zUmO dE pOeSíA

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de todos los colores, de todos los sabores

ALEATORIUM: Saca un poema de nuestro almacén

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martes, 23 de mayo de 2017

Para no mirarme las manos de cera (por Vicente Aleixandre)



Las agujas del aire estaban sobre las frentes: qué oscura misión la mía de amarte.

Las paredes de níquel no consentían el crepúsculo, lo devolvían herido.

Los amantes volaban masticando la luz.

Permíteme que te diga. Las viejas contaban muertes, muertes y respiraban por sus encajes.

Las barbas de los demás crecían hacia el espanto: la hora final las segará sin dolor.

Abanicos de presentirse horizontal. Fronteras.


La puerta, presta a abrirse, se teñía de amarillo lóbrego lamentándose de su torpeza.

Dónde encontrarte, oh sentido de la vida, si ya no hay tiempo.

Todos los seres esperaban la voz de Jehová refulgente de metal blanco. Los amantes se besaban sobre los nombres.

Los pañuelos eran narcóticos y restañaban la carne exangüe.

Las siete y diez.

La puerta volaba sin plumas y el ángel del Señor anunció a María.

Puede pasar el primero.


Esta misma canción que vuela, esta que estás tú cantando, hermosísimo as de oros, es el romance antiguo

de la legión de condenados que aspiraban el perfume de las espinas dolorosas entre los dedos.

Cuando tú eras magnífico, cuando tú tenías los ojos brillantes, dando la luz sin cambio, del todo, albergando

bajo los párpados el secreto de todos los triunfos más mezquinos, no era difícil encontrarte en la mano, saludando,

besando los dedos con reverencia de paje del quinientos.


Así el camino es breve, así pronto el Occidente será una riqueza de oros que podrá batirse con las manos,

que podrá multiplicarse en mil espumas sin labios.

Así la preciada amarillez no será la tragedia de perder toda la sangre, sino la riqueza brava, despertada, de sentir

en la piel los mil besos de todas las campanas.

Moriremos si es preciso. Pero moriremos sabiendo que el latido repercute en la inquietud de las venas

como vaticinio indescifrable, como una promesa que no se nombra.


La primavera insiste en despedidas, arrastrando sus cadenas de cuerdas, su lino sordo, su desnudez de ocaso,

el lienzo flameado como una sábana de lluvia.

Alentar sobre un seno, alargar la mano a tres mil kilómetros de distancia, hasta tocar la frente de cristal

en que están impresos los azules marinos, los peces sorprendidos.


Si yo quiero la vida no es para repartirla. Ni para malgastarla. Es solo para tener en orden los labios.

Para no mirarme las manos de cera, aunque irrumpa su caudal descifrable. Para dormirme a mi hora sobre

una conciencia sin funda.

Por eso estoy aquí ya formándome. Cuento uno a uno los centímetros de mi lucha.

Por eso me nace una risa del talón que no es humo.


Por ti, que no explicas la geografía más profunda.

Dejadme que nazca a la pura insumisa creación de mi nombre.

Lo ignoro todo. No quiero saber si el color rojo es antes o es después, si Dios lo sacó de su frente o si nació

del pecho del primer hombre herido. No quiero saber si los labios son una larga línea blanca.


Oh amor, ¿por qué no existes más que en forma de trapecio? ¿Por qué toda la vacilación se convierte en

dos rodillas columpiadas (de carne, voy a besarlas), mondas, desguarnecidas de calor, calvas para

mis dientes que rechinan?


Ni un grito. Ni una lluvia de ceniza. Ni tan solo un dedo de Dios para saber que está frío. La nada es un

cuento de infancia que se pone blanco cuando le falta el respiro. Cuando ha llegado el instante de comprender

que la sangre no existe. Que si me abro una vena puedo escribir con su tiza parada:

“En los bolsillos vacíos no pretendáis encontrar un silencio”.


Por eso, no quiero vestirme.

He comprendido que no se desea mi muerte, que un proyectil disparado acaba siempre tomando la forma de un niño,

de un infante que aterriza y que acaricia el verde soñoliento, con la misma inocencia con que el puñal

pregunta el nombre de las vísceras que besa.


Los ojos de los peces son sordos y golpean opacamente sobre tu corazón.


Cuatro reyes, cuatro ases, cuatro sotas hacen la felicidad de una mano, arquean los lomos de las montañas,

mientras el sol de papel de plata amenaza con rasgarse sin ruido.

Los reyes son esta bondad nativa, conservada en alcohol, que hace que la corona recaiga sobre la oreja,

mientras el hombro protesta del abrigo de todo, del falso armiño que hace cuadrada la figura.

La mejilla vista al microscopio no invita más que a la meditación de los accidentes y al pensamiento de

cómo lo esencial está cubierto de púas para los labios de los hijos; de cómo la aspereza de los párpados

irrita la esclerótica hasta deformar el mundo, incendiado de rojo, quemándose sin que nadie lo perciba.


Siento el silencio como esa piedra blanca que resbala sobre el corazón de las madres,

y no tengo fuerzas más que para perdonaros a todos el mal que me habéis hecho, sin ignorarlo,

con la forma de vuestra sombra cuando pasabais.


¡Flor, flor, flor, aparenta una sequedad que no posees!

Cúbrete de hojas duras, que se vuelven mintiendo un desdén por la forma, mientras el aire cae comprendiendo

la inutilidad de su insistencia,

abandonando sus alturas.


Yo comprendo que el destino pasajero es echar pronto las yemas al aire, impacientar el titilar de las luces

ante la esperanza del fruto redondo que ha de albergarse en el aire, para que este le acaricie sus fronteras,

solamente sus límites, sin que su hueso dulce entreabra su propia capacidad de amor, blanco, lechoso, ignorante,

y nos muestre sus suspicacias como una interrogación que creciese de alambre hasta rematar su elástica curva.


Y un hombre que persigue perderá siempre sus bastones, su lento apoyo, enhebrado en la hermosura de su ceguera.

En lugar de lágrima lloro la cabeza entera.

Me rueda por el pecho y río con las uñas, con los dos pies que me abanican, mientras una muchacha, una seca

badana estremecida, quiere saber si aún queda la piel por los dos brazos.


Corramos, antes de que los telones se desplieguen. Antes de que los pelos del lobo, que el hocico de la madriguera,

que los arbustos de la catarata se ericen y se detengan en su caída.

Antes de que los ojos de este subsuelo se abran de repente y te pregunten.

Corramos hacia el espanto.


Si Dios no me acusa, ¿por qué el alma me punza como una espina cuyo cabo está al aire, flameando como un

gallardete insatisfecho?

¿Por qué me saco del pecho este redondo pájaro de ocasión, que abre sus luces en abanico duende y espía

los rincones para desde allí encantarme con su pausado jeroglífico?

¿Por qué esta habitación, como una caja de música, se mueve, ondula sobre las aguas temerosas e insiste

plenamente en su bella desorientación frente al crepúsculo?


Pero el oro en la palma de la mano fulgura una seguridad tan grata, que yo comprendo que el sueño lo han

inventado los cansados, los escépticos de su corazón mercenario, que golpeaba como una moneda en una jaula,

en un –delirante ayer- agrisado hoy volumen de gorjeo.

Perdóname que cuando se detiene la tristeza a la entrada de la esperanza adolescente, no asomen

todas las palomas, las más blancas, con sus voces humanas,

preguntando sobre la ruta apasionada.




lunes, 22 de mayo de 2017

La esponja (por Fabio Morábito)



Si en un plano colocamos un cierto número de pasillos y galerías que se cruzan y se comunican, obtenemos un laberinto. Si a este laberinto le conectamos por todas partes, arriba, abajo y a los lados, otros laberintos, es decir otros planos de pasillos y galerías, obtenemos una esponja. La esponja es la apoteosis del laberinto; lo que en el laberinto es todavía lineal y estilizado en la esponja se ha vuelto irrefrenable y caótico. En la esponja la materia galopa hacia afuera, repelente a cualquier centro. Es dispersión pura. Imaginemos una manada de animales que huyen del ataque de un felino y, dentro de esa manada, a un grupo de individuos situados bastante lejos de la fiera pero no por ellos menos aterrorizados. Ese trozo de manada marginal pero no periférico, cargado de terror pero relativamente a salvo, es una esponja, mezcla de delirio e invulnerabilidad.

Es esa mezcla lo que nos hace sentir que la esponja es la herramienta menos dueña de sí misma, la más exterior, la que no guarda nada y la más nirvánica. Sus miles de cavidades y galerías son como la disgregación que en cualquier estallido precede a la pulverización final; su asombrosa falta de peso es ya un principio de caída y ausencia. Frente a eso, la ligereza de una pluma de ave tiene escaso mérito; está demasiado conectada con su pequeñez; es una ligereza que se constata pero que no sorprende. La de la esponja, en cambio, es una ligereza heroica.

Esa ligereza es prueba de su total disponibilidad y entrega. Incluso, de tan extrema, esa entrega parece tomar la forma de una rapacidad insaciable. La esponja chupa y absorbe, pero no tiene ningún receptáculo fuera de ella misma en donde guardar lo absorbido. No tiene aparato digestivo. No procesa nada, no retiene nada, no se adueña de nada. Tan sólo es capaz de prestarse hasta el último retículo. ¿Para qué? Ni ella lo sabe. Por eso no habla, confabula. El agua la invade como una consigna que nadie entiende pero que todas sus galerías repiten con apuro propagándola como un incendio. Ninguna boca queda muda. La esponja es acrítica. De ahí lo fácil que es penetrarla por arriba y por abajo, hurgar hasta en sus últimos escondrijos y aligerarla de todos sus secretos. Basta volverse agua. ¿Y quién no se vuelve agua frente a una esponja? Miremos al hombre que tiene una esponja en la mano, cómo la manosea y la observa; está mimando, sin quererlo, los movimientos del agua. Y el agua no se halla nunca tan dueña de su expresión, de su voz, como dentro de una esponja. Su principal ocupación, que es caer, encuentra en la esponja, en ese escenario concentrado y tangible, una experiencia cabal de todos sus quehaceres y aptitudes, como en un laboratorio. Lo que hace la esponja con sus mil ramificaciones es frenar la caída del agua para que el agua se nombre a sí misma sin dificultad, limpia y humanamente. En la esponja el agua recobra fugazmente manos y pies, tronco, dedos y cartílagos, o sea un germen de autoconciencia, y vuelve a sí misma después de cumplir con una tarea concreta: escudriñar a fondo, sin errores ni olvidos, un cuerpo que permanecía seco. Plenitud no sólo del agua sino del amor.

Pocas cosas, pues, tan de cabo a rabo como la esponja. Es el anonimato en su forma más pura. No tiene carácter, es decir hábitos, manías, reincidencias, callosidades, endurecimientos. Su dibujo capilar es ecuánime, no hay ahí obstrucciones como tampoco vías rápidas, atajos o brechas; cada membrana y cartílago participan con la misma intensidad en la actividad en común. Es como si la materia, por una vez, hubiera renunciado a cualquier acumulación de fuerza en algún punto, a la menor superposición de residuos; como si se hubiera empeñado en fraccionar el menor asomo de ganglio, de veta o de nervio; como si a través de tortuosos cálculos, rodeos, idas, vueltas y repasos incesantes hubiera acabado con toda adiposidad e inercia y terquedad; con toda estupidez. Resultado: una materia ágil y despierta, recorrible y pronunciable. Y algo más: una materia sin poder, ignorante en el sentido más puro, no ajena a la emoción.

La mitad de la mitad de la mitad; he aquí la pequeña ley que rige a la esponja. Una ley que la esponja lleva a cabo con una obstinación y un rigor admirables, y que quiere decir, sin más, la partición al centésimo, al milésimo o a lo que haga falta para neutralizar cualquier intento de sedimentación, de tribalización, de patriarcado. Siendo que su pasión es la confabulación y el jolgorio, la lubricación y el bombeo, lo que necesita son bifurcaciones y desvíos, y desvíos de desvíos, y ramales de ramales de ramales; todo fraccionado, todo a la mitad de la mitad, todo en giro, todo femenino, todo ya.

De ahí su vocación de filtro, de destilante. El filtro, es bien sabido, es una caída frenada al milésimo, una herramienta de disuasión; disuade frenando y mareando. Es un interrogatorio. La culpa, que es siempre un botín, un fardo ilícito, queda al fin en evidencia y neutralizada en forma de grumo. Lo que permanece es la esencia, la pobreza inicial, pues un filtro no es otra cosa que un viaje a contrapelo en busca del comienzo perdido. Es pues un recordatorio, quizá una confesión. Y, paradójicamente, la esponja es la expresión de la desmemoria: no admite sumas ni acumulaciones. Es franciscana. Y otra cosa: tiene temperamento atlético; no puede permitir que nada se enfríe, que envejezca. Así, aunque no lo queramos, cada vez que exprimimos una esponja, en los cartílagos y tendones de nuestra mano se insinúa el secreto deseo, que nunca nos abandona, de rehabilitarnos a fondo, de ser otros, disponibles y ligeros como el primer día. Pues no cabe duda de que el primer día era sencillamente eso, una esponja.





domingo, 21 de mayo de 2017

Algo que sobrepase la vida (por Michel Houellebecq)


Es cierto que este mundo en que nos falta el aire
sólo inspira en nosotros un asco manifiesto,
un deseo de huir sin esperar ya nada,
y no leemos más los títulos del periódico.

Queremos regresar a la antigua morada
donde el ala de un ángel recubría a nuestros padres,
queremos recobrar esa moral extraña
que hasta el último instante santifica la vida.

Queremos algo como una fidelidad,
como una imbricación de dulces dependencias,
algo que sobrepase la vida y la contenga;
no podemos vivir ya sin la eternidad.



sábado, 20 de mayo de 2017

Cuando te quedas solo (por Ángel Crespo)



Cuando te quedas solo, eres espejo
de lo que fuiste:
una mañana
contemplada desde el balcón
entornado; unos pasos
armoniosos que no has seguido
para no derramar tu gozo;
unas cuantas palabras
que te cambiaron más que el tiempo;
una mirada que se ahogó
como luz en tus venas;
un viaje que nunca querías
terminar; tu alma ausente
de lo que te esperaba
al quedarte tan solo.



viernes, 19 de mayo de 2017

Una visita que no estuvo (por Idea Vilariño)



Soy mi padre y mi madre

soy mis hijos

y soy el mundo

soy la vida

y no soy nada

nadie

un pedazo animado

una visita

que no estuvo

que no estará después.


Estoy estando ahora

casi no sé más nada

como una vez estaban

otras cosas que fueron

como un cielo lejano

un mes

una semana

un día de verano

que otros días del mundo

disiparon.



jueves, 18 de mayo de 2017

Qué mares suenan en nosotros (por Fernando Pessoa)


He vivido, durante unas horas incógnitas, momentos sucesivos sin relación, en el paseo en que he ido, de noche, a la orilla solitaria del mar. Todos los pensamientos que han hecho vivir a hombres, todas las emociones que los hombres han dejado de vivir, han pasado por mi mente, como un resumen de la historia, en esta meditación mía andada a la orilla del mar.

He sufrido en mí, conmigo, las aspiraciones de todas las eras, y conmigo se han paseado, a la orilla oída del mar, los desasosiegos de todos los tiempos. Lo que los hombres quisieron y no hicieron, lo que mataron al hacerlo, lo que las almas fueron y nadie dijo: de todo esto se ha formado el alma sensible con que he paseado de noche a la orilla del mar.

Y lo que los amantes extrañaron en el otro amante, lo que la mujer ocultó siempre al marido de quien es, lo que la madre piensa del hijo que no ha tenido, lo que tuvo forma solamente en una sonrisa o en una oportunidad, en un tiempo que no fue éste o en una emoción que falta —todo esto, en mi paseo a la orilla del mar, ha ido conmigo y ha vuelto conmigo, y las olas retorcían magnamente el acompañamiento que me hacía dormirlo. Somos quien no somos, y la vida es veloz y triste.

El ruido de las olas por la noche es un ruido de la noche; ¡y cuántos lo han oído en su propia alma, como la esperanza constante que se deshace en la oscuridad como un ruido sordo de espuma profunda! ¡Qué lágrimas lloraron los que obtuvieron, qué lágrimas perdieron los que consiguieron! Y todo esto, durante el paseo a la orilla del
mar, se me tornó el secreto de la noche y la confidencia del abismo. ¡Cuántos somos! ¡Cuántos nos engañamos! ¡Qué mares suenan en nosotros, en la noche de ser nosotros, por las playas que nos sentimos en los encharcamientos de la emoción! Lo que se ha perdido, lo que debería haberse perdido, lo que se ha conseguido y se ha satisfecho por error, lo que amamos y perdimos y, después de perderlo, vimos, amándolo por haberlo tenido, que no lo habíamos amado; lo que creíamos que pensábamos cuando sentíamos; lo que era un recuerdo y creíamos que era una emoción; y el mar en todo, llegando allá, rumoroso y fresco, del gran fondo de toda la noche, a agitarse fino en la playa, en el decurso nocturno de mi paseo a la orilla del mar…

¿Quién sabe siquiera lo que piensa, o lo que desea? ¿Quién sabe lo que es para sí mismo? ¡Cuántas cosas sugiere la música y nos sabe bien que no puedan ser! ¡Cuántas recuerda la noche y lloramos, y no han sido nunca!

Como una voz suelta de la paz tumbada a lo largo, el enrollamiento de la ola estalla y se enfría y hay un salivar audible por la playa invisible. ¡Cuánto me muero si siento por todo! ¡Cuánto siento si así vagabundeo, incorpóreo y humano, con el corazón parado como una playa, y todo el mar de todo, en la noche que vivimos, bate alto, zumbón, y se enfría, en mi eterno paseo a la orilla del mar!




miércoles, 17 de mayo de 2017

Voz secreta (por Miguel D' Ors)

 
La misma voz secreta que anuncia al arrendajo
que han brotado de nuevo las bellotas
es la que hace subir desde la tierra
la fuerza que corona de frutos cada otoño
las ramas de los robles, y es la que lleva y trae
las escuadrillas de aves a lo largo del año
y gobierna las lunas, las mareas,
los vientos y las lluvias;
la que sostiene la unidad del mundo
desde el ardiente reino del Misterio.

Que pueda yo también oírla; que no sea
otra la voz que en mí despierte el canto.



martes, 16 de mayo de 2017

Pero no es feliz (por Gonzalo Rojas)


El señor que aparece de espaldas no es feliz, ha ido
varias veces a Roma pero no es feliz, ha
meado en Roma y no tiene por qué ocultarlo pero no es
feliz,
ha desaguado
a lo largo de Asia desde los Urales a Vladivostock pero no es
feliz, en
excusados de lujo en África pero no es feliz, encima de los
aviones
vía Atenas pero no es feliz, en espacios
más bien reducidos lluviosamente en Londres al lado
de su mujer hermosa pero no es feliz, en las grandes playas de
América precolombina pero no es feliz, con un diccionario
etrusco
y otro en alemán desde las tumbas Ming a las pirámides
de Egipto pero no es feliz, pensando en
cómo lo hubiera hecho Cristo pero no es feliz, mirando
arder una casa en Valparaíso pero no es feliz, riendo en
New York de
un rascacielo a otro pero no es feliz, girando a
todo lo espléndido y lo mísero del planeta oyendo música
en barcos
de Buenos Aires a Veracruz pero no es feliz, discutiendo
por dentro de su costado el origen pero no es feliz,
acomodándose
no importa el frío contra la
pared aguantando todas las miradas
de las estrellas pero no es feliz
el señor que aparece de espaldas.




lunes, 15 de mayo de 2017

Sólo el paisaje ha cambiado (por Lawrence Ferlinghetti)



En las grandes escenas de Goya nos parece que vemos
los pueblos del mundo
exactamente en el momento en que
por primera vez alcanzaron el título de “humanidad sufriente”
Se retuercen en la página
con una verdadera furia de adversidad
amontonados
gimiendo con bebés y bayonetas
bajo cielos de cemento
en un paisaje abstracto de palos secos
estatuas dobladas alas de murciélagos y picos
horcas resbalosas
cadáveres y gallos carnívoros
y todos los rugientes monstruos finales de la
“imaginación del desastre”
son tan sangrientamente reales
es como si todavía existieran realmente
y existen
sólo el paisaje ha cambiado
todavía están alineados en las carreteras
plagadas de legionarios
falsos molinos de viento y gallos dementes
son la misma gente
solo que más lejos del hogar
en autopistas de cincuenta carriles
en un continente concreto
intercalado de blandos anuncios
representando imbéciles ilusiones de felicidad

la escena tiene menos cureñas
pero más ciudadanos inválidos
en automóviles pintados
y llevan placas extrañas
y motores
que devoran Norteamérica


domingo, 14 de mayo de 2017

Olores (por Enrique González Tuñón)


Ese olor de las tiendas de ultramarinos. ¿Recuerda usted? En pleno centro, a veces. O mejor, en la calle Pedro Mendoza, o en Junín y Corrientes. Olor de vodka y salmón en lata; de arreos de pesca y arenque ahumado. Ese olor.

Ese olor a color de mapa.

Ese olor a ruido de motor de remolcador.

Ese olor a Hotel de Inmigrantes.

Ese olor a colonia extranjera. Ese olor.

Ese olor fresco del alambre y la cuerda; ese olor húmedo, espeso, de mostrador y trastienda; de comida dulce; de dulce agrio; de ropa comprada en puertos; ese olor ultramarino. Ese olor.

Ese olor a comida en las calles Veinticinco de Mayo. Reconquista o Leandro Alem. Olor a agencia de colocaciones, también. Y a calentador de kerosene. A tufo de calentador. A violín sacado del baúl lleno de polvo. A armónica. A afiches de la guerra ítalo-turca, o anglo-boers. Ese olor.

Ese olor a tricomía de Trípoli. De familia real española. Ese olor.

Ese olor ultramarino.

Ese olor azul de mapa y ojo de buey.

El personaje de Proust por el aroma de una taza de té, reconstruye todo un tiempo perdido, pasado. Huela, huela usted cuando pase por una tienda de ultramarinos: Huele a Centenario, ¿verdad? a 1910. La Infanta Isabel. El Presidente Montt. Roque Sáenz Peña. Las primeras huelgas y manifestaciones. El abigarramiento en el Hotel de Inmigrantes, las terceras, la carta de España, la Exposición, las tiendas de ultramarinos.

Huela, huela usted cuando pase por una tienda de ultramarinos. ¿Huele a retrato antiguo, verdad? A postal de colores. La Plaza del Congreso. El monumento de los españoles. Un niño con sombrerito de paja que cruza la calle. Un fiacre. Un tranvía a caballos. El mayoral.

Huela, huela usted cuando pase por una tienda de ultramarinos. Huele a heliotropo, brocamelia y alelí. Huele a Parece que Fue Ayer. A trencito del Parque Japonés. A cuello Mey. A bigotera y cosmético. A 1914. Huele a progroms. A guerra europea.

Los diarios nos recuerdan cada día ese olor, esos olores.

Lituania, Letonia, Estonia, Finlandia, Polonia… Kovno, Vilma, Helsingfors, Riga…

Inmediatamente se desparrama un olor a arenque ahumado, a pepinos en vinagre, a salmón en lata, a pescado en barrica, a esturión, a bacalao, a arreos de pesca, a… un olor ultramarino. (Todo esto puede ser un poco literario, pero ustedes comprenderán.)

En seguida, el paisaje. Ahora hay sobresalto en el mar, en las rías y en los ríos; en los prados y en las colinas.

¿Qué será de esos paisajes reproducidos en los atriles de algunos pianos automáticos?

¿Qué será de la rueda del molino mal pintado?

Vemos a una mujer gorda cortando pescado sobre una tabla. (La gorda de la pescadería.)

A un grupo de hombres del norte cuchicheando a la puerta del café maloliente. A un vendedor de diarios cuyos títulos no podremos deletrear nunca. A un sacerdote de una religión extranjera –y extraña—. A un retrato de novios, en el fondo de la sala, sobre unos tarros de compota de penetrante olor (ultramarino). A alguien que cruza la calzada llevando a un niño de la mano. A un niño agitando desde la borda de un barco de carga su gorra de pana (ultramarina). Y, finalmente, a una pandilla de chiquillos rubios, rotosos, sucios, que hablan ya el lenguaje de la calle, el lenguaje argentino, mientras la más vieja de las mujeres, la más vieja, mueve melancólicamente la cabeza y habla todavía del barco como el gringuito cautivo de “Martín Fierro”.

Y, sobre la mesa, el diario, y en el diario los telegramas fechados en esos lugares (ultramarinos) que, sin duda, no conoceremos nunca. Y entonces, al puchero cotidiano se mezcla un súbito y profundo olor (ultramarino) de arenque ahumado, de salmón en lata, de pepino en vinagre, de pescado en barrica.

Es curioso.

Y triste, bien triste, muy triste. (Ultramarino)



sábado, 13 de mayo de 2017

Mediterráneo (por Eugenio Montale)


Antiguo, estoy embriagado por la voz
que brota de tus bocas cuando se abren
como verdes campanas y se repelen
hacia atrás, disolviéndose.
La casa de mis veranos juveniles
-lo sabes- estaba a tu lado
allá en la tierra donde el sol calcina
y oscurecen el aire los mosquitos.
Hoy como entonces ante ti permanezco
inmóvil, mar, pero no me creo
digno ya de la solemne admonición
de tu aliento. Me dijiste primero
que el pequeño fermento
de mi corazón no era sino un instante
del tuyo, que en el fondo de mí
estaba tu arriesgada ley: ser enorme y diverso
y fijo al mismo tiempo,
para librarme así de toda suciedad,
como tú cuando arrojas a tus playas
entre estrellas de mar, corchos y algas,
las inútiles sobras de tu abismo.


viernes, 12 de mayo de 2017

Navegando en el polvo (por Jorge Boccanera)


Un Santiago de Chuco de labios apretados lo ve
pasar y dice: como si la victoria y la derrota
comieran de su plato y dice: como un hueso
escarbando en el habla de nadie, ¿y tanto así?

Pasa un zumbido un triste alguna capa un capellán
un globo sin su niño un ala que saluda las tardes
son iguales aquí pasa Vallejo navegando en el polvo
de las demoliciones.

Como si la victoria (se lo dije) como si la
derrota (¿no le digo?) comieran de su plato y
él escupiera el plato porque un dedo de sangre
va abriéndole los ojos porque hay un aguacero
que se lo lleva todo.

Pasa el maestro de escuela por las calles vacías.
Una mano cortada lo lleva de la mano.



jueves, 11 de mayo de 2017

Sólo este día (por Rosario Castellanos)


Para el amor no hay cielo, amor, sólo este día;

este cabello triste que se cae cuando

te estás peinando ante el espejo.

Esos túneles largos que se atraviesan

con jadeo y asfixia,

las paredes sin ojos,

el hueco que resuena de alguna voz oculta

y sin sentido.

Para el amor no hay tregua, amor.

La noche no se vuelve, de pronto, respirable.

Y cuando un astro rompe sus cadenas

y lo ves zigzaguear, loco, y perderse,

no por ello la ley suelta sus garfios.

El encuentro es a oscuras.

En el beso se mezcla el sabor de las lágrimas.

Y en el abrazo ciñes el recuerdo de aquella

orfandad, de aquella muerte.



miércoles, 10 de mayo de 2017

Tú dormías (por José Hierro)


Me tendí sobre la hierba entre los troncos

que hoja a hoja desnudaban su belleza.


Dejé el alma que soñase:

volvería a despertar en primavera.


Nuevamente nace el mundo, nuevamente

naces, alma (estabas muerta).

Yo no sé lo que ha pasado en este tiempo:

tú dormías, esperando ser eterna.


Y por mucho que te cante la alta música

de las nubes, y por mucho que te quieran

explicar las criaturas por qué evocan

aquel tiempo negro y frío, aunque pretendas

hacer tuya tanta vida derramada

(era vida, y tú dormías), ya no llegas

a alcanzar la plenitud de su alegría:

tú dormías cuando todo estaba en vela.


Tierra nuestra, vida nuestra, tiempo nuestro...

(Alma mía, ¡quién te dijo que durmieras!)

martes, 9 de mayo de 2017

Adónde hemos llegado (por Sebastián Olaso)


Adónde, entonces, adónde hemos llegado,
si aquí no hay ni puente, ni puerta, ni puerto,
ni andén, ni abrazo, ni lápida.
Qué hacemos en este círculo
de viajes estancados,
en estos zapatos sin ninguna vocación.
Hacia dónde querrá empujarnos el deseo,
cuándo, por qué, para qué.
Dónde están los mapas del sí, del también,
del todavía.
Hacia dónde partiremos
cuando el viento desordene la quietud,
hacia dónde cuando la noche desdibuje
las sombras que nos matan.
Dónde, dónde está la guarida de Dios,
dónde está su palacio
construido con esclavos del infierno.
Nuestros ojos ya no son
los traductores del silencio.
Nuestras lágrimas ya no tienen
más espejo que el pasado.
Una jauría de soledades nos hostiga.
No sabemos por qué, no sabemos cómo,
no sabemos para qué,
pero hasta aquí hemos llegado.
No hay nada más cierto.
No hay nada más.
No hay nada.
No.



lunes, 8 de mayo de 2017

Buscando cierta oscuridad (por Isabel Bono)



desde dentro de un armario

cerrados los ojos

escuchaba la risa de mi madre

el viento en la chimenea

el eco de un martillo

un dedal rodando bajo la cama

el crujir de la madera bajo mis muslos


palabras que se perdían

y me buscaban


los sonidos, cualquiera

siempre encontraron un lugar donde vivir

a mi lado


ahora no sé qué fue del silencio,

si alguna vez lo hubo





domingo, 7 de mayo de 2017

La chica del cartel (por Philip Larkin)


Ven al sol de Prestatyn
decía riendo la chica del cartel,
arrodillada en la arena
y de ajustado y blanco satén.
Tras ella un pedazo de costa
y un hotel con palmeras parecían
brotarle de los muslos y los brazos
extendidos para alzarle los pechos.

La pegaron un día de marzo.
Un par de semanas después era bizca
y le habían pintado unos colmillos;
le marcaron con saña enormes tetas
y una raja en la entrepierna, y entre los muslos
le habían hecho unos garabatos
que la dejaban bien abierta de piernas
sobre una verga tuberosa y las pelotas

con la firma de El Enano Thomas,
mientras que alguien había utilizado un cuchillo
o lo que fuera para apuñalarle
los labios con bigote de su sonrisa.
Era demasiado exquisita para esta vida.
Muy pronto, un gran desgarrón transversal
dejó solo una mano y un poco de azul.
Ahora hay un cartel de Lucha contra el cáncer.



sábado, 6 de mayo de 2017

Vivos (por Maybell Lebron)


Mira estamos vivos.
Siento la savia oscura galopar en mis cauces.
La luz borra quimeras
-huéspedes de párpado ceñido-
y dibuja sin prisa tu contorno olvidado.
El nácar de la arena tramonta el aire y se deshace.
En la playa las huellas son testigo.
Mi aliento y tu cuerpo palpitante repican:
Ya ves
estamos vivos. 


viernes, 5 de mayo de 2017

El silencio (por Julia Uceda)



Hay un vacío en el que no se oyen las zapatillas.
Y otro más profundo: el que disuelve nuestras manos.
Y nuestro cuerpo. Y sólo flotan unos ojos
que no lo parecen. Aunque daría lo mismo
porque ya no pensamos con palabras
que todo lo confunden.
Además
¿para qué edificar un templo de un grito?
Un grito que no suena en la expansión de las constelaciones.
Un grito que no oye el pastor de planetas.
Un grito que se llena, como un cubo, de huecos.
Un templo que visitan arenas y huracanes.
La boca ha gritado,
¿de qué huerto ha venido? ¿En qué lejana flor
se hará otra vez silencio,
historia no aprendida
y vida sin pregunta?
¿En qué agua de otro tiempo
se pulió la mandíbula y su origen?
¿En qué apagado sol
se removió su cero antes del cero?
Gritar: tan sólo un accidente, una arruga en el aire.
Y un destrozo,
un harapo de algo; un desgarrón superfluo
desde el violento, desde el distraído
que empuja, pisa y habla alto. No grita.
Alto, sólo, habla.
Se oye su voz pavorreal.
Y el grito se desenrosca desde su sima profunda:
un poquito de aire que, primero,
tropieza con la esquina del pulmón,
garganta arriba. Luego ulula, asalta
la pared que contiene su infinitud,
su triste desmesura,
arañando su cárcel, resuelto en templo,
ecos en frío crisopacio que se aleja,
en el tiempo, de la boca: su nido.
Y nada alrededor. La boca mueve
sus alas sin sonido, sin sentido,
entre el agua y el huerto,
entre hueso temprano y légamo futuro,
entre el cero y el cero.
Entre el cero y su carga.



jueves, 4 de mayo de 2017

Es un viejo magnífico que no se toma en serio (por Jaime Sabines)


Me encanta Dios. Es un viejo magnífico que no se toma en serio. A él le gusta jugar y juega, y a veces se le pasa la mano y nos rompe una pierna o nos aplasta definitivamente. Pero esto sucede porque es un poco cegatón y bastante torpe con las manos.

Nos ha enviado a algunos tipos excepcionales como Buda, o Cristo, o Mahoma, o mi tía Chofi, para que nos digan que nos portemos bien. Pero esto a él no le preocupa mucho: nos conoce. Sabe que el pez grande se traga al chico, que la lagartija grande se traga a la pequeña, que el hombre se traga al hombre. Y por eso inventó la muerte: para que la vida -no tú ni yo- la vida, sea para siempre.

Ahora los científicos salen con su teoría del Big Bang... Pero ¿qué importa si el universo se expande interminablemente o se contrae? Esto es asunto sólo para agencias de viajes.

A mí me encanta Dios. Ha puesto orden en las galaxias y distribuye bien el tránsito en el camino de las hormigas. Y es tan juguetón y travieso que el otro día descubrí que ha hecho -frente al ataque de los antibióticos- ¡bacterias mutantes!

Viejo sabio o niño explorador, cuando deja de jugar con sus soldaditos de plomo y de carne y hueso, hace campos de flores o pinta el cielo de manera increíble.

Mueve una mano y hace el mar, y mueve la otra y hace el bosque. Y cuando pasa por encima de nosotros, quedan las nubes, pedazos de su aliento.

Dicen que a veces se enfurece y hace terremotos, y manda tormentas, caudales de fuego, vientos desatados, aguas alevosas, castigos y desastres. Pero esto es mentira. Es la tierra que cambia -y se agita y crece- cuando Dios se aleja.

Dios siempre está de buen humor. Por eso es el preferido de mis padres, el escogido de mis hijos, el más cercano de mis hermanos, la mujer más amada, el perrito y la pulga, la piedra más antigua, el pétalo más tierno, el aroma más dulce, la noche insondable, el borboteo de luz, el manantial que soy.

A mí me gusta, a mí me encanta Dios. Que Dios bendiga a Dios.



miércoles, 3 de mayo de 2017

Un viento suave perturbando una fogata (por Paul Auster)


Siempre el más pequeño de los actos

posible
en este tiempo de actos

más grandes que la vida, un gesto
hacia la cosa que pasa

apenas entrevista. Un viento suave

perturbando una fogata, por ejemplo,
que accidentalmente
hallé el otro día

en la pared de un museo. Allí
no hay casi nada: algunos vestigios
de blanco

arrojados con desgana sobre
el negro puro del fondo, nada más
que un pequeño gesto
intentando ser nada

más que él mismo. Y sin embargo
no está allí
y a mis ojos nunca se transformará
en la cuestión
de tratar de simplificar

el mundo, pero sí un modo de buscar un lugar
para entrar en él, una manera de estar
presente
entre las cosas
que no nos desean –pero que necesitamos
en la misma medida que necesitamos
de nosotros mismos. Sólo un momento antes de que
la hermosa

mujer
que estaba parada delante de mí
había estado diciendo cuánto deseaba
procrear y cómo el paso del tiempo
le estaba jugando en contra. Dijimos:
cada uno de nosotros debe
escribir un poema utilizando
las palabras ‘Un viento
suave

perturbando una fogata’. Desde entonces
nada

ha significado tanto como el pequeño
acto
presente en estas palabras, el acto
de intentar hablar

palabras

que significan casi nada. Hasta el mismísimo final
quiero ser igual
a lo que fuera que mi ojo me traiga, como si
yo pudiera finalmente verme
abandonarme
en las cosas casi
invisibles

que nos llevan con nosotros mismos y todos
los niños por nacer

al mundo.



martes, 2 de mayo de 2017

El mal que no firmamos (por Saiz de Marco)


el mal hecho al descuido
el mal silente
el mal pasivo
el mal difuso
el mal oblicuo
el mal que "me dejé llevar por"
el mal gregario
el mal anónimo
el mal cooperativo
el mal a la ligera
el mal "pues no se nota"
y "esto no va conmigo"
el mal con autoexcusa
y con pseudocoartada blanqueado
el mal de la trastienda
el mal de la barrera
el mal "bah si no siente"
el mal "estilo Poncio" (traigan la palangana)
el mal autorizado contra el débil
el mal risueño

el mal tan cortésmente ejecutado
el mal legal
el mal tribal
el mal acostumbrado
"así fue siempre"
el mal que no firmamos pero hacemos