zUmO dE pOeSíA

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de todos los colores, de todos los sabores

ALEATORIUM: Saca un poema de nuestro almacén

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lunes, 18 de noviembre de 2019

En lo profundo de una brusca guitarra (por Jorge Luis Borges)


He mirado la Pampa
desde el traspatio de una casa de Buenos Aires.

Cuando entré no la vi.

Estaba acurrucada
en lo profundo de una brusca guitarra.

Sólo se desmelenó
al entreverar la diestra las cuerdas.

No sé lo que azuzaban;
a lo mejor fue un aire del Norte
pero yo vi la Pampa.

Vi muchas brazadas de cielo
sobre un manojito de pasto.

Vi una loma que arrinconan
quietas distancias
mientras leguas y leguas
caen desde lo alto.

Vi el campo donde cabe
Dios sin haber de inclinarse,
vi el único lugar de la tierra
donde puede caminar Dios a sus anchas.

Vi la Pampa cansada
que antes horrorizaban los malones
y hoy apaciguan en quietud maciza las parvas.

De un tirón vi todo eso
mientras se desesperaban las cuerdas
en un compás tan zarandeado como éste.

(La vi también a ella,
cuyo recuerdo aguarda en toda música).

Hasta que en brusco cataclismo
se apagó la guitarra apasionada
y me cercó el silencio

y hurañamente tornó el vivir a estancarse.


domingo, 17 de noviembre de 2019

La hora última (por Sharon Olds)


En medio de la noche, me hice una cama
en el suelo, alineándola fielmente a mi madre,
la cabecera hacia las colinas, los pies hacia la Bahía donde
los pájaros vadean para buscar moluscos —me acosté,
y el primer cascabel de la muerte sonó
con su autoridad de desierto. Ella tenía ese aspecto de
niño cantor en un ventarrón,
pero su cara se había vuelto más material,
como si los tejidos, almacenados con su vida,
estuvieran siendo reemplazados desde algún suministro general
de jaleas y resinas. Su cuerpo la respiraba,
crujidos y chasquidos de mucosidad, y después
ella no respiraba. A veces parecía
que no era mi madre, como si hubiera sido sustituida
por un ser más adecuado a esa tarea,
una criatura más simple y más calma, y sin embargo
saturada del anhelo de mi madre.
La palma de mi mano le rodeaba la coronilla
donde latía su corazón feroz, la otra mano sobre su
hombro pequeño, me mantuve a la par de ella,
y entonces empezó a apresurarse,
a adelantarse, después se quedó quieta y su
lengua, manchada con motas de maná,
se levantó, y un jadeo se formó en su boca,
como si lo hubieran forzado a entrar, después la calma.
Después otro suspiro, como de alivio, y después
la paz. Esto siguió durante un rato, como si estuviera
expresando, sin prisa,
sus sentimientos sobre este lugar, su tierna
y apesadumbrada conclusión, y después, contra
la palma de mi mano puesta en su cabeza, el regalo de no
sufrir, ningún latido;
por momentos, sus labios parecían curvarse—
y después sentí que ella no estaba ahí,
sentí como si ella siempre hubiera querido
escaparse y ahora se hubiera escapado.
Entonces se convirtió,
despacio, en una cosa de hueso,
que marcaba el lugar donde ella había estado.


sábado, 16 de noviembre de 2019

Cuatro pinturas (por Kiri Piahana-Wong)



Por la mañana

la luz toca las paredes

como una pintura

el sol matinal cae en finas pinceladas

el cabello de ella es un enredo oscuro

la cara de él se empaña con sueño


Pintura #1: Cómo ella se enamoró de él


En esta pintura, ella usa

el vestido rojo con que le gusta dormir

y éste ha caído hasta su cintura


Él está desnudo

sus brazos se curvan rodeándola

su boca se presiona contra el cuello

en el lugar donde a ella le gusta

que él la bese


Pintura #2: Su primera pelea

En esta pintura, ella está sentada

afuera de un bar

con un vestido negro de encaje.

Tras ella, la noche es un sólido bloque

de oscuridad.


Él está sentado a su lado con

una camisa verde pálido, el cabello

despeinado, de espaldas, inclinado

ligeramente hacia ella.


Los coches vierten el pasado con golpes

de luces brillantes.


Pintura #3: Lo que haya dicho, no lo dije en serio


En esta pintura él permanece solo

en una playa vacía.


El cielo se extiende a lo lejos en un resplandor.


Pintura #4: La reunión


En la pintura anterior él está

mirando hacia un camino


Ella usa un vestido lila con dorado

y el cabello echado hacia atrás

lejos de su rostro.


Empieza a atardecer. Sobre ella

el cielo dorado, abierto

y vacío.


viernes, 15 de noviembre de 2019

Abres la puerta, salgo, cierras (por Paloma Palao)


Son importantes tantas cosas
-madre-. El olor
de naftalina, los baúles
en los que vamos destripando
sueños, años pasados
bajo la misma sombra. Sin embargo,
preparo con prisa mis maletas, vacío
los cajones rencorosa
de una alegría que no pudiste
darme, y es todo tuyo
-madre-. Las maderas
que rechinan vengativas, los cuadros
de dudosa
firma, las bandejas de plata que transportaron
turrones navidades
pasadas y nunca perseguidas.
Hago el inventario
-cruel siempre- que me anuncia
tu presente
concepción de silencios. Hago
y olvido, varias
docenas
de bordadas enaguas y colchas
con mi nombre. Las mantas
-madre- quedan con su olor a naftalina
enmohecida, quedan
los pares de zapatos viejos, mi primer
par de medias, el bolso
que estrené una mañana, cuando tuve
que esconder mi pañuelo
demasiado grande para una sola
lágrima. Mi estatura
se parte -frente a ti- y solo
queda un murmullo
de alas vencidas por la vida. Me olvido
de las cosas importantes. Del vaso
de mis fiebres, de las horas
pasadas sobre mí como en la muerte. Me llevo
todo -madre-. Hasta esa lágrima
dormida entre mis ojos. Dejo
a cambio el inventario -firmado y rubricado-
de mis sueños. Abres la puerta, salgo,
cierras. Vuelves
por el largo pasillo de la casa. Enderezas
ese cuadro
torcido, que yo moví al pasar, y quizá
pienses en pintar las paredes
de mi cuarto, en cambiar las cortinas,
en recoger pisadas que aún
nos viven,
que nos pueblan de adioses
presurosos, como alargados trenes
que no paran. Que no te importe
nada, madre, madre. Que no te importe
la sangre -madre mía- que en río
de silencios nos separa. Que no te importen
las llaves que perdiste
para impedir mi marcha.


jueves, 14 de noviembre de 2019

Y pensé en todas las campanas (por H.P. Lovecraft)


Año a año había oído el débil, distante
tañido de las campanas en el negro viento de medianoche;
cuyas notas no repicaban desde ningún campanario,
sino pareciendo flotar desde un raro vacío.

Escudriñé mis sueños y recuerdos buscando una clave,
y pensé en todas las campanas que me trajeron visiones
de la tranquila Innsmouth, donde las blancas gaviotas
se demoraban alrededor de un viejo chapitel que una vez vi.

Oí, perplejo, derramarse aquellas notas lejanas,
hasta una noche de marzo, en que una lluvia fría y desapacible
me indicó que las siguiera por entre las puertas del recuerdo,
hacia torres antiguas donde los locos badajos tañían.


Y tañeron, pero desde las corrientes sin sol que se esparcían
por valles sumergidos en el fondo yermo del mar.


miércoles, 13 de noviembre de 2019

Cruzar a la otra orilla (por José Verón Gormaz)


Si a cruzar te dispones,
si vas a transitar la misteriosa longitud del puente,
piensa en las aguas del río que atraviesa,
piensa en las aguas como en tu propia sangre,
piensa en ellas, que fluyen incesantes
bajo las piedras prisioneras del arco,
sin pensar qué principio fue el suyo
ni a qué final deslizan su presura.

Si deseas cruzar a la otra orilla,
imprégnate primero del lugar que abandonas,
siente dentro de ti
el puñado de tierra que pisan tus zapatos,
contempla la arboleda que te prestó su sombra
y que quizá no vuelvas a mirar.

Cuando con decisión atravieses el puente,
camino de la orilla venidera,
sospecha de tus pasos,
tus propios pasos que al avanzar escuchas
con sonido de pasos que se alejan.

Y cuando la otra orilla pises,
hazlo como si de un suelo sagrado se tratara;
el lugar te recibe con todos tus recuerdos,
con todas las sombras miserables
que al otro lado creíste abandonar.


martes, 12 de noviembre de 2019

Para ver si el tiempo aún estaba allí (por Emily Dickinson)


Se oía como que las calles corrían,
y después como si las calles se parasen.
Tan sólo se sentía pavor
y en la ventana no había más que eclipse.
Poco a poco los más osados se asomaron,
para ver si el tiempo aún estaba allí.
La naturaleza, con delantal de roca,
removía el aire.


lunes, 11 de noviembre de 2019

Su estarsiempre ha cesado (por Rafael Baldaya)


Lo que parece no estar,
lo que no has percibido

porque está cada día,
porque no falta, nunca falta...

de pronto ya no está,
su estarsiempre ha cesado.

Y es entonces cuando

descubres que

lo que un día tras otro
calladamente estaba,

estaba.


domingo, 10 de noviembre de 2019

Estas costillas cumplieron su ciclo (por Emilio Basso)


Entré el esqueleto
al mecánico, un día
de lluvia como hoy
el hombre se puso de
pie y luego de acomodar
los tiradores del mameluco
dijo con voz de avalancha:
este modelo no sirve más
maestro, no alcanza con
cambiarle el aceite, no sirve
tener tres hijos para pintar
la felicidad del velocímetro,
no podrá ganar una beca
al silencio ni esos premios
que dan unos mangos le
recomiendo que lo venda
y si se anima le prenda fuego
con un trapo con kerosene
así creó mi padre el fuego y
si está encariñado con el fierro
espero se lo roben y jamás lo
encuentre, será fácil vea esta
abolladura de amor no tiene
arreglo: alguna vez vio morir
un animal sarnoso? parece
una momia, y es que los muertos
vuelven como metáfora o poema
en un chocolate que encuentra
no se desanime si el radiador está
lleno de bichos, tiene poco kilometraje,
por qué no se animó a andar más?
cuando uno se queda quieto el
oxígeno es implacable, aconsejo
la forma del agua que se adapta
al recipiente. Estas costillas
cumplieron su ciclo y la piel no
amortigua más, parece un mantel viejo
tómese unos días lo piensa y
cuando pueda, salga de sí


sábado, 9 de noviembre de 2019

O un triángulo que se diluye (por Pablo de Rokha)


Lo fabricó el hombre, lo fabricó a su imagen y semejanza, 

y es una gran congoja y un hombre inmenso que continúa a todos los hombres
con todos los hombres muy hombres hacia lo infinito, un sueño, todo un sueño
o un triángulo que se diluye en las estrellas claras.
¡Cuánto dolor necesitó la tierra para crearte, Dios, para crearte!
—¡cuánto dolor!—. ¡Gesto de la angustia del mundo, enfermedad de la materia y enorme — enorme manía de enormidades!
Aquella gran caricatura humana, Dios, llena los cielos vacíos, las tristes conciencias y las congojas grandes y su voz de cadáver neutro resume
y suma, para el hombre, todos los gemidos de las cosas y, además, lo otro lejano, en su actitud corriente y desconcertante como palabras de mujer
o niño ingenuo. Dios malo, Dios bueno. Dios sabio, Dios necio; y Dios que
tiene pasiones y gestos, virtudes y vicios, mancebas o hijastros adulterinos
y oficina como un boticario, como un peluquero cualquiera.
Por él, sólo por él la tierra escupió los cándidos frutos de la tierra, 

y el hombre negó al mundo enorme, cuando negó al mundo; ¿quién fue, quién fue jamás, quién fue más amado que él? ¡Él y sólo él fue lo más amado
y no era nada, nadie, nunca, nunca, nunca fue, nunca, nunca, nunca!...
Tragedia de Dios por Dios y la mayor infamia de los siglos, la mentira y la patada fenomenal a los derechos de la vida.
Dios contestó sonriendo, contestó Dios en Dios las más tremendas,
las más oscuras, las más funestas interrogaciones y la gran pregunta de las cosas; 
pero las más tremendas, las más oscuras, las más funestas interrogaciones y la gran pregunta de las cosas aún, aún no han sido contestadas,
todavía, todavía no han sido contestadas; Dios aplastó la tierra (¡oh hipopótamo sagrado!) con las patas inmundas y hoy las huellas perduran sobre los caminos y la panza trágica de los mundos.
Ennegreció y emputeció la vida con la pintura negra de los sueños y orinó la dignidad del hombre.
Dios, por lo único que te admiro es porque no existes... "¡Dios!,
¡Dios!...,", aúllan los pueblos y las viejas, las viejas y los pueblos por las llanuras teológicas... ¡Callad!..., idiotas, callad..., callad... Dios sois
vosotros.
Gran ala absurda, Dios se extiende sobre la nada.


viernes, 8 de noviembre de 2019

El ángel del pasado (por Juan Ramón Jiménez)


¡Hora morada y profunda,
áurea y roja de cálidos luceros!

—Altas, profusas, lejanas,
multiplican, oscuras, las campanas
sus sones pregoneros—.

El ambiente se inunda
de un viento ardiente de pureza,
y un cielo no pintado
se va extendiendo entre las nubes granas
y redondas.
El ángel del pasado lo ha cruzado,
resplandeciendo belleza.

—Altas, profusas, lejanas,
multiplican, oscuras, las campanas
sus sones vesperales—.

La cabeza febril se me ha doblado
sobre los tibios cristales
del jardín verdeazul en la penumbra,
rosado de los últimos rosales.
Mi corazón se alumbra
de oro blanco por dentro
súbitamente.
... ¡Ahora sí que encuentro
en mí tu porvenir, puro pasado!


miércoles, 6 de noviembre de 2019

Fábula de las madres doctoradas en química (por Antonio Gamoneda)


En los laboratorios, sobre las máquinas inmóviles, hay óxido y sombras. No hay ácidos ni hombres; apenas permanece la química de la ira.

Sucede a causa de la infección general de la atmósfera, es decir, de la vida. Sucede también a causa de grandes codicilos infecciosos.

Tú, es decir, yo, entra a los laboratorios. Pon temperatura. Primero en los instrumentos más tristes. Reduce el óxido, dispersa las sombras.

Madres. Madres tuyas y mías suelen venir a las válvulas. Abre las válvulas. Busca, no sé, gritos, quizá. Sí, busca los gritos de las parturientas gozosas, busca los cabellos aceitados por la tristeza, los imperdibles perdidos.

O su llanto.

Sí, su llanto insurgente. Induce tú la sedición llorando. Pon la obra magnética.

Ya llegan las madres.

Ya visten los grandes mandiles, ya tienden la ropa más blanca, ya cantan y lloran, ya lavan los ácidos.

¿Qué hacen las madres?

Ellas saben. Restauran la química
cantando, tendiendo, lavando, llorando.


martes, 5 de noviembre de 2019

Cómo consiguió la belleza aislar las rosas (por Joaquín Giannuzzi)


Escuchando en el laúd la nota antigua
uno ve poetas en el pasado pero no asesinos.
Ve la ingrávida sustancia incorporada
a la calamitosa energía de la historia
y esta confusión no termina de aclararse.
Increíbles poetas entre nubes de sangre
salvando a medias la verdad, dejando el resto
a la convicción del crimen general
como un error que debe soslayarse. Cómo
consiguió la belleza aislar las rosas,
construir un recluso jardín incorrupto
y dar materia a este cantor eterno.
Pero la estúpida crueldad y el martirio
no fueron cosas transitorias ni objetos irreales
que pueden apartarse como una falla terrestre,
una fractura en la roca, un paso en falso en el mundo.
Aquí están todavía, no en el mito,
y a su manera se empeñan en dar música.
Las cuerdas siguen sonando en medio de la masacre;
la vida corporal de esta madera finamente curvada
es aceptada como un triste conocimiento.
El laúd rescata un engaño hasta el fin de los tiempos.


lunes, 4 de noviembre de 2019

La realidad me inventa (por Jorge Guillén)


(El alma vuelve al cuerpo,
se dirige a los ojos
y choca.) —¡Luz! Me invade
todo mi ser. ¡Asombro!

Intacto aún, enorme,
rodea el tiempo. Ruidos
irrumpen. ¡Cómo saltan
sobre los amarillos

todavía no agudos
de un sol hecho ternura
de rayo alboreado
para estancia difusa,

mientras van presentándose
todas las consistencias
que al disponerse en cosas
me limitan, me centran!

¿Hubo un caos? Muy lejos
de su origen, me brinda
por entre hervor de luz
frescura en chispas. ¡Día!

Una seguridad
se extiende, cunde, manda.
El esplendor aploma
la insinuada mañana.

Y la mañana pesa.
Vibra sobre mis ojos,
que volverán a ver
lo extraordinario: todo.

Todo está concentrado
por siglos de raíz
dentro de este minuto,
eterno y para mí.

Y sobre los instantes
que pasan de continuo
voy salvando el presente,
eternidad en vilo.

Corre la sangre, corre
con fatal avidez.
A ciegas acumulo
destino: quiero ser.

Ser, nada más. Y basta.
Es la absoluta dicha.
¡Con la esencia en silencio
tanto se identifica!

¡Al azar de las suertes
únicas de un tropel
surgir entre los siglos,
alzarse con el ser,

y a la fuerza fundirse
con la sonoridad
más tenaz: sí, sí, sí,
la palabra del mar!

Todo me comunica,
vencedor, hecho mundo,
su brío para ser
de veras real, en triunfo.

Soy, más, estoy. Respiro.
Lo profundo es el aire.
La realidad me inventa,
soy su leyenda. ¡Salve!


domingo, 3 de noviembre de 2019

Un paseo (por Raymond Carver)


Fui a dar un paseo por la vía del tren.

La seguí durante un rato

y me salí en el cementerio del pueblo.

Allí descansa un hombre entre

sus dos esposas. Emily van der Zee

está a la derecha de John van der Zee.

Mary, la segunda señora van der Zee,

amantísima esposa también, a su izquierda.

Primero se fue Emily, después Mary.

Al cabo de unos años, el propio John van der Zee.

Once hijos nacieron de esas uniones.

También están muertos a estas alturas.

Éste es un lugar silencioso. Un lugar tan bueno como

cualquier otro para descansar del paseo, sentarme y

pensar en mi propia muerte, que se acerca.

Pero no entiendo, no lo entiendo.

Todo lo que sé de esta delicada y sudorosa vida,

de la mía y de la de los demás,

es que dentro de poco me levantaré

y dejaré este extraño lugar

que ofrece amparo a los muertos. Este cementerio.

Me iré. Andando primero sobre un raíl

y luego sobre el otro.


sábado, 2 de noviembre de 2019

Tal vez podamos re-imaginar la otra mitad (por John Ashbery)


Hace mucho que entonces empezaba a aparecer como ahora,

pero ahora no es sino la salida a un camino nuevo aunque todavía

indefinido. Aquel ahora, el visto una vez

desde lejos, es nuestro destino

no importa lo que pase. Es

el pasado presente del que están hechas las facciones de nuestra cara,

nuestras opiniones. Somos a medias eso y no

nos interesa la otra mitad. Vemos

lo suficiente hacia delante para que el resto de nosotros

resulte implícito en los alrededores en penumbra.

Sabemos que esta parte del día llega cada día

y nos parece que, si tiene algunos derechos, igual

nosotros tenemos derecho a considerarnos nosotros mismos en la medida

en que somos en él y no en otro día u

otro lugar. El tiempo nos favorece

al tiempo que se favorece, pero sólo

mientras no hayamos cedido esos pocos centímetros, espectro

del devenir antes que el devenir pueda ser visto,

o venga a significar todas las cosas que parece querer decir ahora.


Las cosas de las que iba a hablarse

ya llegaron y se fueron, pero son recordadas aún

como recientes. Hay un grano de curiosidad

en la base de cada una, que desenrolla

un signo de interrogación como otra ola en la arena.

Cuando llega para otorgar, para arruinar lo que teníamos,

nos damos cuenta de que hemos ganado o hemos sido ganados

por lo que pasaba por allí, luminoso con el aura

de las cosas apenas olvidadas y revividas.

Cada imagen encuentra su sitio con la calma

de quien no tiene mucho, justo lo que necesita.

Vivimos en el suspiro de nuestro presente.


Si esto es todo lo que vamos a recibir

tal vez podamos re-imaginar la otra mitad, deduciéndola

de la forma de lo que es visto, insertándola

en su idea de cómo deberíamos

proceder. De todos modos sería trágico encajar justo

en el espacio creado por nuestro no llegar todavía,

pronunciar el discurso que corresponde allí,

porque el progreso ocurre al reinventar

esas palabras a partir de nuestra pálida memoria de ellas,

violando ese espacio para

dejarlo intacto. Así y todo

somos de por aquí, y nos hemos movido una distancia

considerable; nuestro pasar es una fachada.

Pero nuestra comprensión de él se justifica.




viernes, 1 de noviembre de 2019

Así no será culpa tuya (por Philip Larkin)


No, todavía no he encontrado
el lugar del que pueda decir
Este es mi sitio,
aquí me quedo;
y tampoco esa persona especial
que enseguida reclame
todo lo que tengo,
incluso mi apellido;

encontrar eso parece demostrar
que no quieres decidir
dónde construir, ni a quién amar;
les pides que te rechacen
de manera irrevocable,
así no será culpa tuya
si la ciudad te aburre
o la chica te harta.

Y sin embargo al no encontrarlos
te obligas a actuar
como si lo que tienes
en verdad te gustara;
y te niegas a pensar
que aún podrías descubrir
los hasta ahora no llamados
tu lugar, tu persona.


jueves, 31 de octubre de 2019

La mujer de Lot (por Anna Ajmátova)


Y siguió el hombre justo al enviado de Dios,
grande y resplandeciente, por la montaña negra.
Entre tanto, una voz penetrante urgía a la mujer:
no es demasiado tarde, aún puedes mirar.

Mira las torres rojas de tu Sodoma natal, la plaza
en que cantaste, el patio donde hilabas, las ventanas vacías
en lo alto de la casa, el lugar donde tus hijos
nacieron, fruto de unión feliz.

Una mirada sólo. Y helados en un dolor de muerte
no pudieron sus ojos mirar más.
Sal transparente se volvió todo su cuerpo
y las ágiles piernas arraigaron en la tierra.

¿Y a esta mujer nadie la llorará?
¿Tan
 anodina es para ocuparse de ella?
Sin embargo, mi corazón no olvida
a la que dio su vida por una mirada.



miércoles, 30 de octubre de 2019

Carballo (por Miguel d' Ors)



Te debo una palabra, compañero,
viejo carballo que cada mañana
me saludas detrás de la ventana
en tu idioma silvestre y pajarero.

Por esa especie de fidelidad
que acompaña y anima mi labor
diaria, por el cálido rumor
con que me asistes en mi soledad,

que te visiten lluvias oportunas,
que el favor de los soles y las lunas
prolongue muchas décadas tu edad,

que cada renovada primavera
traiga a la intimidad de tu madera
algo así como la felicidad.



martes, 29 de octubre de 2019

O algún otro (por Philippe Soupault)


Mi nariz corta el aire,
mis ojos están rojos de reír.
Por la noche, junto leche y luz de luna
y corro sin mirar atrás.
Si los árboles detrás de mí se asustan,
me importa un bledo.
Es grandioso estar indiferente
en medio de la noche
adonde va toda esta gente,
el orgullo de las ciudades,
los músicos de los pueblos.
La multitud está bailando, con furia,
y yo soy sólo ese anónimo transeúnte
o algún otro cuyo nombre no logro recordar.


lunes, 28 de octubre de 2019

Puede que fuera en mí donde llovía (por Agustín Fernández Mallo)


lo más difícil de narrar siempre es el presente. Su instantaneidad no admite proyecciones, fantasías, desenfoques. Yo no sé si todo aquello existió porque no sé si  existe. No sé si son ciertas tus manos [aunque sí sé que verosímiles] bajo la lluvia, y tus ojos como Polaroids [irrepetibles y mostrando más de lo previsto]. Llorabas. Llovía. Quién deja a quién si todos andamos diferidos de nosotros mismos, dejando atrás lo que entendemos para no entender lo insoportable: que cada cual es uno y además no numerable, que vendrán otras, que vendrán otros, que asusta pensar hasta qué punto todos somos intercambiables. Sé que no podré olvidar cuanto vi en tus ojos: el aire ionizado sobre nuestras cabezas, tus manos apretadas [no sé exactamente qué visión pretendían refutar]. Puede que fuera yo quien lloraba, puede que fuera en mí donde llovía. Puede que aún me estés besando, o que aquel martes [por decir un día] jamás haya existido.



domingo, 27 de octubre de 2019

Gracias (por Jorge Luis Borges)


Doy gracias a la luna por ser la luna, a los peces por ser los peces, a la piedra imán por ser el imán.
Doy gracias por aquel Alonso Quijano que, a fuer de crédulo lector, logró ser don Quijote.
Doy gracias por la torre de Babel, que nos ha dado la diversidad de las lenguas.
Doy gracias por la vasta bondad que inunda como el aire la tierra y por la belleza que acecha.
Doy gracias por aquel viejo asesino, que en una habitación desmantelada de la calle Cabrera, me dio una naranja y me dijo: "No me gusta que la gente salga de mi casa con las manos vacías". Serían las doce de la noche y no nos vimos más.
Doy gracias por el mar, que nos ha deparado la Odisea.
Doy gracias por un árbol en Santa Fe y por un árbol en Wisconsin.
Doy gracias a De Quincey por haber sido, a despecho del opio o por virtud del opio, De Quincey.
Doy gracias por los labios que no he besado, por las ciudades que no he visto.
Doy gracias a las mujeres que me han dejado o que yo he dejado, lo mismo da.
Doy gracias por el sueño en el que me pierdo, como en aquel abismo
en que los astros no conocían su camino.
Doy gracias por aquella señora anciana que, con la voz muy tenue, dijo a quienes rodeaban su agonía "Déjenme morir tranquila" y después la mala palabra, que por única vez le oímos decir.
Doy gracias por las dos rectas espadas que Mansilla y Borges cambiaron,
en la víspera de una de sus batallas.
Doy gracias por la muerte de mi conciencia y por la muerte de mi carne.
Sólo un hombre a quien no le queda otra cosa que el universo pudo haber escrito estas líneas.



sábado, 26 de octubre de 2019

Así es como se engendran mundos (por Joseph Brodsky)


Yo no era más que aquello que tú
con la mano acariciabas,
allí donde en noche de pavor,
cerrada, la frente reclinabas.

Yo no era más que aquello que tú
distinguías allá, abajo:
primero, solamente imagen vaga,
mucho después, también los rasgos.

Tú fuiste quien, ardiendo,
creaste en un susurro
las conchas de mi oído,
el diestro y el siniestro.

Tú quien, meciendo la cortina
en el mojado cuenco de la boca,
me plantaste la voz
que te llamaba a gritos.

Yo estaba ciego, simplemente.
Y tú, escondida, brotando,
me obsequiabas el don de ver.

Así es como se deja rastro.

Así es como se engendran mundos.
Así, a menudo, tras crearlos,
los dejan dando vueltas
dilapidando los dones.

Así, ora al fuego lanzado,
ora al frío, ya a la luz, ya a lo oscuro,
perdido en la creación del mundo
el globo va girando.



viernes, 25 de octubre de 2019

De lo que vuelve (por Miguel de Unamuno)


Han vuelto los vencejos;

las cosas naturales vuelven siempre:

las hojas a los árboles,

a las cumbres las nieves.

Han vuelto los vencejos;

lo que no es arte vuelve;

vuelta constante es la naturaleza

por cima de las leyes.

Han vuelto los vencejos;

¿ves como todo vuelve?

Todo lo que ha brotado al sol desnudo,

de la inexhausta fuente;

todo lo que no fue de algún propósito

producto endeble.

Han vuelto los vencejos;

¡augusto ritmo, única ley perenne!

¡El año es una estrofa

del canto permanente!

Todo vuelve, no dudes, todo vuelve:

vuelve la vida,

¡vuelve la muerte!

¡Cuanto tiene raíces en la vida

al fin y al cabo vuelve!

¡Han vuelto los vencejos,

y al pecho aquellas mismas ansias vuelven…!

Ahora comprenderás lo que en la vida

quiere decirnos: «¡Siempre!».

Siempre quiere decir la vuelta, el ritmo,

la canción de la mar en la rompiente;

si la ola se retira

ha de volver, pues es de lo que vuelve.

Vuelve todo lo que es naturaleza,

y tan sólo se pierde

lo que es remedo vano de los hombres,

sus artificios, invenciones, leyes…

Han vuelto los vencejos,

como ellos vuelven… ¡siempre!

Con su alegre chillar el aire agitan

y el cielo, con su raudo ir y volverse,

al caer de la tarde

cobrar vida parece.

No se posan ni paran, incansables;

sus pies ¿a qué los quieren?

Les basta con las alas,

criaturas celestes.

Con ritmo de saeta, ritmo yámbico,

los versos vivos de su vuelo tejen,

chillando la alegría

de sentirse vivientes…

Han vuelto los vencejos;

los del año pasado, los de siempre,

los mismos de hace siglos,

los del año que viene,

los que vieron volar nuestros abuelos

encima de sus frentes.


Han vuelto los vencejos;

criaturas del aire que no mueren

—¿quién muertos los ha visto?—

heraldos de la vida, amantes fieles

del largo día, de la mies dorada;

¡han vuelto los de siempre…!

¡Vencejos inmortales,

alados hijos de natura fuerte,

heraldos de cosechas y vendimias,

mensajeros celestes,

bienvenidos seáis a nuestro cielo,

vosotros… los de siempre!



jueves, 24 de octubre de 2019

Pero no lo supe (por Eloy Sánchez Rosillo)


Durante muchos años fui dichoso.
Tal vez lo supe, pero no lo supe,
ni habría podido entonces admitir que lo fuera,
pues quien pretende lo absoluto
no se conforma nunca con la parte,
aunque esa parte sea casi el todo.

Mi patrimonio fue la luz del mundo;
toqué la realidad, también soñé,
y tuve amor, tuve en el pecho el canto.

Desde un presente que es manos vacías,
casa desierta, invierno, turbio pecho,
melancólicamente doy gracias por los dones
que no aprecié del todo cuando la vida quiso
que fulgurasen junto a mí,
por los bienes que fueron y que no fueron míos
y que luego perdí sin saber cómo.


miércoles, 23 de octubre de 2019

Será la yuxtaposición de presencia y ausencia (por Roger-Pol Droit)


Usted conoce cada centímetro de su piel, el timbre de su voz, los movimientos de sus ojos y casi todas sus reacciones. Le gusta su risa, su manera de andar, y hasta (por ejemplo) una leve imperfección solo por usted conocida, tal vez. En suma, ya tuvo ocasión de estar con ella. Sin embargo, si la contempla durante su sueño, sin duda tendrá la impresión de no conocerla del todo. Ese rostro ya no está presente a sí mismo, se ha como ausentado desde adentro. Con los ojos cerrados, el cuerpo lánguido, la postura inesperada, esa inocencia testaruda. Y la respiración, que se oye como otro abandono. ¿Por qué experimenta esa tan curiosa mezcla de inmensa confianza, de leve inquietud y de vaga molestia, como si contemplara alguna escena que no debería ver? Sin duda, será la yuxtaposición de presencia y ausencia lo que crea ese desconcierto. Acaso ya no sabe usted si esa Bella Durmiente realmente es la misma que la que usted ama. Jamás lo sabrá. Puede ser divertido. O no. Entonces solo puede apelar a su ternura, que lo llevará a su encuentro, en lo más intenso de ese silencio del que ella nada sabrá.


martes, 22 de octubre de 2019

Nada es real hasta que sangra (por Emilio Martín Vargas)


Solo
lo que amo y deseo
hasta el punto del terror
me sobrevive, nada
es real hasta que sangra, en mi ordalía
no acepto más abrigo que la culpa
ni más paz que la espera
bajo este cielo enmilagrado:
líbrame,
señora de mis abismos,
de contemplar la vida como quien contempla,
para intentar comprender su naturaleza,
un animal disecado.



lunes, 21 de octubre de 2019

Una vocación oscura (por Nino Júdice)


El amor es una vocación oscura. No sé de dónde viene,
pero sé que tiene la forma de un cuerpo que se abraza,
el calor de las palabras casi murmuradas, la precisión
de las manos que descubren el camino hacia el centro,
y que demoran en cada curva. Puedo describir el amor
a través de todas sus formas; indicar el camino
para encontrarlo, pasando las pausas de la vida;
verlo en lo profundo de los ojos que se abren en el intervalo
de un abrazo; seguir su movimiento en el desordenarse
de los cabellos; y olvidar todo lo que sé sobre el amor
para descubrir, de nuevo, cuando viene a mi
encuentro en el sol de la mañana, y el mundo se apaga
a tu regreso para que tu sonrisa lo encienda
y me haga preguntarte por qué el amor
es una vocación oscura.


domingo, 20 de octubre de 2019

Transfiguración (por Luis Rosales)


Siento tu cuerpo entero junto al mío;
tu carne
es
como un ascua,
fresca e imprescindible
que está fluyendo hacia
mi cuerpo, por un puente
de miel lenta y silábica.
Hay un solo momento en que se junta
el cuerpo con el alma,
y se sienten recíprocos,
y viven
su transfiguración,
y se adelantan
el uno al otro en una misma entrega,
desde su mismo origen deseada.
Siento tus labios en mis labios, siento
tu piel desnuda y ávida,
y siento,
¡al fin!
esa frescura súbita

como una llamarada
de eternidad, en que la carne deja
de serlo y se desata,
se dispersa en el vuelo,
y va cayendo
en la tierra sonámbula
de tu cuerpo que cede interminable-
mente cediendo,
hasta
que el vuelo acaba y ya la carne queda
quieta, milagreada,
y me devuelve al cuerpo,
y todo ha sido
un pasmo, un rebrillar y luego nada.


sábado, 19 de octubre de 2019

Un caballo en mi casa (por Washington Delgado)


Guardo un caballo en mi casa.
De día patea el suelo
junto a la cocina.
De noche duerme al pie de mi cama.
Con su boñiga y sus relinchos
hace incómoda la vida
en una casa pequeña.
¿Pero qué otra cosa puedo hacer
mientras camino hacia la muerte
en un mundo al borde del abismo?
¿Qué otra cosa sino guardar este caballo
como pálida sombra de los prados
abiertos bajo el aire libre?
En la ciudad muerta y anónima,
entre los muertos sin nombre, yo camino
como un muerto más.
Las gentes me miran o no me miran,
tropiezan conmigo y se disculpan
o maldicen y no saben
que guardo un caballo en mi casa.
En la noche, acaricio sus crines
y le doy un trozo de azúcar,
como en las películas.
Él me mira blandamente, unas lágrimas
parecen a punto de caer de sus ojos redondos.
Es el humo de la cocina o tal vez
le desespera vivir en un patio
de veinte metros cuadrados
o dormir en una alcoba
con piso de madera.
A veces pienso
que debería dejarlo irse libremente
en busca de su propia muerte.
¿Y los prados lejanos
sin los cuales yo no podría vivir?
Guardo un caballo en mi casa
desesperadamente encadenado
a mi sueño de libertad.



viernes, 18 de octubre de 2019

El otro calcetín (por Billy MacGregor)


Amo tu cara de papa gorda y tus ojos de mirar a la pared
y de estoy hasta el kiwi
y de iros
a tomar por culo-ya, todos, amo
-qué linda que sos-
tus tobillos ortopédicos de sostenerlo todo.
Tus lágrimas del final de la película.
Tus lágrimas de ¡ay!, que me haces daño, tonto.
Tus lágrimas de ver la lavadora dando vueltas.
Tus lágrimas de es que me he emocionado. No sé. Ya no me acuerdo. Mira, un coso.
Tus lágrimas de no sabes por qué.
Tus lágrimas de sí, lo sé; pero no te lo digo.
Amo tus uñas que me rascan la espalda y tus lunares cientos
-aunque no pierdo el tiempo en esas cosas, ya sabes, hacer mapas estelares o rutas magallánicas-. Amo
tu estómago. Con su biosfera y su ombligo y sus tripas por dentro.
Amo tus ronquidos y ese masaje de pies que nunca vas a darme.
Yo a ti tampoco.
Amo tu puto dedo índice de señalarlo todo. ¿Por qué siempre soy yo?
Ah, porque me gusta, claro, se me había olvidado.
Amo tus tú sabrás y tu manía
de cortar la lechuga para la ensalada en trocitos tan pequeños.
Amo darte bocados y que grites tu grito de gallina y tu color de joder cómo me duele.
Amo los obispos de tus carnes.
Amo cuando te enfadas y te pones a hablar sola
y voy
a por tabaco y cuando vengo
todavía estás hablando sola.
Tus quita, que ya lo hago yo. Tus venga, que te estoy esperando.
Los virus de tu ordenador. Que me nombres cirujano. Las veces que te he dicho qué es un troyano.
Tus pues yo no sé, algo habré tocado. ¿Me lo arreglas? Es que no anda.

Yo no deshojo margaritas; yo me las como.



jueves, 17 de octubre de 2019

Funambulista (por Aurelia Cortés)


Alineo mis pasos sobre la cuerda,
hablo para mí:
tiemblo durante el espacio vacío
entre el pie izquierdo y el derecho;
quedan sólo las huellas en el aire,
sólo el rastro ensangrentado
de las vocales y otros sonidos
que no transitan,
huyen de mi latido lineal,
se despeñan, pierden el hilo
sin red que los rescate.
Sigo el camino
trazado de la mañana a la noche,
sembrado con señales luminosas:
no pises aquí, demórate,
hunde el pie en la arena que se desmorona,
salta ágil, avanza, galopa;
ahora calla, espera.
Ventisca de palabras turbias en lo alto,
aves ajenas:
no me distraigan canoras,
no me distraigan
imágenes con sus reflejos,
imágenes de racimo variopinto,
no me deslumbren reflectores en lo alto de la carpa,
palomillas encantadas a su alrededor,
rostros expectantes y sus rubores:
que su respiración no tense mi cuerda ni la afloje,
que cada paso siga el compás idéntico a mi propia voz
no me enreden, listones multicolor, ramas
que se cruzan en mi corto vuelo,
no me hundan, estigias mentales,
huecos sin remedio:
cedan el paso a mi caminar suspendido, tarareado en línea recta.


miércoles, 16 de octubre de 2019

Estuvo entre nosotros (por Jorge Teillier)


Ella estuvo entre nosotros
lo que el sol atrapado por un niño en un espejo.
Pero sus manos alejan los malos sueños
como las manos de la lluvia
las pesadillas de las aldeas.

Sus manos que podían dar de comer
a la noche convertida en paloma.

Era bella como encontrar
nidos de perdices en los trigales.
Bella como el delantal gastado de una madre
y las palabras que siempre hemos querido escuchar.

Cierto: estuvo entre nosotros
lo que el sol en el espejo
con que un niño juega en el tejado.
Pero nunca dejaremos de buscar sus huellas
en los patios cubiertos por la primera helada.

Sus huellas perdidas
tras una puerta herrumbrosa
cubierta de azaleas.


martes, 15 de octubre de 2019

Y me clave las púas de su barba (por Gonzalo Rojas)


Veo un río veloz brillar como un cuchillo, partir
mi Lebu en dos mitades de fragancia, lo escucho,
lo huelo, lo acaricio, lo recorro en un beso de niño como entonces,
cuando el viento y la lluvia me mecían, lo siento
como una arteria más entre mis sienes y mi almohada.

Es él. Está lloviendo.
Es él. Mi padre viene mojado. Es un olor
a caballo mojado. Es Juan Antonio
Rojas sobre un caballo atravesando un río.
No hay novedad. La noche torrencial se derrumba
como mina inundada, y un rayo la estremece.

Madre, ya va a llegar: abramos el portón,
dame esa luz, yo quiero recibirlo
antes que mis hermanos. Déjame que le lleve un buen vaso de vino
para que se reponga, y me estreche en un beso,
y me clave las púas de su barba.

Ahí viene el hombre, ahí viene
embarrado, enrabiado contra la desventura, furioso
contra la explotación, muerto de hambre, allí viene
debajo de su poncho de Castilla.

Ah, minero inmortal, ésta es tu casa
de roble, que tú mismo construiste. Adelante:
te he venido a esperar, yo soy el séptimo
de tus hijos. No importa
que hayan pasado tantas estrellas por el cielo de estos años,
que hayamos enterrado a tu mujer en un terrible agosto,
porque tú y ella estáis multiplicados. No
importa que la noche nos haya sido negra
por igual a los dos.
—Pasa, no estés ahí
mirándome, sin verme, debajo de la lluvia.


domingo, 13 de octubre de 2019

El llano de huizaches (por Elena Garro)


¡Elena!
Oigo mi nombre, me busco.
¿Sólo esta oreja queda?
¿Ésta que oye mi nombre en un llano de huizaches?
¿Mi nombre, gritado así, a los cuatro vientos,
de noche, en el llano de la muerte?

¡Elena!
Es raro que descuartizados
mis miembros avancen por el llano de huizaches.
El nombre ya no los une ni los nombra.
Es raro que sigan avanzando
y que en el centro esté la boca del vacío.
Ahora los llama mi nombre:
¡Ven aquí, nariz de Elena!
¡Ven aquí, brazo de Elena!
Sólo la bacinica sigue firme cubriendo la cabeza
que sonámbula rueda en el valle de huizaches.
¿Hay todavía un puntapié sobrante?
¿Ya nadie llega a jugar a la pelota?
¿Nadie olvidó un buen escupitajo de colmillo
para la cabeza que rueda entre huizaches?

¡Elena!
Los llama mi nombre:
¡Vengan aquí, mano pierna pescuezo!
Hace años que bailan separados
en la tierra de los escupitajos.
¿Hay alguien que guarde todavía un gargajo
para ese ojo cerrado a gargajazos?

¡Elena!
La voz viene del centro profundo de mi ombligo.
Hay quien vive adentro del ombligo y me llama.
La voz corre para atrapar los pies que corren
entre huizaches
y las manos que bailan el baile loco de los dedos locos
sin pizarra, sin lápiz, sin niño, sin amante.
Me busco. Me encuentro.
Colgado de una rama seca está uno de mis labios.
Y ahora por allí corre la lengua
que recitaba las lecciones del colegio:
Rosa, rosae…
¿Qué hará allí, tan lejos del pizarrón,
tirada en el valle de huizaches?

¡Elena!
Me busco. Me encuentro.
Nadie levanta la bacinica que cubre paisajes,
pájaros vistos en deslumbrantes copas,
el pico de la estrella de la cual colgaba yo
y las sílabas de mi nombre meciéndome hacia un pasado
y un futuro los dos de oro
antes de estar aquí, gritándote a ti mismo
en los huizaches.
Tampoco hay que mirar por el agujero de la aorta.
¡Señores, un mecate para ligarlo bien!,
para que nunca más se llegue al centro de ese corazón
que yace luna roja caída en el llano de huizaches
¿Les gustará a las damas y a los caballeros
tumbado, iluminando de rojo a los huizaches
en el valle en el que rueda mi ombligo
como antes rodaron canicas llamándome?
¡Clic! !Clic! !Clic!

¡Elena!
Mi espinazo blanco avanza como víbora
hacia el pozo negro del vacío.
¿Hay algún tacón de raso,
de esos piadosos tacones de raso que llevan las señoras
para que aplaste su cabeza?
¡Rosario y decencia en mano, hubo damas!
¡Chequera y decencia en mano, hubo caballeros!
El llano, este llano, es para los pelados.
Las damas y los caballeros viven en avenidas
de cartón y beben sangre de indio.

¡Elena!
Me busco. Hay tiempo, el pozo está lejos todavía.
Los dientes separados de la encía avanzan a saltitos.
Hasta que caiga el último de ellos,
hasta que caiga la solemne campanilla que presidió
al paladar y a la palabra, no podré responderte.

¡Elena!
Te digo que me busco, que me encuentro.
Espera hasta que llegue al pozo negro la última de las uñas.
¡Es largo el llano de huizaches!
¡Es ancho el llano de huizaches!
¡Se tarda uno siglos en cruzarlo!


sábado, 12 de octubre de 2019

Fue la primera vez de la alegría (por Miguel Hernández)


Fue una alegría de una sola vez,
de esas que no son nunca más iguales.
El corazón, lleno de historias tristes,
fue arrebatado por las claridades.

Fue una alegría como la mañana,
que puso azul el corazón, y grande,
más comunicativo su latido,
más esbelta su cumbre aleteante.

Fue una alegría que dolió de tanto
encenderse, reírse, dilatarse.
Una mujer y yo la recogimos
desde un niño rodeado de su carne.

Fue una alegría en el amanecer
más virginal de todas las verdades.
Se inflamaban los gallos, y callaron
atravesados por su misma sangre.

Fue la primera vez de la alegría,
la sola vez de su total imagen.
Las otras alegrías se quedaron
como granos de arena entre los mares.

Fue una alegría para siempre sola,
para siempre dorada, destellante.
Pero es una tristeza para siempre,
porque apenas nacida fue a enterrarse.


viernes, 11 de octubre de 2019

Acunabas un lobo por corazón (por Juan José Saer)


Sin embargo tus ojos ardían recientes bajo las drogas
fugaces y livianos como dos cirios en las sombras.
Acunabas un lobo por corazón, oh queridísima Clodia, oh Lesbia.
Abandonado elijo tu lado bueno: entre las luces
mínimas, las atroces, parecida a un meteoro,
tu cabeza bailaba y expandía como con aspas verdes
la claridad. Abandonado elijo
tu lado triste: a veces, como Dios, no estás
en ningún lado; entonces cierras
los ojos, oh Lesbia, y tiemblas como esas
grandes hojas tropicales mojadas. Abandonado
elijo tu lado esencial: nunca vuelves,
eres como una muerta obstinada, tú,
la oscura patrona del haber sido. Abandonado
elijo tu lado vuelto hacia mí: algo de cuya cara
tu corazón es el reverso.


jueves, 10 de octubre de 2019

Obsesión del matrimonio provinciano (por Pablo de Rokha)


Con hachazos de bandera, de océano, de manzana,
por adentro resplandeciendo, infinito de absoluto y gran aurora,
a soledad incendiada oliendo, o sonando
con espantoso lamento de águila o máquina de cementerio a la orilla del
mundo,
así, rompiendo tus entrañas, penetrándote.

Tú y tu flor de muchacha, aquí, conmigo.
En piedra, en vísceras, en hierro y eternidad abrazándonos,
contra y cuando en ese límite braman las palomas
y la violeta saca la espada de dios, entre los corsarios enfurecidos,
porque el clima del siglo suda a pólvora,
y yo, directo y sin esperanza, tronando con árbol y todo, como un regimiento de espaldas,
te esgrimo sobre el hombre, con la sociedad al hombro. Gimiéndote, besándote, lamiéndote, llorándote,
únicamente por ti y en ti relampagueando con relámpagos de montaña, anhelando, con beso eterno, esculpirte.
Es tu música, es tu número, querida,
y la línea melódica de tu acento incomparable,
quien emerge de entre valientes amapolas,
superando los espantos encadenados, su ámbito y su látigo, como de
culebras,
y el horror del himno, Winétt de laurel y tormento.

Todavía la infinita sensación, la cuchilla, la cadena, la rendija del sol,
gritando,
aquella tal palanca, que, enormemente, dura y puja rugiendo, con trabajo
desesperado de agonía, sin mástiles, arrodillado a tus riberas, arranco los años, los potros de los años,
entonces los sujeto con frenos tremendos, y escribo para comparar la eternidad a una laguna en la cual lo que fue revive, retorna, renace, circulando.

Tu juventud soñadora y sanguinaria de virgen silvestre o ídolo, alimentándose de terrores, construyó su mito y su signo, a expensas de esta materia soberbia, que, entre pecho y espalda, se me subleva, y yo satisfice tu ensueño, despedazándome, (¡despedazándome!), construyéndote un universo con las migajas ensangrentadas, mujercita y
azucena,
para tu ser infantil matando toros rojos.

Cosecha de vino amarillo, con estampidos que maduran, agua de fuego, a cuya presencia de esmeraldas derretidas, acuden los pájaros muertos contra muertos atardeceres, he ahí que te lamen estos mares, con su actitud de perros de miedo y oro,
amiga.

Contra el invierno que levanta su muralla de árboles desventurados, y te enfría la espalda, echando plumas de agua y suspiros a esa inmensa
atmósfera romántica,
enarbolo tu luz preciosa y morena de entonces,
haciendo poema tu belleza, escribiéndola en las arenas aventureras,
haciendo estatuas de agua de ansia,
haciendo edificios de energía, monumentos de esperanza, imágenes, religión, Dios, la guerra eterna,
levantando tu figura, más allá del tiempo y del espacio, heroicamente, gritando y tocando la trompeta en las tinieblas,
encima del ejército de cenizas, en el cual resplandece una gran cabeza
de muerto.

Así, criatura de estaño, como volando entre espadas.

Recoge los últimos mitos, como quien recibe sangre y muerte en la boca, o como duraznos de pulpa santa.

Autónomo, tremendo, dinámico,
ya asoman las auroras rojas, niña linda, y nosotros lo divisamos: el tiempo de las estrellas enarboladas...



miércoles, 9 de octubre de 2019

No estoy y estoy (por Vicente Huidobro)


Yo estoy ausente pero en el fondo de esta ausencia
hay la espera de mí mismo
y esta espera es otro modo de presencia
la espera de mi retorno
Yo estoy en otros objetos
ando en viaje dando un poco de mi vida
a ciertos árboles y a ciertas piedras
que me han esperado muchos años

Se cansaron de esperarme y se sentaron

Yo no estoy y estoy
Estoy ausente y estoy presente en estado de espera
Ellos querrían mi lenguaje para expresarse
y yo querría el de ellos para expresarlos
He aquí el equívoco el atroz equívoco

Angustioso lamentable
me voy adentrando en estas plantas
voy dejando mis ropas
se me van cayendo las carnes
y mi esqueleto se va revistiendo de cortezas
Me estoy haciendo árbol Cuántas cosas me he ido convirtiendo en otras cosas...
Es doloroso y lleno de ternura

Podría dar un grito pero se espantaría la transustanciación
Hay que guardar silencio Esperar en silencio


martes, 8 de octubre de 2019

Partida (por Aristóteles España)


Me avisan que debo alistar mi maleta,
ordenar las frazadas,
quedo mudo y perplejo.
No me atrevo a despedirme.
Somos un grupo numeroso.
¿Adónde vamos?
Se cruzan nuestras miradas,
escondo mi cuaderno,
son momentos de mucha intensidad,
me duele el estómago,
hay un gran despliegue de tropas,
inusual y desmedido,
surgen conjeturas,
caen granizos,
todo se llena de ausencias,
escribo mis iniciales en la pared.
Afuera hay un vehículo con destino desconocido
y después una lancha torpedera o un avión,
hay cierta claridad glacial
que va blanqueando nuestro andar;
veo orillas que se hunden como barcos,
troncos quemados,
hombres que entran y salen de sí mismos.
Siento un leve escozor en las rodillas,
cierro mis párpados ahora.
Hasta siempre camaradas,

toda esta lección no ha sido en vano.


lunes, 7 de octubre de 2019

Sin (por Rafael Baldaya)


agua, pero nadie la bebe
colinas, pero nadie las cuenta
cuevas, pero nadie habitándolas
distancias, pero nadie las mide
hierro, pero nadie lo extrae
luz, pero a nadie ilumina
lluvia, pero a nadie mojando
mares, pero nadie los surca
masas, pero nadie las pesa
montañas, pero nadie las sube
nieve, pero nadie pisándola
viento, pero a nadie refresca
ríos, pero nadie los nada
sol, pero a nadie calienta
objetos, pero nadie los nombra
playas, pero nadie bañándose
tierra, pero nadie la labra
valles, pero nadie los puebla
días, pero días para nadie
noches, pero nadie las duerme
y tantas cosas que hay
tantas, sí, y todas para nadie 


domingo, 6 de octubre de 2019

Todo es herida (por Gonzalo Rojas)


Cumplo con informar a usted que últimamente todo es herida:
la muchacha
es herida, el olor
a su hermosura es herida, las grandes aves negras, la inmediatez
de lo real y lo irreal tramados en el fulgor de un mismo espejo
gemidor es herida, el siete, el tres, todo, cualquiera de estos números de la danza es
herida, la barca
del encantamiento con Maimónides al timón es herida, aquel diciembre 20 que me cortaron de mi madre es herida, el sol
es herida, Nuestro Señor
sentado ahí entre los mendigos con esa túnica irreconocible por el cauterio del psicoanálisis es herida, el
Quijote
a secas es herida, el ventarrón
abierto del Golfo contra la roca alta es
herida, serpiente
horadante del Principio, mar
y más mar de un lado a otro, Kierkegaard y
más Kierkegaard, taladro
y por añadidura herida; la
preñez en cuanto preñez en la preciosidad de su copa es
herida, el ocio
del viejo río intacto donde duermen inmóviles los mismos peces
velocísimos es
herida, la Poesía
grabada a fuego en los microsurcos de mi cerebro de niño es herida, el hueco
de 1.67 justo en metros de rey es herida, el éxtasis
de estar aquí hablando solo en lo bellísimo de este
pensamiento de
nieve es
herida, la evaporación
de la fecha de mármol con el padre adentro
bajo los claveles es
herida, el carrusel
pintarrajeado que fluye y fluye como otro río de polvo y otras
máscaras
que vi en Pekín colgando en la vieja calle de Cha Ta-lá
cuya identidad de 2.500 años de drogas y ataúdes rientes
no se discute, es
herida; la cama en fin
que allí compré, con dos espejos para navegar, es herida,
la
perversión
de la palabra nadie que sopla desde las galaxias es herida, el Mundo
antes y después de los Urales es
herida, la hilera
de líneas sin ocurrencia de esta visión
sin resurrección es herida. Cumplo
entonces con informar a usted que últimamente todo es herida.


sábado, 5 de octubre de 2019

Aquel puente (por Irene Sánchez Carrión)


No cruzaste aquel puente
y su remota voz de musgo
se enredará por siempre entre tus pasos.

Te dio miedo bajar las escaleras
y un negro precipicio de peldaños
se abrirá a tus pies cada mañana.

Desde hoy
todos los lechos
donde busques descanso
se llenarán de pozos
y caerán confundidos
tu rostro y sus caretas.


viernes, 4 de octubre de 2019

Paréntesis (por Mario Benedetti)

Acompáñenme a entrar en el paréntesis 
que alguien abrió cuando parió mi madre
y permanece aún en los otroras
y en los ahoras y en los puede ser
lo llaman vida si no tiene herrumbre
yo manejo el deseo con mis riendas

mientras trato de construir un cielo
en sus nubes los pájaros se esconden
no es posible viajar bajo sus alas
lo mejor es abrir el corazón
y llenar el paréntesis con sueños

los pájaros escapan como amores
y como amores vuelven a encontrarnos
son sencillos como las soledades
y repetidos como los insomnios

busco mis cómplices en la frontera
que media entre tu piel y mi pellejo
me oriento hacia el amor sin heroísmo
sin esperanzas pero con memoria

por ahora el paréntesis prosigue
abierto y taciturno como un túnel



jueves, 3 de octubre de 2019

Cristal del autobús junto a Virginia (por Elena Medel)


Ocupáis tres asientos frente a mí en el autobús que se desplaza
desde nuestro barrio alejado del centro
al centro;
al centro de nuestra localidad minúscula, entiéndase, no al centro
de las cosas, no a la esencia misma ni a la materia nuclear donde la
vida

bang

donde la vida

se expande y obedece a todos los fenómenos —etcétera— que
dicta
la astrofísica. Lo proclaman las asignaturas que rodeábamos
porque éramos de letras; lo proclaman los inexpugnables mecanismos que
atañen a vocablos tan comunes
como universo, vida, muerte, amor.
Ocupáis tres asientos frente a mí
en la parte trasera del transporte público: el niño a la derecha, en el
centro la niña, la madre a la izquierda.

Ahora tú, hija pequeña de Virginia: chándal rosa gastado —igual
que los plumieres de tu madre— con un personaje
que mi edad y condición soltera ignoran.

Ahora tú, hijo mayor de Virginia, intuyo en tu barbilla y tus orejas
los rasgos que heredaste de tu padre, y me pregunto
si Virginia los maldice
—Virginia, ¿los maldices?—
a la hora del baño.

Pero tú, Virginia, tan rubia, ¿lo recuerdas?
Allá donde entonces combatíamos piojos

ahora

bang

ahora

escondemos el tiempo.

Aquí tú lees una revista, Virginia, aquí tú no me reconoces: ¿te sirven
los consejos del cuché,
oh tú, tan rubia e inocente?
Virginia, siempre con mi edad y ahora con dos hijos, sin anillo en
el dedo, con un bolso colmado de galletas:
Virginia, hijo mayor de Virginia, hija pequeña de Virginia,
años luz caídos
años luz quebrados en la comisura de los labios,
cerrad los ojos y pedid un deseo

frente a mí

en el autobús destartalado que nos salva del barrio periférico y nos
acerca
al centro, lejos de los bancos en los que los adolescentes beben y las
noches golpean los jardines,
cierra los ojos, Virginia,
porque en estos veintiocho minutos de trayecto he pensado en
nosotras,
en ti que no me reconoces veinte años más tarde, en tus canas donde
la gente que nunca te habló, en tus canas donde la gente
reía y se burlaba.

Cristal del autobús junto a Virginia, espejito de ambas,
tus uñas rojas comidas al fregar los platos, una gota de laca roja en
tu dedo anular,
oh Virginia, oh rubia e inocente,
yo he pensado en nosotras,

bang

yo he pensado en nosotras.

No sé si sabes a lo que me refiero.

Te estoy hablando del fracaso.


miércoles, 2 de octubre de 2019

Sherpa (por Álvaro Tato)


Escalamos el suelo
a pie.

Solos o juntos,
sin abrigo ni guía, suelo adentro,
pasos arriba.

Seguimos, nos perdemos
y sobre el suelo plano
se suceden aludes y refugios.

A veces en la sima
del sueño coronamos
una verdad posible:

cada paso es la cumbre.


martes, 1 de octubre de 2019

Y aún más larga la noche (por Claudio Rodríguez)


Largo se le hace el día a quien no ama
y él lo sabe. Y él oye ese tañido
corto y duro del cuerpo, su cascada
canción, siempre sonando a lejanía.
Cierra su puerta y queda bien cerrada;
sale y, por un momento, sus rodillas
se le van hacia el suelo. Pero el alba,
con peligrosa generosidad,
le refresca y le yergue. Está muy clara
su calle, y la pasea con pie oscuro,
y cojea en seguida porque anda
sólo con su fatiga. Y dice aire:
palabras muertas con su boca viva.
Prisionero por no querer, abraza
su propia soledad. Y está seguro,
más seguro que nadie porque nada
poseerá; y él bien sabe que nunca
vivirá aquí, en la tierra. A quien no ama,
¿cómo podemos conocer o cómo
perdonar? Día largo y aún más larga
la noche. Mentirá al sacar la llave.
Entrará. Y nunca habitará su casa.


lunes, 30 de septiembre de 2019

Para tenerte entre mis dedos un momento (por Julio Cortázar)


De vuelta del paseo
donde junté una florecita para tenerte entre mis dedos un momento,
y bebí una botellas de Beaujolais, para bajar al pozo
donde bailaba un oso luna,
en la penumbra dorada de la lámpara cuelgo mi piel
y sé que estaré solo en la ciudad
más poblada del mundo.
Excusarás este balance histérico, entre fuga a la rata y queja de morfina,
teniendo en cuenta que hace frío, llueve sobre mi taza de café,
y en cada medialuna la humedad alisa sus patitas de esponja.
Máxime sabiendo
que pienso en ti obstinadamente, como una ciega máquina,
como la cifra que repite interminablemente el gongo de la fiebre
el loco que cobija su paloma en la mano, acariciándola hora a hora
hasta mezclar los dedos y las plumas en una sola miga de ternura.
Creo que sospecharás esto que ocurre,
como yo te presiento a la distancia en tu ciudad,
volviendo del paseo donde quizá juntases
la misma florecita, un poco por botánica,
un poco porque aquí,
porque es preciso
que no estemos tan solos, que nos demos
un pétalo, aunque sea un pasito, una pelusa.


domingo, 29 de septiembre de 2019

Dicen "mío" (por Rainer Maria Rilke)


Ellos dicen mío

de todas las cosas, tan pacientes. Son

como el viento que roza las ramas

y que dice: mi árbol.


Apenas notan cómo

cuanto coge su mano, se pone incandescente:

así que ni en su borde más externo

podrían sujetarlo sin quemarse.


Dicen mío, como uno que

llamara amigo al príncipe, al hablar con labriegos,

si ese príncipe es grande y está muy lejos.

Dicen mío de los externos muros

pero no conocen nada del dueño de la casa.

Dicen mío y lo llaman propiedad,

cuando todo a lo que ellos se acercan se cierra,

igual que un ordinario charlatán

llama míos al sol y a los relámpagos.


Así dicen: mi vida, mi mujer,

mi perro, mi hijo, y saben, sin embargo, muy bien

que todo: mujer, vida, perro y niño,

son extrañas imágenes que palpan,

ciegos, con manos extendidas.

Certidumbre, en verdad, sólo hay para los grandes,

los que anhelan ver. Pues los otros

no quieren oír que su caminar mísero

no se integra con nada de lo de alrededor,

y que, apartados de sus bienes,

sin ser reconocidos por su propiedad, poseen

tan poco a la mujer como a la flor,

que tiene una vida ajena para todos.



sábado, 28 de septiembre de 2019

Autorretrato a los veinte años (por Roberto Bolaño)


Me dejé ir, lo tomé en marcha y no supe nunca
hacia dónde hubiera podido llevarme. Iba lleno de miedo,
se me aflojó el estómago y me zumbaba la cabeza:
yo creo que era el aire frío de los muertos.
No sé. Me dejé ir, pensé que era una pena
acabar tan pronto, pero por otra parte
escuché aquella llamada misteriosa y convincente.
O la escuchas o no la escuchas, y yo la escuché
y casi me eché a llorar: un sonido terrible,
nacido en el aire y en el mar.
Un escudo y una espada. Entonces,
pese al miedo, me dejé ir, puse mi mejilla
junto a la mejilla de la muerte.
Y me fue imposible cerrar los ojos y no ver
aquel espectáculo extraño, lento y extraño,
aunque empotrado en una realidad velocísima:
miles de muchachos como yo, lampiños
o barbudos, pero latinoamericanos todos,
juntando sus mejillas con la muerte.



viernes, 27 de septiembre de 2019

El coloso (por Sylvia Plath)


Nunca conseguiré recomponerte del todo,

armarte, encolarte y ensamblarte adecuadamente.

De tus enormes labios surgen

rebuznos, gruñidos y cacareos obscenos.

Esto es peor que vivir en un corral.


Supongo que te crees un oráculo,

el portavoz de los muertos o de algún que otro dios.

Treinta años llevo ya luchando

por drenar el cieno de tu garganta,

y aún no sé por qué.


Trepando por mis escalerillas, con botes de pegamento

y cubos de desinfectante, me arrastro como una hormiga

enlutada por los herbazales de tu ceño

para arreglar tus inmensas placas craneales y limpiar

los blancos, vacíos túmulos de tus ojos.


Un cielo azul, como de la Orestíada,

se arquea sobre nosotros. Oh, Padre, tú mismo

ya eres tan retórico y arcaico como el Foro Romano.

Saco mi almuerzo en una colina de cipreses negros.

Tus huesos estriados y tus cabellos de acanto se confunden


esparcidos en su viejo caos hasta el horizonte.

Haría falta algo más que la descarga de un rayo

para crear una ruina semejante.

De noche, me acurruco en la cornucopia

de tu oído izquierdo, resguardada del viento,


contando las estrellas rojas y esas otras de color ciruela.

El sol sale por detrás del pilar de tu lengua.

Mis horas se han desposado con la sombra,

y ya he dejado de escuchar el roce de una quilla

contra las piedras lisas del muelle.


jueves, 26 de septiembre de 2019

La muchacha del balcón (por Juan Gelman)


La tarde bajaba por esa calle junto al puerto
con paso lento, balanceándose, llena de olor,
las viejas casas palidecen en tardes como ésta,
nunca es mayor su harapienta melancolía
ni andan más tristes de paredes,
en las profundas escaleras brillan fosforescencias como de mar,
ojos muertos tal vez que miran a la tarde como si recordaran,
eran las seis, una dulzura detenía a los desconocidos,
una dulzura como de labios de la tarde, carnal,
carnal,
los rostros se ponen suaves en tardes como ésta,
arden con una especie de niñez
contra la oscuridad, el vaho de los dancings.

Esa dulzura era como si cada uno recordara a una mujer
sus muslos abrazados, la cabeza en su vientre,
el silencio de los desconocidos
era un oleaje en medio de la calle
con rodillas y rostros de ternura chocando
contra el «New Inn», las puertas, los umbrales de color abandono.

Hasta que la muchacha se asomó al balcón
de pie sobre la tarde íntima como su cuarto con la cama deshecha
donde todos creyeron haberla amado alguna vez
antes de que viniera el olvido.


miércoles, 25 de septiembre de 2019

Un epitafio (por José Alcaraz)


Tengo un epitafio:

"Así está bien".

Lo cuido,
crece como hierba.

Lleva una lluvia dentro
y viento
con risas de niño.

Juega a mi alrededor.

Es extraño.

No sé.

Lo más alegre
que he escrito triste.


martes, 24 de septiembre de 2019

Ha de llover (por Antonio Gamoneda)


Hay sequía en la luz y la ceniza llora,
como mi madre, sin lágrimas.

Ha de llover.

Ha de llover hasta que se levanten los maíces sagrados y sea posible la celebración de la muerte.

Ha de llover.

¿Por qué no? ¿ Por qué no ha de llover
en la tiniebla intestinal y en las hirvientes médulas?

Ha de llover

en los niños frenéticos y en los adoradores nocturnos
y en los ancianos extraviados en la música.

Ha de llover

en el pensamiento y en la felicidad ensangrentada.
Ha de llover sobre esta piedra enferma
donde, en la noche, cunde un resplandor
procedente de astros inservibles.

Ha de llover,

tiene que caer la lluvia suavemente
sobre los suicidas del amanecer.

Ha de llover
en la superficie cristianizada por la industria. Tiene que llover
hasta que aúllen las alondras y,
bajo las catenarias, en Vega Magaz,
los ferroviarios se desnuden
y detengan la máquina que llora.

Ha de llover en la extremaunción
sacramentalmente perversa. Ha de llover
en el interior del hierro y en la furia negra
de quince niños guineanos y
quince niños prematuros.

Ha de llover con ternura
sobre las secretarias parturientas.

Ha de llover
sobre los jueces y los asesinos,
sobre los comandantes y las monjas.

Ha de llover en los prostíbulos
y en los ministerios invisibles
y en ciertas fístulas azules y
sobre las serpientes melancólicas.
Y las serpientes han de silbar tristemente
treinta melodías olvidadas. Son
reconocibles por su olor a sombra
y a sustancia inguinal. Dichas serpientes
silbarán en las cajas de ahorro
y en los urinarios y en las tumbas.

Sí, ha de llover: hoy es martes
especialmente. Hoy resucitan
los fusilados de Villamañán.

Ha de llover en las letrinas
notariales hasta que aparezcan los títulos
de la propiedad mortal y de la tristeza hipotecaria y
cien cartas de amor de Francisco Franco.

Ha de llover con dulzura sobre las niñas que abortan en octubre.

Ha de llover en la agonía de Jorge Pedrero y
sobre los visitantes lívidos.

Ha de llover en mis venas
y en mi desaparición. Causa analógica:
se sabe que los agonizantes son felices
rodeados de llanto.

Ha de llover con crueldad católica
sobre los huesos de Felipe Segundo
y de los Caídos por Dios y por España.

Agua para los prostáticos
y su dolor universal, agua también
para los sifilíticos y los curas.

Agua para los Borbones
y para los mendigos y las mujeres rojas
que gritaban los gritos amarillos
de mil novecientos treinta y seis.

Ha de llover.

Ha de llover en los pantanos
rebosantes (se dice) de fascismo y de
tristeza imperial. Se han encontrado
poderosas razones ecuménicas
para que llueva en los pantanos. Es
físicamente necesario a causa
de la prosperidad del incesto y
de los cuchillos olvidados en las iglesias. Ha
de llover.

Ha de llover, sí, pero no han de olvidarse
los manantiales del odio ni las acequias
secretas de los monasterios ni
la humedad de las sociedades anónimas.

Ha de llover jamás y siempre. Con
desesperación agraria. Ha de llover
hasta que enloquezcan los metales
y el sílice y las inmensas madres
del Barrio de la Sal.

Ha de llover ya.

¿Está lloviendo?
Sí, está lloviendo. Las madres
son blancas y locas.

Ya vienen
al penal y a los laboratorios
de la tortura.

Ya
están aquí las madres. Traen
fuego y amor.

¡Ah de la lluvia
sobre las madres!

Ya
el agua y el amor y el fuego cunden.
Ya están ardiendo sin escoria
con esperanza roja, ávidamente,
dulcemente, los juicios sumarísimos.

¡Ah de la lluvia!


lunes, 23 de septiembre de 2019

Preguntándome qué busco (por Philip Larkin)


En cuanto estoy seguro de que no pasa nada,

entro y dejo cerrarse la puerta con un golpe seco.

Otra iglesia: esteras, asientos y piedra,

y esos librillos; flores desperdigadas, cortadas

para el domingo, ahora algo marrones; latón y esas cosas

que hay en el rincón sagrado; un bonito órgano;

y un silencio tenso, mohoso, imposible de ignorar

engendrado hace Dios sabe cuánto. Sin sombrero,

me quito los clips de ciclista en torpe reverencia,

avanzo y paso la mano por la pila bautismal.

Desde donde estoy, el techo parece casi nuevo:

¿lo han limpiado o restaurado? Cualquiera sabe: yo, no.

Me subo al atril y leo unos versículos

intimidatorios en letra grande, y pronuncio

el «Aquí acaba» mucho más fuerte de lo que pretendía.

El eco es una breve burla. De nuevo en la puerta

firmo en el libro, dejo una moneda irlandesa de seis peniques

y reflexiono que no valía la pena pararse ahí.


Y sin embargo me he parado: a menudo lo hago,

y siempre acabo igual de perdido,

preguntándome qué busco; preguntándome también,

cuando las iglesias caigan completamente en desuso

en qué las convertiremos, si mantendremos

algunas catedrales para enseñarlas de vez en cuando,

sus pergaminos, patenas y cofres en vitrinas cerradas,

y dejaremos el resto gratis a la lluvia y las ovejas.

¿Las evitaremos como si fueran lugares de mal agüero?


¿O, al caer la noche, aparecerán turbias mujeres

para que sus hijos toquen una piedra en concreto;

a coger hierbas para un cáncer; o alguna noche

determinada para ver caminar a un muerto?

Seguirá existiendo algún tipo de poder

en juegos, acertijos, aparentemente al azar;

pero la superstición, igual que la fe, debe morir,

¿y qué quedará cuando ya no haya ni incredulidad?

Hierbas, un pavimento con maleza, zarzas, contrafuertes, cielo,


una forma cada semana menos reconocible,

una intención más recóndita. Me pregunto quién

será el último, el último de todos, que busque

este lugar por lo que fue; ¿uno de esos que

dan golpecitos, anotan y saben lo que eran el coro y el ábside?

¿Un borracho de las ruinas, un cachondo de las antigüedades,

o un adicto a la Navidad, que busca el tufillo

a sotanas y alzacuellos, tubos de órgano y mirra?

¿O será alguien como yo,
aburrido, ignorante, que sabe que el limo espectral

se ha dispersado, y sin embargo se acerca a este suelo en cruz

a través de estos matorrales porque ha mantenido

entero durante tanto tiempo, invariable, lo que desde entonces

solo encontramos separado: el matrimonio, el nacimiento

y la muerte, y los pensamientos que provocan, para lo que fue construida

esta estructura especial? Pues aunque ignoro

el valor de este granero rancio y habilitado,

me agrada estar aquí en silencio;


es una casa seria en una tierra seria,

en cuya atmósfera mixta todas nuestras compulsiones confluyen,

se reconocen y se visten de destinos.

Y eso nunca será obsoleto,

pues siempre habrá alguien que sorprenda

dentro de sí un ansia de ser más serio,

y que lo atraiga a este suelo,

el cual, oyó decir una vez, ayudaba a ser más sabio,

aunque solo sea por los muertos que contiene.


domingo, 22 de septiembre de 2019

El dios abandona a Antonio (por Konstantinos Kavafis)


Cuando de pronto a medianoche oigas pasar
un invisible desfile
con músicas fantásticas y voces,
no llores por tu suerte que declina,
por tus hazañas incumplidas,
por tus proyectos errados.
Valiente, como dispuesto desde hace tiempo ya,
di adiós a Alejandría que se aleja,
y sobre todo no te engañes, no digas
que fue un sueño, que se confundió tu oído.
No confíes en vanas esperanzas.
Como dispuesto desde hace tiempo,
valiente, como te corresponde a ti
que mereciste esa ciudad,
quédate inmóvil junto a la ventana
y escucha conmovido, pero no
miedoso ni suplicante como los cobardes.
Goza finalmente de los sonidos,
de los raros instrumentos del cortejo divino
y despide a Alejandría que te deja.


sábado, 21 de septiembre de 2019

Sobre un filo de espada (por Eugenio Montale)


Felicidad lograda, caminamos

por ti sobre un filo de espada.

Para los ojos eres resplandor que vacila;

para el pie, tenso hierro que se raja;

que no te toque, pues, quien más te ama.

Si llegas a las almas invadidas

de tristeza, iluminándolas, tu mañana

es dulce y turbadora como nidos en las molduras.

Pero nada paga el llanto de ese niño

cuyo globo se escapa entre las casas.

viernes, 20 de septiembre de 2019

1936 (por Miguel Labordeta)


Fue en la edad de nuestro primer amor,
cuando los mensajes
son propicios al precoz embelesamiento
y los suaves atardeceres
toman un perfume dulcísimo
en forma de muchacha azul
o de mayo que desaparece,
cuando unos hombres duros como el sol del verano
ensangrentaban la tierra
blasfemando de otros hombres
tan duros como ellos;
tenían prisa por matar para no ser matados
y vimos asombrados
con inocente pupila
el terror de los fusilados amaneceres,
las largas caravanas de camiones desvencijados
en cuyo fondo los acurrucados individuos
eran llevados a la muerte
como acosada manada;
era la guerra, el terror, los incendios,
era la patria suicidada,
eran los siglos podridos reventando;
vimos las gentes despavoridas
en un espanto de consignas atroces;
iban y venían, insultaban, denunciaban, mataban,
eran los héroes, decían golpeando
las ventanillas de los trenes repletos de su carne de cañón;
nosotros no entendíamos apenas el suplicio
y la hora dulce de un jardín con alegría y besos;
fueron noches salvajes de bombardeo, noticias lúgubres,
la muerte banderín de enganche cada macilenta aurora;
y héteme aquí solo ante mi vejez más próxima
preguntar en silencio
¿qué fue de nuestro vuelo de remanso,
por qué pagamos las culpas colectivas
de nuestro viejo pueblo sanguinario;
quién nos resarcirá de nuestra adolescencia destruida
aunque no fuese a las trincheras?

Vanas son las preguntas a la piedra
y mudo el destino insaciable por el viento;
mas quiero hablar aquí
de mi generación perdida,
de su cólera, paloma en una sala de espera con un reloj
parado para siempre;
de sus besos nunca recobrados,
de su alegría asesinada
por la historia siniestra
de un huracán terrible de locura.


jueves, 19 de septiembre de 2019

Se han quedado debajo (por Roberto Juarroz)


Los rostros que has ido abandonando
se han quedado debajo de tu rostro
y a veces te sobresalen
como si tu piel no alcanzara para todos.

Las manos que has ido abandonando
te abultan a veces en la mano
y te absorben las cosas o las sueltan
como esponjas crecientes.

Las vidas que has ido abandonando
te sobreviven en tu propia sombra
y algún día te asaltarán como una vida,
tal vez para morir una vez sola.


miércoles, 18 de septiembre de 2019

Sin darme cuenta (por Dámaso Alonso)


Mañana lenta,
cielo azul,
campo verde,
tierra vinariega.

Y tú, mañana, que me llevas.
Carreta
demasiado lenta,
carreta
demasiado llena
de mi hierba nueva,
temblorosa y fresca,

que ha de llegar –sin darme cuenta-
seca,
-sin saber cómo-
seca.


martes, 17 de septiembre de 2019

Resuenan (por Isidro Saiz de Marco)



en el presente los gritos del pasado

los audibles sollozos del pasado

las risas

limpias

sucias

del pasado

las palabras aquellas

dichas y no apagadas

los tonos persistentes con que se pronunciaron

las frases

blandas

duras

del pasado

tiempo arriba subiendo de lo hondo

sonando desde dentro

viejas

nuevas

vibrando retumbando

las voces del pasado en el presente



lunes, 16 de septiembre de 2019

Ceremonia de amor (por Jaime Huenún)


Los árboles anoche amáronse indios: mañío e ulmo, pellín
e hualle, tineo e lingue nudo a nudo amáronse
amantísimos, peumos
bronceáronse cortezas, coigües mucho
besáronse raíces e barbas e renuevos, hasta el amor despertar
de las aves ya arrulladas
por las plumas de sus propios
mesmos amores trinantes.

Mesmamente los mugrones huincas
entierráronse amantes, e las aguas
cholas abrieron sus vertientes alumbrando, a sorbos
nombrándose, a solas e diciéndose: aguas buenas, aguas
lindas, ay pero violadas somos aguas Rahue,
plorosas Pilmaiquén, floridas e parteras e aún felices
las arroyos que atraviesan como liebres
los montes e los cerros.

E torcazos el mesmo amor pronto ayuntáronse
los Inallao manantiales
verdes, las Huaiquipán bravías
mieles, los Llanquilef veloces
ojos, las Relequeo pechos
zorzales, las Huilitraro quillay
pelos tordos, los Paillamanque
raulíes nuevos.

Huilliche amor, anoche amaron más
a plena chola arboladura, a granado
cielo indio perpetuo
amáronse, amontañados
como aguas potras e como anchimallén encendidos, al alba
aloroso amáronse,
endulzándose el germen lo mesmo
que vasijas repletas de muday.


domingo, 15 de septiembre de 2019

Viene la soledad (por Mario Benedetti)


Ellos tienen razón: esa felicidad al menos con mayúscula no existe.

Ah, pero si existiera con minúscula sería semejante a nuestra breve presoledad.

Después de la alegría viene la soledad, después de la plenitud viene la soledad, después del amor viene la soledad: ya sé que es una pobre deformación.

Pero lo cierto es que en ese durable minuto uno se siente solo en el mundo. Sin asideros, sin pretextos, sin abrazos, sin rencores, sin las cosas que unen o separan.

Y en esa sola manera de estar solo, ni siquiera uno se apiada de uno mismo.

Los datos objetivos son como sigue: Hay diez centímetros de silencio entre tus manos y mis manos, una frontera de palabras no dichas entre tus labios y mis labios, y algo que brilla así de triste entre tus ojos y mis ojos.

Claro que la soledad no viene sola. Si se mira por sobre el hombro mustio de nuestras soledades se verá un largo y compacto imposible, un sencillo respeto por terceros o cuartos, ese percance de ser buena gente.

Después de la alegría, después de la plenitud, después del amor viene la soledad. Conforme, pero ¿qué vendrá después de la soledad?

A veces no me siento tan solo si imagino, mejor dicho si sé, que mas allá de mi soledad y de la tuya otra vez estás vos, aunque sea preguntándote a solas qué vendrá después de la soledad...


viernes, 13 de septiembre de 2019

Hay que aprender de nuevo a vivir (por Anna Ajmátova)


Y cayó la palabra de piedra
sobre mi pecho todavía vivo.
No importa. Estaba preparada.
De alguna manera me las apañaré.

Hoy tengo que hacer muchas cosas:
hay que matar la memoria,
hay que petrificar el alma,
hay que aprender de nuevo a vivir.

Si no… El caluroso susurro del verano
celebra su fiesta en mi ventana.
Hace tiempo que presentía
este día luminoso y la casa vacía.


jueves, 12 de septiembre de 2019

En las nubes (por Luis Muñoz)


Charlando en un café,
ajenos al murmullo de otras mesas,
al trajín de las tazas, a la entrada de tipos
que dejan los abrigos junto a ellos.
Con los ojos clavados uno en otro,
una chispa airosa en la sonrisa,
un resplandor muy dulce,
en las nubes de una combustión:
ningún amor se entiende desde fuera,
ninguno.



miércoles, 11 de septiembre de 2019

Cierro los ojos para ver (por Ángel González)


A mano amada,
cuando la noche impone su costumbre de insomnio
y convierte
cada minuto en el aniversario
de todos los sucesos de una vida;

allí,
en la esquina más negra del desamparo, donde
el nunca y el ayer trazan su cruz de sombras,

los recuerdos me asaltan.

Unos empuñan tu mirada verde,
otros
apoyan en mi espalda
el alma blanca de un lejano sueño,
y con voz inaudible,
con implacables labios silenciosos,
¡el olvido o la vida!,
me reclaman.

Reconozco los rostros.
No hurto el cuerpo.

Cierro los ojos para ver
y siento
que me apuñalan fría,
justamente,
con ese hierro viejo:
la memoria.


martes, 10 de septiembre de 2019

El fantasma de Edna Lieberman (por Roberto Bolaño)


Te visitan en la hora más oscura
todos tus amores perdidos.
El camino de tierra que conducía al manicomio
se despliega otra vez como los ojos
de Edna Lieberman,
como sólo podían sus ojos
elevarse por encima de las ciudades
y brillar.
Y brillan nuevamente para ti
los ojos de Edna
detrás del aro de fuego
que antes era el camino de tierra,
la senda que recorriste de noche,
ida y vuelta,
una y otra vez,
buscándola o acaso
buscando tu sombra.
Y despiertas silenciosamente
y los ojos de Edna
están allí.
Entre la luna y el aro de fuego,
leyendo a sus poetas mexicanos
favoritos.
¿Y a Gilberto Owen,
lo has leído?,
dicen tus labios sin sonido,
dice tu respiración
y tu sangre que circula
como la luz de un faro.
Pero son sus ojos el faro
que atraviesa tu silencio.
Sus ojos que son como el libro
de geografía ideal:
los mapas de la pesadilla pura.
Y tu sangre ilumina
los estantes con libros, las sillas
con libros, el suelo
lleno de libros apilados.
Pero los ojos de Edna
sólo te buscan a ti.
Sus ojos son el libro
más buscado.
Demasiado tarde
lo has entendido, pero
no importa.
En el sueño vuelves
a estrechar sus manos,
y ya no pides nada.