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domingo, 11 de mayo de 2014

También yo debo pagar (por Vladimir Mayakovsky)


Ciudadano inspector,
perdone la molestia.
Gracias,
no se preocupe,
me quedaré de pie.
Quiero tratar
un asunto bastante delicado:
qué sitio ha de ocupar
el poeta
en las filas obreras.
Igual que los que tienen
tiendas y terrenos
también yo debo pagar
impuestos.
Usted me pide
quinientos al semestre
más veinticinco
por no declarar a tiempo.
Mi trabajo
es igual
a cualquier otro.
Mire
cuántas pérdidas,
cuántos gastos
invierto en materiales.
Usted sabe
naturalmente
eso que llaman rima.
Si la primera línea
termina en “ajo”
entonces, la tercera,
repitiendo las sílabas
debe poner
algo así
como “cascajo”.
Si utilizo su lenguaje
la rima es un cheque,
hay que cobrarlo alternando los versos
y buscas
con detalle sufijos y prefijos
en el cofre vacío
de las declinaciones,
de las conjugaciones.

Coges una palabra
y quieres meterla en la estrofa
pero si no entra
y aprietas,
se rompe.
Ciudadano inspector:
le juro
que el poeta paga caras
las palabras.
Hablando mi lenguaje
la rima es un barril
de dinamita,
y la estrofa es la mecha.
La estrofa se consume,
y estalla la rima,
y por el aire y la ciudad
la estrofa
vuela.
¿Dónde hallar,
y a qué precio,
rimas que estallen
y de golpe maten?
Quizá sólo sean
cinco las rimas
increíbles
y sin estrenar, perdidas
más allá
de Venezuela.
Me voy a buscarlas,
haga frío, haga calor,
atado por anticipos, préstamos y deudas.
Ciudadano,
tenga en cuenta
el pago de los viajes.
La poesía
toda
es un viaje a lo desconocido.
La poesía
es como la extracción del radio.
Un año de trabajo
para sacar un gramo.
Sacar una sola palabra
entre miles de toneladas
de materia prima verbal.
Pero ¡qué ardiente
el calor de estas palabras
comparado
con la humeante
palabra bruta!
Esas palabras
mueven
millares de años,
millares de corazones.
Claro
que hay poetas
de distinta calidad.
Muchos
de hábil mano,
como prestidigitador,
sueltan estrofas de la boca,
suyas y de otros.
Y para qué hablar
de los castrados líricos.
Meten un verso ajeno
y están felices.

Eso es
robo y despilfarro,
uno más entre los que azotan el país.

Esos
versos y odas
aplaudidos
hasta la saciedad
entrarán en la historia
como gastos accesorios
de lo hecho
por dos o tres buenos versos
de nosotros.
Muchos kilos de sal
habrás de comer
como suele decirse,
y fumar cien cigarrillos
hasta
sacar
la palabra preciosa
de las honduras artesianas
de la humanidad.
Rebaje por eso
los impuestos,
quíteles
una rueda
a los ceros.
Uno noventa
cuestan cien cigarrillos.
Uno sesenta
la arroba de sal.
Demasiadas preguntas
tiene su formulario:
¿Ha viajado
o no ha viajado?
Y si le respondo
que en estos quince años
he reventado
decenas de Pegasos,
¿qué?
Póngase usted
en mi sitio,
piense en el servicio
y propiedades.
¿Qué ha de contestarme
si le digo que soy
caudillo popular
y al mismo tiempo
trabajo a su servicio?
La clase obrera
vibra en nuestras palabras,
somos proletarios
motores de la pluma.
La máquina
del alma
se gasta con los años.
Dicen entonces:
estás gastado,
fuera.
Cada vez amas menos,
te arriesgas menos
y mi frente
desgastada
por el tiempo no arremete.
Entonces llega
el desgaste mayor,
el desgaste
del alma, del corazón.
Y cuando
este sol,
grande y redondo
se alce
en el futuro
sin lisiados ni tullidos,
ya me habré
podrido,
muerto en una cuneta
junto
a decenas
de mis colegas.
Hago
mi balance final. Afirmo,
y no miento:
entre los vividores
y actuales fulleros
seré
el único
con deudas impagables.

Nuestra deuda
es aullar
como sirenas de bronce,
entre la niebla filistea
y el fragor de la tormenta.
El poeta
siempre adeuda al universo,
paga con su dolor
las multas,
los impuestos.
Adeudo
las calles de Broadway,
los cielos de Bagdad,
el ejército rojo,
los jardines de cerezos del Japón,
todo aquello
sobre lo que aún
no pude cantar.
Al fin y al cabo
¿para qué
tanto jaleo?
¿Para disparar rimas
y atronar con el ritmo?
La palabra del poeta
es su resurrección,
su inmortalidad,
ciudadano inspector.
Dentro de cien años,
en un pliego de papel
cogerán una estrofa
y resucitarán este tiempo
Y ese día
surgirá
con fulgor de asombros,
y olor a tinta
le envolverá en su vaho,
señor inspector.
Usted, habitante convencido
del día de hoy
saque en el Comisariado de Caminos
un pasaje para la eternidad,
calcule
el efecto de mis versos,
divida
mi salario
en trescientos años.
Pero la fuerza del poeta
no estriba
en que le recuerden a usted en el futuro
y se asusten.
No.
Hoy
la rima del poeta
es caricia también,
consigna,
látigo,
bayoneta.
Ciudadano inspector,
pagaré cinco
quitando los ceros que van detrás.
Por derecho
yo
reclamo un hueco
entre las filas
de los obreros
y campesinos más pobres.
Y si usted piensa
que todo consiste
en saber utilizar
palabras ajenas,
entonces, camaradas,
aquí tienen mi pluma,
y escriban
ustedes
cuanto quieran.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Impulsor de la escuela futurista, ideológicamente vinculada al bolchevismo, Maiakovski se convirtió en el poeta oficial del régimen soviético. Pero pronto sufrió la postergación y el acoso, a medida que el estalinismo se iba adueñando del partido comunista y del estado soviético. Finalmente, con total lucidez, se suicidó.

Si la vida pública de Maiakovski es sumamente agitada y novelesca, su vida privada no lo es menos. Su relación amorosa con Lily Brik fue consentida por su marido, Osip, leal amigo y admirador de Maiakovski. Cada uno de los ángulos de este famoso triángulo amoroso tenía una personalidad sumamente interesante. Lily (1891-1978) no solo fue la musa de Maiakovski, sino una artista integral, que cultivó el cine, la escultura o la literatura con gran talento. Y Osip (1888-1945) fue un destacado crítico literario, teórico del formalismo y del futurismo, además de dirigente de la Cheka, la policía política soviética.

No nos parecerá tan extraño que los tres intentaran superar la tradicional relación de pareja si situamos ese proyecto de vida en un contexto revolucionario en el que parecía posible transformar radicalmente, no solo las estructuras políticas, sino la totalidad de la sociedad y de las relaciones humanas. De ahí el rechazo del pasado y el culto al futuro que caracterizó al movimiento futurista. De este modo, vida, política y arte se integraron y se mezclaron en un mismo proyecto revolucionario total.

La vida y la época de Maiakovski contienen, pues, abundantes temas que ya de por sí son novelescos. El problema que ha tenido que afrontar el novelista a la hora de convertirlos en materia argumental ha sido el de la elección de un enfoque o un punto de vista narrativo. De una manera muy esquemática, podemos decir que se le presentaban dos grandes opciones. Una era la del realismo clásico, en el que el autor se apoya en la exposición ordenada de la materia argumental, de la historia. Otra era la de dar al autor un papel mucho más activo, facultándole para distorsionar la historia y darle un sentido crítico, satírico, lírico, etc.

Con todo esto queremos decir que un tema novelesco no siempre recibe el tratamiento literario que aparentemente le puede resultar más adecuado. Por ejemplo, los relatos de Lovecraft tienen el raro mérito de convertir en anodinos y aburridos los episodios más terroríficos y fantásticos. Por el contrario, Hoffmann logra convertir en siniestros los asuntos más cotidianos, como bien estudió Freud.

¿Cómo ha organizado, qué tratamiento ha dado Juan Bonilla a la novelesca y dramática vida de Maiakovski? Bonilla ha optado por un enfoque narrativo descontextualizado, de ritmo lento y plano, con casi total ausencia de descripciones y de diálogos

cc dijo...

La política y la poesía nunca podràn llevarse bien.

casa de citas dijo...

Te diré lo que es el verdadero conocimiento: cuando sabes, saber que sabes; cuando no sabes, saber que no sabes.


(CONFUCIO)