zUmO dE pOeSíA

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de todos los colores, de todos los sabores

ALEATORIUM: Saca un poema de nuestro almacén

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viernes, 25 de mayo de 2018

Y así se entrega a lo fugaz (por Hermann Hesse)


Que lo hermoso y lo encantador
sean tan sólo aliento y tormenta,
que lo delicioso, lo maravilloso
y lo propicio no duren:
que las nubes, flores, pompas de jabón,
que los fuegos artificiales y las risas de los niños,
la mirada de una mujer en el espejo
y tantas cosas tan prodigiosas
desaparezcan, apenas descubiertas,
que duren no más que un instante:
¡ah, eso lo sabemos con tristeza!
Lo duradero e inmóvil
no nos parece tan valioso:
piedras preciosas de fuego gélido,
pesada barra de oro reluciente;
las mismísimas estrellas,
que permanecen alejadas y extrañas, no nos resultan
semejantes a nosotros, seres transitorios:
no llegan a lo más profundo del alma.
Es como si lo hermoso y lo amable tendiera a la destrucción,
cerca siempre de la muerte,
y que lo más valioso, las notas musicales
que desde el nacimiento
corren y se extinguen,
son nada más que ligero aliento, torrentes, huida.
Y dolorosamente derribados por un leve soplo,
no permanecen más que el tiempo
que dura un latido;
sonido tras sonido, casi apenas entonados,
manan y se esfuman.

Y así se entrega a lo fugaz
lealmente nuestro corazón,
a la vida, a lo que surge de continuo,
y no a lo que, rígido, dura.
Muy pronto lo que permanece nos fatiga,
joyas, rocas y el cielo estrellado,
a nosotros, errantes del eterno cambio,
almas y pompas de jabón,

al tiempo unidos, y fugaces,
a quienes el rocío de una hoja rosa,
a quienes el cortejo de unas aves,
la muerte de las nubes,
el brillo de la nieve, el arco iris,
la mariposa voladora;
nosotros, a quienes el roce del sonido
de una risa fugaz
nos parece una fiesta
o nos causa dolor.
Amamos cuanto nos es semejante, y entendemos
lo que el viento escribe sobre la arena.


jueves, 24 de mayo de 2018

La lluvia (por Nurit Zarji)


Bajo la lluvia la casa titila como una burbuja.
Una materia arcaica zumba entre el cielo y la tierra,
cierra el paso al aire,
promete que ninguna plegaria llegará a destino.

Los techos desaparecen. El gato y la mosca
son empujados hacia los sótanos de la tierra.
La isla del mundo se ahoga en la lluvia.
La lluvia se ahoga en la lluvia.

Son lavados con furia
los arbustos, los troncos, las ramas,
todo se lava menos mi soledad.



miércoles, 23 de mayo de 2018

Sálvalo (por David Huerta)


Señor, salva este momento.
Nada tiene de prodigio o milagro
como no sea una sospecha
de inmortalidad, un aliento
de salvación. Se parece
a tantos otros momentos...
Pero está aquí entre nosotros
y crece como una luz amarilla
de sol y de encendidos limones
-y sabe a mar, a manos amadas,
huele como una calle de París
donde fuimos felices. Sálvalo
en la memoria o rescátalo
para la luz que declina
sobre esta página,
aunque apenas la toque.


martes, 22 de mayo de 2018

La verdad y su opuesto (por Chantal Maillard)


Cuando cumplí seis años, a cambio de su amor,
mi madre me arrancó la terrible promesa
de no mentir jamás.
Así, igual que un soberano controla
al pueblo al que gobierna,
ella me dio la libertad que al necio se le otorga:
actuarás dentro del margen
que yo-mis leyes establecen.
No había escapatoria:
su ministro de asuntos interiores
tenía su despacho montado en mi conciencia.
Yo la echaba de menos,
por eso no traicioné su confianza;
fui fiel a mi promesa.
Pero también, y con el tiempo,
fui fiel a mis instintos;
extensiva se hizo la verdad
al deseo que impulsa nuestros actos
Creo que confundí aquella instancia,
el orden imperioso del sentir
con el orden común de los Estados,
pues provoqué una guerra.
Después del gran naufragio, ella me preguntó:
¿no podrías acaso haber mentido?
En ese instante, entonces, usurpé la corona.
Ser libre no es un don, es una reconquista,
y es preciso callar para construir
aquella historia que se guarda
como un largo secreto del que nadie es testigo.
Ser libre es tener cuidado de un misterio
sobre el cual se construye nuestra vida.
Hay seres que comprenden temprano este principio;
me produce ternura descubrir sus engaños
y comprobar la paz que de ellos resulta;
admiro las mentiras bien trabadas,
la coherencia del engarce, el arte dirigido
hacia un fin; me conmueve
la soledad de aquel que las inventa
y consiente al imperio de su lógica.
El que miente edifica el mundo que conviene
para salvaguardar la ficción de los otros,
la legítima ficción que necesitan para evitar
la angustia de sentirse tan solos sin leyes,
sin verdades, sin ese amor
que creen recibir a cambio de su alma.
Aprendo del que calla, del que miente y engaña
el fuego soterrado que aún gime en mi pecho,
aprendo a dirigir su grito en mis infiernos
para el mejor gobierno de los mundos.
Desde ahora mi mano es la que guía
el fiel de la balanza: la verdad y su opuesto
son las onzas que pongo en los platillos
según el juego lo requiera.


lunes, 21 de mayo de 2018

Fontanelas (por Anne Michaels)


Greda y hayas. El mar de invierno
se busca a sí mismo en la nueva oscuridad
volviéndose casi incoloro.

Trajimos a nuestra hija aquí
antes de ser mortal. Antes de saber yo
que una persona puede ser una oración. Antes de
haber bañado alguna vez a un niño, antes de
sentir que la muerte de otro
podía ser la mía propia.

Hemos avanzado, cada año
un poco más adentro, hasta el lugar
donde la tierra es geología, donde los objetos se definen
por el espacio que los ocupa.
Donde las proteínas se ensamblan
en las almas. Hemos venido en invierno,
bajo la lluvia. A las islas, a la abadía, siempre
con frío, siempre mirando
para recordar. Fotografiando las ruinas
cerca de Roan Fell. En North. Beach y
en Melmerby Fell. Todos los lugares donde la tierra
se desmigaja por los bordes.
Parajes que vimos
desde el amor. Desde el amor
a la hierba alta de un arenal que ruge bajo dos mil
millas atlánticas de luz de luna, su olor borrado
por la sal como si una mujer invisible
nos abrazara en la oscuridad; el rastro
del trébol en el aliento de la vaca, en la dulce leche,
trenzado por el viento en la hierba alta,
sus raíces anudando arena. Islas fértiles
de lava porosa e islas tan secas que la lluvia
abolla la turba, huellas
parietales en la gneis
como apacibles lagos
en un cerebro infantil.

Islas ulteriores. No áridas
sino meticulosas. Ni una flor silvestre
marchita.

El angosto cauce un desfiladero de dos mil
millones de años. Las recónditas islas de basalto
un verde de cincuenta millones de años donde los pavos
fertilizaban jardines frondosos y alzaban rápidamente
el vuelo desde macizos setos de rododendro,
mientras los azúcares y fosfatos, la timina
y citosina, la guanina y adenina
se alineaban y dividían en sus tres grados de fluidez;
en el invierno, bajo la lluvia.

No hay canción que el mar
no tuviera en su boca.


*


El color de la mermelada
en las montañas de noviembre,
sombras minerales. Un hilo de carretera se pega a la costa.
Tienda, hotel, destilería.
Los misteriosos senderos de la turba
pueden volcar un camión como si fuera de juguete;
las mareas tragan un barco en segundos.
Un mar glacial mordisquea las cuevas y deja atrás
playas fermentadas para varar todo su grosor por encima de las olas.
Desde Ardlussa, donde termina la carretera,
siete millas por el bosque tupido de robles
hasta la mortecina granja de Orwell,
los silenciosos ojos de cinco mil ciervos rojos
cercándole en la noche.

Desde Ardlussa, donde termina la carretera.


*

Juntos hemos velado por la caliza y la apoptosis,
por las teorías refutadas y los abates Gloria y
Breuil, que iban tras la pista de niños en las cuevas pintadas
de Altamira y Lascaux. Por Jaques Loeb y
Jaques Monod, cuya fe era la biología,
sabedores de que el temor es como una manzana,
más dulce allí donde se recoge la luz,
bajo la piel. Por todo
lo que la ciencia abre para saber
lo que hay dentro, Iréne Carie buscando la verdad
en una placa de parafina. Por pruebas tan increíbles
como la propia muerte de uno. Por icebergs
tan viejos como la piedra. Por la esfinge de granito
y por los doscientos cincuenta kilos de sacerdote
de Isis,
izado en la oscuridad
del puerto de Alejandría tras un baño en el mar
de seiscientos años.

Y por todo cuanto

la huella de una mano ha trazado en la cueva,
y por los nueve meses, y el doble
de tiempo que tardan las fontanelas en cerrarse.

He observado a una mujer mientras nadaba
en North Beach, su vientre rosa
un eclipse surgiendo de las olas; más tarde,
la historia que contó, tan cerca de mí
el olor del café, el ruido del hielo, el suave chasquido
de los billares a lo largo de su Europa y sus bosques,
con prisa por hablar antes de que el amor le hiciera olvidar
por dónde empezar. Mucho antes de
las primeras veinte células, antes
del cuerpo lúteo, antes
del corazón microscópico,
mucho antes de las manos y los ojos.

Regresé a North Beach y a
sus palabras, en el lago
el vacío invernal, la marea arrastrando una rama
por la arena mientras los nérveos pliegues
se derretían. Antes del cerebro, antes de que las branquias
se convirtieran en huesos y orejas; "la primera
información genética compartida con los peces".


La distancia que recorre un niño,
decenas de miles de años
una célula. Células que saben
cómo cicatrizar una herida de lado a lado,
desde el interior. Células que saben
ensamblarse o volver a
ensamblarse unas a otras.
Para regenerar la sangre y la piel,
como una estrella de mar que pierde sus brazos
y los hace brotar de nuevo.
El cuerpo es un palacio de la memoria;
como la "escritura interior" de Simónides,
donde cada detalle de cada estancia se corresponde
con uno de los novecientos setenta versos
de la Eneida de Virgilio,
o como las tribus que utilizan todo el Sáhara
para recordar una historia.

Catálogo de la entropía.

La huella primitiva, las islas de sangre.
Proteína sagrada.


*


Vinimos a la fotografía de la noche. Al desfiladero,
a la pelicula ennegrecida por los últimos átomos
del dia. Luego miraremos con el rostro
casi en el papel para ver las olas,
pliegues de sombra más oscuros que la oscuridad
revelada. Anula nuestra
invisibilidad el blanco
del aliento.

Tarea difícil, este aguardar
la oscuridad, la lenta disgregación
de la luz del sol, imposible registrar
el instante que sucede al anterior
como lo es nombrar el instante en que el embrión
se convierte en feto; el único momento del día
en que la teoría del quantum parece razonable. Cuando la clave
es una sensación. Pienso en el crepúsculo de Heisenberg,
su paseo por Faelled Park con la intención fija
de liberar el universo de las olas,
apretando la cabeza con las manos, concentrado
en sus p's y q's. O en su paseo por el puerto
de Copenhague contemplando un carguero "fabuloso
e irreal en la brillante tiniebla azul...
las leyes biológicas ejerciendo su poder
no sólo en las moléculas proteínicas sino
en el acero y la corrientes eléctricas..."
O a las cuatro de la mañana leyendo
en el suelo el Timeo de Platón, ni
de día ni de noche, el instante en que comprendió
"que las más pequeñas partículas de materia
deben reducirse a una fórmula matemática."
Como lugares sagrados levantados con
piedras laicas — el priorato devastado del Muro de Adriano
o el monasterio cisterciense levantado entre altares
paganos a Júpiter y Silvano —
el espíritu se enreda en el mecanismo del quantum.
Células hijas, organelos, mórula.
La forma del vientre
prefigura la forma de la cabeza.
Desde Ardlussa a North Beach.
Desde la piedra al átomo.
Desde el átomo a la piedra.

La química de la observación;
Mirar hasta que el río
nos trague, hasta que la rojez
de la piedra colme nuestras venas.
Mirar hasta que seamos
vistos. Pero esto es sólo un deseo.
Abandonamos el calor de nuestras sombras
en el musgo conmocionado por la helada.
Incluso tu cámara

ve más; el detalle que ansías.

Nos forzamos a ver
lo que ve la cámara, lo que el ojo no puede; y es tan válido
como una filosofía. Un abrazo
del fracaso, como si
en el mismo instante, es imposible,
atrapáramos el reflejo visible
de lo que es invisible.
El blanco de nuestro aliento en la oscuridad.

Cómo fotografiar esto,
la oscuridad cuando uno ha hablado
demasiado. La oscuridad
de un sentimiento repentino. La oscuridad
del amor.

El mar un papel desplegado;
la lluvia colmando cada pliegue.
Un surco brillante de sal,
un surco de espuma.
Fosfeno.

Oscuridad con esperanza.


*

Un domingo de invierno.
En la superficie,
peregrinando por la caliza, los espeólogos se tumban,
el aliento de la tierra en el pelo,
el aliento de la profundidad oscura,
diez metros y treinta mil
años. De cabeza
se sumergen en la corriente del aire.

Dieron un grito en una estancia
demasiado profunda para el alcance de las lámparas,
el sudor mineral de un espacio
de la blancura de una película proyectada en la oscuridad.
Desplegaron un sendero de plástico negro
a lo largo del suelo reluciente de calcita;
así su andadura no perturbaría
los huesos esparcidos, los dientes y
huellas de animales arcanos.

Bisontes y mamuts en carbón de leña y ocre.
En el pasadizo de los caballos
se quedaron sin palabras,
un regocijo
impronunciable.

Al lado de sus pies,
bajo la mirada fija de los melancólicos caballos,
la huella de dos manos.

Ascendieron hasta el limpio
escalofrío del desfiladero, a oscuras,
la afilada luz de las estrellas
cristalizando su aliento.
Aturdidos, no podían sino descender otra vez.
Y otra vez más al olor del lodo húmedo;
esa tercera vez a través del pasadizo,
casi a medianoche, al final
llevando a alguien que no se lo creería
sin verlo por sí misma


la hija de un espeólogo.


«Habíamos perdido toda noción del tiempo."



*



Llevas tu cámara

bajo tierra.

La lluvia hiere la nieve. Largos cortes de lodo

ennegrecen el sendero. Encendemos las lámparas

y bajamos. Tus sesenta trillones de células

y los míos. En las cuevas de Aldéne y de

Fontanet los niños del paleolítico jugaban

mientras sus padres pintaban. Pequeñas huellas

de sus pies y sus rodillas en el lodo.

Miles de años después, los niños regresan:

María, que encontró el bisonte

en el cielo de piedra de Altamira;

Marcel que siguió a su perro, Robot,

hasta la boca de Lascaux.


Ocho semanas después, las manos.

Una boca sin labios.


Veinticinco semanas después, los filamentos

siguen un rastro de aliento

químico en la corteza del cerebro

y conectan orejas y ojos.

Treinta semanas después un susurro del quantum:

el pensamiento.



A ligera diferencia

del tiempo geológico,

lleva generaciones

convertirse en isleño.

Sólo los espíritus se ganan un sitio.



El viento restriega el aire, tan limpio

que incluso el corazón más abrumado

recuerda todo lo que ama.


*


Bañamos a nuestra hija,

una oración de cada lado,

como si la laváramos

con una canción.

Dedos tan frágiles como cuchillas de hierba.

Miles de huevos

ya en su interior.


*

Amar como si también

hubiéramos elegido el dolor.


*


Todo amor es un viaje por el tiempo.


Orilla pulida, cuevas pintadas,

desfiladeros de caliza.

Ciruelas y agua fría en el desierto.



El río en invierno. Esta lejanía.



domingo, 20 de mayo de 2018

Dímelo (por John Jairo Junieles)



La vida es una mujer con sus dos manos para hacer lo que haga falta.

Un marcado aire de familia me une con esta modista que lleva

treinta años frente a una Singer,

que escucha radionovelas, y que aún conserva en un armario

los tres ombligos de sus hijos.


¿De qué madera está hecha esta canoa que lleva medio río sin

quejas, y piensa que todo mal lleva al bien amarrado en la cola?.

¿Cuántas muertes me faltan a mí para parecerme a ella?,

para decir como dice ella: “Si vives como si tuvieras fe,

la fe te será otorgada”.


Años antes de que yo naciera madre colgó una estampa que

aún pervive: Dos niños recogen flores a la orilla de un despeñadero

y un Ángel de la Guarda conjura el peligro con su presencia.


Dime madre con tus ojos el secreto,

dime cómo se llega alegre hasta el final,

a pesar de los abismos,

dímelo a mí, que soy la única pluma sucia de tus alas.


sábado, 19 de mayo de 2018

Habría querido (por Véronique Tadjo)


No es nada fácil ser un cocodrilo,
especialmente si uno no quiere serlo

Ese que ves en la página opuesta,
no se siente bien en su piel de cocodrilo
Le habría gustado ser diferente
Habría querido
llamar la atención de los niños
y jugar con ellos
Hablar con sus padres
dar paseos por la aldea
Pero, pero, pero…

Cada vez que sale del agua
los pescadores tiran lanzas
los niños huyen
las chicas abandonan sus jarros

Su vida es una vida
de soledad y de tristeza
Una vida sin amigos y sin cariño
Sin ningún lugar que visitar

En todas partes, extranjero
Un cocodrilo
vegetariano
bueno y generoso
que tiene un horror
terrible de la sangre



viernes, 18 de mayo de 2018

Cuando los petirrojos vengan (por Emily Dickinson)



Si no estuviera viva

cuando los petirrojos vengan,

a ese de corbata carmesí

dale una miga en mi memoria.

Y si no pudiera yo darte las gracias

por estar muy dormida,

has de saber que lo estaré intentando

con labios de granito.




jueves, 17 de mayo de 2018

Ruiseñor mío (por Juan Ramón Jiménez)


Hombres en flor (corbatas variadas, primores
de domingo), mi alma ¿qué es para vuestro traje?
Jueces de paz, Peritos agrícolas, Doctores:
perdonad a este humilde ruiseñor del paisaje.

Yo no he querido nunca molestaros, cantándo-
os. Sí: este ramo blanco de rosas del ensueño,
puede hacer una música nueva y clásica, cuando
sonreís con los labios; pero yo no os desdeño.

¿Qué es mi voz ante vuestra decorada levita?
¿Vale, acaso, la pena, una pura sonata,
de achicar las orejas?; o una estrella marchita
que volara, ¿qué es para vuestra corbata?

…Y tú, ruiseñor mío, endulza tu tristeza,
escóndete en tu pino, consuélate y olvida;
sé igual que un muerto, y dile, penando, a la belleza,
que has sido como un huérfano en medio de la vida.



miércoles, 16 de mayo de 2018

Forcejean (por Jairo Rojas)


El cuerpo es un maestro
—dice—
mientras él forcejea con los brazos
que se le alzan solos
que buscan poseídos la hojilla
para abrir todas las carnes desde su pecho oscurecido
mientras, también, pugna con las piernas que se desplazan al lugar
donde quemarse
donde quemar la vida quieren

ahí se oye toda la lucha de siempre

la intensión es la fuerza que despereza el cuerpo
se sabe

el cuerpo: amigo de la muerte
inquilino del alma
causa de la lápida que visitan pájaros y gatos
sombra de los movimientos del pensamiento
templo que se autodestruye por falta de fuego
que oye el gallo que anuncia la noche
embriagado con la pereza
mal acostumbrado a las vibraciones más groseras
que olvida su próxima fecha de vencimiento
indistinto del cielo
que vio luz saliendo unido a Ella
espejo de todos los que pasarán por este mundo
maestro
que hace resistencia
que se la pasa viendo lo invisible

forcejean recorriendo los astros del cuarto
tumbando los discos del alba los libros que muchos pobres no leerán
porque sólo pensarán en dinero,
le agarra ese bello pelo largo hecho de viento
lo tira a la esquina
y se muere de la risa cuando cae (n)
él y su templo

así se aprende la lección
con mano dura sobre la mano dura, alzada
para saber quién es el que Manda.


martes, 15 de mayo de 2018

Seáis quienes seáis (por Saiz de Marco)


A todos los que hicisteis que no abrace lo injusto,
que la crueldad me angustie,
que hacer daño me dañe,
que golpear me golpee,
que me humille humillar,


donde quiera que estéis y seáis quienes seáis,

yo os declaro mis únicos,
mis verdaderos Dioses.



lunes, 14 de mayo de 2018

Inclinándome (por José Luis Parra)


Inclinándome, sí,
al clima de los años, al peso de las ruinas
de la carne, encorvado en mis carencias,
como el sauce que roza en la corriente
el reflejo fugaz de lo vivido.

Inclinándome, sí,
con reverencia, agradeciendo
la presencia del escaso auditorio,
el temple y alegrías que me han dado
en esta feria bufa, ignominiosa.

Inclinándome, sí,
ante el misterio y su verdad ambigua
y su belleza fugitiva y ciega,
no con rendida servidumbre
sino con refinada cortesía.

Y cuando la certeza al fin se imponga
de que no habrá más horas ni más días,
salir como una sombra
salir, pero inclinándome,

salir sin titubeos de la escena.



domingo, 13 de mayo de 2018

Si rompiera las puertas de la carne (por Emily Dickinson)



¿Y si dijera que no voy a esperar?

¿Si rompiera las puertas de la carne

y las cruzara huyendo hacia ti?

¿Y si extrajera esta mortalidad

y auscultara dónde duele -basta eso-

y entrar así en las aguas libremente?

No podrán atraparme -nunca más-.

Que llamen o que imploren mazmorras y pistolas.

Ahora están vacías de sentido

como lo que me hizo reír hace una hora,

como encajes o artistas ambulantes

o como aquéllos que murieron ayer.



sábado, 12 de mayo de 2018

Cuadrado círculo (por Juan Ramón Jiménez)


Cielo que miro, azul y oro, sobre el triste
patio blanco y cerrado, pozo de mi torpeza;
en tu breve alegría total, cuanto es existe;
eres cuadrado círculo de toda la belleza.

Sí, lo eres todo, gloria y mundo (duda y fe);
y me dices (y a un tiempo me alzas y me sepultas)
que en ti tendré yo siempre, y que nunca tendré,
todo lo que me muestras, todo lo que me ocultas.


viernes, 11 de mayo de 2018

Pronto se hará la luz (por Arthur Schopenhauer)



La larga noche invernal no nos abandonará nunca;

el sol se detiene, como si jamás fuera a regresar;

el estruendo de las lechuzas grazna a porfía;

las armas suenan en los débiles muros.

Y tumbas abiertas envían a sus espíritus:

quieren danzar a mi alrededor,

asustar a mi alma para que nunca sane.

Pero no quiero hacia ellos dirigir mi mirada.

¡El día, el día deseo anunciar a voces!

La noche y los fantasmas huirán de él:

pues así lo anuncia la estrella del alba.

Pronto se hará la luz, también en las más abisales profundidades:

el mundo se llenará de brillo y color,

de un intenso azul la ilimitada lejanía.



jueves, 10 de mayo de 2018

Tus (por Paul Celan)


Tus ojos, huellas de luz de mis pasos;
tu frente, temida por el brillo de las dagas;
tus cejas, travesía de las pérdidas;
tus pestañas, mensajeros de cartas largas;
tus rizos, cuervos, cuervos, cuervos;
tus mejillas, campo de armas de la mañana,
tus labios, huéspedes tardíos;
tus hombros, estatua del olvido;
tus pechos, amigos de mis serpientes;
tus brazos, árboles ante la puerta del castillo;
tus manos, tablas de juramentos muertos;
tus caderas, pan y esperanza;
tu sexo, ley del incendio del bosque;
tus muslos, alas en el abismo;
tus rodillas, máscaras de tu cortesía;
tus pies, campos de batalla de las ideas;
tus plantas, gruta del fuego;
la huella de tu pie, el ojo de nuestra despedida.


miércoles, 9 de mayo de 2018

Pero llegaste tú (por Wu Kieng)


Maldije la lluvia que, azotando mi techo,
no me dejaba dormir.
Maldije al viento que me robaba
las flores de mis jardines.

Pero llegaste tú y alabé a la lluvia.
La alabé cuando te quitaste la túnica empapada.
Pero llegaste tú y alabé al viento.
Lo alabé porque apagó la lámpara.


martes, 8 de mayo de 2018

SINDICATOS CONTRA TRABAJADORES

Por su extraordinaria claridad y por la transcendencia de su mensaje, zUmO dE pOeSía inserta el enlace del artículo de Félix Ovejero:


https://elpais.com/elpais/2018/05/02/opinion/1525276481_160250.html



Ese instante (por Alejandra Pizarnik)


Ese instante que no se olvida,
tan vacío devuelto por las sombras,
tan vacío rechazado por los relojes,
ese pobre instante adoptado por mi ternura,
desnudo desnudo de sangre de alas,
sin ojos para recordar angustias de antaño,
sin labios para recoger el zumo de las violencias
perdidas en el canto de los helados campanarios.

Ampáralo niña ciega de alma,
ponle tus cabellos escarchados por el fuego;
abrázalo pequeña estatua de terror.
Señálale el mundo convulsionado a tus pies,
a tus pies donde mueren las golondrinas
tiritantes de pavor frente al futuro.
Dile que los suspiros del mar
humedecen las únicas palabras
por las que vale vivir.

Pero ese instante sudoroso de nada,
acurrucado en la cueva del destino
sin manos para decir nunca,
sin manos para regalar mariposas
a los niños muertos.



lunes, 7 de mayo de 2018

En qué noche merodea tu error (por Ahmed Hijazi)


En un mundo lleno de equivocación,
si tu cuerpo delgado
en un movimiento demasiado rápido o lento
se precipitara a la tierra hecho añicos
¿en qué noche… esta u otra…
merodea tu error?


Se atenúan las luces del techo,
cesa el público su estrépito,
y llegas ataviado de luz,
héroe cabalgante, recorriendo la ciudad
con tus ojos, despidiéndote de ella,
clamando el amor del pueblo en noble silencio…
Subes a las primeras cuerdas,
los tambores al ritmo de tus pasos
colman la arena del tumulto
y retumban “¡Que empiece la función!”.
¿En qué noche merodea tu error?
Te devoran el terror y la aventura,
tus pies, tus brazos se reaniman,
tambalean, se reponen,
se detienen ante el cañón fatal:
como serpientes enroscadas,
como gatos enloquecidos,
negros, blancos, atacan y retroceden
en el círculo de arena.
Inicias tu arte del terror,
sitúas al público ante el momento de angustia,
vas por la morada de la muerte… arrogante… audaz,
saltas de cuerda en cuerda,
dejas un refugio, y aún no encuentras otro.
El temor congela los rostros… atentos,
compasivos, lascivos
hasta que con calma te detienes,
alzando las manos ante el público.

¿En qué noche merodea tu error…?
Abajo, pesado de tanto esperar, rumia en la oscuridad
el indomable monstruo fabuloso
resplandeciente como el pavo real,
engañoso como la serpiente,
ágil como el tigre,
majestuoso
como león al acecho, en el momento de peligro
mientras prepara el gran salto
invisible bajo tus pies
muerde la roca,
espera tu caída,
el segundo del cálculo fallido,
el lapsus en la improvisación.

Entonces aletea el recuerdo
buscando cubrir esta repentina desnudez
venerable, sola.

El orgullo se posa en tu cabeza
como ave saciada,
ebrio de silencio olvidas el trapecio,
las cuerdas vibran bajo tus pies como
la cuerda de un arco.

Un grito apuñala la noche como el cuchillo de un ladrón.

En el centro de todas las cosas
la luz vacila sobre el cuerpo caído,
el pie, el brazo colgando y sin orgullo.
Y sonríes
como si supieras los secretos,
como si confirmaras la profecía.



domingo, 6 de mayo de 2018

Madre (por Carlos Oquendo de Amat)



Madre

Tu nombre viene lento como las músicas humildes

y de tus manos vuelan palomas blancas

Mi recuerdo te viste siempre de blanco

como un recreo de niños que los hombres miran desde aquí distante

Un cielo muere en tus brazos y otro nace en tu ternura

A tu lado el cariño se abre como una flor cuando pienso

Entre ti y el horizonte

mi palabra está primitiva como la lluvia o como los himnos

Porque ante ti callan las rosas y la canción


sábado, 5 de mayo de 2018

Carnaval (por Marin Sorescu)



Vamos a intercambiar pensamientos,

árbol, ya que ni siquiera conozco tu nombre

y con tu pensamiento

dame todas tus hojas

para que las dejes en mis manos

y en mis ojos, y en mi frente.


Al final

habrá un hermoso carnaval

de despedida

y todos se pondrán sus máscaras

para celebrarlo.



Quiero aparecer con un simple disfraz,

de árbol verde.



viernes, 4 de mayo de 2018

Refugio (por Charles Simic)


Ríndete al momento
ahora que has encontrado refugio
en el repentino chaparrón
bajo estos pequeños árboles de sombra.

Escucha los fuertes pinchazos
como si una costurera soñadora y despistada
estuviera cosiendo juntos
el tiempo y la eternidad para ti.

En la acuosa luz verde esmeralda
del final de la tarde,
las hojas, también, encuentran difícil
no estremecerse un poco
mientras escuchan la lluvia.


jueves, 3 de mayo de 2018

Y somos casi hermanos (por Robert Malatesta)



Mi perro y yo miramos las estrellas

y somos casi hermanos.

Yo soy el que más sabe de los dos, las estrellas

no notarán la diferencia.

Desde esta posición

quien pretende saber

es como aquel que salta

y por ello se cree cerca del cielo.

Mi perro y yo miramos las estrellas,

ninguno de los dos

llegará más allá de sus narices.

No obstante, qué bueno bajo el rocío,

contemplar las estrellas es tan bello

y simple, que mi perro y yo, hermanados,

sabiendo casi nada

lo comprendemos todo. 



miércoles, 2 de mayo de 2018

Mirándolos mientras duermen (por Sharon Olds)


Cuando llego a casa tarde y es de noche y entro a besar a los niños
veo a mi hija con el brazo doblado alrededor de la cabeza,
su cara sumergida en lo inconsciente;
tan centrada por completo en su yo oscuro,
la boca que resopla con ligereza como alguien saciado
pero con una mueca leve de no haber tenido suficiente,
los ojos tan cerrados que uno pensaría que han girado sobre
el iris para mirar la parte posterior de la cabeza,
el globo ocular desnudo y marmóreo bajo el
párpado anhelante grueso y satisfecho,
descansa sobre la espalda en posición cerrada y de abandono
y el hijo en su habitación, oh, el hijo, está de lado en la cama,
una rodilla arriba como si estuviera escalando
peldaños escarpados en la noche,
y bajo el temblor fino de los párpados
sabes que sus ojos están abiertos de par en par,
mirando y vidriosos, con su azul
codicioso y cristalino en toda esta oscuridad, y
la boca está abierta, respira con dificultad por la subida
y jadea, la frente está arrugada
y pálida, los dedos largos encogidos,
la mano abierta, y en el centro de cada mano
la palma seca y sucia del niño
en calma, como si fuera una galleta. Lo miro en su
búsqueda, los músculos finos de sus brazos
apasionados y tensos, la miro a ella
con su rostro como el rostro de una serpiente que se hubiera
tragado un ciervo,
contenta, contenta, y sé que si la despierto
sonreirá y volverá el rostro hacia mí
medio dormida y abrirá los ojos y
sé que si lo despierto a él
se sacudirá rápidamente y dirá No y se incorporará
y mirará a su alrededor en una inconsciencia
azulada, oh Señor, cómo
conozco a estos dos. Cuando el amor viene a mí y me pregunta
¿Qué sabes? Respondo Esta niña, este niño.


martes, 1 de mayo de 2018

La O azul (por Jairo Rojas)



lo que me digo para usted

es que el agua saltó de más arriba de las regiones

del frío

y ahora anda unida al extenso firmamento

azul sobre azul

y a su huella vamos hundiendo la cabeza

en su pecho

cortando nuestra lengua torpe para escuchar su color

a

es lo que hay:

puntos de agua rara donde crecimos

y picos que bajan en la noche

a

subimos-bajamos

subimos-bajamos

/////

a

lo que me digo, entonces, hermano

es que nos dejemos hundir

en el centro de su nombre de agua

que no hemos podido tocar

que crucemos la ciudad fluvial para conocernos

que sigamos la ruta

de los que ya no están aquí y siguen

caminando

que no tengamos miedo de hundirnos en el templo

y postremos la cabeza en el agua

para tener, por fin, los pies sobre la tierra

sobre

azul sobre agua azul

a

dices: “nos escogió el aire

y los cielos derretidos, tan pequeños y vastos”

a

sonrío

toma la montaña y muévela –insisto a tu voz-

que el pensamiento tiemble con las piernas

sus varices caigan

hiérelo, como nunca, con la O azul / del agua / de arriba

a

blanco-silencio-azul-agua-blanco-

a

sea este el lugar donde empezó todo

donde nos cruzó la noche grande

para ver qué hacíamos



lunes, 30 de abril de 2018

No nacimos mañana (por Adrienne Rich)


Porque ya no somos jóvenes, las semanas han de bastar
por los años sin conocernos. Sólo esa extraña curva
del tiempo me dice que ya no somos jóvenes.

¿Caminé yo acaso por las calles en la madrugada, a los veinte,
con las piernas temblándome y los brazos en éxtasis más pleno?
¿Acaso me asomé por alguna ventana buscando la ciudad
atenta al futuro, como ahora aquí, esperando tu llamada?
Con el mismo ritmo tú te aproximaste a mí.

Son eternos tus ojos, verde destello
de hierba salvaje refrescada por la vertiente.

Sí. A los veinte creíamos ser eternas.
A los cuarenta y cinco deseo conocer incluso nuestros límites.
Te acaricio ahora, y sé que no nacimos mañana,
y que de algún modo tú y yo nos ayudaremos a vivir,
y en algún lugar nos ayudaremos tú y yo a morir.



domingo, 29 de abril de 2018

Por ninguna razón en concreto (por Ray Bradbury)


¿Por qué nadie me habló de llorar en la ducha?
Qué sitio tan perfecto para el llanto,
qué sitio tan idóneo para abandonarse
sabiendo que nadie te oye.
Dejas caer tus lágrimas. Sabes que entre las gotas
no molestan a nadie, excepto a ti. Allí de pie
enjuagas tu tristeza,
tu cabeza y tu rostro son masajeados por tormentas primaverales
o, pensándolo mejor, por la lluvia de otoño.
Te vacías hasta quedarte en nada. Después te colma el gozo.
Pero primero viene la tristeza, su posesión.
Más tarde, la sed de melancolía encuentra su hueco
en los rincones y conoce el dolor.
Puede llevarte a ella: la última hoja de un árbol;
o quizás el modo en que la brisa, acompañada de gatos,
avanza con sigilo por el césped;
o un chico en bici
vendiendo a gritos el final del verano;
o un juguete abandonado como una duda sobre un sendero;
o una niña con una sonrisa tan inocente que te parte el corazón;
o ese frío momento en que todos los lugares y rincones y habitaciones
de tu casa se quedan vacíos y silenciosos,
en que se van tus hijos, sus cálidos dormitorios se vuelven helados,
y sus camas (esponjosos pasteles en verano
que, sin la levadura, se deshacen),
esperan que los gatos visiten a esos fantasmas medio olvidados
durante el largo otoño.
Así, por ninguna razón en concreto,
crecen los antiguos océanos,
tus ojos se llenan de sal;
entonces muere algo desconocido y debe ser llorado.
De pie, bajo la ducha, a mediodía o por la noche
es lo correcto y bueno y adecuado.
Lo que nunca entendiste, ahora lo comprendes.
Tu tierra interior se nutre maravillosamente de lágrimas:
los años que has traído para cosechar
ya están segados y almacenados;
los amores, precintados y ordenados.
Una vida entera encerrada en tu sangre, se libera y desata.
Conócela. Arrójala
fuera de tus ojos bajo el dulce fluir de las lluvias.
Pero ahora, presten atención, hombres duros, buenos muchachos:
esto no sólo es útil para mujeres perdidas o abandonadas;
su necesidad es idéntica.
Sigan su ejemplo.
Tomen prestado el dolor y despreocúpense.
Por Dios, inténtenlo.
No se trata de aprender a llorar
sino de aprender a morir.
Lloren hasta la madrugada.
Conmocionados por la lección aprendida,
ríanse como recién nacidos a la hora del baño y griten:
Maldita sea, muchachas. ¿Qué significa esto?
Dulces viudas, váyanse al infierno.
¿Por qué?
¿Por qué, por qué, oh Dios, por qué
nadie me habló de llorar en la ducha?



sábado, 28 de abril de 2018

La calle del mundo (por Lawrence Ferlinghetti)


La calle larga
que es la calle del mundo
pasa alrededor del mundo
está llena de gentes de todo el mundo
para no mencionar todas las voces
de toda la gente
que alguna vez existió
Amantes y llorones
vírgenes y dormilones
vendedores de fideos
hombres sandwich
lecheros y oradores
banqueros sin carácter
frágiles amas de casa
enfundadas en nailon
desiertos de publicistas
manadas de potranquitas
saliendo del secundario
multitudes de universitarios
hablando hablando hablando
caminando sin rumbo
o colgándose de las ventanas
prestando atención
a lo que sucede en el mundo
donde todo sucede
tarde o temprano
Y la calle larga
que es la calle más larga
de todo el mundo
pero no tan larga
como parece
pasa de largo
a través de todas las ciudades
y de todos los paisajes
baja todos los callejones
sube todos los boulevares
atraviesa todos los cruces de caminos
cruza luces rojas y luces verdes
ciudades bajo el sol
continentes bajo la lluvia
hambrientos Honkones
las tierras yermas de Tuscaloosa
los Oaklanes del alma
los Dublines
de la imaginación
Y la calle larga rueda y rueda
es un enorme tren a vapor
traqueteando alrededor del mundo
con sus pasajeros llorando a gritos
y bebés y canastas de comida
y perros y gatos
y todos ellos imaginando
quién es el que estará en la cabina
conduciendo el tren
si alguno
el tren que circula alrededor del mundo
como un mundo en movimiento
todos ellos pensando
simplemente qué sucede
si algo
algunos sacan medio cuerpo
por las ventanillas
miran hacia adelante
intentan ver al conductor
en la cabina
de un solo ojo
tratan de verlo
vislumbrar su rostro
cuando giran en una curva
pero nunca lo lograrán
a pesar de que en ocasiones
da la impresión
de que lo verán
La calle se sacude
el tren sigue rodando
con sus ventanas alzándose
sus ventanas las ventanas
de todos los edificios
en todas las calles del mundo
rodando
a través de la luz del mundo
a través de la noche del mundo
con faroles en los pasos a nivel
perdidas luces centelleantes
multitudes en los carnavales
circos nocturnos
prostíbulos y parlamentos
fuentes olvidadas
puertas de sótanos
puertas no halladas
perfiles a la luz de los faroles
danzantes ídolos pálidos
mientras el mundo se estremece
Pero ahora el tren llega
al tramo solitario de la calle
la parte de la calle
que circunvala los lugares
solitarios del mundo
Y este no es el lugar
donde cambiarás de tren
abordando el Expreso
a las playas de Brighton
Este no es el lugar
donde se pueda hacer algo
Esta es la parte del mundo
donde no se puede hacer nada
donde nadie hace nada
nada en absoluto
Donde nadie está en ningún lugar
ninguno en ningún lado
excepto tú mismo
Ni un espejo
para duplicar tu soledad
Ni un alma
sólo la que te pertenece
tal vez
e incluso quizás
ésa no esté allí
tal vez
no te pertenece
tal vez
porque estás
lo que se dice muerto
has llegado a tu destino
Desciende


viernes, 27 de abril de 2018

El amor que murió al nacer (por Dante Gabriel Rossetti)


La hora que podría haber sido pero que no es
fue concebida en el corazón del hombre y de la mujer,
sin importar el infecundo sostén de la vida;
¿en qué orillas lo espera el cansado mar del tiempo?
Hijo de todas las alegrías consumadas, libres,
en algún lugar suspira y sirve,
y mudo ante la Casa del Amor,
oye a través de la puerta resonante
sus horas elegidas en un constante eco.

¡Pero mirad! ¿Qué almas casadas, tomadas de la mano,
caminan juntas por el inmortal hilo
con ojos donde las ardientes luces
de la memoria añoran el hogar?
Mirad cómo la pequeña hora paria se vuelve,
salta hacia ellos y en sus rostros vencidos grita:
Soy vuestro hijo. ¡Oh, padres, por fin he venido!



jueves, 26 de abril de 2018

Tal vez ya haya nacido el Porvenir (por Mihály Babits)


1

Entre las calles de Pest gentes que corren, fusilazos,
policías, vidrios rotos, voz del pueblo, revolución.
Yo aquí cuento los minutos, impotente, solitario
no hay noticias, no hay periódicos, mi tranvía se detuvo.
Vivo yo en mi muda aldea, donde ni los perros ladran,
donde las vacas no mugen y no chillan los lechones.
Bajo el alero de junco hay colgada una mazorca con granos de topacio.
Muro de color de nieve, sombra azul. Silencio, sólo el trinar de golondrinas.
Nada más cuando el tranvía atraviesa trepidando este lugar y como la vaca muge
se siente la cercanía monstruosa de la ciudad.
Pero duerme ahora el paisaje: detenido está un tranvía reventado.
¡Oh, tranvía mío triste! ¡Triste es este mundo mudo!
Triste en la sombría aldea es, soñando, ver los rieles ya vacíos.
¡Oh, rieles advenedizos! ¿me lleváis hoy todavía?
¿Me llevaréis todavía donde ahora tintinea la ventana,
donde chorrea la sangre, hierve la revolución?
Donde a las alborotadas muchedumbres las gobierna ahora el callado Petöfi
y la Idea está parada en la esquina como divina meretriz;
donde, mientras esto escribo, en el gran lecho de enferma de mi Hungría
entre sangre, entre tormentos tal vez ya haya nacido el Porvenir.

2

Porvenir, oh tú que vienes y no presiente ninguno que aquí estás;
vienes y nadie te ve; vienes bajo un denso velo oculto,
¿qué traes, desconocido? ¿qué te llevas?, ¿tienes acaso una meta?
¿o lo mismo que un borracho en tu camino das traspiés?
Ah, borracho estás con vinos de mil ideas dementes.
¡Sueñas y el deseo enfermo enturbia el sabor de tu sueño!
Sueño eres tú mismo: el sueño del pasado que quisiera ya morir
y llora porque le duele todo y ya no puede más de enfermo.
Oh, que venga una mortífera justicia a la vida que se trocó en la mentira,
que en las calles pronto aceche ya muerta vagabunda:
¡Todo da lo mismo ya!, que se derramen los bajíos de los mares,
que todas las purulencias se vomiten: ¡venga la revolución!
¡venga la barbaridad!, venga, al menos, la verdad,
después de tantos engaños y descuidos.
Venga pues este delirio que propale todos, todos los secretos,
el que a uno le dirá: “Cobarde amigo del derecho, ¡tiembla tú!”
Y al otro dirá: “En tus labios se ha gastado la palabra: ¡libertad!,
y era tu puño martillo, y era tu corazón déspota.”
Y al otro: “Tu mano ha sido pérfida e interesada:
tu mano está ensangrentada: ¡puedes lavar tus manos!”
Y a todos: “¡Fuera las supervivencias fanáticas, los forjados ideales!
¡Este mundo no es un juego! Hay que ver y hay que crear”.


miércoles, 25 de abril de 2018

Andando (por Juan Ramón Jiménez)


Andando, andando.
Que quiero oír cada grano
de la arena que voy pisando.

Andando.
Dejad atrás los caballos,
que yo quiero llegar tardando
(andando, andando),
dar mi alma a cada grano
de la tierra que voy rozando.

Andando, andando.
!Qué dulce vuelta a mi campo,
noche inmensa que vas bajando!

Andando,
Mi corazón ya es remanso;
ya soy lo que me está esperando
(andando, andando),
y mi pie parece, cálido,
que me va el corazón besando.

andando, andando,
!Que quiero ver el fiel llanto
del camino que voy dejando!



martes, 24 de abril de 2018

Lo que él diga (por Marie Howie)


Cuando estoy cansada y no logro decidir

algún asunto difícil

he empezado a pedir opinión a mis amigos muertos.

Y la respuesta es casi siempre inmediata y transparente.

¿Acepto el trabajo? ¿Me mudo a la ciudad?

¿intento concebir un hijo en mi madurez?

De pie mueven sus cabezas sonrientes al unísono.

Lo que conduzca a la alegría, contestan siempre,

a más vida y menos preocupación.

Miro dentro del jarrón donde estuvieron las cenizas de Billy

-es verde ahí dentro, un jarrón verde-

y le pregunto a Billy si debo devolver esa llamada.

Y dice: sí.

-Billy ya atravesó la temible puerta-

Y lo que él diga, eso haré.


lunes, 23 de abril de 2018

Mi pájaro familiar (por Henri Michaux)



El pájaro que se pierde


Aquel está en el día en que aparece, en el día más blanco. Pájaro.


Aletea, se vuela. Aletea, se pierde.


Aletea, reaparece.


Se posa. Y después no está más. Con un batir de alas se ha perdido en el espacio blanco.


Así es mi pájaro familiar, el pájaro que acude a poblar el cielo de mi pequeño patio. ¿Poblar? Ya se ve cómo…


Pero me quedo en el lugar, contemplándolo, fascinado por su aparición, fascinado por su desaparición.



domingo, 22 de abril de 2018

Me fui de todos modos (por Isabel Bono)


Buenos días, he tenido seis sueños en este viaje tan largo
cantaba Javier Bergia.
Bajas, te llevas las llaves y me dejas sin música.
Luces de emergencia tac-toc como una bomba relojería.
Explosión y erosión
antes y después de la primera luz del Big-bang.
Me largo antes de que salte por los aires
este corazón sin tracción en las cuatro ruedas.
Ya sé que habíamos quedado
en que aguantaría hasta el the end, pero
esta calle mal iluminada parece un fundido en negro
más que una noche americana.
¿Qué haremos cuando no sea suficiente
con admirar lo que otros construyen?
¿Cuando las grúas
y el mecanismo de los astros no sean suficientes?
¿Cuando las estrellas corten sus hilos celestes
y constantes decimales periódicos
sin llegar a aproximarse a la terrible verdad
y se atraigan y caigan
unas sobre otras como nosotros aquel verano?
Dejo una nota en el parabrisas y me voy.

Te creí cuando dijiste: Mi ideal sería pasar por aquí
por los edificios, las escuelas
las chicas, las instituciones, la política y la sociedad
Mataría cucarachas, perros, actores porno
por poder vivir la vida como Alberto Caeiro
que decía: Pensar es estar enfermo de los ojos.
Tú no creías en la historia
en la gravedad que sostiene galaxias enteras
ni en líneas imaginarias pero, si hubieras podido
te habrías agarrado el meridiano de Greenwich
como si fuera la barra de los bomberos
sólo por ver amanecer dos veces.
Dicen que mirar el fuego de una cerilla
da ganas de orinar, dijiste.
No creo que una llama tan pequeña
tenga tanto poder, dijiste.
Definitivamente no creías en nada.
Vivir sola no fue fácil.
‒Buenos días (amor) he tenido seis sueños.
Nadie contestó,
pero esa misma mañana recibí dos telegramas.
Quiero sentir frío, pensé. Sentir la respiración helada
de un ejército de erizos en el estómago.
Me miré más de cien veces las líneas de la mano
sólo por comprobar si estaba avisada
o era una jugarreta del destino, y me levanté
dispuesta a no abrir la boca. Llamas desde una cabina.
Decir: tengo la cabeza llena de grillos
desde que mi madre se puso a vaciar cajones
ropa blanca, mantelerías
y varios electroencefalogramas: rarezas de museo.
A ti te daba pena verte en un carnet antiguo
y a mí me dan pena mis ondas cerebrales. Pero no.
Habla él. De su nueva novia, de las bibliotecas de París
de unas rocas en forma de huevos gigantes de color rosa.
‒Seguro que sigues olvidando regar las plantas.
Nos despedimos. Sillón, sol, música: vaciándome.

Hay personas a las que les crecen
frutos y peces tropicales de las manos,
pienso mientras me hablas de física.
Dices que la teoría de la relatividad está superada
y que ahora es la súper cuerda.
Partículas que lo atravesaban todo
(piones, muones, neutrinos).
Los neutrinos no tiene carga.
Ahora, al saberlo, dice,
cuando hay un haz de luz pone la mano
para que los neutrinos lo atraviesen
ya que nada lo atraviesa porque anda
insensible (anestesiado).
Y me fui hacia la puerta. Y llévate esos cedés
que te van a gustar
aunque contigo nunca se sabe. Y otra vez el haz de luz
y las partículas saliendo de la cocina, y se te escapa
un poema de Kipling demasiado heroico.
Y no te dejes el de Billy Bragg
que tiene un poema de Kipling, precisamente.
¿Pero tienes que irte? ¿Pero tienes algo que hacer?,
insiste. Quédate.
‒Pero no me quito el abrigo, que estoy temblando.
William Bloke me da cuatro golpes en la espalda.
También me dieron las seis.

Algo falla, lo noto: te costó convencerme de que éramos felices.
Tuviste que ponerme mercromina en el corazón
y obligarme a escuchar quince veces seguidas
En un mundo tan pequeño.
Me fui de todos modos porque tus palabras
como un neutrino más, me atravesaban sin estruendo.
‒Me voy. Tengo que regar las plantas.
Volver no significa necesariamente
llegar huyendo de otro lugar. Esta vez sí.
Afortunadamente nadie había cambiado la cerradura.
No había luz. Cené una cerveza y me masturbé dos veces.
Me pregunto qué estarás haciendo en este momento tú
miro por la ventana, a veces eso ayuda y a veces no, cantaban.

Un amor así también es de este mundo
pensé, y me fui a la cama sin ducharme.


sábado, 21 de abril de 2018

El pan se repartió (por Eugenio Montejo)


El tacto de la harina en las manos nocturnas,
nuestra humilde nieve natal
que Dios nos manda.

En la boca del horno
el fuego con su canto de gallo.

La noche cae más densa al fondo de la cuadra,
los panaderos con sus gorros níveos
van y vienen detrás de los tablones,
trabajan para el mundo que duerme.

Es el silencio blanco en la hora negra,
el termo de café,
los cuentos de lejanos burdeles;
puedo mirarlos adentro de las sombras,
sobre su piel se va adensando la blancura
y la piedad de los nevados árboles.

Antes que las palabras fue la cuadra de mi vida,
hombres de gestos nítidos,
copos de levadura,
fraternidad de nuestra antigua sangre.
Los sigo viendo insomnes en la noche,
ya completan la carga de sus cestos,
rojea el horno apurándolos.
A un punto de la sombra todos se desvanecen,
casa por casa el pan se repartió,
la cuadra ahora esta llena de libros,
son los mismos tablones alineados, mirándome,
gira el silencio blanco en la hora negra,
va a amanecer, escribo para el mundo que duerme,
la harina me recubre de sollozos las páginas.



viernes, 20 de abril de 2018

Ambos caminaban (por Eavan Boland)


En la peor hora de la peor estación

del peor año de todo un pueblo

un hombre sale de su taller con su esposa,

él caminaba —ambos caminaban— hacia el norte.


Ella estaba enferma por la fiebre del hambre y no podía mantenerse en pie.

Él la levantó y se la echó a la espalda.

Él caminaba hacia el oeste y el oeste y el norte,

hasta que al anochecer llegaron bajo las estrellas de helada.


Por la mañana fueron encontrados muertos,

de frío. De hambre. De las toxinas de toda una historia,

pero los pies de ella se mantenían contra el pecho de él

el último calor de su carne fue su último regalo para ella.


No dejes que ningún poema de amor llegue a este umbral.

No hay lugar aquí para la alabanza inexacta

de la gracia fácil y de la sensualidad del cuerpo.

Sólo hay tiempo para este inventario sin piedad:


Su muerte juntos en el invierno de 1847.

También lo que sufrieron. Cómo vivieron.

Y qué hay entre un hombre y una mujer.

Y en qué oscuridad se puede demostrar mejor.



jueves, 19 de abril de 2018

Una red atrapó una red (por Paul Celan)


En el manantial de tus ojos
viven las redes de los pescadores del Mar Extravío.
En el manantial de tus ojos
mantiene el mar su promesa.

Aquí arrojo,
corazón que moró entre los hombres,
de mí los vestidos y el brillo de un juramento:

Más negro en lo negro, estoy más desnudo.
Sólo desavenido soy fiel.
Yo soy tú cuando yo soy yo.

En el manantial de tus ojos
surco y sueño pillaje.

Una red atrapó una red:
nos separamos abrazados.

En el manantial de tus ojos
un ahorcado estrangula la cuerda.


Cambia la estación (por Wallace Stevens)


Adiós a una idea... Una cabaña en pie,
abandonada, sobre una playa. Es blanca,
como de costumbre o de acuerdo con
un tema ancestral o como consecuencia
de un rumbo infinito. Las flores contra el muro
son blancas, están mustias, una especie de marca
recordando, intentando recordar una blancura
que era diferente, otra cosa, el año pasado
o antes, no la blancura de una tarde al envejecer,
no sé si más fresca o más apagada, si de nube de invierno
o de cielo invernal, de un horizonte a otro.


El viento arrastra la arena por el suelo.
Aquí, ser visible es ser blanco,
es tener la solidez del blanco, la realización
de un extremista en un ejercicio...

Cambia la estación. Un viento frío congela la playa.
Sus largas líneas se hacen más largas, y vacías,
una oscuridad se acumula aunque no cae
y la blancura crece menos vívida en el muro.


El hombre que camina se vuelve sobre la arena con estupor.
Observa cómo el norte siempre engrandece el cambio,
con sus brillos helados, sus curvas rojiazules
y ráfagas de grandes ascuas, su verde polar,
el color del hielo, del fuego y de la soledad.



miércoles, 18 de abril de 2018

Como algo que nadie admira (por Anna Świrszczyńska)



Feliz como algo sin importancia

y libre como una cosa sin importancia.

Como algo que nadie admira

y que no se admira a sí mismo.

Como algo de lo que todos se burlan

y que se burla de sus burlas.

Como carcajada sin una razón seria.

Un grito más fuerte que el grito.

Feliz como pase lo que pase

como cualquier pase lo que pase


Feliz

como cola de perro.



martes, 17 de abril de 2018

Demasiado tarde (por Henrik Nordbrandt)



Adonde quiera que vayamos siempre llegamos demasiado tarde

a aquello que una vez salimos a buscar.

Y en cualquier ciudad en que nos quedamos

están las casas a las que es demasiado tarde para volver

los jardines en los que es demasiado tarde para pasar una noche de luna

y las mujeres a las que es demasiado tarde para amar

lo que nos tortura con su intangible presencia.


Y sean cualesquiera las calles que creemos conocer

nos llevan más allá de los jardines floridos que andamos buscando

y que difunden por toda la vecindad sus pesadas fragancias.

Y cualesquiera que sean las casas a las que volvemos

llegamos demasiado tarde por la noche para ser reconocidos.

Y cualesquiera que sean los ríos en que nos reflejamos

no nos vemos hasta que les hemos dado la espalda.


lunes, 16 de abril de 2018

Era descubrir (por Pedro Salinas)


¿Cómo me vas a explicar,

di, la dicha de esta tarde,

si no sabemos por qué

fue, ni cómo, ni de qué

ha sido,

si es pura dicha de nada?

En nuestros ojos visiones,

visiones y no miradas,

no percibían tamaños,

datos, colores, distancias.

De tan desprendidamente

como estaba yo y me estabas

mirando, más que mirando,

mis miradas te soñaban,

y me soñaban las tuyas.

Palabras sueltas, palabras,

deleite en incoherencias,

no eran ya signo de cosas,

eran voces puras, voces

de su servir olvidadas.

¡Cómo vagaron sin rumbo,

y sin torpeza las caricias!

Largos goces iniciados,

caricias no terminadas,

como si aún no se supiera

en qué lugar de los cuerpos

el acariciar se acaba,

y anduviéramos buscándolo,

en lento encanto, sin ansia.

Las manos, no era tocar

lo que hacían en nosotros,

era descubrir; los tactos

nuestros cuerpos inventaban,

allí en plena luz, tan claros

como en la plena tiniebla,

en donde sólo ellos pueden

ver los cuerpos,

con las ardorosas palmas.

Y de estas nadas se ha ido

fabricando, indestructible,

nuestra dicha, nuestro amor,

nuestra tarde.

Por eso no fue nada,

sé que esta noche reclinas

lo mismo que una mejilla

sobre este blancor de plumas

-almohada que ha sido alas-

tu ser, tu memoria, todo,

y que todo te descansa,

sobre una tarde de dos,

que no es nada, nada, nada.



domingo, 15 de abril de 2018

Sin saber qué quitabas (por Héctor Viel Temperley)



Desde que me quitaste

tu cuerpo,

sin saber qué quitabas,

hay más tiempo

en el cielo

y una mancha de sangre

en el cabo

de mi hacha.


Hacho pisando hojas,

me desnudan y bañan

en un patio de estancia.


La vida es una larga

pileta con violetas,

una pileta en forma

de cruz

que se cubría

y que cubría el campo

de violetas.


Ya no grito tu nombre

cuando sueño

que he perdido las botas

o que muero.

Ahora las busco solo

por el suelo

como cuando buscaba

gateando mis soldados.


Y cuando sueño que te vas

no grito

pero salgo a buscarte

y llego tarde

y me enferma tu tiempo.

En el sueño es verano;

la mañana es de invierno.


sábado, 14 de abril de 2018

Roces (por Roberto Jarroz)



Roce del tiempo con el tiempo,

roce de una mirada con su objeto

o con otra mirada,

roces de los cuerpos que vagan

como extrapolaciones del vacío,

roce de un pensamiento con otro

o con su propia sombra.


Los roces constituyen la vida

y quizá la calientan levemente

ante el invierno sin roces de la muerte.

La unión y el encuentro

son blancos demasiado netos

y el frío los abate

como a troncos fácilmente localizables.


Vivir parece sólo un roce con el ser.

Pero tal vez sea posible

detenerse en un roce,

como una canción en una rama,

para saludar al sol o a los pájaros.



viernes, 13 de abril de 2018

En sus cristales rotos (por Natalia Litvinova)


El tiempo se rompe como un vaso.

Puedo juntarlo con las manos y admirar

el mundo en sus cristales rotos.

O puedo juntar las manos como quien reza.

No juntar más que mis manos.

Apuntar con los dedos a mi pecho

disparando sin darme muerte.

Tan sólo acomodarlas allí

como a dos palomas débiles y frías

después de una vida de lluvia.



jueves, 12 de abril de 2018

Alguien lo había conseguido (por Iván Rojo)



Una vez vi un cepo con media pata entre los dientes


El rastro herido se adentraba decidido en la hojarasca


El rojo sobre el amarillo brillaba como un amanecer


Alguien lo había conseguido. Alguien era libre


Nadie dijo que fuera fácil. Nadie dijo que no doliera.



miércoles, 11 de abril de 2018

Hincado ante la tarde (por Oliverio Girondo)


¿Surgió de bajo tierra?
¿Se desprendió del cielo?
Estaba entre los ruidos,
herido,
malherido,
inmóvil,
en silencio,
hincado ante la tarde,
ante lo inevitable,
las venas adheridas
al espanto,
al asfalto,
con sus crenchas caídas,
con sus ojos de santo,
todo, todo desnudo,
casi azul, de tan blanco.

Hablaban de un caballo.
Yo creo que era un ángel.



martes, 10 de abril de 2018

Al dolor no le busco sustituto (por Isabel Bono)


Querías llenar los muros de toda la ciudad.
Ser escritor no es eso, te dijo alguien (ahora).
Cuando ella apareció viste el cielo abierto
tu corazón abierto, los brazos abiertos
todas las veces que (mínimamente)
creíste conectar con algún dios.
No viste el serrín que arrastraban mis botas.
Entre mis papeles nunca encontraste palabras como:
Al dolor no le busco sustituto que sepa a miel
ni a dulce sacudida de balcón sobre una alfombra.
‒El futuro es una abeja empotrada en el viento.
No.
El futuro es una casa vacía, moradores sin rostro
acudirán a su puerta con obsequios idénticos
habitantes de humo y sueños malogrados.
El futuro a la deriva todas las veces roto
por un beso de alquitrán entregado a la muerte
cada vez con la misma fuerza, nadie es capaz de detenerlo.
El futuro afilado y brillante, paciente y frío
abismo de asfalto duro y seco que no se deja sobornar.
El futuro tiene voz de bosque
está lleno de mensajes que obedecen al silencio
no discute con el azar su precisión, su demora, débil armonía.
El futuro entorpece la búsqueda
el recorrido marcado se desvanece al amanecer
como en un salto al vacío.
El futuro no es posible sin profetas
les comió la lengua el gato
ni su silencio será suficiente
cuando llegue la edad de la renuncia.

Renuncio: 6,6% vol. multiplicado por tres es demasiado
para mis 49 kilos y mis 4,5 litros de sangre, dije.
Te parezco bonita (insistí)
porque bebo cerveza directamente de la botella
mientras con la otra mano sostengo un libro.
Porque hago que fumo
apoyada en la ventana de espaldas a ti.
Porque me muevo como un gato
cuando me miras, cuando no me miras.
Aire y luz y espacio, pedía Henry Miller.
Yo me conformo con un café con leche.
‒Buenos días, amor. Mira lo que he visto.
Volver a casa en dos tramos.
No te pares, dijo, porque moverse sostiene.
Un semáforo mal coordinado
acaba conmigo en la Glorieta de Carlos V.
Tú intentabas distraerme con frases poco elaboradas.
Tenemos poca experiencia en milagros,
tenías que haberme dicho.
Pero no te lo explico más. Pregúntales a las piedras por mí.
Pregúntale al grito de Tarzán, a las sirenas de los cargadores.
Porque volver era encender todas las luces de la casa
y no verte.

Todo empezó el 12 de diciembre
por haberme saltado dos paradas.
Llegué a casa con un dedo pegado al timbre y otro
entre las páginas de un libro de Susan Sontag.
Quizá te sentó mal que perdiera las llaves.
Dejar de quererme por eso
me pareció tan desproporcionado que me eché a reír.
Quizá fue mi risa de niña asustada.
El libro sigue sobre la mesa
haciéndose las mismas preguntas que yo (ahora).
Esa noche te llamé dos veces.
Las dos para decir que estaba bien. Me creíste.
Caíamos sin saberlo en un balde de leche cortada.
Caer no era melancolía de horas ni alud
(de septiembre) en las tripas. Caer: nada al otro lado.

Billy Bragg canta a Woody Guthrie.
Ceveza fría de lata en pleno invierno.
En diez minutos tendré que echarme una manta
o quemar los muebles. Después dirás que no te quise.

Si ésta fuera mi casa dejaría de escribir sobre ti.
Tú no dejarías de fumar
pero cada lunes lo intentarías con la misma sinceridad
que (ahora) el licor hace que pienses que sí
que era posible, que no nos dimos cuenta
antes y después de besarme.
‒El café sin azúcar, amor.
Qué lejos el mar, dirás sin ganas.
Qué desmesurado el peso de los domingos sin estufa.
Qué fácil todo aun sin haber bebido.
Parecía irremediable volar (clase turista) hacia Estocolmo.

Se supone que miento. Camuflaje (engranaje) las tardes
que no recuerdo haberte visto fumando en la cocina.
Tú no entiendes que haya momentos
en los que no me importe que sea lluvia
u orines calientes lo que corra por mi cara.
El frío acudía puntual al laberinto de mi oído
cada vez que cerraba los ojos.
No soñaba volver:
soñaba no usar jerseys de cachemir en agosto.
Sandalias para el verano
tirantes y collares de semillas para el verano, amor
huesos de chirimoya taladrados
(mi corazón) sobre un plato.
El anillo que me pusiste la primera noche nunca apareció.
Las hormigas son urracas, dije.

Escribe sobre el verano, amor.
Moscas en mi cabeza, amor, no pájaros.
Moscas y abejas. Sin miedo, amor.
Dibújame, amor (repito), sin miedo (repito)
de un solo trazo. Tinta china mis labios (antes y después).
Escribe tus iniciales en mi espalda con un pincel
como en aquella película de Greenaway
que nunca llegué (ahora) a entender.
Quiero ser tu escena plateresca favorita
aunque tampoco entienda lo que significa.
Quiero ser china. Quiero ser tinta.
Ya lo dijo Ingres:
El dibujo es la probidad del arte.
Para cuando me quise acordar de la frase ya te habías marchado
con mi dinero (con las hormigas) y con mi anillo.
Qué me importa ahora que no estás
que los insectos sean los besos del sol.
Scriabin estaba tan convencido de ello que decía
que su Sonata nº10 era una sonata de insectos.
Scriabin tampoco pensó en el futuro:
no sabía que moriría con 43 años
por una picadura de mosca carbonosa.



lunes, 9 de abril de 2018

Primera evocación (por Ángel González)


Recuerdo
bien
a mi madre.
Tenía miedo del viento,
era pequeña
de estatura,
la asustaban los truenos,
y las guerras
siempre estaba temiéndolas
de lejos,
desde antes
de la última ruptura
del Tratado suscrito
por todos los ministros de asuntos exteriores.

Recuerdo
que yo no comprendía.
El viento se llevaba
silbando
las hojas de los árboles,
y era como un alegre barrendero
que dejaba las niñas
despeinadas y enteras,
con las piernas desnudas e inocentes.
Por otra parte, el trueno
tronaba demasiado, era imposible
soportar sin horror esa estridencia,
aunque jamás ocurría nada luego:
la lluvia se encargaba de borrar
el dibujo violento del relámpago
y el arco iris ponía
un bucólico fin a tanto estrépito.

Llegó también la guerra un mal verano.
Llegó después la paz, tras un invierno
todavía peor. Esa vez, sin embargo,
no devolvió lo arrebatado el viento.
Ni la lluvia
pudo borrar las huellas de la sangre.
Perdido para siempre lo perdido,
atrás quedó definitivamente
muerto lo que fue muerto.

Por eso (y por más cosas)
recuerdo muchas veces a mi madre:
cuando el viento
se adueña de las calles de la noche,
y golpea las puertas, y huye, y deja
un rastro de cristales y de ramas
rotas, que al alba
la ciudad muestra desolada y lívida;

cuando el rayo
hiende el aire, y crepita,
y cae en tierra,
trazando surcos de carbón y fuego,
erizando los lomos de los gatos
y trastocando el norte de las brújulas;

y, sobre todo, cuando
la guerra ha comenzado,
lejos -nos dicen- y pequeña
-no hay por qué preocuparse-, cubriendo
de cadáveres mínimos distantes territorios,
de crímenes lejanos, de huérfanos pequeños...



domingo, 8 de abril de 2018

Tiriel (por William Blake)


Y el anciano Tiriel se incorporó frente a las Puertas de su hermoso palacio,
a su lado estaba Myratana, alguna vez reina de todas las planicies occidentales;
él con los ojos oscurecidos, ella agonizando,
ambos de pie frente al viejo y hermoso palacio.
Y así se levantó la voz del anciano Tiriel,
para que sus hijos oyeran en las puertas:
—Maldita raza de Tiriel, contemplad a vuestro padre avanzar,
contemplad a vuestra madre, la que les dio la vida, avanzar.
Venid, hijos maldecidos.
En mis débiles brazos he dado a luz a vuestra madre moribunda,
venid, hijos de la Maldición, ved la muerte de Myratana—
Sus hijos huyeron de las puertas y vieron a sus padres de pie,
y así el hijo mayor de Tiriel alzó su poderosa voz:
—Anciano indigno de ser llamado padre de la raza de Tiriel,
pues cada una de esas arrugas, cada una de esas canas,
es cruel como la muerte. Y tan obstinadas como el abismo devorador.
¿Por qué deberían tus hijos temer tus maldiciones?
¿No fuimos esclavos hasta que nos rebelamos?
¿A quién le importa que Tiriel nos maldiga?
¿Acaso su bendición no fue igual de cruel?
Tal vez al maldecirnos en realidad nos bendices—
El anciano levantó su mano derecha hacia los cielos,
la izquierda sostuvo a Myratana, encogiéndose en punzadas de muerte,
los orbes de sus grandes ojos se abrieron y así salió su voz:
—Serpientes, no hijos, que acechan los huesos de Tiriel,
gusanos de la muerte que ansían la carne de sus padres,
escuchad a vuestra madre gemir.
No tendrá que parir más hijos malditos.
Estos son los gemidos de la muerte, serpientes.
alimentados con leche, serpientes,
alimentados con lágrimas y preocupaciones maternales.
Mirad mis ojos ciegos, como las cuencas vacías de una calavera.
Escuchad, serpientes, escuchad aquello que Myratana,
mi esposa, mi alma, mi espíritu, mi fuego,
aquello que Myratana dice: estáis muertos.


sábado, 7 de abril de 2018

En el borde (por Laura Ponce)


Vivimos en el borde de las cosas
buscando vanamente no tocar el dolor.
Creemos que los bordes son una suerte
de corredor / esa distancia que nos pone a salvo.
Lo cierto es que en los bordes reside la tiranía de las cosas;
ellas ejercen allí y sólo desde allí
su pequeño y mortífero poder:
obligarnos a seguir su forma.
Corro a la par de la sombra de un pájaro que vuela:
no soy pájaro, no soy sombra/ apenas
me sujeto a la plumosa decisión de un ala,
al vaivén azaroso de la luz.
¡Si yo pudiera entrar en el temido corazón de la cosas!



viernes, 6 de abril de 2018

De quién soy (por Jiří Orten)


¿De quién soy?

Soy de los chubascos y los setos

y de las yerbas inclinadas por la lluvia,

y de las claras canciones que no gorjean

y del deseo que éstas albergan.


¿De quién soy?


Soy de las cosas pequeñas y redondas

que jamás conocieron las aristas,

de los animales que agachan la cabeza

y de la nube desgarrada.


¿De quién soy?


Soy del miedo, que me atrapa

con sus dedos transparentes,

del conejito que en el jardín de sombra

ejercita el olfato.


¿De quién soy?


Soy del invierno hostil al fruto

y de la muerte, si el tiempo lo desea;

soy del amor, con quien me cruzo sin saberlo;

y entregado, en vez de una manzana, a los gusanos.


jueves, 5 de abril de 2018

Todo, fuera de este momento, es mentira (por Charles Simic)


Una noche caminábamos tú y yo juntos.


La luna era tan brillante

que podíamos ver la senda entre los árboles.


Luego las nubes la escondieron

y tuvimos que tantear el camino

hasta que sentimos la arena bajo los pies desnudos

y escuchamos el rumor de las olas.


¿Recuerdas que me dijiste:

“Todo, fuera de este momento, es mentira”?


Nos desnudábamos en la oscuridad

al borde del agua

cuando arranqué el reloj de mi muñeca

y sin ser visto ni decir nada,

lo arrojé al mar.



miércoles, 4 de abril de 2018

Se perderán siempre, mi niño (por John Berryman)



¿Qué es ahora el niño que perdió la pelota,

qué, qué ha de hacer? La vi partir

rebotando alegremente, calle abajo, y luego

más alegremente aún … ¡allí está, en el agua!

Es inútil decir: “Oh, hay otras pelotas”:

una estremecedora, definitiva pena paraliza al niño

que se queda rígido, temblando, mirando

todos sus tempranos días en el muelle donde

se perdió la pelota. Jamás me entrometería,

una moneda, otra pelota, es inútil. Ahora

advierte por primera vez la responsabilidad

en un mundo de posesiones. La gente tendrá pelotas,

las pelotas se perderán siempre, mi niño,

y nadie puede volver a comprarla. El dinero es exterior.

Está aprendiendo, muy detrás de sus desesperados ojos,

la epistemología de la pérdida, cómo permanecer de pie

sabiendo lo que un día todos deben saber

y la mayoría conoce todos los días, cómo permanecer de pie.

Y gradualmente la luz vuelve a la calle,

sopla un silbato, la pelota se pierde de vista;

bien pronto una parte de mí explorará el profundo y oscuro

fondo del muelle. . . Estoy en todas partes.

Sufro y me conmuevo, mi mente y mi corazón se conmueven

con todo lo que me conmueve, bajo el agua

o silbando, no soy un niño pequeño.


martes, 3 de abril de 2018

Advertencia (por Gloria Fuertes)



Cuando estés recién muerto,

aún con la tibia tibia,

aún con las uñas cortas,

querrás hacer algo

-lo que podías hacer ahora-;


y ya habrán cerrado las tiendas y portales;

y ya será muy tarde para llegar a tiempo

a los que hoy te aman.



lunes, 2 de abril de 2018

Tu ausencia me rodea (por Jorge Luis Borges)



Habré de levantar la vasta vida

que aún ahora es tu espejo:

cada mañana habré de reconstruirla.

Desde que te alejaste,

cuántos lugares se han tornado vanos

y sin sentido, iguales

a luces en el día.

Tardes que fueron nicho de tu imagen,

músicas en que siempre me aguardabas,

palabras de aquel tiempo,

yo tendré que quebrarlas con mis manos.

¿En qué hondonada esconderé mi alma

para que no vea tu ausencia

que como un sol terrible, sin ocaso,

brilla definitiva y despiadada?

Tu ausencia me rodea

como la cuerda a la garganta,

el mar al que se hunde.



domingo, 1 de abril de 2018

Mi pájaro familiar (por Henri Michaux)


El pájaro que se pierde.

Aquel está en el día en que aparece, en el día más blanco. Pájaro.

Aletea, se vuela. Aletea, se pierde.

Aletea, reaparece.

Se posa. Y después no está más. Con un batir de alas se ha perdido en el espacio blanco.

Así es mi pájaro familiar, el pájaro que acude a poblar el cielo de mi pequeño patio. ¿Poblar? Ya se ve cómo…

Pero me quedo en el lugar, contemplándolo, fascinado por su aparición, fascinado por su desaparición.



sábado, 31 de marzo de 2018

Pregunta (por May Swenson)


Cuerpo, mi casa
mi caballo, mi sabueso
qué voy a hacer
cuando te rindas

dónde voy a dormir
cómo voy a cabalgar
qué voy a cazar

adónde podré ir
sin mi montura
precipitada y ansiosa
cómo voy a saber
si adelante en el bosque
hay un tesoro o un peligro
cuando el Cuerpo mi buen
perro sabio esté muerto

Cómo será
estar en el cielo
sin techo ni puerta
con el viento por ojos

con las nubes de atuendo
¿cómo voy a esconderme?


viernes, 30 de marzo de 2018

Eres la abuela, eres mamá, eres Marosa (por Marosa di Giorgio)


Árbol de magnolias,
te conocí el día primero de mi infancia,
a lo lejos te confundes con la abuela, de cerca, eres el aparador
de donde ella sacaba el almíbar y las tazas.
De ti bajaron los ladrones;
Melchor, Gaspar y Baltasar;
de ti bajaban los pastores y los gatos;
los pastores, enamorados como gatos,
los gatos, serios como hombres, con sus bigotes y sus ojos de enamorados
Esclava negra sosteniendo criaturitas, inmóviles, nacaradas.
Virgen María de velo negro,
de velo blanco, allá en el patio.
Eres la abuela, eres mamá, eres Marosa, todo eres, con tu
eterna
juventud, tu vejez eterna,
niña de comunión, niña de novia,
niña de muerte.
De ti sacaban las estrellas como tazas,
las tazas como estrellas.
Estuvo oculto en tus ramos el Libro del Destino.
Te has quedado lejos, te has ido lejos.
Pero, voy retrocediendo hacia ti,
voy avanzando hacia ti.
Te veré en el cielo.
No puede ser la eternidad sin ti.


jueves, 29 de marzo de 2018

Ascendente y profunda (por Blanca Varela)


Junto al pozo llegué,
mi ojo pequeño y triste
se hizo hondo, interior.

Estuve junto a mí,
llena de mí, ascendente y profunda,
mi alma contra mí,
golpeando mi piel,
hundiéndola en el aire,
hasta el fin.

La oscura charca abierta por la luz.

Éramos una sola criatura,
perfecta, ilimitada,
sin extremos para que el amor pudiera asirse.
Sin nidos y sin tierra para el mando.


miércoles, 28 de marzo de 2018

Comparado conmigo (por Saiz de Marco)


Cicatriza mi herida.
Se desprende la costra de sangre coagulada.
Caen los rotos tejidos.
Nueva carne reemplaza y suple a la ya muerta.
La piel se regenera.
Se va, célula a célula, rellenando el desgarro...
como lo haría un orfebre.

Tú eres el artesano,
yo te miro en silencio un rato cada día.
Me lo paso bien, cuerpo, viendo cómo lo haces.
Quizá sólo por eso valió la pena herirme.

Con qué garbo trabajas,
yo en cambio no sabría restañarme y coserme.
(Ni latir,
ni hormonar,
ni pulsar tantas teclas sin cometer errores.)

Comparado conmigo, eres un tipo listo.
Se te da bien hacer lo que yo no podría.
Qué raro:
tú tan hábil, y yo en cambio tan torpe.​

Toda la vida has sido
(también tú, como todos)
más capaz,
más idóneo,
más resuelto que yo.



martes, 27 de marzo de 2018

Pero soy siempre yo (por Fernando Pessoa)



No soy igual en lo que digo y escribo.

Cambio, pero no cambio mucho.

El color de las flores no es el mismo bajo el sol

que cuando una nube pasa

o cuando entra la noche

y las flores son color de sombra.


Pero quien mira ve bien que son las mismas flores.

Por eso cuando parezco no estar de acuerdo conmigo

fijaos bien en mí:

si estaba vuelto para la derecha

me volví ahora para la izquierda,

pero soy siempre yo, asentado sobre los mismos pies.

El mismo siempre, gracias al cielo y a la tierra

y a mis ojos y oídos atentos

y a mi clara sencillez de alma.


lunes, 26 de marzo de 2018

Y comencé a caer (por Emily Dickinson)


Sentí un funeral en mi cabeza,

los dolientes que iban y venían,

pisaban — y pisaban — hasta que pareció

que el sentido se iba abriendo paso —

cuando todos estaban ya sentados,

la liturgia, semejante a un tambor —

redobló — y redobló — llegué a pensar

que mi mente se estaba entumeciendo —

y después les oí levantar una caja

y un crujido me atravesaba el alma

con sus botas de plomo, otra vez,

y entonces el espacio comenzó a repicar,

igual que si los cielos fueran una campana,

y el ser, sólo un oído,

y yo, con el silencio, una especie de raza

extraña, solitaria, naufragada —

y entonces una tabla se quebró en la razón,

y comencé a caer, y caer más

y me di contra un mundo, en cada choque,

y en ese instante terminé de saber


domingo, 25 de marzo de 2018

Sobre este mismo pliegue (por Miguel D' Ors)



Manos pakistaníes
que en un insospechado rincón del tiempo,
anónimas y remotas, pasasteis sobre este mismo pliegue
en que ahora están las mías; que por unos momentos
dejasteis vuestra áspera tibieza
sobre este colorido que ahora mismo,
aquí en mi casa de Granada, España,
acaba de salir de su paquete,
como el pollo del huevo,
hacia la luz de un mundo con que muchos
sueñan en Pakistán
y luego os alejasteis para siempre,
al fondo de una oscura cadena de trabajo.
¿A quién pertenecíais, manos menesterosas?,
¿qué vida estaba tras vosotras, qué
ilusiones, qué rostros,
qué penas y qué nombres? ¿qué puñado
de monedas ilusas
contasteis un minuto después de haber cerrado
este envoltorio? ¿Erais las manos de
una mujer de tez verdimorena
y cabello tirante,
llegadas de la frente sudorosa de un hijo
enfermo entre un oscuro
revoltijo de trapos, o de una
pobre escudilla, o de las ubres secas
de una cabra encerrada entre cartones?
¿O las manos de un niño -al que le estaban grandes
la camisa y los ojos-, que llegaban
ateridas después de atravesar la noche
desde un barrio harapiento, soñando con un día
del futuro, quién sabe, detener
penaltis en alguna
liga de fútbol europeo? Manos
que ahora mismo las mías adivinan y sienten
ligadas a una vida
desconocida pero que misteriosamente
es la mía también, y estrechan, en un gesto
de secreta unidad,
por encima del tiempo y la distancia.
Canción, por donde vayas
proclama que entre todas mis horas hubo una
en que en una camisa comprada en las rebajas
vi que todas las vidas son una misma Vida.