zUmO dE pOeSíA

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de todos los colores, de todos los sabores

ALEATORIUM: Saca un poema de nuestro almacén

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domingo, 23 de febrero de 2020

Cada mañana es la primera (por Claudio Rodríguez)


Todo es nuevo quizá para nosotros.
El sol claroluciente, el sol de puesta,
muere; el que sale es más brillante y alto
cada vez, es distinto, es otra nueva
forma de luz, de creación sentida.
Así cada mañana es la primera.
Para que la vivamos tú y yo solos,
nada es igual ni se repite. Aquella
curva, de almendros florecidos suave,
¿tenía flor ayer? El ave aquella,
¿no vuela acaso en más abiertos círculos?
Después de haber nevado el cielo encuentra
resplandores que antes eran nubes.
Todo es nuevo quizá. Si no lo fuera,
si en medio de esta hora las imágenes
cobraran vida en otras, y con ellas
los recuerdos de un día ya pasado
volvieran ocultando el de hoy, volvieran
aclarándolo, sí, pero ocultando
su claridad naciente, ¿qué sorpresa
le daría a mi ser, qué devaneo,
qué nueva luz o qué labores nuevas?
Agua de río, agua de mar; estrella
fija o errante, estrella en el reposo
nocturno. Qué verdad, qué limpia escena
la del amor, que nunca ve en las cosas
la triste realidad de su apariencia.



sábado, 22 de febrero de 2020

La muerte de una rosa (por Katherine Mansfield)


Es una sensación que no puede olvidarse: sentarse en la soledad, en la penumbra, y observar la lenta, dulce y sombría muerte de una rosa.

Oh, ver que la perfección de los pétalos perfumados cambia levemente, como si una delgada llama hubiera besado a cada uno con un aliento cálido, y un color salvajemente intenso hay donde sangraron las heridas. Tengo delante una rosa así, en un cristal delgado y transparente, y tras ella un pequeño manto de hojas escarlatas. Ayer era hermosa, con una belleza virgen, serena, llorosa, fuerte y lozana; y su aroma era fresco y vigoroso.

Hoy ese olor es pesado, lánguido, con amores de mil cosas extrañas que vinieron en horas púrpuras atraídas por la luz dorada de las velas, las besaron ardientemente en la boca y las sorbieron con hermosos labios de apasionado deseo.

...Entonces ahora muere... Y yo escucho... porque debajo de cada pliegue de sus pétalos yace el fantasma de una melodía muerta, tan frágil y completa como un rayo de luz sobre un estanque en sombra. Oh, divina y dulce rosa. Oh, muerte exótica y esquiva y deliciosamente vaga.

De los tediosos sollozos y jadeos, de los gritos roncos y guturales y de los movimientos groseros y repulsivos del cuerpo del hombre moribundo me aparto; y sonriendo me inclino sobre ti y observo tu elegante, tu delicada muerte.


viernes, 21 de febrero de 2020

Una vida no basta (por Isidro Saiz de Marco)


Nos vamos inexpertos
casi todo ignorándolo
No es suficiente con una vida
una sola existencia
para entender las reglas
para hacer con soltura los ejercicios prácticos
para saber amar todo lo amable
para no incurrir más en extravíos
en tantos no-lo-hiciste y es-demasiado-tarde
para elegir a qué aplicas tu energía
para eludir errores
por encima saltarlos
para levantar velos
para corregir rumbos
para hallar tu camino entre tantos que cruzan
y confunden
No da tiempo a aprender de lo vivido
Una vida es muy corta para un saber tan largo
y tan enrevesado
Se requiere vivir varias vidas seguidas
pero bien recordadas
no el contador a cero
no la memoria en blanco después de cada una
Una vida es muy poco
una vida no basta para ese aprendizaje
El tiempo no da tiempo
¿Quién domina el trayecto
andándolo una vez
solo esta vez?
Llevaría varias vidas
puede que cuatro o cinco
aprender a vivir
Y por eso de aquí nos vamos ignorantes
con tantos cabos sueltos y heridas entreabiertas
sin haber aprendido
sabiendo casi nada



jueves, 20 de febrero de 2020

Oveja en la niebla (por Sylvia Plath)


Las colinas saltan hacia la blancura.
Gente o estrellas
me observan con tristeza, las decepciono.

El tren deja un trazo de aliento.
Oh lento
caballo del color de la herrumbre,

pezuñas, dolorosas campanas —
toda la mañana la
mañana ha estado ennegreciéndose,

una flor dejó de estar.
Mis huesos se serenan, los lejanos
campos ablandan mi corazón.

Amenazan
con llevarme a un cielo
sin estrellas ni padre, un agua oscura.


miércoles, 19 de febrero de 2020

Aquello que no fuimos (por Marcelo Rizzi)


Pero no se elige cualquier nube porque sí:
esos reflejos que las nimban, esa contorsión
ante las reminiscencias, deben tener una razón.
La noche parece acomodarse otra vez en su nido
con forma de féretro pequeño: renueva su viaje
cíclico no más allá de nuestros pies. Toda lectura
a oscuras guarda un parecido con la cegadora
ley de los ojos a la luz del día bien abiertos.
Dicho de otra manera: aquello que no fuimos
se vuelve parte de nuestra propia existencia,
habitamos solo el tiempo de nuestras creencias:
ojalá esos abrazos en la oscuridad hubieran sido ciertos.


martes, 18 de febrero de 2020

Sobre los impermeables (por Paolo Conte)


Mocambó
persianas bajas
lluvia sobre los letreros de las noches idas
debo pensarlo, debo pensarlo
no sé, dependerá dependerá
¿Qué historia quieres que te cuente?
¡Ah! No sé decir no,
no, no, no

y se reiniciará
como una cita

hablando bajo
entre nosotros dos.

Bajo a tomar un café,
perdona un momento
Pasa la mano por aquí, así
sobre mis moratones.
Pero qué bueno que llueve sobre los impermeables

ra ta ta ta ta

y no sobre el alma.


lunes, 17 de febrero de 2020

Algo se están diciendo (por Miguel d' Ors)



Algo se están diciendo aquí la roca,
el mar y el cielo.
En esta incandescencia
se está hablando un lenguaje
inaccesible al hombre.
Algo más grande
que nosotros se está diciendo: un mudo
clamor de luz se extiende
y nos envuelve como
una bóveda astral. El pasmo es
nuestro único saber. Sólo nos cabe
asistir al misterio desde este
lado del invisible
muro que nos separa, unir a él
nuestro mejor silencio
y provisionalmente resignarnos
a llamarlo belleza.



domingo, 16 de febrero de 2020

Una hoja (por Bronislaw Maj)


Una hoja, una de las últimas, cayó de una rama de arce,
va dando vueltas en el claro aire de Octubre, cae
sobre una pila de otras hojas, se vuelve quieta y oscura.
Nadie admiró su emocionante lucha con el viento,
nadie siguió su vuelo, nadie la distinguiría ahora
yaciendo entre otras hojas, nadie había visto
lo que yo vi, nadie, estoy
solo.


sábado, 15 de febrero de 2020

Con esa boca (por Olga Orozco)


No te pronunciaré jamás, verbo sagrado,
aunque me tiña las encías de color azul,
aunque ponga debajo de mi lengua una pepita de oro,
aunque derrame sobre mi corazón un caldero de estrellas
y pase por mi frente la corriente secreta de los grandes ríos.

Tal vez hayas huido hacia el costado de la noche del alma,
ese al que no es posible llegar desde ninguna lámpara,
y no hay sombra que guíe mi vuelo en el umbral,
ni memoria que venga de otro cielo para encarnar en esta dura nieve
donde sólo se inscribe el roce de la rama y el quejido del viento.

Y ni un solo temblor que haga sobresaltar las mudas piedras.
Hemos hablado demasiado del silencio,
lo hemos condecorado lo mismo que a un vigía en el arco final,
como si en él yaciera el esplendor después de la caída,
el triunfo del vocablo con la lengua cortada.

¡Ah, no se trata de la canción, tampoco del sollozo!
He dicho ya lo amado y lo perdido,
trabé con cada sílaba los bienes que más temí perder.
A lo largo del corredor suena, resuena la tenaz melodía,
retumban, se propagan como el trueno
unas pocas monedas caídas de visiones o arrebatadas a la oscuridad.
Nuestro largo combate fue también un combate a muerte con la muerte, poesía.

Hemos ganado. Hemos perdido,
porque ¿cómo nombrar con esa boca,
cómo nombrar en este mundo con esta sola boca en este mundo con esta sola boca?


viernes, 14 de febrero de 2020

Todas las mañanas cuando leo el periódico (por Gabriel Celaya)


Me asomo a mi agujero pequeñito.

Fuera suena el mundo, sus números, su prisa,

sus furias que dan a una su zumba y su lamento.

Y escucho. No lo entiendo.

Los hombres amarillos, los negros o los blancos,

la Bolsa, las escuadras, los partidos, la guerra:

largas filas de hombres cayendo de uno en uno.

Los cuento. No lo entiendo.

Levantan sus banderas, sus sonrisas, sus dientes,

sus tanques, su avaricia, sus cálculos, sus vientres


y una belleza ofrece su sexo a la violencia.

Lo veo. No lo creo.

Yo tengo mi agujero oscuro y calentito.

Si miro hacia lo alto, veo un poco de cielo.

Puedo dormir, comer, soñar con Dios, rascarme.

El resto no lo entiendo.


jueves, 13 de febrero de 2020

El lector es un fingidor (por Enrique García-Máiquez)


Cuento mi vida pero lees la tuya.
Nombro un paisaje de mi infancia y tú visitas
-tramposo- aquel camino de arena hacia la playa
por donde corre un niño feliz, que no soy yo.

Actúas siempre así, lo sé por experiencia.
¿Qué importa que yo tenga un nombre propio?
Tú lo expropias. Si hablo de mi pueblo,
es tu ciudad. Se transfigura en álamo
el pino de mi casa. Mis amigos
son mis desconocidos de repente.
Y hasta mi amada es ya tu amada.

Yo cuento sílabas, tú cantas, silbas
poniendo música a mis letras, musicando
al ritmo que te gusta.
De todo cuanto digo escuchas sólo
lo que a ti te interesa, quizá lo que no dije,
sin que haya forma así de no entendernos.

Te entiendes y me entiendo, porque al pasar la página
vuelves mis versos del revés, reversos
tuyos. Debí de sospechar
de ti, que no te ocultas,
que robas a la luz amable de una lámpara.

Yo soy el que me oculto. Cuando escribo,
tú vives y eso es todo. Como te dijo Bécquer:
Poesía eres tú.
Y yo el poema.


miércoles, 12 de febrero de 2020

Salvo mi corazón (por Eduardo Carranza)


Todo está bien: el verde en la pradera,
el aire con su silbo de diamante
y en el aire la rama dibujante
y por la luz arriba la palmera.

Todo está bien: la frente que me espera,
el azul con su cielo caminante,
el rojo húmedo en la boca amante
y el viento de la patria en la bandera.

Bien que sea entre sueños el infante,
que sea enero azul y que yo cante.
Bien la rosa en su claro palafrén.

Bien está que se viva y que se muera.
El Sol, la Luna, la creación entera:
salvo mi corazón, todo está bien.

martes, 11 de febrero de 2020

Pienso cada vez más que soy visible (por Eldrid Lunden)


Camino por una lenta tierra
azul con un aire suave sobre
las manos, la lluvia se abre y
se cierra silenciosamente.

Un signo blanco, el
silencioso
movimiento de un abrigo
claro que se volvió y
se metió lentamente en la playa.

Un signo blanco, el día
la mirada, no
tal vez no sería
nada,
pasó con tal
rapidez.

Yo soy Anna, tengo veintiocho
años, soy visible
en el portal de casa todas las mañanas, un abierto
movimiento en el aire.

Soy Anna, tengo veintiocho
años de edad. Pienso cada vez más
que soy visible en el portal
todas las mañanas, luego me siento en el coche.

Soy Anna, tengo
una mancha en la lengua
allí hay una palabra,
lo sé.

Gran silencio hay en el bosque
en otoño, la mirada de ella
una transparente gota sobre la piel.

Soy Anna, siento un aire
cada vez más pesado sobre
la cabeza, peso cada vez menos
por cada día que pasa.

Una mañana cuando salgo
el color del aire se ha acercado
un poco, en el instante en que me vuelvo
y cierro la puerta oigo,
tal vez, los frenos
de un coche.

Chorretones de humedad en la superficie, nuestra
pequeña humedad grisácea, en lo más exterior
de los poros.

Hay muchas brillantes
contradicciones en el mar, hoy
son las líneas paralelas.

Soy Anna, veo
hierba amarillenta cerca de las riberas, y pájaros
blancos contra la tormenta.

Desciendo flotando por la carretera y la luz,
algo ingrávido vino con la luz como una
ráfaga contra una balanza, luego abro
mis ropas y la luz sale a borbotones
de mi cuerpo.

Estoy en la carretera, con
el viento frágilmente a lo largo de
mí, así de sencillo.


lunes, 10 de febrero de 2020

La mujer hace las paces con su defectuoso corazón (por Margaret Atwood)


No era tu ritmo contrahecho
lo que no te podía perdonar, ni esa cabeza roja
de buitre despellejado

sino todo lo que ocultaste:
cinco palabras y el anillo de oro
que perdí, y la taza azul tan linda
que dijiste que se había roto,
esa pila de caras, grises
y dobladas, que asegurabas
que los dos habíamos olvidado,
los otros corazones que te comiste,
y todo ese tiempo tirado que me ocultaste
diciendo que nunca pasó.

Eso, y que no te dejaras
atrapar,
hábil pájaro desplumado, oronda ave rapaz
con esa canción ronca y desinflada,
tus garras y ese ojo ávido
al acecho en lo alto, en el cielo encendido
del atardecer, bajo la tela de mi pecho izquierdo
para saltarle encima a los extraños.

¿Cuántas veces te lo dije?
El mundo civilizado es un zoológico,
no una jungla, quédate en tu jaula.
Y después los gritos
de sangre, la furia al arrojarte
contra mis costillas.

Por mi parte, contenta te habría
estrangulado con ambas manos,
te habría estrujado hasta cerrarte, con
tus aullidos de alegría y todo.
La vida es más tranquila sin corazón,
sin ese emblema haragán,
ese león pulguiento, urraca, águila
caníbal, escorpión lleno de trucos metálicos
de odio, esa magia vulgar,
ese órgano del tamaño y color
de una rata escaldada,
ese fénix chamuscado.

Pero me empujaste hasta aquí,
viejo bobo, y estamos atados
el uno al otro como conspiradores, que es
lo que somos, e igual de desconfiados.
Los dos sabemos que, salvo imprevistos,
a la larga uno
traicionará al otro; cuando eso pase,
a mí me toca la urna, a ti un frasco.
Hasta entonces, esta es una frágil tregua
de honor entre criminales.


sábado, 8 de febrero de 2020

Así de frugal (por Emily Dickinson)


No hay fragata como un libro
para alejarnos de la tierra,
ni caballo que dé brincos
como una página de poesía.

El más pobre hará este viaje
sin aduanas en que pagar.
Así de frugal es el carro
que transporta un alma.


viernes, 7 de febrero de 2020

En la que fue mi casa (por Isidro Saiz de Marco)


He vuelto brevemente a la que fue mi casa.
Cuando me trasladé la vendí a una pareja,
parientes de un amigo.
Por eso he vuelto a ella.
Solamente una hora de paso, de visita,
nada más que un almuerzo con mi amigo y sus primos
en la que fue mi casa pero ya no lo es.
Todo en ella es distinto.
La pared que era blanca, ahora es azul.
Donde estuvo mi cama es su cuarto de estar.
Mi salón ha pasado a ser su dormitorio.
Todo ha sido cambiado:
las lámparas, los muebles, los cuadros, las cortinas…
Me costaba asumir que allí estuvo mi casa.
A mi triste pasillo y a sus baldosas frías
los arropa una alfombra con un dibujo alegre.
Mis oscuros rincones están llenos de luz.
Es todo más bonito y más acogedor
que cuando un año antes fue mi casa.
De los mismos tabiques y las mismas estancias
han hecho ellos un sitio mucho más agradable.
Y entonces he pensado que,
igual que de mi casa ellos han hecho otra
más hermosa y más cálida,
también con este cuerpo
-con mis piernas, mis brazos,

mi corazón, mis ojos-,
con este mismo ser y esta vida -mi vida-,
si hubieran sido suyos,
habrían sabido hacer
algo mejor.



jueves, 6 de febrero de 2020

Lo que tenemos de parecido (por Mercedes Luna Fuentes)


los troncos muestran sus venas de brasa

observo lo que ya conocemos
veo resquebrajarse
un brazo de árbol

para que la llamarada surja
algo se rompe algo cede

y la chimenea no funciona
y en la sala
un paisaje de humo se extiende entre los sillones

el fuego es una mujer que cubre con la mano
su propio rostro
para que la oscuridad no llegue

contemplo la fogata
sin prisa
porque se mira el fuego
se observa cómo los troncos se deshacen
y caen desfallecidos
unos sobre otros

se mira arder
así
con detenimiento
con paciencia
lo que tenemos de parecido

adentro


miércoles, 5 de febrero de 2020

Los viejos relojes (por Rolf Jacobsen)


Los viejos relojes tienen rostros alentadores.
Son como esos granjeros en los grandes bosques o en las montañas
cuya entera existencia contiene cierta calma aceptación
como si pertenecieran a otra raza distinta de la nuestra.
Una raza que ha luchado a través del tiempo para llegar aquí
y ha visto su infelicidad encogerse como el pasto
durante el período anterior cuando la Tierra era tierra.
Son invitados con nosotros esta vez y asienten en sintonía con nuestra aflicción
junto a nuestra cama con su leve sabiduría: está bien,
oh sí, oh sí,
está bien, está bien.


martes, 4 de febrero de 2020

No podrá abrazar (por Pedro M. Martínez)


Me asomé a la ventana y sentada en un alféizar vi a una chica que no tenía brazos.
Sonreía, ella.
No recuerdo cuándo fue, si ayer o en otro tiempo.

Pensé: “Pobre niña, no podrá abrazar a quien ama”.

Los días pasaron mientras ondulaban mis manos al paso de los trenes -los que jamás paraban- mientras de los árboles del jardín caían hojas amarillas y ella, otra, aquella, no volvía.

Pensé: “Pobre de mí, no puedo abrazar a quien amo”.


lunes, 3 de febrero de 2020

Sé que no lo sabré (por Jorge Luis Borges)


De las regiones de la hermosa tierra
que mi carne y su sombra han fatigado
eres la más remota y la más íntima,
Última Thule, Islandia de las naves,
del terco arado y del constante remo,
de las tendidas redes marineras,
de esa curiosa luz de tarde inmóvil
que efunde el vago cielo desde el alba
y del viento que busca los perdidos
velámenes del viking. Tierra sacra
que fuiste la memoria de Germania
y rescataste su mitología
de una selva de hierro y de su lobo
y de la nave que los dioses temen,
labrada con las uñas de los muertos.
Islandia, te he soñado largamente
desde aquella mañana en que mi padre
le dio al niño que he sido y que no ha muerto
una versión de la Völsunga Saga
que ahora está descifrando mi penumbra
con la ayuda del lento diccionario.
Cuando el cuerpo se cansa de su hombre,
cuando el fuego declina y ya es ceniza,
bien está el resignado aprendizaje
de una empresa infinita; yo he elegido
el de tu lengua, ese latín del Norte
que abarcó las estepas y los mares
de un hemisferio y resonó en Bizancio
y en las márgenes vírgenes de América.
Sé que no lo sabré, pero me esperan
los eventuales dones de la busca,
no el fruto sabiamente inalcanzable.
Lo mismo sentirán quienes indagan
los astros o la serie de los números...
Sólo el amor, el ignorante amor, Islandia.


domingo, 2 de febrero de 2020

Vanidad (por Giuseppe Ungaretti)


De pronto
está, alto,
sobre las ruinas
el limpio
estupor
de la inmensidad

Y el hombre
encorvado
sobre el agua
sorprendida
por el sol
se descubre como
una sombra

mecida y
lentamente
rota



sábado, 1 de febrero de 2020

Llegan las voces (por Circe Maia)


La puerta quedó abierta

y desde el comedor llegan las voces.


Suben por la escalera

y la casa respira.

Respira la madera de sus pisos,

las baldosas, el vidrio en las ventanas.


Y como por descuido se abren otras puertas

como a golpes de viento

y nada impide entonces que se escuchen las voces

desde todos los cuartos.


No importa lo que dicen.

Conversan: se oye una,

después se oye otra.

Son voces juveniles,

claras.


Suben

peldaños de madera

y mientras ellas suenan

—mientras suenen—

sigue viva la casa.


viernes, 31 de enero de 2020

El día de verano (por Mary Oliver)


¿Quién hizo el mundo?
¿Quién hizo el cisne y el oso negro?
¿Quién hizo el saltamontes?
Este saltamones, quiero decir
—el que ha salido como expulsado de la hierba,
el que está comiendo azúcar de mi mano,
el que mueve las mandíbulas hacia atrás y hacia delante
en lugar de hacerlo de arriba abajo,
que mira alrededor con sus enormes y complicados ojos.
Ahora levanta los pálidos antebrazos y se lava la cara a conciencia.
Ahora hace chasquear las alas abiertas y se aleja flotando.
No sé qué es exactamente una plegaria.
Sé cómo prestar atención, cómo hundirme
en la hierba, cómo arrodillarme en la hierba,
cómo ser ociosa y bienaventurada, cómo pasear por el campo,
que es lo que he estado haciendo todo el día.
Dime, ¿qué otra cosa debería haber hecho?
¿No muere todo al final, y demasiado pronto?
Dime, ¿qué planeas hacer
con tu única, salvaje y preciosa vida?


jueves, 30 de enero de 2020

Pero tus manos (por Denise Levertov)


Tal vez yo sea ‘la parte enferma

de una cosa enferma’

Tal vez algo

me ha atrapado

Ciertamente hay una bruma entre nosotros

Yo apenas puedo verte

pero tus manos son dos animales 

que empujan la bruma a un costado 

y me tocan


miércoles, 29 de enero de 2020

Se oye de nuevo el mar (por Salvatore Quasimodo)


Desde hace muchas noches se oye de nuevo el mar,
leve, arriba y abajo, sobre la arena lisa.
Eco de una voz encerrada en la mente
que resurge del tiempo; y también este
lamento asiduo de gaviotas, o
pájaros de las torres, que abril
empuja hacia la llanura. Ya
estabas junto a mí con esa voz;
y quisiera que a ti también llegase,
ahora, de mí un eco de memoria,
como ese oscuro murmullo del mar. 


martes, 28 de enero de 2020

Esta lluvia (por Jack Gilbert)


De repente, esta derrota.
Esta lluvia.
Los azules se vuelven grises
y los marrones se vuelven grises
y amarillos
Un ámbar terrible.
En las frías calles
tu cuerpo cálido.
En cualquier habitación
tu cuerpo cálido.
Entre toda la gente
tu ausencia,
las personas que constantemente
no son tú.

He sido condescendiente con los árboles
durante demasiado tiempo.
Demasiado amistoso con las montañas.
La alegría ha sido una costumbre.
Ahora
de repente
esta lluvia.


lunes, 27 de enero de 2020

Los últimos metros (por Joan Margarit)


La mujer aparca el coche en una calle
junto a la arena.
Baja del coche y, sin prisa,
saca y despliega la silla de ruedas.
Después, coge al muchacho,
lo sienta y le coloca bien las piernas.
Se aparta unos cabellos de la cara
y, mientras siente como ondea su falda,
va empujando la silla de ruedas hacia el mar.
Entra en la playa por el pasadizo
de tablas de madera que, de pronto,
a unos metros del agua, se detiene.
Muy cerca, el socorrista mira al mar.
La mujer alza al chico:
lo coge por debajo de los brazos
y, de espaldas al agua, va arrastrándolo
mientras los pies inertes del muchacho
dejan dos surcos tristes en la arena.
Lo ha llevado muy cerca de las olas
y lo deja en la arena para volver atrás
a recoger el parasol y la silla de ruedas.

Los últimos metros. Siempre faltan
los malditos, terribles últimos metros.
Son estos los que te romperán el corazón.
No hay amor en la arena. Ni en el sol.
Ni en las tablas de madera, ni en los ojos
del socorrista, ni en el mar. El amor
son estos últimos metros. Su soledad.


domingo, 26 de enero de 2020

Rey de ojos grises (por Anna Ajmátova)


¡Gloria a ti, dolor inconsolable!
Ayer murió el rey de ojos grises.

En la tarde otoñal, sofocante y púrpura,
mi esposo regresó, y con calma, dijo:

"¿Sabes?, lo trajeron de la cacería...
Encontraron su cuerpo junto a un viejo
roble.

¡Que pena me da la reina, la pobre, tan joven...!
En una sola noche han blanqueado sus cabellos".

Tomó su pipa de la chimenea
y salió a su trabajo nocturno.

Y yo fui, y desperté a mi hija
y miré en sus ojos grises.

Bajo mi ventana susurraba al álamo:
"Ya no pisa la tierra tu rey de ojos grises...".



sábado, 25 de enero de 2020

Despedida (por Rafael Cadenas)


Nuestras inscripciones fueron barridas,

nuestros lugares devorados por la arena,

nuestras fiestas convertidas en fogatas que avientan


su ilusorio mediodía.

Contemplamos la devastación.

Todas las creaciones de nuestros ojos

se hunden.

Respiramos

separación. El cisma

es nuestro

refugio.

No hay luz que nos enlace

pero una vez

corrió el licor abandonado,

desconocidas fuerzas de unión

manaron para marcar a fuego

toda la vida.

Ahora

quiero sentir sobre mí la alianza

que anonadó nuestros rostros.

Devuélveme el fulgor

y los ojos que le pertenecen.

El vino se ha eclipsado.

Los días de los amantes también pasan.

Excelencia de lo vivo sobre lo vivido.

Costa que se aleja,

puedes

darme el poder

de vivir en otra parte.



viernes, 24 de enero de 2020

Silencio (por Sharon Olds)


Cuando vivíamos juntos
el silencio en la casa era más denso
que el silencio después de que se fuera.
Antes el silencio era como un gran alboroto
de laboriosidad en la distancia,
como el hondo rugido de las minas.
Cuando se fue, estudié el silencio
de mi antes-marido como algo casi sagrado,
la llamada de un recién nacido mudo.


Texto:
Aunque su presencia se detecta
por la ausencia de lo que niega,
el silencio
posee un poder que presagia miedo
para aquellos que se encuentran en él.
No visto, nunca oído, ininteligible,
el silencio desconcierta porque oculta.

Texto:
Las aguas me rodeaban, incluida el alma:
la profundidad me envolvió,
las algas estaban enrolladas alrededor de mi cabeza.


Viví al lado de él, en su quietud y reticencia,
a veces lo provocaba
llamando a su abstraída máscara
su Mirada de Caimán,
buscando una forma de aceptarlo tal cual era,
bajo la ley de que él no podía hablar,
y cuando yo grité en contra de esa ley
se limitó a su absoluto,
salió por su puerta de salida.
Y casi me parecía un héroe,
viviendo, como yo vivía, bajo la ley
que me impedía ver a quien yo había elegido
que sólo podía asociarme con él como un ser
fijado como si fuera un elemento, casi ideal,
sin envidia o mezquindad.
En las últimas semanas,
de día nos movíamos a través del despedazarse,
mientras duraba, de la unión,
y en la noche el silencio yacía con la ceguera
y cantaba y veía.



jueves, 23 de enero de 2020

También un laúd (por Jotaele Andrade)


has subido al desván

y olvidado por qué

pero ahí estás y recobras
partes de tu vida
olvidadas
en los trastos

viejas fotos
donde eres demasiado joven
para haber existido

juguetes
ropa
artefactos

el tiempo detenido
lleno de polvo
como una cosa

también un laúd
hace su estancia
casi como si entre todo lo inútil
lo arrumbado
lo que existe hundiéndose
dijera
aquí también cesa la música

mientras buscas el motivo
de estar ahí
envejeciendo entre las cosas
envejecidas

una cuerda
-una de las dos que conservaba
se corta

da un sonido
agudo
como una dentellada sobre un cuerpo
invisible

y levanta un poco de polvo
y se repliega como una víbora cortada en dos

miras la que ha quedado y comienzas a cantar y te bajas

así ocurren acaso las revelaciones


miércoles, 22 de enero de 2020

Todavía no (por Agota Kristof)

No morir
todavía no
demasiado pronto el cuchillo
el veneno, demasiado pronto
Todavía me amo
Amo mis manos que fuman
que escriben
que sostienen el cigarro
la pluma
la copa
Amo mis manos que tiemblan
que limpian pese a todo
que se mueven
Las uñas crecen aún
Mis manos
que me ponen las gafas en su sitio
para que escriba



martes, 21 de enero de 2020

Epitafio para Bice Donetti (por Salvatore Quasimodo)


Con los ojos hacia la lluvia y los elfos de la noche,
está allí, en el campo número quince, en Musocco,
la mujer emiliana que yo amé
en el tiempo triste de la juventud.
Hace poco fue sorprendida por la muerte
mientras miraba tranquila el viento del otoño
agitar las ramas de los plátanos y las hojas
desde su gris casa de la periferia.
Su rostro aún está vivo de sorpresa,
como sin duda lo estuvo en la infancia, deslumbrado
por el tragallamas alto sobre el carromato.
Oh tú, que pasas, empujado por otros muertos,
ante la fosa mil ciento sesenta,
detente un minuto a saludar
a la que nunca se lamentó del hombre
que aquí queda, odiado, con sus versos,
uno de tantos, obrero de sueños.



lunes, 20 de enero de 2020

Méraly (por Valeria List)


Leo un poema de Namdev sobre una acróbata que cruza una cuerda floja
toda su mente está en la cuerda
no le importan los reyes que la miran desde abajo
porque ella tiene su atención en un punto:
sus pies.

Mientras leo el poema de Namdev, recuerdo a Méraly
y el día que compré este libro.
Pedimos un postre para ambas
leímos mi libro de Edmond Jabès.
Recuerdo su cara agachada leyendo
el cielo de lejos es cielo
y luego levantándose con impresión:
de cerca, ya no es nada.
Le tomé una fotografía
ella le tomó una foto al poema.

Un vagabundo se sentó en nuestra mesa y nos pidió dinero
le dimos unas monedas y se enfureció
gritó y le pegó a la mesa
los hombres de al lado se levantaron y lo sacaron
yo no sabía qué hacer.
Méraly estaba asustada porque un mes antes la habían asaltado,
un hombre la golpeó con un cuchillo en el mentón.

Cuando se fue, Méraly dijo, ¿te das cuenta? nos pudo haber matado.
A mí me pareció exagerado pero
todo lo que nos pudo haber matado
está todo el tiempo
alrededor
todo lo que puede todo el tiempo
matarnos.
Sin embargo, las dos seguimos vivas.

Cuando la conocí, pensé que era muy guapa
llevaba una maleta que estaba dejando en recepción
me cayó mal
pero no sé en qué momento,
me enamoré de ella
profundamente
no sé en qué momento
sentí la necesidad de estar con ella
todo el tiempo.

El tercer día, me dijo que era una persona espiritual.
Yo no sabía qué quería decir eso, me parecía un poco ridículo
pero ése fue el día que me di cuenta
de que yo también soy espiritual.

Cuando vivíamos juntas,
había mucho amor volcado
y al mismo tiempo mucha contención
no era sólo que ella se volcara y yo me contuviera
creo que había un poco de eso en las dos.

Cuando volvió de Nepal, la abracé con pocas fuerzas
ella traía el cabello muy largo
y yo muy corto.
Mi energía estaba drenada por un hombre al que amaba.
Además pensaba que Méraly era un ser distinto
y no sabía si los seres distintos se abrazan.

Fuimos a la librería donde compré el libro de poemas de Namdev
como una especie de terapia:
si podíamos depender tanto sentimentalmente de una pareja,
¿por qué no podíamos sólo estar con una amiga que amábamos?
Era tarde, era casi noche
le regalé a Méraly un libro que ella veía de soslayo
luego se bajó del metro
y yo me quedé viendo mis pies.



domingo, 19 de enero de 2020

Muro (por Thiago E)


lo que hay dentro del muro no está en bruto;
un pensamiento sufre en la argamasa que lo cubre; 
el muro siente angustia, desde siempre: siempre ha sido ciego
y sabe sólo separar a la gente, hace poco escuchó del suelo,
con voz de oscuridad, que existen las paredes -rígidas como él;
la diferencia es que ellas tienen ventanas y así, por las ventanas,
la pared se asoma, ventana es una abertura-; no duele, 
no sutura; agujero sin yeso moviéndose en el cuerpo
(si la obra tiene ventana, pared y nombre de ella); cemento y cal sin hoyo juegan a ser muro; el muro, truco y mudo,
piensa y piensa en todo: salir de aquel oscuro y ver la luz del mundo, dejar de ser un muro abriendo en sí un agujero
aunque ese corte le traiga mala suerte -no sabe
cómo cambiar su química (rechaza la vil certeza
de no tener la vista ardiente), desea en su enjarre, sí,
correr el riesgo de tener la piel abierta y sentir lo que siente una ventana; y sin saber cómo será ser otro ser, el muro quiere
salida, cambiar, mover la vida -quiere aunque sea el viaje 
de la simple bisagra; o algo por venir que le saque de este aquí


sábado, 18 de enero de 2020

Y el ancla sigue allí (por Rodolfo Edwards)


un ancla vegeta
en la ribera
pasaron años
tal vez siglos
y el ancla sigue allí
entre el yuyo y el empedrado
testigo de mí mil veces
cuando me acerco
al borde del río
mirando el pasado
caen de mi mano
postales del puente
que sigue allí soportando
mis cicatrices
que no son tantas
ni tan pocas
me anclo al ancla
casi en pánico:
soy un simple mortal
apretando un dado
en el bolsillo


viernes, 17 de enero de 2020

Las sinfonías (por Rolf Jacobsen)


La edad de las grandes sinfonías
ya pasó.

Las sinfonías se alzaban hacia el cielo con real magnificencia,
nubes encendidas de sol con truenos dentro
sobre los siglos brillantes.
Cúmulus bajo cielos azules. Coriolanus.

Ahora vuelven a descender en forma de lluvia,
una banda, lluvia color piedra en todas las longitudes
de onda y los programas
cubriendo la tierra como un sobretodo mojado,
una bolsa de ruido.

Ahora están volviendo del cielo,
saltan de los rascacielos como granizo eléctrico
y se filtran en las salas de estar de los granjeros
y ruedan sobre los suburbios y los océanos de ladrillos
como un sonido inmortal.

Una lluvia de sonido,
"Ustedes, millones de seres de esta tierra, abrácense",
como gritos atenuados
cada día, cada día
sobre esta tierra sedienta
que los toma de nuevo en su interior.


jueves, 16 de enero de 2020

El hombre de acción (por Fernando Pessoa)


El mundo es de quien no siente. La condición esencial para ser un hombre práctico es la ausencia de sensibilidad. La cualidad principal en la práctica de la vida es aquella cualidad que conduce a la acción, esto es, la voluntad. Ahora bien, hay dos cosas que estorban a la acción –la sensibilidad y el pensamiento analítico, que no es, a fin de cuentas, otra cosa que el pensamiento con sensibilidad. Toda acción es, por naturaleza, la proyección de la personalidad sobre el mundo exterior, y como el mundo exterior está en buena y en su principal parte compuesto por seres humanos, se deduce que esa proyección de la personalidad consiste esencialmente en atravesarnos en el camino ajeno, en estorbar, herir o destrozar a los demás, según nuestra manera de actuar. Para actuar es necesario, por tanto, que no nos figuremos con facilidad las personalidades ajenas, sus penas y alegrías. Quien empatiza, se detiene. El hombre de acción considera el mundo exterior como compuesto exclusivamente de materia inerte –inerte en sí misma, como una piedra sobre la que se pasa o a la que se aparta del camino; o inerte como un ser humano que, por no poder oponerle resistencia, tanto da que sea hombre o piedra, pues, como a la piedra, o se le apartó o se le pasó por encima. El máximo ejemplo de hombre práctico, por reunir la extrema concentración de la acción junto con su importancia extrema, es la del estratega. Toda la vida es guerra, y la batalla es, pues, la síntesis de la vida. Ahora bien, el estratega es un hombre que juega con vidas como el jugador de ajedrez juega con las piezas del juego. ¿Qué sería del estratega si pensara que cada lance de su juego lleva la noche a mil hogares y el dolor a tres mil corazones? ¿Qué sería del mundo si fuéramos humanos? Si el hombre sintiera de verdad, no habría civilización. El arte sirve de fuga hacia la sensibilidad que la acción tuvo que olvidar.



miércoles, 15 de enero de 2020

Y prométeme volver en un sueño (por Anna Ajmátova)


Como tú sufro la negra separación permanente.
¿Por qué lloras? Mejor dame la mano y prométeme volver en un sueño.
Tú y yo somos un monte de dolor. En esta tierra tú y yo jamás nos encontraremos.
Si pudieras tan sólo enviarme a medianoche
por medio de las estrellas tu recuerdo…



martes, 14 de enero de 2020

El nadador (por Héctor Viel Temperley)


Soy el nadador, Señor, soy el hombre que nada.
Soy el hombre que quiere ser aguada
para beber tus lluvias
con la piel de su pecho.
Soy el nadador, Señor, bota sin pierna bajo el cielo
para tus lluvias mansas,
para tus fuertes lluvias,
para todas tus aguas.
Las aguas como lonjas de una piel infinita,
las aguas libres y la de los lagos,
que no son más que cielos arrastrados
por tus caídos ángeles.

Soy el nadador, Señor, soy el hombre que nada.
Tuyo es mi cuerpo, que hasta en las más bajas
aguas de los arroyos
se sostiene vibrante,
como en medio del aire.
Mi cuerpo que se hunde
en transparentes ríos
y va soltando en ellos
su aliento, lentamente,
dándoselo a aspirar
a la corriente.

Soy el nadador, Señor, soy el hombre que nada
hasta las lluvias
de su infancia,
que a las tardes crecían
entre sus piernas salpicadas
como alto y limpio pajonal que aislaba
las casonas
y desde sus paredes
celestes se ensanchaba.

Soy el nadador, Señor, el hombre que nada
por la memoria de las aguas
hasta donde su pecho
recuerda las pisadas,
como marcas de luz, de tus sandalias.

Y recuerda los días cuando el cielo
rodaba hasta los ríos como un viento
y hacía el agua tan azul que el hombre
entraba en ella y respiraba.
Soy el hombre que nada hasta los cielos
con sus largas miradas.

Soy el nadador, Señor, sólo el hombre que nada.
Gracias doy a tus aguas porque en ellas
mis brazos todavía
hacen ruido de alas.


lunes, 13 de enero de 2020

Debiera ser muy fácil (por Philip Larkin)


Debiera ser muy fácil conversar en la cama,
tan lejos se remonta ese yacer ahí juntos:
símbolo de franqueza entre dos seres.

No obstante, pasa y pasa calladamente el tiempo.
Afuera, la incompleta agitación del viento
hace y deshace nubes por el cielo

y el horizonte es cúmulo de ciudades oscuras.
Nada nos hace caso. Nada demuestra cómo
a esta distancia única del aislamiento

se vuelve aún más difícil encontrar
palabras a la vez ciertas y amables,
o no del todo falsas y groseras.


domingo, 12 de enero de 2020

Si conociéramos el punto (por Roberto Juarroz)


Si conociéramos el punto
donde va a romperse algo,
donde se cortará el hilo de los besos,
donde una mirada dejará de encontrarse con otra mirada,
donde el corazón saltará hacia otro sitio,
podríamos poner otro punto sobre ese punto
o por lo menos acompañarlo al romperse.

Si conociéramos el punto
donde algo va a fundirse con algo,
donde el desierto se encontrará con la lluvia,
donde el abrazo se tocará con la vida,
donde mi muerte se aproximará a la tuya,
podríamos desenvolver ese punto como una serpentina
o por lo menos cantarlo hasta morirnos.

Si conociéramos el punto
donde algo será siempre ese algo,
donde el hueso no olvidará a la carne,
donde la fuente es madre de otra fuente,
donde el pasado nunca será pasado,
podríamos dejar sólo ese punto y borrar todos los otros
o guardarlo por lo menos en un lugar más seguro.



sábado, 11 de enero de 2020

Pero es otra la palabra que no encuentra (por Alberto Szpuberg)


Hay un hombre que contempla la vieja hiedra y busca
una palabra que no encuentra,
toma del suelo una hoja caída y sueña con la palabra
que no encuentra esa palabra,
la hoja -"dos o tres hojas"- es quebradiza y cruje entre
las manos de un hombre como si fuera la palabra que
busca y que no encuentra,
pero sólo tiene los bordes rojizos como el atardecer,
"esa tarde" en que hay un hombre que busca una
palabra, esa palabra, y no la encuentra.
Mira la tierra, el muro rugoso bajo el sol -"creo que es
el sol"-, pero es otra la palabra que no encuentra:
¿será tu nombre que él no sabe y yo creo saber,
cualquiera de estas palabras que él no lee y yo creo
escribir?
A través de las hojas de la hiedra el hombre cree ver la palabra que no encuentra,
pero son las nubes de bordes rojizos como la hoja en el atardecer, "esta tarde" en que hay un hombre que busca una palabra y no la encuentra, "esos muertos",
esa palabra.
Vendrá la noche y el hombre se sentará al pie de la
hiedra agobiado por la palabra que no encuentra,
se dormirá soñando con la palabra que no encuentra,
y se despertará balbuceando inútilmente esa palabra que no encuentra,
y volverá a casa -"la vieja casona donde la hiedra es un fino trazo sobre los altos muros"- y encenderá la
hornalla pensando en la palabra que no encuentra,
"esta tarde", esa palabra,
se inclinará a encender un cigarrillo y yo escribiré "el
agua ronronea" y tú leerás "El agua ronronea" y él
oirá que el agua ronronea.
Sin saber por qué -"porque no sé, nunca sabré"- recién entonces el hombre podrá fumar tranquilo, "esta tarde",
esta misma -sí, "ya sé, ya sé, esos muertos"-
en que hay otro hombre que busca una palabra y no
la encuentra.
Como si otro hombre dijera: "tu voz me distrae de todo
lo que dices",
como si otro hombre dijera: "de pronto tus palabras",
como si siempre otro hombre dijera la palabra, tu
nombre quizás, este silencio.



viernes, 10 de enero de 2020

Hazme una máscara (por Dylan Thomas)


Hazme una máscara y una pared que me aparten de tus espías,
de esos ojos cortantes y esmaltados, de esas garras patéticas
de ultraje y rebelión en los orfanatos de mi cara.
Hazme una mordaza de árbol mudo que ataje a mis jurados enemigos,
una lengua de bayoneta que diga esta plegaria a la intemperie,
una boca expresiva, una trompeta en que soplar dulces mentiras
y el rostro de un idiota tallado en roble y una antigua armadura
que acorace el cerebro brillante y aturda a los inquisidores.
Y hazme un pesar de viudo que, al bajar de las pestañas saturado de lágrimas,
cubra la belladona, para que así estos ojos secos sepan ver
cómo delatan los demás el engaño gimiente de sus pérdidas
en la curva de la boca desnuda o en la risa tramposa.


jueves, 9 de enero de 2020

Son palabras mejores (por Jim Dodge)


Siempre que Jason decía caztor en lugar de «castor»
o aldilla en lugar de «ardilla»
lo adoraba en secreto.
Son palabras mejores:
El ajetreado caztor caztoreando;
la cola gris de la aldilla
enroscada como una culebrilla de humo en una rama de arce.
Nunca le dije que estuviera pronunciando mal sus nombres,
aunque yo sí los pronunciaba según la convención.
En cierta ocasión se dio cuenta, y se explicó:
«Yo digo caztor.»
«Genial», le dije, «como lo veas».
Pero en una semana
estaba pronunciando ambas «correctamente».
Cumplí con mi deber,
y lo lamento.
Hasta nunca, caztor y aldilla.
Tanta belleza perdida para el entendimiento.


miércoles, 8 de enero de 2020

Puesto que todo cabe en las palabras (por Joseph Brodsky)


—La enorme ciudad, en una densa tiniebla.

—Cuaderno escolar cuadriculado.

—Se eleva un enorme manicomio.

—Paréntesis en el orden del universo.

—Tras la fachada un helado patio,

todo nevado, lleno de pilas de leña.

—¿No es solo conversación todo este paisaje,

puesto que todo cabe en las palabras?

—No: aquí viven hombres que han perdido el juicio

de horrores viscerales, de miedos de ultratumba.

—Pero ¿ellos no serán una mera posibilidad

de llamarse hombres?

—No, porque tienen ojos que expresan algo,

extremidades, cabezas sobre los hombros.

—Al recibir un nombre, una cosa

se hace inmediatamente parte de la oración.

—¿También las partes del cuerpo?

—Estas, sobre todo.

—¿Y este lugar?

—Ya ves que hasta lo llaman casa.

—¿Y los días?

—Los días tienen nombres.

Oh, ¡todo esto parece Sodoma

de las palabras voraces! ¿Quién les otorgó derecho?

—Aquí un nombre sonaría muy siniestro.

—¡Me empieza a dar vueltas la cabeza

de tantas palabras que han decorado las cosas!

—Indiscutiblemente, esto nos marca.

—Como el mar a Gorbunov; y perjudica

a la salud.

—Entonces no es el mar que se precipita a la orilla,

sino una palabra que persigue a otra.

—¡Las palabras entonces son reliquias!

—Es que alguna vez han existido como cosas…

y de las cosas nos protegen los nombres.

—¿Acaso también de la pasión de Cristo?

—De toda pasión.

—¡Que Dios nos valga!

—Él mismo curaba las bocas con sus palabras,

pero también se había escudado tras las palabras.

—Su mismo destino es una advertencia.

—Lo cual garantiza que el nuestro

no sea ahogarnos en el mar.

—Y que su muerte sea la única cosa binaria.

—Y por lo mismo, resulta un sinónimo.


Pero ¿y la eternidad? ¿O acaso ella

también fue una cosa que se convirtió en palabra?

—Es la única palabra en la tierra 


que no ha logrado devorar a su objeto.



martes, 7 de enero de 2020

Una angustia de exilio (por Fernando Pessoa)


Hay días en que cada persona que encuentro y, aún más, las personas con las que convivo cotidianamente y a la fuerza, asumen aspecto de símbolos y, o aislados o juntándose, forman una escritura profética u oculta, descriptiva en sombras de mi vida. La oficina se me vuelve una página con palabras de gente; la calle es un libro; las palabras cambiadas con los habituales, los desacostumbrados que encuentro, son decires para los que me falta el diccionario pero no del todo el entendimiento. Hablan, expresan, y sin embargo no es de ellos de quien hablan, ni es a ellos a quienes expresan; son palabras, lo he dicho, y no muestran: dejan transparecer. Pero, en mi visión crepuscular, sólo vagamente distingo lo que esas vidrieras súbitas, reveladas en la superficie de las cosas, admiten del interior que velan y revelan. Entiendo sin conocimiento, como un ciego al que hablasen en colores.

Pasando a veces por la calle, oigo trozos de conversaciones íntimas, y casi todas son de la otra mujer, del otro hombre, del muchacho de la alcahueta o de la amante de aquel...

Llevo, sólo por haber oído estas sombras de discurso humano que es, a fin de cuentas, todo aquello en que se ocupan la mayoría de las vidas conscientes, un tedio de asco, una angustia de exilio entre arañas y la conciencia súbita de mi encogimiento entre gente real; la condenación de ser vecino igual, ante el señorío y el sitio, de los otros inquilinos de la aglomeración mirando con asco, por entre las verjas traseras del almacén del entresuelo, la basura ajena que se amontona con la lluvia en el zaguán que es mi vida.



lunes, 6 de enero de 2020

Dos flores (por Isidro Saiz de Marco)


en este lugar sucio

enfangado de miedo

predación

hostilidad

codicia




sobre este lodazal

de máscaras

de yugos

de embestidas


en este suelo triste, sobre esta podredumbre


solo dos plantas frágiles y pequeñas

dos temblorosos tallos, cada uno con su flor

han logrado brotar


sobre este erial mugriento

en la inmundicia y entre la sordidez

ellas dos, solo ellas

la amistad y el amor

han abierto sus pétalos


domingo, 5 de enero de 2020

El edificio (por Philip Larkin)


Más alta que el hotel más elegante
la cresta luminosa se divisa desde lejos, pero ved,
alrededor suben y bajan callejuelas
como un gran suspiro del siglo pasado.
Son despreciables los conserjes; los vehículos
que llegan no son taxis; y en el vestíbulo, además
de enredaderas, cuelga un olor amenazante.

Hay novelitas, y té en las muchas tazas,
como en los aeropuertos, pero esos que dóciles ocupan
las hileras de sillas de acero, hojeando revistas ajadas,
no vienen de lejos. Las ropas de salir,
las bolsas de compras medio llenas, las inquietas caras
resignadas parecen de autobús local, si bien
cada tanto aparece una especie de enfermera
para llevarse a alguno: los demás apoyan
la taza en el platito, tosen o buscan en el suelo
un guante o un papel caído. Humanos, sorprendidos
en campo curiosamente neutro, con nombres y hogares
en suspenso repentino; jóvenes algunos,
otros viejos, la mayoría de esa vaga edad que marca
el fin de las opciones, la última esperanza; y todos
vienen a confesar que hay algo que no va bien.

Ha de tratarse de un defecto serio,
pues mirad cuántos pisos exige, a qué altura
está llegando y cuánto dinero se ha invertido
en corregirlo. Fijaos en la hora,
las once y media de un día laborable,
y en estos excluidos de él; mirad, en tanto suben
a los niveles señalados, cómo sus ojos se investigan
mutuamente, imaginando; en el camino alguien
pasa empujado sobre ruedas, en gastadas sábanas de guardia.

También ellos lo ven. Están tranquilos. Descubrir
que comparten algo nuevo los serena,
pues tras las puertas hay habitaciones, y tras éstas otras,
y más habitaciones todavía, cada cual más lejos
y de retorno más difícil, ¿y quién sabe
cuál verá, y cuándo? Por el momento esperan,
la mirada en el patio. Fuera todo es bastante viejo:
ladrillos, caños revestidos, y alguien caminando
hacia el aparcamiento, libre. Más allá del portón,
el tráfico; una iglesia bajo llave; breves calles de terraza
donde juegan niños, y muchachas con peinados
van a las tintorerías... Oh, mundo,

tus amores, tus azares, están fuera del alcance
de las manos que aquí esperan. Irreales, pues,
son un sueño tocante en donde caemos todos con el mismo arrullo,
pero del cual despertamos separados. Vanidad, en él,
e ignorancia protectora se congelan
para acarrear la vida, y sólo se derrumban
cuando nos llaman a un pasillo (pues ahora la enfermera
vuelve a hacer señas...). Cada uno al fin
se levanta y va. Algunos saldrán al mediodía, o a las cuatro.
Otros, sin saberlo, han venido a unirse
a la congregación oculta que en hileras blancas
yace apartada, arriba: mujeres, hombres,
jóvenes, viejos; crudas caras de la única moneda
que se acepta aquí.

Todos saben que morirán.
No aún, tal vez, no aquí, pero algún día
y en un sitio como éste. Tal es el significado
de este peñasco regular; un afán de trascender
la idea de la muerte, pues salvo que su poder supere
al de las catedrales, nada impide
que el ocaso llegue, aunque multitudes lo intenten cada tarde

con débiles, pródigas flores propiciatorias.



sábado, 4 de enero de 2020

Miseria y esplendor (por Robert Hass)


Convocados conscientemente por el recuerdo, ella
sonriendo, los dos en la cocina hablando,
antes o después de la cena. Pero están en esta otra habitación,
la ventana está hecha de vidrios diminutos, y están en un sofá
abrazándose. Él la sujeta tan fuerte
como puede, ella se entierra en su cuerpo.
Es por la mañana o quizá por la tarde, la luz
fluye a través de la habitación. Fuera,
al día le sucede lentamente la noche,
y después el día. El proceso se tambalea
y se acelera: semanas, meses, años. La luz en la habitación
permanece inalterable, así que es obvio lo que está sucediendo.
Intentan convertirse en una sola criatura,
pero algo no consiente. Son tiernos
el uno con el otro, temerosos
de que sus breves, agudos gritos les lleven a aceptar el momento
en que volverán a separarse. Así que se restriegan contra el otro,
secas sus bocas, después húmedas, después secas.
Se sienten en el centro de una poderosa
y desconcertada voluntad. Sienten
que son un único animal casi completo,
arrojado por las olas a la orilla de un mundo
—o acurrucado contra la puerta de un jardín—
del que no pueden admitir que jamás lograrán ser admitidos.


viernes, 3 de enero de 2020

Misericordia (por Sharon Olds)


La última vez que nos acostamos
(no puedo recordar cuándo fue,
entonces yo solía ser un reloj
en lo de acostarnos juntos,
y ahora dentro de mí,
en algún sitio,
va a la deriva el conocimiento,
en una de esas aguadas en los mapas
de los desiertos, esos espaciosos desperdicios),
la última vez, él se detuvo
en alguno de los descansos,
en algún intervalo entre los enredos,
y puso su palma en mi espalda, entre los omóplatos.
Era como si estuviera pidiendo la paz,
preguntando si esto podía terminar
-quizá no justamente esta vez, pero que terminara-.
Estaba firme dentro de mí, pidiendo paz.
Y yo me relajé, pero entonces mi radiante trasero
se movió torpemente otra vez, y yo susurré
¿Sólo uno más?,
y su gruñido indulgente
me pareció de placer,
incluso de cariño,
y mi vida, al ser incorporada a la carne,
estalló con los dulces estruendos otra vez.
Y entonces yacimos y nos miramos el uno al otro
-o yo lo miré a él a los ojos-.
Quizá esa fue la última vez
sin saber que era la última.
Sin solemnidad.
Y sin embargo la señal estaba dada,
esa mano recostada sobre mi espalda,
no un guante, sino una petición formal de indulto,
una señal para Pedir Misericordia.



jueves, 2 de enero de 2020

Una piel que quitar (por Halvard Johnson)


Decir adiós
no es un problema.

Un casa es una piel
que quitar

de la que librarse
habitación tras habitación

armario tras armario
hasta que lo que queda

son pilas de cajas,
unas pocas perchas,

un montón de desechos
en el suelo de la cocina

que nunca pareció tan amplia,
el perro de un vecino

que ha venido a decir adiós
desde una distancia prudencial.


jueves, 26 de diciembre de 2019



zUmO dE pOeSíA volverá a publicar entradas nuevas a partir de enero de 2020.


¡ Feliz 2020 a tod@s !

(y buena suerte también, para tod@s, en la década que empieza)

martes, 24 de diciembre de 2019

Natividad (por José Watanabe)


Ésta es tu patria, hijo mío,
un establo donde tu madre
ya duerme
de regreso a nuestra especie:
hasta ahora
ella era un animal mítico: el vientre
avanzado
y habitado
por Ti, entonces voraz nonato,
que le consumías hasta los huesos.

Tengo ya muchos años y he visto
de todo. Sin embargo,
me sobrecoge mirarte, mi recién nacido:
a pesar de las madres
todo niño está abandonado
sobre la vastedad de una tierra callada.

Tu madre,
muchacha todavía sorprendida
por Ti, no cantó
una canción de cuna. Mirándote
sólo murmuró inacabablemente:

-Es espantoso esperar de Él
lo que esperan.


lunes, 23 de diciembre de 2019

Nombres que revolotean (por Hamutal Bar Josef)


Nombres y más nombres multiplicados, triturados, melodiosos,
quien los pronuncia relincha como un caballo que llora en sueños.
Nombres de calles, compañeros de escuela y sus hermanas,
quien los pronuncia penetra en el espacio del clamor.
Nombres que revolotean por el aire y cantan con rara insistencia,
como preservando un sitio prohibido,
más allá de la risa y el llanto –
Así sonaban las conversaciones de mis padres con sus paisanos
acerca de lo que fue.


domingo, 22 de diciembre de 2019

Dentro de aquellos rostros (por Walt Whitman)


Observa a través de ti mismo y te verás igual a los demás,

a través de las risas, la danza, en el almuerzo, en la cena de la gente,

entre los vestidos y los adornos, dentro de aquellos rostros lavados y acicalados,

observa el silente secreto de repudio y desesperación.


Ni al esposo, ni a la esposa ni al amigo confiamos la confesión,

otro yo, un duplicado de cada quien, escondiéndose a hurtadillas discurre,

informe y desprovisto de palabra atraviesa las calles de la ciudad, culto y ecuánime en los salones,

en los vagones de ferrocarril, en los barcos a vapor, en la plaza pública,

hogar para las casas de hombres y mujeres, en la mesa, en la habitación, en todas partes,

vedlo sagazmente vestido, sonriendo solapadamente, muy erguido, con la muerte bajo el esternón, y el infierno bajo el cráneo,

bajo la capa y los guantes, bajo las cintas y las flores artificiales,

respetuoso de las costumbres, sin decir una palabra sobre sí mismo,

hablando de cualquier otra cosa salvo de sí mismo. 


sábado, 21 de diciembre de 2019

Trastero (por Mary Oliver)


Cuando me mudaba de una casa a otra

había muchas cosas para las que no tenía espacio.

¿Qué podía hacer? Alquilé un trastero.

Y lo llené. Los años pasaron.

De vez en cuando iba allí y miraba,

sin que nada ocurriera,

ni una sola punzada en el corazón.

Cuantos más años cumplía, las cosas que me importaban

eran cada vez menos, pero más importantes.

Así que un día rompí el candado

y llamé al basurero.

Se lo llevó todo.

Me sentí como el burrito

al que finalmente le quitan la carga de encima.

¡Cosas!

¡Quémalas, quémalas!

¡Haz un hermoso fuego!

¡Habrá más espacio en tu corazón para el amor,

para los árboles!

Para los pájaros que nada poseen,

que es la razón por la que pueden volar.


viernes, 20 de diciembre de 2019

Es abajo o arriba (por Raquel Jaduszliwer)


Me decías, siempre está amaneciendo, siempre está atardeciendo
hay una luz que avanza, que avanza y se retira
es que en su doble fondo ¿lo ves? de manera indistinta
es de noche o de día, es abajo o arriba, pero siempre
siempre, en su pliegue recóndito se agolparán los huérfanos.
Todo eso decías, hijo del castigado, padre de la desdicha
todo eso decías, todo eso decías: el esplendor humano
es de dolor y brilla.


jueves, 19 de diciembre de 2019

Y aún sigue siendo así (por Peter Handke)


Cuando el niño era niño
andaba con los brazos colgando,
quería que el arroyo fuera un río,
que el río fuera cascada,
y este charco el mar.

Cuando el niño era niño
no sabía que era un niño;
todo para él tenía alma
y todas las almas eran una.

Cuando el niño era niño
no tenía opiniones sobre nada,
no tenía costumbres,
se sentaba con las piernas cruzadas,
echaba a correr de repente,
tenía un remolino en el pelo
y no posaba cuando le hacían fotos.

Cuando el niño era niño
fue el tiempo de preguntas como estas:
¿Por qué soy yo y por qué no soy tú?
¿Por qué estoy aquí y por qué no allí?
¿Cuándo empezó el tiempo y dónde acaba el espacio?
¿No es esta vida bajo el sol un sueño?
Lo que veo y oigo y huelo,
¿no es la apariencia de un mundo que oculta otro mundo?
¿Existe realmente el mal, y gente
mala de verdad?
¿Cómo es posible que yo, el que soy,
no existiera antes de existir,
y que un día yo, el que soy,
deje de ser este que soy?

Cuando el niño era niño
le daban asco las espinacas, los guisantes, el arroz con leche
y la coliflor cocida,
pero ahora come todo eso y no por obligación.

Cuando el niño era niño
despertó un día en una cama extraña
y ahora le sucede a menudo,
muchas personas le parecían hermosas
y ahora es un hecho excepcional,
podía imaginarse claramente el paraíso
y ahora a lo sumo puede intuirlo,
no podía concebir la nada
y hoy tiembla ante ella.

Cuando el niño era niño
jugaba ensimismado,
y ahora se entrega a las cosas como entonces, pero solo
si esas cosas son su trabajo.

Cuando el niño era niño
se conformaba con una manzana y pan,
y aún sigue siendo así.

Cuando el niño era niño
las moras le caían en la mano como solo las moras caen
y así es todavía,
las nueces crudas le dejaban la lengua áspera
y así es todavía,
sentía en cada montaña
el deseo de una montaña cada vez más alta
y en cada ciudad
el deseo de una ciudad más grande,
y todavía es así,
cogía las cerezas de la copa del árbol emocionado
como hace hoy todavía,
sentía timidez ante los extraños
y la siente todavía,
esperaba la primera nevada
y la sigue esperando todavía.

Cuando el niño era niño
tiró un palo como si fuera una lanza contra el árbol;
y ahí está, vibrando todavía.


miércoles, 18 de diciembre de 2019

Por qué no ahora (por Anna Ajmátova)


Vendrás de todos modos. ¿Por qué no ahora?
Cuánto he esperado. Vienen los malos tiempos.
He apagado la luz y abierto la puerta
para ti, porque eres mágica y sencilla.
Asume, por tanto, la forma que más te plazca,
apunta y dispárame un tiro envenenado,
o estrangúlame como un eficiente asesino,
o bien inféctame —el tifo sería mi suerte—,
o irrumpe del cuento de hadas que escribiste,
aquel que estamos cansados de oír día y noche,
en que los guardias azules trepan las escaleras
guiados por el conserje, pálido de miedo.
Todo me da lo mismo. El Yenisei se arremolina,
la Estrella del Norte brilla como brillará siempre,
y el destello azul de los ojos de mi amado
está oscurecido por el horror final.


martes, 17 de diciembre de 2019

"Nunca" es una medida sin medida (por Isidro Saiz de Marco)


muere mi padre y ya no vuelve Nunca

ya Nunca oigo la voz de la tía Emilia

Nunca más don José

Nunca más Santi

No me despierta Nunca la perra de mi infancia

Tras llevarlo al desguace no volví a conducir Nunca ese coche

Nunca más me pondré las botas de montaña que tanto me han servido y tiro al vertedero porque se desgastaron

no sabré Nunca lo que el velo oscurece, la verdad escondida detrás de la apariencia

(si alguien lee esto, que añada algunas de sus propias nunquidades)

Nunca es Nunca

y es Nunca

y es Nunca Nunca Nunca

Nunca es pequeño como una hormiguita

Nunca es menos que algo

Nunca viene a ser nada

Nunca no se ve, Nunca no se toca, pero ninguna cosa es más larga que Nunca

el pasillo de Nunca no sabe de paredes

Nunca no tiene luego ni después

no hay horas ni minutos ni segundos de Nunca

para Nunca no hay siglos ni milenios

qué raro aplicar Nunca a seres de aquí abajo

Nunca es una medida sin medida

en vano imaginamos el tamaño de Nunca

Nunca no cabe en todo el universo


lunes, 16 de diciembre de 2019

En la noche (por Robert Desnos)


En la noche están naturalmente las siete maravillas del mundo y la grandeza
y lo trágico y el encanto.
Los bosques se tropiezan confusamente con las criaturas legendarias
escondidas en los matorrales.
Estás tú.
En la noche están los pasos del paseante y los del asesino y los del guardia urbano
y la luz del farol y la linterna del trapero.
Estás tú.
En la noche pasan los trenes y los barcos y el espejismo de los países donde es de día.
Los últimos alientos del crepúsculo y los primeros estremecimientos del alba.
Estás tú.
Un aire de piano, el estallido de una voz.
Un portazo. Un reloj.
Y no solamente los seres y las cosas y los ruidos materiales.
Sino también yo que me persigo o sin cesar me adelanto.
Estás tú la inmolada, tú la que espero.
A veces extrañas figuras nacen en el momento del sueño y desaparecen.
Cuando cierro los ojos, las floraciones fosforescentes aparecen y se marchitan
y renacen como fuego de artificios carnosos.
Países desconocidos que recorro en compañía de criaturas.
Estás tú sin duda, oh bella y discreta espía.
Y el alma palpable de la extensión.
Y los perfumes del cielo y de las estrellas y el canto del gallo de hace 2000 años
y el grito del pavo real en los parques en llamas y besos.
Manos que se aprietan siniestramente en una luz descolorida y ejes que chirrían
sobre los caminos de espanto.
Estás tú sin duda a quien no conozco, a quien conozco al contrario.
Pero que, presente en mis sueños, te obstinas en dejarte adivinar en ellos sin aparecer.
Tú que permaneces inasible en la realidad y en el sueño.
Tú que me perteneces por mi voluntad de poseerte en ilusión pero que no acercas tu rostro
sino cuando mis ojos se cierran tanto al sueño como a la realidad.
Tú que en despecho de una retórica fácil donde la ola muere en la playa,
donde la corneja vuela entre las fábricas en ruinas, donde la madera se pudre crujiendo
bajo un sol de plomo.
Tú que estás en la base de mis sueños y que sacudes mi alma llena de metamorfosis
y que me dejas tu guante cuando beso tu mano.
En la noche están las estrellas y el movimiento tenebroso del mar, de los ríos, de los bosques,
de las ciudades, de las hierbas, de los pulmones de millones y millones de seres.
En la noche están las maravillas del mundo.
En la noche no están los ángeles guardianes, pero está el sueño.
En la noche estás tú.
En el día también.


domingo, 15 de diciembre de 2019

Hay un tigre encerrado (por Eduardo Lizalde)


Hay un tigre en la casa
que desgarra por dentro al que lo mira.
Y sólo tiene zarpas para el que lo espía,
y sólo puede herir por dentro,
y es enorme:
más largo y más pesado
que otros gatos gordos
y carniceros pestíferos
de su especie,
y pierde la cabeza con facilidad,
huele la sangre aun a través del vidrio,
percibe el miedo desde la cocina
y a pesar de las puertas más robustas.

Suele crecer de noche:
coloca su cabeza de tiranosaurio
en una cama
y el hocico le cuelga
más allá de las colchas.
Su lomo, entonces, se aprieta en el pasillo,
de muro a muro,
y sólo alcanzo el baño a rastras, contra el techo,
como a través de un túnel
de lodo y miel.

No miro nunca la colmena solar,
los renegridos panales del crimen
de sus ojos,
los crisoles de saliva emponzoñada
de sus fauces.

Ni siquiera lo huelo,
para que no me mate.

Pero sé claramente
que hay un inmenso tigre encerrado
en todo esto.


sábado, 14 de diciembre de 2019

Qué extraña se ha vuelto la existencia (por Antonio Gamoneda)


Oigo tu llanto.

Subo a las habitaciones donde la sombra pesa en las maderas inmóviles, 

pero no estás: sólo están las sábanas que envolvieron tus sueños. 

¿Todo en mí es ya desaparición?

No aún. Más allá del silencio,
oigo otra vez tu llanto.

Qué extraña se ha vuelto la existencia:

tú sonríes en el pasado

y yo sé que vivo porque te oigo llorar.


viernes, 13 de diciembre de 2019

Sótano de la casa principal (por Mariana Camelio)


hay zorros que viven debajo de esta casa
su asentamiento siempre ha sido radial y concéntrico
todo túnel me lo aprendí de memoria
el ejercicio de dibujar la isla boca abajo
hizo aparecer en el papel un trazado perfecto
de crujires soterrados nocturnos

allí aparecieron también
manchas de musgo que esconden quemaduras
zorros que duermen en esas manchas tibias
sueños de árboles corteza fotosensible
que imprime caras cuyos nombres
y genealogía no recuerdo

en el verano vimos pájaros de muchas especies
pero todos de un gris ceniciento
la laguna a medio congelar tiene unos surcos azules y otros verdes
nada entiendo yo de crujires pero con la lluvia
en cada uno de esos huecos
crecerían líquenes amarillos:
durante todos los tiempos en los barcos
se han visto fuegos en la punta de los mástiles
durante la tempestad se les ha considerado siempre
un signo de protección


jueves, 12 de diciembre de 2019

Mi patria (por Joaquín Sabina)


El moño, las pestañas, las pupilas,
el peroné, la tibia, las narices,
la frente, los tobillos, las axilas,
el menisco, la aorta, las varices.

La garganta, los párpados, las cejas,
las plantas de los pies, la comisura,
los cabellos, el coxis, las orejas,
los nervios, la matriz, la dentadura.

Las encías, las nalgas, los tendones,
la rabadilla, el vientre, las costillas,
los húmeros, el pubis, los talones.

La clavícula, el cráneo, la papada,
el clítoris, el alma, las cosquillas:
esa es mi patria, alrededor no hay nada.


miércoles, 11 de diciembre de 2019

Verme desde fuera (por Fernando Pessoa)


Siempre me ha preocupado, en esas horas ocasionales de desprendimiento en que tomamos conciencia de nosotros mismos como individuos de que somos otros para los demás, la imaginación de la figura que haré físicamente, y hasta moralmente, para aquellos que me contemplan y me hablan, o todos los días o por casualidad.

Estamos todos acostumbrados a considerarnos como primordialmente realidades mentales, y a los demás como directamente realidades físicas; vagamente nos consideramos como gente física, a efectos de los ojos de los demás; vagamente consideramos a los demás como realidades mentales, pero sólo en el amor o en el conflicto adquirimos verdadera conciencia de que los demás tienen sobre todo alma, como nosotros para nosotros.

Me pierdo, por eso, a veces en un imaginar fútil de qué especie de gente seré para quienes me ven, cómo es mi voz, qué tipo de figura dejo escrita en la memoria involuntaria de los demás, de qué manera mis gestos, mis palabras, mi vida aparente, se graban en las retinas de la interpretación ajena.

No he conseguido nunca verme desde fuera.

No hay espejo que nos dé a nosotros mismos como fueras, porque no hay espejo que nos saque de nosotros mismos.

Sería precisa otra alma, otra colocación de la mirada y del pensamiento.

Si yo fuese actor prolongado de cine o grabase en discos audibles mi voz alta, estoy seguro de que del mismo modo quedaría lejos de saber lo que soy del lado de allá, pues, quiera lo que quiera, grábese lo que de mí se grabe, estoy siempre aquí dentro, en la casa de muros altos de mi conciencia de mí.

No sé si los otros serán así, si la ciencia de la vida no consistirá esencialmente en ser tan ajeno a sí mismo que instintivamente se consiga un alejamiento y se pueda participar de la vida como extraño a la conciencia; o si los demás, más ensimismados que yo, no serán del todo la brutalidad de no ser más que ellos, viviendo exteriormente merced a ese milagro por el que las abejas forman sociedades más organizadas que cualquier nación, y las hormigas se comunican entre sí con un habla de antenas mínimas que excede en los resultados a nuestra compleja ausencia de entendernos.

La geografía de la conciencia de la realidad es de una gran complejidad de costas, accidentadísima de montañas y de lagos.

Y todo me parece, si medito de más, una especie de mapa como el del «Pays du Tendré» o de los «Viajes de Gulliver», broma de exactitud inscrita en un libro irónico o fantasioso para gozo de entes superiores, que saben dónde es donde las tierras son tierras.

Todo es complejo para quien piensa, y sin duda el pensamiento lo torna más complejo por voluptuosidad propia.

Pero quien piensa tiene la necesidad de justificar su abdicación con un vasto programa de comprender, expuesto, como las razones de los que mienten, con todos los pormenores excesivos que descubren, con el esparcir de la tierra, la raíz de la mentira.



martes, 10 de diciembre de 2019

Quién conduce las dóciles esferas (por Emily Dickinson)


Tráeme el atardecer en una copa,
examina los frascos de la mañana
y dime cuánto rocío hay;
y dime hasta dónde se movió la mañana,
dime a qué hora duerme el tejedor
que urdió la amplitud del azul.

Consígname cuántas notas componen
el nuevo éxtasis del petirrojo
entre las ramas asombradas;
cuántos viajes emprende la tortuga;
cuántas copas comparten las abejas,
libertinas del rocío.

Y también, quién alzó los pilares del arco iris,
y quién conduce las dóciles esferas
con cuerdas de azul flexible.
Qué dedos sujetan las estalactitas;
quién lleva las cuentas de la noche,
para saber si alguno queda en deuda.

Quién construyó esta cabaña
y cerró sus ventanas de tal modo
que mi espíritu no es capaz de ver.
Quién me permitirá salir, algún día de fiesta,
breve pompa,
con aparejos de vuelo.


lunes, 9 de diciembre de 2019

Ansia de perderme (por César Vallejo)


Quiero perderme por falta de caminos. Siento el ansia de perderme definitivamente, no ya en el mundo ni en la moral, sino en la vida y por obra de la vida. Odio las calles y los senderos que no permiten perderse. La ciudad y el campo son así. No es posible en ellos la pérdida, que no la perdición, de un espíritu. En el campo y en la ciudad se está demasiado asistido de rutas, flechas y señales para poder perderse. Uno está allí indefectiblemente situado. Al revés de lo que le ocurrió a Wilde la mañana que iba a morir en París, a mí me ocurre en la ciudad amanecer siempre rodeado de todo, del peine, de la pastilla de jabón, de todo. Amanezco en el mundo y con el mundo, en mí mismo y conmigo mismo. Llamo e inevitablemente me contestan y se oye mi llamada. Salgo a la calle y hay calle. Me echo a pensar y hay pensamiento. Esto es desesperante.


domingo, 8 de diciembre de 2019

El sótano de la memoria (por Anna Ajmátova)


Es absurdo vivir angustiada

y acosada por los recuerdos.

No visito a menudo la memoria,

pero ella siempre viene a sorprenderme.

Si con una linterna bajo al sótano

me parece oír cómo retumba

un terremoto en la estrecha escalera.

La interna se apaga, no puedo volver,

y sé que voy directa al enemigo.

Pido clemencia… pero allí

todo está oscuro y quieto. Ya se acabó mi fiesta.

Hace treinta años que las damas despidieron

a aquel pillo que murió de viejo…

Lástima, he llegado tarde.

Se me ha prohibido aparecer en ningún sitio.

Pero toco las capas de pintura en la pared

y me caliento junto a la chimenea. Qué milagro.

A través del moho, del aire enrarecido y del hedor

brillan dos verdes esmeraldas.

Maúlla el gato. Vamos a casa.


Pero ¿dónde está mi casa y dónde mi razón?


sábado, 7 de diciembre de 2019

Aceptación (por Robert Frost)


Cuando el sol exhausto arroja sus rayos a las nubes
y se hunde ardiente en el golfo que hay debajo,
no se oye una voz de la naturaleza que lance un grito
ante ese suceso. Al menos los pájaros han de saber
que el firmamento se vuelve oscuro.
Murmurando algo quedo en su pecho
un pájaro empieza a cerrar los ojos descoloridos;
o sorprendido demasiado lejos de su nido,
apresurándose a poca altura de la arboleda, uno que andaba perdido
se precipita, justo a tiempo, al árbol que recuerda.
A lo sumo piensa o gorjea suavemente: "¡A salvo!
y que ahora la noche se me haga del todo negra.
Que la noche me resulte demasiado oscura para ver
el futuro. Que lo que haya de ser, sea".



viernes, 6 de diciembre de 2019

Nunca desayunaré en Tiffany (por Manuel Vázquez Montalbán)


Nunca desayunaré en Tiffany
ese licor fresa en ese vaso
Modigliani como tu garganta
nunca
aunque sepa los caminos
llegaré
a ese lugar del que nunca quiera
regresar
una fotografía, quizá
una sonrisa enorme como una ciudad
atardecida, malva el asfalto, aire
que viene del mar
y el barman
nos sirve un ángel blanco, aunque
sepa los caminos nunca encontraré
esa barra infinita de Tiffany
el juke-box
donde late el último Modugno ad
un attimo d'amore che mai piu ritornerá...
y quizá todo sea mejor así, esperando
porque al llegar no puedes volver
a Ítaca, lejana y sola, ya no tan sola,
ya paisaje que habitas y usurpas
nunca,
nunca quiero desayunar en Tiffany, nunca
quiero llegar a Ítaca aunque sepa los caminos
lejana y sola.


jueves, 5 de diciembre de 2019

Llámame ayer (por Abelardo Linares)


Pues mañana no existe y todo es noche,
llámame ayer.
Camareros de punta en blanco,
agilísimos,
recorren la tierra
como si fuera una gran, única sala
y llegan hasta mí para decirme
en Bogotá o Los Ángeles
que tú estás al teléfono,
no ahora,
sino hace un mes o un siglo,
buscándome hacia atrás,
hacia lo más adentro de todas las edades
y que me esperas
en un ayer, que es ya, de tan lejano,
la aurora del mundo.
Lo que escucho,
mezclados con tu voz,
no son interferencias o ruidos de la línea
sino cercanos
bramidos de dinosaurios,
que nos hacen tan jóvenes,
tan jóvenes,
que nuestro futuro es regresar al mar,
que nos nazcan aletas en el cuerpo,
con nostalgia de brazos,
y que el sabor salino de mis labios
no sea el de tus lágrimas
sino el del agua
salada en la que naceremos.
Hacia atrás, hacia atrás,
hasta fundirnos en la primera célula.

Y sea ese final
nuevo principio que dé razón del mundo.



miércoles, 4 de diciembre de 2019

PO-8761-BJ (por Miguel d' Ors)


Ya no puedes más… Llegó
la hora de la despedida.
«Cómo se pasa la vida…»
Pronto caeré también yo.

Pero ahora que tú te quedas,
unos trozos de mi historia
-kilómetros de memoria-
quedan también en tus ruedas

No voy a olvidarte. Espero
que no se ofenda el Buen Dios
si al entregarte al desguace,

incansable compañero,
acompaño yo mi adiós
con un Requiescat in pace.


martes, 3 de diciembre de 2019

Yo araño las heladas paredes de tu ausencia (por José Ángel Valente)


Tú duermes en tu noche sumergido. 
Estás en paz. 
Yo araño las heladas paredes de tu ausencia, 
los muros no agrietados por el tiempo 
que no puede durar bajo tus párpados. 
Ceniza tú. Yo sangre. 
Leve hoja tu voz. Pétreo este canto. 
Tú ya no eres ni siquiera tú. 
Yo, tu vacío. 
Memoria yo de ti, tenue, lejano, 
que no podrás ya nunca recordarme.


lunes, 2 de diciembre de 2019

Busquémolos (por Isidro Saiz de Marco)


Puede que haya gomas para borrar la memoria dañina

lo sucio

lo nocivo

la bruma en la mirada

los laberintos sin techo ni paredes

Puede que haya zapatos de pisar el pasado que irrumpe

que quiere a toda costa seguir siendo presente

la traición a ti mismo

las autocárceles

la ubicua y persistente piedra en que tropezar

Puede que haya escobas de barrer lo inhóspito de dentro

los suelos quebradizos

las cuentas insaldables

lo que muerde y remuerde y rerremuerde

Puede que haya tijeras de cortar y podar lo que nos sobra

Busquémolos

busquémolas

porque puede que sí

puede que en algún sitio haya de eso


domingo, 1 de diciembre de 2019

Amapolas en julio (por Sylvia Plath)


Pequeñas amapolas, llamitas del infierno,
¿no causáis daño?

Parpadeáis. No puedo tocaros.
Pongo las manos entre las llamas. Nada arde.

Y me agota miraros
parpadear así, arrugadas, rojo claro, como la piel
de una boca.

Una boca recién ensangrentada.
¡Pequeñas malditas faldas!

Hay vahos que no puedo tocar.
¿Dónde están vuestros opios, vuestras cápsulas
nauseabundas?

¡Si yo pudiera sangrar o dormir!
¡Si mi boca pudiera casarse con una herida como ésa!

o vuestros licores se filtrasen en mí, en esta cápsula
de vidrio,
para dejarme abotargada y quieta.

Pero descolorida. Descolorida.


sábado, 30 de noviembre de 2019

Un boomerang (por Paul Celan)


Por las vías del aliento,
así va errante, lo en alas
poderoso, lo
verdadero. Por
estelares
órbitas, por astillas
de mundos besado, por granos
de tiempo graneado, por polvo de tiempo, con-
huerfanándose
con vosotros,
piedrecitas, de-
crecido,
disminuido, destruido,
disipado y dislocado,
rima de sí mismo,
así viene
volando, así vuelve
de nuevo y al hogar,
para detenerse el tiempo
de un latido de corazón, de un milenio como
única aguja en el redondel
que un alma,
que su alma
describió,
que cifra un alma.



viernes, 29 de noviembre de 2019

En nuestra sangre (por Mary Elizabeth Counselman)


Hay un sonido metálico, de gongs, en mis oídos,
un toque de loto en la punta de mis dedos.
Ojos oscuros y sesgados miran tras de mí;
y acentos desconocidos tiemblan en mis labios.
Los latidos de mi corazón se aceleran
al son de una música extraña, quejumbrosa, sin melodía.
A veces anhelo los campos de arroz,
ver el maíz familiar debajo de la luna.
¿Qué eco pagano hay en nuestra sangre?
¿Qué padre olvidado me legó el recuerdo
de puentes arqueados sobre un arroyo cansado
con flores de cerezo?
La sangre del hombre blanco fluye rojiza en mis venas;
mis padres sajones conocían este lugar sajón.
Sin embargo, ¿qué es esta indefinida forma que veo?
Una brizna de humo oscurece el rostro.