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martes, 7 de agosto de 2018

¿Por qué me despertaste? (por Fernando Pessoa)



¡Maestro, mi querido maestro!

¡Corazón de mi cuerpo intelectual y entero!

¡Vida del origen de mi inspiración!

Maestro, ¿qué se hizo de ti en esta forma de vida?

No te importó si morías, si vivirías, ni tú ni nada,

alma abstracta y visual hasta los huesos,

atención maravillosa al mundo exterior siempre múltiple,

refugio de nostalgias de todos los dioses antiguos,

espíritu humano de la tierra materna,

flor encima del diluvio de la inteligencia subjetiva...

¡Maestro, mi maestro!

En la angustia sensacionista de todos los días sentidos,

en la amargura cotidiana de las matemáticas del ser,

yo, esclavo de todo como un polvo de todos los vientos,

¡alzo las manos hacia ti, que estás lejos, tan lejos de mí!

¡Mi maestro y mi guía!

A quien ninguna cosa hirió, ni dolió, ni perturbó,

seguro como un sol haciendo su día involuntariamente,

natural como un día mostrándolo todo,

Maestro mío, mi corazón no aprendió tu serenidad.

Mi corazón no aprendió nada.

Mi corazón no es nada,

mi corazón está perdido.

Maestro, sólo sería como tú si yo hubiera sido tú.

¡Qué triste la gran hora alegre en que primero te oí!

Después todo es cansancio en este mundo subjetivado,

todo es esfuerzo en este mundo donde se quieren cosas,

todo es mentira en este mundo donde se piensan cosas,

todo es otra cosa en este mundo donde todo se siente.

Después, he sido como un mendigo dejado a la intemperie

por la indiferencia de toda la aldea;

después, he sido como las hierbas arrancadas,

dejadas en manojos en alineamientos sin sentido;

después, he sido yo; sí, yo, para mi desgracia,

y yo, por mi desgracia, no soy yo ni otro ni nadie;

después, ¿por qué enseñaste la nitidez de la vista,

si no me pudiste enseñar a tener el alma con que verla clara?,

¿por qué me llamaste hacia lo alto de los montes

si yo, criatura de las ciudades del valle, no sabía respirar?,

¿por qué me diste tu alma si yo no sabía qué hacer con ella

como quien está cargado de oro en un desierto,

o canta con voz divina entre las ruinas?,

¿por qué me despertaste para la sensación y el alma nueva,

si yo no sabré sentir, si mi alma es siempre mía?

Pluguiera al Dios ignoto que siempre fuera yo aquel

poeta decadente, estúpidamente pretencioso,

que podría al menos venir a agradar,

y no surgiera en mí la pavorosa ciencia de ver.

¿Para qué me hiciste yo? ¡Me hubieras dejado ser humano!

Feliz el hombre ordinario,

que tiene su tarea cotidiana normal, tan leve aunque pesada,

que tiene su vida común,

para quien el placer es placer y el recreo es recreo,

que duerme el dormir,

que come comida,

que bebe bebida, y por eso tiene alegría.

La calma que tenías, me la diste, y me fue inquietud.

Me liberaste, pero el destino humano es ser esclavo.

Me despertaste, pero el sentido del ser humano es dormir.


3 comentarios:

Pablo M dijo...

Pessoa, siempre desgarrador y desasosegante, pero transformando en belleza su angustia existencial. La vida es un lugar duro, pero vale la pena vivir para leerle.

Fuego de palabras dijo...

Seguramente muchas cosas

buscan ser cantadas por mí:

lo que retumba sin palabras,

lo que afila la piedra en lo oscuro,

lo que a través del humo irrumpe.

Mis cuentas aún no tengo hechas

con el fuego, el viento y el agua;

así sucede que en mis sueños,

de pronto, se abren anchas puertas

ordenándome que siga el rastro

de la estrella de la mañana.

(ANNA AJMÁTOVA)

casa de citas dijo...

Negra es la sombra, aunque sea del cisne.

(HUGO)