zUmO dE pOeSíA

zUmO dE pOeSíA
de todos los colores, de todos los sabores

ALEATORIUM: Saca un poema de nuestro almacén

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lunes, 16 de julio de 2018

Capítulo (por Ida Vitale)


DONDE POR FIN SE REVELA
QUIÉN FUI, QUIÉN SOY,
MI FINAL PARADERO,
QUIÉN ERES TÚ, QUIÉN FUISTE,
TU PARADERO PRÓXIMO,
EL RUMBO QUE LLEVAMOS,
EL VIENTO QUE SUFRIMOS,
Y DONDE SE DECLARA
EL LUGAR DEL TESORO,
LA FÓRMULA IRISADA
QUE CLARAMENTE
NOS EXPLICA EL MUNDO.


Pero luego el capítulo
no llegó a ser escrito.



domingo, 15 de julio de 2018

Qué cosa más rara (por Edna St. Vincent Millay)


Cielo gris que te extiendes por encima de los abetos
que inclina el peso de la nieve,
¿al caer la tarde no viste al astado gamo con su hembra
en el manzanar? Yo los vi. Los vi súbitamente
huir, levantadas las colas y, en sus saltos -lentos,
elegantes y largos- atravesar la cerca
de los bosques de abetos inclinados por el peso de la nieve.

Ahora el gamo yace aquí, y su sangre mancha la nieve.

Qué cosa más rara es la muerte:
ha puesto las rodillas y las astas del ciervo
en la nieve.

Qué cosa más extraña (a una milla de aquí,
bajo los nevados abetos que, llegado el momento
se descargan un poco, sueltan una pluma de nieve)
es la vida, mirando, atenta,
desde las pupilas de la hembra.


sábado, 14 de julio de 2018

No permitir que desborde (por Roberto Juarroz)


No permitir que desborde el sueño
para evitar que su sustancia en bruto
rompa todos los cristales del mundo.

No permitir que desborde el silencio
para evitar que lo que está detrás
se vuelque con él y lo cubra todo.

No permitir que desborde el vacío
para evitar que las huellas sin nadie
enloquezcan a todos los caminos.

No permitir que desborde el amor
para evitar que su cuerpo inhallable
desmorone todos los otros cuerpos.

No permitir que desborde la vida
para evitar que su infiel laberinto
interrumpa la llanura impasible.

No permitir que desborde la muerte,
aunque se pierda la palabra escondida
y aunque nosotros también nos perdamos.


viernes, 13 de julio de 2018

De no sé qué año (por Luis Cardoza)


Es domingo acabó la semana
estamos en enero del siglo XXI
si posible será lunes mañana
y arribarán agosto y el viernes
de no sé qué año acaso de ninguno
así como abril martes y noviembre
Sagitario no alcanzará a Cáncer
con su dardo ni Tauro a los Gemelos
y en jueves junio o miércoles diciembre
seguiré tejiendo mis pañuelos
con vuelos de palomas
en tanto que en Adán desahuciado y occiduo
yo de pie me ponía comiendo calendarios
y en un sábado ubicuo
repetía a Marta y a María
qué será de los tres
en un 3 de abril del siglo XXIII


jueves, 12 de julio de 2018

Una reliquia (por Ruth Fainlight)


Mi barra de crema de cacao se ha gastado
hasta formar la misma medialuna
que fue lo primero que advertí
sobre el lápiz labial de mi madre.
Marcaba la presión de su existencia
sobre el mundo de la materia.

Imaginen la severa fijeza
de mi mirada, observándola untar
la brillante grasa sobre sus labios
desde un tubo lustroso como una bala.
La forma en que ella la alisaba
con la punta del meñique
(la traza que dejaba, aun después
de lavarse las manos, explicaba
lo de “dedito rosado”) y su lengua puntiaguda
lamiendo como la de un gatito,
fascinaba, irritaba.

Era parte del misterio de
los sostenes, las faldas y las carteras
cuyo significado era ser adulto. Yo pensaba
que a mis propios talones les tendría que salir
una suerte de espolón que se insertara
en el agujero interior de los tacos altos.

Ahora estoy más tranquila y ya no
me pinto los labios salvo con esto,
pálido como un cadáver kosher
o una vela votiva,
la cera cuajada por un costado,
como si enfrentara al viento
que sopla desde el pasado, llama
reflejada como una luna creciente
contra una nube
en el estanque de luz derretida.

Llevo el signo de la luna
y mi madre, un talismán
en un pequeño tubo de plástico
dentro de mi cartera, una reliquia santa
fundida por los besos
de los creyentes, y cada vez
que me suavizo los labios con el ungüento
los siento fruncirse y estirarse
en la eterna sonrisa
de su sobrevivencia a través de mí,
siento su boca sobre la mía.



miércoles, 11 de julio de 2018

Sálvalo (por Julio Cortázar)


Sálvalo, mamita,
sálvame tantas noches de naufragio,
salva tu blusa azul (era en enero en Roma)
sálvalo todo, o salva lo que puedas.

Esto se viene abajo, pretty mama,
sálvalo del olvido, no permitas
que se llueva la casa, que se borre
la trattoria de Giovanni,
corre por mí por ti, sálvalo ahora,
te estás yendo y los pájaros se mueren,
me voy de ti te vas de mí, no hay tiempo,
sálvalo, pretty mama,
la voz de Satchmo y ese grito
que te sumía en lo más hondo del amor,
save it all for me,
save it all for you,
save it all for us.

Aunque no salves nada, sálvalo mamita.



martes, 10 de julio de 2018

El sueño (por Philip Larkin)


Niño en el vientre
o santo en la tumba,
¿a cuál imitar
para dormir?
La luna penetrante observa
desde la espalda del cielo,
las nubes vuelven a casa
como una grey obediente.

Gotas luminosas de tiempo,
una y dos resuenan,
me doy la vuelta y yazgo quieto,
con las manos enlazadas;
niño de convento, Papa,
ellas eligen tal estado,
y sus mentes lucen la inmensa paz
de las arenas niveladas por el mar.

He aquí mis pensamientos.
pero el sueño permanece lejos
hasta que me encorvo de lado
como un feto nuevamente,
pues el sueño, como la muerte,
hay que ganárselo sin orgullo,
con un asentimiento natural,
con una falta total de esfuerzo
y una pérdida de estatura.


lunes, 9 de julio de 2018

Y me salvo contigo (por Vicente Aleixandre)


Oh, sí, lo sé, buen “Sirio”, cuando me miras con tus grandes ojos profundos.
Yo bajo a donde tú estás, o asciendo a donde tú estás
y en tu reino me mezclo contigo, buen “Sirio”, buen perro mío, y me salvo contigo.
Aquí en tu reino de serenidad y silencio, donde la voz humana nunca se oye,
converso en el oscurecer y entro profundamente en tu mediodía.
Tú me has conducido a tu habitación, donde existe el tiempo que nunca se pone.
Un presente continuo preside nuestro diálogo, en el que el hablar es el tuyo tan sólo.
Yo callo y mudo te contemplo, y me yergo y te miro. Oh, cuán profundos ojos conocedores.
Pero no puedo decirte nada, aunque tú me comprendes… Oh, yo te escucho.
Allí oigo tu ronco decir y saber desde el mismo centro infinito de tu presente.
Tus largas orejas suavísimas, tu cuerpo de soberanía y de fuerza,
tu ruda pezuña peluda que toca la materia del mundo,
el arco de tu aparición y esos hondos ojos apaciguados
donde la Creación jamás irrumpió como una sorpresa.
Allí, en tu cueva, en tu averno donde todo es cenit, te entendí, aunque no pude hablarte.
Todo era fiesta en mi corazón, que saltaba en tu derredor, mientras tú eras tu mirar entendiéndome.
Desde mi sucederse y mi consumirse te veo, un instante parado a tu vera,
Pretendiendo quedarme y reconocerme.
Pero yo pasé, transcurrí y tú, oh gran perro mío, persistes.
Residido en tu luz, inmóvil en tu seguridad, no pudiste más que entenderme.
Y yo salí de la cueva y descendí a mi alvéolo viajador, y, al volver la cabeza, en la linde
vi, no sé, algo como unos ojos misericordes.



domingo, 8 de julio de 2018

Como si fuese (por Chico Buarque)


Amó aquella vez como si fuese última,
besó a su mujer como si fuese última,
y a cada hijo suyo cual si fuese el único,
y atravesó la calle con su paso tímido.
Subió a la construcción como si fuese máquina,
alzó en el balcón cuatro paredes sólidas,
ladrillo con ladrillo en un diseño mágico,
sus ojos embotados de cemento y lágrimas.
Sentóse a descansar como si fuese sábado,
comió su pobre arroz como si fuese un príncipe,
bebió y sollozó como si fuese un náufrago,
bailó y se rió como si oyese música,
y tropezó en el cielo con su paso alcohólico.
Y flotó por el aire cual si fuese un pájaro,
y terminó en el suelo como un bulto flácido,
y agonizó en medio del paseo público.
Murió a contramano entorpeciendo el tránsito.

Amó aquella vez como si fuese el último,
besó a su mujer como si fuese única,
y a cada hijo suyo cual si fuese el pródigo,
y atravesó la calle con su paso alcohólico.
Subió a la construcción como si fuese sólido,
alzó en el balcón cuatro paredes mágicas,
ladrillo con ladrillo en un diseño lógico,
sus ojos embotados de cemento y tránsito.
Sentóse a descansar como si fuese un príncipe,
comió su pobre arroz como si fuese el máximo,
bebió y sollozó como si fuese máquina,
danzó y se rió como si fuese el próximo,
y tropezó en el cielo cual si oyese música.
Y flotó por el aire cual si fuese sábado,
y terminó en el suelo como un bulto tímido,
agonizó en medio del paseo náufrago.
Murió a contramano entorpeciendo el público.

Amó aquella vez como si fuese máquina,
besó a su mujer como si fuese lógico,
alzó en el balcón cuatro paredes flácidas,
sentóse a descansar como si fuese un pájaro,
y flotó por el aire cual si fuese un príncipe,
y terminó en el suelo como un bulto alcohólico.
Murió a contramano entorpeciendo el sábado.



sábado, 7 de julio de 2018

Y también ese (por Neftalí Beltrán)


Ese niño soy yo.
Ese niño con un gato en las manos
soy yo.
Ese niño en un grupo de familia
soy yo.
Y soy también el adolescente
que mira al jardín desde una reja
y soy el retrato de un poeta
que figura en antologías,
y ese señor que contempla el mundo
desde el Pan de Azúcar
y ese hombre en el balcón
que tiene atrás la ciudad de Varsovia
y también ese viejo
sentado en una roca
frente al mar de Trieste.
Todo eso soy yo
y sólo de pensarlo
no sé ni qué pensar.


viernes, 6 de julio de 2018

Me adoptarán (por Jules Renard)


Los encuentro después de atravesar una llanura caldeada por el sol.

A causa del ruido no habitan a orillas del camino. Viven en los campos sin cultivar, junto a una fuente que sólo conocen los pájaros.

Parecen impenetrables, desde lejos. Apenas me acerco, sus troncos se desenlazan. Me reciben prudentemente. Puedo descansar ahí, refrescarme; pero compruebo que me observan con desconfianza.

Viven en familia, los más viejos en medio, y los pequeños, aquellos cuyas primeras hojas acaban de nacer, un poco diseminados, pero sin apartarse nunca.

Su muerte es prolongada y conservan a sus muertos en pie, hasta que caen hechos polvo.

Se acarician con sus largas ramas, para asegurarse de que todos están allí, como los ciegos. Gesticulan coléricos si el viento empuja para arrancarlos. Pero entre ellos no hay ninguna disputa. Si murmuran, lo hacen de acuerdo.

Los tengo por mi verdadera familia. Pronto olvidaré a la otra.

Me adoptarán poco a poco estos árboles y, para merecerlo, aprendo lo que es necesario saber:

-Ya sé mirar las nubes que pasan.
-Sé quedarme en mi lugar.
-Y casi sé ya callarme.


jueves, 5 de julio de 2018

Sin luces ni colores (por Wislawa Szymborska)


Un poeta lee poemas a unos ciegos.
No se imaginaba que fuera tan difícil.
Le tiembla la voz.
Le tiemblan las manos.

Siente que cada frase
debe superar la prueba de la oscuridad.
Tendrá que arreglárselas solo,
sin luces ni colores.

Peligrosa aventura
para las estrellas de sus poemas,
para la aurora, el arco iris, las nubes, las bombillas de neón, la luna,
para los peces hasta ahora tan plateados bajo el agua
y el halcón tan silenciosamente alto en el cielo.

Lee -porque ya es demasiado tarde para no hacerlo-
sobre el niño de la cazadora amarilla en el verde prado,
sobre los rojos tejados visibles en el valle,
sobre los vivaces números en las camisetas de los jugadores
y sobre una mujer desnuda tras una puerta entreabierta.

Quisiera omitir -aunque eso no es posible-
todas esas imágenes en la bóveda de la catedral,
aquel gesto de despedida desde la ventana del vagón,
la lente del microscopio y el destello en el anillo,
y las pantallas y los espejos y el álbum con caras.

Pero es grande la cortesía de los ciegos,
grandes su comprensión y su generosidad.
Escuchan, sonríen, aplauden.

Alguno de ellos incluso se acerca,
llevando un libro abierto al revés,
para pedir un autógrafo invisible.



miércoles, 4 de julio de 2018

Arcas (por Saiz de Marco)


qué bueno que haya la palabra alegría,
la palabra emoción,
la palabra ilusión,
la palabra entusiasmo

qué estupendo que sean voces con un sentido, formas de nombrar algo

qué suerte disponer de esas arcas sonoras,
posibles,
pronunciables

para encontrar motivos,
para tener con qué, de qué llenarlas



martes, 3 de julio de 2018

Como círculos en el agua (por Zbigniew Herbert)


Torres góticas de agujas en un valle cortado por el torrente
cerca de Mount Tamalpais en niebla densa como la furia
y el éxtasis del océano

en esta reserva de gigantes exhiben el corte de un árbol
un tocón color de cobre de occidente
con anillos regulares como círculos en el agua
algún perverso garabateó aquí las fechas de la historia humana
a una pulgada del centro arde Roma en el reinado de Nerón
en la mitad la batalla de Hastings la expedición nocturna de los drakkars
anglosajones con pánico la muerte del desafortunado Harold
trazada con un compás
finalmente cerca de la orilla de la corteza el desembarco en Normandía

el Tácito de este árbol era un geómetra que no sabía de adjetivos
no sabía la sintaxis del terror no sabía palabra alguna
así que contó añadió años y siglos como para decir
no hay nada
excepto nacimiento y muerte sólo nacimiento y muerte
y adentro la médula ensangrentada de la secuoya


lunes, 2 de julio de 2018

Por la Ciudad del Pasado (por Estela Figueroa)


Durante muchas noches de insomnio
he vagado
aterida
por la Ciudad del Pasado.

No llevaba planos
no llevaba guía
no llevaba lámpara.

Como sonámbula
esquivaba los peligros.
Como a forastera
ellos me asaltaban.

Bellos rostros que se abrían como flores
cuerpos del amor…
No pude encontrar mi casa.

Esa Ciudad por la que vagué
fue moldeada
con grandes emociones
con grandes deseos.

Así también
de grande
es su cementerio.


domingo, 1 de julio de 2018

No pensamos en esto (por Jorge Aulicino)


Nadie mejor que el fresno imita al fresno. Repite
los dibujos su corteza. Un programa binario
los maneja. Este fresno no es idéntico al otro,
pero seguramente iguales variaciones del
dibujo podrán ser encontradas en distintos
fresnos. No pensamos en esto al mirar los fresnos.
Una hoja nada más caída al barro es un mundo
indescriptible, sobre todo en el instante en que
diversas tormentas moleculares comienzan
en la superficie al entrar en contacto con el
barro. Nadie cree que todo lo que sucede
en ese único segundo puede ser narrado.
Nada de un mísero instante puede ser narrado.
Nada, pintado. Sombras doradas las palabras
se tienden sobre el río y le dibujan cortezas
de aquel fresno, que no le rozan la superficie.
Colecciones de poemas entran y salen por
sus bocas, y por las bocas de sus poros y de
sus células. El río da que hablar, pero en la
realidad profunda donde hubo una explosión gris
que le dio nacimiento nadie entra, el río sólo
permite que hagamos las sinuosas realidades,
poemas que no nacen de él y que nos llevan a
remar en cierto cielo de pintura oriental,
como entre camalotes no sostenidos por el
agua sino por la tela blanda de la página,
con microscópicas briznas de corteza que la
amarronan en conjunto, pero son de cerca
puntos oscuros, canoas entre poros, breves
embudos del agua blanca, neutra, resultado
del litigio que hace años mantenemos con el
río pacífico pero inabordable, como
si de materia no fuera.


sábado, 30 de junio de 2018

Del agua (por Francis Ponge)


Más abajo que yo, siempre más abajo que yo está el agua. Siempre la miro con los ojos bajos. Como el suelo, como una parte del suelo, como una modificación del suelo.


Es blanca y brillante, informe y fresca, pasiva y obstinada en su único vicio: el peso; y dispone de medios excepcionales para satisfacer ese vicio: contornea, atraviesa, corroe, se infiltra.

En su propio interior funciona también el vicio: se desfonda sin cesar, renuncia a cada instante a toda forma, sólo tiende a humillarse, se acuesta boca abajo en el suelo, casi cadáver, como los monjes de ciertas órdenes. Cada vez más abajo: tal parece su divisa: lo contrario de excelsior.

Casi se podría decir que el agua está loca, por esa histérica necesidad de no obedecer más que a su peso, que la posee como una idea fija.

Es verdad que todas las cosas del mundo conocen esa necesidad, que siempre y en todas partes debe satisfacerse. Este armario, por ejemplo, se muestra muy testarudo en su deseo de adherirse al suelo, y si algún día llega a encontrarse en equilibrio inestable preferirá deshacerse antes que oponérsele. Pero, en fin, hasta cierto punto juega con el peso, lo desafía: no se está desfondando en todas sus partes; la cornisa, las molduras no se prestan a eso. Hay en el armario una resistencia en beneficio de su personalidad y de su forma.

Líquido es, por definición, lo que prefiere obedecer al peso para mantener su forma, lo que rechaza toda forma para obedecer a su peso. Y lo que pierde todo su aplomo por obra de esa idea fija, de ese escrúpulo enfermizo. De ese vicio, que lo convierte en una cosa rápida, precipitada o estancada, amorfa o feroz, amorfa y feroz, feroz taladro, por ejemplo, astuto, filtrador, contorneador, a tal punto que se puede hacer de él lo que se quiera, y llevar el agua en caños para después hacerla brotar verticalmente y gozar por último de su modo de deshacerse en lluvia: una verdadera esclava.

Sin embargo el sol y la luna le envidian esta influencia exclusiva, y tratan de mortificarla cuando, por ocupar grandes extensiones, les presenta un fácil blanco, o cuando se encuentra en estado de menor resistencia, dispersa en delgados aguazales. El sol le arranca entonces mayor tributo. La obliga a un perpetuo ciclismo, la trata como a una ardilla en su rueda.

El agua se me escapa, se me escurre entre los dedos. Y no sólo eso. Ni siquiera resulta tan limpia (como un lagarto o una rana): me deja huellas en las manos, manchas que tardan relativamente mucho en desaparecer o que tengo que secar. Se me escapa, y sin embargo me marca; y poca cosa puedo hacer en contra.

Ideológicamente es lo mismo: se me escapa, escapa de toda definición, pero deja en mi espíritu, y en este papel, huellas, huellas informes.

Inquietud del agua: sensible al menor cambio de declive. Que salta las escaleras con los dos pies al mismo tiempo. Que, pueril de obediencia, abandona en seguida sus juegos cuando la llaman cambiándole la dirección de la pendiente.



viernes, 29 de junio de 2018

¿No es esto la felicidad? (por Ching Shengtan)


Es un día caluroso de junio, el sol cuelga quieto del cielo y no hay un hálito de viento o de aire, ni una traza de nubes; el patio y el jardín, como hornos; ni un pájaro se atreve a volar. El sudor corre por todo mi cuerpo en arroyitos. Tengo enfrente la comida del mediodía pero no puedo tomarla por el calor. Pido un tapete para extenderlo en el suelo y tirarme ahí, pero el tapete está enfermo de humedad y las moscas vuelan como un enjambre y se me paran en la nariz, y no quieren irse. En este momento, cuando siento que mi desventura es completa, suena un trueno de pronto, y grandes masas de nubes negras se acercan majestuosas como un gran ejército que avanza a la batalla. De los aleros comienza a caer el agua de la lluvia como cataratas. El sudor se detiene. El suelo se quita lo pegajoso. Todas las moscas desaparecen para esconderse y puedo comer mi arroz. Ah, ¿no es esto la felicidad?

Un amigo al que no veo desde hace diez años llega de pronto, a la puesta de sol. Abro la puerta para recibirlo y, sin preguntarle si llegó por agua o tierra, y sin pedirle que se siente en la cama o en el diván, voy al cuarto interior y con humildad le pregunto a mi esposa: “¿Tienes un galón de vino como la esposa de Su Tungp’o?”. Mi esposa se quita alegremente del pelo su pasador de oro para venderlo. Calculo que nos durará tres días. Ah, ¿no es esto la felicidad?

No tengo nada que hacer luego de una comida y trato de revisar las cosas guardadas en viejos arcones. Veo que hay docenas o centenares de pagarés de gente que debe dinero a mi familia. Algunos han muerto y otros viven todavía, pero de todas maneras no hay esperanza de que devuelvan el dinero. Sin que nadie me vea hago una pila con los papeles y enciendo con ellos una hoguera, y miro al cielo y veo desaparecer la última huella de humo. Ah, ¿no es esto la felicidad?

Es un día de verano. Salgo descalzo, la cabeza descubierta, con una sombrilla, para ver a los jóvenes que entonan canciones del pueblo de Suzhou mientras trabajan en la rueda de agua del molino. El agua salta sobre la rueda a borbotones, como plata derretida o nieve que se funde en la montaña. Ah, ¿no es esto la felicidad?

Ha estado lloviendo un mes entero, y estoy tirado en la cama, por la mañana, como un ebrio o un enfermo, y me niego a levantarme. De pronto oigo un coro de pájaros que anuncian un día claro. Corro rápidamente la cortina, abro la ventana y veo el sol hermoso que brilla y resplandece, y el bosque invita a darse un baño. Ah, ¿no es esto la felicidad?

De noche me parece oír que alguien piensa en mí a la distancia. Al día siguiente voy a visitarlo. Entro por su puerta y miro alrededor del cuarto, y lo veo sentado a su escritorio, cara al sur; lee un documento. Me ve, asiente con suavidad y me toma de la manga para sentarme, y dice: “Ya que estás aquí, ven a mirar esto”. Y reímos y gozamos hasta que han desaparecido las sombras de las paredes. Siente hambre y me pregunta lentamente: “¿Tú también tienes hambre?”. Ah, ¿no es esto la felicidad?

Encontrar una carta manuscrita de algún viejo amigo en un arcón. Ah, ¿no es esto la felicidad?

Un sabio pobre viene a pedirme dinero, pero tiene timidez antes de mencionar el tema y por eso deja que la plática derive en otras cuestiones. Veo su incómoda situación, lo hago a un lado, adonde estemos solos, y le pregunto cuánto necesita. Luego entro a la casa y le doy el dinero; después le pregunto: “¿Tiene usted que irse de inmediato a arreglar su asunto o puede quedarse un rato y beber algo conmigo?”. Ah, ¿no es esto la felicidad?

Abrir la ventana y lograr que una avispa salga del cuarto. Ah, ¿no es esto la felicidad?


jueves, 28 de junio de 2018

En este cruce de trenes (por Jonathan Aaron)


Qué suerte tengo esta noche de sostener una linterna
en este cruce de trenes en medio de Estados Unidos
y no aferrarme a una balsa que hace agua en el Atlántico norte,
o andarme cayendo de un risco en Nepal porque mi soga se rompió.

Conforme las luces y el ruido del tren menguan y se extinguen,
puedo oir a mi esposa roncar en su almohada
y a los perros a ambos lados de nuestra cama roncar
en las suyas. ¿Qué es lo que hacía yo hace un momento?
Ya: trataba de acordarme del nombre del actor
que actuaba de Llanero Solitario en la radio.

En la radio el Llanero Solitario siempre sonaba como agripado.
Clayton Moore hacía el papel en la televisión. Espero que Clayton
Moore y Jay Silverheels que salía de Toro, el indio y fiel compañero del Llanero, fueran amigos en la vida real. O al menos
que no sólo se tuvieran respeto.

Hey, quieto. Calma, muchachote, decía el enmascarado
para tranquilizar a su caballo Plata, que se asustaba a ratos,
pero al que siempre apaciguaba la voz de su dueño.
Un súbito rayo de luz a través de un hueco entre las nubes
dibuja el contorno de un ave de rapiña que planea. Se me ocurre
que el fuerte caballo pinto de Toro y que Plata eran como
el escudero de Gunnar Björnstrand y el caballero de Max von Sydow
en la vieja película de Bergman El Séptimo Sello.

Estoy en medio del siglo catorce
y apenas he puesto pie en suelo sueco
luego de veinte años malgastados en Tierra Santa.
Muy pronto una tercera parte de la población de Europa morirá de la Peste.
Nuestra cruzada fue tan tonta, me dice el escudero,
que sólo a un idealista pudo habérsele ocurrido.
El caballero se mira con fijeza la palma de la mano,
su pulso se acelera ante la perspectiva de jugar al ajedrez
con la Muerte. Un momento estoy junto a ellos,
al otro estoy solo encima de una duna empinada
que mira hacia el Báltico. Abajo, a lo lejos, dos caballos
caminan con las patas metidas en las aguas espumeantes, bajas.

Caballero y escudero yacen quietos sobre la arena, donde el hambre
y la fatiga debieron inducirles sueños de angustia.
Aparecen otros dos caballos, un árabe blanco seguido
de un pinto fornido. Los cuatro caballos se tocan las narices, cabecean,
y bajan los hocicos hacia el agua nerviosa, imbebible.



miércoles, 27 de junio de 2018

Madrugada sin revuelos (por Julio Torri)


Caminaba por la calle silenciosa del arrabal, llena de frescos presentimientos de campo. En un ambiente extraterrestre de madrugada polar, la cúpula de azulejos de Nuestra Señora del Olvido brillaba a la luna con serenidad extraña y misteriosa. No sé en qué pensaba, ni siquiera si pensaba. Las inquietudes se habían adormecido piadosamente en mi corazón.

En los tiestos las flores parecían como alucinadas en el extrañísimo matiz de la Luna, y recibían las caricias del rocío, amante tímido y casto. Madrugada sin revuelos de pájaros blancos, sin alucinaciones, sin música de órgano.

¿Por qué no me evadí entonces de la Realidad? Hubiera sido tan fácil. Ningún sofisticado ojo me acechaba. Ninguna de las once mil leyes naturales se hubiera ofendido. Mr. David Hume dormía profundamente desde hacía cien años.



martes, 26 de junio de 2018

Casi humano (por Jaan Kaplinski)


No me canso de mirar los árboles desnudos. Álamos,
abedules, tilos —todos los que veo
desde mi ventana—. No puedo comprender qué los hace
extraños y a un tiempo mortalmente hermosos. Debería
hacer algo con ellos, me gustaría dibujarlos,
describirlos, pero no tengo habilidad para hacerlo.
Ni siquiera puedo describir lo que siento
sentado aquí frente a la ventana mirando las ramas oscilantes
en la oscuridad que crece, algunas cornejas solitarias
en el viejo fresno, el abedul que se levanta entre la pila de los leños.
Simplemente escribo sobre ellos, intento nombrarlos:
Populus, Tilia, Betula, Ulmus, Fraxinus,
como otros nombran a sus santos o leen mantras.
Y siento cierto alivio. Quizá veo, incluso,
que estos vástagos y ramas,
este borrascoso diseño cotidiano bosquejado en negro y gris
encierra algo todavía. Como la palma de la mano.
Carácter. Destino. Futuro. Carácter del álamo.
Destino del tilo. Personalidad del abedul. Es difícil
decirlo con palabras. Probablemente no lo sea menos
sin palabras. Los mundos
de los árboles y de los hombres son muy dispares.
Sin embargo,
hay algo casi humano, casi inteligible
en esta red de ramas. Casi una escritura, un
lenguaje que yo ignoro aunque sé
que el texto escrito en él me resulta familiar,
no puede ser muy distinto de lo que leemos
en un libro, en una palma o en un rostro.



lunes, 25 de junio de 2018

Solo (por Edgar Allan Poe)


Desde el tiempo de mi niñez, no he sido
como otros eran, no he visto
como otros veían, no pude sacar
mis pasiones desde una común primavera.
De la misma fuente no he tomado
mi pena; no se despertaría
mi corazón a la alegría con el mismo tono;
y todo lo que quise, lo quise solo.
Entonces -en mi niñez- en el amanecer
de una muy tempestuosa vida, se sacó
desde cada profundidad de lo bueno y lo malo
el misterio que todavía me ata:
desde el torrente o la fuente,
desde el rojo peñasco de la montaña,
desde el sol que alrededor de mí giraba
en su otoño teñido de oro,
desde el rayo en el cielo
que pasaba junto a mí volando,
desde el trueno y la tormenta,
y la nube que tomó la forma
(cuando el resto del cielo era azul)
de un demonio ante mis ojos.



domingo, 24 de junio de 2018

Y soy miles (por Sara Mesa)


¿Qué hay en el espejo trizado,

que en él me reconozco?

¿Son los fragmentos rotos, la ceniza,

este limo estrellado,

estas leves partículas briznadas,

el reflejo poliédrico, escarchado,

el eterno fractal inaprensible,

las limaduras, el serrín, los segmentos;

la descomposición,

es quizá más cercana a mi esencia

a mi alma

que toda la lisura y plenitud

de un espejo pulido?


Manto de hierba.

Soles movibles, fugaces, incompletos.

El mar está formado por un inabarcable

movimiento de gotas,

de mareas.

Mi saliva jamás destila igual,

nunca es la misma.

La metralla implacable de mis pies,

de mis ojos,

reverbera en la noche:

un prisma de cristales, como agua infinita

que se ondula despacio

con los flujos nocturnos.


Y soy yo, centelleo;

somos todos brillando,

como pájaros de aire

que surcan el espacio,

donde no tropezamos

con estrellas rotundas,

donde solo hay migajas, ralladuras y polvo.


Mi rostro no se rompe; es elástico,

se recompone mil veces; humedades

distintas me modelan, soplos tibios

de vigor, de deseos, de temibles,

dulces, cambiantes, perecederas ansias

me conforman.


Una erupción de astillas me sostiene.

Soy débil y soy fuerte; ya mi cuerpo

que se alza soberbio y espejea

en añicos de azogue, con fulgores

propios, frescos, novísimos,

nunca antes entrevistos;

ya mi forma transida se destapa

y soy yo y soy miles

y soy yo siendo miles.


Sentada en una cumbre

-visceral, no tangible,

imaginada siempre como refugio y roca-

contemplo el universo disgregado.

Y sé que estoy ahí y en cada cosa

y que el espejo roto me recoge

con luces y con nombres

que yo aún desconozco

y que son míos. 





sábado, 23 de junio de 2018

Una casa (por Berta Piñán)


Levantar una casa que sea como
un árbol, como Dafne crecer entre
sus ramas, sentir las estaciones, las hojas
nuevas después de la invernada, las frutas primeras
del verano. Una casa que sea como un árbol,
que aguante la tormenta, que aclare
la pedrisca, que espante lejos el viento gélido
del tiempo.

Levantar una casa que sea como
un río, navegable y ligera, mudable,
pasajera, beber entre sus fuentes, detenerme
en los pozos, correr con los arroyos. Una casa que sea
como un río, que arrastre la derrota,
que arranque el dolor de las saqueras y lo lleve
por la corriente, aguas abajo.

Levantar una casa que sea como
un mundo, cruzar las geografías de pasillos,
montañas de escaleras, las ventanas abiertas,
los puentes, los caminos. Sentarme ante la puerta
a ver andar la vida, una amiga, un país,
una lengua, saludar un instante
cuando pasen.

Levantar una casa que ponga nuestro
nombre, las señas que un día equivocamos,
una palabra, un rostro, la memoria de aquello
que quisimos,
y así, levantar una casa, sólo
por si vuelves.


viernes, 22 de junio de 2018

El viento que agita las espigas (por Katharine Tynan)


Hay música en mi corazón todo el día,
la oigo en la aurora y en el crepúsculo,
proviene de ignotas tierras lejanas,
el viento que sacude las espigas.

Por encima de los montes bañados en rocío
el cielo cuelga suave y perlado,
un mundo de esmeraldas escucha deseando
al viento que sacude las espigas.

Sobre las cimas azuladas de las montañas
la alondra esconde su melodía,
y las rocas continúan la sinfonía
del viento que sacude las espigas.

Incluso en verano, pasada la primavera,
me convoca tarde y temprano;
"vuelve a Casa, vuelve al Hogar", así suspira
el viento que agita las espigas.



jueves, 21 de junio de 2018

Toco tu mano (por Vicente Aleixandre)


Pero otro día toco tu mano. Mano tibia. 
Tu delicada mano silente. A veces cierro
mis ojos y toco leve tu mano, leve toque
que comprueba su forma, que tienta
su estructura, sintiendo bajo la piel alada el duro hueso
insobornable, el triste hueso adonde no llega nunca
el amor. Oh carne dulce, que sí se empapa del amor hermoso.

Es por la piel secreta, secretamente abierta, invisiblemente entreabierta,
por donde el calor tibio propaga su voz, su afán dulce;
por donde mi voz penetra hasta tus venas tibias,
para rodar por ellas en tu escondida sangre,
como otra sangre que sonara oscura, que dulcemente oscura te besara
por dentro, recorriendo despacio como sonido puro
ese cuerpo, que ahora resuena mío, mío poblado de mis voces profundas,
oh resonado cuerpo de mi amor, oh poseído cuerpo, oh cuerpo sólo sonido de mi voz poseyéndole.

Por eso, cuando acaricio tu mano, sé que sólo el hueso rehúsa
mi amor —el nunca incandescente hueso del hombre—.
Y que una zona triste de tu ser se rehúsa,
mientras tu carne entera llega un instante lúcido
en que total flamea, por virtud de ese lento contacto de tu mano,
de tu porosa mano suavísima que gime,
tu delicada mano silente, por donde entro
despacio, despacísimo, secretamente en tu vida,
hasta tus venas hondas totales donde bogo,
donde te pueblo y canto completo entre tu carne.



miércoles, 20 de junio de 2018

Razones del ausente (por Darío Jaramillo)


Si alguien les pregunta por él,
díganle que quizá no vuelva nunca o que si regresa
acaso ya nadie reconozca su rostro; díganle también que no dejó
razones para nadie, que tení­a un mensaje secreto, algo importante que decirles
pero que lo ha olvidado.
Dí­ganle que ahora está cayendo, de otro modo y en otra parte del mundo, díganle que
todavía no es feliz,
si esto hace feliz a alguno de ellos; díganle también que se fue con el corazón vacío y seco
y díganle que eso no importa ni siquiera para la lástima o el perdón
y que ni él mismo sufre por eso,
que ya no cree en nada ni en nadie y mucho menos en él mismo, que tantas cosas que vio apagaron su mirada y ahora, ciego, necesita del tacto, díganle
que alguna vez tuvo un leve rescoldo de fe en Dios, en un dí­a de sol, díganle que hubo
palabras
que le hicieron creer en el amor y luego supo que el amor dura
lo que dura una palabra.
Díganle que como un globo de aire perforado a tiros,
su alma fue cayendo hasta el infierno que lo vive y que ni siquiera está desesperado
y díganle que a veces piensa
que esa calma inexorable es su castigo; dí­ganle que ignora cuál es su pecado y que la culpa que lo arrastra por el mundo la considera apenas otro dato del problema
y díganle que en ciertas noches de insomnio y aun en otras en que cree haberlo soñado,
teme que acaso la culpa sea la única parte de sí­ mismo que le queda y díganle que en
ciertas mañanas llenas de luz
y en medio de tardes de piadosa lujuria y también borracho de vino en noches de lluvia
siente cierta alegría pueril por su inocencia
y díganle que en esas ocasiones dichosas habla a solas.
Díganle que, si alguna vez regresa, volverá con dos cerezas en sus ojos
y una planta de moras sembrada en su estómago y una serpiente enroscada en su cuello.
Y tampoco esperará nada de nadie y se ganará la vida honradamente,
de adivino, leyendo las cartas y celebrando extrañas ceremonias en las que no creerá,
y díganle que se llevó consigo algunas supersticiones, tres fetiches,
ciertas complicidades mal entendidas
y el recuerdo de dos o tres rostros que siempre vuelven a él en la oscuridad
y nada.



martes, 19 de junio de 2018

Y el silencio se llena de tus pasos (por Vicente Huidobro)


Venía hacia mí por la sonrisa
Por el camino de su gracia
Y cambiaba las horas del día
El cielo de la noche se convertía en el cielo del amanecer
El mar era un árbol frondoso lleno de pájaros
Las flores daban campanadas de alegría
Y mi corazón se ponía a perfumar de alegría.

Van andando los días a lo largo del año
¿En dónde estás?
Me crece la mirada
Se me alargan las manos
En vano la soledad abre sus puertas
Y el silencio se llena de tus pasos de antaño
Me crece el corazón
Se me alargan los ojos
Y quisiera pedir otros ojos
Para ponerlos allí donde terminan los míos
¿En dónde estás ahora?
¿Qué sitio del mundo se está haciendo tibio con tu presencia?
Me crece el corazón como una esponja
O como esos corales que van a formar islas
Es inútil mirar los astros
O interrogar las piedras encanecidas
Es inútil mirar ese árbol que te dijo adiós el último
Y te saludará el primero a tu regreso
Eres sustancia de lejanía
Y no hay remedio
Andan los días en tu busca
A qué seguir por todas partes la huella de sus pasos
El tiempo canta dulcemente
Mientras la herida cierra los párpados para dormirse
Me crece el corazón
Hasta romper sus horizontes
Hasta saltar por encima de los árboles
Y estrellarse en el cielo
La noche sabe qué corazón tiene más amargura

Sigo las flores y me pierdo en el tiempo
De soledad en soledad
Sigo las olas y me pierdo en la noche
De soledad en soledad
Tú has escondido la luz en alguna parte
¿En dónde? ¿En dónde?
Andan los días en tu busca
Los días llagados coronados de espinas
Se caen se levantan
Y van goteando sangre
Te buscan los caminos de la tierra
De soledad en soledad
Me crece terriblemente el corazón
Nada vuelve
Todo es otra cosa
Nada vuelve nada vuelve
Se van las flores y las hierbas
El perfume apenas llega como una campanada de otra provincia.



lunes, 18 de junio de 2018

Transitorio (por Lêdo Ivo)



Me felicito a mí mismo por ser transitorio.

Siempre tuve miedo de la eternidad,

ese gran perro obscuro que me olfateaba las piernas

y me seguía sin morder.


Aguardando a la muerte como quien espera una carta

traída por un cartero divino,

nada tengo para las fiestas del día siguiente.

Toda mi vida fue este esperar sin fin.


Entre el sueño y el mar total, en el paisaje celeste,

solté mi cometa.

Vi el farol de mi tierra, y mi infancia entera

estirada en cien leguas delante del mar.


Nada quiero de ti, Muerte, ni aun las recompensas del otro lado

con que amenizas el fin de los que sufrieron mucho.

Dame apenas el sueño sólido de los que mueren

y son llevados a la tierra de los pies juntos.


Que la vida sea un sueño, y los sueños sean sueños

del sueño desdoblado de los que viven.

Efímero, late en el tiempo un corazón solitario

y la sombra de la tierra es poca para cubrirlo.



domingo, 17 de junio de 2018

Sólo temo no encontrar (por Rupert Brooke)


Cuando en la noche de mi vida venga el amanecer
dispersando la niebla de los sueños, la triste melancolía,
antes de esa terrible alba de la tumba:
¿Olvidaré el sordo dolor del recuerdo?
¿Mi corazón cansado como un niño despierto
llenará el amanecer de música? ¿No retendrá
alguna de las tristes notas de mi anterior esfuerzo,
sino a través de ese espléndido nacer del día y hará
más bella aún la belleza, más hermoso el amanecer?
Sólo temo no encontrar
esa valiente sonrisa que una vez iluminó el aire oscuro,
los brillantes ojos que albergaban pureza,
ni ver la pálida nube de su pelo al ondear,
reír y saltar en el desolado viento.



sábado, 16 de junio de 2018

Quién sabe a dónde (por Carlos López Narváez)


La vida se me va… Quién sabe a dónde…
Con la luz parte…
Sigilosamente
de mí se aleja
sin decir a dónde.

Lo mismo que un amigo
que me abandona sin decir palabra,
que me abandona en soledad conmigo.

Si le pregunto: ¿A dónde vas, a dónde?
se sonríe nomás, plácidamente,
sin dejar de partir quién sabe a dónde.

Le grito con angustia:
Mírame aquí, viviente,
vivo.
¿A dónde
quieres que te siga? -Y
con risa mustia,
"Tú no eres yo"
-doliente me responde.


viernes, 15 de junio de 2018

Esa chiquilla fea (por Wislawa Szymborska)


A la muchacha que fui...
la conozco, naturalmente.
Tengo varias fotografías
de su breve vida.
Siento una piedad alegre
por algunos de sus poemas.
Recuerdo unos cuantos acontecimientos.

Pero,
para que el que está aquí conmigo
sonría y me abrace,
recuerdo solo una historia graciosa:
el amor infantil
de esa chiquilla fea.

Le cuento
que estaba enamorada de un estudiante,
es decir, que quería
que él la mirara.

Le cuento
que, sana, corrió a su encuentro,
con una venda en la cabeza
para que él preguntara al menos
qué le había pasado.
Qué graciosa chiquilla.
Cómo podía saber
que hasta la desesperación tiene ventajas
si por fortuna
se vive un poco más.

Le daría para pasteles.
Le daría para el cine.
Déjame, no tengo tiempo.

¿No ves
que la luz está apagada?
No me digas que no entiendes
que la puerta está cerrada.
No tires del picaporte...
El que se reía,
el que me abrazaba
no es tu estudiante.

Lo mejor sería que te fueras
por donde has venido.
No te debo nada,
yo, una simple mujer,
que apenas sabe
cuándo
revelar un secreto ajeno.

No nos mires así
con esos ojos tuyos
tan abiertos
como los ojos de los muertos.



jueves, 14 de junio de 2018

Si me era dado creer (por Jorge Aulicino)


El viejo temor. En una iglesia de París
encendí una vela y no supe -aun con mi más
ferviente deseo penetrando mis huesos,
como el frío entre aquellas piedras medievales-
si podía creer, si me era dado creer, si mi fe era cierta
y aceptada. Eran indescifrables los labios
de la Virgen en aquella piedra tan gastada.
El viento, no el de ayer, no el del Quinientos,
un viento frío de hoy -aunque puro en cierto modo,
o puro contra todo- apagó una vela. Creí que era
mi pequeño cirio, mi querido cirio, el cirio de mi deseo, rojo
en su cápsula de vidrio. Y aun creyendo
que había perdido todo, que la boca de Dios
o del Averno
o del siglo
lo había apagado,
lo volví a encender
con el mismo encendedor de plástico.
Y luego de rezar de algún modo, me di cuenta
de que no era mi vela la que había vuelto a encender,
sino otra, la de al lado, chamuscada, vieja, ennegrecida.
Fui raramente feliz y lo confieso.
Sin quererlo, había avivado otra plegaria,
un rezo desconocido, el rezo de otro.



miércoles, 13 de junio de 2018

Crónica parcial de los 70 (por Bernardo Atxaga)


Fue cuando la vida cotidiana derramaba
cucarachas sobre la gente sin cesar,
y se lloraba por todas las habitaciones
bien al estilo Snif, bien al sentido Buá.

Fue cuando se pasaba miedo y se gritaba
si de madrugada sonaba un timbre o un tiro
allí por el tercero A, o B, o por error.

Fue cuando nosotros, la juventud en general,
leíamos pornografía frente a las blancas
baldosas de los urinarios públicos
donde, a veces, sangrábamos por la nariz.

Fue cuando el invierno se iba aproximando
y prometía muertes, no todas ellas naturales.
Cuando en el fondo del corazón todos deseaban
una llamada o una carta, y yo también.

Y fue efectivamente el invierno, y hubo ocas
en el cielo volando en forma de uve doble,
y fue el frío y la lluvia y la huelga general
en medio de una epidemia de gripe asiática.

Y recuerdo un bar que alegó razones comerciales
para impedir la entrada a dos homosexuales.
Que los mendigos reforzaron sus casas de cartón,
que las ardillas bajaron del bosque y atracaron
un supermercado diciendo, Alto, Manos Arriba,
¿Dónde está la caja fuerte de las nueces?

Y después llegaron vagones llenos de silencio
para luchar calle por calle, casa por casa,
contra los Sustantivos, contra los Adverbios,
y yo estuve allí, y fue terrible, qué horror.

Y los dispensarios recetaron píldoras anti,
los bancos repartieron prospectos de colores
con el lema de Ora, sí, pero sobre todo Labora.
Y una tarde, por fin, ella hizo una llamada
desde muy lejos, y me pareció que sus palabras
eran de amor y con una pizca de sabor a miel.

En aquel tiempo, cuando la vida cotidiana
derramaba cucarachas sobre nosotros sin cesar,
y se lloraba por todas las habitaciones,
bien al estilo Snif, bien al estilo Buá.



martes, 12 de junio de 2018

Su último deseo se cumplió (por Erich Hackl)


Un entierro así
llegó a ser más divertido que una boda.
Sólo que durante la comida
no había música para bailar.
El muerto no racaneaba:
había sopa de albóndiga de hígado,
carne de vaca cocida con rábano picante
y de postre un buen trozo de tarta.

Cerveza y aguardiente a voluntad.
Licor de huevos para las viejas.
Té con ron para los acatarrados.
Café con leche para los niños.
Vino caliente para el señor cura.

El viejo Schinböck había dispuesto
que la banda de música de San Leonardo
tocase en su entierro
con una buena melopea.
Su último deseo se cumplió,
y resonó lastimosamente en los oídos.
Al aprendiz del zapatero de Rebuledt,
que tocaba el tambor grande,
se le escapó la baqueta durante el desfile,
salió volando en círculos
y se ahogó en la charca de apagar incendios.

El viejo Schinböck no había caído
en que los que llevaban el féretro
también formaban parte de la banda.



lunes, 11 de junio de 2018

Derrota (por Rafael Cadenas)


Yo que no he tenido nunca un oficio
que ante todo competidor me he sentido débil
que perdí los mejores títulos para la vida
que apenas llego a un sitio ya quiero irme (creyendo que mudarme es una solución)
que he sido negado anticipadamente y escarnecido por los más aptos
que me arrimo a las paredes para no caer del todo
que soy objeto de risa para mí mismo que creí
que mi padre era eterno
que he sido humillado por profesores de literatura
que un día pregunté en qué podía ayudar y la respuesta fue una risotada
que no podré nunca formar un hogar, ni ser brillante, ni triunfar en la vida
que he sido abandonado por muchas personas porque casi no hablo
que tengo vergüenza por actos que no he cometido
que poco me ha faltado para echar a correr por la calle
que he perdido un centro que nunca tuve
que me he vuelto el hazmerreír de mucha gente por vivir en el limbo
que no encontraré nunca quién me soporte
que fui preterido en aras de personas más miserables que yo
que seguiré toda la vida así y que el año entrante seré muchas veces más burlado en mi ridícula ambición
que estoy cansado de recibir consejos de otros más aletargados que yo («Ud. es muy quedado, avíspese, despierte»)
que nunca podré viajar a la India
que he recibido favores sin dar nada a cambio
que ando por la ciudad de un lado a otro como una pluma
que me dejo llevar por los otros
que no tengo personalidad ni quiero tenerla
que todo el día tapo mi rebelión
que no me he ido a las guerrillas
que no he hecho nada por mi pueblo
que no soy de las FALN y me desespero por todas estas cosas y por otras cuya enumeración sería interminable
que no puedo salir de mi prisión
que he sido dado de baja en todas partes por inútil
que en realidad no he podido casarme ni ir a París ni tener un día sereno
que me niego a reconocer los hechos
que siempre babeo sobre mi historia
que soy imbécil y más que imbécil de nacimiento
que perdí el hilo del discurso que se ejecutaba en mí y no he podido encontrarlo
que no lloro cuando siento deseos de hacerlo
que llego tarde a todo
que he sido arruinado por tantas marchas y contramarchas
que ansío la inmovilidad perfecta y la prisa impecable
que no soy lo que soy ni lo que no soy
que a pesar de todo tengo un orgullo satánico aunque a ciertas horas haya sido humilde hasta igualarme a las piedras
que he vivido quince años en el mismo círculo
que me creí predestinado para algo fuera de lo común y nada he logrado
que nunca usaré corbata
que no encuentro mi cuerpo
que he percibido por relámpagos mi falsedad y no he podido derribarme, barrer todo y crear de mi indolencia, mi
flotación, mi extravío una frescura nueva, y obstinadamente me suicido al alcance de la mano
me levantaré del suelo más ridículo todavía para seguir burlándome de los otros y de mí hasta el día del juicio final.



domingo, 10 de junio de 2018

Con su techo volado (por Linda Gregg)


Era una foto que tuve después de la guerra.
Una iglesia inglesa bombardeada. Yo era demasiado joven
como para conocer la palabra inglés o guerra,
pero conocía la foto.
La ciudad en ruinas todavía parecía noble.
La catedral con su techo volado
no dejaba de ser divina. La iglesia era la misma
más lluvia y cielo. Los pájaros volaban por dentro y por fuera
de los agujeros que el puño de Dios hizo en los muros.
Todo nuestro deseo de amor o de niños
es considerado por el enemigo como si fuera una broma.
Yo sabía tanto y de todos modos cantaba.
Como un pájaro que va a cantar hasta
que es derribado. Cuando quitan
los árboles, el niño agarra una rama
y dice, esto es un árbol, esta es la casa
y la familia. Como si se pudiera. A través de la puerta
de lo que había sido una casa, por el campo lleno
de escombros, anda un cordero solo, ladeando
la cabeza, curioso, sin miedo, hambriento.



sábado, 9 de junio de 2018

La miraré a los ojos (por Idea Vilariño)


Cuando compre un espejo para el baño
voy a verme la cara
voy a verme
pues qué otra manera hay decime
qué otra manera de saber quién soy.
Cada vez que desprenda la cabeza
del fárrago de libros y de hojas
y que la lleve hueca atiborrada
y la deje en reposo allí un momento
la miraré a los ojos con un poco
de ansiedad de curiosidad de miedo
o sólo con cansancio con hastío
con la vieja amistad correspondiente
o atenta y seriamente mirarme
como esa extraña vez—mis once años—
y me diré mirá ahí estás
seguro
pensaré no me gusta o pensaré
que esa cara fue la única posible
y me diré esa soy yo ésa es Idea
y le sonreiré dándome ánimos.



viernes, 8 de junio de 2018

Que siempre bailarás con tu sombra (por Darío Jaramillo)


Primero está la soledad.
En las entrañas y en el centro del alma:
ésta es la esencia, el dato básico, la única certeza;
que solamente tu respiración te acompaña,
que siempre bailarás con tu sombra,
que esa tiniebla eres tú.
Tu corazón, ese fruto perplejo, no tiene que agriarse con tu sino solitario;
déjalo esperar sin esperanza
que el amor es un regalo que algún día llega por sí solo.
Pero primero está la soledad,
y tú estás solo,
tú estás solo con tu pecado original -contigo mismo-.
Acaso una noche, a las nueve,
aparece el amor y todo estalla y algo se ilumina dentro de ti,
y te vuelves otro, menos amargo, más dichoso;
pero no olvides, especialmente entonces,
cuando llegue el amor y te calcine,
que primero y siempre está tu soledad
y luego nada
y después, si ha de llegar, está el amor.



jueves, 7 de junio de 2018

Estoy demasiado cerca (por Wislawa Szymborska)


Estoy demasiado cerca para que sueñe conmigo.
No vuelo sobre él, no huyo de él
entre las raíces de los árboles
. Estoy demasiado cerca.
No es mi voz el canto del pez en la red.
Ni de mi dedo rueda el anillo.
Estoy demasiado cerca. La gran casa arde
sin mí gritando socorro. Demasiado cerca
para que taña la campana en mi cabello.
Estoy demasiado cerca para que pueda entrar como un huésped
que abriera las paredes a su paso.
Ya jamás volveré a morir tan levemente,
tan fuera del cuerpo, tan inconsciente,
como antaño en su sueño. Estoy demasiado cerca,
demasiado cerca. Oigo el silbido
y veo la escama reluciente de esta palabra,
petrificada en abrazo. Él duerme,
en este momento, más al alcance de la cajera de un circo
ambulante con un solo león, vista una vez en la vida,
que de mí que estoy a su lado.
Ahora, para ella crece en él el valle
de hojas rojas cerrado por una montaña nevada
en el aire azul. Estoy demasiado cerca
para caer del cielo. Mi grito
sólo podría despertarle. Pobre,
limitada a mi propia figura,
pero he sido abedul, he sido lagarto,
y salía de tiempos y damascos
mudando los colores de mi piel. Y tenía
el don de desaparecer de sus ojos asombrados,
lo cual es la riqueza de las riquezas. Estoy demasiado cerca,
demasiado cerca para que sueñe conmigo.
Saco mi brazo que está bajo su cabeza dormida,
mi brazo dormido, lleno de agujas imaginarias.
En la punta de cada una de ellas, para su recuento,
se han sentado ángeles caídos.



miércoles, 6 de junio de 2018

Por nacer (por Pedro Salinas)


¡Qué gran víspera el mundo!
No había nada hecho.
Ni materia, ni números,
ni astros, ni siglos,… nada.
El carbón no era negro
ni la rosa era tierna.
Nada era nada, aún.
¡Qué inocencia creer
que fue el pasado de otros
y en otro tiempo, ya
irrevocable, siempre!
No, el pasado era nuestro:
no tenía ni nombre.
Podíamos llamarlo
a nuestro gusto: estrella,
colibrí, teorema,
en vez de así, “pasado”;
quitarle su veneno.
Un gran viento soplaba
hacia nosotros minas,
continentes, motores.
¿Minas de qué? Vacías.
Estaban aguardando
nuestro primer deseo,
para ser en seguida
de cobre, de amapolas.
Las ciudades, los puertos
flotaban sobre el mundo,
sin sitio todavía:
esperaban que tú
les dijeses: “Aquí”,
para lanzar los barcos,
las máquinas, las fiestas.
Máquinas impacientes
de sin destino, aún;
porque harían la luz
si tú se lo mandabas,
o las noches de otoño
si las querías tú.
Los verbos, indecisos,
te miraban los ojos
como los perros fieles,
trémulos. Tu mandato
iba a marcarles ya
sus rumbos, sus acciones.
¿Subir? Se estremecía
su energía ignorante.
¿Sería ir hacia arriba
“subir”? ¿E ir hacia dónde
sería “descender”?
Con mensajes a antípodas,
a luceros, tu orden
iba a darles conciencia
súbita de su ser,
de volar o arrastrarse.
El gran mundo vacío,
sin empleo, delante
de ti estaba: su impulso
se lo darías tú.
Y junto a ti, vacante,
por nacer, anheloso,
con los con los ojos cerrados,
preparado ya el cuerpo
para el dolor y el beso,
con la sangre en su sitio,
yo, esperando
¡ay, si no me mirabas!
a que tú me quisieses
y me dijeras: “Ya”.


Me adoptarán (por Jules Renard)


Los encuentro después de atravesar una llanura caldeada por el sol.

A causa del ruido no habitan a orillas del camino. Viven en los campos sin cultivar, junto a una fuente que sólo conocen los pájaros.

Parecen impenetrables, desde lejos. Apenas me acerco, sus troncos se desenlazan. Me reciben prudentemente. Puedo descansar ahí, refrescarme; pero compruebo que me observan con desconfianza.

Viven en familia, los más viejos en medio, y los pequeños, aquellos cuyas primeras hojas acaban de nacer, un poco diseminados, pero sin apartarse nunca.

Su muerte es prolongada y conservan a sus muertos en pie, hasta que caen hechos polvo.

Se acarician con sus largas ramas, para asegurarse de que todos están allí, como los ciegos. Gesticulan coléricos si el viento empuja para arrancarlos. Pero entre ellos no hay ninguna disputa. Si murmuran, lo hacen de acuerdo.

Los tengo por mi verdadera familia. Pronto olvidaré a la otra.

Me adoptarán poco a poco estos árboles y, para merecerlo, aprendo lo que es necesario saber:

-Ya sé mirar las nubes que pasan.
-Sé quedarme en mi lugar.
-Y casi sé ya callarme.

martes, 5 de junio de 2018

Allí estamos (por Cèlia Sànchez-Mústich)


Allá, el espacio que hay entre nosotros,
al que no sabemos por dónde entrar,
allí estamos.
Estás tú que me traduces a ti.
Estoy yo que te interpreto en mí.
Mientras de nuestros originales nada se sabe
salvo que inexisten profundamente
en los márgenes de la niebla.



lunes, 4 de junio de 2018

Con los difuntos conversé (por Thomas Bernhard)


Donde ayer dormí es hoy día de asueto. Ante
la entrada
se apilan las sillas y nadie, si preguntan por mí, me
ha visto.
Las aves han alzado el vuelo para dibujar mi cara
en las nubes
encima de mi casa y encima del jardín de los muertos.
Con los difuntos conversé y hablamos de la lira
del mundo
a la que sus bocas ya no engendran, ni sus labios
que hablan una lengua que al perro de mi primo aflige.
La tierra habla una lengua que nadie entiende
porque es inagotable —a ella le arranqué estrellas
en medio de la desesperación
y bebí el vino de su cántaro
cocido con mis dolores.
Estas carreteras conducen al destierro. Percibo a Dios
detrás de un vidrio y al diablo en un altavoz;
ambos llegan juntos a mi corazón
que anuncia la decadencia de las almas.
La hojarasca revolotea sin cesar por las callejuelas,
causando destrozos entre los monumentos.
En octubre quisiera soñar con la hierba.
Abajo de la puerta de casa está clavado
un mandamiento:
NO MATARÁS
Pero en el diario hay tres asesinatos cada día
que podrían ser míos o de alguno de mis amigos.
Los leo como una fábula,
de una puñalada a otra, sin aburrirme.
Mientras confunden la carne y la fama
mi alma duerme bajo el movimiento de la mano
de Dios.



domingo, 3 de junio de 2018

Con mi nombre en las pupilas (por Nicanor Parra)


Juro que no recuerdo ni su nombre,
mas moriré llamándola María,
no por simple capricho de poeta:
por su aspecto de plaza de provincia.
¡Tiempos aquellos! Yo un espantapájaros,
ella una joven pálida y sombría.
Al volver una tarde del Liceo
supe de la su muerte inmerecida,
nueva que me causó tal desengaño
que derramé una lágrima al oírla.
Una lágrima, sí, ¡quién lo creyera!
Y eso que soy persona de energía.
Si he de conceder crédito a lo dicho
por la gente que trajo la noticia
debo creer, sin vacilar un punto,
que murió con mi nombre en las pupilas,
hecho que me sorprende, porque nunca
fue para mí otra cosa que una amiga.
Nunca tuve con ella más que simples
relaciones de estricta cortesía,
nada más que palabras y palabras
y una que otra mención de golondrinas.
La conocí en mi pueblo (de mi pueblo
sólo queda un puñado de cenizas),
pero jamás vi en ella otro destino
que el de una joven triste y pensativa.
Tanto fue así que hasta llegué a tratarla
con el celeste nombre de María,
circunstancia que prueba claramente
la exactitud central de mi doctrina.
Puede ser que una vez la haya besado,
¡quién es el que no besa a sus amigas!
Pero tened presente que lo hice
sin darme cuenta bien de lo que hacía.
No negaré, eso sí, que me gustaba
su inmaterial y vaga compañía
que era como el espíritu sereno
que a las flores domésticas anima.
Yo no puedo ocultar de ningún modo
la importancia que tuvo su sonrisa
ni desvirtuar el favorable influjo
que hasta en las mismas piedras ejercía.
Agreguemos, aún, que de la noche
fueron sus ojos fuente fidedigna.
Mas, a pesar de todo, es necesario
que comprendan que yo no la quería
sino con ese vago sentimiento
con que a un pariente enfermo se designa.
Sin embargo sucede, sin embargo,
lo que a esta fecha aún me maravilla,
ese inaudito y singular ejemplo
de morir con mi nombre en las pupilas,
ella, múltiple rosa inmaculada,
ella que era una lámpara legítima.
Tiene razón, mucha razón, la gente
que se pasa quejando noche y día
de que el mundo traidor en que vivimos
vale menos que rueda detenida:
mucho más honorable es una tumba,
vale más una hoja enmohecida,
nada es verdad, aquí nada perdura,
ni el color del cristal con que se mira.

Hoy es un día azul de primavera,
creo que moriré de poesía,
de esa famosa joven melancólica
no recuerdo ni el nombre que tenía.
Sólo sé que pasó por este mundo
como una paloma fugitiva:
la olvidé sin quererlo, lentamente,
como todas las cosas de la vida.



sábado, 2 de junio de 2018

Palabras para decir más palabras (por Inti García Santamaría)


Frases que dijiste en un jardín botánico. 
Palabras para nombrar un cactus. 
Palabras para nombrar un camaleón. 
Palabras para bautizar plantas con la palabra “abuelito”. 
Palabras dentro de una catedral. 
Palabras de tus dedos sobre mi frente. 
Un núcleo de cristal en medio de una canción. 
Frases que aparecen otra vez en mi teléfono celular. 
Palabras para decir más palabras. 
Un núcleo dorado. 
Palabras que nombran los nuevos sabores de la nieve. 
Palabras aquí. 
Allá pétalos para hacer papel. 
Palabras como dibujos sobre madera. 
Destellos de lonas rosas al final de la calle. 
Un callejón tapizado de pétalos. 
Palabras de madrugada que regresan de día. 
Destellos de vetas. 
Un núcleo. 
Palabras para describir una semilla. 
Destellos de números para decir más palabras. 
Un resplandor de frío en las luces de la ciudad. 
Palabras para conocer un caballo de madera. 
Palabras para leer. 
Un resplandor de frío. 
Una noche que termina, más o menos, termina. 
Una noche regresa como un halcón al brillo de unos ojos. 
Palabras para describir las cintas sobre un cuerpo. 
Un halcón de electricidad. 
Un circuito de frases para proteger tu nombre. 
Un circuito de números.

viernes, 1 de junio de 2018

En clase de ética (por Linda Pastan)


Hace muchos años en clase de ética
nuestro profesor nos preguntaba cada otoño:
¿si se prendiera fuego en un museo
qué es lo que salvarías, una pintura de Rembrandt
o una anciana a la que de todos modos
no iban a quedarle muchos años de vida? 

Impacientes en las duras sillas
nos preocupaban poco los cuadros o la vejez,
optábamos un año por la vida, al siguiente por el arte
y siempre con poco entusiasmo. A veces
la mujer adoptaba el rostro de mi abuela
dejando por una vez la cocina para recorrer
algún museo inhóspito y sólo a medias imaginado.
Un año, creyendo ser ingeniosa, respondí
¿por qué no dejar que decida la anciana?
Linda -explicó el profesor- evita
la carga de la responsabilidad.
Este otoño, casi anciana yo misma,
estoy en un museo real
frente a un verdadero Rembrandt. Dentro del marco
los colores son más oscuros que el otoño,
más oscuros aún que el invierno— los ocres de la tierra,
aunque los elementos más brillantes arden
a través del lienzo. Ahora sé que la mujer,
la pintura y la estación son casi una sola cosa
y todas más allá de la salvación de los niños.


jueves, 31 de mayo de 2018

Cargada de silencio (por Menna Elfyn)


A las doce, la mesa estaba cargada de silencio;

no tenía nada que decirle a nadie,

ningún chisme que desatara una ráfaga pasajera,

ni cuentos chinos como nubes de cuajo y suero,

ninguna historia como rayo fulminante.

Yo no hablaba, absorbida en mi carne.


«Cuéntanos algo de ti» decía Padre

ante nuestro pan de cada día

y yo, titubeante, pinchaba un pedazo

sosteniendo el tenedor en alto para que no se cayera.

Pero era más fácil cincelar el asado con un cuchillo afilado

que partir el pan de la conversación,

más doloroso pasar el tiempo charlando

que alcanzar un plato caliente, seleccionar los guisantes, esperar el turno.


El lenguaje era ayuno.


La frase me vuelve ahora:

el impromptu «cuéntanos algo de ti»

en el banquete de los delegados.

Jamás creí

que me pasaría la vida fileteando palabras.


Me conformo con ser muda

sentada frente a un consejo demasiado cargado

y sin juicio salvo el exceso:

pero tengo hambre de migas

que, cuando sacudes el mantel de la vida,

no son más que


palabras en la fría y dura respiración del viento.



miércoles, 30 de mayo de 2018

Siempre tienen alguna relación entre sí (por Alberto Cisnero)


ya no recuerdo cómo fue. después pasaron
muchos días. no hacen al tema. las luces
de las posadas, un curso de agua
translúcida, otro paisaje de niebla. más allá,
más arriba y más lejos el cielo es negro. por azar
o por juego, justo cuando la vida mudó color
y gala. y capturado el corazón. un secreto
que lo excede. la luz que irradia 
el candil, prevenida
frente a un extraño,
condesciende a uno.

recordarás un día. el contacto de mi mano
en la tuya. el que ahora te ofrezco. sólo
diremos que era en junio, hace muchos años.
recuerdo un día sólo porque viene con tu nombre
mezclado. y lejos y muy cerca. y pronto.
como una ola, pronto. y donde todo acaba
o todo comienza. como mi padre me miraba
un día. suelo asentir a lo que decís. y sé
que eso me alboroza. ahora ya soy viejo
y lo comprendo, hija.

he visto en los antigales las tinajas
de mis muertos. obviaron la emoción lexicógrafa, el
bostezo, un énfasis que chorreara, para trinar en el
agua. tributaron. palearon. firmaron
con una cruz. supieron y conservaron
sus nombres verdaderos y completos. compartieron
el mismo pedazo de pan.
ninguno adosó a sus atuendos emblema
de múltiples colores. vivieron y dieron su fin.
quichuistas todos en las casas.
bestias del mismo pelo.

necesito dormir hasta la próxima ciudad
en la que el ómnibus se detenga. todo plan resulta perfecto si nadie se equivoca. aprendimos
esa lección al punto de cometer un error tras otro.
una respuesta en la cabeza: se acabaron
las costumbres. ya no sirven. ya no queda nada.
cedo a la negra noche. a la ruina de un hogar
cuyos horcones encierran el color del mistol pulverizado. desde la primera huella,
a cada paso delante, aplico el cartabón, 

convertido en su espejo.

detrás del volante. sobre la ruta seis.
en un repente. la gran noche campo afuera
y la luna de invierno. una antigua habladuría
o una primera certeza o un obsequio. confituras de maicena. a miles. en un poblado del camino
tuve un rancho alguna vez. después pasó
el tiempo. me empeñé en las tabletas etruscas. porque mancillan lo que en la punta de la lengua
a ocluirse torna. hay también palabras veloces como la luz. o bala o rayo o síncope.
para un repente con la mano en el pecho.

las casas se derrumbaron. desaparecieron
las últimas poblaciones. se inundaron
los prados. el único producto exportado
es la luna. estaba incluido en los cálculos.
tengo mis privilegios. o soy cómplice
o soy testigo. eso quiere decir que estoy
pensando en vos. en no olvidarte al pensar.
las cosas que haga un tipo siempre tienen
alguna relación entre sí. esta noche
ya bebí demasiado. que alguien
me encierre, por favor.

en este cuadrilátero no queda nada entre
el firmamento y yo. con el viento
me gustaría llegar tan lejos hasta alcanzar
cada uno de los añicos o puntos transitorios
de luz que involucra no extenderse mucho
en las frases antes de necesitar un tónico
para los nervios. la luz es siempre la misma
y ninguno decidirá regresar y buscar ayuda.
nadie usurpará ese rincón. miro la mano
que vos sostuviste en alguna parte, alguna
vez, y sonrío. tiempo tan prontamente
conturbado.

hoy, recién hoy, me di cuenta de que tenemos
todo el tiempo. y el mejor lugar del mundo, merlina. lanzás una canción al aire y yo
que nada sé, cedo y recuerdo en el mismo instante. porque aparecen tu imagen y tu voz
y te encuentro aquí y allá. veremos pasar
y pasar el disco cobrizo del péndulo
como una luna plena. y finalmente
todos se irán. pero nosotros no.

intentás contar los puntitos, la noche
estrellada. pero siempre perdés la cuenta.
tal vez tengan algo para vos. un montón
de arena y mucho cielo azul. aunque el brillo
no resista más y caiga hacia adentro
como si estuviera lleno de piedras.
te escribo porque no estás
sola en el mundo.



martes, 29 de mayo de 2018

Porque la belleza subsiste (por William Wordsworth)


Aunque el resplandor que
en otro tiempo fue tan brillante
hoy esté oculto por siempre a mis miradas.

Aunque mis ojos ya no
puedan ver ese puro destello
que en mi juventud me deslumbraba.

Aunque nada pueda hacer
volver la hora del esplendor en la hierba,
de la gloria en las flores,
no debemos afligirnos
porque la belleza subsiste siempre en el recuerdo.

En aquella primera
simpatía que habiendo
sido una vez,
habrá de ser por siempre;
en los consoladores pensamientos
que brotaron del sufrimiento humano,
y en la fe que mira a través de la
muerte.

Gracias al corazón humano,
por el que vivimos,
gracias a su ternura, sus
alegrías y sus temores, la flor más humilde al florecer
puede inspirarme ideas que, a menudo,
se muestran demasiado profundas
para las lágrimas.




lunes, 28 de mayo de 2018

Ni siquiera (por Saiz de Marco)


ni siquiera juntando las brasas, los rescoldos, las humeantes pavesas hasta recomponer la figura que fueron,
la disposición previa de todas las cenizas antes de haber ardido

ni siquiera encajando y uniendo unos con otros los múltiples añicos por el suelo esparcidos de aquello que se ha roto

ni siquiera cambiando las piezas defectuosas,
supliéndolas por otras salidas de la fábrica

ni siquiera rehaciendo los muros arruinados,
volviendo a levantarlos con las piedras caídas en todos los derrumbes


ni siquiera inyectando clorofila en las hojas desprendidas del árbol, savia en las ramas secas del tronco corroído

ni siquiera curando los trozos desgastados, los caducados órganos,
e implantándolos luego en un cuerpo de estreno


ni siquiera insuflando oxígeno en las fibras y disolviendo todo el coágulo de dentro

ni siquiera trabando de nuevo el armazón,
devolviéndolo entero a su forma inicial

no, ni siquiera



domingo, 27 de mayo de 2018

Mi lengua natal ya no me engaña (por Marina Tsvetáieva)


Nostalgia de la patria: ¡qué fastidio!
Después de largo tiempo delatado
ya me es indiferente
dónde sentirme sola.

Caminar sobre piedras,
a casa con la cesta.
La casa que no es mía:
hospital o cuartel.

Me da igual quién me mire
como a un león cautivo.
Cuál es el clan humano
que me ha expulsado -siempre-.

Muy dentro de mí misma,
oso polar si hielo.
Dónde no poder convivir (¡ni lo intento!).
Dónde me humillarán -da lo mismo-.

No, mi lengua natal ya no me engaña,
ni materna, me engaña su llamada.
Ya me es indiferente en qué lenguaje
no seré comprendida por el hombre.

(Lector, devorador de toneladas
de periódicos, adicto al cotilleo...).
Él es del siglo veinte;
yo: ¡fuera de los siglos!

Enhiesta como un tronco,
resto de la alameda.
Todo y todos iguales;
igual indiferencia.

Lo natal, lo pasado,
rasgos todos y marcas:
toda fecha borrada-
donde ha nacido el alma.

Mi tierra me ha perdido,
y el que investigue, astuto,
el ámbito de mi alma -¡mi alma toda!
no encontrará la traza.

Las casas son ajenas y los templos vacíos.
Me da todo lo mismo.
Mas si aparece un árbol
en el camino, un árbol de frutos dulces...


sábado, 26 de mayo de 2018

En cada conciencia (por Agostinho Neto)


¡Miedo en el aire!

En cada esquina
centinelas vigilantes incendian miradas
en cada casa
apresuradamente se sustituyen los viejos cerrojos
de las puertas
en cada conciencia
se agita el temor de oírse a sí misma

La Historia está por ser contada
de nuevo

¡Miedo en el aire!

Sucede que yo
hombre humilde
todavía más humilde en la piel negra
me atraigo a África
para mí
con los ojos secos.



viernes, 25 de mayo de 2018

Y así se entrega a lo fugaz (por Hermann Hesse)


Que lo hermoso y lo encantador
sean tan sólo aliento y tormenta,
que lo delicioso, lo maravilloso
y lo propicio no duren:
que las nubes, flores, pompas de jabón,
que los fuegos artificiales y las risas de los niños,
la mirada de una mujer en el espejo
y tantas cosas tan prodigiosas
desaparezcan, apenas descubiertas,
que duren no más que un instante:
¡ah, eso lo sabemos con tristeza!
Lo duradero e inmóvil
no nos parece tan valioso:
piedras preciosas de fuego gélido,
pesada barra de oro reluciente;
las mismísimas estrellas,
que permanecen alejadas y extrañas, no nos resultan
semejantes a nosotros, seres transitorios:
no llegan a lo más profundo del alma.
Es como si lo hermoso y lo amable tendiera a la destrucción,
cerca siempre de la muerte,
y que lo más valioso, las notas musicales
que desde el nacimiento
corren y se extinguen,
son nada más que ligero aliento, torrentes, huida.
Y dolorosamente derribados por un leve soplo,
no permanecen más que el tiempo
que dura un latido;
sonido tras sonido, casi apenas entonados,
manan y se esfuman.

Y así se entrega a lo fugaz
lealmente nuestro corazón,
a la vida, a lo que surge de continuo,
y no a lo que, rígido, dura.
Muy pronto lo que permanece nos fatiga,
joyas, rocas y el cielo estrellado,
a nosotros, errantes del eterno cambio,
almas y pompas de jabón,

al tiempo unidos, y fugaces,
a quienes el rocío de una hoja rosa,
a quienes el cortejo de unas aves,
la muerte de las nubes,
el brillo de la nieve, el arco iris,
la mariposa voladora;
nosotros, a quienes el roce del sonido
de una risa fugaz
nos parece una fiesta
o nos causa dolor.
Amamos cuanto nos es semejante, y entendemos
lo que el viento escribe sobre la arena.


jueves, 24 de mayo de 2018

La lluvia (por Nurit Zarji)


Bajo la lluvia la casa titila como una burbuja.
Una materia arcaica zumba entre el cielo y la tierra,
cierra el paso al aire,
promete que ninguna plegaria llegará a destino.

Los techos desaparecen. El gato y la mosca
son empujados hacia los sótanos de la tierra.
La isla del mundo se ahoga en la lluvia.
La lluvia se ahoga en la lluvia.

Son lavados con furia
los arbustos, los troncos, las ramas,
todo se lava menos mi soledad.



miércoles, 23 de mayo de 2018

Sálvalo (por David Huerta)


Señor, salva este momento.
Nada tiene de prodigio o milagro
como no sea una sospecha
de inmortalidad, un aliento
de salvación. Se parece
a tantos otros momentos...
Pero está aquí entre nosotros
y crece como una luz amarilla
de sol y de encendidos limones
-y sabe a mar, a manos amadas,
huele como una calle de París
donde fuimos felices. Sálvalo
en la memoria o rescátalo
para la luz que declina
sobre esta página,
aunque apenas la toque.


martes, 22 de mayo de 2018

La verdad y su opuesto (por Chantal Maillard)


Cuando cumplí seis años, a cambio de su amor,
mi madre me arrancó la terrible promesa
de no mentir jamás.
Así, igual que un soberano controla
al pueblo al que gobierna,
ella me dio la libertad que al necio se le otorga:
actuarás dentro del margen
que yo-mis leyes establecen.
No había escapatoria:
su ministro de asuntos interiores
tenía su despacho montado en mi conciencia.
Yo la echaba de menos,
por eso no traicioné su confianza;
fui fiel a mi promesa.
Pero también, y con el tiempo,
fui fiel a mis instintos;
extensiva se hizo la verdad
al deseo que impulsa nuestros actos
Creo que confundí aquella instancia,
el orden imperioso del sentir
con el orden común de los Estados,
pues provoqué una guerra.
Después del gran naufragio, ella me preguntó:
¿no podrías acaso haber mentido?
En ese instante, entonces, usurpé la corona.
Ser libre no es un don, es una reconquista,
y es preciso callar para construir
aquella historia que se guarda
como un largo secreto del que nadie es testigo.
Ser libre es tener cuidado de un misterio
sobre el cual se construye nuestra vida.
Hay seres que comprenden temprano este principio;
me produce ternura descubrir sus engaños
y comprobar la paz que de ellos resulta;
admiro las mentiras bien trabadas,
la coherencia del engarce, el arte dirigido
hacia un fin; me conmueve
la soledad de aquel que las inventa
y consiente al imperio de su lógica.
El que miente edifica el mundo que conviene
para salvaguardar la ficción de los otros,
la legítima ficción que necesitan para evitar
la angustia de sentirse tan solos sin leyes,
sin verdades, sin ese amor
que creen recibir a cambio de su alma.
Aprendo del que calla, del que miente y engaña
el fuego soterrado que aún gime en mi pecho,
aprendo a dirigir su grito en mis infiernos
para el mejor gobierno de los mundos.
Desde ahora mi mano es la que guía
el fiel de la balanza: la verdad y su opuesto
son las onzas que pongo en los platillos
según el juego lo requiera.


lunes, 21 de mayo de 2018

Fontanelas (por Anne Michaels)


Greda y hayas. El mar de invierno
se busca a sí mismo en la nueva oscuridad
volviéndose casi incoloro.

Trajimos a nuestra hija aquí
antes de ser mortal. Antes de saber yo
que una persona puede ser una oración. Antes de
haber bañado alguna vez a un niño, antes de
sentir que la muerte de otro
podía ser la mía propia.

Hemos avanzado, cada año
un poco más adentro, hasta el lugar
donde la tierra es geología, donde los objetos se definen
por el espacio que los ocupa.
Donde las proteínas se ensamblan
en las almas. Hemos venido en invierno,
bajo la lluvia. A las islas, a la abadía, siempre
con frío, siempre mirando
para recordar. Fotografiando las ruinas
cerca de Roan Fell. En North. Beach y
en Melmerby Fell. Todos los lugares donde la tierra
se desmigaja por los bordes.
Parajes que vimos
desde el amor. Desde el amor
a la hierba alta de un arenal que ruge bajo dos mil
millas atlánticas de luz de luna, su olor borrado
por la sal como si una mujer invisible
nos abrazara en la oscuridad; el rastro
del trébol en el aliento de la vaca, en la dulce leche,
trenzado por el viento en la hierba alta,
sus raíces anudando arena. Islas fértiles
de lava porosa e islas tan secas que la lluvia
abolla la turba, huellas
parietales en la gneis
como apacibles lagos
en un cerebro infantil.

Islas ulteriores. No áridas
sino meticulosas. Ni una flor silvestre
marchita.

El angosto cauce un desfiladero de dos mil
millones de años. Las recónditas islas de basalto
un verde de cincuenta millones de años donde los pavos
fertilizaban jardines frondosos y alzaban rápidamente
el vuelo desde macizos setos de rododendro,
mientras los azúcares y fosfatos, la timina
y citosina, la guanina y adenina
se alineaban y dividían en sus tres grados de fluidez;
en el invierno, bajo la lluvia.

No hay canción que el mar
no tuviera en su boca.


*


El color de la mermelada
en las montañas de noviembre,
sombras minerales. Un hilo de carretera se pega a la costa.
Tienda, hotel, destilería.
Los misteriosos senderos de la turba
pueden volcar un camión como si fuera de juguete;
las mareas tragan un barco en segundos.
Un mar glacial mordisquea las cuevas y deja atrás
playas fermentadas para varar todo su grosor por encima de las olas.
Desde Ardlussa, donde termina la carretera,
siete millas por el bosque tupido de robles
hasta la mortecina granja de Orwell,
los silenciosos ojos de cinco mil ciervos rojos
cercándole en la noche.

Desde Ardlussa, donde termina la carretera.


*

Juntos hemos velado por la caliza y la apoptosis,
por las teorías refutadas y los abates Gloria y
Breuil, que iban tras la pista de niños en las cuevas pintadas
de Altamira y Lascaux. Por Jaques Loeb y
Jaques Monod, cuya fe era la biología,
sabedores de que el temor es como una manzana,
más dulce allí donde se recoge la luz,
bajo la piel. Por todo
lo que la ciencia abre para saber
lo que hay dentro, Iréne Carie buscando la verdad
en una placa de parafina. Por pruebas tan increíbles
como la propia muerte de uno. Por icebergs
tan viejos como la piedra. Por la esfinge de granito
y por los doscientos cincuenta kilos de sacerdote
de Isis,
izado en la oscuridad
del puerto de Alejandría tras un baño en el mar
de seiscientos años.

Y por todo cuanto

la huella de una mano ha trazado en la cueva,
y por los nueve meses, y el doble
de tiempo que tardan las fontanelas en cerrarse.

He observado a una mujer mientras nadaba
en North Beach, su vientre rosa
un eclipse surgiendo de las olas; más tarde,
la historia que contó, tan cerca de mí
el olor del café, el ruido del hielo, el suave chasquido
de los billares a lo largo de su Europa y sus bosques,
con prisa por hablar antes de que el amor le hiciera olvidar
por dónde empezar. Mucho antes de
las primeras veinte células, antes
del cuerpo lúteo, antes
del corazón microscópico,
mucho antes de las manos y los ojos.

Regresé a North Beach y a
sus palabras, en el lago
el vacío invernal, la marea arrastrando una rama
por la arena mientras los nérveos pliegues
se derretían. Antes del cerebro, antes de que las branquias
se convirtieran en huesos y orejas; "la primera
información genética compartida con los peces".


La distancia que recorre un niño,
decenas de miles de años
una célula. Células que saben
cómo cicatrizar una herida de lado a lado,
desde el interior. Células que saben
ensamblarse o volver a
ensamblarse unas a otras.
Para regenerar la sangre y la piel,
como una estrella de mar que pierde sus brazos
y los hace brotar de nuevo.
El cuerpo es un palacio de la memoria;
como la "escritura interior" de Simónides,
donde cada detalle de cada estancia se corresponde
con uno de los novecientos setenta versos
de la Eneida de Virgilio,
o como las tribus que utilizan todo el Sáhara
para recordar una historia.

Catálogo de la entropía.

La huella primitiva, las islas de sangre.
Proteína sagrada.


*


Vinimos a la fotografía de la noche. Al desfiladero,
a la pelicula ennegrecida por los últimos átomos
del dia. Luego miraremos con el rostro
casi en el papel para ver las olas,
pliegues de sombra más oscuros que la oscuridad
revelada. Anula nuestra
invisibilidad el blanco
del aliento.

Tarea difícil, este aguardar
la oscuridad, la lenta disgregación
de la luz del sol, imposible registrar
el instante que sucede al anterior
como lo es nombrar el instante en que el embrión
se convierte en feto; el único momento del día
en que la teoría del quantum parece razonable. Cuando la clave
es una sensación. Pienso en el crepúsculo de Heisenberg,
su paseo por Faelled Park con la intención fija
de liberar el universo de las olas,
apretando la cabeza con las manos, concentrado
en sus p's y q's. O en su paseo por el puerto
de Copenhague contemplando un carguero "fabuloso
e irreal en la brillante tiniebla azul...
las leyes biológicas ejerciendo su poder
no sólo en las moléculas proteínicas sino
en el acero y la corrientes eléctricas..."
O a las cuatro de la mañana leyendo
en el suelo el Timeo de Platón, ni
de día ni de noche, el instante en que comprendió
"que las más pequeñas partículas de materia
deben reducirse a una fórmula matemática."
Como lugares sagrados levantados con
piedras laicas — el priorato devastado del Muro de Adriano
o el monasterio cisterciense levantado entre altares
paganos a Júpiter y Silvano —
el espíritu se enreda en el mecanismo del quantum.
Células hijas, organelos, mórula.
La forma del vientre
prefigura la forma de la cabeza.
Desde Ardlussa a North Beach.
Desde la piedra al átomo.
Desde el átomo a la piedra.

La química de la observación;
Mirar hasta que el río
nos trague, hasta que la rojez
de la piedra colme nuestras venas.
Mirar hasta que seamos
vistos. Pero esto es sólo un deseo.
Abandonamos el calor de nuestras sombras
en el musgo conmocionado por la helada.
Incluso tu cámara

ve más; el detalle que ansías.

Nos forzamos a ver
lo que ve la cámara, lo que el ojo no puede; y es tan válido
como una filosofía. Un abrazo
del fracaso, como si
en el mismo instante, es imposible,
atrapáramos el reflejo visible
de lo que es invisible.
El blanco de nuestro aliento en la oscuridad.

Cómo fotografiar esto,
la oscuridad cuando uno ha hablado
demasiado. La oscuridad
de un sentimiento repentino. La oscuridad
del amor.

El mar un papel desplegado;
la lluvia colmando cada pliegue.
Un surco brillante de sal,
un surco de espuma.
Fosfeno.

Oscuridad con esperanza.


*

Un domingo de invierno.
En la superficie,
peregrinando por la caliza, los espeólogos se tumban,
el aliento de la tierra en el pelo,
el aliento de la profundidad oscura,
diez metros y treinta mil
años. De cabeza
se sumergen en la corriente del aire.

Dieron un grito en una estancia
demasiado profunda para el alcance de las lámparas,
el sudor mineral de un espacio
de la blancura de una película proyectada en la oscuridad.
Desplegaron un sendero de plástico negro
a lo largo del suelo reluciente de calcita;
así su andadura no perturbaría
los huesos esparcidos, los dientes y
huellas de animales arcanos.

Bisontes y mamuts en carbón de leña y ocre.
En el pasadizo de los caballos
se quedaron sin palabras,
un regocijo
impronunciable.

Al lado de sus pies,
bajo la mirada fija de los melancólicos caballos,
la huella de dos manos.

Ascendieron hasta el limpio
escalofrío del desfiladero, a oscuras,
la afilada luz de las estrellas
cristalizando su aliento.
Aturdidos, no podían sino descender otra vez.
Y otra vez más al olor del lodo húmedo;
esa tercera vez a través del pasadizo,
casi a medianoche, al final
llevando a alguien que no se lo creería
sin verlo por sí misma


la hija de un espeólogo.


«Habíamos perdido toda noción del tiempo."



*



Llevas tu cámara

bajo tierra.

La lluvia hiere la nieve. Largos cortes de lodo

ennegrecen el sendero. Encendemos las lámparas

y bajamos. Tus sesenta trillones de células

y los míos. En las cuevas de Aldéne y de

Fontanet los niños del paleolítico jugaban

mientras sus padres pintaban. Pequeñas huellas

de sus pies y sus rodillas en el lodo.

Miles de años después, los niños regresan:

María, que encontró el bisonte

en el cielo de piedra de Altamira;

Marcel que siguió a su perro, Robot,

hasta la boca de Lascaux.


Ocho semanas después, las manos.

Una boca sin labios.


Veinticinco semanas después, los filamentos

siguen un rastro de aliento

químico en la corteza del cerebro

y conectan orejas y ojos.

Treinta semanas después un susurro del quantum:

el pensamiento.



A ligera diferencia

del tiempo geológico,

lleva generaciones

convertirse en isleño.

Sólo los espíritus se ganan un sitio.



El viento restriega el aire, tan limpio

que incluso el corazón más abrumado

recuerda todo lo que ama.


*


Bañamos a nuestra hija,

una oración de cada lado,

como si la laváramos

con una canción.

Dedos tan frágiles como cuchillas de hierba.

Miles de huevos

ya en su interior.


*

Amar como si también

hubiéramos elegido el dolor.


*


Todo amor es un viaje por el tiempo.


Orilla pulida, cuevas pintadas,

desfiladeros de caliza.

Ciruelas y agua fría en el desierto.



El río en invierno. Esta lejanía.