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martes, 5 de mayo de 2015

Crepúsculo (por Ernst M. Richard Stadler)


Pesado cayó el crepúsculo sobre las callejas de la ciudad.
Sobre el gris de las tejas de adobe y las torres esbeltas,
sobre la suciedad y el polvo de la gran ciudad, su placer, su pesar y su mentira
con majestuosa implacabilidad.

Arrancados de piedras gigantes, los bloques de nubes se oscurecían
incubándose, con rigidez... Y había en el aire
como una obcecación enloquecida, un encresparse que no muere.
Al oeste, distante, el día agonizaba.

Entre los castaños pardos del otoño chisporroteaba la tormenta nocturna,
como cuando los mundos se despiertan despabilados
para la última y sangrienta batalla decisiva.

Terquedad en el corazón y sueños salvajes de lucha y desamparo y triunfo arrollador.
Me apoyé en la verja de hierro de mi balcón y vi
el lamer de mil fuegos y las rojas barbas temblar,
y una vez más al coloso herido alzar la bandera llameante.

Una vez más aún martillear la vieja canción salvaje de los héroes
en un torbellino de acordes
y desmoronarse
y retumbar
sordamente a lo lejos...
Un chirriar de carros en la calle. Música. Soldados canturrean.
Sobresaltado, me estremezco.
Sobre las torres y los tejados ruge la noche.

2 comentarios:

Tragikomedia dijo...


Leí que "rojo" y "rugir" vienen de la misma raíz indoeuropea. De ser así, los rugidos son rojos. Curiosa sinestesia.

hAiKu dijo...

En lo más alto
un castillo declara
nuestro ser bélico.

(CUQUI COVALEDA)