zUmO dE pOeSíA

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de todos los colores, de todos los sabores

ALEATORIUM: Saca un poema de nuestro almacén

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lunes, 30 de marzo de 2015

Todas las calles son visitadas (por Philip Larkin)


Cerrados como confesionarios, se abren paso

a través del ruidoso mediodía de las ciudades

y no responden a las miradas absortas en ellos.

Gris lustroso, con su escudo en la placa,

llegan para estacionarse en cualquier vereda:

todas las calles, a su debido tiempo, son visitadas.


Y entonces niños apostados en aceras

y mujeres que llegan de las tiendas

luego de esquivar los olores de comidas diversas,

miran ese rostro pálido y agreste que rebasa

fugazmente la manta roja de la camilla

al ser puesto y acomodado en ella.


Y reciben por entero, en un segundo,

el resuelto vacío

que yace bajo todo lo que hacemos,

permanente, desnudo, conclusivo.

Luego el vehículo

se pierde a la distancia. Pobre diablo,

susurran perturbados.


Pues aun amortiguado

puede ir allí el inesperado golpe de la pérdida

merodeando algo que toca fin,

y todo cuanto era congruente a través de los años,

las irrepetibles y fortuitas mezclas

de familias y costumbres, ahora, en ese vehículo,

de una vez por todas,


comienzan a aflojar. Ajeno

a todo intercambio amoroso, ese rostro yace

inalcanzable en una cabina

que el tráfico despide al dejarla avanzar

aproximándolo al desenlace que está por venir

y amortiguando en la lejanía todo lo que somos.

domingo, 29 de marzo de 2015

Por miedo (por Antón Arrufat)

Por miedo
el hombre construyó una casa
se echó al mar
derrotó al tirano
que se paseaba insolente
por miedo
a ser envenenado en su alcoba
Por miedo
nos vestimos de un modo
heredamos los gestos
la voz de los muertos
frecuentamos el dogma
de rodillas
decimos "hasta pronto"
"hasta luego"
para enredar la muerte
en la palabra
inventamos la eternidad
para encontrarnos
después de tantas despedidas
Por miedo
no aceptamos el cuerpo
los sentidos
el amor de la hermana
la libertad
los trenes que parten
Por miedo
alguien sale en busca
del delator
y lo ultima en la sombra
Por miedo
hacemos de los otros
nuestra imagen
héroes o traidores
Por miedo
alguien busca
su muerte
la propicia
la halaga
quiere una paz medrosa
Por miedo
nos amamos con furia
provocamos la ira
del enemigo
fuimos airados
arbitrarios y tristes
Por miedo
levantamos una ciudad
matamos al tigre
en la selva profunda
al tigre del sueño
al de la pesadilla
al hombre vestido
de fiera
a las viejas fieras
del circo
Por miedo
aprendimos
a vivir
en la cuerda floja
el miedo
luego
lo convirtió en arte
Por miedo

sábado, 28 de marzo de 2015

Y aquí tienes tu cordón (por Billy Collins)


El otro día mientras me dedicaba a rebotar lentamente
por las paredes azules de esta habitación,
yendo de la máquina de escribir al piano,
de la estantería a un sobre que estaba en el suelo,
di a parar a la sección C del diccionario
donde mis ojos fueron a caer en la palabra cordón.

Ninguna galleta mordisqueada por un novelista francés
podría retrotraerte al pasado tan de repente
-un pasado donde me sentaba en un banco de trabajo en un campamento
junto al profundo lago Adirondack
aprendiendo a trenzar tiras finas de plástico
para hacer un cordón, un regalo para mi madre.

Nunca había visto a nadie usar un cordón
o llevar uno puesto, si eso es lo que se hacía con ellos,
pero eso no evitó que yo entrecruzara
hebra sobre hebra una y otra vez
hasta que hice un compacto
cordón rojo y blanco para mi madre.

Ella me dio la vida y leche de sus pechos,
y yo le regalé un cordón.
Ella me dio el pecho en más de una sala de espera,
me dio cucharadas de medicina,
colocó paños fríos en mi frente,
y luego me mostró el camino hacia la luz etérea

y me enseñó a caminar y a nadar,
y yo, a cambio, la obsequié con un cordón.
Aquí tienes miles de comidas, dijo,
y aquí tienes ropa y una buena formación.
Y aquí tienes tu cordón, contesté,
que hice con un poco de ayuda del monitor.

Aquí tienes un cuerpo que respira y un corazón que late,
fuertes piernas, huesos y dientes,
y dos ojos limpios para leer el mundo, susurró ella,
y aquí, dije yo, está el cordón que hice en el campamento.
Y aquí, deseo decirle ahora
tienes un regalo más pequeño -no la ancestral verdad
de que nunca puedes corresponderle a tu madre,
sino el compungido reconocimiento de que cuando
cogió de mis manos el cordón a dos colores,
estaba tan seguro como pueda estarlo un chaval
de que esta cosa sin valor e inservible que trencé
de puro aburrimiento sería suficiente para quedar en paz con ella.

viernes, 27 de marzo de 2015

Hasta siempre, Tomas


Amigos: Recibimos entristecidos la noticia de la muerte, hoy, de Tomas Tranströmer. Como homenaje a él, publicamos este poema suyo.

Hasta siempre, amigo.



Madrigal (por Tomas Tranströmer)

Heredé un bosque sombrío donde raramente voy. Pero el día llegará en que los muertos y los vivos cambien de lugar. Entonces el bosque se pondrá en marcha. No carecemos de esperanza. Los crímenes más graves quedan sin resolverse pese a los esfuerzos de todas las policías. En el mismo sentido existe también en algún sitio de nuestras vidas un gran amor sin resolverse. Heredé un bosque sombrío, pero ahora camino por otro bosque, luminoso. ¡Todo lo que vive, canta, se mueve, trepa y se agita! Es primavera y el aire es embriagador. Me gradué en la universidad del olvido y tengo las manos tan vacías como la camisa en el tendedero.


Pero no dije nada (por Julio Rodríguez)

Me miraba en silencio, recostado
en la cama extraña donde yacía,
sin moverse apenas,
sobre el duro colchón de aquella vida
que le había tocado en suerte.
Me miraba sin rabia ni ternura,
con lentitud (¿qué prisa
ha de tener quien sabe que la muerte
le ha echado el guante y no se piensa ir sola?).
Su cuerpo era un saco de cemento
que los años habían dejado caer
sobre aquella cama de hospital.
Tendría unos ochenta años,
con cierto parecido a Anthony Quinn
en sus últimas películas,
un campesino rudo de los Abruzos,
tal vez un albañil, un hombre de esos
capaces de construir
su casa con sus propias manos.
Me miraba esperando que le dijera algo,
cualquier cosa; no en vano
ningún extraño se acerca
a un moribundo sin una buena razón.
Pero no dije nada: no sabía su idioma
ni sabía entonces que el dolor
habla la misma lengua en todas partes.
Sólo supe quedarme allí plantado,
aguantándole la mirada, mientras
en la cama de al lado la enfermera
extendía una sábana
sobre el cuerpo muerto de mi padre.

jueves, 26 de marzo de 2015

Y con tus ojos verme (por Ana Rossetti)

Qué será ser tú.
Éste es el enigma, la atracción sobrecogedora
de conocer, el irresistible afán de echar el ancla
en ti, de poseerte.
Qué será la perplejidad de ser tú.
Qué, el misterio, la dolencia de ser tú y saber.
Qué, el estupor de ser tú, verdaderamente tú y,
con tus ojos, verme.
Qué será percibir que yo te ame.
Qué será, siendo tú, oírmelo decir.
Qué, entonces, sentir lo que sentirías tú.

miércoles, 25 de marzo de 2015

Hay un desconocido (por Gabriel Celaya)

¡Qué extraño es verme aquí sentado,
y cerrar los ojos, y abrirlos, y mirar,
y oír como una lejana catarata que la vida se derrumba,
y cerrar los ojos, y abrirlos, y mirar!

¡Qué extraño es verme aquí sentado!
¡Qué extraño verme como una planta que respira,
y sentir en el pecho un pájaro encerrado,
y un denso empuje que se abre paso difícilmente por mis venas!

¡Qué extraño es verme aquí sentado,
y agarrarme una mano con la otra,
y tocarme, y sonreír, y decir en voz alta
mi propio nombre tan falto de sentido!

¡Oh, qué extraño, qué horriblemente extraño!
La sorpresa hace mudo mi espanto.
Hay un desconocido que me habita
y habla como si no fuera yo mismo.

martes, 24 de marzo de 2015

Y la subo de nuevo (por Joan Margarit)


Como lo fuera para Sísifo

la vida para mí es esta roca.

La cargo y la subo a lo más alto.

Cuando cae, regreso a buscarla,

la tomo entre mis brazos

y la subo de nuevo.

Es una forma de esperanza.

Pienso cuánto más triste habría sido

si no hubiera podido subir nunca una roca

sin más motivo que el amor.

Llevarla por amor a lo más alto.

lunes, 23 de marzo de 2015

Sin cesar (por Denise Levertov)


Como si se tratara

de moverse continuamente, de

mantenerse en movimiento sin cesar.

Bajo un pálido cielo donde,

como la luz encendida de una estrella,

vamos atravesando la neblina, e incesantemente

perseguimos fijamente una constante

más allá de nuestros seis carriles

en un ensueño permanente…

Y la gente –nosotros mismos-

los seres humanos dentro de

los vehículos haciéndose visibles

solamente al parar en las gasolineras,

inseguros,

mirándose los unos a los otros,

bebiendo precipitadamente el café

de la máquina automática y, deprisa,

regresar a los coches

y desaparecer

en ellos para siempre

siguiendo el movimiento.

Casas y más casas más allá de

la pista asfaltada, árboles, árboles, arbustos

que pasan y pasan.

Los coches que

siguen avanzando, delante de

nosotros, junto a nosotros,

presionando detrás de nosotros

y

en el lado izquierdo los que vienen

hacia nosotros con sus brillos deslumbrantes

moviéndose sin descanso,

por seis carriles, deslizándose

al norte y al sur, sumamente veloces,

con un rumor sordo.

domingo, 22 de marzo de 2015

Tan de súbito (por Saúl Ibargoyen)

Aquello sucedió rápidamente.
Tan de pronto ocurrió
que no hubo tiempo
de cerrar los ojos
de mirar
de tener miedo.
Quedaron manos detenidas
en actos de amor
de piedad de furia
los gritos fueron
rígidas flechas absorbidas
por el viento
el sol un diente helado
comiéndonos los nervios
la noche una distancia
claramente presentida
los amantes estatuas
abrazadas a lo eterno.
Tan de súbito ocurrió
fue aquello tan perfecto
que el árbol
no fue árbol
ni la rosa
fue rosa
ni el niño
fue niño
ni la piedra
fue piedra
ni el agua
fue agua
ni el silencio
silencio.
Un nuevo sistema
castigó la hierba
penetró las escamas y los pétalos.
Ya nadie pudo
refugiarse en el sueño
ya nadie tuvo luz
ya nadie tuvo sombra
ni se miró al espejo
ni copió más pecados
ni adquirió más defectos
ni exaltó pasiones
para después negarlas
ni murió por verdades
o por alma
ni se mezcló entre el futuro
y el recuerdo
ni se agarró
al desgaste del deseo
ni a la fiebre
ni a la fe
ni a una planta
de sencillas hojas verdes
ni a un perro esperando
con la cola levantada
ni a un perfume
de cabellos en la noche
ni a un fantasma
disfrazado de esperanza.
Aquello fue tan rápido
tan técnicamente exacto
y de pureza concebido
que los ojos abiertos
quedaron abiertos
y los ojos cerrados
quedaron cerrados
y los informes fueron
por siempre
secretos.
Fue tan rápido
que ocurrió
en menos del tiempo
necesario a la boca
para ser un beso.
Porque aquello vino de una boca
fríamente diciendo:
Tres
Dos
Uno
Cero.

sábado, 21 de marzo de 2015

¿Es ella? (por Antonio Machado)

La calle en sombra. Ocultan los altos caserones
el sol que muere; hay ecos de luz en los balcones.
¿No ves, en el encanto del mirador florido,
el óvalo rosado de un rostro conocido?
La imagen, tras el vidrio de equívoco reflejo,
surge o se apaga como daguerrotipo viejo.
Suena en la calle solo el ruido de tu paso;
se extinguen lentamente los ecos del ocaso.
¡Oh, angustia! Pesa y duele el corazón... ¿Es ella?
No puede ser... Camina... En el azul, la estrella.


viernes, 20 de marzo de 2015

De quién es la firma (por Adrienne Rich)


Las nubes y las estrellas no libraron esta guerra
los arroyos no informaron a nadie
si las montañas arrojaron piedras de fuego en el río
fue sin tomar partido
la gota de agua que se balanceaba ligeramente bajo la hoja
no tenía opiniones políticas

y si aquí o allí una casa
se inundó de aguas residuales
o envenenó a los que allí vivían
con humos lentos, durante años
las casas no estuvieron en guerra

ni los edificios tapiados
quisieron negar su cobijo
a las ancianas sin hogar o a los niños vagabundos
no siguieron una política para dejarlos errar
o morir, no, las ciudades no fueron el problema
los puentes no eran partidistas
las autopistas ardieron, pero sin odio

Incluso los kilómetros de alambrada
que rodearon los estrechos y temporales barracones
concebidos para mantener a los indeseables
a distancia segura, fuera de la vista
incluso los tablones que tuvieron que absorber
año tras año, tantos sonidos humanos
tantas intensidades de vómito, lágrimas
sangre lenta y calada
no se brindaron a esto

Los árboles no se ofrecieron para que los cortaran en tablones
ni las espinas para desgarrar carne

Mira a tu alrededor
y pregunta de quién es la firma
impresa en las órdenes, trazada
en la esquina de los planes preparatorios
Pregunta dónde estaban los analfabetos, las mujeres
panzudas, los borrachos y los locos,
aquéllos a los que temes más que a nada: 

pregunta dónde estabas tú.

jueves, 19 de marzo de 2015

Y las manos aún torpes (por Juan Bello)


El andén por el que corría

-siglo pasado, pelo casi rubio,
manos torpes, claridad de cielo azafrán-,
el andén por el que corría
se diría que sigue siendo el mismo,
la memoria no ha trabajado demasiado.

Un tren huye despavorido, hacia el norte
o hacia el sur, da lo mismo,
me hace pensar en el verano interminable,
aunque sé que nada es interminable,
un puente sobre un río, poco más que eso.

Anuncian por megafonía algún destino,
el mar, una tarde antigua,
nostalgia alfombrada al volver a casa,
tu cuerpo se desnuda, la ropa a un lado,
desocupada, luz de una lámpara,
y las manos aún torpes,
las manos siempre torpes.

miércoles, 18 de marzo de 2015

Niebla (por Javier Lostalé)


Todos somos niebla. Nos deshabitamos cada vez que otro ser
tiembla su voz inaugural en nuestra sangre,
y ponemos luego la memoria al nivel de la bruma del mar
para abrazar el transparente cuerpo de lo perdido.
Todos somos niebla. Buscamos una mano
y por un precipicio de silencio resbala
la inocencia muerta de su tacto.
Sobre su cadáver crecen las yemas de nuestro sueño.
Todos somos niebla. Pronunciamos una palabra
y el eco nos devuelve olvido.
Pero el corazón, al no tener cura,
navega tan alto como una estrella.
Todos somos niebla. En un rostro besamos nuestra propia herida
para envejecer después sostenidos por aquella llama de sombras.
Todos somos niebla. Miran siempre los ojos lo que nunca ven
y así se torna la vida anunciación de un tapiado jardín.
Todos somos niebla. El pensamiento carboniza lo que desvela
hasta alcanzar la grávida invisibilidad del abandono
y despertar todavía imágenes con nuestro ojo de vuelo desierto.
El mundo es niebla. Confusos pasos por dentro.
Deslumbrante ceguera de lo que se abre mientras se cierra.

martes, 17 de marzo de 2015

Valle prohibido (por Saiz de Marco)


Al bosque de la pasión y del éxtasis,

al valle del desgarro y del temblor

mi alma fría tiene vedado el acceso.


Sólo puede mirarlos de lejos


(¡verdinegros prados del Siente y Siéntenos!),

contemplarlos detrás del alambre;


y quejarse porque no los vive,

conformarse porque no los sufre.


Pero si un día esa valla cediera,

si su candado o cerrojo abdicase,

si de pronto le fuera permitida la entrada


-aun sabiendo que allí hay

zarzas llenas de espinas,

brozas,

ortigas,

cardos…-,


mi fría alma empujaría el portón,

cruzaría aquella verja


y pasaría.


lunes, 16 de marzo de 2015

Éramos Dios (por Antonio Gala)


Aún eres mío, porque no te tuve.
Cuánto tardan, sin ti,
las olas en pasar...

Cuando el amor comienza, hay un momento
en que Dios se sorprende
de haber urdido algo tan hermoso.
Entonces, se inaugura
-entre el fulgor y el júbilo-
el mundo nuevamente,
y pedir lo imposible
no es pedir demasiado.

Fue a la vera del mar, a medianoche.
Supe que estaba Dios,
y que la arena y tú
y el mar y yo y la luna
éramos Dios. Y lo adoré.


sábado, 14 de marzo de 2015

Limpia y tranquila (por Wislawa Szymborska)


El águila ratonera no suele reprocharse nada.
La pantera negra carece de escrúpulos.
Las pirañas no dudan de la honradez de sus actos.
Y el crótalo se entrega a la autoaprobación constante.
El chacal autocrítico está aún por nacer.
La langosta, el caimán, la triquina y el tábano
viven satisfechos de ser como son.
El corazón de la orca pesa cien kilos,
pero es, en lo esencial,
liviano como una pluma.
En el tercer planeta del sol
la conciencia limpia y tranquila
es síntoma primordial de animalidad.


viernes, 13 de marzo de 2015

Alambradas (por Philip Larkin)


Las praderas más amplias tienen cercas eléctricas,
pues aunque las reses viejas saben que no han de descarriarse
los novillos jóvenes husmean siempre agua más pura
no aquí, sino en cualquier parte. Más allá de las alambradas
les lleva a chocar contra las alambradas
cuya violencia los desgarra sin mesura.
Ese día el novillo joven en res vieja ha de transformarse,
límites eléctricos a sus más amplias miras. 


jueves, 12 de marzo de 2015

Carnicería (por Charles Simic)


A veces caminando en la noche, tarde
me detengo ante la carnicería cerrada.
Hay una sola luz en el negocio
como la que usa el preso para cavar su túnel.

Un delantal cuelga de un gancho:
la sangre le untó un mapa
de los grandes continentes de la sangre;
los grandes ríos y océanos de la sangre.

Ahí están los cuchillos que brillan como altares
en una iglesia oscura donde traen al lisiado y al imbécil
para sanarlos.

Ahí está la tabla de madera donde se rompen los huesos,
y se pelan a fondo —el río seco hasta su cauce
donde soy alimentado,
donde en lo profundo de la noche oigo una voz.


miércoles, 11 de marzo de 2015

Sombras (por Antón Arrufat)


Mi familia muerta está sentada en la sala
y conversa de las cosas del día.

Por esta calle arrastran muertos
—dice mi madre donde está ahora—
viendo pasar los muertos y las coronas.

Mi familia muerta está sentada en la sala.

Mi tía con sus largos brazos
y el pelo teñido, recordando.
Juan dijo que vendría a buscarla
y nunca volvió. Ella lo vio
con otra mujer y con el niño.
Juan dijo que vendría a buscarla
—repitió la familia.

La mesa con el búcaro y las flores
de papel, el radio viejo y el bastón.

Dios de la vida, exclama mi padre,
Y recoge los restos del día.
Quisimos hacer nuestra vida
a golpes, mientras sonaba
el reloj del comedor.

Mi familia muerta está sentada en la sala.

¿No irás al cine esta tarde
antes de la comida?
Al cine, mirando sus vidas,
sin que puedan cambiarlas,
con los ojos vacíos,
en la vigilia, cuando
crecen las uñas y el pelo de mi madre
es una cabellera sobre los huesos apagados.

Yo pienso en ella y no sé si llorar.
Si las imágenes alcanzaran la resurrección.

Sombras mías, ruinas que no podré rescatar,
manos sin huesos, pies que no caminan
y dejan olvidados los zapatos.

Sombras que no necesitan la oscuridad.
Aparecen bajo el sol, en las tardes,
sin que las invoque, cuando me levanto
despierto en medio de las luces.

Escucha, mi familia:
estoy aquí donde no hay nadie, viviendo
por ustedes, arrastrando los muertos,
y los miro entrar con las puertas cerradas.

Escuchen, sombras mías: en los sillones
que no encuentro, la noche viene
para apagar los trajes y las begonias.


martes, 10 de marzo de 2015

Tempestad (por Adam Mickiewicz)


Las velas desgarradas, el timón arrancado,
bramidos de las aguas, rugidos de los vientos,
resuenan los aterrados gritos de la gente,
los amenazadores aullidos de las bombas,
las últimas amarras se arrancan
de las manos de la tripulación,
el sol desaparece ensangrentado
y se lleva con él toda esperanza.

Sobre húmedas montañas,
que surgen desde el fondo del mar
como edificios, brama triunfal el viento.
Es la muerte que emerge
y avanza hacia la nave
como soldado al asalto de murallas caídas.

Aquí yacen algunos moribundos,
allí otros anuncian que se rinden,
hay quien, con un abrazo, despide a los amigos,
y quien reza pensando
que así espanta a la muerte.

Uno de los viajeros,
sentado en un extremo y silencioso,
pensaba mientras tanto: ¡Qué dichoso
el que ya perdió sus fuerzas, y el que sabe rezar,
y el que tiene con quien decirse adiós!

  

lunes, 9 de marzo de 2015

Mentiras que desgarran (por Emilio Mendoza de la Fuente)


Homicidio en silencio, mentiras que desgarran,
sinceridad perdida que se quiebra y fallece,
sepultada en un mundo bajo lápidas que hieren
y queda ahí, dormida, mentiras son mortaja.


Las rotas esperanzas de mi vuelo sin suerte,
abatido por frases de palabras torcidas
caen inexorables en la tierra maldita;
ahí se abre el infierno, mentiras en mi mente.

Los demonios dibujan -es viento, frío, dudas-
las líneas oscuras de un amanecer roto,
locuras que se pierden, hipocresía en trozos,
las escucho, me arrullan, mentiras en mi tumba.

domingo, 8 de marzo de 2015

Alegrémonos (por Guillaume Apollinaire)

Al ver banderas no me dije esta mañana
he aquí los ricos ropajes de los pobres
ni el pudor democrático quiere velarme su dolor
ni la libertad venerada hace que se imiten ahora
las hojas oh libertad vegetal oh única libertad terrestre
ni las casas flamean porque se partirá para no volver
ni esas manos agitadas trabajarán mañana para nosotros todos
ni siquiera han ahorcado a quienes no sabían aprovechar la vida
ni siquiera se renovará el mundo volviendo a tomar la Bastilla
yo sé que sólo lo renuevan quienes están fundados en poesía

Se ha empavesado a París porque mi amigo André Salmón aquí se casa

Nos conocimos en una bodega maldita
en el tiempo de nuestra juventud
fumando los dos y mal vestidos aguardando el alba
enamorados enamorados de las mismas palabras que habrán de cambiar de sentido
engañados engañados pobres muchachos y no sabiendo aún reír


La mesa y los dos vasos se transformaron en el moribundo que nos echó la última mirada de Orfeo
los vasos cayeron y se rompieron
y nosotros aprendimos a reír

Partimos entonces peregrinos de la perdición
por calles y comarcas y a través de la razón
lo vi de nuevo junto al río donde flotaba Ofelia
qué blanca boya aún entre los nenúfares
iba él en medio de los Hamlets demacrados
tocando en una flauta los aires de la demencia

Lo vi de nuevo junto a un mujik moribundo cantando las beatitudes
admirando la nieve semejante a las mujeres desnudas

Lo vi de nuevo haciendo esto o aquello en honor de las mismas palabras
que cambian el rostro de los niños y digo estas cosas
Recuerdo y Porvenir porque mi amigo André Salmón se casa

Alegrémonos no porque nuestra amistad haya sido el río que nos fertilizó
terrenos ribereños cuya abundancia es el alimento que todos esperan
ni porque nuestros vasos nos echan una vez más la mirada de Orfeo moribundo
ni porque hemos crecido tanto que muchos podrían confundir nuestros ojos con estrellas
ni porque las banderas golpean en las ventanas de los ciudadanos que están contentos desde hace
cien años de tener la vida y pequeñas cosas que defender
ni porque fundados en poesía tenemos derechos sobre las palabras que hacen y deshacen el Universo
ni porque podemos llorar sin ridiculez y porque sabemos reír
ni porque fumamos y bebemos como antaño

Alegrémonos porque director del fuego y de los poetas
el amor que llena así como la luz
todo el sólido espacio entre las estrellas y los planetas
el amor quiere que hoy mi amigo André Salmón se case

sábado, 7 de marzo de 2015

Estoy triste por todo el mundo (por Charles Bukowski)

veo el campeonato de boxeo mejicano
por la tele sentado en la cama
una fresca noche de noviembre.
he tenido un día estupendo en las carreras, he acertado 7
de 9, dos con poquísimas posibilidades.
da igual, ahora veo a los púgiles
emplearse a fondo, demostrando más valentía que
estilo
mientras en la primera fila dos tipos gordos hablan
entre sí,
sin prestar la más mínima atención a los
boxeadores
que pelean por su propia existencia
como seres humanos.
aquí sentado en la cama, estoy triste por
todo el mundo, por la gente que se deja el pellejo
en todas partes, tratando de pagar el alquiler a tiempo,
tratando de conseguir comida suficiente, tratando de dormir
de un tirón.
todo resulta agotador y no cesa hasta que te
mueres.
¡vaya circo, vaya espectáculo, vaya
farsa
desde el Imperio romano hasta la guerra franco-
india, y de allá hasta aquí!

ahora, uno de los chicos mejicanos ha
tumbado al otro.
el gentío grita.
el chaval se levanta a la cuenta de 9.
asiente al árbitro para decirle que está
listo otra vez.
los púgiles se lanzan uno contra otro.
hasta los gordos de la primera fila
muestran interés.
los guantes rojos golpean ferozmente el aire, las
caras y los fibrosos cuerpos
morenos.

entonces
el chico vuelve a caer.
queda boca arriba.
todo ha terminado.

el maldito combate ha terminado.

ahora no se sabe qué será de
ese chico.
por lo que respecta al otro, las cosas le irán bien
una temporadita.
sonríe en sintonía con el
mundo.

apago la tele.

poco después oigo disparos a lo
lejos.
la contienda de la vida continúa.
me levanto, voy a la ventana.
estoy preocupado, me refiero
a la gente y las cosas, a cómo van
las cosas.

luego me encuentro otra vez sentado en la cama, con infinidad
de sentimientos en mi interior que no alcanzo a
entender del todo.

entonces me obligo a dejar de pensar.
hay preguntas que no tienen respuesta.

qué coño, hoy he acertado 7 de 9 en las carreras, eso ya es algo
incluso en medio de un montón de
nada.

lo que hay que hacer es aprovechar la suerte que te venga de cara y fingir
que sabes más de lo que nunca
sabrás.

¿verdad?

viernes, 6 de marzo de 2015

Está empleado en el servicio de Limpiezas (por Wislawa Szymborska).

No llega en tropel.
No se reúne multitudinariamente.
No participa en masa.
No celebra a lo grande.

No saca de sí mismo
una voz coral.
No declara ante todos y cada uno.
No afirma en nombre de.
No en su presencia
este interrogatorio:
quién a favor, quién en contra,
gracias, nadie.

Falta su cabeza
donde cabezas y más cabezas,
donde paso a paso, hombro con hombro
y adelante hasta alcanzar el objetivo
con propaganda en los bolsillos
y el producto del lúpulo.

Donde sólo al principio
todo idílico y angélico,
porque pronto un tumulto
con otro se mezcla
y nunca se sabrá
de quién, ay, de quién
son estas piedras y flores,
estos vivas y palos.

Ni mencionado.
Ni espectacular.
Está empleado en el servicio de Limpiezas.
Al despuntar el alba,
en el sitio donde tuvo lugar todo,
recoge, lleva, arroja al contenedor
lo clavado en árboles medio muertos,
lo aplastado en la cansada hierba.

Pancartas rasgadas,
botellas rotas,
peleles quemados,
huesos mordisqueados,
rosarios, silbatos y preservativos.

Una vez encontró en los arbustos una jaula de palomas.
Se la llevó
y para eso la tiene,
para que siga vacía.


jueves, 5 de marzo de 2015

Surco a surco (por Begoña Abad)

La mano hábil desbroza,
sabia con los años
se mueve con destreza.
Arranca sin remisión
las peores hierbas.
Vuelve a repasar
surco a surco
titubea, se detiene, duda,
pero vuelve a desbrozar.

Teme haber arrancado
en alguna ocasión
un brote delicado que no vio,
que no reconoció,
porque el cansancio ciega.

Regresa, cada día más sabia,
al surco que conoce,
camina por él,
observa más despacio,
y a la destreza
y a la sabiduría
añade ahora la piedad.

miércoles, 4 de marzo de 2015

Cada grano de arroz (por Nguyen Phan Que Mai)


Mis manos elevan a lo alto un tazón de arroz, granos cosechados
en el campo donde enterraron a mi abuela.
Cada grano de arroz sabe dulce como la canción de cuna
de la abuela que nunca conocí.
Imagino su rostro suave mientras la extendían bajo tierra,
sus ropas raídas, su piel pegada a los huesos;
en la gran hambruna de 1945, mi pueblo
tenía hambre de tumbas para enterrar a todos sus muertos.
Nadie podía encontrar la tumba de mi abuela,
a mi padre entonces el arroz le supo amargo durante sesenta y cinco años.

Después de sesenta y cinco años, nos paramos mi padre y yo
frente a la tumba de mi abuela.
Escuché a mi padre decir "Mamá" por primera vez;
temblaba el arrozal a sus espaldas.

A veces te veo por primera vez (por Antjie Krog)


ni la húmeda intimidad de tus párpados aromáticos como el hinojo

ni la violencia de tu cuerpo resistiéndose entre las sábanas

ni lo que viene hacia mí como tu vida


tendrá tanta menuda piedad de mí

como verte durmiendo

tal vez a veces te veo

por primera vez

tú con tu pecho de guayaba y uva

con tus manos frías como cucharas

tus grandes penas altivas manchan de azul cada parte

nos soportaremos uno a otro

incluso si el sol abraza los techos

incluso si el estado cocina lugares comunes

llenaremos nuestros corazones de color

y nuestras trifulcas de pinzones

incluso si mis ojos ascienden hasta el horizonte

incluso si la luna viene con la espalda desnuda

incluso si las montañas forman una conspiración contra la noche

persistiremos cada cual

a veces te veo por primera vez


martes, 3 de marzo de 2015

Por las quimeras ávidas (por Rafael Escobar)


Llevamos plantadas
como una niñez interminable a voz en grito
las raíces del cielo,
como una simiente del dolor de lo imposible,
un delirio tenaz de altura
que consume la primavera del tiempo en un combate
por las quimeras ávidas del corazón.
El deseo ambiciona alzarse a su cima
y así niega con desprecio cuanto somos,
la mentira, el peso turbio de nuestros cuerpos
como una carcasa de muros con rejas
que empaña con rastros de ceniza
la inocencia del empeño en ascender.
No existe apelación firme a la cordura,
palabra ni conjuro para acallar
esta fiebre de ser el otro que nos puja dentro,
esta perpetua maldición que nos susurra
que la vida no es cuanto se ofrece limpio a nuestros ojos.


lunes, 2 de marzo de 2015

Cenizas del olvido (por Muahmmud ibn Al-Mahadee)

Dentro del mundo perceptible
hay otro cosmos que se mueve
como la garra del tigre
entre las hojas que agonizan.

Dentro de un simple grano de arena
muchos desiertos nacen de continuo
y de cada grano que así se produzca
otros desiertos habrán de nacer:
pero toda eternidad desprecia
aquello que pretende limitarla.

Un hueso de rojo dátil
se quema
en las arenas del mediodía.
Recuerdo así a este corazón
entre las cenizas del olvido.

Debajo de la primera piel de la amada
puedes lamer con tus menguados ojos
algo apenas de la hermosura de sus huesos:
pétalos transparentes
que una suavísima sangre sostiene.
Por qué esos pétalos ahí
te preguntas.
Por qué envueltos en tan cálidas sustancias
que al igual que tu muriente cuerpo
fueron forjadas con agua y con tierra.
Te preguntas quién se abrazará
a esos pétalos blancos
quién entre su aroma quemante
habrá de nacer respirar y morir.
Al-Mahad, escucha las voces:
Para qué te exiges ahora una respuesta
si jamás pudiste contestar una sola pregunta.

La amada se aleja a través
de las grandes dimensiones del mundo:
sus sandalias surcan el desierto negro
su cuerpo atraviesa las aguas salobres
sus cabellos mueven finísimas plumas
en las alturas del aire.
¿Qué permanece en el sitio de la amada:
Un fuego gris unos papeles muertos
un polvoriento pedazo de sombra?
¿Qué queda de la amada
en tus manos y en tu boca?
Ni una brizna de su piel
ni una gota de su saliva terrenal.
Ni siquiera su ausencia ni su nombre:
Te has engañado, Al-Mahad:
Ella nunca estuvo aquí.

domingo, 1 de marzo de 2015

Haremos otro (por Saiz de Marco)

Con los restos del naufragio haremos otro barco.

Tomaremos las cuerdas,
las maderas mojadas,
la brújula caída,
el timón arrancado…:

los trozos,

los destrozos,
lo que no se haya hundido,
lo que el mar nos devuelva.

Curaremos la herida profunda de su casco,
coseremos las velas,
secaremos las tablas
-las iremos juntando,
las enderezaremos-,
reajustaremos luego el timón y la brújula.

¿Quién diría que está hecho con ruinas ensambladas:
con lo que a la tempestad sobrevivió?

De la costa Desguace zarparemos de nuevo
y el naufragio
ya no será un naufragio:

será una playa,
un amarre de paso,
una escala en el viaje,

un puerto más de nuestro navegar.


sábado, 28 de febrero de 2015

Su viva imagen (por Benjamín Prado)


–Eres su viva imagen, Me decían
sin sospechar entonces que esas cuatro palabras
iban a ser ahora mi condena.

No tengo dónde huir, dónde esconderme:
sus ojos están dentro de mis ojos;
su apellido en el mío
como el nombre de un barco en el fondo del mar.
Lo que ayer fue mi casa,
es la guarida de los tiburones.

Tú estabas a mi lado
y me has visto nadar en ríos de veneno;
has visto lágrimas
que eran cristales rotos, una lluvia de espinas,
cicatrices de agua que cruzaba la piel.

Miro su alianza de oro en mi dedo
y su rostro tallado sobre el mío,
mientas la vida sigue,
el aire mueve
los árboles o el sol ilumina su casa
lo mismo que si no estuviera vacía.

El tiempo sólo cura aquello que se puede
sustituir y yo no siento nada
que no sintiese antes
cualquiera en cuyas venas ha bebido la muerte:
la grieta de la angustia,
la plaga de los verbos en pasado;
los recuerdos que buscan su lugar en la vida.

Es tan raro saber que no volveré a verla
y los demás
seguiremos entrando en restaurantes,
cines,
supermercados,
estaciones de tren...
Que no volveré a oír su voz pero a las nueve
será otra vez la hora de la cena,
los fines de semana iré al estadio,
mi coche rodará por la autopista
que ella escuchaba desde su jardín...

Pienso en su dios cruel, el dueño del dolor
y la mentira,
el cínico dice:
–Yo te destruyo para que descanses en paz.
Y ojalá fuese cierto lo que nunca he creído
y ella viera la soledad que deja,
cómo la echo de menos; cuánto me va a faltar;
lo que daría
por volverla a tener una vez más aquí,
un día más, tan sólo.

La mía es la tristeza del cobarde
que reúne para seguir en pie
el valor que no tuvo para ver la caída
de aquello que más quiso.

No tengo que explicártelo. Tú estabas con nosotros
y conoces
el dolor sin refugios,
las sábanas que acechan el cuerpo del herido;
conoces el enjambre feroz de las agujas,
las noches que no acaban cuando sale el sol.

Quien lo sabía todo de mí se ha llevado
el secreto a la tumba,
me he convertido en un desconocido:
el hombre que perdió el rastro de su sangre;
que se ha vuelto una sombra;
que no tiene a quién preguntar por él.

Ahora que mi madre ya no está –si eso es cierto,
si hoy no va a resolver un crucigrama,
ni a mirar los concursos de la televisión
como todas las tardes;
si ha caído en un sueño eterno del que nunca
vamos a despertar–,
guardaré sus palabras, custodiaré sus huellas;
y jamás voy a darla por perdida:
la memoria es el margen de error del olvido.

Le gustaban la nieve, los gatos, la familia;
el fuego,
cocinar,
los cumpleaños,
llorar con las películas románticas;
encender velas en las catedrales.
Le asustaban los médicos,
las llamadas nocturnas,
las tormentas,
el frío,
los reptiles...

Antes de las sirenas y las radiografías,
el miedo blanco de las ambulancias,
sus labios devorados
lentamente
por la carcoma de las oraciones.

Antes de los engaños piadosos,
el fuego amigo de las medicinas,
el esqueleto abriéndose paso hacia la luz.

Cómo puedo escribir lo inexplicable,
lo que no tiene nombre,
lo que todos callamos porque la vida sigue
y junto al cementerio hay tiendas y mercados,
jóvenes que adelantan con sus motocicletas
a los furgones fúnebres,
y avanzamos de espaldas a lo que nos espera
y llamamos silencio
a todo lo que nadie quiere oír.

Le gustaban las fiestas,
los océanos
y creer que su dios no le daba los golpes
sino la fuerza para soportarlos.
Temía la vejez y al abandono:
pensaba que la forma más triste de marcharse
es no tener a alguien que te diga adiós.

La imagino en la época en que yo no existía,
haciendo cosas
que nunca le vi hacer: enamorarse,
bailar, romper las reglas, ser feliz;
y a veces me pregunto
si fue siempre la misma mujer que conocíamos,
tuvo tan claras sus obligaciones,
dónde estaba su sitio,
de qué infiernos no era decente escapar.

Le gustaba que habláramos
de su salud,
del clima,
de su infancia en los años de la Guerra Civil.
Le asustaban los cambios y las banderas rojas,
la libertad y el paso de los días.

Antes de la morfina y el delirio,
de que fuera quedándose sin caminos de vuelta,
sin puentes que cruzar,
sin esperanza.
No sé cómo explicarlo:
los recuerdos te siguen; pero cuando te vuelves,
nunca están ahí.

Ahora que ya se ha ido,
sólo será posible querernos a escondidas,
fingir ante los otros que no me habla por dentro,
que todo ha terminado entre los dos.
Las cosas no se pierden cuando desaparecen,
sino cuando las dejas de buscar.

Miro su anillo;
miro sus fotos
y soy yo:
puedo ver nuestra cara, nuestras manos...
Y eso que era mi orgullo, ahora es mi condena:
ser hoy que ya no está su viva imagen,
ser su eco,
su huella
el fantasma
de María Ángeles Prado, la mujer de mi vida.

viernes, 27 de febrero de 2015

Mezclados la sonrisa y el llorar (por Juan Ramón Jiménez)


Después de la alegría

que tú, dulce sol de oro,

derramaste en la fronda misteriosa

de mi doliente corazón -¡tan solo!-,

arrullado de un pájaro ilusorio,

te ibas, en una gloria

de ocasos alegóricos,

volviendo la cabeza pensativa

que daba a lo imposible su trastorno,

mezclados la sonrisa, tristemente,

y el llorar, en tus labios y en tus ojos.

Se quedó el corazón sombrío y frío,

morado y húmedo en el fondo,

dorado rosamente en su alto éxtasis

de la ilusión de ti, divina como

una ilusión de sol en la hoja última

de un árbol de otoño.

jueves, 26 de febrero de 2015

Algo que ningún otro te deseará (por Philip Larkin)


Brote aún sin abrir,
te he deseado algo
que ningún otro te deseará:
no lo de siempre:
que seas hermosa,
o que seas un manantial
de inocencia y amor.
Eso te lo desearán todos,
y debería ser posible,
bueno, eres una chica con suerte.

Pero si no lo fueras, entonces
que seas del montón;
que tengas, como otras mujeres,
los talentos habituales:
que no seas fea, ni guapa,
nada fuera de lo corriente
que rompa el equilibrio,
nada que, inoperante en sí mismo,
impida que todo lo demás funcione.
De hecho, que seas sosa,
si así se llama a una manera hábil,
atenta, flexible,
discreta, fascinada
de alcanzar la felicidad.

miércoles, 25 de febrero de 2015

No hace falta decirlo (por Vicente Gallego)


La flor que sin un nombre

estalla en la cuneta

y nos pone perdidos de luz rara;

el sueño laborioso de la hormiga

que nos encuentra niños, boquiabiertos.

Todo este desafuero en el que bullen

como carbón los ojos,

no hace falta decirlo, aunque nos haga

tanta falta que suene.


martes, 24 de febrero de 2015

Balada del ausente (por Juan Carlos Onetti)


Entonces no me des un motivo por favor.
No le des conciencia a la nostalgia,
la desesperación y el juego.
Pensarte y no verte,
sufrir en ti y no alzar mi grito,
rumiar a solas, gracias a ti, por mi culpa,
en lo único que puede ser
enteramente pensado,
llamar sin voz porque Dios dispuso
que si Él tiene compromisos,
si Dios mismo le impide contestar
con dos dedos el saludo
cotidiano, nocturno, inevitable,
es necesario aceptar la soledad,
confortarse hermanado
con el olor a perro, en esos días húmedos del sur
en cualquier regreso,
en cualquier hora cambiable del crepúsculo,
tu silencio
y el paso indiferente de Dios que no ve ni saluda,
que no responde al sombrero enlutado,
golpeando las rodillas,
que teme a Dios y se preocupa
por lo que opine, condene, rezongue, imponga.
No me des conciencia, grito, necesidad ni orden.
Estoy desnudo y lejos, lo que me dejaron.
Giro hacia el mundo y su secreto de musgo,
hacia la claridad dolorosa del mundo
desnudo, solo, desarmado,
bamboleo mi cuerpo enmagrecido,
tropiezo y avanzo,
me acerco tal vez a una frontera,
a un odio inútil, a su creciente miseria,
y tampoco es consuelo
esa dulce ilusión de paz y de combate
porque la lejanía
no es ya, se disuelve en la espera
graciosa, incomprensible, de ayudarme
a vivir y esperar.
Ningún otro país y para siempre.
Mi pie izquierdo en la barra de bronce
fundido con ella.
El mozo que comprende, ayuda a esperar, cree lo que ignora.
Se aceptan todas las apuestas:
Eternidad, infierno, aventura, estupidez
Pero soy mayor,
ya ni siquiera creo
en romper espejos
en la noche
y lamerme la sangre de los dedos
como si la hubiera traído desde allí,
como si la salobre mentira se espesara,
como si la sangre, pequeño dolor filoso
me aproximara a lo que resta vivo, blando y ágil.
Muerto por la distancia y el tiempo
y yo la, lo pierdo, doy mi vida,
a cambio de vejeces y ambiciones ajenas
cada día más antiguas, suciamente deseosas y extrañas.
Volver y no lo haré, dejar y no puedo.
Apoyar el zapato en el barrote de bronce
y esperar sin prisa su vejez, su ajenidad, su diminuto no ser.
La paz y después, dichosamente, en seguida, nada.
Ahí estaré. El tiempo no tocará mi pelo, no inventará arrugas, no me inflará las mejillas.
Ahí estaré esperando una cita imposible, un encuentro que no se cumplirá.

lunes, 23 de febrero de 2015

De mi vino bebéis (por Dylan Thomas)

Este pan que parto ayer fue avena,
este vino en un árbol extranjero
se sumergió en su fruto;
de día el hombre o por la noche el viento
abatieron la mies, rompieron la dicha de la uva.

Ayer en este vino de hoy, la sangre del verano
pujó en la carne que adornó la vid,
ayer en este pan
la avena estaba alegre bajo el viento;
el hombre rompió el sol, tiró el viento por tierra.

La carne que partís, la sangre que dejáis
ser desolación en las venas
fue la avena y la uva, nacidas
de la raíz sensual y de la savia.
De mi vino bebéis, partís mi pan.


domingo, 22 de febrero de 2015

Algo sobre el alma (por Wislawa Szymborska)


Alma se tiene a veces.


Nadie la posee sin pausa


y para siempre.

Día tras día,


años tras año


pueden transcurrir sin ella.

A veces sólo en el arrobo


y los miedos de la infancia


anida por más tiempo.


A veces nada más en el asombro


de haber envejecido.

Rara vez nos asiste


en las tareas pesadas,


como mover los muebles,


o recorrer caminos con zapatos apretados.

Cuando hay que cortar carne


o llenar solicitudes,


generalmente está de asueto.

De mil conversaciones


toma parte sólo en una


y no necesariamente,


pues prefiere el silencio.

Cuando el cuerpo nos empieza a doler y doler,


escapa sigilosamente de su hora de consulta.

Es algo quisquillosa:

con disgusto nos ve en la muchedumbre,


le repugna nuestra lucha por supuestas ventajas


y el rumor de los negocios.

La alegría y la tristeza


no son para ella sentimientos distintos.


Sólo cuando se unen


está presente en nosotros.

Podemos contar con ella


cuando no estamos seguros de nada


y tenemos curiosidad por todo.

De los objetos materiales


le gustan los relojes con péndulo


y los espejos que trabajan afanosos

aunque no mire nadie.

No dice de dónde viene


ni cuándo se irá de nuevo,


pero evidentemente espera esa pregunta.

Según parece,


así como ella a nosotros,


nosotros a ella


también le servimos de algo.

sábado, 21 de febrero de 2015

La cuarta puerta (por Eduardo García)


Al fondo de mí mismo hay cuatro puertas.
Desciendo por el pozo hacia los hondos
canales que me surcan. Pecho adentro
cruzo la oscuridad a ciegas. Voy
palpando las paredes. Ahora el aire
es más puro. Vislumbro el resplandor:

la puerta del jardín de los deseos,
la puerta del instante prodigioso,
la puerta de la infancia recobrada.

Huele a ausencia de pronto un viento frío.
Siento a mi espalda un hueco impenetrable:
por las hondas rendijas de tinieblas
mana un silencio atroz. Detengo el paso.

Mientras florezcan firmes mis deseos
y me aguarde el instante y el prodigio
y la luz en los patios de la infancia,
no cruzaré el umbral, la cuarta puerta,
no pisaré esa nada imponderable.


viernes, 20 de febrero de 2015

Iván y Arancha en Praga (por José Luis Piquero)


Si en la cena se hablaba de la noche
me apuntaba a los planes en que estuvieran ellos:
saberlos entre el grupo
era la vida en orden de una forma inconsciente.
Sus besos adornaban el verano.

Juro que los amé sin yo quererlo,
que no escogí el dolor ni la codicia
ni preguntarme cómo se querrían a solas
o qué significaba yo en sus vidas.

Hay una habitación en un lugar de Praga,
allí se oye un tranvía
y música que llega de los albergues próximos.
Yo pasé tantas horas fumando en ese cuarto,
luego, ¿a quién le interesan las vidas de los otros?

Pero a veces,
cuando el grupo importaba y el alcohol era bueno,
se podía querer sin ser culpables
pues tras cada cerveza sonreía
un confidente.
¡Inmensas,
fugaces amistades en los viajes de jóvenes!:
el amor es la copa que va de mano en mano.

Y ella, te acariciaban
sus ojos indefensos; junto al lago
tuve la quemadura de su brazo en los hombros
y un susurro de arbustos. En él todo
era la adolescencia, y esa voz
salvaje como un fruto o sudar o una isla.

¿Me entendéis? Los amaba
en el deseo inútil
de haber querido ser cualquiera de los dos
en vez de ser yo mismo: ese que mira
como un tonto los rostros, las ventanas,
ese extraño en el reino de su secreto mundo.

Vivir es cruzar ciegos ante puertas cerradas:
cansados de nosotros, muy cansados,
nos describe mejor todo lo que no somos,
y amar es rebelarse, ¡qué intento más idiota!

Adiós, adiós, Praga y los autopullmans,
adiós, besos, adiós, Puente de Carlos,
adiós, islas y ríos y cervezas de Pilsen,
adiós a cualquier brindis
y a todos los amantes del mundo, adiós, adiós.

Que yo me voy al sueño
de los libros que no conoceréis.

A la vuelta, dormidos con las cabezas juntas,
parecían las víctimas de un sangriento holocausto
de risas y jadeos.
Si algún día
me olvidase de todo, de eso no.

jueves, 19 de febrero de 2015

No tan lejos que no pueda escucharte (por José Luis García Martín)


Las noches más felices de mi vida

no fueron del amor ni tampoco del sueño,

sino de amable charla con los amigos,

siempre que fueras tú uno de ellos:


ninguno como tú

era capaz de detener el tiempo.


¿Recuerdas las veladas del verano,

el jardín de tu casa, las estrellas que abrían

más que nunca los ojos,

como todos nosotros por mejor escucharte?


Para no despertar a los que duermen

bajábamos la voz, y se calmaba el viento

y susurraba el mar, y a tu voz le ponía

callada música la exacta

mecánica celeste de las constelaciones.


Las noches más felices de mi vida

sólo con mi vida tendrán fin.


Los amigos se fueron, cada uno a su sueño,

y tú te fuiste más lejos que ninguno.

Pero no tan lejos que no pueda escucharte

repetir incansable historias siempre nuevas,

discurrir sobre Dios o el olvido o la nada

y reír como entonces espantando

las turbias aves que anidan en mi frente.


La Muerte que todo lo puede,

mientras yo tenga vida, contra tu voz no puede.

miércoles, 18 de febrero de 2015

Las velas parpadeaban (por Charles Simic)


¿Te acuerdas de aquel loco
que ponía velas en su sombrero
para poder pintar el mar de noche?
Solo, en esa playa vacía de Jersey,
forzaba la vista para mirar en la oscuridad
y blandía su pincel salvajemente.

Teresa dijo que había sacado esa estúpida idea
de una película que ella había visto.
Sin embargo, ahí estaba con barba y melena
como el mismísimo demonio
atiborrando oscuros colores uno sobre otro
mientras nosotros, a su alrededor, mirábamos.

Las velas parpadeaban en su cabeza
y luego iban, una a una, apagándose.


martes, 17 de febrero de 2015

Una sombra profunda (por Charles Wright)


Cada segundo la tierra es impactada

por dos mil gramos de luz solar.

Cada segundo.

Intenta imaginarlo.


No me extraña que el alma

anhele una sombra profunda,

y no, como solemos pensar,

la luz.


lunes, 16 de febrero de 2015

Permanecerán los pozos (por Fabio Pusterla)


La erosión
suprimirá los Alpes, primero cavando valles,
luego empinados barrancos, vacíos insanables
que preludian el colapso, remolinos. El crujido
será la señal de la fuga: este es el veredicto.
Permanecerán los pozos, los montículos casuales,
las pausas de reposo, las piedras rodantes,
las cavernas y las planicies pantanosas.
En el Nuevo Mundo permanecerán, caídos
principales y árboles sintácticos, dispersas
certezas y afirmaciones,
los paréntesis, los incisos y las interjecciones:
los palafitos del mañana.


domingo, 15 de febrero de 2015

Superponiéndonos (por Félix Francisco Casanova)

No hay instrumentos para esta música
ni un bello rostro que usar como careta,
hoy sentado entre dos sueños
soy como un secreto en el arcón.
El jinete se duerme en su caballo
que es a la vez un sueño del jinete,
los muñecos bostezan cada noche
y su aliento de fieltro dura un año.
¿Y qué significan esas lápidas
y estas partidas de nacimiento?
si somos velos transparentes
superponiéndonos,
una maleta llena de hojas
de mano en mano
por un largo corredor.

sábado, 14 de febrero de 2015

Esta luz (por Fernando Luis Chivite)


Veintinueve de noviembre por la mañana.
Solo, en el viejo camino de las huertas,
a eso de las once.

El ladrido de algún perro, el sonido
de algún coche lejano, algunos pájaros.
Y el sol, pálido y vulnerable en el aire frío.

Entonces me detengo. Me paro de repente
y digo para mí: voy a pararme un poco,
sólo para saber que puedo pararme cuando quiera.

Voy a pararme aquí, al lado de las huertas,
durante unos minutos. Quiero mirar despacio esta luz
de noviembre, la luz de esta mañana soleada.

Quiero mirar esta luz y quedarme con ella,
por si en los días futuros nos faltara.
Por si la oscuridad llegara a hacerse
demasiado terrible en los días futuros.


viernes, 13 de febrero de 2015

El temeroso amor (por Antón Arrufat)


La noche se abre sobre el cine.
Estamos juntos y te siento respirar.
Las oleadas últimas de sombra
corrompen las amarras ajenas.
Miramos aturdidos la pantalla,
sé que la miramos en busca del momento
en que la Bestia enseña sus dominios,
y agoniza en la yerba
para mostrar la forma de su amor.

Nos gustaba ese momento, esa frase.
Yo la repetía despacio en tu oído,
un poco inclinado sobre tu carne pálida.
Esa frase, la intensidad del gesto, la mirada
postrera del que sabe que pierde,
se unían a nuestro amor. Nos servíamos
de las cosas ajenas, de lo que otros soñaron,
tal vez, en la butaca de otro cine del mundo.

Te siento respirar, aletear levemente,
buscar en la sombra las pastillas del asma.
"Anoche dormí dos horas, con el pecho
oprimido."
Y tus manos fulguran y las acaricio calmado,
sin presión, para descubrir el nacimiento
del amor en mi pecho, en la sangre.

La aparición dolorosa del amor, el temeroso
amor, siempre jugando su partida,
siempre en el pavor de perderla.
Crece en mis venas. Parece
que tú entras en mí y yo salgo,
dejo reinar tu presencia oscura
y busco, en la penumbra de la sangre,
pasarme suavemente a tus venas.
El temeroso amor emprende el viaje,
y conoce, por su propia lucidez, el fin.
Tú quedarás indescifrable,
tu carne pálida por siempre ajena.
Yo quedaré en mi soledad, apartado,
en mi butaca sombría.
Pero no importa, el amor
juega su perenne partida.

Hablamos de tener ojos
en la punta de los dedos,
ojos que conocieran el color de tu carne,
el cambio de la luz en tu carne, fragmentos
del film, el resplandor de los candelabros
en la casa de la Bestia,
y no estos torpes dedos, que avanzan
sin mirar, percibiéndote apenas.

De pronto se encienden las luces
y queda blanca la pantalla.
Me pierdo solo en la calle.

jueves, 12 de febrero de 2015

¿Símbolos? (por Fernando Pessoa)


¿Símbolos? Estoy harto de símbolos...

Pero me dicen que todo es símbolo.

Todos me dicen nada.

¿Qué símbolos? Sueños.

Que el sol sea un símbolo, está bien...

Que la luna sea un símbolo, está bien...

Que la tierra sea un símbolo, está bien...

Pero, ¿quién repara en el sol salvo cuando la lluvia cesa

y él rompe las nubes y apunta más allá de las costas

hacia el azul del cielo?

Y ¿quién repara en la luna sino para encontrar

bella la luz que esparce, y no a ella?

Y ¿quién repara en la tierra que es lo que pisa?

Llama tierra a los campos, a los árboles, a los montes.

Lo hace por una disminución instintiva,

porque el mar también es tierra...


Está bien, vale, que todo eso sea símbolo...

Pero ¿qué símbolo es, no el sol, ni la luna, ni la tierra,

sino en este poniente precoz y azulándose

el sol entre finos harapos de nubes,

cuando la luna puede ya verse, mística, del otro lado,

y lo que resta de la luz del día

dora la cabeza de la costurera que se detiene vagamente en la esquina

donde en otro tiempo se demoraba con el enamorado que la abandonó?

¿Símbolos? No quiero símbolos.

Querría —¡pobre figura de miseria y desamparo!—

que el enamorado volviese para la costurera.

miércoles, 11 de febrero de 2015

Oración del retorno (por Esther Seligson)

Cautiva de tanto sueño contrariado
hoy quiero libre ofrecerles perdón
a final de cuentas sin duda recibí la parte de felicidad
que en este mundo me corresponde
A tus pies ofrendo Madre
la servidumbre de mis reproches
quémala
la carcoma de repetirme en la misma letanía de dolor
quémala
la turbia resaca de remordimientos
quémala
la viciosa costumbre de esperar lo improbable
quémala
la excusa del miedo que paraliza cobarde
quémala
la bastarda disculpa del amor rechazado
quémala
la mezquina astucia de apresar el tiempo
quémala
la distorsión que se juzga fiel certera
quémala
la calculada incapacidad de reparar el daño
quémala
quema las escorias que lazan mi vuelo
y bendice Madre lo que aún me queda por andar…

martes, 10 de febrero de 2015

Teorema (por Luis Buñuel)

Si por un punto fuera de una recta trazamos una paralela a ella obtendremos una soleada tarde de otoño.
En efecto.
El cielo todo ojos azules refleja el sueño sin peces de los estanques y éstos a su vez bañan tibiamente la pereza de la tarde.
Los árboles ciegos pasan en lenta procesión y en sus más altas ramas pía oro alguna hoja rezagada.
Las calles en masa quieren salirse a pasear al campo pero tan lentamente que pronto los viandantes se las dejan atrás todas estremecidas al sol.
Campos amarillentos trepan por colinas y alcores y allí se tienden, con las piernas abiertas, en espera de la noche. Sólo unos chopos, siempre inquietos, telegrafían un «morse» sin hojas.
Un seno duerme runruneando al sol.
La torre de la iglesia, como un índice, señala la última nubecilla blanca.
Después de un bordoneo un silencio y luego pasa Cristo vendiendo voces.
Las golondrinas besan el pico de las siete.
Una descarga cerrada de veletas por el aire.
Las orejas de aquel mulo –él no se apercibe- reabsorben la tarde.
Se extingue la luz en mis solapas.
Es la hora en que comienza el solitario parto de las farolas.
Alguien da media vuelta al interruptor de las estrellas.
Que es lo que no nos habíamos propuesto demostrar.

lunes, 9 de febrero de 2015

Por última vez (por Jorge Luis Borges)

Hay una línea de Verlaine que no volveré a recordar,
hay una calle próxima que está vedada a mis pasos,
hay un espejo que me ha visto por última vez,
hay una puerta que he cerrado hasta el fin del mundo.
Entre los libros de mi biblioteca (estoy viéndolos)
hay alguno que ya nunca abriré.
Este verano cumpliré cincuenta años;
la muerte me desgasta, incesante.

domingo, 8 de febrero de 2015

Cuánta esperanza entre mis pies ahora (por Saiz de Marco)


Hoy he tirado mis zapatos viejos

llenos de polvo

barro del camino y

sobre todo

sucios de pasado


Voy a calzarme los nuevos zapatos

sin arena en las suelas

ni en el suelo

sin manchas de las calles que pisaron


Todos los pasos que a partir de ahora dé

serán pasos nuevos

pasos gráciles


¿Por dónde voy

zapatos

a marchar

-tan intactos de huellas y de roces

tan ligeros

tan libres de pasado

tan limpios de trasiego como estáis-?


Me los he puesto

me ato los cordones

Cuánta esperanza entre mis pies ahora


El espejo me refleja alegre

casi como un niño con zapatos nuevos

sábado, 7 de febrero de 2015

Seguías adelante (por Mark Strand)

Nada pudo pararte.
No el mejor de los días. No la calma. No el océano meciéndose.
Seguiste adelante con tu muerte.
No los árboles
bajo los que paseabas, no los árboles que te daban su sombra.
No el médico
que te advirtió, el joven médico de pelo blanco que una vez te salvó.
Seguiste adelante con tu muerte.
Nada pudo pararte. No tu hijo. No tu hija
que te alimentaba y que volvió a convertirte en un niño.
No tu hijo que pensaba que vivirías para siempre.
No el viento que agitó tus solapas.
No la quietud que se ofreció a tus movimientos.
No tus zapatos que se volvieron más pesados.
No tus ojos que se negaron a mirar hacia delante.
Nada pudo pararte.
Te sentaste en tu cuarto mirando a la ciudad
y seguiste adelante con tu muerte.
Ibas al trabajo y dejabas que el frío se colase en tu ropa.
Dejaste que la sangre empapase tus calcetines.
Tu rostro se volvió blanco.
Tu voz se rompió en dos.
Te inclinaste sobre tu bastón.
Pero nada pudo pararte.
No tus amigos que te daban consejo.
No tu hijo. No tu hija que vio cómo menguabas.
No la fatiga que habitaba en tus suspiros.
No tus pulmones que acabarían llenándose de agua.
No tus mangas que arrastraban el dolor de tus brazos.
Nada pudo pararte.
Seguiste adelante con tu muerte.
Cuando jugabas con niños seguías adelante con tu muerte.
Cuando te sentabas a comer,
cuando te despertabas por la noche, bañado en lágrimas, tu cuerpo sollozando,
seguías adelante con tu muerte.
Nada pudo pararte.
No el pasado.
No el futuro con su clima benigno.
No la vista desde tu ventana, la vista del cementerio.
No la ciudad. No la terrible ciudad con sus edificios de madera.
No la derrota. No el éxito.
No hiciste nada salvo seguir adelante con tu muerte.
Acercaste el reloj a tu oído.
Sentías cómo te ibas yendo.
Te tumbaste en la cama.
Cruzaste los brazos sobre tu pecho y soñaste con un mundo sin ti.
Con el espacio bajo los árboles,
con el espacio en tu cuarto,
con los espacios que ahora estarían vacíos de ti,
y seguiste adelante con tu muerte.
Nada pudo pararte.
No tu respiración. No tu vida.
No la vida que quisiste.
No la vida que tuviste.
Nada pudo pararte.

viernes, 6 de febrero de 2015

Por qué se rompió (por Rabindranth Tagore)

¿Por qué se apagó la lámpara?

La protegí del viento con mi manto; por eso la lámpara se apagó.

¿Por qué se mustió la flor?

La estreché, inquieto y amoroso, contra mi corazón; por eso se mustió la flor.

¿Por qué se secó el río?

Hice un dique para retener el agua para mí; por eso el río se secó.

¿Por qué se rompió la cuerda del arpa?

Quise dar una nota por encima de ella; por eso la cuerda del arpa se rompió.


jueves, 5 de febrero de 2015

Ese paréntesis (por Mario Benedetti)

Cuando el no ser queda en suspenso
se abre la vida ese paréntesis
con un vagido universal de hambre

somos hambrientos desde el vamos
y lo seremos hasta el vámonos
después de mucho descubrir
y brevemente amar y acostumbrarnos
a la fallida eternidad

la vida se clausura en vida
la vida ese paréntesis
también se cierra incurre
en un vagido universal
el último

y entonces sólo entonces
el no ser sigue para siempre

miércoles, 4 de febrero de 2015

Todas las ventanas son ajenas (por Richard Jackson)

A veces sólo espero que el camino llegue aquí.
A veces pienso que existo en un mundo paralelo, como esta
mañana en este particular domingo de septiembre en Nueva York.
El modo en que se sintió Confucio al comenzar su carrera como inspector
de maíz. Sólo tienes que encontrar algo en que ocupar tu tiempo.
Como esta historia en el periódico sobre los peces: El mero
nace hembra para convertirse luego en macho. ¿Acaso no nos dice
esto algo sobre nuestra confusión sexual? No la mía, claro.
Es como Tiresias, que primero hace de uno, luego de otro.
Es como la manera en que ahora cuentan que el universo va
rebotando de Big Bang en Big Bang. Toda la teoría se parece al grafiti que alguien pintó en Bowery Street.
No importa, todavía puedes oír a la luna frotándose
la espalda contra las estrellas. En alguna garganta están atascados
todos los significados. Una cría de petirrojo ingiere 4 metros
de lombrices de tierra al día. Eso me hace pensar en –
bueno, no estoy seguro, pero si lo he escrito aquí debe de ser
importante. ¿No lo ves? Todas las ventanas son ajenas.
Estoy escuchando la guitarra de jazz de Kenny Burrell deslizándose hacia
cada esquina de la habitación. El aire se descuelga. Las paredes se desploman.
Me pregunto si Tomaz estará en la cena después de la lectura.
Algunos dicen que camina sobre el aire. Otros, que es un ser alado.
Hace mucho tiempo que yo mismo no camino sobre las aguas.
Es posible que esté soñando con Tiepolo, su favorito, o con Fra Angelico.
Yo prefiero a Caravaggio y a todas las víctimas que pintó como santos y
profetas. Él debió de haber sido la nube que se cernía sobre sus cabezas
mientras suplicaban. 300 millones de células mueren en el cuerpo
cada minuto sin ayuda de nadie. “Manténganse firmes”
dijo Paul Watson en la sala el otro día, pero ¿“mantenerse”? ¿y
de qué? No del cielo que continúa desenrollándose como un torno
hasta convertirse en mi techo. Lo cual no significa que esté más cerca.
El cielo está sólo a un pecado de distancia, la vieja canción de Kendall.
O a un susurro, según otra versión. Y qué. Tampoco nadie
sabe lo que Jesús escribió en la tierra. La pica es una enfermedad
que te hace comer tierra. La sexomnia es una enfermedad en la que
se practica sexo durante el sueño. Con eso se ahorra mucho tiempo.
Todos los relojes de Pulp Fiction marcan las 4:20. Las comadrejas
reinan en los bosques detrás de mi casa en Tennessee. Tienen
los ojos nublados y serían feroces si no fueran tan estúpidas
y se dieran cuenta de lo afilados que están sus colmillos y sus garras.
El ojo del avestruz es mayor que su cerebro. Se parece
a los cerebros de Wall Street que se encogen con cada rumor.
Un avestruz te puede dar una patada mortal pero tú puedes volar más lejos.
No como mi perrita Maggie, que incluso le teme al viento.
Si tienes suficiente entretenimiento o un buen asesor de imagen,
no tienes por qué confrontar la verdad. De ahí, este poema.
Y quién ha de comprobar jamás qué significa todo esto -como
que el río subterráneo que pasa por debajo del Nilo es seis veces
mayor. Testificar significaba originalmente jurar sujetándose
los testículos. Sólo hay dos cosas inventadas
en este poema, pero la verdad es que sólo el futuro las podrá revelar.
El futuro es el halcón que escuché pero no pude ver en lo alto de
los árboles abrumado por los cuervos que defendían sus nidos.
El pasado es una sierra eléctrica. No hay temor que no pueda ser
traducido a alguna forma de amor. El 21% de las ranas de las afueras de
Connecticut se han vuelto hermafroditas. Beben demasiados
herbicidas, retardantes del fuego y pesticidas, como nosotros.
Las aceitunas negras, ésas son mis favoritas. Son estrellas que
se han extinguido. A veces las farolas están alineadas
de tal modo que tienes dos sombras. Tienes que mirar a la otra
para no perderte. Una quimera es una persona que tiene dos
cadenas de ADN. Nunca sé por dónde anda mi mitad o qué es lo que
dice ella. Algunos de mis alumnos creen que soy Marvin Bell
pero no entiendo por qué no ven que Marvin es realmente yo.
Una estrella de mar puede volverse del revés y esconder sus sentimientos.
¿Qué son estas palabras sino la piel mudada de alguna serpiente
que se ha calentado toda la tarde en la roca de un desierto?
Ése es Marvin, el que nos acaba de llevar al desierto, no yo.
La luz del sol que pega en la tierra a cada momento pesa
tanto como un transoceánico. Me pregunto si Terri y Kari regresarán
antes de que me tenga que ir. Esperaré. En reposo generamos
100 vatios de electricidad, pero si los utilizáramos seríamos
víctimas de combustión espontánea. No hay razón por la que
no podamos estar en dos lugares al mismo tiempo. Todo se parece
como a un recuerdo de escaparates tapiados con tablas. Justo ahora, la guitarra
de Kenny Burrell alcanza el clímax antes de sosegarse en un Soul Lament.
Puedo grabarte este CD. Su música es como una fotografía.
El mundo sigue clavándose en su retina. Parece que todo se detenga.
Cuando las galaxias dejan de girar pierden el equilibrio como ruedas averiadas.
Estas palabras son como las ranas de Borneo, que no tienen pulmones.
La polilla emperador puede oler a la hembra a 7 millas.
Siempre sabe cuándo el fin está cerca. Una pared de grafiti
se pinta siempre sobre otra. Quizás no haya final.
Podríamos continuar así eternamente. Pero ya están todos allí.
Es posible que lleguemos tarde a la lectura, pero el poema tiene que
terminar, como un camión de basura cargado de excusas, camino al vertedero.

martes, 3 de febrero de 2015

La muerte del instante (por Rosario Geselj)

Ella seguía el latir de las agujas repitiendo
“cada segundo que pasa no vuelve”.
La aterraba lo perecedero del momento
la muerte del instante
el miedo con que cada vida
va hacia donde se agota
sin pausas, sin remedio
con la muerte como único horizonte
como cuando los ojos corren hacia atrás
y llenan su forma de cualquier aire
de cualquier viento que atraviese su
recorrido de cada imagen que dé a su cuerpo,
aquél que no se reconoce
más que por antítesis de otros,
aquél que no florecía
más que con aullidos
y se encuentra en espejos rotos
en esos que recubren la piel por dentro
y se temen.
Ella seguía el latir de las agujas
el tiempo la espantaba
porque le corría por encima de la mente
la dejaba bajo el suelo de lo que arde
y en su fuego no se halla
más que vacío
construyéndose de memorias suyas
que eran de otro
como mías
como propias
como un pánico de saber
que todo está del otro lado
pánico de no Ser.
Y entre cielo e infierno
entre el Uno y el Otro
en el centro donde el equilibrio se sostiene
ella duerme profundo
con un costado despierto
intacta, intocable
como si los camiones de los segundos
jamás le hubieran arrollado el alma
y nadie más marcara el latir de las agujas.

lunes, 2 de febrero de 2015

Como un pájaro roto (por Marie-Françoise Prager)

Actuaré como en un sueño raro
rengueando como un pájaro roto
aullando un nombre una y otra vez como una hiena
restallando un ala abierta como un abanico contra una luna medio comida
eligiendo un grano de la arena de tus labios cerrados
y desandando mis pasos y siempre
volviendo en medias sombras
maldecida por el ala que he dejado
yo soy el signo que te nombra.


domingo, 1 de febrero de 2015

Un instante de la guerra (por Laurie Lee)


Es de noche como si se corriera
un trapo rojo ante la vida.

La carne está sujeta amargamente
a la desesperante vigilia.

La sangre tartamudea ante el miedo.

¡Alabada sea la seguridad de los gusanos
en las frías migajas del suelo
y loada sea la oculta savia,
las estériles huevas de los peces!

Las manos se funden lentamente
al contacto ardiente de las armas,

el cuerpo se funde lastimoso,

la cara alerta para las heridas,
el perfume y el beso del dolor final.

¡Envidia a la paz de las mujeres
que paren y aman como juguetes
en las manos del hombre!

La boca pronuncia pequeñas blasfemias,

se revuelven las entrañas como nido de ratas

y quisiera el pie extenderse
despacio como la hierba.

¡Oh Cristo y María!

Pero las sombras se te abren como una navaja
y te marca el latido de tu cerebro

aislándote

y tu aliento,

tu aliento es el detonante, la bala
y el cielo final.

sábado, 31 de enero de 2015

El dios abandona a Antonio (por Konstantinos Kavafis)

Cuando de pronto a medianoche oigas
pasar una invisible compañía
con admirables músicas y voces,
no lamentes tu suerte, tus obras
fracasadas, las ilusiones
de una vida que llorarías en vano.
Como dispuesto desde hace mucho, como un valiente,
saluda, saluda a Alejandría que se aleja.
Y sobre todo no te engañes, no digas
que fue un sueño, que tus oídos te confunden;
a tan vana esperanza no desciendas.
Como dispuesto desde hace mucho, como un valiente,
como quien digno fue de tal ciudad,
acércate a la ventana con firmeza,
escucha con emoción, pero nunca
con lamentos y quejas de cobarde,
goza por vez final los sones,
la música exquisita de esa tropa divina,
y despide, despídete de Alejandría que así pierdes.


viernes, 30 de enero de 2015

jueves, 29 de enero de 2015

Cuando el caballo (por Máximo Simpson)


Cuando el caballo habla,
tiembla toda la casa del olvido.
Tiembla toda la casa,
tiembla todo el olvido:
las puertas de la noche retroceden.

Cuando el caballo clama,
cuando el caballo augura, profetiza,
se oscurecen ventanas y canceles,
y el hombre a la deriva da un rodeo,
hace un alto y espera.

Cuando el caballo habla y se anticipa,
todos callan de pronto,
y el desvalido orgullo de la especie
se amontona en la lengua.
Cuando el caballo habla,
la pampa sueña con el mar,
y el jinete desmonta,
se aventura por dentro de sus ojos,
se desnuda.

Cuando el caballo habla,
cuando sabe,
la memoria perdida se instala en la existencia
y corroe las hondas certidumbres.
Cuando el corcel florece en la tormenta,
cuando sus manos se alzan hacia el cielo,
cuando de pronto brinca y vaticina,
un ambiguo claror empaña los cristales,
una lluvia indecisa retorna hacia lo alto.

Cuando el caballo sabe,
cuando el jinete escucha,
declina el sacerdote sus trofeos.

Cuando el caballo habla,
pone el hombre pie en tierra,
medita en sus ancestros,
se prepara.

miércoles, 28 de enero de 2015

Bajo un cielo inceleste (por Wislawa Szymborska)


Lo llamamos grano de arena.

Pero él no se llama a sí mismo ni grano ni arena.

Prescinde de nombre

común, individual,

fugaz, duradero,

erróneo o adecuado.

Indiferente a nuestra mirada, al tacto.

No se siente ni visto ni tocado.

Y si cae en el alféizar de la ventana

la vivencia es nuestra, no suya.

A él tanto le da dónde caer

sin la certeza de estar cayendo

o de haber caído ya.

Desde la ventana hay una bella vista sobre el lago,

pero esta vista no es capaz de verse a sí misma.

Incolora, informe,

inaudible, inodora

e indolora vive en este mundo.

El fondo del lago nunca toca el fondo,

sus orillas no tienen orillas.

Sus aguas no se mojan ni tampoco se secan.

Las olas no se sienten singulares ni plurales.

Susurran sordas a su susurro

entre piedras ni pequeñas ni grandes.

Y todo sucede bajo un cielo de por sí inceleste,

donde el sol se pone sin ponerse nunca

y sin ocultarse se oculta tras una nube inconsciente,

que el viento alborota por el mero impulso

de soplar.

Transcurre un segundo.

Otro segundo.

Un tercer segundo.

Pero son sólo nuestros tres segundos.

El tiempo ha volado como mensajero con una noticia urgente.

Pero sólo es un símil elaborado por nosotros.

Personaje inventado, atribuida la prisa,

inhumana la noticia.

martes, 27 de enero de 2015

Hasta entonces (por Philip Larkin)


Siempre demasiado impacientes por el futuro, adquirimos
la mala costumbre de la esperanza.
Siempre hay algo que se acerca; cada día
decimos Hasta entonces,

desde un acantilado observamos cómo se aproxima
la íntima, nítida y centelleante flota de promesas.
¡Qué lenta es! ¡Y cuánto tiempo pierde
evitando darse prisa!

Y ahí nos tiene, sujetando los tristes tallos
de la decepción, pues, aunque nada frustra
cada gran aproximación, con ostentación de bronce,
cada maroma definida,
con su pendón, y el mascarón con sus tetas doradas
arqueándose hacia nosotros, nunca echa el ancla.
En cuanto se hace presente ya es pasado.


Hasta el final
pensamos que la nave se pondrá al pairo y descargará
todo lo bueno en nuestras vidas, todo lo que nos deben
por esperar tanto y con tanto fervor.
Pero nos equivocamos:

Sólo un barco nos busca, desconocido,
de velas negras que remolca un silencio
inmenso y sin pájaros. A su estela
ni nacen ni rompen las aguas.

lunes, 26 de enero de 2015

Trabajo nocturno (por Juan Manuel Inchauspe)


Temprano
esta mañana
encontré en el patio de casa
el cuerpo de una enorme rata
inmóvil.
Moscas de alas tornasoladas
zumbaban alrededor del cadáver
y se apretaban en los orificios de unas heridas
que habían sido sin duda mortales.
Con bastante asco
la alcé con la pala y la enterré
en un rincón alejado
del jardín.

Al volverme
desde el matorral de hortensias florecidas
emergió mi gata dócil
desperezándose.
Su brillante pelaje estaba todavía
erizado por la electricidad de la noche.
Me miró
y después comenzó a seguirme
maullando suavemente
pidiéndome —como todas las mañanas-
su tazón de leche fresca
y pura.

domingo, 25 de enero de 2015

En esta vecindad (por Vicente Gallego)


El cuerpo ametrallado de la persiana filtra los primeros rayos de un sol frío. Van apuntando los volúmenes de las cosas, todavía dormidas, en el cuarto. Es el momento de la pereza santa, la que no forma parte de los pecados capitales, porque no es una pereza de hacer, que oculta la de ser, sino gustoso abandono a la plena realidad de la conciencia en calma que, a estas horas, todavía temprano, halla en sí su acomodo. En la calle sopla su silbato el último afilador. Choca el acero contra el esmeril y prende el chismorreo de las chispas. En esta vecindad vive el hombre, en esta familiaridad con lo prodigioso.


sábado, 24 de enero de 2015

Y algún día me las traiga (por Juan Carlos Onetti)


Desde hace meses
con inusitada frecuencia
no me deja el cartero cartas tuyas.

Será amnesia del hombre
o tal vez las apile
en un rincón limpio
de su cuarto de soltero
solterón
y algún día me las traiga
cinta rosa
todas juntas
como un banquete
para el olvidado hambriento
que puede imaginarse
desde ahora
una clara catarata
de ternuras y recuerdos.


viernes, 23 de enero de 2015

Este grito (por Maha Vial)


grito enquistado ferviente sube por las laderas de la garganta y raspa hiere sangra amurra el alma y un torbellino una amalgama de carne y ánima que espanta y revuelve la estructura como sopa caliente oh este grito hecho de infamia tormento hacinamiento de voz mezcla de parición y muerte grito demencial en la mente estertóreo y final de alguna parte que viene más atrás ancestral añejo y sudante inoculado en la palabra que roza que martiriza ay duele ah sí ese grito borracho maloliente de retrete y un olvido petrificado en su reflejo dando vueltas la espiral infinita que no cesa suspira el grito antes de clavar sus uñas su maleficio en la memoria y qué ganas de huir mientras atrapa y suma otros gritos entonces caen cubos de hielo gritantes rompiendo la barrera del sonido avanzando a la velocidad de la luz oh grito grito de refinamientos y operístico en su representación que se acicala antes de salir a escena deja perplejo provoca risa después de todo pero es mal que mal un grito que se avecina y ya viene la tormenta y nos deja desnudos en medio de la plaza qué vergüenza qué estupor ay grito hecho de polvo y convertido en polvo al final ag lo único que se anhela es gritar AG AG


jueves, 22 de enero de 2015

Y se arman nudos (por Germán Gallo)


cuando lucía agarra las agujas
teje fantasmas

un punto acá en el blanco
y otro
acá
haciendo espacio

acá está ese que dijo que no
y acá el miedo
punto
no estoy linda
punto basta

a veces me miro
y quiero estar hecha de otro cuerpo punto

es en el tren volviendo de la facultad
y la bufanda en sus manos parece un par de alas
verde las alas y no hay punto que no hable
de lo que todavía está vacío

acá viene mamá diciendo vos vas a ser alguien
y mamá diciendo yo confío en vos
y mamá, llorando un día sin saber por qué
vos no te preocupes, querida, y seguí que sos distinta
punto y aprendiendo a tejer
siempre fantasmas
qué tejía mamá, se pregunta lucía
qué fantasmas, dónde estaba yo cuando ponía un punto

acá está ella y padre y el campo
y las mariposas que se parecen a esta bufanda
punto y él
que un día me dijo te quiero para siempre y se fue
y no va a volver y yo estoy sola y
punto
por qué se va por qué lo llevan punto

mamá las armas padre las horas el piso sucio en el tren
punto
lucía yo mi nombre mis manos

a veces se forman círculos en la tela y se arman nudos
y lucía piensa
los fantasmas se están quejando otra vez
tengo que desarmar
y volver a tejer

miércoles, 21 de enero de 2015

Así es como emigro (por Luz Marchio)


Dejar atrás todo.

Incluso los días en los que fui

un perro amado

al borde de la cama.

Así es como emigro de la niñez.

Me hubiera gustado que te dieras cuenta

de algo: llevo un árbol con uñas rojas por dentro.

Yo hablo con Anahí.

Niña perro tenemos que encontrar la manera

de convivir sin vernos.

Ahora somos una sola mujer

repartida en la calle.

Cada verano

las tardes de tierra mojada

harán el resto.

Puede ser.

martes, 20 de enero de 2015

El otro (por Saiz de Marco)


"Ya no soy ése

sino otro distinto

El que no desertó de ser quien era

El que no arrinconó sus ilusiones

El que nunca se zancadilleó

En adelante

desde ahora mismo voy a ser

otro

el otro

el de verdad"



Lo piensas y en eso

(primer obstáculo)

alguien te llama con


tu viejo nombre

lunes, 19 de enero de 2015

Rebelaos (por Dylan Thomas)

No entres dócilmente en esa buena noche,
la vejez ha de arder y delirar al final del día:
rebélate, rebélate contra la luz que agoniza.

Aunque los sabios sepan al final que están bien las tinieblas,
porque de sus palabras no ha brotado el relámpago,
no entres dócilmente en esa buena noche.

Hombres buenos, ante la última ola, llorando el resplandor
que sus frágiles obras habrían tenido danzando en la verde bahía,
rebelaos, rebelaos contra la luz que agoniza.

Hombres locos que al vuelo atraparon y cantaron al sol,
y que comprendieron, demasiado tarde, que ensombrecían su camino,
no entréis dócilmente en esa buena noche.

Hombres serios, moribundos, que con mirada cegadora veis;
los ojos ciegos pueden arder como meteoros y ser joviales,
rebelaos, rebelaos contra la luz que agoniza.

Y tú, padre mío, allí en la triste cima,
maldíceme, bendíceme con tus fieras lágrimas, te imploro.
No entres dócilmente en esa buena noche,
rebélate, rebélate contra la luz que agoniza.

domingo, 18 de enero de 2015

Ardo sencillamente (por Ana Istarú)


Ahora que el amor

es una extraña costumbre,

extinta especie

de la que hablan

documentos antiguos,

y se censura el oficio desusado

de la entrega;


ahora que el vientre

olvidó engendrar hijos,

y el tobillo su gracia

y el pezón su promesa feliz

de miel y esencia;


ahora que la carne se anuda

y se desnuda,

anda y revolotea

sobre la carne buena

sin dejar perfumes, semilla,

batallas victoriosas,

y recogiendo en cambio

redondas cosechas;


ahora que es vedada la ternura,

modalidad perdida de las abuelas,

que extravió la caricia

su avena generosa;


ahora que la piel

de las paredes se palpan

varón y mujer

sin alcanzar el mirto,

la brasa estremecida,

ardo sencillamente,

encinta y embriagada.


Rescato la palabra primera

del útero,

y clásica y extravagante

emprendo la tarea

de despojarme.


Y amo.

sábado, 17 de enero de 2015

Durmiendo sobre la colina (por Edgar Lee Masters)


¿Dónde están Elmer, Herman, Bert, Tom y Charley,
el débil de voluntad, el fuerte de brazo, el payaso, el borrachín, el luchador?
Todos, todos están durmiendo sobre la colina.

Uno murió de una fiebre,
uno murió quemado en una mina,
uno fue muerto en una riña,
uno murió en una cárcel,
uno cayó de un puente trabajando asiduamente para sus niños y su esposa.
Todos, todos están durmiendo, durmiendo, durmiendo sobre la colina.

¿Dónde están Ella, Kate, Mag, Lizzie y Edith,
el tierno de corazón, el alma simple, la ruidosa, la orgullosa, la feliz?
Todas, todas están durmiendo sobre la colina.

Una murió en un vergonzoso nacimiento de un niño,
una de un amor frustrado,
una a manos de un bruto en un burdel,
una de un orgullo roto, buscando el deseo del corazón;
una después de vivir lejos en Londres y París,
había llevado a su pequeño espacio a Ella y Kate y Mag.
Todas, todas están durmiendo, durmiendo, durmiendo sobre la colina.

¿Dónde están el Tío Isaac y la Tía Emily,
y el viejo Towny Kincaid, y Sevigne Houghton,
y Major Walter, quien había conversado
con venerables hombres de la revolución?
Todos, todos están durmiendo sobre la colina.

Ellos les llevaron hijos muertos de la guerra
e hijas cuyas vidas estaban aplastadas
y sus niños sin padres, llorando.
Todos, todos están durmiendo, durmiendo, durmiendo sobre la colina.

¿Dónde está el viejo Fiddler Jones,
quien jugó con la vida durante todos sus noventa años,
arrostrando aguanieve con el pecho desnudo,
bebiendo, alborotando, no pensando en su esposa ni en sus parientes,
ni en el oro, ni en el amor, ni en el cielo?
¡Helo aquí! Parlotea largamente sobre pescados fritos,
sobre carreras de caballos largamente en Clary Grove,
sobre lo que Abraham Lincoln dijo
una vez en Springfield.

viernes, 16 de enero de 2015

Asoman las raíces (por Jaime Gil de Biedma)


Los pinos son más viejos.

Sendero abajo,
sucias de arena y rozaduras
igual que mis rodillas cuando niño,
asoman las raíces.
Y allá en el fondo el río entre los álamos
completa como siempre este paisaje
que yo quiero en el mundo,
mientras que me devuelve su recuerdo
entre los más primeros de mi vida.

Un pequeño rincón en el mapa de España
que me sé de memoria, porque fue mi reino.
Podría imaginar
que no ha pasado el tiempo,
igual que a los seis años, a esa edad
en que el dormir descansa verdaderamente,
con los ojos cerrados
y despierto en la cama, las mañanas de invierno,
imaginaba un día del verano anterior.
Con el olor
profundo de los pinos.
Pero están estos cambios apenas perceptibles,
en las raíces, o en el sendero mismo,
que me fuerzan a veces a deshacer lo andado.
Están estos recuerdos, que sirven nada más
para morir conmigo.

Por lo menos la vida en el colegio
era un indicio de lo que es la vida.
Y sin embargo, son estas imágenes
—una noche a caballo, el nacimiento
terriblemente impuro de la luna,
o la visión del río apareciéndose
hace ya muchos años, en un mes de setiembre,
la exaltación y el miedo de estar solo
cuando va a atardecer—,
antes que otras ningunas,
las que vuelven y tienen un sentido
que no sé bien cuál es.
La intensidad
de un fogonazo, puede que solamente,
y también una antigua inclinación humana
por confundir belleza y significación.

Imágenes hermosas de una historia
que no es toda la historia.
Demasiado me acuerdo de los meses de octubre,
de las vueltas a casa ya de noche, cantando,
con el viento de otoño cortándonos los labios,
y de la excitación en el salón de arriba
junto al fuego encendido, cuando eran familiares
el ritmo de la casa y el de las estaciones,
la dulzura de un orden artificioso y rústico,
como los personajes
en el papel de la pared.

Sueño de los mayores, todo aquello.
Sueño de su nostalgia de otra vida más noble,
de otra edad exaltándoles
hacia una eternidad de grandes fincas,
más allá de su miedo a morir ellos solos.
Así fui, desde niño, acostumbrado
al ejercicio de la irrealidad,
y todavía, en la melancolía
que de entonces me queda,
hay rencor de conciencia engañada,
resentimiento demasiado vivo
que ni el silencio y la soledad lo calman,
aunque acaso también algo más hondo
traigan al corazón.
Como el latido
de los pinares, al pararse el viento,
que se preparan para oscurecer.

Algo que ya no es casi sentimiento,
una disposición
de afinidad profunda
con la naturaleza y con los hombres,
que hasta la idea de morir parece
bella y tranquila. Igual que este lugar.


jueves, 15 de enero de 2015

Abrigo azul (por José Luis Piquero)


Hace un frío de muerte, un frío triste
incluso para enero y para estar tan solo.
Y yo soy poco menos que una persona hundida
en las solapas de mi americana,
un ser raro del frío que gasta americana, un sospechoso,
alguien que bien podría enseñar una placa o un cuchillo.

Y ahora me acuerdo de mi abrigo azul
de pelo de camello,
el mejor que he tenido. Tú me lo regalaste.
Recuerdo que llegaste con él a la oficina y allí mismo
me lo probé. Mis compañeros
se reían y a mí me daba igual.
Era un señor abrigo, lo escogiste
a ojo de buen cubero: me caía perfecto.
Se podía plantar cara al invierno con un abrigo así.

Pero ahora no lo llevo y mira que hace frío en estas calles
de todos los demonios. El abrigo
estará a 1.000 kilómetros, cálido para nadie, piel gastada.
Tú y yo estamos también a 1.000 kilómetros
o a 100.000 años luz, igual que dos cometas, y si nos encontráramos
sólo cabría un choque: un cataclismo.

Mi querida enemiga: finalmente
ocurrió lo que entonces, cuando venías con tu bolsa y en la bolsa el abrigo
y yo me lo probaba en la oficina
como se viste un príncipe en el día de su coronación,
ha ocurrido lo que era en aquel tiempo la peor de nuestras pesadillas: no estar juntos.
Y me pregunto cuándo, en qué momento, a lo largo de eones que han pasado, desde que el mundo era
una gran primavera reluciente,
empezaron las cosas a ir tan mal,
tan rematadamente mal,
y a hacer tanto, tanto frío.

Y supongo que tú
también tendrás noches a la intemperie
-como esta misma- en las que haces recuento de errores y fracasos, y no sé
qué clase de calor será el que eches de menos.
Seguro que yo hice algo por ti,
pero no lo recuerdo, algo inocente o práctico, o generoso o noble,
que compensa todos esos errores
y a ti te reconforta en las peores noches
y a mí me salva.

Mi abrigo azul de pelo de camello.
En mi vida he tenido
un abrigo tan puñeteramente bueno como aquel.