zUmO dE pOeSíA

zUmO dE pOeSíA
de todos los colores, de todos los sabores

ALEATORIUM: Saca un poema de nuestro almacén

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sábado, 22 de septiembre de 2018

Hay que nombrarlo (por Adalber Salas)


Al recién nacido hay que darle
de inmediato
un nombre.

Al que ha salido
de la negra violencia del parto,

todavía húmedo
de no existir,

hay que nombrarlo,
para borrar de sus manos y
de su respiración
el susurro de otro océano,

para contener
el barro incierto
de su carne,

hay que conjurar
ese lugar del que ha venido,
la marea brutal
que lo ha abandonado
entre nosotros,

sobre esta tierra que
deberá caminar,
cuyo vientre espeso
está repleto de palabras

que nadie recuerda.



viernes, 21 de septiembre de 2018

Sentirte en lenta huida hacia la tarde (por Leopoldo de Luis)


Es como levantarte con los ojos,
con las húmedas alas de los ojos,
al imborrable cielo del recuerdo.
Pasan nubes oscuras, tristes pájaros.
Lentamente tu nombre al fin se queda
solo, desnudo, inmóvil, imposible,
como estrella varada.

Y nombrarte es dolor. Reconocerte
después de cada tarde, como el sueño,
es el dolor diario. Cruzo absorto
calles hacia la angustia de la nada,
entro en casas desnudas,
hablo a seres extraños, torpemente.

Reconocerte es triste, como es triste
siempre identificarnos lo más nuestro
inútilmente cerca, naufragando
en la luz impiadosa de los días.
Entramos y salimos de nosotros

abandonando siempre lo que somos,
esa sola verdad que nos habita,
apaleado perro en las veredas
por las que transitamos sordamente.

Sentirte cerca duele, como duele
siempre palpar la herida que no cura.
Sentirte en lenta huida hacia la tarde
con un dolor solar sobre los párpados.

Veo a veces tu cuerpo como un río,
como un río pasando mudamente
el puente de mis años, por mi pecho.
Y en un heroico cielo, siempre inmóvil,
solo tu nombre, herido de memoria.

En esta soledad me estoy poblando,
haciéndome de bosque y fronda hirviente.

Una renunciación acaso sea,
más que segar la pretendida rosa,
brotar oscuros árboles de sueño.


jueves, 20 de septiembre de 2018

Se debe a una rotura (por Han Yü)


Las hierbas son silenciosas,
pero si el viento las agita, silban.
El agua calla,
pero si el aire la mueve, repica;
las olas mugen: algo las oprime;
la cascada se precipita: le falta suelo;
el lago hierve: algo lo calienta.
Son mudos los metales y las piedras,
pero si algo los golpea, rechinan.

Así el hombre.
Si habla,
es porque no puede contenerse;
si se emociona, canta;
si sufre, se lamenta.
Todo lo que sale de su boca
se debe a una rotura…
Cuando el equilibrio se fragmenta,
el cielo escoge entre los hombres
aquellos más sensibles y los hace hablar.


miércoles, 19 de septiembre de 2018

Qué mundo de mentiras construimos (por Claudio Portiglia)


Leo
"Las redes sociales son virtuales pero el daño es real"
leo
acoso grooming hostigamiento amenazas persecución ensañamiento suicidio
leo
"¿Qué es la realidad?"
leo
"Los chicos recurren a estas redes cuando no encuentran referentes de carne y hueso"
me pregunto
qué son la carne y los huesos
qué son los referentes
qué sin la conciencia y sin los límites
leo
"Lo ideal sería que no hubiese consumidores de espacios"
me pregunto
se puede distinguir entre consumos
qué difiere entre consumir espacios consumir sustancias consumir materia consumir recetas consumir ideas
qué sería por lo tanto "lo ideal"
leo
"Lo que pasa en Internet es tan real como lo que ocurre en el espacio físico"
leo
"Las consecuencias pueden ser muy graves"
me pregunto
qué son las consecuencias
ideas o efectos materiales
"¿Qué es la realidad?" esta vez se preguntaban Oliveira y los miembros de "el club" mientras Rocamadour yacía muerto en la cama desde hacía varias horas
ficción realidad rayuela
qué mundo de mentiras construimos con el único propósito de llegar al cielo


Los ríos (por Giuseppe Ungaretti)


Me apoyo en este árbol mutilado
abandonado en esta hondonada
que tiene la languidez
de un circo
antes o después del espectáculo
y miro
el pasaje tranquilo
de las nubes sobre la luna

Esta mañana me he tendido
en una urna de agua
y como una reliquia
he reposado

El Isonzo fluyendo
me pulía
como a una de sus piedras

He levantado
mis cuatro huesos
y me fui
como un acróbata
sobre el agua

Me he arrodillado
junto a mis ropas
sucias de guerra
y como un beduino
me he inclinado para recibir
el sol

Este es el Isonzo
donde mejor
me he reconocido
una dócil fibra
del universo

Mi suplicio
es cuando
no me creo en armonía

Pero aquellas ocultas
manos
que me amasan
me regalan
la rara
felicidad

He repasado
las épocas
de mi vida

Estos son
mis ríos

Este es el Serchio
al cual están unidos
dos mil años casi
de mi gente campesina
y mi padre y mi madre

Este es el Nilo
que me ha visto
nacer y crecer
y arder de inconsciencia
en las extensas llanuras

Este es el Sena
y en su turbulencia
me he mezclado
y me he conocido

Estos son mis ríos
reunidos en el Isonzo

Esta es mi nostalgia
que en cada uno
me vislumbra
ahora que es de noche
que mi vida me parece
una corola
de tinieblas



martes, 18 de septiembre de 2018

NOF4: Nannetti, de Volterra (por Robert Rivas)


Suelos que fueran de tierra
pisos
apisonados por millones de pasos anónimos
de los insomnes diurnos
hasta volverlos minerales
despojados de tierra
"de aquí la vida ha migrado
como el sueño de los árboles"

'Parecemos pisar el hueso fósil de la tierra
(del mundo)'

'he pelado los muros con las uñas'
'he fabricado nieve con los ojos'
'he mordido los barrotes hasta oxidarme los dientes'
'he despellejado el viento pegado a las paredes'
'he visto remolinos detenidos
y he penetrado en esos remolinos
y he sido remolineado
hasta la orilla de la muerte'
'he barrido su zócalo'
'he abierto su puerta de piedra'

'Soy Nannetti Oreste Fernando, NOF4,
el de la hebilla,
31 de diciembre en Roma, 1927'

'el vuelo del viento alpino,
su turbión de nieve,
¿nadie más lo vio?
estaban todos enterrados en sus catres
sábanas de hielo y óxido'

'he lamido el agua del piletón negro
la lámina de agua del piletón
era la verdad:
si la pisabas
si la tocabas
sí, la he lamido muchas noches'

'todos parlotean o se callan
yo he arrancado mi voz y la de los otros'
'las voces tocan y huelen'
'he visto enjambres de voces
clavados en los muros de Volterra'

'alguien me dijo: "si un loco te dice que está loco,
no está loco"
y palpé el peligro de esa frase
y decidí que la astrofísica era un lugar más seguro'

'comí la caca de los pájaros
cuando estaba caliente'
'la dejaban caer en mis brazos,
en mi espalda, sobre mi cráneo,
en mi cara'
'comí algunas plumas
y había encontrado un lugar
oculto en la tierra
que me proveía de unos grandes
tréboles morados
que junto con la caca de los pájaros
y las pequeñas escasas plumas que juntaba,
eran una fiesta sin plato'

'nunca he tocado la felicidad'
'la vi pasar de lejos y me aterraba
más que el electroshock,
más que la recorrida de sala de los médicos
una vez al año'

'he habitado diversos terrores
durante tantos muchos años
y nunca supe separarlos'

'la corriente eléctrica entra en el cuerpo
y éste tiene que emplear una gran violencia
para desalojarla
y la agonía es un gran cansancio'

'yo he sentido el cansancio de la piedra en las paredes
y el cansancio del hierro en las rejas
y el cansancio del tiempo sin tiempos
[¿pasado/presente/futuro?]
y sin embargo tantos cansancios
no han logrado secarme'

El Volterra fue construido en la Toscana en 1887.
Entre 1902 y 1909 se agregaron nuevos pabellones:
el Verga, el Charcot, el Ferri.
Nannetti Oreste Fernando fue trasladado a ese Hospital
en 1958. Antes de eso había pasado 10 años en el Hospital Psiquiátrico Santa María della Pietá en Roma.
En el 59 fue trasladado a la sección judicial Ferri. Luego
pasa al Charcot (del 61 al 67). Cuando fue Franco Basaglia a ese Hospital, el Ferri solo contenía 6 mil pacientes,
con 2 inodoros por cada 200 pacientes.

'creo que querían secarme
como a las legumbres, los hongos, los frutos, las nueces,
los tomates'
'pero no me secaba'
'eso que ellos llamaban mi locura
me mantuvo mojado a salvo'
'y me ha condenado'

'"el Volterra es un lugar del que nadie sale",
me decían,
pero yo veía desde las ventanas de arriba
el cementerio
y a esos los veía salir y entrar
de noche
entre rocas lunares fosforescentes
e irse corriendo por los pastizales'

'he caminado desnudo hasta la ciudad de las torres,
he orinado contra la Torre Grossa,
pero nadie me ha visto
y a nadie se lo he contado'

'viví escondido
de todo
no para vivir
sino para que no me encontraran'

'sin saber por qué
necesitaba expresarme,
aunque nunca hablé con nadie
desde el primer día en esta cárcel'
'lo raro es que no sentía que fuese raro
necesitar eso
cuando habría tantas muchas cosas
que necesitaba'

'no sé si ha sido fácil
vivir ocultándome
o si nunca me han mirado'

'con este silencio
de hierro
que duerme entre los ruidos
y que espera el silencio de la noche
para atacar'

"este frío vacío debe ser la Eternidad"

'este patio que alguna vez fue de tierra
y que ahora era una protuberancia ósea del planeta,
este cementerio
porque el otro, entre árboles y pasto y yuyos altos
es un jardín,
y este otro es el verdadero,
nuestra tumba-casa
la gran bóveda en la que se tuercen día a día
una multitud de seres a los que se les extirpara
la esperanza'
'una bóveda es un lugar del que nadie sale
ni siquiera los astrofísicos
ni siquiera sus espíritus'

el Jefe de Guardia del Hospital
patina por las noches por los pasillos vacíos
con las manos a la espalda,
sembrando en el tufo del Hospital
una cancioncilla tenue
e irónica
patina hasta altas horas
mientras la niebla humedece los vidrios donde
hay vidrios
o ingresa de contrabando al cerebro
de los durmientes-muertos
donde no los hay
el Jefe de Guardia nocturna
se pasa la lengua por los labios secos,
piensa en una amante a la que verá mañana,
y gira varias veces
como un vórtice al final del pasillo,
para retomar su marcha deslizante

tenía el cablerío húmedo
tenía el cablerío de tripa porque en aquellos tiempos
había -lógicamente- escaseado el material
tenía el cablerío obsoleto
o, también, tenía el cablerío inadecuado: ese cablerío
no era para él
¿le habían puesto un cablerío equivocado?
¿el que le tocaba a otro?
¿o uno usado, usado ya por muchos demasiados otros?
¿otros que los habían descuidado, desgastado?
pensó en ropa vieja, ropa que no era de su talle,
en ropa sucia, gastada, deshecha,
ropa en la que las fibras ya habían entregado todo
lo que tenían para dar

pensó, también, en cableríos nuevos, brillosos,
lustrados, precisos, correspondientes, adecuados,
certeros: sacados de la caja con todo su potencial
intacto, nunca usados por nadie más; listos para
iniciar una vida útil, varias vidas útiles (cierto que
cada una un poquito menos útil que la anterior)

pensó que habría cableríos apenas usados
y que habría cableríos extenuados, desnaturalizados
por el desgaste
incluso podía haber cableríos desenterrados
cableríos extraídos de pilas de cableríos herrumbrados
cableríos que se habrían vuelto a usar sin siquiera limpiarlos, aunque sea a golpes de electricidad
o a golpes contra el metal, sin pulido alguno,
y puestos, puestos a andar-
arrancar con la máquina ya arruinada
y tener que atravesar la vida con un juego de cablerío
absolutamente 'estragado'
remarla, pedalearla, arrastrarla,
una vida contra natura por un cablerío inútil
del cual debía sin embargo extraer energía,
ideas, deseos, perspectivas, sentimientos, anhelos,
alma

'momentos en los que sé que estoy encerrado en mí
mismo;
en los que estoy encerrado en mí mismo'
'el terror de afuera
el terror de adentro
terror como terrón
como terrón de tierra seca'

'a veces es llegar a tiempo
cavarse un agujero
en la pared de tierra seca
para respirar'

'el terror es una máquina rota
que ponen en tus manos
una máquina rota que no se puede
reparar'

'tuve que prestarme fuerzas a mí mismo,
fuerzas cuyo origen es más oscuro que cualquier origen,
fuerzas que no sé de dónde vienen ni a qué,
si a asistirme o a aniquilarme'
'y más adelante tuve que comprar fuerzas,
sin tener nada con qué pagarlas, por supuesto,
y entonces debí endeudarme
endeudarme hasta lo irremediable'

'deuda progresiva, impagable, inmensa,
que no me permite siquiera la salida-escape
de la muerte'

'de esa clase de lucha
es que he estado hablando sin decir una palabra'

'como si para avanzar tuviese que ir
poniéndome piedras en los bolsillos'
"¡qué bolsillos tan grandes!"
'sí, muchos bolsillos, por todas partes,
bultos, jorobas, montones, tumores'

aún así, si se pertenece a un sistema astrofísico
si, ausente Dios,
(porque de esa ausencia se trata,
y de cualquier sustituto terreno de Dios)
se pertenece sin embargo a un sistema astrofísico
cualquiera
se forma parte, aunque sea del culo
de un telar astrofísico
extendido en el incomprensible espacio
entonces
todo esto que ocurre, que ocurría
y que seguirá ocurriendo,
no es más que una minucia,
un punto cualquiera de una red intergaláctica
y tal vez infinita
y este cablerío estragado que carga como una armadura
fija
este pedrerío que lleva
como una lenta avalancha,
tiene explicación y sentido
tiene razón y motivo
¿ah, maravilla de pertenecer
a un misterio insondable!
qué poca cosa el pedrerío
qué insignificante el cableado
inútil y aborrecido:
ha encontrado al fin su fuerza
entre lo oscuro
su fuerza
su verdadera fuerza
por más interminablemente absurda
que parezca

y
entonces
graba señales



lunes, 17 de septiembre de 2018

El mundo es un hermoso lugar (por Lawrence Ferlinghetti)


El mundo es un hermoso lugar
para nacer
si no te importa que la felicidad
no siempre sea
tan divertida
si no te importa un toque de infierno
de vez en cuando
justo cuando todo está bien

porque hasta en el cielo
no cantan
todo el tiempo

El mundo es un hermoso lugar
para nacer
si no te importa que algunos mueran
todo el tiempo
o quizá sólo pasen hambre
parte del tiempo
lo cual no es ni la mitad de malo
si no te toca a ti

¡Oh! el mundo es un lugar hermoso
para nacer
si no te importan mucho
unas pocas mentes muertas
en los puestos más altos
o una bomba o dos
de vez en cuando

en las caras vueltas hacia arriba
o algunas otras incorrecciones

de las que nuestra sociedad
de Marca Registrada
es presa
con sus hombres de distinción
y sus hombres de extinción
y sus sacerdotes
y otros patrulleros

y sus diversas segregaciones
e investigaciones parlamentarias
y otras constipaciones
de las que nuestra tonta carne
es heredera

Sí, el mundo es el mejor lugar de todos
para muchas cosas como
hacer la escena divertida
y hacer la escena de amor
y hacer la escena triste
y cantar canciones en voz baja y tener
inspiraciones
caminar por ahí
mirando todo
y oliendo flores
y toquetear a las estatuas
y hasta pensar
y besar gente y
hacer bebés y usar pantalones
y agitar sombreros y
bailar
y nadar en los ríos
en picnics
a mediados del verano
y por lo general
‘darse la gran vida’


pero justo entonces en la mitad de todo
llega el sonriente
funebrero.


domingo, 16 de septiembre de 2018

Por siempre (por Sara Teasdale)


Habrá estrellas sobre el lugar por siempre.
Aunque la casa que amamos y la calle que nos encantó se pierdan,
cada vez que la tierra recorra su órbita
en la noche en que se atraviesa el equinoccio de otoño
dos estrellas que sabíamos, posadas en el pico de la medianoche
llegarán a su cénit. Profunda será la quietud.
Habrá estrellas sobre el lugar por siempre.
Habrá estrellas por siempre, mientras nosotros dormimos.


sábado, 15 de septiembre de 2018

¿A qué piso vas? (por Billy MacGregor)


¿No te ha pasado alguna vez
que
subes a un ascensor y no se para nunca?
Piso 2337.
Estratosfera, ropa de bebés.
Vía Láctea: atención, ciclistas.
Constelación Canis Majoris, cuidado con el perro.
Planeta OGLE-2005-BLG-390Lb.
Y no pones el dedo. No haces nada.
Te quedas ahí, mirando por la ventanilla cómo nadan los peces naranjas.
Invitas a un par de amigos, abrís unas cervezas...
Ha venido Clohé. Da igual si lleva veinte años muerta. Y ha traído ese disco
-joder-
de la primera vez que le toqué una teta.
La gente está bailando, se abrazan como árboles.
Y ha empezado a llover y mamá ha salido a la puerta diciendo
que ya está la merienda.
Ahí vive el Principito, le digo a un gnomo de jardín
justo cuando pasamos por delante
del asteroide B-612.

¿No te ha pasado? ¿Que de pronto sonríes y sabes por qué?


viernes, 14 de septiembre de 2018

Instante (por Cecilia Moscovich)


Este instante
este frágil instante
como la huella de un pie mojado en la piedra caliente
resplandece tenue y firme
entre todos los demás.

El río fluye lento
los perros brillan contra el pasto
al atardecer.
El aire es un globo caliente
que se llena de sonidos.

Yo me siento a la orilla
y estoy en calma
y casi casi puedo tocar el tiempo
este instante
tibio y tenue
resplandeciendo para siempre entre todos los demás. 


jueves, 13 de septiembre de 2018

Siempre otra cosa (por Inger Christensen)


Lo que se escribe es siempre otra cosa
Y lo que se describe es de nuevo otra cosa
Entre ambos está lo indescrito
que tan pronto como es descrito
abre nuevos territorios indescritos
Es indescriptible
Aunque la oscuridad esté definida por luz
y la luz por oscuridad
siempre queda un resto fuera.
Y aunque este resto "sea definido"
como jardines arrasados
detrás de las verjas de hierro que crecen
siempre queda la lógica
Pero aunque la lógica no esté definida
sino oculta bajo capas de jardines
pintada de jardín a jardín
queda siempre una inquietud
una desesperación
un pulso sin cuerpo
Esto es una crítica del cuerpo
porque es una crítica de la vida


miércoles, 12 de septiembre de 2018

La bella de Sâo Paulo (por René Palacios)


Qué pudo arriesgar tu madrugada espesa
entre aquel mi desorden que construía y desandaba palabras hasta
desgastar los objetos
los insanos objetos que supieron rodearnos con bulliciosa inquietud.
Mujer de madréporas y ataques a mansalva en la noche
yo he visto tu fantasmal agonía tras hallarte entre feroces ráfagas de locura
suicidios, escándalos e infatuación.
Mi corazón se cubrió de algas
para luego abrirse a la amplia parábola de las tormentas que se sucedieron
al desgaire.
(Y habría de colarse por las hendijas de las habitaciones
en que deambulan los goces que conocí
y el pesar que me entrega lo mejor de mí mismo).
Estas, que son también tus agallas,
nacieron contigo para alcanzar el clamor de los habitantes de la urbe
que te sonreía agradecida por tu presencia.
Hoy, que en tus piernas conoces el regocijo y la tristeza habitual de
los insomnes,
el delirio de la ciudad en que abandono mi orfandad te mesa los cabellos
y en tu seno
(antiguo con la antigüedad de las antiguas fotografías rebosantes de alfileres
en el regazo de aquella adivina negra dispuesta a presagiar tu felicidad)
se hamaca el vertiginoso paso de mi paso.
Tu belladona se deslizó por las calles en que amanecía nuestra piedad
y en que, a veces, hasta el desprecio supo de nosotros.
Esplendente, entre gritos desenfrenados,
hubo quienes te bendijeron desde sus más serias pasiones
pero tu historia continuaba desde donde provienes y hacia donde te
encuentras.

Nosotros, que cobijamos el silencio para sólo depredarlo ante la firme
resolución de no hallar sustitutos al verano,
nos encaminamos, a veces con excesiva lentitud,
a los mares cálidos de ese norte de tus tierras en que hoy te encolerizas.
Deberíamos preguntarnos
hasta dónde se unirán en tu cuerpo las sucesivas caídas al mar,
las del regocijo para venero de tus fecundas sementeras en el azar de
un hallazgo de oro y manías.
Tu cuerpo, primogénito en la pulpa de los demonios
que adquieren en ti forma y color de bonanza.
Asperga tus metales en el ojo de la escolopendra que devora sin consideración
a su propia especie para deslizarte luego por el dominio
de las avenidas
en que el légamo
es un trozo de lucidez contra el cielo lejano de las inmoladas en las
altas horas de la noche.
Los que te entregan sus dineros
ignoran que en sus rostros se leen fragmentos de tus fabulosos sueños.



martes, 11 de septiembre de 2018

Mediterráneo (por Eugenio Montale)


Se abate en remolinos,
sobre mi cabeza reclinada, el alboroto
de una acre algarabía.
Quema la tierra atravesada
por sombras retorcidas de pinastros y, más lejos,
vela del mar la vista,
más que las ramas, el bochorno
que irrumpe a ratos de la tierra que se agrieta.
Cuando más sordo o menos
hasta mí llega el rebullir del agua
encajonada en los bajíos,
o es el retumbo a veces de rociones
de espuma sobre los peñascos.
Al levantar el rostro cesan los rebuznos
sobre mi cabeza y vuelan en picada
hacia las aguas estruendosas,
flechazos blanquiazules, dos rendajos.

Antiguo, me embriaga la voz
que sale de tus bocas cuando se abren
como verdes campanas y se impulsan
otra vez hacia atrás y se deshacen.
La casa de mis veranos juveniles
estaba junto a ti, lo sabes,
allá donde la resolana quema
y el aire se oscurece de mosquitos.
Igual que entonces, mar, hoy frente a ti enmudezco,
pero sabiéndome
ya digno de la grave admonición
de tu respiro. Fuiste el primero que me dijo
que el menudo fermento de mi corazón
no era más que un instante del tuyo;
que estaba en mí
tu ley riesgosa: ser vasto y cambiante
y al mismo tiempo fijo:
para vaciarme así de toda suciedad
como haces tú que arrojas a las playas,
entre estrellas de mar, algas y corchos,
las inútiles sobras de tu abismo.

Bajando alguna vez
las áridas pendientes que el cambiante
otoño hinchaba y dividía,
dejaban de pesarme
la rueda de las estaciones
y el tiempo que gotea inexorable;
sólo el presentimiento de tu cercanía,
traído por el susurrar
del aire hace un momento inmóvil
sobre las rocas que orlaban el camino,
me llenaba el alma.
Ahora, me daba cuenta, la piedra
quería arrancarse del declive
para entregarse a un invisible abrazo;
latía la dura materia
sintiendo la vorágine tan cerca;
las matas del cañaveral sediento
al sacudirse daban su aquiescencia
a las aguas ocultas.
Tú rescatabas, vastedad, incluso
el sufrimiento del guijarro:
por tu regocijo era justa
la inmovilidad de los finitos.
Inclinado entre las rocas
llegaban a mi corazón
tus ráfagas saladas;
se dilataba en aros sucesivos
la lisa planicie del mar.
Con ese mismo regocijo escapa
de la zanja entre dos olas
la extraviada avefría hacia la playa.

He descansado a veces en las grutas
que te secundan, vastas
o angostas, umbrías y amargas.
Miradas desde lo recóndito sus bocas
trazaban interiores poderosos
con fondo de cielo.
Surgían templos aéreos
de tu pecho fragoroso,
pináculos radiantes:
una ciudad de vidrio en el más puro azul
se desnudaba poco a poco de caducos velos
y su bramido se volvía un susurro apenas.
Nacía de la rompiente la patria soñada.
Del tumulto emergía la evidencia.
El exiliado volvía al país incorrupto.
Así, padre, de tu desenfreno
se afirma, para el que mira, una severa ley.
Y es inútil rehuirla: me condena,
si lo intento, hasta un guijarro
roído en mi camino,
calcáreo padecer sin nombre,
o la informe escoria que la henchida
creciente del vivir echó del cauce en un rimero
de hierba y ramas secas.
En el destino que se anuncia,
tal vez hay para mí sosiego,
ninguna otra amenaza.
Esto repite el oleaje con su furia descompuesta
y esto reitera el mar al filo de su calma.

Llega a veces de pronto una hora
en que tu corazón cruel nos sobrecoge
y del nuestro se separa.
Discrepa entonces de mi voz tu música
y cada movimiento tuyo nos condena.
Absorto en mí, sin fuerzas,
tu voz parece sorda.
Me afianzo en el pedrisco
que desciende
hasta la escarpada orilla que te domina,
quebradiza, amarilla, surcada por regueros
de agua de lluvia.
Mi vida es esta seca pendiente,
medio y no fin, vía abierta a escurrimientos,
lento deslave.
Y también es esta planta que nace
de la devastación,
expuesta a los embates del mar y suspendida
entre erráticas ráfagas de viento.
Este trozo de suelo sin hierba
se quebró para dar pie a una margarita.
En ella titubeo ante el mar que me ofende,
mi vida todavía carece de silencio.
Miro a la tierra que refulge,
el aire, de tan quieto, se oscurece.
Y esto que crece en mí
tal vez es el rencor que todo hijo
siente, mar, hacia su padre.

Cómo saber qué oscuro o grato
mañana nos aguarda;
tal vez nuestro camino
nos lleve a claros vírgenes
donde murmure eterna el agua
de juventud,
o acaso nos conduzca a la hondonada
última, en plena oscuridad, perdido
el recuerdo del día.
Tal vez tierras ignotas nos acojan:
perderemos la memoria
del sol, caerá de nuestra mente
el tintinear de las rimas.
La fábula que expresa nuestra vida
¡de golpe se convertirá en la historia
sombría que no se cuenta!
Mas de una cosa, padre, asegúranos,
y es ésta: que un poco de tu don quede en las sílabas
que llevamos a cuestas, abejas zumbadoras.
Lejos iremos conservando una reliquia
de tu voz, como del sol se acuerda
la hierba gris que crece en patios
oscurecidos, entre las casas.
Y un día estas palabras sin ruido
que antaño junto a ti criamos
nutridas de cansancios y silencios,
a un corazón fraterno
sabrán a sal antigua.

¡Ah, ser escueto y esencial
como las gujijas que volteas,
comidas por la sal y el yodo,
astilla fuera del tiempo, testigo
de una fría voluntad que no pasa!
Nada de eso he sido, sino alguien que mira
en sí mismo y en los otros
el hervor de la vida fugaz
– hombre tardío en sus actos, que nadie, después, destruye.
Quise encontrar el mal
que mina el mundo, la leve torcedura
de una palanca que detiene
el artefacto universal
y vi todos los hechos del minuto
listos a colapsarse en un derrumbe.
Seguido el trazo de un sendero tuve
otro en el corazón que me llamaba.
Tal vez necesitaba el tajo del cuchillo,
la mente que decide y labra su camino.
Otros libros me hacían falta
y no tu atronadora página.
Pero no guardo ya remordimientos:
tú todavía derrites
los nudos más ocultos con tu canto
y tu delirio alcanza ya los astros.

¡Si pudiera al menos constreñir
en este ritmo mío entrecortado
un poco de tu devaneo,
armonizar mi hablar atrabancado
con tus voces!:
yo que soñaba con robarte
las salobres palabras
en que naturaleza y arte se confunden,
para gritar más alto mi melancolía
de niño envejecido que no debía pensar.
Y en cambio sólo tengo las gastadas letras
de los diccionarios, y la oscura voz
que inspira amor ya desfallece,
se hace literatura lamentosa.
Sólo tengo estas palabras que se ofrecen
como mujeres públicas
a los que las requieren;
no tengo más que estas frases cansadas
que mañana podrán robarme
los estudiantes canallas en versos de verdad.
Y tu estrépito se agranda
y se dilata azul la sombra nueva.
Me abandonan a porfía mis pensamientos.
Rasgos no tengo, ni sentido. No tengo límite.

Disipa tú si quieres
esta débil existencia plañidera,
como la esponja el trazo efímero
de una pizarra.
He de volver, lo sé, a tu círculo,
para cumplir mi travesía confusa.
Mi venida era testimonio de una orden
que se me olvidó en el viaje,
estas palabras mías dan fe
de un suceso imposible, y lo ignoran.
Pero siempre que oí tu dulce
resaca en las riberas,
fui presa de un trastorno como quien,
perdida la memoria,
recuerda su país. Aleccionado
por el jadear apenas perceptible
de alguno de tus desolados
mediodías, no por tu abierta gloria,
me rindo a ti con humildad. No soy
más que la pavesa de un tirso. Bien lo sé: arder,
éste y no otro es mi significado.


lunes, 10 de septiembre de 2018

Te preguntas (por Saiz de Marco)


Si de nuevo nacieras

(hoy te preguntas)

no qué suprimirías
qué harías de otra manera
qué evitarías

sino

qué reproducirías

en qué persistirías

repetirías qué opciones erróneas pero amadas
qué feliz desvarío
qué equivocación dulce

qué sendas seguirías otra vez
paso por paso
sabiendo como sabes el sitio a donde llevan

en qué piedras
(ahora conscientemente, ya no por un descuido)
tropezarías de nuevo

qué curvas
o qué atajos
volverías a tomar
como tomaste

qué harías igual
porque así estuvo bien

qué copiarías
en tu segunda vida
de la primera



domingo, 9 de septiembre de 2018

El olivo (por Vicente Gallego)


En su hábito oscuro, con los brazos abiertos, 
como un monje que al cielo le dirige
su plegaria obstinada por la vida del alma,
el olivo difunto permanece de pie
mientras la tarde dobla sus rodillas.

Enhebrado en la luz que se adelgaza,
su severo perfil
cose el cielo a la tierra,
vertebra el espinazo de la tarde.
Y un saber de lo nuestro
en su reserva humilde sospechamos.

Encallecida mano codiciosa
cuyos dedos se tuercen arrancándole al aire
un pellizco de vuelo,
algo extraño nos hurta el viejo olivo:
un secreto inminente, temperatura extrema
de un decirse que clama en su lenguaje mudo.

Y el hombre le dirige su pregunta.

Con su carga de hormigas y de soles,
con el misterio a cuestas
que buscamos cifrar en su oficio sencillo,
este tronco orgulloso es sólo eso:
sugestión arraigada de las cosas
que quedarán aquí cuando partamos,
contundente respuesta
que a la luz de la luna nos aturde el oído
con su seco zarpazo de silencio.

sábado, 8 de septiembre de 2018

El mayor vacío (por Kiri Piahana-Wong)


Llovía el día en que me dejaste.

La gente estaba afuera, en las calles, bebiendo

y jugando, usando pelucas y sombreros ridículos,

robando conos de tránsito y vandalizando los

autos de otras personas. Todos los limpiaparabrisas

de los autos de mi calle estaban rotos y apuntando

hacia arriba. Francia iba a jugar contra

Gales más tarde ese día.


Llovía la tarde en que me dejaste.

Estaba en la cama sangrándote en pedazos

pidiéndote que te quedaras un minuto más

pidiéndote que volvieras

en otro día

en otro año

en otro tiempo que te acomodara más.


Había un gorrión en el árbol fuera de

mi ventana, gorjeando, y el viento soplaba

pétalos rosas sobre todo el césped. Vi a Gretchen

afuera, en el jardín, cantando a sus guisantes.


Te he hablado todos los días, te he llevado tan

cerca de mí. He imaginado que tendrías

los verdes ojos de tu padre, mi cabello oscuro, y

toda nuestra excesiva creatividad, pero naturalmente

sin nuestras temerarias cualidades que te habrían

hecho un niño fastidioso de criar.

Incluso te he hablado de cosas inconsecuentes

Comerías tus vegetales o prefieres

McDonalds como tu madre

Me disculpé contigo por nuestra dieta imparable de Cajitas

Felices mezcladas con cafeína y pays cubiertos de papas fritas

Me he preguntado si te gustaría más la vegemite o la marmite

Si tendrías un amigo imaginario


Pero en este día

me acurruco, sosteniendo la sangre coagulada

que queda de ti, y digo―

Por favor vuelve

Siento incluso haber dicho que no te quería

Que deseé por un segundo que no estuvieras ahí

Por favor vuelve a mí


La ambulancia vino y por un momento me desmayé

y cuando regresé, Kayla estaba ahí.

Me trajo un libro de poesía femenina

y angustiada, la biografía de Slash (para recordarme

por qué es una mala idea salir con músicos), una manta

rosa con corazones, una manzana, un plátano,

una revista banal, un paquete de Grainwaves y

galletas de jengibre. Siempre es buena idea llamar

a una madre cuando tienes una emergencia.


Después de un largo rato el día terminó. El sol

se ocultó. Eventualmente salió de nuevo. Hay

tantas aves llamando, temprano en la mañana, y

el sol en mi rostro se siente como una bendición.

Mucho después en ese día, caminé hacia la playa y

vi que la marea se acercaba. Me recosté en la playa

y enterré mis dedos en la rasposa arena, y

pensé en todas las maneras en que algo que

nunca quisiste puede dejar el mayor

vacío cuando te abandona, y ojalá

pudiera decir que la visión del mar llenando

la playa alivió algo ese vacío, pero

todo lo que hizo fue recordarme que cada día la

marea entra, sólo para irse de nuevo.



viernes, 7 de septiembre de 2018

Nuestra parte de noche, nuestra parte de alba (por Emily Dickinson)


Nuestra parte de noche soportar —

nuestra parte de alba —

Nuestro hueco de dicha completar,

nuestro hueco de escarnio —

Aquí una estrella, allí una estrella,

¡hay quienes se extravían!

Aquí una niebla, allí una niebla,

Después de todo — el Día.


jueves, 6 de septiembre de 2018

Mitad aire mitad hombre somos (por Jairo Rojas)


nos tenemos que ir (afuera)

por su bien / por el bien de todos

ella ha sufrido un nuevo paro cardíaco

en mi corazón

todos hemos muerto de esa manera alguna vez

sólo que después cuenta nos hemos dado

creyéndonos finados


y que el mentado órgano rojo

se lo han llevado

sin guantes, sin amor en las manos


y duele el viento atravesado


mitad aire mitad hombre somos


bajaremos pues

de la casa materna que suena sola

al valle que se da cabezazos contra los muros

por el bien del aire prójimo


duele ser anémico, mentiroso, indeciso, irresponsable

además frente a un paisaje tan frío

irnos lejos en el cuerpo hecho viento

ya nos dirán, luego, para qué sirve el bendito

corazón:


-la cena de los cerdos

-paciente para un hospital

-para que lo guarden en un envase

-por alguna bruja solitaria que se acuerda

de uno cuando está en el cementerio / con gatos

-para que alguien lo sueñe


ya se hablará claro, sencillo y directo

como Raimundo, como mamá, como papá

en vez de huir, otra vez, queridos insufribles

óigame bien José Gregorio Hernández,

San Benito, San Valentín

aunque estén muy ocupados en pensar en otros

que no se olviden de la gente de la balanza tirada al aire

que le guarden un saludo, una postal amarillenta siquiera


fuera de aquí hay latidos de enamorado


se terminó el tiempo de las sombras desganadas

todo por culpa del aire y de su agua que cae adentro

todo por culpa de una familia que se conmueve

varias veces al día por lo más conocido

todo por las reinas de la angustia, ladronas,

y el aire atravesado que suena a frío en el pecho


no habrá que decir adiós

entonces

y salir por la puerta de atrás con chaqueta, bufanda y lentes

a mirar frente a frente el camino

¿de ida? / ¿de vuelta?

que suena latidos que enamoran

que mueven las montañas que hablan, Dios mío, que nombra


miércoles, 5 de septiembre de 2018

Al amanecer (por Agostinho Neto)


Hay un tibio susurro

en la tierra.

Pelean

la luz y la oscuridad

por la posesión del universo.

Se siente penetrar en las venas

la existencia

que viene de fuera

a través de la ventana.

Crece la alegría en el alma,

la vida nos murmura fantasías dulces.

Tañen las campanas al amanecer.

Va a nacer el sol.


martes, 4 de septiembre de 2018

Excepto la transformación y la fuga (por Hermann Hesse)


Toda flor desea su fruto,
todo amanecer se encamina al crepúsculo,
nada eterno hay en la tierra
excepto la transformación y la fuga.

También el más bello verano
quiere sentir alguna vez el otoño y lo caduco.
Detente, hoja, sé paciente y silenciosa
cuando el viento desee llevarte.

Sigue jugando tu juego, no te detengas,
deja, tranquila, que las cosas ocurran.
Permite que el viento que te arranca
sople y te conduzca a casa.


lunes, 3 de septiembre de 2018

Casi aún con placer (por Mercedes Carranza)


Como llegar a la casa
al final de un día despiadado
y sumergirse en ese sillón
que ya es cuerpo de mi cuerpo,
entre los olores conocidos
y nuestros libros: así
después de años, tú y yo.
Las caricias de siempre
y las respuestas tan repetidas.
Decimos los mismos murmullos
y nos movemos plácidos
casi aún con placer:
el amor, parásito del deseo.
Costumbre de los dos
hecha a pulso de encuentros
en esta tibia cama,
donde yacen los sueños
las lágrimas y todas las mentiras
de nuestra larga historia.


domingo, 2 de septiembre de 2018

De esto (por Billy MacGregor)


Así que la vida está hecha de esto...
Del día que pasé la lengua por el suelo,
de aviones e Himalayas, de turba, de consuelo, del culo de la Paca.
De todas las moscas del verano,
de mi madre y el queso y los bautizos,
de cosas redondas, ovaladas, parabólicas,
de isósceles, pentágonos, camadas
de ñúes y laureles de César. De humo. De canallas.
De un día veintisiete y de otro nublado.
De un as de corazones en mitad del asfalto.
De violines y tablas de náufrago y de fresas y mangos
de sartén.
De bisturís y de anclas de barco.
De túes y de yoes y naranjas y útiles del campo y de toallas y
toneles de vino.
De pis en las farolas, de granizo y de limo y
a veces
de estrellas fugaces, de un eco, de una llama
-¿recuerdas aquel faro?-
en mitad del espacio.
De perros y de nietos y onzas de chocolate y abedules
de una sombra infinita.
De ya no te quieros. De perdonamés.
De culos de botella y de tazas del té.
De trenes que se pierden, de cartas que se ganan,
de paraguas abiertos y de puertas cerradas.
De cal y de arena y en la orilla castillos que las olas se tragan.
De abrazos y de entierros y de bares y gatos.
De ahoras.
De me voy a poner a cocer papas.
De quítate las bragas.
De voy a por tabaco o de esto ¿cómo se llama? Putadas.
De se ha muerto mi padre, de estás más delgada, de sís pero nos.
De ositos de peluche. De sábanas blancas.
De limones y efectos mariposas y pelos de pincel.
Del buuuu de las ballenas y del croac de los sapos y del cri de los grillos y de glops y de chis y de huys y de oe
oe
oe.
Y tal vez de mañana tal vez.
Nadie lo sabe.
Por eso es tan... emocionante.


sábado, 1 de septiembre de 2018

Haber sido de fuego (por Saiz de Marco)


habría sido bonito ser de fuego
vivir pasionalmente y escribir

así
con emoción
sin reparar en párrafos, sin contar cuántas sílabas
¿qué más da la cadencia, el ritmo de las frases
si el sentimiento inflama los pronombres, los verbos, los puntos suspensivos?

habría sido bonito ser de fuego
sentir que mi sentir enciende las palabras
como si dentro de ellas hubiera un corazón haciéndolas vibrar, resonar
disponiéndolas sin la mano de nadie
sin mi ayuda

dejar que la emoción se escriba sola
sin la corta atadura de lo externo 

ni lenguaje capaz de sujetarla

no estos versos orfebres pero helados

que corren pero no echan a volar
sin peligro ni venda ni aventura

que no rompen la jaula del idioma
que no escapan del texto
que no erizan la piel, que a nadie queman

ser la pasión buscando propagarse

y arder también por fuera

ser yo en llamas
-¡haber sido de fuego!-
habría sido bonito


viernes, 31 de agosto de 2018

Si alguien pudiera parar la cámara (por Linda Pastan)


Eran los primeros días de Mayo, creo.
Un momento de la lila o cereza silvestre
cuando tantas promesas se hacen
y es difícil preocuparse si algunas no se cumplen.
Mi madre y mi padre todavía suspendidos
en la experiencia, parte del paisaje
como las casas en donde había crecido.
Y si habrían de ser derribadas después
era algo que sabía
pero no creía. Nuestros chicos estaban dormidos
o jugando, el más pequeño tan nuevo
como el nuevo aroma de la lila,
y cómo pude haber adivinado
que sus raíces eran superficiales
y serían fácilmente trasplantadas.
No supe ni siquiera que era feliz.
Los pequeños enojos que eran como sal
sobre el melón fue en lo que me obstiné,
aunque en verdad sólo hacían
el sabor de la fruta más dulce.
Entonces nos sentamos en el porche
en la mañana fría, sorbiendo
café caliente. Después de las noticias del día
-huelgas y pequeñas guerras, un incendio en algún lugar-
pude ver lo alto de tu cabeza negra
y pensé no en conflagraciones públicas
sino en cómo se sentirían en mi hombro desnudo.
Si alguien pudiera parar la cámara entonces...
Si alguien pudiera no sólo parar la cámara
sino preguntarme: ¿Eres feliz?
Quizá me habría dado cuenta
de cómo la mañana brilló en el color
reflejado de la lila. Sí -podría haberle dicho-,
ofreciéndole una humeante taza de café.



jueves, 30 de agosto de 2018

Por esta hora (por Fernando Pessoa)



¡Ah el crepúsculo, la noche que cae, las luces en las grandes

ciudades que se encienden,

y la mano de misterio que ahoga el bullicio,

y el cansancio de todo en nosotros que nos corrompe

con una sensación exacta y precisa y activa de la Vida!

¡Cada calle es un canal de una Venecia de tedios

y qué misteriosa la intimidad unánime de las calles,

de las calles al caer de la noche, oh Cesário Verde, oh Maestro,

oh, del «Sentimiento de un Occidental»!

¡Qué inquietud profunda, qué deseo de otras cosas,

que ni son países, ni momentos, ni vidas,

qué deseo tal vez de otros modos de estados del alma

humedece interiormente el lento y lejano instante!

Un horror sonámbulo entre luces que se encienden,

un pavor tierno y líquido, apoyado en las esquinas

como un mendigo de sensaciones imposibles

que no sabe quién las pueda dar...

Cuando muera,

cuando me vaya, vilmente, como toda la gente,

por aquel camino cuya idea no se puede encarar de frente,

por aquella puerta a la que, si pudiésemos asomar, no

asomaríamos,

hacia aquel puerto que el capitán del Barco no conoce,

sea por esta hora digna de los tedios que tuve,

por esta hora mística y espiritual y antiquísima,

por esta hora en que tal vez, hace mucho más tiempo del que

parece,

Platón soñando vio la idea de Dios

esculpir cuerpo y existencia nítidamente plausibles

dentro de su pensamiento exteriorizado como un campo.

Sea por esta hora en que me lleváis a enterrar,

por esta hora que no sé como vivir,

en que no sé que sensaciones tener o fingir que tengo,

por esta hora cuya misericordia es torturada y excesiva,

cuyas sombras vienen de cualquier otra cosa distinta de las cosas,

cuyo pasaje no roza vestidos en el suelo de la Vida Sensible

ni deja perfume en los caminos de la Mirada.



miércoles, 29 de agosto de 2018

En vuestra, en nuestra lengua (por Berta Piñán)


¿Cómo se dice en uolof la palabra frontera, la palabra
patria? ¿Y en sonike? ¿Cómo llamáis al desamparo?
Si queréis decir en bereber, por ejemplo, “yo tuve una casa
en un arrabal de Rabat” ¿ponéis en este orden la frase? ¿Cómo
se conjugan en bambara los verbos que llevan al norte,
qué adjetivos cuadran a la palabra mar, a la palabra muerte?
Si tenéis que iros, ¿es la palabra adiós un sustantivo?
¿Cómo se pronuncia en diakhanké la palabra exilio? ¿Hay que
juntar los labios? ¿Duelen? ¿Qué pronombres usáis para quien espera
en la playa, para quien regresa sin nada? Cuando señaláis hacia allá, hacia
casa, ¿qué adverbio escogéis? ¿Cómo se dice en vuestra, en nuestra lengua
la palabra futuro?


martes, 28 de agosto de 2018

Dónde estabais (por Adam Zagajewski)


En mayo, atravesando el bosque al alba
me preguntaba dónde estabais, almas
de los muertos. Dónde estabais, jóvenes
desaparecidos, dónde estabais, del todo
transfigurados.
En el bosque reinaba el gran silencio
y oía soñar las hojas verdes,
oía soñar a las cortezas, hechas para construir
barquitas, naves, velas.
Luego, arrancó lentamente el gorjeo de los
pájaros, jilgueros, tordos y mirlos ocultos
en los balcones del ramaje; cada uno hablaba distinto,
con otra voz, sin pedir nada, sin
amargura ni pena.
Y comprendí que en el canto estabais
inalcanzables como la música, indiferentes como
notas, lejos de nosotros como nosotros
de nosotros mismos.

lunes, 27 de agosto de 2018

No sabe a lo que vino (por Jaime Gil de Biedma)


Ha venido a esa hora.

No vive en este barrio.

No conoce las tiendas.

No conoce a las gentes

que se afanan en ellas.

No sabe a lo que vino.

No compra aquí la prensa.

Recuerda las esquinas

que los perros recuerdan.


Ventanas encendidas

le agrandan la tristeza.

Corazón traseúnte,

junto a las casas nuevas

camina vacilando,

como un hombre a quien llevan.

El viento del suburbio

se le enreda en las piernas.


La calle como entonces.

Como entonces ajena.

Y el aire oscurecido,

la noche que se acerca.

Cuando dobla la esquina

y aprieta el paso, sueña

que el tiempo no ha cambiado,

jugando a que regresa.


Luego pasa de largo,

y piensa: fue una época.


domingo, 26 de agosto de 2018

Sin piano propio (por Luis Ignacio Helguera)


Como el albañil que nunca tiene la casa que edifica
como el jardinero que vive en un cuartucho sin macetas
como la costurera que nunca tiene el vestido que cose
llegaba el afinador de pianos sin piano propio
llegaba con su hija y su maletín de médico
su oído absoluto atento al corazón del viejo Steinway
sus manos maestras entregadas a las cuerdas cardíacas
a su dentadura de marfil cariado
a sus pedales reumáticos
dejaba cada sonido en su sitio
cada acorde perfecto
y luego, para comprobarlo
medio interpretaba de memoria un nocturno de Chopin
hasta que, afinador de pianos,
daba notas falsas, un pasaje se le olvidaba
y sonreía y cerraba el piano
le pagaba el dueño
y se iba con su maletín de médico y su hija
que le tomaba la mano en la calle y lo miraba en lo alto
con una sonrisa.

sábado, 25 de agosto de 2018

Yo estaba en otro sitio (por Carmen Martín Gaite)


En la tarde de otoño,
cuando he abierto los ojos,
la voz dulce y sensata de mi madre
viene de otro hemisferio
que ya no sé alcanzar.
Habla de la merienda,
de sábanas planchadas
de poner el termómetro.
Y un bullicio de niños
que salen de la escuela
brinda desde la calle
un contrapunto lánguido,
entreverando pausas que se estiran.
Yo estaba en otro sitio
–¿dónde estaba?–.
De todo lo que veo y lo que oigo
me separa el sabor del paladar,
una sed agridulce.

Pues parece que tienes menos fiebre.
Ahora te traigo el agua de limón.

No es eso, no era eso.
Yo estaba en otro sitio.
Al raso. Corría el aire.
Nadie me conocía.
Había ruido. Había riesgo.
Va a repetirse todo, me aburre esta función.
No cierres el balcón,
espera, te lo pido, un momentito más,
que no entra frío,
no corras todavía la cortina.
Deja abierta, mi dulce carcelera,
la ranura del sueño.
Ella me mira y dice:
Tienes los ojos tristes, ¿en qué piensas?
En nada, digo yo. Y sus pasos se alejan.

Podría huir ahora.
En los cuentos de niños
resultaba tan fácil la transfiguración,
el brinco audaz y súbito.

No quiero más paredes,
más mantas ni jarabes,
yo sé lo que me cura y lo que no,
respirar de otro modo necesito.
Ahora mismo podría,
si tú me dieras fuerzas,
oh hermano Peter Pan,
saltar desde la cama hasta el balcón,
del balcón a la torre de la iglesia,
donde los monaguillos ya se aprestan
a iniciar un tañido
que nunca es aventura.
¡Oh, el riesgo de salir,
arrebujada en camisón liviano
a conjurar la fiebre,
desafiando el frío de la tarde,
sobrevolando plazas y callejas,
ventanas que se encienden
y bultos de mujeres que acuden al rosario,
esquivar en zigzag el campaneo
de toda la ciudad,
abrirse al campo ignoto, sin paredes!



viernes, 24 de agosto de 2018

Fue un milagro (por Miguel Ángel Zapata)


Mi loro ha muerto en una clínica de Huntington. Su vida fue un milagro. Era la envidia de todos los pájaros del vecindario. Cantó durante cinco años una pieza de Boccherini y un par de rancheras mexicanas que se sabía de memoria. En sus días agitados silbaba a las muchachas que pasaban por la acera de mi casa.

Cuando estaba alegre, la casa era un jolgorio. Sus silbidos armoniosos contagiaban de alegría a los pericos envidiosos de la otra jaula. Yo mejor hubiese sido canario, me decía: la muerte es una canción de cuna bajo un tremendo álamo que nos protege. Al álamo le gusta su familia, y deja caer sus hojas como moneda ensangrentada. Es un cielo enorme desde donde se ven las cascadas, las alas de las aves que retornan a ver el agua del principio.

Hoy estoy triste. Mi loro era un pedazo de cielo en este mundo de miedo.


jueves, 23 de agosto de 2018

El embargo (por José Mª Gabriel y Galán)


Señol jues, pasi usté más alanti
y que entrin tos esos,
no le dé a usté ansia
no le dé a usté mieo...

Si venís antiayel a afligila
sos tumbo a la puerta. ¡Pero ya s'ha muerto!

¡Embargal, embargal los avíos,
que aquí no hay dinero:
lo he gastao en comías pa ella
y en boticas que no le sirvieron;
y eso que me quea,
porque no me dio tiempo a vendello,
ya me está sobrando,
ya me está gediendo!

Embargal esi sacho de pico,
y esas jocis clavás en el techo,
y esa segureja
y ese cacho e liendro...

¡Jerramientas, que no quedi una!
¿Ya pa qué las quiero?
Si tuviá que ganalo pa ella,
¡cualisquiá me quitaba a mí eso!
Pero ya no quio vel esi sacho,
ni esas jocis clavás en el techo,
ni esa segureja
ni ese cacho e liendro...

¡Pero a vel, señol jues: cuidaíto
si alguno de ésos
es osao de tocali a esa cama
ondi ella s'ha muerto:
la camita ondi yo la he querío
cuando dambos estábamos güenos;
la camita ondi yo la he cuidiau,
la camita ondi estuvo su cuerpo
cuatro mesis vivo
y una nochi muerto!

¡Señol jues: que nenguno sea osao
de tocali a esa cama ni un pelo,
porque aquí lo jinco
delanti usté mesmo!
Lleváisoslo todu,
todu, menus eso,
que esas mantas tienin
suol de su cuerpo...
¡y me güelin, me güelin a ella
ca ves que las güelo!...


miércoles, 22 de agosto de 2018

La noche que morí (por Randall Jarrell)


No fue el morir: todos mueren.
No fue el morir: ya habíamos muerto antes
en los accidentes rutinarios—y nuestros comandantes
llamaron a la prensa, escribieron a nuestras casas,
y aumentó la estadística, todo por causa de nosotros.
Morimos en una página de almanaque que no era la nuestra.
Desparramados sobre montañas a cincuenta millas de distancia.
Cayendo de cabeza en un pajar, peleando con un amigo,
nos encendimos en las líneas que nunca vimos.
Morimos como hormigas o perritos extranjeros.
(Cuando salimos de la escuela nada había muerto que nos hiciera comprender que podíamos morir así.)
En nuestros aviones, con nuevas tripulaciones, bombardeamos
los blancos del desierto o de la costa,
disparamos sobre los objetivos remolcados, esperamos a ver qué tantos
nos apuntamos, y pasamos a ser relevos y despertamos
una mañana, sobre Inglaterra, en operaciones.
No fue diferente: pero si morimos
no fue por accidente sino por error
(por un error muy fácil de cometer).
Leíamos nuestras cartas y contábamos nuestros vuelos—
En bombarderos con nombres de muchachas, incendiábamos
las ciudades que aprendimos en la escuela—
Hasta que se nos acabó la vida. Nuestros cuerpos quedaron
con los de la gente que matamos sin conocerla.
Cuando durábamos lo suficiente, nos daban medallas;
cuando moríamos decían “Nuestras bajas fueron pocas”.
Dijeron “Aquí están los mapas”; quemamos las ciudades.
No fue el morir, no, no el tener que morir;
pero la noche que morí, soñé que estaba muerto,
y las ciudades me dijeron “¿Por qué estás muriendo?
Estamos conformes, si tú lo estás”. Pero ¿por qué morí yo?

martes, 21 de agosto de 2018

Pasar lista a las cosas (por Roberto Juarroz)


Periódicamente
es necesario pasar lista a las cosas,
comprobar otra vez su presencia.

Hay que saber si todavía están allí los árboles,
si los pájaros y las flores continúan su torneo inverosímil,
si las claridades escondidas siguen suministrando la raíz de la luz,
si los vecinos del hombre se acuerdan aún del hombre,
si dios ha cedido su espacio a un reemplazante,
si tu nombre es tu nombre o es ya el mío,
si el hombre completó su aprendizaje de verse desde afuera.

Y al pasar lista es preciso evitar un engaño:
ninguna cosa puede nombrar a otra.

Nada debe reemplazar a lo ausente.


lunes, 20 de agosto de 2018

Quizá ni ella misma lo sabe (por Sujata Bhatt)


Esta es una historia
que he oído
infinidad de veces, siempre contada
por mi padre durante la cena
siempre contada a manera de prefacio
de una nueva cuestión filosófica
que quiere plantear.

Quizás debido a que
he escuchado esta historia
tantas veces, ahora
ya no oigo las palabras
que mi padre repite.
En cambio, la escena se despliega
en mi mente, muy adentro del ojo de mi alma
parpadea, da brincos como esas viejas películas
mudas, en blanco y negro.

Ya pasa de la medianoche
casi la una y mi abuelo
está a punto de entrar a la casa.
Ha estado todo el día trabajando como siempre
con los pobres, tratando de ayudar
a los rechazados hariyanes.

Al abrir la puerta
de su propia casa ha encontrado a mi abuela
cerrándole el paso.
La brahmina ortodoxa Ajwali Ba
le pide que primero se bañe
afuera con un balde de agua fría
por allá, cerca del huerto
antes de entrar.
Está muy cansado, le ruega.
Pero ella insiste, de pie, guardando su distancia
para que no la manche con el más mínimo roce.
Con apenas su larga camisa blanca
llena de polvo del camino
pero para ella mucho más sucia por haber sido tocada
por otras castas; impura
para ella particularmente debido
a esos marginados…
Con que su camisa rozara
su sari, lo mandaría furiosa
a darse otro baño
y a ponerse ropa limpia.
Sabiendo todo esto él permanece
en la entrada.

Ella no cambiará
las reglas.
“Si es así, dormiré en el jardín”
decide él y se va.

Entonces hay una pausa
durante la cual Nanabhai
se interna en la oscuridad
del jardín,
y Ajwali Ba se queda adentro
escuchando la oscuridad de la casa
en la que sus hijos duermen
ignorantes de todo.

Unos minutos después,
digamos unos diez minutos después,
sale apresurada de la casa,
cruza corriendo el patio,
baja a saltos las escaleras
que llevan a la huerta de mangos
y se reúne con él.

Esta es la parte que a mí más me gusta.
Me gusta pensar en ella, todavía
una mujer joven, corriendo
escaleras abajo con el mismo apremio
que yo sentía al bajar por ellas a los ocho años, a los diecisiete,
a los veintiséis…

Nunca sabremos qué
le hizo cambiar de opinión.
Quizá ni ella misma lo sabe.
Pero puedo sentir su audaz desplante
sus enérgicos y fuertes brazos
arremetiendo contra el aire
—y las cejas de media luna que yo heredé
y su impaciencia por entenderlo a él…

La narración de mi padre termina aquí
en el lugar donde ellos descansan
uno junto al otro.
Pero la película continúa
en mi mente:
Ahora ya están juntos,
Nanabhai y Ajwali Ba.
Él seguramente dormido, exhausto
sin soñar.
¿Y ella?

Yo la veo alerta, pensativa.
Como sabe que no puede dormir
ni siquiera se preocupa
por cerrar los ojos.
La veo mirando al cielo
disfrutando un juego íntimo
en el que desenreda las estrellas
y las reacomoda
en sus constelaciones correctas.


domingo, 19 de agosto de 2018

Y ya no encontrarás en mi alma a nadie (por César Vallejo)


Verano, ya me voy. Y me dan pena
las manitas sumisas de tus tardes.
Llegas devotamente; llegas viejo;
y ya no encontrarás en mi alma a nadie.

Verano! Y pasarás por mis balcones
con gran rosario de amatistas y oros,
como un obispo triste que llegara
de lejos a buscar y bendecir
los rotos aros de unos muertos vivos.

Verano, ya me voy. Allá, en septiembre
tengo una rosa que te encargo mucho;
la regarás de agua bendita todos
los días de pecado y de sepulcro.

Si a fuerza de llorar el mausoleo,
con luz de fe su mármol aletea,
levanta en alto tu responso, y pide
a Dios que siga para siempre muerta.
Todo ha de ser ya tarde;
y tú no encontrarás en mi alma a nadie.

Ya no llores, Verano! En aquel surco
muere una rosa que renace mucho.


sábado, 18 de agosto de 2018

¿Volvería a caer? (por Juan Gil Albert)


Si volviera a vivir por estos valles
¿volvería a caer? Me extrañaría
que no lo hiciera.
Veo en esos ojos
el mismo fuego aquel, la dulce llama
que me perdió en su día.
Veo el paso
de quien deja flotar tras de sus hombros
las alas del deseo.
Veo en blancos
muros que trepan frente al mar las rosas
latiendo ensimismadas.
Veo viñas
que las abejas pican rescatando
su miel de oro.
Veo en la azotea
las ropas como velas de un navío
que nos arrastraran lejos.
Veo el monte
crepitando de sol y siento dentro
recorrerme sutil como un fluido
algo que necesita mi concurso
para integrarse entero en la armonía
que me circunda.
Nada ha cambiado.
Tierra, divinidad, delicia, tierra.
Todo está en pie, incitante, extraño, hermoso.
Volvería a caer.


viernes, 17 de agosto de 2018

Acreciento el misterio (por Lucian Blaga)


Yo no aplasto la corola de milagros del mundo
y no destruyo con mi pensamiento
los misterios que en mi camino encuentro
en flores, en ojos, sobre labios o tumbas.
Otros con su inteligencia
ahogan el encanto de lo impenetrable, de lo escondido
en los abismos oscuros,
pero yo con mi luz acreciento el misterio del mundo;
y así como la luna con sus rayos brillantes
no disminuye, sino temblorosa
extiende aún más el secreto de la noche,
así yo enriquezco el sombrío horizonte
con amplios estremecimientos de sagrado misterio;
y todo lo que es incomprensible
se torna aún más incomprensible
bajo mis ojos
pues así yo amo
flores y ojos y labios y tumbas.


jueves, 16 de agosto de 2018

Y antes de arrojarlo (por Dalí Corona)


Lo levanté mucho más temprano que otros días

porque ahora la entrada es a las ocho.

Desayunamos fuerte;

le puse en la mochila varios lápices y gomas

y dos paquetes de colores, por si acaso.

Lo abrigué completamente

y le prohibí quitarse la chamarra

a pesar de que el sol ya comenzaba a calentarnos.


Con un cordón até a su cuello

un letrero que indicaba que ese niño

era el mío.


Lo acerqué a la puerta

y antes de arrojarlo a la soledad de la primaria

le dije que mi amor por él es infinito.

Se dirigió a la fila,

que es el patíbulo primero que recuerdo,

y vi cómo valientemente

caminó, sin voltear, hacia el salón.


miércoles, 15 de agosto de 2018

Un río (por Javier Heraud)


1

Yo soy un río,
voy bajando por
las piedras anchas,
voy bajando por
las rocas duras,
por el sendero
dibujado por el
viento.
Hay árboles a mi
alrededor sombreados
por la lluvia.
Yo soy un río,
bajo cada vez más
furiosamente,
más violentamente
bajo
cada vez que un
puente me refleja
en sus arcos.

2

Yo soy un río

un río
un río
cristalino en la
mañana.
A veces soy
tierno y
bondadoso. Me
deslizo suavemente
por los valles fértiles,
doy de beber miles de veces
al ganado, a la gente dócil.
Los niños se me acercan de
día,
y
de noche trémulos amantes
apoyan sus ojos en los míos,
y hunden sus brazos
en la oscura claridad
de mis aguas fantasmales.

3

Yo soy el río.
Pero a veces soy
bravo
y
fuerte
pero a veces
no respeto ni a
la vida ni a la
muerte.
Bajo por las
atropelladas cascadas,
bajo con furia y con
rencor,
golpeo contra las
piedras más y más,
las hago una
a una pedazos
interminables.
Los animales
huyen,
huyen huyendo
cuando me desbordo
por los campos,
cuando siembro de
piedras pequeñas las
laderas,
cuando
inundo
las casas y los pastos,
cuando
inundo
las puertas y sus
corazones,
los cuerpos y
sus
corazones.

4

Y es aquí cuando
más me precipito
Cuando puedo llegar
a
los corazones,
cuando puedo
cogerlos por la
sangre,
cuando puedo
mirarlos desde
adentro.
Y mi furia se
torna apacible,
y me vuelvo
árbol,
y me estanco
como un árbol,
y me silencio
como una piedra,
y callo como una
rosa sin espinas.

5

Yo soy un río.
Yo soy el río
eterno de la
dicha. Ya siento
las brisas cercanas,
ya siento el viento
en mis mejillas,
y mi viaje a través
de montes, ríos,
lagos y praderas
se torna inacabable.

6

Yo soy el río que viaja en las riberas,
árbol o piedra seca
Yo soy el río que viaja en las orillas,
puerta o corazón abierto
Yo soy el río que viaja por los pastos,
flor o rosa cortada
Yo soy el río que viaja por las calles,
tierra o cielo mojado
Yo soy el río que viaja por los montes,
roca o sal quemada
Yo soy el río que viaja por las casas,
mesa o silla colgada
Yo soy el río que viaja dentro de los hombres,
árbol fruta
rosa piedra
mesa corazón
corazón y puerta
retornados.

7

Yo soy el río que canta
al mediodía y a los
hombres,
que canta ante sus
tumbas,
el que vuelve su rostro
ante los cauces sagrados.

8

Yo soy el río anochecido.
Ya bajo por las hondas
quebradas,
por los ignotos pueblos
olvidados,
por las ciudades
atestadas de público
en las vitrinas.
Yo soy el río
ya voy por las praderas,
hay árboles a mi alrededor
cubiertos de palomas,
los árboles cantan con
el río,
los árboles cantan
con mi corazón de pájaro,
los ríos cantan con mis
brazos.

9

Llegará la hora
en que tendré que
desembocar en los
océanos,
que mezclar mis
aguas limpias con sus
aguas turbias,
que tendré que
silenciar mi canto
luminoso,
que tendré que acallar
mis gritos furiosos al
alba de todos los días,
que clarear mis ojos
con el mar.
El día llegará,
y en los mares inmensos
no veré más mis campos
fértiles,
no veré mis árboles
verdes,
mi viento cercano,
mi cielo claro,
mi lago oscuro,
mi sol,
mis nubes,
ni veré nada,
nada,
únicamente el
cielo azul,
inmenso,
y
todo se disolverá en
una llanura de agua,
en donde un canto o un poema más
sólo serán ríos pequeños que bajan,
ríos caudalosos que bajan a juntarse
en mis nuevas aguas luminosas,
en mis nuevas
aguas
apagadas.

martes, 14 de agosto de 2018

Con su pequeñez (por Fernando Pessoa)


Despierto de noche repentinamente,

y mi reloj ocupa la noche entera.

No siento la naturaleza ahí afuera.

Mi cuarto es una cosa oscura con paredes vagamente blancas.

Ahí afuera hay un sosiego como si nada existiera.

Sólo el reloj prosigue su ruido.

Y esta pequeña cosa de engranajes que está encima de mi mesa

ahoga toda la existencia de la tierra y del cielo...

Casi me pierdo, pensando en lo que esto significa,

pero me vuelvo, y me siento sonreír en la noche con las comisuras de la boca,

porque la única cosa que mi reloj simboliza o significa

al llenar con su pequeñez la noche enorme

es la curiosa sensación de llenar la noche enorme

con su pequeñez...



lunes, 13 de agosto de 2018

Una carroña (por Charles Baudelaire)


Recuerda lo que vimos, alma mía,
esa mañana de verano tan dulce:
a la vuelta de un sendero una carroña infame
en un lecho sembrado de guijarros,

con las piernas al aire, como una mujer lúbrica,
ardiente y sudando los venenos
abría de un modo negligente y cínico
su vientre lleno de exhalaciones.

El sol brillaba sobre esta podredumbre,
como para cocerla en su punto,
y devolver ciento por uno a la gran Naturaleza
todo lo que en su momento había unido;

y el cielo miraba el espléndido esqueleto
como flor que se abre.
Tan fuerte era el hedor que tú, en la hierba
creíste desmayarte.

Zumbaban las moscas sobre este vientre pútrido
del cual salían negros batallones
de larvas que manaban como un líquido espeso
por aquellos andrajos vivientes.

Todo aquello descendía y subía como una ola,
o se lanzaba chispeante.
Se habría dicho que el cuerpo, hinchado por un aliento vago,
vivía y se multiplicaba.

Y este mundo producía una música extraña
como el agua que corre y el viento
o el grano que un cribador con movimiento rítmico
agita y voltea con su instrumento.

Las formas se borraban y no eran más que un sueño,
un esbozo tardío en aparecer
en la tela olvidada, y que el artista acaba
sólo de memoria.

Detrás de las rocas una perra inquieta
nos miraba con ojos enfadados,
espiando el momento de recuperar en el esqueleto
el trozo que había soltado.

Y, sin embargo, tú serás igual que esta basura,
que esta horrible infección,
¡estrella de mis ojos, sol de mi naturaleza,
tú, mi ángel y mi pasión!

¡Sí! así serás tú, oh reina de las gracias,
después de la extrema unción,
cuando vayas, bajo la hierba y las fértiles florescencias,
a enmohecer entre las osamentas.

Entonces, oh belleza mía, di a los gusanos
que te comerán a besos
¡que he guardado la forma y la esencia divina
de mis amores corrompidos!


domingo, 12 de agosto de 2018

Pero los gallos cantaron tres veces (por Lucian Blaga)


No te escribiría ni siquiera este renglón,
pero los gallos cantaron tres veces en la noche
y tuve que gritar
Dios mío, Dios mío, ¿de quién renegué?

Soy más viejo que tú, madre,
pero así como tú me conoces:
algo cargado de espaldas,
inclinado sobre las preguntas del mundo.

Hasta hoy no entiendo aún por qué me enviaste a la luz.
¿Solamente para andar entre las cosas
y hacerles justicia, diciéndoles
cuál es más verdadera, cuál es más hermosa?
La mano se me detiene: es muy poco.
La voz se me apaga: es muy poco.
¿Por qué me enviaste a la luz, madre,
por qué me enviaste?

Mi cuerpo cae a tus pies,
pesado como un pájaro muerto.


sábado, 11 de agosto de 2018

Eran todavía los mismos (por Sara Teasdale)


Después de un año he vuelto de nuevo al lugar;
las luces incansables y el eco,
el irritado trueno de trenes que horadan la tierra,
la gente atormentada y apresurada, eran todavía los mismos,
¿pero, oh, otro hombre junto a mí, no tú!
¡otra voz y otros ojos en los míos!
Y de pronto me volví y vi de nuevo
las brillantes curvas en las vías, el puente en lo alto,
habían sido marcados profundamente en mi corazón,
la noche que los miré para evitar tus ojos,
cuando decías: «¡Oh, mírame!»
cuando decías: «¿No me amarás nunca?»
y cuando respondí con una mentira. Oh entonces
bajaste la vista. Sentí tu dolor absoluto.
Hubiera dado la vida por decirte la verdad.

Después de un año he vuelto de nuevo al lugar –
la gente atormentada y apresurada era todavía la misma.


viernes, 10 de agosto de 2018

Su sencillo coraje de quererme (por Mario Benedetti)


Usted martín santomé no sabe
cómo querría tener yo ahora
todo el tiempo del mundo para quererlo
pero no voy a convocarlo junto a mí
ya que aun en el caso de que no estuviera
todavía muriéndome
entonces moriría
sólo de aproximarme a su tristeza.

usted martín santomé no sabe
cuánto he luchado por seguir viviendo
cómo he querido vivir para vivirlo
porque me estoy muriendo santomé

usted claro no sabe
ya que nunca lo he dicho
ni siquiera
en esas noches en que usted me descubre
con sus manos incrédulas y libres
usted no sabe cómo yo valoro
su sencillo coraje de quererme

usted martín santomé no sabe
y sé que no lo sabe
porque he visto sus ojos
despejando
la incógnita del miedo

no sabe que no es viejo
que no podría serlo
en todo caso allá usted con sus años
yo estoy segura de quererlo así.

usted martín santomé no sabe
qué bien, qué lindo dice
avellaneda
de algún modo ha inventado
mi nombre con su amor

usted es la respuesta que yo esperaba
a una pregunta que nunca he formulado
usted es mi hombre
y yo la que abandono
usted es mi hombre
y yo la que flaqueo

usted martín santomé no sabe
al menos no lo sabe en esta espera
qué triste es ver cerrarse la alegría
sin previo aviso
de un brutal portazo

es raro
pero siento
que me voy alejando
de usted y de mí
que estábamos tan cerca
de mí y de usted

quizá porque vivir es eso
es estar cerca
y yo me estoy muriendo
santomé
no sabe usted
qué oscura
qué lejos
qué callada
usted
martín
martín cómo era
los nombres se me caen
yo misma me estoy cayendo

usted de todos modos
no sabe ni imagina
qué sola va a quedar
mi muerte
sin
su
vi
da.



jueves, 9 de agosto de 2018

Ella me daba ruibarbo (por John Jairo Junieles)


Mi madre aseguraba que una taza de ruibarbo
podía curarlo todo, hasta los males del amor.

Mi padre pensaba que un poco de dinero
era mejor que el ruibarbo y el amor
(además, podía comprar mucho más que eso).

Cuando yo tenía fiebre o estaba triste
ella me daba ruibarbo.
Mi padre me dejaba algunas monedas.

Cuando ella murió él se metió en su cuarto,
apagó la luz y sentí que lloraba bajito.
Jamás lo había visto hacer esas cosas
y el aire empezó a faltarme.

Toqué la puerta y cuando me abrió
dejé en su mano una moneda.


miércoles, 8 de agosto de 2018

En memoria (por Giuseppe Ungaretti)


Se llamaba
Mohamed Sceab

Descendiente
de emires de nómadas
suicida
porque no tenía ya
Patria

Amó a Francia
y cambió de nombre

Fue Marcel
pero no era francés
y no sabía ya
vivir
en la tienda de los suyos
donde se escuchaba la cantilena
del Corán
saboreando un café

Y no sabía
entonar
el canto
de su abandono

Le he acompañado
junto a la patrona del hotel
donde vivíamos
en París
en el número 5 de la rue des Carmes
marchito callejón en bajada

Reposa
en el camposanto de Ivry
suburbio donde parece
ser siempre el día
de una
destartalada feria

Y quizá sólo yo
sé aún
que vivió



martes, 7 de agosto de 2018

¿Por qué me despertaste? (por Fernando Pessoa)



¡Maestro, mi querido maestro!

¡Corazón de mi cuerpo intelectual y entero!

¡Vida del origen de mi inspiración!

Maestro, ¿qué se hizo de ti en esta forma de vida?

No te importó si morías, si vivirías, ni tú ni nada,

alma abstracta y visual hasta los huesos,

atención maravillosa al mundo exterior siempre múltiple,

refugio de nostalgias de todos los dioses antiguos,

espíritu humano de la tierra materna,

flor encima del diluvio de la inteligencia subjetiva...

¡Maestro, mi maestro!

En la angustia sensacionista de todos los días sentidos,

en la amargura cotidiana de las matemáticas del ser,

yo, esclavo de todo como un polvo de todos los vientos,

¡alzo las manos hacia ti, que estás lejos, tan lejos de mí!

¡Mi maestro y mi guía!

A quien ninguna cosa hirió, ni dolió, ni perturbó,

seguro como un sol haciendo su día involuntariamente,

natural como un día mostrándolo todo,

Maestro mío, mi corazón no aprendió tu serenidad.

Mi corazón no aprendió nada.

Mi corazón no es nada,

mi corazón está perdido.

Maestro, sólo sería como tú si yo hubiera sido tú.

¡Qué triste la gran hora alegre en que primero te oí!

Después todo es cansancio en este mundo subjetivado,

todo es esfuerzo en este mundo donde se quieren cosas,

todo es mentira en este mundo donde se piensan cosas,

todo es otra cosa en este mundo donde todo se siente.

Después, he sido como un mendigo dejado a la intemperie

por la indiferencia de toda la aldea;

después, he sido como las hierbas arrancadas,

dejadas en manojos en alineamientos sin sentido;

después, he sido yo; sí, yo, para mi desgracia,

y yo, por mi desgracia, no soy yo ni otro ni nadie;

después, ¿por qué enseñaste la nitidez de la vista,

si no me pudiste enseñar a tener el alma con que verla clara?,

¿por qué me llamaste hacia lo alto de los montes

si yo, criatura de las ciudades del valle, no sabía respirar?,

¿por qué me diste tu alma si yo no sabía qué hacer con ella

como quien está cargado de oro en un desierto,

o canta con voz divina entre las ruinas?,

¿por qué me despertaste para la sensación y el alma nueva,

si yo no sabré sentir, si mi alma es siempre mía?

Pluguiera al Dios ignoto que siempre fuera yo aquel

poeta decadente, estúpidamente pretencioso,

que podría al menos venir a agradar,

y no surgiera en mí la pavorosa ciencia de ver.

¿Para qué me hiciste yo? ¡Me hubieras dejado ser humano!

Feliz el hombre ordinario,

que tiene su tarea cotidiana normal, tan leve aunque pesada,

que tiene su vida común,

para quien el placer es placer y el recreo es recreo,

que duerme el dormir,

que come comida,

que bebe bebida, y por eso tiene alegría.

La calma que tenías, me la diste, y me fue inquietud.

Me liberaste, pero el destino humano es ser esclavo.

Me despertaste, pero el sentido del ser humano es dormir.


lunes, 6 de agosto de 2018

Mantente tú (por Irene Sánchez Carrión)


Mantén, camino, tú, la esperanza.

Van cayendo los días
en las secas cunetas de mis años,
pasan las estaciones,
otros son los viajeros que hoy marchan a mi lado,
ha caído algún árbol que estuvo antes erguido
y las aves que perdieron el rumbo
vuelan ya de regreso.

Mantente tú, camino,
con cansancio y con sed, con hambre y con deseo,
y dame tus placeres,
tu empinada hermosura hacia el ocaso.


domingo, 5 de agosto de 2018

Cómo estás en mí (por Pedro Humire Loredo)


Me partes a mí
y al tiempo,
Parinacota de los pedregales,
lugar primero, madrugada del universo,
iniciación de los sentimientos,
donde piensa el viento grande
y se encuentran las edades.

Cuando nos conocimos
me envolviste con tu grito
y tuve la sensación de hundirme

en tu perennidad,
Parinacota, residencia de mi espíritu.

Dejé marcada en tus adobes
mi locura,
y se partió la blanca pared de las casas
cuando te conté aquello,
Parinacota de mi recuerdo.

Los dos llorábamos,
el ave bajó al arbusto
a sepultar su plumaje;
mas hará navegar su canto
hoy y siempre
en mi profundidad
y en los reflejos de tu laguna.

Tristemente vimos a las vicuñas
doblegar su salvaje trote frente a la muerte,
pero desde aquel tiempo
siento correr la dulce sensibilidad de ellos
entre mi sangre,
Parinacota, mi necesario hallazgo.

¡Cómo estás en mi!
que cuando te sueño
me responde tu ventarrón,
ese de tus tardes,
de tu lluvia,
de tus confidencias en esa blancura
del tiempo de invierno,
de esos días en que buscas
y corres riendo sobre tus penas
o llorando frente a tu encuentro.

Nuestra dulce desgracia, Parinacota,
los dos la guardaremos,
no habrá más quien la sepa.
Yo te entregué mi locura
y tú me confiaste el frío de tu tristeza
en el lenguaje perenne de América…
Todo multiplicará entre tú y yo solamente.
Parinacota, maternal huella encontrada.


sábado, 4 de agosto de 2018

¿Qué os parece mi cara abofeteada? (por Nicanor Parra)


Considerad, muchachos,
esta lengua roída por el cáncer:
soy profesor en un liceo oscuro
he perdido la voz haciendo clases.
(Después de todo o nada
hago cuarenta horas semanales).
¿Qué os parece mi cara abofeteada?
¡Verdad que inspira lástima mirarme!
Y qué decís de esta nariz podrida
por la cal de la tiza degradante.

En materia de ojos, a tres metros
no reconozco ni a mi propia madre.
¿Qué me sucede? — Nada.
Me los he arruinado haciendo clases:
la mala luz, el sol,
la venenosa luna miserable.
Y todo para qué:
para ganar un pan imperdonable
duro como la cara del burgués
y con sabor y con olor a sangre.
¡Para qué hemos nacido como hombres
si nos dan una muerte de animales!

Por el exceso de trabajo, a veces
veo formas extrañas en el aire,
oigo carreras locas,
risas, conversaciones criminales.
Observad estas manos
y estas mejillas blancas de cadáver,
estos escasos pelos que me quedan,
¡estas negras arrugas infernales!
Sin embargo yo fui tal como ustedes,
joven, lleno de bellos ideales,
soñé fundiendo el cobre
y limando las caras del diamante:
aquí me tienen hoy
detrás de este mesón inconfortable
embrutecido por el sonsonete
de las quinientas horas semanales.


viernes, 3 de agosto de 2018

Mientras tanto (por José Emilio Pacheco)


En un prendedor de plata
la antigüedad de la herrumbre
que han dejado la sal y el mar del tiempo.

Este recubrimiento vela el día
en que salió a la luz de la novedad
un objeto
destinado a la oscura pátina.

Debe de haber
deidades o demonios que manipulen el tiempo
y digan: “Todo
nace para ofrendarse a la erosión.
Sólo nosotros
perseveramos en seguir aquí,
inmutables y crueles
como espuma que a cada instante
impone su levedad a la pesadumbre
de la roca marina,
bajo la evanescencia corrosiva
que muerde todo y demuele todo”.

Hay sustancias
para quitarle a la humilde joya
la cadena que la aprisiona
en un ayer inasible.

Ahora está “como nueva”
pero no es nueva.
En su vistosidad reluciente
se dibuja más bien un simulacro
de antigua juventud.

Por un instante se borra
la noche inmensa en donde estuvo guardado
—¿por qué incógnita historia?—
este objeto.

Al tocarlo siento la piel
de la muchacha que por primera vez se lo puso.
¿Cuándo?
Digamos por decir algo
mil novecientos treinta y nueve.

El tacto me permite verla hermosísima
en un baile del Ciro´s o el Country Club
o en el Hotel Montejo que se llevó el terremoto.

Ya no está aquí la muchacha.
Los lugares también se fueron.
Todo ese mundo
ya se ha desvanecido como hoy se disipa este otro
que mientras tanto se va cubriendo de pátina.


jueves, 2 de agosto de 2018

Cuánto me queda aún (por Rabindranath Tagore)


No se ha puesto el sol todavía
y aún no ha empezado la feria
que han montado en la ribera.
Pensé que había perdido
todo mi tiempo y mis monedas;
pero no, hermano mío, algo me queda aún.
La suerte no me lo ha quitado todo.

He acabado mi negocio.
Están hechas las cuentas
y regreso a mi hogar.
¿Qué he de pagarte, guardián?
Tranquilízate, algo me queda aún.
La suerte no me lo ha quitado todo.

Se ha detenido el viento
y las nubes oscuras y bajas del crepúsculo
no anuncian nada bueno.
El agua espera callada el vendaval.
Voy a pasar al otro lado del río
pues tengo miedo de que caiga la noche.
¿Me pides el dinero del viaje, barquero?
Sí, hermano mío, algo me queda aún.
La suerte no me lo ha quitado todo.

Un mendigo se ha sentado
a la vera del camino debajo de un árbol.
Me mira esperando con timidez.
Es muy posible que crea que llevo mucho dinero.
Sí, hermano mío, algo me queda aún.
La suerte no me lo ha quitado todo.

Ya ha caído la noche
y se ha desvanecido el camino desierto.
Brillan las luciérnagas en medio de las frondas.
¿Quién me andará siguiendo en silencio,
ocultándose si me vuelvo a mirar?
¿Quieres robarme, verdad?
Pues no te marcharás con las manos vacías,
porque algo me queda aún.
La suerte no me lo ha quitado todo.

Luego, cuando a medianoche llego a mi casa
con la bolsa sin nada,
tú me estas aguardando en la puerta,
con un mirar ansioso,
insomne y silenciosa; y te echas en mi regazo
como un tímido pájaro, llena de amor.
Sí, sí, ¡Dios mío! ¡Cuánto me queda aún!
¡La suerte no me lo ha quitado todo!


miércoles, 1 de agosto de 2018

Como sólo podían sus ojos (por Roberto Bolaño)


Te visitan en la hora más oscura
todos tus amores perdidos.
El camino de tierra que conducía al manicomio
se despliega otra vez como los ojos
de Edna Lieberman,
como sólo podían sus ojos
elevarse por encima de las ciudades
y brillar.
Y brillan nuevamente para ti
los ojos de Edna
detrás del aro de fuego
que antes era el camino de tierra,
la senda que recorriste de noche,
ida y vuelta,
una y otra vez,
buscándola o acaso
buscando tu sombra.
Y despiertas silenciosamente
y los ojos de Edna
están allí.
Entre la luna y el aro de fuego,
leyendo a sus poetas mexicanos
favoritos.
¿Y a Gilberto Owen,
lo has leído?,
dicen tus labios sin sonido,
dice tu respiración
y tu sangre que circula
como la luz de un faro.
Pero son sus ojos el faro
que atraviesa tu silencio.
Sus ojos que son como el libro
de geografía ideal:
los mapas de la pesadilla pura.
Y tu sangre ilumina
los estantes con libros, las sillas
con libros, el suelo
lleno de libros apilados.
Pero los ojos de Edna
sólo te buscan a ti.
Sus ojos son el libro
más buscado.
Demasiado tarde
lo has entendido, pero
no importa.
En el sueño vuelves
a estrechar sus manos,
y ya no pides nada.