zUmO dE pOeSíA

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de todos los colores, de todos los sabores

ALEATORIUM: Saca un poema de nuestro almacén

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sábado, 21 de enero de 2017

Donde vives (por Saiz de Marco)


No donde habitas sino

donde nunca estuviste:


aquella vieja búsqueda de un lugar no encontrado

(acaso inexistente,

imposible tal vez),


la región en que ansías estar pero no puedes

(al acercarte tú se desdibuja,

se aleja,

se traslada),


ese horizonte que huye,

el recinto que hay junto a un cartel de

“prohibido el paso”,


esa zona quimérica que nunca has recorrido…


En tu no-residencia

(justo donde no estás) es


donde vives.


viernes, 20 de enero de 2017

Y moría de reminiscencias (por Cristina Peri Rossi)


No podía dejar de amarla porque el olvido no existe
y la memoria es modificación, de manera que sin querer
amaba las distintas formas bajo las cuales ella aparecía
en sucesivas transformaciones y tenía nostalgia de todos los lugares
en los cuales jamás habíamos estado, y la deseaba en los parques
donde nunca la deseé y moría de reminiscencias por las cosas
que ya no conoceríamos y eran tan violentas e inolvidables
como las pocas cosas que habíamos conocido.


Cada otoño que viene (por Fernando Pessoa)


Detrás de los primeros menos-calores del estío terminado, han venido, en los acasos de las tardes, ciertas coloraciones más suaves del cielo amplio, ciertos retoques de brisa fría que anuncian al otoño. No era todavía el desverdecer del follaje, o el desprenderse de las hojas, ni esa vaga angustia que acompaña a nuestra sensación de muerte exterior, porque lo ha de ser también la nuestra.

Era como un cansancio del esfuerzo existente, un vago sueño sobrevenido a los últimos gestos del hacer. Ah, son las tardes de una tan afligida indiferencia que, antes que comience en las cosas, comienza en nosotros el otoño.

Cada otoño que viene está más cerca del otoño que tendremos, y lo mismo es verdad del verano y del estío; pero el otoño recuerda, por lo que es, el acabarse de todo, y en el verano o en el estío es fácil, de mirar, que lo olvidemos. No es todavía el otoño, no está todavía en el aire el amarillo de las hojas caídas o la tristeza húmeda del tiempo que va a ser más tarde invierno.

Pero hay un resquicio de tristeza anticipada, una angustia vestida para el viaje, en el sentimiento en el que estamos vagamente atentos a la difusión colorida de las cosas, al otro tono del viento, al sosiego más viejo que se arrastra, si cae la noche, por la presencia inevitable del universo.

Sí, pasaremos todos, pasaremos todo. Nada quedará de lo que gastó sentimientos y guantes, de lo que habló de la muerte y de la política local. Como es la misma luz la que ilumina las faces de los santos y las polainas de los transeúntes, así será la misma falta de luz la que dejará en lo oscuro la nada que quede de haber sido unos santos y otros gastadores de polainas.

En el vasto remolino, como el de las hojas secas, en que yace indolentemente el mundo entero, tanto importan los reinos como los vestidos de las costureras, y las trenzas de la niñas rubias van en el mismo giro mortal que los cetros que han figurado a los imperios.

Todo es nada, y en el atrio de lo Invisible, cuya puerta abierta muestra apenas, enfrente, una puerta cerrada, bailan, esclavas de ese viento que las revuelve sin manos, todas las cosas, pequeñas y grandes, que han formado, para nosotros y en nosotros, el sistema sentido del universo.

Todo es sombra y polvo removido, no hay más voz que la del ruido que hace lo que el viento levanta y arrastra, ni más silencio que el de lo que el viento abandona. Unos, hojas leves, menos presas de la tierra por más leves, van altos por el vórtice del atrio y caen más lejos que el círculo de los pesados. Otros, casi invisibles, polvo igual, diferente sólo si lo viésemos de cerca, se hacen cama a sí mismos en el remolino.

Otros todavía, miniaturas de troncos, son arrastrados circularmente y terminan acá y allá.

Un día, al final del conocimiento de las cosas, se abrirá la puerta del fondo, y todo lo que fuimos —basura de estrellas y de almas— será barrido hacia fuera de casa, para que lo que existe vuelva a empezar.

El corazón me duele como un cuerpo extraño. Mi cerebro duerme todo cuanto siento. Sí, es el principio del otoño el que trae al aire y a mi alma esa luz sin sonrisa que va orlando de amarillo muerto el redondeamiento confuso de las pocas nubes del poniente. Sí, es el principio del otoño, y el conocimiento claro, en la hora límpida, de la insuficiencia anónima de todo.

El otoño, sí, el otoño, el que hay o el que va a haber, y el cansancio anticipado de todos los gestos, la desilusión anticipada de todos los sueños. ¿Qué puedo yo esperar y de qué? Ya, en lo que pienso de mí, voy entre las hojas y los polvos del atrio, en la órbita sin sentido de ninguna cosa, haciendo ruido de vida en las losas limpias que un sol angular dora de final no sé dónde.

Todo cuanto he pensado, todo cuanto he soñado, todo cuanto he hecho o no he hecho, todo esto se irá en el otoño, como las cerillas usadas que tapizan el suelo en diferentes sentidos, o los papeles estrujados en falsas pelotas, o los grandes imperios, las religiones todas, las filosofías con que han jugado, al hacerlas, los hijos soñolientos del abismo.

Todo cuanto ha sido mi alma, desde todo a lo que he aspirado a la casa vulgar en que vivo, desde los dioses que he tenido hasta el patrón Vasques que también he tenido, todo se va en el otoño, todo en el otoño, en la ternura indiferente del otoño. 



jueves, 19 de enero de 2017

Otrarme (por Rafael Baldaya)


Cuántas veces quise

desear lo que no deseo,

amar lo que no amo,

creer en lo que no creo,

sentir lo que no siento,

apreciar lo que no aprecio,

gustar de lo que no gusto…


Y también lo contrario:

no desear lo que deseo,


no rechazar lo que rechazo,

no sentir lo que siento,

no…, no …, no…


Cuántas veces quise

mandar en mis creencias,

mis pasiones,

mis miedos…:

reinar en mi entresijo.


Cuántas veces quise

ser otro en lo profundo

-no tan sólo hacia el borde-;

ser en el centro otro

-y no sólo por fuera-;

ser otro enteramente

-no un retoque o una pátina-


como un yo trasplantado.


Cuántas veces quise

¡cuántas!


del todo reemplazarme:

no el que soy, sino otro;

ser distinto de mí…



pero algo resistente,


vigoroso,

obstinado -como un muro por dentro-,

algo con más poder 

me lo impidió.



miércoles, 18 de enero de 2017

Jamás sentí que hubiera llegado (por Wole Soyinka)


Aunque llegué al final del viaje,
jamás sentí que hubiera llegado.
Tomé la carretera
que sube despacio la cuesta de las preguntas, y que me lleva
incluso a descender a la tierra que conduce a casa. Yo sé
que mi carne está limpiamente mordisqueada, perdida
para el perturbado pez entre las vainas susurrantes.
Yo los dejé atrás en mi ruta.

Y así también con el pan y el vino
necesito la repartición de derrota y carestía.
Yo los dejé atrás en mi ruta.
Jamás sentí que hubiera llegado.
Aunque amor y bienvenida me atrapan en casa.
Los usurpadores pasan mi copa en cada banquete 
como en una última cena.

martes, 17 de enero de 2017

Cráneo de tigre (por Charles Tomlinson)



Congelado en una mueca, todo amenaza cavernosa,

el ataque sigue siendo su único fin todavía:

tómalo con las manos, y te enseñará la fuerza

del empuje que al matar llevaría.


La mente se casa demasiado pronto con una media verdad. Este caparazón

está vaciado de la memoria saciada de su propia paz,

de su reposo bestial y de su orgullo relajado,

bajo la calma del sol y de las hojas.


Donde ser tigre es

moverse a través del terreno incierto con flexible paso:

qué poco esta pura y armada boca puede decir

de la bestia viviente.



lunes, 16 de enero de 2017

Pequeña luz (por Pier Paolo Pasolini)


Cercana a los ojos y los cabellos sueltos

sobre la frente, tú, pequeña luz,

dispersa, enrojeces mi cuaderno.

De adolescente, en tu pálida llamarada,

ardía hasta la noche, y era extraño

escuchar al viento y a los grillos solitarios.

Entonces, en la olvidada habitación

dormían mis padres, y mi hermano,

inmóvil, descansaba tras un muro delgado.

¿Dónde está él ahora, luz roja?

No hablas, sin embargo iluminas; y suspira

el grillo en el silencio de los campos.

Y mi madre se peina al espejo

de una manera antigua como tu luz,

pensando en su hijo ya sin vida.


domingo, 15 de enero de 2017

Un sitio para ti (por Leonard Cohen)


En Dusko’s aún están cantando, sentados bajo el viejo pino, en la profunda noche de estrellas fijas y fugaces.

Si te acercas a la ventana los oirás.

Es el final de una boda,

o quizá un muchacho se marche en barco por la mañana.

Hay un sitio para ti en la mesa, vino, y manzanas de la península, un lugar para tu voz en las canciones.

Ponte algo,

y si tuvieras que decirle a alguien que te marchas,

díselo, o que te acompañe, pero date prisa: han venido a buscarte — te están llamando —

no van a estar toda la vida esperándote.

Ni siquiera te están esperando ahora.


sábado, 14 de enero de 2017

Jabón (por José Emilio Pacheco)


El objeto más bello y más limpio de este mundo es el jabón oval que sólo huele a sí mismo. Trozo de nieve tibia o marfil inocente, el jabón resulta lo servicial por excelencia. Dan ganas de conservarlo ileso, halago para la vista, ofrenda para el tacto y el olfato. Duele que su destino sea mezclarse con toda la sordidez del planeta.

En un instante celebrará sus nupcias con el agua, esencia de todo. Sin ella el jabón no sería nada, no justificaría su indispensable existencia. La nobleza de su vínculo no impide que sea destructivo para los dos.

Inocencia y pureza van a sacrificarse en el altar de la inmundicia. Al tocar la suciedad del planeta ambos, para absolvernos, dejarán su condición de lirio y origen para ser habitantes de las alcantarillas y lodo de la cloaca.

También el jabón por servir se acaba y se acaba sirviendo. Cumplido su deber será laja viscosa, plasta informe contraria a la perfección que ahora tengo en la mano.

Medios lustrales para borrar la pesadumbre de ser y las corrupciones de estar vivos, agua y jabón al redimirnos de la noche nos bautizan de nuevo cada mañana. Sin su alianza sagrada, no tardaríamos en descender a nuestro infierno de bestias repugnantes. Lo sabemos, preferimos ignorarlo y no darle las gracias.

Nacemos sucios, terminaremos como trozos de abyecta podredumbre.

El jabón mantiene a raya las señales de nuestra asquerosidad primigenia, desvanece la barbarie del cuerpo, nos permite salir una y otra vez de las tinieblas y el pantano.

Parte indispensable de la vida, el jabón no puede estar exento de la sordidez común a lo que vive. Tampoco le fue dado el no ser cómplice del crimen universal que nos ha permitido estar un día más sobre la Tierra.

Mientras me afeito y escucho un concierto de cámara, me niego a recordar que tanta belleza sobrenatural, la música vuelta espuma del aire, no sería posible sin los árboles destruidos (los instrumentos musicales), el marfil de los elefantes (el teclado del piano), las tripas de los gatos (las cuerdas).

Del mismo modo, no importan las esencias vegetales, las sustancias químicas ni los perfumes añadidos: la materia prima del jabón impoluto es la grasa de los mataderos. Lo más bello y lo más pulcro no existirían si no estuvieran basados en lo más sucio y en lo más horrible. Así es y será siempre por desgracia.

Jabón también el olvido que limpia del vivir y su exceso. Jabón la memoria que depura cuanto inventa como recuerdo. Jabón la palabra escrita. Poesía impía, prosa sarnosa. Lo más radiante encuentra su origen en lo más oscuro. Jabón la lengua española que lava en el poema las heridas del ser, las manchas del desamparo y el fracaso.

Contra el crimen universal no puedo hacer nada. Aspiro el aroma a nuevo del jabón. El agua permitirá que se deslice sobre la piel y nos devuelva una inocencia imaginaria.


viernes, 13 de enero de 2017

Ni lo uno ni lo múltiple (por A. R. Ammons)


Mantener el equilibrio

entre lo uno y lo múltiple sin

perder en la operación ni lo uno ni lo múltiple:

guárdate de la consistencia excesiva, la imposición

arbitraria

y descendente del uno abstracto

en las realidades de lo mucho:

de ese modo la unidad

no deriva del equilibrio de lo múltiple

sino de la destrucción de lo diverso:

es una unidad

inaccesible al cambio,

cercenada de las posibilidades reordenadoras de

la variedad:

cuando intenté resumir

los acontecimientos que esta tarde

hubo en un momento en la orilla del riachuelo,

la corriente ganando ímpetu aparente,

vencejos

revoloteantes

lanzándose a ensartar los bajos,

una banda

de mojarras

titubeando entre aguas hondas y someras,

el siseo con que la arena

formaba imágenes nuevas,

a ese compás y esa simetría,

la hierba componiendo

semicírculos de viento

en arena,

el escarabajo muerto en una huella,

titilando

bajo ráfagas de viento,

los tábanos

en su canción y su vértigo,

cuando procuré pensar cuántos

millones de retazos de eventos

han alterado el curso del riachuelo marino,

cuando me propuse hacer solo

una relación

de las olas del movedizo riachuelo azul,

quedé librado a un poder superior a mis fáciles fracasos,

librado a pensar

cómo puede tanta libertad

conservar ese ancho aspecto de calma

y equilibrio casi consignable:

una unidad que no aventa diferencias,

una unidad no insustancial y flaca como la abstracción,

no anodina como la teoría:

pienso en California, sus ciudades y praderas,

desiertos y campos de petróleo,

autopistas, bosques, riscos blancos,

valles, costas,

cabos rocosos;

y en los despintados

faros de Maine

en extremos de península,

las trampas y las ollas de langostas,

los lagos de agua dulce; en Chicago

colgado como una bolsa de huevos del borde

del lago Michigan, con

su Museo de Arte, su Prudential Building, su hotel

Knickerbocker (donde paraba Cummings);

en Carolina del Norte, los

estrechos de Pamlico y Albermarle, los bancos de arena,

las golondrinas en los cables de teléfono;

en el condado de Columbus

donde hierven

cacahuetes frescos

en ollas de acero, para que la sal

se filtre por las cáscaras hervidas (una exquisitez

tan grande

como los espárragos de Jersey o

las alcachofas): y sin parar atravesando pueblos,

por caminos de polvo, zanjones, barrancos de grava, y

más, hasta las casas, los ciudadanos y sus historias,

invenciones, anhelos:

pienso cómo enriquecen las diferencias, por inasimilables

que sean en total al arte: el pequeño

comerciante de

Kansas City declara un dividendo extra

y la hija

que es maestra en Duquesne

compra un Volkswagen, segundo coche para la familia:

de lo múltiple, uno:

de lo vario, una unidad preponderante, expresión de

la diversidad:

ningún libro de leyes, a falta de la inalcanzable realidad,

puede anticipar todos los acontecimientos,

controlar todos los acontecimientos: solo el libro de leyes

fundado contra sí mismo,

fundado en la libertad de que cada acontecimiento ocurra en sí,

perdura en el inevitable equilibrio que adoptarán los acontecimientos.



jueves, 12 de enero de 2017

Hay un tiempo (por E. E. Cummings)


hay en el tiempo una noble y benévola proporción
junto con una increíble generosidad
(aunque la carne y la sangre le acusen de coerción
o la mente y el alma le culpen de engaño)

su conducta no es lógica o ilógica
su sabiduría anula la discordia y el acuerdo
-los saharas tienen sus siglos; diez mil
de ellos son más pequeños que el momento de una rosa-

hay un tiempo para reír y un tiempo para llorar
para la esperanza la desesperación la paz y el deseo


un tiempo para crecer y un tiempo para morir
una noche para el silencio y un día para el canto

pero sobre todo (como me dicen
tus más que ojos) hay un tiempo para la eternidad


miércoles, 11 de enero de 2017

Mi beso (por Juan Ramón Jiménez)


Te besaré en la sombra,
sin que mi cuerpo toque
tu cuerpo.

Echaré las cortinas,
que no entre ni la niebla
del cielo.

Que en la muerte absoluta
de todo sólo exista,
nuevo mundo, mi beso.


martes, 10 de enero de 2017

El misterio (por Omar Jayam)


Envié mi alma a través del Infinito
a indagar el misterio de su ser.
Y volvió ella diciendo: -Yo soy el cielo,
también soy el infierno.


lunes, 9 de enero de 2017

Como organizadas decadencias (por Emily Dickinson)


El desmoronamiento no es acto de un instante

una pausa esencial

El deterioro y sus procesos

son como organizadas decadencias

Primero telarañas en el alma

una película de polvo

agujero en el eje

o elementales óxidos

La ruina es ordenada –un trabajo diabólico,

consecutivo, lento-

Ningún hombre cayó en un solo instante

Deslizarse es la ley que rige el choque



domingo, 8 de enero de 2017

Cómo miraré (por Gabriela Negreanu)


Te esperé con ojos de piedra de pájaro de perro

con ojos humanos te miré

sin maquillaje de ojos te miré

como la luna pasa por sus fases

como la hoja pasa por las estaciones

como crece el disco rojo en el horizonte

dejando la noche a la noche


Con tus ojos a mis ojos miré


Cómo miraré a partir de ahora las estaciones,

cómo a partir de ahora miraré sólo

las piedras, los árboles, la luna


sábado, 7 de enero de 2017

Si me pareciera a ellas (por Muhammad ibn Abbad al-Mutamid)


Lloré al paso de las perdices en bandada,
libres, sin cárcel, no lastradas por grilletes,
y no fue, Dios me libre, de pura envidia,
que fue melancolía, ¡si me pareciera a ellas!
y volase suelto, sin la familia dispersa
y las entrañas en carne viva, ni hijos muertos
haciendo manar el llanto de mis ojos.
¡Tengan buena suerte!, que no se rompió su grupo
ni saboreó ninguna la separación de los suyos,
que no han pasado —como yo— la noche,
el corazón en un puño, a cada estremecerse
de la puerta de la cárcel, o gemir de los cerrojos.
Y no es esto algo que haya discurrido.
Sólo describo lo que desde siempre alberga
el corazón del hombre. Mi alma anhela
el encontronazo con la muerte;
otro quizá amaría la vida cargado de grilletes.
Que Dios preserve a las perdices en sus crías,
que a las mías las traicionaron el agua y la sombra.


viernes, 6 de enero de 2017

Apiádate (por Miguel D' Ors)


Mira la tarde, mira qué canción
multicolor: las mobylettes felices
como estrellas fugaces, quinceañeras
azules con bermudas y suspensos, gaviotas
acariciando el tiempo,
la playa allá como una bienvenida...
¿Cuánto le habrá costado
al Universo, cuántos siglos, abrazos, guerras...
este momento?
Apiádate.
No sueltes
en medio de esta hora
el paquidermo mustio de tu filosofía.


jueves, 5 de enero de 2017

Roscón de reyes (por Angélica Becker)


Tenía un roscón de Reyes llamado la vida,
del que comía a todas horas, buscando el regalo escondido
en su masa tan dulce.
Es bella la vida, decía, mas yo
no la hubiera elegido,
y seguía comiendo
de su roscón de Reyes, que casi despreciaba.
Mas a veces
le quedaba un pedazo pequeño en la mano,
que deshacía
con ávidos dedos: ¿Quién me lo dio? ¿Qué contiene?
Pero tan sólo
veía la dorada superficie de dulces migas sin fondo
misterioso, sin contenido
oscuramente profundo que hubiera podido indicarle
una verdad.
(No quiso
utilizar el microscopio que a mano tenía para tales
experiencias.
Temía las verdades profundas porque son
peligrosas.)
De modo
que seguía comiendo el dulce pan de sus días,
preguntando siempre
a la vida por su regalo,
sin hallarlo jamás entre el fino pastel sabroso.

miércoles, 4 de enero de 2017

De pronto se rasgaron (por Steve Kowit)


Esta tarde, los resistentes Levis
que me puse a diario durante más de un año
y que parecían en perfectas condiciones hasta el final,
de pronto se rasgaron.
Cómo o por qué, quién sabe,
pero ahí estaba: una gran rasgadura cerca del cierre.
Hace un mes mi amigo Nick
salió de una cancha de raquetbol,
se bañó,
se puso su ropa de calle,
y a la mitad del camino a su casa cayó muerto.
Escuchen ustedes que leen esto
y arrodíllense cada vez que puedan
como hacía el poeta Christopher Smart
y besen la tierra y manténganse alegres
y aprovechen su tiempo
y sean amables con todos,
hasta con aquéllos que no lo merecen.
Porque, aunque no crean que pasará,
ustedes también van a irse un día.
Yo, que mis Levis se desgarraron
cerca del cierre
sin razón alguna,
les aseguro que éste es el caso.
Rueden la noticia.


martes, 3 de enero de 2017

Fue hermosa (por Eloy Sánchez Rosillo)


A veces recuerdo la tibieza de aquellos días,

la gracia de aquel cuerpo dormido,

la blancura del lecho en un rincón del cuarto,

el libro abandonado, entreabierto,

la lámpara sumisa, la ventana,

el sonido lejano de la lluvia,

los lentos rumores de la noche.

y pienso entonces que fue hermosa la vida,

y acaricio en mi pecho las heridas del tiempo.


lunes, 2 de enero de 2017

Piedritas (por Claudia Prado)


Busco piedras lisas

para vos en la orilla del lago,

las busco con la vista

y estiro la mano hasta alcanzarlas

a través de la distancia

engañosa del agua.

De a ratos parece

que voy a descubrir el secreto

de la erosión y el moldeado:

las que necesito son verdes o esas

rojas que fueron ladrillos

o estas blancas de arcilla porosa,

piedritas iguales

a las que había cerca de casa.

Aparecen solas,

simples en su cama de arena

o en un montón variado, el borde

trabado bajo una roca grande.

A veces una lleva a otra, el color

empieza a repetirse

y no puedo detenerme

si no las alzo a todas, hago

movimientos rápidos

porque los dedos no toleran

la temperatura del agua,

pero sólo cuando la giro al sol

puedo saber si ésta

que brilla en mi palma

es la que buscaba,

una piedra tan lisa, tan plana

que pueda volar

desde tu mano chiquita,

rebotar una, dos, cinco veces

y volver a perderse


domingo, 1 de enero de 2017

Cómo te hizo crecer (por Saiz de Marco)


¿qué fuerza te infundieron

los golpes recibidos?


¿qué hallazgo se debió

a tu ceguera?


¿a qué acierto llevaron

tus errores?


¿qué logro se fraguó en

tu descalabro?


¿cómo te hizo crecer

tu caída?


y


¿de qué te curó

tu enfermedad?



sábado, 31 de diciembre de 2016

Ha muerto el último año (por Philip Larkin)


Los árboles empiezan ya a brotar

como algo casi a punto de ser dicho;

los nuevos tallos posan y se extienden,

su verdor es una especie de tristeza.

¿Entonces, es que ellos renacen

y nosotros nos hacemos más viejos? 

No, ellos también mueren.

Su truco anual de parecer nuevos

se inscribe en sus fibras en forma de anillos.

Sin embargo, los infatigables castillos desgranan

su gruesa madurez cada primavera.

Ha muerto el último año -parecen decir-,

otra vez empecemos: otra vez, otra vez.

viernes, 30 de diciembre de 2016

Pero yo te amaba (por Pär Lagerkvist)


Estás muerta.

Puedo mirarte en paz con toda facilidad. Tu frente es

pequeña y redonda. Antes no la había visto. Eres torpe.

Ahora veo que eres torpe.


Tienes pequeños ojos guiñadores. Ahora los veo. Todo

es pequeño e insignificante en tu casa.

Tus cabellos son re­beldes, gruesos, groseros. Ahora lo veo. Tu labio pende

como el de una muchacha de cocina.

Ahora todo lo veo.

Estás muerta. No eres nada.


Tú sólo eras una muchacha de cocina, una entre la suciedad. Una

que debía morir.

Pero yo te amaba. Era eso.


Ahora esto ha concluido. Ahora has muerto.

Me agradaba tanto acariciar tus cabellos, cuando

estaban vivos. Yo amaba todo lo que había de feo en tu

casa, tanto cuanto esa fealdad estaba viva.


Ahora ha concluido. Ahora has muerto.

Acariciaba tu cabellera, aunque fuera gruesa,

grosera. Amaba tus pequeños ojos, cuando miraban ante sí en el mundo la mañana.

Entonces amaba todo en tu casa.

Ahora esto ha terminado. Ahora has muerto.

Ama­ba tus pies grandes. Y amaba también tus manos agrietadas.

Ahora están muertas. Ahora ya no existe nada. Es

preciso que continúe mi camino, que marche, que mar­che.

Has muerto.

Ahora nada existe.

Ahora has muerto.

Ahora en el mundo entero ya no existe nada.


jueves, 29 de diciembre de 2016

Traducir mis sentimientos (por Fernando Pessoa)


El arte consiste en hacer sentir a los demás lo que nosotros sentimos, en liberarlos de ellos mismos, proponiéndoles nuestra personalidad como una especial liberación. Lo que siento, en la verdadera sustancia con que lo siento, es absolutamente incomunicable; y cuanto más profundamente lo siento, tanto más incomunicable es. Para que yo, pues, pueda transmitir a otro lo que siento, tengo que traducir mis sentimientos a su lenguaje, es decir, que decir tales cosas como si fueran las que yo siento, de modo que él, al leerlas, sienta exactamente lo que yo he sentido. Y como este otro es, por hipótesis de arte, no esta o aquella persona, sino todo el mundo, es decir, aquella persona que es común a todas las personas, lo que al final tengo que hacer es convertir mis sentimientos en un sentimiento humano típico, aunque lo haga pervirtiendo la verdadera naturaleza de aquello que he sentido.

Todo cuanto es abstracto resulta difícil de comprender, porque es difícil de conseguir para ello la atención de quien lo lea. Pondré, por eso, un ejemplo sencillo en que se concretizarán las abstracciones que he formado. Supóngase que, por un motivo cualquiera, que puede ser el cansancio de hacer cuentas o el tedio de no tener qué hacer, cae sobre mí una tristeza vaga de la vida, una angustia de mí que me perturba e inquieta. Si voy a traducir esta emoción en frases que la ciñan de cerca, cuanto más de cerca la ciño, más la doy como propiamente mía, menos, por lo tanto, la comunico a los demás. Y, si no se da el comunicar a otros, es más justo y más fácil sentirla sin escribirla.

Supóngase, sin embargo, que deseo comunicarla a otros, es decir, hacer de ella arte, pues el arte es la comunicación a otros de nuestra identidad íntima con ellos; sin lo que no hay comunicación ni necesidad de hacer. Indago cuál será la emoción humana general que tenga el tono, el tipo, la forma de esa emoción que siento ahora, por las razones inhumanas y particulares de ser un contable cansado o un lisboeta aburrido. Y compruebo que el tipo de emoción vulgar que produce, en el alma vulgar, esta emoción es la añoranza de la infancia perdida.

Tengo la llave de la puerta de mi tema. Escribo y lloro mi infancia perdida; me detengo conmovidamente en los pormenores de personas y muebles de la vieja casa provinciana; evoco la felicidad de no tener derechos ni deberes, de ser libre por no saber pensar ni sentir; y esta evocación, si está bien hecha como prosa y visiones, va a despertar en mi lector exactamente la emoción que yo he sentido, y que nada tenía que ver con mi infancia.

¿He mentido? No, he comprendido. Que la mentira, salvo la que es infantil y espontánea y nace del deseo de estar soñando, es tan sólo la noción de la existencia real de los demás y de la necesidad de armonizar con esa existencia la nuestra, que no se puede armonizar con ella. La mentira es simplemente el lenguaje ideal del alma, pues, así como nos servimos de palabras, que son sonidos articulados de una manera absurda, para traducir a un lenguaje real los más íntimos y sutiles movimientos de la emoción y el pensamiento, que las palabras por fuerza no podrán traducir, así nos servimos de la mentira y de la ficción para entendernos los unos a los otros, lo que con la verdad, propia e intransmisible, no se podría hacer nunca.



miércoles, 28 de diciembre de 2016

Han tenido que sortear alguna roca (por Raymond Carver)


Levanto la vista y los veo acercarse

por la playa. El hombre joven

lleva al bebé en una mochila.

Eso le permite tener las manos libres,

así puede coger con una la de su mujer

y balancear la otra. Cualquiera se daría cuenta

de lo felices que son. Y la intimidad. Cuánta armonía.

Son más felices que nadie, y lo saben.

Se sienten agradecidos por ello, son humildes.

Caminan hasta el final de la playa

y desaparecen de mi vista. Eso es, me digo,

y vuelvo a lo que rige

mi vida. Pero a los pocos minutos


vuelven caminando por la playa.

Lo único distinto

es que se han cambiado de lado.

Ahora él va al otro lado de ella,

al lado del océano. Ella, de este lado.

Pero todavía andan de la mano. Parecen incluso,

si cabe, más enamorados. Y es así.

Yo mismo paseé por allí muchas veces.

El suyo es un paseo modesto, quince minutos

de ida y quince minutos de vuelta.

Han tenido que sortear a su paso

alguna roca y rodear enormes troncos,

moverse deprisa cuando se acercaban con fuerza las olas.


Caminan tranquilos, despacio, cogidos de la mano.

Saben que el agua es imprevisible,

pero son tan felices que la ignoran.

El amor en sus rostros jóvenes. Su encuadre.

Puede que dure siempre. Si tienen suerte,

si son buenos, y lúcidos. Y prudentes. Si siguen

amándose sin límites.

Si son sinceros el uno con el otro, sobre todo eso.

Están seguros de que lo serán.

Vuelvo a mi trabajo. Mi trabajo vuelve a mí.


Del agua se levanta un leve viento.


martes, 27 de diciembre de 2016

Tiembla como temblaba (por Wislawa Szymborska)


Nada ha cambiado.
El cuerpo es doloroso,
necesita comer, respirar y dormir,
tiene piel delgada y, debajo, sangre,
tiene buenas reservas de dientes y de uñas,
huesos quebradizos, articulaciones dúctiles.
Para las torturas todo se tiene en cuenta.

Nada ha cambiado.
El cuerpo tiembla como temblaba
antes y después de la fundación de Roma,
en el siglo veinte antes y después de Cristo,
las torturas son como fueron, aunque la tierra ha menguado
y diríase que todo sucede a la vuelta de la esquina.

Nada ha cambiado.
Salvo el número de habitantes por metro cuadrado,
a las viejas culpas se suman nuevas,
reales, imputadas, momentáneas y nulas,
pero el grito del cuerpo que las avala
era, es y será un grito de inocencia
según baremo y escala seculares.

Nada ha cambiado.
Quizá los modales, las ceremonias y las danzas,
pero el gesto de brazos protegiendo una cabeza
sigue siendo el mismo.
El cuerpo se retuerce, forcejea para liberarse,
cae postrado, dobla las rodillas,
lividece, se hincha, babea y sangra.

Nada ha cambiado.
Salvo el curso de los ríos,
la línea de los bosques, costas, desiertos y glaciares.
Por esos parajes el alma yerra,
desaparece, vuelve, se acerca y se aleja,
ajena a sí misma e inasequible,
ora segura, ora insegura de su existencia,
mientras el cuerpo es, es y sigue siendo,
y no tiene donde cobijarse.


lunes, 26 de diciembre de 2016

Tiraron abajo nuestras noches (por Sargon Boulus)


Un camino
señalado por techos encalados
por memorias
bajo un un cielo azul perfecto -donde yo soy un cautivo,
donde mis palabras desean elevarse como las escaleras de una fortaleza,
como voces ensayando subir por una escala perdida
nota tras nota,
en el libro de mi amigo, el que tocaba el laúd, el que murió
de silencio en un exilio solitario-.

Yo di con el sonido, encontré el edificio,
abrí la puerta.
¡En nuestro tiempo las memorias se han desvanecido!
¡Las voces de quien no tiene ya voz
suenan como pequeñas ruedas de una noria en la oscuridad!
Me dicen
que han demolido el cine Simbad.
¡Qué tristeza!

¿Quién navegará los mares de ahora en adelante?, ¿quién verá las focas?
Tiraron abajo nuestras noches,
nuestras camisas blancas, los veranos de Bagdad,
Espartaco, el Jorobado de Notre Dame, Sansón y Dalila.
¿Cómo vamos a poder soñar con viajar
a una isla?
¡Han demolido el cine Simbad!

El ahogado, los cabellos totalmente empapados,
retornaba a la fiesta
después de que apagaban las luces,
apilaba las sillas en la costa vacía
y encadenaba las olas del Tigris.



domingo, 25 de diciembre de 2016

Si nos recuerdo (por Antonio Manilla)


Presente en fuga
o leño ardiente unido
a la insensata juventud
en la hoguera del tiempo

fuimos.
Y no fuimos

futuro proyectado
más allá del estío,
desfalleciente llama,
nostalgia de idos días.

A veces siento
orgullo de nosotros,
felices e inconscientes,
jóvenes y felices,
si nos recuerdo.

Aquel rayo que fuimos
iluminó un instante
la vida entera.

sábado, 24 de diciembre de 2016

Se erguía solo (por Walt Whitman)


Vi crecer un roble en Louisiana,
se erguía solo y el musgo colgaba de las ramas,
crecía allí sin compañero, desplegaba hojas alegres de un verde oscuro,
y su aspecto, rudo, sólido, vigoroso, me hizo pensar en mí,
pero me pregunté cómo podría desplegar hojas alegres parado allí solo,
sin su amigo o amante cerca, porque sabía que yo no podría,
y rompí una ramita con algunas hojas y envolví en ellas un poco de musgo,
y me la llevé y la puse a la vista en mi habitación.
No necesito que me recuerde a mis amigos queridos
(creo que últimamente no pienso en otra cosa),
pero persiste ante mí como una señal curiosa, me hace pensar en el amor viril;
con todo, y aunque el roble brilla allí en Louisiana solitario en un amplio espacio abierto,
y despliega hojas alegres toda su vida sin su amigo o amante cerca,
sé muy bien que yo no podría. 


viernes, 23 de diciembre de 2016

Una hoja (por Bronislaw Maj)


 
Una hoja, una de las últimas, se soltó de una rama de arce,
gira en el claro aire de octubre, cae
sobre una pila de otras hojas, se vuelve oscura y quieta. Nadie
admiró su entusiasta batalla con el viento,
nadie siguió su vuelo, nadie la distinguirá ahora
yaciendo entre otras hojas, nadie había visto
lo que yo vi, nadie. Estoy
solo.


jueves, 22 de diciembre de 2016

Alguien ha muerto en mí (por Antonio Gamoneda)


Quizá me sucedo en mí mismo. No sé quién pero alguien ha muerto en mí. También ayer olía la desaparición y estaba amenazado por la luz, pero hoy es otro el cuchillo delante de mis ojos.

No quiero ser mi propio extraño, estoy entorpecido por las visiones. 


Es difícil poner luz todos los días en las venas y trabajar en la retracción de rostros desconocidos hasta que se convierten en rostros amados y después llorar porque voy a abandonarlos o porque ellos van a abandonarme.

Qué estupidez tener miedo al borde de la falsedad, qué cansancio
abandonar la inexistencia y morir después todos los días.

miércoles, 21 de diciembre de 2016

He visto a un ojo moribundo (por Emily Dickinson)


He visto a un ojo moribundo

dar vueltas y más vueltas en un cuarto

buscando algo —parecía—.

Luego empezó a nublarse

y luego a oscurecer de niebla.

Luego a cerrarse en soldadura

sin revelar qué era aquello

que le hubiera salvado, de ser visto.


martes, 20 de diciembre de 2016

Luces apagadas (por Roberto Juarroz)



Ciertas luces apagadas

iluminan más

que las luces encendidas.


Hay lugares donde no es preciso

que algo esté encendido para que alumbre.

Pero además hay cosas

que se aclaran mejor con las luces apagadas,

como algunos estratos oblicuos del hombre

o algunos rincones que se instalan subrepticiamente

en los espacios más abiertos.


Y hay también una intemperie de la luz,

una zona despojada y ecuánime

donde ya no hay diferencia

entre las luces encendidas

y las luces apagadas.



lunes, 19 de diciembre de 2016

Cómo habrían estado juntos (por T. S. Eliot)


Yérguete en el más alto rellano de la escalera

apóyate en un ánfora de jardín,

teje, teje la luz del sol en tu pelo,

aprieta tus flores contra ti con dolorida sorpresa,

tíralas al suelo y vuélvete

con una fugaz ofensa en los ojos:

pero teje, teje la luz del sol en tu pelo.


Así le habría hecho yo marcharse a él,

así le habría hecho a ella quedarse inmóvil y afligirse,

así la habría dejado él

como el alma deja al cuerpo, desgarrado y arañado.

como la mente abandona el cuerpo que ha usado.

Yo encontraría

algún modo incomparablemente leve y hábil,

algún modo que ambos entendiéramos,

sencillo y sin fe como una sonrisa y un apretón de manos.


Ella se apartó, pero con el tiempo otoñal

obligó a mi imaginación muchos días,

muchos días y muchas horas:

el pelo por los brazos y los brazos llenos de flores.

¡Y me pregunto cómo habrían estado juntos!

Me habría perdido un gesto y una actitud.

A veces estas vacilaciones aún asombran

la turbada medianoche y el reposo de mediodía.



domingo, 18 de diciembre de 2016

A quienes no pude salvar (por Czeslav Milosz)


Vosotros, a quienes no pude salvar,
escuchadme.
Intentad entender estas simples palabras, ya que de otras me avergonzaría.
Os juro que en ellas no hay superchería.
Os hablo en silencio como una nube, como un árbol.

Aquello que me fortaleció a mí, para vosotros fue mortal.
Confundisteis el adiós a una época con el advenimiento de una nueva.
Odio confabulado de belleza lírica.
Fuerza completamente ciega.

He aquí un valle polaco de ríos anémicos. Y un inmenso puente
perdiéndose en la niebla. He aquí una ciudad vencida,
y el viento arroja alaridos de gaviotas sobre vuestra tumba
mientras os hablo.

¿Qué clase de poesía es aquella que no salva
naciones o pueblos?
Una conspiración de mentiras oficiales.
Una tonadilla de borrachos cuyas gargantas serán cortadas de inmediato,
una conferencia para señoritas.
He deseado la buena poesía sin saberlo,
he descubierto, ya tarde, su saludable objetivo.
En ella y sólo en ella, encuentro salvación.

Se solía esparcir mijo o alpiste sobre las tumbas
para alimentar a los muertos que volvían disfrazados de pájaros.
Aquí os dejo este libro, a vosotros que alguna vez vivisteis
para que nunca más volváis.


sábado, 17 de diciembre de 2016

Sola (por Kabita Shina)


Sola,

la pronunciación profunda de esta palabra
rompe ventanas y puertas con ruido,
se va sonando sonando

hacia lo eterno

queda la resonancia fría.

Sola,
el andar

el balcón señorial
crece poco a poco en la boca del atardecer
¡el suelo brillante amortigua el sonido de los movimientos!

No habrá instituto desde mañana
no habrá reunión desde mañana
no habrá acto de música feudal desde mañana
el Sarengui, el perfume islámico, el tabaco aromático

como las huidizas estaciones del tren,
nos abandona la niñez, parte luego la adolescencia, la juventud,
queda el tren fantasmal.

Los ratones que esperan los residuos desde el
barco náufrago son compradores insignificantes.
Los hijos, los amigos, los compañeros, las amantes gruesas
van hacia el infierno deseado.
La pronunciación sigue rompiendo las ramas con ruido.

La flor cae desde el árbol, el cuerpo del árbol desde la flor
¡caen los cometas!
cae el cielo entero desde el lado de las estrellas.

Sigue el sonido y la resonancia con mucho bullicio
a veces se marcha la memoria, el compañero del fin.

Cuando se vaya la memoria
me iré de todas las partes.
Todas las partes se van de mi lado.

yo
¡quedo sin religión, sin el perro obediente de la memoria, sola!

Sola
Los balcones señoriales
extienden sus sombras grandes poco a poco,
desde un asteroide a otro asteroide en la galaxia,
los movimientos lentos
sin sentido, sin memoria, sin infierno-paraíso.

Sola
la niñez, la adolescencia, la juventud, la vejez.      

La niña
queda lejos como puntos
Sahadeva, Draupadi, Arjuna, Bhima,

el cuarto Pandava.

Sola
va el sonido rompiendo la pronunciación con ruido
rompe mi vacío

mi vacío



viernes, 16 de diciembre de 2016

¿Un día te entenderemos? (por Saiz de Marco)


el azar
diseñado
trazado con escuadra
medido hasta el detalle
el azar
programado
puntual
sincronizado
el impecable azar que seguro acontece
en el preciso instante
el azar
disfrazado de fatal coincidencia
de encuentro fortuito
de aleatorio suceso
de ha sido un accidente
de ay qué suerte la mía
de qué casualidad
el azar
planeado
por qué cosa
por quién
según qué opacas leyes
por qué raros criterios
siguiendo los dictados de qué ética insondable
con qué geometría oculta de más allá de dónde
ajustado al milímetro
sin dejar cabos sueltos
sin conceder espacio a la improvisación
el azar
soberano
señor de cuanto ocurre
su exacta maquinaria de apariencia caótica
su motor que no cesa
ruedas de la fortuna girando infatigables
sus cilindros
sus émbolos
conscientes o inconscientes
ciegos o lúcidos
detrás de las paredes del taller enigmático
el azar
con sus largas correas de transmisión
con su entrelazamiento de efectos y de causas
el ingeniero jefe y su secreta lógica
¿un día te entenderemos?
el artífice máximo
la fábrica de todo
el minucioso azar



jueves, 15 de diciembre de 2016

Divorcio (por Anne Sexton)



He matado nuestra vida juntos,

he cortado cada cabeza,

con sus tristes ojos azules atrapados en una pelota de playa,

rodando por separado afuera del garaje.

He matado todas las cosas buenas

pero son demasiado tercas.

Se cuelgan.

Las pequeñas palabras de tu compañía

se han arrastrado hasta su tumba,

el hilo de la compasión,

como una frambuesa querida,

los cuerpos entrelazados

cargando a nuestras dos hijas,

tu recuerdo vistiéndose

temprano,

toda la ropa limpia, separada y doblada,

tú sentándote en el borde de la cama

lustrando tus zapatos con un cepillo,

y yo te amaba entonces, eras tan sabio desde la ducha,

y te amé tantas otras veces

y he estado por meses

tratando de ahogarlo,

presionando,

para mantener su gigantesca lengua roja

por debajo, como un pez.

Pero a donde quiera que yo vaya están todos en llamas,

el róbalo, el pez dorado, sus ojos amurallados flotando

ardiendo entre plancton y algas marinas

como tantos otros soles azotando las olas,

y mi amor se queda amargamente brillando,

como un espasmo que se niega a dormir,

y estoy indefensa y sedienta y necesito una sombra

pero no hay nadie para cubrirme,

ni siquiera Dios.



miércoles, 14 de diciembre de 2016

Puedo cantar (por Ida Vitale)


Sigo esta partitura
de violentos latidos,
inaudible,
esta alocada médula
escandida por dentro,
canto sin música,
sin labios.
Canto.
Puedo cantar
en medio del más cauto,
atroz silencio.
Puedo, lo descubro,
en medio de mi estrépito,
parecer una callada playa
sin sonidos,
que atiende, suspensa,
el grito permitido de un pájaro
que llama a amor
al filo de la tarde.


martes, 13 de diciembre de 2016

Querer es un lugar (por Joan Margarit)



Sentado en un tren miro el paisaje

y de pronto, fugaz, pasa una viña

que es el relámpago de alguna verdad.

Sería un error bajar del tren

porque entonces la viña desaparecería.

Querer es un lugar, y siempre hay algo

que me lo revela: una azotea lejana,

aquel estrado vacío de un director de orquesta,

solo con una rosa, y los músicos tocando solos.

Tu habitación cuando se levantaba el día.

Por supuesto, el canto de aquellos pájaros

en el cementerio, una mañana de junio.

Querer es un lugar.

Perdura en el fondo de todo: de allí venimos.

Y es el lugar donde la vida va quedando.



lunes, 12 de diciembre de 2016

Ningún lenguaje (por Fernando Pessoa)


Si digo a veces que las flores sonríen

y si dijera que los ríos cantan

no es porque crea que hay risas en las flores

y cantos en el correr de los ríos…

Es porque así hago mejor sentir a los hombres falsos

la existencia verdaderamente real de las flores y los

ríos.

Porque escribo para que ellos me lean, me sacrifico a

veces

a la estupidez de los sentidos…

No estoy de acuerdo conmigo pero me absuelvo

porque sólo soy esa cosa seria, un intérprete de la

Naturaleza,

porque hay hombres que no perciben su lenguaje,

porque ella no es ningún lenguaje.



domingo, 11 de diciembre de 2016

Tus manos y la noche (por Antonio Gamoneda)



Yo sentía que la noche era dulce

como una leche silenciosa. Y grande.

Mucho más grande que mi vida.

Madre,

eran tus manos y la noche juntas.

Por eso aquella oscuridad me amaba.


No lo recuerdo pero está conmigo

donde yo existo más, en lo olvidado.




sábado, 10 de diciembre de 2016

Piano oscuro (por César Vallejo)



Este piano viaja para adentro,

viaja a saltos alegres.

Luego medita en ferrado reposo,

clavado con diez horizontes.


Adelanta. Arrástrase bajo túneles,

más allá, bajo túneles de dolor,

bajo vértebras que fugan naturalmente.


Otras veces van sus trompas,

lentas ansias amarillas de vivir,

van de eclipse,

y se espulgan pesadillas insectiles,

ya muertas para el trueno, heraldo de los génesis.


Piano oscuro ¿a quién atisbas

con tu sordera que me oye,

con tu mudez que me asorda?


Oh pulso misterioso.



viernes, 9 de diciembre de 2016

Nunca sabrán (por Wallace Stevens)


Los niños que recojan nuestros huesos

nunca sabrán que fueron algún día

ágiles como zorros en el monte;

y que en otoño, tiempo en que las viñas

afilan con su aroma un aire ya afilado,

fueron un ser, respiraban escarcha;

y menos intuirán que con los huesos

dejamos mucho más, como la forma

que aún conservan las cosas, al sentirlas

y al verlas. Nubes primaverales

flotan sobre la casa clausurada

más allá de la puerta y del ventoso

cielo que grita una culta desesperación.

Hace tiempo sabemos que el aspecto

de esa mansión y lo que de ello hablamos

se volvió parte de ella… Los niños,

mientras tejen aureolas de retoños,

hablarán nuestras frases sin saberlo,

dirán de esta mansión que parecía

que su habitante dejó tras marcharse

un espíritu enérgico y austero,

una casa sucia en un mundo reventado,

un jirón de sombra que blanquea

manchado con el oro del sol opulento.


jueves, 8 de diciembre de 2016

Una frontera (por Joaquín Giannuzzi)


Marcelo Mastroiani busca una mujer en la oscuridad.

Si se observa bien la escena, vemos

cómo ha sido planeado el máximo de angustia

en cada fragmento de sombra, pero ha respetado una frontera,

tras de la cual puede estallar el corazón.

Así que irrumpe la luz en una calle clamorosa.

Si se supone que hay vida en todo esto

me pregunto

qué están tratando de hacer con nuestras historias,

hurgando impunemente en las tripas, rescatando

desde una cuidadosa perspectiva

el esqueleto íntimo de la comedia humana, estirando

hasta una tensión insoportable

el simulacro de la imagen, agujas

para el ojo temporal.

Se asegura que el poder del misterio y la belleza corren por su cuenta

y que, de paso, son fieles al drama que anda por la tierra;

y nosotros, violados por una especie de abuso de confianza

jadeamos de este lado de la pantalla.



miércoles, 7 de diciembre de 2016

La muerte de los amantes (por Charles Baudelaire)


Tendremos camas de olores suaves,

y divanes tan profundos como tumbas,

y en los estantes flores extrañas abriéndose

para nosotros bajo cielos más puros.


Con su calor postrero y usándolo a porfía,

nuestros corazones serán dos grandes antorchas,

sus luces dobles se reflejarán

en nuestras dos almas, espejos gemelos.


Y en un atardecer de color rosa y azul místico

intercambiaremos un relámpago, uno tan sólo,

henchido de adioses, como un largo sollozo;


y luego, un Ángel, al entreabrir las puertas,

fiel y jubiloso acudirá a reavivar

los espejos turbios y las llamas muertas.


martes, 6 de diciembre de 2016

La aguja se detuvo (por Emily Dickinson)


La muerte da significado a cosas
en las que el ojo apenas se detuvo
a menos que un difunto
nos pida con ternura
que contemplemos sus pequeñas obras
al lápiz, o de lana,
«Fue lo último que hizo con sus dedos»
diligentes hasta el momento
en que el dedal pesaba demasiado
la aguja se detuvo —por sí misma—
y fueron colocados entre el polvo
en las estanterías del armario

Tengo un libro —que me entregó un amigo—
Con el lápiz —aquí y allá—
había señalado donde le apetecía
Descansan ya sus dedos
Y ahora no leo cuando leo
pues las intrusas lágrimas
destruyen los grabados
irreparablemente


lunes, 5 de diciembre de 2016

Luz de la tarde (por José Hierro)


Me da pena pensar que algún día querré ver de nuevo este espacio,
tornar a este instante.
Me da pena soñarme rompiendo mis alas
contra muros que se alzan e impiden que pueda volver a encontrarme.

Estas ramas en flor que palpitan y rompen alegres
la apariencia tranquila del aire,
esas hojas que mojan mis pies de crujiente hermosura,
el muchacho que guarda en su frente la luz de la tarde,
ese blanco pañuelo caído tal vez de unas manos,
cuando ya no esperaban que un beso de amor las rozase...

Me da pena mirar estas cosas, querer estas cosas, guardar estas cosas.
Me da pena soñarme volviendo a buscarlas, volviendo a buscarme,
poblando otra tarde como ésta de ramas que guarde en mi alma,
aprendiendo en mí mismo que un sueño no puede volver otra vez a soñarse.



domingo, 4 de diciembre de 2016

No la veré ya nunca (por Jacobo Cortines)


Los tejados, la torre, el castillo, la orilla

con vacas y caballos, eucaliptos y juncos.

El pantano celeste y al final la montaña,

de cumbres pedregosas con reflejos de plata.

Alcanzan los confines los ojos deseosos:

Villamartín al fondo, Puertollano a lo lejos,

y más cerca cortijos y alguna torre vieja,

todo envuelto en el oro de la tarde que cae.

Me ofreciste esta vista que alegraba tus días.

No la veré ya nunca, pues ha muerto contigo.

sábado, 3 de diciembre de 2016

En el cristal frío (por Joan Margarit)


Ha apoyado la frente en el cristal
frío, empañado, con trasluz de invierno.
Escribe el nombre de ella y, a través
de las líneas que traza con el dedo,
la ha visto en un paraje solitario
con el mar y las rocas en la noche.
Al fondo, las estrellas: de pronto, las gaviotas
alzan el vuelo como un resplandor
al paso de un falucho. Se ha engañado:
detrás de la ventana hay una calle
que el alba hace más triste, sin un alma,
con coches aparcados.
Tras las líneas comienza a amanecer:
el sol naciente borrará ese nombre
en la escarcha rosada del cristal.


viernes, 2 de diciembre de 2016

Sobreviviente (por Cristina Peri Rossi)


Y ahora se inicia
la pequeña vida
del sobreviviente de la catástrofe del amor:

Hola, perros pequeños,
hola, vagabundos,
hola, autobuses y transeúntes.

Soy una niña de pecho
acabo de nacer
del terrible parto del amor.

Ya no amo.

Ahora puedo ejercer en el mundo
inscribirme en él
soy una pieza más del engranaje.

Ya no estoy loca.


jueves, 1 de diciembre de 2016

El infinito (por Giacomo Leopardi)


Siempre amé esta colina solitaria,
y esta espesura que me oculta en parte
esa línea final del horizonte.
Pero, mirando a lo lejos, imagino,
más allá de estas frondas,
espacios insondables, sobrehumanos silencios,
y una quietud tan honda
que calma y estremece.
Y al oír, dentro de este silencio infinito,
el susurro del viento entre las plantas,
pienso en la eternidad y en los tiempos que han muerto,
y en el presente vivo, que hoy me deja su música.
Y en esta inmensidad se abisma el pensamiento,
y naufragar en este mar me es dulce.


miércoles, 30 de noviembre de 2016

La piedra (por Herbert Zbigniew)


La piedra es una criatura
perfecta
igual a sí misma
cuidadosa de sus fronteras

repleta con exactitud
de un sentido pétreo

de un aroma que no trae ningún recuerdo
nada espanta, no despierta deseos

su entusiasmo y frigidez
son razonables y llenos de dignidad

siento un reproche pesado
cuando la levanto
y su cuerpo noble
traspasa mi falso calor

Las piedras no se dejan domesticar
nos observarán hasta el fin
con ojos sosegados, clarísimos


martes, 29 de noviembre de 2016

Extraviados (por Leónidas Lamborghini)


Como el que un día
leyendo el diario
se sorprende
en la sección Extraviados

y quién soy
y dónde estoy se pregunta.

Como el que ve esa foto
de su rostro
allí
y reconoce su rostro
pero no se identifica

y quién soy
y dónde estoy se pregunta.

Como el que lee
sus datos de identidad
allí
debajo de la foto
de su rostro
y se identifica
pero no se reconoce

y quién soy
y dónde estoy se pregunta.

Como el que intenta
hacer memoria
y toca su cuerpo y se dice
soy éste, estoy aquí
y comienza a buscarse
y no se encuentra

como ese
como ese

y quién soy
y dónde estoy se pregunta.




lunes, 28 de noviembre de 2016

Mi vida así (por Claudio Rodríguez)


La encina, que conserva más un rayo
de sol que todo un mes de primavera,
no siente lo espontáneo de su sombra,
la sencillez del crecimiento; apenas
si conoce el terreno en que ha brotado.

Con ese viento que en sus ramas deja
lo que no tiene música, imagina
para sus sueños una gran meseta.

Y con qué rapidez se identifica
con el paisaje, con el alma entera
de su frondosidad y de mí mismo.
Llegaría hasta el cielo si no fuera
porque aún su sazón es la del árbol.

Días habrá en que llegue. Escucha mientras
el ruido de los vuelos de las aves,
el tenue del pardillo, el de ala plena
de la avutarda, vigilante y claro.

Así estoy yo. Qué encina, de madera
más oscura quizá que la del roble,
levanta mi alegría, tan intensa
unos momentos antes del crepúsculo
y tan doblada ahora. Como avena
que se siembra a voleo y que no importa
que caiga aquí o allí si cae en tierra,
va el contenido ardor del pensamiento
filtrándose en las cosas, entreabriéndolas,
para dejar su resplandor y luego
darle una nueva claridad en ellas.

Y es cierto, pues la encina ¿qué sabría
de la muerte sin mí? ¿Y acaso es cierta
su intimidad, su instinto, lo espontáneo
de su sombra más fiel que nadie? ¿Es cierta
mi vida así, en sus persistentes hojas
a medio descifrar la primavera?



domingo, 27 de noviembre de 2016

Pero al alba siguiente posponía el viaje (por Marco Antonio Campos)


Era agosto. Era 1988.
Yo veía desde lejos, como si estuviera
en cubierta, la línea verde, la línea larga
verde y sinuosa de la isla de Ítaca.
Oía el silbido de las embarcaciones
a punto de partir.

Bajo el sol en fuego de las cuatro de la tarde
a diario subía la colina para contemplar Ítaca
y oía los versos de los líricos arcaicos en el murmullo
de plata de los olivos. E imaginaba Ítaca.

En los caseríos de la isla miraba a las ancianas
tejer asiduas a la hora del atardecer y a los viejos
hablar como sólo lo hace el rumor de las olas.
Oía pláticas de los ancianos (que me sonaban
pero no entendía) frente a puertas y ventanas
de pequeñas casas albas que fulguraban más
con la fulguración del sol. E imaginaba Ítaca.

Con dos barcelonesas en las noches
cenaba cordero y ensalada,
mal gustaba del vino de resina, y decía que sí,
con seguridad decía que al día siguiente
me embarcaría hacia Ítaca: me esperaba el barco
en el que iría a la isla que era el final de la navegación.
La isla donde pensaba llegar. La isla
donde siempre pensé llegar.
Pero al alba siguiente posponía el viaje
para el alba siguiente y al alba siguiente
para el otro día. Mientras tanto,
subía a diario las colinas, visitaba en el bus
precipitados pueblos, saludaba
de mañana a los recién llegados,
los despedía al partir, y miraba
de tarde desde la colina
la costa esmeralda y ligeramente sinuosa
de la isla de Ítaca.

sábado, 26 de noviembre de 2016

Cómo llegar a ti (por Gibran Jalil Gibran)


He aquí el amanecer, levántate y vámonos
de unas moradas en las que no tenemos
un solo amigo. ¿Qué pueden esperar
unas plantas cuya flor es distinta
de cualquier rosa o amapola,
y el corazón reciente armonizar en canto
con corazones que no guardan
sino trastos viejos?
He aquí la mañana, nos llama, escúchala.
¡Ven! Sigamos sus pasos, baste ya de la tarde
y su pretensión de que la luz de la mañana
es uno de sus prodigios.


Hemos pasado la vida en un valle
entre cuyas laderas fluyen
los espectros de las preocupaciones.
Contemplamos el desaliento volando en bandadas
sobre su superficie, como buitres o búhos.
Hemos apurado la enfermedad del agua de los charcos
y hemos comido el veneno de las viñas inmaduras.
Hemos vestido los hábitos de la paciencia, pero ardieron
y nos despertamos arrebujados en cenizas.
Los extendimos a guisa de almohada, y se tornaron
—cuando nos dormimos— paja seca y astrágalos.


¡Oh país velado desde siempre!
¿Cómo llegar a ti? ¿Por qué camino?
¿Qué tierra baldía te separa? ¿Qué montaña
es tu alta muralla? ¿Quién nos guiará hasta allí?
¿Eres un espejismo? ¿O eres la esperanza
de las almas que anhelan lo imposible?
¿Eres un sueño que se abre paso en los corazones
y que, al despertar éstos, se da a la fuga?
¿O nubes viajeras que mueren en el sol poniente
antes de ahogarse en el océano de las tinieblas?
¡Oh país de la mente, cuna genuina, donde
adoraron a la verdad y rezaron a la belleza!
No fuimos en tu busca en cabalgata
ni a bordo de veleros, a caballo
o en basto de camellos.
No estás en oriente ni en occidente
ni al sur de la tierra ni hacia el norte.
No estás en el aire ni bajo los mares.
No estás en la llanura ni en lo más impenetrable.
Estás en el alma, luces y fuego,
estás en mi pecho, corazón estremecido.



viernes, 25 de noviembre de 2016

Amor (por Antonio Gamoneda)



Mi manera de amarte es sencilla:

te aprieto a mí

como si hubiera un poco de justicia en mi corazón

y yo te la pudiese dar con el cuerpo.


Cuando revuelvo tus cabellos

algo hermoso se forma entre mis manos.


Y casi no sé más. Yo sólo aspiro

a estar contigo en paz y a estar en paz

con un deber desconocido

que a veces pesa también en mi corazón.


jueves, 24 de noviembre de 2016

Gracias (por Antonia Taleti)


Del amor desconocido
me gustan las maneras
a qué budacristoalá
o como lo llamen
dar las gracias por
el árbol florecido
el solcito detrás del vidrio
el abrazo del compañero
la cerveza compartida.


miércoles, 23 de noviembre de 2016

En tu secreto momento (por Edgar Allan Poe)



I

Tu alma se encontrará sola

entre oscuros pensamientos de lápida gris

Ni uno solo, de la multitud, que curiosee

en tu secreto momento.


II

Sé silencioso en esta soledad

que no es aislamiento –porque entonces

los espíritus de los muertos que estuvieron

en vida ante ti, están de vuelta

al morir, sobre tu cuerpo– y su voluntad

te hará sombra: quédate quieto.


III

La noche, aunque clara, fruncirá el ceño

y las estrellas no mirarán hacia abajo

desde sus excelsos tronos en el cielo,

con la luz como esperanza dada a los mortales.

Pero sus rojas auras sin haz

serán como tu cansancio,

como un incendio y una fiebre

que se abrazará a ti para siempre.

IV

Ahora son pensamientos que no has de desterrar

ahora son visiones que nunca desaparecen;

por tu espíritu nunca más

pasarán, como el rocío descienden desde la hierba.


V

La brisa –el soplo de Dios– aún está

y la niebla sobre la colina,

oscura –tenebrosa– todavía intacta

es un símbolo y una señal.

¡Cómo pende ante los árboles

un misterio de misterios!


martes, 22 de noviembre de 2016

Cuándo empezaron a morir (por José Barroeta)


Todos han muerto.
La última vez que visité el pueblo
Eglé me consolaba
y estaba segura, como yo,
de que habían muerto todos.

Me acostumbré a la idea de saberlos callados
bajo la tierra.
Al comienzo me pareció duro entender
que mi abuela no trae canastos de higo
y se aburre debajo del mármol.

En el invierno
me tocaba visitar con los demás muchachos
el bosque ruinoso,
sacar pequeños peces del río
y tomar, escuchando, un buen trago.

No recuerdo con exactitud
cuándo empezaron a morir.
Asistía a las ceremonias y me gustaba
colocar flores en la tierra recién removida.

Todos han muerto.
La última vez que visité el pueblo
Eglé me esperaba
dijo que tenía ojeras de abandonado
y le sonreía con la beatitud de quien asiste
a un pueblo donde la muerte va llevándose todo.

Hace ya tiempo que no voy al poblado.
No sé si Eglé siguió la tradición de morir
o aún espera.



lunes, 21 de noviembre de 2016

Nunca ha sido tan tarde (por Roque Dalton)



Finaliza septiembre. Es hora de decirte

lo difícil que ha sido no morir.


Por ejemplo, esta tarde

tengo en las manos grises

libros hermosos que no entiendo,

no podría cantar aunque ha cesado ya la lluvia

y me cae sin motivo el recuerdo

del primer perro a quien amé cuando niño.


Desde ayer que te fuiste

hay humedad y frío hasta en la música.

Cuando yo muera,

sólo recordarán mi júbilo matutino y palpable,

mi bandera sin derecho a cansarse,

la concreta verdad que repartí desde el fuego,

el puño que hice unánime

con el clamor de piedra que exigió la esperanza.


Hace frío sin ti. Cuando yo muera,

cuando yo muera

dirán con buenas intenciones que no supe llorar.

Ahora llueve de nuevo.

Nunca ha sido tan tarde a las siete menos cuarto

como hoy.


Siento deseos de reír

o de matarme.


domingo, 20 de noviembre de 2016

Ahogarse o emerger (por Michael Ondaatje)



Los tres troncos
del nogal

los patos ceremoniales
que pasan por debajo del cerco
y se deslizan en el jardín

Manzano casa blanca y azul
sé que esto es hermoso

Hoy quería escribir
acerca de cosas pequeñas
que podían hacerme desistir
de mis deseos

Las líneas que leí
acerca de 'cobardía' y 'lealtad'
no sé si esto es ahogarse
o emerger en busca de aire

Por la noche
te doy mi mano
como un cadáver
fuera del agua



sábado, 19 de noviembre de 2016

Otro jardín (por Susana Benet)



No era el jardín, tampoco las cornejas

cansadas de volar,

picoteando en la hierba, ajenas

a la muda insistencia de mis ojos.


Ni era la bruma

detenida en el aire

ni el fuego del otoño deshojándose

con su último fulgor

sobre la tarde en calma.


No era eso todo.

Había otra belleza más allá

de la simple mirada:

un gran silencio,

una luz nueva, algo remoto

vertiéndose hacia dentro,

abriendo otro jardín desconocido

tras los muros del corazón.


viernes, 18 de noviembre de 2016

Y me dejaron un extraño frío (por Antonio Gamoneda)


En vivo y en silencio. Atormentado,

a Dios me lo sacaron por los ojos.

Lo tenía la sangre con cerrojos,

sumergido en amor: Dios maniatado.


Ahora miro en mí por si han dejado

aunque no sea más que unos despojos:

el eco de una voz, los muros rojos,

el ámbito interior de un desollado.


Lo sacaron con luz; una mirada

fundió mi dulce condición de ciego

y me dejaron un extraño frío.


¡Cuánta luz, cuánto hielo, cuánta nada!

Ahora, donde Dios era de fuego,

donde hablaba el dolor, llora el vacío.



jueves, 17 de noviembre de 2016

Tu coraje se mostrará en pequeñeces (por Anne Sexton)


Es en las pequeñas cosas donde lo vemos.

El primer paso del niño,

tan imponente como un terremoto.

La primera vez que vas en bicicleta,

tambaleándote por la acera.

La primera paliza cuando tu corazón

fue de viaje todo solo.

Cuando te llamaron llorón

o pobre o gordo o loco

y te hicieron un extraño,

cuando bebiste su veneno

y lo ocultaste.


Más tarde,

cuando miraste a la muerte de bombas y balas

no lo hiciste con una bandera

lo hiciste sólo con un sombrero, para

cubrir tu corazón.


No has acariciado la debilidad en ti

a pesar de que estaba allí.


Tu coraje fue un pequeño carbón

que has seguido tragándote. 


Si te ha salvado tu compañero

y murió haciéndolo

entonces su coraje no fue coraje,

fue amor; amor tan simple como jabón de afeitar.


Más tarde,

si has soportado una gran desesperación,

lo hiciste solo,

en tus venas corría el fuego,

quitándote la costra de tu corazón,

estrujándolo como un calcetín.


Después,

hermano mío, has espolvoreado tu pena,

la has dado un masaje de espaldas,

la has tapado con una manta,

y cuando ha dormido un rato

despertó a las alas de las rosas

y estaba transformada.


Después

cuando llegues a la vejez y a su conclusión natural

tu coraje se mostrará en pequeñeces,

cada primavera será una espada que afiles,

aquellos que ames vivirán en una fiebre de amor,

y tú regatearás con el calendario

y en el último momento

cuando la muerte abra la puerta trasera

te pondrás tus pantuflas de felpa

y te irás.


miércoles, 16 de noviembre de 2016

Pues esto es lo que hacemos (por Alejandra Pizarnik)


¿Y si nos vamos anticipando

de sonrisa en sonrisa

hasta la última esperanza?


¿Y qué?

¿Y qué me das a mí,

a mí que he perdido mi nombre,

el nombre que me era dulce sustancia

en épocas remotas, cuando yo no era yo

sino una niña engañada por su sangre?


¿A qué, a qué

este deshacerme, este desangrarme,

este desplumarme, este desequilibrarme

si mi realidad retrocede

como empujada por una ametralladora

y de pronto se lanza a correr,

aunque igual la alcanzan,

hasta que cae a mis pies como un ave muerta?

Quisiera hablar de la vida.

Pues esto es la vida,

este aullido, este clavarse las uñas

en el pecho, este arrancarse

la cabellera a puñados, este escupirse

a los propios ojos, sólo por decir,

sólo por ver si se puede decir:

“¿es que yo soy? ¿verdad que sí ?

¿no es verdad que yo existo

y no soy la pesadilla de una bestia?”.


Y con las manos embarradas

golpeamos a las puertas del amor.

Y con la conciencia cubierta

de sucios y hermosos velos,

pedimos por Dios.

Y con las sienes restallantes

de imbécil soberbia

tomamos de la cintura a la vida

y pateamos de soslayo a la muerte.


Pues esto es lo que hacemos.

Nos anticipamos de sonrisa en sonrisa

hasta la última esperanza.

martes, 15 de noviembre de 2016

Cómo pudo acumularse (por Beatriz Vignoli)


Apagué los motores
y anduve a la deriva
¿cuántos años anduve
a la deriva, el motor apagado, ni
impulso ni gobierno, sin dirección?

Me recuerdo leyendo neones
a la vera de avenidas
desiertas. ¿Cómo pudo
nevarme encima todo este cansancio?
¿Cómo pudo acumularse, quedar ahí toda la vida?

Sacudo la cabeza como un pino. La nieve
no se va.


lunes, 14 de noviembre de 2016

Límites para decir (por Robert Haas)


El álamo centellea al viento

y eso nos deleita.


Las hojas danzan, giran sobre sí mismas,

porque ese movimiento en el calor de agosto

protege sus células y no se secan. Del mismo modo la hoja

del chopo.


De la reserva genética se elevó un tronco tembloroso

y el árbol bailó. No.

El árbol movió su cabeza.

No. Hay límites para decir,

con el lenguaje, lo que el árbol hizo.


Es bueno a veces para la poesía sentirnos decepcionados.


Danza conmigo, bailarín. Oh, lo deseo.


El álamo hace algo en el viento.



domingo, 13 de noviembre de 2016

Te encuentro mi madre (por Roberto Juarroz)


Ahora tan sólo,
en este pobre rostro en que te caes,
he visto el rostro de la niña que fuiste
y te he sentido varias veces mi madre.
Me he sentido el hijo de tus juegos,
del mundo que creabas y esperabas
como un tibio regalo de cumpleaños.
Y también de los sueños que nunca confesaste
para que nadie más sufriera por ellos.

Me he sentido el hijo de tus primeros gestos de mujer,
ésos que también hubieras querido ocultar y hasta ocultarte,
para abreviar en el mundo la irrealidad del asombro.

Me he sentido el hijo
de los movimientos que me preparaban
como a un antepasado de la muerte,
dibujo obsesionado
por la inserción de sus escamas.

Y te he sentido luego
la circunferencia de mi trébol pasmado,
el ángulo del compás que se abría,
el mapa de mis fiebres confundidas con viajes,
la caracola de mis ecos de hombre.

Y te he sentido aún más,
te he sentido llegar a ser dos veces mi madre
para que yo pudiera dejar de sentirte
y saltar hacia tu dios o hacia mis manos,
que tal vez no sean mías ni de nadie.


Y ahora, al remontar mi salto,
para saltar de nuevo
o quizá para aprender a andarlo paso a paso,
te reencuentro o te encuentro mi madre,
aunque ya lo seas sólo tuya.

He demorado mucho,
he demorado todas las mujeres
y también todos los hombres,
he demorado el tiempo interminablemente largo
de la vida interminablemente breve,
para llegar a ser varias veces tu hijo.



sábado, 12 de noviembre de 2016

La lluvia sonaba (por Fernando Pessoa)


Toda la noche, y durante horas, el chirriar de la lluvia ha bajado. Toda la noche, conmigo entredespierto, la monotonía fría me ha insistido en los cristales.

Ora un jirón de viento, en un aire más alto, azotaba, y el agua ondeaba en sonido y pasaba unas manos rápidas por la ventana; ora con un sonido sordo sólo hacía sueño en el exterior muerto. Mi alma era la misma de siempre, entre sábanas como entre gentes, dolorosamente consciente del mundo. Tardaba el día como la felicidad: a aquella hora parecía que también indefinidamente.

¡Si el día y la felicidad no llegasen nunca! Si esperar, cuando menos, pudiera ni siquiera tener la desilusión de conseguir...

El ruido casual de un carro tardío, saltando áspero sobre las piedras, crecía desde el fondo de la calle, hacia el fondo del vago sueño que yo no conseguía del todo.

Batía, de cuando en cuando, una puerta de la escalera. A veces había un chapotear líquido de pasos, un rozar por sí mismas de ropas mojadas. Una u otra vez, cuando los pasos eran más, sonaba alto y atacaban. Después, el silencio volvía, con los pasos que se apagaban, y la lluvia continuaba innumerablemente.

En las paredes oscuramente visibles de mi cuarto, si abría yo los ojos del sueño falso, flotaban fragmentos de sueños por hacerse, vagas luces, trazos oscuros, cosas de nada que trepaban y bajaban. Los muebles, mayores que de día, manchaban vagamente el absurdo de la tiniebla. La puerta era indicada por algo ni más blanco ni más negro que la noche, pero diferente. En cuanto a la ventana, yo sólo la oía.

Nueva, fluida, variable, la lluvia sonaba. Los momentos se retrasaban ante su sonido. La soledad de mi alma se ensanchaba, se arrastraba, invadía lo que yo sentía, lo que yo quería, lo que yo no iba a soñar. Los objetos vagos, participantes, en la sombra, de mi insomnio, pasaban a tener lugar y dolor en mi desolación.



viernes, 11 de noviembre de 2016

Una cabaña al oeste (por Su Xiaoxiao)


dentro

I

cae la noche y

ALGUIEN

viene me guarda dentro de una habitación sombría
dentro de un sótano o de un horno dentro de una cabina telefónica
donde estoy marcando números al azar
dentro de una hora dentro de una caja de un armario
de una jaulita oxidada dentro

II

ahora estoy dentro de una cabaña al oeste
con la cara vendada y tendida encima de una mesa
puedo oír en la punta de la lengua la nieve que cae fuera
la humedad me quema la nariz
espero

intento a todas horas salir saber qué pasó allí no pude
ver nada pero me lamía a veces la luz
de una bombilla parpadeando sobre



a veces ALGUIEN murmuraba palabras
anestesia amor hasta la náusea sudor de pájaro
patitas rotas asco y
radiaciones estaba flotando en la piscina
por dentro escucho cómo lentamente crecen las plantas carnívoras
en mis entrañas
los musgos poblándome milenios enteros
he perdido los ojos
imagino la insoportable extensión del techo casi puedo verla como
una silenciosa meseta sobre



seguramente surcada por una
GRIETA
finísima y cada vez más larga como el llanto de un bebé
dentro de una diminuta caja de cerillas
esa misma oscuridad en fuga

a veces escucho risas cristales rasgándose susurros desquiciados

dentro

fuera
las húmedas casas alineadas comen
niebla a orillas del río
por las calles la fría lengua del agua
humedece la noche el cuerpo
cansado de la niña de viento reposa

dentro
en la casa sombría respira
se llena y se vacía de sal aguarda

con los huesos abiertos

se le crispa el gesto en la penumbra su piel
como un pañuelo de seda finísima
arrugada por la angustia
aún desde su sangre crece la hierba y
los insectos parpadean como luces de colores

fuera hay un entramado de calles maltrechas escaleras
cada vez más altas subiendo
en el nudo de las horas la madrugada hasta alcanzar
esa zona de aire enrarecido
ese minuto de silencio endureciéndose y los labios de la niña
cada vez más fríos
el olor verde azulado del agua desde sus brazos
ondea
va reflejándose por la hilera de casas
también en las pupilas heridas en ese imperceptible

no

hojita tierna estremeciéndose
de ruegos
se le adelgaza la voz hasta la hebra del miedo
sus cabellos lo desbordan como una
planta oscura

de pronto los ojos abiertos el tirón de los huesos
al erguirse
camina sobre los vidrios
una ráfaga de viento abre la puerta

la niña sale a los cañaverales

lugares por donde pasé

1

las calles cercanas a la desembocadura, construidas entre la vegetación que rodea al río, es decir, puedes sentir al fondo la humedad la tierra fangosa, es como cuando uno participa en determinado tipo de conversaciones y siente el suelo ablandándose bajo las pies, esa precisa forma del desmoronamiento, y el calor fundiendo estructuras bajo la frente, así era caminar por esas calles blancas, relucientes de pobreza, los vestidos coloridos y el denso mapa de arrugas complicando el sistema surface-trous
nada se mueve allí salvo las salamandras, al cabo de un rato no consigo dominar las piernas y el sol se deshace como un alcohol espeso,
allí era imposible pronunciar determinadas palabras, el tono de la voz se hacía quedo, al despertar todo se reducía a un polvillo amarillento, persistente como un dolor de cabeza

2

después estaba el puerto, con sus sucias aguas estancadas, cerca de la fábrica de hielo, allí los hombres con bocas roídas por la sal cantaban a media voz en otras lenguas, o no, eran sólo palabras troceadas, frases descolgadas, como aquella vez el encuentro furtivo entre los barcos, la arena quemando y enseguida las algas mojadas nos entraban en los pulmones, todo lo que no alcanzábamos casi parecía estar al lado
cuando el mar va ganando terreno por dentro apenas hay dónde agarrarse, dijo, o algo así, sólo cambiar al ciclo de las mareas, su movimiento incesante llevando y trayendo lo poco que uno ha conseguido reunir sobre sí: caracolas resquebrajadas, el caparazón de un cangrejo, la débil raspa de un pez transparente
no encontré lo que fuera que buscaba, me fui de nuevo, los rumbos son producto del azar
los regresos, tristes accidentes

3

junto a los cañaverales, ya he hablado tanto sin éxito, allí la pequeña bestia gruñendo, nutriéndose de insectos, el pelo más que sucio de hierbas, plumas, apenas se le ve la cara, su voz gorgoteando sobre el cuadrante lunar y la esforzada conjunción arriba lo que mira largo rato en desconcierto después de haber acechado horas y horas o de haber huido sobre todo por el cariz descontrolado que toman los acontecimientos que suceden en Dentro/Fuera, eso que no se explica y se parece a un nudo hecho con rabia siempre en el mismo sitio, eclosiones, ranas, lagartijas, escolopendras, sucesión frenética de muerte y nacimiento
qué quedó de ella, qué encontraron, un montoncito de cáscaras acumuladas, su nido hecho con juncos en medio del cieno, piedras brillantes que a veces recogía, despojos, no tenía nada, carecía incluso del tramposo don de la palabra


sólo me rompo


jueves, 10 de noviembre de 2016

La piedra que cae (por Olaf Bull)


Yo estaba en la más extrema eternidad,
detrás del incendio del horizonte visible.
Entonces ocurrió que alguien avanzó hacia mí
sobre el borde de una estrella desconocida.

Alguien que se inclinaba hacia delante y sonreía
detrás de un velo que le envolvía la cabeza
y sostenía una piedra en una de sus garras
y susurraba fría y suavemente:

«Dejo caer una piedra en la órbita del cielo,
la piedra dorada, que ahora te muestro;
al instante siguiente ha desaparecido;
ya nunca más cesará de caer.

¿Entiendes, miserable, lo que hago?
Suelto una piedra cayente en tu alma;
siembro en tu ser desasosiego,
una inquietud que nunca morirá.

Dondequiera que te quemes en la morada de la luz,
en amor de mujeres, entre arbustos de blanco primaveral,
la piedra que al mismo tiempo cae, cae
en las tinieblas del destino, tienes que recordarla».

Y la imagen se rompió, y yo me hundí,
me hundí en mi cama —me desperté sudando;
en olas de gélido rocío de estrellas
latía mi corazón, golpe a golpe—
Pero el sueño siguió en la noche de mi corazón.
Desde la juventud a la edad madura
trató en vano mi alma de coger
la piedra que cae incesantemente.


miércoles, 9 de noviembre de 2016

La ventana (por Vicente Aleixandre)


Cuánta tristeza en una hoja del otoño,

dudosa siempre en último extremo si presentarse como cuchillo.

Cuánta vacilación en el color de los ojos

antes de quedar frío como una gota amarilla.


Tu tristeza, minutos antes de morirte,

sólo comparable con la lentitud de una rosa cuando acaba,

esa sed con espinas que suplica a lo que no puede,

gesto de un cuello, dulce carne que tiembla.


Eras hermosa como la dificultad de respirar en un cuarto cerrado.

Transparente como la repugnancia a un sol ubérrimo,

tibia como ese suelo donde nadie ha pisado,

lenta como el cansancio que rinde al aire quieto.


Tu mano, bajo la cual se veían las cosas,

cristal finísimo que no acarició nunca otra mano,

flor o vidrio que, nunca deshojado,

era verde al reflejo de una luna de hierro.


Tu carne, en que la sangre detenida apenas consentía

una triste burbuja rompiendo entre los dientes,

como la débil palabra que casi ya es redonda

detenida en la lengua dulcemente de noche.


Tu sangre, en que ese limo donde no entra la luz

es como el beso falso de unos polvos o un talco,

un rostro en que destella tenuemente la muerte,

beso dulce que da una cera enfriada.


Oh tú, amoroso poniente que te despides como

dos brazos largos

cuando por una ventana ahora abierta a ese frío

una fresca mariposa penetra,

alas, nombre o dolor, pena contra la vida

que se marcha volando con el último rayo.


Oh tú, calor, rubí o ardiente pluma,

pájaros encendidos que son nuncio de la noche,

plumaje con forma de corazón colorado

que en lo negro se extiende como dos alas grandes.


Barcos lejanos, silbo amoroso, velas que no suenan,

silencio como mano que acaricia lo quieto,

beso inmenso del mundo como una boca sola,

como dos bocas fijas que nunca se separan.


¡Oh verdad, oh morir una noche de otoño,

cuerpo largo que viaja hacia la luz del fondo,

agua dulce que sostienes un cuerpo concedido,

verde o frío palor (*) que vistes un desnudo!

...

(*) palor = palidez