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miércoles, 13 de junio de 2018

Crónica parcial de los 70 (por Bernardo Atxaga)


Fue cuando la vida cotidiana derramaba
cucarachas sobre la gente sin cesar,
y se lloraba por todas las habitaciones
bien al estilo Snif, bien al sentido Buá.

Fue cuando se pasaba miedo y se gritaba
si de madrugada sonaba un timbre o un tiro
allí por el tercero A, o B, o por error.

Fue cuando nosotros, la juventud en general,
leíamos pornografía frente a las blancas
baldosas de los urinarios públicos
donde, a veces, sangrábamos por la nariz.

Fue cuando el invierno se iba aproximando
y prometía muertes, no todas ellas naturales.
Cuando en el fondo del corazón todos deseaban
una llamada o una carta, y yo también.

Y fue efectivamente el invierno, y hubo ocas
en el cielo volando en forma de uve doble,
y fue el frío y la lluvia y la huelga general
en medio de una epidemia de gripe asiática.

Y recuerdo un bar que alegó razones comerciales
para impedir la entrada a dos homosexuales.
Que los mendigos reforzaron sus casas de cartón,
que las ardillas bajaron del bosque y atracaron
un supermercado diciendo, Alto, Manos Arriba,
¿Dónde está la caja fuerte de las nueces?

Y después llegaron vagones llenos de silencio
para luchar calle por calle, casa por casa,
contra los Sustantivos, contra los Adverbios,
y yo estuve allí, y fue terrible, qué horror.

Y los dispensarios recetaron píldoras anti,
los bancos repartieron prospectos de colores
con el lema de Ora, sí, pero sobre todo Labora.
Y una tarde, por fin, ella hizo una llamada
desde muy lejos, y me pareció que sus palabras
eran de amor y con una pizca de sabor a miel.

En aquel tiempo, cuando la vida cotidiana
derramaba cucarachas sobre nosotros sin cesar,
y se lloraba por todas las habitaciones,
bien al estilo Snif, bien al estilo Buá.



4 comentarios:

ORáKULO dijo...

Tus errores y fracasos son tus maestros. Escúchales, averigua qué quieren decirte.

F. dijo...

Da cuenta Atxaga de aquel año en que sopló el siroco y la barrera penibética no fue qué suficiente para que la lluvia de insectos repugnantes no anegara un barrio sureño de Tomelloso. Pero nadie lloró ni snif ni bua.
Tampoco altera a alguien en estos pueblos cinegéticos un eventual disparo de madrugada, pues acostumbran a oírse los escapados de escopetas impacientes, entre bullanga de jaurías y arranque de motores. No sé a qué viene viene tanto dramatismo.
Sí es cierto que la gripe asiática venía brava y que se llevó al cementerio una gavilla de vecinos de entre los más desnutridos... Pero no todo fue mal aquel año, pues hubo quienes supieron hacer negocio de aquellas calamidades, como un indiano regresado de Cuba que había abierto una tienda de abarrotes y que se enriqueció vendiendo cantidades ingentes de zetazeta, aguamaniles y piezas de tela negra de dril.

Pablo M dijo...

En el 70 yo tenía ocho años. Coleccionaba chapas de botellas (Kas, Mirinda, Pepsi, Fanta...). Tenía gusanos de seda. Cursé 3° y 4° de primaria. Los dos maestros se llamaban Francisco. Descubrí los tebeos de Pumby y Jaimito. En la tele ponían Los Picapiedra y El Pájaro Loco. Los sábados por la noche daban Kung-Fu pero yo me quedaba dormido (como el año anterior, cuando el Apolo XI fue a la Luna). A veces ponían dos rombos y me mandaban directamente a la cama. En la calle jugaba al balón: el que metía gol (la portería era la cochera) se ponía de portero.

No sé si era feliz. Creo que a ratos sí. Tampoco me lo preguntaba.

Cide Hamete Benengeli dijo...

¡Ay, qué trabajo me cuesta
quererte como te quiero!
Por tu amor me duele el aire,
el corazón y el sombrero.