zUmO dE pOeSíA

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de todos los colores, de todos los sabores

ALEATORIUM: Saca un poema de nuestro almacén

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jueves, 26 de mayo de 2016

En cada pecho (por Laura Giordani)


En cada pecho hay un sol sepultado,

con su pulsación clandestina,

su madriguera de temblores

y una confesión de sobrevida

en los labios.


En cada pecho, una rotura,

hueco para alojar la verdad

que no soportarían los ojos:

el aleteo de un pájaro lacerado

sostiene el mundo.

miércoles, 25 de mayo de 2016

Hacia el azul (por Vicente Aleixandre)

Sombras del sur, sombras aquí. Venid todas las ruedas velocísimas y salvadme del mar

que va a caerme de las alas. Si anteayer lloraba yo, hoy río, lo mismo que la trompeta cuando cesa.

Cuando tú, tú, tú, tú, tú callas diciendo: “No te quiero.” Pero el oro en la palma de la mano fulgura

una seguridad tan grata, que yo comprendo que el sueño lo han inventado los cansados, los escépticos

de su corazón mercenario, que golpeaba como una moneda en una jaula, en un—delirante ayer—

agrisado hoy volumen de gorjeo.

Canta, esperanza de agua. Dadme un vaso de nata o una afiladísima espada con que yo parta

en dos la ceguera de bruma, esta niebla que estoy acariciando como frente. Hermosísima, tú eres,

tú, no la superficie de metal, no la garantía de soñar, no la garganta partida por un cuchillo de esmeralda,

no; sino solo un parpadeo de dos visos sin tacto, de dos bellas cortinas de ignorancia. ¡Olvidar!

Olvidar es una palabra fácil, fíjate bien: olvidar. Como quien dice: “Qué día hermoso”, o “Qué hora

será cuando la lluvia”, o “Dime el peso exacto de tu pena y te diré cómo querrías llamarte: Alegre.”

Sí, más alegre es la paloma que el cántaro. Cuando conteniendo la risa se desborda la gracia

gemebunda que antes se balanceó en el columpio de la palmera, el azul más extraño se desmorona

y llora, llora en orden, sin querer saber las noticias que dicen: buen tiempo.

Azul es el caramelo y azul el llanto sobre la mano empequeñecida. Azul la teoría de los vuelos,

esa fácil demostración de cómo las faldas al girar se abren en redondo y brillan sin renuncia. Ese

rumor no es el de tu cuerpo. Son tantos los resplandores interiores, que quiero ignorar el número de

estrellas. Si me cayera en el hombro esa pena goteada, al darme en el hombro, mi cabeza quemada

saldría en cohete en busca de su destino. Ascendiendo, una gran risa celeste ha abierto sus alas.

El sol está próximo. En el seno de las aguas no hay fuego, pero esa faz resplandeciente me

atrae, porque quiero abrasarme mis pupilas, quiero conocer su esqueleto, esa portátil mariposa de

los finos estambres, las más delicadas papilas vibratorias. Acaso el amor no puede quemarse.

Como un acero carnal se salvará su conciencia. Labios de Dios, besadme, salvadme de mi insistencia

infatigada, de mi ceniza desmoronándose. ¡Qué caña hueca de pensar quedará única, oh dulce

viento de la estrella, oh azul envío retrasado, oh dulce corazón que he perdido y que, como un gran

hueco de latido, no atiendes ya en la rama!


martes, 24 de mayo de 2016

Ha llegado la hora (por Raúl Campoy)


Vamos a pensarnos padre.

Vamos a reírnos de los ojos que todo lo quieren reunir.

Has visto el almendro?

Mira su pueblo de corolas.

Allí está mi nervio primero.

Hemos llorado:

no debemos.

Las nubes nos hacen sombra y el aire muerde nuestras mañanas.

No estés triste padre.

Yo te miro en el brote que reverdece que nos rememora.

A veces salgo y te llamo. Sales de las raíces donde siempre me enredo. Paseamos hasta

que somos sólo palabras y nuestros corazones bañan las peñas, riegan la huerta, y la amargura, según crecemos, se va escurriendo de nuestras lenguas. Entonces te miro y veo a ese padre tan valioso, y me pregunto de dónde vienes lleno de brillos de laguna, lleno de años que ya cumpliste y que ahora llegan, quebrando amaneceres como escarchas, clavando tus espinas de miel; y estallas en azúcar y nos haces ver una rosa dos veces rosa y ríes como dos planetas frotándose y lloras cientos de olores y suspiras como el viento entre una grieta, y allí estoy yo:

asqueado de carnes, de llaves, de coches

de ciudades,

queriendo alcanzar la yerba

que tú multiplicas,

intentando ser inoloro, incoloro, invisible,

indetodo,

para no partir el tallo de tu brisa por el campo,

para poder seguir tus pasos de ropa vieja.


No estés triste padre.

No rompas esa sonrisa en agujas.

No te embarres de queratina,

que el dolor ha cambiado su billete.

La presencia de nuestra ausencia no dolerá.

Deja que los cuchillos reboten

que cambie el sonido:

abre una ventana en el sur

y cierra la del norte,

o como tú quieras,

tienes veinte articulaciones en el cráneo

y eres triste de médula como una red a la deriva

(como diría Neruda).

Llora tus soledades en las mías, padre.

Suda entero como el rocío.

No hagas fragoso lo permeable.


Ha llegado la hora de penetrar nuestro cuerpo de roca,

de almacenar con tósigo nuestra ira de colmena,

de visitarnos en la distancia

donde las horas no dictan

ni separan a un hijo de un padre,

donde las palabras no rebotan

ni hay paredes que raspen

ni puertas que podamos cerrar.


lunes, 23 de mayo de 2016

Tú mismo (por Charles Bukowski)


se sentó desnudo y borracho
en una habitación una noche de
verano, pasando el filo del cuchillo
bajo sus uñas, sonriendo, pensando
en todas las cartas que había recibido
contándole que
la manera en que vivió y escribió sobre
eso
les había mantenido avanzando cuando
todo parecía
verdaderamente
desesperanzador.

poniendo la hoja sobre la mesa,
le dio un golpecito con un dedo
y giró
en un círculo brillante
bajo la luz.

¿quién demonios va a salvarme
a mí?
pensó.

mientras el cuchillo paraba de girar
vino la respuesta:
vas a tener que
salvarte tú mismo.

sonriendo todavía,
a: encendió un
cigarrillo
b: se sirvió
otro
trago
c: le dio a la hoja
otra
vuelta

domingo, 22 de mayo de 2016

Aviso para caminantes (por Eloy Sánchez Rosillo)


En la suma de días indistintos
que la vida da al hombre, acaso hay uno
en que el destino, trágico y hermoso,
pasa por nuestro lado y el azar manifiesta
una insólita luz, un desusado
fulgor inconfundible.
Pero no has de dudar. Ten el coraje,
cuando llegue el momento,
de abandonar las cosas con que siempre
te engañó la costumbre, y sube pronto
a ese carro de fuego.
Poco dura
el milagro.
Después, si te negaras
a partir, sólo noche
merecerás. Y nunca, aunque quisieras,
podrás comprar la luz que despreciaste.

sábado, 21 de mayo de 2016

Eres (por Saiz de Marco)


No eres quien eres

Eres el hombre que no tienes qué dar a tus hijos famélicos

Papá, tengo hambre

y no tienes qué darles

Subes a una barcaza

demasiado pequeña para tanta gente

y pones rumbo a Europa sin saber si llegarás o morirás entre olas

y si llegas serás un ilegal

mera carne explotable y sin papeles


Hazte a la idea de que eres ese hombre


No eres quien eres

Eres la mujer que no fuiste a la escuela

Hay letras, números

un rótulo, un cartel

y no sabes qué dicen


Hazte a la idea de que eres esa mujer


No eres quien eres

Eres con ojos que nunca ven nada

y te vistes, te bañas, caminas a oscuras

Así eres

viviendo

sin saber qué es azul, cómo es el verde


Hazte a la idea de que eres ella o él


O quizá eres quien eres

Eres tú

no esos otros




pero ignoras las causas

endebles, fortuitas

no necesarias, no inamovibles


desconoces la rara lotería

la escondida ruleta, los dados enigmáticos

por los que sí eres tú



por los que no eres ellos

viernes, 20 de mayo de 2016

Apiádate (por Miguel d' Ors)


Mira la tarde, mira qué canción
multicolor: las mobylettes felices
como estrellas fugaces, quinceañeras
azules con bermudas y suspensos, gaviotas
acariciando el tiempo,
la playa allá como una bienvenida...
¿Cuánto le habrá costado
al Universo, cuántos siglos, abrazos, guerras...
este momento?
Apiádate.
No sueltes
en medio de esta hora
el paquidermo mustio de tu filosofía.



jueves, 19 de mayo de 2016

Afuera de sí mismo (por Roberto Juarroz)


Mi mirada me espera en las cosas,
para mirarme desde ellas
y despojarme de mi mirada.

Mi memoria me espera en las cosas
para demostrarme que no existe el olvido

Y las cosas se apoyan en mí,
como si yo, que no tengo raíz,
fuera la raíz que les falta.

¿Es que tal vez las cosas
también se esperan en mí?

¿Es que todo lo que existe
se está esperando afuera de sí mismo?

¿Es que al final estarán mis brazos
abiertos para abrazarme?

miércoles, 18 de mayo de 2016

El cangrejo persiste (por Anne Sexton)


Tal vez la tierra flote,

no lo sé.

Tal vez las estrellas sean figuritas de papel

cortadas por una tijera gigante,

no lo sé.

Tal vez la luna es una lágrima congelada,

no lo sé.

Tal vez Dios sea una voz profunda

que un sordo oye,

no lo sé.


Tal vez no soy ninguna.

Es cierto, tengo un cuerpo

y no puedo escaparme de él.

Me encantaría volar lejos de mi cabeza,

pero sobre eso no hay discusión.

Está escrito en la tabla del destino

que permanezca acá, metida en esta forma humana.

Siendo ese el asunto,

quiero llamar la atención sobre mi problema.


Dentro de mí hay un animal

que me agarra el corazón,

un enorme cangrejo.

Los médicos de Boston

metieron mano.

Probaron con escalpelos,

agujas, gases venenosos y todo eso.

El cangrejo persiste.

Es un gran peso.

Yo trato de olvidarlo, me ocupo de mis cosas,

cocino el brócoli, abro libros cerrados,

me cepillo los dientes, me ato los zapatos.

Probé con la plegaria,

pero cuanto más rezo más aprieta el cangrejo

y el dolor aumenta.

Una vez soñé,

tal vez fue un sueño,

que el cangrejo representaba mi ignorancia de Dios.

Pero ¿quién soy yo para creer en los sueños?

martes, 17 de mayo de 2016

De un lugar (por Wallace Stevens)


Los niños que recogen nuestros huesos

nunca sabrán que éstos fueron una vez

tan rápidos como los zorros en el monte;

y que en otoño, cuando las uvas

hacen al aire agrio más agrio con su olor,

ellos tenían un ser, un aliento congelado;


y nunca han de adivinar que con nuestros huesos

dejamos mucho más, dejamos la todavía

apariencia de las cosas y dejamos los sentimientos


hacia lo que vimos. Las nubes de la primavera vuelan

sobre la mansión cerrada,

más allá de nuestra cerca y del cielo airoso


plañe una docta desesperanza.

Conocimos por mucho tiempo la apariencia de la mansión

y lo que dijimos sobre ella se ha convertido


en parte de lo que ahora es… Niños,

que todavía tejen guirnaldas como aureolas

hablarán nuestro lenguaje sin saberlo,


dirán de la mansión que parece

como si el que vivió ahí hubiera dejado

un espíritu atormentado en las paredes vacías,


una casa sucia en un mundo sin entrañas,

un jirón de sombras que despunta en blanco,

manchado con el oro del opulento sol.

lunes, 16 de mayo de 2016

El silencio en una casa (por Bronislaw Maj)


El silencio en una casa donde alguien
está muriendo: susurros, sollozos reprimidos por pañuelos,
puertas que se cierran suavemente. El olor de medicinas
que ya no son necesarias, la llama de las amarillas velas
de la Candelaria. Ese
hombre silencioso, mi padre, es un chico
cuya madre está muriendo. Nadie cree aún
en lo que está sucediendo ahora, ya
ha sucedido, imperceptible, pero aún
este silencio. Alguien está sacudiendo una alfombra
en el patio, un coche se pone en marcha, una discusión
en las escaleras, música, una corriente de aire
con olor a pasto ha apagado la vela. Ya nada de acá
le pertenece a ella. No tenemos ya nada
en común con ella, nos quedamos atrás.
Ahora podemos llorar fuerte, más fuerte:
en un constante testimonio
para la vida.

domingo, 15 de mayo de 2016

Habitan dos (por Sarel Jacob Pretorius)


En esta celda,
detrás de las fronteras
de la piel
y de las elevadas
ventanas de los ojos
habitan dos personas:
uno es el loco,
yo soy el otro.

Él es el que gimotea y grita,
yo soy un alma miedosa y taciturna.

En las descarnadas horas de la noche
lucho contra él con menos menos fuerzas,
y cada vez que me vence, proclama furioso

su rabia contra Dios y contra el mundo.
En este pequeño recinto
de carne y hueso
viven dos: uno
es el loco,
yo soy el otro.

sábado, 14 de mayo de 2016

Y me ahogo de tu no aire (por Gonzalo Rojas)


Más que por la A de amor estoy por la A

de asma, y me ahogo de tu no aire,

ábreme alta mía única anclada ahí, no es bueno

el avión de palo en el que yaces con

vidrio y todo en esas tablas precipicias, adentro

de las que ya no estás, tu esbeltez

ya no está, tus grandes

pies hermosos, tu espinazo

de yegua de Faraón, y es tan difícil

este resuello, tú

me entiendes: asma

es amor.

viernes, 13 de mayo de 2016

Vida (por Vicente Aleixandre)

Un pájaro de papel en el pecho
dice que el tiempo de los besos no ha llegado;
vivir, vivir, el sol cruje invisible,
besos o pájaros, tarde o pronto o nunca.
Para morir basta un ruidillo,
el de otro corazón al callarse,
o ese regazo ajeno que en la tierra
es un navío dorado para los pelos rubios.
Cabeza dolorida, sienes de oro, sol que va a ponerse;
aquí en la sombra sueño con un río,
juncos de verde sangre que ahora nace,
sueño apoyado en ti calor o vida.


jueves, 12 de mayo de 2016

Como si no existiera (por Wislawa Szymborska)


Escríbelo. Escribe. Con tinta normal

en un papel normal: no les dieron de comer,

todos murieron de hambre. Todos. ¿Cuántos?

Es una pradera grande.¿Cuánta hierba

le tocó a cada uno? Escribe: no sé.

La historia redondea los esqueletos por decenas.

Mil y uno siguen siendo mil.

Ese uno es como si no existiera:

feto imaginario, cuna vacía,

cartilla abierta para nadie,

aire que ríe, grita y crece,

escalera hacia el vacío que baja al jardín,

lugar de nadie en la fila.


Estamos en la pradera donde se hizo hombre.

Y ella calla como un testigo comprado.

Al sol. Verde. Allá, cerca de un bosque

para mascar la madera, para beber por debajo de la corteza

ración del paisaje de una jornada,

hasta que uno pierda la vista. En la altura, un pájaro

que pasaba por la boca con una sombra

de sus alas nutritivas. Se abrían las mandíbulas,

golpeaba diente contra diente.

De noche, en el cielo, brillaba la hoz

y segaba para los panes soñados.

Llegaban volando las manos de ennegrecidos iconos,

con vacíos cálices en los dedos.

En las púas del alambre

se balanceaba el hombre.

Cantaban con tierra en la boca. Un bello canto

que habla de cómo la guerra llega directamente al corazón.

Escribe qué silencio hay aquí.

Sí.


miércoles, 11 de mayo de 2016

Algo que aclare esto (por Joaquín Giannuzzi)


Con dedos pensantes y a fondo

palpo el hueso de mi cara:

un hueso general en el que busco

una forma cumplida, una razón total

un principio de respuesta, algo que aclare esto

con la medida de su oscuridad.

El hueso calla, se ahonda y endurece.

Sólo habla mi cara, mi máscara histriónica,

esta carnadura vaciada del error,

esta superficie apaleada por la época,

su charla de idiota, su falsa dirección

sumando confusión al ruido de la realidad.

martes, 10 de mayo de 2016

Mientras la nieve caía (por Anne Sexton)


Yo estaba envuelta en piel

negra y blanca y

tú me deshiciste y entonces

me colocaste en luz dorada

y entonces me coronaste,

mientras la nieve caía

tras la puerta como dardos diagonales.

Mientras una nieve de diez pulgadas

caía como estrellas

en pequeños fragmentos de calcio,

estábamos en nuestros propios cuerpos

(ese cuarto que nos enterrará)

y tú estabas en mi cuerpo

(ese cuarto que nos sobrevivirá)

y al principio te froté

los pies secándolos con una toalla

porque yo era tu esclava

y entonces me llamaste princesa.

¡Princesa!



Oh entonces

me puse de pie en mi piel dorada

y me deshice de los Salmos

y me deshice de la ropa

y tú desataste la brida

y tú desataste las riendas

y yo desabroché los botones,

y deshice los huesos, los equívocos,

las postales de Nueva Inglaterra,

las noches de enero pasadas las diez

y nos erguimos como trigo,

hectárea tras hectárea de oro,

y cosechamos,

cosechamos.

lunes, 9 de mayo de 2016

Desde fuera (por Fernando Pessoa)


Siempre me ha preocupado, en esas horas ocasionales de desprendimiento en que tomamos conciencia de nosotros mismos como individuos de que somos otros para los demás, la imaginación de la figura que haré físicamente, y hasta moralmente, para aquellos que me contemplan y me hablan, o todos los días o por casualidad.

Estamos todos acostumbrados a considerarnos como primordialmente realidades mentales, y a los demás como directamente realidades físicas; vagamente nos consideramos como gente física, para efectos en los ojos de los demás; vagamente consideramos a los demás como realidades mentales, pero sólo en el amor o en el conflicto adquirimos verdadera conciencia de que los demás tienen sobre todo alma, como nosotros para nosotros.

Me pierdo, por eso, a veces en un imaginar fútil de qué especie de gente seré para quienes me ven, cómo es mi voz, qué tipo de figura dejo escrita en la memoria involuntaria de los demás, de qué manera mis gestos, mis palabras, mi vida aparente, se graban en las retinas de la interpretación ajena.

No he conseguido nunca verme desde fuera.

No hay espejo que nos dé a nosotros mismos como fueras, porque no hay espejo que nos saque de nosotros mismos.

Sería precisa otra alma, otra colocación de la mirada y del pensamiento.

Si yo fuera actor prolongado de cine o grabase en discos audibles mi voz alta, estoy seguro de que del mismo modo quedaría lejos de saber lo que soy del lado de allá, pues, quiera lo que quiera, grábese lo que de mí se grabe, estoy siempre aquí dentro, en la quinta de muros altos de mi conciencia de mí.

No sé si los otros serán así, si la ciencia de la vida no consistirá esencialmente en ser tan ajeno a sí mismo que instintivamente se consiga un alejamiento y se pueda participar de la vida como extraño a la conciencia; o si los demás, más ensimismados que yo, no serán del todo la brutalidad de no ser más que ellos, viviendo exteriormente merced a ese milagro por el que las abejas forman sociedades más organizadas que cualquier nación, y las hormigas se comunican entre sí con un habla de antenas mínimas que excede en los resultados a nuestra compleja ausencia de entendernos.

La geografía de la conciencia de la realidad es de una gran complejidad de costas, accidentadísima de montañas y de lagos.

Y todo me parece, si medito de más, una especie de mapa como el del «Pays du Tendré» o de los «Viajes de Gulliver», broma de exactitud inscrita en un libro irónico o fantasioso para gozo de entes superiores, que saben dónde es donde las tierras son tierras.

Todo es complejo para quien piensa, y sin duda el pensamiento lo torna más complejo por voluptuosidad propia.

Pero quien piensa tiene la necesidad de justificar su abdicación con un vasto programa de comprender, expuesto, como las razones de los que mienten, con todos los pormenores excesivos que descubren, con el esparcir de la tierra, la raíz de la mentira.


domingo, 8 de mayo de 2016

Cableros (por Harry Martinson)


Izamos el cable submarino entre Barbados y Tortuga,
mantuvimos en alto los faroles
y cubrimos con caucho nuevo la herida de su espalda,
15 grados de latitud norte, 61 grados de longitud oeste.
Cuando pegamos la oreja al lugar raído
oímos cómo zumbaba dentro del cable.

—Son los millonarios de Montreal y de Saint John que hablan
sobre el precio del azúcar cubano y la disminución de
nuestros salarios, dijo uno de nosotros.

Allí estuvimos un buen rato pensando, en un círculo de faroles,
nosotros, pacientes cableros,
luego hundimos el cable reparado dejándolo en su sitio,
en las profundidades del mar.

sábado, 7 de mayo de 2016

Donde se levantó moho (por Carlos Martín Eguía)


La humedad traspasó primero la pared
después los caños
tomando los cables y comiéndole la luz
a ese sector de la casa
un espacio a oscuras en el nirvana del mineral
donde se levantó moho.
La causa está a la vista y no hay nada que suponer
me dice ella que siempre supo que vivir es actuar
y que está de nuevo
en lo que una vez pensamos como hogar.
Con cara de desconcertado inquilino que vuelve
de trasnochar a la deriva
me pregunto qué rincón de mi cerebro
se arruinará primero
a imagen y semejanza.



viernes, 6 de mayo de 2016

Y sus grandes ojos negros (por Francisco Galdolfo)


Una mariposa matizada

por contrastes de color beige,

estuvo volando y golpeándose constantemente

contra un tubo de luz fluorescente encendido,

hasta quedar agotada cerca de mi mano derecha

que ahora está escribiendo sobre su efímera vida.

Estaba junto a mí de espaldas, rendida,

con la cara rota de tantos choques,

un ala con un pedacito menos

y sus grandes ojos negros

enceguecidos por el exceso de luz.

Hasta sus patitas finas como telarañas

estaban inmóviles.

La di por muerta, pero al tocarla se movió.

A mi tercer toque reaccionó

y se paró en sus patas.

Al verla recuperada,

seguí escribiendo y me olvidé de ella.

Cuando terminé de escribir,

vi que no estaba más en mi mesa.

La busqué: ahora cerca de la puerta.

Al llegar a ella comprobé que estaba inmóvil

y separada de la pared, como levitando,

con sus alas plenamente abiertas.

Las telitas de araña que la sostenían

eran casi invisibles.

A mi segundo toque volvió a moverse brevemente

como fastidiada de que la molestase,

mientras esperaba morirse

ante de que volviera la araña.

jueves, 5 de mayo de 2016

Pequeña luz (por Claudio Rodríguez)


Dentro de poco saldrá el sol. El viento,
aún con su fresca suavidad nocturna,
lava y aclara el sueño y da viveza,
incertidumbre a los sentidos. Nubes
de pardo ceniciento, azul turquesa,
por un momento traen quietud, levantan
la vida y engrandecen su pequeña
luz. Luz que pide, tenue y tierna, pero
venturosa, porque ama. Casi a medio
camino entre la noche y la mañana,
cuando todo me acoge, cuando hasta
mi corazón me es muy amigo, ¿cómo
puedo dudar, no bendecir el alba
si aún en mi cuerpo hay juventud y hay
en mis labios amor?

miércoles, 4 de mayo de 2016

Se erguía solo (por Walt Whitman)


Vi crecer un roble en Louisiana,
se erguía solo y el musgo colgaba de las ramas,
crecía allí sin compañero, desplegaba hojas alegres de un verde oscuro,
y su aspecto, rudo, sólido, vigoroso, me hizo pensar en mí,
pero me pregunté cómo podría desplegar hojas alegres parado allí solo,
sin su amigo o amante cerca, porque sabía que yo no podría,
y rompí una ramita con algunas hojas y envolví en ellas un poco de musgo,
y me la llevé y la puse a la vista en mi habitación.
No necesito que me recuerde a mis amigos queridos
(creo que últimamente no pienso en otra cosa),
pero persiste ante mí como una señal curiosa, me hace pensar en el amor viril;
con todo, y aunque el roble brilla allí en Louisiana, solitario en un amplio espacio abierto,
y despliega hojas alegres toda su vida, sin su amigo o amante cerca,
sé muy bien que yo no podría. 


martes, 3 de mayo de 2016

Una hoja (por Bronislaw Maj)


Una hoja, una de las últimas, se soltó de una rama de arce,
gira en el claro aire de octubre, cae
sobre una pila de otras hojas, se vuelve oscura y quieta. Nadie
admiró su entusiasta batalla con el viento,
nadie siguió su vuelo, nadie la distinguirá ahora
yaciendo entre otras hojas, nadie había visto
lo que yo vi, nadie. Estoy
solo.



lunes, 2 de mayo de 2016

De todo aquello que hemos sido (por Gemma Gorga)


Levantarse temprano y comprobar que todo sigue igual,

que las ventanas no han envejecido tanto durante la noche

y que el pan de ayer sigue tierno para los dientes de leche

del nuevo día, que en la cocina perdura el olor áspero

del curri, el olor de nuestras manos preparando la cena,

preparando el amor bajo el lienzo blanco de la harina,

que los libros todavía conservan, tozudos, memoria

de las palabras, que todo está en fin donde tiene que estar,

desde los huesos hasta las mariposas, pasando por

los meridianos y por los silencios, que ocupan la exacta

latitud celeste donde alguien los dibujó. Y así cada

día idéntico trabajo para pasar del ayer

al hoy, para atravesar las oscuras aguas de la noche

con éxito y volver a comenzar como si nada hubiera

pasado –más que un poco de tiempo- el fango de los segundos.


Y así hasta que una noche embarquemos. Pero será otro ya

el río y será otro el barquero. Para entonces, dime, ¿quién

mantendrá el nombre, quién resguardará el olor de todo aquello

que hemos sido, que por nosotros ha vivido, qué mirada

recogerá las ventanas, el pan, las manos, la memoria,

los libros?

¿Qué lodo se atreverá a anegar tanta vida?

domingo, 1 de mayo de 2016

La otra orilla (por Rafael Felipe Oteriño)


No era un río,

no era el mar donde los compañeros del aula veraneaban,

yo lo atravesaba sobre troncos atados.


La otra orilla no era un país,

ni siquiera una región diferente,

donde la curvatura del mundo fuera más visible.


Allí nos emboscábamos y cazábamos.

Cegados por la claridad,

disparábamos perdigones que no daban en el blanco.


No era un río ni una región ni un país,

las cortezas disputaban a las mañanas sus geografías de luz,

las arañas caminaban sobre el agua sin dejar rastros.


Era lo verdadero,

todo lo demás es una historia que se empeña en retroceder.


sábado, 30 de abril de 2016

Pasajero (por Saiz de Marco)


Qué suerte, estar de paso:
no para siempre aquí.

No ser montaña.
No ser catedral gótica.
No ser el Sol,
la Luna,
el núcleo de la Tierra...

Ser tan sólo una efímera combinación de átomos.
(Quizá ellos sean eternos pero mi forma no.)

Como mucho unas décadas y luego diluirme,
acabarme,
apagarme.

Ser fuego que se extingue,
espiga que se agosta,
nube que se disipa.

No ser el barco, sino
un pasajero a bordo que en algún puerto baja.

Cruzar como un turista,
un huésped,
un viajero;

no un residente fijo,
no un vecino afincado aquí a perpetuidad.

Ser de paso: qué suerte.

viernes, 29 de abril de 2016

Esto es mi padre (por Wallace Stevens)


¿Quién es mi padre en este mundo, en esta casa,
al pie del espíritu?

El padre de mi padre, el padre de su padre, sus
sombras como vientos

vuelven a un padre antes del pensamiento, antes del discurso,
a la cabeza del pasado.

Van a los acantilados de Moher levantándose de la bruma,
sobre lo real.

Levantándose desde el lugar y el tiempo presente,
sobre el pasto verde y húmedo.

Esto no es un paisaje, lleno de las ensoñaciones
de la poesía

y mar. Esto es mi padre o quizá,
es como él era.

Un parecido, uno de la raza de padres: tierra
y mar y aire.


jueves, 28 de abril de 2016

Aquel rayo que fuimos (por Antonio Manilla)


Presente en fuga
o leño ardiente unido
a la insensata juventud
en la hoguera del tiempo

fuimos.
Y no fuimos

futuro proyectado
más allá del estío,
desfalleciente llama,
nostalgia de idos días.

A veces siento
orgullo de nosotros,
felices e inconscientes,
jóvenes y felices,
si nos recuerdo.

Aquel rayo que fuimos
iluminó un instante
la vida entera.


miércoles, 27 de abril de 2016

Fuera brotaba todo (por Rafael Fombellida)


Los había llevado hasta la iglesia. Mujeres afligidas,

criaturas impúberes, paisanos con camisa y sin aperos

por unas horas. Se juntaron al grueso del rebaño.

Arranqué el coche y proseguí. Un despuntar en flor acariciaba

el destello de la carrocería. La luz caía en vetas transversales,

absorbía las cosas y las atesoraba como una laja de ámbar.

Inmadura la fronda, titilaban los sauces

como las campanillas de algún ceremonial.

Cada sombra filtraba un hilo de concordia, devolvía a las formas

el naciente propósito de ser imaginadas.

Se deslizaba el auto lo mismo que un patín rasgando el hielo,

como nuestra cuchilla al afeitarnos.

No estaba Dios, de acuerdo,

pero reconocía la belleza que pudo haber creado,

esa bondad visible de la que vino y pan son también atributo.

Ellos callaban dentro, en la penumbra

de la oración. Mis hijos sacudiendo la cabeza de sueño,

mi esposa preocupándose por el fatal destino de mi espíritu.

Y quizá recibieran la comunión ahora, y solemnes posaran

la santa oblea en su paladar, y acunaran desnudo

y húmedo a Jesús igual que al pez arco iris de su acuario.

No estaba Él, de acuerdo. Nadaba en la saliva

de los niños, en la garganta atribulada de ella.

Fuera brotaba todo bajo una irrebatible claridad.

En el coche elevaba mi inocente plegaria a las alturas,

intuía en su ascenso el esbelto humear de una fogata.

«Quisiera ser eterno

como los dones terrenales», esa

era mi rogativa.

Y el susurro plateado del aire en el ramaje

del fresno, el revolar violento de la tórtola,

el galope del agua perseguida

por un salvaje sol; aquello que encendía

esa rubia mañana del planeta,

podría haberse dado Dios por nombre

sólo una vez, un absoluto instante.

martes, 26 de abril de 2016

Amo (por Dorotea Yves Battistini)


Amo deslizarme amo desordenarlo todo
Amo entrar amo suspirar
Amo domesticar las furtivas melenas de pelo
Amo caliente amo tenue
Amo blando amo infernal
Amo azucarada pero elástica la cortina de primaveras
convirtiéndose en vidrio
Amo la perla amo la piel
Amo la tempestad amo la pupila
Amo la foca benevolente nadadora de larga distancia
Amo lo oval amo luchar
Amo brillar amo romper
Amo la chispa de fumar seda vainilla boca a boca
Amo el azul amo lo conocido-conocer
Amo perezoso amo lo esférico
Amo lo líquido batir tambor el sol si vacila
Amo a la izquierda amo en el fuego
Amo porque amo en los bordes
Amo para siempre muchas veces Sólo una
Amo libremente amo especialmente
Amo separadamente amo escandalosamente
Amo similarmente oscuramente únicamente
ESPERANZADO
Amo He de amar


lunes, 25 de abril de 2016

Bajo mis pies crujían las hojas muertas (por Pierre Reverdy)


Nunca hubiese querido volver a ver tu rostro triste
Tus mejillas hundidas y tus cabellos al viento
Me fui a campo traviesa
Bajo aquellos inmensos bosques
Noche y día
Bajo el sol y bajo la lluvia
Bajo mis pies crujían las hojas muertas
A veces brillaba la luna

Volvimos a encontrarnos cara a cara
Mirándonos sin decir nada
Y ya no tenía lugar a donde irme de nuevo

Permanecí mucho tiempo amarrado a un árbol
Con tu amor terrible ante mí
Más angustiado que en una pesadilla
Alguien más grande que tú, por fin, me liberó
Todas las miradas llorosas me persiguen
Y esta debilidad contra la que no se puede luchar

Huyo rápidamente hacia la maldad
Hacia la fuerza que alza sus puños como armas

Sobre el monstruo que me arrancó de tu dulzura con sus garras
Lejos de la blanda y suave opresión de tus brazos
Me voy respirando a pleno pulmón
A campo traviesa a bosque traviesa
Hacia la milagrosa ciudad donde mi corazón late


domingo, 24 de abril de 2016

Arrancamos las manos de la viva cadena (por Cesare Pavese)


Y entonces nosotros, cobardes

que amábamos la tarde

susurrante, las casas,

los senderos sobre el río,

las luces rojas y sucias

de esos lugares, el dolor

dulce y callado –nosotros

arrancamos las manos

de la viva cadena

y callamos, pero el corazón

se estremeció de sangre

y ya no hubo dulzura,

no hubo más abandonarse

al sendero en el río–,

nunca más siervos, supimos

que estábamos solos y vivos.

sábado, 23 de abril de 2016

Dentro de seiscientos mil años (por Gérard Legrand)


El dardo como una fiera el símbolo deslumbrado
Por el torbellino de las dos serpientes que surgen de la caverna de espuma de una enagua con volados
No habrá reconocido la tumba materna
Ni encontrado al Dios que no existe

Dentro de seiscientos mil años cuando esta carne
Que es la mía y que desposa la tuya en este instante
Sólo seas un poco de arena en una playa desierta
Y cuando la playa sólo sea un ligero hundimiento
En el confuso océano de un planeta sin luz
Y cuando el planeta se disperse soplado por un cometa jamás calculado
Para renacer tal vez
En átomos de un cielo que ya no tendrá nombre

Hosannah por este desastre que no puedo pensar
Hosannah por esta estrella azul como un cráneo
Por los témpanos y los basaltos que se hundirán
Y por la playa donde ese poco de arena habrá rodado
Hosannah de antemano por esta arena
Que permuta nuestros dos cuerpos por su peso en oro
En el solo reloj de arena del sol desesperación
Hosannah
Por este enceguecedor minuto que ya es devorado
Hosannah por la página que está desmoronándose en
la que nuestros nombres forman sólo arabescos
Mi amor por tu carne y la nuestra
Hosannah en seiscientos mil años
Nada permanecerá de esta gloria y de ninguna otra.


viernes, 22 de abril de 2016

Amor al prójimo (por Max Jacob)


¿Quién vio al sapo cruzar una calle? Es todo un hombrecito: una muñeca no es más minúscula. Se arrastra sobre las rodillas: ¿tiene vergüenza, tal vez...? ¡No: es romántico! Una pierna se le retrasa, ¡y la vuelve a traer! ¿Adonde va, así? Sale del albañal, pobre clown. Nadie vio a este sapo en la calle. Antes nadie me veía en la calle, pero hoy los niños se burlan de mi estrella amarilla. ¡Sapo feliz! Tú no tienes estrella amarilla.


jueves, 21 de abril de 2016

Sólo he crecido en esqueleto (por Claudio Rodríguez)


Conmigo tú no tengas
remordimiento, madre. Yo te doy lo único
que puedo darte ahora: si no amor,
sí reconciliación. Ya sé el fracaso,
la victoria que cabe
en un cuerpo. El caer, el arruinarse
de tantos años contra el pedernal
del dolor, el huir
con leyes a mansalva
que me daban razón, un cruel masaje
para alejarme de tí; historias
de dinero y de catres,
de alquileres sin tasa,
cuando todas mis horas eran horas de lobo,
cuando mi vida fue estar al acecho
de tu caída, de tu
herida, en la que puse,
si no el diente, tampoco
la lengua,
me dan hoy el tamaño
de mi pecado.

Sólo he crecido en esqueleto: mírame.
Asómate como antes
a la ventana. Tú no pienses nunca
en esa caña cruda que me irguió
hace dieciséis años. Tú ven, ven,
mira qué clara está la noche ahora,
mira que yo te quiero, que es verdad,
mira cómo donde hubo
parcelas hay llanuras,
mira a tu hijo que vuelve
sin camino y sin manta, como entonces,
a tu regazo con remordimiento.


miércoles, 20 de abril de 2016

Carta a un lector (por Adam Zagajewski)


Demasiado sobre la muerte,
sobre las sombras.
Escribe sobre la vida,
sobre un día normal,
sobre el deseo de orden.

La campana de la escuela
puede ser un modelo
de templanza,
hasta de erudición.

Demasiada muerte,
un exceso
de negro deslumbramiento.

Mira,
naciones amontonadas
en estadios apretujados
cantan himnos de odio.

Demasiada música,
Falta armonía, tranquilidad,
cordura.

Escribe sobre los momentos
cuando los puentes de la amistad
parecen ser más duraderos
que la desesperación.

Escribe sobre el amor,
sobre los largos atardeceres,
sobre el amanecer,
los árboles,
sobre la infinita paciencia
de la luz.

martes, 19 de abril de 2016

Infancia (por Felipe Benítez Reyes)


El viento golpea la puerta
del cuarto siempre cerrado.

El viento llama a la puerta.

El viento quiere abrir
la puerta en que detiene su camino
ese caballo blanco con ojos de cristal.

El viento araña
la puerta con su garra de dragón errabundo.

Los sioux y comanches
van tensando sus arcos.

La paloma mecánica
mueve sus alas frías.

Pero el viento
derriba al fin la puerta.
Y deja ver
la habitación de sombra y amargura.


lunes, 18 de abril de 2016

Como el metal de mi vida (por Amado Nervo)


Esta llave cincelada
que en un tiempo fue colgada
(del estrado a la cancela,
de la despensa al granero)
del llavero de la abuela
y en continuo repicar
inundaba de rumores
los vetustos corredores;
esta llave cincelada,
si no cierra ni abre nada,
¿para qué la he de guardar?

Ya no existe el gran ropero,
la gran arca se vendió:
sólo en un baúl de cuero,
desprendida del llavero,
esta llave se quedó.

Herrumbrosa, orinecida,
como el metal de mi vida,
como el hierro de mi fe,
como mi querer de acero,
esta llave sin llavero
nada es ya de lo que fue.

Me parece un amuleto
sin virtud y sin respeto;
nada abre, no resuena...
¡me parece un alma en pena!
Pobre llave sin fortuna
... y sin dientes, como una
vieja boca: si en mi hogar
ya no cierras ni abres nada,
pobre llave desdentada,
¿para qué te he de guardar?


Sin embargo, tú sabías
de las glorias de otros días:
del mantón de seda fina
que nos trajo de la China
la gallarda, la ligera
española nao fiera.
Tú sabías de tibores
donde pájaros y flores
confundían sus colores;
tú, de lacas, de marfiles
y de perfumes sutiles
de otros tiempos; tu cautela
conservaba la canela,
el cacao, la vainilla,
la suave mantequilla,
los grandes quesos frescales
y la miel de los panales,
tentación del paladar;

mas si hoy, abandonada,
ya no cierras ni abres nada,
pobre llave desdentada,
¿para qué te he de guardar?

Tu torcida arquitectura
es la misma del portal
de mi antigua casa oscura
(que en un día de premura
fue preciso vender mal).

Es la misma de la ufana
y luminosa ventana
donde Inés, mi prima, y yo
nos dijimos tantas cosas
en las tardes misteriosas
del buen tiempo que pasó...

Me recuerdas mi morada,
me retratas mi solar;
mas si hoy, abandonada,
ya no cierras ni abres nada,
pobre llave desdentada,
¿para qué te he de guardar?

domingo, 17 de abril de 2016

En otro sueño (por Gemma Gorga)


Algunas madrugadas
nos llaman por el nombre
en voz muy baja,
de repente nos despiertan de un sueño
para sumergirnos en otro sueño
aún más incomprensible
y equívoco.
Adormilados y descalzos guardamos cola
bajo la secreción lacrimal
de los fluorescentes,
mientras esperamos
que un día u otro nos den permiso
para despertar.
Cuando la vi por última vez
le repetían que faltaba un papel
(tabaleo insistente con el índice
sobre la formica pelada del mostrador),
un papel,
solo un papel,
y ya no despiertas.


sábado, 16 de abril de 2016

Pero ahora volvemos (por Walt Whitman)


¡Durante cuanto tiempo nos engañaron!

Trasmutamos ahora,

nos apresuramos a huir

como huye la

naturaleza.

Somos la naturaleza,

durante mucho tiempo estuvimos lejos.

Pero ahora volvemos,

nos convertimos en plantas,

en troncos, en hojas,

raíces y cortezas.

Estamos asentados en la tierra,

somos peñascos,

pastamos,

somos dos en medio de la hacienda bravía,

tan espontáneos como los otros.

Somos dos peces que nadan juntos en el mar,

somos lo que son las flores del algarrobo,

derramamos fragancia

en los caminos de la mañana y de la tarde.

Somos también lo sucio de las bestias,

de las plantas, de los minerales.

Somos dos aves de rapiña,

nos elevamos en el aire y miramos la tierra.

Somos dos soles que deslumbran,

somos nosotros dos los que giramos,

cósmicos y estelares,

somos como dos cometas.

Merodeamos, cuadrúpedos y feroces, por la espesura,

y saltamos sobre la presa.

Somos dos nubes que se desplazan en lo alto

cuando amanece o atardece.

Somos dos mares que se unen,

somos esas olas felices que se revuelcan

y se juntan, mojándose.

Somos lo que es la atmósfera,

transparentes, hospitalarios,

permeables, impermeables.

Somos nieve, lluvia, frío, tinieblas,

somos lo que el planeta engendra y protege.

Hemos descrito círculos hasta volver los dos al hogar,

hemos renunciado a todo,

salvo a la libertad y a nuestra alegría.


viernes, 15 de abril de 2016

Brindis (por Joan Margarit)


Más juntos de lo que supone nadie,
alzamos las dos copas.
En los ojos del otro, cada uno
halla su propia luz.
En un instante, un hombre, una mujer,
pueden equivocarse.
Pero el instante nunca volverá.


jueves, 14 de abril de 2016

Nadadores (por Rafael Fombellida)


En el lago mi hijo es una cuerda atirantada.

Hemos nadado juntos hasta que mis pulmones se han abierto

y dejado escapar su poco hálito. Lo veo regresar suculento y desnudo

desde la orilla en donde espero. La tiniebla escarlata del crepúsculo

encapota mi piel abandonada a un húmedo estremecimiento.

Cuánto detesto esta rojez de gasa adherida a una honda cortadura.

A mi lado, mi hijo está secándose envuelto en esta luz color fresón maduro.

Silba "Lady Tonight", se tiende soberano sobre el entarimado

y remece sus sólidos tobillos en la maraña tosca de las plantas acuáticas.

Me habla con mi voz, pero su idioma no es mi lengua muerta, es un desperdigarse

suelto, vivaz, sincero lo mismo que un galope de caballo.

Soy el padre de un hombre, un hombre grave, meditativo, oculto,

que se gobierna con pericia mientras cabe pensar

que su mano, ya enorme, clausurará mis párpados como se sella un ataúd de plomo.

Su cuerpo se ha acostado bajo la vena cárdena del cielo.

Miro su trazo hermoso, la cabellera untada con arcilla de un ocaso granate.

Él braceó más lejos con mi salud, mi fuerza, mi enconada constancia,

y se reclina ufano como un bárbaro después de violentar a sus mujeres.

Es la masa engreída que yo amo con el temple del nadador de fondo.

Es el rival que aguarda mi ahogamiento con el bravo estupor del aspirante.

Ocupa mi lugar porque es su padre joven, prematuro,

inconsciente de toda dentellada del tiempo. Disfruto esa codicia

de converger conmigo, arriesgada ambición de parecérseme.

Miro el milagro de su mocedad. La atmósfera bermeja

de la última hora da a su pecho el impulso de un incendio.


Ha cerrado los ojos. Silabea sin ganas "Love, hate, love".

Despreocupado, ajeno. Sólo espera que el púrpura del aire

me desintegre. Adoro el esplendor de su avidez.

miércoles, 13 de abril de 2016

Y talla vida para la eternidad (por E. E. Cummings)


desde hace mucho mi corazón ha estado con el tuyo

cercado en el enredo de tus brazos hasta

una oscuridad donde nuevas luces nacen y

crecen,

hace tiempo tu ánimo ha entrado en

mi beso como un extranjero

en las calles y colores de una ciudad

que tal vez he olvidado

cómo, siempre (con

qué apresurada crudeza

de sangre y carne) Amor

acuña Su más gradual gesto,

y talla vida para la eternidad

Después nuestras mitades separadas llegarán a ser museos

repletos de memorias bien colmadas

martes, 12 de abril de 2016

Entonces se abre una puerta (por Rafael Felipe Oteriño)


Me asomo a la lengua extranjera como a un reino.

Tesón de palabras

que son valles, esteros, montañas.


A veces se entrelazan y escucho una voz.

Y devociones que permanecían ocultas

se acercan a mi mesa como guardianes altos.


Conversan animosas, intercambian miradas,

las oigo respirar como catedrales

por cuyas naves espaciosas voy.


Entonces, se abre una puerta y la atravieso.

Y detrás hay un palacio con su jardín enorme

y un lago transparente en el que me zambullo y nado.



lunes, 11 de abril de 2016

Como una alfombra de agua (por Juan María Calles)


Llega tu mano como una alfombra de agua
Ceremonias de bruma en los lagares
Hay mastines que ladran a lo lejos
un silencio más hondo que el lenguaje
Ceremonias de nieve en los altares
Mientras vibra la guitarra de tu cuerpo
nombro el mundo primero allá en su origen
Siempre hay nieve entre los bosques de sus labios
Siempre hay bruma hacia los páramos del alba
Baten palmas los arqueros de la noche
Qué barquero lejano de horizontes
nos traerá blancos pañuelos de la infancia
Va su mano como una alfombra de agua


domingo, 10 de abril de 2016

Las llamas expiran (por Bronislaw Maj)


En un bosque de noche un fuego: un ondeante círculo
de luz, más allá de él no hay nada
porque estamos aquí, en el medio:
emocionados gritos, cantos, risas...
Ahora la leña se ha terminado, las llamas
expiran. Y nosotros también decimos: el hombre
expira. Y todavía hay algo de fuego
ahí. Después nada: la oscuridad y vemos claramente todo
lo que quedó: nuestros rostros de pronto todos tan
diferentes, curvados sobre este lugar, negros
contornos de árboles, un cielo de algún modo más brillante,
frías estrellas. Y nadie sabe por qué
permanecemos tanto tiempo en silencio
y luego hablamos
en susurros.


sábado, 9 de abril de 2016

Busca (por Adam Zagajewski)


Volví a la ciudad
donde fui niño
y adolescente y un viejo de treinta años.
La ciudad me recibió con indiferencia,
los megáfonos de sus calles murmuraban:
¿no ves que el fuego todavía arde?,
¿no oyes el estrépito de las llamas?
Vete.
Busca en otro lugar.
Busca.
Busca la verdadera patria.


viernes, 8 de abril de 2016

La mirada del perro (por Francisco Umbral)


Hoy me ha mirado un perro como preguntándose por mí. Era un perro negro, grande, ya un poco viejo, sin otra nobleza que la edad. Un perro de alguien, sin duda, un perro de otro, que repentinamente se ha interesado por mi persona. Quizá es el perro de un amigo y eso basta para que él me considere continuación difusa e interesante de su amo.

Qué dulce curiosidad en la mirada del perro, qué añosa gravedad, qué dignidad de persona que no tienen las personas. Nunca otro humano nos mira así. Entre los hombres sólo nos cruzamos miradas furtivas, o de momentánea alegría, miradas de superficie, más o menos mentidas. Miradas inquisitivas.

Al perro, en cambio, se ve que le interesa todo de mí. Me mira a los ojos largo tiempo y espera que yo le corresponda con una mirada igualmente honesta, honrada, profunda, interesada, curiosa, digna.

Con una mirada perruna.

No hay entre las especies, y menos en la humana, un ser capaz de mirar así, con tan respetable interrogación, con ese brillo de posible amistad que hay al fondo de sus ojos negros. Quizá piensa el perro si soy digno de él, de su cariño o de una relación de hombre a hombre, de perro a perro. Me ha conmovido la mirada del perro, su distante y profunda observación. Ahora comprendo que nadie me había mirado así jamás, y estoy al final de mi vida, como él, quizá, de la suya. Del fondo vil del hombre jamás puede nacer una mirada semejante.


«Ya no se mira así», dirían los nostálgicos. Pero nunca se ha mirado así.

Hace falta mucha humanidad dentro para mirar como un perro.


jueves, 7 de abril de 2016

Juro que estaba alegre (por Antonio Manilla)


Van los rojos cerezos del otoño
tiñendo las laderas de los montes
y yo pienso en nosotros, los caminos,
la negra luz que alumbra los finales.
Juro que estaba alegre. Hace un momento,
con los ojos cerrados, en la cara
sentía el sol y el frío de septiembre,
el alma de esta tierra con el aire
que lentamente envuelve al cuerpo entero.
Estabas tú conmigo y no la ausencia.
Estabas tú imposible, revivido,
y no la honda tristeza que ahora aflora.
Son los rojos cerezos otoñales.
Rescoldos en la hoguera. Cenizas en el aire.

miércoles, 6 de abril de 2016

Desgarradura (por Piedad Bonnett)


Otra vez sales de mí, pequeño,
mi sufriente.
Otra vez miras todo con mirada reciente,
y llenas tus pulmones con el aire gozoso.
Ya no lloras.
El mundo, de momento, no te duele.
Todo es tibio esta vez, caricia pura,
como una prolongada primavera.
Ignoras
mi útero vacío, mi sangrado.
Desconoces
que el grito de dolor de parturienta
va hacia adentro y se asfixia, sofocado,
para que no trastorne
el silencio que ronda por la casa
como una mosca azul resplandeciente.
Mis manos ya no pueden cobijarte.
Solo decirte adiós como en los días
en que al girar, ansioso, tu cabeza,
mi sonrisa se abría detrás de la ventana
para encender la tuya. Cuando todo
era sencillo transcurrir, no herida,
ni entraña expuesta, ni desgarradura.

martes, 5 de abril de 2016

Para llenar las cosas de sí mismas (por Saiz de Marco)

un marco
como los de los cuadros
pero un marco vacío
sólo los 4 lados del rectángulo
los 4 listones
las 4 esquinas o molduras
los 4 márgenes
sin lienzo en su interior
-aire cercado-

un marco ahora
y en todos los ahoras fugitivos

un marco desplegable, portátil, extraíble
un marco de bolsillo
un simple marco
para encuadrar
rodear
aureolar
para llenar las cosas de sí mismas
para verlas con luz
-su propia luz-
para que nada escape por sus bordes

para vivir del todo este momento

lunes, 4 de abril de 2016

La guerra (por E. E. Cummings)


I

El gran tamaño del cañón
es hábil
pero yo he visto
la voz enorme e inteligente de la muerte
que refugia una fragilidad
de amapolas...

digo que a veces
en estos largos animales parlanchines
se esconden puños de más silencio.

Yo he visto todo el silencio
lleno de vívidos muchachos sin ruido
en Roupy
he visto
entre barreras,
las absolutas y maduras y calladas niñas de la noche.


II

Oh dulce y espontánea
tierra cuántas veces
los
dedos
punteros de
lascivos filósofos te pincharon
y empujaron

el pícaro pulgar
de la ciencia vejó
tu
belleza cuántas
veces las religiones te han
puesto sobre sus rodillas huesudas
apretándote y
pegándote para que pudieras concebir
dioses
(pero
fiel
a la incomparable
cama de la muerte tu
rítmico
amante
tú les contestaste
solamente con
la primavera)

domingo, 3 de abril de 2016

De los juguetes muertos (por Fernando Pessoa)


Siempre habrá lucha en este mundo, sin decisión ni victoria, entre el que ama lo que no hay porque existe, y el que ama lo que hay porque no existe. Siempre, siempre, existirá el abismo entre el que reniega de lo mortal porque es mortal y el que ama lo mortal porque desearía que nunca muriese. Me veo aquel que fui en la infancia, en aquel momento en que mi barco regalado se volcó en el estanque de la casa de campo, y no hay filosofías que sustituyan a aquel momento, ni razones que me expliquen por qué sucedió. Me acuerdo, y vivo; ¿qué vida mejor tienes tú para darme?

—Ninguna, ninguna porque yo también recuerdo.

¡Ah, me acuerdo bien! Era en la casa de campo antigua y a la hora de acostarse; después de coser y hacer punto, llegaba el té, y las tostadas, y el sueño bueno que yo había de dormir. Dame esto otra vez, tal cual era, con el reloj tictaqueando al fondo, y guárdate para ti todos los Dioses. ¿Qué es para mí un Olimpo que no me sabe a las tostadas del pasado? ¿Qué tengo yo que ver con unos dioses que no
tienen mi reloj antiguo?

Tal vez todo sea símbolo y sombra, pero no me gustan los símbolos y no me gustan las sombras. Restitúyeme el pasado y guárdate la verdad. Dame otra vez la infancia y llévate contigo a Dios.

—¡Tus símbolos! Si lloro de noche, como un niño que tiene miedo, ninguno de tus símbolos viene a acariciarme el hombro y a arrullarme hasta que me duerma. Si me pierdo en el camino, tú no tienes una Virgen María mejor que venga a cogerme de la mano. Me dan frío tus trascendencias. Quiero un hogar en el Más Allá. ¿Crees que alguien tiene en el alma sed de metafísicas o de misterios o de altas verdades?

—¿De qué es de lo que se tiene sed en esa alma?

—De algo como todo lo que ha sido nuestra infancia. De los juguetes muertos, de las tías viejas idas. Esas cosas son las que son la realidad, aunque se hayan muerto. ¿Qué tiene que ver conmigo lo Inefable?

—Una cosa… ¿Has tenido unas tías viejas, y una casa de campo antigua y un té y un reloj?

—No lo he tenido. Me gustaría haberlo tenido. ¿Y tú has vivido a la orilla del mar?

—Nunca. ¿No lo sabías?

—Lo sabía, pero creía. ¿Por qué no creer en lo que se supone?

—¿No sabes que éste es un diálogo en el jardín del Palacio, un interludio lunar, una función en la que nos entretenemos mientras las horas pasan para los demás?

—Claro que sí, pero yo estoy razonando…

—Está bien: yo no. El raciocinio es la peor especie del sueño, porque es la que nos transporta al sueño la regularidad de la vida que no existe, es decir, es doblemente nada.

—¿Pero qué quiere decir eso?

(Poniéndole la mano en el otro hombro, y envolviéndole en un abrazo) —Ay, hijo mío, ¿qué quiere decir nada?

sábado, 2 de abril de 2016

No me llames (por Vicente Aleixandre)


No pronuncies mi nombre
imitando a los árboles que sacuden su triste cabellera,
empapada de luna en las noches de agosto
bajo un cielo morado donde nadie ha vivido.

No me llames
como llama a la tierra su viento que no la toca,
su triste viento u oro que rozándola pasa,
sospechando el carbón que vigilante encierra.

Nunca me digas que tu sombra es tan dura
como un bloque con límites que en la sombra reposa,
bloque que se dibuja contra un cielo parado,
junto a un lago sin aire, bajo una luna vacía.

El sol, el fuerte, el duro y brusco sol que deseca pantanos,
que atiranta los labios, que cruje como hojas secas entre los labios mismos,
que redondea rocas peladas como montes de carne,
como redonda carne que pesadamente aguanta la caricia tremenda,
la mano poderosa que estruja masas grandes,
que ciñe las caderas de esos tremendos cuerpos
que los ríos aprietan como montes tumbados.

El sol despeja siempre noches de luna larga,
interminables noches donde los filos verdes,
donde los ojos verdes,
donde las manos verdes
son solo verdes túnicas, telas mojadas verdes,
son solo pechos verdes,
son solo besos verdes entre moscas ya verdes.

El sol o mano dura,
o mano roja, o furia, o ira naciente.
El sol que hace a la tierra una escoria sin muerte.

No, no digas mi nombre como luna encerrada,
como luna que entre los barrotes de una jaula nocturna
bate como los pájaros, como quizá los ángeles,
como los verdes ángeles que en un agua han vivido.

Huye, como huiría el pantano que un hombre ha visto formarse sobre su pecho,
crecer sobre su pecho,
y ha visto que su sangre como nenúfar surte,
mientras su corazón bulle como oculta burbuja.

Las mojadas raíces
que un hombre siente en su pecho, bajo la noche apagada,
no son vida ni muerte, sino quietud o limo,
sino pesadas formas de culebras de agua
que entre la carne viven sin un musgo horadado.

No, no digas mi nombre,
noche horrenda de agosto, de un imposible enero;
no, no digas mi nombre,
pero mátame, oh sol, con tu justa cuchilla.

viernes, 1 de abril de 2016

Una vez más (por Raymond Carver)


Quiero levantarme temprano una vez más,

antes de que salga el sol. Antes que los pájaros, incluso.

Quiero echarme agua fría a la cara

y sentarme a mi mesa de trabajo

cuando el cielo empieza a iluminarse y aparece

el humo en las chimeneas

de las casas vecinas.

Quiero ver cómo rompen las olas entre las rocas, no sólo

oírlas como por la noche mientras duermo.

Quiero ver de nuevo los barcos

que llegan de cualquier parte del mundo

y cruzan el Estrecho,

los cargueros viejos y sucios que apenas se mueven,

y los nuevos buques de carga

pintados de todos los colores bajo el sol

tan rápidos que cortan el agua a su paso.

No quiero perderlos de vista,

ni tampoco la pequeña barca que avanza

entre ellos

o la estación del práctico al lado del faro.

Quiero ver cómo bajan a un hombre del barco

y suben a otro a bordo.

Quiero pasarme el día viendo estas cosas

y sacar mis propias conclusiones.

Detesto parecer egoísta -tengo muchos

motivos para estar agradecido-

pero quiero levantarme temprano una vez más, al menos.

Acercarme a mi sitio con un café y esperar.

Sólo esperar a ver qué ocurre.

jueves, 31 de marzo de 2016

Y estar aquí contigo (por Miguel D' Ors)


Qué dicha no ser Basho, en cuya voz
florecían tan leves los ciruelos,
ni ser Beethoven con su borrasca en la frente
ni Tomás Moro en el taller de Holbein.
Qué dicha no tener
un bungalow en Denver (Colorado)
ni estar mirando desde el Fitz Roy el silencio
mineral de la tarde patagónica
ni oler la bajamar de Saint-Malo

y estar aquí contigo, respirándote, viendo
la lámpara del techo reflejada en tus ojos.


miércoles, 30 de marzo de 2016

Miles de hombres (por Kelver Ax)


en mi cama hay más que un hombre dormido

son miles de hombres dormidos

en la extensa noche que es el tiempo

(qué hace tan alto el cielo)

(por qué la tierra gira como un niño hiperactivo)


estoy en la mitad del tiempo

tiran de mis brazos pasado y pasado

de romperse

se derramarán mis ancestros

martes, 29 de marzo de 2016

Todo era blanco (por Juan Carlos Moisés)


Entre Comodoro Rivadavia y Trelew,
en algún lugar de la Ruta Nacional 3.
No era lo que se dice una "Commedia",
tampoco era simulacro, ni era representación.
Estaba con mis hijos en "mitad del camino",
fuera del auto estacionado en la banquina,
de pie en la nieve y de espaldas al aire frío.
Nos habíamos abrigado hasta los ojos antes
de bajar, y no hablábamos porque era posible
que se nos congelara el aliento, las palabras.
A falta de sol, una especie de luz se suspendía
sobre los campos congelados de la tarde.
El chorro tibio, a temperatura corporal,
fue haciendo un hueco en la nieve.
La aureola amarilla avanzaba, concéntrica,
fuera del círculo polar y gradualmente
lo derretía sin que hubiera oposición.
Le devolvíamos a la tierra, paciente bajo
la masa compacta, una pertenencia en común.
Cuando, cada uno en lo suyo, terminamos
de arroparnos y caminábamos hacia el auto
con el motor en marcha y la calefacción
encendida donde esperaba la madre,
coincidimos en mirar trescientos sesenta
grados alrededor. Todo era blanco, y esa
luz precaria se desparramaba envolviéndonos
como el aliento de la respiración. Había algo,
además de la nieve, en ese lugar apartado, sin
puntos de referencia, que nos hacía mover lentos,
callados, como si aún nada tuviera nombre.

lunes, 28 de marzo de 2016

La protección inútil (por Julio Cortázar)


Lo sé muy bien, soy de una timidez enfermiza,

estar en el mundo me es hierro, me es guijarro.

Hasta el agua, casi siempre mi aliada,

resbala seca y hostil contra estos labios

que la quisieran almendra y encaje;

al atardecer, bajo la luz

ambigua que todavía me permite

errar por la ciudad, el perfil de las nubes,

ese perfil suavísimo,

lacera brutalmente mi piel y me obliga

a huir gritando, a refugiarme bajo los portales.

Me aconsejan que viaje en subterráneo

para mayor seguridad,

o que me compre un sombrero de alas flotantes.

De nada vale que me hablen

con el tono que suscitan los niños,

yo miro hacia lo lejos donde sin embargo hay

una golondrina esperando para afilar sus tijeras en mi cuello.

Los consejeros municipales

han llegado a votar créditos para mi protección,

la gente se preocupa por mí.

Gracias, señoras y señores, me gustaría retribuir tanta gentileza

con ternura y civilidad; desgraciadamente ustedes

estarán siempre allí y eso es acantilado a pique, máquina para moler la sombra,

insoportable exageración de una bondad armada a garras de coral.

Cada vez me parece más penoso complicar la existencia ajena, pero

no queda ninguna isla desierta, ninguna arboleda de mala fama,

ni quisiera un corralito para encerrarme en él, y, desde allí, mirar

a los demás bajo la luz de la alianza.

¿Tengo la culpa yo, oh tierra poblada de espinas, de ser un unicornio?

domingo, 27 de marzo de 2016

De refilón (por Pere Gimferrer)


Si por tanto dolor y tantas gemas
hemos sabido solo vivir de refilón,
siempre encendiendo fuegos aproximativos,
la sibila del agua de la cueva,
minerales y húmedas palabras en la luz sorda,
si por tantas azadas afiladas
hemos sabido solo decir palabras lóbregas,
arando el campo ojoso de las sombras,
el oro con gafas negras de la noche,
solo hemos sabido decir la nieve ausente,
si por tantos glaciares desecados
nos hemos abstenido de la nieve
como el grajo se abstiene de la palabra,
si no somos más que el pulgar de la nieve,
marcado en la roca de luz reseca,
resecos de luz y nieve, y en la palabra
sabemos enunciar el esplendor en jaulas,
como dice el ruiseñor que morirá
cuando lleguen las yeguas de la noche.
Si por tantas condenas y conquistas
no puede el territorio romper el yermo,
en la viñeta del país del aire,
como en el abrojo del agua estremecida
el catafalco de la luz que quema,
la iglesia sumergida en ‘Nostalghia’,
la bufonada de la claridad,
si no sabemos qué dicen los responsos
del aire muerto, el aire henchido del cierzo,
la burbuja plutónica del aire,
pero sabemos que vivir es el latín
dicho por el aire que canta en "Perceval",
es el latín melódico en la fronda,
es el gorjeo de la luz
(amor: gorjeo de la luz),
lo sabemos todo, como en Chrétien de Troyes
o en Carles Riba, lo sabemos todo, tomamos
el aire calcinado de la obstinación,
el filamento de la bombilla encendida
que nos quemará la mano, la cloratita
de las Brigadas Rojas en la noche de Siena: luz etrusca
de máscaras etruscas que buscan el absoluto,
la luz intransigente de la aurora,
alba y noche de nuestro amor, la vida:
manchas de sangre en un pañuelo rojo.


sábado, 26 de marzo de 2016

Como anguilas en un barreño (por Fernando Pessoa)


Cada vez que mi propósito se ha elevado, por influencia de mis sueños, por encima del nivel cotidiano de mi vida, y durante un momento me he sentido alto, como el niño en un columpio, cada vez de éstas he tenido que bajar como él al jardín municipal, y conocer mi derrota sin banderas desplegadas para la guerra ni espada que tuviese la fuerza de desenvainar.

Supongo que la mayoría de aquellos con quienes me cruzo en el acaso de las calles lleva consigo —lo noto en el movimiento silencioso de los labios y en la indecisión confusa de los ojos o en la elevación de la voz con que rezan juntos— una igual proyección para la guerra inútil del ejército sin pendones.

Y todos —me vuelvo para atrás y contemplo sus dorsos de vencidos pobres— tendrán, como yo, la gran derrota vil, entre los limos y los juncos, sin claro de luna en las márgenes ni poesía en los pantanos, miserable y hortera.

Todos tienen, como yo, un corazón exaltado y triste, los conozco bien: unos son dependientes de tiendas, otros son empleados de oficina, otros son comerciantes de pequeños comercios; otros son los vencedores de los cafés y de las tascas, gloriosos sin saberlo en el éxtasis de la palabra egotista. Pero todos, pobrecillos, son poetas, y arrastran, a mis ojos, como yo a sus ojos, la igual miseria de nuestra común incongruencia. Tienen todos, como yo, el futuro en el pasado.

Ahora mismo, que me hallo inerte en la oficina, y todos salvo yo se han ido a almorzar, miro, a través de la ventana empañada, al viejo oscilante que recorre lentamente la acera del otro lado de la calle. No va borracho; va soñador. Está atento a lo inexistente; quizás espere todavía. Los dioses, si son justos en su injusticia, nos conserven todavía los sueños cuando sean imposibles, y nos concedan buenos sueños, aunque sean bajos. Hoy, que no soy todavía viejo, puedo soñar en las islas del Sur y con Indias imposibles; mañana quizá me sea concedido por los mismos dioses el sueño de ser dueño de una tabaquería pequeña, o jubilado en una casa de los alrededores.

Cualquiera de los sueños es el mismo sueño, porque todos son sueños. Cámbienme los dioses los sueños, pero no el don de soñar. En el intervalo de pensar esto, el viejo se ha salido de mi atención. Ya no lo veo. Abro la ventana para verlo.

Todavía no lo veo. Se ha salido. Ha tenido, para conmigo, el valor visual del símbolo; ha terminado y ha doblado la esquina.

Si me dijeran que ha doblado la esquina absoluta, y nunca ha estado aquí, lo admitiré con el mismo gesto con que cierro ahora la ventana.

¿Conseguir?…

¡Pobres semidioses horteras que conquistan imperios con la palabra y la intención noble y tienen necesidad de dinero con el cuarto y la comida! Parecen las tropas de un ejército desertado cuyos jefes tuviesen un sueño de gloria del que a éstos, perdidos entre los limos de los pantanos, queda tan sólo la noción de grandeza, la conciencia de haber sido del ejército, y el vacío de no haber sabido lo que hacía el jefe que nunca han tenido.

Así, cada uno se sueña, un momento, el jefe del ejército de cuya retaguardia ha huido. Así, cada uno, entre el barro de los riachos, saluda a la victoria que nadie pudo lograr, y de la que ha quedado una especie de migas entre manchas en el mantel que se han olvidado de sacudir.

Llenan los intersticios de la acción cotidiana como el polvo los intersticios de los muebles cuando no se los limpia con cuidado. En la luz vulgar del día común se les ve luciendo como gusanos cenicientos contra la caoba rojiza. Pueden sacarse con un clavo viejo. Pero nadie tiene prisa por sacarlos.

¡Pobres compañeros míos que sueñan en voz alta, cómo los envidio con vergüenza! Conmigo están los otros —los más pobres, los que no tienen más que a sí mismos a quien contar los sueños y hacer lo que serían versos, si los escribiesen—, los pobres diablos sin más literatura que la propia alma, que mueren asfixiados por el hecho de existir.

Unos son héroes y derriban cinco hombres en una esquina de ayer. Otros son seductores y hasta las mujeres inexistentes no osan resistírseles. Se lo creen cuando lo dicen y todos lo dicen porque se lo creen. Para todos ellos, vencidos del mundo, porque quienes quiera que sean son gente.

Y todos, como anguilas en un barreño, se enroscan entre sí y se cruzan unos por encima de los otros y no salen de los barreños.


viernes, 25 de marzo de 2016

Tornillo (por Raúl Campoy)


Voy dibujando la rosca de un tornillo con cada gesto y el tornillo gira, y yo vivo en su hipnótico metal y como una tuerca me paseo por la rosca y el tornillo gira, y perdido en su cilindro a veces hay holguras de pared por donde visito lo que amo y el tornillo gira, y vuelvo enroscado, punzante en este sonido inacabado y el tornillo gira, y giro forzado entre paredes y giro loco y el tornillo gira, y me oprimo entre hélices con ojos nauseabundos y el tornillo gira y el tornillo avanza, y todo me sabe a caracoles, a ovillos enloquecidos como un Michael Jackson intratable y el tornillo gira, y entre esta revolución de alcoholes sin remedio, entre este apretarme y soltarme sin remedio, mientras el tornillo gira, me asusto de mí mismo: de ser yo mismo el destornillador.


jueves, 24 de marzo de 2016

Fraternidad (por Manuel Vilas)


Me gustan las calles iluminadas de la ciudad el sábado por la noche, cuando llega el invierno y la gente decide vivir.
Me seduce el olor a mozzarella y a orégano de las pizzerías.
Me enloquecen los billetes de 500 euros. Todas las formas de la vida son buenas.
Me encantan los nadadores que nadan desnudos, en mitad del Pacífico, bajo un sol compasivo, esperando la caída del cielo sobre sus hombros ateridos.
Me encantan las ganas de nadar.
Adoraba a los comunistas, sus rojos atuendos, su estrella roja en la frente de mármol, su espíritu fortificado. Soy un buitre enamorado. Ningún problema conmigo, sólo soy encantamiento, oyes, ningún problema con un tipo como yo.
Soy el mejor de los hombres.
Si te deja tu mujer, beberé contigo toda la noche y te devolveré la serenidad, porque soy un buen tipo y te quiero. Porque os quiero a todos y a todas. Me encanta estar aquí, como un árbol duro.
Me encantan los coches oficiales que salen en la televisión. Me enloquecen los zapatos siempre nuevos del Presidente. Amo los peinados y las colonias y los collares y los bolsos babilónicos de las ministras. Eh, adoro Babilonia.
Me enamoro de los ascensores de los hoteles de lujo, de una limpieza insuperable, oliendo a abundante y sereno perfume industrial categoría A a las ocho y media de la mañana y pienso en las manos torturadas de las chicas de la limpieza, cobrando miseria, en sus alianzas, en sus pulseras.
Me enamoro de las camareras, torturadas, ofendidas.
Me encanta el sol, las calles con sol.
Qué bien que exista el sol, yo te concibo.
Qué bien que existan las estrellas, yo las concibo, yo perdono su lejanía, yo las perdono, yo perdono su incomparecencia en esta mano, en esta carne.
Adoro a las camareras y su protagonismo en la historia universal. Me encantan las escaleras mecánicas: estar en ellas, subido allí, meditando, como un sultán tetrapléjico.
Adoro a los tetrapléjicos. Adoro a los paralíticos cerebrales. Adoro a los ciegos. Amo a los inválidos, a los deficientes. Me encantan las nuevas terminales de los cajeros automáticos, esos números verdes, grandiosos, emitiendo luz, sacando dinero, mucho dinero, todo el dinero.
No tengo paz, no la conozco.
Adoro a Frankenstein —ese superdotado—, mi hermano, mi semejante. Me encantan los ancianos. Me encantan las Residencias de la Tercera Edad construidas en las circunvalaciones que cercan Madrid, Sevilla, Barcelona, Bilbao, Málaga, Valencia y Zaragoza.
Amo las ciudades porque amo cualquier cosa que sea más grande que mi cuerpo.
De haber nacido en Estambul, también hubiera sido pobre, hubiera tenido que arrastrarme detrás de los turistas, vendiendo cucharas de madera y colonias falsas, vendiendo pulseras y relojes y camisetas y cinturones y ropa interior falsificada. Adoro las falsificaciones. El mundo es una falsificación permanente.
Sólo la pobreza es grande como el sol, la nieve y la sangre.
Y amé Sevilla, y me bañé en el Guadalquivir, nadando a la vera del aceite industrial, de residuos hipertóxicos. Amo la basura, porque la poesía vive ya con la basura.
Amé el aire de Chernobyl como amaré las vísceras blancas de la última ballena en Canadá.
Adoro la carne que tiran a la basura en los restaurantes de lujo: voluminosos cubos negros de basura con gigantescas bolsas azules, donde se amontonan los solomillos y las langostas, que la gente rica abandona en sus platos grandes y brillantes. Me conmueve la comida que sobra en París todos los días: diez mil kilos de inocente vacuno importado de Argentina, muerto en vano.
Deja que bese tu frente de acero.
Me encantan las Ray Ban doradas y verdes con que protejo mis ojos de la radiación de la vida. Me encanta mirar el flujo venenoso de las cosas y el beso raro de la luna.
Tenéis suerte de tenerme como hermano porque soy el mejor. Hermano de los pueblos oprimidos y con ganas de oprimirlos aún más, hasta convertir esos pueblos en huracanes y tempestades y tifones y catástrofes.
Mi corazón es un escaparate lleno de baratijas de Oriente y de Occidente.
Mi corazón es una estepa rusa con armas automáticas.
Mi corazón es una revolución llena de ahorcamientos, fusilamientos, millones de golpes contra los inocentes.
Beso a los inocentes.
Amo a los inocentes.
Moriría por ellos sin pensarlo una milésima de segundo.
No juzgaré la vida.
Amaré y no seré responsable.
Beso a quienes no tienen nada.
Beso a quienes han perdido.
Beso a quienes nadie besará.
Beso la luz.
Deja que bese tus labios de mármol.
Beso a los inocentes.

miércoles, 23 de marzo de 2016

De una expedición no efectuada al Himalaya (por Wislawa Szymborska)


Ajá, así que esto es el Himalaya.

Montañas corriendo hacia la Luna.

El momento del despegue eternizado

en un cielo de pronto descosido.

Un desierto de nubes perforado.

Golpe en la nada.

Eco: blanca mudez.

Silencio.


Yeti, abajo es miércoles:

hay pan, abecedario,

dos y dos son cuatro

y la nieve se derrite.

Hay una manzana roja

partida en cruz.


Yeti, no sólo el crimen

es posible.

Yeti, no todas las palabras

condenan a muerte.


Heredamos la esperanza,

don del olvido.

Verás cómo parimos

en las ruinas.

Yeti, tenemos a Shakespeare.

Yeti, tocamos el violín.

Yeti, en la penumbra

encendemos la luz.


Aquí, ni Luna ni Tierra,

y se congelan las lágrimas.

¡Yeti, cuasiconejo lunar,

piénsalo bien y vuelve!


Así, entre cuatro paredes de avalanchas,

llamaba al Yeti y pataleaba,

para entrar en calor,

sobre las nieves

perpetuas.


martes, 22 de marzo de 2016

Si alguna vez las lleno (por Philip Larkin)

Interrumpir el diario

fue un golpe a la memoria,

fue partir de cero,

privado del alivio

de esas palabras, de esos hechos

como un despertar sombrío.


Quería terminarlas,

precipité el entierro

y me volví a mirar

como quien mira inviernos y guerras

perdidos tras los ventanales

de una infancia opaca.


¿Y las páginas vacías?

Si alguna vez las lleno

que sea registrando

celestes recurrencias:

qué día llega la flor

y cuándo emigra el pájaro.


lunes, 21 de marzo de 2016

En aquella perdida parte mía (por Roberto Juarroz)


En una noche que debió ser lluvia

o en el muelle de un puerto tal vez inexistente

o en una tarde clara, sentado a una mesa sin nadie,

se me cayó una parte mía.


No ha dejado ningún hueco.

Es más: pareciera algo que ha llegado

y no algo que se ha ido.


Pero ahora,

en las noches sin lluvia,

en las ciudades sin muelles,

en las mesas sin tardes,

me siento de repente mucho más solo

y no me animo a palparme,

aunque todo parezca estar en su sitio,

quizá todavía un poco más que antes.


Y sospecho que hubiera sido preferible

quedarme en aquella perdida parte mía

y no en este casi todo

que aún sigue sin caer.


domingo, 20 de marzo de 2016

Diecinueve años (por Antonio Gamoneda)

Va a hacer diecinueve años

que trabajo para un amo.

Hace diecinueve años que me da la comida

y todavía no he visto su rostro.


No he visto al amo en diecinueve años

pero todos los días yo me miro a mí mismo

y voy sabiendo poco a poco

cómo es el rostro de mi amo.


Va a hacer diecinueve años

que salgo de mi casa y hace frío

y luego entro en la suya y me pone una luz

amarilla encima de la cabeza…


Y todo el día escribo dieciséis

y mil y dos y ya no puedo más.

Y luego salgo al aire y es de noche

y vuelvo a casa y no puedo vivir.


Cuando vea a mi amo le preguntaré

lo que son mil y dieciséis

y por qué me pone una luz encima de la cabeza.


Cuando esté un día delante de mi amo,

veré su rostro, miraré en su rostro

hasta borrarlo de él y de mí mismo.

sábado, 19 de marzo de 2016

La magra mano ancestral (por John Brinnin)

Tú eres, en 1925, mi padre;
con sombrero de paja, recatado, soy tu único hijo.
A través de la luz de cebra en abanico del lago
nuestro bote alquilado se desliza sobre la luminosa calma.

Y estamos ansiosos, llegados a este
primer cuadro vivo de nosotros mismos; y tus ojos que miran
atónitos mis nueve años osados,
mi consciente corazón que oye el clic de los toletes
y se llena de datos privativos de ti...
Cómo Francia es rosa, cómo el mediodía no tiene sombras,
cómo los malos ángeles rebeldes cayeron
de esa altura de marfil, y cómo ardieron.

Y tú estás vagamente debilitado y proyectas
una sorpresa de peniques, algún gesto directo,
por ser orgulloso e inarticulado, tu mente
dramática y agitada, sorprendida por el amor;

en silencios herméticos como este
retorna la magra mano ancestral, la voz
de lo no cumplido con su toque de navaja
exhortando nuestro disperso aliento a decidirse.

Y padres e hijos en sus mutuos ojos,
intercambian (un momento vasto y volátil)
la mirada de los paralíticos, o las noticias
de los constructores sobre la invadida tierra.

Ahora tengo veintidós años y tú estás muerto,
Y tarde en Lincoln Park los remeros pasan
contrariados en sus odiseas, el lago
no es deslumbrante ni ancho, sino oscuro y trivial.


viernes, 18 de marzo de 2016

Otro nombre daremos (por Gastão Cruz)


Otro nombre canción daremos hoy
al luminoso día que nos cubre
con piedra y con ceniza endurecida
desiertos días muerte
y otro nombre
a la ciudad cansada que cubrimos
como el seco rumor de la vida al abrigo
de este fuego rasgado que veloz
trae y lleva consigo la desnuda luz
del aire el movimiento vano del día
y los consume

Otro nombre canción otra morada
daremos hoy al día luminoso
que nos cubre de la ceniza
de la claridad rápida de las calles
y del nombre nos cubre vano de la vida

Otro nombre al pasado playa monte
luz de arenas cubierta
que
cubrimos

Otro consumo vivo de palabras
otro fuego de luz sobre la herida
constante noche ardiente del invierno
otra canción canción y en el desierto
y en la honda espesura de otro río
en otra agua veloz otro rumor
el fuego de este día en que cubriendo
la luz la piedra
el viento esparce la ceniza
en el río en la piedra abierto endurecida
y del día de
la muerte el puro nombre
rumoroso y veloz
otro
desvía

jueves, 17 de marzo de 2016

Si me pareciera a ellas (por Muhammad ibn Abbad al-Mutamid )

Lloré al paso de las perdices en bandada,
libres, sin cárcel, no lastradas por grilletes,
y no fue, Dios me libre, de pura envidia,
que fue melancolía, ¡si me pareciera a ellas!
y volase suelto, sin la familia dispersa
y las entrañas en carne viva, ni hijos muertos
haciendo manar el llanto de mis ojos.
¡Tengan buena suerte! que no se rompió su grupo
ni saboreó ninguna la separación de los suyos,
que no han pasado —como yo— la noche,
el corazón en un puño, a cada estremecerse
de la puerta de la cárcel, o gemir de los cerrojos.
Y no es esto algo que haya discurrido.
Sólo describo lo que desde siempre alberga
el corazón del hombre. Mi alma anhela
el encontronazo con la muerte;
otro quizás amaría la vida cargado de grilletes.
Que Dios preserve a las perdices en sus crías,
que a las mías las traicionaron el agua y la sombra.


miércoles, 16 de marzo de 2016

O (por Saiz de Marco)


¿Lo ensucio y mancho

o dejo este lugar algo más limpio?


¿Suavizo el mundo

o aumento su aspereza y su abruptez?


¿Agrio el vivir

o lo vuelvo más dulce y más querible?


¿Hago más blando

o a mi paso endurezco este camino?


¿Doy comprensión

o vuelvo este paraje aún más hostil?


…Y la gran duda:

¿habré vivido en vano?,

que sobrevuela.



martes, 15 de marzo de 2016

No saben cómo (por Laura García del Castaño)


Nadie te conoce,
no saben cómo
dispones la risa, moderas el hambre,
controlas el celo,
la voracidad de la carne,
desconocen con exactitud cuándo
clavarías la lanza,
si serías el primero o el último en beber del vaso
enemigo,
lo inesperado es un mundo de ciegos mirando el mar,
esta habitación, la ropa sucia, tu dolor de espalda,
que rujas como un niño maldito
no sugieren nada,
sobre el corazón más tierno,
sobre el bonsái más soleado
se esparce el musgo,
florece la catástrofe.