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sábado, 16 de agosto de 2014

Un tambor que no sabe (por Antonio Colinas)


¡Qué lento pasa el tiempo, y qué medido!
Lo va fijando un tambor oscuro
que suena en la noche
de la tierra.
¿Quién lo hace resonar?
Son los cascos nerviosos
de los caballos.
Ellos producen un inconfundible
sonido al galopar.
Lo sabemos también
por esa rebelión
mansa de sus relinchos.

Duerme inconsciente el mundo
sin saber que es tambor que resuena
como tierra, como cuero, como aire,
como un terciopelo
tenso, o como un grueso tafetán.
Un tambor que no sabe
que se avisa a sí mismo
como eco de peligro
o retemblor de sangre.
Tambor pausado, oscuro, el del galope
sonámbulo
de los caballos nocturnos.
¿La tierra está llamando
al cielo sordamente
o es el cielo el que avisa a la tierra
con paciente dulzura?

Como un tambor resuena
la noche y los relinchos
braman ardientes.
¿Con ellos se lamenta
la tierra o es el cielo?

Vivo tambor nocturno el del galope
de los caballos
sin jinete
sobre la tierra muerta.

11 comentarios:

casa de citas dijo...

La creatividad es un intento alquímico de transmutar el sufrimiento en belleza.

(MONTERO)

hAiKu dijo...

Sin desearlo,
de improviso irrumpe la
felicidad.

(CUQUI COVALEDA)

Cide Hamete Benengeli dijo...


Hubo un día que por verte
daba paseos
y en cambio hoy por no verte
doy mil rodeos.

hAiKu dijo...


Sin cesar vuelve
el viento a la palmera,
y la despeina.

(SUSANA BENET)

Aldonza Lorenzo dijo...

Para no explicarse hay quien suelta tinta, como los calamares.

F. dijo...

No lo dirás por mí, buena Aldonza.

Aldonza Lorenzo dijo...

Que no, F, que es simple recopilación de los refranes de esta tierra, aunque es verdad que aquí no abundan los calamares por ser solar de secano, pero sí los enredas que se refugian en torcimientos para no dar cuenta clara de sus andaduras. Os manda un beso desde El Toboso A.L. (la Simpar Dulcinea).

F. a doña Aldonza Suárez dijo...

Y yo recojo ese beso y lo guardo en arqueta de madrépora y granate, con engastado de aguamarinas que, al admirarlas cada orto vespertino, a vuestros ojos me regresan.
Oh, dulce, intrépida, señora mía Dulcinea del Toboso..., a quien Dios dotó de la mirada glauca del cielo magrebí, cuando se mira en las lagunas glaciares del Atlas sarraceno.
Y si pareciera que los hubiéseis negros, marrones o alentejanos al parecer de los mortales, no sería veraz tal cromatismo, sino obra de encantadores y nigromantes que así confundirán a los mirones indiscretos.
Y sobre todo guardaré en aquel relicario la paciencia, mi señora doña Sandra: la proverbial paciencia para con este bardo errante con que os pertrechó el Olimpo todo.
Un beso, Sandra- Aldonza Suárez de la Encomienda (mía).

AL dijo...

Siempre un placer leerte, amigo F.

casa de citas dijo...

No está el mañana, ni el ayer, escrito.

(MACHADO)

Cide Hamete Benengeli dijo...

Tus ojos y los míos
se han enredado
como la zarzamora
por el vallado.