zUmO dE pOeSíA

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de todos los colores, de todos los sabores

ALEATORIUM: Saca un poema de nuestro almacén

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miércoles, 13 de junio de 2018

Crónica parcial de los 70 (por Bernardo Atxaga)


Fue cuando la vida cotidiana derramaba
cucarachas sobre la gente sin cesar,
y se lloraba por todas las habitaciones
bien al estilo Snif, bien al sentido Buá.

Fue cuando se pasaba miedo y se gritaba
si de madrugada sonaba un timbre o un tiro
allí por el tercero A, o B, o por error.

Fue cuando nosotros, la juventud en general,
leíamos pornografía frente a las blancas
baldosas de los urinarios públicos
donde, a veces, sangrábamos por la nariz.

Fue cuando el invierno se iba aproximando
y prometía muertes, no todas ellas naturales.
Cuando en el fondo del corazón todos deseaban
una llamada o una carta, y yo también.

Y fue efectivamente el invierno, y hubo ocas
en el cielo volando en forma de uve doble,
y fue el frío y la lluvia y la huelga general
en medio de una epidemia de gripe asiática.

Y recuerdo un bar que alegó razones comerciales
para impedir la entrada a dos homosexuales.
Que los mendigos reforzaron sus casas de cartón,
que las ardillas bajaron del bosque y atracaron
un supermercado diciendo, Alto, Manos Arriba,
¿Dónde está la caja fuerte de las nueces?

Y después llegaron vagones llenos de silencio
para luchar calle por calle, casa por casa,
contra los Sustantivos, contra los Adverbios,
y yo estuve allí, y fue terrible, qué horror.

Y los dispensarios recetaron píldoras anti,
los bancos repartieron prospectos de colores
con el lema de Ora, sí, pero sobre todo Labora.
Y una tarde, por fin, ella hizo una llamada
desde muy lejos, y me pareció que sus palabras
eran de amor y con una pizca de sabor a miel.

En aquel tiempo, cuando la vida cotidiana
derramaba cucarachas sobre nosotros sin cesar,
y se lloraba por todas las habitaciones,
bien al estilo Snif, bien al estilo Buá.



martes, 12 de junio de 2018

Su último deseo se cumplió (por Erich Hackl)


Un entierro así
llegó a ser más divertido que una boda.
Sólo que durante la comida
no había música para bailar.
El muerto no racaneaba:
había sopa de albóndiga de hígado,
carne de vaca cocida con rábano picante
y de postre un buen trozo de tarta.

Cerveza y aguardiente a voluntad.
Licor de huevos para las viejas.
Té con ron para los acatarrados.
Café con leche para los niños.
Vino caliente para el señor cura.

El viejo Schinböck había dispuesto
que la banda de música de San Leonardo
tocase en su entierro
con una buena melopea.
Su último deseo se cumplió,
y resonó lastimosamente en los oídos.
Al aprendiz del zapatero de Rebuledt,
que tocaba el tambor grande,
se le escapó la baqueta durante el desfile,
salió volando en círculos
y se ahogó en la charca de apagar incendios.

El viejo Schinböck no había caído
en que los que llevaban el féretro
también formaban parte de la banda.



lunes, 11 de junio de 2018

Derrota (por Rafael Cadenas)


Yo que no he tenido nunca un oficio
que ante todo competidor me he sentido débil
que perdí los mejores títulos para la vida
que apenas llego a un sitio ya quiero irme (creyendo que mudarme es una solución)
que he sido negado anticipadamente y escarnecido por los más aptos
que me arrimo a las paredes para no caer del todo
que soy objeto de risa para mí mismo que creí
que mi padre era eterno
que he sido humillado por profesores de literatura
que un día pregunté en qué podía ayudar y la respuesta fue una risotada
que no podré nunca formar un hogar, ni ser brillante, ni triunfar en la vida
que he sido abandonado por muchas personas porque casi no hablo
que tengo vergüenza por actos que no he cometido
que poco me ha faltado para echar a correr por la calle
que he perdido un centro que nunca tuve
que me he vuelto el hazmerreír de mucha gente por vivir en el limbo
que no encontraré nunca quién me soporte
que fui preterido en aras de personas más miserables que yo
que seguiré toda la vida así y que el año entrante seré muchas veces más burlado en mi ridícula ambición
que estoy cansado de recibir consejos de otros más aletargados que yo («Ud. es muy quedado, avíspese, despierte»)
que nunca podré viajar a la India
que he recibido favores sin dar nada a cambio
que ando por la ciudad de un lado a otro como una pluma
que me dejo llevar por los otros
que no tengo personalidad ni quiero tenerla
que todo el día tapo mi rebelión
que no me he ido a las guerrillas
que no he hecho nada por mi pueblo
que no soy de las FALN y me desespero por todas estas cosas y por otras cuya enumeración sería interminable
que no puedo salir de mi prisión
que he sido dado de baja en todas partes por inútil
que en realidad no he podido casarme ni ir a París ni tener un día sereno
que me niego a reconocer los hechos
que siempre babeo sobre mi historia
que soy imbécil y más que imbécil de nacimiento
que perdí el hilo del discurso que se ejecutaba en mí y no he podido encontrarlo
que no lloro cuando siento deseos de hacerlo
que llego tarde a todo
que he sido arruinado por tantas marchas y contramarchas
que ansío la inmovilidad perfecta y la prisa impecable
que no soy lo que soy ni lo que no soy
que a pesar de todo tengo un orgullo satánico aunque a ciertas horas haya sido humilde hasta igualarme a las piedras
que he vivido quince años en el mismo círculo
que me creí predestinado para algo fuera de lo común y nada he logrado
que nunca usaré corbata
que no encuentro mi cuerpo
que he percibido por relámpagos mi falsedad y no he podido derribarme, barrer todo y crear de mi indolencia, mi
flotación, mi extravío una frescura nueva, y obstinadamente me suicido al alcance de la mano
me levantaré del suelo más ridículo todavía para seguir burlándome de los otros y de mí hasta el día del juicio final.



domingo, 10 de junio de 2018

Con su techo volado (por Linda Gregg)


Era una foto que tuve después de la guerra.
Una iglesia inglesa bombardeada. Yo era demasiado joven
como para conocer la palabra inglés o guerra,
pero conocía la foto.
La ciudad en ruinas todavía parecía noble.
La catedral con su techo volado
no dejaba de ser divina. La iglesia era la misma
más lluvia y cielo. Los pájaros volaban por dentro y por fuera
de los agujeros que el puño de Dios hizo en los muros.
Todo nuestro deseo de amor o de niños
es considerado por el enemigo como si fuera una broma.
Yo sabía tanto y de todos modos cantaba.
Como un pájaro que va a cantar hasta
que es derribado. Cuando quitan
los árboles, el niño agarra una rama
y dice, esto es un árbol, esta es la casa
y la familia. Como si se pudiera. A través de la puerta
de lo que había sido una casa, por el campo lleno
de escombros, anda un cordero solo, ladeando
la cabeza, curioso, sin miedo, hambriento.



sábado, 9 de junio de 2018

La miraré a los ojos (por Idea Vilariño)


Cuando compre un espejo para el baño
voy a verme la cara
voy a verme
pues qué otra manera hay decime
qué otra manera de saber quién soy.
Cada vez que desprenda la cabeza
del fárrago de libros y de hojas
y que la lleve hueca atiborrada
y la deje en reposo allí un momento
la miraré a los ojos con un poco
de ansiedad de curiosidad de miedo
o sólo con cansancio con hastío
con la vieja amistad correspondiente
o atenta y seriamente mirarme
como esa extraña vez—mis once años—
y me diré mirá ahí estás
seguro
pensaré no me gusta o pensaré
que esa cara fue la única posible
y me diré esa soy yo ésa es Idea
y le sonreiré dándome ánimos.



viernes, 8 de junio de 2018

Que siempre bailarás con tu sombra (por Darío Jaramillo)


Primero está la soledad.
En las entrañas y en el centro del alma:
ésta es la esencia, el dato básico, la única certeza;
que solamente tu respiración te acompaña,
que siempre bailarás con tu sombra,
que esa tiniebla eres tú.
Tu corazón, ese fruto perplejo, no tiene que agriarse con tu sino solitario;
déjalo esperar sin esperanza
que el amor es un regalo que algún día llega por sí solo.
Pero primero está la soledad,
y tú estás solo,
tú estás solo con tu pecado original -contigo mismo-.
Acaso una noche, a las nueve,
aparece el amor y todo estalla y algo se ilumina dentro de ti,
y te vuelves otro, menos amargo, más dichoso;
pero no olvides, especialmente entonces,
cuando llegue el amor y te calcine,
que primero y siempre está tu soledad
y luego nada
y después, si ha de llegar, está el amor.



jueves, 7 de junio de 2018

Estoy demasiado cerca (por Wislawa Szymborska)


Estoy demasiado cerca para que sueñe conmigo.
No vuelo sobre él, no huyo de él
entre las raíces de los árboles
. Estoy demasiado cerca.
No es mi voz el canto del pez en la red.
Ni de mi dedo rueda el anillo.
Estoy demasiado cerca. La gran casa arde
sin mí gritando socorro. Demasiado cerca
para que taña la campana en mi cabello.
Estoy demasiado cerca para que pueda entrar como un huésped
que abriera las paredes a su paso.
Ya jamás volveré a morir tan levemente,
tan fuera del cuerpo, tan inconsciente,
como antaño en su sueño. Estoy demasiado cerca,
demasiado cerca. Oigo el silbido
y veo la escama reluciente de esta palabra,
petrificada en abrazo. Él duerme,
en este momento, más al alcance de la cajera de un circo
ambulante con un solo león, vista una vez en la vida,
que de mí que estoy a su lado.
Ahora, para ella crece en él el valle
de hojas rojas cerrado por una montaña nevada
en el aire azul. Estoy demasiado cerca
para caer del cielo. Mi grito
sólo podría despertarle. Pobre,
limitada a mi propia figura,
pero he sido abedul, he sido lagarto,
y salía de tiempos y damascos
mudando los colores de mi piel. Y tenía
el don de desaparecer de sus ojos asombrados,
lo cual es la riqueza de las riquezas. Estoy demasiado cerca,
demasiado cerca para que sueñe conmigo.
Saco mi brazo que está bajo su cabeza dormida,
mi brazo dormido, lleno de agujas imaginarias.
En la punta de cada una de ellas, para su recuento,
se han sentado ángeles caídos.



miércoles, 6 de junio de 2018

Por nacer (por Pedro Salinas)


¡Qué gran víspera el mundo!
No había nada hecho.
Ni materia, ni números,
ni astros, ni siglos,… nada.
El carbón no era negro
ni la rosa era tierna.
Nada era nada, aún.
¡Qué inocencia creer
que fue el pasado de otros
y en otro tiempo, ya
irrevocable, siempre!
No, el pasado era nuestro:
no tenía ni nombre.
Podíamos llamarlo
a nuestro gusto: estrella,
colibrí, teorema,
en vez de así, “pasado”;
quitarle su veneno.
Un gran viento soplaba
hacia nosotros minas,
continentes, motores.
¿Minas de qué? Vacías.
Estaban aguardando
nuestro primer deseo,
para ser en seguida
de cobre, de amapolas.
Las ciudades, los puertos
flotaban sobre el mundo,
sin sitio todavía:
esperaban que tú
les dijeses: “Aquí”,
para lanzar los barcos,
las máquinas, las fiestas.
Máquinas impacientes
de sin destino, aún;
porque harían la luz
si tú se lo mandabas,
o las noches de otoño
si las querías tú.
Los verbos, indecisos,
te miraban los ojos
como los perros fieles,
trémulos. Tu mandato
iba a marcarles ya
sus rumbos, sus acciones.
¿Subir? Se estremecía
su energía ignorante.
¿Sería ir hacia arriba
“subir”? ¿E ir hacia dónde
sería “descender”?
Con mensajes a antípodas,
a luceros, tu orden
iba a darles conciencia
súbita de su ser,
de volar o arrastrarse.
El gran mundo vacío,
sin empleo, delante
de ti estaba: su impulso
se lo darías tú.
Y junto a ti, vacante,
por nacer, anheloso,
con los con los ojos cerrados,
preparado ya el cuerpo
para el dolor y el beso,
con la sangre en su sitio,
yo, esperando
¡ay, si no me mirabas!
a que tú me quisieses
y me dijeras: “Ya”.


Me adoptarán (por Jules Renard)


Los encuentro después de atravesar una llanura caldeada por el sol.

A causa del ruido no habitan a orillas del camino. Viven en los campos sin cultivar, junto a una fuente que sólo conocen los pájaros.

Parecen impenetrables, desde lejos. Apenas me acerco, sus troncos se desenlazan. Me reciben prudentemente. Puedo descansar ahí, refrescarme; pero compruebo que me observan con desconfianza.

Viven en familia, los más viejos en medio, y los pequeños, aquellos cuyas primeras hojas acaban de nacer, un poco diseminados, pero sin apartarse nunca.

Su muerte es prolongada y conservan a sus muertos en pie, hasta que caen hechos polvo.

Se acarician con sus largas ramas, para asegurarse de que todos están allí, como los ciegos. Gesticulan coléricos si el viento empuja para arrancarlos. Pero entre ellos no hay ninguna disputa. Si murmuran, lo hacen de acuerdo.

Los tengo por mi verdadera familia. Pronto olvidaré a la otra.

Me adoptarán poco a poco estos árboles y, para merecerlo, aprendo lo que es necesario saber:

-Ya sé mirar las nubes que pasan.
-Sé quedarme en mi lugar.
-Y casi sé ya callarme.

martes, 5 de junio de 2018

Allí estamos (por Cèlia Sànchez-Mústich)


Allá, el espacio que hay entre nosotros,
al que no sabemos por dónde entrar,
allí estamos.
Estás tú que me traduces a ti.
Estoy yo que te interpreto en mí.
Mientras de nuestros originales nada se sabe
salvo que inexisten profundamente
en los márgenes de la niebla.



lunes, 4 de junio de 2018

Con los difuntos conversé (por Thomas Bernhard)


Donde ayer dormí es hoy día de asueto. Ante
la entrada
se apilan las sillas y nadie, si preguntan por mí, me
ha visto.
Las aves han alzado el vuelo para dibujar mi cara
en las nubes
encima de mi casa y encima del jardín de los muertos.
Con los difuntos conversé y hablamos de la lira
del mundo
a la que sus bocas ya no engendran, ni sus labios
que hablan una lengua que al perro de mi primo aflige.
La tierra habla una lengua que nadie entiende
porque es inagotable —a ella le arranqué estrellas
en medio de la desesperación
y bebí el vino de su cántaro
cocido con mis dolores.
Estas carreteras conducen al destierro. Percibo a Dios
detrás de un vidrio y al diablo en un altavoz;
ambos llegan juntos a mi corazón
que anuncia la decadencia de las almas.
La hojarasca revolotea sin cesar por las callejuelas,
causando destrozos entre los monumentos.
En octubre quisiera soñar con la hierba.
Abajo de la puerta de casa está clavado
un mandamiento:
NO MATARÁS
Pero en el diario hay tres asesinatos cada día
que podrían ser míos o de alguno de mis amigos.
Los leo como una fábula,
de una puñalada a otra, sin aburrirme.
Mientras confunden la carne y la fama
mi alma duerme bajo el movimiento de la mano
de Dios.



domingo, 3 de junio de 2018

Con mi nombre en las pupilas (por Nicanor Parra)


Juro que no recuerdo ni su nombre,
mas moriré llamándola María,
no por simple capricho de poeta:
por su aspecto de plaza de provincia.
¡Tiempos aquellos! Yo un espantapájaros,
ella una joven pálida y sombría.
Al volver una tarde del Liceo
supe de la su muerte inmerecida,
nueva que me causó tal desengaño
que derramé una lágrima al oírla.
Una lágrima, sí, ¡quién lo creyera!
Y eso que soy persona de energía.
Si he de conceder crédito a lo dicho
por la gente que trajo la noticia
debo creer, sin vacilar un punto,
que murió con mi nombre en las pupilas,
hecho que me sorprende, porque nunca
fue para mí otra cosa que una amiga.
Nunca tuve con ella más que simples
relaciones de estricta cortesía,
nada más que palabras y palabras
y una que otra mención de golondrinas.
La conocí en mi pueblo (de mi pueblo
sólo queda un puñado de cenizas),
pero jamás vi en ella otro destino
que el de una joven triste y pensativa.
Tanto fue así que hasta llegué a tratarla
con el celeste nombre de María,
circunstancia que prueba claramente
la exactitud central de mi doctrina.
Puede ser que una vez la haya besado,
¡quién es el que no besa a sus amigas!
Pero tened presente que lo hice
sin darme cuenta bien de lo que hacía.
No negaré, eso sí, que me gustaba
su inmaterial y vaga compañía
que era como el espíritu sereno
que a las flores domésticas anima.
Yo no puedo ocultar de ningún modo
la importancia que tuvo su sonrisa
ni desvirtuar el favorable influjo
que hasta en las mismas piedras ejercía.
Agreguemos, aún, que de la noche
fueron sus ojos fuente fidedigna.
Mas, a pesar de todo, es necesario
que comprendan que yo no la quería
sino con ese vago sentimiento
con que a un pariente enfermo se designa.
Sin embargo sucede, sin embargo,
lo que a esta fecha aún me maravilla,
ese inaudito y singular ejemplo
de morir con mi nombre en las pupilas,
ella, múltiple rosa inmaculada,
ella que era una lámpara legítima.
Tiene razón, mucha razón, la gente
que se pasa quejando noche y día
de que el mundo traidor en que vivimos
vale menos que rueda detenida:
mucho más honorable es una tumba,
vale más una hoja enmohecida,
nada es verdad, aquí nada perdura,
ni el color del cristal con que se mira.

Hoy es un día azul de primavera,
creo que moriré de poesía,
de esa famosa joven melancólica
no recuerdo ni el nombre que tenía.
Sólo sé que pasó por este mundo
como una paloma fugitiva:
la olvidé sin quererlo, lentamente,
como todas las cosas de la vida.



sábado, 2 de junio de 2018

Palabras para decir más palabras (por Inti García Santamaría)


Frases que dijiste en un jardín botánico. 
Palabras para nombrar un cactus. 
Palabras para nombrar un camaleón. 
Palabras para bautizar plantas con la palabra “abuelito”. 
Palabras dentro de una catedral. 
Palabras de tus dedos sobre mi frente. 
Un núcleo de cristal en medio de una canción. 
Frases que aparecen otra vez en mi teléfono celular. 
Palabras para decir más palabras. 
Un núcleo dorado. 
Palabras que nombran los nuevos sabores de la nieve. 
Palabras aquí. 
Allá pétalos para hacer papel. 
Palabras como dibujos sobre madera. 
Destellos de lonas rosas al final de la calle. 
Un callejón tapizado de pétalos. 
Palabras de madrugada que regresan de día. 
Destellos de vetas. 
Un núcleo. 
Palabras para describir una semilla. 
Destellos de números para decir más palabras. 
Un resplandor de frío en las luces de la ciudad. 
Palabras para conocer un caballo de madera. 
Palabras para leer. 
Un resplandor de frío. 
Una noche que termina, más o menos, termina. 
Una noche regresa como un halcón al brillo de unos ojos. 
Palabras para describir las cintas sobre un cuerpo. 
Un halcón de electricidad. 
Un circuito de frases para proteger tu nombre. 
Un circuito de números.

viernes, 1 de junio de 2018

En clase de ética (por Linda Pastan)


Hace muchos años en clase de ética
nuestro profesor nos preguntaba cada otoño:
¿si se prendiera fuego en un museo
qué es lo que salvarías, una pintura de Rembrandt
o una anciana a la que de todos modos
no iban a quedarle muchos años de vida? 

Impacientes en las duras sillas
nos preocupaban poco los cuadros o la vejez,
optábamos un año por la vida, al siguiente por el arte
y siempre con poco entusiasmo. A veces
la mujer adoptaba el rostro de mi abuela
dejando por una vez la cocina para recorrer
algún museo inhóspito y sólo a medias imaginado.
Un año, creyendo ser ingeniosa, respondí
¿por qué no dejar que decida la anciana?
Linda -explicó el profesor- evita
la carga de la responsabilidad.
Este otoño, casi anciana yo misma,
estoy en un museo real
frente a un verdadero Rembrandt. Dentro del marco
los colores son más oscuros que el otoño,
más oscuros aún que el invierno— los ocres de la tierra,
aunque los elementos más brillantes arden
a través del lienzo. Ahora sé que la mujer,
la pintura y la estación son casi una sola cosa
y todas más allá de la salvación de los niños.


jueves, 31 de mayo de 2018

Cargada de silencio (por Menna Elfyn)


A las doce, la mesa estaba cargada de silencio;

no tenía nada que decirle a nadie,

ningún chisme que desatara una ráfaga pasajera,

ni cuentos chinos como nubes de cuajo y suero,

ninguna historia como rayo fulminante.

Yo no hablaba, absorbida en mi carne.


«Cuéntanos algo de ti» decía Padre

ante nuestro pan de cada día

y yo, titubeante, pinchaba un pedazo

sosteniendo el tenedor en alto para que no se cayera.

Pero era más fácil cincelar el asado con un cuchillo afilado

que partir el pan de la conversación,

más doloroso pasar el tiempo charlando

que alcanzar un plato caliente, seleccionar los guisantes, esperar el turno.


El lenguaje era ayuno.


La frase me vuelve ahora:

el impromptu «cuéntanos algo de ti»

en el banquete de los delegados.

Jamás creí

que me pasaría la vida fileteando palabras.


Me conformo con ser muda

sentada frente a un consejo demasiado cargado

y sin juicio salvo el exceso:

pero tengo hambre de migas

que, cuando sacudes el mantel de la vida,

no son más que


palabras en la fría y dura respiración del viento.



miércoles, 30 de mayo de 2018

Siempre tienen alguna relación entre sí (por Alberto Cisnero)


ya no recuerdo cómo fue. después pasaron
muchos días. no hacen al tema. las luces
de las posadas, un curso de agua
translúcida, otro paisaje de niebla. más allá,
más arriba y más lejos el cielo es negro. por azar
o por juego, justo cuando la vida mudó color
y gala. y capturado el corazón. un secreto
que lo excede. la luz que irradia 
el candil, prevenida
frente a un extraño,
condesciende a uno.

recordarás un día. el contacto de mi mano
en la tuya. el que ahora te ofrezco. sólo
diremos que era en junio, hace muchos años.
recuerdo un día sólo porque viene con tu nombre
mezclado. y lejos y muy cerca. y pronto.
como una ola, pronto. y donde todo acaba
o todo comienza. como mi padre me miraba
un día. suelo asentir a lo que decís. y sé
que eso me alboroza. ahora ya soy viejo
y lo comprendo, hija.

he visto en los antigales las tinajas
de mis muertos. obviaron la emoción lexicógrafa, el
bostezo, un énfasis que chorreara, para trinar en el
agua. tributaron. palearon. firmaron
con una cruz. supieron y conservaron
sus nombres verdaderos y completos. compartieron
el mismo pedazo de pan.
ninguno adosó a sus atuendos emblema
de múltiples colores. vivieron y dieron su fin.
quichuistas todos en las casas.
bestias del mismo pelo.

necesito dormir hasta la próxima ciudad
en la que el ómnibus se detenga. todo plan resulta perfecto si nadie se equivoca. aprendimos
esa lección al punto de cometer un error tras otro.
una respuesta en la cabeza: se acabaron
las costumbres. ya no sirven. ya no queda nada.
cedo a la negra noche. a la ruina de un hogar
cuyos horcones encierran el color del mistol pulverizado. desde la primera huella,
a cada paso delante, aplico el cartabón, 

convertido en su espejo.

detrás del volante. sobre la ruta seis.
en un repente. la gran noche campo afuera
y la luna de invierno. una antigua habladuría
o una primera certeza o un obsequio. confituras de maicena. a miles. en un poblado del camino
tuve un rancho alguna vez. después pasó
el tiempo. me empeñé en las tabletas etruscas. porque mancillan lo que en la punta de la lengua
a ocluirse torna. hay también palabras veloces como la luz. o bala o rayo o síncope.
para un repente con la mano en el pecho.

las casas se derrumbaron. desaparecieron
las últimas poblaciones. se inundaron
los prados. el único producto exportado
es la luna. estaba incluido en los cálculos.
tengo mis privilegios. o soy cómplice
o soy testigo. eso quiere decir que estoy
pensando en vos. en no olvidarte al pensar.
las cosas que haga un tipo siempre tienen
alguna relación entre sí. esta noche
ya bebí demasiado. que alguien
me encierre, por favor.

en este cuadrilátero no queda nada entre
el firmamento y yo. con el viento
me gustaría llegar tan lejos hasta alcanzar
cada uno de los añicos o puntos transitorios
de luz que involucra no extenderse mucho
en las frases antes de necesitar un tónico
para los nervios. la luz es siempre la misma
y ninguno decidirá regresar y buscar ayuda.
nadie usurpará ese rincón. miro la mano
que vos sostuviste en alguna parte, alguna
vez, y sonrío. tiempo tan prontamente
conturbado.

hoy, recién hoy, me di cuenta de que tenemos
todo el tiempo. y el mejor lugar del mundo, merlina. lanzás una canción al aire y yo
que nada sé, cedo y recuerdo en el mismo instante. porque aparecen tu imagen y tu voz
y te encuentro aquí y allá. veremos pasar
y pasar el disco cobrizo del péndulo
como una luna plena. y finalmente
todos se irán. pero nosotros no.

intentás contar los puntitos, la noche
estrellada. pero siempre perdés la cuenta.
tal vez tengan algo para vos. un montón
de arena y mucho cielo azul. aunque el brillo
no resista más y caiga hacia adentro
como si estuviera lleno de piedras.
te escribo porque no estás
sola en el mundo.



martes, 29 de mayo de 2018

Porque la belleza subsiste (por William Wordsworth)


Aunque el resplandor que
en otro tiempo fue tan brillante
hoy esté oculto por siempre a mis miradas.

Aunque mis ojos ya no
puedan ver ese puro destello
que en mi juventud me deslumbraba.

Aunque nada pueda hacer
volver la hora del esplendor en la hierba,
de la gloria en las flores,
no debemos afligirnos
porque la belleza subsiste siempre en el recuerdo.

En aquella primera
simpatía que habiendo
sido una vez,
habrá de ser por siempre;
en los consoladores pensamientos
que brotaron del sufrimiento humano,
y en la fe que mira a través de la
muerte.

Gracias al corazón humano,
por el que vivimos,
gracias a su ternura, sus
alegrías y sus temores, la flor más humilde al florecer
puede inspirarme ideas que, a menudo,
se muestran demasiado profundas
para las lágrimas.




lunes, 28 de mayo de 2018

Ni siquiera (por Saiz de Marco)


ni siquiera juntando las brasas, los rescoldos, las humeantes pavesas hasta recomponer la figura que fueron,
la disposición previa de todas las cenizas antes de haber ardido

ni siquiera encajando y uniendo unos con otros los múltiples añicos por el suelo esparcidos de aquello que se ha roto

ni siquiera cambiando las piezas defectuosas,
supliéndolas por otras salidas de la fábrica

ni siquiera rehaciendo los muros arruinados,
volviendo a levantarlos con las piedras caídas en todos los derrumbes


ni siquiera inyectando clorofila en las hojas desprendidas del árbol, savia en las ramas secas del tronco corroído

ni siquiera curando los trozos desgastados, los caducados órganos,
e implantándolos luego en un cuerpo de estreno


ni siquiera insuflando oxígeno en las fibras y disolviendo todo el coágulo de dentro

ni siquiera trabando de nuevo el armazón,
devolviéndolo entero a su forma inicial

no, ni siquiera



domingo, 27 de mayo de 2018

Mi lengua natal ya no me engaña (por Marina Tsvetáieva)


Nostalgia de la patria: ¡qué fastidio!
Después de largo tiempo delatado
ya me es indiferente
dónde sentirme sola.

Caminar sobre piedras,
a casa con la cesta.
La casa que no es mía:
hospital o cuartel.

Me da igual quién me mire
como a un león cautivo.
Cuál es el clan humano
que me ha expulsado -siempre-.

Muy dentro de mí misma,
oso polar si hielo.
Dónde no poder convivir (¡ni lo intento!).
Dónde me humillarán -da lo mismo-.

No, mi lengua natal ya no me engaña,
ni materna, me engaña su llamada.
Ya me es indiferente en qué lenguaje
no seré comprendida por el hombre.

(Lector, devorador de toneladas
de periódicos, adicto al cotilleo...).
Él es del siglo veinte;
yo: ¡fuera de los siglos!

Enhiesta como un tronco,
resto de la alameda.
Todo y todos iguales;
igual indiferencia.

Lo natal, lo pasado,
rasgos todos y marcas:
toda fecha borrada-
donde ha nacido el alma.

Mi tierra me ha perdido,
y el que investigue, astuto,
el ámbito de mi alma -¡mi alma toda!
no encontrará la traza.

Las casas son ajenas y los templos vacíos.
Me da todo lo mismo.
Mas si aparece un árbol
en el camino, un árbol de frutos dulces...


sábado, 26 de mayo de 2018

En cada conciencia (por Agostinho Neto)


¡Miedo en el aire!

En cada esquina
centinelas vigilantes incendian miradas
en cada casa
apresuradamente se sustituyen los viejos cerrojos
de las puertas
en cada conciencia
se agita el temor de oírse a sí misma

La Historia está por ser contada
de nuevo

¡Miedo en el aire!

Sucede que yo
hombre humilde
todavía más humilde en la piel negra
me atraigo a África
para mí
con los ojos secos.



viernes, 25 de mayo de 2018

Y así se entrega a lo fugaz (por Hermann Hesse)


Que lo hermoso y lo encantador
sean tan sólo aliento y tormenta,
que lo delicioso, lo maravilloso
y lo propicio no duren:
que las nubes, flores, pompas de jabón,
que los fuegos artificiales y las risas de los niños,
la mirada de una mujer en el espejo
y tantas cosas tan prodigiosas
desaparezcan, apenas descubiertas,
que duren no más que un instante:
¡ah, eso lo sabemos con tristeza!
Lo duradero e inmóvil
no nos parece tan valioso:
piedras preciosas de fuego gélido,
pesada barra de oro reluciente;
las mismísimas estrellas,
que permanecen alejadas y extrañas, no nos resultan
semejantes a nosotros, seres transitorios:
no llegan a lo más profundo del alma.
Es como si lo hermoso y lo amable tendiera a la destrucción,
cerca siempre de la muerte,
y que lo más valioso, las notas musicales
que desde el nacimiento
corren y se extinguen,
son nada más que ligero aliento, torrentes, huida.
Y dolorosamente derribados por un leve soplo,
no permanecen más que el tiempo
que dura un latido;
sonido tras sonido, casi apenas entonados,
manan y se esfuman.

Y así se entrega a lo fugaz
lealmente nuestro corazón,
a la vida, a lo que surge de continuo,
y no a lo que, rígido, dura.
Muy pronto lo que permanece nos fatiga,
joyas, rocas y el cielo estrellado,
a nosotros, errantes del eterno cambio,
almas y pompas de jabón,

al tiempo unidos, y fugaces,
a quienes el rocío de una hoja rosa,
a quienes el cortejo de unas aves,
la muerte de las nubes,
el brillo de la nieve, el arco iris,
la mariposa voladora;
nosotros, a quienes el roce del sonido
de una risa fugaz
nos parece una fiesta
o nos causa dolor.
Amamos cuanto nos es semejante, y entendemos
lo que el viento escribe sobre la arena.


jueves, 24 de mayo de 2018

La lluvia (por Nurit Zarji)


Bajo la lluvia la casa titila como una burbuja.
Una materia arcaica zumba entre el cielo y la tierra,
cierra el paso al aire,
promete que ninguna plegaria llegará a destino.

Los techos desaparecen. El gato y la mosca
son empujados hacia los sótanos de la tierra.
La isla del mundo se ahoga en la lluvia.
La lluvia se ahoga en la lluvia.

Son lavados con furia
los arbustos, los troncos, las ramas,
todo se lava menos mi soledad.



miércoles, 23 de mayo de 2018

Sálvalo (por David Huerta)


Señor, salva este momento.
Nada tiene de prodigio o milagro
como no sea una sospecha
de inmortalidad, un aliento
de salvación. Se parece
a tantos otros momentos...
Pero está aquí entre nosotros
y crece como una luz amarilla
de sol y de encendidos limones
-y sabe a mar, a manos amadas,
huele como una calle de París
donde fuimos felices. Sálvalo
en la memoria o rescátalo
para la luz que declina
sobre esta página,
aunque apenas la toque.


martes, 22 de mayo de 2018

La verdad y su opuesto (por Chantal Maillard)


Cuando cumplí seis años, a cambio de su amor,
mi madre me arrancó la terrible promesa
de no mentir jamás.
Así, igual que un soberano controla
al pueblo al que gobierna,
ella me dio la libertad que al necio se le otorga:
actuarás dentro del margen
que yo-mis leyes establecen.
No había escapatoria:
su ministro de asuntos interiores
tenía su despacho montado en mi conciencia.
Yo la echaba de menos,
por eso no traicioné su confianza;
fui fiel a mi promesa.
Pero también, y con el tiempo,
fui fiel a mis instintos;
extensiva se hizo la verdad
al deseo que impulsa nuestros actos
Creo que confundí aquella instancia,
el orden imperioso del sentir
con el orden común de los Estados,
pues provoqué una guerra.
Después del gran naufragio, ella me preguntó:
¿no podrías acaso haber mentido?
En ese instante, entonces, usurpé la corona.
Ser libre no es un don, es una reconquista,
y es preciso callar para construir
aquella historia que se guarda
como un largo secreto del que nadie es testigo.
Ser libre es tener cuidado de un misterio
sobre el cual se construye nuestra vida.
Hay seres que comprenden temprano este principio;
me produce ternura descubrir sus engaños
y comprobar la paz que de ellos resulta;
admiro las mentiras bien trabadas,
la coherencia del engarce, el arte dirigido
hacia un fin; me conmueve
la soledad de aquel que las inventa
y consiente al imperio de su lógica.
El que miente edifica el mundo que conviene
para salvaguardar la ficción de los otros,
la legítima ficción que necesitan para evitar
la angustia de sentirse tan solos sin leyes,
sin verdades, sin ese amor
que creen recibir a cambio de su alma.
Aprendo del que calla, del que miente y engaña
el fuego soterrado que aún gime en mi pecho,
aprendo a dirigir su grito en mis infiernos
para el mejor gobierno de los mundos.
Desde ahora mi mano es la que guía
el fiel de la balanza: la verdad y su opuesto
son las onzas que pongo en los platillos
según el juego lo requiera.


lunes, 21 de mayo de 2018

Fontanelas (por Anne Michaels)


Greda y hayas. El mar de invierno
se busca a sí mismo en la nueva oscuridad
volviéndose casi incoloro.

Trajimos a nuestra hija aquí
antes de ser mortal. Antes de saber yo
que una persona puede ser una oración. Antes de
haber bañado alguna vez a un niño, antes de
sentir que la muerte de otro
podía ser la mía propia.

Hemos avanzado, cada año
un poco más adentro, hasta el lugar
donde la tierra es geología, donde los objetos se definen
por el espacio que los ocupa.
Donde las proteínas se ensamblan
en las almas. Hemos venido en invierno,
bajo la lluvia. A las islas, a la abadía, siempre
con frío, siempre mirando
para recordar. Fotografiando las ruinas
cerca de Roan Fell. En North. Beach y
en Melmerby Fell. Todos los lugares donde la tierra
se desmigaja por los bordes.
Parajes que vimos
desde el amor. Desde el amor
a la hierba alta de un arenal que ruge bajo dos mil
millas atlánticas de luz de luna, su olor borrado
por la sal como si una mujer invisible
nos abrazara en la oscuridad; el rastro
del trébol en el aliento de la vaca, en la dulce leche,
trenzado por el viento en la hierba alta,
sus raíces anudando arena. Islas fértiles
de lava porosa e islas tan secas que la lluvia
abolla la turba, huellas
parietales en la gneis
como apacibles lagos
en un cerebro infantil.

Islas ulteriores. No áridas
sino meticulosas. Ni una flor silvestre
marchita.

El angosto cauce un desfiladero de dos mil
millones de años. Las recónditas islas de basalto
un verde de cincuenta millones de años donde los pavos
fertilizaban jardines frondosos y alzaban rápidamente
el vuelo desde macizos setos de rododendro,
mientras los azúcares y fosfatos, la timina
y citosina, la guanina y adenina
se alineaban y dividían en sus tres grados de fluidez;
en el invierno, bajo la lluvia.

No hay canción que el mar
no tuviera en su boca.


*


El color de la mermelada
en las montañas de noviembre,
sombras minerales. Un hilo de carretera se pega a la costa.
Tienda, hotel, destilería.
Los misteriosos senderos de la turba
pueden volcar un camión como si fuera de juguete;
las mareas tragan un barco en segundos.
Un mar glacial mordisquea las cuevas y deja atrás
playas fermentadas para varar todo su grosor por encima de las olas.
Desde Ardlussa, donde termina la carretera,
siete millas por el bosque tupido de robles
hasta la mortecina granja de Orwell,
los silenciosos ojos de cinco mil ciervos rojos
cercándole en la noche.

Desde Ardlussa, donde termina la carretera.


*

Juntos hemos velado por la caliza y la apoptosis,
por las teorías refutadas y los abates Gloria y
Breuil, que iban tras la pista de niños en las cuevas pintadas
de Altamira y Lascaux. Por Jaques Loeb y
Jaques Monod, cuya fe era la biología,
sabedores de que el temor es como una manzana,
más dulce allí donde se recoge la luz,
bajo la piel. Por todo
lo que la ciencia abre para saber
lo que hay dentro, Iréne Carie buscando la verdad
en una placa de parafina. Por pruebas tan increíbles
como la propia muerte de uno. Por icebergs
tan viejos como la piedra. Por la esfinge de granito
y por los doscientos cincuenta kilos de sacerdote
de Isis,
izado en la oscuridad
del puerto de Alejandría tras un baño en el mar
de seiscientos años.

Y por todo cuanto

la huella de una mano ha trazado en la cueva,
y por los nueve meses, y el doble
de tiempo que tardan las fontanelas en cerrarse.

He observado a una mujer mientras nadaba
en North Beach, su vientre rosa
un eclipse surgiendo de las olas; más tarde,
la historia que contó, tan cerca de mí
el olor del café, el ruido del hielo, el suave chasquido
de los billares a lo largo de su Europa y sus bosques,
con prisa por hablar antes de que el amor le hiciera olvidar
por dónde empezar. Mucho antes de
las primeras veinte células, antes
del cuerpo lúteo, antes
del corazón microscópico,
mucho antes de las manos y los ojos.

Regresé a North Beach y a
sus palabras, en el lago
el vacío invernal, la marea arrastrando una rama
por la arena mientras los nérveos pliegues
se derretían. Antes del cerebro, antes de que las branquias
se convirtieran en huesos y orejas; "la primera
información genética compartida con los peces".


La distancia que recorre un niño,
decenas de miles de años
una célula. Células que saben
cómo cicatrizar una herida de lado a lado,
desde el interior. Células que saben
ensamblarse o volver a
ensamblarse unas a otras.
Para regenerar la sangre y la piel,
como una estrella de mar que pierde sus brazos
y los hace brotar de nuevo.
El cuerpo es un palacio de la memoria;
como la "escritura interior" de Simónides,
donde cada detalle de cada estancia se corresponde
con uno de los novecientos setenta versos
de la Eneida de Virgilio,
o como las tribus que utilizan todo el Sáhara
para recordar una historia.

Catálogo de la entropía.

La huella primitiva, las islas de sangre.
Proteína sagrada.


*


Vinimos a la fotografía de la noche. Al desfiladero,
a la pelicula ennegrecida por los últimos átomos
del dia. Luego miraremos con el rostro
casi en el papel para ver las olas,
pliegues de sombra más oscuros que la oscuridad
revelada. Anula nuestra
invisibilidad el blanco
del aliento.

Tarea difícil, este aguardar
la oscuridad, la lenta disgregación
de la luz del sol, imposible registrar
el instante que sucede al anterior
como lo es nombrar el instante en que el embrión
se convierte en feto; el único momento del día
en que la teoría del quantum parece razonable. Cuando la clave
es una sensación. Pienso en el crepúsculo de Heisenberg,
su paseo por Faelled Park con la intención fija
de liberar el universo de las olas,
apretando la cabeza con las manos, concentrado
en sus p's y q's. O en su paseo por el puerto
de Copenhague contemplando un carguero "fabuloso
e irreal en la brillante tiniebla azul...
las leyes biológicas ejerciendo su poder
no sólo en las moléculas proteínicas sino
en el acero y la corrientes eléctricas..."
O a las cuatro de la mañana leyendo
en el suelo el Timeo de Platón, ni
de día ni de noche, el instante en que comprendió
"que las más pequeñas partículas de materia
deben reducirse a una fórmula matemática."
Como lugares sagrados levantados con
piedras laicas — el priorato devastado del Muro de Adriano
o el monasterio cisterciense levantado entre altares
paganos a Júpiter y Silvano —
el espíritu se enreda en el mecanismo del quantum.
Células hijas, organelos, mórula.
La forma del vientre
prefigura la forma de la cabeza.
Desde Ardlussa a North Beach.
Desde la piedra al átomo.
Desde el átomo a la piedra.

La química de la observación;
Mirar hasta que el río
nos trague, hasta que la rojez
de la piedra colme nuestras venas.
Mirar hasta que seamos
vistos. Pero esto es sólo un deseo.
Abandonamos el calor de nuestras sombras
en el musgo conmocionado por la helada.
Incluso tu cámara

ve más; el detalle que ansías.

Nos forzamos a ver
lo que ve la cámara, lo que el ojo no puede; y es tan válido
como una filosofía. Un abrazo
del fracaso, como si
en el mismo instante, es imposible,
atrapáramos el reflejo visible
de lo que es invisible.
El blanco de nuestro aliento en la oscuridad.

Cómo fotografiar esto,
la oscuridad cuando uno ha hablado
demasiado. La oscuridad
de un sentimiento repentino. La oscuridad
del amor.

El mar un papel desplegado;
la lluvia colmando cada pliegue.
Un surco brillante de sal,
un surco de espuma.
Fosfeno.

Oscuridad con esperanza.


*

Un domingo de invierno.
En la superficie,
peregrinando por la caliza, los espeólogos se tumban,
el aliento de la tierra en el pelo,
el aliento de la profundidad oscura,
diez metros y treinta mil
años. De cabeza
se sumergen en la corriente del aire.

Dieron un grito en una estancia
demasiado profunda para el alcance de las lámparas,
el sudor mineral de un espacio
de la blancura de una película proyectada en la oscuridad.
Desplegaron un sendero de plástico negro
a lo largo del suelo reluciente de calcita;
así su andadura no perturbaría
los huesos esparcidos, los dientes y
huellas de animales arcanos.

Bisontes y mamuts en carbón de leña y ocre.
En el pasadizo de los caballos
se quedaron sin palabras,
un regocijo
impronunciable.

Al lado de sus pies,
bajo la mirada fija de los melancólicos caballos,
la huella de dos manos.

Ascendieron hasta el limpio
escalofrío del desfiladero, a oscuras,
la afilada luz de las estrellas
cristalizando su aliento.
Aturdidos, no podían sino descender otra vez.
Y otra vez más al olor del lodo húmedo;
esa tercera vez a través del pasadizo,
casi a medianoche, al final
llevando a alguien que no se lo creería
sin verlo por sí misma


la hija de un espeólogo.


«Habíamos perdido toda noción del tiempo."



*



Llevas tu cámara

bajo tierra.

La lluvia hiere la nieve. Largos cortes de lodo

ennegrecen el sendero. Encendemos las lámparas

y bajamos. Tus sesenta trillones de células

y los míos. En las cuevas de Aldéne y de

Fontanet los niños del paleolítico jugaban

mientras sus padres pintaban. Pequeñas huellas

de sus pies y sus rodillas en el lodo.

Miles de años después, los niños regresan:

María, que encontró el bisonte

en el cielo de piedra de Altamira;

Marcel que siguió a su perro, Robot,

hasta la boca de Lascaux.


Ocho semanas después, las manos.

Una boca sin labios.


Veinticinco semanas después, los filamentos

siguen un rastro de aliento

químico en la corteza del cerebro

y conectan orejas y ojos.

Treinta semanas después un susurro del quantum:

el pensamiento.



A ligera diferencia

del tiempo geológico,

lleva generaciones

convertirse en isleño.

Sólo los espíritus se ganan un sitio.



El viento restriega el aire, tan limpio

que incluso el corazón más abrumado

recuerda todo lo que ama.


*


Bañamos a nuestra hija,

una oración de cada lado,

como si la laváramos

con una canción.

Dedos tan frágiles como cuchillas de hierba.

Miles de huevos

ya en su interior.


*

Amar como si también

hubiéramos elegido el dolor.


*


Todo amor es un viaje por el tiempo.


Orilla pulida, cuevas pintadas,

desfiladeros de caliza.

Ciruelas y agua fría en el desierto.



El río en invierno. Esta lejanía.



domingo, 20 de mayo de 2018

Dímelo (por John Jairo Junieles)



La vida es una mujer con sus dos manos para hacer lo que haga falta.

Un marcado aire de familia me une con esta modista que lleva

treinta años frente a una Singer,

que escucha radionovelas, y que aún conserva en un armario

los tres ombligos de sus hijos.


¿De qué madera está hecha esta canoa que lleva medio río sin

quejas, y piensa que todo mal lleva al bien amarrado en la cola?.

¿Cuántas muertes me faltan a mí para parecerme a ella?,

para decir como dice ella: “Si vives como si tuvieras fe,

la fe te será otorgada”.


Años antes de que yo naciera madre colgó una estampa que

aún pervive: Dos niños recogen flores a la orilla de un despeñadero

y un Ángel de la Guarda conjura el peligro con su presencia.


Dime madre con tus ojos el secreto,

dime cómo se llega alegre hasta el final,

a pesar de los abismos,

dímelo a mí, que soy la única pluma sucia de tus alas.


sábado, 19 de mayo de 2018

Habría querido (por Véronique Tadjo)


No es nada fácil ser un cocodrilo,
especialmente si uno no quiere serlo

Ese que ves en la página opuesta,
no se siente bien en su piel de cocodrilo
Le habría gustado ser diferente
Habría querido
llamar la atención de los niños
y jugar con ellos
Hablar con sus padres
dar paseos por la aldea
Pero, pero, pero…

Cada vez que sale del agua
los pescadores tiran lanzas
los niños huyen
las chicas abandonan sus jarros

Su vida es una vida
de soledad y de tristeza
Una vida sin amigos y sin cariño
Sin ningún lugar que visitar

En todas partes, extranjero
Un cocodrilo
vegetariano
bueno y generoso
que tiene un horror
terrible de la sangre



viernes, 18 de mayo de 2018

Cuando los petirrojos vengan (por Emily Dickinson)



Si no estuviera viva

cuando los petirrojos vengan,

a ese de corbata carmesí

dale una miga en mi memoria.

Y si no pudiera yo darte las gracias

por estar muy dormida,

has de saber que lo estaré intentando

con labios de granito.




jueves, 17 de mayo de 2018

Ruiseñor mío (por Juan Ramón Jiménez)


Hombres en flor (corbatas variadas, primores
de domingo), mi alma ¿qué es para vuestro traje?
Jueces de paz, Peritos agrícolas, Doctores:
perdonad a este humilde ruiseñor del paisaje.

Yo no he querido nunca molestaros, cantándo-
os. Sí: este ramo blanco de rosas del ensueño,
puede hacer una música nueva y clásica, cuando
sonreís con los labios; pero yo no os desdeño.

¿Qué es mi voz ante vuestra decorada levita?
¿Vale, acaso, la pena, una pura sonata,
de achicar las orejas?; o una estrella marchita
que volara, ¿qué es para vuestra corbata?

…Y tú, ruiseñor mío, endulza tu tristeza,
escóndete en tu pino, consuélate y olvida;
sé igual que un muerto, y dile, penando, a la belleza,
que has sido como un huérfano en medio de la vida.



miércoles, 16 de mayo de 2018

Forcejean (por Jairo Rojas)


El cuerpo es un maestro
—dice—
mientras él forcejea con los brazos
que se le alzan solos
que buscan poseídos la hojilla
para abrir todas las carnes desde su pecho oscurecido
mientras, también, pugna con las piernas que se desplazan al lugar
donde quemarse
donde quemar la vida quieren

ahí se oye toda la lucha de siempre

la intensión es la fuerza que despereza el cuerpo
se sabe

el cuerpo: amigo de la muerte
inquilino del alma
causa de la lápida que visitan pájaros y gatos
sombra de los movimientos del pensamiento
templo que se autodestruye por falta de fuego
que oye el gallo que anuncia la noche
embriagado con la pereza
mal acostumbrado a las vibraciones más groseras
que olvida su próxima fecha de vencimiento
indistinto del cielo
que vio luz saliendo unido a Ella
espejo de todos los que pasarán por este mundo
maestro
que hace resistencia
que se la pasa viendo lo invisible

forcejean recorriendo los astros del cuarto
tumbando los discos del alba los libros que muchos pobres no leerán
porque sólo pensarán en dinero,
le agarra ese bello pelo largo hecho de viento
lo tira a la esquina
y se muere de la risa cuando cae (n)
él y su templo

así se aprende la lección
con mano dura sobre la mano dura, alzada
para saber quién es el que Manda.


martes, 15 de mayo de 2018

Seáis quienes seáis (por Saiz de Marco)


A todos los que hicisteis que no abrace lo injusto,
que la crueldad me angustie,
que hacer daño me dañe,
que golpear me golpee,
que me humille humillar,


donde quiera que estéis y seáis quienes seáis,

yo os declaro mis únicos,
mis verdaderos Dioses.



lunes, 14 de mayo de 2018

Inclinándome (por José Luis Parra)


Inclinándome, sí,
al clima de los años, al peso de las ruinas
de la carne, encorvado en mis carencias,
como el sauce que roza en la corriente
el reflejo fugaz de lo vivido.

Inclinándome, sí,
con reverencia, agradeciendo
la presencia del escaso auditorio,
el temple y alegrías que me han dado
en esta feria bufa, ignominiosa.

Inclinándome, sí,
ante el misterio y su verdad ambigua
y su belleza fugitiva y ciega,
no con rendida servidumbre
sino con refinada cortesía.

Y cuando la certeza al fin se imponga
de que no habrá más horas ni más días,
salir como una sombra
salir, pero inclinándome,

salir sin titubeos de la escena.



domingo, 13 de mayo de 2018

Si rompiera las puertas de la carne (por Emily Dickinson)



¿Y si dijera que no voy a esperar?

¿Si rompiera las puertas de la carne

y las cruzara huyendo hacia ti?

¿Y si extrajera esta mortalidad

y auscultara dónde duele -basta eso-

y entrar así en las aguas libremente?

No podrán atraparme -nunca más-.

Que llamen o que imploren mazmorras y pistolas.

Ahora están vacías de sentido

como lo que me hizo reír hace una hora,

como encajes o artistas ambulantes

o como aquéllos que murieron ayer.



sábado, 12 de mayo de 2018

Cuadrado círculo (por Juan Ramón Jiménez)


Cielo que miro, azul y oro, sobre el triste
patio blanco y cerrado, pozo de mi torpeza;
en tu breve alegría total, cuanto es existe;
eres cuadrado círculo de toda la belleza.

Sí, lo eres todo, gloria y mundo (duda y fe);
y me dices (y a un tiempo me alzas y me sepultas)
que en ti tendré yo siempre, y que nunca tendré,
todo lo que me muestras, todo lo que me ocultas.


viernes, 11 de mayo de 2018

Pronto se hará la luz (por Arthur Schopenhauer)



La larga noche invernal no nos abandonará nunca;

el sol se detiene, como si jamás fuera a regresar;

el estruendo de las lechuzas grazna a porfía;

las armas suenan en los débiles muros.

Y tumbas abiertas envían a sus espíritus:

quieren danzar a mi alrededor,

asustar a mi alma para que nunca sane.

Pero no quiero hacia ellos dirigir mi mirada.

¡El día, el día deseo anunciar a voces!

La noche y los fantasmas huirán de él:

pues así lo anuncia la estrella del alba.

Pronto se hará la luz, también en las más abisales profundidades:

el mundo se llenará de brillo y color,

de un intenso azul la ilimitada lejanía.



jueves, 10 de mayo de 2018

Tus (por Paul Celan)


Tus ojos, huellas de luz de mis pasos;
tu frente, temida por el brillo de las dagas;
tus cejas, travesía de las pérdidas;
tus pestañas, mensajeros de cartas largas;
tus rizos, cuervos, cuervos, cuervos;
tus mejillas, campo de armas de la mañana,
tus labios, huéspedes tardíos;
tus hombros, estatua del olvido;
tus pechos, amigos de mis serpientes;
tus brazos, árboles ante la puerta del castillo;
tus manos, tablas de juramentos muertos;
tus caderas, pan y esperanza;
tu sexo, ley del incendio del bosque;
tus muslos, alas en el abismo;
tus rodillas, máscaras de tu cortesía;
tus pies, campos de batalla de las ideas;
tus plantas, gruta del fuego;
la huella de tu pie, el ojo de nuestra despedida.


miércoles, 9 de mayo de 2018

Pero llegaste tú (por Wu Kieng)


Maldije la lluvia que, azotando mi techo,
no me dejaba dormir.
Maldije al viento que me robaba
las flores de mis jardines.

Pero llegaste tú y alabé a la lluvia.
La alabé cuando te quitaste la túnica empapada.
Pero llegaste tú y alabé al viento.
Lo alabé porque apagó la lámpara.


martes, 8 de mayo de 2018

SINDICATOS CONTRA TRABAJADORES

Por su extraordinaria claridad y por la transcendencia de su mensaje, zUmO dE pOeSía inserta el enlace del artículo de Félix Ovejero:


https://elpais.com/elpais/2018/05/02/opinion/1525276481_160250.html



Ese instante (por Alejandra Pizarnik)


Ese instante que no se olvida,
tan vacío devuelto por las sombras,
tan vacío rechazado por los relojes,
ese pobre instante adoptado por mi ternura,
desnudo desnudo de sangre de alas,
sin ojos para recordar angustias de antaño,
sin labios para recoger el zumo de las violencias
perdidas en el canto de los helados campanarios.

Ampáralo niña ciega de alma,
ponle tus cabellos escarchados por el fuego;
abrázalo pequeña estatua de terror.
Señálale el mundo convulsionado a tus pies,
a tus pies donde mueren las golondrinas
tiritantes de pavor frente al futuro.
Dile que los suspiros del mar
humedecen las únicas palabras
por las que vale vivir.

Pero ese instante sudoroso de nada,
acurrucado en la cueva del destino
sin manos para decir nunca,
sin manos para regalar mariposas
a los niños muertos.



lunes, 7 de mayo de 2018

En qué noche merodea tu error (por Ahmed Hijazi)


En un mundo lleno de equivocación,
si tu cuerpo delgado
en un movimiento demasiado rápido o lento
se precipitara a la tierra hecho añicos
¿en qué noche… esta u otra…
merodea tu error?


Se atenúan las luces del techo,
cesa el público su estrépito,
y llegas ataviado de luz,
héroe cabalgante, recorriendo la ciudad
con tus ojos, despidiéndote de ella,
clamando el amor del pueblo en noble silencio…
Subes a las primeras cuerdas,
los tambores al ritmo de tus pasos
colman la arena del tumulto
y retumban “¡Que empiece la función!”.
¿En qué noche merodea tu error?
Te devoran el terror y la aventura,
tus pies, tus brazos se reaniman,
tambalean, se reponen,
se detienen ante el cañón fatal:
como serpientes enroscadas,
como gatos enloquecidos,
negros, blancos, atacan y retroceden
en el círculo de arena.
Inicias tu arte del terror,
sitúas al público ante el momento de angustia,
vas por la morada de la muerte… arrogante… audaz,
saltas de cuerda en cuerda,
dejas un refugio, y aún no encuentras otro.
El temor congela los rostros… atentos,
compasivos, lascivos
hasta que con calma te detienes,
alzando las manos ante el público.

¿En qué noche merodea tu error…?
Abajo, pesado de tanto esperar, rumia en la oscuridad
el indomable monstruo fabuloso
resplandeciente como el pavo real,
engañoso como la serpiente,
ágil como el tigre,
majestuoso
como león al acecho, en el momento de peligro
mientras prepara el gran salto
invisible bajo tus pies
muerde la roca,
espera tu caída,
el segundo del cálculo fallido,
el lapsus en la improvisación.

Entonces aletea el recuerdo
buscando cubrir esta repentina desnudez
venerable, sola.

El orgullo se posa en tu cabeza
como ave saciada,
ebrio de silencio olvidas el trapecio,
las cuerdas vibran bajo tus pies como
la cuerda de un arco.

Un grito apuñala la noche como el cuchillo de un ladrón.

En el centro de todas las cosas
la luz vacila sobre el cuerpo caído,
el pie, el brazo colgando y sin orgullo.
Y sonríes
como si supieras los secretos,
como si confirmaras la profecía.



domingo, 6 de mayo de 2018

Madre (por Carlos Oquendo de Amat)



Madre

Tu nombre viene lento como las músicas humildes

y de tus manos vuelan palomas blancas

Mi recuerdo te viste siempre de blanco

como un recreo de niños que los hombres miran desde aquí distante

Un cielo muere en tus brazos y otro nace en tu ternura

A tu lado el cariño se abre como una flor cuando pienso

Entre ti y el horizonte

mi palabra está primitiva como la lluvia o como los himnos

Porque ante ti callan las rosas y la canción


sábado, 5 de mayo de 2018

Carnaval (por Marin Sorescu)



Vamos a intercambiar pensamientos,

árbol, ya que ni siquiera conozco tu nombre

y con tu pensamiento

dame todas tus hojas

para que las dejes en mis manos

y en mis ojos, y en mi frente.


Al final

habrá un hermoso carnaval

de despedida

y todos se pondrán sus máscaras

para celebrarlo.



Quiero aparecer con un simple disfraz,

de árbol verde.



viernes, 4 de mayo de 2018

Refugio (por Charles Simic)


Ríndete al momento
ahora que has encontrado refugio
en el repentino chaparrón
bajo estos pequeños árboles de sombra.

Escucha los fuertes pinchazos
como si una costurera soñadora y despistada
estuviera cosiendo juntos
el tiempo y la eternidad para ti.

En la acuosa luz verde esmeralda
del final de la tarde,
las hojas, también, encuentran difícil
no estremecerse un poco
mientras escuchan la lluvia.


jueves, 3 de mayo de 2018

Y somos casi hermanos (por Robert Malatesta)



Mi perro y yo miramos las estrellas

y somos casi hermanos.

Yo soy el que más sabe de los dos, las estrellas

no notarán la diferencia.

Desde esta posición

quien pretende saber

es como aquel que salta

y por ello se cree cerca del cielo.

Mi perro y yo miramos las estrellas,

ninguno de los dos

llegará más allá de sus narices.

No obstante, qué bueno bajo el rocío,

contemplar las estrellas es tan bello

y simple, que mi perro y yo, hermanados,

sabiendo casi nada

lo comprendemos todo. 



miércoles, 2 de mayo de 2018

Mirándolos mientras duermen (por Sharon Olds)


Cuando llego a casa tarde y es de noche y entro a besar a los niños
veo a mi hija con el brazo doblado alrededor de la cabeza,
su cara sumergida en lo inconsciente;
tan centrada por completo en su yo oscuro,
la boca que resopla con ligereza como alguien saciado
pero con una mueca leve de no haber tenido suficiente,
los ojos tan cerrados que uno pensaría que han girado sobre
el iris para mirar la parte posterior de la cabeza,
el globo ocular desnudo y marmóreo bajo el
párpado anhelante grueso y satisfecho,
descansa sobre la espalda en posición cerrada y de abandono
y el hijo en su habitación, oh, el hijo, está de lado en la cama,
una rodilla arriba como si estuviera escalando
peldaños escarpados en la noche,
y bajo el temblor fino de los párpados
sabes que sus ojos están abiertos de par en par,
mirando y vidriosos, con su azul
codicioso y cristalino en toda esta oscuridad, y
la boca está abierta, respira con dificultad por la subida
y jadea, la frente está arrugada
y pálida, los dedos largos encogidos,
la mano abierta, y en el centro de cada mano
la palma seca y sucia del niño
en calma, como si fuera una galleta. Lo miro en su
búsqueda, los músculos finos de sus brazos
apasionados y tensos, la miro a ella
con su rostro como el rostro de una serpiente que se hubiera
tragado un ciervo,
contenta, contenta, y sé que si la despierto
sonreirá y volverá el rostro hacia mí
medio dormida y abrirá los ojos y
sé que si lo despierto a él
se sacudirá rápidamente y dirá No y se incorporará
y mirará a su alrededor en una inconsciencia
azulada, oh Señor, cómo
conozco a estos dos. Cuando el amor viene a mí y me pregunta
¿Qué sabes? Respondo Esta niña, este niño.


martes, 1 de mayo de 2018

La O azul (por Jairo Rojas)



lo que me digo para usted

es que el agua saltó de más arriba de las regiones

del frío

y ahora anda unida al extenso firmamento

azul sobre azul

y a su huella vamos hundiendo la cabeza

en su pecho

cortando nuestra lengua torpe para escuchar su color

a

es lo que hay:

puntos de agua rara donde crecimos

y picos que bajan en la noche

a

subimos-bajamos

subimos-bajamos

/////

a

lo que me digo, entonces, hermano

es que nos dejemos hundir

en el centro de su nombre de agua

que no hemos podido tocar

que crucemos la ciudad fluvial para conocernos

que sigamos la ruta

de los que ya no están aquí y siguen

caminando

que no tengamos miedo de hundirnos en el templo

y postremos la cabeza en el agua

para tener, por fin, los pies sobre la tierra

sobre

azul sobre agua azul

a

dices: “nos escogió el aire

y los cielos derretidos, tan pequeños y vastos”

a

sonrío

toma la montaña y muévela –insisto a tu voz-

que el pensamiento tiemble con las piernas

sus varices caigan

hiérelo, como nunca, con la O azul / del agua / de arriba

a

blanco-silencio-azul-agua-blanco-

a

sea este el lugar donde empezó todo

donde nos cruzó la noche grande

para ver qué hacíamos



lunes, 30 de abril de 2018

No nacimos mañana (por Adrienne Rich)


Porque ya no somos jóvenes, las semanas han de bastar
por los años sin conocernos. Sólo esa extraña curva
del tiempo me dice que ya no somos jóvenes.

¿Caminé yo acaso por las calles en la madrugada, a los veinte,
con las piernas temblándome y los brazos en éxtasis más pleno?
¿Acaso me asomé por alguna ventana buscando la ciudad
atenta al futuro, como ahora aquí, esperando tu llamada?
Con el mismo ritmo tú te aproximaste a mí.

Son eternos tus ojos, verde destello
de hierba salvaje refrescada por la vertiente.

Sí. A los veinte creíamos ser eternas.
A los cuarenta y cinco deseo conocer incluso nuestros límites.
Te acaricio ahora, y sé que no nacimos mañana,
y que de algún modo tú y yo nos ayudaremos a vivir,
y en algún lugar nos ayudaremos tú y yo a morir.



domingo, 29 de abril de 2018

Por ninguna razón en concreto (por Ray Bradbury)


¿Por qué nadie me habló de llorar en la ducha?
Qué sitio tan perfecto para el llanto,
qué sitio tan idóneo para abandonarse
sabiendo que nadie te oye.
Dejas caer tus lágrimas. Sabes que entre las gotas
no molestan a nadie, excepto a ti. Allí de pie
enjuagas tu tristeza,
tu cabeza y tu rostro son masajeados por tormentas primaverales
o, pensándolo mejor, por la lluvia de otoño.
Te vacías hasta quedarte en nada. Después te colma el gozo.
Pero primero viene la tristeza, su posesión.
Más tarde, la sed de melancolía encuentra su hueco
en los rincones y conoce el dolor.
Puede llevarte a ella: la última hoja de un árbol;
o quizás el modo en que la brisa, acompañada de gatos,
avanza con sigilo por el césped;
o un chico en bici
vendiendo a gritos el final del verano;
o un juguete abandonado como una duda sobre un sendero;
o una niña con una sonrisa tan inocente que te parte el corazón;
o ese frío momento en que todos los lugares y rincones y habitaciones
de tu casa se quedan vacíos y silenciosos,
en que se van tus hijos, sus cálidos dormitorios se vuelven helados,
y sus camas (esponjosos pasteles en verano
que, sin la levadura, se deshacen),
esperan que los gatos visiten a esos fantasmas medio olvidados
durante el largo otoño.
Así, por ninguna razón en concreto,
crecen los antiguos océanos,
tus ojos se llenan de sal;
entonces muere algo desconocido y debe ser llorado.
De pie, bajo la ducha, a mediodía o por la noche
es lo correcto y bueno y adecuado.
Lo que nunca entendiste, ahora lo comprendes.
Tu tierra interior se nutre maravillosamente de lágrimas:
los años que has traído para cosechar
ya están segados y almacenados;
los amores, precintados y ordenados.
Una vida entera encerrada en tu sangre, se libera y desata.
Conócela. Arrójala
fuera de tus ojos bajo el dulce fluir de las lluvias.
Pero ahora, presten atención, hombres duros, buenos muchachos:
esto no sólo es útil para mujeres perdidas o abandonadas;
su necesidad es idéntica.
Sigan su ejemplo.
Tomen prestado el dolor y despreocúpense.
Por Dios, inténtenlo.
No se trata de aprender a llorar
sino de aprender a morir.
Lloren hasta la madrugada.
Conmocionados por la lección aprendida,
ríanse como recién nacidos a la hora del baño y griten:
Maldita sea, muchachas. ¿Qué significa esto?
Dulces viudas, váyanse al infierno.
¿Por qué?
¿Por qué, por qué, oh Dios, por qué
nadie me habló de llorar en la ducha?



sábado, 28 de abril de 2018

La calle del mundo (por Lawrence Ferlinghetti)


La calle larga
que es la calle del mundo
pasa alrededor del mundo
está llena de gentes de todo el mundo
para no mencionar todas las voces
de toda la gente
que alguna vez existió
Amantes y llorones
vírgenes y dormilones
vendedores de fideos
hombres sandwich
lecheros y oradores
banqueros sin carácter
frágiles amas de casa
enfundadas en nailon
desiertos de publicistas
manadas de potranquitas
saliendo del secundario
multitudes de universitarios
hablando hablando hablando
caminando sin rumbo
o colgándose de las ventanas
prestando atención
a lo que sucede en el mundo
donde todo sucede
tarde o temprano
Y la calle larga
que es la calle más larga
de todo el mundo
pero no tan larga
como parece
pasa de largo
a través de todas las ciudades
y de todos los paisajes
baja todos los callejones
sube todos los boulevares
atraviesa todos los cruces de caminos
cruza luces rojas y luces verdes
ciudades bajo el sol
continentes bajo la lluvia
hambrientos Honkones
las tierras yermas de Tuscaloosa
los Oaklanes del alma
los Dublines
de la imaginación
Y la calle larga rueda y rueda
es un enorme tren a vapor
traqueteando alrededor del mundo
con sus pasajeros llorando a gritos
y bebés y canastas de comida
y perros y gatos
y todos ellos imaginando
quién es el que estará en la cabina
conduciendo el tren
si alguno
el tren que circula alrededor del mundo
como un mundo en movimiento
todos ellos pensando
simplemente qué sucede
si algo
algunos sacan medio cuerpo
por las ventanillas
miran hacia adelante
intentan ver al conductor
en la cabina
de un solo ojo
tratan de verlo
vislumbrar su rostro
cuando giran en una curva
pero nunca lo lograrán
a pesar de que en ocasiones
da la impresión
de que lo verán
La calle se sacude
el tren sigue rodando
con sus ventanas alzándose
sus ventanas las ventanas
de todos los edificios
en todas las calles del mundo
rodando
a través de la luz del mundo
a través de la noche del mundo
con faroles en los pasos a nivel
perdidas luces centelleantes
multitudes en los carnavales
circos nocturnos
prostíbulos y parlamentos
fuentes olvidadas
puertas de sótanos
puertas no halladas
perfiles a la luz de los faroles
danzantes ídolos pálidos
mientras el mundo se estremece
Pero ahora el tren llega
al tramo solitario de la calle
la parte de la calle
que circunvala los lugares
solitarios del mundo
Y este no es el lugar
donde cambiarás de tren
abordando el Expreso
a las playas de Brighton
Este no es el lugar
donde se pueda hacer algo
Esta es la parte del mundo
donde no se puede hacer nada
donde nadie hace nada
nada en absoluto
Donde nadie está en ningún lugar
ninguno en ningún lado
excepto tú mismo
Ni un espejo
para duplicar tu soledad
Ni un alma
sólo la que te pertenece
tal vez
e incluso quizás
ésa no esté allí
tal vez
no te pertenece
tal vez
porque estás
lo que se dice muerto
has llegado a tu destino
Desciende


viernes, 27 de abril de 2018

El amor que murió al nacer (por Dante Gabriel Rossetti)


La hora que podría haber sido pero que no es
fue concebida en el corazón del hombre y de la mujer,
sin importar el infecundo sostén de la vida;
¿en qué orillas lo espera el cansado mar del tiempo?
Hijo de todas las alegrías consumadas, libres,
en algún lugar suspira y sirve,
y mudo ante la Casa del Amor,
oye a través de la puerta resonante
sus horas elegidas en un constante eco.

¡Pero mirad! ¿Qué almas casadas, tomadas de la mano,
caminan juntas por el inmortal hilo
con ojos donde las ardientes luces
de la memoria añoran el hogar?
Mirad cómo la pequeña hora paria se vuelve,
salta hacia ellos y en sus rostros vencidos grita:
Soy vuestro hijo. ¡Oh, padres, por fin he venido!



jueves, 26 de abril de 2018

Tal vez ya haya nacido el Porvenir (por Mihály Babits)


1

Entre las calles de Pest gentes que corren, fusilazos,
policías, vidrios rotos, voz del pueblo, revolución.
Yo aquí cuento los minutos, impotente, solitario
no hay noticias, no hay periódicos, mi tranvía se detuvo.
Vivo yo en mi muda aldea, donde ni los perros ladran,
donde las vacas no mugen y no chillan los lechones.
Bajo el alero de junco hay colgada una mazorca con granos de topacio.
Muro de color de nieve, sombra azul. Silencio, sólo el trinar de golondrinas.
Nada más cuando el tranvía atraviesa trepidando este lugar y como la vaca muge
se siente la cercanía monstruosa de la ciudad.
Pero duerme ahora el paisaje: detenido está un tranvía reventado.
¡Oh, tranvía mío triste! ¡Triste es este mundo mudo!
Triste en la sombría aldea es, soñando, ver los rieles ya vacíos.
¡Oh, rieles advenedizos! ¿me lleváis hoy todavía?
¿Me llevaréis todavía donde ahora tintinea la ventana,
donde chorrea la sangre, hierve la revolución?
Donde a las alborotadas muchedumbres las gobierna ahora el callado Petöfi
y la Idea está parada en la esquina como divina meretriz;
donde, mientras esto escribo, en el gran lecho de enferma de mi Hungría
entre sangre, entre tormentos tal vez ya haya nacido el Porvenir.

2

Porvenir, oh tú que vienes y no presiente ninguno que aquí estás;
vienes y nadie te ve; vienes bajo un denso velo oculto,
¿qué traes, desconocido? ¿qué te llevas?, ¿tienes acaso una meta?
¿o lo mismo que un borracho en tu camino das traspiés?
Ah, borracho estás con vinos de mil ideas dementes.
¡Sueñas y el deseo enfermo enturbia el sabor de tu sueño!
Sueño eres tú mismo: el sueño del pasado que quisiera ya morir
y llora porque le duele todo y ya no puede más de enfermo.
Oh, que venga una mortífera justicia a la vida que se trocó en la mentira,
que en las calles pronto aceche ya muerta vagabunda:
¡Todo da lo mismo ya!, que se derramen los bajíos de los mares,
que todas las purulencias se vomiten: ¡venga la revolución!
¡venga la barbaridad!, venga, al menos, la verdad,
después de tantos engaños y descuidos.
Venga pues este delirio que propale todos, todos los secretos,
el que a uno le dirá: “Cobarde amigo del derecho, ¡tiembla tú!”
Y al otro dirá: “En tus labios se ha gastado la palabra: ¡libertad!,
y era tu puño martillo, y era tu corazón déspota.”
Y al otro: “Tu mano ha sido pérfida e interesada:
tu mano está ensangrentada: ¡puedes lavar tus manos!”
Y a todos: “¡Fuera las supervivencias fanáticas, los forjados ideales!
¡Este mundo no es un juego! Hay que ver y hay que crear”.


miércoles, 25 de abril de 2018

Andando (por Juan Ramón Jiménez)


Andando, andando.
Que quiero oír cada grano
de la arena que voy pisando.

Andando.
Dejad atrás los caballos,
que yo quiero llegar tardando
(andando, andando),
dar mi alma a cada grano
de la tierra que voy rozando.

Andando, andando.
!Qué dulce vuelta a mi campo,
noche inmensa que vas bajando!

Andando,
Mi corazón ya es remanso;
ya soy lo que me está esperando
(andando, andando),
y mi pie parece, cálido,
que me va el corazón besando.

andando, andando,
!Que quiero ver el fiel llanto
del camino que voy dejando!



martes, 24 de abril de 2018

Lo que él diga (por Marie Howie)


Cuando estoy cansada y no logro decidir

algún asunto difícil

he empezado a pedir opinión a mis amigos muertos.

Y la respuesta es casi siempre inmediata y transparente.

¿Acepto el trabajo? ¿Me mudo a la ciudad?

¿intento concebir un hijo en mi madurez?

De pie mueven sus cabezas sonrientes al unísono.

Lo que conduzca a la alegría, contestan siempre,

a más vida y menos preocupación.

Miro dentro del jarrón donde estuvieron las cenizas de Billy

-es verde ahí dentro, un jarrón verde-

y le pregunto a Billy si debo devolver esa llamada.

Y dice: sí.

-Billy ya atravesó la temible puerta-

Y lo que él diga, eso haré.


lunes, 23 de abril de 2018

Mi pájaro familiar (por Henri Michaux)



El pájaro que se pierde


Aquel está en el día en que aparece, en el día más blanco. Pájaro.


Aletea, se vuela. Aletea, se pierde.


Aletea, reaparece.


Se posa. Y después no está más. Con un batir de alas se ha perdido en el espacio blanco.


Así es mi pájaro familiar, el pájaro que acude a poblar el cielo de mi pequeño patio. ¿Poblar? Ya se ve cómo…


Pero me quedo en el lugar, contemplándolo, fascinado por su aparición, fascinado por su desaparición.



domingo, 22 de abril de 2018

Me fui de todos modos (por Isabel Bono)


Buenos días, he tenido seis sueños en este viaje tan largo
cantaba Javier Bergia.
Bajas, te llevas las llaves y me dejas sin música.
Luces de emergencia tac-toc como una bomba relojería.
Explosión y erosión
antes y después de la primera luz del Big-bang.
Me largo antes de que salte por los aires
este corazón sin tracción en las cuatro ruedas.
Ya sé que habíamos quedado
en que aguantaría hasta el the end, pero
esta calle mal iluminada parece un fundido en negro
más que una noche americana.
¿Qué haremos cuando no sea suficiente
con admirar lo que otros construyen?
¿Cuando las grúas
y el mecanismo de los astros no sean suficientes?
¿Cuando las estrellas corten sus hilos celestes
y constantes decimales periódicos
sin llegar a aproximarse a la terrible verdad
y se atraigan y caigan
unas sobre otras como nosotros aquel verano?
Dejo una nota en el parabrisas y me voy.

Te creí cuando dijiste: Mi ideal sería pasar por aquí
por los edificios, las escuelas
las chicas, las instituciones, la política y la sociedad
Mataría cucarachas, perros, actores porno
por poder vivir la vida como Alberto Caeiro
que decía: Pensar es estar enfermo de los ojos.
Tú no creías en la historia
en la gravedad que sostiene galaxias enteras
ni en líneas imaginarias pero, si hubieras podido
te habrías agarrado el meridiano de Greenwich
como si fuera la barra de los bomberos
sólo por ver amanecer dos veces.
Dicen que mirar el fuego de una cerilla
da ganas de orinar, dijiste.
No creo que una llama tan pequeña
tenga tanto poder, dijiste.
Definitivamente no creías en nada.
Vivir sola no fue fácil.
‒Buenos días (amor) he tenido seis sueños.
Nadie contestó,
pero esa misma mañana recibí dos telegramas.
Quiero sentir frío, pensé. Sentir la respiración helada
de un ejército de erizos en el estómago.
Me miré más de cien veces las líneas de la mano
sólo por comprobar si estaba avisada
o era una jugarreta del destino, y me levanté
dispuesta a no abrir la boca. Llamas desde una cabina.
Decir: tengo la cabeza llena de grillos
desde que mi madre se puso a vaciar cajones
ropa blanca, mantelerías
y varios electroencefalogramas: rarezas de museo.
A ti te daba pena verte en un carnet antiguo
y a mí me dan pena mis ondas cerebrales. Pero no.
Habla él. De su nueva novia, de las bibliotecas de París
de unas rocas en forma de huevos gigantes de color rosa.
‒Seguro que sigues olvidando regar las plantas.
Nos despedimos. Sillón, sol, música: vaciándome.

Hay personas a las que les crecen
frutos y peces tropicales de las manos,
pienso mientras me hablas de física.
Dices que la teoría de la relatividad está superada
y que ahora es la súper cuerda.
Partículas que lo atravesaban todo
(piones, muones, neutrinos).
Los neutrinos no tiene carga.
Ahora, al saberlo, dice,
cuando hay un haz de luz pone la mano
para que los neutrinos lo atraviesen
ya que nada lo atraviesa porque anda
insensible (anestesiado).
Y me fui hacia la puerta. Y llévate esos cedés
que te van a gustar
aunque contigo nunca se sabe. Y otra vez el haz de luz
y las partículas saliendo de la cocina, y se te escapa
un poema de Kipling demasiado heroico.
Y no te dejes el de Billy Bragg
que tiene un poema de Kipling, precisamente.
¿Pero tienes que irte? ¿Pero tienes algo que hacer?,
insiste. Quédate.
‒Pero no me quito el abrigo, que estoy temblando.
William Bloke me da cuatro golpes en la espalda.
También me dieron las seis.

Algo falla, lo noto: te costó convencerme de que éramos felices.
Tuviste que ponerme mercromina en el corazón
y obligarme a escuchar quince veces seguidas
En un mundo tan pequeño.
Me fui de todos modos porque tus palabras
como un neutrino más, me atravesaban sin estruendo.
‒Me voy. Tengo que regar las plantas.
Volver no significa necesariamente
llegar huyendo de otro lugar. Esta vez sí.
Afortunadamente nadie había cambiado la cerradura.
No había luz. Cené una cerveza y me masturbé dos veces.
Me pregunto qué estarás haciendo en este momento tú
miro por la ventana, a veces eso ayuda y a veces no, cantaban.

Un amor así también es de este mundo
pensé, y me fui a la cama sin ducharme.


sábado, 21 de abril de 2018

El pan se repartió (por Eugenio Montejo)


El tacto de la harina en las manos nocturnas,
nuestra humilde nieve natal
que Dios nos manda.

En la boca del horno
el fuego con su canto de gallo.

La noche cae más densa al fondo de la cuadra,
los panaderos con sus gorros níveos
van y vienen detrás de los tablones,
trabajan para el mundo que duerme.

Es el silencio blanco en la hora negra,
el termo de café,
los cuentos de lejanos burdeles;
puedo mirarlos adentro de las sombras,
sobre su piel se va adensando la blancura
y la piedad de los nevados árboles.

Antes que las palabras fue la cuadra de mi vida,
hombres de gestos nítidos,
copos de levadura,
fraternidad de nuestra antigua sangre.
Los sigo viendo insomnes en la noche,
ya completan la carga de sus cestos,
rojea el horno apurándolos.
A un punto de la sombra todos se desvanecen,
casa por casa el pan se repartió,
la cuadra ahora esta llena de libros,
son los mismos tablones alineados, mirándome,
gira el silencio blanco en la hora negra,
va a amanecer, escribo para el mundo que duerme,
la harina me recubre de sollozos las páginas.



viernes, 20 de abril de 2018

Ambos caminaban (por Eavan Boland)


En la peor hora de la peor estación

del peor año de todo un pueblo

un hombre sale de su taller con su esposa,

él caminaba —ambos caminaban— hacia el norte.


Ella estaba enferma por la fiebre del hambre y no podía mantenerse en pie.

Él la levantó y se la echó a la espalda.

Él caminaba hacia el oeste y el oeste y el norte,

hasta que al anochecer llegaron bajo las estrellas de helada.


Por la mañana fueron encontrados muertos,

de frío. De hambre. De las toxinas de toda una historia,

pero los pies de ella se mantenían contra el pecho de él

el último calor de su carne fue su último regalo para ella.


No dejes que ningún poema de amor llegue a este umbral.

No hay lugar aquí para la alabanza inexacta

de la gracia fácil y de la sensualidad del cuerpo.

Sólo hay tiempo para este inventario sin piedad:


Su muerte juntos en el invierno de 1847.

También lo que sufrieron. Cómo vivieron.

Y qué hay entre un hombre y una mujer.

Y en qué oscuridad se puede demostrar mejor.



jueves, 19 de abril de 2018

Una red atrapó una red (por Paul Celan)


En el manantial de tus ojos
viven las redes de los pescadores del Mar Extravío.
En el manantial de tus ojos
mantiene el mar su promesa.

Aquí arrojo,
corazón que moró entre los hombres,
de mí los vestidos y el brillo de un juramento:

Más negro en lo negro, estoy más desnudo.
Sólo desavenido soy fiel.
Yo soy tú cuando yo soy yo.

En el manantial de tus ojos
surco y sueño pillaje.

Una red atrapó una red:
nos separamos abrazados.

En el manantial de tus ojos
un ahorcado estrangula la cuerda.