zUmO dE pOeSíA

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de todos los colores, de todos los sabores

ALEATORIUM: Saca un poema de nuestro almacén

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sábado, 19 de enero de 2019

En tierra lejana (por Edith Södergran)


Mi alma adora las tierras extrañas
como si no tuviera patria.
En tierra lejana están las grandes rocas
sobre las que mis pensamientos reposan.
Fue un forastero quien escribió las extrañas palabras
en el duro tablero que se hace llamar mi alma.
Días y noches pienso tumbada
en las cosas que jamás pasaron:
mi alma sedienta pudo beber una vez.



viernes, 18 de enero de 2019

Dueños de su quietud (por Andrés Trapiello)


Al final de la tarde
las últimas estelas se detienen
en la pared de cal,
accidentes, cenizas.
En los ojos entonces los paisajes
suenan como lacados
y hasta parecen lágrimas,
tan suavemente llegan.

Hablo de mí porque temo a la muerte
desnuda de las cosas
y que la muerte venga a esta azotea
a quedarse en la calma y el silencioso valle.

Como en su vaso el té moruno y verde
o el viejo libro que abierto está a su lado
han conseguido ser dueños de su quietud,
y en su quietud
igualarse a los astros que van en vastas órbitas,

como ese viejo libro y ese vaso de té,
recuerda este lugar y este momento.

Un día llegará en que te preguntes
¿de ti, de mí, qué fue de todo aquello?,
y de los ojos
ya no vendrán palabras.



jueves, 17 de enero de 2019

Su lado imposible (por Sergio Navarro)


Lanzaste al aire
la moneda vibrante de tu vida.
Hoy al mundo le enseñas
la cara que tocó del lanzamiento.
Y mientras la sostienes en la palma,
acaricia tu mano
la cruz oculta que tu corazón
quería.
Estrechas la moneda
y es su lado imposible
el que en tu piel se graba.



miércoles, 16 de enero de 2019

El gorrión solitario (por Giacomo Leopardi)


Desde la cima de la antigua torre,
solitario gorrión, hacia los campos
vas cantando hasta que muere el día
y la armonía corre por el valle.


La primavera alrededor
brilla en el aire y en el campo exulta,
como al mirarla el alma se enternece.
Escuchas los balidos, los mugidos.
Las otras aves juntas, compitiendo,
dan, alegres, mil vueltas por el cielo
libre, y celebran su estación mejor.

Tú, ajeno y pensativo, miras todo;
sin volar, sin amigos,
huyendo del juego y evitando el gozo;
cantas, y así atraviesas
la flor más bella de tu edad y el tiempo.

¡Oh cuánto se parecen
nuestras costumbres! Risas y gozo,
dulce familia de la edad temprana,
amor, hermano de los jóvenes,
suspiro amargo de pasados días,
no sé por qué no los busco; y es más, de ellos
me alejo cuanto puedo
casi solo y extraño
a mi lugar natal,
y así paso la primavera de mi vida.

Este día que ahora ya anochece
se suele celebrar en nuestra villa.
Se oye el son de una esquila en el sereno,
se oyen a lo lejos broncas escopetas,
atronadoras, de una aldea a la otra.


Toda la juventud
con los trajes de fiesta
deja las casas, corre por las calles;
y mira y es mirada, y su alma ríe.

Yo saliendo a los campos
en soledad por lugar tan lejano,
tanto deleite y juego
dejo para otro tiempo; y al tender
la vista al aire ardiente
me hiere el sol, que tras lejanos montes
se disipa al caer, como diciendo
que la feliz juventud declina.

Cuando a la noche llegues, solitario,
del vivir que te otorgan las estrellas,
en verdad tu existencia
no llorarás; pues cada deseo
es fruto de la naturaleza.

Pero si el detestado
umbral de la vejez
no consigo evitar,
cuando mis ojos sean mudos a otros pechos,
ya de ellos vacío el mundo, y el mañana
sea más tétrico y tedioso que el hoy,
¿qué será del deseo?,
¿qué será de estos años?, ¿qué será de mí mismo?
¡Ay, me arrepentiré y a menudo,
sin consuelo, miraré hacia atrás!



martes, 15 de enero de 2019

Mecánica social (por César Vallejo)



Algo te identifica con el que se aleja de ti, y es la facultad común de volver: de ahí tu más grande pesadumbre.

Algo te separa del que se queda contigo, y es la esclavitud común de partir: de ahí tus más nimios regocijos.

Me dirijo, en esta forma, a las individualidades colectivas, tanto como a las colectividades individuales y a los que, entre unas y otras, yacen marchando al son de las fronteras o, simplemente, marcan el paso inmóvil en el borde del mundo.

Algo típicamente neutro, de inexorablemente neutro, interpónese entre el ladrón y su víctima. Esto, así mismo, puede discernirse tratándose del cirujano y del paciente. Horrible medialuna, convexa y solar, cobija a unos y otros. Porque el objeto hurtado tiene también su peso indiferente, y el órgano intervenido, también su grasa triste.

¿Qué hay de más desesperante en la tierra, que la imposibilidad en que se halla el hombre feliz de ser infortunado y el hombre bueno, de ser malvado?

¡Alejarse! ¡Quedarse! ¡Volver! ¡Partir! Toda la mecánica social cabe en estas palabras.



lunes, 14 de enero de 2019

La herida (por Anestis Evangelou)


Aquí
un poco más abajo del cuello
en el pecho
jugando casi
insospechada
indiferente
dejaste tu profunda huella
me marcaste para siempre.

Han pasado tantos años, claro, desde entonces
pero
brilla, sabes, levemente bajo la ropa todavía
de modo extraño
no puedo ocultarme, me ven
el marcado dicen y con el dedo
me señalan.

Por las noches sin embargo,
me quito despacio la ropa y a la luz
de la lámpara, desnudo,
acaricio con ternura la herida
la venero
y la cuido con orgullo secreto.



domingo, 13 de enero de 2019

Aquello (por Ángel González)


Aquello.
No eso.
Ni
—mucho menos— esto.

Aquello.

Lo que está en el umbral
de mi fortuna.
Nunca llamado, nunca
esperado siquiera;
sólo presencia que no ocupa espacio,
sombra o luz fiel al borde de mí mismo
que ni el viento arrebata, ni la lluvia disuelve,
ni el sol marchita, ni la noche apaga.

Tenue cabo de brisa
que me ataba a la vida dulcemente.
Aquello
que quizá hubiese sido
posible,
que sería posible todavía
hoy o mañana si no fuese
un sueño.


sábado, 12 de enero de 2019

Río de lo Oculto (por Saiz de Marco)


el río de por qué hay esto,
por qué en vez de esto no hay nada,
por qué esta realidad,
ésta y no otra,
de noche las estrellas, tantos mundos
para qué y para quién,
por qué soy yo y no tú,
este teatro de carne y no de cartón piedra
donde el vivir
(sensitivo cuento hiper-verosímil)
se escenifica,
este juego de azar sin reglas comprensibles
carente de objetivo,
en un sitio que no es centro sino arrabal de cuanto existe,
y sin saber qué viene cuando el juego concluya

el río de lo Oculto en su fluir nos lleva,
nos empuja,
nos mueve pero no permite que buceemos
ni ver lo que hay debajo
o cómo es de profundo,
ni mirar dónde nace o dónde desemboca

nada más que nadar en sus aguas opacas,
remar,
bracear en ellas,
en su corriente y en sus remolinos

mantenernos a flote,
sólo eso nos tolera 

el río de lo Oculto


viernes, 11 de enero de 2019

Cloto (por Silvia Guerra)


Afuera, en el cóncavo espejo que es Ahora
un fino-entretejido se suspende: alguien
habla de dos, otros de cifras que son inmensas cantidades.
La ascendencia se pierde en estratos
que no tienen demasiada importancia.
Se nombran los caminos los pazos los pequeños jilgueros,
Se camina sonriendo por la empinada cuesta
con las botas sucias del barro del camino.
Se llenan los carrillos los rojos los sonrientes
de un aire
que ahí arriba se dice que es purísimo.
Y se habla de la guerra. Del color de la guerra.
Y aparecen los muertos, en fila, con el plato vacío
me preguntan algo que no entiendo, no entiendo qué me dicen
no entiendo qué hago ahí, por qué me siguen.
Y no sé qué hacer, y ellos tampoco.



jueves, 10 de enero de 2019

La multitud de ti (por Eliseo Diego)


No solo el hoy fragante de tus ojos amo
sino a la niña oculta que allá dentro
mira la vastedad del mundo con redondo azoro,
y amo a la extraña gris que me recuerda
en un rincón del tiempo que el invierno ampara.
La multitud de ti, la fuga de tus horas,
amo tus mil imágenes en vuelo
como un bando de pájaros salvajes.
No solo tu domingo breve de delicias
sino también un viernes trágico, quién sabe,
y un sábado de triunfos y de glorias
que no veré yo nunca, pero alabo.
Niña y muchacha y joven ya mujer, 

tú todas, colman mi corazón,
y en paz las amo.



miércoles, 9 de enero de 2019

La corriente (por Neorrabios@)


Solo existe la luna de la infancia,
el resto es un sol ya derretido,
un elefante barbudo y monocromo
que hace otra vez el mismo número
en un circo sin peligro de incendio.
¿Qué día nefasto perdí
la abrigadora idea
de que yo dirigía la corriente,
qué día
empecé a darme cuenta
de que era la corriente
la que me llevaba a mí?


martes, 8 de enero de 2019

Con la espera (por Oliverio Girondo)

Esperaba
esperaba
y todavía
y siempre
esperando,
esperando
con todas las arterias,
con el sacro,
el cansancio,
la esperanza,
la médula;
distendido,
exaltado,
apurando la espera,
por vocación,
por vicio,
sin desmayo,
ni tregua.

¿Para qué extenuarme en alumbrar recuerdos
que son pura ceniza?
Por muy lejos que mire:
la espera ya es conmigo,
y yo estoy con la espera...
escuchando sus ecos,
asomado al paisaje de sus falsas ventanas,
descendiendo sus huecas escaleras de herrumbre,
ante sus chimeneas,
sus muros desolados,
sus rítmicas goteras,
esperando,
esperando,
entregado a esa espera
interminable,
absurda,
voraz,
desesperada.

Sólo yo...
¡Sí!
Yo sólo
sé hasta dónde he esperado,
qué ráfagas de espera arrasaron mis nervios;
con qué ardor,
y qué fiebre
esperé
esperaba,
cada vez con más ansias
de esperar y de espera.

¡Ah! el hartazgo y el hambre de seguir esperando,
de no apartar un gesto de esa espera insaciable,
de vivirla en mis venas,
y respirar en ella la realidad,
el sueño,
el olvido,
el recuerdo;
sin importarme nada,
no saber qué esperaba:
¡siempre haberlo ignorado!;
cada vez más resuelto a prolongar la espera,
y a esperar,
y esperar,
y seguir esperando
con tal de no acercarme
a la aridez inerte,
a la desesperanza
de no esperar ya nada;
de no poder, siquiera,
continuar esperando.



lunes, 7 de enero de 2019

Uno a quien no conozco (por Pär Lagerkvist)


Un desconocido es mi amigo,
uno a quien no conozco
Un desconocido lejano, lejano
Por él mi corazón está lleno de nostalgia
porque no está cerca de mí
¿Quizá porque no existe?
¿Quién eres tú que llenas mi corazón de tu ausencia,
que llenas toda la tierra de tu ausencia?


domingo, 6 de enero de 2019

Alguien me necesita (por Marina Tsvetáieva)


Un niño caminaba por la calle,
tiritaba, se iba volviendo azul.
Una anciana caminaba por la calle,
compadeció al niño...

Por fin he hallado
al imprescindible para mí:
alguien me necesita,
sin mí se moriría.

Lo que es para el ojo el arco iris,
lo que es la tierra para el trigo,
es para alguien la necesidad
de otro, en sí mismo.

Más que la lluvia y el arco iris,
más que mi propia mano, preciso
que a alguien le haga falta
poner su mano en la mía.

Más grande que el Ladoga,
más fiel que la montaña,
que alguien necesite
darle a mi mano su herida.

Y porque con tu llaga
me haces don de tu palma,
mi mano, ahora mismo,
pondría en el fuego por ti.


sábado, 5 de enero de 2019

Invisible y oscura (por Ryszard Kapuscinski)


Las raíces tienen una dirección vertical

desaparecen en la tierra

se hunden penetran

su existencia es invisible y oscura

intentar apartar los granos de arena

las piedras las rocas,

atravesar la lava y los minerales

arrojadas a la superficie

inactivas

se secan

sus dedos nudosos

se elevan hacia el cielo

su oración enredada e intraducible

la experiencia de las raíces:

la vida viene de meterse en las profundidades


viernes, 4 de enero de 2019

Cristales de tu ausencia (por Gloria Fuertes)


Cristales de tu ausencia acribillan mi voz,
que se esparce en la noche
por el glacial desierto de mi alcoba.
—Yo quisiera ser ángel y soy loba—.
Yo quisiera ser luminosamente tuya
y soy oscuramente mía.


jueves, 3 de enero de 2019

Me llevaban con ellos (por Carlos Barral)


Porque conocía el nombre de los peces,
aun de los más raros,
y el de los caladeros, y las señas
de las lejanas rocas submarinas,
me dejaban revolver en las cestas,
tocarlos uno a uno, sopesarlos,
y comentaban conmigo abiertamente
las sutiles cuestiones del oficio.
Porque entendía de nudos y de velas
y del modo de armar los aparejos,
me llevaban con ellos muchas veces;
me regalaban el quehacer de un hombre.
Sentía con orgullo
enrojecérseme las manos al contacto del cáñamo,
impregnarme
un fuerte hedor a brea y a pescado.
Sabía casi todo de aquella vida simple,
de aquel azar diario y primitivo.

Sólo que aquella ciencia era lujosa.
No supieron contarme
o no pude entender cómo era aquello
en los días peores, las amargas
semanas de paciencia,
cuando el viento del norte
roe las entrañas y se harta la pupila
de escudriñar los cielos,
en los días confusos,
cuando el mar de borrosos contornos
es sólo como un cascote de vidrio
semienterrado en el fango,
un desagradable incidente o una trampa
para los que pasan corriendo
ciegos bajo la lluvia.



miércoles, 2 de enero de 2019

Brian el cazador en el bosque (por Margaret Atwood)


El hombre que vi en el bosque
solía venir a nuestra casa
cada mañana, nunca decía nada;
después supe por los vecinos
que una vez intentó cortarse el cuello.

Lo encontré al final del sendero
sentado sobre un árbol caído
limpiando su arma.

No había viento;
a nuestro alrededor las hojas crujían.

Me dijo:
mato porque debo hacerlo

pero cada vez que apunto, siento
que mi piel se torna pelaje
mi cabeza se carga con astas
y durante el estirado instante
en que la bala planea en su hilo de velocidad
mi alma corre inocente como cascos.

¿Es justo Dios con sus criaturas?

Muero más a menudo que muchos.

Miró hacia arriba y vi
la blanca cicatriz trazada por el cuchillo de caza
alrededor de su cuello.

Cuando desperté
me acordé: él se había ido
hacía veinte años y no se sabía nada más.



martes, 1 de enero de 2019

Rapsodia para el mulo (por José Lezama Lima)


Con qué seguro paso el mulo en el abismo.

Lento es el mulo. Su misión no siente.
Su destino frente a la piedra, piedra que sangra
creando la abierta risa en las granadas.
Su piel rajada, pequeñísimo triunfo ya en lo oscuro,
pequeñísimo fango de alas ciegas.
La ceguera, el vidrio y el agua de tus ojos
tienen la fuerza de un tendón oculto,
y así los inmutables ojos recorriendo
lo oscuro progresivo y fugitivo.
El espacio de agua comprendido
entre sus ojos y el abierto túnel,
fija su centro que le faja
como la carga de plomo necesaria
que viene a caer como el sonido
del mulo cayendo en el abismo.

Las salvadas alas en el mulo inexistentes,
más apuntala su cuerpo en el abismo
la faja que le impide la dispersión
de la carga de plomo que en la entraña
del mulo pesa cayendo en la tierra húmeda
de piedras pisadas con un nombre.
Seguro, fajado por Dios,
entra el poderoso mulo en el abismo.

Las sucesivas coronas del desfiladero
—van creciendo corona tras corona—
y allí en lo alto la carroña
de las ancianas aves que en el cuello
muestran corona tras corona.
Seguir con su paso en el abismo.
Él no puede, no crea ni persigue,
ni brincan sus ojos
ni sus ojos buscan el secuestrado asilo
al borde preñado de la tierra.
No crea, eso es tal vez decir:
¿No siente, no ama ni pregunta?
El amor traído a la traición de alas sonrosadas,
infantil en su oscura caracola.
Su amor a los cuatro signos
del desfiladero, a las sucesivas coronas
en que asciende vidrioso, cegato,
como un oscuro cuerpo hinchado
por el agua de los orígenes,
no la de la redención y los perfumes.
Paso es el paso del mulo en el abismo.

Su don ya no es estéril: su creación
la segura marcha en el abismo.
Amigo del desfiladero, la profunda
hinchazón del plomo dilata sus carrillos.
Sus ojos soportan cajas de agua
y el jugo de sus ojos
—sus sucias lágrimas—
son en la redención ofrenda altiva.
Entontado el ojo del mulo en el abismo
y sigue en lo oscuro con sus cuatro signos.
Peldaños de agua soportan sus ojos,
pero ya frente al mar
la ola retrocede como el cuerpo volteado
en el instante de la muerte súbita.
Hinchado está el mulo, valerosa hinchazón
que le lleva a caer hinchado en el abismo.
Sentado en el ojo del mulo,
vidrioso, cegato, el abismo
lentamente repasa su invisible.
En el sentado abismo,
paso a paso, sólo se oyen,
las preguntas que el mulo
va dejando caer sobre la piedra al fuego.

Son ya los cuatro signos
con que se asienta su fajado cuerpo
sobre el serpentín de calcinadas piedras.
Cuando se adentra más en el abismo
la piel le tiembla cual si fuesen clavos
las rápidas preguntas que rebotan.
En el abismo sólo el paso del mulo.
Sus cuatro ojos de húmeda yesca
sobre la piedra envuelven rápidas miradas.
Los cuatro pies, los cuatro signos
maniatados revierten en las piedras.

El remolino de chispas sólo impide
seguir la misma aventura en la costumbre.
Ya se acostumbra, colcha del mulo,
a estar clavado en lo oscuro sucesivo;
a caer sobre la tierra hinchado
de aguas nocturnas y pacientes lunas.
En los ojos del mulo, cajas de agua.
Aprieta Dios la faja del mulo
y lo hincha de plomo como premio
Cuando el gamo bailarín pellizca el fuego
en el desfiladero prosigue el mulo
avanzando como las aguas impulsadas
por los ojos de los maniatados.
Paso es el paso del mulo en el abismo.

El sudor manando sobre el casco
ablanda la piedra entresacada
del fuego no en las vasijas educado,
sino al centro del tragaluz, oscuro miente.
Su paso en la piedra nueva carne
formada de un despertar brillante
en la cerrada sierra que oscurece.
Ya despertado, mágica soga
cierra el desfiladero comenzado
por hundir sus rodillas vaporosas.
Ese seguro paso del mulo en el abismo
suele confundirse con los pintados guantes de lo estéril.
Suele confundirse con los comienzos
de la oscura cabeza negadora.
Por ti suele confundirse, descastado vidrioso.
Por ti, cadera con lazos charolados
que parece decirnos yo no soy y yo no soy,
pero que penetra también en las casonas
donde la araña hogareña ya no alumbra
y la portátil lámpara traslada
de un horror a otro horror.

Por ti suele confundirse, tú, vidrio descastado,
que paso es el paso del mulo en el abismo.
La faja de Dios sigue sirviendo.
Así cuando sólo no es chispas, la caída
sino una piedra que volteando
arroja el sentido como pelado fuego
que en la piedra deja sus mordidas intocables.
Así contraída la faja. Dios lo quiere,
la entraña no revierte sobre el cuerpo,
aprieta el gesto posterior a toda muerte.
Cuerpo pesado, tu plomada entraña,
inencontrada ha sido en el abismo,
ya que cayendo, terrible vertical
trenzada de luminosos puntos ciegos,
aspa volteando incesante oscuro,
has puesto en cruz los dos abismos.

Tu final no siempre es la vertical de dos abismos.
Los ojos del mulo parecen entregar
a la entraña del abismo, húmedo árbol.
Árbol que no se extiende en acanalados verdes
sino cerrado como la única voz de los comienzos.
Entontado, Dios lo quiere,
el mulo sigue transportando en sus ojos
árboles visibles y en sus músculos
los árboles que la música ha rehusado.
Árbol de sombra y árbol de figura
han llegado también a la última corona desfilada.
La soga hinchada transporta la marea
y en el cuello del mulo nadan voces
necesarias al pasar del vacío al haz del abismo.

Paso es el paso, cajas de aguas, fajado por Dios
el poderoso mulo duerme temblando.
Con sus ojos sentados y acuosos,
al fin el mulo árboles encaja en todo abismo.



lunes, 31 de diciembre de 2018

Tú (por Jorge Luis Borges)


Un solo hombre ha nacido, un solo hombre ha muerto en la tierra.

Afirmar lo contrario es mera estadística, es una adición imposible.

No menos imposible que sumar el olor de la lluvia y el sueño que anteanoche soñaste.

Ese hombre es Ulises, Abel, Caín, el primer hombre que ordenó las constelaciones, el hombre que erigió la primera pirámide, el hombre que escribió los hexagramas del Libro de los Cambios, el forjador que grabó runas en la espada de Hengist, el arquero Einar Tamberskelver, Luis de León, el librero que engendró a Samuel Johnson, el jardinero de Voltaire, Darwin en la proa del Beagle, un judío en la cámara letal, con el tiempo, tú y yo.

Un solo hombre ha muerto en Ilión, en el Metauro, en Hastings, en Austerlitz, en Trafalgar, en Gettysburg.

Un solo hombre ha muerto en los hospitales, en barcos, en la ardua soledad, en la alcoba del hábito y del amor.

Un solo hombre ha mirado la vasta aurora.

Un solo hombre ha sentido en el paladar la frescura del agua, el sabor de las frutas y de la carne.

Hablo del único, del uno, del que siempre está solo.


domingo, 30 de diciembre de 2018

Flecha de amor en la tierra (por Eugenio Montale)


La anguila, la sirena
de los mares fríos que deja el Báltico
para alcanzar nuestros mares,
nuestros estuarios, los ríos
que remonta profundamente, bajo corriente adversa,
de ramal en ramal
y luego de cabello en cabello,
siempre más adentro, siempre más hacia el corazón
de la piedra, filtrando
en acequias de fango, hasta que un día
una luz arrojada desde los castaños
enciende su serpenteo en charcos de agua muerta,
en las zanjas que bajan
de los saltos de los Apeninos a la Romaña;
la anguila, antorcha, fusta,
flecha de amor en la tierra
que solo nuestros barrancos o disecados
arroyitos pirenaicos reconducen
a paraísos de fecundación;
el alma verde que busca
vida donde solo
muerde la aridez y la desolación,
la centella que dice
todo comienza cuando todo parece
carbonizarse, rama seca sepultada;
el iris breve, gemelo
del que engastan tus pestañas
y haces brillar intacto en medio de los hijos
del hombre, inmersos en tu fango, ¿puedes tú
no creerla hermana?


sábado, 29 de diciembre de 2018

Qué loco estar en su sitio (por Juan Ramón Jiménez)


Tranquilas, serias o alegres,
sin que nadie las estorbe,
juegan su luz y su sombra
la nube con la montaña.
(La gran plenitud aparte
que el alma perdida anhela:
vida, realización,
nada mejor que la altere.)
¡Qué loco estar en su sitio,
qué hondo sentir lo que son,
qué alto no necesitar
nada igual, nada distinto!
Juegan su frío y su sol
la nube con la montaña,
indiferentes al eco
y al águila. Y al poeta.


viernes, 28 de diciembre de 2018

La ruta del desierto (por Alicia Genovese)


Si algo aprendí es a irme,
cuando los cuerpos se cierran
cuando las palabras se enfrían
y sostienen la lógica, pero no a mí,
me dejo ir hacia un lugar perdido,
un país detrás de las cosas.
Con un adiós imperceptible
el vacío comienza,
desaparecen los edificios, los autos,
los semáforos, que no son ahora
señales.
Ya no estás ahí, estás
en la ruta del desierto,
en marcha hacia lo inconexo,
lo áspero, lo faltante.
Podés ver abrojos
en los pastos escuálidos
se inclinan y sisean
como serpientes.
Podés ver el color seco
del Mojave,
es Arizona hacia Albuquerque,
es el camino monótono
en la meseta patagónica que emerge.
Estás a la intemperie,
no hay engaño, lo visible
es lo existente
Manejás
por una ruta sin límites.
La única emisora de radio
dejó hace rato de captarse
y la aguja del tanque de nafta
baja como un cuchillo;
no hubo tiempo para previsiones.
Manejás,
el volante apretado
como si sostuvieras en tu eje
el giro de las cubiertas.
Irse lejos
con elegancia, con la altivez
habitual en los que fueron fuertes,
pero ahora las cosas desaparecieron
y podrías caer
convertida en un cactus
a través del polvo.
La imagen en el retrovisor
igual a la del parabrisas.
Llegar a ninguna parte;
con lo que dije, lo que no dije,
lo que debí hacer;
escribir
y no pasar en limpio.
La ruta crece;
es la misma ciudad hundida
en los cuartos donde se acorrala
el amor sin preguntas, sin reflejos más que
para sus ojos dulces que devoran.
Manejás,
llevás el arañazo imperdonable,
la mirada previa de los grandes felinos.
La ruta debería cambiar,
un giro, una bifurcación,
los olores del riego
aplastando la arenisca,
y que el camino conecte
y que el mapa tenga
algún sentido.
Nada, por ahora.


jueves, 27 de diciembre de 2018

Cartas desde el Monte Fuji (por Jessica Traynor)


Desde la cima del Monte Fujiyama te envío cartas,
escritas en hojas cuadradas, luego plegadas
en tantos diseños diferentes como los copos de nieve.
Las suelto al aire, míralas caer en el mundo.
Abre una. En ella hay una foto de tu infancia.
Puedes verla, pero se derrite en tu mano
como la pregunta que te hago, presa en la brisa,
y tu respuesta, arrastrada por el río hasta el mar llano.
Aun a través de esta nieve, constante, devoradora del año,
yo siempre te enviaré cartas.


miércoles, 26 de diciembre de 2018

Cavaban (por Paul Celan)


Había tierra en ellos y
cavaban.

Cavaban y cavaban y pasaba así
el día y pasaba la noche. No alababan a Dios
que, según les dijeron, quería todo esto,
que, según les dijeron, sabía todo esto.

Cavaban y nada más oían;
y no se hicieron sabios ni inventaron un canto
ni imaginaron un lenguaje nuevo.
Cavaban.

Vino una calma y vino una tormenta
y todos los océanos vinieron.
Yo cavo y tú cavas e igual cava el gusano
y aquel remoto canto dice: cavan.

Oh uno, oh nadie, oh ninguno, oh tú:
¿Adónde iba si hacia nada iba?
Oh, tú cavas y yo cavo, yo me cavo hacia ti,
y en el dedo se nos despierta el anillo.


martes, 25 de diciembre de 2018

Ama al cisne salvaje (por Robinson Jeffers)


Odio mis versos, cada línea, cada palabra.
Oh pálidos y frágiles lápices intentando siempre
la curvatura de una hoja de hierba o la garganta de un pájaro
que se suspende en la rama, erizado contra un blanco cielo.
Oh quebrados y crepusculares espejos siempre por atrapar
un color, un raudo destello del esplendor de las cosas.
Cazador desafortunado, oh balas de cera,
la belleza del león, las alas del cisne salvaje, la tormenta de las alas.

Este cisne salvaje del mundo no es presa de cazadores.
Mejores balas que las tuyas errarían el blanco pecho,
mejores espejos que los tuyos se quebrarían en la flama.
¿Acaso importa que te odies a ti mismo? Cuando menos
ama tus ojos que pueden ver, tu mente que puede
oír la música, el trueno de las alas. Ama al cisne salvaje.


lunes, 24 de diciembre de 2018

Amanecer (por Jorge Luis Borges)


En la honda noche universal
que apenas contradicen los faroles
una racha perdida
ha ofendido las calles taciturnas
como presentimiento tembloroso
del amanecer horrible que ronda
los arrabales desmantelados del mundo.
Curioso de la sombra
y acobardado por la amenaza del alba
reviví la tremenda conjetura
de Schopenhauer y de Berkeley
que declara que el mundo
es una actividad de la mente,
un sueño de las almas,
sin base ni propósito ni volumen.
Y ya que las ideas
no son eternas como el mármol
sino inmortales como un bosque o un río,
la doctrina anterior
asumió otra forma en el alba
y la superstición de esa hora
cuando la luz como una enredadera
va a implicar las paredes de la sombra,
doblegó mi razón
y trazó el capricho siguiente:
Si están ajenas de sustancia las cosas
y si esta numerosa Buenos Aires
no es más que un sueño
que erigen en compartida magia las almas,
hay un instante
en que peligra desaforadamente su ser
y es el instante estremecido del alba,
cuando son pocos los que sueñan el mundo
y sólo algunos trasnochadores conservan,
cenicienta y apenas bosquejada,
la imagen de las calles
que definirán después con los otros.
¡Hora en que el sueño pertinaz de la vida
corre peligro de quebranto,
hora en que le sería fácil a Dios
matar del todo Su obra!

Pero de nuevo el mundo se ha salvado.
La luz discurre inventando sucios colores
y con algún remordimiento
de mi complicidad en el resurgimiento del día
solicito mi casa,
atónita y glacial en la luz blanca,
mientras un pájaro detiene el silencio
y la noche gastada
se ha quedado en los ojos de los ciegos.


domingo, 23 de diciembre de 2018

Ser humano y mujer (por Ida Vitale)


Por años, disfrutar del error
y de su enmienda,
haber podido hablar, caminar libre,
no existir mutilada,
no entrar o sí en iglesias,
leer, oír la música querida,
ser en la noche un ser como en el día.
No ser casada en un negocio,
medida en cabras,
sufrir gobierno de parientes
o legal lapidación.
No desfilar ya nunca
y no admitir palabras
que pongan en la sangre
limaduras de hierro.
Descubrir por ti misma
otro ser no previsto
en el puente de la mirada.
Ser humano y mujer, ni más ni menos.


sábado, 22 de diciembre de 2018

La forma del comienzo (por Roberto Juarroz)


El amor empieza cuando se rompen

los dedos

y se dan vuelta las solapas del traje,

cuando ya no hace falta pero tampoco

sobra

la vejez de mirarse,

cuando la torre de los recuerdos, baja o

alta,

se agacha hasta la sangre.

El amor empieza cuando Dios termina

y cuando el hombre cae,

mientras las cosas, demasiado eternas,

comienzan a gastarse,

y los signos, las bocas y los signos,

se muerden mutuamente en cualquier

parte.

El amor empieza

cuando la luz se agrieta como un

muerto disfrazado

sobre la soledad irremediable.

Porque el amor es simplemente eso:

la forma del comienzo

tercamente escondida

detrás de los finales.


viernes, 21 de diciembre de 2018

Para un soñador (por H. P. Lovecraft)


Veo tus rasgos, tranquilos y pálidos,
en el luminoso reflejo de la vela;
la negra sombra de tus párpados,
y por debajo ojos que rechazan el mundo.

Y, mientras observo, ansío conocer
los caminos por donde van tus sueños,
las tenebrosas regiones que recorre tu imaginación,
con los ojos velados para el mundo y para mí.

Del mismo modo, yo contemplo en sueños
cosas que mi memoria no podría guardar,
y desde la penumbra intento vislumbrar
las mismas escenas que aparecen ante tus ojos.

Yo también he conocido las cumbres de Thok;
los valles de Pnath, donde los sueños se reúnen;
las criptas de Zin; y así, intuyo por qué tus párpados
abren una rendija hacia la llama de la vela.

¿Pero, qué es aquello que sutilmente se desliza
sobre tu rostro, sobre la barba de tus mejillas?
¿Qué miedo distrae tu mente y tu corazón,
y te hace llorar con repentino temor?

Cansadas visiones se despiertan ante tus ojos,
brillan las oscuras nubes de otros cielos,
y por alguna demoníaca perspectiva
me veo flotar hacia la noche embrujada.



jueves, 20 de diciembre de 2018

Este poder (por Saiz de Marco)


Este poder de causar daño impune,
tanto daño infligible al débil,
al inerme,
al más pequeño,
al pobre,
sin miedo a la sanción,
porque se puede,
porque está permitido,
este poder perverso de hacer llorar a otros,
ocurrió a veces,
de pronto se arrugaban sus ojos y su frente
y lágrimas que caen pómulo abajo,
este poder a veces inconsciente
que vino sin pedirlo
aquí,
a mis manos,
este poder infame,
este poder horrible y desmedido,
este poder de herir y de dañar,
este poder,
qué miedo.


miércoles, 19 de diciembre de 2018

Esta fuga (por Felipe Benítez Reyes)


Lo que se va. Esta fuga. Cuanto mueve
el viento que va huyendo hacia su ayer.
Lo que deja de ser nada más ser.
Los días que se funden con la nieve.

Lo veloz, lo no visto, lo olvidado.
Lo que fue a su acabarse. Cuanto vino
y suplantó el anhelo de un destino.
Lo rápido en huir, el delicado
morirse de tan poco tanta vida...

Hay algo en la verdad que no es verdad:
si el tiempo es siempre un punto de partida,
¿qué hora marca tu tiempo, eternidad
mía, que ya no
eres eternidad?


martes, 18 de diciembre de 2018

A la vuelta de la memoria (por Enrique Lihn)


Cientos, cientos de veces te encontraré a la vuelta
de la memoria abundante en esquinas
en la enrarecida atmósfera del país de los sueños
en que no hay cosa que no esté hecha de nada.
Me harás, sin verme, un saludo con la mano, pues de
los dos yo seré el único
en vernos y no tú la buena amiga de los años reales.
Además allí, en la nada, encuentros y desencuentros
¿en qué se diferencian? El diálogo es su simulacro
hecho de las palabras recordadas. La que esté allí
es sólo una visión a la espera de un taxi de hace diez o
quince años
Sin haber envejecido porque en ese país
no se vive ni se muere, con tu vestido pasado de moda
remedo de algunas escenas que habríamos podido
vivir juntos si todavía fuéramos reales.
Y sentiré lástima de mí y me invadirá como si fuera
el amor
el recuerdo vacío de estas lágrimas.


lunes, 17 de diciembre de 2018

El mozo de la oficina se ha ido (por Fernando Pessoa)


Se ha ido hoy, dicen que definitivamente, a su tierra natal el llamado mozo de la oficina, ese mismo hombre que he estado acostumbrado a considerar como parte de esta casa humana y, por lo tanto, como parte de mí y del mundo que es mío. Se ha ido. En el pasillo, al encontrarnos casualmente para la sorpresa esperada de la despedida, le di un abrazo tímidamente devuelto, y tuve suficiente fuerza de ánimo como para no llorar, como, en mi corazón, deseaban sin mí mis ojos ardientes.

Cada cosa que ha sido nuestra, aunque sólo por los accidentes de la convivencia o de la visión, porque fue cosa nuestra se vuelve nosotros. El que se ha ido hoy, pues, a una tierra gallega que ignoro, no ha sido, para mí, el mozo de la oficina: ha sido una parte vital, por visual y humana, de la sustancia de mi vida.

Hoy he sido disminuido. Ya no soy el mismo del todo. El mozo de la oficina se ha ido. Todo lo que sucede donde vivimos es en nosotros donde sucede. Todo lo que cesa en lo que vemos es en nosotros donde cesa. Todo lo que ha sido, si lo vivimos cuando era, es de nosotros de donde ha sido quitado al partir. El mozo de la oficina se ha ido.

Es más pesado, más viejo, menos voluntario como me siento al pupitre alto y empiezo la continuación de la escritura de ayer. Pero la vaga tragedia de hoy interrumpe con meditaciones, que tengo que dominar a la fuerza, el proceso automático de la escritura como es debido. No tengo ánimo para trabajar sino porque puedo, con una inercia activa, ser esclavo de mí mismo. El mozo de la oficina se ha ido.

Sí: mañana, u otro día, o cuando quiera que suene para mí la campana sin sonido de la muerte o de la vida, yo seré también quien ya no está aquí, libro copiador antiguo que va a ser almacenado en el armario de debajo de la escalera.

Sí: mañana o cuando lo diga el Destino, tendrá fin todo lo que fingió en mí que he sido yo. ¿Me iré a mi tierra natal? No sé a dónde me iré. Hoy, la tragedia es visible debido a la falta, sensible por no merecer que se sienta. 


Dios mío, Dios mío, el mozo de la oficina se ha ido.


domingo, 16 de diciembre de 2018

No quiero que lo sepan (por Emily Dickinson)


Aún no se lo he dicho a mi jardín,

no vaya a ser que pueda convencerme.

Tampoco tengo fuerzas suficientes

para comunicárselo a la abeja.

No lo diré en la calle, pues las tiendas

me mirarían fijamente.

Que alguien - tan poca cosa e ignorante

tenga la valentía de morir.

No quiero que lo sepan las laderas


por las que tanto he paseado

ni decirles a los amados bosques

el día en que me iré.

No lo susurraré en la mesa

ni se me escapará por un descuido

que hoy dentro del Enigma

alguien caminará.



sábado, 15 de diciembre de 2018

Asia (por Raymond Carver)


Qué bueno es vivir cerca del agua.
Los barcos pasan tan próximos a la tierra firme
que un hombre puede tender la mano
y quebrar una rama de uno de los sauces
que crecen aquí. Los caballos corren salvajes
junto al agua, a lo largo de la playa.
Si los hombres de a bordo quisieran, podrían
hacer un lazo, arrojarlo
y traer a cubierta a uno de los caballos.
Algo que les sirva de compañía
en el largo viaje al Este.

Desde mi balcón puedo leer los rostros
de los hombres mientras miran fijamente a los caballos,
a los árboles y a las casas de dos pisos.
Yo sé en qué están pensando
cuando ven a un hombre saludándolos con la mano desde el balcón,
su coche rojo abajo en la calle.
Lo miran y se consideran
afortunados. Qué misterioso golpe
de suerte, piensan, los ha traído
por todo este camino hasta la cubierta de un barco
con destino a Asia. Esos años de empleos temporales
o de trabajo en los depósitos o como estibadores
o simplemente vagando por los muelles,
han sido olvidados. Cosas así les han sucedido
a otros más jóvenes,
si realmente sucedieron.

Los hombres de a bordo
agitan las manos, devolviendo el saludo.
Están inmóviles, agarrados a la borda,
mientras que el barco pasa deslizándose. Los caballos
salen de entre los árboles hacia el sol.
Se paran como estatuas de caballos.
Observando el barco mientras pasa.
Las olas se rompen contra el barco.
Contra la costa. Y en la mente
de los caballos, donde
siempre es Asia.


viernes, 14 de diciembre de 2018

Retrato (por Joaquín Pérez Azaústre)


Esto es un hombre.
Lo tienes aquí, delante, frente a ti, sentado,
con los ojos heridos por las briznas de luz.
Pero no: ya estoy escribiendo luz, cuando no hay brillo,
sino una oscuridad
torácica en el fondo de los acantilados
de esta habitación, con techo bajo,
para ahogar el pulmón condensado en las ascuas.
Acepta su volumen de musgo mercurial
reptando por el tronco seco de la maleza.
Aprende a manejarlo,
a dejarlo anegar la estatura del cuello.
Haz astillas con él.
Aquí hay un hombre sólo porque parece que lo es.
Asómate a su cara. Distingue sus aristas,
recorre con los dedos sus grietas transparentes,
el último destello ahogado en la retina,
cubierto de hojarasca el grito mudo.
No te está invitando a ningún laberinto.
Aquí no habrá fulgor, ni viaje, ni un deslumbramiento.
No habrá revelación: aquí hubo un hombre.
Esto que estás mirando, alguna vez fue un hombre.



jueves, 13 de diciembre de 2018

El don de la travesía (por Lêdo Ivo)


Un camino que no me lleve a ninguna parte
y sea sólo camino, sin comienzo ni fin,
es lo que pido al día, y el día me concede
el don de la travesía, para que yo avance
bajo las estrellas y soles, rodeado de mí,
sin jamás alcanzar la puerta buscada
o la llave perdida en una duna pálida.
Y avanzo como el día, como el día suspendido
entre la nube caída y la lluvia de verano,
sin dejar ningún rastro o sombra en el suelo.


miércoles, 12 de diciembre de 2018

Insomnios (por Alfredo Buxán)


1

Lo grave no es quemarse las manos en tu cuerpo,
morir de tristeza en una esquina de tu cama.
Lo que duele es no llegar al corazón del fuego.

2

No sirve para nada la belleza del día
si el corazón, enfermo, no sabe aprovecharla.

3

Buscaba el mar como un ciego el tacto de las cosas.

4

Una sonrisa como un faro entre la niebla.
Una luz intermitente en la temible noche
de la vida. Una cascada de agua en el desierto.
Una luciérnaga en el corazón del insomnio.

5

El tigre del tiempo nos acecha silencioso.
He visto hace un instante sus garras en la alfombra.


martes, 11 de diciembre de 2018

Antepasados (por Vicente Sabido)


Llegaron de muy lejos.
Hartazgo de camino
sembrado de esperanza.

Hicieron sus cabañas,
sepulcros y alcazabas
con cánones exóticos.

Dejaban tras de sí
paisajes más bravios,
recuerdo sin raigambre.

Eran escoria, ripio,
sin tiempo ni ventura.

Vinieron. Se quedaron.
Están. Somos nosotros.



lunes, 10 de diciembre de 2018

Poema de la cantidad (por Jorge Luis Borges)


Pienso en el parco cielo puritano
de solitarias y perdidas luces
que Emerson miraría tantas noches
desde la nieve y el rigor de Concord.
Aquí son demasiadas las estrellas.
El hombre es demasiado. Las innúmeras
generaciones de aves y de insectos,
del jaguar constelado y de la sierpe,
de ramas que se tejen y entretejen,
del café, de la arena y de las hojas
oprimen las mañanas y prodigan
su minucioso laberinto inútil.
Acaso cada hormiga que pisamos
es única ante Dios, que la precisa
para la ejecución de las puntuales
leyes que rigen Su curioso mundo.
Si así no fuera, el universo entero
sería un error y un oneroso caos.
Los espejos del ébano y del agua,
el espejo inventivo de los sueños,
los líquenes, los peces, las madréporas,
las filas de tortugas en el tiempo,
las luciérnagas de una sola tarde,
las dinastías de las araucarias,
las perfiladas letras de un volumen
que la noche no borra, son sin duda
no menos personales y enigmáticas
que yo, que las confundo. No me atrevo
a juzgar a la lepra o a Calígula.


domingo, 9 de diciembre de 2018

Pero no puede ser (por Juan Gelman)


Me he acostumbrado a beber la noche lentamente,
porque sé que la habitas, no importa dónde,
poblándola de sueños.
El viento de la noche abate estrellas temblorosas en
mis manos, que aún no se conforman, viudas inconsolables
de tu pelo.

En mi corazón se agitan los pájaros que en él sembraste
y a veces les daría la libertad que exigen
para volver a ti, con el helado filo del cuchillo.
Pero no puede ser. Porque estás tan en mí, tan viva
en mí, que si me muero a ti te moriría.


sábado, 8 de diciembre de 2018

De qué trata (por Paal Brekke)



Como en un cine, pero sin
que yo mismo sepa cómo he llegado
aquí, y en mitad de la proyección
¿De qué trata? chist
¿Pero cómo se titula la película? chist
Y el acomodador enciende la linterna,
la dirige hacia mí, me escudriña
¿Por qué no se sienta? ¿Qué pasa
con estas maletas?
Son mías. Chist, me empuja
¿Está borracho? Estese
quieto, si no tendrá que marcharse

Y lejano está el recuerdo de que una vez
¿protesté? ¿no grité? pataleé
No recuerdo, sólo que tropiezo subiendo
la escalera con números que lucen
verdes hacia la Salida (roja)
y miedo. Desde la pantalla que está detrás de mí
voces metálicas gritan como a través de una trompetilla
susurran como si fueran cabrestantes chirriantes
y rodeado de unas tinieblas sepulcrales
sólo las cabezas, tan blancas
que apenas sobresalen sobre el respaldo de las butacas
y cuando les hablo
¡Chist! Échenle

Salgo de cabeza por la puerta
pero sólo para entrar en otro cine, idéntico
y la misma película
La están proyectando hacia delante o hacia atrás
Chist. Y el acomodador y todo se repite
otra vez, subir las escaleras
salir otra vez, pero siempre sólo para volver a entrar



viernes, 7 de diciembre de 2018

Oh recuerdo, sé yo (por Juan Ramón Jiménez)



I


¡No te vayas, recuerdo, no te vayas!

¡Rostro, no te deshagas, así

como en la muerte!

¡Seguid mirándome, ojos grandes, fijos,

como un momento me mirasteis!

¡Labios, sonreídme,

como me sonreísteis un momento!



II


¡Ay, frente mía, apriétate;

no dejes que se esparza

su forma fuera de su continente!

¡Oprime su sonrisa y su mirar,

hasta dejarlas hechas vida mía interna!


III


¡Aunque me olvide de mí mismo;

aunque tome mi rostro, de sentirlo tanto,

la forma de su rostro;

aunque yo sea ella,

aunque se pierda en ella mi estructura!


IV


¡Oh recuerdo, sé yo!

¡Tú -ella- sé recuerdo todo y solo, para siempre;

recuerdo que me mire y me sonría

en la nada;

recuerdo, vida con mi vida,

hecho eterno borrándome, borrándome!


jueves, 6 de diciembre de 2018

¿Aceptarás? (por Heather Buck)


Esta tarde, mientras la luz recorre
con imposible lentitud el huerto
y yo me giro, inquisitiva,
mi mano entre tu mano,
mis ojos buscando un sentido
a las nubes que oprimen
el vasto escenario del cielo,

¿aceptarás conmigo ese sendero
que existe solo cuando lo pisamos,
esa casa que respira a la vida
solo cuando se la comparte,
esa jarra de vino
que se llena cuando bebemos?



miércoles, 5 de diciembre de 2018

Donde el aliento (por Adam Zagajewski)


Está solo en el escenario

sin ningún instrumento.

Se pone la mano en el pecho

allí donde nace el aliento

y donde se apaga.

No son las manos que cantan,

ni tampoco el pecho.

Canta lo que está callado.


martes, 4 de diciembre de 2018

Con ese gotear (por Saiz de Marco)


esa calle empedrada en que jugué de niño que
cubierta de asfalto
es ya otra calle

quizá el mismo local pero no el mismo sitio
donde estuvo la imprenta
luego una mercería
después un videoclub
y hoy se alquila o se vende

la cuna que llevé más tarde a la parroquia
porque donde estaba hubo que poner
una cama

en nochebuena
desocupadas sillas
u otros en el lugar donde ellos se sentaban

la gata envejecida que dejó de saltar por los tejados

caras en blanco y negro
fotos de gente extraña pegadas en el álbum

y tú obstinadamente
mojándonos
cubriéndonos
cada átomo empapando con ese
gotear

tú impregnando impregnándonos

tú cayendo en silencio
desde dentro de todo



lunes, 3 de diciembre de 2018

Me llevaban con ellos (por Carlos Barral)


Porque conocía el nombre de los peces,
aun de los más raros,
y el de los caladeros, y las señas
de las lejanas rocas submarinas,
me dejaban revolver en las cestas,
tocarlos uno a uno, sopesarlos,
y comentaban conmigo abiertamente
las sutiles cuestiones del oficio.
Porque entendía de nudos y de velas
y del modo de armar los aparejos,
me llevaban con ellos muchas veces;
me regalaban el quehacer de un hombre.
Sentía con orgullo
enrojecérseme las manos al contacto del cáñamo,
impregnarme
un fuerte hedor a brea y a pescado.
Sabía casi todo de aquella vida simple,
de aquel azar diario y primitivo.

Sólo que aquella ciencia era lujosa.
No supieron contarme
o no pude entender cómo era aquello
en los días peores, las amargas
semanas de paciencia,
cuando el viento del norte
roe las entrañas y se harta la pupila
de escudriñar los cielos,
en los días confusos,
cuando el mar de borrosos contornos
es sólo como un cascote de vidrio
semienterrado en el fango,
un desagradable incidente o una trampa
para los que pasan corriendo
ciegos bajo la lluvia.



Mírame (por Isidoro Capdepón)


No soy bonita, ¿verdad?
Soy la raíz del rosal.
Nadie me ve. Siempre estoy oculta bajo la tierra. Y sucia. 
Convivo con el barro y las lombrices.

Pero sin mí no habría "No la toques ya más, que así es la rosa".
Sin mí no habría "Mortal y rosa".
Sin mí no "Te llegará una rosa cada día".
Sin mí no "rosa mística".
Sin mí no "rosa de Alejandría".
Sin mí no "agua de rosas", ni "tiempo de rosas", ni "perfume de rosas".
Sin mí no rosas blancas ni rojas ni amarillas.
Sin mí no rosas rosas...


Sin mí, una rosa no es una rosa no es una rosa.

Y ahora mírame bien. 

No soy bonita, ¿verdad? No, más bien soy fea; y además huelo a estiércol. (Es lo que estás pensando.)

Pero soy quien alimenta,
quien mantiene a la rosa.
Soy la
raíz.



domingo, 2 de diciembre de 2018

Ni a quién preguntar (por Vicente Luis Mora)


Somos niños
con un juguete
enorme,
recién desenvuelto
pero desmontado,
sin manual
de instrucciones.

Sostenemos
las piezas
en la mano,
con la sonrisa
helada,
sin saber
qué hacer
ni a quién
preguntar,
porque no hay padre.



sábado, 1 de diciembre de 2018

He dorado al gato y al pimiento (por Vicente Sabido)


Yo tornasoleo los jarales, asusto a la trucha amante de la piedra, renuevo corazones desprendidos de su savia. Yo relumbro en vuestros ojos despiertos y salvajes, mozas y verracos forjados en granito. Yo azuzo las bestias de la casinoche, zureo a las palomas que posan en las vaguadas, desgrano el trigo como con maldades. Yo desnudo campas y casares, acaricio el basalto curvado en arquetas, me asiento en los pobres relojes del puebluco, alimento el polvo ilusionado en la escalera.

Yo me hundo entre surcos y tejados, en las almenas picadas de tu barrio, en los tiestos de lata que la yerbaluisa cimera. Por mí florecen el enebro y el canto de la calle. Yo me estanco en los ojos de los puentes, yo deshago amoríos de nubes, trepo sin malicia por los aguaduchos, beso chorros de yedra en donde nace el mundo.

Encontradme en las lanas de los perros, allá donde terminan las encinas, resbalando cariñoso los oteros, encauzado en callejas angustiosas, enjoyando las albas que me permita la niebla.

Sé cómo el calor se apaga en la flor algodonosa. Sé cernirme sobre alcores de sandías. Sé escurrirme por las rendijas del orbe y encontrar mi reposo entre unas manos albas.

He apagado la mirada frutal de las muchachas. He dorado al gato y al pimiento. He surcado las calles silenciosas. He jugado al escondite con las crestas frugales del arroyo.

Saben de mí la oreja y la sombrilla, la miel que se aburre en orzas. Saben de mí el niño mediañero en su cunaza y el estudiante empanado en la buharda.

Yo, el Sol.


viernes, 30 de noviembre de 2018

Sentarme encima de las viejas horas (por Tomás Segovia)


Lo que quisiera yo no es acordarme
es colgarme apoyarme aferrarme abrazarme
sentarme encima de las viejas horas
casi aplastarlas
es cabalgarlas yo y que me lleven ellas
volver a viajar en su viaje
sacarlas ya de ese bolsillo
donde las guardo a oscuras viviendo de migajas
y que me digan siempre interminablemente
que no se van a ir
que estamos juntos para siempre
que no me van a dejar solo
y sobre todo por piedad que digan
que nunca me engañaron
ni me engañarán nunca
que vivir era eso.



jueves, 29 de noviembre de 2018

Yo le enseño mis dedos (por Carlos Edmundo de Ory)



Cuando estos labios míos pegados a la luna
dejen ya de ser poma voz de arena y misterio
bailaré como un ángel sabe solo bailar
¿Qué hago aquí tanto tiempo? Gran deshollinador
sobre esta luz dorada del día que lamento
¿A quién debo ofrecer el manto de mis llantos?
¿A quién la lamedura que me lacra la voz?
Dolor cuando tú pisas los párpados del hombre
extraño corazón con una espada en medio
nadie sabe decir por qué vuelan los pájaros
muy por encima de nuestra frente mortal
Alguien puede mirarme Yo le enseño mis dedos
Diez dedos ¿por qué diez? Manos son dos
Una escribe una carta a un niño triste
La otra mano espera siempre espera
El pecho que respira y sangra es
el futuro tambor del topo abajo
¿Qué hago yo aquí más tiempo me pregunto
borracho de salud y borracho de muerte?



miércoles, 28 de noviembre de 2018

De ellos dependía (por Cintio Vitier)


Esto hicieron otros
mejores que tú
durante siglos.
De ellos dependía
tu sensación de libertad
tu camisa limpia
y el ocio de tus lecturas y escrituras.
De ellos depende
todo
lo que te parecía natural
como ir al cine
o estar triste, levemente.
Lo natural, sin embargo, es el fango,
el sudor, el excremento.
A partir de ahí, comienza
la epopeya, que no es sólo
un asunto de héroes deslumbrantes,
sino también
de oscuros héroes, suelo de tus pisadas,
página donde se escriben las palabras.
Deja las palabras, prueba
un poco
lo que ellos hicieron, hacen,
seguirán haciendo
para que seas:
ellos,
los sumidos en la necesidad
y la gravitación,
los molidos por los soles implacables
para que tu pan siempre esté fresco,
los atados
al poste férreo de la monotonía
para que puedas barajar todos los temas,
los mutilados
por un mecánico gesto infinitamente repetido
para que puedas hacer
lo que te plazca con tu alma y con tu cuerpo.
Redúcete como ellos.
Paladea el horno,
come fatiga.
Entra un poco, siquiera sea clandestinamente,
en el terrible reino de los sustentadores
de la vida. 


martes, 27 de noviembre de 2018

Allí nos refugiamos (por Mar Benegas)


¿Qué flor era tu carne?

me abriste al milagro

fortuito rumor
de lo incontenible

placenta viva traías
que nos alimentó
y fue nuestro nido

allí nos refugiamos:

los dos éramos
recién nacidos



lunes, 26 de noviembre de 2018

Si al cabo la verdad siempre nos busca (por María Alcantarilla)


Pero, en el fondo, qué importa ser mayor o ser un niño
si el miedo es casi igual y la alegría
a pesar de la estatura.
Tenemos la verdad frente a los ojos
y solo existe el mapa que sentimos dolernos entre líneas,
olvidado el conjunto y su débil rumor tan parecido.
Qué importa si hoy no sabes el sentido,
la razón de estar yendo hacia algún lado
en el que nadie te espera y, sin embargo, acudes.
Qué importa lo que llega de ti y te recuerda que eres débil
mientras miras a un perro paseando solo entre los coches.
Qué importa el dolor en el que vives
si no sabes el nombre de esa triste mujer
que se emborracha cada día
en el único banco de la plaza
y orina la tristeza —como tú—
de no poder hablarle a quien la mira.
Qué importa si te escuecen la voz y los recuerdos,
si oyes por oír y te parece que nadie escucha ya tu retahíla
de sueños incumplidos
y amigos que se van a otros países
y padres que jamás dirán te quiero.
Porque, en el fondo, qué importa estar de más
si ni siquiera conoces lo que amas,
ni sabes si lo amas,
ni intuyes halagüeño aquel futuro
que pensaste habitar mientras huías.
Qué importa ser mayor o ser un niño
si al cabo la verdad siempre nos busca,
nos anda persiguiendo hecha una sombra,
una voz,
un día de lluvia;
qué importa la tristeza de ser tú
si esa verdad te grita la alegría
y a cambio no te pide nada más,
solo que existas.



domingo, 25 de noviembre de 2018

Preguntarán qué fuimos (por Roque Dalton)


Uno hace versos y ama
la extraña risa de los niños,
el subsuelo del hombre
que en las ciudades ácidas disfraza su leyenda,
la instauración de la alegría
que profetiza el humo de las fábricas.

Uno tiene en las manos un pequeño país,
horribles fechas,
muertos como cuchillos exigentes,
obispos venenosos,
inmensos jóvenes de pie
sin más edad que la esperanza,
rebeldes panaderas con más poder que un lirio,
sastres como la vida,
páginas, novias,
esporádico pan, hijos enfermos,
abogados traidores
nietos de la sentencia y lo que fueron,
bodas desperdiciadas de impotente varón,
madre, pupilas, puentes,
rotas fotografías y programas.

Uno se va a morir,
mañana,
un año,
un mes sin pétalos dormidos;
disperso va a quedar bajo la tierra
y vendrán nuevos hombres
pidiendo panoramas.

Preguntarán qué fuimos,
quiénes con llamas puras les antecedieron,
a quiénes maldecir con el recuerdo.

Bien.
Eso hacemos:
custodiamos para ellos el tiempo que nos toca.


sábado, 24 de noviembre de 2018

Casida de la mano imposible (por Federico García Lorca)


Yo no quiero más que una mano;
una mano herida, si es posible.
Yo no quiero más que una mano
aunque pase mil noches sin lecho.

Sería un pálido lirio de cal.
Sería una paloma amarrada a mi corazón.
Sería el guardián que en la noche de mi tránsito
prohibiera en absoluto la entrada a la luna.

Yo no quiero más que esa mano
para los diarios aceites y la sábana blanca de mi agonía.
Yo no quiero más que esa mano
para tener un ala de mi muerte.

Lo demás todo pasa.
Rubor sin nombre ya. Astro perpetuo.
Lo demás es lo otro; viento triste,
mientras las hojas huyen en bandadas.


viernes, 23 de noviembre de 2018

El espejo (por Sylvia Plath)


Soy plateado y exacto. No tengo prejuicios.
Todo lo que que veo lo trago de inmediato
tal como es, sin que me empañen ni el amor ni el disgusto.
No soy cruel, soy sincero,
el ojo de un pequeño dios de cuatro ángulos.
La mayor parte del tiempo la paso meditando sobre la pared de enfrente.
Es rosada, con manchas. Tanto la miré que
me parece que ya forma parte de mi corazón. Aunque con intermitencias.
Las caras y la oscuridad nos separan una y otra vez.

Ahora soy un lago. Una mujer se inclina sobre mí,
buscando en mi extensión su verdadero ser.
Después se vuelve hacia esas mentirosas, las velas o la luna.
Veo su espalda y la reflejo fielmente.
Ella me recompensa con lágrimas y agitando las manos.
Soy importante para ella. Ella viene y va.
Es su cara, cada mañana, la que reemplaza la oscuridad.
En mí, ella ahogó a una muchacha, y en mí, una vieja
se alza hacia ella día tras día, como un pez terrible.


jueves, 22 de noviembre de 2018

Todas las cosas que merecen lágrimas (por Jorge Luis Borges)


Sin que nadie lo sepa, ni el espejo,
ha llorado unas lágrimas humanas.
No puede sospechar que conmemoran
todas las cosas que merecen lágrimas:
la hermosura de Helena, que no ha visto,
el río irreparable de los años,
la mano de Jesús en el madero
de Roma, la ceniza de Cartago,
el ruiseñor del húngaro y
del persa,
la breve dicha y la ansiedad que aguarda,
de marfil y de música Virgilio,
que cantó los trabajos de la espada,
las configuraciones de las nubes
de cada nuevo y singular ocaso
y la mañana que será la tarde.
Del otro lado de la puerta un hombre
hecho de soledad, de amor, de tiempo,
acaba de llorar en Buenos Aires
todas las cosas.


miércoles, 21 de noviembre de 2018

Qué anhelo compartir (por Vicente Sabido)


Porque mi corazón late al unísono
de tantos corazones que a lo largo
del año y los lugares se me cruzan,
qué anhelo compartir con cada uno
su pena, su esperanza, su cansancio.

Está el temor contado. Están contados
los pelos y señales. Pena y gozo
contados a medida de los cuerpos.
Contada hasta la angustia, la alegría,
los golpes de la aguja en las esferas.
Contados el latido y la sonrisa,
la lágrima, el calor, la amanecida.

Un solo desamor mora en el mundo.
Una sola caricia. Un beso solo.
Un llanto a flor de piel. Una ternura.
Un solo caminar por muchas sendas.
Qué queda por decir si todo es uno.



martes, 20 de noviembre de 2018

Porque han peleado contra las sombras (por Egar Bayley)


No hay una naranja perfectamente redonda
No hay un día perfecto
Hay un sol para los que han peleado
contra las sombras
sin rendirse jamás
de noche
de día
a orillas del lago
bajo el sicomoro y el sauce
entre las rocas y las anémonas
Para ellos hay -habrá- un sol
porque han peleado contra las sombras
contra su propia oscuridad
su turbia lámpara
su ignorante desgano
Para ellos

habrá un sol
pero no hay
no habrá nunca un día perfecto
una naranja perfectamente redonda



lunes, 19 de noviembre de 2018

Si (por Juan Gelman)


si me ocurriese, si
una noche viniera con saquitos
de justicia y absurda fuera
la ensoñación del mal, si acaso
el lento amor de la tiniebla no
tendiera sábanas de muerte
en mi lecho y el desposorio
con la vida de afuera se
entrara a paz y salvación,
si no hubiera pobrezas que
callan en la alameda larga
y gritan como un hueso roto
de mí en mí, si la caballa
del reloj cesara y los caminos
se abrieran para la barca que todos
navegamos en aguas heridas
y el tiempo se acostara sin doler,
si


domingo, 18 de noviembre de 2018

Pesan tanto (por Saiz de Marco)



es tan difícil 

abrir las páginas, pasar las páginas, ponerles fin, de la vida arrancarlas


pues 

se resisten, se adhieren, se encadenan a otras, se agarran entre sí con garfios y cordajes, se aferran, se hacen como de plomo, pesan

 tanto


que es siempre extenuante abrir, cerrar, concluir, decir adiós, salir de ellas, de la vida arrancar, pasar


las páginas


sábado, 17 de noviembre de 2018

La nostalgia de otra cosa que no se ha conocido (por Fernando Pessoa)


Sí, es el poniente. Llego a la desembocadura de la Calle de la Alfândega, vagaroso y disperso, y, al clarearme el Terreiro do Paço, veo, claro, lo sin sol del cielo occidental. Ese cielo es de un azul verdoso que tira a ceniciento blanco, donde, por el lado izquierdo, sobre los montes de la otra margen, se agacha, amontonada, una niebla acastañada de color rosa muerto. Hay una gran paz que no tengo dispersa fríamente en el aire otoñal abstracto. Sufro, por no tenerla, el placer vago de suponer que existe. Pero, en realidad, no hay paz ni falta de paz: cielo tan sólo, cielo de todos los colores que desmayan: azul blanco, verde todavía azulado, ceniciento pálido entre verde y azul, vagos tonos remotos de colores de nubes que no lo son, amarinadamente oscurecidas de encarnado acabado.

Y todo esto es una visión que se extingue en el mismo momento en que se la tiene, un intervalo entre nada y nada, alado, puesto en lo alto, en tonalidades de cielo y angustia, prolijo e indefinido.

Siento y olvido. Una nostalgia, que es la de todo el mundo por todo, me invade como un opio desde el aire frío. Hay en mí un éxtasis de ver, íntimo y postizo.


Hacia los lados, donde el haber cesado el sol se acaba cada vez más, la luz se extingue en un blanco lívido que se azula de verdoso frío. Hay en el aire un torpor de lo que no se consigue nunca. Calla alto el paisaje del cielo. A esta hora, en que hasta me siento transbordar, quisiera tener la malicia entera de decir, el capricho libre de un estilo por destino. Pero no, sólo el cielo alto lo es todo, remoto, aboliéndose; y la emoción que siento, y que es tantas, juntas y confusas, no es más que el reflejo de ese cielo nulo en un lago mío: lago recluso entre acantilados hirsutos, callado, mirada de muerto, en que la altura se contempla olvidada.

Tantas veces, tantas, como ahora, me ha pesado sentir que siento -sentir como angustia, sólo por ser sentir, la inquietud de estar aquí, la nostalgia de otra cosa que no se ha conocido, el poniente de todas las emociones, amarillecerme esfumado en tristeza cenicienta en mi conciencia exterior de mí-.

Ah, ¿quién me salvará de existir? No es la muerte lo que quiero, ni la vida: es aquella otra cosa que brilla en el fondo del ansia como un diamante posible en una caverna a la que no se puede descender. Es todo el peso y toda la angustia de este universo real e imposible, de este cielo estandarte de un ejército desconocido, de estos tonos que van empalideciendo por el aire ficticio, de donde el creciente imaginario de la luna emerge en una blancura eléctrica quieta, recortado en lejano e insensible.

Es toda la falta de un Dios verdadero que es el cadáver vacuo del cielo alto y del alma encerrada.

Cárcel infinita: ¡porque eres infinita no se puede huir de ti!


viernes, 16 de noviembre de 2018

La llegada de la bruja (por Jairo Rojas)


los que quedan en la casa deberían saberlo


en ese final de noche, donde cuelga a la vista de algunos

marginados, el terreno ese, tan cálido


deberían, insistimos


y además perdonar de antemano

la cara sonriente,

con mirada fija

por la llegada de la bruja que una vez adentro

crece mucho y lo cubre todo


los que enjuician saberlo deberían, aquellas máquinas que despiden,

los que aún no han llegado a esta habitación

porque aquí (adentro) fuera (de todos)

se enamoran los que deberían conocer la vida, los que estudian sin comer

los que quedan

y sólo pueden mirar por la ventana, sólo eso,

porque la situación ignoran

de la bruja, pelo largo

que le cubre la cara


sus poderes de paciente

cortan cualquier atadura

y no permiten concentrarse dentro

de las cinco paredes

de siempre en la historia de aquellos que vivir

querían, pero juegan apenas


que cierren las cortinas deberían decirles

para disimular el juego amoroso y la risa y el despiste que ha durado un año

improductivo para cualquier jefe recio,

jefe que cuenta concentrado


deberían gritarles eso:

que las brujas que suenan más que la lluvia en el cielo verde

traen momentos R, color presencia

y los arrincona y los enamora y los vuelve delirio sonoro


y que a ellos les importa, sí, y mucho



jueves, 15 de noviembre de 2018

Mi mano hundida en tu mano gigante (por Graciela Batticuore)


Hoy me han dicho que se muere
mi padre.

Hay ruidos, rumores alrededor.
Yo le tomo una mano,
la beso, la acaricio,
le hablo con la niña que hay en mí.

Es un coloso en esa foto
donde yo tengo siete
en una terraza de Mar del Plata.

Comíamos tostadas
él y yo,
mientras veíamos pasar la gente, las olas,
poblarse la playa.

Teníamos un Fiat rojo.
Yo estoy sentada sobre el capot
con mi flequillo y mi cola de caballo.
Remerita blanca, short, ojotas, piernas desnudas.

El verano envolvía el aire.

Para mirarte
yo tenía que elevar
los ojos,
para tomarte
la mano enorme
tenía que subir
mi brazo.

Y así andábamos por la calle o la arena,
mi mano hundida en
tu mano
gigante,
de pliegues
mullidos y ásperos,
consistentes,
tu mano
firme

mi sostén.



miércoles, 14 de noviembre de 2018

En el otro lado de tu cama (por Fabián Casas)


Despertarte a mitad de la noche
y ver en el otro lado de tu cama
a tu mujer llorando
es una experiencia importante.
Quiere decir, entre otras cosas,
que mientras paseabas por los cuartos
iluminados de tu cerebro
algo se estaba gestando cerca tuyo.
Un error con el cual mantenés
una particular relación de intimidad.
Porque aunque no firmemos nada
ni corramos apurados bajo la lluvia de arroz,
pensamos que es para toda la vida
y así seguimos.
Botes, que durante la noche,
quedan amarrados al muelle,
golpeándose entre sí,
según el viento.


martes, 13 de noviembre de 2018

Una despedida (por Jorge Luis Borges)


Tarde que socavó nuestro adiós.
Tarde acerada y deleitosa y monstruosa como un ángel oscuro.
Tarde cuando vivieron nuestros labios en la desnuda intimidad de los besos.
El tiempo inevitable se desbordaba
sobre el abrazo inútil.
Prodigábamos pasión juntamente, no para nosotros sino para la soledad ya inmediata.
Nos rechazó la luz; la noche había llegado con urgencia.
Fuimos hasta la verja en esa gravedad de la sombra que ya el lucero alivia.
Como quien vuelve de un perdido prado yo volví de tu abrazo.
Como quien vuelve de un país de espadas yo volví de tus lágrimas.
Tarde que dura vívida como un sueño
entre las otras tardes.
Después yo fui alcanzando y rebasando
noches y singladuras.



lunes, 12 de noviembre de 2018

El petirrojo (por Antonio Rivero Taravillo)


Me estaba esperando.
Después de tantos siglos,
hoy ha cantado el petirrojo
cuando pasaba por su rama.

Viento de otoño,
dispersa la bandada
de otros carmesíes silenciosos
en que tú solo cantas,

mas deja la avecilla
junto a mi vida.

No será mucho tiempo.



domingo, 11 de noviembre de 2018

Dónde desagua el tiempo (por Vicente Sabido)


Aquellas noches tibias
los grillos de cristal,
las temblorosas
esquilas, el aroma pequeño del jazmín,
ahogaban con su música

el rumoroso vals de las constelaciones.
Y las abuelas negras
en sus sillitas viejas
hablando de los muertos, las cosechas...

Los niños en la plaza
juegan al escondite.
Verano lentamente
inunda, lame, aquieta...

Bajo la enredadera
hay un clamor de risas.
Mis padres. Tía Maruja.
Limón. Agosto. Cal. Somos dichosos.

Dónde desagua el tiempo. Di. Decidme.


sábado, 10 de noviembre de 2018

Otro (por Aitor Suárez)


los gatos del tejado

los gusanos de seda
el sabor de la tierra cuando te la has tragado
la calle aún no asfaltada
el Rey Mago de pueblo al que un niño le cuenta sus cinco años de vida
la casa de Pedrito
la lechera y su cántaro
Tallada el practicante que hierve la jeringa y la aguja en alcohol
el Exin Castillos
el Quimicefa
el juego de la oca, del laberinto al treinta
la tele en blanco y negro
Armstrong, Collins y Aldrin, aunque don José dice que no están en la Luna, que es todo una engañifa
el libro de Sociales
ave María purísima
dos rombos, a la cama
ya me sé el catecismo
el capitán Trueno
Asterix y Obelix y el druida Panoramix
con la abuela a la brisca
la pantera rosa
el sir Tim O' Theo
los polos de a peseta
los dos reales, su agujero en el centro para atar el cordel de la peonza
la familia Ulises
Josechu el vasco
no chupes del botijo
Paquita la modista
el hoyico de aceite
¿el pan con chocolate o con quesito?
la bicicleta roja
el camino a la Yedra lleno de moras negras
creo que tienes piojos
los primos de Sevilla
las Montalbas y luego la casa de Tadeo
los Hollister
los Cinco
las niñas que de pronto, Rosi, Mabel en sexto
las aburridas siestas
Bécquer, el libro verde, los suspiros son aire y van al aire
¿de verdad que todo eso?, ¿estuve allí y entonces?
aquel tiempo
aquel mundo
seguro que fue otro, yo desde luego no


viernes, 9 de noviembre de 2018

Esta tela (por Jorge Fernández)


No puedo saber
cuánto hilo les faltará a mis manos
para terminar esta tela.
Creo que ha sido la blancura
su tenue vocación y su misterio.
La trama profunda
que el inocente azar de su dibujo
y la solitaria fe que cifra el ritmo
de mis manos a la urdimbre.
Quizá esta tela es toda para el viento,
vela para un largo viaje en la incensura
de un lento mar que llama, lejos.


jueves, 8 de noviembre de 2018

Sus sombras Grandes (por Jairo Rojas)


Donde hay rincones vacíos

acá entran todos y sus sombras Grandes

el hombre donde yacen todos los soles


entra


donde nada es explícito, los lenguajes del silencio caben

nos construyen

acá


entra tu palabra plena, aunque afuera renieguen

y no seamos dignos


llega la pobreza con todos sus paraísos

y éstos pasan

deliran en comunión con nosotros

pero también heridos por palabras inventadas,

repetidas desde

lo oscuro


sólo una puerta única

sin afuera, no hay otra orilla en la casa que suena

con una ventana que da directo al mundo

que no esconde su intimidad

y hace lo posible por ser visto


acá hay mucha gente por quien puede llorarse

y todos los consejos que me diste mientras dormía en mi silla,

la casa,

ésta,

donde mis padres cantar sólo saben

y nos protegen del sol con sus cuerpos cansados

llenos de toda una historia del silencio

su idioma otro


mis amigos

de la casa número dos, tan sonora,

que nada tiene y me llama por mi nombre


todo es visible en esta habitación, se escuchan los colores

(vivos)

y enseñan a ser “violentos” con el mundo

afuera

lejos

(raro)