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domingo, 19 de febrero de 2017

Por el camino de la desposesión (por T.S. Eliot)


Oh oscuro, oscuro, oscuro. Todos ellos caen en lo oscuro,
los espacios vacíos interestelares, el vacío dentro del vacío,
los capitanes, banqueros, eminentes hombres de letras,
los generosos mecenas del arte, los estadistas y los gobernantes,
distinguidos funcionarios, presidentes de muchos comités,
magnates industriales e insignificantes contratistas, todos caen en lo oscuro,
y oscuro el Sol y la Luna, y el Almanaque de Gotha
y la gaceta de la Bolsa, el Directorio de los Directivos,
y frío el sentido y ausente el motivo de la acción.
Y todos vamos con ellos, hacia el funeral silencioso,
el funeral de nadie, porque no hay nadie a quien enterrar.
Yo dije a mi alma, está tranquila, y deja que lo oscuro te invada,
que será la oscuridad de Dios. Como en un teatro
las luces se apagan, porque se va a cambiar la escena,
con un vacío retumbar de alas, con un movimiento de oscuridad en oscuridad,
y sabemos que las colinas y los árboles, el panorama distante
y la atrevida e imponente fachada están siendo retiradas-
O, cuando un vagón subterráneo, en el metro, se para demasiado tiempo entre dos estaciones,
y la conversación se anima y lentamente se apaga en el silencio,
y ves cómo ahonda detrás de cada cara el vacío mental,
quedando sólo el terror creciente de no pensar en nada;
o cuando, bajo el influjo del éter, la mente está consciente, pero consciente de nada-
Yo dije a mi alma, está tranquila, y espera sin esperanza,
porque la esperanza sería esperanza de la cosa equivocada; espera sin amor,
porque el amor sería amor de la cosa equivocada; aún queda la fe,
pero la fe y el amor y la esperanza se encuentran todos en la espera.
Espera sin razón, porque no estás listo para la razón:
Así la oscuridad será la luz, y la quietud el baile.
Susurro de arroyos, y relámpago de invierno.
El tomillo silvestre oculto, y la fresa silvestre,
las risas en el jardín, éxtasis que resuena,
no perdidas, pero necesitadas, apuntando a la agonía
de la muerte y el nacimiento.
Dices que estoy repitiendo
algo que ya he dicho antes. Lo diré otra vez,
¿lo diré otra vez? Para llegar allí,
para llegar donde tú estás, para volver de donde no estás,
debes ir por un camino en el que no haya éxtasis.
Para llegar a lo que no sabes
debes ir por un camino que es el camino de la ignorancia.
Para poseer lo que no posees
debes ir por el camino de la desposesión.
Para llegar a lo que no eres
debes ir a través del camino en que no estás.
Y lo que no sabes es la única cosa que sabes,
y lo que posees es lo que no posees,
y en donde estás es donde no estás.



7 comentarios:

carlos cay dijo...

Notición Notición. Se publica en español "Clarissa" de Stefan Zweig.

TRADUCCIÓN DE MARINA BORNAS MONTAÑA


Clarissa
COLECCIÓN: Narrativa del Acantilado, 283
TEMAS: Narrativa y Novela
AUTOR: Stefan Zweig
TRADUCTOR: Marina Bornas Montaña
ISBN: 978-84-16748-38-9
EDICIÓN: 2ª
ENCUADERNACIÓN: Rústica cosida
FORMATO: 13 x 21 cm
PÁGINAS: 208
EXTRACTO DEL LIBRO
CUBIERTA DEL LIBRO
Clarissa, hija de un militar austríaco, conoce en Lucerna a Léonard, un joven socialista francés del que se enamora. El estallido de la Gran Guerra separa a los amantes y la joven, que ha quedado embarazada, debe volver a Austria en medio de una Europa que se desgarra, donde toma la decisión de tener y criar a un hijo del enemigo. Esta conmovedora novela tardía de Zweig es hoy considerada el testamento en el que el extraordinario escritor austríaco condensó los ideales humanísticos que abrazó durante toda su vida.

carlos cay dijo...

Pinchando aquí, el inicio del libro:

http://www.acantilado.es/wp-content/uploads/clarissa-stefan-zweig-extracto.pdf

CCay dijo...


De acuerdo que es una novela inacabada, pero aun así la prosa de Zweig (para muchos, el mejor prosista de todos los tiempos) vale indudablemente la pena.

F. dijo...

Gracias por la valiosa información, Carlos; en este limonar somos varios los que nos declaramos entusiastas de la obra de Stefan Zweig, un escritor prodigioso. Gracias.

Luz Heras dijo...

En LETRAS LIBRES HABLAN DE ZWEIG. SEGUID ENLACE:

http://www.letraslibres.com/mexico/literatura/stefan-zweig-el-retrato-el-diagnostico-y-el-vaticinio

Luz dijo...


Stefan Zweig fue un coleccionista ambicioso. Fascinado por el enigma de la creación artística, que era, de acuerdo con él mismo, “entre los numerosos enigmas del mundo, el más profundo e inexpugnable”, dedicó gran parte de su tiempo y fortuna a recopilar primeros borradores. Consideraba que los tratamientos preliminares de las grandes obras podían ofrecerle una idea, aunque vaga, del proceso creativo de los autores que eran objeto de su admiración. “Aparte de mí —escribió Zweig—, había muy pocas personas que coleccionasen las piezas más importantes con tanto conocimiento de la materia”. Antes de perder su colección por culpa del nazismo llegó a poseer primeras versiones de El origen de la tragedia de Nietzsche, de las Canciones gitanas de Brahms, un cuaderno de trabajo de Leonardo e incluso un folio de dos caras del Fausto de Goethe.

Zweig no tuvo la misma suerte para hallar los primeros borradores de las partituras de Beethoven, “el más venerado de todos”, ya que debía competir en las subastas con un millonario suizo. Obsesionado por conseguir lo que fuera del compositor alemán, Zweig extendió su ambición de coleccionista, se olvidó de los manuscritos, y compró todas las cosas que había en la habitación donde había muerto Beethoven —retratos, monedas, un pupitre, hasta un bucle— y, de manera posterior, tres retratos de la misma cámara mortuoria hechos por el pintor Josef Teltscher mientras que Beethoven agonizaba. Zweig había conseguido “reunir todos los objetos que conservaban la imagen de aquel último momento, momento memorable y verdaderamente inmortal”, objetos de los cuales no se consideraba un propietario, sino más bien una especie de guardia transitorio más motivado por el ímpetu de reunirlos que de poseerlos.

El 22 de febrero de 1942, Stefan Zweig y su segunda esposa, Lotte Altmann, decidieron quitarse la vida en la ciudad de Petrópolis, Brasil, donde se encontraban exiliados y lejos de sus posesiones. Él tenía 60 años y ella 30. En los días previos el escritor austriaco, ayudado por su pareja, había hechos los arreglos que consideró pertinentes para la ocasión: escribió cartas de despedida, regresó algunos libros que le habían prestado, pagó la renta de la casa donde vivía, decidió el destino de su perro Bluchy.

Seis días antes Zweig y Lotte habían acudido al Carnaval de Río de Janeiro, en donde se enteraron de la noticia que estremecía al mundo: Singapur había caído a manos del ejército japonés y parecía que Asía sucumbiría, como Europa, ante las Potencias del Eje; pronto sería el turno de América, decidió Zweig, de herencia judía, uno de los escritores más grandes del siglo XX, que vio en la muerte el camino más seguro hacia el futuro.

Existe un retrato de Stefan Zweig y Lotte Altmann en su lecho de muerte, un retrato, sobra decirlo, tan expresivo como doloroso. La fotografía fue publicada en los periódicos de Brasil poco después del suicidio, y en ella aparece la pareja recostada en la cama. Ella, que lleva un kimono, se encuentra de costado, con la barbilla sobre el hombro de él para que su cabeza encuentre reposo sobre la misma almohada. Él, que está boca arriba, con los labios separados, lleva una camisa cerrada hasta el cuello y una corbata negra. La mano izquierda de Lotte sujeta la mano derecha de Stefan. El dedo índice de ella se encuentra doblado, evidenciando la imperfección de una pose impecable. Es como si en realidad durmieran; el retrato, además de muerte, destila amor.

Luz dijo...

Junto a la cama hay un buró, y en las cosas que se encuentran encima del buró —no en la pareja— centra su atención la ensayista Marina Azahua cuando describe el retrato, de la misma forma en la que Stefan Zweig observó, alguna vez, el dibujo del lecho mortuorio de Beethoven, o las cosas que reunió para su colección. “Se siente extraño —asegura Azahua— este acto de escudriñar los instantes finales de la vida de una pareja por medio de los últimos objetos que tocaron”. Además de una lámpara, el vaso que debieron utilizar para ingerir el veneno y una botella, sobre el buró se encuentran un pañuelo, una caja de cerillos y unas monedas: “A través de estos objetos uno imagina el gesto del hombre que mete la mano al pantalón para sacarlos y depositarlos ahí, antes de meterse en la cama”.



El diagnóstico

Cláudio de Aráujo Lima, médico y escritor brasileño, publicó el libro Ascensión y caída de Stefan Zweig tan sólo tres meses después del suicidio de Zweig, con el propósito de interpretar, desde una perspectiva psicológica, los motivos detrás de la muerte del escritor austriaco. Es un libro extraño, en cuanto a su objetivo y concepción. Bello, en cuanto a su estilo literario.

El suicidio, de acuerdo con de Aráujo Lima, no obedeció a razones simbólicas solamente. Es decir que Zweig no decidió quitarse la vida sólo porque estaba convencido de la inminente derrota de las democracias y ,por lo mismo, nadie debía encontrar en semejante manera de proceder ni inspiración ni simbolismos. El libro no es una manifiesto en contra de los suicidas; es un estudio médico de las causas que pudieron alentar a Zweig, para que nadie se dedique a mitificar el acto de quitarse la vida. Ascensión y caída, escrito con premura —y destreza— es, en palabras de su autor, “una obra indirecta de higiene mental colectiva”.

Cláudio de Aráujo Lima, en alrededor de cien cuartillas, disecciona el temperamento de Zweig. Asegura que el escritor era muy vulnerable y que para darse cuenta de ello basta con leer sus libros. Que su forma de pensar, que era veloz e incontenible, y su tendencia a escribir biografías, ponían de manifiesto un temperamento ciclotímico. Que como viajero Zweig había buscado el anonimato para integrarse con los barrios oscuros, y que lograba tal penetración gracias a una “emotividad casi femenina”. Que resulta patente que el escritor austriaco atravesó —a pesar de su prolífica producción literaria— por “abatimientos episódicos del humor” que mermaron el discurrir de su pluma. Que su europeísmo y su judaísmo —factores exógenos— fueron impedimentos para que Zweig pudiera acomodarse al nuevo orden de las cosas cuando comenzó su exilio en América. Que a los sesenta años, en el crepúsculos de su vida, sufrió “un desmoronamiento de energía moral”, porque el presente le resultaba incomprensible y el pasado fantasmagórico.

El alma ciclotímica de Zweig, según el médico brasileño, se vio arrojada al abismo de la melancolía: “No fue porque la guerra le llenase el alma de agitación y desespero. En condiciones de perfecto equilibrio psíquico, hubiera deseado vivir aún más… Tal gesto [el suicidio] fue efecto de un estado psíquico anormal, que era una posibilidad completamente concebible atendiéndose a su disposición temperamental”. La fuerza expansiva de su pesimismo arrastró a su cónyuge, Lotte Altmann, quien escuchó la argumentación apasionada de Zweig para ser inducida a esa muerte por “exceso de amor”, concluye de Aráujo Lima. La última tragedia del gran escritor fue no haber estado cerca de un médico que lo diagnosticara.

Extraño —extrañísimo— libro, escrito con la belleza del artista y con la moral del científico incapaz de mirar un suicidio entre signos de admiración.