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domingo, 13 de mayo de 2018

Si rompiera las puertas de la carne (por Emily Dickinson)



¿Y si dijera que no voy a esperar?

¿Si rompiera las puertas de la carne

y las cruzara huyendo hacia ti?

¿Y si extrajera esta mortalidad

y auscultara dónde duele -basta eso-

y entrar así en las aguas libremente?

No podrán atraparme -nunca más-.

Que llamen o que imploren mazmorras y pistolas.

Ahora están vacías de sentido

como lo que me hizo reír hace una hora,

como encajes o artistas ambulantes

o como aquéllos que murieron ayer.



5 comentarios:

Tragikomedia dijo...

¿Tiene la consciencia, tiene la inteligencia que pagar tributo a la carne? ¿No hay inteligencia extracarnal? ¿No hay consciencia incorpórea? Yo creo que sí.

Dimes Y Diretes dijo...

¡Qué mínima parte de la vida

es la que vivimos verdaderamente!

(CECILIO)

Anónimo dijo...

El "morir" -la idea de la propia muerte y la constatación de las muertes ajenas- es un acontecer normal, biológico e inexorable que, sin embargo, nunca se integra en nuestra normalidad ni en nuestra naturalidad.

casa de citas dijo...

Dejar de vivir no admite otro grado mayor, no permite un paso más. La ausencia de vida es el nivel máximo, la culminación de algo. Ningún muerto está más que muerto. Ningún muerto está muertísimo.



(RAFAEL BALDAYA)

Lloviendo amares dijo...

Lo que más me reconcilia con mi propia muerte es la imagen de un lugar: un lugar en el que tus huesos y los míos sean sepultados, tirados, desenterrados juntos. Allí estarán desperdigados en confuso desorden. Una de tus costillas reposa contra mi cráneo. Un metacarpo de mi mano izquierda yace dentro de tu pelvis. (Como una flor, recostado en mis costillas rotas, tu pecho.) Esparcidos como la grava, los cientos de huesos de nuestros pies.

(BERGER)