zUmO dE pOeSíA

zUmO dE pOeSíA
de todos los colores, de todos los sabores

ALEATORIUM: Saca un poema de nuestro almacén

Ver una entrada al azar

martes, 21 de febrero de 2017

Qué nos espera allí (por Roberto Bolaño)


Qué lugar es ése al que nos llevarán nuestras palabras, las
bellas durmientes, por caminos a menudo distintos, qué eriazo,

qué infierno, qué nos espera allí, Enrique, en esa blancura en la
que nos reuniremos finalmente, qué aullidos, qué silencio,

qué permutaciones nos aguardarán cuando hayamos
atravesado todo lo que hay que atravesar, cuando nos
hayamos despojado de todo, qué olvidos, qué.

En algún lugar infinito se esconde, en un tiempo que nos es
ajeno, que ni siquiera nos molestamos en mensurar, allí, donde
tiene una casa nuestro terror de alquiler.



lunes, 20 de febrero de 2017

Los mismos gestos (por Héctor Abad Faciolince)


Esa felicidad,
esa seguridad
de repetir los mismos gestos cada día.
Exprimir las naranjas,
preparar el café,
tostar las rebanadas
de pan,
untar la mermelada.
Darle a la vida
el ciclo regular de los planetas,
acostarse a las once,
levantarse a las seis,
sentir que cae el agua
tibia, plácida,
encima de tus hombros,
usar siempre
el mismo jabón, el mismo champú,
la misma loción
–la que usaba tu padre–.
Protestar por lo malo
que se ha vuelto el periódico,
el de toda la vida,
el pan de cada día,
y volver a comprarlo
con ese mismo asco resignado
de tener que cagar
una mañana sí y otra también.
Usar siempre los mismos
viejos zapatos que se parecen
más a ti que tus pies.
Vestirte
con el eterno azul
que te vuelve invisible,
felizmente invisible.
Sentir que tú eres tú,
que yo soy yo.
Ir a los mismos sitios,
comer las mismas cosas,
jueves frisoles,
lunes pescado,
sábados arroz...
Visitar a tu hermana todos los veranos
y pensar que envejece,
pero decirle siempre que no cambia,
que no cambie.
Recordar a los muertos
en cada aniversario;
enviar tarjetas cursis
en cada cumpleaños.
Planear de nuevo el viaje
que nunca emprenderemos.
No poder soportar
que ya no haya tranvía,
que hayan movido
la parada del bus
a la otra manzana,
que hayan quebrado los ferrocarriles,
que nadie escriba cartas
y haya que adaptarse
al correo electrónico,
tan vulgar, tan urgente,
la vida un permanente
telegrama.
Resistirse a llevar en el bolsillo
un teléfono,
detestar que el dinero
sea de plástico
y no de plata, de oro o tan siquiera
de papel.
Que el mismo corte de pelo
te lo haga siempre el mismo peluquero,
que tengas siempre gripa por enero,
que el primero
y el quince
llegue la quincena.
Desayunar trancado,
almorzar abundante,
cenar poco,
quejarse de la gota, de la bilis,
de la memoria y de la digestión.
Creer que nunca sueñas.
Recordar ese chiste
de tu única esposa:
“Aquí se picha los viernes
estés vos o no estés vos”,
y hacer hasta lo imposible
cada viernes
por encaramarte en ella
con ganas o sin ganas
porque l’appetito vien mangiando
como dicen en Turín.
Negar que eres un soso,
un rutinario
con el verso aprendido de un amigo:
“La vida se soporta
tan doliente y tan corta
solamente por eso.”
Caminar por la calle ensimismado,
ausente de este mundo,
rumiando en tu cabeza
historias, frases, viajes, desventuras,
crímenes, adulterios, melodramas, incestos,
abortos, heroínas, traiciones, sacrificios,
saber que todo drama
está en tu calavera,
que la gran aventura
ocurre en las paredes de tu cráneo,
que nunca habrá más grande sensación
(orgías, drogas, sueños)
que aquello que imaginas.
Que la vida consiste en perdonarnos
las ofensas que hacemos,
los gestos que no hicimos,
los silencios cobardes,
los fingidos afectos,
las mentiras.
Y escribir cada día,
ganar la lotería
de al menos una frase
que nadie ha dicho nunca,
tener un pensamiento
que todos han tenido,
pero decirlo bien
con todas las vocales,
con todos los sonidos,
con todos los sentidos.
Lograr que la aventura de tu vida
esté en las páginas que escribes,
en los ojos que ahora
pulen un heptasílabo,
quitan o ponen una coma, una tilde, un acento,
en los ojos que ahora se detienen
complacidos tal vez
o entretenidos
en un punto, este punto: . 




domingo, 19 de febrero de 2017

Por el camino de la desposesión (por T.S. Eliot)


Oh oscuro, oscuro, oscuro. Todos ellos caen en lo oscuro,
los espacios vacíos interestelares, el vacío dentro del vacío,
los capitanes, banqueros, eminentes hombres de letras,
los generosos mecenas del arte, los estadistas y los gobernantes,
distinguidos funcionarios, presidentes de muchos comités,
magnates industriales e insignificantes contratistas, todos caen en lo oscuro,
y oscuro el Sol y la Luna, y el Almanaque de Gotha
y la gaceta de la Bolsa, el Directorio de los Directivos,
y frío el sentido y ausente el motivo de la acción.
Y todos vamos con ellos, hacia el funeral silencioso,
el funeral de nadie, porque no hay nadie a quien enterrar.
Yo dije a mi alma, está tranquila, y deja que lo oscuro te invada,
que será la oscuridad de Dios. Como en un teatro
las luces se apagan, porque se va a cambiar la escena,
con un vacío retumbar de alas, con un movimiento de oscuridad en oscuridad,
y sabemos que las colinas y los árboles, el panorama distante
y la atrevida e imponente fachada están siendo retiradas-
O, cuando un vagón subterráneo, en el metro, se para demasiado tiempo entre dos estaciones,
y la conversación se anima y lentamente se apaga en el silencio,
y ves cómo ahonda detrás de cada cara el vacío mental,
quedando sólo el terror creciente de no pensar en nada;
o cuando, bajo el influjo del éter, la mente está consciente, pero consciente de nada-
Yo dije a mi alma, está tranquila, y espera sin esperanza,
porque la esperanza sería esperanza de la cosa equivocada; espera sin amor,
porque el amor sería amor de la cosa equivocada; aún queda la fe,
pero la fe y el amor y la esperanza se encuentran todos en la espera.
Espera sin razón, porque no estás listo para la razón:
Así la oscuridad será la luz, y la quietud el baile.
Susurro de arroyos, y relámpago de invierno.
El tomillo silvestre oculto, y la fresa silvestre,
las risas en el jardín, éxtasis que resuena,
no perdidas, pero necesitadas, apuntando a la agonía
de la muerte y el nacimiento.
Dices que estoy repitiendo
algo que ya he dicho antes. Lo diré otra vez,
¿lo diré otra vez? Para llegar allí,
para llegar donde tú estás, para volver de donde no estás,
debes ir por un camino en el que no haya éxtasis.
Para llegar a lo que no sabes
debes ir por un camino que es el camino de la ignorancia.
Para poseer lo que no posees
debes ir por el camino de la desposesión.
Para llegar a lo que no eres
debes ir a través del camino en que no estás.
Y lo que no sabes es la única cosa que sabes,
y lo que posees es lo que no posees,
y en donde estás es donde no estás.



sábado, 18 de febrero de 2017

Con tu cuerpo (por E. E. Cummings)



me gusta mi cuerpo cuando está con tu

cuerpo. es algo bastante nuevo.

músculos mejor y nervios más.

me gusta tu cuerpo. me gusta lo que hace,

me gustan sus maneras. me gusta sentir la columna

de tu cuerpo y sus huesos, y la temblorosa

firme-suavi-dad que yo

una y otra y otra vez

voy a besar, me gusta besar esto y aquello de ti,

me gusta, lentamente acariciar el, estridente vello

de tu piel eléctrica, y lo-que-le sucede

a la carne que se abre… Y los ojos grandes migajas-de-amor,


y posiblemente me guste la emoción

de debajo de mí tú tan nueva


viernes, 17 de febrero de 2017

Incluso pinchándose el dedo (por Charles Simic)


Sacó una pulga

de la axila de ella

para guardarla

y cuidarla

en una caja de cerillas

incluso pinchándose el dedo

de vez en cuando

para alimentarla

con gotas de sangre.



jueves, 16 de febrero de 2017

Y descubierto su costado frágil (por Sharon Olds)


Vi a mi padre desnudo, una vez, abrí

la puerta azul del baño,

que él siempre trababa –si se abría, no había nada–

y ahí, rodeado de brillantes cerámicas

turquesas, sentado en el inodoro, estaba mi padre,

todo él, y todo él

era piel. En un instante, mi mirada lo recorrió

de un único, súbito, limpio

tirón, hacia arriba: dedos del pie, tobillo,

rodilla, cadera, costilla, cuello,

hombro, codo, muñeca, dedos

mi padre. Se veía tan desprotegido,

sin costuras, y tímido, como una nena en el inodoro,

y si bien yo sabía que estaba sentado ahí

para defecar, no había vergüenza,

había una paz humana. Él me miró,

yo dije Perdón, retrocedí, cerré la puerta

pero lo había visto, mi padre un cordero esquilado,

mi padre una nube en el cielo azul

del baño azul, mi ojo había subido

por la montaña, la ruta sinuosa del

hombre desnudo, había doblado la esquina,

y descubierto su costado frágil –tierna

barriga, frontera de la pélvica cuna.




miércoles, 15 de febrero de 2017

Ese episodio (por Fernando Pessoa)


Todo se me confunde. Cuando creo que recuerdo, es otra cosa la que pienso; si veo, ignoro, y cuando me distraigo, claramente veo.

Vuelvo la espalda a la ventana cenicienta, de cristales fríos a las manos que los tocan. Y llevo conmigo, por un sortilegio de la penumbra, de repente, el interior de la casa antigua, fuera de la cual, en el patio de al lado, el papagayo gritaba; y los ojos se me adormecen de toda la irreparabilidad de haber efectivamente vivido.

Hace dos días que llueve y que cae del cielo ceniciento y frío cierta lluvia, con el color que tiene, que aflige el alma. Hace dos días… Estoy triste de sentir, y pienso en ello a la ventana y al son del agua que gotea y de la lluvia que cae.

Tengo el corazón oprimido y los recuerdos convertidos en angustias. Sin sueño, ni razón para tenerlo, hay en mí un gran deseo de dormir.

Antaño, cuando era niño y feliz, vivía en una casa del patio de al lado la voz de un papagayo verde de colores. Nunca, en los días de lluvia, se le entristecía el decir, y clamaba, sin duda al abrigo, cualquier sentimiento constante, que planeaba en la tristeza como un gramófono anticipado.

¿He pensado en este papagayo porque estoy triste y la infancia lejana lo recuerda? No, he pensado en él realmente porque desde el patio de al lado de ahora una voz de papagayo grita atravesadamente.

Ese episodio de la imaginación al que llamamos realidad.



martes, 14 de febrero de 2017

Se amigó con ellas (por Rafael Cadenas)


El filólogo las espía
les averigua su vida
lugar de nacimiento,
fecha, linaje, eclipses,
regresos, qué desean,
cómo vinieron a dar aquí
donde se esconden para no ver,
a qué hora sufren o si aún cantan.
Hace tanto se amigó con ellas.
Les reprocha, eso sí que se vuelvan
cortesanas, que se alquilen,
que se deshonren,
pero sobre todo que cuando los dictadores
las usan, ellas no les queman los labios.



lunes, 13 de febrero de 2017

Los viejos (por Rolf Jacobsen)


A mí me gustan más los viejos.
Están ahí sentados y nos miran y no nos ven
y bastante tienen con lo suyo,
como los pescadores en las riberas de los grandes ríos,
inmóviles como piedras
en la noche estival.
A mí me gustan mucho los pescadores en las riberas de los ríos
y los viejos y los que salen a la calle tras una larga enfermedad.

Tienen algo en los ojos
que el mundo ya no ve
los viejos, como convalecientes
cuyos pies aún no son lo bastante fuertes para sostenerlos
y con la frente pálida como después de la fiebre.


Los viejos
que vuelven a ser ellos mismos lentamente,
se disuelven despacio
y como el humo imperceptiblemente se transforman
en sueño
y luz.



domingo, 12 de febrero de 2017

Palomas (por Carolina Musa)


Esas palomas van
del tanque de agua al cable del cable al suelo
del suelo al alero tanque cable suelo alero rutina implacable que veo ya no espero
más la revolución palomosa.

Suelo:
Pelean por miguitas, las muy mierdas.
Picotean el agua de los charcos.
Alero:

La taza rueda de mi mano
ensucia el piso con manzanilla y trozos de cerámica:

dos palomas
torcazas grises entre tanque y alero
descansan en mi balcón.

Van y vienen con palitos
los amontonan
en la maceta sin planta pronto
el nido, dos huevos.

Incuban por turnos:
la paloma de noche, el palomo de día
o viceversa, no sé cuál es cuál.

Cielo espléndido de primavera.
En el despliegue de puntos de fuga no
distingo a mis palomas, sólo líneas.

A veces pienso que estoy en este mundo con una única finalidad:
mirar palomas.

Los pichones rompen el huevo
el mismo día, son idénticos.

A veces pienso que estoy en este mundo con una única finalidad:
mirar palomas.

Los pichones caminan entre las dos macetas
aletean hasta la baranda del balcón.
Vuelan. Ya no vuelven.
Tanque:

Me apresuro a deshacer el nido.
Saludo.
Desinfecto.

Cable.
Suelo.
Alero.


sábado, 11 de febrero de 2017

La isla (por Juan Cobos Wilkins)


No la busques, la Isla
te encontrará a ti.
En esos bares
en los que siempre cenas solo,
en la obsesión por contemplar un día
la aurora boreal, en las horas
de fiebre cuando desde el escalofrío
de la sábana mirabas
cobijarse de la lluvia
a los inflados gorriones. Incluso
mientras, indiferente, escéptico,
oficias a un dios desconocido.
Donde estés
-entre el tedio o la frivolidad
fugitiva- allí
donde quiera que te escondas,
la Isla encuentra al náufrago.



viernes, 10 de febrero de 2017

Truncado (por Aitor Suárez)


manchas
que lavar

omisiones
que suplir

heridas
que curar

senderos
que recorrer

rumbos
que corregir

errores
que deshacer

palabras
que borrar

páginas
que escribir

daños
que reparar

piezas
que mover

nudos
que desatar

y sin embargo
hay que irse
no hay tiempo para más

ya suena el reloj máximo
el gong del implacable cronómetro
de dentro

forzado a abandonar
a desertar de aquí


yo y nada más que yo
y tan sólo lo puesto
no ha lugar a equipaje

con tanto a medio hacer
pendiente de mí
abierto

con tanto inacabado una orden de destierro
que no sé quién imparte
-déjalo todo y
vete



jueves, 9 de febrero de 2017

Y aún no puedo abarcarte (por Juan Gelman)


Yo te entregué mi sangre, mis sonidos,

mis manos, mi cabeza,


y lo que es más, mi soledad, la gran señora

[como un día de mayo dulcísimo de otoño]


y lo que es más aún todo mi olvido

[para que lo deshagas y dures en la noche,

en la tormenta, en la desgracia]


y más aún te di mi muerte


veré subir tu rostro entre el oleaje de las sombras,


y aún no puedo abarcarte,

sigue creciendo como un fuego,


y me destruyes me construyes eres oscura como la luz.





miércoles, 8 de febrero de 2017

O el torbellino (por Unai Velasco)


Lo que se lleva esa casa de ahí por delante es un viento muy fuerte.
Por eso queríamos crecer a salvo buscar
un lugar mejor nos llamaban los cazatornados
era la mayor serie de tormentas en doce años mejor
permanecer juntos vivíamos
para esto nos decíamos
que vivíamos para esto comiendo hamburguesas en casa
de la tía Meg y todo el rato pensando en el área de succión
cuál
pensábamos y no sabíamos hacia dónde crecer qué viento
volteaba los postes sin desperdigarlos no teníamos
ni idea teníamos a Dorothy I y a
Dorothy II y a cuatro Dorothys más y las hamburguesas sabían
tan bien y el cielo se estaba poniendo verdaderamente verde
por donde crecía crecíamos juntos en la canción o el
torbellino buscar el eje cuál comer la carne
de Oklahoma besar la mejilla de la tía Meg siempre
siempre siempre juntos Rabbit Joey Heinze y
Dusty y Joe y Bill también hacia el centro hacia el eje de succión
cuál
crecer como un perro que corretea junto al porche
y no se aleja demasiado era
la mayor tormenta de los últimos doce años y nos parecíamos
tanto a las mazorcas ni te imaginas uno y luego otro y otro como
postes de pino en hilera poderosa
al viento
al viento distinto que nos reúne
que no nos tumba y nos mantiene aquí porque
gira sobre sí mismo.
Hacia ese lugar crecíamos.


martes, 7 de febrero de 2017

Si estuviera fría (por John Keats)


Esta mano viviente, ahora tibia y capaz

de agarrar firmemente, si estuviera fría

y en el silencio helado de la tumba,

de tal modo hechizaría tus días y congelaría tus sueños

que desearías tu propio corazón secar de sangre

para que en mis venas roja vida corriera otra vez,

y tú aquietar tu conciencia, —la ves, aquí esta—

la sostengo frente a ti. 



lunes, 6 de febrero de 2017

Hombre valiente (por Wallace Stevens)


El sol, ese hombre valiente,
acude por las ramas tendidas a la espera,
ese hombre valiente.

Ojos verdes sombríos
bajo formas oscuras de la hierba
se dan a la fuga.

Las estrellas virtuosas, pálidas riendas y espuelas puntiagudas,
se dan a la fuga.

Temores de mi cama,
temores de vida y temores de muerte,
se dan a la fuga.

El hombre valiente asciende desde abajo
y camina sin meditación, ese hombre valiente.



domingo, 5 de febrero de 2017

Salir al mar (por Emily Dickinson)



Para el alma nacida tierra adentro

salir al mar es júbilo,

dejar atrás las casas, la ribera,

meterse en la profunda Eternidad.

Hemos vivido siempre entre montañas,

pero ¿puede el marino comprender

la divina embriaguez

de la primera legua por el mar?



sábado, 4 de febrero de 2017

Lamento por los pies de Andrew Sinclair (por Juan Gelman)


cuando en Toledo Ohio andrew sinclair
empezó a caminar sobre el mundo
dijo "esto es así" y no lloró
pensó lo verde de la época

acostó la cabeza en los pechos maternos como fatigado de pronto por tanta comprobación
los pechos daban flores de leche que caían al piso
y calentaban la memoria
ahora que andrew sinclair es grande

andrew sinclair es grande o es triste
con candelas encendidas pasó lo bajo de la noche
¡oh corazón ardiente hecho pedazos!
los fue sembrando como fieras o furias

¿pero andrew sinclair está aquí?
¿todavía hace sonar su tristeza como un terrible cañón?
¿no caza pajaritos?
¿anda por ahí andrew sinclair?

en la mitad de su memoria la mamá está de pie
dándoles de comer a las gallinas o lavando los platos
con manos lentas bellas grises
que daban brillo como el sol

y abrigaban al andrew sinclair ¡ah caminante!
los demonios del valle le comieron los pies
pero él se inclinaba bajo el sol
brillando como madre

los demonios tienen dos cuernos en la cabeza y pelos en los pies
y echan llamas por la boca y el culo
se comen los ratones sin pelar
bailan como gitanos se beben de un trago medio balde de agua

pero andrew sinclair no
él tiene un joven corazón
lleno de islas con tigres y garzas
bellísimo bellísimo

abajo de andrew sinclair había un río
y más abajo un sol
y debajo la noche
para nosotros dos



¿Todavía existen? (por Charles Simic)


No he tenido noticias de los animales.

¿Todavía existen? Aquellos sapos

a los que conocía tan bien. Y los zorros,

¿todavía andan por ahí en la oscuridad?


Imposible. Donde un caballo solía pastar

en mis sueños –Hay un vacío, el borde de un precipicio

donde me columpio

sin pericia y con mucha suerte.


Parece que ahora tendré que construir

mi bestiario de algún otro modo:

sin un hueso o un ojo,

incluso sin una huella de sangre en la nieve,

y con los ladridos

siguiéndome de cerca.


Solo, sin un modelo-

de mí dependerá

imaginar, fuera de las piedras

y de los escombros que quedan, una nueva especie


Un diente,

una ubre

llena de leche.


viernes, 3 de febrero de 2017

En equilibrio (por Miguel Ángel Petrecca)


El fruto desmenuzado de estos árboles va dejando en la vereda una capa gruesa, graffitis ilegibles, superpuestos, escudos de clubes de fútbol y leyendas de cumpleaños en la pared se han ido sumando de a poco, sobre la mano de pintura que cada enero, en unas horas, formatea la entera superficie. La cruz de la farmacia titiló un instante antes de prenderse y el custodio una vez más como la figura dentro de un reloj cucú salió y volvió a entrar. De punta a punta del dial pasó agarrando pedazos de canciones. Aunque una especie de empate hegemónico mantiene así por el momento en equilibrio las trincheras opuestas de la enfermedad y la salud, la bisagra nunca está en realidad tan lejos como uno piensa, parece decir la chica que atraviesa ahora el espejo retrovisor con unas radiografías o algo así en un sobre, como los mensajeros que llevaban entre sus cartas, sin saberlo, una con su propia sentencia.



jueves, 2 de febrero de 2017

Lluvia (por Antonio Gamoneda)


Ha de llover


Hay sequía en la luz y la ceniza llora,

como mi madre, sin lágrimas.


Ha de llover.


Ha de llover hasta que se levanten los maíces sagrados y sea posible la celebración de la muerte.

Ha de llover.


¿Por qué no? ¿ Por qué no ha de llover

en la tiniebla intestinal y en las hirvientes médulas?


Ha de llover

en los niños frenéticos y en los adoradores nocturnos

y en los ancianos extraviados en la música.


Ha de llover

en el aire poblado de ausentes y en la felicidad ensangrentada.


Ha de llover sobre esta piedra enferma

donde, en la noche, cunde un resplandor

procedente de astros inservibles.


Ha de llover. Tiene que llover con dulzura

sobre los suicidas del amanecer.


Ha de llover

en la superficie cristianizada por la industria. Ha de llover

hasta que aúllen las alondras y,

bajo las catenarias, en Vega Magaz,

los ferroviarios se desnuden

y detengan la máquina que llora.


Ha de llover en la extremaunción

sacramentalmente perversa. Ha de llover

en el interior del hierro y en el pensamiento

de los cianóticos y

de los niños prematuros.


Ha de llover

sobre las secretarias parturientas,

sobre los tísicos y los asesinos,

sobre los comandantes y las monjas.


Ha de llover en los prostíbulos

y en los ministerios incomprensibles

y en las fístulas eternas. Sí,


ha de llover. Y las serpientes

aprenderán a silbar con dulzura

unas seiscientas melodías olvidadas. Son

reconocibles por su olor a sombra

y a sustancia inguinal. Dichas serpientes

han de silbar en las cajas de ahorro

y en los urinarios y en las tumbas.


Ha de llover. Hoy es martes

de salvación. Hoy resucitan

los fusilados de Villamañán.


Ha de llover en las grandes letrinas

notariales hasta que aparezcan los títulos

de propiedad de la luz y de la tristeza hipotecaria

y las cartas de amor de Francisco Franco.


Ha de llover, ha de llover dulcemente, sobre las niñas que abortan en octubre y

sobre los padres invisibles.


Ha de llover en la agonía de Jorge Pedrero

y sobre los visitantes clandestinos.


Ha de llover. Causa analógica:

se sabe que los agonizantes son felices

rodeados de llanto.


Ha de llover,


ha de llover sobre los huesos de Felipe Segundo

y de los Caídos por Dios y por España.


Agua para los prostáticos

y su dolor universal, agua también

para los sifilíticos y los curas.


Agua para los Borbones,

y para los mendigos y las mujeres desnudas

que gritaron los gritos amarillos

de mil novecientos treinta y seis.


Ha de llover.


Ha de llover en los pantanos

rebosantes (se dice) de fascismo y de

melancolía azul. Han de existir

poderosas razones ecuménicas

para que llueva en los pantanos. Ha

de ser físicamente necesario a causa

de la prosperidad del incesto y de los cuchillos

olvidados en las iglesias. Ha

de llover.


Ha de llover, sí, pero no han de olvidarse

los manantiales del odio ni las acequias

secretas de los monasterios ni

la humedad de las sociedades anónimas.


Ha de llover jamás y siempre. Con

desesperación agraria. Ha de llover

hasta que enloquezcan los metales

y el sílice y las inmensas madres

del Barrio de la Sal.

Ha de llover.

Ha de llover ya.

¿Está lloviendo?


Sí, está lloviendo. Las madres,

bajo la lluvia, van

al penal incesante. Son blancas y locas,

llevan fuego y amor.

Ah de la lluvia,

ah del amor, ah del fuego.

Llueve

en mi pasado y en mis venas. Va a llover

también en mi desaparición.

Ah de la lluvia

sobre las madres locas. Ya arde, bajo el agua,

San Marcos con amor, ya están ardiendo

dulcemente los juicios sumarísimos.


Ah de la lluvia.



miércoles, 1 de febrero de 2017

Pero este hombre no ve (por Cesare Pavese)


Lo difícil es sentarse sin hacerse notar.
Lo demás viene por añadidura. Tres sorbos
y retorna el deseo de imaginarse solo.
Se abre de par en par un fondo de zumbidos distantes,
todo se dispersa y haber nacido y contemplar la copa
constituye un milagro. El trabajo
(el hombre solo no puede dejar de pensar en el trabajo)
vuelve a ser el antiguo destino que es hermoso sufrir
para poder pensar en él. Después los ojos clavan
su mirada en el aire, dolientes, como si estuvieran ciegos.

Si este hombre se alza de nuevo y va a acostarse a su casa,
parece un ciego que ha extraviado el camino. Cualquiera
puede salir de un rincón y machacarlo a golpes.
Puede salir una mujer y tenderse en la calle,
joven y bella, bajo otro hombre, gimiendo
igual como gimió una mujer con él hace tiempo.
Pero este hombre no ve. Va a su casa a acostarse
y la vida no es más que un zumbido de silencio.

Al desnudar a este hombre, se encuentran miembros exhaustos
y pelo brutal, aquí y allá. ¿Quién diría
que por este hombre circulan venas tibias
en que hace tiempo quemaba la vida? Nadie creería
que una mujer hubiese acariciado, hace tiempo,
aquel cuerpo y besado aquel cuerpo, que tiembla,
y lo hubiese bañado con lágrimas, ahora que el hombre,
que ya ha llegado a su casa, no consigue dormir, pero gime.



martes, 31 de enero de 2017

Su sombrero (por Arvid Torgeir Lie)


Ella se ha ido. Su sombrero de verano se queda solo
con sus anchas alas en una silla,
está completamente inmóvil sin el rostro de ella.
El sombrero cayó de pronto sobre la silla
y ya no puede decir ni una palabra.
Y ella se ha ido con todo su ser.
A veces el sombrero se prepara para escapar,
otras veces está paciente y quieto.
Voy a su lado y le consuelo diciéndole:
-Espera un poco,
en unos días saldremos a buscarla.



lunes, 30 de enero de 2017

Surco de luz (por Carlos Sahagún)


Cuántas veces mi sueño te recogió con trenzas,

herida de niñez, bajo la lluvia.

Un portal entornado era mi vida,

tu soledad era una hazaña oscura.

Desconsoladamente llegabas del otoño

y naufragabas entre tanta bruma,

astro indeciso y ciego que cruzabas

sobre mi juventud, perdiendo altura.

Y tu imagen se hundía sin rumbo en mi memoria

atravesando noches y lagunas.

Allí la guarda el sueño: en él navega,

surco de luz entre las sombras últimas.


domingo, 29 de enero de 2017

Su oscuro amor (por William Blake)


¡Oh Rosa, estás enferma!
El gusano invisible
que vuela en la noche,
en la clamorosa tormenta,

ha descubierto tu cama
de alegría carmesí,
y su oscuro amor secreto
destruye tu vida.

sábado, 28 de enero de 2017

Con sus mismas espinas (por Gonzalo Rojas)


A veces pienso quién, quién estará viviendo ronco mi juventud
con sus mismas espinas, liviano y vagabundo,
nadando en el oleaje de las calles horribles, sin un cobre,
remoto, y más flexible: con tres noches radiantes en las sienes
y el olor de la hermosa todavía en el tacto.

Dónde andará, qué tablas le tocará dormir a su coraje,
qué sopa devorar, cuál será su secreto
para tener veinte años y cortar en sus llamas las páginas violentas.
Porque el endemoniado repetirá también el mismo error
y de él aprenderá, si se cumple en su mano la escritura.



viernes, 27 de enero de 2017

Breve como la belleza (por Roberto Bolaño)



Una mujer inteligente

Una mujer hermosa

Conocía todas las variantes, todas las posibilidades

Lectora de los aforismos de Duchamp y de los relatos de Defoe


En general con un autocontrol envidiable

Salvo cuando se deprimía y se emborrachaba

Algo que podía durar dos o tres días

Una sucesión de burdeos y valiums

Que te ponía la carne de gallina

Entonces solía contarte las historias que le sucedieron

Entre los 15 y los 18

Una película de sexo y de terror

Cuerpos desnudos y negocios en los límites de la ley

Una actriz vocacional y al mismo tiempo una chica con extraños rasgos de avaricia


La conocí cuando acababa de cumplir los 25 En una época tranquila

Supongo que tenía miedo de la vejez y de la muerte La vejez para ella eran los treinta años

La Guerra de los Treinta Años

Los treinta años de Cristo cuando empezó a predicar

Una edad como cualquier otra le decía mientras cenábamos A la luz de las velas

Contemplando el discurrir del río más literario del planeta


Pero para nosotros el prestigio estaba en otra parte En las bandas poseídas por la lentitud En los gestos exquisitamente lentos del desarreglo nervioso En las camas

oscuras En la multiplicación geométrica de las vitrinas vacías Y en el hoyo de la realidad

Nuestro lujo

Nuestro absoluto

Nuestro Voltaire

Nuestra filosofía de dormitorio y tocador

Como decía, una muchacha inteligente

Con esa rara virtud previsora

(Rara para nosotros latinoamericanos)

Que es tan común en su patria

En donde hasta los asesinos tienen una cartilla de ahorros

Y ella no iba a ser menos

Una cartilla de ahorros y una foto de Tristán Cabral

La nostalgia de lo no vivido


Mientras aquel prestigioso río arrastraba un sol moribundo y sobre sus mejillas rodaban lágrimas aparentemente gratuitas.


No me quiero morir susurraba mientras se corría En la perspicaz oscuridad del dormitorio Y yo no sabía qué decir En verdad no sabía qué decir Salvo acariciarla y

sostenerla mientras se movía Arriba y abajo como la vida Arriba y abajo como las poetas de Francia

Inocentes y castigadas

Hasta que volvía al planeta Tierra


Y de sus labios brotaban

Pasajes de su adolescencia que de improviso llenaban nuestra habitación

Con duplicados que lloraban en las escaleras automáticas del metro

Con duplicados que hacían el amor con dos tipos a la vez mientras afuera caía la lluvia Sobre las bolsas de basura y sobre las pistolas abandonadas en las bolsas

de basura La lluvia que todo lo lava Menos la memoria y la razón


Vestidos, chaquetas de cuero, botas italianas, lencería para volverse loco

Para volverla loca

Aparecían y desaparecían en nuestra habitación fosforescente y pulsátil


Y trazos rápidos de otras aventuras menos íntimas Fulguraban en sus ojos heridos como luciérnagas


Un amor que no iba a durar mucho

Pero que a la postre resultaría inolvidable

Eso dijo

Sentada junto a la ventana

Su rostro suspendido en el tiempo

Sus labios: los labios de una estatua


Un amor inolvidable

Bajo la lluvia

Bajo ese cielo erizado de antenas en donde convivían

Los artesonados del Siglo XVII

Con las cagadas de palomas del Siglo XX

Y en medio Toda la inextinguible capacidad de provocar dolor

Invicta a través de los años

Invicta a través de los amores

Inolvidables


Eso dijo, sí Un amor inolvidable Y breve


¿Como un huracán? No, un amor breve como el suspiro de una cabeza guillotinada La cabeza de un rey o un conde bretón Breve como la belleza La belleza absoluta

La que contiene toda la grandeza y la miseria del mundo


Y que sólo es visible para quienes aman.



jueves, 26 de enero de 2017

Bella ciclista (por José Antonio Muñoz Rojas)


Entre autobuses, entre corazones,

entre los olmos, entre los vallados,

entre almas atónitas, por puentes,

exhalada tu firme bicicleta.

Te sigue el río de la carretera

tierno su duro arbitrio conmovido,

respondiendo a tu llanto con lamentos:

Te pierdes. No te pierdes. Me persiguen.

¡Qué júbilo sin prisa en lo que es llano!

¡Qué salto en los collados repentinos!

¡Qué dejarse caer por las cañadas,

exhalada, tras ti, la carretera!

Siguiéndote va, helada cuando tuerces,

y ¡qué lento suspiro cuando un valle

te traga, qué alto grito

cuando una loma a punto te devuelve!

Bella ciclista, tu ave de pedales

conduces por un aire de jardines,

de prados aguardando entre los troncos

a que estalle, final, la primavera.

El viento en tus oídos te proclama

única emperatriz de los ciclistas.

Te persigue, te pide los cabellos;

tú se los das y te los va peinando.

Nadie me espera, nadie me despide.

Mis cabellos y el viento, los pedales,

los troncos y los ríos son los puentes;

sin partida o llegada, siempre voy.

Siempre va, siempre va, aunque suspiren

árboles melancólicos y lloren

los ojos de los puentes, ríos de llanto:

No pesa el corazón de los veloces.



miércoles, 25 de enero de 2017

Como huésped de sí misma (por Emily Dickinson)


Está la soledad de los espacios,

la soledad del mar,

la de la muerte, pero todas

parecen multitud si se comparan

con ese emplazamiento más profundo,

la intimidad polar

del alma como huésped de sí misma —

finita infinitud.



martes, 24 de enero de 2017

Enterraremos todo (por Roberto Juarroz)


Lo enterraremos todo,
los brazos, el movimiento y la pala,
la pasión de los viernes,
la bandera de andar solos,
la pobreza, esa deuda,
la riqueza, esa otra.

Lo enterraremos hasta con sabiduría,
cortando sabiamente los terrones,
o cortándolos sin darnos cuenta, sabiamente.

Un resto de mirada
quedará flotando como un pincel absurdo
sobre la tregua doblemente fiel de todo ausente.
Y menos mal que no habrá nadie
para escarbar luego bien hondo
y descubrir que no hay nada enterrado.



lunes, 23 de enero de 2017

Pero no me estremezco (por Ana Akhmatova)


Cuando la luna es una tajada de melón en la ventana

y alrededor es la calina cerrada la puerta y la casa encantada

por las azules ramas de glicinas y en la fuente de arcilla hay agua fría

y la nieve del paño y arde una bujía de cera

tal como en la niñez, mariposas zumban

la calma, que no oye mi palabra, retumba

entonces algo de lo negro de rincones rembrandtianos se ovilla de pronto

y se esconde allí a mano, pero no me estremezco, ni me asusto siquiera...

la soledad me hizo prisionera en sus redes

el gato negro el alma me mira, como ojos centenarios

y en el espejo mi doble es tal vez mi contrario.

Voy a dormir dulcemente, buenas noches, noche. 


domingo, 22 de enero de 2017

Dos imperiosas llamadas (por Vicente Aleixandre)


No te acerques. Tu frente, tu ardiente frente, tu encendida frente,

las huellas de unos besos,

ese resplandor que aún de día se siente si te acercas,

ese resplandor contagioso que me queda en las manos,

ese río luminoso en que hundo mis brazos,

en el que casi no me atrevo a beber, por temor después a ya una dura vida

de lucero.


No quiero que vivas en mí como vive la luz,

con ese ya aislamiento de estrella que se une con su luz,

aislamiento de estrella

a quien el amor se niega a través del espacio

duro y azul que separa y no une,

donde cada lucero inaccesible

es una soledad que, gemebunda, envía su tristeza.


La soledad destella en el mundo sin amor.

La vida es una vívida corteza,

una rugosa piel inmóvil

donde el hombre no puede encontrar su descanso,

por más que aplique su sueño contra un astro apagado.


Pero tú no te acerques. Tu frente destellante, carbón encendido que me

arrebata a la propia conciencia,

duelo fulgúreo en que de pronto siento la tentación de morir,

de quemarme los labios con tu roce indeleble,

de sentir mi carne deshacerse contra tu diamante abrasador.


No te acerques, porque tu beso se prolonga como el choque imposible de las estrellas,

como el espacio que súbitamente se incendia,

éter propagador donde la destrucción de los mundos es un único corazón que totalmente se abrasa.

Ven, ven, ven como el carbón extinto oscuro que encierra una muerte;

ven como la noche ciega que me acerca su rostro;

ven como los dos labios marcados por el rojo,

por esa línea larga que funde los metales.


Ven, ven, amor mío; ven, hermética frente, redondez casi rodante


que luces como una órbita que va a morir en mis brazos;

ven como dos ojos o dos profundas soledades,

dos imperiosas llamadas de una hondura que no conozco.

¡Ven, ven, muerte, amor; ven pronto, te destruyo;

ven, que quiero matar o amar o morir o darte todo;

ven, que ruedas como liviana piedra,

confundida como una luna que me pide mis rayos!


sábado, 21 de enero de 2017

Donde vives (por Saiz de Marco)


No donde habitas sino

donde nunca estuviste:


aquella vieja búsqueda de un lugar no encontrado

(acaso inexistente,

imposible tal vez),


la región en que ansías estar pero no puedes

(al acercarte tú se desdibuja,

se aleja,

se traslada),


ese horizonte que huye,

el recinto que hay junto a un cartel de

“prohibido el paso”,


esa zona quimérica que nunca has recorrido…


En tu no-residencia

(justo donde no estás) es


donde vives.


viernes, 20 de enero de 2017

Y moría de reminiscencias (por Cristina Peri Rossi)


No podía dejar de amarla porque el olvido no existe
y la memoria es modificación, de manera que sin querer
amaba las distintas formas bajo las cuales ella aparecía
en sucesivas transformaciones y tenía nostalgia de todos los lugares
en los cuales jamás habíamos estado, y la deseaba en los parques
donde nunca la deseé y moría de reminiscencias por las cosas
que ya no conoceríamos y eran tan violentas e inolvidables
como las pocas cosas que habíamos conocido.


Cada otoño que viene (por Fernando Pessoa)


Detrás de los primeros menos-calores del estío terminado, han venido, en los acasos de las tardes, ciertas coloraciones más suaves del cielo amplio, ciertos retoques de brisa fría que anuncian al otoño. No era todavía el desverdecer del follaje, o el desprenderse de las hojas, ni esa vaga angustia que acompaña a nuestra sensación de muerte exterior, porque lo ha de ser también la nuestra.

Era como un cansancio del esfuerzo existente, un vago sueño sobrevenido a los últimos gestos del hacer. Ah, son las tardes de una tan afligida indiferencia que, antes que comience en las cosas, comienza en nosotros el otoño.

Cada otoño que viene está más cerca del otoño que tendremos, y lo mismo es verdad del verano y del estío; pero el otoño recuerda, por lo que es, el acabarse de todo, y en el verano o en el estío es fácil, de mirar, que lo olvidemos. No es todavía el otoño, no está todavía en el aire el amarillo de las hojas caídas o la tristeza húmeda del tiempo que va a ser más tarde invierno.

Pero hay un resquicio de tristeza anticipada, una angustia vestida para el viaje, en el sentimiento en el que estamos vagamente atentos a la difusión colorida de las cosas, al otro tono del viento, al sosiego más viejo que se arrastra, si cae la noche, por la presencia inevitable del universo.

Sí, pasaremos todos, pasaremos todo. Nada quedará de lo que gastó sentimientos y guantes, de lo que habló de la muerte y de la política local. Como es la misma luz la que ilumina las faces de los santos y las polainas de los transeúntes, así será la misma falta de luz la que dejará en lo oscuro la nada que quede de haber sido unos santos y otros gastadores de polainas.

En el vasto remolino, como el de las hojas secas, en que yace indolentemente el mundo entero, tanto importan los reinos como los vestidos de las costureras, y las trenzas de la niñas rubias van en el mismo giro mortal que los cetros que han figurado a los imperios.

Todo es nada, y en el atrio de lo Invisible, cuya puerta abierta muestra apenas, enfrente, una puerta cerrada, bailan, esclavas de ese viento que las revuelve sin manos, todas las cosas, pequeñas y grandes, que han formado, para nosotros y en nosotros, el sistema sentido del universo.

Todo es sombra y polvo removido, no hay más voz que la del ruido que hace lo que el viento levanta y arrastra, ni más silencio que el de lo que el viento abandona. Unos, hojas leves, menos presas de la tierra por más leves, van altos por el vórtice del atrio y caen más lejos que el círculo de los pesados. Otros, casi invisibles, polvo igual, diferente sólo si lo viésemos de cerca, se hacen cama a sí mismos en el remolino.

Otros todavía, miniaturas de troncos, son arrastrados circularmente y terminan acá y allá.

Un día, al final del conocimiento de las cosas, se abrirá la puerta del fondo, y todo lo que fuimos —basura de estrellas y de almas— será barrido hacia fuera de casa, para que lo que existe vuelva a empezar.

El corazón me duele como un cuerpo extraño. Mi cerebro duerme todo cuanto siento. Sí, es el principio del otoño el que trae al aire y a mi alma esa luz sin sonrisa que va orlando de amarillo muerto el redondeamiento confuso de las pocas nubes del poniente. Sí, es el principio del otoño, y el conocimiento claro, en la hora límpida, de la insuficiencia anónima de todo.

El otoño, sí, el otoño, el que hay o el que va a haber, y el cansancio anticipado de todos los gestos, la desilusión anticipada de todos los sueños. ¿Qué puedo yo esperar y de qué? Ya, en lo que pienso de mí, voy entre las hojas y los polvos del atrio, en la órbita sin sentido de ninguna cosa, haciendo ruido de vida en las losas limpias que un sol angular dora de final no sé dónde.

Todo cuanto he pensado, todo cuanto he soñado, todo cuanto he hecho o no he hecho, todo esto se irá en el otoño, como las cerillas usadas que tapizan el suelo en diferentes sentidos, o los papeles estrujados en falsas pelotas, o los grandes imperios, las religiones todas, las filosofías con que han jugado, al hacerlas, los hijos soñolientos del abismo.

Todo cuanto ha sido mi alma, desde todo a lo que he aspirado a la casa vulgar en que vivo, desde los dioses que he tenido hasta el patrón Vasques que también he tenido, todo se va en el otoño, todo en el otoño, en la ternura indiferente del otoño. 



jueves, 19 de enero de 2017

Otrarme (por Rafael Baldaya)


Cuántas veces quise

desear lo que no deseo,

amar lo que no amo,

creer en lo que no creo,

sentir lo que no siento,

apreciar lo que no aprecio,

gustar de lo que no gusto…


Y también lo contrario:

no desear lo que deseo,


no rechazar lo que rechazo,

no sentir lo que siento,

no…, no …, no…


Cuántas veces quise

mandar en mis creencias,

mis pasiones,

mis miedos…:

reinar en mi entresijo.


Cuántas veces quise

ser otro en lo profundo

-no tan sólo hacia el borde-;

ser en el centro otro

-y no sólo por fuera-;

ser otro enteramente

-no un retoque o una pátina-


como un yo trasplantado.


Cuántas veces quise

¡cuántas!


del todo reemplazarme:

no el que soy, sino otro;

ser distinto de mí…



pero algo resistente,


vigoroso,

obstinado -como un muro por dentro-,

algo con más poder 

me lo impidió.



miércoles, 18 de enero de 2017

Jamás sentí que hubiera llegado (por Wole Soyinka)


Aunque llegué al final del viaje,
jamás sentí que hubiera llegado.
Tomé la carretera
que sube despacio la cuesta de las preguntas, y que me lleva
incluso a descender a la tierra que conduce a casa. Yo sé
que mi carne está limpiamente mordisqueada, perdida
para el perturbado pez entre las vainas susurrantes.
Yo los dejé atrás en mi ruta.

Y así también con el pan y el vino
necesito la repartición de derrota y carestía.
Yo los dejé atrás en mi ruta.
Jamás sentí que hubiera llegado.
Aunque amor y bienvenida me atrapan en casa.
Los usurpadores pasan mi copa en cada banquete 
como en una última cena.

martes, 17 de enero de 2017

Cráneo de tigre (por Charles Tomlinson)



Congelado en una mueca, todo amenaza cavernosa,

el ataque sigue siendo su único fin todavía:

tómalo con las manos, y te enseñará la fuerza

del empuje que al matar llevaría.


La mente se casa demasiado pronto con una media verdad. Este caparazón

está vaciado de la memoria saciada de su propia paz,

de su reposo bestial y de su orgullo relajado,

bajo la calma del sol y de las hojas.


Donde ser tigre es

moverse a través del terreno incierto con flexible paso:

qué poco esta pura y armada boca puede decir

de la bestia viviente.



lunes, 16 de enero de 2017

Pequeña luz (por Pier Paolo Pasolini)


Cercana a los ojos y los cabellos sueltos

sobre la frente, tú, pequeña luz,

dispersa, enrojeces mi cuaderno.

De adolescente, en tu pálida llamarada,

ardía hasta la noche, y era extraño

escuchar al viento y a los grillos solitarios.

Entonces, en la olvidada habitación

dormían mis padres, y mi hermano,

inmóvil, descansaba tras un muro delgado.

¿Dónde está él ahora, luz roja?

No hablas, sin embargo iluminas; y suspira

el grillo en el silencio de los campos.

Y mi madre se peina al espejo

de una manera antigua como tu luz,

pensando en su hijo ya sin vida.


domingo, 15 de enero de 2017

Un sitio para ti (por Leonard Cohen)


En Dusko’s aún están cantando, sentados bajo el viejo pino, en la profunda noche de estrellas fijas y fugaces.

Si te acercas a la ventana los oirás.

Es el final de una boda,

o quizá un muchacho se marche en barco por la mañana.

Hay un sitio para ti en la mesa, vino, y manzanas de la península, un lugar para tu voz en las canciones.

Ponte algo,

y si tuvieras que decirle a alguien que te marchas,

díselo, o que te acompañe, pero date prisa: han venido a buscarte — te están llamando —

no van a estar toda la vida esperándote.

Ni siquiera te están esperando ahora.


sábado, 14 de enero de 2017

Jabón (por José Emilio Pacheco)


El objeto más bello y más limpio de este mundo es el jabón oval que sólo huele a sí mismo. Trozo de nieve tibia o marfil inocente, el jabón resulta lo servicial por excelencia. Dan ganas de conservarlo ileso, halago para la vista, ofrenda para el tacto y el olfato. Duele que su destino sea mezclarse con toda la sordidez del planeta.

En un instante celebrará sus nupcias con el agua, esencia de todo. Sin ella el jabón no sería nada, no justificaría su indispensable existencia. La nobleza de su vínculo no impide que sea destructivo para los dos.

Inocencia y pureza van a sacrificarse en el altar de la inmundicia. Al tocar la suciedad del planeta ambos, para absolvernos, dejarán su condición de lirio y origen para ser habitantes de las alcantarillas y lodo de la cloaca.

También el jabón por servir se acaba y se acaba sirviendo. Cumplido su deber será laja viscosa, plasta informe contraria a la perfección que ahora tengo en la mano.

Medios lustrales para borrar la pesadumbre de ser y las corrupciones de estar vivos, agua y jabón al redimirnos de la noche nos bautizan de nuevo cada mañana. Sin su alianza sagrada, no tardaríamos en descender a nuestro infierno de bestias repugnantes. Lo sabemos, preferimos ignorarlo y no darle las gracias.

Nacemos sucios, terminaremos como trozos de abyecta podredumbre.

El jabón mantiene a raya las señales de nuestra asquerosidad primigenia, desvanece la barbarie del cuerpo, nos permite salir una y otra vez de las tinieblas y el pantano.

Parte indispensable de la vida, el jabón no puede estar exento de la sordidez común a lo que vive. Tampoco le fue dado el no ser cómplice del crimen universal que nos ha permitido estar un día más sobre la Tierra.

Mientras me afeito y escucho un concierto de cámara, me niego a recordar que tanta belleza sobrenatural, la música vuelta espuma del aire, no sería posible sin los árboles destruidos (los instrumentos musicales), el marfil de los elefantes (el teclado del piano), las tripas de los gatos (las cuerdas).

Del mismo modo, no importan las esencias vegetales, las sustancias químicas ni los perfumes añadidos: la materia prima del jabón impoluto es la grasa de los mataderos. Lo más bello y lo más pulcro no existirían si no estuvieran basados en lo más sucio y en lo más horrible. Así es y será siempre por desgracia.

Jabón también el olvido que limpia del vivir y su exceso. Jabón la memoria que depura cuanto inventa como recuerdo. Jabón la palabra escrita. Poesía impía, prosa sarnosa. Lo más radiante encuentra su origen en lo más oscuro. Jabón la lengua española que lava en el poema las heridas del ser, las manchas del desamparo y el fracaso.

Contra el crimen universal no puedo hacer nada. Aspiro el aroma a nuevo del jabón. El agua permitirá que se deslice sobre la piel y nos devuelva una inocencia imaginaria.


viernes, 13 de enero de 2017

Ni lo uno ni lo múltiple (por A. R. Ammons)


Mantener el equilibrio

entre lo uno y lo múltiple sin

perder en la operación ni lo uno ni lo múltiple:

guárdate de la consistencia excesiva, la imposición

arbitraria

y descendente del uno abstracto

en las realidades de lo mucho:

de ese modo la unidad

no deriva del equilibrio de lo múltiple

sino de la destrucción de lo diverso:

es una unidad

inaccesible al cambio,

cercenada de las posibilidades reordenadoras de

la variedad:

cuando intenté resumir

los acontecimientos que esta tarde

hubo en un momento en la orilla del riachuelo,

la corriente ganando ímpetu aparente,

vencejos

revoloteantes

lanzándose a ensartar los bajos,

una banda

de mojarras

titubeando entre aguas hondas y someras,

el siseo con que la arena

formaba imágenes nuevas,

a ese compás y esa simetría,

la hierba componiendo

semicírculos de viento

en arena,

el escarabajo muerto en una huella,

titilando

bajo ráfagas de viento,

los tábanos

en su canción y su vértigo,

cuando procuré pensar cuántos

millones de retazos de eventos

han alterado el curso del riachuelo marino,

cuando me propuse hacer solo

una relación

de las olas del movedizo riachuelo azul,

quedé librado a un poder superior a mis fáciles fracasos,

librado a pensar

cómo puede tanta libertad

conservar ese ancho aspecto de calma

y equilibrio casi consignable:

una unidad que no aventa diferencias,

una unidad no insustancial y flaca como la abstracción,

no anodina como la teoría:

pienso en California, sus ciudades y praderas,

desiertos y campos de petróleo,

autopistas, bosques, riscos blancos,

valles, costas,

cabos rocosos;

y en los despintados

faros de Maine

en extremos de península,

las trampas y las ollas de langostas,

los lagos de agua dulce; en Chicago

colgado como una bolsa de huevos del borde

del lago Michigan, con

su Museo de Arte, su Prudential Building, su hotel

Knickerbocker (donde paraba Cummings);

en Carolina del Norte, los

estrechos de Pamlico y Albermarle, los bancos de arena,

las golondrinas en los cables de teléfono;

en el condado de Columbus

donde hierven

cacahuetes frescos

en ollas de acero, para que la sal

se filtre por las cáscaras hervidas (una exquisitez

tan grande

como los espárragos de Jersey o

las alcachofas): y sin parar atravesando pueblos,

por caminos de polvo, zanjones, barrancos de grava, y

más, hasta las casas, los ciudadanos y sus historias,

invenciones, anhelos:

pienso cómo enriquecen las diferencias, por inasimilables

que sean en total al arte: el pequeño

comerciante de

Kansas City declara un dividendo extra

y la hija

que es maestra en Duquesne

compra un Volkswagen, segundo coche para la familia:

de lo múltiple, uno:

de lo vario, una unidad preponderante, expresión de

la diversidad:

ningún libro de leyes, a falta de la inalcanzable realidad,

puede anticipar todos los acontecimientos,

controlar todos los acontecimientos: solo el libro de leyes

fundado contra sí mismo,

fundado en la libertad de que cada acontecimiento ocurra en sí,

perdura en el inevitable equilibrio que adoptarán los acontecimientos.



jueves, 12 de enero de 2017

Hay un tiempo (por E. E. Cummings)


hay en el tiempo una noble y benévola proporción
junto con una increíble generosidad
(aunque la carne y la sangre le acusen de coerción
o la mente y el alma le culpen de engaño)

su conducta no es lógica o ilógica
su sabiduría anula la discordia y el acuerdo
-los saharas tienen sus siglos; diez mil
de ellos son más pequeños que el momento de una rosa-

hay un tiempo para reír y un tiempo para llorar
para la esperanza la desesperación la paz y el deseo


un tiempo para crecer y un tiempo para morir
una noche para el silencio y un día para el canto

pero sobre todo (como me dicen
tus más que ojos) hay un tiempo para la eternidad


miércoles, 11 de enero de 2017

Mi beso (por Juan Ramón Jiménez)


Te besaré en la sombra,
sin que mi cuerpo toque
tu cuerpo.

Echaré las cortinas,
que no entre ni la niebla
del cielo.

Que en la muerte absoluta
de todo sólo exista,
nuevo mundo, mi beso.


martes, 10 de enero de 2017

El misterio (por Omar Jayam)


Envié mi alma a través del Infinito
a indagar el misterio de su ser.
Y volvió ella diciendo: -Yo soy el cielo,
también soy el infierno.


lunes, 9 de enero de 2017

Como organizadas decadencias (por Emily Dickinson)


El desmoronamiento no es acto de un instante

una pausa esencial

El deterioro y sus procesos

son como organizadas decadencias

Primero telarañas en el alma

una película de polvo

agujero en el eje

o elementales óxidos

La ruina es ordenada –un trabajo diabólico,

consecutivo, lento-

Ningún hombre cayó en un solo instante

Deslizarse es la ley que rige el choque



domingo, 8 de enero de 2017

Cómo miraré (por Gabriela Negreanu)


Te esperé con ojos de piedra de pájaro de perro

con ojos humanos te miré

sin maquillaje de ojos te miré

como la luna pasa por sus fases

como la hoja pasa por las estaciones

como crece el disco rojo en el horizonte

dejando la noche a la noche


Con tus ojos a mis ojos miré


Cómo miraré a partir de ahora las estaciones,

cómo a partir de ahora miraré sólo

las piedras, los árboles, la luna


sábado, 7 de enero de 2017

Si me pareciera a ellas (por Muhammad ibn Abbad al-Mutamid)


Lloré al paso de las perdices en bandada,
libres, sin cárcel, no lastradas por grilletes,
y no fue, Dios me libre, de pura envidia,
que fue melancolía, ¡si me pareciera a ellas!
y volase suelto, sin la familia dispersa
y las entrañas en carne viva, ni hijos muertos
haciendo manar el llanto de mis ojos.
¡Tengan buena suerte!, que no se rompió su grupo
ni saboreó ninguna la separación de los suyos,
que no han pasado —como yo— la noche,
el corazón en un puño, a cada estremecerse
de la puerta de la cárcel, o gemir de los cerrojos.
Y no es esto algo que haya discurrido.
Sólo describo lo que desde siempre alberga
el corazón del hombre. Mi alma anhela
el encontronazo con la muerte;
otro quizá amaría la vida cargado de grilletes.
Que Dios preserve a las perdices en sus crías,
que a las mías las traicionaron el agua y la sombra.


viernes, 6 de enero de 2017

Apiádate (por Miguel D' Ors)


Mira la tarde, mira qué canción
multicolor: las mobylettes felices
como estrellas fugaces, quinceañeras
azules con bermudas y suspensos, gaviotas
acariciando el tiempo,
la playa allá como una bienvenida...
¿Cuánto le habrá costado
al Universo, cuántos siglos, abrazos, guerras...
este momento?
Apiádate.
No sueltes
en medio de esta hora
el paquidermo mustio de tu filosofía.


jueves, 5 de enero de 2017

Roscón de reyes (por Angélica Becker)


Tenía un roscón de Reyes llamado la vida,
del que comía a todas horas, buscando el regalo escondido
en su masa tan dulce.
Es bella la vida, decía, mas yo
no la hubiera elegido,
y seguía comiendo
de su roscón de Reyes, que casi despreciaba.
Mas a veces
le quedaba un pedazo pequeño en la mano,
que deshacía
con ávidos dedos: ¿Quién me lo dio? ¿Qué contiene?
Pero tan sólo
veía la dorada superficie de dulces migas sin fondo
misterioso, sin contenido
oscuramente profundo que hubiera podido indicarle
una verdad.
(No quiso
utilizar el microscopio que a mano tenía para tales
experiencias.
Temía las verdades profundas porque son
peligrosas.)
De modo
que seguía comiendo el dulce pan de sus días,
preguntando siempre
a la vida por su regalo,
sin hallarlo jamás entre el fino pastel sabroso.

miércoles, 4 de enero de 2017

De pronto se rasgaron (por Steve Kowit)


Esta tarde, los resistentes Levis
que me puse a diario durante más de un año
y que parecían en perfectas condiciones hasta el final,
de pronto se rasgaron.
Cómo o por qué, quién sabe,
pero ahí estaba: una gran rasgadura cerca del cierre.
Hace un mes mi amigo Nick
salió de una cancha de raquetbol,
se bañó,
se puso su ropa de calle,
y a la mitad del camino a su casa cayó muerto.
Escuchen ustedes que leen esto
y arrodíllense cada vez que puedan
como hacía el poeta Christopher Smart
y besen la tierra y manténganse alegres
y aprovechen su tiempo
y sean amables con todos,
hasta con aquéllos que no lo merecen.
Porque, aunque no crean que pasará,
ustedes también van a irse un día.
Yo, que mis Levis se desgarraron
cerca del cierre
sin razón alguna,
les aseguro que éste es el caso.
Rueden la noticia.


martes, 3 de enero de 2017

Fue hermosa (por Eloy Sánchez Rosillo)


A veces recuerdo la tibieza de aquellos días,

la gracia de aquel cuerpo dormido,

la blancura del lecho en un rincón del cuarto,

el libro abandonado, entreabierto,

la lámpara sumisa, la ventana,

el sonido lejano de la lluvia,

los lentos rumores de la noche.

y pienso entonces que fue hermosa la vida,

y acaricio en mi pecho las heridas del tiempo.


lunes, 2 de enero de 2017

Piedritas (por Claudia Prado)


Busco piedras lisas

para vos en la orilla del lago,

las busco con la vista

y estiro la mano hasta alcanzarlas

a través de la distancia

engañosa del agua.

De a ratos parece

que voy a descubrir el secreto

de la erosión y el moldeado:

las que necesito son verdes o esas

rojas que fueron ladrillos

o estas blancas de arcilla porosa,

piedritas iguales

a las que había cerca de casa.

Aparecen solas,

simples en su cama de arena

o en un montón variado, el borde

trabado bajo una roca grande.

A veces una lleva a otra, el color

empieza a repetirse

y no puedo detenerme

si no las alzo a todas, hago

movimientos rápidos

porque los dedos no toleran

la temperatura del agua,

pero sólo cuando la giro al sol

puedo saber si ésta

que brilla en mi palma

es la que buscaba,

una piedra tan lisa, tan plana

que pueda volar

desde tu mano chiquita,

rebotar una, dos, cinco veces

y volver a perderse


domingo, 1 de enero de 2017

Cómo te hizo crecer (por Saiz de Marco)


¿qué fuerza te infundieron

los golpes recibidos?


¿qué hallazgo se debió

a tu ceguera?


¿a qué acierto llevaron

tus errores?


¿qué logro se fraguó en

tu descalabro?


¿cómo te hizo crecer

tu caída?


y


¿de qué te curó

tu enfermedad?



sábado, 31 de diciembre de 2016

Ha muerto el último año (por Philip Larkin)


Los árboles empiezan ya a brotar

como algo casi a punto de ser dicho;

los nuevos tallos posan y se extienden,

su verdor es una especie de tristeza.

¿Entonces, es que ellos renacen

y nosotros nos hacemos más viejos? 

No, ellos también mueren.

Su truco anual de parecer nuevos

se inscribe en sus fibras en forma de anillos.

Sin embargo, los infatigables castillos desgranan

su gruesa madurez cada primavera.

Ha muerto el último año -parecen decir-,

otra vez empecemos: otra vez, otra vez.

viernes, 30 de diciembre de 2016

Pero yo te amaba (por Pär Lagerkvist)


Estás muerta.

Puedo mirarte en paz con toda facilidad. Tu frente es

pequeña y redonda. Antes no la había visto. Eres torpe.

Ahora veo que eres torpe.


Tienes pequeños ojos guiñadores. Ahora los veo. Todo

es pequeño e insignificante en tu casa.

Tus cabellos son re­beldes, gruesos, groseros. Ahora lo veo. Tu labio pende

como el de una muchacha de cocina.

Ahora todo lo veo.

Estás muerta. No eres nada.


Tú sólo eras una muchacha de cocina, una entre la suciedad. Una

que debía morir.

Pero yo te amaba. Era eso.


Ahora esto ha concluido. Ahora has muerto.

Me agradaba tanto acariciar tus cabellos, cuando

estaban vivos. Yo amaba todo lo que había de feo en tu

casa, tanto cuanto esa fealdad estaba viva.


Ahora ha concluido. Ahora has muerto.

Acariciaba tu cabellera, aunque fuera gruesa,

grosera. Amaba tus pequeños ojos, cuando miraban ante sí en el mundo la mañana.

Entonces amaba todo en tu casa.

Ahora esto ha terminado. Ahora has muerto.

Ama­ba tus pies grandes. Y amaba también tus manos agrietadas.

Ahora están muertas. Ahora ya no existe nada. Es

preciso que continúe mi camino, que marche, que mar­che.

Has muerto.

Ahora nada existe.

Ahora has muerto.

Ahora en el mundo entero ya no existe nada.


jueves, 29 de diciembre de 2016

Traducir mis sentimientos (por Fernando Pessoa)


El arte consiste en hacer sentir a los demás lo que nosotros sentimos, en liberarlos de ellos mismos, proponiéndoles nuestra personalidad como una especial liberación. Lo que siento, en la verdadera sustancia con que lo siento, es absolutamente incomunicable; y cuanto más profundamente lo siento, tanto más incomunicable es. Para que yo, pues, pueda transmitir a otro lo que siento, tengo que traducir mis sentimientos a su lenguaje, es decir, que decir tales cosas como si fueran las que yo siento, de modo que él, al leerlas, sienta exactamente lo que yo he sentido. Y como este otro es, por hipótesis de arte, no esta o aquella persona, sino todo el mundo, es decir, aquella persona que es común a todas las personas, lo que al final tengo que hacer es convertir mis sentimientos en un sentimiento humano típico, aunque lo haga pervirtiendo la verdadera naturaleza de aquello que he sentido.

Todo cuanto es abstracto resulta difícil de comprender, porque es difícil de conseguir para ello la atención de quien lo lea. Pondré, por eso, un ejemplo sencillo en que se concretizarán las abstracciones que he formado. Supóngase que, por un motivo cualquiera, que puede ser el cansancio de hacer cuentas o el tedio de no tener qué hacer, cae sobre mí una tristeza vaga de la vida, una angustia de mí que me perturba e inquieta. Si voy a traducir esta emoción en frases que la ciñan de cerca, cuanto más de cerca la ciño, más la doy como propiamente mía, menos, por lo tanto, la comunico a los demás. Y, si no se da el comunicar a otros, es más justo y más fácil sentirla sin escribirla.

Supóngase, sin embargo, que deseo comunicarla a otros, es decir, hacer de ella arte, pues el arte es la comunicación a otros de nuestra identidad íntima con ellos; sin lo que no hay comunicación ni necesidad de hacer. Indago cuál será la emoción humana general que tenga el tono, el tipo, la forma de esa emoción que siento ahora, por las razones inhumanas y particulares de ser un contable cansado o un lisboeta aburrido. Y compruebo que el tipo de emoción vulgar que produce, en el alma vulgar, esta emoción es la añoranza de la infancia perdida.

Tengo la llave de la puerta de mi tema. Escribo y lloro mi infancia perdida; me detengo conmovidamente en los pormenores de personas y muebles de la vieja casa provinciana; evoco la felicidad de no tener derechos ni deberes, de ser libre por no saber pensar ni sentir; y esta evocación, si está bien hecha como prosa y visiones, va a despertar en mi lector exactamente la emoción que yo he sentido, y que nada tenía que ver con mi infancia.

¿He mentido? No, he comprendido. Que la mentira, salvo la que es infantil y espontánea y nace del deseo de estar soñando, es tan sólo la noción de la existencia real de los demás y de la necesidad de armonizar con esa existencia la nuestra, que no se puede armonizar con ella. La mentira es simplemente el lenguaje ideal del alma, pues, así como nos servimos de palabras, que son sonidos articulados de una manera absurda, para traducir a un lenguaje real los más íntimos y sutiles movimientos de la emoción y el pensamiento, que las palabras por fuerza no podrán traducir, así nos servimos de la mentira y de la ficción para entendernos los unos a los otros, lo que con la verdad, propia e intransmisible, no se podría hacer nunca.



miércoles, 28 de diciembre de 2016

Han tenido que sortear alguna roca (por Raymond Carver)


Levanto la vista y los veo acercarse

por la playa. El hombre joven

lleva al bebé en una mochila.

Eso le permite tener las manos libres,

así puede coger con una la de su mujer

y balancear la otra. Cualquiera se daría cuenta

de lo felices que son. Y la intimidad. Cuánta armonía.

Son más felices que nadie, y lo saben.

Se sienten agradecidos por ello, son humildes.

Caminan hasta el final de la playa

y desaparecen de mi vista. Eso es, me digo,

y vuelvo a lo que rige

mi vida. Pero a los pocos minutos


vuelven caminando por la playa.

Lo único distinto

es que se han cambiado de lado.

Ahora él va al otro lado de ella,

al lado del océano. Ella, de este lado.

Pero todavía andan de la mano. Parecen incluso,

si cabe, más enamorados. Y es así.

Yo mismo paseé por allí muchas veces.

El suyo es un paseo modesto, quince minutos

de ida y quince minutos de vuelta.

Han tenido que sortear a su paso

alguna roca y rodear enormes troncos,

moverse deprisa cuando se acercaban con fuerza las olas.


Caminan tranquilos, despacio, cogidos de la mano.

Saben que el agua es imprevisible,

pero son tan felices que la ignoran.

El amor en sus rostros jóvenes. Su encuadre.

Puede que dure siempre. Si tienen suerte,

si son buenos, y lúcidos. Y prudentes. Si siguen

amándose sin límites.

Si son sinceros el uno con el otro, sobre todo eso.

Están seguros de que lo serán.

Vuelvo a mi trabajo. Mi trabajo vuelve a mí.


Del agua se levanta un leve viento.


martes, 27 de diciembre de 2016

Tiembla como temblaba (por Wislawa Szymborska)


Nada ha cambiado.
El cuerpo es doloroso,
necesita comer, respirar y dormir,
tiene piel delgada y, debajo, sangre,
tiene buenas reservas de dientes y de uñas,
huesos quebradizos, articulaciones dúctiles.
Para las torturas todo se tiene en cuenta.

Nada ha cambiado.
El cuerpo tiembla como temblaba
antes y después de la fundación de Roma,
en el siglo veinte antes y después de Cristo,
las torturas son como fueron, aunque la tierra ha menguado
y diríase que todo sucede a la vuelta de la esquina.

Nada ha cambiado.
Salvo el número de habitantes por metro cuadrado,
a las viejas culpas se suman nuevas,
reales, imputadas, momentáneas y nulas,
pero el grito del cuerpo que las avala
era, es y será un grito de inocencia
según baremo y escala seculares.

Nada ha cambiado.
Quizá los modales, las ceremonias y las danzas,
pero el gesto de brazos protegiendo una cabeza
sigue siendo el mismo.
El cuerpo se retuerce, forcejea para liberarse,
cae postrado, dobla las rodillas,
lividece, se hincha, babea y sangra.

Nada ha cambiado.
Salvo el curso de los ríos,
la línea de los bosques, costas, desiertos y glaciares.
Por esos parajes el alma yerra,
desaparece, vuelve, se acerca y se aleja,
ajena a sí misma e inasequible,
ora segura, ora insegura de su existencia,
mientras el cuerpo es, es y sigue siendo,
y no tiene donde cobijarse.


lunes, 26 de diciembre de 2016

Tiraron abajo nuestras noches (por Sargon Boulus)


Un camino
señalado por techos encalados
por memorias
bajo un un cielo azul perfecto -donde yo soy un cautivo,
donde mis palabras desean elevarse como las escaleras de una fortaleza,
como voces ensayando subir por una escala perdida
nota tras nota,
en el libro de mi amigo, el que tocaba el laúd, el que murió
de silencio en un exilio solitario-.

Yo di con el sonido, encontré el edificio,
abrí la puerta.
¡En nuestro tiempo las memorias se han desvanecido!
¡Las voces de quien no tiene ya voz
suenan como pequeñas ruedas de una noria en la oscuridad!
Me dicen
que han demolido el cine Simbad.
¡Qué tristeza!

¿Quién navegará los mares de ahora en adelante?, ¿quién verá las focas?
Tiraron abajo nuestras noches,
nuestras camisas blancas, los veranos de Bagdad,
Espartaco, el Jorobado de Notre Dame, Sansón y Dalila.
¿Cómo vamos a poder soñar con viajar
a una isla?
¡Han demolido el cine Simbad!

El ahogado, los cabellos totalmente empapados,
retornaba a la fiesta
después de que apagaban las luces,
apilaba las sillas en la costa vacía
y encadenaba las olas del Tigris.



domingo, 25 de diciembre de 2016

Si nos recuerdo (por Antonio Manilla)


Presente en fuga
o leño ardiente unido
a la insensata juventud
en la hoguera del tiempo

fuimos.
Y no fuimos

futuro proyectado
más allá del estío,
desfalleciente llama,
nostalgia de idos días.

A veces siento
orgullo de nosotros,
felices e inconscientes,
jóvenes y felices,
si nos recuerdo.

Aquel rayo que fuimos
iluminó un instante
la vida entera.

sábado, 24 de diciembre de 2016

Se erguía solo (por Walt Whitman)


Vi crecer un roble en Louisiana,
se erguía solo y el musgo colgaba de las ramas,
crecía allí sin compañero, desplegaba hojas alegres de un verde oscuro,
y su aspecto, rudo, sólido, vigoroso, me hizo pensar en mí,
pero me pregunté cómo podría desplegar hojas alegres parado allí solo,
sin su amigo o amante cerca, porque sabía que yo no podría,
y rompí una ramita con algunas hojas y envolví en ellas un poco de musgo,
y me la llevé y la puse a la vista en mi habitación.
No necesito que me recuerde a mis amigos queridos
(creo que últimamente no pienso en otra cosa),
pero persiste ante mí como una señal curiosa, me hace pensar en el amor viril;
con todo, y aunque el roble brilla allí en Louisiana solitario en un amplio espacio abierto,
y despliega hojas alegres toda su vida sin su amigo o amante cerca,
sé muy bien que yo no podría. 


viernes, 23 de diciembre de 2016

Una hoja (por Bronislaw Maj)


 
Una hoja, una de las últimas, se soltó de una rama de arce,
gira en el claro aire de octubre, cae
sobre una pila de otras hojas, se vuelve oscura y quieta. Nadie
admiró su entusiasta batalla con el viento,
nadie siguió su vuelo, nadie la distinguirá ahora
yaciendo entre otras hojas, nadie había visto
lo que yo vi, nadie. Estoy
solo.


jueves, 22 de diciembre de 2016

Alguien ha muerto en mí (por Antonio Gamoneda)


Quizá me sucedo en mí mismo. No sé quién pero alguien ha muerto en mí. También ayer olía la desaparición y estaba amenazado por la luz, pero hoy es otro el cuchillo delante de mis ojos.

No quiero ser mi propio extraño, estoy entorpecido por las visiones. 


Es difícil poner luz todos los días en las venas y trabajar en la retracción de rostros desconocidos hasta que se convierten en rostros amados y después llorar porque voy a abandonarlos o porque ellos van a abandonarme.

Qué estupidez tener miedo al borde de la falsedad, qué cansancio
abandonar la inexistencia y morir después todos los días.

miércoles, 21 de diciembre de 2016

He visto a un ojo moribundo (por Emily Dickinson)


He visto a un ojo moribundo

dar vueltas y más vueltas en un cuarto

buscando algo —parecía—.

Luego empezó a nublarse

y luego a oscurecer de niebla.

Luego a cerrarse en soldadura

sin revelar qué era aquello

que le hubiera salvado, de ser visto.


martes, 20 de diciembre de 2016

Luces apagadas (por Roberto Juarroz)



Ciertas luces apagadas

iluminan más

que las luces encendidas.


Hay lugares donde no es preciso

que algo esté encendido para que alumbre.

Pero además hay cosas

que se aclaran mejor con las luces apagadas,

como algunos estratos oblicuos del hombre

o algunos rincones que se instalan subrepticiamente

en los espacios más abiertos.


Y hay también una intemperie de la luz,

una zona despojada y ecuánime

donde ya no hay diferencia

entre las luces encendidas

y las luces apagadas.



lunes, 19 de diciembre de 2016

Cómo habrían estado juntos (por T. S. Eliot)


Yérguete en el más alto rellano de la escalera

apóyate en un ánfora de jardín,

teje, teje la luz del sol en tu pelo,

aprieta tus flores contra ti con dolorida sorpresa,

tíralas al suelo y vuélvete

con una fugaz ofensa en los ojos:

pero teje, teje la luz del sol en tu pelo.


Así le habría hecho yo marcharse a él,

así le habría hecho a ella quedarse inmóvil y afligirse,

así la habría dejado él

como el alma deja al cuerpo, desgarrado y arañado.

como la mente abandona el cuerpo que ha usado.

Yo encontraría

algún modo incomparablemente leve y hábil,

algún modo que ambos entendiéramos,

sencillo y sin fe como una sonrisa y un apretón de manos.


Ella se apartó, pero con el tiempo otoñal

obligó a mi imaginación muchos días,

muchos días y muchas horas:

el pelo por los brazos y los brazos llenos de flores.

¡Y me pregunto cómo habrían estado juntos!

Me habría perdido un gesto y una actitud.

A veces estas vacilaciones aún asombran

la turbada medianoche y el reposo de mediodía.



domingo, 18 de diciembre de 2016

A quienes no pude salvar (por Czeslav Milosz)


Vosotros, a quienes no pude salvar,
escuchadme.
Intentad entender estas simples palabras, ya que de otras me avergonzaría.
Os juro que en ellas no hay superchería.
Os hablo en silencio como una nube, como un árbol.

Aquello que me fortaleció a mí, para vosotros fue mortal.
Confundisteis el adiós a una época con el advenimiento de una nueva.
Odio confabulado de belleza lírica.
Fuerza completamente ciega.

He aquí un valle polaco de ríos anémicos. Y un inmenso puente
perdiéndose en la niebla. He aquí una ciudad vencida,
y el viento arroja alaridos de gaviotas sobre vuestra tumba
mientras os hablo.

¿Qué clase de poesía es aquella que no salva
naciones o pueblos?
Una conspiración de mentiras oficiales.
Una tonadilla de borrachos cuyas gargantas serán cortadas de inmediato,
una conferencia para señoritas.
He deseado la buena poesía sin saberlo,
he descubierto, ya tarde, su saludable objetivo.
En ella y sólo en ella, encuentro salvación.

Se solía esparcir mijo o alpiste sobre las tumbas
para alimentar a los muertos que volvían disfrazados de pájaros.
Aquí os dejo este libro, a vosotros que alguna vez vivisteis
para que nunca más volváis.


sábado, 17 de diciembre de 2016

Sola (por Kabita Shina)


Sola,

la pronunciación profunda de esta palabra
rompe ventanas y puertas con ruido,
se va sonando sonando

hacia lo eterno

queda la resonancia fría.

Sola,
el andar

el balcón señorial
crece poco a poco en la boca del atardecer
¡el suelo brillante amortigua el sonido de los movimientos!

No habrá instituto desde mañana
no habrá reunión desde mañana
no habrá acto de música feudal desde mañana
el Sarengui, el perfume islámico, el tabaco aromático

como las huidizas estaciones del tren,
nos abandona la niñez, parte luego la adolescencia, la juventud,
queda el tren fantasmal.

Los ratones que esperan los residuos desde el
barco náufrago son compradores insignificantes.
Los hijos, los amigos, los compañeros, las amantes gruesas
van hacia el infierno deseado.
La pronunciación sigue rompiendo las ramas con ruido.

La flor cae desde el árbol, el cuerpo del árbol desde la flor
¡caen los cometas!
cae el cielo entero desde el lado de las estrellas.

Sigue el sonido y la resonancia con mucho bullicio
a veces se marcha la memoria, el compañero del fin.

Cuando se vaya la memoria
me iré de todas las partes.
Todas las partes se van de mi lado.

yo
¡quedo sin religión, sin el perro obediente de la memoria, sola!

Sola
Los balcones señoriales
extienden sus sombras grandes poco a poco,
desde un asteroide a otro asteroide en la galaxia,
los movimientos lentos
sin sentido, sin memoria, sin infierno-paraíso.

Sola
la niñez, la adolescencia, la juventud, la vejez.      

La niña
queda lejos como puntos
Sahadeva, Draupadi, Arjuna, Bhima,

el cuarto Pandava.

Sola
va el sonido rompiendo la pronunciación con ruido
rompe mi vacío

mi vacío



viernes, 16 de diciembre de 2016

¿Un día te entenderemos? (por Saiz de Marco)


el azar
diseñado
trazado con escuadra
medido hasta el detalle
el azar
programado
puntual
sincronizado
el impecable azar que seguro acontece
en el preciso instante
el azar
disfrazado de fatal coincidencia
de encuentro fortuito
de aleatorio suceso
de ha sido un accidente
de ay qué suerte la mía
de qué casualidad
el azar
planeado
por qué cosa
por quién
según qué opacas leyes
por qué raros criterios
siguiendo los dictados de qué ética insondable
con qué geometría oculta de más allá de dónde
ajustado al milímetro
sin dejar cabos sueltos
sin conceder espacio a la improvisación
el azar
soberano
señor de cuanto ocurre
su exacta maquinaria de apariencia caótica
su motor que no cesa
ruedas de la fortuna girando infatigables
sus cilindros
sus émbolos
conscientes o inconscientes
ciegos o lúcidos
detrás de las paredes del taller enigmático
el azar
con sus largas correas de transmisión
con su entrelazamiento de efectos y de causas
el ingeniero jefe y su secreta lógica
¿un día te entenderemos?
el artífice máximo
la fábrica de todo
el minucioso azar



jueves, 15 de diciembre de 2016

Divorcio (por Anne Sexton)



He matado nuestra vida juntos,

he cortado cada cabeza,

con sus tristes ojos azules atrapados en una pelota de playa,

rodando por separado afuera del garaje.

He matado todas las cosas buenas

pero son demasiado tercas.

Se cuelgan.

Las pequeñas palabras de tu compañía

se han arrastrado hasta su tumba,

el hilo de la compasión,

como una frambuesa querida,

los cuerpos entrelazados

cargando a nuestras dos hijas,

tu recuerdo vistiéndose

temprano,

toda la ropa limpia, separada y doblada,

tú sentándote en el borde de la cama

lustrando tus zapatos con un cepillo,

y yo te amaba entonces, eras tan sabio desde la ducha,

y te amé tantas otras veces

y he estado por meses

tratando de ahogarlo,

presionando,

para mantener su gigantesca lengua roja

por debajo, como un pez.

Pero a donde quiera que yo vaya están todos en llamas,

el róbalo, el pez dorado, sus ojos amurallados flotando

ardiendo entre plancton y algas marinas

como tantos otros soles azotando las olas,

y mi amor se queda amargamente brillando,

como un espasmo que se niega a dormir,

y estoy indefensa y sedienta y necesito una sombra

pero no hay nadie para cubrirme,

ni siquiera Dios.