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jueves, 28 de junio de 2018

En este cruce de trenes (por Jonathan Aaron)


Qué suerte tengo esta noche de sostener una linterna
en este cruce de trenes en medio de Estados Unidos
y no aferrarme a una balsa que hace agua en el Atlántico norte,
o andarme cayendo de un risco en Nepal porque mi soga se rompió.

Conforme las luces y el ruido del tren menguan y se extinguen,
puedo oir a mi esposa roncar en su almohada
y a los perros a ambos lados de nuestra cama roncar
en las suyas. ¿Qué es lo que hacía yo hace un momento?
Ya: trataba de acordarme del nombre del actor
que actuaba de Llanero Solitario en la radio.

En la radio el Llanero Solitario siempre sonaba como agripado.
Clayton Moore hacía el papel en la televisión. Espero que Clayton
Moore y Jay Silverheels que salía de Toro, el indio y fiel compañero del Llanero, fueran amigos en la vida real. O al menos
que no sólo se tuvieran respeto.

Hey, quieto. Calma, muchachote, decía el enmascarado
para tranquilizar a su caballo Plata, que se asustaba a ratos,
pero al que siempre apaciguaba la voz de su dueño.
Un súbito rayo de luz a través de un hueco entre las nubes
dibuja el contorno de un ave de rapiña que planea. Se me ocurre
que el fuerte caballo pinto de Toro y que Plata eran como
el escudero de Gunnar Björnstrand y el caballero de Max von Sydow
en la vieja película de Bergman El Séptimo Sello.

Estoy en medio del siglo catorce
y apenas he puesto pie en suelo sueco
luego de veinte años malgastados en Tierra Santa.
Muy pronto una tercera parte de la población de Europa morirá de la Peste.
Nuestra cruzada fue tan tonta, me dice el escudero,
que sólo a un idealista pudo habérsele ocurrido.
El caballero se mira con fijeza la palma de la mano,
su pulso se acelera ante la perspectiva de jugar al ajedrez
con la Muerte. Un momento estoy junto a ellos,
al otro estoy solo encima de una duna empinada
que mira hacia el Báltico. Abajo, a lo lejos, dos caballos
caminan con las patas metidas en las aguas espumeantes, bajas.

Caballero y escudero yacen quietos sobre la arena, donde el hambre
y la fatiga debieron inducirles sueños de angustia.
Aparecen otros dos caballos, un árabe blanco seguido
de un pinto fornido. Los cuatro caballos se tocan las narices, cabecean,
y bajan los hocicos hacia el agua nerviosa, imbebible.



5 comentarios:

Fuego de palabras dijo...

Yo recuerdo nuestros lugares compartidos

estábamos donde deseábamos,

un prado y sus grandes árboles frente al cielo,

o entre placas de rocas, entre tinieblas?

Yo recuerdo, pero que es esto, recordar?

Rápido la quema de nada en el reloj de la arena,

la memoria, ese pozo. Alrededor del verano

el monte está desierto. Yo estoy allá,

yo levanto la tapa de hierro oxidada

de agua de otro siglo, de otro cielo,

yo me inclino eres tú,

la sonrisa de tantos años en esa noche.



(YVES BONNEFOY)

casa de citas dijo...

Nadie podrá esconderse del dios de la destrucción. Nadie podrá esconderse de su furia cuando salga a cabalgar.



(MORRISON)

ORáKULO dijo...

Igual que nos gusta más la ficción que la realidad, preferimos la leyenda a la historia.

TóTUM REVOLùTUM dijo...

Todas las palabras fueron, inicialmente, un neologismo.

Ignatius Reilly dijo...

En España no hay política. Sólo politiquería.