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miércoles, 2 de marzo de 2011

Llegar a una ciudad (por José Luis García Martín)

Llegar a una ciudad donde nadie me espera,
donde todo me espera con colores no usados.
Una ciudad sin nombre que es todas las ciudades
con su río muy lento, sus fastuosos puentes,
la estación que retumba como una catedral,
cafés en cada esquina bulliciosa,
el puerto de las largas travesías,
el tren chirriante en la laguna,
los adolescentes frente a St Etienne,
su parloteo soñador,
el sol madrugador en las terrazas
y el mar resplandeciente bajo un cielo narciso.

Qué bien se saben todos su papel,
los escolares que se pierden en el parque,
el minucioso oficinista, el vendedor de alfombras,
esa mujer tan sola que pasea
su distante hermosura,
los enamorados que arman el paraíso
en un rincón cualquiera, resplandor en la hierba,
las calles que se contonean,
caserones de fresco zaguán
y hondo silencio dieciochesco.

Todo caricia, todo invitación,
aquí estaba la vida mientras tú en otra parte
masticabas una vez y otra vez
la intragable papilla de los días.
Palpita la ciudad desde lo alto,
reconoces las torres y las cúpulas,
el manchón verde de Villa Borghese
y el largo puente naranja sobre el Tajo,
en la plaza de la Sorbona
al lento sol de la mañana
una muchacha lee a los presocráticos
y alza los ojos para verte sonreír
a los adolescentes de St Etienne
que ofrecen la manzana
de su ambigua hermosura
a todos y a ninguno,
y tú muerdes con delicia
la manzana de la ciudad,
su pulpa de perpetuo domingo,
de infancia recobrada,
de teatrillo de titiriteros.

Subes a lo alto de la fortaleza
y sobre los tejados de Alfama o las aguas del golfo,
al fondo la abrupta esmeralda de Capri,
vas dejando caer las tristezas antiguas
y quedas para siempre
desnudo, joven, invulnerable.
La primera mañana en la ciudad
que primero anduviste en sueños,
que antes de ser verdad fue tinta y fue papel,
versos de Baudelaire o de Pessoa,
fotografías sepia,
acariciada fantasmagoría.
La primera mañana en la ciudad,
desconocido entre desconocidos,
Adán de ingenuos ojos
que no se cansa de mirar
un reluciente paraíso,
la primera mañana del mundo.

4 comentarios:

M.A. dijo...

Yo le añadiria que seguramente otros vienen a nuestra ciudad y nos ven y dirán "qué bien interpretan su papel" (como si fuese un teatro que montamos para el visitante -pero no, no: es el papel que hacemos todos los días, o sea nuestro rol de siempre, nuestra vida-). Y luego se irán y no volverán nunca, y habremos sido -seremos siempre en su momoria- unos personajillos de aquel viaje, de aquella visita turistica, como si toda nuestra existencia y toda nuestra rutina estuvieran hechas sólo para figurar, como extras de reparto, en la película que vio aquel que un día sólo de paso estuvo y se fue.

zUmO dE pOeSíA (emilia, aitor y cía.) dijo...

M.A.: Me ha gustado tu comentario casi tanto como el poema.

hAiKu dijo...

Sus propios versos
cantados por Serrat
no oye Machado.

(CUQUI COVALEDA)

Cide Hamete Benengeli dijo...


A mí me pasa contigo
lo que al pobre con el pan,
que tan sólo con mirarte
me estoy relamiendo ya.