabozos, cuando viene.


Sabe, y no conoce

del amor que comprime al mundo.

Viene como oración olvidada.

A cada pecho llega como latido inmóvil.


Viene como lágrima desmesurada lejos de su gruta.

Con la indiferencia de una nube que se marcha,

es como ella siempre viene.


Excedida por el encanto de los atardeceres,

penetrada de un sabor peregrino

a musgo y anillo recuperado.


Va estirando los hilos de una muerte advertida.

Recortando distancias entre las columnas.

Viene como sed de mayo

en viernes de colmena agitada.


Como se dan las cartas de oros

y como piedra tallada en el recuerdo,

como fruto prohibido tan cerca

de mi pecado ¡Viene!.

Viene como grillo de pálida orquesta.

Como excusa espesa de lo no dicho antes.


Después de todo, es por mí

que desde el centro de los horizontes

cabalgando sobre ella misma viene.


Como mar desbocado.

Como ciudad alarmada.

Como sueño recurrente…


Viene después de nada,

a dejarme las huellas


de su eterno retorno…

martes, 2 de septiembre de 2014

Y dónde recordar sin que me duela (por Jorge Luis Borges)


Dime por favor dónde estás,
en qué rincón puedo no verte,
dónde puedo dormir sin recordarte
y dónde recordar sin que me duela.

Dime por favor dónde pueda caminar
sin ver tus huellas,
dónde puedo correr sin recordarte
y dónde descansar con mi tristeza.

Dime por favor cuál es el cielo
que no tiene el calor de tu mirada
y cuál es el sol que tiene luz tan sólo
y no la sensación de que me llamas.

Dime por favor cuál es el rincón
en el que no dejaste tu presencia.
Dime por favor cuál es el hueco de mi almohada
que no tiene escondidos tus recuerdos.

Dime por favor cuál es la noche
en que no vendrás para velar mis sueños...
Que no puedo vivir porque te extraño
y no puedo morir porque te quiero.

lunes, 1 de septiembre de 2014

Aquella vez que vino tu recuerdo (por Evaristo Carriego).



La mesa estaba alegre como nunca.

Bebíamos el té: mamá reía

recordando, entre otros,

no sé qué antiguo chisme de familia;

una de nuestras primas comentaba

-recordando con gracia los modales

de un testigo irritado- el incidente

que presenció en la calle;

los niños se empeñaban, chacoteando,

en continuar el juego interrumpido,

y los demás hablábamos de todas

las cosas de que se habla con cariño.


Estábamos así, contentos, cuando

alguno te nombró, y el doloroso

silencio que de pronto ahogó las risas,

con pesadez de plomo,

persistió largo rato. Lo recuerdo

como si fuera ahora: nos quedamos

mudos, fríos. Pasaban los minutos,

pasaban y seguíamos callados.


Nadie decía nada, pero todos

pensábamos lo mismo. Como siempre

que la conmueve una emoción penosa,

mamá disimulaba ingenuamente

queriendo aparecer tranquila. ¡Pobre!



¡Bien que la conocemos!... Las muchachas

fingían ocuparse del vestido

que una de ellas llevaba:

los niños, asombrados de un silencio

tan extraño, salían de la pieza.

Y los demás seguíamos callados

sin mirarnos siquiera.

Cadenas (por Wislawa Szymborska)

Un día sofocante, la casa de un perro y el perro encadenado.
Unos pasos más allá un platito lleno de agua.
Pero la cadena es demasiado corta y el perro no alcanza.
Añadamos a la imagen un detalle más:
nuestras mucho más largas
y menos visibles cadenas
gracias a las cuales podemos pasar de largo tranquilamente.

domingo, 31 de agosto de 2014

No era alegría o tristeza (por Nazim Hikmet)


Durante todo el viaje, la nostalgia no se ha separado de mí.

No digo que fuese como mi sombra:

permanecía a mi lado también en la oscuridad.

No digo que fuese como mis manos o mis pies:

cuando se duerme, se pierden las manos y los pies

y yo no perdía la nostalgia ni siquiera durante el sueño.

Durante todo el viaje, la nostalgia no se ha separado de mí.

No digo que fuese hambre o sed o deseo

de frescura en la canícula o de calor en el hielo:

era algo que de lo que se puede alcanzar la saciedad.

No era alegría o tristeza, no estaba atada

a la ciudad, a las nubes, a las canciones, a los recuerdos.

Estaba en mí y fuera de mí.

Durante todo el viaje, la nostalgia no se ha separado de mí

y del viaje nada me queda sino aquella nostalgia.


sábado, 30 de agosto de 2014

Ese nombre (por Joan Margarit)


Ha apoyado la frente en el cristal
frío, empañado, con trasluz de invierno.
Escribe el nombre de ella y, a través
de las líneas que traza con el dedo,
la ha visto en un paraje solitario
con el mar y las rocas en la noche.
Al fondo, las estrellas: de pronto, las gaviotas
alzan el vuelo como un resplandor
al paso de un falucho. Se ha engañado:
detrás de la ventana hay una calle
que el alba hace más triste, sin un alma,
con coches aparcados.
Tras las líneas comienza a amanecer:
el sol naciente borrará ese nombre
en la escarcha rosada del cristal.

viernes, 29 de agosto de 2014

Si te encontrase (por Luis García Montero)

Quizá tu no me viste,
quizá nadie me viese tan perdido,
tan frío en esta esquina. Pero el viento
pensó que yo era piedra
y quiso con mi cuerpo deshacerse.

Si pudiera encontrarte,
quizá, si te encontrase, yo sabría
explicarme contigo.

Pero bares abiertos y cerrados,
calles de noche y día,
estaciones sin público,
barrios enteros con su gente, luces,
teléfonos, pasillos y esta esquina,
nada saben de ti.

Y cuando el viento quiere destruirse
me busca por la puerta de tu casa.

Yo le repito al viento
que si al fin te encontrase,
que si tú aparecieses, yo sabría
explicarme contigo

jueves, 28 de agosto de 2014

Televisión (por Manuel Rivas)


A esa hora llegaba mi vieja,
justo cuando el bajo de The Cult
daba aquellos pasos de comanche.
Mi madre,
boqueando después de fregar las oficinas del Fénix Español,
se ponía las zapatillas,
se sentaba en el sofá,
suspiraba en lo más hondo
y cambiaba a la primera cadena.
Anda, vago, sal a la calle y espabila.
Apareció el Empire State
y mi vieja dijo con ternura:
Pobre de la que tenga que fregar todo eso.

miércoles, 27 de agosto de 2014

Porque ella me comprende (por Paul Verlaine)

Tengo a menudo un sueño extraño y penetrante:
Una desconocida que amo y que me ama,
y que en cada ocasión no es por entero ella
ni es por entero otra, y me ama y me comprende.

Porque ella me comprende, y así mi corazón,
claro para ella sola, ya no es un enigma,
para ella sola, ay, y el sudor de mi rostro
ella sola lo sabe enjugar mientras llora.

¿Es rubia, pelirroja, morena? No lo sé.
¿Su nombre? Mi recuerdo es que es dulce y sonoro
como el de mis amados que desterró la Vida.

Sus ojos se parecen a los de las estatuas,
y su voz, que es serena, lejana y grave, tiene
la inflexión de otras voces queridas que han callado.


martes, 26 de agosto de 2014

Las otras (por Saiz de Marco)

Somos tus otras vidas,
tus vidas no vividas

lo único que buscamos es una explicación

¿por qué no nos viviste?

¿por qué a nosotras no y sin embargo sí
ese camino andado,
tu vida recorrida,
la ruta que sí has hecho?

¿en qué sentido ella nos sacaba ventaja?

¿por qué oculta razón la preferiste?

eh dinos,
¿qué te atrajo?,
¿qué te movió a escogerla?
¿qué promesas te hizo?,
¿cómo te engatusó?

ya que nunca has querido tomarnos,
elegirnos;
ya que nunca has probado a marchar por nosotras…
al menos cuéntanos si mereció la pena

¿tenía ella lo que no teníamos las demás?

¿te dio algo que nosotras no pudiéramos darte?

Somos las rechazadas,
las que dejaste a un lado

lo único que queremos es una explicación


lunes, 25 de agosto de 2014

Qué monada (por Wislawa Szymborska)

Le dio por la felicidad,
le dio por la verdad,
le dio por la eternidad
¡miradlo!

Apenas distinguió entre realidad y sueño,
apenas comprendió que él era él,
apenas chapuceó con su mano nacida de una aleta
una piedra de lumbre y una nave espacial,
capaz de ahogarse en una cucharada de océano,
poco gracioso incluso para la vacuidad,
sólo ve con sus ojos,
sólo oye con sus oídos,
su gran logro lingüístico es el condicional,
usa su razón para increpar a la razón,
en una palabra: es un cero a la izquierda,
pero por la cabeza le rondan la libertad, la omnisciencia y el ser
fuera de la carne tonta,
¡miradlo!

Porque parece existir,
haber llegado a ser de verdad
bajo una de las estrellas provincianas.
Vivaz y bastante movido a su manera.

Pese a ser un bastardo de un cristal
está harto estupefacto.
Pese a haber vivido una infancia difícil entre las necesidades de la manada, no está mal individualizado.
¡Miradlo!

¡Adelante, aún por un instante,
por un abrir y cerrar de una menuda galaxia!
Que por fin se vea a grandes rasgos
quién será, dado que existe.
Porque es tenaz.
Muy tenaz, a decir verdad.
Con ese aro en la nariz, con esa toga, con ese jersey.
En fin, es una monada.
Pobrecito.
Todo un hombre.

domingo, 24 de agosto de 2014

Terminado (por Juan Ramón Jiménez)


¿Nada todo? Pues ¿y este gusto entero
de entrar bajo la tierra, terminado
igual que un libro bello?
¿Y esta delicia plena
de haberse desprendido de la vida,
como un fruto perfecto de su rama?
¿Y esta alegría sola
de haber dejado en lo invisible
la realidad completa del anhelo,
como un río que pasa hacia la mar,
su perenne escultura?

sábado, 23 de agosto de 2014

Blues de la escalera (por Antonio Gamoneda)

Por la escalera sube una mujer
con un caldero lleno de penas.
Por la escalera sube una mujer
con el caldero de las penas.

Encontré a una mujer en la escalera
y ella bajó sus ojos ante mí.
Encontré la mujer con el caldero.

Ya nunca tendré paz en la escalera.

viernes, 22 de agosto de 2014

Inmóviles calaveras de caballo (por García Lorca)

Me he perdido muchas veces por el mar
con el oído lleno de flores recién cortadas,
con la lengua llena de amor y de agonía.
Muchas veces me he perdido por el mar
como me pierdo en el corazón de algunos niños.

No hay noche que, al dar un beso,
no sienta la sonrisa de las gentes sin rostro
ni hay nadie que, al tocar un recién nacido,
olvide las inmóviles calaveras de caballo.

Porque las rosas buscan en la frente
un duro paisaje de hueso
y las manos del hombre no tienen más sentido
que imitar a las raíces bajo tierra.

Como me pierdo en el corazón de algunos niños
me he perdido muchas veces por el mar.
Ignorante del agua voy buscando
una muerte de luz que me consuma.

jueves, 21 de agosto de 2014

Qué íbamos a hacer (por Paul Éluard)


Que íbamos a hacer, la puerta estaba bajo guardia
Que íbamos a hacer, estábamos encerrados
Que íbamos a hacer, habían cerrado la calle
Que íbamos a hacer, la ciudad estaba bajo custodia
Que íbamos a hacer, ella estaba hambrienta
Que íbamos a hacer, estábamos desarmados
Que íbamos a hacer, al caer la noche desierta
Que íbamos a hacer, teníamos que amarnos.

miércoles, 20 de agosto de 2014

El verdugo (por Sigfrido Radaelli)


Todo está oscuro. Voy bajando escalones duros,
irregulares,
tanteando paredes húmedas.
¿Cuántas mañanas, cuántas noches?
Algunas veces escuché yo mismo mi propio aullido.
¿Es así la tortura
y es así el dolor que aparece de pronto y se niega
a desaparecer.
que me acosa por un lado y en seguida por otro,
finalmente por todos los lados al mismo tiempo?
No hay que doblegarse, de lo contrario estoy
perdido
¿Y la humillación de ser torturado sin defensa
posible,
irse mutilando de a poco?
Quiero darme vuelta,
moverme, levantarme.
Agazapado, fulmíneo,
el dolor regresa.
Es inútil, estoy atrapado.
huyo de todo esto desvaneciéndome.
Busco a tientas el reloj, enciendo la luz.
Estuve dormido algunos minutos. He descansado
un poco, lo suficiente.
Ahora puedo volver a pensar. No importa ya cómo
ni por qué,
pero yo soy el torturado, la víctima.
Mi defensa es imposible, lo sé también,
y esto es lo que me ultraja.
Después de un largo día, de nuevo la noche.
Cumplo sus etapas conocidas de memoria:
un poco de radio, un poco de televisión,
un poco de lectura.
Tomo las medicinas, bebo agua,
apago la luz.
La escalera es circular, interminable, siempre hacia
abajo.
Tanteo los costados,
de vez en cuando me detengo para levantar la vista.
Entre los recovecos, la escasa luz del comienzo
ha desaparecido.
Siempre hay un escalón debajo del último.
Sigo bajando.
Al volver a mirar hacia arriba
distingo la luz de un relámpago.
De nuevo la oscuridad total.
Las paredes me acosan,
se hunden en mí.
Siento golpes por todas partes.
Arriba otra luz. Rápidamente distingo una mano,
Me tomo de esa mano
que al parecer está cómoda conmigo.
Todo es tan fugaz. De nuevo el acoso,
el dolor.
Indefenso, me hundo en esta tortura.
¿Es una represión dirigida a mí, un castigo,
una injuria, un espanto?
Lejos, lejísimos, creo escuchar una serie de truenos.
¿Me llaman?
Quedo detenido en el fondo un buen rato. Me doy
la vuelta,
intento regresar.
Subo despacio. Cuento los escalones,
las paredes se alejan.
Todo a mi alrededor está vacío.
Estoy solo. Solo con mi terror.
Subo por un desfiladero, entre ciénagas.
Arriba, lejos, nuevamente una luz.
Cruza el vuelo de un ave.
Silencio total.
Hay que seguir subiendo, poco a poco,
despacio.
En alguna parte alguien sabe lo que está
pasando.
¿Juzga, condena?
Siento una enorme tristeza. Sé que toda
subversión es inútil.
Sé que estoy resignado para siempre.

martes, 19 de agosto de 2014

Fragmentos (por Fernando Pessoa)

El florecer del encuentro casual
de los que han de seguir siendo extraños...

La mirada única sin interés recibida al acaso
de la extranjera rápida...

La mirada de interés del niño llevado de la mano
por la madre distraída...

Las palabras episódicas cambiadas
con el viajero episódico
en el episódico viaje...

Dolor grande de que todas las cosas sean fragmentos...
Camino sin fin...

lunes, 18 de agosto de 2014

Como quien deja un libro (por Sergio Manganelli)


Para ser claro
renuncio a las frases alusivas,
a la caligrafía pálida
sobre el cuaderno mudo de las tumbas,
rechazo el podio hipócrita
de la bondad post mortem,
y a esa memoria tan desmemoriada.

Yo no quiero que apunten
en mi lápida la palabra yace,
me niego espeluznado.
No anhelo ese cheque grosero
con el que expían de mármol de hospital
lo que siempre te negaron avaros.

Ni acepto que se luzca
bajo una lluvia
de mierda de palomas
ese verbo impiadoso
en tercera persona.

No le abro los postigos,
ni a sus endebles secuaces
el adjetivo inerte
el absurdo abatido
menos aún al implacable muerto
-auxiliares morbosos de crónicas de sangre-
prefiero que sentencien
se pudre
se funde
se disuelve
pero jamás
yace.

Porque la muerte
puede ser otra cosa,
menos sucia y severa,
mejor que la tapa biselada y sorda,
quizás algo tan simple
como tumbarse al sol,
sobre el pasto o la arena
en una tarde franca y sin ruinas,
con vino y con regazo,
y sonrisas con huella
y dialecto de besos
y un murmullo entrañable
que recite poemas.

Quizás yacer
no sea esa quietud
de corazones secos,
ni el sueño, ni el olvido,
sino un íntimo zafarrancho,
un arrebato de vida sin permiso,
un insomnio de goce,
con marea de lluvia
y peces sin abismo.

Una muchacha fresca,
pechos de hierbabuena,
que te besa la ausencia
sin placebo y sin pena.

Ojalá no sea
el hartado celeste
de los castos y pulcros,
tampoco el infierno ceniza,
el hoyo de un ambiente
con renta anticipada,
sino jugar rayuela
hasta llegar al cielo,
y que don dios gorrión
disponga tiernamente:
“levántate y vuela”.

Puede que signifique
cerrar la vida apenas,
como quien deja un libro,
hasta que en una noche
de miedo a la tormenta,
o duda desvelada,
lo hojeen conmovidos
esos ojos más nuevos
que guardan mi mirada.

domingo, 17 de agosto de 2014

Rimbaud (por José Luis Piquero)


Yo no quiero ser yo. La vida entera
la gasté en reinventarle, como un fénix doméstico.
Me fui sobreviviendo como pude.

Yo no sé quién soy yo. Tal vez la máscara
debajo de la cara. La pregunta.

Yo no pude ser yo. Y el minucioso
trabajo de vivir sin heroísmo se quedó para otros.
La verdad es la triste descripción del secreto.
No quise ser verdad. Quiero ser Nadie.

sábado, 16 de agosto de 2014

Un tambor que no sabe (por Antonio Colinas)


¡Qué lento pasa el tiempo, y qué medido!
Lo va fijando un tambor oscuro
que suena en la noche
de la tierra.
¿Quién lo hace resonar?
Son los cascos nerviosos
de los caballos.
Ellos producen un inconfundible
sonido al galopar.
Lo sabemos también
por esa rebelión
mansa de sus relinchos.

Duerme inconsciente el mundo
sin saber que es tambor que resuena
como tierra, como cuero, como aire,
como un terciopelo
tenso, o como un grueso tafetán.
Un tambor que no sabe
que se avisa a sí mismo
como eco de peligro
o retemblor de sangre.
Tambor pausado, oscuro, el del galope
sonámbulo
de los caballos nocturnos.
¿La tierra está llamando
al cielo sordamente
o es el cielo el que avisa a la tierra
con paciente dulzura?

Como un tambor resuena
la noche y los relinchos
braman ardientes.
¿Con ellos se lamenta
la tierra o es el cielo?

Vivo tambor nocturno el del galope
de los caballos
sin jinete
sobre la tierra muerta.

viernes, 15 de agosto de 2014

Hasta formar un solo árbol (por Luis Rosales)


Cuando llegue la noche y sea la sombra un báculo,
cuando la noche llegue tal vez el mar se habrá dormido,
tal vez toda su fuerza no le podrá servir para mover sólo un grano de arena,
para cambiar de rostro una sonrisa,
y quizá entre sus olas podrá nacer un niño
cuando llegue la noche.
Cuando la noche llegue y la verdad sea una palabra igual a otra,
cuando todos los muertos cogidos de la mano formen
una cadena alrededor del mundo,
quizás los hombres ciegos comenzarán a caminar
como caminan las raíces en la tierra sonámbula;
caminarán llevando un mismo corazón de mano en mano,
y cuando al fin se encuentren
se tocarán los rostros y los cuerpos en lugar de llamarse por sus nombres,
y sentirán una fe manual repartiendo entre todos su savia,
y crecerán los muertos y los vivos,
unos dentro de otros
hasta formar un solo árbol que llenará completamente el mundo,
cuando llegue la noche.

jueves, 14 de agosto de 2014

Mi camino sin camino (por Han Yu)


Una senda abrupta serpea
por entre las rocas de la montaña.
Al caer el crepúsculo
llego al antiguo templo silencioso,
en que revolotean murciélagos.
Me siento en las escaleras
del salón principal.
Ha cesado la lluvia
y el aire rebosa de frescura.
Se mecen anchas hojas de plátanos.
Lucen radiantes botones de la gardenia.
El monje elogia los frescos budistas
y me aconseja que los visite.
A la débil luz de unas velas
los contemplo. Borrosos,
apenas se distinguen.
Luego me prepara el lecho,
desenrollando una estera.
Me sirve arroz y sopa,
que, siendo magra y frugal,
es suficiente y me quita el hambre.
Reposo en la noche oscura
y en un silencio absoluto:
Todos los insectos descansan.
Una clara luna surge de la sierra,
arrojando sus rayos plateados
sobre la puerta y las ventanas.
Al alba continúo solo
mi camino sin camino.
La senda, velada por brumas,
ora aparece, ora se evapora;
unas veces sube, y otras desciende.
La montaña, cubierta de flores,
se viste de rojo, matizada
de verde por unas cascadas.
De trecho en trecho se yerguen
robustos pinos y robles.
He llegado a un arroyo y lo vadeo
con los pies descalzos
por encima de las piedras.
Cantan aguas saltarinas.
La brisa me acaricia,
abriéndome la túnica.
¡Qué feliz será vivir así!
¿Por qué hemos de estar a merced de otros,
como caballos sujetos con bridas?
Quisiera decir a mis amigos:
¡Pasemos la vejez aquí,
sin nunca hablar de regresar!

miércoles, 13 de agosto de 2014

Nada pertenece a la memoria (por Wislawa Szymborska)

Todo es mío y nada me pertenece,
nada pertenece a la memoria,
todo es mío mientras lo contemplo.

Las diosas, apenas recordadas,
corren el riesgo de perder sus cabezas.

De la ciudad de Samokov sólo queda la lluvia,
la lluvia y nada más.

Desde el Louvre hasta la uña
París se entela.

Del bulevar Saint-Martin queda una escalinata
que conduce a la difuminación,

y, de los puentes de Leningrado,
sólo, y con suerte, uno y medio.

¡Pobre Upsala,
con ese trocito de su imponente catedral!

Desdichado bailarín de Sofía,
cuerpo sin rostro.

Primero, su rostro sin ojos,
después, sus ojos sin pupilas,
y las pupilas de un gato, luego.

El águila caucasiana sobrevuela
un desfiladero reconstruido,
y el oro sin ley del sol
y las piedras falsificadas.

Todo es mío y nada me pertenece,
nada pertenece a la memoria,
todo es mío mientras lo contemplo.

Inagotables, inabarcables,
peculiares por una hebra,
un grano de arena, una gota de agua:
paisajes.

Imposible retener, ni de una brizna,
una imagen completa.

Un saludo y un adiós
en una sola mirada.

Y un solo movimiento del cuello
para lo que sobra y lo que falta.

martes, 12 de agosto de 2014

Lo que le hace el fuego (por Sebastián Pedrozo)


Cuando tenía diez años

Nos mudamos a una casa con estufa a leña

Yo no sabía qué era el fuego

Hasta que mi padre me llevó a cortar leña

Nos metimos en el monte

Él tenía un machete

Yo una bolsa de arpillera

Cortó ramas altas de una acacia

La mejor brasa, dijo

Volvimos cansados y sucios

Encendimos el fuego.

Allí se hizo la cena

Y no me despegué más

De las llamas

De la madera

Del calor

Mi primer invierno

Lo pasé quemando cosas

Soldados de plástico

Las muñecas de mi hermana

Pan viejo

Insectos

El pelo acumulado en el cepillo de mi madre

Aceite de moto

Las cuerdas con que ataban a los pollos de las patas

Un reloj de pulsera

Un cuaderno doble raya

Con un poema de Constancio C. Vigil

Hasta una medalla que había ganado en karate en el 86



Todo era vencido por el amarillo

Todo mudaba de forma

Derretido

A la mañana

Buscaba en los restos del incendio

Los objetos incinerados

Es curioso lo que le hace el fuego

A la gente

La vuelve silenciosa

Y lenta

Nada me detuvo

Salía a buscar más y más leña

Hasta que un día tosí

Y un dolor horrendo me cruzó la espalda

Caí rendido en una cama

Y la fiebre me devoró

Sentía la congestión

El agua en los pulmones

Golpetear sin tregua

Siempre

Por las noches



Una vez vino a verme

Mi maestra de quinto año

Ahí supe que era grave

Que la vida es frágil si uno se aferra

Con desesperación a la fe



Los excesos

Dijo mi padre

Te matan de a poco

Pero hacen los detalles

Por los que te recuerda la gente.

lunes, 11 de agosto de 2014

Sentado en esta sombra (por Álvaro Valverde)


Abro la verja del jardín sin nadie.
Espera mi llegada el viejo limonero
y al verlo me parece
que no hubiera pasado en parte alguna
todo este largo tiempo,
que siempre hubiera estado
sentado en esta sombra, silencioso,
viendo pasar los días
con la mirada turbia de los que nada esperan,
pero al fin sobreviven.
Con tanta asiduidad he recordado
este mismo lugar
que no es extraño
sentir la vuelta a casa
como un hecho casual como si ahora
volviera una vez más y simplemente
cerrara una vez más la misma puerta.
La casa es hacia dentro el laberinto
que siempre he perseguido. Permanece
sitiada por los muros
azules de la infancia,
por ecos de una edad sobrevenida.
En la azotea,
el puerto sigue siendo un sueño antiguo
y arriba en las estrellas
leo de nuevo
el rumbo del viaje que comienza.

domingo, 10 de agosto de 2014

Nada tiene más fuego (por José Ángel Valente)

El amarillo, el verde, el encendido
rojo sólo para morir
bajo el tendido velo del otoño.

La luz no está en la luz, está en las cosas
que arden de luz tenaz bajo la lluvia.

Nada tiene más fuego en sus entrañas
que la melancolía ardiente de esta hora.

Nada tiene más fuego que la ausencia.

¿Llorar?
Lloradme nunca.
Me he perdido
con el aire en las bóvedas tan bajas
de un cielo que, piadoso, me disuelve.


sábado, 9 de agosto de 2014

Sobre todo ese (por Martín López-Vega)



Piensa en el poeta que quieres ser.


—El que hace hablar a las figuras antiguas

para explicar su historia, guerreros, sacerdotes.


—Por qué no, y que hable también

alguno de los animales mágicos. Pero no basta.



—El que se fija en un detalle

(una espada, un vestido ceremonial)

para reconstruir una lección sobre el mundo.

—Puede ser, pero no cualquier detalle,

y que sea una pregunta lo encontrado,

no una respuesta.



—El que se quiere artista contemporáneo

y cambia las figuras de la jarra por otras actuales:

guerreros por cantantes,

parturientas por presentadoras de tv.

—Qué divertido, juguemos también a eso.



—El que se mira en el todo y la parte

como en un espejo en el que por fin

entender algo de sí mismo.

—Desde luego, nos vamos acercando.



—El campesino que hunde sus manos en la tierra

y extrae de ella, como un regalo extraterrestre,

una vieja copa que ha cruzado intacta los siglos,

sin conocer la palabra sítula ni tener muy claro

quiénes fueron los celtas, y la limpia y la contempla

en su ajena belleza, como si la muchacha

más hermosa de Eslovenia fuese de repente suya

por una incomprensible errata del cosmos.



—Ese, sobre todo ese quiero ser.

viernes, 8 de agosto de 2014

El camino del revés (por Roberto Juarroz)

Apuntalar la construcción de la mirada
con vigas de ceguera,
para que no se venga abajo
como una figura histérica en el viento
cuando lo visible se convierta naturalmente en invisible.

Ya que si sólo ponemos otras manos detrás de las manos,
otros pies debajo de los pies,
otra sombra a la vuelta de la sombra,
podemos encontrar el tacto del revés,
el camino del revés,
la forma del revés
al que estamos irremediablemente destinados.

Porque lo invisible no es la negación de lo visible,
sino tan sólo su inversión y su meta.
La sombra de una flor también perfuma.
Un recuerdo abre y cierra los párpados.
El amor es la contraseña del tiempo.

El revés es la zona
donde se encuentra todo lo perdido.

jueves, 7 de agosto de 2014

La adulación (por Sigfrido Radaelli)

Has escuchado la caricia de un canto,
un canto insidioso
que te halaga, te hace feliz.
Tus oídos se acostumbran a la mentira
y exigen, insaciables, su cuota de alabanza.
El deleite
sigue creciendo.
Te encumbras un poco más
y él desciende, sin temor, obsecuente.
La boca que te hablaba servil
ahora destila una miel asquerosa,
pero la recibes,
llegas por extraño conducto hasta tu entraña
y sientes un goce altísimo y secreto.
Ignoras quizás
que este placer está reservado a los necios.
Nada te importe,
oh cínico,
porque eres al fin el cómplice.


miércoles, 6 de agosto de 2014

Nacerme a cada paso (por Begoña Abad)


Sin acto de amor que me conciba,
sin madre que me espere,
sin saber para qué,
sigo empeñada en nacer
a cualquier hora,
de cualquier manera,
por olvidarme de los días
en los que nacía muerta
o en los que me moría
de a poquitos silenciosos.
Nacerme a cada paso
aunque sea de nalgas
y con dos vueltas de cordón
enrollado en el alma,
nacerme y respirarte...

martes, 5 de agosto de 2014

Viento que se detiene (por Octavio Paz)


Bajo un sol inflexible
llanos ocres, colinas leonadas.
Trepé por un breñal una cuesta de cabras
hacia un lugar de escombros:
pilastras desgajadas, dioses decapitados.
A veces, centelleos subrepticios:
una culebra, alguna lagartija.
Agazapados en las piedras,
color de tinta ponzoñosa,
pueblos de bichos quebradizos.
Un patio circular, un muro hendido.
Agarrada a la tierra -nudo ciego,
árbol todo raíces- la higuera religiosa.
Lluvia de luz. Un bulto gris: el Buda.
Una masa borrosa sus facciones,
por las escarpaduras de su cara
subían y bajaban las hormigas.
Intacta todavía,
todavía sonrisa, la sonrisa:
golfo de claridad pacífica.
Y fui por un instante diáfano
viento que se detiene,
gira sobre sí mismo y se disipa.

lunes, 4 de agosto de 2014

Fiesta (por Máximo Simpson)


Esta fiesta comienza desde abajo:
cuando los pies se encuentran,
cuando los pies se aman,
se entrelazan,
se besan, se visitan,
se tocan,
se interrogan,
un escozor los une,
un azoro, un anhelo, un calosfrío;
y cuando los pies se miran,
cuando los pies son manos y son alas,
cuando los pies se alejan y retornan,
cuando los pies se acechan y se abrazan,
cuando los pies se rinden
al oscuro temblor que los convoca,
ya las sábanas gimen,
ya las sábanas cantan,
y un secreto rumor de profecía
asciende por los cuerpos
hacia el día que adviene.



domingo, 3 de agosto de 2014

Al pasar la barca (por Lola Mascarell)


Qué lejos se oye hoy aquella letra,

qué distancia en el aire,

los frágiles compases,

la vieja cantinela de la comba.


Qué quieta permanece en el recuerdo

la niña de las trenzas,

qué inmóvil en su orilla va contando

las vueltas uniformes,

los giros casi mágicos del cabo.

Y el dulce cosquilleo que le sube

trepando por las tripas

apenas la arrebata de ese trance.

Muñeca embelesada, se ha lanzado

al eco persistente de la cinta,

al hueco que dibuja sobre el cielo

el ritmo sincopado de la cuerda.


Qué quieta permanece en el recuerdo

la niña de las trenzas,

sumida en ese círculo vacío

que juega a recogerla en sus entrañas:

el látigo del tiempo

que llega y que se marcha mientras ella

sortea los vaivenes de su envite

con técnica cadencia.


Y así pasa la tarde entre las brisas,

pretérita y absorta. Qué lejana

su voz y su distancia.

Qué inmóvil permanece en el recuerdo

su dicha sin objeto.

La barca impetuosa de las horas,

azota su minúscula alegría,

su cándida ignorancia

de niña tan bonita,

que salta y se detiene y va cantando

que no paga dinero todavía.

sábado, 2 de agosto de 2014

Déjame con los pájaros (por Ida Gramcko)


Arráncame las áridas raíces,
déjame suspendida en el espacio,
entre los vientos firmes.
Allí se está como en un gran regazo
maternal y sin límites.
Déjame con los pájaros,
indagan lo invisible.
¡Ah, más allá del cielo se alza un árbol
que sus alas indómitas persiguen!
No lo han visto jamás y, sin embargo,
creen sentir su rumor en los confines.
Rumor de hojas distantes... Pero ¿acaso
no lo vieron, gigante, en el origen
primero de la vida, y en sus cantos
no es la voz de la ausencia lo que aflige?
Deja que suba a lo alto
y que mi canto vibre.
Canto la ausencia de algo,
de una estrella enterrada en nubes grises.
La sombra azul del árbol
se dilata y me ciñe.
Déjame con los pájaros.
Soy una flor delimitada y triste.
Arráncame los pétalos y el tallo
y la fragancia, y líbrame.


viernes, 1 de agosto de 2014

Y me espanto de olvidarte (por Denise León)


Una línea de pájaros se aleja
lacerada
de esta ciudad ronca
donde tu nombre no alumbra.
Esta ciudad
que queda lejos de tu sangre
y de la sombra de tu sangre
en mi corazón.
Tiembla la memoria
que te nombra
y me espanto de olvidarte
cada noche
en esta ciudad.

jueves, 31 de julio de 2014

Como la nube es nube (por Juan Ramón Jiménez)



Me gusta pensar en ti sin nombre ni apellido

Mujer sólo

como la nube es la nube

Corriendo tú en el aire azul

con tu cabello rubio ondeando

sobre tu carne blanca y violeta

junto al agua

bajo los pájaros verdes

Mujer sólo

sin señas del ahora

como la rosa es la rosa

miércoles, 30 de julio de 2014

De lo negado, de lo perdido (por Agustín García Calvo)

Sólo de lo negado canta el hombre,
sólo de lo perdido,
sólo de la añoranza,
siempre de lo mismo.

Cuando cerró para siempre el huerto
la cancela de espinos,
entonces inventó la queja de la lira,
la flauta del suspiro.

Y desde entonces sólo canta
en su torre el cautivo,
a su rueca la esclava,
el desterrado en el navío.

De la jaula aletea y sangra
el pájaro desconocido;
salir quiere y no puede:
su jaula es él mismo.

Y por eso el minero canta
por un sol de oro limpio;
canta el pobre, la pena canta;
no canta el rico.

Entre las piernas de la amiga,
vida busca el amigo,
y se encuentra con un tesoro
de verdes ojos fríos.

Y así es como canta el hombre
por su niño antiguo,
y la boca sin pan y sin besos
y el cielo vacío:

siempre de la añoranza, de lo negado,
de lo perdido;
siempre de lo de otro,
nunca de lo mío.

martes, 29 de julio de 2014

Distintas densidades (por Anne Carson)


Febrero. Hielo por todas partes. Pueden sentirse distintas densidades del hielo.
Sus tonos -azul blanco marrón a gris-pardo plateado- varían.
Parte del hielo tiene grava en el centro o sombras en su interior.
Otra parte es lisa como una ladera, no podría sostenerte.
De pie sentirías que el viento se atenúa, se deshila.
Todo cuanto hemos deseado, se deshila.
Los pequeños no pueden sostenerse sobre el hielo.
Ni una carta ni un esbozo de letra pueden sostenerse.
Cegadoramente, lo que allí hay de mundo, quema.
Febrero. Hielo por todas partes. Pueden sentirse distintas densidades del hielo.

lunes, 28 de julio de 2014

¿Por qué ordenaron que debíamos dormir? (por Rita Sumí-Papá)

Si saliera a pasear con mis amigas muertas
la ciudad seguramente se inundaría de muchachas mudas
el aire olería a muerte
las murallas exhibirían banderas blancas al vuelo
se detendría el tráfico,
si saliera a pasear con mis amigas muertas.

Si saliera a pasear con mis amigas muertas,
se vería a la multitud de jóvenes,
con los pechos desnudos y atravesados,
preguntarles a ustedes
¿por qué ordenaron que debíamos dormir
antes de la hora señalada,
por qué nos tuvimos que acostar si hacía frío
y estábamos llorando,
y además no tuvimos tiempo
de acomodarnos los cabellos?,
si saliera a pasear con mis amigas muertas.

Si saliera a pasear con mis amigas muertas
una muchedumbre se detendría a mirar con estupor
a la más grácil falange que antes horadó la tierra
a la más sagrada de las procesiones que desfilaron por estas calles
a la más gloriosa y ensangrentada de las resurrecciones,
si saliera a pasear con mis amigas muertas.

Si saliera a pasear con mis amigas muertas,
la luna llena treparía alto como un ramillete de azahares
para coronar sus frentes,
dentro de las cuencas vacías de sus ojos
las orquestas, tocando himnos funerarios,
harían danzar sus rizos, sus vendas manchadas.
¡Oh, cuántos de ustedes
morirían de remordimiento!
sólo
si yo saliera a pasear con mis amigas muertas.

domingo, 27 de julio de 2014

Un salto (por William Wordsworth)

Mi corazón da un salto al contemplar
el arco iris en el cielo:
así fue al empezar mi vida,
así es ahora que soy un hombre,
¡así será cuando me haga viejo,
o me deje morir!
El niño es el padre del hombre:

Ojalá mis días estuvieran ligados
por natural piedad unos a otros.

sábado, 26 de julio de 2014

La lengua de la tierra (por Lidia Borges)


¡Ah! Si yo pudiera percibir la lengua de la tierra
La habitaría antes del tiempo del nacimiento
antes de esa nada aparente
que respira, germina y por eso es todo
fuente sin mácula, vientre
osadía de la savia, sangre y vida
tallo en la intención de la hoja
flor en la intención del fruto
y fruto genuino maduro y completo.
¡Ah! Si yo pudiera percibir la lengua de la tierra
moriría sabiamente, sin agonizar
para despertar en la locura de un tiempo nuevo.
Y de nuevo raíz, tallo, inocencia…
Y mis recuerdos
pájaros volando
por sí mismos, en el dominio pleno de las alas.


viernes, 25 de julio de 2014

Una sombra (por Arto Melleri)

El que no posee
una sombra en su interior
una sombra a la que uno pueda retirarse
de la multitud humana
una sombra, una penumbra, un manantial secreto
que murmure pacíficamente
un manantial cuyas aguas curen
la fiebre del alma
se encuentra desamparado en el desierto,
cegado por el sol,
condenado a creer
en todo espejismo
y la arena del desierto cambia
constantemente de forma,
la ciudad, desaparecida del mapa,
seguirá igual de alejada

El que no posee
una sombra, una penumbra, un manantial secreto
un manantial cuyas aguas curen
la fiebre del alma

Desgraciado aquel que no tiene una sombra en su interior

jueves, 24 de julio de 2014

Viene la soledad (por Mario Benedetti)


Ellos tienen razón

esa felicidad

al menos con mayúscula

no existe

ah pero si existiera con minúscula

sería semejante a nuestra breve

presoledad.


Después de la alegría viene la soledad

después de la plenitud viene la soledad

después del amor viene la soledad.


Ya sé que es una pobre deformación

pero lo cierto es que en ese durable minuto

uno se siente

solo en el mundo.


Sin asideros

sin pretextos

sin abrazos

sin rencores

sin las cosas que unen o separan


y en esa sola manera de estar solo

ni siquiera uno se apiada de uno mismo.


Los datos objetivos son como sigue.


Hay diez centímetros de silencio

entre tus manos y mis manos

una frontera de palabras no dichas

entre tus labios y mis labios

y algo que brilla así de triste

entre tus ojos y mis ojos


claro que la soledad no viene sola.


Si se mira por sobre el hombro mustio

de nuestras soledades

se verá un largo y compacto imposible

un sencillo respeto por terceros o cuartos

ese percance de ser buenagente.


Después de la alegría

después de la plenitud

después del amor

viene la soledad.


Conforme

pero

qué vendrá después

de la soledad.


A veces no me siento

tan solo

si imagino

mejor dicho si sé

que más allá de mi soledad

y de la tuya

otra vez estás vos

aunque sea preguntándote a solas

qué vendrá después

de la soledad.

miércoles, 23 de julio de 2014

Cuando yo muero, muere el mundo (por Ray Bradbury)


Pobre mundo que ignora su destino, el día de mi muerte.

Dos mil millones mueren cuando mi muerte llega.

Me llevo a la tumba un continente entero.

Son valerosos, inocentes e ignoran

que si me hundo ellos me siguen al instante.

Así, en la hora de la muerte hay un clamor de buenos tiempos

mientras, loco egoísta, yo agito la campana del mal año.

Allende mi tierra hay tierras vastas y brillantes,

pero mi mano firme les apaga la luz de un solo gesto.

Anulo a Alaska, degüello a Gran Bretaña,

pongo en duda al monarca Sol de Francia,

con un guiño promuevo la locura de la vieja Madre Rusia,

arrojo a China de un acantilado de mármol,

derribo a Australia y le planto una lápida,

aparto a Japón de un puntapié. ¿Y Grecia? Eliminada.

La haré volar y desplomarse, como a la verde Irlanda,

convertida en sudoroso sueño mío.

Desesperaré a España,

fusilaré a los hijos de Goya y daré tormento a los de Suecia,

abatiré flores y granjas y ciudades con rifles de crepúsculo.

Cuando mi corazón se para, el gran Ra se hunde en el sueño;

sepulto las estrellas en el abismo cósmico.

Por eso escucha, mundo, ya te he avisado. Y teme.

El día de mi podredumbre, tu sangre estará muerta.


Si te comportas, yo, magnánimo, te dejaré vivir. Pero desvíate y me cobraré.

Es la última palabra. Se arrían las banderas.

¿Y si me bajan de un disparo? Mundo: te acabas tú también.

martes, 22 de julio de 2014

De otra especie (por Saiz de Marco)


Gente herida

pero no hiriente.

Gente entristecida

pero no entristecedora.

Gente dañada

pero no dañina.

Sobrehumanamente humanos,

semidioses.

lunes, 21 de julio de 2014

Adiós (por Antonio Gamoneda)


Esta es la Tierra, donde el sufrimiento

es la medida de los hombres. Dan

pena los condes con su fiel faisán

y los cobardes con su fiel lamento.

La belleza nos sirve de tormento

y la injusticia nos concede el pan.

Un día brindaréis por los que habrán

convertido el dolor en fundamento.

Los que vivimos para dar alcance

a tan inmensa luz que hoy no podría

un dios mirarla sin quedarse ciego,

aún tendremos que agotar el lance:

arrojar al silencio la agonía

como quien tira el corazón al fuego.

domingo, 20 de julio de 2014

Soy la voz de la Tierra (por Nigar Rafibeyli)


Una flor naciente entre las ruinas
me hizo preguntarme:
¿Por qué los hombres dicen que en medio de tanta desolación
ninguna flor puede crecer?
Los muros de la pequeña casa estaban rotos,
el tejado se había derruido.
Llegó a ser el lugar de residencia
de feroces vientos y nieve invernal.
Los vientos indomables habían echado a perder
el querido confort de este hogar, alguna vez amado.
Y habían traspasado a los transeúntes
con un lamento melancólico.
Las cortinas, tan amorosamente bordadas y cosidas
por suaves manos de mujeres,
colgaban harapientas como trozos de conchas desgarradas
sobre la desolación de la ciudad.
En medio de un montón de piedras y guijarros
brotó la hermosa flor.
Y esa flor llenó todos mis pensamientos
con una cuestión crucial.
Me pregunté: ¿qué jardinero te plantó y nutrió
aquí, delicada flor?
Cuéntame tu historia, el cuento persa de tu vida,
y te escucharé.
Quizá, a pesar de que este lugar no vibre más
con la canción del ruiseñor,
abandonada por pájaros, ¿aun así fuiste llamada
a ser
por el primer hálito de la primavera?
“Soy la voz de la Tierra”,
contestó la flor con lengua humana.
“Soy esa vida más grande
que siempre ha de triunfar sobre la muerte”.

sábado, 19 de julio de 2014

Para las raíces (por Nelly Sachs)

Cuántos mares se anegan en la arena,
cuánta arena endurecida en la piedra,
cuánto tiempo plañido en la trompa sonora
de las caracolas,
cuánta desolación de muerte
en los ojos perlinos de los peces,
cuántas trompetas de la aurora en los corales,
cuántas pautas estelares en el cristal,
cuántos gérmenes de hilaridad en la laringe de las gaviotas,
cuántas hebras de añoranza
recorren las trayectorias nocturnas de las constelaciones,
cuánta fecunda madre tierra
para las raíces de la palabra:
tú—
detrás de todas las rejas de los misterios
que se derrumban
tú—

viernes, 18 de julio de 2014

Única verdad (por Vicente Aleixandre)


No te quejes de que los hombres sufran.

No te quejes, al despertar, de que todos los hombres sufran,

de que el dolor del mundo esté en la tierra, en las palmas de las manos

mientras las plumas suaves vuelan libres, lejanas.

No te quejes, amorosa existencia, del dolor de vivir,

de saber que en lo oscuro una cadena no duerme

de presentir cuánto cuesta no confundir

un beso y un coágulo.

Tú, generosa presencia de un sol que existe,

que repasa cuidadoso los desnudos gastados, tú, única verdad que no cuesta sangre, que no cuesta apoyar su cabeza en la tierra.

Tú, agua que canta difícilmente con las cascadas,

espuma o collar para los muertos que flotan, para los hombres que descansan de una

vida posible

como son posibles las llamas o las manos crueles.

Tú, diminuto grano, semilla generosa, cerrazón

de un destino,

única verdad que los hombres no ocultan;

tú, vocación de un pájaro, de un verdugo inocente

que a su vez va a morir en las plumas de un lecho.

Tú, monte, tú mar,

tú, encendida o derramada,

tú, naturaleza donde los vestidos sin cuerpos

quedan abandonados junto a un mar sin

orillas.

¡Oh muerte, muerte!

Paloma o temblorosa doncella, virgen

verdadera;

tú, ciega que aquí en los brazos tiemblas,

tú, que al beso que retorna de un mundo vil o

extinto sabes tender tus plumas como brazos.

¡Tú, luz o sombra, esperanza o venganza;

tú, mar que bajo un cantil nos contempla:

tú, fiel oído que escucha unas palabras

con que al abyecto mundo lo maldigo!

jueves, 17 de julio de 2014

Su traspié hacia el silencio (por Sergio Manganelli)


Hoy ha caído un hombre.

Desde la cima
de un andamio,
con su overol
de azul descolorido,
la herramienta aún tibia
en el costado
y un casco tan inútil
como el grito.

Un perito sin ley
registra en acta.

El porvenir
tumbado en la vereda,
anticipando el hambre
de sus hijos,
la mirada morbosa
de las fieras
y al capataz
como único testigo.

Allí quedaron
los sueños resignados,
la vida sin color,
la espera sin sentido,
el último jornal
que no pagaron,
los ojos que no ven
mirando al cielo,
su historia
en un legajo del archivo.

Muy pocos notarán
su traspié hacia el silencio
(donde ya no replican los martillos)
la falta de su olor,
la ausencia de sus rastros,
de su queja ancestral
ahogada en grapa
o su risa inusual
blindada en vino.

El hueco en la ronda de barajas.

La pelota que no devuelve al niño.

La silla frente al plato del domingo.

Mientras repintan
el cartel de “hay vacantes”
sobre el portón de chapas
del destino.

miércoles, 16 de julio de 2014

No tardes (por Elena Tamargo)


¿Y si llegaras mar
cuando mi cuerpo fuera tierra arada
y lloviera en mis ojos?
Alga y sal de prusia calentura
¿no te crecen las uñas?
Te veré frente a frente
presa en tus quemaduras, levantando las cejas
dejando ver los ojos con esa indiferencia.
Como tú eras cuando yo te elegí.
Diosa naciendo y destronando diosas
si tú al verme fijaras la mirada.
Ven hacia mí, no tardes
puedo perder las fuerzas.
Estoy sola bailando y en mi musgo
me pisan miles de pies desesperados.
Sácame este mareo
este jilguero tosco que custodia mi blanco
esta brújula adivinando el este.
Si te demoras se deshace mi estatua
este cuerpo que danza maravillosamente.
-¿Qué hora es que no llegas
perfumando las calles con tus pescados frescos?-
Mar de mi patio, mar atormentado
lo que me duele
es que mis días
se vuelvan más y más de tierra.

martes, 15 de julio de 2014

Un viaje (por Carlos Martínez Rivas)

Día y noche golpeaba el pie de tu sonrisa.
Pero tú no me oías. Te llamé con abejas...
y nada. Con gorriones... tampoco. Con caballos...
y tu pecho seguía cerrado.

Hasta que un día,
cuando todo era inútil y la cosa parecía perdida,
se me ocurrió llamarte a ti contigo misma.
Y por medio de ti llegar a ti. Y di en el clavo.

Fue leve, como un zarpazo de violeta,
como un puñetazo de abanico. Pero sonó la aldaba,
rechinaste... y te fui abriendo toda,
como una puerta, y penetré en tu nombre.

Por eso, y desde entonces:
Para el día y la noche.
Para los dolorosos y quebrantados ojos
que dejaste perdidos. Para todos los días
y todas las noches de la vida. Para que el mar y el fuego
te coronen y tejan para ti una guirnalda.

Para que el viento venga. Para que el vino venga
y te diga: "¡Levántate y anda!
Corta un racimo de uvas, y sígueme".

Para que pidas todo lo que te dé la gana:
El laurel,
el espejo,
la guitarra.
El lirio
blanco como una niña después de un accidente.
El árbol,
la pianola,
el reloj,
la naranja.
El paisaje que espera en el fondo del vaso
dar de beber al ojo lo que no bebió el labio.
El frutero en donde cabe todo el verano,
y el sofá dentro de una pecera con violines.

La fuente donde el líquen sueña sus catedrales.
El clavel que en el tallo se enciende como un fósforo
y el pájaro que sueña atornillado a un trino.

En fin para que todas las cosas de la tierra,
para que todas las cosas trémulas y hermosas de la tierra
descansen en el hueco
de cada una de esas manos tuyas que yo amo
y en doble arroyo lleguen hasta tu boca pura:
te levanté una rosa lo más alto que pude.
Te he construido una casa sitiada por la espuma.
Pon el oído en esa rosa, y oye lo que su olor te dice.
Húndete en esta casa que te hice, y habítala.
Y bébete esta copa de agua con golondrinas.

Porque tú... Pero espera. No vayamos tan lejos.
Creo que ya va siendo hora de que me explique.
Yadira, aquí me tienes:
solo, como los monogramas en los pañuelos.

Y desde Granada, desde el Colegio.
Sobre mi ventana que da al Lago de Nicaragua,
y en esta hora, te recuerdo, y pienso:

Era entonces en San José de Costa Rica...
En el Barrio Amón, y en la misma esquina de tu casa,
de tu casa con barandas...

Ahora ya de lejos,
toda la ciudad cabe en tu pequeño nombre.
Y por eso, hasta las cosas más pequeñas, todo,
lo tomo y lo empujo hacia ti para que brille.

Me refiero a las vueltas alrededor del parque,
a los discos en moda de ese tiempo;
a las interminables partidas de ping pong
en el asueto de los sábados por la tarde.
A tus vestidos con un barco bordado en la bolsa,
y a los paseos en bicicleta
por los alrededores de la capital...
Cosas que no valen la pena,
pero que yo las canto -y lo hago ardientemente-
porque en torno de esto hay algo tuyo que se reúne:
un desprendido pétalo que llega de tu cielo.
Un pedazo de espuma caído de tu espuma.
Un resto de palomas, una pelusa de alma.
Pero es el caso que yo no me conformo con eso.
Que ninguno de nosotros puede conformarse con eso.

Porque tú no eres únicamente
esa niña que juega ping pong, sonríe,
y se vuelve manzana cuando cumple quince años.

Hay algo más en ti. Esa tu otra tú
que te aguarda en el sueño de tu desnudo puro.

Y a esto es, precisamente, a lo que vengo:
vas a emprender un viaje que nunca habías hecho.

Conmigo. Tú y yo, solos. Nosotros dos, volando
hacia los otros dos nosotros que nos esperan
allá, sobre las nubes de luz fría,
entre un camino de lámparas, paseándose,
altos, eternos y definitivos.

Prepárate. Iguala
tu reloj de pulsera con el reloj del aire.

Y ahora mismo, mientras todos bailan,
y en tu puerto el alcalde y el comandante juegan
una partida de ajedrez para mientras llega el barco,
tú y yo nos vamos.

Deja que todo quede como está, en desorden.
Y date prisa. Tenemos todo el día por delante
pero el camino es largo.
Llegaremos allá cuando las estrellas brillen.

Prepárate para el salto.
Y que el aire sea con nosotros.
Listos.
¡A la una...
a las dos...
y a las...
tres!

lunes, 14 de julio de 2014

Para que la verdad no nos mate (por Ray Bradbury)

¿Sólo conoces lo real? Cae muerto.
Eso dijo Nietzsche.
Tenemos el arte para que la verdad no nos mate.
El mundo es demasiado para nosotros.
Después de cuarenta días el diluvio sigue.
Las ovejas que pastan allá lejos son chacales.
Ese tictac en tu cabeza es de verdad el tiempo
y vendrá por la noche a sepultarte.
El tibio niño que ahora duerme partirá en el alba,
y con tu corazón irá hacia mundos que ignoras.
Y por eso
necesitamos que el arte enseñe a respirar
y haga latir la sangre; tener que aceptar la cercanía
del diablo
y la edad y la sombra y el coche que atropella,
y al payaso con máscara de muerte
o la calavera que con corona de bufón
a medianoche agita cascabeles
de óxido sangriento y matracas gruñonas
que estremecen los huesos del desván.
Tanto, tanto, tanto... ¡Demasiado!
¡Destroza el corazón!
¿Y entonces? Encuentra el arte.
Toma el pincel. Aviva el paso. Mueve las piernas.
Baila. Prueba el poema. Escribe teatro.
Más hace Milton que Dios, aun borracho,
para justificar los modos del hombre con el hombre.
Y el divagante Melville se toma en serio la tarea
de encontrar la máscara bajo la máscara.
Y la homilía de Emily D. señala el basurero
de nuestras anomalías.
Y Shakespeare envenena el dardo de la muerte
y la herramienta de un arte de enterrador.
Y Poe construye un arca de huesos
porque ha presentido un diluvio de sangre.
La muerte es una dolorosa muela del juicio;
extrae esa verdad con las tenazas del arte
y emploma el abismo en donde estaba
oculta en las sombras con el tiempo y las causas.
Aunque el Gusano Rey nos devore el corazón
con la boca de Yorick demos gracias al arte.

domingo, 13 de julio de 2014

Faro de mi alma (por Juan Ramón Jiménez)

Cuando te enciendes, faro de mi alma,
torre de ensueño,
y prendes en tu luz toda la vida
—este doble silencio, mar y playa—,
¡qué hermoso eres!

Luego, ¡qué triste
cuando estás apagado,
faro en el día, torre de ladrillo!

sábado, 12 de julio de 2014

Limpieza general (por Amalia Bautista)


Vamos a hacer limpieza general
y vamos a tirar todas las cosas
que no nos sirven para nada, esas
cosas que ya no utilizamos, esas
otras que no hacen más que coger polvo,
las que evitamos encontrarnos porque
nos traen los recuerdos más amargos,
las que nos hacen daño, ocupan sitio
o no quisimos nunca tener cerca.
Vamos a hacer limpieza general
o, mejor todavía, una mudanza
que nos permita abandonar las cosas
sin tocarlas siquiera, sin mancharnos,
dejándolas donde han estado siempre;
vamos a irnos nosotros, vida mía,
para empezar a acumular de nuevo.
O vamos a prenderle fuego a todo
y a quedarnos en paz, con esa imagen
de las brasas del mundo ante los ojos
y con el corazón deshabitado.

viernes, 11 de julio de 2014

Dos insomnios (por Yalal ad-Din Muhammad Rumí)


Cuando estoy contigo, 

estamos despiertos toda la noche.
Cuando no estás, no puedo dormir.
¡Que Dios bendiga estos dos insomnios,
y la diferencia entre ellos!

jueves, 10 de julio de 2014

Ese trazo (por Álvaro Valverde)


Vivir es deslizarse, repetiste,
captar nuestra existencia de soslayo
o verla desde lejos, en lo alto,
con la perplejidad del que contempla.
Los que te conocieron aseguran
que tú viviste así, que no hubo nada
ni nadie que pudiera desviarte
ni un ápice siquiera de ese trazo
que le diste por fin a tu camino.
Esa senda emboscada conducía
a una casa perdida entre los páramos.
Sobre aquel pedregal erosionado,
bajo la ardiente luz de los veranos,
una sombra precisa dibujaba
el estupor final de tu extravío.
En ese santuario estableciste
una visión del mundo peligrosa.
Rogabas a los dioses con frecuencia
que no nos castigaran con desgracias
(capaces en su ardor de destruirnos)
sin antes enseñarnos lo importante:
la frágil transparencia de la vida.

miércoles, 9 de julio de 2014

Un baño mágico (por May Swenson)


En el amor nos hacemos visibles
Como en un baño mágico
nos pelamos
hasta la afilada médula
tan largamente escondida

En el amor alerta
reconocemos
el mudo quejido
del alma
detrás de los ojos
Se abre un conducto
y tímidamente
salta a la superficie
con alas abiertas

Las yemas de los dedos del amor descubren
más que la suavidad del cuerpo
Revelan un conducto escondido
para la transfusión
de empatías que burlan
la intrusión de la mente

En el amor nos liberamos
En su objetividad, el hueso
y la carne ya no nos aíslan
Nos descargamos
y fluimos yo a tu copa y tú a la mía
Frágiles, nuestros frascos se perforan
el mío bebe el tuyo
el tuyo el mío