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viernes, 14 de mayo de 2010

Quién hubiera dicho (por Mario Benedetti)

Quién hubiera dicho
que estos poemas de otros
iban a ser
míos
después de todo hay hombres que no fui
y sin embargo quise ser…
quién hubiera dicho
que estos poemas míos
iban a ser
de otros

13 comentarios:

Anónimo dijo...

El canto de todos es mi propio canto. El canto de todos es el mismo canto. Lo dice VIOLETA PARRA.

Cide Hamete Benengeli dijo...

A los matrimonios yo
con la Salve los comparo.
Primero gozo y dulzura,
después gimiendo y llorando.

casa de citas dijo...

¿Habrá suerte mejor que ser la ceniza de que está hecho el olvido?

(BORGES)

Anónimo dijo...

Perdona, Cide, pero lo que dice la Salve no es gozo y dulzura, sino "vida y dulzura". O sea, la copla es

A los matrimonios yo
con la Salve los comparo:
primero vida y dulzura,
después gimiendo y llorando.

casa de citas dijo...

Hay veces que la batuta entorpece a la orquesta.

(VON KARAJAN)

Aldonza Lorenzo dijo...

El buen paño en el arca se vende.

Cide Hamete Benengeli dijo...


Quien te puso Petenera,
no te supo poner nombre,
que debía de haberte puesto
"La perdición de los hombres".

HAIKU DE GARCÍA MARTÍN dijo...


Con cuánta fuerza
lanzó Dios la canica
del universo.

TAN TONTÍN dijo...


El día que un mosquito se posó en mis testículos entendí que no todo se resuelve con violencia.

Dimes Y Diretes dijo...


Cuando el fanatismo ha gangrenado el cerebro, la enfermedad es casi incurable.

(VOLTAIRE)

casa de citas dijo...


O se hace rigor, o se hace poesía, o se calla uno.

(ORTEGA)

Aldonza Lorenzo dijo...


Juventud sin salud, es peor que senectud.

cajón desastre dijo...


Lewis Carroll

“Mi queridísima Gertrude: Te sentirás apenada, y sorprendida, y desconcertada, de oír la extraña enfermedad que me aqueja desde que te fuiste. Llamé al doctor y le dije “Deme medicina, pues estoy cansado”. Él me respondió: “¡Tonterías! Usted no quiere medicina: ¡vaya a la cama!”. A lo que le repliqué: “No, no es el tipo de cansancio que quiere cama. Estoy cansado en la cara”. Él me dijo: “Cree que sean los labios”. “Por supuesto –dije–. ¡Eso es exactamente lo que tengo!”. Me miró con gravedad y dijo: “Creo que usted ha estado dando demasiados besos. “Bueno –dije–, sí le di un beso a una amiga mía”. “Piense otra vez –me dijo–; ¿está seguro que fue solo uno?”. Lo pensé otra vez y dije: “Tal vez fueron once”. Así que el doctor dijo: “No le debe dar más hasta que sus labios descansen”. “Pero qué se supone que haga –dije–, porque mire, le debo 182 más”. Me miró con tanta gravedad que las lágrimas se le escurrieron por las mejillas y dijo: “Podría enviarlos en una caja”. Entonces me acordé de una pequeña caja que alguna vez compré en Dover, y pensé regalársela a una niña o a otra. Así que los empaqué todos con mucho cuidado. Cuéntame si llegan a salvo o si se pierde alguno en el camino”.

(LEWIS CARROLL)