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sábado, 26 de marzo de 2016

Como anguilas en un barreño (por Fernando Pessoa)


Cada vez que mi propósito se ha elevado, por influencia de mis sueños, por encima del nivel cotidiano de mi vida, y durante un momento me he sentido alto, como el niño en un columpio, cada vez de éstas he tenido que bajar como él al jardín municipal, y conocer mi derrota sin banderas desplegadas para la guerra ni espada que tuviese la fuerza de desenvainar.

Supongo que la mayoría de aquellos con quienes me cruzo en el acaso de las calles lleva consigo —lo noto en el movimiento silencioso de los labios y en la indecisión confusa de los ojos o en la elevación de la voz con que rezan juntos— una igual proyección para la guerra inútil del ejército sin pendones.

Y todos —me vuelvo para atrás y contemplo sus dorsos de vencidos pobres— tendrán, como yo, la gran derrota vil, entre los limos y los juncos, sin claro de luna en las márgenes ni poesía en los pantanos, miserable y hortera.

Todos tienen, como yo, un corazón exaltado y triste, los conozco bien: unos son dependientes de tiendas, otros son empleados de oficina, otros son comerciantes de pequeños comercios; otros son los vencedores de los cafés y de las tascas, gloriosos sin saberlo en el éxtasis de la palabra egotista. Pero todos, pobrecillos, son poetas, y arrastran, a mis ojos, como yo a sus ojos, la igual miseria de nuestra común incongruencia. Tienen todos, como yo, el futuro en el pasado.

Ahora mismo, que me hallo inerte en la oficina, y todos salvo yo se han ido a almorzar, miro, a través de la ventana empañada, al viejo oscilante que recorre lentamente la acera del otro lado de la calle. No va borracho; va soñador. Está atento a lo inexistente; quizás espere todavía. Los dioses, si son justos en su injusticia, nos conserven todavía los sueños cuando sean imposibles, y nos concedan buenos sueños, aunque sean bajos. Hoy, que no soy todavía viejo, puedo soñar en las islas del Sur y con Indias imposibles; mañana quizá me sea concedido por los mismos dioses el sueño de ser dueño de una tabaquería pequeña, o jubilado en una casa de los alrededores.

Cualquiera de los sueños es el mismo sueño, porque todos son sueños. Cámbienme los dioses los sueños, pero no el don de soñar. En el intervalo de pensar esto, el viejo se ha salido de mi atención. Ya no lo veo. Abro la ventana para verlo.

Todavía no lo veo. Se ha salido. Ha tenido, para conmigo, el valor visual del símbolo; ha terminado y ha doblado la esquina.

Si me dijeran que ha doblado la esquina absoluta, y nunca ha estado aquí, lo admitiré con el mismo gesto con que cierro ahora la ventana.

¿Conseguir?…

¡Pobres semidioses horteras que conquistan imperios con la palabra y la intención noble y tienen necesidad de dinero con el cuarto y la comida! Parecen las tropas de un ejército desertado cuyos jefes tuviesen un sueño de gloria del que a éstos, perdidos entre los limos de los pantanos, queda tan sólo la noción de grandeza, la conciencia de haber sido del ejército, y el vacío de no haber sabido lo que hacía el jefe que nunca han tenido.

Así, cada uno se sueña, un momento, el jefe del ejército de cuya retaguardia ha huido. Así, cada uno, entre el barro de los riachos, saluda a la victoria que nadie pudo lograr, y de la que ha quedado una especie de migas entre manchas en el mantel que se han olvidado de sacudir.

Llenan los intersticios de la acción cotidiana como el polvo los intersticios de los muebles cuando no se los limpia con cuidado. En la luz vulgar del día común se les ve luciendo como gusanos cenicientos contra la caoba rojiza. Pueden sacarse con un clavo viejo. Pero nadie tiene prisa por sacarlos.

¡Pobres compañeros míos que sueñan en voz alta, cómo los envidio con vergüenza! Conmigo están los otros —los más pobres, los que no tienen más que a sí mismos a quien contar los sueños y hacer lo que serían versos, si los escribiesen—, los pobres diablos sin más literatura que la propia alma, que mueren asfixiados por el hecho de existir.

Unos son héroes y derriban cinco hombres en una esquina de ayer. Otros son seductores y hasta las mujeres inexistentes no osan resistírseles. Se lo creen cuando lo dicen y todos lo dicen porque se lo creen. Para todos ellos, vencidos del mundo, porque quienes quiera que sean son gente.

Y todos, como anguilas en un barreño, se enroscan entre sí y se cruzan unos por encima de los otros y no salen de los barreños.


4 comentarios:

ORáKULO dijo...

Todos llevamos dentro una versión mejor de nosotros mismos, y el gran reto es hacerla aflorar.

Cide Hamete Benengeli dijo...

Un corazón amarrado
cuando le dan rienda suelta
es caballo desbocado.

tERESA pANZA dijo...

Al lobo da temor un buen perro pastor.

casa de citas dijo...

Un periodista que manipula y tergiversa la información me parece tan rechazable como un bombero pirómano o un médico homicida.

(GRAND)