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miércoles, 21 de febrero de 2018

El puente de hierro (por Billy Collins)


Me encuentro de pie en un abandonado puente de hierro
construido en 1902
según reza la placa de metal atornillada a la viga,
la fecha en que mi madre cumplió un año de edad.
Imagínate: una madre en su infancia,
y era una niña canadiense en aquella época,
una de las niñas más admirables de la provincia de Ontario.

Pero yo estoy aquí inclinado sobre el oxidado antepecho
mirando el agua que corre debajo,
que está en calma y refleja la mañana,
el cielo azul entreverado con nubes densas,
y cuanto más veo el agua,
que es como una imagen que habla,
más pienso en 1902,
cuando los obreros, en camisetas y gorras
remachaban este puente de hierro
por un estrecho canal que entronca en dos lagos
donde las flores silvestres se dispersan a lo largo de las orillas
y un par de cisnes vaga por los frondosos cuévanos.

1902: mi madre era tan diminuta
que cabía en uno de aquellos canastos ovales
para cargar manzanas,
que su madre cubría con un delgado paño
y colocaba en la mesa de la cocina
para no perder de vista a la pequeña Katherine
mientras, a restregones, limpiaba patatas o desvainaba ejotes,
como yo, que no pierdo de vista al cormorán
que acaba de romper la vidriosa superficie
y se aleja del puente y de mí,
haciendo girar su curiosa cabeza,
escabulléndose hacia donde el sol rastrilla el agua
y se filtra a través de los árboles que atestan la ribera.

Y ahora desciende en picado,
desaparece bajo la superficie,
y mientras espero a que aparezca repentinamente
lo imagino volando bajo el agua con sus extrañas alas,
como te imagino a ti, mi diminuta madre,
que desapareciste el año pasado,
que vuelas hacia algún lado con tus extrañas alas,
tus grandes ojos y tu denso traje mojado,
moviendo las piernas hacia lo más profundo de un lago
sin confín y sin nombre, en alguna provincia de agua sin fronteras.


4 comentarios:

Lloviendo amares dijo...

De escogidas, profundas, solitarias
palabras he vivido. De los bardos
del mundo, las movientes
palabras solitarias.

¿Así podría morir?

Cuando cae la carne de las grandes
palabras solitarias,
cuando cae la carne
de los frutos –oh carne–

estoy adentro.

(HUGO PADELETTI)

casa de citas dijo...

...y menos aún entiendo de la balanza del mundo, ni ella de mí. (¿Qué importancia iba a dar una balanza tan enorme a mis cincuenta y cinco kilos, sin ropa? ¿Cómo habría de notarlos?). Sin embargo aquí estoy... y tu mano está entre las mías hasta que tú quieras.

(KAFKA)

Dimes Y Diretes dijo...

Triste condición la del ser humano, que para hacer llegar algo al estómago tiene que metérselo por la cara.

(NIETZSCHE)

Lloviendo amares dijo...

Ésta es tu última noticia, cuerpo:
una radiografía de tus pulmones, brumas
inquietantes, manchas de musgo sobre la nieve sucia.
La tierra espera que algún día
todos los órganos, como los perros, la husmeen
buscando la yerba benéfica. Tus pulmones,
entre hojas sedosas,
lucirán sanos y tersos como recién nacidos
y concertarán con un joven buey
el ritmo amplio de su respiración. Al fondo
habrá un cielo luminoso y ninguna sombra,
sobre todo ninguna sombra aciaga.

(JOSÉ WATANABE)