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miércoles, 7 de diciembre de 2011

Las treinta (por Pedro Salinas)

Quietas, dormidas están,
las treinta, redondas, blancas.
Entre todas
sostienen el mundo.
Míralas, aquí en su sueño,
como nubes,
redondas, blancas, y dentro
destinos de trueno y rayo,
destinos de lluvia lenta,
de nieve, de viento, signos.
Despiértalas,
con contactos saltarines
de dedos rápidos, leves,
como a músicas antiguas.
Ellas suenan otra música:
fantasías de metal,
valses duros, al dictado.
Que se alcen desde siglos
todas iguales, distintas
como las olas del mar
y una gran alma secreta.
Que se crean que es la carta,
la fórmula, como siempre.
Tú alócate
bien los dedos, y las
raptas y las lanzas,
a las treinta, eternas ninfas
contra el gran mundo vacío,
blanco a blanco.
Por fin a la hazaña pura,
sin palabras, sin sentido,
ese, zeta, jota, i...

5 comentarios:

SMI dijo...

El homo gramaticus no hizo el lenguaje. El lenguaje lo hizo a él.

Pablo Veiga dijo...

En el desarrollo cerebral de los homínidos fueron muy importantes las manos prensiles, por su capacidad para manipular objetos y elaborar herramientas, signo distintivo del homo faber. Esto es exclusivo de los hominoides y se ve también por ejemplo actualmente en los chimpancés. Este desarrollo cerebral, génesis del neocórtex, posibilitó probablemente la utilización de signos lingüísticos (protopalabras) para comunicarse, surgiendo seguidamente (gracias también a la evolución del aparato fonador, inducida y favorecida por lo anterior) un lenguaje articulado, gramático y sintáctico que nada tiene que ver con los sonidos (ladridos, mugidos, bufidos, etc) de los animales. Y seguramente esto potenció el desarrollo cerebral hasta alumbrar la inteligencia del homo sapiens sapiens. Pero esto no significa que el lenguaje hiciera al hombre, y no el hombre al lenguaje. Al respecto, en la evolución es muy habitual el fenómeno de la interacción o bifocalidad, de modo que las causas son consecuencias y las consecuencias son causas. Si se me permite el símil, podría decirse que el agua del río hace al cauce (y hasta que no hay cauce no hay propiamente río), pero seguidamente es el cauce el que lleva y conduce al agua. Espero haberme explicado.

Cide Hamete Benengeli dijo...

Entiendo lo que me basta
y solamente no entiendo
cómo se sufre a sí mismo
un ignorante soberbio.

hAiKu dijo...


Homero, Sófocles
nunca en letras de imprenta
ven lo que escriben.

(RAFAEL BALDAYA)

tERESA pANZA dijo...

Quien buen ajo planta, buen ajo arranca.