zUmO dE pOeSíA

zUmO dE pOeSíA
de todos los colores, de todos los sabores

ALEATORIUM: Saca un poema de nuestro almacén

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martes, 3 de marzo de 2015

Por las quimeras ávidas (por Rafael Escobar)


Llevamos plantadas
como una niñez interminable a voz en grito
las raíces del cielo,
como una simiente del dolor de lo imposible,
un delirio tenaz de altura
que consume la primavera del tiempo en un combate
por las quimeras ávidas del corazón.
El deseo ambiciona alzarse a su cima
y así niega con desprecio cuanto somos,
la mentira, el peso turbio de nuestros cuerpos
como una carcasa de muros con rejas
que empaña con rastros de ceniza
la inocencia del empeño en ascender.
No existe apelación firme a la cordura,
palabra ni conjuro para acallar
esta fiebre de ser el otro que nos puja dentro,
esta perpetua maldición que nos susurra
que la vida no es cuanto se ofrece limpio a nuestros ojos.


lunes, 2 de marzo de 2015

Cenizas del olvido (por Muahmmud ibn Al-Mahadee)

Dentro del mundo perceptible
hay otro cosmos que se mueve
como la garra del tigre
entre las hojas que agonizan.

Dentro de un simple grano de arena
muchos desiertos nacen de continuo
y de cada grano que así se produzca
otros desiertos habrán de nacer:
pero toda eternidad desprecia
aquello que pretende limitarla.

Un hueso de rojo dátil
se quema
en las arenas del mediodía.
Recuerdo así a este corazón
entre las cenizas del olvido.

Debajo de la primera piel de la amada
puedes lamer con tus menguados ojos
algo apenas de la hermosura de sus huesos:
pétalos transparentes
que una suavísima sangre sostiene.
Por qué esos pétalos ahí
te preguntas.
Por qué envueltos en tan cálidas sustancias
que al igual que tu muriente cuerpo
fueron forjadas con agua y con tierra.
Te preguntas quién se abrazará
a esos pétalos blancos
quién entre su aroma quemante
habrá de nacer respirar y morir.
Al-Mahad, escucha las voces:
Para qué te exiges ahora una respuesta
si jamás pudiste contestar una sola pregunta.

La amada se aleja a través
de las grandes dimensiones del mundo:
sus sandalias surcan el desierto negro
su cuerpo atraviesa las aguas salobres
sus cabellos mueven finísimas plumas
en las alturas del aire.
¿Qué permanece en el sitio de la amada:
Un fuego gris unos papeles muertos
un polvoriento pedazo de sombra?
¿Qué queda de la amada
en tus manos y en tu boca?
Ni una brizna de su piel
ni una gota de su saliva terrenal.
Ni siquiera su ausencia ni su nombre:
Te has engañado, Al-Mahad:
Ella nunca estuvo aquí.

domingo, 1 de marzo de 2015

Haremos otro (por Saiz de Marco)

Con los restos del naufragio haremos otro barco.

Tomaremos las cuerdas,
las maderas mojadas,
la brújula caída,
el timón arrancado…:

lo que no se haya hundido,
lo que el mar nos devuelva.

Curaremos la herida profunda de su casco,
coseremos las velas,
secaremos las tablas
-las iremos juntando,
las enderezaremos-,
reajustaremos luego el timón y la brújula.

¿Quién diría que está hecho con ruinas ensambladas:
con lo que a la tempestad sobrevivió?

De la costa Desguace zarparemos de nuevo
y el naufragio
ya no será un naufragio:

será una playa,
un amarre de paso,
una escala en el viaje,

un puerto más de nuestro navegar.


sábado, 28 de febrero de 2015

Su viva imagen (por Benjamín Prado)


–Eres su viva imagen, Me decían
sin sospechar entonces que esas cuatro palabras
iban a ser ahora mi condena.

No tengo dónde huir, dónde esconderme:
sus ojos están dentro de mis ojos;
su apellido en el mío
como el nombre de un barco en el fondo del mar.
Lo que ayer fue mi casa,
es la guarida de los tiburones.

Tú estabas a mi lado
y me has visto nadar en ríos de veneno;
has visto lágrimas
que eran cristales rotos, una lluvia de espinas,
cicatrices de agua que cruzaba la piel.

Miro su alianza de oro en mi dedo
y su rostro tallado sobre el mío,
mientas la vida sigue,
el aire mueve
los árboles o el sol ilumina su casa
lo mismo que si no estuviera vacía.

El tiempo sólo cura aquello que se puede
sustituir y yo no siento nada
que no sintiese antes
cualquiera en cuyas venas ha bebido la muerte:
la grieta de la angustia,
la plaga de los verbos en pasado;
los recuerdos que buscan su lugar en la vida.

Es tan raro saber que no volveré a verla
y los demás
seguiremos entrando en restaurantes,
cines,
supermercados,
estaciones de tren...
Que no volveré a oír su voz pero a las nueve
será otra vez la hora de la cena,
los fines de semana iré al estadio,
mi coche rodará por la autopista
que ella escuchaba desde su jardín...

Pienso en su dios cruel, el dueño del dolor
y la mentira,
el cínico dice:
–Yo te destruyo para que descanses en paz.
Y ojalá fuese cierto lo que nunca he creído
y ella viera la soledad que deja,
cómo la echo de menos; cuánto me va a faltar;
lo que daría
por volverla a tener una vez más aquí,
un día más, tan sólo.

La mía es la tristeza del cobarde
que reúne para seguir en pie
el valor que no tuvo para ver la caída
de aquello que más quiso.

No tengo que explicártelo. Tú estabas con nosotros
y conoces
el dolor sin refugios,
las sábanas que acechan el cuerpo del herido;
conoces el enjambre feroz de las agujas,
las noches que no acaban cuando sale el sol.

Quien lo sabía todo de mí se ha llevado
el secreto a la tumba,
me he convertido en un desconocido:
el hombre que perdió el rastro de su sangre;
que se ha vuelto una sombra;
que no tiene a quién preguntar por él.

Ahora que mi madre ya no está –si eso es cierto,
si hoy no va a resolver un crucigrama,
ni a mirar los concursos de la televisión
como todas las tardes;
si ha caído en un sueño eterno del que nunca
vamos a despertar–,
guardaré sus palabras, custodiaré sus huellas;
y jamás voy a darla por perdida:
la memoria es el margen de error del olvido.

Le gustaban la nieve, los gatos, la familia;
el fuego,
cocinar,
los cumpleaños,
llorar con las películas románticas;
encender velas en las catedrales.
Le asustaban los médicos,
las llamadas nocturnas,
las tormentas,
el frío,
los reptiles...

Antes de las sirenas y las radiografías,
el miedo blanco de las ambulancias,
sus labios devorados
lentamente
por la carcoma de las oraciones.

Antes de los engaños piadosos,
el fuego amigo de las medicinas,
el esqueleto abriéndose paso hacia la luz.

Cómo puedo escribir lo inexplicable,
lo que no tiene nombre,
lo que todos callamos porque la vida sigue
y junto al cementerio hay tiendas y mercados,
jóvenes que adelantan con sus motocicletas
a los furgones fúnebres,
y avanzamos de espaldas a lo que nos espera
y llamamos silencio
a todo lo que nadie quiere oír.

Le gustaban las fiestas,
los océanos
y creer que su dios no le daba los golpes
sino la fuerza para soportarlos.
Temía la vejez y al abandono:
pensaba que la forma más triste de marcharse
es no tener a alguien que te diga adiós.

La imagino en la época en que yo no existía,
haciendo cosas
que nunca le vi hacer: enamorarse,
bailar, romper las reglas, ser feliz;
y a veces me pregunto
si fue siempre la misma mujer que conocíamos,
tuvo tan claras sus obligaciones,
dónde estaba su sitio,
de qué infiernos no era decente escapar.

Le gustaba que habláramos
de su salud,
del clima,
de su infancia en los años de la Guerra Civil.
Le asustaban los cambios y las banderas rojas,
la libertad y el paso de los días.

Antes de la morfina y el delirio,
de que fuera quedándose sin caminos de vuelta,
sin puentes que cruzar,
sin esperanza.
No sé cómo explicarlo:
los recuerdos te siguen; pero cuando te vuelves,
nunca están ahí.

Ahora que ya se ha ido,
sólo será posible querernos a escondidas,
fingir ante los otros que no me habla por dentro,
que todo ha terminado entre los dos.
Las cosas no se pierden cuando desaparecen,
sino cuando las dejas de buscar.

Miro su anillo;
miro sus fotos
y soy yo:
puedo ver nuestra cara, nuestras manos...
Y eso que era mi orgullo, ahora es mi condena:
ser hoy que ya no está su viva imagen,
ser su eco,
su huella
el fantasma
de María Ángeles Prado, la mujer de mi vida.

viernes, 27 de febrero de 2015

Mezclados la sonrisa y el llorar (por Juan Ramón Jiménez)


Después de la alegría

que tú, dulce sol de oro,

derramaste en la fronda misteriosa

de mi doliente corazón -¡tan solo!-,

arrullado de un pájaro ilusorio,

te ibas, en una gloria

de ocasos alegóricos,

volviendo la cabeza pensativa

que daba a lo imposible su trastorno,

mezclados la sonrisa, tristemente,

y el llorar, en tus labios y en tus ojos.

Se quedó el corazón sombrío y frío,

morado y húmedo en el fondo,

dorado rosamente en su alto éxtasis

de la ilusión de ti, divina como

una ilusión de sol en la hoja última

de un árbol de otoño.

jueves, 26 de febrero de 2015

Algo que ningún otro te deseará (por Philip Larkin)


Brote aún sin abrir,
te he deseado algo
que ningún otro te deseará:
no lo de siempre:
que seas hermosa,
o que seas un manantial
de inocencia y amor.
Eso te lo desearán todos,
y debería ser posible,
bueno, eres una chica con suerte.

Pero si no lo fueras, entonces
que seas del montón;
que tengas, como otras mujeres,
los talentos habituales:
que no seas fea, ni guapa,
nada fuera de lo corriente
que rompa el equilibrio,
nada que, inoperante en sí mismo,
impida que todo lo demás funcione.
De hecho, que seas sosa,
si así se llama a una manera hábil,
atenta, flexible,
discreta, fascinada
de alcanzar la felicidad.

miércoles, 25 de febrero de 2015

No hace falta decirlo (por Vicente Gallego)


La flor que sin un nombre

estalla en la cuneta

y nos pone perdidos de luz rara;

el sueño laborioso de la hormiga

que nos encuentra niños, boquiabiertos.

Todo este desafuero en el que bullen

como carbón los ojos,

no hace falta decirlo, aunque nos haga

tanta falta que suene.


martes, 24 de febrero de 2015

Balada del ausente (por Juan Carlos Onetti)


Entonces no me des un motivo por favor.
No le des conciencia a la nostalgia,
la desesperación y el juego.
Pensarte y no verte,
sufrir en ti y no alzar mi grito,
rumiar a solas, gracias a ti, por mi culpa,
en lo único que puede ser
enteramente pensado,
llamar sin voz porque Dios dispuso
que si Él tiene compromisos,
si Dios mismo le impide contestar
con dos dedos el saludo
cotidiano, nocturno, inevitable,
es necesario aceptar la soledad,
confortarse hermanado
con el olor a perro, en esos días húmedos del sur
en cualquier regreso,
en cualquier hora cambiable del crepúsculo,
tu silencio
y el paso indiferente de Dios que no ve ni saluda,
que no responde al sombrero enlutado,
golpeando las rodillas,
que teme a Dios y se preocupa
por lo que opine, condene, rezongue, imponga.
No me des conciencia, grito, necesidad ni orden.
Estoy desnudo y lejos, lo que me dejaron.
Giro hacia el mundo y su secreto de musgo,
hacia la claridad dolorosa del mundo
desnudo, solo, desarmado,
bamboleo mi cuerpo enmagrecido,
tropiezo y avanzo,
me acerco tal vez a una frontera,
a un odio inútil, a su creciente miseria,
y tampoco es consuelo
esa dulce ilusión de paz y de combate
porque la lejanía
no es ya, se disuelve en la espera
graciosa, incomprensible, de ayudarme
a vivir y esperar.
Ningún otro país y para siempre.
Mi pie izquierdo en la barra de bronce
fundido con ella.
El mozo que comprende, ayuda a esperar, cree lo que ignora.
Se aceptan todas las apuestas:
Eternidad, infierno, aventura, estupidez
Pero soy mayor,
ya ni siquiera creo
en romper espejos
en la noche
y lamerme la sangre de los dedos
como si la hubiera traído desde allí,
como si la salobre mentira se espesara,
como si la sangre, pequeño dolor filoso
me aproximara a lo que resta vivo, blando y ágil.
Muerto por la distancia y el tiempo
y yo la, lo pierdo, doy mi vida,
a cambio de vejeces y ambiciones ajenas
cada día más antiguas, suciamente deseosas y extrañas.
Volver y no lo haré, dejar y no puedo.
Apoyar el zapato en el barrote de bronce
y esperar sin prisa su vejez, su ajenidad, su diminuto no ser.
La paz y después, dichosamente, en seguida, nada.
Ahí estaré. El tiempo no tocará mi pelo, no inventará arrugas, no me inflará las mejillas.
Ahí estaré esperando una cita imposible, un encuentro que no se cumplirá.

lunes, 23 de febrero de 2015

De mi vino bebéis (por Dylan Thomas)

Este pan que parto ayer fue avena,
este vino en un árbol extranjero
se sumergió en su fruto;
de día el hombre o por la noche el viento
abatieron la mies, rompieron la dicha de la uva.

Ayer en este vino de hoy, la sangre del verano
pujó en la carne que adornó la vid,
ayer en este pan
la avena estaba alegre bajo el viento;
el hombre rompió el sol, tiró el viento por tierra.

La carne que partís, la sangre que dejáis
ser desolación en las venas
fue la avena y la uva, nacidas
de la raíz sensual y de la savia.
De mi vino bebéis, partís mi pan.


domingo, 22 de febrero de 2015

Algo sobre el alma (por Wislawa Szymborska)


Alma se tiene a veces.


Nadie la posee sin pausa


y para siempre.

Día tras día,


años tras año


pueden transcurrir sin ella.

A veces sólo en el arrobo


y los miedos de la infancia


anida por más tiempo.


A veces nada más en el asombro


de haber envejecido.

Rara vez nos asiste


en las tareas pesadas,


como mover los muebles,


o recorrer caminos con zapatos apretados.

Cuando hay que cortar carne


o llenar solicitudes,


generalmente está de asueto.

De mil conversaciones


toma parte sólo en una


y no necesariamente,


pues prefiere el silencio.

Cuando el cuerpo nos empieza a doler y doler,


escapa sigilosamente de su hora de consulta.

Es algo quisquillosa:

con disgusto nos ve en la muchedumbre,


le repugna nuestra lucha por supuestas ventajas


y el rumor de los negocios.

La alegría y la tristeza


no son para ella sentimientos distintos.


Sólo cuando se unen


está presente en nosotros.

Podemos contar con ella


cuando no estamos seguros de nada


y tenemos curiosidad por todo.

De los objetos materiales


le gustan los relojes con péndulo


y los espejos que trabajan afanosos

aunque no mire nadie.

No dice de dónde viene


ni cuándo se irá de nuevo,


pero evidentemente espera esa pregunta.

Según parece,


así como ella a nosotros,


nosotros a ella


también le servimos de algo.

sábado, 21 de febrero de 2015

La cuarta puerta (por Eduardo García)


Al fondo de mí mismo hay cuatro puertas.
Desciendo por el pozo hacia los hondos
canales que me surcan. Pecho adentro
cruzo la oscuridad a ciegas. Voy
palpando las paredes. Ahora el aire
es más puro. Vislumbro el resplandor:

la puerta del jardín de los deseos,
la puerta del instante prodigioso,
la puerta de la infancia recobrada.

Huele a ausencia de pronto un viento frío.
Siento a mi espalda un hueco impenetrable:
por las hondas rendijas de tinieblas
mana un silencio atroz. Detengo el paso.

Mientras florezcan firmes mis deseos
y me aguarde el instante y el prodigio
y la luz en los patios de la infancia,
no cruzaré el umbral, la cuarta puerta,
no pisaré esa nada imponderable.


viernes, 20 de febrero de 2015

Iván y Arancha en Praga (por José Luis Piquero)


Si en la cena se hablaba de la noche
me apuntaba a los planes en que estuvieran ellos:
saberlos entre el grupo
era la vida en orden de una forma inconsciente.
Sus besos adornaban el verano.

Juro que los amé sin yo quererlo,
que no escogí el dolor ni la codicia
ni preguntarme cómo se querrían a solas
o qué significaba yo en sus vidas.

Hay una habitación en un lugar de Praga,
allí se oye un tranvía
y música que llega de los albergues próximos.
Yo pasé tantas horas fumando en ese cuarto,
luego, ¿a quién le interesan las vidas de los otros?

Pero a veces,
cuando el grupo importaba y el alcohol era bueno,
se podía querer sin ser culpables
pues tras cada cerveza sonreía
un confidente.
¡Inmensas,
fugaces amistades en los viajes de jóvenes!:
el amor es la copa que va de mano en mano.

Y ella, te acariciaban
sus ojos indefensos; junto al lago
tuve la quemadura de su brazo en los hombros
y un susurro de arbustos. En él todo
era la adolescencia, y esa voz
salvaje como un fruto o sudar o una isla.

¿Me entendéis? Los amaba
en el deseo inútil
de haber querido ser cualquiera de los dos
en vez de ser yo mismo: ese que mira
como un tonto los rostros, las ventanas,
ese extraño en el reino de su secreto mundo.

Vivir es cruzar ciegos ante puertas cerradas:
cansados de nosotros, muy cansados,
nos describe mejor todo lo que no somos,
y amar es rebelarse, ¡qué intento más idiota!

Adiós, adiós, Praga y los autopullmans,
adiós, besos, adiós, Puente de Carlos,
adiós, islas y ríos y cervezas de Pilsen,
adiós a cualquier brindis
y a todos los amantes del mundo, adiós, adiós.

Que yo me voy al sueño
de los libros que no conoceréis.

A la vuelta, dormidos con las cabezas juntas,
parecían las víctimas de un sangriento holocausto
de risas y jadeos.
Si algún día
me olvidase de todo, de eso no.

jueves, 19 de febrero de 2015

No tan lejos que no pueda escucharte (por José Luis García Martín)


Las noches más felices de mi vida

no fueron del amor ni tampoco del sueño,

sino de amable charla con los amigos,

siempre que fueras tú uno de ellos:


ninguno como tú

era capaz de detener el tiempo.


¿Recuerdas las veladas del verano,

el jardín de tu casa, las estrellas que abrían

más que nunca los ojos,

como todos nosotros por mejor escucharte?


Para no despertar a los que duermen

bajábamos la voz, y se calmaba el viento

y susurraba el mar, y a tu voz le ponía

callada música la exacta

mecánica celeste de las constelaciones.


Las noches más felices de mi vida

sólo con mi vida tendrán fin.


Los amigos se fueron, cada uno a su sueño,

y tú te fuiste más lejos que ninguno.

Pero no tan lejos que no pueda escucharte

repetir incansable historias siempre nuevas,

discurrir sobre Dios o el olvido o la nada

y reír como entonces espantando

las turbias aves que anidan en mi frente.


La Muerte que todo lo puede,

mientras yo tenga vida, contra tu voz no puede.

miércoles, 18 de febrero de 2015

Las velas parpadeaban (por Charles Simic)


¿Te acuerdas de aquel loco
que ponía velas en su sombrero
para poder pintar el mar de noche?
Solo, en esa playa vacía de Jersey,
forzaba la vista para mirar en la oscuridad
y blandía su pincel salvajemente.

Teresa dijo que había sacado esa estúpida idea
de una película que ella había visto.
Sin embargo, ahí estaba con barba y melena
como el mismísimo demonio
atiborrando oscuros colores uno sobre otro
mientras nosotros, a su alrededor, mirábamos.

Las velas parpadeaban en su cabeza
y luego iban, una a una, apagándose.


martes, 17 de febrero de 2015

Una sombra profunda (por Charles Wright)


Cada segundo la tierra es impactada

por dos mil gramos de luz solar.

Cada segundo.

Intenta imaginarlo.


No me extraña que el alma

anhele una sombra profunda,

y no, como solemos pensar,

la luz.


lunes, 16 de febrero de 2015

Permanecerán los pozos (por Fabio Pusterla)


La erosión
suprimirá los Alpes, primero cavando valles,
luego empinados barrancos, vacíos insanables
que preludian el colapso, remolinos. El crujido
será la señal de la fuga: este es el veredicto.
Permanecerán los pozos, los montículos casuales,
las pausas de reposo, las piedras rodantes,
las cavernas y las planicies pantanosas.
En el Nuevo Mundo permanecerán, caídos
principales y árboles sintácticos, dispersas
certezas y afirmaciones,
los paréntesis, los incisos y las interjecciones:
los palafitos del mañana.


domingo, 15 de febrero de 2015

Superponiéndonos (por Félix Francisco Casanova)

No hay instrumentos para esta música
ni un bello rostro que usar como careta,
hoy sentado entre dos sueños
soy como un secreto en el arcón.
El jinete se duerme en su caballo
que es a la vez un sueño del jinete,
los muñecos bostezan cada noche
y su aliento de fieltro dura un año.
¿Y qué significan esas lápidas
y estas partidas de nacimiento?
si somos velos transparentes
superponiéndonos,
una maleta llena de hojas
de mano en mano
por un largo corredor.

sábado, 14 de febrero de 2015

Esta luz (por Fernando Luis Chivite)


Veintinueve de noviembre por la mañana.
Solo, en el viejo camino de las huertas,
a eso de las once.

El ladrido de algún perro, el sonido
de algún coche lejano, algunos pájaros.
Y el sol, pálido y vulnerable en el aire frío.

Entonces me detengo. Me paro de repente
y digo para mí: voy a pararme un poco,
sólo para saber que puedo pararme cuando quiera.

Voy a pararme aquí, al lado de las huertas,
durante unos minutos. Quiero mirar despacio esta luz
de noviembre, la luz de esta mañana soleada.

Quiero mirar esta luz y quedarme con ella,
por si en los días futuros nos faltara.
Por si la oscuridad llegara a hacerse
demasiado terrible en los días futuros.


viernes, 13 de febrero de 2015

El temeroso amor (por Antón Arrufat)


La noche se abre sobre el cine.
Estamos juntos y te siento respirar.
Las oleadas últimas de sombra
corrompen las amarras ajenas.
Miramos aturdidos la pantalla,
sé que la miramos en busca del momento
en que la Bestia enseña sus dominios,
y agoniza en la yerba
para mostrar la forma de su amor.

Nos gustaba ese momento, esa frase.
Yo la repetía despacio en tu oído,
un poco inclinado sobre tu carne pálida.
Esa frase, la intensidad del gesto, la mirada
postrera del que sabe que pierde,
se unían a nuestro amor. Nos servíamos
de las cosas ajenas, de lo que otros soñaron,
tal vez, en la butaca de otro cine del mundo.

Te siento respirar, aletear levemente,
buscar en la sombra las pastillas del asma.
"Anoche dormí dos horas, con el pecho
oprimido."
Y tus manos fulguran y las acaricio calmado,
sin presión, para descubrir el nacimiento
del amor en mi pecho, en la sangre.

La aparición dolorosa del amor, el temeroso
amor, siempre jugando su partida,
siempre en el pavor de perderla.
Crece en mis venas. Parece
que tú entras en mí y yo salgo,
dejo reinar tu presencia oscura
y busco, en la penumbra de la sangre,
pasarme suavemente a tus venas.
El temeroso amor emprende el viaje,
y conoce, por su propia lucidez, el fin.
Tú quedarás indescifrable,
tu carne pálida por siempre ajena.
Yo quedaré en mi soledad, apartado,
en mi butaca sombría.
Pero no importa, el amor
juega su perenne partida.

Hablamos de tener ojos
en la punta de los dedos,
ojos que conocieran el color de tu carne,
el cambio de la luz en tu carne, fragmentos
del film, el resplandor de los candelabros
en la casa de la Bestia,
y no estos torpes dedos, que avanzan
sin mirar, percibiéndote apenas.

De pronto se encienden las luces
y queda blanca la pantalla.
Me pierdo solo en la calle.

jueves, 12 de febrero de 2015

¿Símbolos? (por Fernando Pessoa)


¿Símbolos? Estoy harto de símbolos...

Pero me dicen que todo es símbolo.

Todos me dicen nada.

¿Qué símbolos? Sueños.

Que el sol sea un símbolo, está bien...

Que la luna sea un símbolo, está bien...

Que la tierra sea un símbolo, está bien...

Pero, ¿quién repara en el sol salvo cuando la lluvia cesa

y él rompe las nubes y apunta más allá de las costas

hacia el azul del cielo?

Y ¿quién repara en la luna sino para encontrar

bella la luz que esparce, y no a ella?

Y ¿quién repara en la tierra que es lo que pisa?

Llama tierra a los campos, a los árboles, a los montes.

Lo hace por una disminución instintiva,

porque el mar también es tierra...


Está bien, vale, que todo eso sea símbolo...

Pero ¿qué símbolo es, no el sol, ni la luna, ni la tierra,

sino en este poniente precoz y azulándose

el sol entre finos harapos de nubes,

cuando la luna puede ya verse, mística, del otro lado,

y lo que resta de la luz del día

dora la cabeza de la costurera que se detiene vagamente en la esquina

donde en otro tiempo se demoraba con el enamorado que la abandonó?

¿Símbolos? No quiero símbolos.

Querría —¡pobre figura de miseria y desamparo!—

que el enamorado volviese para la costurera.

miércoles, 11 de febrero de 2015

Oración del retorno (por Esther Seligson)

Cautiva de tanto sueño contrariado
hoy quiero libre ofrecerles perdón
a final de cuentas sin duda recibí la parte de felicidad
que en este mundo me corresponde
A tus pies ofrendo Madre
la servidumbre de mis reproches
quémala
la carcoma de repetirme en la misma letanía de dolor
quémala
la turbia resaca de remordimientos
quémala
la viciosa costumbre de esperar lo improbable
quémala
la excusa del miedo que paraliza cobarde
quémala
la bastarda disculpa del amor rechazado
quémala
la mezquina astucia de apresar el tiempo
quémala
la distorsión que se juzga fiel certera
quémala
la calculada incapacidad de reparar el daño
quémala
quema las escorias que lazan mi vuelo
y bendice Madre lo que aún me queda por andar…

martes, 10 de febrero de 2015

Teorema (por Luis Buñuel)

Si por un punto fuera de una recta trazamos una paralela a ella obtendremos una soleada tarde de otoño.
En efecto.
El cielo todo ojos azules refleja el sueño sin peces de los estanques y éstos a su vez bañan tibiamente la pereza de la tarde.
Los árboles ciegos pasan en lenta procesión y en sus más altas ramas pía oro alguna hoja rezagada.
Las calles en masa quieren salirse a pasear al campo pero tan lentamente que pronto los viandantes se las dejan atrás todas estremecidas al sol.
Campos amarillentos trepan por colinas y alcores y allí se tienden, con las piernas abiertas, en espera de la noche. Sólo unos chopos, siempre inquietos, telegrafían un «morse» sin hojas.
Un seno duerme runruneando al sol.
La torre de la iglesia, como un índice, señala la última nubecilla blanca.
Después de un bordoneo un silencio y luego pasa Cristo vendiendo voces.
Las golondrinas besan el pico de las siete.
Una descarga cerrada de veletas por el aire.
Las orejas de aquel mulo –él no se apercibe- reabsorben la tarde.
Se extingue la luz en mis solapas.
Es la hora en que comienza el solitario parto de las farolas.
Alguien da media vuelta al interruptor de las estrellas.
Que es lo que no nos habíamos propuesto demostrar.

lunes, 9 de febrero de 2015

Por última vez (por Jorge Luis Borges)

Hay una línea de Verlaine que no volveré a recordar,
hay una calle próxima que está vedada a mis pasos,
hay un espejo que me ha visto por última vez,
hay una puerta que he cerrado hasta el fin del mundo.
Entre los libros de mi biblioteca (estoy viéndolos)
hay alguno que ya nunca abriré.
Este verano cumpliré cincuenta años;
la muerte me desgasta, incesante.

domingo, 8 de febrero de 2015

Cuánta esperanza entre mis pies ahora (por Saiz de Marco)


Hoy he tirado mis zapatos viejos

llenos de polvo

barro del camino y

sobre todo

sucios de pasado


Voy a calzarme los nuevos zapatos

sin arena en las suelas

ni en el suelo

sin manchas de las calles que pisaron


Todos los pasos que a partir de ahora dé

serán pasos nuevos

pasos gráciles


¿Por dónde voy

zapatos

a marchar

-tan intactos de huellas y de roces

tan ligeros

tan libres de pasado

tan limpios de trasiego como estáis-?


Me los he puesto

me ato los cordones

Cuánta esperanza entre mis pies ahora


El espejo me refleja alegre

casi como un niño con zapatos nuevos

sábado, 7 de febrero de 2015

Seguías adelante (por Mark Strand)

Nada pudo pararte.
No el mejor de los días. No la calma. No el océano meciéndose.
Seguiste adelante con tu muerte.
No los árboles
bajo los que paseabas, no los árboles que te daban su sombra.
No el médico
que te advirtió, el joven médico de pelo blanco que una vez te salvó.
Seguiste adelante con tu muerte.
Nada pudo pararte. No tu hijo. No tu hija
que te alimentaba y que volvió a convertirte en un niño.
No tu hijo que pensaba que vivirías para siempre.
No el viento que agitó tus solapas.
No la quietud que se ofreció a tus movimientos.
No tus zapatos que se volvieron más pesados.
No tus ojos que se negaron a mirar hacia delante.
Nada pudo pararte.
Te sentaste en tu cuarto mirando a la ciudad
y seguiste adelante con tu muerte.
Ibas al trabajo y dejabas que el frío se colase en tu ropa.
Dejaste que la sangre empapase tus calcetines.
Tu rostro se volvió blanco.
Tu voz se rompió en dos.
Te inclinaste sobre tu bastón.
Pero nada pudo pararte.
No tus amigos que te daban consejo.
No tu hijo. No tu hija que vio cómo menguabas.
No la fatiga que habitaba en tus suspiros.
No tus pulmones que acabarían llenándose de agua.
No tus mangas que arrastraban el dolor de tus brazos.
Nada pudo pararte.
Seguiste adelante con tu muerte.
Cuando jugabas con niños seguías adelante con tu muerte.
Cuando te sentabas a comer,
cuando te despertabas por la noche, bañado en lágrimas, tu cuerpo sollozando,
seguías adelante con tu muerte.
Nada pudo pararte.
No el pasado.
No el futuro con su clima benigno.
No la vista desde tu ventana, la vista del cementerio.
No la ciudad. No la terrible ciudad con sus edificios de madera.
No la derrota. No el éxito.
No hiciste nada salvo seguir adelante con tu muerte.
Acercaste el reloj a tu oído.
Sentías cómo te ibas yendo.
Te tumbaste en la cama.
Cruzaste los brazos sobre tu pecho y soñaste con un mundo sin ti.
Con el espacio bajo los árboles,
con el espacio en tu cuarto,
con los espacios que ahora estarían vacíos de ti,
y seguiste adelante con tu muerte.
Nada pudo pararte.
No tu respiración. No tu vida.
No la vida que quisiste.
No la vida que tuviste.
Nada pudo pararte.

viernes, 6 de febrero de 2015

Por qué se rompió (por Rabindranth Tagore)

¿Por qué se apagó la lámpara?

La protegí del viento con mi manto; por eso la lámpara se apagó.

¿Por qué se mustió la flor?

La estreché, inquieto y amoroso, contra mi corazón; por eso se mustió la flor.

¿Por qué se secó el río?

Hice un dique para retener el agua para mí; por eso el río se secó.

¿Por qué se rompió la cuerda del arpa?

Quise dar una nota por encima de ella; por eso la cuerda del arpa se rompió.


jueves, 5 de febrero de 2015

Ese paréntesis (por Mario Benedetti)

Cuando el no ser queda en suspenso
se abre la vida ese paréntesis
con un vagido universal de hambre

somos hambrientos desde el vamos
y lo seremos hasta el vámonos
después de mucho descubrir
y brevemente amar y acostumbrarnos
a la fallida eternidad

la vida se clausura en vida
la vida ese paréntesis
también se cierra incurre
en un vagido universal
el último

y entonces sólo entonces
el no ser sigue para siempre

miércoles, 4 de febrero de 2015

Todas las ventanas son ajenas (por Richard Jackson)

A veces sólo espero que el camino llegue aquí.
A veces pienso que existo en un mundo paralelo, como esta
mañana en este particular domingo de septiembre en Nueva York.
El modo en que se sintió Confucio al comenzar su carrera como inspector
de maíz. Sólo tienes que encontrar algo en que ocupar tu tiempo.
Como esta historia en el periódico sobre los peces: El mero
nace hembra para convertirse luego en macho. ¿Acaso no nos dice
esto algo sobre nuestra confusión sexual? No la mía, claro.
Es como Tiresias, que primero hace de uno, luego de otro.
Es como la manera en que ahora cuentan que el universo va
rebotando de Big Bang en Big Bang. Toda la teoría se parece al grafiti que alguien pintó en Bowery Street.
No importa, todavía puedes oír a la luna frotándose
la espalda contra las estrellas. En alguna garganta están atascados
todos los significados. Una cría de petirrojo ingiere 4 metros
de lombrices de tierra al día. Eso me hace pensar en –
bueno, no estoy seguro, pero si lo he escrito aquí debe de ser
importante. ¿No lo ves? Todas las ventanas son ajenas.
Estoy escuchando la guitarra de jazz de Kenny Burrell deslizándose hacia
cada esquina de la habitación. El aire se descuelga. Las paredes se desploman.
Me pregunto si Tomaz estará en la cena después de la lectura.
Algunos dicen que camina sobre el aire. Otros, que es un ser alado.
Hace mucho tiempo que yo mismo no camino sobre las aguas.
Es posible que esté soñando con Tiepolo, su favorito, o con Fra Angelico.
Yo prefiero a Caravaggio y a todas las víctimas que pintó como santos y
profetas. Él debió de haber sido la nube que se cernía sobre sus cabezas
mientras suplicaban. 300 millones de células mueren en el cuerpo
cada minuto sin ayuda de nadie. “Manténganse firmes”
dijo Paul Watson en la sala el otro día, pero ¿“mantenerse”? ¿y
de qué? No del cielo que continúa desenrollándose como un torno
hasta convertirse en mi techo. Lo cual no significa que esté más cerca.
El cielo está sólo a un pecado de distancia, la vieja canción de Kendall.
O a un susurro, según otra versión. Y qué. Tampoco nadie
sabe lo que Jesús escribió en la tierra. La pica es una enfermedad
que te hace comer tierra. La sexomnia es una enfermedad en la que
se practica sexo durante el sueño. Con eso se ahorra mucho tiempo.
Todos los relojes de Pulp Fiction marcan las 4:20. Las comadrejas
reinan en los bosques detrás de mi casa en Tennessee. Tienen
los ojos nublados y serían feroces si no fueran tan estúpidas
y se dieran cuenta de lo afilados que están sus colmillos y sus garras.
El ojo del avestruz es mayor que su cerebro. Se parece
a los cerebros de Wall Street que se encogen con cada rumor.
Un avestruz te puede dar una patada mortal pero tú puedes volar más lejos.
No como mi perrita Maggie, que incluso le teme al viento.
Si tienes suficiente entretenimiento o un buen asesor de imagen,
no tienes por qué confrontar la verdad. De ahí, este poema.
Y quién ha de comprobar jamás qué significa todo esto -como
que el río subterráneo que pasa por debajo del Nilo es seis veces
mayor. Testificar significaba originalmente jurar sujetándose
los testículos. Sólo hay dos cosas inventadas
en este poema, pero la verdad es que sólo el futuro las podrá revelar.
El futuro es el halcón que escuché pero no pude ver en lo alto de
los árboles abrumado por los cuervos que defendían sus nidos.
El pasado es una sierra eléctrica. No hay temor que no pueda ser
traducido a alguna forma de amor. El 21% de las ranas de las afueras de
Connecticut se han vuelto hermafroditas. Beben demasiados
herbicidas, retardantes del fuego y pesticidas, como nosotros.
Las aceitunas negras, ésas son mis favoritas. Son estrellas que
se han extinguido. A veces las farolas están alineadas
de tal modo que tienes dos sombras. Tienes que mirar a la otra
para no perderte. Una quimera es una persona que tiene dos
cadenas de ADN. Nunca sé por dónde anda mi mitad o qué es lo que
dice ella. Algunos de mis alumnos creen que soy Marvin Bell
pero no entiendo por qué no ven que Marvin es realmente yo.
Una estrella de mar puede volverse del revés y esconder sus sentimientos.
¿Qué son estas palabras sino la piel mudada de alguna serpiente
que se ha calentado toda la tarde en la roca de un desierto?
Ése es Marvin, el que nos acaba de llevar al desierto, no yo.
La luz del sol que pega en la tierra a cada momento pesa
tanto como un transoceánico. Me pregunto si Terri y Kari regresarán
antes de que me tenga que ir. Esperaré. En reposo generamos
100 vatios de electricidad, pero si los utilizáramos seríamos
víctimas de combustión espontánea. No hay razón por la que
no podamos estar en dos lugares al mismo tiempo. Todo se parece
como a un recuerdo de escaparates tapiados con tablas. Justo ahora, la guitarra
de Kenny Burrell alcanza el clímax antes de sosegarse en un Soul Lament.
Puedo grabarte este CD. Su música es como una fotografía.
El mundo sigue clavándose en su retina. Parece que todo se detenga.
Cuando las galaxias dejan de girar pierden el equilibrio como ruedas averiadas.
Estas palabras son como las ranas de Borneo, que no tienen pulmones.
La polilla emperador puede oler a la hembra a 7 millas.
Siempre sabe cuándo el fin está cerca. Una pared de grafiti
se pinta siempre sobre otra. Quizás no haya final.
Podríamos continuar así eternamente. Pero ya están todos allí.
Es posible que lleguemos tarde a la lectura, pero el poema tiene que
terminar, como un camión de basura cargado de excusas, camino al vertedero.

martes, 3 de febrero de 2015

La muerte del instante (por Rosario Geselj)

Ella seguía el latir de las agujas repitiendo
“cada segundo que pasa no vuelve”.
La aterraba lo perecedero del momento
la muerte del instante
el miedo con que cada vida
va hacia donde se agota
sin pausas, sin remedio
con la muerte como único horizonte
como cuando los ojos corren hacia atrás
y llenan su forma de cualquier aire
de cualquier viento que atraviese su
recorrido de cada imagen que dé a su cuerpo,
aquél que no se reconoce
más que por antítesis de otros,
aquél que no florecía
más que con aullidos
y se encuentra en espejos rotos
en esos que recubren la piel por dentro
y se temen.
Ella seguía el latir de las agujas
el tiempo la espantaba
porque le corría por encima de la mente
la dejaba bajo el suelo de lo que arde
y en su fuego no se halla
más que vacío
construyéndose de memorias suyas
que eran de otro
como mías
como propias
como un pánico de saber
que todo está del otro lado
pánico de no Ser.
Y entre cielo e infierno
entre el Uno y el Otro
en el centro donde el equilibrio se sostiene
ella duerme profundo
con un costado despierto
intacta, intocable
como si los camiones de los segundos
jamás le hubieran arrollado el alma
y nadie más marcara el latir de las agujas.

lunes, 2 de febrero de 2015

Como un pájaro roto (por Marie-Françoise Prager)

Actuaré como en un sueño raro
rengueando como un pájaro roto
aullando un nombre una y otra vez como una hiena
restallando un ala abierta como un abanico contra una luna medio comida
eligiendo un grano de la arena de tus labios cerrados
y desandando mis pasos y siempre
volviendo en medias sombras
maldecida por el ala que he dejado
yo soy el signo que te nombra.


domingo, 1 de febrero de 2015

Un instante de la guerra (por Laurie Lee)


Es de noche como si se corriera
un trapo rojo ante la vida.

La carne está sujeta amargamente
a la desesperante vigilia.

La sangre tartamudea ante el miedo.

¡Alabada sea la seguridad de los gusanos
en las frías migajas del suelo
y loada sea la oculta savia,
las estériles huevas de los peces!

Las manos se funden lentamente
al contacto ardiente de las armas,

el cuerpo se funde lastimoso,

la cara alerta para las heridas,
el perfume y el beso del dolor final.

¡Envidia a la paz de las mujeres
que paren y aman como juguetes
en las manos del hombre!

La boca pronuncia pequeñas blasfemias,

se revuelven las entrañas como nido de ratas

y quisiera el pie extenderse
despacio como la hierba.

¡Oh Cristo y María!

Pero las sombras se te abren como una navaja
y te marca el latido de tu cerebro

aislándote

y tu aliento,

tu aliento es el detonante, la bala
y el cielo final.

sábado, 31 de enero de 2015

El dios abandona a Antonio (por Konstantinos Kavafis)

Cuando de pronto a medianoche oigas
pasar una invisible compañía
con admirables músicas y voces,
no lamentes tu suerte, tus obras
fracasadas, las ilusiones
de una vida que llorarías en vano.
Como dispuesto desde hace mucho, como un valiente,
saluda, saluda a Alejandría que se aleja.
Y sobre todo no te engañes, no digas
que fue un sueño, que tus oídos te confunden;
a tan vana esperanza no desciendas.
Como dispuesto desde hace mucho, como un valiente,
como quien digno fue de tal ciudad,
acércate a la ventana con firmeza,
escucha con emoción, pero nunca
con lamentos y quejas de cobarde,
goza por vez final los sones,
la música exquisita de esa tropa divina,
y despide, despídete de Alejandría que así pierdes.


viernes, 30 de enero de 2015

jueves, 29 de enero de 2015

Cuando el caballo (por Máximo Simpson)


Cuando el caballo habla,
tiembla toda la casa del olvido.
Tiembla toda la casa,
tiembla todo el olvido:
las puertas de la noche retroceden.

Cuando el caballo clama,
cuando el caballo augura, profetiza,
se oscurecen ventanas y canceles,
y el hombre a la deriva da un rodeo,
hace un alto y espera.

Cuando el caballo habla y se anticipa,
todos callan de pronto,
y el desvalido orgullo de la especie
se amontona en la lengua.
Cuando el caballo habla,
la pampa sueña con el mar,
y el jinete desmonta,
se aventura por dentro de sus ojos,
se desnuda.

Cuando el caballo habla,
cuando sabe,
la memoria perdida se instala en la existencia
y corroe las hondas certidumbres.
Cuando el corcel florece en la tormenta,
cuando sus manos se alzan hacia el cielo,
cuando de pronto brinca y vaticina,
un ambiguo claror empaña los cristales,
una lluvia indecisa retorna hacia lo alto.

Cuando el caballo sabe,
cuando el jinete escucha,
declina el sacerdote sus trofeos.

Cuando el caballo habla,
pone el hombre pie en tierra,
medita en sus ancestros,
se prepara.

miércoles, 28 de enero de 2015

Bajo un cielo inceleste (por Wislawa Szymborska)


Lo llamamos grano de arena.

Pero él no se llama a sí mismo ni grano ni arena.

Prescinde de nombre

común, individual,

fugaz, duradero,

erróneo o adecuado.

Indiferente a nuestra mirada, al tacto.

No se siente ni visto ni tocado.

Y si cae en el alféizar de la ventana

la vivencia es nuestra, no suya.

A él tanto le da dónde caer

sin la certeza de estar cayendo

o de haber caído ya.

Desde la ventana hay una bella vista sobre el lago,

pero esta vista no es capaz de verse a sí misma.

Incolora, informe,

inaudible, inodora

e indolora vive en este mundo.

El fondo del lago nunca toca el fondo,

sus orillas no tienen orillas.

Sus aguas no se mojan ni tampoco se secan.

Las olas no se sienten singulares ni plurales.

Susurran sordas a su susurro

entre piedras ni pequeñas ni grandes.

Y todo sucede bajo un cielo de por sí inceleste,

donde el sol se pone sin ponerse nunca

y sin ocultarse se oculta tras una nube inconsciente,

que el viento alborota por el mero impulso

de soplar.

Transcurre un segundo.

Otro segundo.

Un tercer segundo.

Pero son sólo nuestros tres segundos.

El tiempo ha volado como mensajero con una noticia urgente.

Pero sólo es un símil elaborado por nosotros.

Personaje inventado, atribuida la prisa,

inhumana la noticia.

martes, 27 de enero de 2015

Hasta entonces (por Philip Larkin)


Siempre demasiado impacientes por el futuro, adquirimos
la mala costumbre de la esperanza.
Siempre hay algo que se acerca; cada día
decimos Hasta entonces,

desde un acantilado observamos cómo se aproxima
la íntima, nítida y centelleante flota de promesas.
¡Qué lenta es! ¡Y cuánto tiempo pierde
evitando darse prisa!

Y ahí nos tiene, sujetando los tristes tallos
de la decepción, pues, aunque nada frustra
cada gran aproximación, con ostentación de bronce,
cada maroma definida,
con su pendón, y el mascarón con sus tetas doradas
arqueándose hacia nosotros, nunca echa el ancla.
En cuanto se hace presente ya es pasado.


Hasta el final
pensamos que la nave se pondrá al pairo y descargará
todo lo bueno en nuestras vidas, todo lo que nos deben
por esperar tanto y con tanto fervor.
Pero nos equivocamos:

Sólo un barco nos busca, desconocido,
de velas negras que remolca un silencio
inmenso y sin pájaros. A su estela
ni nacen ni rompen las aguas.

lunes, 26 de enero de 2015

Trabajo nocturno (por Juan Manuel Inchauspe)


Temprano
esta mañana
encontré en el patio de casa
el cuerpo de una enorme rata
inmóvil.
Moscas de alas tornasoladas
zumbaban alrededor del cadáver
y se apretaban en los orificios de unas heridas
que habían sido sin duda mortales.
Con bastante asco
la alcé con la pala y la enterré
en un rincón alejado
del jardín.

Al volverme
desde el matorral de hortensias florecidas
emergió mi gata dócil
desperezándose.
Su brillante pelaje estaba todavía
erizado por la electricidad de la noche.
Me miró
y después comenzó a seguirme
maullando suavemente
pidiéndome —como todas las mañanas-
su tazón de leche fresca
y pura.

domingo, 25 de enero de 2015

En esta vecindad (por Vicente Gallego)


El cuerpo ametrallado de la persiana filtra los primeros rayos de un sol frío. Van apuntando los volúmenes de las cosas, todavía dormidas, en el cuarto. Es el momento de la pereza santa, la que no forma parte de los pecados capitales, porque no es una pereza de hacer, que oculta la de ser, sino gustoso abandono a la plena realidad de la conciencia en calma que, a estas horas, todavía temprano, halla en sí su acomodo. En la calle sopla su silbato el último afilador. Choca el acero contra el esmeril y prende el chismorreo de las chispas. En esta vecindad vive el hombre, en esta familiaridad con lo prodigioso.


sábado, 24 de enero de 2015

Y algún día me las traiga (por Juan Carlos Onetti)


Desde hace meses
con inusitada frecuencia
no me deja el cartero cartas tuyas.

Será amnesia del hombre
o tal vez las apile
en un rincón limpio
de su cuarto de soltero
solterón
y algún día me las traiga
cinta rosa
todas juntas
como un banquete
para el olvidado hambriento
que puede imaginarse
desde ahora
una clara catarata
de ternuras y recuerdos.


viernes, 23 de enero de 2015

Este grito (por Maha Vial)


grito enquistado ferviente sube por las laderas de la garganta y raspa hiere sangra amurra el alma y un torbellino una amalgama de carne y ánima que espanta y revuelve la estructura como sopa caliente oh este grito hecho de infamia tormento hacinamiento de voz mezcla de parición y muerte grito demencial en la mente estertóreo y final de alguna parte que viene más atrás ancestral añejo y sudante inoculado en la palabra que roza que martiriza ay duele ah sí ese grito borracho maloliente de retrete y un olvido petrificado en su reflejo dando vueltas la espiral infinita que no cesa suspira el grito antes de clavar sus uñas su maleficio en la memoria y qué ganas de huir mientras atrapa y suma otros gritos entonces caen cubos de hielo gritantes rompiendo la barrera del sonido avanzando a la velocidad de la luz oh grito grito de refinamientos y operístico en su representación que se acicala antes de salir a escena deja perplejo provoca risa después de todo pero es mal que mal un grito que se avecina y ya viene la tormenta y nos deja desnudos en medio de la plaza qué vergüenza qué estupor ay grito hecho de polvo y convertido en polvo al final ag lo único que se anhela es gritar AG AG


jueves, 22 de enero de 2015

Y se arman nudos (por Germán Gallo)


cuando lucía agarra las agujas
teje fantasmas

un punto acá en el blanco
y otro
acá
haciendo espacio

acá está ese que dijo que no
y acá el miedo
punto
no estoy linda
punto basta

a veces me miro
y quiero estar hecha de otro cuerpo punto

es en el tren volviendo de la facultad
y la bufanda en sus manos parece un par de alas
verde las alas y no hay punto que no hable
de lo que todavía está vacío

acá viene mamá diciendo vos vas a ser alguien
y mamá diciendo yo confío en vos
y mamá, llorando un día sin saber por qué
vos no te preocupes, querida, y seguí que sos distinta
punto y aprendiendo a tejer
siempre fantasmas
qué tejía mamá, se pregunta lucía
qué fantasmas, dónde estaba yo cuando ponía un punto

acá está ella y padre y el campo
y las mariposas que se parecen a esta bufanda
punto y él
que un día me dijo te quiero para siempre y se fue
y no va a volver y yo estoy sola y
punto
por qué se va por qué lo llevan punto

mamá las armas padre las horas el piso sucio en el tren
punto
lucía yo mi nombre mis manos

a veces se forman círculos en la tela y se arman nudos
y lucía piensa
los fantasmas se están quejando otra vez
tengo que desarmar
y volver a tejer

miércoles, 21 de enero de 2015

Así es como emigro (por Luz Marchio)


Dejar atrás todo.

Incluso los días en los que fui

un perro amado

al borde de la cama.

Así es como emigro de la niñez.

Me hubiera gustado que te dieras cuenta

de algo: llevo un árbol con uñas rojas por dentro.

Yo hablo con Anahí.

Niña perro tenemos que encontrar la manera

de convivir sin vernos.

Ahora somos una sola mujer

repartida en la calle.

Cada verano

las tardes de tierra mojada

harán el resto.

Puede ser.

martes, 20 de enero de 2015

El otro (por Saiz de Marco)


"Ya no soy ése

sino otro distinto

El que no desertó de ser quien era

El que no arrinconó sus ilusiones

El que nunca se zancadilleó

En adelante

desde ahora mismo voy a ser

otro

el otro

el de verdad"



Lo piensas y en eso

(primer obstáculo)

alguien te llama con


tu viejo nombre

lunes, 19 de enero de 2015

Rebelaos (por Dylan Thomas)

No entres dócilmente en esa buena noche,
la vejez ha de arder y delirar al final del día:
rebélate, rebélate contra la luz que agoniza.

Aunque los sabios sepan al final que están bien las tinieblas,
porque de sus palabras no ha brotado el relámpago,
no entres dócilmente en esa buena noche.

Hombres buenos, ante la última ola, llorando el resplandor
que sus frágiles obras habrían tenido danzando en la verde bahía,
rebelaos, rebelaos contra la luz que agoniza.

Hombres locos que al vuelo atraparon y cantaron al sol,
y que comprendieron, demasiado tarde, que ensombrecían su camino,
no entréis dócilmente en esa buena noche.

Hombres serios, moribundos, que con mirada cegadora veis;
los ojos ciegos pueden arder como meteoros y ser joviales,
rebelaos, rebelaos contra la luz que agoniza.

Y tú, padre mío, allí en la triste cima,
maldíceme, bendíceme con tus fieras lágrimas, te imploro.
No entres dócilmente en esa buena noche,
rebélate, rebélate contra la luz que agoniza.

domingo, 18 de enero de 2015

Ardo sencillamente (por Ana Istarú)


Ahora que el amor

es una extraña costumbre,

extinta especie

de la que hablan

documentos antiguos,

y se censura el oficio desusado

de la entrega;


ahora que el vientre

olvidó engendrar hijos,

y el tobillo su gracia

y el pezón su promesa feliz

de miel y esencia;


ahora que la carne se anuda

y se desnuda,

anda y revolotea

sobre la carne buena

sin dejar perfumes, semilla,

batallas victoriosas,

y recogiendo en cambio

redondas cosechas;


ahora que es vedada la ternura,

modalidad perdida de las abuelas,

que extravió la caricia

su avena generosa;


ahora que la piel

de las paredes se palpan

varón y mujer

sin alcanzar el mirto,

la brasa estremecida,

ardo sencillamente,

encinta y embriagada.


Rescato la palabra primera

del útero,

y clásica y extravagante

emprendo la tarea

de despojarme.


Y amo.

sábado, 17 de enero de 2015

Durmiendo sobre la colina (por Edgar Lee Masters)


¿Dónde están Elmer, Herman, Bert, Tom y Charley,
el débil de voluntad, el fuerte de brazo, el payaso, el borrachín, el luchador?
Todos, todos están durmiendo sobre la colina.

Uno murió de una fiebre,
uno murió quemado en una mina,
uno fue muerto en una riña,
uno murió en una cárcel,
uno cayó de un puente trabajando asiduamente para sus niños y su esposa.
Todos, todos están durmiendo, durmiendo, durmiendo sobre la colina.

¿Dónde están Ella, Kate, Mag, Lizzie y Edith,
el tierno de corazón, el alma simple, la ruidosa, la orgullosa, la feliz?
Todas, todas están durmiendo sobre la colina.

Una murió en un vergonzoso nacimiento de un niño,
una de un amor frustrado,
una a manos de un bruto en un burdel,
una de un orgullo roto, buscando el deseo del corazón;
una después de vivir lejos en Londres y París,
había llevado a su pequeño espacio a Ella y Kate y Mag.
Todas, todas están durmiendo, durmiendo, durmiendo sobre la colina.

¿Dónde están el Tío Isaac y la Tía Emily,
y el viejo Towny Kincaid, y Sevigne Houghton,
y Major Walter, quien había conversado
con venerables hombres de la revolución?
Todos, todos están durmiendo sobre la colina.

Ellos les llevaron hijos muertos de la guerra
e hijas cuyas vidas estaban aplastadas
y sus niños sin padres, llorando.
Todos, todos están durmiendo, durmiendo, durmiendo sobre la colina.

¿Dónde está el viejo Fiddler Jones,
quien jugó con la vida durante todos sus noventa años,
arrostrando aguanieve con el pecho desnudo,
bebiendo, alborotando, no pensando en su esposa ni en sus parientes,
ni en el oro, ni en el amor, ni en el cielo?
¡Helo aquí! Parlotea largamente sobre pescados fritos,
sobre carreras de caballos largamente en Clary Grove,
sobre lo que Abraham Lincoln dijo
una vez en Springfield.

viernes, 16 de enero de 2015

Asoman las raíces (por Jaime Gil de Biedma)


Los pinos son más viejos.

Sendero abajo,
sucias de arena y rozaduras
igual que mis rodillas cuando niño,
asoman las raíces.
Y allá en el fondo el río entre los álamos
completa como siempre este paisaje
que yo quiero en el mundo,
mientras que me devuelve su recuerdo
entre los más primeros de mi vida.

Un pequeño rincón en el mapa de España
que me sé de memoria, porque fue mi reino.
Podría imaginar
que no ha pasado el tiempo,
igual que a los seis años, a esa edad
en que el dormir descansa verdaderamente,
con los ojos cerrados
y despierto en la cama, las mañanas de invierno,
imaginaba un día del verano anterior.
Con el olor
profundo de los pinos.
Pero están estos cambios apenas perceptibles,
en las raíces, o en el sendero mismo,
que me fuerzan a veces a deshacer lo andado.
Están estos recuerdos, que sirven nada más
para morir conmigo.

Por lo menos la vida en el colegio
era un indicio de lo que es la vida.
Y sin embargo, son estas imágenes
—una noche a caballo, el nacimiento
terriblemente impuro de la luna,
o la visión del río apareciéndose
hace ya muchos años, en un mes de setiembre,
la exaltación y el miedo de estar solo
cuando va a atardecer—,
antes que otras ningunas,
las que vuelven y tienen un sentido
que no sé bien cuál es.
La intensidad
de un fogonazo, puede que solamente,
y también una antigua inclinación humana
por confundir belleza y significación.

Imágenes hermosas de una historia
que no es toda la historia.
Demasiado me acuerdo de los meses de octubre,
de las vueltas a casa ya de noche, cantando,
con el viento de otoño cortándonos los labios,
y de la excitación en el salón de arriba
junto al fuego encendido, cuando eran familiares
el ritmo de la casa y el de las estaciones,
la dulzura de un orden artificioso y rústico,
como los personajes
en el papel de la pared.

Sueño de los mayores, todo aquello.
Sueño de su nostalgia de otra vida más noble,
de otra edad exaltándoles
hacia una eternidad de grandes fincas,
más allá de su miedo a morir ellos solos.
Así fui, desde niño, acostumbrado
al ejercicio de la irrealidad,
y todavía, en la melancolía
que de entonces me queda,
hay rencor de conciencia engañada,
resentimiento demasiado vivo
que ni el silencio y la soledad lo calman,
aunque acaso también algo más hondo
traigan al corazón.
Como el latido
de los pinares, al pararse el viento,
que se preparan para oscurecer.

Algo que ya no es casi sentimiento,
una disposición
de afinidad profunda
con la naturaleza y con los hombres,
que hasta la idea de morir parece
bella y tranquila. Igual que este lugar.


jueves, 15 de enero de 2015

Abrigo azul (por José Luis Piquero)


Hace un frío de muerte, un frío triste
incluso para enero y para estar tan solo.
Y yo soy poco menos que una persona hundida
en las solapas de mi americana,
un ser raro del frío que gasta americana, un sospechoso,
alguien que bien podría enseñar una placa o un cuchillo.

Y ahora me acuerdo de mi abrigo azul
de pelo de camello,
el mejor que he tenido. Tú me lo regalaste.
Recuerdo que llegaste con él a la oficina y allí mismo
me lo probé. Mis compañeros
se reían y a mí me daba igual.
Era un señor abrigo, lo escogiste
a ojo de buen cubero: me caía perfecto.
Se podía plantar cara al invierno con un abrigo así.

Pero ahora no lo llevo y mira que hace frío en estas calles
de todos los demonios. El abrigo
estará a 1.000 kilómetros, cálido para nadie, piel gastada.
Tú y yo estamos también a 1.000 kilómetros
o a 100.000 años luz, igual que dos cometas, y si nos encontráramos
sólo cabría un choque: un cataclismo.

Mi querida enemiga: finalmente
ocurrió lo que entonces, cuando venías con tu bolsa y en la bolsa el abrigo
y yo me lo probaba en la oficina
como se viste un príncipe en el día de su coronación,
ha ocurrido lo que era en aquel tiempo la peor de nuestras pesadillas: no estar juntos.
Y me pregunto cuándo, en qué momento, a lo largo de eones que han pasado, desde que el mundo era
una gran primavera reluciente,
empezaron las cosas a ir tan mal,
tan rematadamente mal,
y a hacer tanto, tanto frío.

Y supongo que tú
también tendrás noches a la intemperie
-como esta misma- en las que haces recuento de errores y fracasos, y no sé
qué clase de calor será el que eches de menos.
Seguro que yo hice algo por ti,
pero no lo recuerdo, algo inocente o práctico, o generoso o noble,
que compensa todos esos errores
y a ti te reconforta en las peores noches
y a mí me salva.

Mi abrigo azul de pelo de camello.
En mi vida he tenido
un abrigo tan puñeteramente bueno como aquel.

miércoles, 14 de enero de 2015

Mapa (por Wislawa Szymborska)


Plano como la mesa

sobre la que se extiende.

Bajo él nada se mueve

ni busca una salida.

Sobre él mi humano aliento

no crea remolinos de aire

y deja en paz

toda su superficie.


Sus llanuras y valles siempre son verdes,

sus mesetas y montes, amarillos y ocres,

y los mares y océanos de un azul amigable

en sus desgarradas orillas.


Aquí todo es pequeño, cercano y accesible.

Puedo con el filo de la uña aplastar los volcanes,

acariciar los polos sin gruesos guantes;

puedo con una mirada

abarcar cualquier desierto

junto a un río que está justo ahí al lado.


Las selvas están marcadas con algunos arbolitos

entre los que sería difícil perderse.

Al este y al oeste,

sobre y bajo el ecuador,

un espacio sembrado de un silencio absoluto

y en cada oscura semilla

hay gente viviendo tan tranquila.

Fosas comunes y ruinas inesperadas,

de eso nada en esta imagen.


Las fronteras de los países son apenas visibles,

como si dudaran si ser o no ser.


Me gustan los mapas porque mienten.

Porque no dejan paso a la cruda verdad.

Porque magnánimos y con humor bonachón

me despliegan en la mesa un mundo

no de este mundo.

martes, 13 de enero de 2015

Un último invitado (por José Luis García Martín)


Se han ido despidiendo los amigos

y antes de que pudieras darte cuenta

estás bebiendo solo una vez más.

Tú también quieres irte a alguna parte

donde sin fin la fiesta continúe.

Pero no puedes. Hay un invitado

que falta por llegar. Abres la puerta,

te sientas a esperarlo, miras lejos

lentas luces de barcos en la noche.

Un último invitado. Tienes miedo

a que al final decida no venir.

Se te cierran los ojos. No te importe.

Puede que al verlo llores como un niño.

Mejor que llegue cuando estés dormido.


lunes, 12 de enero de 2015

Y no está en sus manos (por Joaquín O. Giannuzzi)


Los niños despavoridos

alzan los brazos en la carretera bombardeada.

Hay un cielo humoso que ha resignado su inocencia

sin preguntar qué sucede con las lágrimas

ni si el dolor tenía ya lenguaje suficiente.

La fotografía planea

hacia el escritorio del presidente como un naipe

y pierde la apuesta: no logra detener la guerra.

Entre la imagen y los ojos

del Gran Magistrado circula una sombra

que de pronto es coagulada

para que el imperio devore su petróleo mortal.

Pulcro y contra natura, tiene ante sí

suficientes razones de Estado, su bandera en la Luna

y una familia sonriendo detrás del vidrio.

Y no está en sus manos

hacer de la historia un lugar para vivir.


domingo, 11 de enero de 2015

Me purificó el corazón (por Bai Juyi)

De noche fui a la orilla del río
para despedirme de un amigo.
Sentía el melancólico susurro
de las hojas de los arces
y de las flores de los juncos.
Bajé del caballo.
Ya me esperaba en la barca.
Levantamos las copas y apuramos.
¡Qué lástima no tener
laúdes y flautas
para apresar el instante!

El vino no nos dio alegría.
Bajo una luna bañada
en la inmensidad del agua
íbamos a separarnos,
tristes, cuando de repente
nos llegaron cautivadoras
dulces voces de un laúd
y fuimos retenidos.
Preguntamos en voz baja
quién lo pulsaba.
Cesó la música
sin adelantar respuesta.
Aproximamos la barca.
De nuevo encendí la lámpara.
Volvimos a poner la mesa;
llenamos de vino las copas,
y a la tañedora invitamos.
Sólo tras repetidos ruegos
apareció, con el laúd en los brazos,
y medio cubierto el rostro.

Templa las cuerdas
y, aún sin interpretar,
llena el espacio de emoción.
Una a una vibran de tristeza
y cada acorde es un lamento
de indescriptibles sufrimientos.
Inclinando la cabeza
ella sigue tocando,
y así se desahoga
de infinitas penas.
Ahora puntea las cuerdas,
ahora las rasga;
tañidos fuertes,
después ligeros.
Primero nos endulza
«Vestido de Arco Iris»,
y luego «Verde Cintura».
De las cuerdas gruesas
se desata una furiosa tormenta,
y de las delgadas
un alegre murmullo de muchachas.

Notas sonoras se mezclan
con notas susurrantes.
Perlas grandes y pequeñas
caen en un plato de jade,
y en medio de frescas flores
trinar y trinar alegres.
Por debajo del limpio hielo,
vienen sollozos de un arroyo.
Se congelan y cesan luego.
¡Qué tristeza tan profunda
vive en el fondo del alma!

Por momentos el silencio
expresa más que la música.
De pronto, quebrado jarrón de plata
y agua esparcida, cristalina.
Oigo el galope de corceles
y furiosos ruidos de sables y jinetes;
la ejecución termina.
Por entre las cuerdas
que suenan como al rasgarse
una tela de seda,
el plectro se retira.
De silencio están cubiertas
las dos barcas.
Sólo la luna plateada
yace en el centro del río.

Indecisa, la tañedora
guarda el plectro.
Se estira la ropa,
grave la expresión,
se levanta y dice:
«Nací en la capital;
vivía mi familia
cerca del Mausoleo Siamo.
Con trece años
aprendí a tañer el laúd,
y mi nombre estaba en la lista
de las tañedoras más destacadas.
Cada vez que interpretaba
los maestros me prodigaban elogios,
y con mi agraciado rostro
me convertí en la envidia
de las artistas celebradas.
Los jóvenes ricos disputaban
por galantearme y obsequiarme.
Para escuchar una sola pieza
me regalaban seda abundante;
quebraban, para llevar el compás,
mis horquillas floreadas de plata,
y el vino que derramaban
regaba mi falda púrpura.
Entre acordes y risas
un año siguió al otro.
Pasó el viento de primavera.
Se ocultó la luna de otoño.
El ejército se llevó a mi hermano,
y la muerte, a mi tía.
Se marchitó la flor de mi vida.
Cada vez menos carruajes
se estacionaban frente a mi puerta.
Casé con un comerciante,
quien me trajo a esta aldea.
La separación no le importa nada:
a él sólo le atraen las ganancias.
Salió a comprar el mes pasado
dejándome sola en la barca,
acompañada de la luna
y el gélido río.
Muchas veces, avanzada la noche,
sueño con mis felices tiempos pasados
y corren las lágrimas
como por arroyuelos rosados.»

Escuchando la ejecución
me penetra su lamento,
y la desconsolada narración
me carga con un pesado dolor.
Estamos huérfanos de suerte,
y para comprendernos
nos basta un solo encuentro.

«Abandoné la capital el año pasado,
y vine desterrado, enfermo.
En este lugar apartado
no oí ni una canción hermosa
desde tan largo tiempo.
Vivo a la orilla del río,
en húmedo y bajo paraje;
mi casa está rodeada
de cañas amargas
y amarillos juncos.
A mis oídos sólo llegan
desgarradores lamentos de cucos
y aullidos melancólicos de monos.
En las florecientes mañanas de primavera
y en las otoñales noches de luna,
ante una jarra de vino, bebo solo.
Aunque se oyen coplas y flautas,
son feas y me desagradan.
Esta noche me ha deleitado
escuchar su interpretación.
Me purificó el corazón
y me parecieron melodías
de los dioses.
Le ruego que nos toque algo más».

Improvisaré un poema titulado
La Tañedora del Laúd
y va a usted dedicado.

La bella dama, conmovida,
permanece de pie largo rato.
Luego se sienta
y con cadencias aceleradas
pulsa las cuerdas.
Vibran tan desconsoladas
que arrancan a todos lágrimas.
El que compone este poema,
con túnica bañada,
es quien llora con más tristeza.

sábado, 10 de enero de 2015

Quién soy (por Tomas Tranströmer)


Me dormí al volante y choqué contra un árbol al lado de la

carretera. Me arrebujé en el asiento de atrás y me dormí. ¿Cuánto

tiempo? Horas. Se había hecho de noche.

De repente, me desperté y no sabía quién era. Estoy plenamente

consciente, pero no me sirve de nada. ¿Dónde estoy?

¿QUIÉN soy? Soy algo que acaba de despertar en un asiento trasero

dominado por el pánico como un gato en un saco de arpillera.

¿Quién soy?

Un rato después, la vida vuelve a mí. Mi nombre vuelve a

mí como un ángel. Por fuera del muro del castillo suena una

trompeta (como en la obertura Leonora) y los pasos que me ayudarán

bajan rápido rápido la larga escalinata. ¡Soy yo el que viene!

¡Soy yo!

Pero imposible olvidar la decimoquinta batalla en el infierno

de la nada, a unos pocos pasos de una carretera principal por

la que pasan los coches con las luces encendidas.

viernes, 9 de enero de 2015

Y creyendo comprender (por Fina García Marruz)

No hay tiempo de empezar por el principio, todo
en orden, sin vergüenza, en el azul elemental y cándido.
No hay lucidez posible, el círculo ha cerrado
su horizonte en que humildes paraísos fanfarroneaban.
No hay tiempo ya de ser, por algún modo, ilustre
como un asno, una vid, y de igual muerte
no hay tiempo de ignorarlo completamente todo.
Y se está ya en la hora de sonreír como los tontos
mirando el juego de los niños y la furia del adolescente,
y creyendo comprender, conformarse como los pequeños pájaros
que asaltan sin mover las patas, a brincos, de dos en dos.
Pero el futuro lucirá siempre viejo frente al hoy minucioso,
frente a la posesión diurna, el cegador privilegio.
No hay tiempo ya para la inocencia y el rostro individual.
La desdicha corrompiéndonos, nos cambia los nombres a capricho.
Y mientras nos vamos pareciendo a todos en la vida y en la muerte,
en el pecado y en el deseo, en el desasimiento y la noche,
acobardados entramos en lo uniforme, y entonces,
como una loca promesa, sentimos por los hombros
la inmerecida investidura de lo vivo, lo oscuro.


jueves, 8 de enero de 2015

Por eso te espera (por Federico Hernández)


Le pedí a esta silla que te esperara.

Disculpa si permanece fiel a mi desgracia,
si la encuentras firme como un soldado.

Ella no quiso dejarme solo.
Le hablé de ti con más pasión que la polilla.

Tuvo a bien agradecer con calma,
con resignada paciencia y con fricciones
-la casi inaudible voz de su madera-.

No se quejó como el casero,
no puso en duda mi avaricia,
no tuvo roces con mis llagas.

Por eso te espera, obediente;
por eso dice que estuve solo
y que mis abrigos ya no abrigan;
por eso nos ves aquí,
más honestos y amparados que una rabia.

Siéntate.

Ahora dinos que llegaste.

miércoles, 7 de enero de 2015

Aquello que perturba (por William Butler Yeats)


A través del invierno invocamos la primavera,
durante toda la primavera llamamos al verano,
y cuando ya resuenan los setos rebosantes
declaramos que lo mejor es el invierno.
Y después nada hay bueno
porque la primavera no ha venido.
No sabemos que aquello que perturba nuestra sangre
es sólo su nostalgia de la tumba.


martes, 6 de enero de 2015

La mujer de Lot (por Anna Ajmátova)


Y el justo seguía al enviado de Dios,
inmenso y claro, por la negra montaña.
Pero la angustia le hablaba en voz alta a su esposa:
aún no es tarde, aún puedes mirar
las torres rojas de tu natal Sodoma,
la plaza donde cantabas en el patio, donde hilabas,
las vacías ventanas de la alta casa,
donde a tu querido esposo le pariste hijos.
Lanzó una mirada, y paralizada por un dolor mortal,
sus ojos ya no pudieron mirar más;
y se convirtió su cuerpo en sal transparente,
y sus veloces piernas se soldaron al suelo.
¿Quién llorará a esta mujer?
¿No parece ser la menor de las pérdidas?
Sólo mi corazón no olvidará jamás
a la que cambió su vida por una sola mirada.


lunes, 5 de enero de 2015

Guerra (por Charles Simic)

El dedo tembloroso de una mujer
recorre la lista de bajas
en la tarde de la primera nevada.

La casa es fría y la lista es larga.

Todos nuestros nombres están incluidos.


domingo, 4 de enero de 2015

Aquella casa en obras (por Francisco Barrionuevo)

Le llevaron a ver aquella casa
en obras frente al mar.

Conversaban sus padres -sintió miedo-
con gente extraña y sucia. Y la tristeza
por una casa fea, gris y rota,
sin puertas ni ventanas.
Creyó que estaba terminada.

Que habían de habitarla de ese modo,
con todo aquel desorden, sin saber
muy bien qué era el desorden.
Más tarde fue feliz en esa casa.
Que un día demolieron.

De mayor fue arquitecto. En toda obra
siente, al entrar, tristeza.

sábado, 3 de enero de 2015

Yo soñé otra (por Toni Morrison)

Esta casa ¿de quién es?
¿De quién es la noche que impide que entre
la luz?
Di, ¿a quién pertenece esta casa?
Mía no es.
Yo soñé otra, más acogedora, más luminosa,
con vistas a lagos que surcan barcos pintados,
a anchos campos abiertos ante mí como brazos.
Es extraña esta casa.
Sus sombras mienten.
Di, contesta, ¿por qué entra mi llave en la cerradura?

viernes, 2 de enero de 2015

Un relámpago (por Inmaculada Moreno)

Nada me gusta más
que estar con los amigos
donde no falte el vino ni la charla,
y mejor si ya es tarde y si la noche
nos va pasando a todos
sus brazos por los hombros
confidente y serena.

Pero entre todas esas
horas de la penumbra,
ninguna como aquélla en que, de pronto,
un relámpago ciego atravesaba
la larguísima mesa,
la barricada de las voces,
el laberinto de los hombros
y, en un vuelo sin sitio, me llegaba
el minúsculo abrazo de tus párpados.

jueves, 1 de enero de 2015

Llueve en el mar (por Leopoldo Lugones)


Llueve en el mar con un murmullo lento.
La brisa gime tanto, que da pena.
El día es largo y triste. El elemento
duerme el sueño pesado de la arena.

Llueve. La lluvia lánguida trasciende
su olor de flor helada y desabrida.
El día es largo y triste. Uno comprende
que la muerte es así..., que así es la vida.

Sigue lloviendo. El día es triste y largo.
En el remoto gris se abisma el ser.
Llueve... Y uno quisiera, sin embargo,
que no acabara nunca de llover.


miércoles, 31 de diciembre de 2014

Por eso vengo aquí (por León Molina)


El viento me envejece

y sin embargo

me siento como un niño

cuando llega a este monte

y me revuelve la melena.

Clava sus dardos en mi piel

mientras en el valle se aquieta

el tiempo que me ignora.

Por eso vengo aquí.

En el gélido abrazo soy de nuevo

vigorosamente mortal

y entrego mi pasión

al viento que me va desmoronando.

En estos montes solitarios

comprendo que acabarse

es también una forma de estar vivo.

martes, 30 de diciembre de 2014

Oración de Caín (por José Luis Piquero)


Gracias, odio; gracias, resentimiento;
gracias, envidia:
os debo cuanto soy.
Lo peor de nosotros mantiene el mundo en marcha
y la ira es un don: estamos vivos.

De quien demonios sean las sonrisas,
derrochadas igual que mercancía barata,
yo nunca me he ocupado.
Gracias por no dejarme ser inconstante y dulce
mientras levanta el mundo su obra minuciosa de dolor
y nos hacemos daño unos a otros
amándonos a ciegas,
con torpes manotazos.

Yo soy esa pregunta del insomnio
y su horrible respuesta.
Bésanos en la boca, muchedumbre, y esfúmate,
que estamos siempre solos y no somos felices.

Gracias, angustia; gracias, amargura,
por la memoria y la razón de ser:
no quiero que me quieran al precio de mi vida.

Gracias, señor, por mostrarme el camino.
Gracias, Padre,
por dejar a tu hijo ser Caín.

lunes, 29 de diciembre de 2014

Hueco palpable (por Jordi Doce)

Harapos de deseo o de memoria
te regresaron de esa nada o nunca
en que el reverso del amor (su ausencia
o su oscuro fulgor) te confinara.

Harapos de tu voz, de tu mirada
que no cesa, que vuelve a visitarme
en la fugaz baraja de las calles,
en el paso azaroso de otros rostros

mientras el tiempo impone sus traiciones,
su indócil vertedero de silencios,
la cera desgastada de sus noches

como torpe remedo de tu cuerpo,
hueco palpable que es tu fiel ausencia
cuando otros ojos son, dicen ser tuyos.

domingo, 28 de diciembre de 2014

Oigo (por Sinéad Morrissey)

Entre otros ruidos, oigo a mis hijos llorando;
a los niños mayores jugando en la calle
después de la hora de dormir, sus bulliciosas voces
en la luz debilitada; o al bebé
de la puerta colindante, malhumorado y sin sueño,
a través de paredes demasiado finas; o en el constante
y singular tono de Baltimore Westside
en The Wire, sus sirenas y frecuentes disparos,
sus policías atribulados arengando a los niños
desde seis años para confinar
a los camellos en las esquinas, su insolencia
y su colérico discurso; o en el espacio en blanco
entre estaciones de radio cuando no se oye
ninguna voz y el chisporroteo estático
puede engullir por completo los gritos
de socorro de un niño; incluso en el silencio mismo,
sus bucles y pliegues que amortiguan
un grito fantasma, uno que yo he inventado, pero que se oye,
subiendo las escaleras, deteniéndose
en el vestíbulo, se escucha, se escucha con fuerza,
igual que –como mucho– la respiración acompasada.
Pero la mayoría de las veces no se oye nada, el aire
espeso del rellano con algo suspendido,
motas de polvo, el voladizo de las mantas, un barco
en el lago a través de la ventana, un sueño infantil.

sábado, 27 de diciembre de 2014

Reparaciones (por Martín López-Vega)


(Relación de reparaciones efectuadas en la iglesia del Bom Jesús de Braga en 1853 según consta en la factura del Maestro De Obras)


Recolocar una estrella caída.

Un gallo nuevo para San Pedro y pintarle la cresta.

Poner una piedra en la honda de David.

Dorar y poner plumas nuevas en el ala izquierda del Ángel de la Guarda.

Pendientes nuevos para la hija de Abraham.

Adornar el arca de Noé.

Corrección de los diez mandamientos.

Renovar el cielo y lavar la luna.

Retocar el purgatorio y añadirle almas nuevas.

Avivar las llamas del infierno y varios arreglos a los condenados.

Limar las uñas del diablo.

viernes, 26 de diciembre de 2014

Tan imposible (por Juan Ramón Jiménez)


¡Ay, es tan imposible
que yo la tenga en mí,
como que el agua quieta de esta fuente
que refleja la hora dulce y malva,
tenga en sí la campana de la tarde;

campana de la tarde,
que está en la hora, como el cielo;

en la hora que la fuente copia,
y no en la fuente, ay!

jueves, 25 de diciembre de 2014

Pájaro del viaje de hilo (por Antonio Orihuela)


Escribir poemas como comprar el pan
esperando que nutran y alimenten,
ojalá el poema me ayude a respirar y arder.
Escarbar palabras, agujeros, laberintos,
mientras gruñe alrededor el lobo.
La palabra es un cepo oxidado y yo
un cazador torpe en la nieve hostil,
en el torno del alfarero,
en el yunque del herrero de los huesos,
en el collar de la negra de calaveras erradas,
a la búsqueda de sendas propicias
y semillas silvestres.
Pájaro del viaje de hilo,
dónde quiero ir,
dónde quieres ir,
adónde crees que vas a llegar.
Voy a susurrarte que nada existe
para defenderme de ti.

miércoles, 24 de diciembre de 2014

Y sacarlos a flote (por Saiz de Marco)


Como buzos que buscan hundidos galeones
con sondas
batiscafos
en las fosas marinas,
puede también que un día de este ya nuestro invierno
podamos bajar hasta el fondo de nosotros
en busca de esos sueños
que fuimos arrojando a las aguas negruzcas

Y tal vez encontrarlos allí
languidecientes,
y sacarlos a flote, y revivirlos

-Oh habéis permanecido,
sueños de abril y mayo
Ni el abismo ni el tiempo ni el salitre pudieron
con vosotros

Y de nuevo ante ellos
(de óxido corroídos pero no corrompidos)
abrazarlos diciéndoles

-Nunca más volveremos a dejar que os hundáis

martes, 23 de diciembre de 2014

Pero dónde (por Máximo Simpson)


Yo vi una melodía ahogada en alta mar,
un arpegio sonámbulo, exiliado,
ya ciego entre los pájaros,
y un piano derribado en la intemperie,
y un músico extraviado por las nieves del tiempo.
Yo he visto todo eso, pero dónde,
¿dónde andará mi padre, don Elín?
Yo vi una melodía ahogada en alta mar,
vi un caballo sin alas,
un fuego sin calor, un río sin orillas.

Yo he visto todo eso, pero dónde,
¿dónde andará mi padre, don Elín?
¿Está reconstruyendo los rotos mecanismos?
¿Está bebiendo luz, prepara sus maletas?
Yo vi una melodía ahogada en alta mar,
vi un sueño que corría hacia el abismo,
vi un zapato perdido,
una paloma herida convocando a los ángeles.
Yo he visto todo eso, pero dónde,
¿dónde andará mi padre, don Elín?
¿Cómo hará en las mañanas para entornar las puertas?
¿Cómo hará por las noches para inventar las flores?
Yo vi una melodía ahogada en alta mar,
Yo vi una copla exhausta, despoblada,
una trova, un acorde, una rapsodia
sin violín, sin garganta.
Yo he visto todo eso, pero dónde,
¿dónde andará mi padre, don Elín?
¿Dónde andará?

Ay, yo vi una melodía ahogada en alta mar.


lunes, 22 de diciembre de 2014

Así tiemblan (por Fernando Ortiz)


Atrás van quedando rostros,
nombres, calles y ciudades.
Atrás quedó el que yo era
y que ahora ya no es nadie.
El que yo soy y el que fui
y el que seré algo más tarde
están juntos y se miran
como si me preguntasen:
¿Quién sabe lo que es atrás
y quién sabe qué es delante?
Así tiemblan y se extinguen
tres llamitas con el aire.


domingo, 21 de diciembre de 2014

La muralla que no derribamos (por Glauce Baldovin)


No es necesario envenenar el agua
cortarse las venas
colgarse
El recuerdo de lo que quisimos ser
el acto heroico
ante el cual retrocedimos
la muralla que no derribamos
la fortaleza que no construimos
el fuego que dejamos apagar
son suficientes...


sábado, 20 de diciembre de 2014

El viento lo agita todo (por Philip Larkin)


El viento sopló todo el día de mi boda,
y mi noche de bodas fue la noche del vendaval;
la puerta del establo no dejó de golpear,
y él tuvo que bajar y cerrarla, dejándome
como una estúpida a la luz de las velas, oyendo
la lluvia, viendo mi cara en el curvo candelabro,
en realidad sin ver nada. Cuando volvió
dijo que los caballos estaban inquietos, y me entristeció
que aquella noche hubiera un hombre o animal
que no compartiera mi felicidad.

Ahora, de día,
el viento lo agita todo bajo el sol.
Él ha ido a ver la riada, y llevó
un cubo desportillado al gallinero,
lo dejó en el suelo y quedó mirándome. Todo es un viento
que revuelve las nubes y los bosques, que azota
mi delantal y la ropa del tendedero.
¿Puedo soportar que el viento me haga encarnar
la alegría de mis actos, como un hilo ensartado
de cuentas? ¿Podré dormir ahora
que esta mañana perpetua comparte mi cama?
¿Conseguirá secar la muerte
estos nuevos lagos de dicha, impedir que nos arrodillemos
como el ganado junto a sus generosísimas aguas?

viernes, 19 de diciembre de 2014

Regresa al misterio (por Julio Inverso)


Todo lo que hemos visto, todo lo que hemos oído, las pequeñas vidas, todas esas comedias tras las ventanas, los gritos, los edificios navegando lentamente, los perfumes en la incansable y cóncava memoria, la jornada sideral de las estrellas, los sentimientos que nos llenaron el pecho y los ojos, nuestras caras flameando desde el sueño, la ceniza meteórica,

oh cementerios de autos de todo el universo

oh sangre derramada en remembranza

todo cuanto pasó, todo aquello, la flor recóndita y el diamante pródigo, el vino largo tiempo refrescado bajo la tierra, el obstinado pulso del tiempo y de las cosas, todo, todo lo que agregó una perla al árbol del misterio y huyó como las luminosas espaldas de las aguas, todo lo que el misterio engendró, prisma increíble, inicia otra serie de galerías infinitas, regresa al misterio, inconcebible, fatal y soberano.

Tomad, pues, vuestro paraguas y penetrad en lo desconocido.


jueves, 18 de diciembre de 2014

Hasta que sí aparece (por Daniela Camozzi)


suele decirse

que un cuerpo aparece

cuando se lo toca

y que antes

no estaba ahí

el mío apenas sale

cuando se choca

con algún mueble

y se magulla

o al apoyar

la mano en la mesada

y así el metal

me devuelve la mano

como propia

ese es también

un cuerpo

pero menos

es como una anticipación

un fragmento

es que si nadie lo toca

él no está

del todo ahí

hasta que sí aparece

como suele decirse

estremecido por la caricia

y deja de ser

un fragmento que se apoya

en alguna superficie

para tener realidad

con tu caricia aparece

la realidad completa

de mi cuerpo

miércoles, 17 de diciembre de 2014

Y no los viste (por Eloy Sánchez Rosillo)


Mirar no es sólo asunto de los ojos.
Primero, ciérralos unos instantes
y dentro de ti busca –en tu sosiego–
la facultad de ver.
Y ahora ábrelos, y mira.
Es enero ahí afuera, pero está
muy hermosa la vida esta mañana.
Cuánto sol en los álamos
que en trémulas hileras van creciendo
en esta vieja plaza
de tu ciudad. Un día y otro día,
durante muchos años,
a su lado pasaste y no los viste,
ciego que dabas pena y que hoy, por fin,
de milagro has sanado y puedes ver
y en tu mirar te salvas.


martes, 16 de diciembre de 2014

2 ó 3 golpecitos en la espalda (por Nicanor Parra)


Los patrones no tienen idea
quieren que les regalen el trabajo
nunca se ponen en el lugar del obrero

píqueme esa leñita maestro
cuándo me va a matar esos ratones
anoche no pude dormir otra vez
hágame brotar agua de la roca
la Sra. tiene que ir a un baile de gala
hay que bajar al fondo del mar
un puñado de perlas x favor

otros son + carajo todavía
plánchame esa camisa desgraciado
anda a buscarte un árbol al bosque güeón
arrodíllate mierda
....................... anda a arreglar los tapones
¿Y si me electrocuto?
¿Y si la roca se me viene encima?
¿Y si me cruzo con el león en el bosque?
eh!
eso no tiene nada de particular
eso no tiene la menor importancia

lo verdaderamente importante
es que el caballero pueda leer el diario trancuilo
bostezar a su regalado gusto
oír música clásica x el campeonato

que el obrero se rompa la crisma
que se mande guardabajo
mientras está soldando una viga de fierro
nada de qué admirarse
estos rotos son unos pajarones

que se vaya a la punta de su madre
y después yo no sé lo que pasó
no se imagina cuánto lo siento sra
2 ó 3 golpecitos en la espalda
y una viuda con sus 7 pajaritos a la miseria


lunes, 15 de diciembre de 2014

El pájaro no tenía préstamos (por Forough Farrokhzad)


El pájaro era sólo un pájaro

¡Oh, qué olor, qué brillo del sol! -dijo el pájaro
La primavera ha llegado
y buscaré alimento

El pájaro se elevó desde el borde de la baranda
y voló como un mensaje

El pájaro era pequeño
El pájaro no pensó
El pájaro no leía los diarios
El pájaro no tenía préstamos
El pájaro no conocía a los hombres

En el cielo
sobre la luz roja
voló el pájaro a través de las alturas de los pensamientos
y disfrutó con locura
los momentos del azul celeste

Oh, el pájaro era sólo un pájaro

domingo, 14 de diciembre de 2014

Puede ser otra (por Mario Benedetti)


Cada ciudad puede ser otra

cuando el amor la transfigura
cada ciudad puede ser tantas
como amorosos la recorren

el amor pasa por los parques
casi sin verlos amándolos
entre la fiesta de los pájaros
y la homilía de los pinos

cada ciudad puede ser otra
cuando el amor pinta los muros
y de los rostros que atardecen
uno es el rostro del amor

y el amor viene y va y regresa
y la ciudad es el testigo
de sus abrazos y crepúsculos
de sus bonanzas y aguaceros

y si el amor se va y no vuelve
la ciudad carga con su otoño
ya que le quedan sólo el duelo
y las estatuas del amor


sábado, 13 de diciembre de 2014

De la maravillosa aspereza (por Miguel d´ Ors)


Y ahora hablaré de la maravillosa aspereza de tus manos cuando llegan a mi alma, directas, desde el Vim-Clorex,
hablaré del olor celeste a cebolla o sardinas que tiene a veces tu ternura,
de tus te quiero con estornudos, o con prisa o qué sueño,
de los cinco hijos que dan a cada gesto tuyo ese inmenso trasfondo de años y habitaciones y lágrimas y viajes,
ese inmenso trasfondo que tanto te embellece,
compañera de lunes, de martes, de heridas, de sonrisas,
de aniversarios secretos, de Beethoven,
de papeles que lo lamentan mucho pero no,
compañera.


viernes, 12 de diciembre de 2014

Aguas de este río (por Bai Juyi)


Ante mis ojos la sierra Song y el río Luo.
Poniendo la mirada en el pasado,
lamento las penurias del mundo.
Las flores y las glorias humanas,
aguas de este río impetuoso.
Las amarguras y los sufrimientos,
inmensas montañas de la sierra.
Sólo habiéndose degustado la tristeza
se conoce la alegría.
Sólo los que han vivido años turbulentos
saben apreciar la paz.
¿Querrá volver a la jaula
el pájaro que vuela en el espacio?


jueves, 11 de diciembre de 2014

Así te hubiera amado (por Dulce María Loynaz)


Como la rosa en el rosal...

así, armoniosamente,

sencillamente estaba la palabra

de paz sobre tu boca.

A ella hubiera ido

yo con las manos juntas

en cuenco tembloroso

a recoger frescura, verdad, amor...


Como la rosa en el rosal, así espaciaba

tu corazón fragancia; así volvía

blancura y suavidad la tierra que lo ataba...


¡Y así te hubiera amado, con la tierra

hecha luz en tu frente hacia la luz

por el instinto vertical del cielo!...


Y así pasaste de una tarde a otra,

breve y eterno... Como la rosa en el rosal.


miércoles, 10 de diciembre de 2014

Gota a gota (por Roberto Picciotto)


antes que lleguen las lluvias comenzó gota

a gota a caer el agua. la recogen los surcos

se despeña de piedra en piedra valle abajo

fluye tranquila por la planicie se esparce

negra en los pantanos: dicen las malas lenguas

que durante el día han de titilar las estrellas

que por la noche ha de brillar el sol y que

balanceándose sobre el filo de un verbo habrá

que buscar en el cielo esmaltado una nube rosada.

llamen al malabarista de sílabas al orfeo

de gorra y bufanda prestidigitador de la palabra

y pídanle juglar de verde jubón y cascabel

en los escarpines que cuando caiga la noche

de ciprés y luna acorde su antigua guitarra

y si elevando la voz canta invención suprema

viento sal y espuma lejos del sueño estival

al socaire si canta fondos donde la gota

se disuelve en el infinito si canta el flujo

y el reflujo del desorden final sucede que es allí

que termina. ¿por qué picotea con cresta crispada

la abubilla a tu ventana?