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lunes, 16 de abril de 2018

Era descubrir (por Pedro Salinas)


¿Cómo me vas a explicar,

di, la dicha de esta tarde,

si no sabemos por qué

fue, ni cómo, ni de qué

ha sido,

si es pura dicha de nada?

En nuestros ojos visiones,

visiones y no miradas,

no percibían tamaños,

datos, colores, distancias.

De tan desprendidamente

como estaba yo y me estabas

mirando, más que mirando,

mis miradas te soñaban,

y me soñaban las tuyas.

Palabras sueltas, palabras,

deleite en incoherencias,

no eran ya signo de cosas,

eran voces puras, voces

de su servir olvidadas.

¡Cómo vagaron sin rumbo,

y sin torpeza las caricias!

Largos goces iniciados,

caricias no terminadas,

como si aún no se supiera

en qué lugar de los cuerpos

el acariciar se acaba,

y anduviéramos buscándolo,

en lento encanto, sin ansia.

Las manos, no era tocar

lo que hacían en nosotros,

era descubrir; los tactos

nuestros cuerpos inventaban,

allí en plena luz, tan claros

como en la plena tiniebla,

en donde sólo ellos pueden

ver los cuerpos,

con las ardorosas palmas.

Y de estas nadas se ha ido

fabricando, indestructible,

nuestra dicha, nuestro amor,

nuestra tarde.

Por eso no fue nada,

sé que esta noche reclinas

lo mismo que una mejilla

sobre este blancor de plumas

-almohada que ha sido alas-

tu ser, tu memoria, todo,

y que todo te descansa,

sobre una tarde de dos,

que no es nada, nada, nada.



3 comentarios:

Fuego de palabras dijo...

La tristeza de los sexos negros frente a los vientres blancos.

(MIGUEL HERNÁNDEZ)

Lloviendo amares dijo...

Y ahora yacen separados, cada uno en su cama,



él con su libro, la luz que lo acompaña hasta



  el amanecer,



ella, como una niña, durmiendo con placidez,



  soñando su infancia;



y todos los hombres en otro sitio, atentos,



como si esperaran una revelación:



el libro no leído que él sostiene,



los estáticos ojos de ella bajo las sombras.



A la intemperie, como los desechos anegados de una



  pasión olvidada,



ambos se tienden lánguidos e impasibles.



  Difícilmente volverán a tocarse



y si lo hacen es apenas como una confesión



de sentimientos que ya no tienen, o que poseen



  en demasía.



La castidad los reclama, un porvenir



para el cual la totalidad de sus vidas fue sólo



  una preparación.



¿No lo han advertido?



Estoy hablando de mi padre y de mi madre,



cuyo fuego, ese que antaño me engendró, hoy yace enfriado.

(ELIZABETH JENNINGS)

Cide Hamete Benengeli dijo...

Cuesta arriba me da pena;
cuesta abajo, calentura;
pero al pisar la taberna
todas mis penas se curan.