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miércoles, 28 de septiembre de 2016

Lluvia tardía (por Marisa Peral)


Nos abordan las pretéritas caravanas de la memoria
con su aroma de aguacero.
Renuncian a su bagaje de nostalgia
en los andenes de una estación inexplorada.

Llega la lluvia tardía con el sabor inocente de la infancia,
fragancia de lavanda y pulgaradas de gardenias
y un visillo lánguido cubre la cerrazón del cielo.

Las brozas de los bosques escinden la acuarela
con la anchura de un adiós o un para siempre
que busca sus raíces en la luz en el horizonte.

Llega de lejos el olor de la tierra mojada,
nos arropa en la crujía de la ensoñación,
en la antesala oculta para becarios de náufragos,
condenados a ser perpetuos títeres de agua.

Pesan las lágrimas como miríadas de asteroides
en estas horas suscritas con extracto de hierbas
como las joyas sin brillo de la desolación,
usurpadas del cofre íntimo del alma estéril.

Propaga el aire las trovas de la huida
bajo los cobertizos de los suburbios anegados de lluvia
y una difusa voz ciega de alcohol y de abandono,
estampa el silencio en el vapor de los espejos.

4 comentarios:

ORáKULO dijo...

Valemos, a menudo, más por lo que callamos que por lo que decimos.

ANNA dijo...

Me gusta mucho tu Blog.
Te envio el mio
http://anna-historias.blogspot.com.es/2016/09/muerte.html?m=1.
Por si quieres criticar.
Gracias

hAiKu dijo...

Paro de nubes.
Resistencia de flores.
Huelga de abejas.

(RAPHAEL BALDAYA)

batiBURRILLO dijo...


¿Tiene alguien, a fines del siglo XIX, una idea clara de eso que los poetas de las edades fuertes llamaron inspiración? Si no, os lo diré yo: con sólo un resto de superstición en nuestro interior, no podríamos, desde luego, rechazar la posibilidad de ser solamente una en¬carnación, un portavoz, un medium de potencias superiores. Ése es el concepto de revelación, en el sentido de que, de pronto, con seguridad y fineza indecibles, algo bien visible y audible, algo que os estremece y trastorna hasta lo más mínimo de vuestro ser, describe simple¬mente un hecho. Se oye, sin tratar de oírlo; se toma sin tenerlo que pedir; como un relámpago surge un pensa¬miento, como algo necesario. No hay la menor duda al darle forma..., nunca he tenido que elegir. Un encanto, cuya formidable tensión se resuelve a veces en un to¬rrente de lágrimas, y en el cual el ritmo de la marcha ya se acelera, ya se retarda; un estado completamente fuera de uno mismo, con una conciencia clarísima de expe¬rimentar innumerables escalofríos y estremecimientos hasta la punta de los pies; una profundidad feliz en la que las cosas más dolorosas y más siniestras no producen efectos de contraste, sino que parecen indispensables, necesarias, como si fueran un color complementario en medio de esa superabundancia de luz, un instinto de re¬laciones rítmicas que abrazan vastos espacios donde las formas se despliegan..., la necesidad de un ritmo am¬plio, son casi la medida de la fuerza de la inspiración, como un contrapeso a la presión interior, a la tensión... Todo sucede fuera del dominio de la voluntad, en un desbordamiento sentimental de la libertad, de lo absolu¬to, de la fuerza, de la divinidad... Lo más característico es la necesidad de la imagen, de la metáfora; uno no se da cuenta de lo que es imagen o metáfora, sino que éstas se presentan como la expresión más adecuada, más justa y más sencilla. Se podría decir, en verdad, recordando una frase de Zarathustra, que los objetos, las cosas vienen so¬las para ofrecerse como metáforas ("Todas las cosas se presentan dócilmente en el discurso y lo acarician y lo adulan; pues quieren montarse sobre tus espaldas. Aquí cabalgas tú mismo sobre cada parábola, en marcha hacia la verdad. Aquí brotan todas las palabras del ser y to¬dos los secretos de esas palabras; el espíritu, el ser ente¬ro, quiere convertirse en palabra, todo el futuro quiere expresarse por ti"). Eso es lo que yo sé de la inspira¬ción; no dudo que tendríamos que remontarnos miles de años atrás para encontrar a alguien que pudiera decirme: "Eso es también lo que yo creo".

(NIETZSCHE)