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sábado, 31 de marzo de 2012

Creo que te inventé (por Sylvia Plath)

Cierro los ojos y el mundo muere;
levanto los párpados y otra vez nace todo.
(Creo que te inventé en mi mente.)
Las estrellas salen valseando en azul y rojo,
sin sentir galopa la negrura.
Cierro los ojos y el mundo muere.
Soñé que me hechizabas en la cama.
Cantabas el sonido de la luna, me besabas locamente.
(Creo que te inventé en mi mente).
Dios cae del cielo, las llamas del infierno se debilitan:
Escapan serafines y soldados de satán:
Cierro los ojos y el mundo muere.
Imaginé que volverías como dijiste,
pero crecí y olvidé tu nombre.
(Creo que te inventé en mi mente.)
Debí haber amado al pájaro de trueno, no a ti;
al menos cuando la primavera llega ruge nuevamente.
Cierro los ojos y el mundo muere.
(Creo que te inventé en mi mente.)

6 comentarios:

Greta dijo...

De alguna forma sí, todo lo real y también lo irreal lo hemos inventado en nuestra mente.

Anónimo dijo...

Pero en el lenguaje distinguimos entre realidad e irrealidad. Entonces la realidad, aunque sea una mentira sensorial -que claramente lo es-, parece ser un poco menos irreal, un poco menos mentira que la irrealidad.

Anónimo dijo...

Quiero decir: si alguien sueña que sueña, entonces ese segundo sueño -ese sueño dentro del sueño: ese subsueño o "sueño de segundo grado"-, es más irreal que el sueño primigenio, aunque éste evidentemente también sea irreal.

Greta dijo...

Anónimo, siento discrepar de ti, y creo que tu razonamiento lleva precisamente a la conclusión contraria. El sueño de segundo grado a que te refieres (sueño dentro del sueño) no tiene por qué ser más irreal que el sueño de primer grado (el sueño propiamente dicho). Éste, el sueño sin más, también es irreal. De modo que, siguiendo el propio razonamiento a que tú nos invitas, llegamos a la conclusión de que la realidad real puede ser tan ficticia y falsaria como la realidad percibida (o sea, la ficción que nuestros sentidos y nuestro cerebro nos hacen percibir).

tERESA pANZA dijo...

El que tiene nariz tiene un desliz.

cajón desastre dijo...

Crónica publicada en el diario "Poste" el 30 de diciembre de 1985:


“Los señores Lumière -padre e hijos- de Lyon ayer por la noche habían invitado a la prensa a la inauguración de un espectáculo verdaderamente extraño y nuevo, cuya primera exhibición había sido reservada al público parisiense. Imagínese una pantalla ubicada en una sala por cierto no demasiado grande. Esta pantalla es visible para el público. Sobre la misma aparece una proyección fotográfica. Hasta aquí, nada nuevo. Pero, de repente, la imagen de tamaño natural, o reducida, según las dimensiones de la escena, se anima y se hace viviente. Hay una puerta de obreros, algunos en bicicleta, con perros que corren, y coches; todo se anima e inquieta. Esto representa la vida misma, el movimiento tomado en vivo. Aparece después una escena íntima. Una familia reunida alrededor de la mesa. El niñito deja escapar de los labios el biberón que el padre le ofrece, mientras la madre sonríe. Al fondo, los árboles se agitan. Se ve cómo un golpe de viento levanta el babero del pequeño. Y finalmente, ¡el vasto Mediterráneo!

“El mar está primeramente inmóvil- Un joven de pie sobre un muelle se apronta a lanzarse sobre las olas. Todos admiran este gracioso paisaje. En un momento dado las olas avanzan espumantes y el bañista se surmerge, seguido por otros nadadores. El agua burbujea después de la zambullida para romperse sobre sus cabezas. En cierto momento son arrastrados y se deslizan sobre las rocas. La fotografía, entonces, ha cesado de fijar la inmovilidad. Perpetúa, ahora, la imagen del movimiento. Cuando estos aparatos sean de público dominio, cuando todos puedan fotografiar a los seres queridos no ya en forma inmóvil, sino en el movimiento de la acción, en sus gestos familiares y con las palabras a flor de los labios, la muerte dejará de ser absoluta.”