zUmO dE pOeSíA

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de todos los colores, de todos los sabores

ALEATORIUM: Saca un poema de nuestro almacén

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viernes, 31 de octubre de 2014

Incógnita (por Antonio Rivero Taravillo)


Con su tiza,

las estrellas

en el cielo

van desgranando su álgebra.

–¿Existe Dios o no existe?

–Duda -afirma,

blanca y negra,

la pizarra.

jueves, 30 de octubre de 2014

Haberlo visto todo (por Jaime García-Máiquez)


A veces, observando a la gente ambulante

por los lentos pasillos del Museo del Prado

no puedo contenerme, y me pongo a su lado

para saber qué opina –con un gesto pedante-

de un conde, un santo, un dios, o de un perro elegante.

Os aseguro que lo mejor que he escuchado

son esos comentarios del niño malhablado

al mirar a una venus desnuda por delante.


Cuando esa gente huye y en la misma salida

afirma ciegamente haberlo visto todo,

no haber dejado atrás ni una sala olvidada,

me entristezco pensando que hay quien deja la vida

jactándose saciada de eso mismo, de modo

que mirándolo todo no han contemplado nada.

miércoles, 29 de octubre de 2014

Quieta en mi recuerdo (por Julio Inverso)


Ella siempre sonríe en mi recuerdo. La sonrisa es su patria. Allí la dejé. Mi sueño y mi recuerdo más antiguo es su sonrisa. Lo demás son tinieblas y vagas metafísicas. A veces hay un brillo (de los ojos), una mano que viene, refrenada y marítima (hasta podría imaginar que esa mano alcanza mi pelo). Quizás podría reconstruir, con algún esfuerzo, a aquella mujer y tenerla, nueva, y tenerla a mi lado: una mujer hecha de visiones, fervores y anhelos. Pero, al final, ella está quieta en mi recuerdo, cardinal y levemente maligna, inaugurando para mí el amor, cambiándome el curso de la era, mientras sigo a sus pies, hablando del amor, como aquella noche.

Su sonrisa me basta. No necesito saber más para seguirla amando. Pero ahora, en cambio, está saliendo el sol y me sacudo esos penosos atributos, me despojo y me levanto, a sumarme a la algarabía y al concierto de las pequeñas cosas.


martes, 28 de octubre de 2014

Ladremos juntos (por Serguei Esenin)


Dame tu pata, como buena estrella, Jim.
Una pata igual no vi en mi vida.
Ladremos juntos este día tranquilo
a la cara de la luna que nos mira.
Dame tu pata, como buena estrella, Jim.
No seas así; no te relamas tanto...
Sólo quiero que caigas en la cuenta...
Porque tú no sabes lo que es esta vida,
ni que vivirla merece la pena.
Sé que tu dueño es amable y distinguido,
que por su casa pasan muchos caballeros.
Y todos ellos, sonriendo, pretenden
acariciar tu piel de terciopelo.
¡Eres, a lo perro, una hermosura!
Juguetón, ingenuo y cariñoso.
Y sin pedir a nadie explicaciones,
besas, como el amigo ebrio, a todos.
Amigo Jim, entre todos esos huéspedes,
¡hubo tantos así y de mil maneras!...
Dime, ¿aquella tan callada, la más triste,
no entró tal vez por esa puerta?
Ella vendrá, te juro que ella viene.
Y si por desgracia, yo, allí no estuviera,
lámele por mí su mano, con ternura,
por todo cuanto fui culpable e inocente.


lunes, 27 de octubre de 2014

Las cosas que no tengo (por Antonio Hernández)


Cuando digo “las cosas que no tengo”…
no me refiero a las que tuve,
a las que me rozaron, me refiero
a esa promesa que incumplió la vida,
a la caricia que sufrió mi piel
por no sentirla. Al beso que no di.
Al amor que no tuve y aún no ha caducado.
A lo que me acompaña hacia la muerte
como una sombra de otro cuerpo.


domingo, 26 de octubre de 2014

En el aire nocturno (por Walt Whitman)

Cuando escuché al astrónomo erudito,
cuando las pruebas, las cifras, fueron puestas en columnas delante de mí,
cuando me enseñaron los mapas y diagramas para sumarlos, dividirlos, medirlos,
cuando sentado escuché al astrónomo, con gran aplauso en el salón...
qué extrañamente rápido me harté,
hasta que levantándome y deslizándome me alejé solo
en el aire nocturno, místico y húmedo, y de tiempo en tiempo
miré en perfecto silencio las estrellas.


sábado, 25 de octubre de 2014

Sustracción (por Gemma Gorga)


Pesaban el cuerpo unos minutos antes de morir.

Pesaban el mismo cuerpo unos minutos después de morir.

Una simple sustracción matemática

debía indicarles el peso del alma.


Pienso en ello, ahora,

mientras sostengo el libro nuevo entre las manos,

las palabras todavía untuosas

como las plumas de un pájaro recién nacido.


Y me pregunto si, una vez leído,

también pesará menos.


Como un cuerpo cuando pierde el alma.

viernes, 24 de octubre de 2014

Si me desbordo (por Nizar Qabbani)


Si grito:
"te quiero mucho",
no me acalles.


Si pierdo la prudencia
y ciño tu cintura en la acera,
no me regañes.

Si destello en la reja de tus pechos,
como el relámpago, alguna noche,
no me apagues.

Si me desangro, como un gallo herido, en tus brazos,
no me cures.

Si transgredo las normas y las costumbres,
no me reprendas.

Ahora estoy en trance de la suprema locura.
Perderás la ocasión de tu vida
si no aprovechas mi locura.

Si me desbordo, como el mar, por tus playas,
no me contengas.

Si un día pido refugio al kohol de tus ojos,
no me arrojes.

Si me quiebro en fragmentos de luz sobre tus pies,
no me moltures.

Si cometo un crimen de amor,
si el color bronceado, fermentado en tus hombros, sacude mi fe,
si me comporto como un niño travieso
y empapo tu pezón de vino...
no me pegues.

Ahora estoy en trance de la gran locura.
Perderás la ocasión de tu vida
si no aprovechas mi locura.

Si escribo en pétalos de rosa
que te quiero...
te ruego que me leas.

Si duermo como un niño en los bosques de tu pelo,
no me despiertes.

Si te llevo por dote la leche de los pájaros,
no me rechaces.

Si envío mil cartas de amor
para ti...
no las quemes abrasándome.

Si algún día te ven conmigo en los cafés de la ciudad,
no me ignores:
todas las mujeres de la ciudad conocen mi debilidad por la belleza
y el origen de la poesía y del jazmín.

¿Cómo fingir?
si estás pintada en las aguas de mis ojos.

Ahora estoy en trance de la luminosa locura.
Perderás la ocasión de tu vida
si no aprovechas mi locura.

Cuando el vino francés
desprenda las horquillas de tu pelo sin disculpas,
y me cerque el trigo,
me ciña la noche,
me rodee la mar
y comience a pastar, como loco, la hierba de los campos,
sin saber dónde está mi derecha
ni mi izquierda.

Cuando el vino francés
borre las antiguas fronteras entre mi existencia y mi suicidio,
te ruego, en nombre de todos los locos, que me comprendas.

Te ruego, cuando el vino diga algo inoportuno
del amor, que me perdones.

Ahora estoy en trance de la hermosa locura.
Perderás la ocasión de tu vida
si no aprovechas mi locura.

Cuando el vino francés
borre los rostros,
las líneas,
y los ángulos,
y no quede más mujer que tú
ni más hombre que yo.

Cuando no sepa dónde están tus manos
y dónde están las mías,
cuando no sepa distinguir el vino
de mi sangre,
cuando no sepa distinguir el lenguaje de tus manos
del de los espejos,
cuando al final de la noche me haga añicos,
me cerque el deseo
y me cerque el kohol,
y se me olvide mi nombre
y mi dirección,
y se me olviden los nombres de todos los barcos,
te ruego, estrellado, que me recojas,
te ruego, roto, que me pegues,
te ruego, muerto, que me resucites.

Ahora estoy en trance de la gran locura.
Perderás la ocasión de tu vida
si no aprovechas mi locura.

Cuando el vino francés
despoje del cuerpo asiático el quimono,
y de la oscuridad del pecho salgan la aurora,
la golondrina,
el coral,
el cobre, el té, el marfil
y otras cosas.

Cuando el vino francés
suprima todas las lenguas,
reduzca todas las culturas a cero
y todas las civilizaciones a cero,
y convierta tu boca en un jardín de rosas
y convierta mi boca en cincuenta bocas.

Cuando el vino francés anuncie al final de la noche
que eres la más hermosa de las mujeres,
y tu estatura y tu cintura las más armoniosas,
cuando anuncie que todas las bellezas del mundo son prosa
y sólo tú eres poesía,
en nombre de todos los borrachos,
en nombre de todos los confusos,
en nombre de todos los que sufren la maldición del amor,
te ruego que no me maldigas.

En nombre de todos los que sufren la herida del corazón,
te ruego que no me hieras.

Ahora estoy en trance de la suprema locura.
Perderás la ocasión de tu vida
si no aprovechas mi locura...

jueves, 23 de octubre de 2014

Jamás hemos salido de aquí (por Valéry Larbaud)


Nuestra breve jornada pronto habrá terminado: 

los últimos años se abren ante nosotros como estas calles;
y el colegio sigue estando allí, y esta plaza
en cuadrículas, y la vieja iglesia en la que hemos visto
entrar muerto a Verlaine. En el fondo, a pesar del mar
y de tantos caminos, jamás hemos salido
de aquí, y toda nuestra vida habrá sido
un pequeño viaje en círculos y zigzags por París.
E incluso después, aquí nos quedaremos,
invisibles, olvidados, pero siempre habitando
la ciudad de la infancia y del primer amor,
con el asombro de los doce años y del encuentro,
que aún nos hace murmurar entre el gentío:
“Porque sabes que siempre te he querido.”
y un transeúnte, que me ha oído, se da la vuelta.


miércoles, 22 de octubre de 2014

En ti me quedo (por Ángel González)


Así,

en ti me quedo,

paseo largamente tus brazos y tus piernas,

asciendo hasta tu boca, me asomo

al borde de tus ojos,

doy la vuelta a tu cuello,

desciendo por tu espalda,

cambio de ruta para recorrer tus caderas,

vuelvo a empezar de nuevo,

descanso en tu costado,

miro pasar las nubes sobre tus labios rojos,

digo adiós a los pájaros que cruzan por tu frente,

y si cierras los ojos cierro también los míos,

y me duermo a tu sombra como si siempre fuera

verano,

amor,

pensando vagamente

en el mundo inquietante

que se extiende -imposible- detrás de tu sonrisa.

martes, 21 de octubre de 2014

Todavía no (por Daniela Camozzi)


si toda dicha es fugaz

que este pelo revuelto en tu mano

el recorrido de los dedos

por el borde de tu omóplato

que este desbande en el centro de mi cuerpo

esta fosforescencia

se sostenga un segundo más

que todavía no se apague


lunes, 20 de octubre de 2014

El cementerio marino (por Paul Valéry)


Ese techo tranquilo -campo de palomas-

palpita entre los pinos y las tumbas.

El meridiano sol hace de fuego

el mar, el mar que siempre está empezando...

¡Es recompensa para el pensamiento

una larga mirada a la paz de los dioses!



¡Qué pura luz en su esplendor consume

tantos diamantes de impalpable espuma

y qué paz entonces se concibe!

Cuando sobre este abismo un sol reposa

-trabajo puro de una eterna causa-

refulge el tiempo y soñar es saber.



Firme tesoro y templo de Minerva,

mole grandiosa y visual reserva,

agua siempre encrespada, ojo que ocultas

con un velo de llama tanto sueño.

¡Oh, mi silencio! Edificio del alma

pero cubierto con mil tejas de oro.



¡Templo del tiempo que un suspiro asume!

Yo subo a su pureza y acostumbro

mi marina mirada al rodearme.

Como a los dioses en mejor ofrenda

dejo que el agua rutile sembrando

un desdén soberano en las alturas.



Como la fruta se deshace en goce

y su ausencia en delicia se convierte

mientras muere su forma en una boca,

mi futura humareda aquí respiro,

y el cielo canta al alma consumida

el cambio de la orilla y del rumor.



¡Mírame tan mudable, bello cielo!

Después de tal orgullo y tanto extraño

ocio, pero que guarda su poder,

al espacio brillante me abandono:

en casa de los muertos va mi sombra

que me unce a su leve movimiento.



A teas de solsticio el alma expuesta

yo te sostengo, admirable justicia

de la luz, la de armas sin piedad,

yo te devuelvo pura a tu solio primero.

Mírate. Pero... ¡Devolver las luces

supone una mitad de árida sombra!



Para mí solo, a mí solo, en mí mismo

cerca de un corazón -fuente del verso-

entre el suceso puro y el vacío

de mi grandeza interna espero el eco:

hosca cisterna amarga en que resuena

siempre en futuro, un hueco sobre el alma.



Sabes, falso cautivo del follaje,

golfo devorador de sus débiles rejas

-secreto deslumbrante a mis sentidos-,

el cuerpo que me arrastra a su fin perezoso,

¿qué frente, tierra ósea, aquí me atrae?

Una centella piensa en mis ausentes.



Me gusta este lugar -reino de antorchas-

de oros y piedras y árboles umbríos,

ofrecido a la luz, cazo terrestre,

fuego cerrado, sacro y sin materia,

trémulo mármol bajo tantas sombras

donde el mar fiel entre mis tumbas duerme.



Mastín magnífico, aparta al idólatra.

Si con sonrisa de pastor y solo

apaciento corderos misteriosos

-el rebaño tranquilo de mis tumbas-,

haz que se ausenten las cautas palomas,

los sueños vanos, los curiosos ángeles.



Aquí llegado, el porvenir es lento.

Nítido insecto araña sequedades.

Deshecho todo, el aire lo recibe

sin saber en qué esencia es contenido.

La vida es vasta en su ebriedad de ausencia

y la amargura es dulce, y claro el ánimo.



Los muertos están bien bajo la tierra,

que calienta y enjuta su misterio.

Y arriba, sin moverse, el sol exacto

en sí mismo se piensa y se conviene...

Testa cabal y perfecta corona,

en ti soy la mutación secreta.



Nada más yo contengo tus temores.

¡Mi contrición, mis dudas, mis aprietos,

son el defecto de tu gran diamante!

De mármoles pesados en su noche,

un pueblo vaga entre raíces de árboles

deseándote a ti que fulges siempre.



Allí fundidos a una ausencia espesa,

la roja arcilla se bebió la esencia

y ha pasado a la vida de las flores.

¿Dónde estarán las frases familiares,

el arte personal, las almas únicas?

Donde se forma el llanto larvas hilan.



Los gritos de muchachas cosquillosas,

los dientes y los párpados mojados,

el seno encantador que juega al fuego,

sangre que brilla en los labios rendidos,

los últimos dones, manos que los vedan,

¡bajo tierra va todo y entra en juego!



¿Y aún esperas un sueño, alma, tan grande,

que no tenga el color de la mentira

como a mis ojos son la onda y el oro?

¿Cantarás cuando seas vaporosa?

¡Todo huye! Porosa es mi presencia

y la santa impaciencia también muere.



Flaca inmortalidad dorada y negra,

consoladora de triste laurel

que en seno maternal cambias la muerte:

¡bella mentira y astucia piadosa!

¡Quién, sabiéndolo, no huye de ese cráneo

vacío, de esa risa sempiterna!



Hondos padres, deshabitadas testas,

que sois la tierra y confundís los pasos

bajo el peso de tantas paletadas,

el roedor, el gusano que aterra

no es para vosotros los durmientes,

¡porque vive de vida y no me deja!



¿Será el amor o el odio de mí mismo?

Siento tan cerca su secreto diente

que puede convenirle todo nombre.

¡Qué importa! Mira, quiere, sueña, toca,

gusta mi carne y -si dormido- aún

a su vida mi vida pertenece!



¡Zenón, cruel Zenón, Zenón de Elea!

¡Me has traspasado con la flecha alada

que vibra y vuela, pero nunca vuela!

El son me engendra y la flecha me mata.

¡Oh, sol! ¡Qué sombra de tortuga para

el Aquiles del alma, raudo y quieto!



¡No, no! ¡De pie! ¡La era sucesiva!

¡Rompa el cuerpo esa forma pensativa!

¡Beba mi seno este nacer del viento!

En la frescura que la noche exhala

mi alma retorna ¡Salina potencia!

¡Corramos a la onda y revivamos!



Sí, mar gran mar de delirios dotado,

piel de pantera y clámide horadada

por millares de imágenes del sol,

ebria en tu carne azul, hidra absoluta

que te muerdes la cola refulgente

en un tumulto análogo al silencio.



El viento llega... ¡Vamos a la vida!

¡Abre y cierra mi libro al aire inmenso,

la ola en polvo salta entre las rocas!

¡Volad, páginas mías deslumbradas!

¡Olas, romped con las aguas del júbilo

el techo en paz picado por los foques! 


domingo, 19 de octubre de 2014

Otro modo de presencia (por Vicente Huidobro)


Yo estoy ausente, pero en el fondo de esta ausencia

hay la espera de mí mismo.

y esta espera es otro modo de presencia

la espera de mi retorno

Yo estoy en otros objetos

ando de viaje dando un poco de mi vida

a cierto árboles y ciertas piedras

que me han esperado muchos años.


Se cansaron de esperarme y se sentaron.


Yo no estoy y estoy

estoy ausente y estoy presente en estado de espera

ellos querrían mi lenguaje para expresarse

y yo querría el de ellos para expresarlos

He aquí el equívoco, el atroz equívoco.


Angustioso, lamentable

me voy adentrando en estas plantas

voy dejando mis ropas

se me van cayendo las carnes

y mi esqueleto se va revistiendo de cortezas


Me estoy haciendo árbol. Cuántas veces me he ido convirtiendo en otras cosas…

Es doloroso y lleno de ternura.


Podría dar un grito pero se espantaría la transustanciación

Hay que aguardar en silencio. Esperar en silencio.

sábado, 18 de octubre de 2014

Al menos (por Saiz de Marco)


si al jugar a la vida todo valiera

al menos

tanto como nos cuesta…


si nos fuera dado

al menos

lo mismo que se nos pide…


si los logros estuvieran

al menos

al nivel del esfuerzo que requieren…


si el terreno de juego

al menos

no estuviera cuesta arriba…


si el adversario fuera

al menos

de nuestra misma estatura…


si el arbitraje

al menos

fuera justo y ecuánime…


entonces

al menos

no perderíamos siempre


y podríamos

al menos

empatar el partido

viernes, 17 de octubre de 2014

Un afán, un temor (por Nicanor Parra)

Antes de entrar en materia,
antes, pero mucho antes de entrar en espíritu,
piensa un poco en ti mismo, Tomás
Lagos y considera lo que está por venir,
también lo que está por huir para siempre
de ti, de mí,
de las personas que nos escuchan.

Me refiero a una sombra,
a ese trozo de ser que tú arrastras
como a una bestia a quien hay que dar de comer y de beber
y me refiero a un objeto,
a esos muebles de estilo que tú coleccionas con horror
a esas coronas mortuorias y a esas espantosas sillas de montar
(me refiero a una luz).

Te vi por primera vez en Chillán
en una sala llena de sillas y mesas
a unos pasos de la tumba de tu padre.
Tú comías un pollo frío,
a grandes sorbos hacías sonar una botella de vino.

Dime de dónde habías llegado.
El nocturno siguió viaje al sur,
tú hacías un viaje de placer
o ¿te presentabas acaso vestido de incógnito?

En aquella época ya eras un hombre de edad,
luego vinieron unas quintas de recreo
que más parecían mataderos de seres humanos:
Había que andar casi toda la noche en tranvía
para llegar a ese lugar maldito,
a esa letrina cubierta de flores.

Vinieron también esas conferencias desorganizadas,
ese polvo mortal de la Feria del Libro,
vinieron, Tomás, esas elecciones angustiosas,
esas ilusiones y esas alucinaciones.

¡Qué triste ha sido todo esto!
¡Qué triste! pero ¡qué alegre a la vez!
¡Qué edificante espectáculo hemos dado nosotros
con nuestras llagas, con nuestros dolores!

A todo lo cual vino a sumarse un afán,
un temor,
vinieron a sumarse miles de pequeños dolores,
¡vino a sumarse, en fin, un dolor más profundo y más agudo!

Piensa, pues, un momento en estas cosas,
en lo poco y nada que va quedando de nosotros,
s
i te parece, piensa en el más allá,
porque es justo pensar
y porque es útil creer que pensamos.

jueves, 16 de octubre de 2014

A donde está la luz (por Eloy Sánchez Rosillo)

Este deseo, esta necesidad
de retornar mil veces
a donde está la luz.
No a donde estuvo y se apagó muy pronto,
sino al lugar radiante del que siempre
sigue y sigue manando.
Respirarla, beberla
cuando a ese sitio nuestros pasos vuelven,
es completar la vida, lo que entonces
apenas fue o no vimos
que en nuestro transcurrir se demora.
Regresar a ese limpio manantial:
cuánta misericordia inagotable.
Ningún daño se encuentra allí al acecho;
allí el amor no se termina nunca.


miércoles, 15 de octubre de 2014

Para temblar así (por Vicente Gallego)


Es hermosa esta noche de verano,

aunque no más hermosa

que cualquier otra noche de verano.

Es hermosa esta noche en que estoy solo,

y fumo, y he dejado

en penumbra la casa mientras suena

un dulce y triste blues,

un blues tan triste y dulce como otros.

Nada en mí, ni en la noche, ni en la música,

se diría especial, y sin embargo

existe algo muy hondo en esas cosas

que parecen sencillas:

una extraña grandeza que no acaba

de ser exaltación, tragedia, paz,

pero que es todo eso, y es también

un sentir claramente

que para que esto ocurra ha sido necesario

apurar estos años, acumular recuerdos,

haber ganado

y haber perdido tantas cosas.

Para que este piano suene así,

para temblar así con esta música,

ha sido necesario

ir llenándola poco a poco

de belleza y de daño, ir llenándola

con nuestra propia vida, para que se parezca

a nuestra propia vida, y suene así:

tan insignificante

y tan grande, tan triste, tan hermosa.

martes, 14 de octubre de 2014

Recuerdos de matrimonio (por Enrique Lihn)


Buscábamos un subsuelo donde vivir,

cualquier lugar que no fuera una casa de huéspedes.

El paraíso perdido

tomaba ahora su verdadero aspecto: uno de esos pequeños departamentos

que se arriendan por un precio todavía razonable

pero a las seis de la mañana. “Ayer no más lo tomó un

matrimonio joven”.

Mientras íbamos y veníamos en la oscuridad en direcciones capciosas.

El hombre es un lobo para el hombre y el lobo una dueña de casa de pensión

con los dientes cariados,

húmeda en las axilas, dudosamente viuda.

Y allí donde el periódico nos invitaba a vivir se alzaba

un abismo de tres pisos:

Un nuevo foco de corrupción conyugal.

Mientras íbamos y veníamos en la oscuridad, más

distantes el uno del otro a cada paso

ellos ya no estaban allí, estableciendo su nido sobre

una base sólida,

ganándose la simpatía del conserje, tan hosco con los

extraños como ansioso de inspirarles gratitud filial.

“No se les habrá escapado nada. Seguramente el nuevo

ascensorista recibió una propina”

“La pareja ideal”. A la hora justa. En el momento

oportuno.

De ellos, los invisibles, sólo alcanzábamos a sentir su

futura presencia en el cuarto vacío:

nuestras sombras tomadas de la mano entre los primeros brotes

de sol en el parquet.

Un remanso de luz blanca nupcial.



“Pueden verlo, si quieren

pero han llegado tarde”

Se nos haría tarde.

Se hacía tarde en todo.

Para siempre.

lunes, 13 de octubre de 2014

Yo celebro (por Rainer María Rilke)


Oh di, poeta, ¿qué haces tú?
—Yo celebro.

Pero lo mortífero, lo pavoroso, ¿cómo
lo asumes, cómo lo acoges en ti?
—Yo celebro.

Pero lo innombrado, lo anónimo, ¿cómo
puedes, poeta, invocarlo?
—Yo celebro.

¿De dónde tu derecho, bajo todo disfraz,
bajo cada máscara, a ser verdadero?
—Yo celebro.

¿Y por qué lo sosegado y lo fogoso
te conocen como estrella y tormenta?
—Porque yo celebro.


domingo, 12 de octubre de 2014

Nuestro diverso y sucesivo alguien (por Fernando Pessoa)


Día tras día nos tornamos en quien

mañana no veremos. Hora tras hora

nuestro diverso y sucesivo alguien

desciende una vasta escalinata, el ahora.


Es una multitud que desciende, sin

que uno sepa de los otros. Los veo míos ahí fuera.

¡Ah, qué horrorosa semejanza tienen!

Son uno múltiple, aunque se ignora.


Los miro. Ninguno soy yo siéndolos todos.

Y la multitud aumenta, ajena a verme,

sin que yo sepa desde dónde va creciendo.


Los siento a todos dentro de mí moverme,

e innúmero, prolijo, voy descendiendo

hasta pasar por todos y perderme.

sábado, 11 de octubre de 2014

La mano ante los ojos (por Jaime Gil de Biedma)


Ahora me pregunto si es que toda la vida
hemos estado aquí. Pongo, ahora mismo,
la mano ante los ojos —qué latido
de la sangre en los párpados— y el vello
inmenso se confunde, silencioso,
a la mirada. Pesan las pestañas.

No sé bien de qué hablo. ¿Quiénes son,
rostros vagos nadando como en un agua pálida,
éstos aquí sentados, con ojos vivientes?
La tarde nos empuja a ciertos bares
o entre cansados hombres en pijama.

Ven. Salgamos fuera. La noche. Queda espacio
arriba, más arriba, mucho más que las luces
que iluminan a ráfagas tus ojos agrandados.
Queda también silencio entre nosotros,
silencio
y este beso igual que un largo túnel.


viernes, 10 de octubre de 2014

Mi dolor (por Manuel Altolaguirre)


Era mi dolor tan alto,
que la puerta de la casa
de donde salí llorando
me llegaba a la cintura.

¡Qué pequeños resultaban
los hombres que iban conmigo!
Crecí como una alta llama
de tela blanca y cabellos.

Si derribaran mi frente
los toros bravos saldrían,
luto en desorden, dementes,
contra los cuerpos humanos.

Era mi dolor tan alto,
que miraba al otro mundo
por encima del ocaso.


jueves, 9 de octubre de 2014

Éramos sólo tiempo (por Francisco Brines)


¡Fueron largos y ardientes los veranos!

Estábamos desnudos junto al mar,
y el mar aún más desnudo. Con los ojos,
y en unos cuerpos ágiles, hacíamos
la más dichosa posesión del mundo.

Nos sonaban las voces encendidas de luna,
y era la vida cálida y violenta,
ingratos con el sueño transcurríamos.
El ritmo tan oscuro de las olas
nos abrasaba eternos, y éramos sólo tiempo.
Se borraban los astros en el amanecer
y, con la luz que fría regresaba,
furioso y delicado se iniciaba el amor.

Hoy parece un engaño que fuésemos felices
al modo inmerecido de los dioses.
¡Qué extraña y breve fue la juventud!


miércoles, 8 de octubre de 2014

Otro mar (por Lola Mascarell)


La noche y el azar me han arrojado

en honda soledad frente a una playa,

no importa en qué ciudad, ni en qué momento,

ni importa ya que agosto se termine.
 

Se extiende ante mis ojos, taciturno,

un mar triste e inmóvil,

un mar que de tan calmo

confunde su horizonte con el cielo.


¿Quién se quiere hacer cargo de esta tumba,

de un mar que ni se mueve ni respira,

de una quietud tan vasta, quién podría

pararse frente a él y estar tranquilo?


La huella de otro mar lleno de espuma,

de un mar bramando en él se superpone,

repite su condena

perdida en otro agosto ya lejano.


No podrás ver el mar mientras no laves

la sal de aquel verano en tus pestañas.

martes, 7 de octubre de 2014

Un viento ajeno y libre (por Fernando Ortiz)


Blancas de cal las casas que en el alba se alejan.

Un tibio sol de invierno va atemperando el aire.

Desde el mar los tejados menos altos y nítidos.

Temo la soledad. Y la melancolía

me invade si contemplo el puerto abandonado

y la ciudad hundiéndose bajo aguas azules.

Si miro al mar veo sólo mi presente inestable,

precario, tornadizo, al igual que las aguas

que el «Lord Howard» remueve y aparta con su quilla

-como el tiempo pasado la espuma se disuelve

mientras el barco sigue seguro su camino-.

Mas levanto mis ojos y un viento ajeno y libre

despeina mis cabellos, acaricia mi cara,

templando mi inquietud ante el vasto horizonte.

Ahora miro adelante: ¿Qué habrá tras esas nubes?

Dejo tierra y afectos. Perdonadme mi odio

y también el amor que sufro por vosotros:

aunque nunca consiga desterraros del alma

habréis de serme extraños. Así, al menos, lo quiero.

No han de volver mis ojos, ni han de volver mis pasos.

Amo la libertad. Y mi amada no es fácil.

lunes, 6 de octubre de 2014

Mi paisaje (por Zhivka Baltadzhieva)


Sentada en un banco en la sombra,

en la plaza empedrada de la iglesia de San Demetrio,

en Sliven, mi сiudad, mi paisaje genético,

siento el sol y el aguacero

de lo que ya ha pasado, de lo que pasará.

Aunque nunca pudo ser pronunciado mi amor

y tampoco mi amargura,

las nubes, los árboles, las blancas paredes de las casas de antaño,

los nuevos edificios de cristal y plásticos inteligentes,

las pequeñas flores que burlan el pavimento,

los sobresaltados pájaros del horizonte,

los transeúntes y los ausentes

silabean su fervor sin darse cuenta.

Solo que la piel de la vida y de la muerte se eriza.

Y entonces, el aire sopla levemente

y apacigua el paisaje.

domingo, 5 de octubre de 2014

Gritan como víctimas (por Rafael Cansinos Assens)


Cuando pienso lo que he querido ser y lo que soy, el llanto hincha las venas de mi garganta, 
y mil sueños malogrados gritan como víctimas dentro de mí.

¡Oh, el corazón de un hombre que ha pasado de la juventud es semejante al de un asesino!

Con la conciencia turbada, recuerdo los años que pasaron.

Los sueños malogrados claman dentro de mí como víctimas amordazadas; y la juventud pura y resplandeciente se alza ante mis ojos como una virgen abandonada, silenciosa y patética.

¡Oh, el corazón del hombre que ha pasado de la juventud es semejante al de un malhechor!

sábado, 4 de octubre de 2014

Igual que las marionetas (por Wang Wei)

Se tallan en madera
los rostros viejos de la marionetas.
Se manejan con hilos.
Con su arrugada piel y sus cabellos
blancos
semejan verdaderos ancianos.
Pero, acabada la comedia,
se derrumban inmóviles
Igual que las marionetas, los humanos
pasan, como en un sueño, por la vida.


viernes, 3 de octubre de 2014

Por estas dulces calles (por Bernardo Atxaga)


Nadie representaría este sol sábado tarde

como un tigre con la boca llena de fuego,

ni como una bombilla grande, ni siquiera

los párvulos de la escuela, tan pequeños.


Este sábado el sol es una bolsa, por la tarde,

con muchas campanillas y caramelos dentro;

sus rayos bisbean en el cielo, al girar,

como los radios de una bicicleta nueva.


Y las chimeneas de las fábricas duermen,

la gente charla de fútbol, la ropa blanca

flota en los tendederos de las ventanas;


(Y Ainhoa se pasea por estas dulces calles

con un vestido de vainilla y fresa)


jueves, 2 de octubre de 2014

Nos abrazamos (por Glauce Baldovin)


Aún no sé cómo llegó a pesar de todos los años transcurridos.

La sentí frente a mí.

Yo tejía una bufanda con agujas de metal blanco

o de un gris casi blanco

y me pidió que siguiera tejiendo.

Quería ver cómo movía las manos.

Nunca le pregunté

por temor quizá a la respuesta

o porque estando con ella era tanto lo que teníamos que hablar,

tan sugestivo el silencio,

que ese detalle,

el por qué, el cómo,

perdía toda importancia.

Lo único que recuerdo

y que se repite a diario entre esfumado,

entre nebuloso,

es que las anémonas violetas que llenaban la jarra de plata

se marchitaron

de pronto

y los pétalos blanquecinos lilas de ceniza

cayeron a la mesa,

al suelo.

Se levantó el velo que le cubría el rostro

y sus ojos azules, negros de tan azules,

se clavaron en mis ojos.

Nunca más hablamos de ello

pero cuando me dijo

después de haber recorrido toda la casa,

de haberse detenido en los rincones en las colchas en los espejos,

“yo soy tu soledad”,

nos abrazamos entre llorando y riendo,

nos acariciamos la cabeza

y fue el momento mas tierno del que tengo memoria.

miércoles, 1 de octubre de 2014

Bajo mis costillas (por Wislawa Szymborska)


Gracias te doy, corazón mío,
por no quejarte, por ir y venir
sin premios, sin halagos,
por diligencia innata.

Tienes setenta merecimientos por minuto.
Cada una de tus sístoles
es como empujar una barca
hacia alta mar
para viajar alrededor del mundo.

Gracias te doy, corazón mío,
porque una y otra vez
me extraes del todo,
y sigo separada hasta en el sueño.

Cuidas de que no me sueñe al vuelo,
y hasta el extremo de un vuelo
para el que no se necesitan alas.

Gracias te doy, corazón mío,
por haberme despertado de nuevo,
y aunque es domingo,
día de descanso,
bajo mis costillas
continúa el movimiento de un día laboral.


martes, 30 de septiembre de 2014

Es vuestro turno (por Louise Glück)


Somos todos soñadores; no sabemos quiénes somos.

Alguna máquina nos hizo, máquina del mundo, la familia constrictora.

Luego de nuevo al mundo, lustrados por suaves látigos.

Soñamos; no recordamos.

Máquina de la familia: pelaje oscuro, bosques del cuerpo de la madre.

Máquina de la madre: ciudad blanca dentro de ella.

Y antes de eso: tierra y agua.

Musgo entre las rocas, trozos de hojas y pasto.

Y antes, células en una gran oscuridad.

Y antes de eso, el mundo velado.

Es por eso que naciste: para silenciarme.

Células de mi madre y padre, es vuestro turno

de ser fundamental, ser la obra maestra.


Improvisé, nunca recordé.

Ahora es tu turno de ser conducida,

eres la que demanda saber:


¿Por qué sufro? ¿Por qué soy ignorante?

Células en una gran oscuridad. Alguna máquina nos hizo.


Es vuestro turno de abordarlo, volver a preguntar

¿para qué soy?, ¿para qué soy?


lunes, 29 de septiembre de 2014

Todo se fue alejando (por Philip Larkin)

La mirada apenas los distingue
de la fresca sombra que los cobija,
hasta que el viento alborota la cola y la melena;
entonces uno pasta, da unos pasos
–el otro parece observarlo–
y se detiene de nuevo en su anonimato.

Sin embargo, hace quince años
quizá dos docenas de carreras bastaron
para que entraran en la leyenda: lentas tardes
de copas, apuestas y hándicaps,
en las que sus nombres quedaron grabados
en desvaídos junios clásicos.

Colores en la salida: recortados contra el cielo
números y parasoles: fuera
escuadrones de coches vacíos y el calor,
y desperdicios en la hierba: el grito prolongado
que queda flotando hasta que remite y se imprime
en las columnas de última hora de los periódicos.

¿Quizá los recuerdos rondan sus oídos como moscas?
Sacuden la cabeza. El crepúsculo llena las sombras.
Verano tras verano todo se fue alejando,
los cajones de salida, el gentío y los gritos:
todo menos esos apacibles prados.
Sus nombres sobreviven en los almanaques; pero ellos

han olvidado sus nombres, y descansan,
o emprenden un galope que debe ser de alegría,
y ya no los siguen los prismáticos
ni los vaticinios de un cronómetro impertinente:
solo el mozo, y el hijo del mozo,
con las bridas cuando llega la noche.

domingo, 28 de septiembre de 2014

Junté una florecita (por Julio Cortázar)


Hablen, tiene tres minutos
De vuelta del paseo
donde junté una florecita para tenerte entre mis dedos un momento,
y bebí una botellas de Beaujolais, para bajar al pozo
donde bailaba un oso luna,
en la penumbra dorada de la lámpara cuelgo mi piel
y sé que estaré solo en la ciudad
más poblada del mundo.
Excusarás este balance histérico, entre fuga a la rata y queja de morfina,
teniendo en cuenta que hace frío, llueve sobre mi taza de café,
y en cada medialuna la humedad alisa sus patitas de esponja.
Máxime sabiendo
que pienso en ti obstinadamente, como una ciega máquina,
como la cifra que repite interminablemente el gongo de la fiebre
el loco que cobija su paloma en la mano, acariciándola hora a hora
hasta mezclar los dedos y las plumas en una sola miga de ternura.
Creo que sospecharás esto que ocurre,
como yo te presiento a la distancia en tu ciudad,
volviendo del paseo donde quizá juntases
la misma florecita, un poco por botánica,
un poco porque aquí,
porque es preciso
que no estemos tan solos, que nos demos
un pétalo, aunque sea un pasito, una pelusa.


sábado, 27 de septiembre de 2014

Lo inacabado (por Irene Gruss)


El tiempo que demoras en terminar cada cosa
igual al de las cosas a medio hacer.
Nada perturba:
ni la conciencia ni la ensoñación de ver algo
hecho y cerrado.
A modo de hilván y a medias todo.
Que un límite no cierre lo que no quieres cerrar: parece más vivo
lo inacabado. Allí el vestido sin doblar,
allí los hijos, idos; así un final, como un principio, entremezclado y sucio
de arena del reloj.
Así irresuelta, desparramado un eco,
la brasa sin atizar. 


viernes, 26 de septiembre de 2014

Sobre una hoja (por Luo Ying)


Una araña roja arrastrándose sobre una hoja, atraviesa su pequeño mundo propio
Atrapando la luz solar, destello de rojo sangre que hace retraer a la mente
Mandíbulas minúsculas lo agarran todo como un capturador del cosmos
Hilo lentamente escupido arma su trampa de siglos
El viento hila redes a través del cielo, tiempo para que todos miren hacia arriba
Todas las criaturas son presas de Dios algunas veces como enemigos
A veces la araña roja se columpia, a veces se lanza, a veces vacila
A veces parece hermosa, a veces siniestra, a veces afligida
Los campos a veces son áridas colinas y las corrientes oscuros ríos secos
Una araña roja arrastrándose sobre la hoja, no hay pensamientos del tiempo pasado o giros equivocados
Rayos a través de la seda iluminan escenas distantes, brillan dentro de un bosque...
Miles de formas corpóreas revolotean dentro y fuera de visión entre las ramas
En lugares humildes se dirigen a elevar lo bajo hasta lo noble
Una araña roja se arrastra sobre una hoja como un maestro que no hace ostentación
Una vez que se arrastra tras una hoja, nuestro mundo se amarillea
Avenidas de lluvia enturbian el cielo y la tierra y el bosque

jueves, 25 de septiembre de 2014

Pensó tanto en la rosa (por Ángel González)


Pétalo a pétalo, memorizó la rosa.


Pensó tanto en la rosa,

la aspiró tantas veces en su ensueño,

que cuando vio una rosa verdadera

le dijo,

desdeñoso,

volviéndole la espalda:


-Mentirosa.

miércoles, 24 de septiembre de 2014

A qué distancia (por Mª Jesús Mingot)

Te levantas,
bostezas,
por la calle caminas,
aligeras el paso,
te detienes
a cuatrocientos metros de tu casa.

Guardas cola, bostezas,
con torpe disimulo te secundan
macilentos suspiros a tu espalda,
delante de tus ojos
que alguien mira
-milagro-.
Espejismo fugaz: no era a ti sino a ella
a quien miraba,
veinte años más joven,
resplandeciente, intacta, victoriosa,
partidaria sin lucha de sí misma,
a un palmo de distancia de tu cuerpo
mas tan lejos no obstante
de todos esos rostros
que tanto te recuerdan lo que eres.

Te agolpas a la puerta,
subes los dos peldaños,
al conductor le tiendes
el bonotransporte con tu foto
cuando te llega el turno,
de vuelta a la oficina o a tu casa,
o a este mismo autobús
que enlaza
tus días con tus noches
seis veces por semana,
once meses al año, durante cuatro décadas.

La joven,
cuya presencia ofende a estas alturas
-no seamos hipócritas: tanta belleza hiere-,
traquetea a tu lado al compás de los frenos,
rumorosa, dispersa,
los oscilantes senos a la vista.

Sólo entonces te asalta,
la velada certeza toma cuerpo:
"cada día es el último" -te dices-;
"no desdeñes
estos veinte minutos de trayecto":
la antesala de las cuarenta teclas,
las luces fluorescentes,
los reparos,
el menú de las dos, pespunteado
de palabras triviales
en primera persona rubricadas
cada cuatro segundos,
el pertinaz letargo,
la modorra
que hace bailar las cifras
del impávido extracto
con el que caminas al filo de las siete.

Vuelves sobre tus pasos,
el recorrido inverso emprendes
cuajando rebeldías
-mariposas urbanas-;
ralentizas la marcha a tiempo de perderlo:
podrías ir andando,
detenerte en el parque,
atreverte a sentir
a qué distancia de los besos
te hallas
un martes por la noche,
a qué distancia de los sueños te hallas.

martes, 23 de septiembre de 2014

El nombre de "amigo" (por Gaius Iulius Phaedrus -Fedro-)


Muy corriente es el nombre de "amigo", pero escasa la fidelidad.
Estando construyéndose una casita Sócrates
(cuya muerte yo no desdeñaría con tal de alcanzar su fama
y aceptaría la envidia, si quedaran libres de ella mis cenizas),
uno cualquiera del pueblo, como suele ocurrir, le preguntó:
«¿Cómo? ¿Tan pequeña casa te levantas tú, tan importante?»
«¡Ojalá», respondió, «pueda llenarla de amigos verdaderos!»

lunes, 22 de septiembre de 2014

Pero el ciervo (por Eugenio Montejo)

No sé qué extraña lengua están hablando
en esta taberna.
Siento que las palabras me rodean
con sus rápidos saltos de peces
delante de mis ojos forasteros.
Puedo mirarlas en sus lentas burbujas
hasta que estallan en el aire.

Los periódicos parecen escritos
con huellas de pájaros
Los saludos dibujan otros gestos;
en los percheros hay largos esqueletos
de dinosaurios.

Entre los hombres que juegan al billar
o charlan o dormitan,
tal vez alguno salió de los espejos
y en un instante volverá a disolverse.
Por estas tierras abundan los fantasmas.

Me he corrido de casa tantas leguas,
estoy a tantos meridianos,
que no comprendo ni el coro de las sombras
con que la noche baja a oscurecerme,
pero el ciervo de rostro disecado,
fijo en un muro con ojos de botella,
me grita que el mal es uno solo en todas partes,
usa el mismo cuchillo
y amenaza
por todos los caminos de la tierra.

domingo, 21 de septiembre de 2014

Y no nos ve aquí juntos (por Eloy Sánchez Rosillo)


Entra la luz hoy en el cuarto como
entraba la otra tarde. Y no nos ve
aquí juntos de nuevo: no has venido.
Yo puedo recordarte.
Y te recuerdo, a solas, en esta habitación
–llena de nada ahora– que entonces compartimos.
Las palabras que hablamos, la música, tu risa,
y lo que entre nosotros sucedió en esas horas,
siguen viviendo en mí.

Pero la luz no te recuerda, porque
la luz ama el presente. Regresa sin memoria
a la estancia vacía. Y ya no sabe
que se enredó en tu pelo y que brilló en tus ojos,
que, a la vez que mis manos minuciosas, anduvo
despacio por tu cuerpo.

No, la luz no recuerda
haber estado aquí, contigo, con nosotros.
Llega, alegre y dorada,
al lugar en que ardiera la otra tarde la vida.
Y únicamente encuentra en su silencio
a un hombre recordando, recordándote:
un hombre triste, y derrotado, y solo.


sábado, 20 de septiembre de 2014

Entre ambos errores (por Roberto Juarroz)


No hay victorias ni derrotas.
Hay un error en el fondo
y otro error en la superficie.
Entre ambos errores
una ambigua tristeza
raspa la corteza de un árbol imposible.

No hay quién pueda triunfar
ni sobre qué triunfar.

Sólo hay círculos concéntricos
alrededor de unas ausencias.

viernes, 19 de septiembre de 2014

Lo hemos gastado todo (por Eugénio de Andrade)


Ya hemos gastado las palabras en la calle, amor mío,
y lo que nos ha quedado no basta
para alejar el frío de cuatro paredes.
Lo hemos gastado todo salvo el silencio.
Hemos gastado los ojos con la sal de las lágrimas,
hemos gastado las manos a fuerza de apretárnoslas,
hemos gastado el reloj y las piedras de las esquinas
en esperas inútiles.

Meto las manos en los bolsillos y no me encuentro nada.
Antes teníamos tanto que darnos;
era como si todo fuera mío:
cuanto más te daba más tenía que darte.

A veces decías: tus ojos son unos peces verdes
y yo me lo creía.
Me lo creía
porque a tu lado
todas las cosas eran posibles.

Pero eso era en el tiempo de los secretos,
era en el tiempo en que tu cuerpo era un acuario,
era en el tiempo en que mis ojos
eran realmente peces verdes.
Hoy son sólo mis ojos.
Es poco, pero es la verdad,
unos ojos como los demás.

Ya hemos gastado las palabras.
Cuando ahora te digo amor mío,
ya no pasa absolutamente nada.
Y sin embargo, antes de gastarse las palabras,
estoy seguro de que todo se estremecía
sólo con murmurar tu nombre
en el silencio de mi corazón.

No tenemos ya nada para darnos.
Dentro de ti
no hay nada que me pida agua.
El pasado es inútil como un trapo.
Ya te lo he dicho: las palabras están gastadas.

Adiós. 

jueves, 18 de septiembre de 2014

Sin forma de esperanza (por Saiz de Marco)


debe andar escondida una esperanza rara

una esperanza incógnita

difusa

desvaída

impropia de tal nombre

sin forma de esperanza

con apariencia endeble

no altiva

no engreída

secretamente firme

musculosa por dentro


entrenada ella sola en gimnasios nocturnos

haciendo abdominales

levantando pesas

con su viejo chándal gris raído de tanto usarlo

sudando

ejercitándose con la luz apagada


corriendo en soledad por las calles dormidas



generalmente oculta

aunque a veces se asoma y se deja entrever

una tenue esperanza

desgarbada de aspecto

blanda pero fibrosa


y más fuerte que todas las desesperaciones


miércoles, 17 de septiembre de 2014

Y te dejo colgada allá en lo alto (por Ángel González)


Noche estrellada en aceptable uso,
con pálidos reflejos y opacidad lustrosa,
vieja chistera inútil en los tiempos que corren
como escuálidos galgos sobre el mundo,
definitivamente eres un lujo
que ha pasado de moda.

Tras la fría superficie de las calles de luna,
el alcanfor del sueño conserva en el armario
de la ciudad oscura a los que duermen
y no te verán nunca.

Yo, sin embargo, te llevo en la cabeza,
vieja noche de copa,
y cuando vuelvo a casa sorteando
imprevisibles gatos y farolas,
te levanto en un gesto final ceremonioso
dedicado a tus brillos y a mi sombra,
y te dejo colgada allá en lo alto
-¡hasta mañana, noche!-,
negra, deshabitada, misteriosa.


martes, 16 de septiembre de 2014

Visita al museo (por Jesús Montiel)



Niños terrícolas del siglo treinta:



mirad lo que llamaban los antiguos un bosque.

Entonces las especies vegetales

brotaban a su antojo de la tierra,

se hermanaban formando laberintos

rebosantes de vida.

Los árboles crecían, se estiraban

como sueños borrachos de tormenta

y en sus copas el viento cantaba con el pájaro.


—la extrañeza les abre la boca y la mirada—


mirad lo azul que entonces era el cielo

—se escuchan expresiones de sorpresa—

la belleza del campo amanecido.

Observad las estrellas coronando la noche,

flotando como adornos navideños

de un altísimo abeto.


Mirad un hombre de hace nueve siglos

absorto en la visión de unas montañas.

—¿Qué fulge en su mirada? ¿Qué luz hay en sus ojos?-


Es lo que los antiguos llamaban el Asombro…

lunes, 15 de septiembre de 2014

Sobre mi mano (por Jesús H. Tundidor)


Mirad,

ahora lo pongo

sobre mi mano: oídlo,

justifica

una vida. Dentro

de su volumen cabe

la desesperación y la esperanza,

los ríos en tinieblas y la clara

posesión de la luz.

Si lo tuviera

unos instantes más me quemaría

su peso, su ternura, su profundo

misterio. Jamás frente a mis ojos

a tal extensión tuve:

aquí el presentimiento, allá las sombras,

en largo cauce el júbilo, la dicha

mortal y repasada, y ocupando

su contorno o distancia el agua siempre

ávida de entregarse,

el buen amor que nunca

termina concedido.

Honda fue su verdad y es su ceniza.

Bajo

su sencillez de forma,

en el ámbito

luminoso de su noche sonora

reposa,

da principio y concluye

el triste sueño humano.

domingo, 14 de septiembre de 2014

Si las palabras bastan (por Charles Simic)

¿Estás autorizado a hablar
en nombre de los árboles desnudos?
¿Eres capaz de explicar
lo que pretende el viento
con la camisa y el camisón
abandonados en la lavandería?
¿Qué sabes tú de las nubes negras?
¿Y de los estanques repletos de hojas muertas?
¿De coches antiguos oxidándose en la entrada?
¿Quién te ha dado permiso
para mirar la lata de cerveza en la cuneta?
¿Y la cruz blanca junto a la carretera?
¿El columpio en el jardín de las viudas?
Pregúntate a ti mismo si las palabras bastan
o si sería mejor agitar tus alas
de árbol en árbol
y seguir haciendo el cuervo.

sábado, 13 de septiembre de 2014

Esperando el despegue (por Santiago Venturini)


en fila ascendemos

a la cápsula de un colectivo.

la nave espacial

de una película vieja:

tableros de plástico botones

que no sirven para nada,

pantallas de un futuro

que ya pasó.

los torsos se acomodan

en asientos numerados.

somos todos lo mismo:

cuerpos en reposo

esperando el despegue

después de la comida el sexo

o la televisión.

y cuando nos impulsan las turbinas

ya no importan las luces de esas casas

que esconden familias anestesiadas,

ni esa iglesia improvisada en un galpón

lleno de fieles levantando los brazos

bajo unos fluorescentes implacables.

a toda velocidad

cruzamos la galaxia de los campos

en la que las estrellas frías se mezclan

con los asteroides de los autos

y supermercados cerrados.

hasta que en el espacio negro

aparece

la superficie decepcionante de un planeta:

una masa eléctrica de postes

carteles y basura.

el piloto grita nombres de calles

y en ese momento

dejamos de ser astronautas

para volvernos los terrícolas comunes

que ven de vez en cuando la luna

desde una ventana.

viernes, 12 de septiembre de 2014

O se me sube Rosi a las rodillas (por Jorge Boccanera)


Siempre estoy comenzando este poema,

pero claro,

llaman a las puertas las voces cotidianas

o se cae a pedazos el día diecinueve

o se me sube rosi a las rodillas

o caigo en la guitarra buscando no sé qué.

Siempre estoy comenzando este poema,

pero llegan recuerdos de una ternura un día,

o me sirven café

o voy a ver al boby que está ladrando mucho.

Siempre estoy comenzando este poema,

y escribo una palabra y ya viene la tarde

con su naufragio, entonces

pongo la ternura en una botella

para que alguien recoja pedazos de mis ojos.

Siempre estoy comenzando este poema,

pero llega la noche,

quiero decir tu pelo mojado

quiero decir que crezco

y que salgo a caminar tu nombre.

jueves, 11 de septiembre de 2014

¿Quién ha abierto el balcón? (por Eloy Sánchez Rosillo)


Despertarse un buen día y descubrir
que la turbia amenaza que tanta muerte puso
durante tanto tiempo en nuestra vida
ya no nos mira con sus ojos fijos,
con sus ojos terribles.
¿Qué sucede?
¿Cómo se hizo en mi casa este silencio puro,
este sosiego que tenía olvidado?
¿Quién ha abierto el balcón y allí ha dispuesto
esa maceta con geranios rojos?
¿Es cierto que se adentra por la estancia,
despacio, un sol muy dulce y acaricia
el suelo, este sillón, mis manos, mi cabeza,
mi pecho que agradece, mi corazón que canta?


miércoles, 10 de septiembre de 2014

Perfección (por Jorge Guillén)


Queda curvo el firmamento,

compacto azul, sobre el día.

Es el redondeamiento

del esplendor: mediodía.

Todo es cúpula. Reposa,

central sin querer, la rosa,

a un sol en cénit sujeta.

Y tanto se da el presente

que el pie caminante siente

la integridad del planeta.

martes, 9 de septiembre de 2014

Tendí las sábanas y las vi agitarse (por Anne Sexton)


Hoy estoy feliz con las sábanas de la vida.

Lavé las sábanas.

Tendí las sábanas y las vi

agitarse y elevarse como gaviotas.

Cuando estuvieron secas las destendí

y hundí mi cabeza en ellas.

Todo el oxígeno de la tierra en ellas.

Todos los pies de todos los bebés del mundo en ellas.

Todos los calzones de todos los ángeles del mundo en ellas.

Todos los besos mañaneros de Filadelfia en ellas.

Todos los juegos de saltar pintados sobre todas las aceras en

ellas.

Todos los caballitos hechos de tela en ellas.


Así que esto es la felicidad,

ese obrero.

lunes, 8 de septiembre de 2014

Dos líneas de arena (por Osvaldo Costiglia)


Viaje hacia atrás del cráneo,
donde las manos entrelazadas,
reponen la respiración del domingo
a esta cabeza en acecho,
moviéndose hacia la calma
de su final.
Así, de tanto en tanto
miro lo que el tiempo abandona
y no digo nada
que pueda apartarme
del roce lento y pausado de la vida.
Si tengo miedo, es que hay
paisajes donde ni siquiera puedo sentir
el paso de las sombras.
Tiento así, con los dedos, dos líneas de arena
y trazo la transversal.
No es cierto que la geometría tranquilice.
El viento en los labios tiembla
y desocupa el día.

domingo, 7 de septiembre de 2014

Mas la piedra se acuerda (por William Ospina)


Aquí hubo un mar hace un millón de años.
El hombre no lo sabe, mas la piedra se acuerda.
Pártela: hay un cangrejo en sus entrañas,
todo de piedra ya, forma magnífica
que se negó a ser polvo.
Ante el peñasco y el guijarro, piensa
que acaso fueron seres dolorosos,
sangre y pulmones palpitantes.
Entre la ciega roca
y el trémolo extasiado de la salamandra
tan sólo hay tiempo.





sábado, 6 de septiembre de 2014

100 años de Nicanor Parra

En ZuMo De PoEsÍa hemos publicado a veces poemas, a modo de homenaje, con motivo del fallecimiento de sus creadores. Hoy la razón de recuerdo no es la muerte de nadie, sino el siglo de vida de Nicanor Parra, nacido el 5 de septiembre de 1914 y que, por tanto, ayer cumplió 100 años. Como conmemoración de esos 100 años (y un día) -¡y los muchos más que deseamos le queden por vivir!-, este poema en su homenaje:



Entre el río de entonces y el de ahora (por Nicanor Parra)



A recorrer me dediqué esta tarde
las solitarias calles de mi aldea
acompañado por el buen crepúsculo
que es el único amigo que me queda.
Todo está como entonces, el otoño
y su difusa lámpara de niebla,
sólo que el tiempo lo ha invadido todo
con su pálido manto de tristeza.
Nunca pensé, creédmelo, un instante
volver a ver esta querida tierra,
pero ahora que he vuelto no comprendo
cómo pude alejarme de su puerta.
Nada ha cambiado, ni sus casas blancas
ni sus viejos portones de madera.
Todo está en su lugar; las golondrinas
en la torre más alta de la iglesia;
el caracol en el jardín; y el musgo
en las húmedas manos de las piedras.
No se puede dudar, este es el reino
del cielo azul y de las hojas secas
en donde todo y cada cosa tiene
su singular y plácida leyenda:
hasta en la propia sombra reconozco
la mirada celeste de mi abuela.
Estos fueron los hechos memorables
que presenció mi juventud primera,
el correo en la esquina de la plaza
y la humedad en las murallas viejas.
¡Buena cosa, Dios mío!, nunca sabe
uno apreciar la dicha verdadera,
cuando la imaginamos más lejana
es justamente cuando está más cerca.
Ay de mí, ¡ay de mí!, algo me dice
que la vida no es más que una quimera;
una ilusión, un sueño sin orillas,
una pequeña nube pasajera.
Vamos por partes, no sé bien qué digo,
la emoción se me sube a la cabeza.
Como ya era la hora del silencio
cuando emprendí mi singular empresa
una tras otra, en oleaje mudo,
al establo volvían las ovejas.
Las saludé personalmente a todas
y cuando estuve frente a la arboleda
que alimenta el oído del viajero
con su inefable música secreta
recordé el mar y enumeré las hojas
en homenaje a mis hermanas muertas.
Perfectamente bien. Seguí mi viaje
como quien de la vida nada espera.
Pasé frente a la rueda del molino,
me detuve delante de una tienda:
el olor del café siempre es el mismo,
siempre la misma luna en mi cabeza;
entre el río de entonces y el de ahora
no distingo ninguna diferencia.
Lo reconozco bien, éste es el árbol
que mi padre plantó frente a la puerta
(ilustre padre que en sus buenos tiempos
fuera mejor que una ventana abierta).
Yo me atrevo a afirmar que su conducta
era un trasunto fiel de la Edad Media
cuando el perro dormía dulcemente
bajo el ángulo recto de una estrella.
A estas alturas siento que me envuelve
el delicado olor de las violetas
que mi amorosa madre cultivaba
para curar la tos y la tristeza.
Cuánto tiempo ha pasado desde entonces
no podría decirlo con certeza;
todo está igual, seguramente,
el vino y el ruiseñor encima de la mesa,
mis hermanos menores a esta hora
deben venir de vuelta de la escuela:
¡sólo que el tiempo lo ha borrado todo
como una blanca tempestad de arena!

Jardinera (por Diana Bellessi)


He construido un jardín como quien hace
los gestos correctos en el lugar errado.
Errado, no de error, sino de lugar otro,
como hablar con el reflejo del espejo
y no con quien se mira en él.
He construido un jardín para dialogar
allí, codo a codo en la belleza, con la siempre
muda pero activa muerte trabajando el corazón.
Deja el equipaje, repetía, ahora que tu cuerpo
atisba las dos orillas, no hay nada, más
que los gestos precisos,
dejarse ir para cuidarlo
y ser el jardín.
Atesora lo que pierdes, decía esta muerte
hablando en perfecto y distanciado castellano.
Lo que pierdes, mientras tienes, es la sola compañía
que te allega a la orilla lejana de la muerte.

Ahora la lengua puede desatarse para hablar.
Ella que nunca pudo el escalpelo del horror
provista de herramientas para hacer maravilloso
de ominoso. Sólo digerible al ojo el terror
si la belleza lo sostiene. Mira el agujero
ciego: los gestos precisos y amorosos sin reflejo
en el espejo frente al cual la operatoria carece
de sentido.

Tener un jardín es dejarse tener por él y su
eterno movimiento de partida. Flores, semillas y
plantas mueren para siempre o se renuevan. Hay
poda y hay momentos, en el ocaso dulce de una
tarde de verano, para verlo excediéndose de sí,
mientras la sombra de su caída anuncia
en el macizo fulgor de marzo, o en el dormir
sin sueño del sujeto cuando muere, mientras
la especie que lo contiene no cesa de forjarse.
El jardín exige a su jardinera verlo morir.
Demanda su mano que recorte y modifique
la tierra desnuda, dada vuelta en los canteros
bajo la noche helada. El jardín mata
y pide ser muerto para ser jardín. Pero hacer
gestos correctos en el lugar errado
disuelve la ecuación, descubre páramo.
Amor reclamado en diferencia como
cielo azul oscuro contra la pena. Gota
regia de la tormenta en cuyo abrazo llegas
a la orilla más lejana. I wish you
were here amor, pero sos jardinera y no
jardín. Desenterraste mi corazón de tu cantero.

viernes, 5 de septiembre de 2014

Por debajo de todo (por Philip Larkin)


Aparte de todo esto, el deseo de estar solo:
por mucho que el cielo se oscurezca con invitaciones
por mucho que sigamos las instrucciones impresas del sexo
por mucho que la familia se fotografíe bajo el asta de la bandera:
aparte de todo esto, el deseo de estar solo.

Por debajo de todo, un anhelo de olvido:
a pesar de las astutas tensiones del calendario,
el seguro de vida, los programados ritos de fertilidad,
la costosa aversion de los ojos a la muerte:
por debajo de todo, un anhelo de olvido.

jueves, 4 de septiembre de 2014

Eso eres (por Blanca Varela)


El deseo es un lugar que se abandona

la verdad desaparece con la luz

corre-ve-y-dile

es tan aguda la voz del deseo

que es imposible oírla

es tan callada la voz de la verdad

que es imposible oírla


calor de fuego ido

seno de estuco

vientre de piedra

ojos de agua estancada

eso eres


me arrodillo y en tu nombre

cuento los dedos de mi mano derecha

que te escribe


me aferro a ti

me desgarra tu garfio carnicero

de arriba abajo me abre como a una res

y estos dedos recién contados

te atraviesan en el aire y te tocan


y suenas, suenas, suenas

gran badajo

en el sagrado vacío de mi cráneo.

miércoles, 3 de septiembre de 2014

Cuando viene (por Vladimir Amaya)


Viene como canción

de agosto en martes sin voces,


como viaje intermitente

de sobresaltos y llagas abiertas,


como aroma

que arde hasta el tuétano,

bajo los ojos.


Es una avalancha

de acusaciones sin motivo,

como viene.


Viene y fantasea triturarme,

al acercarme a ella lo consigue.


Escudriña los costados del vencido,

desvalija algunos mentones.

Pinta misterios y calabozos, cuando viene.


Sabe, y no conoce

del amor que comprime al mundo.

Viene como oración olvidada.

A cada pecho llega como latido inmóvil.


Viene como lágrima desmesurada lejos de su gruta.

Con la indiferencia de una nube que se marcha,

es como ella siempre viene.


Excedida por el encanto de los atardeceres,

penetrada de un sabor peregrino

a musgo y anillo recuperado.


Va estirando los hilos de una muerte advertida.

Recortando distancias entre las columnas.

Viene como sed de mayo

en viernes de colmena agitada.


Como se dan las cartas de oros

y como piedra tallada en el recuerdo,

como fruto prohibido tan cerca

de mi pecado ¡Viene!.

Viene como grillo de pálida orquesta.

Como excusa espesa de lo no dicho antes.


Después de todo, es por mí

que desde el centro de los horizontes

cabalgando sobre ella misma viene.


Como mar desbocado.

Como ciudad alarmada.

Como sueño recurrente…


Viene después de nada,

a dejarme las huellas


de su eterno retorno…

martes, 2 de septiembre de 2014

Y dónde recordar sin que me duela (por Jorge Luis Borges)


Dime por favor dónde estás,
en qué rincón puedo no verte,
dónde puedo dormir sin recordarte
y dónde recordar sin que me duela.

Dime por favor dónde pueda caminar
sin ver tus huellas,
dónde puedo correr sin recordarte
y dónde descansar con mi tristeza.

Dime por favor cuál es el cielo
que no tiene el calor de tu mirada
y cuál es el sol que tiene luz tan sólo
y no la sensación de que me llamas.

Dime por favor cuál es el rincón
en el que no dejaste tu presencia.
Dime por favor cuál es el hueco de mi almohada
que no tiene escondidos tus recuerdos.

Dime por favor cuál es la noche
en que no vendrás para velar mis sueños...
Que no puedo vivir porque te extraño
y no puedo morir porque te quiero.

lunes, 1 de septiembre de 2014

Aquella vez que vino tu recuerdo (por Evaristo Carriego).



La mesa estaba alegre como nunca.

Bebíamos el té: mamá reía

recordando, entre otros,

no sé qué antiguo chisme de familia;

una de nuestras primas comentaba

-recordando con gracia los modales

de un testigo irritado- el incidente

que presenció en la calle;

los niños se empeñaban, chacoteando,

en continuar el juego interrumpido,

y los demás hablábamos de todas

las cosas de que se habla con cariño.


Estábamos así, contentos, cuando

alguno te nombró, y el doloroso

silencio que de pronto ahogó las risas,

con pesadez de plomo,

persistió largo rato. Lo recuerdo

como si fuera ahora: nos quedamos

mudos, fríos. Pasaban los minutos,

pasaban y seguíamos callados.


Nadie decía nada, pero todos

pensábamos lo mismo. Como siempre

que la conmueve una emoción penosa,

mamá disimulaba ingenuamente

queriendo aparecer tranquila. ¡Pobre!



¡Bien que la conocemos!... Las muchachas

fingían ocuparse del vestido

que una de ellas llevaba:

los niños, asombrados de un silencio

tan extraño, salían de la pieza.

Y los demás seguíamos callados

sin mirarnos siquiera.

Cadenas (por Wislawa Szymborska)

Un día sofocante, la casa de un perro y el perro encadenado.
Unos pasos más allá un platito lleno de agua.
Pero la cadena es demasiado corta y el perro no alcanza.
Añadamos a la imagen un detalle más:
nuestras mucho más largas
y menos visibles cadenas
gracias a las cuales podemos pasar de largo tranquilamente.

domingo, 31 de agosto de 2014

No era alegría o tristeza (por Nazim Hikmet)


Durante todo el viaje, la nostalgia no se ha separado de mí.

No digo que fuese como mi sombra:

permanecía a mi lado también en la oscuridad.

No digo que fuese como mis manos o mis pies:

cuando se duerme, se pierden las manos y los pies

y yo no perdía la nostalgia ni siquiera durante el sueño.

Durante todo el viaje, la nostalgia no se ha separado de mí.

No digo que fuese hambre o sed o deseo

de frescura en la canícula o de calor en el hielo:

era algo que de lo que se puede alcanzar la saciedad.

No era alegría o tristeza, no estaba atada

a la ciudad, a las nubes, a las canciones, a los recuerdos.

Estaba en mí y fuera de mí.

Durante todo el viaje, la nostalgia no se ha separado de mí

y del viaje nada me queda sino aquella nostalgia.


sábado, 30 de agosto de 2014

Ese nombre (por Joan Margarit)


Ha apoyado la frente en el cristal
frío, empañado, con trasluz de invierno.
Escribe el nombre de ella y, a través
de las líneas que traza con el dedo,
la ha visto en un paraje solitario
con el mar y las rocas en la noche.
Al fondo, las estrellas: de pronto, las gaviotas
alzan el vuelo como un resplandor
al paso de un falucho. Se ha engañado:
detrás de la ventana hay una calle
que el alba hace más triste, sin un alma,
con coches aparcados.
Tras las líneas comienza a amanecer:
el sol naciente borrará ese nombre
en la escarcha rosada del cristal.

viernes, 29 de agosto de 2014

Si te encontrase (por Luis García Montero)

Quizá tu no me viste,
quizá nadie me viese tan perdido,
tan frío en esta esquina. Pero el viento
pensó que yo era piedra
y quiso con mi cuerpo deshacerse.

Si pudiera encontrarte,
quizá, si te encontrase, yo sabría
explicarme contigo.

Pero bares abiertos y cerrados,
calles de noche y día,
estaciones sin público,
barrios enteros con su gente, luces,
teléfonos, pasillos y esta esquina,
nada saben de ti.

Y cuando el viento quiere destruirse
me busca por la puerta de tu casa.

Yo le repito al viento
que si al fin te encontrase,
que si tú aparecieses, yo sabría
explicarme contigo

jueves, 28 de agosto de 2014

Televisión (por Manuel Rivas)


A esa hora llegaba mi vieja,
justo cuando el bajo de The Cult
daba aquellos pasos de comanche.
Mi madre,
boqueando después de fregar las oficinas del Fénix Español,
se ponía las zapatillas,
se sentaba en el sofá,
suspiraba en lo más hondo
y cambiaba a la primera cadena.
Anda, vago, sal a la calle y espabila.
Apareció el Empire State
y mi vieja dijo con ternura:
Pobre de la que tenga que fregar todo eso.

miércoles, 27 de agosto de 2014

Porque ella me comprende (por Paul Verlaine)

Tengo a menudo un sueño extraño y penetrante:
Una desconocida que amo y que me ama,
y que en cada ocasión no es por entero ella
ni es por entero otra, y me ama y me comprende.

Porque ella me comprende, y así mi corazón,
claro para ella sola, ya no es un enigma,
para ella sola, ay, y el sudor de mi rostro
ella sola lo sabe enjugar mientras llora.

¿Es rubia, pelirroja, morena? No lo sé.
¿Su nombre? Mi recuerdo es que es dulce y sonoro
como el de mis amados que desterró la Vida.

Sus ojos se parecen a los de las estatuas,
y su voz, que es serena, lejana y grave, tiene
la inflexión de otras voces queridas que han callado.


martes, 26 de agosto de 2014

Las otras (por Saiz de Marco)

Somos tus otras vidas,
tus vidas no vividas

lo único que buscamos es una explicación

¿por qué no nos viviste?

¿por qué a nosotras no y sin embargo sí
ese camino andado,
tu vida recorrida,
la ruta que sí has hecho?

¿en qué sentido ella nos sacaba ventaja?

¿por qué oculta razón la preferiste?

eh dinos,
¿qué te atrajo?,
¿qué te movió a escogerla?
¿qué promesas te hizo?,
¿cómo te engatusó?

ya que nunca has querido tomarnos,
elegirnos;
ya que nunca has probado a marchar por nosotras…
al menos cuéntanos si mereció la pena

¿tenía ella lo que no teníamos las demás?

¿te dio algo que nosotras no pudiéramos darte?

Somos las rechazadas,
las que dejaste a un lado

lo único que queremos es una explicación


lunes, 25 de agosto de 2014

Qué monada (por Wislawa Szymborska)

Le dio por la felicidad,
le dio por la verdad,
le dio por la eternidad
¡miradlo!

Apenas distinguió entre realidad y sueño,
apenas comprendió que él era él,
apenas chapuceó con su mano nacida de una aleta
una piedra de lumbre y una nave espacial,
capaz de ahogarse en una cucharada de océano,
poco gracioso incluso para la vacuidad,
sólo ve con sus ojos,
sólo oye con sus oídos,
su gran logro lingüístico es el condicional,
usa su razón para increpar a la razón,
en una palabra: es un cero a la izquierda,
pero por la cabeza le rondan la libertad, la omnisciencia y el ser
fuera de la carne tonta,
¡miradlo!

Porque parece existir,
haber llegado a ser de verdad
bajo una de las estrellas provincianas.
Vivaz y bastante movido a su manera.

Pese a ser un bastardo de un cristal
está harto estupefacto.
Pese a haber vivido una infancia difícil entre las necesidades de la manada, no está mal individualizado.
¡Miradlo!

¡Adelante, aún por un instante,
por un abrir y cerrar de una menuda galaxia!
Que por fin se vea a grandes rasgos
quién será, dado que existe.
Porque es tenaz.
Muy tenaz, a decir verdad.
Con ese aro en la nariz, con esa toga, con ese jersey.
En fin, es una monada.
Pobrecito.
Todo un hombre.

domingo, 24 de agosto de 2014

Terminado (por Juan Ramón Jiménez)


¿Nada todo? Pues ¿y este gusto entero
de entrar bajo la tierra, terminado
igual que un libro bello?
¿Y esta delicia plena
de haberse desprendido de la vida,
como un fruto perfecto de su rama?
¿Y esta alegría sola
de haber dejado en lo invisible
la realidad completa del anhelo,
como un río que pasa hacia la mar,
su perenne escultura?

sábado, 23 de agosto de 2014

Blues de la escalera (por Antonio Gamoneda)

Por la escalera sube una mujer
con un caldero lleno de penas.
Por la escalera sube una mujer
con el caldero de las penas.

Encontré a una mujer en la escalera
y ella bajó sus ojos ante mí.
Encontré la mujer con el caldero.

Ya nunca tendré paz en la escalera.

viernes, 22 de agosto de 2014

Inmóviles calaveras de caballo (por García Lorca)

Me he perdido muchas veces por el mar
con el oído lleno de flores recién cortadas,
con la lengua llena de amor y de agonía.
Muchas veces me he perdido por el mar
como me pierdo en el corazón de algunos niños.

No hay noche que, al dar un beso,
no sienta la sonrisa de las gentes sin rostro
ni hay nadie que, al tocar un recién nacido,
olvide las inmóviles calaveras de caballo.

Porque las rosas buscan en la frente
un duro paisaje de hueso
y las manos del hombre no tienen más sentido
que imitar a las raíces bajo tierra.

Como me pierdo en el corazón de algunos niños
me he perdido muchas veces por el mar.
Ignorante del agua voy buscando
una muerte de luz que me consuma.

jueves, 21 de agosto de 2014

Qué íbamos a hacer (por Paul Éluard)


Que íbamos a hacer, la puerta estaba bajo guardia
Que íbamos a hacer, estábamos encerrados
Que íbamos a hacer, habían cerrado la calle
Que íbamos a hacer, la ciudad estaba bajo custodia
Que íbamos a hacer, ella estaba hambrienta
Que íbamos a hacer, estábamos desarmados
Que íbamos a hacer, al caer la noche desierta
Que íbamos a hacer, teníamos que amarnos.

miércoles, 20 de agosto de 2014

El verdugo (por Sigfrido Radaelli)


Todo está oscuro. Voy bajando escalones duros,
irregulares,
tanteando paredes húmedas.
¿Cuántas mañanas, cuántas noches?
Algunas veces escuché yo mismo mi propio aullido.
¿Es así la tortura
y es así el dolor que aparece de pronto y se niega
a desaparecer.
que me acosa por un lado y en seguida por otro,
finalmente por todos los lados al mismo tiempo?
No hay que doblegarse, de lo contrario estoy
perdido
¿Y la humillación de ser torturado sin defensa
posible,
irse mutilando de a poco?
Quiero darme vuelta,
moverme, levantarme.
Agazapado, fulmíneo,
el dolor regresa.
Es inútil, estoy atrapado.
huyo de todo esto desvaneciéndome.
Busco a tientas el reloj, enciendo la luz.
Estuve dormido algunos minutos. He descansado
un poco, lo suficiente.
Ahora puedo volver a pensar. No importa ya cómo
ni por qué,
pero yo soy el torturado, la víctima.
Mi defensa es imposible, lo sé también,
y esto es lo que me ultraja.
Después de un largo día, de nuevo la noche.
Cumplo sus etapas conocidas de memoria:
un poco de radio, un poco de televisión,
un poco de lectura.
Tomo las medicinas, bebo agua,
apago la luz.
La escalera es circular, interminable, siempre hacia
abajo.
Tanteo los costados,
de vez en cuando me detengo para levantar la vista.
Entre los recovecos, la escasa luz del comienzo
ha desaparecido.
Siempre hay un escalón debajo del último.
Sigo bajando.
Al volver a mirar hacia arriba
distingo la luz de un relámpago.
De nuevo la oscuridad total.
Las paredes me acosan,
se hunden en mí.
Siento golpes por todas partes.
Arriba otra luz. Rápidamente distingo una mano,
Me tomo de esa mano
que al parecer está cómoda conmigo.
Todo es tan fugaz. De nuevo el acoso,
el dolor.
Indefenso, me hundo en esta tortura.
¿Es una represión dirigida a mí, un castigo,
una injuria, un espanto?
Lejos, lejísimos, creo escuchar una serie de truenos.
¿Me llaman?
Quedo detenido en el fondo un buen rato. Me doy
la vuelta,
intento regresar.
Subo despacio. Cuento los escalones,
las paredes se alejan.
Todo a mi alrededor está vacío.
Estoy solo. Solo con mi terror.
Subo por un desfiladero, entre ciénagas.
Arriba, lejos, nuevamente una luz.
Cruza el vuelo de un ave.
Silencio total.
Hay que seguir subiendo, poco a poco,
despacio.
En alguna parte alguien sabe lo que está
pasando.
¿Juzga, condena?
Siento una enorme tristeza. Sé que toda
subversión es inútil.
Sé que estoy resignado para siempre.

martes, 19 de agosto de 2014

Fragmentos (por Fernando Pessoa)

El florecer del encuentro casual
de los que han de seguir siendo extraños...

La mirada única sin interés recibida al acaso
de la extranjera rápida...

La mirada de interés del niño llevado de la mano
por la madre distraída...

Las palabras episódicas cambiadas
con el viajero episódico
en el episódico viaje...

Dolor grande de que todas las cosas sean fragmentos...
Camino sin fin...

lunes, 18 de agosto de 2014

Como quien deja un libro (por Sergio Manganelli)


Para ser claro
renuncio a las frases alusivas,
a la caligrafía pálida
sobre el cuaderno mudo de las tumbas,
rechazo el podio hipócrita
de la bondad post mortem,
y a esa memoria tan desmemoriada.

Yo no quiero que apunten
en mi lápida la palabra yace,
me niego espeluznado.
No anhelo ese cheque grosero
con el que expían de mármol de hospital
lo que siempre te negaron avaros.

Ni acepto que se luzca
bajo una lluvia
de mierda de palomas
ese verbo impiadoso
en tercera persona.

No le abro los postigos,
ni a sus endebles secuaces
el adjetivo inerte
el absurdo abatido
menos aún al implacable muerto
-auxiliares morbosos de crónicas de sangre-
prefiero que sentencien
se pudre
se funde
se disuelve
pero jamás
yace.

Porque la muerte
puede ser otra cosa,
menos sucia y severa,
mejor que la tapa biselada y sorda,
quizás algo tan simple
como tumbarse al sol,
sobre el pasto o la arena
en una tarde franca y sin ruinas,
con vino y con regazo,
y sonrisas con huella
y dialecto de besos
y un murmullo entrañable
que recite poemas.

Quizás yacer
no sea esa quietud
de corazones secos,
ni el sueño, ni el olvido,
sino un íntimo zafarrancho,
un arrebato de vida sin permiso,
un insomnio de goce,
con marea de lluvia
y peces sin abismo.

Una muchacha fresca,
pechos de hierbabuena,
que te besa la ausencia
sin placebo y sin pena.

Ojalá no sea
el hartado celeste
de los castos y pulcros,
tampoco el infierno ceniza,
el hoyo de un ambiente
con renta anticipada,
sino jugar rayuela
hasta llegar al cielo,
y que don dios gorrión
disponga tiernamente:
“levántate y vuela”.

Puede que signifique
cerrar la vida apenas,
como quien deja un libro,
hasta que en una noche
de miedo a la tormenta,
o duda desvelada,
lo hojeen conmovidos
esos ojos más nuevos
que guardan mi mirada.

domingo, 17 de agosto de 2014

Rimbaud (por José Luis Piquero)


Yo no quiero ser yo. La vida entera
la gasté en reinventarle, como un fénix doméstico.
Me fui sobreviviendo como pude.

Yo no sé quién soy yo. Tal vez la máscara
debajo de la cara. La pregunta.

Yo no pude ser yo. Y el minucioso
trabajo de vivir sin heroísmo se quedó para otros.
La verdad es la triste descripción del secreto.
No quise ser verdad. Quiero ser Nadie.

sábado, 16 de agosto de 2014

Un tambor que no sabe (por Antonio Colinas)


¡Qué lento pasa el tiempo, y qué medido!
Lo va fijando un tambor oscuro
que suena en la noche
de la tierra.
¿Quién lo hace resonar?
Son los cascos nerviosos
de los caballos.
Ellos producen un inconfundible
sonido al galopar.
Lo sabemos también
por esa rebelión
mansa de sus relinchos.

Duerme inconsciente el mundo
sin saber que es tambor que resuena
como tierra, como cuero, como aire,
como un terciopelo
tenso, o como un grueso tafetán.
Un tambor que no sabe
que se avisa a sí mismo
como eco de peligro
o retemblor de sangre.
Tambor pausado, oscuro, el del galope
sonámbulo
de los caballos nocturnos.
¿La tierra está llamando
al cielo sordamente
o es el cielo el que avisa a la tierra
con paciente dulzura?

Como un tambor resuena
la noche y los relinchos
braman ardientes.
¿Con ellos se lamenta
la tierra o es el cielo?

Vivo tambor nocturno el del galope
de los caballos
sin jinete
sobre la tierra muerta.

viernes, 15 de agosto de 2014

Hasta formar un solo árbol (por Luis Rosales)


Cuando llegue la noche y sea la sombra un báculo,
cuando la noche llegue tal vez el mar se habrá dormido,
tal vez toda su fuerza no le podrá servir para mover sólo un grano de arena,
para cambiar de rostro una sonrisa,
y quizá entre sus olas podrá nacer un niño
cuando llegue la noche.
Cuando la noche llegue y la verdad sea una palabra igual a otra,
cuando todos los muertos cogidos de la mano formen
una cadena alrededor del mundo,
quizás los hombres ciegos comenzarán a caminar
como caminan las raíces en la tierra sonámbula;
caminarán llevando un mismo corazón de mano en mano,
y cuando al fin se encuentren
se tocarán los rostros y los cuerpos en lugar de llamarse por sus nombres,
y sentirán una fe manual repartiendo entre todos su savia,
y crecerán los muertos y los vivos,
unos dentro de otros
hasta formar un solo árbol que llenará completamente el mundo,
cuando llegue la noche.

jueves, 14 de agosto de 2014

Mi camino sin camino (por Han Yu)


Una senda abrupta serpea
por entre las rocas de la montaña.
Al caer el crepúsculo
llego al antiguo templo silencioso,
en que revolotean murciélagos.
Me siento en las escaleras
del salón principal.
Ha cesado la lluvia
y el aire rebosa de frescura.
Se mecen anchas hojas de plátanos.
Lucen radiantes botones de la gardenia.
El monje elogia los frescos budistas
y me aconseja que los visite.
A la débil luz de unas velas
los contemplo. Borrosos,
apenas se distinguen.
Luego me prepara el lecho,
desenrollando una estera.
Me sirve arroz y sopa,
que, siendo magra y frugal,
es suficiente y me quita el hambre.
Reposo en la noche oscura
y en un silencio absoluto:
Todos los insectos descansan.
Una clara luna surge de la sierra,
arrojando sus rayos plateados
sobre la puerta y las ventanas.
Al alba continúo solo
mi camino sin camino.
La senda, velada por brumas,
ora aparece, ora se evapora;
unas veces sube, y otras desciende.
La montaña, cubierta de flores,
se viste de rojo, matizada
de verde por unas cascadas.
De trecho en trecho se yerguen
robustos pinos y robles.
He llegado a un arroyo y lo vadeo
con los pies descalzos
por encima de las piedras.
Cantan aguas saltarinas.
La brisa me acaricia,
abriéndome la túnica.
¡Qué feliz será vivir así!
¿Por qué hemos de estar a merced de otros,
como caballos sujetos con bridas?
Quisiera decir a mis amigos:
¡Pasemos la vejez aquí,
sin nunca hablar de regresar!

miércoles, 13 de agosto de 2014

Nada pertenece a la memoria (por Wislawa Szymborska)

Todo es mío y nada me pertenece,
nada pertenece a la memoria,
todo es mío mientras lo contemplo.

Las diosas, apenas recordadas,
corren el riesgo de perder sus cabezas.

De la ciudad de Samokov sólo queda la lluvia,
la lluvia y nada más.

Desde el Louvre hasta la uña
París se entela.

Del bulevar Saint-Martin queda una escalinata
que conduce a la difuminación,

y, de los puentes de Leningrado,
sólo, y con suerte, uno y medio.

¡Pobre Upsala,
con ese trocito de su imponente catedral!

Desdichado bailarín de Sofía,
cuerpo sin rostro.

Primero, su rostro sin ojos,
después, sus ojos sin pupilas,
y las pupilas de un gato, luego.

El águila caucasiana sobrevuela
un desfiladero reconstruido,
y el oro sin ley del sol
y las piedras falsificadas.

Todo es mío y nada me pertenece,
nada pertenece a la memoria,
todo es mío mientras lo contemplo.

Inagotables, inabarcables,
peculiares por una hebra,
un grano de arena, una gota de agua:
paisajes.

Imposible retener, ni de una brizna,
una imagen completa.

Un saludo y un adiós
en una sola mirada.

Y un solo movimiento del cuello
para lo que sobra y lo que falta.

martes, 12 de agosto de 2014

Lo que le hace el fuego (por Sebastián Pedrozo)


Cuando tenía diez años

Nos mudamos a una casa con estufa a leña

Yo no sabía qué era el fuego

Hasta que mi padre me llevó a cortar leña

Nos metimos en el monte

Él tenía un machete

Yo una bolsa de arpillera

Cortó ramas altas de una acacia

La mejor brasa, dijo

Volvimos cansados y sucios

Encendimos el fuego.

Allí se hizo la cena

Y no me despegué más

De las llamas

De la madera

Del calor

Mi primer invierno

Lo pasé quemando cosas

Soldados de plástico

Las muñecas de mi hermana

Pan viejo

Insectos

El pelo acumulado en el cepillo de mi madre

Aceite de moto

Las cuerdas con que ataban a los pollos de las patas

Un reloj de pulsera

Un cuaderno doble raya

Con un poema de Constancio C. Vigil

Hasta una medalla que había ganado en karate en el 86



Todo era vencido por el amarillo

Todo mudaba de forma

Derretido

A la mañana

Buscaba en los restos del incendio

Los objetos incinerados

Es curioso lo que le hace el fuego

A la gente

La vuelve silenciosa

Y lenta

Nada me detuvo

Salía a buscar más y más leña

Hasta que un día tosí

Y un dolor horrendo me cruzó la espalda

Caí rendido en una cama

Y la fiebre me devoró

Sentía la congestión

El agua en los pulmones

Golpetear sin tregua

Siempre

Por las noches



Una vez vino a verme

Mi maestra de quinto año

Ahí supe que era grave

Que la vida es frágil si uno se aferra

Con desesperación a la fe



Los excesos

Dijo mi padre

Te matan de a poco

Pero hacen los detalles

Por los que te recuerda la gente.

lunes, 11 de agosto de 2014

Sentado en esta sombra (por Álvaro Valverde)


Abro la verja del jardín sin nadie.
Espera mi llegada el viejo limonero
y al verlo me parece
que no hubiera pasado en parte alguna
todo este largo tiempo,
que siempre hubiera estado
sentado en esta sombra, silencioso,
viendo pasar los días
con la mirada turbia de los que nada esperan,
pero al fin sobreviven.
Con tanta asiduidad he recordado
este mismo lugar
que no es extraño
sentir la vuelta a casa
como un hecho casual como si ahora
volviera una vez más y simplemente
cerrara una vez más la misma puerta.
La casa es hacia dentro el laberinto
que siempre he perseguido. Permanece
sitiada por los muros
azules de la infancia,
por ecos de una edad sobrevenida.
En la azotea,
el puerto sigue siendo un sueño antiguo
y arriba en las estrellas
leo de nuevo
el rumbo del viaje que comienza.

domingo, 10 de agosto de 2014

Nada tiene más fuego (por José Ángel Valente)

El amarillo, el verde, el encendido
rojo sólo para morir
bajo el tendido velo del otoño.

La luz no está en la luz, está en las cosas
que arden de luz tenaz bajo la lluvia.

Nada tiene más fuego en sus entrañas
que la melancolía ardiente de esta hora.

Nada tiene más fuego que la ausencia.

¿Llorar?
Lloradme nunca.
Me he perdido
con el aire en las bóvedas tan bajas
de un cielo que, piadoso, me disuelve.