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jueves, 10 de noviembre de 2016

La piedra que cae (por Olaf Bull)


Yo estaba en la más extrema eternidad,
detrás del incendio del horizonte visible.
Entonces ocurrió que alguien avanzó hacia mí
sobre el borde de una estrella desconocida.

Alguien que se inclinaba hacia delante y sonreía
detrás de un velo que le envolvía la cabeza
y sostenía una piedra en una de sus garras
y susurraba fría y suavemente:

«Dejo caer una piedra en la órbita del cielo,
la piedra dorada, que ahora te muestro;
al instante siguiente ha desaparecido;
ya nunca más cesará de caer.

¿Entiendes, miserable, lo que hago?
Suelto una piedra cayente en tu alma;
siembro en tu ser desasosiego,
una inquietud que nunca morirá.

Dondequiera que te quemes en la morada de la luz,
en amor de mujeres, entre arbustos de blanco primaveral,
la piedra que al mismo tiempo cae, cae
en las tinieblas del destino, tienes que recordarla».

Y la imagen se rompió, y yo me hundí,
me hundí en mi cama —me desperté sudando;
en olas de gélido rocío de estrellas
latía mi corazón, golpe a golpe—
Pero el sueño siguió en la noche de mi corazón.
Desde la juventud a la edad madura
trató en vano mi alma de coger
la piedra que cae incesantemente.


3 comentarios:

ORáKULO dijo...

Cambiar es admitir que no tenías razón.

casa de citas dijo...

A menudo no es el más merecedor, sino el más insistente, quien logra las cosas.

(SCHOPENHAUER)

ORáKULO dijo...

Hay personas a las que toda grandeza les queda grande.