sábado, 26 de febrero de 2011
Se querían (por Vicente Aleixandre)
Se querían. Sufrían por la luz, labios azules en la madrugada,
labios saliendo de la noche dura,
labios partidos, sangre, ¿sangre dónde?
Se querían en un lecho navío, mitad noche, mitad luz.
Se querían como las flores a las espinas hondas,
a esa amorosa gema del amarillo nuevo,
cuando los rostros giran melancólicamente,
giralunas que brillan recibiendo aquel beso.
Se querían de noche, cuando los perros hondos
laten bajo la tierra y los valles se estiran
como lomos arcaicos que se sienten repasados:
caricia, seda, mano, luna que llega y toca.
Se querían de amor entre la madrugada,
entre las duras piedras cerradas de la noche,
duras como los cuerpos helados por las horas,
duras como los besos de diente a diente sólo.
Se querían de día, playa que va creciendo,
ondas que por los pies acarician los muslos,
cuerpos que se levantan de la tierra y flotando...
Se querían de día, sobre el mar, bajo el cielo.
Mediodía perfecto, se querían tan íntimos,
mar altísimo y joven, intimidad extensa,
soledad de lo vivo, horizontes remotos
ligados como cuerpos en soledad cantando.
Amando. Se querían como la luna lúcida,
como ese mar redondo que se aplica a ese rostro,
dulce eclipse de agua, mejilla oscurecida,
donde los peces rojos van y vienen sin música.
Día, noche, ponientes, madrugadas, espacios,
ondas nuevas, antiguas, fugitivas, perpetuas,
mar o tierra, navío, lecho, pluma, cristal,
metal, música, labio, silencio, vegetal,
mundo, quietud, su forma. Se querían, sabedlo.
labios saliendo de la noche dura,
labios partidos, sangre, ¿sangre dónde?
Se querían en un lecho navío, mitad noche, mitad luz.
Se querían como las flores a las espinas hondas,
a esa amorosa gema del amarillo nuevo,
cuando los rostros giran melancólicamente,
giralunas que brillan recibiendo aquel beso.
Se querían de noche, cuando los perros hondos
laten bajo la tierra y los valles se estiran
como lomos arcaicos que se sienten repasados:
caricia, seda, mano, luna que llega y toca.
Se querían de amor entre la madrugada,
entre las duras piedras cerradas de la noche,
duras como los cuerpos helados por las horas,
duras como los besos de diente a diente sólo.
Se querían de día, playa que va creciendo,
ondas que por los pies acarician los muslos,
cuerpos que se levantan de la tierra y flotando...
Se querían de día, sobre el mar, bajo el cielo.
Mediodía perfecto, se querían tan íntimos,
mar altísimo y joven, intimidad extensa,
soledad de lo vivo, horizontes remotos
ligados como cuerpos en soledad cantando.
Amando. Se querían como la luna lúcida,
como ese mar redondo que se aplica a ese rostro,
dulce eclipse de agua, mejilla oscurecida,
donde los peces rojos van y vienen sin música.
Día, noche, ponientes, madrugadas, espacios,
ondas nuevas, antiguas, fugitivas, perpetuas,
mar o tierra, navío, lecho, pluma, cristal,
metal, música, labio, silencio, vegetal,
mundo, quietud, su forma. Se querían, sabedlo.
viernes, 25 de febrero de 2011
El origen (por Juan Andrés García Román)
El origen de todas las cosas...
¿cuándo ha ocurrido?
¿Y yo qué estaba haciendo
mientras tanto?
Estaría dormido porque no me enteré.
¿cuándo ha ocurrido?
¿Y yo qué estaba haciendo
mientras tanto?
Estaría dormido porque no me enteré.
jueves, 24 de febrero de 2011
Límite (por Sylvia Plath)
La mujer se ha perfeccionado.
Su cuerpo
muerto luce la sonrisa del acabamiento.
La ilusión de un anhelo griego
fluye por las volutas de su toga.
Sus pies
descalzos parecen decir:
Hasta aquí hemos llegado, se acabó.
Cada niño muerto, enroscado en sí,
una serpiente blanca, uno a cada lado de
su jarrita de leche, ya vacía.
Ella los ha plegado
de nuevo hacia su cuerpo, como se cierran
los pétalos de una rosa cuando el jardín
se despereza y los aromas sangran
de las dulces y profundas gargantas de la flor de la noche.
La luna no tiene por qué entristecerse.
Está acostumbrada a ver este tipo de cosas,
oculta bajo su capuchón de hueso,
arrastrando sus vestiduras negras y crepitantes.
Su cuerpo
muerto luce la sonrisa del acabamiento.
La ilusión de un anhelo griego
fluye por las volutas de su toga.
Sus pies
descalzos parecen decir:
Hasta aquí hemos llegado, se acabó.
Cada niño muerto, enroscado en sí,
una serpiente blanca, uno a cada lado de
su jarrita de leche, ya vacía.
Ella los ha plegado
de nuevo hacia su cuerpo, como se cierran
los pétalos de una rosa cuando el jardín
se despereza y los aromas sangran
de las dulces y profundas gargantas de la flor de la noche.
La luna no tiene por qué entristecerse.
Está acostumbrada a ver este tipo de cosas,
oculta bajo su capuchón de hueso,
arrastrando sus vestiduras negras y crepitantes.
miércoles, 23 de febrero de 2011
Oscuridad visible (por Fernando Pessoa)
El hombre... es la primera luz, que no es más que oscuridad visible. Es el fin, porque es descubir con la vista que se ha nacido ciego...
Son eras sobre eras, y tiempos tras tiempos, y lo único que hay es andar sobre la circunferencia de un círculo que alberga la verdad en el punto del centro...
Todo este universo, con su Dios y su Diablo, con los hombres y las cosas que ellos ven, es un jeroglífico que quedará por descifrar eternamente.
Son eras sobre eras, y tiempos tras tiempos, y lo único que hay es andar sobre la circunferencia de un círculo que alberga la verdad en el punto del centro...
Todo este universo, con su Dios y su Diablo, con los hombres y las cosas que ellos ven, es un jeroglífico que quedará por descifrar eternamente.
martes, 22 de febrero de 2011
Estatua griega (por Wislawa Szymborska)
Con la ayuda de la gente y otros elementos
el tiempo ha hecho con ella un buen trabajo.
Primero eliminó la nariz, después los genitales.
Luego los dedos de las manos y los pies,
con el paso de los años los brazos, uno tras otro,
el muslo derecho y el muslo izquierdo,
los hombros, las caderas, la cabeza y las nalgas,
y lo ya caído lo ha hecho pedazos,
escombros, residuos, arena.
Cuando así muere alguien vivo,
brota mucha sangre tras cada golpe.
Las estatuas de mármol, sin embargo, mueren blancamente
y no siempre del todo.
De ésta que hablamos ha quedado el torso
y está como contenido en el esfuerzo de la respiración,
porque ahora debe
atraer
hacia sí
toda la gravedad y la gracia
del resto perdido.
Y eso lo consigue,
eso aún lo consigue,
sigue y deslumbra,
deslumbra y perdura.
El tiempo también merece una mención elogiosa,
porque ha hecho una pausa
y algo dejó para después.
el tiempo ha hecho con ella un buen trabajo.
Primero eliminó la nariz, después los genitales.
Luego los dedos de las manos y los pies,
con el paso de los años los brazos, uno tras otro,
el muslo derecho y el muslo izquierdo,
los hombros, las caderas, la cabeza y las nalgas,
y lo ya caído lo ha hecho pedazos,
escombros, residuos, arena.
Cuando así muere alguien vivo,
brota mucha sangre tras cada golpe.
Las estatuas de mármol, sin embargo, mueren blancamente
y no siempre del todo.
De ésta que hablamos ha quedado el torso
y está como contenido en el esfuerzo de la respiración,
porque ahora debe
atraer
hacia sí
toda la gravedad y la gracia
del resto perdido.
Y eso lo consigue,
eso aún lo consigue,
sigue y deslumbra,
deslumbra y perdura.
El tiempo también merece una mención elogiosa,
porque ha hecho una pausa
y algo dejó para después.
lunes, 21 de febrero de 2011
Tarde que dura (por Jorge Luis Borges)
Tarde que socavó nuestro adiós.
Tarde acerada y deleitosa y monstruosa como un ángel oscuro.
Tarde cuando vivieron nuestros labios en la desnuda intimidad de los besos.
El tiempo inevitable se desbordaba sobre el abrazo inútil.
Prodigábamos pasión juntamente, no para nosotros sino para la soledad ya inmediata.
Nos rechazó la luz; la noche había llegado con urgencia.
Fuimos hasta la verja en esa gravedad de la sombra que ya el lucero alivia.
Como quien vuelve de un perdido prado yo volví de tu abrazo.
Como quien vuelve de un país de espadas yo volví de tus lágrimas.
Tarde que dura vívida como un sueño
entre las otras tardes.
Después yo fui alcanzando y rebasando
noches y singladuras.
Tarde acerada y deleitosa y monstruosa como un ángel oscuro.
Tarde cuando vivieron nuestros labios en la desnuda intimidad de los besos.
El tiempo inevitable se desbordaba sobre el abrazo inútil.
Prodigábamos pasión juntamente, no para nosotros sino para la soledad ya inmediata.
Nos rechazó la luz; la noche había llegado con urgencia.
Fuimos hasta la verja en esa gravedad de la sombra que ya el lucero alivia.
Como quien vuelve de un perdido prado yo volví de tu abrazo.
Como quien vuelve de un país de espadas yo volví de tus lágrimas.
Tarde que dura vívida como un sueño
entre las otras tardes.
Después yo fui alcanzando y rebasando
noches y singladuras.
domingo, 20 de febrero de 2011
Esta nada que está en ninguna parte (por Andrés Sánchez Robayna)
Comenzaba a saber
(pero sólo del modo en que ignorarlo
es una forma de conocimiento)
que, al igual que el silencio
ha de ser una parte del decir, que al igual
que la visión del cielo
forma parte del cielo,
una nube interior, muy parecida
a la que fluye quieta en la mañana
hecha de transparencia entrecruzada,
se alza hasta la visión
de la nada que somos, y que es todo.
Y la visión del hombre
se llega a transformar en la experiencia
de esta nada que está en ninguna parte.
Es una nube. Sólo
años después sabría que su nombre,
entre otros nombres justos que la llaman
y el nombre conseguido de los nombres,
es la nube clarísima
del no saber, la nube
interna del amor
y la contemplación. Es una nube
oscura y clara a un tiempo,
hecha de cegadora oscuridad.
Por este tiempo comencé a sentir
la sombra de esa nube
ante mí, precediendo
a menudo mis pasos,
y seguirla fue a veces
un acto de inocencia.
Era sólo una sombra, y ya sentía
su potestad, con todo.
Aquella nube, aquella
sombra del no saber era un saber.
(pero sólo del modo en que ignorarlo
es una forma de conocimiento)
que, al igual que el silencio
ha de ser una parte del decir, que al igual
que la visión del cielo
forma parte del cielo,
una nube interior, muy parecida
a la que fluye quieta en la mañana
hecha de transparencia entrecruzada,
se alza hasta la visión
de la nada que somos, y que es todo.
Y la visión del hombre
se llega a transformar en la experiencia
de esta nada que está en ninguna parte.
Es una nube. Sólo
años después sabría que su nombre,
entre otros nombres justos que la llaman
y el nombre conseguido de los nombres,
es la nube clarísima
del no saber, la nube
interna del amor
y la contemplación. Es una nube
oscura y clara a un tiempo,
hecha de cegadora oscuridad.
Por este tiempo comencé a sentir
la sombra de esa nube
ante mí, precediendo
a menudo mis pasos,
y seguirla fue a veces
un acto de inocencia.
Era sólo una sombra, y ya sentía
su potestad, con todo.
Aquella nube, aquella
sombra del no saber era un saber.
sábado, 19 de febrero de 2011
Pero no sabe que grita (por Hugo Mújica)
bosque talado
grita,
pero no sabe que grita
como el
ángel de mármol
sobre la tumba de un
niño.
grita,
pero no sabe que grita
como el
ángel de mármol
sobre la tumba de un
niño.
viernes, 18 de febrero de 2011
Antes que el ritmo de mi sangre calle (por Piedad Bonnett)
Oye cómo se aman los tigres
y se llena la selva con sus hondos jadeos
y se rompe la noche con sus fieros relámpagos.
Mira cómo giran los astros en la eterna
danza de la armonía y su silencio
se puebla de susurros vegetales.
Huele la espesa miel que destilan los árboles,
la leche oscura que sus hojas exudan.
El universo entero se trenza y destrenza
en infinitas cópulas secretas.
Sabias geometrías entrelazan las formas
de dulces caracoles y de ingratas serpientes.
En el mar hay un canto de sirenas.
Toca mi piel,
temblorosa de ti y expuesta a las espinas,
antes que el ritmo de mi sangre calle,
antes de que regrese al agua y a la tierra.
y se llena la selva con sus hondos jadeos
y se rompe la noche con sus fieros relámpagos.
Mira cómo giran los astros en la eterna
danza de la armonía y su silencio
se puebla de susurros vegetales.
Huele la espesa miel que destilan los árboles,
la leche oscura que sus hojas exudan.
El universo entero se trenza y destrenza
en infinitas cópulas secretas.
Sabias geometrías entrelazan las formas
de dulces caracoles y de ingratas serpientes.
En el mar hay un canto de sirenas.
Toca mi piel,
temblorosa de ti y expuesta a las espinas,
antes que el ritmo de mi sangre calle,
antes de que regrese al agua y a la tierra.
jueves, 17 de febrero de 2011
Zenobia (por Juan Ramón Jiménez)
Me he convertido a tu cariño puro
como un ateo a Dios.
¿Lo otro, qué vale?
Como un pasado oscuro y andrajoso
puede todo borrarse.
¡Borrarse, sí! Las rimas bellas
que no cantan tu amor; sus matinales
alegrías sin ti; sus tardes líricas
en cuya paz no me miraste;
las noches cuya clara luna llena
no deslumbró tu candoroso ángel.
El cielo de tu gracia
será el comienzo y el final. En balde
quieren los lobos asaltar la cerca
en donde tus ovejas blancas pacen.
No quiero más que un oro y es el oro
que emanan tus sentidos inmortales.
¡Solo tú, solo tú! Sí, solo tú.
Yo no he nacido, ni he de morir. Ni antes
ni después era nada, ni sería
nada yo sino en ti.
Y los rosales
que has colgado en mi alma -¡con qué encanto!-
a ese sol viejo y nuevo me entreabren
sus rosas en que el cielo se repite
cándido y múltiple en sus cálices.
como un ateo a Dios.
¿Lo otro, qué vale?
Como un pasado oscuro y andrajoso
puede todo borrarse.
¡Borrarse, sí! Las rimas bellas
que no cantan tu amor; sus matinales
alegrías sin ti; sus tardes líricas
en cuya paz no me miraste;
las noches cuya clara luna llena
no deslumbró tu candoroso ángel.
El cielo de tu gracia
será el comienzo y el final. En balde
quieren los lobos asaltar la cerca
en donde tus ovejas blancas pacen.
No quiero más que un oro y es el oro
que emanan tus sentidos inmortales.
¡Solo tú, solo tú! Sí, solo tú.
Yo no he nacido, ni he de morir. Ni antes
ni después era nada, ni sería
nada yo sino en ti.
Y los rosales
que has colgado en mi alma -¡con qué encanto!-
a ese sol viejo y nuevo me entreabren
sus rosas en que el cielo se repite
cándido y múltiple en sus cálices.
miércoles, 16 de febrero de 2011
Vida de una flor (por Hermann Hesse)
Por la verde ronda de hojas ya se asoma
con temor infantil, y apenas se atreve a mirar;
siente las ondas de luz que la cobijan
y el azul incomprensible del cielo y del verano.
Luz, viento y mariposas la cortejan; abre,
con la primera sonrisa, su ansioso corazón
hacia la vida, y aprende a entregarse,
como todo ser joven, a los sueños.
Pero ahora ríe toda, arden sus colores
y su cáliz abulta ya el polen dorado;
aprende a sentir el calor del mediodía
y, agotada, se inclina al lecho de hojas por la tarde.
Labios de mujer madura con sus bordes,
donde las líneas tiemblan por la edad ya presentida.
Cálida florece al fin su risa, en cuyo fondo
anidan la amarga caducidad y el hastío.
Pero ya se ajan y reducen los pétalos,
ya cuelgan pesadamente sobre las semillas.
Palidecen los colores como espectros: el gran
secreto envuelve ya a la moribunda.
con temor infantil, y apenas se atreve a mirar;
siente las ondas de luz que la cobijan
y el azul incomprensible del cielo y del verano.
Luz, viento y mariposas la cortejan; abre,
con la primera sonrisa, su ansioso corazón
hacia la vida, y aprende a entregarse,
como todo ser joven, a los sueños.
Pero ahora ríe toda, arden sus colores
y su cáliz abulta ya el polen dorado;
aprende a sentir el calor del mediodía
y, agotada, se inclina al lecho de hojas por la tarde.
Labios de mujer madura con sus bordes,
donde las líneas tiemblan por la edad ya presentida.
Cálida florece al fin su risa, en cuyo fondo
anidan la amarga caducidad y el hastío.
Pero ya se ajan y reducen los pétalos,
ya cuelgan pesadamente sobre las semillas.
Palidecen los colores como espectros: el gran
secreto envuelve ya a la moribunda.
martes, 15 de febrero de 2011
Una piedra arrojada (por Elena Anníbali)
Esto es el tiempo: una piedra arrojada desde la altura
de Dios o de los hombres,
circular, pulida por el camino de fuego y aire que atraviesa,
ese espacio vacío en que —dicen—,
se desarrolla la falacia de la eternidad.
Cae sobre el agua y abre el círculo de nuestra vida.
Todo cabe allí:
las máscaras desiguales que nos protegen o evidencian
—como en un absurdo teatro de luces y sombras—
el número de los días en que fuimos felices,
cada uno de los ásperos amaneceres en que negamos los sueños,
la vidriosa transparencia de los animales que acariciamos,
la rara inocencia que no pudo pervivir en nosotros.
La piedra cae. Y cuando el círculo alcanza
su máxima definición, desaparece,
y las ondas no son ya más que un eco triste
disperso entre otros círculos, de otras vidas,
que no son las nuestras. Ese roce sutil,
ese leve toque de agua será el encuentro
entre dos cuerpos,
ese pedazo de amor, rabioso y breve,
hurtado a la muerte.
de Dios o de los hombres,
circular, pulida por el camino de fuego y aire que atraviesa,
ese espacio vacío en que —dicen—,
se desarrolla la falacia de la eternidad.
Cae sobre el agua y abre el círculo de nuestra vida.
Todo cabe allí:
las máscaras desiguales que nos protegen o evidencian
—como en un absurdo teatro de luces y sombras—
el número de los días en que fuimos felices,
cada uno de los ásperos amaneceres en que negamos los sueños,
la vidriosa transparencia de los animales que acariciamos,
la rara inocencia que no pudo pervivir en nosotros.
La piedra cae. Y cuando el círculo alcanza
su máxima definición, desaparece,
y las ondas no son ya más que un eco triste
disperso entre otros círculos, de otras vidas,
que no son las nuestras. Ese roce sutil,
ese leve toque de agua será el encuentro
entre dos cuerpos,
ese pedazo de amor, rabioso y breve,
hurtado a la muerte.
lunes, 14 de febrero de 2011
Monarquía del silencio (por Elías Letelier)
Asisto al despojo del día
con su luto de marfil herido,
a la ausencia del que no volvió de la guerra,
que sin decir su nombre
quedó clavado en la monarquía del silencio.
Sin ser carpintero ni ir más lejos,
hago todo lo que pertenece al martillo:
me voy de golpe en golpe cantando
por el tajo abierto de la madera.
No tengo que cerrar los ojos
ni amanecer en la hoguera de la noche
para escuchar la navegada voz de la sal
que se ahoga en el imperio del agua.
Concurro al mundo sombrío del espejo,
al murmullo de una vasija rota,
a una figura estática que duerme
en la lengua metálica de un espejo roto;
pero, por sobre todos esos guijarros y derrumbes,
yo acudo a la ansiedad de una campana
que no puede sonar.
con su luto de marfil herido,
a la ausencia del que no volvió de la guerra,
que sin decir su nombre
quedó clavado en la monarquía del silencio.
Sin ser carpintero ni ir más lejos,
hago todo lo que pertenece al martillo:
me voy de golpe en golpe cantando
por el tajo abierto de la madera.
No tengo que cerrar los ojos
ni amanecer en la hoguera de la noche
para escuchar la navegada voz de la sal
que se ahoga en el imperio del agua.
Concurro al mundo sombrío del espejo,
al murmullo de una vasija rota,
a una figura estática que duerme
en la lengua metálica de un espejo roto;
pero, por sobre todos esos guijarros y derrumbes,
yo acudo a la ansiedad de una campana
que no puede sonar.
domingo, 13 de febrero de 2011
Antes de la curva (por Fernando Pessoa)
Más allá de la curva del camino
quizá haya un pozo, y quizá un castillo,
o quizá sólo la continuación del camino.
No lo sé ni pregunto.
Mientras voy por el camino antes de la curva
sólo miro el camino antes de la curva,
porque no puedo ver más que el camino antes de la curva.
De nada me serviría estar mirando para otro lado
y para aquello que no veo.
Que nos importe sólo el lugar donde estamos.
Hay suficiente belleza en estar aquí y no en otra parte.
Si hay alguien más allá de la curva del camino,
que se preocupen ellos por lo que hay más allá de la curva del camino.
Ése es su camino.
Si tenemos que llegar allí, cuando lleguemos lo sabremos.
Por ahora sólo sabemos que allí no estamos.
Aquí sólo hay el camino antes de la curva, y antes de la curva,
el camino sin curva alguna.
quizá haya un pozo, y quizá un castillo,
o quizá sólo la continuación del camino.
No lo sé ni pregunto.
Mientras voy por el camino antes de la curva
sólo miro el camino antes de la curva,
porque no puedo ver más que el camino antes de la curva.
De nada me serviría estar mirando para otro lado
y para aquello que no veo.
Que nos importe sólo el lugar donde estamos.
Hay suficiente belleza en estar aquí y no en otra parte.
Si hay alguien más allá de la curva del camino,
que se preocupen ellos por lo que hay más allá de la curva del camino.
Ése es su camino.
Si tenemos que llegar allí, cuando lleguemos lo sabremos.
Por ahora sólo sabemos que allí no estamos.
Aquí sólo hay el camino antes de la curva, y antes de la curva,
el camino sin curva alguna.
sábado, 12 de febrero de 2011
Como una navaja (por Ángel González)
¿Sabes que un papel puede cortar
como una navaja?
Simple papel en blanco,
una carta no escrita
me hace hoy sangrar.
como una navaja?
Simple papel en blanco,
una carta no escrita
me hace hoy sangrar.
viernes, 11 de febrero de 2011
Antes de cruzar el río negro (por Yang Mija)
¿Cómo es allí?
¿Cómo de solitario?
¿Brilla rojo el atardecer?
¿Cantan los pájaros como cantan en el bosque?
¿Puede llegarte la carta que no me atreví a enviarte?
¿Puedo hacerte llegar la confesión que no me atreví a hacer?
¿Pasará el tiempo y se marchitarán las rosas?
¿Es tiempo ahora de decir adiós?
Como el viento que perdura y después se va,
como las sombras.
Por las promesas que no llegaron,
por el amor sellado hasta el final,
por la hierba que besa mis tobillos cansados
y por los pasos menudos que me siguen,
es hora de decir adiós.
Ahora, cuando cae la oscuridad,
¿se encenderá de nuevo una vela?
Aquí rezo,
nadie debería llorar...,
para que sepas
qué profundamente te amé.
La larga espera en medio de un cálido día de verano.
Una vieja senda parecida al rostro de mi padre.
Incluso la solitaria flor salvaje apartando la vista con timidez.
Qué profundamente te amé.
Cómo se agitaba mi corazón al escuchar tu vaga canción.
Te bendigo
antes de cruzar el río negro
con el último aliento de mi alma.
Estoy empezando a soñar
una brillante mañana soleada.
Me despierto de nuevo cegada por la luz
y te encuentro
apoyándome.
¿Cómo de solitario?
¿Brilla rojo el atardecer?
¿Cantan los pájaros como cantan en el bosque?
¿Puede llegarte la carta que no me atreví a enviarte?
¿Puedo hacerte llegar la confesión que no me atreví a hacer?
¿Pasará el tiempo y se marchitarán las rosas?
¿Es tiempo ahora de decir adiós?
Como el viento que perdura y después se va,
como las sombras.
Por las promesas que no llegaron,
por el amor sellado hasta el final,
por la hierba que besa mis tobillos cansados
y por los pasos menudos que me siguen,
es hora de decir adiós.
Ahora, cuando cae la oscuridad,
¿se encenderá de nuevo una vela?
Aquí rezo,
nadie debería llorar...,
para que sepas
qué profundamente te amé.
La larga espera en medio de un cálido día de verano.
Una vieja senda parecida al rostro de mi padre.
Incluso la solitaria flor salvaje apartando la vista con timidez.
Qué profundamente te amé.
Cómo se agitaba mi corazón al escuchar tu vaga canción.
Te bendigo
antes de cruzar el río negro
con el último aliento de mi alma.
Estoy empezando a soñar
una brillante mañana soleada.
Me despierto de nuevo cegada por la luz
y te encuentro
apoyándome.
jueves, 10 de febrero de 2011
Pude haber sido (por Wislawa Szymborska)
Soy la que soy.
Casualidad inconcebible
como todas las casualidades.
Otros antepasados
podrían haber sido los míos
y yo habría abandonado
otro nido,
o me habría arrastrado cubierta de escamas
debajo de algún árbol.
En el vestuario de la naturaleza
hay muchos trajes.
Traje de araña, de gaviota, de ratón de monte.
Cada uno, como hecho a la medida,
se lleva dócilmente
hasta que se hace tiras.
Yo tampoco he elegido,
pero no me quejo.
Pude haber sido alguien
mucho menos individuo.
Parte de un banco de peces, de un hormiguero, de un enjambre,
partícula del paisaje sacudida por el viento.
Alguien mucho menos feliz,
criado para un abrigo de pieles
o para una mesa navideña,
algo que se mueve bajo un cristal de microscopio.
Árbol clavado en la tierra,
al que se aproxima un incendio.
Hierba arrollada
por el correr de incomprensibles sucesos.
Un tipo de mala estrella
que para algunos brilla.
¿Y si despertara miedo en la gente,
o sólo asco,
o sólo compasión?
¿Y si hubiera nacido
no en la tribu debida
y se cerraran ante mí los caminos?
El destino, hasta ahora,
ha sido benévolo conmigo.
Pudo no haberme sido dado
recordar buenos momentos.
Se me pudo haber privado
de la tendencia a comparar.
Pude haber sido yo misma, pero sin que me sorprendiera,
lo que habría significado
ser alguien completamente diferente.
Casualidad inconcebible
como todas las casualidades.
Otros antepasados
podrían haber sido los míos
y yo habría abandonado
otro nido,
o me habría arrastrado cubierta de escamas
debajo de algún árbol.
En el vestuario de la naturaleza
hay muchos trajes.
Traje de araña, de gaviota, de ratón de monte.
Cada uno, como hecho a la medida,
se lleva dócilmente
hasta que se hace tiras.
Yo tampoco he elegido,
pero no me quejo.
Pude haber sido alguien
mucho menos individuo.
Parte de un banco de peces, de un hormiguero, de un enjambre,
partícula del paisaje sacudida por el viento.
Alguien mucho menos feliz,
criado para un abrigo de pieles
o para una mesa navideña,
algo que se mueve bajo un cristal de microscopio.
Árbol clavado en la tierra,
al que se aproxima un incendio.
Hierba arrollada
por el correr de incomprensibles sucesos.
Un tipo de mala estrella
que para algunos brilla.
¿Y si despertara miedo en la gente,
o sólo asco,
o sólo compasión?
¿Y si hubiera nacido
no en la tribu debida
y se cerraran ante mí los caminos?
El destino, hasta ahora,
ha sido benévolo conmigo.
Pudo no haberme sido dado
recordar buenos momentos.
Se me pudo haber privado
de la tendencia a comparar.
Pude haber sido yo misma, pero sin que me sorprendiera,
lo que habría significado
ser alguien completamente diferente.
miércoles, 9 de febrero de 2011
¿Podéis? (por Saiz de Marco)
Los que me amasteis y ya no estáis vivos,
¿podéis, desde la ultramuerte,
contemplarme?
Y si es así,
¿seguís amándome?,
¿podéis seguir amándome
ahora que me observáis entero, sin embozos,
sin secretos, sin zonas ocultadas?
¿Podéis seguir amándome
ahora que me sabéis también
por dentro?
¿podéis, desde la ultramuerte,
contemplarme?
Y si es así,
¿seguís amándome?,
¿podéis seguir amándome
ahora que me observáis entero, sin embozos,
sin secretos, sin zonas ocultadas?
¿Podéis seguir amándome
ahora que me sabéis también
por dentro?
martes, 8 de febrero de 2011
Poema de la cantidad (por Jorge Luis Borges)
Pienso en el parco cielo puritano
de solitarias y perdidas luces
que Emerson miraría tantas noches
desde la nieve y el rigor de Concord.
Aquí son demasiadas las estrellas.
El hombre es demasiado. Las innúmeras
generaciones de aves y de insectos,
del jaguar constelado y de la sierpe,
de ramas que se tejen y entretejen,
del café, de la arena y de las hojas
oprimen las mañanas y prodigan
su minucioso laberinto inútil.
Acaso cada hormiga que pisamos
es única ante Dios, que la precisa
para la ejecución de las puntuales
leyes que rigen su curioso mundo.
Si así no fuera, el universo entero
sería un error y un oneroso caos.
los espejos del ébano y del agua,
el espejo inventivo de los sueños,
los líquenes, los peces, las madréporas,
las filas de tortugas en el tiempo,
las luciérnagas de una sola tarde,
las dinastías de las araucarias,
las perfiladas letras de un volumen
que la noche no borra, son sin duda
no menos personales y enigmáticas
que yo, que las confundo. No me atrevo
a juzgar la lepra o a Calígula.
de solitarias y perdidas luces
que Emerson miraría tantas noches
desde la nieve y el rigor de Concord.
Aquí son demasiadas las estrellas.
El hombre es demasiado. Las innúmeras
generaciones de aves y de insectos,
del jaguar constelado y de la sierpe,
de ramas que se tejen y entretejen,
del café, de la arena y de las hojas
oprimen las mañanas y prodigan
su minucioso laberinto inútil.
Acaso cada hormiga que pisamos
es única ante Dios, que la precisa
para la ejecución de las puntuales
leyes que rigen su curioso mundo.
Si así no fuera, el universo entero
sería un error y un oneroso caos.
los espejos del ébano y del agua,
el espejo inventivo de los sueños,
los líquenes, los peces, las madréporas,
las filas de tortugas en el tiempo,
las luciérnagas de una sola tarde,
las dinastías de las araucarias,
las perfiladas letras de un volumen
que la noche no borra, son sin duda
no menos personales y enigmáticas
que yo, que las confundo. No me atrevo
a juzgar la lepra o a Calígula.
lunes, 7 de febrero de 2011
El libro de ahí fuera (por Mark Strand)
Mirar fijamente sin ver nada es aprender de memoria
aquello a lo que se nos arrastrará a todos; protegerse
del viento es sentir que lo inasible se halla en algún lugar
cercano.
Los árboles pueden mecerse o estar quietos. El día o la
noche pueden ser lo que quieran.
Lo que deseamos, más que una estación o el tiempo, es la
comodidad
de ser desconocidos, al menos para nosotros mismos. Ésta
es la dificultad
del asunto, que es por lo que ahora mismo parece que
estuviéramos esperando
algo cuya aparición sería en realidad su desaparición …
El sonido, pongamos, de unas hojas que caen o sólo el de
una hoja
o menos. No tiene límite lo que podemos aprender. El
libro de ahí afuera
nos dice eso y no se escribió pensando en nosotros.
aquello a lo que se nos arrastrará a todos; protegerse
del viento es sentir que lo inasible se halla en algún lugar
cercano.
Los árboles pueden mecerse o estar quietos. El día o la
noche pueden ser lo que quieran.
Lo que deseamos, más que una estación o el tiempo, es la
comodidad
de ser desconocidos, al menos para nosotros mismos. Ésta
es la dificultad
del asunto, que es por lo que ahora mismo parece que
estuviéramos esperando
algo cuya aparición sería en realidad su desaparición …
El sonido, pongamos, de unas hojas que caen o sólo el de
una hoja
o menos. No tiene límite lo que podemos aprender. El
libro de ahí afuera
nos dice eso y no se escribió pensando en nosotros.
domingo, 6 de febrero de 2011
Aunque amar dure un día (por E.E. Cummings)
Tus dedos hacen flores tempranas con
todas las cosas.
las horas aman sobre todo tu pelo:
una suavidad que
canta, diciendo
(aunque amar dure un día)
no temas, iremos a hacer el mayo.
tus blanquísimos pies crujientes se escapan.
Siempre
tus ojos húmedos juegan a besar,
cuya extrañeza dice mucho;
cantando
(aunque amar dure un día)
¿para qué niña estás trayendo flores?
Ser tus labios es algo dulce
y pequeño.
Muerte, a Ti llamo rica más allá del deseo
si esto puedes apresar,
perdiendo todo el resto.
(aunque amar dure un día
y la vida no sea nada, no cesará el besar)
todas las cosas.
las horas aman sobre todo tu pelo:
una suavidad que
canta, diciendo
(aunque amar dure un día)
no temas, iremos a hacer el mayo.
tus blanquísimos pies crujientes se escapan.
Siempre
tus ojos húmedos juegan a besar,
cuya extrañeza dice mucho;
cantando
(aunque amar dure un día)
¿para qué niña estás trayendo flores?
Ser tus labios es algo dulce
y pequeño.
Muerte, a Ti llamo rica más allá del deseo
si esto puedes apresar,
perdiendo todo el resto.
(aunque amar dure un día
y la vida no sea nada, no cesará el besar)
sábado, 5 de febrero de 2011
Olvidemos las palabras (por José Saramago)
Olvidemos las palabras, las palabras:
las tiernas, caprichosas, violentas,
las suaves de miel, las obscenas,
las febriles, las sedientas y hambrientas.
Dejemos que el silencio dé sentido
al latir de mi sangre en tu vientre:
¿Qué palabra o discurso lograría
decir “amar” en el lenguaje de la semilla?
las tiernas, caprichosas, violentas,
las suaves de miel, las obscenas,
las febriles, las sedientas y hambrientas.
Dejemos que el silencio dé sentido
al latir de mi sangre en tu vientre:
¿Qué palabra o discurso lograría
decir “amar” en el lenguaje de la semilla?
viernes, 4 de febrero de 2011
Yo sigo atada (por Elena Anníbali)
frente a la casa, antes de que construyeran
los edificios ostentosos
las oficinas asépticas de la calle belgrano
los negocios de chucherías
hubo un baldío
y en el centro
un malacate
íbamos con mauro lesjtch
algunas siestas, a jugar
que éramos caballos ciegos
y dábamos vueltas alrededor
del pozo seco
mauro es un hombre ahora
ha hecho dinero, hijos,
sólo persisten en él
los ojos oscuros
con pestañas de muñeca
yo sigo atada
al hábito de esas tardes
caminando el círculo del pozo
jugando al animal ciego
ahora
la sed es real
los edificios ostentosos
las oficinas asépticas de la calle belgrano
los negocios de chucherías
hubo un baldío
y en el centro
un malacate
íbamos con mauro lesjtch
algunas siestas, a jugar
que éramos caballos ciegos
y dábamos vueltas alrededor
del pozo seco
mauro es un hombre ahora
ha hecho dinero, hijos,
sólo persisten en él
los ojos oscuros
con pestañas de muñeca
yo sigo atada
al hábito de esas tardes
caminando el círculo del pozo
jugando al animal ciego
ahora
la sed es real
jueves, 3 de febrero de 2011
Luz de un quinquet (por Jon Jonenjur)
Luz de un quinquet
9 pintas, 29 latidos, Gillespie,
madrugada, ganas de hablar.
La generación del 77 íbamos a cambiar el mundo en el fututo
pero los electrodomésticos siguen funcionando en el 2007,
como siempre…
Me pregunto:
Por qué un intermitente puede llevarme a la lágrima, de vasta emoción, por qué siento que me responde, cuando se ilumina su automática luz naranja, y que no estoy solo, que somos dos, objetos comunicándose, que la máquina pretende mi atención, sabiendo antes de que se ilumine sin embargo apenas un segundo antes que así será…
No lo entiendo:
Por qué ladra el borracho a los coches que pasan a su lado.
Es de noche.
Hace frío.
Mientras, la gente ahí afuera insiste, empujando sus pesadas rocas, hacia la pirámide.
En las paredes de mi casa se pudre la luz de ayer por la mañana.
Y yo sigo de pie junto a la ventana, sin tomar ninguna decisión.
Podría quedarme a vivir dentro de esta canción.
A night in Tunisia.
Pienso que:
La oportunidad debe ir acompañada de destreza…
Todos los muebles de casa me observan con rostro de preocupación.
No quiero pensar,
para no atraer su atención, con el ruido de mi cabeza.
Un automóvil ha atropellado al borracho, se apagó el ruido y la furia.
Está muerto, pero no siento lástima.
Tampoco sé qué significa eso realmente, si es salvaje, inhumano o inmoral,
pero es cierto.
Y mientras, la gente ahí afuera no deja de insistir, empujando sus rocas.
Me pregunto:
Debe haber algún motivo por el que todo haya adquirido esta forma,
esta forma de costumbre, en que amanece como una herida sin importancia.
Ya no recuerdo qué clase de paciencia me trajo a este lugar...
9 pintas, 29 latidos, Gillespie,
madrugada, ganas de hablar.
La generación del 77 íbamos a cambiar el mundo en el fututo
pero los electrodomésticos siguen funcionando en el 2007,
como siempre…
Me pregunto:
Por qué un intermitente puede llevarme a la lágrima, de vasta emoción, por qué siento que me responde, cuando se ilumina su automática luz naranja, y que no estoy solo, que somos dos, objetos comunicándose, que la máquina pretende mi atención, sabiendo antes de que se ilumine sin embargo apenas un segundo antes que así será…
No lo entiendo:
Por qué ladra el borracho a los coches que pasan a su lado.
Es de noche.
Hace frío.
Mientras, la gente ahí afuera insiste, empujando sus pesadas rocas, hacia la pirámide.
En las paredes de mi casa se pudre la luz de ayer por la mañana.
Y yo sigo de pie junto a la ventana, sin tomar ninguna decisión.
Podría quedarme a vivir dentro de esta canción.
A night in Tunisia.
Pienso que:
La oportunidad debe ir acompañada de destreza…
Todos los muebles de casa me observan con rostro de preocupación.
No quiero pensar,
para no atraer su atención, con el ruido de mi cabeza.
Un automóvil ha atropellado al borracho, se apagó el ruido y la furia.
Está muerto, pero no siento lástima.
Tampoco sé qué significa eso realmente, si es salvaje, inhumano o inmoral,
pero es cierto.
Y mientras, la gente ahí afuera no deja de insistir, empujando sus rocas.
Me pregunto:
Debe haber algún motivo por el que todo haya adquirido esta forma,
esta forma de costumbre, en que amanece como una herida sin importancia.
Ya no recuerdo qué clase de paciencia me trajo a este lugar...
miércoles, 2 de febrero de 2011
Recomienzo (por Andrés Sánchez Robayna)
Todo comienzo es ilusorio.
Todo comienzo es sólo un enlazarse
del principio y del fin en la cadena
del tiempo, es el instante
en que creímos ver el nacimiento
y el nacimiento es sólo un acto
de lo incesantemente renacido
—es decir, estas líneas semejan un comienzo
pero el comienzo surge a cada instante,
como la lluvia que esta tarde
vi caer sobre el mar
y esta tarde es tan solo una tarde del tiempo que renace
en un eterno recomienzo
y la lluvia y la tarde se han hundido en el tiempo
en el que ruedan siempre las nubes agolpadas
sobre los mármoles celestes
y la línea inicial es un comienzo
y la línea final será un comienzo.
Todo comienzo es sólo un enlazarse
del principio y del fin en la cadena
del tiempo, es el instante
en que creímos ver el nacimiento
y el nacimiento es sólo un acto
de lo incesantemente renacido
—es decir, estas líneas semejan un comienzo
pero el comienzo surge a cada instante,
como la lluvia que esta tarde
vi caer sobre el mar
y esta tarde es tan solo una tarde del tiempo que renace
en un eterno recomienzo
y la lluvia y la tarde se han hundido en el tiempo
en el que ruedan siempre las nubes agolpadas
sobre los mármoles celestes
y la línea inicial es un comienzo
y la línea final será un comienzo.
martes, 1 de febrero de 2011
Es mi modo de amarte (por Juan Andrés García Román)
Qué clase de verdad es mi tristeza:
pasan cuerpos y días y se deshoja el mar;
voy por ciudades, cuerpos. Te amo así.
Enciendo en sus alientos mis jardines y sigo caminando:
—hermoso, aunque el destino sea por siempre la noche,
caminar por la borda de un barco con las luces apagadas—.
Hay algo parecido al otoño en el amor:
estar como una alondra en la noticia
del sol, entretener
la forma, la belleza en su tardanza.
Huelen como el otoño las alcobas,
son como los jardines del otoño; no debieran
estar en este mundo. Crecen del corazón,
de los surcos humanos, las grietas del perfume. Del dolor:
el último lugar en el que el hombre espera.
Y yo espero.
Pasan cuerpos y días. Es mi modo de amarte:
buscarte entre los cuerpos que pasan por mi cuerpo.
La huella de su aroma entre mis manos
conserva la extensión exacta de tu ausencia;
y así, cuando germina
en la grava tortuosa y enferma de mis ojos
el alba, me es posible
escapar por el mar interior de los abrazos
hasta esta sed de ti más cierta que mi vida.
Entonces, junto a muelles
dormidos, que un momento
son más verdad, la fiebre de unas aves
voltea en lo más alto,
y la última estrella me sonríe como tú.
Es la hora: me conduzco
por sombras y callejas con una luz a tientas,
llego a mi cuarto, acuesto mi cuerpo estremecido.
pasan cuerpos y días y se deshoja el mar;
voy por ciudades, cuerpos. Te amo así.
Enciendo en sus alientos mis jardines y sigo caminando:
—hermoso, aunque el destino sea por siempre la noche,
caminar por la borda de un barco con las luces apagadas—.
Hay algo parecido al otoño en el amor:
estar como una alondra en la noticia
del sol, entretener
la forma, la belleza en su tardanza.
Huelen como el otoño las alcobas,
son como los jardines del otoño; no debieran
estar en este mundo. Crecen del corazón,
de los surcos humanos, las grietas del perfume. Del dolor:
el último lugar en el que el hombre espera.
Y yo espero.
Pasan cuerpos y días. Es mi modo de amarte:
buscarte entre los cuerpos que pasan por mi cuerpo.
La huella de su aroma entre mis manos
conserva la extensión exacta de tu ausencia;
y así, cuando germina
en la grava tortuosa y enferma de mis ojos
el alba, me es posible
escapar por el mar interior de los abrazos
hasta esta sed de ti más cierta que mi vida.
Entonces, junto a muelles
dormidos, que un momento
son más verdad, la fiebre de unas aves
voltea en lo más alto,
y la última estrella me sonríe como tú.
Es la hora: me conduzco
por sombras y callejas con una luz a tientas,
llego a mi cuarto, acuesto mi cuerpo estremecido.
lunes, 31 de enero de 2011
Opiario (por Fernando Pessoa)
Antes del opio mi alma está doliente.
Sentir la vida anima y debilita
y yo busco en el opio que consuela
un Oriente al oriente del Oriente.
Esta vida de a bordo ha de matarme.
Son días sólo de fiebre en la cabeza
y, por mucho que busque hasta enfermar,
no encuentro molde al que adaptarme.
En paradoja e incompetencia astral
vivo en surcos de oro mi vida,
ola donde el decoro es recaída,
los propios gozos, ganglios de mi mal.
Y por un mecanismo de desastres,
engranaje con rodamientos falsos,
camino entre visiones de cadalsos
en un jardín en el aire pero con flores.
Me voy tambaleando entre la labor
de una vida interior de encaje y laca.
Siento que tengo en casa la navaja
con que fue degollado el Precursor.
Ando arrastrando en la maleta un crimen
que cometió un abuelo mío por exigente.
Tengo los nervios de punta, de veinte en veinte,
y caí en el opio como en una zanja.
Al toque de morfina adormecido
me pierdo en transparecias palpitantes
y en una noche llena de brillantes
se levanta la luna como mi destino.
Mal estudiante siempre fui, y ahora
no hago más que ver partir la nave
por el Canal de Suez y conducir
mi vida de alcanfor en la aurora.
Perdí días que antaño aprovechara.
trabajé para tener sólo el cansancio
que es hoy en mí una especie de brazo
que en el cuello me oprime y me ampara.
Y fui niño, como todo el mundo.
Nací en una provincia portuguesa
y ya he conocido gente inglesa
que dice que sé inglés perfectamente.
Me agradaba tener poemas y novelas
publicadas por Plon y en el Mercure.
Mas imposible es que esta vida dure.
¡Si en este viaje ni hubo temporales!
La vida a bordo es una cosa triste,
aunque la gente se divierta a veces.
Hablo con alemanes, suecos e ingleses
pero mi pena de vivir persiste.
Creo que no vale la pena haber
ido al Oriente y visto la India y China.
La tierra es parecida y muy pequeña
y hay sólo una manera de vivir.
Por eso tomo opio. Es un remedio.
Soy un convaleciente del Momento.
Vivo en la planta baja del pensamiento
y ver pasar la vida me da tedio.
Fumo. Me canso. ¡Ah, una tierra, al fin,
en donde muy al este no fuese el oeste ya!
¿Para qué fui a visitar la India que hay
si no existe la India, sino el alma en mí?
Soy desgraciado por mi beneficio.
Los gitanos me robaron la Suerte.
Quizá no encuentre, ni junto a la muerte
un lugar que me abrigue de mi frío.
Fingí haber estudiado ingeniería.
Viví en Escocia. Visité Irlanda.
Mi corazón es una abuelita que anda
limosneando a las puertas de la Alegría.
¡No llegues a Port-Said, nave de hierro!
Vira hacia la derecha, no sé adónde.
Paso los días en el smoking-room con el conde
un escroc francés, conde de fin de entierro.
Vuelvo descontento a Europa, y con suerte
de poder ser un poeta quimérico.
Soy monárquico, pero no católico
y me agradaba ser alguna cosa fuerte.
Me gustaba tener creencias y dinero,
ser varia gente insípida que vi.
Hoy, después de todo, no soy sino, aquí,
en un navío cualquiera, un pasajero.
No tengo ninguna personalidad.
Más notable que yo es ese criado
de a bordo, con bello estilo alzado,
de lord escocés hace días en ayuno.
No puedo estar en ninguna parte. Mía
es la patria donde no estoy. Ando enfermo y flaco.
El comisario de a bordo es un bellaco.
Me vio con la sueca... y el resto lo adivina.
Un día montó un alboroto a bordo
sólo para que los demás hablen de mí.
No puedo con la vida y creo desastrosas
las iras con que a veces me desbordo.
Paso el día fumando, bebiendo cosas,
drogas americanas que entontecen,
¡y yo tan bebido ya sin nada! Si diesen
un mejor cerebro a mis nervios como rosas.
Escribo estas líneas. ¡Parece imposible
que, teniendo talento, apenas lo sienta!
El hecho es que esta vida es una casa
donde se aburre hasta un alma sensible.
Los ingleses están hechos para existir.
No hay más gente como ésta, tan presta
a la Tranquilidad. La gente echa
un centavo y les sirve para sonreír.
Pertenezco a un género de portugueses
que tras haber descubierto la India
están sin trabajo. La muerte es algo cierto.
He pensado en esto muchas veces.
¡Al diablo con la vida, la gente que la tenga!
Ni leo mi libro de cabecera.
Me fastidia el Oriente. Es una alfombra
que al enrollarse deja de ser bella.
Caigo en el opio por fuerza. Pero querer
que ponga en claro una vida de éstas
no se puede exigir. Almas honestas
con horas de dormir y de comer,
¡que un rayo las parta! Y esto, al fin, es envidia,
porque estos nervios son mi misma muerte.
¡No haber un navío que me transporte
donde no quiera nada que no vea!
¡Ah! Me cansaba de este mismo modo.
Quería un opio más fuerte para ir de allí
hacia sueños que diesen cuenta de mí
y rogasen conmigo en algún lodo.
¡Fiebre! Si esto que tengo no es fiebre,
no sé cómo es que se tiene fiebre y se siente.
El hecho esencial es que estoy convaleciente.
Esta carrera, amigos, está libre.
Veo la noche. Tocó ya la primera
corneta para vestirse e ir a cenar
¡Vida social como meta! ¡Eso, andar
hasta que la gente salga cogida del cuello!
Porque esto acaba mal y ha de haber,
¡ah!, sangre y un revólver para el fin
de este desasosiego que hay en mí
y que no hay otra forma de resolver.
Quien me mire me encontrará banal,
a mi vida y a mí... ¡Anda! un muchacho...
mi propio monóculo ya me ha hecho
pertenecer a un tipo universal.
¡Ah, cuánta alma habrá, que ande metida
así como yo en lo Recto, y como yo sea mística!
¿Cuántos con la chaqueta característica
no tendrán, como yo, horror a la vida?
¡Si al menos fuese por fuera tan
interesante como lo soy por dentro!
Voy en el Maelstrom, cada vez más al centro.
y no hacer nada es mi perdición.
Un inútil. ¡Pero es tan justo serlo!
¡Si se pudiera despreciar a los otros
y, todavía, con los codos rotos,
ser un héroe, loco, maldito o bello!
Me asaltan ganas de acercar las manos
a la boca y morder a fondo haciéndome daño.
sería una ocupación original
y distraería a los otros, los tan sanos.
El absurdo, como flor de la India, como
no llegué a encontrar en la India, nace
en mi cerebro harto de cansarse.
Dios cambie mi vida o la vuelva letal.
Déjenme estar aquí, en esta silla
hasta que vengan a meterme en el cajón.
Nací para mandarín de condición,
pero me falta sosiego, suelo y esterilla.
¡Ah, qué bueno sería ir de aquí en caída
hacia la tumba por una trampa de estruendo!
La vida me sabe a tabaco rubio.
Nunca hice más que pasar la vida fumando.
Y al final lo que quiero es fe, es calma,
y no tener esas sensaciones confusas.
¡Que Dios acabe con esto! Abra las esclusas
y ¡basta de comedias en mi alma!
Sentir la vida anima y debilita
y yo busco en el opio que consuela
un Oriente al oriente del Oriente.
Esta vida de a bordo ha de matarme.
Son días sólo de fiebre en la cabeza
y, por mucho que busque hasta enfermar,
no encuentro molde al que adaptarme.
En paradoja e incompetencia astral
vivo en surcos de oro mi vida,
ola donde el decoro es recaída,
los propios gozos, ganglios de mi mal.
Y por un mecanismo de desastres,
engranaje con rodamientos falsos,
camino entre visiones de cadalsos
en un jardín en el aire pero con flores.
Me voy tambaleando entre la labor
de una vida interior de encaje y laca.
Siento que tengo en casa la navaja
con que fue degollado el Precursor.
Ando arrastrando en la maleta un crimen
que cometió un abuelo mío por exigente.
Tengo los nervios de punta, de veinte en veinte,
y caí en el opio como en una zanja.
Al toque de morfina adormecido
me pierdo en transparecias palpitantes
y en una noche llena de brillantes
se levanta la luna como mi destino.
Mal estudiante siempre fui, y ahora
no hago más que ver partir la nave
por el Canal de Suez y conducir
mi vida de alcanfor en la aurora.
Perdí días que antaño aprovechara.
trabajé para tener sólo el cansancio
que es hoy en mí una especie de brazo
que en el cuello me oprime y me ampara.
Y fui niño, como todo el mundo.
Nací en una provincia portuguesa
y ya he conocido gente inglesa
que dice que sé inglés perfectamente.
Me agradaba tener poemas y novelas
publicadas por Plon y en el Mercure.
Mas imposible es que esta vida dure.
¡Si en este viaje ni hubo temporales!
La vida a bordo es una cosa triste,
aunque la gente se divierta a veces.
Hablo con alemanes, suecos e ingleses
pero mi pena de vivir persiste.
Creo que no vale la pena haber
ido al Oriente y visto la India y China.
La tierra es parecida y muy pequeña
y hay sólo una manera de vivir.
Por eso tomo opio. Es un remedio.
Soy un convaleciente del Momento.
Vivo en la planta baja del pensamiento
y ver pasar la vida me da tedio.
Fumo. Me canso. ¡Ah, una tierra, al fin,
en donde muy al este no fuese el oeste ya!
¿Para qué fui a visitar la India que hay
si no existe la India, sino el alma en mí?
Soy desgraciado por mi beneficio.
Los gitanos me robaron la Suerte.
Quizá no encuentre, ni junto a la muerte
un lugar que me abrigue de mi frío.
Fingí haber estudiado ingeniería.
Viví en Escocia. Visité Irlanda.
Mi corazón es una abuelita que anda
limosneando a las puertas de la Alegría.
¡No llegues a Port-Said, nave de hierro!
Vira hacia la derecha, no sé adónde.
Paso los días en el smoking-room con el conde
un escroc francés, conde de fin de entierro.
Vuelvo descontento a Europa, y con suerte
de poder ser un poeta quimérico.
Soy monárquico, pero no católico
y me agradaba ser alguna cosa fuerte.
Me gustaba tener creencias y dinero,
ser varia gente insípida que vi.
Hoy, después de todo, no soy sino, aquí,
en un navío cualquiera, un pasajero.
No tengo ninguna personalidad.
Más notable que yo es ese criado
de a bordo, con bello estilo alzado,
de lord escocés hace días en ayuno.
No puedo estar en ninguna parte. Mía
es la patria donde no estoy. Ando enfermo y flaco.
El comisario de a bordo es un bellaco.
Me vio con la sueca... y el resto lo adivina.
Un día montó un alboroto a bordo
sólo para que los demás hablen de mí.
No puedo con la vida y creo desastrosas
las iras con que a veces me desbordo.
Paso el día fumando, bebiendo cosas,
drogas americanas que entontecen,
¡y yo tan bebido ya sin nada! Si diesen
un mejor cerebro a mis nervios como rosas.
Escribo estas líneas. ¡Parece imposible
que, teniendo talento, apenas lo sienta!
El hecho es que esta vida es una casa
donde se aburre hasta un alma sensible.
Los ingleses están hechos para existir.
No hay más gente como ésta, tan presta
a la Tranquilidad. La gente echa
un centavo y les sirve para sonreír.
Pertenezco a un género de portugueses
que tras haber descubierto la India
están sin trabajo. La muerte es algo cierto.
He pensado en esto muchas veces.
¡Al diablo con la vida, la gente que la tenga!
Ni leo mi libro de cabecera.
Me fastidia el Oriente. Es una alfombra
que al enrollarse deja de ser bella.
Caigo en el opio por fuerza. Pero querer
que ponga en claro una vida de éstas
no se puede exigir. Almas honestas
con horas de dormir y de comer,
¡que un rayo las parta! Y esto, al fin, es envidia,
porque estos nervios son mi misma muerte.
¡No haber un navío que me transporte
donde no quiera nada que no vea!
¡Ah! Me cansaba de este mismo modo.
Quería un opio más fuerte para ir de allí
hacia sueños que diesen cuenta de mí
y rogasen conmigo en algún lodo.
¡Fiebre! Si esto que tengo no es fiebre,
no sé cómo es que se tiene fiebre y se siente.
El hecho esencial es que estoy convaleciente.
Esta carrera, amigos, está libre.
Veo la noche. Tocó ya la primera
corneta para vestirse e ir a cenar
¡Vida social como meta! ¡Eso, andar
hasta que la gente salga cogida del cuello!
Porque esto acaba mal y ha de haber,
¡ah!, sangre y un revólver para el fin
de este desasosiego que hay en mí
y que no hay otra forma de resolver.
Quien me mire me encontrará banal,
a mi vida y a mí... ¡Anda! un muchacho...
mi propio monóculo ya me ha hecho
pertenecer a un tipo universal.
¡Ah, cuánta alma habrá, que ande metida
así como yo en lo Recto, y como yo sea mística!
¿Cuántos con la chaqueta característica
no tendrán, como yo, horror a la vida?
¡Si al menos fuese por fuera tan
interesante como lo soy por dentro!
Voy en el Maelstrom, cada vez más al centro.
y no hacer nada es mi perdición.
Un inútil. ¡Pero es tan justo serlo!
¡Si se pudiera despreciar a los otros
y, todavía, con los codos rotos,
ser un héroe, loco, maldito o bello!
Me asaltan ganas de acercar las manos
a la boca y morder a fondo haciéndome daño.
sería una ocupación original
y distraería a los otros, los tan sanos.
El absurdo, como flor de la India, como
no llegué a encontrar en la India, nace
en mi cerebro harto de cansarse.
Dios cambie mi vida o la vuelva letal.
Déjenme estar aquí, en esta silla
hasta que vengan a meterme en el cajón.
Nací para mandarín de condición,
pero me falta sosiego, suelo y esterilla.
¡Ah, qué bueno sería ir de aquí en caída
hacia la tumba por una trampa de estruendo!
La vida me sabe a tabaco rubio.
Nunca hice más que pasar la vida fumando.
Y al final lo que quiero es fe, es calma,
y no tener esas sensaciones confusas.
¡Que Dios acabe con esto! Abra las esclusas
y ¡basta de comedias en mi alma!
domingo, 30 de enero de 2011
¿Quién fui? (por Antonio Gamoneda)
Amé. Es incomprensible como el temor de los árboles.
Ahora estoy extraviado en la luz pero yo sé que amé.
Yo vivía en un ser y su sangre se deslizaba por mis venas y
la música me envolvía y yo mismo era música.
Ahora,
¿quién es ciego en mis ojos?
Unas manos pasaban sobre mi rostro y envejecían dulcemente. ¿Qué
fue existir entre cuerdas y olvidos?
¿Quién fui en los brazos de mi madre, quién fui en mi propio corazón?
Es extraño: solamente he aprendido a desconocer y olvidar. Es extraño:
todavía el amor
habita en el olvido.
Ahora estoy extraviado en la luz pero yo sé que amé.
Yo vivía en un ser y su sangre se deslizaba por mis venas y
la música me envolvía y yo mismo era música.
Ahora,
¿quién es ciego en mis ojos?
Unas manos pasaban sobre mi rostro y envejecían dulcemente. ¿Qué
fue existir entre cuerdas y olvidos?
¿Quién fui en los brazos de mi madre, quién fui en mi propio corazón?
Es extraño: solamente he aprendido a desconocer y olvidar. Es extraño:
todavía el amor
habita en el olvido.
sábado, 29 de enero de 2011
Y también viceversa (por Mario Benedetti)
Tengo miedo de verte
necesidad de verte
esperanza de verte
desazones de verte
tengo ganas de hallarte
preocupación de hallarte
certidumbre de hallarte
pobres dudas de hallarte
tengo urgencia de oírte
alegría de oírte
buena suerte de oírte
y temores de oírte
o sea
resumiendo
estoy jodido
y radiante
quizá más lo primero
que lo segundo
y también
viceversa.
necesidad de verte
esperanza de verte
desazones de verte
tengo ganas de hallarte
preocupación de hallarte
certidumbre de hallarte
pobres dudas de hallarte
tengo urgencia de oírte
alegría de oírte
buena suerte de oírte
y temores de oírte
o sea
resumiendo
estoy jodido
y radiante
quizá más lo primero
que lo segundo
y también
viceversa.
viernes, 28 de enero de 2011
Durante cuánto tiempo nos engañaron (por Walt Whitman)
Trasmutamos ahora,
nos apresuramos a huir
como huye la
naturaleza,
Somos la naturaleza,
durante mucho tiempo estuvimos lejos.
Pero ahora volvemos,
nos convertimos en plantas,
en troncos, en follaje,
raíces y cortezas.
Estamos asentados en la tierra,
somos peñascos,
pastamos,
somos dos en medio de la hacienda bravía,
tan espontáneos como los otros.
Somos dos peces que nadan juntos en el mar,
somos lo que son las flores del algarrobo,
derramamos fragancia
en los caminos de la mañana y de la tarde.
Somos también lo sucio de las bestias,
de las plantas, de los minerales.
Somos dos aves de rapiña,
nos elevamos en el aire y miramos la tierra.
Somos dos soles que deslumbran,
somos nosotros dos los que giramos,
cósmicos y estelares,
somos como dos cometas.
Merodeamos, cuadrúpedos y feroces, por la espesura,
y saltamos sobre la presa.
Somos dos nubes que se desplazan en lo alto
cuando amanece o atardece.
Somos dos mares que se unen,
somos esas olas felices que se revuelcan
y se juntan, mojándose.
Somos lo que es la atmósfera,
transparentes, hospitalarios,
permeables, impermeables.
Somos nieve, lluvia, frío, tinieblas,
somos lo que el planeta engendra y protege.
Hemos descrito círculos hasta volver los dos al hogar,
hemos renunciado a todo,
salvo a la libertad y a nuestra alegría.
nos apresuramos a huir
como huye la
naturaleza,
Somos la naturaleza,
durante mucho tiempo estuvimos lejos.
Pero ahora volvemos,
nos convertimos en plantas,
en troncos, en follaje,
raíces y cortezas.
Estamos asentados en la tierra,
somos peñascos,
pastamos,
somos dos en medio de la hacienda bravía,
tan espontáneos como los otros.
Somos dos peces que nadan juntos en el mar,
somos lo que son las flores del algarrobo,
derramamos fragancia
en los caminos de la mañana y de la tarde.
Somos también lo sucio de las bestias,
de las plantas, de los minerales.
Somos dos aves de rapiña,
nos elevamos en el aire y miramos la tierra.
Somos dos soles que deslumbran,
somos nosotros dos los que giramos,
cósmicos y estelares,
somos como dos cometas.
Merodeamos, cuadrúpedos y feroces, por la espesura,
y saltamos sobre la presa.
Somos dos nubes que se desplazan en lo alto
cuando amanece o atardece.
Somos dos mares que se unen,
somos esas olas felices que se revuelcan
y se juntan, mojándose.
Somos lo que es la atmósfera,
transparentes, hospitalarios,
permeables, impermeables.
Somos nieve, lluvia, frío, tinieblas,
somos lo que el planeta engendra y protege.
Hemos descrito círculos hasta volver los dos al hogar,
hemos renunciado a todo,
salvo a la libertad y a nuestra alegría.
jueves, 27 de enero de 2011
1 de enero de 1965 (por Joseph Brodsky)
Los Reyes Magos olvidarán tu dirección.
No habrá estrellas sobre tu cabeza.
Acaso sólo el ronco bramido del viento
escuches como en otros tiempos.
A tus hombros cansados les quitarás la sombra,
cuando apagues la vela, antes de acostarte,
pues el calendario nos promete
más días que velas.
¿Qué es esto? ¿Tristeza? Tal vez sea tristeza.
Una canción que te sabes de memoria.
Que se repite. Pues que se repita.
Que se repita desde ahora.
Que suene también a la hora de la muerte,
como gratitud de labios y ojos,
hacia lo que, a veces, nos obliga
a perder la mirada en la lejanía.
Y mirando en silencio al techo,
porque el calcetín, claro, está vacío,
comprenderás que la avaricia sólo es garantía
de que eres demasiado viejo.
De que ya es tarde para creer en milagros.
Y lanzando tu mirada al cielo,
sentirás de repente que tú mismo
eres un regalo sincero.
No habrá estrellas sobre tu cabeza.
Acaso sólo el ronco bramido del viento
escuches como en otros tiempos.
A tus hombros cansados les quitarás la sombra,
cuando apagues la vela, antes de acostarte,
pues el calendario nos promete
más días que velas.
¿Qué es esto? ¿Tristeza? Tal vez sea tristeza.
Una canción que te sabes de memoria.
Que se repite. Pues que se repita.
Que se repita desde ahora.
Que suene también a la hora de la muerte,
como gratitud de labios y ojos,
hacia lo que, a veces, nos obliga
a perder la mirada en la lejanía.
Y mirando en silencio al techo,
porque el calcetín, claro, está vacío,
comprenderás que la avaricia sólo es garantía
de que eres demasiado viejo.
De que ya es tarde para creer en milagros.
Y lanzando tu mirada al cielo,
sentirás de repente que tú mismo
eres un regalo sincero.
miércoles, 26 de enero de 2011
Perros del perro (por José Saramago)
Este mundo no sirve, que venga otro.
Ya hace mucho que andamos por aquí
fingiendo razones suficientes.
Seamos perros del perro: que bien sabemos
morder a los más débiles, si mandamos,
y lamer manos si dependemos de otros.
Ya hace mucho que andamos por aquí
fingiendo razones suficientes.
Seamos perros del perro: que bien sabemos
morder a los más débiles, si mandamos,
y lamer manos si dependemos de otros.
martes, 25 de enero de 2011
¿También allí? (por Saiz de Marco)
Además de tu sede oficial en la Tierra
(el sitio donde llevas tanto tiempo asentado)
¿tienes, Dolor, abiertas
sucursales
ahí fuera?
En vecinas galaxias,
en otras dimensiones o en otros universos,
¿estás, Dolor, presente?
¿Tienes también allí
domicilios estables
o te conformas sólo con tu casa en la Tierra?
(el sitio donde llevas tanto tiempo asentado)
¿tienes, Dolor, abiertas
sucursales
ahí fuera?
En vecinas galaxias,
en otras dimensiones o en otros universos,
¿estás, Dolor, presente?
¿Tienes también allí
domicilios estables
o te conformas sólo con tu casa en la Tierra?
lunes, 24 de enero de 2011
Esa ráfaga (por Jorge Luis Borges)
Un hombre trabajado por el tiempo,
un hombre que ni siquiera espera la muerte
(las pruebas de la muerte son estadísticas
y nadie hay que no corra el albur
de ser el primer inmortal),
un hombre que ha aprendido a agradecer
las modestas limosnas de los días:
el sueño, la rutina, el sabor del agua,
una no sospechada etimología,
un verso latino o sajón,
la memoria de una mujer que lo ha abandonado
hace ya tantos años
que hoy puede recordarla sin amargura,
un hombre que no ignora que el presente
ya es el porvenir y el olvido,
un hombre que ha sido desleal
y con el que fueron desleales,
puede sentir de pronto, al cruzar la calle,
una misteriosa felicidad
que no viene del lado de la esperanza
sino de una antigua inocencia,
de su propia raíz o de un dios disperso.
Sabe que no debe mirarla de cerca,
porque hay razones más terribles que tigres
que le demostrarán su obligación
de ser un desdichado,
pero humildemente recibe
esa felicidad, esa ráfaga.
Quizá en la muerte para siempre seremos,
cuando el polvo sea polvo,
esa indescifrable raíz,
de la cual para siempre crecerá,
ecuánime o atroz,
nuestro solitario cielo o infierno.
un hombre que ni siquiera espera la muerte
(las pruebas de la muerte son estadísticas
y nadie hay que no corra el albur
de ser el primer inmortal),
un hombre que ha aprendido a agradecer
las modestas limosnas de los días:
el sueño, la rutina, el sabor del agua,
una no sospechada etimología,
un verso latino o sajón,
la memoria de una mujer que lo ha abandonado
hace ya tantos años
que hoy puede recordarla sin amargura,
un hombre que no ignora que el presente
ya es el porvenir y el olvido,
un hombre que ha sido desleal
y con el que fueron desleales,
puede sentir de pronto, al cruzar la calle,
una misteriosa felicidad
que no viene del lado de la esperanza
sino de una antigua inocencia,
de su propia raíz o de un dios disperso.
Sabe que no debe mirarla de cerca,
porque hay razones más terribles que tigres
que le demostrarán su obligación
de ser un desdichado,
pero humildemente recibe
esa felicidad, esa ráfaga.
Quizá en la muerte para siempre seremos,
cuando el polvo sea polvo,
esa indescifrable raíz,
de la cual para siempre crecerá,
ecuánime o atroz,
nuestro solitario cielo o infierno.
domingo, 23 de enero de 2011
Cuidado con los que saben (por Charles Bukowski)
Cuidado con los que saben
Hay suficiente traición y odio, violencia,
necedad en el ser humano corriente
como para abastecer cualquier ejército o cualquier
jornada.
Y los mejores asesinos son aquellos
que predican en su contra.
Y los que mejor odian son aquellos
que predican amor.
Y los que mejor luchan en la guerra
son -al final- aquellos que
predican
paz.
Aquellos que hablan de Dios
necesitan a Dios.
Aquellos que predican paz
no tienen paz.
Aquellos que predican amor
no tienen amor.
Cuidado con los predicadores,
cuidado con los que saben.
Cuidado con aquellos que están siempre
leyendo libros.
Cuidado con aquellos que detestan
la pobreza o están orgullosos de ella.
Cuidado con aquellos de alabanza rápida
pues necesitan que se les alabe a cambio.
Cuidado con aquellos que censuran con rapidez:
tienen miedo de lo que no conocen.
Cuidado con aquellos que buscan constantes
multitudes;
no son nada solos.
Cuidado con
el hombre corriente,
con la mujer corriente.
Cuidado con su amor.
Su amor es corriente, busca
lo corriente.
Pero es un genio al odiar,
es lo suficientemente genial
al odiar como para matarte, como para matar
a cualquiera.
Al no querer la soledad,
al no entender la soledad
intentarán destruir
cualquier cosa
que difiera
de lo suyo.
Al no ser capaces
de crear arte
no entenderán
el arte.
Considerarán su fracaso
como creadores
sólo como un fracaso
del mundo.
Al no ser capaces de amar plenamente
creerán que tu amor es
incompleto
y entonces te
odiarán.
Y su odio será perfecto
como un diamante resplandeciente,
como una navaja,
como una montaña,
como un tigre,
como cicuta.
Su mejor
arte.
Hay suficiente traición y odio, violencia,
necedad en el ser humano corriente
como para abastecer cualquier ejército o cualquier
jornada.
Y los mejores asesinos son aquellos
que predican en su contra.
Y los que mejor odian son aquellos
que predican amor.
Y los que mejor luchan en la guerra
son -al final- aquellos que
predican
paz.
Aquellos que hablan de Dios
necesitan a Dios.
Aquellos que predican paz
no tienen paz.
Aquellos que predican amor
no tienen amor.
Cuidado con los predicadores,
cuidado con los que saben.
Cuidado con aquellos que están siempre
leyendo libros.
Cuidado con aquellos que detestan
la pobreza o están orgullosos de ella.
Cuidado con aquellos de alabanza rápida
pues necesitan que se les alabe a cambio.
Cuidado con aquellos que censuran con rapidez:
tienen miedo de lo que no conocen.
Cuidado con aquellos que buscan constantes
multitudes;
no son nada solos.
Cuidado con
el hombre corriente,
con la mujer corriente.
Cuidado con su amor.
Su amor es corriente, busca
lo corriente.
Pero es un genio al odiar,
es lo suficientemente genial
al odiar como para matarte, como para matar
a cualquiera.
Al no querer la soledad,
al no entender la soledad
intentarán destruir
cualquier cosa
que difiera
de lo suyo.
Al no ser capaces
de crear arte
no entenderán
el arte.
Considerarán su fracaso
como creadores
sólo como un fracaso
del mundo.
Al no ser capaces de amar plenamente
creerán que tu amor es
incompleto
y entonces te
odiarán.
Y su odio será perfecto
como un diamante resplandeciente,
como una navaja,
como una montaña,
como un tigre,
como cicuta.
Su mejor
arte.
sábado, 22 de enero de 2011
Cerrar los ojos (por Mario Benedetti)
Cerremos estos ojos para entrar al misterio
el que acude con gozos y desdichas
así
en esta noche provocada
crearemos por fin nuestras propias estrellas
y nuestra hermosa colección de sueños
el pobre mundo seguirá rodando
lejos de nuestros párpados caídos
habrá hurtos abusos fechorías
o sea el espantoso ritmo de las cosas
allá en la calle seguirán los mismos
escaparates de las tentaciones
ah pero nuestros ojos tapados piensan sienten
lo que no pensaron ni sintieron antes
si pasado mañana los abrimos
el corazón acaso se encabrite
así hasta que los párpados
se nos caigan de nuevo
y volvamos al pacto de lo oscuro
el que acude con gozos y desdichas
así
en esta noche provocada
crearemos por fin nuestras propias estrellas
y nuestra hermosa colección de sueños
el pobre mundo seguirá rodando
lejos de nuestros párpados caídos
habrá hurtos abusos fechorías
o sea el espantoso ritmo de las cosas
allá en la calle seguirán los mismos
escaparates de las tentaciones
ah pero nuestros ojos tapados piensan sienten
lo que no pensaron ni sintieron antes
si pasado mañana los abrimos
el corazón acaso se encabrite
así hasta que los párpados
se nos caigan de nuevo
y volvamos al pacto de lo oscuro
viernes, 21 de enero de 2011
Cuarentena (por Luis García Montero)
Con qué ferocidad y a qué hora importuna
salen tus veinte años de la fotografía
para exigirme cuentas.
En los ojos heridos por la luz
sostienes la mirada de mis sobras,
en el descaro de tus profecías
desdeñas la lealtad de mis recuerdos,
en la piel transparente
anegas el cansancio de mi piel
y defines mis años por traiciones.
No escandalices más,
hablemos si tú quieres,
elige tú las armas y el paisaje
de la conversación,
y espera a que se vayan
los invitados a la cena fría
de mis cuarenta años.
Por evaporaciones,
como las aguas sucias de los charcos
se acercan a las nubes,
caminaré contigo
hasta la plaza de tu juventud.
Allí están los magníficos
árboles de las ciencias y las letras
con sus palabras en el mes de mayo,
y el orden de los números
a la orilla del tiempo,
más cerca de las sumas que de las divisiones.
Imagino tu voz, supongo el aire
-porque a veces regresa hasta mis labios
en noches de espesura-
con el que afirmarás
que toda libertad es una roca,
que no faltan el viento y las razones,
sino la voluntad en el timón,
para gritar después que mi conciencia
es ya ropa tendida,
palabras puestas a secar.
Tendrás razón. No digo
ni la mitad de lo que siento.
Pero recuerda que mi soledad,
la que arde en mi lámpara de desaparecido,
es el silencio de las causas públicas.
Y puedes comprenderme:
mis mujeres dormidas,
el cajón de los barcos indefensos,
un teléfono antiguo...,
todas las tachaduras se parecen
a la inquietud que sufres
ante la vida en blanco.
Ya que fuerzas mis sombras con tu luz
comprende mi silencio en tus exclamaciones.
Porque sabes que sé
el lado frágil de la impertinencia,
lo que hay de imitación en tu seguridad,
la certeza que llega de los otros
para empujarte
por el afán de ser el elegido,
por el deseo de gustar,
hasta vivir de oídas en muchas ocasiones.
Aceptaré las quejas, si tú me reconoces
la legitimidad de la impostura.
Ahora que necesito
meditar lo que creo
en busca de un destino soportable,
me acerco a ti,
porque sabías meditar tus dudas.
Cuando tengas la edad que se avecina,
admitirás el tiempo de los encajadores,
la piel gastada y resistente,
el tono bajo de la voz
y el corazón cansado de elegir
sombras de pie o luz arrodillada.
Después de lo que he visto y lo que tú verás,
no es un mal resultado, te lo juro.
Baja conmigo al día,
ven hasta los paisajes verdaderos
en los que discutimos,
y me agradecerás
la difícil tarea de tu supervivencia.
salen tus veinte años de la fotografía
para exigirme cuentas.
En los ojos heridos por la luz
sostienes la mirada de mis sobras,
en el descaro de tus profecías
desdeñas la lealtad de mis recuerdos,
en la piel transparente
anegas el cansancio de mi piel
y defines mis años por traiciones.
No escandalices más,
hablemos si tú quieres,
elige tú las armas y el paisaje
de la conversación,
y espera a que se vayan
los invitados a la cena fría
de mis cuarenta años.
Por evaporaciones,
como las aguas sucias de los charcos
se acercan a las nubes,
caminaré contigo
hasta la plaza de tu juventud.
Allí están los magníficos
árboles de las ciencias y las letras
con sus palabras en el mes de mayo,
y el orden de los números
a la orilla del tiempo,
más cerca de las sumas que de las divisiones.
Imagino tu voz, supongo el aire
-porque a veces regresa hasta mis labios
en noches de espesura-
con el que afirmarás
que toda libertad es una roca,
que no faltan el viento y las razones,
sino la voluntad en el timón,
para gritar después que mi conciencia
es ya ropa tendida,
palabras puestas a secar.
Tendrás razón. No digo
ni la mitad de lo que siento.
Pero recuerda que mi soledad,
la que arde en mi lámpara de desaparecido,
es el silencio de las causas públicas.
Y puedes comprenderme:
mis mujeres dormidas,
el cajón de los barcos indefensos,
un teléfono antiguo...,
todas las tachaduras se parecen
a la inquietud que sufres
ante la vida en blanco.
Ya que fuerzas mis sombras con tu luz
comprende mi silencio en tus exclamaciones.
Porque sabes que sé
el lado frágil de la impertinencia,
lo que hay de imitación en tu seguridad,
la certeza que llega de los otros
para empujarte
por el afán de ser el elegido,
por el deseo de gustar,
hasta vivir de oídas en muchas ocasiones.
Aceptaré las quejas, si tú me reconoces
la legitimidad de la impostura.
Ahora que necesito
meditar lo que creo
en busca de un destino soportable,
me acerco a ti,
porque sabías meditar tus dudas.
Cuando tengas la edad que se avecina,
admitirás el tiempo de los encajadores,
la piel gastada y resistente,
el tono bajo de la voz
y el corazón cansado de elegir
sombras de pie o luz arrodillada.
Después de lo que he visto y lo que tú verás,
no es un mal resultado, te lo juro.
Baja conmigo al día,
ven hasta los paisajes verdaderos
en los que discutimos,
y me agradecerás
la difícil tarea de tu supervivencia.
jueves, 20 de enero de 2011
El cielo está aquí (por Michael Jackson)
Tú y yo nunca estaremos separados
Es solo una ilusión
forjada por las mágicas lentes de la percepción
Solo existe una integridad
un pensamiento
Somos como los rizos
en el vasto océano de la conciencia
Ven, vamos a bailar
el baile de la creación
Vamos a celebrar
la alegría de la vida
Los pájaros, las abejas
las galaxias infinitas
ríos, montañas, nubes y valles
son todo un ejemplo palpitante
viviendo, respirando
vivos con la energía cósmica
Lleno de vida, de alegría
este universo es mío
No tengo miedo
de conocer quién eres tú
Eres mucho más de lo que jamás imaginaste.
Eres el sol
eres la luna
eres la flor silvestre floreciendo
eres la vida pulsante
que late, baila
desde una partícula de polvo
hasta la más lejana estrella
Tú y yo nunca estaremos separados
es tan solo una ilusión
forjada por las mágicas lentes de la percepción
Vamos a celebrar
la alegría de la vida
Vamos a bailar
el baile de la creación
regresando a nosotros mismos
Nosotros creamos una y otra vez
círculos infinitos que vienen y van
Nosotros gozamos
en la infinidad del tiempo.
Nunca hubo un tiempo
en que yo no existiera y tú no existieras
Nunca habrá un tiempo
en que dejemos de ser
Infinitamente, ilimitadamente
en el océano de la conciencia
somos como rizos
en el mar del gozo
Tú y yo nunca estaremos separados
es tan solo una ilusión
forjada por las mágicas lentes de la percepción
El cielo está aquí
ahora es el momento de la eternidad
No te engañes a ti mismo
recobra tu felicidad
Una vez estuviste perdido
pero ahora estás en casa
en un universo vecinal
De aquí para allá
es el ilimitado océano de la conciencia
y nosotros somos como rizos
en el océano de la felicidad
Ven vamos a bailar
el baile de la creación
Vamos a celebrar
la alegría de la vida
Tú y yo nunca estaremos separados
es tan solo una ilusión
forjada por las mágicas lentes de la percepción
El cielo está aquí
ahora es el momento de la eternidad
No te engañes a ti mismo
y recobra tu gozo
Es solo una ilusión
forjada por las mágicas lentes de la percepción
Solo existe una integridad
un pensamiento
Somos como los rizos
en el vasto océano de la conciencia
Ven, vamos a bailar
el baile de la creación
Vamos a celebrar
la alegría de la vida
Los pájaros, las abejas
las galaxias infinitas
ríos, montañas, nubes y valles
son todo un ejemplo palpitante
viviendo, respirando
vivos con la energía cósmica
Lleno de vida, de alegría
este universo es mío
No tengo miedo
de conocer quién eres tú
Eres mucho más de lo que jamás imaginaste.
Eres el sol
eres la luna
eres la flor silvestre floreciendo
eres la vida pulsante
que late, baila
desde una partícula de polvo
hasta la más lejana estrella
Tú y yo nunca estaremos separados
es tan solo una ilusión
forjada por las mágicas lentes de la percepción
Vamos a celebrar
la alegría de la vida
Vamos a bailar
el baile de la creación
regresando a nosotros mismos
Nosotros creamos una y otra vez
círculos infinitos que vienen y van
Nosotros gozamos
en la infinidad del tiempo.
Nunca hubo un tiempo
en que yo no existiera y tú no existieras
Nunca habrá un tiempo
en que dejemos de ser
Infinitamente, ilimitadamente
en el océano de la conciencia
somos como rizos
en el mar del gozo
Tú y yo nunca estaremos separados
es tan solo una ilusión
forjada por las mágicas lentes de la percepción
El cielo está aquí
ahora es el momento de la eternidad
No te engañes a ti mismo
recobra tu felicidad
Una vez estuviste perdido
pero ahora estás en casa
en un universo vecinal
De aquí para allá
es el ilimitado océano de la conciencia
y nosotros somos como rizos
en el océano de la felicidad
Ven vamos a bailar
el baile de la creación
Vamos a celebrar
la alegría de la vida
Tú y yo nunca estaremos separados
es tan solo una ilusión
forjada por las mágicas lentes de la percepción
El cielo está aquí
ahora es el momento de la eternidad
No te engañes a ti mismo
y recobra tu gozo
miércoles, 19 de enero de 2011
Ahora que ya tus ojos son como sal (por Camilo José Cela)
Ahora que ya tus ojos son como sal, y fértil
tu inmensa boca es un volcán difunto.
Ahora que ya los lobos y las piedras,
tus vestidos pegados cual olvidadas vendas
y este atroz mineral que extraje de tu pecho,
son reliquias tan ciertas como antiguos abrazos.
Ahora que tus axilas pueblan de olor el mundo
donde yo con mi piel de viudo te presiento.
Ahora que tus zapatos, tus sostenes, tu lápiz de labios,
no me dan más que frío al encontrarlos.
Ahora que ya no puedo dormir donde has dormido
porque mis ojos lloran azufre y yodo ardiendo.
Ahora que ya no puedo ver tu talla desnuda
porque alambres al rojo se clavan en mi sexo.
Ahora que los domingos salgo sin rumbo, inmóvil.
y que tranvías, yeguas, las moradas mujeres ni el consuelo,
han de torcer mi ruta de novio eternamente.
Ahora que ya conozco lo bastante a los hombres,
para que no me fíe ni de mi pena misma.
Ahora que los difuntos, en montones austeros,
son incapaces de hacerme verter lágrimas
porque mis ojos son de cristal y aluminio.
Ahora que ya me olvido de qué es dormir tranquilo,
e imbéciles amigos pueblan mi soledad de compasiones que no quiero.
Ahora que mis dos manos son totalmente inútiles
porque en clavos con óxido sólo encuentran tu cuerpo.
Ahora que ya mi boca pudiera cerrarse eternamente,
porque tus salobres ingles, tus sustanciosos huesos,
ya ni me pertenecen.
Ahora que ni cuchillos, ni pistolas, ni ojos envenenados,
me hacen temblar de miedo, porque un solo veneno
es quien late en mis pulsos.
tu inmensa boca es un volcán difunto.
Ahora que ya los lobos y las piedras,
tus vestidos pegados cual olvidadas vendas
y este atroz mineral que extraje de tu pecho,
son reliquias tan ciertas como antiguos abrazos.
Ahora que tus axilas pueblan de olor el mundo
donde yo con mi piel de viudo te presiento.
Ahora que tus zapatos, tus sostenes, tu lápiz de labios,
no me dan más que frío al encontrarlos.
Ahora que ya no puedo dormir donde has dormido
porque mis ojos lloran azufre y yodo ardiendo.
Ahora que ya no puedo ver tu talla desnuda
porque alambres al rojo se clavan en mi sexo.
Ahora que los domingos salgo sin rumbo, inmóvil.
y que tranvías, yeguas, las moradas mujeres ni el consuelo,
han de torcer mi ruta de novio eternamente.
Ahora que ya conozco lo bastante a los hombres,
para que no me fíe ni de mi pena misma.
Ahora que los difuntos, en montones austeros,
son incapaces de hacerme verter lágrimas
porque mis ojos son de cristal y aluminio.
Ahora que ya me olvido de qué es dormir tranquilo,
e imbéciles amigos pueblan mi soledad de compasiones que no quiero.
Ahora que mis dos manos son totalmente inútiles
porque en clavos con óxido sólo encuentran tu cuerpo.
Ahora que ya mi boca pudiera cerrarse eternamente,
porque tus salobres ingles, tus sustanciosos huesos,
ya ni me pertenecen.
Ahora que ni cuchillos, ni pistolas, ni ojos envenenados,
me hacen temblar de miedo, porque un solo veneno
es quien late en mis pulsos.
martes, 18 de enero de 2011
¿Adónde llegarán esas piernecitas? (por Wislawa Szymborska)
¿Quién es ese rorro en pañales?
¡Vaya, es Adolfito, el hijo de los señores Hitler!
¿Llegará a ser doctor en derecho?
¿Tenor de la ópera de Viena?
¿De quién es esa manita?, ¿y esa orejona?, ¿y el ojito y la naricilla?
De quién es la pancita llena de leche aún no se sabe:
¿de un impresor, un médico, un comerciante o un cura?
¿Adónde llegarán esas piernecitas tan graciosas, adónde?
¿Al jardín, a la escuela, a la oficina, al matrimonio
quizá con la hija del alcalde?
Nene, angelito, rey de la casa, solete,
cuando vino al mundo hace ahora un año
no faltaron señales en la tierra y en el cielo:
sol primaveral, geranios en las ventanas,
música de organillo en el patio de casa,
un buen augurio envuelto en papel rosado,
el sueño profético de la madre antes del parto:
ver una paloma en sueños -albricias cogerla
con la mano-, el huésped tan esperado esta al llegar.
Tac, tac, ¿quién es?, el corazón de Adolfito palpita.
Babero, chupete, pañal, sonajero,
el crío, gracias a Dios y toquemos madera,
está sano, un gatito en su cestita, se parece a sus padres
y a los niños de todos los álbumes familiares.
No, ahora nada de berrinches, ¿eh?,
debajo de esta tela negra el fotógrafo hará ¡clic!
Estudio Klinger, Grabenstrasse Braunen,
y Braunen es un pueblo pequeño pero digno,
establecimientos de confianza, bonachones vecinos,
olor a bizcocho y a jabón de saín.
No se oye aullar a los perros ni los pasos del destino.
El profesor de historia se afloja el cuello
y bosteza sobre los cuadernos.
¡Vaya, es Adolfito, el hijo de los señores Hitler!
¿Llegará a ser doctor en derecho?
¿Tenor de la ópera de Viena?
¿De quién es esa manita?, ¿y esa orejona?, ¿y el ojito y la naricilla?
De quién es la pancita llena de leche aún no se sabe:
¿de un impresor, un médico, un comerciante o un cura?
¿Adónde llegarán esas piernecitas tan graciosas, adónde?
¿Al jardín, a la escuela, a la oficina, al matrimonio
quizá con la hija del alcalde?
Nene, angelito, rey de la casa, solete,
cuando vino al mundo hace ahora un año
no faltaron señales en la tierra y en el cielo:
sol primaveral, geranios en las ventanas,
música de organillo en el patio de casa,
un buen augurio envuelto en papel rosado,
el sueño profético de la madre antes del parto:
ver una paloma en sueños -albricias cogerla
con la mano-, el huésped tan esperado esta al llegar.
Tac, tac, ¿quién es?, el corazón de Adolfito palpita.
Babero, chupete, pañal, sonajero,
el crío, gracias a Dios y toquemos madera,
está sano, un gatito en su cestita, se parece a sus padres
y a los niños de todos los álbumes familiares.
No, ahora nada de berrinches, ¿eh?,
debajo de esta tela negra el fotógrafo hará ¡clic!
Estudio Klinger, Grabenstrasse Braunen,
y Braunen es un pueblo pequeño pero digno,
establecimientos de confianza, bonachones vecinos,
olor a bizcocho y a jabón de saín.
No se oye aullar a los perros ni los pasos del destino.
El profesor de historia se afloja el cuello
y bosteza sobre los cuadernos.
lunes, 17 de enero de 2011
Y una de ellas es la tuya (por Carol Ann Duffy)
Imagina vivir veinte años en una extraña, lúgubre ciudad.
Hay algunas viviendas miserables en la zona oriental
y una de ellas es tuya. En el rellano, escuchas
el eco de tu acento extranjero doblar las escaleras. Piensas
en un idioma propio y hablas en el de ellos.
Luego escribes a casa. La voz en tu cabeza
recita cada frase en un habla nativa;
detrás está el sonido de tu madre al cantar,
hace ya tantos años, y entonces te preguntas
por qué lloran tus ojos, y cuál es la palabra para esto.
Tomas el autobús. Trabajas. Duermes. Imagina que has visto,
pintado con spray rojo en un muro de ladrillo,
el nombre que te dieron. Un nombre para el odio. Rojo como la sangre.
Nieva en las calles, bajo las luces de neón,
como si este lugar se cayera a pedazos ante tus ojos.
Y en la tienda de comestibles, a veces, las monedas
que sostienes no logran traducirse. Sin habla,
porque no estás en casa, señalas la fruta. Imagina
que uno de vosotros dice Yo no saber qué quieren decir ellos.
Es como que sólo duermen y sueñan. Imagínalo.
Hay algunas viviendas miserables en la zona oriental
y una de ellas es tuya. En el rellano, escuchas
el eco de tu acento extranjero doblar las escaleras. Piensas
en un idioma propio y hablas en el de ellos.
Luego escribes a casa. La voz en tu cabeza
recita cada frase en un habla nativa;
detrás está el sonido de tu madre al cantar,
hace ya tantos años, y entonces te preguntas
por qué lloran tus ojos, y cuál es la palabra para esto.
Tomas el autobús. Trabajas. Duermes. Imagina que has visto,
pintado con spray rojo en un muro de ladrillo,
el nombre que te dieron. Un nombre para el odio. Rojo como la sangre.
Nieva en las calles, bajo las luces de neón,
como si este lugar se cayera a pedazos ante tus ojos.
Y en la tienda de comestibles, a veces, las monedas
que sostienes no logran traducirse. Sin habla,
porque no estás en casa, señalas la fruta. Imagina
que uno de vosotros dice Yo no saber qué quieren decir ellos.
Es como que sólo duermen y sueñan. Imagínalo.
domingo, 16 de enero de 2011
Y envejecen con cierta elegancia (por Uberto Stabile)
los chicos rebeldes se han vuelto tiernos con la edad
se emocionan leyendo poemas,
circulan lento frente a los escaparates del pasado
han abandonado el gusto por las citas
y envejecen con cierta elegancia,
a sus novias ya no les dicen tía
les llaman corazón,
han aprendido a lavar la ropa, a planchar y a doblar
con cuidado acierto
cada uno de sus errores,
a los chicos rebeldes el amor ya no les quita el sueño
pero no podrían vivir ni un sólo día sin amar,
hacen trampas con el tiempo pero tienen los días contados.
los chicos rebeldes saben que ya no volverán a caminar
sobre ninguno de sus propios pasos
por eso ahora cada caricia es siempre la primera
cada beso el último beso.
ya no persiguen ni se hacen perseguir
son incómodos frente a la ambición
aman las causas perdidas
y nadan contracorriente.
los chicos rebeldes con la edad toman pastillas que no les drogan
drogas que no les matan
y mueren un poquito cada día
sin perder el brillo errático de sus miradas.
los chicos rebeldes han aprendido a despedirse sin decir adiós
se van sin hacer ruido ni dejar rastro
solos
con el mundo dentro.
se emocionan leyendo poemas,
circulan lento frente a los escaparates del pasado
han abandonado el gusto por las citas
y envejecen con cierta elegancia,
a sus novias ya no les dicen tía
les llaman corazón,
han aprendido a lavar la ropa, a planchar y a doblar
con cuidado acierto
cada uno de sus errores,
a los chicos rebeldes el amor ya no les quita el sueño
pero no podrían vivir ni un sólo día sin amar,
hacen trampas con el tiempo pero tienen los días contados.
los chicos rebeldes saben que ya no volverán a caminar
sobre ninguno de sus propios pasos
por eso ahora cada caricia es siempre la primera
cada beso el último beso.
ya no persiguen ni se hacen perseguir
son incómodos frente a la ambición
aman las causas perdidas
y nadan contracorriente.
los chicos rebeldes con la edad toman pastillas que no les drogan
drogas que no les matan
y mueren un poquito cada día
sin perder el brillo errático de sus miradas.
los chicos rebeldes han aprendido a despedirse sin decir adiós
se van sin hacer ruido ni dejar rastro
solos
con el mundo dentro.
sábado, 15 de enero de 2011
Hacia las 2.30 de la tarde (por Charles Bukowski)
los perros y los ángeles no andan
muy lejos.
suelo ir a un garito
a comer
hacia las 2.30 de la tarde
porque toda la gente que come
allí está cuerda por completo,
alegre sencillamente de estar viva y
comiendo su comida
cerca de un ventanal
que da la bienvenida al sol
pero no deja que entren los coches
ni las aceras.
cruzando la calle hay un bar topless
chino
que ya está abierto a las 2.30 de
la tarde.
está pintado de un inane e inerme
azul.
se nos permite tomar tanto café
como podamos beber
y todos nos sentamos y bebemos en silencio
el fuerte café negro.
se está bien sentado en algún lugar
público a las 2.30 de la tarde
sin que te arranquen la carne de
los huesos.
nadie nos molesta.
no molestamos a nadie.
los ángeles y los perros no andan
muy lejos
a las 2.30 de la tarde.
tengo mi mesa preferida
junto al ventanal
y después de acabar
apilo los platos, platillos,
la taza, los cubiertos, etc.
pulcramente
en un cómodo montoncito
-mi ofrenda a la
camarera entrada en años-
comida y tiempo
incólumes,
y ese cabrón de sol
ahí fuera
afanándose a base de bien
arriba y
abajo.
muy lejos.
suelo ir a un garito
a comer
hacia las 2.30 de la tarde
porque toda la gente que come
allí está cuerda por completo,
alegre sencillamente de estar viva y
comiendo su comida
cerca de un ventanal
que da la bienvenida al sol
pero no deja que entren los coches
ni las aceras.
cruzando la calle hay un bar topless
chino
que ya está abierto a las 2.30 de
la tarde.
está pintado de un inane e inerme
azul.
se nos permite tomar tanto café
como podamos beber
y todos nos sentamos y bebemos en silencio
el fuerte café negro.
se está bien sentado en algún lugar
público a las 2.30 de la tarde
sin que te arranquen la carne de
los huesos.
nadie nos molesta.
no molestamos a nadie.
los ángeles y los perros no andan
muy lejos
a las 2.30 de la tarde.
tengo mi mesa preferida
junto al ventanal
y después de acabar
apilo los platos, platillos,
la taza, los cubiertos, etc.
pulcramente
en un cómodo montoncito
-mi ofrenda a la
camarera entrada en años-
comida y tiempo
incólumes,
y ese cabrón de sol
ahí fuera
afanándose a base de bien
arriba y
abajo.
viernes, 14 de enero de 2011
Ni siquiera la lluvia (por E. E. Cummings)
En algún lugar al que nunca he viajado,
felizmente más allá de toda experiencia,
tus ojos tienen su silencio:
En tu gesto más frágil hay cosas que me rodean
o que no puedo tocar porque están demasiado cerca.
Con solo mirarme, me liberas.
Aunque yo me haya cerrado como un puño,
siempre abres, pétalo tras pétalo, mi ser
como la primavera abre con un toque diestro
y misterioso su primera rosa.
O si deseas cerrarme, yo y
mi vida nos cerraremos muy bella, súbitamente,
como cuando el corazón de esta flor imagina
la nieve cayendo cuidadosa por doquier.
Nada que hayamos de percibir en este mundo iguala
la fuerza de tu intensa fragilidad, cuya textura
me somete con el color de sus campos,
retornando a la muerte y la eternidad con cada respiro.
Ignoro tu destreza para cerrar y abrir
pero cierto es que algo me dice
que la voz de tus ojos es más profunda que todas las rosas...
Nadie, ni siquiera la lluvia tiene unas manos tan pequeñas.
felizmente más allá de toda experiencia,
tus ojos tienen su silencio:
En tu gesto más frágil hay cosas que me rodean
o que no puedo tocar porque están demasiado cerca.
Con solo mirarme, me liberas.
Aunque yo me haya cerrado como un puño,
siempre abres, pétalo tras pétalo, mi ser
como la primavera abre con un toque diestro
y misterioso su primera rosa.
O si deseas cerrarme, yo y
mi vida nos cerraremos muy bella, súbitamente,
como cuando el corazón de esta flor imagina
la nieve cayendo cuidadosa por doquier.
Nada que hayamos de percibir en este mundo iguala
la fuerza de tu intensa fragilidad, cuya textura
me somete con el color de sus campos,
retornando a la muerte y la eternidad con cada respiro.
Ignoro tu destreza para cerrar y abrir
pero cierto es que algo me dice
que la voz de tus ojos es más profunda que todas las rosas...
Nadie, ni siquiera la lluvia tiene unas manos tan pequeñas.
jueves, 13 de enero de 2011
En estos brazos (por Bon Jovi)
Como las rosas necesitan la lluvia
como las estaciones necesitan el cambio
como el poeta necesita la tristeza
yo te necesito
en estos brazos esta noche
como las estaciones necesitan el cambio
como el poeta necesita la tristeza
yo te necesito
en estos brazos esta noche
miércoles, 12 de enero de 2011
Y sigo llamando (por Mark Strand)
Mi hijo
mi único hijo
el que no tuve
sería ya un hombre.
Descarnado y sin nombre
se mueve
en el viento.
A veces
viene
y reclina su cabeza
más liviana que el aire
sobre mi hombro
y yo le pregunto,
Hijo,
¿dónde te encuentras,
dónde te ocultas?
Y él me responde
con un hálito frío,
No lo advertías
aunque llamé
y llamé
y sigo llamando
desde un lugar
lejano,
más allá del amor,
donde nada,
todo,
quiere nacer.
mi único hijo
el que no tuve
sería ya un hombre.
Descarnado y sin nombre
se mueve
en el viento.
A veces
viene
y reclina su cabeza
más liviana que el aire
sobre mi hombro
y yo le pregunto,
Hijo,
¿dónde te encuentras,
dónde te ocultas?
Y él me responde
con un hálito frío,
No lo advertías
aunque llamé
y llamé
y sigo llamando
desde un lugar
lejano,
más allá del amor,
donde nada,
todo,
quiere nacer.
martes, 11 de enero de 2011
En trémulo seguir (por Fernando Pessoa)
Soñar un sueño es perder otro. Entristecido
contemplo el puente pesado y en calma…
cada sueño es un existir de otro sueño.
¡Oh, alma mía, eterna desterrada en ti misma!
Siento en mi cuerpo más conscientemente
el rodar estremecido del tren. ¿Se para?
Como con un intento intermitente
de mal rodar, se detiene. En una estación, clara
de realidad y gente y movimiento.
Miro afuera… Ceso… Me estanco en mí.
Resoplar de la máquina… Caricia de viento
pero la ventana se abre… Estoy distraído…
Parar…Seguir… Parar… Esto no tiene fin.
¡Oh el horror de la llegada! ¡Horror! ¡Oh nunca
llegar, oh hierro en trémulo seguir!
Al margen del viaje prosigue… Trunca
la realidad, pasa al lado del ir
y por el lado interior de la Hora
huye, usa la eternidad, vive…
Sobrevive el momento. ¡Va!
Suavemente…, suavemente, cada vez más suave y tarda,
entra en la estación… Rechina… Se detiene… ¡Es ahora!
Todo lo que fui en sueños, el otro-yo que tuve
resbala por mi alma… Negro declive
resbala, se hunde, se evapora para siempre
y de mi conciencia un Yo que nunca obtuve
dentro en mí de mí cae.
contemplo el puente pesado y en calma…
cada sueño es un existir de otro sueño.
¡Oh, alma mía, eterna desterrada en ti misma!
Siento en mi cuerpo más conscientemente
el rodar estremecido del tren. ¿Se para?
Como con un intento intermitente
de mal rodar, se detiene. En una estación, clara
de realidad y gente y movimiento.
Miro afuera… Ceso… Me estanco en mí.
Resoplar de la máquina… Caricia de viento
pero la ventana se abre… Estoy distraído…
Parar…Seguir… Parar… Esto no tiene fin.
¡Oh el horror de la llegada! ¡Horror! ¡Oh nunca
llegar, oh hierro en trémulo seguir!
Al margen del viaje prosigue… Trunca
la realidad, pasa al lado del ir
y por el lado interior de la Hora
huye, usa la eternidad, vive…
Sobrevive el momento. ¡Va!
Suavemente…, suavemente, cada vez más suave y tarda,
entra en la estación… Rechina… Se detiene… ¡Es ahora!
Todo lo que fui en sueños, el otro-yo que tuve
resbala por mi alma… Negro declive
resbala, se hunde, se evapora para siempre
y de mi conciencia un Yo que nunca obtuve
dentro en mí de mí cae.
lunes, 10 de enero de 2011
Al pensar en los viejos errores (por José Luis Piquero)
Ese vértigo-abajo de los días peores
al fin no es más terrible
que ese vértigo-arriba de la infancia
mientras alguien se inclina hacia nosotros
desde torres monstruosas y nos deja
un pellizco de susto en la mejilla.
Acaso tu problema fue quedarte
en aquellas regiones tanto tiempo
y no haber asumido esta estatura;
ser siempre el niño atónito
al que cambiaban sustos y juguetes
por miradas de pasmo y unas gracias.
Apostaría a que fuiste un niño silencioso.
De las mañanas tontas de cafés y sin clase
(hace no muchos años) me han quedado
unas cuantas imágenes sucesivas de ti:
Pelayo en blanco y negro, muy de acuerdo
con lo que ha dicho alguien y está claro.
Pelayo un disparate de voces, consiguiendo
que nos echen. Pelayo
con la mirada fría y en silencio. Por fin,
Pelayo desolado frente al vértigo
de sus peores días, ya inconexo y terrible,
lejos de todos, roto.
Lo confieso:
Casi te aborrecí por habernos dejado
solos, por asumir
ese papel confuso, desgraciado, que hacía
de nosotros inútiles testigos
de tu dolor, figurones sin frase;
y porque nos pusiste
frente a frente con algo que se parece al miedo.
Eras un ser extraño: un pez de charco,
un comedor de tierra, un joker triste
perdido no sé dónde entre los naipes,
y me acuerdo de días
en que te despedí ya para siempre
y ya sin sentir nada.
Vienen luego
las escenas cruentas: Un cristal
que se rompe. Gritos en la escalera.
Alguien que pide un taxi. Una bufanda
empapada de sangre. La negrura
del lobo en una cándida cama del hospital.
No fueron buenos tiempos, quién lo duda.
Pero hoy que, ya de vuelta de esos años,
sano y salvo, te sientas junto a mí,
pido café y charlamos tan a gusto,
e incluso nos reímos al pensar
en los viejos errores, yo quisiera
saber más, comprenderlo.
Preguntarte (quizá porque es preciso
saber que hubo una justificación
para tanto dolor) qué te tentaba
del lado oscuro, si valió la pena
y si aprendiste algo. O si fue sólo
una forma egoísta de salvarte,
o un ajuste de cuentas con la vida
y el ensayo de otra vida imposible.
O simplemente eras como un niño
rompiendo en mil pedazos el espejo,
dando cuerda al reloj de tal manera
que aún le dicen dormido,
sin escuela, y se ríen.
al fin no es más terrible
que ese vértigo-arriba de la infancia
mientras alguien se inclina hacia nosotros
desde torres monstruosas y nos deja
un pellizco de susto en la mejilla.
Acaso tu problema fue quedarte
en aquellas regiones tanto tiempo
y no haber asumido esta estatura;
ser siempre el niño atónito
al que cambiaban sustos y juguetes
por miradas de pasmo y unas gracias.
Apostaría a que fuiste un niño silencioso.
De las mañanas tontas de cafés y sin clase
(hace no muchos años) me han quedado
unas cuantas imágenes sucesivas de ti:
Pelayo en blanco y negro, muy de acuerdo
con lo que ha dicho alguien y está claro.
Pelayo un disparate de voces, consiguiendo
que nos echen. Pelayo
con la mirada fría y en silencio. Por fin,
Pelayo desolado frente al vértigo
de sus peores días, ya inconexo y terrible,
lejos de todos, roto.
Lo confieso:
Casi te aborrecí por habernos dejado
solos, por asumir
ese papel confuso, desgraciado, que hacía
de nosotros inútiles testigos
de tu dolor, figurones sin frase;
y porque nos pusiste
frente a frente con algo que se parece al miedo.
Eras un ser extraño: un pez de charco,
un comedor de tierra, un joker triste
perdido no sé dónde entre los naipes,
y me acuerdo de días
en que te despedí ya para siempre
y ya sin sentir nada.
Vienen luego
las escenas cruentas: Un cristal
que se rompe. Gritos en la escalera.
Alguien que pide un taxi. Una bufanda
empapada de sangre. La negrura
del lobo en una cándida cama del hospital.
No fueron buenos tiempos, quién lo duda.
Pero hoy que, ya de vuelta de esos años,
sano y salvo, te sientas junto a mí,
pido café y charlamos tan a gusto,
e incluso nos reímos al pensar
en los viejos errores, yo quisiera
saber más, comprenderlo.
Preguntarte (quizá porque es preciso
saber que hubo una justificación
para tanto dolor) qué te tentaba
del lado oscuro, si valió la pena
y si aprendiste algo. O si fue sólo
una forma egoísta de salvarte,
o un ajuste de cuentas con la vida
y el ensayo de otra vida imposible.
O simplemente eras como un niño
rompiendo en mil pedazos el espejo,
dando cuerda al reloj de tal manera
que aún le dicen dormido,
sin escuela, y se ríen.
domingo, 9 de enero de 2011
Estás (por Saiz de Marco)
Podrías no estar aquí.
Podrías ser ausencia, oquedad, nada...
y sin embargo estás.
En lugar de tu voz
podría estar el silencio.
En lugar de tus ojos
el aire omnipresente.
En lugar de tus pasos
el ruido de la calle que entra por las rendijas.
En lugar de tu risa
un zumbido lejano, el viento en los postigos, un eco que persiste.
Podrías no estar aquí.
Podrías ser un delirio, una ráfaga, un hálito.
Podrías ser meramente una extraña carencia,
lo que sin faltar falta,
algo que sin saberlo echaría ahora de menos.
Podrías no estar aquí
y sin embargo
estás.
Podrías ser ausencia, oquedad, nada...
y sin embargo estás.
En lugar de tu voz
podría estar el silencio.
En lugar de tus ojos
el aire omnipresente.
En lugar de tus pasos
el ruido de la calle que entra por las rendijas.
En lugar de tu risa
un zumbido lejano, el viento en los postigos, un eco que persiste.
Podrías no estar aquí.
Podrías ser un delirio, una ráfaga, un hálito.
Podrías ser meramente una extraña carencia,
lo que sin faltar falta,
algo que sin saberlo echaría ahora de menos.
Podrías no estar aquí
y sin embargo
estás.
sábado, 8 de enero de 2011
Que he salido (por Alfonsina Storni)
Dientes de flores, cofia de rocío,
manos de hierbas, tú, nodriza fina,
tenme prestas las sábanas terrosas
y el edredón de musgos escardados.
Voy a dormir, nodriza mía, acuéstame.
Ponme una lámpara en la cabecera;
una constelación, la que te guste;
todas son buenas, bájala un poquito.
Déjame sola; oyes romper los brotes...
Te acuna un pie celeste desde arriba
y un pájaro te traza unos compases
para que olvides... Gracias... Ah, un encargo:
si él llama nuevamente por teléfono
le dices que no insista, que he salido.
manos de hierbas, tú, nodriza fina,
tenme prestas las sábanas terrosas
y el edredón de musgos escardados.
Voy a dormir, nodriza mía, acuéstame.
Ponme una lámpara en la cabecera;
una constelación, la que te guste;
todas son buenas, bájala un poquito.
Déjame sola; oyes romper los brotes...
Te acuna un pie celeste desde arriba
y un pájaro te traza unos compases
para que olvides... Gracias... Ah, un encargo:
si él llama nuevamente por teléfono
le dices que no insista, que he salido.
Pero ellas no me vieron (por Niels Hav)
Me he vuelto a enamorar de cinco mujeres
distintas durante un viaje en el autobús de la ruta 40
de Njalsgade a Osterbro. ¿Cómo va uno a controlar
su vida en esa condiciones?
Una de ellas llevaba un abrigo de piel;
otra, botas rojas. Una leía el periódico; la otra, a Heidegger
y las calles estaban inundadas de lluvia.
En el bulevar Amager subió una princesa empapada,
eufórica y furiosa, y me cautivó totalmente.
Pero se bajó frente a la estación de policía
y su lugar lo tomaron dos reinas con pañoletas fulgurantes
que hablaban con voces estridentes en pakistaní
durante el trayecto al Hospital Municipal
mientras el autobús bullía de poesía.
Eran hermanas e igualmente bellas, por lo que les entregué
mi corazón a las dos y empecé a hacer planes de una nueva vida
en una aldea cerca de Rawalpindi, donde los niños crecen en medio del olor
a hibisco mientras sus madres cantan canciones desgarradoras cuando
la tarde cae sobre las llanuras pakistaníes.
¡Pero ellas no me vieron! Y la que llevaba el abrigo de piel lloraba
con disimulo, cubriéndose con el guante, cuando se bajó en Farimagsgade.
La que leía a Heidegger cerró el libro de súbito y me miró fijamente
con sonrisa burlona, como si acabase de vislumbrar a un Don Nadie
en su mismísima insignificancia. Así se me partió el corazón por quinta vez
cuando se levantó y se fue con las otras. ¡Qué brutal es la vida!
Seguí otras dos paradas antes de darme por vencido.
Siempre termina así: Uno, de pie en la acera, fumando un cigarrillo,
tenso y levemente desdichado.
distintas durante un viaje en el autobús de la ruta 40
de Njalsgade a Osterbro. ¿Cómo va uno a controlar
su vida en esa condiciones?
Una de ellas llevaba un abrigo de piel;
otra, botas rojas. Una leía el periódico; la otra, a Heidegger
y las calles estaban inundadas de lluvia.
En el bulevar Amager subió una princesa empapada,
eufórica y furiosa, y me cautivó totalmente.
Pero se bajó frente a la estación de policía
y su lugar lo tomaron dos reinas con pañoletas fulgurantes
que hablaban con voces estridentes en pakistaní
durante el trayecto al Hospital Municipal
mientras el autobús bullía de poesía.
Eran hermanas e igualmente bellas, por lo que les entregué
mi corazón a las dos y empecé a hacer planes de una nueva vida
en una aldea cerca de Rawalpindi, donde los niños crecen en medio del olor
a hibisco mientras sus madres cantan canciones desgarradoras cuando
la tarde cae sobre las llanuras pakistaníes.
¡Pero ellas no me vieron! Y la que llevaba el abrigo de piel lloraba
con disimulo, cubriéndose con el guante, cuando se bajó en Farimagsgade.
La que leía a Heidegger cerró el libro de súbito y me miró fijamente
con sonrisa burlona, como si acabase de vislumbrar a un Don Nadie
en su mismísima insignificancia. Así se me partió el corazón por quinta vez
cuando se levantó y se fue con las otras. ¡Qué brutal es la vida!
Seguí otras dos paradas antes de darme por vencido.
Siempre termina así: Uno, de pie en la acera, fumando un cigarrillo,
tenso y levemente desdichado.
viernes, 7 de enero de 2011
Cosas (por Jorge Luis Borges)
El bastón, las monedas, el llavero,
la dócil cerradura, las tardías
notas que no leerán los pocos días
que me quedan, los naipes y el tablero,
un libro y en sus páginas la ajada violeta,
monumento de una tarde
sin duda inolvidable y ya olvidada,
el rojo espejo occidental en que arde
una ilusoria aurora. ¡Cuántas cosas,
láminas, umbrales, atlas, copas, clavos,
nos sirven como tácitos esclavos,
ciegas y extrañamente sigilosas!
Durarán más allá de nuestro olvido;
no sabrán nunca que nos hemos ido.
la dócil cerradura, las tardías
notas que no leerán los pocos días
que me quedan, los naipes y el tablero,
un libro y en sus páginas la ajada violeta,
monumento de una tarde
sin duda inolvidable y ya olvidada,
el rojo espejo occidental en que arde
una ilusoria aurora. ¡Cuántas cosas,
láminas, umbrales, atlas, copas, clavos,
nos sirven como tácitos esclavos,
ciegas y extrañamente sigilosas!
Durarán más allá de nuestro olvido;
no sabrán nunca que nos hemos ido.
jueves, 6 de enero de 2011
Esa extraña isla (por Antonio Porpetta)
Y si un día mi mar amaneciera
con una nueva isla en su regazo,
una isla nacida
del oculto lugar donde los dioses
reposan su pretérito esplendor,
la quietud implacable de su olvido...
Y si fuera una isla nacida en alborozo,
de benigno perfil y tierno territorio,
de playas como lámparas votivas,
titánicos volcanes,
valles ensimismados,
anchos lagos sin fondo,
y en sus selvas atónitas crecieran
el rojo flamboyán, el jacaranda azul,
la umbría de las ceibas, la lujuria
sutil de las orquídeas,
y se oyera un murmullo polícromo de pájaros
arropando en sus vuelos
el libérrimo canto del quetzal...
Y si esa extraña isla decidiera
conocer tierras nuevas, rumbos nuevos,
nuevas constelaciones,
y levando sus anclas de obsidiana,
entre un fragor de nieblas y maizales
por tenebrosos mares
proa pusiera hacia mundos remotos,
hacia horizontes hondos como dudas,
inciertos como augurios,
amplios como el azar...
Y en una latitud inesperada
unos brazos de atlante
enamoradamente la acogieran,
y pacíficas aguas la bañaran
ofreciéndola al sol y a la benevolencia
de otros dioses ignotos y lejanos,
y allí quedara para siempre, y fuera
poblada de hombres puros,
gentes de piel oscura, voz humilde,
negros ojos, limpio y alto mirar,
y con los siglos le nacieran pueblos
de nombres como gemas brilladoras
en los que eterna la esperanza ardiera:
Antigua, Sololá, Quetzaltenango,
Santa Cruz del Quiché...
Y preso en sus orillas, nuestro mar,
con sus islas sembradas de cenizas,
sepulcros de tritones y gorgonas,
harapientos trofeos,
viejas desolaciones,
quedara encadenado a sus leyendas,
con su nostalgia herida,
y con su ausencia a solas...
con una nueva isla en su regazo,
una isla nacida
del oculto lugar donde los dioses
reposan su pretérito esplendor,
la quietud implacable de su olvido...
Y si fuera una isla nacida en alborozo,
de benigno perfil y tierno territorio,
de playas como lámparas votivas,
titánicos volcanes,
valles ensimismados,
anchos lagos sin fondo,
y en sus selvas atónitas crecieran
el rojo flamboyán, el jacaranda azul,
la umbría de las ceibas, la lujuria
sutil de las orquídeas,
y se oyera un murmullo polícromo de pájaros
arropando en sus vuelos
el libérrimo canto del quetzal...
Y si esa extraña isla decidiera
conocer tierras nuevas, rumbos nuevos,
nuevas constelaciones,
y levando sus anclas de obsidiana,
entre un fragor de nieblas y maizales
por tenebrosos mares
proa pusiera hacia mundos remotos,
hacia horizontes hondos como dudas,
inciertos como augurios,
amplios como el azar...
Y en una latitud inesperada
unos brazos de atlante
enamoradamente la acogieran,
y pacíficas aguas la bañaran
ofreciéndola al sol y a la benevolencia
de otros dioses ignotos y lejanos,
y allí quedara para siempre, y fuera
poblada de hombres puros,
gentes de piel oscura, voz humilde,
negros ojos, limpio y alto mirar,
y con los siglos le nacieran pueblos
de nombres como gemas brilladoras
en los que eterna la esperanza ardiera:
Antigua, Sololá, Quetzaltenango,
Santa Cruz del Quiché...
Y preso en sus orillas, nuestro mar,
con sus islas sembradas de cenizas,
sepulcros de tritones y gorgonas,
harapientos trofeos,
viejas desolaciones,
quedara encadenado a sus leyendas,
con su nostalgia herida,
y con su ausencia a solas...
miércoles, 5 de enero de 2011
El sexto acto (por Wislawa Szymborska)
Para mí, lo esencial de una tragedia es el sexto acto:
el resucitar de los muertos en la batalla del escenario,
el retocar pelucas y vestuario,
el arrancar el puñal del pecho,
el quitar la soga del cuello,
el unirse en fila a los vivos
de cara al público.
Saludos individuales y colectivos:
la mano blanca en el corazón herido,
la reverencia de la suicida,
la inclinación de la cabeza cortada.
Pero lo en verdad solemne es la bajada del telón
y lo que se sigue viendo por una estrecha rendija:
aquí una mano que se precipita hacia una flor,
allá, otra mano recoge la espada caída.
Y sólo entonces una tercera mano, la invisible,
cumple con su cometido:
Me agarra por el cuello.
el resucitar de los muertos en la batalla del escenario,
el retocar pelucas y vestuario,
el arrancar el puñal del pecho,
el quitar la soga del cuello,
el unirse en fila a los vivos
de cara al público.
Saludos individuales y colectivos:
la mano blanca en el corazón herido,
la reverencia de la suicida,
la inclinación de la cabeza cortada.
Pero lo en verdad solemne es la bajada del telón
y lo que se sigue viendo por una estrecha rendija:
aquí una mano que se precipita hacia una flor,
allá, otra mano recoge la espada caída.
Y sólo entonces una tercera mano, la invisible,
cumple con su cometido:
Me agarra por el cuello.
martes, 4 de enero de 2011
Esos seres distintos (por Rafael Adolfo Téllez)
Una mujer y un hombre que se miran
a fines de 1957,
y en el umbral de una casa con luna
preguntan cómo será mi cara.
Alguien que sorprende en la flor helada del naranjo
su destino.
Quien no ha nacido.
Quien ignora todas las cosas.
El que cruza la plaza de noche
y entre la lluvia encuentra el rostro de sus padres.
Quien conoció una parra, un patio, un aljibe
que son aún su entraña.
Quien amó una calle.
Quien amó a una mujer como a sí mismo.
El que está solo.
El que escribe estos versos.
Soy esos seres distintos y se han ido.
a fines de 1957,
y en el umbral de una casa con luna
preguntan cómo será mi cara.
Alguien que sorprende en la flor helada del naranjo
su destino.
Quien no ha nacido.
Quien ignora todas las cosas.
El que cruza la plaza de noche
y entre la lluvia encuentra el rostro de sus padres.
Quien conoció una parra, un patio, un aljibe
que son aún su entraña.
Quien amó una calle.
Quien amó a una mujer como a sí mismo.
El que está solo.
El que escribe estos versos.
Soy esos seres distintos y se han ido.
lunes, 3 de enero de 2011
Todos los cuentos (por León Felipe)
Yo no sé muchas cosas, es verdad.
Digo tan sólo lo que he visto.
Y he visto:
Que la cuna del hombre la mecen con cuentos…
Que los gritos de angustia del hombre los ahogan con cuentos…
Que el llanto del hombre lo taponan con cuentos…
Que los huesos del hombre los entierran con cuentos…
Y que el miedo del hombre
ha inventado todos los cuentos.
Yo no sé muchas cosas, es verdad.
Pero me han dormido con todos los cuentos…
y sé todos los cuentos.
Digo tan sólo lo que he visto.
Y he visto:
Que la cuna del hombre la mecen con cuentos…
Que los gritos de angustia del hombre los ahogan con cuentos…
Que el llanto del hombre lo taponan con cuentos…
Que los huesos del hombre los entierran con cuentos…
Y que el miedo del hombre
ha inventado todos los cuentos.
Yo no sé muchas cosas, es verdad.
Pero me han dormido con todos los cuentos…
y sé todos los cuentos.
Luz de un quinquet (por Jon Jonenjur)
Luz de un quinquet
9 pintas, 29 latidos, Gillespie,
madrugada, ganas de hablar.
La generación del 77 íbamos a cambiar el mundo en el fututo
pero los electrodomésticos siguen funcionando en el 2007,
como siempre…
Me pregunto:
Por qué un intermitente puede llevarme a la lágrima, de vasta emoción, por qué siento que me responde, cuando se ilumina su automática luz naranja, y que no estoy solo, que somos dos, objetos comunicándose, que la máquina pretende mi atención, sabiendo antes de que se ilumine sin embargo apenas un segundo antes que así será…
No lo entiendo:
Por qué ladra el borracho a los coches que pasan a su lado.
Es de noche.
Hace frío.
Mientras, la gente ahí afuera insiste, empujando sus pesadas rocas, hacia la pirámide.
En las paredes de mi casa se pudre la luz de ayer por la mañana.
Y yo sigo de pie junto a la ventana, sin tomar ninguna decisión.
Podría quedarme a vivir dentro de esta canción.
A night in Tunisia.
Pienso que:
La oportunidad debe ir acompañada de destreza…
Todos los muebles de casa me observan con rostro de preocupación.
No quiero pensar,
para no atraer su atención, con el ruido de mi cabeza.
Un automóvil ha atropellado al borracho, se apagó el ruido y la furia.
Está muerto, pero no siento lástima.
Tampoco sé qué significa eso realmente, si es salvaje, inhumano o inmoral,
pero es cierto.
Y mientras, la gente ahí afuera no deja de insistir, empujando sus rocas.
Me pregunto:
Debe haber algún motivo por el que todo haya adquirido esta forma,
esta forma de costumbre, en que amanece como una herida sin importancia.
Ya no recuerdo qué clase de paciencia me trajo a este lugar...
9 pintas, 29 latidos, Gillespie,
madrugada, ganas de hablar.
La generación del 77 íbamos a cambiar el mundo en el fututo
pero los electrodomésticos siguen funcionando en el 2007,
como siempre…
Me pregunto:
Por qué un intermitente puede llevarme a la lágrima, de vasta emoción, por qué siento que me responde, cuando se ilumina su automática luz naranja, y que no estoy solo, que somos dos, objetos comunicándose, que la máquina pretende mi atención, sabiendo antes de que se ilumine sin embargo apenas un segundo antes que así será…
No lo entiendo:
Por qué ladra el borracho a los coches que pasan a su lado.
Es de noche.
Hace frío.
Mientras, la gente ahí afuera insiste, empujando sus pesadas rocas, hacia la pirámide.
En las paredes de mi casa se pudre la luz de ayer por la mañana.
Y yo sigo de pie junto a la ventana, sin tomar ninguna decisión.
Podría quedarme a vivir dentro de esta canción.
A night in Tunisia.
Pienso que:
La oportunidad debe ir acompañada de destreza…
Todos los muebles de casa me observan con rostro de preocupación.
No quiero pensar,
para no atraer su atención, con el ruido de mi cabeza.
Un automóvil ha atropellado al borracho, se apagó el ruido y la furia.
Está muerto, pero no siento lástima.
Tampoco sé qué significa eso realmente, si es salvaje, inhumano o inmoral,
pero es cierto.
Y mientras, la gente ahí afuera no deja de insistir, empujando sus rocas.
Me pregunto:
Debe haber algún motivo por el que todo haya adquirido esta forma,
esta forma de costumbre, en que amanece como una herida sin importancia.
Ya no recuerdo qué clase de paciencia me trajo a este lugar...
domingo, 2 de enero de 2011
Al tú mismo que llega (por Derek Walcott)
El tiempo vendrá
cuando, con gran alegría,
saludarás al tú mismo que llega
a tu puerta, en tu espejo,
y cada uno sonreirá a la bienvenida del otro,
y dirá, siéntate aquí. Come.
Seguirás amando al extraño que fue tú mismo.
Ofrece vino. Ofrece pan. Devuelve tu amor
a ti mismo, al extraño que te amó
toda tu vida, a quien no has conocido
para conocer a otro corazón, que te conoce de memoria.
Recoge las cartas del escritorio,
las fotografías, las desesperadas líneas,
despega tu imagen del espejo.
Siéntate. Celebra tu vida.
cuando, con gran alegría,
saludarás al tú mismo que llega
a tu puerta, en tu espejo,
y cada uno sonreirá a la bienvenida del otro,
y dirá, siéntate aquí. Come.
Seguirás amando al extraño que fue tú mismo.
Ofrece vino. Ofrece pan. Devuelve tu amor
a ti mismo, al extraño que te amó
toda tu vida, a quien no has conocido
para conocer a otro corazón, que te conoce de memoria.
Recoge las cartas del escritorio,
las fotografías, las desesperadas líneas,
despega tu imagen del espejo.
Siéntate. Celebra tu vida.
sábado, 1 de enero de 2011
Me dejo llevar (por Mark Strand)
El frente de la casa
de un azul pálido
se yergue ante mí
como un muro de hielo
y el solitario,
distante
aullar de un búho
me llega cercano.
Entrecierro los ojos.
En el oscuro,
fresco jardín
las flores se mueven
de acá para allá
como pequeños globos.
Los árboles solemnes
sepultados por una nube de hojas
parecen dormir profundamente.
Es tarde ya.
Me tiendo en la hierba,
enciendo un cigarrillo,
y en completo reposo
me engaño diciéndome
que el final será también así.
La luz de la luna
cae sobre mi cuerpo.
La brisa
me rodea las muñecas.
Me dejo llevar.
Tiemblo.
Sé que pronto
vendrá el día
para borrar la mancha
blanca de la luna,
y que caminaré bajo el sol de la mañana
invisible
como todos.
de un azul pálido
se yergue ante mí
como un muro de hielo
y el solitario,
distante
aullar de un búho
me llega cercano.
Entrecierro los ojos.
En el oscuro,
fresco jardín
las flores se mueven
de acá para allá
como pequeños globos.
Los árboles solemnes
sepultados por una nube de hojas
parecen dormir profundamente.
Es tarde ya.
Me tiendo en la hierba,
enciendo un cigarrillo,
y en completo reposo
me engaño diciéndome
que el final será también así.
La luz de la luna
cae sobre mi cuerpo.
La brisa
me rodea las muñecas.
Me dejo llevar.
Tiemblo.
Sé que pronto
vendrá el día
para borrar la mancha
blanca de la luna,
y que caminaré bajo el sol de la mañana
invisible
como todos.
Yo sigo atada (por Elena Anníbali)
frente a la casa, antes de que construyeran
los edificios ostentosos
las oficinas asépticas de la calle belgrano
los negocios de chucherías
hubo un baldío
y en el centro
un malacate
íbamos con mauro lesjtch
algunas siestas, a jugar
que éramos caballos ciegos
y dábamos vueltas alrededor
del pozo seco
mauro es un hombre ahora
ha hecho dinero, hijos,
sólo persisten en él
los ojos oscuros
con pestañas de muñeca
yo sigo atada
al hábito de esas tardes
caminando el círculo del pozo
jugando al animal ciego
ahora
la sed es real
los edificios ostentosos
las oficinas asépticas de la calle belgrano
los negocios de chucherías
hubo un baldío
y en el centro
un malacate
íbamos con mauro lesjtch
algunas siestas, a jugar
que éramos caballos ciegos
y dábamos vueltas alrededor
del pozo seco
mauro es un hombre ahora
ha hecho dinero, hijos,
sólo persisten en él
los ojos oscuros
con pestañas de muñeca
yo sigo atada
al hábito de esas tardes
caminando el círculo del pozo
jugando al animal ciego
ahora
la sed es real
viernes, 31 de diciembre de 2010
¿Tú tienes lo que espero? (por Alfonso Canales)
Amor, amor, amor, la savia suelta,
el potro desbocado, amor, al campo,
la calle, el cielo, las ventanas libres,
las puertas libres, los océanos hondos
y los escaparates que ofrecen cuando hay
que ofrecer al deseo de los vivos.
De los vivos, amor, de los que olvidan
que un día no habrá puertas ni ventanas,
ni potro ni raudales de la hermosura
para estos, estos ojos, estos ojos
donde habrá que engastar unas monedas
-y otra bajo la lengua-, por si acaso
al barquero le sirven o al que busque
sueños de ayer, de hoy, bajo la tierra.
Bajo la tierra, amor, trufas, estatuas,
oro, cántaros, dioses
apagados, amor, tesoros, premios
de la ansiedad.
Amor, dame la mano,
no te conozco, amor, no importa, dame
la mano, amor, no la conozco, nunca
importa demasiado conocerse.
Abre los ojos, no, no puedo, abre
la boca, ¿dónde está tu risa, dónde
se duerme tu palabra? Amor, no tengo
más risa, más palabra: Amor.
Te doy a cambio lo que esperas.
¿Tú lo sabes, tú sabes lo que espero?
Amor, ¿tú tienes lo que espero?
Es amor, amor y el mundo
como está, como es, con estas vías
abiertas con las cosas
que con amor se hacen, con la gracia
de hacer las cosas con amor, con tiempo
para formarlas con amor, con fuerzas,
aguas de amor para apagar el miedo.
el potro desbocado, amor, al campo,
la calle, el cielo, las ventanas libres,
las puertas libres, los océanos hondos
y los escaparates que ofrecen cuando hay
que ofrecer al deseo de los vivos.
De los vivos, amor, de los que olvidan
que un día no habrá puertas ni ventanas,
ni potro ni raudales de la hermosura
para estos, estos ojos, estos ojos
donde habrá que engastar unas monedas
-y otra bajo la lengua-, por si acaso
al barquero le sirven o al que busque
sueños de ayer, de hoy, bajo la tierra.
Bajo la tierra, amor, trufas, estatuas,
oro, cántaros, dioses
apagados, amor, tesoros, premios
de la ansiedad.
Amor, dame la mano,
no te conozco, amor, no importa, dame
la mano, amor, no la conozco, nunca
importa demasiado conocerse.
Abre los ojos, no, no puedo, abre
la boca, ¿dónde está tu risa, dónde
se duerme tu palabra? Amor, no tengo
más risa, más palabra: Amor.
Te doy a cambio lo que esperas.
¿Tú lo sabes, tú sabes lo que espero?
Amor, ¿tú tienes lo que espero?
Es amor, amor y el mundo
como está, como es, con estas vías
abiertas con las cosas
que con amor se hacen, con la gracia
de hacer las cosas con amor, con tiempo
para formarlas con amor, con fuerzas,
aguas de amor para apagar el miedo.
jueves, 30 de diciembre de 2010
Ya es demasiado tarde (por Charles Bukowski)
Hay cosas peores
que estar solo,
pero a menudo hacen falta décadas
para entenderlo
y en la inmensa mayoría de los casos,
cuando lo entiendes,
ya es demasiado tarde,
y no hay nada peor
que
demasiado tarde.
que estar solo,
pero a menudo hacen falta décadas
para entenderlo
y en la inmensa mayoría de los casos,
cuando lo entiendes,
ya es demasiado tarde,
y no hay nada peor
que
demasiado tarde.
miércoles, 29 de diciembre de 2010
A quién ladran (por Juan Manuel Roca)
Callejean,
escarban los restos del día
como quien acude a un tanatorio:
Perros góticos apaleados en misa,
un domingo raído por la lluvia.
Bogotá duerme al fondo de su hartazgo
y los perros de Nadie
rastrean los días en fuga,
la sombra perdida de un Virrey.
Un niño ata en sus colas de cometa
latas de avena con la efigie de un cuáquero
que no pierde su torva dignidad.
Los perros sin dueño
recorren el centro y el sur de la ciudad,
las zonas donde Nadie tiene su reino de olvidos.
¿A quién ladran en la calle vacía?
¿A quién dirigen sus orejas vacilantes?
Acaso descubran el paso de Nadie,
del que se fue una vez, envuelto en brumas.
escarban los restos del día
como quien acude a un tanatorio:
Perros góticos apaleados en misa,
un domingo raído por la lluvia.
Bogotá duerme al fondo de su hartazgo
y los perros de Nadie
rastrean los días en fuga,
la sombra perdida de un Virrey.
Un niño ata en sus colas de cometa
latas de avena con la efigie de un cuáquero
que no pierde su torva dignidad.
Los perros sin dueño
recorren el centro y el sur de la ciudad,
las zonas donde Nadie tiene su reino de olvidos.
¿A quién ladran en la calle vacía?
¿A quién dirigen sus orejas vacilantes?
Acaso descubran el paso de Nadie,
del que se fue una vez, envuelto en brumas.
martes, 28 de diciembre de 2010
Casas deshabitadas (por Andrés Aberasturi)
El amor tiene nombre y apellidos,
carnet de identidad,
fechas borrosas,
rostros desdibujados
portales en penumbra,
aceras de ciudades,
parques umbríos,
hoteles de pasillos silenciosos,
cuartos de estar
con pianos de leyenda,
buhardillas,
descampados,
corralas,
casas deshabitadas que habitaban
esta gran casa
que hoy abandono ya
definitivamente.
carnet de identidad,
fechas borrosas,
rostros desdibujados
portales en penumbra,
aceras de ciudades,
parques umbríos,
hoteles de pasillos silenciosos,
cuartos de estar
con pianos de leyenda,
buhardillas,
descampados,
corralas,
casas deshabitadas que habitaban
esta gran casa
que hoy abandono ya
definitivamente.
lunes, 27 de diciembre de 2010
Cuánto me dejas (por José Luis García Martín)
No me has querido y huyes por tus años
hacia un país en donde yo no existo,
pero cuánto me dejas al dejarme...
Otros verán tu vida deshacerse;
yo conservaré intacta la memoria
de una frágil belleza adolescente.
Pronto no has de ser tú, aunque no mueras;
aunque no vivas, vivirás en mí.
Siempre joven serás en mi recuerdo.
Fíjate cuánto gano si te pierdo.
hacia un país en donde yo no existo,
pero cuánto me dejas al dejarme...
Otros verán tu vida deshacerse;
yo conservaré intacta la memoria
de una frágil belleza adolescente.
Pronto no has de ser tú, aunque no mueras;
aunque no vivas, vivirás en mí.
Siempre joven serás en mi recuerdo.
Fíjate cuánto gano si te pierdo.
domingo, 26 de diciembre de 2010
Sólo porque sucedes (por Blanca Andréu)
Tú, sendero mental
cinta constante
que te enarbolas y te curvas y andas
y no conoces muerte
que cruzas, pasas, corres
como el agua de Heráclito
sobre justos e injustos
con tus famosas vestiduras de oro
y de raras camadas de estrellas.
Tú, matemática joya
corazón en el pecho de las constelaciones
pulso del universo
te detestan
sólo porque sucedes
los mismos que increpan a los ríos y azotan a los mares
si naufraga su flota
te acusan porque tú no obedeces
en lugar de decirte: salve, celeste amigo
no quiero perderte
tiempo, templo de las acciones
catedral de los días
dame de ti, perfecto, extiende tus alas en el aire y vuela
muy lentamente sobre mí
tiempo
para que no muera en mí mi juventud
para que pueda hacer esto y lo otro
para saborear y contemplar
el color de los hechos
hasta conocerme
y comprender
y saber qué otra cosa significas.
cinta constante
que te enarbolas y te curvas y andas
y no conoces muerte
que cruzas, pasas, corres
como el agua de Heráclito
sobre justos e injustos
con tus famosas vestiduras de oro
y de raras camadas de estrellas.
Tú, matemática joya
corazón en el pecho de las constelaciones
pulso del universo
te detestan
sólo porque sucedes
los mismos que increpan a los ríos y azotan a los mares
si naufraga su flota
te acusan porque tú no obedeces
en lugar de decirte: salve, celeste amigo
no quiero perderte
tiempo, templo de las acciones
catedral de los días
dame de ti, perfecto, extiende tus alas en el aire y vuela
muy lentamente sobre mí
tiempo
para que no muera en mí mi juventud
para que pueda hacer esto y lo otro
para saborear y contemplar
el color de los hechos
hasta conocerme
y comprender
y saber qué otra cosa significas.
sábado, 25 de diciembre de 2010
En un solo amor (por Salvador Espriu)
Distintos son los hombres y distintas las hablas,
y han convenido muchos nombres en un solo amor.
La vieja y frágil plata se convierte en tarde
detenida en la claridad sobre los campos.
La tierra, con trampas de mil finos oídos,
ha cautivado a los pájaros de las canciones del aire.
Sí, comprende y haz tuya también,
desde los olivos,
la alta y sencilla verdad de la voz prisionera del viento:
"Distintas son las hablas y distintos los hombres,
y convendrán muchos nombres en un solo amor".
y han convenido muchos nombres en un solo amor.
La vieja y frágil plata se convierte en tarde
detenida en la claridad sobre los campos.
La tierra, con trampas de mil finos oídos,
ha cautivado a los pájaros de las canciones del aire.
Sí, comprende y haz tuya también,
desde los olivos,
la alta y sencilla verdad de la voz prisionera del viento:
"Distintas son las hablas y distintos los hombres,
y convendrán muchos nombres en un solo amor".
viernes, 24 de diciembre de 2010
He ocupado mi silla (por Eduardo García)
He cruzado el umbral. Estoy en casa.
Después del frío, el viento y los veranos
he venido. Saludo a los objetos
con un suspiro grave y respetuoso.
La sala decorada con flores que parecen
desplomarse carnívoras sobre los comensales.
He ocupado mi silla. Alguien comenta
el precio escaso de la vida humana
en un país remoto y las noticias
dejan caer promesas de un futuro
que merezca la pena. La mujer
me sirve una sonrisa.
El hombre habla con ella como quien acaricia
un sueño que se hiciera cotidiano.
Bajo el mantel los niños se pelean.
La sal. El pan. La mesa como siempre:
cada cual en su sitio, absorto en la tarea
de ser el personaje que la trama
dispone.
Así, ya ves, somos felices.
Ignoramos que un día la ausencia de la madre,
esa silla vacía, inconcebible,
hará que el niño aquél -al fondo de la escena-
escriba estas palabras.
Después del frío, el viento y los veranos
he venido. Saludo a los objetos
con un suspiro grave y respetuoso.
La sala decorada con flores que parecen
desplomarse carnívoras sobre los comensales.
He ocupado mi silla. Alguien comenta
el precio escaso de la vida humana
en un país remoto y las noticias
dejan caer promesas de un futuro
que merezca la pena. La mujer
me sirve una sonrisa.
El hombre habla con ella como quien acaricia
un sueño que se hiciera cotidiano.
Bajo el mantel los niños se pelean.
La sal. El pan. La mesa como siempre:
cada cual en su sitio, absorto en la tarea
de ser el personaje que la trama
dispone.
Así, ya ves, somos felices.
Ignoramos que un día la ausencia de la madre,
esa silla vacía, inconcebible,
hará que el niño aquél -al fondo de la escena-
escriba estas palabras.
jueves, 23 de diciembre de 2010
Qué ha sido de quien fui (por Fernando Pessoa)
Esta vieja angustia,
esta angustia que traigo hace siglos en mí,
rebasó la vasija, en lágrimas, en grandes imaginaciones,
en sueños al estilo de pesadilla sin terror,
en grandes emociones súbitas sin sentido alguno.
Rebasó.
¡Mal sé cómo conducirme por la vida
con este malestar haciéndome dobleces en el alma!
¡Si al menos enloqueciera de veras!
Pero no: es este estar entre,
este casi,
este poder ser que
esto.
Un interno en un manicomio es, al menos, alguien,
yo soy un interno en un manicomio sin manicomio.
Estoy loco en frío,
estoy lúcido y loco,
estoy ajeno a todo e igual a todos:
estoy durmiendo despierto con sueños que son locura
porque no son sueños.
Estoy así...
¡Pobre vieja casa de mi infancia perdida!
¡Quién te iba a decir que yo me desacogería tanto!
¿Qué es de tu niño? Está loco.
¿Qué es de quien dormía tranquilo bajo tu techo provinciano?
Está loco.
¿Qué ha sido de quien fui? Está loco. Hoy es quien yo soy.
¡Si al menos tuviera una religión cualquiera!
Por ejemplo, por aquel fetiche
que había en casa, allá en aquélla, traído de África.
Era feísimo, era grotesco,
pero había en él la divinidad de todo en lo que se cree.
Si yo pudiera creer en un fetiche cualquiera
-Júpiter, Jehová, la Humanidad —
cualquiera serviría,
¿pues qué es todo sino lo que pensamos de todo?
¡Estalla, corazón de vidrio pintado!
esta angustia que traigo hace siglos en mí,
rebasó la vasija, en lágrimas, en grandes imaginaciones,
en sueños al estilo de pesadilla sin terror,
en grandes emociones súbitas sin sentido alguno.
Rebasó.
¡Mal sé cómo conducirme por la vida
con este malestar haciéndome dobleces en el alma!
¡Si al menos enloqueciera de veras!
Pero no: es este estar entre,
este casi,
este poder ser que
esto.
Un interno en un manicomio es, al menos, alguien,
yo soy un interno en un manicomio sin manicomio.
Estoy loco en frío,
estoy lúcido y loco,
estoy ajeno a todo e igual a todos:
estoy durmiendo despierto con sueños que son locura
porque no son sueños.
Estoy así...
¡Pobre vieja casa de mi infancia perdida!
¡Quién te iba a decir que yo me desacogería tanto!
¿Qué es de tu niño? Está loco.
¿Qué es de quien dormía tranquilo bajo tu techo provinciano?
Está loco.
¿Qué ha sido de quien fui? Está loco. Hoy es quien yo soy.
¡Si al menos tuviera una religión cualquiera!
Por ejemplo, por aquel fetiche
que había en casa, allá en aquélla, traído de África.
Era feísimo, era grotesco,
pero había en él la divinidad de todo en lo que se cree.
Si yo pudiera creer en un fetiche cualquiera
-Júpiter, Jehová, la Humanidad —
cualquiera serviría,
¿pues qué es todo sino lo que pensamos de todo?
¡Estalla, corazón de vidrio pintado!
miércoles, 22 de diciembre de 2010
Sentir que me deshago (por Fernando Aramburu)
Yo quisiera llover, llover
interminablemente,
sentir que me deshago en una
larga melena de gotas finas y festivas.
Mi sueño es un caer, es un caer
que moja en la desamparada tarde
los muros
cenicientos, las lápidas, los rostros.
interminablemente,
sentir que me deshago en una
larga melena de gotas finas y festivas.
Mi sueño es un caer, es un caer
que moja en la desamparada tarde
los muros
cenicientos, las lápidas, los rostros.
martes, 21 de diciembre de 2010
Mis tres fauces (por Francisco Brines)
El perro aquel aulló varios veranos
siempre solo en la casa abandonada.
Aún sigue su terror en mis oídos,
dentro de mí aúllan
(con el miedo de Cristo abandonado
en el viejo olivar)
las fauces de aquel perro, tan sediento
de alguna compañía,
en aquel cielo azul que se apagaba
por entre las palmeras y naranjos
donde mi juventud
se miraba en el mundo.
Yo soy ahora el perro, que aún no ha muerto,
y soy también el miedo de Cristo abandonado
en el viejo olivar,
bajo los astros fríos.
Mis tres fauces:
del animal que soy,
de Dios (que me abandona)
y estos restos de espíritu y de carne
que se muerden.
siempre solo en la casa abandonada.
Aún sigue su terror en mis oídos,
dentro de mí aúllan
(con el miedo de Cristo abandonado
en el viejo olivar)
las fauces de aquel perro, tan sediento
de alguna compañía,
en aquel cielo azul que se apagaba
por entre las palmeras y naranjos
donde mi juventud
se miraba en el mundo.
Yo soy ahora el perro, que aún no ha muerto,
y soy también el miedo de Cristo abandonado
en el viejo olivar,
bajo los astros fríos.
Mis tres fauces:
del animal que soy,
de Dios (que me abandona)
y estos restos de espíritu y de carne
que se muerden.
lunes, 20 de diciembre de 2010
Sólo un día (por Antonio Porpetta)
Un día. Sólo un día. Casi nada.
Un montón ordenado de minutos,
un simple recorrido
por la redonda senda
estelada de números y dudas.
Una pizca en el torrente
voraz del universo.
Una huella en la niebla,
un humo que se marcha,
un vuelo ya olvidado
de aquel insecto mínimo
cuyo nombre jamás preguntaremos.
Y sin embargo, siempre, nuestra vida,
acaba siendo un día, sólo un día,
un día irrepetible ocupando su centro
y una serie de años sin sentido
sirviendo de ropaje a su memoria.
Es aquel claro día
en el que amanecemos al asombro,
porque todo es verdad a nuestro paso,
y sin ira miramos el espejo,
y por primera vez nos descubrimos
como queremos ser:
indemnes,
plenos,
limpios,
libres,
nuestros.
Un montón ordenado de minutos,
un simple recorrido
por la redonda senda
estelada de números y dudas.
Una pizca en el torrente
voraz del universo.
Una huella en la niebla,
un humo que se marcha,
un vuelo ya olvidado
de aquel insecto mínimo
cuyo nombre jamás preguntaremos.
Y sin embargo, siempre, nuestra vida,
acaba siendo un día, sólo un día,
un día irrepetible ocupando su centro
y una serie de años sin sentido
sirviendo de ropaje a su memoria.
Es aquel claro día
en el que amanecemos al asombro,
porque todo es verdad a nuestro paso,
y sin ira miramos el espejo,
y por primera vez nos descubrimos
como queremos ser:
indemnes,
plenos,
limpios,
libres,
nuestros.
domingo, 19 de diciembre de 2010
Gracias, mujer, por tus noches profundas (por Carlos Edmundo de Ory)
También tú me abandonas mi última mujer
te amé te amo aún y me despido ahora
Ven y no mires atrás donde yo no estaré
yo ya no sé decir adiós Me quedo solo
Errante continúo mi marcha hacia los árboles
que gimen en la noche y me comprenden
Me has creído inhumano y te apartas de mí
Gracias mujer por tus noches profundas
Los días nos separan y con su espada cruel
abaten el amor y su sagrado reino
Te di mi corazón No te di mi cabeza
perdóname si mis caricias ávidas
te han gastado la piel perdóname
por el roto violín de mis besos mujer.
te amé te amo aún y me despido ahora
Ven y no mires atrás donde yo no estaré
yo ya no sé decir adiós Me quedo solo
Errante continúo mi marcha hacia los árboles
que gimen en la noche y me comprenden
Me has creído inhumano y te apartas de mí
Gracias mujer por tus noches profundas
Los días nos separan y con su espada cruel
abaten el amor y su sagrado reino
Te di mi corazón No te di mi cabeza
perdóname si mis caricias ávidas
te han gastado la piel perdóname
por el roto violín de mis besos mujer.
sábado, 18 de diciembre de 2010
De su fotografía (por Rafael Adolfo Téllez)
Esta muchacha que sonríe
en el marco enlutado de su fotografía,
con una blusa fresca de encaje,
no lo sabe,
ignora que el tiempo se le ha ido,
que saldrá pronto a confundirse
con el vaho polvoriento de los carromatos
en una feria de aldea,
bajo el sol implacable del mediodía.
Esta muchacha lo olvida
y tiene aún el atrevimiento de creerse inmortal
al pie de los arroyos,
donde ha nacido hace ya mucho...,
pero un rumor de muerte circula ya en su falda
y no puedo ampararla
y yo que fui su hermano mayor no puedo ampararla.
Mirad cómo baila en mi puerta,
en la tarde,
bajo un cielo tranquilo,
al son de una música de organillo
—una música infeliz como sus sueños—.
Un instante, cuando acabe el verano,
y habrá volado hasta los márgenes del mundo,
se habrá ido a desvanecer en el centro
de ese lago, donde un hilo de luz
enlaza con los muertos.
Será solo sombra sobre el polvo dormido de las cosas.
Esta muchacha nos mira ya del otro lado del tiempo.
en el marco enlutado de su fotografía,
con una blusa fresca de encaje,
no lo sabe,
ignora que el tiempo se le ha ido,
que saldrá pronto a confundirse
con el vaho polvoriento de los carromatos
en una feria de aldea,
bajo el sol implacable del mediodía.
Esta muchacha lo olvida
y tiene aún el atrevimiento de creerse inmortal
al pie de los arroyos,
donde ha nacido hace ya mucho...,
pero un rumor de muerte circula ya en su falda
y no puedo ampararla
y yo que fui su hermano mayor no puedo ampararla.
Mirad cómo baila en mi puerta,
en la tarde,
bajo un cielo tranquilo,
al son de una música de organillo
—una música infeliz como sus sueños—.
Un instante, cuando acabe el verano,
y habrá volado hasta los márgenes del mundo,
se habrá ido a desvanecer en el centro
de ese lago, donde un hilo de luz
enlaza con los muertos.
Será solo sombra sobre el polvo dormido de las cosas.
Esta muchacha nos mira ya del otro lado del tiempo.
viernes, 17 de diciembre de 2010
Quizá no he nacido (por Jorge Luis Borges)
Soy el único hombre en la tierra y acaso no hay tierra ni hombre.
Acaso un dios me engaña.
Acaso un dios me ha condenado al tiempo, esa larga ilusión.
Sueño la luna y sueño mis ojos que perciben la luna.
He soñado a Cartago y a las legiones que desolaron a Cartago.
He soñado a Virgilio.
He soñado la colina del Gólgota y las cruces de Roma.
He soñado la geometría.
He soñado el punto, la línea, el plano y el volumen.
He soñado el amarillo, el azul y el rojo.
He soñado mi enfermiza niñez.
He soñado los mapas y los reinos y aquel duelo en el alba.
He soñado el inconcebible dolor.
He soñado mi espada.
He soñado a Elisabeth de Bohemia.
He soñado la duda y la certidumbre.
He soñado el día de ayer.
Quizá no tuve ayer, quizá no he nacido.
Acaso sueño haber soñado.
Siento un poco de frío, un poco de miedo.
Sobre el Danubio está la noche.
Seguiré soñando a Descartes y a la fe de sus padres.
Acaso un dios me engaña.
Acaso un dios me ha condenado al tiempo, esa larga ilusión.
Sueño la luna y sueño mis ojos que perciben la luna.
He soñado a Cartago y a las legiones que desolaron a Cartago.
He soñado a Virgilio.
He soñado la colina del Gólgota y las cruces de Roma.
He soñado la geometría.
He soñado el punto, la línea, el plano y el volumen.
He soñado el amarillo, el azul y el rojo.
He soñado mi enfermiza niñez.
He soñado los mapas y los reinos y aquel duelo en el alba.
He soñado el inconcebible dolor.
He soñado mi espada.
He soñado a Elisabeth de Bohemia.
He soñado la duda y la certidumbre.
He soñado el día de ayer.
Quizá no tuve ayer, quizá no he nacido.
Acaso sueño haber soñado.
Siento un poco de frío, un poco de miedo.
Sobre el Danubio está la noche.
Seguiré soñando a Descartes y a la fe de sus padres.
jueves, 16 de diciembre de 2010
Somos todos (por Abelardo Vicioso)
No soy yo, somos todos los que ardemos
con los corazones en la boca, mordiendo
sus tejidos hasta la sangre.
Somos todos los que bailamos la melancolía
y ascendemos la definitiva tristeza
con la sonrisa pintada en los labios.
No lo neguéis, hay que decirlo, no soy yo sólo.
Sería muy fácil desaparecer. Ya estaría hundido
dos metros debajo de las pisadas de los hombres.
Todos me acompañarais cuando viajo a la luz
de difíciles días, sumido en la penumbra
de las calles desiertas, o en las alcobas tristes
donde pone la muerte su ojo cada día.
Si también me acompañarais a cantar el amor,
a lucir nuestra bandera como un traje de fiesta,
a limpiar nuestras calles con la nueva llovizna
lanzada desde abajo en hermosa parábola.
No soy yo, somos todos los que vamos a morir
de espaldas, lentamente y sin lenguas,
sin ojos ya, con íntimo cansancio.
con los corazones en la boca, mordiendo
sus tejidos hasta la sangre.
Somos todos los que bailamos la melancolía
y ascendemos la definitiva tristeza
con la sonrisa pintada en los labios.
No lo neguéis, hay que decirlo, no soy yo sólo.
Sería muy fácil desaparecer. Ya estaría hundido
dos metros debajo de las pisadas de los hombres.
Todos me acompañarais cuando viajo a la luz
de difíciles días, sumido en la penumbra
de las calles desiertas, o en las alcobas tristes
donde pone la muerte su ojo cada día.
Si también me acompañarais a cantar el amor,
a lucir nuestra bandera como un traje de fiesta,
a limpiar nuestras calles con la nueva llovizna
lanzada desde abajo en hermosa parábola.
No soy yo, somos todos los que vamos a morir
de espaldas, lentamente y sin lenguas,
sin ojos ya, con íntimo cansancio.
miércoles, 15 de diciembre de 2010
Comprendo que mi tristeza no frenará la hierba (por Wislawa Szymborska)
No le reprocho a la primavera
que llegue de nuevo.
No me quejo de que cumpla
como todos los años
con sus obligaciones.
Comprendo que mi tristeza
no frenará la hierba.
Si los tallos vacilan
será sólo por el viento.
No me causa dolor
que los sotos de alisos
recuperen su murmullo.
Me doy por enterada
de que, como si vivieras,
la orilla de cierto lago
es tan bella como era.
No le guardo rencor
a la vista por la vista
de una bahía deslumbrante.
Puedo incluso imaginarme
que otros, no nosotros,
estén sentados ahora mismo
sobre el abedul derribado.
Respeto su derecho
a reír, a susurrar
y a quedarse felices en silencio.
Supongo incluso
que los une el amor
y que él la abraza a ella
con brazos llenos de vida.
Algo nuevo, como un trino,
comienza a gorgotear entre los juncos.
Sinceramente les deseo
que lo escuchen.
No exijo ningún cambio
de las olas a la orilla,
ligeras o perezosas,
pero nunca obedientes.
Nada les pido
a las aguas junto al bosque,
a veces esmeralda,
a veces zafiro,
a veces negras.
Una cosa no acepto.
Volver a ese lugar.
Renuncio al privilegio
de la presencia.
Te he sobrevivido lo suficiente
como para recordar desde lejos.
que llegue de nuevo.
No me quejo de que cumpla
como todos los años
con sus obligaciones.
Comprendo que mi tristeza
no frenará la hierba.
Si los tallos vacilan
será sólo por el viento.
No me causa dolor
que los sotos de alisos
recuperen su murmullo.
Me doy por enterada
de que, como si vivieras,
la orilla de cierto lago
es tan bella como era.
No le guardo rencor
a la vista por la vista
de una bahía deslumbrante.
Puedo incluso imaginarme
que otros, no nosotros,
estén sentados ahora mismo
sobre el abedul derribado.
Respeto su derecho
a reír, a susurrar
y a quedarse felices en silencio.
Supongo incluso
que los une el amor
y que él la abraza a ella
con brazos llenos de vida.
Algo nuevo, como un trino,
comienza a gorgotear entre los juncos.
Sinceramente les deseo
que lo escuchen.
No exijo ningún cambio
de las olas a la orilla,
ligeras o perezosas,
pero nunca obedientes.
Nada les pido
a las aguas junto al bosque,
a veces esmeralda,
a veces zafiro,
a veces negras.
Una cosa no acepto.
Volver a ese lugar.
Renuncio al privilegio
de la presencia.
Te he sobrevivido lo suficiente
como para recordar desde lejos.
martes, 14 de diciembre de 2010
Con qué objetivo ardemos (por Saiz de Marco)
con vivir y morir
qué fuego alimentamos
qué turbina movemos
con nuestra vidamuerte
qué émbolo propulsamos
con vivir y morir
a qué causa servimos
qué engranaje activamos
a qué motor transferimos
viviendo y muriendo
nuestra pequeña fuerza
a qué máquina damos
al vivir y al morir
nuestra escasa energía
-ésa que generamos con nuestra combustión-
tal vez si lo supiéramos
si el motor nos dijera
si él mismo declarara para qué le servimos
-cuál es su fin
su meta
qué utilidad reporta
para qué nos quemamos
por qué nos consumimos
con qué objetivo ardemos-
nos agradaría entonces darle lo que nos pide
con gusto llevaríamos ser su fuerza motriz
qué fuego alimentamos
qué turbina movemos
con nuestra vidamuerte
qué émbolo propulsamos
con vivir y morir
a qué causa servimos
qué engranaje activamos
a qué motor transferimos
viviendo y muriendo
nuestra pequeña fuerza
a qué máquina damos
al vivir y al morir
nuestra escasa energía
-ésa que generamos con nuestra combustión-
tal vez si lo supiéramos
si el motor nos dijera
si él mismo declarara para qué le servimos
-cuál es su fin
su meta
qué utilidad reporta
para qué nos quemamos
por qué nos consumimos
con qué objetivo ardemos-
nos agradaría entonces darle lo que nos pide
con gusto llevaríamos ser su fuerza motriz
lunes, 13 de diciembre de 2010
Y ahora estoy aquí (por Walt Whitman)
Ha llegado la hora de que me explique; pongámonos de pie.
Me despojo de lo conocido
y me lanzo con todos los hombres y mujeres hacia lo desconocido.
El reloj indica los instantes, pero ¿qué indica la eternidad?
Hemos agotado ya trillones de inviernos y estíos, pero nos quedan aún otros trillones de trillones.
Los nacimientos nos han traído riqueza y variedad,
y otros nacimientos nos traerán más riqueza y variedad.
No llamo a ninguno grande ni pequeño,
quien ha llenado su tiempo y su lugar es igual a otro cualquiera.
¿Ha sido la humanidad cruel o celosa para con vosotros, hermanas y hermanos míos?
Lo siento por ti, no ha sido cruel ni celosa para conmigo:
todo ha sido bueno conmigo, no tengo motivos de queja
(¿Qué utilidad habría en quejarme?)
Soy el apogeo de las cosas logradas y contengo las cosas que
serán.
Mucho tiempo estuve en brazos de las tinieblas. Mucho tiempo.
Inmensa fue la gestación de mi ser,
fieles y cariñosos los brazos que me ayudaron.
Los ciclos transportaron a mi cuna, remando sin cesar como
alegres barqueros;
para darme paso, las estrellas se apartaron de sus órbitas, y enviaron su influencia para que cuidase de lo que había de recibirme.
Antes de que yo naciera de mi madre, generaciones enteras
me guiaron,
mi embrión nunca estuvo adormecido, nada pudo oprimirlo.
Por él la nebulosa se condensó en un astro,
los lentos estratos se acumularon para que reposara en ellos,
una gigantesca vegetación le dio alimento,
saurios monstruosos le transportaron en sus fauces y lo depositaron dulcemente.
Todas las fuerzas elementales trabajaron sin cesar para moldearme y deleitarme,
y ahora estoy aquí, en pie, con mi alma robusta.
Me despojo de lo conocido
y me lanzo con todos los hombres y mujeres hacia lo desconocido.
El reloj indica los instantes, pero ¿qué indica la eternidad?
Hemos agotado ya trillones de inviernos y estíos, pero nos quedan aún otros trillones de trillones.
Los nacimientos nos han traído riqueza y variedad,
y otros nacimientos nos traerán más riqueza y variedad.
No llamo a ninguno grande ni pequeño,
quien ha llenado su tiempo y su lugar es igual a otro cualquiera.
¿Ha sido la humanidad cruel o celosa para con vosotros, hermanas y hermanos míos?
Lo siento por ti, no ha sido cruel ni celosa para conmigo:
todo ha sido bueno conmigo, no tengo motivos de queja
(¿Qué utilidad habría en quejarme?)
Soy el apogeo de las cosas logradas y contengo las cosas que
serán.
Mucho tiempo estuve en brazos de las tinieblas. Mucho tiempo.
Inmensa fue la gestación de mi ser,
fieles y cariñosos los brazos que me ayudaron.
Los ciclos transportaron a mi cuna, remando sin cesar como
alegres barqueros;
para darme paso, las estrellas se apartaron de sus órbitas, y enviaron su influencia para que cuidase de lo que había de recibirme.
Antes de que yo naciera de mi madre, generaciones enteras
me guiaron,
mi embrión nunca estuvo adormecido, nada pudo oprimirlo.
Por él la nebulosa se condensó en un astro,
los lentos estratos se acumularon para que reposara en ellos,
una gigantesca vegetación le dio alimento,
saurios monstruosos le transportaron en sus fauces y lo depositaron dulcemente.
Todas las fuerzas elementales trabajaron sin cesar para moldearme y deleitarme,
y ahora estoy aquí, en pie, con mi alma robusta.
domingo, 12 de diciembre de 2010
Soy animal de fondo (por Juan Ramón Jiménez)
"En el fondo de aire" (dije) "estoy" (dije),
"soy animal de fondo de aire" (sobre tierra),
ahora sobre mar; pasado, como el aire, por un sol
que es carbón allá arriba, mi fuera, y me ilumina
con su carbón el ámbito segundo destinado.
Pero tú, dios, también estás en este fondo
y a esta luz ves, venida de otro astro;
tú estás y eres
lo grande y lo pequeño que yo soy,
en una proporción que es ésta mía,
infinita hacia un fondo que es el pozo sagrado de mí mismo.
Y en este pozo estabas antes tú
con la flor, con la golondrina, el toro
y el agua; con la aurora
en un llegar carmín de vida renovada;
con el poniente, en un huir de oro de gloria.
En este pozo diario estabas tú conmigo,
conmigo niño, joven, mayor, y yo me ahogaba
sin saberte, me ahogaba sin pensar en ti.
Este pozo que era, sólo y nada más ni menos,
que el centro de la tierra y de su vida.
Y tú eras en el pozo mágico el destino
de todos los destinos de la sensualidad hermosa
que sabe que el gozar en plenitud
de conciencia amadora,
es la virtud mayor que nos trasciende
Lo eras para hacerme pensar que tú eras tú,
para hacerme sentir que yo era tú,
para hacerme gozar que tú eras yo,
para hacerme gritar que yo era yo
en el fondo de aire en donde estoy,
donde soy animal de fondo de aire
con alas que no vuelan en el aire,
que vuelan en la luz de la conciencia
mayor que todo el sueño
de eternidades e infinitos
que están después, sin más que ahora yo, del aire.
"soy animal de fondo de aire" (sobre tierra),
ahora sobre mar; pasado, como el aire, por un sol
que es carbón allá arriba, mi fuera, y me ilumina
con su carbón el ámbito segundo destinado.
Pero tú, dios, también estás en este fondo
y a esta luz ves, venida de otro astro;
tú estás y eres
lo grande y lo pequeño que yo soy,
en una proporción que es ésta mía,
infinita hacia un fondo que es el pozo sagrado de mí mismo.
Y en este pozo estabas antes tú
con la flor, con la golondrina, el toro
y el agua; con la aurora
en un llegar carmín de vida renovada;
con el poniente, en un huir de oro de gloria.
En este pozo diario estabas tú conmigo,
conmigo niño, joven, mayor, y yo me ahogaba
sin saberte, me ahogaba sin pensar en ti.
Este pozo que era, sólo y nada más ni menos,
que el centro de la tierra y de su vida.
Y tú eras en el pozo mágico el destino
de todos los destinos de la sensualidad hermosa
que sabe que el gozar en plenitud
de conciencia amadora,
es la virtud mayor que nos trasciende
Lo eras para hacerme pensar que tú eras tú,
para hacerme sentir que yo era tú,
para hacerme gozar que tú eras yo,
para hacerme gritar que yo era yo
en el fondo de aire en donde estoy,
donde soy animal de fondo de aire
con alas que no vuelan en el aire,
que vuelan en la luz de la conciencia
mayor que todo el sueño
de eternidades e infinitos
que están después, sin más que ahora yo, del aire.
sábado, 11 de diciembre de 2010
Ahí está, mírenlo (por Vladimira Pund)
Tengo los dedos rotos y el arpa estallada en mis notas discordantes.
Sostengo en mis manos la frágil mente con la que traté de vivir.
Pero la verdad es más cuerda que mi imagen
y mis manos más reales. No puedo más, no quiero más risas
ni enfermedades que te aten a mí.
Me voy.
No tengo más que un hatillo de dolorosos recuerdos
de jirones de mi alma remendados y remendados hasta el desuello.
Siento el dolor incomprendido,
ése al que todo el mundo pone solución con su boca sonora.
Ese dolor al que ponen linimentos de palabras amables.
Nadie lo cura.
Ahí está, mirenlo y no sientan horror ni miedo,
que a ustedes nada les pasará si se portan bien.
Si miran hacia otro lado
no les salpicará mi herida.
Sostengo en mis manos la frágil mente con la que traté de vivir.
Pero la verdad es más cuerda que mi imagen
y mis manos más reales. No puedo más, no quiero más risas
ni enfermedades que te aten a mí.
Me voy.
No tengo más que un hatillo de dolorosos recuerdos
de jirones de mi alma remendados y remendados hasta el desuello.
Siento el dolor incomprendido,
ése al que todo el mundo pone solución con su boca sonora.
Ese dolor al que ponen linimentos de palabras amables.
Nadie lo cura.
Ahí está, mirenlo y no sientan horror ni miedo,
que a ustedes nada les pasará si se portan bien.
Si miran hacia otro lado
no les salpicará mi herida.
viernes, 10 de diciembre de 2010
Rostro de los barrios aéreos de México (por Roberto Bolaño)
Rostro doloroso, escéptico, apaleado, trasnochado, rostro
sumergido en el bote de orines de las pesadillas, amargo e
imbécil,
duro como el pellejo de las ratas de Chapultepec, vanidoso
y triste, rostro en las lindes del cero, metálico por dentro,
lleno de ecos propicios a la risa, a su risa, a sus muecas
gratuitas y secretas, rostro de los barrios aéreos de México,
el rostro de Resortes
¿Te acuerdas de Resortes?
El perfecto ciudadano
Del Distrito Federal
Sus muecas atroces
Su risa atroz
Iluminan el camino de mis sueños
Cuando regreso a México
Paso a paso
Siguiendo las huellas torcidas
De las estrellas
sumergido en el bote de orines de las pesadillas, amargo e
imbécil,
duro como el pellejo de las ratas de Chapultepec, vanidoso
y triste, rostro en las lindes del cero, metálico por dentro,
lleno de ecos propicios a la risa, a su risa, a sus muecas
gratuitas y secretas, rostro de los barrios aéreos de México,
el rostro de Resortes
¿Te acuerdas de Resortes?
El perfecto ciudadano
Del Distrito Federal
Sus muecas atroces
Su risa atroz
Iluminan el camino de mis sueños
Cuando regreso a México
Paso a paso
Siguiendo las huellas torcidas
De las estrellas
jueves, 9 de diciembre de 2010
O de afán por las cosas (por Mario Cuenca Sandoval)
Es muy fácil pensar que uno no existe
Es muy fácil pensar la existencia sin uno
entre los pormenores de este espacio perfecto
Paseando entre objetos callados
enfrentando el silencio de los nombres
sobre las etiquetas pues las cosas inmóviles
de algún modo también son elocuentes
El lujo y el silencio son amantes
el lujo y el silencio se devoran los pechos
se muerden en los muslos uno al otro
mientras en la ventana se nos muere de frío
un viejo sin zapatos que recuerda a Jesús
si hubiera sido viejo
Qué temblor de silencio en los oídos
Los precios y los nombres nos recuerdan
que habría que llorar como leones
porque el mundo ha enfermado de puro indiferente
o de afán por las cosas que no duran
desmesurado amor por cosas que no duran
Qué temblor de neón y qué cansancio
Entre objetos con precio con alma y denominación
delimitada nítida las cosas
te preguntan tu nombre
quién es uno qué es uno
La chica de la caja (con sus ojos de cine)
la chica de la caja conoce la respuesta:
piénselo bien
usted no es más que el ticket de su compra
Repítalo tres veces
y tómese otra copa en nuestro bar
Es muy fácil pensar la existencia sin uno
entre los pormenores de este espacio perfecto
Paseando entre objetos callados
enfrentando el silencio de los nombres
sobre las etiquetas pues las cosas inmóviles
de algún modo también son elocuentes
El lujo y el silencio son amantes
el lujo y el silencio se devoran los pechos
se muerden en los muslos uno al otro
mientras en la ventana se nos muere de frío
un viejo sin zapatos que recuerda a Jesús
si hubiera sido viejo
Qué temblor de silencio en los oídos
Los precios y los nombres nos recuerdan
que habría que llorar como leones
porque el mundo ha enfermado de puro indiferente
o de afán por las cosas que no duran
desmesurado amor por cosas que no duran
Qué temblor de neón y qué cansancio
Entre objetos con precio con alma y denominación
delimitada nítida las cosas
te preguntan tu nombre
quién es uno qué es uno
La chica de la caja (con sus ojos de cine)
la chica de la caja conoce la respuesta:
piénselo bien
usted no es más que el ticket de su compra
Repítalo tres veces
y tómese otra copa en nuestro bar
miércoles, 8 de diciembre de 2010
La música en todo caso (por Fernando Pessoa)
La música, sí, la música…
Piano banal del piso de enfrente.
La música en todo caso, la música…
Aquello que viene a buscar el llanto inmanente de toda criatura humana.
Aquello que viene a torturar la calma con el deseo de una calma mejor…
La música…
Un piano allí arriba con alguien que lo toca mal.
Pero es música…
¡Ah, cuántas infancias tuve!
¿Cuántas buenas tristezas?
La música…
¡Cuántas más buenas tristezas!
Siempre la música…
El pobre piano tocado por quien no sabe tocarlo.
Pero, a pesar de todo, es música.
Ah, ahí consiguió una nota continua —una melodía racional—.
¡Racional, Dios mío!
¡Como si alguna cosa fuera racional!
¿Qué nuevos paisajes en un piano mal tocado?
¡La música!… ¡La música…!
Piano banal del piso de enfrente.
La música en todo caso, la música…
Aquello que viene a buscar el llanto inmanente de toda criatura humana.
Aquello que viene a torturar la calma con el deseo de una calma mejor…
La música…
Un piano allí arriba con alguien que lo toca mal.
Pero es música…
¡Ah, cuántas infancias tuve!
¿Cuántas buenas tristezas?
La música…
¡Cuántas más buenas tristezas!
Siempre la música…
El pobre piano tocado por quien no sabe tocarlo.
Pero, a pesar de todo, es música.
Ah, ahí consiguió una nota continua —una melodía racional—.
¡Racional, Dios mío!
¡Como si alguna cosa fuera racional!
¿Qué nuevos paisajes en un piano mal tocado?
¡La música!… ¡La música…!
martes, 7 de diciembre de 2010
De ejemplo y moraleja (por Ángel González)
Durante muchos siglos
la costumbre fue ésta:
aleccionar al hombre con historias
a cargo de animales de voz docta,
de solemne ademán o astutas tretas,
tercos en la maldad y en la codicia
o necios como el ser al que glosaban.
La humanidad les debe
parte de su virtud y su sapiencia
a asnos y leones, ratas, cuervos,
zorros, osos, cigarras y otros bichos
que sirvieron de ejemplo y moraleja,
de estímulo también y de escarmiento
en las ajenas testas animales,
al imaginativo y sutil griego,
al severo romano, al refinado europeo,
al hombre occidental, sin ir más lejos.
Hoy quiero —y perdonad la petulancia—
compensar tantos bienes recibidos
del gremio irracional
describiendo algún hecho sintomático,
algún matiz de la conducta humana
que acaso pueda ser educativo
para las aves y para los peces,
para los celentéreos y mamíferos,
dirigido lo mismo a las amebas
más simples
como a cualquier especie vertebrada.
Ya nuestra sociedad está madura,
ya el hombre dejó atrás la adolescencia
y en su vejez occidental bien puede
servir de ejemplo al perro
para que el perro sea
más perro,
y el zorro más traidor,
y el león más feroz y sanguinario,
y el asno como dicen que es el asno,
y el buey más inhibido y menos toro.
A toda bestia que pretenda
perfeccionarse como tal
—ya sea
con fines belicistas o pacíficos,
con miras financieras o teológicas,
o por amor al arte simplemente—
no cesaré de darle este consejo:
que observe al homo sapiens, y que aprenda.
la costumbre fue ésta:
aleccionar al hombre con historias
a cargo de animales de voz docta,
de solemne ademán o astutas tretas,
tercos en la maldad y en la codicia
o necios como el ser al que glosaban.
La humanidad les debe
parte de su virtud y su sapiencia
a asnos y leones, ratas, cuervos,
zorros, osos, cigarras y otros bichos
que sirvieron de ejemplo y moraleja,
de estímulo también y de escarmiento
en las ajenas testas animales,
al imaginativo y sutil griego,
al severo romano, al refinado europeo,
al hombre occidental, sin ir más lejos.
Hoy quiero —y perdonad la petulancia—
compensar tantos bienes recibidos
del gremio irracional
describiendo algún hecho sintomático,
algún matiz de la conducta humana
que acaso pueda ser educativo
para las aves y para los peces,
para los celentéreos y mamíferos,
dirigido lo mismo a las amebas
más simples
como a cualquier especie vertebrada.
Ya nuestra sociedad está madura,
ya el hombre dejó atrás la adolescencia
y en su vejez occidental bien puede
servir de ejemplo al perro
para que el perro sea
más perro,
y el zorro más traidor,
y el león más feroz y sanguinario,
y el asno como dicen que es el asno,
y el buey más inhibido y menos toro.
A toda bestia que pretenda
perfeccionarse como tal
—ya sea
con fines belicistas o pacíficos,
con miras financieras o teológicas,
o por amor al arte simplemente—
no cesaré de darle este consejo:
que observe al homo sapiens, y que aprenda.
lunes, 6 de diciembre de 2010
Sólo pura mirada (por Antonio Porpetta)
Hay un niño que llega cada día
ofreciendo su mínima intemperie
sobre el claro mantel del desayuno.
Levemente se asoma
por la ventana gris de algún periódico,
sin lágrimas ni risas en su rostro:
sólo pura mirada
y un humilde cansancio de terrores
derramado en sus labios.
Viene desde muy lejos:
de las tierras del fuego y la tristeza,
de selvas y arrozales,
de campos arrasados, de montañas perdidas,
de ciudades sin nombre ni memoria
donde la muerte es sólo
una muda costumbre cotidiana.
Tal vez trae en sus manos
algún pobre juguete:
el fusil que encontró en aquella zanja
junto a un hombre dormido,
las inútiles botas de su padre,
el arrugado casco de aluminio
del hermano más alto y más valiente,
el trozo de metralla
que derrumbó su infancia en un instante.
Se sienta a nuestra mesa, quedamente,
como si no estuviera,
y contempla asombrado los terrones
de azúcar, las galletas,
la alegre redondez de las naranjas,
la taza de café, con su recuerdo
de humaredas oscuras.
Nunca nos pide nada: sólo mira
desde un viejo silencio,
con un largo paisaje de preguntas
remansado en sus párpados.
Y permanece inmóvil,
clavándonos el tiempo en su palabra
que nunca escucharemos.
Como si fuera un niño, simplemente.
Sin saber que en sus ojos
lleva la herida grande
de todo el universo.
ofreciendo su mínima intemperie
sobre el claro mantel del desayuno.
Levemente se asoma
por la ventana gris de algún periódico,
sin lágrimas ni risas en su rostro:
sólo pura mirada
y un humilde cansancio de terrores
derramado en sus labios.
Viene desde muy lejos:
de las tierras del fuego y la tristeza,
de selvas y arrozales,
de campos arrasados, de montañas perdidas,
de ciudades sin nombre ni memoria
donde la muerte es sólo
una muda costumbre cotidiana.
Tal vez trae en sus manos
algún pobre juguete:
el fusil que encontró en aquella zanja
junto a un hombre dormido,
las inútiles botas de su padre,
el arrugado casco de aluminio
del hermano más alto y más valiente,
el trozo de metralla
que derrumbó su infancia en un instante.
Se sienta a nuestra mesa, quedamente,
como si no estuviera,
y contempla asombrado los terrones
de azúcar, las galletas,
la alegre redondez de las naranjas,
la taza de café, con su recuerdo
de humaredas oscuras.
Nunca nos pide nada: sólo mira
desde un viejo silencio,
con un largo paisaje de preguntas
remansado en sus párpados.
Y permanece inmóvil,
clavándonos el tiempo en su palabra
que nunca escucharemos.
Como si fuera un niño, simplemente.
Sin saber que en sus ojos
lleva la herida grande
de todo el universo.
domingo, 5 de diciembre de 2010
Mordemos las orillas (por José Hierro)
Nos han abandonado en medio del camino.
Entre la luz íbamos ciegos.
Somos aves de paso, nubes altas de estío,
vagabundos eternos.
Mala gente que pasa cantando por los campos.
Aunque el camino es áspero y son duros los tiempos,
cantamos con el alma. Y no hay un hombre solo
que comprenda la viva razón del canto nuestro.
Vivimos y morimos muertes y vidas de otros.
Sobre nuestras espaldas pesan mucho los muertos.
Su hondo grito nos pide que muramos un poco,
como murieron todos ellos,
que vivamos deprisa, quemando locamente
la vida que ellos no vivieron.
Ríos furiosos, ríos turbios, ríos veloces,
(Pero nadie nos mide lo hondo, sino lo estrecho.)
Mordemos las orillas, derribamos los puentes.
Dicen que vamos ciegos.
Pero vivimos. Llevan nuestras aguas la esencia
de las muertes y vidas de vivos y de muertos.
Ya veis si es bien alegre saber a ciencia cierta
que hemos nacido para esto.
Entre la luz íbamos ciegos.
Somos aves de paso, nubes altas de estío,
vagabundos eternos.
Mala gente que pasa cantando por los campos.
Aunque el camino es áspero y son duros los tiempos,
cantamos con el alma. Y no hay un hombre solo
que comprenda la viva razón del canto nuestro.
Vivimos y morimos muertes y vidas de otros.
Sobre nuestras espaldas pesan mucho los muertos.
Su hondo grito nos pide que muramos un poco,
como murieron todos ellos,
que vivamos deprisa, quemando locamente
la vida que ellos no vivieron.
Ríos furiosos, ríos turbios, ríos veloces,
(Pero nadie nos mide lo hondo, sino lo estrecho.)
Mordemos las orillas, derribamos los puentes.
Dicen que vamos ciegos.
Pero vivimos. Llevan nuestras aguas la esencia
de las muertes y vidas de vivos y de muertos.
Ya veis si es bien alegre saber a ciencia cierta
que hemos nacido para esto.
sábado, 4 de diciembre de 2010
El cuerpo que espera (por Cesare Pavese)
Este cuerpo no volverá a empezar de nuevo. Al tocar las
cuencas de sus ojos,
uno nota que un montón de tierra está más vivo,
ya que, incluso al alba, la tierra no hace sino guardar
silencio en su interior.
Pero un cadáver es un resto de demasiados despertares.
No tenemos más que esta virtud: comenzar
cada día la vida -ante la tierra,
bajo un cielo que calla-, esperando un despertar.
Se asombra alguien de que el alba implique tanto esfuerzo;
de despertar en despertar, una labor ha sido efectuada.
Pero vivimos solamente para darnos en un estremecimiento
al trabajo futuro y despertar, de una vez, la tierra.
Y alguna vez ocurre. Después vuelve a callar con nosotros.
Si al rozar aquel rostro la mano no estuviese insegura
-viva mano que siente la vida si toca-,
si de veras aquel frío no fuese otra cosa que el frío
de la tierra, en el alba que hiela la tierra,
tal vez eso sería un despertar y las cosas que callan
bajo el alba dirían todavía palabras. Pero tiembla
mi mano y entre todas las cosas se asemeja
a la mano inmóvil.
Otras veces, despertarse al alba
era un dolor seco, un jirón de luz,
pero era asimismo una liberación. La avara palabra
de la tierra era alegre, en un rápido instante,
y morir era todavía regresar a ella. Ahora, el cuerpo que
espera
es un resto de demasiados despertares y no regresa a la tierra.
Ni siquiera lo dicen los labios endurecidos.
cuencas de sus ojos,
uno nota que un montón de tierra está más vivo,
ya que, incluso al alba, la tierra no hace sino guardar
silencio en su interior.
Pero un cadáver es un resto de demasiados despertares.
No tenemos más que esta virtud: comenzar
cada día la vida -ante la tierra,
bajo un cielo que calla-, esperando un despertar.
Se asombra alguien de que el alba implique tanto esfuerzo;
de despertar en despertar, una labor ha sido efectuada.
Pero vivimos solamente para darnos en un estremecimiento
al trabajo futuro y despertar, de una vez, la tierra.
Y alguna vez ocurre. Después vuelve a callar con nosotros.
Si al rozar aquel rostro la mano no estuviese insegura
-viva mano que siente la vida si toca-,
si de veras aquel frío no fuese otra cosa que el frío
de la tierra, en el alba que hiela la tierra,
tal vez eso sería un despertar y las cosas que callan
bajo el alba dirían todavía palabras. Pero tiembla
mi mano y entre todas las cosas se asemeja
a la mano inmóvil.
Otras veces, despertarse al alba
era un dolor seco, un jirón de luz,
pero era asimismo una liberación. La avara palabra
de la tierra era alegre, en un rápido instante,
y morir era todavía regresar a ella. Ahora, el cuerpo que
espera
es un resto de demasiados despertares y no regresa a la tierra.
Ni siquiera lo dicen los labios endurecidos.
viernes, 3 de diciembre de 2010
Todo está controlado (por Chantal Maillard)
Una mujer temblorosa aprieta
el brazo de su acompañante.
Él vuelve hacia ella un rostro
tan largo como un número de serie
y dice: “El sesenta por ciento de los muertos
por accidente en carretera
son peatones”.
La mujer deja de temblar: todo está controlado.
A punto estuvo de creer que algo
anormal ocurría,
algo a lo cual debía responder
con un grito, un espasmo,
un ligero anticipo de la carne
ante la gran salida, pero no:
aquello es conocido y ya no la involucra;
le pertenece a otros. Y él añade: “Han llamado
a una ambulancia”, y ella se relaja,
su angustia la abandona:
el orden nos exime de ser libres,
de despertar en otro, de despertar por otro.
A punto estuvo de gritar, desde esa carne ajena,
pero el orden contuvo a tiempo ese delirio.
el brazo de su acompañante.
Él vuelve hacia ella un rostro
tan largo como un número de serie
y dice: “El sesenta por ciento de los muertos
por accidente en carretera
son peatones”.
La mujer deja de temblar: todo está controlado.
A punto estuvo de creer que algo
anormal ocurría,
algo a lo cual debía responder
con un grito, un espasmo,
un ligero anticipo de la carne
ante la gran salida, pero no:
aquello es conocido y ya no la involucra;
le pertenece a otros. Y él añade: “Han llamado
a una ambulancia”, y ella se relaja,
su angustia la abandona:
el orden nos exime de ser libres,
de despertar en otro, de despertar por otro.
A punto estuvo de gritar, desde esa carne ajena,
pero el orden contuvo a tiempo ese delirio.
jueves, 2 de diciembre de 2010
Ni siquiera (por Saiz de Marco)
La ternura mayor
al menos en tamaño
la madre dinosaurio cuidando de sus crías
nunca fue vista por los ojos de un humano
Y hubo también ternura
en felinos
en ratas
en mamúts
en bonobos
protegiendo a sus hijos
lamiéndoles su cuerpo
dándoles de mamar
(corazones latiendo
amor de madre dentro de los nidos
las cuevas
los troncos de los árboles
las madrigueras y otras guaridas subterráneas)
La ternura no fue invención de los hombres
(No
ampuloso homo sapiens
señor del gran cerebro
no es tuya la patente
no has sido tú el artífice
no has traído tú el amor a este astro descarriado
a esta esquina del cosmos)
Millones de años antes de entrar aquí nosotros
la ternura
el afecto
puros y primitivos
estaban ya inventados
Ni siquiera ese punto podemos anotarnos
Ni siquiera ese fruto es de nuestra cosecha
Ni siquiera ese hallazgo está en nuestro historial
Atribuírnoslo es
robar a otros su mérito
al menos en tamaño
la madre dinosaurio cuidando de sus crías
nunca fue vista por los ojos de un humano
Y hubo también ternura
en felinos
en ratas
en mamúts
en bonobos
protegiendo a sus hijos
lamiéndoles su cuerpo
dándoles de mamar
(corazones latiendo
amor de madre dentro de los nidos
las cuevas
los troncos de los árboles
las madrigueras y otras guaridas subterráneas)
La ternura no fue invención de los hombres
(No
ampuloso homo sapiens
señor del gran cerebro
no es tuya la patente
no has sido tú el artífice
no has traído tú el amor a este astro descarriado
a esta esquina del cosmos)
Millones de años antes de entrar aquí nosotros
la ternura
el afecto
puros y primitivos
estaban ya inventados
Ni siquiera ese punto podemos anotarnos
Ni siquiera ese fruto es de nuestra cosecha
Ni siquiera ese hallazgo está en nuestro historial
Atribuírnoslo es
robar a otros su mérito
miércoles, 1 de diciembre de 2010
Te aguardan (por Fernando Aramburu)
Conocerás la luz, el mar variable
que precede al origen y es ulterior al mundo,
las laboriosas hormigas dispersas por la senda
repitiendo el afán inútil de los hombres.
Conocerás la sed del agua y la del vino
y aquella de los cuerpos más terrible
que no querrás saciar ni acaso puedas nunca.
Conocerás la llama, la rosa y el cristal.
La dicha desde luego conocerás un poco,
suave nube sin aire que pasó
y no ha pasado, la desatada música
que es, igual que el tiempo, un artificio.
No podría olvidar las injusticias que harás y que han
de hacerte,
el grito, la pared, la muchedumbre,
las incontables horas de ajetreo
precisas cada día si quieres resolver
un ínfimo momento sosegado,
y esa noche de lluvia en que estarás muy sola.
Conocerás también la estatua, el libro,
el espejo, el relámpago y la taza,
la sangre que discurre buscando una salida,
la mosca pertinaz, la inapartable muerte
que no ha de consentir que te conozcas.
Un sueño sin piedad sabe tus días.
Números, padres, ríos, sombras, luna
–espléndido dolor– te aguardan. Nace.
que precede al origen y es ulterior al mundo,
las laboriosas hormigas dispersas por la senda
repitiendo el afán inútil de los hombres.
Conocerás la sed del agua y la del vino
y aquella de los cuerpos más terrible
que no querrás saciar ni acaso puedas nunca.
Conocerás la llama, la rosa y el cristal.
La dicha desde luego conocerás un poco,
suave nube sin aire que pasó
y no ha pasado, la desatada música
que es, igual que el tiempo, un artificio.
No podría olvidar las injusticias que harás y que han
de hacerte,
el grito, la pared, la muchedumbre,
las incontables horas de ajetreo
precisas cada día si quieres resolver
un ínfimo momento sosegado,
y esa noche de lluvia en que estarás muy sola.
Conocerás también la estatua, el libro,
el espejo, el relámpago y la taza,
la sangre que discurre buscando una salida,
la mosca pertinaz, la inapartable muerte
que no ha de consentir que te conozcas.
Un sueño sin piedad sabe tus días.
Números, padres, ríos, sombras, luna
–espléndido dolor– te aguardan. Nace.
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