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martes, 24 de mayo de 2016

Ha llegado la hora (por Raúl Campoy)


Vamos a pensarnos padre.

Vamos a reírnos de los ojos que todo lo quieren reunir.

Has visto el almendro?

Mira su pueblo de corolas.

Allí está mi nervio primero.

Hemos llorado:

no debemos.

Las nubes nos hacen sombra y el aire muerde nuestras mañanas.

No estés triste padre.

Yo te miro en el brote que reverdece que nos rememora.

A veces salgo y te llamo. Sales de las raíces donde siempre me enredo. Paseamos hasta

que somos sólo palabras y nuestros corazones bañan las peñas, riegan la huerta, y la amargura, según crecemos, se va escurriendo de nuestras lenguas. Entonces te miro y veo a ese padre tan valioso, y me pregunto de dónde vienes lleno de brillos de laguna, lleno de años que ya cumpliste y que ahora llegan, quebrando amaneceres como escarchas, clavando tus espinas de miel; y estallas en azúcar y nos haces ver una rosa dos veces rosa y ríes como dos planetas frotándose y lloras cientos de olores y suspiras como el viento entre una grieta, y allí estoy yo:

asqueado de carnes, de llaves, de coches

de ciudades,

queriendo alcanzar la yerba

que tú multiplicas,

intentando ser inoloro, incoloro, invisible,

indetodo,

para no partir el tallo de tu brisa por el campo,

para poder seguir tus pasos de ropa vieja.


No estés triste padre.

No rompas esa sonrisa en agujas.

No te embarres de queratina,

que el dolor ha cambiado su billete.

La presencia de nuestra ausencia no dolerá.

Deja que los cuchillos reboten

que cambie el sonido:

abre una ventana en el sur

y cierra la del norte,

o como tú quieras,

tienes veinte articulaciones en el cráneo

y eres triste de médula como una red a la deriva

(como diría Neruda).

Llora tus soledades en las mías, padre.

Suda entero como el rocío.

No hagas fragoso lo permeable.


Ha llegado la hora de penetrar nuestro cuerpo de roca,

de almacenar con tósigo nuestra ira de colmena,

de visitarnos en la distancia

donde las horas no dictan

ni separan a un hijo de un padre,

donde las palabras no rebotan

ni hay paredes que raspen

ni puertas que podamos cerrar.


3 comentarios:

indecible dijo...

Emotivo poema. Padre e hijo como líneas paralelas que, como todo el mundo sabe, convergen en el infinito, donde todo se junta y es uno.

ORáKULO dijo...

Todo exceso de funciones es disfuncional.

hAiKu dijo...

Giuseppe Verdi
nunca tuvo un Ford Fiesta
ni un Opel Corsa.

(CUQUI COVALEDA)