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jueves, 10 de agosto de 2017

En la carretera de Sintra (por Fernando Pessoa)



Al volante del Chevrolet por la carretera de Sintra

a la luz de la luna y al sueño, en la carretera desierta,

solitario conduzco, conduzco casi despacio, y un poco

me parece, o me esfuerzo un poco para que me parezca,

que sigo por otra carretera, por otro sueño, por otro mundo,

que sigo sin que haya Lisboa detrás o Sintra por ver

que sigo, ¿y qué más hay en seguir sino no parar, sino seguir?

voy a pasar la noche a Sintra por no poder pasarla en Lisboa,

pero cuando llegue a Sintra tendré pena

de no haberme quedado en Lisboa.

Siempre esta inquietud sin propósito, sin nexo, sin consecuencia,

siempre, siempre, siempre,

esta angustia excesiva del espíritu por cosa alguna,

en la carretera de Sintra, o en la carretera del sueño,

o en la carretera de la vida…

Maleable a mis movimientos subconscientes del volante,

galopa debajo de mí, conmigo, el automóvil que me prestaron.

Sonrío por el símbolo, al pensar en él, al girar a la derecha.

¡Cuántas cosas que me prestaron conduzco como mías!

¡Cuánto me han prestado, ay de mí!, ¡yo mismo lo soy!

A la izquierda la casucha –sí, la casucha- a la vera del camino.

A la derecha el campo abierto, con la luna a lo lejos.

El automóvil, que parecía hace poco darme libertad,

es ahora una cosa donde estoy encerrado,

que solo puedo manejar si estoy encerrado en él,

que solo domino si me incluyo en él, si él me incluye a mí.

A la izquierda, allá atrás, la casucha modesta, más que modesta.

La vida ahí debe ser feliz, solo porque no es la mía.

Si alguien me vio desde la ventana de la casucha, soñará:

aquél es el que es feliz.

Tal vez para el niño que espía por los vidrios de la ventana

del piso de arriba

quedé (con el automóvil prestado) como un sueño, un hada real.

Tal vez para la muchachita que miró, oyendo el motor,

por la ventana de la cocina

de abajo,

soy algo parecido al príncipe de todo corazón de muchacha,

y ella me mirará de reojo, a través de los vidrios,

hasta la curva en que me perdí.

Dejaré sueños detrás de mí, ¿o es el automóvil que los deja?

¿Yo, el conductor de un automóvil prestado,

o el automóvil prestado que yo conduzco?

En la carretera de Sintra a la luz de la luna, en la tristeza,

ante los campos y la noche,

conduciendo el Chevrolet prestado desconsoladamente,

me pierdo en la carretera futura, desaparezco en la distancia que alcanzo,

y, en un deseo terrible, súbito, violento, inconcebible,

acelero…

Pero mi corazón se quedó en el montón de piedras,

del que me desvié al verlo sin verlo,

a la puerta de la casucha,

mi corazón vacío,

mi corazón insatisfecho,

mi corazón más humano que yo, más exacto que la vida.

En la carretera de Sintra, cerca de la medianoche,

a la luz de la luna, al volante,

en la carretera de Sintra, qué cansancio de la propia imaginación,

en la carretera de Sintra, cada vez más cerca de Sintra,

en la carretera de Sintra, cada vez menos cerca de mí…


3 comentarios:

Pablo M dijo...

"La vida ahí debe ser feliz, sólo porque no es la mía".

hAiKu dijo...

Ni desandarlo
ni pararte te deja
este camino.

(RAFAEL BALDAYA)

F. (with love y en el sitio adecuado: debajo de Pessoa) dijo...


CAXIAS


Catorce años escribiendo cada mañana un reglón de despedida: “Señor juez, que nadie culpe...”, así estrenaba yo el cuaderno de tapas de hule negro, el primer día que había decidido suicidarme. Así durante catorce años... Se comprenderá que la escueta carta se hubiese convertido en un volumen de más de cinco mil líneas.
Siempre consignaba un agravio, una decepción, una desgracia y cada día quedaba, en apariencia, todo concluido y rematado para que llevara a cabo el propósito inicial: suicidarme. Pero a la mañana siguiente, nada más llegar a la oficina, volvía a abrir el cuaderno y escribía un nuevo renglón acusatorio o un inventario de desdichas. Y siempre oculto en el venero subterráneo de mi conciencia, el móvil de aquella decisión: el desdén de Ofelia, la insignificancia de mi persona para Ofelia.
Aquella vez que hube de salir para la aduana, como por descuido, fingí que olvidaba el cuaderno sobre un pupitre de la oficina, a unos pasos de la mesa de ella. Allí permaneció el resto de la jornada. Cuando por fin lo recogí, nada hacía pensar que Ofelia ni nadie hubiesen curioseado en él: el trocito de papel manila que había dejado como testigo estaba intacto.
Toda la plétora de amarga decepción se desbordó y hube de salir hasta el Nikola a tomar un aguardiente.
No volví a escribir el renglón, pese a que catorce años de rutina lo habían convertido en una necesidad arraigada en mí como un ritual. No. Lo vi claro: si me suicidaba no estaría presente para ver si aquel desplante mío iba a conmover el corazón de piedra de Ofeliña.
Y, como una revelación, comprendí que para aventar aquella negrura, aquella zozobra impenitente, aquel rencor, la angustia..., tenía que matar a Ofelia. Lo hice.
Ahora, escribo esto desde la cárcel de Caxias, mientras oigo la sirena del paquebote que suelta amarras en los Cais do Sodré y zarpa hacia Madeira.