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miércoles, 20 de agosto de 2014

El verdugo (por Sigfrido Radaelli)


Todo está oscuro. Voy bajando escalones duros,
irregulares,
tanteando paredes húmedas.
¿Cuántas mañanas, cuántas noches?
Algunas veces escuché yo mismo mi propio aullido.
¿Es así la tortura
y es así el dolor que aparece de pronto y se niega
a desaparecer.
que me acosa por un lado y en seguida por otro,
finalmente por todos los lados al mismo tiempo?
No hay que doblegarse, de lo contrario estoy
perdido
¿Y la humillación de ser torturado sin defensa
posible,
irse mutilando de a poco?
Quiero darme vuelta,
moverme, levantarme.
Agazapado, fulmíneo,
el dolor regresa.
Es inútil, estoy atrapado.
huyo de todo esto desvaneciéndome.
Busco a tientas el reloj, enciendo la luz.
Estuve dormido algunos minutos. He descansado
un poco, lo suficiente.
Ahora puedo volver a pensar. No importa ya cómo
ni por qué,
pero yo soy el torturado, la víctima.
Mi defensa es imposible, lo sé también,
y esto es lo que me ultraja.
Después de un largo día, de nuevo la noche.
Cumplo sus etapas conocidas de memoria:
un poco de radio, un poco de televisión,
un poco de lectura.
Tomo las medicinas, bebo agua,
apago la luz.
La escalera es circular, interminable, siempre hacia
abajo.
Tanteo los costados,
de vez en cuando me detengo para levantar la vista.
Entre los recovecos, la escasa luz del comienzo
ha desaparecido.
Siempre hay un escalón debajo del último.
Sigo bajando.
Al volver a mirar hacia arriba
distingo la luz de un relámpago.
De nuevo la oscuridad total.
Las paredes me acosan,
se hunden en mí.
Siento golpes por todas partes.
Arriba otra luz. Rápidamente distingo una mano,
Me tomo de esa mano
que al parecer está cómoda conmigo.
Todo es tan fugaz. De nuevo el acoso,
el dolor.
Indefenso, me hundo en esta tortura.
¿Es una represión dirigida a mí, un castigo,
una injuria, un espanto?
Lejos, lejísimos, creo escuchar una serie de truenos.
¿Me llaman?
Quedo detenido en el fondo un buen rato. Me doy
la vuelta,
intento regresar.
Subo despacio. Cuento los escalones,
las paredes se alejan.
Todo a mi alrededor está vacío.
Estoy solo. Solo con mi terror.
Subo por un desfiladero, entre ciénagas.
Arriba, lejos, nuevamente una luz.
Cruza el vuelo de un ave.
Silencio total.
Hay que seguir subiendo, poco a poco,
despacio.
En alguna parte alguien sabe lo que está
pasando.
¿Juzga, condena?
Siento una enorme tristeza. Sé que toda
subversión es inútil.
Sé que estoy resignado para siempre.

1 comentario:

hAiKu dijo...

Vamos, elige:
O nicho o crematorio.
No hay más menú.

(CUQUI COVALEDA)