zUmO dE pOeSíA

zUmO dE pOeSíA
de todos los colores, de todos los sabores

ALEATORIUM: Saca un poema de nuestro almacén

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martes, 31 de mayo de 2011

Ya sin mí (por Ángel González)

Largo es el arte; la vida en cambio corta
como un cuchillo.

Pero nada ya ahora
—ni siquiera la muerte, por su parte
inmensa—
podrá evitarlo:

exento, libre,
como la niebla que al romper el día
los hondos valles del invierno exhalan,
creciente en un espacio sin fronteras,

este amor ya sin mí te amará siempre.

lunes, 30 de mayo de 2011

No es mi muerte lo que me preocupa (por Charles Bukowski)

Esperando la muerte
como un gato
que va a saltar sobre
la cama

me da tanta pena
mi mujer

Ella verá este
cuerpo
blanco
rígido
Lo zarandeará una vez y luego
quizás
otra:

¡ Hank !

Hank no
responderá.

No es mi muerte lo que
me preocupa, es mi mujer
que se quedará con este
montón de
nada.

Quiero que
sepa
sin embargo
que todas las noches
que he dormido a su lado

incluso las discusiones
más inútiles
siempre fueron
algo espléndido

Y esas difíciles
palabras
que siempre temí
decir
pueden decirse
ahora:

Te amo.

domingo, 29 de mayo de 2011

Negando (por Ryszard Capuscinski)

Tu corazón es destrozado por el dolor:
empiezas a sentir el corazón.

Tus ojos de repente dejan de ver:
empiezas a sentir los ojos.

Tu memoria se hunde en la oscuridad:
empiezas a sentir la memoria.

Te descubres a ti mismo
negándote a ti mismo.
Existes
negando el existir.

sábado, 28 de mayo de 2011

A Toisha me la mataron de un cañonazo (por Camilo J. Cela)

En este instante en que un dolor inmenso
es incapaz de hacerme mover un solo dedo,
yo te prometo, oh dulce esposa mía asesinada,
oh madrecita sin haber parido, oh muerta,
colgar tu atroz recuerdo cada noche de un pelo,
y que desiertos de tinieblas moradas
o amargas noches de insomnio y sobresalto
sean incapaces de ahogarme como a un niño.

viernes, 27 de mayo de 2011

De agua (por Princesa Inca)

Esta soledad de piel de cuchillo, donde se abren los ojos para mirar
y el alma ensancha su nombre para resucitarse.
Al filo de un cuerpo que no se reconoce y juega a morir
mientras silbando pasan los hombres, los trenes, los nombres.
Agarrada a la imagen muda e inmóvil
contando los días para volver al precipicio.
Los huesos entumecidos, los dedos huyen hacia el cuerpo apedreado
dejándose caer inertes y movedizos al suelo.
Nombrada la víspera del suicidio, ahogada de sangre ajena,
natural de una tierra de nadie, angosta, fría e inútil.
Un mordisco se apresura a realizarse en otra cara, un beso se juega la trayectoria de sí mismo, creándose en el vacío,
y, como una cura de sueño, morir inevitablemente, mojarse de amores divididos, crearse una calle para caminarla y desmayarse en sus esquinas
y porque el cuerpo deja ver morados de golpes en batallas invisibles,
y la boca se enoja de no comerse los labios,
y los labios se enojan de no comerse la boca,
así se sucede la vida en un universo distraído.
Los pájaros han muerto después de visitar la ventana de dos amantes malditos
y el agua ensombrece su discordia de río susurrando paraísos y rastros de sangre,
y porque ese amor nuestro estaba hecho de agua precisamente huyó al infinito,

precisamente por eso,
de agua, de agua, de agua, somos y seremos para siempre.

jueves, 26 de mayo de 2011

Cabe en muy pocas palabras (por Edgar Bayley)

todo lo visto y vivido
cabe en muy pocas palabras:
en la luz de una mañana
en un trompo saltarín
en una tarde de sol
en una silla vacía
en cada piedra y la casa

todo lo visto y vivido
fulgura
se va ocultando
tras las hojas
y entre el viento
al borde de la bahía

todo lo visto y vivido
cabe en la sal
y en la mano
de quien saluda
y me lleva
al caracol y la araña
a la verdad de este día
a mi sendero y mudanza

miércoles, 25 de mayo de 2011

Por último (por César Vallejo)

Al cabo, al fin, por último,
tomo, volví y acábome y os gimo, dándoos
la llave, mi sombrero, esta cartita para todos.
Al cabo de la llave está el metal en que aprendiéramos
a desdorar el oro, y está, al fin
de mi sombrero, este pobre cerebro mal peinado,
y, último vaso de humo, en su papel dramático,
yace este sueño práctico del alma.

¡Adiós, hermanos san pedros,
heráclitos, erasmos, espinosas!
¡Adiós, tristes obispos bolcheviques!
¡Adiós, gobernadores en desorden!
¡Adiós, vino que está en el agua como vino!
¡Adiós, alcohol que está en la lluvia!

¡Adiós también, me digo a mí mismo,
adiós, vuelo formal de los milígramos!
¡También adiós, de modo idéntico,
frío del frío y frío del calor!
Al cabo, al fin, por último, la lógica,
los linderos del fuego,
la despedida recordando aquel adiós.

martes, 24 de mayo de 2011

Persisto (por Eloy Sánchez Rosillo)

Hay en este ir dejando que transcurra
la vida sin dar fruto, en esta voluntaria
renuncia a hacer en la que tantas veces
me mantengo y que no tiene, en mi caso,
ninguna relación con la pereza,
ni con el yermo escepticismo, ni
con esa sequedad del corazón que a muchos,
a mi edad, para siempre les niega la palabra,
hay en este abstenerse deliberado, acaso,
no sé, como un extraño amor por el peligro,
como un oscuro afán irreprimible
de tentar a la suerte andando por el borde
de un abismo espantoso. En ocasiones, pasan
largos meses enteros en los que nada escribo,
en que me opongo inexplicablemente
a cumplir el deber que justifica
mi existir. Y me digo: “Hace ya muchos años
que dejé de ser joven; va acortándose el tiempo
del que tal vez disponga para llevar a cabo
la labor pendiente: los poemas
que porfían y aspiran al aire y a la luz
y que sin forma habitan en las sombras
de mi silencio. No hay mayor tristeza
que la de aquello que queriendo alzarse
no crece y se transforma en flor, en vida
que se afirma y que canta”. Sin embargo, persisto
en la inactividad, mirando, absorto,
lleno de culpa y de desasosiego,
al fondo del abismo: la nada que desdice
mis viejas ilusiones, la fe que me sostuvo,
mi voluntad de ser frente a la muerte.

lunes, 23 de mayo de 2011

A mí que siempre tuve que aprender sola (por Alejandra Pizarnik)

Y las damas vestidas de rojo para mi dolor y con mi dolor insumidas
en mi soplo, agazapadas como fetos de escorpiones en el lado más
interno de mi nuca, las madres de rojo que me aspiran el único calor
que me doy con mi corazón que apenas pudo nunca latir, a mí que
siempre tuve que aprender sola cómo se hace para beber y comer y
respirar y a mí que nadie me enseñó a llorar y nadie me enseñará ni
siquiera las grandes damas adheridas a la entretela de mi respiración
con babas rojizas y velos flotantes de sangre, mi sangre, la mía sola, la
que yo me procuré y ahora vienen a beber de mí luego de haber
matado al rey que flota en el río y mueve los ojos y sonríe pero está
muerto y cuando alguien está muerto, muerto está por más que sonría
y las grandes, las trágicas damas de rojo han matado al que se va río
abajo y yo me quedo como rehén en perpetua posesión.

domingo, 22 de mayo de 2011

El virus (por María Eloy García)

el virus toma entonces las riendas
de mi maquinaria
es obvio que me ha reconocido
que entre otros mi envoltorio proteico
es engullible
hace cientos de copias de sí mismo
estallan a la madre
me hacen huésped
y ciudad de su gobierno
se autodeterminan
bajo mi tímida estructura
su nacionalismo no encuentra límites
a todas mis células
me marcan por fin con el estigma
de su envoltura-icosaedro
y cuando me tienen sin tiempo
parasitan y comercian mi descuido
soy la sometida desde entonces
al desorden del que nunca puede irse

sábado, 21 de mayo de 2011

Una noche (por Charles Simic)

Una noche caminábamos tú y yo juntos.
La luna era tan brillante
que podíamos ver la senda entre los árboles.
Luego las nubes la escondieron
y tuvimos que tantear el camino
hasta que sentimos la arena bajo los pies desnudos
y escuchamos el rumor de las olas.

¿Recuerdas que me dijiste:
“Todo, fuera de este momento, es mentira”?
Nos desnudábamos en la oscuridad
al borde del agua
cuando arranqué el reloj de mi muñeca
y sin ser visto ni decir
nada, lo arrojé al mar.

viernes, 20 de mayo de 2011

Ridículas (por Fernando Pessoa)

Todas las cartas de amor son
ridículas.
No serían cartas de amor si no fueran ridículas.
También escribí en mi tiempo
cartas de amor, como las demás, ridículas.
Las cartas de amor, si hay amor, tienen que ser ridículas.
Pero, al fin y al cabo, sólo las criaturas que nunca escribieron cartas de amor
sí que son ridículas.
Quién me diera el tiempo en que escribía
sin darme cuenta
cartas de amor ridículas.
La verdad es que hoy mis recuerdos
de esas cartas de amor sí que son ridículos.
(Todas las palabras esdrújulas, como los sentimientos esdrújulos,
son naturalmente ridículos.)

jueves, 19 de mayo de 2011

Arrumbados (por Saiz de Marco)

Oh sueños que dejé tan arrumbados
varados en la costa del olvido
que no os di de comer ni de beber
que no os vestí ni cuidé de vosotros
como un padre que abandonó a sus hijos
que no os abrí la puerta de mi casa
y ni siquiera me digné ayudaros a que os buscarais la vida ahí fuera
pobrecillos por mí tan maltratados
tan dejados de la mano de dios
del microdiós que os soñaba o sea yo
¿cómo podría deciros que lo siento?
¿cómo me haría perdonar de vosotros?

miércoles, 18 de mayo de 2011

Equilibristas sin hilo (por Princesa Inca)

está la luz escondida para resucitarnos este mundo doblado,
crudo y angosto los huesos se ocultan
pero acabarán por vivir
acabarán las pupilas llorando o esperando una felicidad movediza
hemos salido otra vez del pozo y otra y otra enemistados con el frío y el miedo
aprenderemos una vez más a resucitar enemigos de nosotros mismos
suaves rostros que gritan en el vacío
guerreros en el vacío títeres en el vacío visitantes sin palabras ni rostro
cuántas veces volveremos a nacer desnudos y sorprendidos de nuestro parto
equilibristas sin hilo
aguas movedizas nuestro lamento buscando la luz a tientas
hechos de vidrio origen y motivo del desastre
la voz como tormenta el corazón sin latido huyendo, tocando, moviendo, lamiendo
con una armadura de dolor en las bocas
títeres de un universo no conocido
de un mediodía no conocido de un lamento no conocido
asombrados de vivir cada mañana dolidos de vivir cada mañana extasiados de vivir cada mañana
ajenos a la luz y la vida buscando buscando buscando
nuestra propia sombra extraña y perdida

martes, 17 de mayo de 2011

Una historia vulgar (por Vicente Gallego)

Qué extraño es de repente todo esto cuando te pasa a ti:
que se arruine la carne, que el entusiasmo falle,
esos dos baluartes que jamás se rindieron,
ni siquiera cuando todo tembló en algún momento.
La realidad te alcanza,
y el mundo te parece un chicle masticado que molesta retener en la boca sin sabor.
Vas llegando donde jamás pensaste que llegaras,
porque no piensa el joven seriamente
—y ése ha sido el regalo más grande de la vida—
que su destino sea el deterioro.
Es vulgar esta historia como aquéllas que leías distante en los versos ajenos:
otro hombre comprende que ha gastado para siempre
la parte más hermosa y también la más breve de su tiempo.
Es vulgar esta historia, y al mundo no le importa.
Lo que tiene de nuevo es que por fin
ese hombre eres tú.

lunes, 16 de mayo de 2011

Aliento (por Mark Strand)

Cuando los veas diles que sigo aquí,
que una pierna me sostiene y otra anda en las nubes,
que es el único modo,
que las mentiras que les cuento no son las mentiras que me cuento,
que por estar aquí y allí soy ya casi horizonte,
que como el sol sale y se oculta sé cuál es mi sitio,
que es el aliento lo que me salva,
que hasta las sílabas forzadas del ocaso son aliento,
que si el cuerpo es un sepulcro es también un depósito de aliento,
que el aliento es un espejo empañado por palabras,
que el aliento es lo que queda del grito de socorro
al adentrarse en el oído del extraño y sobrevive mucho tiempo a la palabra,
que aliento es otra vez principio,
que toda resistencia se desprende de él como el sentido se desprende de la vida,
como la oscuridad se desprende de la luz,
que aliento es lo que les doy cuando les envío mi amor.

domingo, 15 de mayo de 2011

Un hombre afortunado (por David González)

son las 09.00.
procuro no hacer ruido al levantarme.

ángeles duerme.

voy al cuarto de baño
y me lavo las manos
y la cara. entro en la cocina
y enciendo el fogón eléctrico
para que vaya calentando mientras

abro mi estuche
y saco el medidor de glucosa
y le inserto una tira reactiva
y saco el pinchador
y le inserto una lanceta.

pínchate en la parte lateral de los dedos,
me aconsejó una enfermera en el hospital,
así no perderás sensibilidad en las yemas.

acerco la gota de sangre
al extremo de la tira reactiva.
al cabo de medio minuto
aparece una cifra
en la pantalla líquida
del medidor de glucosa.
164.
o sea: 34 mg por encima
del nivel normal de azúcar en sangre,
que antes de las comidas
no debería sobrepasar los 130
ni descender por debajo de 70.

a continuación, cojo la pluma precargada
(y digo pluma porque su aspecto y tamaño
son los de una pluma estilográfica)
y le retiro el capuchón
y la giro suavemente
hacia delante y hacia atrás
hacia arriba y hacia abajo
10 veces,
hasta que la insulina se mezcla uniformemente.

luego enrosco una aguja en el extremo de la pluma,
selecciono las unidades de insulina (12)
y me inyecto en el brazo izquierdo, por debajo de la piel.

las 09.10.

ángeles todavía duerme.
su cabeza dentro del hueco
que ha dejado en la almohada la mía.

vuelvo a la cocina
y me preparo el desayuno:
12 gramos de margarina,
60 de pan integral
y 200 cc de leche desnatada, sola,
con café, malta o té. con café.

miro a través de la ventana
mientras desayuno en silencio:

una mujer sacude una alfombra,

pasa el camión del butano,

el perro de un viejo marica
ataca ladrando a un patriarca gitano,
el gitano amenaza al perro con un bastón,
el perro retrocede pero no deja de ladrar.

ángeles se da la vuelta en la cama.
la miro.
cómo duerme.
cómo sueña.

y sé

que todo está bien
que no tengo ningún derecho a quejarme
que soy un hombre afortunado
que no le puedo pedir más a la vida

que es suficiente

Con que ella

esté

ahí.

sábado, 14 de mayo de 2011

La criatura perfecta (por Zbigniew Herbert)

La piedra

La piedra es la criatura
perfecta

igual a sí misma
vigilante de sus fronteras

exactamente repleta
de pétreo sentido

con un aroma que a nada recuerda
a nadie espanta no despierta codicia

su ardor y frío
son justos y están llenos de dignidad

siento su duro reproche
cuando la apreso en mi mano
y su noble cuerpo
absorbe el falso calor

Las piedras no se dejan domesticar
hasta el final nos mirarán
con su mirada tranquila clarísima

viernes, 13 de mayo de 2011

Está bien, nena (por Charles Bukowski)

sabes: otra vez estoy borracho
aquí
escuchando a Tchaikovsky
en la radio.
por Dios, lo escuché 47 años
atrás
cuando era un escritor muerto de hambre
y aquí está
otra vez
y ahora soy un éxito menor como
escritor
y la muerte se pasea
por todos lados
en esta habitación
fumando mis cigarros
sorbiendo de mi
vino
mientras Tchaik se abre camino
por su Patética,
qué viaje ha sido
y la suerte que he tenido fue
porque lancé los dados
bien:
pasé hambre por mi arte, pasé hambre para
ganar 5 malditos minutos, 5 horas,
5 días
sólo escribir la palabra
justa;
la fama, el dinero, no importaba
quería la palabra impresa
y ellos me querían en una perforadora,
una fábrica de producción
ellos querían que fuera un empleado de una
inmobiliaria.

bueno, dice la muerte, mientras se pasea,
te voy a agarrar de todas formas
no importa lo que hayas sido:
escritor, taxista, cafiche, carnicero,
paracaidista, te voy a
agarrar…

está bien nena, le digo

sorbamos juntos ahora
mientras la 1 a.m. se desliza a las 2
a.m. y
sólo ella conoce el
momento, pero he podido estafar-
la: tuve mis
5 malditos minutos
y mucho
más.

jueves, 12 de mayo de 2011

Me habita un grito (por Sylvia Plath)

Dice: conozco el fondo. Lo conozco con mi profunda raíz.
Tú le temes.
Yo no: estuve ahí.

¿Es el mar lo que oyes en mí,
la ansiedad del mar?
¿O es la voz de la nada, tu locura?

El amor es una sombra.
Cómo mientes y lloras por él.
Escucha: estos son sus cascos: se fue, como un caballo.

Resonando, resonando,
Toda la noche galoparé como él, impetuosamente,
hasta que tu cabeza sea una piedra y tu almohada un poco de césped.

¿O he de traerte el sonido de los venenos?
Esta gran calma es la lluvia.
Y éste es su fruto blanco acerado, se parece al arsénico.

He sufrifo la atrocidad de las puestas de sol.
Abrasados hasta la raíz,
mis filamentos rojos arden y resisten, una mano de alambres.

Ahora me rompo en pedazos que vuelan como clavos.
Un viento tan violento
no tolerará espectadores. Debo aullar.

También la luna es cruel: me arrastraría
sin piedad, si fuese estéril.
Su resplandor me hiere. O tal vez la he atrapado.

La dejo ir. La dejo ir.
Disminuida y aplastada como después de una cirugía general.
¡Cómo me poseen tus pesadillas, y me enriquecen!

Me habita un grito.
De noche se agita
buscando con sus garras algo para amar.

Me aterra esta cosa oscura
que duerme en mí;
Todo el día siento su suave insidia, su malignidad.

Las nubes pasan y desaparecen.
¿Son así los rostros del amor, tan pálidos e irrecuperables?
¿Por eso se conmueve mi corazón?

Ése es todo mi saber.
¿Qué es eso, esa cara asesina
ahorcada entre las ramas?

Sus ácidos ofídicos besan.
Petrifica la voluntad. Estos son los lentos y torpes deslices
que matan.

miércoles, 11 de mayo de 2011

Hace años (por Ernesto Cardenal)

Vi hace muchos años desde un bus en Virginia o Alabama
una muchacha rosada, con pantalones azules
subida a una escalera, cortando manzanas
(la madre llamando desde dentro)
y otra muchacha, la hermana, pantalones azules
pintando de blanco el porche de la casa.
Y miraron hacia el bus que pasaba y aceleraba.
El tiempo ha pasado como el bus de la Greyhound
pero quedaron, a pesar de los años, la pintura
fresca en el porche
la brocha chorreando
la mano en la manzana, las miradas.
Hace años, una mañana, Virginia o Alabama,
el estado está olvidado.

martes, 10 de mayo de 2011

Asistido (por José Jiménez Lozano)

Mas yo sólo recuerdo
haber sido asistido a veces,
de tarde en tarde, por un ángel:
un solitario petirrojo
que quizás tenía hambre
y añoranza, frío,
quizás miedo,
y desde el seto volaba hasta el alféizar
de mi ventana, inquieto,
como si me trajera, clandestino,
su socorro.

lunes, 9 de mayo de 2011

Triunfar, triunfar, triunfar (por D. H. Lawrence)

Me parece que durante cinco mil años por lo menos
los hombres han querido triunfar, triunfar, triunfar,
triunfar sobre sus iguales, triunfar sobre los obstáculos,
triunfar sobre lo malo,
hasta que ahora la palabra misma es nauseabunda, no la
podemos oír más.

Si miráramos en nuestros corazones, veríamos
que detestamos la idea del triunfo,
que estamos asqueados de ella.

domingo, 8 de mayo de 2011

El otro lado (por Ramón Gómez de la Serna)

El otro lado del río siempre estará triste de no estar de este lado.

Esa pena es de lo más insubsanable del mundo y no se arregla ni con un puente.

sábado, 7 de mayo de 2011

La fortuna una vez más (por Henri Michaux)

La fortuna de grandes alas, la fortuna me había llevado por equivocación
con los otros hacia su país alegre, cuando de pronto, pero de pronto,
cuando por fin yo respiraba feliz, unos diminutos e infinitos petardos
en la atmósfera me dinamitaron y luego unos cuchillos que surgían
de todas partes me cosieron a puntazos, de modo que volví a caer en
el suelo duro de mi patria, ahora para siempre mi patria.
La fortuna de alas de paja, la fortuna me había elevado por un instante
por encima de las angustias y los gemidos, cuando un grupo en número
de mil, escondido al reparo de mi distracción en la polvareda
de una alta montaña, un grupo acostumbrado desde siempre a la lucha
a muerte, de pronto se nos echó encima como un bólido, y yo volví a caer
en el suelo duro de mi pasado, pasado ahora para siempre presente.
La fortuna una vez más, la fortuna de paños frescos me había hospedado
con dulzura, y cuando yo sonreía a todos los que me rodeaban, distribuyendo
todo lo que poseía, de pronto, asido por algo desconocido que vino por
debajo y por detrás, de pronto, como una polea que se desengancha,
me sacudí, fue un salto inmenso, y volví a caer en el suelo duro de mi
destino, destino ahora para siempre el mío.
La fortuna una vez más, la fortuna de lengua de aceite, había lavado mis heridas,
la fortuna como un cabello que uno toma y que trenzaría con los suyos, me había
asido y unido indisolublemente a ella, cuando de pronto, como yo me bañaba en la
alegría, de pronto la Muerte vino y me dijo: “Es tiempo ya. Ven.” La Muerte, ahora
la Muerte para siempre jamás.

viernes, 6 de mayo de 2011

Inextinguibles ojos (por Marcel Proust)

Constelad por siempre el cielo de mi memoria,
inextinguibles ojos de aquéllas que amé.
Soñad como los muertos, fulgid como aureolas.
Como una noche de mayo brillará mi corazón.

jueves, 5 de mayo de 2011

Una especie de abismo (por Michel Houellebecq)

Yo ya me sentí viejo al poco de nacer:
los demás luchaban, deseaban, suspiraban,
en mí no sentía más que una añoranza imprecisa.
Nunca tuve nada parecido a una infancia.

En la profundidad de ciertos bosques, sobre una alfombra de musgo,
repugnantes troncos de árbol sobreviven a su follaje;
en torno a ellos se forma una atmósfera de luto.
En su piel ennegrecida y sucia medran los hongos.

Yo no serví jamás a nada ni a nadie:
lástima. Vives mal cuando es para ti mismo.
El menor movimiento constituye un problema,
Te sientes desgraciado y, sin embargo, importante.

Te mueves vagamente, como un bicho minúsculo.
Ya apenas eres nada, pero, ¡qué mal lo pasas!
Llevas contigo una especie de abismo
mezquino y portátil, levemente ridículo.

Dejas de ver la muerte como algo funesto.
De vez en cuando ríes, sobre todo al principio.
Intentas vanamente adoptar el desprecio.
Luego lo aceptas todo y la muerte hace el resto.

miércoles, 4 de mayo de 2011

Varsovia (por Ana Pérez Cañamares)

Estoy tomando una cerveza
frente a lo que fue tu casa.
Ahora tu casa es un símbolo
y los símbolos no son habitables.
Para ti debió de ser
lo que nunca tendrían
que dejar de ser las casas:
entrechocar de platos
risas que estallan
sábanas estiradas para proyectar
la película velada del sol:
una película que habla de felicidad
o cuanto menos
de la seguridad de un refugio.
Refugio del trasiego y los ruidos de la calle
nunca del horror.
A través de los visillos
el horror no se presupone.

Me cuentan historias. Soldados
lanzando niños a través de las ventanas.
Soldados cortando barbas y patillas
a navaja, en la calle: carnavales de humillación.
Me cuentan historias, pero tu casa
no parece propiedad del infierno.
Está vieja, sí, y hay algún agujero de bala
bajo un alféizar, como marcas de los dedos de dios
al hundirse en barro sólido. Señalando
a los elegidos o a los condenados.
A pesar de todo, como todas las casas,
sigue teniendo algo
de tierno y de inexpugnable.

Estoy bebiendo una cerveza.
No a mi salud ni a la tuya.
¿Qué podría decir de ti?
De ti no tengo recuerdos
y siento pudor de imaginarte.
Tengo memoria de la humanidad.
Aún la tengo. Y tengo también una casa.
La recuerdo ahora: los platos
las sábanas, las cortinas:
tesoros que me delatan como ilusa propietaria.
Una puerta blindada: el foso
que ningún ejército ha puesto a prueba.
Pero más allá o más acá de las casas
hay un lugar. Un lugar que
aunque queramos compartir
aunque quieran invadir
no es un territorio ni una ruina.
Es el lugar al que escapaste
un segundo antes de que la puerta
fuera derribada. O un segundo después.
Cuando comprendiste que las casas
pueden parecernos un universo
pero ni siquiera son un país.
Y un grito en otro idioma abre
de par en par las ventanas
que lo expulsan a la calle como un vómito.
Las casas no pueden digerir
la violencia de los extraños.

Tiene que haber un lugar.
El lugar que no me revela tu foto.
El lugar que otros no destruyen
con palabras o con bombas.
Rata allí no significa nada.
El dolor puede nublarlo
pero no lo tapia.
Es el gueto que levantamos
dentro de nosotros.
La tumba que elegimos ocupar.
No la que nos señalan.

El búnker dentro de ti.

martes, 3 de mayo de 2011

Para mí, una brizna de hierba (por Walt Whitman)

Para mí, una brizna de hierba no vale menos que la
tarea diurna de los astros,
e igualmente perfecta es la hormiga, y así un grano de
arena y el huevo del jilguero;
y la rana arbórea es una obra maestra, digna de
egregias personas,
y la mora pudiera adornar los aposentos del cielo,
y en mi mano la articulación más menuda se ríe
de todas las máquinas,
y la vaca, rumiando con inclinada testuz, es más bella
que cualquier escultura;
y un ratón es un milagro capaz de asombrar a millones de
infieles.

lunes, 2 de mayo de 2011

Final de año (por Jorge Luis Borges)

Ni el pormenor simbólico
de reemplazar un tres por un dos
ni esa metáfora baldía
que convoca un lapso que muere y otro que surge
ni el cumplimiento de un proceso astronómico
aturden y socavan
la altiplanicie de esta noche
y nos obligan a esperar
las doce irreparables campanadas.
La causa verdadera
es la sospecha general y borrosa
del enigma del Tiempo;
es el asombro ante el milagro
de que, a despecho de infinitos azares,
de que, a despecho de que somos
las gotas del río de Heráclito,
perdure algo en nosotros:
inmóvil.

domingo, 1 de mayo de 2011

Cuando digo (por Saiz de Marco)

¿Sabes cómo te digo que te quiero cuando digo
"qué calor hace",
"¿quieres beber agua?",
"ya ha anochecido"...?

Entre las gentes,
a un lado de tus gentes y mis gentes te he dicho
"se hace tarde"
y tú debías saber que te decía "te quiero".

sábado, 30 de abril de 2011

¿Es que a nadie le extraña? (por Vicente Gallego)

¿Es que a nadie le extraña
lo que sucede aquí?
Llegamos sin quererlo;
partimos sin querer;
sin consultar catálogo
cargamos con un cuerpo.
Ni la madre se elige,
ni lugar, ni ocasión;
y va de suyo
lo que llamamos alma,
cortada por qué mano a su capricho.

Curioso
de verdad
que el que así parte
compuesto y calibrado y en vereda
pretenda terminar por ser el dueño
de sí y de su camino.

Qué extraño ser un alguien
que afirma decidir pero no puede
sostener su fortuna
ni ahorrarse, entre las suyas,
una lágrima al menos.

Donde dije jamás
hoy digo mío;
tomadme la palabra
y he de daros disgusto;
cuando escuchéis mi siempre
sabed que nunca ha sido.

Nos vamos acusando de traición,
los traicioneros.

Mostradme la sustancia,
la voluntad del títere:
¿puede un hombre decir
quién será si mañana
lo prueban la codicia o los amores
como sólo ellos saben
probar lo que es un hombre?

viernes, 29 de abril de 2011

Y prevalezca (por Ángel González)

¿Hemos de sacrificar a la doncella en el altar de un dios que reclama su sangre
para confirmar su poder sobre nosotros
y comprobar que su grandeza no sufre menoscabo con el paso del tiempo?

Rómpase la grandeza del dios en mil pedazos,
que la lepra corroa la púrpura que cubre su soberbia figura
y que su eternidad se reduzca a ceniza.

Y prevalezca la sencilla gracia de la doncella
viva, fugaz, irrepetible,
su sonrisa tan clara,
su alegría que ella no sabe efímera, y por tanto es
en su ser presente inmortal
un instante.

jueves, 28 de abril de 2011

Con espinas (por Luis García Montero)

Por favor, no hagan ruido
en la tranquilidad de este poema
escrito con la mano
del que cierra la puerta al apagar la luz.
Mis tres hijos acaban de dormirse.
Necesito el silencio para pensar en ellos.

Colores indelebles en un lápiz
de trazado infantil,
vuelvo a dibujar
-pero esta vez en serio-
un árbol, una casa, una memoria
de una luz encendida
con sabor a diciembre,
los cristales del miedo
y la ilusión del porvernir
bajo el sol
de los días laborables.

Un hijo es el segundo país donde nacemos.
Con su falta de edad nos hace cumplir años
y nos devuelve
al mundo del reloj,
a las llamadas telefónicas
que son una raíz
en la orilla del tiempo.
Un hijo nos enseña a preguntar
con voz de agua
la verdad decisiva de la tierra.
Ser como juncos, y en amor flexibles,
no asegura respuestas
ni confirma el reposo.

Elisa, Irene, Mauro,
cada cual con su puerto y con su lluvia,
luces cambiantes en el mismo río.
Nadie comente, por favor,
que acabo de escribirles un poema.
Los hijos crecen con espinas.
Nunca sé imaginar
lo que pueden decir de lo que digo,
lo que pueden pensar de lo que pienso,
lo que pueden hacer de lo que hago.

miércoles, 27 de abril de 2011

martes, 26 de abril de 2011

Por qué (por Saiz de Marco)

¿Por qué nos haces creer
en la lógica
en el orden
y más tarde nos embistes
con dentelladas de absurdo?

¿Por qué insuflas ese pálpito
de justicia
de equilibrio
y luego hieres el mundo
con tus garras arbitrarias?

¿Por qué nos haces proclives
al amor
a la esperanza
y después nos vapuleas
con tus puños siderales?

lunes, 25 de abril de 2011

Hay algo en el silencio (por Agustín Fernández Mallo)

Es difícil entender qué valor se adensa en un beso cuando es todos los besos y al mismo tiempo la única cifra, qué peso específico comprime pero revalida cierta fe, por decir algo, en tu línea de universo cuando un hombre y una mujer toman la decisión de circunvalar una ciudad en silencio. Hay algo en el silencio que llama al frío; no así al calor, que agita sin romper la barrera del sonido y amplifica las palabras, sobre todo cuando se unen los cuerpos de quienes se aman. Después te quedabas muda todas las noches durante horas mirándome. Qué clase de muerto o frío era yo ya entonces, te digo. Quiero pensar que no veías en mí este final de zapatos helados, de barcos detenidos que vimos al llegar a la línea de costa, de bobinas interminables de fibra óptica ciega aún o durmiendo. Pero tampoco veías ese big bang que, lo dicen los cosmólogos, era espuma cuántica, caos de masas solitarias cegadas por la utopía de un futuro universo perfecto (Después se desvió para dar lugar a la Tierra, al cero cósmico, al hombre y su residuo de amor).

domingo, 24 de abril de 2011

Dándote la espalda (por José Daniel Espejo)

Y dándote
la espalda dicta leyes, propaga ideas,
enciende el pecho de los soldados,
mata continentes de hambre, y te inspira
a ti el deseo de un Audi. Rojo,
con los asientos de piel. Y de quién
era esa piel.

sábado, 23 de abril de 2011

Pero no lo hicieron (por Charles Bukowski)

Aún recuerdo los caballos
bajo la luna
aún recuerdo dar a los caballos
azúcar
terrones de azúcar blancos
casi como de hielo,
tenían cabezas
como de águila
peladas cabezas que podían morder
y no lo hacían.
los caballos eran más reales
que mi padre
más reales que Dios
y podían haberme pisado
pero no lo hicieron
podían haberme hecho cualquier cosa horrible
pero no lo hicieron
yo aún no tenía 5 años
pero me acuerdo;
dios mío qué fuertes y buenas
aquellas lenguas rojas que babeaban
desde sus almas.

viernes, 22 de abril de 2011

Un oleaje de nombres (por Juan Gelman)

En el océano del vacío
hay nombres, nombres, nombres.
En el océano de lo perdido
hay nombres.
¿Quién responde
a este chorro de alma
que los llama? Un oleaje
de nombres, nombres, nombres.
¿Qué los separa de la
grande muerte
en brazos ya de lo que
fueron?

jueves, 21 de abril de 2011

Es allí (por Ryszard Kapuscinsky)

Es allí
dijo una voz
miré a mi alrededor
no veo nada, respondí
creo que quiso decir
escucha la voz que hay dentro de ti
no la silencies
con tus propias palabras

miércoles, 20 de abril de 2011

Ferrocarril de Matallana (por Antonio Gamoneda)

A las ocho del día en febrero
aún es de noche.
No hay aún luz en los vagones, sólo
oscuridad y aliento.
No nos vemos: sentimos
la compañía y el silencio.

En el andén estalla la campana.
Nos sobresalta la crueldad de un silbido.
Tiemblan las sombras. Todo vuelve
a un antiguo sentido.

Nos dan la luz amarillenta y floja.
Salimos
de la oscuridad como del sueño:
torpemente vivos.

Éste es un tren de campesinos viejos
y de mineros jóvenes. Aquí
hay algo desconocido.
Si supiésemos qué, algunos de nosotros
sentiríamos vergüenza, y otros esperanza.

Se está haciendo de día. Ya
veo los montes dentro de la sombra,
los robles, del mismo color del monte,
la yerba vieja, sepultada en escarcha,
y el río, azul y silencioso
como un brazo de acero entre la nieve.
Cruzan los pueblos de sonido humilde:
Pardavé, Pedrún, Matueca…

Cuando bajo del tren, siento frío.
He dejado mi casa. Ahora estoy
solo. ¿Qué hago aquí?, ¿quién me espera en
este lugar excavado en el silencio?

No lo sé; con el tren se aleja
algo que es cierto aunque no puede ser pensado;
es algo mío y no me pertenece.
Está dentro y fuera de mi corazón.

martes, 19 de abril de 2011

Di el porqué del porqué, Dios de silencio (por Miguel de Unamuno)

¿Por qué, Señor, no te nos muestras
sin velos, sin engaños?
¿Por qué, Señor, nos dejas en la duda,
duda de muerte?
¿Por qué te escondes?
¿Por qué encendiste en nuestro pecho el ansia
de conocerte,
el ansia de que existas,
para velarte así a nuestras miradas?
¿Dónde estás, mi Señor?, ¿acaso existes?
¿Eres tú creación de mi congoja,
o lo soy tuya?
¿Por qué, Señor, nos dejas
vagar sin rumbo
buscando nuestro objeto?
¿Por qué hiciste la vida?
¿Qué significa todo, qué sentido
tienen los seres?
¿Cómo del poso eterno de las lágrimas,
del mar de las angustias,
de la herencia de penas y tormentos
no has despertado?
Señor, ¿por qué no existes?
¿Dónde te escondes?
Te buscamos y te hurtas,
te llamamos y callas,
te queremos y tú, Señor, no quieres
decir: ¡vedme, mis hijos!
Una señal, Señor, una tan sólo,
una que acabe
con todos los ateos de la tierra;
una que dé sentido
a esta sombría vida que arrastramos.
¿Qué hay más allá, Señor, de nuestra vida?
Si tú, Señor, existes,
di por qué y para qué, di tu sentido,
di por qué todo.
¿No pudo bien no haber habido nada,
ni tú, ni mundo?
Di el porqué del porqué, Dios de silencio.
Dinos “yo soy”, Señor, que te lo oigamos
sin velo de misterio,
sin enigma ninguno.
Razón del universo, ¿dónde habitas?
¿Por qué sufrimos?
¿Por qué nacemos?
Erramos sin ventura,
sin sosiego y sin norte,
perdidos en un nudo de tinieblas,
con los pies destrozados,
manando sangre,
desfallecido el pecho,
y en él el corazón pidiendo muerte.
Ve, ya no puedo más, Señor,
de aquí no sigo,
aquí me quedo,
yo ya no puedo más, ¡oh Dios sin nombre!
Ya no te busco,
ya no puedo moverme, estoy rendido;
aquí, Señor, te espero,
aquí te aguardo,
en el umbral, tendido, de la puerta
cerrada con tu llave.
Yo te llamé, grité, lloré afligido,
te di mil voces;
llamé y no abriste,
no abriste a mi agonía;
aquí, Señor, me quedo,
sentado en el umbral como un mendigo
que aguarda una limosna;
aquí te aguardo.
Tú me abrirás la puerta cuando muera,
la puerta de la muerte,
y entonces la verdad veré de lleno,
sabré si tú eres
o dormiré en la tumba.

lunes, 18 de abril de 2011

Era inocente cuando me lo puse (por Manuel de Cabral)

Mi cuerpo estaba allí... nadie lo usaba.
Yo lo puse a sufrir... le metí un hombre.
Pero este equino triste de materia
si tiene hambre me relincha versos,
si sueña, me patea el horizonte;
lo pongo a discutir y suelta bosques,
sólo a mí se parece cuando besa...
No sé qué hacer con este cuerpo mío,
alguien me lo alquiló, yo no sé cuándo...
Me lo dieron desnudo, limpio, manso,
era inocente cuando me lo puse,
pero a ratos,
la razón me lo ensucia y lo adorable...
Y quiero devolverlo como me lo entregaron;
sin embargo,
yo sé que es tiempo lo que a mí me dieron.

domingo, 17 de abril de 2011

En vano (por Emily Dickinson)

Si consigo impedir que un corazón se rompa
no habré vivido en vano.
Si consigo aliviar el sufrimiento de una vida
o calmar un dolor
o ayudar a un petirrojo exánime
a volver a su nido
no habré vivido en vano.

sábado, 16 de abril de 2011

Ítaca (por Konstantinos Kavafis)

Si vas a emprender el viaje a Ítaca
pide que tu camino sea largo,
rico en experiencias, en conocimiento.
A Lestrigones y a Cíclopes
o al airado Poseidón nunca temas,
no hallarás tales seres en tu ruta
si alto es tu pensamiento y limpia
la emoción de tu espíritu y tu cuerpo.
A Lestrigones y a Cíclopes,
ni al fiero Poseidón hallarás nunca,
si no los llevas dentro de tu alma,
si no es tu alma quien ante ti los pone.

Pide que tu camino sea largo,
que numerosas sean las mañanas de verano
en que con placer felizmente
arribes a bahías nunca vistas;
detente en los emporios de Fenicia
y adquiere hermosas mercancías,
madreperla y coral, y ámbar y ébano,
perfumes deliciosos y diversos.
Invierte cuanto puedas en voluptuosos y delicados perfumes;
visita muchas ciudades de Egipto
y con avidez aprende de sus sabios.

Ten siempre a Ítaca en la memoria.
Llegar allí es tu meta.
Mas no apresures el viaje.
Mejor que se extienda largos años
y en tu vejez arribes a la isla
con cuanto hayas ganado en el camino,
sin esperar que Ítaca te enriquezca.

Ítaca te regaló un hermoso viaje.
Sin ella no hubieras emprendido el camino.
Pero ninguna otra cosa puede darte.

Aunque pobre la encuentres, no te engañará Ítaca.
Rico en saber y en vida, como has vuelto,
comprendes ya lo que las Ítacas designan.

viernes, 15 de abril de 2011

Cómo será la última noche (por Edward Hirsch)

Estás sentado en un café de playa vacío
junto a una ventana que da a la bahía.
Está oscureciendo, el dueño está cerrando,
pero tú sigues doblado sobre el radiador
que va perdiendo poco a poco temperatura.

Ahora vas caminando hasta la orilla del mar
para ver los últimos azules que se apagan en las olas.
Has vivido en casas pequeñas, en lugares apretados
—los muros a tu alrededor se habían ido cerrando—
pero el mar y el cielo también son tuyos.

No hay nadie que te acompañe a beber de esta
niebla aguada, de estas profundidades imprecisas.
Estás solo con el cosmos giratorio.
Adiós, amor, muy lejos, en un lugar cálido.
La noche aquí es infinita, el silencio no se acaba.

jueves, 14 de abril de 2011

Me voy a quedar aquí (por Charles Bukowski)

Sin mucha elección
y casi sin quererlo,
él era un joven
a bordo de un autobús
que cruzaba Carolina del Norte
rumbo a
algún lugar
y empezó a nevar
y el autobús paró
en un café
sobre las colinas y
los pasajeros
entraron.
Él se sentó en el mostrador
con los demás,
pidió y le
trajeron su comida,
que estaba particularmente buena,
lo mismo que el café.
La camarera no era
como las mujeres que él
había conocido.
No se hacía la interesante,
un humor natural emanaba
de ella.
El cocinero decía
chifladuras.
El lavacopas,
atrás,
se reía
con una risa
limpia
y placentera.
El joven miraba
la nieve a través de las
ventanas.
Quería quedarse
en ese café
para siempre.
Un curioso sentimiento
lo inundó:
que todo
era
bello
ahí,
que todo permanecería
siempre bello
ahí.
Entonces el chófer
indicó a los pasajeros
que ya era tiempo de irse.
El joven
pensó, me voy a quedar
aquí, me voy a quedar aquí.
Pero
se levantó y siguió a
los otros hasta
el autobús.
Encontró su asiento
y miró el café
por la ventanilla.
El autobús arrancó,
dobló una curva,
y fue camino abajo,
alejándose de las colinas.
El joven
miraba
hacia adelante.
Los otros pasajeros
charlaban
de otras cosas,
leían
o
intentaban
dormir.
No se habían dado cuenta
de la magia.
El joven
puso su cabeza
contra el asiento,
cerró los ojos,
fingió
dormir.
Nada quedaba,
sólo escuchar el
sonido
del motor,
el sonido de las
ruedas
en la nieve.

martes, 12 de abril de 2011

¿Dónde estará? (por Jorge Luis Borges)

¿Dónde estará mi vida, la que pudo
haber sido y no fue, la venturosa
o la de triste horror, esa otra cosa
que pudo ser la espada o el escudo
y que no fue? ¿Dónde estará el perdido
antepasado persa o el noruego,
dónde el azar de no quedarme ciego,
dónde el ancla y el mar, dónde el olvido
de ser quien soy? ¿Dónde estará la pura
noche que al rudo labrador confía
el iletrado y laborioso día,
según lo quiere la literatura?
Pienso también en esa compañera
que me esperaba, y que tal vez me espera.

lunes, 11 de abril de 2011

Y muerto el combatiente (por César Vallejo)

Al fin de la batalla,
y muerto el combatiente, vino hacia él un hombre
y le dijo: «¡No mueras, te amo tanto!»
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.
Se le acercaron dos y repitiéronle:
«¡No nos dejes! ¡Valor! ¡Vuelve a la vida!»
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.
Acudieron a él veinte, cien, mil, quinientos mil,
clamando «¡Tanto amor y no poder nada contra la muerte!»
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.
Le rodearon millones de individuos,
con un ruego común: «¡Quédate hermano!»
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.
Entonces todos los hombres de la tierra
le rodearon; les vio el cadáver triste, emocionado;
incorporóse lentamente,
abrazó al primer hombre; echóse a andar…

domingo, 10 de abril de 2011

Manos tercas (por Laura Giordani)

Apertura de manos ante la cerrazón del mundo apertura aún
ante la clausura de los pechos más próximos de tanto puño
reconcentrando su historia de talas y sequías
manos tercas en su ternura desmemoriada del daño
abiertas aún para recibir la epifanía de la lluvia
o al pájaro moribundo como último cofre
antes del frío

manos insistiendo en su vocación de gasa

a pesar de todo

sábado, 9 de abril de 2011

Después del gran silencio (por Julia Prilutzky)

Alguna vez, de pronto, me despierto:
Un dolor me recorre tenazmente,
un dolor que está siempre, agazapado,
por saltar, desde adentro.
Entonces tengo miedo.
Entonces, me doy cuenta que estoy sola
frente a mí, frente a Dios, frente a un espejo
lleno de mis imágenes,
de rostros polvorientos.

Estoy sola, pero siempre estoy.
Es lo único cierto.
El amor era un huésped,
la soledad es siempre el compañero
que permanece al lado, inconmovible.
Lo único seguro, verdadero.
Oigo mi corazón, vieja campana
que dobla y que golpea,
que rebota en las sienes y en la nuca
y en la boca y los dedos.
Es cierto, tengo miedo.
Miedo de no poder gritar, de pronto,
de que ya sea demasiado tarde
para un ruego.
La costumbre ahoga las palabras
y alarga el desencuentro.
Ah, tantas cosas quedarán ocultas,
perdidas, sin recuerdo,
tantas palabras que no fueron dichas,
tantos gestos.

Unos dirán: Yo sé, la he conocido,
fue una ardiente rebelde,
se desolló las manos y la vida
por defender los que creyó más débiles.
Otros dirán: Yo sé, la he conocido,
era dura, malévola,
avara de ternura, con la boca
mostraba su desprecio.
Alguien dirá: Y cómo sonreía…
Qué importa
lo que vendrá después del gran silencio.
Claro que tengo miedo.
Así, en la madrugada
mientras algún dolor -un dolor, siempre-
va hincando sus agujas en mi cuerpo,
abro las manos en la sombra dulce
para atrapar mi soledad, de nuevo,
y me quedo a su lado, sin moverme,
con los ojos abiertos
la vida detenida.
Toda mi sangre es un temor inmenso.

viernes, 8 de abril de 2011

Demoliciones (por José María Cumbreño)

He vuelto a colocar en el armario
la ropa de invierno.

El frío es un animal transparente.
El hielo es sed endurecida.

La luz, al chocar contra una superficie
que no la absorbe, se refleja
o cambia de dirección.

Penélope no tejía y destejía:
tejía para destejer.

Los bolsillos de los abrigos
se comunican
con los inviernos anteriores.
El sonido metálico
de las perchas que se cuelgan
y se descuelgan de las barras.
Cambiar una cosa por otra.

Límites y progresiones.

La luz, al pasar del aire al agua,
se desvía.

El destinatario
ya no vive aquí.

Caminaba a oscuras por tu casa
(sabía dónde estaba todo)
sin golpearme contra los muebles.

Cambiar una cosa por otra.
Cambiar una casa por otra.
Mudanzas.
Mitad irse, mitad estar.

La ciudad separa su basura.
El plástico, el papel y el vidrio
(una tribu necesita símbolos)
se tiran en contenedores distintos.

La luz, a medida que la vidriera
iba filtrándola,
se convertía en palabra de Dios.

Recuperar, reemplazar, recobrar.

La forma del edificio
descansa en los materiales utilizados.

O una verdad
dicha una sola vez
o una mentira
contada muchas veces.

Los rascacielos construidos
después del incendio.
Las catedrales levantadas
en el solar donde antes
hubo otros templos.

Apuntalar, restaurar, reforzar.

Me he mirado en demasiados espejos.

Las empresas de demoliciones
ofrecen sus servicios
en las guías de teléfonos.

Crece la ciudad a costa
de alimentarse
de sus propios escombros.

Puede que vivir se reduzca a eso:
a doblar y desdoblar ropa,
a vaciar y llenar armarios.

Mitad irse, mitad estar.
Tejer para destejer.

Las fórmulas matemáticas
definen las proporciones de la utopía.

jueves, 7 de abril de 2011

Que el abismo responda de una vez (por Nicanor Parra)

He preguntado no sé cuántas veces
pero nadie contesta mis preguntas.
Es absolutamente necesario
que el abismo responda de una vez
porque ya va quedando poco tiempo.

miércoles, 6 de abril de 2011

Pero por qué me lloro en vos (por Juan Gelman)

el temor a la vejez ¿envejece?
el temor a la muerte ¿enmuerta?
¿qué estoy haciendo con los miles yo
de compañeros muertos?
¿me estoy enmuerteando yo?
¿acaso les temo/amados?
¿te acaso temo paco/cara
como una alegría humana?
¿o los envidio yo tal vez?
¿o los envidio yo tal vez?
¡juntos cómo anduviéramos ahora
sin sufrir propio y ajeno?
¿pero por qué me lloro en vos-
otros pedazos de mi vida?
¿acaso puedo al fin llorar?
¿puedo por fin al fin llorar?

martes, 5 de abril de 2011

Muros (por Konstantinos Kavafis)

Sin consideración ni piedad ni vergüenza
alzaron muros a mi alrededor: gruesos y altos.
Y ahora me encuentro aquí, tan desesperado.
No puedo pensar en otra cosa: esta suerte roe mi cerebro...
Y es que ¡tenía tanto que hacer ahí fuera!
¿Cómo pude no darme cuenta cuando alzaban los muros?
Pero nunca oí a los constructores. Ni un ruido.
Desde fuera imperceptiblemente me encerraron.

lunes, 4 de abril de 2011

En esa blancura (por Roberto Bolaño)

En esa blancura en la que nos reuniremos finalmente
¿qué aullidos,
qué silencio,
qué permutaciones nos aguardan
cuando hayamos atravesado todo lo que hay que atravesar,
cuando nos hayamos despojado de todo?

domingo, 3 de abril de 2011

Dactilografía (por Fernando Pessoa)

Trazo, solo, en mi cubículo de ingeniero, el plano,
firmo el proyecto, aislado aquí,
remoto hasta de quien yo soy.
Al lado, acompañamiento banalmente siniestro,
el tic-tac que estalla de las máquinas de escribir.
¡Qué nausea de vida!
¡Qué abyección esta regularidad!
¡Qué sueño este ser así!
Hace tiempo, cuando fui otro, eran castillos y caballeros
(ilustraciones, tal vez, de cualquier libro de la infancia).
Hace tiempo, cuando fui fiel a mi sueño,
eran grandes paisajes del Norte, explícitos de nieve,
eran grandes palmares del Sur, opulentos de verdes.
Hace tiempo.
Al lado, acompañamiento banalmente siniestro,
el tic-tac que estalla de las máquinas de escribir.
Todos tenemos dos vidas:
la verdadera, que es la que soñamos en la infancia
y que continuamos soñando, adultos, en un substrato de niebla;
la falsa, que es la que vivimos en convivencia con otros,
que es la práctica, la útil,
aquélla en la que acaban por meternos en un cajón.
En la otra no hay cajones ni muertes,
sólo hay ilustraciones de la infancia:
grandes libros coloreados, para ver y no leer;
grandes páginas de colores para recordar más tarde.
En la otra somos nosotros,
en la otra vivimos;
en ésta morimos, que es lo que vivir significa;
en este momento, por la náusea, vivo en la otra…
Pero al lado, acompañamiento banalmente siniestro,
alza la voz el tic-tac que estalla de las máquinas de escribir.

sábado, 2 de abril de 2011

Canción de amor de la joven loca (por Sylvia Plath)

Cierro los ojos y el mundo muere;
levanto los párpados y otra vez nace todo.
(Creo que te inventé en mi mente.)

Las estrellas salen valseando en azul y rojo,
sin sentir galopa la negrura.
Cierro los ojos y el mundo muere.

Soñé que me hechizabas en la cama.
Cantabas el sonido de la luna, me besabas locamente.
(Creo que te inventé en mi mente).

Dios cae del cielo, las llamas del infierno se debilitan:
Escapan serafines y soldados de satán:
Cierro los ojos y el mundo muere.

Imaginé que volverías como dijiste,
pero crecí y olvidé tu nombre.
(Creo que te inventé en mi mente.)

Debí haber amado al pájaro de trueno, no a ti;
al menos cuando la primavera llega ruge nuevamente.
Cierro los ojos y el mundo muere.
(Creo que te inventé en mi mente.)

viernes, 1 de abril de 2011

Oh capitán, mi capitán (por Walt Whitman)

¡Oh, capitán!, ¡mi capitán!, nuestro espantoso viaje ha terminado.
La nave ha salvado todos los escollos.
Hemos ganado el premio que anhelábamos.
El puerto está cerca. Oigo las campanas, el pueblo entero regocijado
mientras sus ojos siguen firme la quilla, la audaz y soberbia nave.
Mas, ¡oh corazón!, ¡corazón!, ¡corazón!
Oh rojas gotas que caen
allí donde mi capitán yace, frío y muerto.

¡Oh, capitán!, ¡mi capitán!, levántate y escucha las campanas.
Levántate. Por ti se ha izado la bandera, por ti vibra el clarín.
Para ti ramilletes y guirnaldas con cintas.
Para ti multitudes en las playas.
Por ti clama la muchedumbre, a ti se vuelven los rostros ansiosos:
¡Ven, capitán! ¡Querido padre!
¡Que mi brazo pase por debajo de tu cabeza!
Debe ser un sueño que yazcas sobre el puente,
derribado, frío y muerto.

Mi capitán no contesta, sus labios están pálidos y no se mueven.
Mi padre no siente mi brazo, no tiene pulso ni voluntad.
La nave, sana y salva, ha anclado. Su viaje ha concluido.
De vuelta de su espantoso viaje, la victoriosa nave entra en el puerto.
¡Oh playas, alegraos! ¡Sonad, campanas!
Pero yo, con pasos tristes,
recorro el puente donde mi capitán yace,
frío y muerto.

jueves, 31 de marzo de 2011

Después de amarnos (por Juan Ramón Jiménez)

Cuando, después de amarnos, te coges el cabello
desordenado, ¡cómo son de hermosos tus brazos!
Como en un libro abierto, surge la letra negra
de tus axilas, fina, dulce sobre lo blanco.

Y en el gesto violento se te abren los pechos
y los pezones, tantas veces acariciados,
parecen, desde lejos, más oscuros, más grandes...
el sexo se te esconde, más pequeño y más blando...

¡Oh, qué desdoblamiento de cosas!
Luego, el traje
lo torna todo al paisaje cotidiano,
como una madriguera en donde se ocultaran,
lo mismo que culebras, pechos, muslos y brazos
.

miércoles, 30 de marzo de 2011

La oscuridad de un orden (por Wallace Stevens)

Luz, primera luz de la noche, como en un cuarto
en el que descansamos y, casi por nada, pensamos
que el mundo imaginado es un bien esencial.

Ésta es, pues, la más intensa cita.
Es en esta idea en la que nos recogemos,
fuera de todas las indiferencias, en una sola cosa:

Dentro de una sola cosa, un solo manto
que nos abriga bien, porque somos pobres, un calor,
una luz, un poder, el milagroso influjo.

Ahora, aquí, nos olvidamos el uno al otro y de nosotros.
Sentimos la oscuridad de un orden, una totalidad,
un conocimiento, lo que la cita compuso.

Dentro de su vital circunscripción, en la mente
decimos: Dios y la imaginación son uno.
La vela más alta, que elevada ilumina lo oscuro…

Y fuera de esta luz, de esta mente central,
hacemos nuestra casa en el aire de la noche,
donde estar los dos juntos es lo que basta.

martes, 29 de marzo de 2011

A todos ellos (por Cristina Martín)

A los que se quedaron dormidos en el nunca,
a los que sueñan sus verdades y se las niegan,
a los que tienen mucho miedo
y lloran por cualquier cosa
y se ocultan la cara de vergüenza.
A los tímidos,
a los solos, a los raros,
a los que dudan y dudan
y les llaman inmaduros, débiles.
A los que duermen en la fría cama del psiquiátrico,
a las madres que cogen la mano de su hijo ingresado,
os digo que no nos vendan verdades, que la verdad no existe,
la verdad y la razón son creaciones del hombre
para doler, para medir.
Hay que luchar contra el silencio
y la ignorancia,
no somos enfermos.
¿Quién tiene la verdad absoluta, la realidad absoluta?
Que la muestre, que la enseñe si puede.
Es mentira, mentira, no existe.
A los que llevan cicatrices de haberse rajado las venas,
a los que consiguieron no rajárselas,
a los que les paraliza la angustia,
les paraliza para ser, amar, soñar.
A los que llaman vagos, idiotas, locos, débiles:
No escuchéis la voz de los que viven solo para tener.
A los que la ansiedad les hace fumar dos paquetes diarios,
a los que no son sociables, ni aptos, ni lúcidos,
ni extrovertidos, ni empáticos, ni asertivos, ni normales.
A los que nunca superarán un test psicotécnico,
a los que llevan medicación en el bolso y el monedero vacío,
a los que ahora están atados a una cama y no nos oyen.
A los psiquiatras que abrazan a sus pacientes
y pidieron alguna vez consejo a un esquizofrénico.
A los que tenemos certificado de disminución
y leemos a Lorca y a Nietszche y lo que haga falta.
A los que no soportaron el túnel y se fueron para siempre,
a los que atravesamos cada día el túnel
agarrados aunque sea a las paredes negras,
a todos los que saben o quieren escucharnos
y no se fían sólo de los manuales, libros, tesis,
estudios y estadísticas.
A los psicólogos que dan besos,
a los que hemos pasado ya el infierno y el cielo
y no queremos volver nunca más allí.
A los que roban dolor y devuelven sonrisas, dice Sabina.
Y sobre todo
a todas esas pupilas dilatadas de tanta química
que miran aturdidas y absortas
pero tienen la luz más hermosa.
Que no existe la locura, sino gente que sueña despierta.

lunes, 28 de marzo de 2011

Globos (por Saiz de Marco)

Por la Calle Tristeza y aledaños cruza a veces
el hombre de los globos.
Y basta ver su manojo de globos para que
las calles muden de nombre:
a Calle del Sosiego
o de la Risa.

De vez en cuando el hombre de los globos
regala a quienes pasan
globos verdes
o naranjas
o rojos
o violetas...

Y de pronto sus caras se encienden
como la de un niño cuando va a la feria
(como ese niño grandullón que somos).

Con un nudo se los atan al brazo
y olvidan
(mientras tienen gas los globos)
el primitivo nombre de la calle.

(Oiga, señor, déme ese globo azul.
Sí, por favor: ¡ lo necesito tanto !)

Ojalá que al doblar aquella esquina
veamos venir al
hombre de los globos.

domingo, 27 de marzo de 2011

Generaciones (por Ana Pérez Cañamares)

Antes de morir, mi madre dijo mamá, ven
mientras me miraba sin verme;
yo dije mamá, quédate
abrazando su cuerpo diminuto
envuelto en pañales y olor a talco;
mi hija dijo mamá, no llores
y me acarició la cabeza consolándome.
Cuando mama murió, durante unos segundos
no tuvimos muy claros los lazos que nos unían
no supimos quién se había ido
y quién se había quedado
ni en qué momento de nuestras vidas
estábamos viviendo
o muriendo.

sábado, 26 de marzo de 2011

Heráclito (por Jorge Luis Borges)

El segundo crepúsculo.
La noche que se ahonda en el sueño.
La purificación y el olvido.
El primer crepúsculo.
La mañana que ha sido el alba.
El día que fue la mañana.
El día numeroso que será la tarde gastada.
El segundo crepúsculo.
Ese otro hábito del tiempo, la noche.
La purificación y el olvido.
El primer crepúsculo.
El alba sigilosa y en el alba
la zozobra del griego.
¿Qué trama es ésta
del será, del es y del fue?
¿Qué río es éste por el cual corre el Ganges?
¿Qué río es éste cuya fuente es inconcebible?
¿Qué río es éste
que arrastra mitologías y espadas?
Es inútil que duerma.
Corre en el sueño, en el desierto, en un sótano.
El río me arrebata y soy ese río.
De una materia deleznable fui hecho, de misterioso tiempo.
Acaso el manantial está en mí.
Acaso de mi sombra surgen,
fatales e ilusorios, los días.

viernes, 25 de marzo de 2011

Aquí dijiste (por Piedad Bonnett)

Aquí dijiste:
"son hermosos
los ojos húmedos de los caballos".
Y aquí: "me encanta el viento".
Desando yo tus pasos, revivo tus palabras.
Y te amo en la baldosa que pisaste,
en la mesa de pino
que aún guarda la caricia de tu mano,
en el estropeado cigarrillo
olvidado en el fondo de mi bolso.
Recorro cada calle que anduviste
y sé
que amaste este abedul y esta ventana.
Aquí dijiste:
"así soy yo,
como esa música
triste y alegre a un mismo tiempo".
Y te amo
en el olor que tiene mi cuerpo de tu cuerpo,
en la feliz canción
que vuelve y vuelve y vuelve a mi tristeza.
En el día aterido
que tú estás respirando no sé dónde.

En el polvo, en el aire,
en esa nube
que tú no mirarás,
en mi mirada
que te calcó y fijó en mi más triste fondo,
en tus besos sellados en mis labios,
y en mis manos vacías,
pues eres hoy vacío
y en el vacío te amo.

jueves, 24 de marzo de 2011

Los hombres tristes (por Luis García Montero)

Los hombres tristes
que tienen en sus ojos un café de provincias,
que no saben mentir como quien dice,
que se esconden detrás de los periódicos,
que se quedan sentados en su silla
cuando la fiesta baila,
que gastan por zapatos una tarde de lluvia,
que saludan con miedo,
que de pronto una noche se deshacen,
que cantan perseguidos por la risa,
que abrazan, que importunan hasta quedarse solos,
que retornan después a su tristeza
igual que a su pañuelo y a su vaso de agua,
que ven cómo se alejan las novias y los barcos,
esos hombres manchados por las últimas horas
de la ocasión perdida,
se parecen a mí.

miércoles, 23 de marzo de 2011

Viendo pasar un tren (por Luis Rosales)

Me contaba su sueño hasta agotarse
y sus palabras eran
como el paso del tren cuando te encuentras junto a la vía
y sientes su atracción en todo el cuerpo al mismo tiempo
y vibras empujado por el vacío
que tiene un fundamento de dulzura y terror.
Mientras me hablaba
ella vivía desde este fundamento
en donde el miedo de vivir se nos acerca tanto
que la carne se agrieta para arder,
que la carne se agrieta
como la llama tiene un vacío, en su centro, de sombra natural;
y ella se iba llenando de ese hueco,
de ese espejo de nieve simultánea
mientras seguía contándome su sueño como si no pudiera despertar,
como si hablara sola,
sintiéndose empujada únicamente
por ese miedo transitivo que aún empapaba sus palabras.
Y sin embargo algo ha nacido de esa conversación extenuante,
algo que siento ahora,
que seguiré sintiendo siempre
como escucho a esta niña de tierra improvisándose
que reúne su temblor para decirme
que no sabe vivir,
que no puede vivir
porque la carne se le queda cada día más pequeña;
tan pequeña que ha llegado a sentirse impedida,
y ya no podrá nunca llegar hasta su casa,
y ya sólo recuerda que vivía en un colegio,
y ya sólo recuerda que vivía dentro del dormitorio de un colegio,
donde todas las noches despertaba
viendo pasar un tren por el pasillo atónito,
viendo pasar todas las noches el mismo tren
por el mismo pasillo titilante de camas sucesivas,
de camas con guirnaldas de muchachas que duermen
sin salir del espejo,
sin ver pasar el tren
que a ella, todas las noches, va despertándola un poco más,
a fuerza de seguirlo,
a fuerza de seguirlo cuando pasa y se pierde en la sombra,
y la desclava de su cuerpo igual que se desclava con la humedad un cuadro en la pared,
y la deja tronchada en las vías
sobre las cuales pasa el tren donde ella misma va sonriendo en todas las ventanas.

Éste es el sitio (por Manuel Scorza)

Voy a la casa donde no viviremos
a mirar los muros que no se levantarán.
Paseo las estancias
y abro las ventanas
para que entre el Tiempo de Ayer envejecido.
¡Si vieras!
Entre las buganvillas
cansadamente juegan
los hijos que jamás tendremos.
Yo los miro. Ellos me miran.
Mi corazón humea.
Éste es el sitio
donde mi corazón humea.
Y a esta hora,
en el balcón, callada,
yo sé que tú también te mueres
y piensas en mí hasta ensangrentarte.
Yo también pienso en ti.
Óyeme donde estés:
por esta herida no sale sólo sangre:
me salgo yo.

martes, 22 de marzo de 2011

La muerte, mientras tanto (por Charles Simic)

Cómo trabaja la muerte,
nadie sabe qué largo es su día. La pequeña
esposa siempre sola
plancha la ropa de la muerte.
Las hermosas hijas
se sientan a cenar a la mesa de la muerte.
Los vecinos juegan
naipes en el patio
o sencillamente se sientan en las gradas
a beber cerveza. La muerte,
mientras tanto, en una extraña
parte de la ciudad busca
a alguien con un mal resfriado,
pero de algún modo la dirección está equivocada.
Incluso la muerte no puede encontrarla
entre todas las puertas cerradas…
Y la lluvia empieza a caer.
Una noche larga y ventosa se aproxima.
La muerte no tiene ni un periódico
para cubrirse, tan siquiera
una moneda para llamar al elegido,
que se desviste lentamente, somnoliento,
y se acurruca desnudo
en el lado de la cama de la muerte.

lunes, 21 de marzo de 2011

Hechos ya tierra extinta (por Vicente Aleixandre)

Aún tengo
aquí mis labios sobre los tuyos. Muerta,
acabada, ¡acábate!
¡Oh libertad! Aquí oscuramente apretados,
bajo la tierra, revueltos con las densas raíces,
vivimos, sobrevivimos, muertos, ahogados, nunca libres.
Siempre atados de amor, sin amor, muertos,
respirando ese barro cansado, ciegos, torpes,
prolongamos nuestra existencia, hechos ya tierra extinta,
confusa tierra pesada, mientras arriba libres
cantan su matinal libertad vivas hojas,
transcurridoras nubes
y un viento claro que otros labios besa
de los desnudos, puros, exentos amadores.

domingo, 20 de marzo de 2011

Ella sigue ahí (por Elena Anníbali)

Hablemos, por ejemplo, de la muerte,
de la rota iridiscencia de sus vestidos,
de la indiferencia con que asienta sobre nosotros sus manos,
y una mañana, a pesar del patio que está quieto y sin novedad,
a pesar de que la ciudad sigue tragando obreros
como en un festín impiadoso,
se te aparece ella y te dice: “vamos, muérete, que a eso viniste”.
Entonces tú, que has aprendido las mañas de la bestia,
le dices que no, que por papeles eres joven,
que no has alcanzado la edad en que aparecen las canas,
ni que conoces, por decir lo primero, Sumatra.
Y te defiendes del hueco que empieza a abrirse en la tierra,
ese, que al fin será tuyo, sin tasas ni hipotecas,
y te defiendes de las más lozanas flores
los epitafios grotescos, repetidos, impersonales.
Ella sigue ahí, tranquila, limándose las uñas,
bebiendo tu café, fumando con impostada o natural soberbia
dejando que te agotes, que le hables,
que le digas lo de siempre, la injusticia, el tiempo,
que considere todo lo que aún no hiciste,
las mareas que no acabaron de lamer tus tobillos,
esos crepúsculos entre naranjos del Tucumán que nunca viste,
los hombres que no probaste...
Al fin se va, se levanta con esa elegancia de matrona raída,
y crees que la has convencido, cuando consideras tu vida,
y tomando la soga que sin querer ella ha dejado sobre la mesa,
la pones en tu cuello y te lanzas al vacío, impiadosamente,
poniendo, en el salto, esa última mirada de esperanza,
esperando la mano amorosa que no habrá de salvarte.

sábado, 19 de marzo de 2011

Tigre (por William Blake)

Tigre, tigre, que te enciendes en luz
por los bosques de la noche,
¿qué mano inmortal, qué ojo
pudo idear tu terrible simetría?

¿En qué profundidades distantes,
en qué cielos ardió el fuego de tus ojos?

¿Con qué alas osó elevarse?

¿Qué mano osó tomar ese fuego?

¿Y qué hombro, y qué arte
pudo tejer la nervadura de tu corazón?

Y al comenzar los latidos de tu corazón,
¿qué mano terrible? ¿Qué terribles pies?
¿Qué martillo? ¿Qué cadena?
¿En qué horno se templó tu cerebro?
¿En qué yunque? ¿Qué tremendas garras
osaron sus mortales terrores dominar?

Cuando las estrellas arrojaron sus lanzas
y bañaron los cielos con sus lágrimas
¿sonrió al ver su obra?

¿Quien hizo al cordero fue quien te hizo?

Tigre, tigre, que te enciendes en luz
por los bosques de la noche
¿qué mano inmortal, qué ojo
osó idear tu terrible simetría?

viernes, 18 de marzo de 2011

A las 13,20 (por Wislawa Szymborska)

La bomba explotará en el bar a las trece veinte.
Ahora apenas son las trece y dieciséis.
Algunos todavía tendrán tiempo de salir.
Otros de entrar.
El terrorista ya se ha situado al otro lado de la calle.
Esa distancia lo protege de cualquier mal
y se ve como en el cine:
Una mujer con una cazadora amarilla: ella entra.
Un hombre con unas gafas oscuras: él sale.
Unos chicos con vaqueros: ellos está hablando.
Trece diecisiete y cuatro segundos.
Ese de más abajo tiene suerte y sube a una moto,
y ese más alto entra.
Trece diecisiete y cuarenta segundos.
Una niña: va andando con una cinta verde en el pelo.

Sólo que de repente ese autobús la tapa.
Trece dieciocho.
Ya no está la niña.
Habrá sido tan tonta como para entrar, o no,
eso ya se verá cuando vayan sacando.
Trece diecinueve.
Y ahora como que no entra nadie.
En vez de entrar aún hay un gordo calvo que sale.
Pero parece que busca algo en sus bolsillos y
a las trece veinte menos diez segundos
vuelve a buscar sus miserables guantes.
Son las trece veinte.
Qué lento pasa el tiempo.
Parece que ya.
Todavía no.
Sí, ahora.
Una bomba. La bomba explota.

jueves, 17 de marzo de 2011

Cuando mis dedos acarician (por Charles Baudelaire)

Échate, hermoso gato, sobre mi corazón enamorado;
guarda las garras,
y déjame atisbar entre tus ojos
mixturas de metal y ágata.

Cuando mis dedos acarician lentos
tu cabecita y tu dorso elástico,
cuando mi mano se embriaga de placer, palpando
tu cuerpo eléctrico,

una mujer regresa hacia mi espíritu. Y mira
tal como tú, amable bicho,
profunda y fría, filosa e hiriente como un dardo.

Y en torno nadan, rodeando
su cuerpo bruno, de pies a cabeza,
un aire sutil y un perfume amenazante.

miércoles, 16 de marzo de 2011

Igual que un perro enfermo (por Esperanza Ortega)

¡Cuánto sufre el amor
en los rincones!
hay días que se oculta
igual que un perro enfermo

duerme como
un reptil
sobre el mosaico

aquel murmullo
que nos guiaba cierto
entre la bruma

el mismo amor que se acurruca ahora
desorientado
sobre este desaliño de hojas secas

al que acaricias
su pálido pelaje
para eso
para que no se muera
así de solo

martes, 15 de marzo de 2011

Digno (por Saiz de Marco)

La paloma que comió arroz en mi mano
el perro que se tumbó junto a mí
el gato que durmió entre mis piernas
por un instante me hicieron sentir
limpio
confiable
liberado de humana inmundicia
digno de existir
digno incluso
de estar vivo en la tierra

lunes, 14 de marzo de 2011

Vayan mis canciones (por Ezra Pound)

Vayan, mis canciones, a los solitarios e insatisfechos.
Vayan también a los angustiados, a los complacientes,
que muestren mi desprecio por sus opresores.
Vayan como grandes olas de agua fría,
que muestren mi desprecio por sus opresores.
Que hablen en contra de la opresión inconsciente,
que hablen en contra de la tiranía de los que no poseen imaginación.
Que hablen en contra de las ataduras.
Vayan a la burguesa que se pudre de hastío,
vayan a la mujer de los suburbios.
Vayan a los infelizmente casados,
vayan a todos aquellos que encubren su fracaso,
vayan a las parejas malogradas,
vayan a la esposa que se vende,
vayan a la mujer impuesta.
Vayan a quienes padecen de lujuria,
vayan a todos aquellos insatisfechos en sus delicados deseos,
vayan como una plaga sobre la somnolencia del mundo;
que empuñen el filo contra todo esto,
que fortalezcan las sutiles cuerdas,
que lleven confianza hasta las algas y tentáculos del alma.
Que vayan amistosamente,
con palabras sinceras.
Que anhelen encontrar nuevos males y un nuevo bien,
que estén en contra de todas las formas de opresión.
Vayan a aquellos cuya madurez los ha apagado,
a los que han perdido el interés.
Que vayan al adolescente ahogado por la familia
¡Ah, qué terrible es
ver reunidas a tres generaciones bajo un mismo techo!
Es como un árbol viejo con brotes
y ramas que pútridas caen.
Que salgan y desafíen convenciones,
rebelándose contra la vegetal esclavitud de la sangre.
Que vayan en contra de todas las formas de amortización.

domingo, 13 de marzo de 2011

Creemos los nombres (por Juan Ramón Jiménez)

Derivarán los hombres.
Luego, derivarán las cosas.
Y sólo quedará el mundo de los nombres,
letra del amor de los hombres,
del olor de las rosas.

Del amor y de las rosas
no han de quedar sino los nombres.
¡Creemos los nombres!

sábado, 12 de marzo de 2011

Y me quedé pensando tantas cosas (por Nicanor Parra)

Una vez en un parque de Nueva York
una paloma vino a morir a mis pies
agonizó durante algunos segundos
y murió
pero lo que nadie me va a creer
es que resucitó de inmediato
sin darme tiempo para reaccionar
y emprendió el vuelo
como si nunca hubiera estado muerta

y yo me quedé mirándola zigzaguear
entre los edificios de departamentos
y me quedé pensando tantas cosas

era un día de otoño
pero que parecía primavera

viernes, 11 de marzo de 2011

Abismo, ten piedad (por José Luis Rey)

En el viaje al confín del alimento,
al fondo de la luz no masticable,
en esta expedición al sol hirviendo, en nuestro descender
a los misterios de otro corazón
que burbujea en el volcán, volando
en los lagos del norte, en nuestra vida gótica,
en azafrán dorado de los fiordos,
en este remolino acaba el mundo.
La cuchara del náufrago y el cuerpo adolescente
ya no sirven, se quiebran en la fuerza del descenso.
Y el vacío nos lleva, ni siquiera una pluma escapará de tanta clara gloria.
En el borde del plato se congregan las ranas
como monjas en torno de una espiga.
Acordaos de mí, acordaos de mí,
dice el hombre que va a ser absorbido
y alzando así los ojos
ve arriba una vez más el jarrón con las flores amarillas,
el día puesto allí, desordenado,
el viejo humilde don
que se aleja en el aire. El remolino
ya convierte sus piernas en raíces del mar
y en círculos desciende, más amplios cada vez,
con cangrejos, sirenas y podrido pescado.
Todos los hombres se hunden en la sopa.
Abismo, ten piedad,
pues en la rueda azul del alimento
solamente quisimos ser muy jóvenes
para apretar los pájaros que cantan
en las axilas de una mujer.
Suena, sopa, despierta a tus ahogados.
Y lánzalos, escúpelos de nuevo
a la tierra caliente de Abraham.
En los tobillos del día, en sus escamas,
han de tenderse los despiertos y
cantar, cantar, cantar.
Y del cuerpo aterido, encallado en la costa,
se derrama otra vez
el primero y el siempre último amor.

jueves, 10 de marzo de 2011

Nocturno de la música (por J. M. Caballero Bonald)

¿Qué sería de mí si alguna vez
llegara al fondo de la noche
sin haber podido oír a Louis Armstrong,
a Umm Kalzum, a la Niña de los Peines,
a Samara la Única?

Maldita sea la estrechez del tiempo, hondo
escombro de sombra, en derredor la nada
y una insaciable sed de sedimentos:
la quejumbre filial, la sangre
reverberando en la memoria
y el visionario cuarto atormentado
por la sonoridad terrible de los muros.

Del centro del silencio pende el eco
de la perplejidad: gritos
instrumentales, arañazos, herrumbres,
vértigos despiadados.

¿Qué sería de mí si no pudiese compartir con nadie
esa majestuosa sucesión de harapos?

miércoles, 9 de marzo de 2011

Quieto, solo, dulcemente vacío (por Vicente Aleixandre)

Pero es más triste todavía, mucho más triste.
Triste como la rama que deja caer su fruto para nadie.
Más triste, más. Como ese vaho
que de la tierra exhala depués la pulpa muerta.
Como esa mano que del cuerpo tendido
se eleva y quiere solamente acariciar las luces,
la sonrisa doliente, la noche aterciopelada y muda.
Luz de la noche sobre el cuerpo tendido sin alma.
Alma fuera, alma fuera del cuerpo, planeando
tan delicadamente sobre la triste forma abandonada.
Alma de niebla dulce, suspendida
sobre su ayer amante, cuerpo inerme
que pálido se enfría con las nocturnas horas
y queda quieto, solo, dulcemente vacío.

Alma de amor que vela y se separa
vacilando, y al fin se aleja tiernamente fría.

martes, 8 de marzo de 2011

Podría haber sido al revés (por Gunnar Ekelöf)

Sencillo es el nacimiento:
Tú devienes tú
Sencilla la muerte:
Tú dejas de ser tú
Bien podría haber sido al revés
como en el mundo reflejado en un espejo:
la Muerte podía haberte parido
y la Vida haberte apagado
-lo uno igual que lo otro-
Y quizá sea así:
de la Muerte has venido, lentamente
te va aniquilando la Vida.

lunes, 7 de marzo de 2011

Mensaje de amor de Valdemar Gris (por Miguel Labordeta)

De mi propia tristeza de ser hombre
arrancado en pedazos de sangre amarga,
con juventud inútil
y amasado por la ausente sed
de desorbitadas muchedumbres
que en vano buscan la razón
de los búfalos agonizando
bajo los crepúsculos de uranio
de las grandes avenidas.

Yo,
Valdemar Gris,
habitante de este mundo,
niño antiguo de veinticinco ríos secos de edad,
os traigo mi humilde mensaje de primavera
y os digo con alegría de estrellas en mis ojos:
Todos los jóvenes del mundo somos hermanos.
Somos todos hijos del sol y del misterio.

Una misma mujer humana
cantó sus dulces canciones nocturnas
creyendo ver al borde de nuestros tiernos vientres
un signo, por encima de alfabetos y razas,
que inundaría las tierras
de aquella claridad presentida
por poderosos genios conmovidos
y que aspira ser realizada
por encima de todo tumulto.

Porque yo os lo digo
de hombre a hombre,
casi sollozando,
con angustia mágica de inalámbrico:
Es ya hora,
hermanos míos en la vida y en la muerte;
es ya hora, os digo,
que sobre las estériles disputas
triviales de los ancianos
se alce el martirio puro
de los costados desnudos
de los jóvenes soñadores del mundo.

Yo os digo
que estéis despiertos, amigos míos,
mis hermanos juveniles de destino,
soñando, sí, pero despiertos,
pues podemos ver caer
la ceniza de corazones podridos
lloviendo sobre las grandes ciudades
destruidas, huérfanas de un entero designio.
Hemos de estar alerta,
pues en un descuido
las ballenas crecerán sobre las torres derruidas
y el hombre, devorándose
en sus clanes miserables,
terminará comiéndose
las patas como un lobo suicida.

Olvidemos, pues, amigos míos,
hermanos míos del mundo; olvidemos
las vanas disputas de los viejos.
¡Que se llenen los libros con razones inútiles de muertos,
que nosotros sólo queremos ver triunfar
la gloria y la nada de la vida
por todos los puntos del viento planetario!
Queremos que nuestro destino de hombres
tenga un camino con soles y riberas,
y maravillosas ciudades de cristal,
y muchachas morenas
cantando por las playas,
y desesperados pensadores
intentando enhebrar raíces con estrellas,
e ingenieros poetas que canten
las melancolías atroces del cemento
que devora el corazón de las rosas,
y serenos atletas
con armonías de agua,
y ardientes corazones de santos
descubriendo senderos
en su pasión total.

Pero hemos de estar unidos,
amigos míos, hermanos míos del mundo,
y ha de ser nuestro lazo abrasado
un humano destino secreto
de consciencia amorosa de la Tierra.
Sí,
tan sólo con amor varonil
puro en sí mismo,
tan sólo con amor,
sin objeto,
enamorados del amor,
amantes del vasto mundo
sin presencia en su misterio
que nos reclama inexorable, palpitante,
en cada pulso de todo joven soñador.
Y hemos de estar allí
todos,
hemos de estar allí
reclamando cada uno y para todos
una activa participación
en la heterogénea sinfonía de este mundo nuestro tan hermoso.

Os lo digo yo,
Valdemar Gris,
sediento caminante de luz,
exhausto de túneles adolescentes
por donde las espigas estrangulan su raíz hacia arriba:
Todos los jóvenes del mundo
somos hermanos de destino,
y os lo digo
con voz quebrada
de antiguos llantos sin consuelo,
con alegría renovada
de futuras estrellas en mis ojos.

domingo, 6 de marzo de 2011

Bebiendo agua juntos (por Russell Edson)

Desde que el helecho puede ir al fregadero a beber agua,
de buena gana me he impuesto la tarea de llevar
dos vasos al fregadero.
Y así nos sentamos, mi helecho y yo, bebiendo juntos
agua a pequeños sorbos.

Por supuesto, soy más complejo que un helecho, tan lleno
de profundos pensamientos estoy, pero los arrincono
a favor de la agradable compañía de una amistad vespertina.

No me importa beber agua con un helecho, es más,
si por mí fuera cruzaría el cielo hasta Estocolmo bebiendo
un bloody mary con un chorrito de lima.

Y así nos sentamos, bebiendo agua juntos en una tarde solitaria.
El helecho contemplando sus frondas, y yo las mías.

sábado, 5 de marzo de 2011

Y nunca han vuelto su mirada a mí (por Francisco Brines)

Todos los días pasan,
y yo los reconozco. Cuando la tarde se hace oscura,
con su calzado y ropa deportivos,
yo ya conozco a cada uno de ellos, mientras suben en grupos
o aislados,
en el ligero esfuerzo de la bicicleta.
Y yo los reconozco, detrás de los cristales de mi cuarto.
Y nunca han vuelto su mirada a mí,
y soy como algún hombre que viviera perdido en una
casa de una extraña ciudad,
una ciudad lejana que nunca han conocido,
o alguien que, de existir, ya hubiera muerto
o todavía ha de nacer;
quiero decir, alguien que en realidad no existe.
Y ellos llenan mis ojos con su fugacidad,
y un día y otro día cavan en mi memoria este recuerdo
de ver cómo ellos llegan con esfuerzos, voces, risas
o pensamientos silenciosos,
o amor acaso.
Y los miro cruzar delante de la casa que ahora
enfrente construyen
y hacia allí miran ellos,
comprobando cómo los muros crecen,
y adivinan la forma, y alzan sus comentarios
cada vez,
y se les llena la mirada, por un solo momento,
de la fugacidad de la madera y de la piedra.

Cuando la vida, un día, derribe en el olvido sus
jóvenes edades,
podrá alguno volver a recordar, con emoción,
este suceso mínimo
de pasar por la calle montado en bicicleta,
con esfuerzo ligero y fresca voz.
Y de nuevo la casa se estará construyendo,
y esperará el jardín que acaben estos muros
para poder ser flor, aroma, primavera,
(y es posible que sienta ese misterio del peso de mis ojos,
de un ser que no existió,
que le mira, con el cansancio ardiente de quien vive,
pasar hacia los muros del colegio),
y al recordar el cuerpo que ahora sube
solo bajo la tarde,
feliz porque la brisa le mueve los cabellos,
ha cerrado los ojos
para verse pasar, con el cansancio ardiente de quien sabe
que aquella juventud
fue vida suya.
Y ahora lo mira, ajeno, cómo sube
feliz, encendiendo la brisa,
y ha sentido tan fría soledad
que ha llevado la mano hasta su pecho,
hacia el hueco profundo de una sombra.

viernes, 4 de marzo de 2011

Ciudad bombardeada (por Billy Collins)

Qué subitamente lo íntimo
queda al descubierto en una ciudad bombardeada,
cómo el papel pintado con listas blancas y azules
de un dormitorio de un segundo piso está ahora
expuesto a la nieve que cae lenta
como si la habitación hubiera contestado a la explosión
vestida sólo con un pijama a rayas.
Algunos vecinos y unos soldados
tantean con un palo los escombros
y se fijan en la escalera que cuelga,
el retrato de una abuelo,
una puerta que se balancea de la bisagra que queda.
Y al baño se le ve casi avergonzado
de sus paredes de ocre al descubierto,
el amasijo de las tuberías
del lavabo hundido hasta las rodillas,
la cortina de la ducha rajada,
la estela de burbujas destruidas de un pez de colores.
Es como una vista panorámica sobre una casa de muñecas
como si un niño arrodillado pudiera meter la mano
y coger el escritorio, enderezar un cuadro.
O pudiera ser una habitación sobre un escenario
en una obra sin personajes,
sin diálogo ni público,
sin principio, nudo y desenlace,
sólo los muebles rotos en la calle,
un zapato entre bloques de hormigón ligero,
una fina nieve aún cayendo
sobre un lejano campanario, y la gente
cruzando un puente que todavía se sostiene.
Y más allá cuervos en un árbol,
la estatua de un gobernante a caballo,
y nubes que se asemejan al humo,
e incluso si sigues más, en otro país
en una manta bajo un árbol de sombra,
un hombre que sirve vino en dos vasos
y una mujer deslizando
los pasadores de madera de un cesto de mimbre
lleno de pan, queso y varios tipos de aceitunas

jueves, 3 de marzo de 2011

Madres negras (por Violeta Castaño)

Sí ojalá pudiese dedicarme a todas esas madres negras

las que cargan con pezones desangrados y cuencos de barro en sus cabezas
las que nunca ponen limites a los sueños
aunque haya partos de tierra seca y dura bajo la manta

las que están allí porque nacieron con cuerpo de nube y a la vez de piedra
doblan rodillas que seguir desgastando
recogen la semilla para los hijos
su voz amanece detrás sin que se escuche

siempre descalzas

de colores son los vientos que proclaman en sus faldas
levantan las sombras con el brillo de las mareas de sus cuerpos
y enseñan al mundo las mismas danzas de protección y calma
hoy todo es suavidad en sus ojos que vigilan trenzas de espigas

manos que tiran de la cuerda y mecen penas
sacan a pasear el hambre y la espera
la lucha escondida y la fuerza
y unos cuantos soles dormidos a la espalda

todas nuestras madres negras

miércoles, 2 de marzo de 2011

Llegar a una ciudad (por José Luis García Martín)

Llegar a una ciudad donde nadie me espera,
donde todo me espera con colores no usados.
Una ciudad sin nombre que es todas las ciudades
con su río muy lento, sus fastuosos puentes,
la estación que retumba como una catedral,
cafés en cada esquina bulliciosa,
el puerto de las largas travesías,
el tren chirriante en la laguna,
los adolescentes frente a St Etienne,
su parloteo soñador,
el sol madrugador en las terrazas
y el mar resplandeciente bajo un cielo narciso.

Qué bien se saben todos su papel,
los escolares que se pierden en el parque,
el minucioso oficinista, el vendedor de alfombras,
esa mujer tan sola que pasea
su distante hermosura,
los enamorados que arman el paraíso
en un rincón cualquiera, resplandor en la hierba,
las calles que se contonean,
caserones de fresco zaguán
y hondo silencio dieciochesco.

Todo caricia, todo invitación,
aquí estaba la vida mientras tú en otra parte
masticabas una vez y otra vez
la intragable papilla de los días.
Palpita la ciudad desde lo alto,
reconoces las torres y las cúpulas,
el manchón verde de Villa Borghese
y el largo puente naranja sobre el Tajo,
en la plaza de la Sorbona
al lento sol de la mañana
una muchacha lee a los presocráticos
y alza los ojos para verte sonreír
a los adolescentes de St Etienne
que ofrecen la manzana
de su ambigua hermosura
a todos y a ninguno,
y tú muerdes con delicia
la manzana de la ciudad,
su pulpa de perpetuo domingo,
de infancia recobrada,
de teatrillo de titiriteros.

Subes a lo alto de la fortaleza
y sobre los tejados de Alfama o las aguas del golfo,
al fondo la abrupta esmeralda de Capri,
vas dejando caer las tristezas antiguas
y quedas para siempre
desnudo, joven, invulnerable.
La primera mañana en la ciudad
que primero anduviste en sueños,
que antes de ser verdad fue tinta y fue papel,
versos de Baudelaire o de Pessoa,
fotografías sepia,
acariciada fantasmagoría.
La primera mañana en la ciudad,
desconocido entre desconocidos,
Adán de ingenuos ojos
que no se cansa de mirar
un reluciente paraíso,
la primera mañana del mundo.

martes, 1 de marzo de 2011

Incompleto (por Saiz de Marco)

Todo esto está incompleto sin un sitio
donde no nos juzguen,
donde no nos dañen,
donde no nos comparen.
Todo esto está incompleto. Le falta justo
el eje del centro.
Precisamente falta, exactamente no hay
la pieza principal.

lunes, 28 de febrero de 2011

Líbranos (por Carmen Jodra)

Líbranos de la pena porque ella
destroza el corazón larvadamente
y trae sombra a los ojos de los niños.

Líbranos de la dicha porque a ella
le siguen siempre penas que la hacen
aún más amarga que las penas mismas.

Líbranos del dolor que nos reduce
a tristes bestias de ojos humillados
que sólo buscan un rincón caliente.

Líbranos del placer que nos obliga
a creer que este mundo es dulce y bueno
justo hasta que salimos del encanto.

Líbranos del mal hado y la pobreza
que nos azotan con mano invisible
hasta que maldecimos nuestros nombres.

Líbranos del buen hado y la abundancia
que vierten la ponzoña gris del tedio
en la copa de oro del cinismo.

Líbranos de la dicha y de la pena,
líbranos del placer y del dolor,
de lo veraz y de lo engañador.

Líbranos de la suerte y la desgracia,
líbranos del odio y del amor,
de la muerte y vida líbranos, Señor.

domingo, 27 de febrero de 2011

Si le hubiera cortado las alas (por Mikel Laboa)

Si le hubiera cortado las alas
habría sido mío,
no se habría escapado.
Pero así
ya no sería más un pájaro
y lo que yo amaba era
un pájaro.

sábado, 26 de febrero de 2011

Se querían (por Vicente Aleixandre)

Se querían. Sufrían por la luz, labios azules en la madrugada,
labios saliendo de la noche dura,
labios partidos, sangre, ¿sangre dónde?
Se querían en un lecho navío, mitad noche, mitad luz.


Se querían como las flores a las espinas hondas,
a esa amorosa gema del amarillo nuevo,
cuando los rostros giran melancólicamente,
giralunas que brillan recibiendo aquel beso.


Se querían de noche, cuando los perros hondos
laten bajo la tierra y los valles se estiran
como lomos arcaicos que se sienten repasados:
caricia, seda, mano, luna que llega y toca.


Se querían de amor entre la madrugada,
entre las duras piedras cerradas de la noche,
duras como los cuerpos helados por las horas,
duras como los besos de diente a diente sólo.


Se querían de día, playa que va creciendo,
ondas que por los pies acarician los muslos,
cuerpos que se levantan de la tierra y flotando...
Se querían de día, sobre el mar, bajo el cielo.


Mediodía perfecto, se querían tan íntimos,
mar altísimo y joven, intimidad extensa,
soledad de lo vivo, horizontes remotos
ligados como cuerpos en soledad cantando.


Amando. Se querían como la luna lúcida,
como ese mar redondo que se aplica a ese rostro,
dulce eclipse de agua, mejilla oscurecida,
donde los peces rojos van y vienen sin música.


Día, noche, ponientes, madrugadas, espacios,
ondas nuevas, antiguas, fugitivas, perpetuas,
mar o tierra, navío, lecho, pluma, cristal,
metal, música, labio, silencio, vegetal,
mundo, quietud, su forma. Se querían, sabedlo.

viernes, 25 de febrero de 2011

El origen (por Juan Andrés García Román)

El origen de todas las cosas...
¿cuándo ha ocurrido?
¿Y yo qué estaba haciendo
mientras tanto?
Estaría dormido porque no me enteré.

jueves, 24 de febrero de 2011

Límite (por Sylvia Plath)

La mujer se ha perfeccionado.
Su cuerpo
muerto luce la sonrisa del acabamiento.
La ilusión de un anhelo griego
fluye por las volutas de su toga.
Sus pies
descalzos parecen decir:
Hasta aquí hemos llegado, se acabó.
Cada niño muerto, enroscado en sí,
una serpiente blanca, uno a cada lado de
su jarrita de leche, ya vacía.
Ella los ha plegado
de nuevo hacia su cuerpo, como se cierran
los pétalos de una rosa cuando el jardín
se despereza y los aromas sangran
de las dulces y profundas gargantas de la flor de la noche.
La luna no tiene por qué entristecerse.
Está acostumbrada a ver este tipo de cosas,
oculta bajo su capuchón de hueso,
arrastrando sus vestiduras negras y crepitantes.

miércoles, 23 de febrero de 2011

Oscuridad visible (por Fernando Pessoa)

El hombre... es la primera luz, que no es más que oscuridad visible. Es el fin, porque es descubir con la vista que se ha nacido ciego...

Son eras sobre eras, y tiempos tras tiempos, y lo único que hay es andar sobre la circunferencia de un círculo que alberga la verdad en el punto del centro...

Todo este universo, con su Dios y su Diablo, con los hombres y las cosas que ellos ven, es un jeroglífico que quedará por descifrar eternamente.

martes, 22 de febrero de 2011

Estatua griega (por Wislawa Szymborska)

Con la ayuda de la gente y otros elementos
el tiempo ha hecho con ella un buen trabajo.
Primero eliminó la nariz, después los genitales.
Luego los dedos de las manos y los pies,
con el paso de los años los brazos, uno tras otro,
el muslo derecho y el muslo izquierdo,
los hombros, las caderas, la cabeza y las nalgas,
y lo ya caído lo ha hecho pedazos,
escombros, residuos, arena.

Cuando así muere alguien vivo,
brota mucha sangre tras cada golpe.

Las estatuas de mármol, sin embargo, mueren blancamente
y no siempre del todo.

De ésta que hablamos ha quedado el torso
y está como contenido en el esfuerzo de la respiración,
porque ahora debe
atraer
hacia sí
toda la gravedad y la gracia
del resto perdido.

Y eso lo consigue,
eso aún lo consigue,
sigue y deslumbra,
deslumbra y perdura.

El tiempo también merece una mención elogiosa,
porque ha hecho una pausa
y algo dejó para después.

lunes, 21 de febrero de 2011

Tarde que dura (por Jorge Luis Borges)

Tarde que socavó nuestro adiós.

Tarde acerada y deleitosa y monstruosa como un ángel oscuro.
Tarde cuando vivieron nuestros labios en la desnuda intimidad de los besos.

El tiempo inevitable se desbordaba sobre el abrazo inútil.
Prodigábamos pasión juntamente, no para nosotros sino para la soledad ya inmediata.

Nos rechazó la luz; la noche había llegado con urgencia.
Fuimos hasta la verja en esa gravedad de la sombra que ya el lucero alivia.

Como quien vuelve de un perdido prado yo volví de tu abrazo.
Como quien vuelve de un país de espadas yo volví de tus lágrimas.

Tarde que dura vívida como un sueño
entre las otras tardes.

Después yo fui alcanzando y rebasando
noches y singladuras.