zUmO dE pOeSíA

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de todos los colores, de todos los sabores

ALEATORIUM: Saca un poema de nuestro almacén

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martes, 23 de mayo de 2017

Para no mirarme las manos de cera (por Vicente Aleixandre)



Las agujas del aire estaban sobre las frentes: qué oscura misión la mía de amarte.

Las paredes de níquel no consentían el crepúsculo, lo devolvían herido.

Los amantes volaban masticando la luz.

Permíteme que te diga. Las viejas contaban muertes, muertes y respiraban por sus encajes.

Las barbas de los demás crecían hacia el espanto: la hora final las segará sin dolor.

Abanicos de presentirse horizontal. Fronteras.


La puerta, presta a abrirse, se teñía de amarillo lóbrego lamentándose de su torpeza.

Dónde encontrarte, oh sentido de la vida, si ya no hay tiempo.

Todos los seres esperaban la voz de Jehová refulgente de metal blanco. Los amantes se besaban sobre los nombres.

Los pañuelos eran narcóticos y restañaban la carne exangüe.

Las siete y diez.

La puerta volaba sin plumas y el ángel del Señor anunció a María.

Puede pasar el primero.


Esta misma canción que vuela, esta que estás tú cantando, hermosísimo as de oros, es el romance antiguo

de la legión de condenados que aspiraban el perfume de las espinas dolorosas entre los dedos.

Cuando tú eras magnífico, cuando tú tenías los ojos brillantes, dando la luz sin cambio, del todo, albergando

bajo los párpados el secreto de todos los triunfos más mezquinos, no era difícil encontrarte en la mano, saludando,

besando los dedos con reverencia de paje del quinientos.


Así el camino es breve, así pronto el Occidente será una riqueza de oros que podrá batirse con las manos,

que podrá multiplicarse en mil espumas sin labios.

Así la preciada amarillez no será la tragedia de perder toda la sangre, sino la riqueza brava, despertada, de sentir

en la piel los mil besos de todas las campanas.

Moriremos si es preciso. Pero moriremos sabiendo que el latido repercute en la inquietud de las venas

como vaticinio indescifrable, como una promesa que no se nombra.


La primavera insiste en despedidas, arrastrando sus cadenas de cuerdas, su lino sordo, su desnudez de ocaso,

el lienzo flameado como una sábana de lluvia.

Alentar sobre un seno, alargar la mano a tres mil kilómetros de distancia, hasta tocar la frente de cristal

en que están impresos los azules marinos, los peces sorprendidos.


Si yo quiero la vida no es para repartirla. Ni para malgastarla. Es solo para tener en orden los labios.

Para no mirarme las manos de cera, aunque irrumpa su caudal descifrable. Para dormirme a mi hora sobre

una conciencia sin funda.

Por eso estoy aquí ya formándome. Cuento uno a uno los centímetros de mi lucha.

Por eso me nace una risa del talón que no es humo.


Por ti, que no explicas la geografía más profunda.

Dejadme que nazca a la pura insumisa creación de mi nombre.

Lo ignoro todo. No quiero saber si el color rojo es antes o es después, si Dios lo sacó de su frente o si nació

del pecho del primer hombre herido. No quiero saber si los labios son una larga línea blanca.


Oh amor, ¿por qué no existes más que en forma de trapecio? ¿Por qué toda la vacilación se convierte en

dos rodillas columpiadas (de carne, voy a besarlas), mondas, desguarnecidas de calor, calvas para

mis dientes que rechinan?


Ni un grito. Ni una lluvia de ceniza. Ni tan solo un dedo de Dios para saber que está frío. La nada es un

cuento de infancia que se pone blanco cuando le falta el respiro. Cuando ha llegado el instante de comprender

que la sangre no existe. Que si me abro una vena puedo escribir con su tiza parada:

“En los bolsillos vacíos no pretendáis encontrar un silencio”.


Por eso, no quiero vestirme.

He comprendido que no se desea mi muerte, que un proyectil disparado acaba siempre tomando la forma de un niño,

de un infante que aterriza y que acaricia el verde soñoliento, con la misma inocencia con que el puñal

pregunta el nombre de las vísceras que besa.


Los ojos de los peces son sordos y golpean opacamente sobre tu corazón.


Cuatro reyes, cuatro ases, cuatro sotas hacen la felicidad de una mano, arquean los lomos de las montañas,

mientras el sol de papel de plata amenaza con rasgarse sin ruido.

Los reyes son esta bondad nativa, conservada en alcohol, que hace que la corona recaiga sobre la oreja,

mientras el hombro protesta del abrigo de todo, del falso armiño que hace cuadrada la figura.

La mejilla vista al microscopio no invita más que a la meditación de los accidentes y al pensamiento de

cómo lo esencial está cubierto de púas para los labios de los hijos; de cómo la aspereza de los párpados

irrita la esclerótica hasta deformar el mundo, incendiado de rojo, quemándose sin que nadie lo perciba.


Siento el silencio como esa piedra blanca que resbala sobre el corazón de las madres,

y no tengo fuerzas más que para perdonaros a todos el mal que me habéis hecho, sin ignorarlo,

con la forma de vuestra sombra cuando pasabais.


¡Flor, flor, flor, aparenta una sequedad que no posees!

Cúbrete de hojas duras, que se vuelven mintiendo un desdén por la forma, mientras el aire cae comprendiendo

la inutilidad de su insistencia,

abandonando sus alturas.


Yo comprendo que el destino pasajero es echar pronto las yemas al aire, impacientar el titilar de las luces

ante la esperanza del fruto redondo que ha de albergarse en el aire, para que este le acaricie sus fronteras,

solamente sus límites, sin que su hueso dulce entreabra su propia capacidad de amor, blanco, lechoso, ignorante,

y nos muestre sus suspicacias como una interrogación que creciese de alambre hasta rematar su elástica curva.


Y un hombre que persigue perderá siempre sus bastones, su lento apoyo, enhebrado en la hermosura de su ceguera.

En lugar de lágrima lloro la cabeza entera.

Me rueda por el pecho y río con las uñas, con los dos pies que me abanican, mientras una muchacha, una seca

badana estremecida, quiere saber si aún queda la piel por los dos brazos.


Corramos, antes de que los telones se desplieguen. Antes de que los pelos del lobo, que el hocico de la madriguera,

que los arbustos de la catarata se ericen y se detengan en su caída.

Antes de que los ojos de este subsuelo se abran de repente y te pregunten.

Corramos hacia el espanto.


Si Dios no me acusa, ¿por qué el alma me punza como una espina cuyo cabo está al aire, flameando como un

gallardete insatisfecho?

¿Por qué me saco del pecho este redondo pájaro de ocasión, que abre sus luces en abanico duende y espía

los rincones para desde allí encantarme con su pausado jeroglífico?

¿Por qué esta habitación, como una caja de música, se mueve, ondula sobre las aguas temerosas e insiste

plenamente en su bella desorientación frente al crepúsculo?


Pero el oro en la palma de la mano fulgura una seguridad tan grata, que yo comprendo que el sueño lo han

inventado los cansados, los escépticos de su corazón mercenario, que golpeaba como una moneda en una jaula,

en un –delirante ayer- agrisado hoy volumen de gorjeo.

Perdóname que cuando se detiene la tristeza a la entrada de la esperanza adolescente, no asomen

todas las palomas, las más blancas, con sus voces humanas,

preguntando sobre la ruta apasionada.




lunes, 22 de mayo de 2017

La esponja (por Fabio Morábito)



Si en un plano colocamos un cierto número de pasillos y galerías que se cruzan y se comunican, obtenemos un laberinto. Si a este laberinto le conectamos por todas partes, arriba, abajo y a los lados, otros laberintos, es decir otros planos de pasillos y galerías, obtenemos una esponja. La esponja es la apoteosis del laberinto; lo que en el laberinto es todavía lineal y estilizado en la esponja se ha vuelto irrefrenable y caótico. En la esponja la materia galopa hacia afuera, repelente a cualquier centro. Es dispersión pura. Imaginemos una manada de animales que huyen del ataque de un felino y, dentro de esa manada, a un grupo de individuos situados bastante lejos de la fiera pero no por ellos menos aterrorizados. Ese trozo de manada marginal pero no periférico, cargado de terror pero relativamente a salvo, es una esponja, mezcla de delirio e invulnerabilidad.

Es esa mezcla lo que nos hace sentir que la esponja es la herramienta menos dueña de sí misma, la más exterior, la que no guarda nada y la más nirvánica. Sus miles de cavidades y galerías son como la disgregación que en cualquier estallido precede a la pulverización final; su asombrosa falta de peso es ya un principio de caída y ausencia. Frente a eso, la ligereza de una pluma de ave tiene escaso mérito; está demasiado conectada con su pequeñez; es una ligereza que se constata pero que no sorprende. La de la esponja, en cambio, es una ligereza heroica.

Esa ligereza es prueba de su total disponibilidad y entrega. Incluso, de tan extrema, esa entrega parece tomar la forma de una rapacidad insaciable. La esponja chupa y absorbe, pero no tiene ningún receptáculo fuera de ella misma en donde guardar lo absorbido. No tiene aparato digestivo. No procesa nada, no retiene nada, no se adueña de nada. Tan sólo es capaz de prestarse hasta el último retículo. ¿Para qué? Ni ella lo sabe. Por eso no habla, confabula. El agua la invade como una consigna que nadie entiende pero que todas sus galerías repiten con apuro propagándola como un incendio. Ninguna boca queda muda. La esponja es acrítica. De ahí lo fácil que es penetrarla por arriba y por abajo, hurgar hasta en sus últimos escondrijos y aligerarla de todos sus secretos. Basta volverse agua. ¿Y quién no se vuelve agua frente a una esponja? Miremos al hombre que tiene una esponja en la mano, cómo la manosea y la observa; está mimando, sin quererlo, los movimientos del agua. Y el agua no se halla nunca tan dueña de su expresión, de su voz, como dentro de una esponja. Su principal ocupación, que es caer, encuentra en la esponja, en ese escenario concentrado y tangible, una experiencia cabal de todos sus quehaceres y aptitudes, como en un laboratorio. Lo que hace la esponja con sus mil ramificaciones es frenar la caída del agua para que el agua se nombre a sí misma sin dificultad, limpia y humanamente. En la esponja el agua recobra fugazmente manos y pies, tronco, dedos y cartílagos, o sea un germen de autoconciencia, y vuelve a sí misma después de cumplir con una tarea concreta: escudriñar a fondo, sin errores ni olvidos, un cuerpo que permanecía seco. Plenitud no sólo del agua sino del amor.

Pocas cosas, pues, tan de cabo a rabo como la esponja. Es el anonimato en su forma más pura. No tiene carácter, es decir hábitos, manías, reincidencias, callosidades, endurecimientos. Su dibujo capilar es ecuánime, no hay ahí obstrucciones como tampoco vías rápidas, atajos o brechas; cada membrana y cartílago participan con la misma intensidad en la actividad en común. Es como si la materia, por una vez, hubiera renunciado a cualquier acumulación de fuerza en algún punto, a la menor superposición de residuos; como si se hubiera empeñado en fraccionar el menor asomo de ganglio, de veta o de nervio; como si a través de tortuosos cálculos, rodeos, idas, vueltas y repasos incesantes hubiera acabado con toda adiposidad e inercia y terquedad; con toda estupidez. Resultado: una materia ágil y despierta, recorrible y pronunciable. Y algo más: una materia sin poder, ignorante en el sentido más puro, no ajena a la emoción.

La mitad de la mitad de la mitad; he aquí la pequeña ley que rige a la esponja. Una ley que la esponja lleva a cabo con una obstinación y un rigor admirables, y que quiere decir, sin más, la partición al centésimo, al milésimo o a lo que haga falta para neutralizar cualquier intento de sedimentación, de tribalización, de patriarcado. Siendo que su pasión es la confabulación y el jolgorio, la lubricación y el bombeo, lo que necesita son bifurcaciones y desvíos, y desvíos de desvíos, y ramales de ramales de ramales; todo fraccionado, todo a la mitad de la mitad, todo en giro, todo femenino, todo ya.

De ahí su vocación de filtro, de destilante. El filtro, es bien sabido, es una caída frenada al milésimo, una herramienta de disuasión; disuade frenando y mareando. Es un interrogatorio. La culpa, que es siempre un botín, un fardo ilícito, queda al fin en evidencia y neutralizada en forma de grumo. Lo que permanece es la esencia, la pobreza inicial, pues un filtro no es otra cosa que un viaje a contrapelo en busca del comienzo perdido. Es pues un recordatorio, quizá una confesión. Y, paradójicamente, la esponja es la expresión de la desmemoria: no admite sumas ni acumulaciones. Es franciscana. Y otra cosa: tiene temperamento atlético; no puede permitir que nada se enfríe, que envejezca. Así, aunque no lo queramos, cada vez que exprimimos una esponja, en los cartílagos y tendones de nuestra mano se insinúa el secreto deseo, que nunca nos abandona, de rehabilitarnos a fondo, de ser otros, disponibles y ligeros como el primer día. Pues no cabe duda de que el primer día era sencillamente eso, una esponja.





domingo, 21 de mayo de 2017

Algo que sobrepase la vida (por Michel Houellebecq)


Es cierto que este mundo en que nos falta el aire
sólo inspira en nosotros un asco manifiesto,
un deseo de huir sin esperar ya nada,
y no leemos más los títulos del periódico.

Queremos regresar a la antigua morada
donde el ala de un ángel recubría a nuestros padres,
queremos recobrar esa moral extraña
que hasta el último instante santifica la vida.

Queremos algo como una fidelidad,
como una imbricación de dulces dependencias,
algo que sobrepase la vida y la contenga;
no podemos vivir ya sin la eternidad.



sábado, 20 de mayo de 2017

Cuando te quedas solo (por Ángel Crespo)



Cuando te quedas solo, eres espejo
de lo que fuiste:
una mañana
contemplada desde el balcón
entornado; unos pasos
armoniosos que no has seguido
para no derramar tu gozo;
unas cuantas palabras
que te cambiaron más que el tiempo;
una mirada que se ahogó
como luz en tus venas;
un viaje que nunca querías
terminar; tu alma ausente
de lo que te esperaba
al quedarte tan solo.



viernes, 19 de mayo de 2017

Una visita que no estuvo (por Idea Vilariño)



Soy mi padre y mi madre

soy mis hijos

y soy el mundo

soy la vida

y no soy nada

nadie

un pedazo animado

una visita

que no estuvo

que no estará después.


Estoy estando ahora

casi no sé más nada

como una vez estaban

otras cosas que fueron

como un cielo lejano

un mes

una semana

un día de verano

que otros días del mundo

disiparon.



jueves, 18 de mayo de 2017

Qué mares suenan en nosotros (por Fernando Pessoa)


He vivido, durante unas horas incógnitas, momentos sucesivos sin relación, en el paseo en que he ido, de noche, a la orilla solitaria del mar. Todos los pensamientos que han hecho vivir a hombres, todas las emociones que los hombres han dejado de vivir, han pasado por mi mente, como un resumen de la historia, en esta meditación mía andada a la orilla del mar.

He sufrido en mí, conmigo, las aspiraciones de todas las eras, y conmigo se han paseado, a la orilla oída del mar, los desasosiegos de todos los tiempos. Lo que los hombres quisieron y no hicieron, lo que mataron al hacerlo, lo que las almas fueron y nadie dijo: de todo esto se ha formado el alma sensible con que he paseado de noche a la orilla del mar.

Y lo que los amantes extrañaron en el otro amante, lo que la mujer ocultó siempre al marido de quien es, lo que la madre piensa del hijo que no ha tenido, lo que tuvo forma solamente en una sonrisa o en una oportunidad, en un tiempo que no fue éste o en una emoción que falta —todo esto, en mi paseo a la orilla del mar, ha ido conmigo y ha vuelto conmigo, y las olas retorcían magnamente el acompañamiento que me hacía dormirlo. Somos quien no somos, y la vida es veloz y triste.

El ruido de las olas por la noche es un ruido de la noche; ¡y cuántos lo han oído en su propia alma, como la esperanza constante que se deshace en la oscuridad como un ruido sordo de espuma profunda! ¡Qué lágrimas lloraron los que obtuvieron, qué lágrimas perdieron los que consiguieron! Y todo esto, durante el paseo a la orilla del
mar, se me tornó el secreto de la noche y la confidencia del abismo. ¡Cuántos somos! ¡Cuántos nos engañamos! ¡Qué mares suenan en nosotros, en la noche de ser nosotros, por las playas que nos sentimos en los encharcamientos de la emoción! Lo que se ha perdido, lo que debería haberse perdido, lo que se ha conseguido y se ha satisfecho por error, lo que amamos y perdimos y, después de perderlo, vimos, amándolo por haberlo tenido, que no lo habíamos amado; lo que creíamos que pensábamos cuando sentíamos; lo que era un recuerdo y creíamos que era una emoción; y el mar en todo, llegando allá, rumoroso y fresco, del gran fondo de toda la noche, a agitarse fino en la playa, en el decurso nocturno de mi paseo a la orilla del mar…

¿Quién sabe siquiera lo que piensa, o lo que desea? ¿Quién sabe lo que es para sí mismo? ¡Cuántas cosas sugiere la música y nos sabe bien que no puedan ser! ¡Cuántas recuerda la noche y lloramos, y no han sido nunca!

Como una voz suelta de la paz tumbada a lo largo, el enrollamiento de la ola estalla y se enfría y hay un salivar audible por la playa invisible. ¡Cuánto me muero si siento por todo! ¡Cuánto siento si así vagabundeo, incorpóreo y humano, con el corazón parado como una playa, y todo el mar de todo, en la noche que vivimos, bate alto, zumbón, y se enfría, en mi eterno paseo a la orilla del mar!




miércoles, 17 de mayo de 2017

Voz secreta (por Miguel D' Ors)

 
La misma voz secreta que anuncia al arrendajo
que han brotado de nuevo las bellotas
es la que hace subir desde la tierra
la fuerza que corona de frutos cada otoño
las ramas de los robles, y es la que lleva y trae
las escuadrillas de aves a lo largo del año
y gobierna las lunas, las mareas,
los vientos y las lluvias;
la que sostiene la unidad del mundo
desde el ardiente reino del Misterio.

Que pueda yo también oírla; que no sea
otra la voz que en mí despierte el canto.



martes, 16 de mayo de 2017

Pero no es feliz (por Gonzalo Rojas)


El señor que aparece de espaldas no es feliz, ha ido
varias veces a Roma pero no es feliz, ha
meado en Roma y no tiene por qué ocultarlo pero no es
feliz,
ha desaguado
a lo largo de Asia desde los Urales a Vladivostock pero no es
feliz, en
excusados de lujo en África pero no es feliz, encima de los
aviones
vía Atenas pero no es feliz, en espacios
más bien reducidos lluviosamente en Londres al lado
de su mujer hermosa pero no es feliz, en las grandes playas de
América precolombina pero no es feliz, con un diccionario
etrusco
y otro en alemán desde las tumbas Ming a las pirámides
de Egipto pero no es feliz, pensando en
cómo lo hubiera hecho Cristo pero no es feliz, mirando
arder una casa en Valparaíso pero no es feliz, riendo en
New York de
un rascacielo a otro pero no es feliz, girando a
todo lo espléndido y lo mísero del planeta oyendo música
en barcos
de Buenos Aires a Veracruz pero no es feliz, discutiendo
por dentro de su costado el origen pero no es feliz,
acomodándose
no importa el frío contra la
pared aguantando todas las miradas
de las estrellas pero no es feliz
el señor que aparece de espaldas.




lunes, 15 de mayo de 2017

Sólo el paisaje ha cambiado (por Lawrence Ferlinghetti)



En las grandes escenas de Goya nos parece que vemos
los pueblos del mundo
exactamente en el momento en que
por primera vez alcanzaron el título de “humanidad sufriente”
Se retuercen en la página
con una verdadera furia de adversidad
amontonados
gimiendo con bebés y bayonetas
bajo cielos de cemento
en un paisaje abstracto de palos secos
estatuas dobladas alas de murciélagos y picos
horcas resbalosas
cadáveres y gallos carnívoros
y todos los rugientes monstruos finales de la
“imaginación del desastre”
son tan sangrientamente reales
es como si todavía existieran realmente
y existen
sólo el paisaje ha cambiado
todavía están alineados en las carreteras
plagadas de legionarios
falsos molinos de viento y gallos dementes
son la misma gente
solo que más lejos del hogar
en autopistas de cincuenta carriles
en un continente concreto
intercalado de blandos anuncios
representando imbéciles ilusiones de felicidad

la escena tiene menos cureñas
pero más ciudadanos inválidos
en automóviles pintados
y llevan placas extrañas
y motores
que devoran Norteamérica


domingo, 14 de mayo de 2017

Olores (por Enrique González Tuñón)


Ese olor de las tiendas de ultramarinos. ¿Recuerda usted? En pleno centro, a veces. O mejor, en la calle Pedro Mendoza, o en Junín y Corrientes. Olor de vodka y salmón en lata; de arreos de pesca y arenque ahumado. Ese olor.

Ese olor a color de mapa.

Ese olor a ruido de motor de remolcador.

Ese olor a Hotel de Inmigrantes.

Ese olor a colonia extranjera. Ese olor.

Ese olor fresco del alambre y la cuerda; ese olor húmedo, espeso, de mostrador y trastienda; de comida dulce; de dulce agrio; de ropa comprada en puertos; ese olor ultramarino. Ese olor.

Ese olor a comida en las calles Veinticinco de Mayo. Reconquista o Leandro Alem. Olor a agencia de colocaciones, también. Y a calentador de kerosene. A tufo de calentador. A violín sacado del baúl lleno de polvo. A armónica. A afiches de la guerra ítalo-turca, o anglo-boers. Ese olor.

Ese olor a tricomía de Trípoli. De familia real española. Ese olor.

Ese olor ultramarino.

Ese olor azul de mapa y ojo de buey.

El personaje de Proust por el aroma de una taza de té, reconstruye todo un tiempo perdido, pasado. Huela, huela usted cuando pase por una tienda de ultramarinos: Huele a Centenario, ¿verdad? a 1910. La Infanta Isabel. El Presidente Montt. Roque Sáenz Peña. Las primeras huelgas y manifestaciones. El abigarramiento en el Hotel de Inmigrantes, las terceras, la carta de España, la Exposición, las tiendas de ultramarinos.

Huela, huela usted cuando pase por una tienda de ultramarinos. ¿Huele a retrato antiguo, verdad? A postal de colores. La Plaza del Congreso. El monumento de los españoles. Un niño con sombrerito de paja que cruza la calle. Un fiacre. Un tranvía a caballos. El mayoral.

Huela, huela usted cuando pase por una tienda de ultramarinos. Huele a heliotropo, brocamelia y alelí. Huele a Parece que Fue Ayer. A trencito del Parque Japonés. A cuello Mey. A bigotera y cosmético. A 1914. Huele a progroms. A guerra europea.

Los diarios nos recuerdan cada día ese olor, esos olores.

Lituania, Letonia, Estonia, Finlandia, Polonia… Kovno, Vilma, Helsingfors, Riga…

Inmediatamente se desparrama un olor a arenque ahumado, a pepinos en vinagre, a salmón en lata, a pescado en barrica, a esturión, a bacalao, a arreos de pesca, a… un olor ultramarino. (Todo esto puede ser un poco literario, pero ustedes comprenderán.)

En seguida, el paisaje. Ahora hay sobresalto en el mar, en las rías y en los ríos; en los prados y en las colinas.

¿Qué será de esos paisajes reproducidos en los atriles de algunos pianos automáticos?

¿Qué será de la rueda del molino mal pintado?

Vemos a una mujer gorda cortando pescado sobre una tabla. (La gorda de la pescadería.)

A un grupo de hombres del norte cuchicheando a la puerta del café maloliente. A un vendedor de diarios cuyos títulos no podremos deletrear nunca. A un sacerdote de una religión extranjera –y extraña—. A un retrato de novios, en el fondo de la sala, sobre unos tarros de compota de penetrante olor (ultramarino). A alguien que cruza la calzada llevando a un niño de la mano. A un niño agitando desde la borda de un barco de carga su gorra de pana (ultramarina). Y, finalmente, a una pandilla de chiquillos rubios, rotosos, sucios, que hablan ya el lenguaje de la calle, el lenguaje argentino, mientras la más vieja de las mujeres, la más vieja, mueve melancólicamente la cabeza y habla todavía del barco como el gringuito cautivo de “Martín Fierro”.

Y, sobre la mesa, el diario, y en el diario los telegramas fechados en esos lugares (ultramarinos) que, sin duda, no conoceremos nunca. Y entonces, al puchero cotidiano se mezcla un súbito y profundo olor (ultramarino) de arenque ahumado, de salmón en lata, de pepino en vinagre, de pescado en barrica.

Es curioso.

Y triste, bien triste, muy triste. (Ultramarino)



sábado, 13 de mayo de 2017

Mediterráneo (por Eugenio Montale)


Antiguo, estoy embriagado por la voz
que brota de tus bocas cuando se abren
como verdes campanas y se repelen
hacia atrás, disolviéndose.
La casa de mis veranos juveniles
-lo sabes- estaba a tu lado
allá en la tierra donde el sol calcina
y oscurecen el aire los mosquitos.
Hoy como entonces ante ti permanezco
inmóvil, mar, pero no me creo
digno ya de la solemne admonición
de tu aliento. Me dijiste primero
que el pequeño fermento
de mi corazón no era sino un instante
del tuyo, que en el fondo de mí
estaba tu arriesgada ley: ser enorme y diverso
y fijo al mismo tiempo,
para librarme así de toda suciedad,
como tú cuando arrojas a tus playas
entre estrellas de mar, corchos y algas,
las inútiles sobras de tu abismo.


viernes, 12 de mayo de 2017

Navegando en el polvo (por Jorge Boccanera)


Un Santiago de Chuco de labios apretados lo ve
pasar y dice: como si la victoria y la derrota
comieran de su plato y dice: como un hueso
escarbando en el habla de nadie, ¿y tanto así?

Pasa un zumbido un triste alguna capa un capellán
un globo sin su niño un ala que saluda las tardes
son iguales aquí pasa Vallejo navegando en el polvo
de las demoliciones.

Como si la victoria (se lo dije) como si la
derrota (¿no le digo?) comieran de su plato y
él escupiera el plato porque un dedo de sangre
va abriéndole los ojos porque hay un aguacero
que se lo lleva todo.

Pasa el maestro de escuela por las calles vacías.
Una mano cortada lo lleva de la mano.



jueves, 11 de mayo de 2017

Sólo este día (por Rosario Castellanos)


Para el amor no hay cielo, amor, sólo este día;

este cabello triste que se cae cuando

te estás peinando ante el espejo.

Esos túneles largos que se atraviesan

con jadeo y asfixia,

las paredes sin ojos,

el hueco que resuena de alguna voz oculta

y sin sentido.

Para el amor no hay tregua, amor.

La noche no se vuelve, de pronto, respirable.

Y cuando un astro rompe sus cadenas

y lo ves zigzaguear, loco, y perderse,

no por ello la ley suelta sus garfios.

El encuentro es a oscuras.

En el beso se mezcla el sabor de las lágrimas.

Y en el abrazo ciñes el recuerdo de aquella

orfandad, de aquella muerte.



miércoles, 10 de mayo de 2017

Tú dormías (por José Hierro)


Me tendí sobre la hierba entre los troncos

que hoja a hoja desnudaban su belleza.


Dejé el alma que soñase:

volvería a despertar en primavera.


Nuevamente nace el mundo, nuevamente

naces, alma (estabas muerta).

Yo no sé lo que ha pasado en este tiempo:

tú dormías, esperando ser eterna.


Y por mucho que te cante la alta música

de las nubes, y por mucho que te quieran

explicar las criaturas por qué evocan

aquel tiempo negro y frío, aunque pretendas

hacer tuya tanta vida derramada

(era vida, y tú dormías), ya no llegas

a alcanzar la plenitud de su alegría:

tú dormías cuando todo estaba en vela.


Tierra nuestra, vida nuestra, tiempo nuestro...

(Alma mía, ¡quién te dijo que durmieras!)

martes, 9 de mayo de 2017

Adónde hemos llegado (por Sebastián Olaso)


Adónde, entonces, adónde hemos llegado,
si aquí no hay ni puente, ni puerta, ni puerto,
ni andén, ni abrazo, ni lápida.
Qué hacemos en este círculo
de viajes estancados,
en estos zapatos sin ninguna vocación.
Hacia dónde querrá empujarnos el deseo,
cuándo, por qué, para qué.
Dónde están los mapas del sí, del también,
del todavía.
Hacia dónde partiremos
cuando el viento desordene la quietud,
hacia dónde cuando la noche desdibuje
las sombras que nos matan.
Dónde, dónde está la guarida de Dios,
dónde está su palacio
construido con esclavos del infierno.
Nuestros ojos ya no son
los traductores del silencio.
Nuestras lágrimas ya no tienen
más espejo que el pasado.
Una jauría de soledades nos hostiga.
No sabemos por qué, no sabemos cómo,
no sabemos para qué,
pero hasta aquí hemos llegado.
No hay nada más cierto.
No hay nada más.
No hay nada.
No.



lunes, 8 de mayo de 2017

Buscando cierta oscuridad (por Isabel Bono)



desde dentro de un armario

cerrados los ojos

escuchaba la risa de mi madre

el viento en la chimenea

el eco de un martillo

un dedal rodando bajo la cama

el crujir de la madera bajo mis muslos


palabras que se perdían

y me buscaban


los sonidos, cualquiera

siempre encontraron un lugar donde vivir

a mi lado


ahora no sé qué fue del silencio,

si alguna vez lo hubo





domingo, 7 de mayo de 2017

La chica del cartel (por Philip Larkin)


Ven al sol de Prestatyn
decía riendo la chica del cartel,
arrodillada en la arena
y de ajustado y blanco satén.
Tras ella un pedazo de costa
y un hotel con palmeras parecían
brotarle de los muslos y los brazos
extendidos para alzarle los pechos.

La pegaron un día de marzo.
Un par de semanas después era bizca
y le habían pintado unos colmillos;
le marcaron con saña enormes tetas
y una raja en la entrepierna, y entre los muslos
le habían hecho unos garabatos
que la dejaban bien abierta de piernas
sobre una verga tuberosa y las pelotas

con la firma de El Enano Thomas,
mientras que alguien había utilizado un cuchillo
o lo que fuera para apuñalarle
los labios con bigote de su sonrisa.
Era demasiado exquisita para esta vida.
Muy pronto, un gran desgarrón transversal
dejó solo una mano y un poco de azul.
Ahora hay un cartel de Lucha contra el cáncer.



sábado, 6 de mayo de 2017

Vivos (por Maybell Lebron)


Mira estamos vivos.
Siento la savia oscura galopar en mis cauces.
La luz borra quimeras
-huéspedes de párpado ceñido-
y dibuja sin prisa tu contorno olvidado.
El nácar de la arena tramonta el aire y se deshace.
En la playa las huellas son testigo.
Mi aliento y tu cuerpo palpitante repican:
Ya ves
estamos vivos. 


viernes, 5 de mayo de 2017

El silencio (por Julia Uceda)



Hay un vacío en el que no se oyen las zapatillas.
Y otro más profundo: el que disuelve nuestras manos.
Y nuestro cuerpo. Y sólo flotan unos ojos
que no lo parecen. Aunque daría lo mismo
porque ya no pensamos con palabras
que todo lo confunden.
Además
¿para qué edificar un templo de un grito?
Un grito que no suena en la expansión de las constelaciones.
Un grito que no oye el pastor de planetas.
Un grito que se llena, como un cubo, de huecos.
Un templo que visitan arenas y huracanes.
La boca ha gritado,
¿de qué huerto ha venido? ¿En qué lejana flor
se hará otra vez silencio,
historia no aprendida
y vida sin pregunta?
¿En qué agua de otro tiempo
se pulió la mandíbula y su origen?
¿En qué apagado sol
se removió su cero antes del cero?
Gritar: tan sólo un accidente, una arruga en el aire.
Y un destrozo,
un harapo de algo; un desgarrón superfluo
desde el violento, desde el distraído
que empuja, pisa y habla alto. No grita.
Alto, sólo, habla.
Se oye su voz pavorreal.
Y el grito se desenrosca desde su sima profunda:
un poquito de aire que, primero,
tropieza con la esquina del pulmón,
garganta arriba. Luego ulula, asalta
la pared que contiene su infinitud,
su triste desmesura,
arañando su cárcel, resuelto en templo,
ecos en frío crisopacio que se aleja,
en el tiempo, de la boca: su nido.
Y nada alrededor. La boca mueve
sus alas sin sonido, sin sentido,
entre el agua y el huerto,
entre hueso temprano y légamo futuro,
entre el cero y el cero.
Entre el cero y su carga.



jueves, 4 de mayo de 2017

Es un viejo magnífico que no se toma en serio (por Jaime Sabines)


Me encanta Dios. Es un viejo magnífico que no se toma en serio. A él le gusta jugar y juega, y a veces se le pasa la mano y nos rompe una pierna o nos aplasta definitivamente. Pero esto sucede porque es un poco cegatón y bastante torpe con las manos.

Nos ha enviado a algunos tipos excepcionales como Buda, o Cristo, o Mahoma, o mi tía Chofi, para que nos digan que nos portemos bien. Pero esto a él no le preocupa mucho: nos conoce. Sabe que el pez grande se traga al chico, que la lagartija grande se traga a la pequeña, que el hombre se traga al hombre. Y por eso inventó la muerte: para que la vida -no tú ni yo- la vida, sea para siempre.

Ahora los científicos salen con su teoría del Big Bang... Pero ¿qué importa si el universo se expande interminablemente o se contrae? Esto es asunto sólo para agencias de viajes.

A mí me encanta Dios. Ha puesto orden en las galaxias y distribuye bien el tránsito en el camino de las hormigas. Y es tan juguetón y travieso que el otro día descubrí que ha hecho -frente al ataque de los antibióticos- ¡bacterias mutantes!

Viejo sabio o niño explorador, cuando deja de jugar con sus soldaditos de plomo y de carne y hueso, hace campos de flores o pinta el cielo de manera increíble.

Mueve una mano y hace el mar, y mueve la otra y hace el bosque. Y cuando pasa por encima de nosotros, quedan las nubes, pedazos de su aliento.

Dicen que a veces se enfurece y hace terremotos, y manda tormentas, caudales de fuego, vientos desatados, aguas alevosas, castigos y desastres. Pero esto es mentira. Es la tierra que cambia -y se agita y crece- cuando Dios se aleja.

Dios siempre está de buen humor. Por eso es el preferido de mis padres, el escogido de mis hijos, el más cercano de mis hermanos, la mujer más amada, el perrito y la pulga, la piedra más antigua, el pétalo más tierno, el aroma más dulce, la noche insondable, el borboteo de luz, el manantial que soy.

A mí me gusta, a mí me encanta Dios. Que Dios bendiga a Dios.



miércoles, 3 de mayo de 2017

Un viento suave perturbando una fogata (por Paul Auster)


Siempre el más pequeño de los actos

posible
en este tiempo de actos

más grandes que la vida, un gesto
hacia la cosa que pasa

apenas entrevista. Un viento suave

perturbando una fogata, por ejemplo,
que accidentalmente
hallé el otro día

en la pared de un museo. Allí
no hay casi nada: algunos vestigios
de blanco

arrojados con desgana sobre
el negro puro del fondo, nada más
que un pequeño gesto
intentando ser nada

más que él mismo. Y sin embargo
no está allí
y a mis ojos nunca se transformará
en la cuestión
de tratar de simplificar

el mundo, pero sí un modo de buscar un lugar
para entrar en él, una manera de estar
presente
entre las cosas
que no nos desean –pero que necesitamos
en la misma medida que necesitamos
de nosotros mismos. Sólo un momento antes de que
la hermosa

mujer
que estaba parada delante de mí
había estado diciendo cuánto deseaba
procrear y cómo el paso del tiempo
le estaba jugando en contra. Dijimos:
cada uno de nosotros debe
escribir un poema utilizando
las palabras ‘Un viento
suave

perturbando una fogata’. Desde entonces
nada

ha significado tanto como el pequeño
acto
presente en estas palabras, el acto
de intentar hablar

palabras

que significan casi nada. Hasta el mismísimo final
quiero ser igual
a lo que fuera que mi ojo me traiga, como si
yo pudiera finalmente verme
abandonarme
en las cosas casi
invisibles

que nos llevan con nosotros mismos y todos
los niños por nacer

al mundo.



martes, 2 de mayo de 2017

El mal que no firmamos (por Saiz de Marco)


el mal hecho al descuido
el mal silente
el mal pasivo
el mal difuso
el mal oblicuo
el mal que "me dejé llevar por"
el mal gregario
el mal anónimo
el mal cooperativo
el mal a la ligera
el mal "pues no se nota"
y "esto no va conmigo"
el mal con autoexcusa
y con pseudocoartada blanqueado
el mal de la trastienda
el mal de la barrera
el mal "bah si no siente"
el mal "estilo Poncio" (traigan la palangana)
el mal autorizado contra el débil
el mal risueño

el mal tan cortésmente ejecutado
el mal legal
el mal tribal
el mal acostumbrado
"así fue siempre"
el mal que no firmamos pero hacemos



domingo, 30 de abril de 2017

Las pequeñas eternidades (por Roberto Juarroz)


Desperté demasiado temprano
y comencé a pensar en lo eterno,
pero no en la gran eternidad de los rezos
sino en las pequeñas eternidades olvidadas.

La parte que no fluye del río,
aquello de la ciudad que siempre calla,
el lugar que no duerme en tu cuerpo dormido,
aquello que no despierta en mi cuerpo despierto.

Sentí entonces que las pequeñas eternidades
son preferibles a la gran eternidad.

Y no pude volver a dormirme.


sábado, 29 de abril de 2017

Hacia las aguas dulces (por Gottfried Benn)



Un cadáver canta:

Pronto me cruzarán los campos y gusanos.

El labio del terreno roe: el muro se rasga.

La carne se deshace. Y en las oscuras torres

de los miembros la tierra duradera festeja.


Ya libre de mi reja desbordada de lágrimas.

Liberado del hambre y de la espada.

Y como las gaviotas escapan en invierno

hacia las aguas dulces: así: de vuelta a casa.


viernes, 28 de abril de 2017

Al silencio (por Rolf Jacobsen)


Trata de acabar ya
con las provocaciones y las estadísticas de ventas,
los desayunos dominicales y los hornos de incineración,
de acabar con los desfiles de modas y los horóscopos,
los desfiles militares, los concursos de arquitectura
y las tres hileras de luces de tráfico.
Déjalo ya y acaba
con los preparativos para la fiesta y las quinielas
de ocho variantes,
familias del índice de consumo y análisis de mercadotecnia
porque es tarde,
es demasiado tarde,
acaba ya y vuelve a casa
al silencio de después
que te recibe como una inyección de sangre caliente en la frente
y como los truenos en camino
y como el tañido de potentes campanas
que hacen temblar al tímpano
porque las palabras ya no existen,
ya no hay más palabras,
desde ahora todo hablará
con las voces de piedras y árboles.

El silencio que vive en la hierba
en la parte inferior de cada brizna
y en los espacios azules entre las piedras.
El silencio
que sigue a los disparos y al gorjeo de las aves.
El silencio
que cubre al muerto con una manta
y espera en la escalera a que todos se hayan ido.
El silencio
que se posa en tus manos como un pájaro,
tu único amigo.


jueves, 27 de abril de 2017

Pero preferí ser un vagabundo (por Roberto Bolaño)



Servía para la química, para la química pura.

Pero preferí ser un vagabundo.

Vi el amor de mi madre en las tempestades del planeta.

Vi ojos sin cuerpo, ojos ingrávidos orbitando alrededor de mi lecho.

Decían que no estaba bien de la cabeza.

Tomé trenes y barcos, recorrí la tierra de los justos

en la hora más temprana y con la gente más humilde:

gitanos y feriantes.

Me despertaba temprano o no dormía. En la hora

en que la niebla aún no ha despejado

y los fantasmas guardianes del sueño avisan inútilmente.

Oí los avisos y las alertas pero no supe descifrados.

No iban dirigidos a mí sino a los que dormían,

pero no supe descifrados.

Palabras ininteligibles, gruñidos, gritos de dolor, lenguas

extranjeras oí adonde quiera que fuese.

Ejercí los oficios más bajos.

Recorrí la Argentina y toda Europa en la hora en que todos

duermen y los fantasmas guardianes del sueño aparecen.

Pero guardaban el sueño de los otros y no supe

descifrar sus mensajes urgentes.

Fragmentos tal vez sí, y por eso visité los manicomios

y las cárceles. Fragmentos,

sílabas quemantes.

No creí en la posteridad, aunque a veces

creí en la Quimera.

Servía para la química, para la química pura.



miércoles, 26 de abril de 2017

Esa mujer y su puente hacia mi rostro (por Julieta Valero)



En estos días de verano

una mujer discontinua, pariente de olas y sórdidos menajes.

En este verano plagado de días para los que no tengo alimento

una mujer arrasada y sinembargo.


Y me mira, me mira enseñando el sistema nervioso,

a mí, sólo a mí, que me pongo hermosa de privilegio;

se abre la camisa y tiene dos llagas para mí,

que me revelo deseable como un desarraigo

e ingreso en la vida azarosa de los espías.


Una mujer arrasada y aún es tiempo.


Y en mí conoce al fin puente y calidez.


«Trabaja con las manos» —alguien dice—.

«Se le cayó el alma en un descuido y

la saca los domingos de paseo»

—susurran sus órganos, todos con fiebre—.

Y yo sé más de lo que debiera

escuchando su cuerpo de último esfuerzo por todo;

su cuerpo brotado a destiempo en un bosque

de árboles esbeltos como niñas

(«todas eran más guapas» —admitía su madre—).


Hoy son muchos los hombres y mujeres que corren a escuchar

lo que canta su desnudo.


¡Oh tierra que pace once meses bajo el agua!

¡Oh cuerpo hermano al borde del abismo!

Dadme plaza en este mes que a todos los ojos convoca.


La casa que habitamos apenas ha notado un susurro.

Los árboles de ahí fuera nos distan con jurásica piedad.


Se irán las diminutas clavículas de mi perro, que sostienen su tanto,

te llorarán los pechos con pena cada día más blanda.

Y me muero, me estoy muriendo en el sol,

me estoy muriendo de una pequeña dimensión

porque toco la vida y es tan frágil que me enferma.

Me muero de pena por todo lo innombrado

esa mujer y su puente hacia mi rostro.


Una fina corriente arrastra pronto el luto.

Soy desleal tal cual tomo aliento.


Viene mi amante, entran los días; yo diré si me tocan.

Bajo al comedor y ya te estás diluyendo, no nos hemos sucedido.

Silencio. Nuevos visitantes.


martes, 25 de abril de 2017

Nosotros los recuerdos (por Edgar Lee Masters)



Por aquí andamos. Nosotros, los recuerdos.

Apartamos los ojos porque nos da miedo leer:

«17 de junio de 1884. 21 años y 3 días».

Todo ha cambiado.

Nosotros, los recuerdos, seguimos aquí, solos,

pues no hay ojo que pueda vernos ni saber por qué estamos aquí.

Tu marido ha muerto. Tu hermana vive lejos.

A tu padre ya le dobla la edad.

Te ha olvidado, apenas

si sale de casa.

Nadie hay que recuerde tu rostro delicado,

tu voz aflautada,

ni cómo cantabas, incluso la mañana en que te hirió

el intenso dulzor de un dolor palpitante

hasta la llegada del hijo que murió contigo.

Todo está olvidado, salvo por nosotros, los recuerdos,

que hemos sido olvidados por el mundo.

Todo ha cambiado, salvo el río y la colina…

Pero también ellos han cambiado.

Solo el sol ardiente y las plácidas estrellas son iguales.

Y nosotros, nosotros, los recuerdos, seguimos aquí, aterrados,

los ojos anegados por el cansancio de las lágrimas,

con un inmenso cansancio.



lunes, 24 de abril de 2017

La fuerza que empuja (por Dylan Thomas)



La fuerza que por el verde tallo impulsa la flor

impulsa mi verde edad; la que hace estallar las raíces de los árboles

es mi destructora.

Y yo estoy mudo para decirle a la encorvada rosa

que mi juventud está doblegada por la misma fiebre invernal.


La fuerza que empuja el agua a través de las rocas

impulsa mi roja sangre; la que exprime las bocas de los arroyos

convierte la mía en cera.

Y yo estoy mudo para decirles a mis venas

que en el manantial de la montaña mama la misma boca.


La mano que agita el agua del charco

revuelve las arenas movedizas; la que ata las ráfagas del viento

tira de la vela de mi mortaja.

Y yo estoy mudo para decirle al ahorcado

que la cal del verdugo está hecha con mi barro.


Los labios del tiempo chupan de lo más alto del manantial;

el amor gotea y se acumula, pero sólo la sangre caída

podrá aliviar sus heridas.

Y yo estoy mudo para decirle al viento cósmico

que el tiempo ha marcado un cielo alrededor de las estrellas.


Y yo estoy mudo para decirle a la tumba de la amada

que en mi sábana anda encorvado el mismo gusano.


domingo, 23 de abril de 2017

La fría red (por Robert Graves)


El niño no sabe expresar qué frío es el día,
qué cálido el perfume de la rosa en verano,
qué temibles los negros desiertos del cielo nocturno,
qué aterradores los altos soldados que pasan golpeando tambores.

Pero nosotros tenemos el lenguaje, que desafila ese calor enfurecido,
el lenguaje que apaga el cruel perfume de la rosa.
Deletreándola, alejamos la noche que se cierne;
deletreándolos, alejamos los soldados y el terror.

La fría red del lenguaje nos apresa;
refugio contra la demasiada alegría, contra el excesivo terror:
hasta que al fin nos volvemos verde-mar
y morimos fríamente en la sal y la locuacidad.

Pero si dejáramos a nuestras lenguas liberarse,
rechazando las palabras y su líquido abrazo,
no cuando llega la muerte, sino antes,
enfrentando la vasta luz del día infantil,
enfrentando la rosa, el cielo oscuro y los tambores,
enloqueceríamos sin duda hasta la muerte.


sábado, 22 de abril de 2017

Pero recuerdo (por Julia Uceda)


Recordar no es siempre regresar a lo que ha sido.
En la memoria hay algas que arrastran extrañas maravillas;
objetos que no nos pertenecen o que nunca flotaron.

La luz que recorre los abismos
ilumina años anteriores a mí, que no he vivido
pero recuerdo como ocurrido ayer.

Hacia mil novecientos
paseé por un parque que está en París -estaba-
envuelto por la bruma.
Mi traje tenía el mismo color de la niebla.

La luz era la misma de hoy
-setenta años después-
cuando la breve tormenta ha pasado
y a través de los cristales veo pasar la gente,
desde esta ventana tan cerca de las nubes.

En mis ojos parece llover
un tiempo que no es mío.


viernes, 21 de abril de 2017

Silencio y oscuridad (por Edward Young)


¡Silencio y oscuridad! ¡Solemnes hermanas!
gemelas desde la noche antigua,
que amamanta el tierno pensamiento para razonar
y sobre la razón construye resolución
(esa columna de verdadera majestad en el hombre),
ayudadme: os daré las gracias en la tumba;
el sepulcro, vuestro reino: de allí caerá esta farsa,
una víctima sagrada para vuestro triste santuario.
Pero, ¿qué sois?

Vosotras, que pusisteis en fuga
al primer silencio, cuando las estrellas de la mañana,
exultando, aullaron sobre la esfera naciente;
oh, vosotras, cuya palabra de la sólida oscuridad hizo arder
esa chispa, el sol; también encendió el conocimiento de mi alma;
mi alma, que vuela hacia vosotras, su confianza, su posesión,
como los avaros a su oro, mientras otros descansan.

A través de esta opacidad de la naturaleza y del alma,
esta doble noche transmite un rayo compasivo
para aligerar y alegrar. Oh, guiad mi mente
(una mente que se alejará de su aflicción),
llevadla a las variadas escenas de la vida y la muerte;
y que de cada escena las más nobles verdades inspiren
menos mi conducta que mi canción;
enseñadme mi mejor razón, la razón; mi mejor voluntad;
enseñadme la rectitud; y a enderezar mi firme resolución
de sabiduría y amor, y a pagar su largo retraso:
no permitáis que el cuenco de vuestra venganza,
sobre la cabeza que me fue dedicada, se vierta en vano.


jueves, 20 de abril de 2017

Pisan su propia obra (por Fabio Morábito)


Yo que no tengo oficio
excepto traducir,
que más que oficio es una astucia,
miro a los albañiles
que en lo bajo
conocen todo o casi todo
del cemento;
trabajan duro,
mezclándose con orden
a la luz del día.
Levantan de la nada
una materia audible,
ven cómo el simple lodo
se transforma
para imprimirse en él
la voluntad común.
Conforme el edificio crece,
suben de altura,
pisan su propia obra,
no tienen dudas,
saben que el mundo existe.
y que cada piso cuesta
y cada metro exige
un sacrificio.
Lo saben sin pensarlo,
con cada músculo que tienen,
por eso vueven a sus casas
tan livianos,
sin pesadumbre,
y mientras unos fuman,
los otros no desvían los ojos
de la acera,
están cansados,
dejaron todo en los ladrillos,
que se enfrían.


miércoles, 19 de abril de 2017

Por la noche mis huesos (por Javier Rodríguez Marcos)


Ahora sólo soy huesos. Los peces me conocen
y atraviesan confiados las cuencas de mis ojos.
Se han disuelto mis manos en la sal y mis piernas
crecen entre raíces en las rocas y el fango.
Recuerdo vagamente mi vida y sueño a veces
que hay plantas abisales coronando mi cráneo.
Por la noche mis huesos están tristes y echan
de menos el sonido de un corazón latiendo
y el pulso de la carne
que sirvió de alimento a la fauna marina.
Es la vuelta al origen. Me resigno y me digo
que ya andarán mis ojos entre perlas y estrellas,
como siempre quisieron cuando sólo eran ojos,
ni claros ni serenos, de un hombre en un naufragio.


martes, 18 de abril de 2017

A orillas de la playa (por Fernando Pessoa)



Aquí a orillas de la playa, mudo y contento del mar,

sin nada ya que me atraiga ni nada que desear,

crearé un sueño, tendré mi día, cerraré la vida,

y nunca tendré agonía, porque me dormiré en seguida.


La vida es como una sombra que pasa sobre un río

o como unos pasos en la alfombra de un cuarto vacío;

el amor es un sueño que llega para el poco ser que se es;

la gloria concede y niega; no tiene verdades la fe.


Por eso en la orilla morena de la playa callada y sola,

se me hace pequeña el alma, libre de pena y de dolor;

sueño sin casi ya ser, pierdo sin haber tenido,

y empecé a morir mucho antes de haber vivido.


Denme, aquí donde yazgo, sólo una brisa que pase,

nada quiero del acaso, salvo la brisa en el rostro;

denme un vago amor de lo que nunca tendré,

no quiero gozo ni dolor, no quiero vida ni ley.


Solo, en el silencio cercado por el sonido brusco del mar,

quiero dormir sosegado, sin nada que desear,

quiero dormir apartado de un ser que nunca fue suyo,

tocado por el aire sin fragancia de la brisa de cualquier cielo.


lunes, 17 de abril de 2017

Siempre estuve a favor de los espejos empañados (por Isabel Bono)


De hoy dirás que viste a una mujer desnuda.
Y es que hay mujeres que llegan a la vida de uno
sin marcas de tirantes en la espalda.
Y uno se ducha y despereza brazos abiertos
como si siguiera de vacaciones.
Lo sé: estoy teniendo un ataque de intolerancia
un ataque al corazón
un ataque de dolor inmenso. Ya no dudo cuando caigo.

‒Mira cómo me han dejado los brazos tus insectos favoritos.
Muchas veces pensé que eras tú:
cuando mirabas, cuando no mirabas.
Tanto tiempo perdido leyendo a Proust
para que el azar te coloque a cincuenta metros de mi casa.

Desempaqueta el invierno, amor
que me he puesto todos los jerséys que me regalaste, debí decir.
‒Llevas la pereza cosida a los labios.
Cosas así no deben decirse nunca, por eso no las dije.

Sé que hago mal cuando miento
y cuando callo. Me detienen tus gestos.
Pero nunca más: tengo manos y boca y un cuerpo saturado
que me habla (porque el cuerpo nunca miente).
Dices que después del sueño no hay nada
y me despierto dormida
sin saber dónde ni por qué tanta miseria.
Si miraras me verías a contra luz, ahora que las cosas
son esqueletos de un tiempo que nunca fue entre nosotros
siempre pensando en cuándo te irías y el viajero era yo,
sin nombre sin domicilio sin cuenta corriente
sin miedo a la soledad más absoluta
ni al tiempo perdido ni a la luz
que ya llega custodiada por los pájaros.
Tendré una ventana y ninguna esperanza.
La vida (o algo parecido) destruirá mi casa
y yo seguiré esperando ver amanecer como tantas veces.

Nada por cumplir, amor
más que los ritos verticales
que ahora se deslizan como peces amaestrados.
Y me detengo por primera vez y miro:
repartiremos los libros
clasificaremos los rencores
desinfectaremos los sueños que quedaron atrapados
en las plantas que se secaron (por mi culpa).
Me llevo dos platos, el cenicero azul y el abrecartas.
Pero antes dime que has soñado y que fue conmigo
dime si alguna vez te has visto amarme en tus sueños.
La luz es la prueba definitiva de que alguien te ama, dijiste.
La luz naranja y gris y azul
que abre todas las rendijas a media tarde.
Viajar no era necesario.
Te faltó rezar, reconócelo. No fuiste capaz de arrodillarte.
Tampoco se trataba de eso. Siempre quisiste saber
lo que se siente en un tren en marcha
cuando todas tus pertenencias están en la maleta.
Saberlo todo de repente,
reconocer a tientas tus objetos más valiosos.
Pero la velocidad no es eso.
Decidiste que el mundo se sostenía
sobre un alambre oxidado.
‒Dime que no necesitas nada y me rendiré.
Cercos de vasos que ninguna cera pudo remediar
eran la medida del tiempo que nos bebíamos.
Abejas muertas entre las sábanas.
Le robé todas las mentiras que pude a tu corazón.
Ahora un solo verano arrastra mi vida
y ningún viento echa abajo mi casa.
Mis palabras, sin ninguna prisa
pájaros tomando el sol sobre una grúa del puerto.

El azar encontró una calle donde vigilarnos
y fuimos moscas sin alas untadas en aceite.
El azar también duda
y los cobardes se abrazan bajo árboles enfermos.
Se abrazan y ríen.
No oigo de sus bocas
más que el lento devaneo de la muerte.
No es fácil acostumbrarse.
Si de niño te hubiesen clavado
un cristal en cada mano comprenderías mis palabras.
Manos desarraigadas sosteniendo lo que queda
de este amor.
Manos para colar leche: hojas secas entre las manos.
Manos hechas para el agua: peces
habitando mis manos alicatadas.
Ahora sé que alguien borró el trazado de las calles
y que preferías mujeres de pasado pluscuamperfecto:
yo siempre te amo (entonces) en infinitivo.
-Hoy desearía tener la edad de un árbol.
Tanta soledad parecía una broma estúpida.
Cada paso, un metro cúbico de lluvia.
Identifícate con fuego y saldrás perdiendo, dijo alguien
en un idioma que no llegué a reconocer.
Un gato sucio y mojado buscó refugio entre mis piernas
con tus mismos gestos (entre mis piernas).
Pronto supe que es mentira la venganza
y los regímenes de 2.000 calorías.

No podrías asegurarlo,
pero creo que fue en ese preciso instante
cuando recordé las palabras de Rilke:
Los gatos hacen aún mayor el silencio que nos rodea.



domingo, 16 de abril de 2017

Embajadora (por William Carlos Williams)



Una mujer negra
llevando un ramo de flores grandes
envueltas
en un viejo periódico:
las lleva rectas,
con la cabeza descubierta,
el volumen
de sus muslos
haciéndola balancearse
conforme avanza
mirando
la vitrina de una tienda
que queda en su camino.
Qué es ella
sino una embajadora
de otro mundo
un mundo de flores bellas
de dos tonos
que ella anuncia
sin saber lo que hace
más
que caminar por las calles
sosteniendo las flores rectas
como una antorcha
tan temprano en la mañana.



sábado, 15 de abril de 2017

Desamor (por Rosario Castellanos)


Me vio como se mira al través de un cristal
o del aire
o de nada.

Y entonces supe: yo no estaba allí
ni en ninguna otra parte
ni había estado nunca ni estaría.

Y fui como el que muere en la epidemia,
sin identificar, y es arrojado
a la fosa común.


viernes, 14 de abril de 2017

Pero no el corazón (por Simon Armitage)



He hecho testamento; me dejo a la Salud

Nacional. Estoy seguro de que pueden usar

las gelatinas y los tubos y jarabes y colas,

la red de nervios y venas, la hogaza de sesos,

un surtido de empastes y suturas y lesiones,

sangre – un galón exactamente de sopa de arándano –

el chasis o la jaula o la catedral de hueso;

pero no el corazón, pueden dejarlo solo.


Pueden tener el lote, todo el surtido:

los bucles y las bobinas y las ruedas dentadas y las

suspensiones y las bielas, los hilos y cuerdas y filamentos,

la cara, el estuche, los dientes y las manos,


pero no el péndulo, el corazón;

que lo dejen donde se pare o se cuelgue.

jueves, 13 de abril de 2017

En qué cuadros (por Abraham Gragera)


En museos, en libros de arte, trato de adivinar siempre en qué cuadros les gustaría vivir a las personas que admiro, los seres que amo, aquellos que recuerdo por soñar

todavía. A veces los descubro entre la multitud, en ceremonias campesinas, y a veces los convierto en ciudadanos de una ciudad ideal, la pincelada viva de una naturaleza

muerta, o unas simples figuras en un paisaje simple, cuyo único deseo es quedarse un poco más ahí, de pie, frente a los campos vacíos, como si el hombre fuese sólo

la forma humana del tiempo, y no la forma temporal del hombre el tiempo que los ha soñado así, a la altura de la siembra, a medida de la siega.

miércoles, 12 de abril de 2017

Quebrar el hipnotismo (por Roberto Juarroz)



Quebrar el hipnotismo de las cosas,

su presencia de extraña fijeza,

su pasado inferviente,

su espacio de impertérritas maniobras.


Quebrar el hipnotismo

que nos lleva a seguirlas,

a pactar con la vena y con la escoba,

a estirar el pasado,

a revolver el sitio de los muertos.


Quebrar el ciclo histérico

de sentirnos siempre enfrente de algo,

de manejar el humo como un cetro,

de apiadarnos de todos y de nadie.


El corazón se estrena a cada paso

y no tiene fijeza en la mirada.

El único hipnotismo tolerable

se apagó con las lámparas del templo.


Hay que desenfrentarse de la vida

y mirar hacia un ojo que no nos hipnotice.



martes, 11 de abril de 2017

En la delgada línea (por Charles Simic)



Los viejos tienen malos sueños,
duermen poco por eso.
Andan descalzos,
sin encender la luz,
o se quedan de pie, apoyados
en qué muebles tristísimos,
escuchando sus propios latidos.

Hay en el cuarto una ventana,
y es negra igual que una pizarra.
Cada viejo está solo
en el salón, fijos los ojos
en la delgada línea de gris
entre el estar aquí
y el ya no estar aquí.

No importa. Un vaso de agua,
eso venían a buscar,
aunque no nada más.
Escuchan: la pared tiene ratones,
un auto pasa por la calle,
sus padres muertos pasan arrastrando los pies
cuando van a la cocina.

lunes, 10 de abril de 2017

Los demás también (por Fernando Pessoa)


Una de mis preocupaciones constantes es el comprender cómo es que otra gente existe, cómo es que hay almas que no sean la mía, conciencias extrañas a mi conciencia, que, por ser conciencia, me parece ser la única.

Comprendo bien que el hombre que está delante de mí, y me habla con palabras iguales a las mías, y me ha hecho gestos que son como los que yo hago o podría hacer, sea de algún modo mi semejante. Lo mismo, sin embargo, me sucede con los grabados que sueño de las ilustraciones, con los personajes que veo de las novelas, con los personajes dramáticos que en el escenario pasan a través de los actores, que los representan.

Nadie, supongo, admite verdaderamente la existencia real de otra persona.

Puede conceder que esa persona esté viva, que sienta y piense como él; pero habrá siempre un elemento anónimo de diferencia, una desventaja materializada.

Hay figuras de tiempos idos, imágenes espíritus en libros, que son para nosotros realidades mayores que esas indiferencias encarnadas que hablan con nosotros por encima de los mostradores, o nos miran por casualidad en los tranvías, o nos rozan, transeúntes, en el acaso muerto de las calles. Los demás no son para nosotros más que paisaje y, casi siempre, paisaje invisible de calle conocida.

Tengo por más mías, con mayor parentesco e intimidad, ciertas figuras que están escritas en los libros, ciertas imágenes que he conocido en estampas, que muchas personas, a las que llaman reales, que son de esa inutilidad metafísica llamada carne y hueso.

Y «carne y hueso», en efecto, las describe bien: parecen cosas recortadas puestas en el exterior marmóreo de una carnicería, muertes que sangran como vidas, piernas y chuletas del Destino.

No me avergüenzo de sentir así porque ya he visto que todos sienten así.

Lo que parece haber de desprecio entre hombre y hombre, de indiferente que permite que se mate gente sin que se sienta que se mata, como entre los asesinos, o sin que se piense que se está matando, como entre los soldados, es que nadie presta la debida atención al hecho, parece que abstruso, de que los demás también son almas.

Ciertos días, a ciertas horas, traídas a mí por no sé qué brisa, abiertas a mí por el abrirse de no sé qué puerta, siento de repente que el tendero de la esquina es un ente espiritual, que el hortera, que en este momento se inclina a la puerta sobre el saco de patatas, es, verdaderamente, un alma capaz de sufrir.

Cuando ayer me dijeron que el dependiente de la tabaquería se había suicidado, sentí una impresión de mentira. ¡Pobrecillo, también existía! Lo habíamos olvidado, todos nosotros, todos nosotros que le conocíamos del mismo modo que todos los que no le conocieron. Mañana le olvidaremos mejor. Pero que tenía alma, la tenía, para que se matase. ¿Amores? ¿Angustias? Sin duda…

Pero a mí, como a la humanidad entera, me queda sólo el recuerdo de una sonrisa tonta por encima de una chaqueta de mezclilla, sucia, y desigual en los hombros. Es cuanto me queda, a mí, de quien tanto sintió que se mató de sentir porque, en fin, de otra cosa no debe de matarse nadie… Pensé una vez, al comprarle cigarrillos, que se quedaría calvo pronto. Al final, no ha tenido tiempo de quedarse calvo. Es uno de los recuerdos que me quedan de él. ¿Qué otro me había de quedar si éste, después de todo, no es suyo, sino de un pensamiento mío?

Tengo súbitamente la visión del cadáver, del ataúd en que le han metido, de la tumba, enteramente ajena, a la que tenían que haberle llevado. Y veo, de repente, que el dependiente de la tabaquería era, de cierta manera, chaqueta torcida y todo, la humanidad entera. Ha sido tan sólo un momento. Hoy, ahora, claramente, como hombre que soy, él ha muerto. Nada más.

Sí, los demás no existen… Es para mí para quien este ocaso remansa, pesadamente alado, sus colores neblinosos y duros. Para mí, bajo el ocaso, tiembla, sin que yo le vea correr, el río grande. Ha sido hecha para mí esta plaza abierta sobre el río cuya marea se acerca. ¿Ha sido enterrado hoy en la fosa común el dependiente de la tabaquería? No es para él el ocaso de hoy. Pero, de pensarlo, y sin que yo quiera, también ha dejado de ser para mí…




domingo, 9 de abril de 2017

Qué manera de comunicarte conmigo (por Roberto Bolaño)



Extraño maniquí de una tienda del Metro,
qué manera de observarme
y presentirme más allá de todo puente
mirando el océano o un lago enorme
como si de él esperara aventura y amor
Y puede un grito de muchacha en plena noche
convencerme de la utilidad de mi rostro
o se velan los instantes, placas de cobre al rojo vivo
la memoria del amor negándose tres veces
en aras de otra especie de amor
Y así nos endurecemos sin abandonar la pajarera
desvalorizándonos
o bien volvemos a una casa pequeñísima
donde nos espera sentada en la cocina una mujer
Extraño maniquí de una tienda del Metro
qué manera de comunicarte conmigo, soltero y violento
y presentirme más allá de todo
solamente me ofreces nalgas y senos
estrellas platinadas y sexos espumosos
No me hagas llorar en el tren naranja
ni en las escaleras eléctricas
ni saliendo repentinamente a marzo
ni cuando imagines, si imaginas, 

mis pasos de veterano absoluto
nuevamente bailando por los desfiladeros
Extraño maniquí de una tienda del Metro
así como se inclina el sol y las sombras de los rascacielos
irás inclinando tus manos
así como se apagan los colores y las luces de colores
se apagarán tus ojos
¿Quién te mudará de vestido entonces?
Yo sé quién te mudará de vestido entonces



sábado, 8 de abril de 2017

De tiempo (por Circe Maia)



Se hacen en el tiempo

y están hechos de tiempo.

Se hacen de a poco, como a pequeños golpes

de cincel, una estatua.


Como un tejido, punto por punto

día por día.


Pero después están. Están como una mesa

apoyada en el piso: ese modo de hablar, por ejemplo

esos gestos

los círculos de actos rutinarios

tan objetos

tan cosas

que sólo se deshacen con la muerte.



viernes, 7 de abril de 2017

Él tenía que gritar (por Simon Armitage)


Salimos

al patio de la escuela juntos, yo y el chico

cuyo nombre y cara


no recuerdo. Estábamos probando el rango

de la voz humana:

él tenía que gritar por todo lo que valía,


yo tenía que levantar un brazo

para hacer señales de un lado al otro de la divisoria

de que el sonido se había oído.


Llamó desde el parque —levanté un brazo.

Desde fuera de los límites,

gritó desde el final del camino,


desde el pie de la colina,

desde más allá del puesto de vigilancia de Fretwell’s Farm

—levanté un brazo.


Desapareció de la vista, pasó a llevar veinte años muerto

con un agujero de disparo

en el techo de la boca, en Australia Occidental.


Chico con el nombre y la cara que no recuerdo,

puedes dejar de gritar ahora, todavía puedo oírte.



jueves, 6 de abril de 2017

Y la muerte no tendrá dominio (por Dylan Thomas)



Y la muerte no tendrá dominio.
Los desnudos muertos serán uno
con el hombre en el viento y la luna del poniente;
cuando sus huesos sean descarnados y los descarnados huesos
se consuman,
en el codo y el pie tendrán estrellas;
aunque se vuelvan locos estarán cuerdos,
aunque se hundan en los mares se volverán a levantar;
aunque se pierdan los amantes, no se perderá el amor,
y la muerte no tendrá dominio.

Y la muerte no tendrá dominio.
Los que yacen hace tiempo en los recodos bajo el mar
no morirán ahí en vano;
retorcidos en los potros de tormento cuando cedan los tendones,
atados a una rueda de tortura, aun así no serán despedazados;
la fe en sus manos se partirá en dos
y los males los atravesarán como unicornios;
cuando todos los cabos estén rotos, ellos no se partirán;
y la muerte no tendrá dominio.

Y la muerte no tendrá dominio.
No pueden gritar más en sus oídos las gaviotas
ni romper ruidosas las olas en la playa;
donde surgió una flor, otra no podrá
alzar su cabeza a los golpes de la lluvia;
aunque estén locos y muertos como clavos,
sus cabezas se hundirán entre margaritas;
irrumpirán al sol hasta que el sol se hunda,
y la muerte no tendrá dominio.



miércoles, 5 de abril de 2017

Habrá tiempo (por T.S. Eliot)



Vayámonos entonces, tú a mi lado,

cuando todo el ocaso se esparce sobre el cielo

como un paciente anestesiado

tendido en un estrado;

vayamos pues, por ciertas

calles semidesiertas,

murmurantes asilos

de noches en hoteles baratos e intranquilos,

y fondas de aserrín y ostras abiertas;

por calles que se alargan como un tema aburrido,

de insidioso sentido,

para llegar a una pregunta abrumadora…

Oh, no me preguntéis: ¿Cuál es? , ahora;

vayamos a cumplir nuestra visita.


Las mujeres atraviesan el salón

y hablan de Miguel Ángel, el pintor.


La neblina amarilla que se frota los hombros sobre los ventanales,

la humareda amarilla que se frota el hocico sobre los ventanales,

ya lamió con su lengua los huecos de la tarde;

se detuvo en los charcos de algunos albañales,

recibió en sus espaldas hollín de los hogares,

resbaló a la terraza, dio un salto repentino,

y advirtiendo el encanto de octubre vespertino

se ha enroscado a la casa, y se ha dormido.


Y habrá tiempo, en verdad, para la niebla

amarilla que vaga por las calles

frotando sus espaldas contra los ventanales;

habrá tiempo, habrá tiempo

de preparar un rostro para afrontar los rostros que veremos;

y tiempo para el crimen, para la creación,

para todas las obras y días de las manos

que levantan y sueltan sobre nuestros pocillos su vana inquisición;

hay tiempo para mí, y hay tiempo para ti,

y hay tiempo para cien indecisiones,

y para cien visiones, y nuevas revisiones,

antes de las tostadas y del té.


Las mujeres atraviesan el salón

y hablan de Miguel Ángel, el pintor.


En verdad, habrá tiempo

para pensar: ¿Me atrevo? ; para decir: ¿Me atrevo? ,

y bajar la escalera, y alejarme de nuevo

con mi calva incipiente escondida entre el pelo…

(Y dirán: Me he fijado que está perdiendo el pelo ).

Con mi saco de sport, y mi cuello que asciende derecho hasta mi barba,

mi corbata modesta y lujosa, asegurada con un simple alfiler…

(Y dirán: Me he fijado

que está mucho más delgado ).

Y quisiera saber

si yo me atrevo a perturbar el mundo.

Porque hay tiempo en un instante para hacer y deshacer

cien proyectos revocados en el próximo segundo.


Porque ya las sé todas, ya me son conocidas

conozco las mañanas, las tardes, los ocasos;

con cucharas de postre yo he medido mi vida;

sé las voces que mueren en un acorde lento

debajo de la música de una lejana estancia.

¿Qué puedo entonces presumir?


Y también ya conozco los ojos, ya los sé…

Los ojos que os retienen en un lugar común;

y ya inmovilizado, fijo en un alfiler,

cuando estoy debatiéndome, pinchado en la pared,

¿cómo podría proceder

a eyacular los restos de mi vida y mi ser?

¿Y qué podría pretender?


Y conozco los brazos, todos, uno por uno…

Los brazos enjoyados, y blancos, y desnudos

(pero a la luz cubiertos de un suave pelo rubio).

¿Es el perfume de un vestido

que me ha distraído de pronto?

Brazos sobre una mesa, o envueltos en un chal.

¿Y cómo, entonces, simular?

¿Por dónde habría de empezar?



¿Diré que algunas tardes me alejé por las calles

estrechas, y que he visto el humo de las pipas

de aquellos solitarios en mangas de camisa,

que a las ventanas se asomaban…?


Yo debí ser un par de garras desiguales,

arañando los pisos de mares silenciosos.



¡Y la tarde, el crepúsculo, duerme tan dulcemente!

Por largos dedos acariciado,

cansado… adormecido… o caprichosamente

extendido en el suelo, a tu lado, a mi lado.

Después de los helados, de las masas y el té,

¡cómo podré obligar la crisis de este instante!

Y aunque yo haya llorado, rezado, y ayunado,

aunque vi mi cabeza (un poco calva) en una fuente servida,

yo no soy un profeta… y me es indiferente;

yo vi cómo el instante de mi gloria caía,

vi el eterno lacayo sosteniendo mi saco, vi que se sonreía,

y en verdad, me asusté.


¿Y valdría la pena, quizás, después de todo,

después del té, y las tazas, y después de los dulces,

entre las porcelanas, en medio de una charla a nuestro modo,

sería en realidad tan preferible

atacar el asunto mediante una sonrisa,

juntar en una bola, de pronto, el universo

y arrojarla hacia alguna pregunta irresistible,

y decir: Yo soy Lázaro, vengo de entre los muertos,

vengo a contaros todo, os diré todo…

si alguna, acomodando su cojín

debajo de la nuca, con un gesto

me dijera: No es nada, nada de esto,

esto no es lo que quise dar a entender, en fin.


¿Y valdría la pena, quizás, después de todo,

nos serviría de consuelo

después de los crepúsculos, después de las entradas

y las calles mojadas

después de las novelas y las tazas de té, después de las faldas que

arrastran por el suelo…

y todo esto, y lo demás…?

Pero es tan inefable lo que quiero expresar;

como si proyectaran con la linterna mágica

los nervios dibujados sobre la blanca escena:

¿y valdría la pena,

si alguna, despojándose de su chal con un gesto,

o acomodando algún cojín,

me dijera de pronto, mirando la ventana:

No es nada, nada de esto

esto no es lo que quise dar a entender, en fin.



No, yo no soy el príncipe Hamlet, ni puedo serlo;

soy un señor del séquito, alguien que sirve apenas

para expresar la acción, y abrir ciertas escenas,

o aconsejar al príncipe; un fácil instrumento,

obsequioso, sin duda, y en su oficio contento,

cauto, prudente, y muy meticuloso;

lleno de altas palabras, pero un poco embotado;

a veces, casi, desairado…

y casi, a veces, el Gracioso.


Envejezco… Sin remisión envejezco…

Me enrollaré los bajos del pantalón.


¿Detrás de la cabeza debo hacerme la raya?

¿Podré comer duraznos? Usaré pantalones

de franela amarilla, pasearé por la playa.

Yo escuché las sirenas, y sus mutuas canciones.


No creo que quisieran cantarlas para mí.


Yo las vi cabalgando las olas mar afuera,

y peinando a la espuma su cabellera blanca,

cuando impulsan los vientos el agua blanca y negra.


En las habitaciones del mar nos detuvimos

entre ninfas orladas con racimos y algas;

pero una voz humana nos llama, y nos hundimos.



martes, 4 de abril de 2017

Un combate sagrado (por Juan Antonio González Iglesias)


Cómo hemos alcanzado la camaradería.
Estamos ya descalzos como dos karatekas.
Los pies pisan tarima de madera y baldosas
de barro. En un momento los pies pisan los pies.
Para que haya dos héroes tiene que haber un reto.
Es un entrenamiento, un combate sagrado.
Semidesnudos, somos iguales a centauros.
Se acercan los dos torsos thoracatos, se abrazan.
Estamos en silencio. Estamos sin aliento.
Me gusta tu loriga recién inaugurada.
Qué maravilla todo lo que hemos olvidado.
Hemos hablado tanto de los plexos solares
y ahora están en contacto. Dejémolos a ellos.
Que sean un solo árbol con mil inervaciones.
Descansemos de todo. Con la mano derecha
busco tu corazón. Su alboroto es el mío.
Cuánto tiempo llevamos con los ojos cerrados.



lunes, 3 de abril de 2017

La transparencia (por Juan Ramón Jiménez)


Dios del venir, te siento entre mis manos,
aquí estás enredado conmigo, en lucha hermosa
de amor, lo mismo que
un fuego con su aire.

No eres mi redentor, ni eres mi ejemplo,
ni mi padre, ni mi hijo, ni mi hermano;
eres igual y uno, eres distinto y todo;
eres dios de lo hermoso conseguido,
conciencia mía de lo hermoso.

Yo nada tengo que purgar.
Toda mi impedimenta
no es sino fundación para este hoy
en que, al fin, te deseo;
porque estás ya a mi lado,
en mi eléctrica zona,
como está en el amor el amor lleno.

Tú, esencia, eres conciencia; mi conciencia
y la de otro, la de todos,
con forma suma de conciencia;
que la esencia es lo sumo,
es la forma suprema conseguible,
y tu esencia está en mí, como mi forma.

Todos mis moldes, llenos
estuvieron de ti; pero tú, ahora,
no tienes molde, estás sin molde; eres la gracia
que no admite sostén,
que no admite corona,
que corona y sostiene siendo ingrave.

Eres la gracia libre,
la gloria del gustar, la eterna simpatía,
el gozo del temblor, la luminaria
del clariver, el fondo del amor,
el horizonte que no quita nada;
la trasparencia, dios, la trasparencia,
el uno al fin, dios ahora sólito en lo uno mío,
en el mundo que yo por ti y para ti he creado.


domingo, 2 de abril de 2017

Era de ver su júbilo (por Henry Alexander Gómez)



Eran las mañanas y las tardes. Solía acompañar a mi abuela Ana

a llevar y traer las vacas, del establo al potrero y del potrero al establo.


Íbamos por la mitad del pueblo arreando las vacas

que eran como dedos gordos de Dios.


Yo y mis cinco años y la rama de un árbol haciendo de fusta.


El sol trepaba por las manchas azules de las vacas y en su paso torpe

un aliento desconocido empozaba la sílaba del sueño.


Las piedras, las crestas de los árboles, un puñado de maderos y sus cercas.


Verlas pastar era echar boca adentro toda la paciencia del aire,

como hundir una luna en un enredo de hierba.


Y en los ojos de las vacas un vacío de luz, un misterio lerdo que latía en cenizas

sobre el corazón lento del día.


Mis cinco años, mi abuela Ana y las moscas abriendo huecos

en las primeras sombras de la tarde.


Entonces la vaca Golondrina se fue de bruces al río.

El hechizo del agua le llegó como una soga que halaba su carne

en una cadencia sin tiempo.

Era de ver su júbilo corriendo entre las formas del torrente. Mugía y su voz era un tambor que trenzaba mi garganta. Un fósil nacido en lo más hondo de la vocal del mundo.


Corría la vaca por el río y mi abuela la seguía desde la orilla,

entre los pastos largos y mojados,

llamando desesperadamente su bovino. Cuidado de no ahogarse la vaca loca.


Mis cinco años arreando el sueño de loco de mi abuela Ana. En el lomo de la vaca el viento revuelto en un sudario de espumas.


Hará tiempo de aquello. El río arrastrando esqueletos húmedos de hojas y trastos vegetales, llevándose consigo mis cinco años y las alas invisibles de la vaca Golondrina,

en una ceremonia de bocas abiertas a los muslos de la nada. Navegaba ahora

hechizado el ocaso en una brisa de peces muertos.


Dicen que las vacas

se parecen a los sueños de los hombres tristes, no dejan de rumiar su soledad

en cualquier balcón desvencijado de la vida. En el mañana

o en el ayer, es floración la noche cerrada.


A la orilla, sobre la piedra molida, boquea todavía la vaca Golondrina

tragando tajos de luz. Muge mientras puede.


sábado, 1 de abril de 2017

Y otra vez el mar (por Germán Arens)


En Facebook

una chica que no conozco

dice que en el mar hace frío.

También que el mes de enero debería durar seis meses.


Carina, me cuenta que murió el hijo del rector,

que estaba por ir a velarlo y una tormenta

fue la excusa perfecta para no salir.


Arturo, notifica la detención de una dirigente social.

Agrega que no debe ser ninguna santa,

pero que los ciudadanos, ante la situación actual,

deberíamos saber dividir los tantos

y no permitir que un árbol nos tape el bosque.


Un amigo no puede dormir…

Su novia no lo tiene en la cabeza.


Un poeta me ofrece su libro:

“Cada tribu tiene sus propios rituales para enfrentar el misterio misterio
La nuestra, la de los poetas solitarios, no es una excepción

Cuando los poemas se guardan en un libro se vuelven definitivos
nuestro rito es compartirlos

No hacerlo puede provocar la furia de las musas y

condenarnos al eterno silencio”.

Los alacranes no están vivos.

Pertenecen al estampado de mi calzoncillo.


//


El problema no es hablar con los perros

sino contar lo que te dijeron.


//


En cuanto a forma,

color, dimensión y perspectiva

pudo haber sido una alteración visual.

Aunque estoy casi seguro

que ese resplandor del que hablo

estaba vivo.


//


El mar estaba empecinado en tragarnos. Volví a pedirle a mi hermano que pise el acelerador. No hagas caso, me dijo, no hay mar, es solo una cristalización de tu mente; el día está hermoso. Sin insistir, en un acto reflejo, abrí la puerta de la camioneta. Al dar contra el suelo sentí dolor, no puedo expresarlo de otra manera: dolor. Mi codo derecho se desarticuló por completo y salvo movimientos del hombro mi brazo quedó inutilizado. Fue entonces que giré la cabeza, y otra vez el mar, perdiendo su liquidez, levantándose ante mí como una cobra gigante. 



viernes, 31 de marzo de 2017

Un gigante espantoso (por Anna Crowe)



Estaba de pie al final del vagón.

Un gigante espantoso vestido de cuero negro,

con franjas y clavos y el pelo rojo cortado a lo mohicano.

Ha venido a sentarse en el asiento de al lado.


Y de pronto: Las plantas son extraordinarias, ¿no es verdad?

La voz, con un fuerte acento del Ulster. Y levanta la mirada del libro,

los ojos brillantes bajo la cresta leonada.

—Si no fuera por las plantas,

si no fuera por los haces vasculares,

nosotros no podríamos mantenernos en pie.

Habla con un crujir de cuero,

con un sonido como el de las ramas de un pinar

al rozarse entre sí. Y una multitud de clavos,

desde las orejas hasta los desnudos brazos con pulseras,

y sus elocuentes mitones con puños de hierro,

relucen y destellan como la lluvia sobre los cardos.


Es un hombre verde que habla hojas.

El frondoso follaje llena el vagón

de rumores susurrados: de palabras que componen

una música linneana, dejando espacio

para que el colobo, la catleya y la manorina campaneras

se asomen a hurtadillas desde las periferias del habla.


Durante una hora dominó la conversación con un lenguaje

tan por encima de mí como una secuoya.

Esquivo como el jaguar, y con todo perdido.

Todo menos aquellos hogareños y resonantes

haces vasculares. Ah, y el salterio.

Tocaba el salterio en un conjunto de folk-rock,

e iba tocar a Newcastle, donde bajó del tren.


Pienso en cómo le había temido,

de cómo tememos lo que no conocemos.

Y cuando oigo por la radio los silbidos

y los tambores de los orangistas que marchan,

intento imaginar la melodía adaptada para salterio,

oyendo las cuerdas mansamente pulsadas,

viendo una figura vestida de negro,

alto como un cedro del Líbano y bailando,

como David con su salterio

ante el Señor.

jueves, 30 de marzo de 2017

En el espejo (por Isabel Bono)



Espere, por favor. La chica movió la mano entre las

puertas, se abrieron sin haber llegado a cerrarse.

Gracias, dijo ella. Llevaba una bolsa en cada mano.

La chica pulsó el séptimo y preguntó a qué piso iba.

Sí, al último, gracias. Le extrañó que pulsase antes

de preguntar. El ascensor bien podía no haber tenido

memoria. Sonrió.

¿Qué pasa?, preguntó la chica como si ella fuera la

responsable de que el ascensor acabara de pararse

entre dos plantas. ¿Por qué se para?, volvió a decir

con vehemencia.

Pulsa el timbre, por favor. Púlselo usted, dijo antes

de aporrear la puerta y gritar Socorro. Ella colgó de

la barra horizontal que atravesaba el espejo las dos

bolsas, una en cada extremo. ¿Qué hace? Tengo las

manos ocupadas, respondió, demorándose a

propósito en cada palabra, y pulsó el timbre.

No puedo respirar, no puedo respirar. Sí puedes, no

digas tonterías, cierra los ojos y respira, con los ojos

cerrados el espacio es mayor, piensa en algo bonito.

Se sintió ridícula hablándole como si fuera una niña

pequeña. Llamaré a casa, sigue respirando. No me

suelte la mano, dijo la chica. No hay nadie. La chica

se echó a llorar. Lloraba sin abrir los ojos. No llores,

mujer, no te va a pasar nada. Ya lo sé, no es eso.

Estaban sentadas en el suelo. La chica ya no

lloraba. Llevaban calladas un buen rato. Mientras la

chica había estado con los ojos cerrados, ella la había

mirado sin pudor. Su cara le resultaba familiar.

¿Por qué ha colgado ahí las bolsas?, señaló la

barra. Ella sintió que el calor le subía a la cara.

Cuando llego a casa pongo las bolsas sobre la mesa

de la cocina, así que no me gusta que antes hayan

estado en el suelo, manías, ya sabes. La chica no dijo

nada. ¿Tú no tienes manías? No le interesaba en

absoluto si la chica tenía manías o no, tampoco

pretendía iniciar una conversación, solo quería salir

de allí de una vez. Aquella situación empezaba a

resultarle incómoda.

¿Lleva chocolate? ¿Cómo? En las bolsas, ¿lleva

chocolate? No llevaba, pero le ofreció unas galletas.

Son integrales, se excusó. La chica tomó dos sin dar

las gracias. Tendría unos veinte, pero se comportaba

como una niña de diez. ¿Sabe?, dijo con la boca

llena, venía dispuesta a darle un ultimátum a mi

novio, pero me lo he pensado mejor. Ni siquiera

habrá ultimátum, lo voy a dejar. Novio. Repasó a los

vecinos de su planta. Quiero tener hijos, ¿sabe?,

¿usted tiene hijos? Una hija. Yo quiero tener

muchos hijos.

Estuvo a punto de decirle que uno cree que serán

los hijos quienes entierren a los padres y no al revés,

nadie piensa antes de tenerlos que hay niños que

mueren porque sí, y de repente supo a quién le

recordaba.

El ascensor dio un salto y la chica se puso en pie

inmediatamente. Pulsó varias veces y empezaron a

bajar. Cuando las puertas se abrieron la chica no

tardó ni un segundo en salir y, volviéndose con una

gran sonrisa, dijo Adiós. Ella estaba apoyada en la

barra horizontal frotándose las piernas para

desentumecerlas. Adiós, respondió, pero la chica ya

no estaba.

Las puertas se cerraron. Mientras subía, no pudo

dejar de mirarse en el espejo ni un instante. El

parecido era asombroso.