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jueves, 28 de noviembre de 2013

Era un hombre desconocido (por Margaret Atwood)


Has oído al hombre al que amas

hablando consigo mismo en el cuarto de al lado.

No sabía que le escuchabas.

Pegaste el oído al muro

pero no conseguías captar las palabras,

sólo una especie de ruido sordo.

¿Estaba enfadado? ¿Estaba maldiciendo?

¿O era una especie de comentario

como una larga y críptica nota al pie en una página de versos?

¿O buscaba algo que había extraviado,

como las llaves del coche?

Entonces, de repente, se puso a cantar.

Te asustaste

porque era algo nuevo,

pero no abriste la puerta, no entraste,

y siguió cantando con su voz grave, desafinada,

densa y dura como el brezo.

La canción no era para ti, no te mencionaba.

Tenía otra fuente de contento,

nada que ver contigo en absoluto,

era un hombre desconocido, que canta en su cuarto, solo.

¿Por qué te sentiste tan dolida, y tan curiosa,

y al mismo tiempo tan feliz,

y también tan libre?

5 comentarios:

Cide Hamete Benengeli dijo...

Aprende de la amapola
que está sola en el trigal
y no tiene más compaña
que la que el viento le da.

casa de citas dijo...

Lo difícil no es creer en Dios, sino creer que le importemos.

(GÓMEZ DÁVILA)

tERESA pANZA dijo...

Con el arca abierta, hasta el justo peca.

TóTUM REVOLúTUM dijo...


Lo pasado, pisado.

RAMóN Y SUS GREGUERíAS dijo...

Cuando anuncian por el altavoz que se ha perdido un niño, siempre pienso que ese niño soy yo.