zUmO dE pOeSíA

zUmO dE pOeSíA
de todos los colores, de todos los sabores

ALEATORIUM: Saca un poema de nuestro almacén

Ver una entrada al azar

sábado, 3 de diciembre de 2016

En el cristal frío (por Joan Margarit)


Ha apoyado la frente en el cristal
frío, empañado, con trasluz de invierno.
Escribe el nombre de ella y, a través
de las líneas que traza con el dedo,
la ha visto en un paraje solitario
con el mar y las rocas en la noche.
Al fondo, las estrellas: de pronto, las gaviotas
alzan el vuelo como un resplandor
al paso de un falucho. Se ha engañado:
detrás de la ventana hay una calle
que el alba hace más triste, sin un alma,
con coches aparcados.
Tras las líneas comienza a amanecer:
el sol naciente borrará ese nombre
en la escarcha rosada del cristal.


viernes, 2 de diciembre de 2016

Sobreviviente (por Cristina Peri Rossi)


Y ahora se inicia
la pequeña vida
del sobreviviente de la catástrofe del amor:

Hola, perros pequeños,
hola, vagabundos,
hola, autobuses y transeúntes.

Soy una niña de pecho
acabo de nacer
del terrible parto del amor.

Ya no amo.

Ahora puedo ejercer en el mundo
inscribirme en él
soy una pieza más del engranaje.

Ya no estoy loca.


jueves, 1 de diciembre de 2016

El infinito (por Giacomo Leopardi)


Siempre amé esta colina solitaria,
y esta espesura que me oculta en parte
esa línea final del horizonte.
Pero, mirando a lo lejos, imagino,
más allá de estas frondas,
espacios insondables, sobrehumanos silencios,
y una quietud tan honda
que calma y estremece.
Y al oír, dentro de este silencio infinito,
el susurro del viento entre las plantas,
pienso en la eternidad y en los tiempos que han muerto,
y en el presente vivo, que hoy me deja su música.
Y en esta inmensidad se abisma el pensamiento,
y naufragar en este mar me es dulce.


miércoles, 30 de noviembre de 2016

La piedra (por Herbert Zbigniew)


La piedra es una criatura
perfecta
igual a sí misma
cuidadosa de sus fronteras

repleta con exactitud
de un sentido pétreo

de un aroma que no trae ningún recuerdo
nada espanta, no despierta deseos

su entusiasmo y frigidez
son razonables y llenos de dignidad

siento un reproche pesado
cuando la levanto
y su cuerpo noble
traspasa mi falso calor

Las piedras no se dejan domesticar
nos observarán hasta el fin
con ojos sosegados, clarísimos


martes, 29 de noviembre de 2016

Extraviados (por Leónidas Lamborghini)


Como el que un día
leyendo el diario
se sorprende
en la sección Extraviados

y quién soy
y dónde estoy se pregunta.

Como el que ve esa foto
de su rostro
allí
y reconoce su rostro
pero no se identifica

y quién soy
y dónde estoy se pregunta.

Como el que lee
sus datos de identidad
allí
debajo de la foto
de su rostro
y se identifica
pero no se reconoce

y quién soy
y dónde estoy se pregunta.

Como el que intenta
hacer memoria
y toca su cuerpo y se dice
soy éste, estoy aquí
y comienza a buscarse
y no se encuentra

como ese
como ese

y quién soy
y dónde estoy se pregunta.




lunes, 28 de noviembre de 2016

Mi vida así (por Claudio Rodríguez)


La encina, que conserva más un rayo
de sol que todo un mes de primavera,
no siente lo espontáneo de su sombra,
la sencillez del crecimiento; apenas
si conoce el terreno en que ha brotado.

Con ese viento que en sus ramas deja
lo que no tiene música, imagina
para sus sueños una gran meseta.

Y con qué rapidez se identifica
con el paisaje, con el alma entera
de su frondosidad y de mí mismo.
Llegaría hasta el cielo si no fuera
porque aún su sazón es la del árbol.

Días habrá en que llegue. Escucha mientras
el ruido de los vuelos de las aves,
el tenue del pardillo, el de ala plena
de la avutarda, vigilante y claro.

Así estoy yo. Qué encina, de madera
más oscura quizá que la del roble,
levanta mi alegría, tan intensa
unos momentos antes del crepúsculo
y tan doblada ahora. Como avena
que se siembra a voleo y que no importa
que caiga aquí o allí si cae en tierra,
va el contenido ardor del pensamiento
filtrándose en las cosas, entreabriéndolas,
para dejar su resplandor y luego
darle una nueva claridad en ellas.

Y es cierto, pues la encina ¿qué sabría
de la muerte sin mí? ¿Y acaso es cierta
su intimidad, su instinto, lo espontáneo
de su sombra más fiel que nadie? ¿Es cierta
mi vida así, en sus persistentes hojas
a medio descifrar la primavera?



domingo, 27 de noviembre de 2016

Pero al alba siguiente posponía el viaje (por Marco Antonio Campos)


Era agosto. Era 1988.
Yo veía desde lejos, como si estuviera
en cubierta, la línea verde, la línea larga
verde y sinuosa de la isla de Ítaca.
Oía el silbido de las embarcaciones
a punto de partir.

Bajo el sol en fuego de las cuatro de la tarde
a diario subía la colina para contemplar Ítaca
y oía los versos de los líricos arcaicos en el murmullo
de plata de los olivos. E imaginaba Ítaca.

En los caseríos de la isla miraba a las ancianas
tejer asiduas a la hora del atardecer y a los viejos
hablar como sólo lo hace el rumor de las olas.
Oía pláticas de los ancianos (que me sonaban
pero no entendía) frente a puertas y ventanas
de pequeñas casas albas que fulguraban más
con la fulguración del sol. E imaginaba Ítaca.

Con dos barcelonesas en las noches
cenaba cordero y ensalada,
mal gustaba del vino de resina, y decía que sí,
con seguridad decía que al día siguiente
me embarcaría hacia Ítaca: me esperaba el barco
en el que iría a la isla que era el final de la navegación.
La isla donde pensaba llegar. La isla
donde siempre pensé llegar.
Pero al alba siguiente posponía el viaje
para el alba siguiente y al alba siguiente
para el otro día. Mientras tanto,
subía a diario las colinas, visitaba en el bus
precipitados pueblos, saludaba
de mañana a los recién llegados,
los despedía al partir, y miraba
de tarde desde la colina
la costa esmeralda y ligeramente sinuosa
de la isla de Ítaca.

sábado, 26 de noviembre de 2016

Cómo llegar a ti (por Gibran Jalil Gibran)


He aquí el amanecer, levántate y vámonos
de unas moradas en las que no tenemos
un solo amigo. ¿Qué pueden esperar
unas plantas cuya flor es distinta
de cualquier rosa o amapola,
y el corazón reciente armonizar en canto
con corazones que no guardan
sino trastos viejos?
He aquí la mañana, nos llama, escúchala.
¡Ven! Sigamos sus pasos, baste ya de la tarde
y su pretensión de que la luz de la mañana
es uno de sus prodigios.


Hemos pasado la vida en un valle
entre cuyas laderas fluyen
los espectros de las preocupaciones.
Contemplamos el desaliento volando en bandadas
sobre su superficie, como buitres o búhos.
Hemos apurado la enfermedad del agua de los charcos
y hemos comido el veneno de las viñas inmaduras.
Hemos vestido los hábitos de la paciencia, pero ardieron
y nos despertamos arrebujados en cenizas.
Los extendimos a guisa de almohada, y se tornaron
—cuando nos dormimos— paja seca y astrágalos.


¡Oh país velado desde siempre!
¿Cómo llegar a ti? ¿Por qué camino?
¿Qué tierra baldía te separa? ¿Qué montaña
es tu alta muralla? ¿Quién nos guiará hasta allí?
¿Eres un espejismo? ¿O eres la esperanza
de las almas que anhelan lo imposible?
¿Eres un sueño que se abre paso en los corazones
y que, al despertar éstos, se da a la fuga?
¿O nubes viajeras que mueren en el sol poniente
antes de ahogarse en el océano de las tinieblas?
¡Oh país de la mente, cuna genuina, donde
adoraron a la verdad y rezaron a la belleza!
No fuimos en tu busca en cabalgata
ni a bordo de veleros, a caballo
o en basto de camellos.
No estás en oriente ni en occidente
ni al sur de la tierra ni hacia el norte.
No estás en el aire ni bajo los mares.
No estás en la llanura ni en lo más impenetrable.
Estás en el alma, luces y fuego,
estás en mi pecho, corazón estremecido.



viernes, 25 de noviembre de 2016

Amor (por Antonio Gamoneda)



Mi manera de amarte es sencilla:

te aprieto a mí

como si hubiera un poco de justicia en mi corazón

y yo te la pudiese dar con el cuerpo.


Cuando revuelvo tus cabellos

algo hermoso se forma entre mis manos.


Y casi no sé más. Yo sólo aspiro

a estar contigo en paz y a estar en paz

con un deber desconocido

que a veces pesa también en mi corazón.


jueves, 24 de noviembre de 2016

Gracias (por Antonia Taleti)


Del amor desconocido
me gustan las maneras
a qué budacristoalá
o como lo llamen
dar las gracias por
el árbol florecido
el solcito detrás del vidrio
el abrazo del compañero
la cerveza compartida.


miércoles, 23 de noviembre de 2016

En tu secreto momento (por Edgar Allan Poe)



I

Tu alma se encontrará sola

entre oscuros pensamientos de lápida gris

Ni uno solo, de la multitud, que curiosee

en tu secreto momento.


II

Sé silencioso en esta soledad

que no es aislamiento –porque entonces

los espíritus de los muertos que estuvieron

en vida ante ti, están de vuelta

al morir, sobre tu cuerpo– y su voluntad

te hará sombra: quédate quieto.


III

La noche, aunque clara, fruncirá el ceño

y las estrellas no mirarán hacia abajo

desde sus excelsos tronos en el cielo,

con la luz como esperanza dada a los mortales.

Pero sus rojas auras sin haz

serán como tu cansancio,

como un incendio y una fiebre

que se abrazará a ti para siempre.

IV

Ahora son pensamientos que no has de desterrar

ahora son visiones que nunca desaparecen;

por tu espíritu nunca más

pasarán, como el rocío descienden desde la hierba.


V

La brisa –el soplo de Dios– aún está

y la niebla sobre la colina,

oscura –tenebrosa– todavía intacta

es un símbolo y una señal.

¡Cómo pende ante los árboles

un misterio de misterios!


martes, 22 de noviembre de 2016

Cuándo empezaron a morir (por José Barroeta)


Todos han muerto.
La última vez que visité el pueblo
Eglé me consolaba
y estaba segura, como yo,
de que habían muerto todos.

Me acostumbré a la idea de saberlos callados
bajo la tierra.
Al comienzo me pareció duro entender
que mi abuela no trae canastos de higo
y se aburre debajo del mármol.

En el invierno
me tocaba visitar con los demás muchachos
el bosque ruinoso,
sacar pequeños peces del río
y tomar, escuchando, un buen trago.

No recuerdo con exactitud
cuándo empezaron a morir.
Asistía a las ceremonias y me gustaba
colocar flores en la tierra recién removida.

Todos han muerto.
La última vez que visité el pueblo
Eglé me esperaba
dijo que tenía ojeras de abandonado
y le sonreía con la beatitud de quien asiste
a un pueblo donde la muerte va llevándose todo.

Hace ya tiempo que no voy al poblado.
No sé si Eglé siguió la tradición de morir
o aún espera.



lunes, 21 de noviembre de 2016

Nunca ha sido tan tarde (por Roque Dalton)



Finaliza septiembre. Es hora de decirte

lo difícil que ha sido no morir.


Por ejemplo, esta tarde

tengo en las manos grises

libros hermosos que no entiendo,

no podría cantar aunque ha cesado ya la lluvia

y me cae sin motivo el recuerdo

del primer perro a quien amé cuando niño.


Desde ayer que te fuiste

hay humedad y frío hasta en la música.

Cuando yo muera,

sólo recordarán mi júbilo matutino y palpable,

mi bandera sin derecho a cansarse,

la concreta verdad que repartí desde el fuego,

el puño que hice unánime

con el clamor de piedra que exigió la esperanza.


Hace frío sin ti. Cuando yo muera,

cuando yo muera

dirán con buenas intenciones que no supe llorar.

Ahora llueve de nuevo.

Nunca ha sido tan tarde a las siete menos cuarto

como hoy.


Siento deseos de reír

o de matarme.


domingo, 20 de noviembre de 2016

Ahogarse o emerger (por Michael Ondaatje)



Los tres troncos
del nogal

los patos ceremoniales
que pasan por debajo del cerco
y se deslizan en el jardín

Manzano casa blanca y azul
sé que esto es hermoso

Hoy quería escribir
acerca de cosas pequeñas
que podían hacerme desistir
de mis deseos

Las líneas que leí
acerca de 'cobardía' y 'lealtad'
no sé si esto es ahogarse
o emerger en busca de aire

Por la noche
te doy mi mano
como un cadáver
fuera del agua



sábado, 19 de noviembre de 2016

Otro jardín (por Susana Benet)



No era el jardín, tampoco las cornejas

cansadas de volar,

picoteando en la hierba, ajenas

a la muda insistencia de mis ojos.


Ni era la bruma

detenida en el aire

ni el fuego del otoño deshojándose

con su último fulgor

sobre la tarde en calma.


No era eso todo.

Había otra belleza más allá

de la simple mirada:

un gran silencio,

una luz nueva, algo remoto

vertiéndose hacia dentro,

abriendo otro jardín desconocido

tras los muros del corazón.


viernes, 18 de noviembre de 2016

Y me dejaron un extraño frío (por Antonio Gamoneda)


En vivo y en silencio. Atormentado,

a Dios me lo sacaron por los ojos.

Lo tenía la sangre con cerrojos,

sumergido en amor: Dios maniatado.


Ahora miro en mí por si han dejado

aunque no sea más que unos despojos:

el eco de una voz, los muros rojos,

el ámbito interior de un desollado.


Lo sacaron con luz; una mirada

fundió mi dulce condición de ciego

y me dejaron un extraño frío.


¡Cuánta luz, cuánto hielo, cuánta nada!

Ahora, donde Dios era de fuego,

donde hablaba el dolor, llora el vacío.



jueves, 17 de noviembre de 2016

Tu coraje se mostrará en pequeñeces (por Anne Sexton)


Es en las pequeñas cosas donde lo vemos.

El primer paso del niño,

tan imponente como un terremoto.

La primera vez que vas en bicicleta,

tambaleándote por la acera.

La primera paliza cuando tu corazón

fue de viaje todo solo.

Cuando te llamaron llorón

o pobre o gordo o loco

y te hicieron un extraño,

cuando bebiste su veneno

y lo ocultaste.


Más tarde,

cuando miraste a la muerte de bombas y balas

no lo hiciste con una bandera

lo hiciste sólo con un sombrero, para

cubrir tu corazón.


No has acariciado la debilidad en ti

a pesar de que estaba allí.


Tu coraje fue un pequeño carbón

que has seguido tragándote. 


Si te ha salvado tu compañero

y murió haciéndolo

entonces su coraje no fue coraje,

fue amor; amor tan simple como jabón de afeitar.


Más tarde,

si has soportado una gran desesperación,

lo hiciste solo,

en tus venas corría el fuego,

quitándote la costra de tu corazón,

estrujándolo como un calcetín.


Después,

hermano mío, has espolvoreado tu pena,

la has dado un masaje de espaldas,

la has tapado con una manta,

y cuando ha dormido un rato

despertó a las alas de las rosas

y estaba transformada.


Después

cuando llegues a la vejez y a su conclusión natural

tu coraje se mostrará en pequeñeces,

cada primavera será una espada que afiles,

aquellos que ames vivirán en una fiebre de amor,

y tú regatearás con el calendario

y en el último momento

cuando la muerte abra la puerta trasera

te pondrás tus pantuflas de felpa

y te irás.


miércoles, 16 de noviembre de 2016

Pues esto es lo que hacemos (por Alejandra Pizarnik)


¿Y si nos vamos anticipando

de sonrisa en sonrisa

hasta la última esperanza?


¿Y qué?

¿Y qué me das a mí,

a mí que he perdido mi nombre,

el nombre que me era dulce sustancia

en épocas remotas, cuando yo no era yo

sino una niña engañada por su sangre?


¿A qué, a qué

este deshacerme, este desangrarme,

este desplumarme, este desequilibrarme

si mi realidad retrocede

como empujada por una ametralladora

y de pronto se lanza a correr,

aunque igual la alcanzan,

hasta que cae a mis pies como un ave muerta?

Quisiera hablar de la vida.

Pues esto es la vida,

este aullido, este clavarse las uñas

en el pecho, este arrancarse

la cabellera a puñados, este escupirse

a los propios ojos, sólo por decir,

sólo por ver si se puede decir:

“¿es que yo soy? ¿verdad que sí ?

¿no es verdad que yo existo

y no soy la pesadilla de una bestia?”.


Y con las manos embarradas

golpeamos a las puertas del amor.

Y con la conciencia cubierta

de sucios y hermosos velos,

pedimos por Dios.

Y con las sienes restallantes

de imbécil soberbia

tomamos de la cintura a la vida

y pateamos de soslayo a la muerte.


Pues esto es lo que hacemos.

Nos anticipamos de sonrisa en sonrisa

hasta la última esperanza.

martes, 15 de noviembre de 2016

Cómo pudo acumularse (por Beatriz Vignoli)


Apagué los motores
y anduve a la deriva
¿cuántos años anduve
a la deriva, el motor apagado, ni
impulso ni gobierno, sin dirección?

Me recuerdo leyendo neones
a la vera de avenidas
desiertas. ¿Cómo pudo
nevarme encima todo este cansancio?
¿Cómo pudo acumularse, quedar ahí toda la vida?

Sacudo la cabeza como un pino. La nieve
no se va.


lunes, 14 de noviembre de 2016

Límites para decir (por Robert Haas)


El álamo centellea al viento

y eso nos deleita.


Las hojas danzan, giran sobre sí mismas,

porque ese movimiento en el calor de agosto

protege sus células y no se secan. Del mismo modo la hoja

del chopo.


De la reserva genética se elevó un tronco tembloroso

y el árbol bailó. No.

El árbol movió su cabeza.

No. Hay límites para decir,

con el lenguaje, lo que el árbol hizo.


Es bueno a veces para la poesía sentirnos decepcionados.


Danza conmigo, bailarín. Oh, lo deseo.


El álamo hace algo en el viento.



domingo, 13 de noviembre de 2016

Te encuentro mi madre (por Roberto Juarroz)


Ahora tan sólo,
en este pobre rostro en que te caes,
he visto el rostro de la niña que fuiste
y te he sentido varias veces mi madre.
Me he sentido el hijo de tus juegos,
del mundo que creabas y esperabas
como un tibio regalo de cumpleaños.
Y también de los sueños que nunca confesaste
para que nadie más sufriera por ellos.

Me he sentido el hijo de tus primeros gestos de mujer,
ésos que también hubieras querido ocultar y hasta ocultarte,
para abreviar en el mundo la irrealidad del asombro.

Me he sentido el hijo
de los movimientos que me preparaban
como a un antepasado de la muerte,
dibujo obsesionado
por la inserción de sus escamas.

Y te he sentido luego
la circunferencia de mi trébol pasmado,
el ángulo del compás que se abría,
el mapa de mis fiebres confundidas con viajes,
la caracola de mis ecos de hombre.

Y te he sentido aún más,
te he sentido llegar a ser dos veces mi madre
para que yo pudiera dejar de sentirte
y saltar hacia tu dios o hacia mis manos,
que tal vez no sean mías ni de nadie.


Y ahora, al remontar mi salto,
para saltar de nuevo
o quizá para aprender a andarlo paso a paso,
te reencuentro o te encuentro mi madre,
aunque ya lo seas sólo tuya.

He demorado mucho,
he demorado todas las mujeres
y también todos los hombres,
he demorado el tiempo interminablemente largo
de la vida interminablemente breve,
para llegar a ser varias veces tu hijo.



sábado, 12 de noviembre de 2016

La lluvia sonaba (por Fernando Pessoa)


Toda la noche, y durante horas, el chirriar de la lluvia ha bajado. Toda la noche, conmigo entredespierto, la monotonía fría me ha insistido en los cristales.

Ora un jirón de viento, en un aire más alto, azotaba, y el agua ondeaba en sonido y pasaba unas manos rápidas por la ventana; ora con un sonido sordo sólo hacía sueño en el exterior muerto. Mi alma era la misma de siempre, entre sábanas como entre gentes, dolorosamente consciente del mundo. Tardaba el día como la felicidad: a aquella hora parecía que también indefinidamente.

¡Si el día y la felicidad no llegasen nunca! Si esperar, cuando menos, pudiera ni siquiera tener la desilusión de conseguir...

El ruido casual de un carro tardío, saltando áspero sobre las piedras, crecía desde el fondo de la calle, hacia el fondo del vago sueño que yo no conseguía del todo.

Batía, de cuando en cuando, una puerta de la escalera. A veces había un chapotear líquido de pasos, un rozar por sí mismas de ropas mojadas. Una u otra vez, cuando los pasos eran más, sonaba alto y atacaban. Después, el silencio volvía, con los pasos que se apagaban, y la lluvia continuaba innumerablemente.

En las paredes oscuramente visibles de mi cuarto, si abría yo los ojos del sueño falso, flotaban fragmentos de sueños por hacerse, vagas luces, trazos oscuros, cosas de nada que trepaban y bajaban. Los muebles, mayores que de día, manchaban vagamente el absurdo de la tiniebla. La puerta era indicada por algo ni más blanco ni más negro que la noche, pero diferente. En cuanto a la ventana, yo sólo la oía.

Nueva, fluida, variable, la lluvia sonaba. Los momentos se retrasaban ante su sonido. La soledad de mi alma se ensanchaba, se arrastraba, invadía lo que yo sentía, lo que yo quería, lo que yo no iba a soñar. Los objetos vagos, participantes, en la sombra, de mi insomnio, pasaban a tener lugar y dolor en mi desolación.



viernes, 11 de noviembre de 2016

Una cabaña al oeste (por Su Xiaoxiao)


dentro

I

cae la noche y

ALGUIEN

viene me guarda dentro de una habitación sombría
dentro de un sótano o de un horno dentro de una cabina telefónica
donde estoy marcando números al azar
dentro de una hora dentro de una caja de un armario
de una jaulita oxidada dentro

II

ahora estoy dentro de una cabaña al oeste
con la cara vendada y tendida encima de una mesa
puedo oír en la punta de la lengua la nieve que cae fuera
la humedad me quema la nariz
espero

intento a todas horas salir saber qué pasó allí no pude
ver nada pero me lamía a veces la luz
de una bombilla parpadeando sobre



a veces ALGUIEN murmuraba palabras
anestesia amor hasta la náusea sudor de pájaro
patitas rotas asco y
radiaciones estaba flotando en la piscina
por dentro escucho cómo lentamente crecen las plantas carnívoras
en mis entrañas
los musgos poblándome milenios enteros
he perdido los ojos
imagino la insoportable extensión del techo casi puedo verla como
una silenciosa meseta sobre



seguramente surcada por una
GRIETA
finísima y cada vez más larga como el llanto de un bebé
dentro de una diminuta caja de cerillas
esa misma oscuridad en fuga

a veces escucho risas cristales rasgándose susurros desquiciados

dentro

fuera
las húmedas casas alineadas comen
niebla a orillas del río
por las calles la fría lengua del agua
humedece la noche el cuerpo
cansado de la niña de viento reposa

dentro
en la casa sombría respira
se llena y se vacía de sal aguarda

con los huesos abiertos

se le crispa el gesto en la penumbra su piel
como un pañuelo de seda finísima
arrugada por la angustia
aún desde su sangre crece la hierba y
los insectos parpadean como luces de colores

fuera hay un entramado de calles maltrechas escaleras
cada vez más altas subiendo
en el nudo de las horas la madrugada hasta alcanzar
esa zona de aire enrarecido
ese minuto de silencio endureciéndose y los labios de la niña
cada vez más fríos
el olor verde azulado del agua desde sus brazos
ondea
va reflejándose por la hilera de casas
también en las pupilas heridas en ese imperceptible

no

hojita tierna estremeciéndose
de ruegos
se le adelgaza la voz hasta la hebra del miedo
sus cabellos lo desbordan como una
planta oscura

de pronto los ojos abiertos el tirón de los huesos
al erguirse
camina sobre los vidrios
una ráfaga de viento abre la puerta

la niña sale a los cañaverales

lugares por donde pasé

1

las calles cercanas a la desembocadura, construidas entre la vegetación que rodea al río, es decir, puedes sentir al fondo la humedad la tierra fangosa, es como cuando uno participa en determinado tipo de conversaciones y siente el suelo ablandándose bajo las pies, esa precisa forma del desmoronamiento, y el calor fundiendo estructuras bajo la frente, así era caminar por esas calles blancas, relucientes de pobreza, los vestidos coloridos y el denso mapa de arrugas complicando el sistema surface-trous
nada se mueve allí salvo las salamandras, al cabo de un rato no consigo dominar las piernas y el sol se deshace como un alcohol espeso,
allí era imposible pronunciar determinadas palabras, el tono de la voz se hacía quedo, al despertar todo se reducía a un polvillo amarillento, persistente como un dolor de cabeza

2

después estaba el puerto, con sus sucias aguas estancadas, cerca de la fábrica de hielo, allí los hombres con bocas roídas por la sal cantaban a media voz en otras lenguas, o no, eran sólo palabras troceadas, frases descolgadas, como aquella vez el encuentro furtivo entre los barcos, la arena quemando y enseguida las algas mojadas nos entraban en los pulmones, todo lo que no alcanzábamos casi parecía estar al lado
cuando el mar va ganando terreno por dentro apenas hay dónde agarrarse, dijo, o algo así, sólo cambiar al ciclo de las mareas, su movimiento incesante llevando y trayendo lo poco que uno ha conseguido reunir sobre sí: caracolas resquebrajadas, el caparazón de un cangrejo, la débil raspa de un pez transparente
no encontré lo que fuera que buscaba, me fui de nuevo, los rumbos son producto del azar
los regresos, tristes accidentes

3

junto a los cañaverales, ya he hablado tanto sin éxito, allí la pequeña bestia gruñendo, nutriéndose de insectos, el pelo más que sucio de hierbas, plumas, apenas se le ve la cara, su voz gorgoteando sobre el cuadrante lunar y la esforzada conjunción arriba lo que mira largo rato en desconcierto después de haber acechado horas y horas o de haber huido sobre todo por el cariz descontrolado que toman los acontecimientos que suceden en Dentro/Fuera, eso que no se explica y se parece a un nudo hecho con rabia siempre en el mismo sitio, eclosiones, ranas, lagartijas, escolopendras, sucesión frenética de muerte y nacimiento
qué quedó de ella, qué encontraron, un montoncito de cáscaras acumuladas, su nido hecho con juncos en medio del cieno, piedras brillantes que a veces recogía, despojos, no tenía nada, carecía incluso del tramposo don de la palabra


sólo me rompo


jueves, 10 de noviembre de 2016

La piedra que cae (por Olaf Bull)


Yo estaba en la más extrema eternidad,
detrás del incendio del horizonte visible.
Entonces ocurrió que alguien avanzó hacia mí
sobre el borde de una estrella desconocida.

Alguien que se inclinaba hacia delante y sonreía
detrás de un velo que le envolvía la cabeza
y sostenía una piedra en una de sus garras
y susurraba fría y suavemente:

«Dejo caer una piedra en la órbita del cielo,
la piedra dorada, que ahora te muestro;
al instante siguiente ha desaparecido;
ya nunca más cesará de caer.

¿Entiendes, miserable, lo que hago?
Suelto una piedra cayente en tu alma;
siembro en tu ser desasosiego,
una inquietud que nunca morirá.

Dondequiera que te quemes en la morada de la luz,
en amor de mujeres, entre arbustos de blanco primaveral,
la piedra que al mismo tiempo cae, cae
en las tinieblas del destino, tienes que recordarla».

Y la imagen se rompió, y yo me hundí,
me hundí en mi cama —me desperté sudando;
en olas de gélido rocío de estrellas
latía mi corazón, golpe a golpe—
Pero el sueño siguió en la noche de mi corazón.
Desde la juventud a la edad madura
trató en vano mi alma de coger
la piedra que cae incesantemente.


miércoles, 9 de noviembre de 2016

La ventana (por Vicente Aleixandre)


Cuánta tristeza en una hoja del otoño,

dudosa siempre en último extremo si presentarse como cuchillo.

Cuánta vacilación en el color de los ojos

antes de quedar frío como una gota amarilla.


Tu tristeza, minutos antes de morirte,

sólo comparable con la lentitud de una rosa cuando acaba,

esa sed con espinas que suplica a lo que no puede,

gesto de un cuello, dulce carne que tiembla.


Eras hermosa como la dificultad de respirar en un cuarto cerrado.

Transparente como la repugnancia a un sol ubérrimo,

tibia como ese suelo donde nadie ha pisado,

lenta como el cansancio que rinde al aire quieto.


Tu mano, bajo la cual se veían las cosas,

cristal finísimo que no acarició nunca otra mano,

flor o vidrio que, nunca deshojado,

era verde al reflejo de una luna de hierro.


Tu carne, en que la sangre detenida apenas consentía

una triste burbuja rompiendo entre los dientes,

como la débil palabra que casi ya es redonda

detenida en la lengua dulcemente de noche.


Tu sangre, en que ese limo donde no entra la luz

es como el beso falso de unos polvos o un talco,

un rostro en que destella tenuemente la muerte,

beso dulce que da una cera enfriada.


Oh tú, amoroso poniente que te despides como

dos brazos largos

cuando por una ventana ahora abierta a ese frío

una fresca mariposa penetra,

alas, nombre o dolor, pena contra la vida

que se marcha volando con el último rayo.


Oh tú, calor, rubí o ardiente pluma,

pájaros encendidos que son nuncio de la noche,

plumaje con forma de corazón colorado

que en lo negro se extiende como dos alas grandes.


Barcos lejanos, silbo amoroso, velas que no suenan,

silencio como mano que acaricia lo quieto,

beso inmenso del mundo como una boca sola,

como dos bocas fijas que nunca se separan.


¡Oh verdad, oh morir una noche de otoño,

cuerpo largo que viaja hacia la luz del fondo,

agua dulce que sostienes un cuerpo concedido,

verde o frío palor (*) que vistes un desnudo!

...

(*) palor = palidez

martes, 8 de noviembre de 2016

El tiempo es una serie inclusiva dijo Mc Taggart (por Kenneth Rexroth)


I



En un minuto apenas nos vamos a decir adiós

yo me iré conduciendo y voy a verte

cruzar el boulevard por el espejo retrovisor

tú tal vez distingas mi nuca

perdiéndose en el tráfico

y después no vamos a volver a vernos nunca más

Esto va a pasar en otro minuto apenas


II


Calle Willow

calle de hojas amargas

tres generaciones de putas en las ventanas

madre hija nieta

la zorra de quién eres

la zorra de nadie soy una zorra sola

una zorra negra sola una zorra triste sola

una zorra triste ésa soy

la mejor de la calle Willow

está muerta Helen está muerta Dolores está muerta

la calle Willow es nada más que una bahía

en un complejo de diez pisos

la calle Willow se fue con

la calle de los chicos malos la calle de las chicas malas

la calle donde descansa el corazón

dejarán aunque sea un pasaje

para ponerle mi nombre


III


Charla en una habitación oscura

los pájaros vuelan hacia el espejo empañado

y nunca vuelven

el espejo se gasta


IV


Durante mucho tiempo

estuve siguiendo una enredadera

no puedo encontrar la raíz

no puedo encontrar la punta

hay un muro alto de espinas

hay un muro grueso de espinas

que rodea un castillo desconocido

las espinas están cubiertas de flores

cada flor es distinta

pero su olor es el perfume

de un cuerpo que perdí


V


miles de pétalos blancos

esparcidos sobre el agua de las horas

música lunar mar que emerge

sentimientos banales

desengaños y besos

voces que cantan y voces

lejos en la playa brumosa

junto a las fogatas

cantando para siempre para siempre


lunes, 7 de noviembre de 2016

Nos dijimos adiós (por Louise Glück)



La última vez que vi a mi padre ambos hicimos lo mismo.

Él estaba parado en la puerta de su habitación,

esperando que yo acabara de hablar por teléfono.

Que él no estuviera pendiente de su reloj

era una señal de que quería conversar.


Conversar para nosotros siempre significó lo mismo.

El decía algunas palabras, yo decía unas de vuelta.

Y en eso consistía.


Casi terminaba agosto, hacía mucho calor, mucha humedad.

Al lado los trabajadores arrojaban gravilla fresca en la marquesina.


Mi padre y yo evitábamos estar solos;

No lográbamos conectarnos, hablar por hablar.

Era como si no existieran

otras posibilidades.

Así que ésta era especial: cuando un hombre se está muriendo,

hay de qué hablar.


Debe haber sido temprano en la mañana. De un lado a otro de la calle

los aspersores empezaron a funcionar. El camión del jardinero

apareció al final de la manzana

hasta que se detuvo para estacionarse.


Mi padre quería contarme cómo era eso de morirse.

Dijo que no estaba sufriendo.

Dijo que se había quedado esperando el dolor, aguardando, pero nunca vino.

Lo único que sentía era una especie de debilidad.

Le dije lo mucho que me alegraba, que me parecía que tenía suerte.

Algunos de los maridos se subían a sus coches para ir al trabajo.

No gente que conociéramos. Nuevas familias,

familias con niños pequeños.

Las amas de casa se paraban en la marquesina, gritando o haciendo ademanes.


Nos dijimos adiós como acostumbrábamos,

sin abrazarnos, nada dramático.

Cuando el taxi vino, mis padres lo observaron desde la entrada,

Agarrados de las manos, mi mamá tirando besos como suele hacer,

ya que le molesta cuando una mano no se está usando.

Pero por primera vez, mi padre no sólo se quedó parado ahí.

Esta vez saludó.


Eso mismo hice yo en la puerta del taxi.

Como él, saludé para esconder el temblor de mi mano.



domingo, 6 de noviembre de 2016

El hombre gris camina (por Luis Cernuda)


Un hombre gris avanza por la calle de niebla;
no lo sospecha nadie. Es un cuerpo vacío;
vacío como pampa, como mar, como viento,
desiertos tan amargos bajo un cielo implacable.

Es el tiempo pasado, y sus alas ahora
entre la sombra encuentran una pálida fuerza;
es el remordimiento, que de noche, dudando,
en secreto aproxima su sombra descuidada.

No estrechéis esa mano. La yedra altivamente
ascenderá cubriendo los troncos del invierno.
Invisible en la calma el hombre gris camina.
¿No sentís a los muertos? Mas la tierra está sorda.


sábado, 5 de noviembre de 2016

Y ellos me miran (por Czeslaw Milosz)


Entre aquellos que se sentaban a la mesa del café,
desde donde en mediodías de invierno
el escarchado
jardín brillaba en las ventanas,
sólo yo he sobrevivido.
Bien podría si quisiera ir hasta allí
y al tamborilear de mis dedos contra el helado vacío
convocar sombras.
Con incredulidad toco el frío mármol.
Con incredulidad toco mi propia mano.
Ella es, y yo soy, en un devenir eternamente nuevo.
Mientras ellos permanecen encerrados para siempre
en su última palabra, en su última mirada,
como el lejano emperador Valentiniano
o los jefes de los masagetas, de quienes nada sé,
aunque escasamente ha transcurrido un año, o dos,
o tres.
Aun así puedo cortar árboles en bosques del lejano
norte,
puedo hablar desde un estrado o rodar una película
usando técnicas de las que ellos nunca oyeron.
Puedo aprender el sabor de frutas de las islas del
océano
y ser fotografiado en apropiado traje
desde la segunda mitad del siglo.
Pero ellos siempre son como bustos en levita
y cuellos de holán
en alguna monstruosa enciclopedia.
A veces, cuando la aurora de la tarde
pinta los techos de una pobre calle
y yo contemplo el cielo, veo en las blancas nubes
una mesa bamboleante. El camarero da vueltas
con su bandeja
y ellos me miran y estallan en risas.
Porque si yo no sé lo que es morir a manos
de un hombre,
ellos lo saben, ellos lo saben muy bien.


viernes, 4 de noviembre de 2016

Una polvareda (por Wang Changlin)


Cruzamos el arroyo
y mi caballo bebe
en sus frías aguas otoñales.
El viento corta como un cuchillo.
Sobre el desierto de arena se pone el sol,
y a través de la llanura
se pueden ver ensombreciéndose
las murallas de Ling-Tao.
Recuerdo las batallas antiguas
libradas detrás de este largo muro,
en los cientos de combates
que los hombres contaron orgullosamente
con los labios,
cuentos que se han desvanecido
en el polvo amarillo del tiempo.
Y ahora la antigüedad es una polvareda
que sopla de vez en cuando sobre los pastos
y los insepultos y blanqueados huesos.


jueves, 3 de noviembre de 2016

Refugio (por Manuel González)


Vuelvo a casa
en este abril lento
de repúblicas a cuestas
y promesas vencidas.
El tercer piso a mano izquierda
es un altar
que me devuelve la fe perdida
en las calles de siempre.
Llego a la puerta,
se abre impaciente el firmamento
y puedo mirarte sin paracaídas.
Esa es la razón de los mediodías.
Hago bandera en la camiseta
que llevas puesta.
Bajo tus pies,
todo regresa a su lugar
como la calma a nuestros libros.
Incluso aprendí todas las conjugaciones
para llegar puntual a tus verbos
cuando se duerme el día en los ojos,
donde, a pesar de todo,
siempre haces hueco.

miércoles, 2 de noviembre de 2016

Completo (por Jorge Guillén)


Dije: ¡Todo ya pleno!
Un álamo vibró.
Las hojas plateadas
sonaron con amor.
Los verdes eran grises,
el amor era sol.
Entonces, mediodía,
un pájaro sumió
su cantar en el viento
con tal adoración
que se sintió cantada
bajo el viento la flor
crecida entre las mieses,
más altas. Era yo,
centro en aquel instante
de tanto alrededor,
quien lo veía todo
completo para un dios.
Dije: Todo, completo.
¡Las doce en el reloj!



martes, 1 de noviembre de 2016

Carta de amor escrita en un edificio en llamas (por Anne Sexton)


Queridísimo Foxxy,

Estoy en una jaula,
la jaula que fue nuestra,
llena de camisas blancas y ensaladas verdes,
el congelador criticando nuestras deliciosas críticas,
y llevé películas en mis ojos,
y llevabas huevos a tu madriguera,
y jugamos a las sábanas, sábanas, sábanas
todo el día, incluso en la bañera como lunáticos.
Pero hoy prendí fuego a la cama
y el humo está llenando la habitación,
se está calentando lo suficiente para derretir las paredes,
y el congelador, un pegajoso diente blanco.

Me he puesto una máscara para escribir mis últimas palabras,
y son sólo para ti, y las pondré
en el congelador designado para el vodka y los tomates,
y tal vez perduren.
No será así con la perra. Sus manchas se caerán.
Las cartas viejas se derretirán dentro de una abeja negra.
Los camisones ya están despedazados
en el papel, el amarillo, el rojo, el morado.
La cama –bueno, las sábanas se han convertido en oro–
duro, oro duro, y el colchón
se está convirtiendo en piedra por un beso.

En cuanto a mí, querido Foxxy,
mis poemas para ti pueden o no pueden alcanzar el congelador
y su esperanzadora eternidad,
¿es suficiente para ti?
¿El primero donde nombraste
mi nombre directamente en P.R.?
Si mis pies no estuvieran cediendo terreno
contaría toda la historia,
no solo la historia de la sábana
sino la historia del ombligo,
la historia de los curiosos párpados,
la historia del whisky amargo del pezón–
y empujaría nuestro amor donde perteneció.

Pese a mis guantes de amianto,
la tos está llenándome de negro,
y un polvo rojo se filtra a través de mis venas,
nuestra pequeña jaula se viene abajo públicamente
y sin pretenderlo, ya ves,
el sentido de un acto solitario,
una incineración del amor,
pero en lugar de eso parece que nos estamos hundiendo
justo en medio de una calle rusa,
las llamas haciendo el sonido de
un caballo siendo golpeado y golpeado,
el látigo adora su triunfo humano,
mientras las moscas esperan, golpe por golpe,
directamente desde United Fruit S.A.


lunes, 31 de octubre de 2016

Como cualquiera (por Joaquín Giannuzzi)


Pero vean qué manera de yacer

este cadáver de J.O.G.

La cosa parece de veras decisiva

y pueden creerle por esta vez.

Yo lo conocí bien, puedo decirlo;

este sujeto tenía una manera extraña

de enfrentar el mundo y sus calamidades:

hablaba todo el tiempo de eso.

Cuando vio que la muerte estaba encima

la barba crecida se le puso verde

y ya no habló. Buscó en el fondo

remoto de los años

alguna fe que lograra apuntalar

los escombros finales,

un ensayo ilusorio

de una cierta existencia con sentido.

Pero entendió que el mundo

sólo había esperado un cadáver, no un poema.

El amor, sin embargo,

había tenido mucha importancia en su vida,

de manera que, créanme,

valía tanto como cualquiera de nosotros.



domingo, 30 de octubre de 2016

Música y viento y hojas (por José Hierro)


Hemos visto, ¡alegría!, dar el viento
gloria final a las hojas doradas.
Arder, fundirse el monte en llamaradas
crepusculares, trágico y sangriento.

Gira, asciende, enloquece, pensamiento.
Hoy da el otoño suelta a sus manadas.
¿No sientes a lo lejos sus pisadas?
Pasan, dejando el campo amarillento.

Por esto, por sentirnos todavía
música y viento y hojas, ¡alegría!
Por el dolor que nos tiene cautivos,

por la sangre que mana de la herida
¡alegría en el nombre de la vida!
Somos alegres porque estamos vivos.


sábado, 29 de octubre de 2016

Flor de ciénaga (Saiz de Marco)


¿qué fuerza te infundieron
los golpes recibidos?

¿qué hallazgo se debió
a tu ceguera?

¿a qué acierto llevaron
tus errores?

¿qué logro se fraguó en
tu descalabro?

¿cómo te hizo crecer
tu caída?

y

¿de qué te curó
tu enfermedad?



viernes, 28 de octubre de 2016

Vino el amor entonces (por Andrés Trapiello)


Y me senté por descansar del día
junto al gran ventanal
y estuve allí no sé qué largo rato.
Cansado estaba y triste y sin propósito
viendo correr el agua de la fuente.
Los del jardín eran colores foscos,
verdes que se enlutaban y unas rosas
al pie de una escalera por la lluvia
gastados. Y allí mismo, en un rincón,
bajo el naranjo agrio,
las viejas herramientas
que dejó el jardinero,
la esterilla de esparto y el hocino
de primitivo aspecto, curvo y negro.
Se deshacía el día en fino polvo
de oro, el agua por el canalillo
de barro apenas se atrevía al ruido
y a su torre volvían las palomas.
No era de noche aún, sino de azul,
de un azul muy intenso.
Vino el amor entonces
a mi lado a quedarse,
el amor de las cosas del huerto,
parte del cual estaba ya sembrado
y esperaba su fruto.
Pero de pronto una blanca lechuza
se desplomó del cielo
y me asustó su majestad al verla
detrás de unos laureles remontando;
hasta escuché sus fantasmales alas.
no era de noche aún,
el aire de azucenas perfumado,
y cerré la ventana
y ya no pude recorrer
mi corazón del todo.


jueves, 27 de octubre de 2016

La caja de zapatos (por Xavier Farré)


En el fondo de la maleta, la caja de zapatos.

Llena de papeles, recuerdos formando una pátina

de realidad que dejó de existir, arrinconada.

Como los objetos que recoges en viajes

para conservar una imagen borrosa, fotografías

que no encajan en ninguna pantalla, ningún programa

sabe leerlas, descifrar, despixelar. Se despliegan

después del mensaje de decodificación.

Solo colores, como el agua vertida de un jarrón

que ya no puede alimentar ninguna flor.


Las cajas de zapatos son nuestro refugio

al volver de un viaje. Abiertas a intervalos

cada vez más amplios, en fronteras

que ya no sé distinguir en ningún mapa.

Meto en cajas los países, las ciudades, un paseo

a la vera de un río cualquiera, en el lugar Nada.

Me encajono a mí mismo, en mis objetos.

Cuando alguien abra la caja, pasados muchos años,

encontrará las suelas tronzadas, comidas,

liados los cordones, la lengüeta partida. 


miércoles, 26 de octubre de 2016

Y se mira su cuerpo (por Rafael Guillén)


Un hombre está tumbado bajo el cielo.
Se le ha apagado el tacto. Las hormigas
pueden subir el trigo por su cuello.
Esto es lo más terrible de los muertos:
que la vida los cubre y los absorbe.

Porque un hombre está muerto, y en la plaza
siguen jugando al tute los de siempre,
y se espera que grane la cosecha,
y hay barcos en los puertos, preparados
para zarpar al despuntar el alba.
Un muerto es la esperanza boca abajo.

Porque un hombre está muerto y todavía
es posible que tiene en los bolsillos
un paquete empezado de tabaco.
Y esto es lo más terrible de los muertos:
que se paran de pronto entre las cosas.

Ha muerto un hombre cuando se desdobla
y se mira su cuerpo, desde enfrente,
y se tiende la mano, y se despide.
Ha muerto un hombre, irremisiblemente,
cuando mueren los que lo recordaban.

Los muertos se resisten a estar muertos
y se defienden con su peso inerte,
y es terrible su grito cuando luchan
porque sólo se oye con los ojos.

Hay que amar a los muertos, comprenderlos.
Son como niños buenos enfadados.
Les han robado el aro y la cometa
y se han quedado tristes para siempre. 

martes, 25 de octubre de 2016

Como ella (por Juan Ramón Jiménez)


¡Que goce triste este de hacer todas las cosas como ella las hacía!

Se me torna celeste la mano, me contagio de otra poesía

y las rosas de olor, que pongo como ella las ponía, exaltan su color;

y los bellos cojines, que pongo como ella los ponía, florecen sus jardines;

y si pongo mi mano -como ella la ponía- en el negro piano,

surge como en un piano muy lejano, más honda la diaria melodía.


¡Que goce triste este de hacer todas las cosas como ella las hacía!

Me inclino a los cristales del balcón, con un gesto de ella,

y parece que el pobre corazón no está solo.

Miro al jardín de la tarde, como ella,

y el suspiro y la estrella se funden en romántica armonía.


¡Que goce triste este de hacer todas las cosas como ella las hacía!

Dolorido y con flores, voy, como un héroe de poesía mía.

Por los desiertos corredores que despertaba ella con su blanco paso,

y mis pies son de raso -¡oh Ausencia hueca y fría!-

y mis pisadas dejan resplandores.


lunes, 24 de octubre de 2016

Esa mirada incompleta (por Claudia Prado)


El muñeco preferido, de trapo

o de peluche, envejece. Los colores

más lavados, las costuras flojas,

se lo nota desganado en el abrazo.

Un día pierde un ojo. Es difícil

sostener esa mirada

incompleta. Si le faltase

una cosa singular como la boca

lo hubiesen aceptado diferente.

Pero todavía

conserva el brillo de una cuenta

de plástico, ahora sola,

y el otro lado de la cara liso.

El ojo que falta no aparece, no rodó

a ningún rincón, no está

debajo de la cama

donde comprueban,

de paso y con alivio, que no vive

ese espanto de mujer,

la del rostro oculto bajo el pelo.

No, no hay nada brillante

en los rincones, nada oscuro,

solo un poco de pelusa.


domingo, 23 de octubre de 2016

Llevarse de la vida (por Fernando Pessoa)


La persistencia instintiva de la vida a través de la apariencia de la inteligencia es para mí una de las contemplaciones más íntimas y más constantes. El disfraz irreal de la conciencia sirve tan sólo para ponerme de relieve a la inconsciencia que no disfraza.

Desde el nacimiento hasta la muerte, el hombre vive como siervo de la propia exterioridad de sí mismo que tienen los animales. No vive toda la vida, sino que vegeta en mayor grado y de manera más compleja. Se guía por normas que no sabe que existen, ni que por ellas se guía, y sus ideas, sus sentimientos, sus actos, son todos inconscientes —no porque en ellos falte la conciencia, sino porque no hay en ellos dos conciencias-.

Vislumbres de tener la ilusión —tanto, y no más, tiene el más grande de los hombres-.

Sigo, en un pensamiento divagatorio, la historia vulgar de las vidas vulgares. Veo cómo en todo son siervos del temperamento subconsciente, de circunstancias externas ajenas, de los impulsos de familiaridad y falta de ella que en él, por él y con él, se incuban como cosa de poco.

Cuántas veces les he oído decir la misma frase que simboliza todo lo absurdo, toda la nada, toda la ignorancia hablada de sus vidas. Es esa frase que dicen a propósito de cualquier placer material: «es lo que uno se lleva de esta vida»… ¿A dónde se lo lleva? ¿Para dónde se lo lleva? ¿Para qué se lo lleva? Sería triste despertarlos de la sombra con una pregunta como éstas… Habla así un materialista, porque todo hombre que habla así es, aunque subconscientemente, materialista. ¿Qué es lo que piensa llevarse de la vida, y de qué manera? ¿A dónde se lleva las chuletas de cerdo y el vino tinto y la chica casual? ¿A qué cielo en el que no cree? ¿A qué tierra a la que no se lleva sino la podredumbre que toda su vida ha sido a escondidas? No conozco frase más trágica ni más plenamente reveladora de la humanidad humana. Así dirían de sus placeres sonámbulos los animales inferiores al hombre en la expresión de sí mismos. Y quién sabe si, yo que hablo, al escribir estas palabras con una vaga impresión de que podrán durar, no creo también que la memoria de haberlas escrito es lo que «me llevo de esta vida».

Y, como el inútil cadáver del vulgar a la tierra común, baja al olvido común el cadáver igualmente inútil de mi prosa hecha atendiendo. ¿Las chuletas de cerdo, el vino, la chica del otro? ¿Por qué me burlo yo de ellos? Hermanos en la común ignorancia, maneras diferentes de la misma sangre, formas diferentes de la misma herencia —¿quién de nosotros podrá renegar del otro?-.

sábado, 22 de octubre de 2016

Y tú aquí (por José Luis Parra)


Cómo se arrugan, sigilosas,

imperceptiblemente,

las peras, las manzanas,

en el cristal imperturbable; cómo

se mancha y ennegrece el amarillo

de los plátanos

y se ablanda

la pulpa, el fulgor de las cerezas…

Si fueran más agudos tus sentidos

sin duda escucharías,

en esta quieta noche de verano,

el incesante juego de la muerte

incluso en la aparente consistencia

del frutero.

Y tú aquí, sudoroso,

medio desnudo,

fumando sin sosiego en la cocina;

tú aquí, presa rendida, ya atrapado

por los feroces lebreles del tiempo;

tú aquí,

coronando sin gloria esta sombría

naturaleza muerta.


viernes, 21 de octubre de 2016

Todo nos sobrevivirá (por Massimo Gezzi)


Esta tierra está cargada de memoria:
desde los edificios de la costa se cuentan
los claros perfiles de las colinas, hacia el oeste,
y los años que fluyen no cambian
el paisaje, la retina permanece fatigada
por la luz o por el medio cono de sombra
observados desde siempre —cambian por estación
las voces de los pájaros; por años las luces
que esclarecen la concha semioscura
entre la casa y el paseo marítimo, corredor
de nieves balcánicas y de albas.
Hay sabiduría en esta
duración de la tierra, en la muda decisión
de las cosas que quedan. Hasta en el peso
que envejece las facciones, hay sabiduría:
pasan los hombres, se rinden ante el espacio,
en el hacerlo se convencen
de que pasar es su único motivo
para estar en el mundo. Es increíble que todo
nos sobrevivirá: la tierra trabajada
perderá cualquier apariencia y será
otra vez maleza, como el automóvil del abuelo,
que se quedó a la intemperie, en los faros escondía
dos nidos de avispas, y las orugas
llegadas desde el huerto le entrelazaban
las ruedas en el claro,
la reclamaban para ellos.


jueves, 20 de octubre de 2016

Pero no ignores que se irá (por Darío Jaramillo)


Posees el gozo de su risa

pero debes saber que partirá.

Te inunda su alegría

te ilumina su rotunda carcajada

con una luz muy dulce,

pero no ignores que se irá.

Ella fluye,

ella es un líquido que detesta estancarse

ella es un pájaro que anida y emigra,

ella se irá.

Ella se irá y te dejará una marca de amor

que solamente curarás con su regreso efímero.

Entonces la verás de paso

y será como tropezar con el sol de la mañana

descubrir de nuevo su alegría,

nadar en ella

plácido

hasta un próximo encuentro inesperado.


miércoles, 19 de octubre de 2016

Igual que nosotros (por Yves Bonnefoy)


Aquí yace un dios que no habrá comprendido
mejor que nosotros. Que no habrá amado
como puede hacerlo un niño. Que era torpe,
que fue violento, falto de las palabras que clarifican.

Y que murió sin haber hecho uso
de sus poderes, igual que nosotros en esto.
Uno que no dejó de asombrarse de ser
como lo hacemos nosotros, en nuestros últimos días.

¿Fue un hijo? Sí, pero rebelde,
un hijo que insultó a su padre y decidió
morir, por desorden de su orgullo.

Pero que habría querido, al menos una hora, vivir,
tomando de la mano al niño que él no pudo
ser, aunque tantas veces con las mismas lágrimas.

martes, 18 de octubre de 2016

Todo lo que quedó (por Bronislaw Maj)


En un bosque de noche un fuego: un ondeante círculo
de luz, más allá de él no hay nada
porque estamos aquí, en el medio:
emocionados gritos, cantos, risas...
Ahora la leña se ha terminado, las llamas
expiran. Y nosotros también decimos: el hombre
expira. Y todavía hay algo de fuego
ahí. Después nada: la oscuridad y vemos claramente todo
lo que quedó: nuestros rostros de pronto todos tan
diferentes, curvados sobre este lugar, negros
contornos de árboles, un cielo de algún modo más brillante,
frías estrellas. Y nadie sabe por qué
permanecemos tanto tiempo en silencio
y luego hablamos
en susurros.


lunes, 17 de octubre de 2016

Busca (por Adam Zagajewski)


Volví a la ciudad
donde fui niño
y adolescente y un viejo de treinta años.
La ciudad me recibió con indiferencia,
los megáfonos de sus calles murmuraban:
¿no ves que el fuego todavía arde?,
¿no oyes el estrépito de las llamas?
Vete.
Busca en otro lugar.
Busca.
Busca la verdadera patria.


domingo, 16 de octubre de 2016

El niño toma al hombre de la mano (por Joan Margarit)


Le gusta caminar a solas por las calles,

sin prisas, con las manos a la espalda,

contemplando el bullicio matinal.

Responsable, aquel niño

debió de obedecer toda su vida.

Hoy sale de detrás de lo que, tantos años,

era su disfraz de hombre.

Algunas cosas no han cambiado: cosas

breves y suaves, como las ausencias

que las primeras luces encienden al crepúsculo.

Recuerda cuando al niño que ha vuelto le decían

que los muertos estaban en el cielo

un cielo que es a veces tan azul,

tan frío al alejarse de la tierra,

tan negro al encenderse las estrellas.

El niño toma al hombre de la mano.

Los dos van alejándose hasta ser

una mota en el cielo. Aves de paso.

sábado, 15 de octubre de 2016

Me pruebo su traje (por Charles Bukowski)


él me daba a entender a veces que yo era un bastardo y yo

le decía a él que escuchara a Brahms, y yo le decía a él que

aprendiera a pintar y beber y a no ser dominado por las mujeres

y los dólares pero él me gritaba, por el amor de Dios recuerda a

tu madre, recuerda a tu patria,

nos vas a matar a todos…!


me desplazo por la casa de mi padre (de la cual aún debe 8000 dólares

después de 20 años en el mismo empleo) y miro sus zapatos muertos,

la forma en que sus pies combaron el cuero, como si estuviera

furioso plantando rosas, y lo estaba, y miro su cigarrillo muerto, su

último cigarrillo y la última cama en la que durmió esa noche, y siento que

debería rehacerla pero no puedo, pues un padre es siempre tu amo aún

cuando se ha ido; supongo que estas cosas han sucedido una y otra vez

pero no puedo dejar

de pensar:


morir sobre el suelo de la cocina a las 7 de la mañana

mientras otra gente está friendo huevos

no es tan duro

a menos que te suceda a ti.


salgo y cojo una naranja y le quito la piel luminosa;

las cosas están todavía vivas: el césped crece bastante bien,

el sol envía sus rayos circundados por un satélite ruso, un perro

ladra sin sentido en algún lugar, los vecinos espían desde detrás

de las persianas.

soy un extranjero aquí, y he sido (supongo) en cierto modo el granuja,

no dudo de que él me pintara bastante bien (el viejo

y yo peleábamos como leones de montaña) y dicen que dejó

todo a alguna mujer en Duarte pero me importa un bledo —puede quedárselo:

era mi viejo

y ha muerto.


dentro, me pruebo su traje azul claro

mucho mejor que cualquier cosa que haya llevado nunca

y agito los brazos como un espantapájaros al viento

pero de nada sirve:

no puedo mantenerlo vivo

no importa lo mucho que nos odiamos el uno al otro.


parecíamos exactamente iguales, pudimos haber sido gemelos

el viejo y yo: eso es lo que decían.

él tenía los bulbos sobre la rejilla

listos para ser plantados

mientras yo estaba acostado con una puta de la calle

tercera.


muy bien. concedámonos este momento: de pie delante del

espejo con el traje de mi padre muerto

esperando también

a morir.

viernes, 14 de octubre de 2016

Partes blandas (por Agustín Fernández Mallo)


Esta noche he estado trabajado en la siguiente idea, que extraje de un libro del paleontólogo Stephen Jay Gould: su profesión se enfrenta a una frustración irremediable, los registros fósiles siempre son sólidos, principalmente huesos y dientes que nada informan de las partes blandas de los cuerpos, sujetas a descomposición. Así, los paleontólogos deben inferir esas otras partes, o fiarse de relatos orales o dibujos en caso de existir. Creí entender entonces que no sólo la paleontología sino todas las reconstrucciones del pasado, ya sea remoto o reciente, se hacen a través de esquemas ciertos (residuos sólidos) y material inventado (partes blandas). Así la historiografía, así las religiones, así las ideologías, así los noticiarios. Hallamos hechos como se hallan dientes y huesos, estructuras sólidas a las que cada generación añade órganos de innumerables formas hasta conformar su propia idea de cuerpo vivo y muerto al mismo tiempo.


jueves, 13 de octubre de 2016

Mi madre (por Roberto Juarroz)


Ahora tan sólo,
en este pobre rostro en que te caes,
he visto el rostro de la niña que fuiste
y te he sentido varias veces mi madre.
Me he sentido el hijo de tus juegos,
del mundo que creabas y esperabas
como un tibio regalo de cumpleaños.
Y también de los sueños que nunca confesaste
para que nadie más sufriera por ellos.

Me he sentido el hijo de tus primeros gestos de mujer,
esos que también hubieras querido ocultar y hasta ocultarte,
para abreviar en el mundo la irrealidad del asombro.

Me he sentido el hijo
de los movimientos que me preparaban
como a un antepasado de la muerte,
dibujo obsesionado
por la inserción de sus escamas.

Y te he sentido luego
la circunferencia de mi trébol pasmado,
el ángulo del compás que se abría,
el mapa de mis fiebres confundidas con viajes,
la caracola de mis ecos de hombre.

Y te he sentido aún más,
te he sentido llegar a ser dos veces mi madre
para que yo pudiera dejar de sentirte
y saltar hacia tu dios o hacia mis manos,
que tal vez no sean mías ni de nadie.
Y ahora, al remontar mi salto,
para saltar de nuevo
o quizá para aprender a andarlo paso a paso,
te reencuentro o te encuentro mi madre,
aunque ya lo seas sólo tuya.

He demorado mucho,
he demorado todas las mujeres
y también todos los hombres,
he demorado el tiempo interminablemente largo
de la vida interminablemente breve,
para llegar a ser varias veces tu hijo.


miércoles, 12 de octubre de 2016

Soy como una historia que alguien hubiera contado (por Fernando Pessoa)


En las vagas sombras de luz por terminar antes que la tarde sea pronto noche, disfruto de errar sin pensar entre lo que la ciudad se vuelve, y ando como si nada tuviese remedio. Me agrada, más a la imaginación que a los sentidos, la tristeza dispersa que está conmigo. Vago, y hojeo en mí, sin leerlo, un libro intersperso de
imágenes rápidas, del que voy formándome indolentemente una idea que nunca se completa.

Hay quien lee con la misma rapidez con que mira, y concluye sin haberlo visto todo. Así saco del libro que se me hojea en el alma una historia vaga por contar, memorias de otro yo vagabundo, con avenidas de parques en medio, y figuras de seda varias, pasando, pasando.

Indiscrimino con tedio y otro. Sigo, simultáneamente, por la calle, por la tarde y por la lectura soñada, y los caminos son verdaderamente recorridos. Emigro y descanso, como si estuviese a bordo con el navío ya en altamar.

Súbitamente, los faroles muertos coinciden luces en las prolongaciones dobles de una calle larga y curva. Como un batacazo, mi tristeza aumenta. Es que se ha terminado el libro. Hay tan sólo, en la viscosidad aérea de la calle abstracta, un hilo exterior de sentimiento, como la baba del Destino idiota, goteando en la conciencia del alma.

Otra vida de la ciudad que anochece. Otra alma la de quien mira a la noche.

Sigo inseguro y alegórico, irrealmente sintiente. Soy como una historia que alguien hubiera contado y, de tan bien contada, anduviese carnal, pero no mucho, en este mundo novela, en el principio de un capítulo: «En este momento, se podía ver a un hombre avanzar lentamente por la calle de…»

¿Qué tengo yo que ver con la vida?


martes, 11 de octubre de 2016

Como si no me perteneciera (por Joan Payeras)


Nada añoro

andamos todo el día entre el silencio

porque el sonido del viento

o de las botas hundiéndose en el barro

son nuestro silencio

los gritos de los oficiales

los gemidos y las canciones

son nuestro silencio

y no hay ruido

que estorbe lo que pensamos

y yo recuerdo las horas de colegio

cómo lo hacíamos en el coche de mi padre

o el color exacto del mar

de Es Trenc cuando tú lo miras

puedo recordarlo todo

pero como si no me perteneciera


como si no me quedase deseo

ni añoranza.

lunes, 10 de octubre de 2016

Fruto arruinado (por James Yates)


Las manos españolas son jóvenes, dolientes.
Capturadas por hombres conspicuos y seguros,
en sus propias granjas
abatidas se mantienen firmes. La hombría
no se ha hecho aún dueña de su joven materia,
y en sus formas
se muestra la dificultad de la tierra duramente abierta.
Serán fusilados. Los fusiles apuntan a los ojos sin blanco
que oscurecen recuerdos. Cada estación terrena
que tenía su signo en las manos
y los frutos terrenos convertidos en fútiles.
Aquellos grupos cándidos sin trueques, los muros y los árboles de su paisaje habitual
no habrán de dar testimonio de su muerte.
La pala arrojada al suelo, herramientas del campo
a diario colegas de sus manos, apartadas;
y cogiendo instrumentos
de otras especies y con otro empleo,
se alzaron contra el ansia sin nombre de la muerte,
moviéndose como los inviernos que cruzarán su tierra,
para volverse ellos mismos devastada cosecha
y fruto arruinado:
sabiendo que en el curso de los años
para ellos no vendrán otros momentos,
la armonía de su vida y su verano, ponderada entre ramas fusiles.



domingo, 9 de octubre de 2016

Milagros (por Walt Whitman)


¿Por qué tanto alboroto por un milagro?

Sólo conozco milagros, da igual que ande por las calles de Manhattan,

o mire hacia el cielo por encima de los tejados,

o camine por la playa al borde del mar,

o permanezca de pie bajo los árboles del bosque…

U observe a las abejas volando en torno a la colmena en verano,

o a los animales que pastan en las praderas,

o a las aves,

o a los fascinantes insectos que vuelan por el aire,

o la maravilla del atardecer

o de las estrellas que brillan en la noche, mudas y resplandecientes,

o la exquisita curva delgada de la luna nueva en primavera.

Estos y los demás, todos, son milagros para mí.

Todo está vinculado y, sin embargo, cada cosa es diferente y ocupa su propio lugar.

Para mí, cada hora de luz y oscuridad es un milagro,

cada centímetro cúbico de espacio es un milagro,

cada metro cuadrado de superficie de la tierra contiene lo mismo;

cada fragmento de su interior bulle con lo mismo.

Para mí el mar es un continuo milagro, los peces que nadan,

las rocas, el movimiento de las olas, los barcos y sus navegantes.

¿Hay acaso milagros más raros?



sábado, 8 de octubre de 2016

Remedio contra el insomnio (por Vera Pavlova)


No cuentes ovejas bajando la colina

ni las grietas del techo:

cuenta a los que amaste,

a los antiguos inquilinos

de los sueños que te mantenían despierta,

a los que una vez fueron tu mundo,

a los que te acunaban en sus brazos,

a los que te amaron...


Caerás, entonces, dormida al amanecer... Llorando.



viernes, 7 de octubre de 2016

Gruta tierna (por Tomás Segovia)


Quisiera haber nacido de tu vientre,

haber vivido alguna vez dentro de ti,

desde que te conozco soy más huérfano.

¡Oh gruta tierna,

rojo edén caluroso.

Qué alegría haber sido esa ceguera!

Quisiera que tu carne se acordara

de haberme aprisionado,

que cuando me miraras

algo se te encogiese en las entrañas,

que sintieras orgullo al recordar

la generosidad sin par con que tu carne

desanudaste para hacerme libre.

Por ti he empezado a descifrar

los signos de la vida,

de ti quisiera haberla recibido.



jueves, 6 de octubre de 2016

La puerta (por Robert Graves)


Cuando ella entró de improviso,

pareció que la puerta no volvería a cerrarse,

ni siquiera ella la cerró –ella, ella-:

la habitación quedó abierta a un mar visitante

al que no podía detener puerta alguna.


Pero, cuando al fin sonrió, ladeando la cara

para despedirse de mí,

donde había sonreído, en su lugar,

había una puerta oscura que sin cesar se cerraba

y se retiraron las olas.



miércoles, 5 de octubre de 2016

A mi modo (por Manuel Mejía Vallejo)


Todos me dicen que viva

de esta o de otra manera,

todos me dicen que muera

hacia abajo o hacia arriba,

todos dicen en qué estriba

la brega que yo asumí

desde el día en que nací,

para jugarme del todo,

dejen que viva a mi modo,

nadie morirá por mí.


martes, 4 de octubre de 2016

Tanta ceniza (por Joan Payeras)


¿Y qué haremos con tanta ceniza? Como si un sol negro se fundiese sobre nuestras cabezas, como una lluvia negra y caliente en nuestros labios, una lluvia pesada que nunca termina, una agua negra y caliente que no moja, mientras nuestra lengua seca parece una piedra de sal, y nos miramos las manos llenas de sol negro, de lluvia caliente, de mundo que se va, que se ahoga.

¿Y qué haremos con tanta ceniza?


lunes, 3 de octubre de 2016

Cayendo nota a nota (por Angelina Gatell)


Qué inaudita tu voz, qué misteriosa

la reverberación de sus metales,

el rastro que dejaba en la arboleda

apócrifa del aire.

Era como

un suavísimo adorno

de la tarde inclinada sobre el río,

cayendo nota a nota en el acero

intranquilo del agua.


Y yo como naciendo en una

dimensión ignorada de mí misma,

todo lo más augurio, nebulosa,

girando en el espacio, extraviada

en el dulce dominio del asombro,

respirando palabras como flores

confusamente abiertas

y en los parterres de la tarde.


(Amor, no entiendo lo que dices.

Sólo sé que me duele…)



domingo, 2 de octubre de 2016

Y el efecto, al irse, nos descubre las causas (por Alfred de Musset)


Muchas cosas nos deben gustar en este mundo
si queremos saber cuál de ellas preferimos:
los dulces, el Océano, el juego, el cielo azul,
las mujeres, los potros, los laureles, las rosas.
Debemos pisar flores que están recién abiertas,
debemos llorar mucho, decir muchos adioses.
Y cae el corazón en la cuenta de que es viejo,
y el efecto, al irse, nos descubre las causas.
De esos bienes fugaces que se prueban a medias,
el mejor que nos queda es algún viejo amigo.
Reñimos, nos rehuimos. Con que un azar nos junte,
nos reunimos, reímos, nuestras manos se tocan,
y entonces recordamos que juntos caminábamos,
que el alma es inmortal y que ayer es mañana.



sábado, 1 de octubre de 2016

Al puente de Brooklyn (por Hart Crane)


Cuántos amaneceres el agitado río que en ondas descansa,
las alas de las gaviotas se hundirán atravesándolo,
esparciendo blancos círculos de rumor, erigiendo
sobre la encadenada bahía las aguas de la libertad.

Después su inclinación invisible olvida nuestros ojos,
como una visión de veleros que caminan sobre
alguna página del cuaderno de bitácora,
hasta que los ascensores nos depositen en nuestro día...

Pienso en las salas de cine, artificios panorámicos,
gente embelesada ante una escena que seduce
ocultando el sentido, a la que regresas siempre
intuida por otros ojos en la misma pantalla.

Y atraviesas el puerto a paso de plata,
como si el sol caminara sobre ti, y aun así dejara
algo de movimiento sin prodigarse en el tránsito:
implícita vive en ti tu libertad.

Desde alguna escotilla subterránea, buhardilla o celda,
un demente se apresura hacia tus parapetos
aturdido por momentos, el aire infla su camisa,
la burla se percibe en la enmudecida caravana.

Wall Street abajo desde las vigas a la calle gotea el mediodía,
un diente arrancado del cielo de acetileno.
Por la tarde las grúas arrastran las nubes...
Tus cables respiran la quietud del Atlántico norte.

Oscuro como aquel cielo de los judíos
tu galardón. Se te rinden honores
de anonimato, que el tiempo no puede enmendar:
vibrante indulgencia y perdón muestras.

Oh arpa y altar fundidos en furia.
Cómo pudo el esfuerzo alinear el canto de tu cordaje,
terrorífico umbral de la visión del profeta,
de la oración del paria y del gemido del amante.

De nuevo las luces del tráfico rozan tu ágil,
indestructible idioma, inmaculado suspiro de estrellas
bordando tu destino, condensada eternidad:
vemos a la noche arrullarse en tus brazos.

Bajo tu sombra esperé en los muelles,
sólo en la oscuridad se aclara tu sombra.
Las ardientes parcelas de la ciudad tiemblan
cuando la nieve sumerge un año metálico...

Oh, insomne como el río a tus pies
hinchando el mar, el sueño de las llanuras
hacia nosotros mísero fluye, desciende,
y desde las ondas ofrece un mito a Dios.

viernes, 30 de septiembre de 2016

Furia (por Beatriz Hierro Lopes)


Tengo por regla esta apocalíptica forma de ser piedra en suelo mojado; y no me molestan en nada los pies de los otros, las rodillas las manos los rostros de los otros cuando casualmente resbalan en mí. Tengo una ciudad en cada pierna y en cada muslo el tráfico, la espera, la ira del taxista y una mano zurcida abusando la parada violenta que increpa desprecio a máxima velocidad. Tengo por pecho la plaza donde hombres y mujeres circulan y sé de memoria cada gesto sólo por la vanidad de decir: yo soy todo.

El todo tomando café, saliendo y entrando, indiferente a la calle que desemboca en mi lengua, ignorante de este registro diario que me ordena el ademán al negarle fuego a un desconocido. Niego, lo niego todo; y hay campanadas que suenan a mi espalda, santos de mirar opaco a los que sólo mi mirada les da brillo, hombres cotidianos que olvidan besos en cada ventana, sin saber que son mías la persianas que les devuelven esta impalpable forma de ser torrente de piedra: tempestad de granito. Golpeando furias contra abrigos negros, manos quietas y ese cabello oscuro buscando protegerse del frío.


No poseo sismo alguno, contingencia esporádica de la tierra en cuanto gime desamores al rocío de un cielo suspendido. Y, si me preguntaras quién soy, hacia dónde voy, te diría: soy Otoño, Invierno camuflado de vana promesa, de vana incertidumbre, voy hacia el tiempo que es la contabilidad de la caída de las hojas. Soy como el tiempo de las tormentas, y si tengo como lengua un rayo despedazando las nubes, no esperes otra cosa que la certeza de que haré un día en plena noche, la forma más perfecta de romper el silencio.


jueves, 29 de septiembre de 2016

Tendido con su nombre (por Juan Gelman)


Esa mujer se parecía a la palabra nunca,

desde la nuca le subía un encanto particular,

una especia de olvido donde guardar los ojos,

esa mujer se me instalaba en el costado izquierdo.


Atención atención yo gritaba atención

pero ella invadía como el amor, como la noche,

las últimas señales que hice para el otoño

se acostaron tranquilas bajo el oleaje de sus manos.


Dentro de mí estallaron ruidos secos,

caían a pedazos la furia, la tristeza,

la señora llovía dulcemente

sobre mis huesos parados en la soledad.


Cuando se fue yo tiritaba como un condenado,

con un cuchillo brusco me maté,

voy a pasar toda la muerte tendido con su nombre,

él moverá mi boca por la última vez.



miércoles, 28 de septiembre de 2016

Lluvia tardía (por Marisa Peral)


Nos abordan las pretéritas caravanas de la memoria
con su aroma de aguacero.
Renuncian a su bagaje de nostalgia
en los andenes de una estación inexplorada.

Llega la lluvia tardía con el sabor inocente de la infancia,
fragancia de lavanda y pulgaradas de gardenias
y un visillo lánguido cubre la cerrazón del cielo.

Las brozas de los bosques escinden la acuarela
con la anchura de un adiós o un para siempre
que busca sus raíces en la luz en el horizonte.

Llega de lejos el olor de la tierra mojada,
nos arropa en la crujía de la ensoñación,
en la antesala oculta para becarios de náufragos,
condenados a ser perpetuos títeres de agua.

Pesan las lágrimas como miríadas de asteroides
en estas horas suscritas con extracto de hierbas
como las joyas sin brillo de la desolación,
usurpadas del cofre íntimo del alma estéril.

Propaga el aire las trovas de la huida
bajo los cobertizos de los suburbios anegados de lluvia
y una difusa voz ciega de alcohol y de abandono,
estampa el silencio en el vapor de los espejos.

martes, 27 de septiembre de 2016

Hemos querido vivir (por Michel Houellebecq)


En la contradicción que inunda nuestras mañanas
respiramos, es cierto, y el cielo está apacible;
pero ya no creemos que la vida sea posible,
ya no tenemos la impresión de ser humanos.
La infancia se ha acabado, se han repartido las cartas;
a fuerza de costumbre y de renuncia,
hemos ahogado los gritos de la pasión;
nos encaminamos hacia el fin de la partida.
El polvo se arremolina sobre el suelo gris, moviente;
un golpe de viento surge y purifica el espacio.
Hemos querido vivir, quedan trazas de ello;
nuestros cuerpos aletargados se suspenden a la espera.



lunes, 26 de septiembre de 2016

Más que su lucidez (por Joan Margarit)


Lectura.
Penetro en otras vidas.
Llevo días leyendo, pero ahora
alzo los ojos porque me doy cuenta
de que apenas sé nada de quien escribió el libro.
Me avergüenza no conocer
más que su lucidez. Toda supervivencia
es esta especie de conversación
silenciosa y sin tiempo. Es algo aterrador
y ocurre en el abismo de la mente,
un frío cielo azul en el que el amor es
la única forma de posteridad.



domingo, 25 de septiembre de 2016

La eterna concordancia de la vida consigo misma (por Fernando Pessoa)


La idea de viajar me provoca náuseas. Ya he visto todo lo que nunca había visto. Ya he visto todo lo que todavía no he visto.


El tedio de lo constantemente nuevo, el tedio de descubrir, bajo la falsa diferencia de las cosas y de las ideas, la perenne identidad de todo, la semejanza absoluta entre la mezquita, el templo y la iglesia, la igualdad de la cabaña y del castillo, el mismo cuerpo que es rey vestido y salvaje desnudo, la eterna concordancia de la vida consigo misma, el estancamiento de todo lo que, vivo sólo por moverse, está pasando.

Los paisajes son repeticiones. En un simple viaje en tren inútil y angustiadamente entre la distracción ante el paisaje y la distracción ante el libro que me entretendría si yo fuera otro.

Tengo de la vida una náusea vaga, y el movimiento me la acentúa. Únicamente no hay tedio en los paisajes que no existen, en los libros que nunca he de leer. La vida, para mí, es una somnolencia que no llega al cerebro. A ése lo conservo yo libre para poder estar triste en él.

¡Ah, que viajen los que no existen!

Para quien no es nada, como un río, el correr debe ser vida. Pero a los que piensan y sienten, a los que están despiertos, la horrorosa histeria de los trenes, de los automóviles, de los navíos, no les deja dormir ni despertar. De cualquier viaje, aunque pequeño, regreso como de un sueño lleno de sueños —una confusión tórpida, con las sensaciones pegadas las unas a las otras, borracho de lo que he visto-. Para el reposo, me falta la salud del alma. Para el movimiento, me falta algo que hay entre el alma y el cuerpo; se me niegan, no los movimientos, sino el deseo de tenerlos.

Muchas veces me ha sucedido querer atravesar el río, estos diez minutos del Terreiro do Paço a Caçilhas. Y casi siempre he tenido como timidez de tanta gente, de mí mismo y de mi propósito. Una u otra vez he ido, siempre oprimido, siempre poniendo solamente el pie en tierra cuando estoy de vuelta. Cuando se siente de más, el Tajo es el Atlántico sin número, y Caçilhas, otro continente, o hasta otro universo.



sábado, 24 de septiembre de 2016

Pero qué falta (por Julio Cortázar)


Por veredas de sueño y habitaciones sordas
tus rendidos veranos me aceleran con sus cantos
Una cifra vigilante y sigilosa
va por los arrabales llamándome y llamándome
pero qué falta, dime, en la tarjeta diminuta
donde están tu nombre, tu calle y tu desvelo
si la cifra se mezcla con las letras del sueño,
si solamente estás donde ya no te busco.


viernes, 23 de septiembre de 2016

Ayah (por Saiz de Marco)


escondidas

profundas y cubiertas de barro

las ramas retorcidas de donde brotan hojas

las subterráneas flores

con pétalos abiertos en hondas galerías


irguiéndose en el suelo

naciendo de las ramas

el tronco de madera rugosa

que se extiende


y arriba

en lo más alto

relucientes al sol

pobladas por los pájaros

frondosas

cenitales

cimeras

las raíces


jueves, 22 de septiembre de 2016

Añádete (por Rainer María Rilke)


Adelántate a toda despedida, como si la hubieras dejado

atrás, como el invierno que se está marchando.

Pues bajo los inviernos hay uno tan infinitamente invierno

que, si lo pasas, tu corazón resistirá.


Sé siempre muerto en Eurídice, sube cantando,

regresa ensalzando a la pura relación.

Aquí, entre los que se desvanecen, en el reino de lo que declina,

sé una copa sonora que con sólo sonar se rompió.


Sé, y conoce al mismo tiempo la condición del no-ser,

el infinito fondo de tu íntima vibración

para que la lleves al cabo del todo, esta única vez.


A las reservas de la Naturaleza en plenitud, tanto a las usadas

como a las sordas y mudas, a las indecibles sumas,

añádete, jubiloso, y aniquila el número.


miércoles, 21 de septiembre de 2016

No cuajamos (por César Simón)


Más noche que en las calles cabe en uno
cuando pasa. ¿A qué andamos?
Allá creo que existe una muralla.
Cae la desolación a tierra. Es suelo.
Qué charco. Qué silencio.
El límite, qué claro. Noche cruda,
haznos como tu hielo.

El diamante es duro. Está al final.
El azufre es ardiente. Se rebasa,
se vuelca, llega al más allá. Su triunfo
es un delirio. Oh muerte.

Pero nosotros somos turbios.
No cuajamos.
No vemos bien la sombra.
Y, sin embargo, qué ágiles,
qué fugitivos tras la esquina
subimos por la noche,
huimos, nos perdemos
en los años.


martes, 20 de septiembre de 2016

Yin y yang (por Kenneth Rexroth)


Es primavera otra vez en la Cadena Costera

cálida y perfumada bajo la luna de Pascua.

Las flores están de nuevo en su lugar.

Los pájaros, de nuevo en sus árboles.

Las estrellas de invierno se ponen en el océano.

Las estrellas de verano salen de las montañas.

El aire está lleno de átomos de mercurio.

La resurrección envuelve la tierra.

Geométricos, ardientes, inmortales,

animales y hombres marchan por el cielo

al ritmo de su ceremonia secreta.

El León entrega la luna a la Virgen.

Ella se para en el cruce del cielo

con la luna llena en la mano derecha

y una espiga de trigo que destella en la izquierda.

El clímax del ritual del renacimiento

ascendió del inframundo

y es proclamado en la luz del cénit.

En el inframundo el sol nada

entre dos peces llamados Sí y No.

lunes, 19 de septiembre de 2016

Pero yo todavía la oigo (por Yi Lu)


algo debe andar mal con el teléfono
Madre de pronto no puede oírme
pero yo todavía la oigo
oyendo su pánico y gritándole mi nombre al teléfono
como gritando por mí en lo silvestre cuando yo era pequeña
pensando que me había perdido
y que nunca respondería
mis tímpanos sienten el impacto de un viento norte de muchas colinas
por fin un click
silencio del lado de Madre... ni un sonido
ahora es mi turno para gritar
Madre... Oh Madre...



domingo, 18 de septiembre de 2016

Pisa la ciudad (por Juan Gelman)


Está quieta la tarde en el café. Pasa

la niña que pide y

se llama Mari. Su tristeza

pisa la ciudad y rostros

que dieron su vida por la vida y

la niña repite. El sueño

es un libro enrollado, echa humo

como si fuera un horno grande. Su mano dice

que el mundo es cóncavo.


sábado, 17 de septiembre de 2016

¿Puede haber mejor pareja? (por Li Po)


Se ha ido a comprar vino
con la jarra de jade,
ligada con seda negra.
¿Qué pasa? ¿Por qué se demora tanto?
Las flores de la montaña,
sonriendo, coquetean conmigo.
Sería el mejor momento
para llevarse la copa a los labios.
Cuando cae la tarde,
beberé junto a la ventana al este,
con los vagabundos pájaros cantores
que estarán regresando.
En un día tan hermoso,
¿puede haber mejor pareja
que este viejo borracho
y la brisa de primavera?


viernes, 16 de septiembre de 2016

Con la memoria (por Julia Uceda)


Cuando anochezca

¿qué puedo hacer con la memoria,

dónde guardo la barca de esos años,

dónde los imperdibles del soneto,

el llanto del cristal en las ventanas,

la amarga margarita,

el tiempo fraternal y fracturado?


Se habrá roto el zafiro

y por el suelo correrá, ya libre,

lo prisionero.

(El perro ladra y su ladrido

me arranca de la sombra en que caía).

Pero, de todos modos,

los helechos aquellos se quemaron,

la rosa -¿de quién era?- continúa

en algún libro, no sé cuál. A estas alturas

¿verdad que todo da lo mismo?