zUmO dE pOeSíA

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de todos los colores, de todos los sabores

ALEATORIUM: Saca un poema de nuestro almacén

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viernes, 16 de noviembre de 2018

La llegada de la bruja (por Jairo Rojas)


los que quedan en la casa deberían saberlo


en ese final de noche, donde cuelga a la vista de algunos

marginados, el terreno ese, tan cálido


deberían, insistimos


y además perdonar de antemano

la cara sonriente,

con mirada fija

por la llegada de la bruja que una vez adentro

crece mucho y lo cubre todo


los que enjuician saberlo deberían, aquellas máquinas que despiden,

los que aún no han llegado a esta habitación

porque aquí (adentro) fuera (de todos)

se enamoran los que deberían conocer la vida, los que estudian sin comer

los que quedan

y sólo pueden mirar por la ventana, sólo eso,

porque la situación ignoran

de la bruja, pelo largo

que le cubre la cara


sus poderes de paciente

cortan cualquier atadura

y no permiten concentrarse dentro

de las cinco paredes

de siempre en la historia de aquellos que vivir

querían, pero juegan apenas


que cierren las cortinas deberían decirles

para disimular el juego amoroso y la risa y el despiste que ha durado un año

improductivo para cualquier jefe recio,

jefe que cuenta concentrado


deberían gritarles eso:

que las brujas que suenan más que la lluvia en el cielo verde

traen momentos R, color presencia

y los arrincona y los enamora y los vuelve delirio sonoro


y que a ellos les importa, sí, y mucho



jueves, 15 de noviembre de 2018

Mi mano hundida en tu mano gigante (por Graciela Batticuore)


Hoy me han dicho que se muere
mi padre.

Hay ruidos, rumores alrededor.
Yo le tomo una mano,
la beso, la acaricio,
le hablo con la niña que hay en mí.

Es un coloso en esa foto
donde yo tengo siete
en una terraza de Mar del Plata.

Comíamos tostadas
él y yo,
mientras veíamos pasar la gente, las olas,
poblarse la playa.

Teníamos un Fiat rojo.
Yo estoy sentada sobre el capot
con mi flequillo y mi cola de caballo.
Remerita blanca, short, ojotas, piernas desnudas.

El verano envolvía el aire.

Para mirarte
yo tenía que elevar
los ojos,
para tomarte
la mano enorme
tenía que subir
mi brazo.

Y así andábamos por la calle o la arena,
mi mano hundida en
tu mano
gigante,
de pliegues
mullidos y ásperos,
consistentes,
tu mano
firme

mi sostén.



miércoles, 14 de noviembre de 2018

En el otro lado de tu cama (por Fabián Casas)


Despertarte a mitad de la noche
y ver en el otro lado de tu cama
a tu mujer llorando
es una experiencia importante.
Quiere decir, entre otras cosas,
que mientras paseabas por los cuartos
iluminados de tu cerebro
algo se estaba gestando cerca tuyo.
Un error con el cual mantenés
una particular relación de intimidad.
Porque aunque no firmemos nada
ni corramos apurados bajo la lluvia de arroz,
pensamos que es para toda la vida
y así seguimos.
Botes, que durante la noche,
quedan amarrados al muelle,
golpeándose entre sí,
según el viento.


martes, 13 de noviembre de 2018

Una despedida (por Jorge Luis Borges)


Tarde que socavó nuestro adiós.
Tarde acerada y deleitosa y monstruosa como un ángel oscuro.
Tarde cuando vivieron nuestros labios en la desnuda intimidad de los besos.
El tiempo inevitable se desbordaba
sobre el abrazo inútil.
Prodigábamos pasión juntamente, no para nosotros sino para la soledad ya inmediata.
Nos rechazó la luz; la noche había llegado con urgencia.
Fuimos hasta la verja en esa gravedad de la sombra que ya el lucero alivia.
Como quien vuelve de un perdido prado yo volví de tu abrazo.
Como quien vuelve de un país de espadas yo volví de tus lágrimas.
Tarde que dura vívida como un sueño
entre las otras tardes.
Después yo fui alcanzando y rebasando
noches y singladuras.



lunes, 12 de noviembre de 2018

El petirrojo (por Antonio Rivero Taravillo)


Me estaba esperando.
Después de tantos siglos,
hoy ha cantado el petirrojo
cuando pasaba por su rama.

Viento de otoño,
dispersa la bandada
de otros carmesíes silenciosos
en que tú solo cantas,

mas deja la avecilla
junto a mi vida.

No será mucho tiempo.



domingo, 11 de noviembre de 2018

Dónde desagua el tiempo (por Vicente Sabido)


Aquellas noches tibias
los grillos de cristal,
las temblorosas
esquilas, el aroma pequeño del jazmín,
ahogaban con su música

el rumoroso vals de las constelaciones.
Y las abuelas negras
en sus sillitas viejas
hablando de los muertos, las cosechas...

Los niños en la plaza
juegan al escondite.
Verano lentamente
inunda, lame, aquieta...

Bajo la enredadera
hay un clamor de risas.
Mis padres. Tía Maruja.
Limón. Agosto. Cal. Somos dichosos.

Dónde desagua el tiempo. Di. Decidme.


sábado, 10 de noviembre de 2018

Otro (por Aitor Suárez)


los gatos del tejado

los gusanos de seda
el sabor de la tierra cuando te la has tragado
la calle aún no asfaltada
el Rey Mago de pueblo al que un niño le cuenta sus cinco años de vida
la casa de Pedrito
la lechera y su cántaro
Tallada el practicante que hierve la jeringa y la aguja en alcohol
el Exin Castillos
el Quimicefa
el juego de la oca, del laberinto al treinta
la tele en blanco y negro
Armstrong, Collins y Aldrin, aunque don José dice que no están en la Luna, que es todo una engañifa
el libro de Sociales
ave María purísima
dos rombos, a la cama
ya me sé el catecismo
el capitán Trueno
Asterix y Obelix y el druida Panoramix
con la abuela a la brisca
la pantera rosa
el sir Tim O' Theo
los polos de a peseta
los dos reales, su agujero en el centro para atar el cordel de la peonza
la familia Ulises
Josechu el vasco
no chupes del botijo
Paquita la modista
el hoyico de aceite
¿el pan con chocolate o con quesito?
la bicicleta roja
el camino a la Yedra lleno de moras negras
creo que tienes piojos
los primos de Sevilla
las Montalbas y luego la casa de Tadeo
los Hollister
los Cinco
las niñas que de pronto, Rosi, Mabel en sexto
las aburridas siestas
Bécquer, el libro verde, los suspiros son aire y van al aire
¿de verdad que todo eso?, ¿estuve allí y entonces?
aquel tiempo
aquel mundo
seguro que fue otro, yo desde luego no


viernes, 9 de noviembre de 2018

Esta tela (por Jorge Fernández)


No puedo saber
cuánto hilo les faltará a mis manos
para terminar esta tela.
Creo que ha sido la blancura
su tenue vocación y su misterio.
La trama profunda
que el inocente azar de su dibujo
y la solitaria fe que cifra el ritmo
de mis manos a la urdimbre.
Quizá esta tela es toda para el viento,
vela para un largo viaje en la incensura
de un lento mar que llama, lejos.


jueves, 8 de noviembre de 2018

Sus sombras Grandes (por Jairo Rojas)


Donde hay rincones vacíos

acá entran todos y sus sombras Grandes

el hombre donde yacen todos los soles


entra


donde nada es explícito, los lenguajes del silencio caben

nos construyen

acá


entra tu palabra plena, aunque afuera renieguen

y no seamos dignos


llega la pobreza con todos sus paraísos

y éstos pasan

deliran en comunión con nosotros

pero también heridos por palabras inventadas,

repetidas desde

lo oscuro


sólo una puerta única

sin afuera, no hay otra orilla en la casa que suena

con una ventana que da directo al mundo

que no esconde su intimidad

y hace lo posible por ser visto


acá hay mucha gente por quien puede llorarse

y todos los consejos que me diste mientras dormía en mi silla,

la casa,

ésta,

donde mis padres cantar sólo saben

y nos protegen del sol con sus cuerpos cansados

llenos de toda una historia del silencio

su idioma otro


mis amigos

de la casa número dos, tan sonora,

que nada tiene y me llama por mi nombre


todo es visible en esta habitación, se escuchan los colores

(vivos)

y enseñan a ser “violentos” con el mundo

afuera

lejos

(raro)

miércoles, 7 de noviembre de 2018

Y la música lanza pelotas a mi infancia (por Fernando Pessoa)


El maestro sacude la batuta,
lánguida y triste irrumpe la música...

Me recuerda a mi infancia, aquel día
en que jugaba al pie del muro de un patio
lanzándole una pelota que tenía de un lado
el deslizar de un perro verde, y del otro lado
un caballo azul que corría con jinete amarillo...
Prosigue la música, y he aquí en mi infancia
de repente entre mí y el maestro, muro blanco,
va y viene la pelota, ora un perro verde,
ora un caballo azul con un jinete amarillo...

Todo el teatro es mi patio, mi infancia
está en todos los lugares, y la pelota viene a tocar música,
una música triste y vaga que pasea en mi patio
vestida de perro verde tornándose jinete amarillo...

(Tan rápida gira la pelota entre yo y los músicos...)

La lanzo contra mi infancia y ella
atraviesa todo el teatro que está a mis pies,
juega con un jinete amarillo y con un perro verde
y un caballo azul que asoma por encima del muro
de mi patio... Y la música lanza pelotas
a mi infancia... Y el muro del patio está hecho de gestos
de batuta y de rotaciones confusas de unos perros verdes
y caballos azules y jinetes amarillos...

Todo el teatro es un muro blanco de música
por donde un perro verde corre tras de mi añoranza
de mi infancia, caballo azul con un jinete amarillo...

Y de un lado a otro, de derecha a izquierda,
donde hay árboles y entre las ramas al pie de la copa
con orquestas para tocar música,
para donde hay filas de pelotas en la tienda donde la compré
y el hombre de la tienda sonríe entre las memorias de mi infancia..

Y la música cesa como un muro que se derrumba.
La pelota rueda por el despeñadero de mis sueños interrumpidos,
y desde lo alto de un caballo azul, el maestro, jinete amarillo, se
vuelve negro,
agradece, colocando la batuta encima de la fuga de un muro,
y se inclina, sonriendo, con una pelota blanca sobre la cabeza.
Pelota blanca que le desaparece por las cuestas...



martes, 6 de noviembre de 2018

Esa mano (por José Antonio Fernández)


¿Qué mano que en su forma más secreta

aquí se ofrece, cierta, constatada?


Qué divina labor la de esa mano

que con firmeza me ata a este paisaje.


¿Qué sagrada ventura, qué designio,

le hace velar por quien se ampara en ella?


¿De quién será esa mano tan recóndita

que no quiere dotarse de lo físico?


Qué sensación más placentera siento.


Mirando más allá del horizonte

la mano la percibo. Se presenta.

Me agarra firmemente protegiéndome.


En la distancia asiste silenciosa

y complace mi mudo llamamiento.



lunes, 5 de noviembre de 2018

Se sostiene sobre sí (por Emily Dickinson)


La verdad no es cambiante.
Otras fuerzas podrán presumir de dinámicas.
Ésta, en cambio, resulta más fiable
cuando el cedro más viejo ya se encorva,
sus puños entreabre el propio roble,
y las montañas, débiles, se inclinan.


Qué excelente es un cuerpo
que sin huesos se yergue.

Qué vigor en la fuerza
que sin puntal se erige.
La verdad se sostiene sobre sí; y las personas
que a ella se confían, valientemente se alzan.



domingo, 4 de noviembre de 2018

Casa del fuego (por Robert Rivas)


Casa del fuego
infancia mil veces recorrida-
desconocida infancia
perdida
en la cara oscura de la memoria-
sin ser olvido
ni nada

Una calle por la cual entraba
fulgurante
la mañana

Un fuego oscuro quema recuerdos
y confesiones
y cartas
en una pequeña iglesia
del cuerpo

Se escuchan voces y sus murmullos
ecos
y gritos
y suspiros
Se las siente sajar el silencio
como pájaros
recorriendo
los cauces del viento

Hay senderos nuevos
como arroyos
y árboles bebiendo de la tierra y del cielo
y gruñen los jabalíes
en lo espeso

Es imposible recorrer realmente
una vida
o conformarse sin hacerlo

Entretanto-siempre
sólo me reconozco en ése
que no me reconoce
en el espejo


sábado, 3 de noviembre de 2018

La flaca (por Uriel Martínez)


La flaca de enfrente llega
temprano, de lunes a sábado
pasa la escoba por el porche,
el patio y después recoge las hojas
que el viento desprende de árboles.

La flaca deja temprano a sus chicos
en la escuela, les prepara el lonche
a primera hora de la mañana.
Como es su costumbre los bendice
y besa a cada uno en la mejilla.

Los hijos de la flaca saben
que cada mediodía regresarán
solos a casa, que mamá trabaja
para todos.

Cada mañana la flaca de enfrente
me saluda y me desea un día de ventas
buenas, de relaciones públicas
de primera. Ella no lo sabe
pero llevo una medallita de cobre
en el pecho con su nombre.

Que el Señor la guarde por muchos años,
dice mi amuleto.


viernes, 2 de noviembre de 2018

Aquella nube (por Bertolt Brecht)


1

En aquel día de luna azul de septiembre
en silencio bajo un joven ciruelo
estreché a mi pálido amor callado
entre mis brazos como un sueño bendito.
Y por encima de nosotros en el hermoso cielo estival
había una nube, que contemplé mucho tiempo;
era muy blanca y tremendamente alta
y cuando volví a mirar hacia arriba, ya no estaba.

2

Desde aquel día muchas, muchas lunas
se han zambullido en silencio y han pasado.
Los ciruelos habrán sido arrancados
y si me preguntas ¿qué fue de aquel amor?
entonces te contesto: no consigo acordarme,
pero aun así, es cierto, sé a qué te refieres.
Aunque su rostro, de verdad, no lo recuerdo,
ahora sé tan sólo que entonces la besé.

3

Y también el beso lo habría olvidado hace tiempo
de no haber estado allí aquella nube;
a ella sí la recuerdo y siempre la recordaré,
era muy blanca y venía de arriba.
Puede que los ciruelos todavía florezcan
y que aquella mujer tenga ya siete hijos,
pero aquella nube floreció sólo algunos minutos
y cuando miré a lo alto se estaba desvaneciendo en el viento.


jueves, 1 de noviembre de 2018

Enero (por Graciela Batticuore)


El agua golpea sobre el cuerpo
de mi hijo.
Tiene doce años y ríe
sin parar, semidesnudo en la mitad del patio.
Nos rodea el verde,
la hiedra en los muros,
la tierra en los canteros de cada esquina.
De pronto el agua es una bendición,
y en este cuadrante del mundo
que nos contiene a los dos,
todo lo demás se escurre.
Sólo su risa
irrefrenable
sacude mi corazón como campanas
en lo alto de una iglesia.
Su risa es sagrada,
el agua brillante sobre la piel morena.
Yo me quedo sorda y ciega hasta saciarme
nada más contemplándolo.

Ahora mi hijo baila de felicidad
y me pide que le arroje otro balde,
y después otro más y otro que lleno hasta el tope.
Estamos solos
él y yo, bajo el fulgor
de este día de verano.
Ya descendieron los dioses
para saludarme, lo sé.
Es el año nuevo.


miércoles, 31 de octubre de 2018

Historia (por Esteban Moore)



Qué decir de los repetidos monumentos ecuestres 

Qué
de esos hombres siempre bien montados

que con arrogancia ocupan parques y paseos de la ciudad


Ambicionando qué

desde su afectada postura en trabajado metal

Qué decir de esas inalterables figuras de bronce

triunfo de aquellos que con ardiente empeño anhelan evocar jornadas de incierta gloria

Qué decir de esos jinetes envarados

cabalgando siempre corceles de brío

-congelado metal en el tiempo- que en vana pretensión levantan una de sus patas

o ensayan un suave corcovo o se aferran con todas sus extremidades a ilusorios campos de batalla

Qué decir

de ese general uniformado a la europea

comandante de gauchos desarrapados

quien con altiva insolencia levanta su brazo derecho

la mano abierta

los dedos extendidos en señal de qué

-carga o retirada-

sujetando decidido las riendas de una bestia majestuosa

– fabuloso semental

de parada indómita

allí en las alturas de un imponente pedestal

recubierto en granito rosado

erigido sobre un basamento escalonado -de proporciones descomunales

delante del cual los jóvenes que pasan

rinden su mirada ante los pechos conmovedores de esa muchacha que sentada allí con la blusa desabrochada

se aprovecha de la tibieza de este sol de septiembre que precoz anuncia el verano


martes, 30 de octubre de 2018

Tú, mar, y tú, amor (por Juan Ramón Jiménez)


Verdad, sí, sí; ya habéis los dos sanado
mi locura.

El mundo me ha mostrado, abierta
y blanca, con vosotros,
la palma de su mano, que escondiera
tanto, antes, a mis ojos
abiertos, ¡tan abiertos
que estaban ciegos!

¡Tú, mar, y tú, amor, míos,
cual la tierra y el cielo fueron antes!
¡Todo es ya mío, todo, digo, nada
es ya mío, nada!



lunes, 29 de octubre de 2018

Qué mundo de mentiras construimos (por Claudio Portiglia)


Leo
"Las redes sociales son virtuales pero el daño es real"
leo
acoso grooming hostigamiento amenazas persecución ensañamiento suicidio
leo
"¿Qué es la realidad?"
leo
"Los chicos recurren a estas redes cuando no encuentran referentes de carne y hueso"
me pregunto
qué son la carne y los huesos
qué son los referentes
qué sin la conciencia y sin los límites
leo
"Lo ideal sería que no hubiese consumidores de espacios"
me pregunto
se puede distinguir entre consumos
qué difiere entre consumir espacios consumir sustancias consumir materia consumir recetas consumir ideas
qué sería por lo tanto "lo ideal"
leo
"Lo que pasa en Internet es tan real como lo que ocurre en el espacio físico"
leo
"Las consecuencias pueden ser muy graves"
me pregunto
qué son las consecuencias
ideas o efectos materiales
"¿Qué es la realidad?" esta vez se preguntaban Oliveira y los miembros de "el club" mientras Rocamadour yacía muerto en la cama desde hacía varias horas
ficción realidad rayuela
qué mundo de mentiras construimos con el único propósito de llegar al cielo



domingo, 28 de octubre de 2018

Aquí no tengo primos ni fantasmas (por Álvaro Pombo)


Yo no soy de esta ciudad ni de ninguna
he venido por casualidad y me iré por la noche
aquí no tengo primos ni fantasmas.

Ahora veré los árboles despacio
la calle entre dos casas neutras
que conduce a un parque vacío.

He visto ya en otros sitios cómo el viento
hace huir un papel de periódico
y sé que la lluvia será hermosa desde esta taberna
de provincia desierta.

Cenaré temprano y antes de que salgan del cine las parejas de novios
habré dejado de ser en la mirada enumerativa
de la estanquera.

Y habrán fregado ya mi taza de café
y mi tenedor y mi cuchillo y mi plato
en la Fonda sustituible.


sábado, 27 de octubre de 2018

El lago de la pesadilla (por H.P. Lovecraft)


Hay un lago en la distante Zan,
más allá de las regiones visitadas por el hombre,
donde se consume, solitario, en un espantoso estado,
un espíritu inerte y desolado;
un espíritu viejo y atroz,
atormentado por una terrible melancolía,
que respira los vapores saturados de pestilencia
emanados por las aguas espesas y estancadas.
Sobre los bajíos, de cieno arcilloso,
retozan criaturas que repugnan por su degeneración,
y los extraños pájaros que merodean por sus orillas
nunca han sido vistos por ojos mortales.
Durante el día luce un sol crepuscular
sobre áreas cristalinas que nadie ha contemplado,
y por la noche los pálidos rayos de la luna penetran
hasta los abismos que se abren en su sima.
Sólo las pesadillas han podido revelar
qué escenas tienen lugar bajo estos rayos,
qué visiones, demasiado ancestrales para la mirada humana,
yacen sumergidas en su noche sin fin;
pues en aquellas profundidades sólo deambulan
las sombras de una raza silenciosa.
Una noche, saturada de olores malsanos,
llegué a ver, dormido e inerte, aquel lago,
mientras en el rojo firmamento flotaba
una luna creciente que brillaba y brillaba.
Pude contemplar la extensión pantanosa de las márgenes
y las criaturas ponzoñosas deslizándose en las ciénagas;
lagartos y serpientes convulsos y agonizantes;
cuervos y vampiros descomponiéndose;
y también, volando sobre los cadáveres,
necrófagos que se alimentaban de sus restos.
Y mientras la terrible luna se elevaba en lo alto,
ahuyentando a las estrellas de los confines del cielo,
vi que las oscuras aguas del lago se iluminaban
hasta que aparecieron en el fondo las criaturas del abismo.
Más abajo, a una profundidad inconcebible,
brillaron las torres de una ciudad olvidada;
vi domos opacos y paredes musgosas;
agujas cubiertas de algas y salones desiertos;
vi templos desolados, bóvedas de espanto,
y calles que habían perdido su esplendor.
Y en medio de aquel escenario vi aparecer
una horda ambulante de sombras informes;
una horda maligna que se agitaba
ejecutando lo que parecía ser una danza siniestra
en torno a unos sepulcros viscosos
cerca de un sendero jamás hollado.
Un remolino surgió de aquellas tumbas
quebrando el reposo de las aguas dormidas
mientras las sombras letales de la superficie
aullaban al rostro sardónico de la luna.
Entonces el lago se hundió en su propio lecho,
tragado por los abismos cavernosos de la muerte,
y de la nueva y humeante tierra desnuda
se elevó una espiral de fétidos vapores, malsanos.
Sobre la ciudad, casi al descubierto,
revoloteaban las monstruosas sombras danzantes,
cuando, de pronto, abrieron con repentino estruendo
las lápidas de los sepulcros.
Ningún oído ha escuchado, ninguna lengua ha contado,
el horror innombrable que a continuación sobrevino.
Vi ese lago, esa luna retorcida,
esa ciudad y las criaturas que moraban en ella.
Y, al despertarme, rogué que en aquella orilla
nunca más volviera a hundirse el lago de la pesadilla.



viernes, 26 de octubre de 2018

Saltas entre tus muertes (por Ocean Vuong)


Estás en el campo minado otra vez.

Alguien que ahora está muerto


te dijo que es aquí donde aprenderás

a bailar. Nieve sobre los labios como una herida


con sal, saltas entre tus muertes, negro como la menstruación

de un dios. Tus brazos abren pequeñas heridas


en el viento. Eres algo hecho. Y luego

te hicieron sobrevivir, lo cual quiere decir que eres


hijo de alguien. Lo cual quiere decir que si abres los ojos habrás vuelto

a esa casa, estarás bajo una cobija estampada con veleros amarillos.


El novio de tu madre, su calva anillada de pelo rojo

como un planeta incendiado, se hinca


de nuevo junto a tu cama. Olor de whisky y Oreo

molido. La nieve entra por la ventana: cenizas que retornan


de una fábula fallida. Su mano con tinta derramada

sobre tu pecho. Y sigues bailando dentro del campo minado


sin moverte. Las cortinas aletean. La luz ambarina

bajo la puerta. Su respiración. Su cara azul y húmeda: la tierra


girando en la órbita de nadie. Y tú quieres que alguien diga Oye… Oye…

creo que bailas muy bien. Me muero por un poco de vals,


querido. Quieres que alguien diga que todo esto

sucedió hace mucho. Que una noche, muy pronto, empacarás


tu libro de bolsillo favorito y la .45 de tu madre,

que el refugio más seguro siempre fue el pensamiento


sobre tu cabeza. Que es justo (tiene que serlo)

cómo nuestras manos nos lastiman y luego nos dan


el mundo. Cómo puedes amar el mundo

hasta que no quede nada por amar


más que uno mismo. Y luego puedes detenerte.

Luego puedes alejarte de nuevo, de vuelta a la niebla


que empareda el campo minado, donde la arteria en tu cuello

te adora hasta cero. Puedes alejarte. Puedes ser nada


y seguir respirando. Créeme.



jueves, 25 de octubre de 2018

El éxtasis (por Paul Eluard)


Estoy ante este paisaje femenino
como un niño ante el fuego
sonriendo vagamente con lágrimas en los ojos
ante este paisaje en que todo me emociona
donde espejos se empañan donde espejos se limpian
reflejando dos cuerpos desnudos estación a estación

Tengo tantas razones para perderme
en esta tierra sin caminos bajo este cielo sin horizonte
hermosas razones que ayer ignoraba
y que ya nunca olvidaré
hermosas llaves de miradas claves hijas de sí mismas
ante este paisaje donde la naturaleza es mía

Ante el fuego el primer fuego
buena razón maestra

Estrella identificada
y en la tierra y bajo el cielo fuera de mi corazón y en él
segundo brote primera hoja verde
que el mar cubre con sus alas
y el sol al fondo de todo que viene de nosotros

Estoy ante este paisaje femenino
como rama en el fuego.



miércoles, 24 de octubre de 2018

Las pequeñas eternidades (por Roberto Juarroz)


Desperté demasiado temprano
y comencé a pensar en lo eterno,
pero no en la gran eternidad de los rezos
sino en las pequeñas eternidades olvidadas.


La parte que no fluye del río,
aquello de la ciudad que siempre calla,
el lugar que no duerme en tu cuerpo dormido,
aquello que no despierta en mi cuerpo despierto.

Sentí entonces que las pequeñas eternidades
son preferibles a la gran eternidad.

Y no pude volver a dormirme.


martes, 23 de octubre de 2018

Qué te hace sufrir (por René Char)


¿Qué te hace sufrir

como si se despertara en la casa sin ruido el ascendiente de un rostro al que parecía haber fijado un agrio espejo

como si, bajadas la alta lámpara y su resplandor encima de un plato ciego, levantaras hacia tu garganta oprimida la mesa antigua con sus frutos

como si revivieras tus fugas entre la bruma matinal al encuentro de la rebelión tan querida, que supo socorrerte y alzarte mejor que cualquier ternura

como si condenases, mientras tu amor está dormido, el pórtico soberano y el camino que lleva a él?

¿Qué te hace sufrir?


Lo irreal intacto en lo real devastado.

Sus rodeos aventurados cercados de llamadas y de sangre.

Lo que fue elegido y no fue tocado, 
la orilla del salto hasta la ribera alcanzada, 
el presente irreflexivo que desaparece.

Una estrella que se ha acercado, la muy loca, y va a morir antes que yo.


lunes, 22 de octubre de 2018

Con trocitos (por C. K. Stead)


Bajo el alero de mi tejado, incansablemente,
todo el día primaveral, dos gorriones han recolectado
los tallos de las hojas caídas,
mientras yo he estado sentado lamentando tu ausencia.
Todo el día, los gorriones han urdido con trocitos
de paja y palitos finos un nido para protegerse
de las acometidas del viento,
y tal vez han introducido en su diseño
un hilito de la ropa que usaste, y una hebra de tu pelo,
ya que en todo lo que hacen se muestran apasionados
por la línea, la medida, la resistencia, y toman
lo que está cerca, y les es útil.
Todo el día he estado sentado recordando tu rostro,
y mirando cómo los pálidos tallos, entrelazados
por un misterioso proceso, han adquirido
de pronto un don natural.


domingo, 21 de octubre de 2018

Entre nubes se despiden (por Mario Campaña)


esos trotes que resuenan en el cielo
esos nuevos compañeros que entre nubes se despiden
continuando sin fin el viaje

adiós muchachos

sin respuesta aquí en los límites
entre riberas desaparecidas
entre pueblos extintos
esta herencia
tiernos osarios de pájaro y serpientes

ardan ya casa y ciudad
cielo
corazón y memoria
todo puede cambiar



sábado, 20 de octubre de 2018

Cómo (por Saiz de Marco)


Sin cuerpo funcionante en este sitio,

¿cómo voy a ocuparme de todos mis deberes,
responsabilidades,
tareas aún pendientes, a medias, inconclusas?;

¿cómo voy a atender
los hechos que me afectan,
cuanto de mí depende,

a quienes aún querrían que conteste al teléfono,
a los que quizá puedan necesitarme?

Sin cuerpo activo,

¿con qué ojos leeré los libros nuevos?,
¿en qué cine veré lo que se estrene?,
¿cómo podré escribir mis ocurrencias?

Sin un cuerpo de carne,

¿cómo voy a saber
de la vida de aquellos
que de algún modo traen causa de mí?;

si algo urgente me llama;

los cabos que tendí ¿cómo se anudan?;
los nudos que enlacé ¿cómo se sueltan?

Sin cuerpo residente,

¿cómo estaré con quien pudiera desear
mi compañía?

Sin cuerpo presencial,

¿cómo conoceré
lo que aquí ocurre,
las nuevas invenciones, las propuestas futuras,
los pasos y los saltos en el humano andar?

¿Cómo intervendré,
¡cómo!,
con mi pequeña fuerza
para defender aquello en que creo,
para aportar siquiera mi palabra o mis manos...

cuando no tenga ya un soporte vivo,
un cuerpo en que habitar
sobre la tierra?


viernes, 19 de octubre de 2018

Si falláis a la fe (por John McCrae)


En los campos de Flandes
crecen las amapolas.
Fila tras fila
entre las cruces que señalan nuestras tumbas.
Y en el cielo aún vuela y canta la valiente alondra,
apenas audible por el ruido de los cañones.


Somos los muertos.
Hace pocos días vivíamos,
cantábamos, amábamos y éramos amados.
Ahora yacemos en los campos de Flandes.

Retomad la disputa que fue nuestra,
tomad la antorcha que os arrojan nuestras manos agotadas.
Mantenerla en alto.
Si falláis a la fe de nosotros los muertos,
jamás descansaremos,
aunque florezcan las amapolas
en los campos de Flandes.


jueves, 18 de octubre de 2018

Y también nosotros (por Tristan Tzara)


las campanas doblan sin motivo y también nosotros
los ojos de las frutas nos miran atentamente
y todos nuestros actos se controlan no hay nada escondido
el agua del arroyo tanto lavó su lecho
se lleva los hilillos de las miradas que arrastraron
al pie de las paredes en los bares lamieron vidas
incitaron a los tibios abrieron tentaciones avalaron éxtasis
cavaron a fondo antiguas variantes
y soltaron las fuentes de las lágrimas prisioneras
las fuentes sujetas a los diarios sofocos
las miradas que cogen con secas manos
la claridad que trajo el día o la recelosa aparición
que dan la cuidadosa riqueza de la sonrisa
atornillada como una flor al ojal de la mañana

las campanas doblan sin motivo y también nosotros
nos vamos para huir del hormigueo de las carreteras
con un frasco de paisaje una enfermedad una sola
una sola enfermedad que cultivamos la muerte
sé que llevo conmigo la melodía en mí y eso no me da miedo



miércoles, 17 de octubre de 2018

Pureza negra (por Juan Ramón Jiménez)


Me puso sus dos ojos sobre
mis dos ojos. Y todo
lo vi ya negro… Las estrellas
enlutaron, con el jazmín de agosto,
en un fondo infinito de Sevilla,
Giraldas, con crespones alegóricos.
¡Sombra que encandilaste
mi corazón! ¡Serenos, negros ojos
que, en un tranquilo juego de osadías
y dulzuras, trocasteis el tesoro
mejor del mundo!
¡Ojos, lo puro
es ahora negro, por vosotros!



martes, 16 de octubre de 2018

Acuérdate (por Álvaro Pombo)


Nos enredó la opacidad de tu corazón las montañas disimuladas tras lirios
y las letras implícitas iluminando ilícitas melancolías absurdos documentados
copiosísimamente

Nos enredó la dulce mortandad de los infieles rostros que son ahora y no son
lo mismo que eran entonces y no eran y las selvas pensadas
por donde como gríseos ratoncitos de campo iba la suerte abriéndose camino

Ten piedad de mí porque en la muerte hay salvas que a victorias parecen
referirse a la vez que a derrotas ten piedad de mí porque los niños tienen miedo
y frágiles azules de la ternura quiebran en sus ojos

Acuérdate por mí de la sencillez lluviosa de un otoño cualquiera
Acuérdate de la sencillez del invierno sin pájaros y los árboles labios
que pronuncian a secas la primavera próxima

Acuérdate de los hilos de la luz y los postes de la luz que unen pueblo con pueblo
en las comarcas secas de tu tierra y la mía acuérdate de la grandeza inerme
de los sembrados que dependen del cielo y de los dioses

Acuérdate del tren que silba silbos y cuya lejanía imita la lejanía del mundo
Acuérdate de mí como recuerdas barcas fondeadas tamarindos ligeras sobre el agua
dársena de lo implícito



lunes, 15 de octubre de 2018

Por fin caminan juntos (por José Luis Parra)


Con qué dulzura expira este verano
de corteses tormentas y turbias claridades,
y qué melancolía
no haber sabido aprovechar su regalada plenitud,
aunque el otoño, con pausada cadencia,
no menos pleno y sosegado se presiente.


En el confín de la orfandad,
cimas y abismos, que tanto me elevaron
y me hundieron,
por fin caminan juntos
en una extraña e inquietante calma.

Ah concordia tardía,
la alegría y la desesperación
son ya casi lo mismo.



domingo, 14 de octubre de 2018

Y los trescientos escalones (por Francisca Aguirre)


Papá, perdimos tantas cosas
además de la infancia y los trescientos escalones que tú pintaste
nunca he sabido si para decirnos que había que subirlos o bajarlos.
Y ahora pienso, desde tu mano que me ayudaba a recorrerlos,

que tal vez me dijiste entonces
que había que subirlos y bajarlos
y para eso los pintaste
y para eso pasaste días enteros
pintando una escalera interminable,
una hermosa escalera rodeada de árboles y árboles,
llena de luz y amor,
una escalera para mí,
una escalera para que pudiera subir,
vivir,
y una escalera para descender,
callar,
y sentarme a tu lado como entonces.



sábado, 13 de octubre de 2018

A través de los ojos de mi enemigo (por Maurizio Medo)


No puedo ver a través de los ojos de mi enemigo
y examinar la naturaleza real de ciertos eventos
considerados virtuosos por su desenlace. Quisiera,
aunque es mejor cuanto menos se diga, situarme
en el ángulo preciso y hurgar bajo el aura
paranormal del mito, adonde hay demasiado frío
como para argüir algo contraproducente, detenerme
y revelar su calaña: sus buenas acciones
obedecen a la suerte.
Su único mérito fue detectarla cerca.
Resistir su soporífero hedor de flor de ruda
de acuerdo a la estrategia establecida
para convertirse en cliente después
de persuadirla con sentidas confesiones
sobre su mala fortuna. Justo cuando la suerte
estaba por aquí, con el espacio suficiente para
ofrecer un beneficio, me distraje observando
la desmedida ambición de mi enemigo. No discuto
la repercusión de un ideal estético, para nada.
Pero supeditar nuestras acciones a la conquista
de alguno no me basta para hacer frente a ciertas
exigencias implícitas en la vida doméstica.
El pago de las cuentas no cede al armisticio.
Y, sin embargo, él solo suspira como un lagarto
después de haber mordido el ábaco, orondo.

Pero la suerte no merece todo el crédito.

Hay otros factores —fuera de la singular alineación
de los astros en su día natal.

Pensaba en el espacio donde las semillas parecen
alinearse por el cauce del surco sin calcular
los probables efectos de una ola de calor o la sequía.

En los amigos, si consiguen saltar diversos significados
después de considerar que todos representan solo un límite.
O en su mujer, quien no merece perderse en medio de
tantas confusiones cuando él la observa inquisitivo.
No por un error. Sino a través del miedo
de no encontrarla más allí.

En ocasiones convengo que la muerte debiera arrastrarlo
aun cuando no sea el momento. Y me afiebra la ansiedad
por patear su cráneo.
Partirle en dos el plexo y después
colocar una vela detrás de cada ojo.
Luego embozarlo con tal de ver cómo
se tuerce mientras asfixia lentamente.

En otras diseño diversas estrategias
y así perpetrar el crimen perfecto.
Pero cuando encuentro su rostro sobre
la superficie del espejo descubro que
tal asesinato es imposible. No por piedad.
O cierto grado de compasión.
Me resulta imprescindible mantenerlo vivo.

Son las 7 y 35.
Brinca velocísima la liebre por el monte.
Los árboles adivinaron el eco
de una música decepcionante
si es que la traducimos al violín. Ahora él tendrá
que injertarse en el paisaje productivo
cargando al hombro su propia cárcel sin
abandonar la sonrisa negligente, tan necesaria
para volver al punto que le vise la mazmorra
después de recorrer un campo minado
por las dudas con el propósito
de rehacer todo lo que hicimos mal.

No es la historia.
Mañana le ocurrirá otra vez.
Me culpará.

Yo soy el enemigo.



viernes, 12 de octubre de 2018

A los que amamos como eran (por Derek Walcott)


La mitad de mis amigos están muertos.
Te daré otros nuevos, dijo la tierra.
No, en vez de eso, devuélvemelos como eran,
con defectos y todo, grité.

Puedo robar esta noche sus palabras
al confuso rumor del oleaje
entre los juncos, pero no andar a solas

sobre las hojas del océano que la luna baña
por aquel blanco camino,
ni mantenerme en el vuelo, propio de un sueño,

de los búhos ya libres del peso de la tierra.
Los amigos que guardas, oh tierra,
son más que aquellos que dejaste para amar.

Al pie del acantilado brillan los juncos, verdes, plateados;
fueron lanzas seráficas de mi fe,
pero de eso que está perdido crece algo más fuerte

que irradia el resplandor racional de la piedra,
tenaz claro de luna, más allá de la desesperación,
resuelto como el viento, que entre divisores juncos

trae delante de nosotros a los que amamos, como eran,
con defectos y todo, no más nobles, pero aquí.



jueves, 11 de octubre de 2018

La senda antigua (por H.P. Lovecraft)


No hubo una mano amiga que me sostuviera
la noche que encontré la senda antigua
sobre la colina, cuando creí vislumbrar
los campos que acechaban mis recuerdos.
Ese árbol, aquel muro: los recordaba bien,
y todos los tejados y bosques
eran familiares en mi mente,
como si poco antes los hubiera visto.
Supe aquello que las sombras moldearían
cuando la perezosa luna ascendiera
detrás de la colina de Zaman, y supe
cómo se iluminaría el valle unas horas después.
Y cuando la senda subió, alta y agreste,
y parecía perderse entre los cielos,
no temí lo que pudiera ocultarse
tras aquellas laderas informes.
Caminaba decidido mientras la noche
se tornaba pálida en su brillo fluorescente;
los muros y tejados de la granja lucían
espectrales cerca del escarpado camino.
Allí estaba el conocido letrero:
«Dos millas a Dunwich»,
y ahora la visión de los techos y campanarios
se asomó delante de mí unos pasos más arriba...

No hubo una mano amiga que me sostuviera
la noche que encontré la senda antigua,
cuando alcancé la cima y descubrí
aquel valle de muerte y desolación:
sobre la colina de Zaman emergió
la mole enorme de una maligna luna,
alumbrando malezas y enredaderas que crecían
sobre ruinosos muros nunca antes vistos por mí.
Los fuegos fatuos resplandecieron sobre ciénagas y campos
y aguas desconocidas arrojaron vapores,
cuyas ondulaciones se burlaban de la idea
de que alguna vez hubiera conocido aquel lugar.
Y bien supe, desde aquella horrible región,
que mi pasado cariño nunca había sido,
que me había alejado del camino
que desciende hacia el valle de la muerte.
A mi alrededor la niebla se escurría,
arriba, luminosa, brillaba la Vía Láctea.
No hubo mano amiga que me sostuviera
la noche que encontré la senda antigua.



miércoles, 10 de octubre de 2018

Quémalas (por Mary Oliver)


Cuando me mudaba de una casa a otra
había muchas cosas para las que no tenía espacio.
¿Qué podía hacer? Alquilé un trastero.
Y lo llené. Los años pasaron.
De vez en cuando iba allí y miraba,
sin que nada ocurriera, ni una sola
punzada en el corazón.
Cuantos más años cumplía, las cosas que me importaban
eran cada vez menos, pero más
importantes. Así que un día rompí el candado
y llamé al basurero. Se lo llevó
todo.
Me sentí como el burrito al que
finalmente le quitan la carga de encima. ¡Cosas!
¡Quémalas, quémalas! ¡Haz un hermoso
fuego! ¡Habrá un espacio en tu corazón para el amor,
para los árboles! Para los pájaros
que nada poseen – la razón por la que pueden volar.



martes, 9 de octubre de 2018

Si puedo enfrentar lo oscuro con los ojos abiertos (por May Sarton)


Si puedo dejarte ir como los árboles dejan ir a sus hojas,
tan fácil, una por una.
Si llego a saber lo que ellos saben,
que la caída es sosiego, es consumación;
entonces el miedo al tiempo y a la fruta incierta
no turbará los grandes cielos lúcidos,
este otoño tan raro, apacible y sutil.
Si puedo enfrentar lo oscuro con los ojos abiertos,
llamarlo estacional en vez de extraño o cruel
(porque incluso el amor requiere un tiempo de sueño)
y, ante el cambio, quedarme quieta como un árbol,
perder lo que pierda para guardar lo que pueda,
con la raíz sólida, viva bajo la nieve,
el amor permanecerá - si puedo dejarte ir.


lunes, 8 de octubre de 2018

El infinito (por Giacomo Leopardi)


Siempre me fue querido este monte yermo
y este seto que tanta parte

del horizonte último oculta a la mirada.
Pero sentado y mirando, un infinito
espacio tras aquélla, un sobrehumano
silencio y una calma profundísima
imagino en mi mente, con lo que casi
me tiembla el corazón. Oyendo el viento
murmurar en las ramas me descubro
comparando su voz con el silencio
infinito, y entonces pienso en lo eterno,
en las estaciones muertas, y en la actual,
viva, y en sus sonidos. Y así
en esta inmensidad mi pensamiento se hunde:
y naufragar me es dulce en este mar.


domingo, 7 de octubre de 2018

La ignorancia se emparienta con la eternidad (por Claudio Portiglia)


Hoy murió un hombre cuyo nombre desconocía

no así su persona

lo supe cuando vi su foto reproducida por los medios

¿este hombre murió? me dije

y de inmediato se me representaron caras de tanta gente cuyos nombres desconozco

¿vivirán? ¿se habrán muerto?

¿cuándo vemos una cara por última vez?

¿intuimos que esa vez será la última?

la ignorancia de alguna manera se emparienta con la eternidad

desconocer el destino de las personas y las cosas

nos permite un precario aunque confortable refugio

un lugar que nos protege de la fugacidad desoladora

un campo de acción que es eterno mientras dura

y después

cuando el golpe nos siegue

quién sabrá dónde estamos o qué fuimos


sábado, 6 de octubre de 2018

Y tú no estabas allí (por Fayad Jamís)


Abrí la verja de hierro,
sentí cómo chirriaba, tropecé en algún tronco
y miré una ventana encendida,
pero la madrugada devoraba las hojas
y tú no estabas allí diciéndome
que el mundo está roto y oxidado.
Entré, subí en silencio las escaleras, abrí otra puerta,
me quité el jersey, me senté, me dije estoy sudando,
comencé a golpear mi pobre máquina de hablar,
de roncar y de morir
(tú dormías, tú duermes, tú no sabes cuánto te amo),
me quité la corbata y la camisa,
me puse el alma nueva que me hiciste esta tarde,
seguí tecleando y maldiciendo,
amándote y mordiéndome los puños.
Y de pronto llegaron hasta mí otras voces:
iban cantando cosas imposibles y hermosas,
iban encendiendo la mañana,
recordaban besos que se pudrieron
en el río,
labios que destruyó la ausencia.
Y yo no quise decir nada más:
no quiero hablar,
acaso en el chirrido de la verja rompí
cruelmente el aire de tu sueño.
Qué importa entrar o salir o desnacer.
Me quito los zapatos
y los lanzo ciego, amorosamente, contra el mundo.



viernes, 5 de octubre de 2018

Me llevaré a la oscuridad tus ojos (por Julio Martínez Mesanza)


Lirio en el agua, inaccesible lirio,

y agua que escapa, luz inaccesible.

Me llevaré a la oscuridad tus ojos,

la hermosura terrible de este mundo,

la culpable hermosura de esta tarde,

la luz inaccesible de tus ojos.

Porque la tarde es última y oscura,

una hermosura sin después, un pozo

en el que va a ahogarse un niño, un pozo

con un lirio en su fondo inaccesible.

Todo se apaga alrededor y queda

sólo un pozo en el centro de la tarde

y un lirio inaccesible y, en mis ojos,

la luz que mataré cuando me vaya.



jueves, 4 de octubre de 2018

Alguien tendrá que oírnos (por Juan Rulfo)

I


Ustedes dirán que es pura necedad la mía,


que es un desatino lamentarse de la suerte,


y cuantimás de esta tierra pasmada


donde nos olvidó el destino.






La verdad es que cuesta trabajo


aclimatarse al hambre.






Y aunque digan que el hambre


repartida entre muchos


toca menos,


lo único cierto es que aquí


todos


estamos a medio morir


y no tenemos ni siquiera


dónde caernos muertos.






Según parece


ya nos viene de a derecho la de malas.


Nada de que hay que echarle nudo ciego a


este asunto.


Nada de eso.


Desde que el mundo es mundo


hemos andado con el ombligo pegado al espinazo


y agarrándonos del viento con las uñas.






Se nos regatea hasta la sombra,


y a pesar de todo


así seguimos:


medio aturdidos por el maldecido sol


que nos cunde a diario a despedazos,


siempre con la misma jeringa,


como si quisiera revivir más el recoldo.


Aunque bien sabemos


que ni ardiendo en brasas


se nos prenderá la suerte.






Pero somos porfiados.


Tal vez esto tenga compostura.






El mundo está inundado de gente como nosotros,


de mucha gente como nosotros.


Y alguien tiene que oírnos,


alguien y algunos más,


aunque les revienten o reboten


nuestros gritos.






No es que seamos alzados,


ni le estamos pidiendo limosnas a la luna.


Ni está en nuestro camino buscar de prisa la covacha


o arrancar pa’l monte


cada que nos cuchilean los perros.






Alguien tendrá que oírnos.






Cuando dejemos de gruñir como avispas en


enjambre,


o nos volvamos cola de remolino,


o cuando terminemos por escurrirnos sobre


la tierra


como un relámpago de muertos,


entonces


tal vez


nos llegue a todos


el remedio.






II


Cola de relámpago,


remolino de muertos.


Con el vuelo que llevan,


poco les durará el esfuerzo.


Tal vez acaben deshechos en espuma


o se los trague este aire lleno de cenizas.


Y hasta pueden perderse


yendo a tientas


entre la revuelta obscuridad.






Al fin y al cabo ya son puro escombro.






El alma se la han de haber partido a golpes


de tanto darle potreones a la vida.


Puede que se acalambren entre las hebras


heladas de la noche,


o el miedo los liquide


borrándoles hasta el resuello.






San Mateo amaneció desde ayer


con la cara ensombrecida.


Ruega por nosotros.






Ánimas benditas del purgatorio.


Ruega por nosotros.






Tan alta que está la noche y ni con qué velarlos.


Ruega por nosotros.






Santo Dios, Santo Inmortal.


Ruega por nosotros.






Ya están todos medio pachiches de tanto que el sol


les ha sorbido el jugo.


Ruega por nosotros.






Santo san Antoñito.


Ruega por nosotros.






Atajo de malvados, punta de holgazanes.


Ruega por nosotros.






Sarta de bribones, retahíla de vagos.


Ruega por nosotros.






Cáfila de bandidos.


Ruega por nosotros.




Al menos éstos ya no vivirán calados por el hambre.