sábado, 22 de noviembre de 2014
Yo, el perro (por Wislawa Szymborska)
Hay perros de perros. Yo era uno de los elegidos.
Mis papeles estaban en regla y por mis venas corría
sangre de lobos.
Vivía en las alturas y aspiraba el olor de los paisajes:
praderas asoleadas, abetos después de la lluvia
y pedazos de tierra bajo la nieve.
Tenía una casa decente y había gente pendiente de mí.
Me alimentaban, me bañaban, me acicalaban,
y daba estupendos paseos.
Respetuosamente, sin embargo, como debe ser.
Todos sabían muy bien de quién era perro yo.
Hasta el más pinche gozque puede tener un amo.
Pero, ojo, cuidado con las comparaciones.
Mi amo era de raza aparte.
La espléndida manada seguía cada paso que daba
y fijaba en él los ojos con asombrado pavor.
Para mí siempre esbozaban una sonrisa
tras la cual se vislumbraba una envidia mal disimulada.
Como yo era el único que podía
saludarlo con ágiles brinquitos,
sólo yo podía despedirlo mordiéndole los pantalones.
Sólo a mí me estaba permitido
recibir caricias y reburujes
cuando tenía mi cabeza en su canto.
Yo era el único que podía fingir sueño
mientras él se inclinaba hacia mí para susurrarme algo.
Con frecuencia se encolerizaba y trataba a la gente a
gritos.
Gruñía, ladraba y no cabía
entre las paredes del recinto.
Sospecho que yo era el único que de verdad le gustaba;
nadie más, nunca.
También tenía mis responsabilidades: esperaba
y confiaba
ya que él aparecía brevemente y luego se esfumaba.
Qué hacía allá abajo en las llanuras, no lo sé.
Supuse, sí, que debía de ser urgente,
casi tan urgente
como mi batalla contra los gatos
y contra cualquier cosa que se moviera sin razón
aparente.
Hay destinos de destinos. El mío cambió de repente.
Vino una primavera
y él ya no estaba.
En casa todo se puso patas arriba.
Maletas, cofres, baúles embutidos en automóviles.
Las llantas chirriando a toda velocidad cuesta abajo
y, luego, silencio tras la curva.
En la terraza trozos y escombros en llamas,
camisas pardas, brazaletes con emblemas negros,
y toneladas y toneladas de cartones machacados
desbordantes de estandartes inútiles.
Me vi a la deriva en medio de esta vorágine,
más asombrado que irritado.
Sentí miradas poco amigables sobre mi pelambre,
como si fuera un perro sin amo,
un gozque fisgón
al que espantan escaleras abajo con una escoba.
Alguien arrancó mi collar con adornos de plata,
alguien pateó mi plato, vacío durante días.
Luego alguien más, antes de alejarse,
se bajó del coche
y me pegó un par de tiros.
Ni siquiera sabía disparar derecho,
pues me vi moribundo durante largo tiempo,
en medio del dolor,
a merced del zumbido impertinente de las moscas.
Yo, el perro de mi amo.
viernes, 21 de noviembre de 2014
Allí, resonando (por Roald Hoffmann)
una persona sufriendo sobre un puente,
las manos sobre sus oídos, el observador
podría raspar una minúscula
mota naranja, podría
ponerla sobre un portaobjetos, sintonizar
los rápidos rayos que giran
bajo los aparcamientos y los estadios
de fútbol, aguijoneados por el empujón
etéreo de los imanes, enfocar, porque ese
es su oficio, las partículas de sonda
(lujosas piedras calibradas)
para su desgarrador, dibujado impacto
en la pintura. Lo que se busca
es la fuerza del grito.
Pero la intromisión de la partícula es
muy fuerte, libera sólo
moléculas de pintura, en patente
demostración del Principio
de Incertidumbre. La pintura cuelga;
el cielo noruego y el puerto
recogen el grito, reflejándolo
hacia el cráneo del observador.
Allí, resonando, se produce el cambio.
jueves, 20 de noviembre de 2014
Así que nada de discursos (por Charles Bukowski)
ahora, escucha,
cuando muera no quiero ningún llanto,
solamente pon
los trámites en marcha,
he tenido una vida excesiva, y
si alguien tiene ventaja,
yo
la he tenido, he vivido
7 u 8 vidas en una,
suficiente para
cualquiera.
todos somos, finalmente,
lo mismo, así que nada de
discursos,
por favor,
a menos que quieras
decir que apostaba a los caballos y
era muy
bueno en eso.
tú eres el
próximo y ya sé algo que tú no sabes,
tal vez
miércoles, 19 de noviembre de 2014
En la oscuridad con mi NyQuil (por Raymond Carver)
Llámalo voluntad de hierro. Pero durante meses
nunca tomé la primera copa
antes de las once de la noche. No está tan mal,
después de todo. Eso fue en la primera
fase. Conocí a un hombre cuya bebida preferida era Listerine [*].
Estaba dejando el whisky.
Por eso compró Listerine
y por eso lo bebía. Una pila de soldados muertos
en el asiento de atrás.
¡Todas aquellas botellas de Listerine vacías
brillando en el escaldado asiento de atrás!
Esa imagen me llevó a hacer examen de conciencia.
Una o dos veces. Todo el mundo lo hace.
Ir hacia dentro y echar un vistazo.
Me llevaba horas, pero
no encontré allí a nadie ni nada
que tuviera interés. Volví al aquí y ahora
y me puse las zapatillas. Me hice con
un simpático frasco de NyQuil [**].
Arrastré una silla hasta la ventana.
Allí contemplé la brega de una pálida luna
por elevarse sobre Cupertino, California.
Me pasaba horas allí en la oscuridad con mi NyQuil.
Y entonces, alabado sea Dios, la primera astilla
de luz.
.....
[*] marca de un elixir bucal.
[**] marca de un jarabe para la tos.
[*] marca de un elixir bucal.
[**] marca de un jarabe para la tos.
martes, 18 de noviembre de 2014
Están ahora alquilados (por Konstantinos Kavafis)
Qué bien conozco este cuarto,
éste y el contiguo están ahora alquilados
para oficinas comerciales. Toda la casa se ha convertido
en despachos de corredores, de comerciantes
y sociedades mercantiles.
¡Ah, qué familiar me es este cuarto!
Aquí, junto a la puerta, estaba el canapé,
y, delante de él, una alfombra turca;
al lado, la estantería, con dos jarrones amarillos.
A la derecha, no, enfrente, un armario de espejo.
En medio, la mesa donde escribía
y los tres sillones de mimbre.
Junto a la ventana se hallaba la cama
en que tantas veces nos amamos.
Aún estarán por algún sitio esos viejos muebles.
Junto a la ventana estaba la cama;
sólo hasta la mitad la bañaba el sol del mediodía.
… Una tarde, a las cuatro, nos separamos
por sólo una semana… Pobre de mí,
aquella semana se convirtió en eterna.
lunes, 17 de noviembre de 2014
Por algo que nunca aparece (por Alejandro Schmidt)
Por algo te echaron de tu casa
del corazón de tu casa
por algo ganaste el cuarto premio
hasta en la lotería de Santiago en el '82
por algo comprendes naturalmente la metafísica
y sabés que lo metafísico era ese pino y su paloma
por algo escribís siempre lo mismo
por algo no aprendiste a jugar fútbol
por algo estás esperando desde hace veinte años
por algo que todos saben, comprenden,
menos vos
por algo no estudiaste, viajaste
ni fuiste músico, criminal, artista plástico
por algo cavas en tu corazón
los días de tu vida, las páginas de la Biblia, tu tabaco
por algo se abrieron las puertas de la lluvia
por algo aparece tu padre en sueños
qué bien cómo se arremangaba la camisa en el video
por algo sos mejor que unos candados rotos en la arena
por algo no te moriste a los 30
o sí, o sí
por algo que nunca aparece
que siempre está
que todos saben.
domingo, 16 de noviembre de 2014
Si no lo acosas (por Aurora Luque)
Ya no atrapes el día —no se deja,
no es tan fácil ser dueño del presente,
persistir en la dicha o detenerla
para el trámite mínimo
de asignarle palabras-.
Y ni al acariciar
las sienes o los pómulos o el pecho
que con furia deseas, cuando la luz parece
palparse con las yemas de los dedos,
estás lejos al fin de los vampiros:
la Utopía, el Vacío, la Memoria.
Amas para escribirlo solamente,
la dicha pide a gritos que un recuerdo
del futuro la abrace y la duplique.
No corras tras el día. Si no lo acosas puede
que se tienda sumiso
de noche en tu regazo.
sábado, 15 de noviembre de 2014
Los amantes (por Sigfrido Radaelli)
Como un predicador iluminado
me aproximo a ti,
me voy aproximando.
Los ojos abiertos,
devoradores,
para que nada quede fuera de la mirada.
El soplo y la respiración: ya no hay distancia.
Ahora el tacto,
la múltiple, la repetida caricia de los dedos
que se curvan, exploran, reconocen.
La piel contra la piel.
¡Eternidad, instante fugitivo
guardado en la memoria!
Después la chispa, la explosión, el fuego,
las voces, las palabras, el silencio.
viernes, 14 de noviembre de 2014
Y siempre comprendiste (por Cintio Vitier)
Noche mía estrellada
girando cristalina:
nunca me has sido tú impasible (esa calumnia),
no fuiste indiferente nunca a mi dolor.
Bañado en lágrimas
o sudando espanto te he buscado, y siempre
comprendiste como nadie mi dolor.
Nos hablamos
con un lenguaje que no existe todavía:
estas palabras son su prehistoria.
Tú relatas tu gloria, yo mi nada,
tú relatas tu nada, yo mi gloria.
Los dos somos los niños del dolor.
jueves, 13 de noviembre de 2014
Dentro de los inocentes (por Antonio Orihuela)
Ahora que todo arde,
te hablaré de los inocentes dentro de los inocentes.
En mitad de un arroyo
dos ciervos se miran
cercados por las llamas.
Un fotógrafo
está a punto de ganar un premio.
miércoles, 12 de noviembre de 2014
Llave de niebla (por Fernando Ortiz)
Nunca sabremos nada sobre el tiempo.
Ya cobija la cuna en suave sombra,
ya con su sombra oscura cubre al hombre.
Quizás acerca de esto las palabras
poco puedan decir. ¿Dónde la llave
de niebla que entreabría la mañana?
Era entonces eterno ese mañana
y ni siquiera preocupaba el tiempo
a quien creía poseer la llave
para abrirnos las puertas de la sombra.
-Nada nos preocupaban las palabras
propias de la miseria de los hombres-
¿Mas por qué esa miseria que a los hombres
disuade de esperar en el mañana?
¿Y esa desconfianza en las palabras
mayor aún cuanto menor el tiempo
de gozar de las luces y las sombras
antes que nos encierren bajo llave?
He intentado saber cuál es la llave
que nos descubra que por qué los hombres
se resignan al reino de la sombra
antes de que se extinga su mañana.
Años hace pensé: cuestión de tiempo;
cuestión de libros, años y palabras.
Algo sé ya de cierto. Con palabras
nadie nunca logró forjar la llave
que permitiera traspasar el tiempo.
Así, de nada sirve para el hombre
ni la promesa de un feliz mañana
ni la amenaza de la eterna sombra.
Mas todos fuimos dioses. Suaves sombras
nos cobijaron. Cálidas palabras
iluminando siempre la mañana.
En nuestra mano siempre aquella llave
que detenía el paso de los hombres
y penetraba el corazón del tiempo.
Ya sé que el tiempo huye como sombra,
que poco importa el hombre y su palabra
y que perdí la llave y el mañana.
martes, 11 de noviembre de 2014
El rastreador (por Máximo Simpson)
¿Dónde están las pisadas de mis pasos,
dónde están las miradas que dejé por el aire?
En pos de aquellos rastros
camino tras el puma,
el buitre, la calandria,
pruebo pasto, mastico,
huelo el viento, la brisa,
registro las raíces,
las grietas, los resquicios,
vuelvo atrás, adelante,
giro en torno
del olor a pasado,
a triste antigüedad, a tardes viejas,
convoco desde el sueño las guitarras del mar,
los tambores del tiempo.
¿Quién soy yo entre tinieblas?
Yo soy el rastreador,
el que se busca.
dónde están las miradas que dejé por el aire?
En pos de aquellos rastros
camino tras el puma,
el buitre, la calandria,
pruebo pasto, mastico,
huelo el viento, la brisa,
registro las raíces,
las grietas, los resquicios,
vuelvo atrás, adelante,
giro en torno
del olor a pasado,
a triste antigüedad, a tardes viejas,
convoco desde el sueño las guitarras del mar,
los tambores del tiempo.
¿Quién soy yo entre tinieblas?
Yo soy el rastreador,
el que se busca.
lunes, 10 de noviembre de 2014
Ella me aguarda (por Glauce Baldovin)
Vuelvo temprano
Ella me aguarda leyendo el destino en las hojas de té
bordando paneles con pájaros rosados.
A veces calla
y espera que sea yo quien hable de las últimas lluvias
de la revolución que avanza.
A veces habla.
Como una bruja que dice qué hice en el día
en la noche
y por qué lo hice
A veces callamos las dos
descorremos las cortinas
y miramos en el horizonte no sé si el pasado o el futuro.
domingo, 9 de noviembre de 2014
Vietnam (por Wislawa Szymborska)
Mujer, ¿cómo te llamas? -No sé.
¿Cuándo naciste, de dónde eres? -No sé.
¿Por qué cavaste esta madriguera? -No sé.
¿Desde cuándo te escondes? -No sé.
¿Por qué me mordiste el dedo corazón? -No sé.
¿Sabes que no te vamos a hacer nada? -No sé.
¿A favor de quién estás? -No sé.
Estamos en guerra, tienes que elegir. -No sé.
¿Existe todavía tu aldea? -No sé.
¿Éstos son tus hijos? -Sí.
¿Por qué cavaste esta madriguera? -No sé.
¿Desde cuándo te escondes? -No sé.
¿Por qué me mordiste el dedo corazón? -No sé.
¿Sabes que no te vamos a hacer nada? -No sé.
¿A favor de quién estás? -No sé.
Estamos en guerra, tienes que elegir. -No sé.
¿Existe todavía tu aldea? -No sé.
¿Éstos son tus hijos? -Sí.
sábado, 8 de noviembre de 2014
Las veces (por Saiz de Marco)
Recuerdo bien las veces que estuve en un quirófano
de niño las anginas
más tarde por fimosis
por las muelas del juicio
por el tabique nasal desviado
Recuerdo bien las veces que me picó una avispa
cuando sin darme cuenta puse la mano encima
cuando en aquella ducha yendo hacia la piscina pisé varias
cuando la eché del pelo creyéndola una mosca
cuando en el coche con el cristal bajado se metió en mi camisa
Y hay también otras cosas que no puedo olvidar
y son también heridas
aguijones
Recuerdo bien las veces que hice llorar a alguien
los ojos de otra gente por mí vertiendo lágrimas
mis lágrimas de autor
Sí, las recuerdo bien
Ojalá sólo yo
yo y nadie más se acuerde
viernes, 7 de noviembre de 2014
El álbum (por Philip Larkin)
Al fin sacaste el álbum que, una vez
abierto, me dejó estupefacto. ¡Todas tus edades
en mate y brillo sobre las páginas negras!
Demasiado dulce, demasiado indigesto:
me ahogan esas imágenes tan nutritivas.
Mi ojo giratorio va de una pose a otra:
con trenzas, agarrando un gato reacio;
o con pieles, una encantadora licenciada;
o levantando una gruesa rosa
bajo un espaldar, con un sombrero de hombre
(un detalle perturbador, por varios motivos):
de todos lados escapas a mi control,
sobre todo acompañada de esos inquietantes individuos
que campan a sus anchas en una época anterior:
yo diría, querida, que no son de tu clase.
Pero ¡oh, fotografía! ¡No hay otro arte
tan fiel y decepcionante! Registra el tedio
como tedio, y las sonrisas forzadas
como fraudes, y no censura imperfecciones
en forma de tendedero o algún anuncio.
Pero muestra renuente al gato, y sombrea
la papada cuando aparece, ¡cuánta gracia
derrama en tu cara la inocencia!
¡Hasta qué punto nos convence
de que eres una chica real en un lugar real,
en todos los sentidos empíricamente cierta!
¿O es solo el pasado? Esas flores, esa verja,
esos parques y coches entre la niebla, afligen
tan solo porque ya no existen; me encoges
el corazón por parecer de otra época.
Sí, cierto; pero al final, seguramente, lloramos
no solo por la exclusión, sino porque eso
nos permite llorar. Sabemos que lo que fue
no nos incitará a justificar
nuestra pena, por fuerte que gritemos
en el abismo entre ojo y página. Y así
te lloro (sin que vaya a tener importancia)
al verte en equilibrio sobre una bici contra una cerca;
me pregunto si advertirías el robo
de ésta en bañador; condenso, en suma,
un pasado que ahora nadie puede compartir,
tanto da a quien pertenezca tu futuro; calmo e insípido,
te contiene como un cielo, y tú permaneces
en él invariablemente hermosa,
con los años más pequeña y mas nítida.
jueves, 6 de noviembre de 2014
Estas páginas se mueven entre tus manos (por Alan Mills)
Éste es el Primer Libro escrito desde el Futuro
Va a reventar como las olas dentro de los sueños
No será el mar sino apenas la memoria
de lo que ya no vendrá más
y menciono las olas porque estas páginas
se mueven ahora entre tus manos
Son peces anunciando el final de una enfermedad
que jamás sufriste
El Futuro es parecido al mar pero con hojas
Toda nuestra materia corresponde al símbolo negro
que ahora toca tus dedos
Una letra besando a otra letra que besa a la otra
hasta formar la idea de lo que va a venir
Nos da miedo pero ha llegado el momento
de leer este Libro Primero
Va a reventar como las olas dentro de los sueños
No será el mar sino apenas la memoria
de lo que ya no vendrá más
y menciono las olas porque estas páginas
se mueven ahora entre tus manos
Son peces anunciando el final de una enfermedad
que jamás sufriste
El Futuro es parecido al mar pero con hojas
Toda nuestra materia corresponde al símbolo negro
que ahora toca tus dedos
Una letra besando a otra letra que besa a la otra
hasta formar la idea de lo que va a venir
Nos da miedo pero ha llegado el momento
de leer este Libro Primero
miércoles, 5 de noviembre de 2014
Semana Santa (por Salvador Espriu)
Ríes y enciendes lámparas bien largas de pabilo.
Murmullo de voces de locos: ninguna fe.
Pero, ¿por qué te vas con ellos?
En vueltas de veletas,
arambeles de viento en cárceles de aire.
Más allá del todo, de la nada, del algo,
del poco y el mucho, hay tempestad.
Sobre ti caen muros de aguacero
y la rasgada pesadez
del velo, del paso al vacío
donde sin daño, una vez al año,
quizá con miedo veía el elegido,
dentro del perdón, la verdad.
martes, 4 de noviembre de 2014
Presente ausente a la vez (por Miquel Martí i Pol)
Ahora que todo vuelve: el silencio y la espera,
las palabras que hemos guardado en lugar seguro
todo este julio de viento y nostalgia.
Ahora que todo vuelve: la tibieza del cuerpo
aquietado y dócil bajo las manos amantes
y aquel perderse en las tardes tranquilas,
bosque adentro, por el tapiz crujiente de hojas de pino,
¿no es su valor este esfuerzo cálido y el quererse
con certeza a solas, la dura
voluntad de permanecer, presente ausente a la vez,
sin pensar que el tiempo es un vacío sin límites?
Mujer: nada me cuesta decir tu nombre,
aunque estés lejos. Lo escribo en las piedras y el agua,
en la sombra acogedora de los árboles a la vera del río
y en el comedor de casa. Sé que oirás
mis palabras, porque llevas en las manos
el signo de un tiempo nuevo, y has crecido en la esperanza
de que alguien lo aceptara sin hacerte preguntas.
lunes, 3 de noviembre de 2014
De pronto sobran los barcos, los andenes (por Armando Tejada)
Si ahora digo amor tal vez no diga
que la ausencia me mira del fondo de tus ojos,
que aquí estuvimos juntos, que fue hermoso
y que el sol conocía tu perfil de memoria.
Tal vez sea imposible que alguien sepa lo claro,
la luz que fue llevarte de la mano pequeña
como a un tallo mecido por un viento de música
hacia los territorios donde aguarda el silencio.
Y ya que estás distante,
qué pensarán los árboles,
qué dirán las canciones,
cómo verá la noche mi soledad de río;
dónde pondrán su ronda los niños de la tarde,
adónde irán los pájaros sin tu risa y mi silbo
y la calle tan sola con sus puertas inútiles
y las sombras sin besos
y los perros perdidos;
ahora que la ausencia me interrumpe la boca,
ahora que me esperas tan allá de los niños.
Se nos ha muerto el año.
Yo le veo el invierno
hecho de un sólo frío,
de un solo tajo solo
a la mitad de agosto,
de una dura distancia...
larga, definitiva.
Porque de pronto sobran los barcos,
los andenes
y de pronto este rumbo ya no tiene sentido
como si nadie fuera hacia ninguna parte
o alguien hubiera muerto a mitad de camino.
Alguien.
Mi voz. Tu pelo. Las cosas que no dije.
La flor de tu vestido.
Se nos ha muerto el año donde dejé tu nombre
para que recobrara su condición de estío.
Ya no sé,
nunca entiendo estas precarias sílabas,
cosas que no recuerdo de pronto me dominan:
¿te dije que tenías la piel como de humo?
¿que de estarme en tus ojos me conozco el origen?
¿Te he enseñado el misterio de los árboles solos?
¿Sabes ya que tus manos son dos siestas dormidas?
No sé,
nunca recuerdo tanta distancia,
tanta canción que no he cantado cuando anduvimos juntos.
Me dolería mucho no haberte dicho todo
lo que llevo en la boca casi como otra risa.
que la ausencia me mira del fondo de tus ojos,
que aquí estuvimos juntos, que fue hermoso
y que el sol conocía tu perfil de memoria.
Tal vez sea imposible que alguien sepa lo claro,
la luz que fue llevarte de la mano pequeña
como a un tallo mecido por un viento de música
hacia los territorios donde aguarda el silencio.
Y ya que estás distante,
qué pensarán los árboles,
qué dirán las canciones,
cómo verá la noche mi soledad de río;
dónde pondrán su ronda los niños de la tarde,
adónde irán los pájaros sin tu risa y mi silbo
y la calle tan sola con sus puertas inútiles
y las sombras sin besos
y los perros perdidos;
ahora que la ausencia me interrumpe la boca,
ahora que me esperas tan allá de los niños.
Se nos ha muerto el año.
Yo le veo el invierno
hecho de un sólo frío,
de un solo tajo solo
a la mitad de agosto,
de una dura distancia...
larga, definitiva.
Porque de pronto sobran los barcos,
los andenes
y de pronto este rumbo ya no tiene sentido
como si nadie fuera hacia ninguna parte
o alguien hubiera muerto a mitad de camino.
Alguien.
Mi voz. Tu pelo. Las cosas que no dije.
La flor de tu vestido.
Se nos ha muerto el año donde dejé tu nombre
para que recobrara su condición de estío.
Ya no sé,
nunca entiendo estas precarias sílabas,
cosas que no recuerdo de pronto me dominan:
¿te dije que tenías la piel como de humo?
¿que de estarme en tus ojos me conozco el origen?
¿Te he enseñado el misterio de los árboles solos?
¿Sabes ya que tus manos son dos siestas dormidas?
No sé,
nunca recuerdo tanta distancia,
tanta canción que no he cantado cuando anduvimos juntos.
Me dolería mucho no haberte dicho todo
lo que llevo en la boca casi como otra risa.
domingo, 2 de noviembre de 2014
Tal es la vida (por Darío Jaramillo)
Rasguños, limaduras de piel,
instantes que permanecen porque dejaron cicatrices,
tal es la vida que puede contarse de aquel hombre.
Él fue feliz, sólo él lo supo,
lo supo a su manera
-buena la digestión, mejor el sueño-,
pero estuvo donde estalló la pólvora,
practicó deportes rudos,
dejó a su corazón endurecerse
y su biografía se cuenta por heridas que disfrazan la
dicha.
No amó, sobra advertirlo
-dije que fue feliz-,
pero acumuló afectos y lealtades,
inesperados cómplices que acudían a él con un
chasquido,
mujeres dispuestas a morir por él
(con él no vivirían):
sólo una noche, una temporada cuando más con este soldado que no sufre
o que sabe sufrir,
no demasiado tiempo con este solitario,
con este sobreviviente.
Sus biógrafos resaltarán su heroísmo
y él desde su tumba
pedirá que barajen y repartan de nuevo.
sábado, 1 de noviembre de 2014
Te beso (por Efraín Bartolomé)
Yo te beso
Frente a la destrucción y el aire sucio
te beso
En el estruendo de los automóviles
‒la migraña del día‒
te beso
En el festín de los ladrones
en el pozo de los iracundos
ante el cuchillo de los asesinos
ante la baba fóbica de los intolerantes
frente a la sangre agusanada de los corruptos
frente a la mansedumbre
frente a la podredumbre
frente a la muchedumbre
yo te beso de frente
y el día empieza a caminar
con la frente muy alta
Frente a la destrucción y el aire sucio
te beso
En el estruendo de los automóviles
‒la migraña del día‒
te beso
En el festín de los ladrones
en el pozo de los iracundos
ante el cuchillo de los asesinos
ante la baba fóbica de los intolerantes
frente a la sangre agusanada de los corruptos
frente a la mansedumbre
frente a la podredumbre
frente a la muchedumbre
yo te beso de frente
y el día empieza a caminar
con la frente muy alta
viernes, 31 de octubre de 2014
Incógnita (por Antonio Rivero Taravillo)
Con su tiza,
las estrellas
en el cielo
van desgranando su álgebra.
–¿Existe Dios o no existe?
–Duda -afirma,
blanca y negra,
la pizarra.
blanca y negra,
la pizarra.
jueves, 30 de octubre de 2014
Haberlo visto todo (por Jaime García-Máiquez)
A veces, observando a la gente ambulante
por los lentos pasillos del Museo del Prado
no puedo contenerme, y me pongo a su lado
para saber qué opina –con un gesto pedante-
de un conde, un santo, un dios, o de un perro elegante.
Os aseguro que lo mejor que he escuchado
son esos comentarios del niño malhablado
al mirar a una venus desnuda por delante.
Cuando esa gente huye y en la misma salida
afirma ciegamente haberlo visto todo,
no haber dejado atrás ni una sala olvidada,
me entristezco pensando que hay quien deja la vida
jactándose saciada de eso mismo, de modo
que mirándolo todo no han contemplado nada.
son esos comentarios del niño malhablado
al mirar a una venus desnuda por delante.
Cuando esa gente huye y en la misma salida
afirma ciegamente haberlo visto todo,
no haber dejado atrás ni una sala olvidada,
me entristezco pensando que hay quien deja la vida
jactándose saciada de eso mismo, de modo
que mirándolo todo no han contemplado nada.
miércoles, 29 de octubre de 2014
Quieta en mi recuerdo (por Julio Inverso)
Ella siempre sonríe en mi recuerdo. La sonrisa es su patria. Allí la dejé. Mi sueño y mi recuerdo más antiguo es su sonrisa. Lo demás son tinieblas y vagas metafísicas. A veces hay un brillo (de los ojos), una mano que viene, refrenada y marítima (hasta podría imaginar que esa mano alcanza mi pelo). Quizás podría reconstruir, con algún esfuerzo, a aquella mujer y tenerla, nueva, y tenerla a mi lado: una mujer hecha de visiones, fervores y anhelos. Pero, al final, ella está quieta en mi recuerdo, cardinal y levemente maligna, inaugurando para mí el amor, cambiándome el curso de la era, mientras sigo a sus pies, hablando del amor, como aquella noche.
Su sonrisa me basta. No necesito saber más para seguirla amando. Pero ahora, en cambio, está saliendo el sol y me sacudo esos penosos atributos, me despojo y me levanto, a sumarme a la algarabía y al concierto de las pequeñas cosas.
martes, 28 de octubre de 2014
Ladremos juntos (por Serguei Esenin)
Dame tu pata, como buena estrella, Jim.
Una pata igual no vi en mi vida.
Ladremos juntos este día tranquilo
a la cara de la luna que nos mira.
Dame tu pata, como buena estrella, Jim.
No seas así; no te relamas tanto...
Sólo quiero que caigas en la cuenta...
Porque tú no sabes lo que es esta vida,
ni que vivirla merece la pena.
Sé que tu dueño es amable y distinguido,
que por su casa pasan muchos caballeros.
Y todos ellos, sonriendo, pretenden
acariciar tu piel de terciopelo.
¡Eres, a lo perro, una hermosura!
Juguetón, ingenuo y cariñoso.
Y sin pedir a nadie explicaciones,
besas, como el amigo ebrio, a todos.
Amigo Jim, entre todos esos huéspedes,
¡hubo tantos así y de mil maneras!...
Dime, ¿aquella tan callada, la más triste,
no entró tal vez por esa puerta?
Ella vendrá, te juro que ella viene.
Y si por desgracia, yo, allí no estuviera,
lámele por mí su mano, con ternura,
por todo cuanto fui culpable e inocente.
lunes, 27 de octubre de 2014
Las cosas que no tengo (por Antonio Hernández)
Cuando digo “las cosas que no tengo”…
no me refiero a las que tuve,
a las que me rozaron, me refiero
a esa promesa que incumplió la vida,
a la caricia que sufrió mi piel
por no sentirla. Al beso que no di.
Al amor que no tuve y aún no ha caducado.
A lo que me acompaña hacia la muerte
como una sombra de otro cuerpo.
domingo, 26 de octubre de 2014
En el aire nocturno (por Walt Whitman)
Cuando escuché al astrónomo erudito,
cuando las pruebas, las cifras, fueron puestas en columnas delante de mí,
cuando me enseñaron los mapas y diagramas para sumarlos, dividirlos, medirlos,
cuando sentado escuché al astrónomo, con gran aplauso en el salón...
qué extrañamente rápido me harté,
hasta que levantándome y deslizándome me alejé solo
en el aire nocturno, místico y húmedo, y de tiempo en tiempo
miré en perfecto silencio las estrellas.
cuando las pruebas, las cifras, fueron puestas en columnas delante de mí,
cuando me enseñaron los mapas y diagramas para sumarlos, dividirlos, medirlos,
cuando sentado escuché al astrónomo, con gran aplauso en el salón...
qué extrañamente rápido me harté,
hasta que levantándome y deslizándome me alejé solo
en el aire nocturno, místico y húmedo, y de tiempo en tiempo
miré en perfecto silencio las estrellas.
sábado, 25 de octubre de 2014
Sustracción (por Gemma Gorga)
Pesaban el cuerpo unos minutos antes de morir.
Pesaban el mismo cuerpo unos minutos después de morir.
Una simple sustracción matemática
debía indicarles el peso del alma.
Pienso en ello, ahora,
mientras sostengo el libro nuevo entre las manos,
las palabras todavía untuosas
como las plumas de un pájaro recién nacido.
Y me pregunto si, una vez leído,
también pesará menos.
Como un cuerpo cuando pierde el alma.
viernes, 24 de octubre de 2014
Si me desbordo (por Nizar Qabbani)
Si grito:
"te quiero mucho",
no me acalles.
Si pierdo la prudencia
y ciño tu cintura en la acera,
no me regañes.
Si destello en la reja de tus pechos,
como el relámpago, alguna noche,
no me apagues.
Si me desangro, como un gallo herido, en tus brazos,
no me cures.
Si transgredo las normas y las costumbres,
no me reprendas.
Ahora estoy en trance de la suprema locura.
Perderás la ocasión de tu vida
si no aprovechas mi locura.
Si me desbordo, como el mar, por tus playas,
no me contengas.
Si un día pido refugio al kohol de tus ojos,
no me arrojes.
Si me quiebro en fragmentos de luz sobre tus pies,
no me moltures.
Si cometo un crimen de amor,
si el color bronceado, fermentado en tus hombros, sacude mi fe,
si me comporto como un niño travieso
y empapo tu pezón de vino...
no me pegues.
Ahora estoy en trance de la gran locura.
Perderás la ocasión de tu vida
si no aprovechas mi locura.
Si escribo en pétalos de rosa
que te quiero...
te ruego que me leas.
Si duermo como un niño en los bosques de tu pelo,
no me despiertes.
Si te llevo por dote la leche de los pájaros,
no me rechaces.
Si envío mil cartas de amor
para ti...
no las quemes abrasándome.
Si algún día te ven conmigo en los cafés de la ciudad,
no me ignores:
todas las mujeres de la ciudad conocen mi debilidad por la belleza
y el origen de la poesía y del jazmín.
¿Cómo fingir?
si estás pintada en las aguas de mis ojos.
Ahora estoy en trance de la luminosa locura.
Perderás la ocasión de tu vida
si no aprovechas mi locura.
Cuando el vino francés
desprenda las horquillas de tu pelo sin disculpas,
y me cerque el trigo,
me ciña la noche,
me rodee la mar
y comience a pastar, como loco, la hierba de los campos,
sin saber dónde está mi derecha
ni mi izquierda.
Cuando el vino francés
borre las antiguas fronteras entre mi existencia y mi suicidio,
te ruego, en nombre de todos los locos, que me comprendas.
Te ruego, cuando el vino diga algo inoportuno
del amor, que me perdones.
Ahora estoy en trance de la hermosa locura.
Perderás la ocasión de tu vida
si no aprovechas mi locura.
Cuando el vino francés
borre los rostros,
las líneas,
y los ángulos,
y no quede más mujer que tú
ni más hombre que yo.
Cuando no sepa dónde están tus manos
y dónde están las mías,
cuando no sepa distinguir el vino
de mi sangre,
cuando no sepa distinguir el lenguaje de tus manos
del de los espejos,
cuando al final de la noche me haga añicos,
me cerque el deseo
y me cerque el kohol,
y se me olvide mi nombre
y mi dirección,
y se me olviden los nombres de todos los barcos,
te ruego, estrellado, que me recojas,
te ruego, roto, que me pegues,
te ruego, muerto, que me resucites.
Ahora estoy en trance de la gran locura.
Perderás la ocasión de tu vida
si no aprovechas mi locura.
Cuando el vino francés
despoje del cuerpo asiático el quimono,
y de la oscuridad del pecho salgan la aurora,
la golondrina,
el coral,
el cobre, el té, el marfil
y otras cosas.
Cuando el vino francés
suprima todas las lenguas,
reduzca todas las culturas a cero
y todas las civilizaciones a cero,
y convierta tu boca en un jardín de rosas
y convierta mi boca en cincuenta bocas.
Cuando el vino francés anuncie al final de la noche
que eres la más hermosa de las mujeres,
y tu estatura y tu cintura las más armoniosas,
cuando anuncie que todas las bellezas del mundo son prosa
y sólo tú eres poesía,
en nombre de todos los borrachos,
en nombre de todos los confusos,
en nombre de todos los que sufren la maldición del amor,
te ruego que no me maldigas.
En nombre de todos los que sufren la herida del corazón,
te ruego que no me hieras.
Ahora estoy en trance de la suprema locura.
Perderás la ocasión de tu vida
si no aprovechas mi locura...
jueves, 23 de octubre de 2014
Jamás hemos salido de aquí (por Valéry Larbaud)
Nuestra breve jornada pronto habrá terminado:
los últimos años se abren ante nosotros como estas calles;
y el colegio sigue estando allí, y esta plaza
en cuadrículas, y la vieja iglesia en la que hemos visto
entrar muerto a Verlaine. En el fondo, a pesar del mar
y de tantos caminos, jamás hemos salido
de aquí, y toda nuestra vida habrá sido
un pequeño viaje en círculos y zigzags por París.
E incluso después, aquí nos quedaremos,
invisibles, olvidados, pero siempre habitando
la ciudad de la infancia y del primer amor,
con el asombro de los doce años y del encuentro,
que aún nos hace murmurar entre el gentío:
“Porque sabes que siempre te he querido.”
y un transeúnte, que me ha oído, se da la vuelta.
miércoles, 22 de octubre de 2014
En ti me quedo (por Ángel González)
Así,
en ti me quedo,
paseo largamente tus brazos y tus piernas,
asciendo hasta tu boca, me asomo
al borde de tus ojos,
doy la vuelta a tu cuello,
desciendo por tu espalda,
cambio de ruta para recorrer tus caderas,
vuelvo a empezar de nuevo,
descanso en tu costado,
miro pasar las nubes sobre tus labios rojos,
digo adiós a los pájaros que cruzan por tu frente,
y si cierras los ojos cierro también los míos,
y me duermo a tu sombra como si siempre fuera
verano,
amor,
pensando vagamente
en el mundo inquietante
que se extiende -imposible- detrás de tu sonrisa.
martes, 21 de octubre de 2014
Todavía no (por Daniela Camozzi)
si toda dicha es fugaz
que este pelo revuelto en tu mano
el recorrido de los dedos
por el borde de tu omóplato
que este desbande en el centro de mi cuerpo
esta fosforescencia
se sostenga un segundo más
que todavía no se apague
lunes, 20 de octubre de 2014
El cementerio marino (por Paul Valéry)
Ese techo tranquilo -campo de palomas-
palpita entre los pinos y las tumbas.
El meridiano sol hace de fuego
el mar, el mar que siempre está empezando...
¡Es recompensa para el pensamiento
una larga mirada a la paz de los dioses!
¡Qué pura luz en su esplendor consume
tantos diamantes de impalpable espuma
y qué paz entonces se concibe!
Cuando sobre este abismo un sol reposa
-trabajo puro de una eterna causa-
refulge el tiempo y soñar es saber.
Firme tesoro y templo de Minerva,
mole grandiosa y visual reserva,
agua siempre encrespada, ojo que ocultas
con un velo de llama tanto sueño.
¡Oh, mi silencio! Edificio del alma
pero cubierto con mil tejas de oro.
¡Templo del tiempo que un suspiro asume!
Yo subo a su pureza y acostumbro
mi marina mirada al rodearme.
Como a los dioses en mejor ofrenda
dejo que el agua rutile sembrando
un desdén soberano en las alturas.
Como la fruta se deshace en goce
y su ausencia en delicia se convierte
mientras muere su forma en una boca,
mi futura humareda aquí respiro,
y el cielo canta al alma consumida
el cambio de la orilla y del rumor.
¡Mírame tan mudable, bello cielo!
Después de tal orgullo y tanto extraño
ocio, pero que guarda su poder,
al espacio brillante me abandono:
en casa de los muertos va mi sombra
que me unce a su leve movimiento.
A teas de solsticio el alma expuesta
yo te sostengo, admirable justicia
de la luz, la de armas sin piedad,
yo te devuelvo pura a tu solio primero.
Mírate. Pero... ¡Devolver las luces
supone una mitad de árida sombra!
Para mí solo, a mí solo, en mí mismo
cerca de un corazón -fuente del verso-
entre el suceso puro y el vacío
de mi grandeza interna espero el eco:
hosca cisterna amarga en que resuena
siempre en futuro, un hueco sobre el alma.
Sabes, falso cautivo del follaje,
golfo devorador de sus débiles rejas
-secreto deslumbrante a mis sentidos-,
el cuerpo que me arrastra a su fin perezoso,
¿qué frente, tierra ósea, aquí me atrae?
Una centella piensa en mis ausentes.
Me gusta este lugar -reino de antorchas-
de oros y piedras y árboles umbríos,
ofrecido a la luz, cazo terrestre,
fuego cerrado, sacro y sin materia,
trémulo mármol bajo tantas sombras
donde el mar fiel entre mis tumbas duerme.
Mastín magnífico, aparta al idólatra.
Si con sonrisa de pastor y solo
apaciento corderos misteriosos
-el rebaño tranquilo de mis tumbas-,
haz que se ausenten las cautas palomas,
los sueños vanos, los curiosos ángeles.
Aquí llegado, el porvenir es lento.
Nítido insecto araña sequedades.
Deshecho todo, el aire lo recibe
sin saber en qué esencia es contenido.
La vida es vasta en su ebriedad de ausencia
y la amargura es dulce, y claro el ánimo.
Los muertos están bien bajo la tierra,
que calienta y enjuta su misterio.
Y arriba, sin moverse, el sol exacto
en sí mismo se piensa y se conviene...
Testa cabal y perfecta corona,
en ti soy la mutación secreta.
Nada más yo contengo tus temores.
¡Mi contrición, mis dudas, mis aprietos,
son el defecto de tu gran diamante!
De mármoles pesados en su noche,
un pueblo vaga entre raíces de árboles
deseándote a ti que fulges siempre.
Allí fundidos a una ausencia espesa,
la roja arcilla se bebió la esencia
y ha pasado a la vida de las flores.
¿Dónde estarán las frases familiares,
el arte personal, las almas únicas?
Donde se forma el llanto larvas hilan.
Los gritos de muchachas cosquillosas,
los dientes y los párpados mojados,
el seno encantador que juega al fuego,
sangre que brilla en los labios rendidos,
los últimos dones, manos que los vedan,
¡bajo tierra va todo y entra en juego!
¿Y aún esperas un sueño, alma, tan grande,
que no tenga el color de la mentira
como a mis ojos son la onda y el oro?
¿Cantarás cuando seas vaporosa?
¡Todo huye! Porosa es mi presencia
y la santa impaciencia también muere.
Flaca inmortalidad dorada y negra,
consoladora de triste laurel
que en seno maternal cambias la muerte:
¡bella mentira y astucia piadosa!
¡Quién, sabiéndolo, no huye de ese cráneo
vacío, de esa risa sempiterna!
Hondos padres, deshabitadas testas,
que sois la tierra y confundís los pasos
bajo el peso de tantas paletadas,
el roedor, el gusano que aterra
no es para vosotros los durmientes,
¡porque vive de vida y no me deja!
¿Será el amor o el odio de mí mismo?
Siento tan cerca su secreto diente
que puede convenirle todo nombre.
¡Qué importa! Mira, quiere, sueña, toca,
gusta mi carne y -si dormido- aún
a su vida mi vida pertenece!
¡Zenón, cruel Zenón, Zenón de Elea!
¡Me has traspasado con la flecha alada
que vibra y vuela, pero nunca vuela!
El son me engendra y la flecha me mata.
¡Oh, sol! ¡Qué sombra de tortuga para
el Aquiles del alma, raudo y quieto!
¡No, no! ¡De pie! ¡La era sucesiva!
¡Rompa el cuerpo esa forma pensativa!
¡Beba mi seno este nacer del viento!
En la frescura que la noche exhala
mi alma retorna ¡Salina potencia!
¡Corramos a la onda y revivamos!
Sí, mar gran mar de delirios dotado,
piel de pantera y clámide horadada
por millares de imágenes del sol,
ebria en tu carne azul, hidra absoluta
que te muerdes la cola refulgente
en un tumulto análogo al silencio.
El viento llega... ¡Vamos a la vida!
¡Abre y cierra mi libro al aire inmenso,
la ola en polvo salta entre las rocas!
¡Volad, páginas mías deslumbradas!
¡Olas, romped con las aguas del júbilo
el techo en paz picado por los foques!
domingo, 19 de octubre de 2014
Otro modo de presencia (por Vicente Huidobro)
Yo estoy ausente, pero en el fondo de esta ausencia
hay la espera de mí mismo.
y esta espera es otro modo de presencia
la espera de mi retorno
Yo estoy en otros objetos
ando de viaje dando un poco de mi vida
a cierto árboles y ciertas piedras
que me han esperado muchos años.
Se cansaron de esperarme y se sentaron.
Yo no estoy y estoy
estoy ausente y estoy presente en estado de espera
ellos querrían mi lenguaje para expresarse
y yo querría el de ellos para expresarlos
He aquí el equívoco, el atroz equívoco.
Angustioso, lamentable
me voy adentrando en estas plantas
voy dejando mis ropas
se me van cayendo las carnes
y mi esqueleto se va revistiendo de cortezas
Me estoy haciendo árbol. Cuántas veces me he ido convirtiendo en otras cosas…
Es doloroso y lleno de ternura.
Podría dar un grito pero se espantaría la transustanciación
Hay que aguardar en silencio. Esperar en silencio.
sábado, 18 de octubre de 2014
Al menos (por Saiz de Marco)
si al jugar a la vida todo valiera
al menos
tanto como nos cuesta…
si nos fuera dado
al menos
lo mismo que se nos pide…
si los logros estuvieran
al menos
al nivel del esfuerzo que requieren…
si el terreno de juego
al menos
no estuviera cuesta arriba…
si el adversario fuera
al menos
de nuestra misma estatura…
si el arbitraje
al menos
fuera justo y ecuánime…
entonces
al menos
no perderíamos siempre
y podríamos
al menos
empatar el partido
viernes, 17 de octubre de 2014
Un afán, un temor (por Nicanor Parra)
Antes de entrar en materia,
antes, pero mucho antes de entrar en espíritu,
piensa un poco en ti mismo, Tomás
Lagos y considera lo que está por venir,
también lo que está por huir para siempre
de ti, de mí,
de las personas que nos escuchan.
Me refiero a una sombra,
a ese trozo de ser que tú arrastras
como a una bestia a quien hay que dar de comer y de beber
y me refiero a un objeto,
a esos muebles de estilo que tú coleccionas con horror
a esas coronas mortuorias y a esas espantosas sillas de montar
(me refiero a una luz).
Te vi por primera vez en Chillán
en una sala llena de sillas y mesas
a unos pasos de la tumba de tu padre.
Tú comías un pollo frío,
a grandes sorbos hacías sonar una botella de vino.
Dime de dónde habías llegado.
El nocturno siguió viaje al sur,
tú hacías un viaje de placer
o ¿te presentabas acaso vestido de incógnito?
En aquella época ya eras un hombre de edad,
luego vinieron unas quintas de recreo
que más parecían mataderos de seres humanos:
Había que andar casi toda la noche en tranvía
para llegar a ese lugar maldito,
a esa letrina cubierta de flores.
Vinieron también esas conferencias desorganizadas,
ese polvo mortal de la Feria del Libro,
vinieron, Tomás, esas elecciones angustiosas,
esas ilusiones y esas alucinaciones.
¡Qué triste ha sido todo esto!
¡Qué triste! pero ¡qué alegre a la vez!
¡Qué edificante espectáculo hemos dado nosotros
con nuestras llagas, con nuestros dolores!
A todo lo cual vino a sumarse un afán,
un temor,
vinieron a sumarse miles de pequeños dolores,
¡vino a sumarse, en fin, un dolor más profundo y más agudo!
Piensa, pues, un momento en estas cosas,
en lo poco y nada que va quedando de nosotros,
si te parece, piensa en el más allá,
porque es justo pensar
y porque es útil creer que pensamos.
antes, pero mucho antes de entrar en espíritu,
piensa un poco en ti mismo, Tomás
Lagos y considera lo que está por venir,
también lo que está por huir para siempre
de ti, de mí,
de las personas que nos escuchan.
Me refiero a una sombra,
a ese trozo de ser que tú arrastras
como a una bestia a quien hay que dar de comer y de beber
y me refiero a un objeto,
a esos muebles de estilo que tú coleccionas con horror
a esas coronas mortuorias y a esas espantosas sillas de montar
(me refiero a una luz).
Te vi por primera vez en Chillán
en una sala llena de sillas y mesas
a unos pasos de la tumba de tu padre.
Tú comías un pollo frío,
a grandes sorbos hacías sonar una botella de vino.
Dime de dónde habías llegado.
El nocturno siguió viaje al sur,
tú hacías un viaje de placer
o ¿te presentabas acaso vestido de incógnito?
En aquella época ya eras un hombre de edad,
luego vinieron unas quintas de recreo
que más parecían mataderos de seres humanos:
Había que andar casi toda la noche en tranvía
para llegar a ese lugar maldito,
a esa letrina cubierta de flores.
Vinieron también esas conferencias desorganizadas,
ese polvo mortal de la Feria del Libro,
vinieron, Tomás, esas elecciones angustiosas,
esas ilusiones y esas alucinaciones.
¡Qué triste ha sido todo esto!
¡Qué triste! pero ¡qué alegre a la vez!
¡Qué edificante espectáculo hemos dado nosotros
con nuestras llagas, con nuestros dolores!
A todo lo cual vino a sumarse un afán,
un temor,
vinieron a sumarse miles de pequeños dolores,
¡vino a sumarse, en fin, un dolor más profundo y más agudo!
Piensa, pues, un momento en estas cosas,
en lo poco y nada que va quedando de nosotros,
si te parece, piensa en el más allá,
porque es justo pensar
y porque es útil creer que pensamos.
jueves, 16 de octubre de 2014
A donde está la luz (por Eloy Sánchez Rosillo)
Este deseo, esta necesidad
de retornar mil veces
a donde está la luz.
No a donde estuvo y se apagó muy pronto,
sino al lugar radiante del que siempre
sigue y sigue manando.
Respirarla, beberla
cuando a ese sitio nuestros pasos vuelven,
es completar la vida, lo que entonces
apenas fue o no vimos
que en nuestro transcurrir se demora.
Regresar a ese limpio manantial:
cuánta misericordia inagotable.
Ningún daño se encuentra allí al acecho;
allí el amor no se termina nunca.
de retornar mil veces
a donde está la luz.
No a donde estuvo y se apagó muy pronto,
sino al lugar radiante del que siempre
sigue y sigue manando.
Respirarla, beberla
cuando a ese sitio nuestros pasos vuelven,
es completar la vida, lo que entonces
apenas fue o no vimos
que en nuestro transcurrir se demora.
Regresar a ese limpio manantial:
cuánta misericordia inagotable.
Ningún daño se encuentra allí al acecho;
allí el amor no se termina nunca.
miércoles, 15 de octubre de 2014
Para temblar así (por Vicente Gallego)
Es hermosa esta noche de verano,
aunque no más hermosa
que cualquier otra noche de verano.
Es hermosa esta noche en que estoy solo,
y fumo, y he dejado
en penumbra la casa mientras suena
un dulce y triste blues,
un blues tan triste y dulce como otros.
Nada en mí, ni en la noche, ni en la música,
se diría especial, y sin embargo
existe algo muy hondo en esas cosas
que parecen sencillas:
una extraña grandeza que no acaba
de ser exaltación, tragedia, paz,
pero que es todo eso, y es también
un sentir claramente
que para que esto ocurra ha sido necesario
apurar estos años, acumular recuerdos,
haber ganado
y haber perdido tantas cosas.
Para que este piano suene así,
para temblar así con esta música,
ha sido necesario
ir llenándola poco a poco
de belleza y de daño, ir llenándola
con nuestra propia vida, para que se parezca
a nuestra propia vida, y suene así:
tan insignificante
y tan grande, tan triste, tan hermosa.
martes, 14 de octubre de 2014
Recuerdos de matrimonio (por Enrique Lihn)
Buscábamos un subsuelo donde vivir,
cualquier lugar que no fuera una casa de huéspedes.
El paraíso perdido
tomaba ahora su verdadero aspecto: uno de esos pequeños departamentos
que se arriendan por un precio todavía razonable
pero a las seis de la mañana. “Ayer no más lo tomó un
matrimonio joven”.
Mientras íbamos y veníamos en la oscuridad en direcciones capciosas.
El hombre es un lobo para el hombre y el lobo una dueña de casa de pensión
con los dientes cariados,
húmeda en las axilas, dudosamente viuda.
Y allí donde el periódico nos invitaba a vivir se alzaba
un abismo de tres pisos:
Un nuevo foco de corrupción conyugal.
Mientras íbamos y veníamos en la oscuridad, más
distantes el uno del otro a cada paso
ellos ya no estaban allí, estableciendo su nido sobre
una base sólida,
ganándose la simpatía del conserje, tan hosco con los
extraños como ansioso de inspirarles gratitud filial.
“No se les habrá escapado nada. Seguramente el nuevo
ascensorista recibió una propina”
“La pareja ideal”. A la hora justa. En el momento
oportuno.
De ellos, los invisibles, sólo alcanzábamos a sentir su
futura presencia en el cuarto vacío:
nuestras sombras tomadas de la mano entre los primeros brotes
de sol en el parquet.
Un remanso de luz blanca nupcial.
“Pueden verlo, si quieren
pero han llegado tarde”
Se nos haría tarde.
Se hacía tarde en todo.
Para siempre.
lunes, 13 de octubre de 2014
Yo celebro (por Rainer María Rilke)
Oh di, poeta, ¿qué haces tú?
—Yo celebro.
Pero lo mortífero, lo pavoroso, ¿cómo
lo asumes, cómo lo acoges en ti?
—Yo celebro.
Pero lo innombrado, lo anónimo, ¿cómo
puedes, poeta, invocarlo?
—Yo celebro.
¿De dónde tu derecho, bajo todo disfraz,
bajo cada máscara, a ser verdadero?
—Yo celebro.
¿Y por qué lo sosegado y lo fogoso
te conocen como estrella y tormenta?
—Porque yo celebro.
domingo, 12 de octubre de 2014
Nuestro diverso y sucesivo alguien (por Fernando Pessoa)
Día tras día nos tornamos en quien
mañana no veremos. Hora tras hora
nuestro diverso y sucesivo alguien
desciende una vasta escalinata, el ahora.
Es una multitud que desciende, sin
que uno sepa de los otros. Los veo míos ahí fuera.
¡Ah, qué horrorosa semejanza tienen!
Son uno múltiple, aunque se ignora.
Los miro. Ninguno soy yo siéndolos todos.
Y la multitud aumenta, ajena a verme,
sin que yo sepa desde dónde va creciendo.
Los siento a todos dentro de mí moverme,
e innúmero, prolijo, voy descendiendo
hasta pasar por todos y perderme.
sábado, 11 de octubre de 2014
La mano ante los ojos (por Jaime Gil de Biedma)
Ahora me pregunto si es que toda la vida
hemos estado aquí. Pongo, ahora mismo,
la mano ante los ojos —qué latido
de la sangre en los párpados— y el vello
inmenso se confunde, silencioso,
a la mirada. Pesan las pestañas.
No sé bien de qué hablo. ¿Quiénes son,
rostros vagos nadando como en un agua pálida,
éstos aquí sentados, con ojos vivientes?
La tarde nos empuja a ciertos bares
o entre cansados hombres en pijama.
Ven. Salgamos fuera. La noche. Queda espacio
arriba, más arriba, mucho más que las luces
que iluminan a ráfagas tus ojos agrandados.
Queda también silencio entre nosotros,
silencio
y este beso igual que un largo túnel.
viernes, 10 de octubre de 2014
Mi dolor (por Manuel Altolaguirre)
Era mi dolor tan alto,
que la puerta de la casa
de donde salí llorando
me llegaba a la cintura.
¡Qué pequeños resultaban
los hombres que iban conmigo!
Crecí como una alta llama
de tela blanca y cabellos.
Si derribaran mi frente
los toros bravos saldrían,
luto en desorden, dementes,
contra los cuerpos humanos.
Era mi dolor tan alto,
que miraba al otro mundo
por encima del ocaso.
jueves, 9 de octubre de 2014
Éramos sólo tiempo (por Francisco Brines)
¡Fueron largos y ardientes los veranos!
Estábamos desnudos junto al mar,
y el mar aún más desnudo. Con los ojos,
y en unos cuerpos ágiles, hacíamos
la más dichosa posesión del mundo.
Nos sonaban las voces encendidas de luna,
y era la vida cálida y violenta,
ingratos con el sueño transcurríamos.
El ritmo tan oscuro de las olas
nos abrasaba eternos, y éramos sólo tiempo.
Se borraban los astros en el amanecer
y, con la luz que fría regresaba,
furioso y delicado se iniciaba el amor.
Hoy parece un engaño que fuésemos felices
al modo inmerecido de los dioses.
¡Qué extraña y breve fue la juventud!
miércoles, 8 de octubre de 2014
Otro mar (por Lola Mascarell)
La noche y el azar me han arrojado
en honda soledad frente a una playa,
no importa en qué ciudad, ni en qué momento,
ni importa ya que agosto se termine.
Se extiende ante mis ojos, taciturno,
un mar triste e inmóvil,
un mar que de tan calmo
confunde su horizonte con el cielo.
¿Quién se quiere hacer cargo de esta tumba,
de un mar que ni se mueve ni respira,
de una quietud tan vasta, quién podría
pararse frente a él y estar tranquilo?
La huella de otro mar lleno de espuma,
de un mar bramando en él se superpone,
repite su condena
perdida en otro agosto ya lejano.
No podrás ver el mar mientras no laves
la sal de aquel verano en tus pestañas.
un mar triste e inmóvil,
un mar que de tan calmo
confunde su horizonte con el cielo.
¿Quién se quiere hacer cargo de esta tumba,
de un mar que ni se mueve ni respira,
de una quietud tan vasta, quién podría
pararse frente a él y estar tranquilo?
La huella de otro mar lleno de espuma,
de un mar bramando en él se superpone,
repite su condena
perdida en otro agosto ya lejano.
No podrás ver el mar mientras no laves
la sal de aquel verano en tus pestañas.
martes, 7 de octubre de 2014
Un viento ajeno y libre (por Fernando Ortiz)
Blancas de cal las casas que en el alba se alejan.
Un tibio sol de invierno va atemperando el aire.
Desde el mar los tejados menos altos y nítidos.
Temo la soledad. Y la melancolía
me invade si contemplo el puerto abandonado
y la ciudad hundiéndose bajo aguas azules.
Si miro al mar veo sólo mi presente inestable,
precario, tornadizo, al igual que las aguas
que el «Lord Howard» remueve y aparta con su quilla
-como el tiempo pasado la espuma se disuelve
mientras el barco sigue seguro su camino-.
Mas levanto mis ojos y un viento ajeno y libre
despeina mis cabellos, acaricia mi cara,
templando mi inquietud ante el vasto horizonte.
Ahora miro adelante: ¿Qué habrá tras esas nubes?
Dejo tierra y afectos. Perdonadme mi odio
y también el amor que sufro por vosotros:
aunque nunca consiga desterraros del alma
habréis de serme extraños. Así, al menos, lo quiero.
No han de volver mis ojos, ni han de volver mis pasos.
Amo la libertad. Y mi amada no es fácil.
lunes, 6 de octubre de 2014
Mi paisaje (por Zhivka Baltadzhieva)
Sentada en un banco en la sombra,
en la plaza empedrada de la iglesia de San Demetrio,
en Sliven, mi сiudad, mi paisaje genético,
siento el sol y el aguacero
de lo que ya ha pasado, de lo que pasará.
Aunque nunca pudo ser pronunciado mi amor
y tampoco mi amargura,
las nubes, los árboles, las blancas paredes de las casas de antaño,
los nuevos edificios de cristal y plásticos inteligentes,
las pequeñas flores que burlan el pavimento,
los sobresaltados pájaros del horizonte,
los transeúntes y los ausentes
silabean su fervor sin darse cuenta.
Solo que la piel de la vida y de la muerte se eriza.
Y entonces, el aire sopla levemente
y apacigua el paisaje.
domingo, 5 de octubre de 2014
Gritan como víctimas (por Rafael Cansinos Assens)
Cuando pienso lo que he querido ser y lo que soy, el llanto hincha las venas de mi garganta, y mil sueños malogrados gritan como víctimas dentro de mí.
¡Oh, el corazón de un hombre que ha pasado de la juventud es semejante al de un asesino!
Con la conciencia turbada, recuerdo los años que pasaron.
Los sueños malogrados claman dentro de mí como víctimas amordazadas; y la juventud pura y resplandeciente se alza ante mis ojos como una virgen abandonada, silenciosa y patética.
¡Oh, el corazón del hombre que ha pasado de la juventud es semejante al de un malhechor!
sábado, 4 de octubre de 2014
Igual que las marionetas (por Wang Wei)
Se tallan en madera
los rostros viejos de la marionetas.
Se manejan con hilos.
Con su arrugada piel y sus cabellos
blancos
semejan verdaderos ancianos.
Pero, acabada la comedia,
se derrumban inmóviles
Igual que las marionetas, los humanos
pasan, como en un sueño, por la vida.
los rostros viejos de la marionetas.
Se manejan con hilos.
Con su arrugada piel y sus cabellos
blancos
semejan verdaderos ancianos.
Pero, acabada la comedia,
se derrumban inmóviles
Igual que las marionetas, los humanos
pasan, como en un sueño, por la vida.
viernes, 3 de octubre de 2014
Por estas dulces calles (por Bernardo Atxaga)
Nadie representaría este sol sábado tarde
como un tigre con la boca llena de fuego,
ni como una bombilla grande, ni siquiera
los párvulos de la escuela, tan pequeños.
Este sábado el sol es una bolsa, por la tarde,
con muchas campanillas y caramelos dentro;
sus rayos bisbean en el cielo, al girar,
como los radios de una bicicleta nueva.
Y las chimeneas de las fábricas duermen,
la gente charla de fútbol, la ropa blanca
flota en los tendederos de las ventanas;
(Y Ainhoa se pasea por estas dulces calles
con un vestido de vainilla y fresa)
jueves, 2 de octubre de 2014
Nos abrazamos (por Glauce Baldovin)
Aún no sé cómo llegó a pesar de todos los años transcurridos.
La sentí frente a mí.
Yo tejía una bufanda con agujas de metal blanco
o de un gris casi blanco
y me pidió que siguiera tejiendo.
Quería ver cómo movía las manos.
Nunca le pregunté
por temor quizá a la respuesta
o porque estando con ella era tanto lo que teníamos que hablar,
tan sugestivo el silencio,
que ese detalle,
el por qué, el cómo,
perdía toda importancia.
Lo único que recuerdo
y que se repite a diario entre esfumado,
entre nebuloso,
es que las anémonas violetas que llenaban la jarra de plata
se marchitaron
de pronto
y los pétalos blanquecinos lilas de ceniza
cayeron a la mesa,
al suelo.
Se levantó el velo que le cubría el rostro
y sus ojos azules, negros de tan azules,
se clavaron en mis ojos.
Nunca más hablamos de ello
pero cuando me dijo
después de haber recorrido toda la casa,
de haberse detenido en los rincones en las colchas en los espejos,
“yo soy tu soledad”,
nos abrazamos entre llorando y riendo,
nos acariciamos la cabeza
y fue el momento mas tierno del que tengo memoria.
miércoles, 1 de octubre de 2014
Bajo mis costillas (por Wislawa Szymborska)
Gracias te doy, corazón mío,
por no quejarte, por ir y venir
sin premios, sin halagos,
por diligencia innata.
Tienes setenta merecimientos por minuto.
Cada una de tus sístoles
es como empujar una barca
hacia alta mar
para viajar alrededor del mundo.
Gracias te doy, corazón mío,
porque una y otra vez
me extraes del todo,
y sigo separada hasta en el sueño.
Cuidas de que no me sueñe al vuelo,
y hasta el extremo de un vuelo
para el que no se necesitan alas.
Gracias te doy, corazón mío,
por haberme despertado de nuevo,
y aunque es domingo,
día de descanso,
bajo mis costillas
continúa el movimiento de un día laboral.
martes, 30 de septiembre de 2014
Es vuestro turno (por Louise Glück)
Somos todos soñadores; no sabemos quiénes somos.
Alguna máquina nos hizo, máquina del mundo, la familia constrictora.
Luego de nuevo al mundo, lustrados por suaves látigos.
Soñamos; no recordamos.
Máquina de la familia: pelaje oscuro, bosques del cuerpo de la madre.
Máquina de la madre: ciudad blanca dentro de ella.
Y antes de eso: tierra y agua.
Musgo entre las rocas, trozos de hojas y pasto.
Y antes, células en una gran oscuridad.
Y antes de eso, el mundo velado.
Es por eso que naciste: para silenciarme.
Células de mi madre y padre, es vuestro turno
de ser fundamental, ser la obra maestra.
Improvisé, nunca recordé.
Ahora es tu turno de ser conducida,
eres la que demanda saber:
¿Por qué sufro? ¿Por qué soy ignorante?
Células en una gran oscuridad. Alguna máquina nos hizo.
Es vuestro turno de abordarlo, volver a preguntar
¿para qué soy?, ¿para qué soy?
lunes, 29 de septiembre de 2014
Todo se fue alejando (por Philip Larkin)
La mirada apenas los distingue
de la fresca sombra que los cobija,
hasta que el viento alborota la cola y la melena;
entonces uno pasta, da unos pasos
–el otro parece observarlo–
y se detiene de nuevo en su anonimato.
Sin embargo, hace quince años
quizá dos docenas de carreras bastaron
para que entraran en la leyenda: lentas tardes
de copas, apuestas y hándicaps,
en las que sus nombres quedaron grabados
en desvaídos junios clásicos.
Colores en la salida: recortados contra el cielo
números y parasoles: fuera
escuadrones de coches vacíos y el calor,
y desperdicios en la hierba: el grito prolongado
que queda flotando hasta que remite y se imprime
en las columnas de última hora de los periódicos.
¿Quizá los recuerdos rondan sus oídos como moscas?
Sacuden la cabeza. El crepúsculo llena las sombras.
Verano tras verano todo se fue alejando,
los cajones de salida, el gentío y los gritos:
todo menos esos apacibles prados.
Sus nombres sobreviven en los almanaques; pero ellos
han olvidado sus nombres, y descansan,
o emprenden un galope que debe ser de alegría,
y ya no los siguen los prismáticos
ni los vaticinios de un cronómetro impertinente:
solo el mozo, y el hijo del mozo,
con las bridas cuando llega la noche.
de la fresca sombra que los cobija,
hasta que el viento alborota la cola y la melena;
entonces uno pasta, da unos pasos
–el otro parece observarlo–
y se detiene de nuevo en su anonimato.
Sin embargo, hace quince años
quizá dos docenas de carreras bastaron
para que entraran en la leyenda: lentas tardes
de copas, apuestas y hándicaps,
en las que sus nombres quedaron grabados
en desvaídos junios clásicos.
Colores en la salida: recortados contra el cielo
números y parasoles: fuera
escuadrones de coches vacíos y el calor,
y desperdicios en la hierba: el grito prolongado
que queda flotando hasta que remite y se imprime
en las columnas de última hora de los periódicos.
¿Quizá los recuerdos rondan sus oídos como moscas?
Sacuden la cabeza. El crepúsculo llena las sombras.
Verano tras verano todo se fue alejando,
los cajones de salida, el gentío y los gritos:
todo menos esos apacibles prados.
Sus nombres sobreviven en los almanaques; pero ellos
han olvidado sus nombres, y descansan,
o emprenden un galope que debe ser de alegría,
y ya no los siguen los prismáticos
ni los vaticinios de un cronómetro impertinente:
solo el mozo, y el hijo del mozo,
con las bridas cuando llega la noche.
domingo, 28 de septiembre de 2014
Junté una florecita (por Julio Cortázar)
Hablen, tiene tres minutos
De vuelta del paseo
donde junté una florecita para tenerte entre mis dedos un momento,
y bebí una botellas de Beaujolais, para bajar al pozo
donde bailaba un oso luna,
en la penumbra dorada de la lámpara cuelgo mi piel
y sé que estaré solo en la ciudad
más poblada del mundo.
Excusarás este balance histérico, entre fuga a la rata y queja de morfina,
teniendo en cuenta que hace frío, llueve sobre mi taza de café,
y en cada medialuna la humedad alisa sus patitas de esponja.
Máxime sabiendo
que pienso en ti obstinadamente, como una ciega máquina,
como la cifra que repite interminablemente el gongo de la fiebre
el loco que cobija su paloma en la mano, acariciándola hora a hora
hasta mezclar los dedos y las plumas en una sola miga de ternura.
Creo que sospecharás esto que ocurre,
como yo te presiento a la distancia en tu ciudad,
volviendo del paseo donde quizá juntases
la misma florecita, un poco por botánica,
un poco porque aquí,
porque es preciso
que no estemos tan solos, que nos demos
un pétalo, aunque sea un pasito, una pelusa.
sábado, 27 de septiembre de 2014
Lo inacabado (por Irene Gruss)
El tiempo que demoras en terminar cada cosa
igual al de las cosas a medio hacer.
Nada perturba:
ni la conciencia ni la ensoñación de ver algo
hecho y cerrado.
A modo de hilván y a medias todo.
Que un límite no cierre lo que no quieres cerrar: parece más vivo
lo inacabado. Allí el vestido sin doblar,
allí los hijos, idos; así un final, como un principio, entremezclado y sucio
de arena del reloj.
Así irresuelta, desparramado un eco,
la brasa sin atizar.
viernes, 26 de septiembre de 2014
Sobre una hoja (por Luo Ying)
Una araña roja arrastrándose sobre una hoja, atraviesa su pequeño mundo propio
Atrapando la luz solar, destello de rojo sangre que hace retraer a la mente
Mandíbulas minúsculas lo agarran todo como un capturador del cosmos
Hilo lentamente escupido arma su trampa de siglos
El viento hila redes a través del cielo, tiempo para que todos miren hacia arriba
Todas las criaturas son presas de Dios algunas veces como enemigos
A veces la araña roja se columpia, a veces se lanza, a veces vacila
A veces parece hermosa, a veces siniestra, a veces afligida
Los campos a veces son áridas colinas y las corrientes oscuros ríos secos
Una araña roja arrastrándose sobre la hoja, no hay pensamientos del tiempo pasado o giros equivocados
Rayos a través de la seda iluminan escenas distantes, brillan dentro de un bosque...
Miles de formas corpóreas revolotean dentro y fuera de visión entre las ramas
En lugares humildes se dirigen a elevar lo bajo hasta lo noble
Una araña roja se arrastra sobre una hoja como un maestro que no hace ostentación
Una vez que se arrastra tras una hoja, nuestro mundo se amarillea
Avenidas de lluvia enturbian el cielo y la tierra y el bosque
jueves, 25 de septiembre de 2014
Pensó tanto en la rosa (por Ángel González)
Pétalo a pétalo, memorizó la rosa.
Pensó tanto en la rosa,
la aspiró tantas veces en su ensueño,
que cuando vio una rosa verdadera
le dijo,
desdeñoso,
volviéndole la espalda:
-Mentirosa.
miércoles, 24 de septiembre de 2014
A qué distancia (por Mª Jesús Mingot)
Te levantas,
bostezas,
por la calle caminas,
aligeras el paso,
te detienes
a cuatrocientos metros de tu casa.
Guardas cola, bostezas,
con torpe disimulo te secundan
macilentos suspiros a tu espalda,
delante de tus ojos
que alguien mira
-milagro-.
Espejismo fugaz: no era a ti sino a ella
a quien miraba,
veinte años más joven,
resplandeciente, intacta, victoriosa,
partidaria sin lucha de sí misma,
a un palmo de distancia de tu cuerpo
mas tan lejos no obstante
de todos esos rostros
que tanto te recuerdan lo que eres.
Te agolpas a la puerta,
subes los dos peldaños,
al conductor le tiendes
el bonotransporte con tu foto
cuando te llega el turno,
de vuelta a la oficina o a tu casa,
o a este mismo autobús
que enlaza
tus días con tus noches
seis veces por semana,
once meses al año, durante cuatro décadas.
La joven,
cuya presencia ofende a estas alturas
-no seamos hipócritas: tanta belleza hiere-,
traquetea a tu lado al compás de los frenos,
rumorosa, dispersa,
los oscilantes senos a la vista.
Sólo entonces te asalta,
la velada certeza toma cuerpo:
"cada día es el último" -te dices-;
"no desdeñes
estos veinte minutos de trayecto":
la antesala de las cuarenta teclas,
las luces fluorescentes,
los reparos,
el menú de las dos, pespunteado
de palabras triviales
en primera persona rubricadas
cada cuatro segundos,
el pertinaz letargo,
la modorra
que hace bailar las cifras
del impávido extracto
con el que caminas al filo de las siete.
Vuelves sobre tus pasos,
el recorrido inverso emprendes
cuajando rebeldías
-mariposas urbanas-;
ralentizas la marcha a tiempo de perderlo:
podrías ir andando,
detenerte en el parque,
atreverte a sentir
a qué distancia de los besos
te hallas
un martes por la noche,
a qué distancia de los sueños te hallas.
bostezas,
por la calle caminas,
aligeras el paso,
te detienes
a cuatrocientos metros de tu casa.
Guardas cola, bostezas,
con torpe disimulo te secundan
macilentos suspiros a tu espalda,
delante de tus ojos
que alguien mira
-milagro-.
Espejismo fugaz: no era a ti sino a ella
a quien miraba,
veinte años más joven,
resplandeciente, intacta, victoriosa,
partidaria sin lucha de sí misma,
a un palmo de distancia de tu cuerpo
mas tan lejos no obstante
de todos esos rostros
que tanto te recuerdan lo que eres.
Te agolpas a la puerta,
subes los dos peldaños,
al conductor le tiendes
el bonotransporte con tu foto
cuando te llega el turno,
de vuelta a la oficina o a tu casa,
o a este mismo autobús
que enlaza
tus días con tus noches
seis veces por semana,
once meses al año, durante cuatro décadas.
La joven,
cuya presencia ofende a estas alturas
-no seamos hipócritas: tanta belleza hiere-,
traquetea a tu lado al compás de los frenos,
rumorosa, dispersa,
los oscilantes senos a la vista.
Sólo entonces te asalta,
la velada certeza toma cuerpo:
"cada día es el último" -te dices-;
"no desdeñes
estos veinte minutos de trayecto":
la antesala de las cuarenta teclas,
las luces fluorescentes,
los reparos,
el menú de las dos, pespunteado
de palabras triviales
en primera persona rubricadas
cada cuatro segundos,
el pertinaz letargo,
la modorra
que hace bailar las cifras
del impávido extracto
con el que caminas al filo de las siete.
Vuelves sobre tus pasos,
el recorrido inverso emprendes
cuajando rebeldías
-mariposas urbanas-;
ralentizas la marcha a tiempo de perderlo:
podrías ir andando,
detenerte en el parque,
atreverte a sentir
a qué distancia de los besos
te hallas
un martes por la noche,
a qué distancia de los sueños te hallas.
martes, 23 de septiembre de 2014
El nombre de "amigo" (por Gaius Iulius Phaedrus -Fedro-)
Muy corriente es el nombre de "amigo", pero escasa la fidelidad.
Estando construyéndose una casita Sócrates
(cuya muerte yo no desdeñaría con tal de alcanzar su fama
y aceptaría la envidia, si quedaran libres de ella mis cenizas),
uno cualquiera del pueblo, como suele ocurrir, le preguntó:
«¿Cómo? ¿Tan pequeña casa te levantas tú, tan importante?»
«¡Ojalá», respondió, «pueda llenarla de amigos verdaderos!»
lunes, 22 de septiembre de 2014
Pero el ciervo (por Eugenio Montejo)
No sé qué extraña lengua están hablando
en esta taberna.
Siento que las palabras me rodean
con sus rápidos saltos de peces
delante de mis ojos forasteros.
Puedo mirarlas en sus lentas burbujas
hasta que estallan en el aire.
Los periódicos parecen escritos
con huellas de pájaros
Los saludos dibujan otros gestos;
en los percheros hay largos esqueletos
de dinosaurios.
Entre los hombres que juegan al billar
o charlan o dormitan,
tal vez alguno salió de los espejos
y en un instante volverá a disolverse.
Por estas tierras abundan los fantasmas.
Me he corrido de casa tantas leguas,
estoy a tantos meridianos,
que no comprendo ni el coro de las sombras
con que la noche baja a oscurecerme,
pero el ciervo de rostro disecado,
fijo en un muro con ojos de botella,
me grita que el mal es uno solo en todas partes,
usa el mismo cuchillo
y amenaza
por todos los caminos de la tierra.
en esta taberna.
Siento que las palabras me rodean
con sus rápidos saltos de peces
delante de mis ojos forasteros.
Puedo mirarlas en sus lentas burbujas
hasta que estallan en el aire.
Los periódicos parecen escritos
con huellas de pájaros
Los saludos dibujan otros gestos;
en los percheros hay largos esqueletos
de dinosaurios.
Entre los hombres que juegan al billar
o charlan o dormitan,
tal vez alguno salió de los espejos
y en un instante volverá a disolverse.
Por estas tierras abundan los fantasmas.
Me he corrido de casa tantas leguas,
estoy a tantos meridianos,
que no comprendo ni el coro de las sombras
con que la noche baja a oscurecerme,
pero el ciervo de rostro disecado,
fijo en un muro con ojos de botella,
me grita que el mal es uno solo en todas partes,
usa el mismo cuchillo
y amenaza
por todos los caminos de la tierra.
domingo, 21 de septiembre de 2014
Y no nos ve aquí juntos (por Eloy Sánchez Rosillo)
Entra la luz hoy en el cuarto como
entraba la otra tarde. Y no nos ve
aquí juntos de nuevo: no has venido.
Yo puedo recordarte.
Y te recuerdo, a solas, en esta habitación
–llena de nada ahora– que entonces compartimos.
Las palabras que hablamos, la música, tu risa,
y lo que entre nosotros sucedió en esas horas,
siguen viviendo en mí.
Pero la luz no te recuerda, porque
la luz ama el presente. Regresa sin memoria
a la estancia vacía. Y ya no sabe
que se enredó en tu pelo y que brilló en tus ojos,
que, a la vez que mis manos minuciosas, anduvo
despacio por tu cuerpo.
No, la luz no recuerda
haber estado aquí, contigo, con nosotros.
Llega, alegre y dorada,
al lugar en que ardiera la otra tarde la vida.
Y únicamente encuentra en su silencio
a un hombre recordando, recordándote:
un hombre triste, y derrotado, y solo.
sábado, 20 de septiembre de 2014
Entre ambos errores (por Roberto Juarroz)
No hay victorias ni derrotas.
Hay un error en el fondo
y otro error en la superficie.
Entre ambos errores
una ambigua tristeza
raspa la corteza de un árbol imposible.
No hay quién pueda triunfar
ni sobre qué triunfar.
Sólo hay círculos concéntricos
alrededor de unas ausencias.
viernes, 19 de septiembre de 2014
Lo hemos gastado todo (por Eugénio de Andrade)
Ya hemos gastado las palabras en la calle, amor mío,
y lo que nos ha quedado no basta
para alejar el frío de cuatro paredes.
Lo hemos gastado todo salvo el silencio.
Hemos gastado los ojos con la sal de las lágrimas,
hemos gastado las manos a fuerza de apretárnoslas,
hemos gastado el reloj y las piedras de las esquinas
en esperas inútiles.
Meto las manos en los bolsillos y no me encuentro nada.
Antes teníamos tanto que darnos;
era como si todo fuera mío:
cuanto más te daba más tenía que darte.
A veces decías: tus ojos son unos peces verdes
y yo me lo creía.
Me lo creía
porque a tu lado
todas las cosas eran posibles.
Pero eso era en el tiempo de los secretos,
era en el tiempo en que tu cuerpo era un acuario,
era en el tiempo en que mis ojos
eran realmente peces verdes.
Hoy son sólo mis ojos.
Es poco, pero es la verdad,
unos ojos como los demás.
Ya hemos gastado las palabras.
Cuando ahora te digo amor mío,
ya no pasa absolutamente nada.
Y sin embargo, antes de gastarse las palabras,
estoy seguro de que todo se estremecía
sólo con murmurar tu nombre
en el silencio de mi corazón.
No tenemos ya nada para darnos.
Dentro de ti
no hay nada que me pida agua.
El pasado es inútil como un trapo.
Ya te lo he dicho: las palabras están gastadas.
Adiós.
jueves, 18 de septiembre de 2014
Sin forma de esperanza (por Saiz de Marco)
debe andar escondida una esperanza rara
una esperanza incógnita
difusa
desvaída
impropia de tal nombre
sin forma de esperanza
con apariencia endeble
no altiva
no engreída
secretamente firme
musculosa por dentro
entrenada ella sola en gimnasios nocturnos
haciendo abdominales
levantando pesas
con su viejo chándal gris raído de tanto usarlo
sudando
ejercitándose con la luz apagada
corriendo en soledad por las calles dormidas
generalmente oculta
aunque a veces se asoma y se deja entrever
una tenue esperanza
desgarbada de aspecto
blanda pero fibrosa
y más fuerte que todas las desesperaciones
miércoles, 17 de septiembre de 2014
Y te dejo colgada allá en lo alto (por Ángel González)
Noche estrellada en aceptable uso,
con pálidos reflejos y opacidad lustrosa,
vieja chistera inútil en los tiempos que corren
como escuálidos galgos sobre el mundo,
definitivamente eres un lujo
que ha pasado de moda.
Tras la fría superficie de las calles de luna,
el alcanfor del sueño conserva en el armario
de la ciudad oscura a los que duermen
y no te verán nunca.
Yo, sin embargo, te llevo en la cabeza,
vieja noche de copa,
y cuando vuelvo a casa sorteando
imprevisibles gatos y farolas,
te levanto en un gesto final ceremonioso
dedicado a tus brillos y a mi sombra,
y te dejo colgada allá en lo alto
-¡hasta mañana, noche!-,
negra, deshabitada, misteriosa.
martes, 16 de septiembre de 2014
Visita al museo (por Jesús Montiel)
Niños terrícolas del siglo treinta:
mirad lo que llamaban los antiguos un bosque.
Entonces las especies vegetales
brotaban a su antojo de la tierra,
se hermanaban formando laberintos
rebosantes de vida.
Los árboles crecían, se estiraban
como sueños borrachos de tormenta
y en sus copas el viento cantaba con el pájaro.
—la extrañeza les abre la boca y la mirada—
Entonces las especies vegetales
brotaban a su antojo de la tierra,
se hermanaban formando laberintos
rebosantes de vida.
Los árboles crecían, se estiraban
como sueños borrachos de tormenta
y en sus copas el viento cantaba con el pájaro.
—la extrañeza les abre la boca y la mirada—
mirad lo azul que entonces era el cielo
—se escuchan expresiones de sorpresa—
la belleza del campo amanecido.
Observad las estrellas coronando la noche,
flotando como adornos navideños
de un altísimo abeto.
Mirad un hombre de hace nueve siglos
absorto en la visión de unas montañas.
—¿Qué fulge en su mirada? ¿Qué luz hay en sus ojos?-
Es lo que los antiguos llamaban el Asombro…
lunes, 15 de septiembre de 2014
Sobre mi mano (por Jesús H. Tundidor)
Mirad,
ahora lo pongo
sobre mi mano: oídlo,
justifica
una vida. Dentro
de su volumen cabe
la desesperación y la esperanza,
los ríos en tinieblas y la clara
posesión de la luz.
Si lo tuviera
unos instantes más me quemaría
su peso, su ternura, su profundo
misterio. Jamás frente a mis ojos
a tal extensión tuve:
aquí el presentimiento, allá las sombras,
en largo cauce el júbilo, la dicha
mortal y repasada, y ocupando
su contorno o distancia el agua siempre
ávida de entregarse,
el buen amor que nunca
termina concedido.
Honda fue su verdad y es su ceniza.
Bajo
su sencillez de forma,
en el ámbito
luminoso de su noche sonora
reposa,
da principio y concluye
el triste sueño humano.
domingo, 14 de septiembre de 2014
Si las palabras bastan (por Charles Simic)
¿Estás autorizado a hablar
en nombre de los árboles desnudos?
¿Eres capaz de explicar
lo que pretende el viento
con la camisa y el camisón
abandonados en la lavandería?
¿Qué sabes tú de las nubes negras?
¿Y de los estanques repletos de hojas muertas?
¿De coches antiguos oxidándose en la entrada?
¿Quién te ha dado permiso
para mirar la lata de cerveza en la cuneta?
¿Y la cruz blanca junto a la carretera?
¿El columpio en el jardín de las viudas?
Pregúntate a ti mismo si las palabras bastan
o si sería mejor agitar tus alas
de árbol en árbol
y seguir haciendo el cuervo.
en nombre de los árboles desnudos?
¿Eres capaz de explicar
lo que pretende el viento
con la camisa y el camisón
abandonados en la lavandería?
¿Qué sabes tú de las nubes negras?
¿Y de los estanques repletos de hojas muertas?
¿De coches antiguos oxidándose en la entrada?
¿Quién te ha dado permiso
para mirar la lata de cerveza en la cuneta?
¿Y la cruz blanca junto a la carretera?
¿El columpio en el jardín de las viudas?
Pregúntate a ti mismo si las palabras bastan
o si sería mejor agitar tus alas
de árbol en árbol
y seguir haciendo el cuervo.
sábado, 13 de septiembre de 2014
Esperando el despegue (por Santiago Venturini)
en fila ascendemos
a la cápsula de un colectivo.
la nave espacial
de una película vieja:
tableros de plástico botones
que no sirven para nada,
pantallas de un futuro
que ya pasó.
los torsos se acomodan
en asientos numerados.
somos todos lo mismo:
cuerpos en reposo
esperando el despegue
después de la comida el sexo
o la televisión.
y cuando nos impulsan las turbinas
ya no importan las luces de esas casas
que esconden familias anestesiadas,
ni esa iglesia improvisada en un galpón
lleno de fieles levantando los brazos
bajo unos fluorescentes implacables.
a toda velocidad
cruzamos la galaxia de los campos
en la que las estrellas frías se mezclan
con los asteroides de los autos
y supermercados cerrados.
hasta que en el espacio negro
aparece
la superficie decepcionante de un planeta:
una masa eléctrica de postes
carteles y basura.
el piloto grita nombres de calles
y en ese momento
dejamos de ser astronautas
para volvernos los terrícolas comunes
que ven de vez en cuando la luna
desde una ventana.
viernes, 12 de septiembre de 2014
O se me sube Rosi a las rodillas (por Jorge Boccanera)
Siempre estoy comenzando este poema,
pero claro,
llaman a las puertas las voces cotidianas
o se cae a pedazos el día diecinueve
o se me sube rosi a las rodillas
o caigo en la guitarra buscando no sé qué.
Siempre estoy comenzando este poema,
pero llegan recuerdos de una ternura un día,
o me sirven café
o voy a ver al boby que está ladrando mucho.
Siempre estoy comenzando este poema,
y escribo una palabra y ya viene la tarde
con su naufragio, entonces
pongo la ternura en una botella
para que alguien recoja pedazos de mis ojos.
Siempre estoy comenzando este poema,
pero llega la noche,
quiero decir tu pelo mojado
quiero decir que crezco
y que salgo a caminar tu nombre.
jueves, 11 de septiembre de 2014
¿Quién ha abierto el balcón? (por Eloy Sánchez Rosillo)
Despertarse un buen día y descubrir
que la turbia amenaza que tanta muerte puso
durante tanto tiempo en nuestra vida
ya no nos mira con sus ojos fijos,
con sus ojos terribles.
¿Qué sucede?
¿Cómo se hizo en mi casa este silencio puro,
este sosiego que tenía olvidado?
¿Quién ha abierto el balcón y allí ha dispuesto
esa maceta con geranios rojos?
¿Es cierto que se adentra por la estancia,
despacio, un sol muy dulce y acaricia
el suelo, este sillón, mis manos, mi cabeza,
mi pecho que agradece, mi corazón que canta?
miércoles, 10 de septiembre de 2014
Perfección (por Jorge Guillén)
Queda curvo el firmamento,
compacto azul, sobre el día.
Es el redondeamiento
del esplendor: mediodía.
Todo es cúpula. Reposa,
central sin querer, la rosa,
a un sol en cénit sujeta.
Y tanto se da el presente
que el pie caminante siente
la integridad del planeta.
martes, 9 de septiembre de 2014
Tendí las sábanas y las vi agitarse (por Anne Sexton)
Hoy estoy feliz con las sábanas de la vida.
Lavé las sábanas.
Tendí las sábanas y las vi
agitarse y elevarse como gaviotas.
Cuando estuvieron secas las destendí
y hundí mi cabeza en ellas.
Todo el oxígeno de la tierra en ellas.
Todos los pies de todos los bebés del mundo en ellas.
Todos los calzones de todos los ángeles del mundo en ellas.
Todos los besos mañaneros de Filadelfia en ellas.
Todos los juegos de saltar pintados sobre todas las aceras en
ellas.
Todos los caballitos hechos de tela en ellas.
Así que esto es la felicidad,
ese obrero.
lunes, 8 de septiembre de 2014
Dos líneas de arena (por Osvaldo Costiglia)
Viaje hacia atrás del cráneo,
donde las manos entrelazadas,
reponen la respiración del domingo
a esta cabeza en acecho,
moviéndose hacia la calma
de su final.
Así, de tanto en tanto
miro lo que el tiempo abandona
y no digo nada
que pueda apartarme
del roce lento y pausado de la vida.
Si tengo miedo, es que hay
paisajes donde ni siquiera puedo sentir
el paso de las sombras.
Tiento así, con los dedos, dos líneas de arena
y trazo la transversal.
No es cierto que la geometría tranquilice.
El viento en los labios tiembla
y desocupa el día.
domingo, 7 de septiembre de 2014
Mas la piedra se acuerda (por William Ospina)
Aquí hubo un mar hace un millón de años.
El hombre no lo sabe, mas la piedra se acuerda.
Pártela: hay un cangrejo en sus entrañas,
todo de piedra ya, forma magnífica
que se negó a ser polvo.
Ante el peñasco y el guijarro, piensa
que acaso fueron seres dolorosos,
sangre y pulmones palpitantes.
Entre la ciega roca
y el trémolo extasiado de la salamandra
tan sólo hay tiempo.
sábado, 6 de septiembre de 2014
100 años de Nicanor Parra
En ZuMo De PoEsÍa hemos publicado a veces poemas, a modo de homenaje, con motivo del fallecimiento de sus creadores. Hoy la razón de recuerdo no es la muerte de nadie, sino el siglo de vida de Nicanor Parra, nacido el 5 de septiembre de 1914 y que, por tanto, ayer cumplió 100 años. Como conmemoración de esos 100 años (y un día) -¡y los muchos más que deseamos le queden por vivir!-, este poema en su homenaje:
Entre el río de entonces y el de ahora (por Nicanor Parra)
A recorrer me dediqué esta tarde
las solitarias calles de mi aldea
acompañado por el buen crepúsculo
que es el único amigo que me queda.
Todo está como entonces, el otoño
y su difusa lámpara de niebla,
sólo que el tiempo lo ha invadido todo
con su pálido manto de tristeza.
Nunca pensé, creédmelo, un instante
volver a ver esta querida tierra,
pero ahora que he vuelto no comprendo
cómo pude alejarme de su puerta.
Nada ha cambiado, ni sus casas blancas
ni sus viejos portones de madera.
Todo está en su lugar; las golondrinas
en la torre más alta de la iglesia;
el caracol en el jardín; y el musgo
en las húmedas manos de las piedras.
No se puede dudar, este es el reino
del cielo azul y de las hojas secas
en donde todo y cada cosa tiene
su singular y plácida leyenda:
hasta en la propia sombra reconozco
la mirada celeste de mi abuela.
Estos fueron los hechos memorables
que presenció mi juventud primera,
el correo en la esquina de la plaza
y la humedad en las murallas viejas.
¡Buena cosa, Dios mío!, nunca sabe
uno apreciar la dicha verdadera,
cuando la imaginamos más lejana
es justamente cuando está más cerca.
Ay de mí, ¡ay de mí!, algo me dice
que la vida no es más que una quimera;
una ilusión, un sueño sin orillas,
una pequeña nube pasajera.
Vamos por partes, no sé bien qué digo,
la emoción se me sube a la cabeza.
Como ya era la hora del silencio
cuando emprendí mi singular empresa
una tras otra, en oleaje mudo,
al establo volvían las ovejas.
Las saludé personalmente a todas
y cuando estuve frente a la arboleda
que alimenta el oído del viajero
con su inefable música secreta
recordé el mar y enumeré las hojas
en homenaje a mis hermanas muertas.
Perfectamente bien. Seguí mi viaje
como quien de la vida nada espera.
Pasé frente a la rueda del molino,
me detuve delante de una tienda:
el olor del café siempre es el mismo,
siempre la misma luna en mi cabeza;
entre el río de entonces y el de ahora
no distingo ninguna diferencia.
Lo reconozco bien, éste es el árbol
que mi padre plantó frente a la puerta
(ilustre padre que en sus buenos tiempos
fuera mejor que una ventana abierta).
Yo me atrevo a afirmar que su conducta
era un trasunto fiel de la Edad Media
cuando el perro dormía dulcemente
bajo el ángulo recto de una estrella.
A estas alturas siento que me envuelve
el delicado olor de las violetas
que mi amorosa madre cultivaba
para curar la tos y la tristeza.
Cuánto tiempo ha pasado desde entonces
no podría decirlo con certeza;
todo está igual, seguramente,
el vino y el ruiseñor encima de la mesa,
mis hermanos menores a esta hora
deben venir de vuelta de la escuela:
¡sólo que el tiempo lo ha borrado todo
como una blanca tempestad de arena!
las solitarias calles de mi aldea
acompañado por el buen crepúsculo
que es el único amigo que me queda.
Todo está como entonces, el otoño
y su difusa lámpara de niebla,
sólo que el tiempo lo ha invadido todo
con su pálido manto de tristeza.
Nunca pensé, creédmelo, un instante
volver a ver esta querida tierra,
pero ahora que he vuelto no comprendo
cómo pude alejarme de su puerta.
Nada ha cambiado, ni sus casas blancas
ni sus viejos portones de madera.
Todo está en su lugar; las golondrinas
en la torre más alta de la iglesia;
el caracol en el jardín; y el musgo
en las húmedas manos de las piedras.
No se puede dudar, este es el reino
del cielo azul y de las hojas secas
en donde todo y cada cosa tiene
su singular y plácida leyenda:
hasta en la propia sombra reconozco
la mirada celeste de mi abuela.
Estos fueron los hechos memorables
que presenció mi juventud primera,
el correo en la esquina de la plaza
y la humedad en las murallas viejas.
¡Buena cosa, Dios mío!, nunca sabe
uno apreciar la dicha verdadera,
cuando la imaginamos más lejana
es justamente cuando está más cerca.
Ay de mí, ¡ay de mí!, algo me dice
que la vida no es más que una quimera;
una ilusión, un sueño sin orillas,
una pequeña nube pasajera.
Vamos por partes, no sé bien qué digo,
la emoción se me sube a la cabeza.
Como ya era la hora del silencio
cuando emprendí mi singular empresa
una tras otra, en oleaje mudo,
al establo volvían las ovejas.
Las saludé personalmente a todas
y cuando estuve frente a la arboleda
que alimenta el oído del viajero
con su inefable música secreta
recordé el mar y enumeré las hojas
en homenaje a mis hermanas muertas.
Perfectamente bien. Seguí mi viaje
como quien de la vida nada espera.
Pasé frente a la rueda del molino,
me detuve delante de una tienda:
el olor del café siempre es el mismo,
siempre la misma luna en mi cabeza;
entre el río de entonces y el de ahora
no distingo ninguna diferencia.
Lo reconozco bien, éste es el árbol
que mi padre plantó frente a la puerta
(ilustre padre que en sus buenos tiempos
fuera mejor que una ventana abierta).
Yo me atrevo a afirmar que su conducta
era un trasunto fiel de la Edad Media
cuando el perro dormía dulcemente
bajo el ángulo recto de una estrella.
A estas alturas siento que me envuelve
el delicado olor de las violetas
que mi amorosa madre cultivaba
para curar la tos y la tristeza.
Cuánto tiempo ha pasado desde entonces
no podría decirlo con certeza;
todo está igual, seguramente,
el vino y el ruiseñor encima de la mesa,
mis hermanos menores a esta hora
deben venir de vuelta de la escuela:
¡sólo que el tiempo lo ha borrado todo
como una blanca tempestad de arena!
Jardinera (por Diana Bellessi)
He construido un jardín como quien hace
los gestos correctos en el lugar errado.
Errado, no de error, sino de lugar otro,
como hablar con el reflejo del espejo
y no con quien se mira en él.
He construido un jardín para dialogar
allí, codo a codo en la belleza, con la siempre
muda pero activa muerte trabajando el corazón.
Deja el equipaje, repetía, ahora que tu cuerpo
atisba las dos orillas, no hay nada, más
que los gestos precisos,
dejarse ir para cuidarlo
y ser el jardín.
Atesora lo que pierdes, decía esta muerte
hablando en perfecto y distanciado castellano.
Lo que pierdes, mientras tienes, es la sola compañía
que te allega a la orilla lejana de la muerte.
Ahora la lengua puede desatarse para hablar.
Ella que nunca pudo el escalpelo del horror
provista de herramientas para hacer maravilloso
de ominoso. Sólo digerible al ojo el terror
si la belleza lo sostiene. Mira el agujero
ciego: los gestos precisos y amorosos sin reflejo
en el espejo frente al cual la operatoria carece
de sentido.
Tener un jardín es dejarse tener por él y su
eterno movimiento de partida. Flores, semillas y
plantas mueren para siempre o se renuevan. Hay
poda y hay momentos, en el ocaso dulce de una
tarde de verano, para verlo excediéndose de sí,
mientras la sombra de su caída anuncia
en el macizo fulgor de marzo, o en el dormir
sin sueño del sujeto cuando muere, mientras
la especie que lo contiene no cesa de forjarse.
El jardín exige a su jardinera verlo morir.
Demanda su mano que recorte y modifique
la tierra desnuda, dada vuelta en los canteros
bajo la noche helada. El jardín mata
y pide ser muerto para ser jardín. Pero hacer
gestos correctos en el lugar errado
disuelve la ecuación, descubre páramo.
Amor reclamado en diferencia como
cielo azul oscuro contra la pena. Gota
regia de la tormenta en cuyo abrazo llegas
a la orilla más lejana. I wish you
were here amor, pero sos jardinera y no
jardín. Desenterraste mi corazón de tu cantero.
viernes, 5 de septiembre de 2014
Por debajo de todo (por Philip Larkin)
Aparte de todo esto, el deseo de estar solo:
por mucho que el cielo se oscurezca con invitaciones
por mucho que sigamos las instrucciones impresas del sexo
por mucho que la familia se fotografíe bajo el asta de la bandera:
aparte de todo esto, el deseo de estar solo.
Por debajo de todo, un anhelo de olvido:
a pesar de las astutas tensiones del calendario,
el seguro de vida, los programados ritos de fertilidad,
la costosa aversion de los ojos a la muerte:
por debajo de todo, un anhelo de olvido.
jueves, 4 de septiembre de 2014
Eso eres (por Blanca Varela)
El deseo es un lugar que se abandona
la verdad desaparece con la luz
corre-ve-y-dile
es tan aguda la voz del deseo
que es imposible oírla
es tan callada la voz de la verdad
que es imposible oírla
calor de fuego ido
seno de estuco
vientre de piedra
ojos de agua estancada
eso eres
me arrodillo y en tu nombre
cuento los dedos de mi mano derecha
que te escribe
me aferro a ti
me desgarra tu garfio carnicero
de arriba abajo me abre como a una res
y estos dedos recién contados
te atraviesan en el aire y te tocan
y suenas, suenas, suenas
gran badajo
en el sagrado vacío de mi cráneo.
miércoles, 3 de septiembre de 2014
Cuando viene (por Vladimir Amaya)
Viene como canción
de agosto en martes sin voces,
como viaje intermitente
de sobresaltos y llagas abiertas,
como aroma
que arde hasta el tuétano,
bajo los ojos.
Es una avalancha
de acusaciones sin motivo,
como viene.
Viene y fantasea triturarme,
al acercarme a ella lo consigue.
Escudriña los costados del vencido,
desvalija algunos mentones.
Pinta misterios y calabozos, cuando viene.
Sabe, y no conoce
del amor que comprime al mundo.
Viene como oración olvidada.
A cada pecho llega como latido inmóvil.
Viene como lágrima desmesurada lejos de su gruta.
Con la indiferencia de una nube que se marcha,
es como ella siempre viene.
Excedida por el encanto de los atardeceres,
penetrada de un sabor peregrino
a musgo y anillo recuperado.
Va estirando los hilos de una muerte advertida.
Recortando distancias entre las columnas.
Viene como sed de mayo
en viernes de colmena agitada.
Como se dan las cartas de oros
y como piedra tallada en el recuerdo,
como fruto prohibido tan cerca
de mi pecado ¡Viene!.
Viene como grillo de pálida orquesta.
Como excusa espesa de lo no dicho antes.
Después de todo, es por mí
que desde el centro de los horizontes
cabalgando sobre ella misma viene.
Como mar desbocado.
Como ciudad alarmada.
Como sueño recurrente…
Viene después de nada,
a dejarme las huellas
de su eterno retorno…
martes, 2 de septiembre de 2014
Y dónde recordar sin que me duela (por Jorge Luis Borges)
Dime por favor dónde estás,
en qué rincón puedo no verte,
dónde puedo dormir sin recordarte
y dónde recordar sin que me duela.
Dime por favor dónde pueda caminar
sin ver tus huellas,
dónde puedo correr sin recordarte
y dónde descansar con mi tristeza.
Dime por favor cuál es el cielo
que no tiene el calor de tu mirada
y cuál es el sol que tiene luz tan sólo
y no la sensación de que me llamas.
Dime por favor cuál es el rincón
en el que no dejaste tu presencia.
Dime por favor cuál es el hueco de mi almohada
que no tiene escondidos tus recuerdos.
Dime por favor cuál es la noche
en que no vendrás para velar mis sueños...
Que no puedo vivir porque te extraño
y no puedo morir porque te quiero.
lunes, 1 de septiembre de 2014
Aquella vez que vino tu recuerdo (por Evaristo Carriego).
La mesa estaba alegre como nunca. Bebíamos el té: mamá reía recordando, entre otros, no sé qué antiguo chisme de familia; una de nuestras primas comentaba -recordando con gracia los modales de un testigo irritado- el incidente que presenció en la calle; los niños se empeñaban, chacoteando, en continuar el juego interrumpido, y los demás hablábamos de todas las cosas de que se habla con cariño. Estábamos así, contentos, cuando alguno te nombró, y el doloroso silencio que de pronto ahogó las risas, con pesadez de plomo, persistió largo rato. Lo recuerdo como si fuera ahora: nos quedamos mudos, fríos. Pasaban los minutos, pasaban y seguíamos callados. Nadie decía nada, pero todos pensábamos lo mismo. Como siempre que la conmueve una emoción penosa, mamá disimulaba ingenuamente queriendo aparecer tranquila. ¡Pobre! ¡Bien que la conocemos!... Las muchachas fingían ocuparse del vestido que una de ellas llevaba: los niños, asombrados de un silencio tan extraño, salían de la pieza. Y los demás seguíamos callados sin mirarnos siquiera. |
Cadenas (por Wislawa Szymborska)
Un día sofocante, la casa de un perro y el perro encadenado.
Unos pasos más allá un platito lleno de agua.
Pero la cadena es demasiado corta y el perro no alcanza.
Añadamos a la imagen un detalle más:
nuestras mucho más largas
y menos visibles cadenas
gracias a las cuales podemos pasar de largo tranquilamente.
Unos pasos más allá un platito lleno de agua.
Pero la cadena es demasiado corta y el perro no alcanza.
Añadamos a la imagen un detalle más:
nuestras mucho más largas
y menos visibles cadenas
gracias a las cuales podemos pasar de largo tranquilamente.
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