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viernes, 27 de enero de 2017

Breve como la belleza (por Roberto Bolaño)



Una mujer inteligente

Una mujer hermosa

Conocía todas las variantes, todas las posibilidades

Lectora de los aforismos de Duchamp y de los relatos de Defoe


En general con un autocontrol envidiable

Salvo cuando se deprimía y se emborrachaba

Algo que podía durar dos o tres días

Una sucesión de burdeos y valiums

Que te ponía la carne de gallina

Entonces solía contarte las historias que le sucedieron

Entre los 15 y los 18

Una película de sexo y de terror

Cuerpos desnudos y negocios en los límites de la ley

Una actriz vocacional y al mismo tiempo una chica con extraños rasgos de avaricia


La conocí cuando acababa de cumplir los 25 En una época tranquila

Supongo que tenía miedo de la vejez y de la muerte La vejez para ella eran los treinta años

La Guerra de los Treinta Años

Los treinta años de Cristo cuando empezó a predicar

Una edad como cualquier otra le decía mientras cenábamos A la luz de las velas

Contemplando el discurrir del río más literario del planeta


Pero para nosotros el prestigio estaba en otra parte En las bandas poseídas por la lentitud En los gestos exquisitamente lentos del desarreglo nervioso En las camas

oscuras En la multiplicación geométrica de las vitrinas vacías Y en el hoyo de la realidad

Nuestro lujo

Nuestro absoluto

Nuestro Voltaire

Nuestra filosofía de dormitorio y tocador

Como decía, una muchacha inteligente

Con esa rara virtud previsora

(Rara para nosotros latinoamericanos)

Que es tan común en su patria

En donde hasta los asesinos tienen una cartilla de ahorros

Y ella no iba a ser menos

Una cartilla de ahorros y una foto de Tristán Cabral

La nostalgia de lo no vivido


Mientras aquel prestigioso río arrastraba un sol moribundo y sobre sus mejillas rodaban lágrimas aparentemente gratuitas.


No me quiero morir susurraba mientras se corría En la perspicaz oscuridad del dormitorio Y yo no sabía qué decir En verdad no sabía qué decir Salvo acariciarla y

sostenerla mientras se movía Arriba y abajo como la vida Arriba y abajo como las poetas de Francia

Inocentes y castigadas

Hasta que volvía al planeta Tierra


Y de sus labios brotaban

Pasajes de su adolescencia que de improviso llenaban nuestra habitación

Con duplicados que lloraban en las escaleras automáticas del metro

Con duplicados que hacían el amor con dos tipos a la vez mientras afuera caía la lluvia Sobre las bolsas de basura y sobre las pistolas abandonadas en las bolsas

de basura La lluvia que todo lo lava Menos la memoria y la razón


Vestidos, chaquetas de cuero, botas italianas, lencería para volverse loco

Para volverla loca

Aparecían y desaparecían en nuestra habitación fosforescente y pulsátil


Y trazos rápidos de otras aventuras menos íntimas Fulguraban en sus ojos heridos como luciérnagas


Un amor que no iba a durar mucho

Pero que a la postre resultaría inolvidable

Eso dijo

Sentada junto a la ventana

Su rostro suspendido en el tiempo

Sus labios: los labios de una estatua


Un amor inolvidable

Bajo la lluvia

Bajo ese cielo erizado de antenas en donde convivían

Los artesonados del Siglo XVII

Con las cagadas de palomas del Siglo XX

Y en medio Toda la inextinguible capacidad de provocar dolor

Invicta a través de los años

Invicta a través de los amores

Inolvidables


Eso dijo, sí Un amor inolvidable Y breve


¿Como un huracán? No, un amor breve como el suspiro de una cabeza guillotinada La cabeza de un rey o un conde bretón Breve como la belleza La belleza absoluta

La que contiene toda la grandeza y la miseria del mundo


Y que sólo es visible para quienes aman.



2 comentarios:

Anónimo dijo...

Mi único reparo es que todos los versos empiecen con mayúscula, aunque gramaticalmente no proceda. ¿No es suficiente ya la división del texto poético en versos? Por lo demás, un gran poema.

F. dijo...

La costumbre de empezar los versos con mayúscula es nefasta para la correcta lectura (y hasta para la comprensión a primera vista) de un poema. Cuando uno lee, con el rabillo del ojo va anticipando lo que viene. Y presentir una mayúscula supone que está cerrando una frase..., cuando continúa en el verso siguiente. Ridícula costumbre que debiera haber sido erradicada hace siglos.